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LOS AFECTOS Y LOS SÍMBOLOS

EN LA OPINIÓN PÚBLICA

Raúl Gabás Pallás

1. LOS AFECTOS

1. 1. El placer de opinar y los sentimientos sociales

Recibir y difundir noticias es atractivo. Hay quien se vuelve loco por saber y
difundir. Está extendida la figura del «corre ve y dile»1. La tendencia a enterarse está
relacionada con el hombre abierto al saber en general y con el hombre viajero. Esto
genera tanto la seriedad científica como la práctica del cotilleo y del repaso en sociedad.
Si aquello de lo que se cotillea es el sexo del vecino, el erotismo es doble. En nuestra
época el afán de saber y difundir con rapidez ha engendrado el amplio espectro del
periodismo. Schelling decía que todo poeta tiene que hacerse su propia mitología. El
periodismo moderno lo ha entendido perfectamente. Tiene un gran elenco de dioses,
que incluye a los ricos, a las estrellas del cine y a los deportistas. Todos ellos se van
combinando en diversos tipos de amoríos que mantienen despierta la llama de las
revistas del corazón. El acto de opinar en sí mismo no es meramente intelectual, sino
que en muy alta medida es el desarrollo de una dinámica afectiva.
Nuestros estados básicos son la satisfacción y la insatisfacción. El niño llora
porque tiene hambre, o siente malestar, o quiere llamar la atención de su madre. Más
tarde pone cara de agrado o desagrado porque el colegio le gusta o no le gusta, porque
ha conseguido o no el juguete, porque tiene o no tiene amigos, porque está bien en el
grupo o lo humillan en él.
El niño crece en la familia, y la familia es el primer Estado y el primer lugar de
la opinión pública. En ella hay libertad y control de lo que se dice, diálogo y silencio,

1
W. BAUER, en La opinión pública y sus bases históricas, Ediciones de la Universidad de Cantabria,
Santander 2009, p. 31, resalta ya en la Ilíada la figura de Iris, que se precipita a través de la ciudad para
anunciar el final funesto de los arrogantes.
discusión y palabra autoritaria, rigidez en las propias posiciones y capacidad de
comprender al otro. Fundamentalmente la familia es un reino de desarrollo y
estabilización de los afectos. Y de cara al exterior delimita una frontera de otras familias
amigas o enemigas.
En la sociedad adulta los estados de ánimo oscilan entre la depresión y la
euforia. Deseamos la euforia y la añoramos cuando no la tenemos. Esta se centra: en la
riqueza, en el amor, en la amistad, en la afición al esquí y a otros deportes, en la
religión, en el partido. En la mayoría de los casos está de por medio la identificación
simbólica. Despierta el entusiasmo aquel club en el que me siento identificado. El
catalanista tiende al Barça y el españolista al Real Madrid.
A nivel colectivo un factor general de euforia colectiva o generalizada es la
economía. La abundancia económica induce a la acción, y la acción produce bienestar.
Otros motivos de entusiasmo colectivo son las victorias deportivas, por ejemplo, el
campeonato mundial de fútbol. Las fiestas por su propia naturaleza tienden a promover
el clima exultante. En nuestra sociedad son claves navidad, pascua, puentes (por
ejemplo, el de la Constitución) y las vacaciones de verano. Se añaden a lo dicho las
celebraciones de los grupos e instituciones con relieve colectivo.
Mientras duran los estados de ánimo pletóricos el político queda exonerado de la
necesidad de tomar iniciativas para atraer la atención del público. Gobernar es el arte de
templar el estado de ánimo de una comunidad. En conjunto la esfera pública está ahora
sobrecargada, particularmente en los gobiernos de izquierdas, que usan como motor las
promesas de cambio.
Una sociedad está equilibrada cuando tiene una economía sólida, goza de una
conciencia clara de identidad, y en principio ha resuelto satisfactoriamente el problema
de la relación entre lo que tiene vigencia pública y las opiniones particulares.
Desde este punto de vista el equilibrio de España en este momento es muy frágil, pues
fallan los tres pilares: la economía, la identidad nacional, y las razones que han de tener
peso público.
Una forma de crisis social es la desafección hacia las instituciones: institución
política y clase política; ejército y policía; docencia; prensa; tráfico; Iglesia. La vida es
marcadamente tradicional cuando los ciudadanos están muy adheridos a sus
instituciones. La distancia frente a ellas libera individuos para propuestas innovadoras.
La sociedad se mueve entre la atonía, el entusiasmo y la explosión social. El
gobernante procura evitar la atonía y la explosión, manteniendo un buen nivel de estado
emocional, al que se procura dar una culminación en el entusiasmo. En este momento
la democracia está pasando por un momento de cierta atonía, hasta tal punto que nos
admiramos en Europa de la explosión norteafricana en aras de la libertad. Los gobiernos
intentan introducir programas que llenen este vacío, por ejemplo, esfuerzos en torno a la
igualdad.
La opinión pública en definitiva es un ramo de la antropología, pero hemos de
tener en cuenta que la antropología es histórica. Siempre ha habido conciencia de la
pluralidad de fuerzas. Sin embargo, en ciertas épocas los contenidos de la razón han
tenido mayor fuerza que en otras, concretamente en Grecia y en los siglos de la
ilustración europea.

1.2 Pérdida de la racionalidad de la opinión

En el estudio de la opinión pública siempre se ha conocido la importancia del


factor afectivo. Por ejemplo, Bauer escribe: «Pero la opinión pública no sólo abarca el ir
y venir de los estados de ánimo, tal como se originan en la vida de los partidos, ni se
compone solamente de rumores que brotan de fuentes oscuras, que crecen del juego
desatado de la curiosidad y de la imaginación, sino que se expone también en los usos y
costumbres, en las prácticas y la ley» 2 . «Las «ciudades populosas, que eran objeto de
los cantos de Virgilio, son ciertamente la patria de súbitos movimientos del pueblo; pero
además en su suelo estrictamente delimitado se desarrollan las escenas de la rebelión y
del júbilo, y en general todas las efervescencias de una gran multitud, con mucho más
claridad y energía que en una situación donde las ideas propagandísticas de la época han
de ser llevadas poco a poco de castillo en castillo, de pueblo en pueblo»3 .
Y Ferdinand Tönnies, en Kritik der öffentlichen Meinung, dedica una sección al
tema: Formas racionales e irracionales de la voluntad común. Allí escribe: «Lo mismo
que en el alma individual no siempre hay una pugna de sentimientos y pensamientos…,
sino que muchas cosas proceden del impulso espontáneo, de la costumbre e
inmediatamente de un sentimiento y pensamiento dominante, de igual manera hay

2
Op. cit., p. 32.
3
Ibíd., p. 34.
también un alma social cuyo núcleo celular entiendo yo como “comprensión” que se
activa en el uso y se conserva y continúa en la fe común.» 4,
A pesar de estos testimonios de autores clásicos, los estudios de la opinión
pública tienden a centrarse más en el estrato racionalizado, por lo menos en el sentido
de que la conducta del ciudadano ha de averiguarse a través de preguntas
comprensibles. Y esto no ha de admirarnos, pues el concepto de opinión pública se ha
forjado en torno a la ilustración, que es eminentemente racional y racionalista. Pero
ahora el modelo de la racionalidad pura ha sido sometido muchas reservas, por lo
menos en la filosofía.
Si atendemos a la forma en que históricamente se ha manifestado la opinión, se
advierten cambios tan importantes, que podría dudarse de si se trata de un mismo
fenómeno. Uno de los cambios más radicales es el que se ha producido entre los siglos
en que se forjó el concepto de opinión pública (XVII-XVIII) y el momento actual. El
concepto se acuñó en un entorno racionalista, en el entorno de la ilustración, que
intentaba dirigir la realidad humana desde la cima de la razón. La ilustración, contraria
a la tradición, da por supuesto que la razón es capaz de establecer bases firmes para la
vida humana. Kant, por ejemplo, analiza sutilmente los diversos estratos del hombre,
pero no cabe la menor duda de que en él ejerce una función normativa la antropología
racional. Escribe, por ejemplo: «La libertad del arbitrio es la independencia de su
determinación por impulsos sensibles; éste es el concepto negativo de la misma. El
positivo es: la facultad de la razón pura de ser por sí misma práctica. Ahora bien, esto
no es posible más que sometiendo la máxima de cada acción a las condiciones de
aptitud para convertirse en ley universal»5. La filosofía de Kant, en conjunto, contempla
la posibilidad de que la razón emita en todos una misma voz, y así dicte una norma de
acción que todos puedan aceptar en base a su propia luz interior.
La idea de una razón independiente de impulsos sensibles ha ejercido un influjo
persistente en la filosofía y, a través de ella, en todas las ciencias humanas (sociología,
política, ética) que han querido abordar el tema de la acción y, junto con él, el del futuro
de la historia. Ha llegado hasta nuestros días el siguiente esquema de pensamiento: el
hombre es libre y sabe lo que quiere; cada uno se relaciona con los demás como una
voluntad racional, capaz en cuanto tal de encontrar en el diálogo los principios de
configuración de la vida pública; el horizonte de acción entre los pueblos y el futuro de

4
VDM Verlag Dr.Müller, 2006, p. 53 s.
5
KANT, Metafísica de las costumbres, Madrid, Tecnos 1989, p.17.
la historia no es otro que el del libre desarrollo de la razón. La obra de Jürgen Habermas
es un testimonio clarísimo de que ese esquema de pensamiento ha sido plenamente
vigente en la segunda mitad del siglo XX. 6Y en este momento los sucesos que están
aconteciendo en el África mediterránea podrían interpretarse como un acercamiento a la
racionalidad democrática de Europa. ¿Puede decirse que lo acontecido en Túnez, en
Egipto y en Libia es fruto de ciudadanos que se han unido a través de un diálogo
racional sobre la esfera pública? ¿Quién es capaza de deslindar los factores emotivos y
los racionales de las masas allí congregadas? Un joven que se quema ¿ejerce mayor
fuerza persuasiva que el razonamiento democrático, o bien el razonamiento ya formado
como rechazo del autoritarismo recibe fuerza de autorrealización por la inmolación de
un ciudadano? Por otra parte, mientras sucede eso en el área mediterránea, en Europa
misma el mencionado esquema de pensamiento goza ciertamente de un reconocimiento
institucional en las constituciones, pero se halla en contradicción con otro filón de
fenómenos que está en primer plano de la sociedad actual.
La opinión pública en los siglos XVIII y XIX versa en buena medida sobre algo
que afecta interiormente a cada uno: el contenido de los derechos del hombre, la
conquista de la igualdad política. La definición de la naturaleza humana forma parte del
acontecer político y, por tanto, el ciudadano que participa tiene el sentimiento de que
allí está en juego su propia naturaleza, puede razonar sobre lo que él mismo
experimenta. 7 Sin duda hay temas de la legislación que lo desbordan, pero, en general,
un ciudadano formado e interesado por la política puede seguir con facilidad el
acontecer nacional. 8
Hoy día, en cambio, por más que quede un resto de legislación moral donde los
ciudadanos pueden acompañar con su argumentación (aborto, matrimonio homosexual,
lucha contra la violencia de género, reivindicación de la igualdad), en la mayoría de las
leyes el ciudadano normal ni siquiera se entera de que se ha dictado tal o cual ley. Si
quieren hagan ustedes la siguiente prueba: pregunten a una muestra representativa de
ciudadanos normales la víspera de las elecciones qué leyes ha dictado el partido

6
Especialmente en la obra Historia y crítica de la opinión pública, Gustavo Gili, Barcelona 1982.; Cf,
Raúl GABÁS, J. Habermas: Dominio técnico y comunidad lingüística, Barcelona, Ariel 1980, p. 43 ss.
7
Véase el § de J. HABERMAS, Cambio de estructura de la opinión pública.
8
Tomemos, por ejemplo, el Diario de Madrid, de 2 y 3 de diciembre de 1805. Consta ante todo de
máximas y reflexiones morales, con títulos como: del ignorante, del hombre de mundo, del egoísmo, del
amor propio, de la felicidad e infelicidad. Las noticias sueltas y las ventas ocupan un lugar secundario.
Esos temas forman parte de la naturaleza de cada uno.
gobernante. Estoy convencido de que la gran mayoría ni siquiera sabría mencionar el 10
por cien de las leyes aprobadas durante la legislatura.
Recordaría en todo caso las que hayan afectado a sus persuasiones morales. Pero
la mayoría nada sabemos sobre la legislación relativa a la energía nuclear, a la energía
eléctrica, a los contratos por teléfono, al terrorismo, a la responsabilidad civil en los
diversos ámbitos de nuestra vida, a la relación del ciudadano con la administración del
Estado, a la legislación vigente en la propiedad horizontal, a las leyes europeas que
limitan la competencia nacional.
¿No es una burla decir que nos autolegislamos, si desconocemos la existencia y
el contenido de la mayoría de las leyes? ¿En qué leyes nos hemos formado opinión?
Añádase a esto la existencia de muchas instancias legislativas: ayuntamientos,
autonomías, parlamento nacional, parlamento europeo. ¿En qué nivel ejerzo yo la
ciudadanía? ¿En todos ellos? Y, aunque llegue a formarme opinión sobre alguna de las
leyes, ¿por qué medio puedo expresarla? En la situación actual la afirmación de que el
ciudadano se autolegisla empieza a resultar cómica. Y, por tanto, o bien se hace cómico
también el concepto de democracia, o bien reconducimos el concepto al ámbito de lo
posible. ¿Qué ámbito sería éste? ¿No cabría deslindar un núcleo donde el pueblo puede
estar enterado y ha de ser competente? El crecimiento de la complejidad del mundo y de
los campos a los que se extiende la legislación ha condenado al absurdo la idea del
ciudadano que se legisla a sí mismo. 9
La realidad o apariencia de un público discursivo se salvaba mucho mejor en los
siglos XVIII y XIX, que en nuestra época. Podría decirse que la figura de la opinión
pública discursiva ha saltado por los aires. Sin embargo, el fenómeno de lo que
llamamos opinión sigue existiendo. ¿En qué manera existe y cuál es su función?

1.3 La prensa excita los afectos

La opinión pública es hoy fundamentalmente un reclamo de titulares para los


estados idiosincrásicos de la población. Los periódicos cada día tienen que asomarse al

9
En La Razón del jueves 14 de abril de 2011, p. 13, Luis ALEJANDRE, refiriéndose al recurso constante
a las encuestas ante cualquier tema, resaltaba que ese método acarrea altos riesgos de manipulación o
contaminación, pues implica un estado de opinión más que un estado de derecho. Es decir, en el complejo
acontecer de nuestra sociedad no llegan a compactarse los temas sobre los que podamos forjarnos una
opinión firme.
mundo sin apenas conexión con el día anterior. Por más que algunos temas tengan cierta
continuidad, la mayoría carecen de ella. ¿Qué se pone cada día en la primera página del
periódico? Hay algunos que se imponen por los acontecimientos del día. Pero el editor
tiene que buscar ante todo lo que excita, lo que atrae, lo que indigna, en general, lo que
interesa. Las primeras páginas de los periódicos muestran la vinculación de la opinión
pública con lo escandaloso, emotivo y excitante.
He tomado al azar dos portadas: una de El País y otra de El Mundo.
El País 10 contiene en la portada ocho títulos en total:
1. Russeff (presidenta de Brasil) anuncia mejoras sociales, pero no tolerará la
violencia.
2. La ninfa del verano: la modelo Heather Marks presenta los colores que se
imponen para el estío.
3. La crisis griega vuelve a desatar el miedo en Europa.
4. Bernard Tapie, azote de la V república (el ex empresario y ex ministro pone en
jaque a Sarkozy y Lagarde).
5. Londres espía millones de llamadas (escándalo).
6. Investigación judicial de la sanidad madrileña, acusación por cohecho,
prevaricación y malversación.
7. Hacienda excluye a la infanta de la trama fiscal (escándalo).
8. El escritor Joël Diker triunfa con su novela «La verdad sobre el caso Harry
Quebert.»
En la portada citada aparece un predominio claro de lo emocional.

El Mundo 11 presenta seis títulos en la portada.


1. Dos perros “pitbull” devoran a su dueño en Madrid.
2. Obama y Putin evitan mirarse a los ojos en un tenso encuentro tras las escuchas.
3. La acusación dice que Bretón quiso matar a su mujer (un largo culebrón con
larga presencia en los medios).
4. Isco, objetivo del Madrid, busca el europeo sub 21 con España.
5. El interés por telefónica de AT&T dispara en la bolsa a los operadores.
6. Hacienda admite que no verificó la información sobre la Infanta.

10
El País del 22. 06. 2013.
11
El Mundo del 18. 06. 2013.
De nuevo asoman los afectos por todas partes. En el caso de la infanta, ¿por qué
tanta tinta sobre este asunto? Sin duda afecta a una estructura simbólica importante.
Hoy, decir «yo opino» podría traducirse por «yo estoy excitado». Aparecen
frecuentemente en la prensa los personajes que excitan a los lectores de diversos
campos. Los abusos sexuales con los menores de edad, la violencia y el terrorismo
poseen un valor de prensa por lo que tienen de excitantes. De vez en cuando la sociedad
se acuerda del derecho a la intimidad y del decoro. Pero en lugar de callar para que el
mundo no se entere, la prensa sigue escribiendo con el propósito de vender ejemplares.
Ser noticia significa muchas veces: produce escándalo. Escándalo y morbo son
poderosos, el primero porque produce una admiración, y el segundo porque difunde un
cosquilleo interior en nuestro organismo.
Hubo tiempos en los que la retórica parlamentaria se dejaba guiar por la belleza
interna del discurso. Pero en el Parlamento actual la agresión recíproca entre los
contrincantes está a la orden del día. Pensar es demonizar, herir y recabar el aplauso
mientras la imagen se transmite al público por televisión. En la vida parlamentaria se
resuelven muchos problemas que el acontecer social plantea, pero esa misma solución
de problemas está envuelta en el juego de desgaste del adversario y promoción de sí
mismo. Si es sucio revolver el fondo pasional del corazón humano, donde están al
acecho la envidia, los celos, el odio, la ira, el egoísmo y el amor propio, la política,
especialmente la moderna, que se mueve en ese elemento, será necesariamente sucia.
Pero los ciudadanos tampoco son inocentes, pues están hechos de esos lodos y apetecen
el espectáculo de los dioses en lucha. Para los dioses griegos es un placer contemplar la
guerra de Troya. De vez en cuando incluso descienden al campo de batalla para ayudar
a los protegidos. Lo mismo que los dioses están mirando la escena, también nosotros,
los ciudadanos de hoy, tenemos una imagen de la lucha estructurada con un tejido
simbólico. De ahí emanan leyes apenas perceptibles de juego. Por ejemplo, en el
parlamento se puede herir, pero no sacar un cuchillo. Y desde luego es de mal gusto que
Tejero entre en la Cámara pistola en mano.

1.4. Dominación y simbolismo

La opinión pública, en cuanto pública, tiene un carácter estable y apacible.


Guarda cierta relación con mantener el orden, mantenerse en calma y ser un ciudadano
pacífico. Se contrapone a revoltoso, sedicioso, pendenciero, cabecilla. Para llegar a la
«Pax Augusta», antes han tenido que rodar muchas cabezas que agitaban la resistencia y
oposición en los diversos pueblos. La vida, que de suyo es anárquica, tiene que
someterse a la «arjé», al principio de dominación. Hegel en la Fenomenología describe
el origen de la relación entre señor y siervo. Según su descripción, en un primer estadio
la vida es un intento de avasallar la otra vida. Lo vivo come lo vivo.
La defensa frente al otro es un acto de violencia contra la primera naturaleza,
que es explosiva. Los diversos sistemas de dominio conducen a una doble capa en el
hombre: la naturaleza primitiva, que guarda silencio, pero no está muerta, y el ideario
político, que es el adoctrinamiento de un ser biológico. El nacimiento del Estado es en
el fondo el nacimiento del alma. El piloto de la nave pública es anterior al de la nave
privada. Aprendemos a dominarnos cuando nos dominan.
En la naturaleza observamos cómo los seres vivos guardan un orden jerárquico
al devorar a las víctimas: primero el león, luego las hienas, después los buitres,
finalmente perros y otros animales de orden inferior. La naturaleza es ante todo hambre
y tiende a devorar.
En Europa el estado romano impuso un orden universal, con su férreo aparato de
dominación. La «lex» se convirtió en forma del cuerpo social. Pero dejó el foro interno
y el trabajo con su producto, la propiedad, como un límite de su poder. En esa zona
virgen para el Estado se instaló la Iglesia, que alzó un nuevo poder, basado en el foro
interno y en las situaciones límites: conciencia interna, nacimiento y muerte. Donde se
otea un nuevo espacio humano, allí surge una nueva esfera de poder.
La imagen vigente del mundo tiene como base la idea de la explosión cósmica:
hubo una explosión originaria de la energía concentrada, y de pronto comenzó la carrera
sin fin de la expansión cósmica, en la que surgieron las partículas «primitivas» y
empezó el proceso de alejamiento y concentración. Si el principio del universo es
explosivo, me parece normal que ese rasgo esté presente en todo. Y, de hecho, en la
mayoría de las especies del reino animal cohabitan la fiereza y la ternura. ¿Cómo
pueden cohabitar estas dos cosas? ¿Qué es más original: la empatía universal o la guerra
de todos contra todos? La naturaleza embelesa y amenaza. La culebra acaba devorando
la ardilla por medio del embeleso.
Todo intento de resolver los enigmas sociales sin mirar a la naturaleza es un
extravío. En la sociedad se reproducen las potencias que actúan en la naturaleza. Cada
especie está individualizada por el amor a sí misma y la rivalidad de un determinado
número de especies.
Los insinuados contrastes de la naturaleza en la humanidad se manifiestan como
una duplicidad de individualismo-egoísmo y colectivismo, hasta el extremo de la masa.
De hecho llevamos más de dos siglos de enfrentamiento entre el individualismo
burgués y el anhelo de una sociedad solidaria e incluso fraternal. Ambos puntos de vista
son polos de un mismo fenómeno.
La naturaleza, en medio de la división y proliferación, crea una unidad e
identidad en la especie. En ella hay una posibilidad de variación: color de ojos,
magnitud corporal, color del cabello, etc., pero hay también una identidad en la manera
de reproducirse, en la alimentación, en los sonidos emitidos, en la manera de delimitar y
defender el territorio. Estos rasgos comunes gozan de una gran estabilidad.
En medio de la estabilidad se da el fenómeno de la ira o la ferocidad, de la
entrega incondicional a la lucha en determinadas circunstancias, por ejemplo, cuando
hay que proteger a las crías, o en la lucha por la superioridad.
Entre los humanos hay un campo de unidad específica, en continuidad con el
animal. También en el hombre las funciones primarias, las pulsiones y los instintos
marcan un campo de unidad y de referencia recíproca. Pero en el hombre se desarrolla
muchos más que en ninguna otra especie el factor de la dominación, por ejemplo,
ningún chimpancé comercializa la leche de mona. La agricultura fue un experimento de
dominación de otras especies: nos sometimos el caballo, la oveja, la vaca, el perro, y
simultáneamente se produjo la dominación del hombre sobre el hombre.
Es difícil descifrar en qué medida esta dominación se realiza a través de la
fuerza, o bien a través de elementos simbólicos. Creo que es el gobernante mismo el que
tiende a sustituir la fuerza física por elementos simbólicos: la religión en los imperios de
la antigüedad, la ideología democrática en la modernidad. ¿Dónde hay más engaño, en
el dominio por la gracia de Dios, o en el dominio por la gracia del voto? En ambos
casos se tiende a sustituir la dominación física, mediante la fuerza militar, por la
dominación simbólica: la creencia en el rey ungido por Dios, la creencia en la voluntad
común como camino exitoso para resolver los problemas humanos.
La fuerza de lo simbólico es un gran prodigio, pues hace que un proceso de
violencia física, el hecho de dejarse dominar, se convierta en una pacífica aceptación
interior. Lo que es el dueño para el animal, es Dios o el Estado para el creyente o el
ciudadano. El perro en principio no se subleva jamás. De ahí la expresión: fiel como un
perro. ¿Qué sucede en el hombre? Mediante la reflexión puede sustituir la violencia
inherente al mundo simbólico y reaccionar contra esta dominación. Las ideas en el
cerebro tienen la fuerza de aquietar la violencia, de aceptar la dominación. Pero puede
también desactivar los procesos represores.
En general la opinión pública ejerce una función unificante y pacificadora, en
gran medida porque es la manera de pensar y sentir que se difunde a través de los
canales del poder.

1.5 La explosión de la opinión

Sin embargo, en medio de esta unificación se mantiene la fuerza agresiva. La


agresión es una fuerza expansiva, pues expande hacia fuera la energía replegada en el
organismo. Todas las guerras van acompañadas de una demonización del enemigo. La
explosión de las armas va acompañada por una explosión previa del odio.
La historia de occidente está recorrida por fenómenos de este tipo: Sócrates
ejecutado por impiedad, la conquista de los santos lugares, la guerra contra los infieles,
la expulsión de los marranos en España, las guerras de religión en Alemania y en
Francia, las ejecuciones en masa durante la revolución francesa, los campos de
concentración en Alemania, las purgas estalinistas, las checas en España, la revolución
fundamentalista contra el Sha de Persia, recientemente las rebeliones en el Norte de
África.
Un ejemplo clarísimo de la opinión como explosión es la Revolución Francesa.
¿Por qué es tan sanguinaria esta revolución? Porque el enemigo no está localizado
geográficamente, sino que se desplaza por las calles de París. Lo atacado ya no es un
país extraño, sino los ciudadanos de la propia Francia. Tiene el carácter de una guerra
civil. En la guerra exterior la opinión pública unificada se lanza contra otro país. En
procesos revolucionarios como el de Francia o el del comunismo la batalla se dirige
contra el propio entramado social. Es una guerra de conciencia. El enemigo ya no está
en otro país, está dentro de nosotros mismos. Es la guerra de la reflexión, de acuerdo en
cierto modo con la Fenomenología del espíritu de Hegel. Lo odiado es ahora el
mecanismo represor que se ha desarrollado en el propio pueblo: la religión, las
costumbres, el sistema de clases. Surge la guerra civil universal, en el sentido de que
aquello contra lo que se lucha está presente en todos los pueblos. Lo explosivo se
desinhibe y se hace real como proceso revolucionario.
El proceso revolucionario implica el problema de la recta conciencia. Pero ¿en
quién se encarna la recta conciencia? Unas facciones luchan contra otras y cada una
tiende a exterminar las que son distintas de ella. El que hoy guillotina, mañana es
guillotinado por parecidas razones. La revolución es absolutista.
La opinión explosiva no es suficiente. Se necesita una nueva implosión, que se
intenta llevar a cabo a través de las democracias, basadas en la teoría de la voluntad
común. Este concepto plantea la cuestión de si la voluntad común existe como un
patrimonio común, supraindividual (Rousseau), 12 o bien no hay naturaleza común.
Hobbes describe la situación originaria como una guerra de todos contra todos, lo cual
puede entenderse en el sentido de que no hay nada común antes de la creación del
Estado. En general las teorías contractuales tienden a defender que los individuos crean
su naturaleza común (social) a través del pacto. El modelo de la conciencia individual es
absolutista. El modelo de la conciencia intersubjetiva no es capaz de crear una
conciencia idéntica.
Las teorías del pacto no se dan cuenta de que la naturaleza común es
precisamente la explosiva, la que conduce necesariamente a la guerra de todos contra
todos. La paz perpetua es una utopía. Todo intento de convertir la sociedad en un jardín
de virtud conduce a la infelicidad universal. En cambio, dan mejores resultados las
formas de gobierno que reconocen la lucha, la naturaleza explosiva del hombre.
O reconocemos esta naturaleza explosiva y damos entrada a la discrepancia y a
la lucha, o dejamos que el Estado, lo mismo que acuña la moneda, acuñe también la
vida de los ciudadanos, que la implosión del poder domine sobre la explosión.
Los Estados en general han sido máquinas de canalizar la explosión hacia la
defensa de lo establecido como común, y de luchar contra ella en el propio territorio.
Así han sido siempre muy duros los castigos contra los sediciosos, los agitadores, los
desertores, los culpables de alta traición. Las coacciones y la censura en general tienen
la función de impedir la explosión. No obstante, el Estado no puede menos de conceder
y canalizar ciertos ámbitos explosivos: matrimonio y procreación, propiedad,
competencia comercial, luchas deportivas, premio a lo que sobresale.

12
ROUSSEAU en el Contrato social o principio del derecho político presenta la figura del “contrato”,
por el que los miembros de una sociedad se unen en una voluntad general.
Muchos sistemas creen que la naturaleza explosiva del hombre es mala y debe
transformarse. En realidad es un fondo desde el que se desarrolla toda actividad
creadora. La libertad es una broma mojigata si no implica el carácter absoluto de cada
uno. Y donde hay absoluto el problema es el límite. ¿Cómo puedo expandirme sin
invadir el territorio ajeno? Hay maneras negativas y positivas de hacerse con el otro, de
apropiárselo. Son negativas: la esclavitud, la explotación, la astucia. Son maneras
positivas, en cambio: el lenguaje, el arte, la comprensión, el nexo histórico, los
símbolos.
En la sociedad se da una reivindicación constante del derecho de explosión.
Conocemos las palabras por las que se caracteriza la relación negativa con el Estado y
con el otro hombre: opresión, represión, explotación, dominación. Todas ellas indican
claramente que el individuo queda comprimido y no tiene posibilidad de expandirse. La
represión más sutil es la que mina la posibilidad de explosión social. Los sindicatos son
agentes propicios tanto para preparar la explosión social como para impedirla. La
huelga general puede entenderse como una articulación del malestar.
La reflexión individual y la suma de las reflexiones individuales es insuficiente
para provocar una explosión de la opinión. Para ello se requiere además una
provocación retórica e insistente que soliviante los ánimos y los haga entrar en el horno
del calentamiento común. Se pone en juego entonces el sentimiento de masas, que
obedece a un principio parecido al de los vasos comunicantes: cuando la temperatura
crece en uno de ellos, tiende a crecer en los demás. Algunos son capaces de electrizar,
son los electricistas de la opinión. 13
Los líderes en los procesos electorales tienden a electrizar, a crear una situación
explosiva. Es más, estas situaciones se requieren para mantener la cohesión y el vigor de
las masas. Irak y el atentado en los trenes de Madrid fueron para la masa socialista la
misma pólvora que los escándalos del gobierno de Felipe González y la mala gestión de
la crisis de Zapatero para la masa del PP. Normalmente, el odio que antes se canalizaba
contra otro país, ahora se dirige contra otro partido, de acuerdo con lo dicho sobre la
naturaleza de la revolución francesa y la comunista.
En España la explosión de la Opinión Pública fue utilizada abundantemente por
el franquismo, que se centraba en el sentimiento de unidad nacional (de comunidad).
Cada problema gordo, por ejemplo, la retirada de embajadores extranjeros, acarreaba

13
FEUD, por ejemplo, resalta la función de la libido, del amor, y del jefe en la unión de las masas
Psicología de las masas, 1921, edición castellana en Madrid, Alianza 2010.
una manifestación callejera, en la que se esgrimían los tópicos básicos. Una parte
importante del pueblo se inflamaba, y esto era suficiente para crear una base de
adhesión que permitiera gobernar.
En Cataluña hubo una explosión cuando Tarradellas pronunció el famoso «ya
soc aquí». La primera victoria electoral de Felipe González tuvo una gran dosis de
explosión futurista, bajo los rasgos de juventud, cambio, futuro. Y de nuevo la llegada
de Zapatero al poder estuvo acompañada de una explosión contra la guerra.
La explosión ejerce ante todo un efecto psicológico en los que han participado
en el fenómeno. Este efecto gratificante tiende a fortalecer la decisión tomada, y en
principio dura un cierto tiempo. Por otra parte, hay una tendencia inconsciente a ser
conducido a estados de efervescencia de la opinión.
Se relaciona con lo explosivo lo que podríamos llamar el querer fuerte, como
algo que nos proyecta a un fin estable de nuestra vida. Habrían de incluirse aquí las
creencias arraigadas bien en la religión, bien en la naturaleza: matrimonio,
descendencia, propiedad…Las opiniones basadas en este ámbito tienden a ser muy
estables, y son rápidas en reaccionar contra quien las ponga en peligro.
Actualmente en los países del capitalismo avanzado la opinión está bastante
estabilizada. Los radicales apenas tienen posibilidades fuertes. Podría decirse que en
occidente el que tiene «chicha» y chica ya no se rebela. La opinión, en efecto, va muy
ligada al deseo, de modo que se divide en base al «deseo» de conservar (conservadores),
y al «deseo» de obtener (progresistas). Bien y mal, aceptable y rechazable, obedecen a
esa doble modalidad del deseo.

1.6 Escalas afectivas

Los que vivimos en zonas frías acostumbramos a mirar al termómetro, que en


invierno se mueve entre diez y menos diez grados. En general es conocido que toda
sensación tiene un grado, pues aparece en el punto cero y desaparece al alcanzar un
determinado grado. Lo mismo que tenemos un termómetro para el frío, podemos
tenerlo también para todas las sensaciones. Si le preguntamos a un niño e incluso a un
mayor: ¿cuánto me quieres?, puede contestarnos: un poquito, mucho, un montón, a
rabiar (o sea, hasta el punto de explosión). También el sentimiento público tiene una
escala.
De hecho usamos las escalas en forma de puntuación dada a los políticos: puntúa
de uno a diez, rogamos al encuestado. La puntuación en números es formal y no
siempre indica la modalidad correspondiente. El lenguaje ordinario es más explícito.
En el lenguaje ordinario encontramos graduaciones afectivas como: lo mataría
(explosión), lo odio, me saca de quicio, no lo puedo ver, me irrita, me cae mal, ni fu, ni
fa, (indiferencia), me cae bien, me gusta, me entusiasma, es genial, es fantástico, lo
idolatro, o lo quiero a reventar (explosión).
Desde un centro de indiferencia (ni fu, ni fa), la escala se extiende en grados
positivos y negativos, hasta dos extremos que tienen carácter explosivo.
Pongamos el caso de las corridas de toros, tan actual a raíz de su prohibición en
Cataluña. Nos encontramos con los siguientes grados de prohibición o rechazo: hay que
prohibirlas (explosión), son horribles, las encuentro crueles, me desagradan, no me
gustan, me da igual (indiferencia), cada uno que haga lo que quiera, me gustan, me
encanta gritar olé, es un arte, soy un hincha de los toros (explosión).
Si luego analizamos las argumentaciones en positivo y en negativo, nos
encontramos con dos vivencias básicas: el sentimiento de compasión, y la admiración a
la valentía en la lucha entre el hombre y la fiera. En definitiva: afirmación dionisíaca de
la naturaleza como un juego que asume también la crueldad, o entrega al sentimiento de
compasión, aunque sin dejar de comer carne de animales.
En el estado de ánimo colectivo tenemos la escala: no aguanto más (reviento,
exploto), desaliento, descontento, atonía (indiferencia), alegría, euforia,
desbordamiento, exaltación (explosión).
Para un gobernante es útil saber cuándo un afecto público se acerca a un grado
explosivo. En un pueblo, o en el mundo, es instructivo conocer en qué puntos se da una
adhesión más o menos firme. Donde hay un imán se adhieren virutas de metal. Existen
ciertos núcleos de adhesión fuerte que permiten contar con una determinada base
estable. Y conviene, por otra parte, estudiar cómo se conserva ese núcleo: banderas,
fiestas, relato histórico. España concretamente tiene un núcleo duro de unidad nacional,
pero también hay indicios de una tendencia al resquebrajamiento. A mí no me parecería
estúpida una encuesta general de grado afectivo en los siguientes términos: odio lo
español, no me siento español, me siento español, estoy orgulloso de ser español,
lucharía por España y su unidad. Incluso sería interesante haber hecho esa encuesta
antes y después de ganar la copa del mundo en fútbol.
Puede ser una actividad política encomiable conseguir el paso de un grado de
valoración a otro, por ejemplo, de «odio lo español» a «no me siento español», y con un
pasito más: «me siento español». Equivaldría a la encuesta indicada esta otra. Cuando
usted escucha el himno nacional: ¿se cabrea, se aburre, le gusta, se emociona, se
entusiasma?
La cuestión de la intensidad de los afectos permite establecer una relación entre
grado y cantidad, por ejemplo, si la valoración de un personaje o de un tema es muy
alta, es presumible que la cantidad de los que valoran positivamente sea alta.
La sociedad es una sinfonía de sentimientos. El poder es como un director de
orquesta, marca el recorrido de los tonos y excluye los caminos que no son deseables. A
veces la orquesta escapa a su control y se produce un estallido: la explosión
revolucionaria. Pero la explosión no es lo normal.
La vida ordinaria se desarrolla bajo la dirección de una racionalidad. ¿En qué
consiste esta racionalidad? En la comprensión de que la tormenta o explosión es
necesaria. ¿Por qué? Por simple ley física.
Todos los pueblos han conocido la necesidad de momentos eufóricos: la
catharsis en las tragedias griegas, las días de vacación de la ley en ciertas culturas
(Asiria, Pachamama en América), el circo en Roma, el carnaval y la cuaresma en la
tradición cristiana, el fasching en Alemania. Hoy día asumen esta función las carreras
automovilísticas, el fútbol, las canciones de Eurovisión. El pueblo está ávido de recorrer
estos sentimientos eufóricos, y admite con agrado el alejamiento de la opinión reflexiva.
Los momentos de plenitud sicológica permiten organizar la existencia cotidiana
como un pequeño número de estados emotivos relativamente triviales. La televisión es
como un coro de fondo festivo que sostiene la liviandad de la existencia cotidiana.
La democracia es una lucha entre el filósofo y el director de orquesta. El primero
busca una mente rigurosa, firme en sus opiniones, en guardia contra los afectos que
perturban la mente. Pero el «demos» no ama la verdad, quiere ser seducido, quiere ir en
el coro de Dionisos, participar a en la plenitud de «Poro», 14 aunque sólo sea en el
cortejo de las apariencias. Pide «panes et circenses». Quiere fiesta. Sólo despierta
cuando está en peligro el mínimo vital, y entonces el político tiene que dar pan o
reforzar el circo. En momentos de crisis económica podría esperarse que el pueblo
despertara y exigiera el régimen de la razón. Pero la bacanal es para el pueblo más

14
PLATÓN en el Banquete nos cuenta que el amor es hijo de Poro (el recurso, la abundancia) y penía (la
pobreza). Platón, Obras Completas, Madrid, Aguilar 1977, p. 584 (201 e/202 e).
importante que la sobriedad del cálculo. El pueblo ama la explosión, hasta el punto de
aplaudir la guerra. Y ahora, en la época de los sentimientos débiles, la voluntad de poder
juega a la celebración de la victoria electoral. Pero los derrotados no van a las cárceles
mamertinas, sino que perciben interesantes nóminas el día 30 de cada mes.

2. LA ARTICULACIÓN SIMBÓLICA DE LA VIDA PÚBLICA

2.1 Los símbolos en la vida social

Los símbolos son la forma más eficaz que la sociedad tiene de canalizar la vida
pública. Se entiende por símbolo la manifestación de lo universal a través de una
concreta realidad sensible, o sea, la fusión de lo universal y lo particular; 15 por ejemplo,
en un desfile militar el soldado que marcha delante con la bandera: nos ponemos de pie
ante el militar que muestra la bandera (patria) común a la que él sirve; y, en general, la
presencia de un militar o policía nos disuade de toda acción violenta. En la convivencia
humana los afectos generarían un caos si no estuvieran canalizados a través de los
símbolos, que responden a las escalas de intensidad antes mencionadas. Así hay bandera
de paz y bandera de guerra, y entre uno y otro extremo encontramos la siguiente
gradación: aplauso, adicto, descontento, crítico, reclamación, protesta, manifestación
pública, huelga, revolución, guerra civil. Apenas hay ningún ámbito de la vida
intersubjetiva que no esté sometido a la gradación de los afectos y no se exprese
mediante algún símbolo (por ejemplo, libros y rosas en Cataluña el día de Sant Jordi;
dar la mano, un beso o un abrazo). Son símbolos o fuentes de símbolos: Toros, guerra,
patria, gran padre o madre, seno, familia, igualdad, progreso, hoz y martillo, éxito,
justicia, venganza, deporte, llevar El País o el ABC en la mano; en la actualidad:
políticos, cantantes, modelos, presentadores. Son fuentes generadoras de mitos la
agresión, el amor y el poder, lo cual aparece ampliamente en la mitología griega. Los
ídolos son una modalidad de símbolo. Ejercen un efecto protector. Cuando nuestro

15
Así lo entiende, por ejemplo, Schelling. Véase SCHELLING, La filosofía del arte, Madrid , Tecnos
1999, introducción de Virginia López Domínguez, p. XXXI; Schelling, Biblioteca de Grandes
Pensadores, Madrid, Gredos 2012, Estudio introductorio de Raúl Gabás, p. LXVI.
equipo cae derrotado nos sentimos desamparados por algunos días. Nos falta el
paraguas protector, capaz de levantarnos.
La energía erectora, lo que nos conduce a la acción, es de tipo simbólico: ser
buen funcionario, amar la propia profesión, afán de enriquecerse por ocupar una
posición social. La apatía y la decadencia tienen que ver con la pérdida de símbolos o
valores.
El hombre es simbólico porque es estático: en lo político estamos referidos a un
centro o capital, que se expresa en la bandera, en la constitución, etc. La vida del
hombre está estabilizada en buena medida, y los que estabilizan son los símbolos. Están
regulados: el lenguaje, la manera de andar, el gesto de status, la dinámica de ostentación
y reconocimiento. Desde la temprana infancia el niño es sometido a la forma de vida
doméstica, donde ciertas cosas son aprobadas y otras no. El mero hecho de ir vestido
implica una distinción entre lo corporal y la forma de aparecer: estás guapo, ¡qué bien te
sienta! Empieza así el dominio de la imagen, que continúa en la escuela, en las
relaciones sociales y en la calle.
La socialización o introducción en el ambiente dominante se produce por lo
general en forma agradable a través elementos simbólicos (los relatos religiosos van
acompañados de fiestas: navidad, reyes, pascua, puente de la Inmaculada). El primer
fondo común en la manera de pensar de los seres humanos procede de la relación con la
naturaleza, que implica la procreación y las normas protectoras de la misma.
Inmediatamente surgen temas como el de la medicina, que protege la vida, y la
selección de la raza (Esparta). Las normas básicas apuntan a la sobre vivencia del grupo
familiar o de la especie. Surgen divinidades centradas en la fecundidad, en los bienes
necesarios para la vida (sol, luna, tierra, animales sagrados) y en la satisfacción de los
deseos.
La tradición de los pueblos se forma normalmente en torno al ciclo de la
reproducción de la vida. Este es el estrato básico desde las religiones naturales hasta la
economía moderna. El culto ofrece una exaltación de este ciclo natural: fiestas de
primavera y de la vendimia. La defensa de la tierra engendra comunidades y luchas
contra otras comunidades. Así surgen los héroes y el culto a ellos (Ilíada, Odisea). El
judaísmo y el cristianismo abren una brecha en esta sociedad o religión natural,
introducen lo distinto de la naturaleza y así abren el cauce de la historia. Comienza con
ello la pugna entre arqueología y escatología. La duplicidad de naturaleza e historia
recorre los momentos fundamentales de la vida europea. Uno de los más importantes es
el de la ilustración europea. Los ilustrados rechazan lo recibido por tradición, y así están
libres para aspirar a una sociedad mejor en el futuro. La Iglesia, en cambio, defiende la
validez de lo transmitido. Ésta, de suyo, debería defender la novedad histórica, pues la
revelación abre el horizonte de la historia. Y los ilustrados, en cuanto adversos al
cristianismo, habrían de propugnar la naturaleza y no precisamente la historia. Pero en
el fragor de la batalla se produce una fusión y confusión de banderas, de manera que el
cristianismo asume la tradición y los ilustrados, sobre todo bajo la modalidad del
socialismo, defienden la novedad histórica. Esto se hizo posible por la atribución de
fuerzas creadoras al hombre, a una dinámica naturaleza humana que dormita todavía
bajo el peso de la historia. De esa manera lo cristiano es rechazado como pasado y se
exalta lo pagano como principio de lo nuevo.

2.2 Simbolismos de izquierdas y derechas

En este suelo histórico se alzan los grandes partidos de las democracias


europeas, y en concreto la polarización entre derecha e izquierda. En la España actual,
por ejemplo, tenemos dos grandes bloques políticos: el PP y el PSOE. La estabilidad de
sus respectivos millones de votantes sin duda debe atribuirse en buena medida a su
articulación simbólica. Ambos tienen un terreno simbólico común: el suelo patrio, los
deportes, las fiestas tradicionales, la lengua, y los componentes de la llamada «decencia
política»: pacifismo, compasión, afirmación del progreso y del bienestar. Y se extienden
igualmente a los dos bloques las cualidades peculiares de la época, tanto las positivas
(amable, sonriente, aspecto de feliz, buen «look», sociable, suave, elástico, ambiguo),
como las negativas (pasar de, olvidar, ningunear, hacer el vacío, mentir, calumniar,
desdecirse, rivalizar, despreciar, odiar, dar caña, las elecciones como expediciones
militares [aunque sin armas de fuego]). Esto conduce a una gran semejanza entre las
imágenes de los líderes: buen aspecto, jóvenes, accesibles, de fácil comunicación, no
agresivos, in definidamente sugerentes, dotados de un cierto erotismo.
A pesar de esas semejanzas hay en cada partido un simbolismo diferente, que
explica la adhesión permanente de grandes masas, a pesar de los fracasos en el ámbito
de la solución racional de los problemas. A mi juicio, el simbolismo decide el voto más
que el análisis racional del programa del partido.
En rasgos generales: el adicto a la derecha está satisfecho de su nacimiento y,
por tanto, acepta el pasado. El orden es sagrado para él; si se quebranta el orden, pronto
pregunta: ¿dónde está la policía? La derecha es propensa a relacionar el orden social con
un principio ordenador del mundo: Dios, naturaleza. Tiende a conceder una función
política a la religión. Sacraliza la propiedad como fruto del trabajo, del esfuerzo. No es
propensa a la compasión. Tiende a transmitir los valores tradicionales en la formación.
Sus colores son el azul y el negro, relacionado en parte con lo serio, lo heroico,
la convicción firme, las normas rígidas. Defiende la libertad económica. Es masculina.
Son expresiones típicas de la derecha: restauración, orden natural, valores tradicionales.
En el perfil de la vida tradicional pueden resaltarse además los siguientes rasgos:
prosperidad, conservación, austeridad, ahorro (capitalización), retribución según el
esfuerzo, herencia y familia, función social de la religión, un resto de naturaleza y, por
tanto, ciertas prohibiciones, valoración estamental de la vida (peso social de las
relaciones familiares), mercado abierto (preferencia de un Estado nacional amplio),
cultivo del esmero y de la calidad (prototipo: Alemania), arraigo en la sociedad y en lo
firme. Tienden a radicarse aquí los que gozan de una cierta experiencia de la vida.
Predominan en la derecha el racionalismo económico, el interés, la familia. La actitud
derechista adquiere fuerza cuando está en peligro el orden económico.
La izquierda, en cambio, presenta los siguientes rasgos: insatisfacción con el
pasado, que puede llegar al resentimiento; por su rechazo del pasado es revolucionaria;
se opone a la religión y a la moral tradicional, es luciferiana en cuanto se rebela contra
el orden constituido; tiende a desposeer de los derechos y se entrega a las utopías;
reivindica el futuro frente al pasado; exalta el cambio como tal; rinde culto a la
igualdad, así como a la compasión y al sentimiento de masas; es femenina; su color es el
rojo. Son expresiones típicas de la izquierda: antisistema, facha, solidaridad, compasión,
ayuda, subsidio, distribución. Se atiene a la ida de que termina la prehistoria y comienza
la historia, constituida desde la libertad.

2.3 Estabilidad del mundo simbólico

Los símbolos son muy resistentes al desgaste. Por ejemplo, en Cataluña se


acepta todo tipo de explicaciones antes de reconocer una insuficiencia propia. En las
elecciones para muchos pesa más lo emocional y simbólico que lo racional. La
habilidad en tocar esta fibra puede disimular el fracaso en la política realista
(infraestructuras, solución de problemas). Los fallos en la economía y en los problemas
reales desgastan con lentitud; en cambio, estrellarse contra una estructura simbólica
puede conducir al abucheo inmediato.
El hambre y el paro se vuelven contra el gobernante, pero se pueden amortiguar
desviando la atención, ofreciendo dinero público al parado, desplazando la culpa hacia
otros agentes, amenazando con peligros mayores si hay un intento de cambio. Franco
capoteó todas las tempestades de la política exterior soplando en el ascua de las
estructuras simbólicas: destino histórico, España católica, temple heroico, lucha contra
el comunismo. Los símbolos tienen raíces tan hondas como la religión, es más, yo diría
que son en su mayoría de tipo religioso. Un rayo mata a un miembro de una familia
creyente. Cabe la reacción de dejar de creer en Dios, pero también la explicación de que
ese hecho tiene una finalidad superior, aunque escondida, en la voluntad divina.
¿Por qué son tan resistentes las estructuras simbólicas? Porque asentamos en
ellas nuestra morada interior, lo mismo que el pájaro pone el nido en la rama del árbol,
y nos da pánico hundirnos si renunciamos a ellas. Desprenderse del simbolismo
fundamental es caer en el vacío. Muchos se consolaron durante el largo periodo del
franquismo con el estribillo: «cuando lleguen los nuestros».
España es particularmente persistente en sus estructuras simbólicas, por causa de
su pasado remoto y por la guerra civil en la tercera década del siglo XX, que ha dejado
dos imágenes y dos tradiciones diferentes de buenos y malos. 16 El peso de la simbología
fundamental dificulta la creación de un partido intermedio.
¿Puede hablarse de ciudadanos libres donde abunda tanto el peso de la adhesión
a una estructura simbólica? Respondo con dos consideraciones: la mentalidad es como
la vivienda, la mayoría viven en propiedad horizontal, son pocos los que construyen su
propia casa. De igual manera, pocas elaboran su propia manera de posicionamiento en
el mundo. Es difícil ser adulto, llegar a la mayoría de edad. Y, por otra parte, hay en el
hombre una tendencia muy fuerte a la formación de tradición como punto de referencia.
La memoria es la compañera más fiel del hombre, y la memoria se acuña con lo que nos
cuentan y con lo que nos contamos a nosotros mismos.

16
El 25 de junio de 2011, a corta distancia de las elecciones municipales y autonómicas en España,
Fernando ÓNEGA escribía en La Vanguardia (p. 15) el artículo titulado: “La España de la mantilla”. El
autor muestra el retorno de los símbolos que parecían relegados al olvido. Escribe, por ejemplo: «Y
Cospedal salió a la calle el día del Corpus, y ahí comenzó el cambio: la Academia de Infantería volvió a
tocar el himno nacional, y la presidenta se puso la mantilla. La española.».
Las estructuras metafísico-simbólicas no desaparecen súbitamente, sino que
tienden a sobrevivir cuando son rechazadas. Por ejemplo, la imagen de Dios que hace
salir el sol sobre buenos y malos, y que rige la historia, se transforma en el Estado
benefactor, que nos asiste en los problemas de nuestra vida, y que conduce al
«progreso» en la historia. ¿Hay tanta diferencia entre providencia y progreso? La ciudad
de Dios, la relación entre Caín y Abel, entre bien y mal, se convierten en una pugna
entre sistema y antisistema, entra altruistas y egoístas. Cuanto más retrocede la Iglesia,
tanto más fuerza coge el partido; desaparece la mirada divina, pero es sustituida por la
mirada de la televisión y de cámaras ocultas, por teléfonos pinchados; la oración es
sustituida por el móvil, que nos ayuda a superar la soledad y nos ofrece la constante
posibilidad de contacto; hasta el juicio universal se convierte en genoma universal. La
igualdad es proclamada con el mismo fervor que la antigua hermandad cristiana y se
convierte en principio de Estado. Newton decía: todos los cuerpos en el vacío caen con
la misma velocidad; yo digo: todos los cuerpos caen el vacío con el mismo horror. El
símbolo es un paracaídas que suaviza el desmoronamiento.
Desde la ilustración hasta el siglo XX el ideario religioso es suplantado por el de
la libertad y la independencia. E incluso puede decirse que la libertad es entendida como
independencia. Se hace problemática la relación con el otro. Pero, de momento, se
produce una congregación del pueblo en la lucha contra la tiranía. Todos están unidos
en un «quiero ser libre». Se generan dos tipos de comunidad: la antigua, con base en la
religión, y la revolucionaria (comités, asambleas, huelgas, con ideas como solidaridad y
camaradería). El siglo XIX es el escenario de las revoluciones y las guerras de
independencia. Están guiadas por el ideal democrático, que inicialmente es una fe en el
pueblo como una unidad o sustancia metafísica. Luego, cuando lo común ha de emanar
del consenso, pierde interés, se desacraliza y conduce al desencanto. Actualmente está
al rojo vivo la discusión sobre los contenidos de la moral pública. El problema no es ni
más ni menos que la cuestión: ¿es capaz el Estado laico de llenar por sí mismo el
espacio público con el indispensable contenido moral, con un mínimo de cohesión entre
los ciudadanos que no tenga como base única la coacción de la ley penal y de la fuerza
pública? ¿Qué político sería capaz de confeccionar un programa electoral renunciando a
todos los presupuestos simbólicos?
Hoy vivimos en medio de un sincretismo simbólico. Restos de la tradición, de
derechas (fiestas religiosas) e izquierdas (fiesta del trabajo, etc.), se combinan con el
culto a los poderes de la época: ciencia, igualdad, progreso, sanidad, estética,
modernidad, juventud, deportistas, cineastas, velocidad, cantantes, famosos en general.
Estos elementos de la nueva mitología son proclamados a diario en la prensa y trazan el
tejido común de nuestras mentes. Políticos y periodistas está versados en los símbolos
vigentes, tal como se pone de manifiesto en la difusión de la expresión «imagen» o
«tener imagen». En nuestro Olimpo conviven símbolos de todas las épocas. Pero está
desaparecida la figura de Júpiter, el padre de los dioses, el vínculo de sangre de lo
divino, el himno patrio que percute en todos los corazones con sus acordes musicales.
La «tierra», figura primigenia de la mitología antigua, comienza a resurgir como una
fuerza que podría convertirse en símbolo para toda la humanidad.

3. REFLEXIÓN FINAL: ¿DÓNDE QUEDA LO RACIONAL?

Hay un tipo de opinión que es una simple exaltación. Pero en medio de la


efervescencia de los estados de ánimo surgen focalizaciones, puntos a los que aplicamos
el estado de ánimo: paro, impuestos, aborto, matrimonio homosexual…Sin duda se
forman razonamientos en torno al sí y al no. Pero la mayor parte de la dinámica consiste
en los afectos que se desarrollan en torno a tales puntos.
La radicación básica de la opinión está anclada en la adhesión al sistema de
consumo, imagen y aparición. 17 Fuera del sistema no hay más que campo santo», donde
descansan en el banco del aburrimiento los que no encajan en la fiesta, los malvestidos.
«Arde movistar» porque cualquier afecto es transmitido al instante, sin tiempo de
reposo. Como espejos reflectores, enviamos el estado de ánimo en cuanto llega. En
conjunto la sociedad está inmersa en el placer de la imagen. A través de ella llega a todo
el mundo la explosión del entusiasmo que se produce en todo el mundo. El político que
quiera abrirse paso ha de tener una imagen agradable.
Si, por encima de la fluctuación de los sentimientos, preguntamos si hay temas
racionales de la opinión, nos encontraremos con una gran fugacidad de lo racional.
¿Hay algo que pueda sostenerse por la simple fuerza de la razón, o de la argumentación?
¿Es posible un nuevo proyecto de ilustración, que pueda poner la razón a cobijo de los

17
Byung-Chu HAN habla de un «colapso del yo que se funde por un sobrecalentamiento que tiene su
origen en la sobreabundancia de lo idéntico.» La sociedad del cansancio, Herder, Barcelona 2012, p. 23.
Y en Transparenzgesellschaft, Matthes&Seitz Berlín, p. 5, escribe: «Las cosas se hacen
transparenmtes…cuando son alisadas, allanadas, cuando se insertan sin resistencia al torrente liso del
capital, de la comunicación e información».
afectos? Quizá podrían enumerarse algunos temas que han de mantenerse inmunes
frente a los afectos, por ejemplo, la economía. El avión, el tren de alta velocidad, la
velocidad de la luz, la renta per cápita, etc., obedecen, me diréis, a un sistema racional,
y nada tienen que ver con afectos o símbolos. Cumplen su función y nada más.
Sin duda hay muchos temas sociales que pueden analizarse y discutirse con rigor
técnico. Pero incluso lo más racional está expuesto a las emociones: me entusiasma el
proyecto, seremos la avanzadilla de la técnica…No obstante, hay una serie de funciones
sociales que se cumplen o no se cumplen. Y en el éxito o el fracaso está presente o
ausente un componente racional. Por otra parte, sigue siendo una tarea fundamental de
la opinión pública desenmascarar la política en su exceso emocional y en su déficit
racional. No obstante, lo racional encoge el ánimo y produce placer en pocos; en
cambio, lo emocional se expande y produce intensa satisfacción. 18
El reino de la opinión fluctúa entre lo corporal (animal) y lo intelectual. ¿Por qué
el ser humano ha desarrollado la racionalidad? El hombre es precisamente ese
movimiento de ascensión de lo somático a lo racional y de reabsorción de la razón en el
reino de lo irracional. 19Esclarecer esa lucha es una tarea decisiva de la investigación de
la opinión pública.

OBRAS CITADAS

ALEJANDRE, L., en La Razón, 14 de abril de 2011.

BAUER, W., La opinión pública y sus bases históricas, Ediciones de la Universidad de


Cantabria 2009, (trad. cast. de R. Gabás).

Diario de Madrid, 2 y 3 de diciembre de 1805.

EL País, 22. 06. 2013.

El Mundo, 18. 06. 2013.

FREUD, S., Psicología de las masas, Madrid, Alianza 2010.

18
Franz von HOLZENDORF escribe: «Todas aquellas cuestiones que exigen para su solución una
habilidad técnica, una medida especial de conocimiento y la ejercitación de los expertos, no pueden ser
juzgadas por la opinión del pueblo», en Esencia y valor de la opinión pública, acOPos, Santander 2012,
pp. 92-93.
19
LE BONN resalta cómo los individuos racionales se despojan de la racionalidad cuando se sumergen
en el fenómeno de la masa. Véase Psicología de las masas, Madrid, Morata 1995;
http/[Link]
GABÁS, R., en Schelling, “Estudio introductorio”, Madrid, Gredos, 2012.

- J. Habermas: Dominio técnico y comunidad lingüística, Barcelona, Ariel, 1980.

HABERMAS, J., Historia y crítica de la opinión pública, Barcelona, Gustavo Gili,


1982, (trad. cast. de A. Doménech).

HAN, B. Ch., La sociedad del cansancio, Barcelona 2012, ((trad. cast. de Aratzazu,
Sartxaga).

- Transparenzgesellschaft, Matthes&Seitz, Berlín 2012.

HOLZENDORF, F. von, Esencia y valor de la opinión pública, Santander, acOPos,


2012, (trad. cast. de R. Gabás).

KANT, I., Metafísica de las costumbres, Madrid, Tecnos 1989, (trad. de A. Cortina y J.
Conill).

LE BONN, G., La psicología de las masas, Madrid, Morata 1995.

ÓNEGA, F., «La España de la mantilla», en La Vanguardia 25. 06. 2011.

PLATON, «El Banquete», en Obras completas, Madrid, Aguilar, 1977, (trad. cast.
María Araujo y otros).

ROUSSEAU, J. J., Contrato Social o principio del derecho político, Madrid, Tecnos
1995, (trad. de J. M. Villaverde).

TÖNNIES, F., Kritik der Öffentlichen Meinung, VDM Verlag Dr. Müller, 2006.

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