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Mujeres de la Revolución de

Mayo
Por Claudio Panella*

El 25 de mayo de 1810 se conformó en el Cabildo de Buenos Aires la


Junta Provisional Gubernativa –“el primer gobierno patrio”-, que
reemplazó al virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros en el ejercicio del
gobierno del entonces Virreinato del Río de la Plata. La integraron
nueve miembros: Cornelio Saavedra, presidente, Mariano Moreno y
Juan José Paso, secretarios, y los vocales Manuel Belgrano, Juan
José Castelli, Miguel de Azcuénaga, Manuel Alberti, Domingo Matheu
y Juan Larrea.

No había allí ninguna mujer, pese a que muchas de ellas participaron


en las guerras de la Independencia –algunas desde las Invasiones
Inglesas- de distinta manera: luchando en batallas –y sufriendo por
ello los castigos del enemigo-, donando bienes, como enfermeras,
correos, cocineras, vivanderas, esposas, concubinas y, también,
como madres que entregaban sus hijos para integrar los ejércitos en
pos de la libertad de la incipiente nación. La inmensa mayoría de ellas
permanecen anónimas, salvo unas pocas sobre las cuales nos han
llegado referencias. De estas últimas, merece un recordatorio por su
actuación María Remedios del Valle: afro-descendiente, guerrera,
“Madre de la Patria”.

María había nacido en Buenos Aires en 1766, “parda” según el


sistema de castas de la época, y en 1807, durante la segunda
invasión inglesa, había auxiliado al cuerpo de Andaluces, uno de los
que defendió la ciudad. Luego de producida la Revolución de Mayo,
marchó con el Ejército Auxiliar del Alto Perú junto a su esposo y dos
hijos, uno de ellos adoptivo. Participó en varias batallas, entre ellas la
de Tucumán (1812), donde su ocupación de los heridos despertó
admiraciónde los soldados, que comenzaron a llamarla “la madre de
la Patria”, por ser salvadora de numerosas vidas.

Manuel Belgrano, por entonces jefe del Ejército del Norte, la designó
“Capitana del ejército”. Más tarde, siguiendo a aquel, participó del
triunfo de la batalla de Salta y de las derrotas de Vilcapugio y
Ayohuma (todas en 1813) donde, en esta última, herida de bala, cayó
prisionera de los españoles. Desde el campo de prisioneros facilitó la
evasión de jefes patriotas, por lo que fue condenada a ser azotada
públicamente durante nueve días, castigo que le dejaría cicatrices de
por vida. Más tarde logró fugarse y reincorporarse a la lucha, siendo
herida en varias ocasiones. Logró sobrevivir a toda la campaña
libertadora, no así su esposo e hijos, que fallecieron en combate.

Recién en 1826 se sabrá de su vida a partir de un hecho fortuito: el


general Juan José Viamonte, militar de la Independencia, la reconoció
pidiendo limosna en la Recova de la Plaza de la Victoria –hoy Plaza
de Mayo-. Solicitó entonces al gobierno porteño una pensión para
María, la que no prosperó, por lo que, como integrante de la Sala de
Representantes, presentó el correspondiente proyecto para que se le
concediese.

Tomás de Anchorena expresó: “Efectivamente esta es una mujer


singular. Yo me hallaba de secretario del general Belgrano cuando
esta mujer estaba en el ejército y no había acción en la que ella
pudiera tomar parte que no la tomase, y en unos términos que podía
ponerse en competencia con el soldado más valiente (…) Yo los he
oído a todos a voz pública hacer elogios de esta mujer por esa
oficiosidad y caridad con que cuidaba a los hombres en la desgracia y
la miseria en que quedan los hombres después de una acción de
guerra, sin piernas unos y otros sin brazos, sin tener auxilios ni
recursos para remediar sus dolencias. De esta clase era esta mujer”.

Finalmente, la pensión le fue concedida en 1828 con el grado de


Capitán de Infantería, constituyendo de hecho un merecido
reconocimiento, aunque tardío, por parte de sus contemporáneos.
María falleció en 1847, aunque su vida y su ejemplo merecen hoy ser
recordados.

*Profesor de Historia de la Facultad de Periodismo y Comunicación


Social de la UNLP

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