Apocalíptico
“…Ya no tendrán hambre ni sed, y el sol
no caerá más sobre ellos, ni calor alguno;
porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará,
y los guiará a fuentes de aguas de vida;
y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos.”
Apocalipsis 7:14-16
Luego de veinte años desde la última pandemia y de asignarle a cada variante del
virus todas las letras del alfabeto griego, los números romanos y el nombre de varios
monstruos mitológicos, surgió un virus del cual nadie pudo zafar y escandalizó a los más
conservadores por su nombre.
Este virus, producto del cambio climático y de ciertas radiaciones de una súper
Nova que se le dio por explotar relativamente cerca del planeta, tuvo la capacidad de
afectar todos los órganos vitales. Más que un virus, era una sentencia de muerte.
Primero comenzaba la fiebre, como si fuese una gripe. Pero no. No era una gripe. La
fiebre era porque te iba afectando el hígado y los riñones.
Los científicos lo vieron parecido al veneno de una araña. El punto es que no
importaba ya ni de dónde venía, ni hacia dónde iba. En cuarenta y ocho horas te mataba. Y
no había forma de evadirlo con métodos convencionales porque se transmitía por telepatía.
Sí. Leyeron bien.
Nadie supo cómo pasó, pero esa cosa logró transmitirse con solo pensarla. Pensabas
en el virus y te hacía poronga. En dos días estabas jugando a la play con Dios. (Que por
cierto no apareció ni lo detuvo)
Algunos dijeron que tenía un origen extraterrestre. Algunos hablaron de demonios o
de los chinos. Otros aceptaron el fin estoicamente sin hacerse muchas preguntas, después
de todo, ya se la venían venir hacía rato con lo del cambio climático o con lo de los trans-
especies, que eran personas que decían auto percibirse un caballo, un perro ovejero alemán
o cosas así.
Dado que no sabían cómo llamarlo, y ni querían ponerle ningún nombre en latín o
pensar mucho, pasó a llamarse: el porongavirus.
Fácil, entendible y sin aires académicos.
Te agarraba y te hacía poronga.
Cosa misteriosa y letal era el porongavirus.
¿Quién podía escapar de un pensamiento? Ibas a comprar los víveres, en los pocos
lugares donde se tenía permitido salir, y algún vecino te hacía un gesto agarrándose la
poronga o se ponía a hablar de la cantidad de muertos y, acto seguido, estabas en proceso
de infección.
Lo de salir a comprar para entretenerse y no estar encerrado duró unas semanas
hasta que la muerte cubrió el panorama con millones de cadáveres y olores nauseabundos.
Comenzaron a sobrevivir con lo que se tenía de reservas. Latas de atún en aceite con
pedazos de algún delfín que justo pasaba por la red, latas de arvejas, lentejas o bolsas de
arroz con gorgojos, y no porque hubiese pasado mucho tiempo, ya venían así en algunos
mercados chinos. (Otro de los motivos por los cuales la gente los tenía en la mira), eran las
preferidas entre los que prefirieron vivir un tiempo más y no volarse la tapa de los sesos
con un arma de fuego.
Algunos se comieron a sus mascotas. Los gatos, que antes eran idolatrados y
causaban ternura en las redes sociales, pasaron a ser objetos de consumo culinario del más
alto nivel.
Los hospitales ya no servían. Mucho menos los cementerios y la gente se iba hacia
las zonas rurales por el olor nauseabundo y las moscas.
Los niños y adolescentes fueron los que más tardaron en ir cayendo. Se dijo que era
porque "pensaban en otras boludeces".
Entonces los pocos adultos que iban quedando, en su histeria colectiva, se lo
recordaban y los condenaban a muerte.
Un suceso interesante comenzó a registrarse al cabo de unos meses.
En ciertos lugares se podía ver, entre los cadáveres, las moscas y la desidia, a
ancianos caminando, decrépitos, andrajosos, buscando algo para comer y hablando solos.
¡Hasta llegaron a aparecer algunos, milagrosamente, en sillas de ruedas! Colmados de
materia fecal, moscas, y con aspecto cuasi zombie, gritaban y lloraban en el paisaje pos
apocalíptico.
Paradójicamente, el Alzheimer los había salvado de la muerte.
Aunque era tarde para un reseteo masivo de cerebros, y más porque los primeros en
morir fueron los de los servicios de inteligencia al enterarse primero del virus, no había un
plan de salvataje.
Por lo tanto, los únicos que tenían la gracia de sufrir alguna especie de desconexión
con la realidad o de sufrir algún tipo de amnesia, eran los que iban quedando.
Grupos aborígenes de Australia, África y algunas islas del Pacífico, fueron inmunes
al poronga virus.
Más de un siglo antes, el padre del psicoanálisis, los había estudiado para encontrar
alguna explicación plausible a los mecanismos psicológicos de los humanos modernos, y
hoy, sus descendientes se habían muerto mientras los salvajes seguían con vida.
La cura de toda psico patalogia moderna radicaba en no pensar. Pensar te llevaba la
extinción.
Algunos alcohólicos también lograron evadir la muerte por un tiempo.
Especialmente los que venían de gira hacia meses. Esos que tenían lagunas mentales y no
sabían ni cómo se llamaban. El típico engendro que veías a las siete de la mañana tirado en
la calle durmiendo cuando ibas a tu lugar de trabajo a forjar tu futuro; ese engendro, había
sobrevivido.
Unas semanas más, pero había sobrevivido en el futuro que a vos te dejó afuera y
pensaste que era tuyo.
De todas maneras, quedate tranquilo, no lo envidies, apenas empezó a pensar un
poco en lo que pasaba a su alrededor, se cagó muriendo.
A diferencia de las producciones hollywoodenses, en donde se formaban grupos
humanos que se iban ayudando y dando prioridad a mujeres y niños ante la carencia de
recursos, a las tres semanas de la muerte generalizada, en la realidad del porongavirus, no
se le daba prioridad a nada, de hecho, violaciones a niñas, niños, homicidios, destrucciones
e incendios estaban a la orden del día. Si tenías hijos pequeños, tu sufrimiento era el doble,
porque no solo corrías con la angustia de saber que todos morirían indefectiblemente, sino
que también tenías la desesperación de presenciar que les cometieran los espectáculos más
horrorosos delante de tus narices.
Como lo que le ocurrió a Estefanía, una nena de once años, la cual fue abusada
sexualmente y luego cortada en pedazos con fines culinarios por el párroco de la diócesis
de su ciudad. ¿Cómo iba a imaginarse la pequeña que aquel hombre que hablaba de amor al
prójimo, ángeles y actos desinteresados los domingos a la mañana, al irlo a buscar por
ayuda, la iba a amordazar y atar para causarle los actos de sadismo más horrorosos?
El porongavirus le había sacado la careta a más de uno.
¿Se podía confiar en el intendente, el cura, la organización no gubernamental? La
verdad era que no se podía. La experiencia dictaba que la gente no se mataba y comía entre
ellos porque sabían que si se mandaban alguna cagada, eran mandados a un penal y los
linchaban y violaban. Disuasorio pero efectivo. Con la caída de las instituciones, tenías que
esconderte del verdulero del barrio. Y ni hablemos del abogado o el médico.
El mundo en su faceta más cruda, el mundo constatando las teorías de Hobbes, en su
faceta más descarnada, víctima de un virus que superó las limitaciones materiales y logró
que la simbología del apocalipsis cristiano fuese una ridiculez. ¡Pensar que había gente que
se dedicó a analizar semejante pelotudes! Cuando lo más importante era estar al tanto de
enemigos invisibles que, en el momento más inesperado, supieron utilizar el medio más
vulnerable de la humanidad para hacerla sucumbir: su mente.
¿Qué vendría luego del ser humano? ¿Alguna especie utilizaría la llamada
“inteligencia” dentro de millones de años? Las cucarachas, las arañas y las ratas se sentían
cómodas con su forma actual. No parecía que fuesen a querer pensar, manejarse de forma
instintiva les venía funcionando bastante bien hacía millones de años.
Y las cucarachas eran las que más disfrutaban de las sobras que quedaron de la
fiesta humana. Específicamente de las sobras del párroco que había sobrevivido unos meses
en el interior de la diócesis comiendo lo que quedaba de la niña, condimentando con
provenzal los glúteos e hígado.
Sus delirios místicos aunados al sadismo y el canibalismo le dieron fuerzas para
crear su propio mundo en donde el sacrificio de una joven lo había salvado de sus pecados
cometidos y le proporcionaba alimento para aguantar la penitencia.
Pensar en Jesucristo y la santísima Iglesia lo había salvado, por un tiempito, del
escenario apocalíptico.