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Influencia Familiar en Delincuencia Sexual

La clase #4, expone el tema "Agresión sexual: tipos de agresores sexuales".

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La clase #4, expone el tema "Agresión sexual: tipos de agresores sexuales".

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INTRODUCCION A LA CRIMINOLOGÍA

III PARCIAL
Docente: Mtro. Maycol Corea Corrales.
Unidad 2: Aspectos generales en la evaluación, en el ámbito jurídico- criminal.
Tema 4: Agresión sexual: tipos de agresores sexuales.
Fecha: 01/08/2024

EL PAPEL DE LA FAMILIA EN LA CONDUCTA DELICTIVA

Sin duda, la familia es uno de los pilares básicos en el desarrollo y crecimiento en


una persona, constituye una parte importantísima en el ambiente psicológico del
individuo, por ello no podemos dejar de obviarla al hablar de conducta delictiva,
pues es, como ya, apuntábamos anteriormente, no sólo un foco de aprendizaje de
normas y maneras de comportarse, sino que a su vez puede transmitir
desestructuración y problemas que quedarán reflejados en quienes viven en ese
ambiente.

A lo largo del siglo XX hemos sufrido importantísimas transiciones respecto a la


institución de la familia, en un primer momento se pasó de una familia que se
independiza del resto de la familia y pasa a formar parte de un núcleo familiar
compuesto por el matrimonio y los hijos, de forma independiente al resto de
generaciones. Este modelo se corresponde con el modelo de familia tradicional,
en donde los dos progenitores viven como una unidad independiente,
compartiendo tareas y siendo por lo general el padre en ocuparse de la economía
familiar y la madre la encargada de las tareas domésticas y los hijos.

Posteriormente una segunda transición es la surgida en las últimas décadas del


siglo XX, aparece aquí una diversificación nuclear, encontrando ya en estos
momentos la existencia de familias monoparentales, uniones consensuales (sin
vínculo legal), familias separadas o divorciadas, familias en las que los hijos no
están biológicamente unidos a los padres y las parejas homosexuales.

Todo esto es importante tenerlo en cuenta, pues, aunque la delictividad ha existido


siempre, no es sino en los últimos tiempos cuando ha tenido una mayor
expansión, y no deja de ser interesante el observar cómo a su vez igualmente en
los últimos tiempos se ha producido también una mayor desestructuración familiar.

La doctora Hilda Marchiori (2002) recalca la importancia que tiene considerar la


influencia del hogar, las relaciones con los padres, el clima afectivo y la situación
económica y social del delincuente. Apunta que el grupo cultural en el que se ha
criado el individuo así como las actitudes, tradiciones y costumbres que sobre él
han influido inciden clarísimamente en la determinación de la conducta delictiva.

Así, atendiendo a esto realiza una clasificación entre familia y delincuencia,


señalando que existen dos tipos de familias en los delincuentes: las desintegradas
y las integradas.

Las familias desintegradas: la marginación, la desconfianza y la violencia son


algunas de las características en las que crecen los niños en estos hogares. Esta
desestructuración familiar puede ser motivada por muchas causas: la muerte de
uno de los padres, las separaciones, el abandono del hogar, etc.
La familia integrada: a pesar de estar presentes todos los miembros del núcleo
familiar, el niño crece con una serie de carencias afectivas o víctima de una
sobreprotección o indiferencia hacia él.

EL DELINCUENTE SEXUAL

Son supuestamente estas condiciones soportadas durante la infancia las que


harán sentir al individuo confundido en el área sexual.
El delincuente sexual muestra dos necesidades fundamentales como son la
seguridad y el afecto, y exterioriza hostilidad y resentimiento hacia la
autoridad debido a las carencias emocionales de las que ha sido víctima.

Ante el delito sexual la familia muestra rechazo y distanciamiento, lo que provoca


normalmente que, tras la institucionalización, el delincuente vuelva a delinquir,
pues carece del apoyo de un núcleo familiar idóneo que le ayude tanto en su
tratamiento como en su recuperación y, posteriormente, le muestre apoyo en su
nueva salida.

MOTIVACIÓN DELICTIVA EN LAS AGRESIONES SEXUALES

La motivación sexual en los humanos es una de las motivaciones primarias


básicas; es decir, estaría en el primer nivel de la pirámide de Maslow. Las
características esenciales están centradas en la conjunción de la motivación por la
supervivencia de la especie, unida a la obtención de placer y regulada por factores
sociales, cognitivos y de aprendizaje.

Según Cándido Sánchez (2003), entre el 85 y el 95% de los delincuentes


sexuales identificados son varones y ningún grupo socioeconómico de hombres
está exento del riesgo de cometer agresiones sexuales. Así, las similitudes entre
los grupos de no agresores y los que sí lo son dificultan la tarea de prevención y
de predicción. No obstante, sí que sabemos que los agresores sexuales adoptan
muchas tácticas para ocultar sus tendencias delictivas, incluyendo el presentarse
ante los demás como personas socialmente adaptadas, y que algunas de las
experiencias de los agresores sexuales que contribuyen al desarrollo de su
comportamiento desviado son las mismas que están presentes en la etiología de
otros trastornos, como las conductas antisociales o la depresión.
Una de las características principales de muchos parafílicos (comportamiento
sexual donde el placer o el orgasmo se consiguen más allá de las relaciones
sexuales convencionales) se centra en la presencia de repetidas e intensas
fantasías sexuales de tipo excitatorio, de impulsos o de comportamientos
sexuales, que por regla general engloban: objetos no humanos, el padecimiento
y/o humillación propio o de la pareja, y niños u otras personas que no consienten.
Así, hace falta evaluar la presencia parafílica en estas fantasías, puesto que
puede generar comportamientos patológicos que imposibiliten mantener una vida
sexual normalizada fuera de la parafilia, o bien, puede ser un pensamiento
esporádico no materializable. En este sentido, McGuire RJ, Carlisle JM y Young
BG mantienen que el contenido de las fantasías sexuales se determina por
procesos de condicionamiento y por su asociación con la experiencia orgásmica.
De ahí que sea esencial valorar las primeras fantasías parafílicas, así como su
materialización reforzada.

Javier Urra (2003) define a los agresores sexuales de forma genérica como
“seres con inmadurez psicosexual, que agreden para autoafirmar un Yo inseguro,
y que se caracterizan por poseer un alto grado de hedonismo y muy baja
resonancia emocional”. Además, considera que suelen “ser delincuentes en otras
áreas, que son proclives a todo tipo de violencia contra las mujeres y que emplean
todo aquello que les sirve para racionalizar el asalto como elemento facilitador del
mismo”.

En el caso de los agresores de menores, Enrique Echeburúa (2000) y Javier


Urra (2003) coinciden en que la mayor parte son varones y, según sus estudios,
en la etapa media de la vida (entre los 30 y los 50 años) es cuando se manifiestan
con más frecuencia estas conductas, aunque la mayoría se inician en la
adolescencia. Respecto a la relación con el agresor, Echeburúa (2000) habla de
que entre el 65 y el 85% son personas cercanas al menor, de los cuales un 32%
son sus padres, un 36% familiares, y un 28% allegados del menor (profesores,
conocidos, etc.).
Según Cáceres (2001), se han establecido diferentes criterios para generar una
tipología de agresores sexuales, pero todos deben tener en cuenta los siguientes
componentes:

a) Nivel de agresión utilizado.


b) Grado de importancia del componente sexual (ver si tiene más peso el
componente parafílico o el antisocial).
c) El grado de sadismo como parte de la gratificación sexual o como un uso
indiscriminado de la violencia.
d) Sus manifestaciones expresivas denotadoras de demostración auto-
afirmativa de poder o devolución de la ira.
e) Grado de conocimiento de la víctima.

Partiendo de esta idea se entienden las diferencias de tipología en los diversos


autores que cita Cáceres (2001). Hall, Shondrick y Hirschman basan su
clasificación en cuatro factores:
1. Excitación sexual,
2. Procesos cognitivos,
3. Descontrol afectivo y
4. Problemas de personalidad.

Para Knight y Prentky los elementos que se han de tener en cuenta son el carácter
compensatorio o explotador del hecho, el grado de agresión desplazada que
supone y su expresión sádica.

Holmstrom y Burgess se basan en un criterio funcional para establecer cuatro


subtipos de agresores sexuales:

a) Como demostración de poder y control sobre la víctima.


b) Como expresión de odio o ira.
c) Grupal.
d) Aquellas en las que predomina la experiencia sexual. Se suelen diferenciar
tres grupos:
1. Los que intentan la violación con niñas menores de 14 años (30%),
2. Violadores agresivos para los cuales la violación forma parte de un ciclo de
agresión (20%) y
3. Sin antecedentes criminológicos o psicológicos graves (50%).

Según Urra (2003), distintos autores han realizado diversas clasificaciones, que se
pueden dividir en tres grupos:

Violador sádico. El más peligroso, ya que quiere llevar acabo sus fantasías
sexuales y agresivas. Su personalidad es antisocial y busca el daño en la víctima.
Su violencia va en aumento, luego puede llegar al asesinato.

Violador depredador. Busca demostrar su equívoca virilidad, entiende que la

víctima se encuentra en el lugar y el momento equivocado.

Violador motivado para cometer la agresión. La víctima es desconocida, no

actúa impulsivamente y no busca la gratificación sexual (como objetivo primario).

Cándido Sánchez (2003) distingue entre agresores sexuales de adultos y de


menores en su investigación sobre perfiles sexuales, donde aportan datos sobre el
peso en cada escala de este inventario de agresores sexuales de adultos,
agresores sexuales de menores y agresores no sexuales (grupo control). Los
resultados fueron los siguientes para los dos grupos de agresores:

a) Intentan negar los intereses e impulsos sexuales, proyectando una imagen


no sexuada de sí mismos.
b) Presentan distorsiones cognitivas, que han servido para integrar y
exteriorizar sus impulsos sexuales, y tiendes a culpabilizar a algo o a
alguien para no asumir su responsabilidad.
c) No presentan motivación (a veces, incluso, una actitud desfavorable) hacia
el tratamiento.
d) Los agresores sexuales de adultos muestran actitudes sadomasoquistas en
mayor medida que los de menores.
e) La muestra de pedófilos admite en mayor grado las fantasías sexuales
desviadas, la planificación del acto, el acecho y la agresión, que el resto de
agresores. Éstos tienen más problemas de relaciones sexuales adultas,
aunque recurren a la prostitución más que los agresores de adultos.
f) Dentro del grupo de agresores sexuales a menores, casi un 40% reconocía
el hecho, y un 60% conocía previamente a ese menor.
g) En las dos muestras de agresores sexuales, un 16% afirmaba haber sufrido
abusos sexuales en la infancia (un 13% de ellos lo consideraba causa de
sus actos), y ambos presentan fantasías sexuales secretas, aunque el
grupo de agresores a menores en mayor cantidad.

Cantón y Cortés (2004) consideran que los agresores sexuales presentan ciertas
características comunes, así como que existen diferentes tipologías de acto
abusivo por parte de los agresores, y aunque hay diferentes investigaciones al
respecto, los resultados sobre estas tipologías son muy diferentes entre ellas;
también consideran que el agresor sexual de menores suele ser un conocido de
este niño, siendo un alto porcentaje de estos agresores miembros de la misma
familia. De hecho, al tipo de vínculo que se establece entre un abusador y sus
víctimas menores de edad, Barudy (1998) lo llama “pedofilización”. El propio
Barudy (1998) considera que los agresores sexuales de menores presentan
características comunes a nivel familiar e histórico personal. Así, afirma que:
1. Presentan trastornos de individuación, es decir, que no pudieron llegar a ser
maduros a nivel psicosocial ni a nivel relacional.
2. Han sido individuos profundamente traumatizados en sus vivencias
subjetivas, autoestima e identidad, ya sea por carencia afectiva, malos
tratos o experiencias de abusos sexuales.
3. Presentan una alta angustia ante las separaciones, hecho que hace que
fluctúen sus acciones pedófilas.
4. Tienen grandes dificultades para separarse de sus familias y no consiguen
diferenciarse de ellas. Así, el yo indiferenciado es más poderoso que el yo
personal.
5. Tienen una representación del género masculino profundamente
trastornada, basada en la fuerza y la dominación, motivo por el cual se ven
forzados a probar constantemente su virilidad.

Además, Barudy (1998), coincidiendo con Lanyon, establece dos tipos básicos de
perfiles de agresores sexuales de menores:

A. El abusador pedófilo obsesivo (que Lanyon llama primario).Ha


abusado de varios menores y presenta una compulsión crónica y
repetitiva hacia este tipo de actos. Considera que sus actos no son
negativos y no desarrollan vergüenza, culpa o remordimiento. Presenta
conductas infantiloides e inmaduras en su vida personal. Sus actos no
se ven influidos por el estrés ambiental.

B. El abusador pedófilo regresivo (que Lanyon llama secundario o


situacional). Ha realizado un acto pedofílico o más, a raíz de una crisis
existencial y personal. Para ellos, la pedofilia es la consecuencia de una
crisis de identidad y, rehecho, su orientación sexual anterior estaba
encaminada a los adultos. Perciben las conductas como anómalas, sin
distorsión cognitiva. Sus acciones suelen ir acompañadas de culpa o
vergüenza.
Esta falta de empatía y de culpabilidad propia del abusador primario es analizada
por Geer et al. (2000), que consideran que “el desarrollo de la conducta pro social
está vinculada a la respuesta empática”, y a la inversa. En este sentido, citan una
gran cantidad de investigaciones relacionadas con el estudio de la empatía.

De esas investigaciones, muchas están realizadas con escalas destinadas a medir


la empatía en poblaciones de agresores sexuales y son comparadas con grupos
controles de ciudadanos que no presentan ese tipo de conductas.

Los resultados de varias de esas investigaciones no ofrecieron diferencias


significativas entre agresores y no agresores, aunque estos resultados cambiaban
cuando antes de los cuestionarios se les habían proyectado imágenes o audios
relacionados con las agresiones sexuales. En esos casos el grupo control obtenía
puntuaciones superiores al grupo experimental.

Echeburúa (2000) diferencia correctamente entre la pedofilia y el abuso sexual


infantil, ya que considera que los primeros abusan de los menores (no todos, ya
que algunos se mantienen en el rango de las fantasías) para llevar a cabo sus
impulsos sexuales, pero hay abusadores que no son propiamente pedófilos, sino
que en circunstancias excepcionales llevan a cabo estas conductas.

Marshall y Marshall (2000) consideran, a nivel histórico y personal del individuo,


que los orígenes de la agresión sexual (sea del tipo que sea) se encuentran en la
infancia del menor y en sus relaciones con sus padres. Incluyen otras
variables que son comunes en los agresores sexuales, como una ratio
(proporción) de masturbación superior al resto de los adolescentes y con fantasías
que suelen contener más componentes de poder y de desviación que las de sus
iguales. Así, consideran que se “crea una disposición para ser agresivos y que
será liberada sólo cuando sus coartaciones sociales sean desinhibidas y tenga la
oportunidad de hacerlo”.

En resumen, ellos piensan que las experiencias infantiles de tipo negativo (abuso,
negligencia, desestructuración familiar, etc.) establecen una vulnerabilidad en el
menor, caracterizada por una baja autoestima, deseo de afecto, etc., que le puede
predisponer a ciertas conductas problemáticas que, según los factores
ambientales, sociales, etc. pueden variar desde delincuencia juvenil, a problemas
sexuales a conductas delictivas y criminales relacionadas con la sexualidad en
muchas ocasiones.

Además, Marshall (2001) considera que el origen de la delincuencia sexual se


encuentra en la mezcla en un mismo sujeto de influencias biológicas (como el
impulso sexual), de las experiencias en la infancia (modelos negativos que los
hijos acaban reproduciendo al llegar a la edad adulta), del establecimiento del
vínculo paterno-filial (generándoles un patrón correcto o incorrecto de cómo
relacionarse socialmente), de factores socio culturales (medios de comunicación,
conceptos sociales muy arraigados, etc.), de experiencias en la juventud (inicios
en la sexualidad, primeros contactos sociales) y la desinhibición/oportunidad (que
se genere la circunstancia de delinquir y estar “preparado” para ello).

Es necesario hacer mención de los factores de riesgo que afectan en la


reincidencia de los delitos sexuales. Conociendo esas características y teniendo
un perfil aproximado del agresor sexual, podremos establecer cuál es el riesgo de
reincidencia de éste (Urra, 2003):

 Edad (mayor cuanto más jóvenes).


 Delitos anteriores (no necesariamente sexuales).
 Reincidencia.
 Múltiples víctimas.
 Víctimas desconocidas.
 Desviaciones sexuales múltiples.
 Abuso de alcohol y otras drogas.
 Uso de la violencia al consumar el delito.
 Poner en riesgo físico a la víctima.
 Victimización preferente de menores.
 Acciones excéntricas y/o rituales.
 Características psicopatológicas.
 No reconocimiento del delito.
 Mal historial laboral.
 Inestabilidad en las relaciones personales.
 No estar motivado para el tratamiento.
 Recursos personales deficientes.

En ese sentido, hay que considerar que, conductualmente, “la reincidencia tiende
a producirse si la experiencia fue gratificante para el agresor y no recibió sanción.
Además se produce un proceso de desensibilización, lo que permite al agresor
una cada vez mayor exhibición de violencia ante las/s víctima/s” (Urra, 2003).

Es interesante destacar que los agresores sexuales suelen utilizar la humillación


en sus prácticas sexuales no consentidas. En este sentido, Beneyto (2002) cita
diferentes investigaciones relacionadas con la humillación (usada casi en el 63%
de los casos) en las agresiones que demuestran que la humillación puede ser de
dos tipos:
Verbal: insultos, comentarios sexuales abusivos, relato de las acciones e insultos
en general.

No verbal: conductas ejercidas en el momento de la agresión que están


relacionadas con conductas sexuales que, tradicionalmente, son consideradas
inaceptables (por ejemplo, sexo anal) o actos de abuso sexual que no implican
necesariamente daño físico (por ejemplo, orinar en su cuerpo).
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