Tan dulce, tan amargo: un drama doméstico
Tan dulce, tan amargo: un drama doméstico
Intriga en un acto
Antonio Ruiz Negre
PERSONAJES
(Por orden de intervención.)
JAIM E, 40 años
OYE, 50 años
ANA, 40 años
Nota al Director:
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Descripción de escena
Escena I
OYE y JAIM E, después ANA.
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OYE.- (Sin emitir sonido alguno, mira a Jaime.)
JAIME.- Enciende el televisor.
OYE.- (Niega con la cabeza, dirige los ojos hacia el lateral
derecha, y vuelve a negar mirando a Jaime.)
JAIME.- Ella no te ve ahora...
OYE.- (Vuelve a negar.)
JAIME.- ¡Q ué miedica eres!... Está bien. Venga, llévame
hasta el televisor y yo lo encenderé.
OYE.- (Asiente, y poniéndose en pie va hasta Jaime s in
prisa, coge la silla por el res paldo y le traslada hasta el
televisor, dejándole ante él y volviendo a su cojín.)
JAIME.- (S in esperar respuesta.) ¡Joder, vaya prisa que
tienes por seguir con tu mierda de solitario!
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JAIME.- (Al momento.) ¡Anda que los programadas que
nos largan son cualquier cosa!... Todo concursos, películas
«rollo» americanas y anuncios. Y no veas, que en los
anuncios sólo hay propaganda de bancos, colonias y
compresas. ¡Vaya una mierda de tele! (Pausa breve.) A ti te
es igual lo que pongan ¿no?...
OYE.- (M uestra un leve encogimiento de hombros.)
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ANA.- ¡Vaya!, otra vez a vueltas con el televisor mudo...
¿Pero qué provecho s acas a estar viendo un programa sin
enterarte de lo que hablan?... (S onriente.) ¿Tú también eres
de los que dicen que una imagen vale más que mil palabras?
(Pausa breve.) ¿Qué pasa, sigues estando enfadado
conmigo?... ¡Hay que ver cómo eres, Jaime!...
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que me entristece? M ira que decirme esas cosas con lo que
yo te quiero... ¡Con todo lo que he hecho por ti!
JAIME.- ¿Y quién te ha pedido que hicieras algo?
ANA.- No era necesario que me lo pidieras porque el afecto
no se pide; se acepta cuando alguien nos lo ofrece... y ya
está.
JAIME.- ¿Y qué quieres, que te de las gracias por «todo lo
que me has hecho»?
ANA.- Pues mira... Bien sabes que no me gusta echar nada
en cara;
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(Dirigiéndose a otra silla del foro izquierda y sin
interrumpir su frase, con indiferencia premeditada
larga una patada a OYE utilizando la cara externa del
pie, y apartándole de su camino.)
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cosa que intentar marcharte a espaldas mías, aprovechando
mi p equeño retraso en volver de la compra... ¿A dónde
querías ir?... ¿Dónde crees que habrías podido llegar con esa
silla de ruedas?...
JAIME.- Oye me habría ayudado.
ANA.- ¿Quién, Oye?...
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(Le larga un bofetón que JAIM E llegará a detener
escudándose con un brazo.)
M e comprendes y me quieres...
OYE.- (Recibirá cada troz o en la boca, e irá
consumiéndolos muy atento a lo que diga y haga Ana.)
ANA.- Y es natural porque tú sí llevas mucho tiempo
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conmigo y sabes lo buena que soy. Y que te cuido y te doy
todo lo que necesitas... ¡Ay s i tú pudieras hablar!... Si tú
hablaras como las pers onas , le podrías contar a este
desgraciado de Jaime cuánto he hecho por ti, y cómo estabas
cuando te recogí de aquel sucio rincón...
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bastante en reponerse y como me preocupaba mucho pensar
que aquello le pudiera volver a ocurrir, decidí traérmelo para
que viviera aquí conmigo.
JAIME.- (Con sorna.) ¡M enudo favor le hiciste!
ANA.- Pues claro que sí. Yo nunca había tenido perro y me
hacía mucha ilusión tener uno... M i padre que era una
persona muy seria no permitía que en casa hubiera animales.
Decía que los animales no deben convivir con las personas
porque transmiten muchas enfermedades y causan muchas
molestias. Recuerdo que mi hermana; ¿te he contado que
tenía una hermana?
JAIME.- Sí. Dos veces por lo menos.
ANA.- (S in escucharle.) M i hermana que era muy atrevida,
arriesgándose a cont radecir a papá llevó un día a casa un
pajarito. Era un jilguero, uno de esos pajaritos tan simpáticos
que también llaman colorines porque tienen en su cuerpo
casi todos los colores: blanco, negro, marrón, amarillo y
rojo, y que además trinan muy bien cuando cantan... Bueno,
pues cuando papá oyó cantar al pájaro descubrió la jaula, y
sin decir nada, abrió su puerta junto a la ventana y lo soltó.
JAIME.- Hizo muy bien. Los pájaros han nacido para ser
libres.
ANA.- (S in escucharle.) Yo, además de hartarme de llorar
por haberme quedado sin él, no pude dormir aquella noche
p ens ando en todo lo malo que le podía suceder al pobre
jilguero. Le imaginaba huyendo de los gatos que pretendían
darle caza para comérselo. Después lo veía todo mojadito
bajo la lluvia medio muerto de frío... Y mientras, mi padre,
acodado en la ventana tras los cristales, miraba con
sat isfacción cómo al pobre pájaro le ocurrían todas las
desgracias del mundo.
JAIME.- ¡Vaya imaginación la tuya!
ANA.- (S in escucharle.) Después de aquello ya no nos
atrevíamos a pedir un animalito ni tan siquiera a pensar en
tenerlo algún día, porque es t aba claro que papá no iba a
permitírnoslo... M i padre era un hombre malo... Y no sólo
odiaba a los animales, también me odiaba a mí...
JAIME.- (S ardónico, medio para sí.) ¡M enuda individua
debías ser tú de pequeña!
ANA.- (Con tono hiriente.) Cuidado, Jaime. Estoy
oyéndote aunque no te escuche, y no me gusta lo que dices.
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JAIME.- ¿Y si no quieres oírme por qué me cuentas todo
eso? ¿Crees que a mí me gusta escucharte? ¿Qué me importa
a mí si te dejaban o no tener animales?
ANA.- Sí que te importa, simple. Todo lo que ocurre o haya
podido ocurrir a los habitantes de esta casa nos importa a los
tres. ¿Cómo si no podríamos formar un grupo bien unido?
¿Una verdadera familia? (Dirigiéndose a OYE.) Estoy
segura de que Oye, en este aspecto me entiende mejor que
tú. ¿Verdad, Oye?
OYE.- (Aparta la mirada que mantenía sobre Ana y sigue
extendiendo sus cartas sobre el centrito.)
ANA.- (Tras una breve pausa sigue con su relato.) En
otra ocasión, bastante tiempo después del episodio del
jilguero, una vecina que tenía una perra, consiguió que ésta
le diera una camada de seis perritos. Eran una preciosidad,
todos con sus hociquitos negros y sus rabitos minúsculos
moviéndose como si fueran lagartijas. Yo me enamoré
enseguida de uno que tenía cara de mal genio y que no
dejaba alimentarse a los demás.
JAIME.- ¡Cómo no! Tus gustos t enían que salirse de no
normal.
ANA.- Era una preciosidad de perrito, y mi hermana y yo
pensamos que si era la vecina quien nos ofrecía el
cachorrillo, segurament e cuando lo viera mi padre no se
podría resistir y aceptaría que nos lo quedásemos.
JAIME.- ¡Y el viejo dijo que «naranjas de la china»!
ANA.- (Mirándole directamente tras una pausa.) No dijo
nada. Se limitó a coger el cestito con el perro y lo sacó a la
calle dejándolo junto al cubo de la basura. Cinco minutos
después el perro había cambiado de dueño.
JAIME.- Buen pájaro debió ser tu padre...
ANA.- Así que me he pasado la vida sin poder tutelar a un
animal. Primero porque de niña no me dejaron. M ás tarde
cuando estudiaba en el internado, las normas no lo
permitían... Luego cuando hube de trabajar me faltaba
tiempo para hacerlo... Por eso, cuando tuve ocasión de traer
a Oye no lo pensé dos veces. Trayéndole conmigo cumplía
un deseo de toda la vida, además de que aquí Oye es feliz a
salvo de autobuses y de cualquier otro peligro.
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JAIME.- ¡Ya! ¿Y a mí por qué me trajiste? ¿P ara tener
otro perro?
ANA.- No seas estúpido, Jaime. Tú eres una persona.
(Pausa breve.) Y cuando te ingresaron medio muerto por el
coma etílico, pensé que si te salvabas, podrías venir también
para comp artir nuestra casa y hacernos compañía. Y así,
además de jugar con Oye, también tendría con quien hablar
y cambiar impresiones...
JAIME.- Sí. (S eñalando su silla.) ¡Y mira dónde me
tienes!
ANA.- Por tu mala cabeza, Jaime... Pero es o no deberías
reprochármelo a mí...
JAIME.- ¡Ah! ¿no?
ANA.- No te has portado bien. Eres muy díscolo. Y tú sabes
que en t oda casa deben haber reglas. Si se cumplen todo
funciona perfectamente, pero si alguien se emp eña en
incumplirlas no hay más remedio que corregirle.
JAIME.- (Dolido.) M artirizándole...
ANA.- (Puntualizando.) «Una corrección debe ser
proporcional a la falta cometida». Además, no seas quejica,
porque cualquiera que pudiera oírte no sé lo que iba a
pensar...
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Escena II
JAIM E y OYE, después ANA.
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OYE.- No tenemos elección...
JAIME.- (Triste.) Eres un cobarde.
OYE.- Eres injusto, Jaime. (Volviendo a su mutismo coge
la silla y la coloca en su sitio, sin prisa, yendo a continuación
al sillón donde se sentará mirando hacia la salida izquierda.)
JAIME.- ¡No me hables de justicia, O y e! La justicia no
existe para los desgraciados como nosotros.
OYE.- ¿Cómo no va a existir la justicia?
JAIME.- Sí. Existe la justicia con mayúscula, la que sirve
para condenar, para imponer penas que sólo cumplen
después los que no tienen medios; porque los que pueden
contratar buenos abogados o sobornar a políticos de alto
nivel, esos no han de pasar por la cárcel.
OYE.- (Como hablando consigo mismo.) Es o s iempre ha
sido así...
JAIME.- (S i n oírle.) De esa clase de justicia estamos
viendo todos los días ejemp los; pero de la otra, de la que
premia al que hace algo bien, de la que protege a las
víctimas; de esa no hay.
OYE.- Pero esa justicia de que hablas no es la que hacen
los hombres...
JAIME.- A mí me es igual de dónde pueda venir. Pero lo
cierto es que no existe, Oye. No existe (Tras unos segundos
de silencio reflexivo.) Ponme la tele, anda.
OYE.- (M ira a Jaime inexpresivo, y levantándose va hasta
la silla de ruedas que trasladará frente al televisor.)
JAIME.- (Al tiempo que es trasladado hasta el aparato
y lo enciende trabajosamente con la mano izquierda.)
¡Pero hombre!, ¿tanto trabajo te cuesta encenderla a ti? Si
ahora Ana no nos ve ni nos oye... ¿Qué temes?
OYE.- (Taxativo.) A mí ya me quemó la mano una vez.
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OYE.- (Conduce la silla hasta su lugar, y vuelve a
arrodillarse en el cojín retomando el solitario.)
JAIME.- (Al momento.) Ya ves. Se hace la sorprendida
porque miro sólo la tele, y es ella la que ha estropeado el
mando del volumen para que no salga la voz, y así poder
oírnos s i hablamos. ¿Has conocido alguna persona con la
mente más retorcida?
OYE.- (Puntualizando.) Para oír si hablo yo...
JAIME.- Claro, como tú te has plegado siempre a todo lo
que a ella se le ha ocurrido.
OYE.- ¿Y qué iba a hacer?
JAIME.- Rebelarte alguna vez ¿no?
OYE.- (Compone un gesto amargo y mueve la cabeza como
desentendiéndose.)
JAIME.- ¡M enuda ayuda tengo contigo!... (Acusador.) Si
tú no fueras un gallina de mierda hace tiempo que podríamos
haber salido de aquí.
OYE.- (Responde desde su lugar, mirando a la izquierda
con prevención.) Sabes que no es verdad.
JAIME.- ¡Ah! ¿no?
OYE.- Yo te ayudo en todo lo que puedo.
JAIME.- ¡A nda ya! Te acojonas en cuanto la ves... ¿Por
qué le tienes tanto miedo?
OYE.- ¿Y tú?...
JAIME.- ¿Yo?... Sólo desde que estoy en esta silla sin
poder valerme... Antes no le temía y sabes que siempre le he
plantado cara; pero ahora ella es la fuerte y yo estoy en
desventaja. ¡Por eso precisamente necesito tu ayuda!
OYE.- N o podemos salir. Las llaves siempre las tiene
encima, y una vez que se las deja y lo intentas te ha cogido...
Si lo repitiéramos y saliera mal, su venganz a p odía ser
terrible. (M ira a la puerta con miedo.)
JAIME.- ¿Qué más nos podría hacer?, ¿matarnos?...
OYE.- (Baja los ojos y queda inexpresivo.)
JAIME.- Tenemos que trazar un plan.
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OYE.- (Evasivo.) No, yo no...
JAIME.- Luego cuando s e vaya, te explicaré lo que he
pensado y que puede salirnos bien.
OYE.- (Niega con la cabeza.)
JAIME.- Será muy fácil para ti. Lo único que tendrás que
hacer es seguir exactamente mis instrucciones, y cuando ella
vuelva ya no nos encontrará.
OYE.- (Vuelve a negar.)
JAIME.- (Convincente.) Venga hombre, ¿no t ienes
bastante con tres años viviendo como un perro? ¿Es que te
vas a resignar a seguir así toda tu vida?... Y aunque saliera
mal la huida, ¿crees que podría darte un trato más denigrante
todavía?
OYE.- (Levantándose llega frent e a JAIM E.) Sí. Ya ha
insinuado dos veces, que los perros deben estar castrados
para ser más dóciles... Y la creo capaz de hacerlo.
JAIME.- (Impresionado.) ¡Calla hombre! ¿Cómo iba ella
a poder hacer semejante cosa?...
OYE.- (Señalando las piernas de JAIM E.) A ti una noche
t e drogó, y cuando despertaste estabas inútil. Te había
operado cortándote los tendones.
JAIME.- (Con rencor.) ¡Esa hija de puta!...
OYE.- (Determinante.) ¡Y y o no quiero que me castren!
(Vuelve al cojín y sigue con su solitario.)
JAIME.- Pues algo tendremos que hacer p orque así no
podemos seguir. Tenemos que decidirnos. (Tras una
pausa.) Si nos escapamos s e habrán terminado todos los
peligros porque ya no podrá hacernos nada.
OYE.- No. Yo no voy a intentarlo.
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(S e dirige a la silla donde se dejó los artículos de
limpieza mientras interpreta.)
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(Yendo a apagar la tele habla a JAIM E de frente.)
(Hace mutis.)
Escena III
JAIM E y OYE, después ANA
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OYE.- ¿Qué quieres decir?
JAIME.- No sé... Es como si ya lo tuviera decidido.
OYE.- (Se pasea nervioso y unos segundos después vuelve
ante Jaime.) ¿Cuál es el plan del que me hablaste?
JAIME.- (Con gesto de satisfacción.) ¡Bien! Celebro que
te decidas... Estoy acabando de plantearme los detalles
finales y sé que es posible llevarlo a cabo.
OYE.- ¿No será demasiado peligroso?
JAIME.- No si lo realizamos bien.
OYE.- ¿Y cuándo crees que podríamos hacerlo?
JAIME.- No sé... M añana; o tal vez hoy. Depende de
algunos aspectos.
OYE.- ¿Cómo cuales?
JAIME.- ¡H ombre!, no me atosigues ahora, y esperemos
a que ella se marche a trabajar... Después cuando estemos
solos intentaremos perfeccionar mi plan.
OYE.- (Pensativo vuelve despacio a su cojín y se arrodilla.)
M e temo que no saldrá bien...
JAIME.- ¡Joder, tío! ¡Anda que para dar moral eres la
leche!...
OYE.- (Recoge ensimismado todos los naipes y tras barajar
comienza un nuevo solitario.)
JAIME.- (Mirando a O YE pensativamente.) No te
preocupes más, hombre. Ya verás como sí resultará y se nos
solucionan los problemas para siempre.
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(Coincidiendo con su llegada al sillón, OYE recoge los
naipes y se traslada hasta la silla sobre la que seguirá
con su solitario.)
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esperanzas de que se salvara. «P ero en esa casa se hacen
milagros».
JAIME.- ¿M ilagros? Esa casa es un infierno.
ANA.- Venga Jaime, no digas eso. Si no fuera por nosotras
¿qué ocurriría con todos los pobrecitos indigentes que viven
en la calle? Allí les cuidamos con los mejores medios de que
disponemos, y después cuando ya están restablecidos, les
buscamos alojamientos p articulares para que puedan
integrarse en familias normales.
JAIME.- Normales como ésta ¿no?
ANA.- ¿Y qué de extraordinario tiene una familia como la
nuestra? ¿Que es tal vez muy reducida?... Pues bien, cuando
Alejandro se instale aquí seremos cuatro y todos podremos
vivir más a gusto.
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JAIME.- (Para sí.) Pero podía moverme...
ANA.- ¡Ah!, ¿te he dicho que se llama Alejandro? Fíjate,
tiene nombre de zar ruso. «Alejandro»... ¿Qué bien suena,
eh?... La verdad es que el nombre no va mucho con s u
aspecto. (Riéndose.) Un chico con nombre de zar y pinta de
«mujik».
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JAIME.- Por la cárcel, tres. Una como penado y dos de
preventivo.
ANA.- No son muchas.
JAIME.- ¿Eso te parece?...
ANA.- Para que te hayan cargado tantas cosas como dices...
JAIME.- En la cárcel tres. Pero si sumo las noches pasadas
en las comisarías... Suman más que una condena.
ANA.- ¡Y aún te quejas de la vida que llevas aquí!
JAIME.- (Rebelándose.) ¡Claro, porque esto es peor que
una cárcel! ¡Esto es un infierno!
ANA.- No estás bien de la cabeza...
J AIME.- ¡Ya lo creo que sí! Porque de la cárcel siemp re
s abes que vas a salir, pero ¿y de aquí?... ¿Cuándo voy a
salir?... ¿Cómo voy a salir?
ANA.- ¡Como si te hiciera falta irte!
JAIME.- (Dramáticamente.) ¡Eres infame!
ANA.- Ya sé a qué te dedicabas cuando eras normal. ¡Eras
actor!
JAIME.- (S orprendido.) ¡Qué dices?...
ANA.- Sí, porque hay que ver lo bien que finges estar
enfadado. Pero yo que te conozco, sé que todo lo haces para
no demostrar lo a gusto que te encuentras en casa. Para que
te mime siempre un poquito más, ¿no?...
JAIME.- (Para sí.) ¡Joder!, ¡las cosas que tiene que oírse
uno!
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ANA.- (Tras dos segundos estática, con tono duro.) ¿Es
así como se dan las cosas?
OYE.- (Como cayendo en la cuenta, poco a poco se va
agachando hasta quedar a cuatro patas, y le tiende de nuevo
el monedero.)
ANA.- (S igue mirándole fría, sin aceptarlo.) ¿Aún no has
aprendido?
OYE.- (Lentamente lleva el monedero hasta la boca, y
mordiéndolo se lo ofrecerá.)
ANA.- ¡Ahora sí!
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enfermos, decidimos utilizarlos nosotras cuando ellas se
marcharon, y ahora todo funciona a la perfección.
JAIME.- Haciendo caer en la trampa a la gente.
ANA.- No olvides que el fin justifica los medios. Nuestra
misión es consolar y cuidar, proporcionar alegría a los
desvalidos, poner dulzura en sus pobres vidas.
JAIME.- Sí... Un dulce muy amargo...
ANA.- ¡Ay, cómo estás hoy, hijo! Una desviviéndose
continuamente por vosotros planificándoos el futuro, y tú
venga a insistir en t us quejas. Eres un desconsiderado...
(Tras una pausa breve le mira sonriente.) Pero todo va a
cambiar. Con la llegada de Alejandro vamos a formar una
nueva familia mucho más feliz. Lo he programado muy bien
¿sabes? En menos de un mes formareis los tres un grupo
perfecto... Y saldréis todos los días a la calle a pasear. ¿No
te gusta la idea?...
JAIME.- (Extrañado.) ¿A pasear a la calle?
ANA.- Sí. ¿No te estoy diciendo que te preparaba una
sorpresa?
JAIME.- ¿Oye y yo?...
ANA.- Y Alejandro. Los tres.
OYE.- (M ira a Ana con mucha atención.)
JAIME.- ¿Y si nos escapamos?...
ANA.- (Convencida.) No hay peligro. Aunque antes tendré
que arreglar algunos detalles...
JAIME.- (Con prevención.) Como cuáles.
ANA.- Ya te he dicho que Alejandro sabe amaestrar perros
lazarillos, y así, él instruirá convenientemente a Oye para
que sepa guiarte en todos tus paseos.
JAIME.- Yo no necesito que me guíe nadie.
ANA.- (Intrigante.) Después, sí...
JAIME.- ¿Qué quieres decir?
ANA.- Los seres que inspiran más cariño son siempre los
más desgraciados. Yo ahora os quiero mucho, pero deseo
quereros mucho más. Yo sé que aún puedo sentir mucho más
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afecto por vosotros y cuando eso ocurra, podremos vivir
todos muy felices.
JAIME.- No te entiendo...
ANA .- Será todo muy fácil. Formareis un grupo
maravillosamente tierno. Un pobre cieguito inválido
conducido por su perro lazarillo, y con Alejandro
guardándoos para que no os suceda nada malo...
(Hace mutis.)
JAIME.- ¡¡¡No!!!...
OYE.- (Desde su posición de rodillas, eleva la cara a lo alto
emitiendo su protesta, que se traducirá en un prolongado y
lúgubre aullido.)
FIN DE LA OBRA
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