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Los Dioses Distraídos

Una propuesta de cómo era la vida de los hacedores de pinturas rupestres
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Temas abordados

  • poderes,
  • colibríes,
  • mágico,
  • recolectores,
  • cultura,
  • caminos,
  • ecosistema,
  • ciclo de vida,
  • cultura indígena,
  • cactus
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Los Dioses Distraídos

Una propuesta de cómo era la vida de los hacedores de pinturas rupestres
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Temas abordados

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  • caminos,
  • ecosistema,
  • ciclo de vida,
  • cultura indígena,
  • cactus

LOS DIOSES DISTRAÍDOS

Los dioses son invenciones humanas. Existen desde que nos vimos solos
en el universo para paliar nuestros temores, para hacer más llevadero el
miedo a la muerte con la idea de la reencarnación, la vida eterna y las
hurís en el paraíso. Luego los usamos para otros propósitos,
especialmente para gobernar con ayuda de la ignorancia. Como tales, no
es de extrañar que los dioses tengan figura humana y que los distinga
alguna cualidad o maldad inherente a nosotros.

Por eso hay dioses y diosas para todos los gustos y colores: bondadosos,
benévolos, guerreros, furibundos, vengativos, sanguinarios, invencibles,
ausentes, indiferentes, ebrios, procaces y vaquetones. También hay
dioses distraídos. De eso trata el siguiente cuento. Lo escribió Martha
Palau, quien vivió en Tijuana, y lo tomé hace tiempo del sitio
www.kokone.com.mx/.

«En un remoto desierto, hace muchos y pocos años, vivía una pequeña
tribu que no tenía nombre pues los hombres todavía no la nombraban y a
los dioses se les había olvidado dónde estaba. Eran dioses algo distraídos
y desmemoriados; perdían con frecuencia las llaves del cielo,
traspapelaban los mapas del mundo y el tiempo, que era más joven,
corría demasiado rápido y nunca lo alcanzaban.

No se les podía pedir demasiado a estos dioses, pues ellos a su vez eran
jóvenes y el mundo apenas comenzaba; además, los reclamos de otras
tribus los mantenían ocupados, así que se fueron alejando del desierto y,
a falta de no verlo, lo extraviaron. Sin mapas, las lluvias ya nunca llegaron
y el pobre desierto se moría de sed; no podía ni llorar pues de sus ojos
sólo salían lágrimas de arena seca y se lastimaban.

Sin agua, la pequeña tribu tuvo que emigrar, se fueron caminando con
todo lo que poseían hacia una sierra donde el Shamán Escuchador —que
conocía el lenguaje del viento— tenía noticias de una cañada con arroyos
y abundante vegetación. Caminaron por días y noches y las lunas se
sucedieron muchas veces, creciendo, llenándose, encogiéndose.
Finalmente, un día llegaron al lugar señalado por el Escuchador. Ahí
estaba la cañada estrecha y profunda; en la hondonada, el riachuelo con
aguas cristalinas sólo reflejaba el sol cuando llegaba a su cenit. Los
frondosos árboles y palmeras se mecían saludándolos y en las escarpadas
laderas encontraron acogedoras cuevas que les brindaban protección.

Se establecieron en las cuevas y se volvieron cazadores y recolectores de


granos; aprendieron a conocer las propiedades medicinales y alimenticias
de los cactus; recogían pitahayas del desierto y dátiles y semillas maduras
de árboles y palmeras que crecían en la cañada. Cazaban venado, borrego
cimarrón, conejo y antílope. Del mar, algo retirado de su cueva, obtenían
almejas, caracoles, tortugas y gran variedad de peces.
El Shamán Escuchador observaba las estrellas y conocía la sucesión de las
estaciones, el renacer de las plantas y el ciclo de nacimiento de los
animales. El viento le había contado como una vez al año llegaban
pececillos a desovar y reproducirse en las playas. Por eso, los miembros
de la tribu acudían en esa fecha; y era un día de fiesta; los niños corrían
en todas direcciones, los peces saltaban para regresar al mar y los niños
llenaban con facilidad sus canastos.

La Naualli Mayor de la tribu era una anciana que cantaba el lenguaje de


los pájaros y entendía el secreto de las hierbas, de las flores, y podía curar
con raíces amargas del desierto. Había encontrado una arcilla roja y otra
negra con propiedades mágicas. Pintó a sus hijas con ellas y comprobó
que les daba fuerza y poder, y que la más pequeña, Nauallita, poseía,
además, la sabiduría ancestral requerida para ser la digna heredera de los
conocimientos que ella atesoraba.

Y a ella, a diferencia de sus tres hermanas, la pintaba todas las noches


para que en sueños aprendiera misterios reservados para las grandes
hechiceras y protectoras de la comunidad. El arte de soñar era manejado
sólo por la Naualli Mayor y Shamán. Pero un día Nauallita soñó que
pintando a los guerreros serían protegidos de sus enemigos y de los
animales salvajes. La siguiente vez que salieron de cacería narró a su
madre lo que había soñado y entre las dos pintaron a los guerreros: medio
cuerpo de rojo y medio de negro.

Descubrieron así que las arcillas agrandaban a los hombres; tal pareciera
que su estatura aumentaba y se transformaban en gigantes de tres
metros. El efecto del esplendor mágico duró un par de horas, tiempo
suficiente para atemorizar a los animales salvajes que asustados huyeron
y fueron a caer en las trampas que los cazadores habían preparado.

Shamancito era hijo del Escuchador Shamán y compañero de aventuras


de Nauallita; habían crecido pensando que el mundo mágico que veían y
practicaban con sus mayores era igual al de los otros niños. No se habían
dado cuenta de que poseían dones especiales y gratuitos que muchos
quisiéramos tener.

Podían hacer bailar a las piedras, hablar con los pájaros y se comunicaban
con las mariposas; escuchaban las fascinantes historias de la Iguana
Verde sobre sus antepasados, lagartijas gigantes que habitaron la tierra
hacía muchísimos años. Pero lo que más les gustaba era visitar no muy
lejos de allí, la cueva encantada del venado, que poseía un espejo de
cristal de roca desde el cuál se veían las estrellas más lejanas.

Este maravilloso animal tenía cabeza de venado y cuerpo de reptil y había


sido hechizado por un poderoso shamán que unió las dos imágenes
sagradas, veneradas por muchos hombres primitivos: la serpiente que
representa la sabiduría y la ciencia, y el espíritu del venado al que se
invoca para obtener caza abundante.

Un día Naullita aprovechó que su madre se alejaba de la cueva en busca


de hierbas medicinales; tomó prestado un poco de arcilla roja, fue al
encuentro del Shamancito y le pidió que convocara al viento para jugar. El
viento acudió a la cita y Naullita pintó un círculo grande para que el viento
se posara en él y descansara un rato de su continuo correr.

El círculo pintado con Arcilla Roja (que era muy traviesa), sin su mitad de
Arcilla Negra (la seria y formal que controlaba a la roja) apresó al Viento
sin que Naullita ni Shamancito pudieran evitarlo. El círculo sujetaba y
apretaba, apretaba, tanto que el Viento quiso emprender el vuelo en
retirada, demasiado tarde; pronto comprendió que Arcilla Roja lo había
hecho prisionero.

Cómo se asustaron, no querían privar al Viento de la libertad tan


importante para su trabajo. Arcilla Roja sonreía en la tierra pintada y
cuánto más quería el Viento liberarse más apretaba el círculo. Después de
tratar y tratar de escapar el Viento lanzó un largo suspiro y rogó a
Nauallita que fuera a buscar a la Naualli Mayor para que lo ayudara a salir
del círculo.
Nauallita era una pequeña y astuta hechicera; pensó que llamar a Naualli
Grande no era prudente. El viento le tendía una trampa para ser liberado
y ella sin duda sería castigada por haber tomado prestada la Arcilla Roja.
Era tonto no aprovechar la ocasión única que se le había presentado;
retractarse desacreditaría sus poderes en lo futuro y mostraría debilidad,
perdería atributos necesarios para toda Naualli respetable. Por su parte
Shamancito, que también era potente visionario, le hizo notar que atrapar
al Viento no era tarea fácil y que esto sin duda era una señal y prueba
sobrenatural que se le presentaba.

Consultaron a Serpiente-Venado para que con su espejo de cristal los


aconsejara. - Muchas ventajas se pueden obtener del viento, poderoso
mago, - dijo Serpiente-Venado, hay que pedirle algo importante ya que
otra ocasión como ésta no se presentará.

- Es bien sabido por todos los hechiceros -observó Serpiente-Venado


cuando se alejaban-, que sólo aquel que hace un encantamiento tiene el
poder de romperlo. El Viento obedecerá a Nauallita, sólo ella podrá
liberarlo.

-Si nos concedes tres deseos romperé el sortilegio y pronto correrás por el
mundo libre, libre como el viento, dijo Nauallita a su prisionero.

Al viento no le quedó más remedio que dar su solemne palabra, palabra


de viento, de cumplir todos lo deseos con tal de salir del círculo.
- Veo una parvada de colibríes descender sobre un lago y con sus picos
tomar los bordes del agua y levantar el vuelo para llevarlo al desierto y
apagar su sed.

Eso quiero, dijo Nauallita. - Veo dos mares con abundantes peces, el que
ya tenemos y otro, que se acerquen a nuestra cueva para que nunca nos
falte alimento.
Eso quiero dijo el Shamancito.- Veo mis colores engrandecerse y adornar
nuestras cuevas para contar nuestra historia.

- Eso quiero, dijo Arcilla Roja.


- Así sea -contestó el Viento.
Arcilla Roja abrió el círculo y el Viento se elevó y revoloteó feliz en torno a
Nauallita y Shamancito despeinándolos y haciéndolos girar como trompos,
FUF, FUF, FUF, reía el viento.
Luego resopló, UUUHHUUUHHH con fuerza hacia Arcilla Roja, obligándola
a peder el equilibrio, pobre arcilla cayó al suelo cubierta de sí misma, una
enorme y finísima nube de polvo: talco rojo.

Ya satisfecho el Viento cesó de volar y reír, llamó a los colibríes y la


Nauallita les explicó lo que quería de ellos.
Gracias a sus muchos conocimientos y viajes, los viajes siempre ilustran,
resultó fácil para el Viento seleccionar el lago más cercano. Montó a los
colibríes sobre sus espaldas y desapareció volando con ellos. Al llegar a la
región de los lagos los colibríes descendieron y todos a la vez, con sus
delicados picos, levantaron las orillas de un lago con tanta fineza que no
derramaron una sola gota de agua.

El Viento, ahora con el lago y los colibríes en sus hombros, voló con
vertiginosa velocidad hacia el desierto. Los colibríes lo depositaron justo a
la mitad del ahora afortunado y agradecido desierto.

Estaba tan necesitado y sediento que bebió y bebió y consumió gran parte
del agua; la arena, humedecida por la enorme cantidad que sorbió el
desierto, floreció en un oasis, con graciosas palmeras y un sinnúmero de
plantas; sus beneficios llegaron hasta los cactus: se llenaron de exóticas y
esplendorosas flores y los colibríes, para descansar, anidaron en las
palmas y se fueron quedando en el oasis.
Shamancito ayudó al Viento a reducir las proporciones del desierto para
que los dos mares se acercaran a su cueva. Primero arrancaron un brazo
de tierra que sólo quedó unido al continente por el lado norte. Segundo, el
mar externo avanzó con sus olas hasta el hueco que había quedado
separado de la tierra y lo llenó. Tercero, tanto estrecharon la tierra donde
se encontraba el primer mar que el lago depositado en el centro del
desierto por poquito y se cae al recién formado mar.

Desde entonces el hermoso oasis besa las orillas del mar interno y la
tierra es larga y angosta.
Arcilla Roja se fue volando con el Viento hasta la entrada de la cueva
principal en donde se encontraba Shamán Escuchador y el Viento sopló en
su oídos los secretos de la pintura y girando en torno a él hablaron del
misterio de las espirales.
Así Shamán Escuchador se transformó también en Shamán Pintor y
Shamán Narrador, dejó registro de sus rituales mágicos pintados en las
cuevas y cuidó de no cometer el mismo error de Nauallita: las pinturas
fueron de Arcilla Roja siempre acompañada de Arcilla Negra.

La tribu tomó el nombre sagrado de Cueva Pintada y a Shamancito,


Nauallita y Arcilla Roja los honraron mucho tiempo. En su memoria, otras
cañadas con riachuelos cercados por el desierto tienen en sus laderas o
en las paredes más altas de sus cuevas pinturas, que hoy les dicen
rupestres, recuerdan a los hombres primitivos que las habitaron: gigantes
que capturaron al viento y estrecharon la tierra formando una alargada
península, que conocieron el secreto de las espirales y poblaron los oasis
con palmeras para darnos sombra y calmar la sed del desierto».

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