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Mi Amigo

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MI AMIGO

El Gamba era un niño vagabundo que circulaba siempre en las micros del
recorrido La Florida- Einstein pidiendo plata. Yo constantemente lo veía porque se
subía justo en el paradero que estaba frente a mi casa y era la misma locomoción
colectiva que me llevaba al colegio.

Tenía un pie mucho más grande que el otro, por lo menos dos veces más
grande que el normal. Entonces por eso se había ganado ese apodo. Todos los
que lo conocíamos lo llamábamos así, para callado, pues una vez a un compañero
se le ocurrió decirle su apodo haciéndose el simpático y despertó la furia del
Gamba, salió persiguiéndolo bajándose ambos de la micro , todos mirando que
pasaba, hasta el chofer se dio un rato de desconexión para mirar. Así, con la
ventaja que le daba su desarrollado pie, lo alcanzó y le preguntó ¿Qué me dijiste?
No escuchamos lo que le respondió, pero se veía súper nervioso y claramente
pálido. Pero ahí el Gamba se reía y le decía “ya subámonos a la micro, te asusté”.
Así seguía macheteando y nosotros como si nada. A veces volvía a pasar lo
mismo, se bajaba persiguiendo al que lo nombraba por su apodo y ofrecía patadas
con el mismo pie más grande, pero nunca hacía nada.

Verano o invierno siempre cubría su pie más desarrollado con un calcetín a


crochet que le había tejido su abuelita, según nos contaba, pues no había zapato
que pudiera servirle. Como el trayecto era largo, conversábamos con él en el
viaje.

Supimos que su mamá un día se aburrió de todo y se fue a recorrer el mundo


junto a su pololo, le dijo que volvería y traería un par de botas que serían del
tamaño que necesitaba, pero de eso ya ha pasado unos diez años y el Gamba
aun nos decía que su mamá estaba buscando su regalo y la esperaba.

A veces cuando veía desde la micro a una señora parecida a lo lejos, corría
hacia ella, se lanzaba con la micro incluso en movimiento pues por lo rápido de su
reacción no alcanzaba a frenar del todo, pero más de un insulto recibió porque,
claro la gente se asustaba por su aspecto sucio y los niños lloraban cuando veían
su deformidad, así que más de un carterazo recibió el pobre.

Nunca supimos donde vivía y si era verdad que tenía abuela, pues si así fuera
pensábamos se preocuparía de cambiarle el tejido que cubría su pie porque ya
estaba con hoyos por debajo, así que él se ponía un cartón que hiciera de suela
para estar más cómodo. Era inteligente y lo considerábamos nuestro amigo.
No iba al colegio porque decía que él que estaba pensando en que universidad
lo iba a matricular su abuelita pues se iba a ir a estudiar a Estados Unidos, pero no
podía ir porque su mamá tenía que volver para firmarle los papeles.

A veces pasaban un par de semanas y el Gamba no volvía. Los trayectos se


hacían muy aburridos sin él.

Como éramos del sector, lo invitamos a jugar una pichanga en la tarde. Cuando
llegábamos del colegio siempre estaba esperándonos, a veces con lluvia con un
paraguas bien destartalado pero le gustaba jugar y siempre nos peleábamos para
elegirlo para nuestro equipo porque con el pie grande que tenía tiraba los medios
pelotazos y tenía más fuerza que ninguno, así que el que se quedaba con el
Gamba ya tenía una ventaja considerable.

Nunca vi llorar al Gamba, ni si quiera cuando confundía a su mamá y recibía un


castigo. Se reía, decía “pucha que soy gil, si ella anda lejos” o “de veras que mi
abuelita me dijo que iba a venir para navidad” o alguna otra excusa.

Lo que si hay que reconocer, es que a veces cuando no le daban plata en las
micros, siempre bolseaba lo que fuera, si nos veía comiendo una manzana, nos
pedía, jugo también, lo que fuera, hasta un koyac a medio comer se lo terminó por
zambullir.

Además después del partido se subía a las micros de nuevo y esperaba que
pasara el vendedor de helados o de bebidas y siempre se las arreglaba para que
le dieran una de las dos. Siempre le daban.

Yo a veces en mi cama calientito pensaba que el Gamba era feliz con lo poco
que tenía, aunque nadie le celebre sus cumpleaños, siempre con la misma ropa y
conformándose con una bebida o helado, nuestro acompañante de la pichanga
incondicional.

Un día supimos que no le dieron la bebida acostumbrada, porque el vendedor


andaba de malas no más y lo mandó a freír monos. El Gamba se puso como loco,
lo amenazó de hacerlo pebre y le pegó con su pie una patada en las canillas del
vendedor, por lo que llegó Carabineros y se lo llevaron.

Ahí lo dejaron en un hogar de niños harto tiempo y después volvió más calmado
por el sector, ahora ya no pide bebidas ni helados en las micros, solo pide plata y
no se enoja si no le dan. Nos hizo escribir unos papeles cortados ofreciendo
clases de futbol por $1.000 en la cancha cerca de nuestra casa y eso se lo pasa a
la gente que anda en la micro. Le hace clases a los cabros del sector y le ha ido
bien, es súper puntual y responsable. Aun no se cambia el tejido a crochet de su
pie, lo tiene amarrado con elástico y según le dijo ahora a sus alumnos, es un
recuerdo que le dejó su mamá antes de partir.

Trabajó por harto tiempo, ahora él se compraba su bebida.

Yo ya me recibí como ingeniero. Supe que el Gamba juntó harta plata, tenía
varios alumnos y hasta se habían comprado uniformes, el Gamba ahora lo
veíamos con buzo de buenas marcas.

Un día, lo vimos paseando con una viejita en silla de ruedas, lo saludamos y nos
acercamos a él, nos presentó a su mamá, había vuelto, aunque olvidó sus botas,
volvió a buscarlo, pero ahora él la cuidaba, había arrendado una pieza por el
mismo barrio y en las tardes después de su trabajo la sacaba a dar una vuelta y
en algún local cercano él la invitaba a un completo o sopaipilla y una coca cola.
Y cuando tiene que andar en micro, ahora paga su pasaje.

El Gamba nos demostró que es fácil ser feliz con poco, que la superación va de
la mano de la pasión por lo que haces, que el amor puede más que el
resentimiento y que la resiliencia logró triunfar por sobre las adversidades que
le tocó vivir.

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