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El mapa de los afectos Ana Merino

Valeria, una joven maestra de escuela que tiene una rela-

ción secreta con Tom, que le lleva treinta años, se enfrenta

al dilema de los sentimientos y quiere entender el significa-

do del amor. En el pueblo donde enseña, Lilian desaparece

sin motivo aparente mientras su marido está en la otra pun-

ta del mundo. Greg, un hombre a quien le pierden las mu-

jeres, frecuenta un club de alter ne de los alrededores para

ahuyentar su descontento, hasta que un día se ve descu-

bierto de la peor manera posible.

A partir de momentos como estos en el transcurrir de una

pequeña comunidad rural, nos adentramos en los misterios

cotidianos de sus habitantes. Las vidas de todos ellos no

solamente se irán cruzando a lo largo de más de dos déca-

das, sino que estarán condicionadas por la fuerza magnéti-

ca de los afectos, la aleatoriedad del azar o por la justicia

poética que a veces nos traen los acontecimientos más

inesperados.

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El mapa de los afectos Ana Merino

A mi padre y a mi madre

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El mapa de los afectos Ana Merino

Soy mi padre y mi madre

soy mis hijos

y soy el mundo

soy la vida

y no soy nada

nadie

un pedazo animado

una visita

que no estuvo

que no estará después.

IDEA VILARIÑO, Noctur nos (1955)

Fragmento del poema «Una vez».

—¡No, no puedo volver-

me invisible suficiente-

mente rápido! ¿Cómo

podemos detener a esta

criatura Antorcha?

—¡Espera y verás, her ma-

na! ¡Los Cuatro Fantásti-

cos solo han empezado a

pelear!

STAN LEE, Los Cuatro Fantásticos, vol. 1

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El mapa de los afectos Ana Merino

Todos los secretos

Escondía sus tesoros en el bosque, dentro del hueco de un

tronco del que salía una gran rama a la que solía subir en su

infancia para contemplar el horizonte o espiar a los cazado-

res que se adentraban en esa espesura de árboles entrela-

zados. Algunas veces, al volver a casa se cruzaba con los úl-

timos cazadores del día y en más de una ocasión le habían

regañado: «Chaval, ¿de dónde sales? Ten cuidado y no an-

des solo por ahí, que un día vamos a tener un disgusto».

A Samuel no lo intimidaban esas amenazas; los cazado-

res nunca pasaban demasiado cerca de su árbol. Él se sen-

tía seguro abrazado a aquel tronco grueso de ramas anchas

y frondosas. Era su lugar favorito, su observatorio de estre-

llas en verano y su rincón de rabia en invierno. Incluso en

los días más fríos había subido al árbol para estar tranquilo

y fumar en secreto cigarrillos sin filtro, cortando la densidad

helada del aire con el humo picante que paladeaba en su

boca antes de expulsarlo. Su refugio era la séptima rama

ancha, en una escalera de brotes inmensos y exuberantes.

Un nido abandonado de pájaro carpintero que había agran-

dado con su navaja se transfor mó en el escondrijo perfecto

para lo prohibido. Allí guardaba desde niño una caja metá-

lica donde metía los cigarrillos que con sigilo les quitaba a

los adultos. Ya entonces le gustaba imaginarse como uno

de ellos mientras daba unas cuantas caladas y contemplaba

desde su escondite la extensión del bosque, los márgenes

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El mapa de los afectos Ana Merino

de la carretera y los caminos forestales. Espiaba con aten-

ción meticulosa todo lo que se movía y lo anotaba en pe-

queñas agendas llenas de dibujos esquemáticos. En esos

cuader nitos registraba detalladamente, como en un diario,

los movimientos de los cazadores, los encuentros furtivos

de los amantes o la cautela de los diferentes animales al ca-

minar por la espesura.

Samuel era el gran observador del bosque, el vigilante

de los mur mullos. Con su peculiar instinto se transfor maba

en una especie de duende invisible capaz de metamorfo-

searse entre las ramas de su árbol gigantesco. Él supo me-

jor que nadie de la historia de amor de Tom con la señorita

Valeria, la maestra de primaria. Una aventura secreta que

duró tres veranos y de la que Samuel aprendió a interpretar

las curiosas texturas del cariño. Años después todavía sen-

tía un extraño y excitante pudor cuando se cruzaba con

Tom en el super mercado. A Valeria le había perdido la pista

después de que esta se casara con un compañero, un ma-

estro también muy joven con el que se trasladó a vivir a una

ciudad grande del sur. Muchos dijeron entonces que esos

dos eran demasiado ambiciosos para confor marse con la vi-

da tan poco sofisticada de las poblaciones del Medio Oes-

te americano, de esa Iowa rural donde el paisaje de las lla-

nuras agrarias de granjas y cultivos se mezclaba con algu-

nos bosques densos como el que cobijaba a Samuel. Vale-

ria se fue, pero al niño nunca se le olvidó el rastro secreto y

sensual que dibujó su existencia en aquellas tardes del ve-

rano, cuando se dejaba amar por Tom convencida de que

nadie sabía absolutamente nada de sus encuentros.

El amor furtivo de Tom con Valeria tuvo mucho de desi-

gual iniciación y ocupó varios apartados en los cuader nos

de Samuel, con bosquejos y anotaciones en clave. Coinci-

dió a su vez con ese paso ansioso de la niñez a la adoles-

cencia que fue brotando en el muchacho como un nido de

anhelos silenciosos desde aquel mirador de ramas frondo-

sas. Fantaseó durante horas sobre la misteriosa Valeria y su

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El mapa de los afectos Ana Merino

sumisa relación con Tom, un hombre demasiado viejo para

ella; se llevaban treinta años. Al principio, en aquel verano

de 2002, ese descubrimiento fue en sus notas un anexo

confuso y sorprendente en una tarde calurosa en la que un

par de zorros había merodeado cerca del tronco de su ár-

bol. Samuel los siguió con la mirada, ayudado por los pris-

máticos de caza que había heredado de su abuelo; solía lle-

varlos a muchas de sus incursiones escondidos en la mochi-

la, para cuando jugaba a ser vigía del bosque en esas tar-

des infinitas del estío. Tom y Valeria estaban relativamente

cerca, paseaban a ritmo sosegado deteniéndose a mirar el

camino. No advirtieron la presencia de la pareja de zorros

que los rodeó entre los matorrales. Valeria escuchaba ensi-

mismada el relato de Tom, pero a Samuel solo le llegaban

mur mullos de voces inconexas. ¿Qué harían esos dos cami-

nando por el bosque? Al chico le sorprendió mucho descu-

brir a Valeria con Tom.

Valeria con esos vestidos de algodón floreados, el talle

finísimo ceñido por un cinturón grueso de charol, y sus za-

patos de tacón fino con un lazo grande al lado, también de

charol. Acababa de salir de la universidad y llevaba varios

meses como maestra sustituta en el pueblo. Causaba sen-

sación cuando entraba en el restaurante familiar de la seño-

ra Dolan y pedía un batido de vainilla en la barra. Allí la ha-

bía visto Samuel por primera vez. Se había fijado en ella

por los comentarios de su tío David y el amigo de este,

Greg.

Casi todos los miércoles, David lo llevaba a merendar al

restaurante de la señora Dolan. Se sentía mal por su her ma-

na mayor, la madre de Samuel, que tenía al marido casi

siempre ausente, pescando la mayor parte del tiempo en

alta mar, y ella trabajando de secretaria recepcionista para

Garth Tickled, un abogado impresentable que hacía de las

desgracias ajenas un gran negocio. Así que David estable-

ció una merienda semanal con su sobrino Samuel. Le agra-

daba esa rutina, aunque estuviera regada de pensamientos

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El mapa de los afectos Ana Merino

intrascendentes y aburridas anécdotas escolares que su so-

brino describía como sucesos épicos. A veces se sumaba a

la merienda Greg, su compañero en la oficina, al que le

gustaba aferrarse a cualquier excusa para alargar la jor nada

laboral tomando cervezas y conversando desenfadadamen-

te sobre cualquier mujer menor de treinta años que entrara

en el restaurante. David se burlaba del temperamento de

macho desbocado de su amigo, que le hacía celebrar, sin

ningún tipo de vergüenza, a todas las mujeres.

—Greg, qué cosas dices, calla, que tenemos aquí a Sa-

muel.

Greg los miraba con suficiencia y se limpiaba con la

manga los tragos de cerveza.

—Si es que la muchacha está para comérsela.

Samuel miró fugazmente a la maestra, una chica menu-

da con un vestido de flores y el pelo recogido en una cole-

ta. Pensó literalmente en el comentario de Greg. ¿A qué

sabría la nueva maestra que tanto le gustaba al amigo de

su tío? El sabor de las chicas tenía que ser rico si a Greg

siempre se le hacía la boca agua. Además, el disimulo de

su tío le resultaba gracioso. Samuel sabía de buena tinta

que a David le gustaban mucho las chicas, porque en su

baño escondía revistas eróticas debajo de la montaña de

las toallas dobladas. Un día las descubrió, eran revistas lle-

nas de mujeres desnudas con pechos gigantescos. A Sa-

muel le pareció ridículo que a su tío le gustaran esas cosas.

Eran fotos aburridas y algo cutres de cuerpazos femeninos

mal iluminados donde la piel morena contrastaba con la

marca grimosa y blanquecina del bañador. Aquel descubri-

miento no estimuló nada la imaginación de Samuel, al con-

trario, le hizo mirar con profundo desagrado la desnudez

femenina. Su madre le regañaba porque se quedaba ensi-

mismado leyendo durante horas cómics de superhéroes; si

supiera lo que hacía su her mano y lo pésimas que eran sus

revistas…

—Hijo, pero ¿no te aburres de leer siempre lo mismo?

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El mapa de los afectos Ana Merino

—No, mamá —respondía Samuel entusiasmado—, este

es el último número, lo que pasa es que la portada se pare-

ce mucho a otras, pero este es nuevo, eh.

—Para mí son todas iguales. Y además creo que es hora

de que empieces a leer otras cosas más interesantes que

esas niñerías, ¿no?

—Mamá, tú no lo entiendes.

En aquellas viñetas que tanto le gustaban sucedían co-

sas fabulosas y sorprendentes, sus personajes eran invenci-

bles, tenían sentimientos y luchaban por un mundo mejor.

Dibujados con un trazo que le encantaba, muchas veces los

copiaba meticulosamente en hojas sueltas o en las solapas

interiores de sus libros de texto. ¿Por qué su tío perdía el

tiempo con esas revistas llenas de señoras feas cuando ha-

bía mujeres for midables en los cómics, como Sue, capaz de

volverse invisible y crear campos de fuerza? Samuel no ne-

cesitaba verla desnuda para emocionarse y sentir el poder

de su energía mental. Un día puso sobre la mesa del res-

taurante algunos ejemplares de sus preciados cómics, es-

perando encontrar la empatía de los que saben apreciar ca-

da viñeta, pero descubrió con mucho desagrado que ni a

su tío ni a Greg les interesaban lo más mínimo.

—¡No me digas que te gustan los superhéroes! —excla-

mó Greg con sor na—. Como al cretino de Ronald, que solo

lee esa mierda.

David torció el gesto.

—Ya te vale, Greg, el chaval no tiene la culpa de tus ma-

los rollos del trabajo.

—Ah, David, perdona, se me había olvidado que a ti te

va fenomenal con el susodicho cabronazo, que, aparte de

ser deleznable, lee esta misma porquería como si tuviera la

edad mental de tu sobrino.

Samuel apenas tuvo tiempo de reaccionar para proteger

sus ejemplares y meterlos rápidamente en la mochila. Greg

había proyectado sobre ellos sus frustraciones profesiona-

les dándoles un manotazo y arrugando una de las portadas.

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El mapa de los afectos Ana Merino

—Vamos a dejarlo. —David trató de cambiar de tema—.

Mira quién llega.

Valeria había entrado en el restaurante y la luz de la tar-

de se filtraba por su melena rubia, que Samuel le veía suel-

ta por primera vez, dándole un matiz mágico y misterioso.

Su tez casi transparente contrastaba con la camisa azul ce-

leste y los pantalones a juego. «Es Sue», pensó Samuel con

sorpresa. «Puede que sea la chica invisible», volvió a imagi-

nar mirándola con fascinación y ruborizándose levemente.

Las palabras de Greg interrumpieron sus pensamientos.

—En mala hora decidí sentar cabeza —se lamentó el

amigo de su tío.

—Aunque no lo hubieras hecho, no tendrías ninguna

posibilidad —le dijo David.

—Al menos déjame soñar —respondió Greg, dando un

sorbo profundo a la jarra de cerveza para luego emitir un

desagradable eructo.

Cuando Samuel creyó ver en Valeria la personalidad se-

creta de la Sue de los Cuatro Fantásticos, la relación entre

ella y Tom todavía no había prosperado, aunque ya pasea-

ban bastante juntos. Sus encuentros eran aparentemente

inocentes, recorridos circulares por el bosque que Samuel

anotaba. Sin embargo, a partir de aquella entrada estelar

de Valeria en el restaurante, el niño fue haciendo un diario

más elaborado, insertando dibujos de Sue que copiaba de

sus cómics. ¿Qué se traerían esos dos entre manos?

Un día llegó el primer beso y Samuel tuvo que aceptar

que Valeria no siempre albergaba a la Sue de sus sueños.

Tom no se parecía en nada a ninguno de los personajes de

su cómic favorito, ni tan siquiera a algún malo que merecie-

ra la pena mencionar. Cuando la relación se volvió más ínti-

ma, a Samuel le costaba espiarlos porque se escondían

muy bien en la espesura de los arbustos. Sabía que algo es-

taba pasando, pero no fue capaz de verlo con todo lujo de

detalle hasta dos veranos después. Se atrevió entonces a

esconderse en un árbol cercano a ese lecho de agujas de

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El mapa de los afectos Ana Merino

pino y yedra. Samuel había perdido el miedo a ser descu-

bierto, porque la curiosidad de la incipiente adolescencia

era una energía superior a cualquier otro sentimiento. Así

fue testigo de un amor apasionado con aletazos de profun-

dos silencios que le resultaban tediosos y difíciles de enten-

der. Obviamente, Valeria y Tom no querían que nadie su-

piera de estas relaciones furtivas que habían encontrado en

el bosque el cobijo de su máxima expresión. Al final del ter-

cer verano, la maestra anunció a todos su compromiso con

uno de sus colegas de la escuela, y a los pocos meses se

casaron y se fueron.

Samuel vivió con inquietud y mucha sorpresa estos

acontecimientos. Jamás había oído a Valeria mencionar pla-

nes vitales de esa magnitud. Es más, nunca le dijo a Tom lo

que pensaba; fue desde el principio una relación apasiona-

da, pero sumisa y silenciosa. Samuel acudió a la iglesia con

su madre para ver la boda. Se sintió extrañísimo porque la

casualidad hizo que le tocara sentarse en uno de los últi-

mos bancos junto a Tom. Lo observó con disimulo, tenía el

gesto tranquilo y miraba fijamente a la joven pareja. Samuel

sintió vértigo al pensar que él era el único que conocía los

detalles del amor entre Tom y Valeria. Tres veranos de be-

sos densos y suspiros leves que sus cuader nos recogieron

con minuciosa precisión.

Valeria estaba preciosa el día de su boda. Vestida de

blanco, llevaba el pelo recogido en un tocado ador nado

con diminutas flores silvestres. «Qué guapa está y qué sen-

cilla va, qué bien le queda el peinado», mur muró la madre

de Samuel cuando pasó por delante de ellos. Es verdad, le

favorecía mucho, porque dejaba ver su her moso cuello sin

ador nos. Samuel la miró fascinado y sintió una leve punza-

da de culpa. En una de aquellas intensas reuniones en el

bosque, Valeria había perdido su colgante de oro fino, un

crucifijo de brillantitos de cristal que le había regalado su

abuela por la primera comunión. La joven lo buscó muchas

veces mencionándola, levantando el colchón de agujas de

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El mapa de los afectos Ana Merino

los pinos y rastreando el camino. Nunca lo halló. Samuel lo

había escondido en el hueco de aquel tronco donde toda-

vía años después subía a fumar cigarrillos y recordaba con

delicado placer las texturas invisibles de Valeria.

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El mapa de los afectos Ana Merino

Luna de miel

A Valeria se le pasó el ataque de rabia a los setenta kilóme-

tros. Se puso a llorar en silencio mientras contemplaba el

paisaje de la carretera retorcerse en cada curva. Había pa-

sado de la furia infinita a una inquietante serenidad en la

que lloraba para desahogarse. Pensó en sus alumnos, en

los pequeños para los que la vida era una montaña rusa de

emociones. Pasaban de la risa al llanto y se dejaban llevar

por una pataleta explosiva. La de veces que había contem-

plado los lloros desdichados de los niños de parvulario. El

hipo tartamudo de la desolación infantil aunarse en un grito

inter minable. Pero cuando creces sabes que no puedes ha-

cer lo mismo, que aunque te sientas igual que ellos, tienes

que controlar esa amargura desgarradora.

Valeria era consciente de que había tenido un impulso

alimentado por la frustración de un viaje infer nal lleno de

gritos y reproches. Su periplo idílico había ter minado en

huida. La sensación de libertad, de minúscula libertad ma-

cerada en ese impulso, en ese gesto contundente de salir

corriendo y desaparecer. El área de servicio había sido la

compuerta a un universo paralelo en el que ahora estaba

sumando kilómetros hacia lo desconocido. En cuanto Paul

fue al baño, Valeria se subió al primer autocar que se dispo-

nía a arrancar, pagó diez euros y se sentó al final junto a

una mujer con velo que daba cabezadas y mur muraba en-

tre ronquidos. Nunca había tenido una visión tan clara de

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El mapa de los afectos Ana Merino

su propia vida y de lo que necesitaba en aquel momento.

Solo quería estar tranquila, sin sentir la perenne negativi-

dad de Paul martillear su cabeza. La pasión se había con-

densado y vuelto fétida en un viaje lleno de discusiones. El

aire denso y caliente de la infelicidad la arrastró a un auto-

car casi en marcha.

¿A dónde la estaban llevando sus diez euros? Jugaba

con ese pensamiento y con la moneda de dos euros que le

había devuelto el conductor. No se atrevía a preguntar por-

que su español era bastante precario, aunque la gente que

la acompañaba tampoco parecía española. Todas las muje-

res iban cubiertas y hablaban en una lengua musical. Ob-

viamente, eran de algún país del norte de África. Los velos

de las mujeres y las chilabas de algunos hombres los dela-

taban. Valeria había cruzado a otro mundo sin darse cuenta

de que su aspecto, con pantalones cortos, sandalias de ti-

ras que mostraban sus uñas primorosamente pintadas de

rojo y la camiseta azul celeste con escote, chirriaba en ese

escenario. Era ella la que se delataba como una auténtica

turista. El conductor parecía español y le había vendido el

billete con absoluta naturalidad. Nadie la miraba, no des-

pertaba ningún tipo de reacción entre el resto de los viaje-

ros.

El que debía de estar de los nervios era Paul buscándola

por los alrededores de la tienda del área de servicio. Pero

eso a Valeria no le importaba, en su gesto impulsivo estaba

condensado un hartazgo real de mujer cansada. No habían

pasado ni tres semanas y el matrimonio le pesaba ya como

si llevaran tres décadas. No se veía envejeciendo con Paul.

No se veía en esa nueva vida que habían iniciado juntos.

Las ilusiones de los comienzos se desvanecieron. Diez días

en la carretera y todo se rompía en pedazos.

Ella no eligió visitar el sur de España. Había sido el re-

galo envenenado de su suegra. Valeria creyó vislumbrar en

el viaje un complot siniestro para que su matrimonio ape-

nas durase. Otra vez brotaba en ella la ira y le hacía mor-

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El mapa de los afectos Ana Merino

derse los labios. Su rabia ya no era fruto de una escalada

de reproches en un coche de alquiler. Su nerviosismo se

mezclaba con una cascada de sentimientos contradictorios.

Este viaje era un periplo tóxico. Un laberinto enrevesado

planeado por la madre de Paul. La señora Estella Valna, con

sus largas uñas postizas, había diseñado la ruta. Su pose de

suegra encantadora era parte del plan para que Paul y ella

se separaran. Lo había conseguido. Diez días de conviven-

cia en otro país bajo una fuerte ola de calor habían sido su-

ficientes para que Valeria abandonase.

¿Cómo dar marcha atrás? El autocar seguía su camino

por la autovía y Valeria ya no se imaginaba a un Paul per-

plejo buscándola por el área de servicio. Ahora estaría lla-

mando a Estella, contándole los detalles de su abrupta des-

aparición, explicando cómo lo habían plantado en medio

de la autovía del sur a la altura de Arcos de la Frontera rum-

bo a Málaga.

¿Paul era consciente de lo harta que estaba Valeria de él

en este viaje? ¿Cómo reaccionaría Estella ante la llamada

de su hijo? ¿Pensaría que su desaparición podría ser un se-

cuestro?

Estella Valna se había divorciado tres veces y ahora esta-

ba casada con un viejo amigo de la adolescencia que cria-

ba cerdos y cultivaba campos de soja. Se había casado con

un granjero después de probar fortuna con un vendedor de

seguros, el padre de Paul, con el que convivió casi una dé-

cada; y con un fontanero al que aguantó seis años y con un

militar con el que duró menos de uno. Estella Valna se creía

glamurosa por coleccionar maridos y hablar abiertamente

de su vida privada. Adoptaría una actitud trágica ante la lla-

mada de Paul. Con lo que le gustaba exagerarlo todo, ali-

mentaría la posibilidad de un secuestro. Algo tan siniestro

como la extraña desaparición de Lilian, la madre de Adam.

Adam era uno de los alumnos de Valeria, un niño del taller

de arte de preescolar. Aquel niño pelirrojo tenía fuertes ata-

ques de rabia y pegaba patadas y escupía a sus compañe-

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FIN DEL FRAGMENTO

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