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"Negros de mierda": jóvenes y justicia penal

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Cuadernos de antropología social

ISSN: 0327-3776
ISSN: 1850-275X
Universidad de Buenos Aires. Facultad de Filosofía y
Letras. Instituto de Ciencias Antropológicas. Sección de
Antropología Social

Nebra, Julieta
“Para ellos somos unos negros de mierda”. Los sujetos del sistema
penal juvenil desde un enfoque etnográfico e interseccional
Cuadernos de antropología social, núm. 56, 2022, Abril-Noviembre, pp. 251-266
Universidad de Buenos Aires. Facultad de Filosofía y Letras.
Instituto de Ciencias Antropológicas. Sección de Antropología Social

DOI: [Link]

Disponible en: [Link]

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Número completo Sistema de Información Científica Redalyc
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Página de la revista en [Link] Proyecto académico sin fines de lucro, desarrollado bajo la iniciativa de acceso
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ISSN 1850-275x (en línea) / ISSN 0327-3776 (impresa)
"Para ellos somos unos negros de mierda". Los sujetos del sistema penal... [251-266] Cuadernos de Antropología Social /56 noviembre-abril (2022) 251
doi: 10.34096/cas.i56.10935

“Para ellos somos unos negros de

Espacio Abierto -Artículo Original


mierda”
Los sujetos del sistema penal juvenil desde un
enfoque etnográfico e interseccional

" Julieta Nebra Recibido:


diciembre de 2021
Aceptado:
mayo de 2022
Instituto de Ciencias Antropológicas, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos doi: 10.34096/cas.i56.10935
Aires. Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina
e [Link]
Coreo electrónico: julinebra@[Link]

Resumen

En este artículo analizo, desde un enfoque interseccional, las formas en las que se
reconfigura al sujeto de la política penal juvenil de manera situada, a partir de la san- Palabras clave
ción de una medida alternativa al procesamiento y/o al encierro. A partir de un trabajo Sistema penal juvenil;
de campo etnográfico realizado entre 2018 y 2019 en un centro sociocomunitario de Interseccionalidad;
responsabilidad penal juvenil en un municipio del conurbano bonaerense, resignifico Decolonialidad; Juventud;
Experiencia
la imbricación entre los marcadores formales que configuran a la población sujeto de
esta política sociopenal –es decir, la edad e imputación de un delito– y los informales
en especial en cuanto al género, clase y racialización. Se observa entonces que las expe-
riencias situadas de jóvenes, en su mayoría varones, de sectores populares y señalados
peyorativamente como “negros” van configurando la construcción de los contornos
entre un “nosotros” y un “otros” que, a la vez, reconfigura toda la experiencia penal
juvenil territorial.

“For them we are negros de mierda”. Subjects of the juvenile penal


system from an ethnographic and intersectional approach

Abstract

In this article, I analyze, from an intersectional approach, the ways in which the subject
of juvenile penal policy is reconfigured in a situated way, based on the sanction of an Key words
alternative measure to being judged and/or to being imprisoned. From an ethnogra- Juvenile justice system;
phic fieldwork carried out between 2018 and 2019 in a centro sociocomunitario de Intersectionality; Decoloniality;
responsabilidad penal juvenil, in a town in Greater Buenos Aires, I was able to reframe Youth; Experience

Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución 4.0 Internacional.
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the overlap between the formal markers that configure the population subject to this
socio-criminal policy -age and imputation of a crime- and informal ones, especially
regarding gender, class and racialization. The situated experiences of the young people,
mostly men, poor and pejoratively labeled as “negros,” are configuring the construction
of the contours between “us” and “others” which, also, reconfigures the entire penal
territorial youth experience.

“Para eles nos somos negros de mierda”. Sujeitos do sistema pe-


nal juvenil, a partir de uma abordagem etnográfica e interseccional

Resumo

Neste artigo analisamos, a partir de uma abordagem interseccional, as formas como o


Palavras-chave sujeito da política criminal juvenil reconfigura se de forma situada, a partir da sanção de
Sistema penal juvenil;
uma medida alternativa ao processo e / ou reclusão. A partir de um trabalho de campo
Interseccionalidade; etnográfico realizado entre 2018 e 2019 em um centro sociocomunitario de responsabili-
Decolonialidade; Juventude; dad penal juvenil, de um município da periferia de Buenos Aires, pudemos ressignificar
Experiencia
a sobreposição entre os marcadores formais que compõem a população sujeita a este
as políticas sócio-criminais - isto é, a idade e a acusação de crime - e as informais,
especialmente em termos de gênero, classe e racialização. Observamos então que as
vivências de jovens, em sua maioria homens, de setores populares e pejorativamente
designados como “negros” vão configurando a construção dos contornos entre um “nós”
e um “outro” que, ao mesmo tempo, reconfigura toda experiência juvenil territorial.

Introducción

“Para ellos somos unos negros de mierda” dijo ofuscado Mario, el hermano mayor de
Adrián, un chico de 16 años imputado por un delito a quien habíamos ido a visitar a su
casa, junto con Víctor, el operador social de un centro sociocomunitario de responsa-
1. Para preservar el anonimato bilidad penal juvenil, (CESOC). En la provincia de Buenos Aires, a partir de la sanción
de las personas protagonistas de
esta investigación, optamos por de la ley que funda el Fuero de Responsabilidad Penal Juvenil (Ley 13.634), se crea el
modificar los nombres del depar- Sistema de Responsabilidad Penal Juvenil para la prevención y responsabilización penal
tamento judicial y del municipio
de Los Pecanes. De todas formas,
de jóvenes señalados de haber cometido un delito a los 16 o 17 años de edad. A partir
presentamos algunas referencias de este decreto, se crean y/o reorganizan los distintos dispositivos que abordan esta
que nos permiten situar esta
experiencia: Los Pecanes es uno de
temática (con privación de libertad, semilibertad, o territoriales) los cuales dependen
los 24 partidos del conurbano bo- del Organismo Provincial de Infancia y Adolescencia, bajo la órbita del Ministerio de
naerense, donde viven 10.894.664 Desarrollo Social de la Provincia de Buenos Aires. Los CESOC son los dispositivos
personas, esta cantidad representa
el 25% de la población del país y encargados de acompañar las medidas alternativas al encierro impuestas por el juzgado
el 64% de la población de la PBA. a jóvenes imputados por un delito. Hay un CESOC en cada departamento judicial de la
Linda con la CABA y otros munici-
pios de la provincia, se encuentra
PBA y cada CESOC departamental abarca varios municipios. Están conformados por
urbanizado casi en su totalidad y una persona encargada de la dirección y por trabajadores y trabajadoras denominados
se lo vincula fuertemente con la
producción industrial. Según los
“operadores/as”, que son asignados a los equipos territoriales de cada municipio.
indicadores del Índice de Progreso
Social, el Centro de Implementa- Este artículo se desprende de una investigación doctoral más amplia, en la cual indagué,
ción de Políticas Públicas para la
Equidad y el Crecimiento (2018) desde el CESOC del departamento judicial de La Araucaria, puntualmente en el muni-
sostiene que Los Pecanes se cipio de Los Pecanes,1 la trama de relaciones y articulaciones entre las políticas públi-
encuentra entre los municipios
con resultados medios-altos por
cas, los agentes institucionales, los jóvenes y la comunidad en un municipio del primer
sobre el promedio del conurbano. cordón urbano de la provincia de Buenos Aires en el periodo 2018-2020. He
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denominado a esta trama “experiencia penal juvenil territorial”, en tanto reconfigura-


ción situada de la política sociopenal desplegada a partir de la sanción judicial de una
“medida alternativa al encierro”. Puntualmente, en este artículo, analizo desde la pers-
pectiva de los/as actores (Balbi, 2014), las formas en las que se configura al sujeto de
la política penal juvenil en esta experiencia territorial desde un enfoque interseccional,
haciendo énfasis en los sentidos que cobra la imbricación entre género, clase y racia-
lización en este contexto.

El extenso trabajo de campo etnográfico,2 la relectura bibliográfica y las reflexiones 2. Cuando solicité autorizaicón
para realizar mi investigación a la
compartidas con personas nativas del campo penal que intervienen y/o investigan me directora del CESOC, le ofrecí reali-
permitió reconocer la existencia de marcadores formales e informales de la población zar alguna tarea con la que pudiera
sujeto de la política. Si bien la edad cronológica y la infracción a la ley penal son, a retribuir y ser útil para el equipo,
y ella me propuso sumarme
priori, las únicas condiciones y demarcaciones formales de la población del sistema como trabajadora social mientras
penal juvenil (SPJ), también observé la porosidad de estas fronteras y la relevancia que realizaba la investigación (en mi
tesis, desarrollo sus implicancias
cobran los marcadores informales, tales como el género, la clase y la racialización en y decisiones ético-políticas). Entre
este contexto. En este sentido, aunque el corpus jurídico (internacional, nacional y 2018 y 2019, concurrí entre dos y
tres veces por semana al dispositi-
local) que regula el SPJ se afirma como neutral en cuanto a género, raza, clase, orien- vo, ya sea en su sede central o en
tación sexual, religión, etc., se observa una preminencia de jóvenes varones provenien- las salidas al territorio (casa de los
tes de los barrios/villas de sectores vulnerados del municipio, a quienes la “sociedad” jóvenes, escuela, centro de salud,
club juvenil, etc.). Realicé también
trata peyorativamente como “negros villeros” o “negros de mierda”, tal como señalaba entrevistas a todos los miembros
Mario. En este sentido, elaboré las categorías de marcador formal/informal para pro- del equipo de Los Pecanes, a la
directora del centro y a referentes
blematizar y visibilizar la existencia de clivajes que se intersectan (no debe entenderse de las instituciones con las que se
la categoría de “informal” como secundaria o desviada de lo “formal”, sino como aque- articulaba.
llo que no se encuentra explícitamente manifestado).

Retomando la escena narrada al comienzo, fuimos a la casa del joven Adrián, herma-
no de Mario, a mediados de 2018. Nos sentamos junto a la familia, en una ronda de
sillas y banquetas medio rotas, en el frente de una casa muy precaria, mitad chapa,
mitad ladrillo, en La Alegría, uno de los barrios/villas3 más precarios del margen de 3. Optamos por nombrar a estos
territorios como barrio/villa, ya que
Los Pecanes. Mario, de 32 años, había estado preso muchos años, se había hecho evan- los jóvenes (varones) y la mayoría
gelista y actualmente quería ayudar a su hermano Adrián, un chico de 16 que hacía de los actores de esta experiencia
dos años que no iba a la escuela y que hacía dos meses había sido papá. Su también los nombran como “barrios” pero
se trata a la vez de asentamientos
joven pareja aupaba a su bebé parada mientras hablábamos. También estaban su mamá, precarios también denominados
una mujer de mediana edad, con rostro cansado, y una hermana de doce y un herma- “villas”. Quisimos dar lugar a
ambas formas de nombrar a estos
no de catorce. Mario hablaba fuerte y seguro sobre la importancia de “hacer las cosas espacios físicos y sociales visibili-
bien” pero también introducía una mirada crítica a este mandato. Al recuperar una zando esta doble condición.
anécdota en la cual fue maltratado en un juzgado afirmó

así tratan a la gente que tiene un familiar detenido... Así de mal… ¿Sabés qué? Para ellos
nosotros somos unos negros de mierda. Nos prejuzgan”. Miró a su hermano menor y
continuó: “por la ropa, o la gorrita…”, y agregó “una vez, un tipo me dijo ‘che, rebién
vos, al principio pensé que eras un negro, pero nada que ver’… Pss… Es difícil, pero
hay que pelearla, no es fácil”.

El enfoque actual de los estudios sobre juventud retoma el legado de los estudios antro-
pológicos sobre las transformaciones en la adolescencia de Margaret Mead (1993) y
la entiende desde la pluralidad y heterogeneidad de experiencias juveniles (Machado
Pais, 1993; Chaves, 2006; País Andrade, 2011). A su vez, los estudios antropológicos
sobre las políticas públicas (Shore, 2010; Villalta, 2013) permiten sostener que las
políticas pueden ser interpretadas de acuerdo con las relaciones y efectos que generan
y con los sistemas de pensamiento en los cuales se inscriben, más allá de identificar si
en su implementación se cumple o no con sus objetivos formales. Entonces, si bien el
SPJ realiza un recorte etario en torno a su población, la juventud no puede definirse
únicamente vinculada a un periodo o hito biológico ni a una franja etaria específica. En
este sentido, esta etapa tampoco puede analizarse sin tener en cuenta su relación con
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otros anclajes identitarios (Elizalde, 2006; 2015), como son la clase social, el género, la
racialización, el territorio, entre otras.

En el caso que he estudiado, la población de jóvenes en el sistema penal está conforma-


da, en su amplia mayoría, por varones de sectores marginales y vulnerados. La selectivi-
dad de las agencias del sistema penal juvenil ha sido densamente descripta y analizada
enfatizando los clivajes de clase social (Guemureman, 2014; Medina, 2018) y, en menor
medida, de género (Tonkonoff, 2001; Gayol y Kessler, 2002; Nebra, 2015; Medan, 2017)
y de “raza” (Ruggiero, 1998; Segato, 2007). Ahora bien, el contexto actual de auge de
las demandas feministas tiene un correlato en la incorporación de la perspectiva de
género en cada vez más campos de estudio, pero es aún incipiente la incorporación
de la perspectiva decolonial (Quijano, 2000; Segato, 2007; Curiel Pichardo, 2014) para
pensar los procesos de racialización de la población joven perseguida y criminalizada.
De todas formas, emerge del campo la demanda por su incorporación. Cabe destacar
que estas diferencias “raciales” (como signo) no son fácilmente observables en el campo,
ya que es una coordenada poco explorada en nuestro país (Frigerio, 2006), invisibili-
zada (Margulis, 2017) y que toca sensibilidades de todo tipo (Segato, 2015), por ende,
no cuenta con las herramientas metodológicas ni teóricas suficientes para pensar a los
jóvenes (varones) desde este clivaje. El reclamo de Mario emergía del campo y me/nos
reclamaba que, a pesar de las dificultades, debíamos incorporar este marcador informal,
ya que es constitutivo de una forma de configurar un nosotros y un otros que delineaba
los contornos de la experiencia juvenil y de las intervenciones sociopenales.

A su vez, como sostiene Elizalde (2006, 2015), los jóvenes varones se convierten en el
arquetipo universal, el sujeto “neutro” o “abstracto” de las políticas y los derechos. De
esta manera, las prácticas de los varones y las políticas que los tienen como destinatarios
aparecen como neutras a los condicionamientos de género.

Por ende, el enfoque de género y decolonial se tornó fundamental para resignificar


los estereotipos (Perrot y Preiswerk, 1979), adscripciones identitarias (Reguillo, 2013),
estigmas (Goffman, 1963), prácticas culturales de los jóvenes (Chaves, 2006) e inter-
venciones sociales (Carballeda, 2010) en el sistema penal.

Este artículo está organizado en tres apartados y reflexiones finales. En el primero,


presento una escena en la cual se debate el caso de un jugador de fútbol famoso a partir
de la cual reconstruí los sentidos en torno a la configuración del sujeto a quien se dirige
el dispositivo y sus implicancias. En el segundo y en el tercero, a partir de escenas que
recuperan las perspectivas de los jóvenes y sus familiares, desarrollo los marcadores
formales y los informales respectivamente. Primero, las formas en las que el delito y
la edad configuran los límites entre los sujetos “menores, mayores e inimputables”, sus
experiencias y derivas institucionales. Y luego, las formas en las que las coordenadas de
clase, género y raza se presentan como clivajes centrales en la configuración del sujeto
de la política penal juvenil y sus experiencias. Finalmente, presento algunas reflexiones
finales y nuevos interrogantes.

Configurando al sujeto del sistema penal juvenil. Sentidos e impli-


cancias

Una mañana de febrero de 2019, María (la directora), Víctor (operador) y Néstor
4. Equipo de fútbol masculino que (operador de otro equipo municipal) estaban charlando sobre Racing4 en la mesa de
juega en la primera división de los
torneos de la Asociación de Fútbol
la cocina que funcionaba a la vez como mesa de trabajo de los equipos y lugar de
Argentino. encuentro. En esta oportunidad, se estaba comentando la pelea entre el director téc-
nico de Racing, Chacho Coudet, y uno de los mejores jugadores que tenía el equipo,
Ricardo Centurión. Resulta que el domingo anterior, durante un partido contra River
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Plate, Coudet decidió dejar como suplente a la “estrella”, a quien le permitió entrar a
pocos minutos de finalizar el encuentro. Cuando se acercó al joven Centurión para
realizarle alguna indicación antes de salir a la cancha, este lo apartó de manera brusca;
gesto que fue captado por todas las cámaras de televisión, reprochado por todo el
ámbito deportivo y que le valió la separación del plantel.

Víctor, fanático hincha de Racing, se dirigía a María mientras protestaba contra Cou-
det: “si no lo ponen y perdemos, lo van a matar”. Su análisis era futbolístico: para él,
Centurión no estaba equivocado al enojarse con Coudet por ponerlo de suplente. Se
sucedió un intercambio de cuestiones estratégicas del deporte y en un momento, res-
pecto de la conflictividad que parecía rodear a Centurión, María afirmó “lo que pasa
es que Centurión es uno de nuestros chicos, no lo tienen que echar, lo que necesita es
que lo apapachen”.5 5. Palabra de origen náhuatl que
significa dar cariño o acariciar.

En esta escena cotidiana, lo que María dice, casi como un susurro imperceptible, esboza
alguna de las cuestiones centrales que nos propusimos abordar en esta investigación,
con un ribete especialmente pintoresco y significativo, ya que versa sobre el mundo
del fútbol. En los últimos treinta años, la masificación y televisación del fútbol y la
conversión de sus jugadores (varones) en figuras mediáticas implicaron una “captación
infinita de públicos, en su construcción de un país futbolizado sin límites” (Alabarces,
2006, p. 8). Por esto, hoy en día, se puede sostener que el fútbol no es únicamente una
práctica y consumo cultural de los sectores populares, pero aun así nos encontramos en
lo cotidiano con que muchos de los jugadores profesionales –los más amados y los más
odiados– provienen de sectores populares, como así también observamos que muchos
pibes que juegan en el potrero o el baldío sueñan con jugar en primera y “salvarse”.

Esta microescena en la cocina del CESOC me llevó a prestar mayor atención a lo que
ocurría en el mundo del fútbol (masculino) profesional, y comencé a indagar sobre
Ricardo Centurión y a seguir las noticias que lo tenían como protagonista. Dado que
María lo estaba tomando como representante de “nuestros chicos”, pudimos resigni-
ficarlo como un caso de repercusión (Eilbaum y Medeiros, 2017) para iluminar este
estudio, ya que me permitía preguntarme: ¿quiénes eran “nuestros chicos” y quiénes
no? ¿Quiénes son los “otros” chicos que no son “nuestros”? ¿Qué significa que sean
“nuestros”? ¿Por qué necesitan ser “apapachados”?

Las repercusiones de este caso me permitieron conocer el proceso de reconfiguración


de este primer evento (el “empujón” de Centurión a Coudet) como un caso a ser consi-
derado iluminador de esta indagación. Eilbaum y Medeiros (2017) proponen entender
los “casos de repercusión” –en sus etnografías centradas en el campo jurídico– como
una categoría analítica distinta a la categoría nativa “repercusión” (televisación, masi-
ficación, etc.).

No tomaremos la propuesta de las autoras de manera estricta, pero recuperamos la


apuesta por conocer los recursos y moralidades que se disputan y movilizan (Noel,
2014) a partir de un suceso puntual que toma conocimiento público y se configura en
un caso de repercusión. Ya que, si bien nuestro trabajo no estudia el campo del fútbol
profesional, este trasciende sus fronteras y penetra de distintas maneras en la experien-
cia penal juvenil territorial. Los recursos y moralidades en torno al caso Centurión nos
presentan, no solo la forma en la que María entiende a “nuestros chicos”, sino las formas
en las que, en nuestra sociedad, se intersectan las moralidades y recursos en torno a
los jóvenes (varones) de sectores populares que “transgreden” las normas establecidas.

En sus investigaciones sobre la relación entre el fútbol y la formación de identidad


nacional y construcción de masculinidades, Archetti (1994) desarrolla un análisis
en torno a las figuras míticas de nuestro territorio nacional. Postula que existe una
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transferencia de la liminalidad de la figura del gaucho como un jinete libre y rebelde, al


imaginario del “pibe”, la figura mítica del fútbol argentino. Siguiendo a Turner (1969),
sostiene que las características de la liminalidad, como la ambigüedad, la ambivalencia y
las contradicciones, moldean la figura del “pibe” y del territorio del “potrero” (devenido
en “baldío” en las ciudades).

Podemos pensar el proceso de repercusión del “empujón” en el partido de Racing, resig-


nificando a Centurión como un personaje liminal: entre haber “triunfado” o haberse
“salvado” y, al mismo tiempo, no estar “haciendo las cosas bien”, amado y odiado, a
quien se debe castigar y/o apapachar. Su carácter liminal moviliza distintas moralidades
en torno a su figura y nos permite pensar lo que es y lo que no es, sus similitudes y
diferencias con los pibes, no para conocerlo a Centurión, sino para conocerlos a ellos
como sujetos de la política penal.

De esta manera, procedimos a conocer un poco más a este jugador profesional que
6. Los Wachiturros fueron una “necesita que lo apapachen”. Ricardo Centurión, nació en una familia pobre que vivía
banda de cumbia argentina; en en una casilla en Villa Luján (Avellaneda, PBA). Cuando él era pequeño, su padre
el 2012 se hicieron conocidos con
un video viral en YouTube. La falleció al incendiarse la fábrica en la que trabajaba informalmente. Su mamá trabajó
denominación wachiturro (producto como empleada doméstica, y luego, como costurera. Su abuela fue quien lo llevó a un
de la unión entre guacho y turro)
pasó a utilizarse coloquialmente club de fútbol de Villa Domínico y, posteriormente, a Racing. Accidentes automovi-
para referirse a los jóvenes de lísticos, coimas a policías, una denuncia por violencia de género, fotos con armas de
sectores populares que se vestían y
arreglaban como los miembros de
fuego, consumo problemático de alcohol, son las tantas noticias que se entremezclan
la banda, por lo general en tono pe- con sus triunfos futbolísticos y que se encuentran sobre el joven de veintiséis años,
yorativo. “Cabeza de termo” es una quien en las noticias figura como un personaje “problemático”, un “wachiturro” o “cabe-
expresión utilizada para referirse a
alguien que no es inteligente, como za de termo”.6
“cabeza hueca”. Alejandro Fantino
destrozó a Ricardo Centurión en la
radio: “Sos un cabeza de termo”. En una entrevista, tras el conflicto con Coudet, se lo puede ver a Centurión expresán-
Infobae, 25 de julio de 2017. Recupe- dose arrepentido y emocionado, “No siento que esté haciendo las cosas… bien… [Se
rado de [Link]
emociona y no puede hablar]. Disculpame eh... Y es fútbol, y atrás del fútbol hay una
persona […] yo a veces no puedo salir a la calle… ‘qué negro villero’… no se puede…”
(se agarra la cara y llora, el periodista apoya su mano sobre el hombro y le dice: “tran-
7. Reviví la entrevista completa quilo”. Se corta la grabación y continúa con otra toma).7
de Centurión en TyC Sports. TyC
Sports, 10 de marzo de 2019.
Recuperado de [Link] Centurión tiene 26 años, diez más que los jóvenes (varones) que concurren al CESOC.
ly/3x2KCJu
Tampoco se conoce que haya pasado por el sistema penal juvenil, pero aun así, María
lo identifica como “uno de nuestros chicos”. En este sentido, una de las primeras pistas
que nos permite vislumbrar este caso es que, a pesar de que la edad y la imputación
de un delito sean los marcadores formales de la población sujeto de la política penal
juvenil, a “nuestros chicos” no los define única o principalmente su edad o su causa
penal, sino otra serie de características propias, de sus recorridos y de su contexto, y
que, al igual que Centurión, necesitan ser apapachados.

Menores, mayores e inimputables: el delito y la edad como marca-


dores formales

Según un informe oficial Dirección Nacional de Adolescentes Infractores (DINAI,


2019), más de la mitad de los delitos que (se presume) cometen los jóvenes (varones)
a nivel nacional son delitos “contra la propiedad” (Código Penal), es decir, una acción
prohibida que no conlleva un daño físico hacia una persona; en otras palabras, se trata
de robos simples y/o agravados (el 56,1%). En segundo orden, se encuentran los delitos
contra las personas (15,5%) y en menor medida otros tipos de delitos, como amenazas,
portación de armas, delitos contra la integridad sexual, resistencia a la autoridad, etc.
En los dispositivos territoriales, el porcentaje de jóvenes señalados por delitos contra
la propiedad asciende al 67,6% (UNICEF-SENAF, 2015).
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Específicamente en el CESOC de La Araucaria, el 74,8% de los jóvenes (varones) esta-


ban señalados por robos simples y agravados (también por hurto, pero de manera
insignificante). Solo cuatro jóvenes estaban señalados por homicidio (dos de ellos, en
grado de tentativa); seis, por portación y tenencia ilegal de arma de fuego; tres, por
tenencia de estupefacientes para el comercio; el resto, por diversos delitos. De toda la
población juvenil alcanzada por el CESOC de La Araucaria, un tercio (33%) pertenece
al municipio de Los Pecanes (CESOC, Estadística Interna, 2018), los otros dos tercios
(66%) correspondían a los cuatro municipios restantes.

Según un relevamiento reciente (SENAF, 2019), el 94,4% de los 5872 jóvenes que se
encuentran en dispositivos penales juveniles en la Argentina son varones. Sobre ese total
de chicos, a nivel nacional, el 78,9% se encuentra incluido en algún dispositivo territo-
rial, el 2,9% está alojado en un establecimiento de libertad restringida y el 17,9%, en un
centro de privación de libertad. La provincia de Buenos Aires es el lugar de residencia
del 45% de la población en dispositivos del SPJ de todo el país. En diciembre de 2018,
172 jóvenes se encontraban con una medida “activa” en el CESOC del departamento
judicial de La Araucaria (CESOC, Estadística Interna, 2018), en el que se ubica casi
el 10% de la población joven con medidas alternativas en todo el territorio nacional.

Una mañana lluviosa y fría de agosto concurrieron al CESOC Brian y Mateo, dos jóve-
nes varones “compañeros de causa” por un “robo agravado”. Los legajos de Brian y Mateo
estaban encabezados (como todos) con una copia del “oficio” judicial que determinaba
la medida alternativa, en este caso una “cautelar”. También contaban con informes del
Cuerpo Técnico Auxiliar (CTA) dependiente del Poder Judicial: un informe de una
médica, una psicóloga y de una trabajadora social.8 Si bien, según los informes, ambos 8. El Cuerpo Técnico Auxiliar
depende de la Corte Suprema de
jóvenes tenían lazos familiares “sólidos y contenedores”, Brian había sufrido varias pér- Justicia de la PBA. Entre sus tareas
didas vinculares y vivía con una tía, por lo que el CTA evaluaba que se encontraba se encuentra la realización de in-
triste y afirmaba que “posee una familia extensa continente que lo ama y protege, solo formes a pedido del juzgado, para
lo cual realizan entrevistas con los
es necesario que, una vez que pueda atravesar su tristeza y elaborar su duelo, pueda jóvenes y sus familias.
sentirse parte de esta y no una molestia” (informe CTA, 28 de mayo de 2018).

Brian concurrió a la entrevista de admisión junto a su tía y su prima. Nos presenta-


mos, saludamos a la familia con un beso, e hicimos pasar primero a Brian a la sala de
reuniones. Nos sentamos alrededor del escritorio, yo de un lado, Brian de enfrente y
Víctor en el lateral del medio. Me pareció flaquito y tímido, era morocho y tenía su pelo
cortado en una cresta similar a la que usaban los jugadores de fútbol en ese momen-
to. Se sentó en la silla con todo su cuerpo encogido. En la mayoría de las entrevistas
de admisión, se les hacían varias preguntas sobre su vida, escolaridad e intereses, y
especialmente se hacía foco en la comprensión de la situación judicial, para poder
explicárselas a los chicos y a sus familias, quienes casi nunca entendían nada de lo que
se les informaba en el juzgado. Entonces, se les preguntaba a los jóvenes por el delito
que se les imputaba. Víctor, mirando el legajo que estaba sobre la mesa, le dice que
tiene un delito bastante grave porque es un robo automotor, con arma que “no se sabe
si estaba apta para el disparo”.

Víctor: ―No sé si no tenían arma, o eran de juguete o no la encontraron.


Brian: ―No la encontraron.
Víctor: ―Bueno, vos estabas con otros más, ¿no?
Brian: ―Sí.
Víctor: ―Con otro chico que también va a venir acá, ¿ese es amigo tuyo?
Brian: ―Sí.
Víctor: ― ¿Hace cuánto?
Brian: ―De hace mucho ―enfatizó.
Víctor: ―Y había un mayor, ¿no?
Brian: ―Sí.
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Víctor: ― ¿Y ese está preso?


Brian: ―Sí, está preso.
Víctor: ― Encima le va a caer doble porque salió con menores, eso es peor, está jodido
el tipo. ¿Y el otro?
Brian: ―El otro no se presentó.
Víctor: ― ¿Pero era menor?
Brian: ―Sí, más chico.
Víctor: ― ¿Menor de dieciséis?
Brian: ―Sí.
Víctor: ―Bueno, ese no va a venir acá… Va a ir a… Bueno… ―revoleando los ojos.
―Esperemos que no lo haga más.

Brian y Mateo tenían 16 años y eran amigos desde muy chicos. También eran vecinos
en el barrio/villa Cortázar, el cual se encuentra en una de las localidades en un extremo
del municipio, lindero a un arroyo y cercano a un importante basural. También eran
varones y del mismo barrio/villa sus amigos/compañeros de causa pero, tal como men-
cioné, la edad cronológica en el momento de la “infracción” es la frontera que delimita
el ingreso a un dispositivo específico. Al joven “mayor”, la cárcel; al joven “menor”, el
CESOC; y al joven “inimputable”, de manera un poco más incierta, se puede suponer
que su caso seguramente haya sido derivado al Servicio Local (organismo encargado
de la protección de derechos de las infancias en la PBA).

En este sentido, la edad funciona como un elemento divisor que distribuye a los jóvenes
(varones) en distintos fueros judiciales (Fuero Penal, Fuero Penal Juvenil, Fuero de
Familia), como así también en distintos organismos encargados de ejecutar las medi-
das que se dictaminen. A su vez, se observa cómo la mayoría/minoría de edad no solo
supone otro organismo de seguimiento –en este caso, los menores de dieciocho son
(re)ingresados al Organismo de Infancia de la PBA–, sino también una diferencia en
la dureza de la medida, ya que al joven “mayor” se le privó de su libertad y a Brian y
Mateo se les otorgó una medida alternativa, frente a la misma infracción.

Incluso, al joven “mayor” como dijo Víctor, “le va a caer doble”, ya que el Código Penal
de la Nación establece que la comisión de un delito con intervención de menores es
9. “Cuando alguno de los delitos un agravante de la pena para las personas adultas (CP, Art. 41 quater).9 En este senti-
previstos en este Código sea co-
metido con la intervención de me-
do, la mayoría/minoría de edad es el primer factor que distribuye los grados de res-
nores de dieciocho años de edad, ponsabilidad frente a un delito cometido en “banda”, sin necesidad de indagar sobre
la escala penal correspondiente se los roles que efectivamente ocupó cada uno. Una vez distribuida la población en el
incrementará en un tercio del míni-
mo y del máximo, respecto de los fuero correspondiente, ahí sí se indagará sobre el grado de participación de cada quién,
mayores que hubieren participado pero dentro de los parámetros de cada dispositivo.
en el mismo” Artículo 41 quater,
Código Penal de la Nación.
Pude observar, en mi trabajo de campo, que en distintos casos se daban hechos delic-
tivos que tenían señaladas a personas jóvenes mayores, menores e inimputables juntas.
Más allá de algunas experiencias vinculadas a hechos delictivos, que suponen una mayor
organización, en las que los adultos y adultas tienen un rol central y diferenciado (en
general, policías y/o vendedores de droga), en muchos casos, esta grupalidad se daba
en delitos esporádicos y “espontáneos”, que dan cuenta de una experiencia cotidiana
compartida entre los jóvenes (varones) mayores, menores e inimputables, por lo gene-
ral, amigos/vecinos de un barrio/villa de los márgenes del municipio. Esta experiencia
compartida trasciende los límites etarios que establece el SPJ, y si bien efectivamente
cada joven irá a un dispositivo diferenciado, se observa que esta experiencia es algo que
los atraviesa y configura como sujetos del sistema penal “más allá” de la edad y el delito.
Esta experiencia que trasciende estos marcadores formales es aquella que los conecta
también con el afamado jugador Centurión y que va configurando un “nosotros” y un
“nuestros chicos” diferencial.
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“Nuestros chicos”: los marcadores informales y la (re)configura-


ción de los sujetos

Ricardo Centurión soltaba una lágrima al recordar que le decían “qué negro villero”
porque, a pesar de haber “triunfado” en el mundo del fútbol, tener más dinero, fama y
reconocimiento que la mayoría de las personas, lleva las marcas de una posición en la
historia (Quijano, 2000; Segato, 2015; Margulis, 2017) que se resignifican en el mundo
moderno colonial vigente como una estratificación informal que actúa con la misma
fuerza (o aún más) que los marcadores formales. Pude observar y reconstruir estas refe-
rencias al desprecio que los jóvenes (varones) reciben y perciben en el entrecruzamiento
de género, racialización y clase, y que configura la construcción de sus identidades.

Mario, a quien mencioné al comienzo de este artículo, en los términos de Bourdieu


(2000), tiene mucho menos capital económico (dinero, bienes materiales) y social
(estatus, contactos) que Ricardo Centurión, pero llega a una misma reflexión: “para
ellos somos unos negros”. Desandaré los puntos en común y divergentes entre ellos.

Los chicos de esta experiencia, como Adrián, Brian y Mateo, no son personajes liminales
como es el futbolista Centurión, pero sí podríamos pensar que su estatus juvenil lo es.
Los jóvenes (varones) de esta experiencia penal territorial se encuentran en una suerte
de frontera difusa que divide su condición de sujetos a proteger de sujetos a castigar;
están entre la “sanción” y los “apapachos”; entre ser responsables y no serlo; entre ser
autónomos y necesitar ser cuidados.

El hermano mayor de Adrián ejercía su reflexividad, su mirada crítica se hacía explí-


cita sobre quiénes eran los “otros” y los “nosotros”. Si bien esta perspectiva crítica no
estaba tan presente de una manera explícita en todas las personas de esta experiencia
penal juvenil territorial, permanentemente se hacía alusión en palabras y/o prácticas
a trazados que dividían a “unos de otros”. A los jóvenes de los adultos, a los varones de
las mujeres, a nuestros chicos de quienes no lo eran, a los “laburantes” de los “chorros”,
y de una forma más general y abarcadora a “ellos” de “nosotros”. Desde un enfoque
interseccional (Crenshaw, 1998; Viveros Vigoya, 2016), estos trazados difusos delimitan
las otredades, configuran experiencias diferentes en la imbricación entre edad, género,
clase y raza principalmente.

Podemos entender esta referencia peyorativa a la “negritud” de determinadas personas


en palabras de Rita Segato (2015) como una “repugnancia física y moral” respecto de
estos sujetos “indeseables”. A pesar de que lo “negro” en nuestro país se utiliza para
referirse peyorativamente a otras personas más allá (pero no tanto) de su color de piel,
en esta referencia subyace un imaginario que apela al orden de lo natural (como lo fue
la raza en su sentido más estricto), como una condición que no se puede modificar,
evitar, eludir (como Centurión no pudo). Que a su vez establece jerarquías y distribuye
el capital simbólico positivo de “ser blanco” y el negativo, de no serlo. Traza una línea
divisoria, aunque difusa, entre “nosotros y los otros”.

Aníbal Quijano (2007) da cuenta de la creación del sistema de estratificación social


basado en la “raza” en cuanto criterio que biologiza las diferencias y las traduce en
desigualdades, que se da a partir de la conquista del actual territorio americano (Abya
Yala). Quijano y quienes retoman sus aportes, como Rita Segato y Ochy Curiel Pichardo,
dan cuenta de las formas en las que se han dado los mestizajes: no han sido para nada
“pacíficos”, sino que han sido producto, en muchos casos, de violaciones a los pueblos
indígenas de estos territorios y a las personas esclavizadas provenientes del continente
africano. Asimismo, los actuales relatos míticos sobre la existencia de un “crisol de razas”
(Segato, 2015) esconden la conflictividad y las relaciones de dominación coloniales aún
vigentes en las sociedades latinoamericanas. En este “reordenamiento de la historia”
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que se propone desde el Giro Decolonial (Quijano, 2009; Segato, 2015), se revisan y
reformulan los postulados críticos al sistema capitalista y a la estratificación basada
en la “clase social” acuñados desde Karl Marx en adelante. De esta manera, se sostiene
que el capitalismo y el colonialismo (y posteriormente, la colonialidad) son procesos
imbricados que no pueden analizarse por separado; tampoco la categoría sociológica
y política “clase social” puede dar cuenta de la heterogeneidad de experiencias en los
distintos territorios, ya que en América Latina, clase y raza están íntimamente ligadas,
en cuanto a la distribución de posiciones sociales y remuneraciones (Segato, 2015).

En la actualidad, “raza” ya no da cuenta de un sistema de estratificación formal como


en el periodo colonial, ni es válida como organización de la población de acuerdo con
cuestiones biológicas. Hoy en día, en el sistema moderno/colonial, “raza” es un signo,
una marca en la piel, que se asocia a una historia de poder y dominación (Segato, 2007).

Ahora bien, con esto en consideración, debemos pensar la particularidad de la cualidad


racista en nuestro país. Rosana Guber (1999) analiza los aportes del antropólogo Hugo
Ratier respecto de la construcción de las categorías etnográficas “cabecita negra” y “ville-
ro”. Inscribe estos motes peyorativos utilizados en distintos momentos para denostar
y discriminar a un sector de la población por los sectores dominantes, en un proceso
histórico atravesado por tres componentes distintos pero entrelazados: el racismo, el
antiperonismo y el clasismo. Ante la caída del peronismo, y frente a la detención del
ascenso social, esta población que ocupaba las villas de la ciudad y sus alrededores
pasa a ser residente fija de estos lugares, que empiezan a ser resignificados desde la
negatividad: “los ‘villeros’ son sociológica y políticamente los herederos del ‘cabecita
negra’” (Guber, 1999, p. 114) pero ahora han devenido nuevamente en perdedores.

Alejandro Frigerio (2006) revisa estos antecedentes, y sostiene que la categoría “negros”
puede englobar a los “villeros” y “cabecitas negras”. Sugiere que el nudo común entre
estas categorías, y que trasciende en el tiempo, es que la categorización principal que
sigue operando es la racial. En este sentido, concuerdo con esta reconfiguración que
realiza Frigerio, ya que –tal como expresan Mario y Centurión, dos personas (mal)
tratadas por “negras”– esta categorización racial incluye, pero trasciende las conno-
taciones políticas (antiperonismo, antipopulismo), residenciales y socioeconómicas.

Mateo, Brian, Adrián y su hermano mayor, Mario, nacieron en los márgenes del muni-
cipio de Los Pecanes, en barrios/villas que presentan condiciones habitacionales pre-
carias, pero también ingresos económicos escasos y, en el mejor de los casos, apenas
justos para garantizar algunas cuestiones. A estas condiciones materiales se suman los
estigmas por ser “villeros”, la gorra, la ropa, la dirección en el DNI, el estigma terri-
torial (Merklen, 1997) que se deposita sobre estas zonas funciona en forma de pares
opuestos y alteridades excluyentes (Kessler, 2012) o exclusiones recíprocas (Saraví,
2015) respecto de otros espacios sociales. A la vez, por ser “negros”, lo que supone un
color de piel, un cabello, un pasado cercano que remite a las migraciones internas, y
otro pasado fundacional, vinculado a la colonización y actual colonialidad. Entonces,

Por más que enfatizamos las dimensiones sociales y culturales que caracterizan a los
“negros” es indudable que la gran mayoría de todos los individuos así clasificados,
especialmente cuando lo hacemos de manera peyorativa, son de tez más o menos
oscura. Por más que enfatizamos el lado cultural-social de la discriminación y los
estereotipos y la discriminación, existe una clara dimensión racial a las mismas.
(Frigerio, 2006, p. 92)

A su vez, acuerdo con el posicionamiento político que postula la necesidad de comenzar


a visibilizar y reflexionar en torno al racismo y a las relaciones de colonialidad vigentes
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y continuas (Quijano, 2000; Segato, 2015; Margulis, 2017) y desmitificar la narrativa


de la “blanquitud porteña” o del mestizaje pacífico.

La coordenada de género estaba desde el comienzo de este proyecto, ya que en inves-


tigaciones anteriores había ahondado en la relación entre el SPJ y las masculinidades.
Ante este interrogante, María, la directora del CESOC, me comentaba que nunca antes
se había puesto a pensar en los motivos que había detrás de la enorme mayoría de
varones en el SPJ y señalaba “parece que en esto es al revés que en el resto de la vida,
acá los varones son los que están peor, en el sistema penal, perseguidos por la policía”.

Tal como sugería María, la relación entre la juventud, la clase social, la raza, y el género
se intersecta y genera nuevas experiencias que no significan una sumatoria aritmética
de las vivencias de cada dimensión mencionada, sino que construyen una particulari-
dad situada. Viveros Vigoya (2016) recupera los aportes del feminismo negro a estas
reflexiones, para dar cuenta de cómo la “peor” posición

no es necesariamente la de una mujer negra pobre, si se la compara con la situación


de los hombres jóvenes de su mismo grupo social, más expuestos que ellas a ciertas
formas de arbitrariedad, como las asociadas a los controles policiales. (Viveros
Vigoya, 2016, p. 10)

Con esto no quisiera caer en un reduccionismo simplista que sostenga que los jóvenes
varones están en una situación desventajosa respecto de sus pares mujeres, sino que la
experiencia penal juvenil territorial está atravesada por estas coordenadas.

Retomando el encuentro en la casa de Adrián y su familia, Víctor preguntó si Adrián


era el menor: “¡No! son un montón” –exclamó la mamá–, “pero de los varones” aclaró
Víctor. Resulta que “de los varones”, Mario, que había estado preso muchos años, era el
mayor, le seguía otro hermano “que andaba en esa y lo mataron así, en la calle”, luego,
estaba Adrián, y finalmente, Pablo, de 14 años, “a ese lo tenemos cortito” (gesto con
la mano como cortando en el aire firmemente), añadió la mamá. Un gran porcentaje
de jóvenes con MA que conocí tenían hermanos varones presos o asesinados. En este
sentido, ser un joven varón, pobre y “negro” son coordenadas que delimitan un tipo
de experiencia en la cual la cárcel y la muerte aparecen como posibles derivas fre-
cuentes. Cabe destacar que la trama vinculada a la venta de drogas y la connivencia y
el hostigamiento policial tienen un rol fundamental en las situaciones de peligro que
vivencian los jóvenes (varones) en sus barrios/villas.

Teniendo esto en consideración, la propuesta teórica de Connel (1997) permite pro-


blematizar y repensar la existencia simultánea y entrelazada de distintas formas de
masculinidad en las cuales cobra relevancia el marcador “raza y clase” para pensar la
masculinidad marginal, en tanto posición determinada en las relaciones de género (con
mujeres y entre varones). Algunas de las prácticas que ubican a los jóvenes (varones)
en posiciones subalternas como “negros villeros” frente a otros sectores de la sociedad
también los ubicarán en posiciones de mayor poder en relación con sus pares varones y
mujeres en sus barrios/villas, ya que los convierten en sujetos deseables y/o respetables.

En esta imbricación de marcadores formales e informales, los jóvenes de la experiencia


penal juvenil territorial analizada son deseados por sus pares mujeres por expresar
algunas de las cualidades de la masculinidad hegemónica (poder, virilidad, dinero);
cooptados por adultos que en sus territorios les ofrecen acceso a estas cualidades
mediante la participación en la venta de drogas; a la vez que temidos por sus refe-
rentes institucionales cotidianos como docentes y preceptores/as por estos mismos
motivos; perseguidos y hostigados por la policía de múltiples maneras debido al mal
llamado “olfato” policial por responder a la “portación de rostro”; y estigmatizados y
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despreciados por la opinión general fuertemente vinculada al discurso de los medios


de comunicación en relación con la “inseguridad”. Por otro lado, estos marcadores
formales e informales los configuran para un sector de personas que trabajan en el
SPJ como sujetos que todavía son “apapachables”, es decir, sujetos a ser cuidados en
lugar de castigados. Esta reconfiguración habilita otras formas de vinculación más
cercanas a la afectividad y al respeto en el marco del SPJ, fuertemente atravesado por
el enfoque jurídico y penal.

A modo de cierre

En este artículo presenté a los sujetos protagonistas de la experiencia penal juvenil en


territorio, es decir, a los jóvenes (varones) que concurren al CESOC de La Araucaria
bajo una “medida alternativa”. El puntapié dado por la figura de Ricardo Centurión fue
el punto de partida para pensar a los jóvenes dentro del SPJ, quienes se encuentran en
una situación liminal entre ser castigados y ser “apapachados”.

Con esto en consideración, los aportes del enfoque de interseccionalidad (hooks, 2020;
Crenshaw, 1991) y de consustancialidad de opresiones (Curiel Pichardo, 2014) per-
mitieron pensar el entrecruzamiento de las coordenadas sociales de clase, género y
racialización que configuran sentidos, experiencias y relaciones particulares entre los
jóvenes, los demás actores del SPJ y el discurso social hegemónico. Por un lado, el
desprecio y el temor de algunos sectores de la sociedad es resignificado por los jóvenes
y sus familias como una demarcación nosotros/otros. Por otro, esta imbricación de
marcadores formales e informales ubica a los jóvenes en una posición en la que los/
as trabajadores/as del CESOC consideran que deben ser “apapachados” en lugar de
castigados, y los reconfigura como “nuestros chicos” en lugar de ser tan solo “menores
infractores”. Desde este lugar, se entablan relaciones de proximidad y afecto que atra-
viesan las relaciones administrativas de regulación y control de sus comportamientos.

Tras este recorrido, surgen nuevos interrogantes para seguir reflexionando en torno a los
aportes del enfoque de interseccionalidad en el estudio del campo penal juvenil. ¿Cómo
podemos incorporar la dimensión de la racialización, siendo este un tema sensible que
aún no se ha instalado en la agenda pública y académica, como sí ha sucedido con el
género? ¿De qué formas los mandatos de masculinidad se relacionan con las practicas
vinculadas al delito? ¿Han incorporado la perspectiva de género las instituciones del
SPJ? Preguntas que nos invitan a seguir pensando y apostando a la problematización
de las desigualdades y mandatos presentes en las experiencias juveniles.

Financiamiento
Este documento es resultado del financiamiento otorgado por el Estado Nacional, por
lo tanto, queda sujeto al cumplimiento de la Ley Nº 26.899. Esta producción ha sido
realizada en el marco de una investigación doctoral financiada por el Consejo Nacional
de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de Argentina.

PICT 2018-01495. Transformaciones, innovaciones y tensiones en la justicia penal


juvenil. Justicia restaurativa, medidas no privativas de la libertad y formas alternativas
de resolución de conflictos en la Argentina contemporánea. Sede de trabajo: CEDESI,
LICH/Escuela de Humanidades/CONICET, UNSAM. Investigadora responsable: Marina
Medan.

PIP-Conicet 11220200101607CO 2021/2023. Prácticas y políticas de las diversidades


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culturales en Argentina desde una perspectiva socioantropológica en tiempos de


pandemia. Sección Antropología Social - Programa Antropología de la Cultura, Instituto
de Ciencias Antropológicas, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires.
Investigadora responsable: Marcela A. País Andrade.

Agradecimientos

Agradezco a mis directoras, Marcela A. País Andrade y Marina Medan, y a los equipos
de investigación de la carrera de Trabajo Social de la Universidad de Buenos Aires y del
Programa de Género, Infancia y Juventud de la Universidad Nacional de San Martín.
Agradezco especialmente a las personas que trabajan en el dispositivo que he estudiado,
a los jóvenes y sus familias.

Biografía

Trabajadora social (UBA), magíster en Género, Sociedad y Políticas (FLACSO) y doctora


en Antropología Social (UBA). Principales líneas de trabajo: juventudes y conflicto con
la ley penal, políticas sociales y penales, género y masculinidades y cuestiones teórico-
metodológicas del trabajo social.
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264 Cuadernos de Antropología Social /56 (2022) [251-266] Julieta Nebra
doi: 10.34096/cas.i56.10935

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