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Santidad del Creyente en la Biblia

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¿Qué enseña la Biblia sobre la santidad del creyente?

La santificación es el proceso espiritual de madurez que,


gracias a la cruz, el Espíritu Santo aplica en nosotros por
medio de la fe hasta que lleguemos a ser tan santos como
Cristo. Pero ¿qué significa santidad? Es un término complejo
porque es abstracto y en ocasiones no es explicado en su
totalidad. A veces la santidad se define como la cualidad de
ser separado o apartado. Pero ¿qué sentido tiene solo definir
a Dios como alguien separado? Sencillo: no tiene sentido; no
aplica a Él de esta manera. Hablaré de esto más adelante.

¿Entonces cómo aplica a nuestras obras? De manera


incompleta, porque ¿de qué sirve una acción de separación si
no involucra al corazón (Mt 15:8; Is 29:13)? El uso bíblico de la
palabra incluye la separación del pecado, pero
exclusivamente como efecto o resultado de la santidad, y no
como causa o razón de ella (1 Ts 4:3-7).

La santidad, en su significado más básico, no es separación,


sino más bien lo contrario: es ser consagrado a devoto a Dios.
En cuanto a Dios esto significa que Dios es Dios, que Él es
único y no hay otro como Él y que Él es completamente devoto
a Su gloria (Éx 3:14; 1 S 2:2; Is 40:25). En Cristo, si hemos de
conocer, agradar y ver a Dios, debemos previamente ser
santificados (He 12:14). Esa santidad es lograda en la cruz
donde Cristo nos santificó, nos consagró para Dios (1 Co 1:2).

Nosotros crecemos en santidad cuanto más en nuestras vidas


honramos y reconocemos la supremacía de Dios,
acercándonos con una actitud de total rendición para
encontrar plena satisfacción en Él. En la santificación somos
cada vez más alineados en nuestros sentimientos y
pensamientos a la realidad del infinito valor de Dios.

La santificación en la Biblia
En cuanto a la presentación de la santificación en el texto
bíblico, la santificación del creyente es posicional, progresiva
y final.

La santificación posicional

La santificación es considerada posicional en esos textos que


determinan la santificación como una acción ya completada.
Los creyentes ya «han sido santificados en Cristo Jesús» (1 Co
1:2; 6:11; He 10:10). Esto es, que habiendo sido justificados
en Cristo, el Padre nos recibe y califica tal como comúnmente
los creyentes eran llamados por el apóstol Pablo: «santos» (Fil
1:1; Col 1:2; Ro 1:7).

La santificación progresiva

La santificación progresiva tiene sus raíces en la posicional,


esto es, que aquella realidad espiritual ya lograda en la cruz
se va manifestando progresivamente en los hijos de Dios (He
12:10). Aquellos una vez santificados ante Dios, crecerán en
santidad en el transcurso de sus vidas hasta el día que estén
con Cristo.

Por eso señaló el apóstol: «El mismo Dios de paz los


santifique por completo» (1Ts 5:23). «El que comenzó en
ustedes la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo
Jesús» (Fil 1:6). Jesús oró: «Santifícalos en la verdad; Tu
palabra es verdad» (Jn 17:17). En ese sentido, la mayor parte
de las ordenanzas de la vida del creyente son dadas a favor
de su crecimiento y Madurez. Dios les dice que le den muerte
al pecado por medio del Espíritu (Ro 8:12-14) y que se
purifiquen más y más con la esperanza puesta en Cristo (1 Jn
3:3; 1 Ts 4:1).

La santificación final
Esta enseña que seremos íntegramente santificados en
cuerpo y alma en el día postrero, en la resurrección final. Pero
también, al concluir esta vida, enseña que seremos unidos en
espíritu «a los espíritus de los justos hechos ya perfectos»
(He 12:23). Para el creyente, «estar ausentes del cuerpo»
significa «habitar con el Señor» (2 Co 5:2-8).

La santificación como una evidencia

Nuestra santificación fue planificada por Dios desde antes de


la fundación del mundo (Ef 1:3-4), fue el objetivo alcanzado
por el Hijo (Tit 2:14; Ef 5:25-26) y es aplicada por el Espíritu
Santo en la vida del creyente (1 P 1:2; Ro 8:13). El Dios trino
ha garantizado que seremos santos como Él es santo, pero
mientras tanto en esta vida no hay perfección.

La santificación es un proceso. Es como la luz de la aurora que


va en aumento (Pr 4:18). La idea bíblica de este proceso es
como una semilla que inicia una expansión, crece y da frutos.
O un leal soldado que está luchando a muerte contra el
enemigo (He 12:4; 1Ti 6:12). O uno que en su mente está
deleitándose en Dios y dando muerte al pecado (Ro 8:5-8, 12-
14), no adaptándose a este mundo, sino transformando y
renovando su mente por medio de la adoración (Ro 12:2). O
uno que está desechando la basura y limpiándose de la
corrupción (Col 3:5, 8; 2Co 7:1). O un recién nacido que va
creciendo en tamaño y madurando gracias a los alimentos que
come (1P 2:1-2).

La santificación evidencia que somos de Cristo y que el


Espíritu Santo está obrando en nuestras vidas. Todo el que
está sin Cristo se deja llevar por la corriente de este mundo.
Se puede ver en sus prioridades y convicciones: vive sin Dios,
sin rumbo y sin esperanza (Ef 2:1-3, 11-12; 1Jn 2:15). Pero el
que está en Cristo es una nueva creación, una luz que acaba
de nacer que va expulsando las tinieblas. Ese abandono de lo
viejo y esa búsqueda de lo nuevo en un creciente amor por
Cristo es la evidencia más clara, contundente y
esperanzadora de que el Espíritu mora en nuestras vidas y de
que somos hijos de Dios. Por tanto, ¡somos herederos de la
gloria divina juntamente con Cristo! (Ro 8:13-17).

Los medios: creciendo en santidad

¿Cómo podemos crecer en santidad? Así como un niño se


alimenta y crece, así también el creyente se alimenta y
madura. La gracia de Dios es el alimento del creyente y Dios
ha dejado medios para alimentarnos de esa gracia. A eso se
refería el apóstol Pablo cuando encomendó a los hermanos en
Mileto con «la palabra de Su gracia, que es poderosa para
edificarlos a ustedes» (Hch 20:32).

Los medios de gracia son instrumentos que Dios ha dejado


para que los creyentes se apropien de la gracia o situaciones
específicas en las que Dios ha prometido dar esa divina gracia
que está disponible para ellos en todo momento. A
continuación detallo algunos de estos medios, no sin antes
señalar que los tales no son un simple ejercicio externo o de
la fuerza de voluntad, sino que nos conectan a la gracia con la
que son ejecutados por medio de la fe en el evangelio de
Cristo:

 Leer y meditar en la Palabra (Sal 19:7-11; Jn 17:17; Hch


20:32).
 Orar (Lc 11:13; Mt 6:8).
 Ayudar a los pobres y a las viudas (Pr 19:17; Stg 1:27).
 Cantar alabanzas (Ef 5:18b-19; Stg 5:13; Col 3:16).
 Predicar el evangelio (Ro 10:14-15; 2 Ti 4:1-8).
 Soportar las aflicciones (2 Co 4:17-18; Sal 119:71; He
12:10).
 Congregarse con el cuerpo de creyentes (Ef 4:11-16; He
10:24-25; Sal 133:1).
 Participar de la Santa Cena (Lc 22:17-18; 1 Co 11:25;
10:16).
 Celebrar el bautismo (1 Co 10:16; Hch 19:3-6; 22:16).
 Ayunar (Est 4:16; Jl 2:12; Mt 9:16; 17:21).

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