Resumen Niños
Resumen Niños
Puntos: Transferencias múltiples y noción del niño como síntoma de la pareja parental.
La autora retoma dos casos (Joy y Dottie). Ambos casos muestran que en el análisis de niños tenemos
que vernosla con muchas transferencias (la de la analista, la de los padres y la del niño). Las reacciones
de los padres forman parte del síntoma del niño y, en consecuencia, de la conducción de la cura. El niño
enfermo forma parte de un malestar colectivo, su enfermedad es el soporte de una angustia parental. Si
se toca el síntoma del niño se corre el riesgo de poner brutalmente en descubierto aquello que en tal
síntoma servía para alimentar-o, en caso contrario, para colmar- la ansiedad del adulto. Sugerirle a unos
de los padres que su relación con el objeto de sus cuidados corre el riesgo de ser cambiada, implica
suscitar reacciones de defensa y de rechazo. Toda demanda de cura del niño cuestiona a los padres, y
es raro que un analisis de niños pueda ser conducido sin tocar nada de los problemas fundamentales de
uno u otro de los padres (su posición con respecto al sexo, a la muerte, a la metáfora paterna). El analista
está sensibilizado por lo que se expresa en esos registros. Y participa de la situación con su propia
transferencia.
Bleichmar, S. (1999) “El carácter lúdico del análisis”. En Revista Actualidad Psicológica. Año 24,
N° 263. (pp. 2-5). Buenos Aires.
Retoma y critica algunos de los planteos de Klein y Winnicott. Plantea la necesidad de delimitar bien el
estatuto del juego en psicoanálisis. De Klein destaca como aportes que es la primera en introducir al
juego como técnica y cómo interpretable; y que le da a la sesión analítica la perspectiva de que es un
espacio donde todo puede ser mensaje. El intento de Melanie Klein de constituir al juego como
equivalente de la libre asociación es el acto fundacional más fuerte por generar un campo que otorgue al
análisis de niños un estatuto que permita la aplicación del método. De esta misma autora critica que:
Juego en análisis
Más allá de que el niño juegue y a qué juega, lo importante es la intervención que nosotros ofrecemos
como analistas. Leemos como mensaje al juego y lo convertimos en un intercambio. El juego deviene
mensaje en tanto existe una relación transferencial. Brinda carácter comunicacional al acto del otro. Se
interpreta la presencia del inconsciente en el juego.
Por último Bleichmar señala dos riesgos: 1) el analista que se ubica simétricamente olvidando su tarea de
simbolización/interpretación. El analista que se limita a jugar, ha perdido de vista totalmente que el
análisis es del orden del sentido - del sentido del síntoma, del deseo, del inconsciente, pero del sentido al
fin - y no de la mera acción ni educativa ni de obtención de placer, por muy meritorio que esto fuera; y 2)
el analista para el que el juego es un trabajo y olvida la dimensión placentera.
En este sentido, si algo caracteriza al método analítico, no es el empleo de la palabra sino la operatoria
sobre ella realizada, la cual consiste en ponerla a circular de modo tal que en su ensamblaje con otras
palabras permita el acceso a una significación velada no sólo para el sujeto, sino también para quien lo
escucha. No es entonces el “hablar” lo que posibilita el lenguaje, sino un modo de hablar y un modo de
escuchar que implican la posibilidad de acceso a esa estructura segunda que constituye el inconsciente.
Por eso es necesario subrayar que cuando hablamos del juego en tanto vía de acceso al inconsciente,
sabemos que se trata del juego en análisis, y no del juego en general, como formación simbólica o lugar
de crecimiento psíquico.
Detengámonos un momento más en esta transformación del juego en discurso, para volver a la categoría
“mensaje”. Lo que caracteriza el intercambio entre los seres humanos es el hecho de que no se puede
dejar de tomar lo que el otro hace, aún en silencio, bajo el rubro de “lo que me quiere decir”. En este
sentido, los analistas de niños retoman esta tradición en su práctica para determinar como mensaje aún
aquello que se cierra a la comunicación, y hacerlo devenir intercambio.
Winnicott, D. (1986) Introducción. Capítulo 3 “El juego, exposición teórica”. En Realidad y juego.
(pp. 61-77). Barcelona: Editorial Gedisa
La psicoterapia se da en la superposición de dos zonas de juego: la del paciente y la del terapeuta. Está
relacionada con dos personas que juegan juntas. El corolario de ello es que cuando el juego no es
posible, la labor del terapeuta se orienta a llevar al paciente, de un estado en el que no puede jugar a uno
en que le es posible hacerlo.
El jugar tiene un lugar y un tiempo. No se encuentra adentro, tampoco está afuera, es decir, no forma
parte del mundo repudiado, el no-yo. Para dominar lo que está afuera es preciso hacer cosas, no sólo
pensar o desear, y hacer cosas lleva tiempo. Jugar es hacer.
Lo universal es el juego, y corresponde a la salud: facilita el crecimiento y por lo tanto ésta última;
conduce a relaciones de grupo; puede ser una forma de comunicación en psicoterapia y, por último, el
psicoanálisis se ha convertido en una forma muy especializada de juego al servicio de la comunicación
consigo mismo y con los demás. En la zona de juego el niño reúne objetos o fenómenos de la realidad
exterior y los usa al servicio de una muestra derivada de la realidad interna o personal, sin necesidad de
alucinaciones, emite una muestra de capacidad potencial para soñar y vive con ella en un marco elegido
de fragmentos de la realidad exterior.
Al jugar, manipula fenómenos exteriores al servicio de los sueños e inviste a algunos de ellos de
significación y sentimientos oníricos. El juego compromete al cuerpo: debido a la manipulación de
objetos; y, porque cierto tipo de interés intenso se vinculan con algunos aspectos de la excitación
corporal. En esencia el juego es satisfactorio.
Aulagnier, P. (1991). “Nacimiento de un cuerpo, origen de una historia”. En Luis Hornstein y otros:
Cuerpo, historia e interpretación (pp. 117-170). Buenos Aires: Editorial Paidós.
INTRODUCCIÓN
Los primeros tiempos de constitución psíquica.
Tal como plantea Piera Aulagnier, en el momento del nacimiento adviene un cuerpo biológico, un cuerpo
sensorial, que se erogeniza cobrando el estatuto de relacional, a partir de un encuentro inaugural. Un
encuentro que pone en marcha la actividad representativa. Un cuerpo real precedido por una
construcción ideal en la psique del adulto que lo recibe y se ocupa de su cuidado, quien a su vez
transita e inviste, no sin dificultades, la distancia, siempre presente, entre uno y otro. Un cuerpo en el que
se irán inscribiendo las marcas de una historia libidinal, una historia identificatoria.
Piera Aulagnier trabaja dos postulados sobre los que basa su teorización:
1. El cuerpo: toma el modelo del cuerpo y las sus funciones sensoriales como vehículo de una
Información somática. Esta proviene del cuerpo y es transformada en material psíquico: Actividad de
representación de la psique.
2. La situación de Encuentro: si hay algo que caracteriza al ser viviente es su situación de
encuentro continuo con el medio físico-psíquico que lo rodea. Estos encuentros (todo acto,
toda experiencia, toda vivencia) serán generadores de tres tipos de producciones, lugares de inscripción
y procesos: lo originario, lo primario y lo secundario. (Pág. 17 y 18 de "La violencia de la interpretación")
Aparece desde un primer momento la idea de que la psique toma el modelo de lo corporal. Trabaja la
idea de la realidad y afirma que ésta se aprehende a partir del cuerpo y su percepción. “La realidad
humana se aprehende por la vida de una actividad sensorial que sirve de selector y puente entre la
realidad psíquica y aquellos otros espacios de los que ella toma sus materiales, empezando por su propio
espacio somático.”
Lo primero que se aprehende es el propio espacio somático. No se puede escapar a éste. El cuerpo tiene
la función de mediador y como apuesta relacional, entre dos psiques o entre la psique y el mundo.
“Todo acto de conocimiento está precedido por un acto de investidura que fue desencadenado por una
experiencia afectiva que acompaña al encuentro, siempre presente entre la psique y el medio -físico,
psíquico, somático- que lo rodea.”
La psique decodifica estos signos del medio utilizando claves diferentes según el momento en que se
opere la interacción. El proceso originario trata estos signos mediante el postulado del
autoengendramiento. Efectos de la ignorancia de la exterioridad de su fuente.
“Mientras el espacio psíquico y somático son indisociables, mientras ningún existente exterior puede ser
conocido como tal todo lo que afecta a la psique, todo lo que modifica sus propias experiencias,
responderá al único postulado del autoengendramiento. La psique imputará a la actividad de las zonas
sensoriales el poder de engendrar sus propias experiencias (placer o sufrimiento) sus propios
movimientos de investidura o desinvestidura. En este tiempo la realidad coincide totalmente con los
efectos sobre la organización somática: la realidad es auto engendrada por la actividad sensorial”
Todo acto de representación es coextenso con uno de investidura. Todo acto de investidura se origina en
la tendencia característica de la psique de preservar o reencontrar una experiencia de placer. La primera
e inaugural experiencia de placer es el encuentro boca - pecho. Préstamo tomado del modelo sensorial
por la actividad de lo originario. El fundamento de la vida del organismo consiste en una oscilación entre
dos formas elementales de actividad: investimento o desinvestimiento. Lo percibido por la vista, el gusto,
el tacto, etc.; será percibido por la psique como una fuente de placer o sufrimiento autoengendrado por
ella. En este último caso, ese sufrimiento se debe rechazar, lo que implica que la psique se automutila.
Luego adviene un momento donde la psique puede reconocer la existencia de un otro y de un mundo
separados de ella. Los fenómenos que la obligan a tomar en cuenta el concepto de separable son las
manifestaciones del deseo obrantes en la psique de los otros ocupantes del mundo. La psique ha podido
dar un paso fundamental que le permite reconocer el deseo de “otra parte” En estas manifestaciones la
psique va a postular una misma relación causa-efecto.
Esto quiere decir que los tres procesos no están presentes desde un primer momento en la actividad
psíquica sino que se suceden temporalmente y su puesta en marcha es provocada por la necesidad que
se le impone a la psique de conocer una propiedad del objeto externo a ella, propiedad que el proceso
anterior estaba obligado a desconocer. La instauración de un nuevo proceso nunca implica el
silenciamiento del anterior.
[Link] primera formulación de la realidad que el niño va a darse: la realidad está regida por el deseo de los
otros.
2. La realidad se ajusta al conocimiento que da de ella el saber dominante de una cultura. Hay un
consenso que va más allá de los padres.
3. La realidad es incognoscible, siempre habrá un resto imposible de aprehender.
Pensar al cuerpo como parte de la realidad. El espacio psíquico es diferente al espacio somático. Pero en
un momento que son indisociables: postulado del autoengendramiento. La realidad es auto engendrada
por la actividad sensorial.
Las representaciones del cuerpo, consecuencia de la evolución de la vida somática, guardaran relación
con motivaciones inconscientes presentes en los acontecimientos vivenciales. El tipo de relación decidirá
qué lugar ocupará el cuerpo en una historización de su tiempo y de su vida que es el presupuesto de la
puesta en marcha y de la prosecución del proceso identificatorio.
El Yo no puede ser sino deviniendo su propio biógrafo, y en su biografía incluirá a los discursos con los
cuales habla de su propio cuerpo y con los que lo hace hablar para sí. Estos discursos sobre su cuerpo
son las marcas visibles de una historia libidinal que se ha inscrito y continúa grabandose sobre esa cara
invisible que es la psique: historia libidinal pero, asimismo, historia identificatoria. Una vez que esta
historia se ha escrito, exigirá la periódica inversión de los párrafos, la desaparición de algunos y la
invención de otros, para culminar en una versión que el sujeto cree en cada momento definitiva, siendo
que para prestarse a un trabajo de reconstrucción, de reorganización de sus contenidos y ante todo de
sus causalidades debe permanecer abierta cada vez que ello se revele necesario. Por ende es necesario
que haya puntos de anclaje en la historia identificatoria pero que a la vez quede abierta e inestable para
que se preste a la reconstrucción y reorganización.
De los discursos sobre el cuerpo, el sujeto va a extraer un número de enunciados que pasan a formar
parte de su conocimiento. Enunciados para dar forma a una construcción teórica del cuerpo que va a
preservar en la psique. Siempre vamos a estar en presencia de un cuerpo hablado. La instalacion de
puntos de almohadillado se enlazaran y permitiran al sujeto orientarse en su propia historia, caracterizada
por su movimiento continuo. Permitirán al sujeto la permanencia de su mismidad a pesar de los cambios.
Sufrimiento: no menos importante que el placer. Viene a modificar la realidad somática y el medio que
rodea al sufriente. Apela al poder de quien es capaz de modificarlo. Las experiencias de placer/
sufrimiento pueden ser escuchadas o no por el medio familiar y esto va a ejercer una influencia en la
psiquis y en la relación que este tenga con su propio cuerpo. La madre es la encargada de velar por el
estado del cuerpo, descubrir las manifestaciones que expresa el estar bien del cuerpo o a la inversa el
mal presente y que casi siempre se decodifica como la señal anunciadora del peligro.
Piera Aulagnier destaca que en la construcción de la historia sobre su cuerpo y su psique, tendrá
importancia la respuesta que se generó a ese sufrimiento. Al primer sufrimiento le sucederá un discurso
que reaparece en cada sufrimiento somático, que marca su vida psíquica.
Los enunciados identificatorios tienen más o menos alguna resonancia afectiva para el sujeto, para el Yo.
Masa representacional atravesada por un investimiento. Se "pone en memoria" lo que emociona. A su
vez, las manifestaciones somáticas del infans deberán producir emoción (placer) en la madre, lo que
provocará una reacción en la vida somatopsíquica del infans. En la adolescencia, cuando el sujeto tenga
que "elegir" los enunciados identificatorios, van a tener que ver con la resonancia afectiva.
La madre espera un cuerpo que es la fuente de un riesgo relacional. El encuentro madre- infance va a
exigir una reorganización de su propia economía psíquica, que deberá extender a ese cuerpo la
investidura de la que hasta entonces gozaba únicamente el representante psíquico de lo que precedió.
Las manifestaciones de la vida somática del infans producirán emoción en la madre y las manifestaciones
de esta emoción modificarán el medio al que el infans reacciona y con ello sus efectos sobre su vida
psicosomática. Por eso importa el componente somático de la emoción: la relación de la madre con el
cuerpo del infans implica un placer erotizado, permitido y necesario que constituya el basamento del
anclaje somático del amor que dirige al cuerpo de su hijo, amor que lejos de ignorar está pronta a hacer
oír. La madre va a transformar la expresión de la necesidad en formulación de una demanda (de amor, de
placer, de presencia) y que transformará al mismo tiempo la mayoría de los accidentes somáticos y
sufrimientos del cuerpo en accidentes y sufrimientos vinculados con la relación que la une al niño.
Es necesaria la preservación de una relación entre el cuerpo psíquico (obra del proceso originario) y el
cuerpo relacional y emocional (obra de la psique materna).
La autora enfatiza la importancia que tiene que la madre pueda resignificar su propia organización
libidinal para poder investir el cuerpo del niño y la importancia de que ambas partes puedan compartir
placer de ser tocado y de tocar, es decir de erotizar el cuerpo del infans para que éste pueda sentir sus
propias experiencias de placer. En el caso de madres depresivas este placer no es compartido, por lo
tanto el infans no puede sentir sus propias experiencias como placenteras. La psique del infans no
recibirá el alimento psíquico placer que necesita de una forma apta para metabolizarlo. Sin presencia de
placer el aparato psíquico no puede funcionar.
CONCLUSIÓN: No hay cuerpo sin sombra, no hay cuerpo psíquico sin esa historia que es su sombra
hablada. Sombra protectora o amenazante pero indispensable por que sin ella no hay sujeto.
Microambiente: El sujeto nace en un espacio hablante que debe tener condiciones necesarias para que
advenga el Yo.
El ambiente psíquico o microambiente familiar serán en un primer momento percibido y catectizado por el
niño como metonimia del todo. Ese minúsculo fragmento del campo social se convierte para el niño en
equivalente y reflejo de una totalidad.
Los dos organizadores del espacio familiar son el discurso y el deseo de la pareja paterna.
Función de prótesis: de la psique materna permite que la psique encuentre una realidad ya modelada
por su actividad y que será representable. Solo gracias a este trabajo previo tal realidad es remodelable
por lo originario y lo primario.
En el momento del encuentro infans madre:
a) la madre ofrece un material psíquico que es estructurante solo por haber sido ya remodelado por
su propia psique, lo que implica que ofrece un material que respeta las exigencias de la represión.
b) El infans recibe este alimento psíquico y lo reconstruye
Violencia primaria: un discurso que se anticipa a todo posible entendimiento, es necesaria para permitir
el acceso del sujeto al orden de lo humano. Es el discurso preexistente que le concierne. Tan pronto
como el infans se encuentre presente la sombra hablada se proyectara sobre su cuerpo y ocupará el
lugar de aquel al que se dirige el discurso del portavoz.
Función paterna: desempeña una referencia tercera. El padre mismo debe considerarse y ser
considerado como el primer representante de los otros, como el garante de la existencia de un orden
cultural constitutivo del discurso y de lo social. El no debe pretender ser el legislador omnipotente de este
orden, sino aquello a lo que se somete como sujeto.
Sombra hablada: En un primer momento de la vida el discurso materno se dirige a una sombra hablante
proyectada sobre el cuerpo del infans demandando la confirmación de la identidad con la sombra.
Madre:
- Represión de la sexualidad infantil.
- Amor por el niño.
- Acuerdo con el discurso socio - cultural.
- Presencia del padre y deseo.
Ofrece un discurso que ignora el ingrediente sexual. Introduce una brecha entre satisfacción de la
necesidad y satisfacción libidinal. En todos los casos el análisis del deseo icc de la madre por el niño
mostrará la coexistencia de un deseo de muerte y de un sentimiento de culpa, inevitable ambivalencia
que suscita el objeto.
La presencia de lo que designamos como sombra hablada constituye una constante de la conducta
materna. Sombra llevada sobre el cuerpo del infans por su propio discurso, se convierte en la sombra
parlante de un soliloquio a dos voces sostenido por la madre. El primer punto de anclaje entre sombra y
cuerpo esta representado por el sexo.
La sombra representa la persistencia de la idealización que el Yo proyecta sobre el objeto, lo que él
querría que sea o que llegase a ser, no anula aquello que a partir del objeto puede imponerse como
contradicción. Entre el objeto y la sombra persiste la posibilidad de la diferencia.
En el primer tiempo de vida no es posible la contradicción de los enunciados identificatorios. Por eso la
sombra se encuentra resguardada. La posibilidad de contradicción persiste a traves del cuerpo: sexo,
todo lo que en el cuero pueda aparecer bajo el signo de una falta: de sueño, de movimiento, de
crecimiento.
La sombra hablada constituye el instrumento privilegiado de la violencia primaria, y demuestra lo que
determina su inevitabilidad: la posibilidad de que la categoría de la necesidad sea trasladada al registro
de la demanda libidinal y que ocupe un sitio en el ámbito de una dialéctica del deseo.
El discurso de la sombra hablada es el que permite ignorar el ingrediente sexual inherente a su amor por
el niño. Así intenta impedir el retorno de lo que debe permanecer en lo reprimido. En el discurso materno
todo aquello que habla el lenguaje de la libido y del amor es dedicado a la sombra. Lo que llamamos
sombra está constituido por una serie de enunciados testigos del anhelo materno referente al niño. La
sombra preserva a la madre del retorno de un anhelo: tener un hijo del padre o en casos más extremos
tener un hijo de la madre. La sombra es lo que el yo puede reelaborar, reinterpretar, a partir del segundo
anhelo reprimido.
El niño es quien en la escena de lo real da testimonio de la victoria del Yo sobre lo reprimido, pero
tambien el que permanece mas cerca del objeto de un deseo icc. (cuyo retorno convertiría al niño en
objeto de una apropiación que le está prohibida al Yo)
El conjunto del discurso de la sombra puede situarse bajo la rúbrica de los anhelos: para el infans se
anhela un ser, un tener, un devenir que representa aquello a lo que se ha tenido que renunciar, sueño de
una recuperación narcisista.
Riesgo de exceso: El deseo materno es indispensable tanto para la supervivencia física como psíquica
del niño. De este modo lo que la madre desea se convierte en lo que demanda y espera la psique del
niño. Ambos ignoran la violencia operada por una respuesta que preforma definitivamente lo que será
demandado.
El riesgo de exceso es un factor importante para el destino del sujeto. En la actualización de la violencia
que opera el discurso materno se infiltra, un deseo que permanece ignorado y negado: el deseo de que
nada cambie. Deseo de preservar el status quo de esa relación. Si la madre no logra renunciar a él este
deseo basta para cambiar radicalmente el sentido de lo que era lícito. Lo que ella no querría perder es
aquel lugar que nadie puede acordar el de un sujeto que da la vida, que posee los objetos de la
necesidad, y dispensa todo aquello que constituye para el otro una fuente de placer.
A partir de las funciones del cuerpo aparecerá la actividad de pensar. Se producirá una relación con el
riesgo de exceso y la actividad de pensar. La actividad del pensar a diferencia de las actividades del
cuerpo es la primera cuyas producciones pueden ser ignoradas por la madre y a su vez la actividad
gracias a la cual el niño puede descubrir sus mentiras y comprender lo que ella no querría que se sepa.
Se instaura entonces una lucha en la que, por parte de la madre se intentará saber qué piensa el otro
mientras que en lo tocante al niño aparece el primer instrumento de una autonomía y de un rechazo que
no pone directamente en peligro su supervivencia.
El riesgo de exceso entonces, será el pasaje del deseo necesario al deseo de no cambio que privará al
niño de todo derecho autónomo de ser, prohibiendole un pensamiento autónomo. Si esto ocurre el sujeto
sólo será capaz de pensar aquello que sea autorizado por el poder-saber materno.
El discurso social constituye un soporte identificatorio para el sujeto que busca y debe encontrar en ese
discurso referencias que le permitan proyectarse hacia un futuro
Implica su universalidad, todo sujeto es consignatario, pero la parte de la libido narcisista que se catectiza
en él varía de un sujeto a otro, de una a otra pareja y entre los elementos de la propia pareja.
La relación que mantiene la pareja parental con el niño lleva la huella de la relación de la pareja con el
medio social que la rodea, conceptualizado esto como “Contrato narcisista”, en tanto supone el arreglo
del sujeto con los enunciados que el conjunto socio cultural emite. Enunciados identificatorios sobre su
existencia, su cuerpo y su lugar en la trama familiar e histórico- social.
Mientras nos mantenemos dentro de ciertos límites, las variaciones de la relación pareja-medio
desempeñarán un papel secundario en el destino del sujeto, que en un segundo momento podrá
establecer con estos modelos una relación autónoma. (neurosis) No ocurre lo mismo cuando estos
límites no son respetados, sea porque la pareja rechaza las cláusulas esenciales del contrato o porque el
conjunto impone un contrato viciado de antemano. (psicosis)
Proyecto identificatorio “Autoconstrucción continua del Yo por el Yo, necesaria para que esta instancia
pueda proyectarse en un movimiento temporal, proyección de la que depende la propia existencia del Yo.
Acceso a la temporalidad y acceso a una historización de lo experimentado van de la mano: la entrada en
escena del Yo es, al mismo tiempo, entrada en escena de un tiempo historizado”
El saber del yo por el yo tiene como condición y como meta asegurar al yo un saber sobre el yo futuro y
sobre el futuro del yo. El “yo advenido” designa por definición un yo supuesto capaz de asumir la prueba
de la castración. Es por ello que esta imagen de un yo futuro se caracteriza por la renuncia a los atributos
de la certeza. Solo puede representar aquello que el yo espera devenir.
La posibilidad del yo de catectizar emblemas identificatorios que dependen del discurso del conjunto y no
ya del discurso de un único otro es coextensa con la modificación de la problemática identificatoria y de la
economía libidinal después de la declinación del complejo de edipo. a partir de este momento, nuevas
referencias modelaran la imagen a la que el yo espera adecuarse. esta imagen se constituye en dos
tiempos:
En el período que precede a la disolución del complejo de edipo: el niño puede enunciar la primera
formulación de un proyecto que manifiesta el acceso del niño a la conjugación de un tiempo futuro,
podríamos resumir así “me casaré con mamá y poseeré todos los objetos que existen”
En la fase posterior, el enunciado será completado por un “seré esto”. Cualquiera sea el término, deberá
designar un predicado posible acorde al sistema de parentesco al que pertenece el sujeto.
El yo se abre a un primer acceso al futuro debido a que puede proyectar en él el encuentro con un estado
y un ser pasado. Sin embargo ellos presupone que ha podido reconocer y aceptar una diferencia entre lo
que es y lo que querría ser.
La posibilidad de considerar al cambio como una prima de placer futura es condición necesaria para el
ser del yo. Esta instancia debe poder responder cada vez que se plantea el interrogante acerca de Quién
es Yo, interrogante que nunca desaparecerá.
En un primer tiempo, esta rta es respondida por la pareja parental y aceptada por el infans. Pero llegará
un momento en que se impondrá un tiempo para comprender: la prohibición de gozar de la madre se
refiere tanto al pasado como al presente y al futuro. Es menester renunciar a la creencia de haber sido,
de ser o de poder llegar a ser el objeto de su deseo;la coincidencia entre el Otro y la madre deberá
finalmente disolverse: la voz materna ya no tiene ni el derecho ni el poder de responder a los
interrogantes “quién soy” y “que debe llegar a ser el yo”. El yo responderá a estos 2 interrogantes, que
deben pese a todo ser respondidos, en su propio nombre y mediante la autoconstrucción continua de una
imagen ideal que él reivindica como su bien inalienable y que le garantiza que el futuro no se revelará ni
como el efecto del puro azar, ni como forjado por el deseo exclusivo de otro yo.
Entre el yo y su proyecto debe persistir un intervalo, lo que el yo piensa ser debe presentar alguna
carencia, siempre presente, en relación con lo que anhela llegar a ser. Entre el yo futuro y el actual debe
persistir una diferencia, una x que represente lo que debería añadirse al yo para que ambos coincidan.
Esta x debe faltar siempre: representa la asunción de la prueba de castración en el registro identificatorio
y recuerda lo que esta prueba deja intacto: la esperanza narcisista de un autoencuentro,
permanentemente diferido, entre el yo y su ideal que permitiría el cese de toda búsqueda identificatoria.
“La castración es una prueba en la que se puede entrar pero de la cual, en cierto sentido, no se sale (…)
Lo que sí cabe es asumir la prueba de tal modo que le preserve al Yo algunos puntos fijos en los que
apoyarse ante el surgimiento de un conflicto identificatorio.”
Podemos decir que el yo está constituido por una historia, representada por el conjunto de los enunciados
identificatorios de los que guarda recuerdo, por los enunciados que manifiestan en su presente su
relación con el proyecto identificatorio y, finalmente, por el conjunto de los enunciados en relación con los
cuales ejerce su acción represora para que se mantengan fuera de su campo, fuera de su memoria, fuera
de su saber.
Aulagnier, P. (1980). Capítulo VIII “El derecho al secreto. Condición para poder pensar”. En El
sentido perdido. (pp. 135 - 150). Buenos Aires. Editorial Trieb.
El descubrimiento de la mentira juega un papel decisivo para el pensamiento del niño presente en la
respuesta parental a su pregunta sobre el origen. Dicho descubrimiento conduce al niño a un segundo
descubrimiento fundamental para su estructuración: la propia posibilidad de mentir, la posibilidad de
esconder al Otro y a los otros una parte de sus pensamientos. Este descubrimiento asesta su primer
golpe y también el más decisivo a la creencia en la omnipotencia parental. Tal descubrimiento lo lleva a
hacer suya la prueba de la duda.
En la relación madre-hijo será en el registro del pensar donde va a librarse una lucha decisiva
concerniente a la aceptación o al rechazo, por parte de la madre, del reconocimiento de la diferencia, de
la singularidad, de la autonomía de ese nuevo ser que ha formado parte de su propio cuerpo y que en
efecto dependió totalmente de ella para su supervivencia. El derecho a mantener pensamientos secretos
debe ser una conquista del Yo, el resultado de una victoria conseguida en una lucha que opone al deseo
de autonomía del niño la inevitable contradicción del deseo materno a su respecto.
No puede haber actividad de pensar si no se recibe placer o se lo espera en recompensa, y ese placer
solo es posible por naturaleza si el pensamiento puede aportar la prueba de que no es la simple
repetición de un ya-pensado-desde-siempre.
No puede haber realización del proyecto analítico si ambos participantes no son capaces de correr el
riesgo de descubrir pensamientos que podrían cuestionar sus pensamientos más firmes: esto vale, por
idénticas razones, tanto para el analizado como para el analista, con respecto a lo que el primero creía
conocer sobre sí mismo, y con respecto a o que el segundo creía al resguardo de la dda en su propia
teoría.
Esto presupone que el sujeto goce de una libertad de pensamiento que incluye también la de mantener
secretos determinados pensamientos, no por vergüenza, culpa o temor, sino simplemente porque
confirman al sujeto su derecho a esa parte de autonomía psíquica cuya preservación es vital para él.
Aulagnier, P. (1988). “Como una zona siniestrada”. En Revista Trabajo del psicoanálisis. Vol. 3 N° 9. (pp.
161-173). Buenos Aires.
¿Qué características -propias del recorrido identificatorio- podrían explicar el pasaje de una potencialidad
psicótica a una psicosis manifiesta al final de la adolescencia?
Primer punto: no es posible separar lo que es del orden de la representación pulsional de lo que resulta
del campo identificatorio.
El conflicto pulsional e identificatorio en la neurosis permitirá que los dos componentes del je preserven
su indisociabilidad, para estallar contra sus ideales o con los ideales que supuestamente le imponen los
otros. En la psicosis suceden otras cosas. Aquí la prohibición no recae sobre tal objeto, tal meta, tal
proyectos particulares, sino sobre toda postura deseante, que no ha sido impuesta y legitimada
arbitrariamente por el deseo, la decisión de una instancia exterior. La consecuencia de la violencia
secundaria es prohibir representaciones que el identificante se daría de el mismo reivindicando su
autonomía. . Solo será aceptada o rechazada lo que le imponga la potencia prohibidora.
En la psicosis el conflicto identificatorio opone y desgarra los dos componentes del Yo (el identificante e
identificado). Esto explica la dimensión dramática que pueden tomar los conflictos que se reactivan
frecuentemente después de esta reorganización de las investiduras propias de la adolescencia.
Segundo punto: el trabajo de historización de su tiempo pasado que realiza el Yo. El Yo es una historia
que se da y nos da una versión, sustituyendo a un tiempo pasado y perdido. El hecho de que un tiempo
hablado garantice la memoria de un tiempo pasado es un presupuesto para la existencia de un Yo que no
podría ser si no estuviese asegurado de que ha sido.
La historización de lo vivido es una condición necesaria para la instalación de una investidura del tiempo
futuro como para que el Yo tenga acceso a la temporalidad y pueda tomar a cargo e investir lo que es el
proyecto identificatorio.
Lo propio del sujeto humano es retrotraer a un pasado más o menos cercano la causa de lo que él es, de
lo que vive, de lo que espera.
En relación a la pregunta inicial. Esta retroyección causal la mayoría de las veces va a privilegiar el
“tiempo de conclusión” de una fase libidinal e identificatoria. Tiempo de conclusión del pasaje del infans al
niño, del niño al adolescente, del adolescente al adulto.
El momento en que el sujeto entra en la adolescencia, va a dar forma estabilizada (aunque modificable),
al relato histórico de su tiempo y de lo vivido en la infancia. En este relato el sujeto hará responsable a su
pasado, de lo que es y de lo que tiene, de lo que no es y de lo que no tiene. Pasará lo mismo con el
adulto.
El lugar privilegiado del tiempo pasado es que le da un sentido al tiempo presente. Son las experiencias
que marcaron el pasaje de una fase a la otra. En esos momentos de transición entre una forma de
relación y la que le sigue se reformulará de manera insistente la pregunta, en relación a la posición
identificatoria del Yo. En estos momentos virajes el Yo hará rendir cuentas a ese tiempo pasado de su
vida y aún más a aquellos parteners que lo acompañaron en el trayecto.
Tercer punto: El fenómeno de telescopaje o develamiento. Es definido como una situación, una
experiencia, un acontecimiento, que confronta de manera imprevista el Yo con una auto-representación
que se impone a él, con todos los atributos de la certeza cuando hasta ese momento ignoraba que
hubiese podido ocupar un tal lugar en sus propios escenarios. Una imagen ignorada por él pero que
había formado parte de ese desfile de posiciones identificatorias que recorrió antes de llegar a aquella
que ocupa.
Experiencias que confrontan al Yo a lo que no sabía que se había convertido, a la realización de lo que
no quería llegar a ser, a la distancia que separa lo que devino de lo que imaginaba que iba a llegar a ser.
En la pubertad nos enfrentamos con el registro del cuerpo y de los emblemas identificatorios, con la
presencia (positiva o desestructurante) de una nueva imagen, marcada por los signos de la identidad
sexual. Tal imagen recusa esa indiferenciación relativa, en la cual, hasta ese momento, el niño había
podido resguardarse, y en la cual, los padres habían podido dejar al pequeño personaje.
Por otro lado en el transcurso de la adolescencia el sujeto realiza a posteriori un proceso de des-
idealización de los padres comenzado mucho antes (segundo golpe a la omnipotencia de la pareja
parental). En algunos casos el adolescente no puede realizar esa des-idealización, lo cual obligará a
excluir de su espacio de pensamiento una parte de las informaciones que la realidad le envía. La
consecuencia será una auto-mutilación de su propia actividad de pensamiento: este es el precio que paga
para poder seguir ignorando lo que podría conocer acerca de la realidad afectiva de los padres. Este
peligro da cuenta de la urgencia que representa para el adolescente la posibilidad de investir nuevos
objetos, de proponer nuevas metas a su deseo, de elegir nuevos ideales.
La aparición de una sintomatología psicótica es la forma manifiesta que toma una potencialidad
psicótica, existente mucho antes que la adolescencia. Es la consecuencia de esa grieta que se constituyó
entre los dos componentes del je, que no fueron más que un collage superficial. Que se mantuvo
mediocremente y a menudo bastante mal hasta el momento en que una situación conflictiva
(develamiento) llegó a ponerla en peligro. La irrupción de un momento psicótico sella el encuentro del je
con un suceso psíquico que le devela una catástrofe identificatoria que ya tuvo lugar.
Caso clínico
A los 30 años consulta por problemas de orden neurótico. Hace más de un mes espera su respuesta
respecto a un cambio de lugar que se le propuso, cambio que aparentemente traía ventajas. No llega a
decidirse y cuando más se acerca el momento de responder mayor imposibilidad siente de hacer una
elección y se siente angustiado. Además tiene problemas de pareja y aun así no sabe si divorciarse o no.
En la segunda entrevista nombra su “crisis de adolescencia”. En mayo del 68 había vacilado entre seguir
sus estudios o dejar caer su proyecto para ir a trabajar a una fábrica, según una ideología que tenía cierto
peso en la época. No soportó las condiciones de trabajo. Cambia de ciudad y durante 2 o 3 meses vive
lejos de su familia encontrando algunas changas. Eso lo deprimió y una médica lo recompuso. Luego
preparó su concurso y retomó sus estudios.
Este episodio [Link] lo denomina episodio psicótico. Para comprenderlo mejor hay que dilucidar las
coordenadas familiares. El padre de George era judío y la madre católica. Georges siempre ignoró esto
hasta los 15 años. Nunca supo porqué se lo habían ocultado. La relación con su padre tenía cierta
ambigüedad y complejidad.
George en el momento en el que más necesitaba apoyarse en puntos de sostén ofrecidos por el campo
social, este lo enfrenta a un cuestionamiento de sus certezas y sus valores, entrando en contradicción
con las concepciones familiares e incompatible con la situación de no conflicto que espera preservar junto
con las instancias parentales. Si bien es cierto que el recorrido identificatorio debe estar siempre abierto,
que le funcionamiento del yo exige que esta instancia reconozca y acepte un continuo movimiento de
modificación; por el contrario, el ordenamiento de las referencias simbólicas debería finalizar luego de la
declinación de la vida infantil: la época de la adolescencia, consagrandose a la consolidación de ese
ordenamiento que la precede. En esta tarea de consolidación el campo social juega un papel esencial, las
referencias y soportes que propone ayudan al sujeto a ir más allá de su dependencia de las elecciones
emblemáticas privilegiadas con los padres, sin tener que entrar en conflicto abierto e insuperable con
ellos.
A los 16 años (mayo 68)el padre amenaza a Georg e con que no milite porque terminaría en su suicidio,
esta situación lo confronta con la imagen de buen hijo que él tenía (referencia identificatoria). Al mismo
tiempo es llamado por su mejor amigo (como hermano mayor, protector e idealizado) a que se
comprometa en actividades políticas o no lo volverá a ver jamás. Segunda amenaza y segunda acusación
leída en la mirada de alguien que hasta ese momento le aseguraba la valorización de un identificado en
el cual podría reconocerse. Por su parte, la madre quiere impedirle asistir a las reuniones y estalla una
escena violenta. La madre lo zamarrea y le dice: estás loco como tu tío, hice todo para que seas diferente
y no sirvió de nada. Esta acusación materna condensa y revela las amenazas implícitas pronunciadas por
el padre y el amigo. Para George el término locura está ligado a las crisis epilépticas del hermano mayor,
veía en ellas la destrucción de todo carácter humano en el niño.
En poco más de un mes recibe el impacto de una serie de identificados inasumibles, de los cuales el
último lo enfrenta a lo que él no sabía que era la figura de la muerte y el horror: deshumanización y
muerte del niño. Catástrofe de las referencias identificatorias que culminará en el delirio.
. Es allí cuando se le impone a George una certeza delirante de que tiene una misión secreta, que es el
único que puede salvar al mundo, hacer compartir por todos un proyecto político de fraternidad, gracias al
cual todos se transformarían en humanos felices e iguales. Se levanta al amanecer, sale a caminar por la
ciudad, va a trabajar a una fábrica del interior y luego de dos o tres meses vuelve a su ciudad.
Si retomamos la historia familiar, el “medio ambiente psíquico” tanto como el propio espacio psíquico en
el cual devino el Yo de Georges, lo enfrentaron a lo largo de su proceso identificatorio con conflictos
demasiado próximos. Dejaron secuelas que trató como zonas siniestradas en las cuales se prohíbe el
acercamiento, rodeandolas de sólidas barreras y de carteles de señalización.
P. Aulagnier señala dos factores responsables de estos “siniestros”. Primero la epilepsia del hermano con
el cual compartió habitación desde el nacimiento hasta los 6 años. Esta crisis lo aterraba y a partir de
cierta edad comenzó a preguntarse con qué intenciones la madre lo obligaba a ser testigo de ellas.
Segundo, a los tres años se confronta con la actitud enigmática y traumática de su tío paterno al que la
madre trata de loco y al cual lo acusa de parecérsele. Ese tío era sacerdote y en la familia de Georges
gozaba de un prestigio particular. Todo el mundo lo llamaba “padre”, la madre hablaba con él como un
representante de Dios. En cuanto a Georges, a pesar de no haber sido nunca bautizado se le exigía
llamarlo “padrino”. Lo que pasaba todo los domingos cuando se separaban, su tío, al momento de irse, le
decía “nunca debes olvidar hijo mio, de quien eres hijo”. Esto despertaba preguntas en George, si debía
recordar de quién era hijo, ¿era porque el padre no lo era? ¿Quién era ese hombre al que debía llamar
padrino y que era conjuntamente el hermano de la madre y el hijo preferido de Dios? y en relación a este
Dios porqué surge una especie de molestia entre los padres cuando él lo nombraba? Trató de pedirle
explicaciones a sus padres pero no tuvo éxito. El padre se conformó con decirle que no había nada que
entender en el discurso de su cuñado, la madre inversamente le alimentaba que esas eran “palabras del
hijo de Dios” y que más tarde entendería.
Este tío muere a los 12 años de George y nunca más hablaron de él. Cuando le pregunta a su madre los
motivos de su muerte ella le responde que no sabe nada y que son preguntas que no debe hacer.
Los dos episodios delirantes se desencadenaron en el momento que el análisis conduce a Georges a
interrogarse acerca del sentido oculto de esta escena con su tío y acerca de la extrañeza de la actitud
tanto materna como paterna: silencioso testigos y cómplices de esa repetición semanal.
George no pudo sobrellevar las consecuencias de este terremoto de su suelo identificatorio y volvió a
realizar una consolidación de las construcciones agrietadas. Pedazo de su ruta guardaron huellas que
hicieron de estas “zonas siniestradas” encima de las cuales ya no se puede construir. A pesar de esto,
pudo retomar a los tropezones su recorrido identificatorio y aferrándose a soportes externos para balizar
los aspectos no peligrosos de su espacio identificatorio, para señalizar las vías que deben ser evitadas y
aquellas que pueden recorrer sin mayores riesgos.
Aulagnier, P. (1991). “Construir (se) un pasado”. En Revista de psicoanálisis APdeBA. Vol. 13, N°3.
(pp. 441-468)
Adolescencia: entre las tareas reorganizadoras a ese tiempo de transición que es la adolescencia,
considero que una tiene un rol determinante tanto para su éxito como para s fracaso: ese trabajo de
poner en memoria y de poner en historia gracias al cual, un tiempo pasado, y, como tal, definitivamente
perdido, puede continuar existiendo psíquicamente en y por esta autobiografía, obra de un yo que sólo
puede ser y devenir prosiguiendola del principio al fin de su existencia.
Autobiografía no solamente jamás terminada, sino en la cual, incluso los capítulos que se creían
definitivamente acabados pueden prestarse a modificaciones, ya sea añadiendo nuevos párrafos o
haciendo desaparecer otros. pero si ese trabajo de construcción-reconstrucción permanente de un
pasado vivido nos es necesario para orientarnos e investir ese momento temporal inasible que definimos
como presente, es necesario aún que podamos hacer pie sobre un número mínimo de anclajes estables
de los cuales nuestra memoria nos garantice la permanencia y la fiabilidad. He aquí una condición para
que el sujeto adquiera y guarde las certeza de que es el autor de su historia y que las modificaciones que
ella va a sufrir, no pondrán en peligro esa parte de permanente, singular que deberá transmitirse de
capitulo en capitulo, para ser coherente y que tenga sentido el relato que se escribe.
Aulagnier resalta el concepto de modificación. La reacción del aparato psíquico a lo que surge, cambia,
desaparece en la escena de la realidad y sobre su propia escena somática, es el organizador de los
mecanismos a los que este mismo aparato recurre, para según el caso aceptar, negociar, rechazar,
desmentir este movimiento que aporta una parte de imprevisto y desconocido. El valor de este concepto
nos es confirmado por el análisis de la relación de interdependencia presente entre lo modificable y lo no
modificable en el registro relacional y en el registro identificatorio.
Es en el curso del tiempo de la infancia que el sujeto deberá seleccionar y apropiarse de los elementos
constituyentes de los elementos de ese fondo de memoria gracias al cualpodra tejerse la tela de fondo de
sus composiciones biográficas. Tejido que puede solo asegurarle que lo modificable y lo inexorablemente
modificado de sí mismo, de su deseo, de sus elecciones, no transformen a aquel que él deviene en un
extraño para aquel que él ha sido, que sus mismidad persiste en ese yo condenado al movimiento, y por
alí, a su automodificación permanente.
(Lo que importa, es la resistencia de ese nex garante de la resonancia afectiva que debera establecerse
entre el prototipo de la experiencia vivida y la que él vive, por diferentes que sean la situación y el
reencuentro que la provoquen)
Este fondo de memoria puede bastar para satisfacer dos exigencias indispensables para el
funcionamiento del yo:
- garantizarle en el registro de las identificaciones esos puntos de certidumbre que asignan al sujeto
un lugar en el sistema de parentesco y en el orden genealógico y, por consiguiente, temporal,
inalienable y al amparo de todo cuestionamiento futuro sin importar los sucesos y los conflictos
que hallará
- asegurarle la disposición de un capital fantasmático que no debe formar parte de ninguna reserva
y al que debe poder recurrir porque es el único que puede aportar la palabra apta al afecto
Capital fantasmático que va a decidir lo que formará parte de su investidura y lo que no podrá encontrar
lugar en ella, las representaciones que podrá imantar para su provecho, su deseo, y aquellas que quedan
marcadas por el sello del rechazo, de lo negativo, de lo mortífero.
El tiempo de la infancia deberá concluir con la puesta en lugar y al abrigo de toda modificación de lo que
delimita con el término singular. Este trabajo permite al sujeto hacer de su infancia ese antes que
preservara una ligazón con su presente, gracias a la cual se construye un pasado como causa y fuente
de su ser. En la adolescencia habrá que mantener una ligazón entre presente y pasado, poder descubrir
alli según la situación vivida, una potencialidad que esté presente realiza o una causalidad que de sentido
a la prueba que impone.
La autora insiste sobre los caracteres que separan la identificación simbólica y sus puntos de certeza,
estables e inmutables, una vez adquiridos, del registro imaginario que sostiene estos movimientos sobre
el tablero identificatorio necesarios para sostener el proyecto y el deseo del yo, movimientos
efectivamente dependientes de los encuentros y por consiguiente, de la investidura de objetos que hará a
lo largo de su existencia ese mismo yo. Retoma esto a propósito de este principio de permanencia y de
cambio que rigen el proceso identificatorio y que deben poder preservar entre ellos un estado de alianza.
Aulaguier enfatiza la otra cara que acompaña este mismo proceso, es decir, el basamento fantasmático
de lo que define como espacio relacional. Que también presentan un principio de cambio y otro de
permanencia, en relación al último, permanencia de la matriz relacional que se constituye en el curso de
los primeros años de nuestra vida y que es depositaria y garante de la singularidad del deseo del yo. El
principio de cambio baliza el campo de los posibles compatibles con esta matriz.
La gama de posibles relacionales depende de la cantidad de posiciones identificatorias que el yo puede
ocupar guardando la seguridad de que el mismo yo persiste, se encuentra y se encontrará en ese yo
modificado que ha devenido y que va a devenir. En el curso de las fases relacionales que recorre el niño,
se van a anudar puntos señeros entre ciertas representaciones fantasmáticas, sus vivencias afectivas y
un rasgo específico del objeto y de la situación que las ha desencadenado (representaciones
conclusivas). Vivencia afectiva que se caracteriza por la intensidad de la participación somática que ha
arrastrado. Operan a modo de cristalización y tendrán por ese hecho la función de representaciones
conclusivas cuya leyenda va a retroyectar el yo sobre el total de experiencias afectivas que las han
precedido en el curso de una misma fase relacional.
Emoción: todo estado afectivo del que el yo puede tomar conocimiento. Califica de leyenda fantasmática
la interpretación causal que se da el yo de la emoción que sufre en una tonalidad de placer o de
sufrimiento, interpretación que se sustituye a la puesta en escena fantasmática, fuente y causa del afecto.
El capital fantasmático decide los posibles relacionales para un sujeto dado, la elección de sus soportes
de investidura, las parejas sexuales que le son accesibles.
En relación con el discurso materno, señala que la función es de proveer al yo la historia de ese bebé que
ha precedido a su propio advenimiento sobre la escena psíquica. Si la versión que la madre le propone es
“suficientemente sensata”, el niño podrá aceptar que para la escritura de ese primer capítulo permanece
dependiente de la memoria materna. Pero, una vez asumido ese préstamo obligado, será necesario que
el yo pueda devenir ese “aprendiz historiador” que, antes de conquistar su autonomía deberá ser
reconocido como el coautor indispensable de la historia que se escribe.
HORNSTEIN
Avatares de la adolescencia
Cuando el yo es inestable, ante ciertos cambios pueden amenazar las patologías y provocar que la
ilusión de ser grande caiga en desilusión porque esos grandes no existen (fobias, duelos no tramitados
de la infancia, actuaciones repetitivas con riesgos de vida, rechazo del desear, descalificación de
cualquier responsabilidad o compromiso.
Hay una exigencia de trabajo psíquica que implica esfuerzo y creación de algo nuevo. El adolescente
se reapropia de su historia infantil estableciendo nuevas alianzas con su cuerpo, con la realidad, con su
mundo relacional y las distintas instancias psíquicas.
Es un proceso histórico singular y no una etapa predeterminada. Los cambios y movimientos pueden
propiciar efectos estructurantes o desestructurantes en el proyecto identificatorio. Se resignifican y
retranscriben los enunciados maternos, las marcas de sus cuidados y atenciones.
“Historizar es no quedar nunca cerrado ni encerrado en los miedos y en la incertidumbre del cambio.
Poder anclar un punto de partida certero, aquel que el narcisismo primario instituye es condición
necesaria para transitar la vida, saber de dónde viene cada uno, donde está detenido y hacia dónde
va”. (p.123)
El cuerpo habla, grita, goza, duele y reaparece en el púber que lo entiende desde su historia y desde
el imaginario social. Marca sus pautas y legalidades. La vida corporal y las representaciones
psíquicas son anteriores a la existencia del yo. Una vez advenido debe interpretar lo vivido y
conformar una trama relacional.
Freud decía que el yo es ante todo una esencia cuerpo. Piera Aulagnier afirma que los órganos
sensoriales son el puente entre el soma y la psiquis. El cuerpo es necesario para la vida psíquica.
El cuerpo es la primera organización que le otorga al niño un sentido de sí mismo.
El púber desde su historia, anhelos, sostenes identificatorios de los otros escucha al cuerpo, lo
descubre, lo ignora, lo contiene, lo odia, lo maltrata, lo usa o lo enferma. Son formas de simbolizar los
avatares de la historia. Podemos en análisis ayudar a que pongan en palabras estos afectos y
establecer nuevos nexos, ligar representaciones.
La pubertad irrumpe con los cambios corporales y con el embate pulsional como momento
caótico disipativo, es un punto de bifurcación que abre una serie de posibilidades. La adolescencia
deviene proceso, rehistorización, recomposición narcisista, identificatoria y libidinal. Permite el
pasaje de los objetos prohibidos hacia los objetos exogámicos.
El adolescente asume determinado tipo de defensas pero necesita tener la certeza de ciertas
posiciones identificatorias que le garanticen un sentimiento de continuidad de sí para encarar
nuevas relaciones objetales que le reaseguren el sostén de deseos, placeres y proyectos. Como
tiempo de ruptura, requiere de una serie de trabajos simbólicos para reorganizaciones
compatibles con una matriz relacional permanente y con acceso a elecciones de objetos
posibles.
Con el advenimiento del yo, el trabajo del pensamiento adquiere mayor complejidad para resignificar
los hechos, las escenas fantasmáticas y las interpretaciones de las fases anteriores y las posiciones
identificatorias propias de ser niño. Lo que no pudo ser reprimido insiste como el trauma, intentando
retornar a un tiempo anterior que no se quiere modificar y que altera el trabajo de historización y por
ende, dificulta la salida exogámica y crear nuevos intereses.