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TP 5: TRANSFERENCIA

● Mannoni, M (1967). Capitulo II “La transferencia en psicoanálisis de niños. Problemas


actuales”. En El niño, su enfermedad y los otros.

Puntos: Transferencias múltiples y noción del niño como síntoma de la pareja parental.
La autora retoma dos casos (Joy y Dottie). Ambos casos muestran que en el análisis de niños tenemos
que vernosla con muchas transferencias (la de la analista, la de los padres y la del niño). Las reacciones
de los padres forman parte del síntoma del niño y, en consecuencia, de la conducción de la cura. El niño
enfermo forma parte de un malestar colectivo, su enfermedad es el soporte de una angustia parental. Si
se toca el síntoma del niño se corre el riesgo de poner brutalmente en descubierto aquello que en tal
síntoma servía para alimentar-o, en caso contrario, para colmar- la ansiedad del adulto. Sugerirle a unos
de los padres que su relación con el objeto de sus cuidados corre el riesgo de ser cambiada, implica
suscitar reacciones de defensa y de rechazo. Toda demanda de cura del niño cuestiona a los padres, y
es raro que un analisis de niños pueda ser conducido sin tocar nada de los problemas fundamentales de
uno u otro de los padres (su posición con respecto al sexo, a la muerte, a la metáfora paterna). El analista
está sensibilizado por lo que se expresa en esos registros. Y participa de la situación con su propia
transferencia.

Aulagnier- A propósito de la transferencia y la ilusión mortífera


Tal refuerzo del conflicto, del que el analizado tiene una suerte de intuición antes incluso de que se opere,
es fuente de la ilusión y de la expectativa transferenciales: la existencia de otro a quien se supone saberlo
todo, a priori, sobre las significaciones ignoradas de los pensamientos y deseos que se le expresan,
“saber todo” que disolver como nieve al sol el conflicto que los desgarra y el sufrimiento resultante. Pero
esta ilusión necesaria para el desarrollo de la experiencia, en virtud de su inmediata acción sobre la
relación que vincula al Yo con sus pensamientos y más aún a causa de las transformaciones sucesivas y
complejas que va a inducir en esa misma relación, puede desembocar a veces en una consecuencia
“paradójica”que invertirá el fin al que el proceso apuntaba. En este caso, la transferencia se pondrá al
servicio de un deseo de muerte del Yo por el Yo, que se realizará no a traves del suicidio sino del deseo
de no pensar más, de la tentativa de imponer silencia a esa forma de actividad psiquica constitutiva del
Yo.
Preservar el anhelo de que la experiencia analítica tenga un fin . ¿Cuales son los factores que pueden
anular dicho anhelo en provecho de un único deseo: asegurarse la perennidad y la repetición del
encuentro con otro que tendrá el poder de decidir, en cada ocasión, sobre la verdad o falsedad de
nuestro propio pensamiento. Este deseo de no tener que pensar más para no ser ya sino el receptáculo
de una “ya-pensado-por-otro” es, a nuestro parecer, la manifestación por medio de la cual se expresa un
deseo de muerte, una vez que pudo someter a sus fines al Yo mismo. En la demanda que el sujeto dirige
a ese otro sujeto-supuesto-saber, anhelo de vida y deseo de muerte están siempre y de entrada
presentes. En efecto, la realización de un deseo de muerte concerniente al Yo y del que el Yo es también
agente puede cobrar, para esa instancia, dos formas: la muerte del cuerpo del que el u otro puede ser el
asesino, la matanza de su propio pensamiento, por él o por el otro. Aulagnier enfatiza en un conjunto de
formulaciones que giran alrededor de la actividad de pensar, del vacío de pensamiento , de lo mal
pensado o de la negativa a pensar, a través de las cuales el Yo expresa un deseo, desconocido por el ,
de recobrar ese momento de engendramiento en el cual todavía él no existía, salvo como lo “ya pensado”
por el discurso del portavoz.
La búsqueda de saber, el anhelo que quedará y debe quedar frustrado de reencontrar todos los
pensamientos perdidos y de poder pensarlo todo, el placer de ser reconocido como creador de un nuevo
pensamiento, son un conjunto de motivaciones al servicio de Eros. Desear pensar, cualquiera que sea la
mata proyectada, supone el deseo de que esa actividad persista;
El rechazo de toda búsqueda de saber, el no-placer y el no-deseo relativo a las creaciones del propio
pensamiento expresan, a la inversa, un desinvestimiento de esta actividad, un deseo de destruirla o de
anularla: en síntesis el deseo de darle muerte.
Ahora podemos definir lo que denunciamos como manifestación de un “abuso de transferencia” del que
el analista se hace culpable : toda práctica y toda conceptualización teórica que amenacen confirmar al
analizado la legitimidad y la ilusión que le hace afirmar que lo que se tiene que pensar sobre el sujeto y
sobre este sujeto, ya fue pensado de una vez para siempre por UN analista y, por lo tanto, que el analista
no puede esperar ni oír nada nuevo de y en el discurso que se le ofrece. Algo que era una ilusión útil para
la instalación de la transferencia, se transforma en una ilusión mortífera que privará al analizado de todo
interés por la búsqueda de pensamientos nuevos y de representaciones pérdidas, búsqueda cuyo
investimiento el proceso exige. Si otro posee la totalidad de lo pensable, poco importa que uno le hable o
se calle; basta con esperar y repetir lo que casi siempre se conseguira adivinar acerca de las ideas
“técnicas” y “teóricas” del analista. Este abuso de poder tambien puede ser ejercido a traves de la
interpretacion a ultranza y, podriamos decir, prefabricada, o a traves de la persistencia de un silencio que
vendra a probarle al analizado que en el encuentro no hay intercambio de saber, y que lo que el dice no
aporta ningun nuevo pensamiento al analista; tambien hay abuso de poder en el desprecio por el tiempo
de sesion, por las maniobras de seducción a las que se apelará para velar al sujeto, y sobre todo a uno
mismo, el abuso de confianza que se comete.
En todos estos casos, el factor determinante del trabajo del proceso, concierne a algo que constituye, en
nuestra opinión la causa de ese abuso: la negativa por parte del analista, a oír y reconocer la singularidad
del discurso que se le dirige, el displacer que parece ocasionarle toda palabra que pudiera obligarlo a
aceptar nuevos pensamientos y a renunciar a otros, su paso atrás frente a todo aquello que pudiere
hacerle dudar de lo que consideraba demostrado para siempre. Los dos sujetos que en este caso se
encuentra comparten una misma ilusión, un mismo deseo de no pensar más que un ya pensado por otro,
un mismo rechazo de la duda y, como trasfondo un mismo deseo mortífero concerniente al Yo y a sus
pensamiento: de esto resultará un diálogo de muertos.

TP 6: FORMAS ESPECÍFICAS DE PRODUCCIÓN: JUEGO, DIBUJO.

Bleichmar, S. (1999) “El carácter lúdico del análisis”. En Revista Actualidad Psicológica. Año 24,
N° 263. (pp. 2-5). Buenos Aires.

Retoma y critica algunos de los planteos de Klein y Winnicott. Plantea la necesidad de delimitar bien el
estatuto del juego en psicoanálisis. De Klein destaca como aportes que es la primera en introducir al
juego como técnica y cómo interpretable; y que le da a la sesión analítica la perspectiva de que es un
espacio donde todo puede ser mensaje. El intento de Melanie Klein de constituir al juego como
equivalente de la libre asociación es el acto fundacional más fuerte por generar un campo que otorgue al
análisis de niños un estatuto que permita la aplicación del método. De esta misma autora critica que:

- no todo es juego y por lo tanto tiene que acompañarse de la interpretación;


- el inconsciente no es innato y esto la llevó a Klein a realizar interpretaciones clichés (crítica de
endogenismo);
- El método sólo puede aplicarse si hay un aparato psíquico en funcionamiento.
El método sólo es posible de ser aplicado en la medida en que el objeto - vale decir el inconsciente en su
correlación con los otros sistemas psíquicos - se ha visto fundado, y en este sentido el juego puede
operar “al modo de un lenguaje”, en el sentido semiótico, siempre y cuando su materialidad sea
precisamente esa, la de constituir un sistema abierto a la comunicación.
En cuanto a Winnicott: valora el lugar y la importancia que le da al juego; rescata la idea de ilusión en el
proceso de construcción de la realidad y el papel del juego en este (zona intermedia de experiencia) Por
su parte Winnicott, cuyo aporte se centra en la constitución de lo transicional, vale decir de los espacios
en los cuales se genera la relación del sujeto al semejante, y por los cuales transitan los objetos que
circulan entre ambos, al cercar un orden de realidad que da todo su peso al terreno de la producción de
sentido en la constitución del entorno humano, otorgó un lugar al juego que constituye, más allá del
carácter material que éste asuma, un modelo fenomenal respecto al lugar de la ilusión en el proceso de
constitución de la realidad. En este sentido es que el juego da cuenta de algo del orden antropológico,
más allá del juguete: el hecho de que la realidad humana no sólo no se opone a la ilusión, a lo imaginario,
sino que toma su carácter, logra su investimiento, a través de estos articuladores. A su vez, rescata la
idea de lo lúdico como espacio simbólico de placer; generador de sentido.
Por otra parte, realiza ciertas críticas a este autor: por un lado, la idea de que en el análisis lo importante
el que el niño juegue, en tanto hay que diferenciar si es o no juego en sentido estricto. No todo es juego.
Por otra parte, crítica y plantea que el juego debe ser acompañado de la palabra, de la intervención.

¿Cómo piensa al juego Bleichmar?


Tiene carácter de producción simbólica y favorece la simbolización. Define al juego como una producción
subjetiva situada en un campo de intermediación entre el espacio de la realidad y el de las creaciones
fantasmáticas singulares.
Posee una doble dimensión del juego: por un lado, la del placer, que implica la actividad lúdica; por otro
lado, la articulación de creencia-realidad. Intermediación entre la realidad consensuada (proceso
secundario) y la anulación de legalidades (ciertas leyes del proceso primario). Implica el clivaje
longitudinal a nivel psíquico. El juego en su carácter de producción simbólica, en sus relaciones con
otros procesos de constitución de la simbolización, requiere que nos posicionemos en la intersección de
dos ejes: el del placer, al cual remite “lo lúdico”, y el de la articulación creencia-realidad, que lo ubica en
tanto fenómeno del campo virtual. Es en este sentido que constituye un sector importante del amplio
campo de las formaciones de “intermediación”, dando a esta expresión una connotación que, en su
proveniencia winnicottiana, es necesario sin embargo precisar. Intermediación: entre el espacio de la
realidad y las creaciones fantasmáticas del sujeto. En este sentido, algo del orden de un producto que
perteneciendo a la realidad consensuada, no deja de regirse por ciertas leyes del proceso primario:
anulación de las legalidades que se sostienen en la lógica identitaria (o soy un pirata o soy un niño)
sustituido por el “y…y” con el cual el proceso primario queda exento de toda contradicción (soy un pirata
“y” soy un niño). Modo de funcionamiento que no puede sostenerse más que en el plano de la creencia,
que implica cierto clivaje longitudinal del psiquismo con previo establecimiento de dos planos que se
despliegan. Lo cual nos lleva al segundo aspecto: prerrequisito de clivaje psíquico, en términos que
posibilitan el despegue de un espacio de certeza y otro de negación, teniendo como sustento la represión
originaria. Si este clivaje no se realiza, el pseudo juego es la realización de un movimiento de puesta en
acto en el mundo de una convicción delirante, que no sólo da cuenta del fracaso parcial de la función
simbólica en el sujeto sino también se torna irreductible al proceso de comunicación - cerrado a todo
intercambio, definido por el carácter lineal de quien emite el mensaje en su intención de posibilitar sólo
una comunicación sin retorno. La existencia de este clivaje implica un tercer rasgo que es necesario
poner de relieve: el juego, como puesta en escena de una fantasía, no puede hacerlo sino por medio de
ciertos niveles de deformación en los cuales aquello reprimido emerja y al mismo tiempo se encubra - al
igual que ocurre con el sueño o con el arte.
Piensa al juego como puesta en juego de una fantasía, que implica ciertos niveles de deformación donde
emerge el contenido inconsciente de forma encubierta. El juego, en tanto actividad sublimatoria, posibilita
el cambio de meta y de objeto que habilita la emergencia en el espacio de análisis de elementos
inconscientes que sirven a los fines de la cura.
¿Cual es la diferencia entre juego y pseudo-juego?
El pseudo-juego implica una certeza delirante, por lo que se halla cerrado a toda comunicación y el fin es
la descarga pulsional directa, del orden de lo compulsivo. Es un movimiento de puesta en acto en el
mundo de una convicción delirante. Si este clivaje no se realiza, el pseudo juego es la realización de un
movimiento de puesta en acto en el mundo de una convicción delirante, que no sólo da cuenta del
fracaso parcial de la función simbólica en el sujeto sino también se torna irreductible al proceso de
comunicación - cerrado a todo intercambio, definido por el carácter lineal de quien emite el mensaje en su
intención de posibilitar sólo una comunicación sin retorno.

¿Cómo se inicia la función simbólica en el psiquismo?


Por exceso del objeto, no por su ausencia. Por lo tanto, lo sexual sublimado, desexualizado, tiene un
lugar muy importante en el juego. Propone a la alucinación primitiva como prototipo de toda función
simbólica. Señalemos en primer lugar que concebimos a la función simbólica no constituida como efecto
de la ausencia del objeto, sino de un exceso. Es el hecho de que en la experiencia primaria de
satisfacción se introduzca un exceso irreductible a la evacuación de la satisfacción de necesidad auto
conservativa, productor de tensión y requerido de otro tipo de procesamiento, aquello que está en la base
de la función simbólica. Que a posteriori, ante la ausencia del objeto se alucine una representación que la
obture, no da cuenta del prerrequisito sino del efecto: lo que posibilita la simbolización no es la ausencia
del objeto sino el plus que genera en tanto objeto paradojal, aplacatorio de la necesidad y suscitador de
libido. Su ausencia activa esta representación producto de su exceso, que se ha implantado en el
psiquismo presta a retornar en su función de obturador privilegiado del displacer. Es en este sentido que
la alucinación primitiva se constituye como prototipo de toda función simbólica, con la complejidad que
esto representa, en razón de que, más que de simbolizar otra cosa, se funda un nuevo territorio, una
materialidad nueva, aquella del pensamiento, que no remite a nada ajeno a sí mismo, y que encontrará
las vías de ensamblaje con lo real sólo a posteriori.

Juego en análisis
Más allá de que el niño juegue y a qué juega, lo importante es la intervención que nosotros ofrecemos
como analistas. Leemos como mensaje al juego y lo convertimos en un intercambio. El juego deviene
mensaje en tanto existe una relación transferencial. Brinda carácter comunicacional al acto del otro. Se
interpreta la presencia del inconsciente en el juego.
Por último Bleichmar señala dos riesgos: 1) el analista que se ubica simétricamente olvidando su tarea de
simbolización/interpretación. El analista que se limita a jugar, ha perdido de vista totalmente que el
análisis es del orden del sentido - del sentido del síntoma, del deseo, del inconsciente, pero del sentido al
fin - y no de la mera acción ni educativa ni de obtención de placer, por muy meritorio que esto fuera; y 2)
el analista para el que el juego es un trabajo y olvida la dimensión placentera.
En este sentido, si algo caracteriza al método analítico, no es el empleo de la palabra sino la operatoria
sobre ella realizada, la cual consiste en ponerla a circular de modo tal que en su ensamblaje con otras
palabras permita el acceso a una significación velada no sólo para el sujeto, sino también para quien lo
escucha. No es entonces el “hablar” lo que posibilita el lenguaje, sino un modo de hablar y un modo de
escuchar que implican la posibilidad de acceso a esa estructura segunda que constituye el inconsciente.
Por eso es necesario subrayar que cuando hablamos del juego en tanto vía de acceso al inconsciente,
sabemos que se trata del juego en análisis, y no del juego en general, como formación simbólica o lugar
de crecimiento psíquico.
Detengámonos un momento más en esta transformación del juego en discurso, para volver a la categoría
“mensaje”. Lo que caracteriza el intercambio entre los seres humanos es el hecho de que no se puede
dejar de tomar lo que el otro hace, aún en silencio, bajo el rubro de “lo que me quiere decir”. En este
sentido, los analistas de niños retoman esta tradición en su práctica para determinar como mensaje aún
aquello que se cierra a la comunicación, y hacerlo devenir intercambio.

Winnicott, D. (1986) Introducción. Capítulo 3 “El juego, exposición teórica”. En Realidad y juego.
(pp. 61-77). Barcelona: Editorial Gedisa

La psicoterapia se da en la superposición de dos zonas de juego: la del paciente y la del terapeuta. Está
relacionada con dos personas que juegan juntas. El corolario de ello es que cuando el juego no es
posible, la labor del terapeuta se orienta a llevar al paciente, de un estado en el que no puede jugar a uno
en que le es posible hacerlo.

Establezco una diferencia significativa entre el sustantivo “juego” y el verbo “jugar”.

El jugar tiene un lugar y un tiempo. No se encuentra adentro, tampoco está afuera, es decir, no forma
parte del mundo repudiado, el no-yo. Para dominar lo que está afuera es preciso hacer cosas, no sólo
pensar o desear, y hacer cosas lleva tiempo. Jugar es hacer.

Lo universal es el juego, y corresponde a la salud: facilita el crecimiento y por lo tanto ésta última;
conduce a relaciones de grupo; puede ser una forma de comunicación en psicoterapia y, por último, el
psicoanálisis se ha convertido en una forma muy especializada de juego al servicio de la comunicación
consigo mismo y con los demás. En la zona de juego el niño reúne objetos o fenómenos de la realidad
exterior y los usa al servicio de una muestra derivada de la realidad interna o personal, sin necesidad de
alucinaciones, emite una muestra de capacidad potencial para soñar y vive con ella en un marco elegido
de fragmentos de la realidad exterior.

Al jugar, manipula fenómenos exteriores al servicio de los sueños e inviste a algunos de ellos de
significación y sentimientos oníricos. El juego compromete al cuerpo: debido a la manipulación de
objetos; y, porque cierto tipo de interés intenso se vinculan con algunos aspectos de la excitación
corporal. En esencia el juego es satisfactorio.

TP7: RELATOS SOBRE EL ORIGEN

Aulagnier, P. (1991). “Nacimiento de un cuerpo, origen de una historia”. En Luis Hornstein y otros:
Cuerpo, historia e interpretación (pp. 117-170). Buenos Aires: Editorial Paidós.

INTRODUCCIÓN
Los primeros tiempos de constitución psíquica.
Tal como plantea Piera Aulagnier, en el momento del nacimiento adviene un cuerpo biológico, un cuerpo
sensorial, que se erogeniza cobrando el estatuto de relacional, a partir de un encuentro inaugural. Un
encuentro que pone en marcha la actividad representativa. Un cuerpo real precedido por una
construcción ideal en la psique del adulto que lo recibe y se ocupa de su cuidado, quien a su vez
transita e inviste, no sin dificultades, la distancia, siempre presente, entre uno y otro. Un cuerpo en el que
se irán inscribiendo las marcas de una historia libidinal, una historia identificatoria.

Piera Aulagnier trabaja dos postulados sobre los que basa su teorización:
1. El cuerpo: toma el modelo del cuerpo y las sus funciones sensoriales como vehículo de una
Información somática. Esta proviene del cuerpo y es transformada en material psíquico: Actividad de
representación de la psique.
2. La situación de Encuentro: si hay algo que caracteriza al ser viviente es su situación de
encuentro continuo con el medio físico-psíquico que lo rodea. Estos encuentros (todo acto,
toda experiencia, toda vivencia) serán generadores de tres tipos de producciones, lugares de inscripción
y procesos: lo originario, lo primario y lo secundario. (Pág. 17 y 18 de "La violencia de la interpretación")

Aparece desde un primer momento la idea de que la psique toma el modelo de lo corporal. Trabaja la
idea de la realidad y afirma que ésta se aprehende a partir del cuerpo y su percepción. “La realidad
humana se aprehende por la vida de una actividad sensorial que sirve de selector y puente entre la
realidad psíquica y aquellos otros espacios de los que ella toma sus materiales, empezando por su propio
espacio somático.”

Lo primero que se aprehende es el propio espacio somático. No se puede escapar a éste. El cuerpo tiene
la función de mediador y como apuesta relacional, entre dos psiques o entre la psique y el mundo.
“Todo acto de conocimiento está precedido por un acto de investidura que fue desencadenado por una
experiencia afectiva que acompaña al encuentro, siempre presente entre la psique y el medio -físico,
psíquico, somático- que lo rodea.”

La psique decodifica estos signos del medio utilizando claves diferentes según el momento en que se
opere la interacción. El proceso originario trata estos signos mediante el postulado del
autoengendramiento. Efectos de la ignorancia de la exterioridad de su fuente.

P. ORIGINARIO P. PRIMARIO [Link]

Postulado Postulado del autoengendramiento: Todo existente es un Todo existente tiene


estructural todo existente es autoengendrado efecto del poder una causa inteligible
o relacional por la actividad del sistema que lo omnímodo del que el discurso podrá
(Ley representa. Unico organizador de deseo de Otro. conocer
según la cual las construcciones psiquicas
funciona la gracias a que la psique materna
psique) organiza un espacio relacional que
anticipa la presencia de un
representante del obj exterior

“Mientras el espacio psíquico y somático son indisociables, mientras ningún existente exterior puede ser
conocido como tal todo lo que afecta a la psique, todo lo que modifica sus propias experiencias,
responderá al único postulado del autoengendramiento. La psique imputará a la actividad de las zonas
sensoriales el poder de engendrar sus propias experiencias (placer o sufrimiento) sus propios
movimientos de investidura o desinvestidura. En este tiempo la realidad coincide totalmente con los
efectos sobre la organización somática: la realidad es auto engendrada por la actividad sensorial”

Todo acto de representación es coextenso con uno de investidura. Todo acto de investidura se origina en
la tendencia característica de la psique de preservar o reencontrar una experiencia de placer. La primera
e inaugural experiencia de placer es el encuentro boca - pecho. Préstamo tomado del modelo sensorial
por la actividad de lo originario. El fundamento de la vida del organismo consiste en una oscilación entre
dos formas elementales de actividad: investimento o desinvestimiento. Lo percibido por la vista, el gusto,
el tacto, etc.; será percibido por la psique como una fuente de placer o sufrimiento autoengendrado por
ella. En este último caso, ese sufrimiento se debe rechazar, lo que implica que la psique se automutila.
Luego adviene un momento donde la psique puede reconocer la existencia de un otro y de un mundo
separados de ella. Los fenómenos que la obligan a tomar en cuenta el concepto de separable son las
manifestaciones del deseo obrantes en la psique de los otros ocupantes del mundo. La psique ha podido
dar un paso fundamental que le permite reconocer el deseo de “otra parte” En estas manifestaciones la
psique va a postular una misma relación causa-efecto.

Esto quiere decir que los tres procesos no están presentes desde un primer momento en la actividad
psíquica sino que se suceden temporalmente y su puesta en marcha es provocada por la necesidad que
se le impone a la psique de conocer una propiedad del objeto externo a ella, propiedad que el proceso
anterior estaba obligado a desconocer. La instauración de un nuevo proceso nunca implica el
silenciamiento del anterior.

[Link] primera formulación de la realidad que el niño va a darse: la realidad está regida por el deseo de los
otros.
2. La realidad se ajusta al conocimiento que da de ella el saber dominante de una cultura. Hay un
consenso que va más allá de los padres.
3. La realidad es incognoscible, siempre habrá un resto imposible de aprehender.

Pensar al cuerpo como parte de la realidad. El espacio psíquico es diferente al espacio somático. Pero en
un momento que son indisociables: postulado del autoengendramiento. La realidad es auto engendrada
por la actividad sensorial.

LOS DISCURSOS SOBRE EL CUERPO

Las representaciones del cuerpo, consecuencia de la evolución de la vida somática, guardaran relación
con motivaciones inconscientes presentes en los acontecimientos vivenciales. El tipo de relación decidirá
qué lugar ocupará el cuerpo en una historización de su tiempo y de su vida que es el presupuesto de la
puesta en marcha y de la prosecución del proceso identificatorio.

El Yo no puede ser sino deviniendo su propio biógrafo, y en su biografía incluirá a los discursos con los
cuales habla de su propio cuerpo y con los que lo hace hablar para sí. Estos discursos sobre su cuerpo
son las marcas visibles de una historia libidinal que se ha inscrito y continúa grabandose sobre esa cara
invisible que es la psique: historia libidinal pero, asimismo, historia identificatoria. Una vez que esta
historia se ha escrito, exigirá la periódica inversión de los párrafos, la desaparición de algunos y la
invención de otros, para culminar en una versión que el sujeto cree en cada momento definitiva, siendo
que para prestarse a un trabajo de reconstrucción, de reorganización de sus contenidos y ante todo de
sus causalidades debe permanecer abierta cada vez que ello se revele necesario. Por ende es necesario
que haya puntos de anclaje en la historia identificatoria pero que a la vez quede abierta e inestable para
que se preste a la reconstrucción y reorganización.

De los discursos sobre el cuerpo, el sujeto va a extraer un número de enunciados que pasan a formar
parte de su conocimiento. Enunciados para dar forma a una construcción teórica del cuerpo que va a
preservar en la psique. Siempre vamos a estar en presencia de un cuerpo hablado. La instalacion de
puntos de almohadillado se enlazaran y permitiran al sujeto orientarse en su propia historia, caracterizada
por su movimiento continuo. Permitirán al sujeto la permanencia de su mismidad a pesar de los cambios.

Papel de la emoción y el sufrimiento. Son modos de expresión somáticos de la psique. Cumplen


función de mensajeros. Así, podemos pensar una interrelación entre psique-cuerpo.
Emoción: Refiere a una vivencia de la que el Yo tiene conciencia y que guarda relación con lo sensorial.
El Yo las explica por causas externas. Es la parte visible del afecto. Manifestación subjetiva de los
movimientos de investidura y desinvestidura que son para el Yo fuente de emoción. Cuando en realidad
el afecto es el verdadero responsable inconsciente.
La emoción modifica el estado somático, y son signos corporales que se ofrecen a la mirada. De este
modo la emoción pone a dos cuerpos en resonancia y les impone respuestas similares.

Sufrimiento: no menos importante que el placer. Viene a modificar la realidad somática y el medio que
rodea al sufriente. Apela al poder de quien es capaz de modificarlo. Las experiencias de placer/
sufrimiento pueden ser escuchadas o no por el medio familiar y esto va a ejercer una influencia en la
psiquis y en la relación que este tenga con su propio cuerpo. La madre es la encargada de velar por el
estado del cuerpo, descubrir las manifestaciones que expresa el estar bien del cuerpo o a la inversa el
mal presente y que casi siempre se decodifica como la señal anunciadora del peligro.
Piera Aulagnier destaca que en la construcción de la historia sobre su cuerpo y su psique, tendrá
importancia la respuesta que se generó a ese sufrimiento. Al primer sufrimiento le sucederá un discurso
que reaparece en cada sufrimiento somático, que marca su vida psíquica.

Los enunciados identificatorios tienen más o menos alguna resonancia afectiva para el sujeto, para el Yo.
Masa representacional atravesada por un investimiento. Se "pone en memoria" lo que emociona. A su
vez, las manifestaciones somáticas del infans deberán producir emoción (placer) en la madre, lo que
provocará una reacción en la vida somatopsíquica del infans. En la adolescencia, cuando el sujeto tenga
que "elegir" los enunciados identificatorios, van a tener que ver con la resonancia afectiva.

Encuentro entre la psique y el cuerpo


Tres hipótesis:
1. El acto que inaugura la vida psíquica implica una mismidad entre lo percibido y lo manifestado en el
espacio psíquico. Es Autoengendrado. La psiquis transforma la zona somática en zona erógena, a
través de que capta su propio estado.
2. El Yo no puede habitar ni investir un cuerpo no historizado. La primera versión la otorga la
madre, su psique que espera y aloja al cuerpo naciente. El Yo Anticipado es construido por
el portavoz. Yo anticipado que lleva la imagen del niño que todavía no está. Asimismo existe un riesgo de
invertir una imagen en ausencia del soporte real. El cuerpo del infans es el complemento necesario para
la unión entre la imagen preformada materna y el niño real. El cuerpo es anclaje para preservar el
investimiento de su representante psíquico, sin dejar de investir también la distancia.
3. Cuando la psique pueda pensar en términos de relaciones, se pondrá en juego la el proceso de
identificación donde dos polos (yoes) se repercuten mutuamente. El cuerpo como mediador relacional
que va a llamar a un otro que pueda atender tanto necesidades corporales como psíquicas, si no hay otro
que atienda a esto, ello va a influir en la relación psique- cuerpo.
Los estímulos se transforman en información psíquica con un emisor y selector (influida por su propia
historia), la madre. quien significa las manifestaciones pero para ello, ella también debe hacer un trabajo
de reorganización libidinal para responder a las exigencias de la psiquis y cumplir una doble función de
preservar la vida somática por el medio físico, y preservar la vida psíquica por el medio psíquico.

EL CUERPO DEL NIÑO PARA LA MADRE


2. ¿Cómo trabaja Piera Aulagnier la significación del cuerpo del infans para la madre?

La madre espera un cuerpo que es la fuente de un riesgo relacional. El encuentro madre- infance va a
exigir una reorganización de su propia economía psíquica, que deberá extender a ese cuerpo la
investidura de la que hasta entonces gozaba únicamente el representante psíquico de lo que precedió.
Las manifestaciones de la vida somática del infans producirán emoción en la madre y las manifestaciones
de esta emoción modificarán el medio al que el infans reacciona y con ello sus efectos sobre su vida
psicosomática. Por eso importa el componente somático de la emoción: la relación de la madre con el
cuerpo del infans implica un placer erotizado, permitido y necesario que constituya el basamento del
anclaje somático del amor que dirige al cuerpo de su hijo, amor que lejos de ignorar está pronta a hacer
oír. La madre va a transformar la expresión de la necesidad en formulación de una demanda (de amor, de
placer, de presencia) y que transformará al mismo tiempo la mayoría de los accidentes somáticos y
sufrimientos del cuerpo en accidentes y sufrimientos vinculados con la relación que la une al niño.
Es necesaria la preservación de una relación entre el cuerpo psíquico (obra del proceso originario) y el
cuerpo relacional y emocional (obra de la psique materna).
La autora enfatiza la importancia que tiene que la madre pueda resignificar su propia organización
libidinal para poder investir el cuerpo del niño y la importancia de que ambas partes puedan compartir
placer de ser tocado y de tocar, es decir de erotizar el cuerpo del infans para que éste pueda sentir sus
propias experiencias de placer. En el caso de madres depresivas este placer no es compartido, por lo
tanto el infans no puede sentir sus propias experiencias como placenteras. La psique del infans no
recibirá el alimento psíquico placer que necesita de una forma apta para metabolizarlo. Sin presencia de
placer el aparato psíquico no puede funcionar.
CONCLUSIÓN: No hay cuerpo sin sombra, no hay cuerpo psíquico sin esa historia que es su sombra
hablada. Sombra protectora o amenazante pero indispensable por que sin ella no hay sujeto.

Aulagnier Castoriadis, P. (1975). Capítulo 4 “El espacio al que el Yo puede advenir”. En La


violencia de la interpretación (pp. 112-176). Buenos Aires: Amorrortu Editores.

Microambiente: El sujeto nace en un espacio hablante que debe tener condiciones necesarias para que
advenga el Yo.
El ambiente psíquico o microambiente familiar serán en un primer momento percibido y catectizado por el
niño como metonimia del todo. Ese minúsculo fragmento del campo social se convierte para el niño en
equivalente y reflejo de una totalidad.
Los dos organizadores del espacio familiar son el discurso y el deseo de la pareja paterna.

Portavoz: define la función reservada al discurso de la madre en la estructuración de la psique: del


infans,
- a través de su voz, es llevado por un discurso que comenta, predice y acuna al conjunto de sus
manifestaciones y a su vez tiene otro sentido,
- el de delegado, de representante de un orden exterior cuyas leyes y exigencias ese discurso
enuncia. La voz materna es la que comunica entre sí dos espacios psíquicos.
El sujeto deberá encontrar su lugar en una realidad definida por enunciados que respetan la barrera de la
represión y ayudan a su consolidación. Se comprueba que los que tienen acceso al campo de la psique
son objetos modelados previamente por el principio de realidad.

Función de prótesis: de la psique materna permite que la psique encuentre una realidad ya modelada
por su actividad y que será representable. Solo gracias a este trabajo previo tal realidad es remodelable
por lo originario y lo primario.
En el momento del encuentro infans madre:
a) la madre ofrece un material psíquico que es estructurante solo por haber sido ya remodelado por
su propia psique, lo que implica que ofrece un material que respeta las exigencias de la represión.
b) El infans recibe este alimento psíquico y lo reconstruye

Violencia primaria: un discurso que se anticipa a todo posible entendimiento, es necesaria para permitir
el acceso del sujeto al orden de lo humano. Es el discurso preexistente que le concierne. Tan pronto
como el infans se encuentre presente la sombra hablada se proyectara sobre su cuerpo y ocupará el
lugar de aquel al que se dirige el discurso del portavoz.

Función paterna: desempeña una referencia tercera. El padre mismo debe considerarse y ser
considerado como el primer representante de los otros, como el garante de la existencia de un orden
cultural constitutivo del discurso y de lo social. El no debe pretender ser el legislador omnipotente de este
orden, sino aquello a lo que se somete como sujeto.

Sombra hablada: En un primer momento de la vida el discurso materno se dirige a una sombra hablante
proyectada sobre el cuerpo del infans demandando la confirmación de la identidad con la sombra.

Madre:
- Represión de la sexualidad infantil.
- Amor por el niño.
- Acuerdo con el discurso socio - cultural.
- Presencia del padre y deseo.
Ofrece un discurso que ignora el ingrediente sexual. Introduce una brecha entre satisfacción de la
necesidad y satisfacción libidinal. En todos los casos el análisis del deseo icc de la madre por el niño
mostrará la coexistencia de un deseo de muerte y de un sentimiento de culpa, inevitable ambivalencia
que suscita el objeto.
La presencia de lo que designamos como sombra hablada constituye una constante de la conducta
materna. Sombra llevada sobre el cuerpo del infans por su propio discurso, se convierte en la sombra
parlante de un soliloquio a dos voces sostenido por la madre. El primer punto de anclaje entre sombra y
cuerpo esta representado por el sexo.
La sombra representa la persistencia de la idealización que el Yo proyecta sobre el objeto, lo que él
querría que sea o que llegase a ser, no anula aquello que a partir del objeto puede imponerse como
contradicción. Entre el objeto y la sombra persiste la posibilidad de la diferencia.
En el primer tiempo de vida no es posible la contradicción de los enunciados identificatorios. Por eso la
sombra se encuentra resguardada. La posibilidad de contradicción persiste a traves del cuerpo: sexo,
todo lo que en el cuero pueda aparecer bajo el signo de una falta: de sueño, de movimiento, de
crecimiento.
La sombra hablada constituye el instrumento privilegiado de la violencia primaria, y demuestra lo que
determina su inevitabilidad: la posibilidad de que la categoría de la necesidad sea trasladada al registro
de la demanda libidinal y que ocupe un sitio en el ámbito de una dialéctica del deseo.

El discurso de la sombra hablada es el que permite ignorar el ingrediente sexual inherente a su amor por
el niño. Así intenta impedir el retorno de lo que debe permanecer en lo reprimido. En el discurso materno
todo aquello que habla el lenguaje de la libido y del amor es dedicado a la sombra. Lo que llamamos
sombra está constituido por una serie de enunciados testigos del anhelo materno referente al niño. La
sombra preserva a la madre del retorno de un anhelo: tener un hijo del padre o en casos más extremos
tener un hijo de la madre. La sombra es lo que el yo puede reelaborar, reinterpretar, a partir del segundo
anhelo reprimido.

El niño es quien en la escena de lo real da testimonio de la victoria del Yo sobre lo reprimido, pero
tambien el que permanece mas cerca del objeto de un deseo icc. (cuyo retorno convertiría al niño en
objeto de una apropiación que le está prohibida al Yo)
El conjunto del discurso de la sombra puede situarse bajo la rúbrica de los anhelos: para el infans se
anhela un ser, un tener, un devenir que representa aquello a lo que se ha tenido que renunciar, sueño de
una recuperación narcisista.

Riesgo de exceso: El deseo materno es indispensable tanto para la supervivencia física como psíquica
del niño. De este modo lo que la madre desea se convierte en lo que demanda y espera la psique del
niño. Ambos ignoran la violencia operada por una respuesta que preforma definitivamente lo que será
demandado.
El riesgo de exceso es un factor importante para el destino del sujeto. En la actualización de la violencia
que opera el discurso materno se infiltra, un deseo que permanece ignorado y negado: el deseo de que
nada cambie. Deseo de preservar el status quo de esa relación. Si la madre no logra renunciar a él este
deseo basta para cambiar radicalmente el sentido de lo que era lícito. Lo que ella no querría perder es
aquel lugar que nadie puede acordar el de un sujeto que da la vida, que posee los objetos de la
necesidad, y dispensa todo aquello que constituye para el otro una fuente de placer.
A partir de las funciones del cuerpo aparecerá la actividad de pensar. Se producirá una relación con el
riesgo de exceso y la actividad de pensar. La actividad del pensar a diferencia de las actividades del
cuerpo es la primera cuyas producciones pueden ser ignoradas por la madre y a su vez la actividad
gracias a la cual el niño puede descubrir sus mentiras y comprender lo que ella no querría que se sepa.
Se instaura entonces una lucha en la que, por parte de la madre se intentará saber qué piensa el otro
mientras que en lo tocante al niño aparece el primer instrumento de una autonomía y de un rechazo que
no pone directamente en peligro su supervivencia.
El riesgo de exceso entonces, será el pasaje del deseo necesario al deseo de no cambio que privará al
niño de todo derecho autónomo de ser, prohibiendole un pensamiento autónomo. Si esto ocurre el sujeto
sólo será capaz de pensar aquello que sea autorizado por el poder-saber materno.

Lenguaje Fundamental (powerpoint)


1) Términos que designan al afecto Aquellos con los cuales no sólo se nomina al afecto de una
vivencia sino que se le asigna una causa, en conformidad con las imágenes sociales imperantes.
2) Términos que designan elementos del sistema de parentesco. Hace referencia a posiciones y
funciones dentro de un contexto sociocultural dado. “Padre”, “madre”, “ser hijo de”; implica el
ingreso al registro simbólico

Nominación del afecto: La relación significante significado se manifestara en el campo identificatorio a


través de una operación que determina que todo significante designe implícitamente, como referente
afectivo, como referente privilegiado una denominación identificante y constituyente del Yo. La
constitución del Yo sigue paso a paso la sucesión de las denominaciones mediante las que el otro
nombra su relación afectiva con el sujeto. Denominaciones que el sujeto esperará inducirá o rechazará.
La organización del espacio al que el Yo debe advenir está bajo la égida de una serie de signos
lingüísticos que, al nombrar una cosa o un elemento, definen la relación que existe entre el objeto al cual
se nombra y aquel que se apropia de esta nominación y la enuncia. El yo surge en y a través del
aposteriori de la nominación del objeto catectizado.

Contrato narcisista: Primera redacción de un pacto entre el niño y el conjunto social.


“(…) tiene como signatarios al niño y al grupo. La catectización del niño por parte del grupo anticipa la del
grupo por parte del niño”
“Al adherir al campo social, el sujeto se apropia de una serie de enunciados que su voz repite; esta
repetición le aporta la certeza de la existencia de un discurso en el que la verdad acerca del pasado está
garantizada, con el corolario de la creencia en la posible verdad acerca de las previsiones sobre el futuro.
La catectización de este modelo futuro constituye una condición necesaria para el funcionamiento social
(…)”

El discurso social constituye un soporte identificatorio para el sujeto que busca y debe encontrar en ese
discurso referencias que le permitan proyectarse hacia un futuro

Implica su universalidad, todo sujeto es consignatario, pero la parte de la libido narcisista que se catectiza
en él varía de un sujeto a otro, de una a otra pareja y entre los elementos de la propia pareja.

La relación que mantiene la pareja parental con el niño lleva la huella de la relación de la pareja con el
medio social que la rodea, conceptualizado esto como “Contrato narcisista”, en tanto supone el arreglo
del sujeto con los enunciados que el conjunto socio cultural emite. Enunciados identificatorios sobre su
existencia, su cuerpo y su lugar en la trama familiar e histórico- social.

Mientras nos mantenemos dentro de ciertos límites, las variaciones de la relación pareja-medio
desempeñarán un papel secundario en el destino del sujeto, que en un segundo momento podrá
establecer con estos modelos una relación autónoma. (neurosis) No ocurre lo mismo cuando estos
límites no son respetados, sea porque la pareja rechaza las cláusulas esenciales del contrato o porque el
conjunto impone un contrato viciado de antemano. (psicosis)

Proyecto identificatorio “Autoconstrucción continua del Yo por el Yo, necesaria para que esta instancia
pueda proyectarse en un movimiento temporal, proyección de la que depende la propia existencia del Yo.
Acceso a la temporalidad y acceso a una historización de lo experimentado van de la mano: la entrada en
escena del Yo es, al mismo tiempo, entrada en escena de un tiempo historizado”

El saber del yo por el yo tiene como condición y como meta asegurar al yo un saber sobre el yo futuro y
sobre el futuro del yo. El “yo advenido” designa por definición un yo supuesto capaz de asumir la prueba
de la castración. Es por ello que esta imagen de un yo futuro se caracteriza por la renuncia a los atributos
de la certeza. Solo puede representar aquello que el yo espera devenir.
La posibilidad del yo de catectizar emblemas identificatorios que dependen del discurso del conjunto y no
ya del discurso de un único otro es coextensa con la modificación de la problemática identificatoria y de la
economía libidinal después de la declinación del complejo de edipo. a partir de este momento, nuevas
referencias modelaran la imagen a la que el yo espera adecuarse. esta imagen se constituye en dos
tiempos:
En el período que precede a la disolución del complejo de edipo: el niño puede enunciar la primera
formulación de un proyecto que manifiesta el acceso del niño a la conjugación de un tiempo futuro,
podríamos resumir así “me casaré con mamá y poseeré todos los objetos que existen”
En la fase posterior, el enunciado será completado por un “seré esto”. Cualquiera sea el término, deberá
designar un predicado posible acorde al sistema de parentesco al que pertenece el sujeto.
El yo se abre a un primer acceso al futuro debido a que puede proyectar en él el encuentro con un estado
y un ser pasado. Sin embargo ellos presupone que ha podido reconocer y aceptar una diferencia entre lo
que es y lo que querría ser.
La posibilidad de considerar al cambio como una prima de placer futura es condición necesaria para el
ser del yo. Esta instancia debe poder responder cada vez que se plantea el interrogante acerca de Quién
es Yo, interrogante que nunca desaparecerá.
En un primer tiempo, esta rta es respondida por la pareja parental y aceptada por el infans. Pero llegará
un momento en que se impondrá un tiempo para comprender: la prohibición de gozar de la madre se
refiere tanto al pasado como al presente y al futuro. Es menester renunciar a la creencia de haber sido,
de ser o de poder llegar a ser el objeto de su deseo;la coincidencia entre el Otro y la madre deberá
finalmente disolverse: la voz materna ya no tiene ni el derecho ni el poder de responder a los
interrogantes “quién soy” y “que debe llegar a ser el yo”. El yo responderá a estos 2 interrogantes, que
deben pese a todo ser respondidos, en su propio nombre y mediante la autoconstrucción continua de una
imagen ideal que él reivindica como su bien inalienable y que le garantiza que el futuro no se revelará ni
como el efecto del puro azar, ni como forjado por el deseo exclusivo de otro yo.

Entre el yo y su proyecto debe persistir un intervalo, lo que el yo piensa ser debe presentar alguna
carencia, siempre presente, en relación con lo que anhela llegar a ser. Entre el yo futuro y el actual debe
persistir una diferencia, una x que represente lo que debería añadirse al yo para que ambos coincidan.
Esta x debe faltar siempre: representa la asunción de la prueba de castración en el registro identificatorio
y recuerda lo que esta prueba deja intacto: la esperanza narcisista de un autoencuentro,
permanentemente diferido, entre el yo y su ideal que permitiría el cese de toda búsqueda identificatoria.
“La castración es una prueba en la que se puede entrar pero de la cual, en cierto sentido, no se sale (…)
Lo que sí cabe es asumir la prueba de tal modo que le preserve al Yo algunos puntos fijos en los que
apoyarse ante el surgimiento de un conflicto identificatorio.”
Podemos decir que el yo está constituido por una historia, representada por el conjunto de los enunciados
identificatorios de los que guarda recuerdo, por los enunciados que manifiestan en su presente su
relación con el proyecto identificatorio y, finalmente, por el conjunto de los enunciados en relación con los
cuales ejerce su acción represora para que se mantengan fuera de su campo, fuera de su memoria, fuera
de su saber.

TP8: LA AUTONOMÍA DE PENSAMIENTO

Aulagnier, P. (1980). Capítulo VIII “El derecho al secreto. Condición para poder pensar”. En El
sentido perdido. (pp. 135 - 150). Buenos Aires. Editorial Trieb.

Preservarse el derecho y la posibilidad de crear pensamientos y, más simplemente, de pensar, exige


arrogarse el de elegir los pensamientos que uno comunica y aquellos que uno mantiene secretos: esta es
una condición vital para el funcionamiento del Yo.
En relación con la situación analitica se establece un pacto por la cual se ha comprometido a hacer todo
lo posible por poner en palabras la totalidad de sus pensamientos: pero aún es preciso saber respetar la
distancia que separa la mención de ese pacto y una actitud que despoja al sujeto de todo derecho a un
pensamiento autónomo, y hace del discurso del analista una nueva lengua impuesta a todos aquellos que
habían venido a pedirles que los ayudara a reconquistar o a preservar ese derecho. Esto nos enfrenta a
la paradoja: ¿cómo favorecer el investimiento de la libertad de pensar e imponer la cláusula del
decirlo todo?
Es cierto que poder comunicar los pensamientos, desear hacerlo, esperar una respuesta de ellos forman
parte del funcionamiento psíquico y constituyen sus condiciones vitales, también es cierto que
paralelamente debe coexistir la posibilidad de crear pensamientos cuyo único fin sea aportar, al Yo que
los piensa, la prueba de la autonomía del espacio que habita y de la autonomía de una función pensante
que es el único en poder asegurar: de allí el placer sentido por el Yo al pensarlos.
En el registro del Yo, concebido como agente de la actividad de pensar y como la instancia constituida
por los pensamientos que la piensan y la hablan, y por las cuales ella se piensa y se pone en sentido,
debe resultar posible una prima de placer muy particular que no tiene otra causa que probarle la
permanencia de un derecho de goce inalienable concerniente a sus propios pensamientos.
En la relación analizado-analista, el trabajo psíquico que el desarrollo y el éxito de la experiencia exigen
sólo puede sostenerse si ambos pueden hallar placer en esa creación de pensamientos que se denomina
análisis.
El término creación debe entenderse en diferentes niveles:
1) creación por el analizado de una nueva versión de su historia singular, versión que nunca existió
tal cual antes del análisis
2) Creación por el analista que se descubre construyendo con el otro algo nuevo, algo inesperado
3) Creación por los dos participantes de una historia concerniente a su relación recíproca (historia
transferencial)
4) Creación de un objeto psíquico que es esa historia pensada y hablada que se establece sesión
tras sesión.
Nada puede ser creado sin que sea investida la suma de trabajo que esto exige.

Necesidad y función del derecho al secreto

El descubrimiento de la mentira juega un papel decisivo para el pensamiento del niño presente en la
respuesta parental a su pregunta sobre el origen. Dicho descubrimiento conduce al niño a un segundo
descubrimiento fundamental para su estructuración: la propia posibilidad de mentir, la posibilidad de
esconder al Otro y a los otros una parte de sus pensamientos. Este descubrimiento asesta su primer
golpe y también el más decisivo a la creencia en la omnipotencia parental. Tal descubrimiento lo lleva a
hacer suya la prueba de la duda.
En la relación madre-hijo será en el registro del pensar donde va a librarse una lucha decisiva
concerniente a la aceptación o al rechazo, por parte de la madre, del reconocimiento de la diferencia, de
la singularidad, de la autonomía de ese nuevo ser que ha formado parte de su propio cuerpo y que en
efecto dependió totalmente de ella para su supervivencia. El derecho a mantener pensamientos secretos
debe ser una conquista del Yo, el resultado de una victoria conseguida en una lucha que opone al deseo
de autonomía del niño la inevitable contradicción del deseo materno a su respecto.
No puede haber actividad de pensar si no se recibe placer o se lo espera en recompensa, y ese placer
solo es posible por naturaleza si el pensamiento puede aportar la prueba de que no es la simple
repetición de un ya-pensado-desde-siempre.
No puede haber realización del proyecto analítico si ambos participantes no son capaces de correr el
riesgo de descubrir pensamientos que podrían cuestionar sus pensamientos más firmes: esto vale, por
idénticas razones, tanto para el analizado como para el analista, con respecto a lo que el primero creía
conocer sobre sí mismo, y con respecto a o que el segundo creía al resguardo de la dda en su propia
teoría.
Esto presupone que el sujeto goce de una libertad de pensamiento que incluye también la de mantener
secretos determinados pensamientos, no por vergüenza, culpa o temor, sino simplemente porque
confirman al sujeto su derecho a esa parte de autonomía psíquica cuya preservación es vital para él.

TRABAJO PRÁCTICO Nº 9: LA ADOLESCENCIA Y LA PREGUNTA POR EL ORIGEN

Aulagnier, P. (1988). “Como una zona siniestrada”. En Revista Trabajo del psicoanálisis. Vol. 3 N° 9. (pp.
161-173). Buenos Aires.

¿Qué características -propias del recorrido identificatorio- podrían explicar el pasaje de una potencialidad
psicótica a una psicosis manifiesta al final de la adolescencia?
Primer punto: no es posible separar lo que es del orden de la representación pulsional de lo que resulta
del campo identificatorio.

El conflicto pulsional e identificatorio en la neurosis permitirá que los dos componentes del je preserven
su indisociabilidad, para estallar contra sus ideales o con los ideales que supuestamente le imponen los
otros. En la psicosis suceden otras cosas. Aquí la prohibición no recae sobre tal objeto, tal meta, tal
proyectos particulares, sino sobre toda postura deseante, que no ha sido impuesta y legitimada
arbitrariamente por el deseo, la decisión de una instancia exterior. La consecuencia de la violencia
secundaria es prohibir representaciones que el identificante se daría de el mismo reivindicando su
autonomía. . Solo será aceptada o rechazada lo que le imponga la potencia prohibidora.

En la psicosis el conflicto identificatorio opone y desgarra los dos componentes del Yo (el identificante e
identificado). Esto explica la dimensión dramática que pueden tomar los conflictos que se reactivan
frecuentemente después de esta reorganización de las investiduras propias de la adolescencia.

Segundo punto: el trabajo de historización de su tiempo pasado que realiza el Yo. El Yo es una historia
que se da y nos da una versión, sustituyendo a un tiempo pasado y perdido. El hecho de que un tiempo
hablado garantice la memoria de un tiempo pasado es un presupuesto para la existencia de un Yo que no
podría ser si no estuviese asegurado de que ha sido.

La historización de lo vivido es una condición necesaria para la instalación de una investidura del tiempo
futuro como para que el Yo tenga acceso a la temporalidad y pueda tomar a cargo e investir lo que es el
proyecto identificatorio.

Lo propio del sujeto humano es retrotraer a un pasado más o menos cercano la causa de lo que él es, de
lo que vive, de lo que espera.

En relación a la pregunta inicial. Esta retroyección causal la mayoría de las veces va a privilegiar el
“tiempo de conclusión” de una fase libidinal e identificatoria. Tiempo de conclusión del pasaje del infans al
niño, del niño al adolescente, del adolescente al adulto.

El momento en que el sujeto entra en la adolescencia, va a dar forma estabilizada (aunque modificable),
al relato histórico de su tiempo y de lo vivido en la infancia. En este relato el sujeto hará responsable a su
pasado, de lo que es y de lo que tiene, de lo que no es y de lo que no tiene. Pasará lo mismo con el
adulto.

El lugar privilegiado del tiempo pasado es que le da un sentido al tiempo presente. Son las experiencias
que marcaron el pasaje de una fase a la otra. En esos momentos de transición entre una forma de
relación y la que le sigue se reformulará de manera insistente la pregunta, en relación a la posición
identificatoria del Yo. En estos momentos virajes el Yo hará rendir cuentas a ese tiempo pasado de su
vida y aún más a aquellos parteners que lo acompañaron en el trayecto.

Tercer punto: El fenómeno de telescopaje o develamiento. Es definido como una situación, una
experiencia, un acontecimiento, que confronta de manera imprevista el Yo con una auto-representación
que se impone a él, con todos los atributos de la certeza cuando hasta ese momento ignoraba que
hubiese podido ocupar un tal lugar en sus propios escenarios. Una imagen ignorada por él pero que
había formado parte de ese desfile de posiciones identificatorias que recorrió antes de llegar a aquella
que ocupa.
Experiencias que confrontan al Yo a lo que no sabía que se había convertido, a la realización de lo que
no quería llegar a ser, a la distancia que separa lo que devino de lo que imaginaba que iba a llegar a ser.

En la pubertad nos enfrentamos con el registro del cuerpo y de los emblemas identificatorios, con la
presencia (positiva o desestructurante) de una nueva imagen, marcada por los signos de la identidad
sexual. Tal imagen recusa esa indiferenciación relativa, en la cual, hasta ese momento, el niño había
podido resguardarse, y en la cual, los padres habían podido dejar al pequeño personaje.

Por otro lado en el transcurso de la adolescencia el sujeto realiza a posteriori un proceso de des-
idealización de los padres comenzado mucho antes (segundo golpe a la omnipotencia de la pareja
parental). En algunos casos el adolescente no puede realizar esa des-idealización, lo cual obligará a
excluir de su espacio de pensamiento una parte de las informaciones que la realidad le envía. La
consecuencia será una auto-mutilación de su propia actividad de pensamiento: este es el precio que paga
para poder seguir ignorando lo que podría conocer acerca de la realidad afectiva de los padres. Este
peligro da cuenta de la urgencia que representa para el adolescente la posibilidad de investir nuevos
objetos, de proponer nuevas metas a su deseo, de elegir nuevos ideales.

La aparición de una sintomatología psicótica es la forma manifiesta que toma una potencialidad
psicótica, existente mucho antes que la adolescencia. Es la consecuencia de esa grieta que se constituyó
entre los dos componentes del je, que no fueron más que un collage superficial. Que se mantuvo
mediocremente y a menudo bastante mal hasta el momento en que una situación conflictiva
(develamiento) llegó a ponerla en peligro. La irrupción de un momento psicótico sella el encuentro del je
con un suceso psíquico que le devela una catástrofe identificatoria que ya tuvo lugar.

El pasaje de la potencialidad psicótica a una psicosis manifiesta ocurre en el momento en que el


adolescente descubre que, en su recorrido identificatorio pasado, nunca había encontrado las
condiciones que le hubiesen asegurado el carácter autónomo, inalienable, de una parte de sus
referencias identificatorias en el registro de lo simbólico y que le hubiesen garantizado su parte de libertad
en la elección de sus objetos, de sus metas, de sus deseos.

Caso clínico

George. Al final de la adolescencia apareció un primer episodio delirante.

A los 30 años consulta por problemas de orden neurótico. Hace más de un mes espera su respuesta
respecto a un cambio de lugar que se le propuso, cambio que aparentemente traía ventajas. No llega a
decidirse y cuando más se acerca el momento de responder mayor imposibilidad siente de hacer una
elección y se siente angustiado. Además tiene problemas de pareja y aun así no sabe si divorciarse o no.

En la segunda entrevista nombra su “crisis de adolescencia”. En mayo del 68 había vacilado entre seguir
sus estudios o dejar caer su proyecto para ir a trabajar a una fábrica, según una ideología que tenía cierto
peso en la época. No soportó las condiciones de trabajo. Cambia de ciudad y durante 2 o 3 meses vive
lejos de su familia encontrando algunas changas. Eso lo deprimió y una médica lo recompuso. Luego
preparó su concurso y retomó sus estudios.

Este episodio [Link] lo denomina episodio psicótico. Para comprenderlo mejor hay que dilucidar las
coordenadas familiares. El padre de George era judío y la madre católica. Georges siempre ignoró esto
hasta los 15 años. Nunca supo porqué se lo habían ocultado. La relación con su padre tenía cierta
ambigüedad y complejidad.
George en el momento en el que más necesitaba apoyarse en puntos de sostén ofrecidos por el campo
social, este lo enfrenta a un cuestionamiento de sus certezas y sus valores, entrando en contradicción
con las concepciones familiares e incompatible con la situación de no conflicto que espera preservar junto
con las instancias parentales. Si bien es cierto que el recorrido identificatorio debe estar siempre abierto,
que le funcionamiento del yo exige que esta instancia reconozca y acepte un continuo movimiento de
modificación; por el contrario, el ordenamiento de las referencias simbólicas debería finalizar luego de la
declinación de la vida infantil: la época de la adolescencia, consagrandose a la consolidación de ese
ordenamiento que la precede. En esta tarea de consolidación el campo social juega un papel esencial, las
referencias y soportes que propone ayudan al sujeto a ir más allá de su dependencia de las elecciones
emblemáticas privilegiadas con los padres, sin tener que entrar en conflicto abierto e insuperable con
ellos.

A los 16 años (mayo 68)el padre amenaza a Georg e con que no milite porque terminaría en su suicidio,
esta situación lo confronta con la imagen de buen hijo que él tenía (referencia identificatoria). Al mismo
tiempo es llamado por su mejor amigo (como hermano mayor, protector e idealizado) a que se
comprometa en actividades políticas o no lo volverá a ver jamás. Segunda amenaza y segunda acusación
leída en la mirada de alguien que hasta ese momento le aseguraba la valorización de un identificado en
el cual podría reconocerse. Por su parte, la madre quiere impedirle asistir a las reuniones y estalla una
escena violenta. La madre lo zamarrea y le dice: estás loco como tu tío, hice todo para que seas diferente
y no sirvió de nada. Esta acusación materna condensa y revela las amenazas implícitas pronunciadas por
el padre y el amigo. Para George el término locura está ligado a las crisis epilépticas del hermano mayor,
veía en ellas la destrucción de todo carácter humano en el niño.
En poco más de un mes recibe el impacto de una serie de identificados inasumibles, de los cuales el
último lo enfrenta a lo que él no sabía que era la figura de la muerte y el horror: deshumanización y
muerte del niño. Catástrofe de las referencias identificatorias que culminará en el delirio.

. Es allí cuando se le impone a George una certeza delirante de que tiene una misión secreta, que es el
único que puede salvar al mundo, hacer compartir por todos un proyecto político de fraternidad, gracias al
cual todos se transformarían en humanos felices e iguales. Se levanta al amanecer, sale a caminar por la
ciudad, va a trabajar a una fábrica del interior y luego de dos o tres meses vuelve a su ciudad.

George recibe el impacto de una serie de identificaciones inasumibles. Enfrentado a la fragmentación de


los componentes identificatorios, el Yo solo puede sobrevivir teniendo que negar esos esa desposesión
identificatoria, es estallar de los soportes narcisistas, proyectándose en la representación de un Yo que
ya hubiese realizado su proyecto. Pero un proyecto marcado con las armas del delirio.

Si retomamos la historia familiar, el “medio ambiente psíquico” tanto como el propio espacio psíquico en
el cual devino el Yo de Georges, lo enfrentaron a lo largo de su proceso identificatorio con conflictos
demasiado próximos. Dejaron secuelas que trató como zonas siniestradas en las cuales se prohíbe el
acercamiento, rodeandolas de sólidas barreras y de carteles de señalización.

P. Aulagnier señala dos factores responsables de estos “siniestros”. Primero la epilepsia del hermano con
el cual compartió habitación desde el nacimiento hasta los 6 años. Esta crisis lo aterraba y a partir de
cierta edad comenzó a preguntarse con qué intenciones la madre lo obligaba a ser testigo de ellas.
Segundo, a los tres años se confronta con la actitud enigmática y traumática de su tío paterno al que la
madre trata de loco y al cual lo acusa de parecérsele. Ese tío era sacerdote y en la familia de Georges
gozaba de un prestigio particular. Todo el mundo lo llamaba “padre”, la madre hablaba con él como un
representante de Dios. En cuanto a Georges, a pesar de no haber sido nunca bautizado se le exigía
llamarlo “padrino”. Lo que pasaba todo los domingos cuando se separaban, su tío, al momento de irse, le
decía “nunca debes olvidar hijo mio, de quien eres hijo”. Esto despertaba preguntas en George, si debía
recordar de quién era hijo, ¿era porque el padre no lo era? ¿Quién era ese hombre al que debía llamar
padrino y que era conjuntamente el hermano de la madre y el hijo preferido de Dios? y en relación a este
Dios porqué surge una especie de molestia entre los padres cuando él lo nombraba? Trató de pedirle
explicaciones a sus padres pero no tuvo éxito. El padre se conformó con decirle que no había nada que
entender en el discurso de su cuñado, la madre inversamente le alimentaba que esas eran “palabras del
hijo de Dios” y que más tarde entendería.

Este tío muere a los 12 años de George y nunca más hablaron de él. Cuando le pregunta a su madre los
motivos de su muerte ella le responde que no sabe nada y que son preguntas que no debe hacer.

Los dos episodios delirantes se desencadenaron en el momento que el análisis conduce a Georges a
interrogarse acerca del sentido oculto de esta escena con su tío y acerca de la extrañeza de la actitud
tanto materna como paterna: silencioso testigos y cómplices de esa repetición semanal.

George no pudo sobrellevar las consecuencias de este terremoto de su suelo identificatorio y volvió a
realizar una consolidación de las construcciones agrietadas. Pedazo de su ruta guardaron huellas que
hicieron de estas “zonas siniestradas” encima de las cuales ya no se puede construir. A pesar de esto,
pudo retomar a los tropezones su recorrido identificatorio y aferrándose a soportes externos para balizar
los aspectos no peligrosos de su espacio identificatorio, para señalizar las vías que deben ser evitadas y
aquellas que pueden recorrer sin mayores riesgos.

Aulagnier, P. (1991). “Construir (se) un pasado”. En Revista de psicoanálisis APdeBA. Vol. 13, N°3.
(pp. 441-468)

Adolescencia: entre las tareas reorganizadoras a ese tiempo de transición que es la adolescencia,
considero que una tiene un rol determinante tanto para su éxito como para s fracaso: ese trabajo de
poner en memoria y de poner en historia gracias al cual, un tiempo pasado, y, como tal, definitivamente
perdido, puede continuar existiendo psíquicamente en y por esta autobiografía, obra de un yo que sólo
puede ser y devenir prosiguiendola del principio al fin de su existencia.
Autobiografía no solamente jamás terminada, sino en la cual, incluso los capítulos que se creían
definitivamente acabados pueden prestarse a modificaciones, ya sea añadiendo nuevos párrafos o
haciendo desaparecer otros. pero si ese trabajo de construcción-reconstrucción permanente de un
pasado vivido nos es necesario para orientarnos e investir ese momento temporal inasible que definimos
como presente, es necesario aún que podamos hacer pie sobre un número mínimo de anclajes estables
de los cuales nuestra memoria nos garantice la permanencia y la fiabilidad. He aquí una condición para
que el sujeto adquiera y guarde las certeza de que es el autor de su historia y que las modificaciones que
ella va a sufrir, no pondrán en peligro esa parte de permanente, singular que deberá transmitirse de
capitulo en capitulo, para ser coherente y que tenga sentido el relato que se escribe.
Aulagnier resalta el concepto de modificación. La reacción del aparato psíquico a lo que surge, cambia,
desaparece en la escena de la realidad y sobre su propia escena somática, es el organizador de los
mecanismos a los que este mismo aparato recurre, para según el caso aceptar, negociar, rechazar,
desmentir este movimiento que aporta una parte de imprevisto y desconocido. El valor de este concepto
nos es confirmado por el análisis de la relación de interdependencia presente entre lo modificable y lo no
modificable en el registro relacional y en el registro identificatorio.
Es en el curso del tiempo de la infancia que el sujeto deberá seleccionar y apropiarse de los elementos
constituyentes de los elementos de ese fondo de memoria gracias al cualpodra tejerse la tela de fondo de
sus composiciones biográficas. Tejido que puede solo asegurarle que lo modificable y lo inexorablemente
modificado de sí mismo, de su deseo, de sus elecciones, no transformen a aquel que él deviene en un
extraño para aquel que él ha sido, que sus mismidad persiste en ese yo condenado al movimiento, y por
alí, a su automodificación permanente.
(Lo que importa, es la resistencia de ese nex garante de la resonancia afectiva que debera establecerse
entre el prototipo de la experiencia vivida y la que él vive, por diferentes que sean la situación y el
reencuentro que la provoquen)
Este fondo de memoria puede bastar para satisfacer dos exigencias indispensables para el
funcionamiento del yo:
- garantizarle en el registro de las identificaciones esos puntos de certidumbre que asignan al sujeto
un lugar en el sistema de parentesco y en el orden genealógico y, por consiguiente, temporal,
inalienable y al amparo de todo cuestionamiento futuro sin importar los sucesos y los conflictos
que hallará
- asegurarle la disposición de un capital fantasmático que no debe formar parte de ninguna reserva
y al que debe poder recurrir porque es el único que puede aportar la palabra apta al afecto
Capital fantasmático que va a decidir lo que formará parte de su investidura y lo que no podrá encontrar
lugar en ella, las representaciones que podrá imantar para su provecho, su deseo, y aquellas que quedan
marcadas por el sello del rechazo, de lo negativo, de lo mortífero.
El tiempo de la infancia deberá concluir con la puesta en lugar y al abrigo de toda modificación de lo que
delimita con el término singular. Este trabajo permite al sujeto hacer de su infancia ese antes que
preservara una ligazón con su presente, gracias a la cual se construye un pasado como causa y fuente
de su ser. En la adolescencia habrá que mantener una ligazón entre presente y pasado, poder descubrir
alli según la situación vivida, una potencialidad que esté presente realiza o una causalidad que de sentido
a la prueba que impone.

DOS ETAPAS DE LA ADOLESCENCIA:


1. Deberán seleccionarse, ser puestos al amparo del olvido, los materiales necesarios para la
constitución de ese fondo de memoria garante de la permanencia identificatoria, de lo que uno
deviene y de lo que continuará deviniendo, y por allí de la singularidad de su historia y de su
deseo. La tarea de esta etapa concierne a la organización del espacio identificatorio y la conquista
de posiciones estables y seguras a partir de las cuales el sujeto podrá moverse sin riesgo de
perderse.
2. La tarea a ser cumplida es la puesta en lugar a partir de ese pasado singular de los posibles
relacionales accesibles a un sujeto dado del panorama de sus elecciones y de los límites que
cada uno encontrara allí. Esta puesta en forma incide de forma privilegiada sobre el espacio
relacional y sobre la elección de los objetos que podrán ser soportes del deseo y promesa de
goce.

La autora insiste sobre los caracteres que separan la identificación simbólica y sus puntos de certeza,
estables e inmutables, una vez adquiridos, del registro imaginario que sostiene estos movimientos sobre
el tablero identificatorio necesarios para sostener el proyecto y el deseo del yo, movimientos
efectivamente dependientes de los encuentros y por consiguiente, de la investidura de objetos que hará a
lo largo de su existencia ese mismo yo. Retoma esto a propósito de este principio de permanencia y de
cambio que rigen el proceso identificatorio y que deben poder preservar entre ellos un estado de alianza.
Aulaguier enfatiza la otra cara que acompaña este mismo proceso, es decir, el basamento fantasmático
de lo que define como espacio relacional. Que también presentan un principio de cambio y otro de
permanencia, en relación al último, permanencia de la matriz relacional que se constituye en el curso de
los primeros años de nuestra vida y que es depositaria y garante de la singularidad del deseo del yo. El
principio de cambio baliza el campo de los posibles compatibles con esta matriz.
La gama de posibles relacionales depende de la cantidad de posiciones identificatorias que el yo puede
ocupar guardando la seguridad de que el mismo yo persiste, se encuentra y se encontrará en ese yo
modificado que ha devenido y que va a devenir. En el curso de las fases relacionales que recorre el niño,
se van a anudar puntos señeros entre ciertas representaciones fantasmáticas, sus vivencias afectivas y
un rasgo específico del objeto y de la situación que las ha desencadenado (representaciones
conclusivas). Vivencia afectiva que se caracteriza por la intensidad de la participación somática que ha
arrastrado. Operan a modo de cristalización y tendrán por ese hecho la función de representaciones
conclusivas cuya leyenda va a retroyectar el yo sobre el total de experiencias afectivas que las han
precedido en el curso de una misma fase relacional.
Emoción: todo estado afectivo del que el yo puede tomar conocimiento. Califica de leyenda fantasmática
la interpretación causal que se da el yo de la emoción que sufre en una tonalidad de placer o de
sufrimiento, interpretación que se sustituye a la puesta en escena fantasmática, fuente y causa del afecto.
El capital fantasmático decide los posibles relacionales para un sujeto dado, la elección de sus soportes
de investidura, las parejas sexuales que le son accesibles.

En relación con el discurso materno, señala que la función es de proveer al yo la historia de ese bebé que
ha precedido a su propio advenimiento sobre la escena psíquica. Si la versión que la madre le propone es
“suficientemente sensata”, el niño podrá aceptar que para la escritura de ese primer capítulo permanece
dependiente de la memoria materna. Pero, una vez asumido ese préstamo obligado, será necesario que
el yo pueda devenir ese “aprendiz historiador” que, antes de conquistar su autonomía deberá ser
reconocido como el coautor indispensable de la historia que se escribe.

HORNSTEIN

Avatares de la adolescencia

1. Complejo de Edipo como organización fundante


2. Pulsiones de la sex inf → se reabre el protagonismo pulsional en la pubertad
3. Descubrimiento de la diferencia entre los sexos
4. Constitución tópica y conflicto psíquico àtodas las instancias renuevan sus contratos, se
reorganizan o se resisten al cambio.
5. Narcisismo trófico y patológico
6. Problemática identificatoria
7. Historia de elecciones de objeto, traumas, series complementarias, realidad y contexto histórico
social

El niño es producto de la historia de tramas relacionales y su subjetividad lleva las marcas de la


cultura. La boca se encuentra con un pecho que sexualiza y que contiene historia, ideales, proyectos y
complejas relaciones con lo corporal, lo social y lo histórico. Yo, ideales y superyó devienen como
resultado de identificaciones con los otros.

La adolescencia es parte de un trayecto en el cual se encuentra la capacidad de la transformación a


pesar de los temores, las incertidumbres, interrogantes y padecimientos.

La adolescencia como una encrucijada de fragilidades y potencialidades que cuestiona la identidad y


el devenir pone en juego la organización psíquica al renovarse los conflictos. En primer lugar entre el yo y
el ideal del yo.

Cuando el yo es inestable, ante ciertos cambios pueden amenazar las patologías y provocar que la
ilusión de ser grande caiga en desilusión porque esos grandes no existen (fobias, duelos no tramitados
de la infancia, actuaciones repetitivas con riesgos de vida, rechazo del desear, descalificación de
cualquier responsabilidad o compromiso.

Entrama el cuerpo, lo psíquico y lo social, un complejo que resignifica la historia, la sexualidad y el


narcisismo, las pulsiones, las relaciones, el armado identificatorio y autoorganiza la subjetividad. La
pubertad impone al sujeto un trabajo de simbolización inédito en busca de nuevas opciones para
relacionarse con los otros.

Hay una exigencia de trabajo psíquica que implica esfuerzo y creación de algo nuevo. El adolescente
se reapropia de su historia infantil estableciendo nuevas alianzas con su cuerpo, con la realidad, con su
mundo relacional y las distintas instancias psíquicas.

Es un proceso histórico singular y no una etapa predeterminada. Los cambios y movimientos pueden
propiciar efectos estructurantes o desestructurantes en el proyecto identificatorio. Se resignifican y
retranscriben los enunciados maternos, las marcas de sus cuidados y atenciones.

El desasimiento familiar se da en dos procesos

1. El primero en la fase edípica, la cual conduce a la inserción en la estructura familiar


estable. Apropiación de modelos identificatorios que ofrecen los objetos primarios

2. Se inicia en la pubertad, en la inserción de la cultura. Es innovador para el proyecto id,


debe procurarse objetos amorosos y desarrollar capacidades para superar el antagonismo familia y
cultura.

Nuestra historia construye y reconstruye todo el tiempo nuestros pensamientos, acciones,


discursos y remodela las múltiples identificaciones que nos constituyen.

El inacabamiento del recién nacido permite el pasaje de la naturaleza a la cultura, donde la


intersubjetividad tiene un lugar central en la constitución del psiquismo al posibilitar la singularidad
de cada historia.

El yo entonces se encuentra en un trabajo de elaboración, interpretación y reconstrucción


permanente, donde el trabajo de historización que realiza permite el acceso a la temporalidad y a
pensar su proyecto identificatorio. Se trata de acceder al futuro.

Si pensamos al psiquismo constituido por estratificaciones, se dan reordenamientos y


transformaciones donde entran en juego las huellas mnémicas y las nuevas inscripciones. El pasado
entonces deja de ser un tiempo congelado ya que todo el tiempo nos remitimos a él para
reactualizarlo, retranscribirlo.

Lo infantil debe concluir y buscarse nuevas elecciones de objeto, consolidación de mecanismos de


defensa y puesta en juego de potencialidades. Concluye invistiendo los recuerdos de ese tiempo
antes de sepultarlo de otra manera.

“Historizar es no quedar nunca cerrado ni encerrado en los miedos y en la incertidumbre del cambio.
Poder anclar un punto de partida certero, aquel que el narcisismo primario instituye es condición
necesaria para transitar la vida, saber de dónde viene cada uno, donde está detenido y hacia dónde
va”. (p.123)
El cuerpo habla, grita, goza, duele y reaparece en el púber que lo entiende desde su historia y desde
el imaginario social. Marca sus pautas y legalidades. La vida corporal y las representaciones
psíquicas son anteriores a la existencia del yo. Una vez advenido debe interpretar lo vivido y
conformar una trama relacional.

En la clínica actual se ve una sobreinvestidura del cuerpo y una creciente desinvestidura de la


representación. El cuerpo toma delantera y produce sufrimiento ante las discordancias entre el cuerpo
anticipado y el cuerpo real.

Freud decía que el yo es ante todo una esencia cuerpo. Piera Aulagnier afirma que los órganos
sensoriales son el puente entre el soma y la psiquis. El cuerpo es necesario para la vida psíquica.
El cuerpo es la primera organización que le otorga al niño un sentido de sí mismo.

El púber desde su historia, anhelos, sostenes identificatorios de los otros escucha al cuerpo, lo
descubre, lo ignora, lo contiene, lo odia, lo maltrata, lo usa o lo enferma. Son formas de simbolizar los
avatares de la historia. Podemos en análisis ayudar a que pongan en palabras estos afectos y
establecer nuevos nexos, ligar representaciones.

La pubertad irrumpe con los cambios corporales y con el embate pulsional como momento
caótico disipativo, es un punto de bifurcación que abre una serie de posibilidades. La adolescencia
deviene proceso, rehistorización, recomposición narcisista, identificatoria y libidinal. Permite el
pasaje de los objetos prohibidos hacia los objetos exogámicos.

El adolescente asume determinado tipo de defensas pero necesita tener la certeza de ciertas
posiciones identificatorias que le garanticen un sentimiento de continuidad de sí para encarar
nuevas relaciones objetales que le reaseguren el sostén de deseos, placeres y proyectos. Como
tiempo de ruptura, requiere de una serie de trabajos simbólicos para reorganizaciones
compatibles con una matriz relacional permanente y con acceso a elecciones de objetos
posibles.

Con el advenimiento del yo, el trabajo del pensamiento adquiere mayor complejidad para resignificar
los hechos, las escenas fantasmáticas y las interpretaciones de las fases anteriores y las posiciones
identificatorias propias de ser niño. Lo que no pudo ser reprimido insiste como el trauma, intentando
retornar a un tiempo anterior que no se quiere modificar y que altera el trabajo de historización y por
ende, dificulta la salida exogámica y crear nuevos intereses.

Si hay exceso de represión, se incrementa la amnesia y el desinvestimiento de recuerdos


reprimidos y al evocarlos se transforme en amenaza para el yo porque pueden disparar otros
recuerdos insoportables.

El reconocimiento de que se ha cambiado es siempre posterior, las experiencias significativas


enfrentan al sujeto con lo que hasta ese momento ignoraba de sí mismo. Si esta diferencia es
insostenible para el yo, corre el riesgo de conflictos identificatorios con resultados impredecibles que
ponen en evidencia patologías narcisistas.

La ruptura de la estabilidad prepuberal obliga a una redistribución libidinal y narcisista. La fantasía


refuerza movimientos de atracción o huida cuando lo actual las reactiva. Si hay fijación a posiciones
libidinales y/o narcisistas el movimiento identificatorio se detiene. El yo tiene que poder anclar en una
historia que no ponga en duda la certeza de su origen y que genere nuevas potencialidades.
Es momento de hacerse cargo, barajar y dar de nuevo. Deben fluir las negociaciones con sí mismo,
con la realidad y con las respuestas a los deseos de los otros. También pone a prueba la capacidad
de transformación de los padres, si pueden admitir o no ese desorden para establecer ligaduras
múltiples y favorecer el proceso de autoorganización del psiquismo.

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