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Tan dulce, tan amargo: un drama doméstico

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Como un dulce muy amargo

Intriga en un acto
Antonio Ruiz Negre

PERSONAJES
(Por orden de intervención.)
JAIM E, 40 años
OYE, 50 años
ANA, 40 años

Nota al Director:

Las acotaciones referidas al personaje “ OYE” no se centran e n el texto


ni se muestran en n e g rita, debido a las especiales condiciones de su
papel, que transforman el contenido en interpretación total.

1
Descripción de escena

Cuarto de estar en una casa de nivel medio bajo, con


salidas a izquierda y foro, que comunican con interior y
exterior respectivamente.
El conjunto del mobiliario se verá muy usado, aunque
limpio y no exento de algún toque agradable. Un sillón de
orejas sobre el foro con un minicentrito ante él. En el
lateral izquierda hay un te l e vi s or colocado sobre un
mueble apropiado que puede con tener además unos
libros y algún objeto decorativo. Frente al televisor, junto
al lateral derecha, una silla de ruedas permanentemente
ocupada. Unas sillas sobre e l foro completan lo
considerado imprescindible. Podrá utilizarse algún
mueble más, caso de que el espacio lo requiera, aunque
no es necesario para el desarrollo de la acción.
Los términos derecha e izquierda vistos desde el público.

Escena I
OYE y JAIM E, después ANA.

Al levantarse el telón, OYE, arrodillado sobre un cojín


situado junto al centrito, de espaldas al lateral
izquierda, maneja con atención un mazo de naipes con
los que hace un solitario.
De edad algo superior a los cincuenta, viste
modestamente y se comporta en líneas generales, salvo
acotación expresa como ausente de cuanto le rodea. En
su relación con los demás será taciturno, temeroso y
servicial; más o menos como lo haría un perro
habituado a recibir sólo puntapiés.
JAIM E, sentado en la silla de ruedas mira pensativo a
OYE. Cercano a los cuarenta viste de estar por casa.
S us piernas inmóviles no le permiten caminar y ahora
tiene la mano derecha recién vendada, por lo que
tampoco puede impulsar la silla.

JAIME.- (Tras unos segundos de silencio.) ¡Oye!...

2
OYE.- (Sin emitir sonido alguno, mira a Jaime.)
JAIME.- Enciende el televisor.
OYE.- (Niega con la cabeza, dirige los ojos hacia el lateral
derecha, y vuelve a negar mirando a Jaime.)
JAIME.- Ella no te ve ahora...
OYE.- (Vuelve a negar.)
JAIME.- ¡Q ué miedica eres!... Está bien. Venga, llévame
hasta el televisor y yo lo encenderé.
OYE.- (Asiente, y poniéndose en pie va hasta Jaime s in
prisa, coge la silla por el res paldo y le traslada hasta el
televisor, dejándole ante él y volviendo a su cojín.)
JAIME.- (S in esperar respuesta.) ¡Joder, vaya prisa que
tienes por seguir con tu mierda de solitario!

(Instintivamente utiliza la mano vendada para


manipular los mandos del televisor y la retira con un
gesto de dolor.)

(Al momento, cambiando de mano, lo enciende


trabajosamente con la izquierda y una vez aparecen las
imágenes en pantalla mira acusadoramente a OYE.)

¡Anda, tío rápido, devuélveme a mi sitio!


OYE.- (Asiente levantándose, y vuelve a conducir la silla
hasta dejarla donde estaba. De regreso a s u cojín, algún
plano del televisor llama su atención y se sitúa frente a él
mirándolo.)

(El aparato emite imágenes de cualquier programa sin


sonido alguno.)

JAIME.- (Al momento.) ¡Eso!, ponte ahí para que yo no


pueda verlo... ¡Quítate de en medio, leches!
OYE.- (M ira inexpresivo a Jaime y vuelve a su cojín,
siguiendo con los naipes.)

3
JAIME.- (Al momento.) ¡Anda que los programadas que
nos largan son cualquier cosa!... Todo concursos, películas
«rollo» americanas y anuncios. Y no veas, que en los
anuncios sólo hay propaganda de bancos, colonias y
compresas. ¡Vaya una mierda de tele! (Pausa breve.) A ti te
es igual lo que pongan ¿no?...
OYE.- (M uestra un leve encogimiento de hombros.)

(Tras unos segundos de silencio total, desde el interior


llegará la voz de ANA, que canta sin mucho acierto,
una estrofa corta de alguna letrilla de moda.)

(JAIM E y OYE miran hacia la salida izquierda y luego


entre sí.)

JAIME.- (Al hacerse de nuevo el silencio.) ¡Es una hija


de perra!
OYE.- (Niega con la cabeza asustado.)
JAIME.- ¡Ya lo creo que sí! (Con rencor.) ¡Y un día la
mataré!
OYE.- (Como queriendo no haberle oído vuelve
directamente al solitario.)

(Dos segundos después se repite la cancioncilla.)

(S eguidamente entra por la izquierda ANA,


interrumpiendo su canto al observar que el televisor
está funcionando.)

(ANA, de aspecto agradable, parece próxima a los


cuarenta años. S e muestra desenvuelta, activa y
eficiente. Viste una bata de estar por casa y trae en la
mano un «spray» limpiador y una bayeta.)

(Deteniéndose a un paso de la entrada empleará un


tono condescendiente.)

4
ANA.- ¡Vaya!, otra vez a vueltas con el televisor mudo...
¿Pero qué provecho s acas a estar viendo un programa sin
enterarte de lo que hablan?... (S onriente.) ¿Tú también eres
de los que dicen que una imagen vale más que mil palabras?
(Pausa breve.) ¿Qué pasa, sigues estando enfadado
conmigo?... ¡Hay que ver cómo eres, Jaime!...

(Con naturalidad apagará el televisor.)

Bueno y qué. ¿No vas a hablarme hoy tampoco?

(Llegando hasta JAIM E, que no habrá hecho sino


mirarla con atención desde que entró en escena, le
acaricia la cabeza como se le hace a un niño.)

Rencoroso, que eres un rencoroso...


JAIME.- (Con manifiesto odio.) ¡Bruja!... ¡M aldita seas!
ANA.- (Indulgente.) Jaime, cariño. ¡Cómo eres! ¿No te da
pena decirme esas cosas tan desagradables?... Venga,
¿firmamos la paz? Hoy es un día muy especial...
JAIME.- ¡M uérete!
ANA.- (Mueve la cabeza con gesto de paciencia.) ¡Qué se
le va a hacer! Puede que hoy no sea mi día...

(Mientras interpreta se dirige al foro derecha y


limpiará esmeradamente una silla haciendo uso del
«spray» y la bayeta.)

(Tras una pausa breve.) El caso es que esta mañana bien


temprano me dije: ¿Cómo se portará hoy mi Jaime?... Y
pensé que por ser la fecha que es, todo iba a salir a pedir de
boca y lo íbamos a pasar maravillosamente bien. ¡Y mira tú
con lo qué me encuentro!...
JAIME.- Un día te mataré.
ANA.- (Con cierta tristeza.) ¿Por qué dices eso? ¿No ves

5
que me entristece? M ira que decirme esas cosas con lo que
yo te quiero... ¡Con todo lo que he hecho por ti!
JAIME.- ¿Y quién te ha pedido que hicieras algo?
ANA.- No era necesario que me lo pidieras porque el afecto
no se pide; se acepta cuando alguien nos lo ofrece... y ya
está.
JAIME.- ¿Y qué quieres, que te de las gracias por «todo lo
que me has hecho»?
ANA.- Pues mira... Bien sabes que no me gusta echar nada
en cara;

(Llega hasta el centrito, y pasando la bayeta sobre él


tirará todas las cartas al suelo. A continuación usa el
«spray» y limpia bien el tablero. Todo ello sin dejar de
interpretar.)

pero a la vista de tu comportamiento no creo fuera de lugar


que te recuerde algunas cosas.
OYE.- (Sin levantarse ni mirar a Ana, recogerá del suelo
las cartas, que unirá al mazo manteniéndolo entre las
manos.)
ANA.- (Tras una pausa breve, a JAIM E.) Tu sabes que yo
no tenía ninguna obligación de traerte aquí a vivir conmigo...
JAIME.- (Interrumpiendo.) ¡No sigas! Si me trajiste fue
a la fuerza y engañándome como a un chino.
ANA.- ¡Hala! Cualquiera que te oiga p ensará que te traje
secuestrado.
JAIME.- ¿Y no es verdad?...
ANA.- (Riéndose.) ¡Qué imaginación!... M enos mal que los
dos sabemos cómo vivías ant es de venir aquí. Bueno, he
dicho «vivías» por decir algo, porque la clase de vida que
llevabas...
JAIME.- (Protestando.) M i vida era mía y podía hacer
con ella lo que quisiera. ¿Yo hacía daño a alguien? ¿A quién
perjudicaba?
ANA.- Te hacías daño a ti mismo.

6
(Dirigiéndose a otra silla del foro izquierda y sin
interrumpir su frase, con indiferencia premeditada
larga una patada a OYE utilizando la cara externa del
pie, y apartándole de su camino.)

Un daño que de no haber sido por mí te hubiera resultado


fatal.
OYE.- (Al recibir la patada se levanta rápido recogiendo su
cojín, y con él bajo el brazo se colocará junto al sillón, de
cara al público.)
ANA.- Te estabas matando, Jaime, y tú lo sabes.
JAIME.- Lo único que sé, es que eres la tía más mala con
quien podía haber tropezado en toda mi vida.
ANA.- (Riéndose.) Eso. Sólo me faltan dos cuernecitos y
un rabo para parecerme al demonio, ¿a que sí?
JAIME.- (Con verdadero rencor.) ¡Qué zorra eres!
ANA.- (Adoptando un tono serio.) Bueno, tampoco voy
a consentir que te pases ¿eh?...Una cosa es que me muestre
condescendiente contigo, y otra que me deba tragar todas las
barbaridades que se te ocurra decirme.
JAIME.- (Desafiante.) ¿Y qué vas a hacer, tomar
represalias?, ¿es que vas a volver a torturarme?
ANA.- (Con gesto de paciencia.) ¿Torturarte dices?...

(Interrumpiendo la limpieza dejará los útiles sobre una


silla, y tomando otra la coloca frente a JAIM E,
sentándose desenfadadamente.)

M ira; lo que he hecho esta mañana ha sido impedir que te


pudiera pasar algo malo.
OYE.- (Una vez s ent ada Ana, vuelve a su lugar junto al
centrito y reinicia de rodillas su solitario.)
ANA.- Hoy hace seis meses que te traje aquí a vivir
conmigo. Seis meses en los que no he hecho otra cosa que
desvivirme porque tengas cuanto necesitas, seis meses en los
que no he dejado de cuidarte. Y a ti no se te ha ocurrido otra

7
cosa que intentar marcharte a espaldas mías, aprovechando
mi p equeño retraso en volver de la compra... ¿A dónde
querías ir?... ¿Dónde crees que habrías podido llegar con esa
silla de ruedas?...
JAIME.- Oye me habría ayudado.
ANA.- ¿Quién, Oye?...

(S e vuelve mirando a OYE muy seria.)

OYE.- (Agita negativamente la cabeza.)


ANA.- (A JAIM E.) ¿Y cómo te las habrías arreglado para
poder subsistir por ti mismo?...
JAIME.- Como me las arreglaba antes. He vivido muchos
años en la calle y no me he muerto. Pues lo mismo podría
seguir viviendo a partir de ahora.
ANA.- Eso; durmiendo en la estación del metro en invierno
y en un banco del parque en verano.
JAIME.- Sí. ¿Y qué?
ANA.- Y arrastrando tu mochila de s uciedad y
desperdicios.
JAIME.- No necesito nada más.
ANA.- Y buscando en los cubos de basura, como un perro,
algún mendrugo para no morirte de hambre.
JAIME.- ¿Y a ti qué te importa? M i vida es mía y nadie
tiene derecho a decirme cómo debo vivir, ni a imponerme
ningún tipo de conducta. ¿Crees que me gusta estar aquí?
ANA.- La calle es dura, Jaime, y las malas compañías aún
son peores. No puedes comparar esta vida con lo que allí te
aguarda...
JAIME.- ¡Pero allí viviré libre! Sin nadie que me
martirice... ¡Sin tener que soportar a una loca!
ANA.- (S e levanta como impulsada por un resorte.)
¿Loca? ¿Yo loca?...

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(Le larga un bofetón que JAIM E llegará a detener
escudándose con un brazo.)

JAIME.- (Asustado.) No, no he dicho eso...


OYE.-.(Al ver la acción se acurruca mirándolos
horrorizado.)
ANA.- ¿Te das cuenta de cómo te las arreglas para sacarme
de mis casillas? (Rectificando rápida y como
arrepintién dos e .) ¿Tú ves como no puedo ser buena
contigo?... ¡Fíjate lo que has conseguido! ¡Disgustarme! Yo
que me las prometía tan felices en un día como hoy. (Casi
llorando.) ¿Por qué te portas así conmigo? ¿Por qué
disfrutas haciéndome sufrir?... ¿Es que no puedes quererme
aunque sea un poquito?... (Pausa breve.) (Con rencor.) Al
menos podrías fingirlo.
JAIME.- Yo sólo quiero marcharme.
ANA.- (Volviéndose a OYE.) ¿Qué te parece, Oye?... Este
desagradecido sólo quiere marcharse; abandonarnos
dejándonos solos...
OYE.- (La mira expectante s in atreverse a hacer el menor
movimiento.)
ANA.- Si no fuera por que yo miro p or vosotros...
(Dándose una palmadita en el muslo.) ¡Ven! Ven aquí,
Oye...
OYE.- (Sumiso y con visible temor, se traslada hasta los
pies de Ana donde quedará arrodillado sobre el cojín que
ha llevado bajo el brazo.)
ANA.- (Acariciando su cabeza.) M enos mal que tú sí me
comprendes...

(S aca del bolsillo de la bata una galleta que irá dando a


OYE en pequeños trozos, mientras sigue su monólogo.)

M e comprendes y me quieres...
OYE.- (Recibirá cada troz o en la boca, e irá
consumiéndolos muy atento a lo que diga y haga Ana.)
ANA.- Y es natural porque tú sí llevas mucho tiempo

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conmigo y sabes lo buena que soy. Y que te cuido y te doy
todo lo que necesitas... ¡Ay s i tú pudieras hablar!... Si tú
hablaras como las pers onas , le podrías contar a este
desgraciado de Jaime cuánto he hecho por ti, y cómo estabas
cuando te recogí de aquel sucio rincón...

(Retirando rápida los dedos.)

¡Eh!, que casi me has mordido.


OYE.- (Se encoge.)
ANA.- (Riéndose.) No temas, que no te voy a hacer nada,
miedoso, que eres un miedosillo...

(Dándole el último trozo de galleta.)

¡Hala, ya es t á! Se acabó la galletita de mi Oye.


(Advirtiéndole con el índice extendido.) Ahora recogerás
bien todas las miguitas que se te han caído, para que tu amita
Ana no tenga que limpiar otra vez el suelo, ¿de acuerdo?
OYE.- (Se afanará buscando imaginarias miguitas en su
entorno, que simulará encontrar, y que irá poniéndose en la
boca en el regreso a su lugar junto al centrito.)
ANA.- (A JAIM E.) ¿Ves? ¿Sería tan difícil para ti portarte
como lo hace Oye? ¿Te parece bien que a una persona
inteligente como tú, le tenga que dar lecciones de
comportamiento un perro?
JAIME.- Es inhumano lo que haces con él.
ANA.- ¿Inhumano?... No te pases, Jaime. Oye recibe el
mejor trato que se le puede dar. No le falta de nada y vive en
esta cas a mejor de lo que haya podido vivir nunca. Y lo
mejor de todo; aquí está a salvo de atropellos y accidentes.
(A OYE.) ¿Te acuerdas lo mal que lo pasaste cuando te
atropelló aquel autobús?
OYE.- (La mira inexpresivo.)
ANA.- (A JAIM E.) Ahora van a cump lirse tres años. Lo
llevaron al Centro hecho un guiñapo y lo curé. No resultó
fácil con tres costillas aplastadas y un pie hecho polvo, pero
con la ayuda de otras compañeras lo conseguí... Tardó

10
bastante en reponerse y como me preocupaba mucho pensar
que aquello le pudiera volver a ocurrir, decidí traérmelo para
que viviera aquí conmigo.
JAIME.- (Con sorna.) ¡M enudo favor le hiciste!
ANA.- Pues claro que sí. Yo nunca había tenido perro y me
hacía mucha ilusión tener uno... M i padre que era una
persona muy seria no permitía que en casa hubiera animales.
Decía que los animales no deben convivir con las personas
porque transmiten muchas enfermedades y causan muchas
molestias. Recuerdo que mi hermana; ¿te he contado que
tenía una hermana?
JAIME.- Sí. Dos veces por lo menos.
ANA.- (S in escucharle.) M i hermana que era muy atrevida,
arriesgándose a cont radecir a papá llevó un día a casa un
pajarito. Era un jilguero, uno de esos pajaritos tan simpáticos
que también llaman colorines porque tienen en su cuerpo
casi todos los colores: blanco, negro, marrón, amarillo y
rojo, y que además trinan muy bien cuando cantan... Bueno,
pues cuando papá oyó cantar al pájaro descubrió la jaula, y
sin decir nada, abrió su puerta junto a la ventana y lo soltó.
JAIME.- Hizo muy bien. Los pájaros han nacido para ser
libres.
ANA.- (S in escucharle.) Yo, además de hartarme de llorar
por haberme quedado sin él, no pude dormir aquella noche
p ens ando en todo lo malo que le podía suceder al pobre
jilguero. Le imaginaba huyendo de los gatos que pretendían
darle caza para comérselo. Después lo veía todo mojadito
bajo la lluvia medio muerto de frío... Y mientras, mi padre,
acodado en la ventana tras los cristales, miraba con
sat isfacción cómo al pobre pájaro le ocurrían todas las
desgracias del mundo.
JAIME.- ¡Vaya imaginación la tuya!
ANA.- (S in escucharle.) Después de aquello ya no nos
atrevíamos a pedir un animalito ni tan siquiera a pensar en
tenerlo algún día, porque es t aba claro que papá no iba a
permitírnoslo... M i padre era un hombre malo... Y no sólo
odiaba a los animales, también me odiaba a mí...
JAIME.- (S ardónico, medio para sí.) ¡M enuda individua
debías ser tú de pequeña!
ANA.- (Con tono hiriente.) Cuidado, Jaime. Estoy
oyéndote aunque no te escuche, y no me gusta lo que dices.

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JAIME.- ¿Y si no quieres oírme por qué me cuentas todo
eso? ¿Crees que a mí me gusta escucharte? ¿Qué me importa
a mí si te dejaban o no tener animales?
ANA.- Sí que te importa, simple. Todo lo que ocurre o haya
podido ocurrir a los habitantes de esta casa nos importa a los
tres. ¿Cómo si no podríamos formar un grupo bien unido?
¿Una verdadera familia? (Dirigiéndose a OYE.) Estoy
segura de que Oye, en este aspecto me entiende mejor que
tú. ¿Verdad, Oye?
OYE.- (Aparta la mirada que mantenía sobre Ana y sigue
extendiendo sus cartas sobre el centrito.)
ANA.- (Tras una breve pausa sigue con su relato.) En
otra ocasión, bastante tiempo después del episodio del
jilguero, una vecina que tenía una perra, consiguió que ésta
le diera una camada de seis perritos. Eran una preciosidad,
todos con sus hociquitos negros y sus rabitos minúsculos
moviéndose como si fueran lagartijas. Yo me enamoré
enseguida de uno que tenía cara de mal genio y que no
dejaba alimentarse a los demás.
JAIME.- ¡Cómo no! Tus gustos t enían que salirse de no
normal.
ANA.- Era una preciosidad de perrito, y mi hermana y yo
pensamos que si era la vecina quien nos ofrecía el
cachorrillo, segurament e cuando lo viera mi padre no se
podría resistir y aceptaría que nos lo quedásemos.
JAIME.- ¡Y el viejo dijo que «naranjas de la china»!
ANA.- (Mirándole directamente tras una pausa.) No dijo
nada. Se limitó a coger el cestito con el perro y lo sacó a la
calle dejándolo junto al cubo de la basura. Cinco minutos
después el perro había cambiado de dueño.
JAIME.- Buen pájaro debió ser tu padre...
ANA.- Así que me he pasado la vida sin poder tutelar a un
animal. Primero porque de niña no me dejaron. M ás tarde
cuando estudiaba en el internado, las normas no lo
permitían... Luego cuando hube de trabajar me faltaba
tiempo para hacerlo... Por eso, cuando tuve ocasión de traer
a Oye no lo pensé dos veces. Trayéndole conmigo cumplía
un deseo de toda la vida, además de que aquí Oye es feliz a
salvo de autobuses y de cualquier otro peligro.

12
JAIME.- ¡Ya! ¿Y a mí por qué me trajiste? ¿P ara tener
otro perro?
ANA.- No seas estúpido, Jaime. Tú eres una persona.
(Pausa breve.) Y cuando te ingresaron medio muerto por el
coma etílico, pensé que si te salvabas, podrías venir también
para comp artir nuestra casa y hacernos compañía. Y así,
además de jugar con Oye, también tendría con quien hablar
y cambiar impresiones...
JAIME.- Sí. (S eñalando su silla.) ¡Y mira dónde me
tienes!
ANA.- Por tu mala cabeza, Jaime... Pero es o no deberías
reprochármelo a mí...
JAIME.- ¡Ah! ¿no?
ANA.- No te has portado bien. Eres muy díscolo. Y tú sabes
que en t oda casa deben haber reglas. Si se cumplen todo
funciona perfectamente, pero si alguien se emp eña en
incumplirlas no hay más remedio que corregirle.
JAIME.- (Dolido.) M artirizándole...
ANA.- (Puntualizando.) «Una corrección debe ser
proporcional a la falta cometida». Además, no seas quejica,
porque cualquiera que pudiera oírte no sé lo que iba a
pensar...

(Como decidida a marcharse.)

¡Y ya vale! A ver si os portáis bien sin armar mucho ruido,


mientras yo termino de arreglar las cosas por ahí dentro
antes de marcharme a la clínica a cumplir con mi trabajo.

(Llegando junto a JAIM E, con tono agradable.)

Y no olvides que te guardo una sorpresa.

(Le da dos golpecitos en la mano vendada, inicia el


mutis y sale por la izquierda.)

13
Escena II
JAIM E y OYE, después ANA.

El dolor de los golpes corta la respiración a JAIM E, a


quien sólo un visible esfuerzo le impide lanzar un grito.
Con la mano izquierda se sujeta la otra por la muñeca
mientras va reponiéndose.
Cuando puede hablar, haciéndolo casi para sí.

JAIME.- ¡La mataré; la mataré!... ¡Tengo que matarla!...


OYE.- (M irando a Jaime preocupado, se levanta y va hasta
la silla que Ana dejó frente a él.) (Acodándose en ella, presta
atención al interior.) (Al momento señalando la mano de
Jaime y en tono de voz contenido.) ¿Cómo te lo ha hecho?...

JAIME.- (Rencoros o.) M e ha quemado los dedos con la


plancha.
OYE.- (M ueve la cabeza con gesto conmiserativo.)
JAIME.- Tenemos que marcharnos, Oye.
OYE.- (Niega con la cabeza.)
JAIME.- Tenemos que irnos bien lejos.
OYE.- (Señalando la silla de ruedas.) No puedes.
JAIME.- Pero tú sí puedes ayudarme.
OYE.- (M ira al interior con temor.) ¡Qué quieres! ¿Qué me
inutilice las piernas como a ti?
JAIME.- (Pausa breve.) Tenemos que hacer algo, Oye,
tenemos que hacer algo antes de que acabe con nosotros.
OYE.- No es posible escapar a su control. Ella lo tiene todo
perfectamente organizado.
JAIME.- ¡Hay que intentarlo!
OYE.- Tú ya sabes lo crueles que pueden ser sus
represalias...
JAIME.- N o me resigno a quedarme aquí inactivo
esperando cualquier nueva ocurrencia que pueda tener.

14
OYE.- No tenemos elección...
JAIME.- (Triste.) Eres un cobarde.
OYE.- Eres injusto, Jaime. (Volviendo a su mutismo coge
la silla y la coloca en su sitio, sin prisa, yendo a continuación
al sillón donde se sentará mirando hacia la salida izquierda.)
JAIME.- ¡No me hables de justicia, O y e! La justicia no
existe para los desgraciados como nosotros.
OYE.- ¿Cómo no va a existir la justicia?
JAIME.- Sí. Existe la justicia con mayúscula, la que sirve
para condenar, para imponer penas que sólo cumplen
después los que no tienen medios; porque los que pueden
contratar buenos abogados o sobornar a políticos de alto
nivel, esos no han de pasar por la cárcel.
OYE.- (Como hablando consigo mismo.) Es o s iempre ha
sido así...
JAIME.- (S i n oírle.) De esa clase de justicia estamos
viendo todos los días ejemp los; pero de la otra, de la que
premia al que hace algo bien, de la que protege a las
víctimas; de esa no hay.
OYE.- Pero esa justicia de que hablas no es la que hacen
los hombres...
JAIME.- A mí me es igual de dónde pueda venir. Pero lo
cierto es que no existe, Oye. No existe (Tras unos segundos
de silencio reflexivo.) Ponme la tele, anda.
OYE.- (M ira a Jaime inexpresivo, y levantándose va hasta
la silla de ruedas que trasladará frente al televisor.)
JAIME.- (Al tiempo que es trasladado hasta el aparato
y lo enciende trabajosamente con la mano izquierda.)
¡Pero hombre!, ¿tanto trabajo te cuesta encenderla a ti? Si
ahora Ana no nos ve ni nos oye... ¿Qué temes?
OYE.- (Taxativo.) A mí ya me quemó la mano una vez.

(El televisor vuelve a emitir imágenes en silencio, que


JAIM E mirará ensimismado.)

15
OYE.- (Conduce la silla hasta su lugar, y vuelve a
arrodillarse en el cojín retomando el solitario.)
JAIME.- (Al momento.) Ya ves. Se hace la sorprendida
porque miro sólo la tele, y es ella la que ha estropeado el
mando del volumen para que no salga la voz, y así poder
oírnos s i hablamos. ¿Has conocido alguna persona con la
mente más retorcida?
OYE.- (Puntualizando.) Para oír si hablo yo...
JAIME.- Claro, como tú te has plegado siempre a todo lo
que a ella se le ha ocurrido.
OYE.- ¿Y qué iba a hacer?
JAIME.- Rebelarte alguna vez ¿no?
OYE.- (Compone un gesto amargo y mueve la cabeza como
desentendiéndose.)
JAIME.- ¡M enuda ayuda tengo contigo!... (Acusador.) Si
tú no fueras un gallina de mierda hace tiempo que podríamos
haber salido de aquí.
OYE.- (Responde desde su lugar, mirando a la izquierda
con prevención.) Sabes que no es verdad.
JAIME.- ¡Ah! ¿no?
OYE.- Yo te ayudo en todo lo que puedo.
JAIME.- ¡A nda ya! Te acojonas en cuanto la ves... ¿Por
qué le tienes tanto miedo?
OYE.- ¿Y tú?...
JAIME.- ¿Yo?... Sólo desde que estoy en esta silla sin
poder valerme... Antes no le temía y sabes que siempre le he
plantado cara; pero ahora ella es la fuerte y yo estoy en
desventaja. ¡Por eso precisamente necesito tu ayuda!
OYE.- N o podemos salir. Las llaves siempre las tiene
encima, y una vez que se las deja y lo intentas te ha cogido...
Si lo repitiéramos y saliera mal, su venganz a p odía ser
terrible. (M ira a la puerta con miedo.)
JAIME.- ¿Qué más nos podría hacer?, ¿matarnos?...
OYE.- (Baja los ojos y queda inexpresivo.)
JAIME.- Tenemos que trazar un plan.

16
OYE.- (Evasivo.) No, yo no...
JAIME.- Luego cuando s e vaya, te explicaré lo que he
pensado y que puede salirnos bien.
OYE.- (Niega con la cabeza.)
JAIME.- Será muy fácil para ti. Lo único que tendrás que
hacer es seguir exactamente mis instrucciones, y cuando ella
vuelva ya no nos encontrará.
OYE.- (Vuelve a negar.)
JAIME.- (Convincente.) Venga hombre, ¿no t ienes
bastante con tres años viviendo como un perro? ¿Es que te
vas a resignar a seguir así toda tu vida?... Y aunque saliera
mal la huida, ¿crees que podría darte un trato más denigrante
todavía?
OYE.- (Levantándose llega frent e a JAIM E.) Sí. Ya ha
insinuado dos veces, que los perros deben estar castrados
para ser más dóciles... Y la creo capaz de hacerlo.
JAIME.- (Impresionado.) ¡Calla hombre! ¿Cómo iba ella
a poder hacer semejante cosa?...
OYE.- (Señalando las piernas de JAIM E.) A ti una noche
t e drogó, y cuando despertaste estabas inútil. Te había
operado cortándote los tendones.
JAIME.- (Con rencor.) ¡Esa hija de puta!...
OYE.- (Determinante.) ¡Y y o no quiero que me castren!
(Vuelve al cojín y sigue con su solitario.)
JAIME.- Pues algo tendremos que hacer p orque así no
podemos seguir. Tenemos que decidirnos. (Tras una
pausa.) Si nos escapamos s e habrán terminado todos los
peligros porque ya no podrá hacernos nada.
OYE.- No. Yo no voy a intentarlo.

(ANA aparece en la entrada deteniéndose a un paso de


la misma, y desde allí, sonriendo mirará
alternativamente a OYE, a JAIM E y al televisor.)

ANA.- (A JAIM E.) ¿Qué han estado poniendo en la tele?,


¿un programa de dibujos animados?...

17
(S e dirige a la silla donde se dejó los artículos de
limpieza mientras interpreta.)

M e pareció oír esa serie donde salían unos perritos que


hablaban.
OYE.- (Se encoge asustado.)
ANA.- (Cogiendo el «spray» y la bayeta.)
¿Tú sabes, Jaime, a qué dibujos me refiero?...
JAIME.- (Indeciso.) No sé...
ANA.- (Riéndose.) Es curioso... La otra noche soñé con un
cuento de perritos... (Mirando a ambos alternativamente
y como si contara un cuento a un niño.) Había uno muy
t ravieso que se fue a dormir, y cuando despertó no era
perrito ni perrita. ¡Un mago lo había convertido en un
animalito dulce, obediente y simpático... y nunca jamás
volvió a ser un perrito malo!
OYE.- (Permanece totalmente quieto sin mirarla.)
ANA.- Últimamente no sé qué me pasa que sueño mucho.
(A JAIM E.) ¿Tú también sueñas?...
JAIME.- Sí. Sueño que te mueres.
ANA.- ¡M ira qué bien, hombre! No pierdes ocasión para
colocar algún despropósito en cualquier conversación que
mantengamos.
JAIME.- Pues cuando te canses de oírme ya sabes lo que
tienes que hacer. M e abres la puerta y se acabaron para
siempre todas mis impertinencias.
ANA.- Desde luego no eres demasiado original. Parece que
tu tema siempre sea el mismo, ¿es que no conoces otro?
JAIME.- Sí... Pero no te voy a decir cuál es.
ANA.- (Riéndose.) ¡Lo que yo digo! Estás imposible... De
poco tiempo a esta parte te has convertido en un verdadero
cascarrabias. (Mirándole unos segundos en silencio.) Y
¿qué?... ¿No sientes curiosidad por saber qué sorpresa te he
preparado?... Hoy te voy a hacer un regalo...
JAIME.- (Taciturno.) Yo no quiero regalos ni sorpresas.
ANA.- No tienes remedio...

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(Yendo a apagar la tele habla a JAIM E de frente.)

No seas desagradecido. Los regalos nunca se deben rechazar,


es algo que está feo. Y como hoy hace seis meses que viniste
a casa a vivir con nosotros, ¿qué mejor que hacerte un regalo
para celebrarlo? Además, ¡estoy segura de que te gustará!...
Y a Oye también le va a gustar. (Pausa breve.) ¿De verdad
no sientes curiosidad?
JAIME.- No.
ANA.- (Con tono de mimo.) Ni una poquita sólo...
JAIME.- ¡Joder, qué pesada eres!
ANA.- Bueno, como quieras...

(Pasará la bayeta sobre el televisor como haciendo


tiempo para que JAIM E se lo pida.)

Estoy segura de que antes que me marche a trabajar me


pedirás que te lo cuente... (Pausa breve.) ¿No?... Bueno.
(Marcando el mutis a la izquierda le señala con el dedo
como reconviniéndole.) (Determinante.) Pero a lo mejor
entonces, «yo», no quiero.

(Hace mutis.)

Escena III
JAIM E y OYE, después ANA

OYE.- (Tras unos segundos de silencio y sin perder de vista


la salida de la izquierda, va junto a Jaime, quedándose a su
lado.) ¿Has oído lo del cuento del mago y los perros?
JAIME.- (Preocupado.) Sí, lo he oído.
OYE.- Es la tercera vez que me amenaza con lo mismo.
JAIME.- M e parece que eso es más que una amenaza.

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OYE.- ¿Qué quieres decir?
JAIME.- No sé... Es como si ya lo tuviera decidido.
OYE.- (Se pasea nervioso y unos segundos después vuelve
ante Jaime.) ¿Cuál es el plan del que me hablaste?
JAIME.- (Con gesto de satisfacción.) ¡Bien! Celebro que
te decidas... Estoy acabando de plantearme los detalles
finales y sé que es posible llevarlo a cabo.
OYE.- ¿No será demasiado peligroso?
JAIME.- No si lo realizamos bien.
OYE.- ¿Y cuándo crees que podríamos hacerlo?
JAIME.- No sé... M añana; o tal vez hoy. Depende de
algunos aspectos.
OYE.- ¿Cómo cuales?
JAIME.- ¡H ombre!, no me atosigues ahora, y esperemos
a que ella se marche a trabajar... Después cuando estemos
solos intentaremos perfeccionar mi plan.
OYE.- (Pensativo vuelve despacio a su cojín y se arrodilla.)
M e temo que no saldrá bien...
JAIME.- ¡Joder, tío! ¡Anda que para dar moral eres la
leche!...
OYE.- (Recoge ensimismado todos los naipes y tras barajar
comienza un nuevo solitario.)
JAIME.- (Mirando a O YE pensativamente.) No te
preocupes más, hombre. Ya verás como sí resultará y se nos
solucionan los problemas para siempre.

(Al momento entra ANA canturreando en voz baja y


llega directa hasta el sillón, donde dejará un brazado
de prendas que trae consigo, y que se irá poniendo
mientras interpreta.)

(Ha cambiado la bata que llevaba por una falda


tableada gris semilarga, y una blusa blanca de cuello
camisero. Calza zapatos negros sin tacón y medias
tupidas color carne.)

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(Coincidiendo con su llegada al sillón, OYE recoge los
naipes y se traslada hasta la silla sobre la que seguirá
con su solitario.)

ANA.- (Con tono agradable.) Bueno, mis queridos


«amiguitos». Ha llegado la hora de irse a trabajar.
JAIME.- (Medio para sí.) ¡A buena cosa llamas tú
trabajar!...
ANA.- ¿No te parece un buen trabajo el mío?... Hoy voy a
hacer un trabajo muy especial.

(Coge del sillón un tocado gris con diadema blanca que


se coloca en la cabeza.)

¿Os conté que ya está cas i repuesto el chico aquel que


ingresó con pulmonía el mes pasado? Pues nadie habría
imaginado que se salvaría, pero con un cuidado esmerado
por mi parte lo ha conseguido... (Pausa breve.) Hace tres
días el médico le dio el alta, y no se ha podido marchar el
pobre porque no tiene a donde ir... Y ¿a que no sabéis lo que
he pensado?... (Mira a ambos sonriente.)
OYE.- (Desde su sitio la mira inquieto.)
JAIME.- No irás a traerlo aquí...
ANA.- (Palmoteando.) ¡Sí! ¡Lo has adivinado! Luego va
a venir conmigo para conoceros.

(JAIM E y OYE se miran preocupados.)

Bueno él casi os conoce por tanto como le he hablado de


vosotros y está muy ilusionado con ser vuestro amigo.

(Coge un cordón negro del que pende un crucifijo y se


lo cuelga al cuello.)

Es un chico maravilloso ¿sabéis?... Y muy servicial. Cuando


lo llevaron al Centro de Acogida se dieron cuenta que debía
ingresar de inmediato, y el médico al examinarlo dio pocas

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esperanzas de que se salvara. «P ero en esa casa se hacen
milagros».
JAIME.- ¿M ilagros? Esa casa es un infierno.
ANA.- Venga Jaime, no digas eso. Si no fuera por nosotras
¿qué ocurriría con todos los pobrecitos indigentes que viven
en la calle? Allí les cuidamos con los mejores medios de que
disponemos, y después cuando ya están restablecidos, les
buscamos alojamientos p articulares para que puedan
integrarse en familias normales.
JAIME.- Normales como ésta ¿no?
ANA.- ¿Y qué de extraordinario tiene una familia como la
nuestra? ¿Que es tal vez muy reducida?... Pues bien, cuando
Alejandro se instale aquí seremos cuatro y todos podremos
vivir más a gusto.

(Coge un suéter gris abierto y se lo pone.)

Para él ya he preparado un montón de actividades, porque es


un chico muy bien dispuesto y estoy segura de que le va a
encantar vivir aquí.
JAIME.- ¿Y en esas actividades, también has pensado que
intervengamos nosotros dos?
ANA.- Naturalmente, hombre. Si de lo que se trata es
precisamente de que tú no estés solo aquí todo el día, sin
nadie con quien charlar cuando me voy, ni nadie que pueda
cuidarte.
JAIME.- Pero ya está Oye...
ANA.- ¿Oye? Bueno, sí... Algo de compañía sí te da, pero
tú lo que necesitas es una persona para poder hablar, y
cambiar impresiones... Y además, cuando seamos cuatro,
podremos pasar veladas agradables jugando a cosas que
ahora entre tres no resultan.
JAIME.- (Tras una breve pausa.) ¿Cómo es él?
ANA.- M ás o menos de tu edad, aunque parece mayor por
lo deteriorada que tiene la s alud, pero en cuanto esté aquí
unos meses y se acabe de reponer mejorará muchísimo de
aspecto. Lo mismo que te ocurrió a ti; «que también tenías
una pinta»...

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JAIME.- (Para sí.) Pero podía moverme...
ANA.- ¡Ah!, ¿te he dicho que se llama Alejandro? Fíjate,
tiene nombre de zar ruso. «Alejandro»... ¿Qué bien suena,
eh?... La verdad es que el nombre no va mucho con s u
aspecto. (Riéndose.) Un chico con nombre de zar y pinta de
«mujik».

(Cogiendo un bolso del sillón lo abre, busca en su


interior y parece como si recordara.)

(A OYE.) ¡Eh, Oye!...


OYE.- (La mira atentamente.)
ANA.- M e he dejado el monedero en mi habitación. No sé
si estará sobre la mesilla de noche o encima de la peinadora.
Anda. Búscalo y tráelo. (Achuchándole con e l gesto.)
¡Venga, venga!...
OYE.- (Dejando los naipes se levanta diligentemente y hará
mutis por la izquierda.)
ANA.- (A JAIM E al quedar solos.) ¿Qué te apuestas a que
no lo encuentra? Este Oye se está haciendo viejo a la carrera.
Pero ahora con Alejandro la cosa cambiará, porque es un
chico que entiende muchísimo de perros ¿sabes? M e contó
que había instruido a un perro, para que sirviera de lazarillo
a un primo suyo que era ciego. ¡Con lo difícil que debe ser
conseguir eso! (Pausa breve.) ¿Tú qué hacías antes de
convertirte en un borracho indecente?...
JAIME.- (Con mal humor.) ¡Nada! Yo no sé hacer nada.
ANA.- ¡Bah!, no seas modesto. Aunque nunca has querido
hablarme de ello, yo sé que en algún momento de tu vida,
has tenido que ser una persona útil... ¡Y hasta guapo! (S e
ríe.) ¡Anda dímelo!...
JAIME.- (Con pesadumbre.) Yo sólo he sido una estera
donde todos han dado palos... El gilipollas que en cualquier
redada coge la policía para justificar su trabajo... El
sospechoso de todos los hurtos en los mercados. ¡El que se
lo carga todo!
ANA.- ¿Cuántas veces pasaste por la cárcel?

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JAIME.- Por la cárcel, tres. Una como penado y dos de
preventivo.
ANA.- No son muchas.
JAIME.- ¿Eso te parece?...
ANA.- Para que te hayan cargado tantas cosas como dices...
JAIME.- En la cárcel tres. Pero si sumo las noches pasadas
en las comisarías... Suman más que una condena.
ANA.- ¡Y aún te quejas de la vida que llevas aquí!
JAIME.- (Rebelándose.) ¡Claro, porque esto es peor que
una cárcel! ¡Esto es un infierno!
ANA.- No estás bien de la cabeza...
J AIME.- ¡Ya lo creo que sí! Porque de la cárcel siemp re
s abes que vas a salir, pero ¿y de aquí?... ¿Cuándo voy a
salir?... ¿Cómo voy a salir?
ANA.- ¡Como si te hiciera falta irte!
JAIME.- (Dramáticamente.) ¡Eres infame!
ANA.- Ya sé a qué te dedicabas cuando eras normal. ¡Eras
actor!
JAIME.- (S orprendido.) ¡Qué dices?...
ANA.- Sí, porque hay que ver lo bien que finges estar
enfadado. Pero yo que te conozco, sé que todo lo haces para
no demostrar lo a gusto que te encuentras en casa. Para que
te mime siempre un poquito más, ¿no?...
JAIME.- (Para sí.) ¡Joder!, ¡las cosas que tiene que oírse
uno!

(Por la izquierda entra OYE con un monedero en la


mano y llegando hasta ANA se lo tiende.)

(ANA mira en silencio a OYE sin hacer intención de


cogerlo.)

OYE.- (La mira confundido como esperando.)

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ANA.- (Tras dos segundos estática, con tono duro.) ¿Es
así como se dan las cosas?
OYE.- (Como cayendo en la cuenta, poco a poco se va
agachando hasta quedar a cuatro patas, y le tiende de nuevo
el monedero.)
ANA.- (S igue mirándole fría, sin aceptarlo.) ¿Aún no has
aprendido?
OYE.- (Lentamente lleva el monedero hasta la boca, y
mordiéndolo se lo ofrecerá.)
ANA.- ¡Ahora sí!

(Cogiendo el monedero cambia súbitamente su gesto


amenazante por otro risueño, al tiempo que le palmea
la cabeza.)

¡Bien por mi perrito!... Bueno... Pues voy a tener que


marcharme porque s ino llegaré tarde para cuidar a mis
enfermitos.

(Guarda el monedero en el bolso que se colgará al


brazo.)

(A JAIM E.) ¿Qué tal estoy?, ¿tengo buen aspecto?...


JAIME.- (Con raro humor.) Como las mismísimas
brujas.
OYE.- (M ira temeroso a Ana y se retira junto a la silla
donde permanecerá s obre el cojín, como intentando pasar
inadvertido.)
ANA.- ¡Qué humor tienes, Jaime!
JAIME.- Aunque te disfraces de monja siempre serás una
jodida bruja.
ANA.- (Tras mirarlo fija dos segundos.) Hoy no vas a
conseguir enfadarme por muchas cosas que me digas .
¿Cómo crees que p odría desempeñar mi trabajo si no me
vistiera así? Allí en el Centro de Acogida todas vestimos
igual. Antes sí había monjas de verdad, y como nos dimos
cuenta de que su uniforme inspiraba mucha confianza a los

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enfermos, decidimos utilizarlos nosotras cuando ellas se
marcharon, y ahora todo funciona a la perfección.
JAIME.- Haciendo caer en la trampa a la gente.
ANA.- No olvides que el fin justifica los medios. Nuestra
misión es consolar y cuidar, proporcionar alegría a los
desvalidos, poner dulzura en sus pobres vidas.
JAIME.- Sí... Un dulce muy amargo...
ANA.- ¡Ay, cómo estás hoy, hijo! Una desviviéndose
continuamente por vosotros planificándoos el futuro, y tú
venga a insistir en t us quejas. Eres un desconsiderado...
(Tras una pausa breve le mira sonriente.) Pero todo va a
cambiar. Con la llegada de Alejandro vamos a formar una
nueva familia mucho más feliz. Lo he programado muy bien
¿sabes? En menos de un mes formareis los tres un grupo
perfecto... Y saldréis todos los días a la calle a pasear. ¿No
te gusta la idea?...
JAIME.- (Extrañado.) ¿A pasear a la calle?
ANA.- Sí. ¿No te estoy diciendo que te preparaba una
sorpresa?
JAIME.- ¿Oye y yo?...
ANA.- Y Alejandro. Los tres.
OYE.- (M ira a Ana con mucha atención.)
JAIME.- ¿Y si nos escapamos?...
ANA.- (Convencida.) No hay peligro. Aunque antes tendré
que arreglar algunos detalles...
JAIME.- (Con prevención.) Como cuáles.
ANA.- Ya te he dicho que Alejandro sabe amaestrar perros
lazarillos, y así, él instruirá convenientemente a Oye para
que sepa guiarte en todos tus paseos.
JAIME.- Yo no necesito que me guíe nadie.
ANA.- (Intrigante.) Después, sí...
JAIME.- ¿Qué quieres decir?
ANA.- Los seres que inspiran más cariño son siempre los
más desgraciados. Yo ahora os quiero mucho, pero deseo
quereros mucho más. Yo sé que aún puedo sentir mucho más

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afecto por vosotros y cuando eso ocurra, podremos vivir
todos muy felices.
JAIME.- No te entiendo...
ANA .- Será todo muy fácil. Formareis un grupo
maravillosamente tierno. Un pobre cieguito inválido
conducido por su perro lazarillo, y con Alejandro
guardándoos para que no os suceda nada malo...

(JAIM E y OYE comienzan a sentirse horrorizados.)

Claro que, antes, os practicaré unas p equeñas


intervenciones... A Oye en el sexo... y a ti en los ojos. (S aca
un llavero del bolsillo que hará sonar en la mano
mientras marca el mutis hacia el foro.) Yentonces, todos,
seremos «mucho más felices».

(Hace mutis.)

(JAIM E y OYE se miran en el paroxismo del horror.)

JAIME.- ¡¡¡No!!!...
OYE.- (Desde su posición de rodillas, eleva la cara a lo alto
emitiendo su protesta, que se traducirá en un prolongado y
lúgubre aullido.)

(Telón muy rápido.)

FIN DE LA OBRA

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