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Hipócrates y la Sabiduría de Demócrito

Traducción de las cartas de Hipócrates sobre Demócrito. Traducción personal del francés
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Hipócrates y la Sabiduría de Demócrito

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I

El Senado y el pueblo de Abdera a Hipócrates

Salud.
Un grave peligro, Hipócrates, se cierne actualmente sobre nuestra ciudad. Uno de nosotros,
aquel en quien ciframos nuestras esperanzas y que debería ser nuestra gloria hoy y siempre,
está amenazado. Nadie envidiaría ahora su suerte, ¡por todos los dioses!, pues la gran
sabiduría que rebosa le ha enfermado. Y tememos que nuestra ciudad de Abdera quede
enteramente desierta si Demócrito pierde la razón..

Se olvida de todo, empezando por él mismo. Permanece despierto noche y día, encuentra
motivo de hilaridad en todas las cosas, grandes y pequeñas, y en nada tiene la vida entera. Se
casa uno, el otro comercia, este se dirige al pueblo, aquel cumple una orden o parte en
embajada, alguien es elegido o destituido, o cae enfermo, es herido o muere: Demócrito se ríe
de todo al ver a unos tristes y apesadumbrados mientras otros se regocijan.

Nuestro hombre hace además del Hades y de lo que allí ocurre objeto de sus investigaciones,
escribiendo notas que guarda cuidadosamente. Asegura que el aire está cargado de
simulacros. Escucha la lengua de los pájaros y con frecuencia se levanta de noche y parece
cantar a media voz, completamente solo. Pretende que viaja por el infinito, y que habría
innumerables Demócritos semejantes a él. Su tez está tan deteriorada como su juicio.

Tenemos miedo, Hipócrates. Estamos trastornados. Sálvanos, por favor. Ven rápidamente a
salvar nuestra patria. No nos rechaces, no lo merecemos. Podemos atestiguarlo. Salvar a este
hombre no dejará de procurarte gloria, dinero, conocimientos. Y aunque los conocimientos sean
a tus ojos mucho más valiosos que la fortuna, también ésta se te proporcionará en abundancia
y sin regatear. Pues el alma de Demócrito no tiene precio para nuestra ciudad. Incluso aunque
ésta fuera de oro, no bastaría para pagar tu venida y tu prisa por llegar.

Creemos, Hipócrates, que nuestras costumbres están enfermas, golpeadas por la demencia.
¡Oh, el mejor de los hombres!, ven a curar a un hombre ilustre. Menos médico que restaurador
de toda Jonia, levanta a nuestro alrededor una muralla aún más sagrada. Curarás a nuestra
ciudad, no sólo a un hombre. Abre de nuevo nuestro Senado, enfermo y en peligro de ser

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clausurado, hazlo en calidad de legislador, juez, arconte, salvador. Ven y serás el artífice de
todo esto. Es lo esperamos de ti, Hipócrates, tal el papel que te encomendamos.

Una ciudad no carente de lustre —o, más bien, Grecia entera— te suplica que veles el cuerpo
de la sabiduría. Piensa que la sabiduría en persona ha enviado esta embajada para buscarte,
para suplicarte que le libres de esta demencia. Todo el mundo mantiene con la sabiduría
vínculos de parentesco, pero más todavía aquellos que, como nosotros, se han acercado a ella
con ventaja. Siéntelo bien: incluso los siglos venideros te agradecerán que hayas impedido a
Demócrito desviarse de esta verdad, de la que él se considera el primer detentador. Ligado
como estás por nacimiento y arte a Asclepio, sobrino de Heracles, de éste desciende (como sin
duda sabes) Abdero, epónimo de nuestra ciudad. Por eso también será para Heracles un placer
la curación de Demócrito.

Así pues, Hipócrates, viendo cómo un pueblo y un hombre ilustre pierden el uso de sus
facultades, te suplicamos que vengas a toda prisa. Los mismos bienes, excediendo su medida,
se vuelven enfermedades. Cuanto más se ha elevado Demócrito a las cimas de la sabiduría,
más riesgo corre en el presente de ser alcanzado por la parálisis intelectual y la imbecilidad,
mientras que la multitud de los abderitas, al margen de la sabiduría, no sólo conserva el sentido
común sino, ganándole incluso en inteligencia, es capaz de distinguir la enfermedad de un
sabio, que necesita precisamente inteligencia.

Ven pues con Asclepio, fundador de tu linaje. Ven con Epione, hija de Heracles. Ven con los
asclepíadas, miembros de la expedición contra Ileon. Ven a traernos los remedios de Peán
contra la enfermedad. La tierra dará en abundancia raíces, hierbas y flores como antídotos de
la locura. Tal vez, ni la tierra ni las cimas de los montes produzcan nunca nada tan fecundo
como lo que ahora debe curar a Demócrito.

Pórtate bien.

II

Hipócrates al Senado y al pueblo de Abdera

Salud.

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Vuestro conciudadano Ameleságoras llegó a Cos cuando se estaba celebrando la toma de la
vara. Como sabéis, es una fiesta anual en la que todo nuestro pueblo se reúne y se dirige hacia
un ciprés en magnífica procesión, conducida, según es costumbre, por quienes pertenecen al
dios. Dado que Ameleságoras, a juzgar por su apariencia y sus discursos, estaba impaciente,
me convencí de que el asunto no podía esperar, como comprobaría luego.

Leyendo vuestra carta me ha sorprendido que la ciudad estuviera conmocionada como un solo
hombre por un solo hombre. ¡Dichosos los pueblos que saben que los hombres valiosos son
sus mejores armas defensivas y que confían menos en torres y murallas que en los sabios! . En
cuanto a mí, convencido de que las artes se deben a los dioses y los hombres son obra de la
naturaleza, permitidme pensar, abderitas, que no sois vosotros quienes me llamáis, sino la
misma naturaleza la que me invita a salvar su obra, amenazada de muerte por la enfermedad.
De suerte que, al apresurarme en ir a curar la enfermedad de Demócrito, os obedezco menos a
vosotros que a la naturaleza y a los dioses. Suponiendo que se trate realmente de una
enfermedad y no de un engaño que os ciega (yo preferiría esto último, que daría fe de vuestra
afección, pues una sospecha habría bastado para trastornaros).

Por ir hacia vosotros, ni la naturaleza ni la divinidad me ofrecerían dinero. No me violentéis,


pues, abderitas, comprended más bien que un arte liberal se ejerce libremente. Quienes
trabajan por dinero subyugan la ciencia a sus intereses, privándolas de su antigua libertad de
expresión, y las reducen, por así decir, a la esclavitud. Ellos son bien capaces de mentir,
exagerando la importancia de una enfermedad o negando su gravedad, o incumplir sus
promesas, no acudiendo al pedírseles ayuda o yendo cuando no se les ha llamado.
¡Despreciable vida humana, pues sin cesar se insinúa la intolerable codicia, semejante a un
viento invernal! Y plugo a los dioses que los médicos unan sus fuerzas para curar esta
enfermedad, más penosa que la locura, ya que llega a reputarse como feliz esta afección
mórbida y perniciosa.

En cuanto a mí, considero cualquier enfermedad del alma locura virulenta, pues obliga a la
razón a ciertos juicios y representaciones que sólo curan con la purga y la virtud. Si quisiera
enriquecerme sin importarme el modo, abderitas, más que ir a vuestra tierra por diez talentos
me dirigiría hacia el gran rey de los persas, quien me ofrecería ciudades enteras, llenas de todo
aquello que procura felicidad a los hombres, y curaría la peste que allí reina. Pero me he
negado a liberar de su funesta enfermedad a un país enemigo de Grecia, librando así a mi
manera un combate naval con los bárbaros. Las riquezas recibidas del rey, toda esa
abundancia enemiga de mi patria, no podrían enorgullecerme, y en mis manos serían una
especie de máquina de guerra que amenazaría a las ciudades griegas.

Enriquecerse no consiste en ganar dinero a toda costa. La virtud es una gran santidad que la
justicia no sólo no disimula sino que, por el contrario, hace evidente. ¿No consideraríais
igualmente reprensible salvar a los enemigos y cuidar a los amigos por dinero? No es esa

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nuestra actitud, pueblo de Abdera. Yo no me aprovecho de las enfermedades y recibo con pena
la noticia del desvarío de Demócrito. Si tiene buena salud, será mi amigo y, si está enfermo, me
será aún más querido una vez sanado. Pues sé que él, severo y de austeras costumbres,
constituye un ornamento para vuestra ciudad.

Portaos bien.

III
Hipócrates a Filopomeno

Salud.
Los mismos emisarios que me trajeron la carta de tus conciudadanos me hicieron llegar la tuya.
Me alegra mucho que me ofrezcas tu hospitalidad y todo lo que lleva aparejado. Si la suerte
nos acompaña tendremos, imagino, más razones para el optimismo que lo que deja traslucir tu
carta.

Pues no son de locura, sino de un vigor anímico llevado demasiado lejos, los signos
manifiestos que presenta nuestro hombre. Demócrito no tiene en mente ni hijos, ni mujer, ni
padres, ni fortuna ni cosa que se le parezca. Está replegado día y noche en sí mismo, viviendo
solitario en cavernas y desiertos, a la sombra de los árboles, sobre las suaves hierbas o a lo
largo de los torrentes. A los melancólicos les pasan a menudo cosas de este género: suelen ser
taciturnos y solitarios, prefiriendo los parajes aislados. Separados de los hombres, miran a sus
semejantes como extraños.

Pero tampoco es raro, entre quienes se consagran al saber, que su disposición a la sabiduría
les incite a olvidar cualquier otra preocupación. Cuando los sirvientes llenan la casa con el
fragor de sus disputas basta con que aparezca repentinamente la dueña para que, temerosos,
se tranquilicen. Lo mismo ocurre con las pasiones del alma, esas servidoras de los males
humanos: en cuanto aparece la sabiduría las otras afecciones ceden su lugar como esclavas .

No sólo los locos buscan las cavernas y los lugares tranquilos. También aquellos que, teniendo
en paz su alma, se llegan a ellos por despreciar los asuntos humanos. Cuando el espíritu,
abrumado por las inquietudes exteriores, aspira al reposo del cuerpo, corre a los lugares
tranquilos. Allí, al despertar temprano, vuelve por sí mismo al país de la verdad, donde no hay
ni padre, ni madre, ni mujer, ni hijos, ni hermano, ni hermana, ni parientes, ni sirvientes, ni
fortuna, absolutamente nada de lo que produce agitación. Aterrorizada, cualquier causa de
inquietud se aparta, sin osar acercarse, por respeto a los habitantes de ese país: las artes y

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virtudes, los dioses, los démones, las voluntades, los pensamientos . En dicho país los astros
se agitan en múltiples movimientos bajo la inmensa bóveda que los corona.

Tal vez es ahí donde, so capa de sabiduría, Demócrito haya cambiado ya de morada. Y como
ese lejano viaje le impide ver a quienes se han quedado en la ciudad, pasa por loco bajo
pretexto de que está deseoso de soledad. No es difícil comprender que los abderitas, con su
dinero, no están en el secreto de Demócrito. Sea como sea, amigo Filopomeno, prepárate a
ofrecernos tu hospitalidad. Pues no quiero ser un estorbo para una ciudad ya trastornada,
cuando, como sabes, hace tanto tiempo que me une a ti una relación personal.

Pórtate bien.

IV
Hipócrates a Dionisio

Salud.
Amigo mío, te ruego que me esperes en Halicarnaso, o mejor, que tomes la delantera y te
reúnas conmigo: debo ir urgentemente a Abdera, pues Demócrito ha caído enfermo y su ciudad
me pide que vaya. No sabría decirte, Dionisio, cuántas personas simpatizan con él: la ciudad,
como una sola alma, está enferma con su conciudadano, y me parece que ellos también
necesitan tratamiento.

Por mi parte, no creo que se trate de una enfermedad, sino más bien de un exceso de ciencia,
de una ciencia inmoderada, no tanto en realidad sino en opinión de los ciudadanos. El exceso
de virtud nunca es dañino, sino la ignorancia de quienes eso deciden, que les lleva a tomar la
sobreabundancia por enfermedad. De lo que uno mismo no tiene, cada cual concluye que la
abundancia del otro debe ser superflua. Así, ve el cobarde en la valentía inmoderación como el
avaro en la generosidad, pues toda insuficiencia considera excesiva la justa temperancia de la
virtud. Pero hasta que no vea al mismo Demócrito emitiendo su pronóstico y escuche sus
propuestas, no sabré qué le sucede.

En cuanto a ti, Dionisio, date prisa en encontrarte conmigo. Quiero que vengas a instalarte en
mi patria hasta que regrese para ocuparte de mis asuntos y, sobre todo, de mi ciudad. No sé
qué cúmulo de circunstancias han hecho este año tan saludable, con idénticas condiciones
naturales que anteriormente, y así las enfermedades no causarán un desorden excesivo.

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Sea como fuere, ven a mi encuentro. Te alojarás en mi casa, en excelentes condiciones, pues
mi mujer permanecerá en casa de sus padres lo que dure mi viaje. Sin embargo, vigila su
conducta, vela por que se comporte juiciosamente y que, ausente su marido, no dirija sus
pensamientos a otros hombres. Siempre ha sido honesta y sus padres son gente de bien.
Sobre todo su padre, pequeño anciano de un coraje fuera de lo común, que odia
extraordinariamente el mal. Pero una mujer siempre necesita alguien que la modere, pues por
naturaleza presenta cierta intemperancia que de no corregirse día a día, produce, como los
árboles, una vegetación enloquecida.

Por mi parte, considero que un amigo es para la esposa guardián más escrupuloso que los
parientes, pues no tiene que sufrir esa familiaridad afectiva que sin cesar vela la admonición.
La sabiduría aumenta siempre en la impasibilidad no turbada por la benevolencia.

Pórtate bien.

V
Hipócrates a Damageto,
Salud.
La última vez que nos vimos en Rodas, Damageto, llamó mi atención un navío que llevaba la
enseña del Sol. Era una nave soberbia, de sólida popa, bien carenada y con amplia provisión
de puentes. Ensalzaste la agilidad de su tripulación, segura y eficaz, y la construcción, propia
de un buen velero. Envíanoslo, si fuera posible, armándolo con alas más que con remos. El
asunto es urgente, amigo mío, pues debo con premura hacer la travesía a Abdera. Quiero curar
a la ciudad, enferma por la enfermedad de Demócrito.

A este hombre, cuya fama conoces, su patria le acusa de haber caído en la locura. Pero yo
presumo, o más bien espero, que realmente su espíritu no esté afectado, y creo que se trata
más bien de una opinión de la gente. Dicen que siempre se está riendo, que no para de reír por
cualquier motivo, lo cual les parece signo de locura. En consecuencia, diles a nuestros amigos
de Rodas que mantengan la justa medida, que no se muestren ni demasiado risueños ni
demasiado apesadumbrados, sino que guarden el justo medio, a fin de parecerles amables a
unos hombres y a otros pensadores que meditan sobre la virtud.

Eso no impide, Damageto, que haya algo malsano en reírse por cualquier cosa. Pues si la
intemperancia es viciosa, su perpetuación es peor aún. Podría decirle: «Demócrito, una
enfermedad, un asesinato, un fallecimiento, una ciudad sitiada, todo mal que sobreviene y cada

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cosa que ocurre dan ocasión a tu risa. Pero dado que hay tanta alegría como pena en este
mundo, rechazar una de las dos ¿no es ser hostil con los dioses? Tendrías mucha suerte (y voy
a decir algo imposible) si tu madre no hubiera estado nunca enferma, ni tu padre, ni, si eso
fuera posible, tus hijos, ni tus amigos, y tu risa tuviera por sí sola el feliz poder de preservarlo
todo. Pero tú te ríes de los enfermos, te regocijas cuando alguien muere, te parece encantador
el anuncio de una desgracia. ¡Qué malignidad, Demócrito, qué lejos estás de la sabiduría si no
sabes ver los males ! Estás bajo los efectos de la bilis negra, corres el riesgo de volverte
abderita y tu ciudad resulta más razonable que tú».

Pero de todo esto, Damageto, hablaremos más adelante con más detalle. El tiempo que dedico
a escribirte retrasa aún más el navío.

Pórtate bien.

VI

Hipócrates a Filopomeno,

Salud.
Lleno de inquietud y preocupación por Demócrito, hacia el amanecer tuve un sueño. De él
concluyo con certeza —pues si no, hubiera despertado estupefacto — que no hay que temer
ningún peligro.

Mientras nos acercábamos a las puertas de Abdera, me pareció ver surgir al mismo Asclepio a
mi lado. Asclepio no aparecía como le muestran sus retratos, apacible y ameno, sino en tal
estado de agitación que su aspecto era terrible. Le seguían dragones, una especie de
gigantescos reptiles también presurosos que iban dejando inmensas huellas y silbando
horriblemente, con sonidos propios de los desiertos y los huecos de las cañadas. Detrás iban
sus compañeros, llevando drogas medicinales en cajas cuidadosamente selladas. Me tendió
entonces el dios la mano. Yo la tomé con alegría, pidiéndole que me asistiera y no me
abandonara en el tratamiento. «No tienes ninguna necesidad de mí en esta ocasión, me dijo.
Aquí está quien debe guiarte, la diosa común a inmortales y mortales». Me di la vuelta y vi a
una bella y gran mujer, peinada sin afectación y cuyos vestidos resplandecían. De sus pupilas
emanaba una luz pura que parecía dar a sus ojos el brillo de los astros. El dios se alejó y esta
mujer, tomándome de la muñeca con cierta firmeza, me condujo servicialmente por la ciudad.

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Mientras nos aproximábamos a la casa donde creía que mi huésped se aprestaba a acogerme,
desapareció como una visión, diciendo solamente: «Nos encontraremos mañana en casa de
Demócrito». Ya se iba cuando le repliqué: «Noble dama, te lo ruego, dime quién eres y cuál es
tu nombre». «La Verdad, dijo, y a quien ves aproximarse —apareció otra mujer, no carente de
belleza, que avanzaba audazmente con aire osado— se llama Opinión y ha decidido vivir entre
los abderitas».

Al despertar interpreté mi sueño: Demócrito no tenía necesidad de un médico, puesto que el


mismo dios terapeuta se apartaba de él, como si no tuviera que ejercer su terapia. En
Demócrito se encuentra la verdad de la salud, mientras que la opinión de su enfermedad reside
en los abderitas.

Creo, Filopomeno, que eso es lo que ocurre. Yo no rechazo los sueños, sobre todo cuando
tienen una estructura. Medicina y adivinación guardan estrecho parentesco, pues tanto un arte
como otro brotaron del mismo padre: nuestro ancestro Apolo, que anuncia las enfermedades
presentes y futuras y cura a los enfermos actuales y venideros.

Pórtate bien.

VII
Hipócrates a Cratevas

Salud.
Sé, querido amigo, de tus grandes dotes de herborista, basado en tu práctica y en la de tus
gloriosos antepasados, y tu competencia iguala a la de tu abuelo Cratevas. Te ruego que desde
hoy mismo —ahora o nunca, la necesidad así lo exige— empieces a recolectar las mejores
plantas que puedas encontrar y enviármelas. Las destino a un hombre que vale por sí solo lo
que una ciudad entera. Un abderita, sin duda, pero nada menos que Demócrito. Se dice que
está enfermo y que su locura hace necesaria la purgación. A decir verdad, tengo fundadas
esperanzas de que no precisemos tales remedios, mas hay que estar preparados para
cualquier eventualidad.

He admirado a menudo en tu casa la virtud de tus plantas, la naturaleza y la organización de


todas las cosas, el sagrado suelo de la tierra, que produce animales, vegetales, alimentos,
remedios, la fortuna y la misma riqueza. Sin ella la codicia no podría proseguir su marcha y los

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abderitas no intentarían seducirme con el anzuelo de diez talentos, haciendo de mí menos un
médico que un servidor venal. ¡Si pudieras, Cratevas, arrancar simplemente la raíz amarga de
la codicia, sin dejar nada! Sábete que entonces purgaríamos a la vez el cuerpo y el alma
enfermos de los hombres.

Pero esto sólo son votos piadosos. Recolecta de inmediato preferentemente las plantas que
crecen en las montañas y lugares elevados. Tienen más substancia y fuerza que las plantas
más húmedas, pues en la montaña la tierra es compacta y el aire sutil: lo que absorben es más
vital. Sin embargo, procura también recolectar la plantas que crecen cerca de pantanos y
estanques o en la linde de ríos y fuentes, esas plantas que llamamos de agua viva, aunque sé
que no tienen demasiado vigor, que no son muy activas y dan un jugo demasiado dulce. Que
todo extracto y líquido se transporte en vasos de vidrio. Que las hojas, flores y raíces se
transporten en jarras de cerámica nuevas cuidadosamente cerradas, para evitar que expuestas
a los vientos pierdan su virtud medicinal, evaporada como un alma.

Envíanos todo eso sin demora. Pues el momento del año es favorable y la necesidad de curar
esta pretendida locura es urgente. Todas las artes son enemigas del retraso, pero más la
medicina, porque la procrastinación pone en peligro la vida. Las ocasiones favorables son el
alma del tratamiento y hay que estar al acecho para no perderlas.

Espero que Demócrito goce de buena salud y no sea preciso curarle. Sin embargo, si tenemos
que enfrentarnos con algún vicio de la naturaleza, con una ocasión poco favorable o con
cualquier otra penosa influencia (pues muchas cosas se nos escapan a nosotros, mortales, ya
que apenas mostramos vigor en esforzarnos por la verdad), necesitamos unir todas nuestras
fuerzas para enfrentarnos a lo desconocido. Quien está en peligro no queda satisfecho con los
medios de que disponemos sino que desea igualmente aquello que no está a nuestra
disposición. Casi siempre hay que enfrentarse con dos límites, uno debido al hombre y otro al
arte: el primero está limitado a lo que se puede ver, el segundo, a lo que puede conocerse.
Tanto en un caso como en otro dependemos de la suerte.

Siendo la purgación en parte imprevisible, conviene ser circunspectos, y cuidar de no lesionar


el estómago, calculando bien las proporciones del remedio para adecuarlas a una naturaleza
desconocida. Pues las cosas del mundo no tienen una sola e idéntica naturaleza. Cada
naturaleza particular se diferencia siempre de otra antes de instalarse en ella, y, a veces,
arruina la totalidad. Numerosos reptiles derraman su veneno sobre las plantas y, con las fauces
abiertas, les insuflan un aire venenoso que substituye al remedio. No se reparará en ello a
menos que alguna mancha o impureza, algún olor salvaje y viciado indiquen lo que ha ocurrido.
Un accidente así puede hacer fracasar al arte. Y aunque las purgaciones por eléboro sean las
más seguras, como se cuenta de Melampo con las hijas de Protos y de Anticreo con Heracles,
espero que no sea necesario usarlas con Demócrito y pueda en él ser la sabiduría la más
eficaz de las drogas medicinales.

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Pórtate bien.

VIII
Hipócrates a Damageto

Salud.
En efecto, era lo que pensábamos, Damageto: lejos de tener afectado el espíritu, Demócrito
considera las cosas con gran amplitud de miras. Me ofreció una lección de sabiduría y, a mi
través, a todos los hombres.

Ya va de vuelta a tu casa, querido amigo, tu navío, digno verdaderamente de los Asclepíadas. A


la enseña del Sol que ya lleva añádele la marca de la salud pues, con la ayuda de los dioses,
fueron sus velas impulsadas con fuerza, desembarcándonos en Abdera en la fecha prevista y
anunciada. Encontramos a sus habitantes reunidos en asamblea a las puertas de la ciudad,
donde habían venido todos a esperarnos. No sólo los hombres, también las mujeres, los
ancianos, los niños y los bebés. Y te aseguro, por los dioses, que todos eran presa de la
tristeza. Su actitud podía explicarse por la supuesta locura de Demócrito, mientras éste se
dedicaba escrupulosamente a forjar una filosofía superlativa.

Al verme, parecieron recuperarse un poco y concebir esperanzas. Filopomeno me ofreció su


hospitalidad y los demás compartían su sentir. Pero yo les dije: «Abderitas, mi primera
preocupación es ver a Demócrito». Ellos aprobaron estas palabras y me escoltaron
gozosamente a través del ágora, unos corriendo detrás, otros delante a cada lado,
exhortándome a «salvar, a socorrer, a curar». Yo les instaba a retomar el coraje, seguro de que
después de la estación veraniega el mal pronto sería reducido a nada o a poca cosa de fácil
solución.

Hablando así, seguía yo mi camino. La casa a la que me dirigía no estaba lejos en una ciudad
poco extensa. En breve llegamos cerca de la muralla donde se encontraba la casa.
Seguidamente me condujeron con cuidado tras la torre hasta una elevada colina, sombreada
por altos álamos frondosos. Desde allí se divisaba la morada de Demócrito y, al pie de un
plátano espeso y muy bajo, al mismo Demócrito, vestido con una túnica grosera, solo,
descuidado, sentado en un banco de piedra, la tez muy pálida y el cuerpo descarnado, el
mentón cubierto por una barba demasiado larga . Cerca de él, a su derecha, murmuraba
dulcemente un hilo de agua que corría por la pendiente de la colina. En esta colina se
levantaba un templo consagrado a las ninfas, según se colegía, cubierto de viña virgen.

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Demócrito sostenía con cuidado un libro sobre sus rodillas y algunos más se esparcían por el
suelo de un sitio a otro, junto a un montón de animales disecados. Él se inclinaba para escribir
aplicadamente o permanecía interminablemente en suspenso, perdido en sus pensamientos. Al
rato se levantaba, daba una vuelta y examinaba las entrañas de los animales, las dejaba en su
sitio y volvía a sentarse.

Invadidos por una tristeza que casi llenaba de lágrimas sus ojos, los abderitas que me
rodeaban dijéronme entonces: «Ya ves, Hipócrates, en qué consiste la vida de Demócrito y lo
loco que está, sin saber lo que quiere ni lo que hace». Uno de ellos, deseando resaltar su
locura, lanzó una aguda queja, como una mujer llorando la muerte de su hijo. Otro prorrumpió a
su vez en lamentos, como un viajero que hubiera perdido su equipaje. Al oírles, Demócrito
primero sonrió para estallar después en risas y, dejando de escribir, dio repetidas cabezadas.
Dije entonces a los abderitas: «Quedaos aquí mientras me aproximo a nuestro hombre, su
palabra y su cuerpo, instruyéndome con la vista y el oído de la verdad de su estado».

Una vez dicho esto, descendí sin ruido. La pendiente era empinada y me resultaba difícil evitar
dar pasos en falso. Llegando a su altura, iba a abordarle, pero lo encontré escribiendo con
ardor, en un rapto de entusiasmo. Me acerqué donde estaba esperando la ocasión favorable.
Poco después, dejando su estylo, levantó hacia mí los ojos mientras me aproximaba.
«Extranjero, te saludo», dijo. «Yo te dirijo a ti mil saludos, Demócrito, el más sabio de los
hombres». Creo que avergonzado por no haberme llamado por mi nombre, replicó entonces:
«Y tú, ¿cómo te llamas? Por no conocer tu nombre te he tildado de extranjero». «Mi nombre,
dije, es Hipócrates, el médico». Él respondió: «La nobleza de los Asclepíadas me es bien
conocida y tu gran renombre como médico sabio ha llegado hasta mí. ¿Qué asunto, amigo mío,
te ha traído hasta aquí? Antes de nada, siéntate. El follaje aún verdeante y tierno de este banco
no es desagradable. Los asientos de la buena fortuna, que excitan la codicia, no ofrecen tanta
dulzura». Tomé asiento y él continuó. «¿Vienes por un asunto privado o por algo que afecta al
país entero? Habla sin falta y secundaremos tus esfuerzos en la medida de lo posible”. «A decir
verdad, le respondí, es por tu causa por lo que estoy aquí, con el propósito de encontrarme con
un hombre sabio, bajo el pretexto de una embajada de tu patria». «Entonces, dijo, empieza
aprovechándote de nuestra hospitalidad».

Queriendo probar al hombre en todos los sentidos, aunque claramente persuadido ya de que
no tenía el espíritu extraviado, repliqué: «¿Conoces a Filopomeno, uno de tus
conciudadanos?». «Perfectamente, dijo, te refieres al hijo de Damon, que vive junto a la fuente
de Hermes». «El mismo, respondí. Una común filiación hace de mí su huésped particular. Pero,
créeme Demócrito, tu hospitalidad me es aún más cara. Para empezar, explícame qué
escribes». Esperó un poco antes de responder: «Escribo sobre la locura». «Por Zeus, el rey de
los dioses, exclamé, qué a propósito, qué réplica a las acusaciones de la ciudad». «¿De qué
ciudad hablas, Hipócrates?», preguntó: «No es nada, Demócrito, no sé cómo se me ha
escapado. Mas, ¿qué escribes acerca de la locura?». «¿Qué podría escribir?, respondió, sino

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qué es, cómo les sobreviene a los hombres y de qué modo se la puede calmar?. A esos
animales que ves ahí no los diseco por odio a la obra divina, sino porque busco la naturaleza y
el asiento de la bilis; pues, como sabes, cuando abunda en demasía extravía el espíritu de los
hombres. Es verdad que en todos se encuentra de forma natural, pero en menor cantidad en
uno y abundancia en otros. Cuando hay exceso de ella, sobrevienen las enfermedades. Es
pues una substancia tanto buena como mala». Exclamé entonces : «Por Zeus, Demócrito, que
dices la verdad y hablas sabiamente. Concluyo de ello que eres feliz al gozar de una
tranquilidad que no nos ha sido dado compartir». «Pero, ¿por qué no os ha sido dado gozar de
ella?», preguntó. «Porque, respondile, los campos, la casa, los hijos, las deudas, las
enfermedades, los muertos, los esclavos, los matrimonios y lo demás nos despojan de todo
descanso». Entonces, nuestro hombre, siguiendo su costumbre, se echó a reír a carcajadas,
tomándolo todo a risa y quedando después en silencio. Yo le repliqué: «¿Por qué te ríes,
Demócrito?, ¿es de los bienes o de los males de los que he hablado?». Rió aún más y algunos
de los abderitas que de lejos nos contemplaban se golpearon la cabeza y la frente, otros se
arrancaban los cabellos, pues su risa, como más tarde confesaría, había sido entonces más
fuerte que de costumbre.

Volví entonces a tomar la palabra: «Demócrito, el mejor de los sabios, ardo en ganas de saber
qué te pone en ese estado, qué te ha parecido irrisorio de mí o de lo que he dicho. Debo
informarme debidamente para suprimir la causa de tus burlas o convencerte de que estás
equivocado y renuncies a tus inoportunas risas». «Por Heracles, dijo, si puedes convencerme
de que estoy equivocado, Hipócrates, conseguirás una cura jamás realizada en nadie».
«Querido mío, respondí, ¿cómo no convencerte de tu error? ¿No piensas que es extravagante
reírte de la muerte de un hombre, de la enfermedad, del extravío de espíritu, de la locura, la
melancolía, del asesinato, incluso de cosas aún peores? ¿O, en el otro extremo, del
matrimonio, los panegíricos, los embarazos, los misterios, las magistraturas, los honores y
cualquier otro bien? Pues te ríes de lo deplorable, deploras lo que debería regocijarte, de modo
que entre el bien y el mal no hay diferencias para ti». Dijo él entonces: «Dices muy bien,
Hipócrates, pero ignoras por qué me río. Cuando lo sepas, estoy seguro que con mi risa te
llevarás contigo, tanto para bien de la patria como para el tuyo propio, una medicina más eficaz
que tu embajada, y podrás enseñar a otros esta sabiduría. En contrapartida, tal vez me
enseñes a tu vez el arte médica, cuando sepas hasta qué punto los hombres se interesan por
lo que carece de interés, rivalizan esforzadamente por lo que no merece la pena y desperdician
su vida emprendiendo cosas ridículas».

Exclamé entonces : «¡Explícate, en nombre de los dioses! Temo que el mundo entero esté a su
vez enfermo, sin poder enviar a ningún sitio una embajada en busca de remedio. Pues, ¿qué
habría fuera del mundo?». Y él, retomando a la palabra, habló así: «Existen, Hipócrates,
infinitos mundos: guárdate, amigo mío, de disminuir la riqueza de la naturaleza tal como es».
«Estas cuestiones, Demócrito, dije, las abordarás a su debido tiempo. Querría evitar que te

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eches a reír incluso al hablar del infinito. Por ahora debes comunicar al mundo dónde ves las
razones de tu risa».

Tras lanzarme una penetrante mirada, respondió : “Atribuyes dos causas a mi risa, los bienes y
los males. Pero sólo me río de una cosa: del hombre preso del extravío, vacío de cosas justas,
pueril en todos sus proyectos, que sufre sin ningún beneficio pruebas sin fin llevado por sus
deseos inmoderados a aventurarse hasta los límites de la tierra y sus inmensas cavidades.
Funde la plata y el oro sin cesar jamás de adquirirlos, bregando siempre por conseguir una
ventaja y no decaer. No experimenta ningún remordimiento por declararse feliz mientras horada
a manos llenas las profundidades de la tierra con cautivos encadenados, algunos de los cuales
perecen bajo los desprendimientos de la tierra quebradiza, mientras otros, sometidos
interminablemente a esta constricción, sobreviven al castigo, que consideran su patria. Se
busca plata y oro, se examinan las trazas de polvo y las raspaduras, aquí se amontona la tierra
extraída de allá. Se abren venas en la tierra, se hienden los terrones con el fin de enriquecerse.
Se hace un enemigo de nuestra tierra materna. Ella, que siempre es la misma, es admirada y
luego arrojada a los pies. ¡Qué risa me dan estos enamorados de una tierra agotadora y llena
de secretos que violentan lo que tienen ante su mirada! .

Unos compran perros, otros caballos. Circunscriben un amplio territorio y le ponen una marca
de propiedad y, por querer ser amos de amplios dominios, no pueden dominarse ellos mismos.
Se apresuran a casarse con mujeres a quienes repudian poco después. Aman y luego execran.
Desean procrear y luego expulsan a sus hijos cuando se hacen mayores. ¿Qué son estas
vanas y disparatadas prisas que en nada difieren de la locura?

Hacen la guerra a los suyos sin preocuparse nunca de vivir en paz. A las emboscadas de los
reyes responden con contraemboscadas. Son homicidas. Excavan la tierra buscando plata,
encuentran la plata y quieren tierra; adquirida la tierra, venden sus frutos, vendidos sus frutos
vuelven a echar mano a la plata. Tan inestables y malvados son. Cuando no son ricos desean
la riqueza, la adquieren, esconden y sustraen a las miradas. Me burlo de sus fracasos, me
carcajeo de sus infortunios, pues transgreden las leyes de la verdad. Rivalizan en odio,
combaten con sus hermanos, sus parientes, sus conciudadanos, y todo ello por bienes de los
que nadie es dueño al morir. Se masacran mutuamente. Descuidados con las leyes, miran
desde arriba a sus amigos o a su patria cuando atraviesan dificultades. Ponen precio a lo
indigno y a lo inanimado. Gastan toda su fortuna en comprar estatuas, con el pretexto de que la
obra esculpida parece hablar, pero execran a quienes realmente hablan.

Codician lo que se encuentra fuera de sus posibilidades: cuando habitan en el continente


quieren el mar; isleños, deben vivir en el continente. Todo lo orientan según su deseo particular.
En la guerra parecen resplandecer de virilidad, pero día tras día sucumben a la corrupción, al
amor por el dinero, a todas las pasiones que les enferman. Son todos tersitas de la vida. ¿Por
qué entonces, Hipócrates, me reprochas mi risa? No hay nadie que se ría de su propio

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extravío, toda burla es mutua. Unos se ríen de los ebrios, creyéndose sobrios, otros de los
enamorados cuando están sometidos a una enfermedad peor, algunos se ríen de los
navegantes y otros de los agricultores. Pues no están de acuerdo ni sobre las artes ni sobre las
obras».

Intervine yo entonces: «Son éstas, Demócrito, verdades que conviene decir. No tendría un
lenguaje más propicio para expresar la miseria de los mortales. Pero la situación exige
necesariamente una acción, en la economía doméstica como en la construcción de navíos o el
gobierno de la ciudad en general, y el hombre no puede sustraerse a ello. Pues la naturaleza
no le ha traído al mundo para estar ocioso. Es cierto que la ambición ha ofuscado a muchas
almas rectas, ocupadas de todo, creyéndose a salvo del fracaso y que no tenían la fuerza de
prever lo que estaba disimulado. ¿Quién, Demócrito, ha pensado, al casarse, en la separación
y la muerte? Al educar a sus hijos, ¿en su posible pérdida?. Lo mismo pasa en lo relativo a la
agricultura, la navegación, la realeza, el mando y todo lo que la vida comporta. Ninguno ha
presumido que se equivocaría sino que, antes bien, cada cual concibe grandes esperanzas
olvidando lo que es menos bueno. ¿No es aquí tu risa inconveniente?».

Pero Demócrito me respondió: «Das prueba de torpeza de espíritu, Hipócrates, y te alejas


mucho de mi pensamiento al no examinar, por ignorancia, los limites entre la calma y la
agitación. Cuando se regulan con sentido común los asuntos de los que hablas, se
comprenden fácilmente las dificultades y no tengo que reírme. Pero con el espíritu turbado por
las ocupaciones de la vida, como si éstas tuvieran consistencia, los hombres permiten que el
humo del orgullo ofusque su inteligencia extraviada, sin dejarse instruir por la marcha
desordenada de las cosas. Sin embargo, eso les serviría de aviso suficiente de la
transformación universal, que impone bruscas evoluciones e inventa todo tipo de repentinos
giros. Pero ellos, como si la vida fuera firme y estable, olvidan los acontecimientos que afectan
sin cesar a las cosas cada vez de modo diferente.

Desean lo que aflige, buscan lo que no sirve para nada y caen en toda suerte de desgracias.
Quien, por el contrario, se preocupara de hacer todo en función de sus propios medios,
protegería su vida del fracaso, conociéndose perfectamente a sí mismo, siendo consciente de
su propia pluralidad, no ostentando indefinidamente el ardor del deseo y contentándose con
contemplar a la opulenta naturaleza que nutre todo. Del mismo modo que demasiada buena
salud es, con toda evidencia, un peligro para los obesos, así la magnitud de los éxitos
representa un grave peligro. La gente en candelero atrae la atención de todos cuando sufre un
revés su fortuna. Otros, que desconocen las historias antiguas, han muerto víctimas de sus
propios errores, al no haber sabido prever ni las cosas visibles ni las invisibles, mientras una
vida larga les hubiera indicado lo que pudo pasar o no. A partir de ahí habrían podido reconocer
el porvenir.

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Tal es el objeto de mi risa: los hombres insensatos, a quienes condeno a expiar su maldad, su
avaricia, su insaciabilidad, su odio, sus trampas, sus complots, su envidia. ¡Dura tarea pasar
revista a lo que inventa la habilidad del mal: también ahí hay una suerte de infinito! Me río de
los hombres que rivalizan en la perfidia de sus maquinaciones, de su tortuoso pensamiento. Lo
peor para ellos es un modo de la virtud, pues junto al desprecio por las leyes practican la
mentira y preconizan la búsqueda del placer. Mi risa condena en ellos la ausencia de todo
proyecto reflexivo. No tienen ni ojos ni oídos, mientras que sólo los sentidos del hombre
iluminados por un firme pensamiento anticipan lo que es y lo que será. Descontentas de todo,
estas gentes se acercan precisamente a lo que les disgusta. Cuando han rehusado hacerse a
la mar, navegan; cuando han renunciado a la agricultura, se hacen cultivadores; expulsan a su
esposa y toman otra; entierran a los hijos que educan y tras haberles enterrado conciben otros
a quienes educar; después de haber suspirado por la vejez, se quejan cuando la alcanzan,
incapaces de ser constantes en las diversas situaciones con que van encontrándose. Los jefes
y los reyes creen felices a los simples particulares mientras éstos suspiran por la realeza. El
hombre de Estado envidia al artesano, que cree a salvo de cualquier peligro, mientras el
artesano está celoso del hombre político, que presume omnipotente.

Pues los hombres no ven el justo camino de la virtud, ese camino sin impureza ni aspereza, en
el que no hay peligro de tropezar, pero que nadie escoge. Prefieren arrojarse a la vía dura y
tortuosa, cuyo suelo es escabroso, resbaladizo, lleno de escollos. En su mayor parte caen,
jadean como si estuvieran perseguidos, se querellan, avanzan y reculan continuamente. Unos,
llevados por un amor insensato, se meten como ladrones en cama ajena, confiando en su
impudicia. Otros se consumen en su amor por el dinero y su mal es insaciable. Aquí se tienden
trampas mutuamente, y allí aquellos a quienes su gusto por la gloria les ha elevado hasta la
desnudez, son precipitados por el peso de su maldad en un abismo de perdición. Se destruye y
luego se reconstruye lo destruido. Se cumplimentan servicios que luego se rechazan. Se
abandonan los deberes de la amistad, se potencian las malas conductas hasta el odio y se
declara la guerra a la familia. Siendo el amor al dinero el causante de todo este absurdo.

Estos hombres, ¿en qué difieren de los niños que juegan y que, faltos de discernimiento, hallan
en todo lo que pasa un pretexto para divertirse? En lo concerniente a los apetitos, ¿tienen algo
que envidiar a los animales irracionales? Incluso las bestias saben contentarse con lo que les
satisface. ¿Se ha visto nunca un león escondiendo oro bajo tierra? ¿Cuál es el toro al que la
codicia empuja a embestir? ¿Qué pantera muestra deseos insaciables? El jabalí bebe mientras
tiene sed; el lobo, cuando ha devorado a su presa, se abstiene de llevar más allá una
alimentación innecesaria. Pero el hombre no deja de festejar durante días y noches
consecutivas. El orden regular de las estaciones pone término al celo de los animales
desprovistos de razón, pero el hombre está constantemente picado por el tábano de la lujuria.
Vamos, Hipócrates, ¿no me reiría yo del hombre embarcado en un mal de amores bajo pretexto
de que —muy felizmente— ha alcanzado un hito en sus deseos? Y, sobre todo, ¿aguantaré mi

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hilaridad ante el temerario que se lanza a través de los precipicios o en los abismos del mar?
¿No caerá en desatino aquel que, habiendo fletado a la mar un navío pesadamente cargado,
acuse enseguida a las olas de haberle engullido junto a su carga?

En cuanto a mí, no creo reírme lo suficiente y más bien querría encontrar algo que les fuera
penoso, no una medicina que les cure ni un Peán que les procure remedios. Medita sobre la
lección de tu maestro Asclepio, fulminado como agradecimiento de los cuidados que
dispensaba al hombre. ¿No ves que también yo elijo el falso camino al buscar la causa de la
locura matando y disecando animales? Es en el hombre donde hay que buscar. ¿No ves que
también el mundo está lleno de enemistad hacia el hombr que ha reunido contra él infinidad de
males? Desde el nacimiento, el hombre no es más que enfermedad: de lactante es inútil,
suplicando ayuda; al crecer, se vuelve presuntuoso, insensato con sus maestros; en su
madurez es arrogante; al declinar produce lástima ver cómo recoge los males que sembró en
su propio desatino.

Hele ahí tal como salió de la sangre impura de su madre. Porque los irascibles, embargados de
una cólera sin medida, viven en la desgracia y la lucha; otros, en la corrupción y el adulterio;
otros en la ebriedad; unos envidiosos del bien ajeno y otros privados de lo que les pertenece.
¡Oh, si tuviera el poder para descubrir todas las casas, desvelar lo que contienen y observar lo
que pasa en ellas! Veríamos a unos preparándose para comer y a otros en trance de vomitar;
de torturar a la gente o elaborando un veneno, urdiendo complots o calculando, regocijándose
o quejándose; redactando el acta de acusación de sus amigos o perdiéndose en los sueños de
una gloria insensata.

Y yendo más allá, asistiríamos a los actos de quienes disimulan su alma, viéndoles como son:
los jóvenes, los viejos, los pedigüeños, los que rechazan, los que viven en la miseria, los que
tienen de sobra, aquellos a los que el hambre atenaza, los que se han sumergido en la lujuria,
los sucios, los cautivos, los que se envanecen de sus vicios; los que educan a los hijos; los
asesinos; a quienes dan sepultura; a quienes desprecian lo que son, a quienes corren tras la
esperanza de enriquecerse; los imprudentes, los parsimoniosos, los insaciables, los asesinos,
los que mueren, los desdeñosos, los apasionados de la gloria; los que tienen afición por los
caballos, los hombres, los perros, las piedras, los árboles, el bronce o los dibujos; los
embajadores, los que tienen el cargo de estrategas o ejercen un sacerdocio; los que portan
coronas, los que llevan armas, los condenados a muerte. Todos corren hacia algún sitio, unos
atraídos por los combates navales, otros por el servicio de armas o por la vida en el campo, por
el comercio marítimo; o por el ágora, la asamblea, el teatro o el exilio, cada cual yendo a lo
suyo. Llevados unos por el amor a los placeres, la molicie y la intemperancia, y los otros por la
pereza y la indolencia. Al ver a tantas almas indignas y miserables, ¿cómo no tomar como
extravío la intemperancia de su vida?

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Tu misma medicina, me inclino a creer, no merecería su aprobación: todo les resulta fastidioso
a tales intemperantes que contemplan la sabiduría como locura. Para el resto, tu ciencia -—lo
sospecho intensamente— debe en gran medida guardarse de la ingratitud tanto como de la
envidia: apenas salvados, los enfermos atribuyen su salud a los dioses o a la fortuna: muchos
acreditan su naturaleza mientras detestan al benefactor (¡poco basta para que se irriten si
creen deberle algo!). Como en su mayor parte no tienen la mínima noción del arte, condenan
en su ignorancia lo que les resultaría más provechoso. El voto está en manos de aquellos
hombres que carecen de sentido común. Y lo mismo que los enfermos no quieren reconocer su
deuda, los colegas se niegan a prestar testimonio, pues la envidia se lo impide. Tú mismo has
experimentado todas las bagatelas que traigo a colación. A menudo, lo sé, has tenido que
enfrentarte a tratos indignos sin que el dinero o los celos te hayan llevado a insultar a los
demás. Nadie conoce la verdad exacta, nadie puede dar testimonio de ella». Sonreía al
decirme esto. A mis ojos, Damageto, tenía el aire de un dios, habiéndome olvidado de su
anterior apariencia.

«Ilustre Demócrito, le dije, llevaré conmigo a Cos los preciosos regalos de hospitalidad, pero tú
me has colmado de una gran admiración por tu sabiduría. Cuando entre en mi casa proclamaré
que has explorado y descubierto la verdad de la naturaleza humana. Tú me has indicado de
qué debo cuidar mi pensamiento. Parto, pues lo exige la hora, así como los cuidados debidos al
cuerpo. Pero volveremos a encontrarnos mañana y en días sucesivos».

Con estas palabras me levanté. Se dispuso a seguirme y dejó sus libros al cuidado de un
recién llegado, surgido de no sé dónde. Apretando entonces el paso, me dirigí a los abderitas
de pura sangre que me esperaban en lo alto: «Amigos, les dije, me siento obligado con
vosotros por haberme hecho venir en embajada. He visto en Demócrito, sabio entre los sabios,
al único capaz de meter a los hombres en razón».

Esto es, Damageto, lo que con sumo placer quería decirte de Demócrito.
Pórtate bien.

IX

Demócrito a Hipócrates

Salud.

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Viniste, Hipócrates, hacia mí como hacia un alienado, presto a administrarme el eléboro,
confiando en hombres insensatos para quienes la labor de la virtud pasa por locura. Pero me
encontraste escribiendo sobre la disposición del mundo, sobre el polo y los astros del cielo.
Ahora bien, sabes con qué perfección se ha arreglado este asunto en su conjunto y qué lejos
me encuentro de la locura y el delirio. Has quedado entonces satisfecho del estado de mi
espíritu y es esa gente a la que has juzgado cruel y alienada.

Todas las cosas que vagando por el aire nos engañan mediante imágenes, cosas que se ven
en el mundo y que están en un flujo continuo, todas esas cosas, digo, al explorar mi espíritu
exactamente su naturaleza, las ha sacado a la luz. De ello dan testimonio los libros que he
compuesto hasta el momento. No es preciso pues, Hipócrates, que vayas con esa gente y la
frecuentes, pues su espíritu es superficial e incierto. Si confiándote a ellos me hubieras hecho
tomar, como si fuera un alienado, la poción de eléboro, mi sabiduría se hubiera transformado
en locura y ellos habrían acusado a tu arte de haber sido causa accesoria de mi delirio. Pues el
eléboro, tomado en la salud, obscurece la inteligencia, mientras que tomado en la locura,
ordinariamente es soberano.

Si me hubieras sorprendido no escribiendo, sino echado o caminando a pasos contados,


hablando conmigo mismo, tanto enfadado como sonriendo a propósito de las concepciones de
mi espíritu, sin prestar atención a los conocidos que me abordaran, cautivando mi atención y
contemplando con asiduidad, habrías pensado que Demócrito, de creer el testimonio de tus
ojos, era la imagen misma de la locura. Es pues necesario que el médico juzgue las
enfermedades no sólo por la vista sino por los hechos mismos. Que examine en general los
ritmos de la enfermedad, si está en sus inicios, en medio o en el declinar. Y que observando las
diferencias, la estación del año y la edad, así como el cuerpo en su conjunto, aplique el
tratamiento. Pues es con estas indicaciones como descubrirás fácilmente la enfermedad.

Te envío el Discurso sobre la locura.


Pórtate bien.

X
Discurso sobre la locura

Nos volvemos alienados, como he indicado en el libro sobre la enfermedad sagrada, por la
humedad del encéfalo, donde tienen lugar las operaciones del alma. Cuando el encéfalo es
más húmedo de lo que conviene, necesariamente enmudece. Al moverse, ni la vista ni el oído

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están asegurados. El paciente oye y ve tanto una cosa como otra. La lengua expresa lo que ve
y oye, pero mientras el cerebro está en reposo el hombre mantiene su conocimiento.

La alteración del cerebro se produce por la pituita o la bilis. Esos son los signos distintivos: los
locos por efecto de la pituita son pasibles y no gritan ni se agitan. Los locos por efecto de la
bilis son batalladores, malvados y siempre están en movimiento. Tales son las causas de que la
locura sea continua. Si el enfermo es presa de temores y terrores, eso se debe al cambio que
experimenta el cerebro calentado por la bilis, que llega allí por las venas sanguíneas. Pero
cuando la bilis vuelve a entrar en las venas y en el cuerpo, vuelve la calma.

Por otra parte, el paciente está librado a la tristeza, a la angustia y pierde la memoria cuando el
cerebro se enfría en contra de la regla y se contrae en contra de su costumbre. Cuando el
cerebro se calienta súbitamente a causa de la bilis mediante las venas aludidas, la sangre
borbotea y el paciente tiene sueños espantosos. Y del mismo modo que en un hombre
despierto la cara está ardiente, los ojos rojos y el espíritu presto a cometer cualquier acto de
violencia, el sueño también ofrece estos fenómenos. Pero la calma vuelve en cuanto la sangre
se dispersa de nuevo en las venas.

En el libro V de las Epidemias he relatado cómo sobrevino la pérdida de la voz y del


conocimiento, con accesos frecuentes de delirio y recidivas. La lengua estaba seca y, si no está
húmeda, no puede articular palabra. La lengua estaba casi siempre muy amarga. La sangría
era útil, como el agua, la hidromiel bebida y las pociones de eléboro. El paciente, habiéndose
resistido durante un tiempo, sucumbió. Había otro que, cuando se lanzaba a beber, se
espantaba ante la flautista si ésta se encontraba tocando la flauta. Pero de día, si la escuchaba,
no experimentaba ninguna emoción.

XI
Hipócrates a Demócrito

Salud.
La mayor parte de los hombres, oh Demócrito, no alaban lo que el arte médica realiza con
éxito, sino que a menudo atribuyen a los dioses el resultado. Y si la Naturaleza contraría la
operación o causa la muerte de quien recibe el tratamiento, se acusa a los médicos y se olvida
lo divino de las enfermedades. Sí, pienso que el arte comparte más el insulto que la alabanza.

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Ciertamente no he llegado al punto más alto de la medicina, aunque ya sea viejo. Ni siquiera
Asclepio lo estaba, siendo él su inventor: pues a menudo no estaba de acuerdo consigo mismo,
como nos cuentan los libros de los autores.

La Carta que me has enviado me culpaba por la administración de eléboro. Fui llamado
efectivamente, oh Demócrito, para eleborizar a un alienado, sin adivinar hasta qué punto lo
estabas o no. Pero, esclarecido por nuestro encuentro, asistí, ¡por Júpiter!, no a la obra de la
locura, sino a una obra digna de todo honor. Aprobé totalmente tu espíritu y te juzgué como el
mejor intérprete de la Naturaleza y del mundo. Y a quienes me conducían les insulté como
alienados, pues eran ellos los que necesitaban purgación.

Y ya que el azar nos ha reunido, harás bien en escribirme más a menudo y hacerme llegar los
tratados que compongas. Te envío el Discurso sobre el eleborismo.

Pórtate bien.

XII
Hipócrates a Demócrito sobre el eleborismo

En quienes presentan dificultades para evacuar por arriba es preciso, antes de administrar la
poción, procurar la humidificación del cuerpo mediante alimento abundante y reposo. Intentar
que quien ha bebido el eléboro esté en movimiento y no se duerma; la navegación prueba que
el movimiento trastorna los cuerpos. Si se quiere que el eléboro opere ventajosamente hay que
prescribir el movimiento.

El eléboro es peligroso para quienes tienen las carnes sanas. En quienes habiendo tomado un
medicamento evacuador, no tienen sed, la evacuación debe continuar hasta que sobrevenga la
sed. El espasmo que sigue a la administración del eléboro es funesto. En una superpurgación
es malo que aparezcan espasmos o hipo. Si en los desarreglos y vómitos espontáneos se
evacua lo que debe ser evacuado, son útiles, y los enfermos lo soportan fácilmente; si no, es lo
contrario.

Como ya he dicho en el Pronóstico, la evacuación por arriba conviene a quienes no teniendo


fiebre presentan anorexia, cardialgia, vértigo o amargura de boca. En general conviene a los
dolores que se asientan por encima del diafragma. La evacuación por abajo conviene a quienes
no teniendo fiebre presentan retortijones, dolores lumbares, pesadez de piernas,
menstruaciones difíciles, dolor por debajo del diafragma.

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En la administración de las pociones evacuadoras, hay que poner sobre aviso a quienes tienen
el cuerpo en buen estado, sobre todo si son negros, quienes tienen las carnes húmedas,
quienes son un poco secos, quienes tartamudean o balbucean. Los médicos que intentan
procurar en primer lugar mediante pociones evacuadoras administradas desde el comienzo, la
resolución de las inflamaciones, como lo he indicado en mi libro Sobre el uso de los líquidos, no
alivian en nada las tensiones e inflamaciones; pues la enfermedad, estando en toda su
crudeza, no deja pasar nada; y determinan el derretimiento de las partes que están sanas y
resisten al mal; habiendo debilitado el cuerpo, la enfermedad toma la delantera y la curación se
hace imposible.

Hay que purgar mediante el eléboro a quienes una fluxión desciende de la cabeza. No se usará
en caso de empiema. No habrá evacuación en gentes sin color, con ronquera, con el bazo
afectado, anémicos, respiración dificultosa, tos seca, sed, pneumatosis, hipocondríacos o con
los costados o lomo tensos. A quienes están embotados, tienen la vista oscurecida, zumbidos
de oídos, incontinencia uretral, ictericia, el vientre débil, hemorragias, tumores.

Si se juzgan convenientes las evacuaciones, las conseguiréis con toda seguridad con ayuda
del eléboro por arriba pero no por abajo. Lo más eficaz es el régimen. Como ya he dejado dicho
en la Prorrética, no evacuarán quienes tienen vómitos negros, asco por la comida, delirio, un
pequeño dolor en el pubis, la mirada osada e inclinada, tumefacción, vértigos tenebrosos
decoloración o, en una fiebre ardiente, resolución del cuerpo. Como he dejado escrito en el
libro Sobre el uso de los líquidos, el sigmoide evacua por arriba.

La poción consiste en media dracma machacada con ojimiel. También se la combina con
eléboro, en la dosis de un tercio de esta poción, y esta mezcla causa menos ahogos. Evacuar
también en las cuartanas crónicas, en las fiebre lipíricas crónicas, en quienes no tienen ni sed
ni excreción, pero a estos últimos no antes de tres semanas. Evacuar también a veces en las
pleuresías, en los íleos y, como he dejado dicho en el libro sobre las enfermedades femeninas,
en aquellos casos en que la matriz tiene necesidad de purgación.

XIII

Hipócrates a su hijo Tesalo

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Ocúpate, hijo mío, del estudio de la geometría y la aritmética. Pues ello hará no sólo tu
existencia gloriosa y muy útil para las cosas humanas, sino también a tu espíritu más
penetrante y más clarividente para aprovechar en medicina todo lo que es útil.

Pues siendo la geometría variada en formas y posición, y procediendo en todo mediante


demostración, servirá para conocer la situación de los huesos, sus desplazamientos y todo
arreglo de los miembros. Siendo hábil conocedor de la variedad de estas cosas y poniendo en
práctica la reducción de las articulaciones luxadas, la resección y la excisión de los huesos
fracturados, la coaptación, la extracción y todo el resto del tratamiento, sabrás cuál es el lugar y
el hueso que sale de él.

El orden de la aritmética se aplicará suficientemente a los periodos, a los cambios regulares de


fiebres, a las crisis de los enfermos y a las seguridades en las enfermedades. Pues es una gran
cosa tener en la medicina un socorro que te haga conocer, sin error, los términos de la
exacerbación y de la remisión, que son, por naturaleza, desiguales. Así pues, adquiere con
largueza el uso de esta experiencia.

XIV
Demócrito a Hipócrates sobre la naturaleza humana.

Todos los hombres deben conocer el arte médica, ¡oh Hipócrates!, sobre todo quienes han
adquirido instrucción y son versados en las doctrinas, pues es a la vez una cosa bella y
provechosa para la vida. Pienso que la filosofía es hermana de la medicina y vive bajo el mismo
techo. La filosofía libra al alma de las pasiones y la medicina libra al cuerpo de las
enfermedades. El espíritu crece mientras la salud está presente, por lo que merece ser cuidada
por el hombre sabio. Mas cuando sufre la constitución corporal, el espíritu no tiene la misma
preocupación por el cuidado de la virtud, ya que la enfermedad actual obscurece terriblemente
al alma, debido a la simpatía que ejerce sobre a inteligencia.

La descripción de la naturaleza humana se representa así: el encéfalo tiene su guarnición en la


cima del cuerpo y está encargado de la seguridad del resto; alojado en membranas nerviosas,
por encima de las cuales huesos naturalmente dobles, llevados por la necesidad, esconden al
encéfalo, amo y guardián de la inteligencia. La feliz disposición de los cabellos está para
adornar al cuerpo. La facultad visiva de los ojos, encerrados bajo varias túnicas en una lecho
líquido y fijados en la frente para gobernar, es la causa de la visión; la fiel pupila está sometida
al tarso del párpado, guardián de la oportunidad. Las dos fosas nasales, hábiles para oler,

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separan a los ojos vecinos. Los labios, formando un flexible contorno alrededor de la boca,
producen, por su gobierno, los sentidos de las palabras y su justa articulación. La barbilla, por
último, tiene forma de tortuga y está provista de dientes como clavos. El supremo artesano ha
abierto las orejas para recibir las palabras que, a su vez, provocan el lenguaje, servidor a su
pesar de la sinrazón. La lengua, madre del hablar, mensajera del alma, partera del gusto, está
guardada tras las sólidas almenas de los dientes.

La laringe y la faringe son vecinas y trabajan juntas. Una es el camino del aire y la otra el del
alimento, que envía al fondo del estómago, empujando fuertemente. El corazón, conoide, es
rey, alimenta la cólera y está protegido del tórax contra toda emboscada. Los numerosos
conductos de los pulmones, recorridos por el aire, hacen nacer el soplo, causa de la voz.

El proveedor de sangre, el que la torna alimento, con sus lóbulos varias veces enlazados a la
vena cava, el hígado, será la causa del deseo. La bilis amarilla, que pertenece al hígado,
cuando abunda en demasía promueve la corrupción del cuerpo humano. El huésped inútil y
dañino del cuerpo, el bazo, duerme de cara sin pedir nada. Entre los dos reina el estómago,
receptáculo común en posición sedente que procura la digestión. Ligados al estómago, y
contorneados por la obra que los dispuso, los intestinos forman circunvoluciones en el vientre, y
son causa de la ingestión y la digestión. Los riñones, gemelos, correspondientes a las ancas,
rodeados de grasa, no son extraños a la separación de la orina. Pero el señor de todo el vientre
es lo que se llama epiploon, que abraza al abdomen en su totalidad, excepto al bazo. Pues la
vejiga, membranosa, con su orificio fijado al isquion por vasos entrelazados, es la causa de la
excreción de la orina.

En su vecindad está escondida la madre de los niños, la fuente de vivos dolores, la causa de
mil males, la matriz; a la entrada, una carne que se dirige a las profundidades de las ancas,
está atravesada de nervios y secreta un flujo que viene de la plétora del vientre en prevención
del embarazo. Suspendidos fuera de cuerpo, los testículos, creadores engendrados, bajo cuyas
múltiples envolturas viven en una casa. En buen acuerdo con el pubis, un lacis de venas y de
nervios, que procuran la salida de la orina, instrumento de la copulación, ha sido fabricado por
la naturaleza, preparando a la edad joven para el deseo.

Las piernas, los brazos y las extremidades que penden de ellos, poseyendo juntos el principio
de todo servicio, cumplen el seguro oficio de los nervios. Sin embargo la naturaleza incorporal,
en sus retiradas, ha fabricado vísceras de tal modo que, al sobrevenir la muerte, las funciones
quedan suprimidas rápidamente.

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