Amor eterno
Luna creció en un pequeño pueblo rodeado de montañas, donde el aire era limpio y el
silencio sólo era roto por el canto de los pájaros y el murmullo de un río especial. Era un
lugar peculiar, y desde tiempos inmemoriales, los habitantes del pueblo acudían a aquel río
en busca de consuelo. Cuando la tristeza en sus corazones se volvía insoportable, se
reunían junto a sus orillas, permitiendo que las lágrimas fluyeran hasta fundirse con las
aguas cristalinas.
Luna vivía en una casita modesta junto a su madre y su hermano mayor, Zed. Aunque no
tenían lujos, eran felices y contaban con lo suficiente para una vida tranquila. Luna, desde
que nació, fue especial: al igual que cada bebé del pueblo, fue bendecida con un aura que
anticipaba su destino. Su madre, al sostenerla por primera vez en brazos, vio un fulgor
rosado rodearla, radiante y fuerte. El anciano del pueblo, el mismo que había interpretado
los auras de los recién nacidos por generaciones, la miró con detenimiento y afirmó: “Esta
niña tendrá un amor tan fuerte como la vida misma, y su salud será de hierro”.
Zed, por su parte, tenía un aura verde, como la de un bosque solitario y oscuro. Su madre
recordaba claramente el semblante del anciano cuando interpretó el destino de su hijo.
“Este niño será fuerte de salud, pero conocerá la soledad.” Esa frase se había quedado
grabada en la mente de su madre, que desde entonces había sentido una leve tristeza por
Zed, sabiendo que, aunque gozarían de su compañía, él siempre sentiría una falta de
cercanía y conexión con los demás.
A lo largo de los años, la vida de Luna fue marcada por aquella profecía. Los vecinos la
observaban, esperando el cumplimiento de su destino amoroso. Las madres de los jóvenes
del pueblo comenzaron a organizar encuentros, convencidas de que era necesario acelerar
el proceso. Luna era constantemente invitada a citas y encuentros, como si el amor de su
vida pudiese ser encontrado con un simple paseo o una mirada casual. Aunque la mayoría
de las veces aceptaba asistir por cortesía, sentía en su interior que ninguna de esas citas
cumplía con la visión del amor que ella tenía en mente. Esperaba algo más profundo, un
amor que resonara con cada fibra de su ser.
Fue una tarde de verano, cuando el aire estaba denso y el río parecía brillar con más
intensidad que de costumbre, que Luna conoció a Exequias. Él no era del pueblo; había
llegado de otro lugar, con una historia tan misteriosa como su propia presencia. Era un
joven alto, de ojos oscuros y penetrantes, y su sonrisa, aunque rara, tenía un encanto
especial. Exequias trabajaba como herrero y vivía en una pequeña cabaña cerca del
bosque. Había llegado al pueblo hacía unos meses, y aunque los habitantes no sabían
mucho de él, lo respetaban por su trabajo y su habilidad en el oficio.
Desde el primer momento, Luna sintió una conexión inexplicable con él. Había algo en su
mirada que le recordaba a las profundidades del río, como si ambos compartieran una
tristeza oculta que sólo podía entenderse en silencio. Se fueron conociendo poco a poco, en
encuentros furtivos y paseos por el campo. Conversaban durante horas, compartiendo
sueños, secretos y risas que les llenaban el corazón. Luna comprendió que él era el amor
que tanto había esperado, el destino que su aura le había anticipado.
Sin embargo, su felicidad se encontró pronto con una sombra oscura. Exequias llevaba
consigo una carga que no podía ignorar. Con voz temblorosa, le confesó a Luna una noche
junto al río, bajo la luna llena, que su vida estaba marcada por una maldición. Había perdido
a su familia años atrás en un accidente trágico, y desde entonces, había sido perseguido
por una especie de fuerza sombría que traía desdicha a quienes lo amaban. Temía que si
permitía que su amor por Luna creciera, ella también sufriría las consecuencias de esa
desgracia que parecía inquebrantable.
Luna lo escuchó en silencio, el pecho oprimido. Quería decirle que nada de eso importaba,
que su amor era más fuerte que cualquier maldición, pero Exequias no podía soportar la
idea de causarle dolor. Así, en aquella misma noche, con lágrimas en los ojos y el corazón
destrozado, se despidieron, prometiéndose amor eterno, aunque supieran que no podrían
estar juntos. Exequias desapareció al amanecer, dejándola sola junto al río.
Luna regresó al pueblo, pero ya no era la misma. Su risa había perdido brillo, y su mirada se
veía perdida. La tristeza comenzó a consumirla, y el pueblo entero notó el cambio en ella.
Su madre y su hermano intentaban consolarla, pero sabían que su dolor era demasiado
profundo. Fue entonces cuando Luna, sin encontrar alivio, decidió acudir al Río de
Lágrimas, como tantas veces había oído hacer a los demás.
Esa noche, bajo el mismo cielo que había presenciado su despedida, Luna se arrodilló junto
al río y permitió que sus lágrimas fluyeran libremente. Cada lágrima que caía parecía
hacerse eco en el agua, creando ondas que reflejaban su dolor y su amor inconcluso. Se
quedó allí durante horas, desahogando todo el peso de su corazón, permitiendo que su
tristeza se fundiera con el río y se volviera una parte de él.
El río acogió sus lágrimas, y en el pueblo cuentan que desde entonces sus aguas
cambiaron, tornándose aún más profundas y misteriosas, como si el amor y la tristeza de
Luna hubiesen dejado una marca imborrable. En el pueblo, la gente decía que podían ver el
reflejo de una luz rosada en el agua cada vez que alguien lloraba en el río, como si el aura
de Luna aún siguiera allí, brindando consuelo y recordando que el amor verdadero, aunque
trágico, nunca muere.