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Asesínenme Rosa Yorio Maria

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Asesínenme Rosa Yorio Maria

María Rosa Yorio

ASESÍNENME
Rock y feminismo en los años 70

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Asesínenme Rosa Yorio Maria

Yorio, María Rosa

Asesínenme / María Rosa Yorio. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de

Buenos Aires : Planeta, 2019.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-950-49-6719-4

1. Música Rock. 2. Biografía. I. Título.

CDD 781.660982

© 2019, María Rosa Yorio

Todas las fotos fueron cedidas por la autora y publicadas bajo su autori-

zación

Diseño de cubierta: Juan Ventura para Departamento de Arte de Grupo

Editorial Planeta S.A.I.C.

Foto de tapa: Uberto Sagramoso

Todos los derechos reservados

© 2019, Grupo Editorial Planeta S.A.I.C.

Publicado bajo el sello Planeta®

AV. Independencia 1682, C1100ABQ, C.A.B.A.

[Link]

Primera edición en for mato digital: junio de 2019

Digitalización: Proyecto451

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titula-

res del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la re-

producción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedi-

miento, incluidos la reprografía y el tratamiento infor mático.

Inscripción ley 11.723 en trámite

ISBN edición digital (ePub): 978-950-49-6719-4

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Asesínenme Rosa Yorio Maria

Índice de contenidos

Portada

Prólogo. Un libro tierno, sincero, fuerte. Por León Gieco

1. Locuras juveniles, la falta de consejos

2. Yo soy

3. La mejor loca

4. La Bohème

5. Y el fantasma tuyo

6. La loba que me cuida

7. Antes de gira

8. Máscara de luna

9. Aglutinados

10. Tendremos un hijo si quiere venir

11. La venganza será eter na

12. Mientras no tenga miedo de hablar

13. Fabricante de mentiras

14. Con los ojos cerrados

15. Total interferencia

16. Asesina serial

17. Bienvenida a casa

18. Una voz

Quiero agradecer a…

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Asesínenme Rosa Yorio Maria

Prólogo

Un libro tierno, sincero, fuerte


Por León Gieco

Es una suerte que, cuando niño o niña, algo te haya hecho

sentir príncipe o princesa. Porque la vida puede un día taparte

todos los caminos pero nunca podrá impedir que regreses al

lugar de los recuerdos.

Una noche, un vino, un poco más

hacen girar notas tristes, la TV, la soledad

los días se aceleran, las semanas me sentencian

sé que soy un bocado más del tiempo.

La noche me regala sus estrellas

para sentirme bella y poder cantar.

(“Semana de una cantante”. Música: María Rosa, Letra:

León Gieco)

Es cierto que frente al público masculino María Rosa respon-

día con soltura, sensual y divertida, también sexy y provocati-

va. Pero todos sabíamos que lo angelical ocupaba un porcen-

taje muy alto dentro de su corazón.

Yo, que toqué muchas veces con Los Desconocidos de

Siempre, veía eso desde el escenario. Un día en el hotel, des-

pués de no sé qué actuación, escribí algo así…

Los talones de María

son redondos como el amor.

Parte del pie con escalón

sobre dos tacos de punta.

El resto, cubierto con cuero rojo

gastado en tanta ruta.

Pies que subirán más escaleras

para bailar mil canciones nuevas.

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Asesínenme Rosa Yorio Maria

Son algunas de las frases de una letra que dur mió más de

cuarenta años en un cajón y que hoy sonríe al despertar para

ser parte de este prólogo, para este libro que reconozco en lu-

gares comunes y familiares, del mismo barro, de la misma san-

gre.

Ahora, a la distancia, valoro muchísimo a las mujeres que en

el comienzo de los 70 se le animaron al escenario. Gabriela,

Carola Cutaia, Diana Lengua Negra, no más. Por eso fue de

mucha calidez que María Rosa for mara parte de PorSuiGieco y

Nito Mestre y los Desconocidos de Siempre, dos agrupaciones

con las cuales he compartido canciones, micros, giras, hoteles,

escenarios, caminos, abrazos, risas, besos, peligros, emocio-

nes, aplausos, sentimientos, recuerdos, miradas cómplices, so-

ledades…

María Rosa, con su presencia, podaba cualquier brote de

machismo (si es que lo había en nosotros). Nos hacía mejores

personas, más delicadas. Lo conseguía con una naturaleza di-

ferente al resto del rock, que en esa época era casi todo varo-

nil.

Iniciábamos, sin querer, una nueva etapa del rock nacional.

Lo acústico, lo poético, lo político y con un plus especial; una

presencia femenina que para esa época era casi revoluciona-

ria.

Cuando María cantaba su set sola con la banda —tres o

cuatro canciones en la mitad del show— la sala se tor naba de

otro color, tenía otro aroma, había otras expectativas, se escu-

chaban otros aplausos. Y cuando en los bises cantaba “Blues

del levante” los chicos presentes hacían su propia película de

sexo, droga y rockanroll; se llevaban a la casa, debajo del bra-

zo, ese filme de ficción para mirarla a ella toda la semana. En

cambio nosotros nos quedábamos con la estampita de Virgen

María, con esa carita linda, inocente y bondadosa que decía

“estoy preocupada, chicos, podríamos haberlo hecho mejor”.

Este libro cuenta todo esto y más. Es tierno, sincero, fuerte.

Expone los interrogantes de toda la vida, los que nunca nos

abandonan, los que todos tenemos.

Por eso está bueno que ella haya podido sacar lo escondido

antes de ser solo un bocado más del tiempo.

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Asesínenme Rosa Yorio Maria

1.

Locuras juveniles, la falta de consejos

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Asesínenme Rosa Yorio Maria

Conventillo reciclado en Tacuarí y Venezuela:

“Oye hijo las cosas están de este modo…”.

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Asesínenme Rosa Yorio Maria

Entramos a Tribunales tomados de la mano. Nos sentamos es-

perando que nos hicieran pasar al despacho del juez. Charly

ya no era el chico tan raro y poco agraciado del primer Sui Ge-

neris. La mancha de vitiligo que le blanquaba la mitad de la

cara estaba a su favor, creando el famoso bigote bicolor, el ca-

bello color frutilla más largo y un guardarropa algo ampliado y

divertido. No se me cae ningun anillo si digo que fueron “las

chicas” las que lo pusieron lindo.

Entramos al despacho del juez —me llega a la memoria su

sonrisa dulce—, que unos dias antes nos había mandado a re-

pensar si estábamos seguros de querer divorciar nos.

La decisión estaba clara. Entramos. Fir mamos las actas. Nos

fuimos sin hablar, tomados de la mano.

En la esquina nos dimos un beso y yo me fui a la casa de

Beba. Charly partió rumbo al coqueto (pero hotel al fin) Impa-

la, en Libertad y Arenales.

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Asesínenme Rosa Yorio Maria

2.

Yo soy

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Asesínenme Rosa Yorio Maria

Seis añitos. “Máscara de luna”.

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Asesínenme Rosa Yorio Maria

Soy una persona que está poniéndose de pie. A veces torpe y

temblorosa, haciendo equilibrio en el medio de esta vieja casa

de estilo francés en el barrio de Retiro.

Yo no debería estar aquí, pero volví y efectivamente aquí es-

toy, dispuesta a poner las cosas en orden y vender esta casa.

Levanto la vista y puedo ver la sala donde nos tirábamos a di-

bujar y pintar. Allí está el balcón por el que vimos correr el

agua de la gran inundación.

En aquel rincón, el teléfono negro donde recibí el llamado

que me cambió la vida.

—Hay un dúo que hace una música que a vos te va a encan-

tar.

La voz llega desde el pasado, interferida por la frecuencia

del rock argentino.

En el medio pasó la vida. Una gran vuelta. Me perdí un po-

co para llegar al gran encuentro, pero no dejé la inocencia en

el camino. De ahí mi torpeza.

Yo era pura poesía. Cuando niña, me sentaba en alguna de

estas salas y escuchaba la música clásica que inundaba la casa.

Mi papá, que era un gran melómano, abastecía el ambiente

con discos y libros. Los pasillos estaban marcados con volúme-

nes de Chéjov, Tolstói, Pushkin. Al final, entre todas esas músi-

cas y esas lecturas, se ar maría el combo que engendró esto:

una sensibilidad poderosa.

Yo era una nena confundida que siempre quiso a sus dos

madres. Por un lado, mi madre biológica. Por el otro, Beba,

una tía adinerada que no podía tener hijos y disputaba ese rol.

Mi mamá era maestra y trabajaba en tur nos de doble escolari-

dad para tener una buena jubilación. La her mana de mi padre,

por su parte, quería que yo fuera una nena bien. De manera

que durante todo el año lidiaba con las obligaciones domésti-

cas. Pero apenas comenzaba el verano mi tía me llevaba a

Punta del Este para pasar una larga temporada hasta marzo.

Me ponía vestiditos de París y me trataba como a una prince-

sa.

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Asesínenme Rosa Yorio Maria

Mi mamá tenía preparada su propia for ma retorcida de dar-

me una lección.

Una vez, cuando tenía ocho años, abrí la puerta de mi casa y

la vi conversando con una señora boliviana y su hija. La niña

tenía la misma edad que yo y se llamaba Amy. Su familia vivía

en la Villa 31, detrás de la estación de trenes de Retiro.

—De ahora en adelante esta chica va a vivir acá —me dijo.

Por suerte no odié a Amy. Fue mi her manita y, con el tiem-

po, incluso nos escaparíamos juntas de casa. Pero el episodio

reveló una parte jodida de mi madre. En el torbellino de su

desesperación intentó resolver dos o tres problemas a la vez

(incluyendo la limpieza de la casa).

Eran rollos muy comunes en las mujeres de aquella genera-

ción; confundían los roles y organizaban a su alrededor un

mundo de terror y desamparo. No es bueno que la ley de una

familia sea decretada por una persona que no está sana.

Para entonces, además de estudiar inglés y convertir me en

girl-scout cada sábado, bailaba en el Colegio Nacional de

Danzas. A los once, finalmente entré en el mundo del canto.

En el invierno me ponía mi tapado largo de paño azul y reco-

rría a pie el camino que me separaba del palacete donde en-

sayaba el Coro Nacional de Niños. Bajaba las escaleras hacia

el sótano y allí estaban esperándome. Me quitaba el tapado y,

mientras buscaba mi lugar en la cuerda, también buscaba mi

lugar en la vida.

Un verano, durante mis días en Punta del Este, entré sola a

un cine de avenida Gorlero para ver una película que aún no

llegaba a Buenos Aires; se llamaba Zorba el Griego. Tendría

unos doce años.

Salí de la sala completamente extasiada, pensando en el

destino de Bubulina, el personaje femenino, y aquella gloriosa

escena del baile. Giré sobre mí misma, extendí los brazos y me

tiré boca arriba sobre el césped. Repetía una y otra vez la frase

del personaje de Anthony Quinn:

Hay que estar un poco loco para romper las

cuerdas de la vida y ser libres.

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Asesínenme Rosa Yorio Maria

Para entonces, mi papá trabajaba como corredor de calefo-

nes en la calle. En una ocasión, cuando pasaba caminando

frente a una disquería, escuchó una música nueva e inespera-

damente linda. “¿Qué es esto?”, le preguntó al vendedor.

“A llegar la primavera, Rosmery, tu amor solo mío será”.

Esa tarde se apareció en casa con un regalo. Era el primer

disco de Almendra. Desde entonces, gracias a mi padre, can-

ciones como “Fer mín”, “Figuración”, “A estos hombres tris-

tes” y muy especialmente “Ana no duer me” se hicieron car ne

en mí.

Mi papá tenía esas cosas her mosas. Pero no sé si alguna vez

ter minó de bancarse el hecho de que fuera yo la única que lle-

vase un pensamiento poético. Había un mandato hogareño,

parecido al castigo, para alguien que quisiera levantar la cabe-

za y aspirar a algo diferente. Mi propio padre fue el encargado

de acercar me al dibujo y a la pintura, uno de mis her manos era

pro-Unión Soviética, el otro maoísta y una parte de la familia

se vinculaba con el anarquismo. Sin embargo, a pesar de todo

esto, no dejaba de ser un ambiente bastante machista.

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FIN DEL FRAGMENTO

Sigue leyendo, no te quedes con las ganas


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