DON RICARDO PALMA
Con don Ricardo Palma, que a los 86 años de edad acaba de fa
llecer en una pequeña casa de campo de Miradores, junto a Lima,
desaparece para el Perú el más representativo y característico de sus
literatos; y para toda la América española, el último sobreviviente de
la escuela romántica, que en nuestros países no llegó a difundirse y
prevalecer sino hasta bien mediado el siglo XIX.
Sus célebres Tradiciones, nutrida serie de breves y amenas leyen
das en prosa, evocan, como una colección de brillantes miniaturas,
toda "la historia peruana, en sus más significativos aspectos y con
trastes, desde el siglo XVI: son el cabal florecimiento y la artística
concreción de aquel donairoso criollismo limeño que Palma supo
sentir y expresar insuperablemente, y que vino a encarnarse y con
densarse, con toda perfección, en su persona y escritos.
*»*
Nació en Lima, el 7 de febrero de 1833. Durante su infancia y
su primera juventud, conservaba aún su ciudad natal el ambiente
singular que en América la hizo famosa: y en él se educó e impreg
nó don Ricardo Palma de indeleble manera. Fueron los primeros
años de la República agitados y anárquicos cual ningunos; pero, por
los excepcionales y externos impulsos que determinaron la indepen
dencia del Perú, dejaron subsistir casi intactos los usos y sentimientos
de la época colonial. Los turbulentos mariscales y generales republi
canos se codeaban y fraternizaban con los viejos marqueses y los in
numerables frailes mendicantes. Al lado de los cuarteles, resonantes
con la vocería de los pronunciamientos, ahumados y maltrechos por
los continuos asaltos revolucionarios, se alzaban, integras todavía, las
extensan cercas de los monasterios de monjas, sombreadas de plata
nares; las fachadas churriguerescas y retorcidas de las iglesias; y las
de los caserones de títulos mayorazgos, cuyos balcones tallados, con
caladas y voladizas celosías de madera, recordaban, por atavismo re
moto, mucho más que los miradores españoles, los muxarabies ará
bigos. Con mayor frecuencia que los desfiles y los cierrapuertas pre-
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torianos, ocupaba las calles el despliegue de las procesiones religio
sas, en que alternaban, con las andas hieráticas y recamadas, las
burlescas comparsas populares. En las arcaicas alamedas de Abajo
del Puente, rodaban las últimas carrozas doradas de la nobleza crio
lla; y junto a los surtidores virreinales, las tapadas de saya y manto
perpetuaban el incitante misterio de su disfraz semioriental. Al caer
la tarde, en los ruidosos portales de la Plaza de Armas, perfumados
de frutas y misturas de llores, cesaba de pronto la alegre algazara de
la abigarrada muchedumbre, cuando de las torres de la Catedral des
cendía el pausado toque de la oración. Quitábanse los clérigos los
puntiagudos sombreros de teja, los caballeros los altísimos tarros,
las vendedoras los jipijapas, y los esclavos los gorros. Por unos mi
nutos se descubrían todos; y rezaban a coro unánime y devotamen
te, las Avemarias del Angelus los pobladores de Lima, del propio
modo que en las tierras islámicas suspende el bullicio vespertino la
plegaria del muezin. Por las portadas de las murallas que erigió el
duque de la Palata, penetraban soldados y montoneros de extraños y
rotos trajes y armados de trabucos disformes. Aclamaban un día al
taimado Gamarra, otro al apuesto y arrogante Orbegoso, otro al san
guinario Salaverry; y en nombre de tantos y tan encontrados cabe
cillas, iban a perturbar, con sus violencias y desmanes, la placentera
paz de la capital risueña.
De entre las miserias de la cotidiana guerra civil y las ruindades
del vulgar personalismo, lució de pronto una noble idea: la recons
titución del Perú Grande, la reunión federativa del Bajo Perú con el
Alto Perú o Bolívia. El caudillo que la personificó y realizó, el ma
riscal don Andrés de Santa Cruz, obtuvo, por un momento, para este
propósito de reacción nacionalista, en el mejor sentido de la palabra,
el concurso, no sólo de la mayoría de las clases altas y consei vado-
ras, sino también de buen número de liberales y de casi toda la cla
se media y el pueblo de Arequipa y Lima. El padre de don Ricardo
Palma, modesto comerciante limeño al pormenor, fué un ferviente
sanfacrucino; y sus opiniones se transmitieron desde la niñez al fu
turo tradicionalista, el cual en su ancianidad se complacía en repetir
la siguiente anécdota, que varias veces escuché de sus labios:
Corrían los postreros días de enero de 1839. La Confederación,
ai cabo de tres años de establecida, se deshacía al embate de sus
ciegos enemigos domésticos y de sus muy perspicaces adversarios
extranjeros. El protector Santa Cruz, después de recuperar Lima, a la
cabeza del ejército perú-boliviano, se había dirigido al Norte, hasta
el valle denominado Callejón de Huaylas, persiguiendo en su retira-
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da al ejército chileno, engrosado ya por varios cuerpos peruanos
disidentes. Susurrábase que en esta campaña la suerte había aban
donado a Santa Cruz; pero el vecindario limeño, que lo había reci
bido jubilosa y triunfalmente hacia dos meses, le continuaba su
adhesión.
Era una noche de verano, el 24 de enero. En un largo balcón,
próximo a la iglesia de San Francisco, tomaba el fresco la familia
Palma, en compañía de otras honradas familias de mediana condi
ción que habitaban departamentos de la misma casa. De repente, en
el silencio y la obscuridad de la calle, apareció un pelotón de hom
bres montados y armados: varios militares, embozados en capas, que
apresuradamente tomaron hacia los barrios de Santo Toribio y San
Pedro. El padre de don Ricardo, sin saber quiénes eran, no quiso
desperdiciar la ocasión de manifestar sus predilecciones políticas, y
lanzó un estentóreo: / Viva Santa Cruz! que fué coreado por su fami
lia y vecinos. Entonces, el jinete que ocupaba el centro del grupo,
y a quien al parecer obedecían los demás, volvió la cara, paró un
instante el caballo, y se tocó el sombrero, como contestando a la
ovación. Enseguida continuó su acelerado caminar. Según pudo ave
riguarse después, era en efecto el propio Santa Cruz, que, rodeado
de algunos leales edecanes, venía huyendo desde los aciagos cam
pos de Yungay. Recién llegado esa noche a Lima, a los cuatro días
de prestísima y fatigosísima marcha, se enderezaba a cenar y des
cansar un momento en la casa de su inquebrantable amigo don Juan
Bautista de 1.a valle, situada en la esquina de las cuadras de Mel-
chormalo y Beytia. A las pocas horas, continuaba de allí su viaje
hasta Arequipa, donde acabó de malograrse y desvanecerse aquel
su empeño restaurador de la unidad y supremacía de la raza perua
na en el occidente de Sudamérica; y se vió obligado a dimitir el
mando.
Cuando muchos años después, don Ricardo Palma, consecuente
con sus tradiciones paternas, fué en Europa a rendir homenaje al
ilustre desterrado, que vivía en una casita de Versalles (propio lugar
de extinguidas grandezas), comprobó qué bien recordaba y con qué
íntima emoción había agradecido Santa Cruz aquel último aplauso
que le tributó Lima en la más amarga hora de su derrota, como es
pontánea y conmovedora muestra de fidelidad. En esta escena de la
infancia de Palma, que en sus postreros años tanto recordaba, nos
place hallar un símbolo profético: el que había de ser supremo evo
cador histórico del Perú, tesorero y joyero de sus leyendas, encar
nación de su ingenio, viva voz de su alma, aclamó, con la prescien-
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cía del niño, y más tarde con la del artista, al precursor del magno
ideal patriótico que es clave de nuestro porvenir.
La ruina de la Confederación trajo para el Perú años calamito
sos, de conflictos y desastres externos y de imponderable cáos inte
rior. Hubo época en que a la vez coexistieron tres Gobiernos. Al cabo
renació el orden en el primer periodo de Castilla (1845-1851), y pu
dieron cultivarse los estudios y las letras, en el respiro que dejaron
las destructoras contiendas civiles.
El canónigo limeño don Bartolomé Herrera, en el Colegio Mayor
de San Carlos, y el profesor murciano don Sebastián Lorente, en el
de Nuestra Señora de Guadalupe, reabrieron y renovaron los cursos
de Filosofía y Humanidades, que habían cesado hacia largo tiempo
en la vetusta Universidad. Ya desde el Gobierno de Santa Cruz, y
aun algo antes, los había iniciado el que fue su secretario, el gadi
tano don José Joaquín de Mora, que en El Ateneo del Perú enseñó
las teorías psicológicas y éticas de la escuela escocesa del sentido co
mún, y que en literatura popularizó el nombre y las obras de Sir
Walter Scott. Pero las semillas de novedades románticas que espar
ció Mora no fructificaron entonces por lo áspero y revuelto de los
tiempos, y fueron, un poco más tarde, otros dos españoles, el ya ci
tado Lorente y el montañés Fernando Velarde, los verdaderos intro
ductores del romanticismo en el Perú, y los maestros que decisiva
mente influyeron en Palma y sus compañeros de bohemia literaria.
Era Velarde un joven y fogoso poeta santanderino. Por el año
de 1847 llevó al Perú el culto de Zorrilla y Espronceda, que impuso
como modelos, juntos con sus propios versos, a sus discípulos lime
ños. Entre los menores de edad, pero entre los más distinguidos, se
contaba ya Ricardo Palma, quien desde su adolescencia comenzó á
publicar poesías y leyendas en prosa. Sus primeros versos, coleccio
nados en Juvenilia, son, en efecto, de 1848. Por entonces, igual
mente, apareció su breve cuento incaico Oderay, muy débil e inex
perto, pero que es uno de los primeros productos del romanticismo
narrativo en el Perú, al propio tiempo que el Padre lloran, de Arés-
tegui(i).
(i) Novela regional cuzqueña Je Jon Narciso Aréstegui, impresa en Lima
el año 1848, y no tan desdeñable como lo di a entender en mi Carácter de la
Literatura del Perú independiente. Se advierte en ella muy claro el influjo de
Notre-Dame, de Víctor Hugo.
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También compuso e hizo representar dramas históricos, que él
mismo no quería luego que se recordaran, y que en verdad no me
recen serlo. Fueron obras prematuras, de sus años de efervescencia
bohemia y de gran melena romántica; cuando se hizo de moda en la
juventud literaria limeña la ingenua copia del medioevalismo europeo;
cuando Corpancho, embozado en su capa española con vueltas rojas,
meditaba El poeta cruzado y El caballero templario.
Más grave influencia ejerció otro amigo suyo, el eminente neo-
granadino don Julio Arboleda, uno de los primeros políticos y lite
ratos del siglo XIX en la América meridional. Proscrito de Nueva
Granada por el radicalismo triunfante, vivía en Lima hacia los años
de 1852 y 53. Ricardo Palma lo trató mucho; recibió de él lecciones
de francés; se apartó por su consejo de la pueril imitación de los te
mas propios de Europa, y convirtió la atención a los asuntos de his
toria americana. Sobre el modelo del Gonzalo de Oyón, poema que a
la sazón Arboleda escribía, trazó Palma su leyenda en verso Flor de
los cielos., dedicada al mismo Julio Arboleda.
El cenáculo de los regocijados y traviesos bohemios de Lima, no
era ningún lóbrego subterráneo, ni ninguna plebeya taberna, sino
nada menos que los iluminados salones de un ministro de Estado,
el político y magistrado arequipeño don Miguel del Carpió. Antiguo
partidario de Santa Cruz, y, como casi todos los conservadores, re
conciliado con Castilla y principal colaborador de su primer Gobier
no, Carpió tenía aficiones literarias y hasta había compuesto en sus
años juveniles una cierta oda Al Misti, de la que se chanceaban sus
propios contertulios. De sus frustradas pretensiones poéticas le quedó
siempre vivo amor a las letras, y aprovechaba su valimiento oficial
en proteger y alentar a los principiantes. Para con los bohemios, Car
pió deponía la seriedad ceremoniosa de sus altos empleos; se olvida
ba de su posición y sus años y se permitía desenfadas bromas, cho
carrerías y crudezas de expresión que superaban a las de sus jóvenes
amigos románticos.
Pero no todos los dignatarios del Presidente Castilla usaban de
igual llaneza y benévola familiaridad en el trato con los literatos mo
zos, y Palma debía experimentarlo pronto. Gracias a don Miguel del
Carpió había obtenido plaza de amanuense en un Ministerio; y en
tal calidad recibió el encargo de llevarle personalmente al mariscal
Castilla el Mensaje destinado a la instalación de la Legislatura. Habia
dado la última mano a la redacción del solemne documento don Ma
nuel Ferreyros, antiguo liberal de la Independencia y director gene
ral de Estudios en la República, y queriendo esmerarse en exquisite-
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ces gramaticales, había escrito al principio del párrafo relativo a la
amenazada par pública: Los falsos alarmas.
Palma entregó respetuosamente al mariscal los dos ejemplares
del Mensaje que le traía: uno para la imprenta del Estado, y otro para
la lectura en el Congreso. Castilla leyó en alta voz, enterándose del
texto definitivo que le sometían sus consejeros. Al llegar al pasaje de
los falsos alarmas, se detuvo sorprendido:
—¿Eh, dijo... qué cosa? Vamos a ver, joven, preguntó dirigién
dose a Palma; usted, que es escritor, ¿cree que esto está bien asi?...
—Asi debe de ser, excelentísimo señor, respondió algo perplejo
Palma... desde que el señor Ferreyros lo ha escrito...
—Diga con franqueza ¿no le extraña?
—Si señor; nunca había oído esa palabra en masculino.
—Y ¿cómo la pondría V.?
—Diría las falsas alarmas, que es como dice todo el mundo.
—Eso es... eso es... falsas alarmas... lo demás son pedanterías,
pedanterías... repitió, según su costumbre, Castilla.—Vaya a decirle a
Ferreyros, ahora mismo, que ponga falsas alarmas.
A los pocos momentos, el amanuense ministerial notificaba al
Director de Estudios la corrección que deseaba Castilla.
—Y ¿cómo se le ha podido ocurrir eso? preguntó Ferreyros... El
mariscal sabrá de milicia y gobierno, pero no de gramática... Ade
más, la decisión de la Academia Española es formal y contundente
sobre este género masculino, añadió hojeando el Diccionario... ¡Ah!
ya caigo... Será V., señor literatuelo, el que ha ido a llevarle al Pre
sidente tan buen consejo y a corregirnos la plana...
—El me preguntó mi opinión, y yo le dije lo que me parecía,
contestó Palma, que no se atrevió a negar la verdad.
Ferreyros se enojó:
—Pues valiente consultor gramatical se ha buscado su Excelen
cia. Ya se ve; con lo que estudian y saben estos mozos románticos,
y con el lenguaje que emplean... Venga, venga acá, y lea lo que dice
el Diccionario de la Academia...
Y acabó de abrumar al atortelado joven con las autoridades y
textos de Moratin. Quintana, y .Martínez de la Rosa, oráculos del cla
sicismo de entonces.
El final de la ronca fué, más o menos, como sigue:
—Vuélvase por donde ha venido. Yo no cambio esa concordan
cia, porque soy el responsable de la publicación del Mensaje, y no
puedo autorizar disparates. Y otra vez, jovencito, no se ponga a co
rregir a quien sabe más que V. Si no, me veré obligado a pedir su
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destitución en el Ministerio, por ignorante, presuntuoso y entrometido.
Palma refería que muy cabizbajo y sofocado salió de la casa de
don Manuel Ferreyros; pero que a las dos horas escasas de la esce
na, sin haber vuelto a hablar con Castilla, saboreó el desquite, al es
cuchar que en la ceremonia de la lectura del Mensaje ante las Cá
maras, repetía el Presidente con gran énfasis, mirando fijamente
a Ferreyros:
—Lasfalsas alarmas; si señor... asi es... Las falsas alarmas.
♦
* *
Poco después, a consecuencia de cierta aventura amorosa, Palma
se vió amenazado de que una madre enérgica, con ayuda de bravos
parientes, lo obligara a contraer inmediato matrimonio. En este aprie
to, acudió, como siempre, a su providencia, don Miguel del Carpió,
quien, para sacarlo del lance, y evitarle peligros y venganzas, lo colo
có de contador en el bergantín de guerra Guisse.
Al año subsiguiente, 1855, navegaba con igual empleo en la go
leta a vapor Rimac. Naufragó con ella cerca de Acari y Atiquipa. A
punto de perecer de sed estuvo en los horribles arenales de la costa;
y en una de sus Tradiciones ha recordado sus padecimientos y los
de sus numerosos compañeros en esa travesía del desierto.
Hacia 1857, lo hallamos de revolucionario, en las filas ultracon-
servadoras del general Vivanco. ¿Cómo don Ricardo Palma, que siem
pre se proclamó volteriano, y que luego fué, según hemos de ver, li
beral militante, pudo hacerse en aquella temporada caluroso vivan-
quista, que equivalía a reaccionario extremo, desembozado partidario
del poder personal y de los privilegiados fueros militar y eclesiástico?
De un lado las tradiciones santacrucinas que respiró en su hogar
paterno, como ya apuntamos, y la atmósfera dominante de Lima y
el Perú lo llevaba en su juventud al campo de la autoridad y de lo
pasado, en cuanto lo permitía su móvil, ligera y jovial naturaleza. Y
su propia complexión de artista, su romanticismo arqueológico, su
culto de los recuerdos y las añoranzas, lo inclinaban sentimentalmen
te a aquel partido, el más directo heredero del antiguo régimen es
pañol entre nosotros; de igual modo que, mucho más tarde, ya en su
ancianidad, cuando su viaje a España, simpatizó con el carlismo in
transigente (hasta el extremo de que varios de sus amigos madrile
ños lo apellidaban el carlistón) por intimas razones estéticas, no de
semejantes de las que han mantenido y avivado los legitimismos de
Valle Inclán y Barbey d'Aurevilly.
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Pero, más que todo, ha de decirse claramente que don Ricardo
nunca tomó la política en serio; ni había nacido para apasionarse
por ideas abstractas; ni se dió jamás el trabajo de ahondar en las
doctrinas sociales, ni de armonizar sus sentimientos con sus princi
pios. Era, de pies a cabeza, un literato, y no era sino eso: ora escri
biendo, ora actuando, era un poeta: leve, alado, caprichoso y sensi
ble, obediente a las sugestiones de la más amable fantasía, no a los
secos corolarios de la adusta razón. Siguiendo la funesta costumbre
peruana de atender meramente a la persona de los caudillos, y no a
los programas (cuando, por raro caso, los tienen), se prendó de Vi-
vanco, mucho más que de la reacción que simbolizaba. Como toda
la juventud culta de su tiempo en el Perú, se rindió a la fascinación
de aquel bizarro general, que, no sólo encabezaba la protesta conser
vadora (en muchas cosas tan justa y razonable que, aun vencida
militarmente, logró imponer la reforma de la constitución liberal),
sino que representaba la distinción y cortesía de maneras, la inteli
gencia y la elegancia literaria. Era Vivanco un devoto de Cervantes,
un hablista exquisito, un académico. Calcúlese cuanto ascendiente
ejercería sobre Palma.
Habían sido grandes amigos desde larga fecha. Cuando las cir
cunstancias sacaron a Vivanco de su retiro, y lo volvieron a poner
al frente de una extensa porción del país, y cuando la escuadra se
pronunció por él, Ricardo Palma, siguiendo a sus compañeros mari
nos, se le plegó entusiástamente. Estuvo en la campaña sobre Lam-
bayeque y en el desembarco del Callao. Pero allí se enfriaron sus ar
dores partidatistas. Varias veces le escuché el relato de su desengaño.
Entre muchas y brillantes cualidades, tenia Vivanco dos graves
defectos: blandura de carácter y negligencia en la administración mi
litar. Procuraba ocultarlos o remediar sus consecuencias con rigores
intempestivos y a veces crueles, que degeneraban en terquedades
deplorables. En tales pasajeros accesos de severidad, se fortalecía
contra los intercesores, invocando la rigidez de sus principios orde
nancistas y la necesidad trascendental y filosófica de la pena de
muerte. Ya una de estas obstinaciones de implacable justicia, al man
tener una sentencia de ejecución capital contra los capitanes Lastres
y Verástegui, apesar de los ruegos de todas las autoridades y de las
señoras de Lima, le costó en 1843 la popularidad y el gobierno. No
escarmentado, a los catorce años, hizo innecesariamente en Lamba-
yeque someter a consejo de guerra a un oficial, y nombró por su
defensor a Palma. Este, que era muy humano y compasivo, tomó la
defensa con vehemencia extraordinaria, al comprender el peligro en
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que se hallaba la vida del reo; y abogando ante el Consejo, hizo pre
sente la lenidad obligatoria en las luchas intestinas, la barbarie absur
da de la estricta y rigurosa penalidad política en un país donde no
podia haber acusador ni juez exento de la tacha de conspiración, y
los contraproducentes efectos que la desmedida severidad había aca
rreado a Salaverry, Santa Cruz y al mismo Vivanco; y aludiendo en
velados términos a la anterior historia de éste, añadió que era indis
pensable que el vivanquismo no se salpicara más con sangre. Tánto
calor y eficacia puso Palma en sus palabras, que salvó a su defendi
do; de lo que el general en jefe concibió notable desabrimiento, por
juzgar con la sentencia quebrantada la disciplina de sus tropas.
A las pocas semanas, la escuadra revolucionaria expedicionaba
sobre el Callao; y Palma se escandalizaba grandemente cuando, des
pués del sangriento y frustrado asalto, oyó que Vivanco decía—con
la frialdad del militar avezado a las matanzas, o con culpable frivoli
dad de dilettante— al contemplar el cadáver de un capitón mulato
muerto en su servicio: «Tan feo está muerto como vivo».
Estos síntomas de insensibilidad y egoísmo, lo desencantaron de
su caudillo; y cuando acabó la revolución, permaneció en la marina
del Gobierno, muy curado de sus fanatismos facciosos.
Reconciliados los partidos del Perú ante el conflicto con el Ecua
dor, asistió Palma al bloqueo y desembarco de Guayaquil en 1859.
—Creo que poco antes estuvo, por primera vez, en Europa; y residió
algunos meses del 58 en París.
De vuelta al Perú, en 1860, su actividad literaria tomó mayor
vuelo con la fundación de la Revista de Lima. Colaboró en ella con
los dos Pardos, padre e hijo (don Felipe y don Manuel), José Antonio
de Lavalle, el General Mendiburu, Casimiro L’lloa, el ingenioso ve-
nelozano Juan Vicente Camacho, Carlos Augusto Salaverry, Manuel
Adolfo García, el economista Masías y algunos otros, que signifi
caban lo mejor y más selecto de la cultura peruana. Ya por esa fecha,
comprendía Palma que en el verso y en la prosa elevada, podía tener
émulos entre sus contemporáneos: pero que no los tenia en la prosa
finamente burlesca, en la leyenda histórica corta y festiva. Orientán
dose cada vez más en el sentido de su definitiva vocación, comenzó
a descuidar la poesía por las picarescas tradiciones que, en competen
cia con Juan Vicente Camacho, publicaba en la mencionada Revista.
La política volvió a distraerlo. Con la instabilidad de su naturaleza,
se hizo liberal, siguiendo las corrientes de la época, la reacción extre
mista contra el Mariscal Castilla, y más que todo, la influencia de José
Gálvez, joven catedrático a quién Palma quería y veneraba entraña
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blemente. Comprometido por él, entró en la conjuración de 186o.
Fué el encargado por Gálvez de llevar a los conjurados del Callao
las noticias del ataque contra la casa de Castilla; y de comunicarles
la contraorden del movimiento en el puerto, cuando fracasó el golpe
en Lima.
A consecuencia de estos sucesos tuvo que emigrar a Chile con
don Manuel Toribio Creta y otros prohombres del liberalismo. En
Valparaíso vivió con el General Echenique, y le radactó un extenso
manifiesto, a pesar de su reciente disconformidad de ideas con este
derrocado presidente conservador. En Santiago, intimó mucho con
los hermanos Amunáteguis y otros literatos chilenos, discípulos de
Bello. Durante su permanencia en Chile, publicó varios artículos crí
ticos, entre otros uno sobre el Salterio Peruano de Valdés.
Un día, en Valparaíso o Santiago asistía a un mitin internacional
que se celebraba en un teatro, en honor de Méjico o los Estados
Unidos. Ocupaba un palco, en compañía de otros desterrados perua
nos, entre los cuales era el más notable Ureta. Hubo un orador chile
no que, en el fuego de su peroración sobre los tiranos de . {marica,
mencionó al Mariscal Castilla, equiparándole a! Dr. Francia y a Rosas.
Herido Palma en su patriotismo, le dijo a voz baja a Ureta:
—Usted, que ha sido ministro de Castilla, debe protestar de lo
que aqui se afirma.
—No tiene importancia—le contestó Ureta.
—¿Cómo no ha de tener importancia que pinten al Perú como
un país esclavizado? Pues si usted no habla, yo. aunque no soy ora
dor, voy a pedir la palabra.
Y acto continuo se levantó, diciendo que un emigrado peruano
deseaba hacer una rectificación; y, entre la sorpresa del auditorio,
expresó que, aunque adversario político de Castilla y proscripto por
él, no podía permitir, en su calidad de peruano, que al mandatario
de su patria se le describiera como a un monstruo exterminador,
comparable con los que el orador había recordado; que el Perú no
producía monstruos semejantes, y que tenia orgullo al declararlo, por
lo mismo que nada tenía que hacer ni nada deseaba con aquel go
bernante cuyos errores había combatido con las armas en la mano.
Estas palabras tuvieron eco en Lima, y cuando se las refirieron
a Castilla, exclamó en su tertulia:
—Ese muchacho tiene talento y patriotismo... Yo lo quiero mu
cho... Pero él no me quiere... no me quiere...
Con numerosas tradiciones suyas desmintió después don Ricardo
este aserto del viejo Mariscal.
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Debió Palma de regresar al Perú cuando la presidencia de San
Román. En 1863 publicó la primera edición de su estudio histórico
Anales de la Inquisición de Lima. Hecho con los escasos documentos
del archivo inquisitorial que aún se conservaban en nuestra patria,
este folleto es deficiente como obra de erudición. Hay en él, como en
cuanto Palma escribió, levedad, soltura, desembarazo, epigramas a la
manera del siglo XVIII; pero no da, ni por asomo, la verdadera im
presión del asunto, la sensación de aquella formidable máquina de
gobierno; de los móviles, tanto religiosos como políticos que la guia
ron; y de las desviaciones y vicios que la estragaron y perdieron.
Don Ricardo en una ocasión me reprochó, con afectuosas quejas, que
yo hubiera dado a entender la tenuidad de este su libro alabando
exclusivamente el de José Toribio Medina. Pero es que no se puede
ni se debe disimular la verdad; y el gran erudito del país rival, al
escudriñar la historia de nuestra Inquisición, sin esfuerzos de inge
nio, sin primores de estilo, por la sola virtud de la masa de docu
mentos que compulsó, acierta a hacer lo que no hizo Palma con to
das las gracias de su pluma: a revivir ante nuestros ojos la tenebro
sidad de las cárceles y la fiereza de los tormentos; los misterios de
iniquidad y de hipocresía depravada que se ocultaban en los senos
de la primitiva sociedad colonial; las demoníacas figuras del hereje
Fray Francisco de la Cruz, especie de andaluz Rasputine, que con su
misticismo erótico infamó las estirpes de los más orgullosos conquis
tadores; y el terrible inquisidor Gutiérrez de Ulloa, pendenciero, mal
vado, feroz y sacrilego, que puede servir para acreditar la fidelidad
de su contemporáneo arquetipo literario don Juan Tenorio; y que,
después de haber dominado por el terror al Perú entero de las pos
trimerías del siglo XVI, vino a morir al fin deshonrado y desespera
do. La índole artística de Palma, tan mesurada y fina, no era para
inspirarse en tales caracteres ni para deleitarse en tan espeluznante
escenario.
A poco fué nombrado Palma cónsul peruano en una ciudad del
Norte del Brasil; no recuerdo si en San Luis del Marañón o en Pará.
Los excesivos calores, las lluvias ecuatoriales, el exuberante pero
monótomo y agobiador paisaje de las selvas, el aparato y la pompa
del Imperio brasileño; todo lo que era antitético de su recalcitrante
limeñismo, le cansaron y enfadaron hasta el punto de que enfermó
gravemente y tuvo que dejar el consulado. Para disipar el tedio, se
dirigió a Francia; me parece que por segunda vez. En París fué a
ofrecer su tributo de admiración al gran Lamartine, anciano pobre, y
decepcionado, a quien halló para su gusto en el trato personal (sin
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duda a causa de la melancólica situación en que lo vió), harto estira
do y ceñudo. Y como muestra de la extraña heterogeneidad de sus
devociones literarias, conviene saber que casi tanto como su visita al
egregio Lamartine, se complacía Palma en recordar su casual encuen
tra con Alfonso Karr, en una calle parisiense. Se hizo muy amigo del
colombiano don Rafael Núñez, que fué después insigne estadista y
escritor, y que por entonces era cónsul de su país en uno de los
puertos franceses del Atlántico. Viajó Palma por Italia, llegó a Vene-
cía, sometida aún al yugo austríaco, y cuyo excepcional hechizo, ga
lante, marino y barroco, evocaba con delicias hasta en la vejez. El es
pectáculo de su esclavitud le dictó una de las mejores composiciones
del libro de versos Harmonías (i). Al pasar por las Antillas, en este
viaje, cumplió con otro de los obligatorios ritos del romanticismo
hispanoamericano: visitar al sublime vate Abigail Lozano. Era éste un
poeta muy obeso, natural de Venezuela, que residía en una de las
islas inmediatas a su patria, y que producía a destajo endecasílabos
y alejandrinos tan fofos y abultados como su persona física. Venerá
banlo como a excelso maestro de los bohemios limeños, por inexpli
cable error de gusto; y con el indestructible arraigo de las primeras
aficiones, don Ricardo Palma, luego tan delicado y perspicaz en sus
juicios, siguió, no obstante, reputando de muy buena fe, hasta el fin
de sus días, como autores eximios a dicho Abigail Lozano y a los pe
ruanos Manuel Adolfo García y Amaldo Márquez. Y no toleraba burlas
sobre estas sus idolatrías, tan respetables y simpáticas, por ser ge
nerosas ceguedades de sus afectos y entusiasmos juveniles.
Creo que fué en su regreso al Perú cuando trató en Panamá al
célebre mejicano Porfirio Díaz, en una corta ausencia a que éste se
vió obligado durante las campañas del Sur de Méjico. En esta misma
ocasión fué cuando vió por última vez a Garcia Moreno.
(lacia mucho tiempo que lo conocía, desde que sus primeros
viajes como contador de marina lo había llevado al triste puerto de
Payta, donde García Moreno pasaba una de sus expatriaciones, en
cerrado en una casita de madera en aquellos ardientes arenales, y de
vorando dia y noche, no obstante tener enferma la vista, tomos de
ciencias naturales y de teología y filosofía escolástica. Palma, que
con frecuencia iba a darle conversación, le propuso una tarde, para
distraer los ocios de aquel destierro, emprender juntos el asedio amo
roso de dos agraciadas viudas que residían allí de temporada. El aus-
(1) Impreso en París el arto 1865
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tero García Moreno le respondió, mirándolo de arriba abajo severa
mente:
—No acostumbro esos que usted llama trapícheos; y hágame el
favor de no volverme a hablar en semejante tono.
A pesar de esta áspera lección de ascetismo, no se interrumpió
la buena amistad entre Garcia Moreno y Palma, que charlaban en
aquellas semanas todas las tardes sobre literatura castellana y fran
cesa.
Ahora, en vísperas del rompimiento del Perú con España, lo vol
vía a ver en Guayaquil y en condición muy distinta. Estaba de Pre
sidente del Ecuador. Acababa de llegar de Quito, con celeridad ma
ravillosa, sin comer ni dormir en todo el largo camino, para sorpren
der y debelar una insurrección liberal guayaquileña. Ya tenia venci
dos a los revolucionarios, a quienes se disponía a fusilar. Subió a
visitar el buque en que Palma venía. Vestía un frac azul abrochado
y empuñaba una lanza en la mano.
—Usted va sin duda a entrar en la revolución contra Pezet—
le dijo a su amigo peruano.
—No es imposible—le contestó éste.—También usted, don Ga
briel, tiene a su Ecuador movido.
—¡Oh! Lo que es aquí, no hay cuidado. Los expedicionarios de
Jambeli no me asustan. Mañana mismo habré dado cuenta de ellos.
Me refería Palma que al oirle estas palabras le pareció reconocer
en los claros ojos de su amigo, el incansable lector de Payta, la mi
rada fría e implacable, de acero pavonado, de los retratos de Feli
pe II. Tenia delante de sí a un inquisidor, hermano tardío de aque
llos cuyos hechos estudiaba en los papeles viejos de Lima.
Como lo preveía Garcia Moreno, Palma, apenas llegado al Perú,
se adhirió a la revolución contra el Gobierno de Pezet, cuyo primer
ministro era su antiguo caudillo el general Vivanco. Sirvió a las in
mediatas órdenes de don José Gálvez; fué empleado en el Ministerio
de éste, cuando, triunfante el movimiento revolucionario, se constitu
yó la dictadura y se declaró la guerra a España, y estuvo en el com
bate del 2 de mayo en el Callao. La siguiente revolución, contra Pra
do, lo contó también entre sus voluntarios; y fué secretario privado
y persona de la mayor confianza del jefe vencedor en ella, el coronel
Baila, en los sucesivos periodos eleccionario y presidencial. Estuvo,
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por consiguiente, muy mezclado en todos los acontecimientos de
aquella administración. El fué quien por primera vez puso en con
tacto al joven escritor don Nicolás de Piérda con Balta, cuyo minis
tro de Hacienda debía ser en breve, pues fué Palma quien solicitó de
Piérda, poco conocido entonces, la redacción del programa electoral
de Balta. Perteneció al Senado, aunque era muy poco afecto a la elo
cuencia parlamentaria. Hasta la víspera del pronunciamiento de los
Gutiérrez se empeñaba en convencer a Balta de la necesidad de no
impedir la ascensión presidencial de Manuel Pardo, y creyó haberlo
conseguido.
Después del asesinato de Balta y de la matanza de los Gutiérrez,
se retiró al pueblecito de Miradores, que fué su lugar preferido, y se
entregó con ahinco a sus tareas literarias. Don Ricardo fué feliz en
todas las épocas de su vida, y aun puede decirse que cuanto es po
sible en la suerte humana; tuvo ingenio, renombre, salud, buen hu
mor, la holgura indispensable, familia cariñosa y vida larga; pero sus
más dichosos años fueron a no dudarlo los que pasó en Miradores
de 1872 a 1880. Estaba recién casado; habia adquirido una casita
de campo, en la que nacieron sus primeros hijos, y se hallaba en la
plena fuerza y madurez de su talento, [.as tradiciones que entonces
escribió (de la Serie Tercera a la Octava) resaltan como las más sa
zonadas y primorosas. Muchas aparecieron en la Revista Peruana,
dirigida por don Mariano Felipe Paz Soldán.
1.a desastrosa guerra contra Chile vino a afligirlo y a hacerle per
der el fruto de largos trabajos: su biblioteca y sus manuscritos, entre
otros su novela histórica, lista para la imprenta, Los Maratones. Ya
en 1880 habia suspendido voluntariamente la polémica continental
que suscitó con un estudio sobre el asesinato de Monteagudo, por
consideración a Venezuela, que en aquella oportunidad nos ofrecía
ayuda diplomática y pertrechos militares. Cuando las tropas chilenas
se aproximaron a Lima, algunos amigos de Palma, entre ellos varios
oficiales, le exhortaron a que pusiera en seguridad sus libros y pa
peles, pues Miradores quedaba en la segunda linea de defensas de
la capital. Ricardo Palma rechazó el consejo.
—Parecería—dijo—que desespero de la victoria en la linea de
San .luán y Chorrillos, y en estos momentos las excesivas precaucio
nes son desmoralizadoras y de pésimo efecto.
A los cuatro dias perecían totalmente en el saqueo e incendio de
Mirallores por el ejército chileno, la biblioteca que habia reunido con
tanto afán y los originales inéditos de varios ensayos históricos y de
su mencionada novela Los Marañones, cuyo argumento eran las an
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danzas y fechorías del famoso Lope de Aguirre en los bosques ame
ricanos del siglo XVI.
Tras las amarguras y estrecheces que padeció en la ocupación
chilena, estaba a punto, en los primeros dias del Gobierno de Igle
sias, de partir para Buenos Aires, donde le ofrecían en el periodismo
lucrativa colocación, cuando su fraternal amigo el ministro de Rela
ciones Exteriores don José Antonio de Lavalle, lo persuadió a que
se encargara de la dirección y reconstitución de la Biblioteca Nacio
nal, enteramente destruida por las tropas chilenas.
Sin más interrupción que su corto viaje a España en 1892 (cuan
do fué a representar, con gran lucimiento literario, al Perú en las
fiestas del cuarto centenario del descubrimiento de América), estuvo
Palma al frente de la Biblioteca Nacional por más de veintiocho años.
La principió a rehacer sin mayores gastos para el Estado, gracias a
sus relaciones con autores extranjeros, y la dirigió hasta 1912, en
que fué separado, bajo el primer Gobierno de Leguia, con las cir
cunstancias que todos deben recordar en el Perú.
Volvió a pasar sus últimos años en Miraílores. A la salita de su
modesto rancho., pieza que le servia a la vez de recibimiento, escri
torio y biblioteca, acudían en peregrinación todos los viajeros cultos
que pasaban por Lima. Era, en efecto, don Ricardo la mejor reliquia
de la vieja ciudad virreinal, la imagen de lo pasado, la personifica
ción del Perú histórico. Delgado, con la cara completamente afeitada,
la boca burlona y los ojos risueños a pesar de la senectud y la ex
trema miopía, se parecía ahora muchísimo a su amado Voltaire, cu
yas obras completas y cuyo irónico busto le hacían siempre compa
ñía, colocados a manera de altar en un estante frontero a su sillón
de anciano valetudinario. Lo rodeaban sus hijas ejemplares, la ma
yor de las cuales, Angélica, distinguidísima literata, le servia de lec
tora y secretaria. Asi se ha extinguido dulcemente, en quietud envi
diable, el gran tradicionista peruano.
Hace catorce años, en mi primer libro, que cimentó mi cariñosí
sima amistad con él, dije que Palma era nuestro Walter Scott en pe
queño. No me desdigo. Discípulo de Walter Scott fué, lejano si se
quiere, pero indudable, por la inspiración arcaica, la efusión de le-
yendista anticuario, la vena juguetona y optimista, y hasta por las
leves inexactitudes de color local y las floridas afectaciones de estilo
que, a fuer de romántico, a veces se permite. Pero agregaré (porque
de otro modo la descripción peca de incompleta) que si en nuestra
literatura regional peruana alcanza Palma la significación que en el
pasado siglo obtuvieron en las europeas Walter Scott y sus imitado
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res inmediatos, si es un IVa/ter Scott criollo^ o sea reducido y abre
viado, menos formal y compuesto, y en cambio muchísimo más li
bre, zumbón y satírico que el escocés, empapado—rica y compleja
mistión—de españolismo y volterianismo, es también el Boceado del
Perú, inferior como artista, sin duda alguna, al italiano, pero tan va
rio, picaresco y deleitable narrador como él; y las Tradiciones Perua
nas es el Decamcrón luminoso y ágil de la antigua Lima.
J. DE LA R|VA-AgÜERO.
Biárritz. 15 de noviembre de 1919.