Historia de la obesidad humana
Historia de la obesidad humana
Introducción
Intentar
la
redacción
de
una
historia
de
la
gordura
en
veinte
folios
sería
una
auténtica
temeridad.
118|Javier
Puerto
Los
que
son
excesivamente
gordos
por
naturaleza
están
más
expuestos
que
los
delgados
a
una
muerte
repentina
(aforismo
44,
sección
2ª).
Y,
más
adelante:
Las
que
no
conciben
por
estar
excesivamente
gordas
tienen
un
redaño
que
comprime
la
boca
de
la
matriz,
y
no
quedan
embarazadas
antes
de
haber
adelgazado
(aforismo
46,
sección
5ª).
120|Javier
Puerto
Para
explicar
la
fisiología
parte
de
una
concepción
íntima
del
cuerpo
similar
a
la
de
Hipócrates
y
muy
relacionada
con
lo
que
Aristóteles
preconizaba
para
el
universo.
Estaría
compuesto
por
los
cuatro
elementos
propuestos
por
Empédocles
(s.
V
a.C.)
el
agua,
la
tierra,
el
fuego
y
el
aire.
Cada
uno
de
ellos
sería
portador
de
dos
cualidades.
El
agua:
húmeda
y
fría;
la
tierra:
seca
y
fría;
el
fuego:
caliente
y
seco;
y
el
aire:
caliente
y
húmedo.
A
partir
de
estos
elementos
surgirían
los
principios
fisiológicos
por
excelencia:
los
humores
que
también
serían
cuatro:
Bilis
amarilla;
Bilis
negra
o
atrabilis;
sangre
y
pituita
o
flema.
Cada
uno
de
estos
humores
soportaría
también
dos
cualidades
y
estaría
relacionado
con
un
elemento
predominante,
aunque
compuesto
por
una
mezcla
de
los
cuatro.
La
bilis
amarilla
sería
caliente
y
seca;
la
bilis
negra:
seca
y
fría;
la
sangre:
caliente
y
húmeda
y
la
flema:
húmeda
y
fría.
La
salud
se
produciría
por
el
equilibrio
de
los
cuatro
humores
que
no
sería
igual
para
todos
los
seres
vivos.
Dependería
de
su
temperamento:
los
melancólicos
tendrían
preponderancia
de
bilis
negra.
Los
flemáticos
de
flema.
Los
sanguíneos
de
sangre
y
los
coléricos
de
bilis.
El
temperamento
podría
cambiar
con
el
clima,
con
la
edad,
con
el
día
y
la
noche…
si
se
rompiera
el
equilibrio
y
se
produjese
una
“plétora”
humoral
aparecería
la
enfermedad.
La
curación,
por
tanto,
siempre
consistiría
en
la
“purgación”
de
los
humores
excesivos.
Podría
resultar
complejo
analizar
los
textos
hasta
descubrir
cuales
simples
medicamentosos
empleaban
para
purgar
esos
humores.
Es
más
sencillo
dejar
correr
el
tiempo
y
acudir
al
galenismo
arabizado
que,
con
su
empeño
sintetizador
de
la
obra
anterior,
nos
da
el
trabajo
hecho.
Entre
el
siglo
X
y
el
XI,
en
el
Califato
de
Oriente,
destaca
Avicena.
Entre
sus
obras
destaca
la
Urguza,
traducida
por
Gerardo
de
Cremona,
en
el
siglo
XII,
como
Canticum
o
Cántico
o
Poema
de
la
Medicina.
Allí
nos
encontramos,
de
manera
resumida,
cuanto
los
médicos
galenistas
islámicos
precisaban
para
la
terapéutica.
Si
preferimos
hacernos
una
idea
a
partir
de
un
autor
afincado
en
España,
en
el
Califato
de
Occidente,
en
el
Toledo
del
siglo
XI
nos
encontramos
con
Ibn
Wafid,
el
Abenguafith
de
Gerardo
de
Cremona,
quien
plantó
un
jardín
botánico
en
la
Huerta
del
Rey
de
esa
localidad
y
escribió
el
texto
titulado:
Libro
de
los
medicamentos
simples.
En
él
nos
encontramos
que
para
librarse
de
la
flema
empleaban,
entre
otros,
agárico,
asa
fétida,
ásaro,
cártamo,
bedelio,
bórax,
centaurea,
euforbia,
escila,
122|Javier
Puerto
flor
de
cobre,
flor
de
sal,
goma
amoníaco,
grano
de
índigo,
hisopo,
látex
euforbiáceo,
nueza,
orégano,
olmo,
ortiga,
papaver
somniferum,
sarcocola,
tapsia,
tomillo
y
turbit.
Para
librarse
del
agua:
ciclamen,
escoria
de
cobre,
euphorbia
pithuysa,
leche
de
lechuga
silvestre,
mezereón,
raíz
de
cohombrillo
amargo,
raíz
de
lirio,
tártago
y
vid
silvestre.
De
manera
tal
que,
una
persona
gorda
sería
tratada
como
un
enfermo
por
acumulación
de
agua
o
de
flema.
Para
evitarlo
se
le
purgaría
y,
aunque
no
es
el
momento
de
explayarse
en
estos
asuntos,
la
purga
era
un
tema
delicado,
largo,
peligroso,
en
donde
se
incluía
un
ayuno
previo
y
una
posterior
vuelta
a
la
normalidad
en
donde,
casi
siempre,
se
incluían
sangrías.
Nuestro
Arnau
de
Vilanova
(s.
XIII-‐XIV)
escribió
su
Regimen
sanitatis
para
el
Rey
de
Aragón.
A
principios
del
siglo
XVII,
sin
dejar
ninguna
de
las
terapias
mencionadas,
empieza
a
considerarse
el
limón,
el
vinagre
y
los
ácidos
buenos
para
evitar
la
gordura
por
su
teórica
acción
astringente.
Los
farmacéuticos
franceses
de
la
época
confirman
la
idea
y
atribuyen
al
vinagre
la
capacidad
de
esculpir
el
cuerpo
y
atenuar
las
materias
grasas.
El
Mariscal
de
Saint
–Germain
aseguraba
que
pasó
de
ser
gordo
a
delgado
a
fuerza
de
beber
vinagre.
A
mediados
del
siglo
XVIII
se
instaló
en
el
Sena
un
barco
termal,
en
donde
se
intentó
la
estimulación
y
tonificación
de
los
gordos
mediante
baños
fríos,
incluso
acompañados
de
estimulaciones
eléctricas
para
provocar
contracciones
y
secreciones.
En
ese
mismo
camino,
el
Abate
Nollet
aconsejaba
la
electrificación
directa,
basándose
en
sus
experiencias
sobre
los
gatos
que
habían
adelgazado
y
luego
lo
aplicó
a
una
pareja
con
aparentes
buenos
resultados.
Esta
vía
también
fue
recomendada
por
Pierre
Bertholon,
un
físico
de
Montpellier
que
escribió
sobre
la
influencia
de
la
electricidad
en
los
cuerpos
humanos
sanos
y
enfermos.
En
la
segunda
mitad
del
siglo
XIX
se
afianza
la
práctica
de
acudir
a
tomar
las
aguas
termales.
Las
estaciones
se
especializan
y
en
1880
Emile
Philbert,
vicepresidente
de
la
Sociedad
de
Hidrología
médica
de
París,
creó
en
Brides
(Saboya)
una
cura
especial
para
obesos.
Estableció
su
propio
método
a
base
de
purgantes,
sudaciones,
dieta
alimentaria
y
ejercicios
musculares.
Aparecen
tratamientos
especializados
en
toda
Europa
por
donde
pasean
los
obesos
sometidos
a
la
toma
de
aguas,
las
purgaciones,
los
masajes
y
el
pesado
minucioso
y
cotidiano,
en
un
ambiente
agradable
y
natural
que
recuerda
al
de
los
primitivos
templos
griegos
de
Asclepio.
124|Javier
Puerto
En la muy católica España un refrán tradicional dice lo siguiente:
Lo
primero
y
principal
es
oír
misa
y
almorzar;
pero
si
hay
prisa,
-‐o
si
la
cosa
es
precisa-‐
primero
es
almorzar
que
oír
misa.
Sabemos
pues
que
la
Ciencia,
durante
todo
el
tiempo
que
el
galenismo
está
en
vigor
–prácticamente
hasta
principios
del
s.
XIX-‐
va
a
recomendar
a
los
seres
humanos
que
su
dieta
alimenticia
se
componga,
fundamentalmente,
de
animales
de
granja,
de
caza
o
pescados.
Ese
gusto
por
la
carne
va
a
ser
tal
que
la
propia
Iglesia
católica
establecerá
días
de
abstinencia,
en
donde
sólo
se
permitirá
comer
pescado
a
aquellos
carentes
de
bula
y
tal
bula
será
concedida,
entre
otros,
a
los
enfermos.
La
dieta
occidental
durante
la
mayor
parte
de
la
Historia
va
a
ser
carnívora
y
entre
las
carnes
sólo
se
va
a
hacer
diferencias
por
sus
grados
de
humedad
o
de
teóricos
contenidos
flemáticos,
no
por
sus
grasas
o
calorías
y
esa
orientación
va
a
ser
propiciada
por
los
conocimientos
científicos.
Los
vegetales,
por
su
teórica
acción
medicamentosa
y
su
potencialidad
de
producir
cambios
en
la
naturaleza
individual,
van
a
utilizarse
lo
menos
posible,
con
grandes
precauciones
y
nunca
como
base
de
la
alimentación.
Parmentier,
durante
el
siglo
XVIII,
la
defendió
a
causa
de
su
cautiverio
en
Prusia
y
enseño
a
cocinarla
a
los
europeos.
Pero…
estamos
hablando
del
siglo
XVIII.
El
azúcar,
otro
elemento
esencial
para
entender
la
gordura
en
Occidente,
fue
introducido
en
Europa
por
los
árabes.
La
normalización
de
su
uso
no
se
produjo
hasta
que
españoles
y
portugueses
ampliaran
su
cultivo
en
los
territorios
americanos
conquistados
y
la
vulgarización
en
Europa
no
se
realizó
hasta
finales
del
siglo
XVI
o
principios
del
XVII.
Otro
ingrediente
a
tener
en
cuenta
en
la
nutrición
es
el
agua.
Como
hemos
visto
se
consideraba
uno
de
los
principales
elementos
componentes
del
cuerpo
humano
y
también
uno
de
los
más
eficaces
medicamentos
contra
enfermedades
secas
y
calientes.
Por
tanto
su
uso
requería
de
grandes
cuidados.
El
baño,
en
algunas
ocasiones
beneficioso,
en
otras
podría
ser
letal
y,
por
tanto,
sólo
se
aconsejaba
a
los
enfermos.
El
que
Don
Quijote
presentase
unas
pantorrillas
nada
limpias,
a
ojos
de
Cervantes,
nos
indica
la
poca
importancia
de
la
higiene
personal
en
un
hidalgo
de
su
condición,
porque
nada,
ni
de
tipo
social,
ni
de
tipo
sanitario,
le
invitaba
a
lavarse
más
a
menudo,
sino
a
hacerlo
con
precaución.
Lo
mismo
pasaba
con
la
bebida,
que
en
muchas
ocasiones
era
sustituida
por
el
vino,
en
el
Mediterráneo,
o
por
la
cerveza
en
los
países
nórdicos
y
centro
europeos.
Una
de
las
cosas
más
peligrosas
para
la
integridad
personal
de
Andrés
Laguna,
nuestro
gran
médico
y
humanista
del
siglo
XVI,
traductor
y
anotador
de
la
Materia
Medicinal
de
Dioscórides,
fueron
sus
anotaciones
sobre
el
vino
y
las
quejas
sobre
la
embriaguez
que
alcanzaba
a
poderosos
e
incluso
a
clérigos.
Esas
frases
fueron
las
únicas
tachadas
en
su
traducción
allí
donde
el
inquisidor
pudo
poner
su
lápiz
censor.
Él,
sin
embargo,
tampoco
aconsejaba
el
agua,
sino
la
moderación
en
la
ingesta
de
la
bebida
alcohólica.
Ese
ejercicio
intelectual
puede
producir
perplejidad
o
una
sonrisa,
pero
si
la
misma
es
de
suficiencia,
recordemos
lo
vivido
por
nuestra
generación
con
respecto,
por
ejemplo,
al
pescado
azul,
considerado
poco
menos
que
venenoso
hace
unos
cuarenta
años,
cuando
en
la
actualidad
se
tiene
por
excelente
y
portador
de
sustancias
beneficiosas
para
nuestra
salud.
El
mismo
autor
asegura:
porque
el
mucho
uso
de
comer
frutas
suelen
los
hombres
venir
en
agudas
y
mortales
enfermedades,
lo
que
nos
indica
que
tampoco
eran
apreciadas
por
los
dietistas,
al
menos
hasta
el
Renacimiento.
128|Javier
Puerto
De
las
carnes,
por
el
contrario
consideraban
que
de
su
comida
se
sigue
gran
confortación
para
el
cuerpo.
Las
que
son
más
semejantes
y
propincuas
a
nuestra
naturaleza,
serían
las
de
puerco,
carnero
y
cabrito,
nunca
las
de
zorra
o
liebre.
Entre
animales
domésticos
o
salvajes
preferían
los
primeros
pero
consideraban
que
las
de
caza
daban
más
fuerza
al
cuerpo.
Entre
los
animales
domésticos
los
criados
en
el
campo:
palomas
de
torre,
puerco-‐jabalí
criado
en
libertad;
mejor
la
de
los
machos,
luego
la
de
los
castrados
y
por
fin
la
de
hembras.
Consideraban
bueno
el
becerro
y
ternero
de
leche,
pero
no
lechones
ni
corderos.
Las
carnes
en
salazón
podían
engendrar
melancolía.
No
consideraban
buena
la
carne
de
ciervo
o
gamo.
Sí
las
de
aves,
aunque
daban
menos
nutrimento
y
hacían
numerosas
disquisiciones
con
las
mismas.
También
en
el
siglo
XVI
nuestro
Miguel
Servet
en
su
De
Trinitatis
erroribus
(1531)
un
libro
de
Teología,
al
hacerse
eco
de
la
doctrina
aristotélica
sobre
el
alma,
residente
en
la
sangre,
para
explicar
el
paso
de
la
irascible
desde
el
corazón
hasta
la
cabeza
para
convertirse
en
alma
racional,
explica
la
circulación
menor
de
la
sangre.
Hemos
de
esperar
a
la
llegada
de
Claude
Bernard
y
la
publicación
en
1865
de
Introducción
al
estudio
de
la
Medicina
experimental
para
asistir
a
la
llegada
de
una
nueva
fisiología,
apartada
absolutamente
de
las
creencias
galenistas
de
tipo
humoralista,
y
basada
en
la
ciencia
moderna.
130|Javier
Puerto
Para
él
toda
oxidación
es
una
combustión
que
se
produce
con
aumento
de
peso
al
añadirse
los
átomos
de
oxígeno.
Sus
experimentos
sobre
la
respiración
humana
le
llevaron
a
determinar
la
respiración
como
una
combustión.
En
la
vieja
fisiología
galenista
la
respiración
se
consideraba
el
origen
del
pnêuma
vital,
necesario
para
activar
las
funciones
vitales.
Se
obtendría
en
el
corazón
a
partir
del
calor
latente.
Ahora
se
creyó
desentrañar
mejor
el
mecanismo.
El
calor
latente
se
conseguiría
por
medio
de
una
combustión.
En
la
misma
el
combustible
es
el
oxígeno
y
el
comburente
los
alimentos.
En
ese
mecanismo
se
liberaría
(en
recuerdo
del
viejo
flogisto)
calórico,
un
elemento
que
Lavoisier
consideró
como
tal.
Antes
que
él,
Robert
Boyle
había
definido
los
elementos
en
el
siglo
XVII
-‐de
la
manera
en
que
los
conocemos
en
la
actualidad-‐
pero
no
había
proporcionado
una
tabla
de
los
mismos.
Lavoisier
sí
lo
hizo
con
gran
precisión,
pero
entre
ellos
incluyó
al
misterioso
calórico.
A
partir
de
él
se
empezaron
a
intentar
diferenciar
los
alimentos
según
sus
cualidades
de
combustión.
Hacia
1840
el
químico
alemán
Justus
von
Liebig
dividió
los
alimentos
en
dos
categorías:
los
plásticos
contribuyentes
a
la
renovación
de
los
órganos
y
los
respiratorios,
destinados
a
mantener
el
fuego
orgánico,
el
antiguo
calor
latente.
Los
primeros
tenían
más
nitrógeno,
de
ahí
su
asimilación
a
la
antigua
tierra,
principal
componente
de
la
carne.
Los
segundos
llevaban
más
carbono,
de
ahí
su
asimilación
al
fuego.
Entre
los
primeros
estarían
las
carnes
animales,
la
caseína,
la
albúmina…
y
entre
los
segundos
la
grasa,
el
almidón,
la
goma,
el
azúcar,
el
vino,
el
aguardiente…
En
1870
Marcelin
Berthelot
estableció
que
la
combustión
fisiológica
se
nos
antoja
como
el
gran
regulador
de
las
funciones.
A
principios
del
siglo
XX
los
norteamericanos
Wilbur
Olin
Atwater,
Francis
Gano
Benedit
y
sus
colaboradores
determinaron
el
metabolismo
basal,
o
valor
mínimo
de
energía
necesario
para
la
supervivencia.
132|Javier
Puerto
En
el
siglo
XVIII
se
incrementa
la
tendencia
y
aparecen
tablas
con
registros
de
pesos
del
cuerpo,
de
la
comida
y
de
las
evacuaciones.
Autores
ingleses
como
Bryan
Robinson,
John
Linning
o
John
Floyer,
se
dedican
a
esos
menesteres.
Jacob
Leupold,
en
1726,
renueva
la
balanza
de
Santorio
y
propuso
un
instrumento
reducido
capaz
de
ser
transportado.
Un
año
antes,
en
París,
un
tal
señor
Desbordes
propuso
instalar
en
los
lugares
públicos
una
especie
de
balanzas
romanas
para
pesar
al
público,
como
entretenimiento
inocente,
pero
fue
prohibido
por
la
policía.
En
la
segunda
mitad
del
siglo
XIX
las
tablas
de
registros
de
pesos
que
seguían
haciéndose
se
someten
al
cálculo
estadístico.
En
1832,
Auguste
Quételet
ofrece
unos
cuadros
y
tablas
en
donde
revisa
las
indicaciones
de
Buffon.
Incorpora
la
edad
y
el
sexo,
con
lo
cual
a
cada
altura
le
correspondería
un
peso
“normal”
establecido
estadísticamente
y
distinto
en
los
varones
y
las
hembras.
En
1826
Jean
Anthelme
Brillat
Savarin,
en
su
fisiología
del
gusto
establece
la
necesidad
de
pesarse
al
principio
y
al
final
del
proceso
de
adelgazamiento,
sin
embargo
la
balanza
sigue
siendo
excepcional
y
se
utiliza
como
atracción
en
los
tenderetes
de
feria.
134|Javier
Puerto
A
principios
del
siglo
XIX
se
vulgariza
la
gimnasia
sueca
como
elemento
de
mantenimiento
de
la
salud
por
Pehr
Henrik
Ling,
pero
es
en
el
siglo
XX
y
en
lo
que
llevamos
del
XXI
cuando
cobra
todo
su
auge.
Si
la
obesidad
se
considera
fruto
de
la
desviación
en
la
balanza
energética,
parece
absolutamente
razonable
que,
para
evitarla,
se
incremente
el
consumo
mediante
el
ejercicio.
El
primero
en
sugerir
la
idea,
en
1907,
fue
Carl
von
Noorden,
una
autoridad
en
obesidad
y
diabetes.
Las
directrices
publicadas
por
la
American
Heart
Association
y
el
American
College
of
Sports
Medicine,
en
agosto
de
2007
consideran
razonable
que,
comparadas
con
las
personas
que
consumen
poca
energía,
las
que
tienen
un
gasto
de
energía
diario
relativamente
elevado
tendrán
menos
posibilidades
de
ganar
peso
con
el
tiempo,
sin
embargo
afirmaban
que
hasta
el
momento,
los
datos
que
apoyan
esta
hipótesis
no
son
especialmente
convincentes.
3.1.
Prehistoria
Durante
la
Prehistoria
es
difícil
suponer
la
existencia
de
la
obesidad
por
las
circunstancias
en
que
se
desarrolló.
A
partir
del
neolítico
pudiera
darse
algún
caso,
pero
las
circunstancias
alimenticias
y
sanitarias
lo
hacen
improbable.
Pese
a
ello
se
conservan
varias
pequeñas
esculturas
llamadas
venus,
la
más
conocida
la
de
Willendorf,
tallada
en
piedra
caliza,
de
unos
25.000
a.C
(Museo
de
Historia
Natural
de
Viena)
y
también
la
de
Lespugue,
entre
el
26.000
y
el
24.000
a.C.
(Museo
del
Hombre
de
París)
realizada
en
marfil
de
mamut
o
la
de
Laussel,
esculpida
en
un
bloque
de
piedra
caliza
dura,
de
difícil
datación
(Museo
de
Aquitania
en
Burdeos).
conservada
en
el
Museo
del
Prado
de
Madrid,
aunque
éste
ser
orgiástico,
amante
del
vino,
de
las
bacanales
y
de
la
locura
religiosa
que
podría
llegar
al
entusiasmo
curativo,
ya
se
nos
representa,
en
una
estatua
encontrada
en
Delos,
como
un
hombre
de
edad
mediana
con
cierto
sobrepeso,
sin
lugar
a
dudas
causado
por
su
afición
al
vino
y
a
los
placeres
de
la
mesa.
Galeno
fue
el
responsable,
como
vimos,
de
las
ideas
médicas
existentes
en
la
sociedad
durante
casi
diecisiete
siglos
y
algunos
de
sus
conceptos,
por
ejemplo
los
referentes
al
temperamento,
se
siguen
empleando
en
el
lenguaje
cotidiano.
En
los
aspectos
histórico-‐sociales
las
condiciones
fueron
muy
diferentes
desde
las
primeras
monarquías
vitalicias
del
s.
VI
a.C.
hasta
los
últimos
emperadores
títeres
que
caen
bajo
los
hérulos
de
Odoacro
en
el
476.
Los
primeros
patricios
romanos,
cuyos
preceptos
higiénicos
se
recogen
en
la
obra
de
Catón
el
Censor
(s.
II-‐I
a.C.)
eran
agricultores
y
padres
de
familia.
Sus
actividades
relacionadas
con
la
agricultura,
el
ejército
o
el
Derecho,
no
les
permitían
llevar
una
vida
relajada;
tampoco
la
masa
popular
tenía
una
vida
muelle,
aunque
los
éxitos
de
Roma
se
cimentaron
en
la
fuerza
de
sus
ejércitos
y
en
la
tranquilidad
de
la
ciudad,
para
lo
cual
tanto
los
soldados
como
los
ciudadanos
debían
estar
bien
alimentados
y
sus
sucesivos
dirigentes
se
encargaban
de
proporcionarles
una
alimentación
correcta
(pan)
y
diversión
frecuente
(circo).
Durante
los
primeros
tiempos
el
alimento
tradicional
fue
el
puls
una
especie
de
gachas
de
harina
o
de
trigo.
En
tiempo
de
mayor
abundancia
se
preparó
el
puls
iuliano
con
ostras,
sesos
y
vino
especiado.
El
alimento
básico
era
el
trigo
y
el
vino;
también
la
leche
de
cabra
o
de
oveja,
las
aceitunas
y
la
carne
preferentemente
la
de
cerdo.
El
garum
fue
una
salsa
muy
deseada,
constituida
por
vísceras
y
trozos
de
pescado
curados
en
salmuera
y
madurados
al
sol.
Lo
empleaban
para
aderezar
multitud
de
platos.
Tradicionalmente
los
romanos
tomaban
un
desayuno
abundante,
un
almuerzo,
al
medio
día,
a
menudo
compuesto
de
las
sobras
de
la
cena
del
día
anterior
y
una
cena
abundantísima
al
atardecer.
Entre
los
nobles
y
patricios
fue
adelantándose
el
horario
de
la
cena.
A
partir
del
s.
II
en
muchas
ocasiones
comenzaba
hacia
las
tres
de
la
tarde
y
se
prolongaba
hasta
bien
entrada
la
noche.
Generalmente
había
una
entrada
de
ensaladas,
aceitunas,
ostras,
pescado
en
salazón,
ayudados
de
muslum
(vino
con
miel).
A
continuación
el
plato
fuerte
(prima
mesa),
varias
presentaciones
Entre
los
emperadores
tuvo
fama
de
glotón
Vitelio
que
sólo
gobernó
entre
abril
y
diciembre
del
año
69.
En
su
corto
periodo
de
gobierno
gastó
en
banquetes
más
de
mil
millones
de
sestercios
y
antes
de
ser
asesinado
por
la
plebe
se
decía
que
había
estado
comiendo
sesos
de
alondra
con
miel.
bien
considerada.
Un
caballero
debía
ser
fuerte
e
incluso
robusto
para
poder
competir
en
los
torneos
y
las
batallas
en
donde
la
corpulencia
era
fundamental.
Por
eso
se
distinguía
entre
el
gordo
y
el
muy
gordo.
Sólo
se
intentaba
poner
remedio
cuando
la
obesidad
resultaba
incapacitante.
Felipe
I,
rey
de
Francia
entre
1060-‐1108
tuvo
que
emplearse
a
fondo
para
reprimir
las
revueltas
ocasionadas
por
la
hambruna
durante
su
reinado.
Pese
a
ello
cuando
murió
estaba
tan
obeso
que
no
podía
montar
a
caballo.
Su
hijo
Luis
VI,
fue
conocido
como
Luis
el
Gordo
reinó
desde
la
muerte
de
su
padre
hasta
1137.
Se
le
conoce
también
como
el
batallador,
por
las
numerosas
batallas
en
que
intervino
para
intentar
moderar
las
ambiciones
de
los
señores
feudales.
Pese
a
ello,
al
final
de
sus
días
era
incapaz
de
montar
a
caballo
a
consecuencia
de
su
obesidad.
En
las
crónicas
francesas
se
recoge
que
cuando
el
rey
de
Francia
conoció
al
duque
de
Normandía
y
rey
de
Inglaterra,
Guillermo
I
(1066-‐1087),
conocido
como
Guillermo
el
Conquistador,
exclamó
que
parecía
una
embarazada.
Los
cronistas
de
su
fallecimiento,
sucedido
durante
los
combates
de
Nantes
en
julio
de
1807,
no
zanjan
la
cuestión
de
si
se
debió
a
un
golpe
tras
la
caída
de
su
caballo
o
a
una
enfermedad
causada
por
el
calor
y
su
extrema
corpulencia.
Durante
la
Edad
Media,
sin
embargo,
la
gordura
no
resultó
estigmatizada,
ni
siquiera
en
sus
grados
extremos.
Era
sobre
todo
un
símbolo
más
del
poder.
La
obesidad
a
lo
largo
de
la
historia
|139
Hay,
sin
embargo,
un
punto
discrepante
en
éste
consenso
generalizado:
la
Iglesia
católica.
El
exceso
de
grasa
atacaba
también
a
los
oratores,
a
los
clérigos,
otro
de
los
estamentos
dominantes
medievales.
San
Pablo,
en
el
s.
I,
en
su
Epístola
a
los
Felipenses
ya
había
atacado
como
enemigos
de
Dios
a
aquellos
cuyo
dios
es
su
barriga.
San
Agustín
en
el
s.
V
y
el
Papa
San
Gregorio
I
en
el
s.
VI,
incluyeron
la
glotonería
entre
los
siete
pecados
capitales.
Durante
la
Edad
Media
fue
calificada
de
pecado
venial.
3.4.
Renacimiento
Durante
el
periodo
la
tendencia
bajo-‐medieval
se
acentúa
y
la
gordura
pasa
a
ser
considerada
también
un
defecto
de
la
gente
simplona
y
popular,
más
que
una
de
las
características
de
la
nobleza,
lo
cual
nos
habla
también
de
una
época
de
mayor
prosperidad
y
de
los
cambios
nutricionales
impuestos
por
la
agricultura
viajera,
en
éste
caso
de
los
aportados
por
los
descubrimientos
de
los
navegantes
españoles
y
portugueses.
140|Javier
Puerto
Baltasar
Castiglioni
en
El
Cortesano
habla
ya
de
ligereza
y
habilidad
y
esas
cualidades,
añadidas
a
la
fuerza,
son
las
que
estéticamente
debían
preponderar.
A
Carlos
V,
tras
su
victoria
contra
los
protestantes
en
Mülberg,
le
entregaron
al
Duque
Francisco
I
de
Sajonia
de
quien
se
burlaban
los
cortesanos
por
su
gran
volumen
y
le
calificaban
de
bota
y
le
describían
como
gordo,
seboso
y
fondón.
La
tendencia
a
la
frugalidad
y
las
buenas
maneras
en
la
mesa
es
uno
de
los
objetivos
de
la
temprana
sátira
de
François
Rabelais
quien,
pese
a
su
condición
de
médico,
se
ríe
de
los
nuevos
usos
aristocráticos
con
su
personaje
Gargantua,
con
dieciocho
papadas,
un
vientre
descomunal
y
su
complexión
maravillosamente
flemática.
En
el
Renacimiento,
sin
embargo,
el
principio
de
rechazo
de
la
gordura
no
viene
acompañado
de
una
apología
de
la
delgadez,
asociada
a
lo
patológico,
sino
de
la
consecución
de
un
equilibrio.
3.5.
Barroco
Durante
el
siglo
XVII
continúa
la
situación
ambigua
respecto
a
la
gordura.
La
excesiva
se
condena,
como
hace
Louis
de
Rouvroy,
Duque
de
Saint
Simón
en
sus
Memorias
con
respecto
al
Príncipe
de
Mónaco
a
quien
califica
de
gordo
como
un
tonel,
incapaz
de
ver
más
allá
de
su
barriga.
Sin
embargo,
el
hombre
de
sangre
real,
alto,
considerablemente
gordo,
pero
sin
ser
achaparrado,
de
aspecto
distinguido
y
noble,
sin
ninguna
rudeza,
le
parece
estéticamente
agradable.
Durante
ese
mismo
siglo
la
obra
de
Pedro
Pablo
Rubens
evidencia
un
gusto
personal
por
la
voluptuosidad
de
la
carne,
pese
a
que
al
mismo
tiempo
exprese,
personalmente,
la
voluntad
clásica
de
la
esbeltez.
Su
obra
es
tomada,
en
la
actualidad,
por
un
ensayo,
en
ocasiones
desmesurado,
sobre
los
efectos
de
la
gordura.
La
misma
fascinación
que
presenta,
en
la
actualidad,
el
pintor
y
escultor
colombiano
Fernando
Botero,
en
una
época
en
que
la
obesidad
está
completamente
estigmatizada,
a
diferencia
del
siglo
XVII,
en
que
todavía
se
mantenía
una
cierta
ambigüedad.
Como
la
gordura
es
cuestión
estética,
no
sanitaria,
el
juego
con
las
ropas
se
convierte
en
tema
central.
142|Javier
Puerto
En
el
siglo
XV
las
mujeres
empleaban
un
simple
cinturón
de
tela
entorno
al
vientre.
En
1685,
Jean
Liébault
en
su
Tesoro
de
remedios
secretos
para
las
enfermedades
de
las
mujeres
describe
las
cinchas
de
piel
con
cordones;
los
corsés
para
contener
los
vientres
excesivos.
También
propone
contenciones
a
base
de
láminas
de
acero.
El
invento
más
habitual
unía
unas
ballenas
o
barbas
que
atravesaban
la
tela
y
placas
rígidas
cosidas
en
el
interior
de
la
misma
que
ya
eran
habituales
en
el
siglo
anterior.
La
prenda
se
emplea
por
hombres
y
mujeres,
pero
mucho
más
por
las
segundas.
En
el
siglo
XVIII
también
empieza
a
preferirse
hablar
de
obesidad.
Lo
hace
Antoine
Furetière
en
su
Dictionnaire
de
1701;
también
en
la
Encyclopédie
en
1760,
la
obesidad
aparece
como
término
médico,
una
forma
de
corpulencia
excesiva.
Luis
XVI
engordó
durante
los
primeros
años
de
su
reinado.
Los
médicos
consideraron
peligrosa
su
corpulencia.
Trataron
de
reducir
la
cantidad
de
alimentos,
le
impusieron
caminatas
y
le
recomendaron
agua
de
Vichy,
sin
resultado
alguno.
La
falta
de
descendencia
agudizó
la
sospecha
de
debilidad
real.
Cuando
lo
Es
el
citado
Brillat-‐Savarin
quien
a
mediados
del
siglo
XIX
intenta
crear
una
guía
del
bien
vivir,
acorde
con
el
epicureísmo
clásico,
en
donde
predominaría
la
imagen
del
gourmet
sobre
la
del
comilón.
A
partir
de
la
última
parte
del
siglo
XIX
se
popularizan
los
trajes
de
baño
y
los
cuerpos
gordos
se
convierten
en
objetivo
de
chanzas.
También
la
moda
femenina
varía
y
desaparecen
las
formas
acampanadas
que
ocultaban
la
figura.
Para
estigmatizar,
aún
más
si
cabe,
la
gordura,
Cesare
Lombroso,
médico
y
criminólogo
italiano,
iniciador
de
la
frenología
y
del
establecimiento
de
una
supuesta
antropología
del
criminal
nato,
señaló
entre
los
signos
degenerativos
de
criminales
y
prostitutas
que
el
peso
medio
era
superior
al
de
quienes
no
lo
eran
y
las
prostitutas
adquirían
con
los
años
una
corpulencia
enorme,
hasta
convertirse
en
monstruos
obesos.
144|Javier
Puerto
De
ahí
que
a
finales
del
siglo
XIX
comiencen
las
dietas
de
reducción
calórica
y
otras
más
peligrosas.
En
1880
se
aconseja
la
ingesta
de
segregaciones
de
tiroides
de
cordero
debidamente
procesadas
por
el
farmacéutico
y
el
ejercicio
físico
continuado,
así
como
la
asistencia
a
termas
específicas
para
adelgazar.
No
siempre
fue
así
en
España.
Si
hacemos
el
curioso
ejercicio
de
observar
la
belleza
física
a
través
de
algunos
reclamos
farmacéuticos
que
utilizan
a
las
mujeres
como
atractivo
a
principios
del
siglo
XX,
aunque
el
específico
anunciado
no
tenga
mucho
que
ver
con
ellas,
nos
encontramos
desde
una
talla
“europea”
en
el
anuncio
de
las
pastillas
digestivas
EBREY,
hasta
otras
más
del
gusto
mediterráneo,
en
donde
las
formas
femeninas
son
mejor
aceptadas.
Tendríamos
las
píldoras
de
Reuter,
con
una
señorita
oronda
pero
de
cintura
de
avispa,
conseguida,
probablemente
con
el
corpiño
encorsetado;
otra
señorita
moderna,
con
ropas
holgadas
y
apariencia
de
normalidad
en
su
peso,
en
los
laxoconfites
del
Dr.
Richard
y
otra
exuberante
en
su
aparente
laxitud
exótica
para
promocionar
la
emulsión
de
Scott.
Sin
embargo
la
portada
del
semanario
ilustrado
español
¡ahí
va!
de
marzo
de
1912
recoge
la
fotografía
de
la
Bella
Montalvito
quien,
al
parecer,
había
actuado,
supongo
que
con
éxito
en
varios
teatros
de
España.
La
tal
belleza
era
cupletista
y
seguramente
resultaba
excitante
para
los
sentidos
de
sus
admiradores
pero,
como
se
ve,
está
sobrada
de
carnes,
cinchada
con
un
potente
corsé,
dotada
de
ropas
que
parecen
enaguas
amplias
y
con
una
mirada
bovina
que
pretende
ser
o
incitante
o
simpática.
Lo
cual
explica
que,
en
un
mundo
sin
globalizar,
la
moda
no
era
una
dictadura
tan
férrea
como
parece
serlo
en
la
actualidad.
Entre
los
reyes
españoles
algo
se
ha
dicho
ya
de
los
Austrias.
Los
primeros
Borbones
no
destacaron,
precisamente,
por
su
gordura,
sí
por
otras
patologías
más
incapacitantes.
En
el
descarnado
retrato
que
hizo
Francisco
de
Goya
a
la
familia
de
Carlos
IV,
tanto
el
monarca
como
su
esposa,
la
reina
María
Luisa,
aparecen
más
que
rollizos,
con
un
aspecto
abotargado
poco
aristocrático,
infrecuente
en
los
retratos
efectuados
por
un
pintor
de
cámara.
Fernando
VII
se
ganó
a
pulso
su
mala
prensa
entre
todos
los
monarcas
españoles.
En
su
retrato
se
refleja
una
gordura
moderada
146|Javier
Puerto
y
una
inmoderada
idiocia.
Isabel
II
gozó
de
una
buena
salud.
Sólo
tuvo
algunos
trastornos
gastrointestinales
debidos
a
sus
malos
hábitos
alimenticios
que
propiciaron
una
gordura
incipiente,
transformada
en
obesidad
tras
su
matrimonio;
pese
a
ello
es
más
conocida
por
su
liviandad
amorosa
que
por
su
amor
excesivo
a
la
comida.
Entre
los
cantantes
de
ópera
es
tan
frecuente
la
aparición
de
la
corpulencia
que
el
imaginario
popular
los
presenta
casi
siempre
obesos.
Baste
recordar
a
Monserrat
Caballé,
en
sus
mejores
momentos
o
al
fallecido
Luciano
Pavarotti,
aunque
hay
otros
varios
en
la
actualidad
que
no
cumplen
con
el
cliché
preconcebido
mediante
el
cual
se
identifica
potencia
y
calidad
bucal
con
rotundidad
física.
En
la
actualidad
pocas
personas
se
acuerdan
de
Charles
Laughton,
pero
sus
películas
no
habrían
sido
las
mismas
sin
su
presencia
excesiva
y
morbosa.
También
el
personaje
de
Agatha
Christie,
el
detective
Poirot,
lo
vemos
reflejado
en
un
Peter
Ustinov
muy
pasado
de
peso,
que
representó
también
a
un
Nerón,
gordo,
infantil
y
malévolo,
en
Quo
Vadis.
Pedro
Picapiedra
encontró
su
actor
ideal
en
un
John
Goodman
obeso.
Marlon
Brando
bordó
el
papel
del
padrino
a
consecuencia
o
a
pesar
de
su
extremada
gordura
final;
James
Gandolfini
representó
como
nadie
al
líder
de
una
familia
mafioso
en
la
que
los
gordos
abundaban
y
no
precisamente
repletos
de
buenas
ni
inocentes
intenciones.
Orson
Welles
siempre
fue
un
personaje
robusto.
Aprovechó
el
desmesurado
exceso
de
peso
de
sus
últimos
tiempos
para
representar
de
forma
magistral
algunos
personajes
shakesperianos,
como
el
Falstaff
de
Campanadas
a
medianoche.
En
otro
registro,
Gérard
Depardieu
ha
representado
al
orondo
Obélix,
con
acierto
y
sin
deber
hacer
un
gran
esfuerzo
para
simular
su
extraordinaria
corpulencia,
tal
y
como
la
pensaron
para
el
tebeo
René
Goscinny
y
Albert
Uderzo.
También
el
antaño
delgadísimo
y
muy
hortera
bailarín,
John
Travolta,
ha
sido
capaz
de
enfrentar
la
gordura
y
la
calvicie
en
la
película
de
Pierre
Morel,
From
Paris
with
love,
e
incluso
representar
a
una
de
las
escasas
mujeres
gruesas
de
la
gran
pantalla
travistiéndose
en
la
película
de
John
Waters,
Hairspray.
La
gran
película
sobre
los
excesos
gastronómicos,
no
sobre
la
obesidad,
es
la
de
Marco
Ferreri,
La
grande
bouffe,
en
donde
prima
el
humor
negro,
un
tanto
anárquico
del
director.
Cuatro
personajes
interpretados
por
inmensos
actores
se
reúnen
un
fin
de
semana
para
llevar
a
cabo
un
suicidio
colectivo
mediante
la
148|Javier
Puerto
Absolutamente
relacionada
con
el
tema
estaría
la
película
Gordos
realizada
por
Daniel
Sánchez
Arévalo
en
2009
en
donde
se
relatan
cinco
historias
de
personas
obesas
reunidas
en
un
grupo
de
terapia
con
un
tono
de
comedia,
con
algunos
toques
dramáticos.
Añadiré
sólo
dos
nombres
que
no
son
del
gusto
de
la
escritora.
El
de
Edgard
Neville
y
Juan
Manuel
de
Prada.
A
este
respecto,
si
los
primeros
en
llamar
la
atención
sobre
el
pecado
de
la
gula
fueron
los
católicos,
ahora
una
revista
progresista
Claves
de
la
razón
práctica,
titula
su
número
de
diciembre
de
2013:
el
pecado
del
mundo:
¿hasta
cuándo
la
glotonería
de
pocos
y
el
hambre
de
tantos?
En
donde
se
recoge
algo
del
problema:
la
desigualdad
alimentaria,
pero
no
todo
el
problema
ni
mucho
menos
pues
ahora
ya
sabemos
que
la
gordura
no
es
cosa
de
sobrealimentados
ricos,
sino
más
bien
de
sobrealimentados
pobres
y
si
la
glotonería
es
un
pecado
sería
mejor
dejarlo
resolver
en
el
interior
de
las
conciencias
o
de
los
confesonarios,
no
convertirlo
en
un
pecado
social
que
estigmatiza
más
aún
a
los
gordos
quienes,
en
las
sociedades
desarrolladas,
no
suelen
ser
los
más
ricos.
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