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Cuadernos de literatura latinoamericana y argentina

LOS FUSILADOS
Cipriano Campos Alatorre

Universidad Nacional de Lomas de Zamora


Facultad de Ciencias Sociales
Carrera de Letras

2021
Cipriano Campos Alatorre / Los fusilados

Cuadernos de literatura latinoamericana y argentina

Director:
Guillermo García

Comité editorial:
Lic. Liliana Penedo
Prof. Gabriel Cabrera Romano
Lic. Verónica Arébalo
Lic. Eliana Gallego
Lic. Guillermo García.

Cuaderno N° 5: Los fusilados (Cipriano Campos Alatorre).

Estudio preliminar, edición y cronología: Guillermo García.

Primera edición.
Todos los derechos reservados.
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Cipriano Campos Alatorre / Los fusilados

Estudio preliminar

ALGUNAS CONSIDERACIONES EN TORNO AL CICLO


NARRATIVO DE LA REVOLUCIÓN MEXICANA

Guillermo García

La narrativa criollista

La corriente narrativa posmodernista recibe en Hispanoamérica el nombre de


regionalismo-criollista. Adopto esta denominación doble para distinguirla del
regionalismo a secas, ubicable a partir de la década de 1830 y vinculado a la
estética romántica.

Los primeros exponentes descollantes del regionalismo criollista pueden ser


advertidos a partir de 1910, más específicamente, entre 1915 y 1930. Así, se
destacan las siguientes obras y autores: Cuentos del Maule, de Mariano Latorre
(1912); Los caranchos de la Florida, de Benito Lynch y El terruño, de Carlos Reyles
(ambas de 1916); Raucho, de Ricardo Güiraldes (1917); La vorágine, de José
Eustasio Rivera (1924); Los desterrados, de Horacio Quiroga y Don Segundo
Sombra, de Ricardo Güiraldes (ambas de 1926) y Doña Bárbara, de Rómulo
Gallegos (1929).

Un segundo momento de la narrativa criollista, presionado de modo gradual por


las innovaciones estéticas surgidas de las vanguardias, se sitúa entre 1930 y 1940.
Citaremos al respecto sendos volúmenes de relatos: Los que se van, escrito por el
colectivo de escritores ecuatorianos denominado Grupo de Guayaquil y Leyendas
de Guatemala, de Miguel Ángel Asturias (ambos de 1930). Y la novelas Las lanzas
coloradas, de Arturo Uslar Pietri (1931); La carreta, de Enrique Amorim (1932);
Écue-Yamba-O, de Alejo Carpentier (1933); Huasipungo, de Jorge Icaza (1934); La
serpiente de oro, de Ciro Alegría y Canaima, de Rómulo Gallegos (ambas de 1935) y
Los perros hambrientos, de Ciro Alegría (1939).

Según se adelantó, los formantes esenciales de la narrativa regionalista-criollista se


mantienen bastante estables a lo largo del primer período (1915-1930),
alterándose sensiblemente a lo largo del segundo (1930-1940). Son ellos:
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1) Presencia de temas de procedencia romántica (tal el caso de la contraposición


ideológica civilización-barbarie, la cual resulta visible en muchos de estos textos).

2) Elementos costumbristas (también ellos de procedencia romántica).

3) Matriz realista decimonónica (narrador en 3° de sesgo omnisciente o, menos


frecuentemente, en 1° persona; tiempo lineal; disposición lógica de las acciones
que conforman la historia; investigación documentada por parte del autor acerca
de los temas a tratar; observación detallada; pretendida objetividad; valor
connotativo de los nombres de determinados personajes; redundancia
informativa; racionalidad).

4) Incipientes innovaciones estructurales (ellas resultan cada vez más observables


a medida que nos acercamos al final de la primera etapa y, obviamente, al
adentrarnos en la segunda, funcionando en este caso a manera de antecedentes
claros de la Nueva Novela de la mitad ulterior de la década de 1940).

5) Voluntad de estilo modernista (lenguaje expresivo orientado a incorporar no


sólo el conocimiento objetivo, sino las dimensiones mítica, mágica y simbólica;
acentuación de lo subjetivo a través de marcas impresionistas o expresionistas).

6) Trazos naturalistas palpables en el tratamiento de los personajes (muchas veces


signados por un determinismo ambiental o social) y en la voluntad de denuncia.

7) Bifonía (en estas novelas conviven un registro culto a cargo del decir del
narrador con un dialecto regional propio del habla de los personajes; ello estipula
que muchas de estas narraciones cuenten con un glosario confeccionado por el
autor.

El regionalismo-criollista de la etapa posmodernista se subdivide, a su vez, en tres


vertientes fundamentales:

a) narrativa de la tierra (es el caso del Horacio Quiroga de los cuentos del monte
chaqueño y la selva misionera; La vorágine, de José Eustasio Rivera y Doña
Bárbara, de Rómulo Gallegos);

b) narrativa indigenista (encarnada en los textos del boliviano Alcides Arguedas —


Raza de bronce—, el peruano Ciro Alegría —El mundo es ancho y ajeno—, el
ecuatoriano Jorge Icaza —Huasipungo— y el peruano José María Arguedas —Los
ríos profundos—) y

c) narrativa de la revolución mexicana (Los de debajo de Mariano Azuela, Se


llevaron el cañón para Bachimba de Rafael F. Muñoz, Los fusilados de Cipriano
Campos Alatorre, etc.).

Cabe consignar, por último, que el regionalismo criollista se diferencia del


mundonovismo propiamente modernista en que en el primero campea la genuina
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intención de censar tipos sociales y profundizar en sus problemáticas,


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trasluciéndose, en fin, un ansia de identificación; en el segundo caso, en cambio, el


enfoque suele ser más distanciado, paternal o humanitario.

El ciclo narrativo de la revolución mexicana

En el área de México, sucede algo muy particular en tanto y en cuanto la narrativa


regionalista-criollista resulta hondamente impactada por el hecho incontrovertible
de la revolución. En efecto, no resulta para nada extraño que esta especie de guerra
civil iniciada el 20 de noviembre de 1910 y dilatada hasta 1917, según unos
estudiosos, o 1920 e, incluso, 1930, según otros, haya conmocionado hasta los
cimientos a la sociedad azteca, incluida, por cierto, su literatura.

Así, los exponentes literarios pertenecientes a la denominada serie narrativa de la


revolución suman a la receta del criollismo más arriba consignada, el tema
contundente e inevitable de la insurrección. De esta manera, Antonio Lorente
Medina (2011, 46) remarca que lo determinante en esta narrativa radica en
hallarse inserta en el contexto cultural e histórico de una revolución respecto de la
cual los intelectuales —lo quisieran o no— se hallaban involucrados y, a partir de
ella, lanzados a incorporar a México a un acelerado proceso de modernización.
Dicho proceso resulta sumamente complejo y se encuentra jalonado, entre otras
manifestaciones, por la recuperación de los estudios clásicos y la tradición
indohispánica (con Alfonso Reyes y José Vasconcelos como las respectivas figuras
cardinales), la pintura mural o muralismo (David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera,
José Clemente Orozco, Rufino Tamayo, Gerardo Murillo, Roberto Montenegro,
Federico Cantú, Juan O’Gorman, Pablo O’Higgins), los movimientos de vanguardia
apoyados por el gobierno (el estridentismo de Manuel Maples Arce constituye la
mejor muestra), las discusiones propias de la década de 1920 acerca de la finalidad
de la obra estética bajo el signo de un presunto arte revolucionario… La narrativa
de la revolución es un componente más de ese conjunto.

Una revisión mucho más polémica —y sumamente perspicaz— es la que ensaya


María del Mar Paul Arranz (1999) sobre el cuerpo de esta novelística. La
mencionada estudiosa comienza por negar la categoría ‘Novela de la Revolución
Mexicana’, ya que ante el conjunto de textos producto de una realidad histórica, lo
que debe hacerse es exaltar su diversidad y no intentar encajarlos en un molde
previo (e inexistente). La etiqueta que nos ocupa, así, data de 1925; luego se
reiteró a lo largo de la década de 1930 y la institución crítica terminó por
sancionarla. Sin embargo, este repertorio de novelas posee muy poco de
revolucionario, esto es, de innovador. Muy por el contrario, se trata de
producciones escritas dentro de los amplios horizontes del realismo, pero muy
poco semejantes entre sí, estilísticamente hablando.

De esta manera, nos hallamos frente a un género que, erróneamente, se define casi
exclusivamente por su tema; este hecho contribuye a ampliar los límites genéricos
y temporales de la categoría en cuestión de modo absurdo. El criterio temático,
entonces, no es de utilidad para delimitar la serie (por lo pronto, ¿cuándo acaba?).
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Tampoco sirve echar mano al tratamiento del tema y a la tan reiterada actitud de
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desencanto frente al hecho revolucionario: se trata, claro está, de maneras de

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discernir que muy poco tienen de literarias. El fallo radica, en síntesis, en haber
analizado la ‘novela de la revolución’ de modo apegado a la ideología
revolucionaria. Sus autores iniciales no eran tanto novelistas como cronistas a la
búsqueda de construir una épica del pueblo mexicano. Esa dimensión documental
fue, precisamente, la que les impidió evaluar a los críticos posteriores el costado
literario —esto es, falso— en aquellos textos.

En cuanto a los autores, debe señalarse que pertenecían, por su origen, a una
‘pequeña burguesía’, una minoría ilustrada ligada a un pasado inmediato —el
porfirismo—. Así, sus obras transmiten instantáneas de la revolución, pero niegan
el contexto social de la lucha y sus facciones. En otras palabras: presentan una
visión maniquea que reduce la revolución a una encarnizada lucha por el poder
(esto se ve claramente en Los de abajo). Asimismo, sostiene la autora que hay en
estas historias un tratamiento equívoco del pueblo, en tanto y en cuanto nunca se
halla presentado a manera de un genuino agente del cambio. Al contrario, la masa
se mueve por inercia, como aquella piedra arrojada por Demetrio Macías al final de
la novela inaugural de Mariano Azuela. Hay en estas historias, a lo sumo, un
populismo convencional, interesado e inoperante.

Ahora bien, ¿por qué esta narrativa tuvo en la segunda mitad de la década de 1920
y durante la totalidad de la de 1930 un marcado apoyo gubernamental? Paul
Arranz escribe que ese respaldo institucional se debe, por lo menos, a dos factores:
primero, que su popularidad contribuía a mantener viva la historia reciente del
país y ayudaba a fomentar el intenso nacionalismo propio de la ideología
revolucionaria; segundo, que al centrar la acción en un período anterior caótico, se
desviaba la atención de los problemas contemporáneos. He aquí la función política
de esta novelística cuyo pesimismo, si bien evidente, jamás se proyecta al futuro.

Las conclusiones a las que arriba la autora comentada son implacables: primero, la
narrativa de la revolución mexicana implica una forma de fracaso de la invención
literaria; segundo, sus autores suelen ser escritores oportunistas de una sola obra
cuyos nombres, hoy, son parte de un inventario colectivo; tercero, habrá que
aguardar hasta después de 1940 cuando, por obra de diferentes técnicas de
procedencia vanguardista, el material anecdótico básico se transforme en genuina
experiencia artística.

Peculiaridades de la novela de la revolución

El antes mencionado Antonio Lorente Medina enumera una serie de características


de suma utilidad para comprender la mecánica de los relatos que integran el ciclo
de la revolución. Son ellas:

1. Carácter testimonial
Lo visto, lo oído y lo recordado conforman la esencia de estas narraciones. Se trata
así de relatos vinculados a la historia y, técnicamente, discurren por los cauces del
realismo tradicional.
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2. Autobiografismo
Esta novelística presenta afinidades genéricas con la autobiografía o las memorias.
Incluso hay, dentro de la serie, textos de sesgo fronterizo, tal el caso de El águila y
la serpiente, de Martín Ruíz Guzmán. O, por el contrario, el esquema de la
autobiografía se aplica a personajes ficticios. Se trata de la fórmula ‘vida de un
personaje en el contexto revolucionario narrada en primera persona’.

3. Brevedad narrativa
Son en general novelas breves, marcadas por las condiciones y la frecuencia
propias de los canales de publicación originarios —los periódicos, el folletín— y,
sobre todo, por las exigencias de agilidad y concisión dictadas por el gusto del
público hacia el que iban destinadas.

4. Fragmentariedad
El principio constructivo predominante en estos textos es la yuxtaposición de
episodios narrativos unidos por una tenue línea argumental. Los de abajo, por
ejemplo, se subtitula ‘Cuadros y escenas de la revolución’. El régimen de
publicación por entregas propio de los periódicos no es para nada ajeno a este
proceder.

5. Esencia épica
La temática de estas historias es eminentemente militar, bélica; sin embargo sus
protagonistas no son héroes a la antigua usanza, sino que participan de la
ambigüedad de carácter de los héroes contemporáneos. De todos modos, en Los de
abajo puede percibirse un intento por parte de Azuela de dotar a Demetrio Macías,
el protagonista, de ciertos atributos homéricos al vincular su figura con
representaciones de raíz mítica.

6. Afirmación nacionalista
Subyace en estas narraciones un sentimiento nacionalista ante la preponderancia
de los EEUU sobre Latinoamérica, en general, y México, en particular, durante las
décadas de 1920 y 1930.

7. Renovación del castellano


El mayor aporte de esta novelística se orienta al enriquecimiento del castellano al
incorporar al ámbito de la literatura voces y giros de los estratos rurales,
pueblerinos o aborígenes. En este orden de cosas, puede afirmarse que profundiza
la operatoria comenzada por el modernismo de incorporar la sintaxis, el ritmo, la
prosodia del habla popular al relato literario. El resultado compone un estilo ágil,
escueto, conciso, auténtico y propio del lenguaje oral, valorado por el público y con
más de un punto de contacto con el discurso periodístico.

Análisis de Los fusilados

La novela corta Los fusilados integra y titula el único libro de Cipriano Campos
Alatorre, publicado en Oaxaca, en 1934. El volumen contiene, además de la
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precitada nouvelle, cuatro cuentos: “María Concepción Curiel: confesiones de una


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taquimecanógrafa”, “El profesor Meraz”, “Un amanecer extraño” y “El matón de

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Tonalá”. Dieciocho años más tarde, aparecerá una segunda edición de Los fusilados
titulada Seis cuentos y un fragmento de novela (Revista Antológica América, 1952);
esta entrega cambia el orden de los relatos y se agregan “Un domingo de Pascua” y
un fragmento de una novela inconclusa titulada Raquel Estrada. Por último, en
1990 aparece la tercera y última edición de la narrativa de Campos Alatorre en el
volumen 18 de la Tercera Serie de Lecturas Mexicanas. Extrañamente, reproduce la
edición de 1934 y no la de 1952, que incluía dos textos más.

En lo que concierne puntualmente a la novela breve Los fusilados, son cuatro los
aspectos que deseo tratar en este interesante texto: la representación deformada,
el tópico de la travesía, la función de lo premonitorio y la dimensión textual del
personaje de Simón.

Con representación deformada me refiero a una manera por demás distanciada de


figurar, en la novela, a las mujeres y a los niños, esto es, a los integrantes del campo
semántico de ‘lo no masculino’. Dicha manera de figurar cruza los excesos propios
del naturalismo con certeras pincelas expresionistas (a veces cuasi cubistas) que
todo le deben, obviamente, a motivos procedentes de las vanguardias. Repasemos
el caso, al comienzo de la narración, de la descripción de un recién nacido y su
madre:

Otras soldaderas, condolidas del suceso, habían juntado


harapos. Entre ellos agitaba sus piernas flacas, con la piel
rugosa y extrañamente amoratada, el recién nacido, cuyas
manos y pies, absurdamente pequeños, parecían los
miembros de un feto viviente. Pero la mujer se incorporó,
tomó al niño en sus brazos, lo miró largamente y le dio el
seno. Un seno marchito y amarillo como una vejiga
desinflada. (Capítulo I).

Asimismo, las soldaderas, Séfora (la mujer de Santiago) y Lina (su hija) son
presentadas por medio de lentes deformantes. Repasemos el caso de una de
aquellas mujeres que acompañan a los sublevados:

En este momento su cara se mostró más angulosa aún. Las


mejillas, ligeramente hundidas, parecían cortadas en planos
simétricos, triangulares, como los de una escultura de
madera, trabajada así, a propósito.
(…)
—En nombre de Dios, por su santa madre, no me vayan a
dejar sola —gimió la mujer recién parida, incorporando el
cuerpo, y estirando entre la blusa, hecha jirones, sus brazos
sucios y magros. La cara amojamada de ojos hundidos,
desmesuradamente abiertos, tenía una expresión
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verdaderamente espantosa.
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(…)

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El cuerpo no pesaba mucho. La mujer se quejaba débilmente


y fuera de la falda asomaban sus piernas flacas y enjutas,
cual dos tiras de cecina. (Capítulo I).

Por último, el hijo enfermo de Santiago:

La mujer señaló un rincón. Allí, entre la húmeda penumbra,


había acurrucada una extraña criatura de cuerpo diminuto y
cabeza desmesuradamente grande. De la boca enorme,
entreabierta, salía un grueso hilo de baba. Cumplidos los
nueve años, no podía aún articular palabra.
(…)
Ya en la puerta del jonuco podía mirarse el rostro simiesco,
acartonado en las mejillas desnutridas, y unos ojos saltones,
enormes, como los de un pichón recién nacido… La baba
daba un aspecto blando y gelatinoso al labio inferior, y a
fuerza de estancarse en la barbilla, había hecho una llaga.
(Capítulo III).

Resulta por lo menos curioso que la única mujer que no aparece representada de
una manera distorsionada (al menos en un primer momento) sea Martina, la
esposa de Simón. Pero se trata en este caso de una mujer masculinizada, cuya
figura contrasta con la del propio marido, quien porta rasgos claramente
femeninos.

En segundo lugar y en lo atinente al campo semántico de la travesía, subrayemos


para empezar que el mismo se halla estrechamente asociado a este tipo de novelas.
Ya aparecía en Los de abajo, donde la tránsito incesante de los personajes no solo
se aludía a través de la referencia a una extensa novela de mediados del siglo XIX
(El judío errante, de Eugenio Sue), sino que el viaje describía una evidente
trayectoria circular (los lugares de origen y fin resultaban coincidentes); además,
dicha circularidad sugería, a través de la estructura simbólica del desplazamiento
del héroe, el intento de conferirle una dimensión arquetípica a Demetrio Macías, el
personaje principal. No es este el caso de Los fusilados. En esta novela, el viaje
carece de cualquier atisbo de circularidad: más que viaje constituye una
desesperada huida y es siempre hacia adelante, hacia el destino definitivo de la
muerte. En este sentido, el título del texto obra de poderoso indicio de la historia.

En tercer lugar, eso que denomino ‘lo premonitorio’ cobra cuerpo al final del
primer capítulo, en un segmento narrativo estructuralmente separado del resto, a
través de un sueño tenido por Simón, uno de los tres protagonistas. Lo transcribo
in extenso dada su relevancia:
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Luego, por su imaginación, desfiló un ejército de obreros.


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Todos llevaban trajes idénticos: blusa blanca y calzón blanco.

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Resaltaba en contraste con las ropas el tono cobrizo-oscuro


de sus caras, sus manos y sus pies. Caminaban encorvados al
peso de grandes pacas de algodón.
Rendido de sueño y de fatiga Simón entrecerró los ojos y la
escena se tornó más vívida. Pero ya no eran solamente
obreros, sino que también había labriegos. Al fondo
extendíase una llanura espaciosa, inconmensurable. Aquel
cordón humano era tan largo, que de un extremo a otro no
tenía fin. Parecía como si un hálito maldito los fuese
empujando hacia adelante. Algunos rodaban en el polvo; los
demás, sin hacer caso, pasaban sobre los que caían. Simón,
repentinamente, vio que marchaba al lado de “ellos”. “Al
cabo estoy soñando”, pensó para tranquilizarse. Y, en efecto,
se tranquilizó. En un principio caminó con asombrosa
ligereza; pero hubo un momento en que sintió que las
fuerzas lo abandonaban, y sus piernas comenzaron a
flaquear. “¡Al cabo estoy soñando!”… La voz, sin embargo,
parecía falsa, y hasta acabó por opacarse.
“¡Voy a rodar como los demás, y nunca más me levantaré!
¡Yo no quiero ir!… ¡Socorro!”.
Las palabras pugnaban por escaparse de la boca; pero se
ahogaban en débiles sollozos. Un ansia horrorosa le oprimía
el corazón, y en vano hacía esfuerzos desesperados por
tenerse en pie.
Al fin, rodó por tierra. Un hombre de talla corpulenta le puso
un pie en el pecho, presto a pasar encima. Entonces Simón
reconcentró sus energías, hizo un esfuerzo inaudito,
sobrehumano, y movió las piernas; pero en lugar de
enderezarse, despertó.

No resultaría arriesgado postular que la totalidad de la novela pivota en torno a


este contenido onírico. En efecto, en el Capítulo IV, cuando los tres amigos son
cercados por el enemigo, se esconden en una hondonada y esperan la noche para
escapar. Al momento de salir de su escondite, se remarcan las dificultades de los
personajes para caminar:

Simón avanzaba fatigosamente, y Santiago cojeaba con


frecuencia. Una pisada en falso en algo que él creyó un
manchón de yerba, y resultó un agujero. El pie izquierdo le
dolía terriblemente.
(…)
Pero iban sin ruta definida, vagando al azar, entre zarzales
que martirizaban los pies y hacían sangrar las manos. Simón
comenzó a desesperarse.
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Cipriano Campos Alatorre / Los fusilados

Asimismo, en el tramo final de la novela, cuando se halla con sus dos compañeros
encerrado en un calabozo en espera de ser fusilados, Simón había perdido su
movilidad, “tenía las piernas agarrotadas y su cuerpo pesaba como un plomo”
(Capítulo V). Precisamente en esa circunstancia vuelve a soñar:

Simón, decaído, aniquilado, dormitaba a ratos; pero de


improviso despertaba sobresaltado, como si rodara desde
una montaña empinadísima, descendiendo de pronto a un
precipicio sin fondo. Martina se le había aparecido en
sueños. El cuerpo desnudo, grotescamente abultado en los
pechos y en el vientre. El rostro embadurnado, tieso de
pintura hasta inmovilizarse en una sonrisa despiadada y
cínica. A intervalos le movía el dedo índice como se hace, en
son de burla, ante los niños pequeños:
—Te van a fusilar, Simón, te van a fusilar… ¡Me alegro!
Cuando no, era un ferrocarrilero de cara tiznada, bigotes
desaliñados, enormes, absurdos. En seguida un viaje
fantástico en ferrocarril. Simón iba sobre el techo de un
furgón de carga. El tren caminaba con un estruendo
ensordecedor de latigazos metálicos: “Tácata, tácata,
tácata”…
La máquina, negra y furiosa como un monstruo
endemoniado, corría lanzando aullidos pavorosos. Simón de
repente perdía el equilibrio, daba una voltereta en el aire, ¡y
al suelo!… En el preciso momento del choque, sus ojos se
abrían desmesurados. Nada. La noche clara, tranquila, y el
lejano fulgor de las estrellas. Los centinelas de vista que
paseaban con el fusil al hombro, y a un lado la silueta de
Evaristo con sus espaldazas encorvadas e inmóviles.
(Capítulo V).

Este segundo sueño entabla evidente relación con el primero. En él se retoma


(plenamente adulterada, ahora sí) la imagen de Martina. Y también la del
ferroviario, su amante. La noción de ‘caída’, las acciones de ‘no poder tenerse en
pie’ y ‘caer rodando’, al entrar en relación etimológica con el vocablo ‘cadáver’
(cuerpo caído), obran de prefiguración de la muerte, la propia y la de todos, en el
contexto inestable e impredecible de la revolución. La novela pareciera
desarrollarse, entonces, entre esas dos construcciones oníricas, las cuales obran a
modo de sendas polaridades entre las que se imanta la totalidad de aquella.

Paso, por último, a la cuarta cuestión, la de la función textual del personaje de


Simón. Cabe inquirir, entonces: ¿por qué resulta justamente Simón el personaje
elegido por el narrador para obrar de dador de aquellos sueños tan importantes en
la economía del texto? Pues porque él funciona, precisamente, a manera de doble
11

del narrador en el interior del mismo. Digo esto amparado en una lectura analítica
(que el texto por cierto propone y reclama); interpretación que apuntaría a
Página

subrayar la preeminencia textual de Simón en tanto este personaje reviste,

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claramente, la significación simbólica del castrado. Nótese, por caso, que Simón es
el único personaje proveniente de la ciudad, o bien, el único que no es campesino y
el único que no ha tenido hijos. Él ha trabajado en una fábrica y, específicamente,
en una hilandería. Más aún, operaba un telar, ¡tejía! No hace falta que remarque los
vínculos entre el tejido y el texto, entre la acción de narrar y la de tejer.
Recordemos que Simón —según adelanté más arriba— es un hombre-feminizado,
mientras que su ex mujer, Martina, es una mujer-masculinizada:

—Martina. Es alta, fuerte…, con unos brazos así… Cada vez


que peleábamos yo salía perdiendo. Todo por un maldito
fogonero que corría en el tren México-Puebla, y me hizo la
vida desgraciada…
(…)
—¡Fíjate, llegué a sorprenderlos en mi misma casa, una vez
que regresaba temprano de la fábrica! El muy… tuvo tiempo
de escaparse. Martina se puso hecha una furia. Peleamos, y
como siempre, me ganó. Un palo en la cabeza, y cuando volví
“a mis cinco sentidos”, los vecinos me dijeron que se había
ido… Al poco tiempo se cerró la fábrica; todos quedamos en
la calle. Y, ¿pasas a creerlo? Martina volvió dizque muy
arrepentida. Parece que todavía la estoy viendo de rodillas,
pidiéndome perdón y llorando como si de veras… (Capítulo
I).

Incluso el propio Simón se describe a sí mismo de manera des-virilizada:

—Yo tengo el corazón sensible, hermano. Me veo y ni yo


mismo entiendo mi genio… Soy muy raro. La perdoné y
vivimos en paz algunos días. Pero luego comencé a fijarme
que salía todas las tardes a visitar a una tal doña Remedios, y
que al anochecer regresaba muy pintada y compuesta. “Y
ésta qué tendrá, y ésta qué tendrá”… Yo me hacía cruces. Se
me acabaron los pocos centavos que tenía ahorrados, y de
repente… ¡que mi mujer desaparece! (Capítulo I, los
subrayados me pertenecen).

Para concluir, luego del fusilamiento es Simón quien se resiste a morir.


Increíblemente, intenta escapar con dos tiros en su espalda y es perseguido por un
soldado que esgrime un machete:

Simón se estiraba, se encogía, y daba saltos inverosímiles;


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pero de pronto se detuvo. Un machetazo había dado en el


blanco. Con un hombro casi desprendido, y regando la tierra
Página

con su sangre, cayó de rodillas.

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Cipriano Campos Alatorre / Los fusilados

—¡Hermano… hermanito…! ¡No me vayas a matar!


Un segundo golpe le cortó el brazo derecho, y el tercero lo
alcanzó en la cabeza. Se oyó un ruido hueco, extraño, como
cuando parten una calabaza, y el cuerpo rodó pesadamente.
(Capítulo VI).

La cita previa me exime de mayores comentarios: el modo en que la muerte de


Simón es representada evidencia de manera incuestionable el motivo de la
castración.

El autor

Acerca de la breve vida de Cipriano Campos Alatorre, registremos que principia en


la localidad de Tapalpa, Jalisco, el 31 de julio de 1906, y concluye en el municipio
de Tenancingo, estado de Tlaxcala, el 10 de enero de 1939.

Hombre taciturno, dotado de una inteligencia fuera de lo común, supo padecer el


asedio insistente de la pobreza. Se desempeñó, durante sus años finales, en las
oficinas de la Secretaría de Educación Pública (en cuyo departamento editorial se
codeó con Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, Carlos Pellicer y Efrén Hernández),
en la Universidad Nacional y en las redacciones de diversos periódicos importantes
de la época.

Antes, Campos Alatorre había dedicado la mayor parte de su tiempo a la enseñanza


en escuelas rurales. Este hecho (sumado a su corta vida) determinó que su
producción literaria fuera escasa. No cultivó la poesía, como sus pares del grupo
Contemporáneos, sino una narrativa de corte social; a tal punto, que Luis Leal lo
sindicó como precursor del neorrealismo. Otros críticos han señalado que ciertos
rasgos de su obra prefiguran la de Juan Rulfo.

Los fusilados, su único libro publicado en 1934, consta, según se adelantó, de cuatro
cuentos y de la novela corta que le da título. El referente histórico de la nouvelle
que ahora presentamos alude a hechos ocurridos en el año 1915, cuando se
produce el rompimiento entre los partidarios del movimiento armado de Emiliano
Zapata (al que pertenecen los tres personajes protagónicos: Evaristo Ramos,
Santiago Luna y Simón Gutiérrez) y el gobierno constitucional de Venustiano
Carranza. Es así como la lucha agraria en pos del postergado reparto de tierras
enfrenta a los ‘agraristas’ contra los ‘carrancistas’, siendo el punto de vista
adoptado por la instancia narrativa el de los primeros, esto es, el de los rebeldes.
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Referencias bibliográficas

HERNÁNDEZ, Efrén (1976). “Cipriano y yo”. En Revista de la Universidad de México,


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LEAL, Luis (1963). “Cuentistas mexicanos: Cipriano Campos Alatorre”. Revista


Mexicana de Cultura de El Nacional, N° 823.

LORENTE MEDINA, Antonio (2011). “La novela de la Revolución Mexicana”, en


Trinidad Barrera (Coord.), Historia de la literatura hispanoamericana, Tomo III
(Siglo XX), Madrid, Cátedra.

PAÚL ARRANZ, María del Mar (1999). “La novela de la revolución mexicana y la
revolución en la novela”, Revista Iberoamericana, Vol. LXV, N° 186.

SANCHEZ CARBÓ, José (s/d). “’Tanto correr y tanto susto y tanta hambre ¿pa´qué?’.
El cuento de la revolución mexicana y los personajes periféricos”. En
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TOLEDO, Alejandro (2011). “El cuento de Cipriano”. En Casa del Tiempo, Revista de
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México, Instituto de investigaciones Filológicas.

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Cipriano Campos Alatorre / Los fusilados

LOS FUSILADOS

¡Qué descansar ni qué ojo de hacha! ¡Esos infelices nos darían alcance, y acabarían con
nosotros!

—Yo estoy acostumbrado a las jornadas largas, y, sin embargo, siento que no puedo con
mis huesos —respondió Evaristo Ramos.

Santiago Luna señaló sus pies desnudos, renegridos.

—Yo también voy no sé ni cómo. Hace un rato venía caminando dormido, a pesar de mis
“pezuñas” desolladas…

Simón se contentó con bajar la cabeza. Descolorido y flaco, sus labios delgados se
contraían de vez en cuando. Por la expresión de sus ojos pequeños y grises, se adivinaba
luego una fatiga muy grande. A veces arrastraba los pies, y la culata del fusil iba dejando
una huella serpentean te a lo largo del camino.

Al último venían las mujeres. Por dondequiera las mismas miradas de cansancio. Gestos de
angustia petrificados en los rostros mugrosos y cetrinos. Algunas soldaderas traían
carrilleras de parque sobre las espaldas casi desnudas, y otras dos, encinta, muy pálidas,
caminaban trabajosamente, con las piernas abiertas, y deteniéndose a cada paso.

La mañana era gris y había nubarrones negruzcos y revueltos, como tizne embarrado a
escobazos sobre el muro plomizo de una cocina. Sólo en oriente flameaban las nubes del
celaje tintas en un bermellón sucio y cenizo. Pero como a eso de las doce, el cielo se
despejó completamente, y el sol reverberó como nunca sobre el lomo trigueño de la tierra.

A las tres de la tarde, el regimiento hizo alto. Dos días con sus noches de marcha
ininterrumpida, después de la última derrota, con una escasez casi absoluta de víveres,
tenían a la tropa extenuada y de un humor negro.
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Una de las mujeres había muerto de insolación, y otra acaba de dar a luz un niño.
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Cipriano Campos Alatorre / Los fusilados

—Esto es de veras insufrible.

—Decís muy bien, compañero. Son nuestras pobres viejas que nos andan siguiendo sin
descanso, las que sufren sin deberla ni temerla.

Otras soldaderas, condolidas del suceso, habían juntado harapos. Entre ellos agitaba sus
piernas flacas, con la piel rugosa y extrañamente amoratada, el recién nacido, cuyas manos
y pies, absurdamente pequeños, parecían los miembros de un feto viviente. Pero la mujer
se incorporó, tomó al niño en sus brazos, lo miró largamente y le dio el seno. Un seno
marchito y amarillo como una vejiga desinflada.

—A descansar —clamó Evaristo.

—Sí, ya vimos bastante —repuso Santiago, tomando por el brazo a Simón. Este parecía
preocupado y suspiró profundamente. Allá lejos se extendía la larga cadena de montañas
con sus moles pelonas, ásperas y grisáceas, semejantes a pieles roñosas de enormes
cuadrúpedos echados.

En rededor se habían encendido fogatas y las mujeres calentaban la miserable provisión


de tortillas duras.

—¡Agua, agua! —gritó un soldado agitando su sombrero encima de unos breñales.

Los quince o veinte hombres que acudieron volvieron desilusionados. Era un maldito
charco de agua cenagosa y hedionda a orines de caballo.

—La enferma tiene fiebre y está pidiendo agua.

—No des guerra ya, vieja latosa —respondió un capitán de cara angulosa y enjuta—.
Ustedes, cuando menos, la bebieron antes de salir del pueblo.
Nosotros, ni eso. Apenas tuvimos tiempo de correr. Como que yo dejé una botella de
legítimo Oaxaca… —agregó, suspirando, y como si ante sus ojos se esfumara una bella
visión de ensueño.

En este momento su cara se mostró más angulosa aún. Las mejillas, ligeramente hundidas,
parecían cortadas en planos simétricos, triangulares, como los de una escultura de
madera, trabajada así, a propósito.

—¿Y duraremos aquí mucho, mi capitán? —interrogó un soldado aproximándose.

—Nada más que el tiempo necesario para descansar. Esos malvados parece que llevan alas
en los pies. Si tienes un cigarro, dámelo. A veces con eso se distrae la sed.

—Cómo no, mi capitán…

El soldado metió la mano al seno y sacó una caja de cigarros.

—Son de los finos, mi capitán. Cuando menos por un día no fumará cabellitos de elote
envueltos en hojas de maíz.
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El cielo comenzaba a nublarse de nuevo. Un aire fresco, ligeramente húmedo, soplaba


sobre la inmensa llanura poblada de magueyes.
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A las cinco la tropa recibió órdenes de marcha y la gente se puso en movimiento.

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—En nombre de Dios, por su santa madre, no me vayan a dejar sola —gimió la mujer
recién parida, incorporando el cuerpo, y estirando entre la blusa, hecha jirones, sus brazos
sucios y magros. La cara amojamada de ojos hundidos, desmesuradamente abiertos, tenía
una expresión verdaderamente espantosa.

—¡Mi vieja, mi vieja! —exclamó un sargento en tono suplicante—. ¡Mi capitán!, ¿qué
hago?… ¡Yo no puedo dejar a mi vieja!

El capitán Fragoso miró a la mujer con muestras visibles de impaciencia.

—No deberían traerlas así… por acá… A veces no sirven más que de estorbo. Trépala en mi
caballo y date prisa. La estación no está muy lejos. Tal vez allá la podamos atender.

Un descamisado ayudó a cumplir la orden. El cuerpo no pesaba mucho. La mujer se


quejaba débilmente y fuera de la falda asomaban sus piernas flacas y enjutas, cual dos tiras
de cecina.

La oscuridad del cielo era cada vez más densa, y unas nubes pesadas, blancuzcas, iban
rodando sobre la cresta de la sierra.

Diez o quince minutos más, y se desató un aguacero torrencial.

—Nos mojaremos y reverdeceremos —prorrumpió Simón de pronto, saliendo de su


habitual ensimismamiento.

Aquel inesperado arranque de buen humor no dejó de sorprender a los demás.

—Pero la tierra está tan seca, que ni un charquito siquiera para remojar la lengua —
repuso Evaristo—. A no ser que te chupes la camisa…

Santiago explicó que en la próxima estación del ferrocarril tendrían agua en abundancia.

—Hay un río que corre cerca —concluyó, quitándose el sombrero de labriego y


sacudiéndolo. Allá podremos beber a reventar.

A la lívida luz de los relámpagos, la caravana de hombres y mujeres tenía un aspecto casi
irreal y fantástico. Sobre el lodo chapoteaban groseros zapatones de vaqueta, pies
agrietados y deformes, haciendo muecas horribles con sus dedos torcidos y sangrantes;
talones rugosos como la piel de paquidermo…

Calmada la lluvia el cielo comenzó a aclararse; pero no fue sino hasta muy entrada la
noche, cuando aquel puñado de doscientos hombres llegó a inmediaciones del poblado.

La estación estaba completamente desierta. Ni alma viviente en los andenes. Sólo una
locomotora de patio interrumpía el silencio con el jadeo acompasado de su bomba de aire.

—Oiga, mi coronel, la verdad… yo ya me muero de hambre…

—Lo mismo decimos nosotros. Todavía uno se puede aguantar como los hombres; pero
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las…
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—¿Sabe usted, mi coronel —prorrumpió Evaristo mezclándose al grupo— que nosotros


estamos hasta el copete de todo esto? Nueve años consecutivos de lucha por el

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agrarismo… Tierras por aquí y tierras por allá. Y al final del cuento no adquirimos más
tierra que en la que nos caemos muertos.

—Hablas como un libro, comentó Santiago Luna, rascándose.

El coronel se puso pensativo.

Vestido a la usanza de los labriegos sureños, su alta figura sobresalía de entre el grupo
compacto de soldados. Bajo la fina nariz de pico de águila, caían los bigotes desaliñados,
lacios, cuyo color tordillo se hubiera podido notar a la difusa claridad de la noche.

—No hay más remedio que aguantar, muchachos. Ya nos metimos… y no vamos a hacernos
para atrás…

—Seguramente que no.

—Nomás eso faltaba.

—¡Claro!, lo que es ahora prende o se seca.

—Y ya que viene al caso, ¿saben ustedes los días que tengo yo de no probar bocado? El
silencio que se hizo fue tan profundo, que se alcanzaron a oír los ronquidos de un soldado
dormido en la sala de espera.

Hubo cuchicheos apenas perceptibles:

—¡Diantre de Mónico!, nomás se acuesta y ronca que da gusto.

—Cállese, vale, no vaya a ganarse “un frijol” del coronel.

Luego surgió la voz de Magaña, lenta, grave; pero al mismo tiempo hueca y cavernosa,
como salida del fondo de una noria.

—¡Tres días! ¡Maldita la necesidad que tenía de decírselos! Medio queso podrido que logré
conseguirme en un rancho, se lo di a la mujer enferma… y no me quejo.

—¡Mi coronel, mi coronel!

Abriéndose paso con los codos, llegó el sargento, marido de la soldadera parturienta.

—¿Qué te pasa, muchacho?…

—Mi coronel, yo… yo…

—¿Tú qué?…

—Venía a decirle que mi… mi mujer… pues se… se…

—Se murió, concluyó Magaña, brutalmente. Bueno, hijo, son cosas de “la bola”. Vélenla y
mañana la entierran.
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—Pero es que mi hijo… es decir, yo iba entre la gente de adelante… No me di cuenta… No


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lo encuentro…

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—¿Si?

—Yo vi cómo se cayó del caballo cuando arreciaba la tormenta — interrumpió un soldado
pequeñín, semidesnudo y con mal del pinto—. La señora iba tan mala que ni cuenta se dio.
Quise cogerlo y traérmelo; pero el pobre estaba helado. Lo menos tenía dos horas de
muerto, y preferí dejarlo en el camino…

—Hiciste bien… Qué más podíamos hacer.

—Son cosas de “la bola”, interrumpió entre burlón y serio Evaristo Ramos.

—Y ahora, a descansar. Sólo espero que regresen dos hombres que mandé al pueblo. Hay
que ser precavidos. Mañana tal vez podremos entrar, y sea como sea, qué comer no ha de
faltarnos…

La cara del coronel Magaña se contrajo:

—¿Y esa máquina?…—interrogó señalando la locomotora de patio.

—Está sola —repuso el capitán Fragoso—. Es seguro que el maquinista nos sacó la
delantera y corrió a tiempo…

—Ya lo saben, pues, muchachos. Mañana a estar prevenidos. ¡Pásenla bien todos!…

—Buenas noches, jefe.

Algo más alentados los soldados, se comenzaron a retirar en desbandada.

—Oye, Evaristo —clamó Simón, echando el brazo a su compañero. Yo no he podido


entender eso del “agrarismo”, por más que lo estoy oyendo a cada instante.

Simón Gutiérrez era del estado de Tlaxcala, y hacía unos cuantos días se había filiado a las
fuerzas zapatistas.

—¿Qué oficio tenías allá en tu tierra, hermano?

—Trabajaba en una fábrica de hilados y tejidos.

—Con razón estás en ayunas de todo… Ponme mucho cuidado y te lo explicaré…

A continuación comenzó Evaristo a hacer una larga y embrollada disertación sobre el


fraccionamiento y reparto de ejidos.

Al final, Simón quedó asombrado.

—Algo entendí de eso… Pero, ¿de modo que hasta los más pobres tendrán su terreno que
sembrar?

—Exactamente.
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—¿Y enteramente suyo?


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—Así como lo estás oyendo.

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—Pues mira, si he de hablarte con franqueza, yo nomás me di de alta porque en la revuelta


cerraron las fábricas, y no había una tortilla que comer. Primero pasaron los carrancistas y
estuve a punto de partir con ellos, pero me sentí algo enfermo… Cuando los fui a buscar se
habían marchado. Rodando vine a dar con ustedes. Yo pensaba que de morir de hambre a
morir de un balazo, era preferible lo último, ¿qué te parece? Pero ya veo que aquí se pelea
por algo…

—¿No tienes hijos ni mujer?

Solamente mujer. Es decir, la tenía, porque ella acabó por enfadarse y dejarme… ¡Un
cuento triste! —añadió Simón, muy pensativo.

—¿Cómo se llama tu mujer?

—Martina. Es alta, fuerte…, con unos brazos así… Cada vez que peleábamos yo salía
perdiendo. Todo por un maldito fogonero que corría en el tren México-Puebla, y me hizo la
vida desgraciada…

—Debiste pensarlo antes de enredarte. Eso no a todos les sucede…

—¡Fíjate, llegué a sorprenderlos en mi misma casa, una vez que regresaba temprano de la
fábrica! El muy… tuvo tiempo de escaparse. Martina se puso hecha una furia. Peleamos, y
como siempre, me ganó. Un palo en la cabeza, y cuando volví “a mis cinco sentidos”, los
vecinos me dijeron que se había ido… Al poco tiempo se cerró la fábrica; todos quedamos
en la calle. Y, ¿pasas a creerlo? Martina volvió dizque muy arrepentida. Parece que todavía
la estoy viendo de rodillas, pidiéndome perdón y llorando como si de veras…

—Así son todas, interrumpió Evaristo con convicción.

—Yo tengo el corazón sensible, hermano. Me veo y ni yo mismo entiendo mi genio… Soy
muy raro. La perdoné y vivimos en paz algunos días. Pero luego comencé a fijarme que
salía todas las tardes a visitar a una tal doña Remedios, y que al anochecer regresaba muy
pintada y compuesta. “Y ésta qué tendrá, y ésta qué tendrá”… Yo me hacía cruces. Se me
acabaron los pocos centavos que tenía ahorrados, y de repente… ¡que mi mujer
desaparece!

—¿Otra vez el ferrocarrilero?

—No. Al cabo de una semana la encontré en la calle, ¿y sabes tú lo que dijo? (¡ah!, se me
había olvidado decirte que traía una falda así…de corta); pues que no quería morirse de
hambre, que se había ido a una casa donde comería bien y vestiría mejor.

—¿Se fue a servir de…?

—Eso mismo. Creo que de tanto sufrir ya ni sentí. “Todo se paga en la vida”, pensé… Pero
vinieron unos días terribles para mí. Hambreado y con lo que acababa de pasarme… “Me
doy de alta, ni remedio”. Y aquí estoy.

—¿Y no has vuelto a tener noticias de ella?


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—Sí, por casualidad. Hace poco un compañero de trabajo me dijo que la había visto en
Apizaco, en una casa de esas…
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Evaristo soltó la risotada:

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—Alégrate, mi cuate. ¡A dónde ibas a dar con semejante cataplasma!

Pero en seguida se tornó sombrío:

—¡Hum… quién sabe!… Mi mujer y mi chamaco… Hace como dos años que no he podido
verlos…

****

La oscuridad era fría, espesa, húmeda. En torno el ronco croar de las ranas y el silbido
monótono, agudo de los grillos. El tinaco del agua alzaba su masa negra, como una tetera
gigantesca.

Simón pensó en su vida pasada… Se vio de pronto en la fábrica, pegado a su telar y


trabajando sin descanso. Luego, por su imaginación, desfiló un ejército de obreros. Todos
llevaban trajes idénticos: blusa blanca y calzón blanco. Resaltaba en contraste con las
ropas el tono cobrizo-oscuro de sus caras, sus manos y sus pies. Caminaban encorvados al
peso de grandes pacas de algodón.

Rendido de sueño y de fatiga Simón entrecerró los ojos y la escena se tornó más vívida.
Pero ya no eran solamente obreros, sino que también había labriegos. Al fondo extendíase
una llanura espaciosa, inconmensurable. Aquel cordón humano era tan largo, que de un
extremo a otro no tenía fin. Parecía como si un hálito maldito los fuese empujando hacia
adelante. Algunos rodaban en el polvo; los demás, sin hacer caso, pasaban sobre los que
caían. Simón, repentinamente, vio que marchaba al lado de “ellos”. “Al cabo estoy
soñando”, pensó para tranquilizarse. Y, en efecto, se tranquilizó. En un principio caminó
con asombrosa ligereza; pero hubo un momento en que sintió que las fuerzas lo
abandonaban, y sus piernas comenzaron a flaquear. “¡Al cabo estoy soñando!”… La voz, sin
embargo, parecía falsa, y hasta acabó por opacarse.

“¡Voy a rodar como los demás, y nunca más me levantaré! ¡Yo no quiero ir!… ¡Socorro!”.

Las palabras pugnaban por escaparse de la boca; pero se ahogaban en débiles sollozos. Un
ansia horrorosa le oprimía el corazón, y en vano hacía esfuerzos desesperados por tenerse
en pie.

Al fin, rodó por tierra. Un hombre de talla corpulenta le puso un pie en el pecho, presto a
pasar encima. Entonces Simón reconcentró sus energías, hizo un esfuerzo inaudito,
sobrehumano, y movió las piernas; pero en lugar de enderezarse, despertó.

—¡Demonio de Evaristo!, ¡quita de aquí las patas!

—¡Qué sucede!…

—¿Tú no has caído todavía?

—¡No he caído dónde!…


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—¡Ah!, vaya. ¡Qué pesadilla tan horrible!


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Al frente, dos hombres arrebujados en mantas de lana murmuraban, de hinojos, sus rezos
junto al cadáver de la soldadera. Sus siluetas encorvadas e inmóviles se destacaban contra
la luz difusa y temblorosa de dos velitas de cera.

El cuadro, conmovedor y sencillo al mismo tiempo, tenía la simplicidad primitiva de esos


retablos populares, que adornan nuestras capillas de villorrio.

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II

Por fin, quiso Dios que amaneciera. Allá en oriente brotó una claridad incierta. Las nubes,
primero negras, paulatinamente se fueron tornando de un violeta oscuro, para bañarse
después en las tintas de un vivo carmesí. Finalmente se volvieron doradas, y entonces
asomó el sol. Las montañas, los árboles, las casas tenían contornos anaranjados, y los
charcos del agua llovediza espejeaban las maravillas del celaje.

—Arriba, muchachos; hay que meterse al pueblo antes de que vengan las tropas del
gobierno y no nos dejen conseguir un pan.

Las órdenes se iban dando entre gruñidos e insolencias, y la tropa respondía de igual
manera. Esto significaba que, en el fondo, tanto jefes como subordinados se veían como
hermanos.

Dos reclutas cavaron una fosa, y otros dos se encargaron de enterrar a la mujer muerta el
día anterior.

Alguna oración breve… y adelante.

Sólo a la luz del día se podía mirar aquella gente en plena apoteosis de miseria. Las caras
terrosas y amojamadas, los ojos hundidos por las fatigas y el hambre, mirando desolados y
vagos en la lejanía.

Simón, entre Santiago y Evaristo, contaba muy impresionado su sueño.

—¿Qué significaría aquello?

Evaristo se encogió de hombros.

Santiago pidió que repitiera algunos pasajes.

—Es de buen agüero, prorrumpió cuando ya casi sus compañeros se habían olvidado del
asunto. Significa que debemos seguir “dándole”.
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Evaristo se destapó a carcajadas.


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—Si en eso consiste el buen agüero, anda y muele a tu… con tu agüero.

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Santiago, muy a su pesar, no pudo proseguir porque las risas de los demás se lo
impidieron.

A las ocho habían llegado al zócalo del desmedrado pueblecillo. Magaña mandó que se
buscaran comestibles. Tarea inútil. Todas las tiendas cerradas, y los vecinos como si se
hubieran puesto de acuerdo se hicieron sordos y se negaron a vender comida.

—¡Malagradecidos!, por ellos andamos arriesgando el cuero, y no son siquiera para darnos
un taco.

—No es que nos falte voluntad, mi jefe —dijo una arriero, aproximándose, y como con
temor de ser oído—. Hace ocho días vinieron soldados del gobierno y como supieran que
unos vecinos habían auxiliado a dos pobres agraristas, el jefe mandó aprehender a la
familia. Sólo de milagro pudieron escaparse la mujer y el hijo. Al marido, después lo
agarraron y lo colgaron al salir del pueblo. Usted lo podrá ver cuando se vaya, al lado de
otro hombre ahorcado hace dos meses, nomás por meras sospechas… Ni quien se atreva a
bajar los cadáveres… ¡Todos están escamados!…

El hombre reflexionó un momento.

—Sígame acá, jefe.

Magaña siguió al arriero, hasta que éste se detuvo en una esquina.

—Esta es la tienda de los hermanos Zaragoza. Unos bandidos que han hecho su capital
explotando al pueblo, y son muy adictos a Carranza. Anoche se fueron porque alguien les
dio la noticia de que ustedes venían.

—¡Capitán Fragoso, muchachos!…

Un tropel de hombres haraposos acudió al instante.

—Vosotros sabéis perfectamente que la gente de Zapata no roba… más que cuando hay
necesidad imperiosa de ello. Los dueños de esta tienda han huido de miedo, y porque
tienen motivos sobrados para hacerlo… Estáis en completa libertad.

No fue necesario insinuar de nuevo. La chusma, por toda respuesta, rompió a balazos las
chapas de las puertas, y en un momento empezaron a salir grandes sacos repletos de
harina, frijol y maíz. Cajas de galletas y latas de salmón y de sardina.

Unos comían las galletas a puñados, casi tragándolas enteras. Otros destapaban limonadas,
y los de más allá abrían con cuchillos o con lo que podían, latas de pescado.

El soldado con mal del pinto, que no tenía más ropas que unos pantalones hechos tiras,
hurgó con tales ansias un bote de salmón, que casi se rebanó un dedo.

—No habíamos dado con lo bueno —canturreó Evaristo, sacando con aire de triunfo una
brazada de botellas de jerez y vino tinto.

—Aviéntanos una por acá.


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—Tomaos el trabajo de ir a la trastienda. Allí hay hasta para tirar.


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Santiago y Simón, cargados con tortas de pan frío y marquetas de queso, siguieron a
Evaristo hasta una de las bancas del zócalo.

Comieron y bebieron a reventar, y luego tiráronse a dormir. Una hora después


despertaron a los gritos de alarma de la tropa:

—¡Sálvese el que pueda, los carrancistas a la espalda!

Hombres y mujeres cargaron con lo que pudieron y corrieron a escape.

—¡Nadie dispara un tiro sin mi orden!—gritó Magaña, a voz en cuello.

Evaristo, Santiago, Simón y ocho soldados más, iban cuidando la espalda al jefe con los 30-
30 preparados.

Pronto dejaron las últimas casas del poblado.

Ya en pleno llano, y a la derecha del camino, descubrieron un árbol torcido y desmedrado.

Dos cadáveres pendían de entre las ramas.

Los fugitivos se detuvieron un momento.

—¡Carrancistas felones!… sólo ellos podían ser.

—¡Y así se admiran de nosotros!

Un cadáver desnudo, ennegrecido, oscilaba lentamente mientras las moscas zumbaban en


torno a la cabeza calva y descarnada. Las fuerzas leales habían hecho gala de una crueldad
inaudita: sujeta a los pies colgaba una piedra enorme, y además el calzado y la ropa de la
víctima.

El otro ahorcado era más reciente. El cuerpo túmido, macabro, despedía un olor
nauseabundo. Sobre el pecho tenía una mancha de sangre coagulada, como un pegote de
petróleo crudo.

El coronel movió la cabeza consternado y con los ojos enrojecidos.

—¡Vamos allá… muchachos!…

Y una mano nervuda, poderosa, señaló la azul y remota lejanía.


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III

Desde la áspera cresta de una loma, la aldea morelense con sus casucas diseminadas aquí y
allá. Luego los campos labrantíos en el más completo estado de abandono. Para colmo de
males, ni un hilito de humo entre el grupo miserable de chozas.

Santiago tuvo un presentimiento: “Mi mujer y mis hijos se están muriendo de hambre”.
Buscó en su bolsa de yute. Halló algunos panes y medio queso añejo que venía guardando
desde el día del saqueo en el pueblo de “M…”

Evaristo, igualmente preocupado.

—Quisiera llevarles algo más. Esto de no tener es de los diablos… Pero sólo que les dé el
corazón.

Su cuerpo alto y musculoso avanzaba a grandes zancadas, levantando los pies como
azadones.

Simón, como de costumbre, ni chistaba. Lo único que tal vez le tenía preocupado era estar
bajo techo, comerse el poco pan que le quedaba, y un pedazo de chorizo que traía en el
seno. En seguida… dormir. Después de una jornada de cuarenta leguas en dos días, no se
desea otra cosa.

Siguieron por un camino orillado de sabinos. Al poco tiempo apareció una choza. Luego
otra. Dos campesinos charlaban junto a la puerta de un redil.
Había una completa armonía entre las casas de adobe y techo de zacate, y aquellos rostros
color tierra, rematados por el mugriento sombrero de palma.

—¡Evaristo!

—¡Santiago!

Nada de frases efusivas ni de cumplimientos. ¿Para qué? Evaristo, simple y sencillamente


alargó su mano. Simón apenas esbozó un saludo. Santiago fue directamente a buscar a su
mujer, y la encontró atareada en poner el fuego.
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—No te molestes, Séfora. Para lo que traigo no se necesita lumbre.


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Séfora alzó su rostro demacrado y flaco, y preguntó si “en caridad de

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Dios” traía comida.

Santiago vació su bolsa en el camastro, y los ojos de la mujer brillaron. Iba a coger un pan;
pero se detuvo.

—Esperaré a que venga Lina.

Lina llegó con una brazada de barañas. Era una endeble muchacha de doce años, cuyo
cuerpo apenas si estaba cubierto de cintura a abajo. Lo demás, brazos y pecho, casi a la
intemperie.

—¿Y Félix?

La mujer señaló un rincón. Allí, entre la húmeda penumbra, había acurrucada una extraña
criatura de cuerpo diminuto y cabeza desmesuradamente grande. De la boca enorme,
entreabierta, salía un grueso hilo de baba. Cumplidos los nueve años, no podía aún
articular palabra.

—Alma mía de mi hijo… Lo tuve que amarrar. Como en muchos días no probamos bocado,
dio en la idea de ir al chiquero. Lo sorprendí comiendo porquerías…

Santiago no pudo contenerse por más tiempo, y se puso a llorar amargamente.

—También a nosotros nos ha ido de los perros, Séfora. Vamos muy escasos de parque, y
cada encuentro con los de Carranza nos cuesta un ojo de la cara.

—¿Y no hay esperanzas de que acabe esto?

—Sí, el día que nos maten a todos.

—Pero eso no puede ser —repuso Séfora, hecha también un mar de lágrimas. Y comenzó a
hipar dolorosamente.

—¿Puedo coger un pedazo de pan con queso, papá? —preguntó Lina, muy apurada,
señalando el camastro.

—Tómalo, y le das a tu hermano.

—Entonces, ¿lo desamarro?

—Sí, desamárralo.

El idiota articuló algo ininteligible y se puso a manotear de gusto.

—¡Ah!… ¡ah!… ¡ah!…

Una mano pequeña, espantosamente pequeña, se agitaba como un pedazo de piltrafa.

—Ven por acá, Felitos. Mira, papá nos trajo pan… Ahora vamos a comer bueno. ¡Quieto!…
Te voy a desatar.
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La voz silvestre y ladina de la niña tarareó una tonadilla:


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Tra-lará… lará…
Pan y queso, pan y queso…
Tra-lará… lará…
¡Y ay qué bueno!,
¡y ay qué bueno!…
Mi papá lo trajo,
para que solitos
nos lo comiéramos.
Tra-lará… lará…

Deshecho el nudo, Félix se fue enderezando torpemente, y pretendió avanzar algunos


pasos. Imposible. La cabeza le pesaba demasiado, y Lina tuvo que ayudarlo.

—Dame acá la mano… Una carrerita, otra carrerita… Ahora sí, ¡a comer!

Ya en la puerta del jonuco podía mirarse el rostro simiesco, acartonado en las mejillas
desnutridas, y unos ojos saltones, enormes, como los de un pichón recién nacido… La baba
daba un aspecto blando y gelatinoso al labio inferior, y a fuerza de estancarse en la
barbilla, había hecho una llaga.

—¿Quieres que te dé un pedazo?

—Ua, úa, úa…

—El más grande para ti.

—Ua, úa, úa…

—Luego nos vamos a jugar con piedrecitas al corral… Pero no hay que comer eso… ¡Fuchi!,
¡fuchi!… ¡Arrojarás un animal como el del otro día!…

—¡Uá!, asintió el idiota.

Y sonrió.

Santiago, entristecido, miraba a su hijo con una mezcla de lástima y horror al mismo
tiempo.

—“¡Un castigo de Dios, un castigo de Dios! ¡Es que de veras nos lo merecemos!”.

—¿En qué estás pensando ahora?

—¡Si de una vez se muriera!

—¿Si se muriera quién?…

—¡Ah!…, eres tú, Séfora…¿Me decías que qué?

—Hablabas de que alguien debía morirse.


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—Una mala ocurrencia, hija…


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—¿Por qué no te quedas con nosotros?

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—No puedo… Hoy mismo, antes de ponerse el sol, tendremos que reunirnos a la gente de
Eufemio Zapata.

Santiago tomó un cantarillo de agua, y comenzó a beber a sorbos lentos. Tres, cuatro
tragos… ¡Aquello era tan fresco y agradable! ¡Parecía que hasta la vista se aclaraba! Pero el
agua, demasiado fría, acabó por entumecerle las quijadas, y algo como un hormigueo le
subió por las mejillas, hasta causarle una aguda punzada en los ojos. En seguida un vahído,
y unas manchas rojas, verdes, violáceas, lo cegaban, oscureciéndolo todo en rededor. Una
última mancha, amarilla y enorme se disipó, y Santiago suspiró aliviado.

—Comed lo que os traje —agregó… —Volveré al rato. Quedé de ir con mi compadre


Justino.

No había tal entrevista con el compadre Justino ni mucho menos. Lo que sucedía era que
Santiago huía del horror de su casa… y salió, profundamente contristado.

Tras un alto cerco de piedra, media docena de rancheros charlaban en torno a una gran
cazuela, llena de semillas de calabaza tostadas.

—¡Miren quién está allí!

—¡Arrímate con nosotros, Tiago!

—Sí, será mejor —pensó éste. Abrió una vieja puerta de palos carcomidos y entró al corral
de don Justino.

—¿Gustas comer semillas?

—Gracias, a lo mejor vamos a correr como perros, con tanta lengua de fuera, y con eso da
mucha sed… ¡Compadre Justino!

—¡Ah!, ¡qué mi compadre Tiago! Siéntese conmigo, hombre. Cuéntenos cómo les ha ido.
¿Quién es el amigo que vino con ustedes?

—Uno de Tlaxcala, que se llama Simón, y hace quince días que anda con nosotros. Es buen
hombre… y no va a morirse pronto, mírenlo. Viene allí con Evaristo.

Los aludidos se acercaban con grandes ollas de pulque.

—Nos van a convidar “babita”, ¿verdad?

—¡Está claro! La traemos para los buenos amigos!

Evaristo se tornó solemne:

—Tengo el honor de presentar a ustedes a Simón Gutiérrez. Uno de esos amigos que rara
vez se encuentran. Véanlo con la misma confianza que si se tratara de mí… por ejemplo. Al
igual que nosotros, se anda jugando el pellejo por “la causa”.
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—Ya no me digas más —interrumpió Fidel, un campesino de cara inocentona y largos


bigotes abundosos—. Si pelea por “la causa”, es nuestro hermano…
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Cipriano Campos Alatorre / Los fusilados

Un fuerte abrazo vino a patentizar el reconocimiento por el nuevo amigo. A continuación,


como era de esperarse, acabó de celebrarse un acto tan solemne con las consiguientes
libaciones de pulque.

Don Justino levantó una olla:

—Por el triunfo de los agraristas, y porque Dios conceda larga vida a don Emiliano.

Don Fidel hizo lo mismo y se saboreó muy satisfecho.

—¡Caramba!, ¡qué buena está la “babita”!

De cada guía del bigote, colgábale un hilillo del líquido turbio y espeso.

Las ollas fueron pasando de boca en boca hasta quedar completamente exhaustas.

—Ahora —habló Evaristo—, pónganos al tanto de lo que ha sucedido por aquí.

—Como siempre —repuso don Justino—, el pescado grande comiéndose al chico. Ninguno
ignora que estas tierras son propiedad exclusiva del pueblo. Lo de las escrituras de Sabás
González, resultó lo que ya sospechábamos: una combinación bien hecha con las
autoridades, las cuales el día menos pensado nos echaron encima a los soldados. ¡Lástima
de cosecha tan bonita! No logramos un grano de maíz. Zapata nos mandó decir que no
desanimáramos. Y al principiar este año tuvimos carabinas y parque…

—Pero también tuvimos la vigilancia de las autoridades —añadió un anciano indígena,


enjuto de carnes y calva morena y relumbrosa. ¡Quién va a luchar contra esa gente! Ahora,
lo que hemos decidido es aguardar.

—Es cierto… ¡aguardar! De nada serviría sembrar, para que otros se aprovechen.

—Pues quién sabe —exclamó muy pensativo Evaristo—, en lo que irá a parar tanta
desgracia. Lo cierto es que nosotros nos vemos cada día más amagados… Huyendo de aquí
para allá, y sacándole el bulto a la muerte. No transcurre una semana sin que no perdamos
a cuatro o cinco de los nuestros.

—Sí… quién sabe… —repitió Santiago trazando figuras en la arena, con una caña de
rastrojo.

Simón, distraídamente, mascaba cáscaras de semillas tostadas.

—Coja de la cazuela, amigo.

Simón sonrió con una sonrisa incolora y boba.

—No… si nomás estaba…

Y todos guardaron un largo y profundo silencio.

Don Justino tuvo una idea que a los demás les pareció casi divina. ¡Matar el último
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marrano que le quedaba en el chiquero!


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—¡Al pelo!, eso quiere decir que habrá chicharrones.

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—Ahora lo quiero más, compadrito Justino…

Un labriego rechoncho y menudito, llamado Nemesio, se acomidió a hacer el sacrificio.

Evaristo sacó al animal de la pocilga; pero una vez fuera, el cochino clavó las patas en la
tierra, y no hubo manera de hacerlo caminar un palmo. Pedradas y empellones resultaban
inútiles.

—Pareces puerco —exclamó Evaristo, riendo, hasta tentarse el vientre.

Nemesio cogió al cerdo por una pata, jaló vigorosamente, y el animal rodó panza arriba. El
cuchillo brilló instantáneamente.

Largos, agudos, ensordecedores, los gruñidos fueron disminuyendo poco a poco, hasta
apagarse en un ronquido débil.

Entonces la cabeza del cerdo enseñó los colmillos, y tomó esa expresión peculiar de trágica
ironía, que parece mofarse de la crueldad de los hombres.

Caras hambrientas, descoloridas, empezaron a parecer en el corral.

—Don Justino, dice mi madre que si no puede fiarle medio kilo de pierna. Que pasado
mañana se lo paga.

—Don Justino, que si nos hace el favor de darnos tantita carne a cambio de una medida de
maíz.

—Don Justino, que si no presta un kilo de espinazo, mientras mi tío mata su marrano.

—No puedo fiar, ni cambiar ni prestar a nadie. Esa es la pura verdad. Maté el cochinito
porque estos hombres andan de camino. Pero daré a cada uno lo que pueda…

Dicho y hecho.

Medio marrano para los conocidos, y medio para los compañeros agraristas.

Trozos de carne por aquí, bofes y tripas por acá, y en término de dos horas los
chicharrones dorados, suaves, humeantes, envueltos en tortillas calientes.

En seguida, más pulque. Don Fidel, completamente ebrio, lloraba a lágrima viva y hacía
votos de amistad eterna a Santiago.

Evaristo, que en sus ratos de ocio era un algo músico y poeta a la vez, improvisó el
“Corrido de Simón Gutiérrez”, relatando las aventuras de éste, desde el día en que lo
abandonara la mujer:

Por ti, mujer desalmada,


me he dado a la perdición.
Prefiero morir de un tiro
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a morir por tu traición.


Ya con ésta me despido;
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señores, digan su adiós,


a un pobre desventurado

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que fue a la revolución.

****

Pardea la tarde. Por la meseta desierta y pedregosa, el cordón de campesinos astrosos,


macilentos, con la ropa de manta hecha jirones.

Las soldaderas atrás, caminando casi automáticamente. Los rostros inmutables que ya no
expresan ni emoción ni ansia.

Simón, una vez más, recordó la extraña visión de su sueño. De idéntica manera iban
caminando aquellas sombras enigmáticas… ¿A dónde irían? ¿En qué iba a parar tanta
matanza? Y por más que se torturaba el cerebro, la respuesta no surgía por ningún lado.

Primero descendieron por una cuesta empinada. Grandes peñascos grises y porosos
ponían su nota lúgubre, desoladora, en la tristeza del paisaje. Luego, un extenso valle
rodeado de montañas teñidas de un morado opaco, vago, triste, cuyos contornos casi se
confundían con el color ambiguo del cielo. Después, una extensa polvareda hacia el
poniente.

—¡La gente de Eufemio Zapata!

—¡Vamos a encontrarlos!

Por fin iban a luchar unidos. Eso quería decir menos sufrimientos y menos penalidades. No
era tan fácil para los carrancistas derrotar a un número ya considerable de hombres.

“Es raro —reflexionó Evaristo, quien la mayoría de las veces solía mostrarse
desconfiado—; pero no es éste precisamente el lugar donde quedamos de reunirnos…”.

—¡Oigan!… ¡No!, ¡no!… Si yo lo recuerdo perfectamente. El hombre que mandó don


Eufemio dijo que entre cinco y seis, detrás del rancho de los
Espinosa… Así como suena.

—¡Cállate el hocico, estúpido! —respondió un individuo alto y flaco; extraña mezcla de


pigmento caucásico y facciones inconfundibles de aborigen. Tenía el grado de teniente, y
de él se contaban anécdotas casi absurdas… —¿No podían salirnos al encuentro? Así nos
juntaremos más pronto… ¡Cabezota de cántaro! —agregó ya en tono de broma. Pero algo
falso y repulsivo había en la sonrisa de aquellos labios blanquizcos y abultados, que desde
luego repelía.

—Pues ojalá y no suceda una desgracia…

La gente, sin reparar en ello, iba caminando más de prisa, a excepción de una soldadera
anciana que venía al último y que padecía reumas. El cuerpo gordiflón, aguado, era una
bolsa dividida en tres: los senos como dos grandes ampollas amarillas, un vientre colgante
y flácido, formándole una doble papada repugnante.
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Pero al poco tiempo Magaña se detuvo bruscamente, y dio órdenes de que no se avanzara
un paso más.
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—¡Por vida de!… ¡Son los carrancistas!

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Pareció como si una mano invisible hubiese puesto una pincelada verde en todos los
semblantes.

—¡Y son muchos, mi coronel!, dijo el capitán Fragoso, poniéndose una mano encima de los
ojos.

—Desparrámense todos, y contesten el fuego en retirada.

Súbitamente la nube de polvo se hizo más espesa, y se alcanzó a oír el galopar de los
caballos.

Las mujeres huyeron despavoridas a los lados, y los hombres se acomodaron detrás de los
breñales y las protuberancias del terreno. Las primeras detonaciones fueron aisladas; pero
luego se desató un nutrido tiroteo.

—¡Viva el presidente Carranza!

—¡Viva Pablo González!

—¡Mueran los bandidos!

Una ametralladora comenzó a disparar furiosamente. Era el seco y nutrido repiqueteo de


una matraca.

Los caballos, en carrera desenfrenada, se iban aproximando por instantes.

En el lado opuesto, el humo de la fusilería simulaba diminutas, dispersas polvaredas.

—¿No tienes bala, hermano? ¡Allá te va una!

—¡Guárdasela mejor a tu familia!

—De todos modos… ¡Toma!

—¡Bandidos, correlones!

—¿Y ustedes, qué hacen? ¡Lamerle las botas a Carranza!

—¡Carranza es su padre!

—¡Padre de los puercos!

—¡Entonces, tú serás puerco!

Magaña se echó el rifle al hombro e hizo cuatro disparos consecutivos.


“¿Habré tumbado a alguno?” —díjose—. “Con este terregal de los infiernos, quién es capaz
de averiguarlo!…”.

Pero en seguida dejó caer el arma, dio un gran salto con los brazos en alto y se desplomó
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boca abajo. En un esfuerzo supremo quiso incorporarse. No logró, sin embargo, más que
volver la cara llena de tierra y sangre. Luego una niebla espesa le envolvió el cerebro, y los
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ojos se le fueron empañando lentamente. Si acaso, como una última impresión, un pedazo
de cielo azul y transparente, y una brizna de hierba que se le fue a posar sobre la barba.

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IV

Pálido, desquijarado, sudoroso. Simón, en una pequeña hondonada apenas se atreve a


respirar. A poca distancia… Santiago, en cuclillas, contempla, azorado, la copa de su
sombrero aportillada. Los 30-30 a un lado, y maldito para lo que sirven. No queda un solo
cartucho.

—¿Y Evaristo?

—Aquí estoy.

—¡Con setenta mil demonios, creo que por esta vez no se escaparon ni las viejas!

—Ni Dios Padre se hubiera escapado ahora.

—Vamos saliendo de aquí.

—¿Estás loco o no se te baja el pulque todavía? Nos matarán a los tres en un momento.

Optaron por esperar hasta en la noche, no sin ocultar, como medida precautoria, los rifles
en una zanja contigua, cubriéndola luego con un manojo de yerbajos.

Al brillar las primeras estrellas, por fin se resolvieron a salir. Lo hicieron cuidadosamente,
agazapándose detrás de los arbustos, y procurando captar hasta el ruido o murmullo más
leve.

Pero el camino acabó por parecer interminable. Habían cruzado el valle, y era ahora una
multitud de pequeñas colinas, de rocas erizadas o espesos matorrales, lo que a menudo
interceptaba el paso.

Simón avanzaba fatigosamente, y Santiago cojeaba con frecuencia. Una pisada en falso en
algo que él creyó un manchón de yerba, y resultó un agujero. El pie izquierdo le dolía
terriblemente.

—Si no puedes seguir, te cargaré.


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—¿Qué quieres decir con eso, Evaristo?


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—No te incomodes, hermano. Lo hago porque es necesario caminar de prisa… Entiendo


que no estamos muy lejos de la casa de tío Crescencio Ramos… Cuestión de dar con la
vereda…Allá podremos esperar a que amanezca…

—¡Ah! sí… ¡Pasar la noche bajo techo! ¡Olvidar unas horas las fatigas del día, beber un jarro
de agua! ¡Sobre todo, dormir!…

Santiago hasta acabó por reanimarse.

—No es cosa de cuidado… Un nervio torcido, y nada más. Ustedes dos adelántense y a mí,
déjenme… Los seguiré como yo pueda. Siento, en verdad, que voy de alivio y esto ya no
duele mucho…

Animado ante la idea de un largo y próximo reposo, Santiago se adelantó a sus


compañeros. A intervalos deteníase y tomaba aliento. Luego daba un trotecito.

—¿Crees que alcanzaremos a llegar?

—Lo creo…

Pero iban sin ruta definida, vagando al azar, entre zarzales que martirizaban los pies y
hacían sangrar las manos. Simón comenzó a desesperarse. ¿Dónde, por fin, quedaría la
casa del dichoso tío? A punto fijo, ni el propio Evaristo lo sabía.

Cosa en realidad inexplicable, sentíase aturdido, incapaz de coordinar sus ideas. Algo
bullía obstinadamente en su cerebro. Era el recuerdo de Eulalia, su mujer: “¡Virgen
Santísima del Refugio, Señor Mueve Corazones, que me lo devuelvan vivo!” y la voz de
Cuco, su hijo: “Yo, tata, quielo unos tilos de pistola”.

Si hubiese habido luna, un tramo de labor, un jacalito, la posición de un cerro; cualquier


detalle, por pequeño e insignificante que fuese, le habría permitido orientarse. Pero con
una noche así... ¡El campo es tan parecido donde quiera!

Tres kilómetros más de marcha torturadora y agobiante, una masa compacta de árboles, y,
de pronto, una voz que les pareció una explosión de bomba, los dejó inmóviles y fríos:

—Alto allí… ¡Quién vive!

—¡México! —se apresuró a responder Evaristo, y un pensamiento tomó forma con toda
precisión en su cerebro: “¡Caímos presos!”

—¡Qué gente!

—Pacífica.

—¿De dónde vienen ustedes? —interrogó un oficial de uniforme claro, ajustadas polainas,
y ancha venda blanca en la cabeza. Traía una lámpara eléctrica en la mano.

—De Cuernavaca.
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—¡Hum… hum!… de Cuernavaca, ¿eh?


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—Sí, señor.

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—Eso lo van a averiguar adentro.

Evaristo apretó el mango de su daga; pero tuvo que desistir de su intento. Cinco o seis
hombres más, se aproximaban.

—¡Vamos!, prontito. Allá con el mayor Ordoñez. Traidores tales por cuales. Ya se me
concederá ver a vuestro jefe colgado en el zócalo de Cuernavaca, y con un letrero en la
barriga: “Fusilado por ladrón”.

—Pero es que nosotros no somos zapatistas.

—No son zapatistas, ¿eh? Y entonces, ¿qué andan haciendo por aquí? Seguramente que
cazando tórtolas, ¿eh? Sigan por delante. Nosotros acostumbramos hacer un regalo muy
bonito a los bandidos.

Evaristo y Santiago tuvieron que caminar de no muy buena gana. A Simón fue menester
darle un culatazo en la espalda. El hombre, tremendamente acobardado, apenas había
logrado mantenerse en pie.

Una estrecha vereda llena de hoyancos y paredones, y una casa de adobe y techumbre de
teja. El oficial llamó con la parte gruesa de su fuete. Fue necesario tocar de nuevo, y
adentro respondió una voz enronquecida:

—¡Qué demonios quieren!

—Tres zapatistas que cogimos presos, mi jefe.

—Bueno, debieron haberlos despachado luego. No los van a guardar para reliquia.

—Pero es que ellos nos pueden dar informes, y además alegan ser pacíficos.

—¡Con mil de a caballo!, no se puede descansar aquí. Un momento, voy aponerme los
zapatos.

Se oyó un ruido metálico de espuelas, rechinó la puerta apolillada, y apareció una cara
morena, cuadrada, y unos ojos hinchados por el sueño.

—A ver, ¿dónde están los prisioneros?

Simón, Evaristo y Santiago entraron en compañía del oficial y tres soldados más. El cuarto
era sucio, destartalado; no tenía más muebles que un fogón de cuatro piedras, y una ancha
estera de palma sobre el suelo. En la estera dormía la mujer del mayor Ordóñez. No se
alcanzaba a distinguir más que la curva formidable de las posaderas, y un mechón de
cabellos negros saliendo fuera de las mantas. En la pared ardía, pegada a un grueso clavo
de hierro, una vela de estearina. Todo daba señales evidentes de que los infelices
moradores de la choza habían sido las víctimas expiatorias.

—Conque a ver, a ver, ¿quiénes son ustedes?

—Somos gente pacífica, mi mayor.


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Aquel “mi mayor”, dicho en un tono algo servil, y por lo mismo demasiado familiar, no hizo
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más que aumentar las sospechas. Ordóñez frunció el ceño y lanzó una mirada escrutadora.
Encendió un cigarro; pero antes de arrojar el fósforo vio algo redondo y ligeramente

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oscuro prendido a la blusa de Santiago. No había manera de equivocarse, porque la efigie


era sobradamente conocida.

—¿Y ese retrato de Zapata?

—Es… es… Pues verá usted, mi jefe… es…

—A mí no traten de tomarme el pelo. No soy ningún niño chiquito. Pueda ser que ustedes
se me escapen, siempre que sean razonables, y me den alguna noticia de Eufemio Zapata.
Habían quedado de encontrarse esta tarde, ¿no es cierto?

Los prisioneros no contestaron palabra.

—¿No saben ustedes nada de eso?

—No sabemos nada —repuso Evaristo secamente; pero se desconcertó en el mismo


instante, y por sus ojos pasó la opaca llama de la mentira, que supo disimular con un
parpadeo rapidísimo—. Nosotros veníamos…

—Es inútil, mi mayor —interrumpió el oficial de la cabeza vendada—. Primero los matan
que sacarles la verdad… Ya me ha sucedido.

—Oíganlo bien, muchachos. Si no procuran desembuchar lo que saben, no tengo más


remedio que fusilarlos. Y eso no me gusta… Yo cumplo con acatar órdenes superiores, y
eso es todo.

En estos momentos Simón comenzó a temblar cual si sufriese fríos palúdicos, y estuvo a
punto de soltar la lengua. No obstante, una mirada significativa de Evaristo lo hizo
enmudecer y bajar la cabeza.

—¡Miren ustedes, zopencos, que ya me están colmando la paciencia! ¿Hablan o no hablan?


¡Por última vez!

—Es todo lo que podemos decir, jefe. Nada sabemos.

—¡Baaah!… Muy bien… teniente, llévese usted a los prisioneros, y mañana temprano me
los liquida… Ya sabe usted el procedimiento.

—Muy bien, jefe.

—No es por demás recomendarle, que si estos hombres se le escapan, usted con su pellejo
me responde.

El oficial juntó los talones, saludó militarmente, y, rígido como un poste dio un flanco
derecho.

Salió juntamente con los soldados y los prisioneros.


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¡Qué triste, en verdad, es aguardar en vela la claridad del nuevo día, bajar al hoyo para
siempre… y pudrirse!

Santiago, atejonado en el rincón más oscuro del machero que servía de cárcel permanecía
abstraído y silencioso.

Simón, decaído, aniquilado, dormitaba a ratos; pero de improviso despertaba


sobresaltado, como si rodara desde una montaña empinadísima, descendiendo de pronto a
un precipicio sin fondo. Martina se le había aparecido en sueños. El cuerpo desnudo,
grotescamente abultado en los pechos y en el vientre. El rostro embadurnado, tieso de
pintura hasta inmovilizarse en una sonrisa despiadada y cínica. A intervalos le movía el
dedo índice como se hace, en son de burla, ante los niños pequeños:

—Te van a fusilar, Simón, te van a fusilar… ¡Me alegro!

Cuando no, era un ferrocarrilero de cara tiznada, bigotes desaliñados, enormes, absurdos.
En seguida un viaje fantástico en ferrocarril. Simón iba sobre el techo de un furgón de
carga. El tren caminaba con un estruendo ensordecedor de latigazos metálicos: “Tácata,
tácata, tácata”…

La máquina, negra y furiosa como un monstruo endemoniado, corría lanzando aullidos


pavorosos. Simón de repente perdía el equilibrio, daba una voltereta en el aire, ¡y al
suelo!… En el preciso momento del choque, sus ojos se abrían desmesurados. Nada. La
noche clara, tranquila, y el lejano fulgor de las estrellas. Los centinelas de vista que
paseaban con el fusil al hombro, y a un lado la silueta de Evaristo con sus espaldazas
encorvadas e inmóviles.

—Evaristo, Evaristo, ¿dónde estamos? Siempre nos van a fusilar, ¿verdad?

—A conformarse con la voluntad del cielo… Seguro que ya nos tocaría — murmuró
Santiago persignándose, y ofreció los últimos cigarros que guardaba.

Evaristo frotó un fósforo y encendió. Tres globillos brillantes, rojizos, trazaban


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semicírculos regulares en la oscuridad.


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—Hubiéramos dicho una mentira cualquiera, Evaristo.

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—No pasábamos de sacarnos la misma… Si hablas, te matan, y si no, también. Además, yo


creo que no por gusto nos metimos…

—¡Tanto batallar y batallar… para venir a parar en esto! Así es la suerte.

—Algún día le había de tocar a uno la de malas.

—Pero los hijos no se pueden dejar así…

—¡Hum!… ¡y a cuántos infelices no les habrá sucedido igual!...

—Oye, ¿y si…?

—¿Qué?

—Te decía yo que si podíamos…

—Cuando tú vengas yo ya fui… Pero estamos rodeados… No podemos escapar.

—¿Por qué lloras, hermano? —preguntó Santiago aproximándose a Simón—¡Mejor!, se


acabará todo. Tarde que temprano nos tenía que suceder… Es verdad que me hubiera
gustado más morir como los hombres, matando cuando menos una docena de esos… Pero
si uno fuera a morir a su gusto… Pero no llores, hombre. De todos modos…

—¡Alabada sea la Virgen, hermano!… ¡Qué miedo te cargas! Vete hasta el rincón del corral.
¡Hueles a diablo! —interrumpió Evaristo oprimiéndose la nariz entre los dedos.

—Ven por acá… vamos, ¡arriba! Estás “retieso” —clamó Santiago haciendo esfuerzos por
levantar de los sobacos a Simón. Éste tenía las piernas agarrotadas y su cuerpo pesaba
como un plomo. De súbito le acometió un temblor tan fuerte, que sus dientes chocaron
como castañuelas.

—Déjalo —dijo Evaristo impaciente—. Un trago de aguardiente lo pondría bien... Pero


¡Jesús! ¡Qué frías tienes las manos!… ¡Un trago, un trago!…

—¿Y aquí de dónde lo vamos a coger?

—El pobre está como un hielo… ¡nomás tienta!

—¡Hermanos, hermanos!, un trago de aguardiente por favor. Nada pierden con eso. ¡Dios
se los pagará!

Dos siluetas humanas detuviéronse frente a la entrada del machero.

—Un poquito de aguardiente, señores —suplicó Evaristo acercándose resueltamente—.


Un compañero está enfermo. Es favor que les pido…

—¿No te lo irás a beber tú? —interrogó una voz brusca; pero que sin embargo dejaba
traslucir piedad.
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—No, señor, yo no lo necesito. Mi compañero que está enfermo…


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—¿Por qué los agarraron a ustedes?

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—Por sospechas…

La misma sombra se movió ligeramente y alargó una botella.

—Tiene ya poco, quédate con todo.

—Que Dios se lo pague, señor.

Simón permanecía encogido y con la cabeza entre las manos. Evaristo tuvo que
enderezarlo casi a viva fuerza, y al débil claror de las estrellas vio un rostro inexpresivo,
cadavérico, de ojos que parecían dos cuencas negras.

“Chin… cheros…”, pensó estremeciéndose y sintiendo que un frío desconocido y


sobrenatural le corría por la espalda. “Así vamos a quedar seguramente…”

—Ándale, hermano, un traguito; otro, otro… así… Con eso basta,… no lo tires… ¡Ahora tú,
Santiago!...

Santiago bebió un poco, y Evaristo se conformó con el resto. Algo que apenas humedeció
sus labios resecos y febriles.

****

A las cuatro de la madrugada, se oyó un rumor extraño que probablemente venía del
campamento constitucionalista.

“Es un rato amargo —pensó Evaristo— que pronto pasará. Un temblor de corvas, una
descarga, y allí se acabó Mundo. Si en la otra vida hay Infierno, como lo asegura el cura de
mi pueblo, a mí me quemarán con leña verde, porque he sido muy malo”.

Su oído alerta y atento no tardó en percibir un rumor de pasos que se aproximaba. El ruido
era acompasado y uniforme, parecía el de una escolta de soldados en marcha. “Vienen por
nosotros de seguro”. Pero el rumor de pronto fue disminuyendo, y nuevamente reinó el
silencio en torno.

En este momento pensó en su mujer, en su hijo de cuatro años, y el corazón se le oprimió


angustiosamente.

“Van a quedar solos… ¿Y yo? ¡A que me coman los gusanos!…, a pudrirme como un perro a
medio campo”.

Impensadamente colocó una mano sobre otra, y este contacto de su misma carne lo asustó.
¡Aquel cuerpo no podía ser el suyo, y si es que respiraba y se movía, sería por un milagro
inexplicable!…

Por un segundo figurose en el negro socavón del sepulcro, y hasta creyó experimentar una
vaga sensación de ahogo.
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“¡A la patada con el miedo! Moriré como los buenos. ¡Ahora van a saber quién es Evaristo
Ramos!...” —¿Oyeron hijos de veinte…? Van a saber quién soy yo.
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Esto lo dijo casi a voz en cuello:

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—¡Van a saber quién es su padre!

Y se levantó de improviso.

Y pensó que era una lástima que Emiliano Zapata, en persona, no presenciara cómo él,
Evaristo Ramos, sabía morir como sólo saben morir “los hombres cabales”.

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VI

La orden del mayor Ordóñez, no fue cumplida sino hasta después del medio día.

El retardo se debió a que el propio mayor insistió en formular preguntas y más preguntas,
aunque inútilmente.

Durante sus horas los mismos prisioneros habían cavado su fosa, según las instrucciones
del mayor: “Ya sabe usted el procedimiento”.

Y ese fue “el procedimiento”.

Poco antes de dar la señal de fuego, el oficial dijo:

—Son agraristas, querían su tierrita, ¿no es cierto? Pues ahora es cuando la van a
aprovechar…

Simón, en quien un desesperado instinto de vida pudo más, echó a correr, nadie pudo
saber cómo, con tres heridas en la espalda; pero un soldado le dio alcance y lo remató a
machetazos.

Perseguidor y perseguido estuvieron dando vueltas alrededor de un maguey, durante un


minuto de intensa expectación entre los que presenciaron aquella lucha desigual.

El soldado, enfurecido, tiraba tajos a diestra y siniestra gritando como un desaforado.

Gruesas, carnosas pencas de maguey caían sobre la yerba.

El pelotón se abstuvo de intervenir en modo alguno, con tal de proporcionarse un


espectáculo divertido.

Simón se estiraba, se encogía, y daba saltos inverosímiles; pero de pronto se detuvo. Un


machetazo había dado en el blanco. Con un hombro casi desprendido, y regando la tierra
con su sangre, cayó de rodillas.
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—¡Hermano… hermanito…! ¡No me vayas a matar!


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Un segundo golpe le cortó el brazo derecho, y el tercero lo alcanzó en la cabeza. Se oyó un


ruido hueco, extraño, como cuando parten una calabaza, y el cuerpo rodó pesadamente.

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Cipriano Campos Alatorre / Los fusilados

Un mensajero de Pablo González llegó en el mismo instante, con órdenes de que se


movilizaran las fuerzas... Había que dar una sorpresa a Eufemio en las cercanías de
Cuernavaca.

****

La sombra iba ascendiendo lentamente.

Atardecía.

Bajo la roja tragedia del ocaso, era igualmente doloroso el cuadro del hombre mutilado, y
el maguey, con sus pencas vigorosas y verdes, destrozadas…

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Cipriano Campos Alatorre / Los fusilados

Cronología

1910. Luego de cumplido su séptimo mandato y treinta y un años en el poder, el


presidente Porfirio Díaz llama a elecciones y se postula nuevamente al cargo. Su
contrincante, Francisco Madero, es acusado de incitar la rebelión y puesto en prisión. Las
elecciones se realizan el 26 de junio, mientras Madero se encuentra confinado. Díaz
triunfa por amplia mayoría. El 20 de noviembre Francisco Madero, exiliado en San
Antonio, Texas, proclama el Plan de San Luis de Potosí, un llamamiento a tomar las armas
contra el gobierno de Porfirio Díaz. El conflicto armado se inicia en el norte de México y se
extiende por todo el territorio.

1911. Cuando los sublevados ocupan Ciudad Juárez, Porfirio Díaz renuncia y se exilia en
Francia. Se realizan nuevas elecciones en las que Madero es elegido presidente. El 6 de
noviembre, Madero asume la presidencia. El 25 de noviembre, Emiliano Zapata desconoce
el gobierno de Madero. Mariano Azuela publica Andrés Pérez, maderista, novela que
preanuncia la serie de la revolución.

1912. En Veracruz, Félix Díaz se rebela contra el gobierno maderista (16/10).

1913. Un movimiento contrarrevolucionario encabezado por Félix Díaz, Bernardo Reyes


y Victoriano Huerta provoca un golpe de estado. Huerta asume la presidencia (19/2).
Madero es asesinado (23/2). Reacción de otros jefes revolucionarios como Venustiano
Carranza y Pancho Villa.

1914. Ocupación estadounidense de Veracruz. La División del Norte de Francisco Villa


toma Zacatecas. Huerta renuncia a la presidencia y huye del país (15/7). Venustiano
Carranza, Jefe del Ejército Constitucionalista, convoca a la Convención de Aguascalientes
entre las facciones revolucionarias que derrotaron a Huerta. Mariano Azuela publica Los
caciques y, en octubre, comienza a escribir Los de abajo.

1915. Carranza promulga en Veracruz la Ley Agraria. Álvaro Obregón se enfrenta a Villa y
lo vence en Celaya, esto le confiere el triunfo a Venustiano Carranza. Entre octubre y
diciembre, Azuela publica por entregas Los de abajo, en el periódico El Paso del Norte, de
Texas.

1916. Mariano Azuela: Las moscas. Primera edición de Los de abajo en formato de libro
(Imprenta “El Paso del Norte”, Texas).

1917. Proclamación de la Constitución mexicana. Derechos del subsuelo. Sanciones


contra la Iglesia Católica.

1918. Fuerzas carrancistas organizan una ofensiva contra Emiliano Zapata. Zapata se
refugia en Puebla. Azuela: Las tribulaciones de una familia decente.

1919. Asesinato de Emiliano Zapata (10/4).


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1920. Obregón se declara contra Carranza. Carranza huye de la Ciudad de México y es


asesinado en Puebla. Obregón es elegido presidente. Con su juramento al cargo, algunos

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Cipriano Campos Alatorre / Los fusilados

estudiosos consideran que la Revolución llega a su fin. Azuela: Tercera edición de Los de
abajo (Tipografía Razaster, México).

1921. Con la publicación del manifiesto Actual N° 1 por parte del poeta Manuel Maples
Arce, se inicia el movimiento estridentista (diciembre).

1922. En enero, Diego Rivera comienza a pintar su primer mural, titulado La creación, en
el interior del Anfiteatro Simón Bolívar de la Escuela Nacional Preparatoria de la entonces
llamada Universidad Nacional de México. Maples Arce: Andamios interiores: Poemas
radiográficos.

1923. Asesinato de Pancho Villa (20/7). David Alfaro Siqueiros: Entierro del obrero
sacrificado.

1924. Plutarco Elías Calles asume la presidencia del país: reorganiza la Hacienda Pública,
funda el Banco de México y dicta la Ley de Petróleos. Los de abajo es redescubierta y
publicada por cuarta vez en El Universal con un éxito sorprendente. Además, Azuela
publica La malhora; Rafael F. Muñoz, Se llevaron el cañón para Bachimba y Manuel Maples
Arce, Urbe.

1925. Los EEUU reaccionan contra la Ley de Petróleos de Calles: movilización militar y
baja de la venta de petróleo dañan la economía mexicana. Azuela: El desquite.
Vasconcelos: La raza cósmica. Otra edición en libro de Los de abajo (El Universal Ilustrado,
México).

1926. Inicia la Guerra de los Cristeros entre las fuerzas del gobierno de Calles y milicias
de laicos, presbíteros y religiosos que se resistían a la aplicación de la Ley Calles,
orientada a limitar el culto católico en la nación. José Clemente Orozco: Reconstrucción.

1927. Se reforma la Constitución con el fin de forzar la reelección de Obregón. Los


candidatos a la presidencia Serrano y Gómez se manifiestan contra Obregón: son
detenidos y ejecutados. Rafael Felipe Muñoz: El feroz cabecilla (cuentos). Los
estridentistas publican en Xalapa una nueva edición de Los de abajo. Vasconcelos:
Indología. H. Travern: El tesoro de la Sierra Madre.

1928. Obregón resulta nuevamente victorioso en las elecciones presidenciales, pero es


asesinado antes de asumir por un fanático católico. Martín Luis Guzmán: El águila y la
serpiente. Comienza a editarse la revista Contemporáneos.

1929. Calles funda el Partido Nacional Revolucionario, luego llamado Partido de la


Revolución Mexicana y, finalmente, Partido Revolucionario Institucional (PRI), que
gobernaría el país durante setenta años. Martín Luis Guzmán: La sombra del caudillo.
Traducción al inglés y al francés de la novela Los de abajo.

1931. Rafael F. Muñoz: Vámonos con Pancho Villa. Gregorio López y Fuentes:
Campamento. Nellie Campobello: Cartucho (relatos breves). Deja de editarse la revista
Contemporáneos.

1932. José Rubén Romero: Apuntes de un lugareño. Gregorio López y Fuentes: Tierra.
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1933. Azuela publica la biografía novelada Pedro Moreno, el insurgente en el diario El


Nacional.
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1934. Asume la presidencia Lázaro Cárdenas. Gregorio López y Fuentes: Mi general.

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Rafael F. Muñoz: Si me han de matar mañana. José Rubén Romero: Desbandada y El pueblo
inocente. Cipriano Campos Alatorre: Los fusilados. José Clemente Orozco: Katharsis.

1935. El ex presidente Calles agita a la oposición contra Cárdenas.

1936. El presidente Lázaro Cárdenas destierra a Calles. Martín Luis Guzmán inicia la
publicación de Memorias de Pancho Villa. José Rubén Romero: Mi caballo, mi perro y mi
rifle.

1937. Se promulga la Ley de Expropiación de los Ferrocarriles. Trotsky llega a México.


Azuela: El camarada Pantoja. Nellie Campobello: Las manos de mamá.

1938. El gobierno de Cárdenas nacionaliza el petróleo: ruptura con Inglaterra. José Rubén
Romero: La vida inútil de Pito Pérez. Vasconcelos: El desastre. Se reedita Los de abajo
(Editorial Pedro Robredo, México).

1939. Finalización de la Guerra Civil Española y, con ella, arribo a México de numerosos
exiliados españoles. El 10 de enero muere Cipriano Campos Alatorre en Tenancingo.
Villaurrutia: Nostalgia de la muerte. Gorostiza: Muerte sin fin.

1940. Ávila Camacho asume la presidencia de México. Asesinato de Trotsky.

1941. Rafael F. Muñoz: Se llevaron el cañón para Bachimba. José Revueltas: Los muros de
agua.

1942. las fuerzas del Eje hunden barcos petroleros mexicanos y el presidente Ávila
Camacho declara el “estado de guerra”. México rompe relaciones con el gobierno francés
de Vichy.

1943. Francisco L. Urquizo: Tropa vieja. Con El luto humano, José Revueltas principia la
superación de la narrativa criollista. Leopoldo Zea: El positivismo en México.

1944. José Revueltas: Dios en la tierra.

1946. El partido de gobierno comienza a llamarse Partido Revolucionario Institucional


(PRI). Se inicia el gobierno de Miguel Alemán: incentivaciones a la industrialización.

1947. Agustín Yáñez: Al filo del agua, novela que transgrede los marcos criollistas a partir
de sus logradas innovaciones técnicas.

1949. Revueltas: Los días terrenales. Juan José Arreola: Varia invención.

1952. Accede a la presidencia Ruiz Cortinez. Inauguración de la Ciudad Universitaria.


Voto femenino en México. El 1 de marzo fallece Mariano Azuela. También mueren Enrique
González Martínez y Gilberto Owen.

1953. Juan José Arreola: Confabulario. Juan Rulfo: El llano en llamas.

1954. Los días enmascarados, primer libro de relatos de Carlos Fuentes.


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1955. Juan Rulfo: Pedro Páramo.


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Cipriano Campos Alatorre / Los fusilados

Índice

Estudio preliminar / 3

Los fusilados / 15

I / 15

II / 23

III / 27

IV / 35

V / 39

VI / 43

Cronología / 45
48
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