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APRENDEMOS:

EL COLLAR
Era una de esas hermosas y encantadoras criaturas nacidas como por un
error del destino en una familia de empleados. Carecía de dote y no tenía
esperanzas de cambiar de posición; no disponía de ningún medio para ser
conocida, comprendida, querida, para encontrar un esposo rico y
distinguido; y aceptó entonces casarse con un modesto empleado del
Ministerio de Instrucción Pública. […]

No poseía galas femeninas, ni una joya; nada absolutamente y solo aquello


de que carecía le gustaba; no se sentía formada sino para aquellos goces
imposibles. ¡Cuánto habría dado por agradar, ser envidiada, ser atractiva y
asediada!

Tenía una amiga rica, una compañera de colegio a la cual no quería ir a ver
con frecuencia, porque sufría más al regresar a su casa. Días y días pasaba después llorando de pena,
de pesar, de desesperación.

Una mañana el marido volvió a su casa con expresión triunfante y agitando en la mano un ancho sobre.
—Mira, mujer —dijo—, aquí tienes una cosa para ti.

Ella rompió vivamente la envoltura y sacó un pliego impreso que decía: “El ministro de Instrucción
Pública y señora ruegan al señor y la señora de Loisel les hagan el honor de pasar la velada del lunes
18 de enero en el hotel del Ministerio”.

El hombre murmuró:
—¿Qué te sucede? Pero ¿qué te sucede? […]
—Nada; que no tengo vestido para ir a esa fiesta. Da la invitación a cualquier colega cuya mujer se
encuentre mejor provista de ropa que yo.
Él estaba desolado, y dijo:
—Vamos a ver, Matilde. ¿Cuánto te costaría un traje decente, que pudiera servirte en otras ocasiones,
un traje sencillito? […]
—No lo sé con seguridad, pero creo que con cuatrocientos francos me arreglaría. […]
—Bien. Te doy los cuatrocientos francos. Pero trata de que tu vestido luzca lo más posible, ya que
hacemos el sacrificio.

El día de la fiesta se acercaba y la señora de Loisel parecía triste, inquieta, ansiosa. Sin embargo, el
vestido estuvo hecho a tiempo. […]
—Me disgusta no tener ni una alhaja, ni una sola joya que ponerme. Pareceré… una miserable. Casi,
casi me gustaría más no ir a ese baile. […]
—¡Qué tonta eres! Anda a ver a tu compañera de colegio, la señora de Forestier, y ruégale que te
preste unas alhajas. Eres bastante amiga suya para tomarte esa libertad.

Al siguiente día fue a casa de su amiga y le contó su apuro. La señora de Forestier fue a un armario de
espejo, cogió un cofrecillo, lo sacó, lo abrió y dijo a la señora de Loisel: —Escoge, querida. […]

De repente descubrió, en una caja de raso negro, un soberbio collar de brillantes, y su corazón empezó
a latir de un modo inmoderado. […]
—¿Quieres prestármelo?
—Sí, mujer. Abrazó y besó a su amiga con entusiasmo, y luego escapó con su tesoro.

Llegó el día de la fiesta. La señora de Loisel tuvo un verdadero triunfo. Era más bonita que las otras y
estaba elegante, graciosa, sonriente y loca de alegría. Todos los hombres la miraban […]. Se fue hacia
las cuatro de la madrugada. Su marido, desde medianoche, dormía en un saloncito vacío. […] Él le echó
sobre los hombros el abrigo que había llevado para la salida, modesto abrigo de su vestir ordinario […].
Ella lo sintió y quiso huir, para no ser vista por las otras mujeres que se envolvían en ricas pieles. […]
Anduvieron hacia el Sena desesperados, tiritando. Por fin pudieron hallar una de esas vetustas berlinas
que solo aparecen en las calles de París cuando la noche cierra, cual si les avergonzase su miseria
durante el día. Los llevó hasta la puerta de su casa […].

La mujer se quitó el abrigo que llevaba echado sobre los hombros, delante del espejo, a fin de
contemplarse aún una vez más ricamente alhajada. Pero de repente dejó escapar un grito.

Su esposo, ya medio desnudo, le preguntó:


—¿Qué tienes?

Ella se volvió hacia él, acongojada. […] —que no encuentro el collar de la señora de Forestier.
Él se irguió, sobrecogido: —¿Eh? ¿Cómo? ¡No es posible!
Y buscaron […]. No lo encontraron. […]
—Voy —dijo— a recorrer a pie todo el camino que hemos hecho, a ver si por casualidad lo encuentro.

Su marido volvió hacia las siete. No había encontrado nada. […]

—Es menester —dijo— que escribas a tu amiga enterándola de que has roto el broche de su collar y
que lo has dado a componer. Así ganaremos tiempo. Ella escribió lo que su marido le decía. Al cabo de
una semana perdieron hasta la última esperanza. Y Loisel, envejecido por aquel desastre, como si de
pronto le hubieran echado encima cinco años, manifestó:
—Es necesario hacer lo posible por reemplazar esa alhaja por otra semejante. […]

Encontraron […] un collar de brillantes que les pareció idéntico al que buscaban. Valía cuarenta mil
francos, y regateándolo consiguieron que se lo dejaran en treinta y seis mil. Loisel poseía dieciocho mil
que le había dejado su padre. Pediría prestado el resto. Y, efectivamente, tomó mil francos de uno,
quinientos de otro, cinco luises aquí, tres allá. Hizo pagarés, adquirió compromisos ruinosos, tuvo tratos
con usureros, con toda clase de prestamistas. Se comprometió para toda la vida, firmó sin saber lo que
firmaba, sin detenerse a pensar, y, espantado por las angustias del porvenir […], fue en busca del collar
nuevo, dejando sobre el mostrador del comerciante treinta y seis mil francos.

Cuando la señora de Loisel devolvió la joya a su amiga, esta le dijo un tanto displicente: — Debiste
devolvérmelo antes, porque bien pude yo haberlo necesitado. […]

La señora de Loisel […] conoció los duros trabajos de la casa, las odiosas tareas de la cocina. Fregó los
platos, desgastando sus uñitas sonrosadas sobre los pucheros grasientos y en el fondo de las
cacerolas. Enjabonó la ropa sucia, las camisas y los paños, que ponía a secar en una cuerda; bajó a la
calle todas las mañanas la basura y subió el agua, deteniéndose en todos los pisos para tomar aliento.
Y, vestida como una pobre mujer de humilde condición, fue a casa del verdulero, del tendero de
comestibles y del carnicero, con la cesta al brazo, regateando, teniendo que sufrir desprecios y hasta
insultos, porque defendía céntimo a céntimo su dinero escasísimo […]. El marido se ocupaba por las
noches en poner en limpio las cuentas de un comerciante, y a veces escribía a veinticinco céntimos la
hoja. Y vivieron así diez años.

Al cabo de dicho tiempo lo habían ya pagado todo, todo, capital e intereses, multiplicados por las
renovaciones usurarias.

La señora Loisel parecía entonces una vieja. Se había transformado en la mujer fuerte, dura y ruda de
las familias pobres. Mal peinada, con las faldas torcidas y rojas las manos, hablaba en voz alta, fregaba
los suelos con agua fría. Pero a veces, cuando su marido estaba en el Ministerio, se sentaba junto a la
ventana, pensando en aquella fiesta de otro tiempo, en aquel baile donde lució tanto y donde fue tan
festejada.

Un domingo, […], reparó de pronto en una señora… Era su antigua compañera de colegio…
Se puso frente a ella y dijo:
—Buenos días, Juana. […]
—Pero... ¡señora!..., no sé... Usted debe de confundirse...
—No. Soy Matilde Loisel. […]
—¡Oh! ¡Mi pobre Matilde, qué cambiada estás!...
—¡Sí; muy malos días he pasado desde que no te veo… bastantes miserias... todo por ti!
—¿Por mí? ¿Cómo es eso?
—¿Recuerdas aquel collar de brillantes que me prestaste para ir al baile del Ministerio? […], pues bien:
lo perdí...
— ¡Cómo! ¡Si me lo devolviste!
—Te devolví otro semejante. Y hemos tenido que sacrificarnos diez años para pagarlo. Comprenderás
que representaba una fortuna para nosotros, que solo teníamos el sueldo.
En fin, a lo hecho pecho, y estoy muy satisfecha.

La señora de Forestier se había detenido.


— ¿Dices que compraste un collar de brillantes para sustituir al mío?
—Sí. No lo habrás notado, ¿eh? Casi eran idénticos.

Y al decir esto, sonreía orgullosa de su noble sencillez. La señora de Forestier, sumamente


impresionada, le cogió ambas manos:
—¡Oh! ¡Mi pobre Matilde! ¡Pero si el collar que yo te presté era de piedras falsas!... ¡Valía quinientos
francos a lo sumo!...

1. Indica la secuencia en la que aparecen los siguientes hechos del texto:

I. Matilde parecía una vieja, se había transformado en la mujer fuerte, dura y ruda de las
familias pobres.
II. Matilde, al encontrarse con su amiga, descubrió que el collar prestado era de piedras falsas.
III. El esposo de Matilde le entregó un sobre con la invitación del ministro para pasar una velada.
IV. Juana, la amiga de Matilde, le prestó un soberbio collar de brillantes para que asista a la
velada.

a. IV - III - II - I. b. III - IV - I - II. c. II - IV - I - III. d. I - II - III - IV.

2. De acuerdo al contexto, ¿qué significa la palabra “regateándolo”?

“Valía cuarenta mil francos, y regateándolo consiguieron que se lo


dejaran en treinta y seis mil”.
a. Persuadir al vendedor de bajar el precio del producto en venta.
b. Dar o emplear la menor cantidad posible de cierta cosa.
c. Pedir, a manera de limosna, el menor precio por un producto.
d. Buscar todos los defectos del producto para bajar su precio.

3. El tema del fragmento leído es:


a. La frivolidad y la codicia de Matilde por una vida llena de lujos y riquezas materiales.
b. La ayuda desinteresada de la amiga Forestier que expresó su sinceridad hasta el final.
c. La insatisfacción y la vergüenza de Matilde por estar en una esfera social inferior a la que aspira.
d. El sacrificio innecesario de Matilde debido a la ambición de una existencia con lujos.

4. El autor crea el personaje de Matilde con una intención específica, ¿a quiénes representa
Matilde y qué denuncia social realiza el autor a través de este personaje? Explica.

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5. El cuento de Maupassant retrata los prejuicios sociales y personales que se presentan entre
las personas de diversos grupos sociales. ¿Crees que la intención del escritor puede ayudar
a crear conciencia sobre estos prejuicios? Explica argumentando tu respuesta.

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6. En El collar, la señora Loisel y su esposo toman decisiones que los llevan a grandes sacrificios
por una apariencia social. Reflexiona sobre cómo esta historia se puede relacionar con la
cooperación entre países de la APEC, donde los países buscan beneficiarse mutuamente sin
caer en compromisos insostenibles. ¿Qué enseñanzas sobre colaboración y responsabilidad
crees que se pueden aplicar tanto en relaciones personales como en la cooperación
internacional?
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7. ¿Qué lección sobre la importancia de la honestidad y la claridad en las


relaciones personales y en la cooperación internacional puedes extraer de
la historia de El collar?

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