TEMA III
PRIMERA EXPANSIÓN DE LA IGLESIA
1.- LA IGLESIA FUERA DE JERUSALÉN: EN LOS MEDIOS
JUDÍOS DE PALESTINA Y DE LA DIÁSPORA
El cristianismo, aunque al principio, se desarrolla principalmente en los
medios judíos de Palestina y de la Diáspora, no deja de abordar los medios
paganos. Los documentos que poseemos en su mayoría se ocupan del
desarrollo de la Iglesia en el mundo pagano Occidental. Sin embargo, la misión
cristiana se desarrolla igualmente para el mundo pagano Oriental, cuya lengua
cultural era el arameo: Transjordania, Arabia, Fenicia, Celesiria, Adiabene y
Osroene. El cristianismo sirio fue muy importante durante los dos primeros
siglos. Los Hechos presentan la misión como ligada principalmente a los
helenistas. Pero también hay una misión aramea. Eusebio nos dice que Tomás
evangelizó a los partos (HE III, I, 2).
En cambio, si podemos decir que el origen de la iglesia en Galilea es un
misterio. Los Hechos atestiguan su existencia (9,31). Hay unas inscripciones
judeocristianas arcaicas, descubiertas en Nazaret, las cuales prueban una
evangelización muy antigua.
Por lo que respecta a la iglesia en Samaria aparecen, por el contrario,
consignados en los Hechos. Estos los relacionan con la expulsión de los
helenistas de Jerusalén en el 37. Uno de los Siete, Felipe, desciende de Samaria
(8,4). Pero el medio samaritano presentaba ciertas características singulares que
parecen haber provocado el fracaso de la misión. Tal es, sin duda, el sentido del
episodio de Simón. Los Hechos nos indican que practicaba la magia, se hacía
pasar por el “Gran poder” y ejercía una considerable influencia (8, 9-10).
Los misioneros helenistas llevaron el evangelio fuera de los límites
geográficos de Palestina; llegaron hasta Siria, Fenicia y Chipre. En Antioquía,
capital de Siria, predicaron el evangelio no sólo a los judíos allí residentes, sino
también a los paganos, a los que no les imponían las cargas de la tradición
mosaica. Al no tener vigencia la ley mosaica, aquella comunidad se diferenció
netamente de cualquier otra comunidad judía; y por eso en Antioquía, hacia el
año 45, los discípulos de Jesús empezaron a ser designados con el apelativo de
cristianos (Hch 11,19-26). La comunidad antioquena, al estar libre de cualquier
traba cultural judía, y al usar la lengua griega, dio los primeros pasos que
conducirán al cristianismo hacia la universalidad.
Los cristianos hebreos, más fieles a la tradición mosaica que los
helenistas, vivieron en paz en Jerusalén durante algún tiempo después del
martirio de Esteban. Hacia el año 43, Herodes Agripa I, que vivía en Roma al
amparo del emperador Calígula, cayó en desgracia del emperador Claudio, y
regresó a sus dominios de Palestina; se ganó las simpatías de Anás, que había
intervenido directamente en el proceso contra Jesús y para complacerle inició
una persecución contra la “secta de los nazarenos” (Hch 24,5 24,14; 28,22);
decapitó a Santiago el Mayor; y después encarceló a San Pedro (Hch 12,1-4) con
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la intención de ejecutarlo públicamente para dar un escarmiento a “los
nazarenos”; pero el Señor lo libró misteriosamente de la cárcel. A partir de este
momento, San Pedro ya no ocupa un lugar tan destacado en los Hechos de los
apóstoles; deja el protagonismo a San Pablo; pero San Pedro volverá por algún
tiempo a Jerusalén.
Pedro, después de ser liberado de la cárcel, se refugió en la casa de
María, la madre de Juan Marcos, donde la comunidad estaba orando por él
(Hch 12,12); y después, dice San Lucas, Pedro “se marchó a otro lugar” (Hch
12,17). ¿Dónde estuvo? Según una antigua tradición, San Pedro fue obispo de
Roma durante veinticinco años, desde la salida de Jerusalén, hasta que murió
durante la persecución de Nerón (64-67), aunque los hechos nos dicen que
estuvo en Jerusalén sobre el año 50 (Hch 15,6-11); posteriormente estuvo en
Antioquía (Gal 2,11-14); y probablemente pasó algún tiempo también en
Corinto, pues Pablo constataba la existencia de grupos de cristianos que en
aquella comunidad se consideraban partidarios de Pedro (1 Cor 1,12).
2.- CENTROS CRISTIANOS FUERA DE JERUSALÉN
El balance final de los primeros pasos de la Iglesia en Palestina fuera de
Jerusalén es bastante exiguo. El gran foco de expansión del cristianismo durante
los quince primeros años fue Siria. Y Antioquía fue el primer centro cristiano
después de Jerusalén.
2.1.- Damasco
El primer centro que encontramos es Damasco. Los Hechos nos
proporcionan dos indicaciones. Cuando Pablo se convierte en el año 38, ya hay
una comunidad cristiana en Damasco. Por otra parte, Hechos 11,19 relaciona la
evangelización de Fenicia, de la que Damasco forma parte, con los helenistas
expulsados de Jerusalén. Por tanto, la primera comunidad de Damasco se formó
en el 37. Estos cristianos de Damasco son judíos, ya que, de lo contrario, no
dependerían de la jurisdicción del sumo sacerdote de Jerusalén.
La comunidad de Damasco en una comunidad fundada por helenistas.
La persecución que Pablo secunda es precisamente contra ellos. Pero hay más.
Es sabido que poseemos las reglas de una comunidad judía emparentada con la
de Qumrán y que se había asentado en Damasco. Pues bien, se ha señalado
varios rasgos comunes entre la primera comunidad cristiana de Damasco y
aquella comunidad sadocita. El discurso de Esteban que representa la teología
helenista cita un versículo de Amós (5, 25-27), que se encuentra también en el
Documento de Damasco (esenio) (IX, II). Es posible, por tanto, que la primera
comunidad de Damasco estuviera formada, en parte, por sadocitas convertidos.
2.2.- Antioquía
El segundo centro de la expansión de la Iglesia en Siria es Antioquía. Una
ciudad políticamente muy importante. Era la sede local de la provincia de
Oriente y un foco de cultura griega. Su población, principalmente siria, era muy
cosmopolita, con muchos griegos y judíos. Su evangelización se remonta, como
la de Damasco, a la llegada de los helenistas el año 37. Va dirigida
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primeramente a los judíos. Pero los hechos precisan que algunos de estos
helenistas, “hombres de Chipre y de Cirene”, procedentes de Jerusalén, pero de
lengua griega, se dirigieron también a los griegos, es decir a los paganos (11,20).
Se convirtieron en un gran número. Antioquía se presenta, así como el primer
centro de una importante comunidad de pagano-cristianos. El año 42, ante el
desarrollo de la comunidad, los Apóstoles le envían a Bernabé. El episodio es
paralelo al envío de Pedro a Samaria. Demuestra la voluntad de los Apóstoles
de asegurar la unidad de las comunidades bajo su dirección colegial.
Es en Antioquía donde, por primera vez, se dio el nombre de “cristianos”
a los miembros de la comunidad (11, 26). Designa a los partidarios de
“Chrestos”. Es el paralelo exacto de la primera mención que hará del
cristianismo un escritor latino pagano: “Judaei impulsore Chresto tumultuantes”
dirá Suetonio. El hecho de que el grupo de los cristianos reciba ya un
sobrenombre oficial indica que la comunidad tenía una consistencia lo
suficientemente grande para aparecer en los círculos oficiales.
La comunidad de Antioquía estaba formada por un grupo importante de
pagano-cristianos, pero en Gal 2, 12 se nos dice que existía al mismo tiempo una
comunidad de judeocristianos. Antioquía era la primera ciudad en que se
producía semejante yuxtaposición. Está claro, según el relato de Gálatas, que
ambas comunidades se hallaban separadas. Los judíos convertidos al
cristianismo seguían sometidos a las observancias judías, en particular a la
prohibición de comer con los no judíos. Como la eucaristía tenía lugar con
ocasión de una comida, resultaba imposible que los judeocristianos y los
pagano-cristianos la celebraran juntos.
Así pues, muy pronto, Antioquía fue, frente a Jerusalén, el centro de la
expansión del cristianismo en el medio helenista pagano. También con
Antioquía hay que relacionar algunos de los documentos más antiguos del
cristianismo, que presentan rasgos comunes. El Evangelio de Mateo, aunque su
redacción definitiva sea posterior, parece ser un eco de la catequesis en el
ambiente antioqueno. Lo mismo sucede con la Didajé. Es muy probable que sea
de origen sirio. Este escrito presenta en su parte catequética una tradición
paralela a la que descubrimos en Mateo. En su parte litúrgica tenemos eco de la
liturgia antioquena primitiva.
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Con la evangelización de Antioquía hay que relacionar las de las
regiones circundantes. En Gálatas nos dice Pablo que está predicando en Siria y
Cilicia (año 43-44), el año que pasa en Antioquía con Bernabé. La evangelización
de Chipre es más antigua. Los Hechos (11, 19) nos dicen que los helenistas
llegaron allí ya en el año 37, al mismo tiempo que a Antioquía. Cuando lleguen
Pablo y Bernabé en el 45, encontrarán comunidades ya constituidas.
2.3.- Evangelización de los paganos
Las regiones cuya evangelización estamos mejor informados son Asia,
Macedonia y Acaya. Dos hombres desempeñaron un papel decisivo: Pablo y
Bernabé. Pablo es el personaje del cristianismo apostólico que mejor conocemos,
gracias al libro de los Hechos y a sus propias epístolas. San Pablo fue el hombre
que Dios llamó y envió a llevar a cabo la difusión universal del cristianismo.
Aunque ya el propio Jesús hubiera puesto las premisas de una religión
universal, superando los límites radicales del judaísmo. La consecución de un
alcance universal no se hubiera logrado sin la personalidad y la actividad de
san Pablo1.
El que después fue conocido como el apóstol de los gentiles había nacido
en Tarso, una ciudad culta de la diáspora, en el seno de una familia judía cuya
estricta observancia de la ley no le impidió estudiar en las escuelas griegas. Su
personalidad quedó marcada por el judaísmo como religión, por el helenismo
como fenómeno cultural y por el marco social y político que le ofrecía el
imperio romano.
Su nacimiento pudo ocurrir entre el 5 y el 10 d. C., poseía la ciudadanía
romana desde su nacimiento y por ello gozaba de facilidad de movimientos por
el imperio. Tarso tenía estatuto de ciudad libre, sus ciudadanos estaban sujetos
a tributación; su familia no era ni transeúnte ni extranjera; probablemente no
era de clase social baja. Era artesano textil, tejedor de lona o fabricante de
tiendas.
Pronto fue enviado a Jerusalén a realizar estudios rabínicos con el ilustre
Gamaliel pues en la diáspora no se daban las condiciones para esta formación ni
para la fiel observancia de la ley.
En cuanto a la persecución contra los cristianos es más probable que
Pablo persiguiera a los del lugar donde él residía y que esta persecución
consistiera en imponer los castigos normales propios de la sinagoga o en excluir
de la misma a los miembros de la comunidad judía que se habían hecho
cristianos o que quizás hacían propaganda del mensaje cristiano. Esta expulsión
podía tener consecuencias sociales y económicas y quizá también la posibilidad
de acusarlos ante los tribunales locales o a las autoridades romanas.
Por lo que respecta a su conversión ésta está narrada por Lucas y por el
propio Pablo. Su testimonio es de unos veinte años posterior al acontecimiento
y no aborda directamente el tema, sino que está tratado en el contexto de
discusiones sobre la legitimidad de su ministerio. No la describe
1Para la vida de Pablo aconsejamos el libro: MURPHY-O’CONNOR, J., Pablo, su historia. Edit. San Pablo. 20082.
Madrid.
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históricamente, sino que habla de ella como lo que legitima su misión. Él hace
referencia en Gal 1,15-17; 2,1-9; Flp 3,8.14; 1 Cor 9,1; 15,8; 2 Cor 3,18; 4,6.
En el camino de Damasco tuvo un encuentro con el Señor quien provocó
su conversión. El mismo Pablo habla de lo que significó este encuentro en Flp 3.
Fue una situación en la que la iniciativa la llevó el Señor, una experiencia
religiosa que supuso haber hallado la justicia de Dios no en la ley sino en la fe
en Cristo. En Pablo la conversión y la vocación misionera nacieron unidas en
esta experiencia de Damasco, lo que significa haber descubierto el cambio que
supone la fe en Cristo con respecto a la ley judía, cambio radical y objetivo que
provoca en el mismo Pablo su conversión y vocación misionera hacia los
paganos.
Pablo, por lo tanto, fue perseguidor de los helenistas en el año 36 y
convertido en el 38, pasó tres años en medio de sadocitas cristianos cerca de
Damasco. En el 41 va a Jerusalén donde encuentra a Pedro y a Santiago, el
hermano del Señor (Gal 1, 18; Hch 9, 30). Allá va a buscarle Bernabé el año 48.
Bernabé le había conocido en Jerusalén el 41 y le había presentado a los
Apóstoles. Pablo le lleva consigo a Antioquía, donde pasan juntos un año (42-
43).
“Yo soy judío –dice a los judíos de Jerusalén- nacido en Tarso de Cilicia, pero
educado en esta ciudad, instruido a los pies de Gamaliel en la exacta observancia de la
ley de nuestros padres; estaba lleno de celo por Dios, como lo estáis vosotros al día de
hoy. Yo perseguí a muerte a este Camino, encadenado y arrojando a la cárcel a hombres
y mujeres. Recibí también cartas para los hermanos de Damasco y me puse en camino
con intención de traer también encadenados a Jerusalén a todos los que allí había para
que fueran castigados. Pero yendo de camino, estando ya cerca de Damasco me envolvió
de repente una gran luz venida del cielo; caí al suelo y oí una voz que me decía: <<
Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?>> Yo respondí: << ¿quién eres, Señor?>> Y él a
mí: << Soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues. Vete a Damasco; allí se te dirá todo lo
que está establecido que hagas>>
Un tal Ananias, hombre piadoso según la Ley, vino a verme y me dijo <<Saulo,
hermano, recobra la vista>>. Y en aquel momento pude ver. Me dijo <<El Dios de
nuestros padres te ha destinado para que conozcas su voluntad, pues le has de ser testigo
ante todos los hombres de lo que has visto y oído. Y ahora, ¿qué esperas? Levántate,
recibe el bautismo y lava tus pecados invocando su nombre.
Habiendo vuelto a Jerusalén y estando en oración en el Templo caí en éxtasis y le
vi a él que me decía <<Date prisa y marcha inmediatamente de Jerusalén. Marcha,
porque yo te enviaré lejos, a los gentiles>>” (Hch 22, 1-21).
Los Hechos nos dicen que por entonces había en Antioquía “profetas y
doctores” (13, 1). Sus nombres son: Bernabé, Simeón, llamado Níger; Lucio el
Cirineo, Manahem, hermano de leche de Herodes, el Tetrarca, y Saulo. Este
grupo parece que no pertenece a la comunidad local, sino que coincide con los
misioneros helenistas. Este grupo admite a Saulo en su grupo. Como
misioneros, sitúan su actividad en un plano superior. Antioquía es sólo su
centro de irradiación. De hecho, su misión prolonga a la de los Doce. Por eso
están en continuo contacto con ellos. Bernabé le presentó a Pablo en el año 41.
En el 44 se dirige de nuevo a Jerusalén con Pablo (Hch 11, 30; 12, 25). Vuelven
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ambos llevando consigo a Juan Marcos (Hch, 12, 25). Antes le habían enviado
los apóstoles un grupo de profetas; entre ellos Agabo (Hch 11, 27). Estos
términos de “profetas y doctores” (Hch 13, 1; 1ª Cor 12, 28), no son sólo
expresión de dones carismáticos. Profetas y doctores aparecen de nuevo en la
Didajé (XV, 1 y 2). Parecen ser ministros eclesiásticos. Por oposición a los
presbíteros, que constituían las jerarquías locales, tales títulos parecen expresar
los ministerios misionales. Los profetas y doctores tienen un carácter universal,
como los Apóstoles, que les delegan todo o parte de su poder.
En este grupo de misioneros destacados en Antioquía, Bernabé y Pablo
constituyen dos casos particulares. Bernabé es nombrado el primero:
desempeña un papel de jefe. Parece como si tuviera una delegación más
completa de los Apóstoles. Él es, con relación a los demás misioneros, lo que
Santiago con relación a los presbíteros de Jerusalén. Posee todo lo que
comunicable en el apostolado. Corresponde a los ándres ellógimoi de que hablará
la Epístola de Clemente (XLIV, 1-3). Son los únicos que tienen autoridad para
establecer ministros, es decir, para conferir la ordenación. El caso de Pablo es
distinto. Se presenta como Apóstol en el pleno sentido de la palabra, esto es,
como quien ha recibido sus poderes directamente del Señor, con vistas a una
misión particular. Esta reivindicación ocasionará, tal vez, su ruptura con
Bernabé.
Este grupo partirá, en la primavera del 45, una misión para Asia, a la que
el autor de los Hechos concede una importancia singular, pues señala el
comienzo del ministerio de Pablo.
2.3.1.- Primer viaje de Pablo (Hch 13, 1-14, 27)
Las fechas más probables para el primer viaje de Pablo son los años 46-
47. Este proyecto misionero fue una iniciativa de la comunidad de Antioquía.
Fueron designados para llevarlo a cabo Pablo y Bernabé. Es probable que la
elección de dos misioneros se remonte al comportamiento de Jesús (Lc 10,1) y a
la mentalidad judía que exigía el acuerdo de dos testigos para la validez del
testimonio. Con ellos iba Juan Marcos, originario de Jerusalén, como
colaborador, aunque no especifica en qué consistía su ayuda.
El primer destino es Chipre, lugar de origen de Bernabé (Hch 4,36). Para
ello bajaron al puerto de Seleucia, donde se hicieron a la mar. Predicaron en la
sinagoga de Salamina, cruzaron la isla de este a oeste siguiendo sin duda la
costa sur y llegaron a Pafos, residencia del procónsul Sergio Paulo, donde tuvo
lugar un cambio repentino. Después de la conversión del procónsul romano,
Saulo, repentinamente convertido en Pablo, es citado por San Lucas antes de
Bernabé y asume ostensiblemente la dirección de la misión que hasta entonces
había ejercido Bernabé. Los resultados de este cambio son rápidamente
evidentes. Pablo comprende que, al depender Chipre de Siria y Cilicia, la isla
entera se convertiría cuando las dos provincias romanas abrazaran la fe de
Cristo. Escogió entonces el Asia Menor como campo de su apostolado y se
embarcó en Perge de Panfilia, once kilómetros por encima del puerto de Cestro.
Fue entonces cuando Juan Marcos, primo de Bernabé, desanimado quizás por
los ambiciosos proyectos del apóstol, abandonó la expedición y volvió a
Jerusalén, mientras que Pablo y Bernabé trabajaban solos entre las arduas
40
montañas de Pisidia, infestadas de bandidos y atravesaron profundos
precipicios. Su destino era la colonia romana de Antioquía, situada a siete días
de viaje desde Perge. Aquí, Pablo habló del destino divino de Israel y del
providencial envío del Mesías, un discurso que San Lucas reproduce en
substancia como ejemplo de una predicación en la sinagoga. (Hechos 13, 16-41).
La estancia de los dos misioneros en Antioquía fue lo suficientemente
larga como para que la palabra del Señor fuera conocida a través de todo el
país. (Hechos 13, 49). Cuando los judíos consiguieron con sus intrigas un
decreto de destierro, continuaron hacia Iconio, distante tres o cuatro días de
viaje, donde encontraron la misma persecución por parte de los judíos y la
misma acogida por parte de los gentiles. La hostilidad de los judíos los forzó a
buscar refugio en la colonia romana de Listra, distante como unos veinticinco
kilómetros. Aquí, los judíos de Antioquía y de Iconio dejaron celadas para
Pablo y, habiéndolo apedreado lo dejaron por muerto, mientras que él logró
una vez más escapar buscando esta vez refugio en Derbe, situada alrededor de
sesenta kilómetros de la provincia de Galacia.
Después de completar su circuito, los misioneros volvieron sobre sus
pasos para visitar a los nuevos cristianos, ordenaron algunos sacerdotes en cada
una de las iglesias fundadas por ellos y al fin volvieron a Perge, donde se
detuvieron a predicar de nuevo el Evangelio, mientras que esperaban quizá la
oportunidad de embarcar para Atalia, un puerto a dieciocho kilómetros de allá.
Al volver a Antioquía de Siria, después de una ausencia que había durado tres
años, fueron recibidos con muestras de gozo y de acción de gracias pues que
Dios les había abierto las puertas de la fe al mundo de los gentiles.
La pregunta que nos podemos plantear podría ser: ¿Es la misión de Pablo
la única encaminada hacia Occidente? Los Hechos nos dicen que, el año 43,
41
después de la muerte de Santiago, Pedro sale de Jerusalén hacia “otro lugar”
(12, 17). Ya no se aludirá a él antes del año 49, año que lo encontramos en el
Concilio de Jerusalén. Ningún texto nos dice nada sobre la actividad misional
durante este tiempo. Sin embargo, Eusebio escribe que fue a Roma al comienzo
del reinado de Claudio, hacia el 44 (HE, II, 14, 6). Parece cierto, por otra parte,
que Roma es evangelizada durante el período que va del 43 al 49. Suetonio
refiere que Claudio expulsó a los judíos el 49, porque se agitaban “bajo el
impulso de Chrestos”. Lo cual indica la existencia de discusiones entre judíos y
judeocristianos, desembocando en conflictos cuyo eco llega al emperador.
Precisamente Pablo encuentra, el año 51, en Corinto a unos judíos convertidos
expulsados de Roma por Claudio: Aquila y Priscila. Pablo se dirigirá el 57 a la
comunidad de Roma, considerada como ya importante. El 60, hallará en
Pozzuoli y en Roma unas comunidades establecidas.
2.3.2- Segunda misión (Hechos 15, 36-18, 22)
El segundo viaje misionero se desarrolló durante los años 49-52. El
principio de la segunda misión se caracterizó por una discusión a propósito de
Marcos, que Pablo rechazó como compañero de viaje. Así pues, Bernabé partió
con Marcos, el de Chipre, y Pablo escogió a Silas o Silvano, un ciudadano
romano como él y miembro influyente de la Iglesia de Jerusalén, y partió para
Antioquía a fin de llevar el decreto del consejo apostólico. Los dos misioneros
fueron primero de Antioquía a Tarso, con un alto en el camino para promulgar
el decreto del primer Concilio de Jerusalén, y luego fueron de Tarso a Derbe a
través de las puertas de Cilicia, de los desfiladeros de Tarso y de las llanuras de
Licaonia. La visita de las iglesias fundadas en la primera misión se realizó sin
incidentes si no es a propósito de la elección de Timoteo, que los apóstoles en
Lisistra persuadieron para que se circuncidara para mejor llegar a las colonias
de judíos, numerosos en estas plazas. Fue probablemente en Antioquía de
Pisidia, aunque los Hechos no mencionan tal lugar, donde el itinerario de la
misión fue cambiado por intervención del Espíritu Santo. Pablo pensó en entrar
en la provincia de Asia por el valle del Meandro, lo que le permitiría un solo día
de viaje, y, sin embargo, pasaron a través de Frigia y Galacia pues el Espíritu les
prohibió predicar la palabra de Dios en Asia. (Hechos 16, 6).
Los misioneros hubieron de viajar hacia el norte en la región de Galacia
llamada así en propiedad y cuya capital era Pesinonte, y la única cuestión
pendiente es si predicaron o no en ella. No pensaron en hacerlo, aunque
sabemos que la evangelización de los Gálatas fue debida a un accidente, el de la
enfermedad de San Pablo (Gal 4, 13); lo que va muy bien si se trata de los
gálatas del norte. En cualquier caso, los misioneros después de alcanzar la Misia
superior intentaron llegar a la rica provincia de Bitinia, que se extendía ante
ellos, pero el Espíritu Santo se lo impidió (Hechos 16, 7). Así es que atravesaron
Misia sin pararse a predicar y llegaron a Alejandría de Tróade, donde la
voluntad de Dios les fue revelada por la visión de un macedonio que los
llamaba pidiendo auxilio para su país.
Pablo continuó a utilizar sobre suelo europeo los métodos de predicación
que había utilizado desde el principio. Hasta donde fue posible, concentró sus
42
esfuerzos en metrópolis desde las que la fe se extendería hacia ciudades de
segundo rango y, finalmente a las áreas rurales. Allí donde encontraba una
sinagoga, empezaba por predicar en ella a los judíos y prosélitos que estaban de
acuerdo en escucharle. Cuando la ruptura con los judíos era irreparable, lo que
ocurría más pronto o más tarde, fundaba una nueva iglesia con sus neófitos en
tanto que núcleo. Permanecía entonces en la misma ciudad a no ser que una
persecución se declarase, normalmente a causa de las intrigas de los judíos.
Existían, sin embargo, algunas variantes del plan. En Filipo, donde no
había sinagoga, la primera predicación tuvo lugar en un puesto llamado el
proseuche lo que los gentiles tomaron como motivo de persecución. Pablo y
Silas, acusados de alterar el orden público, recibieron palos, fueron arrojados en
prisión y finalmente exilados. Pero en Tesalónica, y Berea, donde se refugiaron
después de lo de Filipo, las cosas se desarrollaron según el plan previsto. El
apostolado de Atenas fue absolutamente excepcional. Aquí no se planteaba el
problema de los judíos o de la sinagoga, y Pablo, en contra de su costumbre,
estaba solo (I Tes 3,1). Desarrolló de cara al Areópago una especie de discurso
del que se conserva un resumen en los Hechos. (17, 23-31) como un modelo en
su género. Parece haber dejado la ciudad de agrado, sin haber sido forzado a
ello por la persecución.
La misión de Corinto, por otro lado, puede ser considerada como típica.
Pablo predicó en la sinagoga todos los sábados y cuando la oposición violenta
de los judíos le negó la entrada, se retiró a una casa próxima, propiedad de un
prosélito llamado Tito Justo. De esta forma prolongó su apostolado por
dieciocho meses mientras los judíos atentaron contra él en vano; fue capaz de
resistir gracias a la actitud, por lo menos imparcial si no favorable, del
procónsul Galio. Finalmente, decidió irse a Jerusalén de acuerdo con un voto
hecho quizá en un momento de peligro. Desde Jerusalén, de acuerdo con su
costumbre, volvió a Antioquía. Las dos epístolas a los tesalonicenses se
escribieron durante los primeros meses de la estadía en Corinto.
43
2.3.3. Tercer viaje (Hechos 18, 23-21, 26)
Realizó su tercer viaje durante los años 53-57 y el destino de este tercer
viaje de Pablo fue evidentemente Éfeso, donde Aquila y Priscila lo esperaban.
Entre los colaboradores de este periplo misionero se hallan Timoteo, Tito y
Lucas. Él había prometido a los efesios volver a evangelizarlos si tal era la
voluntad de Dios (Hechos 18, 19-21) y el Espíritu Santo no se opuso más a su
entrada en Asia. Así es que, después de una breve visita a Antioquía se fue a
través de Galacia y de Frigia. (Hechos 18, 23) y pasando a través de las regiones
del “Asia Central” llegó hasta Éfeso (19, 1). Su manera de proceder permaneció
intacta. Para ganarse la vida y no ser una carga para los fieles, tejió todos los
días durante muchas horas muchas tiendas, lo que no le impidió el predicar el
Evangelio. Como de costumbre, empezó en la sinagoga donde tuvo éxito
durante los primeros meses. Después enseñó diariamente en un aula puesta a
su disposición por un cierto Tirano “desde la hora quinta a la décima” (de las
once de la mañana a las cuatro de la tarde) de acuerdo con la interesante
tradición del "Codex Bezaar" (Hechos 19,9). Así vivió por dos años de tal forma
que todos los habitantes de Asia, judíos y griegos oyeron la palabra de Dios.
(Hechos 19, 20).
Por supuesto que hubo pruebas que sufrir y obstáculos que superar.
Algunos de esos obstáculos surgieron de la envidia de los judíos, que intentaron
inútilmente imitar los exorcismos de Pablo, otros vinieron de la superstición de
los paganos, particularmente acentuada en Éfeso. Sin embargo, triunfó de una
manera tan clara que los libros de superstición que fueron quemados tenían un
valor de 50,000 monedas de plata. (Una moneda correspondía
aproximadamente a un día de trabajo). Esta vez, la persecución fue debida a los
gentiles y fue por motivos interesados. Los progresos del cristianismo
arruinaron la venta de las pequeñas reproducciones del templo de Diana y las
de la diosa misma, estatuillas muy compradas por los peregrinos, con lo que un
cierto Demetrio, en cabeza de los orfebres, arengó a la plebe contra San Pablo.
San Lucas describió con realismo y emoción la escena, transpuesta luego al
teatro. (Hechos 19, 23-40). El apóstol tuvo que rendirse a la tormenta.
Después de una estancia de dos años y medio, quizá más, en Éfeso
(Hechos 20, 31), partió para Macedonia y de allí para Corinto, donde pasó el
invierno. Su intención fue la de seguir en primavera para Jerusalén, sin duda
para Pascua, pero al saber que los judíos habían planeado atentar contra su
vida, no les dio la oportunidad de hacerlo al viajar por mar, volviéndose por
Macedonia. Muchos discípulos, divididos en dos grupos, lo acompañaron o lo
esperaron en Tróade. Entre otros, se encontraban Sopater de Berea, Aristarco y
Segundo de Tesalónica, Gayo de Derbe, Timoteo, Tichico y Trófimo de Asia, y
finalmente Lucas, el historiador de los Hechos, que nos da todos los detalles del
viaje: Filipo, Tróade, Aso, Mitilene, Jíos, Samos, Mileto, Cos, Rodas, Pátara, Tiro,
Tolemaida, Cesárea y Jerusalén.
Podríamos citar aún tres hechos notables: en Tróade Pablo resucitó al
joven Eutiquio que se había caído de la ventana de un tercer piso mientras que
44
Pablo predicaba tarde por la noche. En Mileto pronunció un discurso emotivo
que arrancó las lágrimas a los ancianos de Éfeso. (Hechos 20, 18-38). En Cesárea
el Espíritu Santo predijo por la boca de Ágabo que sería arrestado, lo que no le
disuadió de ir a Jerusalén.
Cuatro de las más grandes epístolas de San Pablo fueron escritas durante
esta tercera misión: la primera a los corintios desde Éfeso, alrededor de la
Pascua antes de su salida de la ciudad; la segunda a los corintios desde
Macedonia durante el verano o el otoño del mismo año; a los romanos desde
Corinto en la primavera siguiente; la fecha de la epístola a los gálatas es objeto
de controversia. De las muchas cuestiones a propósito de la ocasión o del
lenguaje de las cartas o de la situación de los destinatarios de las mismas.
2.3.4.- La cautividad (Hechos 21, 27-28. 31)
Cuando los judíos acusaron en falso a Pablo de haber introducido a los
gentiles en el templo, el populacho maltrató a Pablo, y, cubierto de cadenas, el
tribuno Lisias lo echó a la cárcel de la fortaleza Antonia. Cuando éste supo que
los judíos habían conspirado para matar al prisionero, lo envió bajo fuerte
escolta a Cesárea, que era la residencia del procurador Félix. Pablo no tuvo
dificultad para poner en claro las contradicciones de los que lo acusaban, pero
al negarse a comprar su libertad, Félix lo mantuvo encadenado durante dos
años e incluso lo arrojó a la cárcel para dar gusto a los judíos en espera de la
llegada de su sucesor el procurador Festo. El nuevo gobernador quiso enviar al
prisionero a Jerusalén para que fuese juzgado en presencia de sus acusadores,
pero Pablo, que conocía perfectamente las argucias de sus enemigos, apeló al
César. En consecuencia, esta causa podía sólo ser despachada en Roma.
Este periodo de cautividad se caracteriza por cinco discursos del Apóstol:
45
- El primero fue pronunciado en hebreo en las escaleras de la fortaleza
Antonia ante una multitud amenazante; Pablo relató su vocación y su
conversión al apostolado, pero fue interrumpido por los gritos
hostiles de la gente (Hechos 22, 1-22).
- En el segundo, al día siguiente ante el Sanedrín reunido bajo la
presidencia de Lisias, el apóstol enredó hábilmente a los fariseos
contra los saduceos con lo que no se pudo llevar adelante ninguna
acusación.
- El tercero fue la respuesta al acusador Tértulo en presencia del
gobernador Félix; en ella hizo ver que los hechos habían sido
manipulados probando, así, su inocencia. (Hechos 24, 10-21).
- El cuarto discurso es una simple explicación resumida de la fe
cristiana ante el gobernador Félix y su mujer Drusila (Hechos 24, 24-
25).
- El quinto, pronunciado ante el gobernador Festo, el rey Agripa y su
mujer Berenice, repite de nuevo la historia de la conversión y quedó
sin terminar debido a las interrupciones sarcásticas del gobernador y
la actitud molesta del rey (Hechos 26).
El viaje del prisionero Pablo de Cesárea a Roma fue descrito por San
Lucas con una viveza de colores y una precisión que no dejan nada que desear.
El centurión Julio había enviado a Pablo y a otros prisioneros en un navío
mercante en el que Lucas y Aristarco pudieron sacar pasaje. Dado que la
estación se encontraba avanzada, el viaje fue lento y difícil. Costearon Siria,
Cilicia y Panfilia. En Mira de Licia los prisioneros fueron transferidos a un bajel
dirigido a Italia, pero unos vientos contrarios persistentes los empujaron hacia
un puerto de Chipre llamado Buenpuerto, alcanzado incluso con mucha
dificultad y Pablo aconsejó invernar allí, pero su opinión fue rechazada y el
barco derivó sin rumbo fijo durante catorce días terminando en las costas de
Malta.
Durante los tres meses siguientes, la navegación fue considerada
demasiado peligrosa, con lo que no se movieron del lugar, mas con los primeros
días de la primavera, se apresuraron a reanudar el viaje. Pablo debió llegar a
Roma algún día de marzo. "Quedó dos años completos en una vivienda
alquilada… predicando el Reino de Dios y la fe en Jesucristo con toda
confianza, sin prohibición" (Hechos 28, 30-31). Y, con estas palabras, concluyen
los Hechos de los Apóstoles.
No hay duda de que San Pablo terminó su juicio absuelto; ya que:
1. El informe del gobernador Festo, así como el del centurión, fueron
favorables; y que
2. los judíos parecen haber abandonado la acusación puesto que sus
correligionarios no parecen haber estado informados (Hechos 28,
21); y que el rumbo tomado por el procedimiento judicial le dejó
algunos periodos de libertad, de los que habló como cosa cierta
(Flp 1, 25; 2, 24; Filem., 22); y que
46
3. las cartas pastorales (en el supuesto que sean auténticas) implican
un periodo de actividad de Pablo subsiguiente a su cautividad. Y
se llega a la misma conclusión en la hipótesis según la cual no son
auténticas, dado que todas ellas coinciden en que el autor conocía
bien la vida del apóstol. Unánimemente se acepta que las
“epístolas de la cautividad” se enviaron desde Roma. Algunos
autores han intentado probar que San Pablo las escribió durante
su detención en Cesárea, pero pocos autores los han seguido.
4. La epístola a los colosenses, a los efesios y a Filemón se enviaron
juntas y utilizando el mismo mensajero: Tíchico. Es controvertido
si la epístola a los filipenses fue anterior o posterior a estas últimas
y la cuestión no ha sido nunca resuelta con argumentos
incontrovertibles
2.4.- La misión de Pedro
Tras la persecución de Agripa en el 43 en la que muere Santiago
Zebedeo, Pedro salva la vida milagrosamente, perdemos el rastro de este
apóstol hasta encontrarlo de nuevo en el concilio de Jerusalén en el 49. Poco
después tuvo lugar el incidente con Pablo en Antioquía, del cual salió vencedor
y permaneció en la ciudad de Antioquía. Pedro va a continuar desarrollando su
predicación en Siria, dando origen a una tradición importante
No posemos información cierta sobre este periodo de la vida de Pedro,
aunque su influencia debió traspasar las fronteras de Siria, pues Pablo
menciona la existencia de un partido de Cefas en Corinto (1 Cor 1, 12). Siria
mantuvo vivas las tradiciones petrinas según las cuales Pedro disfrutaba de un
enorme prestigio dentro de la iglesia porque fue un testigo cualificado de la
resurrección del Señor. La tradición recogida por Pablo procedente de
Antioquía en 1 Cor 15, 3-7 afirma que Pedro fue el primer testigo de la
resurrección.
La misión de Pedro daría lugar en Siria a tradiciones que en su día
originarán los evangelios de Marcos y Mateo. Antioquía, ya tenía desde el
comienzo diversos grupos y tendencias teológicas: cristianos de origen judío,
judeohelenistas, paganos; gentes de Santiago, de Pablo, de Pedro. Diferentes
evoluciones de la tradición, en parte independientes entre sí, dieron lugar en
Siria en la primera época post-apostólica la plasmación por escrito de tres
tradiciones principales que serían unificadas más adelante por el evangelio de
Marcos. El de Mateo continuó sus pasos convirtiéndose en el canon de una
iglesia católica en la que todas las tradiciones tuvieran cabida.
2.4.1.- Origen de la Comunidad de Roma
Los orígenes de la comunidad de Roma deben plantearse desde
afirmaciones siguientes. Conforme al libro de los Hechos, Jerusalén y Antioquía
son los focos desde los que se expande el cristianismo. Pero nunca se afirma que
de las dos ciudades salgan misioneros para Roma. Pedro y Pablo han pasado
sus temporadas en Antioquía y de ellos no se dice que sean sus fundadores. De
Pedro no sabemos si llegó a Roma. “Salió y se marchó a otro lugar” después de la
persecución de Agripa (Hch 12,17), pero sin aclarar nada más. Pablo si llegó a
47
Roma hacia el año 60/61 (Hch 28, 14) parece probable que ambos apóstoles
fueran martirizados en Roma según se desprende de diversos testimonios.
Pablo no fundó la iglesia de Roma (Rm 15,20).
El cristianismo apareció tempranamente en Roma. Los primeros
cristianos pudieron llegar a raíz de Pentecostés; Eusebio, Orosio y Jerónimo
fluctúan entre el 39 y el 42. Según Suetonio2, ya en tiempos de Claudio, Cristo
era motivo de tumulto en las juderías de la ciudad lo cual llevó a originar una
expulsión masiva de judíos por parte de las autoridades.
San Pablo se encontró en Corinto en el año 51 a Aquila y Priscila,
expulsados de Roma en esta ocasión, y se alojó en su casa. Cuando Pablo
escribe a los romanos desde Corinto en el 56, la comunidad está ya fundada por
una mayoría de conversos del paganismo y judíos.
Según el testimonio de los Hechos, Pedro pudo evangelizar con un
proyecto determinado al estilo de Pablo. Este, en 1 Cor 9, 5, habla de las
misiones de los apóstoles y de Cefas. La tradición se mantiene fuerte y
constante sobre la estancia de Pedro en Roma, pero nada sabemos de su
itinerario hacia la ciudad, de la fecha de su llegada, ni de su estancia o si hubo
interrupciones no.
Las tradiciones sobre su permanencia en Roma se basan en tres
testimonios:
1) Carta a los Corintios escrita por Clemente Romano, en nombre
de la Iglesia de Roma y en la que se dice que Pedro sufrió el
martirio junto a otros cristianos durante la persecución de
Nerón.
2) Carta a los Romanos de Ignacio de Antioquía donde hace
referencia a la permanencia de Pedro y Pablo en Roma.
3) Ascensio Isaiae del año 100 afirma en tono profético que uno de
los doce será entregado en manos de Nerón. Esta profecía se
aclara por el Apocalipsis de Pedro (principios del siglo II) donde
se dice que Pedro murió en Roma.
A estas afirmaciones se añade el final del Evangelio de Juan que alude a la
muerte de Pedro por el martirio, aunque sin especificar el lugar (Jn 21, 18). En
los capítulos finales de la primera Carta de Pedro (1 Pe 5, 13) se dice que Pedro
reside en Babilonia (Roma)
2.4.2.- Los Trofeos de los apóstoles: Testimonios arqueológicos
Un interés especial tiene el testimonio del presbítero Gayo, del año 200.
Da noticia de la tumba de Pedro y por él se han orientado las excavaciones de la
Basílica Vaticana. Dice Gayo en la discusión con el montanista Proclo: “Yo te
puedo mostrar todavía los trofeos de Pedro en el Vaticano y de Pablo en la via ostiense”.
Trofeo tiene sentido de monumento funerario y así lo traduce Eusebio de
Cesarea3.
La arqueología confirma estos testimonios literarios. Una inscripción
denominada “platonía” compuesta por el papa san Dámaso a comienzos del
2 Claudio 25, 6.
3 EUSEBIO DE CESAREA, HE II, 25, 7.
48
siglo IV y colocada en la basílica “Apostolorum” (Hoy san Sebastián en la vía
Apia), recuerda que san Pedro y san Pablo estuvieron allí y un grabado hecho a
mano por un visitante en los siglos IV ó V refiere que en este lugar se
encontraba la domus Petri.
2.5.-Tradición sobre otros apóstoles
Los apóstoles desaparecen de la escena histórica hacia el año 70. El único
superviviente será Juan. Es probable que Juan viviera en Éfeso antes del
destierro (Ap 1, 9) decretado por Domiciano. Eusebio de Cesarea dice “Muerto el
tirano Domiciano, el apóstol Juan abandonó la isla de Patmos y fue a Éfeso; de Éfeso
hizo su centro de operaciones y de allí se destacaba a los gentiles de las comarcas
colindantes, ya para establecer completamente las iglesias, ya para promover al
presbiterado a todos los que el espíritu designara”4.
Por lo que respecta al apóstol Juan la tradición eclesiástica nos dice que
fue el apóstol que alcanzó una mayor longevidad y el que sobrevivió a los
demás miembros del colegio apostólico. Conforme a los datos de esta tradición,
Juan pasó de Palestina a Asia, fijando su residencia en Éfeso, y evangelizó
diversas regiones de Asia. En tiempos del emperador Domiciano (81-96) fue
perseguido y desterrado a la isla de Patmos. A la muerte del emperador volvió
a Éfeso. Murió casi centenario en Éfeso alrededor del año 100. La influencia que
ejerció sobre sus discípulos y la huella que dejó en las iglesias joánicas parece
ser el origen de las tradiciones particulares de las Iglesias de Asia y, en especial,
del uso de celebrar la Pascua el 14 de Nisán, fecha de la Pascua judía.
En la tradición transmitida por Eusebio se leía también que a Tomás le
había tocado misionar la Partia o Mesopotamia. Una tradición posterior le lleva
a predicar hasta el suroeste de la India donde viven los cristianos del melabar,
cuyos orígenes son desconocidos pero muy antiguos. La región de
Mesopotamia, con Edesa como capital, conoce el cristianismo desde muy
antiguo. Así lo demuestran las excavaciones de Dura-Europos. Andrés, el
hermano de Pedro, evangeliza de manera particular las regiones del Mar Negro
y por ello se le considera el patrono de la sede patriarcal de Constantinopla.
Del siglo I son también con toda probabilidad las iglesias de África y
Egipto. África era la provincia más vinculada a Roma. Es comprensible que de
allí pasara el cristianismo a África ya en los primeros años. Egipto relaciona sus
orígenes cristianos con el evangelista Marcos. Santiago el Zebedeo, hermano de
Juan, y Santiago el de Alfeo, predican sobre todo en Palestina, al igual que el
apóstol Matías. Felipe, Asia Menor; Bartolomé, Armenia y Persia; Judas Tadeo,
Siria y Mesopotamia; Simón, África septentrional; y Mateo, Etiopía.
A la época de los Apóstoles sucede la de los llamados padres
Apostólicos, desde fines del siglo I y parte del II. Fueron santos e insignes
escritores cuyo número suele fijarse en casi una decena, y que, por ser muy
próximos en el tiempo a los apóstoles, sus escritos son de extraordinario valor,
pues ellos recibieron y transmitieron las enseñanzas de los que con Cristo
convivieron.
4, Ibid. III, 23, 6.
49
3.- LOS ORÍGENES DEL CRISTIANISMO EN ESPAÑA
3.1.- Origen Africano
A finales del siglo II Ireneo dice que en España existen numerosas
iglesias y Tertuliano en el III se muestra orgulloso de que el cristianismo haya
llegado a todas las fronteras de Hispania. Los primeros testimonios escritos
hablan de la posibilidad de un origen africano. El primero y principal es una
carta de Cipriano sobre el caso de los obispos de Mérida y Astorga, Basílides y
Marcial, que habían comprado un libelo durante la persecución de Decio y
debido a ello habían perdido sus sedes. Basílides recurrió a Roma y al papa
Esteban (254-257) pero los obispos que le sustituyeron acudieron a Cipriano el
cual convocó un sínodo en el 254 para tratar el asunto.
La carta que les envió es el resultado de lo que aquí se decidió y se puede
considerar como el primer testimonio explícito de la existencia en Hispania de
comunidades plenamente organizadas. Cita las iglesias de Zaragoza, Mérida y
León-Astorga, dice que los obispos Félix y Sabino fueron los sucesores de los
depuestos y menciona la existencia de otras comunidades al señalar que la
elección de Sabino estuvieron presentes obispos vecinos. La carta refleja unas
comunidades ya numerosas y estructuradas jerárquicamente, aunque el
protagonista no sólo es el obispo al sugerir la participación de la comunidad en
la elección y reposición de sus obispos.
De este documento se extraen conclusiones a veces difíciles de conciliar,
ya que o bien Hispania reconoce el primado de Roma al acudir a Esteban 5, o
bien el cristianismo español procede de Cartago y por eso los obispos acuden a
él6. También pudieron acudir al papa como patriarca del que depende España y
después del descontento por la deposición acudir a Cartago. No tenemos una
respuesta a definitiva a este problema.
Algunos autores vieron en la biblia latina anterior a la vulgata (Vetus
Hispana) características africanas lo que apoyaría la tesis mencionada.
El origen del cristianismo español parece encontrar otra explicación en
los que defienden su llegada de la mano del proceso de romanización de la
península en el que jugaron un papel importante tanto las empresas militares
como los intercambios comerciales. Resulta significativa tanto la composición
multinacional como la movilidad internacional de las legiones romanas que
pudieron contribuir a la expansión del cristianismo por todo el imperio.
3.2.- La tradición de los siete varones apostólicos
La tradición sobre los Siete Varones Apostólicos pertenece a una
literatura hagiográfica que no se remonta más allá del siglo X, o en todo caso al
siglo VIII. Esta literatura da cuenta de los nombres de los Siete Varones
Apostólicos, y de las comunidades establecidas por ellos.
1) Torcuato. Acci, Guadix.
2) Tesifonte. Vergi, Berja.
3) Indaloecio. Urci, Torre de Villaricos.
5 Como defiende el historiador R. García Villoslada.
6 Díaz y Díaz y Blázquez.
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4) Segundo. Abula, Abla.
5) Eufrasio. Iliturgis, Cuevas de Lituergo.
6) Cecilio. Ilíberis, Granada.
7) Hesiquio. Cacersi, Cazorla.
Estos hombres habrían sido ordenados por san Pedro y san Pablo en
Roma y enviados a España comenzando la evangelización de la Península.
3.3.- La tradición de Santiago
Las referencias más antiguas en las que apoyar la venida de Santiago a
España se remontan Dídimo el Ciego, muerto hacia el 398, cuando afirma que
uno de los apóstoles que convivieron con el Señor vino a España. San Jerónimo
afirma que un apóstol predicó en España y otro el Ilírico; por último, Teodoreto
de Ciro menciona la misión de un apóstol en España.
La primera noticia de que Santiago el Mayor predicó en España aparece
en el año 600 en el Breviarium Apostolorum. San Isidoro de Sevilla, en De ortu et
obitu Sanctiorum Patrum, transmite la misma noticia que la obra anterior, por lo
que ambas pudieran tener una fuente común anterior.
La iglesia española desde el siglo IV guarda silencio sobre su presencia.
Prudencio (405), otros autores eclesiásticos entre los siglos IV y el VI, las
crónicas sobre la iglesia gallega que nos trae noticias ya desde el siglo IV sobre
otras cuestiones. Orosio en su Historia Universal, Hidacio en su Crónica, los
grandes escritores de la época visigótica (Leandro, Braulio, Ildefonso, Julián,
Martín de Braga) todos ellos guardan silencio sobre la predicación de Santiago
en España. A esto añadimos que Inocencio I (402-417) niega en el 416 la venida
de Santiago a España, al afirmar que, excepto Pedro y sus discípulos, ningún
otro apóstol ha fundado iglesias en Italia, Francia, España, África o Sicilia. Sin
embargo, Calixto II (1119-1124) reconoce la tradición sobre Santiago y su venida
a España.
La tradición más extensa de que Santiago fue enviado a España por los
Apóstoles a predicar se encuentra en un códice de la basílica del Pilar y es del
siglo XIII o comienzos del XIV según la cual Santiago comenzaría su
predicación en Asturias, pero tras su fracaso y después de pasar por Castilla,
recaló en Zaragoza donde tuvo más éxito debido a la aparición de la virgen, la
cual le mandó construyera un templo en su honor. Se trata de Santiago el
Mayor, hermano de Juan, hijos del Zebedeo, el que muriera condenado por
Herodes en el 42 ó 44 (Hch 12, 1-3).
Distinta de la tradición sobre su predicación es la de su sepulcro. Hacia el
año 814, reinando Alfonso II el Casto y siendo Teodomiro († 847) obispo de Iria
Flavia, se descubre en Compostela un sepulcro con tres cuerpos del que pronto
se comenzará a decir que pertenece a Santiago y dos discípulos. A partir del 885
y siguientes, reinando Alfonso III (866-910), la noticia del hallazgo aparece en
documentos escritos y se extiende por España y otros países europeos dando
comienzo las peregrinaciones al sepulcro de Compostela. El Martirologio de
Adón, compuesto en las Galias entre el 857-860, difundió el hallazgo más allá de
los Pirineos. En el siglo XII, Calixto II, habla de que la devoción al apóstol está
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extendida por toda Europa y determinadas las distintas rutas jacobeas. El
camino de Santiago se convirtió en un lazo cultural importante en la sociedad
medieval y la devoción al Apóstol en aliento permanente de la Reconquista. La
tradición sobre el descubrimiento del sepulcro de Santiago lleva a la conclusión
de que antes debió de existir un culto al apóstol en España, aunque no se
encuentren rastros de él antes de la invasión musulmana.
3.4.- San Pablo
En Rm 15, 19-29 el apóstol manifiesta y concibe un viaje a España ya que
los confines del orbe en aquel tiempo eran las provincias hispánicas. La Carta a
los romanos fue escrita entre el 57 y 58, su detención y posterior viaje a Roma
debió tener lugar entre el 60 y 62 ó el 63. En su viaje a Roma iba detenido por lo
que en esta ocasión su visita a España era imposible. Después del juicio en la
ciudad eterna parece que quedó en libertad, momento en el que pudo realizar
su deseo de visitar España, para luego ser apresado de nuevo bajo Nerón y
martirizado entre el 64 y el 67.
La presencia en España de Pablo se encuentra también en una serie de
escritores antiguos relevantes como Clemente Romano, el Fragmento de
Muratori, los Hechos de Pedro y Pablo, los Hechos de Pedro con Simón, san Jerónimo,
san Atanasio, san Cirilo de Jerusalén, san Epifanio, san Juan Crisóstomo y
Teodoreto. Sin embargo, la crítica histórica actual se muestra divida al conceder
un valor definitivo a estos testimonios concluyendo que su venida, si no
históricamente cierta, al menos fue posible, aunque también es cierto que su
huella fue inapreciable por lo que si realmente creó alguna comunidad en suelo
hispano su continuidad quedó interrumpida. El silencio de los escritores
hispanos sobre el hecho es absoluto.
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