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Poesía Lírica de Catulo en Latín III

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Licenciatura en Filosofía

MÓDULO IV
Unidad 1

LATÍN III

Poesía lírica latina: Catulo

En este módulo estudiaremos uno de los géneros literarios más cultivados por los
romanos, la poesía lírica y, específicamente, el género elegíaco o elegía. Es sabido que
los romanos tuvieron como modelo precedente el de la literatura griega, pero a partir
de estos modelos nacidos en Grecia, escritos en lengua griega y con una métrica
pensada para esta lengua, los romanos crearon una poesía original y con un sello
eminentemente romano.

En el artículo adjunto del Dr. Hugo F. Bauzá pueden conocerse los rasgos que
caracterizaron a la elegía en Grecia y los principales cultores de la poesía lírica.
A continuación, presentaremos a Catulo, que fue un contemporáneo de Cicerón, pero
que decidió dedicar su vida no a la actividad política, sino al otium literario.

La primera poesía romana es épica y dramática. Tardó en aparecer una poesía lírica en
lengua latina, nacida por influencia de un helenismo subjetivo e individual. Catulo,
contemporáneo de Cicerón y de Lucrecio, merece el título de “padre de la poesía lírica
romana”. Su obra está muy influida por Safo y Calímaco. La época en que se
destacaron las tres figuras mencionadas se sitúa entre los años 88-44 a. C

Imagen de Catulo

Algunos datos biográficos

Cayo Valerio Catulo nació en Verona hacia el año 87 a.C., pero pasó a Roma a la
edad de veinte años. Allí tuvo relaciones de amistad con el poeta Hortensio, con
Cicerón, con Asinio Polión, y sobre todo con Licinio Calvo, autor también de elegías y
epigramas.

No cabe duda de que pertenecía a una familia acomodada de origen romano,


tal vez del orden senatorial o del ecuestre, establecida en Verona desde tiempos atrás.
Su padre era amigo de César y lo recibía en su casa siempre que éste pasaba por
Verona. Poseía una hermosa casa de campo en Sirmio, “joya de las islas y penínsulas
que Neptuno baña en la vasta extensión de dos mares y dos lagos transparentes”, a
orillas del lago Garda y otra en las cercanías de Tívoli. Según se desprende de sus
poesías, la vida que llevaba en Roma era la de los jóvenes ricos de su tiempo, y las
dificultades económicas a las que alude jovial y despreocupadamente no eran más que
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apuros pasajeros, muy propios de un joven que lleva una vida suntuosa en una gran
ciudad, lejos de la residencia de su familia.
Muy poco sabemos de su primera juventud, transcurrida en su ciudad natal. Allí hizo
sus primeros estudios, que no debieron de ser ligeros a causa de su espléndido
resultado, y allí recibió en el ambiente familiar aquella sana formación moral cuya
huella quedó tan profundamente impresa en su alma, que nunca pudieron borrarla la
frivolidad ni los vicios de la corrompida ciudad de Roma: el recuerdo del afecto familiar
y el de los lugares en donde había vivido en su adolescencia le acompañó siempre, y
fue su casa solariega de Verona el recodo de paz donde halló consuelo en los días más
tristes de su vida. Allí tuvo sus amores juveniles y escribió probablemente sus primeras
poesías. Pero le faltaba ambiente para realizar su obra poética y sobre todo necesitaba
perfeccionar sus estudios y depurar su gusto con el trato de los grandes escritores. Así,
a los veinte años aproximadamente, fijó su residencia en Roma, atraído por la
seducción de su vida intelectual y por los placeres que le ofrecía la sociedad galante de
la capital. Por su linaje y por su posición fue recibido en las mejores casas de Roma y
por su talento pronto trabó amistad con los mejores literatos. Sabemos por sus poesías
que estuvo en relación con Cornelio Nepote, con el orador Hortensio Órtalo, con
Cicerón –aunque se duda de que con éste la relación fuera de buena amistad-, con
Asinio Polión, con Quintilio Varo, Helvio Cinna, Licinio Calvo, y demás poetas de
tendencia alejandrina.

Aspectos biográficos ligados a su poesía

Catulo era uno de esos hombres fogosos y débiles de voluntad que se entregan
ciegamente a sus pasiones. Incapaz de moderarse, se lanzó desenfrenadamente a
todos los placeres que la depravación de la sociedad romana ofrecía a un joven rico y
ávido de gozar. El torbellino de esta vida ahogó pronto su bondad natural, aunque esos
sentimientos cultivados desde su infancia no desaparecieron en absoluto de su alma,
pues en los momentos decisivos de su vida, cuando le hirieron el dolor y el desengaño,
pudo hallar en ellos, si no la fuerza necesaria para reaccionar enérgicamente, al menos
un íntimo consuelo y una visión clara de su deber.

Casi toda la producción poética que conservamos de Catulo fue escrita durante
los diez años, o pocos más, transcurridos desde su llegada a Roma hasta su prematura
muerte. Por sus epigramas –vehementes y sinceras reacciones de su corazón-
podemos tener una idea de su temperamento y conocer a grandes trazos la breve
historia de su vida. Su obra está, en efecto, tan llena de pasión, está inspirada en
afectos tan profundamente sentidos y tan naturalmente expresados, que nos muestra
con toda caridad el alma de su autor. Sus rasgos dominantes son su sentimentalismo,
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la violencia de sus pasiones y su gran sinceridad. No fue su voluntad, sino su


sentimiento lo que gobernó todos sus actos y no tuvo otra moral que los dictados de
su sensibilidad.
Sus poesías nos lo descubren tal como era, con sus defectos y sus vicios, pero
también con su gran corazón apasionado y sincero. Lo vemos sensual, intemperante,
puerilmente vanidoso y mordaz hasta la crueldad. Pero por encima de estas pequeñas
pasiones hallamos momentos de pura emoción en el dolor con que habla de la muerte
de su hermano, en la alegría de volver a s casa después del viaje a Bitinia, en el cariño
que profesa a su ciudad de Verona y en el fervor con que invoca a los dioses cuando el
desengaño o la angustiosa duda torturan su alma. La amistad le inspiró también
composiciones apasionadas y llenas de tierno afecto: unas son joviales expansiones de
su espíritu comunicativo; otras, amargas quejas dirigidas a los que no han
correspondido a su amistad o invectivas violentas, en tono de chanza, contra los que
se han mostrado indignos de ella.
Intenso también es el odio con que zahiere a los que han dejado de se han
opuesto a la consecución de sus deseos o han herido, de alguna manera, su delicada
sensibilidad. Le hastiaban las luchas y rivalidades políticas con su secuela de
favoritismos e inmoralidades, pero hay que tener en cuenta que es en la pasión que
puso en sus afectos donde hallaremos casi siempre la razón de sus actos.

Catulo fue un adelantado de la poesía en que el “yo” del poeta rompe los moldes de la
severa disciplina cívica y familiar tan cara a los romanos

La mujer como centro de interés de la poesía romana: Lesbia

Donde se manifiesta toda la pasión que era capaz de sentir nuestro poeta es en las
obras que hacen referencia a su amor por una mujer a quien designó con el nombre de
Lesbia. Ignoramos cuándo y dónde la conoció, pero puede saberse que el desarrollo de
esta pasión llenó por completo gran parte de su vida. En cuanto a la identificación de
esta mujer, hoy no cabe duda de que su verdadero nombre era Clodia. Cicerón, en su
discurso Pro Caelio describe una dama llamada Clodia, hermana de Clodio Pulcher y
acusada por la voz popular de haber envenado a su marido Quinto Metelo Celer, cuyos
rasgos físicos y morales coinciden con los de la bella, culta y licenciosa amada de
Catulo.

“No soy, ciertamente, enemigo de las mujeres y menos todavía de una mujer amiga de todos los
hombres” Cicerón. Pro Caelio.
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En la época en que Catulo llegó a Roma, Clodia era una de las primeras figuras del
mundo elegante de la ciudad. Entonces Metelo Céler era gobernador de la Galia
Cisalpina y ella recibía en su casa a lo más distinguido de la sociedad romana. Era una
mujer bellísima, sensible y refinada, y aunque algunos años mayor que Catulo, tenía
todos los atractivos que podían cautivar al corazón sensible del poeta. La admiración
que profesaban hacia Safo, la poetisa griega de Lesbos, fue motivo quizás de que él le
dedicara el poema LI que es en parte una traducción de una oda compuesta por Safo y,
también, de que el la llamara bajo el seudónimo de Lesbia. El período culminante de
sus amores se extiende probablemente del año 62 al 59 a. C. A esta época pertenecen
los poemas II, III, V, VII y LXXXVI, en los que Catulo expresa su amor en un tono de
inefable dulzura y de pasión juvenil. Pero luego empiezan los desengaños, los celos y
las riñas seguidas de humillantes reconciliaciones: con ocasión de estas primeras
disputas debió escribir el poema VIII, el CVII y quizás el XCII.

“Todos admiraban la belleza de Clodia. Estaba casada, pero la corrupción de costumbres de la


época no impedía sus numerosas relaciones, tanto más siendo su esposo un viejo repulsivo y
antipático. Catulo solía llamarle “el asno”. El tiempo en que las matronas romanas
permanecían en casa, pasando los días con su rueca y su telar ya había pasado. Roma se había
convertido en capital de los libertinos y de las mujeres adúlteras. “La castidad es prueba de
fealdad”, se decía entonces”

Grimberg, Carl. Historia universal Daimon.

Por los años 60 a. C., Catulo sufrió un rudo golpe: un hermano suyo, al que
amaba entrañablemente, murió lejos de su patria y de los suyos, probablemente
cuando acompañaba a algún magistrado enviado a administrar alguna lejana provincia.
El poeta se retiró a Verona donde escribió la elegía LXV, impregnada de tristeza y
añoranza, y otra composición, también llena del recuerdo de su hermano, en la que
habla de Lesbia con amarga resignación y casi como si quisiera excusar sus devaneos e
infidelidades. En el año 59 murió el marido de Clodia y Catulo pudo tener por un
momento la esperanza de casarse con ella (epigrama CIX), pero esta mujer, que nunca
le había amado sinceramente y sólo había sentido la ilusión y la vanidad de sentirse
amada con delirio por uno de los más exquisitos poetas de Roma, se entregó entonces
abiertamente a una vida de depravación y escándalo.
Entonces empieza para Catulo una época de dura lucha interior: el tormento de
los celos alterna en su pecho con una dolorosa amargura de comprender que había
puesto todo su amor en una mujer que no había hecho más que jugar con sus
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sentimientos más delicados y, sin duda, más de una vez tomó la resolución de romper
con ella, pero le faltó la fuerza de voluntad necesaria para renunciar a aquel
sentimiento que había penetrado tan hondo en su corazón. Esta lucha entre la pasión y
el desengaño, que lacera el alma del poeta, se manifiesta en toda su intensidad en las
poesías LXX, LXXII, LXXV, LXXVI, LXXXV y LXXXVII, escritas durante los años 59 y 58.
Por fin se apartó de ella, y para olvidar su amor y seguir el camino de los
jóvenes más distinguidos de su tiempo, marchó a Bitinia con su amigo el poeta Helvio
Cinna, formando parte de a cohorte del propretor Gayo Memio. A este viaje, que tenía
como fin asistir al pretor en el ejercicio de sus funciones, pero en el cual él tuvo la
posibilidad de visitar la tumba de su hermano, debemos algunas de sus más exquisitas
poesías, las composiciones IV, XXXI, XLVI y CI.
Extinguida su pasión por Lesbia, el poeta tuvo otros amores, y también por
causa de ellos sintió celos y sufrió desengaños, pero ya no pudo querer a nadie tan
profundamente, tan apasionadamente como había querido a aquella mujer que fue el
único y verdadero amor de su vida. Su recuerdo duraba aún en su mente cuando, en el
año 54, en una de sus últimas obras, escribió de ella estas doloridas palabras:

nec meum respectet, ut ante, amorem,


qui illius culpae cecidit velut prati
ultimi flos, praetereunte postquam
tactus aratro est.

“Y que no piense, como antes, en mi amor, que por su culpa ha muerto como la flor del
borde de un prado cuando el arado al pasar la ha tocado”

En el ambiente predilecto de su villa en Sirmión falleció hacia el año 57, a los treinta
años de edad, después de reconciliarse con César al que había duramente atacado en
sus versos.

Los antiguos, que conocían en su totalidad las obras estos poetas, consideraban
únicamente a Catulo como el mejor de todos y como el verdadero creador de la lírica
amorosa latina. Catulo ha sido el poeta romano que con más sincera pasión ha sabido
expresar los goces, las inquietudes y los desengaños de su corazón.

Los neotéricos
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Suele identificarse a Catulo como perteneciente a un grupo de jóvenes poetas,


oriundos casi todos de la Galia Cisalpina, que se conocían con la denominación de los
neotéricos. Todos ellos (Catulo, Cinna., Valerio Catón, Nepote, entre otros) sufrieron
una fuerte influencia de Calímaco, natural de Cirene en torno al 300 a. C y muerto en
Alejandría hacia el 240. Calímaco significó mucho para la poesía latina. Posiblemente,
su obra fue introducida en Roma por el poeta y erudito Partenio de Nicea, esclavo
primero, y después amigo de Cinna. Calímaco había practicado en su obra polyeideia
(géneros diferentes) y variatio (la no identificación de metro con un tema o con una
ocasión determinadas). Catulo y sus compañeros deben también a Calímaco el repudio
por los grandes géneros (épica y tragedia) y su preferencia por el poema breve y
refinado (tenuis). Por su condición social elevada, estos poetas no necesitaban de la
literatura como medio de subsistencia, y se movían en la esfera del otium y de la
literatura como diversión. Al dedicar al quehacer literario todas sus energías,
proponían una intensa labor limae, un constante trabajo de acabad y pulimiento de sus
composiciones.

El libro de poemas

El liber catullianus comprende 60 poesías breves en metros eolios y yámbicos, 8


poemas largos y 44 breves llamados epigramas. Por el metro y el estilo se estableció
una división en tres libros y se cree que Catulo publicó en vida sólo el primero, el de los
polimétricos, dedicado a Nepote.

Ante Catulo, no hay una definición coherente del término lírica, ni un modelo
de libro que respete las diferencias genéricas basadas en el metro ni en el tema, sino
solamente las fundamentadas en la variatio. El uso que hace Catulo de los términos
que se refieren a sus poemas responde a esta confusión teórica. No emplea un nombre
único sino términos generales (poema, versus, versiculus, charta, papyrus) o técnicos,
de carácter métrico: iambi, hendecasyllabi. El término versiculus designa una poesía de
ocasión, compuesta sin afán de enviarla a nadie ni mucho menos de publicarla, que se
guarda, que podría perderse. El poema se enviaba o se componía voluntariamente
para que fuera conocido.

El rechazo de la épica por Catulo implica el rechazo de los valores contenidos en la vida
política del momento, que hallaban su expresión literaria en la poesía oficial tradicional y en
sus continuadores, y se propone sustituir al ciudadano-soldado por su nuevo modelo e
individuo, el vir lepidus frente al vir gravis que Cicerón prefería.
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José Carlos Fernández Corte. “Catulo y los poetas neotéricos” en Historia de la literatura latina (ed.
Carmen Codoñer)

Catulo comienza denominando a sus poesías nugae, tonterías que se dicen, término
próximo al sentido de ludere, jugar. Catulo sabía que hacía literatura sobre amores,
ajenos y propios, y con su práctica literaria esas ocasiones eran algo más bonitas que
las realmente vividas, pues se transfiguraban estéticamente, pero, por otro lado, no se
transformaban tanto como para que allí no se reconociese todavía la vida tras el juego.
El tópico literario, al hacerse distintivo y emblema de un microcosmos social,
transforma las vivencias de ese microcosmos y, sin dejar de ser literatura, es lo
suficientemente abierto como para plantear un nuevo tipo de vida y de valores.

De todos modos, junto al Catullus ludens, se manifiesta en otros versos un Catullus


doctus, receptor de la cultura refinada y preciosista alejandrina. Fernández Corte
atiende a la evolución de la poesía de Catulo y afirma, refiriéndose a poemas largos y a
los epigramas en dísticos elegíacos (grupo de dos versos) que “la autodisolución, la
emergencia de varios yoes en pugna, el conflicto constante entre hechos y una moral
que se les adapta mal, es la gran aportación de esta parte de la poesía de Catulo, en un
mundo de donde han desaparecido las imágenes, donde domina una lógica implacable
y rigurosa”. (Fernández Corte, J. C.).

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