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PARTE 1 Las Perlas en Colombia

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PARTE 1

LAS PERLAS EN COLOMBIA

Durante la conquista se obligaba a los indígenas a extraer las ostras perlíferas


(Pinctada imbricata) –moluscos de entre 38 y 98 mm– que por miles de años han
adornado los mares y océanos como pequeñas cajas de tesoros, ya que en su
interior guardan perlas que se utilizan para vestidos, joyas y coronas, entre otros
artículos de lujo. La crueldad fue la protagonista, ya que, con una piedra amarrada
a su cuerpo, los indígenas tenían que durar más tiempo debajo del agua para
sacarlas, pero en el proceso sus pulmones no resistían y se reventaban
provocando manchas de sangre. Esto generó el exterminio de pueblos indígenas
de Las Bahamas como los lucayanos o los taínos, en la primera gran explotación
de un recurso en América.

La explotación de ostras perlíferas fue la primera gran explotación de un recurso en América.


Fuente: Invemar, 1996, Las ostras perlíferas (Bivalvia: Pteriidae) en el Caribe colombiano:
Historia de su explotación, ecología y perspectivas para su aprovechamiento.
En 1493, durante el segundo viaje de Cristóbal Colón a Sudamérica, hubo algo
que llamó su atención en la Isla Cubagua –ubicada en el Caribe, entre la Isla de
Margarita y la costa de Venezuela–, y es que los indígenas se lanzaban al agua
desde una canoa, y en una canasta colgada del cuello recogían perlas que
utilizaban como adornos. La impresión fue tal, que el rumor llegó a España, en
donde se invirtió en numerosos viajes para explotar este recurso, llegando a tal
punto, que de manera maliciosa se engañaba a los nativos con el intercambio de
platos de loza o pedazos de estos por las perlas, como está registrado en las
crónicas de la conquista.

Esta primera expoliación de los recursos en el continente llevó a los docentes


Edith González – bióloga y ecóloga– y Juan Andrés Guillot, de la Facultad de
Ciencias de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), y al grupo de Historia y
Medioambiente también de la UNAL, a realizar un estudio integrado de la
problemática asociada con las perlas durante la época de la conquista, con tres
ejes fundamentales: climático, ecológico y social, que en otras investigaciones se
han analizado sectorialmente o por separado, lo cual no ha sido suficiente para
explicar la complejidad del fenómeno.

“Contrario a lo que se pensaba, los bancos perlíferos se pueden regenerar


aproximadamente a los 30 años, por lo que los españoles volvían a estos lugares
para seguir explotando el recurso de manera insostenible y agresiva, pero quienes
no se salvaron fueron los pueblos indígenas locales, que poco a poco se fueron
extinguiendo como un recurso sustituible y reemplazado por esclavos africanos,
que aunque tenían una capacidad física importante no eran buzos empíricos como
los nativos”, explica la experta González.

Después de agotar el recurso en Cubagua, los españoles siguieron su camino a


Cumaná (Venezuela), el Cabo de la Vela y Manaure (Colombia), más tarde a
Panamá y Nicaragua, y por último al golfo de Nicoya (Costa Rica) en el Pacífico.
Desde el punto de vista oceanográfico y ecológico, estos lugares tienen en común
el fenómeno llamado “surgencia marina”, en el que entre diciembre y marzo los
vientos alisios soplan desde noreste hacia el suroeste, como ocurre en La Guajira
y Santa Marta, produciendo grandes corrientes que alejan de la costa las aguas
marinas superficiales y dan lugar a que emerjan aguas marinas profundas, las
cuales traen consigo nutrientes importantes creando un ambiente propicio para el
crecimiento de los bancos perlíferos.
Imagen satelital del recorrido que realizaban los españoles para extraer las ostras. Fuente:
Edith González, bióloga y ecóloga, profesora de la UNAL.

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