Bogotá, D. E., Abril, mayo y junio de 1970.
BOLETIN
DE HISTORIA
Y ANTIGÜEDADES
DIRECTOR: REDACTORES:
MARIO GERMAN ROMERO MANUEL JOSE FORERO
LUIS ALBERTO ACUÑA
VOLUMEN LVII NUMEROS 666, 667, 668
Tarifa Postal Reducida - Licencia número 141 del Ministerio de Comunicaciones
TABLA
Página
I—Rafael Gómez Hoyos. Un granadino traductor de Tomás Paine, en 1819 181
II—Hernán Horma. La variedad de las actividades de Francisco Javier Cis-
neros .............................................................................................................................. 195
III— Rafael María Rosales. Los Andes en la historia de Colombia. (Continua
ción) ............................................................................................................................... 213
IV— ESTUDIOS GENEALOGICOS.
José Restrepo Posada y Bernardo Sanz de Santamaría. Sanz de Santa
maría .............................................................................................................................. 261
V—José Ignacio Perdomo Escobar. Palabras para honrar la memoria del
doctor don Fabio Lozano y Lozano ................................................................. 283
VI—Bernardo Sanz de Santamaría. Discurso en el homenaje al académico
numerario Arquitecto Carlos Arbeláez Camacho ......................................... 301
VII—Doctor Jesús María Henao .................................................. 309
VIII—Miguel A. Bretos. El archivo Camacho Roldán ............................................. 311
IX—BIBLIOGRAFIA:
J. León Helguera. Catálogo general del Archivo Central del Cauca, com
pilación de José María Arboleda Llórente. - Ensayo de un repertorio
bibliográfico venezolano (1808-1950), de Angel Raúl Villasana. - Guía
bibliográfica de Colombia de interés para el antropólogo, de Segundo
Bemal Medina. - Autobiografía de Juan Miguel Acevedo. - Santafé de
Bogotá, de Carlos Martínez .................................................................................... 317
Jo Ann Rayfield. The “Detached Recollections of General D. F. O’Leary” 322
Sergio Elias Ortiz. Pasto, Pastores y Pastorales, de Justino C. Mejía y
Mejía .............................................................................................................................. 324
M. G. Romero. Documentos para la historia de la educación en Co
lombia. Codificación y nota preliminar de Guillermo Hernández de
Alba. - Catálogo razonado de los libros de los siglos XV, XVI y XVII
de la Academia Nacional de Historia, de Agustín Millares Cario ....... 328
X—Extractos de Actas ................................................................................................... 333
XI—Ingreso de libros, folletos y revistas con destino a la Biblioteca de la
Academia. Noviembre 1969 a marzo 1970 .......................................................... 345
En las obras o artículos que la Academia publique, en volumen o en el Boletín,
la responsabilidad de las tesis u opiniones que allí se sostengan, será tan sólo de
los respectivos autores. La del Instituto se limita a considerar que esos libros o
artículos merecen ser publicados. Esta declaración aparecerá en cada número del
Boletín y en los libros o folletos que la Academia publique”.
(Artículo 38. Capítulo VIII de los Estatutos).
Boletín de Historia
(EDICION ORDENADA POR EL DECRETO NUMERO 1169 DE 1949)
ORGANO DE LA ACADEMIA COLOMBIANA DE HISTORIA
Director: Mario Germán Romero
Redactores: Manuel José Forero - Luis Alberto Acuña
Volumen LVII Bogotá, D. E., Abril, mayo y junio de 1970 Nos. 666, 667, 668
UN GRANADINO TRADUCTOR DE TOMAS PAINE,
EN 1819
Por RAFAEL GOMEZ HOYOS
Por una de esas felices casualidades que suelen premiar
la búsqueda curiosa de libros e ideas, cayó en mis manos un
precioso volumen, completamente desconocido de cuantos se
han preocupado por la bibliografía de los autores colombia
nos. Trátase de una traducción de la Disertación sobre los
Primeros Principios del Gobierno por Tomás Paine, hecha en
Londres, por un Ciudadano de la Nueva Granada, en 1819,
cuando acá estábamos empeñados en las últimas etapas de
la cruzada libertadora.
¡Maravillosa esta Nueva Granada, siempre abierta al
mundo de los libros, vigilante sobre la marcha de las ideas
y creyente en su fuerza impulsora!
Ya se ha probado que nuestra Revolución de Indepen
dencia estuvo precedida, acompañada y seguida de un fer
mento ideológico tan hondo y extenso como quizás no se
haya registrado en otros países de la América Hispana. Ideas
tradicionalistas, arraigadas en la conciencia de nuestros le
trados, se mezclaron con las vertientes contemporáneas en
apretada y armoniosa síntesis.
Camilo Torres, afincado en los fueros de Castilla, en las
tesis populistas de la escuela clásica española y en la orga
nización administrativa impuesta por la legislación de Indias,
miraba con inteligente comprensión las doctrinas y prácticas
182 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
de los caudillos y fundadores de los Estados Unidos. Nariño
traducía, a escasos cinco años de su proclamación en la
Asamblea Nacional de Francia, los Derechos del Hombre y
procedía a explicarlos y fundamentarlos en las doctrinas de
Santo Tomás y en la tradición jurídica española expresada
en las Siete Partidas de Don Alfonso el Sabio. Fray Diego
Padilla aleccionaba a sus lectores con las enseñanzas de San
Agustín y de Suárez, pero sin tener reato en traducir y pu
blicar —en 1810— el Tratado de Economía Política de Rous
seau, aparecido en la Enciclopedia. Casi todos los jefes inte
lectuales citaban y trataban de imitar los planteamientos
políticos del barón de Montesquieu, mientras se hacían pasar
de mano en mano los libros de Jovellanos.
Miguel de Pombo —el fanático luchador contra la tira
nía— nos sorprende en 1811 con la publicación en Santafé
de un grueso tomo con la traducción de la Constitución de
los Estados Unidos y de las Actas de Independecia de la Fe
deración, ilustrada con eruditas glosas y precedida de un bri
llante Discurso preliminar sobre el sistema federativo. Su tío
don Manuel escribe con vigoroso espíritu polémico sus Cartas
a Don José María Blanco White —uno de los más luminosos
documentos de la época—, destinadas a justificar la necesi
dad y justicia de nuestra indepndencia. Entre las autoridades
que cita en apoyo de sus tesis, es interesante anotar al es
critor irlandés Edmundo Burke, representante del tradicio
nalismo de su patria, y a Tomás Paine, cuyos libros tuvieron
tanta trascendencia en los movimientos revolucionarios de
Estados Unidos y de Francia.
Este notable publicista inglés (1737-1809) se había tras
ladado, por consejo de Franklin, a Filadelfia, donde publicó
en 1776 su famoso opúsculo Sentido Común, que ayudó a dar
expresión y forma a la demanda de autonomía de las 13
colonias americanas. En 1786 escribió las Disertaciones sobre
el Gobierno, y en 1791 su obra Los Derechos del Hombre en
favor de la Revolución Francesa, que lo obligó a huir de Pa
rís. Posteriormente dio a luz el libro Disertaciones sobre los
Primeros Principios del Gobierno, en el cual resumió en forma
clara y más radical sus anteriores ideas políticas. De esta
versión me estoy ocupando.
Paine, sin ser un pensador original y profundo, sí tuvo
el acierto de divulgar con lenguaje incisivo y moderno —en
DISERTACION
SOCHE
LOS PRIMEROS PRINCIPIOS
DEL
cSoIíícrno
POR
TOMAS PAIN.
TRADUCIDO DEL INGLES.
POR
UN CIUDADANO DE LA NUEVA GRANADA*
LONDRES ANO DE 1C1?.
J>npreso por E, Justina, en Erick Lnnct WhltcchtipcU
184 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
momentos históricos de agitación y transformación de la so
ciedad de su tiempo— los grandes principios democráticos y
liberales sobre la igualdad y libertad políticas y el rechazo
del poder absoluto de una mayoría como de un solo hombre,
que habían sido proclamados por Locke. “Una república bien
entendida —dice Paine— es una soberanía de la justicia, en
contraste con una soberanía de la voluntad”.
En la Advertencia del Editor, se observa que mientras se
imprimía esta traducción, llegó a sus manos la versión he
cha en Filadelfia, en 1811, por el venezolano don Manuel Gar
cía Sena. “No obstante —anota— nos prometemos que nues
tro trabajo no será inútil a nuestros compatriotas, pues que
por lo menos servirá para multiplicar la circulación de los
principios de la ciencia del gobierno, sobre que tanto con
viene instruir al presente a todos los pueblos de América”.
(Disertación sobre los Primeros Principios del Gobierno, por
Tomás Paine. Traducido del inglés, con notas, por un Ciu
dadano de la Nueva Granada. Londres. Año de 1819. Impreso
por E. Justins, en Brick Lañe, Whitechapel. 62 páginas).
El Prólogo comprende 17 páginas dedicadas a dar relieve
a las ideas del pensador británico. El objeto que se ha pro
puesto consiste en que “todo hombre, sabio o rústico, rico o
pobre, aprenda a conocer sus derechos y sus deberes”. No
obstante, la mayor utilidad de estos conocimientos será en
favor de los americanos: “... a ninguno le interesa más
que a mis compatriotas en la época presente: ya sea a aque
llos que habiendo conocido sus derechos han emprendido la
heroica obra de libertar a su Patria del yugo de la tiranía,
ya sea a aquellos que conociéndolos, no han tenido oportu
nidad de hacerlos valer; ya sea, en fin, a aquellos que por
la ignorancia y superstición en que se les ha mantenido no
saben aún que no tienen derechos. A los primeros, para que
conociendo cuáles son las verdaderas bases de un Gobierno
justo, y sabiendo distinguir las materias de principio, de las
de opinión, puedan formar una constitución sabia y estable,
sin experimentar los desórdenes que sufrió la Francia en el
proceso de su Revolución, ni los que han sufrido también
muchas Provincias de la misma América durante las suyas,
lo que ha causado por último su reconquista y devastación
por sus antiguos opresores. A los segundos, para que fijándose
más en la opinión de que tienen derechos que les correspon
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 185
den por razón de su existencia, tengan al fin la heroica re
solución de proclamarlos, precaviéndose al mismo tiempo de
cometer las mismas faltas en que por ignorancia tal vez de
estos mismos principios, han incurrido sus compatriotas que
les han precedido; y a los últimos, para que conozcan en fin
que son hombres; que como tales tienen derechos que les ha
dado el Supremo Autor de la Naturaleza; que estos derechos
no corresponden exclusivamente a cierta clase de hombres,
y que el Gobierno no es una cosa existente por su propio de
recho, sino por la libre voluntad de los hombres reunidos en
sociedad”. (Página 5). Como se ve, el editor aspiraba a pro
yectar la influencia de esta obra sobre todos los pueblos de
América.
Se refiere luego a la común objeción que se hacía a
Paine —naturalmente en medios ingleses— de exaltado re
publicanismo, “queriendo, dicen, constituir a todo el mundo
en repúblicas, sin atender a la diversidad de climas, usos,
costumbres, y otra multitud de circunstancias que hacen in
adaptable esta forma de gobierno en todos los países, como
si todos estuviesen en la misma latitud y tuviesen sus habi
tantes las mismas virtudes que sus conciudadanos de Norte-
América”. Pero el prologuista se muestra tan partidario del
sistema republicano, que lo tiene “por el más conforme, o
más bien el único que tiene su principio y origen en la natu
raleza del hombre, como demuestra el Autor, porque todos
los demás no son otra cosa que usurpación de los derechos
naturales e imprescriptibles del hombre”. De ahí se deduce
“necesariamente que este mismo sistema de gobierno convie
ne en todos los países donde haya hombres”.
Luego, con gran competencia y pericia en el conocimien
to del tema, se embarca en una erudita disquisición acerca
de la influencia del clima sobre las instituciones y costumbres
de los pueblos, situándose en un término medio, y explicando
la verdadera posición de Montesquieu en esta debatida ma
teria. Tiene por cierto que se está traicionando el pensamiento
del Espíritu de las Leyes del escritor francés, cuando preten
den sus comentaristas que “dentro de la zona tórrida y por
consiguiente en la mayor parte de la América del Sur no
pueden existir repúblicas”. No admite él, adelantándose a
modernos expositores del derecho público, sociólogos y filó
186 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
sofos del derecho, el determinismo geográfico. “Los partida
rios —escribe— de la influencia del clima, parece quieren
privar al hombre de toda razón y libre albedrío de obrar, ha
ciéndolo semejante a una máquina de vapor, cuyo movimiento
es más o menos activo a proporción del calor de la caldera,
el cual siendo muy poco, la máquina queda sin acción, y
siendo excesivo la violenta y destruye”. (Página 7). La refu
tación que hace de esta tesis, basándose en citas precisas de
Montesquieu, es brillante y demuestra sus profundos cono
cimientos.
El punto en que se sitúa sabiamente revela el equilibrio
de su espíritu. “Yo no negaré —admite— que el clima obran
do sobre lo físico del hombre, influya también en lo moral,
por la íntima conexión que éste tiene con aquél; pero por
esta influencia, el hombre no deja de ser jamás un ser libre
e independiente y como tal debe conservar siempre sus dere
chos, ya nazca él entre los hielos del norte, en la agradable
temperatura de Italia o en las ardientes arenas del Senegal.
La influencia del clima le hará fuerte o débil, activo o pere
zoso; más o menos apto para la práctica de ciertas virtudes,
más o menos inclinado a ciertos vicios; sus pasiones arderán
con más o menos fuerza, según los grados de calor del clima
que habite; pero no perdiendo por esto su naturaleza racional
y voluntad libre que por ella le corresponde, conservará siem
pre una fuerza interior para corregir las malas inclinaciones
producidas por la influencia del clima y para vencer todos
los obstáculos que ella le oponga para el ejercicio de ciertas
virtudes. Las mismas pasiones a que está sujeto por esta in
fluencia, bien dirigidas por una sabia legislación, servirán
para hacerlo virtuoso y feliz”. (Página 7). ¡Cómo brilla en
estos párrafos la formación espiritualista del estudiante del
Colegio Mayor de San Bartolomé y se destaca la influencia
del célebre ensayo escrito por Caldas en el Semanario del
Nuevo Reino de Granada sobre la Influencia del clima en los
seres organizados*.
El prologuista admite, no obstante, la existencia en la
América española de dificultades para la práctica de la de
mocracia republicana, consistentes en los hábitos contraídos
por el ejercicio de un gobierno despótico que aquellos pueblos
hubieron de padecer por largos siglos, “y que convendría
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 187
destruir o corregir antes de establecer entre ellos un Gobierno
fundado en tales principios en toda su extensión”. Sin em
bargo, hay que creer en la validez de ios principios y en la
urgencia de su observancia: uPero la justicia de estos prin
cipios no deja de existir porque haya actualmente inconve
nientes en la práctica, nacidos tal vez de la inobservancia de
ellos y de la degradación en que han estado los pueblos por
la ignorancia de sus derechos. Así, pues, los legisladores de
las nuevas repúblicas de la América deben graduar la exten
sión que por ahora importa dar a la práctica de tales prin
cipios, según convenga a los hábitos e inclinaciones de cada
pueblo, su ilustración y demás circunstancias particulares
que concurran en cada una de ellas... teniendo siempre pre
sente que los malos legisladores son aquellos que favorecen
los vicios del clima, y los buenos aquellos que se oponen a
él; y que los hombres son siempre virtuosos o perversos según
el sistema de gobierno es justo o tiránico”. (Página 16).
Y termina condensando sus ideas en esta exhortación fi
nal, donde aparece todo el radiante optimismo de los hombres
de la Ilustración, idealistas recalcitrantes, enamorados de los
principios, creyentes fervorosos en el hombre tomado en abs
tracto, apasionados por sus derechos naturales y convencidos
de que su proclamación en las cartas constitucionales bastaba
para crear la libertad y la felicidad de los pueblos: “Por úl
timo, mis amados compatriotas, yo no digo que sea una em
presa fácil formar una constitución del todo perfecta; pero
yo creo poder muy bien aplicar aquí la respuesta del Filósofo
de Ginebra a igual objeción al sistema de educación de su
Emilio. ¡Oh hombres! ¿es acaso culpa mía el que vosotros
hayáis hecho difícil todo lo que es bueno? Yo convengo en
que hay dificultades tal vez insuperables; pero es seguramen
te cierto que aplicándose a prevenirlas se les previene hasta
cierto punto. Yo os muestro el fin que vosotros debéis pro
poneros. No digo que llegaréis hasta él, pero sí digo que aquel
que más se acercare habrá conseguido más”.
Contra estos utópicos sentimientos nacidos del romanti
cismo político de la época, ya se había pronunciado Bolívar
en célebres documentos —como el Manifiesto de Cartagena
de 1812 y la Carta de Jamaica—, en donde las duras expe
riencias de la realidad vivida trágicamente le hacían des
188 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
pertar de los sueños quijotescos a la visión triste y dolorida
de los molinos de viento.
Este radicalismo del prologuista en la defensa de los prin
cipios republicanos, se atempera no poco en el curso de la
Disertación, en las notas que exornan el texto, llenas de mo
deración y de sabiduría. Así, por ejemplo, cuando Paine agota
los adjetivos más peyorativos para calificar el sistema here
ditario, el ciudadano granadino observa prudentemente: “To
dos los defectos que el autor encuentra en el sistema here
ditario, se entienden solamente en una monarquía absoluta
y despótica; pero serán evitados en una monarquía modera
da, donde haya una cámara de Representantes con una cons
titución que establezca la responsabilidad de los Ministros”.
(Página 27).
Y cuando Paine niega, en los gobiernos hereditarios, el
derecho de una generación a. comprometer las venideras, lla
mándolo “traición contra el derecho de la posteridad”, el es
critor granadino no teme enfrentársele en una larga nota,
rica en erudición y sensatez: “Aunque la nación no puede
privar a las generaciones subsecuentes de sus derechos, esto
es, de aquellos mismos derechos que los primeros constitu
yentes tuvieron para establecer un gobierno de su propia
elección, no por eso se sigue que el gobierno de sucesión he
reditaria no deba existir, siempre que la nación conserve,
como es justo, el derecho de mudar de dinastía o de constitu
ción por medio de la Asamblea general de Representantes,
cuando la persona investida con la autoridad soberana que
brante el contrato original, en virtud del cual se le haya con
ferido. Porque en este caso es visto que todas las generaciones
subsecuentes conservan los mismos derechos que tuvieron sus
antepasados, que establecieron tal sucesión hereditaria, para
mudarla y constituirse del modo que mejor les convenga. Este
derecho que en la constitución inglesa se llama el derecho de
resistencia, es el último legal recurso contra las violencias
del poder y en virtud del cual fue destronado el rey Jaco-
bo II... El mismo argumento que el autor hace contra el
establecimiento de un gobierno hereditario, podrá hacerse
también contra todas las leyes antiguas, para cuya sanción
no dieron su poder, ni los Representantes que las dictaron
fueron nombrados por los ciudadanos de las subsecuentes ge
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 189
neraciones; y si este argumento fuera concluyente, sería ne
cesario renovar diariamente las leyes, porque una nación está
de continuo en un estado de renovación... Así, pues, con
forme a la distinción que hace Paine en su Disertación, de
materias de principio y de opinión, yo hallo que, el que el
poder ejecutivo recaiga en una persona por elección o por su
cesión hereditaria, es tan materia de opinión como el que
resida en una o muchas personas. Y por consiguiente, no se
violará jamás el principio ni los derchos de la posteridad por
establecer una república cuyo poder ejecutivo recaiga en una
persona por sucesión hereditaria, como sucede en la de In
glaterra. .
Después de una refutación tan contundente en el orden
teórico, el escritor granadino plantea el problema en el te
rreno práctico de la coyuntura americana, y así responde
con orgullo: “Si se pregunta cuál de estas dos opiniones con
viene seguir en las nuevas repúblicas americanas, esta cues
tión no será difícil de resolver: en el México donde hay casi
tantos títulos como en la Península y propietarios de enor
mes riquezas, conviene seguir el ejemplo de la Inglaterra;
pero los americanos del sur somos más felices, por poder imi
tar a nuestros hermanos del norte”. (Página 37).
Estos últimos párrafos que defienden el sistema electivo
del poder ejecutivo propio de Suramérica, ya preanunciaban
sagazmente el imperio que Iturbide establecería tres años
más tarde en la nación azteca.
Sobre la igualdad de derechos como base del gobierno
republicano, también el glosador hace observaciones muy per
tinentes. Para establecer la igualdad, “basta que cada ciuda
dano tenga un voto y no más en la elección de Representantes
que han de formar la constitución”. En cuanto a la limita
ción del derecho de elegir y de ser elegido para empleos que
exigen condiciones especiales, agrega: “Sería de desear que
en todos los pueblos se encontrasen hombres de todas clases
capaces de obtener todos los empleos públicos, y que todos
los ciudadanos tuviesen el discernimiento necesario para ele
gir a los que son aptos para los empleos; y que así todos tu
viesen indistintamente el derecho de elegir y de ser elegidos,
de que resultaría el sistema de igualdad más perfecto. Pero
desgraciadamente esta perfección, aunque se encuentra muy
190 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
bella en teoría, jamás se ha podido reducir a la práctica, y
en ninguna constitución de las Provincias Unidas de Norte
américa, que son las más liberales que se han visto hasta el
presente, se encuentra esta absoluta igualdad de derechos.
Como en las instituciones humanas no siempre se puede ha
cer lo más perfecto o absolutamente bueno, debemos conten
tarnos con hacer lo menos malo, o lo que más se acerque a
lo bueno. Si esta es una máxima verdadera que deben tener
siempre presente los legisladores en todos los países, a nin
guno le importa tanto como a los de las nuevas Repúbli
cas de la América, en muchas de las cuales se ha confir
mado por la experiencia cuán perjudicial es no seguirla”.
(Página 47).
Finalmente, el autor de las glosas demuestra su gran
espíritu de independencia y su libre criterio, al rechazar vi
gorosamente las virulentas expresiones de Paine contra la
Cámara de los Pares de Inglaterra, llamada por él “hospital
de incurables y excrecencia que nace de la corrupción”. Nues
tro compatriota sale en su defensa con valederas razones:
“La Cámara de los Pares es una cosa absolutamente nece
saria en la constitución inglesa fundada sobre las ruinas del
sistema feudal. A pesar de todo cuanto el autor expone contra
dicha cámara, es preciso ser justos. Ella ha sido en todo tiem
po el mejor apoyo de la libertad, el baluarte contra el des
potismo tanto monárquico como republicano, sirviendo de
fiel en la balanza política para nivelar la fuerza de la corona
y la del pueblo sin permitir que alguna de ellas arrastre tras
sí, ni destruya a la otra; y entre sus miembros ha habido
siempre sujetos muy ilustrados, de ideas liberales, y defen
sores de los derechos del pueblo. Para convencerse de ello,
basta solo leer los discursos pronunciados en la Cámara de
los Pares...”. (Página 57).
Pero ¿cuál es el compatriota nuestro, que desde el Lon
dres de 1819 aspiraba a difundir entre los habitantes de
América el pensamiento del publicista, que no sólo afirmaba
la libertad política de la comunidad frente al tirano, sino
que a la vez defendía la libertad del ciudadano frente a la
tiranía de la comunidad? De quien, caso único en la historia,
ostentaba triple ciudadanía: de Inglaterra por razón de na
cimiento; de Estados Unidos por residencia; y de Francia
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 191
por elección de la misma Convención Nacional? Un Ciuda
dano de la Nueva Granada, fue el velo tras el cual quiso ocul
tar su propia personalidad.
Muy reducido fue el círculo de los granadinos que por
aquellas calendas engrosaron el número de los americanos
anhelantes de la independencia de sus patrias. Es fácil en
este caso apelar al método de la exclusión, para llegar al co
nocimiento del Autor de este escrito, agregando además ar
gumentos positivos de índole intrínseca.
Francisco Antonio Zea había abandonado a Londres des
de 1815 para venir a servir a su patria en los mismos campos
de la lucha armada y cruzar en Haití su existencia, idealista
y aventurera, con la de Bolívar, en un destino común de
esfuerzos y de gloria.
Juan García del Río, que llegó a la capital del Reino
Unido en 1814, como Secretario de la Legación que presidía
don José María del Real, la había abandonado en 1818 para
seguir rumbo a Chile, contratado por el gobierno de aquel
país, y en compañía de su esposa había aportado a Valpa
raíso en el mes de mayo.
Los Comisionados granadinos que andaban por Francia
y que arribaron a Londres hacia fines del 14, Manuel Pala
cios, Agustín Gutiérrez, José María Durán y Miguel Gómez,
sólo permanecieron poco tiempo en aquel centro económico
y político adonde convergían las miradas y los anhelos de
las repúblicas recién fundadas.
Sólo resta considerar a quien precisamente ostentaba do
tes especiales para una campaña de tipo ideológico y que por
el año 19 vivía en Londres: don José María del Real. El ilus
tre procer cartagenero, graduado en San Bartolomé, promo
tor de la independencia de la Ciudad Heroica y miembro del
Congreso de las Provincias Unidas, había sido enviado por
éste ante la Corte de San James para negociar el recono
cimiento de Inglaterra y promover su ayuda económica y
militar. En desempeño de su misión desarrolló por muchos
años una labor de propaganda ante el Gobierno y la opinión
pública en favor de la libertad de su patria, que no ha sido
suficientemente reconocida ni avalorada por los historiadores
de nuestras primeras misiones diplomáticas.
192 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
Desde su llegada a Londres en 1814, planeó, de acuerdo
con Zea y con Palacios, la publicación de una Memoria sobre
la población granadina, proyecto que más tarde se convirtió
en la ambiciosa obra bilingüe COLOMBIA, de 707 páginas,
editada en Londres en 1822 cuando el doctor del Real ya es
taba de regreso en su patria.
Siempre he pensado que es un error y una injusticia
acumular en los personajes más destacados de una época to
dos los méritos de una empresa. Roberto Botero Saldarriaga,
en su magnífica biografía de Francisco Antonio Zea, atribuye
al procer antioqueño la paternidad de este libro, que cierta
mente proyectó, estimuló y publicó con dineros oficiales. Pero
estoy en pleno acuerdo con Sergio Elias Ortiz en la tesis,
para mí inobjetable, de que el principal autor de esta meri-
tísima obra, que difundió por Europa los valores de la patria
y suscitó sobre ella el interés, y la curiosidad de políticos y
hombres de negocios, fue el doctor José María del Real. No
necesita Zea de preseas ajenas para engalanar su rica perso
nalidad histórica.
“Trabajábamos cuanto podíamos —escribe autorizada
mente su Secretario, Juan García del Río— para ganar pro
sélitos a nuestra causa; ya cultivando con provecho de ella
la amistad de los señores Gallatin, Clay y Adams, que, des
pués de haber firmado en Gante el tratado de paz entre los
Estados Unidos y la Inglaterra, pasaron a Londres, y simpati
zaron mucho con nosotros, ya estimulando a algunos miem
bros del parlamento a que hiciesen mociones en favor de la
América; y preparando y haciendo publicar escritos para ins
truir al pueblo inglés del estado de nuestros negocios, mani
festando la justicia que nos asistía, y las ventajas que de nues
tro triunfo reportaría el comercio de la Gran Bretaña”.
Era, pues, lógico que del Real quisiera complementar es
ta campaña de propaganda en Inglaterra en favor de nues
tros derechos, con otra similar en la misma América en pro
de los principios democráticos que se habían adoptado desde
los albores de la Revolución. Y nada mejor para ello que tra
ducir y difundir el pensamiento de quien aparecía por en
tonces como el más denodado ideólogo del régimen republi
cano. Pero obró, además, con verdadera prudencia política.
Pues por una parte ocultaba su nombre para no comprometer
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 193
ni entorpecer su misión diplomática ante el gobierno britá
nico, que no podía mirar con buenos ojos la persona y la
acción revolucionaria de Paine; y por otra, con las glosas ya
comentadas, moderaba el excesivo republicanismo del publi
cista, defendía las instituciones inglesas y se hacía acreedor
al respeto de la nación que lo había acogido con tanta bene
volencia. Esta actitud, muy propia de un hombre inteligente,
maduro y conocedor de los problemas de gobierno, señala
con claros perfiles al hijo de Cartagena y discípulo de San
Bartolomé, como autor de este ensayo que viene a enrique
cer la historia de las ideas políticas en nuestra naciente Re
pública.
Unas palabras más, antes de terminar, acerca de los mé
ritos de la traducción hecha en Filadelfia por el venezolano
don Manuel García de Sena. La ficha completa de la obra
—un ejemplar se conserva en la biblioteca de la Academia
Colombiana de Historia—, es la siguiente: “La independen
cia de la Costa Firme, justificada por Thomás Paine treinta
años ha. Extracto de sus obras. Traducido del inglés al es
pañol por D. Manuel García de Sena. Philadelphia. En la
Imp. de T. y J. Palmer 1811. 288 p. 22 cm.”.
García de Sena, agente oficioso del gobierno de Vene
zuela en Estados Unidos, aparece ocupado, en 1814, en em
barques de armamentos destinados a Cartagena. Y después
—dato bien curioso— figura como defensor de la misma ciu
dad en el sitio de Morillo de 1815 y como secretario del go
bernador don Juan de Dios Amador. En calidad de tal actuó
como mediador cerca de Bolívar en el conflicto de jurisdic
ciones suscitado durante la defensa de la plaza.
Su libro, que defendió por primera vez en América el
pensamiento revolucionario de Paine, ejerció gran influencia
en Venezuela, fue leído en el Río de la Plata y entre nosotros,
y es de suponer que también fue conocido en los otros países
hispanoamericanos. En 1949 fue reeditado en Caracas con una
magnífica introducción de don Pedro Grases.
He cotejado minuciosamente las dos versiones y he en
contrado —perdóneseme el pecadillo de vanidad nacionalis
ta— más elegante y precisa la del granadino. Sin contar las
notas ilustrativas y el prólogo, que no existen en la edición
del venezolano.
194 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
Hasta ahora, en los estudios de la influencia de Paine en
la América española, con la versión de García de Sena sólo
se registraban otras dos, realizadas en el mismo año de 1821:
el Sentido Común, publicada en Lima, por el indígena pe
ruano Anselmo Pateice, y el Derecho del Hombre (sic), en
Filadelfia, por Santiago Felipe Puglia. A esta bibliografía vie
ne ahora a sumarse, con verdadero honor, la obra de nuestro
ilustre compatriota.
LA VARIEDAD DE LAS ACTIVIDADES
DE FRANCISCO JAVIER CISNEROS
Por HERNAN HORNA,
Profesor de Historia Latino-Americana.
Western Illinois University.
La historia muchas veces ha olvidado a individuos que
han sido paladines del progreso e innovación. A riesgo de
ser acusado de exageración, debe afirmarse que Francisco
Javier Cisneros es víctima de las omisiones de la historia.
Cisneros vivió varias vidas muy dramáticas, no sólo des
de un punto de vista personal, sino también debido al im
pacto que sus huellas dejaron en los sitios afectados por su
vida. La historiografía latinoamericana ha puesto muchísimo
énfasis en los aspectos políticos de la región: revoluciones,
constituciones y biografías de políticos importantes, genera
les, libertadores y estadistas se han escrito, pero casi nada
se ha dicho acerca de los hombres que sembraron las semi
llas de la industrialización latinoamericana.
Cisneros, constructor de ferrocarriles en Cuba, Perú y
Colombia, consagró su carrera profesional al servicio de la
nación colombiana. El patriota cubano nació en la ciudad
de Santiago en 1836. Allí hizo sus primeros estudios y más
tarde los continuó en el colegio del Salvador en La Habana,
regentado por el patriota José de la Luz y Caballero. Después
de titularse con honores de ingeniero civil, con especialidad
en la construcción de ferrocarriles, en la Universidad de La
Habana, prosiguió estudios postgraduados en Troy Polytech-
nic Institute de Nueva York. Regresó a su amada Cuba, don
de construyó y administró ferrocarriles con gran éxito. Desde
1868 a 1871 luchó valerosamente con el rango de general en
196 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
la Guerra de los Diez Años para independizar a su patria.
Regresando a la práctica de su profesión trabajó en Nueva
York, y en el Perú bajo la dirección del famoso Enrique
Meiggs. En Colombia, él inició el Ferrocarril de Antioquia,
el del Cauca (del Pacífico), el de La Dorada, el de Girardot,
y modernizó el de Barranquilla; trajo la navegación a vapor
y canalizó el Alto Magdalena al mismo tiempo que estableció
una de las más modernas compañías de navegación en el
Bajo Magdalena (1).
El propósito de este estudio no tiene como fin el estudiar
sus actividades que ya le han dado renombre, sino más bien
aquellas que la historia y los historiadores eludieron o no
anotaron.
I
Una de las actividades de mayor consideración en su vida
profesional fue su preocupación por colonizar las tierras vír
genes de esta nación. Poblar y explotar las riquezas naturales
de las tierras atravesadas por ferrocarriles fue una de sus
más grandes obsesiones. En 1889, cuando el ferrocarril de
Santa Marta a Calamar, en el lado occidental del río Magda
lena, estaba en proyecto, Cisneros se opuso a su realización
por cruzar tierras áridas, sin posibilidades de ser pobladas,
porque era improductivo y sin visibles utilidades. Por tales
razones, aconsejó a capitalistas estadounidenses que no in
virtieran en dicha empresa (2). Para Cisneros los ferrocarriles
valían sólo si producían rentas o reducían el costo de los
transportes. Con esta perspectiva aceptó todos sus proyectos.
Su concepto de que los medios de transporte eran un medio
y no el fin en la lucha por el progreso, le incitó a participar
en aventuras económicas de una variedad múltiple. En dife
rentes maneras y formas trató de explotar y colonizar las
tierras de Antioquia, Cauca y Cundinamarca.
Como resultado del contrato para construir el ferroca
rril de Antioquia, Cisneros recibió cien mil hectáreas de tie
rras baldías a ambos lados de la vía. En abril de 1878 Cisneros
compró cien mil hectáreas al gobierno estatal por veinticinco
mil pesos. Cuatro meses más tarde él y sus socios antioqueños,
Francisco Villa y Jorge Bravo, fundaron la Sociedad Agrícola
y de Inmigración para explotar y colonizar las doscientas mil
hectáreas adquiridas por Cisneros y sus socios.
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 197
Los objetivos de la Sociedad eran: promover inmigración
extranjera y nacional a sus tierras; fomentar el desarrollo
de la agricultura y la industria; operar en conjunción con
los intereses del ferrocarril para su beneficio mutuo; y pro
mover la explotación de minas dentro de las tierras de la
Sociedad (3).
La Sociedad empezó con un capital líquido de cien mil
pesos; de tal cantidad Cisneros había contribuido un tercio.
El centro de operaciones de la Sociedad fue establecido en
Medellín y debía ser administrada por los tres socios o sus
representantes.
Debido a las muchas obligaciones del empresario cubano,
comisionó al distinguido comerciante antioqueño Juan de S.
Martínez como su representante oficial (4).
Con anterioridad a la creación de la Sociedad, Cisneros
ya había hecho esfuerzos para colonizar las tierras del ferro
carril. Desde un principio se despejaron bosques para ser
cultivados, se abrieron potreros para criar ganado, y se tra
jeron colonos de fuera y dentro de Antioquia. Desde un co
mienzo se puso a cargo de la explotación de minas al antio
queño Modesto Molina (5). Cisneros y sus ingenieros cons
truyeron caminos que unían las colonias nacientes con el fe
rrocarril; sin embargo, debe aclararse que sus primeros es
fuerzos colonizadores fueron mayormente destinados a servir
los intereses directos del ferrocarril.
Inmediatamente después de la fundación de la Sociedad,
se hicieron mayores esfuerzos y nuevos planes colonizadores.
Seis meses después de la inauguración de la Sociedad, inmi
grantes extranjeros, mayormente italianos residentes en Nue
va York, fueron traídos para colonizar sus tierras. Como re
sultado, pequeñas colonias se establecieron a lo largo de la
trayectoria del ferrocarril en lugares como La Cruz, San An
tonio, Cuero Duro, La Virginia, y La Malena. Por falta de
suficiente número de inmigrantes extranjeros, se trajeron co
lonos nacionales de fuera y dentro del Estado. La tarea de
los italianos entonces se convirtió en la de instructores de los
inmigrantes nacionales. El mayor énfasis de la Sociedad fue
abrir campos para fomentar la crianza de ganado vacuno.
Sin embargo, el cultivo de la caña de azúcar también fue fo
mentado, y ya por el año de 1879 existían tres haciendas
azucareras en sus tierras (6).
198 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
Tan pronto la Sociedad fue establecida, el socio y repre
sentante de Cisneros, don Juan de S. Martínez, organizó una
compañía minera que muy pronto se convirtió en una de las
más importantes dentro de las tierras de la Sociedad. Además
de la corporación de don Juan de S. Martínez, se permitió
que un número bastante notable de mineros y consorcios mi
neros operaran en sus tierras (7).
Cisneros era de opinión que las zonas montañosas de la
Sociedad poseían maderas de excelente calidad que podían
abastecer la demanda nacional y hasta ser exportadas. Con
la esperanza de dar realidad a sus planes y con la colabora
ción de su socio y compatriota, Aniceto García Menocal, hizo
analizar las maderas antioqueñas en los laboratorios del go
bierno estadounidense en Washington, D. C. Los resultados
revelaron que las maderas eran de muy alta calidad y co
merciables (8). El autor no ha podido encontrar documenta
ción que verifique si dichas maderas fueron explotadas en
grandes cantidades.
Sin embargo, el ambicioso programa de colonización de
las tierras de la Sociedad fracasó en parte porque Cisneros
no pudo traer inmigrantes estadounidenses y europeos, ni
pudo convencer al gobierno antioqueño de que se le permi
tiera traer colonos chinos. Otro obstáculo al desarrollo de la
Sociedad surgió cuando, en 1879, dicha institución hizo un
empréstito de cien mil pesos de su capital al Estado de An
tioquia para que los utilizara en la continuación del ferro
carril. Este empréstito fue pagado por Antioquia a los socios
de Cisneros después de que él ya se había retirado tanto del
proyecto del ferrocarril como de la Sociedad, veinte años más
tarde (9).
Con la rescisión del contrato del ferrocarril, Cisneros tras
pasó sus acciones en la Sociedad al Estado de Antioquia. El
retiro del empresario cubano virtualmente terminó las ambi
ciones y planes de la Sociedad de llevar a cabo una coloniza
ción a gran escala. Sin embargo, en 1890, el valor de las tie
rras y sus pertenecientes estructuras fueron evaluadas en
cinco millones de pesos (10).
La participación estatal en la Sociedad no fue muy con
ducente para establecer relaciones armoniosas con los socios
privados. Una gran disputa legal empezó entre ambos socios,
que fue eventualmente concluida en términos desfavorables
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 199
a los accionistas privados en 1921. Estas pugnas legales sir
vieron para retrasar más aún el proceso de colonización; mu
chos de los posibles colonos tenían miedo de perder sus tierras
al término de la disputa entre el Estado y los socios. Pero a
pesar de dichas circunstancias, hubo una inmigración a las
tierras de la Sociedad, especialmente de familias antioqueñas,
las cuales establecieron grandes haciendas ganaderas. Entre
los pioneros de dicha colonización figuran Alberto Angel, Ce
ledonio Arizmendy, Felipe Duque, Bernardo Mora, Luis Res
trepo Mesa y otros (11). El desarrollo sorprendente de la
industria ganadera en la parte oriental de Antioquia durante
las últimas décadas del siglo diecinueve y las primeras del
presente se debe, sin duda, por lo menos en parte, al ferro
carril como también a la Sociedad Agrícola y de Inmigración.
Prescindiendo de la mayor o menor contribución de la
Sociedad a la colonización de la región oriental antioqueña,
no debe olvidarse que, cuando los primeros kilómetros de fe
rrocarril furon puestos a servicio y cuando el comercio, como
también el público de Antioquia, no le daba todavía el apoyo
necesario, la Sociedad le dio su decidido apoyo e hizo uso de
sus servicios (12).
La convicción de Cisneros de que el Valle del Cauca era
inmensamente rico en recursos naturales le inspiró hacer pla
nes para su desarrollo (13). En el Cauca el empresario cu
bano intentó explotar asientos mineros, fomentar la industria
y la agricultura. En alguna ocasión, adquirió cierto derecho a
2,200.000 hectáreas de tierras baldías en dicho Estado, y a
pesar de que sólo pudo adquirir título de propiedad sobre
200.000 hectáreas, Cisneros tenía planes para colonizar el va
lle caucano.
En febrero de 1882, Cisneros en colaboración con su ami
go, John L. Thorndike, un ingeniero estadounidense que le
conoció cuando estaba trabajando en el Perú, y con el capi
talista neoyorkino Héctor J. Kingman, creó la Sociedad Agrí
cola. Esta institución tenía como propósito explotar y coloni
zar diez mil hectáreas de tierras baldías a lo largo de la vía
del ferrocarril del Pacífico. La Sociedad Agrícola iba a traer
inmigrantes extranjeros, fomentar la agricultura y la mine
ría. La compañía empezó con un capital efectivo de cincuenta
mil pesos; sin embargo, sus esfuerzos para traer inmigrantes
200 BOLETÍN DE HISTOBIA Y ANTIGÜEDADES
no se materializaron. Indudablemente que la disputa entre
Cisneros y sus críticos acerca del ferrocarril del Pacífico fue
un obstáculo para la realización de los planes de la Sociedad
Agrícola (14). Cuando el contrato del ferrocarril del Pacífico
fue rescindido por Cisneros, el gobierno nacional adquirió sus
derechos en la Sociedad Agrícola y en el año 1891 disolvió
dicha corporación (15).
Como en Antioquia y Cauca, Cisneros tuvo grandes espe
ranzas en la promoción de inmigración a las sabanas de Cun-
dinamarca como resultado de la construcción del ferrocarril
de Girardot. A diferencia de su proceder en las dos experien
cias anteriores, le fue imposible crear una corporación colo
nizadora debido a que no se le concedieron tierras baldías en
el contrato para construir dicho ferrocarril; sin embargo a
través de su periódico La Industria, promovió la colonización
de las tierras cundinamarquesas. La convicción de Cisneros
de la necesidad de colonizar las tierras vírgenes de Cundina-
marca, Antioquia y Cauca estuvo influenciada grandemente
por lo que él había observado en la colonización del oeste
norteamericano y de las pampas argentinas. Pero ya por el
año 1887, su entusiasmo en emular a las naciones yanqui y
gaucha había sucumbido como consecuencia del fracaso rela
tivo. En 1887, en un análisis de sus esfuerzos colonizadores
escribió:
“Hice calculaciones optimistas de un incremento rápido
de población, pero nunca pensé que sería en la proporción
que ocurrió en los Estados Unidos o la República Argentina,
porque esta es otra nación que ha resuelto el problema de
inmigración en conformidad con sus necesidades, pero en pro
porciones mayores que las que ocurrieron en el país en oca
siones anteriores. La experiencia de trece años de estudio con
tinuo del país me ha convencido de mi error y sus causas...
“Emigración ocurre de departamento a departamento
dentro de la nación si es que hay mayores posibilidades de
subsistir en el otro departamento. La falta de medios de co
municación es otra barrera a cualquier corriente de coloni
zación. En especial cuando más de la demanda local es pro
ducida allá (el departamento colonizado), y así, los produc
tores no pueden ofrecer el exceso de sus productos a otras
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 201
localidades donde existe la demanda. Este problema que es
peculiar a países sin vías de comunicación también lo existe
en las sabanas de Bogotá...” (16).
II
El periódico La Industria tuvo como origen inmediato la
defensa de las empresas de Cisneros que por aquel entonces
estaban bajo un ataque muy virulento. Pero dicha publica
ción se convirtió en una publicación científica de alta calidad.
Desde un principio Cisneros declaró:
“En este periódico no se tratará únicamente de las em
presas que están a mi cargo. La defensa de ellas me sugirió
la idea de su establecimiento, y la idea madurada me ha de
mostrado la conveniencia de que preste los servicios que estén
a su alcance a todas las demás de su género. Por lo tanto,
en las columnas de La Industria, encontrará favorable e im
parcial acogida todo escrito que de algún modo propenda o
trate de propender al adelanto material del país. Para ello
tendrá el periódico una sección dedicada a estudiar la manera
como en las demás naciones del orbe se ha conesguido des
arrollar el sistema de mejoras materiales... Se hará un es
tudio del sitema rentístico aplicado a las obras públicas; se
insertarán noticias y revistas industriales; se publicarán bio
grafías de hombres célebres... De vez en cuando presentará
La Industria reglas prácticas de construcción que sirvan de
guía segura a los artesanos que no hayan tenido educación
científica” (17).
A pesar de que Cisneros se eligió jefe editor de La In
dustria, encargó la dirección a su amigo íntimo Rafael María
Merchán y a los intelectuales colombianos Dámaso Zapata
y Luis Lleras, y bajo la supervisión de ellos, dicho periódico
se publicó en Bogotá semanalmente hasta 1889. Al cambiar
su residencia a Barranquilla, Cisneros llevó La Industria a
dicha ciudad.
La Industria en Barranquilla se imprimió irregularmente
y se concentró mayormente en tópicos relacionados con las
empresas del empresario cubano. La razón de dicha limita
ción fue que Merchán, Zapata y Lleras ya no dirigían la pu
202 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
blicación del periódico. Su dirección cayó al comando de Cis
neros y Carlos Sojo. Sin embargo, debido a los frecuentes
viajes de Cisneros por los Estados Unidos y Europa, La In
dustria dejó de publicarse después de 1892 (18).
Un análisis minucioso de La Industria claramente de
muestra que las ediciones bogotanas eran decididamente su
periores en calidad y variedad a las barranquilleras. Pero a
pesar de todo, ambas eran cuidadosamente editadas. En ver
dad Cisneros realizó y hasta fue más allá de sus planes ori
ginales. A través de las columnas de La Industria, no sola
mente se publicaron artículos relacionados con las condiciones
económicas de Colombia y del mundo, sino también un pro
grama de preguntas y respuestas por medio del cual el pú
blico podía escribir al editor en busca de consejos gratis para
iniciar proyectos industriales que requerían profundos cono
cimientos técnicos (19). Traducciones numerosas de artículos
publicados en Europa y los Estados Unidos se publicaron en
casi todas las ediciones (20).
En 1883, en una carta a los editores, el estadista colom
biano Pedro Nel Ospina manifestó la siguiente evaluación:
“El periódico que ustedes dirigen corresponde a una ur
gente necesidad del país. Gracias al esfuerzo constante de
algunos hombres enérgicos y al giro que sigue en otras na
ciones la actividad pública, Colombia empieza a despertar a
una nueva vida” Í21).
III
En 1879, el constructor del canal de Suez, el conde Fer-
dinand de Lesseps, firmó un contrato con el gobierno colom
biano que le obligaba a construir el canal de Panamá. El em
presario francés tenía esperanzas de levantar fondos para fi
nanciar el proyecto tanto en Europa como en los Estados
Unidos, pero muy a su pesar los capitalistas norteamericanos
no le apoyaron con sus recursos (22).
Cisneros, quien había estado muy interesado en la cons
trucción de un canal interoceánico desde muy temprano en
su carrera (23), se convirtió en uno de los más decididos de
fensores del empresario francés.
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 203
Con bastante frecuencia Cisneros comparaba sus obras en
Colombia con las de Lesseps (24). Cisneros también apoyó a
de Lesseps porque él tenía la profunda convicción de que el
canal beneficiaría no sólo a Colombia sino también a todo
el continente. El sostenía que la apertura del canal de Pa
namá señalaría el comienzo de una nueva era en el desarrollo
económico de América Latina (25).
Cisneros abogó ante capitalistas norteamericanos en fa
vor de apoyo moral y financiero para el proyecto del canal
de Panamá. Después de haber visitado e inspeccionado per
sonalmente los trabajos del canal, escribió un informe acerca
de su naturaleza y progreso. Su investigación fue resumida
en una conferencia que dictó ante la Sociedad Americana de
Ingenieros Civiles en mayo de 1883. El empresario cubano ex
plicó los pormenores del proyecto y las grandes oportunidades
que se presentaban a los capitalistas norteamericanos, en los
siguientes términos:
“Que la construcción del Canal sea llevada a cabo por
los franceses, no debe causar celo al pueblo americano; pues
el verdadero dueño del Canal será el que sepa dominar el
comercio de la América española; y dominará el comercio de
estos países el que mejor comprenda la teoría de Fréderic
Bastiat (26) de que todos los intereses legítimos son armonio
sos. No hay otro medio” (27).
Sin embargo, el apoyo de Cisneros terminó debido a que
M. Harel, el cuñado de de Lesseps, hizo unos comentarios
desobligantes acerca del ferrocarril del Pacífico, describién
dolo como un “juguete” y al muelle de Buenaventura como
a un “reloj pulsera” (28). Cisneros contestó el insulto afir
mando que Harel nunca había asistido a una escuela de in
geniería, y por lo tanto no tenía, derecho a proferir dichos
insultos. Cisneros también indicó que los ataques dirigidos a
su proyecto tenían como objeto apagar las ambiciones de
los individuos que querían apropiarse de las tierras fértiles
del ferrocarril caucano (29).
El 13 de junio de 1884, La Industria hasta sugirió que
los Estados Unidos podrían construir un canal mejor que los
franceses (30). Posteriormente, Cisneros permaneció en silen
cio en sus opiniones acerca del canal interoceánico.
204 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
IV
Después de que Cisneros rescindió el contrato del ferro
carril de Antioquia, dicho Estado trató de proseguir la cons
trucción bajo sus propios auspicios (31). Más cansado de
fracasos y frustraciones, Antioquia en 1892 hizo un arreglo
con la casa inglesa Punchard, McTaggart, Lowether and
Company para continuar con el proyecto. Dicha compañía
se comprometió a prestarle al entonces departamento de An
tioquia la suma de 1.550.000 libras inglesas al seis por ciento
de interés; 1.250.000 libras del empréstito debían ser usadas
para la construcción del ferrocarril (32).
Los trabajos de construcción comenzaron a cargo del in
geniero inglés Charles T. Spencer, quien desde un principio
fue acosado por la oposición del ingeniero colombiano Rafael
Torres Mariño, que mantenía que los intereses eran muy altos
y que la calidad del ferrocarril en construcción era muy baja.
Torres Mariño, quien gozaba de mucha influencia política en
Antioquia, tuvo mucha responsabilidad en la cancelación del
contrato con la Punchard, McTaggart, Lowther and Compa
ny (33). En 1893, el gobierno nacional decidió intervenir co
mo mediador en la disputa surgida entre ambos contratistas
y por tal razón persuadió a Cisneros para que actuase como
representante de los intereses antioqueños. Después de casi
un año de negociaciones el empresario cubano le aconsejó
a Antioquia y al gobierno nacional que respetase las estipu
laciones del contrato, indicándoles que, considerando las con
diciones políticas y la inestabilidad financiera de la nación,
la compañía inglesa era relativamente generosa (34). Pero
Torres Mariño acusó a Cisneros de haberse vendido a la Pun
chard, McTaggart, Lowther and Company. El empresario cu
bano respondió al acusador, llamándolo egoísta y demagogo
ignorante. Después de un intercambio de peyorativos entre
ambas partes, los servicios de Cisneros fueron cancelados, y
el pleito jurídico fue continuado en términos más acalora
dos (35). Esta disputa fue finalmente resuelta en 1899 por
un tribunal suizo, que sentenció a Colombia a indemnizar a
la casa inglesa en la suma de cuarenta mil libras (36).
Después de la rescisión del contrato del ferrocarril del
Pacífico, dicho Estado, al igual que Antioquia, trató de ad
ministrar y prolongar el ferrocarril bajo su propia dirección
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 205
y la de contratistas privados. En 1890, una concesión por
setenta años fue otorgada al norteamericano James Cherry,
quien representaba la Cauca Company. El acuerdo estipulaba
que el ferrocarril debía llegar a Cali dentro de cuatro años,
y a razón de treinta y ocho mil pesos por cada kilómetro ter
minado. Los trabajos fueron iniciados inmediatamente, y en
marzo de 1892 quince kilómetros más fueron sumados a los
construidos por Cisneros.
Pero la inhabilidad de la Cauca Company en obtener el
apoyo necesario de capitalistas extranjeros y las demoras y
tardanzas en las contribuciones del gobierno causaron estag
nación en los trabajos de construcción de 1892 en adelante.
Debido a los antedichos problemas, Cherry solicitó y obtuvo
permiso del gobierno para terminar la construcción del ferro
carril con dos años de retraso. Sin embargo, en 1894, el con
greso nacional canceló el contrato Cherry. Esta sanción dio
origen a una larga y acalorada disputa legal entre ambos
contratistas. En 1897 se decidió que una comisión interna
cional se reuniera en Nueva York y resolviera el caso en es
tudio. El gobierno colombiano comisionó a Cisneros y a su
ex-empleado Manuel H. Peña, como sus representantes (37).
En la conferencia la compañía norteamericana demandó que
se le recompensara con un pago de 962.438 pesos. Cisneros y
Peña mantuvieron que tal suma era exageradamente alta y
ofrecieron solamente 233.000 pesos como indemnización justa.
La renuncia de Peña a fines de 1897 y la muerte de Cisneros
en julio del siguiente año, disminuyeron las posibilidades de
un arreglo pacífico. El conflicto legal fue finalmente decidido
por una corte federal del Estado de Virginia en mayo de 1903.
Tal juzgado sentenció al gobierno colombiano a pagar a la
compañía norteamericana la suma de 903.382 pesos (38).
V
A pesar de que Cisneros había dejado de participar di
rectamente en el movimiento índependentista-revolucionario
cubano, siempre le brindó una atención muy cercana e inte
resada. Ya por el año de 1894, debido a los esfuerzos de José
Martí, Máximo Gómez y Antonio Maceo, se había conseguido
la unificación de la gran mayoría de los diferentes grupos
206 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
revolucionarios. Los patriotas cubanos también tenían fe en
que un esfuerzo bélico total culminaría en una derrota final
de las fuerzas realistas y en la independencia de la isla.
En 1895, Cisneros, convencido de las grandes posibilida
des triunfadoras ofreció sus servicios a la causa revolucionaria
en el campo de batalla, pero los líderes del movimiento lo
persuadieron de que él podía ser de mayor utilidad como una
especie de agente diplomático de los revolucionarios y como
promotor de apoyo moral y financiero para una “Cuba in
dependiente”. En consecuencia de esto, Cisneros, Merchán y
el cubano Carlos Quintana organizaron en Colombia un nú
mero de sociedades conocidas como Clubs Maceo. El objetivo
principal de dichas instituciones era recoger fondos y crear
simpatía por la causa cubana. Como uno de los mayores con
tribuidores de los Clubs Maceo, Cisneros invirtió muchos de
sus recursos monetarios, como también los de sus influyentes
amigos colombianos en la lucha libertadora (39). Políticos y
estadistas colombianos de diferentes afiliaciones políticas apo
yaron a la revolución cubana con su influencia, prestigio y
dinero a través de los Clubs Maceo. Con el respaldo financiero
y moral de Cisneros, de otros cubanos en el exilio y de gran
número de colombianos, Merchán fue comisionado para pu
blicar la revista mensual Colombia y Cuba, destinada a pro
mover un mayor apoyo a los Clubs Maceo y por lo tanto a la
revolución (40).
VI
Quizá uno de los aspectos más singulares de los negocios
de Cisneros en Colombia fue el método de su financiamiento.
Cisneros triunfó en donde otros fallaron, en parte debido a
su gran habilidad para financiar sus proyectos. Desde un
principio adoptó la práctica de atraer el apoyo de capitalistas
latinoamericanos y colombianos para sus empresas. El ferro
carril de Antioquia fue comenzado con trescientos mil dóla
res que eran contribuidos mayormente por cubanos exilados
en los Estados Unidos y Europa (41). Los primeros veintitrés
kilómetros del ferrocarril de La Dorada fueron construidos
casi en su totalidad con los fondos de Cisneros y otros capi
talistas colombianos. Entre las compañías latinoamericanas
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 207
que invirtieron en los proyectos de Cisneros figuran: la de
José Camacho Roldan y Compañía, la de Muñoz y Espiriella,
la de Diego de Castro y Compañía, la de Pérez Triana y Com
pañía, y otros (42). Muchas de las compañías que dieron su
apoyo a Cisneros, incluyendo las citadas, habían sido cons
tituidas en los Estados Unidos, Inglaterra y Francia para así
obtener la protección tácita que el prestigio y poder de dichas
naciones les proporcionaría.
Otra característica importante de las empresas de Cisne-
ros es que fueron constituidas en la forma de sociedades cor
porativas en las cuales tanto el público como sus empleados
participaron (43). En Colombia, Cisneros también propagan-
dizó el uso del sistema corporativo como una forma de pro
mover el desarrollo económico del país (44). Tal política es
especialmente significativa cuando uno tiene en cuenta que
hasta el año 1870, el sistema corporativo era virtualmente
desconocido en Colombia (45).
Cisneros tenía la convicción de que los latinoamericanos
eran capaces de aceptar un gran papel en el desarrollo eco
nómico de sus patrias. Pues Cisneros no sólo trajo a este país
ingenieros y técnicos norteamericanos, sino también ingenie
ros, administradores, técnicos, industrialistas, comerciantes,
y hasta intelectuales cubanos como Rafael María Merchán.
En Colombia, formó sociedades y se asoció a empresas eco
nómicas con los más altos exponentes del desarrollo de la
nación.
La historia de las contribuciones de capital latinoameri
cano a la industrialización de la región todavía no se ha es
crito. La reconstrucción de la manera en que se realizó es sin
duda una tarea muy abrumadora debido a que el capital lati
noamericano, para protegerse de desórdenes políticos y eco
nómicos internos, tenía que pretender no ser lo que era. Eco
nomistas modernos nos indican que, a pesar de que la América
Latina necesita la colaboración de capital extranjero para su
industrialización, lo que necesita más son las inversiones de
capitalistas nacionales. Sin embargo, si lo que hizo Cisneros
es una muestra de otras experiencias contemporáneas, es po
sible deducir que inversionistas latinoamericanos ya estaban
invirtiendo en sus respectivas naciones aunque quizá muchas
veces en una forma disimulada.
208 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
Cisneros insistentemente mantuvo que era esencial para
el desarrollo económico de América Latina tener la colabora
ción de capital extranjero y que para atraer dicho capital,
debían existir inversiones nativas. En su concepto, inversio
nes nacionales eran un signo de buena fe, lo cual, acoplado
a la estabilidad política, promovería una industrialización or
denada. Cisneros sugirió también concesiones y privilegios a
capitalistas extranjeros. Cisneros indica que la razón básica
para la publicación de sus escritos en inglés fue informar a
los inversionistas extranjeros acerca de las muchas oportu
nidades que existían en América Latina. Cuando Cisneros
visitaba los Estados Unidos y Europa, hablaba con hombres
de negocios, organizaciones cívicas, instituciones académicas
y la prensa para promover inversiones en Colombia (47). Pero
al mismo tiempo que Cisneros abogó por inversiones extran
jeras, les advirtió a los capitalistas extranjeros, y en especial
a los norteamericanos, que actuaran bajo las normas de jus
ticia y ecuanimidad. A ellos les dijo:
“Lo que antes se obtenía por la fuerza no puede obtener
se ahora sino por la razón. Las comunicaciones fáciles y cons
tantes, así como la reciprocidad de concesiones, son el medio
de estrechar las relaciones” (48).
VII
En conclusión, las actividades empresarias de Cisneros
fueron más allá de la construcción de ferrocarriles. El propó
sito del presente ensayo no ha sido explorar en una forma
profunda la multiplicidad de las empresas del patriota cu
bano sino más bien abrir los primeros surcos que podrían ser
analizados con mayor profundidad por los estudiosos. La mag
nitud y diversidad de las actividades de Cisneros en sí repre
sentan capítulos importantes de la historia colombiana. Ca
pítulos que necesitan ser estudiados más seriamente por nues
tros historiógrafos. Es la tesis del autor que Cisneros no es
un caso singular en América Latina, sino sólo un ejemplo de
las figuras y las experiencias olvidadas por nuestra historia.
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 209
NOTAS
(1) Hernán Horna, “Francisco Javier Cisneros: A Pioneer in Trans
portation and Economic Development in Colombia”, (Unpublished Ph. D.
dissertation, Vanderbilt University, U. S. A., 1970).
(2) United States Vice-Consul L. M. Whelpley al Secretary of State
Alvey A. Adee, November 19, 1889, Report 76, Consular Despatches-
Barranquilla, 6 Vols., IV; véase también: “The Uprising in Colombia”,
New York Tribune, October 27, 1899, 1; y “Varia: Ferrocarril de Carta
gena al Río Magdalena”, Colombia Ilustrada (Bogotá), 15 de febrero de
1890, 155.
(3) Compilación de los Principales Documentos sobre la Sociedad
Agrícola y de Inmigración. (Medellín: Imprenta Oficial, 1921), pp. 33-34.
(4) Ibid., p. 37.
(5) Ibid., p. 33.
(6) Francisco Javier Cisneros, “Memoria al Secretario de Estado”,
en Ferrocarril de Antioquia: 1879-1889, 2 vols., MCMXXXI, (Biblioteca
Pública Piloto, Medellín), p. 29; véase también: Carta de Francisco J.
Cisneros a Salvador Camacho Roldán, Medellín, 30 de julio de 1878, en
Archivo de Salvador Camacho Roldán (Universidad de Los Andes, Bogotá).
(7) Minas de Antioquia: Catálogo de las Minas que se han Titulado
en 161 Años desde 1739 hasta 1900. (Medellín: Imprenta Oficial, 1906),
pp. 125-127, 254; véase también: “Nota”, Registro Oficial. (Medellín), 28
de abril de 1883, 3720.
(8) Cisneros, Ferrocarril de Antioquia: Memoria sobre la Construc
ción de un Ferrocarril de Puerto Berrío a Barbosa. (Nueva York: Impren
ta y Librería de N. Ponce de León, 1880), p. 47.
(9) Compilación de los Principales Documentos sobre la Sociedad
Agrícola y de Inmigración, p. 233.
(10) Documentos Relativos al Ferrocarril de Antioquia: 1882-1890.
(Medellín: Imprenta Oficial, 1890), p. 68.
(11) Compilación de los Principales Documntos sobre la Sociedad
Agrícola y de Inmigración, p. 200; véase también: J. D. Monsalve, El Mu
nicipio de Santo Domingo: Departamento de Antioquia. (Bogotá: Casa
Editorial Santa Fe, 1927), pp. 3-6; Alfonso Mejía Robledo, Vidas y Em
presas de Antioquia. (Medellín: Imprenta Departamental, 1951), p. 156.
(12) Compilación de los Principales Documentos sobre la Sociedad
Agrícola y de Inmigración, pp. 106-107.
(13) Cisneros, Ferrocarril del Cauca: Report on the Project to Con-
struct a Railway from the Bay of Buenaventura upon the Pacific Ocean
and the River Cauca. (New York: D. Van Nostrand, 1878), pp. 66-75,
78-98.
(14) Cisneros (ed.), Leyes y Contratos Relativos a las Empresas de
Obras Públicas. (Bogotá: Imprenta de “La Luz”, 1882), pp. 250-253.
210 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
(15) José María Cordovez Moure, Reminiscencias de Santa Fe de Bo
gotá, editada por Elisa Mujica. (Madrid: Imprenta Aguilar, 1962), pp. 1520-
1521.
(16) United States Vice-Consul L. M. Whelpley al Assistant Secre-
tary of State Alvey A. Adee, November 19, 1889, Report 76, Consular
Despatches-Barranquilla, 6 vols., IV.
(17) Cisneros, “El Por Qué de Este Periódico”, La Industria (Bogo
tá), 15 de febrero de 1883, 2.
(18) “Advertencia”, La Industria (Barranquilla), 22 de abril de
1892, l;véase también: “La Industria”, La Industria (Barranquilla), 22 de
abril de 1892, 12.
(19) “Consulta”, La Industria (Bogotá), 22 de marzo de 1883, 51;
véase también: “Una Respuesta”, La Industria (Bogotá), 29 de marzo de
1883, 57.
(20) Rafael Núñez, La Reforma Política en Colombia, 7 vols., Ter
cera Edición, VII (Bogotá: Editorial Iqueima, 1950), pp. 73-74.
(21) Carta de Pedro Nel Ospina, Medellín, 21 de mayo de 1883, en
La Industria (Bogotá), 28 de junio de 1883, 154.
(22) “Financial: Panama Canal”, New York Times, December 4,1880,
7; véase también: Ricardo Pereira, “El Canal de Panamá”, Papel Perió
dico Ilustrado (Bogotá), 6 de agosto de 1886, 12-14.
(23) Horna, “Francisco Javier Cisneros: A Pioneer in Transportation
and Economic Development in Colombia”, pp. 33-34, 165.
(24) “Reflexiones sobre el Ferrocarril del Cauca”, La Industria (Bo
gotá), 12 de julio de 1883, 169.
(25) Recepción del Conde de Lesseps. (Barranquilla: [imprenta des
conocida!, 1879), pp. 2-29; véase también: Cisneros, “Canal de Panamá”,
La Industria (Bogotá), 21 de junio de 1883, 145-146.
(26) Frédéric Bastiat (1801-1850) fue un economista francés que de
fendía las ideas económicas de Adam Smith y Richard Cobden.
(27) Cisneros, “Canal de Panamá”, La Industria (Bogotá), 28 de ju
nio de 1884, 127.
(28) “Esperanzas para el Cauca”, La Voz Nacional (Bogotá), Junio 14
1884, 127.
(29) “La Comisión del Canal de Panamá”, La Industria (Bogotá), 4
de junio de 1884, 498.
(30) “El Ferrocarril del Cauca y los Comisionados Franceses”, La
Industria (Bogotá), 13 de junio de 1884, 510-512.
(31) Concepto del Ministerio de Justicia para los Ferrocarriles de
Antioquia y Santander. (Bogotá: Imprenta de Vapor de Zalamea, 1893),
pp. 3-63.
(32) Pérez Triana, Exposición Relativa a los Contratos para la Cons
trucción del Ferrocarril de Antioquia y el de Santander en 1892 y 1893.
(London: Wertheimer, Lea and Co., 1895), pp. 7-161.
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 211
(33) “Colillas Ferroviarias”, Los Hechos (Bogotá), 14 de abril de
1894, 305-306; véase también: “Ferrocarril de Antioquia”, Los Hechos
(Bogotá), 14 de mayo de 1894, 418-420; “Ferrocarril de Antioquia”, Los
Hechos (Bogotá), 19 de mayo de 1894, 443-445; y Charles T. Spencer,
Rectificación (Medellín: Imprenta “El Esfuerzo”, 18 de septiembre de
1893), p. 1 (hoja volante).
(34) Carta de Francisco J. Cisneros a Alejandro Barrientes, Bogotá,
13 de diciembre de 1892, en Repertorio Oficial (Medellín), 13 de enero
de 1893, 7804-7805.
(35) Ferrocarril de Antioquia: Observaciones sobre el Informe del
Señor Ingeniero, Doctor Rafael Torres Mariño. (Medellín: Imprenta de
“El Expectador”, 24 de julio de 1893), p. 1, (hoja volante); véase tam
bién: Rafael Torrse Mariño, Ferrocarril de Antioquia: El Ingeniero Oficial
se Defiende de Nuevos Ataques. (Medellín: Imprenta “El Esfuerzo”, 23
de octubre de 1893), p. 1 (hoja volante); Torres Mariño, Ferrocarril de
Antioquia: Situación Actual de la Empresa. (Medellín: Imprenta del De
partamento, 1893), pp. 1-2, (hoja volante); y Torres Mariño, Ferrocarril
de Antioquia: El Gerente se Defiende del Señor Francisco J. Cisneros.
(Bogotá: Imprenta de El Telegrama, 1894), p. 1, (hoja volante).
(36) Tribunal Arbitral International du Chemin de Fer d’Antioquia:
Sentence Arbítrale. (Berne: Imprimerie Staempfli et Cié., 1900), pp. 5-
113; véase también: Informe que el Secretario de Relaciones Exteriores
Presenta al Congreso de 1898. (Bogotá: Imprenta de Luis M. Holguín,
1898), pp. L-LI; “Award Against Colombia”, New York Tribune, Octo-
ber 28, 1899, 9; “The Award Against Colombia”, New York Tribune, Oc-
tober 29, 1899, 2; y Jorge Holguín, “Aclaración”, El Repertorio Colom
biano (Bogotá), XV, N? 2 (febrero de 1897), 169-171.
(37) “Revista Política”, El Repertorio Colombiano (Bogotá), XV,
N<? 3 (marzo de 1897), 229-236.
(38) Alfredo Ortega Díaz, Historia de los Ferrocarriles de Colombia,
Biblioteca de Historia Nacional, volumen XIVII, Parte I (Bogotá: Im
prenta Nacional, 1932), p. 479.
(39) “Manifestaciones”, Colombia y Cuba (Bogotá), XVI, N? 6 (oc
tubre de 1897), 39-40; véase también: “La Voz de Aliento”, Colombia
y Cuba (Bogotá), XVII, N<? 2 (diciembre de 1897), 63-72; “La Autono
mía”, Colombia y Cuba (Bogotá), XVII, N? 2 (diciembre de 1897), 58-62;
y ‘“Suscripción”, Colombia y Cuba (Bogotá), XVII, N? 5 (marzo de
1898), 123.
(40) Merchán, “A los Clubs de Colombia”, Colombia y Cuba (Bogo
tá), XIX,. N<? 2 (enero de 1899), 153-160.
(41) Cisneros, A Propósito de una Sentencia. (Bogotá: Tipografía
de “La Luz”, 1898), pp. 3-45; véase también: Miguel Goenaga, Lecturas
Locales: Apuntes sobre Cisneros. (Barranquilla: Tipografía Goenaga, 1939),
pp. 46-47; “Contrato”, Rejistro Oficial (Medellín), 13 de mayo de 1884;
“Ferrocarril de Girardot: Organización de una Compañía Nacional”, La
Industria (Bogotá), 12 de abril de 1883, 73-74; Memoria que el Encarga
do de la Secretaría de Fomento Dirige al Presidente de los Estados Uni
212 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
dos de Colombia. (Bogotá: Imprenta Torres Amaya e Hijo, 1883), p. 19;
y carta de Francisco J. Cisneros a Carlos Sáenz, Honda, 27 de noviembre
de 1884, en Colección Miscelánea de Cisneros (Sección Archivos y Micro-
filmes, Academia Colombiana de Historia, Bogotá, Colombia).
(42) Cisneros, A Propósito de una Sentencia, pp. 7-25; véase tam
bién: Carta de Francisco J. Cisneros a Ribón, Castro y Compañía, London,
27 de agosto de 1883; carta de Francisco J. Cisneros a Diego de Castro,
Barranquilla, 8 de febrero de 1884; carta de Francisco J. Cisneros a Sal
vador Camacho Roldán, Bogotá, 26 de junio de 1884; carta de Francisco
J. Cisneros a Salvador Camacho Roldán, Bogotá, 11 de agosto de 1884;
carta de Diego de Castro a Salvador Camacho Roldán, Bogotá, 27 de ju
nio de 1884, en Archivo de Salvador Camacho Roldán.
(43) Contabilidad: Balances, Cuentas y Comprobantes: 1874-1876,
CCCVI (Archivo del Ferrocarril de Antioquia, Medellín), pp. 2-30; véase
también: United States Cónsul Tilomas Davis al Assistant Secretary of
State John Davis, July 29, 1884, Report N? 103, Consular Despatches-
Barranquilla, 6 vols., I.
(44) Goenaga, Lecturas Locales: Apuntes sobre Cisneros, pp. 11,
46-47.
(45) Salvador Camacho Roldán, Escritos Varios, 3 vols., I (Bogotá:
Librería Colombiana, 1892), p. 176.
(46) Contabilidad: Balances, Cuentas y Comprobantes: 1874-1876,
CCCVI (Archivo del Ferrocarril de Antioquia, Medellín), pp. 2-30; véase
también: Carta de Francisco J. Cisneros a Carlos Sáenz, Girardot, 25 de
agosto de 1882; carta de Francisco J. Cisneros a Carlos Sáenz, Puerto
Berrío, 23 de abril de 1884; carta de Francisco J. Cisneros a Carlos
Sáenz, Honda, 18 de febrero de 1885, en Colección Miscelánea de Cisneros;
y United States Cónsul Bendix Koppel al Assistant Secretary of State,
July 14, 1880, Report N? 32, Consular Despatches-Bogotá, 4 vols., I.
(47) Cisneros, Ferrocarril de Antioquia: Memoria sobre la Construc
ción de Puerto Berrío a Barbosa, pp. 2-6; véase también: Cisneros, “Canal
de Panamá”, La Industria (Bogotá), 12 de julio de 1883, 169; carta de
William E. Curtís al United States Cónsul Thomas Dawson, Caracas, Ja-
nuary 18, 1885, en Consular Despatches-Barranquilla, 6 vols., II.
(48) Cisneros, “Canal de Panamá”, La Industria (Bogotá), 28 de
junio de 1884, 127.
LOS ANDES EN LA HISTORIA DE COLOMBIA
(Continuación)
Por Rafael María Rosales
La Independencia en los Andes
La Capitanía General de Venezuela es preferida por la
atención del gobierno peninsular. Sus ciudades son comar
cas perdidas en lo soledoso de su inmensidad rural y los
puertos apenas ven volar a los pájaros marinos en las tardes
adentradas en el azul del cielo detenido en el mensaje ves
pertino. En el interior son más característicos que en la me
trópoli los fenómenos sociales y económicos, y por ello algu
nos movimientos tienen efecto en el fermento de la primera
toma de conciencia venezolana. Como aquel del negro Mi
guel en las minas de Muría, y el de José Leonardo Chirino
en Coro, y el del zambo Andresote contra la Guipuzcoana o
como la sublevación del Cabildo de San Felipe, o la adver
tida en El Tocuyo o la de Juan Francisco de León en los
valles aragüeños y, claro es, la revolución comunera de los
pueblos tachirenses, aupada en la zona andina y de proyec
ciones nacionales y precursoras como hemos visto rápida
mente ya. Todo ello es la mezcla, del ideal con el dolor o el
sojuzgamiento y la misma imposición de los pechos colonia
les. De manera que cuando amanece a la vida política el 19
de abril de 1810, ya los pueblos interioranos tienen un pre
cedente de entrega decidida al bien liberador.
Para 1810 Mérida y Táchira dependen de la Provincia
de Maracaibo y están rezagados sus pueblos en el mismo
abandono de su vida sedentaria, y Mérida ve con molesta
214 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
melancolía la pérdida de su carácter de capital de la anti
gua provincia de su mismo nombre. En consecuencia, al
constituirse la Junta Suprema de Caracas y venir uno de sus
hijos más preclaros, Luis María Rivas Dávila, a ofrecer su
confederación como provincia y la flor del homenaje a la
independencia, Mérida adhiere al 19 de abril y constituye a
su vez la Junta Soberana de Gobierno que proclama la in
dependencia el 16 de septiembre, más allá de las rodadas de
sus ríos y más allá del frío y el calor de sus tierras. Es el
mismo Rivas Dávila, gestor de la independencia de su nati
va ciudad y de la de Barinas, quien viene al Táchira y en
La Grita, San Antonio y San Cristóbal sus Cabildos firman
las Actas de Independencia los días 11, 21 y 28 de octubre,
respectivamente. La declaración de independencia, por parte
del Táchira, repercute de manera directa en los pueblos fron
terizos del Ande neogranadino, pues si el 19 de abril de 1810
tiene repercusión continental, como la observada en Buenos
Aires, Bogotá y otras capitales hispanoamericanas, la inde
pendencia tachirense, en octubre, define una actitud de in
fluencia, y recuérdese de una vez la actitud de la sancristo-
balense María del Carmen Ramírez de Briceño al hacer co
nocer en El Rosario los sucesos de Caracas y dar calor a los
pechos en espera de su libre palpitar cabe las ondas musi
cales del Pamplonita.
La altiva y noble Pamplona, tres meses antes que Bo
gotá, el 4 de julio de 1810, ha dado muestras de querer en
trar en el movimiento independentista caraqueño, cuando
como consecuencia de un tumulto, según lo refiere el histo
riador Luis Febres Cordero, depone al vanidoso Corregidor
Juan Bastús y Palla. Y no se queda ahí el sentimiento pa
triota de Pamplona, porque el 31 de julio está dejando en la
hitoria los rasgos de su carácter republicano, al declarar su
independencia, la cual quiso llevar a los pueblos que depen
dían de su Provincia, cosa no lograda en razón de la voca
ción realista de Girón, la influencia catalana de Cúcuta y
la indiferencia de Ocaña. Por esto último juzgamos de im
portancia la manifiesta identificación con la libertad de la
tachirense María del Carmen Ramírez, activa en hacer sa
ber en el lado de la frontera neogranadina lo acontecido el
19 de abril en la capital de la Capitanía General Venezolana.
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 215
En el intercambio fronterizo perdura el anhelo de sus pue
blos para en cada ocasión estar presentes en la afirmación
de sus nexos y de sus ideales.
Hemos de anotar con patriótico júbilo que también Tru-
jillo se pronuncia oportunamente por la revolución america
na, pues el 9 de octubre de 1810 firma el Acta de su Inde
pendencia y según el ilustre don Tulio Febres Cordero, “se
declara aliada de Caracas, Bogotá, Quito, La Paz y demás
ciudades revolucionarias de América; y constituye un Gobier
no propio, creando la Ilustre Junta Suprema Patriótica de
N. S. de la Paz de Trujillo”.
Concluye, por lo tanto, en 1810, el poder colonial en los
pueblos fronterizos de los andes, y de uno a otro lado se afian
za el deseo de no volver a ser dependencia realista porque, al
contrario, hay un acuerdo tácito de defender la libertad con
mutua decisión, lo cual se manifiesta en los años 1811 y 1812,
pues si bien es verdad que el Táchira está representado en
la firma del Acta Nacional el 5 de julio de 1811 por el! Padre
Manuel Vicente Maya, éste no expone el pensamiento tachi
rense sino el del Arzobispo de Caracas, el Excelentísimo Nar
ciso Coll y Prat. Es porque no puede ir a representar a nues
tra entidad el Padre Quintana, pues la suerte lo hace ir por
Achaguas, y tampoco puede hacerlo, por ser vetado por el
gobierno provincial y el eclesiástico en Mérida, el sacerdote
tachirense Pedro José Casanova, decidido partidario de la
independencia y firmante del Acta de San Cristóbal. Pero el
Táchira siempre impone su carácter revolucionario a través
de las alternativas circunstanciales. Por lo mismo, en los días
de la iniciación de las actividades del Congreso nacional or
ganiza su propia fuerza para repeler el ataque realista que
pueda venir de Cúcuta, tal como enfáticamente lo supone en
el dicho Congreso el Diputado por Mérida, Dr. Antonio Ni
colás Briceño.
En 1812 la provincia está desguarnecida y por Siquisique
pasa Domingo Monteverde, quien reconquista para la Corona
el poder alcanzado por la república. De Maracaibo se movi
liza el Coronel Ramón Correa hacia los andes venezolanos y
es por ello por lo que el Cabildo de San Antonio del Táchira
prepara refuerzos y los envía a La Grita como apoyo a su
Comandante Francisco Yépes, y son Francisco Núcete y Mar
216 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
tín Vale los encargados de comandar tales refuerzos, pero
en Lobatera el resentimiento realista pone a este último con
tra el primero. Es cuando se manifiesta en el Táchira la cau
sa de la infidencia, la cual da su cuota de resistencia al po
der español y renueva la confianza de la historia. Correa toma
al Táchira y a mediados de agosto de 1812 es dueño y señor
de Cúcuta y su contorno. El gesto infidente tachirense, aun
que en vano en su empeño de sostener el gobierno republica
no, mantiene la esperanza liberadora en los pueblos orienta
les neogranadinos, porque ayer, como hoy, mantienen su hos
pitalaria convivencia y reparten en camaradería sus perma
nentes angustias con los de acá.
Conviene recordar, por lo interesante de su valor como
trabajo de investigación y de fervor independentista, el ad
mirado libro “Los Infidentes del Táchira”, del notable his
toriador venezolano Mario Briceño Perozo. En ese libro cons
ta la presencia del patriotismo regional.
El viaje y el triunfo.
La pérdida de Puerto Cabello es un mal presagio para
la república levantada sobre el aire de una esperanza, así co
mo el terremoto de 1812 afirma la duda de quienes ven lle
gar a Caracas a un Monteverde crecido por la facilidad del
triunfo. El desánimo patriota traduce la reconsideración de
las circunstancias, pues la derrota de la primera república
venezolana ha de repercutir en demérito del esfuerzo conti
nental por alcanzar la solidificación de la independencia. Y
Puerto Cabello es una sombra en el orgullo herido de quien
se considera culpable en el minuto de vacilar acerca de la
lealtad republicana del más grande de los precursores ame
ricanos. Y allá va el viajero, por la ruta del mar, contando
los dos años perdidos en la ciénaga del temor y de la inma
durez. Va a buscar la luz de la palabra para convertirla en
acción creadora en la Cartagena almenada con la piedra, la
argamasa, el valor y el espíritu, cuando en el mar permane
ce el lejano y procero mensaje de la virilidad de un Blas de
Lezo, remoto en el tiempo, como para que el ejemplo no se
pierda en el momento de defender un ideal y de forjar la
pasión de un continente, con el empeño republicano. El mar
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 217
también es un eslabón para la urdimbre de la integración
histórica de un litoral cuyas arenas se adentran en el confiar
de los pueblos sometidos, pues hay una clarividencia en los
pasos del caraqueño recien llegado a la ciudad amurallada.
Por eso la amargura de la derrota que cabe en el pecho de
Simón Bolívar no ha de ser sino el acicate que le ponga ace
rada fuerza a su voluntad, al asentar su inquietud patriótica
en la supervivencia de la república neogranadina sostenida
por la cabeza y el brazo de Camilo Torres y Antonio Nariño
y representada en Cartagena por Manuel Rodríguez Torices,
el gallardo. Cada muralla como cada isla de la ciudad heroica
le dan el aliento y la conciencia de un nuevo empeño para la
gloria. Al dirigirse al Congreso de la Nueva Granada que lo
asila y estimula expresa que “La caída de Caracas ha arras
trado tras sí la de toda la Confederación de Venezuela”. Pe
ro el continente tiene la amenaza de perder su grito y su
esfuerzo liberador. Por eso su propósito consiste en obtener
auxilio para volver sobre sus pasos, jinete en la decisión in
transferible, y cobrar en triunfo el descalabro de Puerto Ca
bello.
La fogata de los cocuyos en la insomne resonancia del Cas
tillo de San Felipe de Barajas, es un silencio apagado en la
intermitencia de las voces marinas que ya presagian la bue
na nueva del Bolívar que vendrá en el aluvión heroico del
mestizaje redentor. En la bahía que defiende la muralla de
la escollera se sostiene la república, pero sus hombres ven
con preocupación como en Venezuela los realistas ahogan a
la patria boba, la cual en la Nueva Granada subsiste hasta
1816. Esos cocuyos ancestrales alumbran el pensamiento de
Simón Bolívar y el destino impulsa su mano para escribir
el 15 de septiembre de 1812 el célebre Manifiesto que' es ins
titución de la libertad americana en el orto de la nueva
razón republicana, y es, allá como acá, robusta enseñanza
en la vivencia de los siglos al renovarse en cada ciclo de ver
dad democrática.
El brillante caraqueño tiene el fuego de la predestina
ción y pregona con énfasis las concepciones del hacer eman-
cipista en el diálogo y la tesis convincentes. Su empeño lo
avalará muy pronto con el portento de su espada. Es hora
de forjar la gloria con la firmeza de la libertad, pues ya las
218 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
cadenas son grillos atormentadores de la paciencia de los pue
blos enfermos de pasividad. Los dirigentes de la república
neogranadina comprenden el mensaje del hombre extraordi
nario. Camilo Torres lo estimula en grado sumo, hasta de
cirle que la patria no ha muerto mientras exista su espada
y que ha sido un militar desgraciado —al perderse la prime
ra república venezolana— pero que es un grande hombre —y
así lo es toda la vida y después en la gloria engrandecida por
el espacio y el tiempo—, y Rodríguez Tortees pone en sus
manos la influencia del Estado Independiente de Cartagena
para que la certeza de ese mensaje se convierta en el derecho
del hombre libre americano. Es porque a Simón Bolívar se
le acepta con el grado de Coronel en el ejército regular neo-
granadino y se le da la oportunidad de romper el cerco rea
lista en el Magdalena y Santa Marta, y aun cuando inicia
fulgurante y decisiva campaña bajo la rectoría del francés
Pedro Labatud, se da cuenta de que las condiciones dirigen
tes de éste no están a la altura de una realidad donde el va
lor, la estrategia y la inteligencia exigen el entusiasmo de
una entrega y una táctica muy singulares y obra por su pro
pia cuenta contando con el apoyo de un Rodríguez Torices
vidente, también, y la fuerza de su pensamiento y de su ac
ción que es el nerviosismo de la gloria. De ahí el que no se
achique, como dice O’Leary, al “echar sobre sus hombros una
inmensa carga de responsabilidad contando con que el brillo
de su atrevida empresa eclipsará la enorme falta que iba a
cometer”. Pero el destino de Simón Bolívar impulsa la reso
nancia de sus grandes decisiones. Por eso en pocos meses vic
toriosos compensa la indisciplina que no haberla tenido, des
calabra el poder republicano, y en poco tiempo limpia de
realistas el Magdalena y baja, como un relámpago, la encendi
da fragosidad que lo conduce a Ocaña. La Nueva Granada ha
recibido del caraqueño lucidamente rebelde la confianza de
un pagar en honra la hospitalidad bondadosamente acorda
da y robustece su esperanza al recobrar un crucero para la
heredad de su prestigio.
Pero también ei oriente fronterizo tiene la amenaza rea
lista y es el Coronel Manuel del Castillo quien pide a Carta
gena sea enviado Bolívar a fortalecer su organización mili
tar y a darle la moral de su triunfante y estelar momento.
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 219
Este llamamiento, sin embargo, traerá sombras a la luminosa
trayectoria del insigne y joven héroe, pero la suerte está
echada y ya nada detiene la estrella de su vida. El presidente
y Gobernador de Cartagena le ordena el 28 de enero de 1813
ir en auxilio de Castillo y a la Pamplona esclarecida llega
con el polvo recogido en la penosa odisea por una geografía
donde lo físico y lo humano ha sido vencido con ejemplar
estrategia y gloria. La situción sigue siendo azarosa y razón
tiene Castillo cuando le llama a relevarlo del peligro que se
cierne con la presencia del Coronel Ramón Correa en el Tá
chira, desde marzo de 1812.
Cuando Bolívar hace balance de sus potencias liberta
doras, le llega otra vez el estímulo de la República que le da
asilo y mando, pues el Congreso lo hace CIUDADANO DE LA
NUEVA GRANADA Y BRIGADIER DE LA UNION, el 12 de
marzo de 1813. Tal distinción que, por otra parte, refuerza su
presencia en Pamplona de Jefe expedicionario, provoca más
que el recelo la envidia de quien hasta su llegada ha sido el
jefe militar de la provincia pamplonesa y quien, por cierto,
tiene excelentes condiciones para ser otro de los grandes pro
ceres, como Ricaurte y Girardot, en la campaña que pronto
iniciará Bolívar al invadir a Venezuela. Son designios encon
trados. Pero la vida no puede detenerse sino con la muerte.
Además, la República espera los grandes esfuerzos y no las
pequeñas conveniencias.
Bolívar derrota a Correa.
El motivo que induce a Castillo a pedir sea Bolívar quien
venga a reforzar el oriente neogranadino, es la siguiente: la
frontera, en ambos lados, está en manos patriotas o, por lo
menos hay en ella la disposición de las guerrillas para sos
tener el grito de libertad dado en 1810. Es el tiempo de la in
fidencia que da al Táchira el sello de su fe en la doctrina
republicana. Correa ha sido comisionado por su suegro don
Fernando Miyares, Gobernador de la Provincia de Maracaibo,
para pacificar las fronteras y de manera preferente la pro
vincia pamplonesa. El Cabildo de San Antonio toma la ini
ciativa de interponerse a las pretensiones realistas y organi
220 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
za una expedición para acrecentar las disponibilidades al Co
mandante Yepes, defensor de La Grita. Tal expedición no
tiene éxito por la actitud del Cabildo de Lobatera, donde la
infidencia sufre menoscabo al ir Vale contra Núcete, como
ya dijimos, y trastrocar la intención en favor de la indepen
dencia. Los neogranadinos fronterizos, al conocer la disposi
ción sanantoniense se movilizan de Pamplona a San Antonio,
no sin antes pedir refuerzos a Santafé, y con los patriotas
venezolanos se enfrentan a Correa en una colina de la últi
ma ciudad nombrada y son batidos el 13 de junio de 1812. El
Dr. José Gabriel Peña es el jefe de la acción y ha de retornar
en el tiempo de la queja —por no ser atendido a tiempo por
la metrópoli— a su provincia. Correa avanza entonces hasta
Cúcuta y allí permanece en rara pasividad hasta fines de ese
año de 1812.
Era justificable la petición del apoyo de Boívar por parte
de Castillo, ya que Correa, militar avezado y mejor pertre
chado podía en un momento dado adelantar hacia el interior
neogranadino. En efecto, el dicho Correa salió de Cúcuta en
enero de 1813 e invade a Piedecuesta, por lo que el mismo
Castillo trata de impedírselo, pero es derrotado el 8 de enero,
aun cuando hay que abonar al jefe patriota su déficit de
efectivos, los cuales solamente alcanzan a 600, mientras que
Jos de Correa son 800 en condiciones superiores. Nuevamente
puede advertirse la extraña actitud de Correa al retornar a
Cúcuta y permanecer a la defensiva. Acaso sabe ya la llega
da de Simón Bolívar y los éxitos de su dinámica ofensiva
en el Magdalena y Santa Marta. Por supuesto, al llegar Bo
lívar a la provincia pamplonesa y conocer los acontecimien
tos, prepara su estrategia y decide ir a enfrentarse con el es
pañol vencedor en la frontera. El Ejército de la Unión se
moviliza con dirección a San Cayetano y Correa marcha a
defender esta población, pero el futuro Libertador lo bate el
25 de febrero de 1813, por lo que se refugia inmediatamente
en Cúcuta donde está el centro de sus operaciones y cuya
plaza constituye en ese momento un baluarte realista por
cuanto tiene bloqueada la ofensiva del oriente neogranadino
y a la vez protegida a Venezuela de cualquier tentativa de
invasión. Es importante y decisiva, por consiguiente, su po
sición en la frontera.
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 221
En Cúcuta hay tres días de intenso nerviosismo al sa
berse la proximidad del glorioso venezolano, pues casi todo
el comercio de la ciudad cucuteña es español, en su mayo
ría catalán, y es natural que tema a los patriotas cartage
neros, cuya jefatura ya ha herido el poder de la Corona al
buscar el camino de la independencia e ir despertando la con
ciencia de quienes siguen atados a la coyunda que no ha he
cho sino curtir el lazo de amor en rejo deprimente. Bolívar
asoma por el occidente de la cálida ciudad nortesantande-
reana o sea en la loma que desde entonces es llamada “Lo
ma de Bolívar”. Ya dijimos que allí el ideal va a enfrentarse
a la doctrina, pues la filosofía sostenida en América por las
autoridades coloniales está divorciada de esa otra filosofía
de una Majestad que ignora o recibe influencias torcidas por
el mestizaje y lo desmedido de las ambiciones, y de la fun
damental razón de cortar los brazos que oprimen y las ideas
que esclavizan. Con Bolívar viene el espíritu de la república
neogranadina y la honra de la amistad de Camilo Torres y
Manuel Rodríguez Torices, o sea el pendón encendido con
la libertad y el grito para la permanencia de la historia.
El 28 de febrero de 1813 es un domingo de carnaval y Si
món Bolívar puede expresar a todo el continente la consigna
que es premisa de su destino, cuando al ganar importante
acción guerrera a Ramón Correa ese día la califica como
“Primer altar levantado en la Vía Sacra de la Libertad”. Na
da más cierto. Es porque en tal fecha se comienza en Cúcuta,
como poco después en Angostura de La Grita, el prolegóme
no de la tan justamente llamada “Campaña Admirable”. 500
patriotas desguarnecidos y desganados han derrotado a 800
realistas bien pertrechados y bien comidos. Los comerciantes
radicados en Cúcuta huyen y dejan sus tiendas abiertas, y
es la necesidad de las tropas triunfantes la que obliga a to
mar provisiones con el fin de reanimar sus vidas, aun cuan
do son los vecinos los que mayormente aprovechan las cir
cunstancias.
Correa, prevenido desde su estada de un año en Cúcuta,
se desconcierta y pierde su moral y su prestigio en la fron
tera y contramarcha a recoger sus diseminadas tropas en San
Antonio y Ureña y se repliega a San Cristóbal. De esta ciu
dad sigue al Zumbador y a La Grita. Bolívar ha cumplido
222 BOLETÍN BE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
su promesa al Congreso de las Provincias Unidas, deliberante
V centelleante en la culta e influyente Tunja, de detener el
progreso realista en las tierras orientales limítrofes y de for
talecer “la débil condición de la Nueva Granada”, según el
decir de Manuel José Forero. Manuel del Castillo llega retra
sado a Cúcuta y por lo mismo no toma parte en la acción
contra Correa, como lo afirman algunos historiadores colom
bianos y que, por otra parte, de haberlo estado hubiese sido
favorable su presencia, pues nadie puede restarle su valor y
capacidad. Además ha cumplido un deber patriótico al lla
mar a Bolívar para defender la integridad de la provincia
pamplonesa.
Espera ahora Simón Bolívar la autorización del Estado
neogranadino para invadir a Venezuela. Es la tregua al ple
no amor de la redención.
Castillo gana, Bolívar invade.
Esplende el sol de la segunda república venezolana en
las aguas devotas y rumorosas del río Táchira. Esta vez ha
invertido ese sol su curso pues el levante viene del oriente y
el cénit ha de reposar victorioso en los mediodías de la pró
xima liberación. Es el primero de marzo de 1813 cuando Bo
lívar entra a San Antonio del Táchira, “la patriótica y vale
rosa Villa” y dice a la tierra tachirense: “Yo soy uno de
vuestros hermanos de Caracas, que arrancado prodigiosa
mente por el Dios de las misericordias de las manos de los
tiranos que agobian a Venezuela vuestra patria, he venido
a redimiros del duro cautiverio en que yacíais bajo el feroz
despotismo denlos bandidos españoles que infestan nuestras
comarcas. He venido digo, a traeros la libertad, la indepen
dencia y el reino de la justicia, protegido generosamente por
las gloriosas armas de Cartagena y de la Unión, que ha arro
jado ya de su seno a los indignos enemigos que pretendían
subyugarlas, y han tomado a su cargo el heroico empeño de
romper las cadenas que arrastra todavía una gran porción
de los pueblos de Venezuela”. En la proclama al pueblo an
dino está la voz y el mensaje del futuro Libertador, así como
en la proclama al ejército de Cartagena y de la Unión deja
constancia de su fervor guerrero en la lucidez de las palabras
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 223
que ya son para el mármol de la realidad independientista:
“En menos de dos meses habéis terminado dos campañas y
comenzado una tercera que empieza aquí y debe concluir en
el país que me dio la vida. La América entera espera su li
bertad y salvación de vosotros, impertérritos soldados de Car
tagena y de la Unión”.
San Antonio vuelve a ser almena y corazón de la nueva
república. Bolívar la deja protegida y regresa a Cúcuta, de
donde destaca al Coronel José Félix Rivas a Santafé, con el
fin de aligerar la autorización que le permita cruzar la fron
tera e ir en busca de Monteverde, el cual acicatea sus ímpe
tus juveniles y la sensibilidad de su sangre heroica. Pron
tamente se impone de la pérdida de Cartagena, por culpa de
Labatud, y se dirige al Gobierno de la Unión preguntando
si debe volver al Magdalena, pues nadie mejor que él com
prende lo que significa para la Nueva Granada la resta del
bastión amurallado. El 18 de marzo recibe instrucciones de
permanecer en el crucero que es garantía a la interferencia
de nuevas incursiones realistas. En Cúcuta surgen problemas
de variada índole por la impaciencia y la fiebre de quienes
se exaltan por la espera y la intriga. Antonio Nicolás Brice-
ño, el truj illano que lleva el fuego de la libertad incendiaria
en su pecho es uno de ellos. Este apasionado héroe no conci
be una república perdida en manos de quienes delinquen
en e] momento de aplicar las leyes a su modo, en las Indias,
y se solazan con la dormida conciencia de los que sufren en
su soledad e impotencia. Por eso el 20 de marzo, este abogado
y patriota que es el “Diablo” Briceño, uno de los firmantes
del Acta de nuestra Independencia, presenta a Bolívar y a
Castillo un proyecto de tratado para destruir a los españoles,
al invadir a Venezuela, el cual es rechazado por ambos jefes
republicanos, uno de los cuales —el segundo— deja entrever
en el hondón de su trauma íntimo el divorcio con la noble
actitud de afincar lo que siempre ha de ser causa común
entre la Nueva Granada y Venezuela. Es porque lo jurisdic
cional se antepone a lo nacional y lo continental. Así, enton
ces, en oficio del 24 de marzo, con palabras de seria respon
sabilidad histórica, Bolívar pide al Gobierno de la Unión sea
reemplazado el subalterno díscolo. Y para que la república
no perezca en las primeras marejadas de discordia interna,
224 BOLETÍN DE HISTOBIA Y ANTIGÜEDADES
el 31 de marzo escribe al Comandante de la Provincia y se
gundo jefe del ejército, o sea al mismo Castillo, ofreciéndole
la jefatura de la expedición que, por supuesto, no la acepta
y por el contrario moralmente le obliga a presentar por pri
mera vez la renuncia de su cargo. A Tunja llegan las infor
maciones de la disidencia, y allí, en el Congreso, es el gran
repúblico Camilo Torres quien razona la lealtad y capacidad
del caraqueño singular, cuyos “talentos priviligiados” —co
mo lo dice José Manuel Restrepo— están en condiciones de
“hacer eminentes servicios a la noble causa” contra los es
pañoles.
Castillo está en El Rosario y no sigue a Correa conforme
le había ordenado Bolívar, lo cual permite al jefe realista
rehacerse en La Grita con efectivos de Trujillo y Maracaibo.
Bolívai’ ordena nuevamente a Castillo el 24 de marzo, atacar
a Correa antes de que esté en condiciones de volver a invadir
a la Nueva Granada, pero la táctica de Castillo es demorar
sus movimientos con la confianza, tal vez, de una reacción
a su favor del Gobierno y al cual ha informado acerca de la
actitud de las tropas cartageneras al entrar, casi deshechas,
a Cúcuta a fines de febrero. Bolívar ha de dirigirse, en con
secuencia, al Presidente de la Unión, el 7 de mayo, para rei
terar la sinceridad de los hechos. El 2 de abril decide Castillo
marchar a La Grita, pero antes convoca en Táriba un Con
sejo de Guerra, sin tomar en cuenta a Bolívar que era quien
como jefe, debía hacerlo. En el calor de la indisciplina se
conviene en decir al Congreso de la Unión que era “muy pe
ligroso atacar a Venezuela llevando pocas fuerzas, que éstas,
sin duda, serían sacrificadas si se avanzaba más allá de Mé
rida” —así lo dice Francisco Javier Yanes—, y en el mismo
Consejo se pide sea el General Baraya quien venga a coman
dar el ejército en lugar de Bolívar. Castillo llama cabezas
delirantes a quienes considera autores de la ruina de Vene
zuela. Por supuesto, la equivocación y la fobia de Castillo
obtienen el rechazo en su propia conducta militar, el día 13
de abril de 1813, cuando con 800 efectivos derrota a Correa,
que tenía 1.400, en el campo de Angostura de La Grita, y
donde los Mayores Ricaurte y Santander y otros valientes
neogranadinos alcanzan personales méritos de estrategia y
pundonor militares, y donde, igualmente , se asegura la en
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 225
trada sin tropiezos de Bolívar en su empeño de reconquistar
a Venezuela, no para regusto de un deseo propio sino para
dar calor a su ideal continental y comenzar a bordar en pun
to de encaje heroico la unidad de Colombia la grande.
El Coronel Manuel del Castillo ha ganado con decoro y
habilidad la batalla de Angostura, pero ha perdido nueva
mente la serenidad y la razón de la disciplina, tan indispen
sable a un militar. La soberbia sacude sus sentimientos cuan
do recibe la “orden terminante y expresa de estar sin réplica
a las del primer Comandante, ciudadano Simón Bolívar, sin
perjuicio de las demás providencias que se tomarán para ter
minar sus desagradables desavenencias”. Opta por renunciar
otra vez ante el Presidente de la Unión, el 16 de abril. Deja
al Mayor Francisco de Paula Santander el comando patriota
en La Grita y, a la vez —muy lamentablemente— influye en
el mismo para una visión distinta a la realidad y a la con
veniencia de afirmar la integración total de los pueblos fron
terizos.
El mismo 16 de abril de 1813 Simón Bolívar entra por
primera vez a San Cristóbal y en la noche del mismo día si
gue a La Grita. Al llegar al Zumbador una representación
de la juventud grítense le sale al paso con el recado de las
nuevas promociones patriotas del Táchira. Es un pequeño gru
po con el entusiasmo por la causa liberadora que le adelanta
el júbilo de la que será la Atenas regional, emplazada bajo el
sol y la neblina, por la derrota a Correa. Ya en La Grita en
cuentra a un Francisco de Paula Santander con la seña del
dimitente ausente, pero el genio sabe manejar los sentimien
tos humanos y explica con severa entereza su causa, que es
la del hombre consentido universal y no jurisdiccional. San
tander entiende la voz de su conciencia y allana el momen
to crucial, y vuelve a guarnecer el oriente fronterizo en Cú
cuta.
Bolívar regresa también a la capital nortesantandereana
y allí recibe la buena nueva de la aprobación a pasar a las
provincias de Mérida y Trujillo, pues el extraordinario pa
tricio Camilo Torres logra del Congreso tal circunstancia por
cuanto sabe explicar que liberar a Venezuela del poder realis
ta es defender y fomentar la acción republicana neogranadi-
na y a la vez evitar la invasión a las otras provincias con
226 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
tinentales o a la inversa. Tal concienzuda determinación es
realizada el 27 de abril y Bolívar la conoce el 7 de mayo.
Inmediatamente agiliza todo cuanto es necesario organizar
para invadir. Palpa la realidad y conoce la precaria fuerza
que puede acompañarlo, por lo que acude a su tierra vene
zolana del Táchira en demanda de efectivos, ya que solamen
te cuenta con 300 hombres. Cruza la frontera el 14 de mayo
y los cuatro Cantones tachirenses: San Antonio, San Cristó
bal, Lobatera y La Grita, le dan 500 bizarros en la verdad de
su hombría pero bisoños en el arte de la guerra, lo que no
obsta para ir decididos y confiados en el triunfo de la liber
tad. Con los venezolanos Rafael Urdaneta, José Félix Rivas,
trae una veintena de oficiales valerosos neogranadinos. De
los tachirenses se destacan todos bajo la iniciación épica de
Antonio María Ramírez, pues ellos ofrecen lo ponderable de
su anonimía en el resplandor de sus huesos o en el fuego de
su sangre en cada acción.
Hasta San Antonio viene Bolívar con la bandera de Car
tagena, presea de victoria en sus colores azul, blanco y rojo.
De ahí en adelante agrega la mirandina en sus colores im
perecederos amarillo, azul y rojo. Las dos llegan a Caracas
fundidas en la emoción de la diana del amanecer épico y en la
simbología de la unidad de la patria que ya resuena en el
toledano acero bolivariano, con goznes heroicos de Nariño y
puertas abiertas de Miranda.
El 19 de mayo parten de La Grita los viajeros anhelantes
y el 23 llegan a la Mérida señorial y procera y donde Amé
rica se asombra —por la justicia proyectada a la esperanza
del Nuevo Mundo— del título que le da a Simón Bolívar: LI
BERTADOR.
La guerra a muerte.
El día de la llegada de Bolívar a Mérida, coincide con
ia salida del ejército francés de Madrid. Pero nada podrá de
tener ya la acción republicana de ese binomio Venezuela-
Nueva Granada creado por la grandeza o filosofía del cara
queño, cuando las nuevas nacionalidades sepan la noticia del
fortalecimiento de la Corona española, pues no en vano hay
comprensión en Camilo Torres y el Congreso de la Unión, y
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 227
no en vano, también, han sido alentadores y decisivos los es
fuerzos del Táchira y de Mérida para acompañarlo en la rea
lización de sus empeños. Si el Táchira le da 500 hombres pa
ra proseguir su deseo invasor, la culta Mérida le da también
500 efectivos y dinero, además del título de Libertador, el cual
compromete la permanencia de su pensamiento y de su brazo,
V él, como discípulo adelantado del filósofo de la libertad
—como el historiador José Núcete Sardi llama a Miranda—,
sabe recibir o hacer buen uso de tal expresivo estímulo andino.
En la misma Mérida sabe Bolívar del fusilamiento del
Dr. Antonio Nicolás Briceño, el famoso “Diablo” que meses
antes había adelantado en San Cristóbal la guerra a muerte.
Otras crueldades realistas exasperan el ánimo de la venezo-
lanidad, como los excesos y escándalos de Cervériz y Suazola
y “las atrocidades de Monteverde”, como dijera el gran es
critor Ramón Díaz Sánchez; todo lo cual hace decidir una
acción enérgica para eliminar los inhumanos procederes rea
listas, pues los españoles “no sólo mataban sino que tortu
raban, desorejaban, desnarizaban y quemaban las plantas
de los pies de los patriotas” (1). En consecuencia, desde Mé
rida el forjador de la Colombia tridimensional anuncia la
guerra a muerte al autorizar a Girardot vengar a Briceño.
La obra que va haciendo Simón Bolívar no es para de
jarla a la suerte de sus propios peligros. Ha liberado el Mag
dalena y el oriente neogranadino y desalojado adelantada
mente, con el trabucazo de esa Anastasia rescatada por don
Tulio Febres Cordero en la noche de su heroicidad simple,
al Correa ahora temeroso y derrotado en Cúcuta y en Angos
tura de La Grita, en apuro de su paso hacia el refugio inme
diato de la protección de su suegro Miyares en Maracaibo.
La actitud de Bolívar, entonces, tiene que ser ejemplar y de
cisiva en pro de una nación inerme y en guerra a muerte no
declarada por los terribles e inhumanos españoles que por la
época la flagelaban para pretender achicar su valor heroico,
zll llegar a Trujillo ya su idea de defender los derechos hu
manos por medio del castigo a quienes delinquen contra ellos,
está fija como una llamarada de conclusión reinvindicadora.
Por lo mismo, al comprender que la república no puede des
di José Núcete Sardi, La Campaña Admirable y sus proyecciones.
228 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
fallecer nuevamente, ni la unión de la Nueva Granada y Ve
nezuela puede perder ni su fervor patriótico ni su carácter
bélico, firma en la ciudad fundada por García de Paredes,
el 15 de junio de 1813, su discutido Manifiesto de Guerra a
Muerte, que es el instrumento sostenedor de la libertad, cuan
do republicanos españoles y venezolanos gritan su dolor y
su angustia y piden el cese de la barbarie civilizada. Tal ac
titud del caraqueño “está de acuerdo con el derecho de gen
tes que la autoriza como represalia cuando los contrarios la
practican” (1).
La Campaña Admirable, que comprende el prodigio de
lo genial con lo hazañoso y asegura la vida republicana en la
América meridional en Carache, Niquitao, Los Horcones, Ta-
guanes, Guanare y Barinas, desde donde ese Bolívar fulgu
rante vuela a Araure, Puerto Cabello, Bárbula, Vigirima, San
Mateo y La Victoria, en batida de heroicidad incontenible
contra los realistas concentrándose en Barinas para penetrar
a La Nueva Granada en busca de conquistar lo perdido y re
forzar a los suyos en la costa cartagenera. Ha habido el sa
crificio inmortal de dos oficiales neogranadinos: Atanasio
Girardot y Antonio Ricaurte, que han dejado su nombre y
sus huesos en Bárbula y San Mateo como ejemplo al espíritu
de la libertad y como primicia de una entrega que tiempla
la conciencia continental en horas decicivas. A la par la coo
peración tachirense y la merideña con la truj illana tiene la
fuerza de una moral inquebrantable, así como el Manifiesto
de Trujillo unifica el alma de la patria y la sostiene con el
arma psicológica de la fe en el destino que ya no ha de trun
carse ante los nuevos y poderosos avatares de la guerra lar
ga, porque nada hará perder su confianza en la total libe
ración americana. Por otra parte, el trujillano Dr. Cristóbal
Mendoza es la primera lección de civismo en el fragor de la
lucha por el asiento popular de una democracia naciendo de
manos aristocráticas, pero ya encallecidas con las bridas del
más bravo de los galopes del patriotismo. Los Andes venezo
lanos reafirman, por consiguiente, su proyección en la his
toria de esa gran república que ya lleva dentro al primero
de los Libertadores de habla hispana, y su aporte valioso a
(1) José Núcete Sardi, La Campaña Admirable y sus proyecciones.
boletín de historia y antigüedades 229
la Campaña Admirable no sólo permite el nacer de la nueva
república venezolana, sino afianza el republicanismo neogra
nadino y sirve de alerta a los realistas de Quito, cuya ofen
siva alcanza proporciones de terror.
Los Andes en Boyacá.
El 15 de febrero de 1819 está en Angostura el legislador
con la misma fuerza de iluminado que siempre tuvo el esta
dista y el guerrero. Veintiséis patriotas constituyen el Con
greso. Simón Bolívar, el Libertador, deja oír su voz y la Amé
rica la recoge en la memorable e histórica realidad de su
mensaje. Muchos de los grandes forjadores de la revolución
están a su lado y siente cómo la garra hinca su poder en la
misma grandeza de un destino glorioso al vivir de América.
El Orinoco es la sordina y los llanos son la guarura anun
ciadora de las nuevas y extraordinarias hazañas. Ahí mismo
nace la afirmación de su devoción: la inmediata reunión de
Venezuela y la Nueva Granada en una sola nación. El pri
mer Congreso de la Tierra Firme tiene esa misión y la de
consolidar el pensamiento bolivariano en el logro de una na
ción fuerte, soberana e influyente en el Nuevo Mundo, polí
tica y económicamente. Es nombrado Presidente de la Re
pública Simón Bolívar y su autoridad se ve afirmada al
deponer Mariño su rebeldía y mantener el control del Orien
te y Páez, también, someterse a su autoridad y sostener la
jefatura del llano. Por su parte Santander, refugiado en Ca-
sanare, defiende el honor de la república neogranadina.
El 27 de febrero de 1819 sale el Libertador de Angostura
a los campamentos del llanero de la lanza de fuego a coor
dinar la acción para retirar a Morillo de las sabanas y ya en
abril está en Arauca. En mayo escribe a Santander y le in
forma de sus planes de invasión a la Nueva Granada. El 11
de junio se acerca al Cuartel General en Tame y toma im
portantes determinaciones con el oficial que allí espera el
acontecer de las armas que sustenta. La cordillera es una
inmensa barrera de indecisión por lo abrupto y lo climático
de sus moles, pero para los héroes no hay otra ruta que la
de la gloria sobre los desgarramientos de su pujante y sin
cero sacrificio. La altura es de cuatro mil metros y el Páramo
230 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
de Pisba es una soledad con ventisca que muerde para matar.
Por lo mismo no está defendido por los realistas y su aber
tura puede dar el paso vencedor a los soldados de la muerte.
No cruzarlo ahora sería tanto como cerrar el camino de la
libertad de América. Y adelante van las huestes con la ban
dera rota por la inclemencia de la naturaleza, arrollando
con sus harapos o desnudeces cuanto se enfrenta a éllas en
esos días difíciles. Van quedando los nombres sobre la hierba
pequeña perdida en lo desconocido. No obstante su sangre
generosa corre y grita su fama: Paya, Gámeza, Pantano de
Vargas y otros sitios donde el dolor es carne retorcida pero
asimismo oferta de esperanza. La gloria inflama los ojos he
ridos del Libertador y éste es un cóndor en vuelo sostenido
ante las transformaciones ancladas en el hambre, el espasmo
y la debilidad de las fuerzas que son como sombras trincan
tes en los riscos. Otros corajudos le acompañan como un es
panto oscilante en la impávida estrella para el brillo del Ge
nio: Santander, Anzóategui, Rondón, como para elevar su
estatura con el fuego de otros y de otros que han permitido
con la liberación de la Nueva Granada la de Venezuela, don
de si algún llanero consume su influencia para desintegrar
la Colombia grande, hay otra dimensión regional en la Nue
va Granada que no se aviene con la mejor lanza del mundo.
Así y todo el Nuevo Mundo contempla la hazaña del 7 de
agosto de 1819 y la liquidación del Pacificador que ha de
llevar en su corazón toda la sangre que hizo correr en Bogotá
y Cartagena y que ahora lo ahoga en su derrota. Los cañones
fundidos con las alhajas merideñas y el corazón del Canó
nigo Uzcátegui lo han vencido.
El tachirense Antonio María Ramírez ha estado presen
te en el triunfo de la Batalla de Boyacá. Otros tachirenses
más y también de la cordillera merideña y trujillana han
llegado en el silencio de la anonimía o en la gloria desco
nocida que en jirones subió del llano a la cima más alta
neogranadina para quedarse bajo la tierra inhóspita o para
sembrar sus huesos bajo el puente donde hoy un río se hizo
mar con el linaje procero del sacrificio y la justicia para
el bien de la voluntad popular del pueblo americano.
Antonio María Ramírez ha sido el Comisario General
de la División de Vanguardia que comanda el General San
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 231
tander. La heredad venezolana de este discutido y gran
héroe da su ración de estímulo a la sangre tachirense que
al mismo tiempo es símbolo de cuando se fueron con Bo
lívar el año 13, con merideños y trujillanos, para que la
nueva república alcanzase los proventos de reciprocicar y
de compensar la ayuda neogranadina salidas de las manos
nobles de Camilo Torres y Manuel Rodríguez Torices.
El combate de Alto de las Cruces.
San Antonio del Táchira ha sido teatro de diferentes
sucesos. Marte ha estado escondido en los mamones que
aroman su vida y en los clemones que musicalizan su tra
dición de cují y pitayó, en la almena de su esfuerzo. Su he
roicidad y su templanza han dado el martirologio de las víc
timas de Lizón, así como antes dio el espíritu de sus comu
neros y la más alta gloria de recibir al más destacado de
los libertadores americanos. Una y otra vez la Villa fron
teriza da plasticidad a la historia con el sacrificio y la nom
bradla de su identificación patriótica. Por eso, cuando aún
no se han apagado las lumbraradas de la libertad, encendi
das en el puente de Boyacá, aparece en la frontera vene
zolana el reputado jefe realista General Miguel de la Torre.
Ha de entenderse que la presencia de este General, uno de
los más importantes baluartes del poder militar de la Co
rona en Tierra Firme, ofrece perspectivas nada halagüeñas
a la Nueva Granada, por cuanto al adentrarse a la misma en
traña una amenaza a los republicanos que reponen la tra
gedia y calamidad del extraordinario paso de los Andes. El
conocido y muy sagaz intérprete de la historia militar de
nuestro país, Lino Iribarren Celis, un intelectual dedicado
a investigar certeramente los hechos históricos de nuestras
contiendas armadas, ha hecho un trabajo muy importante
acerca del combate de ‘‘Alto de las Cruces”, una pequeña
colina inmediata a San Antonio del Táchira, en la cual se
enfrentan, por el lado realista, el nombrado General La
Torre, y por el lado patriota el General Carlos Soublette,
con sentido estratégico y político en un momento de sin
gular influencia y en el cual combate hay una manera ob
jetiva de tomar en cuenta lo geopolítico. “En aquella oca
232 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
sión —dice Iribarren Celis—, el mérito de guerra empleado,
más por los republicanos que por los realistas, se fundaba
en operaciones ofensivas a grandes distancias, como resul
tado de lo cortos efectivos y los vastos espacios geográficos.
Pudiera decirse una determinante del medio y la época.
Tropas ligeras, casi siempre de infantería pura con algu
nos escuadrones y raramente provistas de artillería en los
casos en que no se operaba en las llanuras, donde, natural
mente, predominaba la caballería. Algo muy distinto a lo que,
por la misma época ocurría en Europa. Circunstancia que
siempre debemos recordar para poder comprender la distancia
que había, por ejemplo, entre la guerra napoleónica y nues
tra guerra venezolana, hecha por venezolanos, sobre territo
rios casi primordiales”.
Este combate, llevado a cabo el día 23 de septiembre
de 1819, significa la permanencia de lo incontrovertiblemen
te histórico, y permite a Colombia y Venezuela el corte de
una conminación en instantes decisivos a la consolidación
del hecho de Boyacá. Veamos lo que dice Baralt: “Morillo
había destinado en auxilio de Barreiro a La Torre y él (Bo
lívar) envió contra éste a Soublette”. Soublette, por lo tanto,
debe desalojar a La Torre de los valles de Cúcuta y del lado
acá de la frontera, lo cual alcanza derrotándolo en San An
tonio del Táchira, en Alto de las Cruces, y obligándolo a
retirarse hacia La Grita y Mérida, mientras organiza sus
efectivos para abrirse paso a San Cristóbal y a la montaña
de San Camilo para ir a Guasdualito al abrigo del General
Páez.
El General Miguel de La Torre era el segundo del Ge
neral Pablo Morillo y venía del interior venezolano con el
propósito de invadir a la Nueva Granada. En La Grita se
impone del desastre realista en Boyacá. Decide entonces
avanzar apuradamente a la frontera para penetrar en la
Nueva Granada y franquear el paso como un recurso de ayuda
inmediata a las derrotadas tropas de Barreiro. De modo que
la acción ganada en San Antonio del Táchira por el Gene
ral Soublette tiene una importancia capital para la seguri
dad del triunfo boyacense y permite el despeje de la vía
para poder unirse con Páez, pues ya el jefe republicano le
había ordenado “marchar con la mayor brevedad posible
a incorporarse al ejército del General Páez; pero con todas
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 233
las precauciones necesarias para no sufrir un revés por
cualquier accidente que sea”. Soublette logra felizmente,
por su estrategia y su temeridad, esto y mucho más, pues
derrota al segundo jefe realista y le obliga a replegarse,
maltrecho en su finalidad de apoyo a los realistas neogra-
nadinos, y así queda libre toda operación de los republica
nos en la frontera.
La organización la hizo Soublette, tal como lo dice
nuestro querido amigo el historiador Iribarren Celis, en
Pamplona, en dos cuerpos: de vanguardia y retaguardia.
Los batallones Bravos de Páez y Cazadores de Pamplona
integran el primer cuerpo, con el escuadrón Guías, coman
dado por el procer truj illano Coronel Cruz Carrillo. El se
gundo lo constituyen los batallones 1<? de Línea de Nueva
Granada, Boyacá y Tunja, al mando del Coronel merideño
Justo Briceño. Es honroso destacar que ambos cuerpos están
comandados por andinos, o sea que el servicio de los occi
dentales venezolanos es permanente en favor de la cons
trucción de una patria donde pueblo y Estado han de mar
char juntos al bien del sentir del alma nacional.
Ojalá que el monumento propuesto por la Asamblea
Bolivariana de 1968, realizada en el mes de julio en San
Cristóbal, sea levantado en Alto de las Cruces, como una
lección de patriotismo a las generaciones que olvidan el sa
crificio de las que ayer rindieron jornadas memorables y
como recuerdo a las juventudes olvidadizas de la obra que
nos dio la vigencia de pueblo libre. Es porque este combate
de los Generales Soublette y La Torre tiene, como el de An
gostura de La Grita seis años antes, una gran importan
cia histórica en la vida de la Nueva Granada y de Vene
zuela. Ese 23 de septiembre de 1819 dignifica el gran triunfo
patriota del 7 de agosto del mismo año, en el detalle de la
proyección del puente, ya sin agonías, entre Boyacá y el
futuro campo de Carabobo. Los Andes de cada lado fron
terizo han sido nuevamente el eslabón de una cadena que
ya nadie volverá a reventar.
La estada de Bolívar en San Cristóbal.
Atrás quedan los lauros, como un símbolo y un pendón
fulgente, para el ánima de los neogranadinos. El puente
234 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
de Boyacá tiene el manar de la sangre de venezolanos y
neogranadinos. El mínimo cauce canta a Rondón y a An-
zoátegui, dos gigantes en el avance y en la organización.
Canta a Santander, a Soublette, a Jacinto Lara y a Fortoul,
bravos y aguerridos para bordar la victoria. Canta al meri-
deño Justo Briceño y al tachirense Antonio María Ra
mírez. Canta a todos los que, “jóvenes casi adolescentes”,
triunfaron para el honor de América. Pero canta aún más
alto al jefe de operaciones y numen de la revolución Simón
Bolívar.
Dolorosos han sido los años colombianos de lucha, y
ahora los caminos respiran la paz del triunfo republicano.
Santander, por decreto del 11 de septiembre de 1819, ha
sido nombrado por el Libertador Vicepresidente de la Nueva
Granada. Los pasos del insigne caraqueño se dirigen, enton
ces, a su patria de origen, y el 17 de diciembre de ese mismo
año ve colmados sus anhelos al proclamar el Congreso,
reunido en Angostura, la Gran Colombia.
El afán de Bolívar no tiene término. Parece que su for
taleza física fuese tan fuerte y rápida como su capacidad
mental. Tan pronto está en un lugar como aparece inme
diatamente en otro, sin un desmayo, sin una indecisión. En
consecuencia, de Angostura se pone en marcha hacia la fron
tera y por enero de 1820 pasa por Guasdualito y la montaña
de San Camilo y llega a San Cristóbal al comenzar dicho mes.
Se impone de la pérdida de Popayán y desde la misma ca
pital tachirense dispone el envío de una división a Ocaña,
pues el flanco payanés desguarnece a la Nueva Granada en
un punto neurálgico para su soberanía. Rafael Urdaneta tam
bién llega a San Cristóbal y el 20 de enero asume el mando
de la Guardia, “la Legión Sagrada del Ejército de Colombia”,
y en la misma ciudad establece su Cuartel General. Bolívar
va a la Nueva Granada y retorna a San Cristóbal el 7 de fe
brero. El día 8 escribe a Santander para que despache a Urda
neta, que ya se ha movilizado a ocupar a Mérida, y Valdés se
movilice al Socorro y Salom prepare viaje a Quito. Su pensa
miento ya anda en las estribaciones del Alto Perú. De Táriba
escribe el 10 de febrero al mismo Santander informándolo de
su empeño en guarnecer al norte granadino y tomar a Mara-
caibo. Su acción es siempre inmediata. Va a La Grita a ver
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 235
la situación de Urdaneta en viaje hacia Mérida, pero al sa
lir de Táriba observa que éste viene en retirada por caren
cia de víveres. Es cuando ordena una línea defensiva de San
Cristóbal, Táriba y Lobatera, con el fin de evitar el avance
de La Torre, que ha vuelto sobre sus pasos del año ante
rior, cuando es derrotado por Soublette en Alto de Las Cru
ces, hacia Cúcuta. La vía del llano está defendida por Páez,
lo cual asegura la defensa tachirense y consecuencialmente
la granadina.
Bolívar va a El Rosario, Cúcuta y Pamplona y dispone
lo conducente a una ofensiva continental, porque en esos
días ya tiene adelantados sus proyectos sancristobalenses
de invadir a Quito. Por eso Valdés va rumbo a Pasto. Antes
de partir de Pamplona ordena abrir una pica a San Josesito,
que permita el acceso de las tropas a Guasdualito en caso
necesario. El 12 de abril llega nuevamente a San Crsitóbal
y se ocupa de asuntos militares, políticos y administrati
vos. El 14 comunica a Santander su determinación de es
perar con prudencia, ya que militar y políticamente con
viene obrar a la defensiva en Venezuela y a la ofensiva en
la Nueva Granada, lo cual es una estrategia proyectada
la toma de Lima y una ventaja de orden económico para
operar intensamente contra Maracaibo y Quito. En la mis
ma carta le dice que Urdaneta ha ido al Bajo Apure en so
licitud de mil veteranos, armas, vestidas y ganado, todo lo
cual cumple exitosamente el leal zuliano que, además, trae
una herrería a Cúcuta para reparar cuanto es indispen
sable a detener el avance de La Torre, que, en realidad, no
pasa de La Grita.
El Libertador viaja al Rosario y vuelve a San Cristo
bal el 19 de abril y conmemora los diez años del hecho sin
gular acaecido en la Plaza Mayor caraqueña y en su pro
clama de la Villa sancristobalense traduce su emoción en
el día “... en que diez años consagrados a los combates, a
los sacrificios heroicos, a una muerte gloriosa, han librado
del oprobio, del infortunio, de las cadenas a la mitad del
mundo”, y estimula a sus soldados y a las gentes meridio
nales al expresar: “¡Soldados! El 19 de abril nació Colom
bia: desde entonces contáis diez años de vida”.
236 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
El 20 de abril escribe a Santander y le habla sobre las
méritos de algunos oficiales. Y en otra carta del mismo día
le manifiesta lo que debe hacerse con los esclavos con su
jeción a la ley. Basado en el pensamiento de Montesquieu
pregunta cuál es el medio más legítimo para obtener la
libertad si no es pelear por ella. El 22 le vuelve a escribir
para decirle que ha autorizado el juzgamiento de seis indi
viduos en el Socorro y cosa similar en Piedecuesta y Girón,
como una manera de moralizar tales regiones. Asimismo le
expresa que ha ordenado construir una flotilla en el río
Zulia para la invasión a Maracaibo y comenta las necesida
des del ejército. Y así prosigue cada día escribiendo para
glosar, ordenar o instruir lo más conveniente a la vida de
los pueblos a los cuales rinde su vida, su tranquilidad y sus
recursos.
En San Cristóbal se impone de que Morillo ha desistido
de volver a la Nueva Granada y aquí mismo sabe que en
España los diez mil soldados escogidos para venir al conti
nente se han sublevado y proclamado la Constitución y las
Cortes para no hacer “la guerra a muerte sino la guerra a
vida”. Tal circunstancia la hace conocer a Santander y des
pacha comunicaciones a Chile y Buenos Aires con la ley fun
damental de Colombia, como un modo de agilizar la perdura
bilidad de las instituciones democráticas.
El General Carlos Soublette, por decreto firmado en San
Cristóbal es nombrado por Bolívar Vicepresidente interino
del Departamento de Venezuela, y el día tres de mayo se
dirige Bolívar a la viuda del General José Antonio Anzoátegui,
el procer que en Boyacá rasga su pecho y hace libre a Co
lombia, y le agradece la prenda enviada y le comunica haber
dado el nombre del héroe al primer batallón de la segunda
brigada de la Guardia.
Ha ido a Angostura pero el 24 de mayo, por octava vez,
está en San Cristóbal. El 25 se dirige a Santander y le co
menta que la revolución en España da ventajas y que la
nación estadounidense se decide a aceptar a Colombia como
Estado. El 26 escribe a su amigo White, le envía el Discurso
de Angostura, reimpreso en Bogotá, y le afirma su criterio
con relación al Senado vitalicio al decirle: “El oficio de mi
Senado es temperar la democracia absoluta, es mezclar la
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 237
forma de un gobierno absoluto con una institución moderada,
porque ya es un principio recibido en la política, que tanto
tirano es el gobierno democrático absoluto como uno déspota;
así, sólo un gobierno temperado puede ser libre”. Hay
quienes al analizar el discurso de Angostura, con interesadas
críticas y dialécticas marxistas, lo juzgan como una requisi
toria contra el pueblo, por considerar que la doctrina boliva-
riana se basa en el concepto de pueblo-ciudadano y no de
pueblo-masa, cuando la verdad es que la doctrina de tan
maravilloso discurso aglutina en integral acercamiento uni
versal al mantuano y al peón para una libertad sin descrimi
naciones y con el sentido de una hondura social que acabe,
más tarde, con el esclavismo como corolario del triunfo de
los derechos humanos. Ese y no otro es el pensamiento del
Libertador a través de los años de lucha por alcanzar la
independencia americana.
Poco después de volver a San Cristóbal, el 7 de julio, se
dirige al General Miguel de La Torre y le manifiesta que
acepta el armisticio propuesto por Morillo, si éste acepta a
Colombia como Estado independiente, porque de otro modo
no recibe a los comisionados del General en Jefe del ejército
realista. Esto lo hace saber a Santander y le advierte que tal
actitud suya tiene una manera de “cordialidad militar”, e
igualmente le expresa la conveniencia de que en Chile sea
comentada la independencia colombiana. Va al Rosario y al
retomar, el 4 de agosto, toma provisiones como la de enco
mendar a Urdaneta la organización de un plan defensivo de
San Cristóbal a Bogotá y que el primero de octubre se movilice
a las órdenes de Sucre; a la vez toma medidas tácticas para
un plan militar ofensivo. El 8 escribe a Santander recordán
dole la memorable jornada del 7 de agosto del año anterior en
Boyacá y le dice lo que piensa acerca de su propósito de
realizar viajes rápidos a la costa colombiana. El 12 de agosto
redacta una proclama para su publicción en “El Correo del
Orinoco”. Es en la época en que España da instrucciones a
Morillo para que las provincias meridionales conserven su
poder si convienen en depender de la Corona, cosa que el
Congreso rechaza al afirmar que es España quien debe
reconocer la soberanía del Estado colombiano. No obstante
Morillo nombra dos comisionados para que vengan a San Cris
238 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
tóbal a tratar sobre tal circunstancia. Bolívar debe viajar al
Magdalena y, por lo mismo, designa dos delegados suyos a
fin de atender las pretensiones de los realistas.
El 20 de agosto San Cristóbal es testigo de la actitud de
los cuatro parlamentarios para la negociación de un probable
armisticio, propuesto por Morillo. Rafael Urdaneta y Pedro
Briceño Méndez son los designados por Colombia y el Coronel
venezolano José María Herrera —realista— y Francisco Gon
zález de Uñares lo son por España. Nada puede hacerse
porque, como lo dicen los emisarios del Libertador, “lejos de
ser halagados con ofertas de un mando ilimitado, reciben un
verdadero ultraje al verse confundidos con las almas groseras
que anteponen la opresión y el poder a la sublime gloria de
ser Libertadores de su Patria”.
Queda constancia de la dignidad grancolombiana en la
consecuencia de los patriotas venezolanos que la sostienen.
Sinembargo, el poder monárquico insiste en el armisticio. El
21 de septiembre está nuevamente Bolívar en San Cristóbal
y escribe a Morillo para ratificarle la entereza del Gobierno
republicano. El Jefe español le responde en octubre y, con
forme lo ha sugerido Bolívar, le dice que pueden entrevistarse
en San Fernando de Apure. En Caracas está la Junta que
autoriza a Morillo para que acceda a lo que propone el Liber
tador y a suspender las hostilidades. Esta vez los comisionados
realistas son el Brigadier Ramón Correa, ya conocido en los
Andes, Juan Rodríguez del Toro y Francisco González de
Linares, quien ya había actuado en San Cristóbal, y por los
patriotas son el General Antonio José de Sucre, el Coronel
Pedro Briceño Méndez y el Teniente General José Gabriel
Pérez. Mientras llega la ocasión de discutir nuevamente
los términos del armisticio, Bolívar dicta el 24 de septiembre
un decreto por el cual dispone no admitir más tropas ni ofi
ciales con grado superior al de Teniente Coronel. El 25 de sep
tiembre escribe a Santander sobre un documento de Zea
y a su actitud al llevar cien mil pesos y devolver “consejos
y pamplinas”; oficialmente se refiere a lo penoso de la situa
ción militar de Páez; a la negación de Vergara al no desmen
tir el infundio de los diputados republicanos pidiendo sumi
sión a España; a la actitud de los diputados chilenos, y hace
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 239
algunas otras observaciones, con agudo pensamiento y ágil
precisión.
El 21 de septiembre encarga, por decreto de tal fecha,
el General Antonio José de Sucre de los Ministerios de
Marina y Guerra, por enfermedad del titular Coronel Pedro
Briceño Méndez. Luego viaja por tres meses, durante les
cuales, tiene efecto la firma del armisticio. Es en la histó
rica ciudad de Trujillo que tal cosa sucede el 25 de noviembre
de 1820, así como al día siguiente los mismos plenipotencia
rios firman un tratado complementario y al que llaman de
regularización de la guerra. Ya para entonces los realistas han
cambiado su tono jaquetón por uno decente y tratan de igual
a igual a los contendientes patriotas, o sea que la moral y la
personalidad del Estado republicano se ha impuesto.
El 21 de diciembre retorna el Libertador a San Cristóbal
y se ocupa, como siempre, de activar diligencias todas ten
dientes a mantener y a robustecer su autoridad y la de la
Gran Colombia. Responde una carta a Santander donde
lo recrimina por no tomar en cuenta advertencias suyas
y desea saber si el Ecuador reconoce o no al Estado colom
biano, para que Valdés, utilizando los términos del armisti
cio, mantenga las hostilidades en Quito. El 22 de diciembre
escribe a Roscio comisionándolo a presidir el Congreso convo
cado para enero, ya que él tiene que ir a Quito en solicitud de
su adhesión, y así consolidar la grandeza y la proyección
de Colombia, además de que Quito obtenga así su autono
mía . El mismo día escribe otra carta a Roscio donde
claramente proyecta la jornada inmediata de Carabobo y
concibe las invasiones a Lima y a Quito, y le delega el poder
militar a fin de que dirija la guerra en Venezuela en caso
de romperse el armisticio y llegar la hora de reanudar
las hostilidades. Y aún le hace una tercera carta para
comentarle la inactividad militar en los seis meses del
armisticio y le agrega nuevas instrucciones con relación a
la reunión del Congreso, por no formar parte todavía Quito
de la Gran Colombia; y le formula consideraciones sobre
la integridad continental con criterio de estadista y de
intelectual que sabe sopesar los hechos con visión futurista
y de conjunto y de seguridad para la independencia de
finitiva en Tierra Firme.
240 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
El 24 de diciembre va a Cúcuta con la finalidad de
tomar las medidas que le permitan una acción eficaz y
terminante en la Nueva Granada y Quito. Es posible que
en febrero de 1821 haya pasado por última vez por las
colinas y cerros tachirenses con “la Guardia Colombiana”,
tal como lo dice don Vicente Lecuna al mencionar su reco
rrido de Tunja y Cúcuta a Mérida y Trujillo. El 10 de
marzo está en Boconó y desde allí concreta el reconocimiento
de la independencia o la prosecución de la guerra. La Torre
fija, como respuesta, el 28 de abril para reanudar las
hostilidades.
El triunfo, ya lo sabemos, corresponde a las armas
republicanas porque en el campo de Carabobo, el 24 de junio
de 1821 queda Ubre el pueblo de la América meridional
del poder español.
San Cristóbal ha sido, en 1820, la capital espiritual
grancolombiana, y por sus calles han pasado los grandes
héroes como en un aluvión de esperanza, de fe y de entrega
al bien continental. La venezolanidad ha contribuido de
nuevo a fortalecer el recuerdo y la gratitud por la ayuda
neogranadina en horas oscuras para el paladín que en Carta
gena sabe templar la fibra de la mutua comprensión y afianza
la clarinada que vigoriza la rebeldía de una América sojuzgada
hasta el hecho del 19 de abril de 1810. Es clara la actitud
republicana del Táchira, antes y después, y siempre, como
lo es, asimismo, la de toda la región andina.
El honor de la hospitalidad tachirense
Cuando el 6 de mayo de 1821 se instala en El Rosario,
llamado entonces de Cúcuta, el Congreso que va a realizar el
sueño de Bolívar o sea la constitución de la Gran Colombia,
cuyas bases tienen el poder moral de su forjador pero no la
convicción bolivariana de sus integrantes, ya existen resque
mores en cuanto al “superior ingenio y cultura” de Caracas y
“la superioridad metropolitana de Bogotá”, tal como lo expre
sa un anglo-colombiano en documento hallado en Londres y
publicado en el Boletín NO 135 de la Academia Nacional de la
Historia. En realidad, tanto Caracas, como Bogotá, y Quito
después, son merecedoras de la confianza americana y del
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 241
privilegio metropolitano por el mérito de su cultura y de su
tradición de nobleza y gallardía. Sólo que había —como
sucede siempre en las colectividades—, quienes querían atizar
el fuego para la discordia y el predicar de la sinrazón.
Sinsabores sin cuento ha de tener Bolívar allí, como otros
muchos en sus años de entrega al bien americano. La mez
quindad corroe y eleva a la pequeñez que, al mismo tiempo,
alimenta la querella que no construye sino destruye. Pero su
pensamiento le ata a la solidificación de su Colombia y por
ello —como es usual a su grandeza y sabiduría—, hace abs
tracción de los provincialismos y personalismos, y por ello,
también, acepta su relegación militar, singularmente cuando
el escogido para sucederle es uno de los grandes capitanes de
la América equinoccial o sea Antonio José de Sucre, el reali
zador más tarde de Ayacucho, cuya hechura heroica al fin
y al cabo le pertenece.
Este Congreso, que es consecuencia del de Angostura y
que por decreto de Roscio, del 9 de noviembre del año 1820,
traslada el asiento del Gobierno a la dicha Villa del Rosario,
se reune en la casa de dos plantas cedido por su propietaria
la heroína tachirense María del Carmen Ramírez de Briceño,
ubicada dicha casa a un costado del antiguo templo. En esta
casa, como lo dice el historiador J. N. Contreras Serrano,
actúa el Poder Ejecutivo, también, y por lo mismo es llamada
en los documentos oficiales producidos en la época, Palacio
del Congreso y Palacio de Gobierno de la Gran Colombia.
En otro ángulo de la misma plaza donde está el templo y la
casa del Congreso, tiene doña María del Carmen otra casa que
igualmente es refugio de los peregrinos de la libertad, pues
todos cuantos pasan por la nombrada Villa allí tienen desin
teresado hospedaje y estímulo. En esta última casa muere el
Vicepresidente de la República, doctor Juan Germán Roscio,
el 10 de marzo de 1821, antes de que su palabra y su acción
den brillantez al Congreso que luego elige Presidente de la
Gran Colombia al Libertador, quien toma posesión, con
Santander como Vicepresidente, el día 3 de octubre de 1821,
no sin antes exponer algunas consideraciones acerca del for
talecimiento del poder civil, lo cual es más bien una renuncia
que el Congreso no acepta.
242 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
Cercana al Táchira, pues, ha estado la Asamblea del
poder constituyente y Dios le ha prodigado al mismo tiempo
la fortuna de la hospitalidad de una dama tachirense, como
para que la integración histórica se afirme en la afinidad de
la sangre, de la convivencia familiar, y de la geografía, en
momentos en que se consolida la unidad grancolombiana con
la ley fundamental firmada el 12 de jimio de 1821 y promul
gada el 30 de agosto del mismo año; con la razón y el sentido
de la República que, como lo dijera el gran historiador Ramón
Díaz Sánchez, ha de “servir de muralla de contención a los
imperialismos de Europa y de Norteamérica y base ideal para
una ilusoria Unión de naciones americanas”.
El Táchira ha sido, entonces, mecenas modesto pero eficaz
en la concentración de proceres militares y civilistas que en
la Villa del Rosario acuden a María del Carmen Ramírez de
Briceño, para en sus casas encender la llama del espíritu
bolivariano y “esperar días brillantes para la patria”, en la
afirmación del escritor colombiano Manuel José Forero.
La última batalla
La zona fronteriza no tiene amenazas realistas sino hasta
1823 cuando Morales, en posesión de Maracaibo, ha ido a Coro
y de esta ciudad a Moporo con el propósito de atacar a
Clemente, el cual puede refugiarse en Carache y evadir los
últimos estertores del débil poder español en el caribe. Dirige
Morales su pasos en busca de Urdaneta, quien ha salido de
Cúcuta. Avanza hasta Táriba, pero observa que ya no debe
comprometerse en una acción con los patriotas, ahora firmes
en sus posiciones, y retrocede desde La Grita a Maracaibo
utilizando la vía de San Carlos del Zulia y dejando en Baila
dores un cuerpo para cubrir su retaguardia, pero este cuerpo
es desalojado de allí por el valiente trujillano Coronel Carrillo,
que desde Carache se ha movilizado.
Manrique, que ha estado a la espectativa, hace avanzar a
Calzada a Maracaibo, donde va a sucederse el triunfo defini
tivo de las armas patriotas, con repercuciones en la Nueva
Granada y otros pueblos americanos, pues el Almirante Padilla,
el bizarro y colosal riohacheño, derrota en el Lago a Laborde.
La única alternativa para Morales y los suyos es irse, como
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 243
el último representante del poder español, fuera del caribe
colombo-venozolano. Esta silenciada pero famosa batalla de
Maracaibo, se realiza el 24 de junio de 1823. El 5 de agosto
siguiente Morales capitula y deja libre a Maracaibo y a toda
la zona costeña nororiental libre de un poder que no siempre
tuvo una acción equilibrada o ecuánime. Para la patria esta
posición liberadora es extremadamente ventajosa por cuanto
quita, de una vez por todas, el control de los realistas para
atacar a Venezuela y la Nueva Granada cuando quisieran o
estuvieran en condiciones de hacerlo.
A partir de 1823 solamente habrán en la frontera los
resquemores de esa tragedia provocada por la pasión de los
héroes y particularmente estimulada por el eclipse en San
Pedro Alejandrino, aún cuando la potestad familiar acicateará
la consistencia del espíritu para no permitir que el rescoldo
de las pequeñeces quebranten lo que ya es unidad indestruc
tible, y la misma tradición de un necesitarse y de un compren
derse siempre mantendrá la convivencia social, histórica y
cultural de la zona limítrofe.
El primer Obispo venezolano
El 14 de mayo de 1826 es bautizado por el Pbro . Esteban
Manuel Ramírez, un niño nacido en San Cristóbal, hijo del
Capitán Isidro Jaimes Bazán, Encomendero y Alcalde Ordinario
de la Villa sancristobalense, y doña Isabel Pastrana. Es con
firmado en el mismo mes y año por Fray Pedro de Oviedo,
Arzobispo de Santo Domingo, de paso por la capital tachirense.
Este niño es Gregorio Jaimes de Pastrana, quien va a Bogotá
a cursar estudios en el Colegio Mayor de San Bartolomé
—como fueron otros tantos tachirenses hijos de familias
pudientes para la época y van otros después por razones
obvias—, y allí mismo se recibe de Licenciado en Teología y
Cánones. Su vinculación y su servicio en la Santafé de la
neblina acogedora y la sabana hermosa es inmediata. Por
oposición es Cura metropolitano y en cada una de sus ocupa
ciones ministeriales influye en la honra y en el prestigio del
poder espiritual. Viene a su ciudad natal —.según J. N.
Contreras Serrano—, en 1659 y también en 1664, cuando el
8 de diciembre lo encontramos llevando en sus manos, a pie
244 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
y descalzo, la hermosa y veneranda imagen de Nuestra Señora
de la Consolación, de la cual es insigne devoto, al visitar por
tercera vez esta milagrosa imagen a San Cristóbal.
En Bogotá es el primer Canónigo Magistral de su Catedral
y el 2 de junio de 1684, “Su Majestad comunicó a la Real
Audiencia de Santafé y al Gobernador de Santa Marta el haber
presentado como Obispo de esta Diócesis al señor doctor
D. Gregorio Agustín Jaimes Bazán y Pastrana, Arcediano en
ese entonces de aquella metrópoli”, pues ya antes, el 24 de
diciembre de 1683 el mismo Gobierno Real lo había exaltado
a tal dignidad y hecho entregar las Bulas el 2 de mayo del
mismo año. Lo consagró el Arzobispo don Antonio Sáenz
Lozano, el día de la Encarnación del Señor y tomó posesión
como décimo sexto Obispo de Santa Marta el 10 de jimio de
1685, por medio del Chantre de la Catedral samaría, doctor
Pedro del Campo, a quien designó como su apoderado, quien
hizo algunos cambios en el Capítulo.
El 3 de agosto de 1687 Alonso de Losada y Quiroga, joyero
español residenciado en Pamplona, termina un marco y puer-
tecillas y pedestal de plata “que a modo de relicario guarnece
y engalana el óleo (sic), histórico de esta segrada imagen,
pieza de orfebrería en verdad valiosa” (1). Es el Relicario
que el primer Obispo venozolano, nacido en San Cristóbal,
Monseñor doctor Jaimes de Pastrana, obsequia a la Patrona
del occidente venezolano y del oriente colombiano, la venerada
Virgen de la Consolación de Táriba.
Monseñor Jaimes de Pastrana, excelente orador sagrado
y notable en su misión sacerdotal, sale de Santafé a fines de
1689 en Visita Pastoral a su Diócesis, la cual comienza por
Ocaña y el 29 de agosto de 1690 entra a Santa Marta donde
ha de durar muy brevemente su apostolado obispal, porque el
26 de octubre del mismo año descansa en la paz del Señor y
su alma deja en el bahía samaría el halo de su bondad y
espíritu con la exclamación: “Domine in manus tuas commen-
do spiritum meum”.
Es, por tanto, un tachirense ilustre y virtuoso, admirable
mente biografiado por el historiador Aurelio Ferrero Tamayo,
(1) Luis Eduardo Pacheco, Una joya histórica, Boletín del Centro
de Historia del Táchira.
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 245
quien va a la hermana Colombia con el mensaje de su noble
prosapia intelectual y de su fe, a fortalecer los vínculos de los
dos países honrados con la veneración a su memoria.
Francisco Javier García de Hevia
Del Táchira, Mérida y Trujillo han partido los proceres
cuando la epopeya y cuando el peregrinar. No tienen nombre
propio y quienes alcanzan a ser nominados en los partes de
las batallas o de las jomadas del civismo, se quedan en los
infolios perdidos en ese archivo que nadie consulta o conoce
o en los caminos asediados por la indiferencia.
La patriótica Mérida dió a Luis María Rivas Dávila, Vi
cente Campo Elias —el de Castilla la Vieja—, Antonio Rangel,
el Canónigo Uzcátegui, Juan Antonio Paredes, Antonio Rodrí
guez Picón y otros que con los truj illanos Cristóbal Mendoza,
Cruz Carrillo y Antonio Nicolás Briceño —tres héroes que con
los demás dados por la preclara tierra de los cuicas comple
mentan el honor andino—, y los tachirenses Santander, Ra
mírez, Fortoul, Entrena, Prato Martínez, Chacón, Pérez del
Real y Rincón, abonan la unidad fronteriza y contribuyen a
hacer perdurable la acción bolivariana en la Colombia nacida
en la Angostura orinoquense. Pero debemos dejar un brevísimo
recuerdo especial de cuatro proceres tachirenses olvidados.
Tres civiles y uno militar. Uno, Juan José García de Hevia,
el grítense Capitán General de los Comuneros venezolanos,
que ya mencionamos al narrar sucintamente el movimiento
revolucionario tachirense o, mejor, venezolano, más importan
te antes del 19 de abril de 1810, o sea el de los comuneros
andinos. Otro, el doctor Francisco Javier García de Hevia,
hermano del anterior, nacido en La Grita el 16 de febrero de
1763 y fusilado por el tan sangriento Pacificador Pablo Morillo,
el 6 de julio de 1816, en la Huerta de Jaime de Bogotá, junto
con los patriotas neogranadinos Emigdio Benitez, Jorge Tadeo
Lozano, Miguel de Pombo, José Gregorio Gutiérrez Moreno
y Crisanto Valenzuela, como también hubo otros esclarecidos
varones que sucumbieron en la plaza Mayor y en la de San
Francisco, pues el Jefe realista ahogaba en sangre el fervor
patriota. Este fusilamiento del tachirense García de Hevia
hermana el gesto, el valor y el procerato de dos pueblos afines
en la historia y en la libertad.
246 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
Francisco García de Hevia es uno de los forjadores del
alma colombiana, pues en 1810 se constituye en portavoz
del aliento liberador, y al constituirse el Gobierno de la Unión
Granadina es Diputado por Bogotá, San Martín de los Llanos
y San Juan, y en 1813 adhiere con el Colegio San Bartolomé,
del cual es Vicerrector, a la independencia de Cundinamarca.
En 1815 firma la reforma constitucional, como representante
por Tocaima y es mediador ante Tunja. El 6 de julio de 1815
se le nombra Gobernador de Cundinamarca y muestra su pro
bidad su talento y su ejemplar civismo como un varón que
sabe distinguir el ejemplo ponderado de su estirpe. Ya antes,
en 1789, se había graduado de doctor en Derecho Canónico,
así como en Caracas obtiene, por reválida el título de Abogado,
y es Administrador de la Renta de Tabaco en Casanare y
Juez de Diezmos. También en Santafé es Administrador de
las Salinas de Zipaquirá y Contador General de Diezmos. Es
una vida intensa y destacada la suya, en el campo de la docen
cia, de la administración, la libertad y el sacrificio. Como
tachirense y como hijo de la tierra americana lo da todo por
el civismo y la independencia de la Nueva Granada, que es la
misma Venezuela en su mensaje de servicio y de afirmación
gloriosa. Es García de Hevia el procer civil de mayor dimensión
y de más proyección de la tierra tachirense, que va a la Nueva
Granada en función de ejemplar ciudadano y, de pronto, su
conducta, traza el milagro de la devoción al patriotismo e
impulsa el derecho del pueblo a su libre determinar desde la
friolenta Bogotá siempre encendida en la fe republicana. Por
eso su fusilamiento es el sacrificio de la tierra tachirense en
pro de la igualdad de una patria unida en 1821 y desintegrada
después, pero ya definitivamente liberada e incorporada a la
comunidad americana con recia e influyente personalidad.
María del Carmen Ramírez de Briceño
En la antigua Villa de San Cristóbal nace hacia 1778
María del Carmen Ramírez, una de las heroínas de mayor
jerarquía y a la vez de singular simpatía en el occidente
venezolano, cuyos servicios en favor del alma nacional y d?
la unidad fronteriza tienen un valor y un significado fecundos.
Desde joven señala su derrotero republicano y se emancipa
de las ideas que niegan los derechos humanos. En 1796 se
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 247
casa con el también procer, nativo de Trujillo, Juan Antonio
Briceño Uzcátegui y va con sus bienes y su amor a vivir en la
Villa del Rosario de Cúcuta, como para que la vecindad la
envuelva en el recuerdo permanente y ofrezca la correspon
dencia en el júbilo de su corazón generoso. Allí en El Rosario
la sorprende la noticia del 19 de abril de 1810, en la inge
niosa comunicación de una panela remitida de Barinas por
la también patriota y hermana política suya doña Josefa An
tonia Briceño de Villafañe.
Al llegar al Táchira y a los valles de Cúcuta el Coronel
Bartolomé Lizón, en octubre de 1813, y comenzar en la frontera
la matanza de cuantos se rebelaban contra el poder monár
quico, María del Carmen alcanza a huir con su marido a Pam
plona y allí nace su última hija Francisca Antonia. La
afinidad de San Cristóbal y Pamplona queda otra vez reafir
mada en el peregrinar por los cielos de la incidencia vital y
de la independencia. Cuando finaliza el año de 1819 es hecha
prisionera María del Carmen y remitida a Bailadores. El
Libertador, al saberlo, despacha de la misma Pamplona un
piquete al mando del Coronel Leonardo Infante, quien la
rescata para satisfacción de la causa patriótica.
Esta heroína aumenta su cuota al patrimonio de la dig
nidad democrática, al ceder sus bienes y servicios a la mejor
realización de la independencia. Al venir el Libertador a San
Cristóbal, en su estada de 1820, su casa de San Cristóbal es
la residencia habitual del Genio, así como al año siguiente
—como ya dijimos—, sus casas de El Rosario son asiento del
Poder Ejecutivo y del Congreso de la Gran Colombia, y de
los héroes que por ahí pasan con su pendón de agonía y de
gloria. Es ella la Embajadora espiritual del Táchira en los
días en que la libertad busca afincarse definitivamente en el
suelo americano. De María del Carmen Ramírez de Briceño
existe una magnífica y sintetizada biografía escrita por el
historiador regional J. N. Contreras Serrano, que bien vale
la pena conocer.
Antonio María Ramírez
Varios son los paladines que en el campo militar puede
mostrar el Táchira. Pero hay uno, el Teniente Coronel Anto
nio María Ramírez, que merece ser destacado por su perfil
248 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
glorioso en Venezuela y Colombia, y por el mérito singular de
sus servicios a ambos países desde 1810 hasta más allá de
1819. Solamente sabemos que nació en San Cristóbal y no
tenemos conocimiento, por no disponer de tiempo ni de me
dios para investigar, del lugar donde murió este héroe inde-
pendentista en cuyo pecho merecidamente lució la Cruz de
los “Libertadores de Venezuela”, Orden Militar instituida el
22 de octubre de 1813 para honrar a quienes hicieron posible
la segunda República venezolana.
Es uno de los tachirenses que acompaña a Bolívar en su
famosa Campaña Admirable y luego va a la de los llanos, en
1816, donde se casa con María Dolores Fortoul, viuda dei
también patriota Francisco Núcete Muñoz, de cuyo matrimo-
ni nació el doctor Manuel María Ramírez Fortoul, cuya in
fluencia en Venezuela y Colombia se hizo sentir, habiendo
ejercido interinamente la Presidencia de Colombia en 1877.
Casanare y Apure son lugares con la huella de este tachi
rense extraordinario y que dejó, donde quiera que estuvo, lo
imperecedero de su valor y de su temple revolucionario. Cuando
Bolívar marcha a la Nueva Granada, en 1819, su recia fisono
mía acepta los embates del peregrinar a la muerte por los
desfiladeros del páramo de Pisba y está como el primero en
cada uno de los combates que preceden a ese enaltecedor
hecho del 7 de agosto en el puente inmortal de Boyacá. Su
nombre y el de los anónimos tachirenses que le siguen, queda
en la orden general de la Batalla de Boyacá con signos glorio
sos, pues tiene figuración como Comisario General del
Ejército Libertador en la División de Vanguardia que es
comandada por el General Francisco de Paula Santander,
cuyo parentesco es posible por la ascendencia materna del
connotado neogradino.
Después de Boyacá vuelve a los llanos, donde desempeña
cargos civiles y administrativos y se le respeta como a uno
de los forjadores de la Gran Colombia, por su decisión al lado
de su creador, cuando ya es Teniente Coronel. Ojalá algún
investigador o historiador se detenga en los merecimientos
de este héroe regional y rescate plenamente su nombre del
olvido y alcance a descubir el cementerio ignorado donde están
sus huesas, para que las generaciones presentes conozcan su
valor y su ejemplo y compensen con el reconocimiento y el
traslado a San Cristóbal del tesoro de su memoria ósea.
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 249
Uribe-Uribe en el Táchira.
Si para 1830 hay dos grandes héroes enfrentados a no
ceder terreno en la imposición de sus personalidades y cada
uno busca la soberanía de la nación en la cual lo sacrifi
caron todo, al considerar que la Gran Colombia aísla sus per
sonales atributos, lo que naturalmente alimenta ambiciones
y estimula a otro héroe en la vecindad del alto Perú para
contribuir a deshacer la obra cumbre de Simón Bolívar en
1819 y 1821, al promediar el año de 1901 surgen nuevamen
te dos tendencias contrapuestas a la fuerza de una amistad
siempre sincera y necesaria entre Colombia y Venezuela. Del
lado allá están los conservadores y del lado acá un Cipriano
Castro envanecido y a la vez alimentado por las ideas libe
rales y, desde luego, agradecido de quienes le dieron protec
ción en su exilio de los Vados al finalizar el siglo XIX.
En el buque venezolano “El Augusto” llega a Maracaibo
uno de los grandes proceres del liberalismo colombiano y
amigo de Cipriano Castro, Presidente de Venezuela y tam
bién uno de los grandes nacionalistas tropicales. Por esos
días el General Antonio Paredes —adversario de Castro—
ha querido fusilar a Benjamín Ruiz, un colombiano de in
fluencia en la política venezolana. Según Enrique Bernardo
Núñez, “El tráfico comercial por la vía del Zulia, Catatum-
bo y Encontrados está cerrado. Por Maracaibo se envían per
trechos de guerra a los rebeldes del país vecino. Un gran
parque se ha llevado a la frontera”. El jefe liberal que llega
a Maracaibo pasa al Táchira y se refugia en Táriba. Es el Ge
neral Rafael Uribe Uribe, quien permanece allí a la expecta
tiva y cerca de su país, en uso del asilo dado por Castro.
Y este Caudillo nuestro, inquieto y fortalecido por un go
bierno que él mismo hace suyo por el valor y la intención
razonable de su programa político de unidad nacional en
1899, pretende restablecer la Gran Colombia, como si fuera
fácil apurar las velas de un barco ya sin brisa y perdido en
el naufragio tempestuoso del personalismo. El capachero
vivaz y aguerrido está influido por el tono ampuloso de su
pensamiento y provoca al gobierno colombiano a enviarle
un telegrama que no corresponde a la diplomacia y a la pru
dencia de un Jefe de Estado, cuyo texto exaspera la intole
250 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
rancia del gobierno vecino y el cual es como sigue: “El Go
bierno Conservador de Colombia ha tendido siempre a ejer
cer su acción funesta sobre los genitores de sus libertades e
independencia, lo que es inaceptable por degradante. Es un
gobierno que vive del terror, de la miseria y del oscurantis
mo. Venezuela quiere la paz, pero honrosa y digna de la ac
tual civilización y progreso”. La respuesta colombiana viene
en los fusiles de cuatro mil hombres del ejército regular que
pasan la frontera y arrasan a Ureña y San Antonio, bajo
la jefatura del antiguo rector autonomista de los Andes ve
nezolanos, el médico Carlos Rangel Garbiras y el comando
de los Generales Albiem Cote, Pulido, Canals y Berti y otros
oficiales. Es un desacierto garrafal el del Gobierno del her
mano país tomar así como así una ofensiva bélica a la so
beranía nuestra en el disfraz de un enemigo venezolano de
Castro, y al repeler la jaquetonería nacionalista —errada
esta vez— del susceptible y valeroso militar andino. Afortu
nadamente en San Cristóbal se logran reunir 3.000 hombres
decididos y comandados por el General Celestino Castro, a
quien secundan los Generales Abel y Gumersindo Parada,
Aniceto Cubillán, Francisco Antonio Colmenares Pacheco,
Rosendo Medina, Román Moreno, Ceferino Castillo, Froilán
Prato, Pedro Murillo, Manuel Angulo, Rubén Cárdenas, Teó
filo Velasco, Eustoquio Gómez y Maximiano Casanova. Los
invasores son 7.000, según el testimonio serio del Dr. José
Abel Montilla en su admirable libro “Fermín Entrena”, pero
los Generales Rosendo Medina —padre del gran Presidente
Isaías Medina Angarita y que desgraciadamente murió en
la acción—, Pedro Murillo y Román Moreno organizan la
defensiva en tal forma que al pasar a la ofensiva en vein
tiséis horas los tachirenses derrotan a los invasores, supe
riores en armas, condiciones y número, en la Parada, lugar
aledaño a la capital del Táchira. Algunos escritores colom
bianos han afirmado que quien dirigió la acción victoriosa
de los venezolanos, fue el General Uribe-Uribe, lo cual no es
cierto, porque éste solamente ofreció sus servicios para cual
quier emergencia y permaneció en su retiro de Táriba vi
gilante para dar la colaboración de su capacidad y de su
valimiento en caso necesario.
Rangel Garbiras retorna a su exil’o de Cúcuta después
de haber perdido 500 hombres, pertrechos y banderas, y con
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 251
el remordimiento de haber podido encender una guerra bas
tarda e ineficaz entre hermanos, prevalido de un impulso
acaso bien intencionado y de unas armas que solamente
han debido ser usadas para solidificar la integración y no
para desangrarla inútilmente. El General Uribe-Uribe vol
vió más tarde a su país, cuando ya pudo hacerlo como con
ductor eximio de las grandes jornadas de su partido, aun
que años después cayó exánime por la crueldad de un ha
chazo. En todo caso, hombres de Colombia de una y otra ten
dencia política, han venido al Táchira a renovar la sangre
y la amistad de dos pueblos que si no pueden unificar el ol
vidado sueño del Liberatdor, al menos alimentan diariamente
su fuego en la esperanza de comprenderse y sobreponerse a
las aristas.
Vargas Vila, peregrino revolucionario.
José María Vargas Vila, desbordado en la literatura ca
liente de su pasión personal, con latiguillos urticantes o
poesía que nadie puede imitar porque sólo a él pertenece,
viene al Táchira cuando su connacional y antiguo coparti-
dario Dr. Rafael Núñez ejerce por tercera vez la Presidencia
de Colombia, sin más añadidos, es decir, de Confederación
Granadina o Estados Unidos de Colombia, y funda un nuevo
partido nacional al cual denomina de regeneración. Para un
espíritu rebelde y al mismo tiempo autónomo como el del
célebre novelista y anatematizador en tregua de revolución
y hasta de arbitraria y jugosa literatura, a veces, aunque
perdura en él el romanticismo y el modernismo, es difícil
aceptar la imposición de un estadista que aisla o margina
a los liberales y da preponderancia a los integrantes del
partido tradicionalista, tal como lo explica Manuel José Fore
ro. Por otra parte la reforma llevada a cabo durante el Go
bierno de Núñez opone a centralistas y federalistas.
Así, pues, para 1888 el Dr. José María Vargas Vila está
en San Cristóbal y disfruta del aprecio venezolano y de la
admiración de la siempre numerosa Colonia colombiana. Aquí
escribe y escribe, porque las vigilias son para él refugio de
lírica resonancia y no de insomne esterilidad. Parece que
aún su materalismo no es tan contundente o que, como su
252 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
cede con los negadores de Dios, siempre comprenden lo ro
tundo de su existencia y lo nombran, como Vargas Vila, con
respeto. Hace todavía más este peregrino de la revolución
y del panfleto: asienta que el cristianismo es el porvenir y
el progreso y el paganismo el retroceso y el pasado.
“Aura o las violetas”, la novela que recorre a la América
descalza en el repetir de las ediciones, como otras más, da
entrada a su autor en las tertulias provincianas de una
ciudad entre alegre y romántica y, por supuesto, culta. Al
sentirse lejos de su patria de origen, no obstante las pocas
leguas a la frontera, se siente un emigrado en el minuto de
opresión de su país y fulmina en frases lapidarias su “som
bría y patriótica tristeza”, a quien considera ha precipitado
a un abismo el alma del pueblo colombiano. La capital ta
chirense es para él un remanso, como lo ha sido también para
otros que antes y después, en la violencia o en los conflictos
políticos, han llegado como a su propio solar.
La noche del 20 de julio de 1888, la colonia colombiana
conmemora los 78 años de su independencia. El orador de
orden en el acto literario organizado por la nombrada Co
lonia es, precisamente, José María Vargas Vila, quien ya no
volverá a su país sino en las páginas de los periódicos o en
la perdurabilidad de los libros o en las lágrimas que son es
tiletes de reconvención a la actitud de quien, según él, go
bierna tiránicamente, bajo una “teocracia sombría”. Se con
sidera un emigrado que “a manera de esas aves que huyen
del invierno y dejan el patrio bosque, porque no pueden vivir
sino a la luz y con los ardores del verano” y su “alma se
ahoga bajo la tiranía y busca el sol de la libertad para vivir
bajo él”.
Fervoroso y sincero bolivariano Vargas Vila, ese año de
1888, dice: “Yo no creo que me tachéis de exagerado ameri
canismo, si os digo que yo no encuentro en la historia de
la humanidad un hombre superior a Bolívar y dicho sea de
paso, para los que bien no me conocen conozcan: yo no soy
hombre que me fanatizo por Bolívar, ni por ningún otro
hombre, ni me subyuga hasta la ceguedad grandeza alguna,
odio el servilismo en la admiración como en la obedien
cia, ni concibo los grandes hombres sin sus grandes defectos
y como no creo en los hombres providenciales, admiro aque-
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 253
líos en todo lo que tienen de sublime grandeza humana. Y
por eso es, y a pesar de todo eso, que yo no admito como po
sible, paralelo alguno entre la gloria de Bolívar y cualquiera
otra gloria”. Y si admira entrañable y virilmente al Liber
tador, también admira a Santander de quien dice, en su ro
mántico, encendido y revolucionario discurso de San Cristó
bal: “Francisco de Paula Santander, el caudillo ilustre, el
más grande de los hombres de estado de su tiempo, el que
mejor comprendió los verdaderos ideales revolucionarios”.
San Cristóbal es, entonces, la luz que emociona el ca
mino de José María Vargas Vila en su relampagueante hacer
de sus libros y de sus ideales “lejos de la admiración sin
motivo y del odio sin causa”.
Florez, Silva y Rugeles.
Decimos en nuestro libro “Del habla popular”, que vo
cabulario, refranes, dichos y todo cuanto es sabiduría del
pueblo, no sabemos cuándo tiene raíz colombiana y cuándo
venezolana, o más propiamente tachirense o andina. Es por
que la cultura de la zona fronteriza sostiene una misma
procedencia y se practica y se fomenta con semejantes in
fluencias. Hemos dicho ya, también, que de la meseta san-
tafereña pudieron llegar a nuestra región, muy escasos pro
bablemente, algunos libros de ese contrabando practicado
por hombres en búsqueda de la verdad cuando ojos inqui
sidores vigilaban el afán de libertad. De modo que ha exis
tido y existe un intercambio cultural, así como social y casi
podría decirse que geográfico, pues a lo largo del río que
une a los dos países se dan el abrazo de su cielo, sus nubes,
sus arreboles, su sol y sus hojas comunes.
Cuando el modernismo es agonía del realismo como puen
te del romanticismo, hay un poeta que no es golondrina via
jera sino gonzalito que trina en nuestros cafetales y valles
y lo hacen suyo las jaulas que son corazones en fibra de emo
ción por los nocturnos con nostalgia de herida que no cierra,
porque siempre hay una congoja para el quebranto. Es el
poeta cuyos versos son trueque de simpatía y afecto en los
álbumes y sentimientos que integran el espíritu de las gen
tes, o sea Julio Florez, cuya penetración alcanza todos los
254 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
estadios fronterizos y se queda en ellos con la resonancia de
su poesía. Efectivamente, Julio Florez, con sus imágenes líri
cas, invade el enamorado hacer de cuantos en las horas con
huellas o cenizas se detienen en la reflexión que es alegría,
remanso o tristeza. Todos lo conocen y todos recitan o leen
sus versos, como si fuese nacido en este lado del río genitor
de los días y las noches que conforman el destino de las es
peranzas o de las añoranzas.
Ya antes, también, un poeta tachirense había ido a Bu-
caramanga con el manojo fresco y juvenil de su sentir neo-
romántico. En el Seminario de la ciudad con viento y árbol
de hondo azul recibe clases de Retórica y Métrica del tam
bién poeta, y muy destacado, Ismael Enrique Arciniegas.
Cuando sólo tiene 16 años va a una velada organizada en
la ciudad de los parques, el 20 de julio de 1892, y recita sus
versos, sus propios y bisoños versos, cuando Julio Florez em
pieza a cuajar como uno de los poetas mayores de Colombia.
Tal poeta tachirense es Eleazar Silva, el extraordinario ru-
biense que más tarde será igualmente un buen poeta de la
frontera y de nuestro país. Y si Eleazar Silva recibe la noche
de Bucaramanga una “lluvia de rosas, lanzadas por las da
mas”, Julio Folrez en las tres décadas del presente siglo re
cibe la admiración que se le tiene, como poeta y como instru
mento de integración de espontánea y vigorosa espirituali
dad. Aún hay quienes le nombran con devoción en la des
hojada remembranza de sus flores negras, acaso porque al
guna sombra queda en la soledad invernal.
Otros poetas se acercan a mantener el diálogo colombo-
venezolano. Manuel Felipe Rugeles —uno de los grandes de
Hispanoamérica—, por ejemplo, quien al radicarse en Bo
gotá es valiosa unidad del grupo literario de Piedra y Cielo,
como más tarde lo es en Venezuela del celebrado grupo
Viernes, y se codea con los mayores intelectuales del herma
no país y, además es Secretario de Eduardo Santos, en “El
Tiempo”; y en Barranquilla es periodista y locutor de radio
que carga los bolsillos llenos de versos, pero vacíos del me
tal que nunca alcanzó por su honestidad, es voz e idea para
la unidad espiritual de los dos pueblos animados por una
misma vital cultura. En Colombia queda su mensaje, el men
saje de uno de los mejores poetas continentales, porque Ru-
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 255
goles fue y es eso: uno de los altos poetas americanos. Es
otro tachirense universal que contribuye a mantener el brillo
de las estrellas sobre la tierra que solamente lleva el signo
de un mismo padre: el Libertador.
Florez, Silva y Rugeles entreabren la rosa de su poesía
para cerrar en élla el perfume de la amistad fronteriza que
va más allá del hombre y del paisaje.
La diáspora política.
Cada vez que la política irrita la razón o la lógica para
vivir en paz, o la violencia penetra en la vida de quienes se
oponen a dejar inhibidos los derechos humanos o, al con
trario, en la de quienes los defienden o los sostienen, la fron
tera colombo-venezolana es un crucero de angustias o can
tos a la libertad. De allá vienen a Venezuela cuantos no pue
den avenirse con los regímenes circunstanciales que los avien
tan al ostracismo. De acá van a Colombia, más frecuente
mente, cuantos se ven compelidos a emigrar o a huir antes
de que la garra autócrata hiera sus pies con grillos o silen
cie su grito de rebeldía, o la misma fuerza de los regímenes
retaliadores cobren, con la cárcel, el derecho a la oposición.
Este cruzar de la frontera no es un hecho aislado. Tiene ya
casi un siglo de vigencia. Hay un justo y espontáneo conve
nio de asilo mutuo, por encima de las Cancillerías, que no
tiene inconvenientes, pues las autoridades y las gentes de
ambos lados de la frontera respetan la tradición establecida
por la comprensión y la vinculación doméstica y política
recíprocas.
Ya dijimos que Vargas Vila y Ur'be-Uribe estuvieron
asilados en el Táchira. Pero son muchos los colombianos,
antes y después, los que igualmente han venido a guarecerse
bajo el alero de nuestra hospitalidad y en cada ocasión han
sido recibidos con simpatía y, por qué no decirlo, con afecto
en San Antonio, Delicias, Rubio o San Cristóbal, por ejemplo.
Pero de Venezuela también han ido, y por miles, asilados
andinos y de otros lugares del país. Sin embargo, el caso de
los tachirenses es especial. No hacemos ningún descubrimien
to al decir que en diferentes épocas nuestros políticos y nues
tras gentes laboriosas, con un ideal que defender, han pa
256 BOLETÍN DE HISTOBIA Y ANTIGÜEDADES
sado el río Táchira por el rumbo de la clandestinidad y en
El Rosario, Cúcuta, Chinácota, Pamplona o Bucaramanga,
descansan del asedio de la persecución o evaden el cauti
verio, largo y afrentoso.
Cuando la cordillera andina sufre penalidades por cul
pa del gobierno central, con los abusos de sus Delegados, en
la última década del siglo pasado, un hombre pequeño y jo
ven, educado en Pamplona, con arrestos heroicos y recargos
humanísticos de Bachiller, pasa la frontera y se radica en
Bellavista o, mejor, en los Vados, cerca de Cúcuta, en mo
mentos en que el “crespismo” crece en la comarca central
de la República. Y sólo después del inesperado suceso de “La
Mata Carmelera” y de estar en el poder el General Ignacio
Andrade, quien asume la magistratura presidencial el 28 de
febrero de 1898, las posibilidades de Cipriano Castro, quien
es el que ha cruzado el río de la intacta integración seis años
antes, alcanzan el brillo de una ambición racional por la
conducta que la tiempla y con perfiles formadores del Cau
dillo, y la cual ambición no concluye sino hasta llegar a la
Casa Amarilla de la Plaza Bolívar caraqueña en triunfante,
atrevida y valerosa aventura.
Así es, en efecto. Cipriano Castro repasa la frontera el
23 de mayo de 1899, con su compadre Juan Vicente Gómez,
otro de los exilados del siglo pasado en Colombia y quien
va a tener figuración muy importante en la historia vene
zolana, y otros tachirenses hasta completar el grupo inicial
de los llamados y célebres sesenta hombres de la revolución
liberal restauradora que incorpora la provincia venezolana
a la política nacional. Pero en nuestra Venezuela, lamenta
blemente, se han realizado las alternativas políticas en for
ma singular, es decir, los perseguidos de hoy son los perse
guidores de mañana, y pronto los caminos hacia la frontera
colombiana se ven llenos con la sigilosa marcha del éxodo
obligante. Así, cuando Castro afirma su poder y cambia los
ideales por la prepotencia, son Emilio Fernández, primero,
y Carlos Rangel Garbiras después, entre otros, los grandes
exilados en Colombia, en tanto llega la oportunidad de in
vadir. Más tarde, con un Juan Vicente Gómez ya haciendo
omnímodo su personal gobierno y en preparación de su
traslado a Maracay, son Juan Pablo Peñaloza, Régulo L. Oli
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 257
vares, Espíritu Santo Morales, los hermanos Abel y Eduardo
Santos, los hermanos Patrocinio y Matías Peñuela, Francis
co Angarita Arvelo, Manuel Antonio Pulido Méndez y tan
tos y tantos más, con las veinte mil familias emigradas por
no transigir con Eustaquio Gómez, el pariente difícil que en
la región deja signos de progreso y de respeto, pero, asimis
mo, asusta y persigue sin contemplaciones con sus determi
naciones férreas, hasta 1925, cuando se sucede la amnistía
gomecista conocida con el nombre de “el paso de los asila
dos” y la cual fue aprovechada solamente por unos pocos,
ya que la mayoría prefirió —especialmente los emigrados
pertenecientes al partido liberal tachirense— quedarse en
el suelo amigo en convivencia amistosa y hacendosa o espe
rando la ocasión propicia para organizar las revoluciones o
los levantamientos fallidos, porque al General Gómez sólo
lo tumbó la muerte.
Cuatro décadas más tarde de la invasión de los “sesen
ta” llegan a Venezuela los gobiernos que se dicen democrá
ticos —exceptuamos el ejercicio liberal y humano del gran
tachirense Isaías Medina Angarita— y también los mono-
cráticos o dictatoriales que invalidan la unidad de la Vene
zuela donde todos sus hijos debemos caber, sin odios ni per
secuciones, y son otros los andinos los que han de ir a pagar
su contribución venezolana de exilio a la hermana Colom
bia. De ésta han de venir, igualmente, los colombianos aven
tados por la violencia en días aciagos para el país vecino.
Hay un equilibrio de entendimiento humano y fraterno
en las fronteras de Colombia y Venezuela, en cada situación
caótica o irregular, y de solidaridad con la historia y la san
gre que impulsan sus vivencias. Queda por resolver, eso sí,
la situación compleja de la realidad económica fronteriza,
por razones, especialmente, de la disparidad de sus unidades
monetarias enfrentadas, con distorsión de los potenciales que
no permiten que el sub-desarrollo de allá, como el de acá,
pueda canalizarse con ventaja para ambas partes, y que so
lamente —creemos nosotros— puede tener solución con una
consciente, racional y eficaz integración económica fronte
riza, iniciándola, por ejemplo, con la instalación de indus
trias que ni en Colombia ni en Venezuela existan, las cuales
tendrían un mercado seguro de más de 25 millones de con
258 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
sumidores y con. escogencia de dos o tres manufacturas es
tadounidenses y europeas con valorización de tres tipos para
las clases pudientes, media y obrera y, claro es, con capita
les mixtos y participación simultánea de las materias pri
mas existentes en forma que no haya ventajas sino para el
bien interestatal. Ya tuvimos ocasión nosotros de iniciar, a
nivel particular, algunos contactos positivos para el estudio
de la realidad fronteriza y los que posteriormente fueron
abandonados, o sea cuando dejamos la Presidencia de la
Cámara de Comercio de San Cristóbal, tres años antes ejer
cida. Ahora se observan nuevas y halagüeñas perspectivas en
el mismo sentido y parece que nuestros gobiernos también
tienen interés y responsabilidad de agilizar conversaciones
tendientes a lograr recíprocos entendimientos.
Por lo demás, al escribir estas páginas de evocación de
la imagen amigable fronteriza y a la vez de complacencia
por un honor recibido espontánea y gratamente, como es el
de hacernos miembro correspondiente de la Academia Co
lombiana de Historia, concluimos con la reiteración del sen
timiento cordial que nos inspira aquel entendimiento huma
no y fraterno vigente a través de los altibajos insoslayables,
y dejamos algunas notas para la investigación de quienes,
más capaces que nosotros, han de llevar a cabo en el futuro,
con relación a la presencia de la región andina venezolana
en la historia de la amiga y hermana Colombia.
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RAFAEL MARIA ROSALES, Destino de un pueblo.
ESTUDIOS GENEALOGICOS
De las “Genealogías de Santafé de Bogotá”, por
JOSE MARIA RESTREPO SAENZ y RAIMUNDO
RIVAS. Con adiciones de JOSE RESTREPO POSA
DA y BERNARDO SANZ DE SANTAMARIA.
336 Sanz de Santamaría
La grafía primitiva de este apellido y como se conserva
en España es Sáenz de Santa María. En Colombia se abrevió
en la forma arriba anotada, que prevaleció y que usaremos
siempre en este escrito porque caracteriza y diferencia esta
rama de las de los otros países. Así aparece en el acta de la
Independencia y aun en algunos documentos del siglo XVII
referentes a quien trajo este apellido a Santafé. Con frecuen
cia se ha usado también solo el de Santa María o Santamaría.
Procede esta familia de una de las trece casas del célebre
y antiquísimo solar de Valdeosera, cuyo origen remonta a la
reconquista y población en el siglo IX de la sierra de Came
ros Viejo en la Rioja, donde a dos leguas del solar, se en
cuentra la villa de Santa María de Cameros. A los legítimos
descendientes, debidamente reconocidos e inscritos en aquél,
como señores diviseros, confirmó sus inmemoriales privilegios
y blasón el rey don Enrique IV de Castilla por Real Carta
Ejecutoria fechada en Valladolid el 10 de septiembre de 1460.
El ascendiente más remoto de que tenemos noticia es
PEDRO SANZ DE SANTAMARIA, nacido a principios del si
glo XVI en la villa de Viguera en la Rioja, provincia de Lo
groño y Obispado de Calahorra en Castilla la Vieja, donde
eran los de su apellido “hijosdalgo de sangre de los más an
262 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
tiguos de esta villa”. Testó en 1582. Casó con Catalina de
Carasa y fueron padres, que sepamos, de:
I. Martín, familiar del Santo Oficio, padre de Blas, Co
misario del Santo Oficio.
II. Pedro Sanz de Santamaría y Carasa, natural de Vi-
guera, nacido hacia 1535, casó en Sorzano el 21 de febrero
de 1563 con Catalina Alonso y López, hija legítima de Pedro
Alonso y María López, naturales de Sorzano.
Fue su hijo DON DIEGO SANZ DE SANTAMARIA Y
ALONSO, bautizado en Sorzano el 15 de diciembre de 1571.
Testó en Nalda en 1664. Casó en Sorzano el 20 de enero de
1611 con Francisca Cibrián, bautizada allí mismo el 7 de di
ciembre (no consta el año), quien testó en Nalda el 15 de
junio de 1644; hija legítima de Francisco Cibrián y de María
de Islallana, y fueron padres de
DON DOMINGO SANZ DE SANTAMARIA Y CIBRIAN,
bautizado en Sorzano el 9 de octubre de 1624; casó allí el 28
de abril de 1643 con doña Francisca de Angulo y Nalda, viuda,
que había sido bautizada en Nalda el 27 de agosto de 1615,
hija legítima de Bernabé de Angulo, nacido en Nalda en
1581 y allí Alcalde de la Santa Hermandad y que testó en
1632, y de Inés de Nalda, bautizada en Navarrete el lunes 29
de julio de 1591 y muerta en 1662; nieta de Juan de Angulo
y María de Larrea, nacidos en Sorzano, y de Pedro de Nalda
Gascón e Isabel Martínez de Arenzana.
Doña Francisca de Angulo tuvo de su primer matrimo
nio un hijo, don Juan González del Castillo, que fue Caballero
de Santiago. Quizá doña Juana González del Castillo y An
gulo, que casó en Sorzano en 1659 con don Juan Martínez,
era también hija suya, pues coinciden lugares, apellidos y fe
chas, y de ésta fue bisnieto el Virrey de Santafé don Manuel
Antonio Florez y Martínez, conde de Casa Florez.
Fueron asimismo Caballeros de la Orden de Santiago don
Roque de Angulo, tío carnal y político de doña Francisca, y
don Juan y don Pedro de Angulo, nietos de aquél.
Don Domingo Sanz de Santamaría poseía un mayorazgo
“de bastante entidad” en la villa de Navarrete en la Rioja;
vivía “de su hacienda de campo y hoy (en 1681) vive portán
dose con lustre, como los demás hijosdalgo de esta tierra”. A
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 263
fines de 1687 era ya difunto. Había sido inscrito en el solar
de Valdeosera, en la divisa de ‘Iñigo Martínez de Arriba” el
29 de septiembre de 1675, junto con sus hijos. Fueron estos,
todos nacidos en Sorzano.
I. DON JOSE BERNARDO, que sigue la línea.
II. Don Antonio Domingo, Caballero de la Orden de San
tiago el 30 de julio de 1681, Secretario de Su Majestad, Oficial
de la Secretaría de Estado de la negociación de Italia, Secre
tario del Virrey de Valencia, que lo era el Conde de Aguilar.
En sus informaciones de nobleza se hace constar que sus an
tecesores estaban incluidos en los empadronamientos de hi
josdalgo, haber ejercido los cargos de regidores, alcaldes, etc.
III. Doña Manuela María, esposa de don Bernabé Fer
nández de la Plaza, inscrito en el solar de Valdeosera, hijo de
Lorenzo y de Isabel Morales de Arellano, nieto paterno de Lo
renzo e Isabel de Angulo, todos vecinos de Navarrete. Hijo
de don Bernabé y doña Manuela fue don José Antonio Fer
nández de la Plaza y Sáenz de Santa María, cuyos hijos, en
ausencia de los legítimos herederos, usufructuaron el ma
yorazgo.
DON JOSE BERNARDO SANZ DE SANTAMARIA Y AN
GULO. Fue bautizado en la villa de Sorzano el 24 de febrero
de 1644. A los 23 años, el 11 de agosto de 1667 “a imitación
de sus pasados” entró a servir en la Armada del Mar Océano,
con el sueldo de seis escudos al mes, como soldado de la com
pañía de los capitanes don Francisco Andrés de Carvajal,
don Luis Carrillo y don Raimundo de Atendo, en el tercio del
Maestre de Campo don Bernardo Lizarrazu. Nombrado el 19
de noviembre de 1670 Alférez de Infantería, “con aprobación
y crédito de buen soldado” y con 15 escudos, en la compañía
del capitán don Raimundo de Atendo, una de las once que
salieron de España para la restauración de Panamá el 12
de agosto de 1671, en los navios “Santa Catalina”, “San Jor
ge” y “San Carlos”, a cargo de don Antonio Fernández de
Córdoba, gobernador y capitán general de la provincia de
Tierra firme y presidente de su Real Audiencia. Desembarcó
en Portobelo el 26 de noviembre de 1671. Sirvió después en
el presidio de Panamá. El 24 de abril de 1674 obtuvo de don
Antonio de León, obispo de Panamá y Presidente de su Real
Audiencia, licencia “para pasar a España a continuar sus
264 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
servicios”. El 6 de mayo siguiente sentó plaza de soldado
“arcauz” en la compañía del capitán don Manuel de Casa-
debante, del tercio de la Real Armada de la Guardia de las
Indias, en la flota del genral don Pedro Cosbete. El 9 de no
viembre fue dado de baja en San Lúcar de Barrameda. Te
niendo en cuenta su “valor, práctica y experiencia militar,
concurriendo estas y otras buenas partes” en don José, la
reina gobernadora doña Mariana de Austria el 14 de enero
de 1675 lo nombró capitán de infantería de una de las once
compañías de 100 hombres cada una que habían de componer
un tercio, encargándolo del reclutamiento en el reino de Ga
licia y embarcarse con ellos para Flandes con el fin de au
mentar el número de soldados españoles en los Países Bajos.
En cumplimiento de su comisión estaba en La Coruña
el 3 de abril y el 9 en la ciudad de Mondoñedo. El 29 de
septiembre se inscribió en el Solar de Valdeosera. El 17 de
diciembre se le sentó la plaza de tal capitán con sueldo de
cuarenta escudos mensuales y el 6 de enero siguiente estaba
para embarcarse con su compañía en la fragata nombrada
“San José”, surta en La Coruña para pasar a Flandes. Su
compañía formó parte del tercio de don Fernando de Soto-
mayor, marqués de Tenorio, y luego fue agregada al tercio
del marqués de Bedmar. Según certificado del primero, fe
chado en Gante el 24 de mayo de 1677, se portó “en las
ocasiones que se ofrecieron en dicho tiempo con particular
aprobación, especialmente en la conducción de cuatro compa
ñías. .. que se levantaron en el reino de Galicia, de cuyo
reino habiéndose embarcado para estos estados y puéstose a
su cuidado el gobierno de ellas, desembarcó... sin faltarlas
hombre alguno, debiéndose a su diligencia y desvelo, a causa
de ser gente nueva y haber pasado grandes tormentas; em
pleándose continuamente en el regalo de enfermos y marea
dos, en que dio muestras de muy celoso del servicio de su
majestad y de experimentado soldado. Y así mismo habiendo
arribado a dichos estados el resto del tercio que quedó en
Galicia..., salió dicho capitán a recibirle con dos compa
ñías cinco leguas en país de contribución, expuesto a gran
des riesgos de partidas enemigas hasta que los puso en
Gante... y también ejecutó este servicio con el (otro) tercio
que llegó a dichos estados..., convoyándolo diez leguas que
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 265
hay de las Tres Cornetas (sic) hasta Terramunda (Termon-
de o Dendermonde), todo por país de contribuición, expuesto
a los mismos riesgos arriba dichos, hasta que los dejó en
Terramunda y de dicha plaza volvió con su compañía a la
de Gante donde estaba de guarnición; y así en las referidas
ocasiones como en todas las en que se ha hallado ha procedido
y le he visto obrar con el punto, valor y actividad que co
rresponde a las obligaciones de su sangre, y de muy expe
rimentado soldado, por lo que le tengo por muy digno de
todas las honras que su majestad fuere servido hacerle”. El
23 de abril de 1679 en Bruselas, don Carlos de Gurrea Ara
gón y Borja, duque de Villahermosa, gobernador y capitán
general de los Países Bajos, Borgoña y Charloes (Charoláis),
lo nombró capitán de caballos corazas, y el 27, en atención
a “que necesita ir a España a cuidar de algunos negocios
de su casa que requieren su asistencia”, le concede licencia
para ello. El 12 de mayo siguiente en Cortray (Courtray),
don Isidro de la Guerra y Benavides, marqués de Bedmar,
certifica que lo ha visto servir en su tercio “con particular
cuidado y asistencia, habiéndose hallado en todas las ocasio
nes que se han ofrecido y en especial en la que fue nom
brado para ir a la villa de Fornos (Fumes), donde fue con
60 hombres y hizo trujiesen las contribuciones que debían
dar, en que obró como muy experto y valeroso soldado”. El
rey don Carlos II por real Cédula de 12 de mayo de 1681 le
hizo merced del hábito de la Orden de Santiago y practica
das las informaciones de nobleza debió de estar, durante al
gún tiempo, en el convento de Uclés, aprendiendo las reglas
de la Orden, de acuerdo con sus reglamentos. El 30 de julio
se le expidió en Madrid el título correspondiente y el jueves
21 de agosto, en la iglesia del convento real de Santiago de
la Espada en Sevilla, fue armado caballero por don Ñuño
Núñez de Villavicencio, siendo su padrino don Tomás Ponce
de León, Marqués de Castilleja del Campo, habiéndole cal
zado las espuelas doradas don Francisco Sancho de Vera y
Zárate y don Francisco Rodríguez de Alfaro, todos caballe
ros de la dicha orden, y después el licenciado don Andrés
Fernández Barrena, prior del dicho real convento, le dio el
hábito e insignia de la orden. El 20 de mayo anterior había
sido nombrado por el rey capitán de infantería y castellano
de la fortaleza o presidio “nombrado Santa Rosa de la Barra
266 BOLETÍN DE HISTOBIA Y ANTIGÜEDADES
de Zaparas, en la laguna de Maracaibo”, que junto con la
de la barra de Barbosa se estaba edificando; con 40 hombres
para su guarnición y con un sueldo de 60 ducados, “y por
ser necesaria persona del valor y experiencias que se requie
ren. .. teniendo consideración en lo que me habéis servido”.
El mismo día escribe el rey al Maestre de Campo don An
tonio de Vergara Azcárate, gobernador y capitán general de
la provincia de Mérida de la Grita, recomendando la persona
de don José en términos encomiásticos. El 24 de junio, le con
cede la licencia “para pasar a aquella tierra con sus oficiales
y dos criados”. Se embarcó en Cádiz en 15 de octubre y tomó
posesión de sus cargos ante el dicho gobernador, el 27 de
enero de 1682.
Esta ceremonia se hizo en forma de pleito homenaje,
lo que posteriormente no aprobó el Rey, porque el castellano
de Zaparas debía estar sujeto al castellano del castillo prin
cipal y éste al gobernador.
Se retiró en uso de licencia del capitán general el 24
de febrero de 1685 “en atención a los diferentes achaques
que padece y otros motivos”. Pasó de Maracaibo a Mérida
y de allí a Santafé, a donde debió de llegar a mediados de
1685. El Rey el 22 de febrero de 1686 le concedió una pen
sión equivalente a los dos tercios de su sueldo, “en conside
ración de sus muchos servicios... y a lo bien que me ha
servido en las partes y puestos en donde ha militado... y
a la aprobación con que siempre ha procedido”. En 1688
una real cédula dada en Madrid el 17 de octubre le concedió
como renta vitalicia la totalidad de los 60 ducados del úl
timo sueldo.
En el mismo año, el 25 de febrero, ante Pedro García
Villanueva don José había dado poder a don Bernabé Fer
nández de la Plaza, su cuñado, vecino de la villa de Nava
rrete, “para que en su nombre administre toda la legítima
y mayorazgo que por muerte de su padre le tocare y perte
neciere, arrendando las haciendas, y para que tome posesión
de los dichos bienes, mayorazgo y herencia, y lo que produ
jere o rentare los distribuya en conformidad de la instruc
ción que para dicho efecto le remitió”.
Testó en Santafé el 26 de noviembre de 1690 ante To
más Garzón y el 11 de diciembre ya había fallecido. Dejó
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 267
a su mujer por tutora de sus hijos y albacea, relevándola
de fianzas “por la mucha satisfacción que tengo de la su
sodicha”.
Había casado con doña Catalina Alfonsa Rodríguez Ga-
leano y Vergara, quizá por poder, ya que su suegra doña
María de Vergara el 21 de septiembre de 1684 dice en su
testamento que dio estado de matrimonio a su hija doña
Catalina con don José y que le dio su dote, y en esta fecha
don José se encontraba en Maracaibo.
Doña Catalina fue bautizada en Santafé el 12 de abril
de 1670, y testó ante José de Achuri el 9 de julio de 1718.
De ella y sus ascendientes trata Florez de Ocáriz en el Ar
bol II de Martín Galeano. Era hija legítima de don Fran
cisco Rodríguez Galeano y Calvo, Alcalde Provincial de la
Santa Hermandad y Alcalde de Santafé en 1668 y que debió
de morir a principios de 1673, y de doña María de Vergara
y Mayorga (387). Nieta paterna de don Francisco Rodríguez
Galeano y Velásquez, encomendero de Sopó y Alcalde de la
Santa Hermandad en 1632 y varias veces Alcalde Ordinario
de Santafé (1635, 1651 y 1661), quien testó en 1671 y 1673
y era difunto en enero de 1677; había casado hacia 1634 en
la ciudad de La Palma de los Colimas con doña Catalina
Calvo, natural y vecina de esa ciudad. Bisnieta paterna de
Juan Francisco Rodríguez Galeano, encomendero de Sopó,
Alcalde Ordinario de Santafé su patria en 1599, 1622 y 1633,
en que murió víctima de la llamada peste de Santos Gil, y
de su esposa Catalina Velásquez. Estos Rodríguez Galeano
tenían la capilla de Santa Ursula y las Once mil vírgenes en
la iglesia de Santo Domingo de Santafé, “con entierro y do
tación”. Del capitán Alonso Calvo natural de la Villa de
Azuaga (Extremadura), soldado en Flandes e Italia que pasó
a Indias en 1600 en la compañía de su tío el capitán y sar
gento mayor de la ciudad de Cartagena don Francisco Zapa
ta Bisuete. Sirvió en aquel presidio año y medio, vino al
Nuevo Reino y regresó al socorro de Cartagena. Fue luego
en la ciudad de La Palma capitán de caballos, regidor y al
calde ordinario, y siéndolo, hizo fabricar la iglesia mayor;
tres veces teniente de gobernador en aquella provincia; agre-
gósele otra encomienda por sus méritos, y de su legítima
mujer doña María de Saldaña. Trisnieta de Gaspar Rodrí
268 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
guez, natural de la ciudad de Sevilla, que vino a las Indias
por el año de 1529; sirvió al rey 4 años en la ciudad de
Nombre de Dios; volvió a España por una herencia y re
gresó a Santa Marta en la flota de don Pedro Fernández
de Lugo y sirvió en aquellas conquistas; en 1541 subió al
Nuevo Reino con Jerónimo Lebrón; regresó con él a Santa
Marta y para 1553 estaba en la altiplanicie, pues en ese año
la real chancillería le dio la encomienda de Sopó, y de su
esposa doña Isabel Galeano, sobrina del conquistador capi
tán Martín Galeano; de don Francisco Velásquez Pardo
das Mariñas, natural de Palos de Moguer, escribano de cá
mara de la chancillería de Santafé y de su segunda esposa
doña María Cerezo de Ortega; de Alonso Martín Calvo y de
Juana Martín del Castillo; de Bartolomé de Saldaña, quien
entró con su padre a reducir a su costa los indios morayes
y a la pacificación de la provincia de Gualí con el capitán
Jerónimo de Mendoza, saliendo herido en un brazo; se le dio
la encomienda de La Palma donde fue alcalde ordinario y
de la hermandad, procurador general, y de su esposa doña
Catalina Cano Murillo, natural de la Villa de Azuaga. Cuarta
nieta de Diego Rodríguez e Inés Fernández de Marchena;
posiblemente, pues hay documentos contradictorios, de Pedro
Galeano y de su mujer Isabel Juan de Royo (Ocáriz, ár
bol II, parágrafos 1 y 33, y Raimundo Rivas, “Los Funda
dores de Bogotá”, tomo I, página 242 y nota), de Antón
Pardo das Mariñas y de Catalina Velásquez Roldán; de Juan
o Julián o Andrés (Ocáriz en distintas partes lo llama con
cada uno de esos nombres) de Ortega y de Casilda de Sala-
zar, naturales de Burgos Sotapalacios, vecinos de Salamanca;
de Bartolomé de Saldaña, padre del otro Bartolomé nom
brado, conquistador de la ciudad de La Palma y encomen
dero en ella y su alcalde ordinario, nacido en la villa de
Osuna, casado en La Pedrera con Leonor Sánchez.
Del matrimonio de don José Bernardo Sanz de Santa
maría y de doña Catalina Rodríguez Galeano fueron hijos:
I. El maestro don José Jacinto Roque, nacido en Santafé
el 18 o el 23 de agosto de 1686 y que fue crismado en la ca
tedral el 27 de julio de 1687. Hechas las informaciones res
pectivas, entró en el colegio de San Bartolomé el 20 de oc
tubre de 1697. En febrero anterior su madre había dado po
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 269
der a don Ramón Vasallo para que tomara posesión del
mayorazgo que correspondía a su hijo mayor en la villa de
Navarrete en la Rioja, pero debió de renunciarlo éste en favor
de su hermano menor, pues el 15 de enero de 1711 impuso
su madre ante el escribano Esteban Gallo un censo de 2.000
patacones sobre 4 estancias de ganado mayor, en el valle de
Sopó, llamadas de Melchor Gómez y que ella había heredado
de su abuelo don Francisco, para “más congrua con que po
derse alimentar y sustentar” don José Roque, quien se había
ya ordenado de diácono. De 1714 a 1727 fue cura de Suba.
II. Doña María Rosalía Teresa, bautizada el 27 de julio
de 1687, de edad de 13 días. No dejó descendencia. Casó con
el doctor José de Olarte y Ospina, hijo legítimo del Maestre
de Campo don José Olarte y Angulo y de doña María Luisa de
Ospina y Acuña (263). En 1702, siendo ambos menores hubo
de recibir la dote por medio de curadores. Después casó, el
31 de enero de 1726, con el capitán español don Cristóbal
López de Vergara y Montoya, que murió repentinamente por
enero de 1740 “y fue quien trajo de España al escultor La-
boria”. El 31 de julio de 1757 “día de San Ignacio (dice el
cronista Vargas Jurado) se colocó en su iglesia la capilla que
hizo y costeó mi señora doña María Rosalía de Santa María,
y en ella el glorioso San Joaquín hecho en Cádiz por don
Pedro de Laboria en 1729, que trajo don Cristóbal Vergara
su esposo, con unos espejos y arañas de bronce, que también
puso en la capilla”. Murió doña Rosalía el 17 de febrero de
1760, y fue enterrada en Santo Domingo. En su testamento,
otorgado en Santafé el 12 de febrero de 1759 ante Joaquín
Sánchez, deja por heredero universal al Colegio máximo de
la Compañía en Santafé y legó la casa de su habitación (que
después fue Palacio Virreinal) y sus diez tiendas para dotar
la capilla de San Joaquín de que se ha hecho mención y si
tuar una renta a sus sobrinas. Fue dueña de la hacienda de
Tibitó. El San Joaquín fue vendido y se encuentra actual
mente en un altar de la iglesia de San Francisco.
III. El capitán don Nicolás José Francisco Javier. Fue
bautizado el 20 de septiembre de 1689. Vistió la beca del Ro
sario en 1704. Fue corregidor de Duitama, Cáqueza y Bogotá
(1720) y Alcalde Ordinario de Santafé (1714). Le pertenecía
el mayorazgo de su familia vinculado en la villa de Navarrete
270 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
y fue dueño en la Sabana de las tierras de Márquez, el Boque,
la Venta de Sopó, Meusa, Gabriel, Salgado, Zamora, Hato-
grande, Yerbabuena, Aposentos y reclamaba a Tibitó para
sus hijos; tierras que son hoy numerosísimas haciendas. En
la ciudad lo fue, junto con otras propiedades, de la casa sola
riega vinculada al mayorazgo, frente al antiguo palacio ar
zobispal. Testó siendo viudo y vecino de Las Nieves el 31 de
mayo de 1750 y fallecido el miércoles 25 de agosto del año
siguiente fue enterrado el 26 en la iglesia de San Juan de
Dios y no en su capilla de las Once mil Vírgenes de la iglesia
de Santo Domingo. Había casado en Santafé por los años de
1716 con doña María Josefa Gómez de Salazar y Olarte (325),
hija legítima del contador don José Gómez de Salazar y de
doña Mariana de Olarte y Ospina. Fueron sus hijos:
I. El doctor don José Nicolás Francisco, nacido en San
tafé el 7 de octubre de 1717, “uno de los sujetos más venta
josos en letras y sabiduría que ha producido el Colegio Real
Mayor de San Bartolomé en estos tiempos”, según declara
el Capítulo Metropolitano en una recomendación al rey fe
chada en 1752. Había vestido una beca real en 1730 y debió
de renunciar al mayorazgo, como su tío del mismo nombre,
para ordenarse de presbítero. Fue cura de Ráquira (1742-
1753), cura y vicario de Sogamoso (1753-1766). Nombrado
canónigo penitenciario el 19 de julio de 1765 se posesionó el
año siguiente. Fue sepultado en la catedral el 28 de octubre
de 1783.
II. Don Domingo, que sigue una línea.
III. El doctor Juan Antonio, colegial del Rosario y clé
rigo presbítero, cura de Ubaque en 1751 y de Usme de 1757
a 1774. Murió el 12 de mayo de 1776
IV. El doctor don Francisco Javier, que sigue otra línea.
V. Doña Catarina, tercera esposa de don Luis de Castillo,
marqués de Surba (84), con sucesión.
VI. Don Ignacio, que sigue otra línea.
VII. “Otro que murió de tierna edad”.
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 271
LINEA DE DON DOMINGO SANZ DE SANTAMARIA Y
GOMEZ DE SALAZAR. Nació el lunes 20 de febrero de 1719
y fue bautizado en la catedral el 24. Fue colegial del Rosario;
Alcalde de la Santa Hermandad en 1763 en Santafé, en donde
murió en abril de 1771 habiendo dejado a sus hermanos po
der para testar. Había casado con doña María Pinzón y Tello
(279), hija legítima de don Francisco Pinzón y Otero y doña
Mariana Tello de Mayorga y Camacho, y tuvo por hijos, se
gún declaran él y su esposa en sus testamentos (Notaría 2^),
otorgado el de ella en 12 de marzo de 1783:
I. Doña Josefa, casada el 11 de octubre de 1778 con el
doctor don José Joaquín de León y Romana (194). Sin des
cendencia.
II. Don Juan de la Cruz Raimundo, que sigue la línea.
III. Doña Jacinta, bautizada el 18 de agosto de 1766. Sol
tera. Demente.
IV. Don José Antonio María, bautizado en Santafé el 14
de septiembre de 1770, casó “en la ciudad de Pore” con doña
Josefa Rita Pinzón y Torres (279), su parienta, hija de don
Mariano Pinzón y Olarte y doña Isabel de Torres y Vanegas,
y fueron padres de José María, casado con doña Domitila
Gómez, hija de Antonio de Jesús Gómez y Josefa Calvo, y
padres a su vez de Carlota y Josefa Rafaela Antonia.
DON JUAN DE LA CRUZ RAIMUNDO SANZ DE SAN
TAMARIA Y PINZON. Bautizado en Santafé el 28 de noviem
bre de 1762. Colegial del Mayor del Rosario. Heredero del ma
yorazgo de Navarrete en la Rioja. Fue suya la hacienda de
Salgado, de unas 2.000 hectáreas, en el valle de Sopó, y de
la casa solariega de los Rodríguez Galeano, adscrita al mayo
razgo, frente al antiguo palacio arzobispal; dueño además de
otras propiedades. Murió en Santafé el 26 de abril de 1802,
tres días después de haber testado. Había contraído matri
monio en Santafé el 6 de junio de 1790 con doña Antonia
Ricaurte y Ortega (304), hija del doctor don José Antonio de
Ricaurte y Rigueiro, protomártir de la Independencia, y de
doña Mariana Ortega y Mesa. Fueron sus hijos, según su
testamento y otros documentos:
272 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
1. Doña María Francisca, nacida en Santafé en abril de
1791, casó el 9 de febrero de 1808 con don Mariano París y
Ricaurte (271). Con descendencia.
2. Doña María Buenaventura, monja profesa.
3. Manuel José Domingo, nacido el 20 de diciembre de
1795, muerto niño.
4. Doña Prudencia. Casó el 8 de diciembre de 1811 con
don Joaquín Chacón y Galindo (96). Con sucesión.
5. Juan de la Mata, que murió pequeño.
6. Don Librado Antonio, nacido en Sopó el 28 de julio
de 1799. Colegial del Rosario en 1814. Casó en Bogotá el 17
de mayo de 1821 con doña Rufina Camacho (68), hija legí
tima del procer doctor Joaquín Camacho y de doña Marcelina
Lago, y fueron padres de Lucas, esposo de N. Gómez, con des
cendencia que sería la mayorazga, pero cuya suerte ignoramos.
7. Don Mariano Balbino, que sigue la línea, y es el pri
mero de esta rama que abrevia y firma Sanz de Santamaría.
DON MARIANO SANZ DE SANTAMARIA Y RICAURTE.
Nació en Santafé y fue bautizado en la catedral el 19 de abril
de 1802. Colegial del Rosario en 1817. Jefe político del cantón
de Zipaquirá. Dueño de la hacienda de “Buenavista” en Ne-
mocón, donde murió repentinamente el 25 de junio de 1859.
En sus exequias habló sentidamente su tío el procer y general
José María Ortega Nariño. Había casado en Santafé el 5 de
mayo de 1819 con doña Dorotea Lineros y Vargas (198) y
fueron padres de
1. Francisco, padre de Pablo, quien casó en Nemocón con
Rosa Corona González, hija de José Teodoro Corona y Luisa
González, padres a su vez de María Emilia.
2. Heliodoro, esposo de Eugenia Ricaurte, hija legítima de
Bartolomé Ricaurte y Dionisia Manrique, padres de Esteban
Lucinio, nacido en Nemocón en 1853, soltero, y de Margarita,
esposa de Cristóbal Santos, con sucesión. Casó segunda vez
con doña Librada N., cuyo apellido ignoramos.
3. Luciano Marcelo, bautizado en la catedral el 14 de fe
brero de 1823. Soltero.
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 273
4. Federico, nacido en Nemocón en 1826. Casó con Nati
vidad Vargas y Santos, padres de Eduardo, soltero; Sara, es
posa de Juan González-Benito y Miranda, con sucesión; Isabel,
esposa de Fruto Fajardo, sin hijos, y Mercedes, esposa de Sa
muel Otero Defrancisco, con sucesión.
5. Juan de la Cruz, nacido en Nemocón el 25 de octubre
de 1827. Abogado, senador de la república, casó en Bogotá el
7 de junio de 1863 con Hortensia Valenzuela y Serna (378),
padres de
I. Manuela, nacida en Bogotá el 24 de marzo de 1864,
esposa de Julio Arboleda y Mosquera (18), con sucesión.
II. María Luisa, esposa de Justino Valenzuela y Carrizo-
sa (378), con sucesión.
III. Josefina, soltera.
IV. Gonzalo, escritor y comediógrafo. Hijas suyas y de
Mercedes Zúñiga, hija de Fernando Zúñiga y Katherine Teac,
fueron Inés y Cecilia.
V. Julia, religiosa de la Presentación.
VI. Ernesto. Abogado, alcalde de Bogotá de 1920 a 1925.
Esposo de Paulina Faux y Zapata, sin sucesión.
VII. Gustavo, casado con Susana Caro (77), hija de Eu-
sebio Caro y Susana Narváez. Padres de
a. Eusebio, esposo de Elvira Cortés y Noguera;
b. Miguel, casado con Blanca Dávila y Ortiz;
c. Manuela, esposa de Rafael Tamayo y Alvarez (9), y
d. Juan, esposo de Olga Serrano y Castro. Todos con su
cesión.
VIII. Hortensia, esposa de Juan Clímaco Manrique y Con-
vers (89), con sucesión.
Además Emilio, Augusto y otra Julia, muertos niños, cu
yo orden ignoramos.
6. Eustacio Sanz de Santamaría y Lineros. Nació en Ne
mocón el 29 de marzo de 1831. Institutor. Perfeccionó sus es
tudios de química y economía política en Europa. Periodista,
escritor, cónsul en varios países, ministro de relaciones exte
riores (1880-1881). Falleció en su hacienda de “Aposentos” en
Nemocón el 27 de enero de 1904. Había casado en 1852 con
274 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
Elisa Spanier, alemana, natural de Brunswick, muerta en Pa
rís el 18 de junio de 1917, y fueron padres de
I. Eustacio, esposo de Elisa Montoya y Sanz de Santa
maría (234). Fueron sus hijos:
a. Hernando, esposo de Carolina Vargas y Cheyne. Sin
hijos.
b. Alfonso, muerto pequeño.
c. Eustacio.
d. José María, y
e. Alvaro, solteros.
II. Mariano, arquitecto, esposo de Elvira Ricaurte y Ca-
rrizosa. Sin sucesión.
III. Luis, esposo de Liboria Triana y Umaña, padres de
a. Mercedes, casada con Máximo Dubail, diplomático, con
sucesión en Francia. En segundas nupcias con Beatriz Urda
neta y Vargas, de quienes fue hijo
b. Luis Eduardo, oficial del ejército norteamericano, ca
sado y residente en el exterior.
IV. Dolores, esposa de Ernesto Bourgarel, ministro de
Francia en Colombia (1893-1896). Sin hijos.
V. Alberto, médico, casado con la médica rusa Margarita
Tzetline. Sin hijos.
7. Dolores, gemela de Eustacio Sanz de Santamaría y
Lineros, esposa de José María Montoya y Sanz de Santamaría
(234). Con sucesión.
8. Juan Nepomuceno, nacido en Nemocón el 13 de mayo
de 1833. Ingeniero, institutor y dueño de la hacienda de El
Diamante en la Sabana. Murió en Bogotá el 29 de septiembre
de 1909. Había casado el 22 de abril de 1866 con Mariana
Herrera y Restrepo, hija del doctor Bernardo Herrera y Buen-
día y María de Jesús Restrepo y Montoya (170). Fueron sus
hijos, todos nacidos en Bogotá:
I. Manuel Bernardo, nacido el 12 de febrero de 1867 y
bautizado en Santa Bárbara, hacendado, Secretario de Ha
cienda de Cundinamarca en 1916. Murió en Cachipay el 12
de julio de 1919. Había casado en Bogotá el 26 de noviembre
de 1892 con María Josefa Osorio y Gutiérrez (262), hija de
Alejandro y María del Carmen, y fueron padres de
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 275
a. Alejandro, esposo de su prima hermana María Luisa
Osorio y Ortega (262). Con sucesión.
b. Isabel, religiosa Adoratriz, muerta en Medellín en 1968.
c. Carmen, esposa de Alfonso Samper Ortega (328), hijo
de Tomás y Belén. Con sucesión.
d. Manuel, esposo de Teresa Mallarino y Pardo (210),
hija de Manuel María y Ana. Con sucesión.
e. Juan Nepomuceno, pintor e industrial. Casado en Mé
jico con Jacqueline Debau-Werthemer y Cohén (francesa).
Con sucesión.
f. Bernardo, sacerdote, doctor en teología, canónigo hono
rario de la catedral primada.
II. Ignacio Sanz de Santamaría y Herrera, nacido el 31
de julio de 1868, hacendado. Casó con Rufina Rocha Dordelly
(307), hija de Rafael y Josefa, y fueron padres de José, es
poso de Cecilia Santamaría y Zúñiga, ya nombrada. Con su
cesión.
III. Nepomuceno, nacido el 20 de agosto de 1870. Casó con
María Valenzuela Balén (378), hija de José María y Hortensia,
y fueron padres de Elvira, casada primero con José Guillermo
Posada Delgado (288), hijo de José y Sara, y después con
Vicente Casas Castañeda (82), hijo de Jesús y Clara. Con
descendencia de ambos matrimonios.
IV. María Josefa, nacida el 21 y muerta el 25 de abril
de 1872.
V. Belén, nacida el 2 de mayo de 1873, esposa de Pedro
Defrancisco Martínez (105). Sin sucesión.
VI. Mariano, nacido el 25 de enero de 1875. Hacendado.
Miembro de la Junta de Beneficencia. Esposo de Lucía Gómez
Umaña (153), hija de Luis y María Josefa, y padres de
a. Lucía, esposa de Francisco Bermúdez Ortega (48), hijo
de Andrés y Cecilia. Con sucesión.
b. Carlos, ingeniero, economista, hacendado. Alcalde de
Bogotá (1942-1944). Embajador en Washington y Río de Ja
neiro. Ministro de Hacienda y de Relaciones Exteriores y no
table intemacionalista. Casado con Lola Londoño Obregón
(251), hija de Pedro y Lola. Con sucesión.
c. Elena, soltera.
d. Leonor, soltera.
276 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
e. Cecilia, esposa de Pedro Navas Pardo (30), hijo de Ra
fael y Cecilia. Con sucesión.
f. Julia, muerta pequeña.
g. Mariano, muerto joven.
VII. Carlos Sanz de Santamaría y Herrera, nacido el 11
de enero de 1877, murió en 1888.
VIII. Jorge, nacido el 6 de febrero de 1879, casó en Roma
en 1907 con Elena Sáenz Obregón (320), hija de Nicolás y
Mercedes, y fueron sus hijos
a. Inés, esposa de José Lombana Buendía (200), hijo de
José María y María Antonia. Con sucesión.
b. Ana, religiosa de la Presentación.
c. Nicolás, esposo de Ana Samper Gómez (328), hija de
Alberto y Elena. Con hijos.
d. Jorge, ingeniero, esposo de Rosa Pradilla Keith (291),
hija de Jorge y Rosa. Con hijos.
e. Julia, soltera.
IX. María del Carmen Sanz de Santamaría y Herrera na
ció el 27 de marzo y murió el 16 de diciembre de 1881.
X. Daniel, nacido el 18 de noviembre de 1886, esposo de
Ana Santa María y Cubillos. Con sucesión.
XI. Ana, religiosa de la Presentación.
9. Manuel María Sanz de Santamaría y Lineros, nacido
en Nemocón en 1835, esposo de Emilia Balén Ricaurte (33),
sin hijos.
10. María Josefa, nacida en Nemocón en 1836, esposa de
Julián de Mendoza y Serna (230), con sucesión.
11. Mariano José, nacido en Nemocón en 1837 y muerto
niño.
LINEA DEL DOCTOR DON FRANCISCO JAVIER SANZ
DE SANTAMARIA Y GOMEZ DE SALAZAR. Nació en San
tafé de Bogotá el 3 y fue bautizado en la catedral el 11 de
diciembre de 1722. Colegial del Mayor del Rosario y en dicho
claustro catedrático de filosofía, teología y derecho civil por
nueve años. Abogado de la Real Audiencia. Alcalde ordinario
de Santafé en 1753, año en que recibió al Virrey Solís, gas
tando de su peculio 3.000 pesos. Procurador general. Asesor
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 277
de los tribunales de Cruzada y Real Hacienda, y segunda vez
alcalde de Santafé en 1762. Fue dueño de la histórica ha
cienda de “Hatogrande” y de la también histórica casa que
había sido de su tía doña Rosalía, situada en la esquina de
la Plaza Mayor y calle de San Miguel, al frente de la catedral,
la cual arrendó para habitación del virrey Gil y Lemus, por
haberse incendiado el palacio virreinal, y ocuparon igualmen
te los virreyes sus sucesores y los primeros presidentes de
Colombia. Cuando la revolución de los Comuneros, fue don
Francisco uno de los comisionados que con amplios poderes
de la Audiencia se trasladaron a Zipaquirá con el objeto de
prevenir que Berbeo y sus compañeros entraran a la capital
del virreinato. Poco después murió, pues el 26 de noviembre
de ese mismo año de 1781 dio poder a su esposa para testar
y en el convento de Santo Domingo se le hicieron honras el
7 de enero siguiente. Había casado en Santafé el 16 de agosto
de 1752 con doña Petronila Prieto de Salazar y Ricaurte (292),
y fueron sus hijos, según aparece en el testamento de su
viuda otorgado el 13 de noviembre de 1784 y codicilo de 1807:
I. Doña María Manuela, bautizada el 27 de junio de 1753,
esposa del doctor don Francisco Javier González-Manrique y
Florez (213). Fue ella la célebre dama en cuya casa se reunía
la Tertulia del Buen Gusto que tanto nombre dejó en nues
tra historia literaria, y sobre la cual dice Vergara y Vergara:
“Doña Manuela no era solamente literata, sino naturalista.
Tenía un valioso y curiosísimo gabinete de historia natural,
formado y clasificado por ella misma. De noche se llenaba su
salón con todos los literatos de Santafé, y pasaban la velada
entretenidos en ejercicios literarios, en que tomaban parte
doña Manuela y dos hijos suyos, Tomasa y José Angel, que
estaban en su primera juventud. Ulloa, Madrid, Salazar y los
Gutiérrez eran de los más asiduos asistentes.. Sabía latín,
italiano y francés, leía mucho y tenía buena biblioteca. El
barón de Humboldt, dice Groot, “fue a visitarla acompañado
de algunos amigos que le habían hablado mucho del talento
y luces de doña Manuela, y ésta lo recibió con todas aquellas
atenciones que son de suponerse. La conversación, por su
puesto, fue de ciencias naturales, en que se lució nuestra li
terata, que hablaba al barón con desembarazo y suficiencia.
Luego lo introdujo en su pequeño gabinete de historia na
278 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
tural, donde tuvo ella más campo de lucirse disertando sobre
cada uno de los objetos que iba presentando al barón”.
II. Doña María Francisca, bautizada en Santafé el 11 de
octubre de 1754 y fallecida el 11 de diciembre de 1796. Esposa
del doctor don Francisco Javier de Vergara y Caicedo (387).
Con sucesión.
III. Doña María Josefa, bautizada el 11 de marzo de 1756
y fallecida el 19 de enero de 1817. Esposa de don Luis Caicedo
y Florez (62). Con sucesión.
IV. Doña Petronila, bautizada el 23 de mayo de 1761.
Muerta joven.
V. Don Pantaleón, nacido en Santafé el 27 de julio de
1762. En el régimen colonial sirvió empleos en la Real Con
taduría de Tabacos de Santafé y fue en 1783 Alférez del Ba
tallón de Milicias de Caballería. Figuró el 20 de julio de 1810
por haber sido el comisionado para solicitar del español Gon
zález Llórente el célebre florero que dio origen a la molestia
entre éste y los señores Morales. Falleció en Santafé el 21 de
septiembre de 1813, y en el poder para testar que otorgó la
víspera enumeró por hijos de su matrimonio con doña Josefa
Baraya y Ricaurte (35), celebrado el 21 de diciembre de 1790,
los cinco siguientes:
1. Doña Susana Sanz de Santamaría y Baraya, que casó
en Bogotá el 4 de diciembre de 1824 con el progresista em
presario alemán don Juan Bernardo Elbers y Jaeger (116),
iniciador de la navegación a vapor en el río Magdalena. Con
sucesión.
2. Doña Josefa, nacida en Santafé en julio de 1802 y fa
llecida el 27 de abril de 1831. Esposa de don Luis Montoya
y Zapata (234). Con sucesión.
3. Doña María del Carmen, casada en Bogotá el 15 de
diciembre de 1831 con don Bernardino Alvarez del Pino y
Bastida (11). Con descendencia.
4. Don José Mamerto, que sigue la línea, y
5. Doña Juana Francisca, soltera.
Don José Sanz de Santamaría y Baraya fue bautizado en
la catedral de Bogotá, de un día de nacido, el 12 de mayo
de 1806, con los nombres de José Mamerto Antonio María.
En la hoja de servicios de don José (Archivo Nacional, Pró-
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 279
ceres, tomo XLII, fol. 945) se dice que entró al ejército como
“aspirante” el 28 de julio de 1810 (¡es decir, de cuatro años!);
subteniente el 31 de julio de 1813; teniente el 17 de mayo de
1823; capitán el 5 de enero de 1830; sargento mayor gradua
do el 31 de mayo de 1831 y efectivo el 13 de septiembre si
guiente. La hoja da un total de 24 años y 28 días de servicio.
Campañas: las del sur de la república, desde 1822 hasta fines
de 1824, a las órdenes de los ciudadanos Bolívar, Córdoba,
Florez y Obando. En 1823 combatió en Santiago a las órdenes
del general Obando y en el Salado con Córdoba. En 1824 en
Rumichaca con el coronel Mariano Acero y en El Cortijo con
Obando. Murió en Bogotá (Las Nieves) el 30 de junio de 1875.
Había casado en Ibagué el 16 de octubre de 1843 con doña
Margarita Carreño, natural de Coello (¿1812?) y quien mu
rió en Bogotá el 1<? de agosto de 1895, hija legítima del es
pañol peninsular don Ignacio Carreño y doña Ascensión Ga-
lindo; nieta de don Antonio Carreño y doña Josefa Muñoz,
don Joaquín Galindo y doña Polonia Méndez. Don Joaquín
Galindo, bautizado en Purificación, donde nació seis meses
antes, el 20 de diciembre de 1761, era hijo de don Pedro Ga
lindo y doña Teresa Liz, casados el 14 de enero de 1757 en
Purificación, fue alcalde del partido de Piedras en 1800 y pa
deció por la Independencia, según una curiosa carta (Archivo
Nacional, Solicitudes, tomo VI, folio 182). Era nieto de don
José Galindo y doña Rosa Alvarez, don Carlos Liz y Barrera
(197) y doña Petronila de Acuña.
Del matrimonio de don José Sanz de Santamaría y doña
Margarita Carreño fueron hijos:
1. Susana, nacida en Bogotá el 4 de mayo de 1845 y
muerta el 15 de mayo de 1885. Casó en la hacienda de “Quito”,
jurisdicción de Funza, en diciembre de 1860, con Simón Her
nández Correa. Con numerosa sucesión.
2. Clementina, nacida en Ibagué el 13 de octubre de 1847
y muerta el 26 de enero de 1890. Casó en Lérida el 8 de sep
tiembre de 1864 con Rafael Antonio Barrios, hijo de don Juan
de la Rosa Barrios y doña Soledad Galindo (97). También
con numerosa sucesión.
3. Lucrecia, nacida en Bogotá el 7 de noviembre de 1849,
casó en “El Hato”, jurisdicción de Funza, el 20 de noviembre
de 1869 con don Roberto Pulido Manís. Con descendencia.
280 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
4. Adolfo, nacido en Bogotá el 5 de enero de 1850 y muer
to en Buga el 23 de febrero de 1914, soltero.
5. Julio, nacido en Bogotá el 2 de julio de 1851 y falle
cido el 17 de abril de 1918, soltero.
6. Carmen, que casó en primeras nupcias en Funza en
1872 con don Abel Ricaurte, hijo legítimo de Cesáreo Ricaurte
y María Nieves Rosalía Obando; abuelos paternos: Joaquín
Bartolomé Ricaurte y Vicenta Rodríguez; maternos: Antonio
Obando Callejas y Josefa Ruiz. Hija única fue doña María
Ricaurte, que casó en Bogotá el 2 de mayo de 1891 con En
rique Chaves Lersundi, hijo legítimo de Enrique Chaves Ba
rrios y María Lersundi (97). En segundas nupcias casó en
Funza el 24 de diciembre de 1883 doña Carmen Sanz de San
tamaría con don Felipe Larrazábal, hijo del ilustre historia
dor y músico doctor Felipe Larrazábal, nacido en Caracas el
31 de julio de 1816, diputado al congreso, gobernador de la
provincia de Caracas, secretario de hacienda y presidente de
la suprema corte de justicia, y de su esposa doña Isabel Chi
pia, y nieto del piloto español don Juan Santos Larrazábal y
doña Carmen Sistiaga y Betancourt, quienes pasaron de Bil
bao a Caracas a principios del siglo XIX y fueron personas
de todo aprecio y consideración en la sociedad colonial de
esa ciudad.
7. Hersilia, nacida en Bogotá el 12 de agosto de 1854.
Casó en Ibagué el 2 de enero de 1876 con el doctor Gonzalo
Currea. Con sucesión. *
8. Lastenia, nacida en Bogotá el 9 de enero de 1855. Casó
en Facatativá el 24 de febrero de 1873 con Diomedes Carlos
Martín y Díaz. Con descendencia.
9. Juana, nacida en Bogotá, y muerta el 27 de junio de
1904, primera esposa del general e historiador José Dolores
Monsalve y Piedrahita, casados en Bogotá en 1893. Con su
cesión.
10. Roberto, nació en Anolaima y murió soltero en Bogotá
el 25 de febrero de 1914.
VI. Don José Hermenegildo Sanz de Santamaría y Prieto
de Salazar, nacido y bautizado en Santafé el 13 de abril de
1767. Colegial real del Mayor del Rosario en octubre de 1780.
Subteniente de milicias de infantería de Santafé el 10 de sep
tiembre de 1788 y regidor de su ilustre cabildo en 14 de sep
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 281
tiembre del año siguiente. Como representante de la familia
Prieto Ricaurte fue tesorero de la real casa de moneda, cargo
que ejercía el 20 de julio de 1810, en que fue electo diputado
al cabildo que se convirtió en junta suprema del reino, y
como tal uno de los proceres firmantes del acta de la inde
pendencia y secretario de la sección de guerra. Figuró así
mismo en los cuerpos legislativos de Cundinamarca. Por sus
compromisos con la revolución, fue desterrado al presidio de
Omoa por los pacificadores, y se hallaba detenido en Carta
gena cuando se le comprendió en el indulto dado por Fer
nando VII el 7 de agosto de 1817. Senador por Cundinamarca.
Falleció en Bogotá el 3 de septiembre de 1838. Había casado
en Santafé el 6 de enero de 1789 con doña Mariana de Men
doza y Galavís (230), hija de don Jerónimo y doña Josefa, y
fue su hija doña Juana Sanz de Santamaría y Mendoza, bau
tizada en Santafé el 25 de mayo de 1790, esposa de su primo
don Andrés Caicedo y Sanz de Santamaría. Con descendencia.
LINEA DE DON IGNACIO SANZ DE SANTAMARIA Y
GOMEZ DE SALAZAR. Alcalde ordinario de Santafé en 1749,
falleció ya viudo en la misma ciudad al 4 de agosto de 1796.
Fue dueño de la hacienda de El Puente del Común en Chía.
Había contraído matrimonio hacia 1748 con su parienta doña
Gertrudis Mojica, hija legítima de don Antonio Mojica y doña
María Teresa de Olarte; nieta de don Nicolás de la Serna
Mojica y doña Catalina de Vergara Azcárate, don Pedro de
Olarte y doña Francisca de Herrera. Según el testamento otor
gado por don Ignacio en Santafé en julio de 1796, quedaron
los siguientes hijos:
I. Doña Josefa, esposa de su primo don Javier de Castillo
y Sanz de Santamaría. Con sucesión (84).
II. Don Juan José, colegial del Rosario en 1770. Casó en
Santafé el 8 de mayo de 1791 con doña Josefa García de Te
jada, hija de don Valentín García de Tejada (350) y doña
Rosa Castillo. Alcalde ordinario de Santafé en 1802. Hijos
de este matrimonio fueron don José Manuel, nacido en San
tafé el 17 de junio de 1793 y admitido en el Rosario en 1806,
y varias hijas monjas.
282 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
III. Don Ignacio, colegial del Rosario. Soltero.
IV. Don José Vicente, nacido en Moniquirá en 1764. Co
legial de San Bartolomé. Soltero. Testó en Bogotá el 24 de
noviembre de 1837.
V. Don Joaquín, nacido en Moniquirá en julio de 1765.
Colegial del Rosario. Casó en Santafé el 15 de marzo de 1810
con doña Margarita de Otaola, nacida en Usme en julio de
1790, hija de don Lucas de Otaola y doña Rita Espinosa, nieta
de don Prudencio de Otaola y doña Teresa García, don José
Espinosa y doña Jerónima Dopere. Murió el 29 de julio de
1833. Fue su hijo José María Martín, nacido el 16 de febrero
de 1813.
VI. Don Miguel, quien vistió la beca del Rosario en 1787,
fue dueño de la hacienda de Zamora en Sopó, esposo de doña
Catarina García de Tejada y Castillo (350), hermana de doña
Josefa, arriba nombrada. Hija suya doña Petrona, esposa de
don Rafael Alvarez y Lozano (9), hijo de don Manuel Ber
nardo Alvarez y Casal y doña Josefa Lozano y Manrique. Con
sucesión.
VII. Doña Joaquina, esposa del doctor don Bernabé Or
tega y Mesa, (256), hijo de don José Ignacio de Ortega y doña
Petrona de Mesa. Con sucesión.
VIII. Doña María Manuela, bautizada en Moniquirá el
21 de enero de 1770. Casó en Santafé el 30 de agosto de 1813
con don Cayetano Antonio Arias de Ugarte, bautizado en
Tenza el 26 de julio de 1784, hijo legítimo de don Andrés Ig
nacio de Arias y doña Petronila Antonia Macías o Maceda.
Declara en su testamento el 19 de junio de 1819 que no hubo
hijos de este matrimonio.
IX. Doña Ana María, nacida en Tocancipá, esposa del
procer coronel don José de Arce y León (20). Con sucesión.
X. Doña Rosa, que parece murió soltera.
Además sabemos de otro hijo legítimo, don Bartolomé, ro-
sarista en 1774, que debió de morir joven.
PALABRAS PARA HONRAR LA MEMORIA
DEL SEÑOR DOCTOR DON FABIO LOZANO Y LOZANO
Pronunciadas por el Académico numerario señor
, Presbítero doctor don JOSE IGNACIO PERDOMO
ESCOBAR.
Se congrega esta noche la Academia Colombiana de His
toria en solemne sesión conmemorativa para honrar el re
cuerdo del que fue su miembro numerario ilustre, su pre
sidente en el mandato que transcurrió entre los años 1938
a 1939 y académico de largo y denso recorrido, como que en
su más florida juventud, generosamente respaldado por el
mecenazgo del egregio doctor Pedro María Ibañez, ocupó el
sillón de los elegidos de Clio: el doctor FABIO LOZANO y
LOZANO.
Al recorrer vosotros la nómina de hombres ilustres que
integran este Instituto, y con solo pasar vuestros ojos esta
noche sobre los rostros sabios de los colegas aquí presentes,
notaréis, para sonrojo mío, que cualquiera de ellos hubiera
sido más digno y mejor calificado para hacer el elogio del
ilustre desaparecido, que no quien va a tratar de hacerlo.
¡Paradojas de la existencia! La Academia lo decidió, el
benévolo amigo Presidente, con lazo de seda, muy ladino,
tuvieron el mal gusto de designar al más opaco de sus com
pañeros, como que esconde su modestia, que en la raza de
José Ignacio Escobar es enfermiza y hereditaria, en este caso
en el que habla haldea vistiendo la sotana de los sacerdotes
pasados de moda.
Nunca yo —en el púlpito, la cátedra o el escritorio corri
do, he sido ave de vuelo caudal. No. En lo sagrado, la elo
cuencia del sacerdote, no encuentra su fuerza en las frases
284 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
ardientes, en el fuego de artificio, en el brillo de la dicción
sino que sus armas serán la sencilla poesía del evangelio,
la flor del campo que se viste con más esplendor que Salo
món en todo el fausto de su reino. No esperéis pues de mi,
tono mayor, ni discurso esotérito y trascendental. Más bien
el recuerdo amable, el tono suave y* palabras sencillas en pa
so castellano.
El doctor Lozano fue mi amigo. Supe agradecer su fina
amistad, cuando a la edad de cinco lustros cortos se me abrie
ron las puertas generosas de la Academia, así como el corazón
de sus arcontes, tan bondadosos como sabios. Fue mi amigo,
con esa sincera amistad sin ocaso, para lo próspero como para
lo adverso que saben prodigar sin requiebros psicológicos, los
hombres del Tolima-Grande.
Fue también mi maestro en los bancos del Externado de
Derecho, cuando dictaba en las Aulas que fundara Nicolás
Pinzón, la cátedra de Derecho Internacional Público. En ese
curso, pude apreciar de cerca los quilates de su espíritu, la
profundidad de su saber, la extensión de sus conocimientos,
el arte y precisión con que resolvía los intrincados interrro-
gantes envueltos en los casos relativos a los problemas de
leyes interestatales contrapuesta. Como su priviligiada me
moria mantenía a flote para responder a quemaropa las le
yes varias que pertinentes debían conocerse y aplicarse a la
intrincada red de principios, estatutos, convenciones inter
nacionales y práctica concreta en la aplicación del derecho.
Ahonda su sangre y su raza como ya lo apunté en las
más preciadas esencias del Tolima.
“Hacia la mitad del antiguo camino de herradura que
unía a Ibagué con Honda existe y conserva todavía su nom
bre la hacienda de Góngora, que fue de los Torrijos. Una ca
sona colonial, hoy derruida, resistía al sol de los trópicos en
aquellas soledades. Afuera pacían los ganados aquellos pe
queños y furiosos ganados de pronunciado espinazo, bermejo
color y largas astas, que solo se ven en las llanuras del Toli
ma. De los ardientes pajonales que crujen suavemente al ro
ce de las culebras, se alzan al cielo palmeras numerosas,
cuya cimera elegantísima peina y despeina la tempestad fre
cuente. Un río espumante se precipita de piedra en piedra
por su cauce sinuoso en fuga al Magdalena y en las noches
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 285
sumerje el paisaje en un inmenso arrullo bajo los cielos ca
prichosos palpitantes de estrellas”.
Asi, en líricos tonos asordinados, canta el hermano su-
perstite, el paraíso perdido del solar de los mayores.
Y sean también páginas suyas (que no mías), las que
en elogio de esa tierra sin par (que si es por varonía la de
mis mayores), entretengan nuestra atención y pongan a vo
lar la imaginación del auditorio.
“Este Tolima nuestro es un anfiteatro colosal que se ex
tiende por leguas y leguas para mirar el paso del gran río.
Encajonado entre las dos ramas andinas del centro y del
oriente, despréndese de un nudo de montañas, bendecido
por el dón de las aguas; y desde ese empinado páramo que
por sus cuatro vertientes despeña las cuatro grandes arterias
fluviales del Patía, el Caquetá, el Cauca y el Magdalena, va
descendiendo en graderías que gozan de todos los climas, y
permiten todos los cultivos hasta el inmenso valle triangu
lar que forma, ya caudaloso, el Magdalena. Por las faldas de
las dos cordilleras se precipitan torrentes innumerables, cuya
caída casi vertical desarrollaría fuerza eléctrica suficiente
para mover el mundo; torrentes que en adición a su belleza
de colores de espuma y de guijas, tiene la coquetería de arras
trar infinitas partículas de oro en sus arenas...”
“Grande escenario para una raza de hombres ambicio
sos, dispuestos a arrancar a la vida lo que ella ofrece de go
ces terrenales. Pero aquí habitó, de tiempo inmemoriable,
la estirpe lacedemonia del Pijao. Era vástago del Caribe in
domable, y por alguna emergencia de la lucha vino a apos
tarse en el filo de estas cordilleras, y se dividió en tribus
numerosas. Era un ser organizado para la lucha; hombre fi
no y flexible, indemne al hambre, la sed y la fatiga, que
durmió siempre con la flecha en la mano y que, celoso de
que el cabezal de piedra pudiera cerrarle el fino oído, que
percibía los rumores más distantes, se acostumbró a mirar
a las estrellas. Cuando a sus predios llegaron los hombres
blancos de la conquista, el Pijao opuso a los intrusos exter-
minadores una obstinada resistencia de tres siglos, que solo
se aplaca con los últimos días de la colonia. Al llegar la in
dependencia, hizo frente a las tropas de la reconquista; y de
entonces a hoy luchó con singular denuedo todas las luchas
286 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
que este pueblo ha librado por obtener la plenitud de su in
dependencia de poderes despóticos. Así es, ha sido y será este
pueblo del Tolima, el cual, obtenido el bien de su libertad,
tiene en pacífico menosprecio todos los bienes precarios de
la tierra”.
¿Cómo exigir sobresalientes condiciones comerciales de
un pueblo que se educó en la'guerra, y que por haberse adies
trado en la lucha ha dado a la república, copiosamente, ina
gotablemente su contingente de glorias y de sangre? Porque
estos hombres que habéis visto en la tarde regresar del tra
bajo, menudos y tranquilos, cantando con un dejo de nos
talgia los cantos de la tierra; estos hombres se lanzan a la
lucha como fieras cuando su honor o su libertad están en
peligro. Entre las legiones de caudillos tolimenses que ac
tuaron en las guerras civiles, pudo decirse de alguno que
fue feroz y endurecido; de otro pudo decirse que fue mal es
tratega y que condujo sus hombres al desastre; de ninguno
se dijo jamás que fue cobarde”.
El tolimense nace bajo un sol inclemente que unge de
bronce el cuerpo del infante desnudo, y solo el agua tiene
como refrigerio para apagar el ascua solar sobre sus carnes.
Es así como a los diez años, cruza ya y vuelve a cruzar el
Magdalena, con una pequeña vara en la mano para impe
dir que se cierre sobre su cabeza la mandíbula voraz de los
caimanes; a los quince no monta en bicicleta como los niños
de las ciudades, sino en potros salvajes que someten a freno
en las labores de rodeo; enlaza novillos amenazantes, mata
culebras en los pajonales; lucha a brazo partido con sus coe
táneos hasta postrarles en suelo en la suerte de la cumbrera,
que exige la agilidad de los felinos. Ya mozo labra el surco,
bebe aguardiente de contrabando, baila el bambuco y la gua
bina con las mujeres más gallardas, y, armado del machete
inseparable, como quien troncha una flor, derriba un cám-
bulo. Una corrosca cubre su cabeza erguida, cuyos ojos miran
siempre de frente a quien los atraviesa; sobre la camisa de
coleta, una ruana terciada sobre el hombro es señal de dan-
dysmo y desenfado; los calzones de manta son suficiente
mente altos para dejar ver unas tibias en arco, tan frágiles
y amarillentas que parece que fueran a quebrarse. En este
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 287
hombre pequeño y casi enclenque se albergan y florecen todos
los mejores atributos del Tolima.
“Aquí he nacido yo —prosigue Juan Lozano— aquí na
cieron mis padres, mi ascendencia se pierde aquí en la no
che de las tumbas. No hay cementerio humilde del Tolima
en donde no repose un ser desconocido o distinguido que lle
ve una vez en sus venas la sangre que yo llevo. No hace cin
cuenta años que mi abuelo ancho de espaldas y sin miedo a
nadie cruzaba todavía en todas direcciones estos caminos de
herradura y peleaba su centésima batalla por un ideal que
no es el mío, pero que con el mío se identifica en la cate
goría de ser desinteresado y de ser alto. Mis bisabuelos eran
hacendados del Tolima que vendían y compraban ganados
en la feria vecina, y en las fiestas campesinas bailaban bajo
las ceibas esta misma guabina que el maestro Castilla ha
vertido genialmente, al són de tiples y guitarras, acompañados
por una nube de compadres, amigos y parientes. No hay sen
da de estos bosques, ni pozo de estos ríos, ni palma de estas
llanuras que no evoque un recuerdo en el ánima conmovida
de mis padres; y muchas veces he visto cómo en los ojos de
mi madre dolorosa y marchita, parecen anublarse los pai
sajes lejanos”.
El padre ilustre, el doctor Fabio Lozano y Torrijos, ha
bía nacido bajo el alero de una hacienda montañosa, de
nombre evocador: El Reposo, cabe el poblado de Santa Ana,
el de las minas de plata, la tierra del cantor de la luna. (La
silene de los poetas, aprehendida hoy con ocupación jurídi
ca por esta generación tan maravillosa como angustiada).
Fueron sus genitores el general Juan de Dios Lozano
Molano y doña Josefa Torrijos González. De ellos viene la
familia ilustre de altos relieves y salientes aristas que revi
vimos esta noche, no sin saudade, ya que los ancestros re
motos viven en el mundo misterioso de la ultranza poblado
de sombras amadas.
El doctor Fabio, padre, unió su vida a la gran señora
doña Esther Lozano Alfaro y engendró y sigue anidando en
la gran familia colombiana, como en los versos del venusino,
generaciones que se renuevan para honra y pro de la patria,
cuando al cantar la ininterrumpida trasmisión de las excel
sas virtudes romanas de padres a hijos, exclamaba:
288 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
Fortes creantur fortibus et bonis
est in juvencia, est in aequis patrum
virtus; nec imbellem feroces
progenerant aquilae columbam.
Fabio, el mayor, objeto del homenaje de esta noche de
remembranzas familiares; Carlos, el gran repúblico troncha
do en el cénit de la vida; Juan, el poeta que cantó las agujas
góticas caladas de la Catedral de Colonia que vibran en las
brumas del cielo tudesco, el Cándido de las glosas sin segun
do; Esther de Martín y Lucía, que con abnegación digna de
las matronas de la antigua Roma, cuidó con filial amor la
vejez patricia de su noble progenitor. Y hoy en la raza reno
vada montan guardia gallarda de tradición familiar, los doc
tores Fabio y Alberto, este al frente de la gleba tolimense y
el primero brillando en los estrados políticos.
No puede estar ausente esta noche el recuerdo de doña
Elena Simonelli Ratti, de sangres peruana e italiana, cog
nada del Papa Aquiles, por nombre de iglesia el ilustre Pío XI,
la dulce matrona, que tenía porte de princesa italiana del
renacimiento, que parecía escapada de los trazos de un lien
zo antiguo y quien llenó y dulcificó la vida del doctor Lo
zano y al faltar, lo llamó muy pronto a compartir con ella
la paz de los sepulcros.
El doctor Fabio Lozano y Lozano nació en la ciudad de
San Bonifacio de Ibagué el 8 de octubre de 1892. Tenía al
fallecer sesenta y siete años de fructuoso, intenso vivir.
Su primera escuela fue el hogar sencillo y virtuoso de
sus genitores, maestros de la juventud ambos.
Mozo ya, cursó estudios en la Escuela Nacional de Co
mercio y luégo en el claustro por antonomasia: el Mayor de
Nuestra Señora del Rosario, semillero de repúblicos, del que
fue Colegial de Número y en el que se consagró como gra
duando en 1916.
Tempranamente espigó en el cultivo de la historia. En
este claustro, con motivo de los centenarios fundidos del
Colegio y de la Independencia, se promovió un concurso so
bre los proceres de la Independencia. La noche del domingo
Los fuertes son engendrados por los buenos y los fuertes. Las so
berbias águilas nunca empollaron tímidas palomas.
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 289
17 de octubre de 1910 tuvo lugar la sesión solemne en que
se abrieron los sobres que contenían los nombres de los con
cursantes ganadores. El jurado lo componían hombres de la
talla de don Antonio Gómez Restrepo, Hernando Holguín y
Caro, Antonio Otero, Francisco Rengifo, Francisco Barrera.
El pseudónimo Ariel correspondió al alumno externo de lite
ratura don Fabio Lozano y Lozano, ganador del primer pre
mio, a quien se entregó una bella medalla en la que estaban
grabadas estas palabras: El Colegio del Rosario al vencedor
del Concurso. El mismo rector magnífico Monseñor Carras
quilla leyó algunos apartes del trabajo premiado que había
sido escrito sobre el general Hermógenes Maza: el ángel ex-
terminador de las huestes realistas.
Eximio exponente, representó al país en Venezuela, Mé
xico y el Perú, al que le unían, por su esposa, vínculos muy
estrechos. Recordemos de paso que durante el conflicto que
enfrentó a las dos naciones hermanas, sobresalió esa galante
y romántica tradición colombiana de señorío (que en página
inolvidable exaltó el maestro López de Mesa) en que se con
trastó la manera como Colombia condujo hasta Buenaven
tura al doctor Enrique Carrillo, ministro del Perú, acompa
ñado por un funcionario de la Cancillería de San Carlos, al
paso que en Lima fue asaltada bárbaramente la residencia
del ministro Lozano y Lozano, quien de manera milagrosa
escapó ileso con su familia de la embestida de la encegue
cida multitud.
Fue también ministro de estado en las carteras de Edu
cación, Justicia y Guerra.
En sus obras tuvo predilección por los temas bolivaria-
nos, los anales de Venezuela, país hermano; temas de oca
sión, política de momento.
El Congreso de Panamá y la solidaridad Americana.
Autoridad. - Extraterritorialidad de la ley.
El liberalismo colombiano en el poder.
Punto de vista colombiano. La cuestión de Leticia.
El maestro del Libertador (1).
(1) En colaboración con nuestro colega el doctor Guillermo Her
nández de Alba preparó la edición de los documentos del eminente
procer y repúblico santandereano doctor Vicente Azuero.
290 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
Anzoátegui. Visiones de la Guerra de la Independencia.
Esta última, quizás la mejor de sus obras, puede consi
derarse en estos días como el libro del sesquicentenario por
excelencia, y va a ser por unos momentos mi “bajo conti
nuo”, para servirme de un término musical.
En esta biografía nos cuenta el autor cómo fue tomando
bulto la personalidad del héroe barcelonés de quien dice José
Rafael Pocaterra: “En la constelación heroica es ese lucero
crepuscular un poco retirado y altanero”.
(Nos cuenta el doctor Fabio). Dice pues: Como colom
biano y como estudioso de la historia.
“De joven en 1919, a petición del doctor Enrique Olaya
Herrera, director del Diario Nacional, escribí un artículo so
bre Anzóategui para ese periódico que es el origen remoto
de este libro. Quise desarrollarlo en la forma de grandes
cuadros de la guerra de la Independencia, dentro de los cua
les pudieran rastrearse los espléndidos servicios de Anzóate
gui, que él tampoco se cuidó de hacer notar y documentar...”
Mucho antes Voltaire, al presentar “El siglo de Luis XIV”
principia así: “No me propongo escribir tan solo la vida de
Luis XIV; mi propósito reconoce un objeto más amplio. No
trato de pintar para la posteridad las acciones de un solo
hombre, sino el espíritu de los hombres en el siglo más ilus
trado que haya habido jamás”.
El presente volumen recoge los hechos de Anzóategui y
los de los otros grandes hombres sus compañeros de época y
de empresa. Pero como Luis XIV en el libro de Voltaire en
estas páginas ocupa el primer puesto, las llena casi com
pletamente Bolívar. Porque el siglo XIX es el siglo de Bolí
var y la historia de la Independencia hispanoamericana es
la historia de Bolívar.
Pero fue una obra accidentada:
“El libro ha tenido grandes peripecias, cuyo detalle no
es del caso repetir aquí. Una vez se perdió en forma total
e irreparable. Fue rehecho. La Academia Colombiana de His
toria resolvió publicarlo. En 1943 y 1944 fue permanente
mente anunciado en el “Boletín”. Llevado a la imprenta se
extraviaron algunos capítulos. Se ha rehecho, por cariñoso
empeño de la Academia y hoy ve por fin la luz pública”.
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 291
Oigamos en la donosa prosa del autor cómo nos intro
duce al medallón histórico de su héroe:
“Nítida y hermosa en sus hoscos trazos de bocetos de
obra maestra la figura de JOSE ANTONIO ANZOATEGUI
se destaca con dignidad y discreción ejemplares sobre el fon
do aborrascado de la revolución y de la guerra de Indepen
dencia.
Hijo de Venezuela recibió con la vida un hálito de gran
deza trágica.
Y fue un día tipo perfecto del soldado de las montone
ras heroicas. El alma llena de coraje y audacia. La voluntad
intrépida indomable, hecha para triunfar, marcial el ademán
y la apostura, marcial la mirada aquilina; marcial como los
clarines legendarios, el timbre de la voz.
Sobre sus espaldas de cíclope, el sol de las pampas y la
escarcha de los ventisqueros se quebraron lo mismo. Nada
logró domeñarlo. Nada logró turbar la serenidad magnífica
de su mente.
Sonreído como un semidiós, y como un semidiós ágil y
fiero, en las acometidas supremas solo la greñuda cabeza de
su caballo avanzó más que él.
Por eso, y porque un sacro fuego redentor lo animaba,
la bandera de la República tuvo para los hijos del desierto,
en la moharra de su lanza, prestigiosos reflejos de fascinación.
Pero no fue únicamente centauro, hechizo de los llanos
salvajes, criatura de los huracanes y de las furias. Un día
quiso ser militar de escuela, oficial de Estado Mayor, con
ductor de tropas a la manera de los brigadieres y divisiona
rios de Napoleón o de Wellington. Y en su propia escuela,
regida por su solo albedrío, realizó la metamorfosis. Intuyó
que la infantería es la “reina de las armas” que los patriotas
necesitaban grandes infanterías disciplinadas para oponer
las a las formidables infanterías españolas en la segunda
etapa de la lucha a partir de Morillo. Y no solo fue el pri
mero de los infantes, sino el creador de las infanterías regu
lares, de los batallones de línea, que bajo su mando tuvieron
acción preponderante, que asombraron luego en Carabobo y
que en Ayacucho —con Córdoba a la cabeza— cerraron la
parábola del triunfo.
292 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
“Desinteresado y austero hasta el entusiasmo, nunca
pretendió ni quiso aceptar preeminencias. Servía a la Patria
por vocación irresistible, con fervor fanático... Ser discreto
y humilde, ¡cuan raro y qué hermoso! Anzóategui lo fue en
sumo grado. Si la recompensa y los honores llegaron alguna
vez hasta él, tuvieron que esforzarse para hallarlo dentro de
la penumbra en que amaba recatar la fulgente claridad de
sus hechos.
“Hizo todas las trágicas jornadas cardinales de la epo
peya. Las llanuras venezolanas cruzadas fueron cien veces
por el ímpetu de sus cargas. Cien veces la derrota le cerró
el campo. Cien veces la victoria le ciñó con oro simbólico las
sienes adolescentes”.
“Por la cima de los Andes, en vuelo de águilas, vino a
sellar en Boyacá, la libertad de Colombia. Manos ilustres de
mujer lo consagraron varón de gesta y en pleno apogeo de
la grandeza, cuando todo se esperaba de la grávida plenitud
de su sér, como astro que pierde la ruta, súbitamente, se
hundió en los pavorosos abismos de la muerte”.
“Nació José Antonio Anzoátegui en la ciudad de Nueva
Barcelona —Barcelona Americana, como rezan las actas de
Independencia o Barcelona Colombiana, como el mismo An
zoátegui solía llamarla— el 14 de noviembre de 1789”.
Sus padres, mantuanos de alto linaje: don José Anzoá
tegui y doña Juana Petronila Hernández. En 1812 se unió
en matrimonio con su conterránea doña Teresa Arguinde-
gui hija de don Pedro José y de doña Nicolasa de Arrioja,
gentes también de raza esclarecida. De esta unión nacieron
dos hijas doña Calixta y doña Juana, sólo de esta última hay
sangre del procer en Venezuela, la lleva la distinguida fami
lia Bahamonde como que ella fue llevada al altar en 1844 por
el doctor Fulgencio Bahamonde y Quintana.
La Capitanía de Venezuela desarrolló una arquitectura
religiosa y civil pobre y austera. Graziani Gasparini ha pu
blicado una serie de libros para mostrar y salvar ese patri
monio. Allí la talla indobarroca de altares y muebles es es
porádica e ingenua. La estructura en cambio es sólida, fuerte,
de planos contrastados.
Tal como para el Caribe colombiano, el de Venezuela os
tenta templos de dos aguas, con tejado quebrado en el centro
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 293
donde la hilera de columnas ya de manipostería ya da madera
sostienen la techumbre de par y nudillo y abren a los fieles
una ancha nave con visibilidad extraordinaria. Qué buen
ejemplo podrían adoptar los arquitectos religiosos con esta
forma tan funcional, para ser empleado en templos (de nue
vos barrios rico o pobre a cambio) en los que se adocena la
arquitectura de caney.
La ciudad venezolana, al igual de nuestros Mompox, Car
tagena, Valledupar, Santa Marta, Ríohacha, ostenta un es
tilo indo-andaluz: reja con apoyo de manipostería en forma
de sarcófago, ancho, resonante zaguán, claros patios: los
constructores practicaban un sabio aforismo: hacedme un pa
tio, y si sobra lugar haced, casa.
Coro, Puerto Cabello, Valencia, la señorial; Caracas, la
agarena y coqueta, mantenida en su sencillez hasta los tiem
pos de Teresa de la Parra, Barcelona, la tierra de Anzoátegui.
Dios conserve —lejos del caudal de Bolívares— la silueta
colonial, la solera aristocrática, de esta hermana tropical de
la ciudad condal. Es una ciudad única por su acusada fiso
nomía, en toda Venezuela donde prolifera como en ninguna
parte la urticaria construccionista.
Su posición lejana del mar, como que es- más honda que
éste, la preservó de los obuses corsarios. Calles estrechas, de
andenes muy altos para que las eventuales marejadas y las
crecientes del Neverí no la aneguen. Caserones de enhiesto áti
co, de cuadra entera. Perdida entre inquilinatos, el anticuario
alcanza a percibir sobresaliente entre los tejados barrocos una
cúpula diminuta. No sin trabajo se llega-a ella, pues actual
mente es un vil depósito de pinturas de brocha gorda. Se trata
nada menos que de una capilla recoleta y escondida, que era
el centro de la casa suntuosa de una mantuana barcelonesa,
como esas mujeres de las novelas de Rómulo Gallegos, la que
rodeada de amplia servidumbre no salía ni siquiera a misa
a la iglesia matriz.
Son casas como dije de alto levante, con amplias ventanas
andaluzas rasgadas, mirillas o tragaluces altos para que los
alisios decembrinos refresquen los aposentos. Los patios con
pilares de mampostería y techumbres de caña al desnudo, de
jan ver las cegadoras manchas bermejas y amatistas de las
bouganvilias, cayenas les dicen los venezolanos, los pompones
294 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
de color de los astromelios, el encaje de gracia andaluza de
los granados, el espejuelar líquido de una fuente de un pozo
dormido,.
Allí nació el héroe. .Repetir sus hazañas, que son las que
hemos conmemorado de manera solemne en estos días en que
ha vuelto a palpitar el recuerdo vivo de la gesta emancipado
ra sería hacernos fatigantes. En casi todas ellas José Anto
nio Anzóategui fue actor, y en Boyacá a la par con Santander
signó el día de gloria con la cruz fulgurante de su espada.
“No quiso la suerte romper el hilo de su vida con la cá
lida hoja relampagueante tinta en sangre, entre el estré
pito de épicas cargas, cuando la sangre es un vino sagrado
que rebosa en el corazón y nubla la vista, así como murieron
Girardot, Córdoba, Cedeño y Plaza. Su morir fue casi súbito,
sin gloria y sin marcialidad. Cayó la infausta nueva sobre la
naciente República como una gran pesadumbre... Lleno de
juventud y cubierto de glorias militares, marchaba el ilustre
general Anzoátegui, desde Bogotá, a mandar el ejército”.
El 15 de noviembre de 1819, después de un ataque muy
agudo falleció de apoplejía repentinamente durante un ban
quete dado en su honor en la ciudad de Nueva Pamplona.
Sus funerales (y sus despojos) se celebraron en la igle
sia mayor de Nuestra Señora de Las Nieves, y en ese sagra
do recinto fueron inhumados sus despojos. Destruida la fá
brica de este templo por consecuencias del sismo que aso
ló a la ciudad de Cúcuta, no se tuvo cuidado de marcar la
fosa del héroe situada frente al ambón del evangelio. Más
o menos a la izquierda del actual comulgatorio de la Cate
dral de Pamplona.
En falla están Venezuela y Colombia de levantar digno
sepulcro al héroe de Boyacá. El sesquicentenario de su muer
te tndrá lugar dentro de un mes largo. Nuestro Instituto
proveerá la mejor manera para celebrarlo.
♦ * »
Obra de juventud del doctor Lozano y Lozano —1913—
su bello libro El Maestro del Libertador, bello en toda la ex
tensión de la palabra por el donoso estilo en que está con
cebido, por la edición impecable francesa de Ollendorf, grata
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 295
a la lectura, por la personalidad del biografiado, que si bien
era un psicópata, eso mismo lo hace presentar la tercera
dimensión humana de los personajes de Dostoiewski, en
fermos geniales, que despegan del rasero de la vulgaridad y
el gris anonimato.
Este raro libro, curiosidad bibliográfica codiciada, se
perdió íntegramente en el atentado de que fue objeto la Em
bajada de Colombia en Lima durante el conflicto Colombo-
Peruano.
En Santiago de León de Caracas, en 1777, nace el maes
tro del Libertador. En una casa modesta nacen y crecen los
dos hermanos Simón y Cayetano Carreño Rodríguez. Dos
polos opuestos: Cayetano, apacible, musical, discípulo del
padre Sojo y padre del autor de la urbanidad por antonoma
sia escrita en la lengua Castellana: el Manual de urbanidad
y buenas maneras de Manuel Antonio Carreño.
Simón, la antípoda, irascible, dominante, rebelde; nunca
se avino con su hermano. Sus caprichos lo llevaron hasta
cambiarse su apellido, haciendo glorioso para la posteridad
el patronímico de su madre.
Fue como una especie de rapsoda errante. Viajar de cli
ma en clima, es un instinto en ciertos hombres como en cier
tas aves. Y nadie como don Simón Rodríguez sintió más fuer
temente dentro de su organismo el tenaz aguijón de esa ma
nía ambulatoria. Fue de ciudad en ciudad regando sus pa
labras a cambio de mendrugos. Pero las del desheredado fi
lósofo no eran armoniosas y dulces como las de los mendi
gos helenos: por el contrario, eran, casi siempre, amargas
como el áloe, disolventes como el agua fuerte.
En su peregrinar montaba dondequiera una fábrica ru
dimentaria de velas de sebo. “He encontrado —decía— en
tretanto, el medio de recobrar mi (libertad) independencia
y de continuar alumbrando a América. Voy a fabricar velas.
La profesión de velero es más noble de lo que a primera vista
podría parecer. En el siglo de las luces, ¿qué ocupación pue
de haber más honrosa, que la de fabricarlas y venderlas?
José Antonio Calcaño, el gemelo amigo historiador de
la Música en Caracas, nos cuenta lo siguiente:
“En 1795 tuvo lugar en la casa de Cayetano Carreño un
acontecimiento importante. Don Simón Rodríguez se había
296 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
dedicado a la enseñanza; las autoridades le habían confiado
una escuela, y además tenía para entonces en su casa a va
rios menores, cuyos padres los habían entregado a don Simón
para que los educara. Así había comenzado la tarea de for
mar los “hombres nuevos” que tánto deseaba. El primero de
agosto, ya de noche, pues serían como las ocho, llamaron a
la puerta de la casa y cuando abrieron se encontraron con
varios personajes de los más importantes de Caracas. Allí
estaban don Carlos y don Feliciano Palacios y Blanco, don
Pablo Clemente y Francia, un criado que con un farol disi
paba apenas la oscuridad, y un niño como de doce años,
huérfano de padre y madre, cuyo nombre era Simón Bolí
var. Don Pablo Clemente era cuñado del menor, pues era
casado con su hermana María Antonia. Don Carlos Palacios
era tío del niño y su tutor interino, por hallarse ausente don
Esteban Palacios, que era el tutor legítimo. Como explica
ron los señores presentes a todas las personas de la casa de
Carreño que habían acudido a la puerta, venían a entregar
el pequeño Simón (Bolívar) a don Simón Rodríguez, para
que cuidara de su educación. Así quedó instalado Simón
Bolívar en la casa de Cayetano Carreño, donde iba a vivir
algún tiempo. Le asignaron el “cuarto de enfrente”, que era
muy espacioso, donde estaba alojado otro de los niños con
fiados a don Simn Rodríguez, el menor José Félix Navas,
hijo de don Gervasio”.
Así fue recibido el “niño problema”. Por oposición de
psicologías, contra los convencionalismos injustificados y
contra las ideas caducas, resultó grato para el chaval que
su preceptor fuera un reaccionario, saltó la mutua chispa y
vino el acercamiento de ambos. Aquellas dos naturalezas su
periores, al ponerse en contacto, se comprendieron y se ama
ron. Como dice Saavedra Fajardo: “el maestro se cop’a en
el discípulo y deja en él un retrato y semejanza suya”. En
la enseñanza se opera con frecuencia la mágica transforma
ción del retrato de Dorian Gray. La juventud nutre, refres
ca, enseña, no siempre frustra. Don Simón Rodríguez sem
bró y recogió y de él recogemos el dón de la libertad de Amé
rica. Su alma fue el crisol en que se fundió el alma más gran
de del continente. Predominaba en el maestro la inteligen
cia, la voluntad era soberana en el discípulo.
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 297
iDice Alejandro: “Yo debo la vida a mi padre; pero si
reino con alguna gloria, exclusivamente a Aristóteles la
debo”.
Dice Bolívar: “Yo he seguido el sendero que Rodríguez
me señaló. El formó mi corazón para la libertad, para la jus
ticia, para lo grande, para lo hermoso”.
Andan los años. Maestro y discípulo se separan. Rodrí
guez viaja, cambia de nombre; ahora será Samuel Robinson.
Encuentra al discípulo en Europa. El juramento del monte
Aventino vuelve a vincular con lazo de gloria los dos hom
bres. Allí culmina la obra del maestro y se inicia la porten
tosa del gran Libertador.
El doctor Fabio Lozano y Lozano también escribió sobre
la veta sentimental de Bolívar, y sobre las relaciones de éste
con la adorable prima Fanny: la baronesa de Tobriand-Ari-
teigueta, esposa del General Du Villars y una de las mujeres
que más hondo surco labró en el alma sensible y tornadiza
del Libertador.
Es curioso anotar, de paso, lo tornadizo, libre y cínico
que fue también el maestro don Simón Rodríguez en sus re
laciones con el eterno femenino.
“En alguna ocasión estaba don Simón en Paita, y un
individuo le arrebató su compañera. Pasó una semana. El
viejo sabía del Génesis. “No es bueno que el hombre esté
solo”, se dijo, y acto seguido dirigió al seductor esta carta,
que es todo un proceso:
“Muy estimado amigo: Sírvase devolverme mi mujer,
porque yo también la necesito para los usos a que usted la
tiene destinada. De usted amigo y seguro servidor, Simón
Rodríguez”.
Las antinomias de la vida: los abuelos quieren con fre
nesí a los nietos, y los niños a los viejos, porque sin duda,
según dice el poeta, “los dioses se complacen en aproximar a
los seres que son semejantes”. Así también se acercan, por
contraste, el agnóstico y el místico, el sacerdote y el ateo.
El volteriano destila ironía cáustica, irreligión virulenta de
labios para afuera, es su máscara trágica, y en la hondura
honrada de su corazón es una anímula pusilánime, humilde
y tímida.
298 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
No sé qué misterioso polo de unión llevó a don Simón
Rodríguez a tratar de cerca sacerdotes. El primero aquel su
tío y tutor hermano de la madre. Más tarde, en su vejez
trashumante, aparece en Lima viviendo en la compañía del
sacerdote colombiano Rafael María Vásquez.
“Aterceraba la (compañía) el anciano coronel Camilo
Marchiezzio y nos describe así la escena el doctor Lozano:
Sentados a la mesa del venerable párroco estos dos viejos,
venerables también, sostenían frecuentes polémicas sobre
política y sobre religión. Igualmente dogmáticos y diame
tralmente opuestos en ideas, entre ellos surgía a cada paso
un duelo formal. Erguíanse altaneras las blancas cabezas;
los ojos opacos volvían a brillar intensamente; se alzaban
los puños temblorosos; y cuando la catástrofe parecía inevi
table, pax vobiscum, decía el doctor Vásquez, con una ca
riñosa mansedumbre digna del Abate Myriel, y la paz era
hecha”.
Y por último, cuando nada se espera de la vida, y algo
debe esperarse de la muerte, otro levita, también de Colom
bia, posiblemente de ascendencia india, muy seguramente
un quillancinga clérigo don José Ignacio Chicaiza, lo asis
tió en su enfermedad, le confortó el ánimo, ungió los ojos
apagados y moribundos que tan claro vieron en los destinos
de América, los labios que dijeron tántas verdades, los pies
que pisaron en tan diversos puntos del planeta, siempre un
suelo inclemente, y esas manos que enseñaron al Libertador
el camino de la libertad y de la gloria.
En el puerto de Haymas, a mediados de 1854, rindió tris
temente la jornada de su vida. Sus manuscritos se perdie
ron inéditos, su obra —obra de luz— zozobra ante el fan
tasma del olvido. Sus cenizas, abandonadas en la playa pe
ruana, tal vez no han sido humedecidas por otras lágrimss
que las del mar, al estrellarse en la rompiente.
El que escribió el libro sobre el maestro del libertador
e hizo el elogio del Sócrates de América, terminó sus días, en
la más noble tarea que puede llevar a cabo un hombre: la
enseñanza.
Desde las ventanas de mi casa cural santafereña, a la
hora del crepúsculo, a medida que el sol desciende en cam
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 299
biantes resplandores y se extienden las sombras de la noche,
se van encendiendo, como en el soneto de Blanco White, no
ya las luminarias de la noche, sino una doble luz: la que
ilumina los razgados ventanales de los centros educativos
vecinos, y la luz indeficiente que se va encendiendo en las
mentes ávidas de este pueblo colombiano hambriento de sa
ber, ávido de superarse, de ser más cada día.
Al frente de la rectoría de la Universidad de Bogotá,
Jorge Tadeo Lozano, rindió la jornada, noblemente, el doc
tor Fabio Lozano y Lozano. Pudo, al despegarse su espíritu
inmortal, prorrumpir como Goethe: Luz, más luz.
Educar, educar siempre, sin medida, sin pausa. Para
fraseando a Alberdi: gobernar es educar. Educando trans
formaremos a Colombia. Todo verdadero maestro recoge la
semilla que siembra. Aun en porcentajes medrados, como en
la Parábola del Sembrador. Un maestro forma discípulos.
Un profesor meros alumnos.
No sé qué simbolismo sonriente, romántico y renovador
encuentro yo, en la discutida canción de protesta y esperan
za y el movimiento musical y cultural que esparcieron los
juglares de la Provenza medioeval, que tuvo entre sus repre
sentantes al padre de los hippies, San Francisco de Asís, el
juglar de Dios, los maestros cantores de Wagner que, empe
ñados en una justa idealista, compusieron la más bella can
ción de amor de todos los tiempos: die prize lied, para con
quistar la mano de la amada.
El caudaloso movimiento sin cauce que agita nuestra
tumultuosa y atormentada juventud, mezcla de espíritu y
materia, maniqueísmo eterno del hombre caído, nostalgia
del paraíso perdido, es un signo sociológico digno de estudio.
Ciertamente, como hecho histórico, no tenemos la pers
pectiva y los elementos de juicio para justipreciarlo y ana
lizarlo de manera inteligente.
Los graznidos de ciertas tonadas son salvajes; pero en
contraste, cuántas de ellas nos llevan a Wakter von der
Wegelveige, cuántas se inspiran en temas madrigalescos, y
cuántas galanas melodías henchidas de frescor idealista sur
gen con vibrante tono de angustia de los labios de esta ju
ventud que busca a Dios prepósteramente en la narcoma
nía, los cabellos de Sansón y los pantalones de payaso.
HOMENAJE
A LA MEMORIA DEL ACADEMICO NUMERARIO
ARQUITECTO CARLOS ARBELAEZ CAMACHO
Discurso de Monseñor.
BERNARDO SANZ DE SANTAMARIA
en la Sesión Solemne del 19 de Junio.
Señores:
Por un bondadoso error de nuestro amigo el anterior se
ñor presidente de nuestra academia, fui encargado de diri
giros la palabra en esta ocasión. No extrañéis, por lo tanto,
que este deshilvanado discurso —si así puede llamarse— ten
ga más de eclesiástico que de académico; porque aparte de
haber sido siempre un miembro inútil y poco digno de este
ilustre instituto, por otro lado, como clérigo viejo, no quiero
ni puedo nunca separarme de mis hábitos sacerdotales, sean
ellos esta pobre sotana o mi manera de sentir y pensar.
Os pido, pues, que perdonéis a nuestro querido expresi
dente y que me perdonéis a mí por haber aceptado. Y si lo
hice, a sabiendas de que cualquiera otro, sin duda ninguna,
lo hubiera hecho en forma mucho más adecuada y más digna
de los preclaros méritos de nuestro amigo hace un año des
aparecido, no fue sino pensando que quizá porque soy sacer
dote puedo más fácilmente ver las cosas desde un punto de
vista singular; y como según el consejo del apóstol, debemos
insistir oportuna e inoportunamente en mostrar siempre y
en dondequiera la luz que ilumina este mundo, pensé que
mis palabras, no por mías sino por ser sacerdotales, podrían
llevar un consuelo verdaderamente espiritual a quienes llora
302 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
mos la pérdida de un ejemplar ciudadano, cariñoso esposo y
padre, amigo generoso, trabajador infatigable, servidor des
velado del bien patrio, compañero entrañablemente estimado
y querido, laborioso investigador y catedrático, defensor de
nuestro patrimonio artístico, y activo y eficaz secretario de
nuestra corporación.
Todo esto lo fue Carlos Arbeláez Camacho con lujo y abun
dancia. Así lo escribieron a porfía, a raíz de su muerte y con
verdaderamente sentidas expresiones, académicos, letrados y
arquitectos, profesores, sacerdotes y diplomáticos. ¿Qué po
dría yo agregar a ello? Tan sólo unirme con sincero corazón
a esos conceptos y a esos sentimientos tan justos, porque fui
yo también uno de sus más cordiales admiradores, que apre
cié con grande estima sus desvelos y su tesonera labor por
salvar de la ruina y conservar nuestro sencillo y no por eso
menos típico y valioso patrimonio arquitectónico, escultural
y pictórico. Y fui así mismo un agradecido amigo que de él
recibió magnánimos estímulos para obras llenas de dificulta
des y tropiezos y en las cuales, para gran satisfacción mía
—tratándose de persona tan autorizada —siempre estuvimos
de acuerdo; y —viniendo por caminos diversos —tuvimos en
todo momento los mismos criterios, idénticas apreciaciones
y maneras de sentir.
Guardo el recuerdo especialmente grato de que, en su
calidad de presidente entonces de la Sociedad de Mejoras y
Ornato de Bogotá, a él le correspondió entregarme en años
pasados el premio “Jiménez de Quesada”, bondadosamente
otorgado por esa sociedad a la obra de restauración de la Ca
pilla del Sagrario, en donde desde su púlpito pronunció una
oración densa de contenido, como todas las suyas, y de muy
fina benevolencia para conmigo: sea este el momento de re
novarle a Carlos mi gratitud.
Fue Carlos un auténtico bogotano, es decir, primeramen
te con raíces en todos los lugares de esta tierra colombiana,
y en su caso, especialmente en Antioquia y en Boyará; y más
hondas aún en mil honrados solares de España, la madre pa
tria, que él quiso y veneró como buen hijo y bien nacido hi
jodalgo. Todo ello bien fundido y amasado y con algún con
dimento —que tiene todo auténtico santafereño— de sangre
de indios o “mancha de la tierra”, como se dijo alguna vez
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 303
en nuestro cabildo colonial en sentido despectivo y que aquí
lo digo ahora como un título más de autenticidad y de apego
a la patria y al terruño.
Muy conocida es aquella graciosa descripción de Vergara
y Vergara cuando nos dice que somos los bogotanos “perezo
sos por modestia y modestos por perezosos”. Carlos, no obs
tante, no conoció la pereza: se dio todo entero a una obra
quijotesca, como todas las obras trascendentales y de nobles
ideales, y pasó su vida desvelado, de claro en claro y de tur
bio en turbio, peleando con vestiglos y desfaciendo entuer
tos. Y si antes no había parado mientes en ello, caigo ahora
en la cuenta de que hasta en su figura física: cenceña, alta y
desgarbada, pero de empaque muy señoril y comedido, y has
ta en la cara, si cediendo a las nuevas modas (que no son
sino vejeces) hubiera agregado la perilla, el parecido suyo con
Alonso Quijano, apellidado el Bueno, era por lo menos de
muy cercano pariente. Bendito quijotismo y benditos desvelos.
Carlos, como varios lustros atrás otro Quijote, que fue
Roberto Pizano, propugnador de los mismos ideales y propó
sitos, murió en la flor de la vida, cuando más prometía; cuan
do, reconocida su madura autoridad en las materias de su
competencia, pudiera haber influido aún más en pro de sus
ideales, de sus beneméritas y benéficas empresas y de nues
tra propia y auténtica cultura. El grano de trigo, sin embar
go, para que fructifique, es necesario que muera y retorne a
Ja tierra. Nos lo dice el evangelio y es una dura ley que tiene
ocultas y misteriosas implicaciones y el ejemplo de Dios, muer
to, sepultado y redivivo. Nosotros, como torpes mortales, nun
ca podemos comprenderlo; el corazón, que es ciego, lo rechaza;
la mente no logra entenderlo; nuestra sensibilidad, que es
terrenal, lo repugna. Mas esperemos contra toda esperanza,
porque la sabiduría de Dios ve más largo que nuestra miopía
y su infinita bondad encamina todas las cosas y sucesos al
bien de los que le aman.
Carlos tuvo aquella modestia bogotana a que antes alu
dí y que apuntó con sagaz comprensión, en primorosa carta
de despedida a Carlos, el señor embajador de España. Modes
tia que era como un escudo y un abrigo de todas sus otras
múltiples y variadas virtudes humanas, que unos y otros han
señalado y reseñado. Todas estas virtudes eran simplemente
304 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
.—y quiero resaltarlo— la suma y compendio y el resultado
de una vida cabalmente cristiana: una vida cristiana llena de
fe en Dios, vivida con piadosa discreción y llaneza en sus di
versas y multiplicadas actividades: en la familia, en la cáte
dra universitaria, en la academia, en la vida social, en el
ejercicio de su profesión, lo mismo que en el templo de Dios;
ora en nuestra catedral y su capilla del Sagrario, ora en
nuestras humildes iglesitas dootrineras que tan fervorosa
mente estudió y amó como arquitecto, como católico, como
colombiano y como ciudadano de ese imperio español, no po
lítico ni mercantil, sino espiritual y medularmente cristiano
y evangelizador. Y fue lo mismo en el lecho de dolor y en
el paso que dio, como buen caballero, de esta efímera vida y
provisional a la definitiva, inmutable y eterna.
Su obra no debe perecer: para bien de esta patria que
rida, el sembró con abundancia y liberalidad, el grano está
ya muerto y soterrado y debe germinar en nueva vida. Siga
mos los derroteros que él trazó con tánta generosa pasión y
sencillez a un tiempo, porque su ejemplo fue claro y luminoso
en cuanto a su obra específica de restaurador de monumen
tos y obras materiales, concreción de un cultura, y lo que es
más importante, en su obra de cristiano, restaurador en su
carácter de tal del orden establecido y querido por el Creador.
La Iglesia, en efecto, desde hace algunos años, viene pro
poniendo a nuestra consideración para estos tiempos moder
nos la bondad intrínseca del mundo como obra divina, pues
to que el Padre al crearlo, según leemos en las primeras
páginas del Génesis, miró complacido su trabajo “y vio Dios
que era bueno”. Mundo por eso quiere decir hermoso y por
ello mismo, al decir de san Pablo, a través de las cosas vi
sibles podemos intuir las maravillas invisibles de la divinidad.
Pero esa imagen del ser perfectísimo, prototipo de toda bon
dad y belleza, se empañó, se degradó y se entenebreció por
la entrada del pecado en el mundo. Y esta misma palabra
ha pasado a través de los tiempos a significar la corrupción
de los hombres.
La obra de los laicos como pueblo de Dios es específica
mente restaurar en Cristo todo ese mundo profano, impreg
nado todas las cosas de su espíritu vivificador que todo lo
ennoblece, y volverlo a su prístino significado y grandeza; al
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 305
par que al restaurar las obras artísticas, reflejo de la belle
za del mundo y vislumbre de la infinita belleza, reparando
lo que han perdido y desdeñando la mayor parte de las cosas
agregadas o aprovechando sólo las que como fruto de las su
cesivas edades y culturas brotaron de la obra misma y en
conformidad con su genuina y peculiar expresión, se vuelve
a las antiguas formas y a su contenido esencial y depurado;
a una repristinación, como con bella palabra se dice en la
lengua toscana y debería decirse también en la española.
Calderón de la Barca en una de sus obras geniales, “El
gran teatro del mundo”, expuso su pensamiento del más pro
fundo significado, genuínamente cristiano, y como tal, ya que
no hay nada nuevo bajo el sol, con ser antiguo, está a la or
den del día: que no es mejor actor quien representa los pa
peles del rey o del emperador o de la dama encumbrada o del
ricacho propotente o del señor poderoso, que aquel que des
empeñe los del rústico, el desdichado, el mendigo o el picaro;
sino el que haga su oficio, sea el que fuere, con el mayor
donaire y perfección y concierto, atenido por entero al plan
del drama y a la mente y a la intención del autor.
Yo creo que Carlos, por la lógica simple de sus convic
ciones, sin mayores reflexiones y aun antes de las enseñan
zas del Segundo Concilio Vaticano, cumplió a cabalidad ese
papel del laico en el mundo moderno, porque viviendo como
laico, como esposo, como profesional, como historiador, como
miembro de alta clase social y dirigente, sin sombra de gaz
moñería ni mucho menos de complicaciones proféticas ni ca-
rismáticas, sino con la obvia naturalidad y consecuencia de
sus creencias religiosas, encauzó toda su actividad y sus va
liosas capacidades intelectuales y morales hacia el bien co
mún, entrando así en el plan divino, tal cual lo hemos esbo
zado.
Por la preocupación, empero, y la contemplación de la
bondad de este mundo terreno no debemos perder de vista,
como parecen hacerlo muchos que se dicen cristianos —mas
no la Iglesia, de ninguna manera— que esta vida temporal
ni es un fin ni es definitiva: toda ella no tiene más sentido
que prepararnos para una vida ulterior, no caduca sino eter-
nal. Esta presente repleta está de muchas miserias: hambres
y enfermedades, cataclismos y guerras y tremendas injusti-
306 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
cías. Pobres los tendremos siempre, nos ha dicho el Señor.
Nuestro deber es batallar por la justicia, por avanzar en ella,
sobre todo en nuestro propio corazón; por remediar los males;
por restaurar y conservar todo lo bueno, pues es este el plan
de Dios. Mas no caigamos en la ilusión ingenua de que este
perfeccionamiento y esta lucha continua por un mundo me
jor va a lograr algún día convertir este valle de lágrimas en
un nuevo paraíso terrenal; en una edad dorada y venturosa
—cual la describe el caballero manchego— apacible y opu
lenta en toda suerte de bienes. Y más bien recordemos, con
los preciosos versos calderonianos,
que es la vida un frenesí,
que es la vida una ilusión,
una sombra, una ficción
y el mayor bien es pequeño,
que toda vida es sueño
y los sueños sueños son.
La vida terrena y la muerte son de angustia y de dolor
inevitables. Todos los bienes mundanales, por excelsos que
sean, son caducos y perecederos y de ninguna manera com
parables con el peso de gloria que el Señor tiene preparado
para sus elegidos. La Iglesia jamás podrá olvidar, sin duda,
que todos sus místicos y ascetas han tratado como Kempis
del desprecio del mundo, y podemos, como dijo el poeta, en
vidiar a los muertos, o decir más cristianamente con Teresa
de Jesús,
que tan alta vida espero
que muero porque no muero.
Y así dejándose penetrar por la lumbre sobrenatural, es
decir, superior a las fuerzas de la naturaleza; venciendo toda
la pesadumbre de nuestros afectos naturales; rechazando
nuestro egoísta aunque justo dolor, deberíamos alegrarnos
más bien por aquellos que han alcanzado ya la plenitud de la
vida, vencedores de la muerte.
La liturgia, en efecto, no conmemora de ordinario el na
cimiento temporal de los santos, sino esa otra vida deslum
bradora y misteriosa que por paradoja nace del aparente triun
fo de la muerte. Es la idea del prefacio de difuntos: “la vida
no se pierde, se transforma”, y de la antífona pascual en el
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 307
sábado santo: “O mors, ero mors tua”; profundo pensamien
to que expresan estas dos estrofas, las cuales olvidó Jorge
Manrique entre sus famosas coplas a la muerte de su padre:
Non puede llamarse vida
aquesta vida terrena
tan inerte,
porque es vana y fementida
y perece con la pena
de la muerte.
Mas la otra, la futura
vida non perecedera,
de tal suerte
es perdurable y segura
que es la muerte verdadera
de la Muerte.
DOCTOR JESUS MARIA HENAO
En la Bibliografía Académica de don Enrique Ortega
Ricaurte, se afirma que el doctor Jesús María Henao nació
en Amalfi el 15 de mayo de 1870. Gracias al académico nu
merario padre Roberto María Tisnés J., podemos presentar
hoy la partida de bautismo del ilustre historiador antioque
ño en la que consta la verdadera fecha de su nacimiento.
DIOCESIS DE SANTA ROSA DE OSOS
Vicaría de Sto. Tomás
Parroquia de la Inmaculada
Amalfi
EL INFRASCRITO CURA PARROCO DE AMALFI
CERTIFICA QUE:
En el Libro 69 de Bautismos de esta parroquia, al folio
87, 377, se encuentra una partida que a la letra dice:
“En Amalfi en veinticuatro de Junio de mil ochocientos
sesentaiseis bautisé solemnemente aun niño aquien llamé
JESUS-Ma. hijo legítimo de Emiliano Enao i Cristina Mel-
guizo abuelos ps.Favián Enao i Eubalda Jaramillo ms.José
Melguizo i María del Rosario Guzmán padrinos Manuel M^.
Palacio i Juana Josefa Botero aquienes advertí el parentesco
iobligaciones doi fé: Fr. Gregorio Pinilla.-Cura”.-(Rubricado).
Es fiel copia expedida en Amalfi a 11 de abril de 1969.
Gerardo Montoya M. Pbro.
EL ARCHIVO CAMACHO ROLDAN
Por MIGUEL A. BRETOS
Vanderbilt University.
Salvador Camacho Roldán fue una de las más polifa
céticas personalidades colombianas del siglo XIX. Estadista,
empresario de altos vuelos, polígrafo y economista, sus acti
vidades se extendieron a todo lo largo y ancho de la vida
colombiana de su tiempo. En muchos aspectos, Camacho
Roldán fue un verdadero modemizador dentro de la socie
dad en que vivió.
Nació en Nunchía, en los llanos de Casanare, el primero
de enero de 1827. A pesar de que tuvo que emprender la
lucha por la vida a edad temprana, llegó a graduarse de
abogado en 1847 habiendo costeado sus estudios con el fruto
de sus entonces modestísimas aventuras mercantiles. Sin
embargo, decidió no dedicar sus talentos a la abogacía sino
a la administración pública y a los negocios.
Su carrera administrativa y política comenzó parcamen
te desde un puesto de escribiente en la Dirección General de
Rentas. Empero, a los pocos meses ascendió a la posición de
Director General de dicha dependencia pública. De sus mo
destos comienzos, la carrera de Camacho Roldán se movió
rápidamente hacia arriba. De convicciones liberales, Cama
cho fue llamado a la Gobernación del Istmo por el Gobierno
de José Hilario López, cuyo cargo desempeñó de 1852 a 1853.
Seguidamente representó a varios distritos en el Congreso.
Ocupó la Secretaría de lo Interior y Relaciones Exteriores y,
en dos ocasiones, la de Hacienda, lo que corrobora hasta
cierto punto la alta opinión que sus contemporáneos tuvie-
312 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
ron de sus dotes de economista. En 1868-69 ejerció breve
mente el Poder Ejecutivo como Designado. Además, sirvió
en la Convención de Rionegro de 1863 y como comisionado
de paz del Gobierno de la Unión al Estado Soberano de San
tander en 1877.
Aunque, como se afirmó anteriormente, se apartó de la
abogacía, se destacó como jurista, cabiéndole la responsabi
lidad de actuar como fiscal en la causa contra José María
Obando por su supuesta participación en el golpe de estado
de Meló en 1854 y formar parte de la Corte Suprema que
juzgó a Mosquera. Las variadas actividades de Camacho
Roldán tuvieron expresión también en el periodismo de su
época ya que fundó o ayudó a fundar no menos de ocho pe
riódicos entre 1849 y 1881. Además fue autor de Memorias,
Notas de Viaje y Escritos Varios. Sus iniciativas económicas
fueron variadas y significativas desde el comercio hasta la
promoción de grandes empresas, particularmente aquellas
tendientes a mejorar la red vial de Colombia y acrecentar
su comercio interior y exterior. Viajero incansable, sus con
tactos en el exterior fueron amplísimos, así como su afán
modemizador que le impelió a tomar nota de los adelantos
técnicos y científicos que tuvo ocasión de ver, a fin de in
troducirlos a su patria. La muerte le sorprendió el 19 de
junio de 1900 en su hacienda “El Ocaso” en el municipio de
de Zipacón, Cundinamarca.
A pesar de que los papeles de Salvador Camacho Roldán
han permanecido ignorados por los historiadores por setenta
años, y en ocasiones han estado en serio peligro de desapa
recer, han logrado sobrevivir alrededor de cuatro mil piezas
archívales incluyendo cartas, borradores, documentos oficia
les, libros contables y documentos mercantiles de diversas
categorías. Al presente estos papeles son propiedad del bis
nieto de Camacho Roldán, el Sr. Gabriel F. Salazar Cama
cho, de Bogotá.
Cronológicamente, el archivo se extiende desde 1842 a
1920, aunque debe tenerse en cuenta que las pocas piezas
archívales posteriores a 1900 son de carácter muy marginal
al cuerpo del archivo, principalmente papeles pertenecientes
a sus descendientes inmediatos y que se mezclaron con los
suyos con el correr de los años. Un puñado de los documen
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 313
tos más tempranos pertenecieron al padre de Salvador Ca
macho Roldán, Salvador Camacho Naranjo, (entre ellos una
serie de cartas de singular importancia escritas por José Ma
ría Obando durante su exilio en Lima).
Se nota un progresivo aumento cuantitativo de los fon
dos del archivo con una concentración notable en los años
de 1853 a 1891, y particularmente en las décadas del sesen
ta y setenta. Alrededor de ciento ochenta (180) piezas no han
podido ser ubicadas cronológicamente hasta ahora, bien por
que no fueron fechadas originalmente o porque las fechas
han desaparecido por acción del tiempo, el moho o los in
sectos. Los altibajos de lo que podríamos llamar el “perfil
cronológico” del archivo tienden a ajustarse a las peripe
cias de la carrera de Salvador Camacho Roldán. Por ejem
plo, hay notables concentraciones de material para los años
1853 (Camacho Roldán es Gobernador del Istmo), 1863 (Con
vención de Rionegro), 1870-71 (ocupa la Secretaría de Ha
cienda), 1876-78 (gestión de paz en Santander). Emitiendo
un juicio tal vez temerario al presente, puede afirmarse que,
dada la correlación perceptible entre la vida pública de Ca
macho y sus papeles, el archivo se ha mantenido quizá si
no en toda su integridad al menos sustancialmente com
pleto. También es significativo apuntar que el archivo posee
materiales provenientes de todo el país y de muy diversas
capas económicas y sociales, todo ello indicando que los pa
peles han mantenido, al menos en ese aspecto, su integri
dad. Eso sí, debe anotarse que, al menos cuantitativamente,
existe una concentración de cartas procedentes de Santan
der, indicación esta quizá de las conexiones de Camacho
Roldán con el bastión liberal por antonomasia de su época.
Los papeles de Camacho Roldán incluyen notables co
lecciones de correspondencia con las figuras más prominen
tes del comercio, la política y la vida intelectual de la Co
lombia de la segunda mitad del siglo pasado. Por ejemplo,
existen series de cartas cursadas por políticos y estadistas
como José Hilario López, José María Obando, Rafael Núñez,
Manuel Casabianca, Leonardo Canal, Eustorgio Salgar, Mar-
celiano Vélez, Justo Arosemena y Julián Trujillo, entre otros.
Figuras comerciales del calibre de Adolfo Harker, Salomón
Koppel, Miguel Samper, los hermanos Guillermo, Próspero
314 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
y Nicolás Pereira Gamba y el ilustre pionero de los ferro
carriles colombianos, Francisco Javier Cisneros, constituyen
una lista limitadísima de corresponsales de esta categoría.
Asimismo, figuras intelectuales y literarias como Juan de
Dios Restrepo (“Emiro Kastos”), Jorge Isaacs, José María
Samper y su esposa, Soledad Acosta de Samper, Santiago
Pérez, Florentino Vezga, etc., están ricamente representadas
en la correspondencia.
Existen varias categorías de papeles que merecen co
mentario por su carácter único o por su importancia como
fuentes documentales, entre otros:
a) Papeles mercantiles. Consisten en una serie de escri
turas, recibos, pagarés, memoranda, contratos de compra
venta, reportes financieros, libros contables, balances, inven
tarios y material estadístico de toda índole que cubren las
actividades de las empresas de la familia Camacho por un
período de varias décadas. Entre estos papeles cabe destacar
una colección parcial de documentos referentes a la conta
bilidad de sus haciendas; materiales valiosísimos, pues con
tienen información acerca de precios, jornales, y horarios.
La colección de papeles mercantiles está considerada aquí
independientemente de la sección puramente epistolar y cons
tituye una entidad aparte dentro del archivo. Además, existe
toda una serie de reportes de los mayordomos, administra
dores y encargados de los negocios de Salvador Camacho
Roldán.
b) Copiadores relativos a la gestión de paz de Camacho
Roldán en Santander en 1877 que, unidos a las numerosas
cartas para los años 1876 1878, constituyen una riquísima
veta documental, la mas vasta de que tenemos noticia, para
el estudio de una de las guerras civiles más complejas y menos
estudiadas de la pasada centuria.
c) La correspondencia de tres generaciones de la familia
Camacho, incluyendo copiosísima correspondencia dirigida
a Salvador Camacho Rordán por sus hermanos, Miguel y
José. Estas cartas en particular resultan de una importancia
excepcional, pues casi todas contienen abundantísimas noti
cias y comentarios de primera mano acerca del acontecer polí
tico y económico del momento. Una colección vasta y de gran
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 315
interés la constituyen las numerosas cartas dirigidas por
Salvador Camacho Roldán a sus hijos, particularmente a su
hijo Gabriel Camacho Tamayo durante los últimos veinte
años de su vida. Estas últimas son altamente reveladoras de
la evolución intelectual de Camacho y ofrecen una maravillo
sa oportunidad de penetrar su pensamiento sobre diversas
cuestiones filosóficas, políticas, económicas y sociales.
La publicación del archivo de Camacho Roldán llenaría
un vacío en la historiografía colombiana. Las Memorias de Ca
macho Roldán, postumamente publicadas, cubren solo una
parte pequeñísima de su activa y larga vida. El archivo, en
cambio, cubre sesenta años. La única biografía de Camacho
Roldán, Ensayo Biográfico: Salvador Camacho Roldán, por
José Iregui (Bogotá, s. p. i., 1919), más o menos adecuada a
su época y a los datos entonces disponibles, resulta ahora
sumamente limitada. El archivo, por lo tanto, sería la piedra
angular de trabajos escrupulosamente investigados y puestos
al día sobre la vida y los tiempos de Salvador Camacho Roldán.
Además de contribuir a completar nuestra visión del personaje,
el archivo ofrecerá, una vez publicado, un venero inagotable
para el estudio de la Colombia del siglo XIX. Ya que Camacho
Roldán fue uno de los hombres mejor informados de su época,
sus cartas y las de sus corresponsales están por lo general
repletas de datos y agudas apreciaciones sobre hechos y
personas. La colección archival, puesto que incluye p;ezas
provenientes de todos los ámbitos sociales, políticos y econó
micos de la época que cubre, resulta por eso mismo un baró
metro de la sociedad y las condiciones que la produjeron.
Puesto que los papeles de ninguna figura preeminente en la
vida colombiana entre 1863 y el fin de siglo han sido publica
dos, la historia de la época ha sido escrita, cuando ha sido
escrita, sobre bases muy precarias, situación creada en gran
parte por la falta de documentación y remediable, por ello
mismo, mediante la publicación de fuentes documentales de
la extensión y solidez de los papeles de Salvador Camacho
Roldán.
BIBLIOGRAFIA
JOSE MARIA ARBOLEDA LLORENTE (Compila
dor), Catálogo General del Archivo Central del
Cauca (Epoca de la Independencia), Tomo I. Po-
payán, Editorial Universidad del Cauca, 1969.
355 págs.
Preparado en 1944, este catálogo primero de los fondos
relativos a la Independencia que contiene el rico Archivo
Central del Cauca en Popayán, es, como todas sus obras,
muy digna del inolvidable don José María Arboleda Llórente
(1886-1969). Director del único archivo organizado y clasifica
do del país, don José María, con paciencia y con método
científico, quiso siempre que los índices que él, desde 1929,
había estado elaborando, tuvieran la publicidad que su im
portancia merece. Es este tomo, pues, el primero que aparece
impreso, gracias al interés y apoyo de la Rectoría de la Univer
sidad Central del Cauca.
Los asuntos que contiene este tomo, según el sistema de
clasificación que estableció el Sr. Arboleda Llórente son:
Civil, “Alcabalas”, con 365 cédulas; “Correos”, con 145 cédu
las; “Contaduría general y crédito nacional”, con 40 cé
dulas; y “Contaduría provincial”, con 535 cédulas. Hay por lo
tanto, un total de 1.085 cédulas en este volumen. Cada
cédula representa un documento, tenga uno o varios folios
indicando remitente, destinatario, resumen de contenido, lu
gar de procedencia, fecha y foliación. Es cada cédula, pues
una síntesis explícita del documento, y para muchos casos,
suficiente en su breve resumen para dar idea exacta del
documento original.
318 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
En este primer catálogo de los fondos de la Independencia
(que data desde el 20 de julio de 1810 hasta el 29 de febrero
de 1832), del Archivo Central del Cauca, el estudioso podrá,
con bastante claridad, empezar a recontruír los efectos eco
nómicos de la lucha magna en el Sur del país.
La magnitud de la obra de don José María Arboleda Lló
rente se hace manifiesta cuando se considera que este tomo
contiene apenas la octava parte de lo que él había catalogado
de los fondos de la Independencia, sin contar los índices de
personas y materias que también elaboró. Es de esperar que
la posteridad le rinda el homenaje debido a don José María,
Arbolera Llórente, publicando los tomos restantes de sus Ca
tálogos.
J. L. Helguera.
ANGEL RAUL VILLAS ANA (Compilador), Ensa
yo de un Repertorio Bibliográfico Venezolano (Años
1808-1950). 2 tomos. Colección Cuatricentenario de
Caracas, 8. Caracas, Banco Central de Venezuela,
1969. 376 y 490 págs.
En estos dos volúmenes que abarcan las letras A-CH de
libros y folletos de autores venezolanos editados en su propio
país y en el exterior, como obras de autores extranjeros
publicadas en Venezuela, se ha recopilado una bibliografía de
obras de literatura, historia y de índole general. El esfuerzo
(de una década), de su compilador merece todo elogio, pues
ha dado a la estampa lo que ha de ser una obra de suma
utilidad, no solo para sus coterráneos, sino también para los
cultivadores de Clio en Colombia.
En la elaboración de este Repertorio, el Sr. Villasana ha
examinado cada una de las obras que figuran en ella. Utili
zando los catálogos y fondos bibliográficos de la Biblioteca
Nacional, la Academia Nacional de la Historia, la Academia
Venezolana de la Lengua, y también, la Biblioteca del Banco
Central de Venezuela, el resultado final, (en sólo estos dos
primeros tomos), es un acopio muy nutrido bibliográfica
mente hablado. Los que lo consulten, encontrarán no sola
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 319
mente las fichas completas (en cuanto el autor ha podido
elaborarlas), sino también, ricas notas explicativas.
Es casi inevitable, en una obra de esta índole, encontrar
lapsos y omisiones. Estos, no obstante, no se deben (es evi
dente) al compilador, sino a la verdadera pobreza de recursos
bibliográficos de las principales colecciones venezolanas, sobre
todo, en publicaciones (en especial, de la folletería) del siglo
diez y nueve. Es de lamentar que las circunstancias no le
permitieron al Sr. Villasana consultar y anotar las muchas
publicaciones venezolanas que se encuentran en los Fondos
Pineda y Quijano Otero de la Biblioteca Nacional de Colombia,
por ejemplo. Y no hablemos de algunas colecciones particula
res de esta ciudad, ricas en impresos de allende el Táchira.
Es, repetimos, este, un esfuerzo muy meritorio, y tanto su
compilador como la institución que lo patrocina, son dignos
de los elogios de los historiadores de Colombia.
J. L. H.
SEGUNDO BERNAL MEDINA, Guía Bibliográfica
de Colombia de interés para el antropólogo. Bogotá,
Ediciones Universidad de los Andes, 1969. 782 págs.
Para el historiador, casi toda bibliografía, no obstante su
enfoque, es útil. En el caso presente, la complicación de temas
antropológicos dirigidos por el profesor Bernal Medina, no es
ninguna excepción. Gracias al aporte intelectual y material de
los profesores Alicia y Gerardo Reichel-Dolmatoff, quienes le
facilitaron su propio fichero y permitieron el libre acceso a
su valiosa biblioteca personal antropológica, Bernal Medina,
consultando aquella, como otras colecciones y trabajando con
un equipo de 37 estudiantes de la Universidad de los Andes,
ha logrado un aporte muy significativo a la cultura colombiana
en esta obra.
Como es natural, las aproximadamente siete mil fichas
se dividen por regiones antropológicas (Llanura del Pacífico,
Zona Andina Caucana, etc.), del país. Se citan artículos,
monografías y libros en castellano, inglés, alemán y francés
en su mayoría del presente siglo, pero también, obras del
pasado. Los fuertes lazos entre la historia y antropología
320 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
no pasan, pues, desapercibidos. Hay en esta bibliografía un
número muy respetable de referencias de suma utilidad para
el historiador colombiano.
Debemos señalar además, como prueba adicional de la
utilidad de este Guía, su excelente índice alfabético de auto
res, que facilita su consulta.
J. L. H.
JUAN MIGUEL ACEVEDO, Autobiografía. Prólogo
por Mario Germán Romero. Separata del “Boletín
Cultural y Bibliográfico”. Bogotá, Talleres Gráficos
del Banco de la República, 1969. 155 págs.
Gracias a la gran familiaridad del Académico Mario
Germán Romero con la historia íntima de la interesante
familia de los Acevedo Tejada, logró encontrar uno de los
póquisímos ejemplares sobrevivientes del libro escrito por
Juan Miguel Acevedo, El Deísmo. Jesucristo y Roma... (Bo
gotá, 1879), en los fondos de la Biblioteca Luis Angel Arango.
Libre pensador por motu proprio, Acevedo (1807-1886), con
sagró la última parte (págs. 129 a 191), de su Deísmo a un
violento ataque contra la Iglesia. Sus mismos familiares reco
gieron la edición.
La parte importante de la obra de Juan Miguel Acevedo
va de la página 5 a la 128, que constituye su autobiografía.
Como apunta Monseñor Romero en su estudioso prólogo, el
hecho de ser D. Juan Miguel hijo del Tribuno del Pueblo,
D. José Acevedo y Gómez, de por sí haría interesantes sus
memorias. Pero huérfano de su padre a tierna edad, Juan
Miguel se crió en el campo, no disfrutó de una educación ni
estudios formales, y casi toda su vida la dedicó a faenas
agrícolas.
Sus comprometimientos en la Conspiración Septembrina
de 1828 le llevaron a las bóvedas de Cartagena, y, después de
varios incidentes, a una guarnición como último soldado, en
Venezuela. Ricos son sus aciertos de cronista social, pues
fue un hombre inteligente y de gran sensibilidad social. En
las líneas que dedica a sus labores campestres, resaltan un
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 321
liricismo y amor a la tierra, como también, unas viñetas muy
descriptivas de la vida rural granadina.
Abunda la autobiografía en datos nuevos, y en perfiles
muy precisos de varios personajes de la historia colombiana.
Cabe mencionar los que dedica Acevedo al General Mosquera
en la Campaña del 1860, que concuerdan, en su pintura del
carácter del Gran General, con los que hace Angel Cuervo
(De Cómo se Evaporó un Ejército, Bogotá 1902). Merecen se
ñalarse, además, las páginas que dedica D. Juan Miguel a los
efectos y móviles en el campo de las revoluciones que vió
azotar al país, en especial, la Revolución de Meló (1854) y la
Federal (1860-62). Estas hacen recordar bastante a Eugenio
Díaz en su novela, La Manuela.
Esta autobiografía, felizmente rescatada del olvido, es
original de por sí, y comparable en sus agudas observaciones
sobre hombres y hechos, con la (nunca bien apreciada) de su
contemporáneo Carmelo Fernández que se publicó en Caracas
en 1940 bajo el título de Memorias de Carmelo Fernández.
A pesar de la carencia de notas explicativas en esta edición,
la historiografía colombiana y venezolana deben otra vez más,
manifestación de gratitud al Académico Romero.
J. L. H.
CARLOS MARTINEZ, Santafé de Bogotá. Urbaniza
ción en América Latina, 1. Buenos Aires, Centro
Editor de América Latina, 1968. 92 págs.
Es esta pequeña monografía un esfuerzo sucinto de esbo
zar la historia urbana de Bogotá en sus dos primeros siglos
y medio de existencia. El Dr. Martínez, diestro en su tema,
nos traza, basándose en fuentes impresas bien conocidas, una
interpretación original y certera de la evolución, por motivos
geográficos, políticos, y eclesiásticos de la pequeña urbe san-
tafereña. No dejan de interesar al lector, los factores ecoló
gicos, que, por falta de espacio no ocupan lugar especial sino
entrelineados con otros, en el trabajo.
Quizás lo más notable de este estudio, es el concepto del
funcionalismo de una ciudad colonial americana que detalla
el autor. Pero, como indica Martínez, fue Santafé un caso
322 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
especial. Aislada, de difícil acceso, con un comercio restrin
gido por la falta de vías de comunicación, no llegó a tener
sino unos 21.000 habitantes al cerrarse la Colonia.
Es de esperarse que el talento histórico desplegado por
el Dr. Martínez en la presente obra, se verá en otras de igual
índole. Mucho nos falta todavía, en el campo de la historia
urbanística: Cartagena, Popayán, Buga, para nombrar sólo
tres, son ciudades que deben ser estudiadas, para poder
empezar a desentrañar el proceso histórico de la ciudad co
lombiana.
J. L. H.
R. A. HUMPHREYS, Editor, The “Detached Recol
lections of General D. F. O’Leary, London, The Atho-
lone Press for the Institute of Latín American Stu-
dies, 1969, p. 66.
El profesor R. A. Humphreys de la Universidad de
Londres ha prestado un gran servicio a los colombianistas
con la edición de los así llamados “Detached Recollections”
(Memorias sueltas), del General O’Leary, que él obtuvo de
un biznieto de O’Leary en Essex (Inglaterra). Este pequeño
volumen contiene una introducción biográfica algo extensa,
pero al texto las “Recollections” sólo se le hacen breves
anotaciones.
Como presunto biógrafo de Bolívar, O’Leary tenía su
propio concepto acerca de la historia y de la importancia de
la correspondencia y de los diarios. Mientras que el archivo
personal del General O’Leary parece haber desaparecido (salvo
la correspondencia con su esposa doña Soledad Soublette,
cuyos originales se encuentran en Bogotá en la Academia
Colombiana de Historia), han logrado salvarse sus diversos
cuadernos de apuntes, uno de los cuales parece ser este peque
ño volumen. El más extenso de sus otros cuadernos de apuntes
un detallado diario de sus viajes por Europa y de sus expe
riencias como Encargado de Negocios de Venezuela en Roma,
permanece inédito (1).
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 323
Parece que estos cuadernos de apuntes de O’Leary deben
dividirse en dos clases: unos de miscelánea en que anotaba
datos sueltos correspondientes a diversas fechas y otros que
eran apuntes personales ordenados al parecer con la intención
de escribir una extensa autobiografía, en la que quedarían
integrados una ampliada y corregida versión de la Narración
y el diario de Europa. Dentro de esta división, las “Detached
Recollections”, podrían pertenecer a uno u otro género.
Aunque es punto menos que imposible verificarlo sin
tener a la vista el manuscrito original y a pesar de que parece
que Humphryes considera las “Recollections”, como uno de
los cuadernos de miscelánea, creemos que deba clasificársele
entre los apuntes personales. En apoyo de esta hipótesis,
podemos aducir la falta de orden cronológico en las anota
ciones y el hecho de que en algunas de ellas (p. 16, 21, 22,
38 y 40), hace un análisis retrospectivo de los sucesos o perso
najes. La manera en que están redactadas estas anotaciones
sugiere la posibilidad de que los comentarios retrospectivos
fueron redactados más tarde, pero, repetimos, sin un examen
directo del manuscrito es imposible verificar esta hipótesis.
El lugar que le corresponde a O’Leary en la historia y
la historiografía como participante en y cronista del movi
miento de la independencia colombiana, se basa en sus
Memorias y en la Narración. Las “Detached Recollections”,
no agregan nada a su posición como historiador, pero sí nos
ofrecen un aspecto más nítido de su personalidad y de sus
puntos de vista. Se trata, en su mayor parte, de comentarios
y observaciones sobre personas, ideas y sucesos de la década
1820-1830. Solo hay dos anotaciones sobre Santander poste
riores a 1830. Generalmente el texto coincide con la Narración,
pero ocasionalmente aparecen nuevos datos o nuevas apre
ciaciones. Por ejemplo, en esta obra aparece una actitud de
desprecio hacia José Antonio Páez, a quien acusa de falta de
valor (p. 23). En otra nota, escrita con ocasión de la muerte
de Santander, prueba el intenso odio que O’Leary concibió
contra el “Hombre de las Leyes”, entre 1820 y 1830, senti
miento que no había disminuido a pesar de que al entrar al
servicio diplomático de Venezuela después de 1830 O’Leary
había prometido disimularlo (2). Su hostilidad contra José
María Córdoba es también plenamente evidente en una de
324 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
las anotaciones más extensas del volumen (p. 23-26). La
semblanza que hace de Juan Bernardo Elbers presentándolo
como estafador, debe tenerse en cuenta al analizar el papel
jugado por O’Leary en la demanda elevada por Elbers contra
el gobierno granadino en la década de 1840-1850 (3). La
nota sobre O’Connell, que Humphreys omite (p. 58, nota 2),
es probablemente la que se publicó postumamente en El Re
pertorio Colombiano en 1879 (4).
A pesar de que el lector interesado podrá lamentar la
brevedad de las anotaciones, habrá de agradecer el poder tener
a mano las “Detached Recollections”.
NOTAS
(1) La autora de esta reseña está actualmente transcribiendo este
diario.
(2) Véase carta de O’Leary a Carlos Soublette, Londres, mayo 29 de
1834, en Mons. NICOLAS E. NAVARRO. Actividades diplomáticas del ge
neral Daniel Florencio O’Leary en Europa, años de 1834 a 1839, Cartas
al general Carlos Soublette, Vicepresidente de la República de Venezuela,
Caracas, Tipografía Americana, 1939.
(3) La correspondencia oficial de O’Leary sobre este asunto se en
cuentra en el Public Record Office de Londres, Foreign Office 55 [Co
lombia], vols. 69, 70, 71 y 76.
(4) D. F. O’Leary. Escritos postumos. I. - O’Connell, en El Reperto
rio Colombiano, t. 2, número 7 (enero 1879), pp. 25-28.
Jo Ann Rayfield
Illinois State University
Normal.
MEJIA Y MEJIA, Justino C., Pasto, Pastores y Pas
torales. 2 tomos. Editorial Pax, Bogotá, 1969. T. I:
764 pp.; T. II: 382 pp.
Debemos señalar como acontecimiento de marcada im
portancia para la bibliografía del departamento de Nariño,
la nueva y bien cuidada edición de la preciosa obra histórica
Pasto, Pastores y Pastorales, hace tiempo agotada en su pri
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 325
mera y compendiada edición en un solo volumen y hoy am
pliada a dos de cerca de 1.150 páginas. Casi pudiera decirse
que este laborioso trabajo, en su segunda salida, es obra nue
va sobre bases antiguas, fruto de madurez, de amplio domi
nio de la materia y de pacientes investigaciones en bibliote
cas y archivos de ambos mundos. (Vaticano, Embajada Es
pañola en Roma, Colecciones documentales, Fuentes biblio
gráficas) .
Se propuso Monseñor Mejía como meta de su estudio,
y a nuestro juicio lo consiguió plenamente, investigar cua
tro objetivos principales de la historia eclesiástica de las re
giones que forman hoy el departamento de Nariño, objeti
vos que nunca se habían tratado con la profundidad que me
recían, a saber: las diversas circunstancias en que se encon
traron esas regiones respecto de jurisdicción eclesiást’ca; la
jerarquía episcopal que asumió esa jurisdicción; la biogra
fía de los prelados que se sucedieron en el gobierno espiri
tual de esas partes y la característica de la unción y espí
ritu apostólico de ellos, según puede apreciarse del texto de
la primera carta pastoral u homilía que dirigieron a sus dio
cesanos.
El territorio del suroeste de Colombia, por una fatalidad
geográfica, así en lo civil, como en lo eclesiástico, fue depen
dencia de distintos poderes foráneos en cerca de trescien
tos años, a partir del descubrimiento y conquista españoles
En lo civil, Pasto, la ciudad que como cabeza representaba
todo ese territorio, formó parte de la gobernación de Popa-
yán para lo administrativo; en lo judicial, desde los más re
motos tiempos quedó constituida en distrito de la Real Au
diencia de Quito, y en lo político y contencioso se la consi
deraba como parte integrante del gobierno de Santafé.
Si así andaba en lo civil, en lo eclesiástico no estuvo
menos distribuida. Según Monseñor Mejía, Pasto principió
su vida de comunidad religiosa bajo la jurisdicción del obis
pado de Túmbez, de donde pasó luégo a la del Cuzco y más
adelante a la de Quito en tiempo del obispo García Díaz Arias,
pero cuando en 1546 se instituyó el obispado de Popayán, se
agregó el territorio de Pasto a esta diócesis. Dicha dependen
cia no fue, empero, sino en el nombre, en el derecho, porque
de hecho siguió bajo la administración del ordinario de Quito
326 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
por encomienda que hizo de esa sección de su obispado el
primer obispo de Popayán, don Juan del Valle, al obispo de
Quito. En este estado permaneció Pasto, como ya se dijo,
por cerca de trescientos años, hasta que, en 1837, se resti
tuyó el territorio de Pasto a la diócesis de Popayán y para
su mejor asistencia espiritual se estableció allí un obispo au
xiliar del de Popayán, y por fin, en 1859, se creó la nueva
diócesis de Pasto, la misma que andando los días se partió
en cuatro circunscripciones eclesiásticas: la propia de Pasto,
las prefecturas apostólicas de Sibundoy y Tumaco y la no
vísima diócesis de Ipiales.
De todas y cada una de las vicisitudes por las que atra
vesó en lo eclesiástico esa sección de la patria trata Mon
señor Mejía con perfecto dominio de la materia histórica
y con mayor versación, si cabe, en la interpretación de los
hechos a la luz del derecho eclesiástico. Parte de una disqui
sición básica sobre “Iglesia Propia”, Patronato y Vicariato,
dentro de las normas canónicas para adentrarse luégo al
examen de la vida y la obra de los obispos que gobernaron
esas regiones. Por las eruditas páginas de la obra pasan las
figuras venerables de tantos varones de grata memoria que
recibieron de Roma la misión pastoral, varones ilustres por
sus virtudes apostólicas, entre los que se destacan y son in
olvidables para las tierras nariñenses el siervo de Dios Fray
Ezequiel Moreno Díaz; el por mil títulos insigne prelado
Antonio María Pueyo de Val y el nobilísimo pastor, ejem
plar de bondad y mansedumbre, Monseñor Emilio Botero
González.
El mérito intrínseco de esas biografías es el de que, ade
más de darnos a conocer, con detalles minuciosos y en forma
gratísima, la personalidad y la acción episcopal de los vein
ticuatro prelados que en una u otra forma han tenido en
sus manos los destinos religiosos de los pueblos de la com
prensión de Pasto, queda a través de esas vidas ejemplares re
construida admirablemente la historia eclesiástica de esa
región, en toda su magnitud, desde sus orígenes cristianos
hasta nuestras días, con sus empeños por el mejoramiento
espiritual y material de su diócesis; las contradicciones y di
ficultades que tuvieron en el ejercicio pastoral; las luchas
con el poder temporal no siempre amigo y protector de la
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 327
Iglesia; los sacrificios y penalidades que soportaron en la
administración de un territorio quebrado, con diversidad de
gentes y pequeño potencial económico; las grandes conquis
tas en el orden religioso alcanzadas, a pesar del medio, en
siglos de trabajo apostólico, y tantos hechos más que han
contribuido a mantener incólume la herencia cristiana que
dejaron los conquistadores y primeros pobladores de estas
partes de Indias en servicio de ambas Majestades. Así, aun
que el título de la obra: Pasto, Pastores y Pastorales está de
acuerdo con la materia tratada, oculta en forma discreta la
importancia capital de la misma, que no es otra que la histo
ria eclesiástica del suroeste de Colombia, que estaba por es
cribirse, y por lo mismo ese trabajo benedictino de recons
trucción histórica, de cuatro siglos de vida reFgosa de esa
región, será de hoy en adelante fuente de obligada consulta
para la composición de los anales eclesiásticos de Colombia.
Otras excelencias encierra la obra de Monseñor Mejía,
de que sólo haremos mención de la idea original de inser
tar, al lado de la biografía, la primera carta pastoral u ho
milía de cada obispo, preciosa colección de documentos pas
torales que no se ha hecho, que sepamos, en ninguna otra
sección del país, y que el autor presenta como muestra de la
unción evangélica y las dotes de que estaba adornado el pre
lado para conducir su rebaño, y del capítulo especial dedi
cado con sobra de justicia a la vida ejemplar y a la obra
fecunda de Monseñor Juan Bautista Rosero y Castañeda,
quien sirvió con abnegación e indiscutible competencia, du
rante años de años, el cargo de Vicario de la diócesis de Pasto.
Para cerrar este breve comentario a la obra meritís’ma
que nos ocupa, diremos que su autor, Monseñor Justino C.
Mejía y Mejía, es ampliamente conocido en el mundo de las
letras, más en el exterior que en su propia patria, como po
lígrafo que ha paseado su inquietud por múltiples discipli
nas: historia, arqueología, crítica, sociología, moral, filoso
fía, liturgia, folclor, traducciones, de que dan fé una docena
de obras de prosa medular, muy suya, de corte entre anti
guo y moderno, como son, entre otras: Qué cosas de la vda,
preciosa colección de cantares y expresiones del folclor na-
riñense; Ensayo sobre prehistoria nariñense, el mejor y más
acabado estudio sobre los orígenes de los pueblos del sur
328 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
oeste colombiano; Notas crítico-iconográficas, exposición
analítica sobre el debatido asunto del autor de la imagen de
Nuestra Señora de Las Lajas, en el sitio agreste donde hoy
se levanta la magnífica basílica del mismo nombre, engran
decida y magnificada por el mismo doctor Mejía y Mejía hasta
convertirla en el mejor santuario de América; Cauces de
inquietud, ensayos crítico sociológico sobre la problemática
contemporánea; Tradiciones y documentos, la historia del
santuario de Las Lajas basada en la tradición auténtica, des
pojada de la fábula y la conseja que se han tejido alrededor
de la presencia de la prodigiosa imagen de la Virgen en es
carpada roca a la vera del abismo de ahocinado río y con
firmada por documentación de primera mano para sacerla
verdadera...
En estas y las demás obras de Monseñor Mejía hay pá
ginas de antología, donde se hermanan la más severa inves
tigación, la profundidad del pensamiento, la ilustración de
buena ley y la donosura del lenguaje.
Sergio Elias Ortiz.
Documentos para la historia de la educación en Co
lombia. Codificación y nota preliminar de Guiller
mo Hernández de Alba, cronista de la ciudad de
Bogotá. Tomo I. 1540-1653. Bogotá, Patronato Co
lombiano de Artes y Ciencias. (Colegio Máximo de
las Academias de Colombia). Editorial Andes, 1969.
236 páginas.
Los amigos de Guillermo Hernández de Alba esperába
mos con ansiedad esta publicación, fruto de largos años de
investigación en archivos nacionales y extranjeros. En la co
piosísima bibliografía de Hernández de Alba el tema de la
educación y la cultura ocupa un lugar preponderante. Basta
ría recordar sus libros sobre “El Colegio de San Bartolomé”,
el “Panorama de la Universidad en la Colonia”, la “Crónica
del muy ilustre Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario”,
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 329
los “Aspectos de la Cultura en Colombia”, el “Archivo episto
lar del sabio naturalista José Celestino Mutis” y el “Diario
de Observaciones” del ilustre gaditano. Los artículos en re
vistas y hojas periódicas sobre el tema pasan del centenar.
Y si a esto agregamos las numerosas obras que aguardan
pacientemente el patrocinio de alguna institución cultural
que quiera prestarle un servicio positivo al país, dándolas a
la luz, podemos afirmar que nadie tan capacitado para es
cribir la historia de la educación en Colombia como Guiller
mo Hernández de Alba, cronista de la ciudad e historiador
de la cultura.
Se ha hablado injustamente de la ignorancia en que
mantuvo España a sus colonias en la época anterior a la
independencia. Las cartas del rey y las numerosas cédulas
reales dicen otra cosa. Desde 1540 en que el monarca espa
ñol pide al provincial de los dominicos que envíe con el go
bernador de Santa Marta algunos frailes que se dediquen a
la “instrucción de los naturales de aquella tierra”, vemos la
solicitud de la Corona por la instrucción y catequización de
los indígenas del Nuevo Reino. No menor fue el interés de
los Prelados. En 1545 el obispo de Santa Marta, fray Martín
de Calatayud, propone al rey la necesidad de fundar escue
las para instrucción de “los niños de los caciques y princi
pales y de otros”. Pide para ello un repartimiento en cada
ciudad y agrega, con un gesto muy cristiano y español, “mien
tras que esto se provea, haré en esto, según mis pobres fuer
zas alcanzaren, procurando haber los más niños que pudie
ra, a los cuales servirá de colegio mi casa y yo de capellán
para enseñarlos”.
En estos “Documentos” encontramos los primeros pa
sos para el establecimiento de la Universidad en el Nuevo
Reino.
Muchos tomos vendrán a continuación de este primero,
auspiciado por el Banco de la República y las entidades ya
citadas. Hernández de Alba, decano de los académicos, se hace
acreedor a la gratitud nacional con este nuevo aporte a la
historia de Colombia.
M. G. R.
330 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
AGUSTIN MILLARES CARLO. Catálogo razonado
de los libros de los siglos XV, XVI y XVII de la
Academia Nacional de la Historia. Prólogo por Ma
rio Briceño Perozo. Academia Nacional de la His
toria. Caracas [Artes Gráficas Soler, S. A. Valen
cia. España] 1970. 24 cm. XIV, 181 páginas, ilustra
ciones, índices de primeros versos, cronológico de
lugares de impresión, de impresores, de nombres de
persona, títulos y lugares.
Cuando se trata del doctor Agustín Millares Cario so
bran las palabras de presentación, porque no hay persona
culta que no lo haya leído y consultado. Español de naci
miento, ha entregado a América los años más fecundos de
su vida. Discípulo de Ortega Mayor, Soms, Menéndez Pidal
y Américo Castro, encontró en sus maestros su vocación de
humanista, paleógrafo y bibliógrafo. Fue profesor de latín
en el Ateneo de Madrid, de paleografía en la Universidad de
Granada y en la Central de Madrid. Las Academias y Uni
versidades europeas y americanas lo han llamado a su seno.
Argentina primero, luégo México y ahora Venezuela han
contado con su asistencia magistral. Más de cincuenta libros
y centenares de artículos en revistas de Europa y América
constituyen su acervo bibliográfico hasta ayer, porque Mi
llares Cario tiene siempre por lo menos tres libros en prepa
ración. Libros y artículos tienen siempre la misma excelente
calidad, seriedad en la investigación, forma impecable en la
exposición y aparato crítico impresionante. Afortunado en
los hallazgos (no sin razón vió la luz primera en las Islas
Afortunadas), encuentra tesoros bibliográficos que da a co
nocer en libros y monografías de subido valor.
El Catálogo razonado presenta las obras de los siglos XV
a XVII que pertenecieron a don Luis López Méndez y fue
ron donadas a la Academia Nacional de Historia en Caracas
por la Compañía Shell de Venezuela .
Catálogo razonado, no una simple enumeración de libros
o una serie de fichas bibliográficas comunes. Se trata de
una descripción minuciosa, interna y externa del libro, que
no solamente lo identifica sino que revela su contenido. Y
una observación de paso. La mayor parte de los incunables
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 331
están escritos en latín. Clasificarlos debidamente, extractar
la parte más significativa de proemios e introducciones, es
labor reservada a un conocedor de la lengua del Lacio, y
Millares Cario conoce el latín, como pocos.
Estas obras antiguas no han escapado a la acción des
tructora del tiempo. Mutiladas muchas veces, se hace difícil
su clasificación. “Como muchos de estos [libros] se encuen
tran mutilados, faltos de la portada o incluso de una o más
hojas de los preliminares o de su parte final, tuvimos, dice
Millares Cario, que completarlos con reproducciones fotográ
ficas de otros ejemplares, por lo general pertenecientes a la
Biblioteca Nacional de Madrid. Así lo indicamos en los luga
res correspondientes”. Ya puede medirse el trabajo que ésto
implica, pacientes investigaciones en las bibliotecas de Eu
ropa y América, coronadas siempre con envidiable fortuna.
Catálogo razonado, en que se comentan las obras estu
diadas, “se consignan las noticias pertinentes así biográficas
de sus autores como bibliográficas, y al final de cada cédula
figura la mención de los repertorios que describen otros ejem
plares de nuestras obras o que apuntan sobre éstas datos de
importancia. Los índices de primeros versos, alfabético-cro-
nológico de los lugares de impresión, de impresores, onomás
tico, de títulos y topográfico facilitarán el manejo del pre
sente Catálogo”, dice el autor.
Allí se reseñan siete incunables publicados entre los años
1492 y 1497, cuarenta y cinco obras del siglo XVI, y noventa
del siglo XVII. Creemos con Briceño Perozo que este Catá
logo “servirá de modelo a los futuros redactores de esta clase
de trabajos”.
¿Cuándo tendremos en Colombia una obra semejante?
Para no hablar sino de Bogotá, la Biblioteca Nacional cuen
ta con cuarenta incunables, la Biblioteca Luis-Angel Arango
con treinta, los hay en la del Seminario Arquidiocesano, en
bibliotecas de conventos y en poder de particulares. El Insti
tuto Colombiano de Cultura acaba de efectuar ana exposi
ción de incunables y libros raros y curiosos de la Biblioteca
Nacional en junio de 1970. Allí pudo verse parte del tesoro
bibliográfico de la mencionada bibíoteca. Pero ésto no es su
ficiente. Es necesario hacer un inventario de nuestras rique
332 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
zas bibliográficas, no una simple lista, sino un Catálogo razo
nado como el que hoy presentamos a la admiración de los
amantes del libro. El Instituto Colombiano de Cultura tiene
la palabra.
Con este nuevo libro, Agustín Millares Cario agrega una
joya más a ese tesoro de estudios bibliográficos que han en
riquecido a la cultura universal.
M. G. R.
EXTRACTOS DE ACTAS
SESION DEL 7 DE FEBRERO DE 1967
Presidencia de los doctores Luis Duque Gómez y Andrés
Soriano Lleras.
Asistentes: Numerarios: Manuel José Forero, Monseñor
José Restrepo Posada, Carlos Restrepo Canal, Horacio Ro
dríguez Plata, Roberto Lié vano, Oswaldo Díaz Díaz, Monse
ñor Mario Germán Romero, José Manuel Pérez Ayala, Julio
Londoño, Sergio Elias Ortiz, Alberto Lozano Cleves, R.P. Al
berto Lee López, Abel Cruz Santos. Correspondientes: Eduar
do Acevedo Latorre, Carlos Arbeláez Camacho, R. P. Rubén
Buitrago, Fernando Galvis Salazar, Alvaro García Herrera,
Armando Gómez Latorre, R.P. Juan Manuel Pacheco y Eduar
do Santa. Se excusaron los académicos Roberto Cortázar, Gui
llermo Hernández de Alba, R.P. Roberto María Tisnés, Ca
milo Riaño, R.P. Alberto Ariza, Jorge Obando Lombana y
Andrés Pardo Tovar.
Se aprobó el acta de la sesión anterior.
El Presidente presentó un saludo de bienvenida a los
académicos y en cortas palabras esbozó el plan de trabajo
para el presente año y solicitó la colaboración de todos los
miembros.
Asuntos tratados.
Entrega de los diez tomos de la segunda serie de la His
toria Extensa de Colombia.
La Academia se hará presente en los siguientes acon
tecimientos:
334 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
a) Sesquicentenario del fusilamiento de Policarpa Sala-
varrieta
b) Centenario de los doctores Miguel Abadía Méndez y
Carlos Arturo Torres.
Se dio aprobación en primer debate al presupuesto para
el presente año.
Presentación de planos para el jardín de Nariño (Arq.
Carlos Arbeláez Camacho).
Al Consejo de Monumentos pasa el proyecto de construc
ción de la Casa Bolivariana.
La lectura de la fecha estuvo a cargo del académico Os-
waldo Díaz Díaz, quien trató el tema “Un error geográfico que
traslada un hecho histórico”.
Obras presentadas.
“Conversando”, del académico Laureano García Ortiz;
tomo X de la serie “Correspondencia dirigida al General San
tander”, recopilación del doctor Roberto Cortázar; Boletín
de Historia y Antigüedades, julio a septiembre de 1966; “La
Medicina en el Nuevo Reino de Granada durante la Conquis
ta y la Colonia”; “Obras de Caldas”, del doctor Andrés So-
riano Lleras.
SESION DEL 21 DE FEBRERO DE 1967
Presidencia del doctor Luis Duque Gómez.
Asistentes: Numerarios: Alberto Miramón, Miguel Agui
lera, Monseñor José Restrepo Posada, Germán Arciniegas,
Carlos Restrepo Canal, Francisco Andrade, Horacio Rodrí
guez Plata, Roberto Liévano, Rafael Gómez Hoyos, Oswaldo
Díaz Díaz, José Manuel Pérez Ayala, Julio Londoño, Sergio
Elias Ortiz, Alberto Lozano Cleves, R.P. Alberto Lee López,
Abel Cruz Santos, R.P. Roberto María Tisnés, Rafael Bernal
Medina, Andrés Soriano Lleras, Camilo Riaño. Correspon
dientes: Carlos Arbeláez Camacho, Rafael Bernal Jiménez,
Carlos Arturo Díaz, Fernando Galvis Salazar, Armando Gó
mez Latorre, Jorge Obando Lombana, Joaquín Piñeros Cor
pas, Guillermo Plazas Olarte. Se excusaron los académicos
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 335
Guillermo Hernández de Alba, Fray Alberto Ariza, R.P. Rubén
Buitrago, Luis Galvis Madero, Ricardo Ortiz McCormick y
Ramón Zapata.
Se aprobó el acta de la sesión anterior.
Asuntos tratados.
Mal estado del edificio de la Academia por el fuerte tem
blor del 9 de febrero.
Felicitación al académico Germán Arciniegas por su
nombramiento como Embajador de Colombia ante el gobier
no venezolano.
Informe sobre el señor Goschen, quien estuvo en Colom
bia en 1855 en negocio de quinas.
Informe sobre los sitios que en Colombia llevan el nom
bre del Almirante Brión.
Proposición de condolencia por el fallecimiento del co
rrespondiente Rafael Martínez Briceño.
Felicitación al correspondiente Carlos Arbeláez Camacho
por su designación como Presidente de la Sociedad de Me
joras y Ornato de Bogotá.
Tomó posesión como miembro correspondiente el doctor
Rafael Bernal Jiménez, quien disertó sobre el tema: “Su
puestos históricos en el cambio social”.
Obras presentadas.
“Anales del Instituto de Arte Americano e Investigacio
nes Estéticas de la Universidad de Buenos Aires”, “Boletín
del Centro de Investigaciones Históricas y Estéticas de la
Universidad Central de Venezuela”, “Jesús Aníbal - Testigo
de sangre”, del R.P. Carlos E. Mesa; “Los mártires de la pa
tria 1810-1819”, del R.P. Roberto María Tisnés; NQ 2 de la
“Revista de la Academia Colombiana de Historia Eclesiástica”.
SESION DEL 7 DE MARZO DE 1967
Presidencia del doctor Luis Duque Gómez.
Asistentes: Numerarios: Monseñor José Restrepo Posa
da, Carlos Restrepo Canal, Horacio Rodríguez Plata, Roberto
Liévano, Oswaldo Díaz Díaz, R.P. Alberto Lee López, Abel
336 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
Cruz Santos, R.P. Roberto María Tisnés, Rafael Bernal Me
dina, Andrés Soriano Lleras, Eduardo Guzmán Esponda y
Camilo Riaño. Correspondientes: Carlos Arbeláez Camacho,
Rafael Bernal Jiménez, R.P. Rubén Buitrago, Jorge Cárdenas
García, Fernando Galvis Salazar, Armando Gómez Latorre,
R.P. Juan Manuel Pacheco, señora Kathleen Romoli. Se ex
cusaron los académicos Francisco Andrade, Manuel José Fo
rero, Bernardo J. Cay cedo, Hno. Justo Ramón y Rafael Sa
lamanca Aguilera. Por invitación especial asistieron a esta
sesión el señor doctor José Miguel Ruiz Morales, Embajador
de España, y el señor José de Cuadra, Adjunto Cultural de
la misma Embajada.
Se aprobó el acta de la sesión anterior,
Tomó posesión como miembro correspondiente el doctor
Juan Manuel Zapatero López, quien disertó sobre las forti
ficaciones de Cartagena, que hoy constituyen un atractivo
turístico. El nuevo académico obsequió a la Corporación un
catálogo de mapas y planos pertenecientes al archivo de pla
nos del servicio histórico militar de España, referente a la
Sección C., subgrupo I, América del Sur, Colombia.
Asuntos tratados.
Informe sobre la fecha de nacimiento de don José Miguel
Pey.
Felicitación a la empresa Avianca por designar con nom
bres de nuestros proceres las nuevas naves.
Se pasa al Consejo de Monumentos lo relacionado con
la Capilla de Santa Bárbara (Villa Vieja-Huila) y con la ca
pilla de la antigua hacienda de El Salitre.
Se solicita información sobre la fundación de Ubaté.
SESION DEL 28 DE MARZO DE 1967
Presidencia del doctor Andrés Soriano Lleras.
Asistentes: Numerarios: Miguel Aguilera, Monseñor José
Restrepo Posada, Carlos Restrepo Canal, Horacio Rodríguez
Plata, Roberto Liévano, Oswaldo Díaz Díaz, Julio Londoño,
Sergio Elias Ortiz, Alberto Lozano Cleves, R.P. Alberto Lee
López, Abel Cruz Santos. Correspondientes: Eduardo Aceve
do Latorre, Carlos Arbeláez Camacho, Jorge Cárdenas Gar
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 337
cía, Carlos Arturo Díaz, Fernando Galvis Salazar, Luis Gal-
vis Madero, Alvaro García Herrera, Luis María Murillo, Jorge
Obando Lombana, R.P. Juan Manuel Pacheco, Andrés Pardo
Tovar. Se excusaron los académicos Guillermo Hernández de
Alba, Camilo Riaño, Rafael Salamanca Aguilera, Eduardo
Santa y Ramón Zapata.
Se probó el acta de la sesión anterior.
Asuntos tratados.
Se integró la Junta de Festejos Patrios con los académi
cos Manuel José Forero, Oswaldo Díaz Díaz, Camilo Riaño,
Carlos Arbeláez Camacho y Armando Gómez Latorre.
Se aprobó en segundo debate el presupuesto de la Aca
demia para la vigencia de 1967.
Se propuso que el Batallón N<? 1 de la Policía Militar lleve
el nombre del Coronel Pedro Monsalve.
Se aprobó el informe sobre fundación de Ubaté.
Se informó sobre el recorrido efectuado por algunos
académicos por Boyacá y el occidente colombiano.
Se discutió en torno a una carta abierta que apareció
en el periódico “La República”, el día 9 de marzo.
SESION DEL 4 DE ABRIL DE 1967
Presidencia del doctor Francisco Andrade.
Asistentes: Numerarios: Monseñor José Restrepo Posada,
Roberto Lié vano, Indalecio Liévano Aguirre, Oswaldo Díaz
Díaz, Alberto Lozano Cleves, Fray Alberto Lee López, Abel
Cruz Santos y Rafael Bernal Medina. Correspondientes:
Carlos Arbeláez Camacho, R. P. Rubén Buitrago, Jorge Cárde
nas García, Fernando Galvis Salazar, Alvaro García Herrera,
José Antonio León Rey, Andrés Pardo Tovar y Guillermo
Plazas Olarte. Se excusaron los académicos Carlos Restrepo
Canal, Horacio Rodríguez Plata, Luis Duque Gómez, Monseñor
Mario Germán Romero, Andrés Soriano Lleras, Camilo Riaño,
Rafael Salamanca Aguilera y Ramón Zapata.
El acta de la sesión anterior fue aprobada después de
introducirle algunas aclaraciones relacionadas con la carta
338 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
abierta publicada por “La República”, y con un programa de
radio al cual había hecho referencia el Dr. Jorge Cárdenas
García.
Asuntos tratados.
Se integró la comisión que representará a la Academia
en los actos del centenario del doctor Carlos Arturo Torres
en la ciudad de Santa Rosa, con los siguientes miembros:
Doctor Horacio Rodríguez Plata, quien pronunciará el discur
so, Roberto Liévano y Jorge Cárdenas García. Para represen
tar a la Corporación en los actos que se celebrarán en Ubaté,
fue designado Fray Alberto Lee López, quien pronunciará
el discurso.
Se aprueba una felicitación al académico Germán Ar-
ciniegas por la condecoración que le fue conferida por el
Gobierno Nacional de la Cruz de Boyacá, y una para el
académico Alvaro García Herrera por su designación como
Embajador de Colombia en Chile.
Se aprobaron informes relacionados con el nacimiento
del impresor Espinosa de los Monteros y sobre familiares del
Libertador que contrajeron matrimonio en Madrid.
Se comisionó a los académicos Horacio Rodríguez Plata
y Roberto Liévano para que hagan una revisión del Pequeño
Larousse Ilustrado en la parte relacionada con Colombia.
Se trata sobre el desmantelamiento que viene ocurriendo
en la ciudad de Santafé de Antioquia de todas las reliquias
coloniales y sobre el proyecto de ley que estudia el Congreso
relacionado con la celebración del sesquicentenario de la
Campaña Libertadora. La Academia tratará de solucionar
estos problemas dirigiéndose a las respectivas entidades
competentes.
SESION DEL 18 DE ABRIL DE 1967
Presidencia del doctor Andrés Soriano Lleras.
As’stentes: Numerarios: Guillermo Hernández de Alba,
Miguel Aguilera, Monseñor José Restrepo Posada, Carlos Res
trepo Canal, Francisco Andrade, Horacio Rodríguez Plata,
Roberto Liévano, Luis Alberto Acuña, Oswaldo Díaz Díaz,
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 339
Monseñor Mario Germán Romero, Julio Londoño, R. P. Alberto
Lee López, Abel Cruz Santos, Rafael Bernal Medina, Eduardo
Guzmán Esponda y Camilo Riaño. Correspondientes: R. P.
Alberto Ariza, R. P. Rubén Buitrago, Fernando Galvis Salazar,
Armando Gómez Latorre, R. P. Juan Manuel Pacheco. Se ex
cusaron los académicos Luis Duque Gómez, Rafael Gómez Ho
yos, Carlos Arbeláez Camacho, Alfredo D. Bateman, Hno. Justo
Ramón, Jorge Obando Lombana y Ricardo Ortiz McCormick.
Se aprobó el acta de la sesión anterior.
Asuntos tratados.
Se aprobaron proposiciones relacionadas con la celebra
ción del centenario del nacimiento del doctor Carlos Arturo
Torres y con una nueva solicitud al Ministerio de Educación
para que se intensifique el estudio de la Historia de Colombia
en la Educación Media.
De acuerdo con lo resuelto por el señor Presidente de la
República, la entrega de los diez volúmenes que conforman la
segunda serie de la Historia Extensa se verificará el 24 de
abril en el Palacio de San Carlos.
Se aprueba el balance presentado por el Director del
Instituto Superior de Historia.
Para representar a la corporación en la semana cultural
que celebrará el Colegio Académico de Buga es comisionado
el R. P. Alberto Lee López.
La lectura de la fecha estuvo a cargo del Académico
Camilo Riaño y versó sobre el tema “Concepciones estratégi
cas de Sámano y de Barreiro en la Campaña de 1819”.
Obras presentadas.
“Pérdida de la Isla de Trinidad”, por Josefina Pérez de
Aparicio; “Repertorio Boyacense”, entregas 248 y 249; “Uni
versidad del Cauca - Semana de Caldas”, compuesta por una
colección de folletos; “Cuantos Tricolores”, de Oswaldo Díaz
Díaz, ilustraciones de Sergio Trujillo; “Camilo Pissarro en
Venezuela”, publicado por la Fundación John Boulton.
340 boletín de historia y antigüedades
SESION DEL 2 DE MAYO DE 1967
Presidencia del doctor Andrés Soriano Lleras.
Asistentes: Numerarios: Miguel Aguilera, Monseñor José
Restrepo Posada, Carlos Restrepo Canal, Francisco Andrade,
Horacio Rodríguez Plata, Roberto Liévano, Oswaldo Díaz
Díaz, R. P. Alberto Lee López, Abel Cruz Santos, Rafael
Bernal Medina, Camilo Riaño. Correspondientes: Carlos
Arbeláez Camacho, R. P. Rubén Buitrago, Fernando Galvis
Salazar, Ricardo Ortiz McCormick. Se excusaron los acadé
micos Alberto Miramón, Luis Duque Gómez, Julio Londoño,
R. P. Alberto Ariza, Alfredo D. Bateman, Jorge Cárdenas
García, Hno. Justo Ramón, Jorge Obando Lombana, Rafael
Salamanca Aguilera, Eduardo Santa y Ramón Zapata.
Se aprobó el acta de la sesión anterior.
Asuntos tratados.
Se aprobó una proposición per medio de la cual la
Academia conmemora el sesquicentenario de la muerte del
Tribuno del Pueblo don José Acevedo y Gómez.
Se informa sobre los mapas de un itinerario elaborado
por un oficial español y que se hicieron con destino a una
publicación en el Boletín. Se aclaró que no se trata de un
diario de campaña sino de un itinerario entre Sogamoso y
Samacá elaborado por el capitán de escuadrón Esteban Díaz.
Se agradeció al doctor Ortiz McCormick, académico corres
pondiente, la presentación que hizo en el Suplemento Litera
rio de “El Tiempo”, de la nueva serie de la Historia Extensa.
El académico Carlos Arbeláez Camacho leyó su trabajo
titulado “Análisis, a la luz de la urbanística, de los conglome
rados urbanos en Hispanoamérica”.
Obras presentadas.
“Archivo Epistolar del General Mosquera — Correspon
dencia con el General Ramón Espina”, recopilación, biografía
y transcripciones de J. León Helguera y Robert H. Davis;
“Boletín de la Provincia de Nuestra Señora de la Candelaria”,
primer trimestre.
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 341
SESION DEL 16 DE MAYO DE 1967
Presidencia del doctor Luis Duque Gómez.
Asistentes: Numerarios: Fabio Lozano y Lozano, Miguel
Aguilera, Monseñor José Restrepo Posada, Carlos Restrepo
Canal, Francisco Andrade, Horacio Rodríguez Plata, Roberto
Liévano, Indalecio Liévano Aguirre, Oswaldo Díaz Diaz, Mon
señor Mario Romero, Julio Londoño, Sergio Elias Ortiz,
Alberto Lozano Cleves, R. P. Alberto Lee López, Abel Cruz
Santos, Rafael Bernal Medina, Andrés Soriano Lleras y Camilo
Riaño. Correspondientes: Eduardo Acevedo Latorre, Carlos
Arbeláez Camacho, R. P. Rubén Buitrago, Jorge Cárdenas
García, Carlos Arturo Díaz, Fernando Galvis Salazar, Luis
Galvis Madero, Armando Gómez Latorre, Ricardo Ortiz Mc
Cormick, R. P. Juan Manuel Pacheco, Joaquín Piñeros Corpas.
Se excusaron los académicos Guillermo Hernández de Alba,
R. P. Rafael Gómez Hoyos, Fray Alberto Ariza, Andrés Pardo
Tovar, Rafael Gómez Picón, Hno. Justo Ramón, Jorge Obando
Lombana, Ramón Zapata, Alfredo D. Bateman y Luis María
Murillo.
Se aprobó el acta de la sesión anterior.
Asuntos tratados.
Se felicita al Dr. Andrés Soriano Lleras por su designación
como Secretario General de la Universidad Nacional.
Se lamenta el fallecimiento del correspondiente extranjero
Mario Longhena.
Se aprueba el proyecto de escudo para la ciudad de
Guaduas.
Se comisionó como delegados del Comité Colombiano en
la reunión del Comité Internacional de Ciencias Históricas a
los académicos Juan Lozano y Lozano y R. P. José Abel
Salazar, residentes en Roma, lugar de la reunión.
Se comisionó al señor Embajador de Colombia en Lima,
doctor González Fernández, para que represente a la Academia
en la reunión que debe adoptar los estatutos para la constitu
ción de la Asociación Iberoamericana de Academias de H:storia.
Se autorizó el envío de algunos documentos y de algunos
objetos de la Casa Museo del 20 de Julio, con destino a la
342 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
exposición organizada por el señor Embajador Germán
Arciniegas, como homenaje a la ciudad de Caracas en su
cuatricentenario.
Se informa sobre algunos hallazgos realizados en los
archivos de Cartagto, Candelaria y Zaragoza, relacionados
con la época del terror.
La lectura a cargo del académico Ricardo Ortiz McCor
mick versó sobre el tema: “El 23 de mayo de 1867”, lectura
que da ocasión a la intervención de algunos otros académicos,
versados en este tema.
Obras presentadas.
“Fray Domingo Barragán O. P.”, por Fray Alberto Ariza;
“Resumen histórico de la Arquidiócesis de Medellín”, por el
R. P. Jesús Mejía E.; “Lecciones de Historia Patria, texto para
Liceos y Escuelas Normales de la Repúbl’ca de Panamá”, del
doctor Ernesto J. Castillero; “Camilo Torres”, por Angel Fran
cisco Brice; el “Repertorio Histórico” de la Academia Antio-
queña de Historia, Nos. 198 y 199; “Hacaritama” órgano del
Centro de Historia de Ocaña, N<? 235.
SESION DEL 6 DE JUNIO DE 1967
Presidencia del doctor Luis Duque Gómez.
Asistentes: Numerarios: Fabio Lozano y Lozano, Guiller
mo Hernández de Alba, Miguel Aguilera, Monseñor José Res
trepo Posada, Carlos Retrepo Canal, Francisco Andrade,
Horacio Rodríguez Plata, Roberto Liévano, Indalecio Liévano
Aguirre, Oswaldo Díaz Díaz, Monseñor Mario Germán Romero,
José Manuel Pérez Ayala, Julio Londoño, Alberto Lozano
Cleves, R. P. Alberto Lee López, Rafael Bernal Medina, Andrés
Soriano Lleras, Camilo Riaño. Correspondientes: Carlos
Arbeláez Camacho, Alberto Ariza, Rafael Bernal Jiménez,
Rubén Buitrago, Jorge Cárdenas García, Carlos Arturo Díaz,
Fernando Galvis Salazar, Armando Gómez Latorre, Hno.
Justo Ramón. Se excusaron los académicos Alirio Gómez
Picón, Eduardo Guzmán Esponda, Alfredo D. Bateman, Jorge
BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES 343
Obando Lombana, R. P. Juan Manuel Pacheco, Joaquín Piñe-
ros Corpas y Rafael Salamanca Aguilera.
Se aprobó el acta de la sesión anterior.
Asuntos Tratados.
Se aprobó una resolución sobre conmemoración del ses-
quicentenario del fusilamiento de Policarpa Salavarrieta.
Se aprobó un informe relacionado con el Ob;spo Salvador
Jiménez de Enciso y su ausencia de Popayán en diciembre de
1819.
Se trató nuevamente sobre el 23 de mayo de 1867 e inter
vinieron en el debate los académicos Jorge Cárdenas García,
Miguel Aguilera, Indalecio Liévano Aguirre, Carlos Arturo
Díaz.
Se aprueba una resolución de homenaje al doctor José
Vicente Concha, cuyo centenario natalicio se conmemoró el
21 de abril.
Se comisiona al académico Julio Londoño como repre-
sentante de la corporación en la reunión de Geógrafos pro
movida por la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Tunja.
Obras presentadas.
“Boletín de Historia y Antigüedades”, primer trimestre de
1967; “Las ideas políticas a través de la Historia” de Al;rio
Gómez Picón; “Introducción a la sociología” por Rafael Ber
nal Jiménez; “Nuestro Precursor (biografía de don Antonio
Nariño)”, por Oswaldo Díaz Díaz.
SESION DEL 20 DE JUNIO DE 1967
Presidencia del doctor Luis Duque Gómez.
Asistentes: Guillermo Hernández de Alba, Miguel Agui
lera, Monseñor José Restrepo Posada, Carlos Restrepo Canal,
Francisco Andrade, Roberto Liévano, Indalecio Liévano Agui
rre, Oswaldo Díaz Díaz, Monseñor Mario Germán Romero,
José Manuel Pérez Ayala, Alberto Lozano Cleves, R. P. Alberto
Lee López, Rafael Bernal Medina, Andrés Soriano Lleras,
Camilo Riaño. Correspondientes: Jorge Cárdenas García,
344 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES
Carlos Arturo Díaz, Fernando Galvis Salazar, Armando Gómez
Latorre. Se excusaron los académicos Horacio Rodríguez
Plata, Julio Londoño, Carlos Arbeláez Camacho y Fray Alberto
Ariza. Como invitado especial concurrió el doctor Parmenio
Cárdenas, Presidente de la Academia Colombiana de Juris
prudencia .
Se aprobó el acta de la sesión anterior.
Asuntos tratados.
Se aprobó una proposición de homenaje a la memoria del
doctor Miguel Abadía Méndez.
Se aprobó una solicitud en el sentido de que el grupo de
oficiales que se gradúa este año en la Escuela Militar de
Cadetes lleve el nombre de Policarpa Salavarrieta.
De nuevo se trata sobre el 23 de mayo de 1867 e interviene
el doctor Parmenio Cárdenas quien hizo una larga disertación
sobre el aspecto jurídico. Intervinieron también los académi
cos Indalecio Liévano Aguirre, Jorge Cárdenas García, Carlos
Arturo Díaz.
Obras presentadas.
En nombre del Pbro. Jaime Hincapié presentó el Secre
tario un tomo que contiene la defensa del General Mosquera
y otras publicaciones contemporáneas sobre este asunto.
INGRESO DE LIBROS, FOLLETOS Y REVISTAS
Noviembre de 1969 a marzo de 1970
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Bogotá, Edit. Pax, 1969. 51 p.
ACADEMIA DE CIENCIAS DE LA URSS. MOSCU. Ciencias Sociales
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