1.
- FIN DEL IMPERO Y ALTA EDAD MEDIA
La Edad Media es un periodo histórico que comienza con la caída de Roma (año 476). El colapso del
Imperio Romano se produjo por la incapacidad del poder centralizado en Roma del tomar el control efectivo
en sus provincias y de protegerse de las incursiones de los pueblos bárbaros de más allá de sus fronteras.
Con la caída de Roma en el siglo V desapareció el poder político centralizador, el Imperio que
mantenía unido el sistema. Los germánicos, establecidos en las distintas partes del caído imperio, traían
consigo algunas de sus tradiciones: una de ellas era la de dividir las tierras entre los hijos. Los reyes germanos
carecían de un amplio sentido de la res pública, concebían el reino como una propiedad privada personal de
grandes dimensiones. Por supuesto, los nobles hacían lo mismo con sus tierras y heredades. Esto dio lugar a
divisiones territoriales, segregaciones y redistribuciones, reunificaciones y nuevas particiones, en un proceso
que originaba asesinatos y conflictos armados entre las distintas facciones. La consecuencia natural fue la
progresiva fragmentación y localización de la sociedad en pequeños núcleos urbanos: en estos momentos nace
el feudalismo. Para frenar esta tendencia triunfa otro poder universal de la época, la iglesia católica, que se
ocupó de cohesionar toda esta estructura proto-feudal: mediante un sistema de juramentos controlado por el
poder eclesiástico, la nobleza recibirá «el poder de Dios» a cambio del compromiso de procurar la paz entre
ellos y proteger con la fuerza de las armas la sociedad que se está conformando.
2.- LATÍN TARDÍO
Abarca desde el final de la gran tradición romana (116, muerte de Tácito) hasta el momento en que el
latín deja de ser lengua hablada, circunstancia que no se manifiesta coincidentemente en todas las regiones,
sino que tiene unos límites de aparición oscilantes de dos siglos (600-800), en el caso de la Galia, y más
amplio en el caso de otras regiones. Es característica específica de este periodo la aparición de la literatura
cristiana a partir de la figura señera de Tertuliano.
3.- EVOLUCIÓN DEL LATÍN. EL LATÍN VULGAR.
Para los expertos, hablar de latín vulgar es hablar de problemas terminológicos, de concepto, de
cronología,…pues nos encontramos ante un sujeto cambiante, complicado de delimitar.
La definición más aceptada por la mayoría de latinistas –los romanistas matizan esta afirmación- podría
ser la siguiente: es la lengua cotidiana, coloquial o, simplemente, hablada por todas las clases de la sociedad
romana, ya fueran ricos o pobres, durante e inmediatamente después de la época clásica.
Mientras que la lengua literaria se mantiene rígida y estricta con el paso del tiempo, a penas sufre
variaciones y frecuentemente es actualizada pues los autores tardíos, medievales y renacentistas la imitan, un
latín, podemos llamarlo vulgar, evoluciona de forma natural como todas las lenguas desde sus orígenes hasta el
momento de dar paso a las lenguas románicas.
En efecto parece claro que los latino-parlantes vivían en situación de diglosia: el latín de los textos literarios se
encontraba estancado por la gramática. La lengua de cada día no era el latín clásico sino una lengua distinta, un
latín hablado por la gente en un registro coloquial, utilizado por todo el mundo.
A la hora de estudiarlo podemos fijar nuestra atención en puntos particulares de fonética, morfología,
sintaxis y vocabulario, y detectar en los documentos de que disponemos desviaciones respecto al uso clásico.
Podríamos decir que escondidos en los textos literarios y no literarios se dejan ver esos detalles lingüísticos
que revelan esa lengua paralela y que será el germen de las distintas lenguas romances.
• Autores clásicos: interés especial tiene el Appendix Probi del siglo (III o IV) que contenía 227 palabras y
fórmulas tenidas por incorrectas: calida, no calda, auris no oricla,...).
• Glosarios latinos: son vocabularios rudimentarios que traducen palabras o giros considerados como
ajenos al uso de la época: el más célebre de los glosadores latinos es Isidoro de Sevilla con sus
Origines sive Etymologiae.
• Inscripciones latinas. Hay de dos tipos, las grabadas: epitafios, actas públicas o privadas,…; y las
pintadas, es decir, los famosos graffitti de Pompeya y Herculano. • Tratados técnicos: como el tratado de
arquitectura de Vitrubio de tiempos de Augusto y del que pide excusas él mismo por su poca corrección
lingüística. • Muchas historias y crónicas a partir del siglo VI estaban escritas en un latín llenos de
reminiscencias clásicas y vulgarismos al mismo tiempo. Destacan Historia Francorum de Gregorio (siglo
VI) y la Peregrinatio Aetheriae de principios del V, que puede considerarse un auténtico espejo de la
lengua hablada.
• Leyes, diplomas, cartas y formularios ya de época tardía (en España provienen de los reyes visigodos,
es decir, siglo VI y VII) suponen también una mezcla de latín clásico y elementos populares.
• Autores cristianos: los traductores de la Sagrada Escritura se preocupaban, no de la forma literaria, sino
de la exactitud e inteligibilidad de la versión: la propia Vetus Latina, primera traducción latina de la
Biblia, plagada de expresiones populares, elementos griegos y préstamos semíticos. La literatura
cristiana a partir del siglo IV gira hacia un latín más clásico y docto con la intención de igualar no solo
el contenido de los escritos clásicos sino también la forma.
4.- LATÍN DE LOS CRISTIANOS. CRISTIANIZACIÓN Y LATINIZACIÓN.
Del interés por el estudio del latín tardío, surge en el XIX el de descubrir el latín usado en las
comunidades cristianas.
1.- ORIGEN
La literatura cristiana comenzó en lengua griega. La difusión de esta religión por las comunidades
greco-parlantes obligó a que la predicación se realizara en esta lengua. Ni Pedro, ni Pablo hablaban griego,
pero sus enseñanzas se extendían en esta lengua por todo Oriente a través de acólitos tan famosos como
Marcos. Los salmos e himnos también se escribieron en griego.
Esta nueva religión iba ganando adeptos y llegó finalmente al mundo romano y penetró gradualmente
en el mundo occidental, haciendo sus primeros conversos entre los pobladores greco-parlantes de las grandes
ciudades.
Los primeros misioneros predicaron el evangelio en el Occidente latino en lengua del pueblo, pues la
lengua literaria anulaba la sinceridad del mensaje. La comunidad cristiana, al tiempo que iba creciendo, se vio
precisada a responder de una forma erudita a los ataques paganos para defender, demostrar e imponer sus
verdades dogmáticas, y esto había que hacerlo escribiendo, y escribiendo bien, con conciencia plena de que no
se escribía tanto para los fieles como para los infieles.
Y este uso constante en servicio de lo divino dio una dignidad y santidad nuevas a aquellas humildes
formas lingüísticas, de modo que la lengua de la Biblia y la liturgia acabarían por ejercer una profunda
influencia incluso en la de los cristianos romanos de elevada educación y cultura a lo largo de los siglos.
Todos los estudiosos coinciden en que fue en el norte de África, concretamente en Cartago (la tercera
ciudad más grande del siglo III), donde los cristianos empezaron a utilizar el latín. Fue allí donde se tradujo al
latín la biblia griega y allí se escribieron las primeras actas de mártires latinas.
Los primeros textos cristianos compuestos en latín corrieron a cargo de Tertuliano, considerado el
verdadero padre de la literatura cristiana, pues fue el primero en presentar las cuestiones de la fe cristiana de tal
manera que lograsen suscitar interés incluso en el mundo pagano de lengua latina. A finales del II escribió su
Apologeticum, alegato judicial en defensa del cristianismo al más puro estilo ciceroniano. Sin duda influyó de
manera decisiva en el latín cristiano.
De su misma época fue Minucio Félix quien fue el primero en tratar los pros y los contras del
cristianismo a través de un diálogo filosófico, Octavius, al estilo de Platón y Cicerón.
Con el paso del tiempo la organización de la iglesia y la vida cristiana progresaron rápidamente. El
pensamiento cristiano se hizo más maduro y profundo. Su instrumento de expresión se hizo más sutil y
sensible por obra de una serie de escritores bien dotados.
Lactancio, que vivió entre el siglo III y IV, fue considerado el “Cicerón cristiano”. Sus Divinae
Institutiones fundamentan las verdades del cristianismo a partir de una minuciosa argumentación filosófica.
A finales del IV San Agustín, uno de los Padres de la Iglesia quien adoptó en cada uno de sus obras su
estilo teniendo en cuenta el tipo de audiencia o lectores. Así De Civitate Dei presenta un estilo más literario y
pagano, al estilo clásico ciceroniano. Esta obra influyó enormemente en la imagen del mundo que tuvieron los
hombres hasta bien entrado el siglo XVIII. Mientras sus Confesiones muestran un estilo algo más llano; pero
realmente en sus Sermones es donde se ve al Agustín más popular y coloquial.
Un siglo más tarde, Boecio, cristiano pero amante de la filosofía pagana, tuvo mucho éxito, sobre todo
en siglos posteriores, con su obra Consolatio Philosophiae que supuso un auténtico compendio de la filosofía
griega, desde Platón hasta los estoicos, sin derivaciones cristianas.
San Jerónimo, de finales del IV. Gracias a los conocimientos de griego y de hebreo, tradujo el Antiguo
Testamento desde el texto original, y no desde la Septuaginta griega, como se había hecho hasta entonces. De
esa manera nació una obra maestra, que será conocida como la Vulgata (la habitual, la conocida por todos y no
la vulgar como la definen algunos) y que sigue siendo la versión de la biblia más difundida. Incluso Lutero se
fijó más en esta biblia que en los originales hebreos y latinos.
En el terreno de la poesía destacan en el siglo IV autores como Hilario, obispo de Poitiers, quien
escribió una serie de himnos latinos, de los que se han conservado tan solo algunos fragmentos; o san
Ambrosio, obispo de Milán, cuyos himnos sí tuvieron éxito entre las comunidades cristianas dispuestas a morir
en la fe.
Finalmente el grupo que había nacido en la marginalidad de los barrios greco parlantes de oriente acabó
absorbiendo a la comunidad entera y su lengua especial se convirtió en el modelo a seguir por los escritores
venideros. Ese latín sin duda influyó notablemente en la conformación del futuro latín: el latín medieval.
2.- CRISTIANIZACIÓN Y LENGUA LATINA
Como hemos dicho anteriormente, el cristianismo se expande por comunidades de habla griega, lengua
empleada por los judíos de la diáspora, a lo largo de todo el Oriente y con una buena implantación en
Occidente. Es por ello que tuvo que darse en el Oeste durante cierto tiempo un cierto proceso de bilingüismo
que pronto se vio superado con la adaptación del griego al latín de diferentes modos sobre todo en el plano
léxico. Más complicado resulta justificar los usos específicos dentro de la morfología y de la sintaxis.
En el plano léxico, los términos oficiales de la religión romana fueron sustituidos por expresiones
nuevas para afirmar con la máxima claridad sus creencias diferentes. La sustitución se realizó mediante:
1.- Préstamos griegos que designan aspectos concretos de la vida de las primeras comunidades:
angelus, euangelium, martyr, apostata, apostolus, baptisma, baptizo, blasphemare, catecumenus, charisma,
diaconus, ecclesia, episcopus, presbyter, propheta.
2.- Préstamos del hebreo: sabbatum, pascha, amen, halleluyah, hosanna, kherubim, seraphim…En
ocasiones el vocablo latino sustituyó al hebreo: infernus por gehena; en otras llegaron a convicir: satanas y
diabolus.
3.- Neologismos: carnalis, spiritualis, Saluator, sanctificare, revelatio, vivificare, 4.- Desplazamientos
semánticos: en algunas ocasiones se conserva en el fondo el significado original: fides, sacramentum,
confessio, beatificari, beneplacitum, parábola (de comparación a palabra), paganus (o frente a civiles o a
miles), gentes,…En otras se busca evitar la terminología religiosa pagana: se usa altare en vez de ara, basilica
o ecclesia en vez de templum. El caso de pax, opuesto a bellum en latín pagano, designaría el antónimo de
persecutio, es decir, la paz entre la Iglesia y el Estado. Luego pax en su aspecto más abstracto llega a significar
la paz entre Dios y los hombres.