En la eucaristía: se invoca al Espíritu para que queden
consagrados los dones ofrecidos, el pan y el vino, es decir,
para que se conviertan en el cuerpo y la sangre de Cristo.
Y para que la víctima inmolada, que se recibe en la
comunión, ayude a la salvación de los que participan de
ella y actúe sobre la comunidad eclesial celebrante, se
invoca por segunda vez al Espíritu. En la participación en
los santos misterios la asamblea puede entonces afianzar
cada vez más su propia unidad con Cristo y en la relación
mutua, alcanzando el fruto más grande de gracia y
santificación. De esta manera los dos efectos (objetivo
sobre los dones y subjetivo en los participantes) se sitúan
en estrecha dependencia con el Espíritu invocado.
Bautismo: En la bendición del agua bautismal se pide al
Padre que infunda «por obra del Espíritu Santo la gracia
de su único Hijo". Y se le pide también que «descienda a
esta agua la virtud del Espíritu Santo"
En la confirmación: se invoca al Padre para que infunda
el «Espíritu Santo Paráclito: espíritu de sabiduría, de
entendimiento, espíritu de consejo, de fortaleza, espíritu
de ciencia y de piedad". Y lo que se da entonces como
don es «el sello del Espíritu Santo".
En el sacramento de la penitencia: El ministro pide a
Dios, «Padre de misericordia que... derramó el Espíritu
Santo para remisión de los pecados», que conceda al
penitente el perdón y la paz.
En la unción de los enfermos: Cuando hay que
bendecir el óleo, se pide a Dios, Padre de todo consuelo,
que envíe desde el cielo al «Espíritu Santo Paráclito». Y
durante la unción se dice: «Por esta santa unción y su
piadosísima misericordia te ayude el Señor con la gracia
del Espíritu Santo»
Orden Sacerdotal: Es sobre todo en los ritos de
ordenación donde se pone de relieve la acción del Espíritu
en las epíclesis consecratorias.
Sobre el obispo: «Derrama ahora sobre este elegido la fuerza que viene de ti,
Padre, tu Espíritu que lo gobierna y lo guía todo: tú lo diste a tu querido Hijo
Jesucristo y lo transmitiste a los santos apóstoles...".
Sobre el presbítero: « Renueva en él la efusión de tu Espíritu de santidad".
Sobre el diácono: «Derrama en él al Espíritu Santo, que lo fortifique con los siete
dones de tu gracia, para que cumpla fielmente la obra del ministerio".
En el Matrimonio: Quien asiste y está ordenado,
extiende sus manos sobre los contrayentes, que se
arrodillan, y pude en la bendición nupcial que el Padre
envíe la gracia del Espíritu Santo para que el amor,
derramado sobre sus corazones, los haga permanecer
fieles a la alianza conyugal.