LA BESTIA
Ahora lo entiendes, ¿no es así? Estas aquí, frente a lo que tu mente nunca tuvo el
poder de imaginar, ni la posibilidad de creer que fuera siquiera real. Fue así, ¿cierto?
Pensaste que todo eran solo cuentos de hoguera, terrores inventados por los ancianos para
que los niños obedecieran a sus padres. Pero al final resulto ser real. Crees en ello ahora
que lo vez, ahora que sientes todo aquel terror —antes imaginario— en cada uno de tus
huesos y nervios. Tus pesadillas de la infancia volviéndose real.
Comprendes aquel dicho rápidamente, ante la muerte puedes ver tu vida pasar frente
a tus ojos, para que puedas saber y reconocer tus pecados antes de poder entrar al más allá.
Es lo que sucede, ¿no? Toda tu vida llena tu mente de golpe, haciéndose un pequeño sitio
junto al miedo y la razón de que morirás.
Rememoras.
A todos se les hizo conocer su historia, todos fueron advertidos desde que
comprendieron el significado de las palabras y pudieron entender que dentro de la cerca
todo era seguro. El bosque era un lugar siniestro, lleno de peligros y monstruos que solo
podían ver en sus pesadillas, imaginar en lugares oscuros —como el armario o ese rincón
de la casa que la luz de las farolas no logra alumbrar —, bestias de las que podrías escapar
despertando o avivando el fuego de la chimenea. Más en la vida real todo era diferente,
todo sería diferente si llegases a poner siquiera un pie cerca de aquel lugar. Nunca podrías
huir.
Él te vería incluso antes de que consideraras desobedecer a tus mayores, despertaría
la curiosidad en tu mente haciendo que desees adentrarte bajo las copas de aquellos árboles
milenarios, atrayéndote y maravillándote con la perversa magia de un bosque encantado.
Luego, sin que te dieras cuenta, estarías lo suficientemente dentro como para ver el corazón
del bosque: un pequeño claro con un manantial. Es entonces que despertarías de la ilusión,
cuando volver sobre tus pasos fuera imposible y no tuvieras otra alternativa más que
continuar, con la esperanza de poder subirte sobre aquella gran roca oscura que sobresale
en medio del claro y tratar de encontrar el camino a casa, prometiendo jamás volver a entrar
en ese lugar.
Pero sería demasiado tarde. Ahora eras la presa, y él, él es la gran bestia que te da
caza.
Primero verías los ojos, brillantes zafiros pulidos bajo las llamas del abismo,
encendiéndose entre las sombras de aquel lugar, haciéndote sentir calosfríos como si todo a
tu alrededor estuviera helando. Luego verías el brillo de los filosos colmillos,
resplandecientes como el marfil más fino y duros como el más antiguo diamante. Sentirías
el terror apoderarse de todo tu cuerpo cuando la bestia se dejará ver, grande y fuerte como
una roca, dando un salto para atraparte entre sus fauces y devorarte, antes de que tu
garganta pudiese dejar escapar ese grito que habías resguardado desde que lo viste. Tu
carne siendo desgarrada, cada hueso tuyo triturado y tu sangre salpicando su rostro,
escurriendo entre sus colmillos. Y solamente, cuando él se sienta satisfecho, cuando tus
huesos estén limpios y tu sangre sean pálidas manchas escarlatas que tinten las hojas caídas
de los árboles, solamente entonces te convertirás en polvo y formaras parte del bosque, del
lugar al que nunca debiste entrar y del que ahora nunca podrás salir.
Todo mundo conocía la historia, a todos se les hizo saber la leyenda de la fría bestia
del Bosque de Busan. El amo y señor de aquel bosque encantado. Podías ir al mar, al
acantilado y a las pequeñas dunas de arena dorada, pero nunca al bosque. Eso estaba
prohibido.
Hijo de una antigua bruja que se enamoró y lo engendró con un lobo salvaje, la
bestia había nacido en la plenitud de una luna roja, siendo el presagio de desgracias y
muerte para todo aquel que se interpusiera en su camino. Cuando tuvo la edad para liderar
la manada de su padre, no dudo en enfrentarlo, asesinando a su creador y a sus hermanos
por el poder, asumiendo el mandato y haciendo de todo el bosque mágico su dominio. Era
fuerte, ágil, despiadado y feroz. Era la leyenda que cuentan los ancianos alrededor de una
fogata para asustar a los adultos y darles pesadillas a los jóvenes. Era todo aquello que
nunca querrías encontrarte y de lo que siempre querrías huir.
Pero entonces, tu juventud e ignorancia te hicieron pensar que podías ignorar todas
esas advertencias y amenazas sobre lo que podría pasar si no hicieras caso de ellas, estaba
ese deseo de querer verlo con tus propios ojos y averiguar si era verdad, si la bestia
realmente era tan atemorizante. Averiguar si aquella enorme cicatriz que atravesaba de
arriba abajo el rostro envejecido del consejero del pueblo fue hecha por una enorme garra, o
solo fue un accidente común de un campesino con su arado.
No fue hasta que lo experimentaste en carne propia — la primera vez—, que una
parte de ti comenzó a creer en todo lo que escuchaste, tu experiencia convirtiéndose en otra
leyenda que contar en las noches de luna llena. Fue el turno de que asustaras a los
pequeños, de servir de ejemplo a tus compañeros y de ganarte la mirada de lastima de aquel
anciano. Los escuchaste: hablar del horror ayuda a que el terror se desvanezca. Pero no es
así, ¿cierto? Los gritos y las suplicas por ayuda jamás serían borradas de tu mente, no hasta
que murieras. E incluso dudas sobre si podrán seguirte al más allá. Un castigo eterno.
—No fue tu culpa, hyung. No lo obligaste a entrar a ese bosque.
Entre la penumbra de tu habitación la voz de tu pequeño hermano se mezcló con tus
lamentos y pesadillas. Sus palabras eran dulces mentiras de consolación, porque ambos
sabían que la verdad era lo contrario.
¿Lo recuerdas? ¿Puedes recordar todo lo sucedido ese día?
Empezó del mismo modo que todos tus días anteriores, llevando a las ovejas a
pastar en dirección contraria a ese bosque, rumbo a un acantilado junto al mar. Después de
que comieran el desayuno y la comida regresaron, y le convenciste de ir por un camino
donde sabias que le daba miedo entrar. ¿Qué querías probar? ¿su valentía? ¿Qué eras mejor
que él y que, por lo tanto, merecías las atenciones que aquella chica de ojos risueños le
daba? Eras tan iluso y con un corazón tan dolido. Después de cruzar aquel vado y ver de
lejos el pueblo le guiaste cerca del bosque, más de lo que ninguno de los tres estuvo jamás.
Pero tu hermano es un niño, y los niños se dejan guiar por donde les digas, un alma
inocente. Igual que él. De todos, tú eras el único que sabía lo que podría pasar. ¿Cómo
inició? ¿El que tomaras su zapatilla fue improvisado o era algo planeado? El que tropezara
te ayudo, pero tampoco querías hacerle daño. Se raspo la rodilla, pero aun así no desististe,
lanzaste la zapatilla más allá de esa cerca de arbustos de hojas rojizas, hacia la zona
prohibida. Le habías dicho que entrara y él se negó.
No fue hasta que lanzaste también su bolso y que le llamaste cobarde que se adentró
en la espesura. No fue hasta que tus risas cesaron de verlo brincotear en un solo pie, y
tropezar en ocasiones, que comprendiste que estaba tardando en volver. Y cuando gritaste
su nombre una, dos, tres veces y él no respondió, el miedo te invadió.
Su gritó pidiendo ayuda te hizo estremecer, te dieron ganas de correr en sentido
contrario y esconderte bajo tu cama, estabas listo para hacerlo tan pronto te giraste, más al
ver el rostro asustado de tu hermano —dándote cuenta de que debía ser como un reflejo del
tuyo— le pediste que fuera por ayuda y que todo iba a estar bien. Vanas esperanzas, falsos
milagros. No había salvación. Al menos no para él chico que estaba dentro de aquel bosque.
Encontrar su capa destrozada junto al zapato que le habías quitado te hizo querer
huir como un cobarde. Gritaste su nombre una vez más al mirar el bolso destrozado. ¿Qué
habías hecho? Cuando las lágrimas inundaron tu rostro para finalmente apartar la mirada de
los desechos en tus manos, lo hiciste, lo viste por primera vez. Un par de zafiros obtenidos
de minas árticas permanecían a lo lejos, confundiéndose fácilmente con el color exótico de
las flores de aquel bosque, pero resaltando por el terror que te provocó el mirarlos.
Corriste lejos, lograste salir de aquel lugar. Te refugiaste entre la multitud que se
aglomeraba cerca de aquel lindero de setos rojos. Enfurecida e impotente. Muchos llorarían
la pérdida de tu mejor amigo, pero nadie se atrevería a entrar a vengarlo. Nadie se atrevería
a entrar y recuperar siquiera aquellos objetos que dejaste tirados.
No los adultos al menos.
La gente joven muchas veces se cree audaz, valiente, dándose continuamente aires
de grandeza solo para encontrar —en ocasiones—, el fracaso frente a su camino. Pero
también son las mentes más despiertas. La juventud si es audaz y la ignorancia suele
confundirse muchas veces con la valentía, al igual que la inteligencia con la locura. Los
jóvenes suelen parecerse a las palomas que huyen felices de las manos humanas que las
mantuvieron cautivas, creyendo ser liberadas para volar en paz sin ser conscientes de que
fueron criadas para ser el alimento de un halcón cazador.
Miraste a tu hermano una última vez, encontrándote con toda la inocencia,
desesperanza, miedo e inquietud que un niño de diez años puede tener. Sonreíste al verlo,
era lo único que te quedaba, la última sonrisa que te ofrecerían en la vida.
—Volveremos antes del amanecer, cúbreme para que mamá no se entere.
Luchando contra el temblor en tus piernas, te aventuraste nuevamente hacia la
espesura del bosque, llevando una lanza afilada como arma y una tablilla de metal como
escudo. No eras el único. Otros tres iban contigo, amigos de infancia, conocidos. Todos en
una misión de venganza. Irían a vengar al faltante de sus travesuras que perdieron seis
meses atrás. Al que les fue arrebatado. Al que empujaste a su desgracia, algo que los te
siguen no saben.
La noche era oscura, en el cielo no se apreciaba el esplendor de la luna ni el tenue
parpadeo de las estrellas. Las nubes cubrían todo, haciendo la noche aún más tenebrosa de
lo que imaginabas horas atrás. Iban todos en silencio, mirando de un lugar a otro buscando
esos fuegos azules que describiste, conscientes de que en cualquier momento podrían
aparecer para darles caza.
Fue entonces, cuando las nubes comenzaron a ser arrastradas por la brisa nocturna y
la luz de luna se filtró por completo, que lo vieron: ese claro del que hablaban todas las
leyendas. Exhibiéndose orgulloso y altanero frente a ustedes, tentándolos a adentrarse en él,
cual rosa de invierno abriendo sus pétalos y mostrando su polen para atraer a la hambrienta
abeja. Un pequeño pedazo de paraíso: flores rodeando los bordes de aquel pastizal
desprovisto de árboles, un pequeño manantial brotando del interior de una enorme piedra
negra teniendo entre sus aguas brillantes piedras preciosas y peces dorados.
¿Era una ilusión? ¿Era todo parte de la magia oculta del bosque? ¿Un cebo para los
corazones codiciosos?
Tal vez si lo era, la ilusión, y todo lo demás, pero era precioso, … y peligroso.
¡Alto! Habías escuchado hablar de esto. Eran parte de la advertencia, la calma que anuncia
la tormenta, ¿Lo olvidaste? ¿No lo recuerdas? Aquí es donde la ilusión se rompe. Tus
amigos, sin embargo, parecieron probarte que todo es real. Hurgando entre el agua tratan de
atrapar todos esos peces, coger las piedras más grandes y brillantes para meterlas entre sus
ropas, escudos siendo usados como bandejas, lanzas desechadas a un lado pues estorban.
Te acercaste a ellos, sonriendo, olvidando la razón por la que llegaste hasta aquí.
Miraste alrededor, observando la belleza de todo este lugar, hasta que la centraste en un
solo lugar: la figura humana recostada sobre la piedra oscura de la brota el manantial.
Conocías ese cuerpo, sus formas y la manera en que se retorcía cuando estaba
dormido. Era como un hermano para ti, como no distinguirlo incluso cuando se encontraba
acurrucado contra una parte sobresaliente de esa piedra, como si quisiera fundirse con ella.
Su figura masculina desnuda, mostrando su tersa y suave piel brillante a la luz de la luna.
Todo esplendido y etéreo. A excepción de esa parte privada y masculina que se encuentra
cubierta por un manto de tela.
Su nombre escapó de tus labios antes de que te dieras cuenta.
—¡JiMin!
Se removió, habías logrado perturbar su sueño. O su pesadilla.
Gritas nuevamente.
—¡JiMin! —Una vez más. —¡JiMinnie despierta!
Y finalmente se dio la vuelta, frunciendo el ceño antes de abrir los ojos por
completo. Solo que eran diferentes. No había luz infantil, ni tampoco brillo humano en
ellos, nada que se asemejara a ese luceros inocentes que te miraron implorando no recorrer
aquel sendero. Los iris que antes tenían un color oscuro, ahora eran de un color azul, tan
parecido al azul del mar ártico que miraste en aquella pintura. Su rostro lucía sereno e
imperturbable, como el de una estatua hecha del más fino mármol y tallada con por las
manos del escultor más talentoso que existiera jamás.
Entonces sonrió.
A sus espaldas, la piedra contra la que estaba acurrucado se removió. Cobró vida,
también le aparecieron orejas y el infierno azul que habías observado meses atrás volvió a
encenderse.
“Grande y fuerte como una roca” recuerdas entonces. Con esa frase llega toda la
advertencia que desde niño se te dio, lo suficientemente certera… y también lo
suficientemente tarde.
♦⚜♦
El dolor en tus huesos es insoportable, al igual que las punzadas en tu cabeza, las
cuales parecen no detenerse. Apenas puedes moverte, apenas y tienes vida, haces acopio de
todas tus fuerzas para sentarte bien bajo aquel árbol lindante del claro y recostarte contra su
tronco. Desde ahí puedes ver todo; el agua teñida levemente de color carmín, los charcos de
sangre rodeando el estanque y los cuerpos desmembrados de tus acompañantes apilados en
alguna parte, también hay partes de animales por todo el césped, partes que la bestia
arrastró desde alguna parte cerca del claro. Es una masacre — de humanos y animales
salvajes—, y sobre la masacre se alza un rey.
La bestia se mueve de aquí para allá, apilando con su hocico pequeñas partes de
cuerpos, haciendo pilas ordenadas y dispuestas alrededor del manantial. Cuando termina su
atención se centra en ti, los temblores de tu cuerpo vuelven.
No has visto la figura espectral de JiMin desde que la cacería comenzó, apenas y
pudiste abrir la boca para avisar sobre la presencia de la bestia cuando ella ya estaba sobre
tus amigos. Intentaste correr, retornar sobre tus pasos y huir, pero antes debías ir por JiMin,
sacarlo de ahí. Tus manos estuvieron cerca de tomarlo de aquella roca, bastó un pequeño
roce de las puntas de tus dedos con la piel de su muñeca para sentirlo real, para sentir que
podías huir en paz. El gruñido a tu espalda te hizo saber que no era así. Lo siguiente que
pasó fue un borrón en tu memoria; golpes, mordidas, arañazos y sacudones, la muerte
dándote tortura.
Y llegas hasta aquí, la bestia frente a ti y tu mirada sobre aquella roca, donde —
como parte de una ilusión— el cuerpo de JiMin vuelve a aparecer, solo que esta vez no es
únicamente él quien se alza sobre aquella roca. Una pequeña camada de cachorros de lobo
aparece junto a él, tan torpes como pequeños son se mueven tambaleantes, brincando desde
la roca hasta el lomo de aquella bestia gigante y resbalando hasta el suelo, yendo uno por
uno en dirección a aquellos montículos de carne previamente acomodados.
No sabes porque, pero aquello te parece adorable y aterrador a partes iguales.
Hay más bestias, pequeñas bestias que pronto crecerán y se volverán salvajes igual
que su creador. La preocupación sobre lo que podría suceder a la gente del pueblo te
embarga, pero sabes que no vivirás lo suficiente para ir y avisarles, ellos no tienen
salvación, morirán. Igual que tú.
—No lo harán.
La voz que llega a tus oídos es inconfundible, y aun así temes que sea parte de tus
alucinaciones y no de la figura humana que permanece recostada sobre aquella roca.
—Nadie del pueblo morirá, no si se quedan dónde deben.
—¿Ellos son… tuyos? —preguntas con el poco aliento que te queda.
JiMin sonríe, asintiendo, y por primera vez puedes un poco de aquel joven humano
que fue tu amigo de infancia y adolescencia.
—No creí que fuera posible… ¿eres un brujo?
La mirada de JiMin se vuelve hastiada, tornándose molesta ligeramente antes de
responder con un tono similar: —Los humanos siempre tienden a designar como magia o
hechicería a lo que escapa de su entender, como si no toleraran ser ignorantes en algún
tema en específico, a pesar de que lo son en varios.
La bestia no te ha quitado la mirada, pero cuando uno de los cachorros —que se han
mantenido comiendo hasta ahora— parece atragantarse, su atención se centra en ellos,
guiando al pequeño hasta el manantial.
—¿Cómo es esto posible? —preguntas, a nadie y a alguien en particular.
—No lo sé. —JiMin baja de la piedra de un salto, una tela verde sirviéndole de
túnica para tapar su desnudes. Lo ves caminar hacia ti, esquivando con cuidado las
pequeñas bestias que se enredan en sus pies y lo hacen sonreír, hasta que el gran lobo los
llama a gruñidos y se alejan de él para acudir al llamado de la bestia. Cuando su figura llega
a tu lado, compruebas que es real y no un producto de tu imaginación. —Te ves mal, —
comenta, sentándose en cuclillas frente a ti. —Desearía poder decirte que puedes
marcharte, pero lamento decir que no será así.
Su sonrisa parece sincera, le crees. Es tan sencillo es reconocer que ahora tiene
motivos para quedarse aquí, en el bosque, los cuales posiblemente nunca hubiesen existido
en la aldea. Un niño huérfano criado de caridad de los pobladores rara vez desarrolla el
afecto a algo, más aún si todo aquello que lo rodea es ajeno. Nunca entendiste como fue
que ese niño no tenia familia, ni tampoco el por qué de que en algunos inviernos se quedará
en tu casa, vistiendo tus abrigos viejos y durmiendo aun lado de tu cama. JiMin siempre fue
parte del pueblo, pero también era alguien ajeno a todos ellos.
—¿Qué eres?
Sonriendo, él te muestra una marca en su cuello: —El compañero de un alfa.
La mordida es irregular, pero no por ello mal formada en su piel. Se ajusta en tonos
rosados como los bordes de una concha abierta, profunda en algunos sitios más que en
otros. Se mira dolorosa, por lo que no puedes entender porque tanta felicidad.
—No espero que lo entiendas, ni yo mismo puedo terminar de entender todo lo que
esta pasando. —Suspira con pesadez. —Aquel día, cuando aventaste mis cosas al bosque,
comprendí que lo que había pasado era algo que ocurriría tarde o temprano, los arboles lo
susurraron antes de que decidieras hacerlo. Mucho antes, incluso, escuchaba el murmullo
del bosque en las noches, susurros llevados con el viento nocturno. Él esperaba por mí.
Solo que… siempre pensé que era para asesinarme, un sacrificio a la bestia, pero no era así.
— Su mirada se vuelve al gran lobo, quien ahora baña a las pequeñas bestias con su lengua.
Una sonrisa se extiende por el rostro de JiMin, sus ojos se vuelven a mirarte. —Nunca supe
acerca de mi pasado, ni sobre mis padres o mi antigua aldea, solo recuerdo el fuego de
algunas antorchas y gritos de hombres furiosos. Después de eso, nada. Sabia que no era
normal del todo, tenía una cierta conexión con la naturaleza que rara vez miraba en ustedes.
No me gustó cuando leñaron ese árbol de cedro solo porque el alcalde quería una nueva
cama, ni cuando cazaron a esos osos para el abrigo de gente que no lo necesitaba y las
cabezas fueron más un trofeo que otra cosa. Así que me mantuve al margen porque todos
me mirarían raro, me tratarían aun más distante de lo que me trataban ya…
—Nadie te trataba mal…
—Lo hacían, lo sabes. —Y es cierto, lo sabes, por lo que optas por mantenerte en
silencio. —Aunque fueron pocos, como tú, y lo agradezco. Pero nunca me sentí parte de
ustedes en realidad. Y desde aquel accidente, cuando los chicos intentaron meternos a
fuerza en el bosque, las voces de los arboles me dijeron que debía permanecer aquí. Para
encontrarme con él. Solo que aun no estaba seguro de como hacerlo, por ello evitaba el
sendero donde sentía mayor presencia de los susurros, hasta que me trajiste aquí y no pude
huir por más tiempo. Nací para estar con él, para ser su compañero y proteger este bosque
de ustedes. Es por ello que no pude permitir que murieras como los demás, y tampoco
puedo permitir que huyas hacia los otros. Necesito cuidarlos, proteger este bosque y a ellos
—señala a los lobeznos —, son todo lo que tengo. Y no los pondré en peligro por nada, ni
siquiera por agradecimiento a ti.
Aunque duele oírlo, lo entiendes. Es lo mismo que harías si tuvieras a alguien
dependiendo de ti. Lo cuidarías con tu vida y no permitirías que nadie se atreviera a hacerle
daño. Y también esta la otra razón, si vuelves al pueblo, serás el nuevo extraño. Nadie
puede huir de la bestia dos veces. Así que asientes, con lágrimas en tus ojos, sintiendo la
vida escaparse lentamente de tu cuerpo.
—Lamento que esto haya acabado aquí. Pero por experiencia propia lo sé, aquí no
mueres, solo pasas a formar parte del bosque.
Miras esos ojos azules antes de exhalar por última vez, llevándote en tu memoria
mortal la imagen de esa mano amiga sosteniendo la tuya y una imagen humana más robusta
detrás de él. Sosteniendo las tres pequeñas bestias en sus brazos.
♦⚜♦
Despiertas sobre un manto de hojas secas que se siente extrañamente cómodo, todo
es nuevo para ti, no sabes donde estas. A tu lado se encuentra sentado una tierna figura de
un chico de cabello castaño y ojos azules, extremadamente azules. Su sonrisa y la expresión
de tu rostro te hace sentir cálido, te levantas un poco para sentarte enfrente de él. Detrás de
él sale un pequeño cachorro de lobo, seguido de dos pequeños más. Se acercan a ti y se
sienten tan cálidos en tus brazos que tu corazón parece explotar de ternura.
“¿Quién es él, appa Min?”
No sabes de donde ha salido la voz, pero tu nueva mente no tarda en procesar que es
de uno de los pequeños que están en tus brazos, y la voz es tan adorable.
—Es nuestro nuevo amigo. Dile a papá Gi que venga, se los voy a presentar.
Uno de ellos sale corriendo de tus brazos, hacia un manantial precioso que se ubica
a tus espaldas. ¿Cómo llegaste a este lugar precioso? No lo sabes, pero estas feliz de estar
aquí. No pasa mucho tiempo para que el cachorro regrese, pero esta vez entre los brazos de
alguien más. Un hombre alto, de cabello oscuro y ojos de un profundo, y encendido, tono
azul. Sonríe hacia tu primer acompañante, con una devoción que es posible sentir en el aire.
El muchacho cabello castaño te mira, y quita de tus brazos a los lobeznos restantes
para acogerlos en su regazo.
—El es MinGyung —te dice levantando al lobezno de un color oscuro, pero con
unos ojos de color aguamarina. —Este es Jiho, —levanta al siguiente que tiene ojos del
color del carbón. —Este de acá es Yong. —Señala al lobezno que tiene entre sus manos el
hombre de cabello negro, un pequeño cachorro de pelaje chocolate y de ojos azules. —Y,
—sonríe. —El es YoonGi, el señor del bosque.
El hombre asiente, respondes con una inclinación. Después de un rato de silencio —
en el que los cachorros juegan y el hombre, YoonGi, les riñe en ocasiones—, hablas para
preguntar lo que se ha mantenido en tu mente desde que despertaste.
—¿Quién eres tú?
El chico castaño sonríe mirándote, y se levanta al tiempo que te extiende una mano
para levantarte también. La coges y sigues su camino, hacia el manantial del claro.
—Mi nombre es JiMin, soy el segundo señor del bosque y tú, tu eres TaeHyung, un
guardián este bosque. Eres parte de él.
Tu reflejo en el agua es nulo, pero no tardas en comprender. Eres el viento que sopla
entre los árboles, llevando sus voces y susurros, eres la tierra fértil que permite crecer los
arbustos y las flores. Eres el agua que mana del manantial para regar la tierra a su paso.
Eres las rocas, los insectos, los animales y cada parte de todo el encanto. Eres TaeHyung,
eres el hogar del señor del bosque y la familia que formó con el pequeño humano que se
enamoro de él. Tu deber es protegerlos de la bestia, aquella que vive fuera del bosque y que
busca exterminar todo para beneficio propio, sin medir las consecuencias con la naturaleza,
esa bestia que todos conocen como humanidad.
♦⚜♦
«Para la criatura que vive en el armario, es el niño sobre la cama la verdadera bestia.
Por ello permanece oculto, para que él no pueda verlo.
Es cuando el niño lo descubre y da su grito de guerra, que despierta en la criatura el
instinto de supervivencia, pues sabe que de otra forma el niño podría vencerlo.
Debe igualar y convertirse también en una bestia para poder vivir y así volver a las
sombras, a su refugio… a su hogar.»
—Maud.