TEMA 4.
EL RÉGIMEN DE LA RESTAURACIÓN (1874-1902)
1. El sistema político de la Restauración
2. Los nacionalismos periféricos
3. El desastre de 1898
0. Introducción.
Se cerraba un período revolucionario, retornaba la dinastía y España regresaba a un
régimen parecido al del moderantismo anterior, aunque adaptado a los nuevos tiempos.
Durante más de cuarenta años estuvo en vigor la misma Constitución, algo insólito en la
historia del liberalismo español. La Restauración supuso un largo período de
consolidación de la nueva sociedad liberal-capitalista.
1. El sistema político de la Restauración
1.1. Las ideas de Cánovas del Castillo.
El sistema político de la Restauración está absolutamente ligado a la figura de
Antonio Cánovas del Castillo. Antiguo ministro de la Unión Liberal, su pensamiento
político fue liberal-conservador y antidemocrático, siempre fue contrario al sufragio
universal. Sin embargo, fue un político pragmático que buscó el consenso entre las
fuerzas liberales en las que se cimentó el régimen de la Restauración. Tras ser el artífice
de la vuelta al trono de los Borbones y configurarse como la gran figura política del
nuevo régimen, fue asesinado en 1897 por el anarquista italiano Angiolillo.
Cánovas era partidario de mantener a los Borbones y el viejo sistema liberal
doctrinario y antidemocrático basado en el sufragio censitario. Defendía la idea
moderada de una monarquía constitucional basada en la soberanía compartida entre
el Rey y las Cortes, en un punto intermedio entre el Antiguo Régimen y la monarquía
democrática de 1869.
Sin embargo, era consciente de que era necesario renovar el agotado programa
de los moderados. Estas eran las novedades que propuso:
Alfonso XII debía reemplazar a la impopular Isabel II. Cánovas consiguió que
la reina renunciase a sus derechos al trono en 1870 y permaneciese en el exilio
tras el regreso de su hijo en 1875. De hecho, la reina pasaría la mayor parte del
resto de su vida en París. Se trataba, ante todo, de separar de manera tajante la
imagen del nuevo monarca de la del régimen moderado anterior a 1868, por más
que sus fundamentos políticos y sociales fueran bastante similares.
Había que terminar con las continuas intervenciones del Ejército, fuente
continua de inestabilidad política. Pero el precio a pagar era elevado: para evitar
que el ejército se vinculara a la lucha política de los partidos, el régimen le
reconoció plena autonomía en su propia esfera. Es decir: sólo los altos mandos
militares tenían competencia para decidir sobre sus presupuestos, organización
interna, formas de actuación, etc. A la vez, se practicó una purga de militares
demócratas e integró a numerosos oficiales carlistas para terminar de definir una
institución políticamente conservadora. El ejército se convirtió, de este modo, en
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un poder autónomo, corporativo y fuertemente conservador, que defendió sus
propios intereses y, en la práctica, quedó cerrado a cualquier posibilidad real de
reforma. Eso explica que, en el cambio de siglo, esta institución chocara con una
sociedad civil que evolucionaba a un ritmo distinto, de la que cada vez estaba
más apartada, y lograra imponer sus posiciones al poder político. Con la Ley de
jurisdicciones, por ejemplo, las críticas al ejército en la prensa eran juzgadas por
tribunales militares, que podían imponer penas superiores a los civiles.
Había que crear un sistema aparentemente bipartidista apoyado en dos
partidos liberales que se fuesen turnando en el poder. De esta forma, ningún
grupo se debía ver obligado a recurrir al pronunciamiento militar o a la
movilización popular para acceder al poder. En la práctica, el turno sólo se puso
en marcha tras la muerte de Alfonso XII, como mecanismo de protección para
evitar que otras fuerzas políticas de oposición aprovecharan la crisis institucional
y lograran hacerse con el poder.
Con todo ello se aseguraba la exclusión de las clases bajas en la vida política,
protagonistas, a juicio de Cánovas, del “desorden” del Sexenio. Estos dos
partidos fueron el que él creó, el Partido Conservador, que sustituyó al agotado
partido Moderado, y el Partido Liberal, dirigido por el antiguo progresista
Práxedes Mateo Sagasta, que fue el heredero de los ideales de 1869 (aunque en
su versión menos democrática) adaptados a los estrechos límites del sistema
canovista.
[Link] Constitución de 1876.
Los fundamentos de la Restauración nacieron con la dictadura canovista. En
efecto, los primeros años del reinado de Alfonso XII se caracterizaron por la exclusión
política del adversario, con medidas tan extremas como las deportaciones de
republicanos, el exilio forzado de algunos de sus principales líderes como Manuel Ruiz
Zorrilla (expulsado de España en 1875), una severa censura de la prensa y la
diferenciación oficial entre partidos legales (los que aceptaban el régimen) e ilegales
(los republicanos). Las principales medidas llevadas a cabo por Cánovas en los inicios
del régimen se resumen en varios aspectos:
- Limitó las libertades políticas establecidas en el Sexenio. Limitó la libertad de
imprenta y prohibió a los profesores universitarios explicar doctrinas contrarias
al dogma católico y al régimen monárquico. Renació, así, la cuestión
universitaria. Muchos profesores demócratas (Giner de los Ríos, Salmerón,
Azcárate, etc.) fueron expulsados de sus cátedras. Ése fue el germen de la
Institución Libre de Enseñanza, una alternativa a la enseñanza oficial creada
por los anteriores, con apoyo de políticos demócratas y republicanos, que se
convirtió en un foco de librepensamiento y renovación pedagógica.
- Puso fin a los conflictos bélicos abiertos: la guerra carlista, que concluyó en
1876 con la derrota de los carlistas, el exilio de miles de ellos (y la
incorporación al ejército de aquellos mandos que reconocieron a Alfonso XII,
comenzando por el general Cabrera) y la abolición de los fueros; y la guerra
de Cuba, que concluyó, aunque sólo de manera provisional, en 1878.
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- Realizó un nuevo texto constitucional. Esta constitución de 1876, vigente
hasta 1923, fue fundamentalmente heredera de la moderada de 1845. Los
principales rasgos de la Constitución fueron los siguientes:
Soberanía compartida Cortes con el Rey. Lo que significaba la negación de la
idea de soberanía nacional, de acuerdo a la idea canovista de la “constitución
interna” del país. Se trataba de afirmar su interpretación personal de la tradición
histórica española, leída en clave monárquica y católica, como una fuente de
poder y de legitimidad que no podía ser abolida por la representación popular.
Cortes Bicamerales:
o Congreso elegido por los electores. Aunque la adulteración masiva del
voto fue una práctica constante.
o Senado en el que se representan las clases poderosas del país:
senadores “de derecho propio”: Grandes de España y jerarquías
eclesiásticas y militares
senadores “vitalicios”, nombrados por el rey
senadores elegidos por sufragio censitario de los mayores
contribuyentes.
Fortalecimiento del poder de la Corona que se constituyó como eje del
Estado:
o Poder ejecutivo: designación de los ministros y mando directo del
ejército.
o Poder legislativo compartido con las Cortes:
Derecho de veto absoluto sobre las leyes aprobadas por las
Cortes
Poder de convocar, suspender o disolver las Cortes
Reconocimiento teórico de derechos y libertades, que en la práctica fueron
limitados o aplazados durante los gobiernos de Cánovas.
No se especifica el tipo de sufragio para elegir el Congreso. Posteriormente,
bajo el gobierno del Partido Conservador de Cánovas se aprobó la Ley Electoral
de 1878 que establecía el voto censitario, limitado a los mayores contribuyentes,
no más del 5% de la población, uno por cada 50.000 habitantes.
Recorte de la libertad religiosa. La religión católica fue declarada religión
oficial del Estado, aunque se permiten otros cultos en el ámbito privado. Pero lo
más importante de todo fue que, en la práctica, se reforzó el poder social de la
Iglesia Católica, que recobró el control de la educación, relanzó su presencia en
la vida pública (institutos, universidades, prensa, asociaciones, banca, etc.) y
consiguió un creciente poder económico.
1.3. El turno de partidos.
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Cánovas diseñó un sistema basado en el turno de dos partidos en el poder, el
partido conservador y el partido liberal, considerados partidos dinásticos. Era una
vieja idea del parlamentarismo español que nunca había terminado de concretarse en
periodos anteriores.
El sistema de turno tuvo la gran virtud de garantizar la alternancia
relativamente pacífica en el poder. Sin embargo, el turno fue un puro artificio
político, destinado a mantener apartados del poder a las fuerzas que quedaban fuera del
estrecho sistema diseñado por Cánovas: el republicanismo y, desde las primeras décadas
del siglo XX, el movimiento obrero, los regionalismos y los nacionalismos.
El turno en el poder no era la expresión de la voluntad de los electores, sino la
expresión de un acuerdo entre los dirigentes de los partidos dinásticos, que pactaban
previamente el resultado electoral. Cuando el partido en el poder se veía sometido a
fuertes presiones internas, el rey llamaba a gobernar al otro partido. Una vez acordada la
alternancia entre los líderes de los partidos, y el consiguiente disfrute del presupuesto,
se producía el siguiente mecanismo:
El Rey nombraba un nuevo Jefe de Gobierno y le otorga el decreto de disolución
de Cortes.
El nuevo gobierno convocaba unas elecciones completamente adulteradas,
“fabricaba” los resultados mediante el recurso al “encasillado” y el
“pucherazo”. El encasillado consistía en el reparto de los diferentes distritos
electorales entre los políticos dinásticos, dejando un número suficiente a la
oposición. El “pucherazo” era un fraude electoral al que se recurría en caso de
que no funcionase el acuerdo entre los partidos.
La prematura muerte de Alfonso XII en 1885 abrió el período de la Regencia
de María Cristina de Habsburgo (1885-1902) hasta la mayoría de edad de Alfonso
XIII. Tras la muerte del rey, Cánovas y Sagasta afirmaron en el denominado Pacto del
Pardo (1885) el funcionamiento del sistema de turno. Puede sostenerse que hasta ese
momento, el turno entre los partidos dinásticos distó de ser “pacífico”. En 1881, cuando
los liberales llegaron por primera vez al poder, lo hicieron gracias a la presión militar de
un importante grupo de generales liberales, con la amenaza de apoyar las conspiraciones
republicanas y sumarse, por tanto, a las fuerzas antimonárquicas. La presión dio
resultado, pero Sagasta cayó tras la insurrección militar republicana de agosto de 1883,
organizada desde el exilio por Ruiz Zorrilla. Aunque la rebelión fracasó, demostró que
el régimen no era tan fuerte ni el ejército tan fiel como se pensaba. Fue, precisamente, la
presión del movimiento republicano lo que llevó a Cánovas y Sagasta a cerrar ese pacto
del Pardo, en un momento tan crítico como el de la muerte del monarca. El turno
pacífico, en otras palabras, era la única salida para el asegurar el poder de conservadores
y liberales. Estos últimos encabezaron el primer gobierno de la nueva Regencia.
En el denominado "Gobierno Largo" de Sagasta (1885-1890) se aprobaron
diversas medidas de reforma política que pretendían introducir un matiz democrático en
el régimen:
1887 Libertades de cátedra, asociación y prensa, suprimiendo la censura.
1890 Sufragio universal masculino.
Sin embargo, el sistema de turno siguió basándose en la arbitrariedad legal, al no
existir una separación entre poder ejecutivo y judicial, y, sobre todo, en la adulteración
sistemática de las elecciones, aunque el sufragio universal permitió que los
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republicanos obtuvieran un importante número de diputados y concejales, con victorias
importantes como las de Madrid y Barcelona en 1893.
Ambas normas, sin embargo, tuvieron un efecto importante a largo plazo. Con el
sufragio universal era mucho más difícil amañar las elecciones. Eran muchos más los
votos a comprar o falsear. Los partidos del turno, liberales y conservadores, eran
partidos “de notables”. Sólo encuadraban a determinadas personas con influencia en sus
distritos, ligados por relaciones clientelares y con un escaso peso de la ideología. No
estaban preparados para competir por el voto en el marco de la política de masas. Las
transformaciones sociales del cambio de siglo, con el aumento de la población industrial
y el progresivo crecimiento de las ciudades a costa de los distritos rurales, les fueron
dejando poco a poco fuera de juego. Sobre todo cuando Cánovas y Sagasta
desaparecieron y los partidos que habían encabezado se fragmentaron en tendencias
rivales.
1.4. El caciquismo
El fraude electoral generalizado que caracterizó el sistema del turno tiene lugar
en el contexto de un país agrario, en el que la riqueza rústica, la tierra, estaba repartida
de manera absolutamente desigual. Existía una gran dependencia de los pequeños
campesinos y los jornaleros a los grandes propietarios que formaban las oligarquías
favorecidas por el régimen, a veces por la necesidad de trabajo o de acceder a
determinados recursos, y a menudo por la existencia de deudas. El clientelismo o
patronazgo era una realidad social extendida desde muchos años atrás y muy común en
otros países de nuestro entorno. En España, ese fenómeno fue definido como
caciquismo. Se trata de una relación de poder basada en intercambios de favores, al
margen de la Ley, aunque no necesariamente ilegales, en sentido ascendente y
descendente. El “patrón” o cacique tenía la suficiente influencia para beneficiar a sus
clientes, que le debían obediencia. La clave de la adulteración electoral estaba,
precisamente, en los “caciques”, que eran los encargados de llevar a la práctica los
resultados electorales acordados por las elites de los partidos.
Los caciques eran personajes ricos o influyentes en la España rural (jefes
locales de partido, funcionarios de la administración, terratenientes, prestamistas,
notarios, abogados, médicos, comerciantes, etc.), quienes siguiendo las instrucciones del
Gobernador Civil de cada provincia, amañaban las elecciones para que se cumpliese el
turno de partidos en virtud de lo pactado por las cúpulas de los partidos.
Los caciques eran los encargados de ejercer el fraude o “pucherazo” en caso de
que lo pactado por los partidos no diese el resultado esperado en su distrito electoral.
Los métodos desplegados por los caciques durante los elecciones fueron muy variados:
la compra de votos, votos por favores (rebajas de impuestos, sorteo de quintos, saldo
de préstamos, agilizar expedientes que se eternizaban en las oficinas estatales, etc.), la
intimidación o amenaza de los votantes, colocación de las urnas en lugares
inaccesibles o el voto de los fallecidos.
2. Los nacionalismos periféricos
A finales del siglo XIX se produjo la eclosión de los nacionalismos periféricos en
Cataluña y País Vasco. Hasta entonces, los movimientos regionalistas habían defendido
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su especificidad cultural, pero empezaron a adoptar una dimensión política ante lo que
consideraban una excesiva centralización administrativa del Estado que ponía en peligro
sus propias culturas. El punto de partida de los argumentos nacionalistas consiste en
afirmar que Cataluña y el País Vasco son naciones y que, por consecuencia, tienen
derecho al autogobierno. Esta afirmación la basan en la existencia de unas realidades
diferenciales: lengua, derechos históricos (fueros), cultura y costumbres propias. Estos
movimientos tendrán planteamientos diversos: desde el autonomismo al
independentismo.
El nacionalismo catalán
Cataluña y los demás reinos de la Corona de Aragón habían perdido sus leyes y fueros
particulares con los Decretos de Nueva Planta, tras la guerra de Sucesión.
El nacionalismo catalán se fue construyendo en varias etapas:
En la década de 1830, en pleno período romántico, se inicia la Renaixença,
movimiento intelectual, literario y apolítico, basado en la recuperación de la
lengua catalana.
En 1882, Valentí Almirall, un antiguo republicano federal, creó el Centre
Catalá, primera organización política que reivindicaba la autonomía y
denunciaba el caciquismo de la España de la Restauración.
Enric Prat de la Riba fundó la Unió Catalanista (1891) de ideología
conservadora y católica. Al año siguiente, esta organización aprobó las
denominadas Bases de Manresa, primer programa político nacionalista en el
que se reclamaba el autogobierno y una división de competencias entre el estado
español y la autonomía catalana. Fuertemente nacionalista, la Unió Catalanista
no tuvo planteamientos separatistas.
En 1901 nació la Lliga Regionalista con Francesc Cambó como principal
dirigente y Prat de la Riba como ideólogo. Era un partido conservador, católico
y burgués con dos objetivos principales: Autonomía política para Cataluña
dentro de España y defensa de los intereses económicos de los industriales
catalanes (política comercial proteccionista).
El nacionalismo catalán se extendió esencialmente entre la burguesía y el
campesinado. Mientras tanto, la clase obrera abrazó mayoritariamente el republicanismo
radical y el anarquismo.
El nacionalismo vasco.
Es necesario advertir que la visión que vincula el carlismo y el nacionalismo
vasco se encuentra hoy en día desfasada. El fenómeno fuerista fue mucho más amplio
que el carlista, e implicó tanto a liberales como a republicanos. Desde la abolición de
los fueros en 1877, el fuerismo estimuló la movilización regionalista que derivaría en un
movimiento nacionalista. En 1895 se fundó el Partido Nacionalista Vasco, PNV,
(Euzko Alderdi Jeltzalea, EAJ) en 1895. Su fundador fue Sabino Arana, vinculado a
una familia de tradición carlista. Pero es necesario insistir: carlismo y nacionalismo
vasco no son realidades intercambiables.
El ideario de Arana se basaba en la defensa de la integridad cultural y étnica
del pueblo vasco, puesta en peligro por los efectos de la abolición de los fueros y por la
industrialización de fines de siglo, que provocó una importante inmigración de
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población española no vasca (llamados despectivamente “maketos”). A diferencia de las
posiciones autonomistas de catalanes, el nacionalismo vasco propugnaba desde el
principio la independencia política.
El nacionalismo o regionalismo gallego y valenciano, finalmente, fueron
fenómenos minoritarios, aunque no despreciables.
3. El desastre de 1898.
A finales del siglo XIX el régimen establecido por Cánovas se vio sacudido por
una fuerte crisis provocada por la guerra colonial y la pérdida de los últimos restos del
imperio ultramarino. Quizás fue en este campo donde la política del conservadurismo
liberal presentó mayores insuficiencias y torpezas. Fue un problema que nunca tuvo
fácil solución y que acabó teniendo un final traumático.
[Link] imperio colonial ultramarino español.
Tras la independencia de la mayor parte del imperio colonial americano en el
primer cuarto del siglo XIX, sólo las islas antillanas de Cuba y Puerto Rico, y el
archipiélago de las Filipinas en el sudeste asiático continuaron formando parte del
imperio español.
Cuba y Puerto Rico basaban su economía en la agricultura de exportación,
esencialmente basada en el azúcar de caña y el tabaco, en la que trabajaba mano de
obra negra esclava, casi la mitad de la población cubana era esclava a mediados del
siglo XIX. Eran unas colonias que alcanzaron un importante desarrollo y que eran
muy lucrativas para la metrópoli. Cuba se convirtió en la primera productora de
azúcar del mundo.
Las duras leyes arancelarias impuestas por el gobierno convirtieron estos
territorios en un "mercado cautivo" de los textiles catalanes o las harinas castellanas.
Esta situación perjudicaba claramente a las islas antillanas que podían encontrar
productos mejores y más baratos en los vecinos Estados Unidos.
En Cuba y Puerto Rico, la hegemonía española se apoyaba cada vez más en la
defensa de los intereses de una reducida oligarquía esclavista, beneficiada por la
relación comercial con la metrópoli.
El caso filipino era bien diferente. Aquí la población española era escasa y muy
pocos capitales invertidos. El dominio español se sustentaba en una pequeña presencia
militar y, sobre todo, en el poder de las órdenes religiosas. Al cerrar toda posibilidad de
participar en el gobierno del archipiélago a las nuevas élites nativas, se produjo un
progresivo distanciamiento de la sociedad y la metrópoli que derivó en planteamientos
anticoloniales e independentistas.
3.2. La guerra colonial y la intervención de [Link].
La Guerra Larga (1868-1878), saldada con la Paz de Zanjón, había sido un
primer aviso serio de las aspiraciones independentistas cubanas. El tratado prometía
reformas políticas y administrativas en la isla, la abolición de la esclavitud y una
amnistía. Sin embargo, las esperanzas criollas se vieron frustradas porque la esclavitud
no fue abolida hasta 1886 y las primeras tentativas de dotar a Cuba de instituciones de
gobierno autonomistas llegaron demasiado tarde, en 1893.
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Esto facilitó que el sentimiento anticolonial adquiriese fuerza, pese a la
represión. José Rizal en Filipinas y José Martí en Cuba se configuraron como figuras
claves del nacionalismo independentista filipino y cubano.
En 1895 y 1896 estallaron de nuevo insurrecciones independentistas en Cuba
y Filipinas, respectivamente. Una dura y cruel guerra volvió a provocar que decenas de
miles de soldados procedentes de las clases más humildes fueran embarcados hacia esas
distantes islas.
La gran novedad va a ser la ayuda estadounidense a los rebeldes cubanos.
Washington ayudó a los insurrectos caribeños esencialmente por dos razones:
Intereses económicos mineros y agrícolas. Cuba era la primera productora del
mundo de azúcar.
Interés geoestratégico. El naciente imperialismo norteamericano buscaba el
dominio del Caribe y Centroamérica. Lo que denominaban su back courtyard
(patio trasero).
En realidad, el enfrentamiento que se aproximaba en Cuba mostraba la pugna
entre un imperialismo moribundo, el español, y uno que estaba naciendo y que iba a
marcar los tiempos posteriores, el norteamericano.
La aún inexplicada explosión en el navío norteamericano Maine en el puerto de
La Habana, explosión que costó la vida de 260 marinos estadounidenses, propició una
furibunda campaña periodística en [Link]. El gobierno norteamericano del
presidente McKinley, alentado por una opinión pública cada vez más belicista, declaró
la guerra a España. El conflicto fue un paseo militar para Estados Unidos.
España firmó la Paz de París en diciembre de 1898. Por este acuerdo, España
cedió a [Link]. la isla de Puerto Rico, que hoy sigue siendo un estado asociado de
[Link]., Filipinas y la Isla de Guam en el Pacífico. Cuba alcanzaba la independencia
bajo la “protección” estadounidense (Enmienda Platt y base militar de Guantánamo).
La sustitución del dominio español por el norteamericano engendró un profundo
descontento en las antiguas colonias. [Link]. tuvo que hacer frente a una guerra en
Filipinas (1889-1902) y en Cuba el sentimiento antinorteamericano se extendió por
amplias capas sociales.
Desde la perspectiva española, la pérdida de las últimas colonias vino a
denominarse el “Desastre del 98” y tuvo una importante influencia en la conciencia
nacional. La irresponsabilidad de los gobiernos de la Restauración había llevado a una
situación que costó la vida de decenas de miles de españoles, primero en la guerra
contra los insurrectos cubanos, después en una guerra contra Estados Unidos que no se
podía afrontar.
3.3. Las consecuencias del “Desastre”.
La apabullante derrota ante [Link]. y la pérdida de más de 50.000
combatientes provocó una intensa conmoción en la sociedad española. La pérdida del
imperio de ultramar fue considerada un desastre tanto militar como diplomático, sobre
todo porque desde la prensa de casi todas las ideologías y los púlpitos se había
propagado la creencia en la superioridad española. A pesar de ello, la derrota no
provocó ningún cambio político de inmediato o consecuencia a corto plazo.
A medio plazo podemos hablar de otras consecuencias:
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- La formación de una corriente de opinión muy amplia a favor de la
regeneración de España, esto es, a la reforma del país en todos los órdenes:
política, social, económica e intelectual. La principal figura de este movimiento
regeneracionista fue Joaquín Costa, un republicano cuyo pensamiento se basó
en una crítica radical al sistema caciquil que, a su juicio, había impedido la
implantación de una verdadera democracia apoyada en las clases medias y se
había mostrado incapaz de afrontar la modernización económica y social del
país. Esta corriente alentó, por un lado, el refuerzo de la identidad nacional
española; y por otro, los proyectos nacionalistas alternativos. También alentó
la mayor organización y movilización de republicanos y socialistas, que
intensificaron su crítica al orden político y proponían su sustitución.
- La vieja presencia en ultramar se trató de sustituir con una mayor atención al
norte de África. El control sobre el norte de Marruecos fue una de las mayores
obsesiones del reinado de Alfonso XIII. Los militares, frustrados, humillados y
cada vez más críticos y recelosos con los políticos por su gestión sobre la derrota
del 98, encontraron en África un lugar donde recuperar su honor, prestigio
perdido, y acumular ascensos. El africanismo sustituyó al colonialismo
ultramarino.
- Se consolidaron las políticas proteccionistas en materia económica, iniciadas
ya en 1891, que pretendían defender el mercado interior de la competencia
extranjera. Estas se prolongaron hasta el Plan de Estabilización de 1959, durante
la dictadura franquista.