0% encontró este documento útil (0 votos)
4K vistas533 páginas

Oh, You'Re So Cold

Cargado por

Isabel Maldonado
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
4K vistas533 páginas

Oh, You'Re So Cold

Cargado por

Isabel Maldonado
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

2

IMPORTANTE
Esta traducción fue realizada por un grupo de personas fanáticas de la lectura
de manera ABSOLUTAMENTE GRATUITA con el único propósito de
difundir el trabajo de las autoras a los lectores de habla hispana cuyos libros
difícilmente estarán en nuestro idioma.
Te recomendamos que si el libro y el autor te gustan dejes una reseña en las
páginas que existen para tal fin, esa es una de las mejores formas de apoyar a los
autores, del mismo modo te sugerimos que compres el libro si este llegara a salir
en español en tu país.
3
Lo más importante, somos un foro de lectura NO
COMERCIALIZAMOS LIBROS si te gusta nuestro trabajo no compartas
pantallazos en redes sociales, o subas al Wattpad o vendas este material.

¡Cuidémonos!
CRÉDITOS

Traducción
Mona

4
Corrección
Nanis

Diseño
Bruja_Luna_
ÍNDICE
IMPORTANTE ___________________ 3 Capítulo 1 ____________________ 240
Créditos ________________________ 4 Capítulo 2 ____________________ 250
Dedicatoria _____________________ 7 Capítulo 3 ____________________ 260
Sinopsis ________________________ 8 Capítulo 4 ____________________ 281
Nota de la Autora ________________ 9 Capítulo 5 ____________________ 299
Prólogo _______________________ 10 Capítulo 6 ____________________ 314
Capítulo 1 _____________________ 11 Capítulo 7 ____________________ 324
Capítulo 2 _____________________ 31 Capítulo 8 ____________________ 339 5
Acto 1 ________________________ 34 Capítulo 9 ____________________ 353
Capítulo 1 _____________________ 35 Capítulo 10 ___________________ 371
Capítulo 2 _____________________ 47 Capítulo 11 ___________________ 383
Capítulo 3 _____________________ 59 Capítulo 12 ___________________ 395
Capítulo 4 _____________________ 78 Capítulo 13 ___________________ 406
Capítulo 5 _____________________ 92 Capítulo 14 ___________________ 418
Capítulo 6 ____________________ 104 Capítulo 15 ___________________ 426
Capítulo 7 ____________________ 126 Capítulo 16 ___________________ 445
Capítulo 8 ____________________ 134 Acto 3 _______________________ 463
Capítulo 9 ____________________ 136 Capítulo 1 ____________________ 464
Capítulo 10 ___________________ 156 Capítulo 2 ____________________ 481
Capítulo 11 ___________________ 172 Capítulo 3 ____________________ 492
Capítulo 12 ___________________ 188 Epílogo_______________________ 511
Capítulo 13 ___________________ 210 A Wreck, You Make Me _________ 531
Capítulo 14 ___________________ 223 Acerca de la Autora _____________ 532
Acto 2 _______________________ 239
OH, YOU’RE SO COLD

Bad Boys of Bardstown


Libro 2
6
SAFFRON A. KENT
DEDICATORIA
Esto es para A.
Mi mejor amigo. Mi alma gemela. Mi marido.
Ustedes hacen de mí lo que soy: escritora, esposa, madre y una chica que tuvo el valor
de aprovechar su destino. Mi mayor deseo es que todas las chicas que están ahí fuera
conozcan algún día a su propia A, si es que aún no lo han hecho.
Esto también es para la otra A de mi vida. Mi pequeña, Adora. Me siento tan bendecida
y privilegiada de que seas parte del destino que tu papá me ayudó a aprovechar.

7
SINOPSIS
Juro que no lo hice a propósito.
Lo único que quería era un beso inofensivo del guapo desconocido de mi fiesta de
dieciocho cumpleaños. Pero cuando dijo -con un cruel giro de sus labios de fumador de
cigarrillos- que no besaba a “niñitas molestas” decidí estúpidamente flirtear con un chico
cualquiera para ponerlo celoso.
Nunca quise que ese tipo al azar se enamorara de mí. O peor, que accidentalmente
empezara una relación con él. Pero ahora tengo un nuevo novio mientras no puedo dejar
de pensar en el chico al que no le importa que yo exista.
Así que es hora de seguir adelante y centrarme en mi nueva relación. 8
Sólo que en el momento en que tomo esa decisión, él decide fijarse en mí.
Decide mirarme demasiado fijamente y de una forma que me hace sonrojar. Ah, y
un día, cuando mi novio no está mirando, decide acorralarme en un pasillo solitario y
poner sobre mí sus manos ásperas y acaloradas que se sienten a partes iguales
prohibidas y familiares.
Pero no soy estúpida.

No voy a arruinar mi nueva relación por alguien a quien la gente llama Stellan
“El Frío” Thorne. Especialmente no cuando el tipo aleatorio con el que estoy saliendo
no es aleatorio en absoluto.
No, resulta que mi nuevo novio es el hermano del chico con el que estoy
inapropiadamente obsesionada.
Y no soy el tipo de chica que se interpone entre dos hermanos.
Hermanos gemelos...
¿O no?
NOTA DE LA AUTORA
Estimado lector,
Tengo tantas cosas que decir sobre este libro que voy a enumerarlas todas en
viñetas porque no quiero dejarme nada:
• Isadora es mi primera heroína india (Desi) estadounidense. Aunque
nació aquí, en Estados Unidos, y no ha estado en la India en toda su vida, sigue
enamorada de su cultura, su lengua, sus tradiciones y sus películas. A medida
que vayas leyendo, encontrarás muchas referencias de este tipo, pero no te
preocupes, ella está aprendiendo a tu lado.
• Tiene una abuela a la que llama biji (como hacen en la India; yo llamo
así a mi propia abuela) y que procede en parte de mi propia abuela. 9
• Su amor por las películas de Bollywood viene de mi amor por las
películas de Bollywood. De nuevo, encontrarás muchas referencias a esas
películas a medida que sigas leyendo. Todas son sus películas favoritas de y
también las mías. La lista completa de las películas mencionadas figura a
continuación.
• También le encanta la música de Bollywood. Para escuchar lo que
está escuchando actualmente, vayan aquí.
• También tiene una lista de reproducción en Spotify, que puedes
encontrar aquí.
• Este libro tiene la palabra D y no la palabra D que suelo tener. Esta
palabra empieza por D y termina por Y. Estás avisado.
• Nunca habría podido escribir este libro sin el apoyo de mi marido.
Fue difícil compaginar ser madre primeriza y escritora loca que no duerme ni
come hasta que el libro está terminado. Y él no sólo me apoyó, sino que salvó
mi cordura durante este tiempo. Esta es mi declaración personal de que él es
el GOAT y está por encima de todos los novios de libros y héroes de Bollywood
juntos.
Películas mencionadas:
• Acto 1, Capítulo 5: Dilwaale Dulhaniya Le Jaayenge.
• Acto 1, Capítulo 13: Kuch Kuch Hota Hai
• Acto 2, Capítulo 5: Dil Se
• Acto 2, Capítulo 15: Maine Pyaar Kiya
PRÓLOGO
El principio

10
CAPÍTULO 1
Hace un año

Soy una puta.


O así me llama mi madre.
También dice que un día me meteré en problemas. De los que no podré salir. Pero
no creo que sea verdad. De hecho, creo que ser una zorra es lo que normalmente me
saca de apuros.
Al menos me saca de las habitaciones cerradas.
11
Como esta noche.
Como siempre, hice enfadar a mi madre. Elegí ponerme un vestido que me gustaba
en lugar del que ella me había elegido. En mi defensa, es mi cumpleaños -mi decimoctavo
cumpleaños- y quería ponerme algo que yo eligiera para variar.
Sí, es corto y sí, muestra mi escote.
¿Y qué?
Me gusta y esta noche es mi cumpleaños.
¿No merezco un poco de margen?
Parece que no.
Porque en cuanto bajé las escaleras con mi bonito vestido blanco, mi madre se
volvió loca. Me subió a rastras, me encerró en mi habitación y me dijo que no saldría
hasta que me pusiera ropa decente. Mi padre, que quiere a mi madre a muerte y haría
cualquier cosa por ella, también puso un guardaespaldas en la puerta.
Bueno, siempre tienen guardaespaldas apostados a mi alrededor.
Porque aparentemente, estoy demasiado fuera de control y necesito que me
vigilen.
En fin.
Mis padres pensaban que era duro, el guardaespaldas, pero se plegó y me dejó
marchar en cuanto grité pidiendo ayuda falsa y moví mis oscuras pestañas rizadas.
Y mira, aquí estoy.
Escabulléndome del jardín trasero exactamente como lo había planeado.
Sabía que esta zona estaría vacía y, por tanto, sería un paso seguro para mí porque
la gente estaría ocupada con la fiesta alrededor de la piscina. Y con un poco de suerte,
volvería antes de que mis padres se dieran cuenta de que no estaba donde debía.
Aunque diré que llego tarde.
Pero no pasa nada.
La luna brilla. El aire de principios de invierno es fresco. Por no hablar de que por
fin estoy conquistando mi destino, o más bien intentando conquistarlo.
Así que no voy a desesperar.
Pero en el momento en que decido eso, me detengo a mitad de carrera.
Tengo que hacerlo.
Porque, de repente, el dichoso jardín trasero ya no está vacío. 12
Hay alguien aquí.
Alguien a quien no puedo ver porque, aunque la luna brilla en su máximo
esplendor, quienquiera que sea, está de pie bajo el magnolio rosa, sombreado por las
ramas y las flores.
Todo lo que puedo decir es que es un él.
Es un él vestido de oscuro.
Con pantalones oscuros y una camisa oscura.
También es un alto él.
De hecho, es tan alto que no tendrá que ponerse de puntillas para arrancar las
flores de las ramas. De hecho, ni siquiera tendrá que levantar completamente el brazo
para alcanzarlas. Las dos cosas las tengo que hacer yo y, aun así, es una odisea.
¿Quién es?
¿Y qué hace con mis flores?
—¿Quién eres? —Mi fuerte voz se quiebra a través del silencio.
Si es otro de mis nuevos guardaespaldas, me voy a enojar mucho. Y podría estarlo
porque mi padre me dijo que había contratado a un montón de guardaespaldas nuevos
de una empresa de seguridad muy famosa de Bardstown, The Fortress, después de que
me atrapara casi enrollándome con el último. Alerta de spoiler: en realidad no iba a
enrollarme con él. También era una estratagema para salir de otra situación complicada.
Otra vez, en fin.
Simplemente no tengo tiempo para flirtear con otro payaso.
Pero no entiende mi urgencia.
Porque no responde. Es como si nunca hubiera hablado.
Lo que me enoja aún más.
Poniéndome una mano en la cadera, pregunto:
—¿Eres otro de mis guardaespaldas? Porque si lo eres, me voy a enfadar mucho.
Y créeme cuando te digo que no quieres eso.
Eso me da una respuesta.
Pero no de inmediato. Primero, me consigue un movimiento.
Su brazo.
Levantarse en la oscuridad, llegar hasta arriba.
Subiendo a su cara.
En realidad, yendo hasta sus labios. 13
Tiene un cigarrillo entre los dedos, brillante y reluciente, y se lo mete en la boca,
aspira una bocanada -entrecierro los ojos y noto el movimiento de su pecho, que tengo
que decir que parece muy ancho- y entonces, un remolino de humo se libera en el aire.
Entonces:
—¿Por qué no?
Me distraigo momentáneamente no sólo por su forma de fumar, casual y
descuidada, sino también por su voz.
La cual es profunda.
Más profunda que cualquier otra voz que haya escuchado.
Como si tuviera un pozo sin fondo en su interior.
Y ese pozo sin fondo está lleno de grava. Porque su voz también tiene esa cualidad.
Grava y profundidad.
Manteniendo la mano en la cadera, declaro:
—Porque soy peligrosa cuando estoy enfadada.
—Define peligrosa.
—Muerdo.
—¿Lo haces?
—Sí, también rasguño.
—Eso suena peligroso.
—Lo es. —Asiento—. El último hombre al que mordí tuvo que ir al hospital.
No todo es mentira.
Mordí a uno de mis guardaespaldas el año pasado.
Porque se tomó mi coqueteo demasiado en serio. De hecho pensó que si me
dejaba ir a la fiesta a la que mis padres no querían que fuera, le enseñaría mis pechos.
No iba a hacerlo y se lo dije. Así que cuando empezó a enfadarse y a ponerse un poco
manoseador, lo mordí.
Además le rasguñé la cara.
Sangró un poco, pero aparte de eso, estaba bien. Sin hospitalizaciones.
Yo, en cambio, estaba castigada.
Durante todo un mes por herir a un miembro del personal. Que trató de forzarme,

14
¿hola? Pero mi madre dijo que era yo quien lo había provocado, así que era yo quien
necesitaba un castigo.
—¿Y? —le pregunto—. ¿Eres tú? Uno de mis guardaespaldas.
—Parece que el mundo necesita protegerse de ti —dice con su voz profunda—.
No al revés.
—Entonces, ¿eso es un no?
—Aunque diré que probablemente no deberías hacer eso.
—¿Hacer qué?
Detecto otro movimiento.
Esta vez utiliza la mano con el cigarrillo para señalarme antes de dar otra calada y
soltar una nube de humo.
—Quitarte eso.
—¿Quitarme qué?
—Frente a mí.
—Yo no...
Oh.
¡Oh!
De acuerdo.
Ahora lo entiendo.
Está hablando de mi sujetador. Que me estaba quitando mientras corría por el
jardín. Más que nada porque odio llevar sujetador. Para ser justos, ¿qué chica no lo odia?
En cualquier caso, creo en ser libre y estar libre de ataduras. Por eso, en lugar de llevar
botas de invierno, sólo llevo chanclas -de las que se llevan en la playa- y me he dejado el
jersey en la habitación.
Qué puedo decir, también me encanta el frío.
Pero de todos modos, con una correa colgando de mi brazo, pregunto:
—¿Por qué no?
—Porque no creo que sea muy seguro quitarse una prenda de ropa delante de un
desconocido.
—¿Por qué, eres un pervertido? —pregunto en su lugar.
—Podría ser —responde.
Inclino la cabeza hacia un lado, pensando en él.
Por supuesto que podría ser un pervertido. 15
Podría ser cualquiera.
Pero por alguna razón, por muy molesta que sea la interrupción, no lo creo.
—No, no eres un pervertido —le digo.
—¿Por qué?
—Primero, porque me diste ese consejo y asumo que es bien intencionado y ni
siquiera me conoces —le informo—. Y segundo, no creo que un pervertido admita que
lo es.
Me estudia un momento.
No sé cómo lo sé porque, como ya he dicho, está oscuro y no veo nada. Pero
siento que me está mirando. Lo que tengo que decir, me gusta mucho.
Y eso es intrigante.
Porque aunque coqueteo y uso mis encantos todo lo que puedo para conseguir lo
que quiero, no disfruto con ello. No me gusta que los hombres me miren. No disfruto de
los pensamientos que pasan por sus cabezas cuando me miran.
No disfruto siendo una puta.
Pero volvamos a él.
El hombre misterioso da otra calada a su cigarrillo mientras responde:
—Bueno, entonces permíteme que te cuente todo sobre la furgoneta blanca que
conduzco con un gran colchón en la parte de atrás. Y de cómo uso caramelos para atraer
a chicas desprevenidas y poder llevármelas.
No, definitivamente no es un pervertido.
Después de tratar con ellos la mayor parte de mi vida, no tengo esa sensación con
él.
—Creo que a las chicas ya no les gustan los caramelos —comparto, riendo entre
dientes.
—¿No?
—No.
—¿Qué les gusta a las chicas hoy en día?
Me encojo de hombros.
—Tequila tal vez. —Le inclino la barbilla—. Definitivamente un cigarro.
Una vez más, me estudia durante un rato y tengo la sensación de que está tratando
de entenderme. Luego, levantando el cigarrillo:
—Primero, nunca comparto mis cigarrillos. Y segundo, no creo que tengas edad
para beber.
16
—¿Por qué no compartes tus cigarrillos?
—Porque sólo fumo un cigarrillo al día. Son un bien preciado.
—¿Sólo fumas un cigarrillo al día?
En respuesta, da una larga calada.
—¿Por qué?
—Es una regla.
—¿La regla de quién?
—Mía.
—¿Tienes muchas reglas?
—Algunas.
—Vaya —digo porque ¿quién demonios es?—. Apenas puedo recordar las reglas,
mucho menos seguirlas.
—Tuve un presentimiento.
—¿Cuántos años tienes? —pregunto a continuación.
—Mayor que tú.
—¿Cuándo fue la primera vez que probaste el alcohol? —disparo.
—Cuando tuve edad para ello.
Aunque sospechaba tal respuesta, mis ojos siguen agrandándose.
—Cállate.
En respuesta, da una calada a su cigarrillo.
—¡Estás de broma! ¿Realmente esperaste hasta los veintiuno para probar el
alcohol? Es una locura. Yo bebí por primera vez cuando tenía once años. Me vino la regla
y me dolía como una puta mierda, así que probé el vino de mi madre para calmar el dolor.
Una bocanada de humo antes de decir:
—Es más información de la que necesitaba saber, pero bien por ti.
—¿Qué, los periodos te incomodan?
—Viendo que tengo una hermana de tu edad, diría que no, pero me parece bien
que pienses eso.
—¿Tienes una hermana de mi edad? —pregunto emocionada—. ¿Cómo se llama?
Su respuesta es soltar otra sarta de humo. 17
—¿Cómo te llamas?
Sin respuesta.
Bueno, excepto por fumar más.
Y cuanto más lo hace, cuanto más no me contesta, más quiero saber. Y sé que
tengo que estar en algún sitio, pero maldita sea, ahora estoy intrigada.
Suspiro dramáticamente.
—Bueno, si no me lo dices, no tendré más remedio que llamarte señor Adorbs.
Tararea.
—Eso es nuevo.
—¿Por qué no compartes cómo te llama la gente?
—Frío —responde—. La gente me llama frío.
—Frío, ¿eh? —Inclinando la cabeza hacia un lado, aunque sé que no hay forma de
que capte ni un poco de su aspecto, respondo—: Entonces somos perfectos el uno para
el otro.
—¿Cómo es eso?
—Porque me encanta el invierno.
—Soy más frío que el invierno.
—Y porque mi segundo nombre es Agni.
—¿Qué es Agni?
—Fuego —le informo—. En sánscrito.
Suelta otra bocanada de humo como para enfatizar mi nombre.
—Fuego.
—Sí. Mi madre es de la India, nacida y criada, y cuando era joven decían que era
imprevisible. Lloraba un segundo y reía al siguiente. Tenía rabietas en medio de la risa.
Así que me llamó Agni, impredecible como el fuego. Soy Isadora Agni Holmes y aunque
seas más frío que el invierno, puedo derretirte —chasqueo los dedos—, así de fácil.
—Isadora Agni Holmes —repite como si quisiera probar mi nombre.
A mí.
O tal vez quiero que él quiera eso.
Porque, además de encontrarlo cada vez más intrigante a medida que pasan los
segundos, me doy cuenta con cierto nivel de conmoción de que yo también quiero eso.
Quiero probarlo.
Y eso definitivamente nunca me había pasado antes. 18
Por supuesto.
¿Quién es este tipo?
—Esa soy yo —murmuro, aún sorprendida por mi descubrimiento.
—Todo un trabalenguas —murmura él de vuelta.
—¿Y bien? —lo incito—. ¿Cuál es tu nombre?
—Nada tan complicado como el tuyo.
Entonces lo observo, o más bien, su silueta.
Toda envuelta en misterio e intriga.
—¿Así vamos a jugar? —Me muevo un poco sobre mis pies.
—Los juegos son para niños —también se mueve, apoyándose en el tronco como
si se preparara para quedarse un buen rato—, pero, ¿por qué no?
—Bien. —Asiento, aceptando el reto—. Ya sabemos que no eres mi
guardaespaldas, lo cual significa que debes ser un invitado. Y ya que te dije mi nombre,
probablemente también sabes que esta es mi fiesta y...
Él me señala con la barbilla.
—Feliz cumpleaños, por cierto.
Levanto la barbilla en respuesta.
—¿Qué tal si me dices tu nombre como regalo de cumpleaños?
—No puedo.
—Pero...
—Ya te he comprado regalos.
Olvidando mi decepción por un segundo, pregunto emocionada:
—¿Sí? ¿Qué me has traído?
Detecto un encogimiento de hombros.
—Una cesta de regalo de uno de esos sitios de spa. Mi hermana me asegura que
a las chicas les gusta eso.
No sé por qué, pero me parece realmente adorable.
Que vaya a ver a su hermana para preguntarle qué les gusta a las chicas.
—Pero ahora me lo estoy replanteando. —Termina.
—¿Qué, por qué?
—Porque por lo que he oído, a las chicas les gusta el tequila y los cigarrillos hoy 19
en día —bromea.
—Pero claro, tú no compartes tus cigarrillos y yo no tengo edad para beber. Así
que una cesta de regalo funciona. Gracias. —Me río entre dientes, decidiendo aquí y
ahora que, en cuanto tenga ocasión, voy a cazar su regalo primero.
—De nada.
Entonces se me ocurre lo que dijo.
—Pero espera, has dicho regalos. Regalosss. ¿Me has traído más de uno? ¿Cuál
es mi otro regalo?
—Guardar tu secreto.
—¿Qué secreto?
Soltando una bocanada de humo, dice:
—Que te escabulles de tu propia fiesta.
—Yo no...
—Porque eso es lo que estás haciendo, ¿no? —Me corta—. Escabullirte.
Normalmente, debatiría cuánto decirle. Porque si es un invitado, significa que es
amigo de mis padres. Y quién sabe qué tan confiable es.
Pero esto no es normal.
Lo que está pasando ahora, lo que estoy sintiendo ahora, no es normal.
—Tal vez —digo.
Se levanta del árbol y asiente.
—Bueno, entonces, no dejes que te impida hacer lo que sea que estés haciendo
a escondidas.
—¿Qué crees que estoy haciendo a escondidas?
Se mete una mano en el bolsillo y con la otra vuelve a llevarse el cigarrillo a la
boca.
—Conocer un chico.
—¿Un chico?
Mientras sale humo de sus labios, responde:
—Y sólo un pequeño consejo: No te quites el sujetador.
Sonrío.
—Sí, ¿por qué?
—Porque los chicos pueden ser idiotas. 20
—¿Y lo sabes porque tienes una hermana de mi edad?
—Es un poco mayor que tú, pero sí.
En realidad, olvídate de estar intrigada.
Estoy total y completamente obsesionada.
—Voy a una audición —le digo sinceramente.
Eso le da una pausa.
—Una audición.
—Sí, para una obra. —Y luego, para probar, añado—: Soy actriz.
—Actriz —murmura.
—Sí. O al menos quiero serlo, y si consigo el papel, podría serlo.
—¿Cuál es el papel?
Y mi corazón florece.
No hay otra forma de decirlo.
Florece que me pregunte por la obra. Que se está interesando.
Nadie en mi vida lo había hecho antes.
Ni una sola persona.
Bueno, excepto mi biji.
Excepto mi abuela, todos piensan que es una afición frívola de niña rica mimada y
no un sueño apasionado desde la infancia. Un sueño apasionado por el que siempre me
han perseguido porque no es convencional ni algo que mi madre -y, por tanto, también
mi padre- aprueben.
No es algo que hagan las chicas buenas.
Las chicas buenas van a la escuela, sacan buenas notas y siguen todas las reglas.
Las chicas buenas visten modestamente, no van a fiestas y sólo salen con chicos que sus
padres aprueban. Las niñas buenas crecen y se convierten en esposas de la alta sociedad
que no hacen olas, lucen bonitas en los brazos de sus maridos y no generan la atención
negativa de los medios de comunicación.
Las chicas buenas no son como yo.
—Es, eh, de un libro llamado Lolita —le digo, con la respiración acelerada y
confusa—. Estoy audicionando para el papel principal.
Para lo cual, me he preparado durante semanas en secreto.
En mi defensa, no iba a hacerlo. 21
No iba a desobedecer a mis padres. A pesar de mi rebeldía, no me gusta hacerlos
enfadar. No me gusta que me castiguen, me regañen o me hagan sentir como una extraña
en mi propia familia. No creo que a ningún niño le guste eso, que la misma gente que se
supone que te quiere y te apoya te haga sentir como un extraterrestre. Así que iba a dejar
pasar este papel como he dejado pasar todos los demás.
Hasta ahora, todo lo que he hecho ha sido actuar frente al espejo de mi habitación.
O en aulas o auditorios vacíos. Nunca, jamás, he actuado delante de la gente ni he
participado en ninguna representación escénica. Cada vez que abordo el tema con mi
madre, pierde los nervios y me castiga, y mi padre deja que mi madre haga lo que quiera
y desaparece en su estudio.
Pero entonces mi biji me dijo que tenía que dejar de ser un gallina y hacerlo. Si
quiero demostrar a la gente que se equivoca y que me tomo en serio la actuación, tengo
que arriesgarme. Tengo que salir ahí fuera a pesar del miedo, a pesar de todos los
obstáculos.
Así que flirteé con uno de los hombres del equipo de casting y me dejan hacer la
audición a estas horas de la noche. Porque le dije que mis padres no lo aprueban.
También es él quien me recogerá esta noche, a un par de manzanas de mi casa, y me
llevará a Bardstown, que es donde se representa la obra y, no a Nueva York, donde vivo
con mis padres. La pone en escena el centro comunitario de Bardstown y, si me dan el
papel, seguro que él me lleva y me trae. Y también estoy segura de que esperará algunos
favores a cambio, pero sé cómo esquivar la atención y mantenerla sobre mí al mismo
tiempo.
En cualquier caso, estoy haciendo esto.
Voy a aprovechar mi destino esta noche.
En mi decimoctavo cumpleaños.
Y nadie puede detenerme.
—Una adolescente que arruina la vida de un anciano y lo lleva a romper todas las
reglas de la moral —dice irrumpiendo en mis pensamientos.
—¿Has leído el libro? —pregunto emocionada.
—Tenías razón —declara—. El mundo necesita protegerse de ti y no al revés.
—Tú...
—Así que si eres Lolita, ¿para qué son esos?
Señala hacia donde está hablando y, de repente, corre una brisa helada que las
hace revolotear y rozar la parte posterior de mis muslos desnudos y mis brazos.
Mis alas. 22
Que estoy usando.
Además del vestido blanco que llevo, también llevo un par de alas de gasa. Otra
cosa que a mi madre le parecía objetable pero que a mí me encanta.
—Son mis alas de la buena suerte —respondo.
—Alas de buena suerte.
—Sí. Eran de mi biji. —Sonrío y explico—: Mi abuela. Ella también quería ser actriz.
—¿Y qué pasó?
—La vida —le respondo. —Por lo que me cuenta, la sociedad india de los años
cincuenta no era muy propicia para que las mujeres trabajaran, y menos aún en la
industria del cine. Así que sus sueños nunca se hicieron realidad. Ella fue quien me metió
el gusanillo de la interpretación, para consternación de mis padres.
—¿Por eso te escapas —pregunta—, porque tus padres están consternados?
—Sí.
—Bien.
Mi corazón florece con más fuerza.
—¿Ningún consejo contra salir a escondidas entonces?
—Sólo, como dicen en el teatro —murmura—, rómpete una pierna.
—¿Por qué dicen eso? —Arrugo la nariz—. Eso no puede ser bueno.
Creo que le tiemblan los labios, pero no estoy segura.
—Antiguamente, si no actuabas, te quedabas en la cola y no cobrabas. Así que se
convirtió en un término para decir que ojalá tengas la oportunidad de actuar y te paguen.
En los tiempos modernos, sin embargo, significa simplemente buena suerte.
Estudio su forma ensombrecida durante unos segundos, completamente atónita.
Asombrada.
—Eres un erudito, ¿verdad? —Exhalo, impresionada.
—Absolutamente no.
—Apuesto a que nadie aquí lo sabe. Ni una sola persona en esta fiesta sabe de
dónde viene “romper una pierna”. —Niego con la cabeza—. Excepto tú.
—Es una simple búsqueda en Google. Y la gente aquí tiene más motivos para
saber qué significa una sanción que cualquier otra cosa.

23
—Ah, fútbol —concluyo.
Mi padre es dueño de uno de los equipos de fútbol profesional, el New York City
FC, más o menos como símbolo de estatus que como otra cosa. Su verdadero negocio
es un grupo de complejos hoteleros repartidos por todo el país. Así que aquí todo el
mundo es aficionado al fútbol.
—Fútbol —confirma.
Vuelvo a arrugar la nariz.
—No creo que me guste mucho el fútbol.
—No te culpo.
—¿A ti tampoco te gusta?
—Me gusta bastante.
—Pero...
—En cualquier caso, no dejes que te retenga —me dice, cortándome.
Y se siente como una indirecta.
Un indicio de que quiere que me vaya.
—Bien —le digo—. Me voy. Pero tengo una condición.
Creo que sacude un poco la cabeza.
—Creo que deberías rendirte.
Sé que él supone que sigo jugando. Que todavía quiero saber su nombre, y lo
hago.
Pero quiero algo más.
Así que allí de pie, observando su silueta humeante, termino lo que había
empezado a hacer antes de toparme con él. Me quito el sujetador, a pesar de su consejo.
Me deslizo el otro tirante por el brazo y me meto la mano por detrás y por debajo del
vestido para desabrochármelo. Cuando termino de deslizarlo por mi cuerpo y la prenda
cuelga de mi dedo índice, la dejo caer al suelo. Y, esquivándolo, me voy.
Corriendo.
Mis alas falsas aletean detrás de mí; el dobladillo de mi vestido revolotea contra
mis muslos desnudos.
Y mi cabello largo y ondulado se agita con la brisa fría.
Es como si volara y me encanta.
Pero a esta velocidad, me voy a estrellar.
Contra una montaña.
O un cuerpo que crece más y más cuanto más me acerco a él. 24
Pero está bien.
Esa es mi intención.
Chocando contra él.
Porque cuando lo haga, me atrapará.
Tengo esa sensación de él. La sensación de seguridad.
Y tengo razón.
Porque lo hace.
En el momento en que impacto, mi frente choca contra la suya, sus brazos me
rodean la cintura. Sus pies se mueven y ensancha la postura para absorber la fuerza con
la que le ataco.
Y estoy salvada.
De hecho, estoy más que salvada.
Estoy calentita.
Y lo primero que digo es:
—Quien te llama frío está loco.
—¿Qué dem...?
—Porque creo que eres tan ardiente como un incendio forestal.
—¿Estás loca? —refunfuña, apretando su brazo alrededor de mi cuerpo.
Mis brazos también lo rodean.
—Un poco.
Me mira fijamente durante unos instantes, con el ceño fruncido, y me alegro -estoy
jodidamente emocionada, de hecho- de poder verlo.
Que puedo verlo.
Por fin.
E inmediatamente, me doy cuenta de que su cara no es para mirarla de un tirón.
No puedes mirarlo y seguir adelante, no. Hay que tomarse su tiempo. Tienes que estudiar
cada ángulo porque, al igual que su voz, sus rasgos tienen profundidad.
Sus rasgos tienen matices.
Están hechos para ser desmontados, analizados y admirados.
El arco de sus oscuras cejas, la cresta de sus pómulos y los profundos pozos que

25
hay bajo ellos. El ángulo oblicuo de la mandíbula, el puente de la nariz y los labios.
Dios, esos labios.
Son deliciosos.
Son curvados en los extremos, arqueados en el centro, muy suaves y afelpados.
Como los pétalos de una rosa oscura, tal vez. Y cuando imagino su boca con un cigarrillo
en ella, siento un cosquilleo. Cuando imagino las brasas anaranjadas que hacen brillar
esa boca, me siento acalorada.
Me hace imaginar una rosa en llamas.
Cuyos pétalos quiero lamer y comer.
Y tragar y quemarlos.
—Dora.
Levanto los ojos al oír su voz.
—Nadie me llama Dora.
Su mandíbula se aprieta.
—Suéltame.
—Me gusta.
—Déjame ir.
—Eres muy guapo.
—Su. El. Ta. Me —gruñe—. Vete.
—Bésame.
Se pone rígido.
—¿Qué?
Miro sus labios.
—Esa es mi condición. Que me beses. —Levantando la vista, añado—: Hazlo y te
soltaré. Me iré.
Su ceño se frunce.
—¿Siempre te lanzas así a los hombres?
Agarro el cuello de su chaqueta.
—Me lanzo a los hombres, pero no así.
Sus ojos -que me complace anunciar que son oscuros- brillan.
—Tú...
—Normalmente, me lanzo sobre ellos cuando quiero algo. Los tiento. Les hago
falsas promesas. Me cuelgo como un premio. —Aprieto su cuello con más fuerza—. Pero 26
eso no es lo que estoy haciendo aquí.
—¿Qué haces aquí?
—Estoy aprovechando mi destino.
—¿Qué? —suelta.
—Sí. —Asiento, mirándolo a los ojos, emocionada a más no poder—. No iba a
hacerlo, la audición. No quería enfadar a mis padres. Pero entonces mi biji me convenció.
Me dijo que aprovechara mi destino y eso es lo que estaba haciendo esta noche, en mi
decimoctavo cumpleaños. Pero entonces me encuentro contigo.
Su cuerpo está quieto y rígido, sus ojos entrecerrados.
No creo que le esté gustando mucho mi explicación.
Pero no pasa nada.
Seguiré adelante, a pesar de mi miedo.
A pesar de todos los obstáculos.
—Y tú no eres como nadie que haya conocido. —Continúo—. Otra persona, un
hombre diferente, ya habría intentado algo conmigo. Hay un hombre esperándome a dos
manzanas de aquí. Ha venido a llevarme a Bardstown para mi audición y apuesto a que
está pensando qué puede conseguir a cambio. Apuesto a que tiene todo tipo de malas
intenciones hacia mí. Porque los hombres siempre las tienen. A veces lo aliento, a veces
no. A veces lo uso para conseguir algo, como que me lleven a otra ciudad. Pero siempre,
siempre quieren intentar algo conmigo a cambio. Pero tú no. No has intentado nada. Has
intentado darme consejos y protegerme. Así que...
—Primero —gruñe, con su cuerpo tan tenso que es como si estuviera pegada a
una roca—, no vas a subirte a un coche con un desconocido.
—No lo haré —acepto de buen grado.
—Tú...
—Si me besas.
Su mandíbula se aprieta.
—Esto no es un puto juego, ¿lo entiendes? Podrías salir gravemente herida.
Podrías...
—Besarte no es un juego para mí.
Su pecho se dilata al respirar. Sus fosas nasales se agitan.
Entonces, con sus brazos que aún me mantienen a salvo, flexionándose alrededor
de mi cintura, gruñe: 27
—No te voy a besar, joder.
—¿Por qué no? —pregunto, exasperada.
—Suéltame.
—Nunca me han besado antes. Tú podrías ser mi primer beso.
—Joder, no.
Parece tan horrorizado que me veo obligada a añadir:
—¿Y si endulzo el asunto?
—No.
—¿Qué tal si te dejo ir más lejos?
—¿Qué?
Mis brazos siguen enganchados a su cuello y ahora casi cuelgo de él, con los pies
en el suelo, la espalda arqueada y el cuello levantado. Y una vez más, él me salva. Sus
brazos alrededor de mi cintura se tensan hasta el punto de que siento el movimiento de
sus músculos a través de las capas y capas de nuestra ropa.
Y un escalofrío involuntario recorre mi espina dorsal ante su fuerza.
Haciéndome aún más audaz, desvergonzada y decidida.
Mirándolo a los ojos oscuros, le pregunto:
—¿Qué tal si te dejo tocarme las tetas?
—¿Qué?
—Sí, nadie las ha tocado antes. Soy totalmente virgen. Te lo prometo.
—Eso es...
—Además tengo buenas tetas. —Me froto contra él—. ¿Ves? Son suaves y
alegres.
Mueve los brazos y me agarra de las caderas, deteniéndome.
Pero aparte de eso, no dice nada más.
—También tengo pezones color cereza.
Su mandíbula se aprieta en respuesta.
—Podrías chuparlas.
Su mandíbula se aprieta con más fuerza.
—Podrías incluso morderme, dejar tu marca en mí.
Su mandíbula se aprieta aún más que antes.
Como si estuviera probando el filo, la fuerza de sus dientes. 28
—A los hombres les gusta eso, ¿no? Les gusta dejar sus marcas en las chicas.
Podrías dejar la tuya —ofrezco—, en mí.
Aprieta los dientes.
—Y también sé que a los hombres les gusta ser dominantes y rudos. Como un
papá. Tú podrías ser eso. Podrías ser mi papi esta noche y no se lo diré a nadie. Jamás.
Ni a mi padre ni a mi madre. Ni a nadie, en realidad. Yo...
—No. —Sus dedos se clavan en mi carne con dureza, dolorosamente, antes de
apartarme de su cuerpo.
Empujada a la fuerza lejos de él, el invierno me ataca.
Afiladas garras de frío se clavan en mi piel.
Y frotándome las manos por los brazos desnudos, digo como último esfuerzo:
—Si averiguo quién eres, ¿me besarás entonces?
Me ve frotar calor de nuevo en mis brazos y su pecho se mueve de nuevo.
—Deberías volver. Métete dentro. Aléjate del frío. Aléjate de ese puto hombre.
¿Lo ves? Todavía está tratando de protegerme.
—Eres nuevo —digo en su lugar—. Tienes que serlo. Porque nunca te había visto
antes. Me habría acordado si lo hubiera hecho. Y como esta fiesta está llena de gente del
fútbol, tienes algo que ver con...
Por fin se me ocurre entonces.
Sé quién es.
El hombre con el que me he obsesionado en tan poco tiempo es alguien del que
todo el mundo habla.
—Eres Wrecking Thorn —digo, con un claro asombro en mi voz—. Eres el
legendario “Wrecking Thorn”. Shepard Thorne. ¿No lo eres? ¿Por qué no me lo habías
dicho? Eres un dios o algo así. La gente no para de hablar de ti. Mi padre, mi madre, todo
el mundo. Todos piensan que vas a cambiar el destino del equipo. Vas a traer de vuelta
los días de gloria. Eres el futbolista más sexy de la temporada. —Niego con la cabeza,
riendo entre dientes—. Ahora tienes que besarme para que pueda presumir de ello ante
todos mis amigos.
Cuando lo único que hace es mirarme fijamente, aclaro:
—Por cierto, era una broma. No tengo muchos amigos. —Como sigue sin reírse,
le digo—: Ya puedes reírte.
—No.
—¿Qué?
29
—Yo no soy él.
Frunzo el ceño.
—Tú...
—Así que, por desgracia, besarme no te dará derecho a presumir.
Algo en su voz me alerta de su postura.
Para estudiar su cara, su comportamiento.
Y me doy cuenta de que está todo tenso. Su voz, los músculos de su cuerpo.
Rígido y distante.
De alguna manera, lo he ofendido, creo, lo he hecho enojar.
—Lo siento —digo, dando un paso hacia él—. Sólo estaba...
—Soy la versión menos conocida de él.
Esta vez, antes de decir algo, pienso. Sopeso sus palabras.
Intenta comprenderlas.
Y entonces me doy cuenta.
Quién es.
Shepard no es el único hombre del que hablan mis padres. También hablan de
alguien más. Alguien que es tan nuevo como Shepard. Alguien a quien la gente llama frío.
Dios mío, era tan obvio.
Me dijo quién era, ¿verdad?
Antes.
Pero no es un jugador.
Es el nuevo entrenador asistente.
—Tú eres Cold Thorn. Eres su gemelo.
—Lo soy.
—No lo sabía. Yo...
—Bueno, ahora sí —dice, con voz grave—. Y déjame decirte también que si
quieres que te bese, te has equivocado de gemelo. Yo no voy por ahí besando a niñas
ricas mimadas que no aceptan un no por respuesta. Él, sin embargo, te complacerá. No
tiene muchos estándares y por lo que he oído, la desesperación lo excita. Pero a mí no.

30
Encuentro la desesperación molesta. Encuentro a las niñitas como tú aún más molestas.
Así que deberías correr y encontrarlo. Tal vez él sea tu destino, porque yo no lo soy en
absoluto.
Entonces hago lo que me dice.
Me voy corriendo.
Y lo encuentro.
Su hermano gemelo.
No porque sea mi destino, sino porque soy Isadora Agni Holmes y voy a derretir a
Stellan “El Cold” Thorne y hacer que se coma sus palabras.
CAPÍTULO 2
Wildfire Thorn

Soy Cold.
O así me llama la gente.
Dicen que soy un bloque de hielo. Dicen que estoy congelado.
Que no tengo sentimientos, ni emociones.
Que bajo mi pecho hay un corazón que no late. 31
Es porque quiero que piensen eso. Es porque hay cosas dentro de mí que no
quiero que nadie vea. Cosas que quiero que nadie vea. Así que las mantengo ocultas,
enterradas bajo dos metros de hielo. Como la gente entierra a sus muertos.
Pero esa no es la cuestión.
La cuestión es que preferiría estar en casa, fumando tranquilamente mi único
cigarrillo del día mientras me pierdo en las páginas de un libro. Pero sólo durante una
hora. No más.
Por eso mi plan era entrar y salir. Mostrar mi cara lo suficiente como para que
supieran que estaba aquí, pero permanecer en las sombras, sin ser molestado ni
descubierto. Como esas cosas dentro de mí. Además, soy el segundo entrenador. Mi
equipo está presente; mis jugadores están aquí. Así que estar aquí es más o menos mi
trabajo y me tomo mi trabajo en serio. Aunque no me guste.
No soy aficionado al fútbol, no como esta gente de aquí.
Nunca lo fue. Nunca lo será.
Lo cual me parece muy bien.
Pero en fin.
Lo que no había planeado era ella.
No había planeado ser descubierto por ella.
Ser visto por ella.
“Eres tan ardiente como el fuego...”.
Nadie me ve nunca, lo cual me parece muy bien. Lo quiero así. Así que no estoy
seguro de cómo pudo hacerlo una chica de dieciocho años. ¿Cómo fue que me vio, me
encontró en la oscuridad?
¿Cómo es que me parecía interesante?
Sus avances imprudentes. Su charla interminable. ¿Cómo era que cuanto más
impredecible, caprichosa y salvaje se volvía, más incapaz era de dejarla?
Quizá porque yo no soy nada de eso y ella es el polo opuesto a mí.
Y quizá por eso fui tan duro con ella.
Porque no quiero encontrar a la gente interesante. No quiero que me intriguen.
He oído hablar de ella, por supuesto. Es la hija del jefe; esta fiesta es en su honor.
La gente sabe quién es. Sin mencionar que hay rumores. He oído que el señor Holmes la
desaprueba. Y tiene que ser porque ella está fuera de control. Arruina a los hombres,
destruye sus carreras con su belleza seductora. 32
Una Lolita de la vida real.
El señor Holmes ha tenido que despedir a dos entrenadores junior desde que
compró el equipo hace dos años. Ha tenido que despedir a tres chicos de seguridad,
cambiar a un jugador, todo porque fueron encontrados en varias posiciones
comprometedoras con ella. Personalmente, nunca he dado mucha importancia a los
rumores y no lo considero asunto mío.
Pero esta noche no.
Esta noche, por alguna razón, parece que es asunto mío.
Esta noche, estoy mirando.
A ella.
Con él.
Bailando.
La estoy viendo con él, riendo. Con abandono, sin una preocupación en el mundo.
Sin importarle que estoy a sólo unos metros.
Una bomba de relojería está a sólo unos metros.
Una bomba que va a explotar en cualquier momento.
En cualquier momento cruzaré la pista de baile, agarraré a mi hermano por el
cuello y le arrancaré la sonrisa de la cara. Voy a romperle las piernas en pedazos, una a
una, para que bailar sea un recuerdo lejano para él. Se la arrancaré de los brazos y se la
robaré. Voy a empezar una pelea con mi hermano porque yo la vi primero.
Lo cual no es bueno.
Yo sintiéndome así -enfadado, agitado, celoso- no es bueno. Que ella me haga
sentir así no es nada bueno.
Es jodidamente malo.
Es francamente peligroso.
Es peligrosa.
Tanto que necesito alejarme. Necesito contenerme. Necesito contener este fuego
dentro de mí. Estas cosas que no quiero que nadie vea. Necesito volver a las sombras
donde pertenezco, permanecer sin ser descubierto y oculto.
Que es lo que yo hago.
Abandono la fiesta, decidido a no pensar en Isadora Agni Holmes.
La chica del vestido blanco y las alas falsas.
Con fuego suficiente para derretir el puto Ártico. 33
Con suficiente fuego para derretirme incluso a mí.
ACTO 1
El Idiota, la Zorra y el Novio

34
CAPÍTULO 1
Presente
Se mantiene alejado de todos y al margen de todo.
Como siempre.
El salón de baile está lleno de gente, todos los rincones rebosan de brillantes
vestidos y elegantes esmóquines. Pero él ha conseguido encontrar un rincón, un pequeño
rincón, junto a la salida del recinto. Allí está, apoyado en la pared, con un vaso de whisky.
Apuesto a que no se lo ha bebido ni ha tomado más que unos sorbos. No es un gran
bebedor.
35
Mientras observa a la gente.
Como si estuviera aquí para observar y no para participar.
Está al margen de todas estas tonterías y frivolidades. No le interesa. No le
conmueven ni le inspiran.
Lo rechaza.
Este evento benéfico que organizó el New York City FC.
No lo culpo.
Aunque este tipo de eventos han sido la norma para mí mientras crecía, tampoco
me han gustado nunca. Son demasiado estirados para mí. Demasiado falsos, demasiado
artificiales, con sonrisas ensayadas y diálogos ensayados. Como estudiante no oficial de
teatro en la universidad, mi amor por lo falso es grande, pero no tanto. Así que entiendo
su desdén.
Además, no creo que tenga muchas cosas en común con el resto de los hombres
de aquí.
Bueno, excepto por la ropa.
Lleva el mismo esmoquin brillante y una camisa blanca impecable debajo como el
resto de ellos. Lleva el cabello castaño oscuro peinado exactamente igual que los demás.
Y sus zapatos de punta de ala están pulidos a la perfección.
Sin embargo, sigue destacando.
Porque lo conozco.
Mientras que aquí todo el mundo rompería todas las reglas a la primera
oportunidad que tuviera, él las cumplirá pase lo que pase. Mientras aquí la gente habla
del tiempo o de estadísticas de fútbol, él probablemente pueda mantener una
conversación sobre historia y política; lo he oído hacer ambas cosas en más de una
ocasión. Cuando se digna a hablar, claro. Aunque un hombre más débil sucumbiría a la
tentación, sé que se aferrará a su cigarrillo diario pase lo que pase.
Ah, y también sé que es frío.
Tan, tan frío.
No es que me importe ninguna de las cosas que he mencionado antes.
No.
De hecho, ni siquiera lo estoy viendo ahora mismo.
No.
Es sólo que está en mi línea de visión. 36
Y cada vez que levanto la vista de mi bebida -un vino blanco- mis ojos pasan
inevitablemente junto a él. Así que es una mirada pasajera, eso es lo que es. En cualquier
momento, voy a pasar de él y mirar a otra cosa.
Lo soy.
Va a ocurrir.
—¿Isadora?
Me sacudo, dejando caer el vino peligrosamente cerca del borde, y me vuelvo
hacia la voz que está a mi lado.
—Qué, lo siento.
Es mi madre.
Lo cual sabía, por supuesto.
Sabía que estaba con mi madre. Sabía que estaba tomando una copa con mi
madre, por eso la bebida es un vino blanco suave en lugar de algo a base de tequila.
Ya sabía todo eso.
Es sólo que tan pronto como vi... a cierta persona junto a las puertas de salida al
otro lado del salón de baile, me olvidé.
Lo cual fue estúpido.
Porque ahora mi madre mira en la misma dirección que yo hace un momento
mientras pregunta:
—¿A quién miras?
—Nadie —respondo rápidamente.
Un poco demasiado rápido quizás porque los ojos de mi madre vuelven a posarse
en mí.
Me parezco a mi madre. De eso no hay duda.
Tenemos la misma piel color miel y el mismo cabello negro azabache. La misma
nariz, los mismos labios en forma de arco. Los mismos ojos almendrados. Los míos son
grises, aunque los heredé de mi padre, y los suyos son marrón oscuro. Sin embargo,
rozan el negro cuando me mira.
Porque su mirada se llena de desagrado.
Siempre.
Pase lo que pase.

37
Cuando era joven, me costaba entender por qué mi madre era así. Estricta y severa
y siempre poco divertida conmigo. No mostraba emociones. Ninguna expresión abierta
de amor. Sólo un montón de normas y molestias por ser demasiado ruidosa o demasiado
alborotadora. Cuando me hice mayor y empecé a saber más sobre la procedencia de mi
madre, me di cuenta de que quizá se debía a que había crecido en una cultura diferente.
Una cultura que valora las tradiciones, la obediencia y la estructura.
Si lo pensamos bien, Aarti Arora Holmes -Arora es su nombre de soltera- nunca
ha hecho nada poco convencional. Bueno, salvo casarse con mi padre, estadounidense,
y mudarse del Punjab, un estado del norte de la India, a otro país. Pero incluso eso fue
porque la familia de mi padre era amiga de la de mi madre y mi abuelo, ya fallecido, pensó
que era una buena pareja.
Como yo no era nada de lo que su cultura valoraba, mi madre no sabía cómo tratar
conmigo, salvo enfadándose y reprendiéndome a cada momento.
Pero luego crecí más.
Y me he dado cuenta de que tampoco es el caso.
No es la cultura lo que ha hecho que mi madre sea como es. Es ella.
Porque mi biji, la madre de mi madre, es exactamente como yo. O bueno, yo soy
como ella. Es de espíritu libre y divertida. No le importan las reglas ni ser buena. Así que
tal vez ese es el problema. Que soy como su madre. A quien ella tampoco quiere mucho.
—¿Estás segura? —pregunta mi madre tras unos segundos de estudiarme en
silencio y con suspicacia.
Me pongo nerviosa.
—Sí.
Otros segundos de tenso silencio.
—Vamos a repasarlo de nuevo, ¿de acuerdo?
Y se me aprietan las tripas.
Porque aunque mi madre nunca me querrá, yo la quiero. Quiero que me apruebe.
Quiero que me acepte como soy.
Al igual que el sueño de convertirme en actriz a pesar de los deseos de mi madre,
es un sueño que tengo desde que era pequeña. Que un día mi madre se dé cuenta de lo
mucho que me quiere, a pesar de ser como soy, y vivamos felices para siempre.
Alejo todos estos pensamientos y respondo:
—Sí. —A continuación—. Uh, sólo un trago.
Mira la copa que tengo en la mano.
—Sólo uno. 38
Trago saliva y agarro la copa con más fuerza.
—No se baila en la pista si no baila nadie más.
—Bien.
—No reír demasiado alto ni hablar demasiado alto.
—¿Qué más?
—No —me aclaro la garganta—, hacer una escena como suelo hacer. Nada de
llamar la atención.
—No eres un animal en el zoo —me recuerda—. No quieres que te mire un montón
de gente.
Aunque no es la primera vez que mi madre me dice algo así, me arden las mejillas
de vergüenza. En su defensa, sin embargo, he hecho todas y cada una de las cosas de
su lista de reglas.
Me he emborrachado en fiestas.
He bailado cuando nadie más bailaba. Una vez me subí a la mesa y empecé a bailar
despacio. Pero sólo porque todo era tan aburrido y carente de vida, y quería divertirme
un poco. También me he reído demasiado y he hablado demasiado alto. Y sí, la gente se
me ha quedado mirando y al día siguiente he acabado en revistas y páginas web de
chismes.
Avergonzando a mi madre y a mi padre.
—Sigue —dice—. Hay más.
Sé que hay más.
Esto último es algo más difícil de decir.
Porque también es por la que soy más famosa.
O infame.
Pero sé que mi madre no dejará de mirarme como si fuera un criminal si no lo digo.
—Ningún otro h-hombre.
Su mandíbula se mueve de un lado a otro.
Por supuesto con disgusto.
Aunque mi madre todavía puede tolerar que sea descarada e inapropiada,
demasiado imprevisible para su gusto, lo que no puede tolerar en absoluto es la
reputación que tengo con los hombres.
La reputación más o menos la he cultivado yo misma.
Esta vez, sin embargo, tengo una defensa para mí. 39
Y es que no lo sabía.
No tenía ni idea de que me estaba granjeando una reputación si flirteaba con mi
guardaespaldas para ir a una fiesta. Sólo pensaba en la fiesta en ese momento. No tenía
ni idea de que si le batía un poco las pestañas al camarero para que me dejara probar el
whisky por primera vez, me estaba pintando una diana en la espalda por ser demasiado
fácil; sólo pensaba en el whisky y en cómo quería probarlo a pesar de tener trece años.
O en la época en que suspendía la clase de ciencias, así que pensé por qué no ser amable
con el señor Sanders. Por qué no sonreírle y reírme de sus chistes sin gracia para que
me pusiera un aprobado. Y lo hizo. Un día también intentó dejarme a solas en clase y,
cuando me negué, fue a hablar con el director por mi comportamiento inapropiado.
Le he explicado todo esto a mi madre varias veces. Le he explicado todas y cada
una de las situaciones, pero ella siempre dice que es culpa mía. Que no debería haber
sonreído, coqueteado o pestañeado. Cree que es responsabilidad de las chicas mantener
a raya a los chicos. Y que las chicas irresponsables como yo son unas zorras.
—No cuando todo el mundo está mirando, Isadora —añade, acercándose y
agarrándome del codo—. ¿Está claro?
Salto.
—Sí.
Me clava las uñas en la piel e insiste:
—No cuando todos los ojos están puestos en ti.
Jadeo por el dolor.
—No lo haré...
Pero mi madre no está contenta con eso.
Me pellizca la carne, sus ojos ásperos.
—No cuando estás tan atada al equipo.
Las lágrimas me escuecen entonces.
Del dolor. De la quemadura.
Por la forma en que mi corazón late en mi pecho.
—No... no haré nada.
—Será mejor que no —dice mamá—. Lo digo en serio, Isadora. No permitiré que
avergüences a esta familia. Especialmente cuando empieza la temporada y todo el mundo
está pendiente del equipo. Todo el mundo habla de nosotros. Y si acabamos en los
medios por algo que no sea que el equipo gane el campeonato por segundo año

40
consecutivo, haré que te arrepientas. ¿Está muy —me retuerce la carne—… muy claro?
Entonces no puedo contener mi mueca.
No puedo evitar retorcerme y tratar de alejarme de ella.
—Mamá, tú...
Pero no ceja en su empeño.
—Respóndeme, Isadora.
Una lágrima solitaria resbala por mi mejilla.
—S-sí. No haré nada. No meteré la pata. No los avergonzaré ni a ti ni a papá.
Aprieta los dientes, estudiándome, probablemente tratando de averiguar si estoy
diciendo la verdad.
—Bien. Ahora ve a limpiarte y busca tu mesa.
Así que lo hago.
Me escapo.
Me aseo, me limpio las lágrimas y me pinto los labios. Luego voy a buscar mi mesa.
Estoy sentada con otros jugadores y sus esposas y novias. Y aunque la
conversación con mi madre me ha bajado los humos y me arde la piel donde me pellizcó,
me alegro de verlos.
Allí están Tempest Thorne, esposa de uno de los jugadores, Ledger Thorne;
Bronwyn Littleton, novia de Conrad Thorne, el entrenador del equipo; y Meadow Brooks,
la prometida de Riot Rivera, otro de los jugadores. Todos son amables y cordiales, e
inmediatamente me invitan a entablar conversación tras sus saludos iniciales. Al parecer,
todas hablan de la última vez que tuvieron sexo.
—Estás de broma —le dice Bronwyn, o Wyn, a Tempest, con los ojos muy abiertos.
—No —responde, con una sonrisa pícara en los labios.
Meadow también se dirige a Tempest.
—¿Aquí? ¿Tú —baja la voz—, lo hiciste aquí?
Tempest da un sorbo a su bebida y asiente.
—¿En el evento? —Meadow sigue adelante.
—Eso es lo que estoy diciendo. —Entonces—: Oye, escucha, bien. No tengo uno,
sino dos niños de seis meses. Gemelos. Y ambos tienen un radar asesino. De alguna
manera siempre saben cuando mami y papi están ocupados. Así que tenemos que ser
creativos. —Da otro sorbo a su bebida—. Mamá quiere una familia numerosa y papá ha
prometido darle todo lo que quiera. Además, a mamá siempre le cuesta quitarle las manos
de encima a papá.
Entonces mira al padre. 41
Con una melena salvaje y oscura que se riza en las puntas y cae en cascada sobre
sus cejas formando un flequillo, y un rostro que parece tallado en piedra con los ángulos
más bellos, Ledger tiene que ser uno de los hombres más guapos que he visto en mi
vida. Y su atractivo sólo aumenta por el hecho de que, cada pocos segundos, sus ojos
encuentran la forma de desviarse hacia su mujer aunque esté enfrascado en una
apasionada discusión. Me hace sentir como si quisiera asegurarse de que Tempest sigue
ahí.
O que está a salvo.
O quizá ambas cosas.
Es muy dulce.
—¿Dónde? —pregunta Wyn, fascinada.
—¿Por qué, quieres sugerencias? —Tempest sonríe.
Wyn se sonroja.
—Quiero decir, algo así.
Ante esto, digo:
—De ninguna manera.
Wyn se vuelve hacia mí.
—¿Por qué no?
Ahora bajo la voz y todas las chicas se inclinan hacia mí.
—No creo que a tu hombre le guste algo así.
Tempest se echa a reír y Wyn le da un manotazo en el brazo.
Mientras Meadow y yo simplemente nos miramos confundidas. Entonces Meadow
dice:
—Creo que Isadora tiene razón.
Asiento.
—Quiero decir, míralo. Parece tan controlado y profesional.
Todos lo hacemos.
Conrad Thorne.
Además de ser el entrenador del New York City FC y el novio de Wyn, también es
el hermano mayor de Ledger. Cuando me enteré, me sorprendió mucho. Porque no se
parecen en nada.
Por fuera, quiero decir. 42
Si Ledger tiene el cabello oscuro y los ojos oscuros, Conrad tiene el cabello rubio
oscuro y los ojos azul marino. Mientras que Ledger, también conocido como la Angry
Thorn -su apodo futbolístico-, parece siempre rebosante de una energía violenta que
puede desatar en cualquier momento, el entrenador Thorne es más reservado. No soy
tan tonto como para pensar que es un tipo genial con cero problemas de temperamento,
pero donde otros pueden recurrir a la violencia, Conrad Thorne parece como si fuera a
marchitarte con una sola mirada.
Y así, de nuevo, no puedo imaginarlo ocupado en un lugar público.
—Apuesto a que solo hace el misionero —murmura Meadow y luego se lleva una
mano a la boca—. No puedo creer que dijera eso del entrenador Thorne. —Luego,
volviéndose hacia Wyn—, Dios mío, no pretendía ofender. Lo juro.
Sólo hace que Tempest se ría más.
Y poniendo los ojos en blanco, Wyn le da otro manotazo en el brazo.
—Deja de reír.
Tempest se seca las lágrimas de alegría de los ojos.
—Perdón, perdón. Es que... —Jadea un poco más—. Es muy gracioso que piensen
que no va a aprovechar la oportunidad de hacerte cosas sucias en un lugar público.
Wyn se encoge de hombros, con una pequeña y reservada sonrisa en los labios.
—A mí me gusta. Todos piensan que es gruñón y sin color. Que es muy serio —
sus ojos se desvían hacia él—, pero no lo es. Tiene colores. Tiene matices. Es mi musa.
Como si el entrenador Thorne lo hubiera oído, desvía la mirada hacia su artística
Wyn. Y sus ojos azul marino arden de tal forma que, por primera vez, entiendo por qué
Tempest se reía de nosotros. Porque creo que el entrenador Thorne no dejaría pasar la
oportunidad de hacerle cosas sucias a Wyn en un lugar público. De hecho, podría vaciar
este salón de baile con una de sus legendarias miradas sólo para poder estar a solas con
ella.
—¿De qué nos reímos todas? —pregunta una recién llegada, Jupiter.
Es pelirroja y tan despampanante que no puedo. No es una esposa ni una novia,
pero ha estado merodeando por las mesas, pasando por aquí y por allá para charlar.
Porque es muy amiga de las otras chicas -de hecho, Meadow y Jupiter crecieron juntas-
y trabaja en el evento como una de las camareras.
Soy muy nueva en su grupo de chicas, pero por lo que tengo entendido, su pandilla
es mucho mayor, con algunas chicas más que no están aquí esta noche, pero la mayoría
de ellas fueron juntas al instituto, llamado St. Mary's School para Adolescentes con
Problemas, un reformatorio sólo para chicas en la vecina ciudad de St. Mary’s.
Su amistad es el tipo de amistad que me hubiera gustado tener cuando estaba en 43
el instituto. Han pasado por muchas cosas y se han apoyado mutuamente en las buenas
y en las malas. Y si soy sincera, me da un poco de envidia ese tipo de amor.
Tempest tira de Jupiter hacia abajo y le susurra al oído, probablemente contándole
lo que todos hemos estado hablando. Cuando Jupiter se pone al día, primero mira a
Meadow y luego a mí antes de poner los ojos en blanco.
—Niñas. —Y luego—: Créeme cuando te digo que ambos incendian nuestra
escuela con sus miradas anhelantes y suspirantes.
—Cállate —murmura Wyn, dando un manotazo a Jupiter.
Ah, sí, el entrenador Thorne -antes de ser el entrenador jefe del New York City FC-
solía ser entrenador en el St. Mary’s. Que es donde se enamoraron. Probablemente
deberían hacer una película sobre eso. En realidad, deberían hacer una película sobre las
historias de amor de todas estas chicas.
—¿Y tú, Meadow? —Tempest avanza hacia ella, rompiendo mis pensamientos—.
¿Crees que Riot y tú lo harían en un lugar público?
Esta vez, Jupiter ríe con complicidad y Meadow le da un manotazo en el brazo.
—Sí, claro que lo harían.
—Cállate —murmura Meadow, con las mejillas sonrojadas—. Bueno, no creo...
Yo... Él...
Subrepticiamente, todas miramos a su pretendiente, Riot, y suspiramos.
Está ocupado en una discusión con Ledger y el entrenador Thorne, con el cabello
oscuro despeinado y largo, casi besándole las cejas. Creo que, de todos los hombres de
esta mesa, es el que tiene el cabello más largo ahora mismo, incluso más que el
entrenador Thorne, que es famoso por su melena. Por no mencionar que su piel también
es la más bronceada, debido a su herencia latina. Y de ahí que brille más, atrayendo
inevitablemente tus ojos hacia él.
Dios, es guapo.
Como todos los demás hombres, sus ojos también observan a Meadow. En
realidad, es a Meadow a quien más mira. Porque acaban de empezar a salir. Pero se
comprometieron enseguida, porque se conocen desde hace tiempo; Meadow era la
niñera de Sophia, la hija de Riot. De hecho, acaba de comprarse un vestido de novia; me
invitó a ir de compras. ¿Lo ven? Simpática.
Y corroboro la afirmación de Jupiter.
—Oh sí, totalmente.
Wyn se ríe. 44
—Sí.
Tempest también se ríe.
—Sí, era una pregunta tonta.
Meadow se sonroja y entorna los ojos.
—¿Y tú? —Tempest se posa en mí—. ¿Lo harían en público?
Debería habérmelo esperado.
Debería haber estado preparada para ello, la pregunta.
Como ya he mencionado antes, eso es lo bueno de estas chicas. Aunque sólo nos
hemos visto un puñado de veces, todas han sido muy buenas conmigo. Todas han sido
acogedoras e inclusivas. Así que el hecho de que me plantearan esta pregunta mientras
dábamos vueltas a la mesa, por así decirlo, es normal.
Pero durante uno o dos segundos, mi cerebro se apaga.
Durante uno o dos segundos, no sé qué decir.
Qué palabras utilizar.
Qué gestos hacer.
¿Qué debo hacer exactamente?
Lo cual es muy inusual para mí.
Porque soy buena mintiendo. Soy buena actuando.
Es que... Son todas tan amables y cuanto más las conozco, más me doy cuenta de
que odio mentirles. Y eso es lo que estoy haciendo, ¿no? Estoy mintiendo sobre ciertas
cosas.
Pero me salvo cuando la sala estalla en aplausos y su atención se desvía.
Gracias a Dios.
En cambio, todos nos centramos en lo que ocurre en la plataforma elevada, que
sirve de escenario improvisado donde mi padre ha comenzado su discurso. Habla de
cuánto dinero ha recaudado para el equipo a través de actos benéficos y de sus
campañas fuera de temporada. A continuación habla de cómo ha construido él solo el
equipo que está a punto de encadenar una racha de victorias.
No voy a mentir, me hace sentir mal por el equipo.
Por la gente que realmente hace el trabajo.
Como los jugadores y los entrenadores. 45
Nunca me ha interesado el fútbol, pero puedo imaginar lo duro que trabajan. Lo
disciplinados que tienen que ser para alcanzar este nivel de excelencia.
Pero mi padre siempre ha sido así. Se preocupa por sí mismo, su dinero, su
estatus, su reputación. Y mi madre, que está sentada delante, es la pareja perfecta para
él. A pesar de ser de dos culturas muy diferentes, mis padres son felices juntos. O tan
felices como pueden serlo con sus emociones reprimidas y su negatividad.
Cuando mi padre termina de hablar de sus logros, dedica los últimos diez
segundos, más o menos, al entrenador del equipo. Es decir, lo presenta por su nombre y
le da la bienvenida al escenario, y eso es todo.
Los aplausos vuelven a estallar cuando el entrenador Thorne sube al escenario.
Mientras mi padre describía su inteligencia con todo lujo de detalles, el entrenador Thorne
es sucinto y directo. Hace recaer todo el éxito sobre los hombros de sus jugadores y su
personal. Los elogia por su dedicación y su duro trabajo durante la temporada baja, y les
dice que tienen que seguir haciendo lo que han estado haciendo porque la nueva
temporada ya está aquí. Cuando termina, da la bienvenida a la siguiente persona: el
capitán del equipo.
El capitán del equipo es tan escueto como su entrenador. Que, por cierto, también
es su hermano; sí, hay muchos Thorne y todos están afiliados al New York City FC. Sólo
que su discurso está cargado de palabras malsonantes y un par de chistes verdes. Por
eso se ríe a carcajadas y su hermano mayor, que está en la mesa en la que estamos
sentados, lo mira de reojo. Pero cuando termina su discurso, las risas, los aplausos y los
silbidos que estallan probablemente pueden oírse en toda la ciudad de Nueva York. Si no
lo supiera, pensaría que la gente se siente aliviada de que se vaya.
Pero sé que no es así.
No arman este jaleo porque su capitán haya abandonado el escenario.
Aplauden por donde va.
Están jubilosos por hacia quién camina. Todo con propósito y determinación.
Hacia su novia.
Y cuando llega hasta ella, se inclina y le ofrece la mano, y el aplauso que no creía
que pudiera ser más fuerte, lo es. Tanto que creo que ya no oigo los latidos de mi corazón.
No creo que pueda oír mis propios pensamientos.
Quizá por eso tardo un segundo o dos en darme cuenta de que me está ofreciendo
la mano.
Que la gente nos aplauda y nos anime.
Porque yo soy ella. 46
Yo soy la novia.
Yo.
Isadora Agni Holmes.
La chica de Shepard “La Wrecking’” Thorne.
CAPÍTULO 2
Me está mirando fijamente.
Desde el otro lado del salón, desde donde observa a todos los demás en la fiesta,
imagino sus ojos puestos en mí. Que me está viendo bailar con él.
Su hermano gemelo.
Que está mirando y está furioso.
Sus dedos se aprietan y aprietan alrededor de su vaso de whisky, aún casi lleno.
Sus ojos oscuros, marrón chocolate como su cabello, se entrecierran y parpadean. Su
mandíbula, siempre bien afeitada y tan angulosa y dura, se aprieta de rabia. 47
Imagino que quiere empujar esa pared y cruzar la habitación a zancadas.
Y quiere hacerlo deprisa.
Tanto es así que empuja a la gente. Pone sus grandes manos sobre sus cuerpos y
los aparta físicamente de su camino. Y también puede hacerlo. Es muy alto, ancho y
corpulento. Pero no de una forma bruta. Como todos los futbolistas: esbelto y esculpido,
con huesos densos y músculos estilizados. Aunque ya no juegue, sigue teniendo el mismo
aspecto. Y va a utilizar su fuerza silenciosa para destruir todos los obstáculos que se
interpongan en su camino y conseguir lo que quiere.
A mí.
Y cuando, por fin, llega hasta mí, lo imagino arrancándome de los brazos de su
gemelo. Me imagino haciéndome girar y estrellándome contra su musculoso cuerpo. Y
cuando jadeo por la fuerza, por su violencia, él la captura con su boca de fumador.
Por fin, por fin me da lo que le pedí.
Hace un año.
En mi decimoctavo cumpleaños.
Un beso.
Un beso que destroza el alma y aprieta las tripas.
Pero no va a ocurrir.
No va a besarme.
Probablemente ni siquiera me esté mirando ahora mismo.
Primero porque esto no es una película. Él no es un héroe torturado y yo no soy
una heroína trágica. Nuestro amor no está cruzado de estrellas ni escrito en el viento. Y
segundo porque ya ha pasado un año y él no ha hecho ninguna de esas cosas. De hecho,
ni siquiera me ha dedicado más que una mirada pasajera. Así que en lugar de inventarme
escenarios en mi cabeza, todos cinematográficos y con una banda sonora de fondo,
debería centrarme en el presente. Debería centrarme en lo que estoy haciendo ahora
mismo.
Y lo que ocurre a mi alrededor.
Estoy en la pista de baile y que me observan.
No por quien yo quiera, sino por Jupiter.
Bien, no me cites, pero creo, creo, que está un poco colada por el hombre con el
que bailo. La he visto mirándolo un par de veces pero no he abordado el tema con ella.
Porque bueno, está conmigo. 48
Quiero decir, me reclamó delante de todos.
Eso es lo que hizo, ¿no?
Me reclamó.
Pero no es la primera vez que lo hace. Me ha ofrecido su mano, su brazo para que
me agarrara; me ha retirado sillas; me ha abierto puertas. Una vez incluso me llevó en
brazos porque se me rompió el tacón mientras caminábamos por la calle y, en lugar de
dejarme cojear, se agachó y me llevó al restaurante al que nos dirigíamos para que
conociera a sus compañeros de equipo.
Y no voy a mentir, lo he fomentado.
He fomentado que me tome de la mano, que me abrace, que me lleve en brazos.
Su reclamo.
Porque servía para algo.
Un propósito muy egoísta que desconoce.
—¿Estás listo para la temporada? —le pregunto.
Sé que ha sonado brusco.
Dado que no nos hemos dicho ni una sola palabra desde que me arrastró hasta
aquí, a la pista de baile, con varias otras parejas que se mecen abrazadas al ritmo de
música lenta.
Lo que no es propio de nosotros.
Si en algo somos buenos los dos, es en hablar.
Compartir chistes.
Hacer reír al otro.
Algo que quedó patente la primera vez que lo conocí en la fiesta de mi decimoctavo
cumpleaños. En cuanto lo encontré en la piscina charlando con algunos de sus
compañeros de equipo y le pedí que bailara conmigo, lo supe. Por su sonrisa arrogante
y su mirada pícara, supe que íbamos a ser los mejores amigos.
Ah, y luego estaban sus palabras: “Déjame adivinar, estás tratando de hacer enojar
a alguien. Tu padre, lo más probable.”.
Y cuando le pregunté si me ayudaría, dijo:
“Claro que sí. No soy un gran fan de tu padre.”.
Mejores amigos al instante.

49
Fue como si hubiera encontrado un alma gemela.
Desde entonces, somos inseparables. Y sería increíble que nuestra proximidad
forzada se debiera únicamente a que, de forma muy inesperada, encontré en él a un
mejor amigo cuando, de hecho, estaba intentando enojar a alguien... pero no a mi padre.
Pero no lo es, ¿verdad?
Y cada vez es más difícil soportar esa carga.
—¿Ahora hacemos cháchara inútil? —pregunta en su lugar.
Levanto los ojos de su nuez de Adán -el lugar que he estado mirando todo este
tiempo- y me fijo en su cara. Sus ojos oscuros brillan con picardía. Esas pestañas gruesas
y rizadas, ese cabello revuelto por el que pasa los dedos. Esa nariz arrogante y esos
labios, siempre a punto de sonreír. Como si conociera un chiste secreto que nadie más
conoce.
Shepard Thorne es el chico malo por excelencia.
Un rompedor de reglas. Divertido, irreverente.
Popular y arrogante.
Vida de fiesta.
Y todo lo contrario de cierta persona que no puedo sacarme de la cabeza.
Sin embargo, lo ignoro todo.
—¿Qué? —Intento pellizcarle el brazo pero fallo—. Es una pregunta legítima. La
temporada empieza la semana que viene. ¿Estás listo o no?
Me mira.
—Muy bien, entonces. Para responder a tu pregunta, señorita Holmes, sí. Estoy
preparado. Todo el equipo está preparado. Trajimos a casa el trofeo la última vez y lo
haremos esta vez también. Porque no jodemos cuando es algo que nos pertenece.
Levanto las cejas.
—Eso ha sido un poco arrogante, ¿no crees, señor Thorne?
—La arrogancia no es más que confianza con unos centímetros de más —
responde—. Y si sabes algo de mí, sabes que tengo muchos de esos.
—¿Estás diciendo que tienes unos centímetros de más?
—Digo que tengo muchos centímetros de más.
Niego con la cabeza, intentando contener mi sonrisa.
—Quizá no seas consciente, señor Thorne, pero acabas de hacer un doble sentido

50
en la televisión nacional.
—Oh, soy consciente, señorita Holmes.
—Sin embargo, no sé si es apropiado para nuestro delicado público.
—Bueno, van a tener que censurarme, entonces.
—Supongo que sí.
—¿Y tú?
—¿Y yo qué?
Inclina la cara hacia mí.
—¿Eres demasiado delicada para mi doble sentido y mis centímetros extra?
Hago como que pienso.
—Bueno, voy a tener que pensarlo. Por un lado, soy una dama, pero por otro,
también conozco muy bien tus rituales de pretemporada, así que no sé, señor Thorne. Es
una elección difícil.
Entonces me río.
Porque hasta que lo dije, lo había olvidado por completo.
Sobre su ritual de pretemporada.
O más bien el ritual de inicio de temporada.
Algo que me había contado la misma noche que nos conocimos. Mientras
bailábamos juntos, empezamos a intercambiar locuras que habíamos hecho en nuestras
vidas. La mía fue correr por una fiesta por un desafío: estaba borracha y juguetona. Y la
suya fue la historia de las gemelas. Así que, a falta de una forma mejor de explicarlo, cada
principio de temporada -desde su carrera como futbolista en el instituto- encuentra a dos
chicas que son gemelas idénticas y monta un trío con ellas.
Sí.
Un trío.
Con gemelas idénticas.
En primer lugar, es muy difícil encontrar gemelas idénticas, o al menos eso
imagino. Y en segundo lugar, si las encuentra y si son apropiadas para su edad, tienen
que coincidir muchas cosas: tienen que estar dispuestas a hacer un trío con él. Tienen
que estar dispuestas a desnudarse delante de su hermana. Por no hablar de que tienen
que estar dispuestas a tener un rollo de una noche. Y cuando le planteé todas esas
preguntas, y lo hice en su momento, me dijo que simplemente ocurrió. Que nunca había
tenido que esforzarse mucho para encontrar a esas chicas; que simplemente aparecían
y todo el mundo follaba y luego todo el mundo se iba.
Las chicas de su última temporada vinieron desde Chicago.
51
Pero en fin.
Lo importante es que me río. Que toda la pesadez de antes, toda la incomodidad
que había acumulado en mi cabeza, mi encuentro con mi madre ha desaparecido y todo
gracias a él.
¿No es de extrañar que lo quiera?
Como amigo, quiero decir.
Lo que pone un freno instantáneo a mi alegría.
Y me doy cuenta de que la pesadez sigue ahí, después de todo. Porque no se está
riendo.
No le hace gracia nada.
—Sí, lo sabes, ¿verdad? —murmura.
—Yo no... —Niego con la cabeza—. No quise decir nada con eso. Yo...
—Que conste que este año no lo he hecho. —Se encoge de hombros, un poco
avergonzado—. No es que eso me convierta en un príncipe o algo así. Yo…
—Así es —lo interrumpo, intentando tranquilizarle—. Es decir, ya lo eras. Un
príncipe. Con o sin ella. Y, Shep, no me importa si te acuestas con otras chicas. Eres mi
amigo y te conozco, y no me importa que…
—Soy tu amigo, ¿eh?
Me doy cuenta de que la pesadez que flotaba en el aire ha llegado a su cuerpo. Su
expresión.
Sus ojos.
Y se me aprieta el corazón.
Aprieta y aprieta, y yo sólo... quiero volver atrás en el tiempo.
Quiero volver al momento en que nos conocimos, y cuando dijo eso de enojar a
mi padre, quiero decirle la verdad esta vez. Quiero decirle exactamente a quién estaba
intentando enojar.
Quiero volver a hacerlo.
Por favor.
O, en realidad, déjame volver a cualquiera de los otros momentos que vinieron
después, cuando empecé a tener la sensación de que pensaba en mí como algo más que
una amiga.

52
—Shepard. —Empiezo—. Yo…
—Fue una gran sorpresa para todos cuando mi hermano se enganchó. —Empieza.
Y tropiezo un poco.
Al mencionar a su hermano.
Ante la mención de... él.
De eso habla Shepard, ¿no?
Él es... Oh Dios, ¿lo es?
¿Es él?
¿Se enrolló con alguien? ¿Con quién?
¿Quién es ella?
Lo he estado observando durante el último año.
Obsesivamente. Enfermizamente. Locamente.
¿Cómo no me di cuenta de que está con alguien? Eso...
—Conrad —aclara y mis frenéticos pensamientos se rompen.
Soy capaz de tomar aliento que estaba atrapado en algún lugar de mi pecho,
enredado con las venas de mis pulmones, las cámaras de mi corazón.
Bien, entonces Conrad.
Bien.
Quiero decir, no es como si Shepard tuviera un solo hermano. Tiene tres.
Conrad Thorne, el mayor de los hermanos Thorne y el entrenador jefe. Ledger
Thorne, el menor de los hermanos Thorne, aunque no el más joven; también tienen una
hermana y es la menor de todos.
Y bueno, él, su gemelo.
—Sobre todo cuando todos nos enteramos de que fue con una alumna suya. —
Continúa, sus ojos ahora posados en algo por encima de mi hombro—. Una alumna
catorce años más joven y que además resulta ser la mejor amiga de Callie.
Callie, su hermana pequeña.
Que tengo un año menos.
Calliope Thorne, o, bueno, Jackson ahora. Porque está casada con el antiguo
hermano de Tempest Thorne, Reed Jackson. Se suponía que ellos también iban a estar
aquí, pero Callie está embarazada de su segundo hijo; tienen una niña adorable, Halo.
Sólo he visto a Callie una vez, así que no la conozco tan bien, pero me han hablado bien
de ella. También pertenece a la pandilla de chicas con Tempest y Wyn de la que hablaba
53
antes.
—De hecho, acepté una apuesta —confiesa Shepard, con la atención todavía en
otra parte—. Pensé que no ocurriría. Perdí doscientos dólares con Ledge. Ese cabrón.
—¿Aceptaste una apuesta contra tu propio hermano? —pregunto, incrédula.
Vuelve hacia mí y se encoge de hombros.
—Sabía que se había enamorado de ella. Todos lo sabíamos. Sólo que no pensé
que Con lo admitiría. Que se había enamorado de alguien inapropiado como Wyn. —
Luego—: Me alegro de que lo hiciera. Se lo merece.
Yo también lo creo.
Sólo conozco personalmente a los hermanos Thorne desde hace un año, pero
conozco su historia. La conocía antes de conocerlos a ellos. Es casi una leyenda en la
ciudad. Y como toda leyenda, tiene tragedia y perseverancia incrustadas en su núcleo.
Todo el mundo sabe que su padre los abandonó cuando Callie tenía sólo unos
meses. Dejó a su madre al cuidado de todos los hijos de los Thorne, y como Conrad era
el mayor -y ya era adolescente cuando Callie nació-, se llevó la peor parte de toda la
responsabilidad. Eso significaba que Conrad estaba al lado de su madre, la apoyaba en
todo lo posible mientras ella tenía tres trabajos para mantener un techo sobre sus
cabezas.
Aunque suene triste y duro, habría estado bien. Estaban sobreviviendo. Incluso
eran felices, por lo que he oído. Pero unos años más tarde, la tragedia volvió a golpearlos
cuando su madre enfermó de cáncer. Murió cuando Conrad cumplió dieciocho años tras
su larga batalla contra la enfermedad. En ese momento, Conrad dejó la universidad,
abandonó su carrera futbolística, aún en ciernes pero estelar, para poder cuidar de sus
hermanos.
Sinceramente, me duele el corazón sólo de pensarlo.
Sólo de pensar en todo lo que pasaron y lo hicieron todo solos. Ni siquiera sé cómo
lo hicieron. Sólo que no puedo evitar admirar su valentía y su fuerza y quiero colmarlos
de abrazos. Quiero incluso abrazar al entrenador Thorne, que me da todo tipo de miedo,
y a Ledger, que parece tan inabordable con su ira y su guapura; abrazo regularmente a
Shepard y si volviera a encontrarme con Callie, también le daría un abrazo.
Y él...
Bueno, no quiero pensar en él ahora mismo.
No cuando mi mejor amigo está tratando de decirme algo.
—Me sorprendió aún más cuando Ledge se enrolló —me informa mientras nos
balanceamos ligeramente al ritmo de la música—. No porque no se lo merezca, sino 54
porque nunca pensé que sentaría la cabeza. Estaba demasiado metido en sí mismo y en
el juego como para involucrarse con alguien.
—Pero eso es bueno, ¿no? —le pregunto cuando no habla durante un rato—. Que
tus hermanos se establezcan, que encuentren el amor.
—Sí, lo es —responde, sus ojos clavados en mí—. Ahora.
—¿Qué significa eso?
Su respuesta es un suspiro, su amplio pecho ondulante.
—Me sentí traicionado.
—¿Qué?
—Al principio. —Otra respiración profunda antes de explicar—: Sentía que me
habían dejado atrás. Como si fuéramos un equipo, los cinco, o al menos los cuatro
hermanos, que cuidábamos de nuestra hermanita. Pero, de repente, tenían a otra persona
de la que cuidar. Que trajeron a la familia cuando siempre habíamos sido sólo nosotros.
Éramos una familia. Nosotros y nadie más. Sabíamos lo cruel que podía ser el mundo, lo
cruel que podía ser el destino. Todos los que nos querían o se suponía que nos querían
murieron o desaparecieron. Y durante mucho tiempo, todo lo que teníamos era el uno al
otro. Cargábamos con nuestras responsabilidades. Nos secábamos las lágrimas. Nos
animábamos mutuamente. Nos hacíamos reír, y... al principio resentí su amor. Me
molestaba que mis hermanos siguieran adelante, expandiendo su mundo. Pero entonces
yo...
—¿Entonces qué?
En cuanto hago la pregunta, sé lo que va a decir.
Lo sé.
Y se me rompe el corazón.
Mi corazón sangra por él.
No sólo me odiará si le digo la verdad ahora y perderé su amistad -algo que nunca
he tenido mucho en mi vida-, también le haré daño.
Dios, le haré mucho daño.
Y no sé cómo lidiar con eso.
No sé cómo evitar que eso ocurra.
Del dolor que pueda causarle algún día.
—Entonces te conocí. —Me devuelve la mirada—. Eras diferente.
Y quiero detenerlo.
Quiero abrir la boca y decirle que deje de hablar. 55
Para no decir las cosas que va a decir.
Son cosas encantadoras, maravillosas.
Pero no merezco oírlas.
Primero debería escuchar la verdad.
Pero mi voz se ha ido.
Lo único que puedo hacer es mirarlo fijamente y ver su expresión seria. Algo que
es raro de ver.
Su rostro en reposo es irreverente y lleno de jocosidad.
—Me has hecho reír. No mucha gente puede hacer eso. No te impresionaste por
mí y mis habilidades futbolísticas. De nuevo, no mucha gente puede resistir eso. Las
chicas definitivamente no pueden. Me llamaste la atención por mis tonterías. Y nunca
pensé que me gustaría eso. Cada vez que te hacía un movimiento, que intentaba usar mis
encantos contigo, no te afectaba. Y me dije a mí mismo —se burla—, ella va a ser un reto.
Pensé que eso me gustaba. Me gustó que fueras dura de roer. Me gustó que no fueras
una estrella, que no te sintieras intimidada por mí. Te mantuviste firme. Puedes
mantenerte firme. Y entonces pensé que tal vez ella sólo necesita tiempo. Tal vez tengo
que ser paciente con ella, perseguirla un poco. Así que este soy yo persiguiéndote.
Agarro las mangas de su chaqueta.
—Shep, escucha, hay algo que tienes que saber. Hay...
—Te deseo —dice, con sus ojos clavados en mí, penetrantes, oscuros—. Quiero
que estemos juntos. Quiero lo que los demás ya creen que tenemos y lo tenemos, ¿no?
Lo hacen.
Lo hacen.
Y de eso se trata.
Dios mío, esa ha sido la cuestión todo el tiempo.
Yo quería eso.
Quería que pensaran que estábamos juntos, Shepard y yo.
Quería que el mundo pensara que éramos pareja.
Pero no empezó así.
Cuando le pedí que bailara conmigo en mi cumpleaños hace un año, eso era todo
lo que iba a ser.
Un baile.
Unos minutos de flirteo y ya está. 56
Unos minutos hablando y riendo juntos y fingiendo que me gustaba. Resultó que
sí, aunque solo como amigo, porque Shepard me parecía realmente maravilloso y
asombroso.
Pero cuando ese único baile no fue suficiente, empecé a aparecer
deliberadamente allí donde iba Shepard. Empecé a interesarme deliberadamente por los
partidos y entrenamientos de fútbol. A propósito, quedaba con Shepard y aparecía en los
eventos y fiestas del equipo.
Todo por una cosa y sólo una cosa: él.
El Cold Thorn.
Que se siente tan caliente como un incendio forestal.
Para ponerle celoso. Para conmoverlo. Para derretirlo.
Para que se coma sus palabras de esa noche.
Para que me bese.
Como una niña egoísta e inmadura con el corazón hinchado por demasiados
sentimientos, lo perseguí con una devoción única. Lo perseguí con todo mi ser, sin
importarme las consecuencias ni los medios que utilizaba.
Significa estar con su hermano gemelo.
Pensé que era el plan perfecto. Pensé que aunque el mundo pensara que
estábamos juntos, Shepard no lo haría. Pensé que un jugador como él -con rituales de
pretemporada y aventuras de una noche en abundancia- nunca se interesaría por mí.
Pero debería haberlo sabido, ¿no?
Mi madre me llama puta por una razón.
Ella me llama una tentación para los hombres. Ella dice que soy la que los provoca
a hacer cosas, y eso es lo que hice aquí. Eso es lo que siempre hago.
Uso hombres.
Y aunque antes nunca me había sentido mal por ello, ahora sí.
Me siento mal por usar a Shepard. Por lanzarme sobre él para darle celos.
Por hacer que quiera estar conmigo mientras cada vez que bailo con él, imagino
que son sus brazos los que me rodean. Imagino que al final le invaden los celos y me
reclama con un beso.
Dios, soy horrible.
Soy un ser humano horrible.
—Lo hacen —susurro al fin. 57
Shepard me observa durante unos instantes y sé que podría aprovechar este
silencio para contarle por fin la verdad sobre mí. Pero, como una cobarde, yo también
guardo silencio.
Espero a que diga lo que sea que vaya a decir.
Y cuando lo hace, parpadeo confundida.
—Nuestro primer partido en casa es dentro de ocho semanas —me informa.
—Primero... De acuerdo.
—Tienes hasta entonces para decidirte.
—¿Decidir qué?
—Si quieres estar conmigo.
—Si...
—Porque resulta que la paciencia no es mi fuerte.
Repaso sus palabras una y otra vez.
Intento darles sentido.
Sé que está ahí, justo ahí, la implicación de las cosas, pero me está llevando algún
tiempo darme cuenta.
Entonces:
—¿Es... es un ultimátum?
Su mandíbula se aprieta, rechoncha, a diferencia de él.
—Sí. Porque no creo que pueda soportarlo más.
—¿Soportar q-qué?
—Ser tu amigo. —Luego, estudiando mi cara—, Sólo tu amigo.
Mis dedos se aprietan en la chaqueta de su traje.
Como si pudiera impedirle hacer esto. Como si pudiera impedirle dar órdenes que
ya ha hecho.
—Shepard, yo...
Me roba las palabras cuando dice:
—Te quiero, Isadora. Y quiero que estés conmigo.
Luego se inclina y me da un suave beso.
En mi frente.
—Buenas noches.
Y luego se da la vuelta y se va. 58
Debería ir tras él.
Ya lo sé.
Debería impedir que se fuera.
Debería decirle la verdad. Debería sacarlo de su miseria.
Si sabe la verdad, me odiará y eso es mejor que querer estar conmigo, ¿no?
¿No es el odio mejor que el amor?
Oh Dios, él me ama.
Amor..
Es lo peor. Porque sé lo que se siente. Sé lo que se siente estar enamorada de
alguien que no te corresponde.
Lo sé, lo sé.
También sé que no puedo ir con él todavía. No puedo.
Tengo que...
Tengo que ir con él.
Por alguna razón, lo necesito en este momento.
Sin embargo, cuando miro esas puertas, él ya no está allí. Se ha ido y tengo que
encontrarlo.
Tengo que encontrar mi fuego salvaje.
CAPÍTULO 3
No debería hacerlo.
No debería estar buscándolo cuando mi mejor amigo está sufriendo. Cuando la
razón por la que sufre, sin que él lo sepa, es por el hombre al que persigo.
Debido a estos locos sentimientos que tengo por él.
Por no hablar de que buscar a alguien que dice ser más frío que esta noche de
invierno no es aconsejable.
Ni siquiera sé por qué lo busco.
Lo único que sé es que si no lo encuentro, se me va a salir el corazón del pecho y 59
voy a perecer.
Así que aquí estoy.
Escudriño el suelo lo mejor que puedo en la oscuridad invernal. La nieve se adhiere
al aire y al suelo mientras me alejo cada vez más del salón de baile. Al no encontrarlo por
los alrededores, me aventuro por la parte del recinto flanqueada por árboles desnudos y
de aspecto aterrador, que parece más resbaladiza y fría. El aire invernal es más brutal al
azotarme los brazos y los hombros desnudos, haciéndome pensar incluso a mí -la chica
que adora la nitidez del frío- que al menos debería haberme puesto un abrigo.
—¿Huyendo otra vez?
Mi jadeo es fuerte.
Más fuerte que probablemente esa voz.
Esa voz profunda, profunda.
Eso me recuerda a un pozo sin fondo.
Me doy la vuelta y, por primera vez en un año, me encuentro cara a cara con él.
Sé que suena dramático -en un año y todo eso-, pero es verdad. Aunque lo he
visto por ahí, he ido a los mismos sitios que él, me he puesto deliberadamente en su
camino para que se tropiece conmigo, no hemos estado solos desde la noche en que nos
conocimos hace un año. No nos hemos hablado ni hemos tenido contacto de ninguna
manera desde entonces.
Siempre ha estado ahí, pero sólo en mi periferia.
Siempre lo miraba de reojo, con subrepticias miradas de reojo. Y ahora que lo
tengo delante, no puedo dejar de mirarlo.
Está de pie bajo un árbol, como la noche que lo conocí. No es una magnolia rosa,
pero no importa. Porque todo lo demás es igual. Su apoyo casual contra el tronco; su
ropa oscura; el hecho de que esté en la sombra y ese cigarrillo suyo.
Colgando de sus labios de felpa, todo naranja y brillante.
Emitiendo rizos de humo.
Me recuerda a una rosa incendiada.
—Me has asustado —le digo después de un año sin decirle nada.
Se quita ese palo cancerígeno de la boca y, lanzando una bocanada de humo al
aire, dice:

60
—No pareces asustada.
Creo que tiene razón.
Probablemente no. Probablemente parezco lo contrario de asustada.
Probablemente parezco sonrojada y sin aliento.
Porque también estaba igual.
Hace un año.
Siento lo mismo. Las mismas emociones, la misma turbación. El mismo éxtasis
corriendo por mis venas que había sentido cuando tropecé con él.
—Lo estoy, confía en mí —insisto porque quizá si sigo diciéndolo se convierta en
verdad.
Todo mi éxtasis se convertirá en miedo.
Toda mi emoción se convertirá en repulsión.
—Bueno, entonces no deberías estar aquí sola por la noche —comparte.
—O tal vez no deberías estar aquí escondido en la noche como una especie de
matón.
—Un matón —repite.
—Sí.
Su silencio parece pensativo.
—Y yo que pensaba que era guardaespaldas.
Una sacudida me atraviesa como si me hubieran electrocutado.
Como si hubiera metido el dedo en el enchufe y ahora cada rincón de mi cuerpo
estuviera lleno de electricidad, cada célula zumbara, cada nervio crepitara.
Todo porque dijo algo completamente intrascendente de esa noche.
—Y yo que pensaba —replico observando su silueta—, que el mundo necesitaba
protegerse de mí y no al revés.
—Viejos, concretamente —me recuerda como si hiciera falta.
Como si no pensara en esa noche -también la promulgo en algunas ocasiones-
todos los días.
—Y entonces —sigo compartiendo—, decidimos que estás a salvo porque no eres
tan mayor.
—Pero ahora sabes que lo soy —me responde.

61
Lo es.
O al menos eso cree, aunque sólo tenga siete años más que yo. Y como yo sólo
tengo diecinueve, él tiene veintiséis. No es viejo ni mucho menos, y aunque lo fuera, sé
que no me importaría.
Cuando se trata de él, no me importa mucho nada, la verdad.
Y ése es el problema.
Ese ha sido siempre el problema.
—Así que tal vez —digo—, eres tú quien debería tener miedo.
Da una calada.
—Supongo que sí.
—Bueno, no es demasiado tarde. Todavía puedes volver dentro y salvarte de mí.
—Tal vez debería.
—Tú...
—Porque no creo que esté de humor para ser atacado por una chica semidesnuda
esta noche.
—No te he atacado —digo, sorprendido.
Suelta otra bocanada de humo.
—Te lanzaste sobre mí entonces.
—Tampoco lo hice —digo con vehemencia.
—¿No?
—Absolutamente no.
—¿Cómo lo llamarías? —pregunta.
Suena tan genuinamente curioso que no puedo evitar responderle:
—Aprovechar mi destino.
—Ah —suelta otra nube de humo tóxico—, por alguna razón me había olvidado de
eso.
En esto, estoy ardiendo en pleno invierno.
Con vergüenza.
—No tienes que...
—¿Y esta noche? —me pregunta, cortándome.
—¿Y esta noche?
Aspira una pitada, sus mejillas se ahuecan y su pecho se expande antes de soltarla.
—¿Alguna razón en particular por la que estés medio desnuda? 62
—¿Qué? —Esta vez, mi voz suena chirriante—. ¿Estás...? ¡No estoy medio
desnuda!
—Hace diez grados afuera.
—¿Y?
—Así que probablemente deberías ponerte algo más que esa cosa endeble que
llevas.
La cosa endeble a la que se refiere es mi vestido escarlata de Vera Wang. Y sí, es
ajustado y corto y apenas me cubre de este tiempo brutal, pero cómo se atreve. Es bonito
y tiene tirantes finos. Tiene una abertura que me baja por el muslo izquierdo y una enorme
flor en forma de rosetón en el lado derecho del corpiño que lo hace a la vez atrevido y
femenino.
—Estoy bien —anuncio.
—Si sigues aquí mucho tiempo, no lo estarás.
—¿Estás diciendo que estás preocupado por mí?
—Lo que digo es que no estoy de humor para interrumpir mi fumada del día para
arrastrar un cadáver al interior —dice, dando una larga calada para enfatizar su
argumento.
—Fumar es perjudicial para la salud —le digo con remilgos, aunque yo no tenga
nada de remilgada ni de correcta.
—¿Qué quieres decir?
—Así que no deberías hacerlo.
—Ahora, ¿estás diciendo que estás preocupada por mí?
—No.
—Bien.
—¿Por qué eso es bueno? —sigo argumentando.
—Porque yo no soy él.
—¿Quién es él?
—Tu novio.
—Yo no...
Es como si me hubiera estrellado contra un muro.
Y todas mis palabras, mis respiraciones, los latidos de mi corazón se me salen.
Dejándome vacía.
Sin aliento. Sin pensamientos. Sin palabras.
63
Sólo soy... menos.
De lo que era hace un segundo.
Hace un segundo, mientras iba y venía con él, me sentía viva. Sentía que volaba
con mis alas postizas. Pero ahora siento como si alguien -él- las hubiera congelado.
Me congeló.
Con su escalofrío.
Dejándome un poco menos viva.
—Y no sé si a tu novio le gustaría que te preocuparas por mí —termina.
—Él...
—En realidad, no estoy seguro de que le guste que estés aquí, hablando con un
extraño.
Entonces no puedo evitar frotarme los brazos.
—No eres un hombre extraño. Eres su hermano gemelo.
Entonces noto que su pecho se mueve.
Expandiéndose y contrayéndose con el siguiente arrastre que da. El más largo
hasta ahora.
Entonces:
—No lo haría.
Mi corazón se acelera.
—Tú...
—Así que probablemente deberías ir con él.
—Eso es lo que me dijiste también aquella noche —digo antes de haber tenido la
oportunidad de pensarlo.
También hago lo que intento evitar hacer antes de haber tenido la oportunidad de
pensarlo bien.
Estudiarlo.
O en este caso, cuando no puedo verlo: trazar las diferencias en mi cabeza.
Diferencias entre Shepard y él.
Aunque son gemelos idénticos, nunca me parecieron parecidos, y mucho menos
idénticos.
Puede que tengan el mismo color de cabello, castaño chocolate oscuro, pero uno
lo lleva deliberadamente despeinado y largo, mientras que el otro lo lleva corto y apartado
64
de la cara. Ambos pueden tener la misma mandíbula cuadrada y de huesos pesados,
pero uno la lleva desaliñada y el otro bien afeitada. Y la forma y el color oscuro de sus
labios pueden ser los mismos, pero sólo uno tiene los morritos perfectos que creo que le
han dado los años de fumar un cigarrillo al día y matarse lentamente.
Incluso sus voces son diferentes.
Es decir, suenan diferente.
Uno suena amistoso, fácil y abierto, mientras que el otro mezcla calma y
condescendencia con tanta facilidad que duele y sienta bien al mismo tiempo.
Te daré una pista de quién es ese hermano.
El de cabello corto, mandíbula bien afeitada y labios carnosos. Esa voz lastimera.
No es mi mejor amigo Shepard.
Es el tipo que me empujó hacia él.
Lo hizo, ¿verdad?
No sólo me rechazó esa noche, sino que me dijo -explícitamente- que me fuera
con él.
Me dijo que fuera a ver a su hermano.
Así que no todo es culpa mía, ¿verdad?
No todo es culpa mía por haber usado a Shepard para llegar a él y ahora Shep
está sufriendo. No es culpa mía que quiera estar conmigo. Con una chica que está
obsesionada con su hermano gemelo. Se merece algo mejor.
Se merece algo mucho mejor que él y yo.
—Me dijiste que fuera con él —acuso, con las manos entrelazadas, la rabia
corriendo por mis venas.
—Y lo hiciste.
Me gustaría pensar que su tono también es acusador.
Que está enfadado por ello.
Sobre el hecho de que salí corriendo hacia su hermano minutos después de
intentar que me besara. Que ni siquiera esperé a ir a flirtear con otro después de flirtear
con él, machacándome semidesnuda como él decía.
Quiero que se enfade por eso.
Quiero que esté celoso.
Quiero que piense que soy una puta. La única vez que sé que me gustaría que me
llamaran así: él.
65
Pero no creo que lo haga.
Porque suena tranquilo, su tono suave.
De hecho, más que decir esas palabras, las murmuró. En lugar de erguirse y
tensarse como yo, sigue apoyado en ese árbol, con el cigarrillo colgando de los labios.
Me enoja.
Que pueda permanecer así sin ser afectado.
Mientras el mundo a mi alrededor arde.
—Sí, lo hice. —Entrecierro los ojos—. Porque fuiste un idiota conmigo. Me
humillaste. Me hiciste llorar esa noche.
Lo hizo.
Después de dejarlo en el árbol, subí corriendo a mi habitación. Lloré en mi
almohada como la heroína de un melodrama a la que le acaban de arrancar el destino de
los dedos. Luego me recompuse. Dejé que la ira me consumiera y me despojé de mis
alas. Me puse la ropa que mi madre había elegido para mí y me maquillé para darme un
aspecto ahumado y seductor antes de ir en busca de su hermano gemelo. Lo invité a
bailar en la pista en la que no bailaba nadie, no hasta que Shepard aceptó mi invitación y
empezamos a bailar despacio con música rápida.
Y cada segundo que pasaba en brazos de su hermano, echaba de menos los
suyos.
Echaba de menos su fuerza silenciosa, los músculos acerados, la forma en que se
enroscaba a mi alrededor, manteniéndome a salvo de las caídas, como si realmente fuera
mi guardaespaldas y su trabajo consistiera en salvarme de mí misma.
De todas las locuras que hago.
—Bueno, desde donde yo estaba, me parecías jodidamente feliz —declara.
—No lo hacía —le digo, con un tono acusador—. Y tú no estabas mirando.
—¿Por eso bailabas con él? —pregunta—, ¿porque querías que mirara?
—Estaba... —Me echo atrás una vez más.
Me detengo a tiempo de decir la verdad.
No voy a traicionar a Shepard así.
No después de lo que ha pasado esta noche. No después de cómo se desnudó
delante de mí mientras su gemelo ni siquiera se molesta en conjurar una pequeña
emoción para mí. Si alguien merece saber toda la verdad primero, es Shepard.
66
Él no.
Así que digo:
—Bailaba con él porque quería.
Espera a responder porque, una vez más, dar una calada es más importante para
él que yo.
—Me alegro de que hayas conseguido lo que querías.
Aprieto los dientes.
También aprieto el vientre, tensando los músculos para no salirme del cuerpo.
—Lo hice. —Asiento y luego añado porque no puedo evitarlo—: Porque es más mi
tipo de lo que tú nunca fuiste.
—¿Es así?
—Sí. —Levanto la barbilla, frotándome de nuevo los brazos—. Es más divertido y
aventurero. Impulsivo.
—Sí, es eso.
—Sé que son gemelos, pero nada, ni una sola cosa, de ti y de él es igual. Ni siquiera
se parecen.
—Hmm. No estoy seguro de que conozcas el significado de idéntico entonces.
Me burlo.
—Técnicamente, sí, son gemelos idénticos. Pero no de verdad. No para mí. Los
distingo a los dos con una sola mirada.
Claro que sí.
Y aún no puedo creer que otros no puedan.
De nuevo, elige fumar primero. Luego:
—Parece que has buscado mucho.
Sí. Tú.
He pasado mucho tiempo mirándote.
Me clavo las uñas en los brazos.
—Claro que sí. Es mi novio.
Después de esto, me tomo unos segundos para recuperarme.
Porque es la primera vez que lo digo. 67
La primera vez que digo estas palabras.
Directamente.
Nunca las había dicho. A nadie. Lo he eludido. Me he ido por las ramas cuando la
gente me hablaba de ello. Nunca he corregido a la gente cuando lo han supuesto. Pero
usar las palabras exactas, eso no lo he hecho.
No hasta ahora.
No hasta él.
No pensé, sin embargo, que sería tan difícil. Mentir. No sólo porque mentir es una
habilidad que se me da bien y con la que me siento muy cómoda, sino también porque
era exactamente lo que quería.
Este es mi sueño hecho realidad.
Lanzarle estas palabras y verlo arder de celos.
Sólo que no puedo verlo bien y lo único que arde soy yo.
—Así que supongo que yo era tu destino después de todo —reflexiona tras unos
segundos.
—Tú... ¿Qué?
—Porque no estarías con él —suelta una bocanada de humo—, si no me hubieras
conocido.
Dios.
Dios.
Yo sólo...
No puedo contenerme.
No puedo contener todos estos sentimientos revueltos dentro de mí.
No puedo.
—Sabes, la gente cree que eres un hombre genial —digo, con las uñas
cortándome la carne—. Stellan Thorne, gran entrenador. Gran exfutbolista. Gran
hermano. Genial, genial, genial. Pero no lo eres, ¿verdad? Eres un puto idiota disfrazado.
Todo Bardstown piensa que es uno de los buenos.
Un estudiante de sobresaliente durante su infancia; un increíble jugador de fútbol
como el resto de sus hermanos que podría haberse hecho profesional si hubiera querido,
pero que eligió ser entrenador; un hermano santo que dio un paso al frente y cuidó de
sus hermanos cuando su padre se marchó y su madre murió trágicamente.
Es el más callado del grupo; incluso más que su hermano mayor, Conrad Thorne. 68
Todos los hermanos Thorne siempre han sido el centro de atención, ya sea por la forma
en que crecieron o por el hecho de que son la realeza del fútbol de esta ciudad. Conrad
Thorne, el mejor entrenador de fútbol que ha habido nunca; Shepard Thorne, el capitán
del equipo al que ha ayudado a resucitar de entre los muertos; Ledger Thorne, una de
las promesas con más futuro en la liga europea.
Pero de alguna manera, Stellan Thorne siempre ha sido el que ha conseguido volar
bajo el radar. De algún modo, siempre ha sido él quien ha logrado permanecer en la
sombra, evitando ese foco de atención que parece seguir a estos hermanos allá donde
van.
El misterioso.
El frío.
El que se pasa por alto, pero quizá no debería.
Pero tal vez todo sea una fachada, ¿eh?
Tal vez todo sea falso. No se parece en nada al buen tipo que la gente cree que
es.
Lo que me lleva a preguntarme: ¿por qué demonios estoy tan obsesionada con él?
—Entonces, ¿qué demonios haces aquí? —pregunta, su voz casi un gruñido.
Un gruñido que me llega al vientre apretado.
Porque es la primera señal de que mi presencia le afecta.
Que cualquier cosa sobre mí le está afectando.
En todo un año.
Y no puedo evitar decir o intentarlo:
—Yo... quiero....
Quiero que me beses.
Quiero que me desees.
Quiero que sientas celos. Quiero que sientas algo por mí. Alguien más me desea.
Tu hermano gemelo me desea. ¿Por qué no puedes? ¿Por qué no puedes quererme lo
suficiente como para poner fin a todo esto?
¿Por qué no puedes quererme en absoluto?
Por eso he venido.
Porque quiero que me quiera. Porque el juego que empecé a jugar en mi locura,
en su nombre, se me ha ido de las manos y sigo sin importarle.
Quemé el mundo por él, pero sigue frío como el invierno. 69
Pero, de nuevo, no puedo obligarlo, ¿verdad?
Por muy enfadada que esté, por muy frustrada, por muy destrozada que esté de
que no sienta nada por mí cuando yo lo siento todo por él, no me debe nada.
Entonces mi postura se hunde y mis manos se separan de mis brazos. Miro hacia
el suelo que parece tan helado que aquí nunca crecerá nada.
—Creo que tengo que irme.
Y tratar de encontrar una manera de salir de este lío que he hecho.
Pero resulta que no puedo hacerlo.
No puedo ir a ninguna parte.
Porque en cuanto le digo que me voy, sale de las sombras. Se muestra, todo
imponente y ancho de pecho. Y no es como si viniera hacia mí en un instante, no. Se
toma su tiempo. Merodea en lugar de dar zancadas. Se acerca tranquilamente, con el
cigarrillo entre los dientes, las manos en los bolsillos y los ojos clavados en mí.
Así que decir que no puedo irme a ninguna parte puede ser una exageración.
Puedo irme si quiero.
Tengo tiempo para huir.
Pero no hago eso.
Como una idiota, me quedo parada y espero a que me alcance.
Cuando lo hace, saca las manos de los bolsillos. Me mira y, sin quitarse el cigarrillo
de la boca, se aparta la parte delantera de la chaqueta. Veo cómo se quema el cigarrillo
en el extremo, cómo sale un humo tenue mientras él mueve sus anchos hombros y se
encoge de hombros. Luego, estirando el brazo hacia delante, lo pasa por detrás de mí y
me lo cuelga sobre los hombros.
Con los brazos flácidos a los lados, lo miro.
—¿Qué estás haciendo?
Ajustándome la chaqueta con una mano y sacando el cigarrillo con la libre,
responde:
—Salvándote de ti misma.
Creo que es por esto.
Por eso estoy obsesionada con él. Por eso estoy enamorada de él y lo estoy,
¿verdad?
Amor a primera vista.
Cosas que sólo pasan en las películas, me pasaron a mí. 70
Y es porque tiene la costumbre de protegerme. Porque bajo todo ese hielo, tengo
la sensación de que tiene un corazón que late y late con tanta fiereza.
Oh tan caliente.
Tan caliente como su abrigo.
Caliente como el fuego.
—Yo...
Me detengo en un respingo.
Porque sus dedos rozan mi codo.
Mi codo izquierdo.
Aunque ha atravesado la tela del esmoquin y su contacto ha sido leve -
simplemente estaba jugueteando con la manga-, aún siento un pinchazo en el punto
sensible donde mi madre me pellizcó antes.
—¿Qué ha sido eso? —pregunta con el ceño fruncido.
Inmediatamente cruzo los brazos sobre el pecho, ahuecando el codo,
protegiéndolo.
—Nada.
Me mira los brazos.
Y trato de mantenerme recta y erguida, manteniendo la postura de antes.
Como sigue sin apartar la mirada, le digo:
—Creo que voy a...
Levanta la vista.
—¿Qué te dijo tu madre?
—¿Qué?
—Antes. Junto al bar.
Sus ojos son penetrantes. Tan graves.
Tan sin fondo como su voz en la que puedo caer.
—¿Cómo sabes —me relamo los labios—, que estaba con mi madre en el bar?
—Ella dijo algo —responde, sus rasgos afilados y tensos—. ¿Qué fue?
—Pensé que no me mirabas —digo en su lugar—. Pensé...
—¿Fue por tu actuación?
Me echo atrás.
—¿Mi actuación?
71
—Sí. —Sigue indagando, su voz gruesa y baja—. ¿Te hizo pasar un mal rato por
eso?
Me aprieto la zona magullada sin dejar de mirarlo.
No sé por qué no puedo responderle todavía.
Simplemente no puedo.
Tal vez porque mi corazón está tan lleno. Mi cuerpo está tan lleno.
De sentimientos. De emociones.
Sigue siendo el único hombre al que le he contado mi sueño -aparte de mi biji- que
no se ha reído de mí. Que no bromeó sobre ello, que no le dio importancia.
Estaba interesado.
Sentía curiosidad.
Y Dios, todavía lo está.
—Dora —me incita cuando todo lo que hago es mirarlo fijamente.
Y ahora no hay forma de que pueda responderle porque... Dora.
Me llamaba Dora.
—Nadie me llama así —trago saliva—, todavía.
Un músculo salta en su mejilla.
—¿Todavía te la hace pasar mal?
Asiento, con el corazón acelerado en el pecho.
—Sí. No quiere que sea actriz.
—¿Y lo eres?
—¿Yo qué?
—¿Actriz —su mirada iba y venía entre las mías—, todavía? Porque la última vez
ibas de camino a una audición para serlo.
No sé por qué me ruborizo ante esto.
Pero lo hago.
Tal vez sea su mirada directa. O tal vez porque había sonado tan esperanzador en
ese entonces.
Tan joven.
Aunque sólo fue hace un año. 72
—Nunca lo logré —le digo.
Aunque supongo que ya lo sabe; me pasé la noche bailando con su hermano
gemelo en mi afán por ponerlo celoso.
—¿Qué pasó con ese tipo que te estaba esperando? —pregunta a continuación,
con la voz ronca ahora.
Y no puedo creerlo.
Aunque sé que lo recuerda todo de aquella noche; ya lo ha demostrado. Aún no
me hago a la idea de que recuerde al tipo que le mencioné de pasada.
—Dijo que yo no valía la pena —comparto en un susurro.
—¿Qué? —suelta.
Cuando no aparecí para reunirme con él en su coche, me llamó sin parar. Algo de
lo que me di cuenta al día siguiente. Me dejó numerosos mensajes de texto y de voz,
desde preocupado y engatusador hasta enfadado y despotricando.
—Me dijo —recuerdo las palabras exactas de su último mensaje de voz—, que no
podía ser tan buena para hacerlo esperar más de una hora y que, de todas formas, no
tenía talento. Así que le hice un favor al no presentarme.
Estoy acostumbrada a que los hombres se enfaden conmigo.
Es el nombre del juego cuando los tientas y te niegas a apagar. No me molesta.
Pero aparentemente, a este hombre frente a mí sí. No hay duda al respecto.
Está enfadado.
—¿Cómo se llama? —pregunta, su voz vuelve a sonar áspera pero de un modo
oscuro y amenazador, y su mandíbula está tensa.
El corazón me da vueltas en el pecho.
—¿Por qué?
—¿Vive en Nueva York?
—Bardstown.
—Entonces será fácil de encontrar.
Abro mucho los ojos.
—¿Vas a hacerlo?
Otro apretón de su mandíbula.
—Sí.
—¿Por qué, para que puedas darle una paliza? 73
—Para que pueda enseñarle a hablar con una chica, sí.
—¿Y cómo se habla con una chica?
—Amablemente.
—¿Es esa otra de tus reglas?
—Sí.
—Aunque nunca me hablas amablemente.
—Qué puedo decir —murmura—, tú eres fuego y yo soy hielo. Eres la única chica
por la que me derrito.
Entonces cierro los ojos.
Porque es música para mis oídos.
Es poesía.
Es una canción para todos los tiempos.
Pero también es mentira.
No se derrite por mí.
Quiero que lo haga, pero no lo hace. Y sus palabras burlonas son la prueba. Abro
los ojos y veo que los suyos recorren mi cara. Se beben mis rasgos como él se bebe el
humo.
Con hambre, compulsivamente.
O eso creo.
—No lo haces —susurro, negando con la cabeza—. Así que no puedes hacer
preguntas como esta. No puedes preguntarme por mis sueños, por mi madre o por ese
hombre. Si alguien va a darle una paliza, es él. Tu hermano gemelo. Mi novio. Y tú no
eres él, ¿verdad?
No es asunto suyo lo que mi madre me decía. Lo que mi madre hacía. Lo que
siempre ha hecho: pellizcarme, clavarme las uñas en la piel cuando nadie mira, apartarme
de los ojos de todo el mundo. Algo que ha aumentado en el último año, desde que
empecé a salir con Shepard. Porque cree que haré algo para arruinarlo. Como siempre,
haré algo que cause un escándalo y arruine al equipo. Ya han tenido que transferir,
despedir o cambiar jugadores y miembros del personal en los últimos dos años por mi
culpa, y ahora que el equipo por fin está en racha ganadora y ganando dinero para mi
padre, voy a estropear las cosas.
Así que hace unos meses, me desterró a Bardstown.
Donde pudiera estar lejos de Nueva York y del equipo. 74
Creo que siempre quiso hacerlo, sobre todo porque quería alejarme para no tener
que lidiar conmigo y mis escandalosas costumbres, y también para mantenerme
encerrada en una pequeña ciudad donde no podría perseguir mi sueño. Así que cuando
empecé a salir con Shep, ella lo vio como una oportunidad y finalmente me envió lejos.
Así que aquí estoy, viviendo en una de sus casas que comparto con un ama de
llaves y un par de guardaespaldas, yendo al colegio comunitario de Bardstown, donde su
departamento de teatro tiene un profesor y probablemente cinco estudiantes que se
duplican y triplican y cuadruplican como guionistas, encargados de utilería, diseñadores
de vestuario y escenógrafos.
Mi biji se enfadó mucho cuando se enteró. No quería que mi madre me echara así,
que me pusiera aún más difícil perseguir mis sueños, pero le prometí que no me rendiría.
No dejaría que la falta de financiación o de entusiasmo o de recursos o el hecho de que
ni siquiera estoy oficialmente inscrita en una de sus clases me disuadieran de mi camino.
Por eso, desde que empecé mi primer año, he estado intentando conseguir financiación,
organizando ventas de pasteles y otras cosas para reunir fondos. Y estamos muy cerca.
Puede que pronto podamos montar un espectáculo.
Pero, de nuevo, no llega a saber nada de eso.
—¿Y cómo es que —murmura—, me vas a dejar hacerlo?
Frunzo el ceño.
—¿Hacer qué?
—Besarte.
Una vez más, me siento como si me hubiera golpeado contra una pared. Y me he
golpeado tan fuerte que no solo se me ha cortado la respiración, sino que esta vez me va
a salir un moretón en el cuerpo.
Púrpura y palpitante.
Doloroso.
Tan doloroso como este dolor en mi pecho.
Este anhelo.
—¿Qué?
Sus ojos bajan hasta mi boca entreabierta.
—Lo harás, ¿verdad?
Me relamo los labios y sus ojos se desorbitan ligeramente.
—Yo... No. 75
—¿Qué tal si endulzo la olla?
—No.
—¿Y llegar más lejos? —prosigue.
Hago una mueca de dolor.
—Yo... Mira, no sé qué...
—Sabes de lo que estoy hablando, ¿verdad?
—No creo que...
—¿Qué tal si cuando te esté besando, deslizo mi mano bajo ese endeble vestido
tuyo y te toco las tetas?
Y Dios, sé que fui yo quien se lo dijo primero, pero en su voz, en su lengua, esas
palabras adquieren otro significado totalmente distinto. Antes eran sucias, pero ahora
suenan obscenas. Suenan tan eróticas y sucias que no puedo evitar sentirme tímida e
inocente.
Sacudo la cabeza.
—Yo... Por favor, para....
—Y apuesto a que esta noche tampoco llevas sujetador, ¿verdad?
—No te estoy diciendo eso —digo, por fin capaz de completar una frase en lugar
de tropezarme.
—No pasa nada —me tranquiliza—, no es tan difícil de entender.
—Tú...
—Entonces —empieza, inclinándose más cerca—, será muy fácil, ¿verdad? Todo
lo que tengo que hacer para llegar a tus tetas es meter un dedo en medio de ese ridículo
vestido que llevas y darle un tirón. No un tirón fuerte, porque no creo que tu vestido pueda
soportarlo. No creo que tu frágil vestidito floreado pueda soportar mis dedos grandes y
ásperos sin arrugarse como papel de seda, ¿verdad?
Sus ojos bajan hasta mi vestido, hasta mis tetas turgentes. Y yo, antes de pensarlo,
me las cubro con los brazos. Incluso le cierro el abrigo.
Sus labios se crispan.
Manteniendo la barbilla hundida, levanta la mirada.
—¿Crees que eso te salvará?
—Yo...
—Escondiéndolas así de mi vista.
—No creo que debas... 76
Se inclina aún más.
—Porque déjame decirte que sólo empeorará las cosas.
Me da un vuelco el corazón.
—¿C-cómo?
—Porque entonces tendré que hacer que me las enseñes. Tendré que apartarte
los brazos y sujetártelos a la espalda y obligarte a enseñarme tus putas tetas. Y estoy
seguro de que eso no te gustará. Estoy seguro de que lucharás. Y en todo tu forcejeo y
mi sometimiento, tu vestido será el que sufra. Tu inútil pero bonito vestido puede rasgarse
por la mitad, no sólo derramando tus tetas sino también dejando al descubierto otras
partes de tu cuerpo bañado en miel. Y eso no es lo que estamos tratando de hacer aquí,
¿verdad? No estoy tratando de desnudarte. Sólo quiero llegar a tus tetas. —Sus ojos
brillan ahora, volutas de humo salen de su boca—. Sólo intento chupártelas. Lamerlas,
morderlas, dejar las marcas de mis dientes. Ser tu nuevo papi. Así que qué dices, Dora,
mi boca, tus tetas, hagamos fuego y derritamos esta maldita nieve.
Dios.
Dios, mi pecho se agita. Siento las tetas pesadas, hinchadas y doloridas.
—¿Puedes dejar de repetir todo lo que te dije —digo sin aliento—, aquella noche?
No me parece muy apropiado. Estoy con...
—Hermano gemelo —termina por mí—. Lo sé. Así que, de nuevo, ¿qué demonios
haces aquí, retorciéndote de éxtasis y haciéndote pedazos, sólo porque he dicho que te
besaré y te chuparé las tetas? Porque déjame decirte algo. Soy un idiota disfrazado. Soy
un puto matón. Y si sigues buscando problemas, soy lo que encontrarás. Y si me
encuentras, te retendré, ¿entiendes? No para siempre, no. Porque sigues siendo una
niñita molesta, pero hasta que te enseñe lo que significa tentar a un hombre como yo
para que sea tu papi. Te haré olvidar cada puta cosa que crees saber sobre ello y te
enseñaré una nueva definición de la palabra que recordarás el resto de tu puta vida. Y
luego te enviaré de vuelta con mi hermano como mi segundo descuidado. Así que la
próxima vez —continúa, con los ojos brillantes y oscuros—, que quieras buscarme
después de bailar en brazos de mi gemelo, la próxima vez que te entren ganas de
revolotear de un hermano a otro, recuérdalo. Recuerda que yo no juego. Una vez más:
vete a buscar a mi hermano y déjame en paz de una puta vez.

77
CAPÍTULO 4
Wildfire Thorn

Dos semanas después


Si preguntas a mis hermanos cuál es su primer recuerdo, probablemente dirán
que de nuestra madre. De ella corriendo por la casa, probablemente cansada pero
cariñosa. De ella levantándose temprano para ir a uno de sus trabajos, despidiéndose de
todos con un beso.
Sin embargo, mi primer recuerdo es de mi padre. 78
Sé que es extraño y que yo soy el atípico entre todos los hermanos Thorne, pero
es lo que hay.
Pero cuando tenía cinco años, recuerdo despertarme con sus gritos en mitad de
la noche. Cuando fui a preguntarle, me dijo que había hecho algo malo. Y que lo sentía.
Cuando le pregunté qué, me dijo que se había enfadado. Me dijo que se había enfadado
tanto que había pegado a nuestra madre. Dijo que no podía contenerse. Que era como si
estuviera fuera de su propio cuerpo. Como si otra persona estuviera haciendo esas cosas,
no él. Y luego me dijo que era porque había bebido demasiado y que no pasaba nada
porque no volvería a hacerlo.
Por supuesto que rompió su promesa.
Porque hizo ambas cosas.
Beber y golpear.
Lo vi beber hasta caer en el estupor. Vi cómo perdía los nervios y cómo pegaba a
nuestra madre. A veces la golpeaba incluso sin el licor. Y cuanto más lo veía hacer eso,
más me acordaba de mi primer recuerdo. Más recordaba cómo me había sentido cuando
me confesó su crimen. Recordé que me sentí helado a pesar de que estábamos en pleno
mes de julio. Sentí miedo por mi madre. Sentí miedo por él.
Sentí miedo de mí mismo.
Había sentido miedo por lo que me dijo. Después.
Después de confesar que había hecho algo malo, me dijo que yo también había
hecho algo malo. Me dijo que llevaba tiempo viéndome hacer cosas malas. De hecho,
ese mismo día, yo había hecho algo similar. Me había peleado con Shepard. Había robado
uno de mis libros y en mi ira, lo había golpeado. Le había pegado tanto que creo que le
rompí un par de dientes. Y él me dijo que la razón por la que yo hacía eso -peleaba con
tanta saña y brutalidad- era porque era como mi padre.
Tenía ira dentro de mí. Tenía fuego. Me hacía hacer cosas sin darme cuenta de
que las hacía. Me dijo que un día me convertiría en él.
Me asustó porque tenía razón.
Tenía ira dentro de mí. Tenía este fuego, este impulso. Esta necesidad que me
hacía violento. Que robaba mis pensamientos y me convertía en un monstruo que sólo
quería rugir y gritar y destruir y destruir.
Así que esa fue la última vez que me peleé con mi hermano.
Por siempre.
Porque aquella noche, cuando nuestro padre sollozaba sobre la botella de cerveza
y me decía que yo era como él, me prometí en silencio que jamás volvería a pegar a 79
Shepard. Nunca perdería los nervios con él, ni con nadie. Sentado junto a mi padre
borracho, me prometí que me portaría bien. Seguiría todas las reglas. Que siempre estaría
ahí para mi familia. Haría las paces en lugar de las olas. Que tendría el control en vez de
perderlo.
Y cuando vi a mi padre romper sus promesas una y otra vez, me decidí a cumplir
las mías. Me decidí a vencer a esa cosa que llevo dentro. Esa cosa que vive en lo más
profundo de mí y que se siente como el fuego. Esta cosa que late como una bomba y
puede explotar si no tengo cuidado.
Fue duro.
Pero lo hice.
Lo hice porque nunca quise ser como mi padre. Porque podía ver lo tentador que
era ser como él. Lo tentador que era perder el control como Ledger y destruir cosas en
lugar de construirlas. De hecho, por mucho tiempo, eso fue lo que él hizo, Ledger.
Destruyó cosas, relaciones, rompió el corazón de una chica por sus problemas con su
temperamento. Ahora está bien, pero fue duro verlo entrar en esa espiral.
Por eso sigo haciéndolo.
Tomo todas las precauciones, todas las medidas para mantenerme bajo control.
Hago todo lo que puedo para proteger mi control, para proteger esta gruesa capa de
hielo que me rodea. Para no enfadarme ni agitarme. Hago todo lo posible para mantener
a salvo a la gente que me rodea.
De mí.
Aunque tengo que decir que ahora mismo estoy fallando.
Y mi ira sólo crece cuanto más lo observo.
Mi hermano gemelo.
Estamos en el vestuario después del partido. Que hemos perdido mal. Es sólo el
cuarto partido de la temporada y ya hemos perdido tres. Con no es feliz. El equipo no
está contento. La junta definitivamente no es feliz y la presión de ellos ya ha estado en su
punto más alto.
Conrad acaba de regañarlos, incluso de establecer las normas para los próximos
días, y el ambiente es sombrío. Así que reírse y bromear en el vestuario no es lo más
apropiado. Pero claro, a mi hermano gemelo nunca le ha importado lo que es apropiado
o no.
Estoy a punto de hacer lo de siempre, apartarme de la situación, cuando Ledger
me llama:
—Oye, Stellan, unos cuantos vamos a tomar un par de copas para reponernos de
la decepción. —Levanta las manos antes de tranquilizarme—: Nada descabellado.
80
Sabemos que empieza la temporada. Sólo tomaremos Kombuchas, lo prometo. ¿Quieres
venir?
Está en la punta de mi lengua el no.
No me gustan las reuniones, nunca me han gustado; demasiada gente y
demasiado estrés.
Y el estrés es un desencadenante obvio.
Muchas cosas son un detonante para mí y siempre he intentado mantenerme
alejado de ellas. Cosas que amenazan mi control. Cosas que me enfadan. Cosas que
tienen el potencial de convertirme en una amenaza para mi promesa. Me mantengo
alejado de cualquier excitación, de cualquier emoción. Agacho la cabeza y me alejo de
todo el mundo.
Al crecer, mantuve la cabeza baja y me concentré. En mis estudios. En mis libros.
En el fútbol, en las tareas de la casa. Además, hacer mis tareas era la única manera de
estar ahí para mis hermanos. Toda mi energía, toda mi atención estaba ocupada por esa
cosa dentro de mí que nunca tenía tiempo de estar ahí para ellos de ninguna otra manera.
Ayudarles con cosas materiales era la única forma en que podía contribuir.
Por no mencionar que alguien como yo, una bomba de relojería, no merecía ningún
tipo de camaradería.
Todo esto para decir que no, no saldré con ellos. No me gusta beber aunque sea
Kombucha. Y al final de un largo y agotador día en un trabajo que no me gusta mucho,
me gustaría volver al hotel y relajarme. Pero antes de que pueda decirlo, alguien responde
por mí.
—Olvídalo, Ledge. Nunca va a decir que sí.
Como siempre, la voz de mi gemelo es provocadora. Es porque le gusta provocar.
Y lo que más le gusta es provocarme a mí.
Mi hermano gemelo es mi mayor desencadenante. Probablemente porque somos
muy diferentes. A él le gusta ser el centro de atención, mientras que a mí me gustan las
sombras. Le gusta ser ruidoso y abrasivo, mientras que a mí me gusta mantener la cabeza
gacha. Le gusta pelear mientras que a mí me gusta mantener la paz.
En cualquier caso, he aprendido a ignorarlo. He aprendido a ignorar nuestras
diferencias. He aprendido a mantenerme a distancia, a encerrarme en mí mismo de vez
en cuando para poder estar cerca de él sin suponer un peligro para él.
Aunque a veces me lo pregunto.
Cómo sería llegar a conocerlo.
Cómo sería tener una verdadera relación con él. 81
Pero no puedo permitirme ese lujo.
—Gracias por responder por mí, Shepard —digo.
Se encoge de hombros.
—De nada, Stella. Pensé en ahorrarte la molestia.
Stella es un apodo tonto de la infancia. Fue Callie quien lo acuñó porque, de
pequeña, no podía quedarse con Stellan, así que Stella. Aunque ya no me llama así -por
supuesto-, mi gemelo lo utiliza para provocarme.
Ignorándolo como siempre, le hago un breve gesto con la cabeza.
—Te lo agradezco.
De nuevo, intento irme, pero él tiene más que decir.
—Quiero decir, no es como si el entrenador en jefe fraternizara con los jugadores
humildes.
Entrenador jefe.
Sí, ese soy yo.
Me han ascendido recientemente. En realidad, se produjo al principio de la
temporada, hace un par de semanas. No es algo que yo quisiera y durante mucho tiempo
lo rechacé. Era feliz donde estaba. No quería cambios. El cambio no es bueno para un
hombre como yo. Necesito equilibrio. Necesito rutina, estructura. Necesito límites.
Además, me hubiera gustado que otro hubiera conseguido el trabajo. Alguien más
apasionado y motivado. La pasión y la ambición no son un lujo que me pueda permitir.
Por eso estoy en el fútbol en primer lugar. Es seguro. Es predecible porque lo he jugado
toda mi vida. Y me resulta fácil.
Pero esa no es la razón por la que no salgo con ellos. Y si te soy sincero, tampoco
es porque no me guste salir mucho.
La razón es otra totalmente distinta.
Pero antes de que pueda responder, Shepard vuelve a llegar primero.
—Pero bueno, sigues actuando como si fueras el chico de los recados de Con, así
que —se encoge de hombros—, ¿qué dices, quieres salir con nosotros?
De repente, el ambiente se tensa.
Al principio era sombrío, pero ahora hay corrientes de malestar.
Como ya he dicho, a Shepard le gusta provocar y no es la primera vez que lo hace

82
delante del equipo. De hecho, lo ha hecho mucho, sobre todo en el último año.
Shepard me ha estado pinchando e incitando. Y a pesar de lo peligroso que es, a
pesar de lo peligrosa que soy, he hecho todo lo posible por dejarlo pasar. Para
sobrellevarlo y dejarlo libre.
Pero ahora soy el entrenador en jefe y mierda como esta no puede volar.
Y supongo que él lo sabe.
Supongo que sabe que no puedo dejarlo ir esta vez.
Este es exactamente el tipo de situación que trato de evitar. Donde estoy así de
cerca de perderlo. Lo he imaginado un millón de veces en mi cabeza, por supuesto. Un
escenario donde Shepard me está provocando y piensa que todo es diversión y juegos.
Pero sin que él lo sepa, estoy ardiendo por dentro. Me estoy preparando para explotar.
Donde él es el que va a salir con quemaduras de tercer grado.
No estoy seguro de cómo lo hago, pero sé que tengo que ir muy, muy dentro de
mí para encontrar la fuerza para mantener la voz uniforme y los rasgos de hielo mientras
digo:
—En mi despacho.
Me observa durante unos segundos.
Luego, como si hubiera llegado a una conclusión, me lanza una sonrisa arrogante
y levanta la barbilla.
Por su bien, me doy la vuelta y simplemente salgo de la habitación.
Me dirijo hacia mi despacho, al otro lado del pasillo. No es mi despacho en sí,
porque no es nuestro vestuario. Tenemos unos cuantos partidos fuera antes de volver a
nuestra base. Así que este es un espacio temporal, pero es tan bueno como cualquier
otro. Cuando lo oigo entrar en la habitación, me doy la vuelta para mirarlo.
Ignoro la sonrisita que aún persiste en su cara y le digo:
—Cierra la puerta.
Me mira durante unos segundos antes de hacer lo que le digo. Luego se adelanta
y se apoya en él, cruzando los brazos sobre el pecho como si todo fuera jodidamente
fantástico y no lo hubiera convocado uno de sus entrenadores.
—¿Qué ha sido eso? —pregunto, de pie junto al escritorio.
—Una invitación —dice a la vez despreocupada y significativamente.
—¿Para que te pateen el culo?
Ladea la cabeza.
—¿Vas a patearme el culo? 83
Haciendo caso omiso de su provocación, le anuncio:
—Quiero que mañana estés en el campo una hora antes que los demás. ¿Está
claro? Y no me hagas esperar o será dos horas antes pasado mañana.
No es que le afecte lo más mínimo porque su tono arrogante sigue en su sitio.
—¿Eso es todo?
Levanto la barbilla hacia la puerta.
—Ya puedes irte.
—¿Eso es todo lo que vas a hacer? —dice como si no pudiera creerme.
Más le vale dar gracias a Dios que eso es todo lo que voy a hacer. Pero no lo digo
como no digo o hago un millón de cosas a diario. Lo que sí hago, sin embargo, es rodear
el escritorio para ir a sentarme en mi silla.
—Cierra la puerta detrás de ti.
—Vamos, Stella —sigue hablando—. Dame algo aquí. Te insulté delante de todo
el equipo.
Ignorando como siempre su infantil apodo hacia mí, lo miro impasible.
—Estoy esperando.
—Yo también estoy esperando —insiste—. Sé un hombre. Crece un par.
Me hormiguean los nudillos, como me pasa a menudo cuando él está cerca.
También aprieto los dientes y siento que se me calienta la piel. Aun así, le digo:
—No querrás que me crezca un par. Ahora vete.
Me observa durante unos segundos, con la alegría desaparecida de su rostro. Sus
ojos, tan parecidos a los míos, son graves. Entonces:
—¿Hablas en serio?
—Vete —digo, con acero en la voz.
Quizá ahora entienda el mensaje.
Ahora entenderá el peligro que corre. Cómo tiene que alejarse de mí para que no
le haga daño.
Ahora aprieta la mandíbula.
—Joder, eres increíble, ¿verdad? —Luego, niega con la cabeza y se pasa los
dedos por el cabello—: Mira, no soy un tipo muy paciente y el último año has puesto a
prueba mi maldita paciencia más de lo que puedas imaginar. Así que estoy intentando
vivir en mi época de joderla, ¿de acuerdo? Tal vez puedas soportar toda esta tensión. Tal
vez puedas prosperar barriendo las cosas bajo la alfombra, pero yo no soy tú, ¿sí? No te 84
estoy jodiendo y no puedo soportarlo. Así que tenemos que hablar.
—No hay nada de qué hablar —le digo, con la voz vibrando ahora por el esfuerzo
de mantenerla uniforme.
—Sí, ahí es donde tú y yo somos diferentes —dice—. Porque creo que deberíamos
haber tenido esta conversación hace meses.
Aprieto los dientes.
—No lo hagas.
No sigue mi consejo.
—¿Recuerdas a Sarah Ann?
Mi cuerpo se tensa al oír ese nombre.
Hace años que no la oigo. Principalmente porque estaba en mi clase de
matemáticas del instituto. Y había una vez, que solía ser la novia de Shepard. Pero sólo
porque me gustaba. Ya ni siquiera recuerdo su cara, pero cuando tenía quince años,
recuerdo haber estado un poco enamorado de ella.
Que conste que no me gustan los enamoramientos. Las chicas tienen un don para
sacar tus emociones, tus instintos más bajos, y cuando tus instintos más bajos son negros
como el humo que inhalo, es mejor mantenerlos a distancia. Así que eso es lo que hago.
Las uso cuando las necesito, pero no las guardo.
Pero Sarah Ann era diferente.
No es que fuera a hacer nada al respecto por razones obvias.
Pero cuando Shepard llegó a casa con ella un día, me enojó. Me enojó hasta el
punto de que casi rompo la taza de café que tenía en la mano. Y entonces vi la sonrisa
en su cara, esa sonrisa arrogante e irreverente que me hizo saber que lo hacía para
provocarme. Quería verme perder la calma para divertirse y aflojé el agarre. Solté la taza,
la dejé en la vieja isla de la cocina y volví a mi habitación. Donde me quedé toda la noche.
Durante las seis semanas siguientes, hasta que Shepard rompió con ella, me
aseguré de quedarme hasta tarde en la biblioteca o de permanecer encerrado en mi
habitación hasta que se fuera. Porque si no, habría roto mi promesa y me habría vuelto
como mi padre.
Antes de que pueda protestar de nuevo, continúa:
—Ya veo que sí.
—No lo hagas —vuelvo a decir, con la misma rabia ardiendo en mi interior.
Por el hecho de que la usara para provocarme. 85
La usó para hacerme enfadar, ¿y para qué? Para poder verme explotar, ¿no? Para
poder jugar conmigo como juega con sus lacayos que adoran a sus pies.
—Tampoco hablamos nunca de ella —dice.
—No hay nada de qué hablar. —Mantengo los dedos entrelazados aunque me
cuesta un gran esfuerzo, pero si los suelto, los voy a cerrar en puños y se los voy a
atravesar en su puta cara.
Me ignora.
—Todo lo que tenías que hacer era pedírmelo y te la habría dado. Todo lo que
tenías que hacer era hablar conmigo.
—No tengo ningún interés en hablar contigo —le digo.
Porque si hablo con él, voy a pegarle. Voy a destruirlo ahora mismo. Y eso no es
algo que quiero hacer.
Se burla.
—Sí, eso siempre se ha establecido. Pero esa no es la cuestión.
Sé que no se trata de eso.
Lo sé.
Por eso he estado evitando esta conversación. Por eso lo he estado evitando en
general. Por eso no salgo con el equipo. Por eso rechazo invitaciones, pero como siempre
las rechazo, la gente no se da cuenta. Que es como quiero que sea.
—Cierra —gruño bajo—, la boca y vete.
—La cuestión es que no voy a hacerlo aquí —afirma—. No voy a hacerlo con ella.
Y entonces imagino mi control colgando de un acantilado. En mi cabeza, lo veo.
Veo que lo único que lo mantiene en su sitio es un fino hilo construido con años y años
de práctica.
Años y años reprimiéndome, conteniéndome.
Años y putos años recordando y reviviendo ese momento. Esa noche con mi
padre. En la que él sollozaba mientras mi madre dormía arriba con un ojo morado. Que
al día siguiente ella lo había explicado como que se había golpeado con un armario de la
cocina. Sólo yo sabía la verdad. Y probablemente Conrad. Pero ninguno de ellos, ninguno
de mis otros hermanos y eso incluye a este imbécil imprudente que tengo delante, sabía
lo que había pasado.
Ninguno de ellos sabía que una bomba de relojería vivía entre nosotros.
Junto con una bomba de relojería en ciernes.
Yo. 86
Y esa es la única razón, la única maldita razón por la que permanezco sentado.
Porque si me desato y me levanto de la silla, ese “en ciernes” se convertirá en “un hecho”
y no dejaré que eso ocurra.
—Sé que la deseas —dice, con la mandíbula apretada—. Sé que la miras cuando
crees que nadie está mirando. Sé que por eso has mantenido las distancias conmigo
durante el último año. Por eso no sales. Por eso me evitas. Y aunque nunca hemos estado
cerca y nunca he sido un gran fan de ti y viceversa, esto es diferente. Ella es diferente.
Ella no es Sarah Ann.
Me estoy machacando los dientes ahora mismo.
Estoy a punto de romperme los dedos.
—La amo —declara—. No es que tú sepas lo que significa, pero yo sí.
Ya lo sé.
Sé que la ama.
También sé que no sé lo que significa. No me puedo permitir el lujo de averiguarlo.
Y aunque antes no me molestaba -el amor no es algo en lo que pensara ni remotamente;
la mayoría de mis pensamientos están ocupados en cómo no romperle los dientes a
alguien y metérselos por la garganta-, ahora me molesta.
Me molesta.
No porque esté enamorado, sino porque está enamorado de ella.
Me dan ganas de rugir. Me dan ganas de coger esta silla y tirarla por la puerta
contra la que está tan despreocupado.
Pero lo único que hago es decir:
—¿Y?
—Y —dice—. Ella es mía. No importa lo mucho que la desees, lo mucho que
quieras hacerte el enojado al respecto, ella seguirá siendo mía.
No, no lo hagas.
No lo hagas.
No mates a tu hermano.
—Y no me malinterpretes. —Continúa—. Me siento mal por ti. Lo siento. Quiero
decir, ambos sabemos que tienes —busca una palabra—, una desventaja, a falta de una
palabra mejor. Tienes un... defecto, digamos. Un defecto. No sabes qué hacer con las
emociones. De hecho, no creo que tengas ninguna. —Se ríe con dureza—. La gente dice
que un gemelo es tu alma gemela y bueno, a mí me tocó contigo. Así que lo sé. Sé que
lo que dicen es verdad. Eres frío. Estás jodidamente helado. Estás muerto por dentro. No 87
tienes sentimientos. No tienes emociones. No tienes ambición. Podrías haberte hecho
profesional, pero elegiste convertirte en un humilde asistente de entrenador. Y luego
tratan de promoverte y sigues rechazándolos. Bueno, hasta hace poco. Cuando Con tuvo
que forzarte.
Sus palabras son como dardos para mí.
Escozor y ardor.
Pero está bien.
Está bien porque tiene razón.
Se quedó atrapado conmigo. Le tocó un hermano discapacitado, con problemas,
con equipaje, en lugar de un gemelo totalmente funcional.
Así que está bien si esto es lo que piensa de mí.
Es que...
Duele.
Que esto es lo que piensa de mí.
—Así que sí, me siento mal por ti. —Continúa Shepard—. Pero tienes que entender
que aunque te la diera, no sabrías qué hacer con ella. Es brillante. Es colorida. Ella merece
a alguien como yo, no tú. Soy el hombre adecuado para ella y lo sabes. Y esa ha sido tu
única gracia salvadora. Es por eso que no he venido por ti antes de hoy. El hecho de que
estás completamente equivocado para ella y hasta ahora, has mantenido las distancias.
Pero vi la forma en que la observabas. En el evento de caridad. Vi la forma en que seguías
cada uno de sus movimientos, y no me gustó. Nunca me ha gustado. Nunca me ha
gustado la forma en que miras a mi chica. Y te he dado muchas oportunidades para que
vengas a hablar conmigo. Pero como no lo harás, déjame dejarte muy claro que esto no
acabará bien. Si vas tras ella. Si sigues mirándola, si sigues queriendo lo que es mío, haré
que te arrepientas. Así que te pido que pares. Te pido, muy amablemente, que dejes de
obsesionarte con mi chica.
Me observa durante unos instantes antes de empujarse de la puerta y decir:
—No seas patético, Stella. No más de lo que ya lo has sido durante el último año.
Búscate tu propia chica y deja en paz a la mía.
Pero antes de que se vaya, le grito:
—¿O qué?
Entonces se da la vuelta.
—O pelearé contigo.

88
—Pelearás conmigo.
—Iré a la guerra contigo.
Sigo mirándolo, con los dedos entumecidos.
—Primera regla de una guerra: elige un oponente que sea igual a ti. O no sería una
pelea justa.
—Segunda regla de la guerra. —Empieza con una sonrisa arrogante—. No te
cebes con tu oponente o perderás los dientes.
Tengo que sonreír.
Tengo que hacerlo.
Es una sonrisa pequeña, pero divertida.
—Sí, no tienes ni idea.
Sus ojos se entrecierran.
—¿Por qué no me das una pista entonces?
Los míos siguen igual, cubiertos de hielo e inexpresivos.
—No, eso sería demasiado fácil. ¿Qué tal si lo piensas mientras no juegas el
próximo partido?
Tarda un segundo en entender lo que digo.
—¿Qué?
—Estás en el banquillo.
Su expresión es de incredulidad.
—¿Qué dem...?
—Tercera regla de la guerra: no te pelees con tu entrenador o será para el resto
de la temporada.

ISADORA.
Dora.
Do. Ra.
La miseria de mi vida. El tormento de mi corazón.
Mi crimen. Mi corrupción.
Si yo fuera un escritor, digamos Nabokov, la describiría en términos tan floridos.
Como no lo soy, diría que es una chica que encuentro allá donde voy. En los partidos, en
los eventos del equipo, en las fiestas. Y no importa la ocasión, ella siempre está riendo su
risa gutural. Siempre está sonriendo con sus labios en forma de arco que parecen 89
perpetuamente picados. En un mar de cuerpos pastosos y apagados, ella siempre brilla
con su piel color miel y su cabello negro azabache. Sus ojos, de un gris metálico y su
rasgo más singular, tienen una impertinencia y una picardía que te hacen pensar que
siempre está tramando algo malo.
Y donde quiera que vaya, lo hace con mi hermano.
Porque es la novia de mi hermano gemelo.
Pero antes de ser suya, era la chica que había conocido una noche. Una chica con
un vestido blanco y alas falsas. Una chica que me vio en las sombras. Una chica que puso
a prueba mi control cuando siempre ha sido férreo y legendario.
Era la chica que hacía que mi corazón latiera de cierta manera.
Cuando has vivido tu vida controlando tus latidos, llevando la cuenta de tu pulso,
te familiarizas con él. Te familiarizas con cómo late tu corazón, con su cadencia y su ritmo.
Sus desencadenantes. Las cosas que alteran tu corazón.
Es una de ellas.
Se mete con mi corazón.
Me acelera el corazón.
Y sé lo que pasa cuando no puedo controlar mis latidos. El mundo empieza a
desaparecer. Mi visión se vuelve borrosa. Los bordes de mi cuerpo empiezan a tensarse
y siento que voy a reventar si no encuentro algo con lo que conectarme a tierra.
Así que debería alejarme de ella, ¿no?
Pero es difícil.
Pensé que mi fascinación inicial por ella desaparecería, pero aún no lo ha hecho.
Mi hermano tenía razón.
La quiero.
Por decirlo suavemente.
Para decirlo con precisión: su deseo no me deja dormir cada noche y me
atormenta cada día. Su deseo me hace sentir como si tuviera mil cortes de papel por toda
la piel.
Para decirlo con más precisión: Me dan ganas de hacer un agujero en la pared.
Me hace querer romper mi regla de un cigarrillo al día y fumarme el paquete entero. Su
deseo me mantiene en vilo cada segundo de cada día, y tengo que contenerme
físicamente para no cazar a mi gemelo y hacerle daño.
Y por eso es peligrosa; lo supe la primera noche.
Porque me hace peligroso. 90
Porque si mi hermano gemelo es mi mayor detonante, ella es mi maldita kriptonita.
Nada, ni una sola cosa, me ha tentado, amenazado mi control, jodidamente astillado mi
cordura, como ella.
Así que aunque sea difícil, no voy a ir tras ella.
Es la última chica de este planeta a la que perseguiría.
En lugar de eso, haré lo que he hecho durante el último año: mantener las
distancias, ignorar todo esto, enterrarlo en algún lugar profundo y seguir con mi día. Así
que veo los partidos y preparo una estrategia para discutir en la reunión de mañana. Una
vez hecho esto, vuelvo al hotel en el que nos alojamos y paso una hora en la cinta de
correr y luego otra hora con las pesas, como hago todas las noches.
La estructura es la clave.
Y si le doy a las pesas más fuerte de lo habitual y corro a más velocidad de lo que
hago normalmente, no le doy importancia. Cualquier cosa con tal de dejar atrás esa
conversación con mi hermano. Cualquier cosa para frenar ese deseo que parece
atacarme con más fuerza por la noche.
Cuando subo a mi habitación, me ducho rápidamente y luego hago lo que he
estado deseando hacer todo el día: agarrar un cigarrillo y buscar un libro para leer. Sé
que no voy a dormir mucho como no he dormido en el último año. También sé que no
podré concentrarme lo suficiente como para pasar de la primera página, pero como
siempre, lo intento.
Sin embargo, justo cuando me estoy acomodando, oigo una campanada.
No es mi teléfono, es el de Shep.
Como de costumbre, lo había dejado en el vestuario. Tiene la costumbre de dejar
cosas: su teléfono, sus libros, sus botas de fútbol. Y como yo siempre me mantenía
ocupado haciendo tareas, limpiando lo que dejaban mis hermanos, tengo la costumbre
de recoger las cosas que él olvida. Así que, como siempre, recogí el móvil cuando me
iba.
Sin embargo, cuando voy a apagarlo, veo la razón por la que sonó en primer lugar.
Un texto.
De ella.

ISADORA
HOLA

91
Y la ira que vive en lo más profundo de mí surge.
Los celos que sentí la noche en que corrió por el jardín con un vestido blanco
transparente y alas falsas para acabar en brazos de mi hermano me recorren las venas.
Se enoja y se enfurece.
Hasta el punto de que el mundo empieza a desaparecer.
Donde es difícil recordar las cosas.
Recuerda quién soy: el hielo.
O quién es ella: el fuego.
Es difícil recordar que tengo reglas. Que necesito alejarme de ella.
Es difícil.
Tanto es así que, antes de saber lo que hago, abro el mensaje de texto -puede que
no nos parezcamos en nada, pero compartimos cara y su contraseña es el
reconocimiento facial- y mis dedos empiezan a teclear.
CAPÍTULO 5
Unas horas antes del texto...

Está corriendo hacia él.


Lleva el cabello oscuro suelto por detrás, junto con el dupatta. Su lehanga
tradicional india le rodea las piernas. Su brazo está extendido hacia él igual que el suyo.
Intenta alcanzarlo. Intenta tomarle la mano, pero no creo que lo consiga.
Creo que lo perderá.
Porque él está en el tren que sale de la estación y ella no es lo bastante rápida
92
para llegar a tiempo.
Así que cuando lo hace, cuando lo alcanza y sus manos se encuentran y él le
agarra los dedos con tanta fuerza y tira de ella a bordo, respiro el aire que he estado
conteniendo durante toda la escena. Un diluvio de lágrimas de felicidad corre por mis
mejillas y se me pone la piel de gallina.
Cada. Vez.
Cada vez que veo esta película -y la he visto treinta y siete veces, incluida la de
hoy, y todas con mi biji- pienso que no sucederá. Creo que no tendrán su final feliz, que
ella perderá el tren y el amor de su vida se irá para siempre. Y entonces tendrá que
casarse con el chico que su padre quiere que se case y se pasará la vida con el corazón
roto y suspirando por el chico del que está enamorada.
Pero gracias a Dios, es una película.
Una película de Bollywood en la que los finales felices están casi garantizados.
Pero no en la vida real, ¿verdad?
En la vida real, el chico al que amas resulta ser un gran imbécil y acabas
arrepintiéndote del día en que lo conociste. Acabas arrepintiéndote de todas las cosas
que has hecho en su nombre y de todos los corazones que has roto.
En la vida real, hay que atenerse a las consecuencias.
Por eso, mientras veo rodar los créditos en la tele, le suelto a mi biji:
—Lo voy a hacer.
Estamos sentadas una al lado de la otra en la cama, con una gran copa de
margarita de color rosa entre las dos que compartimos y dos popotes que salen de ella.
Yo llevo mi bikini con estampado de corazones y mi biji también, aunque el suyo es de
una pieza. Las dos llevamos gafas rosas con forma de corazón y los labios pintados de
rojo sangre. Estamos absolutamente hermanadas en la habitación de su residencia de
ancianos y fingiendo broncearnos porque, en realidad, ahí fuera está nevando muchísimo
y estamos atrapadas.
Ante mi anuncio, me mira.
Aunque no puedo verle los ojos tras sus gafas, sé que me está estudiando con
astucia. Tiene más de ochenta años, pero mi biji es una mujer muy aguda. Sabe cosas
sin que yo tenga que decírselas. Y sus conocimientos sobre las emociones humanas y
las curvas de la vida no tienen parangón.
La quiero mucho.
Ha estado conmigo casi toda mi vida. Se mudó a Estados Unidos después de que 93
dada ji, mi abuelo, muriera cuando yo tenía unos tres años. Y como a mi madre nunca le
gustó, siempre se aseguró de que biji se quedara en una casa diferente a la nuestra y
siempre supervisaba nuestras visitas. Y cuando llegó el momento, mi madre la envió a
vivir a una residencia de ancianos. Igual que me mandó a mí a vivir a Bardstown.
Aunque como la casa de mi biji también está en Bardstown, no me importa tanto.
Sin embargo, odio que tenga que vivir aquí. Me gustaría que se quedara conmigo, pero
mi madre nunca lo aceptaría. Ella ya piensa que soy como soy por culpa de mi biji.
El único consuelo de que mi biji viva con desconocidos es que estos desconocidos
también la quieren. Bueno, me refiero a que no tiene uno, sino dos novios: uno cinco años
más joven que ella y de Nebraska, y el otro dos más mayor y de Londres. Ambos la adoran
por igual y saben que mi biji es una petarda que no cree en los compromisos, no después
de haberse casado con el amor de su vida. Hay otro residente aquí con los ojos puestos
en mi biji, pero ella no está muy interesada en él. Él es de la India y ella dice que ya ha
salido, amado y casado con un indio y que ahora necesita variedad.
En fin, volvamos a ella y a sus ojos escrutadores.
—¿Hacer qué? —pregunta.
Doy un inocente sorbo a mi margarita antes de murmurar:
—Decir que sí.
Mantengo los ojos fijos en los créditos rodantes a propósito y doy gracias a Dios
por mis gafas de sol. Porque no quiero mirarla directamente a los ojos. Sé lo que
encontraré: decepción y disgusto. Y aunque puedo soportar la decepción de mi madre -
duele muchísimo, pero aun así-, no puedo soportar la de biji.
—Dime que estás de broma —me dice.
—Bueno, lo haría —tomo otro sorbo y sigo mirando la tele—, si pudiera.
—Mírame —ordena.
—No, gracias.
Siento que me mira con severidad.
—Isadora.
—Biji. —Empleo el mismo tono.
—Mírame —vuelve a decir.
—Creo que estoy bien.
Suspira bruscamente.
—Isadora, meri bacchi, aakhein idhar kar.
Así que eso es hindi.
94
No entiendo mucho el hindi ni el punjabi, que se habla sobre todo en el norte de la
India, de donde son mi biji y mi madre, y que mi biji también habla a veces.
Sin embargo, esto lo entiendo.
Meri bacchi significa mi chica, dicho cariñosamente la mayoría de las veces. Y la
otra parte, aunque no la entiendo literalmente, puedo deducirla por el contexto.
Probablemente me está pidiendo lo mismo que antes: que la mire.
—Sabes, biji, esto no es justo. —Me retuerzo un poco en mi asiento, todavía dando
rodeos—. Sabes que no entiendo mucho el hindi y me hace sentir muy estúpida cuando
tú...
—Haye Rabba, iss ladki ke natak —murmura. Cuando voy a decirle que tampoco
lo entiendo, no me deja—. Significa que dejes de ser una reina del drama porque sé que
entendiste lo que dije antes. No eres idiota. Por desgracia, yo tampoco. Así que,
¿podemos ir al grano?
Suspirando, hago lo que me dice y por fin la miro.
Me señala las gafas de sol y me las subo de mala gana.
Luego pregunta:
—¿Por qué?
—Porque quiero. Porque creo que es la decisión correcta para mí —digo.
—Decisión acertada —repite.
Asiento.
—Sí.
—¿Decir que sí a su ultimátum es la decisión correcta para ti? —vuelve a
preguntar.
—Sabes, puedes preguntarlo cien veces, de cien maneras diferentes. Mi respuesta
no va a cambiar.
—Explícamelo entonces —presiona.
—Porque quiero seguir adelante, ¿bien? Ya es hora, ¿no crees? Debería seguir
adelante con mi vida. Ha pasado un año, y aún no ha sucedido. Y no va a pasar nunca.
Así que me estoy espabilando.
Me siento y sorbo mi bebida con el popote.
Porque creo que debería estar contenta después de lo que le he contado.

95
Durante las últimas dos semanas, desde el acto benéfico, he estado pensando qué
hacer. Cómo decirle a Shepard la verdad. Si debo decirle la verdad a Shepard. Entre
ensayos, clases, deberes que casi siempre descuido en favor de los ensayos -porque,
oye, por fin vamos a hacer una función y me han dado el papel principal-, llegué a la
decisión de que si digo que sí a su ultimátum, no hace falta que le diga nada a Shepard.
Cuando lo decidí, sabía que tendría que contárselo a mi biji, porque se lo cuento
todo. Y sabía que si iba por el camino del autocuidado, ella estaría totalmente de acuerdo.
Mi biji es una gran creyente en la auto-felicidad.
Cree que lo primero y lo más importante que puedes hacer en la vida es quererte
y cuidarte. Persigue lo que realmente quieres y lo que tu corazón desea.
Supongo que viene de vivir en una sociedad y una época en la que no se valoraba
tanto a las mujeres. Donde no tenían voz. A mi biji nunca la dejaron elegir qué hacer con
su vida: ser actriz; o a dónde ir: siempre quiso viajar, pero vivió la mayor parte de su vida
en un pueblo muy pequeño del Punjab; con quién casarse: dice que estaba enamorada
de un chico del pueblo, pero nunca tuvo la oportunidad de decírselo antes de que la
casaran a la madura edad de dieciséis años con mi dada ji. Aunque al final se enamoró
de dada ji, al principio fue muy duro para ella y la hizo sentirse asfixiada.
—¿Y no hay ninguna otra razón? —pregunta.
Mantengo los ojos fijos en el televisor.
—Por supuesto que no. Como he dicho, es la decisión correcta. Shepard es el tipo
adecuado para mí.
—¿Lo es?
—Sí. —Empiezo a contar con los dedos—. Uno, es increíble. Es divertido y me
hace reír. Nunca me siento incómoda a su lado. O tímida. Nunca me ruborizo como si
fuera una inocente que nunca ha oído la palabra con J. La he oído. La he dicho. Nunca lo
he hecho, pero ¿y qué? Es asqueroso cuando me sonrojo por ello. Dos, es fácil hablar
con él. No es como si estuviera sacando los dientes mientras hablo con él. Responde a
mis preguntas. No me oculta cosas ni actúa como si fuera superior y condescendiente.
Tres, es amable. No me insulta ni me humilla ni me hace llorar.
»Y sí, no le gustan mucho las obras de teatro, los libros y la interpretación, y se
aburre un poco cuando le hablo de la escena que estamos preparando o del personaje
que estoy intentando definir. Pero no pasa nada. No todo el mundo se interesa por el arte
y el teatro. Pero a pesar de todo, apoya mis sueños. Pero sobre todo, biji, me quiere.
Quiere estar conmigo. Le gusto. Le gusto tanto que me dio un ultimátum, ¿de acuerdo?
Y por primera vez en mi vida, me gustaría estar con alguien que me quiera y no
perseguirlo a él y a su amor y aprobación como siempre he hecho. Ya está. ¿Por fin eres
feliz ahora?
Bien, después de esto, debería estar contenta.
96
Todo lo que he dicho es cierto.
Shepard es increíble. Me hace reír. Prueba A: me hizo reír en el acto benéfico
cuando todo me parecía tan incómodo y pesado. Es fácil hablar con él. Prueba B: me
confesó lo de su ritual gemelo la primera vez que nos vimos. Nuestra conversación voló
incluso cuando éramos desconocidos. Cada vez que hablo con él, no es como si intentara
darme cabezazos contra la pared, tratando de obtener información sobre él. Se ríe
conmigo. No tengo que devanarme los sesos para recordar la última vez que esbozó una
sonrisa. Bromea y sus bromas no son burlonas. No son condescendientes.
Y menos mal que no me ruboriza ni me acelera el corazón. ¿Quién quiere vivir con
la piel perpetuamente sonrojada y el corazón palpitante? Es como caminar sobre la
cuerda floja todo el tiempo.
No es cómodo.
Te hace actuar como una loca y hacer cosas compulsivas y acosadoras.
Así que esta es la decisión correcta para mí.
Sólo que no lo hago por eso.
Pero mi biji no necesita saber eso.
—Sí —dice al fin, dándose la vuelta y dando un sorbo a la bebida.
—¿En serio? —pregunto, sorprendida.
Bebe otro sorbo.
—Estoy de acuerdo. Porque estoy de acuerdo.
—¿Estás de acuerdo con qué?
—Que ya es hora.
Sonrío, aliviada.
—Lo es, ¿verdad?
—Sí. —También mantiene sus ojos en la televisión—. Porque tal vez ab uss khote
de puttar nu akal aayegi.
—Biji —digo, exasperada—. Sabes que no sé lo que acabas de decir.
Bueno, excepto khote de puttar. Que más o menos significa idiota.
También sé de quién habla porque ya ha utilizado este término antes en su
contexto.
Ella resopla.
—Me refería a que quizás ahora ese idiota saque la cabeza de su culo. Cuando lo
hayas superado. Enni changi kudi hai meri y si él no puede ver eso, entonces aag lage
usko. Y para traducir, significa que si no puede ver lo increíble que es mi nieta, entonces
97
puede irse al infierno. Pero no antes de que aprenda la lección y venga a rogarte.
No hace falta decir que ella lo sabe todo. Conoce toda la historia. Sobre todo
porque aunque hubiera querido ocultarle cosas, no habría podido. Como mencioné antes,
ella sabe todo y definitivamente sabe todo sobre mí. Sabe cómo me encontré con Stellan
aquella noche, cómo me obsesioné con él al instante, lo diferente que me había parecido.
Cómo luego fui a ver a Shepard para poner celoso a Stellan.
Ella me dijo, numerosas veces durante el año pasado, que debía confesarme con
Shepard. Que debía contárselo todo, confesar mis sentimientos por Stellan, pero no la
escuché. Primero porque estaba convencida de que Stellan recapacitaría, que volvería a
mí suplicando y arrastrándose. Y después porque Shepard se había convertido en mi
amigo, de verdad, y no sabía cómo decírselo. Cada vez que imaginaba decírselo, lo veía
todo traicionado y enfadado, y me acobardaba. Y después de eso, cuando me di cuenta
de que me quería como algo más que una amiga, no había forma de romperle el corazón.
En cualquier caso, ella lo sabe.
Y se ha vuelto cada vez más infeliz con él en el último año. Él siendo el amor de mi
vida que no quiere tener nada que ver conmigo. Ella piensa que él necesita un empujón
más grande.
—Pero ojalá lo hicieras por eso. —Termina.
—¿Qué?
Se vuelve hacia mí y se sube las gafas.
—Sin embargo, no es por eso por lo que dices que sí.
—Yo no...
—No estás diciendo que sí porque quieras espabilarte y quieras seguir adelante o
incluso encender un fuego bajo su culo. Dices que sí porque crees que es culpa tuya.
Me retuerzo en el asiento y miro hacia otro lado.
—Eso no es verdad.
—Oh, mi bebé, desearía que no fuera verdad, pero lo es.
—Biji, yo...
—Porque te conozco. Dices que sí porque no quieres que nadie salga herido;
crees que es culpa tuya que Shepard se enamorara de ti y quieres enmendarlo.
Me obstino en callar.
Y continúa obstinadamente:
—Sé cómo piensas, meri bacchi. Cómo te gusta cargar con la culpa cuando la 98
mayoría de las veces no es tuya. Y también sé de dónde viene, quién es responsable de
ello.
Entonces trago grueso.
Mientras el punto alrededor de mi codo arde con un dolor sordo.
El moretón -algo que no había notado hasta que volví a casa esa noche- ya ha
desaparecido. Pero el ligero dolor persiste. Probablemente porque tuve un encuentro
más con mi madre, que se presentó sin avisar para ver cómo iba todo. Gracias a Dios,
ese día no tenía ensayo, así que estaba en casa cuando debía. Aun así, mientras se iba,
clavó las uñas en el mismo sitio, preocupándose por la herida.
Aunque mi biji no lo sabe.
Nadie sabe lo que a mi madre le gusta hacer fuera del ojo público.
Que es como quiero que sea.
Ella ya no aprueba cómo me trata mi mamá y al crecer, siempre se aseguró de
colmarme de amor y cuidado cuando mi mamá no lo hacía. Pero si supiera lo enfadada
que se pone mi madre y lo que hace cuando se pone así, mi biji se volvería loca. Pero
sobre todo, le rompería el corazón y no quiero que eso pase.
No por mi culpa.
Así que lo mantengo en secreto.
Además, no es que mi madre me pegue activamente, sólo... me agarra demasiado
fuerte o me da algún coscorrón aquí y allá, y la mayoría de esas magulladuras y picaduras
desaparecen en unos días. Y me quedo como nueva.
Pero volvamos a la situación que nos ocupa.
—No puedo hacerle daño —le digo a biji.
—Lo sé.
—Es mi mejor amigo.
—También lo sé.
—No se merecía lo que le hice. Qué egoísta he sido todo este tiempo. No se
merecía que jugara con él. Y eso es lo que hice. Jugué con su corazón. Jugué con sus
sentimientos. Lo busqué deliberadamente. Deliberadamente fui tras él sabiendo que
crearía rumores. Lo tomé de la mano, bailé con él. Le sonreí, coqueteé con él. Lo hice
todo porque... porque quería a su hermano gemelo. Hice que se enamorara de mí. Así
que ahora depende de mí arreglarlo. Me toca madurar y dejar de ser egoísta.
Tengo que afrontar las consecuencias de lo que he hecho.
He usado a un hombre. 99
Un hombre bueno y de buen corazón.
No puedo dejar que sufra por eso. No puedo hacerle daño diciéndole la verdad,
no. Tal vez algún día se lo diga. Pero para entonces, estaremos firmemente en una
relación, y yo seré la mejor novia que él podría haber imaginado.
Porque ese es el segundo paso de mi plan.
El primer paso es decir sí.
—Pero más que eso —continúo, con el dolor punzándome el pecho—, lo sé.
—¿Qué sabes tú?
Miro a biji.
—Sé lo que se siente cuando quieres a alguien y no te quiere. Sé lo doloroso que
es. Cómo te duele. Cómo rezas y esperas. Cómo cada noche le preguntas al cielo, por
qué a mí; qué me pasa; por qué no puedo tener suerte en el amor; qué puedo cambiar
de mí para conseguirlo; qué puedo hacer; por qué él no puede quererme, por qué nadie
puede quererme. Por qué... Y cuando nadie responde, duele.
Duele mucho.
Te hace cuestionarte todo sobre ti, sobre tu vida. Y en mi vida, sé que mi biji me
quiere, pero es la única persona. Quizás mi padre me quiera un poco, pero quiere tanto
a mi madre que no creo que pueda ser desleal con ella por quererme a mí. Y todos
sabemos que lo que mi madre siente por mí está tan lejos del amor que ni siquiera tiene
gracia. Y aunque sé que Shepard es querido por la gente, por su familia, pasar por un
amor no correspondido es algo totalmente distinto. Podría decirse que es el peor tipo de
amor que existe. El tipo de amor más solitario que existe y que me condenen si le dejo
pasar por eso.
Así que sólo hay una solución, ¿no?
Todo el amor que tengo en mí, se lo daré a él.
De todos modos, es el único que se lo merece.
Biji se queda mirándome unos instantes.
—Odio a mi hija. La odio.
—Biji, eso no es...
—Odio lo que te ha hecho. Odio que toda tu vida te haya menospreciado, te haya
destrozado. Te ha hecho sentir mal por ser tú misma. Odio eso. Deberías ser apreciada
—dice ferozmente—. Deberían tratarte como el tesoro que eres y todo el mundo te ha

100
fallado. Todas las personas de tu vida te han fallado y yo... —Sus preciosos ojos oscuros,
que me gustaría tener, se llenan de lágrimas—. Si pudiera hacer entrar en razón a tu
madre, lo haría. Pero nada funciona con esa chica. Siempre ha estado amargada por una
razón u otra. Nada de lo que hicimos funcionó con ella. Y si alguna vez me encuentro con
esa khote da puttar, ten por seguro que juttiyon se maar maar ke seedha kar dena hai
maine usko.
—Biji...
Me agarra las mejillas y me las aprieta.
—Significa: si alguna vez me encuentro con ese idiota, le pegaré tan fuerte que
caerá rendido a tus pies y prometerá amarte para siempre.
Dios, amo a mi biji.
Es la mejor abuela del mundo entero.
—Será una buena historia para una película. —Termina.
Me río con los ojos escocidos y decido centrarme en las cosas buenas.
—¿Me contarás tu historia? Con dada ji.
Me observa unos instantes, con los pulgares frotándome las mejillas y los ojos
recorriéndome la cara. Luego se adelanta y me besa en la frente.
—Por supuesto, mi amor.
Con eso, se aparta y se acomoda contra las almohadas. Aparto nuestra copa de
margarita gigante y apoyo la cabeza en la almohada de su regazo, tumbándome de lado.
Y ella empieza a pasar los dedos por mis largos mechones de cabello, alisándolos y
trenzándolos lentamente como solía hacer con su cabello en el pueblo donde vivía con
mi dada ji.
—Yo era joven. Era testaruda. Quería viajar por el mundo. Nadie lo había hecho en
nuestro pueblo. Quería salir en películas. Quería enamorarme. Me enamoré de un vecino.
Lo único que no quería era casarme. Y específicamente no quería casarme con este
hombre de rostro severo que vino a nuestra casa un día. Parecía que nunca había
sonreído en su vida, y mucho menos reído. Y era tan alto y ancho. Más alto que todos los
edificios de nuestro pueblo, más ancho que las montañas que una vez vi en un libro. Tenía
un bigote enorme. Juro que parecía un villano de película. Un guapo villano de película,
pero un villano al fin y al cabo. Quería huir el día de nuestra boda y cuando no pude, huí
la noche de bodas. De ninguna manera iba a dormir con él en la misma habitación.
Además, tenía que ir a buscar a ese chico al que había amado. Iba a encontrarlo y
convencerlo de que huyera conmigo a Bombay. Se llamaba Bombay en aquel entonces,
pero aun así. Tu dada ji me encontró, sin embargo. Pero yo estaba decidida. Le dije que
no lo amaba. Que nunca lo amaría. Lo odiaba por arruinar mi vida. Que si alguna vez me
tocaba, le cortaría los dedos. Envenenaría su comida. ¿Sabes lo que me dijo?
Sonrío, levantando la vista hacia ella, y pregunto, aunque sé la respuesta: 101
—¿Qué?
—Me dijo —sonríe, con los ojos llenos de amor—, que nadie quería casarse con
una bruja, así que podía irme. Además, mi ojo era más grande que el otro, tenía la nariz
torcida y no le gustaba lo alto que me reía. Le daba dolor de cabeza. Así que me dijo que
podía irme si quería.
—¿Pero?
—Pero tenía que darle seis meses. Porque tenía una reputación y si me escapaba
la primera noche, nadie en el pueblo aceptaría casar a su hija con él.
Menuda estupidez.
Quería pasar más tiempo con ella porque, más tarde, le dijo a mi biji que se había
enamorado de ella a primera vista. Y no podía soportar dejarla ir. Así que quería seis
meses para ver si ella también podía aprender a amarlo.
Alerta de Spoiler, lo hizo.
Me río entre dientes.
—Dada ji tenía movimientos.
—Seguro que sí.
—Sabía dónde atacar.
—En mi orgullo, sí.
—Porque tienes los ojos más bonitos y una bonita nariz de botón.
Se ríe.
—Solía besarme en la nariz. Cada mañana al levantarse y cada noche al acostarse.
Mi corazón estalla de alegría.
—¿Para compensar lo que dijo?
—Sí. No iba a dejar que se librara. —Me pellizca la nariz—. Insultó mi aspecto.
—Y tú tienes la risa más mágica —le digo.
—Eso es lo que tu dada ji solía decir también.
—Lo quiero —le digo.
—Él también te quería.
Mi guapo dada ji falleció cuando yo era muy pequeña. Así que no lo recuerdo en
absoluto, pero mi biji me ha contado suficientes historias durante toda mi vida que siento
que ya lo conozco.
—Ojalá hubiera podido conocerlo —añado. 102
—Yo también.
—Te quiero, biji.
Ella me toma por un tiempo o dos.
—Yo también te quiero, meri jaan.
Esto también lo sé.
Meri jaan significa mi vida.
Mi corazón. Mi alma.
Al igual que mi biji era para mi dada ji.
Horas después, cuando vuelvo a casa llena de historias de amor de mi biji, me
siento en mi cama. Con la ventana abierta y las cortinas blancas ondeando por la brisa
invernal, pongo en marcha mi plan.
Le envío un mensaje.

ISADORA
HOLA

Sé que decidimos un plazo para el ultimátum. Que le daría una respuesta cuando
volviera. Pero ahora que me he decidido, no voy a hacerlo esperar ni un segundo más.
Sé que está ocupado con los entrenamientos, los partidos y la temporada, y normalmente
intento no molestarlo cuando está de viaje, pero a tiempos desesperados, medidas
desesperadas.
De ahí el texto.
Sólo que no me contesta.
Ni siquiera después de quince minutos. Aunque sé que lo ha leído; puedo ver el
recibo al final de mi mensaje. Pero estoy decidida. Estoy a punto de enviarle otro mensaje
cuando suena mi teléfono y me siento en la cama.

SHEPARD
HOLA

103
CAPÍTULO 6
Miro fijamente el teléfono.
Mirar y mirar.
Sin pestañear.
Con los ojos muy abiertos.
Con ojos incrédulos.
Aunque quería que me contestara y estaba totalmente dispuesta a seguir
mandándole mensajes hasta que lo hiciera, sigo sin creerme que no tenga que tomar
ninguna de esas medidas. Que haya respondido por su cuenta. Por alguna loca razón,

104
pensé que el acto benéfico sería la última vez que nos hablaríamos.
Bueno, en realidad no era una locura porque había dado un ultimátum, así que no
poder hablar con él era una preocupación válida.
En cualquier caso, me sorprende y me alivia que haya contestado.
Y me vuelvo estúpida por ello, supongo, porque mis siguientes palabras son estas:

ISADORA
¡¿TODAVÍA ESTÁS DESPIERTO?! 😱😱

Por supuesto que está despierto.


Claro que sabía que estaría despierto, por eso le envié el mensaje. Es un ave
nocturna. Lo cual es una sorpresa porque siempre tiene que levantarse muy temprano
para entrenar. Y si Shepard tiene una regla -y no tiene muchas- es que nunca llega tarde
a un entrenamiento.
Observo los puntos que aparecen y desaparecen de la pantalla. Siguen haciéndolo
durante mucho tiempo y eso hace que se me acelere el corazón. De miedo. De
desesperación, de tristeza. De que hayamos llegado a este punto en el que somos tan
torpes el uno con el otro. Y mi corazón se aprieta más cuando veo su respuesta en la
pantalla.

SHEPARD
CLARAMENTE
Maldita sea.
Odio las respuestas de una sola palabra. Las odio.
Son tan difíciles de descifrar. Hacen tan difícil mantener la conversación.
Sólo por eso me dan ganas de decirlo.
Sólo por eso me dan ganas de ponerme a escribirle que sí. Que sí, que sí, que sí,
que voy a ser su novia, con signos de exclamación, cara de payaso y emojis de corazón.
Pero me abstengo.
Voy a mi ritmo.
Porque no quiero asustarlo con mi entusiasmo. No quiero que piense que estoy
loca y se pregunte en qué se ha metido.
Es decir, me conoce, claro, pero me conoce como su mejor amiga, no como novia.
Y nunca he sido novia de nadie antes, pero supongo que voy a ser muy entusiasta al
respecto. Voy a ser una novia excesivamente dramática, súper cariñosa, con ojos de
105
corazón perpetuos y que tira purpurina y confeti por todas partes.
Así que voy con algo con lo que normalmente iría.

ISADORA
VI TU PARTIDO ESTA NOCHE.
SIENTO MUCHO QUE HAYAS PERDIDO. 😢😢

Vuelvo a ver los puntos en la pantalla y rezo para que no duren tanto como antes.
Y no lo hacen, por suerte. Es sólo un pequeño progreso, pero lo aceptaré.

SHEPARD
SÍ, FUE UNA MIERDA.

Sé que mis próximas palabras no ayudarán mucho, pero aun así, se las envío.
Porque otra cosa sobre Shep: siempre es muy duro consigo mismo cuando se trata de
fútbol. Lo cual me parece admirable y desgarrador al mismo tiempo. Es uno de los
mejores jugadores que hay, pero siempre está compitiendo contra sí mismo, intentando
ser cada vez mejor. A veces me gustaría que también se parara a celebrar su duro trabajo.

ISADORA
LO FUE. PERO JUGASTE COMO SIEMPRE, INCREÍBLE. 😍😍😍😍😍😍
SHEPARD
¿AH, SÍ?

ISADORA
¡SÍ!

SHEPARD
¿Y CÓMO LO SABES?

ISADORA
¡PORQUE TE CONOZCO!

SHEPARD
PERO TÚ NO SABES NADA DE FÚTBOL.
106
ISADORA
¡YO TAMBIÉN! TÚ ME ENSEÑASTE.

SHEPARD
¿QUÉ TE HE ENSEÑADO?

ISADORA
LO PRIMERO QUE ME ENSEÑASTE ES QUE CUANDO EL BALÓN TOCA LA RED, ES GOL.

SHEPARD
SUENO INTELIGENTE.

ISADORA
Y LO HICISTE ESTA NOCHE. GOLPEASTE LA RED.

SHEPARD
NO PUEDO NEGARLO.

ISADORA
DE HECHO, FUISTE EL ÚNICO.

SHEPARD
ESO TAMPOCO SE PUEDE NEGAR.
ISADORA
¿LO VES? ASÍ QUE AL MENOS DEBERÍAS ALEGRARTE POR ESO.

SHEPARD
LO HARÍA. EXCEPTO QUE SÓLO EL CAPITÁN GOLPEANDO LA RED NO ES REALMENTE SUFICIENTE PORQUE
EL FÚTBOL ES UN DEPORTE DE EQUIPO.
¿ME OLVIDÉ DE ENSEÑARTE ESO?

ISADORA
ERES DIVERTIDÍSIMO. 😂😂

SHEPARD

107
ESA DEBERÍA HABER SIDO LA LECCIÓN NÚMERO DOS.

ISADORA
TENGO LA LECCIÓN NÚMERO TRES PARA TI.

SHEPARD
SÍ, ¿QUÉ ES ESO?

ISADORA
DEJA DE LAMENTARTE POR UNA DERROTA PORQUE SIEMPRE HAY UNA PRÓXIMA VEZ.

SHEPARD
MUY INSPIRADOR.

ISADORA
PUEDO SER INSPIRADOR. 🥰🥰

SHEPARD
PROBABLEMENTE DEBERÍA CONSEGUIR UNA PEGATINA PARA EL PARACHOQUES CON ESO.

ISADORA
PROBABLEMENTE DEBERÍAS.
JUNTO CON ESO QUE SIEMPRE DICES.

SHEPARD
¿QUÉ COSA?
ISADORA
ESA ARROGANCIA ES SÓLO CONFIANZA CON CENTÍMETROS DE MÁS.

SHEPARD
SÍ, LO DIGO, ¿NO?

ISADORA
Y POR LO QUE RECUERDO TIENES MUCHOS CENTÍMETROS DE MÁS.
AH Y SÍ, ERA UN DOBLE SENTIDO 😉😉😉😉😉😉.

Me río mientras envío el mensaje y, en un arrebato de felicidad, me doy cuenta de


algo. Que la incomodidad ha desaparecido. Como siempre, nuestra conversación fluyó
y, quién lo iba a decir, me olvidé de todo lo demás. 108
De hecho, es la primera vez en días que no pienso en otra cosa. No he pensado
en mis ensayos, en la próxima obra. No he pensado en mi madre y mi piel irritada. Ni
siquiera he pensado en... él y...
Genial.
Acabo de hacerlo, ¿no?
Acabo de pensar en él mientras celebraba que hacía cinco minutos que no
pensaba en él. Y ahora que ha aparecido en mi cabeza, no puedo evitar pensar también
que el único momento en que me olvido del mundo, el único momento en que me olvido
de todo lo demás que existe en el mundo, es cuando hablo con él.
Pero quizá no sea algo exclusivo de él.
Este fenómeno.
Esta amnesia que parece ocurrir sólo en su presencia.
Quizá Shepard también pueda hacerme olvidar cosas.
Y eso es maravilloso, ¿no?
Sí, lo es, me digo. Es algo bueno.
Cuando mi teléfono vuelve a sonar con un mensaje de texto, alejo con fuerza todos
los pensamientos sobre él y me centro en mi objetivo. En mi mejor amigo.
SHEPARD
PARECE QUE, DESPUÉS DE TODO, HAS APRENDIDO DE LOS MEJORES.
Voy a escribir algo descarado, pero su siguiente mensaje, que llega
inmediatamente, me hace reflexionar.

SHEPARD
PERO ME TEMO QUE DEBERÍA DEJAR DE HABLAR POR HABLAR.

ISADORA
¿CÓMO?

SHEPARD
PORQUE SI SIGO HACIÉNDOLO NO HABRÁ UNA PRÓXIMA VEZ.

ISADORA
¿QUÉ SIGNIFICA ESO? ¿QUÉ SIGNIFICA ESO?
109
SHEPARD
ME SENTARON EN EL BANQUILLO.

Mi mirada se desorienta al escuchar su respuesta. Durante unos segundos, no le


encuentro sentido.
¿Está de broma?
Porque lo hace mucho. Bromea. Se burla de las cosas; mantiene las cosas ligeras.
Pero no lo recuerdo nunca, nunca haciendo una broma sobre el fútbol. Se lo toma
demasiado en serio. Y no puedo escribir lo suficientemente rápido.

ISADORA
¿ESTÁS DE BROMA?

SHEPARD
NO.

Su respuesta de una sola palabra, tan poco habitual en él, por cierto, me acelera
el corazón. Hace que mi corazón palpite y palpite en mi pecho. De miedo. De confusión.

ISADORA
¿PERO QUÉ PASÓ? POR QUÉ TE HAN DEJADO EN EL BANQUILLO? 😤😤
SHEPARD
PORQUE, COMO ACABO DE DECIR, ESTABA HACIENDO LO QUE SIEMPRE HAGO: HABLAR DE MÁS.

ISADORA
¡¿HABLANDO DE MÁS SOBRE QUÉ?! 🤬🤬🤬🤬🤬🤬
NO TIENE SENTIDO. ¿TE PELEASTE CON EL ENTRENADOR THORNE? ¿QUÉ PASÓ? ¿POR QUÉ HARÍA ESO?
🤬🤬🤬🤬🤬🤬

SHEPARD
HUBO UN ENTRENADOR THORNE, SÍ. PERO NO EN EL QUE ESTÁS PENSANDO.

Ahora frunzo más el ceño.


Mi corazón también galopa con más fuerza. Cuanto más hablo con él y le hago
preguntas, más confusa me siento. 110
¿De qué está hablando?
¿Qué quiere decir con que no es en la que estoy pensando? Sólo hay uno...
Pero no lo hay, ¿verdad?
También está él.
Y puede que todo esté en mi cabeza -de hecho, estoy bastante segura de que lo
está-, pero siento que la temperatura baja en la habitación. El aire se vuelve más frío. El
aire también se vuelve más áspero, levantando las cortinas en una gran ola. Y se me pone
la piel de gallina.
Intento escribir, pero mis dedos resbalan y toco las teclas equivocadas. Pero su
texto llega el primero.

SHEPARD
VEO QUE TE HAS DADO CUENTA.

Esta vez consigo que mis temblorosos dedos cooperen y respondan.


ISADORA
¿TE DEJÓ EN EL BANQUILLO?

SHEPARD
SÍ.

ISADORA
¿POR QUÉ?
SHEPARD
AL PARECER, EL PODER SE LE SUBIÓ A LA CABEZA.

ISADORA
¿QUÉ PODER?

SHEPARD
ES EL NUEVO ENTRENADOR JEFE.

Ante esto, se me cae el teléfono.


Lo hago.
Tengo que hacerlo.
111
Porque oh Dios mío. Dios mío, ¿aceptó?
¿Finalmente aceptó el trabajo?
Sé que no lo hizo.
He oído a mi padre hablar de ello. He oído a otras personas hablar de ello en las
fiestas. Cómo han querido ascenderlo a, y él sigue rechazándolos. Querían despedir a su
antiguo entrenador, el anterior a la llegada de Thorne, y ascenderlo a entrenador jefe.
Pero él siempre decía que no, que estaba bien donde estaba. De hecho, una de las
principales razones por las que convenció al entrenador Thorne para que aceptara el
puesto fue porque él mismo no lo quería. Por alguna desconocida y extraña razón. Que
he querido averiguar.
Cada vez que oía a la gente lamentarse por el hecho de que Stellan Thorne no
aceptara el trabajo, me daban ganas de ir a verlo. Quería sacudirlo y preguntarle qué
demonios estaba haciendo. ¿Por qué demonios seguía rechazando una oportunidad tan
increíble?
Quiero decir, ¿no es eso por lo que está trabajando?
Convertirse en el entrenador jefe.
Pero supongo que dejó de ser idiota y aceptó el trabajo. Y estoy tan contenta por
ello, tan extasiada, emocionada y entusiasmada que respondo sin pensar.

ISADORA
¿¡LO ES!? ¡¿ACEPTÓ EL TRABAJO?! 😱😱😱😱😱😱😱😱😱😱😱😱

SHEPARD
BUENO, MÁS O MENOS SE LO IMPUSIERON, PERO SÍ.

ISADORA
OH DIOS MÍO!!!!😱😱😱😱😱😱😱😱😱😱😱😱

SHEPARD
NO ESTÁS BROMEANDO, ¿VERDAD?
¿Y SI LO FUERA?

ISADORA
CÁLLATE. NO. NO BROMEES CON ESTO.🤬🤬🤬🤬🤬🤬

SHEPARD
¿POR QUÉ NO?
112
ISADORA
PORQUE ESTO ES SERIO, ¿DE ACUERDO? ¡ESTO ES INCREÍBLE! 🥳🥳

SHEPARD
INCREÍBLE.

ISADORA
¡SÍ! ESTO ES MÁS QUE INCREÍBLE.🥳🥳🥳🥳🥳🥳🥳🥳

SHEPARD
ESTÁS USANDO MUCHO ESA PALABRA HOY, ¿VERDAD?

ISADORA
¡CÁLLATE! ¿SABES CUÁNTAS VECES HE OÍDO A LA GENTE HABLAR DE ELLO EN LAS FIESTAS?

SHEPARD
¿CUÁNTAS?

ISADORA
DIOS, NO SÉ, ¡¿CIEN?!
¡UN MILLÓN! 😭😭😭😭😭😭

SHEPARD
NO PUEDEN HABER SIDO TANTOS.

ISADORA
PARA.
¡EL CASO ES QUE TANTA GENTE QUERÍA ESTO! 🎉🎉🎉🎉

SHEPARD
PARECE QUE TÚ ERES UNO DE ELLOS.

ISADORA
¡CLARO QUE SÍ! ES EL RESPONSABLE DE LA MAYORÍA DE LOS CAMBIOS EN EL EQUIPO.

SHEPARD
AH, SE ME OLVIDABA QUE AHORA LO SABES TODO SOBRE FÚTBOL.
113
ISADORA
OTRA VEZ, CÁLLATE.
Y LO ES. ¡PREGÚNTALE A CUALQUIERA!

SHEPARD
NO CREO QUE ALGUNOS ESTÉN DE ACUERDO.

ISADORA
ENTONCES ALGUNAS PERSONAS NECESITAN TENER UNA PISTA. ÉL FUE EL PRIMERO QUE SUBIÓ A
BORDO CUANDO EL EQUIPO ESTABA CASI MORIBUNDO. FUE ÉL QUIEN ENTRENÓ A TANTOS JUGADORES, QUIEN
AYUDÓ A RECLUTARLOS. HIZO TODO EL TRABAJO INICIAL. SENTÓ LAS BASES PARA QUE OTROS LLEGARAN Y
BRILLARAN. EN MUCHOS SENTIDOS, ÉSTE ES SU EQUIPO.

Lo es.
La gente siempre ve los trofeos brillantes y los elogios después de los hechos. Y
no, no niego todo el trabajo que han hecho los jugadores y otros entrenadores. Pero él
fue realmente quien puso al equipo en forma al principio. Fue él quien llegó primero y
cambió muchas cosas en el vestuario y en las estrategias de juego. Él sentó las bases
sobre las que se apoyaron los demás.
Pero quizá no sea tan glamuroso como marcar un gol o rodar un anuncio. Si a eso
le unimos su reticencia a salir en cámara o a hacer entrevistas o cualquier tipo de prensa,
el hecho de que insista en quedarse como ayudante lo pone en desventaja.
Y a pesar de todo, mi corazón se estruja por él.
Para este hombre que ama las sombras más que la luz.
Que ni siquiera aceptaría el crédito cuando está vencido.
Ojalá pudiera...
Ojalá pudiera hacer algo al respecto. Ojalá pudiera entender por qué.
Pero, de nuevo, no es asunto mío.
Me sacudo los pensamientos y envío otro mensaje.

ISADORA
ADEMÁS ¿TE ACUERDAS DEL ANTIGUO ENTRENADOR? ¡¿QUÉ ODIOSO ERA?! ME DABA ESCALOFRÍOS. ME
ALEGRÉ MUCHO CUANDO LO DESPIDIERON.

SHEPARD
TE DABA ESCALOFRÍOS.
114
ISADORA
SÍ.

SHEPARD
¿POR QUÉ?

ISADORA
PORQUE ME COQUETEÓ.

SHEPARD
TE COQUETEÓ.

ISADORA
¡SÍ!

SHEPARD
¿CUÁNDO?

ISADORA
NO SÉ, MUCHAS VECES.

SHEPARD
DEFINE MUCHAS VECES.
Y SI TU RESPUESTA EMPIEZA POR “NO LO SÉ” PROBABLEMENTE SEA LA RESPUESTA EQUIVOCADA.

Miro la pantalla con el ceño fruncido. Soy yo o parece un mandón?


Quiero decir, Shepard puede ser mandón a veces, seguro. Como cuando habla de
fútbol. O cuando vamos en su coche -le encantan los coches, es su otra pasión además
del fútbol- y siempre dice que no comamos en mi coche y todo eso.
Pero no así.
Nunca jamás así.
Me recuerda a... maldita sea.
Sólo hay una persona a la que me recuerda y estoy intentando con todas mis
fuerzas no centrarme en ella ahora mismo.

ISADORA 115
NI SIQUIERA SE TRATA DE ESO.

SHEPARD
AHORA SÍ.

ISADORA
¿PODEMOS DEJARLO?

SHEPARD
¿CUÁNDO?

ISADORA
POR FAVOR.

SHEPARD
CUÁNDO CARAJO.

ISADORA
¡DIOS MÍO, NO LO SÉ! Y ESA ES LA RESPUESTA CORRECTA PORQUE LO HARÍA EN CADA FIESTA, ¿BIEN? Y
VARIAS VECES DURANTE LA FIESTA. A VECES VENÍA A CENAR Y YO ESTABA EN MI HABITACIÓN Y ÉL SE ACERCABA
Y ENTABLABA CONVERSACIÓN CONMIGO. Y TODO EL TIEMPO ME MIRABA EL PECHO O INTENTABA TOCARME. ME
DABA ESCALOFRÍOS. ME DABA ESCALOFRÍOS. ESO ES. ¿ESTÁS CONTENTO AHORA? 🙄🙄🙄🙄
Sé que lo estoy minimizando, pero me hizo sentir muy incómoda. De hecho,
también me asustaba. Lo evitaba tanto como podía. Por lo general, puedo manejarme con
los hombres. Ya sea por pura suerte o habilidad, siempre he conseguido salir ilesa de
situaciones complicadas. Pero por alguna razón, siempre pensé que mi suerte se
acabaría cuando se trataba del viejo entrenador.
Mi madre obviamente no me creía, lo que significa que mi padre tampoco. Siempre
que me quejaba de él, me decía que dejara de ser provocativa o que llevara otra ropa. O
simplemente que no fuera tan yo misma.
Así que me alegré cuando lo dejaron marchar. Y lo hicieron porque pudieron traer
al entrenador Thorne. Y eso sucedió gracias a él. Porque de alguna manera sacó a su
hermano mayor de su exilio autoimpuesto y lo convenció de aceptar el trabajo.
Así que, en cierto modo, siempre he pensado que él me salvó.
Como tiene por costumbre.
116
SHEPARD
LO ESTARÉ.

ISADORA
¿CÓMO?

SHEPARD
CUANDO ME ASEGURE DE QUE LO DESPIDAN DE SU EQUIPO ACTUAL Y NO VUELVA A TENER TRABAJO.

ISADORA
¡¿QUÉ?! ¿POR QUÉ?

SHEPARD
PORQUE ALGUIEN TIENE QUE DARLE UNA LECCIÓN.

Miro fijamente la pantalla durante unos segundos.


Entonces, sin pensarlo, tecleo y disparo mi respuesta.

ISADORA
¿TODOS LOS HERMANOS THORNE SON ASÍ?

SHEPARD
¿CÓMO QUÉ?
ISADORA
LISTO PARA DAR LECCIONES A LOS IDIOTAS QUE NO TRATAN BIEN A LAS CHICAS.

Porque eso es lo que él también dijo.


La noche del acto benéfico.

SHEPARD
BASTANTE.

ISADORA
¿ES PORQUE TIENES UNA HERMANA DE MI EDAD?

SHEPARD 117
ES MAYOR QUE TÚ. PERO SÍ.

Entonces aprieto el teléfono con más fuerza.


Porque me atraviesa una ola gigante de emociones que me hace estremecer y me
recuerda tanto a él, tanto que, durante varios segundos, no sé qué hacer. Pero intento
mantener la concentración.

ISADORA
BUENO, NO HACE FALTA QUE GASTES TUS INSTINTOS PROTECTORES CONMIGO. YA ESTOY BIEN. SE HA
IDO Y NUNCA VOLVERÁ. ASÍ QUE, ¿PODEMOS POR FAVOR VOLVER AL TEMA?

SHEPARD
¿QUE ES QUÉ?

ISADORA
POR LO QUE ES INCREÍBLE QUE AHORA SEA EL ENTRENADOR JEFE. BUENO, CO-ENTRENADOR JEFE
JUNTO CON EL ENTRENADOR THORNE.

¿Verdad?
Aparte de todo lo demás, me alegro por él.
De verdad.
SHEPARD
NO CREO QUE ESA FUERA LA PISTA EN LA QUE ESTÁBAMOS.
LA PISTA FUE CÓMO COMO ENTRENADOR PRINCIPAL LO PRIMERO QUE HIZO FUE SENTAR EN EL
BANQUILLO AL CAPITÁN DEL EQUIPO. PERO NO SE PUEDE NEGAR QUE HA SIDO UNA REVELACIÓN.
NO TENÍA NI IDEA DE QUE FUERAS TAN FAN DE ÉL.

Entonces se me cae el corazón.


Por sus palabras.
Y se me ocurre algo. Que qué extraño es que hayamos estado hablando de él sin
mencionar realmente su nombre. Que cómo se entiende que el él es él. No sé por qué
estoy pensando en cosas tan inútiles cuando hay algo más en juego.
El hecho de que lo olvidé.
Olvidé por completo que Shepard estaba en el banquillo por la noticia de su
ascenso.
118
Dios, qué idiota soy.
Olvídate de ser una novia. Me comporté como una mejor amiga de mierda. En vez
de apoyarlo en esto, estoy hablando del hombre que causó esto en primer lugar.
Por no mencionar que esto va en contra de todas mis promesas y planes.

ISADORA
¿SE HAN PELEADO?

SHEPARD
SE PODRÍA DECIR QUE SÍ.

ISADORA
¿SOBRE EL JUEGO?

SHEPARD
NO.

ISADORA
¿SOBRE CÓMO HAS JUGADO ESTA NOCHE?

SHEPARD
NO.
ISADORA
ENTONCES, ¿SOBRE QUÉ?

SHEPARD
SOBRE COSAS INTRASCENDENTES.

ISADORA
¿QUÉ COSAS INTRASCENDENTES?

Espero su respuesta, cada vez más inquieta.


No sé por qué, pero tengo un mal presentimiento.
Malo y angustioso.
119
Retorcido y dolorido.

SHEPARD
QUIERE ALGO.

ISADORA
¿QUÉ ES LO QUE QUIERE?

SHEPARD
ALGO QUE TENGO Y QUE ÉL CREE QUE LE PERTENECE.

ISADORA
¿DE QUÉ SE TRATA?

Veo que los puntos van y vienen, y esta sensación de dolor no hace más que
crecer.
Y crece tanto que cada vez es más difícil contenerlo dentro de los límites de mi
cuerpo. Las costuras de mi piel y los bordes de mis huesos parecen tensarse.
Justo cuando creo que me voy a desmoronar, me responde.

SHEPARD
NO IMPORTA. ME DEJARÁ QUEDÁRMELO.
No tengo ni idea de lo que está hablando.
Cero.
Sólo sé que no quiero que se peleen.
Yo no.
Aunque sé que hay cierta tensión entre ellos. Siempre la ha habido. No se podía
pasar por alto, o al menos yo no lo hice. Probablemente porque al principio, cada vez que
entablaba una conversación con Shepard sobre él, él la evitaba. Evitaba hablar de ello. A
veces se irritaba y yo retrocedía. Y por todo lo que he visto, parece que a Shepard no le
cae muy bien su hermano gemelo.
Y siempre me causó curiosidad.
También me hizo pensar que tal vez este estúpido plan que tengo -usar a un
hermano para conseguir a otro- debería detenerse. Por supuesto que no me detuve, sin
embargo, y ahora mira dónde estamos. 120
En cualquier caso, sigo intentando abordarlo aunque con delicadeza. No sólo
porque puede no gustarle, sino también porque, por alguna razón, no puedo deshacerme
de ese mal presentimiento. No puedo deshacerme de esta inquietud en mi pecho.

ISADORA
ES TU HERMANO.

SHEPARD
SOY CONSCIENTE DE ELLO.

ISADORA
HERMANO GEMELO.

SHEPARD
CONSCIENTE DE ELLO TAMBIÉN.

ISADORA
ASÍ QUE DEBERÍAS HABLAR CON ÉL. LO QUE SEA POR LO QUE ESTÁN PELEANDO PUEDE RESOLVERSE.
QUIERO DECIR, ÉL ES UNO DE LOS BUENOS, ¿VERDAD?

SHEPARD
¿PUEDO CONTARTE UN SECRETO?

ISADORA
¿QUÉ SECRETO?

SHEPARD
PUEDE PARECER UN BUEN TIPO PERO POR LO QUE HE OÍDO ES UN PUTO IDIOTA.

Todo mi cuerpo tiembla entonces.


Todo mi cuerpo se alborota. Mi corazón, mi respiración.
Mi alma.
Durante unos segundos, pienso que tal vez lo sepa.
Sabe lo que le dije esa noche. Lo llamé idiota disfrazado, ¿no?, así que quizá
Shepard lo oyó por casualidad. No sólo escuchó lo que dije, sino que puede leer mi
mente. Puede leer mis pensamientos. Puede oír los latidos de mi corazón y si puede,
entonces probablemente sabe que cada latido de mi corazón, cada pulso, cada
pensamiento es de un solo hombre.
121
A él.

ISADORA
SÍ.

SHEPARD
¿SÍ QUÉ?

ISADORA
SI, SI, SI. MIL VECES SÍ, ¡¡¡QUIERO SER TU NOVIA!!! 🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰

Y entonces llega la pausa más larga de la historia de todas las pausas del mundo.
Sé que fue brusco que yo le dijera que sí de esa manera. Pero necesitaba controlar
la situación y mis pensamientos traidores. Y ahora que no responde, pienso que tal vez
debería llamarlo en lugar de este estúpido ir y venir a través de mensajes de texto. Pero
entonces me doy cuenta de que esto es todo lo que puedo hacer ahora mismo. Es todo
el valor que tengo, así que le envío otro mensaje, uno largo.

ISADORA
SÉ QUE HE SIDO UN AMIGO DE MIERDA. SÉ QUE TODO ESTE ÚLTIMO AÑO TE HE ENGAÑADO. EL MUNDO
ENTERO PIENSA QUE SOY TU NOVIA CUANDO NO LO SOY. NUNCA LO FUI. EN CAMBIO, TE DI SEÑALES
CONTRADICTORIAS. SABÍA QUE ESTABAS EMPEZANDO A SENTIR MÁS POR MÍ, PERO NO DIJE NADA. FINGÍ NO
DARME CUENTA Y ESO FUE HORRIBLE DE MI PARTE. FUE TAN JODIDAMENTE HORRIBLE POR MI PARTE HACERTE
ESO A TI, A MI MEJOR AMIGO. TE VI SENTIRTE TAN MAL Y NO HICE NADA. TE DI LARGAS. ARRASTRÉ LOS PIES. TE
FORCÉ A DARME UN ULTIMÁTUM ESA NOCHE Y... LO SIENTO MUCHO, SHEPARD. LO SIENTO MUCHÍSIMO. NUNCA
QUISE QUE TE SINTIERAS ASÍ. NUNCA QUISE HACERTE DAÑO. YO SÓLO... ESTABA TAN CIEGA. ESTABA TAN
METIDA EN MI PROPIA CABEZA QUE NO PUDE DARME CUENTA DE QUE TÚ ERAS EL INDICADO PARA MÍ. TÚ ERES
EL ÚNICO PARA MÍ.
ME DISTE HASTA EL PARTIDO EN CASA PARA DARTE UNA RESPUESTA, PERO TE LA DOY AHORA. TE
DESEO. QUIERO ESTAR CONTIGO. NUNCA JAMÁS QUIERO HACERTE SENTIR COMO ME HE SENTIDO ESTE ÚLTIMO
AÑO. QUIERO SER TU NOVIA.

Quiero decir más.


Quiero seguir diciéndolo.
También quiero hacerme un ovillo y desaparecer mientras la brisa invernal se
arremolina en el interior de mi dormitorio. Porque esto es todo, ¿no? Este es el final de 122
una era. El fin de mi obsesión por él. Porque ahora que he dado mi respuesta a Shepard,
voy a cortar todos los lazos con él. Voy a apartarlo firmemente de mi mente y centrar toda
mi devoción y amor en mi mejor amigo.
No más mirarlo. No más obsesionarse con él.
Se acabó el ponerlo celoso o enfadarlo.
Sabía que iba a llegar, el final. Quería que llegara, pero tal vez no estaba totalmente
preparada para ello. Para la muerte de mi amor. Para el asesinato de él.
En mis propias manos.
Pero no pasa nada.
Siempre es mejor matar el amor que sólo llorará un corazón. Porque ese amor no
es correspondido y, por tanto, es inútil.
Una vez más, esos tres puntos van y vienen, y yo los miro y los miro, esperando
con la respiración contenida su respuesta.

SHEPARD
EL MUNDO PIENSA QUE ERES MI NOVIA.

Trago saliva mientras veo entrar a otro.

SHEPARD
PERO NO LO ERES.
Seguido de otro.

SHEPARD
PORQUE ME DISTE SEÑALES CONTRADICTORIAS.

Y otro.

SHEPARD
ME DISTE LARGAS. ARRASTRASTE LOS PIES.

Y otro más.
123
SHEPARD
INCLUSO CUANDO SABÍAS QUE TE DESEABA.
¿ESTOY EN LO CIERTO?

No sé cómo lo hago, pero le respondo.

ISADORA
SÍ.

SHEPARD
Y LO SIENTES.
¿TAMBIÉN TENGO ESE DERECHO?

ISADORA
SÍ, LO SABES. PORQUE LO SOY. LO SIENTO, SHEPARD.

SHEPARD
PERO AHORA QUIERES SER MI NOVIA.

ISADORA
SÍ, QUIERO. QUIERO HACERLO.
Mi pecho se agita, subiendo y bajando. Mi respiración es fría y pastosa mientras
vuelvo a mirar la pantalla como si mi vida dependiera de ello. Y puede que sí, porque en
el momento en que responde, mi corazón se detiene.

SHEPARD
NO.

ISADORA
¿CÓMO?

SHEPARD
¿QUÉ TE HACE PENSAR QUE QUIERO QUE SEAS MI NOVIA?
DESPUÉS DE TODO LO QUE HAS HECHO.

124
No se me había ocurrido. Tengo que admitirlo.
Ni una sola vez pensé que... se negaría. Ni una vez pensé que diría que no.
Lo es, sin embargo, y... Y creo que tiene sentido, ¿verdad?
Tiene sentido porque le he hecho daño. No sólo le di largas durante casi un año,
sino que lo hice esperar dos semanas enteras después de obligarlo a darme un ultimátum.
Después de que me dijera que me amaba.
Dios, debería haber pensado en eso. Debería haber sido obvio.
Me apresuro a responder.

ISADORA
SÉ QUE ESTÁS ENFADADO CONMIGO. LO SÉ. LO COMPRENDO. PERO SÓLO NECESITO UNA
OPORTUNIDAD.

SHEPARD
¿UNA OPORTUNIDAD PARA QUÉ?

ISADORA
UNA OPORTUNIDAD PARA DEMOSTRAR QUE LO DIGO EN SERIO. QUE NUNCA HARÉ NADA QUE TE HAGA
DAÑO.

SHEPARD
SÍ, MIRA ESA ES LA COSA, NO ES ASÍ, POR LO QUE PARECE YA LO TIENES.
ISADORA
POR FAVOR, SHEPARD.
HARÉ LO QUE SEA.

SHEPARD
SER MI NOVIA, QUERRÁS DECIR.

ISADORA
¡SÍ! LO QUE SEA QUE QUIERAS QUE HAGA.
LO HARÉ TODO.

Agarro el teléfono con las dos manos, sentada en la cama. Mi respiración es más
fuerte que el viento que azota fuera. Y estallan cuando responde.
125
SHEPARD
DE ACUERDO.

ISADORA
DE ACUERDO, ¿PUEDO SER TU NOVIA?

SHEPARD
DE ACUERDO, TE DEJARÉ HACER CUALQUIER COSA PARA SER MI NOVIA.
ME MUERDO LOS LABIOS MIENTRAS RESPONDO.

ISADORA
¿QUÉ SIGNIFICA ESO?

SHEPARD
SIGNIFICA QUE ESTA NOCHE DEBES DESCANSAR LAS RODILLAS. PORQUE A PARTIR DE MAÑANA
PASARÁS MUCHO TIEMPO SOBRE ELLAS. SUPLICÁNDOME QUE DEJE DE ENGAÑARTE Y DE JUGAR CON TUS
EMOCIONES. A PARTIR DE MAÑANA ME ROGARÁS QUE TE MUESTRE MISERICORDIA. CUANDO NO LO HICISTE.
DURANTE TODO UN PUTO AÑO.
CAPÍTULO 7
Sentada en el asiento de la ventana, miro fijamente los cristales helados. Miro las
ráfagas de nieve que caen más allá. Son de las que se pegan al suelo, a todo lo que tocan,
transformando el mundo en una tierra hecha de maravillas o de desechos.
Algo así como el amor.
Hacer florecer un corazón o arrebatarle su último latido.
Aparto la vista de la ventana y miro el teléfono que tengo en la mano.
Incapaz de dormir, leo y releo los mensajes con Shepard. Mi novio o, mejor dicho,
mi futuro novio cuando termine de arrepentirme de mis pecados contra él. Está bien. No
creo que sea injusto ni mucho menos. Después de todo lo que le he hecho pasar, creo
que lo tengo fácil. 126
Es la otra cosa que me roba el sueño en este momento.
Me digo que no debería hacerlo.
Que no hay razón para que haga algo así. Sí, ha dejado a Shepard en el banquillo
por alguna razón, pero no es mi lucha. Es de ellos. Ellos deben resolverlo. No tengo
ninguna razón para ponerme en medio de ella. De hecho, ya he intentado interponerme
entre ellos y debería dar gracias de que nunca salió bien.
Pero por alguna razón, no puedo evitarlo.
De buscar su número -nunca me lo dio, por supuesto; un día se lo quité a Shepard-
y enviarle un mensaje.

ISADORA
VUELVE A PONERLO. 😤😤😤😤

Su respuesta llega en cuestión de segundos, como si tuviera el teléfono en las


manos y estuviera esperando a que sonara.

WILDFIRE THORN
¿QUIÉN ES?

Aunque no tiene por qué saber de quién se trata, su respuesta inocua me enfada.
Me dan ganas de darle un puñetazo.
ISADORA
¡ESTA ES LA CHICA QUE TE VA A PATEAR EL CULO! 😡😡😡😡😡😡

WILDFIRE THORN
PENSÉ QUE IBAS A QUEMARME Y DERRETIRME. O ALGO POR EL ESTILO.

Jadeo.
Idiota.
¿Sabes qué? Le cambiaré el nombre por el de idiota en cuanto acabe de partirle
la cara.

ISADORA
SABÍAS QUIÉN ERA.
127
WILDFIRE THORN
TENÍA UN PRESENTIMIENTO.
AUNQUE NO RECUERDO HABERTE DADO MI NÚMERO.

ISADORA
SE LO ROBÉ A SHEPARD PORQUE ESTOY OBSESIONADA CONTIGO.
POR CIERTO, ESO ERA SARCASMO. ALGO CON LO QUE ESTÁS MUY FAMILIARIZADO.

WILDFIRE THORN
ESTOY FAMILIARIZADO CON ÉL, SÍ. POR ESO SÉ QUE EL SARCASMO ES UNA FORMA ELEGANTE DE DECIR
LA VERDAD.
AUNQUE LO QUE NO SÉ ES SI TENGO QUE CAMBIAR MI NÚMERO AHORA QUE LO TIENES.

Aprieto los dientes.


Entorno los ojos hacia la pantalla aunque él no pueda verme.

ISADORA
RELÁJATE. NO TENGO NINGÚN INTERÉS EN TI. YA NO.

WILDFIRE THORN
ENTONCES, ¿A QUÉ DEBO ESTA MOLESTIA EN MITAD DE LA NOCHE?
ISADORA
LO MANDASTE AL BANQUILLO.

WILDFIRE THORN
¿QUIÉN ES ÉL?

Aprieto los dientes con más fuerza y apuñalo la pantalla con los dedos mientras
respondo.
ISADORA
NO SEAS IDIOTA.

WILDFIRE THORN
NO PUEDO EVITARLO.

128
ISADORA
¡¡¡QUE VUELVA AL EQUIPO!!! 🤬🤬🤬🤬🤬🤬
AHORA!!!😡😡😡😡😡😡

WILDFIRE THORN
LO HARÍA. EXCEPTO QUE AÚN NO LO HAS DICHO.

—Dios, lo odio —refunfuño al teléfono, pero en lugar de teclear una respuesta, me


limito a pulsar llamar. Este ir y venir es ridículo.
—Parece que, después de todo, tendré que cambiar de número —murmura,
descolgando antes de que termine el primer tono.
Y tengo que levantar las rodillas hacia el pecho y rodearme las piernas desnudas
con los brazos, sosteniéndome físicamente con su voz grave llenándome el oído.
—¿Por qué estás siendo tan idiota?
—Probablemente porque soy un idiota —responde con ligereza.
Exhalo bruscamente.
—Bien, bien. Shepard. Shepard Thorne. Tu hermano gemelo, ¿lo recuerdas?
Ponlo de nuevo en el equipo.
—Ah —dice—. Te refieres a tu novio.
Creo que pone énfasis en el “novio”.
Un gran énfasis. Como si lo dijera en cursiva subrayada. Como si lo dijera con un
significado subyacente.
Pero tal vez sea sólo yo.
Tal vez estoy inventando cosas en mi cabeza.
—Sí, mi novio. —Trago saliva, todavía incómoda mintiéndole—. Lo dejaste en el
banquillo. Tienes que arreglarlo.
—Hmm. —Casi me ronronea al oído y me clavo las uñas en los muslos—. Así no
es como se hace.
—¿Así no se hace qué? —Suelto un chasquido.
—Rogar en nombre de tu novio.
Mi columna se endereza.
—¿Qué? 129
—Eso es lo que estás haciendo, ¿no? —dice—. Suplicarme.
Me acerco el teléfono a la oreja y digo con los dientes apretados:
—No te lo estoy suplicando. Nunca te suplicaré.
—Aunque diré que estoy un poco sorprendido —dice sin prestar atención a lo que
he dicho.
—No hay necesidad de que te sorprendas. Porque yo no...
—No sabía que enviaría a una chica a exponer su caso. —Termina—. Pero es
comprensible si está un poco intimidado.
Y aprieto tanto los dientes que me cuesta hablar.
Pero me las arreglo de alguna manera.
—No está intimidado —le digo—. ¿De acuerdo? No se siente intimidado por ti. De
hecho, mi novio te patearía el culo cualquier día de la semana.
—Y dos veces el domingo, supongo —pregunta con tono burlón.
—Oh, ¿crees que es gracioso?
—No, sólo creo que probablemente estará demasiado ocupado corriendo
alrededor del campo el domingo, y todos los días de la semana, para patearle el culo a
nadie, y mucho menos a su entrenador —dice—. Así que yo no me haría ilusiones.
Mis fosas nasales se inflaman con un gran suspiro de rabia.
—Esto es un abuso de poder. Lo sabes, ¿verdad?
—Lo sé —dice simplemente, despreocupado.
Niego con la cabeza.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué haces esto?
Durante los segundos siguientes, sólo oigo mi propia respiración, rápida y fuerte.
Como si esperara que explotara una bomba. Estoy esperando que me diga algo que me
va a volar la cabeza.
—Creo que ya lo sabes —murmura, pero sus palabras siguen siendo tensas.
Pero ahora no me preocupa su tono. Porque ese mal presentimiento que no pude
apartar mientras hablaba con Shepard vuelve con toda su fuerza. Ahora se siente más
como un instinto. Una corazonada.
Más sólido. Más innegable.
Noto que las ráfagas toman velocidad por el rabillo del ojo mientras digo:

130
—Me ha dicho que se han peleado.
—Lo hicimos —confirma.
—¿Por qué se pelearon?
De nuevo, durante unos segundos, oigo mi fuerte respiración. Pero esta vez, con
el viento azotando y aullando fuera como telón de fondo. Es contra el telón de fondo de
este temor en la boca de mi estómago.
—Creo que tú también lo sabes.
Y entonces parece que todo se detiene.
Mi corazón, mi respiración.
La nieve.
Los copos quedan suspendidos en el aire, flotando como plumas.
—Crees que... —Empiezo con voz temblorosa—. Yo no... no te pertenezco.
Mis palabras suenan extrañas a mis oídos.
No tienen ningún sentido, excepto que la tienen.
Porque eso es lo que dijo Shepard, ¿no?, cuando hablábamos de la pelea. Dijo
que tiene algo que Stellan cree que es suyo.
Esas fueron sus palabras exactas.
Exactas.
Así que si se pelearon por lo que yo creo que se pelearon -por mí-, en conclusión,
yo soy lo que Stellan cree que le pertenece.
¿Verdad?
Sé que parezco una loca ahora mismo, armando las cosas como un
rompecabezas, pero es que... creo que necesito un minuto.
Para reunir mi ingenio.
Para recomponerme.
Porque... ¿Qué?
¿Qué demonios?
—Ahí es donde te equivocas —vuelve a decir con un deje en la voz.
Aunque esta vez, más pronunciado.
—¿Qué?
—Tú me perteneces.
Y entonces, con sus palabras resonando en mi oído, el mundo empieza a moverse.
La respiración vuelve a mi pecho. Mi corazón palpita antes de latir con fuerza. Los copos 131
se abren paso hasta las ramas desnudas del árbol que he estado mirando durante todo
este tiempo.
—Yo... ¿Qué? —pregunto en un susurro.
—A él no —susurra también, pero de nuevo el suyo es nervioso, peligroso, lleno
de espinas afiladas y heladas—. A mí.
—Yo... yo no —consigo decir por fin. Por fin consigo recomponerme y pensar—.
Ni siquiera sé por qué pensarías eso. Estoy con él. Estoy...
—Sólo porque no estás conmigo —me corta.
—Pero tú no me querías —digo, aferrando mi teléfono con más fuerza.
—Por eso acudiste a él. —Luego hace una pausa—: ¿No es así?
Y me doy cuenta de que todavía estoy en peligro.
Porque otra vez me quedo sin pensamientos y sin palabras.
Me congelo.
Y no por el frío.
—La razón por la que fuiste a él en primer lugar es porque yo no te quería. Porque
querías que te quisiera. Querías que te mirara, así que me diste algo que mirar. ¿No es
cierto? Bailaste con él esa noche. Bailaste en sus malditos brazos. Te reíste con él,
coqueteaste con él. Hiciste que pareciera que él era el centro de tu puto universo. Porque
yo era el centro del tuyo.
—Eso no es... —estallo, pero las palabras me fallan—. C-cómo...
—Utilizas a los hombres —dice, con voz grave—. ¿No es eso lo que me dijiste?
Aquella noche. Los utilizas para conseguir lo que quieres. Te lanzas sobre ellos para que
hagan lo que tú quieres. Y tú me querías a mí. Así que usaste a mi hermano gemelo para
llegar a mí. No fue tan difícil de armar si miras de cerca. Simplemente no estaba mirando.
Por eso viniste por mí esa noche en el acto benéfico. No porque seas una niña rica
mimada que no puede decidirse, que revolotea de un gemelo a otro, sino porque sólo
quieres a un gemelo y has estado utilizando al otro para conseguirlo. —Luego—: Tengo
que admitir que no me siento muy bien. No ser capaz de reconocer lo que tenía delante.
Normalmente soy mejor prestando atención que esto.
—Tú...
—Por otro lado, sin embargo, tal vez deberías consolarte con el hecho de que esto
presagia cosas muy buenas para tu carrera como actriz. Si puedes engañarme con tus
estelares habilidades interpretativas, podrías engañar a cualquiera.
Agarro el teléfono con las dos manos, con la barriga revuelta. 132
—Por favor, no... No se lo digas. No... Ya no lo estoy utilizando. No... lo quiero, ¿de
acuerdo? Quiero estar con él y...
Tararea.
—Muy conmovedor.
—Por favor, te lo ruego.
—Creía que no suplicabas.
—Dios —estallé de nuevo—. ¿Puedes...? Mira, sí, te deseaba. Por aquel entonces.
Te deseaba mucho. Te deseaba tanto que usé a Shepard. Hice que pareciera que me
gustaba. Porque quería que estuvieras celoso. Quería que me quisieras de vuelta, que te
comieras tus palabras de esa noche. Quería que te arrepintieras de no haberme besado,
de haberme rechazado. Es que... no sé qué me había pasado, ¿bien? Nunca me había
sentido así por ningún chico y... pensé... Dios, en realidad pensé que eras mi destino. —
Niego con la cabeza—. Suena tan estúpido cuando lo digo ahora, pero... pensé que eras
con quien soñaba. Pero fui una estúpida, ¿está bien? Era mezquina e inmadura. Fue antes
de saber lo imbécil que eres. Ya no te quiero a ti. Lo quiero a él. Quiero estar con Shepard.
Así que necesito que dejes de meterte con él y lo devuelvas al equipo.
—Lo haré —dice.
—Tú...
—Pero quiero algo a cambio.
El pavor es duro y frío en mi estómago.
Porque lo sé. Sé lo que va a decir.
Lo sé.
—No lo hagas —le advierto—. No lo hagas. No...
—Tú.
—No.
—Porque creo que tanta devoción y persistencia deberían ser recompensadas,
¿no crees? Estoy seguro de que hay una lección en alguna parte: ten cuidado con lo que
deseas o, más bien, no juegues al juego con alguien que puede devolvértelo con más
fuerza. Pero centrémonos en la recompensa más que en el castigo, ¿bien? Te morías por
mí, ¿verdad? Bueno, felicidades, te estoy sacando de tu miseria.
—Yo no...
—Así que así es como va a ir: cuando volvamos para el partido en casa, quiero una
noche.
—¿Una noche? 133
—Contigo. —Continúa—. Una noche para hacer lo que me plazca. Para hacer
contigo lo que me dé la puta gana. Para darte lo que has estado suplicando. Una noche
en la que me pertenecerás. Donde eres mía y sólo mía. Aceptas eso y a cambio, te daré
lo que quieres. No me meteré con él. Ni contigo. No abusaré de mi poder. Guardaré tu
sucio secretito para que puedas vivir feliz para siempre con mi hermano.
—No lo hagas —vuelvo a suplicar—. Por favor, no lo hagas.
—Tengo que hacerlo. Soy el idiota disfrazado, ¿recuerdas? Pero por desgracia
para ti, Dora, también soy tu puto destino.
CAPÍTULO 8
Wildfire Thorn
Agarro el teléfono con tanta fuerza que sé que si no lo suelto, lo romperé.
También sé que si lo suelto, romperé todo lo demás que haya en la habitación.
Así que, en cierto modo, este teléfono es mi salvavidas, mi objeto de conexión a
tierra.
Ha habido muchas ocasiones en mi vida en las que podría haber perdido todo el
control y haber cedido a mis ardientes impulsos. Muchas veces en las que podría haber
roto mi promesa y sucumbido a mis genes. Pero me he mantenido firme. 134
Así que no voy a perderlo ahora.
No por una chica que no pude sacarme de la cabeza el año pasado.
Una chica que ha estado mintiendo durante el último año.
Eso es lo que ha estado haciendo, ¿no?
Ha estado mintiendo.
Me ha estado torturando durante el último año. Ha estado jugando conmigo, con
mi control. Con mis putas emociones que elegí enterrar y enterrar profundamente para
poder mantener la compostura.
Excepto cuando se trata de ella.
Cuando se trata de ella, no puedo mantener la calma.
No puedo. Joder. Mantener la calma.
Un año.
Un año entero de verlos juntos, de ella paseando del brazo de él, de ella riendo
con él, bailando con él, mirándolo jodidamente como si fuera lo único que ve.
Un maldito año entero de estos celos.
Este ardor en mis entrañas, esta inquietud.
No sé qué es peor. Que una adolescente, una chica más joven que mi hermana, la
hija de mi jefe, una chica de la que está enamorado mi hermano gemelo, pueda hacerme
sentir cosas. O que ella pueda hacerlo hasta tal punto que yo no pueda saber lo que es
real o no.
No sé qué es peor: intentar aferrarme a mi control o quemar todo este mundo
como yo quiero.
Tal vez si cedo a mis impulsos, una vez, sólo una vez, no sería tan malo. Tal vez si
exploto y rompo todo lo que hay en esta habitación, si le rompo la cara a mi gemelo,
podría calmarme.
Pero no.
No le haré daño a mi hermano. No voy a convertirme en mi padre.
Pero terminaré con esto.
Voy a terminar con esto.
Me olvidaré de ella. La sacaré de mi cabeza, de mi vida. Y sé cómo hacerlo. Si no
puedo ceder a este fuego dentro de mí, entonces cederé a ella.

135
Sé que es el amor de la vida de mi hermano gemelo, pero primero será mía antes
de dejar que se vaya con él. Primero será mía para jugar con ella. Mía para torturarla y
retorcerla en bonitos nudos antes de dejar que sea de otro.
Con ese pensamiento, mis dedos se deslizan alrededor de mi teléfono, pero en
lugar de tirarlo contra la pared, lo dejo sobre la mesilla de noche y recojo mi libro. Leo la
misma línea una y otra vez hasta que el cansancio se apodera de mí y me desmayo.
CAPÍTULO 9
La noche siguiente...
Es una broma.
Tiene que serlo.
Sólo está jugando conmigo. No hay otra explicación.
Y también he intentado encontrar una.
Todo el día de hoy, durante las clases y el ensayo, he intentado encontrar una
explicación por qué haría esto. Creo que es porque está enojado por lo que hice. Está
enfadado porque le mentí a él y a todo el mundo. Y como está enojado, está tratando de 136
asustarme.
¿Verdad?
Porque la alternativa es que me esté chantajeando. De verdad.
Y Dios mío, no puedo creerlo.
No puedo creer que me estén chantajeando. Por alguien como él.
Por alguien que todo el mundo piensa que es un buen tipo. Y sí, he tenido mis
dudas sobre su bondad, pero aun así, nunca esperé que se rebajara a este nivel.
Bueno, tal vez lo empujaste allí...
Como presionaste a Shepard para que te diera un ultimátum.
Dios.
¿Cómo es esta mi vida?
¿Cómo en sólo cuestión de dos semanas, un gemelo me da un ultimátum y el otro
me chantajea? Y quizá si sólo me hiciera daño a mí, podría soportarlo -de alguna manera-
, pero no soy la única que está en juego aquí, Shepard también lo está y yo...
No sé qué hacer.
No sé en absoluto qué hacer al respecto.
De acuerdo, sabes qué, ya sé qué hacer. Al menos en este momento. Ya pensaré
en el resto más tarde, pero por ahora, tengo que dejar de pensar en él y centrarme en mi
novio.
Mi aspirante a novio.
Si me gano su perdón.
Así que recojo el móvil y le envío una serie de mensajes.

ISADORA
LLEVO UN CAMISÓN.
TIENE CEREZAS.
Y ENCAJE.

Estoy sentada en la cama como anoche, con las ventanas abiertas y las cortinas
ondeando. Todo es igual que ayer, excepto que estoy mucho más nerviosa y, a medida
que se desvanece el último silbido, pienso que ha sido tan inesperado. Todos mis
mensajes sonaban tan aleatorios y sin contexto.
Dios, soy una idiota.
137
Se suponía que era el plan perfecto. Pero en mi nerviosismo, lo eché a perder.
Vuelvo a recoger el teléfono, dispuesta a explicarle lo que acabo de hacer, cuando
me llega su mensaje.

SHEPARD
¿DE QUÉ COLOR?

El corazón me da un vuelco en el pecho al responder.

ISADORA
ROSA.

SHEPARD
¿SON ROSAS LAS CEREZAS O EL CAMISÓN?

Miro mi camisón como si no recordara lo que llevo puesto.


Como si no lo hubiera llevado deliberadamente en primer lugar.

ISADORA
EL CAMISÓN.

SHEPARD
¿DE QUÉ COLOR SON LAS CEREZAS?

De nuevo, el corazón se me acelera y se me acelera en el pecho mientras escribo


mi respuesta.

ISADORA
ROJO.
BUENO, ROSA OSCURO.
¿ASÍ QUE SUPONGO QUE LOS DOS SON ROSAS...?

Estoy jodiendo esto, ¿no?


Totalmente.
Así no es como envías mensajes a tu novio. 138
Que es lo que intento hacer. Pero no creo que salga así.

SHEPARD
NO, CREO QUE HAY UNA DIFERENCIA.

ISADORA
¿QUÉ DIFERENCIA HAY?

SHEPARD
SÓLO UNO DE ELLOS ES EL COLOR DE TU BOCA.

Por fin, las carreras y los latidos de mi corazón se detienen y mi cuerpo se queda
inmóvil.
Me congelo.
Pero gracias a Dios mis dedos funcionan, así que puedo preguntar,

ISADORA
¿EL COLOR DE MI BOCA?

SHEPARD
SÍ.
ISADORA
¿CUÁL ES EL COLOR DE MI BOCA?

SHEPARD
DE LAS CEREZAS.

Mis dedos suben inevitablemente a mi boca.


Siente hormigueo. Se siente hinchado.

ISADORA
¿CREES QUE MI BOCA ES DEL COLOR DE LAS CEREZAS?

Lo sé, lo sé. 139


Fue una estupidez. Otra vez.
Pero no puedo evitarlo. No puedo evitar ser estúpida en este momento.
¿Porque acaba de describir mis labios como cerezas?

SHEPARD
CREO QUE TIENES LA BOCA DEL COLOR DE LAS CEREZAS MADURAS E HINCHADAS, PERO SÍ.

ISADORA
CEREZAS MADURAS E HINCHADAS.

SHEPARD
EL TIPO DE CEREZAS QUE ESTÁN TAN MADURAS Y TAN HINCHADAS QUE, EN EL MOMENTO EN QUE LES
HINCAS EL DIENTE, NO PUEDEN EVITAR DESBORDAR SU JUGO. ESE TIPO DE CEREZAS.

ISADORA
NO LO SABÍA.

SHEPARD
¿NO SABÍAS QUÉ?

ISADORA
QUE PUDIERAS HABLAR ASÍ.

SHEPARD
PROBABLEMENTE PORQUE NUNCA HEMOS HABLADO ASÍ.

ISADORA
NO, NO LO HEMOS HECHO.

SHEPARD
¿DE QUÉ MÁS QUIERES HABLAR?

ISADORA
¿PIENSAS MUCHO EN MI BOCA?

SHEPARD
DEFINE MUCHO.

ISADORA
140
UM... ¿AL MENOS UNA VEZ AL DÍA TAL VEZ?

SHEPARD
SI CREES QUE ESO ES MUCHO, ENTONCES AMBOS TENEMOS UNA DEFINICIÓN MUY DIFERENTE.

ISADORA
¿CUÁL ES SU DEFINICIÓN?

SHEPARD
PROBABLEMENTE UNA VEZ CADA HORA, SI NO CADA MINUTO.

Entonces solté el labio.


Antes de esto, me mordía el labio inferior. En el momento en que me envió ese
mensaje sobre hundir sus dientes en ellos, hundí los míos. No sé por qué lo hice. Quizá
porque quería ver si tenía razón. Si mis labios realmente se sienten como cerezas
maduras que rebosan de jugos.
Pero eso no viene al caso ahora.
Ante esta revelación.
Porque yo...
Como acabo de decir, no lo sabía.
Aunque sabía lo que sentía por mí, en realidad no lo sabía.
No me di cuenta de su alcance. Aunque debería haberlo hecho.

ISADORA
ESO ES... EN REALIDAD MUCHO.

SHEPARD
SÍ.

ISADORA
¿Y SIEMPRE SE TRATA DE HUNDIR TUS DIENTES EN MIS LABIOS, TUS PENSAMIENTOS?

SHEPARD
NO.

SHEPARD
141
A VECES QUIERO DEJAR HUELLA.

ISADORA
¿UNA MARCA?

SHEPARD
TAL VEZ EN TU CUELLO.
O EL TRIÁNGULO DE TU GARGANTA.
¿Y SABES CUÁL SERÍA EL COLOR DE ESA MARCA?

ISADORA
¿CUÁL?

SHEPARD
EL COLOR DE LAS CEREZAS MADURAS Y JUGOSAS.
PARA IGUALAR EL COLOR DE TUS LABIOS.

ISADORA
¿QUÉ MÁS?

SHEPARD
SI QUIERES QUE TE DIGA QUÉ MÁS, SERÁ MEJOR QUE TERMINES LO QUE EMPEZASTE.
ISADORA
¿QUÉ HE EMPEZADO?

SHEPARD
ESTO.
LO CUAL SÓLO PUEDO ASUMIR QUE ES TU FORMA DE SEXTEAR.

Abro mucho los ojos y me apresuro a responder.

ISADORA
¿LO ES?

SHEPARD
SÍ, YO TAMBIÉN ESTOY SORPRENDIDO DE HABERLO HECHO. 142
ISADORA
¡CREÍA QUE LO ESTABA ARRUINANDO!

SHEPARD
LO ESTABAS.
PERO CUANDO UNA CHICA TE HABLA DE LO QUE LLEVA PUESTO, NO ES EXACTAMENTE CIENCIA
ESPACIAL.

ISADORA
SÓLO INTENTABA ANIMARTE.

SHEPARD
CREO QUE A MÍ TAMBIÉN ME PASA.

ISADORA
PORQUE VI EL PARTIDO.
Y PARECÍAS DISGUSTADO. EN EL CAMPO, QUIERO DECIR.

Lo hizo.
El partido de esta noche ha sido un desastre. No porque el equipo perdiera -de
hecho, ganó-, sino porque su capitán no jugaba. No paraban de enfocar a Shepard, que
estaba sentado en el palco, para ver su reacción después de cada gol, fallo, pase o falta,
y cada vez que lo hacían, su rostro parecía una máscara de piedra. Los comentaristas no
dejaban de hacer conjeturas sobre la causa del banquillo de su capitán, y sobre si la
victoria de esta noche, sin él, significa algo más e indica una cuestión más profunda. Hasta
ahora, la historia es que Shep se lesionó durante el entrenamiento, pero es leve y se
perdió el partido por precaución.
Pero, por supuesto, la verdad es algo mucho peor y mucho más feo.
La verdad soy yo.
Una chica que se interpuso entre dos hermanos gemelos.
Y ahora Shepard está pagando el precio.

SHEPARD
ASÍ QUE PENSASTE QUE COMO BUENA NOVIA ME ANIMARÍAS.

ISADORA
143
SÍ.

Eso es exactamente lo que pensé.


Porque sé lo importante que es el fútbol para él. Lo importante que es ganar. El
equipo por fin lo está haciendo bien. Ganaron la temporada pasada y, a pesar de las
derrotas de las semanas anteriores, aún hay esperanzas de que vuelvan a hacerlo. E
imagina potencialmente no ser parte de eso. De algo por lo que trabajaste tan duro para
conseguirlo.
Sé que mi pobre intento de sexting no arreglará las cosas, pero tengo que hacer
algo.
Algo para que se sienta mejor.
Hasta que encuentre una solución permanente al problema, para que de alguna
manera se reincorpore al equipo.
Bueno, podrías darle lo que quiere y entonces todo esto habrá terminado, ¿no?
No.
No, no, no.
¿No acabo de decidir que es una broma? Tiene que serlo.
No puede esperar que yo... le dé lo que quiere.

SHEPARD
PERO APENAS ERES BUENA, Y MUCHO MENOS MI NOVIA.

ISADORA
QUIERO SERLO.

SHEPARD
¿BUENA O NOVIA?

ISADORA
AMBAS.
PARA TI.

Quiero serlo. Quiero serlo.


Para que mientras hablo con él, no piense en su hermano gemelo. 144
Porque eso es lo que he estado haciendo, ¿no? Me he estado preguntando qué
piensa de mis labios. Si es que alguna vez piensa en ellos. ¿Piensa que mi boca se parece
a una fruta demasiado madura? ¿Quiere clavarme los dientes? ¿Quiere hacerme
moretones en el cuello del mismo color que mis labios?
El pitido de mi teléfono interrumpe mis pensamientos -por suerte- y lo agarro con
las dos manos, intentando mantenerme en el momento.

SHEPARD
ENTONCES TIENES QUE PAGAR TUS CUOTAS.

ISADORA
DIME CÓMO.

SHEPARD
ES UNA BUENA PREGUNTA, ¿VERDAD? ¿CÓMO SE PAGAN LAS CUOTAS?
¿CÓMO SE PAGA UN AÑO DE TORTURA?
POR HABERME ENGAÑADO DURANTE UN AÑO. POR HACERME MIRARTE DESDE LEJOS. POR OBLIGARME
A MIRAR.

No podría responderle aunque quisiera.


Y no parece necesitar ninguna, ya que otro de sus mensajes aparece en la pantalla.
Pero no sé si es bueno o no que no necesite que le responda, porque cada palabra que
dice me golpea como un dardo afilado.
SHEPARD
MIENTRAS SONREÍAS A OTROS HOMBRES CON ESA BOCA ROSA CEREZA TUYA. MIENTRAS ME
OBLIGABAS A ESCUCHAR TU JODIDA RISA GUTURAL.

SHEPARD
¿SABES LO QUE TU RISA HACE A LOS HOMBRES?

Es difícil, pero me repongo lo suficiente para responder.

ISADORA
¿QUÉ?

SHEPARD
LES VUELVE LOCOS.
145
HACE QUE SE VUELVAN SALVAJES.
LES VA QUITANDO EL CONTROL, POCO A POCO, PIEZA A PIEZA, HASTA QUE LO ÚNICO QUE LES QUEDA
ES ESE INSTINTO SALVAJE. POSEERLO. ATIBORRARSE DE ÉL, DEVORARLO. PARA MATAR A TODOS LOS HOMBRES
QUE LA HAYAN OÍDO. TU RISA, LABIOS DE CEREZA, CONVIERTE A LOS HOMBRES EN ASESINOS.

ISADORA
¿ME ACABAS DE PONER UN APODO?

SHEPARD
PARECÍA APROPIADO PARA UNA CHICA CUYA BOCA ES DEL COLOR DE LAS CEREZAS MADURAS.

Y que Dios me ayude, no puedo dejar de pensar en cómo me llama también por
su propio nombre. Cómo Dora, aunque deriva de mi propio nombre, suena tan nuevo y
único. Cómo me gusta más que...
Bien, no.
No voy a pensar en eso. No voy a comparar apodos estúpidos.

ISADORA
LO SIENTO MUCHO. LO SIENTO MUCHO.
Sin embargo, no estoy segura de por qué lo siento. El hecho de que
inmediatamente pensé en su hermano gemelo y el nombre que me dio o por todas las
formas en que he torturado a mi mejor amigo por su culpa.

SHEPARD
LAMENTARLO NO ES SUFICIENTE, ¿VERDAD? CUANDO NO SÓLO HE TENIDO QUE OÍR TUS RISAS Y VERTE
PAVONEARTE CON TUS FALDAS DE VOLANTES Y TUS VESTIDOS AJUSTADOS, SINO QUE TAMBIÉN HE TENIDO QUE
VERTE BAILAR CON ELLOS.

ISADORA
PERO SABES QUE ME GUSTA BAILAR.

SHEPARD
ESA ES LA COSA, SIN EMBARGO, NO BAILAS, ¿VERDAD? MONTAS UN ESPECTÁCULO.
146
ISADORA
¿CUÁL ES LA DIFERENCIA?

SHEPARD
LA DIFERENCIA ES QUE CUANDO BAILAS PARECE QUE TE PAGAN POR HACERLO. PARECE QUE ERES UNA
CAM GIRL Y QUE TU ÚNICO TRABAJO ES HACER QUE TODOS LOS HOMBRES QUE TE HAN ESTADO FOLLANDO CON
LOS OJOS EN SU PANTALLA, SE CORRAN EN SUS PANTALONES EN MENOS DE DOS MINUTOS.
CUANDO BAILAS PARECE QUE QUIERES ALGO ENTRE ESOS MUSLOS COLOR MIEL QUE TIENES. ESTÁS
DESEANDO ALGO CONTRA LO QUE BAILAR Y NO ME REFIERO A UN POSTE. O NO DEL TIPO CONTRA EL QUE
BAILARÁS SI TENGO ALGO QUE DECIR AL RESPECTO.

Me sobresalto por la sorpresa.


Mis muslos apretados. Mi vientre también.
Y tengo un fuerte impulso de mentir. Un impulso muy fuerte de decirle que no, que
no bailo así. Cuando en realidad sí lo hago. Lo hago. Como si estuviera montando un
espectáculo. Como si me pagaran por hacerlo. Sólo que lo he hecho para su hermano
gemelo.

SHEPARD
SABES QUE LO HACES, ¿VERDAD? SABES QUE BAILAS ASÍ.
BAILAS COMO SI QUISIERAS QUE ALGUIEN TE MIRARA.

ISADORA
SÍ.
Y como siempre, en la búsqueda de esto, nunca presté atención a mi mejor amigo.
Nunca presté atención a lo que debía estar sintiendo, viéndome exponerme de esa
manera.
En mi defensa, sin embargo -si es que alguna vez pudo haber alguna- nunca pensé
que Shepard sintiera algo por él. Él no es el tipo celoso. Simplemente no lo es. En todo
el tiempo que lo conozco, nunca, ni una sola vez, ha dicho o expresado nada en este
sentido y...
Bueno, en esto también miento, ¿no?
Porque lo hizo una vez.
Estábamos en este bar con su equipo para una fiesta de victoria. Había bebidas,
baile y jolgorio. Y hasta esa noche, a Shepard nunca le había importado lo que yo llevaba
o cómo bailaba. Así que cuando me dio su chaqueta para que me la pusiera en medio de
la pista de baile, me quedé sorprendida. Ni siquiera pensé que llevara chaqueta, no es de
147
los que llevan traje de chaqueta. Pero, al parecer, sí la llevaba y, cuando me la puso sobre
los hombros, lo miré confusa. Dijo algo sobre unos tipos que me estaban mirando y que
era mejor que me tapara. Y como nunca me había hecho una petición así, acepté e hice
lo que me dijo.
Pero ni siquiera entonces me dio esa sensación de celos.
Pensé que estaba siendo protector como un buen amigo. Y no tengo hermanos,
pero se sentía... fraternal, a falta de una palabra mejor.
Pero ahora lo sé.
Y me retuerce el corazón.
Nunca quise que se sintiera así.
Dios, hay tantas cosas que nunca quise pero que hice de todos modos.

SHEPARD
¿CÓMO SE COMPENSA ALGO ASÍ?

Mis dedos teclean y envían el mensaje antes de que haya tenido tiempo de
pensarlo. Y cuando miro la pantalla, esperando su respuesta, me doy cuenta de que es
lo correcto.

ISADORA
YO LO HARÉ. BAILARÉ PARA TI.
SÓLO PARA TI.

SHEPARD
SÓLO PARA MÍ.

ISADORA
¡SÍ! TE HE HECHO MIRAR, ¿VERDAD? MIENTRAS HE BAILADO ASÍ PARA OTROS HOMBRES. ASÍ QUE A
PARTIR DE AHORA SÓLO BAILARÉ PARA TI Y PARA NADIE MÁS.

Tiene mucho sentido.


Además, ¿por qué querría bailar para otra persona? Ahora que estoy con Shepard,
no necesito montar un espectáculo para otra persona. O mejor dicho, el único hombre
para el que deliberadamente he hecho un espectáculo de baile.
Así que sí, este es un plan perfecto. 148
Una forma perfecta de pagar mis deudas.

SHEPARD
HAZLO.

ISADORA
¿BAILAR?

SHEPARD
SÍ, PARA MÍ.

ISADORA
¿TE REFIERES A CUANDO VUELVAS?

SHEPARD
NO, ME REFIERO A AHORA MISMO.

ISADORA
¿AHORA MISMO?

SHEPARD
¿RECUERDAS EL VESTIDO BLANCO QUE LLEVABAS LA NOCHE QUE NOS CONOCIMOS?
Entonces me enderezo en la cama. Me alejo de las almohadas mientras mis dedos
tiemblan y vuelan sobre el teclado.

ISADORA
¿EL VESTIDO BLANCO DE MI DECIMOCTAVO CUMPLEAÑOS?

SHEPARD
SÍ, EL QUE ERA TRANSPARENTE Y ENDEBLE. TAN TRANSPARENTE QUE TUS PADRES TE ENCERRARON EN
TU HABITACIÓN ESA NOCHE.

Le conté lo del vestido cuando estábamos bailando. Le conté que me había metido
en un lío por llevarlo y que creía que debía poder ponerme algo que yo eligiera, porque
cumplir dieciocho años era un cumpleaños un poco importante; elegir tu propio vestuario
debería estar permitido. 149
Sé que no paro de decirlo, pero una vez más, por millonésima vez, no sabía que
Shepard se acordaba. Nunca hemos hablado de ese vestido después de esa noche.
No hasta ahora.

ISADORA
SÍ.

SHEPARD
QUIERO QUE ENCUENTRES ESE VESTIDO Y TE LO PONGAS.

Leo sus palabras varias veces antes de conseguir despegar los dedos de la
pantalla y teclear mi respuesta.

ISADORA
¿QUIERES QUE ME PONGA ESE VESTIDO?

SHEPARD
Y ALAS.

ISADORA
¿MIS ALAS DE LA BUENA SUERTE?
Si le hablé de mi vestido, sin duda le hablé de mis alas. Las que siempre me hacen
sentir que puedo volar. Las que ya no llevo.
Tampoco me pongo ya ese vestido.
No en público, no. No para los ojos de nadie.
En secreto, sí.
En la oscuridad de la noche, llevo ese vestido y esas alas.
Y luego voy al jardín trasero. Me gusta ponerme debajo de un árbol y fingir que es
el magnolio rosa. También me gusta fumar. Como él estaba haciendo esa noche. Me
gusta fingir que soy él. Que estoy dentro de su cabeza, ocupando todos sus
pensamientos. Estoy en su pecho, acurrucada alrededor de su corazón. Estoy en su
lengua para que sólo me saboree a mí. Me gusta fingir que estoy en su cuerpo,
poseyéndolo como él me posee a mí.
A veces me gusta interpretar el personaje de una bruja. Una bruja con un vestido 150
blanco y alas postizas, que prepara una poción de amor que yo le hago beber. Así él se
enamora de mí.
Así que sí, recuerdo ese vestido y recuerdo esas alas.
Pero ponérselos a Shepard en este momento se siente... mal.
Se siente desleal.
Es como si entregara una parte de mí que había reservado para el hombre al que
amo.
Pero él no quiere esa parte, ¿verdad? No le importa mi vestido blanco ni mis alas
falsas. No sueña con ese magnolio rosa, y no le importa que coloree mis pulmones de
negro por él.
E incluso si lo hace, no me importa.
Sólo me importa Shepard.
Sobre arreglar las cosas por él y afrontar las consecuencias.

SHEPARD
Y CUANDO ESTÉS LISTA PARA MÍ, QUIERO QUE TOMES MI LLAMADA.

ISADORA
¿TÚ LLAMADA?

SHEPARD
SÍ. PORQUE ESTA NOCHE, BAILARÁS Y ESTARÁS EN EXHIBICIÓN. PERO SÓLO PARA MÍ. SÓLO DONDE
PUEDA VERTE.

ISADORA
¿PODRÉ VERTE?

No sé por qué pregunto eso. Tal vez porque se siente... extraño que vaya a verlo
después de cómo acabamos de... Después de todas las cosas que me dijo. Quiero decir,
es mi mejor amigo y...

SHEPARD
NO SOY YO QUIEN PAGA MIS CUOTAS, ¿VERDAD?

ISADORA
NO.
151
SHEPARD
ENTONCES ME VERÁS CUANDO YO DECIDA.
TIENES DOS MINUTOS.

Exhalo un suspiro de alivio, aunque no debería. Mientras me visto y sigo sus


instrucciones, no dejo de repetirme que no incumple ninguna norma. No rompo ninguna
promesa. No estoy haciendo nada malo.
De hecho, estoy haciendo lo correcto.
Por primera vez en meses.
Cuando termino, pongo la música -algo lento pero con un bajo potente- y apoyo el
teléfono contra las almohadas, como he hecho infinidad de veces antes. No para bailar
para él ni para nadie. Sino para grabarme haciendo escenas o leyendo frases. En cuanto
han pasado dos minutos, me llama por video. Le respondo al primer timbrazo y mi
nerviosismo alcanza nuevos niveles.
Porque todo lo que puedo ver es la pantalla oscurecida y sombras en movimiento,
la silueta de su cuerpo. Lo que esperaba, por supuesto. Pero oh Dios, no puedo...
No puedo soportarlo.
No puedo... Esto es exactamente como la noche en que lo conocí.
Así es exactamente como había quedado: cubierto de oscuridad, su cuerpo
ensombrecido por las flores rosas y las robustas ramas. Y por un segundo, todo lo que
puedo hacer es imaginármelo. Que es él para quien estoy bailando.
Como siempre, siempre he querido.
Pero no lo es.
Es Shepard.
Así que de algún modo, de alguna manera, me obligo a moverme.
Mantengo la vista en la pantalla, donde puedo ver los trazos anchos de su cuerpo,
las colinas de sus hombros, los planos de su pecho. Donde puedo ver la inclinación de
sus muslos, que creo que están extendidos mientras descansa, por lo que puedo deducir,
en su cama. Dejo que esa imagen me tranquilice. Creo que también tiene el teléfono
apoyado contra algo. Como si no quisiera tener responsabilidades en este momento. No
quiere dividir su atención, sino centrarse en mí. 152
Lo observo y sigo el ritmo.
Me balanceo y retuerzo las caderas. Levanto los brazos y me exhibo.
Inclino la espalda y saco pecho.
Pero a medida que me pierdo en el ritmo, en la música, me resulta cada vez más
difícil no dejarme llevar. No desatarme y desengancharme hasta que las costuras de mi
cuerpo se unen a las suyas.
Hasta que de repente, estoy haciendo exactamente lo que no quería hacer.
Bailar para él.
Como si él fuera un rey y yo una de sus esclavas, una bailarina.
Recuerdo que mi biji me contaba historias de los emperadores mogoles que
gobernaban la India, el rey de reyes, los shehanshas. Solían tener bailarinas en su corte,
las bonitas esclavas, que entretenían al rey siempre que lo deseaba.
Cuenta la leyenda que había una vez un príncipe, heredero de un reino, que se
enamoró de una bailarina común. Iba contra las reglas, por supuesto, así que se veían en
secreto. Se veían a la luz de la luna, en los oscuros rincones del castillo. Pero un día, su
amor prohibido es descubierto por el rey. Para proteger su amor, el hijo va a la guerra
contra su padre. Sin embargo, pierde y es condenado a muerte. Sin embargo, el rey dice
que la sentencia del príncipe será revocada si entrega a la esclava. El príncipe se niega;
estaba dispuesto a morir por su amor.
Y también la esclava.
Así que se entrega y el rey ordena que la entierren viva.
Eso es lo que se siente en este momento.
Que él es mi rey y yo su esclava, y que lo amo tanto que estoy condenada a dar la
vida por él. Que estoy condenada a amarlo para siempre. Estoy condenada a bailar para
él hasta que mis pies se ensangrienten y se vaya el último aliento de mi cuerpo.
Y este pensamiento, que estoy a su disposición, me calienta tanto, me excita tanto
que ni siquiera la brisa fresca a través de las ventanas puede refrescarme.
Estoy tan jodidamente excitada ahora mismo que ni siquiera mi vergüenza me
impide mojarme y resbalarme entre las piernas. Tanto que creo que me estoy empapando
los muslos. Las gotas de mi lujuria resbalan por mis piernas, formando un charco en el
suelo.
Por eso me resbalo, creo.
O puede que sea por lo rápido que doy vueltas mientras hago un espectáculo para
él. 153
Sea lo que sea, tropiezo y caigo al suelo. Mis rodillas chocan contra la madera y
respiro entrecortada y ruidosamente. Pero incluso así, oigo cuando suena mi teléfono con
un mensaje de texto. Levanto los ojos y me pongo a cuatro patas para agarrarlo. Ni
siquiera sé cuándo desconectó la llamada.

SHEPARD
MAÑANA.

ISADORA
¿MAÑANA?

SHEPARD
A LA MISMA HORA.

ISADORA
¿POR LLAMADA?

SHEPARD
NO ME HAGAS ESPERAR.

No lo haré.
Pero primero.
ISADORA
¿TE GUSTÓ MI BAILE?

SHEPARD
¿ME GUSTÓ TU BAILE?

ISADORA
SÍ.

SHEPARD
¿RESPONDE A TU PREGUNTA EL HECHO DE QUE TE ESTÉ ENVIANDO UN MENSAJE CON LOS DEDOS
ENSANGRENTADOS PORQUE HE TENIDO QUE HACER UN AGUJERO EN LA PARED, ALGO QUE, VOY A SEÑALAR, NO
HE HECHO NUNCA EN TODA MI PUTA VIDA?

Tengo los ojos muy abiertos mientras miro fijamente la pantalla. 154
ISADORA
¿HICISTE UN AGUJERO EN LA PARED?

YO: ¿POR QUÉ?

SHEPARD
PORQUE ME ENOJÉ.

ISADORA
¿POR QUÉ TE ENFADASTE?

SHEPARD
PORQUE HOUSTON ESTÁ A MÁS DE MIL QUINIENTOS KILÓMETROS DE DONDE QUIERO ESTAR AHORA
MISMO.

Jadeando, leo y releo sus palabras durante unos segundos.

ISADORA
¿Y DÓNDE QUIERES ESTAR ES CONMIGO?

SHEPARD
TIENES LA MOLESTA COSTUMBRE DE SEÑALAR LO OBVIO.
ISADORA
SÍ.

SHEPARD
¿SÍ QUÉ?

ISADORA
ESO RESPONDE A MI PREGUNTA.
BUENAS NOCHES, SHEPARD.

A mi pesar, no puedo evitar sentirme feliz por el resultado. Le ha gustado. Quizá


le haya ayudado un poco y quizá sea un paso en la dirección correcta.
Pero toda historia de amor tiene un villano, ¿no? 155
El mío también tiene uno.
Es su hermano gemelo y, respirando hondo, marco su número.
CAPÍTULO 10
—Devuélvelo al equipo — le digo en cuanto contesta.
Durante unos segundos, sólo oigo silencio.
En realidad, no.
Hay silencio, pero también hay algo más. Algo espeso y pesado, jadeante. Algo
que coincide con mi respiración. Sólo las suyas son puntuadas con gruñidos bajos.
Confundida y preocupada, digo:
—¿Stellan?
Juro que entonces sus gruñidos se hacen más fuertes.
Y de algún modo, los siento en mi propio pecho, alterando aún más mi respiración. 156
—¿Estás bien? —Continúo—. ¿Qué... qué pasa?
Finalmente, rompe su silencio y con una voz que suena aún más áspera y
cascajosa que de costumbre, responde:
—Esto parece un déjà vu.
—¿Qué...?
—Y como no me gusta repetirme, lo único que diré para acabar con este asunto
es que ya sabes lo que tienes que hacer si quieres que lo vuelva a meter en el equipo.
Ahora me toca a mí permanecer en silencio y gruñendo.
Dios.
Soy una idiota por preocuparme por él.
Ni siquiera por un segundo.
Respirando hondo, declaro con voz firme:
—No voy a hacer eso.
—Entonces me temo que estamos en un callejón sin salida.
—Sabes, he estado pensando en ello. —Empiezo, aún sentada en el frío suelo,
apoyada contra los pies de la cama—. Y creo que estás bromeando.
—¿Sí?
—Sí. —Asiento—. Intentas asustarme porque estás enfadado.
—Estoy enfadado —acepta—. Y como estoy descubriendo, me gusta que me
tengas miedo. Así que sí.
—Haces todo esto para darme una lección. —Continúo.
—Correcto otra vez.
—Lo que significa que en realidad no vas a hacer nada. —Termino.
—¿Por qué no esperas y lo averiguas?
Con el corazón latiéndome en el pecho, me enfurezco.
—¿En serio estás diciendo que lo mantendrás en el banquillo por esto?
—Sí.
—Tu hermano, el capitán de tu equipo —sigo insistiendo—, uno de tus mejores
jugadores. Un jugador que necesitas para poder traer el trofeo a casa. Lo necesitas para
ganar. Lo dejas en el banquillo sólo porque tú... 157
No puedo decirlo.
No puedo decirlo porque no es cierto.
No puede ser, ¿verdad?
Quiero decir, en realidad no me quiere.
La verdad es que no.
Tuvo todo un año para hacerlo. Un maldito año entero en el que apenas me miró.
Donde apenas era consciente de que yo existía. De que estaba en la misma habitación
que él. En el que todos mis esfuerzos -y han sido muchos, como demuestra la
conversación que acabo de tener con su hermano gemelo- para que se fijara en mí han
fracasado.
Así que no, me niego a creerlo.
—Sé que puede sorprender oírlo —dice, con voz áspera—, pero no me importa
un trofeo o una victoria. Nunca me han importado. Al menos no tanto como le importa a
él, tu novio. Así que sí, lo mantendré en el banquillo por esto. —Luego, tras una pausa
como si supiera el efecto que tendrá en mí—: Por ti.
Aprieto los ojos ante la sacudida que siento.
Me recorre todo el cuerpo, parando y arrancando cosas, mareándome.
Quiero gritar que pare esto.
Que deje de decirlo, que deje de mentir.
Deja de hacerme enloquecer de deseo y desesperación cuando por fin estoy
haciendo lo correcto.
Pero reúno mi control y mi dignidad y abro los ojos.
—Bien. ¿Qué te parece esto? No puedes dejarlo en el banquillo el resto de la
temporada sólo porque tienes unas ganas locas de meterte conmigo. Es imposible. El
entrenador Thorne no te lo permitirá. Y si de alguna manera lo esquivas, lo cual no creo
que vaya a pasar nunca, tienes que enfrentarte a mi padre. Perderá la cabeza, ¿de
acuerdo? Probablemente ya esté perdiendo la cabeza ahora mismo. Y por si no lo
recuerdas, es tu jefe.
En cuanto termino, quiero devolverlo.
Al menos ese comentario sobre mi padre.
No me gusta utilizar a mi padre en las discusiones o como excusa. Me hace sentir
exactamente como él me llamaba entonces, una niña rica mimada. Por no hablar de que,
para ser una niña rica mimada, mi padre tiene que mimarme a mí y, como prefiere
mantener las distancias conmigo, no hace más que entristecerme meterlo en
conversaciones como ésta. 158
Pero en este contexto, es la verdad.
Mi padre perderá su mierda y él es el jefe.
Lo que significa que Stellan no puede seguir así mucho tiempo.
—Sí, es un argumento válido. —Asiente, y finalmente exhalo aliviada.
—Entonces sólo tengo que esperar a que el entrenador Thorne o mi padre...
—Excepto que el entrenador Thorne tiene la costumbre de depositar su absoluta
confianza en mí. Algo así como que soy su hermano pequeño responsable. Y tu padre —
se le escapa una bocanada de aire como si se estuviera burlando y riendo al mismo
tiempo y lo hiciera con arrogancia—, no tiene ni idea de fútbol. Si le digo que no
necesitamos a tu novio para ganar, y no lo necesitamos, créeme, se pondrá con el
programa. Así que de nuevo, puedo y voy a hacer esto. Y nadie puede detenerme. Y
mucho menos mi hermano mayor o tu papá.
—Tú...
—Y además, por lo que recuerdo, tú querías que yo fuera tu papi, ¿no? Así que
aquí me tienes —dice con tono burlón—. Tu nuevo papi y mientras te tenga, el resto del
mundo se puede ir a la mierda.
Pero como una chica patética, me hace apretar el estómago.
Que se llame a sí mismo así.
Me altera la cabeza, la respiración.
Mi corazón.
Está claro que tengo problemas. Grandes.
Pero mantengo mi concentración en el aquí y ahora y simplemente suelto las
palabras:
—Dios mío, para, ¿bien? Para. Deja de decir estas cosas. Deja de actuar así. Tú
no actúas así. Eres uno de los buenos. Sí, eres un imbécil conmigo o lo que sea, pero me
niego a creer que le harías esto a tu propio hermano gemelo. ¿Y por qué? Por mí. Ni
siquiera te gusto. Crees que soy malcriada. Crees que soy joven. Crees que soy molesta
y desesperada. Tú me dijiste eso. Y lo he intentado, créeme. He jodidamente tratado de
hacerte ver. He intentado que te des cuenta de que soy diferente. Que puedo ser joven.
Que puedo ser imprudente e impulsiva y un poco loca, pero podría hacer que sintieras
algo por mí. Pero no lo has hecho. No lo has hecho. Así que no sé qué es esto, pero sea
lo que sea, tienes que parar. Deja de meterte con él y...
—Crees que me gusta esto —dice con voz gruesa.
Gruesa, baja y gruesa. 159
Y me doy cuenta de que nunca lo había oído sonar así. Nunca le había oído este
tono. ¿Es... ira? Si lo es, nunca lo había oído enfadado y todo mi cuerpo lo nota.
Mi propia voz se vuelve más grave cuando hace sólo un segundo estaba gritando
al teléfono de rabia.
—¿Como qué?
—Esto. Sea lo que sea esto —dice entre dientes apretados.
Y siento el chasquido en mi mandíbula.
—Yo no...
—Soy un puto hermano de mierda, de acuerdo —dice, sus palabras bajas pero su
respiración fuerte—. Lo sé. Me doy cuenta. Sé que se quedó conmigo como su gemelo.
Y aunque he hecho todo lo que he podido para estar a su altura, sé que eso no compensa
todo lo que soy. ¿Crees que me gusta esto? ¿Crees, aunque sea por un segundo, que
me gusta ver a la chica de mi hermano gemelo? Como si fuera mía y sentir cero culpa
por ello.
Entonces me quedo quieta.
Me ha convertido en una piedra con sus palabras.
—¿Creen que me gusta seguir cada uno de sus movimientos? Seguirlos como un
puto acosador. ¿Crees que me gusta este ardor que siento en las putas tripas cuando le
sonríes? O cuando te ríes. —Otra bocanada de aire, pero creo que es más rabia que otra
cosa—. ¿Crees que me gusta forzar los oídos para oírlos? ¿Crees que me gusta apartar
a la gente, empujarla fuera de mi camino para poder acercarme a ti de algún modo, sin
que nadie se dé cuenta, para agarrarte? O quizá pienses que me gusta ir a fiestas. Me
gusta ir a bares, discotecas y eventos de equipo. Cosas que intento evitar a toda costa y
quedarme en casa en paz y tranquilidad. Así puedo fumar un cigarrillo al día y leer mi
puto libro. Pero aun así me aseguro de aparecer en estas putas cosas porque tú estarás
allí. Estarás allí riendo, coqueteando y bailando. Y lo harás sin preocuparte de nada.
Entonces depende de mí, ¿no? Depende de mí mantenerte a salvo. Para mantener un ojo
en las cosas. Asegurarme de que nadie te moleste y si lo hacen, arrancarles los ojos por
mirarte. Depende de mí romperles los dedos si se atreven a tocarte. Depende de mí
romper sus malditos cerebros por siquiera pensar en tocarte. ¿Sabes a cuántas fiestas
he asistido desde que te conocí?
—¿Cuántas?
—Cuarenta y tres.
—Yo…
—Y hay 52.143 semanas en un año. Cincuenta y dos semanas y un día. Así que 160
he ido a una fiesta prácticamente cada semana, más o menos.
—Tú...
—¿Y sabes cuántos libros he leído desde que te conocí?
—N-no.
—Cero —dice—. Cero putos libros. Porque A: no suelo tener tiempo para leerlos
porque, como ya te he explicado, me la estoy pasando de puta madre por el mundo. Y B:
Porque cada vez que agarro un libro, no puedo concentrarme porque estoy pensando en
ese chico al que he tenido que advertir que no te mire o en lo fuerte que te reías del
chiste de mi hermano para que ese chico te mirara.
—Pero...
—¿Crees que me gusta eso? Me gusta ser tu guardaespaldas que te mantiene a
salvo de ti misma. O tal vez piensas que en lugar del juego y de mis jugadores y de hacer
mi puto trabajo, me gusta verte en el estadio. Me gusta recordar tus ridículamente
endebles trajes más que recordar quién hizo el pase o quién marcó el puto gol. No, en
realidad, lo que más disfruto es este impulso incesante de golpear a mi hermano gemelo.
Este impulso incesante de arruinarlo y quitarlo de en medio. Formas creativas de
arruinarlo y quitarlo de en medio. Formas que desafían toda lógica y razón. Porque sólo
así puedo evitar hacer algo drástico, convertirlas en realidad. Dime, Dora, ¿crees que
disfruto con algo de esto, con lo que carajo sea esto?
No espera a que le responda y sigue:
—Eres un virus, ¿comprendes? Eres una enfermedad. Eres una epidemia. El puto
CDC debería publicar directrices para el tipo de peligro para la salud que eres. Y estoy
harto de estar enfermo de ti. Estoy jodidamente harto de estar infectado por ti. Te quiero
fuera de mi sistema, de mi mente, de mi cuerpo. Quiero que te vayas. Quiero volver a ser
yo mismo. Quiero recuperar mi paz. Quiero recuperar mi vida. Quiero recuperar mi puto
control y si tengo que dignarme a tocarte para que eso ocurra, entonces he decidido que
lo haré. Si la única manera de sacarte de mi sistema es follarte fuera de él, entonces he
decidido que haré eso también. No importa que no seas mi tipo, que nunca lo serás o
que mi hermano gemelo esté enamorado de ti. Te quiero y haré lo que sea, romperé
cualquier regla, joderé a quien sea para tenerte. Hasta que ya no te quiera.
No estoy seguro de quién respira más fuerte, si él o yo.
A quién se le acelera más el corazón.
Tiene que ser mío.
Tiene que serlo.
Porque es Cold Thorn, ¿no? 161
El que siempre está sin emociones y distante. El que no se deja afectar. El que está
hecho de hielo.
Pero tal vez no.
Tal vez lo que pensaba era correcto. Él es tan caliente como el fuego salvaje.
—T-tú... —Empiezo, vacilando y tropezando—. Realmente piensas en formas
creativas de...
—El otro día pensé que se resbalaría en la ducha y se golpearía la cabeza.
—Es horrible. —Jadeo.
—Soy horrible —acepta.
—¿Y qué pasa con los otros chicos? ¿Realmente... los amenazas para
mantenerme a salvo?
Espera unos segundos para responder.
—Alguien tiene que hacerlo.
—¿Y esa persona eres tú?
—Esa persona siempre soy yo —dice—. Cuando se trata de ti.
Acerco las rodillas al pecho y las rodeo con el brazo.
—¿De verdad me miras más de lo que miras los partidos?
—Me perdí el gol de la victoria de la temporada pasada.
—El que... —Me chupo los labios—. ¿La del partido del campeonato?
—Sí.
—Fue Ledger. Hizo el gol —le informo aunque es imposible que no lo sepa a estas
alturas.
—De lo que me enteré unos treinta segundos después.
—¿Qué llevaba puesto? —pregunto entonces.
—Lo que siempre usas.
—¿Que es qué?
—Algún artilugio endeble hecho de cuerdas y cordones. Este era de color naranja.
—No era un artilugio —protesto.
—Tenía más cuerdas entrecruzadas en la espalda de las que cualquier vestido
podría necesitar —protesta.
—Eso no es...
—Pero, de nuevo, por lo endeble que era y cómo seguía azotando contra el viento 162
mientras básicamente mostraba esos dos hoyuelos en tu espalda, tal vez sí necesitaba
esas cuerdas para mantenerlo todo unido.
—¿Te has fijado en los hoyuelos de mi espalda?
—Junto con un pequeño lunar, sí.
Llevo la mano hacia atrás y me toco el lunar a través del vestido blanco. Está justo
encima de uno de esos hoyuelos y es muy pequeño.
—Es muy pequeño —le repito.
—Tu vestido era muy revelador.
—Era un vestido normal sin espalda con unos cordones que abarcaban la espalda.
—También era un vestido en el que no sólo podía ver esos hoyuelos y ese lunar,
sino también la raja de tu culito prieto.
Me siento aún más erguida.
—No podrías.
—Podía.
—Mi vestido no era tan revelador.
—Fue exactamente así de revelador.
—Bueno, entonces deberías haber mirado hacia otro lado.
—¿Por eso te lo pusiste? —me responde—. ¿Porque querías que mirara hacia otro
lado?
No.
Me lo puse específicamente para que mirara.
He llevado otros vestidos en el último año sólo por esa razón específica.
Para que mire. Para que me mire.
Para que él quiera.
Y lo hace.
Dios, lo hace.
Esa es la conclusión de todo, ¿no?
Él me quiere.
Después de todo este tiempo, después de todas estas lágrimas, toda esta
frustración, todas las veces que pensé que incluso si caía muerta a sus pies, él
simplemente saltaría sobre mi cadáver y se iría sin dedicarme una mirada, resulta que no
lo haría. Probablemente se agacharía y me llevaría a un lugar seguro. 163
Porque me protege.
Porque me desea.
—Así que lo hice —susurro.
—Sí —ronca como si supiera de qué estoy hablando.
Y supongo que sí.
—Yo, Isadora Agni Holmes —sigo susurrando.
—Sí.
—Derretí a Stellan “El Cold” Thorne.
—Eso es lo que querías, ¿no?
Sí.
Yo quería eso.
Quería ser su fuego.
Su llama.
Su Lolita.
La única chica que puede conmoverlo y derretirlo.
Pero ya es demasiado tarde, ¿no? Ya me he prometido a otra persona. Ya me
prometí a mi mejor amigo a quien usé y lastimé. No puedo hacerle daño dos veces. No
puedo romperle el corazón.
—Ya es demasiado tarde —le digo.
—¿Lo es?
—Sí, estoy con él.
Aquí hay una pausa.
Grueso y pesado.
Aferrándose al aire como el frío del invierno.
Luego, con su voz grave, dice:
—Y puedes quedarte con él.
—Pero...
—Después de hacerte mía.
—Tú...
—No te estoy pidiendo que estés conmigo. Lo entiendes, ¿verdad? —Continúa
explicando—. No tengo ningún interés en estar contigo. Esto no es una propuesta de 164
matrimonio. Sólo quiero una noche.
Me clavo las uñas en los muslos.
—De acuerdo. —Clavándomelas un poco más fuerte aún, digo—: Entiendo.
—No debería tomar más que eso. Él puede tenerte una vez que haya terminado
contigo.
No sé por qué he sacado el tema cuando ya sabía la respuesta.
Pero yo sólo... Tal vez necesitaba un recordatorio de todo.
De lo que es esto.
Antes de ahogarme completamente en la ilusión de lo que quiero que sea.
—No —le digo.
Guarda silencio, pero oigo una respiración agitada.
—No puedes tenerme. Ni siquiera por una noche. Por millonésima vez, estoy con
tu hermano. —Luego añado—: Y ya puedes parar.
—¿Parar qué?
—Mirándome, vigilándome. Mirándome, mirando mis vestidos —aclaro—. Lo que
me pongo no es asunto tuyo. Yo quería que fuera, sí. Pero como ya he dicho, ahora es
demasiado tarde. Además, él...
—¿Además qué?
—Él hace eso. Me mantiene a salvo.
Lo hace, ¿verdad?
Me lo dijo esta noche.
Me dijo muchas otras cosas esta noche. Cosas que me hicieron sentir fatal. Cosas
que me hicieron arrepentirme de todo lo que hice en pos del hombre con el que estoy
obsesionada. Pero, por supuesto, él no es mi única víctima.
He jugado con ambos.
Todo se me ha torcido y enredado.
Dios, qué desastre he hecho.
Pero ahora lo estoy limpiando y si alguien tiene derecho a mantenerme a salvo,
ese es Shepard.
Él no.
Pasan unos segundos en silencio antes de que diga:
—¿Ahora sí? 165
—Sí —respondo—. Mi novio me protege.
—Excepto que tu novio no es exactamente conocido por ser caballeroso y
observador.
—Bueno, lo es. Es más caballeroso y observador de lo que crees —le digo,
defendiendo a Shepard. Y luego, como no puedo evitar presumir de él, le digo—: Prueba
A: una vez que estábamos en un bar, me puso la chaqueta encima porque había un
montón de hombres que me estaban mirando. Y eso no le gustó.
De nuevo, pasan unos segundos en silencio, seguidos de:
—¿Es así?
—Sí. —Asiento—. Lo que significa que no te necesito porque lo tengo a él.
—Y su chaqueta.
Aprieto los dientes.
Dios, me enoja tanto.
Y además tan fácilmente.
¿Cómo puede alguien tener tanto poder sobre alguien?
Es repugnante.
Es...
Pero espera.
Yo también tengo algún poder sobre él, ¿no?
Lo hago.
Acaba de admitirlo.
Y tal vez, sólo tal vez, puedo usarlo. Puedo usar mi poder sobre él para hacerlo
sentir impotente para variar. Para hacerlo sentir como si estuviera a mi merced en lugar
de yo a la suya.
Sólo un poco. Sólo por esta noche.
—Así que no importa cómo empezamos Shepard y yo. —Continúo, sintiendo
vértigo y hormigueo—. Lo que importa es que ahora somos felices. Somos perfectos el
uno para el otro. Tenemos una química increíble. Estamos enamorados y tienes que
entenderlo y apartarte.
—Química demente.
Me doy cuenta de que hago lo mismo.
Estoy usando a Shep para ponerlo celoso.
Pero da igual. 166
Aunque estas cosas no sean ciertas ahora, lo serán algún día. Yo haré que lo sean.
Así que todo lo que estoy haciendo realmente es usar el futuro para darle celos y eso
está bien.
—Sí, la tenemos. —Asiento, con tono mocoso—. Tenemos una química de locos.
—¿Cómo de loco?
—Lo. co —digo, enfatizando todos los sonidos y las sílabas—. El tipo de locura que
probablemente no seas capaz de entender.
—Pruébame.
—¿Estás seguro? —pregunto con una sonrisa en la voz—. Porque visto lo que me
acabas de contar, lo loco que estás por mí, no creo que fueras capaz de soportarlo. Y no
importa lo que me hayas hecho, soy una buena persona. No quiero herir tus sentimientos.
—Por supuesto, hiere mis sentimientos.
Su tono seco y arrogante me enciende aún más. Enderezo los hombros y miro con
desafío las cortinas blancas y la noche de invierno.
—¿Sabes lo que estaba haciendo antes de llamarte?
—¿Qué?
—Hablando con él.
—¿Sí?
—Intentaba animarlo. —Continúo.
—¿Es así?
—Porque como habrás oído, el idiota de su entrenador lo mandó al banquillo.
—Ya me está gustando su entrenador.
—¿Y sabes lo que hace una novia para animar a su novio?
—Estoy seguro de que estoy a punto de averiguarlo.
—Ella hace lo que él quiere.
—Lo que sea, eh.
—Sí. Siempre que —de nuevo, enfatizo todas las sílabas—, quiere.
—¿Y qué hiciste?
Levanto la barbilla.
—Le gusta cómo bailo.
—Apuesto a que sí.
—¿Y recuerdas el vestido blanco que llevé la noche que te conocí?
167
—Vivamente.
A pesar de mí misma, mi aliento se atasca en mi garganta ante su vivamente.
—Bueno, a él también le gusta ese vestido.
—No lo culpo.
—¿Y recuerdas esas alas?
—No creo que pueda olvidarlas nunca.
De nuevo, a pesar mío, mi corazón tartamudea.
—A él también le encantan.
—Entonces, ¿qué ha pasado, Dora? —pregunta de alguna manera tan rotunda
como burlona.
Y me enfado tanto y me da tanto cosquilleo que me llame así, que me suelto. O
más bien me suelto de una manera que sé que le va a afectar. Haré que le afecte.
—Bueno, entonces, Stellan —empiezo—, como puedes adivinar, bailé para mi
hombre. En realidad, no, me puse ese vestido y esas alas y luego monté un espectáculo
para él.
—Sí, ¿cuál es la diferencia?
—La diferencia, idiota, es que cuando bailo, no sólo bailo, sino que monto un
espectáculo —le explico—. Muevo mi cuerpo como si lo hiciera con un propósito. Giro
las caderas como si lo hiciera para volver loco a alguien. Para volver loco de deseo a
alguien. Quiero que pierda el control. Quiero que me desee con tal intensidad que se
olvide de quién es. Olvida sus reglas y su moral. Así que no sólo cruza todas las líneas
que ha dibujado en la arena, sino que las borra por completo. Así que no sólo sueña
conmigo en sueños como un ser humano racional, sino que también quiero que me vea
cuando esté despierto. Quiero que alucine conmigo. Quiero ser su delirio, su locura. La
diferencia es que cuando bailo, bailo como si fuera éxtasis y corriera desenfrenada por
su torrente sanguíneo. Cuando bailo, Stellan Thorne, lo hago como si fuera la mayor
tentación de alguien. Como si fuera la Lolita de alguien.
No importa que cuando digo alguien, me refiero a él. Porque he hecho todo eso
por él. No importa que su gemelo me dijera lo mismo y casi me muero de vergüenza. Y
no importa que tenga cero vergüenza en mí ahora misma aunque haya un silencio de
alfiler al otro lado.
No, espera.
Hay algo más allá del silencio como la caída de un alfiler.
Es su respiración. 168
Más o menos como cuando empezamos la conversación. Lo que me hace sentir
curiosidad una vez más por saber qué estaba haciendo exactamente antes de que lo
llamara. Pero no voy a cometer el mismo error que antes.
No voy a preguntárselo.
En vez de eso, voy a seguir.
—Así que, bueno, de nuevo, como puedes adivinar, las cosas se calentaron un
poco. Ya sabes, entre nosotros. Dado nuestra química y todo eso. Que siempre lo hacen
cuando pongo un espectáculo para él, pero esta noche fue diferente. Tal vez fue la forma
en que me miraba, observando cada uno de mis movimientos. Siguiéndolos, aferrándose
a ellos como si toda su existencia dependiera de cómo me retorcía y giraba, no lo sé.
Fuera lo que fuera, me excitaba. A lo grande y... —Suspiro y digo—: Me mojé tanto.
No puedo creer que haya dicho eso.
No puedo creer que esté gimiendo ahora mismo. Como un pequeño gemido y una
respiración entrecortada mientras continúo:
—Tan, tan mojada, Stellan. Creo que nunca he estado tan mojada en mi vida, y
eso es mucho decir, porque la forma en que tu hermano gemelo me excita —suspiro y
vuelvo a gemir—, no es ninguna broma. No es ninguna puta broma. Mis bragas están
siempre empapadas a su alrededor y, Dios mío, ahora mismo estoy chorreando, Stellan.
Me duele y...
—No.
Su ferviente gruñido me hace saltar.
—¿Qué?
—No vamos a hacer eso —gruñe.
—¿Hacer qué?
—No vamos a jugar a este juego.
Me hago la inocente.
—¿Qué...?
—No vas a jugar a esto —me interrumpe, con la voz aún más gruesa—. No estás
jugando con mi cabeza. No me estás jodiendo. Ya no.
—Yo no...
—Y sólo por mentir así, me lo vas a demostrar.
Sus palabras, aún más duras y autoritarias, me sobresaltan.
—¿Mostrarte qué? 169
—Qué mojada estás.
—¿Qué?
—Enséñamelo.
—Tú... ¿Qué?
—Bailar para mi puto hermano gemelo te mojó, ¿verdad? —Sigue gruñendo—. Te
mojó que te mirara como si su maldita vida dependiera de ello. Lo hacía. Te miraba como
siempre te mira. Como si apartara los ojos de ti aunque fuera medio segundo, su corazón
dejaría de latir. Su respiración se detendría y moriría asfixiado. Y si eso te moja, entonces
enséñamelo. Muéstrame lo que te hace bailar como una maldita Lolita.
—Tienes razón. Estaba mintiendo —le digo rápidamente—. No lo hizo.
Lanza una carcajada.
—Si crees que eso te va a librar, entonces realmente no sabes de qué voy.
Realmente no sabes lo loco que me has vuelto.
—Stellan, tú...
—Enséñamelo.
—No te voy a enseñar mi...
—No te pido que me enseñes el coño.
No sé por qué me sobresalto cuando usa la misma palabra que yo iba a usar.
Pero lo hago.
Tal vez sea su voz gruesa y gruñona. O tal vez es el hecho de que toda esa mierda
que escupí no era exactamente una mentira. Como que sí me mojé. Sólo que no fue por
su hermano gemelo, sino por él. Y ahora está pidiendo verlo.
—¿Qué te pasa, eh? —pregunta impaciente y enfadado—. Te pido una noche y
crees que te estoy prometiendo mi devoción eterna. Te pido ver lo mojada que estás y
estás dispuesta a enseñarme ese coño. ¿Por qué demonios estás tan desesperada?
—¡Dios mío! —grito al teléfono—. Tú eres el que... No puedo creer que estemos
teniendo esta conversación. No entiendo...
—Déjame que te lo explique entonces —muerde—. Si me enseñas tu coño ahora
mismo, voy a tener que abandonarlo todo. La reunión preparatoria de mañana, el
entrenamiento de mañana, mi trabajo, mi puto equipo. Y voy a tener que tomar el primer
vuelo de vuelta.
—¿Qué?
—A ti.
170
—¿Yo?
—Sí. —Luego—. Si me enseñas ese puto coño mojado tuyo, entonces no voy a
poder sentarme aquí, ¿verdad? No voy a poder sentarme en esta puta habitación de
hotel, en mi cama, en medio de todos los libros desperdigados que ya no parecen
interesarme. No voy a poder fumarme el cigarrillo que tanto ansiaba durante todo el día.
Ni concentrarme en las repeticiones de los partidos y jugar estrategias. Si me enseñas
ese puto coño, Dora, entonces no voy a ser capaz de funcionar hasta que lo pruebe.
Hasta que sorba todo ese jugo de coño y analice exactamente a qué sabes, exactamente
cuál es tu sabor. Creo que eres ácida como las cerezas. Pero también podrías ser dulce
como la miel. O tal vez seas una mezcla de ambos.
»Pero hasta que no lo sepa, no podré concentrarme. No podré pensar en nada
más y ya has jugado bastante con mi control. Ya has jodido bastante mi cabeza, mi puta
vida. Así que no vamos a hacer esto. No vamos a hacer esto. No me vas a mentir y a
soltar estupideces sobre cómo tienes una química loca con mi hermano gemelo o lo
mojada que te pone cuando sé a ciencia cierta, lo sé, que aún eres jodidamente virgen.
Y definitivamente no me estás mostrando tu coño virgen mojado cuando no estoy allí para
hacer algo al respecto, ¿está claro?
—S-sí.
—Bien —dice—. Ahora, lo que vas a hacer es deslizar esas bragas desordenadas
que tienes por los muslos y hacerles una foto. Y luego me vas a enviar esa foto ahora
mismo. Y antes de que te hagas ilusiones, si no hay una foto de tus bragas mojadas en
mi teléfono en los próximos cinco minutos, me aseguraré de que lo pague en el
entrenamiento.
Mi corazón late con fuerza y a la vez se detiene por un momento.
—Si... si te envío la foto, ¿lo dejarás volver al equipo?
Exhala bruscamente.
—Stellan, por favor. Yo...
—Bien.

171
CAPÍTULO 11
Wildfire Thorn

Dos semanas después...


—¿Qué DEMONIOS te pasa?
Desde el otro lado del vestuario, oigo la voz de Isiah, el halfback del equipo, que
se dirige a Shepard y le golpea el culo con una toalla.
Shepard asoma la cabeza por su taquilla.
172
—¿Qué demonios, hombre?
Isiah escarba en su propia taquilla pero sigue hablando.
—¿Ahora me ignoras?
Shepard refunfuña algo en voz baja.
—¿Por qué, eres una chica pegajosa que no puede captar una indirecta?
Pasándose una camiseta por la cabeza, Isiah dice:
—Si yo fuera una chica, mi suave y curvilíneo culo de caramelo estaría tan fuera
de tu alcance que no tendría gracia.
—Ya eres un suave y curvilíneo dolor de caramelo en el puto culo, así que estás a
mitad de camino, hombre.
Isiah emite un sonido molesto en el fondo de su garganta y saca su bolsa de
deporte de su taquilla.
—¿Qué, eres demasiado princesa para devolver mis textos?
Antes de que Shepard pueda responder, Riot se une a la conversación. Lleva la
bolsa colgada del hombro y parece que va a salir. Pero ante las palabras de Isiah, se
detiene y añade:
—Sí, ¿qué pasa con eso? El otro día te envié una foto de Sophie montando a
caballo por primera vez y ninguna respuesta. ¿Eres demasiado bueno para devolverme
siquiera un emoji?
Shepard parece molesto.
—Cállense la boca, los dos. He perdido mi teléfono, ¿bien?
He estado mirando las notas de la reunión que Con me dejó, intentando
desconectar de la conversación. Pero ahora cambio toda mi atención hacia ellas.
—¿Qué, dónde? —pregunta Isiah, cerrando la taquilla.
—Si supiera dónde, ahora no estaría perdido, ¿verdad?
Riot se burla.
—Bueno, genio, ahora hay cosas que se llaman Find My Phone y cosas así. Tú
tienes un iPad, ¿no? O un portátil. Úsalo para encontrar tu teléfono.
A Shep no le gusta la tecnología. No le interesan los portátiles ni los iPads. A pesar
de haber tenido numerosas discusiones con él, sus contraseñas en todas sus cuentas
son las mismas, cuando no es un identificador facial, es decir, y la que tiene desde el
instituto.
Shepard le lanza una mirada y me da la razón con sus siguientes palabras.
—¿Crees que llevaría un iPad de viaje? O un portátil. ¿Qué soy, un nerd 173
universitario o un engreído de Wall Street? No, no llevo nada de eso encima. Además,
necesitaba un número nuevo de todos modos.
—¿Por qué? —pregunta Riot, sonriendo—. ¿Una chica acosándote?
Isiah sonríe también antes de abordar a Shep en un abrazo de oso del que Shep
se zafa fácilmente. Pero eso no impide que Isiah exprese:
—Aww. Míralo, siendo todo leal a su chica y esa mierda.
Riot rio entre dientes.
—Sí, quién lo hubiera pensado.
—Que una chica llamada Isadora domaría al león. —Completa la frase Isiah,
chocando los cinco con Riot.
Me estremezco al oír el sonido.
Al oír el nombre.
No porque suene fuerte o porque sea la primera vez que oigo su nombre entre los
chicos o en el vestuario. El equipo es ruidoso y les gusta hacer pasar un mal rato a su
antiguo capitán playboy por su cambio y su monogamia. Y aunque antes me había
marchado sin más, no sólo porque había salido su nombre, sino también porque me
resultaba más fácil ignorar las ganas de participar en sus bromas cuando sabía que no
podía hacerlo, que no lo merecía, ahora me doy cuenta de que no puedo.
Me encuentro pegado a mi sitio.
Cada parte de mi cuerpo en sintonía con la conversación que está sucediendo. Tal
vez porque ahora sé la verdad. Sé que aunque el mundo piense que están juntos, no lo
están.
La verdad es que no.
Que todo empezó con una mentira.
Que por el camino se enamoró de ella, y sólo puedo suponer que nunca corrigió
ninguna suposición sobre ellos porque quería que fueran ciertas. O tal vez fue su ego. Tal
vez fue un poco de ambos. Cualquiera que sea la razón, puedo ver que él la quiere. Puedo
ver que está enamorado de ella.
Y sin embargo, estoy haciendo lo que estoy haciendo, lo que he estado haciendo
durante las últimas dos semanas.
Sin embargo, no pienso parar.
Me hace un hermano aún más mierda; soy consciente de ello. Me hace una puta 174
persona aún más mierda por tomar lo que no me pertenece. Pero esa es la cosa, no es
así, se siente así. Se siente como si ella me perteneciera. Que me ha pertenecido desde
el momento en que la conocí.
Se siente como si él fuera el intruso, no yo.
Él es el que está entre nosotros, no al revés.
—¿Por qué no se callan los dos de una puta vez y me dejan en paz, de acuerdo?
—Shep irrumpe en mis pensamientos con sus palabras irritadas—. Las bromas sobre mi
chica ya se están haciendo viejas y no es de su maldita incumbencia por qué necesito un
teléfono nuevo.
A partir de ahí, pasan a discutir sobre los teléfonos y cómo son buenos para todo
excepto para una cosa. Y es para ver porno, porque el porno debe verse en una pantalla
grande, o no se consigue el mismo efecto. De nuevo, los ignoro a todos y me concentro
en mis notas. Hasta que siento un cosquilleo.
Levanto la vista y veo a mi gemelo mirándome desde su taquilla. Al parecer, todos
los chicos se han ido y ahora estamos solos. Cosa que no ocurría desde nuestro
encuentro en el que lo dejé en el banquillo. En las últimas dos semanas, me he mantenido
a distancia de él. Hasta que sepa que puedo manejar estar cerca de él sin representar un
peligro.
Pero por lo que parece, el tiempo muerto ha terminado.
Cruzo los brazos sobre el pecho, acomodo el portapapeles a un lado y me pongo
derecho.
—¿Quién es la acosadora?
Su hombro se sacude ligeramente.
—¿Qué?
—La acosadora de la que hablabas.
Me mira un momento antes de decir:
—No es asunto tuyo.
—Así que hay una —concluyo.
—Te lo dije, no es asunto tuyo.
—¿Es grave? ¿Deberíamos llamar...?
—Ella no es de tu incumbencia, de acuerdo —dice—. Déjalo ya.
Qué curioso.
Nunca había visto a mi hermano tan agitado.
No por una acosadora. Que resulta ser una chica.
175
—Es una chica —sigo.
—No es una puta acosadora, ¿sí? —vuelve a soltar—. ¿Y qué parte de dejarlo no
entendiste?
Ahora tengo aún más curiosidad.
Porque estaba enfadado, sí, pero ahora su expresión es atronadora. Y no es una
palabra que asocie mucho con él. Shepard no se enfada ni truena ni ninguna de esas
cosas que tienen una connotación seria y grave.
Y siempre he estado agradecido por ello. Que él no esté maldito por la intensidad
de las emociones como yo. Mejor yo que él. No le desearía esta vida a nadie y mucho
menos a mi hermano gemelo.
Así que esto es novedoso.
Pero si no quiere hablar de ello, no quiere hablar de ello.
Puedo respetarlo.
—Bien. —Amplío mi postura—. Supongo que hay una razón por la que no saliste
con los chicos.
—Algo así.
—Entonces, ¿qué es?
Finalmente, su postura se relaja y me mira con su arrogancia habitual.
—Sólo que aún no me has dado las gracias. Pero sigues siendo bienvenido.
—¿Para qué?
—Por esmerarme en no darte una paliza esta última semana.
A pesar de todo, mis labios se crispan.
Apuesto a que sí.
Lo que hice fue una situación sin precedentes.
Aunque me siento muy poco culpable por lo que hago a sus espaldas, sí me siento
culpable por haber cedido a ese momento de impulsividad y haberlo mandado al
banquillo. Él no se merecía eso, por muy jodido que hubiera estado en mi cabeza.
Y no hace falta decir que la gente tampoco estaba contenta con mi decisión.
Cuando Con me preguntó al respecto, le dije la verdad. Que había perdido el control, y
que lo había hecho por pura rabia e imprudencia. Pensé que lo decepcionaría que dejara
que mis sentimientos personales afectaran a mi trabajo. Pero no fue así. Me cubrió las
espaldas y me defendió a capa y espada, aunque yo no mereciera su apoyo.
—Bueno, en ese caso, tienes mi gratitud —respondo con seriedad—. Pero sólo 176
digo que no te habría devuelto el golpe. Ni te habría culpado.
Su mandíbula se aprieta.
—Sí, ¿por qué?
Mi pecho se mueve con una respiración.
—Porque me pasé de la raya.
Vuelve a apretar la mandíbula, pero, por lo demás, permanece en silencio.
—No debería haber perdido los nervios así. —Continúo.
Me estudia unos instantes antes de preguntar:
—¿Lo dices como mi entrenador o como mi hermano?
Me toca apretar la mandíbula.
Porque, una vez más, soy culpable de perder el control y dejarlo en el banquillo;
no debería haberlo hecho. No debería haberme metido con su juego. Pero no puedo
reunir la culpa de por qué perdí el control. No puedo reunir la culpa por querer darle una
paliza porque se interpone entre ella y yo.
Porque él puede estar con ella mientras que yo sólo puedo estar al margen.
Todo es irracional. Todo es una puta locura.
Ni siquiera quiero estar con ella. Ni siquiera quiero quererla.
No puedo quererla.
Sólo quiero recuperar mi paz.
Pero ahí lo tienes.
—Como tu entrenador —le respondo.
Mantiene la mirada fija mientras continúa:
—¿Y como mi hermano?
Como su hermano, quiero ir a la guerra con él. Quiero luchar con él por ella. Quiero
robársela.
Como su hermano, lo quiero fuera del camino.
—Es la hija de nuestro jefe —le digo casi acusadoramente.
—Que se joda —replica.
Mi mandíbula se tensa.
—Es joven, más joven que nuestra hermanita.
—A mí no me importa —dice antes de añadir—: Y, por lo visto, a ti tampoco.
Aprieto los puños. 177
—Ella no es mi tipo.
—De nuevo, no parece importarte.
—Es tuya —digo finalmente, con los puños tan apretados, tan jodidamente duros,
que me laten los nudillos.
—Y de algún modo —su mandíbula se mueve de un lado a otro—, sigues
queriéndola.
Manteniendo la mirada fija, le digo la verdad:
—Sí.
Y por eso estoy haciendo esto.
Por eso voy a sus espaldas.
Porque quiero poner fin a esta locura. Quiero acabar con este deseo, esta ansia,
este deseo incontrolable por ella. Porque aunque creo que ella me pertenece, no es así.
Ella le pertenece.
Él la ama. Es mi hermano.
Debería tenerla.
Yo soy el villano de esta historia, no él.
—La quiero. —Continúo, sin apartar los ojos de él—. La quiero. Siempre la he
querido. Pero tú eres mi hermano. Mi hermano gemelo.
Sus ojos se entrecierran, su mandíbula se tensa mientras muerde:
—¿Y?
—Así que como he dicho, ella es tuya. Y seguirá siendo tuya —prometo.
Después de hacerla mía.
Después de haberla usado y empujado a un lado.
No es lo más desinteresado del mundo, pero es lo único que pondrá fin a todo
esto. Lo único que me devolverá la paz, la vida. Lo único que salvará mi control y evitará
que me vuelva peligroso y destruya a mi hermano.
Con esa promesa en mente, vuelvo al hotel. Corro. Levanto pesas. Me ducho. Finjo
buscar un libro para leer. Abro la primera página y la abandono para mirar la hora. Miro
el reloj mientras espero su llamada en el teléfono de mi hermano como hago todas las
noches. Cuando no llega, lo agarro y pulso las teclas de la pantalla, enviando un par de
mensajes.
178
SHEPARD
¿DÓNDE ESTÁS?
LLEGAS TARDE.

Tarda uno o dos minutos en responderme.


Uno o dos minutos que parecen un día.
Ha sido un día tan largo que estoy listo, tan jodidamente listo, para llamarla y
exigirle que me diga dónde está, arruinando mi tapadera. Por suerte, el mensaje llega en
el último segundo. O más bien una ráfaga de mensajes.

ISADORA
¡¡¡OMG!!! ¡¡LO SIENTO MUCHO!! 😮😮😮😮
SE ME OLVIDÓ TOTALMENTE!!!😦😦😦😦😦😦
BUENO, NO LO OLVIDÉ. EL TIEMPO SE ME ESCAPÓ.

Suelto un fuerte suspiro.

SHEPARD
¿VAS A IMPEDIR ENTONCES QUE SE ESCAPE?

Pasa otro minuto que parece un día muy largo.


Más largo que antes y no me hace gracia.
ISADORA
BIEN, NO TE ENFADES PERO NO PUEDO LLAMARTE AHORA MISMO.�🙈🙈

Me siento erguido en la cama, con el pecho agitado por la respiración.

SHEPARD
¿POR QUÉ NO?

ISADORA
PORQUE NO ESTOY EN CASA.

SHEPARD
¿DÓNDE DEMONIOS ESTÁS? 179
ISADORA
TE ESTÁS ENFADANDO.

SHEPARD
RESPÓNDEME.

Es un punto a su favor que no me hace esperar como antes y contesta


inmediatamente.

ISADORA
VOY DE CAMINO A VER A ESTE TIPO.

Pero no creo que ganar puntos conmigo vaya a ayudarla en este momento.
No después de su respuesta.

SHEPARD
EXPLÍCATE.

ISADORA
DIOS, DAS MIEDO. NUNCA SUPE LO ATERRADOR QUE PODÍAS SER.
Estoy a punto de mandarla a la mierda y llamarla cuando me llega su siguiente
mensaje.

ISADORA
DE ACUERDO, BIEN. ASÍ QUE TENGO ESTA ENORME TAREA PARA PASADO MAÑANA Y ESTOY LUCHANDO
CON ELLA.

SHEPARD
¿QUÉ TAREA?

ISADORA
ASIGNACIÓN DE HISTORIA. CUENTA PARA LA MITAD DE MI NOTA.

180
SHEPARD
¿LUCHANDO CÓMO?

ISADORA
LUCHANDO COMO EN… REALMENTE NO LA HE TERMINADO.

SHEPARD
¿CUÁNTO LLEVAS?

ISADORA
¿ EL PRIMER PÁRRAFO...?

Miro fijamente la pantalla durante unos segundos.


Luego, pellizcándome el puente de la nariz, tecleo:

SHEPARD
¿ESTÁS DICIENDO QUE NI SIQUIERA HAS EMPEZADO LA TAREA QUE VA A CONTAR PARA LA MITAD DE TU
NOTA?

ISADORA
¡LA EMPECÉ! ESCRIBÍ UN PÁRRAFO ENTERO.
BUENO, LA MITAD.

Exhalo un fuerte suspiro.


SHEPARD
¿CUÁNTAS LÍNEAS?

ISADORA
TRES.
Y MEDIA.

Otro suspiro agudo.

SHEPARD
¿QUÉ TIENE QUE VER ESTE TIPO CON TU TAREA?

ISADORA 181
BUENO, ES UN GENIO, VES. SE SIENTA EN PRIMERA FILA, SIEMPRE TIENE LA MANO LEVANTADA DURANTE
LA CLASE. ES TUTOR DE LA GENTE. SE SUPONÍA QUE IBA A IR A HARVARD.

SHEPARD
¿Y QUÉ HACE EN UN PUTO COLEGIO COMUNITARIO?

ISADORA
OYE, ¡NO LE HAGAS ASCOS A LA UNIVERSIDAD COMUNITARIA! 😠😠

SHEPARD
BIEN. ¿QUÉ HACE EN UN ESTABLECIMIENTO TAN BUENO COMO EL BARDSTOWN COMMUNITY COLLEGE?

ISADORA
🙄🙄
LO ECHARON DE HARVARD EN SU PRIMER SEMESTRE, ¿DE ACUERDO? PERO ESO NO SIGNIFICA QUE SEA
MENOS GENIO. ASÍ QUE QUIERO QUE ME AYUDE CON LA TAREA. LO BUSQUÉ TODO EL DÍA, PERO NADIE SABÍA
DÓNDE ESTABA. HASTA QUE RECIBÍ UN MENSAJE DE UNO DE MIS AMIGOS DICIENDO QUE ESTABA EN UNA FIESTA.
ASÍ QUE VOY ALLÍ A BUSCARLO.

SHEPARD
¿POR QUÉ LO ECHARON?

ISADORA
ESO NO ES IMPORTANTE.
SHEPARD
¿POR QUÉ?

ISADORA
¡DIOS!
POR TRAFICAR CON HIERBA EN EL CAMPUS.

Vuelvo a mirar la pantalla durante unos segundos. Luego, con toda la paciencia
que puedo reunir en esta situación, escribo mi respuesta.

SHEPARD
ASÍ QUE VAS A UNA FIESTA EN MITAD DE LA NOCHE A BUSCAR A UN TRAFICANTE DE DROGAS PARA QUE
TE AYUDE CON TU TAREA DE HISTORIA.

ISADORA
182
¡NO ES UN TRAFICANTE DE DROGAS! SÓLO VENDIÓ UN POCO DE HIERBA. NO ES GRAN COSA.
SÉ QUE ERES UN ATLETA Y TODO ESO Y QUE TIENES ALTOS ESTÁNDARES, PERO HE FUMADO HIERBA. LA
HIERBA ES INOFENSIVA, LO PROMETO.
POR NO HABLAR DE LEGAL.

SHEPARD
SIGUES SIN PODER TRAFICAR SIN UNA LICENCIA ADECUADA.

ISADORA
COMETIÓ UN ERROR, ¿Y QUÉ? LO ÚNICO QUE NECESITO ES QUE ME AYUDE CON MI TRABAJO DE
HISTORIA, PARA EL QUE SE ACABA EL TIEMPO.

SHEPARD
¿Y ESO POR QUÉ?

ISADORA
¿POR QUÉ?

SHEPARD
¿POR QUÉ SE TE ACABA EL TIEMPO? ¿QUÉ ESTABAS HACIENDO ANTES? SI ES LA MITAD DE TU NOTA,
SUPONDRÍA QUE PRESTARÍAS MÁS ATENCIÓN.

ISADORA
SABES QUÉ, SHEPARD, ESTOS DÍAS YA NI TE RECONOZCO. SUENAS COMO UN PROFESOR ENGREÍDO DE
OCHENTA AÑOS. 😒😒😒😒😒😒

Mis dedos se flexionan alrededor del teléfono.


En agitación. En cólera.
Cada vez que dice su nombre, quiero ordenarle que diga el mío. Quiero exigirle
que siga diciéndolo. Para que solo conozca mi sabor en su lengua.
Pronto, sin embargo.
Cuatro semanas.
En cuatro putas semanas, le enseñaré mi nombre de tal manera que nunca lo
olvidará.

SHEPARD 183
¿POR QUÉ NO HAS HECHO LOS DEBERES ANTES?

ISADORA
PORQUE ESTABA OCUPADA CON LOS ENSAYOS.

Se me fruncen las cejas. Eso es nuevo para mí.


Llevamos dos semanas hablando y no me ha mencionado ningún ensayo. Ni a mi
hermano gemelo ni a mí.

SHEPARD
¿QUÉ ENSAYO?

ISADORA
ASÍ QUE OMG ¡¡¡CONSIGUE ESTO!!! 🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰 MI DEPARTAMENTO POR FIN TIENE FONDOS SUFICIENTES
PARA MONTAR UN ESPECTÁCULO. ¡ESTAMOS HACIENDO ESTA INCREÍBLE OBRA EN UNAS POCAS SEMANAS Y
TENGO EL PAPEL PRINCIPAL! ¡¿PUEDES CREERLO?! ¡MI DEBUT! ¡¡¡POR FIN!!! 🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰
PERO HA SIDO UNA LOCURA DE TRABAJO. ESTAMOS HACIENDO TODO POR NUESTRA CUENTA.
VESTUARIO, DECORADOS, MÚSICA. HA SIDO AGOTADOR. Y ME OCUPÉ CON LA PRÁCTICA TODOS LOS DÍAS QUE
ME OLVIDÉ POR COMPLETO DE ESTA ASIGNACIÓN ESTÚPIDA Y AHORA ESTOY EN ESTE APRIETO Y SÓLO JORDAN
ME PUEDE AYUDAR. ASÍ QUE REALMENTE TENGO QUE IR A BUSCARLO, ¿DE ACUERDO?

Está en un aprieto; puedo verlo.


Y en realidad tampoco es culpa suya.
Actuar es su pasión. Aunque no sé nada sobre la pasión y no tengo el lujo de
averiguarlo, sé cómo puede impulsar a la gente. Sé cómo la impulsa a ella. Lo imprudente
que era la noche que nos conocimos. Cómo se escapaba con ese hijo de puta. A veces
me pregunto qué habría pasado si yo no hubiera estado allí. Si no la hubiera detenido.
A veces me pregunto si alguna vez podré verla sobre un escenario. Apuesto a que
brillaría como una estrella.
En realidad, no.
Ella es Isadora Agni Holmes. Arderá con fuerza e incendiará el escenario.

SHEPARD
SI HA ESTADO TAN OCUPADA CON LOS ENSAYOS PARA TU DEBUT, ¿POR QUÉ ES LA PRIMERA VEZ QUE
OIGO HABLAR DE ÉL?

ISADORA 184
PORQUE ESTÁS OCUPADO CON TU TEMPORADA Y LOS ENTRENAMIENTOS Y LOS VIAJES Y TODO ESO.
ASÍ QUE NO QUERÍA MOLESTARTE.
ADEMÁS SÉ QUE CADA VEZ QUE EMPIEZO A HABLAR DE TEATRO Y ACTUACIÓN Y ESCENAS Y ESAS
COSAS, EMPIEZAS A DESVIARTE UN POCO. LO CUAL ESTÁ BIEN. EL TEATRO NO ES PARA TODOS. ASÍ QUE
SIMPLEMENTE... LO DEJO PASAR.

Una nueva rabia me recorre las venas.


¿Cree que su pasión es aburrida? Hasta el punto de que empieza a alejarse. Hasta
el punto de que ella se da cuenta de que él empieza a alejarse y no se siente cómoda
compartiendo sus sueños con él.
Sé que ella intenta quitarle importancia, pero ¿en qué demonios está pensando?
¿Qué demonios le pasa por la cabeza?
Se trata de la chica de la que está enamorado y no consigue reunir el entusiasmo
suficiente -fingido o no- para apoyarla en todo momento.
Con el corazón latiéndome con fuerza, le respondo.

SHEPARD
PRIMERO, QUIERO QUE TE DETENGAS Y TE DES LA VUELTA.

ISADORA
¿CÓMO?

SHEPARD
VUELVE A CASA.
ENVÍEME EL TEMA DE SU TAREA.

ISADORA
¿QUÉ? ¿POR QUÉ?

SHEPARD
PORQUE LA HARÉ POR TI.

ISADORA
¿HARÁS MI TAREA?

SHEPARD
ESO ES LO QUE HE DICHO.
185
ISADORA
¿QUÉ? ¡ESO ES UNA LOCURA! 🤯🤯🤯🤯🤯🤯

SHEPARD
REGRESATE.

ISADORA
PERO ODIAS LOS DEBERES. ODIAS LAS TAREAS. CADA VEZ QUE TE DIGO QUE TENGO DEBERES, DAS
GRACIAS A DIOS POR NO TENERLOS. QUE ESTÁS FUERA DE ESE INFIERNO QUE LA GENTE LLAMA ESCUELA.

Sí, odia los deberes, el trabajo escolar, las tareas. Odia cualquier cosa que lo
obligue a alejarse del fútbol. Y yo lo he ayudado. Lo he ayudado a entrenar. He hecho sus
deberes. Sé que el fútbol es su pasión, así que he hecho lo que he podido para estar a
su lado. De la única manera que puedo estar ahí para él.
Así que puedo hacer lo mismo por ella.

SHEPARD
ESTA NOCHE NO.

ISADORA
¡PERO, SHEPARD, TIENES ENTRENAMIENTO POR LA MAÑANA! ¡TUVISTE PRÁCTICA HOY! 🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯
NO PUEDES HACER ESTO. ¡¡DEBES ESTAR EXHAUSTO!!
Vuelvo a apretar los dientes al oír su nombre.

SHEPARD
REGRESATE Y MÁNDAME UN MENSAJE CON LOS DETALLES.
AHORA MISMO.

Veo esos puntos yendo de nuevo.

ISADORA
¿ESTÁS CELOSO?
PORQUE VOY A IR A VER A OTRO TIPO.

Miro fijamente sus mensajes durante unos segundos antes de responder con
sinceridad.
186

SHEPARD
SÍ.

ISADORA
NO TIENES POR QUÉ ESTARLO.
SÓLO TE QUIERO A TI. TE LO PROMETO.

Mis celos rugen.


Mis celos se han incendiado y ahora engullen mis venas.
Cada vez que dice algo así, algo que va dirigido a mi hermano, quiero delatarme.
Quiero decirle que es a mí a quien ha estado hablando. Es a mí a quien ha estado
bailando. Es a mí a quien ha estado pagando sus cuotas cada puta noche.
Yo. Yo. Yo.

SHEPARD
REGRESATE COMO LA MIERDA.

ISADORA
BIEN, BIEN, BIEN, VOY.

SHEPARD
Y LA PRÓXIMA VEZ QUE ESTÉS EN UN APRIETO, MÁNDAME UN MENSAJE PRIMERO.

ISADORA
LO HARÉ.

SHEPARD
LA PRÓXIMA VEZ QUE TE PASES EL DÍA ENSAYANDO; QUE TE AGOTES EN LAS PRACTICAS; LA PRÓXIMA
VEZ QUE TENGAS UN MALDITO PERIODO DE PRÁCTICAS, ME LO CUENTAS.

ISADORA
BIEN, SÍ.

SHEPARD
Y SI PIENSAS EN PRONUNCIAR EL NOMBRE DE ALGÚN HIJO DE PUTA DELANTE DE MÍ, NO LO HAGAS.
187
Su respuesta tarda en llegar y juro por Dios que voy a perder los papeles.

ISADORA
¿POR QUÉ?

SHEPARD
PORQUE ME DAN GANAS DE JODERLO.

ISADORA
NO LO HARÉ. SHEPARD ES EL ÚNICO NOMBRE QUE QUIERO DECIR DE TODOS MODOS.

Me quedo mirando sus palabras durante unos instantes.


Luego apago el teléfono y lo tiro a un lado. Me levanto y me preparo una infusión
de manzanilla, con la esperanza de calmar el fuego que me ha provocado su último
mensaje. Por no mencionar que va a ser una noche muy larga si su tarea consiste
realmente en la mitad de su nota.
En realidad, van a ser cuatro semanas jodidamente largas hasta el partido en casa.
Hasta que pueda volver y poner fin a esta locura.
CAPÍTULO 12
Cuatro semanas después...

No bromea.
Ojalá lo hiciera, pero no lo hace.
Este chantaje es muy, muy real.
Así que mi único recurso es la verdad. Mi único recurso es tomar el asunto en mis
propias manos y decirle a Shepard toda la verdad cuando regrese. Así él no tiene ninguna
influencia sobre mí.
188
Para que no me separe de mi novio.
Sé que nada es definitivo todavía, pero él todavía se siente como mi novio.
Sobre todo cuando me pregunta por mi día. Cuando escucha todos mis problemas
con los vestuarios y mis desastres con la iluminación. Me escucha hablar de mis clases y
de cómo me gustaría estar fuera, disfrutando de la nieve, en vez de encerrada en casa,
aprendiendo cosas que realmente no me importan. Me escucha hablar de mi biji, de lo
mucho que la quiero, de cómo me gustaría poder vivir con ella. No es que no lo hiciera
antes, pero antes, por alguna extraña razón, no teníamos la intimidad que tenemos ahora.
No se sentía como... mío.
Quizá lo único que necesitaba era abrirme a él y, ahora que lo he hecho, lo siento
como alguien con quien podría compartirlo todo.
Por no hablar de que siento que es mi novio cuando me ayuda con mis tareas.
Aunque hemos tenido que hacer algunos ajustes. Esa tarea de historia que hizo para mí
me dio una A, lo cual fue una gran sorpresa para mí porque no tenía idea de que Shepard
estaba tan interesado en la historia, y también para mi profesor. Que nunca me había
visto tan trabajadora. Así que cuando la próxima vez se ofreció a hacerme los deberes
para que pudiera centrarme en mi próxima obra de teatro, le dije que no lo hiciera tan
bien. Lo cual no creo que se tomara muy bien.

SHEPARD
¿POR QUÉ DEMONIOS NO?
ISADORA
¡PORQUE SÍ! LO HICISTE TAN BIEN LA ÚLTIMA VEZ QUE MI PROFESOR SOSPECHÓ. 🤨🤨🤨🤨🤨🤨

SHEPARD
¿SOSPECHÓ PORQUE SACASTE UN SOBRESALIENTE?

ISADORA
¡SÍ! PORQUE NUNCA SACO SOBRESALIENTES. LA MAYORÍA DE LAS VECES SOY UNA ESTUDIANTE DE
SOBRESALIENTES, DE ACUERDO, ¡Y LO SABES!

SHEPARD
BUENO, AHORA ESTÁS DANDO UN GIRO A TU VIDA.
VAS A SER UNA ESTUDIANTE DE SOBRESALIENTE SI TENGO ALGO QUE DECIR AL RESPECTO.

ISADORA 189
NO, NO LO SOY Y NO QUIERO SERLO. LO ÚNICO QUE QUIERO ES PASAR DESAPERCIBIDA Y PODER HACER
MI OBRA.
PORQUE SI MI MADRE SE ENTERA DE QUE ALGO VA MAL, PODRÍA LLEVARME LEJOS. YA HACE SUS VISITAS
SORPRESA PARA VER CÓMO ESTOY. NO QUIERO QUE SOSPECHE CUANDO ESTOY TAN CERCA DE ACTUAR
FINALMENTE EN EL ESCENARIO.

Su respuesta llegó unos segundos después y, aunque fue sucinta, pude sentir su
lucha a través de la pantalla.

SHEPARD
BIEN.

ISADORA
¿BIEN QUÉ?

SHEPARD
SOSTENDRÉ MI GENIO Y TE CONSEGUIRÉ UNA C.

ISADORA
NO TIENES QUE HACERLO. TRABAJAS TODO EL DÍA Y LUEGO TIENES PARTIDOS POR LA NOCHE. PUEDO
MANEJARLO YO MISMA.

SHEPARD
ENVÍEME LOS DETALLES.
Así lo hice.
Así lo hago.
Siempre que tengo tareas y cosas que hacer para clase, le pido ayuda. Porque no
sólo es mi novio, sino que es el mejor novio del mundo. Y aunque estoy muy, muy feliz
por eso, también me siento muy, muy culpable.
Porque el mejor novio se merece la mejor novia.
Intento serlo -ese fue siempre el plan para empezar-, pero no creo que lo consiga
del todo.
Especialmente cuando pienso en él.
Cold Thorn que se siente como un incendio.
Me obliga a pensar en él porque todas las noches me pide que le envíe mis fotos.
Y no pasaría nada si todas fueran fotos sucias -no, en serio, no pasaría nada si me pidiera
190
que me expusiera a él todas las noches-, porque entonces podría ponerle una etiqueta a
todo y llamarlo idiota pervertido y seguir adelante.
Pero no lo hace.
Pide ver las cosas más inocuas.
Mis bragas mojadas por mis jugos después de bailar para su hermano gemelo; sí,
aún bailo para Shepard. A veces me pide ver mis dedos mojados además de mis bragas
mojadas. Pero no me deja meterme los dedos, no. Eso fue lo que me pidió la primera
noche que me pidió que le enseñara los dedos. Me dijo específicamente que no me
metiera los dedos y cuando le pregunté por qué, me dijo que es su primer derecho entrar
en mi cuerpo. Y eso me enfureció tanto, su arrogancia, su dominio, su puto derecho, que
no pude evitar burlarme de él.
—Pero algo ya ha estado dentro de mí —le dije.
—¿Qué?
—Tampones.
—Tampones —repitió en un tono plano.
—Sí. —Asentí aunque él no podía verme—. Lo siento, idiota, alguien o algo llegó
a mi coño primero.
Escuché su respiración durante unos segundos.
—Y deberías dar gracias a tus estrellas de la suerte de que mi polla no puede
hacer el trabajo de un tampón o andarías conmigo en tu coño sangrante veinticuatro siete
durante una semana entera, mensualmente.
Tuve que apretar los muslos ante eso.
También tuve que decirle:
—Eso tiene que ser, tiene que ser, lo más loco que nadie me ha dicho nunca. O a
nadie, para el caso. Lo sabes, ¿verdad?
—Sí.
—Así que sabes que estás loco. —Continué.
—Pero no lo era. No hasta que decidiste irrumpir en mi vida como un maldito
accidente de autopista.
Me quedé con la boca abierta.
—¿Me estás comparando con un accidente de tráfico mortal?
—En realidad, eres más parecida a un accidente de avión.
Jadeé. 191
—¿Qué?
—Porque en vez de irrumpir, llegaste volando a mi vida con un vestido blanco y
alas falsas.
—Te odio.
—No necesitas amarme para dejarme follarte.
—No voy a follarte, ¿bien? —dije con firmeza—. No voy a follarte.
—Bueno, entonces es tu novio el que va a pagar el precio por ello, ¿no? —
amenazó—. De cualquier manera, alguien va a ser follado antes del partido en casa.
Quería volver a llamarlo idiota.
Quería decir que lo odiaba.
Pero ya he dicho todas esas cosas un millón de veces. Así que decidí hervir en
silencio. También decidí pensar que es casi... halagador.
En cierto modo.
Si realmente lo piensas.
La forma en que está obsesionado conmigo. Con tenerme. Con arruinarme.
Con usarme y poseerme.
La forma en que lo vuelvo loco.
Tanto es así que, junto con las fotos de mis bragas y mis dedos mojados, también
me pide fotos de la nuca; la parte inferior de mis codos. Las telarañas de los dedos de
mis pies; el dobladillo del vestido rozando la parte superior de mis muslos. Mi esmalte de
uñas desconchado; la manzana de mis mejillas. Mis dos hoyuelos y el lunar de la espalda.
Una noche me pidió que le enseñara el ombligo. Otra noche, quería ver mi pelo oscuro
esparcido por mis almohadas blancas. Es como si intentara hacer un collage de mí.
Catalogar detalles sobre mí que nadie se ha molestado en hacer. Yo ni siquiera me
molesté en hacerlo.
Me acelera el corazón más de lo que quiero admitir.
En cualquier caso, todo esto acabará pronto, y si estoy mirando bien el reloj de mi
mesilla de noche, debería ocurrir en dos días. En dos días, Shepard volverá para el partido
en casa y se lo contaré todo. Decir que estoy nerviosa y que quiero esconderme del
mundo es quedarse corto.
Por no mencionar que mi debut es mañana, la noche antes del regreso de
Shepard, y mi corazón no está precisamente en ello. Además, estoy luchando con un par
de escenas y sólo quiero retroceder de todo.
Agarro mi teléfono y decido enviar un mensaje a Shepard. 192
ISADORA
HOLA, SÉ QUE NO ES NUESTRO MOMENTO HABITUAL PARA HABLAR Y QUE DEBES ESTAR OCUPADO CON
LOS ENTRENAMIENTOS Y ESAS COSAS. PERO QUERÍA MANDARTE UN MENSAJE DE TODOS MODOS PORQUE...
ESTOY NERVIOSA. POR LA OBRA. POR UN PAR DE ESCENAS Y DESEARÍA... DESEARÍA QUE ESTUVIERAS AQUÍ. QUE
PUDIERAS VER MI OBRA. SERÍAS EL ÚNICO AL QUE CONOCERÍA ENTRE EL PÚBLICO. YA QUE SABES QUE MI BIJI
NO VIENE.
DE TODAS FORMAS ME VOY A ENSAYAR AHORA. DIVIÉRTETE CON LOS CHICOS Y MÁNDAME UN MENSAJE
CUANDO VUELVAS.

Suspirando con tristeza, recojo la copia grapada y desgastada del guión, dispuesta
a correr líneas, cuando empieza a sonar el teléfono que ni siquiera había dejado sobre la
cama. Es una videollamada y, antes de pensármelo, pulso aceptar.
Y me doy cuenta de que cometí un error.
Debería haberlo pensado.
Debería haber esperado a pensarlo.
Por quién está en mi pantalla.
—Stellan —susurro, el teléfono en mi mano temblando.
Algo se mueve sobre su cara.
Su hermoso, hermoso rostro.
La cara que no había visto desde el acto benéfico.
Bueno, quiero decir, lo he visto. En la televisión. De pasada, durante los partidos.
Pero no así.
No donde pudiera tomarme mi tiempo y como siempre, tienes que tomarte tu
tiempo cuando lo miras fijamente. Tienes que prestarle toda tu atención o podrías
perderte detalles. Podrías perderte todos los giros bruscos y los duros terrenos de sus
rasgos. Podrías no fijarte en la forma exacta en que se rizan sus espesas pestañas o en
el brillo de sus ojos oscuros. Podrías pasar por alto la forma en que su boca de rosa hace
pucheros y se curva en los extremos.
Y Dios santo, si no me hubiera tomado mi tiempo ahora, me habría perdido
totalmente de ver su mandíbula normalmente bien afeitada toda rechoncha y áspera. Por
no hablar de ese pelo. Siempre bien peinado y echado hacia atrás, rozando su amplia
frente.
¿Es así como se ve al final del día?
¿En la intimidad de su habitación?
¿Es eso lo que le pasa a su camisa, una blanca abotonada? ¿Se arruga con los
193
tres botones de arriba abiertos? Mostrando la astilla de su enorme pecho.
Parece un sueño febril.
Un sueño hecho de nieve y espinas y magnolias rosas y humo de cigarrillo.
—Dilo otra vez —ordena.
Parpadeo.
—¿Qué?
—Mi nombre —ronca, sus ojos brillan—. Dilo.
Quiero preguntar por qué. O al menos debería hacerlo. Sería lo más prudente.
Pero la mirada de su hermoso rostro me hace obedecerle sin rechistar.
—Stellan.
Su pecho se mueve con una respiración, esa piel bronceada atrae mis ojos hacia
él una vez más, mientras dice con voz ronca:
—Sí, ese es mi nombre.
Levantando la vista, comento su extraño tono:
—Creías que yo....
—¿Tú qué?
—¿Creías que no —me relamo los labios, preguntándome si mencionar esto es
una buena idea—, sabría que eras... tú y no... él?
Sus ojos van y vienen entre los míos.
—No, sabía que lo sabrías.
—Aunque no lo hiciera —continúo—, hay una cosa que se llama identificador de
llamadas.
—Lo hay.
—Te tengo guardado como Imbécil.
No lo hago.
Por alguna razón nunca llegué a hacerlo.
Sigue siendo mi Wildfire Thorn.
Sus labios se crispan.
—Incluso si no me hubieras guardado como Idiota, todavía lo sabrías.
Ojalá pudiera negarlo.
Pero no tengo secretos para él, por desgracia, como para el resto del mundo. Es 194
irónico que me conozca más que mi propio novio, pero es lo que hay.
Suspiro.
—¿Por qué me llamas?
Me estudia durante unos segundos.
—Porque necesitas mi ayuda.
—¿Qué?
—Tienes tu obra mañana —me informa como si no lo supiera—. Y por lo que he
deducido, estás nerviosa.
Miro fijamente la pantalla durante un par de segundos.
—¿Cómo... cómo lo sabes?
—Porque recibí tu mensaje.
—¿Recibiste mi mensaje?
—Tengo su teléfono —explica con sencillez.
—Tienes su teléfono.
—En realidad, tengo su teléfono desde hace unas semanas —explica de nuevo y
esta vez de forma aún más sencilla.
—Tienes...
—Por eso sé que llevas un par de meses ensayando para tu gran debut. —
Continúa, con el rostro inexpresivo y la expresión fría—. Y que tienes el papel principal.
También sé que estás ayudando con el vestuario, la escenografía. También has
participado en la redacción del guión. Y todo esto es porque tu departamento no ha tenido
mucho interés ni financiación. Hay un solo profesor, apenas hay estudiantes. Si no fuera
por tu esfuerzo y el de tus compañeros, cerrarían el departamento.
Durante todo su discurso, su tono ha sido tranquilo. Su tono no tenía tono.
Pero mi corazón se aceleraba lentamente en mi pecho. Mi sangre también se
aceleraba lentamente en mis venas. Hasta el punto de que ahora mis latidos son
ensordecedores y mi sangre ruge. Mi piel está tan caliente en medio de mi fría habitación
que estoy sudando.
Aun así, cuando hablo, lo hago sin gritar.
—Si... si has tenido su teléfono durante las últimas semanas, entonces... ¿C-cómo
es que he estado hablando con él?
Su mirada es firme, pausada y tranquila.
—No lo has hecho. 195
—Yo... ¿lo siento?
—He sido yo. —Luego lo repite por si no lo entendí la primera vez—: He sido yo.
Y tiene razón porque no lo entiendo.
No al principio.
Ni siquiera después de cinco tiempos de silencio.
En el sexto tiempo, sin embargo, digo:
—T-tú.
—Sí.
—Así que has estado... —Me detengo para tomar aire; es como si tuviera que
recordarme conscientemente que debo respirar—. Has estado fingiendo ser él.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque... no podía no hacerlo —dice, mirándome a los ojos—. Porque cuando
encontré su teléfono, tenía toda la intención de devolvérselo, pero entonces vi tu nombre
parpadeando en la pantalla y fue como si... se encendiera un interruptor. Algo sucedió.
Algo que no sé cómo explicar. Algo se reorganizó dentro de mí. Y yo...
—¿Y tú qué? —pregunto, volviendo a mirarlo a los ojos.
—Y después de un año de detenerme, de controlarme, de contenerme, no pude.
No pude evitar estallar. De volver a salir —dice tras unos segundos de reflexión. Como si
él mismo estuviera llegando a esa conclusión ahora mismo—. De llegar a tocarte de
alguna manera. De llegar a conocerte. Incluso a cientos de kilómetros de distancia.
Incluso a través de una pantalla y bajo su apariencia.
Sigo mirándolo unos segundos más.
Sigo mirando y mirando.
Estudio su rostro de ensueño y su desordenado pelo oscuro. Estudio la
protuberancia de su nuez de Adán y las venas de su garganta. El asomo de su clavícula.
Estudio lo impasible que parece, lo tranquilo que está mientras confiesa sus secretos.
Contando sus crímenes.
Le creo.
Le creo excepto...
Cuando termino, vuelvo a sus ojos e intento sonar tan poco afectada como él.

196
—No pudiste evitar conocerme.
Sus ojos recorren mi cara antes de responder:
—No.
—A mí —subrayo porque no quiero que haya confusión.
—A ti —confirma.
—Entonces... —Respiro hondo—. ¿Eso significa que te importo?
Eso le hace dar una pausa.
—Yo... yo...
No puede decirlo, ¿verdad?
Ese mentiroso.
Ese maldito imbécil.
Ese maldito estúpido que piensa que soy estúpida.
Soy la chica más estúpida y tonta que ha conocido.
Que se creerá todo lo que acaba de decir.
Porque quiero tanto que esto sea verdad, ¿no? Quiero tanto que esta cosa
retorcida sea verdad que se está burlando de mí. Está siendo condescendiente conmigo
como siempre lo es.
—Sobre la chica que te ha torturado durante más de un año —empiezo.
—Eso es...
—La chica que ni siquiera te gusta. Me has llamado virus. —Continúo.
Su mandíbula se tensa.
—Tú...
—También me llamaste accidente de avión —lo corté, alzando la voz.
Su mandíbula se tensa aún más.
—Yo...
—Oh, y encima de todo eso, me estás chantajeando. Todo porque podrías
conseguir una noche de mí. Sólo una noche. En la que podrías follarme y dejarme como
la segunda para tu hermano gemelo. Eso no es llegar a conocerme, Stellan. Eso es lo
contrario de llegar a conocerme. Eso es decir que no me respetas lo suficiente como para
conocerme. No te importo lo suficiente como para conocerme. Eso es decir que para lo
único que sirvo es para abrirme de piernas para ti y...
Sus fosas nasales se agitan.
—Quizá deberías alegrarte por todo esto. Sobre el teléfono, sobre el chantaje,
sobre mí rompiendo todas las putas reglas por ti. Querías ser mi Lolita, ¿verdad? Bueno, 197
ahí lo tienes. Y además, nunca he dicho que eso sea todo para lo que sirves. Yo...
—No tenías por qué hacerlo —digo bruscamente; no, en realidad, grito, porque
¿ves? Se está burlando de mí—. Lo que estás haciendo lo dice todo, ¿no? Lo que estás
haciendo dice que lo único que te importa eres tú mismo. Lo que estás haciendo es decir
que eres un puto idiota egoísta que no solo meterá mano en el teléfono de Shep y leerá
nuestros mensajes, nuestra correspondencia privada, sino que mentirá al respecto. Te
burlarás de ello. Violarás nuestra privacidad y te sentarás ahí y mentirás sobre ello. Te
sentarás ahí e insultarás aún más esta horrible situación. Lo que me dice, Stellan, es que
eres peligroso. Eres peligroso para mi felicidad. Eres un peligro para mi corazón. Para mi
felicidad para siempre. Eres jodidamente peligroso. —Exhalo bruscamente—. Debes
pensar que soy taaaan estúpida, ¿verdad? Debes pensar que no tengo sentido común.
¿Sabes qué? No voy a hablar contigo. He terminado de hablar contigo. Esto se acabó.
Esta mierda es...
—No hace falta que hables conmigo —me dice finalmente, poniendo fin a mi
diatriba.
Y me doy cuenta de que... de alguna manera parece afligido.
Parece sorprendido. Conmocionado, sorprendido.
Y no sé qué fue lo que dije que lo hace parecer así. Todo duro y blanco.
Duro como el hielo. Blanco como la nieve.
—S-Stellan —susurro.
Es como si se despertara, sus ojos parpadean.
—Pero aún necesitas mi ayuda.
Quiero preguntárselo.
Quiero preguntarle sobre lo que acaba de pasar. Por qué tenía ese aspecto. ¿Qué
le dije? Quiero decir, dije un montón de cosas, pero ¿qué fue exactamente lo que lo hizo
parecer como si estuviera viendo un fantasma?
Pero no.
No lo haré.
No es asunto mío. No después de lo que hizo.
—De ninguna manera, forma o manera, necesito tu ayuda —niego.
—Me mandaste un mensaje diciendo que estabas nerviosa.
—Y el hecho de que lo leas te convierte en un absoluto idiota.
—Yo...
—No, te convierte en un demonio —hablo por encima de él—. Eso es lo que eres. 198
Eres un demonio.
La tensión ondea en su rostro.
—Y si rechazas mi ayuda, entonces serías tan estúpida como acabas de llamarme.
Agarro el teléfono con tanta fuerza que debería preocuparme de romperlo.
Lo haré pedazos con mis propias manos.
Pero no pasa nada.
Porque quiero eso. Quiero destrozarlo y aplastarlo.
Quiero meterme dentro y abofetear su puta cara bonita. Porque sí, soy estúpida.
Y por un segundo o dos, quise creerle. Quería creer que de verdad había puesto sus
manos en el teléfono de Shepard y que era con él con quien había estado hablando las
últimas semanas. Que es a él a quien he estado bailando.
Todo porque realmente quería conocerme.
Lo hizo por mí.
Para perseguirme.
Para cortejarme.
No lo hizo. Está mintiendo.
Porque si de verdad me quisiera, si de verdad le importara aunque fuera un
poquito, no me estaría chantajeando. No estaría jugando con mis emociones. No estaría
fingiendo y avergonzándome por siquiera entretenerme pensando que de alguna manera
todo lo suyo es halagador en lugar de lo que realmente es.
Despreciable y repugnante.
—Bien. —Aprieto los dientes—. Entonces soy estúpida. ¿Estás contento ahora?
Yo...
—Mira —aprieta también los dientes y me odio por pensar en lo afilada que vuelve
su ya de por sí mandíbula asesina—, este es tu debut. Este es tu puto sueño, ¿verdad?
Esta es la razón por la que te escabulliste aquella noche, la noche en que te conocí. Este
es tu destino. Así que aprovéchalo, joder. Estás nerviosa; puedo ayudarte. Déjame
ayudarte. Puedes volver a odiarme cuando termine de hacer líneas contigo. Así que deja
de hacernos perder el tiempo y envíame tu guión para que podamos empezar.
No.
Opto por volver a mirarlo fijamente durante unos instantes.
Luego, con una voz mucho más baja que antes:
—¿Quieres hacer líneas conmigo? 199
Su pecho se mueve de nuevo con una respiración.
—¿No es eso lo que se supone que debes hacer en los ensayos?
Asiento.
—Sí.
—Así que eso es lo que estamos haciendo.
—¿Por qué?
—¿Por qué, qué?
—¿Por qué quieres —trago saliva—, ayudarme?
Es su turno de estudiarme por unos momentos. No es que no lo estuviera haciendo
ya, pero aun así... Ahora se toma una pausa para hacerlo. Se toma una pausa para pasar
su mirada por mi cara, desde la parte superior de mi moño desordenado hasta mi barbilla
testaruda. También se fija en mi camiseta de dormir. Una camiseta suelta de novio con
Minnie Mouse que compré en una tienda de segunda mano y que me pongo cuando voy
en serio. Negocios como cuando intento practicar delante del espejo y no quedarme
sentada y... bueno, pensar en este idiota frío y cruel.
Cuando termina de buscar lo que sea que buscaba en mi cara, responde:
—Porque puedo.
Entonces se me ocurre algo y las palabras salen de mi boca antes de que lo haya
pensado bien.
—¿Es porque crees que así conseguirás que me acueste contigo? —Me pongo
erguida—. ¿Es por eso por lo que estás siendo amable, porque crees que cederé y...?
—No necesito ser amable para que te acuestes conmigo —dice, con rasgos
duros—. Te acostarás conmigo de todas formas. De hecho, suplicarás acostarte conmigo,
y te acostarás conmigo tantas putas veces que no pegarás ojo esa noche.
—¿Ah, sí? —Pongo los ojos en blanco—. ¿Por eso me chantajeas, porque crees
que estoy suplicando acostarme contigo?
—Chantajeándote es que te estoy haciendo un favor.
Abro la boca para protestar, pero no me deja.
—Soy yo dándote una mentira a la que aferrarte. Para que al día siguiente, cuando
te despiertes después de tanto dormir, puedas fingir y decir que no te gustó. Puedes fingir
que no lo querías. Puedes decirte que te obligaron y que no me rogaste que te dejara
acostarte conmigo una vez más. Eres una maldita mentirosa, ¿no? Así que sólo estoy
hablando tu idioma. ¿Hay más preguntas y objeciones que tengas antes de que
empecemos?
—Sí —le digo—. De hecho, sí.
200
—Deslúmbrame.
—Si alguien debería ayudarme, debería ser él. Es mi novio, no tú —señalo.
—Bueno, tu novio —su mandíbula es tan dura como su tono—, está casi
desmayado de borrachera en un bar como el resto de sus compañeros porque se están
tomando la noche libre. Contra todas las reglas. Así que soy tu única opción.
—¿Por qué tú no?
—¿Por qué no yo qué?
—¿Te desmayaste borracho como el resto de tu equipo? —aclaro—. Si es su
noche libre, es tu noche libre.
Me mira fijamente con su habitual mirada plana.
—Nunca me tomo una noche libre y no me emborracho.
—Ah, claro, se me olvidaba. —Levanto las cejas—. Eres un fanático del control
extremo que probablemente también mide su ingesta de alcohol.
Mantiene su expresión inexpresiva.
—No sé qué les enseñan a los niños en la escuela hoy en día —entrecierro los ojos
ante sus palabras, pero él no se inmuta—, pero emborracharse no está bien. Te hace
comportarte como un payaso que tiene que quedarse pegado a la taza del váter al día
siguiente. —Una pausa y luego—: Tuve un modelo en la vida real para enseñarme los
peligros de la bebida.
Claro, su padre.
Por supuesto que sé lo de su padre. Que los abandonó y era un alcohólico
negligente.
No importa lo que acaba de hacer, no debería haber sacado el tema.
—Lo siento. No debí...
—No es culpa tuya —me corta.
—Tu padre. —Vacilo al abordar el tema—. Él...
—No.
—¿No qué?
Un músculo le salta en la mejilla.
—No voy a hablar de mi padre contigo.
Por mucho que quiera saber más sobre ello, no es algo por lo que pueda
presionarlo. Otra vez, no importa lo que acaba de hacer. Así que le pregunto otra cosa 201
que siempre he querido saber.
—¿Qué pasa con el tabaco?
—¿Qué pasa con él?
—¿Cuándo empezaste con eso?
Espera un momento para responder.
—En la universidad.
Tengo tantas ganas de preguntar por qué. Tengo tantas ganas, pero no voy a
hacerlo. Pero luego se adelanta y explica:
—La gente que fumaba siempre parecía tranquila. Así que quise probarlo. Quería
ver qué aspecto tenía la paz.
Trago saliva, con el corazón oprimido.
—¿Y por qué sólo un cigarrillo al día?
—Porque las reglas son importantes —dice—. Y porque no me merezco mucho.
—¿No mereces mucho de qué?
Su pecho se mueve con una respiración.
—Mucha paz y cigarrillos.
—No lo entiendo.
—No hace falta que lo entiendas.
Lo hago.
Lo hago con mucha facilidad.
Lo necesito. Quiero hacerlo.
A pesar de todo y de mí misma, quiero entenderlo. Por qué es como es. Aunque
no es un gran misterio, ¿verdad? Tuvo una infancia de mierda, ya sea por culpa de su
padre o por circunstancias fuera de su control. Así que por supuesto que crecería para
ser alguien que lo anhelaba fuertemente. Reglas, estructura, control. Pero no entiendo
por qué cree que no merece la paz.
Pero de nuevo, no es algo que pueda presionarlo para que me lo diga.
—Bueno. —Empiezo suspirando—. No sé qué te enseñaban en el colegio cuando
los dinosaurios vagaban por la Tierra —alzo las cejas—, pero fumar tampoco es tan
genial. Un cigarrillo o no, te mata lentamente y te ennegrece los pulmones.
—Bueno para mí entonces, ¿no?
—¿En qué te beneficia? 202
—Porque creo que el negro puede ser mi color.
—¿Es porque también tienes el corazón negro?
—Y un alma negra a juego. Como el diablo.
Lo miro fijamente.
Me devuelve la mirada.
Decido no hablar primero.
Probablemente haya decidido lo mismo.
Entonces decido que esto es estúpido. Así que le digo:
—No eres tan viejo. Lo sabes, ¿no?
Tarda unos segundos en contestar. Luego murmura:
—Lo soy.
—Y no soy tan joven —le sigo informando.
—Lo eres.
—Sólo soy siete años más joven que tú.
—Eres más joven que mi hermanita.
—¿Qué, ese es tu corte? ¿No te puede gustar una chica que es más joven que tu
hermana?
—Más o menos. No quiero pensar en quién le hacía las coletas cuando yo se las
hacía a mi hermana.
—Tú...
—O —mira fijamente mi camiseta—, qué dibujos animados veía cuando mi
hermana estaba enganchada a Disney.
—Eres tan...
—Pero, de nuevo, no me gustas, ¿recuerdas?
—Tú...
—Entonces, ¿vamos a hacer esto o no?
Tengo dos opciones: Puedo colgar ahora y poner fin a esto, y debería hacerlo. O
puedo aceptar su ayuda porque estoy nerviosa. Estoy muy, muy nerviosa. Odio que lo
sepa. Odio cómo ha conseguido esa información, pero no puedo negar que hablar con
alguien podría ayudarme.

203
Tampoco puedo negar que recitar líneas con él es algo con lo que nunca había
soñado. Soñaba con que se pusiera celoso, con que me quisiera, con que me besara,
con que bailara para él. Pero nunca imaginé que compartiría mi pasión con él. Y por muy
idiota que sea, sigo queriendo hacer realidad el sueño que nunca vi.
—En primer lugar, no tenía coletas. A mi madre le daban demasiados problemas,
así que hasta los catorce años tuve el cabello muy corto. Ni siquiera dejaba que mis
niñeras me trenzaran el cabello —aprieta la mandíbula—, y segundo, a todos los niños
les encanta Disney. A muchos adultos también. Y tercero, sí, vamos a hacerlo. Pero
primero, quiero que me enseñes algo.
Se le frunce el ceño.
—¿Enseñarte qué?
—Tu habitación.
—¿Qué?
—Muéstrame tu habitación.
Su ceño se frunce.
—Quieres que te enseñe mi habitación.
—Sí. Muéstrame.
—¿Por qué?
Me encojo de hombros.
—Porque quiero verla.
Porque si comparto mi pasión con él, quiero que él comparta algo de la suya. Lo
que no hará por sí mismo. Voy a tener que forzarlo. Además, probablemente esta sea la
última vez que hablemos así. Después de esta noche, Shepard volverá y cuando le diga
la verdad, todo esto habrá terminado, ¿verdad? Nada de llamadas nocturnas. Sin fotos.
Sin chantajes. No tendremos ninguna razón para estar en contacto el uno con el otro.
Como desde hace un año.
Él volverá a estar de pie en un rincón de una habitación y yo volveré a bailar y a
estar con Shepard. Esta vez será de verdad.
Además quiero castigarlo un poco por lo que me ha hecho pasar hace un
momento. Y qué mejor manera que obligarlo a mostrar partes de sí mismo cuando
siempre se empeña en permanecer en la sombra.
—Quieres ver mi habitación —repite, aún confuso.
—Sí —respondo—. Primero, porque me hiciste una estupidez y te burlaste de mí.
Y segundo, porque todas las noches me pides que te enseñe algo. Todas las noches me
pides que te envíe fotos. De cosas estúpidas. De cosas intrascendentes. Quiero decir, ni
siquiera me pides verme la cara y no sé si es insultante o halagador o lo que sea, pero es
204
justo que me enseñes algo a cambio. Así que —levanto la barbilla—, gira el teléfono y
enséñame tu habitación.
Me estudia durante unos instantes.
—No pido ver tu cara porque no necesito una foto para recordarla. Está aquí —se
golpea la sien con su largo dedo—, grabada a fuego en mi puto cerebro. Y tienes novio,
¿recuerdas? No quieres tu cara en el teléfono de otro hombre por si cae en las manos
equivocadas. En caso de que ese hombre sea un idiota. —Antes de que pueda abrir la
boca para decir nada, responde a la pregunta que nunca hice—: Y sí, sé estas cosas
porque tengo una hermana de tu edad. Es un poco mayor que tú, pero aun así.
Y entonces ya no lo miro a la cara.
Estoy mirando su habitación.
Lo cual es una pena porque es algo que realmente he querido ver durante mucho,
mucho tiempo. Realmente quería echar un vistazo a su vida, cualquier vistazo. Y ahora
que lo estoy consiguiendo, no puedo concentrarme completamente en ello porque mi
mente todavía está en lo que acaba de decir. Mi mente aún está en el hecho de que...
¿acaba de insinuar que me estaba protegiendo?
Al no pedir ver mi cara.
Lo hizo, ¿verdad?
¿Cómo... cómo hace eso?
¿Cómo puede ser tan cruel y despiadado, un villano, un segundo y luego darse la
vuelta y ser mi torturado héroe al siguiente? ¿Cómo puedo odiarlo y amarlo al mismo
tiempo?
Quizá porque el odio es sólo amor envuelto en alambre de espino. O quizá para
nosotros, el amor es solo odio recubierto de purpurina.
En cualquier caso, intento centrarme.
Intento asimilar lo que tengo delante porque puede que no tenga la oportunidad
después de esta noche. Así que me empapo de cada pequeño detalle de su habitación
de hotel. A primera vista, no es muy interesante. Es una habitación de hotel genérica con
una moqueta gris y lo estrictamente necesario para sobrevivir: un par de sillones junto a
la ventana que da a la ciudad nevada, una cómoda, un armario y un pequeño pasillo que
parte de junto al armario, donde supongo que estará el cuarto de baño y la puerta de la
habitación.
Todo está limpio y ordenado. 205
Muy Stellan, diría yo.
Frío, suave e intacto.
Pero luego está su cama.
Es lo único que tiene vida en esta habitación. Las sábanas están arrugadas y las
almohadas desparramadas. La manta gris está bajada y amontonada a los pies de la
cama. De hecho, ni siquiera está ahí, sino que cuelga de la cama. Aunque el estado de la
cama es sorprendente, no es lo más llamativo.
Ese título va para todos los libros que están desperdigados por la cama.
Los recorro con la mirada, intentando captar todo lo que puedo a primera vista.
Algunos son gruesos. Otros son finos. Algunos son fáciles de ver porque han caído
encima tras alguna explosión. Otros están ocultos bajo los restos de otros libros. Algunos
son de tapa dura. Algunos son de bolsillo. Algunos tienen las esquinas dobladas. Otros
están en perfecto estado.
Pero todos le pertenecen.
Todos parecen tocados, leídos y probablemente queridos por él.
Tragando saliva, digo:
—¿Tú...?
Gira el teléfono para enfocar su rostro. Parece más firme que antes. Las líneas
nítidas y los rasgos afilados, los ojos oscuros atentos. Como si odiara darme un vistazo a
su mundo extremadamente privado, pero lo hace de todos modos.
Porque quiero verlo.
Luego pregunta:
—¿Yo qué?
—¿Siempre viajas con tantos libros?
Me observa unos instantes, guardando silencio antes de responder:
—Sí.
—¿Estabas... —pregunto, mirándole hacia atrás—, buscando algo para leer? ¿Por
eso están todos desperdigados así?
—Sí.
—¿Encontraste algo?
—Sí.
—¿Vas a leerlo?
Niega lentamente con la cabeza. 206
—No.
Se me aprieta el corazón.
—¿Porque no puedes concentrarte?
—No.
—¿Por mi culpa?
—Sí.
Mi corazón se aprieta más fuerte. Mi vientre se arremolina.
Siento cosas que me suben y me bajan por la columna vertebral.
Luego, susurró:
—Lo siento.
Exhala un pequeño suspiro antes de decir:
—No, no lo haces.
Esta vez, niego con la cabeza lentamente.
—No, no lo hago.
Mi desvergonzada honestidad hace que sus labios se crispen.
—Cuéntame tu libro favorito —le pregunto entonces porque no lo voy a dejar
escapar tan fácilmente.
Me lanza una mirada.
Y yo enarco las cejas en respuesta.
—Mira, podemos discutir sobre ello y perder el tiempo, o podrías rendirte y hacer
lo que te digo para que podamos seguir adelante.
Me mira fijamente durante otros cuatro segundos antes de suspirar e inclinarse
hacia delante para agarrar algo. Sostiene un libro que debe de haber recogido de la pila
desparramada sobre su cama. Es uno de los libros de bolsillo más gruesos y tiene la
esquina izquierda de la cubierta doblada. Veo las páginas amarillas y las pequeñas letras
negras que asoman mientras leo el título.
—Las aventuras de Rune —leo en voz alta antes de mirarlo—. ¿De qué trata?
Su mandíbula se mueve de un lado a otro como si no quisiera decirlo.
—Aventuras de un hombre llamado Rune.
—Ja, ja. Cuéntame.
Vuelve a mover la mandíbula hacia delante y hacia atrás, y sigue haciéndolo 207
durante algún tiempo. Antes de rendirse una vez más y empezar a contarme la historia.
Trata de un grupo de supervivientes que intentan sobrevivir en un planeta lejano después
de que la Tierra haya sido destruida. Hay animales extraños. Hay hostiles en él. Tiene una
luna púrpura, tres soles y un montón de cosas que no entiendo.
Y si soy sincera, voy a la deriva después de un rato.
Porque A: No pensé que tardaría en contarme la historia. Y B: Tengo otras cosas
en las que centrarme. Como en lo increíble que está ahora mismo. Cómo brilla su piel
bronceada. Cómo le brillan los ojos. Sus labios rosados se inclinan ligeramente, como si
estuviera a punto de sonreír. Cómo habla con las manos.
Quiero decir, ¿cuándo ha hablado con las manos?
Ya las ha movido dos veces. Dos veces. Mientras trataba de explicar acerca de
esta lluvia ácida que ocurre durante la luna llena púrpura y cómo mata a la gente.
Y me doy cuenta de algo.
Le encanta.
Le encanta esta historia. Le encanta este libro.
Le encantan los libros y punto.
—Te encanta esto —le digo, cortándolo mientras hablaba de un personaje al que
matan a mitad de camino mientras pensaba que podría haber tenido un buen arco de
redención.
—De ahí lo de favorito —exclama.
—No, quiero decir que te encantan los libros —le explico.
Se encoge de hombros.
—Están bien.
Me inclino hacia delante.
—¿Me tomas el pelo? Llevas ese libro, entre otros libros, dondequiera que vayas.
Te hice una pregunta sobre él y no pudiste parar de hablar. Quiero decir, tú. Que nunca
dices más de dos palabras a la vez, y mucho menos un párrafo entero de palabras. Tú.
¿Y cómo te has iluminado? —Niego con la cabeza—. Dios mío, Stellan, te encanta. Lo
siento, pero es así y... —Entonces se me ocurre algo—. ¿Te gusta tanto el fútbol?
No sé por qué pregunté eso.
Excepto que creo que nunca lo he visto encenderse así por el fútbol.
Y yo debería saberlo. Lo he observado mucho.

208
—No, ¿verdad? —concluyo cuando él mantiene su silencio.
Al oír mis palabras, ese silencio se hace aún más denso. Puedo ver cómo palpita
entre nosotros. Puedo ver cómo su cuerpo se vuelve más tenso, más rígido.
—Por eso tú... —Sigo—. ¿Es por eso que nunca te hiciste profesional? Porque tú
no...
Santo cielo.
Por eso, ¿no?
No le gusta el fútbol.
A Stellan Thorne, al que todo el mundo llama Cold Thorn porque es conocido por
su legendario control en el campo de fútbol, es conocido por mantener siempre la calma
pase lo que pase y marcar siempre el gol incluso bajo una presión extrema, no le gusta
mucho el fútbol. Que a uno de los hermanos Thorne, la realeza del fútbol de Bardstown,
no le guste tanto el fútbol como a sus hermanos.
Parece un secretito sucio.
Un secreto que nadie más conoce. Nadie más podría haberlo adivinado.
Ni siquiera lo adiviné y soy una acosadora certificada de Stellan Thorne.
—Dios mío, ¿es por eso por lo que no aceptaste el ascenso durante tanto tiempo?
Porque tú...
—No aceptaría el ascenso —rompe por fin su silencio, la voz azotada—, porque
mi hermano lo necesitaba más que yo. Se lo merecía más que yo. Él necesitaba ese
trabajo más que yo, ¿de acuerdo? Ahora...
—¿Entonces por qué lo haces? —pregunto, con voz aguda—. ¿Por qué haces este
trabajo si no lo necesitas? ¿Por qué lo haces si no lo amas? Si...
—Porque no tengo que amarlo —declara.
—¿Qué?
—¿Por qué todo tiene que ser sobre el amor?
—Pero si te gustan los libros...
—No me gustan los putos libros, ¿bien? —arremete de nuevo, saltándole un
músculo de la mejilla.
—Es un trabajo —me dice—. Es un puto trabajo y hacerlo bien es lo único que
importa. Mientras hagas bien tu trabajo, no hace falta que te pongas poético. No necesitas
escribir canciones sobre ello. El amor no es un requisito. El amor nunca es un puto
requisito para nada. El amor, como cualquier otra emoción, complica las cosas. No quiero
amar nada, y mucho menos mi puto trabajo de mierda. ¿Está claro? No soy un
adolescente con delirios de grandeza o nociones equivocadas. No soy un puto
adolescente que cree que el amor es la respuesta a todas sus plegarias y sus sueños. —
Me mira fijamente, con ojos fríos y duros—. Yo no soy tú. Entonces, ¿has terminado de
209
una puta vez para que podamos hacer esto y yo pueda dormir un poco?
CAPÍTULO 13
La noche siguiente...
—Dios mío. —Jadea Tempest, mirándome en el espejo—. Esto tiene que ser lo
más bonito que he visto nunca.
Se refiere a mi maang tikka, una joya de boda india que se lleva en la raya del
cabello. Se coloca en medio de la raya y se sujeta con un ganchito. Suele tener un
colgante que cae hasta la parte superior de la frente, brillante y suntuoso. El que llevo yo
es de oro y está salpicado de piedras rojas. Mi biji me ayudó a elegirlo para la obra.
—Lo sé —exhala también Wyn, con los ojos clavados en el colgante brillante en
forma de media luna. 210
—¿Estás bromeando? —Tengo que intervenir—. Esa es la cosa más hermosa.
Me refiero al brillante diamante de corte princesa en el dedo de Wyn. Porque
adivina qué, ¡se ha prometido!
¡Sí!
Conrad le hizo la pregunta y se van a casar. Me alegro muchísimo por ella. Esto es
muy emocionante y por supuesto, la felicidad en la cara de mi nueva amiga es un
espectáculo para la vista.
Nos tomamos unos momentos para admirar su anillo antes de que Wyn diga:
—Pero volvamos a ti. Lo quiero tanto para mi boda.
Meadow es la siguiente.
—Lo sé. Yo también.
—¿Qué tal si vamos a comprarlo? —sugiero desde donde estoy sentada en la silla
del vestidor.
Es la primera vez que tengo la oportunidad de sentarme y concentrarme en el
maquillaje y el vestuario. Como la obra tiene un telón de fondo indio -sí, se me ocurrió la
idea-, soy yo quien ayuda a todo el mundo. No es que sea una experta, claro. Apenas
entiendo el hindi, pero tengo una gran tutora, biji.
Al principio del semestre, nuestro profesor nos había pedido que escribiéramos un
guión e imagináramos un decorado en el que nos gustaría trabajar. Hipotéticamente.
Porque ni en un millón de años habríamos imaginado montar un espectáculo con el
pésimo presupuesto que teníamos. De todos modos, por supuesto me inspiré en todas
las películas que vi durante mi infancia y escribí un guión suelto basado en una de mis
películas favoritas. Detallé el tipo de vestuario que llevaría, el tipo de escenografía, la
música de fondo que me gustaría, etcétera.
Nos divertimos mucho discutiéndolo en clase y haciendo una lectura de mesa. Y
pensé que se había acabado. Pero entonces el decano se las arregló para encontrar algo
de dinero extra en el presupuesto y nuestros propios esfuerzos aportaron algo de dinero,
y juntos fue suficiente para poder hacer un espectáculo.
Y todos unánimemente eligieron mi obra.
Desde entonces, hemos estado desarrollándolo -el guión, el vestuario, el
decorado, todo- y desde entonces es en gran parte mi visión. Soy la responsable de la
mayoría de los elementos.
Meadow abre mucho los ojos.
—¿Tú crees? 211
Me giro hacia ella, con todas mis joyas tintineando.
—Por supuesto. Podemos ir a mi biji y ella estaría totalmente de acuerdo.
Antes de que Meadow pueda hablar, Tempest interviene:
—Aceptaré tu oferta. —Sus ojos grises recorren mis joyas y mi sari rojo—. A mí
también me encantaría tener un sari.
—Que sea una cita de compras —sugiere Wyn.
Mi corazón se siente ligero y cálido.
—Sí, me gustaría.
Tempest sonríe.
—Bien, ahora vamos a dejarte sola para que puedas concentrarte y, ya sabes,
hacer lo que hacen los actores antes de salir a escena.
Sinceramente, ni siquiera sé qué hacen los actores porque es mi primera vez. Y
estoy muy agradecida de que todas ellas aparecieron en apoyo. Por no hablar de
sorprendida porque no las esperaba en absoluto. Pero todas dijeron que Shepard les
envió un mensaje de texto esta mañana temprano y les dijo que fueran porque él no iba
a estar allí.
Es el mejor novio del mundo, ¿verdad?
Estoy deseando verlo mañana.
No he hablado con él desde anoche y lo echo de menos. Echo tanto, tanto de
menos a mi novio.
Pero primero, tengo que hacer esto.
Tengo que subir al escenario.
Después de que todas mis amigas se van a buscar sus asientos, hago las últimas
líneas con mis compañeros de reparto y, quince minutos más tarde, llega el momento de
ocupar nuestros puestos en el escenario. Me subo a la cruz de tiza, cierro los ojos unos
segundos y los abro cuando una luz brillante me ilumina la cara.
Lo que ocurre después, no lo recuerdo.
Creo que nunca podré saber exactamente qué pasa a mi alrededor. Quién se
mueve. Quién habla. Si la luz brilla donde debía brillar. Si los violines sonaron donde
debían sonar. Si el público se rio en los puntos en los que predijimos que lo haría o si
jadeó donde pensamos que debería estar jadeando.
No recuerdo ninguna de esas cosas.
Todo lo que recuerdo es que estoy ardiendo.
Ardo porque soy fuego. 212
Fluyo porque soy el océano.
Vuelo porque me han crecido alas.
Es trascendental. Es sublime.
Es un afrodisíaco.
Es lo que siento cuando estoy con él.
No podía dejar de pensar en él aunque quisiera. No podía dejar de pensar en él en
ese momento, sus ojos brillantes y su cabello oscuro; un cigarrillo colgando de su boca
rosada y su voz profunda llamándome Dora.
Así que cuando acaba la obra, se encienden las luces del auditorio y lo veo, creo
que me lo estoy imaginando. Entre el público que acaba de ponerse en pie para aplaudir,
vitorear y silbar, él está de pie al fondo, junto a la salida, como siempre.
Pero de alguna manera, sé que no es mi imaginación.
Aunque es muy improbable que esté aquí, lo está y no puedo apartar la vista de
él. Él es el centro de mi atención mientras hago la reverencia con el resto de los miembros
del reparto. Como yo soy el centro del suyo mientras aplaude como el resto de la gente.
En realidad no, no como el resto de la gente.
Aplaude lentamente. Deliberadamente como si…
Y aplaude sólo para mí -de alguna manera, también lo sé- y no para el resto del
reparto.
¿Cómo está aquí?
¿Qué hace aquí?
Justo cuando terminamos de hacer las reverencias y los aplausos empiezan a
apagarse, se da la vuelta y se marcha. Abre de un empujón la puerta del auditorio y sale.
No tengo más remedio que correr tras él. Hemos terminado nuestra reverencia formal,
pero la gente sigue en el escenario, saludando, riendo y abrazándose, pero yo me separo
de ellos.
Salgo corriendo del escenario, empujo a la gente asustada que se queda, justo al
lado del telón, y salgo al pasillo. Salvo algunos rezagados, está vacío. Durante un par de
segundos me quedo helada, pensando que tal vez me lo había imaginado. Después de
todo, debería estar con el equipo. Esta noche hay partido y tiene que estar allí. Es
imposible que haya faltado a su partido, que haya faltado a su trabajo, nada menos que
para mí, aunque el fútbol no sea lo suyo.
Aun así, me muevo y voy en su busca, aunque no tengo ni idea de en qué dirección
se ha ido. Pero parece que he elegido la dirección correcta, porque a los pocos pasos 213
me tiran del brazo y me meten en el armario de utilería.
En cuanto oigo el ruido sordo de la puerta al cerrarse, me pongo de puntillas.
Con anticipación.
Con impaciencia.
Aunque durante los primeros segundos todo lo que hay es oscuridad y un silencio
interrumpido por fuertes respiraciones. En el fondo de mi mente, me doy cuenta de que
tal vez debería estar gritando ahora mismo, luchando contra el agarre alrededor de mi
bíceps.
¿Y si no es él?
Pero sé que lo es.
Lo reconozco por el mordisco de sus dedos en mi carne, por lo afilado que es.
Qué calor y qué escozor.
Lo conozco por la forma en que respira, espesa y ruidosa. Lo conozco por el olor
del aire que sale de sus pulmones, ahumado y picante, a malvavisco.
Y me da la razón cuando me suelta y acciona el interruptor colgante de la bombilla,
inundando de luz amarilla el frío y húmedo armario.
Antes de darme cuenta, me lo llevo.
Capto los pequeños matices de su rostro después de semanas y semanas de
conversaciones telefónicas a larga distancia. Lo miro sin la pantalla entre nosotros. Me
atiborro de su cara, devoro sus pómulos duros y esa mandíbula bien afeitada; muerdo el
centro de su boca respingona y lamo la obstinada línea de su nariz. Rastreo sus espesas
cejas, su cabello castaño chocolate pulido hacia atrás. Incluso me centro e intento contar
sus innumerables pestañas color bosque.
—¿Qué estás...? —susurro, tratando de calmarme—. ¿Qué estás haciendo aquí?
Hasta que hablé, él también me estaba asimilando. Probablemente de la misma
manera que yo, pero al oír mis palabras, me mira a los ojos.
—Tenía que venir.
Su voz es grave y gruesa, familiar, pero tiene algo de extraño.
Es entonces cuando me doy cuenta de que no me miraba como yo lo miraba a él,
no. Su mirada, como su voz, también tiene una cualidad diferente. Estaba allí cuando
aplaudía en el auditorio. Estaba tan nerviosa por su repentina aparición que no podía
entender qué era.
Ahora lo sé.
Es asombro. 214
Me mira con asombro.
Como si no pudiera creer que soy real.
Y si lo soy, entonces no puede creer que consiga mirarme.
—Pero esta noche tienes partido —le recuerdo, y se me pone la piel de gallina, no
por el frío del armario, sino por el calor que desprende.
—Tenía que verte.
—Tienes un partido en una hora —insisto.
—Me tomé la noche libre —dice como una ocurrencia tardía.
—¿Te tomaste la noche libre? Nunca haces eso. Tú... El juego...
—Necesito que me prometas algo —me interrumpe.
—¿Qué?
—Prométeme que nunca dejarás escapar tu sueño.
Mi boca se separa en un suspiro.
—¿Qué? Yo...
—Sólo prométemelo —me ordena con urgencia—. Prométeme que pase lo que
pase, siempre, joder, siempre, irás por ello. Siempre aprovecharás tu destino.
—¿Crees que este es mi destino?
—Joder, sí.
Lo miro durante unos segundos, con el cuerpo sobrecogido por todas esas
emociones, antes de asentir.
—Lo haré.
Deja escapar un suspiro de alivio.
—Estabas...
Cuando no parece retomar el rastro que ha dejado, le pregunto:
—¿Estaba qué?
Se lame los labios.
—Luminosa.
Me late el corazón.
—L-luminosa.
Un ceño frunce sus cejas. Es ligero y curioso. 215
—No, estabas... Yo no...
—¿No qué? —le pregunto cuando vuelve a perder el hilo.
Niega ligeramente con la cabeza.
—Estoy tratando de pensar en una palabra para describirte, pero no puedo... —
Otra negación—. No la encuentro.
Se me seca la garganta.
—Luminosa es buena.
—Luminosa no es suficiente.
—Yo...
—Radiante. Deslumbrante. Centelleante. Resplandeciente. Incandescente.
Luminífera... —Vuelve a lamerse los labios—. No... no encuentro palabras.
Parece tan perdido entonces.
Tan perdido y Dios, tan adorable.
Una palabra que nunca pensé que usaría para describirlo. Y sin querer, mi mano
se levanta y se dirige a su dura mejilla. Aprieto su mandíbula angulosa y le susurro:
—No pasa nada. Acabas de hacerlo. Has usado —cuento mentalmente—, siete
palabras para describirme.
El músculo de su mejilla late bajo mi palma.
—Ninguna de ellas está bien.
—Me gustó luminífera.
—A la mierda luminífera.
—Aunque no fui todo yo.
—Fuiste tú.
—No, de verdad —le digo—. Tuve ayuda. Todo el mundo colaboró. Todos...
—A la mierda todo el mundo.
Froto mi pulgar sobre la cresta de su pómulo.
—Tú me ayudaste.
—Que me jodan a mí también.
—Me ayudaste a hacer líneas —trago saliva, ruborizándome—. Practicaste
conmigo.
Al principio, cuando habíamos empezado, yo era tímida. Aunque quería compartir 216
una parte de mí con él, seguía sintiendo cierta reticencia. Esta obra, este papel, me toca
muy de cerca. Pero él fue paciente y no me juzgó. Incluso me animó.
No de forma efusiva; por supuesto que no.
Es muy raro que use más de dos frases juntas -bueno, excepto cuando habla de
sus libros, pero aun así-, pero en la forma en que me miraba a través de la pantalla. Cómo
se le iluminaban los ojos cuando yo decía una frase y cómo hacía pausas más largas para
poder mirarme.
Me aceleró el corazón. También hizo que mi respiración se agitara.
Y cuando me fui a dormir, soñé con él. No es que ya no lo haga, pero anoche, fue
tan vívido. Tan real.
Tan maravilloso y tan doloroso.
Que decidí sacarlo de mi mente. Decidí sacarlo de mi mente.
Pero ahora está aquí.
Vino a ver mi obra. Voló temprano para venir a verme.
Se tomó la noche libre para venir a verme.
—Puede —ronca, sus ojos recorren mis rasgos, irrumpiendo en mis
pensamientos—, pero no era yo quien hacía magia en el escenario.
Hay flores en mi corazón.
—¿Crees que hice magia?
—Creo que eso es lo menos que hiciste, pero sí.
Sonrío.
—Eso es. Esa es la palabra.
—¿Sí?
—Magia.
—¿Te gusta?
—Sí.
—Pero tampoco creo que esa sea correcta.
—Pero...
—Fuego. Glorioso, brillante, caliente. Eras fuego.
—Fuego —susurro.
—Del tipo que puede derretir el Ártico. La nieve de fuera.
—¿Tú?
217
—A mí.
La forma en que lo dice, con voz ahumada y mirada de ojos pesados, me hace
tragar saliva. Me hace soltar:
—No voy a acostarme contigo.
—¿No?
—No.
Algo parpadea en sus ojos, primero en todas sus facciones.
—De acuerdo.
Clavo las yemas de mis dedos en su cara.
—No, en serio. No me acostaré contigo. Lo digo en serio, Stellan.
—Ya lo veo.
—No lo haré... —Mi respiración se entrecorta mientras asimilo su expresión
tranquila—. Me haces los deberes.
Una mirada indulgente entra en sus ojos; esa es la única manera de describir cómo
me está mirando. Con una expresión... cariñosa. Me hace sentir tan joven, tan joven como
él dice. Más joven que su hermanita.
—¿Sí? —ronca.
A pesar del rubor que se apodera de mis mejillas, de todo mi cuerpo, continúo.
—Sí. Él... Él cree que debería centrarme en lo que me apasiona. En las cosas que
me gustan más que en estúpidos libros y cosas así. Así que me ayuda. Aunque a él
tampoco le gustan los libros, me hace los deberes, Stellan.
Por alguna razón, no capta la urgencia en mi tono. Porque sigue pareciendo
imperturbable y cariñoso.
—Como debe ser.
—¿Recuerdas el viejo entrenador?
—Sí.
—Hizo que lo despidieran. Vi las noticias. Él —tomo aire, tratando de calmar mi
corazón porque sí lo hizo—, dijo que lo haría y....
—¿Y qué?

218
—Y lo hizo. Por mí.
—¿Sí?
Asiento.
—Sí. Porque le dije que me daba escalofríos y...
—Bueno, hizo lo correcto.
Y como está tan tranquilo con todo esto, le agarro la chaqueta del traje con la otra
mano e intento explicárselo.
—Y me escucha, ¿de acuerdo? Le cuento mi día. Sobre los entrenamientos y la
obra y todos mis sueños y... Él escucha. Es importante para mí. Y él... —Hago una pausa
para calmar mi respiración una vez más—. Envió un mensaje a todas las chicas. Les pidió
que vinieran. Porque sabía que esta noche estaría sola. Sabía que mi biji no podría asistir.
Mis padres asistirían a mi obra por encima de mi cadáver. Sabía cuánto me molestaba
eso, así que... Lo sabía.
Pero el caso es que él también lo sabía.
Este hombre delante de mí, que voló temprano, sólo para que pudiera verme.
Así que cuando todas mis amigas aparecieron, al principio pensé que era por él.
Pensé que Stellan les había enviado un mensaje. Y Dios, en mi mente retorcida, todavía
espero que haya sido Stellan de alguna manera. Que todo lo que dijo anoche, todas las
estupideces que soltó sobre el teléfono, fueran de alguna manera verdad y que invitara a
todo el mundo porque sabía lo sola que me sentía.
—No soy un experto, pero eso es lo que se supone que debe hacer un novio, ¿no?
—murmura, sus ojos tan bonitos en este momento—. Asegurarse de que su chica no se
sienta sola.
—Sí.
—Bueno, entonces me alegro de que se tome en serio sus obligaciones.
La decepción hunde mis hombros entonces. Por supuesto que era Shepard, mi
novio. El mejor novio del mundo. No su hermano gemelo.
No sé por qué mi mente está tan confundida cuando se trata de él.
—Así que no voy a acostarme contigo. —Le meto la mano en la chaqueta y le
presiono la mandíbula con la palma—. No puedo hacerlo. No puedo hacerle eso. No
puedes obligarme a hacerle eso. No puedo romperle el corazón. No puedo. No lo haré. Y
yo...
—¿Y tú qué?
Me acerco a él, con el cuello torcido, el cuerpo tenso y las pantorrillas ardiendo de
tanto estar de puntillas. Pero, por alguna razón, necesito estar cerca de él. Necesito que
entienda lo que digo, de dónde vengo. 219
—Te quiero —declaro.
Y se pone rígido.
Absolutamente rígido.
Sin embargo, lo ignoro y continúo.
—Te quiero. Te quiero. Te quiero desde el momento en que te vi y es una puta
mierda. —Creo que se pone aún más rígido, pero vuelvo a ignorarlo en favor de lo que
intento decir—. Es una puta mierda. Duele, ¿de acuerdo? Porque no puedes
corresponderme. No me corresponderás. Probablemente ni siquiera sepas cómo. Así
que... no quiero estar enamorada de ti. Lo que quiero es... —Lo miro a los ojos oscuros y
brillantes—. Quiero que alguien me quiera. Quiero eso, Stellan. Quiero... Nadie me ha
querido nunca. Excepto mi biji. Nadie me ha aceptado nunca por lo que soy, y quiero eso.
De alguna manera, él lo hace. De algún modo, él me quiere y yo... —Me lamo los labios—
. Y acabas de hablar de mi sueño, ¿verdad? Siempre estás hablando de ello. Mi pasión,
mi actuación. Bueno, este también es mi sueño. Ser amada. Amar. Así que... déjame,
¿bien? No me quites eso.
Sus ojos bajan un segundo hasta mi boca húmeda.
Y luego pasa otro segundo.
Y otro.
Y otro.
Tarda cinco segundos en apartar la mirada de mi boca y, en ese tiempo, mis labios
se han vuelto picados e hinchados, necesitados, mientras dice:
—Te quiere porque no puede no quererte. —Antes de que pueda descifrar esas
palabras suyas, continúa—: Porque quererte es lo más fácil del mundo. Lo que también
hace que sea lo más difícil.
—¿Qué?
Me mira a la cara, su mirada fundida y brillante.
—Te has librado.
Sé lo que dice. Sé lo que quiere decir, pero... no sé cómo reaccionar. No sé qué
decir, así que aprieto la chaqueta.
—¿Hablas en serio?
—Sí.
No creía que fuera posible apretar su chaqueta más de lo que ya lo estoy haciendo,

220
pero encuentro la forma de arrugarla aún más.
—Pero dijiste que te torturé. Estabas tan empeñado en...
—No es culpa tuya que tengas el tipo de fuego que tiene el poder de derretirme
—habla por encima de mí—. Es culpa mía por intentar castigarte por ello. Y resulta que
lo hago.
—¿Haces qué?
—Me importas —admite, aunque a regañadientes por la expresión de su cara—.
Dijiste que si me importaras, no estaría haciendo lo que estoy haciendo, así que —traga
saliva—, lo hago.
Se me aprieta el corazón.
—Tú...
—Y ya te he hecho bastante daño —continúa, con los ojos ligeramente
entrecerrados—, de formas que ni siquiera conoces.
—¿Qué significa eso? —Frunzo el ceño, tirando de su chaqueta.
—Significa que perteneces a mi hermano gemelo —dice, sus labios apenas se
mueven mientras suelta las palabras, las palabras que tengo la sensación de que no
quiere pronunciar—. Y por mucho que quiera cruzar esa línea, no lo haré.
Lo estoy esperando.
El alivio por venir.
Esto es lo que quería, ¿no? Quería que retrocediera. Quería que me dejara en paz,
que dejara en paz a Shepard. Quería mantener mis fechorías en secreto de mi novio y
seguir adelante con mi vida.
Entonces, ¿por qué sigo sintiéndome nerviosa?
¿Por qué me siento tan... miserable?
Está haciendo lo correcto. Está siendo el buen tipo que todo el mundo siempre le
llama. Entonces, ¿por qué lo odio tanto?
—Así que esto... —Intento hablar—. ¿Esto es realmente?
Por favor, di que no.
Por favor, di que no.
Por favor, Dios, di que no.
—Sí.
—¿Te vas?
—Es mejor que lo haga yo —dice, y mi agarre se tensa un segundo—. Además,
deberías salir con tus amigas. Celebrarlo. Fue una buena obra. Tú la escribiste, ¿no? 221
De nuevo, me sonrojo al responder:
—En realidad, no. Hicimos el guión, pero está basado en una de mis películas
favoritas.
Mientras practicábamos anoche, sólo le di lo básico de la escena sin contarle toda
la trama. Resulta que me daba un poco de vergüenza compartir esta parte de mí con él.
Tal vez fuera autopreservación, ocultar esa parte profunda de mí a mi chantajista. Fuera
lo que fuese, ya no importa.
Me alegro de que estuviera aquí para verlo.
—Ojalá...
—¿Ojalá qué?
Me limito a negar con la cabeza. Porque no puedo decirle lo que deseo.
No puedo decirle que me gustaría verla con él. La película.
Trata de dos mejores amigos en la universidad, una chica y un chico. La chica
quiere al chico, pero el chico quiere a otra, a la chica nueva de la universidad. Así que la
mejor amiga se va y el chico acaba casándose con la nueva chica. Pasan los años, tienen
una hija juntos y, cuando la chica nueva muere, escribe cartas para su hija. En esas cartas,
le dice a su hija que vaya a buscar a la mejor amiga. Porque siempre supo que la mejor
amiga quería a su padre y que ella -la chica nueva- se interpuso entre ellos. Si no lo
hubiera hecho, su vida sería diferente y ahora estarían juntos. Así que ahora que ella se
ha ido, es hora de reunirlos.
Hice el papel de la mejor amiga.
Ojalá no tuviera que irse.
Ojalá me amara.
Ojalá...
Mi agarre se retuerce y tira, y decido que no lo dejaré marchar. Tal vez pueda
inventar una excusa para que se quede. Cualquier excusa. Cualquier excusa ridícula o
endeble. Pero entonces mis manos se separan de su chaqueta, inertes e inútiles.
También me alejo de él.
Porque necesito dejar de ser ridícula y contar mis bendiciones de que esto haya
terminado.
Menos mal que hay una pared detrás de mí, fría y húmeda, que me da el apoyo
que necesito. Así no me derrumbo totalmente en el suelo como me gustaría hacer en
este momento. Quizá cuando se vaya pueda hacerlo, pero ahora no.
—Excepto... 222
CAPÍTULO 14
Mis ojos se mueven hacia su cara.
—¿Excepto qué?
Dios, sueno tan desesperadamente esperanzada.
Tan desesperadamente patética.
Pero no creo que se dé cuenta.
Está ocupado en otra cosa.
Está ocupado mirándome.
Porque mientras mis ojos están en su cara, los suyos recorren todo mi cuerpo.
Desde que nos encerró en el armario, no ha mirado a otro sitio que no fuera mi cara, pero 223
ahora sus ojos viajan. Observando. Observando.
Están en mi garganta, observando mi suntuoso collar de cuentas doradas y rojas.
En mis orejas, observando también las joyas que llevo. Se fija en mi traje, el traje
tradicional indio rojo y dorado, junto con mi tatuaje de henna, mis brazaletes y mis anillos.
Incluso baja hasta mis tobillos, decorados con un tatuaje de henna y tobilleras que
tintinean en cada pie.
—Excepto —retoma el hilo de antes, su voz suena a la vez espesa como sus ojos
y tensa como este cuerpo—, que esto es una despedida, ¿no?
Pensé que nuestra llamada de anoche era una despedida, así que debería
alegrarme de que no lo fuera. De tener más tiempo con él. No debería ser codiciosa.
Aun así, se me estruja el corazón.
—Sí.
—Las despedidas son importantes —dice.
Trago saliva.
—Sí.
—A veces es más importante que saludar. —Continúa.
Me limito a asentir, con el corazón encogido.
—¿Y no hay una cosa que se llama historia que cierra el círculo al final? —dice
frunciendo ligeramente el entrecejo—, en teatro, quiero decir.
Pienso en sus palabras durante un segundo.
—¿Quieres decir como romperte una pierna?
—Sí. —Sus ojos van y vienen entre los míos—. Significa que después de un largo
giro de los acontecimientos, terminas en la misma situación en la que empezaste.
—De acuerdo —digo, confusa por saber a dónde va.
—Así que como este es el final, ¿no tiene sentido que cerremos el círculo también?
Lentamente, algo le está pasando a mi corazón. No sé qué, pero está empezando
a latir. Y está empezando a latir bien.
—¿Cómo?
Se lame los labios.
—Bueno, la noche que nos conocimos, llevabas un disfraz.
Me aferro a cada una de sus palabras como si fueran diamantes.
—Sí.
—Y aquí estás, al final, con un disfraz otra vez. 224
—Lo estoy.
—Y aunque un vestido blanco y un par de alas falsas eran fáciles de adivinar, no
sé qué llevas puesto esta noche.
—¿Quieres saber lo que llevó esta noche?
—Dímelo.
Y ahí está.
El alivio que he estado buscando.
Es completamente irracional y sin sentido. Al igual que las cosas que acaba de
decir.
Las cosas que ha dicho no tienen sentido, ¿verdad?
Son sólo una excusa, una muy endeble, para demorarse.
Quiere quedarse.
¿Verdad?
Algo que yo quería inventar pero no podía. Así que lo hizo. Y sé, sé en mi corazón,
que lo hizo por mí. Se le ocurrió esta excusa por mí.
Porque es todo lo que tenemos, me doy cuenta.
Todo lo que tenemos son excusas. Porque es el hermano gemelo de mi novio y
esta es la única forma de estar juntos. Haciendo débiles racionalizaciones. Al menos por
esta noche. Al menos hasta que Shepard vuelva mañana.
Así que me miro y susurro:
—Esto es un sari.
—Un sari.
Levanto la vista.
—Sí. Es un vestido tradicional indio.
—Cuéntame.
Trago saliva y me sonrojo.
—La blusa que llevo es de color rojo y deja ver mucho de mi escote, pero se
detiene justo debajo de mis pechos, dejando mi vientre al descubierto, y luego hay metros
de tela que me rodean el cuerpo y se ciñen a mi cintura, que es el sari propiamente dicho.
Mi sari también es rojo, con un ribete dorado y una lentejuela dorada a juego cosida
por todas partes; me llevo la mano a la cintura para mostrarle dónde lo he metido para

225
mantenerlo en su sitio y sus ojos se dirigen allí, haciendo que me cosquillee la piel
desnuda.
Luego paso a la última parte del sari, que me cubre el torso y se cuelga sobre uno
de mis hombros.
—Y este es el extremo suelto del sari, llamado pallu, que va sobre mi hombro.
—¿Y qué hace eso? —pregunta.
Levanto los ojos de nuevo hacia él y, aunque sabía hacia dónde miraba, me
estremezco. Todavía se me corta la respiración cuando veo sus ojos en mi pecho. Aún
siento los pechos pesados, con cosquilleo.
Igual que la noche del acto benéfico.
—Es... —Intento responderle—. Se supone que cubre...
—¿Cubrir qué? —pregunta, con los ojos clavados en mi pecho agitado.
—Yo... Es... —Lo intento de nuevo—. Bueno, pasa por encima de mi hombro como
puedes ver y... ¿Qué estás haciendo?
No estoy segura de por qué pregunté porque sé exactamente lo que está
haciendo.
Exactamente lo que ha hecho. Se ha inclinado más hacia mí y ha metido el dedo -
largo y grácil- bajo el borde de mi pallu.
Ha enroscado el dedo bajo la tela.
Y antes de que pueda volver a respirar, tira de él y el pallu se desliza hacia abajo
y se separa de mi cuerpo. Donde lo atrapa en su puño.
—Viendo —dice, sus ojos en mi piel desnuda ahora.
Mi piel desnuda y temblorosa.
De mi cintura, de mi pecho.
Sus ojos en mis tetas que rebotan con cada respiración entrecortada que hago.
En mis pezones que antes estaban duros, sí, pero que ahora están muy, muy duros.
Dolorosamente duros.
—¿Qué? —tartamudeo, me tiemblan las piernas.
—Esto es un círculo completo, ¿no?
—Ajá.
—Así que para que se cierre el círculo, necesito ver. Como pude en tu vestido
blanco —explica antes de levantar la vista y continuar—: Y ahora puedo.
—Pero se supone que no debes hacer eso —suelto.
—¿No? 226
—No, se supone que no... —Trago saliva, apretando más fuerte la palma de la
mano contra la pared—. Tirar de mi pallu de esa manera.
—¿Por qué no?
—Porque esa es... Esa es la cuestión.
—¿Qué sentido tiene?
—Ese es el sentido de un pallu. Se supone que cubre mi cuerpo. Se supone que
debe protegerme. Cuando un hombre tira del pallu de una chica, es... Significa que tiene
malas intenciones.
Eso es lo que me dijo una vez mi biji cuando estábamos viendo una película en la
que el chico tira del sari de la chica y la deja al descubierto. Yo podía deducirlo de la
escena, pero ella me dijo que el pallu es símbolo de respeto y dignidad. Es el símbolo de
la modestia de una mujer y en la cultura india si un tipo tira de él o lo aparta de su cuerpo,
no es el tipo de hombre con el que quieres relacionarte.
—Malas intenciones —repite en un murmullo.
—Sí.
Otro pequeño movimiento acompaña su respuesta.
Se inclina aún más hacia delante, hasta el punto de que siento el crujido del faldón
de su chaqueta contra mis muslos cubiertos de sari. Entonces apoya la mano con la que
me agarra el pallu en la pared, junto a mi cintura, y me mira.
—Recuerdo que alguien también tenía malas intenciones aquella noche.
Levanto el cuello hacia él.
—¿El tipo del coche?
—El idiota del coche, sí.
—Me dijiste que no fuera con él.
—Lo hice.
—Tú me protegiste de él —le recuerdo.
Algo se mueve en su cara.
Algo demasiado grave, demasiado pesado para el comentario que acabo de hacer.
No era precisamente ligero mi recordatorio, pero tampoco estaba tan cargado de cosas.
Tan cargado como aparece en este momento.
Tanto es así que su mirada se vuelve espesa al mirarme. Su voz se vuelve casi
gutural cuando dice:
—Y lo haré. 227
—¿Qué?
—Siempre te protegeré.
Le creo.
Le creo total y absolutamente.
Y sé perfectamente lo ridículo que es por las cosas que ha hecho. Sí, las retiró,
pero eso no cambia el hecho de que las hizo en primer lugar. Por no mencionar, mira lo
que está haciendo ahora. Me tiene parcialmente desnuda. Así que mi creencia debe ser
ridícula.
Pero aún la tengo y es inquebrantable.
Miro hacia abajo, hacia su mano, la que sujeta el pallu de mi sari, manteniéndome
expuesta a sus ojos fundidos. Luego, levantando la vista:
—Lo sé.
Su agarre se hace más fuerte, tirando de mi pallu mientras se acerca aún más.
—Y necesitas protección porque ambos sabemos lo que pasará después, ¿no?
Sí.
Por supuesto que sí.
—Sí —susurro con los ojos muy abiertos.
—Dímelo.
—Te pido que... —Tengo hipo—. Pero no puedes. No puedes besarme y
definitivamente no puedes tocar mi...
Algo parecido al tormento relampaguea en sus ojos. No puedo leerlo del todo, pero
lo que puedo leer me dice que está ahí.
—No, no puedo.
Mi pecho se estremece con mis respiraciones, tan torturadas como esa mirada en
sus ojos y, enloquecida, empiezo:
—Pero es que....
—Se rompe el círculo, ¿verdad? —completa mi pensamiento.
Trago grueso y asiento.
—Arruina el final.
Dios, esto es una locura.
Esto es tan, tan loco. No tiene sentido. No tiene sentido en absoluto, lo que estamos
diciendo, lo que estamos haciendo. Tenemos que irnos. Deberíamos salir del armario.
Pero por mi vida, no puedo hacer que mis piernas se muevan.
228
Por mi vida, parece que no puedo alejarme de él.
—Así que sólo podemos hacer una cosa, ¿no? —ronca.
Lo miro con ojos suplicantes.
—¿Qué?
—Hazlo por mí.
—¿Q-qué?
Se acerca cada vez más, con los ojos brillantes.
—Si yo no puedo tocarte las tetas, entonces vas a tener que tocarlas tú. Para mí.
—Quieres que...
—Sí.
—Pero...
—Es la única manera de que esto ocurra.
Me muerdo el labio, con el corazón desbocado.
—Yo... yo no...
—Hazlo —ordena, lamiéndose los labios—. Desabróchate la blusa.
Mi pecho se agita, se hunde en sí mismo.
—Yo... ¿Mi blusa?
—Sí, desabróchala.
—¿Qué? Yo... No.
Esa es la respuesta correcta, ¿no?
No lo parece, pero lo es. Y estoy orgullosa de mí misma por decir finalmente algo
que tiene sentido. Por finalmente actuar como un ser humano racional en lugar de esta
chica enferma de amor, de lujuria, de corazón, simplemente enferma, enferma, enferma.
No puedo hacerlo.
No puedo hacerlo.
Pero quiero hacer esto.
Tengo tantas, tantas ganas de hacer esto.
Y no sé cómo obligarme a hacerlo y...
Mis pensamientos se interrumpen cuando noto que algo pasa por sus facciones al
ver mi no. Algo oscuro y peligroso y oh tan frío y sin embargo tan hermoso. Que me deja
sin aliento. Me cosquillean los dedos y me entran ganas de hacer lo que me pide.
229
—Esa es la cuestión —dice, bajando la cara hacia mí.
Subo el mío hasta que creo que respiramos uno sobre el otro.
—¿Qué cosa?
—Si no te desabrochas la blusa, voy a tener que obligarte.
—Tú...
—Voy a tener que forzarlo. —Se lame los labios—. Y recuerdas lo que pasará si lo
hago, ¿verdad? Te lo dije. Aquella noche.
Lo hizo.
Me dijo, la noche del acto benéfico, lo que pasaría si tenía que forzarme.
—S-sí.
—Dime —invita—. Dime qué pasará si pongo mis manos en tu pequeña blusa.
—Me la r-romperás —digo, con la voz entrecortada—. Me rasgarás la blusa. Me
romperás los botones. Me...
—¿Yo qué?
—Tú... —Dios, mi corazón palpita y palpita—. Destrozarás mi vestido y me
desnudarás.
—Sí, lo haré —confirma, con la mirada arremolinada—. Si le pongo las manos
encima a tu blusa, no sobrevivirá a la noche. Tus botoncitos pasarán a la historia y todo
lo que se supone que cubre tu pallu quedará al descubierto. Para que todo el mundo lo
vea. Y, por supuesto, eso me enojará. Lo sabes, ¿verdad? No sólo porque me veré
obligado a estropear este vestido brillante digno de una maldita princesa ardiente como
tú, mi Lolita, sino también porque todos podrán ver lo que sólo yo tengo derecho a ver.
Ante sus palabras, juro que siento cómo se me tensan los botones.
—Pero tú no...
—Entonces, ¿no es mejor que hagas lo que te digo y que tanto tu vestido como
las personas que puedan ver lo que yo no quiero que vean tengan una vida larga y feliz?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué no haces tú los honores?
Y por fin lo entiendo.
Finalmente creo lo que me dijo. Sobre que su chantaje era un favor para mí. Porque
así podría fingir que no lo quería. No quería esa noche con él. Podría mentir y decir que

230
él me obligó a hacerlo.
Pero no es verdad, ¿no?
No me he permitido pensar en su proposición de una noche más allá de lo
apropiado y adecuado. Pero ahora estoy pensando y me doy cuenta de que lo deseaba
tanto. Deseaba tanto esa noche con él que, a la primera oportunidad, la habría
aprovechado y habría corrido hacia él.
Lo habría estropeado todo antes de arreglarlo.
Y entonces me habría culpado a mí misma.
Así que me quitó la culpa de encima. Se culpó a sí mismo. Lo hizo para protegerme
incluso cuando intentaba hacerme daño.
Está haciendo lo mismo aquí.
Porque me muero por enseñarle mis tetas.
Me estoy muriendo desde que lo conocí y él está haciendo que pueda hacerlo. Sin
ahogarme en la culpa, sin culparme.
Dios, me encanta...
No, no, no.
Yo no.
No puedo.
Esto es todo lo que hay. Esta noche.
Me relamo los labios.
—Pero yo... Esto es chantaje.
—Soy un hombre con malas intenciones.
No, no lo es.
No lo es.
—Si yo... Si hago esto, ¿me devolverás mi pallu?
Me mira fijamente a los labios un momento antes de decir:
—Cruzo mi corazón.
Y entonces no puedo detener la urgencia en mis manos. Quiero arrancarme mis
propios botones por él. Por este hombre que finge ser malo para mí para que yo pueda
fingir ser buena. Trabajo tan rápido como puedo y entonces mis botones quedan sueltos.
Se agitan, rozando mi piel con cada fuerte respiración. Con cada respiración pesada que
él toma también.

231
Que puedo sentir flotando sobre mi cara, mi frente.
Yo también lo oigo.
Y vacila, su aliento, antes de volverse aún más ruidoso cuando me abro la blusa y
le muestro lo que quiere ver.
Mis tetas.
Incluso llego a ahuecarlas y levantarlas alejándolas de mi cuerpo, con la espalda
arqueada, ofreciéndoselas.
—¿Así? —pregunto.
Suelta un fuerte suspiro, con los ojos clavados en mis michelines.
—Sí.
Las aprieto ligeramente.
—¿Te... te gustan?
Su otra mano se levanta y por un segundo, por un segundo muy, muy corto, pienso
que va a tocarlas. Que va a cruzar la línea y tocar a la novia de su hermano gemelo, pero
no lo hace.
Golpea con la otra palma en la pared, al lado de mi cabeza, y retumba:
—¿Me gustan?
—Sí. —Las aprieto de nuevo, levantándolas—. ¿Te gustan mis tetas?
Su mandíbula se aprieta.
—Sí.
—Hace tanto tiempo que quería enseñártelas.
Se inclina más cerca, ejerciendo presión sobre sus brazos, haciendo como una
flexión.
—Lo sé.
—Por tanto, tanto tiempo, Stellan.
—Joder —gime.
Las aprieto con fuerza, juntándolas y separándolas.
—Gracias por obligarme.
Sus ojos están pegados a mis tetas y a mis manos.
—Son tan...
—¿Qué?
—Suaves —exhala—. Parecen tan jodidamente suaves. Parecen... yo...
Niega con la cabeza, sin decir nada. 232
—¿No puedes encontrar las palabras?
—Joder, no —dice, negando de nuevo con la cabeza, con los ojos aún clavados
en mis tetas.
Las aprieto una y otra vez, juntándolas, separándolas mientras digo:
—Suave es agradable.
—Joder suave.
—También son...
—¿También qué?
—Pesadas —confieso—. Se sienten tan pesadas. Tan hinchadas. Y doloridas.
Le late una vena en la sien.
—Duele.
—Ajá. Es como algo... —Trago saliva—. Algo las está llenando y hormigueando y
estirándolas y yo no... Me duele, Stellan. Es...
—Tus pezones —dice.
—¿Qué?
—Tira de ellos.
Mis manos se detienen.
—Yo no...
—Tira de ellos. Pellízcalos.
—Pero yo...
Levantando la vista un segundo, dice:
—O lo hago yo.
Me estremezco.
—Tú... ¿Pero no hará que me duela más? YO...
—No —retumba—. Te hará sentir mejor.
—¿Jugar con mis pezones?
—Sí. —Aprieta la mandíbula—. Hazlo. Juega con tus malditos pezones, Dora.
Y aunque sé que no es verdad, aunque sé que estamos poniendo excusas y que
jugar con mis pezones no me hará sentir mejor en absoluto, sigo haciéndolo.
Porque él me lo dijo.
Porque quiero. 233
Tiro de mi pezón y gimo, con los ojos cerrados.
Y gime.
Abro los ojos y veo que vuelve a mirarme las tetas y las manos, y le pregunto:
—¿Te gusta esto?
—Más fuerte.
Así que lo hago con más fuerza. Tiro de ellos con el índice y el pulgar mientras
gimo:
—Stellan, yo....
—Retuércelos —ordena a continuación, con voz grave y áspera.
Oscuro como el resto de él.
Dominante.
Y una vez más, obedezco.
Me retuerzo los pezones y lo hago con tanta fuerza que no puedo evitar correrme
contra la pared. No puedo evitar arquear la espalda y gemir su nombre una vez más, mis
tetas se agitan con mis respiraciones entrecortadas.
—Joder, joder —gruñe—, joder.
—Stellan, creo que...
—Distráeme.
—¿Qué?
Las venas se le tensan a los lados del cuello mientras levanta los ojos.
—Dime qué más llevas puesto.
Hago una pausa.
—¿Por qué?
—Porque —dice con los dientes apretados—, si te duele enseñarme las tetas,
puedes apostar tu culo a que a mí también me duele. Si tus tetas están llenas e hinchadas,
puedes apostar tu puto culo a que yo también estoy lleno e hinchado. A mí también me
duele, Dora. Porque como tú, yo también he querido verte las tetas desde hace mucho,
mucho tiempo. Como tú, he soñado con verlas. Y no sé mucho de sueños, pero sí sé que
cuando se hacen realidad y cuando se hacen realidad de una manera espectacular y
superando todas tus malditas expectativas, entonces es muy probable que te vuele la
cabeza. Es muy jodidamente probable que en este caso, vaya a estallar en mis putos
pantalones. Porque estoy lleno e hinchado y me duele la puta polla y aparte de correrme
en mis pantalones como un adolescente revoltoso que tiene cero control de sus impulsos, 234
también hay una posibilidad muy alta de que me corra en tus tetas hinchadas y llenas.
Hay una posibilidad muy alta de que me corra tanto que pinte tus tetas con mi semen y
gotee por tus putos pezones como leche. Así que antes de hacer nada de eso —levanta
la barbilla señalando mi oreja—, dime qué más llevas puesto.
En cuanto entiendo su significado, mis ojos están listos para bajar, listos para ver
las pruebas.
Es duro, ¿verdad? Eso es lo que quiere decir.
Pero no me deja.
—No lo hagas —ordena.
—¿Qué?
—Ni se te ocurra —advierte.
—Pero yo...
—No vas a poner tus putos ojos hambrientos en mi polla —dice con los dientes
apretados—. Y están hambrientos, ¿verdad? Me doy cuenta. Así que no, no me estás
mirando la polla. No la estás mirando y me estás contando todo lo que llevas puesto hasta
que mi furiosa erección se calme y pueda volver a respirar. Puedo respirar y protegerte,
¿bien?
Mi respiración es rápida.
Y mis tetas pesan tanto en mis manos que apenas puedo levantar su peso. Apenas
puedo pensar, pero por él, lo hago.
—Se llama jhumka —le digo, refiriéndome a mis pendientes—. Significa
campanitas en hindi.
Exhala en voz alta.
—Es jodidamente hermoso.
No lo parece por su tono, pero entiendo que intenta calmarse. Lo que de nuevo
me hace querer mirar hacia abajo y ver, incluso a través de sus pantalones, pero de
nuevo, por él, hago lo que dice.
Le hablo de mi maang tikka que llevo en la frente, de mi collar grande y lujoso
alrededor de la garganta. Mi anillo en la nariz, llamado nathini en hindi, que suele ser más
extravagante que un anillo normal con piedras preciosas incrustadas. Le hablo de mi
tatuaje de henna, mis tobilleras, mi pequeño anillo en el dedo del pie que se llama bicchiya
en hindi y que suele ser más lujoso que los anillos normales.
Hago una lista de cada pequeña cosa que llevo en el cuerpo y, cuando termino,
pregunto:
235
—¿Algo más?
—¿Qué te parece?
Miro sus facciones apretadas, con gotas de sudor en la frente, y voy a secárselas.
Pero, una vez más, me detiene.
—No me toques. —Abro la boca para protestar, pero continúa—: No me toques,
joder. Vuelve a ponerte las manos en las tetas.
—Pero eso no...
—Sólo hazlo.
—Creo que debería taparlas.
Niega con la cabeza una vez.
—No habría diferencia.
—¿Por qué no?
Su mandíbula se aprieta.
—Están jodidamente tatuadas en mi cerebro.
Me muerdo el labio ante sus palabras. Luego, cambiando de marcha, pregunto:
—¿Es grande?
Espera varios latidos. Que le veo contar en voz baja.
—¿Tengo una polla grande. ¿Es eso lo que me estás preguntando?
Asiento.
—Esa no es una buena pregunta en este momento.
Lo sé.
Pero no puedo contenerme.
Me aprieto las tetas que sigo sujetando y empiezo:
—¿Crees que...?
—¿Que si creo qué?
—¿Crees —me vuelvo a apretar las tetas—, que podrías meterlo entre mis tetas?
Permanece en silencio unos segundos. Entonces su voz, amenazadora y torturada
a la vez, pregunta:
—¿Me estás preguntando si puedo follarte las tetas?
—Ajá —digo.
Aunque lo que quería preguntarle era si podía follarme el coño con ella y si lo hacía, 236
¿me dolería? Pero supongo que me queda algo de decencia para no torturarlo así.
Así que le pido lo segundo mejor.
—Sí, Dora —dice con odio—, aunque mi polla sea lo bastante grande como para
hacerte daño, aún puedo follarte las tetas. Todavía puedo meterla entre tus pesadas y
llenas tetas y follártelas hasta que haga algo peor que correrme en tus tetas y en vez de
eso te pinte tu puta cara bonita con mi semen. Y entonces podré follarte las tetas una
segunda vez porque mi semen te habrá dejado toda resbaladiza y jugosa, así que por
supuesto mi polla en vez de bajar se quedará arriba. Y no me voy a encargar yo solo,
¿verdad? No cuando tienes un par de tetas perfectas que puedo montar para
deshacerme de mi erección. Por no mencionar que también tienes un perfecto par de
labios de abeja que voy a tener que separar. Voy a hacer que mantengas la boca abierta
y la lengua fuera para que cuando te esté follando las tetas como un desesperado que
no se ha corrido en meses, cuando ambos sabemos que acabo de hacerlo, pueda follarte
la boca mientras te follo las tetas. ¿Es suficiente explicación?
Niego con la cabeza.
Hace otra flexión, con las venas tensas.
—Y por si hay alguna duda, también puedo follarte el coño, ¿de acuerdo? Sólo
porque mi polla sea tan grande que te duela aunque simplemente la apunte en tu
dirección, puedo follarte el agujerito rosado del coño. También puedo follarte el culo. Pero
eso no es lo que estamos haciendo aquí, ¿verdad? Estamos terminando la historia.
Estamos cerrando el círculo y lo estamos haciendo de una manera muy segura y
responsable.
De repente, estoy abrumadoramente triste.
Me siento tan miserable porque esto es un adiós.
Cuando ni siquiera llegamos a saludarnos primero.
Sé que no debería decirlo. Lo sé, lo sé.
Pero aun así suelto:
—Si estamos cerrando el círculo, entonces después de pedirte que me tocaras las
tetas, también te pedí que me besaras.
Lo hice.
Y... Y creo que está bien.
No pasa nada si me besa. Porque será un beso de despedida.
Será un beso para terminar las cosas.
Y entonces mañana cuando Shepard vuelva, podré tener un nuevo comienzo. Un
nuevo comienzo. 237
Tiene sentido, ¿no?
—No.
—¿Qué?
—No. Voy. A. Besarte —dice despacio, pronunciando cada palabra como si no
fuera a entenderlas.
Como si me necesitara para conseguirlo.
Se me parte el corazón y agacho la cabeza.
Porque me rechazó otra vez. Me rechazó por lo que no debería haberlo pedido en
primer lugar. Nunca debería habérselo pedido. No sé lo que estaba esperando o
deseando o incluso pensando y yo...
Mis pensamientos se rompen cuando él me toca.
Cuando me acuna la cara y me inclina el cuello hacia arriba. Cuando me mira con
ojos brillantes, con un rostro de rasgos afilados y un arrepentimiento aún más agudo.
Me mira a la cara durante un segundo antes de retirar las manos de la pared y dar
un paso atrás. Me agarra el pallu y abre parcialmente el puño, haciendo que la tela caiga
entre nosotros como una cortina de cielo rojo y estrellas centelleantes.
Luego lo levanta y me lo pone sobre el hombro como si realmente me estuviera
cubriendo de estrellas.
Con cuerpos celestes y cósmicos.
Y cubriéndome del mundo.
De sus ojos también.
Antes de que pueda detenerlo, se da la vuelta y me deja en el armario, toda tapada
y aturdida.

238
ACTO 2
La Futura Novia, el Amor de su Vida y el Prometido

239
CAPÍTULO 1
Wildfire Thorn

La noche siguiente...
Lo encuentro en The Horny Bard.
Es uno de esos bares de mala muerte con música a todo volumen, mesas
pegajosas y todo bañado en luz de neón roja. Nunca ha sido mi lugar favorito para pasar
el rato en Bardstown, pero al parecer es muy popular entre los jugadores de fútbol.
Incluido él.
240
Probablemente este no sea el lugar ideal para hacer lo que he venido a hacer.
Probablemente debería esperar hasta que pueda tenerlo a solas. Pero cuanto más
posponga hacer lo correcto, más tiempo tendré para hacer lo incorrecto.
Cuanto más tiempo tengo para hacer algo peligroso.
Porque eso es lo que soy, ¿no?
Soy peligroso.
Siempre lo he sabido. Soy como mi padre. Soy un peligro para mi familia.
Pero lo que no sabía es que también soy un peligro para ella. Soy un peligro para
su corazón, como ella dijo. Soy un peligro para su felicidad. Para su felicidad para
siempre.
Siempre la he considerado una amenaza.
Una amenaza a mi paz. Mi control. Mi promesa.
Una amenaza porque me hace sentir cosas. Ella derrite el hielo alrededor de mi
corazón.
Y aunque eso pueda ser cierto, soy yo quien se ha esforzado por arruinarla. Yo
soy el que egoístamente ha tratado de usarla y abusar de ella.
Ella no.
Así que ella no es el problema. Soy yo.
De hecho, me di cuenta de algo. Me di cuenta de que ella es la chica que hace que
mi corazón se acelere. Pero no de la forma en que lo hace mi ira. Ella no hace que el
mundo desaparezca o que mi visión se nuble. No tengo que buscar un objeto de conexión
a tierra para controlarme, no.
Ella hace que el mundo brille. Enfoca el mundo. Cuando estoy con ella, no siento
que me vaya a salir del cuerpo. Siento que puedo sentirla por primera vez. El calor en mi
piel. El aire en mis pulmones. La sangre en mis venas.
Me siento humano.
No sé por qué no me había dado cuenta antes. Quizá porque estaba tan centrado
en huir de ella, tan centrado en mantenerla a distancia, en culparla, en enfadarme con
ella y con el hecho de que me haga sentir cuando no quiero, que nunca me centré en el
sentimiento en sí.
Nunca me centré en el hecho de que cuando me centro en ella, me siento
conectado a tierra.
Ella es mi objeto de conexión a tierra. 241
Y tengo que protegerla, ¿no?
Ella es un tesoro. Un jodido y raro tesoro que necesito proteger con mi vida.
Así que esto es todo.
Así es como lo hago.
Está en su rincón habitual, al fondo del bar. Está oculto por un pilar de ladrillo y
está formado por sofás de cuero afelpados. Y como era de esperar, están ocupados por
sus amigos del instituto. Ark Reinhardt, un exfutbolista que fue profesional durante un par
de años, pero se rompió la rodilla y ahora dirige una empresa de seguridad, The Fortress,
junto con un gimnasio de boxeo muy famoso en la ciudad; Homer Davidson, otro
exfutbolista, pero que nunca eligió ser profesional en favor de seguir los pasos de su
padre y hacerse cargo del negocio familiar; Byron Bradshaw, que sí eligió ser profesional
y actualmente juega en el Seattle. Está en la ciudad porque pasado mañana jugamos
contra su equipo.
Cada vez que estamos en la ciudad o cerca, insisten en reunirse. Aunque no me
gusta mucho quedar con la gente, es una de las pocas reuniones que no me dan miedo.
Sin embargo, no estoy aquí para conocer y charlar con la gente.
Así que en cuanto llego a su rincón, saco el teléfono del bolsillo trasero y lo dejo
sobre la mesa.
Justo delante de Shepard.
Me ha estado observando acercarme al grupo -todos lo han hecho-, pero aunque
antes todos parecían relajados, bueno, quizá excepto Shepard, ahora ya no lo están.
Notan la tensión en mi cuerpo, la determinación en mis ojos.
—Esto te pertenece —le digo a Shepard.
Está a punto de dar un sorbo a su cerveza cuando su mirada se desvía hacia el
teléfono que hay sobre la mesa. Lo sé en cuanto reconoce que es su teléfono. Todo su
cuerpo se tensa y se le frunce ligeramente el ceño. Baja lentamente la botella, con los
ojos clavados en ella durante varios segundos.
Luego, mirando hacia arriba:
—Ese es mi teléfono.
Me muevo sobre mis pies.
—Lo es.
Sus ojos se oscurecen lentamente.
Para ser gemelos idénticos, hay una pequeña diferencia entre él y yo. No creo que

242
la gente lo note; bueno, ella probablemente sí, pero esa no es la cuestión. La cuestión es
que sus ojos son un poco más claros que los míos. Así que cuando se enfada, puedes
ver cómo se oscurecen por segundos.
Mientras que los míos siempre permanecen oscuros.
—¿De dónde lo has sacado? —pregunta, dejando lenta y suavemente su botella
de cerveza sobre la mesa, a su lado.
—Lo encontré —le digo sinceramente—. En el vestuario.
—¿Cuándo?
—La noche que te mandé al banquillo.
—Esa fue la noche en que lo perdí.
—Sí.
Me mira durante unos segundos, su respiración sigue siendo uniforme, pero al
igual que la oscuridad de sus ojos, se está volviendo más pesada.
—Entonces qué, ¿tuviste mi teléfono todo este tiempo?
—Lo hice, sí.
—¿Por qué?
—Porque —respiro hondo y aprieto los dedos—, durante las últimas seis semanas,
lo he estado usando a tus espaldas. He estado usando tu teléfono para fingir que soy tú.
Para mentir. —Y luego—: A ella.
Aunque estoy completamente concentrado en mi hermano, veo movimiento en mi
periferia. Veo a Ark moviéndose, a Byron enderezándose, a Homer jugueteando con su
corbata. Incluso puedo oírlos murmurar cosas. Ark maldiciendo, Byron silbando en voz
baja y Homer, el más cercano a mí por naturaleza, simplemente guardando silencio, pero
puedo sentir que su mirada se agudiza.
La única persona que no se ha movido ni ha dicho nada es mi hermano gemelo.
Pero ya viene.
Va a ocurrir.
Porque a diferencia de ella, él me cree. Puedo verlo.
Puedo ver que creyó cada palabra que dije.
Bien.
Lentamente, se levanta.
De nuevo, veo movimientos en mi periferia; Ark también se está poniendo de pie.
Byron también. Ark, Byron y Shep eran inseparables en el instituto. Los tres eran dioses
del fútbol y muy populares. Todos ellos nunca se echaban atrás en una pelea. Con el
cuerpo tatuado de Ark y los músculos pesados de Byron, nadie se metía con ellos en la
243
escuela. Sé que ambos lo hacen para estar preparados, para cubrir las espaldas de
Shepard. Homer también se levanta, pero dado que solíamos ser los más cercanos del
grupo, probablemente lo hace por mí.
No hace falta que lo hagan; no estoy aquí para luchar o contraatacar.
No sólo porque nunca lucharé contra mi hermano, mi familia, sino porque estoy
aquí por la razón exactamente opuesta: rendirme.
—Has estado usando mi teléfono —empieza, su voz baja, los ojos ahora
completamente oscuros—, a mis espaldas.
—Sí.
—Y lo has estado haciendo para fingir. Para mentirle que eres yo.
—Sí. —Asiento—. Ella no lo sabe. No sabe que el tipo con el que ha estado
hablando estas últimas semanas soy yo. Que ha estado hablando con el gemelo
equivocado. No tiene ni idea y...
Entonces se abalanza sobre mí.
Y dados sus reflejos, ocurre en un instante.
En un segundo está al otro lado de la mesa y al siguiente está sobre mí. Me ha
puesto las manos en el cuello y me ha empujado varios pasos hacia atrás hasta que mi
espalda choca contra la columna. Y con él, vienen nuestros otros tres amigos, que
simultáneamente agarran a Shepard e intentan quitármelo de encima.
Me dirijo a todos en general.
—No pasa nada. Pueden dejarlo ir.
No lo hacen.
Pero antes de que pueda insistir, Shepard me golpea la espalda contra la columna
una vez más y se levanta en mi cara.
—Has estado fingiendo ser yo.
Mantengo los puños a los lados y respondo con toda la calma que puedo contra el
dolor punzante de mi espalda:
—Sí.
Otro empujón contra el pilar.
—Para estar con mi chica.
—Pero no es tu chica —le digo, de nuevo con toda la calma que puedo.
Aprieta su puño en mi cuello.
—¿Qué me dijiste? 244
—Shep —advierte Ark, su mano tatuada en el cuello de Shep, sus ojos verdes
alerta—, déjalo ir de una puta vez, ¿de acuerdo? Deja ir a tu hermano.
Byron también tira de Shepard. Y dado lo fuerte que es Byron además de los
rumores sobre su uso de esteroides, Shep debería retroceder, pero es el testamento del
odio y la ira de mi hermano que nadie puede hacerlo ceder.
De hecho, me agarra aún más fu