Game over Nina Klein
GA ME OVER
UNA HISTORIA ERÓTICA
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Game over Nina Klein
NI NA KLEIN
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Game over Nina Klein
© 2018, Nina Klein
Todos los derechos reservados.
Prohibida la reproducción total o parcial sin per miso del autor.
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Game over Nina Klein
ÍNDICE
Sinopsis
Aviso importante
Game Over
Acerca de la autora
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SINOPSIS
¿Qué hace Roxy en una convención de gamers?
Morirse del asco. Aburrirse como una ostra.
Bueno, y acompañar a su amiga Samantha, que tampo-
co es que le esté haciendo mucho caso, constantemente
pegada a una pantalla, probando todos los juegos…
Cuando está a punto de darse por vencida y marcharse
a casa, Roxy se fija en un atractivo hombre que está tan
fuera de lugar como ella.
Luke hace de modelo para el protagonista del juego que
sus amigos de la universidad han diseñado y desarrollado.
Y se muere de aburrimiento.
Hasta que sus ojos se posan en Roxy, y de repente se le
ocurre una idea para pasar el tiempo…
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AV I S O I M P O R TA N T E
Atención: esta es una historia corta con escenas de sexo
explícito, apta solo para un público adulto.
Solo para mayores de 18 años.
Espero que te guste ;)
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GAME OVER
Y
o no quería venir, si tengo que ser sincera.
A ver, ¿qué interés podía tener para mí, una mu-
jer soltera y atractiva —lo de atractiva no lo digo yo,
lo dice el mundo que me rodea, yo solo lo repito— de
treinta y dos años una convención de gaming? O lo que es
lo mismo: juegos de consola (o de ordenador, yo qué sé)
donde uno se comunica con otros jugadores online a través
de unos cascos con micrófono, y nor malmente esa es la
única interacción social que uno tiene en todo el día.
No quiero ser una de esas personas que se dejan llevar
por los clichés. Sé que hay gente nor mal que juega a esos
juegos. WOW y otras siglas que soy incapaz de descifrar.
De hecho, si yo estaba allí era porque mi amiga Sam (Sa-
mantha, en realidad, pero se acorta el nombre para evitar
que los otros gamers le envíen 300 fotos de sus pollas por
minuto) me había arrastrado con ella, como si no tuviese
otra cosa que hacer un jueves por la noche.
Vale, no tenía otra cosa que hacer.
Pero tampoco me gustaba salir los jueves por la noche.
No era verdad que fuesen los nuevos vier nes.
De hecho, tampoco me gustaba salir los vier nes. Estaba
hecha polvo de madrugar toda la semana y lo único que
quería era pasar la noche viendo un maratón de cualquier
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serie en Netflix y acostar me pronto para disfrutar de mi
sueño reparador.
En fin, lo que iba diciendo: sí que había gente nor mal
que jugaba online. Mi amiga Sam era prueba de ello.
Pero no estaban en aquella convención.
Mi amiga iba con su habitual unifor me de “mezclarse y
no llamar la atención”, o sea, vaqueros sin for ma, sudadera
sin for ma, una coleta, zapatillas. Era tan parecida al resto de
gamers que ni siquiera se daban cuenta de que una mujer
había entrado en sus dominios.
Para ser sincera, había más de una. Pero todas tenían la
pinta de Sam. Seguramente todas iban de camuflaje.
Yo no. Yo iba nor mal, con una falda vaquera, mis botas
de tacón de media caña, una blusa roja y una chupa de
cuero negra, mi unifor me cuando no tengo muchas ganas
de pensar.
Y mi melena morena suelta.
Eso quería decir que tenía 450 pares de ojos siguiendo
todos mis movimientos mientras avanzábamos por el pabe-
llón.
R E P I T O : no quiero ser prejuiciosa con la comunidad gamer,
de verdad. Pero es que a mí no me gusta jugar online, ni
online ni no online, la verdad, no le veo la gracia, y no sé
qué pintaba yo allí ni cómo me había dejado arrastrar, no
estaba a gusto y lo estaba pagando con Sam.
Y lanzando miradas furibundas a mi alrededor.
Lo bueno es que cuando hacía contacto visual con al-
guno de los muchachos —no creo que ninguno sobrepasa-
se los veinticinco años— todos apartaban la vista.
Hasta que mi mirada se posó en —oh dios oh dios— un
tipo extremadamente atractivo que estaba en uno de los
stands. Parecía estar detrás del mostrador, o tener algo que
ver con el stand. No estaba exactamente con los clientes,
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estaba un poco apartado, pero dentro de la estructura de
plástico y cartón que for maba el stand. No sé si me explico.
Da igual.
Tenía unos vaqueros oscuros desgastados que le queda-
ban de muerte, una cazadora de piel marrón oscura y me
estaba mirando directamente.
A mí.
También tenía el pelo castaño un poco revuelto, la man-
díbula pronunciada y no podía distinguir mucho más desde
donde estaba, porque soy un poco miope y la verdad, las
distancias largas no son lo mío.
Pero parecía atractivo.
Muy atractivo.
Sospechosamente atractivo, para estar donde estaba.
Tiré de la manga de la sudadera de Sam, que estaba
probando un juego.
—¿Qué? —dijo sin darse la vuelta—. Que me descon-
centras.
—Sam. —Le tiré de la manga de la sudadera otra vez—.
Sam—. Otra vez, sin éxito—. Samantha —dije por fin, ele-
vando un poco la voz.
—¡Shhh!—. Por fin se dio la vuelta y soltó el mando—.
No digas mi nombre en alto. No sabemos quién puede es-
tar escuchando…
Entor né los ojos.
—Recuérdame exactamente por qué querías que te
acompañase a este evento…
—Porque no tenía ganas de venir sola.
Teniendo en cuenta que se había puesto a jugar en
cuanto habíamos llegado, sinceramente, no veía la diferen-
cia.
—Bueno, ¿qué quieres? ¿A qué viene tanta insistencia?
—preguntó.
—¿Ves a aquel tipo del stand de la esquina?
Sam miró sobre mi hombro, y sonrió.
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—Le veo. Está mirando hacia aquí. Y está de muy, muy
muy buen ver.
Y no se le ocurrió otra cosa que saludar con la mano.
—¿Qué haces? ¿Estás loca? —le dije, mientras le bajaba
el brazo.
—¿Qué? Está mirándote a ti —y me sonrió como una lu-
nática—. Deja de hacer el tonto y vete a hablar con él.
—¿Estás loca? —repetí—. ¿Cómo voy a ir a hablar con
él?
—¿Por qué no? Tienes treinta y dos años y no estás en
una discoteca, y no somos adolescentes. Vas, te acercas, le
preguntas por algo del stand en el que está y ya está. Tam-
poco es tan difícil—. Se volvió de nuevo hacia la pantalla
que tenía delante—. Y de paso me dejas jugar.
Aventuré una mirada en la dirección del tipo atractivo y
vi que ahora estaba sonriendo.
Y saludando.
Suspiré y me recoloqué el bolso en el hombro. Fui hasta
allí arrastrando los pies, intentando mirar a todas partes
menos en su dirección. Al fin y al cabo, no tenía nada que
perder; la alter nativa era aburrir me como una ostra y morir-
me del asco el resto de la tarde-noche con Sam mientras la
seguía de pantalla en pantalla y de juego en juego.
Después de lo que pareció el camino más largo del
mundo, llegué hasta donde estaba el tipo.
—Hola —dije.
Qué original.
Desgraciadamente para mí, el hombre era todavía más
atractivo de cerca: barba de dos días, ojos grises —mmm
—, labio inferior grueso, como para matar por él.
Y alto, bastante más que yo, y mido 1.70, no soy preci-
samente bajita.
El tipo me sonrió, con una sonrisa blanca, y estuve a
punto de caer me al suelo.
Joder, tenía la puta mejor sonrisa del mundo mundial.
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Cuando estoy nerviosa digo tacos. Lo siento. Siempre
me ha pasado, no puedo evitarlo. Con los años he conse-
guido decirlos por dentro, esto es, pensarlos. Que se que-
den en el interior de mi cabeza.
Aunque no siempre lo consigo.
—¿Eres una gamer? —me preguntó el tipo, y resultó te-
ner también la puta mejor voz del mundo mundial, grave y
profunda.
¿Qué hacía ahora? ¿Mentía? A ver, no soy reacia a pe-
queñas mentirijillas para entablar conversación con tipos
como aquel. Pero es que era incapaz de hablar más de dos
palabras seguidas sobre juegos, me iba a pillar en dos na-
nosegundos.
Qué rabia.
—No —dije, con la voz apagada, mirando al suelo, des-
pidiéndome de aquellos ojos grises.
El tipo, sin embargo, sonrió.
—Joder, gracias a dios.
Levanté la cabeza y parpadeé dos veces.
—¿Cómo dices?
—No te ofendas, no sé qué haces aquí, pero no veo la
hora de largar me. Esto está lleno de frikis. Con todo mi res-
peto para los frikis. De hecho, dos de ellos son amigos
míos.
Señaló a dos tipos que estaban explicando el juego en
el stand a otros jugadores.
Sonreí.
—¿A ti también te han engañado para venir?
—Peor.
El tipo señaló con el pulgar por encima de su hombro.
Fue entonces cuando me fijé —no sé cómo no lo había he-
cho antes— en el cartel del stand, donde anunciaban el
juego: Epic Battle War 458. Explosiones, helicópteros, y en
el medio del cartel un hombre con el torso descubierto y
unos pantalones militares de camuflaje, el torso manchado
de hollín y ligeras heridas en la cara, caminando tranquila-
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mente —eso sí, con la mirada intensa— entre un campo de
batalla, con una ametralladora en la mano, como si todo el
desastre de alrededor no fuese con él.
Miré el cartel.
Luego miré al tipo.
Luego volví a mirar al cartel.
—Eres tú.
El pobre hombre parecía avergonzado.
—Sí. Les dejé usar me como modelo… no me preguntes
por qué.
—Porque necesitábamos un tío cachas y estábamos sin
un duro —escuché de repente de fondo.
—Ese es Matthew —el hombre pareció avergonzado de
nuevo—. Tiene un oído finísimo.
—¿Así que tus amigos son los creadores del juego?
—Llevan trabajando en él desde que estábamos en la
universidad.
Aparté la vista del cartel —no sin esfuerzo— y la posé
en él, con miedo.
—¿Cuántos años tienes?
—Treinta.
Joder, menos mal. Me había parecido que era de mi
edad, pero si me llega a decir veinticinco, me habría deja-
do un poco fría. Aunque sinceramente, tampoco era tanta
diferencia… Pero bueno.
¿Treinta años, y llevaban con el juego desde la universi-
dad?
—Llevan trabajando en ello bastante tiempo —respon-
dió el tipo a mi pregunta antes de que la hubiese for mula-
do.
—El arte lleva tiempo —gritó Matthew desde el fondo.
Sonreí.
—Soy Luke—. El hombre extendió la mano.
—Roxy—. Le tomé la mano extendida y fue entonces
cuando todo empezó a torcerse.
O todo lo contrario, depende de cómo se mirase.
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Fue el contacto de las pieles. No puedo describirlo de
otra manera. No quiero parecer ni ñoña ni fantasiosa, pero
cuando nos dimos la mano una corriente eléctrica pasó en-
tre nosotros.
Quizás era solo eso, una corriente eléctrica. Como cuan-
do la puerta del coche te da calambre.
Pero en vez de tener que apartar la mano, en vez de se-
parar nos, nos quedamos pegados.
Empecé a respirar con dificultad y noté cómo se me hin-
chaban los pechos.
No creía en el amor a primera vista, pero tampoco era
idiota: sí que creía en la atracción a primera vista.
Sobre todo porque me estaba pasando, justo en aquel
momento.
—P E R D O N A —dijo alguien a nuestro lado, y de repente me
di cuenta (Luke también se dio cuenta en ese momento) de
que la persona que había hablado llevaba un rato intentan-
do llamar nuestra atención.
La atención de Luke, más bien.
—Perdona —volvió a decir el ser a mi izquierda.
Con esfuerzo le solté la mano a Luke y miré hacia abajo.
No se sabía si quien había hablado era un hombre o una
mujer, lo cual ya decía bastante del aspecto.
Mucho me temía que en ese tipo de sitios las pocas mu-
jeres que había intentaban pasar lo más desapercibidas po-
sible.
Pero entonces me fijé bien: era una chica pequeñita,
bastante monilla, con el pelo corto rubio, delgada (bastan-
te más que yo: no estoy gorda, pero tengo un montón de
curvas, cintura estrecha, pero pechos y caderas digamos…
generosos) y sobre todo bastante más joven que yo. Le
echaba veinte, a lo sumo.
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—¿Podrías fir mar me esto, por favor? —dijo la semiado-
lescente, con los ojos brillantes, y le tendió a Luke la funda
del juego, donde aparecía él. La carátula era exactamente
igual al cartel que tenía detrás, con el nombre del juego ta-
pando parte de sus abdominales.
Miré a Luke. Estaba sonriendo, exactamente la misma
puta sonrisa maravillosa que me había dedicado a mí antes.
Vaya. Y yo que pensaba que era especial.
Miré la reacción de la pobre chica, que se había puesto
roja hasta las orejas y también parecía a punto de desma-
yarse.
Me compadecí de ella. Sabía cómo se sentía.
Era como me había sentido yo hacía justo un momento,
cuando la atención del tipo estaba fijada en mí.
Ahora mismo, hablando con la fan rubia, no me sentía
así. Como me sentía era prácticamente invisible.
Vale, me dije. Hora de moverse.
Hasta yo sabía coger una indirecta.
Rechazada en una convención de gamers.
Me encogí de hombros mentalmente, mientras Luke le
dedicaba toda su atención a la fan rubia y pequeña. Me iba
a pirar a casa a ver Netflix y cenar, estaba rendida, mañana
era vier nes y quería descansar.
Me recoloqué el bolso en el hombro y me di la vuelta
para marchar me.
HABÍA DADO SOLO un paso cuando una mano se cerró sobre
mi antebrazo.
—¿Adónde vas?
Primero miré la mano, luego levanté la vista para mirar a
su dueño —evidentemente, Luke— y luego miré a su alre-
dedor. La cría rubia estaba ahora jugando al juego, en la
zona de las pantallas y los mandos, mientras sus dos ami-
gos y creadores del juego le explicaban las reglas.
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FIN DEL FRAGMENTO
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