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Reinos Peninsulares: Conflictos y Cultura

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OP UD 31. LOS REINOS PENINSULARES EN LOS SIGLOS XIV Y XV.

CONFLICTOS SOCIALES. DIVERSIDAD CULTURAL. / CS 2 UD 05. LOS


REINOS PENINSULARES EN LOS SIGLOS XIV Y XV.

INTRODUCCIÓN.

1. LOS REINOS PENINSULARES EN LA BAJA EDAD MEDIA.


CASTILLA.
La crisis del siglo XIV.
El estancamiento del siglo XV.
ARAGÓN.
La expansión catalano-aragonesa en el Mediterráneo.
Los Trastámara.
PORTUGAL.
La consolidación del reino portugués.
La dinastía Avis y la expansión marítima.
NAVARRA.
Navarra bajo dominio francés.
La guerra civil: Juan II y el príncipe de Viana.
La incorporación a la Corona de Castilla.
GRANADA.
La prosperidad del último reducto musulmán.
La crisis final.

2. LA UNIDAD ESPAÑOLA: LOS REYES CATÓLICOS.


La unión dinástica.
La guerra civil.
La instauración de la monarquía nacional autoritaria.
La alianza corona-nobleza.
La política económica reformista.
La culminación de la Reconquista: la conquista de Granada.
La proyección de España en Europa y el mundo.
LOS ERRORES DE LOS REYES CATÓLICOS.
La intolerancia religiosa contra judíos y moriscos.
La falta de unidad constitucional de España.
El riesgo de colocar a España en el concierto europeo de grandes
potencias sin una adecuada base económica y social.

3. POBLACIÓN, SOCIEDAD Y ECONOMÍA. LOS CONFLICTOS SOCIALES.


La población.
La sociedad y la economía en la Corona de Castilla.
La sociedad y la economía en la Corona de Aragón.
LAS LUCHAS SOCIALES.
La burguesía contra la nobleza.
Los campesinos contra la nobleza: Cataluña, Mallorca y Galicia.
La pequeña burguesía contra la oligarquía municipal: los partidos
de Busca y Biga en Barcelona.

4. LA DIVERSIDAD CULTURAL.
Las lenguas romances.
Una sociedad multicultural: cristiandad, islam y judaísmo.
La Iglesia y su papel cultural.
Las Universidades.
El arte gótico y el mudéjar.

APÉNDICE:
La crisis de la Baja Edad Media.

INTRODUCCIÓN.
La Baja Edad Media en España es un concepto ambiguo para su
periodización. No hay consenso sobre su inicio pero la mayoría lo coloca en
1250-1300, cuando el gran impulso de la Reconquista ha terminado y sólo
subsiste la islámica Granada. Para muchos historiadores debería acabar en
1479, cuando aparece la doble monarquía de los Reyes Católicos en Castilla
y Aragón, pero la mayoría opina que debe incluir el reinado entero de estos
para separarlo de la monarquía de los Habsburgo. Por lo tanto, dado el
enunciado, estudiaremos los reinos peninsulares entre 1300 y 1516. Se dará
especial relevancia al periodo de los Reyes Católicos, porque durante este
se logró la unidad hispánica que aún perdura y se asientan las bases de la
sociedad moderna española.

Un resumen.
Resumiendo los antecedentes, en los siglos VIII-XIII se conformó la misma
división nacional/regional que hoy, con pocos cambios, vivimos, con las
entidades de Castilla, Cataluña, País Vasco, Navarra, Galicia y Portugal, y
asimismo se formaron las raíces de gran parte de la cultura, las lenguas, el
paisaje agrario o el urbanismo actual.
La etapa de las Historia de la Península que se conocía tradicionalmente con
el nombre de Reconquista abarcaba desde el siglo VIII al XV, pero hoy en día
el concepto de Reconquista se ha reducido a la ocupación militar de la
mayor parte de Al-Andalus durante los siglos XI-XIII.
Podemos señalar cuatro grandes aspectos:
- El aspecto político: los Estados ibéricos se convierten en monarquías
territoriales-nacionales de carácter autoritario, con una proyección europea
nítida desde el siglo XIII.
- El aspecto geográfico-demográfico: la Reconquista y la Repoblación
aumentan el espacio dominado por la civilización cristiana. Hay una larga y
difícil convivencia entre los tres grandes grupos religiosos de cristianos,
musulmanes y judíos.
- El aspecto socio-económico: se consolida el sistema feudal como modo de
producción y modelo de relaciones socio-políticas; después de siglos de
decadencia, la ciudad reaparece como centro comercial e industrial, sobre
todo en la Corona de Aragón, que se integra desde el siglo XIII en el circuito
comercial mediterráneo.
- El aspecto cultural: la Península es a partir del siglo XI un gran foco cultural
gracias a la convivencia de las tres culturas, la cristiana (la predominante al
final), la musulmana y la judía; la influencia europea a través del Camino de
Santiago y las órdenes monásticas de Cluny y del Císter, que difunden el
arte románico y el gótico; el auge de las universidades, y el desarrollo de las
lenguas romances.
Etapas de la Reconquista hasta el sigloo XIII.

Jaume Vicens Vives explica acertadamente la evolución tan distinta de las


regiones y nacionalidades de España como una consecuencia de las
peculiaridades de la época medieval en España: la reconquista a los
musulmanes, la repoblación de los nuevos territorios y la división de los
Estados ibéricos. De Norte a Sur, de Este a Oeste, España se constituyó
como un conjunto heterogéneo de Españas.
Durante la Baja Edad Media, ya en los siglos XIV y XV, se consolidaron estas
características y en su tránsito a la Edad Moderna se consolidó un único
Estado.
Según Georges Duby y la mayoría de los medievalistas la crisis del siglo XIV,
el hundimiento demográfico, se inició antes de la Peste Negra de 1348. Lo
causó un desequilibrio entre la expansión demográfica y la expansión
agrícola, basada en el aumento de la superficie cultivada, a tierras cada vez
más marginales (y menos productivas). Esta expansión agrícola se detuvo
hacia 1300 mientras que población seguía aumentando, provocando al fin
una larga crisis de subsistencias. El hambre y la debilidad provocaron una
mayor mortalidad por enfermedad, que dejaría a la sociedad indefensa ante
la llegada de la gran epidemia.
Los conflictos sociales a menudo provocaron revueltas de las clases
oprimidas, los campesinos y los artesanos, rebeldes contra la fiscalidad
opresora de los señores, de la Iglesia y de la monarquía. A veces tomó la
forma de herejías religiosas, otras de conflictos jurídicos contra las
apropiaciones ilegales de los bienes comunales por parte de los poderosos.
Pero hubo dos grandes periodos de agitación. El primero a principios del
siglo XI (cuando se hundió el imperio carolingio y surgieron los principados
territoriales), el segundo y más importante en la segunda mitad del siglo
XIV, en plena crisis demográfica y económica (por lo tanto de reequilibrio de
la apropiación y del reparto de la renta), cuando los conflictos se
convirtieron en masivas revueltas en Europa (sobre todo en Francia e
Inglaterra, bien estudiadas por Hilton, Wolff y Mollat) que reunieron a los
grupos sociales que más sufrían la crítica situación (no los proletarios, sino
los pequeños propietarios, los medianos artesanos), en contra de los grupos
dominantes que querían mantener su status social y su nivel económico a
costa de una mayor explotación de los dominados.

1. LOS REINOS PENINSULARES EN LA BAJA EDAD MEDIA.


CASTILLA.
La crisis del siglo XIV.
Fernando III el Santo (1217-1252) reunifica definitivamente por matrimonio
Castilla y León (1230) y al llegar a la mayoría de edad reemprende la
reconquista en Andalucía, hasta quedar sólo el reino musulmán de Granada,
vasallo de Castilla. Su hijo Alfonso X el Sabio consolida estas conquistas.
Una sucesión posterior de reyes no conseguirá extender las conquistas, que
quedan paralizadas por las guerras dinásticas y exteriores, la Peste Negra,
las minorías de edad y las rebeliones nobiliarias.
Sancho IV (1285-1295) conquista Tarifa.
Fernando IV (1295-1312) apenas gobierna. Tras una corta guerra tiene que
pactar con el rey Jaime II de Aragón el tratado de Torrellas (1304), por el que
cede Alicante, Elche y otras plazas, configurándose la definitiva frontera
entre ambos.
Alfonso XI (1312-1350), tiene una larga y conflictiva minoridad, pero en su
madurez vence a la última invasión musulmana, de los benimerines, en la
batalla de Salado (1340) y ocupa Algeciras y Gibraltar (1344), con lo que
domina el estrecho de Gibraltar y se abre la ruta del Mediterráneo al Mar del
Norte, con un comercio sobre todo genovés y catalán, lo que involucra a
Castilla en la Guerra de los Cien Años.
Pedro I (1350-1369) se alía con la burguesía y los ingleses en contra de la
nobleza rebelde y los franceses, pero es vencido y muerto en Montiel por su
hermano bastardo Enrique de Trastámara, que debió entregar enormes
“mercedes” (concesiones) a la nobleza en pago de su apoyo.
Enrique II (1369-1379) sobrevive entre el poder nobiliario y la amenaza
inglesa. La dinastía Trastámara apoya con su flota a Francia contra
Inglaterra y la lana castellana sustituye a la inglesa en los mercados de los
Países Bajos.
Juan I (1379-1390) trata de conquistar el reino de Portugal, sobre el que
tiene derechos sucesorios por su esposa, pero es vencido por Juan de Avis
(Aljubarrota, 1385).
Enrique III (1390-1406) apenas gobierna, mientras la nobleza aumenta su
poder. La expansión atlántica comienza con las primeras conquistas en las
Canarias (1402, completada en 1496).

El estancamiento del siglo XV.


Juan II de Castilla (1406-1454) comienza su reinado con una larga
minoridad, luego agravada por la falta de un poder político firme, con lo que
la nobleza acapara gran parte del poder y estallan varias guerras civiles.
Enrique IV (1454-1474) sufre un reinado débil, con un creciente poder
nobiliario. La crisis sucesoria estalla en sus últimos años, con las
candidaturas alternativas de su hermano, el príncipe Alfonso, y tras su
muerte de su hermana Isabel.

ARAGÓN.
Mapa de los dominios de Jaime I tras la conquista de Baleares y Valencia.
La expansión catalana-aragonesa en el Mediterráneo.
En la Baja Edad Media se forma un eje comercial Barcelona-Sicilia, con
importantes intereses comerciales, que pugna con las ciudades italianas por
el predominio marítimo. Esto llevará a Aragón a constituir un verdadero
imperio mediterráneo.
Jaime I había dividido el reino entre sus dos hijos, Pedro III de Aragón, que
fgobierna en los territorios de la Península, y Jaime II de Mallorca, que reina
en las islas Baleares, Rosellón, Cerdaña, Conflent y Montpellier.
Pedro III inicia la expansión territorial y comercial por el Mediterráneo, con la
conquista de Sicilia (1282), tras las Vísperas Sicilianas, en base a los
derechos sucesorios de su esposa Constanza. Sicilia será gobernada por
otra rama de la dinastía catalana-aragonesa entre 1295 y 1409, volviendo
entonces a la rama principal por el matrimonio (1391) de María y Martín el
Humano y la muerte de este.
Jaime II (1291-1327) expande la corona aragonesa por el Mediterráneo:
confirmación por el Papa del reino de Aragón (tratado de Anagni, 1296) a
cambio de ceder Sicilia, pero esta resiste y entroniza a una rama de la
dinastía (desde 1296 hasta que en 1409 se unifica otra vez), conquista de
Atenas y Neopatria (1311, anexionada en 1379-1388) y de Cerdeña (desde
1325), aumento del comercio con el Norte de África y Egipto, guerra con
Castillas y Tratado de Torrellas (1304) con el rey Fernando IV, en el que
consigue llevar la frontera del reino valenciano al sur, con las ciudades de
Alicante, Elche y otras plazas.
Alfonso IV (1327-1336) unifica temporalmente Mallorca al país y su reinado
es relativamente tranquilo y muy próspero.
Pedro IV el Ceremonioso (1336-1396) en su largo reinado acaba
definitivamente con la independencia del reino de Mallorca (1343) y,
además, aplasta a la liga nobiliaria, la Unión aragonesa (1347-1348), pero
sufre la terrible crisis de la Peste Negra de 1348, reproducida en 1362,
1367-1377 y otros años, mientras su costosa política bélica contra Pedro I
de Castilla arruina el reino de Valencia (arrasado por las campañas
militares), a los banqueros catalanes y devalúa la moneda.
Juan I (1387-1396) y su hermano Martín I (1396-1410) son los últimos reyes
de la dinastía. El hijo del segundo, Martín el Humano, por matrimonio (1391)
con la heredera María reintegra el reino de Sicilia a la rama principal, pero
su muerte (1409) precipita el fin de esta.

Los Trastámara.
En Aragón el Compromiso de Caspe (1412) entroniza la dinastía castellana
de los Trastámara. Contra los intereses nobiliarios y rurales que
representaba el pretendiente Jaime de Urgell, triunfó Fernando de
Antequera, coronado como Fernando I (1412-1416), un extranjero pero
regente del reino de Castilla y heredero lejano por vía materna de la
dinastía, que tenía el control de la lana castellana, vital para los intereses
textiles de la burguesía catalana.
Alfonso V (1416-1458) conquista Nápoles (1443), pero desatiende los
asuntos de la Península, que sufre fuertes tensiones sociales en Cataluña y
Mallorca, como la revuelta de los agermanats en Mallorca (1450-1452). En
su reinado hubo una etapa de prosperidad económica en 1420-1445, que le
permitió pagar su agresiva política italiana.
Juan II (1458-1479) se ve envuelto en una dura guerra civil (1462-1472), en
la que estallan todos los problemas sociales y económicos entre los
confusos bandos de la nobleza, los burgueses y los campesinos. Para
conseguir el apoyo francés entrega el Rosellón y la Cerdaña.
Su hijo Fernando II (1479-1516) será el primer rey común de las Coronas de
Aragón y Castilla (como Fernando V).

Mapa de la expansión mediterránea de la Corona de Aragón,

PORTUGAL.
El reino se expandió lentamente hacia el sur y mantuvo un cierto equilibrio
de poder con los reinos españoles. La reconquista termina con la toma del
Algarve por Alfonso III (1248-1278).
Mapa de la expansión portuguesa en la Península.

La consolidación del reino portugués.


Portugal tuvo un desarrollo autónomo, que desembocaría en un callejón sin
salida cuando su desarrollo y comercio ultramarinos fueron monopolizados
por la monarquía y la nobleza, en vez de por una burguesía urbana que se
conformó con “nobiliarizarse” en un proceso muy semejante al castellano.
Dionis (1278-1325) es el rey de la expansión económica y comercial.
Alfonso IV (1325-1357) es el rey de una época de decadencia, sobre todo
por el impacto de la Peste Negra (1348-1349).
Pedro I (1357-1367) intentó afirmar su poder frente a la nobleza.
Fernando I (1367-1383) fue un rey débil que además mantuvo tres estériles
guerras con Castilla. A su muerte no dejó herederos masculinos directos lo
que abrió una crisis sucesoria.

La dinastía Avis y la expansión marítima.


Juan I de Castilla intentó conquistar el reino, invocando los derechos
sucesorios de su esposa Beatriz, hija de Fernando I de Potugal, y contando
con el apoyo de la alta nobleza, pero un hijo bastardo de Pedro I, Juan I de
Avis (1383-1433), contando con el apoyo inglés, le vence en Aljubarrota
(1385) y consolida la independencia tras confiscar las propiedades de la alta
nobleza, acusada de traición. La alianza con Inglaterra ayudará
posteriormente a mantener la independencia.
La dinastía de Avis inicia la empresa descubridora atlántica, apoyada en la
burguesía comercial de Lisboa y Oporto. Sus hitos son la conquista de Ceuta
(1415) y Tánger, la colonización de las islas Madeira y Azores, la continua
promoción del príncipe Enrique el Navegante de las expediciones por el
litoral africano. Finalmente, Portugal consigue el virtual monopolio del
comercio africano y de la ruta de las Indias Orientales, que hará su desigual
fortuna en la Edad Moderna.
Mapa de las exploraciones portuguesas en África.

Informe: La historia de Inés de Castro. [Un texto para comentario sobre


una mujer notable de la época.]
La famosa Inés de Castro está enterrada en la catedral de Santiago, entre
los reyes leoneses. Había nacido en Galicia hacia 1320, hija ilegítima de un
noble poderoso, Pedro Fernández de Castro, y se había criado en el palacio
de los Manuel en Santiago y cuando Constanza Manuel se casó en 1340 con
el príncipe Pedro de Portugal (Coimbra, 1320-Estremoz, 1367), la acompañó
como dama de honor. Al poco tiempo Pedro se enamoró de Inés y trató
desde entonces a su esposa con afecto pero sin amor. Su esposa, celosa,
quiso que Inés fuese madrina de su hijo para que el parentesco espiritual
sobrevenido separara a los amantes pero fue inútil. Pedro esperó, según
parece, hasta que su esposa hubiera muerto (13 de noviembre de 1345) de
un sobreparto para convertirse en amante de Inés, teniendo en los años
siguientes hasta cuatro hijos, Alfonso, Juan, Dionís y Beatriz. Se casaron al
fin en segundas nupcias secretas en 1354 ante el obispo de Guarda y unos
cortesanos leales para legitimar a los tres hijos ya nacidos (el cuarto nacería
poco después), aunque no se redactó documento escrito. Inés parece que
no influía en su marido en los asuntos políticos pero otros dicen que lo hacía
en demasía y así se creyó por muchos.
El rey Alfonso IV ignoraba tal matrimonio secreto y quería casar a su hijo
con la princesa Blanca de Navarra pero su hijo se negaba en redondo, sin
justificarse, así que instigado por la nobleza cortesana, preocupada por el
ascendiente que los hermanos de Inés, los poderosos Castro de Galicia,
tenían sobre su heredero, el 7 de enero de 1355 marchó al palacio de
Coimbra donde vivía el infante, sabiendo que éste estaba de cacería.
Inés creyó que la querían matar a ella y a sus hijos y salió a recibirle. Le
mostró a sus nietos y llorando le conmovió, pero cuando el rey ya estaba a
punto de volver a su palacio, unos nobles, a los que el rey dio su
consentimiento por omisión, volvieron a entrar en el palacio y la degollaron
en presencia de sus hijos.
Al volver el príncipe, desesperado, se encerró con el cadáver durante varios
días, sin comer ni beber, y al salir se sublevó contra su padre en feroz
guerra civil, que solo terminó en una tensa paz por intercesión de su madre
y el obispo de Braga.
Coronado rey (1357), reivindicó como esposa a Inés en Cantahede (1360),
donde, según la leyenda, probablemente falsa, ante los hijos de ambos
coronó el cadáver de Inés, cubierto por un velo, en el trono a su mismo lado
y de esta guisa recibió el homenaje de la Corte. También consiguió que el
rey Pedro de Castilla le entregara a los asesinos de su esposa, Egas Coelho y
Alvar González, que fueron ejecutados (de donde le vino el apodo de el
“Justiciero”). Siempre en la misma línea aparente de venganza apoyó a la
burguesía contra la nobleza que había conspirado contra su esposa. Mandó
esculpir una maravillosa tumba para su esposa en el transepto de la iglesia
del monasterio portugués de Alcobaça, un sarcófago exento que la retrata
yacente y bella, rodeada de ángeles y con un friso de escenas de la
Crucifixión (alusivo a su terrible sacrificio). El rey Pedro I mandó que su
mausoleo se hiciera a su lado también y ambos forman la obra máxima de
la escultura gótica portuguesa.
El pueblo portugués siempre se puso de parte de aquel amor pasional y
glorificó la memoria de ambos hasta el punto de que Pedro I ha sido siempre
el rey más popular, porque representa la pasión del sentimiento frente a la
fría razón de Estado. El tema literario se ha convertido en leyenda: Ferreira,
Vélez de Guevara, Lope de Vega, Montherlant, Casona y otros la han
empleado en su obra. Luís de Camôes, en el canto tercero de “Os Lusíadas”,
compone unos versos extraordinarios sobre esta leyenda, de los que
destacan: “Tu, só tu, puro Amor, como força crua. / Que os coraçoes
humanos tanto obriga, / Deste causa à molesta morte sua, / Como se fora
pérfida inimiga. / Se dizem, fero Amor, que a sede tua / Nem com lágrimas
tristes se mitiga, / E porque queres, áspero e tirano, / Tuas aras banhar em
sangue humano.”

NAVARRA.
Navarra bajo dominio francés.
Tres casi sucesivas dinastías francesas aislan a Navarra de España, con los
Champaña (1234-1309), los Evreux (1309-1425) y los Foix (1479-1512), que
se relacionan dinásticamente con la corona francesa. Sólo rompe esta
continuidad un periodo aragonés (1425-1479).

La guerra civil: Juan II y el príncipe de Viana.


El matrimonio de Blanca de Evreux con Juan II de Aragón pone otra vez una
dinastía hispánica en el trono, dividiéndose el país en dos bandos:
agramonteses (partidarios de Aragón) y beamonteses (partidarios de
Francia).
La guerra civil en Navarra entre Juan y su hijo Carlos, príncipe de Viana, será
un episodio más de la lucha entre ambos partidos. Carlos había heredado la
corona en 1441, por testamento de su madre Blanca, pero con la cláusula
de contar con el consentimiento paterno, que no recibió. La muerte de
Carlos (1461) resolvió el conflicto hasta 1479, con la muerte de Juan, con lo
que el reino pasa a la dinastía francesa de Foix, con Francisco Febo (1479-
83) y Catalina (1483-1512).

La incorporación a la Corona de Castilla.


A la muerte de Catalina en 1512, Fernando el Católico invade Navarra y la
incorpora (1513) a la corona de Castilla, basándose en sus derechos
matrimoniales tras su boda con Germana de Foix, y en su propia
ascendencia, pues era hijo de Juan II. El territorio mantuvo intacta su
autonomía, pero la pequeña parte norpirenaica, la Baja Navarra, pasó a la
familia Albret y luego a los Borbones, integrándose en Francia en 1589.

GRANADA.
La prosperidad del último reducto musulmán.
El reino “taifa” de Granada aparece en 1238 con la dinastía nazarí, que es
sometida a vasallaje por Castilla. Su estatuto jurídico fue el de sultanato,
pero fue llamado reino por los cristianos, para equipararlo a los propios
reinos.
Al principio realiza una política de vasallaje con pago de tributos y ayuda
militar a Castilla, a la que ayuda a conquistar el resto de Andalucía, pero
durante la primera mitad del siglo XIV, luchará contra Castilla apoyada por
los benimerines hasta que la derrota de Salado (1340) y la caída de las
últimas plazas del Estrecho (Algeciras, Gibraltar) dejan al reino aislado. No
obstante, Granada se mantendrá independiente hasta 1492, porque Castilla
está demasiado debilitada por las luchas civiles como para reiniciar la
Reconquista.
La crisis final.
Desde mediados del siglo XV las luchas civiles en Granada debilitan su
poder militar, mientras los genoveses controlan su comercio exterior. En
1478 comienza el final, cuando los Reyes Católicos lanzan una guerra total,
con grandes ejércitos y sitios artilleros, mientras la división interna entre
Boabdil y sus parientes precipita la derrota en 1492. El pacto de tolerancia
religiosa pronto fue vulnerado.

2. LA UNIDAD ESPAÑOLA: LOS REYES CATÓLICOS.


Los Reyes Católicos, Isabel de Castilla (1474-1505) y Fernando de Aragón
(1479-1516), lograrán la unidad peninsular excepto Portugal.

La unión dinástica.
Tapiz de la época con el matrimonio de Isabel y Fernando.

El matrimonio de los príncipes Isabel y Fernando en 1469 creó una situación


nueva en la Península: los dos mayores reinos coincidieron en las personas
de sus monarcas desde 1479. Es una unidad dinástica, pues ambos reinos
mantienen sus Cortes, leyes, monedas, medidas, aduanas y fronteras. Era el
modelo de la Corona de Aragón.

La guerra civil.

Mapa de la guerra civil tras la muerte de Enrique IV.


A la muerte de Enrique IV en 1474 se produce una guerra civil entre dos
bandos: por un lado los partidarios (alta nobleza) de Juana la Beltraneja y su
prometido Alfonso de Portugal y, por el otro lado, los partidarios (mediana y
pequeña nobleza, ciudades) del matrimonio de Isabel de Castilla y Fernando
de Aragón, cuyo triunfo decide la batalla de Toro (1476).

La instauración de la monarquía nacional autoritaria.


En el interior se desarrolla la economía y un Estado centralizado, al servicio
de una monarquía absoluta, propia de un Estado nacional del Renacimiento.
En el aspecto religioso, los reyes y el arzobispo de Toledo, el franciscano
Cisneros, consiguieron la reforma del clero secular y de las órdenes
religiosas, imponiendo una mayor austeridad y preparación. La
Inquisición (instaurada en 1480 en Castilla, en 1485 en Aragón) será el
brazo ejecutor de la política represiva y unificadora en materia religiosa.
El orden autocrático se impuso mediante la represión de los nobles
insumisos de Andalucía y Galicia y el derrocamiento de muchos castillos; la
creación de la Santa Hermandad para perseguir el bandolerismo; la
imposición de corregidores (funcionarios reales) en los ayuntamientos; las
disminución de las reuniones de las Cortes; el control del clero mediante el
Patronato Regio; la toma por el monarca de los maestrazgos de las Órdenes
Militares.

La administración estatal.
Los Reyes Católicos fueron los que organizaron el aparato administrativo
que gobernaría España durante los siglos XVI y XVII, pues los Habsburgo se
limitaron a perfeccionarlo, mediante una intensificación del régimen de
secretarios y Consejos en el siglo XVI aunque fue desvirtuado por los validos
en el siglo XVII.
El monarca era el centro del poder, apoyado en su familia directa para los
cargos más importantes y la nobleza para los restantes. Los Reyes Católicos
gobernaron al unísono, cada uno con plena soberanía por separado.

La alianza corona-nobleza.
Los Reyes Católicos se apoyaron en la nobleza para sus planes de reforma
del Estado y de unión de las Coronas, tanto porque veían en ella la clase
social más afín (estaban emparentados con los principales nobles) como por
la debilidad de la burguesía, que no era el apoyo necesario que sí fue para
la formación de los estados absolutistas de Francia e Inglaterra.
Cuando llegó el momento de buscar los soportes político-sociales para la
pugna por la hegemonía europea la monarquía española encontró más
provechoso perpetuar una estructura social de raíz medieval antes que una
moderna, aunque nunca fue consciente de ello. Esta fue una diferencia
fundamental con respecto a la Europa Moderna más desarrollada. La
recuperación por la Corona de los bienes ocupados por la nobleza en el
reinado anterior se compensaron (Cortes de Toledo, 1480) con la
consolidación de las ocupaciones anteriores a 1466 y, en general, el poder
económico-social de la nobleza fue fortalecido a cambio de su anuencia al
absolutismo político.
El historiador Anderson (1974) nos muestra en su obra comparativa sobre
los absolutismos europeos cómo fue posible la creación de un Estado
absoluto de tanto poder exterior sobre una base interior aparentemente tan
débil. Fueron causas externas, en gran parte, las que lo posibilitaron y
exigieron, y esas mismas causas tenían en su seno la semilla de la
destrucción a largo plazo.
Mientras que España formaba un Estado absolutista sobre los mimbres de la
nobleza y el clero, sus competidores no desdeñaron forjar (al menos
parcialmente) una alianza con la burguesía, ya entonces más numerosa y
asentada en la Europa nórdica, para equilibrar los otros poderes sociales.
Los frutos se verían con el tiempo, cuando las sociedades más
evolucionadas del Norte demostraron su mejor competitividad económica y
en consecuencia político-militar.
En España la política económica hizo que muchos campesinos abandonaran
las tierras, mediante su venta o donación a la nobleza y la Iglesia, que
aumentaron su riqueza y posiblemente nunca antes ni después tuvieron
tanto poder económico-social relativo; por ello no aceptaron fácilmente la
pérdida de poder político que consideraban directamente relacionado con
aquél, lo que explica que cuando murió la reina Isabel (1505) y llegó a
España la nueva reina, Juana, con el rey consorte, Felipe el Hermoso, la
aristocracia cerró filas a su favor, con la esperanza de volver a los “buenos
tiempos” de Enrique IV. Sólo una muerte temprana del nuevo rey y la locura
e incapacitación de Juana evitaron que el Estado volviera a un régimen
aristocrático renunciando al modelo de Estado nacional absolutista que
triunfaba en Europa.

La política económica reformista.


La política económica defendía una especie de “capitalismo de Estado”
[Suárez, 1985], que consolidó el poder de la nobleza sobre la burguesía.
Hubo medidas positivas y negativas:
Entre las medidas positivas para la economía a largo plazo destacan:
- La reforma monetaria según los patrones aragoneses, lo que facilita el
cambio de moneda y asienta el prestigio de la moneda española durante
todo el siglo XVI. Se complementa con la prohibición de sacar oro y plata del
país (lo que los mismos reyes incumplieron, al amparo de poseer el
monopolio sobre los metales preciosos).
- El fomento de la marina mercante con la prohibición (antes Cataluña 1451,
a su imitación Castilla 1501) de cargar mercancías en buques extranjeros
mientras hubiera de españoles.
- El proteccionismo comercial, con la exigencia (reforzada desde 1491) de
sacar del país tantas mercancías como se entrasen y con el aumento de las
tasas aduaneros.
Entre las medidas dañinas:
- Las favorables a la ganadería, en concreto a la Mesta como la Real Cédula
de 1480, por la que se ordenaba la devolución de los acotamientos
(cerramientos) de tierras por los agricultores hechas en el reinado anterior;
la Ordenanza de 1489, ampliando las cañadas y prohibiendo las acotaciones
cerca de ellas con lo que los ganados podían entrar en los campos de
cultivo; el Edicto de 1491, que prohibía los acotamientos en el reino de
Granada; las disposiciones de los años 1491 y siguientes, autorizando a los
pastores a ramonear (cortar los árboles más pequeños, con la consecuencia
de una desforestación a largo plazo) y la Ley de arriendo del suelo de 1501,
que entregaba a los pastores un derecho de usufructo forzoso del suelo,
pagando un pequeño canon invariable en el tiempo. Los agricultores y
concejos perdieron el dominio útil de numerosas tierras de gran fertilidad.
Vicens Vives [1959] escribirá: ‹‹Grandes extensiones de Andalucía y
Extremadura quedaron así vinculadas a la Mesta y a los intereses de sus
dirigentes. Para la agricultura, el resultado no podía ser más desfavorable››.
Y ello conllevaba graves consecuencias para la clase media de campesinos,
su preterición frente a la aristocracia terrateniente.
Vries [1982] analiza acertadamente el proceso:
‹‹La producción de lanas desde tiempo atrás era un pilar fundamental de la
economía castellana y era la principal exportación española. Estaba desde
mucho antes en manos de la nobleza castellana, o más exactamente de
esas más o menos 25 familias, los Grandes, propietarios de ingentes
territorios. Entre la Corona y los Grandes se forjó gradualmente desde el
siglo XIII una alianza política sobre la base de la garantía de extensos
privilegios a los intereses en la cría de ovejas de los aristócratas a cambio
de los derechos reales a gravar las exportaciones de la lana. La nobleza
disfrutaba de un monopolio privilegiado sobre la cría de ovejas, la Mesta,
que periódicamente era reforzado por el proteccionismo de la corona.
Muchos de estos privilegios perjudicaban al cultivo de la tierra, siendo el
más destructivo de todos la prohibición de cercar las tierras de cultivo, para
no perjudicar los privilegios de pasto y las rutas migratorias de los rebaños
de la Mesta. La Corona, a cambio, disfrutaba de una fuente de impuestos
beneficiosa y fácil de explotar››.
- El mantenimiento de las aduanas interiores, que rompían el mercado único
impidiendo que pueblos distantes unas horas de viaje pudieran comerciar
libremente.
- El impuesto de las alcabalas que gravaban el comercio.
- La defensa del gremialismo. Las Ordenanzas de Sevilla (1511), que
refundían más de 120 leyes sobre el oficio textil, fomentaron a los gremios y
frenaron la aparición de una industria pañera competitiva que estuviera en
manos de una burguesía industrial.
- La frecuente aplicación de las tasas sobre el precio de granos (desde 1502
hasta hacerse permanentes con Carlos I en 1539) que impedirán la venta
libre y rentable, apartan al campesinado del cultivo de los cereales,
ahondan las crisis agrarias, privan a la burguesía de una fuente de
acumulación de capital y no impiden las malas cosechas y el hambre.

La culminación de la Reconquista: la conquista de Granada.


La pacificación interior es difícil pero desde 1482 y en parte para dirigir los
ánimos bélicos contra el exterior comienza la guerra contra Granada.

La lucha fue larga (1482-1492) y difícil. La primera fase (1482-1483)


consistió en guerrillas y golpes de mano. La segunda fase resultó mucho
más metódica, aislando progresivamente la capital con la toma de Málaga
(1487), Almería (1489), y sitiando largamente Granada (1489-1492), con lo
que terminará en 1492 la conquista del último reducto musulmán en la
Península. Los musulmanes lograron un acuerdo de respeto de su religión y
cultura, que a la larga no fue cumplido, pues Cisneros les obligó a
convertirse, con lo que se agravó el problema de los moriscos.

La proyección de España en Europa y el mundo.


Mapas de la proyección internacional de España durante el reinado de los
Reyes Católicos.

Comenzaba la aventura americana con el descubrimiento de América por


Colón en 1492 y los siguientes viajes, que abren la colonización del nuevo
continente, aunque los beneficios fueron muy escasos los primeros
decenios.
Se recuperan el Rosellón y la Cerdaña (tomadas por Francia a Juan II a
cambio de ayuda), por el Tratado de Barcelona (1493), a cambio del
compromiso de España de no dificultar los intereses franceses en Italia salvo
si atacaban al Papa, que en agradecimiento confiere a los reyes el título de
Católicos.
La conquista del resto de las islas Canarias se acabó en este reinado.
Tenerife fue la última isla ocupada (1500).
Desde finales del siglo XV se interviene en Italia, y se conquista de Nápoles
(1505), gracias a las gestas y la organización militar de Gonzalo Fernández
de Córdoba, llamado el “Gran Capitán”, que formó los tercios de infantería
uniendo piqueros y arcabuceros, y venció en las batallas de Ceriñola y
Garellano, asentando la hegemonía militar de España durante un siglo.
La intervención en el Norte de África se centró primero en la conquista de
plazas fuertes costeras para dificultar la piratería, como Melilla (1497), y en
la campaña de 1509-1510 se tomaron Orán, Mazalquivir, Bugía y Trípoli.
Parecía que la ocupación del interior de la Berbería sería la continuación de
la Reconquista, pero los conflictos europeos forzaron un definitivo parón al
proyecto imperial más deseado en la Península.
Se anexiona Navarra (1512), aprovechando el enfrentamiento con Francia:
se expulsó a la familia francesa reinante, de Catalina y Juan de Albret, que
sólo mantuvieron la parte francesa.
El intento matrimonial de unirse con Portugal fracasa a la muerte del joven
príncipe Miguel (1500).
La política exterior persiguió el aislamiento de Francia, mediante una eficaz
política matrimonial y de alianzas con el Papa, Portugal, Inglaterra y el
Imperio.
Mapa de la España de los Reyes Católicos y sus líneas de expansión
peninsular.
LOS ERRORES DE LOS REYES CATÓLICOS.
Pero los Reyes Católicos cometieron o permitieron, al juicio histórico del
presente, tres graves errores: la intolerancia religiosa hacia las minorías
judía y musulmana, la falta de unidad constitucional de España y la
ambiciosa inserción de España en la gran política europea sin tener una
sólida base económica y social.

La intolerancia religiosa contra judíos y moriscos.


La intolerancia religiosa mostró el desequilibrio de la sociedad castellana y
se plasmó en el momento decisivo de la unión de las Coronas de Castilla y
Aragón, justo antes de recibir la avalancha de la riqueza americana y los
efectos de la ola de prosperidad europea que había comenzado ya antes y
que se afianzó con el factor anterior.
Contra los judíos se produjo el sangriento precedente de los pogromos de
1391 que se dieron en toda la península. Los judíos fueron tomados como
chivos expiatorios de los males de la gran depresión de la segunda mitad
del siglo XIV.
La expulsión de los judíos en 1492 se motivó en la necesidad de conseguir
la unidad religiosa interior. Sólo los que se bautizaron pudieron quedarse,
aumentando así la minoría de conversos que eran objeto de vigilancia por la
Inquisición.
Se concretó en la expulsión de 150.000 a 200.000 judíos del país,
arruinando una buena posibilidad para construir una potente clase social
dedicada a la industria y los negocios. Para Lapeyre [1969] la expulsión de
los judíos era un elemento imprescindible para constituir el ideal común de
España, construido sobre la terminación de la reconquista contra los
musulmanes y la eliminación de las disidencias religiosas. Sin este ideal
común España no hubiera sumado sus fuerzas ni se hubiera convertido en
una gran potencia. Para Lozoya [1977] la expulsión tuvo desventajas
económicas pero ‹‹tuvo también enormes ventajas. Contribuyó a la
depuración de la raza (sic) y, con la unidad religiosa, dio a España la
cohesión y la fuerza necesarias para afrontar las grandes empresas que la
Providencia le reservaba››.
También se hizo lo mismo con los musulmanes, obligados en 1502
a exiliarse o convertirse (lo que hizo la mayoría), aumentando el problema
de los moriscos (conversos superficialmente que mantenían su cultura
musulmana y en la mayoría de los casos su religión), que llevó a su la
represión y a la futura expulsión de los moriscos en 1609. Lozoya [1977]
considerará que los moriscos constituyen el principal problema de la España
del siglo XVI y no el fisco o las guerras exteriores (una prueba de la
subjetividad de los historiadores). En cambio, Hillgarth, siguiendo la posición
crítica de Ballesteros, Sánchez Albornoz, Vicens Vives, Hamilton, Kamen,
Vilar y la inmensa mayoría de los autores considerará esta expulsión como
el mayor de los errores de los Reyes Católicos.

La falta de unidad constitucional de España.


Los reyes legaron a sus herederos una España que no estaba unida, sino
juntada por las coronas que ceñían sus monarcas, manteniendo cada reino
sus instituciones, leyes, monedas, ejércitos, etc. Hubiera sido factible e
incluso muy eficaz tal Estado confederal solo si la dinastía no se hubiera
fijado al mismo tiempo el objetivo de conseguir la hegemonía europea,
porque España debió competir con Estados autoritarios más centralizados
como Francia e Inglaterra sin tener los mismos recursos. Así pues, el
confederalismo de los Trastámara y Habsburgo se convirtió en una
imprevista debilidad constitucional, incongruente con los objetivos a largo
plazo de la monarquía absoluta.

El riesgo de colocar a España en el concierto europeo de grandes


potencias sin una adecuada base económica y social.
Hillgarth [Hillgarth. 1978, III: 291.] opina que un grave error de los Reyes
Católicos fue colocar a España en el concierto europeo de grandes potencias
sin reconocer que su base económica y social no estaba preparada para tal
reto. Fue un error que se perpetuaría en sus herederos, poseídos por la idea
de una política dinástica imperial, aunque España no estaba preparada para
el reto de conseguir la hegemonía europea e incluso mundial. Era el sueño
del imperio que afloró en el pensamiento de tantos españoles del siglo XVI y
se mantendría en los espíritus más fanáticos del XVII. El humanista Nebrija
llegaría a escribir: ‹‹aunque el título del Imperio esté en Germania, la
realidad de él está en poder de los reyes españoles, que, dueños de gran
parte de Italia y de las islas del Mediterráneo, llevan la guerra a África y
envían su flota, siguiendo el curso de los astros, hasta las islas de los Indios
y el Nuevo Mundo.››
Pero España no tenía los recursos humanos y económicos suficientes para
llevar este gran peso imperial.

3. POBLACIÓN, SOCIEDAD Y ECONOMÍA. LOS CONFLICTOS SOCIALES.


La población.
La Península había alcanzado un máximo de población h. 1300, con unos 5,5
millones de habitantes, pero la crisis de producción de alimentos desde
1330 y, sobre todo, el impacto de la Peste Negra desde 1348, diezmó la
población hasta por debajo de los 4 millones y no se recuperó hasta
mediados del siglo XV y aun después sufrirá numerosas crisis de
mortandades extraordinarias por hambres, epidemias y guerras.
El impacto demográfico fue muy diverso según las regiones. Granada, muy
próspera y que recibe a los refugiados musulmanes, contará con más de
500.000 habitantes. Portugal cuenta con otros tantos. Castilla baja de 4,5
a un mínimo de 4 millones de habitantes hacia 1450, aunque se recuperará
y hacia 1500 tiene unos 5 millones. El reino de Valencia aumenta su
población. Cataluña es la que más sufre: baja de 550.000 en 1300 a sólo
260.000 en 1480.
Como vemos, la hegemonía castellana en el territorio peninsular era
indiscutible, pues sextuplicaba o tal vez incluso septuplicaba hacia 1500 la
población de las Coronas de Aragón o de Portugal, aunque su hegemonía se
asentaba no sólo en su población y en su territorio sino también en su
superior dinamismo político, económico y cultural.

Sociedad y economía en la Corona de Castilla.


La sociedad castellana muestra la conocida división medieval en clases
sociales del feudalismo: una aristocracia de origen militar cuyo poder se
basa en la propiedad de la tierra; una Iglesia que controla la ideología y la
cultura; un campesinado ampliamente mayoritario pero sometido a las dos
anteriores; una población urbana subdividida en capas: comerciantes,
menestrales, oficiales, oficios...
Estas clases sociales de organizaban en estamentos, que participaban como
tales en la administración de las ciudades y en la representación popular
(las Cortes, que eran el Parlamento medieval).
Castilla había permanecido durante la Baja Edad Media al margen de la
primera revolución comercial y urbana de Europa, apartada de las
principales rutas mediterráneas y también del Mar del Norte, con pocas
ciudades verdaderamente populosas. Sus minorías comerciales y
financieras eran a menudo de raíz judía y por lo tanto eran inestables al
sufrir el odio de la mayoría cristiana, con el argumento de ser los más
dedicados al arrendamiento de los impuestos y la usura. Además, los
sectores de capitalismo más avanzado estaban muy dominados por la
burguesía extranjera, especialmente la genovesa. Esta debilidad en la
vertebración clasista al final de la Edad Media supuso un factor esencial
para que Castilla no pudiera aprovechar plenamente la primera revolución
capitalista del siglo XV.
En Castilla, en general (salvo excepciones regionales y locales) faltó la
amplia clase media agraria que hubiera podido promover una burguesía
urbana como sí la hubo en varias regiones del Norte de Europa. Donde
existió una clase media de campesinos, como en la mitad superior de la
Península, se dio el fenómeno de una burguesía comercial e industrial
incipiente en las ciudades (sobre todo en Castilla la Vieja), mas los factores
negativos que veremos frustraron ese proceso.
El campo era el principal sector económico castellano con enorme
diferencia, pero la tensión entre agricultura y ganadería comenzaba a
favorecer a ésta, por los mayores réditos de la lana para la nobleza que
poseía los rebaños y las dehesas y para los mercaderes que la exportaban.
En el sur el latifundismo imposibilitó la aparición de aquella clase media
campesina y ello tuvo consecuencias gravísimas a largo plazo. Claudio
Sánchez Albornoz explicaba el origen de los enormes latifundios como
resultado de la Reconquista [En torno al feudalismo, 1946], sin acertar a
precisar que esta forma de propiedad ya había sido la dominante en
tiempos de los romanos y visigodos, aunque nunca fue ni sería la única. Y es
que el latifundio se prestaba muy bien al tipo de explotación que podía
realizarse en las amplias y secas llanuras del Centro y del Sur de
España. )Hasta qué punto fueron causas políticas o naturales las que
indujeron el negativo proceso del latifundismo? Posiblemente sea efecto
conjunto de los dos fenómenos. Del ritmo de la Reconquista devino en todo
caso, como decíamos, la división de la Península en dos zonas,
aproximadamente al Norte y al Sur, con numerosas excepciones. Al Norte
con un predominio de la pequeña propiedad, al Sur con triunfo del
latifundio, que se perpetuaría durante siglos.

La sociedad y la economía en la Corona de Aragón.


En la Corona de Aragón, sobre todo en Cataluña, surgió tempranamente una
potente burguesía (ya en el siglo XII), basada en el auge mercantil y la
audaz expansión político-militar en el ámbito del Mediterráneo que tuvo su
cenit en 1250-1350.
La población crecía. Hacia 1340 la población parece que era de 500.000 en
Cataluña, 200.000 en Aragón, 200.000 en Valencia y 50.000 en Mallorca,
más la de los dominios italianos. Son máximos demográficos que tardarán
en volver.
La economía alcanzó también su cenit en la primera mitad del siglo XIV, con
los activos puertos de Barcelona, Palma y Valencia, importantes flotas
mercantes (catalana y mallorquina), una industria textil poderosa y
competitiva en Barcelona, Valencia y Palma, una banca naciente, una
moneda estable, un gran comercio internacional con la Berbería (Norte de
África), Italia y Oriente.
Los grandes logros en construcciones (y en general en el arte románico y
gótico), son la prueba de la existencia de unas clases sociales, la
aristocracia y la burguesía, con recursos y voluntad manifiestos, seguras de
pertenecer a un ambicioso proyecto político, económico y social. Se
desarrollaron populosas ciudades: Barcelona, uno de los más vigorosos
centros del Mediterráneo, Valencia y Palma de Mallorca, al principio
eslabones de la anterior pero que alcanzarían un desarrollo propio, llegando
Valencia a ostentar la hegemonía urbana en la Corona de Aragón en el siglo
XV.
Pero desde mediados del siglo XIV su debilidad demográfica ancestral
(acrecentada por los estragos de la Peste Negra), la falta de fuentes de
riqueza competitivas en el mercado internacional y las revueltas y guerras
civiles dan la preeminencia en la Península al reino de Castilla sobre el de
Aragón.
A fines del siglo XV parecía que la crisis económico-social se superaba:
recuperación demográfica, paz interior, una administración relativamente
honesta y eficaz, acuerdos sociales de largo alcance, reanudación del
comercio mediterráneo oriental (la expedición de Juan de Sarriera a
Alejandría en 1495 después de medio siglo de interrupción del tráfico),
aumento de la producción y de la exportación textil.
Pero desde 1500 el área oriental de la Península sufrió crecientemente la
depresión del área mediterránea, por la desviación de las grandes rutas de
comercio hacia el Atlántico y por el surgimiento de la potencia otomana y
berberisca que fomenta la piratería y disminuye el tráfico con Egipto y Siria.
El patriciado urbano se hace rentista, invierte sus excedentes en
propiedades rústicas que confieren rentabilidad, seguridad y prestigio. Los
burgueses catalanes se dedicaron en este cambio de coyuntura a comprar
rentas, cargos públicos, títulos y señoríos, de forma que el comercio era
considerado una etapa transitoria hacia la nobleza, la renta y la propiedad.
La compra de tierras era el primer signo evidente de una fortuna y las crisis
económicas agudizaban ese proceso de deserción de los negocios. No
existían grandes dinastías mercantiles que superaran las tres generaciones.
Pero a la vez que las familias que habían constituido la gran clase social de
la burguesía catalana se incorporaban a la nobleza surgían los gérmenes de
un lejano futuro mucho más espléndido para Cataluña. Nos referimos a la
clase media campesina que surgió desde la Sentencia de Guadalupe (1486),
que declaró personalmente libres a los pagesos, con sujeción a pagar una
renta a los dueños directos de las tierras. Esta reforma daría estabilidad a
largo plazo a una base social que originaría unos siglos después de la
burguesía comercial e industrial catalana.
LAS LUCHAS SOCIALES.
Aunque tienen lugar durante toda la Edad Media de un modo discontinuo,
las más duras estallaron a partir de la crisis del siglo XIV y se prolongaron
durante el siglo XV. El fenómeno se da en toda Europa: la “Jacquerie” en la
Francia de la Guerra de los Cien Años, la sublevación de Wat Tyler (1381) en
Inglaterra, los Ciompi en Florencia. El problema fundamental era la
apropiación de las rentas por las clases privilegiadas mediante deudas,
impuestos, etc.
Se desarrollaron en tres frentes:
- Burguesía contra nobleza.
- Campesinos contra nobleza.
- Pequeña burguesía contra la oligarquía municipal.
Muchas veces los intereses de la nobleza coincidieron con los de la
oligarquía municipal, con lo que la lucha se polarizó entre ricos y pobres.
En Cataluña estos enfrentamientos se juntaron durante la segunda mitad
del siglo XV, en la posiblemente primera “revolución social” de Europa,
cuando se opusieron los intereses político-autoritarios de la monarquía (Juan
II), los intereses político-económicos a favor del liberalismo comercial y la
monarquía pactista que compartían la oligarquía feudal y urbana, y los
intereses populares del campesinado y del pueblo urbano.

La burguesía contra la nobleza.


El enfrentamiento, con numerosos casos locales de conflictos jurídicos, en
los que la nobleza utiliza la violencia, se resolvió a favor de la nobleza en
Castilla, debido a la poca fuerza de la burguesía, mientras que en Cataluña
lo hacía a favor de la burguesía de Barcelona, cuyo patriciado se alió con la
alta nobleza en contra de la pequeña burguesía.

Los campesinos contra la nobleza: Cataluña, Mallorca y Galicia.


Surgió después de la Peste Negra (1348), cuando los señores perdieron
rentas al bajar los precios y quedar despobladas muchas tierras, por lo que
exigieron un aumento de los derechos señoriales y jurisdiccionales. Hubo
tres grandes conflictos:
- El movimiento remensa de Cataluña. Los campesinos de la remensa eran
1/4 de la población. Después de 1348, al quedar despobladas muchas
tierras, consiguieron mejores arrendamientos por parte de la nobleza que
quería evitar su marcha, por lo que algunos payeses se enriquecieron. Pero
desde 1380 los señores aumentaron sus exigencias, los malos usos, y los
campesinos reaccionaron, los ricos defendiendo su libertad, y los pobres
ocupando las tierras y atacando al sistema feudal. Desde 1447 el conflicto
fue abierto y coincidió con la lucha política entre Juan II y la Generalitat
(burguesía) de Barcelona, que apoyaba al príncipe de Viana. El Sindicat de
los payeses y la pequeña y mediana nobleza apoyaron al rey, mientras la
alta nobleza apoyó a la burguesía, en la guerra de 1462-1472. El
enfrentamiento remensas-señores duró hasta que Fernando el Católico dictó
la Sentencia arbitral de Guadalupe (1486), que medió entre ambos
intereses, aboliendo los malos usos a cambio de una compensación
económica. Desde entonces se desarrolló una estable clase social media de
propietarios y arrendadores agrarios.
- La revuelta foránea de Mallorca. El conflicto (1450-1452) se produjo entre
los municipios del campo (foráneos) y la ciudad de Palma, que administraba
toda la isla. Los intereses de los campesinos se unieron a los de los
menestrales (artesanos) de Palma, contra la nobleza. Alfonso V sometió el
movimiento e impuso una dura multa que arruinó a los campesinos.
- El movimiento irmandiño de Galicia. En el siglo XV hubo varios
levantamientos de campesinos y burgueses contra la alta y pequeña
nobleza. Destacan en la primera mitad del siglo los de 1431-1432 y, sobre
todo en 1467-1469, cuando sus enemigos debieron huir, pero el movimiento
se radicalizó y dividió, y por ello la nobleza consiguió finalmente aplastar a
los campesinos más radicales.

La pequeña burguesía contra la oligarquía municipal: los partidos


de Busca y Biga en Barcelona.
El foco más representativo del conflicto es Barcelona, donde desde el siglo
XIII se habían formado dos grupos, que en el siglo XV evolucionaron a
partidos, la Busca (Sindicat dels Tres Estaments: pequeña burguesía,
menestrales, oficiales) y la Biga (oligarquía municipal: alta burguesía,
nobleza, judíos, clérigos). La Busca era democratizadora de la
administración y proteccionista de la industria textil; la Biga era
conservadora y defendía las rentas y el libre comercio. El conflicto se sumó
a la guerra civil de 1462-1472, en que la Biga se enfrentó al rey y arrastró a
una parte de la Busca, que al final sólo logró un cierto proteccionismo textil.

4. LA DIVERSIDAD CULTURAL.
Si la cultura en la Alta Edad Media había sido predominantemente rural
(centrada en los monasterios) y relativamente homogénea (latín, románico
con particularidades locales), desde el siglo XIII la cultura es urbana
(centrada en las ciudades y, sobre todo, en sus cortes y universidades) y
bastante diversificada (lenguas romances, gótico con muchas
particularidades locales).

Las lenguas romances.


Se desarrolló la cultura, con la consolidación desde el siglo XIII de las
lenguas romances (castellano, catalán, portugués) en detrimento del latín,
reducido al ámbito eclesiástico y universitario.
Una sociedad multicultural: cristiandad, islam y judaísmo.
La diversidad cultural había sido muy beneficiosa en la Edad Media desde el
punto de vista económico y cultural. Numerosos intelectuales desarrollaron
una cultura plural, notablemente avanzada para su tiempo. Pero la relativa
tolerancia que se disfrutó en los primeros siglos fue sustituida por una
creciente agresividad desde el siglo XI, que alcanzó su cima después de la
crisis del siglo XIV. En la Baja Edad Media mientras los judíos estaban en su
apogeo cultural los musulmanes entraron en una profunda decadencia
cultural.
Las aljamas musulmanas en Castilla estaban concentradas en el valle del
Guadalquivir y Murcia. En la Corona de Aragón la población musulmana era
mucho más rural, en el valle del Ebro y en las huertas valencianas.
Las principales juderías estaban en las ciudades comerciales e industriales
castellanas: Toledo, Cuenca, Guadalajara, Alcalá, Ciudad Real, Sevilla,
Córdoba, Cádiz, Segovia, Avila, Astorga, Salamanca, Zamora, Toro,
Valladolid, Burgos, Medina del Campo. En Navarra destacaba Tudela. En la
Corona de Aragón descollaban Zaragoza, Tarazona, Calatayud, Huesca, Jaca,
Valencia, Gandía, Alcoy, Palma de Mallorca. En el reino nazarí la de Granada.
Otro grupo étnico aparece en esta época, los gitanos, que procedentes de la
zona del Indo (aproximadamente el actual Pakistán) en una larga emigración
comenzada en el siglo X, llegan a España desde 1415 en pequeños grupos,
hasta llegar a constituir desde el siglo XVI una minoría muy importante.

La Iglesia y su papel cultural.


La Iglesia cristiana mantuvo su papel hegemónico en la cultura, a través de
las escuelas de las parroquias y catedrales, las cátedras de teología y
filosofía en las universidades, los studia monásticos (sobre todo los
cistercienses) y los encargos de obras de arte religioso.

Las Universidades.
Las Universidades se multiplicaron y engrandecieron. En Castilla destacaron
Palencia (1212, pero duró poco), sobre todo Salamanca (1218), seguida por
Sevilla y por Alcalá de Henares desde principios del siglo XVI. En la Corona
de Aragón las de Lérida (1300), Huesca, Barcelona... En Portugal la
universidad de Coimbra (1290) fue trasladada a Lisboa en 1308.
Los estudios más concurridos eran los de Teología, Filosofía, Derecho y
Medicina.
El Humanismo se convirtió en la ideología cultural de la élite, con Antonio de
Nebrija y una gran generación de literatos, historiadores y filólogos, que
emprendieron la edición de las Sagradas Escrituras.
El arte gótico y el mudéjar.
El arte gótico se caracterizó por una arquitectura urbana de iglesias y
palacios construidos con bóvedas de crucería, arcos apuntados y amplias
vidrieras, en busca de la altura y la luz, y una pintura y escultura que
avanzaron hacia al naturalismo y un mayor interés por el hombre.
El mudéjar-gótico se formó en este periodo juntando el gótico con
influencias del arte islámico. Ambos estilos se difundieron por toda la
Península, mientras aparecían a finales del reinado de los Reyes Católicos
las primeras manifestaciones del Renacimiento, gracias al mecenazgo de la
Iglesia y los reyes (hospitales, iglesias) y los nobles (palacios).

UD 31. BIBLIOGRAFÍA.
Documentales.
La batalla de las Navas de Tolosa 1212. Video de aficionado. 18 minutos.
Fragmentos de muchas películas y texto resumiendo los acontecimientos.
La época de las tragedias. Documental de RTVE, Serie Memoria de España
nº 9. [[Link]/alacarta/videos/memoria-de-espana/] La crisis de la Baja
Edad Media.
Las Navas de Tolosa 1212. Documental. 58 minutos. Dramatización sencilla
con actores en los principales personajes, más entrevistas a especialistas.
Serie Memoria de España. RTVE. [[Link]/alacarta/videos/memoria-de-
espana/]: La época de las tragedias. El siglo XIV y el XIV hasta 1479. / Los
Reyes Católicos.

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1999. 1.269 pp. Reseña en “El País”, Babelia, 420 (4-XII-1999) 12-13. El
padre del ex-presidente israelí. Historia sobre la aparición de la Inquisición
española, en una época en que muchos judíos se convertían
verdaderamente, pero el éxito social y económico de los cristianos nuevos
provocó que los cristianos viejos pidieran su represión. El fallo del libro es no
utilizar la fuente del propio Tribunal del Santo Oficio, aduciendo que sus
procesos estaban falseados, como tesis de partida. Esta laguna de las
fuentes perjudica su credibilidad.
Pastor de Togneri, Reyna. Conflictos sociales y estancamiento económico en
la España medieval. Ariel. Barcelona. 1973. 269 pp.
Reglá, Juan. Historia de la Edad Media. Vol. 2 de col. Historia de la
Humanidad. Montaner y Simón. Barcelona. 1979. 567 pp.
Sarasa Sánchez, Esteban. Sociedad y conflictos sociales en Aragón. Siglos
XIII-XV. Estructuras de poder y conflictos de clase. Siglo XXI. Madrid. 1981.
256 pp.
Suárez Fernández, L. Los Trastámara y los Reyes Católicos. 1985. 416 pp.
vol. VII. en Montenegro Duque, Angel (coord.). Historia de España Gredos.
Gredos. Madrid. 15 vols.
Valdeavellano, Luis G. de. Curso de Historia de las Instituciones españolas.
Alianza. Madrid. 1982 (1968). 762 pp.
Valdeón, Julio; Salrach, J. M.; Zabalo, J. Feudalismo y consolidación de los
pueblos hispánicos (siglos XIV y XV). vol. IV. en Tuñón de Lara (dir.). Historia
de España. Labor. Barcelona. 1983. Valdeón, Julio. León y Castilla (11-200).
Salrach, J. M. La Corona de Aragón (201-366). Zabalo, J. Navarra (367-412).
Valdeón, Julio. Los conflictos sociales en el reino de Castilla en los siglos XIV
y XV. Siglo XXI. Madrid. 1983 (1975). 219 pp.
Noticias y análisis. Orden cronológico.
Furió, Antoni. La primera gran depresión europea. “El País” Negocios 1.366
(8-I-2012) 8-9. Antoni Furió Diego es catedrático de Historia Medieval de la
Universidad de Valencia. Trata sobre la crisis del siglo XIV, en la serie ‘Las
grandes crisis de la economía española’.
Furió, Antoni. Las grandes crisis de la economía española / 1. La primera
gran depresión europea. “El País” (8-I-2012).
[[Link]
rel=mas_sumario] Guerras, epidemias, hambre... La Baja Edad Media vivió
enormes convulsiones que causaron una profunda crisis en Europa y
España. La sacudida al sistema feudal abrió las puertas de la modernidad al
Viejo Continente.

Fuentes: El reino de Castilla.


Exposiciones.
*<Códices del Rey Sabio. VIII Centenario de Alfonso X>. Madrid. El Escorial
(14 noviembre 2021-20 febrero 2022). Toledo. Museo de Santa Cruz (desde
10 marzo 2022). Comisaria: Inés Fernández Ordóñez. Reseña de Morales,
Manuel. Qué ha hecho Alfonso X por nosotros. “El País” (23-XI-2021).

Libros.
González Jiménez, Manuel. Fernando III el Santo. Fundación Lara. Sevilla.
2006. 408 pp. Reseña de Valdaliso, Covadonga. Mucho más que un rey
‘santo’. “Historia”, National Geographic, nº 38 (2007) 111.
Ladero Quesada, M.A. El siglo XV en Castilla. Fuentes de renta y política
fiscal. Ariel. Barcelona. 1982. 213 pp.
Valdeón, Julio. La Baja Edad Media. Anaya. Madrid. 1988. 96 pp.
Valdeón, Julio. Los conflictos sociales en el reino de Castilla en los siglos XIV
y XV. Siglo XXI. Madrid. 1983 (1975). 219 pp.

Noticias. Orden cronológico.


Olaya, V. G. Treinta monjes y un bebé. “El País” (22-IX-2020). Los hallazgos
en el castillo de Zorita (Guadalaja).
Olaya, V. G. La muerte del infante don Pedro, un misterio de hace siete
siglos. “El País” (2-X-2020). Los análisis forenses determinan que el hijo de
Enrique II de Castilla tenía menos de un año cuando falleció en 1366, pero
no pueden confirmar que la causa fuera una caída al vacío.
Agencia Europa Press. Descubren en Guardamar del Segura el esqueleto
más maltratado de la Europa medieval. “Última Hora” (26-XI-2020). El
hombre fue torturado, con hasta 25 heridas, varias mortales, y arrojado a
una fosa del castillo de Guardamar de Segura (Alicante). Probablemente su
muerte estuvo relacionada con la “Guerra de los Dos Pedros”, entre Pedro I
de Castilla y Pedro IV de Aragón, en 1356-1369.
Olaya, V. G. 300 armas de la Orden de Santiago, un templo y una traición al
rey. “El País” (24-XI-2021). Los expertos hallan en Montiel, Ciudad Real, un
depósito con numeroso armamento del siglo XIV y el lugar donde fue
asesinado Pedro I el Cruel.

Fuentes: Canarias.
Noticias. Orden cronológico.
Olaya, V. G. Los canarios que llegaron del norte de África. “El País” (4-VI-
2019). Nuevos estudios apuntan a dos primeras oleadas inmigratorias del
pueblo amazigh, una hacia 1.000-500 aC (una escritura beréber) y otra
hacia el siglo I (ya con una escritura latino-canaria).
Olaya, V. G. El rey guanche tenía los ojos claros. “El País” (17-XI-2020). Un
documental resume los últimos hallazgos sobre la historia y la momificación
de los guanches. Una hipótesis es que eran bereberes exiliados por Roma en
las islas hacia el siglo I dC, pero otras apuntan a fenicios o púnicos varios
siglos antes. Su técnica de momificación era más eficaz que la de los
egipcios.

Fuentes: La Corona de Aragón.


Libros.
Abulafia, David. La guerra de los doscientos años. Aragón, Anjou y la lucha
por el Mediterráneo. Pasado y Presente. Barcelona. 2017. Fragmento: La
gran lucha por el Mediterráneo. “El País” Ideas nº 104 (7-V-2017).
Giunta, Francesco. Aragoneses y catalanes en el Mediterráneo. Ariel.
Barcelona. 1989. 319 pp.
Sarasa Sánchez, Esteban. Sociedad y conflictos sociales en Aragón. Siglos
XIII-XV. Estructuras de poder y conflictos de clase. Siglo XXI. Madrid. 1981.
256 pp.
Smith, Robert Sidney. Historia de los Consulados de Mar (1250-1700).
Península. Barcelona. 1978 (1940 inglés). 203 pp.

Noticias. Orden cronológico.


Theros, Xavier. La calle de los cambios. “El País” Cataluña (3-VIII-2013) 5.
Los bancos barceloneses medievales estaban en las calles Canvis Nous y
Canvis Vells, y en la segunda mitad del siglo XIV, después de la crisis de la
Peste Negra en 1348-1349, sufrieron graves bancarrotas (las más conocidas
la de 1360 de Francesc Castelló, que fue ejecutado, y en 1381 de Andreu
Olivella y Pere Descaus), por lo que el crédito se hundió hasta la creación en
1401 de la Taula de Canvi de Barcelona, garantizada por la Corona.
Montañés, J. Á. Peste negra en primera persona. “El País” (11-VIII-2014) 34.
Hallada en la iglesia de los Santos Justo y Pastor de Barcelona una fosa
común con 120 víctimas de la peste de mediados del siglo XIV.
Rodríguez, Marta. El corsario de los condes de Empúries y otros vecinos. “El
País” Cataluña (26-X-2014) 5. Excavaciones y estudios documentales del
pueblo de Santa Creu, ligado al monaterio de Sant Pere de Rodes.
Olaya, V. G. Jugando a los dados mientras esperas la muerte. “El País” (30-
IX-2020). La excavación del castillo gerundense de Montsoriu devuelve a la
luz los juegos de mesa y las monedas de los soldados que lo defendían del
rey de Aragón en el siglo XIV.
Olaya, V. G. Una cápsula del tiempo en el castillo colapsado. “El País” (20-I-
2021). Hallan un arsenal del siglo XV en la fortaleza aragonesa de Monreal
de Ariza.

Fuentes. El reino de Navarra.


Internet.
[[Link]

Fuentes: El reino de Portugal en los siglos XIV-XV.


Libros.
Crowley, Roger. El mar sin fin. Portugal y la forja del primer imperio global.
Ático de los Libros. 2018. 432 pp. Reseña de Antón, J. Cuando los
portugueses asombraban al mundo con sus barcos, cañones y ferocidad. “El
País” (3-XI-2018).
Crowley, Roger. El mar sin fin. Portugal y la forja del primer imperio global.
Ático de los Libros. 2018. 432 pp. Reseña de Antón, J. Cuando los
portugueses asombraban al mundo con sus barcos, cañones y ferocidad. “El
País” (3-XI-2018).

Fuentes: El reino de Granada en los siglos XIV-XV.


Artículos. Orden cronológico.
Arroyo, Javier. El gran complejo penitenciario de la Alhambra. “El País” (14-
IV-2018). Los trabajos de adecuación de la mayor mazmorra alhambreña
muestran la difícil vida de los prisioneros en la época nazarí.
Criado, M. Á. Al-Andalus no dejó rastro en la genética del sur de España. “El
País” (5-VI-2019). Un estudio muestra la similitud del ADN respecto a otros
habitantes de la península y pueblos europeos pese a la prolongada
presencia árabe. La expulsión de los moriscos y la posterior repoblación
cristiana explican probablemente esta homogeneidad genética.
Olaya, V. G. Así morían los nazaríes hasta 1492. “El País” (21-V-2020).
Hallazgos en el cementerio de Saad Ben Malik en Granada. Los granadinos
del siglo XII eran muy musculosos, pero sufrían artrosis por las cargas
laborales, más la pérdida de dientes, el sarro y las caries por la falta de
higiene dental. La altura media de los hombres era 163,28 cm y la de las
mujeres 157,95 cm.

PROGRAMACIÓN.
LOS REINOS PENINSULARES EN LOS SIGLOS XIV Y XV. CONFLICTOS
SOCIALES. DIVERSIDAD CULTURAL.
UBICACIÓN Y SECUENCIACIÓN.
ESO, 2º ciclo.
Eje 2. Sociedades históricas y cambio en el tiempo. Bloque 4. Sociedades
históricas. Núcleo 3. Las sociedades medievales.
- Al-Andalus y los reinos cristianos en la Península y otros territorios
españoles actuales. Religiones y culturas cristiana, islámica y judaica en la
España medieval.
RELACIÓN CON TEMAS TRANSVERSALES.
Relación con el tema de la Educación para la Paz y de Educación Moral y
Cívica.
TEMPORALIZACIÓN.
Cuatro sesiones de una hora.
1ª Documental de motivación. Diálogo para evaluación previa. Exposición
del profesor.
2ª Exposición del profesor. Cuestiones.
3ª Exposición del profesor, de refuerzo y repaso; esquemas, mapas y
comentarios de textos.
4ª Exposición del profesor, de refuerzo y repaso; Comentarios de textos;
debate y síntesis.
OBJETIVOS.
Definir los términos relacionados con el periodo.
Conocer significativamente la Historia de España en este periodo, su
interrelación con los otros países, sus antecedentes así como su repercusión
en la historia posterior de España, tanto en el sentido de historia “positiva”
(sucesión de hechos) como en la comprensión de los factores.
Analizar las instituciones.
Valorar la importancia relativa de los acontecimientos (la estructura de la
propiedad agraria, la formación del Estado nacional, el comercio, las crisis
agrarias, los conflictos dinásticos).
Sintetizar la cronología del periodo, mediante fichas, esquemas, gráficos,
mapas.
Valorar el arte y los objetos del pasado, como signos de la cultura del
hombre.
CONTENIDOS.
A) CONCEPTUALES.
La crisis hispánica de la Baja Edad Media.
La complejidad política, económica, social, religiosa y cultural de los reinos
hispánicos.
La unión de las Coronas de Castilla y Aragón.
B) PROCEDIMENTALES.
Tratamiento de la información: realización de esquemas del tema; análisis
de mapas, gráficos, textos.
Explicación multicausal de los hechos históricos: en comentario de textos de
fuentes escritas directas e indirectas.
Indagación e investigación: recogida y análisis de datos en enciclopedias,
manuales, monografías, artículos...
Uso de la terminología histórica.
Interpretación de los hechos y de sus factores, con una visión global.
B) ACTITUDINALES.
Rigor crítico y curiosidad científica: valorar las culturas medievales e incitar
el interés del alumno por la historia de su país, por los antecedentes de la
sociedad en la que vive.
Tolerancia y solidaridad.
METODOLOGÍA.
Metodología expositiva y participativa activa.
Debe ser muy participativa, sobre todo con el fomento de la participación
oral y de la actividad crítica y creativa de los alumnos, mediante actividades
diversas.
MOTIVACIÓN.
Un documental, preparando las actividades.
ACTIVIDADES.
A) CON EL GRAN GRUPO.
El profesor primero ha de explicar y desarrollar un esquema conceptual en
transparencias, diapositivas. Los conceptos han de explicarse al principio,
para evitar errores de base. Ha de procurarse que los alumnos extraigan
conclusiones individuales, para que no adopten una postura pasiva ante el
estudio de la Historia. El profesor guiará su proceso de pensamiento
mediante explicaciones de dudas, sugerencias de lecturas, etc.
B) EN EQUIPOS DE TRABAJO.
Realizar esquemas sobre los apartados de la UD.
Realización de una línea de tiempo sobre el proceso.
Realizar un mapa las localidades y hechos más importantes.
Comentarios de textos sobre teorías del feudalismo, la evolución de las
instituciones...
Debate de grupo y síntesis sobre la diferenciación de los reinos y su unión.
C) INDIVIDUALES.
Realización de apuntes esquemáticos sobre la UD.
Participación en las actividades grupales.
Búsqueda individual de datos en la bibliografía, en deberes fuera de clase.
Contestar cuestiones buscando la respuesta en fuentes de textos,
manuales, enciclopedias..., en horario fuera de clase y con diálogo previo en
grupo..
RECURSOS.
Presentación digital y mapas.
Libros de texto, manuales.
Fotocopias de textos para comentarios.
Cuadernos de apuntes, esquemas...
EVALUACIÓN.
Evaluación continua, mediante observación directa. Se hará especial
hincapié en que se comprenda la relación entre los reinos hispánicos.
Examen incluido en el de otras UD, con breves cuestiones y un comentario
de texto.
RECUPERACIÓN.
Entrevista con los alumnos con inadecuado progreso.
Realización de actividades de refuerzo: esquemas, comentario de textos...
Examen de recuperación (junto a las otras UD).

APÉNDICES.
La burguesía en la España medieval.
La crisis de la Baja Edad Media.
La recuperación.

La burguesía en la España medieval.


El desarrollo de la burguesía en España se aparta mucho de los modelos
de la Europa occidental. De hecho, es muy difícil incluirla en muchos de sus
grandes rasgos, tanto por sus peculariedades históricas como por las
acusadas diferencias regionales. Vicens Vives explica acertadamente esta
evolución tan distinta como una consecuencia de las peculiaridades de la
época medieval en España: la reconquista a los musulmanes, la repoblación
de los nuevos territorios y la división de los Estados ibéricos. De Norte a Sur,
de Este a Oeste, España se constituyó como un conjunto heterogéneo de
Españas.
Así, en la Corona de Aragón y sobre todo en Cataluña surgió
tempranamente una potente burguesía (ya en el siglo XII), basada en el
auge mercantil y la audaz expansión político-militar en el ámbito del
Mediterráneo que tuvo su cénit en 1250-1350 [Giunta, 1989]. Los grandes
logros en construcciones (y en general en el arte románico y gótico), son
aún una prueba fehaciente de la existencia de unas clases sociales
(aristocracia y burguesía) con recursos y voluntad manifiestos, seguras de
pertenecer a un ambicioso proyecto político, económico y social. Se
desarrollaron por fin populosas ciudades como el gran centro de Barcelona,
uno de los más vigorosos del Mediterráneo y los secundarios de las ciudades
de Valencia y Palma de Mallorca, al principio eslabones de la anterior pero
que alcanzarían un desarrollo propio, llegando Valencia a ostentar la
hegemonía urbana en la Corona de Aragón a finales de la Baja Edad Media.
Pero desde mediados del siglo XIV su debilidad demográfica ancestral
(acrecentada por los estragos de la Peste Negra), la falta de fuentes de
riqueza competitivas en el mercado internacional y las revueltas y guerras
civiles darían la preeminencia en la Península al reino de Castilla sobre el de
Aragón.
Sarasa rastrea los conflictos de clase del territorio aragonés en los siglos
XIII-XV [1981] y nos presenta un cuadro en el que es evidente la disociación
de intereses entre Aragón y Cataluña. Vilar ha estudiado con extensión el
tema de la cronología del declive catalán durante la Baja Edad Media [1964:
252-331]. Vicens Vives, comentado por Maravall [1972: 290-291] nos
explica que la revolución catalana del siglo XV fue un levantamiento de la
masa popular contra el pactismo: «La revolució catalana del segle XV fou el
resultat de l'escomesa del sindicalisme menestral i pagés contra el pactisme
nobiliari i patrici.» La realeza apoyó al pueblo bajo y a la mediana burguesía
(partido de la Busca) contra la nobleza y alta burguesía (partido de la Biga).
Por eso, la revuelta de ésta contra el rey es a la vez un movimiento contra el
partido popular: «La segona fase de la revolució catalana del segle XV
comença amb un atac a fons de la minoría dirigent feudal i burgesa contra
les masses de menestrals i pagesos». La victoria de la alianza de la
oligarquía noble y burguesa fue el fin de la burguesía, contradictoriamente,
pues se quedó felizmente estancada y tardaría mucho tiempo en resurgir,
en un proceso que han estudiado entre otros Vilar [1977, I], García Cárcel
[1985: 263-269], Amelang [1986].
Portugal tuvo un desarrollo autónomo, que desembocaría en un callejón sin
salida cuando su desarrollo y comercio ultramarinos fueron monopolizados
por la monarquía y la nobleza, en vez de por una burguesía urbana que se
conformó con “nobiliarizarse” en un proceso muy semejante al castellano.
Castilla había permanecido durante la Baja Edad Media al margen de la
primera revolución comercial y urbana de Europa, apartada de las
principales rutas mediterráneas y también del Mar del Norte, con pocas
ciudades verdaderamente populosas. Sus minorías comerciales y financieras
eran a menudo de raíz judía, y por lo tanto su condición social era inestable,
al sufrir odios inveterados por parte de la mayoría cristiana, teniendo como
mayor argumento el de dedicarse muchos judíos al arrendamiento de los
impuestos [Ladero Quesada, 1982: 143-167]. Y, para remate, los sectores
de capitalismo más avanzado estaban muy dominados por la burguesía
extranjera, especialmente la genovesa. Más que nada, esta debilidad en la
vertebración clasista cuando se acabó la Edad Media supuso un factor
esencial para que Castilla no pudiera aprovechar plenamente aquella
primera revolución capitalista del siglo XV.

La crisis de la Baja Edad Media.* Textos para comentario en clase.


Furió, Antoni. La primera gran depresión europea. “El País” Negocios 1.366
(8-I-2012) 8-9. La crisis de la Baja Edad Media, en el siglo XIV, en una serie
de siete artículos de historiadores económicos sobre las recesiones más
importantes de la historia, coordinada por Enrique Llopis, catedrático de la
Universidad Complutense de Madrid. Antoni Furió Diego es catedrático de
Historia Medieval de la Universidad de Valencia. El artículo es un excelente y
breve ejemplo de la historiografía actual y sirve como texto para el
comentario en clase.
‹‹Guerras, epidemias, hambre... La Baja Edad Media vivió enormes
convulsiones que causaron una profunda crisis en Europa y España. La
sacudida al sistema feudal abrió las puertas de la modernidad al Viejo
Continente.
(…) El de Mallorca no es un caso aislado ni en la España ni en la Europa de
la baja Edad Media. Hacia finales del siglo XIV el pago de los intereses de la
deuda pública representaba entre la mitad y las tres cuartas partes del
gasto municipal en las grandes ciudades italianas, francesas, alemanas,
flamencas y holandesas. En la Corona de Aragón, donde la emisión de
censales se había generalizado desde mediados del trescientos como el
principal recurso financiero de las Haciendas locales, la deuda pública había
adquirido ya niveles colosales antes de finalizar la centuria. En Barcelona,
pasó de representar el 42% en 1358 al 61% en 1403; en Tarragona, del 54
% en 1393 al 72% en 1399; en Valencia, del 39 % en 1365 al 50 % en 1402;
y en Mallorca, quizá el caso más espectacular, ascendía al 81% en 1378. Y
como la deuda se financiaba con los ingresos fiscales —o tal vez fuera más
exacto decir que se crearon nuevos impuestos y se incrementó la presión
fiscal con el fin de financiar la deuda—, buena parte del esfuerzo fiscal de la
población se desviaba en beneficio de los acreedores, de ciudadanos y
mercaderes que invertían en la deuda pública —menos lucrativa, pero más
segura— para diversificar sus riesgos, mucho antes de que tomasen el
relevo la nobleza y las instituciones eclesiásticas, con un espíritu ya
claramente rentista.
La imparable escalada de la deuda, uno de los mejores barómetros y a la
vez una más de las múltiples causas de la crisis del siglo XIV, tenía su origen
en las continuas peticiones pecuniarias de la monarquía, motivadas a su vez
por el incremento del gasto bélico, y, en menor medida, en el desarrollo del
propio aparato administrativo de un Estado cada vez más centralizado. En
toda Europa la guerra fue un fenómeno casi permanente a lo largo del siglo
XIV, uno de los grandes azotes, junto con la peste y el hambre, de esta
centuria de grandes calamidades.
En la península Ibérica las campañas militares se suceden una tras otra a lo
largo del trescientos: las cruzadas castellano-aragonesas contra Granada; la
batalla del Salado, en la que las fuerzas combinadas de Castilla y Portugal
derrotaron a los benimerines; la conquista de Cerdeña y las guerras
continuas con Génova por el control del Mediterráneo occidental; la
reintegración de Mallorca a la Corona de Aragón; las revueltas nobiliarias
castellanas y las guerras de la Unión aragonesa y valenciana; y, sobre todo,
la guerra civil castellana, que a su vez derivó en una guerra abierta entre las
coronas de Castilla y Aragón, una guerra larga, costosa y destructiva que se
inserta también en el marco general europeo de la Guerra de los Cien Años.
Las guerras segaban vidas, arrasaban las cosechas, asolaban pueblos y
ciudades, interrumpían el comercio, dificultaban el abastecimiento y
frenaban el crecimiento, pero también exigían fuertes sumas de dinero para
financiar tanto las campañas militares —y en particular el pago de las tropas
— como la posterior reconstrucción. Y el dinero salía de las ciudades y de las
comunidades rurales, sometidas a nuevas y mayores exacciones, que de ser
inicialmente extraordinarias pasaron a convertirse en ordinarias. Al contrario
que los antiguos tributos feudales, recaudados en el ámbito estricto del
señorío, los nuevos impuestos eran generales y universales, no se limitaban
solo a los vasallos del rey, sino que se extendían a todos los habitantes del
reino, a todos los súbditos del monarca, y se justificaban por el bien común
o la utilidad pública. Aunque se invirtiesen en gastos tan dudosos —desde la
perspectiva de los contribuyentes, que así lo denunciaban— como más
guerras o más mercedes a privados y partidarios del soberano.
La construcción de un verdadero sistema fiscal y financiero, con impuestos
ordinarios, regulares, sobre el patrimonio o sobre la comercialización y el
consumo (sisas, alcabalas), hizo posible, primero en Cataluña y la Corona de
Aragón y más tarde en Castilla, la consolidación de la deuda pública, basada
ya no en créditos a corto plazo (préstamos a interés) sino a largo plazo
(censales, juros). O más bien cabría decir que fue la consolidación de la
deuda pública, consignada sobre determinados impuestos (en su mayoría
indirectos) la que exigió y desembocó en el establecimiento de un
verdadero sistema fiscal, primero municipal y después estatal.
En cualquier caso, y esto es lo relevante, ciudades, reinos (cortes y
diputaciones) y monarcas dispusieron de nuevos instrumentos financieros
con los que atender nuevas y crecientes necesidades (aunque en algunos
casos acabarían llevándoles a la quiebra); el patriciado urbano y más tarde
la alta aristocracia y el clero se beneficiaban del festín fiscal, redistribuido
en forma de intereses de la deuda; y las clases populares, rurales o urbanas,
contribuyentes netos, veían cómo se añadían a los censos agrarios y las
rentas señoriales tradicionales los nuevos impuestos con los que se
financiaban las haciendas locales y reales y, en particular, la deuda pública.
El incremento de la presión fiscal y el reparto de su producto entre la
nobleza (profesionales de la guerra y altos cargos del Estado) y los
inversores en la deuda son solo una de las manifestaciones de los grandes
cambios eco—nómicos y sociales (pero también políticos, culturales e
incluso religiosos, con el gran Cisma de Occidente) que tuvieron lugar en el
siglo XIV y que los historiadores suelen englobar, extremando los tintes
negativos, bajo la denominación general de “crisis del siglo XIV”, “crisis del
feudalismo” e incluso “gran depresión bajomedieval”. Las otras
manifestaciones son más conocidas, y por eso les dedico menos espacio en
esta apretada síntesis.
Los primeros historiadores que se ocuparon de ella y los propios
contemporáneos destacaron sobre todo la conjunción de catástrofes y
calamidades que se abatió sobre la centuria y, en primer lugar, el terrible
impacto de la peste negra, que diezmó a la población europea. La epidemia,
de efectos letales en su doble variedad bubónica y pulmonar, llegó a la
costa mediterránea de la Península en el verano de 1348 y rápidamente se
propagó por toda Europa occidental, a lomos de las ratas que infestaban las
bodegas de los barcos y los cargamentos comerciales. No había remedio
contra ella, y lo único que podían recomendar los médicos y las autoridades
públicas y religiosas, además de rogativas y actos de expiación colectiva,
era huir de las ciudades más atestadas y expuestas. Como hizo Boccaccio,
que se retiró a una villa alejada de Florencia, donde compuso
el Decamerón en el año de la peste.
Aunque todas las estimaciones demográficas anteriores a la era estadística
no pasan de ser eso, estimaciones, se calcula que entre una tercera parte y
la mitad de la población europea sucumbió a la epidemia, lo que representó
un verdadero colapso demográfico y económico. Además, tan mortíferas
como su primera irrupción fueron sus posteriores recurrencias —el segundo
brote, en 1362, se cebó en la población infantil, sin defensas inmunológicas
—, y el hecho de que la peste se instalase de manera permanente en la
sociedad europea hasta más allá de los siglos medievales no dejó de
ensombrecer las posibilidades de recuperación.
Mucho antes que la peste, habían hecho su aparición las carestías y las
hambres. Un cronista catalán de la época bautizó el año de 1333 como “lo
mal any primer”, el inicio de todos los males, cuando una mala cosecha
disparó el precio de los cereales y extendió el hambre y la muerte por toda
la Península. Solo en Barcelona murieron 10.000 de los 50.000 habitantes
con que contaba la ciudad. Pero los efectos de la carestía se dejaron sentir
también de forma severa en Castilla y Portugal.
En el norte de Europa la crisis había empezado una generación antes, con la
gran hambruna de 1315-1317, provocada por el empeoramiento de las
condiciones meteorológicas y la sucesión de malas cosechas, que golpeó a
todo el continente, de Escocia a Italia y de Rusia a los Pirineos, pero que no
afectó a la península Ibérica. Los testimonios de la época hablan de altos
niveles de criminalidad, enfermedades, muertes masivas e incluso casos de
canibalismo e infanticidio.
Frente a una visión catastrofista que situaba el origen de la crisis en la
incidencia de factores exógenos como la peste y el enfriamiento climático
(en el siglo XIV, en efecto, se inició lo que se conoce como la pequeña Edad
del Hielo, que se prolongaría hasta mediados del XIX), la mayoría de los
historiadores se ha decantado tradicionalmente por atribuir sus causas a
factores de naturaleza endógena, como el desequilibrio entre población y
recursos, los rendimientos decrecientes, la estructura de clases, la
conflictividad social, la guerra permanente, la competencia entre los nuevos
Estados emergentes o el aumento de la presión fiscal.
Para los historiadores neomaltusianos las causas de la crisis se encontrarían
en las limitaciones internas del propio crecimiento —demográfico y
económico en general— que había caracterizado a la economía europea en
los tres siglos precedentes, del XI al XIII. La inflexión se habría producido ya
en las últimas décadas del doscientos, cuando hicieron su aparición en
algunas regiones —ciertamente no en la península Ibérica— los primeros
síntomas de agotamiento, de haber llegado ya al final de la gran expansión
medieval. Treinta o cuarenta años separan, en opinión de Bois, el final del
crecimiento de la entrada en la depresión propiamente dicha. Y entre los
factores que llevaron a ella señala en primer lugar la persistencia de la
presión demográfica sobre una economía agotada e insegura, el alza de los
precios y, en particular, la escalada del precio de la tierra.
Como en el caso de una burbuja, una verdadera fiebre especulativa se
apoderó del mercado inmobiliario y presionó los precios al alza de manera
irracional. Las tasas de interés, que durante la etapa de crecimiento habían
descendido hasta un nivel medio del 5%, se elevaron hasta el 8% o el 10%.
Todo ello se tradujo en graves desórdenes monetarios, particularmente en
Francia, donde la moneda perdió el 50% de su valor, a la vez que las
devaluaciones disparaban los precios y desencadenaban la especulación
monetaria.
Este proceso constituyó el prolegómeno extremo (estancamiento técnico y
productivo, aumento del gasto público improductivo, incremento de la
deuda sobre activos sobrevalorados) que precedió y llevó finalmente a la
depresión, con la caída de la producción y los precios agrarios y la
contracción de la demanda, afectada ya por la crisis monetaria y el
retroceso demográfico. Por su parte, la salida de la crisis —sobre la que no
puedo extenderme aquí— solo vendría, a mediados ya del siglo XV, con un
importante reajuste de las estructuras económicas, la reducción de los tipos
de interés, la estabilización de la moneda y de los precios, el alza de los
salarios y de los ingresos señoriales —gracias a la nueva fiscalidad
centralizada— y la recuperación de la demanda.
Más allá de sus manifestaciones más virulentas y más allá también de las
distintas interpretaciones con las que los historiadores la han intentado
comprender, la gran depresión bajomedieval ha sido considerada también
como una crisis sistémica, como una crisis del feudalismo (aunque no fuese
la que terminase con él, como tampoco la crisis de 1929 terminó con el
capitalismo). Otros, en cambio, se preguntan si no se trató más bien de una
serie de dificultades a corto plazo o cuellos de botella de la producción, que
podrían haberse superado de no haber irrumpido la peste.
En todo caso, la crisis se saldó con una profunda reorganización del sistema
feudal, desde sus bases económicas (una mayor especialización e
intensificación agrícola, mayores tasas de urbanización, el desarrollo de la
manufactura, el incremento de la comercialización, la reducción de los
costes de transporte) hasta sus estructuras políticas e institucionales (con el
afianzamiento de las monarquías territoriales y la centralización del poder
político y militar). Fue en este sentido, como la denomina Epstein, un
proceso de “destrucción creativa”, desatado por un periodo de rápido y
traumático colapso demográfico, que se tradujo en una mayor integración
económica e institucional, en una mayor competencia entre mercados y
entre Estados y que colocaría a la economía europea en una senda de
mayor crecimiento. Lejos de ver en ella solo sus aspectos calamitosos, la
crisis de la baja Edad Media fue ante todo un motor del cambio económico,
el escenario de la reorganización que permitió convertir el crecimiento en
desarrollo. Europa y la economía europea saldrían reforzadas de la prueba.››
La crisis de la Baja Edad Media en el Reino de Mallorca es un fiel ejemplo de
la depresión económica y social que se extendió por Europa desde
mediados del siglo XIV. Antoni Furió explica:
‹‹Tras varios intentos fallidos por superar la crisis de sus finanzas, la
Hacienda del reino de Mallorca quebró finalmente en 1405. En los años
anteriores se habían desplomado muchas bancas privadas en Barcelona,
Valencia y la misma Mallorca, pero ahora no se trataba ya del hundimiento
de entidades financieras particulares, sino de la bancarrota de todo un
reino. La quiebra no solo obligó a consignar todos los ingresos fiscales de la
isla al pago de los intereses de la deuda y a su amortización, sino que dejó
en manos de los acreedores, en su inmensa mayoría barceloneses, la
centralización del producto fiscal recaudado y la supervisión del pago de los
intereses y de la gestión en general de la deuda pública.
No se trataba de una mera crisis coyuntural. Los problemas eran
estructurales y venían de muy atrás. Treinta años antes, y solo veinte
después de que Mallorca hubiese empezado a emitir deuda pública, las
cuentas ya no cuadraban. Como apuntó en su día Álvaro Santamaría, de los
900.000 sueldos a que ascendían anualmente los ingresos teóricos globales,
solo llegaban a recaudarse unos 660.000, mientras que el resto dejaba de
percibirse por fraude fiscal o mala gestión. Para atender el desfase entre
ingresos y gastos, la Hacienda mallorquina había contraído una deuda del
orden de seis millones de sueldos, que obligaba al pago de intereses por un
total aproximado de 600.000, es decir, la casi totalidad de los ingresos
efectivos ordinarios.
En 1373, un administrador nombrado por la corona elaboró un plan de
saneamiento de la Hacienda del reino que pasaba por reducir drásticamente
el gasto público (adelgazando sensiblemente la nómina de salarios y
gratificaciones pagados por la Administración; reduciendo el número de
embajadas y misiones oficiales; limitando la inversión en obras públicas
durante diez años a la conservación de las murallas, la conducción de aguas
y el muelle; controlando el abastecimiento frumentario y prohibiendo la
concesión de donativos graciosos con cargo a fondos públicos), fiscalizar
con severidad las cuentas de la Administración pública (sometidas a
auditorías, cuyos informes serían entregados a los nuevos gobernantes al
inicio de su mandato anual) y amortizar la deuda en 10 años (reduciendo el
tipo de interés del 10% al 8%, una moratoria de 10 años y un plan septenal
de amortización). El plan no solo no funcionó, sino que la situación de las
finanzas se agravó y, aunque hubo nuevos intentos por sanear la deuda (en
1392 se colocó ya a un catalán, en representación de los acreedores, al
frente de las finanzas mallorquinas con el fin de asegurar el pago de los
intereses), la Hacienda quebró finalmente en 1405.›› [Furió, Antoni. La
primera gran depresión europea. “El País” Negocios 1.366 (8-I-2012) 8-9, cit.
8.]

La recuperación.
Antoni Furió, catedrático de Historia Medieval en la Universidad de Valencia,
explica que el rebote de la actividad tras la crisis del final de la Edad Media
vino de la mano de una intensificación de la producción agrícola. [Furió,
Antoni. Las grandes recuperaciones de la economía española / 1.
Sobreponerse a la peste con una reacción lenta y desigual. “El País”
Negocios 1.892 (20-II-2022). [Link]
21/espana-se-sobrepuso-a-la-peste-negra-pero-con-una-recuperacion-lenta-
[Link]]
‹‹Europa vivió su primera gran depresión al final de la Edad Media. El
crecimiento tanto demográfico como económico que había venido
experimentando de manera sostenida desde el siglo XI se detuvo
abruptamente en la segunda mitad del Trescientos cuando una serie de
calamidades se abatieron sobre el continente y provocaron el hundimiento
de su población y la desorganización de su economía. Entre ellas, la más
grave fue, sin duda, la irrupción de la Peste Negra, el mayor desastre
biológico en la historia de la Humanidad, cuyo primer brote en 1348 se llevó
consigo entre uno y dos tercios de la población total, aunque en la península
Ibérica la media seguramente no superase el 20%. En todo caso, lo peor fue
que no se trató de una epidemia aislada, y a la primera oleada siguieron
otras muchas en las décadas y siglos siguientes que, aunque ya no
alcanzaron la gravedad de la primera, contribuyeron a incrementar el
número total de muertes y, sobre todo, dificultaron la recuperación.
A la peste se unieron las hambrunas y las guerras para crear un cuadro
catastrófico generalizado. Las hambres eran un fenómeno recurrente en las
sociedades europeas, anteriores a la llegada de la epidemia y vinculadas a
las malas cosechas y a las crisis agrarias. Pero con la progresiva
comercialización e integración de la economía, el abastecimiento
alimentario, en particular el de las grandes ciudades, no dependía ya tanto
de la producción agrícola de la propia región como de la importación de
zonas cada vez más alejadas. Y las hambres dependían más del mercado —
de la interrupción de los suministros, del acaparamiento, de la especulación
— que de la meteorología.
En cuanto a la guerra, que se había vuelto casi permanente a lo largo del
Trescientos, mucho más importantes que las bajas en combate eran las
muertes causadas por la devastación que seguía al paso de los ejércitos,
con la destrucción de cosechas e infraestructuras, y sobre todo el
exorbitante esfuerzo fiscal exigido a la población para costear las campañas
militares. La nueva fiscalidad de Estado desarrollada a lo largo del siglo XIV
nacía fundamentalmente para financiar la guerra, para hacer frente con los
subsidios e impuestos votados en cortes, o con los recaudados directamente
por las ciudades y villas reales, al creciente y ya desmedido gasto bélico,
que pronto provocaría el endeudamiento de las haciendas locales e, incluso,
la bancarrota de algunas de ellas y la ruina de muchas economías
familiares, en particular las campesinas, que veían cómo a las rentas y
tributos señoriales y al diezmo eclesiástico venían a unirse ahora los
impuestos reales y municipales.
Algunos autores sugieren que los problemas venían ya de mucho antes. El
crecimiento habría tocado techo a finales del siglo XIII, cuando la población
europea habría alcanzado unos niveles máximos, imposibles de seguir
manteniendo. Esta interpretación neomalthusiana no parece aplicable a la
península Ibérica, pues si la Europa de 1300 podía ser “un mundo lleno”, no
ocurría lo mismo al sur de los Pirineos, donde la expansión territorial de los
reinos cristianos a costa de Al Andalus, y la necesidad de consolidar la
conquista con la colonización, permitió transferir al sur los excedentes
demográficos del norte. En todo caso, la conjunción de calamidades
desatada desde mediados del siglo XIV se tradujo inmediatamente en un
colapso demográfico y económico, con repercusiones también a medio y
largo plazo, del que Europa en su conjunto y la península Ibérica en
particular tardarían mucho tiempo, más de un siglo, en recuperarse.
Mano de obra.
Ya desde los primeros momentos se arbitraron medidas para contener los
efectos más inmediatos de la crisis. La pérdida de población había
encarecido la mano de obra disponible y tanto en Castilla, la Corona de
Aragón y Portugal como en Inglaterra, Francia y otros países se dictaron
ordenanzas inmediatamente después de la primera irrupción de la peste en
1348, fijando los salarios de jornaleros agrícolas y artesanos, incluyendo los
de las mujeres, cada vez más presentes en el mercado laboral —por la
escasez de brazos masculinos— y cuya retribución no siempre era la mitad
que la de los trabajadores varones —aunque fuese lo más habitual—, sino
que dependía del tipo de tarea.
Estas medidas de contención salarial no resultaron efectivas, como muestra
su reiteración en la legislación laboral, y los trabajadores, en particular los
jornaleros, vivieron una verdadera “edad de oro”, al crecer más los salarios
que los precios y, por tanto, ser mayor su poder adquisitivo. Para
contrarrestar el alza de los salarios, los propietarios también recurrieron a
fórmulas más perversas, como la importación de esclavos. A principios del
siglo XV, por ejemplo, algunos ciudadanos de Barcelona, descontentos con
los immoderats salaris que pedían los labradores y braceros, proponían a los
consellers de la ciudad que se comprasen esclaus i esclaves con el fin de
que aquellos volviesen al salario debido y acostumbrado.
El cataclismo demográfico repercutió igualmente en el aumento de los
despoblados —al que también contribuía el éxodo rural hacia las ciudades—,
el abandono de muchas explotaciones agrícolas y, en general, la reducción
de la superficie cultivada. Menos tierra labrada en términos absolutos, pero
más cantidad proporcionalmente para los campesinos supervivientes y un
incremento de la productividad media, ya que la producción agrícola se
mantuvo bastante estable e incluso aumentó en algunos momentos. Ambos
factores, el retroceso de la tierra cultivada y el descenso en el número de
brazos para trabajarla, acelerarían a su vez la caída de las rentas señoriales,
ya afectadas por su conmutación en metálico y por la inflación, en un
porcentaje que oscilaba entre un tercio y la mitad. La crisis, además, había
alterado los equilibrios entre los factores de producción, encareciendo la
mano de obra, mientras que la tierra y el capital resultaban más abundantes
y asequibles. Como consecuencia, muchos señores, sobre todo en Castilla,
transformaron sus tierras de cultivo en pastos, menos intensivos en trabajo,
aprovechando también los grandes espacios vacíos que la conquista y la
colonización cristianas habían creado en el centro y sur de la Península y
que se incrementaron con la regresión demográfica del Trescientos.
Mayor especialización.
En realidad, y a pesar de sus efectos devastadores inmediatos, la crisis llevó
a una profunda transformación y reajuste de las estructuras productivas,
sobre las que se basó, a su vez, la posterior recuperación. En términos
generales se puede decir que esta vino con —o se materializó en— una
intensificación de la producción agrícola y ganadera, su creciente
adaptación al mercado, una mayor especialización de los cultivos y una
redistribución y concentración de la propiedad de la tierra. Este último
proceso benefició en particular a los labradores más acomodados, que
fueron también los principales impulsores de las innovaciones técnicas
(como la extensión del regadío) y productivas (la difusión de nuevos cultivos
como el arroz, el azúcar, la morera, el lino, el cáñamo, el azafrán, mucho
más lucrativos). De estas élites rurales, que incluían también, junto al
estrato superior del campesinado, a artesanos, mercaderes e hidalgos,
vendría en parte la reactivación de la demanda, que ya no era, como lo
había sido hasta entonces, fundamentalmente aristocrática y urbana.
La amplia reconversión agraria se traduciría también en una mayor
comercialización del producto agrícola y ganadero que, a su vez, estimulaba
la especialización. El aumento de la ganadería —que se convertiría en la
principal actividad económica y fuente de riqueza en gran parte de Castilla,
pero también en Aragón, el norte valenciano y Mallorca—, así como el
cultivo de lino, cáñamo y morera, estaban estrechamente relacionados con
el desarrollo de la industria textil lanera y sedera, tanto en la Península
como en otros países a los que se exportaba la lana en bruto. Por su parte,
el avance de la viña y de los cultivos hortícolas en la proximidad de las
ciudades respondía en buena medida al aumento de la demanda urbana. De
hecho, otra de las claves de la recuperación fue el incremento de la tasa de
urbanización, gracias a una creciente y sostenida emigración del campo a
las ciudades, atraída por las mayores posibilidades que ofrecía el mercado
de trabajo.
Por todas partes, sin embargo, la recuperación y el crecimiento agrícolas
iban unidos a la expansión del trigo, que seguía siendo el más comercial de
todos los cultivos al estar destinada gran parte de su producción al mercado
e, incluso, a la exportación. Solo en el arzobispado de Sevilla la producción
cerealista pasó de unas 30.000 toneladas en la primera mitad del siglo XV al
doble en las décadas centrales (1451-1467), a 77.000 en 1484 y a 92.000
en 1503. Como muestra el gráfico que acompaña a este artículo, elaborado
a partir de los datos del diezmo, la producción agrícola experimentó un
fuerte crecimiento, que los autores del estudio atribuyen tanto a la
expansión de la superficie cultivada como al aumento de la demanda. Por
supuesto, los datos de Sevilla no son extrapolables al conjunto de la
Península, pero sí que resultan indicativos de las áreas de mayor
crecimiento, de más reciente colonización, y en todo caso muestran que la
producción agraria crecía por encima de la población, del mismo modo que
su descenso había sido menor durante el periodo de regresión demográfica.
Con todo, la recuperación fue lenta, con altibajos y asimétrica, con ritmos
regionales muy diversos en los distintos reinos ibéricos, del mismo modo
que había sido muy diferente el impacto de la crisis. Castilla, en donde la
incidencia de la peste había sido menor, daba muestras ya de reactivación
—demográfica y económica— a partir de las primeras décadas del siglo XV,
aunque el crecimiento se vio interrumpido por una nueva contracción entre
1460 y 1470, tras la cual la recuperación continuaría hasta más allá de los
tiempos medievales.
Las cosas fueron muy distintas en la Corona de Aragón y Portugal, en donde
la reconstrucción fue más tardía. En realidad, en Cataluña la crisis se había
superado ya a finales del Trescientos y principios del Cuatrocientos, cuando
se produjo un nuevo crecimiento neto de la economía, el comercio exterior
con Oriente Próximo Oriente alcanzó su cénit, el comercio interior se
mantuvo en niveles altos y la creación de la Taula de Canvi, un ejemplo
pionero de banca pública, contribuyó a la reducción de la deuda municipal.
Sin embargo, desde las primeras décadas del siglo XV se sucederían las
fases de recesión y recuperación hasta que la guerra civil, las revueltas
remensas y el cierre del Mediterráneo oriental ante el avance turco
acabarían por hundir a la economía catalana en una severa depresión, a
pesar del redreç impulsado por Fernando el Católico y en contraste con el
crecimiento que experimentaban otros reinos de la Corona, como el de
Valencia, convertido en pulmón financiero de la monarquía.
No hay duda de que la peste y las demás calamidades de la segunda mitad
del Trescientos habían sumido a las economías de los reinos ibéricos, como
también al resto de Europa, en una profunda depresión. Pero ya desde
finales de esta misma centuria se habían seguido las primeras muestras de
recuperación, que se confirmarían y afianzarían a lo largo del siglo XV, tras
las grandes transformaciones y reajustes que la propia crisis había
propiciado. Entre ellas, la reconversión agraria, con el incremento de la
ganadería (como ocurría también en Inglaterra, en donde las tierras de labor
retrocedían ante los pastizales), la introducción de nuevos cultivos y las
mejoras técnicas y productivas. Todo ello resultaría en una importante
mejora en la productividad, principalmente agrícola, y en la calidad,
especialmente en la industria, que haría más competitiva la producción
ibérica y reforzaría su posición en el gran comercio internacional. Lejos de
situarse en los márgenes o la periferia de Europa Occidental, la España
bajomedieval ocupaba un lugar importante, gracias a sus altos niveles de
urbanización, la creciente comercialización de su economía, el desarrollo de
sus instituciones —que aquí apenas se ha podido esbozar— y el proceso de
construcción estatal de los reinos que compartían la Península y competían
por imponer su hegemonía.
Integración.
En todos los sectores, el paso decisivo fue el cambio de la producción
doméstica para el autoconsumo a la producción para el mercado, así como
la cada vez mayor integración de este último. España no solo era una
península dividida políticamente en varios reinos, sino que dentro de cada
uno de ellos había también una gran diversidad regional, que generaba
complementariedad, pero que al mismo tiempo tenía que hacer frente a una
gran competencia productiva. La integración era, en primer lugar, local, al
nivel de las ciudades y sus respectivas áreas de influencia, en donde ferias y
mercados contribuían a la homogeneización de pesos y medidas, monedas y
marco legal.
A su vez, estas esferas locales se articulaban e integraban en espacios más
amplios en torno a las grandes capitales regionales. Y si bien no se llegó a
una verdadera integración interregional dentro del mismo reino, y menos
aún en el conjunto de la Península, algunas de las ferias más importantes,
como las de Medina del Campo, adquirieron el carácter de “ferias
generales”, a las que acudían mercaderes no solo de todos los reinos
hispánicos, sino también de otros países, al mismo tiempo que los
mercaderes ibéricos ampliaban sus redes comerciales y de negocios cada
vez más lejos, de Flandes e Inglaterra a Italia y el Mediterráneo oriental. A
finales del siglo XV la gran depresión bajomedieval había quedado atrás, la
recuperación se había consolidado y había dado paso al crecimiento y la
expansión, con las conquistas portuguesas y castellanas en África y
América. En el Mediterráneo peninsular el futuro no se presentaba tan
halagüeño, con el traslado del centro geoestratégico al Atlántico, que abriría
una nueva etapa en la historia económica de la Península, con resultados
muy diferentes para los distintos reinos y territorios.››

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