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Cuento

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El tren de la Inmortal

Era una mujer impresionante, delgada, con una piel dorada y suave como el terciopelo, ojos
profundos como los de un felino y una melena oscura que caía en ondas perfectas hasta la
mitad de su espalda. Su presencia era tan singular que parecía haber surgido de otro tiempo
o de un sueño: vestía una gabardina de lana gris, una blusa de seda con detalles dorados,
pantalones oscuros y unos zapatos que brillaban al ritmo de su caminar. “Nunca he visto a
una mujer tan hermosa”, pensé cuando la vi entrar en el andén de la estación de tren de
Londres, rumbo a Edimburgo, mientras yo hacía fila para comprar el billete. Fue como una
visión fugaz que se desvaneció rápidamente en el murmullo del bullicio de la estación.

Era temprano en la mañana. El frío del invierno se sentía en el aire, con la nieve cubriendo
el suelo y los techos de los edificios cercanos. La gente se movía entre los trenes
retrasados, pero en la terminal todo parecía estar envuelto en una cálida primavera artificial
gracias a la música suave y las luces suaves que acompañaban la espera.

Yo estaba en la fila de la taquilla detrás de un hombre mayor que se negaba a pagar el


suplemento por su equipaje extra. Me aburría tanto que cuando la vi pasar, mi mente quedó
bloqueada por un instante. No supe cómo terminó la discusión hasta que la taquillera me
reclamó, sorprendida por mi distracción. "¿Cree en el amor a primera vista?", le pregunté,
buscando excusas. "Sí", me contestó con un suspiro, "lo imposible es lo otro". Con una
sonrisa cínica, me preguntó qué asiento prefería: ventana o pasillo.

—Ventana —respondí, casi sin pensar.

Ella no tardó en entregarme mi billete y me lanzó una mirada curiosa. "¿Sabía que el tren
está retrasado?", me dijo con aire desinteresado. "Hasta nuevo aviso", añadió con una
sonrisa que no pudo esconder su impaciencia por mi falta de reacción.

El retraso en el tren era inevitable. La niebla comenzaba a envolver el paisaje y todo el


tráfico en la ciudad se había detenido. La estación, sin embargo, mantenía su paz de
primavera artificial, como si no le importara el caos que se desataba afuera. Un refugio
perfecto para la mujer que había capturado mi mirada.
A lo largo de la espera, recorrí la estación tratando de encontrarla, buscando entre las
multitudes de viajeros, pero sólo encontré caras ajenas y voces que se alzaban con
desespero por los anuncios de nuevos retrasos. La mayoría de las personas parecían
ignorar la incertidumbre, absortas en sus rutinas, mientras que yo sólo podía pensar en ella,
en la mujer que parecía haber sido sacada de una historia antigua.

Después de algunas horas, la situación empeoró. La gente comenzó a acampar en las


bancas, en los rincones, incluso en las escaleras, mientras la estación se convertía en un
caos humano. El aire se volvió pesado, la multitud comenzó a quejarse, los niños lloraban
en coro, y el lugar se inundó con el olor a cuerpos agitados. En medio de todo, me di cuenta
de que no la había visto, que tal vez nunca la volvería a ver, y ese pensamiento me hizo
sentir más perdido que todos los demás.

Finalmente, el tren llegó con varias horas de retraso. Nos acomodamos a regañadientes en
nuestros vagones, y al pasar por el pasillo, sentí que mis ojos se detenían ante una figura
familiar. La mujer estaba allí, en su asiento junto a la ventana, completamente ajena a todo,
tomando posesión del espacio como si hubiera viajado en tren toda su vida. "Si esto fuera
una historia, nadie lo creería", pensé para mí, observando la escena con una mezcla de
asombro y fascinación.

Ella estaba en su mundo, sin prisa, organizando cuidadosamente sus pertenencias: un libro,
un pequeño neceser, un par de audífonos. Mientras lo hacía, la azafata pasó ofreciendo
agua. En lugar de una copa de vino, la mujer pidió un vaso de agua, y le pidió que no la
despertaran por nada del mundo. Su voz, suave pero firme, parecía pertenecer a un ser de
otro plano. Luego, con un gesto lento, sacó unas pastillas de su bolso, las tomó sin mirar a
su alrededor, y se recostó en el asiento, cubriéndose con una manta fina. En menos de un
minuto, cerró los ojos y se sumió en un sueño profundo, sin mover un solo músculo. Y en
ese sueño, me pareció que el tiempo no avanzaba.

A lo largo del viaje, mientras el tren se deslizaba a través del paisaje nevado, no pude dejar
de mirarla. Su rostro sereno, imperturbable, casi etéreo, me parecía una contradicción con
el caos del mundo exterior. Mientras la observaba, me sentí extraño, como si el resto del
mundo hubiera desaparecido. Pero lo que más me impresionaba era que ella no
despertaba, no se movía ni un centímetro. ¿Cómo podía dormir tan profundamente? ¿Qué
haría yo si tuviera esa misma paz?
El tren siguió su curso, y el sonido de la maquinaria se volvió monótono, pero mi mente no
dejaba de girar en torno a ella, a su sueño inquebrantable. La tentación de despertarla fue
grande, pero algo en mi interior me lo impedía. Era como si, en ese estado, ella fuera más
perfecta que en cualquier otro momento. "Tal vez nunca vuelva a verla", pensé, "pero este
momento, este sueño, es todo lo que necesito".

En la última parte del viaje, cuando ya se acercaba la estación de destino, sentí una
punzada de melancolía. La mujer despertó de golpe, como si hubiera percibido que
estábamos llegando. Se estiró ligeramente, se quitó la manta, y se ajustó rápidamente el
cabello. No me miró, ni me habló, ni me reconoció. En un parpadeo, se levantó, recogió sus
pertenencias con una rapidez precisa, y salió del vagón sin mirar atrás.

Me quedé allí, en mi asiento, aún bajo el hechizo de su presencia, observando cómo


desaparecía entre la multitud en la estación. "Nunca nadie creerá esto", pensé, sintiéndome
a la vez afortunado y vacío. Y al igual que el tren había seguido su camino, yo también lo
haría, con la sensación de que había vivido algo efímero, algo que se desvanecería al igual
que el viaje mismo.

Ximena Alvarado Fierro


1-E
Turno matutino
Cetis 71

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