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Una Clase de Duque Escandaloso 4 Mia Vincy 1

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

UNA CLASE DE DUQUE ESCANDALOSO


Abadía de Longhope 4
MIA VINCY
Traducido: Trinity83
Lectura Final: Maytesue
Portada y edición: Sol Rivers

Dos amigos. Demasiadas oportunidades perdidas.

Leopold Halton, el duque de Dammerton, es el hombre que lo tiene todo: pelo


perfecto, hermosos chalecos y la mejor colección de objetos decorativos de
Londres. Pero dos años después de su entretenido divorcio (entretenido para
todos menos para él, claro), Leo sigue sin tener lo que más desea: otra esposa.

Leo está listo para proponerle matrimonio a una dama adecuada, pero con los
cotilleos diseccionando cada uno de sus movimientos, la familia de su casi
esposa ideal le exige que primero deje de visitar a la artista Juno Bell, la
primera mujer a la que besó y ahora, una década después, su amiga.

Tras diez años de duro trabajo para convertirse en artista, Juno tiene todo lo
que soñaba: un floreciente estudio, una rica mecenas y la libertad de vivir
como le plazca. Incluso recibe la visita de un duque (¡y eso les encanta a las
cotillas de Londres!).

Juno siempre ha sabido que nunca podrá retener a Leo, pero cuando él declara
que su amistad debe terminar, a ella le resulta más difícil de lo esperado
dejarlo marchar. Al menos, no sin un beso.

Después de todo, si su amistad debe terminar de todos modos, entonces no


tienen nada más que perder... ¿verdad?

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

¡Para nuestros lectores!


El libro que estás a punto de leer, llega a ti debido al trabajo desinteresado
de lectoras como tú. Gracias a la dedicación de los fans este libro logró ser
traducido por amantes de la novela romántica histórica—grupo del cual
formamos parte—el cual se encuentra en su idioma original y no se
encuentra aún en la versión al español, por lo que puede que la traducción
no sea exacta y contenga errores. Pero igualmente esperamos que puedan
disfrutar de una lectura placentera.
Es importante destacar que este es un trabajo sin ánimos de lucro, es decir,
no nos beneficiamos económicamente por ello, ni pedimos nada a cambio
más que la satisfacción de leerlo y disfrutarlo. Lo mismo quiere decir que no
pretendemos plagiar esta obra, y los presentes involucrados en la
elaboración de esta traducción quedan totalmente deslindados de cualquier
acto malintencionado que se haga con dicho documento. Queda prohibida
la compra y venta de esta traducción en cualquier plataforma, en caso de
que la hayas comprado, habrás cometido un delito contra el material
intelectual y los derechos de autor, por lo cual se podrán tomar medidas
legales contra el vendedor y comprador.
Como ya se informó, nadie se beneficia económicamente de este trabajo, en
especial el autor, por ende, te incentivamos a que sí disfrutas las historias de
esta autor/a, no dudes en darle tu apoyo comprando sus obras en cuanto
lleguen a tu país o a la tienda de libros de tu barrio, si te es posible, en
formato digital o la copia física en caso de que alguna editorial llegué a
publicarlo.
Esperamos que disfruten de este trabajo que con mucho cariño compartimos
con todos ustedes.
Atentamente

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

Nunca trates de explicar tu amor


El amor nunca se puede explicar
Porque el suave viento lo mueve
silenciosamente invisible.

WILLIAM BLAKE

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

PRÓLOGO

Fue un encuentro fortuito, como todos sus encuentros cotidianos, en el que


ambos recorrieron los mismos senderos del bosque en las primeras horas del
día, mientras la familia de Juno dormía. La madrugada era el mejor momento
del día, coincidían, cuando el aire era fresco e impoluto y estaba lleno de
esperanza.
Los encuentros no eran secretos, pero ninguno de los dos hablaba nunca de
ellos. Así era más sencillo. Leo era un huésped, que los visitaba con diecisiete,
dieciocho, ahora diecinueve; Juno era dos años más joven. Se lanzaban
suposiciones erróneas, acusaciones, puñetazos. Ni siquiera la familia de Juno
entendía el inocente fervor de su amistad: sus extensas conversaciones, sus
libres risas, su sensación de pertenencia que no encontraban en ningún otro
lugar. Y el honor exigía que Leo no fuera más allá de la amistad, no cuando él
era el heredero de un duque y Juno la prima de baja cuna de su amigo. El
destino le había gastado una pequeña broma al poner a Juno Bell en su camino,
lo suficientemente cerca como para tocarla, pero siempre fuera de su alcance.
Aquella mañana, su paseo acabaron en un prado, acompañados por un antiguo
roble y unos pájaros entusiasmados. Ellos discutían, juguetonamente, sobre si
las delicadas flores silvestres de color rosa se llamaban flores de cuco o bata de
dama. Se encontraban por todas partes, entre pinceladas de azul y amarillo,
rojo y blanco, las masas de flores silvestres inglesas que alfombraban los
campos y que ahora se abrían para recibir el sol.
—Flores de cuco—, dijo Juno, sosteniendo una en alto, con sus cuatro pétalos
pálidos moviéndose. — Porque florecen cuando llega el primer cuco.
—Bata de dama—, insistió Leo, aunque no le importaba el nombre. Le
importaba la risa que brotaba de sus ojos, más azules que el cielo de la
mañana. Le importaba su aire de diosa pagana, con flores silvestres
entretejidas en sus hermosos rizos desordenados.
A él le importaba la forma en que se sentía cuando estaba con ella: libre, vivo,
completo.

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

Bailando hacia atrás, ella blandió su flor hacia él como una espada. Él arrancó
una de las suyas para aceptar el reto y, riendo, se batieron en duelo con flores.
Hasta que ella rompió su guardia y le rozó los pétalos en la mejilla. Sus ojos se
encontraron. Sus sonrisas se desvanecieron. Su respiración se detuvo. Su
corazón se aceleró.
Entonces ella se estiró, se inclinó y apretó sus suaves labios contra los de él.
Las sensaciones lo invadieron en cascada, cálidas y esperanzadoras, mágicas,
sensuales, como nada que hubiera conocido antes. Acogió con agrado su beso,
lo deseó, lo necesitó, cerrando los ojos, moviendo sus labios contra los de ella,
enterrando las manos en su pelo. Él no tenía ni idea de lo que estaba haciendo,
pero ella ya le había enseñado que había momentos en los que había que dejar
de pensar, entregarse a los sentidos y responder simplemente conforme a lo
que se sentía.
Cuando se separaron, se quedaron sin aliento, compartiendo sonrisas tímidas,
asombradas y encantadas. Renacieron en un mundo que cambió para siempre.
Fue su primer beso, y el momento más dulce de su vida.
Entonces Juno dijo: —Te amo.
Y Léo dijo... nada.
Su garganta se congeló. Su boca se abrió, se cerró, se abrió, se cerró, sus
palabras quedaron prisioneras de la guerra que se libraba en su interior. Tenía
deberes y obligaciones: Esto debía terminar ahora. Él sentía el beso de ella en sus
labios: Esto nunca debería terminar.
Su silencio desgarrado se prolongó hasta llenar la pradera.
La expresión de Juno se oscureció. Sus hombros se desplomaron. Y ahora ella
se alejaba de él, con los labios torcidos, tal vez en una sonrisa amarga, tal vez
en una lucha contra las lágrimas. Al mismo tiempo, asentía con tristeza, como
si dijera: ¿Qué más esperaba? Por supuesto.
Él alcanzó su mano, saboreando un desesperado y desolado roce de piel antes
de que ella se apartara.
—No podemos estar juntos de ninguna manera—, graznó finalmente, con la
garganta apretada, helada, dolorida. —Debo considerar mi deber con mi
familia cuando escoja una esposa. Tú eres la pariente de mi amigo y la sobrina

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de Sir Gordon, así que el honor exige que nunca te toque... Incluso un beso no
es...— Él lo intentó de nuevo. —El futuro...
—Oh, basta con el futuro, el deber, el honor, la familia—, espetó ella. —¿Por
qué tienes que llevarlos todos contigo? ¿Por qué no podemos ser dos personas
solas en un prado, sin que lleves a todos los demás también? ¿Me crees tan
ingenua? Sé que nunca podremos estar juntos.
Luego ella se rio, suavemente, amargamente, incluso mientras parpadeaba las
lágrimas. —Qué asfixiante y miserable es tu vida, que ni siquiera puedes besar
a una chica en un prado. Yo…— Hizo una pausa para mirar el viejo roble, antes
de enfrentarse a él desafiantemente. —Seré una artista, y no la esposa o
amante de nadie. Sólo quería besarte y decirte que te quiero, porque estoy viva
y tú estás vivo, y somos jóvenes y guapos y estamos aquí. Sé mejor que nadie
que nada dura para siempre. Nada permanece. Ni siquiera esto.
Le arrojó la flor arrugada y se alejó rápidamente, con las faldas empapadas de
rocío pegadas a las piernas mientras se abría paso entre la hierba.
Leo quiso salir corriendo detrás de ella y clamar que, por supuesto, él debía
llevar todo consigo. Su ancestral familia, su nombre, su deber, su honor...
formaban parte de él tanto como su propia piel y sus huesos. Tenía que
elegirlos, ¿acaso ella no lo veía? Tenía que anteponer su deber.
Él nunca podría conseguir que ella lo entendiera, pero tal vez lo hubiera
intentado si ella hubiera mirado hacia atrás.
Ella no miró hacia atrás.

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CAPÍTULO 1

Diez años después

Leopold Halton, el duque de Dammerton, era un hombre que disfrutaba de


muchos placeres.
Él disfrutaba acariciando las suaves y gráciles curvas de porcelana de exquisita
belleza. Se deleitaba acariciando los hilos de seda de los bordados de su ropa.
Y ese día, disfrutaba despojándose de su abrigo y conquistando los secretos de
una caja de madera con una dura barra de hierro.
Con mucho cuidado, eso sí. Su contenido podría ser frágil.
—¿No tienes gente que haga eso por ti? — Preguntó Hadrian, interrumpiendo
su vigilancia el tiempo suficiente para ver cómo Leo arrancaba un trozo de
madera del cajón y lo tiraba a un lado. —Tienes personal ahí dentro...— Hizo
un gesto hacia la puerta de la oficina principal de la Fundación Dammerton,
donde el director y dos oficinistas fingían ignorar a su empleador arrasando la
sala de cajas con una palanca y sin abrigo. —¿No deberían estar aquí sudando
en lugar de ti?
—Yo nunca sudo—, dijo Leo distraídamente. —Sudar es para caballos y
jugadores, y yo no soy ninguna de las dos cosas. Además...— Hizo girar la
palanca en su mano. —No hay nada como abrir cajas llenas de objetos
decorativos para quitar el mal humor.
—La mayoría de los hombres se desahogan boxeando. Sólo tú elegirías el
desembalaje. ¿A qué se debe ese estado de ánimo?
—Un día raro, supongo.

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Levantó el segundo tablón. Con la mano desnuda, lo arrancó y lo dejó caer al


suelo junto a su amigo. La palanca no tardó en caer junto a ellos.
—Y tengo gente para hacer cosas que no disfruto haciendo yo mismo—,
añadió. —Abrir cajas es algo que disfruto mucho.
De la caja recién abierta salía una paja de embalaje que le pedía que metiera las
manos y descubriera el tesoro que contenía. Leo se arremangó, despacio,
despacio …la anticipación debía saborearse como un whisky añejo… y luego se
zambulló, aventurando los dedos a través de la espinosa paja para identificar
el premio: una madera intrincadamente tallada. Sacó el objeto y lo levantó, con
reverencia, con esperanza. Era un sujeta libros, con un hermoso peso, volutas y
curvas talladas en nogal brillante.
—Bonito—, dijo Hadrian, obviamente siguiéndole la corriente.
Leo se desinfló con un suspiro. —Está tallado con habilidad, pero el diseño es
ordinario. Sin inspiración. No tiene nada de especial.
Notable: eso era lo que deseaba. Un objeto decorativo que le dejara sin aliento
y con la mirada fija, que le hiciera vibrar por dentro y que su imaginación
cobrara vida.
Esos hallazgos parecían ser raros hoy en día, aunque suponía que siempre
habían sido escasos. Solía buscar los tesoros él mismo, inspeccionando los
artículos en mercados y ferias de toda Gran Bretaña, hablando con los
lugareños, siguiendo pistas…. en una cabaña donde un antiguo soldado tallaba
figuritas caprichosas, en una casa de campo donde una viuda bordaba pájaros
que parecían volar desde los cojines, en la trastienda de una imprenta donde el
hijo ciego de un librero manipulaba relojes ornamentados.
Ahora los tesoros venían a él. Se había corrido la voz de la Fundación
Dammerton y, sin ser invitados, los artesanos habían empezado a enviar
muestras con la esperanza de conseguir una subvención. Leo admiraba su
iniciativa, pero no era lo mismo.
Volvió a meter el sujeta libros en la paja con una punzada de arrepentimiento.
Su creador también había metido allí sus esperanzas. Una subvención de la
Fundación Dammerton podía marcar la diferencia en un taller. Si tan sólo
pudiera aportar algo más.

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Una vez más, sus miembros se tensaron con la inquietud, la agitación, el algo
que le había atormentado desde la reunión de aquella mañana sobre sus
finanzas.
Desde su decisión.
Leo se enderezó y agitó la palanca hacia las cajas restantes. Parecieron
animarse ante su atención, como señoras en una asamblea con escasez de
hombres.
—Debería haber un inventario en la mesa—, le dijo a Hadrian, que estaba
mirando por la ventana.
—¿Hmm?
Volviéndose, Hadrian se frotó una mano sobre su pelo cuidadosamente
recortado. La luz del día tocó la cicatriz que le marcaba el labio inferior, a la
que Leo aún no se había acostumbrado. Era bueno tener a su amigo de vuelta
en Londres después de casi una década en la embajada de Viena, pero el
tiempo le había cambiado. Antes serio y estudioso, Hadrian Bell había
adquirido un aire cínico y vigilante.
Bueno, el tiempo tiende a cambiar a las personas. Desde luego, Leo ya no era el
mismo que la última vez que vio a su amigo.
—Inventario—, repitió Leo, señalando los papeles sobre la mesa. —Debería
decir de dónde vienen estas cajas.
Hadrian hojeó las páginas. —¿Qué aspecto tiene el inventario?
—Es una lista. Tendrá el mismo aspecto aburrido y fastidioso que cualquier
otra lista infernal.
—Aquí hay cuatro listas.
—Por supuesto que las hay—, murmuró Leo. —Las malditas cosas surgen
como hongos.
Leo contrataba a gente para que le organizara la vida, y le castigaban por ello
con innumerables listas. Innumerables para él, al menos. Sus empleados
probablemente las enumeraban con entusiasmo, riéndose mientras soñaban
con más de esas miserables cosas.
Hadrian examinó una página. —Esta lista no es un inventario, sino un
recuento de los costes de la ampliación de la Fundación Dammerton y de si

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puedes permitírtelo—. Levantó la vista. —Aparentemente, no puedes


permitírtelo. No estarás en bancarrota, ¿verdad?
Leo introdujo la palanca bajo la parte superior de otra caja. Los clavos
rasgaron la madera con un crujido satisfactorio. —No. Pero necesito una gran
suma para ampliar la Fundación, y me dicen que tengo un gran agujero donde
debería estar el dinero.
—¿Demasiados chalecos bonitos?
—Demasiados divorcios. Le devolví a Erika su dote. Era una suma muy
importante, como me recordó mi hombre de negocios con lágrimas en sus ojos.
Ninguna ley le había obligado a dar nada a Erika; los hombres cultos se lo
habían desaconsejado a la fuerza. Pero así evitó que Erika volviera con la
familia con la que se había casado para escapar, y eso alivió el sentimiento de
culpa, al menos.
—¿Y cómo hace un duque para reunir una gran suma? — preguntó Hadrian
—Sólo hay una manera, amigo mío. La forma tradicional, consagrada, probada
y verdadera.
—Ah. El matrimonio.
—Sí, el matrimonio.
Hadrian dio un silbido bajo. —Valiente de tu parte, sumergirte una vez más
en esas aguas infestadas de tiburones.
—Quiero volver a casarme—. Leo arrancó la tabla y la tiró a un lado. —Tengo
que volver a casarme. Todo lo del divorcio era para poder casarme de nuevo.
Sin embargo, aquí estaba, sin estar más cerca de casarse que cuando el
Parlamento aprobó la ley que culminó su divorcio dos años antes.
Seguramente encontrar otra esposa no debería haber sido tan difícil. Era un
duque, por piedad, que aún no había cumplido los treinta años, con la mejor
colección de objetos decorativos de Londres, los chalecos más bonitos del
mundo y un cabello que caía con tanta facilidad en el codiciado estilo
Windswept que evocaba suspiros de envidia de los caballeros de todo el país.
Ni siquiera podía culpar de su estado de soltería al escándalo de su primer
matrimonio y posterior divorcio. Inglaterra, tras un amplio debate en cafés y
tabernas, parques y salones de actos, había optado magnánimamente por
perdonarle su error de juventud. Además, había estado en Viena cuando se

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casó de forma tan impulsiva, y todos los jóvenes tomaban malas decisiones
cuando estaban en el extranjero, según la nación. Por supuesto, la mayoría de
los turistas se llevaban a casa cuadros chabacanos como recuerdo, no una
princesa hedonista húngara.
Tampoco era por falta de damas adecuadas. Leo había bailado el vals, paseado
y cenado con un gran número de mujeres deseables: diamantes y originales,
alhelíes y prostitutas, viudas y acompañantes. Muchas veces había
considerado a una dama y se había dicho a sí mismo: Sí, será una buena mujer.
Sólo para olvidarse de volver a hablar con ella.
Tal comportamiento bordeaba lo deshonroso, decían los susurros indignados de
aquellos cuyo mayor placer era encontrar algo por lo que indignarse. Cuando
un duque mostraba interés por una dama, para luego abandonarla, todo el
mundo se preguntaba qué le pasaba.
Cuando sucedía suficientes veces, con suficientes damas, todo el mundo se
preguntaba qué le pasaba a él.
Leo arrancó otro tablón de la caja con más fuerza de la necesaria.
No le pasaba nada. Simplemente había estado esperando el momento
adecuado, la dama adecuada, la motivación adecuada. Un pequeño empujón,
eso era todo lo que había necesitado, y ese pequeño empujón había llegado
hoy, cuando su hombre de negocios le bombardeó con números, como el
número de libras, chelines y peniques que necesitaba obtener para ampliar su
Fundación, y el número de damas con las que debía casarse para obtener esa
suma. Miles de libras. Una dama.
—Tenía curiosidad por saber por qué no te habías vuelto a casar—, reflexionó
Hadrian. —No es normal que te demores una vez que decides algo. Me
preguntaba si el divorcio te había causado dolor.
—Lo único que me causó el divorcio fue un gran gasto y una vergüenza aún
mayor.
Riéndose, Hadrian pasó a la siguiente página. —Ah, esto es interesante.
Criterios para tu esposa, parece: Veinte mil libras. En edad de tener hijos. Apta para
ser duquesa. ¿Le gustan las artes decorativas? Esto último tiene un signo de
interrogación.
—Mi secretario lo incluyó como algo agradable, pero no necesario.

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Hadrian parpadeó. — ¿Tu secretario dictó estos criterios? ¿Abres tus propias
cajas, pero dejas que tu personal te asesore en asuntos maritales además de los
financieros?
—Mi querido amigo, los asuntos matrimoniales son asuntos financieros—,
dijo Leo con un tono ducal artificial. —Y sí, como ya hemos establecido,
contrato a gente para que haga cosas que no disfruto, y eso incluye hacer listas
y hacer cuentas.
—¿Y la elección de las novias?
Leo le ignoró.
—¿Y qué hay de...? — Hadrian echó a un lado las páginas y volvió a deambular,
rascándose los dedos sobre el cuero cabelludo. —No sé... ¿Pasión?
Leo resopló con sorna. Había cedido a la pasión una vez, y ésta lo había
masticado y escupido. Todavía estaba arreglando el desastre.
—Cometí errores—, dijo. —Casarse correctamente es el último paso para
arreglar esos errores.
—Pero si te vuelves a casar mal...
—Esta vez será diferente.
—¿Cómo es eso?
—Esta vez, cuando elija a mi esposa, estaré realmente sobrio.
Ya no habrá más demora. Comenzaría su noviazgo en el baile de esta noche. Se
comprometería en un mes y se casaría en tres. Había una dama en Londres que
cumplía los cuatro criterios. Su nombre era Susannah Macey, y sería una
buena esposa.
Y Leo intentaría, con mucho empeño, ser un buen marido. Haría todo lo
necesario para que su matrimonio funcionara esta vez.
—Me gusta—, dijo en voz baja, mientras metía la mano en la paja.
—¿Quién?
—La dama que cumple con esos criterios.
Sí, le gustaba Susannah Macey. Ella no encendía su imaginación ni ninguno de
esos otros rasgos que buscaba en los objetos decorativos, pero no era un objeto
decorativo, así que estaba bien.

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—¿Le gustas? — preguntó Hadrian.


—No corre al verme, lo que siempre es una señal alentadora.
Buscando en el cajón, sus dedos tocaron porcelana fría. Sacó con cuidado un
jarrón. La emoción asomó la cabeza como un gatito curioso y luego se hundió
con un suspiro. No del todo, pensó, mientras inspeccionaba las pinceladas con
la lupa. Era técnicamente buena, pero le faltaba esa chispa, ese espíritu, ese
algo que le removía por dentro. Imaginó la alegre risa de Juno si se lo decía. —
Se llama emoción, Leo—, se burlaba ella. —Es la emoción la que hace el arte, no
la técnica.
Hadrian se acercó a su lado y golpeó el jarrón. Sonó con fuerza. —No lo
entiendo, Dammerton—, dijo. —Esto parece tan superficial. Es muy bonito,
seguro, pero es un jarrón. El periódico de hoy está diseccionando tu último
discurso sobre la reforma del voto, y sin embargo aquí estás, rodeado de...—
Hizo un gesto con el brazo hacia las cajas que esperaban.
—¿Frivolidades y fruslerías? — sugirió Leo secamente. —Citando a mis
críticos.
— Has creado un taller de bordado. ¿Qué clase de duque establece un taller de
bordado?
—El tipo de duque que busca salvaguardar a quienes tienen la habilidad de
crear cosas bellas—. Miró su chaleco, confeccionado por una talentosa
bordadora de ese taller, y se quitó un trozo de paja impúdica que se aferraba al
brillante derroche de flores que adornaba la seda. No era de extrañar que las
artes decorativas le parecieran superficiales a Hadrian, que estaba metido
hasta las orejas en asuntos secretos de Estado.
—Los objetos de nuestra vida no son meras cosas. Nos conectan con los
demás—. Leo levantó el jarrón a la luz. —Alguien dio forma y pintó este jarrón
con sus propias manos. Alguien lo ha horneado con la madera que otra
persona ha cortado, con un caballo que otra persona ha alimentado, con el
maíz que otra persona ha cosechado—. Señaló con su mano libre el desorden
que le rodeaba. —Alguien aserró los tablones para hacer las cajas, alguien las
transportó por los canales, alguien horneó el pan para alimentar a los hombres
que construyeron esos canales. Innumerables pasos, que implican a
innumerables personas, cada una con sus esperanzas y temores, pérdidas y
amores. Un simple objeto, mil vidas complejas. No hay nada superficial en
eso—. Devolvió el jarrón a su lecho de paja. —¿Con qué frecuencia miras los
objetos cotidianos y piensas en todas las personas que participan en su
fabricación y traslado?

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Hadrian se encogió de hombros. —Aproximadamente nunca.


— Inténtalo alguna vez.
—Entonces me volveré tan loco como tú.
—Tonterías. Los duques son demasiado ricos e importantes para estar locos—
. Leo sonrió. —Yo sólo soy excéntrico.

Cuando Leo y Hadrian salieron a la calle, se encontraron con el carro de un


alegre vendedor ambulante. Apoyado en el carro estaba el propio Woodruff,
empacando tabaco en una curtida pipa. Al ver que Leo se acercaba, el
vendedor ambulante sonrió, haciendo que su larga y frondosa barba se
estremeciera. Woodruff se aceitaba los bigotes con la misma devoción con la
que adornaba su carro con cintas y cascabeles. Leo vivía con la esperanza de
que el vendedor ambulante adornara su barba con cintas y campanas de forma
similar, pero, por desgracia, se llevó otra decepción.
—¡Pero si es mi duque favorito! — Sonriendo, Woodruff hizo girar su pipa. —
Qué casualidad encontrarse con su señoría aquí.
—Qué casualidad—, coincidió Leo con sequedad. —Hace un par de semanas
que no te veo, por lo menos.
—He estado viajando por el mundo. He estado cazando maravillas que harían
llorar a un buen hombre.
—¿El mundo entero? ¿En quince días? Estoy impresionado.
Sus pies le llevaron hacia el carro con su vertiginoso despliegue de mercancías.
—No vas a comprarle nada—, dijo Hadrian.
—Nunca se sabe. Puede que tenga un tesoro aquí.
—Oh, sí—, ofreció Woodruff. —Unos tesoros que seguro que te roban el
aliento.
—Por no hablar de tu cartera—, murmuró Hadrian. —Te dejo con ello. Nos
vemos en la cena. Y buena suerte con el cortejo.
Con un gesto de la mano, cruzó la calle trotando y subió a un coche de
alquiler.

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Los ojos de Woodruff brillaron, mientras la pipa desaparecía en el fondo de su


gabán. —¿Cortejando, verdad, Su Excelencia? Aquí encontrará un regalo
especial para la afortunada. Considere estos pañuelos, de una seda tan suave
que se diría que está hilada con los mechones de los ángeles. O estos peines...
Leo dejó que el familiar repiqueteo lo invadiera, mientras hurgaba entre los
juguetes de madera y las cacerolas de cobre y una maraña de brillantes cintas
de raso. Y entonces vio...
—Me llevaré eso—, dijo.
Era una caracola: enorme, pulida, impecable. Totalmente inútil, por supuesto,
pero totalmente correcta.
Con un triste movimiento de la barba, Woodruff cogió la caracola. —Es el fin
de los días, verdaderamente el fin de los días, cuando un duque renuncia a los
diamantes y a la seda para regalar una cosa así a la dama que corteja.
Leo sacó unas monedas de su bolsillo. —Cálmese, buen amigo—, dijo. —Esto
no es para la dama que pretendo cortejar. Es un regalo para una amiga.

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

CAPÍTULO 2

El dibujo se sentía casi vivo bajo los dedos de Juno. Las aguas tormentosas se
estrellaban en torno a la cola de pez de una sirena que reclamaba a un
musculoso marinero, que no sólo había naufragado, el pobre, sino que de
alguna manera había conseguido perder toda su ropa en el proceso.
—Sin embargo, esa es la menor de tus preocupaciones, amigo mío—, informó
Juno alegremente a su marinero, —ya que esa hermosa sirena está a punto de
arrastrarte a tu perdición.
El marinero permaneció estoicamente callado, pero un eructo felino llegó
desde el asiento de la ventana con cojines rojos, donde los gatos estaban
acurrucados juntos en un baño de sol de última hora de la tarde. Artemisia la
ignoraba, con las patas rayadas cruzadas sobre los ojos, pero Angélica
parpadeaba somnolienta y bostezaba cuando Juno le rascaba las suaves orejas
grises.
El dibujo era bueno, se maravilló, con la leve sorpresa que aún sentía tras
completar una obra agradable. De alguna manera, lo había conseguido:
capturar la agitación de las olas turbulentas, la tensión de los músculos del
marinero mientras luchaba contra la naturaleza, las esbeltas costillas y la
cintura de la sirena mientras se acercaba a él.
Y, sin embargo. Su mirada se volvió crítica. La figura del marinero sin ropa era
satisfactoria, pero su rostro requería más cambios, para disfrazar la identidad
del modelo.
Tarareando una canción de mar, Juno volvió a su trabajo y poco a poco se dio
cuenta de que alguien la observaba desde la puerta del estudio.
El Sr. St. Blaise, presumiblemente. Qué pena. Esperaba que su modelo se
hubiera ido.
—Más vale que esta vez lleves la ropa puesta—, dijo con severidad, sin
levantar la vista del caballete.

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—Me complace informarte que hoy he cometido todos mis pecados en un


estado de vestimenta completa.
El familiar murmullo, secamente divertido, le hizo sentir un cálido placer.
—¡Leo! — Se giró con una sonrisa. —Perdóname. Pensé que eras otra persona.
—Alguien más desnudo, supongo. Lamento decepcionarte.
—Oh, nunca me podrías decepcionar, no mientras me ciegues con tu
esplendor ducal.
Él se había arreglado como un cuadro: su esbelta figura se apoyaba
perezosamente en la jamba de la puerta, las piernas calzadas cruzadas por los
tobillos, y posaba justo así, con la luz acariciando sus cabellos de color marrón
quemado y deslizándose por los largos ángulos de su rostro.
Ella se permitió contemplarlo: su pelo artísticamente despeinado y sus ojos
aparentemente soñolientos, el alfiler de joyería que brillaba en su impecable
corbata, los bordados ornamentales de su chaleco, la piel de becerro que
abrazaba sus muslos. El abrigo entallado de él se burlaba de la bata sin forma
de ella, y el brillo de sus botas hacía que los tablones de madera de ella se
sonrojaran de vergüenza.
Leopold Halton, el duque de Dammerton, parecía tan fuera de lugar en el
humilde y caótico estudio de Juno como cualquier criatura brillante del país
de las hadas, y sin embargo su presencia siempre se sentía bien. Incluso
después de cuatro años, ella nunca se cansaba de sus visitas no anunciadas, al
igual que nunca se cansaba de mirarlo. ¿Y por qué habría de hacerlo?
Cualquier artista apreciaría la elegancia de sus formas, la gracia de sus
movimientos, la magia de su confección.
Por no hablar de los regalos que le traía. Él levantó uno, un bulto cubierto por
un pañuelo de lino.
—Mi ofrenda a la Musa—, dijo.
—Muy bien. Puedes entrar.
Se limpió las manos manchadas y arrojó el paño sobre el boceto para ocultarlo,
mientras Leo navegaba por su bosque de caballetes para presentar su regalo.
Se trataba de su propio pañuelo, y una pizca de hierba luisa refrescó sus fosas
nasales cuando dobló el lino para revelar, de entre todas las cosas, una
caracola.

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—¡Oh, pero esto es increíble! —, se rio ella, cogiendo la concha con


entusiasmo.
Sus dedos rozaron la cálida palma de la mano de él; se produjo un agradable
cosquilleo. Ella, en cambio, se concentró cuidadosamente en la caracola: las
ásperas rugosidades de su cúpula, el suave frescor de sus bordes interiores.
—¿Te divierte la caracola? —, le preguntó él, viendo cómo su pulgar se
deslizaba por el brillante borde rosado de la caracola.
El agarre de ella se tensó. —Me parece maravilloso que supieras que quería
una.
—No sabía nada. Pasaba por delante de un carrito de vendedor ambulante y
me llamó la atención.
—Y todavía te niegas a creer en la magia. Toma, mira esto.
Quitó la tela del dibujo y dirigió su atención hacia donde una segunda sirena
se balanceaba en las olas, sosteniendo una forma indeterminada en su boca.
Juno tocó la forma. —Se supone que esta pobrecita está soplando en una
caracola, pero me di cuenta de que sólo tenía una vaga idea de cómo era una. Y
justo mientras me preguntaba cómo conseguir una como atrezo, tú estabas
comprando esto a un vendedor ambulante.
—Coincidencia.
—Magia.
Él no insistió. Estaba frunciendo el ceño ante el dibujo, repentina y
palpablemente tenso. Seguramente la casi desnudez de las figuras no le
molestaría. ¿Qué estaba...? Oh. Oh.
Con ojos frescos, Juno vio lo que no había visto antes, lo que había navegado
desde su imaginación hasta la página sin pasar por su mente consciente: el
crudo anhelo del marinero al contemplar a la sirena, y- ¡Cielos, la sirena! Su
expresión era feroz por el hambre posesiva, mientras reclamaba
desesperadamente un premio que sólo podía destruir.
Incluso Juno se sintió un poco inquieta por la picardía de la Musa. ¡Toda esa
pasión! No es de extrañar que Leo pareciera perturbado.
Ella se alejó y llevó la caracola a su abarrotado armario de accesorios,
negociando un espacio para poder colocarla entre la muñeca de porcelana y el
sextante de latón, también obsequiados por Leo a lo largo de los años. Parecía

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divertirle regalarle objetos extravagantes. Algunos eran piezas finas …la caja
de laca china, el juego de ajedrez persa, el globo terráqueo genovés…, pero la
mayoría los recogía de ferias y vendedores ambulantes y de las tiendas de
curiosidades en las que curioseaba. Le costaban apenas unos céntimos y para
ella eran más valiosos que todas las joyas del reino.
—Este dibujo es magnífico—, murmuró. —Pero es diferente—. Señaló con la
barbilla otro caballete, que sostenía un retrato parcialmente pintado de la
esposa de un banquero que sostenía a un niño en sus rodillas. —Me refiero a
tu trabajo por encargo.
Su mirada iba y venía entre Juno y el boceto, Juno, el boceto, como si tratara
de encontrar la conexión, como si ella hubiera hecho algún truco y él deseara
ver cómo lo había hecho.
Una timidez desconocida la invadió. Qué tontería. La timidez era para otras
personas, y no había razón para sentirse expuesta. Desde luego, no se
avergonzaba de esos bocetos, como tampoco se avergonzaba de los sombríos
rincones de su mente de donde provenían. Todo el mundo tenía esos rincones,
incluso los que insistían en que no los tenían, y encontrar el valor para asaltar
esos lugares era esencial para crear arte. Por supuesto, hay que tener cuidado,
sobre todo siendo mujer. Este diseño de sirena estaba destinado a su colección
secreta, una obra de arte que creó sólo porque esas imágenes se acumulaban
en su mente como nubes de tormenta, hasta que tuvo que liberarlas o volverse
loca.
Pero nunca debió enseñárselo, no a Leo.
No cuando el dibujo revelaba algo íntimo de ella, y él tenía tanto cuidado de
no revelar nunca nada de sí mismo.
Ella agitó la tela, como si hiciera desaparecer su malestar. —Hay algo que
deberías saber sobre mi modelo de marinero—, dijo alegremente.
—Ya sé que es un tipo muy musculoso—. El tono de Leo también se volvió
más alegre. —¿Adivinas cómo lo sé?
—¿Porque eres muy observador y prestas una atención meticulosa a los
detalles?
—Sí. Y porque está notablemente desprovisto de ropa—. Le lanzó una mirada
de reojo. —¿Debo creer que dibujaste una musculatura tan precisa y detallada
a partir de tu imaginación?

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Ella correspondió a su mirada con frialdad. —Tengo una imaginación muy


viva.
Él se rio entonces, y ella también, y su malestar se desvaneció de la habitación
como el humo a través de una ventana abierta.
—Dibujando desnudos otra vez, de verdad—. Él la regañó con falsa
solemnidad. —Un grave riesgo, Juno. Tu débil cerebro femenino explotará y te
llevarán a Bedlam. Eso es lo que les pasa a las mujeres cuando se enfrentan a
un desnudo, ya sabes. Hecho científico.
—Y aun así mi cerebro no ha explotado. Tal vez soy particularmente
resistente.
—Me temo que no. Ya muestras los efectos secundarios adversos de dibujar
desnudos: No estás casada, no eres ordenada y hablas con tus gatos—. Señaló
con la cabeza el dibujo, más serio ahora. —Por no hablar del riesgo para tu
reputación. Tus clientes te abandonarán y la señora Prescott te retirará su
patrocinio. Nunca podrás mostrar o vender la obra final.
—Pero soy capaz de pintarlo—, dijo desafiante, —y esa es la cuestión.
Aunque era una pena que nunca pudiera exponer una obra tan excelente con
su propio nombre, mientras que los hombres exhibían obras similares con
orgullo. Pero la sociedad tenía nociones estrictas sobre qué temas eran
apropiados para el llamado sexo débil. El mundo del arte londinense no podía
colapsar de forma colectiva ante el descubrimiento de que una mujer sabía
realmente lo que ocurría bajo la ropa de una persona.
Alejándose de él, Juno desató el pañuelo que protegía su cabello. Sus rizos
hicieron una escapada para liberarse; ella recogió su cabello en una espiral y lo
pinchó usando unos pinceles desiguales. La pesada túnica pronto se unió al
pañuelo en su gancho. Estiró los brazos sobre la cabeza y respiró
profundamente. Se sentía bien después de horas de inmovilidad.
Al doblar su columna vertebral con un gemido de placer, descubrió a Leo
observándola. Con un movimiento brusco de la cabeza, apartó la mirada y se
dedicó a hojear sus bocetos, todos ellos esbozos para el dibujo final. Pobre
Leo, cómo sufría al ver sus vestimentas de trabajo. Los vestidos eran holgados
para facilitar el movimiento, con un estampado oscuro para ocultar las
manchas, y hechos de algodón resistente para que duraran años. Eran
prácticos, cómodos e inevitablemente desaliñados, una afrenta para los
sensibles ojos del pobre Leo.

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—Mientras tanto—, dijo ella, —debo advertirte sobre mi nuevo modelo.


—Que, según deduzco, sigue paseándose por tu casa sin ropa.
—Le gusta demasiado. He tenido que mandarle a vestirse varias veces. Hace
tiempo que no lo veo, así que debe haberse ido. Pero él... Ah.
No había necesidad de continuar, porque Leo había descubierto el único
boceto que revelaba la identidad de su modelo.
—Por favor, di que no lo es—. Su expresión era una divertida mezcla de
disgusto e incredulidad. —¿St. Blaise?
—Es realmente muy bueno. Se queda perfectamente quieto y nunca se queja.
Yo debería haber empezado a contratar soldados hace años.
—Está claro que tu mente ya está trastornada, si contrataste al sinvergüenza
de mi hermanastro como tu nuevo modelo.
—Qué cosa más vil dices de mí, Polly—, llegó la voz de ese medio hermano
desde la puerta del estudio.
Juno se volvió con un suspiro, mientras el señor St. Blaise entraba
pavoneándose en su estudio como si saliera de un burdel al amanecer. Tenía el
pelo oscuro revuelto y aún no había conseguido vestirse. Aunque, para darle
crédito, tenía puestos los calzones y las botas, y el resto de la ropa se le
escapaba de una mano, así que había hecho algunos progresos desde la última
vez que ella lo despachó.
Quizás contratar a St. Blaise fue un error. El antiguo oficial de caballería era,
después de todo, un notorio vividor, y el hijo mayor del difunto padre de Leo
con su amante francesa de muchos años, la famosa y bella Marguerite St.
Blaise. Pero cuando ella lo conoció en un salón unas noches antes, él
simplemente parecía... correcto.
Juno no tenía la costumbre, normalmente, de dedicarse a sopesar
cuidadosamente las decisiones. Las cosas se sentían bien o no, después de lo
cual sólo había que inventar razones para justificar lo que uno ya deseaba
hacer. Su familia, esa horda de cerebros inteligentes, rendía culto al santuario
de algo llamado —pensamiento racional—, pero a Juno le parecía un
tremendo desperdicio de energía debatir algo que ya estaba decidido en su
corazón.

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Por supuesto, a veces su intuición tomaba decisiones espectacularmente


desacertadas. Pero, por lo que ella podía ver, las interminables cavilaciones de
otros no daban resultados notablemente mejores.
—Y por supuesto que la señorita Bell me contrató, porque es una mujer de
buen gusto—, le decía St. Blaise a Leo. —Vamos, Polly, incluso tú debes
admitir que tengo un físico magnífico y que mi rostro es extraordinariamente
bello.
Leo le lanzó una mirada. —Tu cara también es extrañamente golpeable—, dijo
suavemente.
Blaise sonrió y se desplomó en el sofá cama como un amante en una canción
popular.
—He tenido una siesta fabulosa. Ser modelo es agotador—, dijo, con un
dramático bostezo y estirando aquellos brazos y pecho desnudos. —Señorita
Bell, se me ha ocurrido una idea maravillosa: viviré en su estudio y me
convertiré en su mantenido. Le traeré té y pasteles, encantaré a sus visitantes y
posaré siempre que lo desee—. Le guiñó un ojo. —Tengo mucho talento para
quitarme la ropa.
—Pero con menos talento para volver a ponérselos—, dijo Juno con toda la
intención.
—Tus deseos son órdenes para mí.
Con gran energía, se puso la camisa y el chaleco, y se lanzó de nuevo sobre el
sofá, con las extremidades extendidas, los ojos conmovidos y los labios
curvados en una sonrisa que levantó mil enaguas.
Era una exhibición impresionante. Pero, por desgracia, Juno ya no se dejaba
impresionar fácilmente. El cuerpo de St. Blaise ya sólo sería un accesorio para
ella. Ella observó a Leo: A él no le importaba, ¿verdad?
Para su deleite, una pequeña sonrisa se dibujó en los labios de Leo, y una
deliciosa diablura bailó en sus ojos.
—Qué fabulosa oportunidad para ti, Juno—, dijo. —¿No has querido siempre
un mantenido?
—Me temo que no tengo espacio en el armario para tener uno.
—Podrías enrollarlo y guardarlo bajo la cama.
—O en una jaula en la ventana como un pájaro cantor.

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—Y para ser justos—, añadió Leo, —lo encontrarás más útil que, por ejemplo,
un mono de mascota.
—Tengo una idea—. Sus ojos se abrieron de par en par. —Podrías vestirle con
un traje de mono mascota, con un gorrito y una adorable chaqueta.
—Hmm, los monos mascota no llevan pantalones, sin embargo.
—Un mantenido tampoco debería llevar pantalones, o ¿qué sentido tiene
mantenerlo?
Sonrió ante eso, y se tomaron un momento para disfrutar de sus tonterías
compartidas, hasta que St. Blaise interrumpió.
—Digo, Srta. Bell, — irrumpió. —Polly no es su mantenido, ¿verdad?
—¿Leo? — Juno estalló en una risa asombrada. —Cielos, no. Nunca podría
permitírmelo. Un solo chaleco me haría mendigar.
—¿Entonces por qué está aquí?
—No quiero molestarte, pero debo informarte de que un hombre puede visitar
a una mujer sin intención de acostarse con ella—, dijo ella.
—¿Puede? — St. Blaise sonaba genuinamente curioso. —¿Puede, de verdad?
—Ha venido a hacerme un regalo.
—En realidad—, corrigió Leo con pereza. —Vine a buscarte.
— ¿Me llevas a dónde?
Levantó una ceja y no dijo nada. Levantó la otra ceja y siguió sin decir nada.
—¡Oh, cielos, la cena de Hadrian! —, recordó, dándose una palmada en la
mejilla. —Perdí completamente la noción del tiempo—. Miró hacia la ventana
con su engañosa luz del día: Los días eran tan largos en esta época del año. —
Gracias. No me gustaría llegar tarde.
—¿Cena? — Dijo St. Blaise. —¿Quién viene a cenar?
—Es una cena familiar, para celebrar el regreso de mi primo Hadrian a
Inglaterra—, explicó Juno, mientras recogía el dibujo de la sirena terminado y
sus otros bocetos. Los guardó en el pesado armario, donde escondía la mayoría
de sus cosas secretas. —Será la primera vez que estemos todos en la misma
habitación en años.
Y cómo lo esperaba, todos juntos: su tía Hester y su tío Gordon; sus primas
Phoebe y Livia, una casada y viviendo separada de su marido, la otra

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decididamente soltera y viviendo en casa; el joven Daniel, que ahora estudiaba


en Oxford; y Hadrian, que por fin volvía a casa desde Viena.
—Si es una cena familiar, ¿por qué está invitado Polly?
—Porque es el amigo más antiguo de Hadrian—. Agarró el abrigo de St. Blaise
y se lo arreó como un torero a un toro. —Debo vestirme para la cena, y tú
debes irte.
—Podría ayudarte a vestirte.
—Ayudarás marchándote—, insistió ella con firmeza. —Fuera. Ahora.

— Supongo que no has visto a Hadrian desde que estuvimos todos en Viena—

, le dijo Juno a Leo, una vez que hubo espantado a St. Blaise de la puerta y se
estaba lavando las manos con jabón perfumado de lavanda. —Eso debe ser...
¿Hace cuántos años ya?
—Ocho—, dijo Leo brevemente.
—Siempre recordaré Viena con mucho cariño. Me lo pasé muy bien allí. ¿Te
acuerdas...?
—Prefiero no recordar Viena—, dijo con una frialdad sorprendente.
Sin mirarla, se dejó caer en el asiento de la ventana junto a los gatos. Artemisia
lo ignoró con firmeza, pero Angélica, la querida coqueta, se arrojó a su
costado. Siguieron algunas negociaciones entre el duque y la gata, mientras
Leo explicaba que su traje ya era perfecto y no mejoraría con los pelos de gato.
—Mi ayuda de cámara te despellejará y te convertirá en un sombrero—, le
advirtió, por lo que Angélica se dejó caer contra su muslo y le dedicó una
sonrisa de oreja a oreja. Sus esfuerzos se vieron recompensados cuando los
delgados dedos de Leo rastrillaron la pelusa gris de su vientre.
Juno apartó la mirada de su mano y se volvió hacia el lavabo para atacar sus
mugrientas uñas con un cepillo de cerdas de jabalí. Qué descuidada era. Por
supuesto, Leo no quería hablar de Viena, porque fue en Viena donde había
conocido a su antigua esposa, la hija menor de un príncipe húngaro menor,
con la que se había casado tras un romance relámpago.

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Cuando Hadrian le dijo a Juno que León iba a venir a Viena, ella estaba ansiosa
por volver a verlo. Para entonces, llevaba dos años estudiando en Viena,
mientras devoraba las múltiples delicias del mundo bohemio de esa ciudad.
Sería su primer encuentro con Leo después de aquella embarazosa
manifestación en el prado, y había esperado reparar su amistad, que
seguramente había arruinado con aquel beso tonto.
Habían paseado juntos por los jardines, donde el follaje otoñal de Viena había
deslumbrado con su despliegue de naranjas, ocres y rojos. Incluso después de
más de dos años separados, charlar con Leo se había sentido tan bien. Juno
pateó alegremente las hojas y escuchó las noticias de Leo, y cuando Hadrian
los dejó solos para saludar a un colega, aprovechó la oportunidad para
disculparse por su comportamiento en el prado. No debía temer más
declaraciones de amor o besos no deseados, le había asegurado ella, pues ahora
lo consideraba sólo un amigo.
Por desgracia para ella: Leo no había mostrado más interés en su compañía. En
lugar de ello, se dedicó a divertirse con sus primos alemanes, cuyo
comportamiento imprudente escandalizaba incluso a la sociedad vienesa. Juno
viajó al sur, a Florencia, poco después, en busca de un nuevo tutor y de un
invierno más suave. No se enteró del repentino matrimonio de Leo hasta unos
meses después de que se celebrara. La noticia la había sorprendido; sólo podía
suponer que él estaba muy enamorado.
Con un suspiro, se secó las manos en una toalla limpia, y sus ojos volvieron a
dirigirse a él.
Una vez más, había logrado disponerse como un cuadro, con la cabeza
enmarcada en la ventana, con la luz del sol dorando sus pestañas y acariciando
su mejilla suavemente afeitada. La luz brillaba sobre las vibrantes flores
bordadas en su chaleco. Caballero desconocido con gato, lo titularía Juno.
Estaba tan cuidadosamente arreglado, tan artísticamente presentado, como
para asegurarse de que, si se sometía a las miradas del mundo, sería en sus
propios términos. Él se había convertido en una pieza de arte, y nada tocaba el
arte.
A veces le molestaba la forma en que utilizaba sus modales y su vestimenta
para mantener al mundo a distancia. O tal vez simplemente le molestaba que
él también la mantuviera a distancia.

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Las líneas invisibles entre ellos se habían trazado durante la primera visita de
Leo, hacía poco más de cuatro años, apenas unos días después de que Juno se
mudara a esta casa. Ella había estado girando en círculos en su estudio vacío,
decidiendo qué poner en cada lugar, y entre un giro y otro había aparecido
Leo, lustroso e intocable: mayor, todavía casado, tan recién convertido en
duque que aún llevaba un brazalete negro por su difunto padre. Hadrian lo
había enviado a ver cómo estaba, le había explicado, y a Juno no le había
importado, pues no esperaba volver a ver mucho a Leo.
Con qué facilidad había fluido la conversación, y sin embargo con qué
precaución. En aquel momento, Londres estaba en plena efervescencia por el
comportamiento escandaloso de su esposa, así que Juno había esperado con
discreción a que él la mencionara primero. Cuatro años y un divorcio después,
ella seguía esperando.
De hecho, uno podría pensar que el escándalo había afectado a un hombre
totalmente diferente. Incluso durante el circo que rodeó el juicio del amante
de su esposa y el consiguiente divorcio, incluso cuando las transcripciones del
juicio se publicaron y se vendieron por decenas de miles, cuando las
caricaturas cada vez más subidas de tono llenaban los escaparates de las
tiendas, cuando él se convirtió en un personaje cómico en los espectáculos de
marionetas y en el tema de las canciones que se vendían en las esquinas….Leo
había pasado sus días como si nada de eso tuviera que ver con él.
En muchos sentidos, Juno conocía a Leo. Sabía que tomaba el té con limón,
que le gustaba un buen pastel de cerdo y que prefería el tipo de teatro que
hacía reír. Le encantaban los bordados y las artesanías y los debates sobre las
reformas. Despreciaba las listas, los números y la estrechez de miras.
Admiraba a su madre, adoraba a sus hermanos, respetaba y resentía a su
difunto padre.
Pero ella no sabía si aún amaba a su antigua esposa, ni cómo le hacía sentir la
falta de hijos. Ella no sabía con qué futuro soñaba, ni si tenía amantes, ni si
volvería a amar.
Sabía lo que la gente decía de Leo, porque la gente siempre hablaba de él. —
Such sprezzatura1—, clamaban algunos, citando esa virtud italiana de habilidad

1
Such sprezzatura= Tal indiferencia

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y estilo sin esfuerzo, mientras que otros insistían en que el duque era frío y
distante.
¿Distante? ¿Frío? ¿Leo? No: con ella, Leo era juguetón y divertido. Los ojos de
ese tono de azul podían parecer fríos, tal vez, pero Juno sólo veía su brillo
cuando él disfrutaba de una broma. Su tranquilidad podía confundirse con
distanciamiento, pero en realidad era tímido; a pesar de su alto estatus y de la
constante atención que se le prestaba, prefería observar que ser el centro de
atención de un grupo. Con sus amigos, sin embargo, se mostraba amable y
relajado.
Sin embargo, ella no podía dejar de percibir que él mantenía cuidadosamente
un muro entre ellos.
¿Y por qué no iba a hacerlo? Él era un espléndido duque, y ella una artista de
mala muerte, y vivían en mundos diferentes, y ella no debía permitirse olvidar
eso, porque nadie más lo haría.
Levantó la mirada y la sorprendió estudiándolo. Desplegó la tela de sus puños.
—Gracias por asegurarte de que no llegue tarde, pero no era necesario que
vinieras tú mismo—, dijo ella, un poco rígida. —Estoy segura de que un duque
tiene ocupaciones más importantes que recordar a una artista sus citas.
—Mis motivos son totalmente egoístas—, dijo él. —Debo asegurarme de que
estés allí a tiempo para tener a alguien que me rescate si Livia y Phoebe me
hablan en latín.
— El no hablar a la gente en latín siempre ha sido uno de mis rasgos más
atractivos. Como la paciencia es la tuya—, añadió. —Me vestiré rápidamente,
si no te importa entretenerte...— Ella se detuvo en seco, tomando en cuenta
sus botas y calzones. —Oh, tampoco estás vestido para la cena.
Él apartó a Angélica de su muslo, se puso de pie y se sacudió la chaqueta. —
Yo iré por mi cuenta. Un carruaje te espera fuera.
Ella forzó una sonrisa. —Por supuesto.
Por supuesto, un duque no podía ser visto viajando por Londres solo en un
carruaje con una artista. No cuando el duque estaba divorciado y buscaba una
esposa. No cuando la artista era una mujer soltera. Las habladurías no le
afectarían, por supuesto; a un duque se le perdonan todo tipo de cosas. Pero,
aunque los artistas y otros bohemios no estaban sujetos a las mismas reglas de
comportamiento que la ton, Juno era una mujer soltera que tenía excelentes

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conexiones, pero se ganaba la vida por sí misma, y nadie sabía muy bien qué
hacer con alguien como ella.
—Es muy considerado—, añadió. —Gracias.
— De nada.
Juno lo observó irse, un placer secreto que le gustaba concederse a sí misma, y
su aliento se entrecortó al ver la elegante forma de sus hombros, su espalda y
sus muslos, la energía casi felina de sus movimientos. Sus dedos se crisparon.
Sólo se le podía captar con líneas fluidas y amplias.
En la puerta, él se giró inesperadamente; ella se enderezó con culpa. Él echó
una mirada escrutadora sobre ella, como si quisiera captar su transformación a
sus espaldas. Su expresión ligeramente preocupada al mirarla era nueva. El
dibujo de la sirena le había inquietado.
La satisfacción floreció en su pecho cuando sus pasos cruzaron su salón y se
desvanecieron por las escaleras.
Te está bien empleado si mi arte te afecta, Leopold Halton, pensó ella. Se lo merece.

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CAPÍTULO 3

—Diez libras a que ni siquiera terminamos nuestro oporto antes de que mi


padre empiece a insistir en que me case—, había refunfuñado Hadrian a Leo
cuando le invitó a ocupar el octavo asiento en la cena de la familia Bell.
El delicado tema del matrimonio no surgió hasta que los caballeros
terminaron su oporto y se reunieron con las damas en el salón. Y no fue Sir
Gordon quien empezó, sino Juno, cuando preguntó inocentemente a su primo:
—¿Cuáles son tus planes ahora que has vuelto a Inglaterra, Hadrian? ¿Piensas
quedarte esta vez?
Estaba sentada en un sofá frente a Leo, al lado de su prima Phoebe, o, mejor
dicho, de la señora Grayshott, que a sus veinticinco años había adquirido un
aire de sofisticación además de un matrimonio fallido. Juno estaba sentada
con un pie colocado debajo de ella. Cuando llegaron los caballeros, Lady Bell la
había amonestado automáticamente para que se sentara correctamente, y Juno
había obedecido automáticamente. Pero aquí estaba de nuevo, con ese pie
escondido, sin prestar atención a su pantorrilla expuesta y a su zapatilla
olvidada. Si Lady Bell se había dado cuenta, se estaba reservando sus palabras,
pues todo el mundo sabía que al final Juno siempre iba a su aire.
En todos los demás aspectos, parecía la dama gentil que su tía había criado,
con un bonito vestido azul pálido adornado con brillantes cintas de color azul
más oscuro. Incluso su pelo estaba dócilmente amontonado en la cabeza, salvo
unas cuantas espirales renegadas que ondeaban en su cuello.
El cambio con respecto a sus vestidos de trabajo era sorprendente. Leo no
estaba acostumbrado a ver las líneas redondeadas de sus brazos desnudos,
iluminados por la luz de las velas, ni la extensión de la piel por encima de la
generosa curva de su corpiño. Aunque, para ser justos, si bien aquellos
horribles vestidos de día tenían mangas largas y escotes altos, sus pliegues
holgados solían ofrecer tentadores indicios de las curvas de Juno cuando se
desperezaba en su exuberante estilo.

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Sin embargo, ninguna de las versiones de Juno …ni la artista ni la


dama…parecía capaz de las furiosas pasiones que se agitaban en su dibujo de la
sirena con el marinero.
Ese dibujo. Ese maldito dibujo.
Su mente volvió a ella durante toda la cena, mientras Phoebe y Livia debatían
sobre traducciones al griego ante la sopa de guisantes, mientras Sir Gordon y
el joven Daniel diseccionaban la ley ante las chuletas de cordero, mientras
Hadrian y Lady Bell discutían sobre economía ante el ragú de pato, mientras
Juno los obsequiaba con cotilleos del mundo del arte ante la tarta de grosellas.
La conversación fluyó con energía, pero nadie mencionó la misteriosa cicatriz
de Hadrian, ni el distanciamiento de Phoebe de su marido, ni el creciente
alejamiento de Livia de la sociedad, ni…por desgracia…el hecho de que Leo no
contribuyera en absoluto a la conversación.
El dibujo no era lascivo, e incluso se podía perdonar su terrible elección de
modelo masculino, ya que había cambiado mucho los rasgos. Pero sus
expresiones. La actitud posesiva, feroz y hambrienta de la sirena, el anhelo
confuso del marinero, que sabía que la sirena lo arrastraría a la muerte, pero la
deseaba de todos modos.
Era sólo un dibujo, se dijo a sí mismo. Sólo líneas de carbón sobre el papel. Sin
embargo, esos sentimientos se habían desprendido del papel y se habían
anidado bajo su propio pecho, volviéndolo peculiarmente angosto y doloroso.
Sehnsucht2, como decían en alemán, ese intenso anhelo de no se sabía bien por
qué.
Y allí estaba Juno, la responsable de esta sensación, mordisqueando
alegremente una trufa de chocolate, haciendo una pausa para saborear su
sabor, para encontrarse con los ojos de él, sonreír perversamente y llevarse el
bocado restante a la boca.
—¿O vas a buscar otro puesto en el extranjero? — Esta vez, la pregunta para
Hadrian provenía de Livia, con los ojos brillantes, potentes y con un aspecto
mucho más joven que sus veintitrés años.
—Buscará una esposa—, insertó Sir Gordon con severidad.

2
Sehnsucht en alemán se traduciría como nostalgia

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Un silencio abrumador se extendió por el salón y fue ahuyentado por las risas.
—Oh, ho—, rio Phoebe. —¡Ahora te toca a ti, Hadrian!
—No es el momento de discutir esto—, protestó Hadrian. —Madre, por favor,
pide...
Lady Bell levantó las palmas de las manos en señal de rendición. —No apeles a
mí, hijo mío. Me lavo las manos de todos vosotros—, clamó ella, riendo
también. —Si he fallado en mi deber como madre, ¡que así sea! Por haber
criado a cinco hijos hasta la edad adulta, y sólo Phoebe se ha casado.
—Y Phoebe ni siquiera habla con su marido—, señaló Hadrian.
Phoebe abrió los ojos. —Oh, ¿se supone que debemos seguir hablando con
ellos después de casarnos? — Ella apuntó con una nuez a su hermano mayor.
—Y no me utilices para desviar la atención de ti, bestia—, dijo, y dejó volar la
nuez.
Hadrian la atrapó con unos reflejos rápidos como un relámpago. —Entonces
usaré a Juno como distracción—, dijo sin arrepentirse. —Vamos, padre, ¿por
qué no regañas a Juno para que se case en vez de a mí, ya que es la siguiente en
edad? ¿No te has percatado? Tiene casi veintiocho años.
Sir Gordon miró a su hijo mayor por encima de sus gafas. — Porque tú eres mi
heredero, y aunque estoy feliz de entregar el bufete de abogados a Daniel...
—Y yo me alegro de aceptarlo—, dijo Daniel.
—...tú heredarás la baronía. Además, Juno ha tomado sus propias elecciones y
las ha realizado con una determinación admirable.
—Yo también he tomado mis elecciones—. Hadrian se puso serio. —Mi cargo
actual no me permite llevar una vida de casado.
—Entonces busca un nuevo puesto.
Padre e hijo se miraron en una batalla silenciosa. La tensión se extendió por la
habitación, atenuada sólo por la confusión. Ninguno de los hermanos de
Hadrian sabía en qué consistía su trabajo para el gobierno, pero Leo y Sir
Gordon sí lo sabían, y había muy poco papeleo.
Por el rabillo del ojo, Leo vio que Juno le dirigía una mirada curiosa y
pensativa. Sabía que ella tenía preguntas sobre su matrimonio; él las percibía a

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veces, merodeando por los bordes de sus conversaciones como la brisa agita
los lazos de un sombrero. Él también tenía preguntas, pero no se atrevía a
preguntar. Si le preguntaba a Juno por qué no se había casado con nadie, ella
podría preguntarle por qué se había casado con Erika. Leo prefería que lo
hirvieran en aceite antes que hablar de Erika con Juno, así que tendría que
lanzarse por la ventana para evitar responder y todo se volvería bastante
incómodo después.
Fue Livia quien rompió la tensión, diciendo: —Sin embargo, quiero saber
sobre Juno. Nunca das una respuesta satisfactoria.
Juno se congeló como un ladrón, con la mano preparada para robar otra trufa
del cuenco de cristal veneciano rojo. —¿Responder a qué?
—A porque aún no te has casado—, dijo Livia. —Estoy segura de que hay
muchos hombres que quieren casarse contigo.
Los labios de Juno se curvaron. —Y estoy segura de que los hombres quieren
casarse conmigo por la misma razón por la que quieren bailar conmigo: para
tener la oportunidad de toparse con mi glorioso pecho.
Esta escandalosa frase fue recibida con gritos de risa encantada. Incluso Lady
Bell luchó contra una risa mientras decía: —¡Juno Bell, compórtate! Una no
habla de esas cosas en la sociedad educada. ¿Qué pensará Dammerton?
Ella le mostró su sonrisa ladeada. —Si Leo llegó a escandalizarse por algo que
yo dijese, ese día hace tiempo que pasó.
Leo levantó su copa en un simulacro de saludo. —Confieso que estuve a punto
de desmayarme la primera vez que la oí hablar así, pero ahora estoy hecho de
una pasta más dura.
Tal era el efecto de sus años entre los bohemios de Europa: la falta de
contención en las palabras y los gestos, el humor subido de tono, y su actitud
de naturalidad hacia los cuerpos, la desnudez y otros temas que las damas
inglesas correctas evitaban como un borracho a tientas en un baile.
Juno seleccionó una trufa y se inclinó hacia atrás, sentada ahora
correctamente. —Además, el matrimonio requiere un gran esfuerzo. Mi arte y
mi ambición consumen todo mi tiempo.
—Pero, ¿y cuando hayas conseguido tus ambiciones y puedas dormirte en los
laureles? —. insistió Livia.

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

—Para entonces seré tan vieja que mi pecho también se dormirá en los
laureles, ¿y qué hombre se encaprichará de mí entonces?
—Desde luego, no será un hombre respetable—, suspiró Hester entre risas.
Juno le sonrió pícaramente. —Menos mal que no aspiro a la respetabilidad.
Hadrian dejó su vaso con un golpe. —No me lo creo—, dijo. —Recuerdo
cuando tu arte rebosaba de romanticismo. ¿En qué te has convertido, dulce
prima… en una cínica hastiada o en una romántica sin remedio a la que es
difícil complacer?
—Lo que soy es mi propia amante—, dijo Juno desafiante, agitando su trufa
mientras hablaba. —Cuando quiero tranquilidad, la tengo. Cuando quiero
compañía, la tengo. Puedo trabajar todo el día sin interrupción, o dormir todo
el día sin ser juzgada. Me gano la vida, hago lo que quiero y no estoy en deuda
con nadie. ¿Dónde encaja un marido en esa vida? Exigirá atención y me
molestará por sus botas o su cena, luego se llevará mi dinero y alterará mis
horarios y me robará el tiempo.
Mordisqueó el borde de su trufa de chocolate y balanceó un pie de un lado a
otro. Su zapatilla desgastada colgaba de los dedos del pie, y el dobladillo se
deslizaba hacia atrás para revelar los motivos florales bordados sobre los
tobillos de sus medias zurcidas.
Daniel resopló. —Los hombres no somos tan canallas. No tienes ni una sola
prueba de esas afirmaciones.
—Oh, el joven abogado exige pruebas, ¿verdad? — dijo Juno. —Muy bien:
Considere el caso de Elisabeth Vigée LeBrun. Ella pintó retratos para María
Antonieta y todo Versalles hasta... Bueno.
—Bueno, en efecto—. Hadrian se rio sombríamente. —Las decapitaciones
deben de estropear el negocio de la pintura de retratos.
Esto le valió una ronda de gemidos y otra nuez lanzada a su cabeza, tras lo
cual Juno continuó el caos.
—Después de huir de París, Madame LeBrun se movió por toda Europa,
pintando a la realeza. Incluso tuvo un estudio aquí en Londres durante tres
años y pintó al Príncipe de Gales, que era entonces. Ganó una fortuna con sus
cuadros y su marido se lo jugó todo. Yo gano bastante menos que una fortuna,
así que ¿por qué debería dárselo todo a un hombre?

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—Pero tal vez ella estaba enamorada—, argumentó Phoebe. — Tú solías


proclamar la superioridad de la emoción y la sensación sobre lo que llamas
nuestro — razonamiento —. Seguro que no has cambiado tanto. ¿Nunca te
has enamorado?
Durante el lapso de un latido, el pie de Juno se detuvo, al igual que la
respiración de Leo. Pero luego continuó, con sus ojos en otra parte, con un
tono ligero.
—Al contrario. Tengo la costumbre de enamorarme al menos tres veces al día.
Uno debe tomar el amor con ligereza y dejarse llevar por él, como una pluma
en una nube. Si te enamoras demasiado, te quedas atascado, como un carruaje
en un pantano.
Ella movió el pie con tanta fuerza que su zapatilla salió volando, ejecutó una
voltereta y aterrizó con un golpe junto al zapato de Leo. Él le devolvió la
zapatilla por el suelo. Ella la enganchó con los dedos de los pies, le lanzó una
brillante sonrisa y volvió a balancear la pierna, completamente en paz con sus
costumbres de espíritu libre, así como con sus opiniones desenfadadas sobre
el amor.
Sus primos estaban equivocados: Las filosofías despreocupadas de Juno no
eran nuevas en absoluto. Leo había aprendido cómo veía realmente el amor
ocho años antes, cuando paseaban juntos por los jardines de Viena aquel
fresco día de otoño.
Había sido la primera vez que Leo la veía desde aquel fiasco en el prado. El
momento estaba pintado en su memoria: el cielo azul, las hojas anaranjadas, la
forma en que su pecho se había hinchado al verla después de tanto tiempo
separados. Había soportado dos largos años desde su primer beso y sus
prometedoras palabras de amor, dos dolorosos años esperando la oportunidad
de reparar su error y arreglar las cosas.
Pero ella había hablado primero, allí, entre los brillantes colores de las hojas
marchitas. Qué sincera había sido su sonrisa, mientras apretaba el brazo de
Leo y le aseguraba que se le había pasado la tontería de la juventud. —
Prometo no volver a importunarte con besos o declaraciones de amor—, se
había reído, añadiendo: —¡Era tan joven! Supongo que todas las chicas de
diecisiete años deben tener un tonto enamoramiento y tú eras el mío. Qué
incómodo debió de ser para ti.

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Un enamoramiento tonto. Una locura juvenil. Eso era todo lo que su primer y
dulce beso había significado para ella, mientras que para él había significado el
mundo. Así fueron las palabras de amor de Juno: fácilmente pronunciadas,
pronto olvidadas.
Y esa misma noche, en ese salón rojo, con aquel hombre mayor, el violinista
checo...
El recuerdo de Viena, enterrado desde hacía mucho tiempo, brilló de repente
en su mente como una placa de plata recién pulida: las paredes de brocado
rojo, la lámpara de araña recargada, el aire perfumado, y en un rincón, medio
ocultos por las cortinas de terciopelo, Juno y el violinista, compartiendo una
mirada íntima.
Juno inclinando la barbilla.
El violinista agachando la cabeza.
El violinista besa a Juno.
Juno devolviéndole el beso.
Leo sacudió la cabeza y devolvió los recuerdos al sótano húmedo de su mente,
donde debían estar. A donde pertenecía todo lo de Viena.
De vuelta al presente, Hadrian estaba aplaudiendo las palabras de Juno, con
un estruendoso — ¡Eso, eso!
—Que todos evitemos quedar atrapados en el pantano del amor—, dijo,
levantando su copa. —Un brindis por nuestros padres por demostrar el
matrimonio perfecto, para que ninguno de nosotros se atreva a intentarlo por
nosotros mismos.
—Sé valiente, hijo mío—, dijo secamente Sir Gordon. —Puede que aún
conozcas el amor.
Hadrian se rio. —Si voy a casarme, padre, entonces tomaré prestada la lista de
criterios de Dammerton para su próxima esposa: bien cultivada, bien educada
y bien dotada. ¿Eso lo resume, Dammerton?
—Más o menos.
Sorbiendo su oporto, Leo se arriesgó a mirar a Juno, pero su atención estaba en
las trufas de chocolate, y en su elección de cuál comer a continuación.

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La fiesta no tardó en terminar, ya que la familia Bell se dispersó para


prepararse para un baile. Leo los esperaba en el salón, con Juno como
compañía. Ella no asistiría al baile, ya que el suyo era el mundo de los cafés y
las veladas atrevidas.
Ella se detuvo a estudiar un cuadro; él se unió a ella junto a la pared. Era una
obra suya, de su juventud, que representaba a unas jóvenes Phoebe y Livia
vestidas con togas y dando una clase en un ágora griega, mientras
renombrados filósofos escuchaban a sus lados.
Ella inclinó la cabeza para mirarlo. —Has estado muy callado esta noche. ¿En
qué piensas?
Leo se encogió de hombros.
— Más de tus secretos—, dijo ella en voz baja, y se volvió hacia el cuadro.
Se sentía extrañamente inquietante, como si se estuviera escapando.
—¿Cuántos años tenías cuando lo pintaste? —, preguntó él.
Ella frunció los labios, considerándolo. —Unos dieciséis años, creo. Ellas
debían de tener unos catorce y doce años.
—Se nota tu afecto por ellas.
—Ya eran muy cultas, incluso entonces. Nunca pude seguir el ritmo de sus
inteligentes argumentos.
—Ninguna de ellas puede hacer lo que tú haces y lo sabes.
Ella recorrió una esquina del marco. —Es peculiar, ¿no? No me falta confianza,
pero una pequeña parte de mí sigue avergonzada y asustada como aquella niña
mugrienta de diez años que se presentó en su puerta, sin saber qué tenedor
usar y sin apenas saber leer, mientras mis primos de medias azules ya
estudiaban griego. A veces, esa niña me dice que no soy lo suficientemente
buena.
— Se presentó—, pensó Leo. La familia siempre lo expresaba así, como si la
pequeña Juno hubiera llegado a la casa de campo de los Bell en la Abadía de

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Longhope por voluntad propia, como un gato callejero, en lugar de ser dejada
allí por sus padres artistas, que habían decidido que un niño ya no entraba en
sus planes.
En uno de sus paseos matutinos, Leo había dicho: Nunca mencionas a tus padres—
, a lo que ella respondió: Nunca pienso en ellos. Ellos no tuvieron tiempo para mí, así que
yo no tengo tiempo para ellos. La mandíbula de ella se endureció de forma inusual,
sus hombros se tensaron y sus ojos se volvieron frágiles, por lo que él supo que
no debía volver a comentarlo.
En muchos sentidos, Leo conocía a Juno. Sabía que ansiaba la experiencia y
perseguía las sensaciones, y que evitaba la palabra escrita siempre que podía.
Disfrutaba de los largos paseos por la naturaleza, pero odiaba que el esfuerzo
le pusiera las mejillas rosadas. Creía en las supersticiones, pero trabajaba duro
y no dejaba nada a la suerte. Sólo seguía las reglas cuando la convenían, y
nunca intentaba retener nada que no deseara quedarse.
Pero él no sabía con qué futuro soñaba ella, ni si todavía tenía amantes, ni en
qué pensaba por la noche, cuando se despertaba sola.
Su risa alegre burbujeó entre ellos. —¡Escúchame, poniéndome tan pensativa!
Es el efecto de este reencuentro, supongo, que ha despertado ese viejo
sentimiento de que no pertenezco, aunque me acogieron desde el principio.
Me pregunto si alguna vez superamos nuestra juventud, o si permanecen
dentro de nosotros como fantasmas, rebelándose a la menor provocación—.
Ella estudió su perfil. —Entonces, cuando te conocí...— Su vacilación palpitó
entre ellos. —Bueno, supongo que por eso me sentí cómoda contigo, la
primera vez que me encontré con un alma verdaderamente afín.
—Hasta que fuiste a Viena—, le recordó él. —Que abundaban las almas
afines.
—Sí, por supuesto.
—En Viena te desenvolvías muy bien. Entre los tuyos, inmersa en el arte.
Nunca te había visto tan radiante.
Su ceño se arrugó con confusión. El calor se deslizó por su cuello. No debería
haber dicho nada.

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Pero eso formaba parte de su enmarañado recuerdo de Juno en Viena: cómo la


había admirado, cómo se había alegrado por ella, incluso cuando sus alegres
palabras le destrozaban el corazón.
La luz brilló sobre sus pendientes de plata cuando volvió a girar hacia el
cuadro. —Estaba muy orgullosa de esto, pero ahora me avergüenzo de mi mala
técnica. He cambiado mucho desde entonces.
—Tu elección de temas ha cambiado, sin duda—, dijo él de forma
contundente.
Ella volvió a reírse. —Vaya, no debería haberte dejado ver ese dibujo hoy.
Nunca muestro los que son así.
—Entonces tienes otros como ese.
Fue una tontería insistir. Más prudente sería mantener la distancia entre ellos.
Y sin embargo... Ese dibujo le había puesto ansioso.
—¿Es tan importante mantener en secreto estas obras de arte? —, preguntó.
—Todos los secretos son importantes. Nuestros secretos revelan lo que
apreciamos o lo que tememos—. Ella se enfrentó de nuevo a él, con la barbilla
levantada en señal de desafío. —Te enseñaré los míos si tú me enseñas los
tuyos. ¿Por qué nunca me cuentas tus secretos, Leo?
Sus ojos le atravesaron, pero él nunca podría confesar. Las confesiones son una
pérdida de tiempo.
En su lugar, ofreció una sonrisa perezosa. —Porque no tengo secretos. Todo el
mundo en Gran Bretaña sabe ya todo sobre mí. De hecho, la gente tiene que
inventar nuevos secretos sobre mí. Cada mañana leo los periódicos
sorprendido de saber qué travesuras he hecho.
Ella no se dejó engañar. —Entonces, los dos guardamos nuestros secretos esta
noche—, dijo en voz baja.
El dolor ensombrecía sus rasgos, como si se afligiera por algo perdido. Por un
momento indeseado, aquella pérdida resonó también en él.
Sí, algo se había perdido, hacía muchos años. Y algunas cosas que se pierden
nunca se pueden recuperar.

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

Su estado de ánimo pensativo se vio interrumpido por las amables discusiones


y los pasos de sus primos que regresaban. Juno recorrió la habitación y dijo
alegremente: —Hace años que no asisto a un gran baile. ¿Te hace mucha
ilusión ir?
Otro secreto: su lista de criterios, su necesidad de dinero para su Fundación, la
dama a la que pretendía acercarse esta misma noche, en el baile.
Él extendió sus manos. — ¿Lazos, corros, rastrillos, tal vez un escándalo en la
cena? ¿Cómo no estar emocionado?

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CAPÍTULO 4

— Estremecedor—, murmuró Leo al entrar en el salón de baile, que era un


torbellino animado de vestidos espumosos y cabezas emplumadas. La música
orquestal flotaba sobre el tintineo de las copas y los chismes, mientras los
arreglos florales brotaban de jarrones poco inspirados y las frondosas
palmeras hacían guardia en macetas lamentablemente insípidas.
Y allí estaba su objetivo: La señorita Susannah Macey. Ella captó su mirada
por encima de su abanico, sonrió con recato y se dio la vuelta. Él se dirigió
hacia ella, pero casi inmediatamente fue abordado por... oh, ayúdale, era su
hermano Thomas, que aparentemente había elegido animar su noche
insultando la ropa de Leo.
—¿Qué es lo que has dicho, Macey? — preguntó Leo amablemente. —Algo
sobre mi chaleco, creo.
El chaleco de esta noche era, en efecto, digno de ser comentado. La base era de
seda color melocotón, sobre la que estaba bordado un racimo de prímulas,
cuyos bordes superiores se transformaban en una nube de mariposas de
colores que estallaban sobre su pecho.
Pero el joven Thomas Macey no estaba mirando el exquisito arte que llevaba
Leo. Su atención se desvió hacia su trío de amigos, que observaban su
intercambio con la avidez de los chicos en su primer espectáculo furtivo.
Ah, sí, Leo conocía a ese grupo: Aquella mañana habían estado hablando de él
en su club, especulando sobre la manera de sacarlo de su habitual calma
imperturbable. Él estaba sentado cerca de ellos, pero al parecer creían que si
no le miraban mientras hablaban de él, no podría oírlos.
Por desgracia para todos, el sonido no funcionaba así, por lo que se vio
obligado a escuchar mientras se retaban unos a otros a provocarlo para que
perdiera los estribos en público, con un premio en metálico para quien lograra
provocarlo.
Provocar al duque. De verdad.

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Ninguna persona razonable esperaría que un duque tolerara tal insolencia.


Ninguna persona razonable se opondría a que Leo aplastara a Thomas Macey
como el molesto mosquito que era. Sin embargo, Leo no estaba por la labor de
destrozar a jóvenes simplemente por ser unos inmaduros insensibles.
Pero Thomas Macey no necesitaba saberlo.
— Yo dije, Su Gracia—, explicó Macey con suficiencia, lanzando otra mirada a
sus amigos, —aprendí en una conferencia que el propósito del plumaje de un
pavo real es atraer a una pareja. Me hizo pensar en su afición por los bordados
recargados y, sin embargo, lleva dos años divorciado y aún no ha conseguido
atraer a otra esposa. Me parece que tu estrategia no funciona. ¿Para quién se
pone usted tan atractivo?
Leo levantó su lente inquisidor y examinó a Macey desde la parte superior
marrón hasta los pies en negro. Cuando bajó su lente, lo hizo con un suspiro
de decepción.
—¿Y para quién se pone usted tan... soso? —, replicó. — Dígame, ¿funciona su
estrategia? ¿Su dama está suspirando ahora?, …Oh, Sr. Macey, es tan deliciosamente
soso. Querido Sr. Macey, es tan deliciosamente soso.
El hombre más joven sonrió. Leo no soportaba a los sonrientes. Eran casi tan
malos como el color beige.
—No necesito colores brillantes para hacerme notar—, dijo Macey. —Tengo
mi ingenio.
—¿Ingenio? Hmm. Tal vez si vistieras tu ingenio con colores brillantes, podría
haberme percatado de ello.
Leo guardó su monóculo en el bolsillo de su chaleco, se tomó el tiempo de
acomodar la cadena de manera correcta, y luego presentó su mirada más ducal
hasta que Macey desvió la mirada. Se acercó y le quitó una mota del hombro.
—Mi querido muchacho, tendrás que hacerlo mejor que eso si quieres
irritarme lo suficiente como para ganar el jueguito de tu grupo—, dijo en voz
baja. —Y necesitas ganar, ¿no? Unos cientos de libras te ayudarían a mantener
a tu esposa secreta. La hija de un empleado de almacén, creo. ¿Qué dirá tu
padre cuando se entere de ella?

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Este discurso tuvo el interesante efecto de convertir a Thomas Macey en un


pez enganchado: ojos saltones, boca abierta, piel pálida y húmeda. —¿Cómo...
cómo sabes de ella?
—Oh, mi querido muchacho, lo sé todo—. Leo alisó las solapas del muchacho
y luego retrocedió, sus dedos retrocediendo ante la tela inferior. Nieto de un
conde y el muchacho no podía elegir una superfina decente. —Basta de esta
impertinencia. Vete ya, y diles a tus amigos que no me vuelvan a molestar.
—No se lo dirás a nadie...— Macey tragó saliva. —Su Gracia, le ruego que me
perdone.
— Vete, he dicho.
Macey se marchó enseguida.
Leo sacudió la cabeza y suspiró. Aún no tiene treinta años y ya se dirige a los
más jóvenes como …mi querido muchacho.
Mientras se abría paso entre la multitud, se le ocurrió que, si la señorita
Macey aceptaba su oferta, él asumiría cierta responsabilidad por el tonto de su
hermano. O no: El muchacho tenía veintiún años, edad suficiente para ordenar
su propio desorden.
Leo sabía mucho sobre ordenar el propio desorden.
El viejo sentimiento le mordió: esa sensación de fracaso en lo que respecta a
Erika. Su matrimonio había sido insensato, impulsivo, imprudente, pero a él
no le había importado en ese momento. Al principio, él y Erika compartían
gustos similares: Los dos habían disfrutado emborrachándose y entregándose
a diversiones estridentes. Pero cuando volvieron a Inglaterra, Leo estaba
aburrido de las diversiones interminables, mientras que a Erika le aburría todo
lo que no fuera una diversión interminable.
Me engañaste, ella afirmó. Sobre el tipo de hombre que eres.
Su segundo matrimonio tendría éxito, juró. No sólo por la Fundación, sino por
su título, su familia, sus futuros herederos. Por su esposa, por él mismo.
Si tenía la suerte de conseguir la mano de la señorita Macey, haría que su
matrimonio funcionara, costara lo que costara.

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Susannah Macey, que conocía los bailes como un pájaro conoce los árboles,
había venido armada con un hermoso abanico, que extendió de par en par
mientras hablaban. Estaba pintado a mano con narcisos amarillos y briznas
verdes, el complemento perfecto para las flores amarillas y las enredaderas
bordadas sobre el corpiño de su vestido blanco, y el tocado verde y dorado
trenzado que llevaba en su pelo castaño.
El abanico tenía tres propósitos, según Leo: crear una brisa refrescante,
demostrar su gusto y riqueza, e inspirar la conversación. Su conversación en
particular, sospechó. En su defensa, era un duque, y aunque su título carecía
de interés para, por ejemplo, un artista, sería muy interesante para la nieta de
diecinueve años de un conde.
—Ese abanico es exquisito—, dijo él obedientemente.
Aunque también no consiguió despertar su entusiasmo. Tal vez fuera
simplemente su estado de ánimo estos días, y no podía culpar a un abanico por
ello.
Además, era precioso. La señorita Macey tenía un gusto excelente. Es decir, su
gusto coincidía casi siempre con el suyo, y todo el mundo sabía que el mejor
gusto era el que coincidía con el propio.
Ella giró el abanico de un lado a otro, haciendo girar su borla verde esmeralda
entre los dedos enguantados de su otra mano.
—Pensé que te gustaría—, dijo. —Está pintado a mano por una mujer con
mucho talento en Spitalfields. Me preguntaba...— Siseó un poco y luego
añadió apresuradamente: —Si no podría ser candidata a una beca de la
Fundación Dammerton.
Él sonrió. —Ciertamente, vale la pena considerarlo.
El abanico se cerró con un chasquido. —La última vez que hablamos,
mencionó planes para ampliar el trabajo de la Fundación. Más educación,
aprendizajes y mercados, creo.
—Si es posible, aunque requerirá una suma muy grande.
Él la miró. Ella le miró a él.

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Susannah Macey aportaría a su matrimonio veinticinco mil libras. Leo sabía


que ella tenía veinticinco mil, y ella sabía que él lo sabía, porque no todos los
chismes eran inútiles.
—Un caballero tan ingenioso como usted encontrará sin duda la manera de
conseguir esa suma—, dijo. —La Fundación Dammerton realiza una labor tan
admirable que estoy segura de que no tendrá que buscar mucho para
encontrar a alguien dispuesto a formar parte de ella.
Le sostuvo la mirada durante un punto más de lo debido.
Bueno. Eso sonaba notablemente como una invitación a hacer una propuesta
de matrimonio. Redactada muy sutilmente, y como una transacción comercial,
pero Susannah Macey era sorprendente en ese sentido.
—De hecho -continuó, ahora con más confianza-, he estado pensando en otros
artesanos cualificados que podrían beneficiarse. Perdóneme por ser atrevida,
pero he estado tan inspirada como para hacer una lista de criterios.
—Qué casualidad—, dijo. —Yo también tengo una lista de criterios.
Su cara se iluminó. —Adoro una buena lista. No hay nada tan satisfactorio
como imponer un orden en el mundo, ¿no crees?
—Orden—, repitió él. —Eso es precisamente.
Desde su nacimiento, su vida había sido infaliblemente ordenada, hasta
aquellos minutos de infarto en un prado una década antes, cuando el beso de
Juno Bell le hizo entrar en una espiral de caos: sus peleas con sus padres, su
comportamiento en Viena, su matrimonio desastroso, el desorden mayor de su
divorcio.
Pero ahora estaba arreglando el último de sus líos y restableciendo el orden en
su vida, gracias a Susannah Macey.
Ella adoraba las listas. Él las aborrecía. Ella adoraba imponer el orden. Él
tendía al desorden. Ellos se complementaban. Ella era precisamente lo que él
necesitaba.
Desgraciadamente, rara vez conseguía hablar con ella más de cinco minutos
antes de que alguien de su familia se la llevara.
Y justo en el momento oportuno, llegó Lady Renshaw, irrumpiendo entre la
multitud, con un turbante amarillo que no hacía ningún favor a su pelo gris ni

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a su expresión ansiosa. La condesa agarró el codo de su nieta como si se


tratara del último rollo de seda en venta.
—Susannah, querida, ahí estás—, dijo Lady Renshaw. —Ven a mostrar tu
nuevo abanico a las demás damas. Si Su Gracia tiene la amabilidad de
liberarte—. Ella le ofreció a Leo una apretada sonrisa. —Buenas noches, Su
Excelencia.
—Lady Renshaw.
La señorita Macey no se movió. —Abuela, estábamos hablando de la
Fundación del duque y de las subvenciones que concede a los artesanos.
—Qué interesante—. El ceño de Lady Renshaw se oscureció. —Dígame,
Alteza, ¿también concede subvenciones a los artistas? Tengo entendido que le
gusta pasar el tiempo en los estudios de los artistas.
Su tono era suave, pero su mirada era tan aguda como la aguja de un sastre
malhumorado. Como los ingleses se empeñan en no decir lo que quieren decir,
Leo tuvo que adivinar lo que quería decir; supuso que estaban hablando de sus
visitas al estudio de una artista en particular, concretamente, por supuesto,
Juno Bell.
Ah, benditas sean las cotillas. Eran tan trabajadoras como los contrabandistas,
moviendo incansablemente su mercancía en la oscuridad.
—Disfruto de muchas cosas—, dijo Leo. —Sin embargo, cuando los cotilleos
favorecen la emoción sobre la verdad, cuentan cosas que no existen.
Lady Renshaw ofreció otra sonrisa poco sincera. —La atención es inevitable
para las personas de nuestra posición, pero tratamos de evitarla siempre que
sea posible, especialmente el tipo de chismes que pueden avergonzar a mi
nieta. Estoy seguro de que lo entiende, Su Gracia.
La señorita Macey pasó esta conversación examinando detenidamente su
abanico. La construcción del abanico debía ser fascinante, por la forma en que
lo estudiaba tan intensamente.
—En efecto, milady, la entiendo perfectamente.
No obstante, Lady Renshaw añadió: —Nos vamos dentro de quince días a la
finca de lord Normanby, y debemos hablar con su madre, que tanto aprecia a

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Susannah—. Le dio un codazo en el hombro a su nieta. —Adelante, querida.


Me gustaría hablar con Su Gracia.
La señorita Macey abrió la boca como para protestar, pero la cerró de nuevo,
pues las jóvenes bien educadas no discuten. En cambio, obedeció con una
sonrisa de disculpa y una pequeña reverencia, dejando a Leo a solas con una
condesa muy disgustada y sintiéndose él mismo bastante disgustado.
—Estaba a punto de sacar a bailar a su nieta—, dijo impaciente. —Y de
invitarla a dar un paseo por el parque, y luego quizás a compartir mi palco en
el teatro. ¿Necesito dejar más claras mis intenciones?
Lady Renshaw le hizo maniobrar hacia un triángulo de intimidad con una
palmera en maceta y lo miró fijamente.
—Las atenciones de un duque son muy halagadoras para una joven, pero
cuando esas atenciones van acompañadas de incesantes cotilleos y potenciales
humillaciones, pierden su brillo. Tus visitas a esa artista...
—Completamente inocente—, dijo él. —Esa es la verdad.
Ella sacudió la cabeza. —Ambos sabemos que la verdad importa poco si hay
un chisme delicioso que contar. Sus visitas a esa artista pueden pasar
desapercibidas ahora, pero seguro que despertarán un gran interés cuando se
comprometan. Todo el mundo recuerda cómo su padre eligió vivir con su
amante francesa, dejando así a su pobre madre abandonada y sola.
Leo asintió con solemnidad, tratando de no sonreír ante la imagen de su
robusta madre como pobre, abandonada o sola, dada la forma en que llenaba
su casa de Lincolnshire con músicos europeos y que ahora mismo estaba
pasándolo de maravilla en Berlín.
—Si sigues viendo a esa artista, el mundo se preguntará si pretendes emular a
tu padre favoreciendo a una amante de larga duración en lugar de a tu esposa,
y no permitiré que se burlen de Susannah como hicieron con tu madre—.
Resopló. —Los otros posibles candidatos de Susannah pueden parecer menos
grandiosos que un duque, pero la conducirán a un futuro más feliz. El conde
de Normanby, por ejemplo, es muy satisfactorio. Si desea cortejar a mi nieta,
primero debe reformar su comportamiento.
Leo enarcó una ceja muy ducal, que sirvió para escarmentarla un poco.

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—Perdóneme, Su Gracia, no pretendo ofenderlo. Pero su conexión con esa


artista nos hace pensar, y nos hace preguntarnos, bueno, ¿Qué será lo que
hace? Buenas noches, Su Gracia.
Y con eso, se apresuró a tomar a la señorita Macey por el codo y llevarla a
salvo.
Leo se pasó una mano por la cara, súbitamente cansado de este baile y su aire
empalagoso. Susannah Macey era su pareja casi ideal. Si ella elegía a otra
persona, tendría que empezar de nuevo.
Él no tenía la energía necesaria para volver a empezar.
Era totalmente absurdo que él, un duque, se viera obligado a elegir entre su
amistad con Juno y su matrimonio con la señorita Macey. Todo por un
sinsentido de miras estrechas.
Sin embargo, con o sin tonterías, Lady Renshaw tenía un punto válido. El
compromiso de Leo provocaría más chismes, y sus actividades atraerían más
atención, y esos chismes avergonzarían a su prometida, y muy posiblemente
también a Juno.
Así que tal vez sería prudente, digamos, visitar a Juno con menos frecuencia. Y
las habladurías la afectarían a ella, así que lo correcto sería advertirle de lo que
se avecinaba.
Él consideró marcharse, pero vio a Livia Bell, sola e incómoda contra una
pared, y fue a invitarla a bailar.

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CAPÍTULO 5

Al subir las escaleras hacia la residencia de Juno, Leo escuchó vítores y gritos,
y maldijo en voz baja al saber que no estaba sola.
Los vítores, descubrió, provenían de media docena de invitados, poetas y
similares. Estaban alineados contra la pared con los muebles, y aplaudían
porque Juno estaba practicando esgrima, entre otras cosas, con Tristán St.
Blaise. Quizás no era esgrima exactamente, pero ambos blandían florete, finas
piezas italianas con hojas largas y flexibles. Juno blandía el suyo como un
cruce entre un pincel y un atizador, esbozando dibujos y golpeando el aire,
mientras saltaba de un lado a otro de la desgastada alfombra azul con tanta
libertad como le permitían sus faldas.
Aquellas faldas pertenecían a uno de sus horribles vestidos de trabajo …el de
hoy era de un marrón apagado con un estampado de hojas negras…. pero, aun
así, constituía una imagen seductora, allí bajo las ventanas, donde la luz del sol
la bañaba con su resplandor meloso y hacía un halo sobre sus rizos
alborotados.
Sin darse cuenta, Leo se apoyaba en el umbral de la puerta, maquinando la
forma de quedarse a solas con ella como si fuera un rastrillo con mentalidad
libertina. Para ello, el estudio de Juno era más frecuentado que una posada.
Los que se sentaban a hacer retratos traían a sus amigos; los artistas, poetas y
músicos la visitaban para evitar hacer su trabajo; y las visitas al estudio eran
populares entre gente de todas las clases. Como muchos artistas, Juno colgaba
una docena de cuadros para esos visitantes, entre ellos un bodegón de flores
vibrantes, un retrato de Arabella, marquesa de Hardbury, y su cuadro más
reciente, de la mitológica Pandora.

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

Leo no vería el siguiente cuadro que ella añadiera. No volvería a relajarse en su


voluminoso sofá, ni a compartir bromas sin sentido, ni a sentarse en el asiento
de la ventana para ver su trabajo.
Bueno. No hace falta ser dramático al respecto. Nadie moría ni se exiliaba al
otro lado del mundo. Él volvería otro día, cuando las habladurías se hubieran
calmado y el interés avanzara. Cuando él se casará.
En el centro de la sala, St. Blaise daba vueltas y sacudía su florete, ganándose
los oohs y aahs de su poético público, que se impresionaba con demasiada
facilidad por un hombre bonito haciendo trucos vistosos.
¿Qué demonios estaba haciendo su medio hermano aquí de nuevo?
—¡Qué estilo tan admirable posee, señorita Bell! — dijo St. Blaise. —Estoy
sorprendido por la fuerza y la firmeza de su brazo.
—Qué estilo tan hiperbólico posee usted, señor—, respondió Juno. —Mi
brazo debe ser fuerte y firme, para dibujar y pintar durante horas. ¿O no se ha
dado cuenta de que eso es lo que hace un artista?
—¡No! ¿Lo es? Creía que los artistas no hacían más que emborracharse,
quejarse de la Musa y de que siempre son las personas con menos talento las
que tienen más éxito.
La picardía iluminó su expresión. —Nos confunde con los poetas.
Los poetas presentes manifestaron sus protestas a gritos. Juno giró hacia ellos,
riendo descaradamente, con los labios abiertos para replicar, cuando vio a Leo.
Bajó su florete y su sonrisa se suavizó hasta convertirse en una de bienvenida.
Él se tensó ante su calidez.
— ¡Mirad! A mi hermoso hermano Polly—. Al grito de St. Blaise, todas las
cabezas se volvieron. — Permite que el Duque de Dammerton te sirva de tutor
ahora.
Sin previo aviso, St. Blaise envió su florete volando por el aire hacia Leo. El
florete se mantuvo derecho, temblando como una bailarina mientras recorría
su vuelo por la sala. Los invitados se apretujaron contra la pared, incluso
mientras intentaban torpemente hacer una reverencia a Leo, murmullos de —
Su Gracia— luchando con gritos de autoprotección.

50 | P á g i n a
Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

Con un solo movimiento, Leo se adelantó hacia la espada voladora y la agarró.


El movimiento lo impulsó hacia la alfombra, donde demostró que él también
podía blandir una espada como un caballero acicalado, mientras se presentaba
ante Juno con una reverencia.
La sonrisa torcida de ella se levantó. El esfuerzo de la esgrima había enrojecido
sus mejillas, y varios rizos se desprendían de su desordenada cabellera.
—No debemos molestar a Su Gracia, con su cabello tan soberbio y su chaleco
tan espléndido—, dijo ella, ofreciéndole una salida, aunque sus ojos brillaban
con desafío. —Puede que quiera dejar que otro hombre tenga su turno.
—Mi pelo siempre está magnífico y éste es sólo mi quinto chaleco favorito—,
dijo Leo con pereza. —Creo que puedo soportar un duelo con usted.
Cedió su florete a un sonriente St. Blaise y se dio la vuelta para quitarse el
abrigo y colgarlo sobre un sillón.
¿Qué estaba haciendo su medio hermano? Nada bueno, seguramente. Sembrar
el mal era una de las mayores habilidades de St. Blaise, junto con la esgrima, la
equitación, el tiro, el boxeo y casi cualquier otra actividad deportiva. Él era
superior a Leo en todas ellas, siempre lo había sido. Cuando eran niños, Papá
Duque se pasaba las visitas trimestrales a Leo hablando de los logros de su
querido Tristán, como un niño que presume de su nuevo cachorro.
Y entonces Tristán apareció aquí, con su famosa belleza y su superioridad en
esgrima, mirando a Juno con su poca disimulada admiración. El muy tonto.
Ella nunca se interesaría por alguien como él.
¿Lo haría?
No es la preocupación de Leo.
¿Ella todavía aceptaba amantes?
Tampoco es de su incumbencia.
Reclamó el florete y se enfrentó a Juno. —¡En Garde3, señorita Bell!
Con sus miradas cruzadas, levantaron sus espadas. Las hojas se cruzaron, se
deslizaron una sobre otra con un chirrido de metal sobre metal.

3
En garde en español En guardia

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

—¿Por qué el interés en la esgrima? — preguntó Leo, dando pasos cruzados


por el pequeño espacio. Ella imitó sus movimientos. —¿Te estás convirtiendo
en pirata? ¿O tienes una cuenta que saldar mañana al amanecer?
—Estoy inspirada para pintar una escena con una pelea de espadas—. Bailó
hacia atrás y barrió su espada en el aire, los espectadores se apartaron como
una hilera de árboles en un vendaval. —Mi tutor en Florencia insistió en que
una artista debe adoptar la pose del sujeto, para retratarlo de adentro hacia
afuera—. Ella se detuvo ante Leo. —Así que St. Blaise mandó a buscar espadas
y me ofreció su tutoría, y aquí estamos. Dice que tengo un talento natural para
ello.
Él bajó su florete, apoyando su punta en la alfombra. —Tienes muchos
talentos naturales, pero parece que has confundido la esgrima con la danza.
—Seguramente el objetivo de la esgrima es dar a los hombres una excusa para
bailar entre ellos.
—Se trata más bien de hombres que intentan apuñalarse entre sí.
—Entonces tendré que apuñalarte—, dijo ella, y extendió el florete
directamente hacia él.
Riéndose, Leo extendió los brazos en señal de invitación, listo para quitarle la
hoja de la mano. —Inténtalo. Antes te desarmaré fácilmente.
—Leo, me desarmaste hace años.
Las palabras le hicieron quedarse quieto. El recuerdo de otro duelo, una
década atrás, flores y un beso y...
Juno se lanzó. La punta roma de su espada se detuvo a un pelo de los brillantes
pájaros verdes bordados en su chaleco. Luego, con ese brazo fuerte y firme,
cerró la brecha, presionó la punta contra su esternón tan suavemente como el
toque de un dedo. La hoja del florete se arqueó entre ellos como un arco iris.
Sus ojos se encontraron. La sonrisa triunfal de ella vaciló y luego se reafirmó
con rebeldía.
—¡Gané! —, clamó. —¡El duque está muerto!

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

Las espadas no tardaron en ser recogidas y los muebles volvieron a su posición


habitual. Juno bajó al trote las escaleras con St. Blaise y sus otras visitas, y
luego regresó al salón donde Leo permanecía.
Seguía en mangas de camisa, con las manos entrelazadas a la espalda mientras
estudiaba su cuadro de Pandora.
Ella entrelazó los dedos para no agarrarle el codo y apartarle. Él no podía
conocer el compartimento secreto de aquel cuadro, ni podía adivinar la
naturaleza de los papeles que se escondían en él. Pero, de todos modos, le
desagradaba mucho que se fijara en él.
Aunque, si le agarraba el codo, bueno, ella tomaría un buen puñado de lino y.…
brazo. Era la primera vez que veía a Leo sin su chaqueta. Qué revelación, ver
por fin claramente la forma de sus hombros, el estrechamiento de sus costillas
y cintura, la delgadez de sus caderas. Y qué descubrimiento verle manejar el
florete con tanta gracia y fuerza sin esfuerzo.
Cómo había deseado tocarlo, experimentar la sensación de su piel cálida y sus
músculos firmes bajo el lino y la seda. Tal vez por eso lo había pinchado con el
florete, como un sustituto del tacto.
Ten cuidado, se advirtió a sí misma. No era prudente que se le ocurriera tocar a
Leo, porque si actuaba según esas ideas, él se horrorizaría y entonces ella no
volvería a verlo.
—Es encantador volver a verte tan pronto—, dijo ella.
—Y, sin embargo, apuñalaste sin piedad mi chaleco.
—Oh, calla. Es sólo tu quinto chaleco favorito. Si hubiera sido tu favorito, o
incluso tu segundo favorito, podría tener remordimientos—. Ella se rio,
repentinamente encantada. —No te sientas tan mal por ello. Estuve
entrenando con ese florete durante quince minutos enteros. No es de extrañar
que haya adquirido tanta maestría.
—Me consolará eso mientras yazgo en mi tumba.

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La mirada de él se apartó de ella, y luego volvió a ella. Se hizo el silencio. Este


silencio resultaba extraño y nuevo, como si estuviera lleno de palabras no
pronunciadas. Ella pensó que él la miraba ahora de forma diferente, con una
expresión de búsqueda y desconfianza. Durante toda la cena de la noche
anterior, se había dado cuenta de que la miraba a escondidas, y era lo
suficientemente vanidosa como para sospechar que él estaba admirando su
vestido de noche.
Fue ese dibujo de sirena, pensó. Algo había cambiado desde que lo vio ayer.
Tal vez la pasión de la obra de arte le hizo verla de nuevo.
—Hay un asunto que quiero discutir contigo—, dijo él.
—¿Me vas a contar por fin tus secretos? —, bromeó. —Eso espero. Un hombre
de tu calibre debe tener los secretos más opulentos.
Su barbilla se levantó. Vaya, ¿había sonado a coqueteo? Empezó a hablar,
luego se detuvo y murmuró una maldición.
Juno también lo percibió: pasos, silbidos y el traqueteo de la vajilla. Entonces
entró St. Blaise, llevando una bandeja de té; debía de haber ido a la cocina para
seducir a la señora Kegworth, en lugar de salir por la puerta principal como
ella esperaba. Dejó la bandeja sobre la mesa y se desperezó en una silla. Un
fastidio y una explosión, pensó Juno. A pesar de lo entretenido que era St.
Blaise, ella deseaba desesperadamente escuchar lo que Leo deseaba decir.
Pero el momento había pasado.
Sin mirarla, Leo cruzó la habitación y se hundió en el sofá. El impulso la hizo
inclinarse detrás de él para colocar sus labios cerca de su oído.
—Te sacaré tus secretos—, susurró ella.
Él se giró; ella se congeló. Sus rostros estaban de repente muy cerca. Lo
suficientemente cerca como para que ella viera los finos pelos de sus cejas, el
borde azul oscuro de sus iris, la suavidad de su mejilla y su mandíbula. Lo
suficientemente cerca como para percibir un leve aroma a virutas de madera y
a cítricos.
Lo suficientemente cerca como para poder apretar sus labios contra su mejilla
y pasar los dedos por su pelo.

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Su aliento se agitó en su pecho, donde revoloteaba sin poder evitarlo. Luego, el


aleteo se extendió hacia abajo, por todo su cuerpo, hasta donde revoloteaba
persistentemente, justo donde un aleteo no debería revolotear.
Al menos, no cuando estaba sirviendo té.
Se alejó a trompicones y se ocupó de colocar las cosas para el té, tanteando las
tazas con manos inusualmente torpes.
—Pensé que te habías ido, St. Blaise—, dijo Leo de forma directa. —Por favor,
no te sientas obligado a quedarte por mí.
St. Blaise se recostó en su silla. —Pero estoy sediento después de mis
esfuerzos. No me enviarías sin un buen té reconstituyente.
El vapor ascendente del té bailó ante los ojos de Juno. Su mente se aceleró. Leo
había visitado dos veces en dos días. Quería estar a solas con ella, para hablar
de algo en privado. Anoche la había mirado a hurtadillas. Le disgustaba que su
hermano coqueteara con ella.
Y ahora todo lo que ella decía le parecía un coqueteo también.
Levantó la vista para captar la mirada de St. Blaise que iba y venía entre ellos.
La atracción era una bestia curiosa. St. Blaise era, objetivamente, el más guapo
de los dos. No es que Leo fuera sencillo, pero St. Blaise era uno de los hombres
más hermosos que había visto nunca, con sus pómulos cincelados y sus
sensuales labios. Y ella lo había visto completamente mientras hacía de
modelo, salvo lo que cubría el taparrabos. Sin embargo, era Leo en mangas de
camisa el que la hacía vibrar por dentro. Posiblemente porque ese vistazo era
lo máximo que había visto de él, lo máximo que podía esperar ver.
—¿Qué tal el baile de anoche? —, preguntó alegremente, mientras le
entregaba a Leo su té, teniendo mucho cuidado de que sus dedos no se
tocaran. —Livia me envió una nota esta mañana, diciendo que eras la única
persona cuya conversación no la hacía querer ahogarse en la ratafía 4, así que
debo agradecerte que le hayas salvado la vida.

4
Ratafía es un licor dulce, elaborado a partir de la maceración de distintos frutos1 (nuez verde, cáscara de limón,
guindas, clavel rojo), hierbas (menta) y especias (clavos de olor, nuez moscada, canela, rama de zarza) en un alcohol de
base, generalmente aguardiente. Según el método y costumbres de la zona geográfica donde se elabore, la composición
varía considerablemente.

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—Feliz de servir. La muerte por ratafía suena ciertamente espantosa.


—¿Y tuviste alguna conversación deliciosa, Polly? — preguntó St. Blaise,
mientras Juno le entregaba una taza. —¿Un dulce tête-à-tête en el balcón,
quizás? ¿Un vals de infarto? ¿Miradas prolongadas durante la cena?
De nuevo la mirada de Leo se encontró brevemente con la suya antes de
apartarse. —Sólo algunos idiotas que buscan provocarme la ira como parte de
un estúpido juego—. Resopló suavemente. —No son muy buenos en eso.
—Claro que no—, dijo Juno, sirviendo su té. —Siempre tienes el control.
—Lo tedioso es que no tienen el valor de arriesgarse a ofenderme de verdad.
Así que, en lugar de eso, recibo insultos de boca ancha y preguntas engreídas
sobre por qué me visto tan bien.
—Todos sabemos por qué te vistes tan bien: porque puedes.
—Sí, y porque lo hago muy bien—. Una sonrisa burlona se dibujó en su rostro.
—Pero reconozco que tienen un cierto genio maligno. Aunque me encantaría
golpearles la cabeza, hacerlo les haría ganar la partida y hacerles ricos.
—¿Ricos? — St. Blaise se animó. —¿Por hacerte enfadar? Podría despuntar en
este juego.
—Cincuenta libras si grito, doscientas por violencia, quinientas si reto a
alguien a un duelo.
—Por quinientas libras—, repitió Juno con nostalgia. —Tu podrías retarme a
un duelo.
—Podría, pero entonces tendría que dispararte, lo que arruinaría tu vestido, y
ya sabes lo que pienso sobre los crímenes contra los tejidos—. Entonces
frunció el ceño al observar su vestido: mangas largas, escote alto, corte
holgado, estampado aburrido. —¿Qué estoy diciendo? Ese vestido es un
crimen contra los tejidos.
Encantada, se rio. —Entonces mi vestido podría ganar la apuesta, si lo
denuncias por ofender a tus ojos. Aunque si pretendes disparar a mi vestido,
ten la amabilidad de avisarme antes, para que pueda quitármelo.
St. Blaise emitió un sonido estrangulado en el fondo de su garganta. La mirada
de Leo recorrió su cuerpo y luego apartó apresuradamente la vista.

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Oh no, ¡eso definitivamente sonaba a coqueteo! Maldiciendo su lengua


caprichosa, Juno tomó su té y se trasladó a otra silla.
St. Blaise apenas importaba; él coqueteaba con los muebles y ella no podía
tomarlo en serio. ¿Pero Leo? En cuatro años, no había traicionado el más
mínimo indicio de que fuera consciente de su cuerpo. Pero ahora...
Ella resopló. Su té se agitó.
A Leo le había despertado la imagen de ella quitándose el vestido.
¿Era por eso que la había visitado hoy? ¿Era eso lo que le había alterado?
La idea la estremeció.
¿Podría? ¿Querer? ¿Con ella?
Seguramente no.
¿Pero si lo hiciera? ¿Lo haría? ¿Con Leo?
Oh, Dios.
No. Eran amigos. Los amigos no deben.
Pero si él quisiera... ¿Podría ella...?
¡Qué experiencia sería! Y uno debe aprovechar las oportunidades cuando se
presentan, porque podrían no volver a presentarse.
Ella nunca se atrevería a proponérselo, sin embargo. La herida de su primer
rechazo tenía diez años, pero la cicatriz permanecía tierna y tensa. No podría
soportar que él rechazara su propuesta.
¿Pero si él se lo propusiera primero?
Era una idea terrible y, como la mayoría de las ideas terribles, era
terriblemente tentadora.
El embarazoso silencio persistió. Juno dio un sorbo a su té y buscó un tema de
conversación seguro. Sin embargo, no confiaba en hablar, no cuando todo lo
que decía hoy la hacía sonar como una coqueta.
Su mirada se desvió hacia Leo, que trazaba el borde de su taza de té con el
pulgar.

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Él levantó la vista de repente. —Tu servicio de té parece desgastado. ¿Debo


enviarte un reemplazo?
—Qué caritativo eres.
—En absoluto. Mi ama de llaves me informa de que tengo cuarenta y dos
servicios de té. Me exige que deje de adquirirlos porque no le caben más en la
casa.
—Una solución sencilla para eso—, dijo St. Blaise.
—Sí. Comprar otra casa.
—Tut, tut, Polly. No necesitas una casa para resolver tu problema con el
exceso de porcelana. Lo que necesitas es una esposa.
Juno volvió a mirar su taza de té.
—Qué romántico eres—, dijo Leo. —¿Me aconsejas que lo mencione en la
propuesta? Cásate conmigo y ordena el armario de la vajilla, ¿quieres?
St. Blaise extendió las manos. —Sólo busco ayudar a mi querido hermano. Me
preocupo tanto por ti, tan solo en esa gran casa.
—O te preocupa perder tu apuesta sobre la fecha de mi compromiso. Soy
consciente de que los libros de apuestas están llenos de estimaciones.
—Me hieres, Polly—. La expresión dolida de St. Blaise era muy convincente
hasta que añadió: —Aunque si anunciaras tu compromiso en la próxima
quincena, te estaría muy agradecido. Me haría ganar doscientas libras.
—No es de mi incumbencia si decides hacer apuestas sin sentido—, dijo Leo.
—Ah, pero no era sin sentido. Verás, la mayoría de los colegas apostaron a que
te declararías a alguien a principios de la temporada. Hombre de acción, el Duque
de Dammerton, dijeron. Él toma una decisión, va tras ella, no pierde tiempo. Pero yo lo
sabía mejor—, añadió St. Blaise con suficiencia. —Oh no, dije yo, en el caso de su
segundo matrimonio, mi querido hermano Polly no aprovechará el momento. En el caso de
su segundo matrimonio, mi querido hermano Polly dudará y vacilará y rumiará y se
mastur…
—Cuando me vuelva a casar—, cortó Leo con suavidad, —será en mi propio
calendario, no en el tuyo.

58 | P á g i n a
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—¿Pero por qué no ahora? Vamos, usa tu afamada elocuencia para


responderme a eso.
Leo usó su afamada elocuencia para decir: —Vete a la mierda.
Juno escuchó con media oreja, sin inmutarse por su crudo lenguaje; ya tenía
suficiente experiencia con los hombres y la forma en que expresaban sus
sentimientos.
Pero qué interesante era vislumbrar esta otra faceta de Leo, y qué fascinante
considerar su vida como duque, el aspecto masculino de la misma, las apuestas
y demás, y qué intrigante volver a la cuestión de por qué estaba aquí, y qué
significaban sus miradas robadas, y si él también sentía cierto revoloteo, y si
podrían...
Le lanzo una mirada, pero antes de que ella pudiera descifrar su significado, su
mano se movió y su taza de te choco contra su platillo.
—Oh, qué tonta por no haberlo notado antes—, dijo ella. —Eso es lo que
querías comentar, ¿no? Estás comprometido.

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CAPÍTULO 6

Una risa rápida la recorrió. Juno se llevó una mano a la boca para contenerla.
Empujó la taza y el platillo sobre la mesa, donde se balancearon de forma
inestable.
A veces su intuición la llevaba por el mal camino, pero esto se llevaba el
premio. Pensar que había creído que Leo pretendía seducirla, cuando su única
intención era casarse.
La cabeza le daba vueltas. Sentía la boca seca y las rodillas temblorosas, como
si hubiera evitado por poco ser atropellada por un carruaje a gran velocidad.
Que mortificante si hubiera expresado sus pensamientos lascivos. Gracias a
los cielos, no había dicho ni una palabra.
—Tristán—, dijo Leo, deslizando su taza sobre la mesa con una mano
irremediablemente firme. —Te doy cinco libras si nos dejas ahora.
—¿Deseas estar a solas con la señorita Bell? Hmm, no es una buena idea.
Debería quedarme para hacer de carabina.
—Diez libras.
—Veinte.
—Hecho.
St. Blaise se levantó de un salto, le guiñó un ojo a Juno y salió de la habitación.
Ella le acompañó hasta la puerta y le vio bajar las escaleras a toda prisa.
Cuando se volvió, Leo estaba de pie, observándola con una mirada
inescrutable.
A veces olvidaba lo atractivos que eran sus ojos, ese azul prometedor del cielo
matutino en verano, los nomeolvides en primavera, los lejanos Alpes en
invierno y todas esas otras vistas que hacían que su alma se expandiera.
De repente, cada centímetro de él parecía bien definido, como si estuviera
perfilado por cada fragmento de la luz de la habitación.

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De repente, se dio cuenta de que sus músculos se agitaban, como si hubiera


corrido por una colina y el propio viento se arremolinara en sus extremidades.
Qué reacción tan extraña. Ella no podía comprender nada de eso. No era una
sorpresa que Leo estuviera comprometido. Apenas se había divorciado de su
primera esposa, todo el mundo especulaba sobre la identidad de la segunda.
Pero habían pasado dos años desde el divorcio, y la noticia de que se volvería a
casar se había desvanecido entre las paredes como un cuadro aburrido en el
que ya apenas se repara. De repente, ese cuadro resultaba muy interesante: el
retrato de la dama con la que pretendía casarse. La futura duquesa de
Dammerton.
Ella se liberó de su mirada para concentrarse en los restos de su té sin
terminar. Leo tenía razón: su servicio de té parecía desgastado. ¿Y qué hay de
ella? Todos sus muebles estaban desgastados y desparejados. A ella no le
importaba.
—Le gustas—, dijo Leo. — St. Blaise. ¿Te está molestando?
—¿Me vas a proteger? ¡Mi propio caballero de brillante armadura!
Eso también sonó como un coqueteo, aunque con una ventaja. Ella no debe
coquetear con él, o él huiría y se escondería. Ella no debía coquetear con él,
cuando pronto se iba a casar.
—No sé por qué ha venido hoy—, dijo ella. —Para mí, no es más que un
accesorio. Sé que no te gusta mucho, pero no pensé que te importara.
—No me importa.
—Además, no cumple mis criterios.
—¿Tus criterios? Para...— Frunció el ceño. —¿Las relaciones?
Juno se movió incómoda. Realmente había perdido el control de su lengua
hoy, aludiendo a sus aventuras. Pero, ¿y qué? No tenía que dar explicaciones a
nadie, y menos a Leopold Halton.
—¿Te he escandalizado? —, dijo ella.
—No es asunto mío.

61 | P á g i n a
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Él recogió su abrigo y se enfundó en él, ocultando una vez más aquellos


intrigantes hombros y brazos. Cómo era Leo, para darle una visión de sí
mismo y luego quitársela.
Una oleada de energía la impulsó sin rumbo por la habitación. —Entonces el
baile de anoche fue más interesante de lo que dejas entrever, si es que estás
comprometido—, balbuceó. —Felicidades. ¿O es una felicitación? Mi tía trató
de enseñarme las frases correctas, pero nunca se me pegaron.
—No estoy comprometido. Todavía no.
—Pero tienes la intención de comprometerte pronto—, adivinó ella. —Has
elegido a la dama y crees que aceptará tu oferta.
—Sí.
Ella se paró en seco, más cerca de él de lo que pretendía.
—Eso no puede ser una sorpresa—, dijo él.
—En absoluto. Todo el mundo habla de ello.
Él comenzó a hablar, se detuvo, se pasó una mano por el pelo. Parecía estar en
guerra consigo mismo, queriendo decir algo y no queriendo decirlo. No se
parecía en nada a su habitual carácter imperturbable. Ella nunca lo había visto
perturbado. Excepto... Sí, una vez. En el prado, diez años antes, cuando su
declaración de amor le hizo tartamudear torpemente, sin querer herirla,
supuso, pero queriendo dejar muy claro que no tenía lugar para ella en su vida.
Un único pelo de gato gris se aferraba a su solapa, sin que se notara. Juno
sintió una malvada puñalada de regocijo ante ese pequeño defecto, un feroz
impulso de agarrar esas solapas, por lo demás impecables, y sacudirlo, un
salvaje deseo de arrancarle esa elegante ropa.
En sentido figurado, por supuesto. No literalmente.
Bueno. Tal vez un poco literalmente. Pero sobre todo en sentido figurado.
Él llevaba su ropa y su actitud como una armadura. Si pudiera quitársela, la
armadura de seda y las palabras y otros elementos esquivos que ocultan mejor
las verdades que las revelan. La naturaleza, los sentidos, el cuerpo, eran reales.
Si Juno podía llegar a los sentidos de Leo, a su cuerpo, entonces quizás, sólo
quizás, podría llegar a él.

62 | P á g i n a
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En sentido figurado, por supuesto.


Pensamientos sin sentido, figurados o literales. Leo era un duque, que pronto
se casaría con una dama que seguramente era tan educada, bien educada y
bien dotada como debería ser la esposa de un duque.
Además, hacía diez años que había dejado claro que Juno no era lo
suficientemente buena para él.
—¿Por qué tanto misterio, Leo? —, se burló ella, logrando de alguna manera
un tono ligero. —Eres un duque, y es tu deber volver a casarte y producir
duques bebés. ¿Qué más hay que decir? No entiendo por qué tenías que
decírmelo tú mismo. Podría haber leído el anuncio en un periódico junto con
todos los demás.
—Tú no lees periódicos.
—Es cierto, pero otras personas los leen, y alguien me lo habría dicho, tarde o
temprano.
Una vez más, se revolvió el cabello despeinado e intocable. Una vez más se
detuvo para no hablar. Cuando habló, fue para maldecir, con una vehemencia
que la sobresaltó, hasta que oyó los sonidos de abajo: la puerta principal
cerrándose, las voces saludando a la señora Kegworth.
Juno también maldijo. Por lo general, le encantaba que la gente entrara y
saliera de su casa durante todo el día, a menos que le pidiera a la señora
Kegworth que cerrara las puertas. Pero ahora no, ya que Leo volvía a ser
inescrutable e imperturbable.
Unos pasos subieron las escaleras y luego, en un revuelo de faldas amarillas y
tirabuzones, la patrona de Juno, Beatrice Prescott, irrumpió en la habitación.
—¡Juno, cariño, tengo la más emocionante noticia! — gritó Beatrice, tomando
las dos manos de Juno en las suyas. —He traído...— Ella se detuvo en seco al
ver a Leo. Con mucho cuidado, soltó a Juno y se inclinó para hacer una
reverencia.
—Buenos días, Su Excelencia—, dijo.
Al levantarse, lanzó una mirada de asombro a Juno. —Es el Duque de
Dammerton—, susurró.
—Sí—, dijo Juno. —Lo sé.

63 | P á g i n a
Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

Un momento después, entró el Sr. Prescott, el principal crítico de arte de


Londres. El Sr. Prescott estaba vestido de negro y su actitud reservada
contrastaba con la exuberancia de su joven esposa. También él se detuvo al ver
a Leo.
—Dammerton—, dijo Prescott.
—Prescott—, dijo Dammerton
Tras recordar sus nombres, se sumieron en el silencio de dos hombres que no
están de acuerdo en casi ningún tema y que prefieren no decir nada antes de
arriesgarse a una pelea. Luego, con una cortante inclinación de cabeza, el
señor Prescott se apartó para someter la pared de cuadros a su temible
escrutinio, quedando Juno para presentar a Beatrice al duque.
—El señor Prescott ha venido a examinar el nuevo cuadro de Pandora de la
señorita Bell—, dijo Beatrice a Leo, con los ojos brillantes. —Le he hablado de
su excelencia, y si está de acuerdo con mi apreciación, podría incluso
encontrar un comprador.
La emoción y la inquietud bailaron a lo largo de la columna vertebral de Juno.
La expresión del Sr. Prescott permaneció impasible mientras blandía su lente
examinadora hacia su obra. Todos los artistas de Londres reclamaban la
atención de Prescott, todos los compradores buscaban su consejo. Él tendía a
ignorar el pequeño círculo de mujeres artistas de Londres, pero Juno se había
asegurado el patrocinio de su esposa, un golpe que hoy le favorecía.
Leo, naturalmente, no se dejó impresionar. —El gran crítico en persona—,
murmuró.
—¡Compórtate! — le espetó Juno, y una sonrisa conspiradora curvó los bordes
de sus labios.
Le gustaban las sonrisas de Leo, la forma en que sus ojos adquirían ese brillo
juguetón, la forma en que hablaba sin decir una palabra. Se preguntaba qué
pasaría con su futura esposa: ¿Disfrutaría esa dama de sus sonrisas secretas, de
sus miradas sutiles? ¿Sabría ella encender esa luz en sus ojos?
Qué idea más tonta. Todos sus conocidos lo sabrían; Juno no era nadie
especial.
—Llevar el trabajo de la señorita Bell a la atención de Londres es una parte
importante de mi papel como su patrocinadora—, le decía Beatrice a Leo. —

64 | P á g i n a
Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

Ella ha completado el más maravilloso retrato de mí. Una maravilla gracias a


su habilidad. Estoy segura de que soy un modelo muy mediocre.
Beatrice Prescott, con su llamativa belleza, nunca podría ser un mal modelo;
Leo murmuró galantemente algo en ese sentido.
Tal vez animada por su cumplido, Beatrice continuó. —De hecho, voy a
desvelar el retrato dentro de dos días, durante una fiesta de jardín celebrada
especialmente para presentar a la señorita Bell a los mejores amantes del arte
de la sociedad. Es una modesta fiesta en el jardín, pero todos los que disfrutan
del arte son bienvenidos. Tal vez, Su Excelencia, si no tiene otras obligaciones
de su tiempo...
Sus ojos estaban muy abiertos y expectantes, la invitación era evidente en su
voz. Prescott le lanzó a su esposa una mirada de sosiego ante su
impertinencia, pero la expresión de Leo no cambió.
— Que actividad tan excelente—, dijo, eludiendo cortésmente su invitación.
—Le deseo mucho éxito—. Él inclinó la cabeza. —Sra. Prescott. Prescott.
Srta. Bell.
Habiendo recordado una vez más los nombres de cada uno, Leo salió del salón
de Juno sin mirar atrás.

Apenas desapareció Leo, Beatrice, radiante, aplaudió como una niña.


—¡Qué emocionante! Me preguntaba si alguna vez lo encontraría aquí, ¡y ahí
estaba! ¡Un duque! Oh, qué impertinente debe pensar de mí. ¿Pero no sería
maravilloso que viniera a nuestra fiesta en el jardín?
Prescott lanzó una mirada de irritado a su esposa, que sonrió a Juno.
—Prescott está poniendo su cara de gruñón. Dejémosle en paz, mientras me
enseñas las maravillas en las que estás trabajando ahora.

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Pobre Beatrice. Cómo anhelaba la atención de la nobleza. Estaba decidida a


establecerse como una gran mecenas de las artes, pero a pesar de ganarse a las
damas amantes del arte de la alta burguesía, las damas seguían ignorándola.
Desde el día en que ella y Juno se hicieron amigas, Beatrice había estado
soltando indirectas: ¿Estaría su amiga la marquesa de Hardbury? ¿Podría
llamar su conocido el duque de Dammerton? Por desgracia para Beatrice, Juno
no tenía ningún control sobre las idas y venidas de sus amigos. Además,
aunque sabía que sus contactos eran parte de lo que atraía a Beatrice, se
negaba a utilizar a sus amigos de esa manera.
En el estudio, Beatrice bajó la voz. —Anoche vi a Dammerton en un baile.
¿Puedes adivinar con qué dama estaba coqueteando? Nada menos que la
señorita Susannah Macey. ¿La conoces, Juno?
—No—, dijo Juno.
—Bueno. Su padre es el heredero del Conde de Renshaw, y ella tiene
veinticinco mil libras. Dicen que el duque la está cortejando, pero siempre está
cortejando a alguien. Es un milagro que alguien pueda mantenerse al día.
¿Habló de ello, Juno? ¿Se casará con la señorita Macey?
—No podría decirlo—, dijo ella. —No hablamos de esos asuntos.
—No, por supuesto. Él reservaría tales asuntos para sus íntimos.
La señorita Susannah Macey. Ahora Juno tenía un nombre. Y sin duda la
desconocida señorita Macey era perfectamente encantadora. Tal vez Juno la
conozca algún día. Tal vez Leo traería a su nueva duquesa aquí y diría: —Esta
es la señorita Bell, a quien conocí hace años cuando...
Tonta Juno. Él nunca le presentaría a su esposa. Él nunca traería a su esposa
aquí. En un instante, ella entendió sus extrañas maneras: Él la había visitado
hoy para decirle que ya no volvería a visitarla.
La tristeza la invadió. La sacudió con impaciencia. Ella no era una ingenua.
Sabía cómo funcionaba el mundo.
Habría cotilleos tras su compromiso, porque siempre había cotilleos sobre
Leo, lo que significaba que habría cotilleos sobre ella, y Juno no necesitaba
cotilleos de ese tipo. Él era un hombre honorable, y el honor significaba
proteger la reputación de su futura esposa. El honor significaba poner a su
esposa por encima de ella.

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Bueno, no tiene importancia. Ella no se había deprimido cuando él le rompió el


corazón diez años atrás, y ciertamente no se deprimiría ahora.
—Srta. Bell.
La llamada del Sr. Prescott cortó sus pensamientos. El crítico había llegado a
su veredicto.
Con el corazón palpitante, Juno regresó al salón y apretó las manos con
nerviosismo. A su lado, Beatrice se agitaba con la emoción.
La expresión del señor Prescott era impasible. —Pandora atrapando a la
esperanza—, dijo, repitiendo el título de la obra como un mayordomo que
anuncia a los invitados a un baile.
En el centro del cuadro estaba Pandora, iluminada por la luz que irradiaba un
frasco de cristal. A sus pies había un cofre de madera vacío, y a su alrededor
había flores de primavera, que contenían a la multitud de miserias y demonios
liberados de aquella caja infame.
—Una interpretación inusual del mito—, continuó Prescott. —La mayoría de
los artistas eligen representar a Pandora cediendo a la tentación y liberando
los males de la caja. Sin embargo, tú elegiste mostrarla después de liberar los
males, cuando consigue aferrarse a la Esperanza.
La mayoría de los artistas optan por vilipendiar a Pandora; según Juno, los
dioses la habían destinado al fracaso. —Esa fue la parte del mito que más me
llegó—, dijo.
Él asintió, desinteresado. —Como siempre, el juicio de mi esposa es acertado.
Esta es una representación magnífica, tan fina como cualquier otra de
Londres. Sigues mejorando—, añadió, con una mirada despectiva a sus obras
anteriores. —Estaría encantado de sugerir esta pieza a un comprador, y espero
que alcance un buen precio.
Juno trató de evitar que la sonrisa conquistara su rostro. —Gracias, señor. Es
usted muy amable.
Su mente se agitó con la aritmética. Con la venta de este cuadro y los
honorarios que debía pagar por su retrato de cuerpo entero de Beatrice, así
como cualquier otra cosa que Beatrice le enviara, Juno estaría forrada de oro
este trimestre. Bueno, tal vez no, dado que ya estaba cargada de facturas por
sus últimas compras de colores, lienzos y pinceles, y la Sra. Kegworth había

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estado agitando un montón de facturas domésticas. Por no mencionar la


cantidad que debía al fabricante de marcos.
Hablando de eso...
Ella acarició el ornamentado marco de madera dorada que sostenía a Pandora.
—Sin embargo, no debe venderse con este marco.
Prescott apenas lo miró. —Parece estar bien.
—Este es viejo. Tiene... valor sentimental—. Con ello quiso decir: tiene un
compartimento secreto en el que se esconden dibujos privados que no deseo que nadie vea. —
He encargado un nuevo marco, pero no estará listo hasta dentro de una
semana.
—No importa. De todos modos, es poco probable que encuentres un
comprador tan pronto—, dijo Prescott con impaciencia, dirigiéndose ya a la
puerta.

Sola de nuevo, Juno se dejó caer en el sofá con un suspiro. Angelica apareció de
golpe y se posó en su regazo, y juntas estudiaron las tazas de té olvidadas.
Recogió su taza y se recostó para dar un sorbo, mirando el cuadro de su
Pandora, de oscura belleza, iluminado por el resplandor de la Esperanza.
—Bueno, mi encantadora niña—, dijo, alejando distraídamente su té tibio de
la nariz de Angélica, —me has hecho sentir orgullosa. Estoy orgullosa.
Su atención se desplazó más allá del lienzo, hacia el marco que lo sostenía,
enorme y ornamentado como estaba de moda en estos días. Pensó con
culpabilidad en los dibujos que se escondían dentro.
—El hecho de que lo dibuje de vez en cuando no significa nada—, le dijo a
Angélica, que ronroneó con fuerza en señal de acuerdo. —Y el hecho de que
los guarde sólo significa que...
¿Qué? Nada. No significa nada en absoluto.
¿Y en cuanto al misterio de por qué Leo la mantenía a distancia? No había
ningún misterio. Debe temer que se enamore de él de nuevo. Qué incómodo
debe ser para los grandes hombres como él, tener mujeres de baja cuna

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lanzándose a su cuello. Él había dejado claro hace diez años que ella no era lo
suficientemente buena para él. Buena para paseos secretos por el bosque.
Buena para un beso. No lo suficientemente buena para hacerla parte de su
vida.
Sin embargo, ella le gustaba, pensó desafiante, y le gustaba visitar su estudio.
Por lo demás, ella nunca creería que no eran amigos.
Pero sólo obtendría migajas de él, y era una pérdida de tiempo precioso desear
más. Siempre había sabido que nunca podría aferrarse a Leo, sino sólo
disfrutar de él, como se disfruta de un rayo de sol en un día de invierno, o de
un baño fresco en verano, o del canto de un ruiseñor en la oscuridad.
Que siguiera satisfaciéndose con algún que otro pensamiento indulgente y
algún que otro dibujo complaciente, después de lo cual volvería a guardar los
pensamientos en la parte sombría de su corazón, y deslizaría los dibujos en el
compartimento secreto del marco, y seguiría adelante.
Después de todo, estaba perfectamente satisfecha con su vida.
Artemisia, en uno de sus raros estados de ánimo cariñosos, se levantó también,
y los dos gatos compitieron por sus mimos, que ella estaba más que feliz de
dar.
Fíjate qué cosa: Tenía el respaldo del principal crítico de arte de Londres y el
patrocinio de su esposa. Tenía clientes que hacían cola para encargar retratos
y un estudio en el que recibirlos. Vivía en una agradable casa en la vibrante
ciudad de Londres, con un manto de respetabilidad gracias a sus inquilinos, el
Sr. y la Sra. Kegworth, que decían ser parientes de su madre a cambio de
alojamiento y comida. Tenía una familia que la apoyaba y docenas de amigos y
—sí—, añadió en voz alta, —tengo dos gatos maravillosos, aunque los he
mimado tanto que pasan más tiempo durmiendo en mi estudio que cazando
ratones en la cocina.
Ella tenía todo lo que necesitaba, y desde luego no necesitaba un duque.
Si el inminente matrimonio de Leo significaba que no lo volvería a ver, no
había razón para que eso la perturbara en absoluto.

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CAPÍTULO 7

¿Por qué tanto misterio, Leo? Es tu deber volver a casarte, Leo. Todo el mundo habla de ello,
Leo.
Aquella tarde, Leo paseó inquieto por su casa, frunciendo el ceño ante los
objetos decorativos a su paso. Estaba irritado consigo mismo. Más que
irritado: asqueado.
¿Por qué diablos no se había pronunciado?
Había tenido la oportunidad, cuando estaban solos, de decir lo que pensaba.
Pero, ¿habló? No. La había mirado como un toro que mira a los transeúntes.
Él se detuvo ante el busto de mármol de algún duque muerto, y dijo: —Espero
que la noticia de mi compromiso intensifique la atención sobre mis
actividades y conexiones, al menos temporalmente, así que, durante ese
período temporal, sería mejor para todos los interesados...
El busto de mármol se estremeció. Leo suspiró.
Él habría sonado como un imbécil pomposo al decirlo, pero al menos se lo
habría dicho.
La vida estaba llena de conversaciones difíciles, pero uno hacía lo que tenía
que hacer, decía lo que tenía que decir, y nunca se acobardaba ante los
momentos incómodos ni eludía su deber.
Excepto, en su caso, cuando se trata de Juno.
Sólo ella inspiraba su silencio, su miserable vacilación. En el prado hace diez
años. En Viena, hace ocho años. En Londres, hace seis malditas horas.
Orden, pensó, reanudando sus divagaciones. Todo en su vida tenía un lugar.
Entonces, Juno, con una sola sonrisa o palabra, trastocó todo. Ella blandió un

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florete y él tiró por la borda el decoro para practicar la esgrima con ella, una
mala decisión que podría llegar a oídos de Lady Renshaw. Ella bromeó sobre
quitarse el vestido y él inmediatamente se la imaginó quitándose el vestido.
Ella le susurró al oído y se acercó tanto que todo lo que él quería era...
Su Fundación, recordó con firmeza. Sus herederos. Una domesticidad pacífica.
Lo que quería era compartir sus casas de gran tamaño con seres humanos
reales, en lugar de vagar por ellos solo.
¿Y Juno? La Juno de espíritu libre, la que se tomaba el amor a la ligera, la que
seleccionaba amantes como trufas de chocolate, la que rehuía el matrimonio,
la que dibujaba desnudos, la que vivía para el arte, la que ansiaba experiencias,
la que perseguía sensaciones. Ella no tenía lugar en su vida. Nunca debió
formar parte de ella.
Pero una mañana, hace muchos años, mientras se alojaba en casa de Hadrian,
Leo salió a dar un paseo matutino y se encontró con la prima de su amigo
recorriendo el bosque como una diosa pagana de la primavera, cantando
suavemente y sonriéndole como si fuera la parte más brillante de su día. Ella
había estado tan a gusto, tan dispuesta a compartir los innumerables placeres
que les rodeaban, que él se había relajado en su presencia y, por primera vez,
se había sentido plenamente él mismo.
Después de innumerables paseos matutinos, ella le besó y le dijo que le amaba.
Para Leo, esa mañana había cambiado su vida.
Para Juno, había sido un día más.
La vieja amargura se retorcía en él. No, no es justo. Estar resentido con Juno
por no amarlo para siempre era como estar resentido con las flores por caer de
los árboles o resentir el sol por ponerse. Era simplemente su naturaleza.
Tal vez había sido un error recurrir a ella cuando regresó a Londres. Pero
cuando Hadrian le había escrito, pidiéndole a Leo que —la vigilaras por mí,
¿quieres? —, la curiosidad había ganado. Para su alivio, se había sentido
completamente a gusto en su compañía, sin ninguno de los antiguos
sentimientos. Volvió una y otra vez, hasta que su estudio se convirtió en un
lugar habitual.
Sus divagaciones le llevaron al comedor, con su enorme mesa y su aparador
tallado con bestias salvajes. El ama de llaves, en un alarde de humor o

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despecho, había colocado todos los servicios de té en una colorida comunidad


de delicadas torres.
Un punto a favor. Cuarenta y dos era un poco excesivo.
¿Realmente había comprado tantos? Seguramente no. Tal vez se pusieron
juguetonas en el armario de la porcelana y empezaron a reproducirse.
Porcelana afortunada.
Una esposa le aportaría algo más que dinero. Traería la dulce intimidad de
otro cuerpo, el santuario de la compañía doméstica, el placer de desarrollar a
sus propios hijos.
Leo pasó las manos por la moldura tallada de una silla, abrillantada como todo
lo demás en esta habitación. Sin embargo, a pesar de todo el brillo y el
resplandor, se sentía estéril y polvoriento.
No importaba: Esta sensación pasaría una vez que se casara. Cortejar a
Susannah Macey era lo más sensato. A Leo le gustaba la acción y, al fin y al
cabo, era un hombre sensato.
Las torres inclinadas de porcelana lo miraron con escepticismo.
—Oh, vete a la mierda. Nadie os ha preguntado—, les dijo, y se giró para
continuar sus andanzas en otro lugar, lejos de la porcelana sentenciosa.
Y casi chocó con St. Blaise en la puerta.
—Dos veces en un día—, suspiró Leo. —¿Qué he hecho para merecer esto?
—Necesito un lugar donde quedarme.
—Pensé que alguna mujer te había ofrecido una cama.
— Ella me ha echado desde entonces de dicha cama. Por suerte para mí, mi
hermano pequeño es un duque y tiene más habitaciones que no sabe qué hacer
con ellas—. St. Blaise miró a su lado. — Pardiez. Ya veo lo que quieres decir
sobre la vajilla. ¿Cuánto podría obtener por todo esto?
—Nada. Porque no la vas a vender.
Leo pasó junto a él y siguió deambulando.
—Este espacio está desaprovechado para ti—, dijo St. Blaise, siguiéndolo. —
¿Sabes lo que necesita esta casa?

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— ¿Que te hayas ido de ella?


—Una docena de cortesanas. Eres terrible como duque—, añadió. —Tu vida
podría ser un interminable y divino libertinaje, bebiendo todo el día y
acostándote con una mujer diferente cada noche.
—Nunca he visto el atractivo de encamarse con extrañas.
—El hecho de que sean extrañas es el atractivo.
Leo miró por encima de su hombro. —¿No preferirías acostarte con una mujer
que te conozca bien?
—Cualquier mujer que me conozca bien no querría acostarse conmigo.
—Buen punto.
Tres pasos después, St. Blaise le agarró el hombro. —Polly, espera. ¿Qué?
¿Quieres decir que... tu esposa... te has acostado con una sola mujer? ¡No!
¿Puede ser?
Leo no se molestó en contestar. St. Blaise se quedó momentáneamente sin
palabras.
Sólo momentáneamente, por desgracia.
—¿Pero no quieres más experiencia? ¿No te aburres en la cama, haciendo lo
mismo una y otra vez?
—¿Quién dice que hicimos lo mismo una y otra vez? — Leo se liberó. —Parece
que necesitas más experiencia, si sólo sabes hacer una cosa con un amante.
Uno puede lograr más variedad con una sola pareja y un poco de imaginación.
En el estudio, Leo se dedicó a encender velas y se entregó brevemente a la
fantasía de echar a su hermanastro a la calle. Pero entre las últimas palabras de
su padre a Leo se encontraba una súplica: —Cuida de Tristán por mí. Es un
buen chico, de verdad.
No era culpa de Tristán haber sido el favorito de su padre. Tampoco era culpa
de Tristán que su padre hubiera elegido vivir como lo había hecho: en una
acogedora casa de campo con su amante y sus hijos, y haciendo visitas
trimestrales a su duquesa y sus hijos.
Era culpa de Tristán que fuera tan jodidamente molesto.

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El buen chico merodeaba ahora por el estudio, abriendo las puertas de los
armarios y hurgando en los cajones.
—¿Qué buscas? — Preguntó Leo.
—Cualquier cosa que pueda robar y empeñar. No despidas a los sirvientes si
las cucharas de plata desaparecen. Es probable que sólo sea yo.
—He oído que tus deudas de juego se han vuelto malas.
—¡No! ¿Qué? No son malas. Gozan de una excelente salud, son regordetas y
alegres y me pisotean—. Ante la mirada de Leo, se encogió de hombros. —
¿Qué puedo decir? Me aburría.
—Eso te pasa por vender tu comisión. Busca una ocupación.
—Tengo una ocupación. Acumulo deudas, y luego desarrollo ingeniosos
planes para pagarlas.
—¿Como apostar por la fecha de mi compromiso? — Dijo Leo. —Doscientas
libras de ganancias no cubrirán tus deudas.
St. Blaise siguió rebuscando en los cajones. —Ganaré el doble si te
comprometes con la dama que he designado. Creo que deberías casarte con la
señorita Susannah Macey. Se rumorea que a ella también le gustan las artes
ornamentales, así que si todo lo demás falla, podríais pasar el resto de vuestros
días discutiendo sobre teteras, y realmente, ¿qué más requiere un matrimonio?
Leo se encontró frente a las bebidas, estudiando decantadores de cristal que
brillaban a la luz. —Gracias por esa perspectiva tan esclarecedora—, dijo.
—No puedo estar muy equivocado: parece que la has señalado para atraer su
atención. Aunque has estado señalando a las damas durante años—. La voz de
St. Blaise se apagó al meter la cabeza en un armario. —Todo el mundo habla
de tus cortejos consecutivos. Es casi un escándalo.
Leo tuvo que reírse. —Difícilmente. No he corrompido a ninguna de ellas.
—Puedo ayudarte con eso, si quieres—. St. Blaise deslizó un pequeño zorro de
cristal en su bolsillo y continuó hasta el siguiente gabinete. —Hablando de
libertinaje—, continuó, —¿nunca has sido tentado por la exuberante señorita
Bell?
—No—. Leo se sirvió un brandy y se lo bebió de un trago.

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Blaise cogió una tabaquera y la hizo girar soñadoramente entre sus manos. —
No podía dejar de pensar en ello, mientras me dibujaba ayer. Allí estaba yo, en
nada más que un taparrabos, y ella me veía sólo como un objeto. Nada más que
líneas y sombras—, dijo. —No puedo decidir si fue totalmente degradante o
totalmente emocionante—. Suspiró. —Creo que estoy enamorado.
Leo resopló y se sirvió otro trago. —Sólo un tonto se enamoraría de Juno Bell.
Tiene tantas ganas de vivir que no puede quedarse mucho tiempo en un sitio
ni dedicarse a una sola persona. Es parte de su encanto, la forma en que se
sumerge en algo, y luego se alejará como un fuego fatuo. Te diría que te quiere,
y en ese momento lo diría en serio, pero luego encontraría otra cosa, y al final,
no serías más que un capricho pasajero para ella.
¿Y el tonto que creyera sus palabras y decidiera que la amaba a su vez? Leo
conocía a ese tonto, lo conocía demasiado bien.
Ese fue el tonto que había sido un virgen lujurioso y confundió su placer en su
compañía con los frenéticos deseos de su cambiante cuerpo. El tonto que
había decidido que ese deseo debía ser amor.
Aquel tonto que había merodeado por las frías y oscuras calles de Viena,
mirando las siluetas en las ventanas, dispuesto a vender su alma por un simple
vistazo a ella. Escondiéndose en los rincones sombríos de los salones de moda,
deseando el infierno al violinista checo que se ganaba sus besos, y luego
haciendo sumas para no llorar. Haciendo amistad con la botella y una rápida
multitud de hedonistas, sus veladas un caleidoscopio inconexo de grotescas
pesadillas, hasta que afortunadamente no había nada. Hasta que se despertó
de nuevo, pútrido y vacío y enfermo.
Él se rio con tristeza al recordarlo. Qué serio había sido. Con cuánta justicia
propia había esperado su momento, sin considerar ni una sola vez que Juno
pudiera no sentir lo mismo que él.
—Si intentara seducir a la señorita Bell, ¿te importaría? — dijo St. Blaise. —
¿Lo harías, Polly?
Leo relajó sus dedos sobre el vaso. —Juno toma sus propias decisiones y
recorre su propio camino. Siempre lo ha hecho y siempre lo hará. No te dejes
engañar por su cálida sonrisa y sus amables maneras.
—Y ese cuerpo de diosa. Glorioso—. Luego añadió, en tono sombrío, —La
lujuria frustrada. Se mete en la mente de un hombre. Es como estar muy

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hambriento o muy cansado, dificultando las acciones fáciles y volviendo


confusos los asuntos sencillos.
Leo se alejó de las bebidas, hacia el escritorio. No tenía ningún deseo de
discutir sobre el cuerpo de Juno.
—Un hombre debería tener más control—, dijo.
—Claro que debería—, convino St. Blaise. —Me refiero a cómo sus
pensamientos se confunden, como los marineros náufragos que tienen tanta
sed que beben agua de mar, aunque saben que empeorará todo. Cuando uno se
vuelve demasiado lujurioso, no puede pensar con claridad por todos los
delirios y fantasías.
St. Blaise podría, por una vez, haber hecho un punto útil.
—Y la señorita Bell seguramente no es una doncella—, añadió, y Leo volvió a
querer darle un puñetazo.
Sin embargo, Juno era muy sensual, y seguramente sería audaz y juguetona en
la cama. Disfrutaría explorando el cuerpo de su amante y haciéndose explorar
el suyo propio, y...
No pienses en ello, se dijo.
Su mente inmediatamente comenzó a pensar en ello.
Desesperadamente, Leo agarró una lista de números: la cuenta de la
Fundación Dammerton. Apoyándose en los nudillos, con la cabeza agachada
como un penitente católico, Leo murmuró los números en voz alta hasta que le
helaron la imaginación como un baño de pleno invierno.

Leo casi había olvidado que su hermanastro estaba allí, hasta que un suave

sonido de interés le hizo levantar la vista.


Blaise estaba examinando una caja de anillos, cuyos delicados paneles estaban
adornados con coloridos esmaltes vieneses.

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O, como a Leo le gustaba llamar a la caja de anillos, —El ataúd.


La primera cosita bonita que había comprado.
La segunda si se incluía el anillo en su interior. Leo no lo hizo.
—No es lo habitual—, reflexionó St. Blaise. —Parece barato.
—No abras eso.
St. Blaise lo abrió. —Un poco chabacano.
En tres zancadas, Leo cruzó la habitación y cogió la caja de la mano de su
hermano. Vio por primera vez el anillo en ocho años, esos simples nudos de
plata, antes de cerrar la caja, tirarla al cajón y cerrar de golpe el maldito cajón.
Se había olvidado del anillo. Había querido deshacerse de él. Por eso había
comprado la caja del anillo y la había bautizado como —El ataúd—. Tenía la
intención de enterrarlo en un cementerio de Viena, en un ritual que
simbolizaba la muerte y el entierro de su corazón enamorado.
Muy dramático por su parte. En su defensa, sólo tenía veintiún años en ese
momento.
Lo único que le salvaba era que Juno nunca supo la verdadera razón por la que
Leo había viajado a Viena ocho años atrás, partiendo tan pronto como cumplió
los veintiún años y pudo tomar legalmente sus propias decisiones. Nunca supo
de su doloroso arrepentimiento por haberla rechazado después de que lo
besara en el prado, ni de sus discusiones con su padre y su madre, ni de las
cartas que escribió y nunca envió porque no tenía su dirección.
Ella nunca supo del anillo que ardía en su bolsillo, ni de la pregunta que ardía
en su garganta.
La pregunta que nunca se formuló, las palabras que se habían convertido en
hielo cuando ella estaba en el parque de Viena y se reía de las tonterías
juveniles y de los enamoramientos tontos, y antes de que él pudiera siquiera
pensar en cambiar de opinión, ella estaba besando a un maldito violinista de
Praga.
—Digo, Polly, ¿estabas enamorado?
Leo no dijo nada.

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—Sin embargo, ese anillo es demasiado sencillo para el gusto de Erika—,


reflexionó St. Blaise, porque no era tan idiota como pretendía ser. —Y parece
barato, así que debes haberlo comprado antes de que perdiéramos a papá
Duque.
—Fue una chica que conocí. Antes de conocer a Erika.
—¿A la chica no le gustó el anillo?
—Juzgué mal sus sentimientos.
—Y déjame adivinar: ¿Erika lo descubrió y por eso se alejó?
—No. Erika lo sabía antes de casarnos.
St. Blaise ululó con deleite. —No me extraña que tengas problemas con las
mujeres, si es que eres realmente sincero con ellas.
Erika, tomándole la mano una noche en Viena, dondequiera que Leo y sus
primos alemanes hubieran llegado en una borrachera.
Erika, con ojos oscuros y un vestido del color del aguardiente de albaricoque.
Erika diciendo: —¿Por qué tan triste, señor inglés? Si querías estar triste,
podías haberte quedado en Inglaterra. ¿Alguna tonta chica inglesa te rompió el
corazón?
Erika riendo.
Erika diciendo: —Te haré olvidar a esa chica. ¡Qué excelente juego será! Ven
conmigo, triste lord inglés, y te haré reír.
Y ella lo hizo.
—¿Sigues enamorado de ella, de esta chica?
—No.
—¿Y no sigues suspirando por Erika?
—Nunca lo hice.
Leo volvió a las listas de números, a sus planes para la Fundación Dammerton.
Fue esa caja de anillos la que despertó su pasión por las artes ornamentales.
En el pequeño taller, en un callejón de lo más profundo de Viena, Leo se había
sentido conmovido por las delicadas escenas pintadas a mano, encantado por

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la idea de que una persona pudiera crear un objeto que se convirtiera en el


elemento de la vida de otra persona. Lo mejor de todo es que pasaron minutos
enteros en los que olvidó su dolor por Juno. Regresó para comprar una
tabaquera, y luego una caja de música; cada objeto lo calmó durante unos días.
Pero nunca era suficiente; siguió buscando más. Entonces, de vuelta a Londres,
ayudó a una costurera de gran talento a montar un taller de bordado, y buscó
tesoros por todo el país, y creó su Fundación, y contrató personal, y sin
embargo...
Sin embargo, de alguna manera, todavía no era suficiente.
Te sacaré tu secreto, había dicho Juno
Su secreto no era emocionante. Nada de asesinatos ni traiciones, ni chantajes
ni herederos secretos. Era simplemente que había amado a una mujer que
había dejado de amarlo, y luego se había casado con otra mujer a la que nunca
había amado.
Nuestros secretos revelan lo que valoramos, ella había dicho. Y lo que tememos.
Lo que él valoraba era su cordura. Su orgullo. Lo que valoraba era su
Fundación y su familia, tanto la que ya tenía como la que formaría con su
próxima esposa.
Lo que temía era sentirse tan desdichado y destrozado como en aquellas
semanas en Viena después de que Juno le rompiera el corazón.
Levantó la vista justo cuando su hermanastro metía una pitillera de plata en
un bolsillo.
— Puntos santos. Si estás tan desesperado, pide dinero a mi secretaria—, dijo
Leo.
—No quiero tu caridad—. St. Blaise cogió una caja de música enjoyada, con un
pájaro mecánico posado en la parte superior. Encontró la llave para darle
cuerda. —Además, me gusta encontrar formas divertidas de ganarme la vida.
Encontrar una mujer que me mantenga, robándote.
—¿Prefieres ser una puta o un ladrón que un mendigo?
—¿Por qué no? Me convertí en un asesino por dinero. ¿Por qué no una puta y
una ladron también?

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Él soltó la llave y el pajarito comenzó a girar en su percha. Una música


metálica sonó en la habitación.
—Tristán—, dijo Leo en voz baja. —Eras un soldado, un oficial de caballería.
No es un asesinato si eres un soldado.
—Si tú lo dices—. La alegre melodía terminó. El pájaro hizo una última
reverencia. —¿Puedo tener esto?
—No.
—Bien—. St. Blaise dejó la caja de música en el estante. —Hazme un favor y
comprométete con Susannah Macey.
De repente, Leo se sintió agradecido a St. Blaise por haber desenterrado ese
tonto anillo. Esa caja de anillos era un oportuno recordatorio de lo que
importaba.
Esto iba más allá de la condición de Lady Renshaw de reducir los chismes
antes de cortejar a la señorita Macey. Se trataba de dejar atrás el pasado y
abrazar su futuro con todo su corazón.
Se trataba de limpiar su desorden juvenil.
Y Juno Bell …sensual, vibrante, cálida, acogedora, apasionada y voluble
Juno…estaba en el centro de ese desorden.
Lo que sea necesario, pensó. Esta vez, su matrimonio tendría éxito.
Él debía cortar su conexión con Juno por completo. No más visitas. No más
regalos.
Una punzada le apuñaló como una daga. No quería terminar su amistad, pero
tampoco podía soportar continuar en este limbo.
Pero dejar de verla no le parecía bien. Decidió que la vería una vez más, sólo
para despedirse.
Y esta vez no dudaría en hablar.

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CAPÍTULO 8

Resultó que la noción de Beatrice Prescott de una —modesta fiesta de


jardín— difería considerablemente de la de Juno.
—De acuerdo, es una fiesta—, susurró Juno a su tía Hester.
—Y tiene lugar en un jardín—, respondió su tía, con los ojos brillando detrás
de sus gafas.
Pero, ¿modesto? Las palabras no eran el fuerte de Juno, pero estaba bastante
segura de que la palabra …modesto… no se aplicaba a un cuarteto de cuerda
que daba una serenata a los cuarenta invitados desde su lugar bajo una carpa
blanca. Tampoco …modesto… describía la docena de pedestales de estilo
romano dispuestos en el césped, cada uno de ellos cubierto con un colorido
surtido de flores de azúcar, hadas de mazapán y torres inclinadas de
macarrones.
Y …modesto… definitivamente no explicaba la frondosa glorieta en la que cinco
actores, con elaborados trajes, estaban dispuestos en un cuadro de El sueño de
una noche de verano de Shakespeare: un noble rey hada Oberón, un travieso
Puck, un desconocido Bottom …sin duda sudando con su cabeza de burro, el
pobre- y una pareja con ojos soñadores que sufren de amor. La reina de las
hadas, Titania, estaba ausente, ya que aparecía en el retrato de cuerpo entero
que Juno había pintado de Beatrice.
El retrato ocupaba un lugar privilegiado en lo alto de la escalinata, donde
presidía el exuberante césped y los invitados que se arremolinaban. Por ahora,
estaba oculto por una cortina del color de las esmeraldas, y flanqueado por el
señor y la señora Prescott. Al otro lado de Beatrice se encontraba Juno,
agradecida por la presencia de su tía y más que un poco desconcertada por el
espectáculo que tenía ante sí.
¿Qué pensaría Leo de esto? se preguntó. Puede que aprecie la creatividad de
Beatrice, pero tiene un gran sentido del absurdo. Por supuesto, otros eventos
de la sociedad probablemente eclipsaban esto en grandeza. —Para algunos

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estándares, esto es modesto—, podría decir, y, con esa diablura bailando en


sus ojos, obsequiarla con descripciones de...
El pensamiento se vio ensombrecido por el recuerdo, como una nube que tapa
el sol. Puede que no vuelva a hablar con Leo, y mucho menos a compartir
miradas divertidas y conspiradoras y a animarle a burlarse de la Ton. Tal vez
podrían intercambiar saludos educados en una exposición, o discutir el
tiempo, si su tía lo invitaba a una cena familiar.
Con su mujer, naturalmente.
Juno lo entendía. Tenía que poner a su futura esposa en primer lugar, sin duda
por encima de un artista de mala muerte al que sólo veía una o dos veces por
semana.
Pero no importa, ella no lo necesitaba. Tenía a sus queridas primas Phoebe y
Livia en el jardín, enfrascadas en un acalorado debate. También tenía al
descarado sol, jugando al escondite con las nubes. Tenía la brisa fresca, el
sonido de la fuente, el aroma del jazmín y el canto de los pájaros. Tenía a esa
gente bonita, con ropa bonita, que venía a admirar su trabajo. ¡Cielos, hasta
tenía un cuarteto de cuerda! ¿Quién necesitaba un duque cuando tenía un
cuarteto de cuerda? Y su tía. Pasó su brazo por el de Hester, cuyo delgado
rostro se iluminó con una cálida sonrisa.
Todo el mundo estaba muy animado cuando el señor Prescott hizo callar a los
músicos y llamó a los invitados a la atención. Beatrice comenzó su discurso,
elogiando el arte, la naturaleza y a Juno, mientras la brisa se movía por los
bordes de la cortina, ofreciendo un tentador vistazo al marco. Los invitados se
mantuvieron en posición de firmes, con las copas en la mano.
El entusiasmo de Beatrice contagió incluso a su marido, que adoptó un aire
teatral al tirar de los cordones con borlas para abrir la cortina y revelar el
retrato. Incluso Juno torció el cuello para mirarlo, hasta que se acordó de sí
misma y se volvió para observar a los invitados. Los invitados estallaron en
muestras de admiración y aplausos, y Juno se mostró modesta, aunque en
secreto se dijo que era su mejor retrato.
Toda la fiesta era escandalosa, pero de todos modos se deleitó con su triunfo.
Nada de esto duraría mucho, porque nada lo hacía, así que debía exprimir
cada gota de disfrute mientras pudiera.
Le dio un codazo a su tía, que le devolvió el codazo.

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—Estamos muy orgullosos de ti—, dijo Hester en voz baja. — De pensar, que
nuestra pequeña Juno, es agasajada por la sociedad.
—Nunca habría llegado tan lejos sin vosotros—, dijo Juno.
Al fin y al cabo, fue Hester quien había contratado maestros de dibujo para
ella, con la misma atención que contrataba tutores de latín y griego para sus
primos, Hester quien se tomó en serio la petición de Juno de estudiar en
Europa. Pero ¡qué batallas habían librado al principio! Juno se había
acostumbrado a la laxitud y la negligencia de sus padres, mientras que Hester
imponía rutinas y reglas. Lo peor de todo es que Hester insistía en que Juno
terminara todos los dibujos, sin que hubiera papel nuevo hasta que lo hiciera,
y no había rabietas ni lápices rotos que la hicieran cambiar de opinión.
Pero gracias a esa disciplina, Juno había aprendido a terminar lo que
empezaba, a tener paciencia para mejorar, a estar atenta a su propia obra.
—Sabíamos que tenías talento desde el momento en que pusiste el lápiz sobre
el papel—, dijo Hester. —Simplemente tuve que convencerte primero de las
ventajas de aprender a leer.
—Creo que también tuviste que convencerme de los beneficios de usar un
peine y llevar zapatos.
—Entonces me felicito por un trabajo bien hecho, ya que te arreglas muy bien.
Antes de que Juno pudiera responder, un silencio se apoderó de la multitud.
La atención de los invitados ya no se dirigía al retrato, sino a algo o a alguien
del otro lado.
Juno se adelantó al borde de la escalinata para mirar alrededor del cuadro,
justo cuando alguien murmuró —Dammerton— con una nota de asombro.
El título susurrado se extendió por el grupo como el viento entre los árboles.
Las lentes graduadas cayeron de los dedos para balancearse en sus cinturones,
mientras las damas se deshacían en reverencias y los caballeros se doblaban en
reverencias.
La calidez la invadió, como si el sol hubiera enviado un rayo de sol especial
sólo para ella.
Leo estaba aquí.
Justo cuando pensaba que no volvería a hablar con él, Leo había llegado.

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Incluso en esta refinada multitud destacaba, como si fuera una obra de arte
expuesta. Como siempre, la luz del sol le favorecía: Bruñía los reflejos rojizos
de su cabello castaño despeinado, trazaba la forma de sus labios y su
mandíbula, y acariciaba el brillo de su chaleco, de seda rosa pálido bordado
con enredaderas retorcidas y pequeños pájaros azules.
Su mirada somnolienta recorrió a los asombrados invitados y al jardín,
observando cada detalle, sin detenerse en ninguno. Sus ojos patinaron
también sobre Juno. Su ánimo se desinfló. Tal vez no la reconociera, con ese
elegante vestido del color del mar del verano, con el pelo en un obediente
montón de color miel.
Aquel hombre era ese duque frío y distante del que había oído hablar:
grandioso, elevado, soberbio, uno de los jueces del buen gusto de la sociedad.
Lo vio por su aire de mando, por el comportamiento de los invitados, que
parecían dispuestos a voltearse y presentarle sus barrigas.
Era difícil de creer que este fuera el mismo hombre que se sentaba en su
asiento de la ventana y discutía con sus gatos.
El Sr. Prescott rondaba a su lado, con aspecto ligeramente molesto por la
llegada de este augusto invitado. En comparación con el duque, el austero
atuendo del crítico lo hacía tan prosaico como uno de sus propios ensayos.
Mientras tanto, Beatrice había hecho una profunda reverencia. El duque
inclinó ligeramente los hombros, como un árbol joven que se dobla con el
viento.
—Señora Prescott, un placer—, murmuró a las flores rosas que adornaban la
parte superior de su cabeza.
Beatrice se levantó, con los labios entreabiertos, parpadeando rápidamente. —
Alteza, me siento muy honrada de que haya elegido agraciar... Es decir,
participar en nuestra humilde reunión.
Él asintió amablemente. Nadie se atrevió a hablar, ni siquiera a respirar,
mientras esperaban el siguiente movimiento del duque.
Leo miró el retrato de Juno de Beatrice Prescott, y luego a la Beatrice Prescott
real, empequeñecida y eclipsada por su propia imagen. En el retrato, como la
reina Titania, flotaba por un bosque inglés con un largo vestido blanco,

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irradiando una feliz felicidad. En la realidad, estaba sonrojada y excitada. Casi


temblaba por ello, como un cachorro que intenta no mover la cola.
Levantó su anteojo para examinar el retrato, aunque ya lo había visto en el
estudio de Juno. Ignoró a todos mientras lo examinaba: de cerca, de lejos, de
arriba a abajo y deteniéndose en algunos detalles entre medias.
Él sería un buen amante, pensó Juno, con esa atención al detalle, la forma en
que se tomaba su tiempo. Y, además, bajo su pulida indolencia, había ese
sorprendente y emocionante aire de mando, como si con un gesto de su mano
todo el mundo se apresurara a cumplir sus órdenes.
Cielos, ahí estaba ella de nuevo, alimentando esta tonta fantasía de Leo como
su amante. Mejor no olvidar que él tenía la intención de casarse pronto y no
tenía ningún interés en ella en ese sentido.
Una vez terminada su inspección, volvió a guardar su monóculo en el chaleco
y acomodó cuidadosamente la cadena de plata.
—Sra. Prescott, todo esto es espléndido—, dijo. —Hay que felicitarla por su
exquisito gusto.
Una ráfaga de viento onduló entre las hojas, como si los invitados hubieran
soltado un suspiro colectivo. El duque de Dammerton había felicitado a la
señora Prescott. Por extensión, había felicitado a todas las personas que
habían demostrado el buen gusto de asistir hoy.
Luego él se apartó de la multitud y dirigió un comentario a su anfitrión, dando
a entender que había terminado con ellos, y que podían volver a sus asuntos
mundanos.

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CAPÍTULO 9

Ante un insistente gesto de Beatrice, los músicos dejaron a un lado sus


sudorosos vasos de limonada y reanudaron su interpretación. Los invitados,
llenos de energía … ¡tenían a un duque entre ellos! … se invitaron a tomar el té.
Cuando Juno descendió al césped, los invitados se apresuraron a saludarla,
elogiarla y compartir sus pensamientos sobre el arte. Juno charló con ellos
amablemente, sintiéndose especial y viva.
Se desvanecieron cuando Beatrice vino andando hacia ella, irradiando placer.
Sus faldas rosa peonía la envolvían como si fuera un hada de las flores.
—¡Oh, Juno, no puedo creerlo! — Beatrice gritó emocionada, cogiendo sus dos
manos. —¡Un duque en mi fiesta de jardín! ¿Lo has visto? Por supuesto que lo
viste. Todo el mundo lo vio. Está ahí mismo; uno no puede dejar de verlo. ¡Y
cómo van a hablar! —El Duque de Dammerton elogió el exquisito gusto de la
Sra. Prescott—, dirán. ¡Y ahí estaba yo, toda confundida! ¿Parecía muy tonta?
—Para nada.
—¡Y se presenta sin más, sin ni siquiera un aviso! Qué tipo tan travieso es.
Tendré que darle una buena reprimenda. ¡Oh, pensar que tengo un duque en
mi fiesta de jardín! — Soltó a Juno, abrió el abanico que colgaba de su muñeca
y respiró profundamente para tranquilizarse. —Debo tranquilizarme. Al Sr.
Prescott no le agradará mi desvergonzada excitación—. Se abanicó,
recuperando la imagen de la serenidad, y lanzó una mirada alegre a Juno. —
Sin embargo, estoy emocionada. Declaro que esta tarde ha sido un éxito. ¿No
soy la mejor patrocinadora que podrías soñar? Hoy, el Duque de Dammerton.
Mañana, todos los demás. Sólo tienes que esperar y ver. Esta fiesta dará sus
frutos, con una docena de encargos para ti. Encargos apropiados.
—No me había dado cuenta de que mis otros encargos eran inapropiados—,
dijo Juno secamente.

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—Oh, retratos de esposas de banqueros y cosas así—. Beatrice hizo un gesto


de desprecio. —Con tu talento y tus contactos, y mi patrocinio, puedes hacer
algo mucho mejor que eso.
En general, a Juno le gustaba Beatrice Prescott. Disfrutaba de su entusiasmo,
admiraba sus conocimientos y simpatizaba con sus ambiciones en una
sociedad que era notoriamente crítica e inflexible. Pero Beatrice, como tantas
otras personas empeñadas en mejorar su posición en la sociedad, sufría de un
desagradable esnobismo.
Esas —esposas de banqueros y similares— habían mantenido el techo de Juno
estos años, y ella había disfrutado pintando a todas y cada una.
—La clase media también se merece cosas bonitas—, dijo ella.
—Oh, querida, por supuesto, por supuesto. Pero no tienen el mismo ojo para
el arte que nosotros. La misma ... ¿cómo la llamamos? sensibilidad. En cuanto a
las órdenes inferiores, no tienen ningún sentido de la forma o del color. ¡Pero
Juno, tú eres una de nosotros! Tu tío es un baronet y tus otras conexiones...—
Aquí miró a Leo y a su tía Hester, Lady Bell. —Deberías reclamar el lugar que
te corresponde como artista en la alta sociedad.
Juno se mordió la lengua. La vida de un artista era siempre precaria,
especialmente para una mujer soltera. El mecenazgo de Beatrice importaba, se
recordó a sí misma, así que era mejor que se abstuviera de señalar que la
mayoría de los artesanos procedían de las clases bajas, que ni un solo vestido o
taza de té de los presentes había sido hecho por un aristócrata.
De hecho, Juno tampoco había sido hecha por un aristócrata. Es cierto que su
abuelo paterno había sido un baronet, que era lo más alto que se podía llegar
en la nobleza, pero su otro abuelo había sido un carpintero de ribera, y sus dos
padres habían sido apartados de sus respectivas familias en desgracia. Si no
fuera por la acogida de su tío, Sir Gordon Bell, y su familia, este mundo gentil
nunca la habría invitado a entrar.
—Estoy muy orgullosa de ti, Juno—, continuó Beatrice. —Todo tu trabajo ha
dado sus frutos hoy en mi pequeña fiesta.
Juno sonrió. —¡Y es toda una fiesta!
—Bueno, ciertamente requirió un gasto considerable y.…— Beatrice se
abanicó enérgicamente, con la mirada rebotando por el jardín. —Me temo que

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el señor Prescott se puso un poco severo cuando vio las facturas e insistió en
que economizara. Pero dado el éxito de esta fiesta, seguramente estará de
acuerdo en que fue una idea acertada utilizar tus honorarios por el retrato
para cubrir las facturas.
—Yo...— Juno parpadeó ante el cuarteto de cuerda, los actores en su frondosa
glorieta, las torres inclinadas de macarrones, las elegantes damas que
cuchicheaban sobre Leo. Juno le pidió que mirara hacia ella. No la había
mirado desde que llegó. —¿Perdón?
Un leve rubor tiñó las mejillas de Beatrice. —Pero debes ver que esto es un
buen uso para tu dinero. Estos amantes del arte son influyentes, y ahora que
han visto tu obra, se lo contarán a sus amigos.
El abanico de Beatrice seguía ondeando. Cada varilla del abanico estaba
intrincadamente tallada. Ese abanico no había sido barato.
—El retrato, hubo costos involucrados—, aventuró Juno. —Las pinturas, el
lienzo...— Al menos la factura del en marcador había ido directamente al Sr.
Prescott, ¡pero su tiempo!
El silencio se hizo entre ellas, y luego Beatrice se rindió, cabizbaja y aplastada.
—Oh, es horrible, lo sé. Soy una patrona terrible. Me pasé de mi presupuesto y
el señor Prescott me obligó a desviar tus honorarios para pagar las facturas. Te
lo compensaré, lo prometo—. Su rostro se iluminó. —Le insistiré sin descanso
para que venda tu cuadro de Pandora, y donaré el dinero de mis alfileres para
comprarte nuevas pinturas. Entonces pasarás el verano pintando a lo grande, y
en otoño, expondré tu obra en una sala completamente desnuda. Me costará
sólo una libra y todo el mundo quedará maravillado—. Ella rebotó bajo otra
ola de emoción. —¿Crees que el duque asistirá a eso también? Y ¡oh! Imagínate
si él y la señorita Macey se casan para el otoño. ¡Qué golpe de efecto si la nueva
duquesa de Dammerton viene a nuestra exposición!
La mirada de Juno se dirigió de nuevo a Leo, que charlaba con sus primos y su
tía. Sus ojos se cruzaron brevemente. Una extraña expresión cruzó su rostro,
como si ella lo complaciera y lo irritara a la vez, y luego su mirada se desvió.
Beatrice la miraba expectante, así que Juno forzó una sonrisa. Pero su alegría
se había desinflado, dejando sólo una sensación arrugada y marchita. Intentó
identificar la causa, pero su mente se retorcía en torno a ella sin ayuda,

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tocando los honorarios perdidos, su voluble patrona, el inminente matrimonio


de Leo, su presencia aquí.
—Sin embargo, hay algo en el duque, ¿no es así? — Beatrice lo miraba con
coquetería. —Atrae la mirada sin esfuerzo. Un cierto... magnetismo. Uno
anhela su atención; uno anhela conocer sus secretos. Muy guapo, ¿no crees?
Juno hizo un sonido de no confirmación.
—¡Su mirada somnolienta no me engaña! Los leones de la Torre tienen esa
mirada y podrían hacernos pedazos. ¡Leo, como un león! Rawr! — Los ojos de
Beatrice se abrieron de par en par ante su propio atrevimiento al decir el
nombre de pila de un duque. —Su madre le puso un buen nombre.
Juno se irritó de repente. —Su madre es prusiana y Leopoldo es un nombre
alemán, no latino.
—¿Y qué?
—Entonces su nombre no tiene nada que ver con los leones.
—¡Pues mira quién sabe tanto! —. Beatrice se rio, no sin maldad. —Puedes
decir que eres conocida, pero el duque no te pertenece, lo sabes.
—Lo sé.
Beatrice cerró su abanico. —No te preocupes por mis burlas. Estoy muy
nerviosa. El duque es mi invitado y debo ir a conversar. Juno, querida, te
quedarás a mi lado y me darás una patada en el tobillo si digo algo demasiado
descabellado.

Otro invitado reclamó la atención de Beatrice, así que Juno estaba sola cuando

llegó al lado de Leo, justo cuando la tía Hester y Phoebe se excusaron para
saludar a otra persona, y Livia salió corriendo para acosar a los pobres actores.
Una vez más, Juno vislumbró aquella expresión que escapaba del rostro de
Leo, como si lo complaciera y lo apenara a partes iguales.

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Los retazos de su extraña e inconclusa conversación del otro día revolotearon


en su memoria. Los alejó como una mosca molesta.
—Estoy sorprendida y encantada a partes iguales de verte aquí—, dijo. —No
habías mencionado ninguna intención de venir.
—Me gusta ser imprevisible, mantener a los cotillas en vilo.
Ella sacudió la cabeza. Estar más cerca no disipó en absoluto la sensación de
que él era a la vez familiar y nuevo: ese duque frío y distante se posó sobre su
juguetón amigo.
—Pareces tu propio hermano gemelo idéntico, como en una novela gótica—,
dijo. —Leo y el duque. La única pregunta es cuál de los dos es malvado.
—El duque, obviamente.
—Malvado o no, sigues siendo mi duque favorito.
Ella juraría que él hizo una mueca, como si sus palabras le hubieran picado.
Pero cuando respondió, su tono era ligero. —¿Tu favorito? ¿Clasificas tus
duques como yo clasifico mis chalecos?
—No importaría si lo hiciera, porque tendrías los veinte primeros puestos.
—¿Y qué lugar ocupo hoy?
—¿Sólo por estar aquí? Sin duda, entre los cinco primeros. Beatrice está
encantada con tu presencia, pero molesta porque no le avisaste. Amenazó con
echarte una buena bronca.
Leo dirigió una mirada divertida a su anfitriona. La pobre Beatrice estaba
atrapada en una conversación y se esforzaba por escapar. —Es sorprendente la
cantidad de damas que me regañan por alguna terrible travesura que no sabía
que había cometido.
—¡Están coqueteando contigo! ¡Qué emocionante!
—Si tienen que coquetear, ¿no podrían simplemente halagar mi magnífico
cabello o mis torneadas pantorrillas o algo así, en lugar de decirme lo travieso
que soy?
—Tal vez algunas mujeres albergan el deseo de regañar a los hombres
poderosos—. Ella miró a la multitud con desconfianza. —¿Quién sabe qué

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inclinaciones secretas puede ocultar esta gente bajo los modales gentiles y la
ropa fina?
Leo se rio. —Juno Bell—, dijo, con un tono ducal emocionantemente severo,
—no eres apropiada para ser llevada a ningún sitio. Guarda esos comentarios
subidos de tono para tus círculos bohemios. Uno no habla de proclividades
secretas en este tipo de fiestas.
—Se me debería permitir hablar de lo que quiera en esta fiesta, teniendo en
cuenta que ayudé a pagarla.
Ante su mirada interrogativa, le explicó cómo el señor y la señora Prescott
habían destinado parte de sus honorarios de pintura a pagar esta celebración.
— Esos sinvergüenzas—. Leo miró la espalda recta y vestida de negro del Sr.
Prescott. —Tendré unas palabras con él.
—¡No! —, dijo ella apresuradamente.
—¿O fruncir el ceño amenazadoramente?
—Por mucho que me gustaría ver eso, sólo empeoraría las cosas. Lo volverían
en mi contra y me pintarían como una diva codiciosa y conspiradora.
—Podríamos irnos con una furia—, sugirió. —Eso siempre es divertido.
—Podríamos, pero debo rebajarme, porque me han prometido echar un
vistazo al Botticelli recién adquirido por el señor Prescott, y mi deseo de ver
ese cuadro anula por completo mi orgullo.
—Y quizá la señora Prescott no se equivoque—. El hombre señaló con la
barbilla al grupo de caballeros que estudiaban el retrato. —Esta fiesta podría
dar lugar a algunos encargos lucrativos, teniendo en cuenta los ricos
caballeros aquí conocidos por su interés en el arte.
—¿Arte? —, se burló. —Lo más probable es que sólo hayan asistido con la
esperanza de ver imágenes de mujeres desnudas.
—Bueno, para ser honesto, eso es por lo que estoy aquí—. Levantó su lente
examinador y miró a su alrededor. —Prometieron cuadros, pero no se ve ni
una ninfa desnuda. Es terriblemente decepcionante. ¿Acaso es una exposición
de arte si no hay pechos o nalgas en exhibición?
Juno se rio. —Gracias—, dijo.

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—¿Por?
—Por venir hoy. Por animarme. Por ser un amigo.
Su mirada se volvió reflexiva. Un escalofrío la recorrió.
Luego su máscara distante volvió a caer en su lugar, cuando Beatrice llegó,
mirando a Leo con asombro.
—Su Excelencia—, dijo ella. —¿Puedo decir de nuevo lo honrada que estoy de
que haya elegido asistir?
Él la miró con frialdad. —Qué suerte tiene usted, al poseer algo tan valioso
como un retrato de Juno Bell, que vale su peso en oro.
—Es una maravilla, ¿verdad? — Ajena, Beatrice apretó el brazo de Juno. —Y
qué orgullosa estoy de haberla descubierto. Las otras damas estarán tan
envidiosas.
—Cuidado, o todas querrán una—, dijo Leo. —Una mujer artista se convertirá
en el último accesorio de moda entre las damas de Londres.
Beatrice soltó una risita. —¡Oh, Su Excelencia, ¡es usted demasiado gracioso!
Ella seguía riendo cuando el señor Prescott se unió a ellos y enroscó una mano
alrededor del codo de su esposa.
Leo le reconoció con una inclinación de cabeza. —Estábamos hablando del
retrato de su esposa, y del talento y valiosa que es la señorita Bell.
—Estamos muy satisfechos con el retrato—, dijo Prescott con suavidad. —Es
mi opinión que Inglaterra no ha visto una mujer artista tan fina desde Angelica
Kauffman.
Angelica Kauffman, una de las dos mujeres fundadoras de la Royal Academy.
En el medio siglo transcurrido desde entonces, la Academia no había
considerado oportuno admitir a otra mujer, aunque algunas, como la Sra.
Green, la Sra. Carpenter y Juno, tuvieron cuadros aceptados para su
exposición.
—No quiero restar mérito a los logros de la señorita Bell, pero hay muchas
artistas con talento entre las mujeres de Inglaterra—, dijo Leo. —Los
bordados de la señorita Linwood son admirados hasta en Rusia. En una escala
más modesta, considere el arte de mis propios chalecos.

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—Las habilidades de esas mujeres son valiosas—, opinó Prescott. —Pero es


irrisorio imaginar que uno pueda encontrar alguna vez una verdadera artista
entre mujeres incultas y de baja cuna que apenas pueden deletrear sus propios
nombres.
Su rincón del jardín se volvió de repente muy frío, mientras Leo estudiaba a su
anfitrión.
—Qué perspectiva tan fascinante—, dijo finalmente. —Espero que publique
uno de sus ensayos sobre el tema, para que toda la sociedad simule leerlo.
El rostro del señor Prescott se tensó. Juno ocultó su sonrisa de regodeo.
—¿Va a realizar alguna otra exposición de arte? — Leo continuó con facilidad,
como si no acabara de insultar a su anfitrión. —Su colección personal tiene
mucha fama, pero es una tragedia que no la exponga. Tengo entendido que ha
adquirido recientemente un Botticelli, que estoy deseando ver.
La barbilla de Prescott se levantó. —Lamento que no sea posible. No está aquí.
Beatrice frunció el ceño mirando a su marido. —Pero Prescott, querido,
prometí...
—Lamento que no sea posible—. Él se inclinó ligeramente. —Si nos disculpa,
Alteza, señorita Bell, he venido a recoger a mi esposa por un asunto que
requiere nuestra atención.
Leo les soltó con un movimiento de cabeza. Beatrice le dijo a Juno —¡Lo siento
mucho! —, hizo una reverencia y se fue.
Juno suspiró ante sus espaldas en retirada. No hay Botticelli, no hay
honorarios. Se sintió infantilmente decepcionada, como si le hubieran negado
un regalo prometido.
—Bueno. La señora Prescott te ha descubierto—, dijo Leo. —¿Qué pretende
hacer ahora que te ha descubierto? ¿Patentarla?
Juno tuvo que sonreír, sus tonterías derritieron su dolor. —Presentar sus
descubrimientos a la Royal Society, tal vez.
—Menos mal que no te descubrió en un país extranjero—, dijo él. —Podría
haberte puesto en un museo y cobrarle a todo el mundo un chelín por mirarte.

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—Menos mal que no soy un país extranjero. Podría haberme clavado una
bandera y poblarme de criminales—. Pero su humor no duró. Suspiró y
sacudió la cabeza. —Y para colmo de males, tampoco hay Botticelli. Tenía
tantas ganas de verlo.
—Sigo sin estar convencido de que ese Botticelli exista—, dijo Leo. —Prescott
lleva semanas presumiendo de él y, sin embargo, nadie lo ha visto.
—Yo creo que existe.
—Sí, pero tú crees que las hadas existen.
—Y nunca demostrarás que no existen—. Ella arrugó la nariz ante su burla. —
También creo que te dijo una mentira descarada y que ahora está depositada
en esta casa.
Una expresión de pesar cruzó su rostro. —Supongo que la culpa es mía por
haberle insultado así. Sin embargo, ¿alguien lee realmente sus ensayos?
—Ejerce una influencia considerable. Con una sola carta a The Times, puede
dotar a medio Londres de opiniones firmes sobre un asunto al que, hasta
entonces, no habían dedicado ni un momento de reflexión—. Hizo un sonido
de irritada frustración. —Ahora anhelo aún más verlo.
—Tu anhelo es infantil e irracional.
—Exactamente. Un anhelo sensato se deja de lado fácilmente, pero uno
irracional no. Me temo que no hay nada que hacer más que complacer el deseo
o enfadarse.
—No soporto verte enfurruñada, así que consintámoslo.
Ella se rio. —¿Y qué propone, Su Excelencia? Lo tendrá encerrado. ¿Derribarás
la puerta de su estudio? ¿O fruncir el ceño amenazadoramente?
Él lo consideró. —Tengo una idea. Ve a empolvarte la nariz, y luego reúnete
conmigo fuera del estudio de Prescott.

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CAPÍTULO 10

Leo estaba junto a la puerta del estudio de Prescott, en un extremo del salón.
La puerta del otro extremo se abrió y Juno se deslizó por ella. Sonriendo,
cruzó la larga habitación hacia él.
Él no podía apartar los ojos de ella.
Se preguntó si ella se daba cuenta de cómo la habían mirado las otras damas
en el jardín, sus miradas fascinadas, admiradas y ligeramente nerviosas. La
forma en que sus cuellos se arqueaban un poco cuando ella estaba cerca, como
si supieran que se volvían más interesantes simplemente por estar en su
presencia. Ella se las ingeniaba para ser lo suficientemente descarada como
para que las damas se estremecieran, pero no tanto como para que se vieran
obligadas a rechazarla.
Donde ellas llevaban delicadas flores en el pelo, ella llevaba tres horquillas de
lápiz-lázuli, que, por supuesto, no hacían juego, en una disposición
aparentemente desordenada, que, por supuesto, agradaba a la vista. Luego
estaba ese vestido azul cerúleo, con mangas y corpiño adornados con cintas
blancas y bordados que brillaban a la luz del sol. Una dama correcta caminaba
con cuidadosa inhibición, pero Juno se movía libremente, como su cuerpo
deseaba, el fluido vaivén de sus caderas hacía que la tela azul se arremolinara
alrededor de sus pantorrillas.
De repente, el contoneo de esas caderas estaba lleno de promesas, la sonrisa
torcida llena de encanto, el bordado blanco de su corpiño lleno de invitación.
Y ella...
No. Para. Basta ya. Qué irritante era su mente: A raíz de su decisión de dejar de
ver a Juno, exigía verla aún más.
Toda ella.
Cuando llegó hasta él, miró por encima del hombro, para comprobar si había
testigos de su crimen. Cuando habló, lo hizo en un susurro.

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—Seguro que la mantiene cerrada con llave.


—¿No creerás que voy a ser derrotado por una cerradura? — dijo Leo. —Esta
puerta no me detendrá, porque tengo una herramienta especial.
Ella se quedó boquiabierta. —¡No! ¿Cómo diablos vas a saber cómo...? ¿Tienes
una ganzúa?
—Tengo una llave—. La agitó. —Cortesía de un lacayo con iniciativa. Un
duque siempre conserva la dignidad de un duque, incluso cuando está
cometiendo un crimen. Vamos, entonces. Veamos si este cuadro existe.
La llave funcionó y Leo dio un paso atrás para dejarla pasar. Mientras volvía a
cerrar la puerta y se guardaba la llave, oyó a Juno suspirar. El suspiro era tan
intenso que era casi un gemido, lleno de alivio, de placer, de deleite, de pasión.
Era el ruido más sexual que había escuchado en años.
El Botticelli, efectivamente, existía.
Ella se inclinaba hambrienta hacia el cuadro, como una amante que espera
robar un beso, con el cuerpo tenso como un gato al acecho.
Y su expresión. Era tan compleja y con tantas capas como la propia obra de
arte: deseo, codicia, adoración, posesividad. Como la expresión de su propia
sirena, anhelando consumir al marinero.
—Te gusta, entonces—, le murmuró.
—Es exquisito, magistral. Yo siento dolor con ella, aquí mismo—. Apretó los
nudillos contra su pecho, los motivos bordados desplazándose sobre sus
pechos. —Quiero respirarlo.
Ella inhaló, exhaló, y él juraría que había algo sexual en su falta de aliento, algo
que pasó de su mente a sus genitales. Tal vez por eso ella tomaba amantes,
porque el arte la llenaba de tanto sentimiento que necesitaba liberarse. Luego
abandonaba a los hombres, porque ellos nunca fueron lo importante.
Qué cuadro formaban: Juno mirando el cuadro, Leo mirando a Juno. Había dos
objetos de deseo en esta habitación, y él no era uno de ellos.
—Prescott es un monstruo—, dijo Juno de repente, con los ojos todavía
puestos en el cuadro. —Acumula docenas de cuadros maravillosos como éste y

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

nunca deja que el mundo lo vea. Es vergonzoso que un crítico hable


incesantemente de arte y nunca muestre el suyo.
Leo tenía docenas de opiniones sobre Prescott, pero ahora no era el momento.
Ahora era el momento de decirle por qué había venido hoy.
Pero apenas dijo —Juno...—, apenas ella se volvió con una mirada
interrogativa, ambos se congelaron, con las cabezas ladeadas, alerta.
Alguien había entrado en la habitación de al lado. Voces. De hombres. Dos
voces, apagadas. Cada vez más fuertes. Se acercaban a la puerta.

Maldijo en voz baja — ¿nunca la tendrá a solas? — y luego, con un intercambio de


miradas de pánico, él y Juno se apresuraron a buscar un lugar donde
esconderse.

La mano de Leo se cerró alrededor de la suya y tiró. El firme calor la


sorprendió, pero entonces vio su intención: un espacio entre un gran armario y
la ventana, ocupado sólo por cortinas de terciopelo. Se deslizaron
silenciosamente en el espacio. La espalda de él estaba pegada al mueble de
madera; la frente de ella estaba pegada a él.
Sólo contaban con los oídos para informarse. Una llave deslizándose en la
cerradura. Un ruido de traqueteo. —Una maldita molestia—. Era la voz del Sr.
Prescott. Un clic cuando la cerradura cedió. Un momento de silencio. Su
propia respiración, repentinamente demasiado fuerte.
Juno se apretó más en el espacio, comprobó sus pies, su falda, oculta por la
cortina. Leo seguía cogiéndole la mano y, mientras se esforzaban por
mantener la posición, cada uno ayudando al otro a esconderse, sus dedos se
enredaron brevemente como podrían hacerlo mientras hacían el amor. La
mano de él era cálida y tranquilizadora, y luego desapareció.

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***

La puerta se abrió. Prescott volvió a decir: —Lord Renshaw se ha equivocado


de fecha. No habría concertado una cita a la misma hora que la fiesta de mi
esposa—. El otro hombre, su secretario tal vez, diciendo: — Iré a verificar su
agenda—. El roce de una silla, el crujir de papeles, la voz de Prescott: —No se
moleste. No puedo despedir a un conde. Sólo busca el papeleo—. Un cajón
que se abrio. —No tenemos mucho tiempo.

***

El tiempo se paró. El mundo de Leo se redujo a este espacio reducido, con la


madera de roble del armario pegada a su cráneo y la suavidad de Juno
calentándole el brazo, la cadera y el muslo. La mano de ella se apoyaba en su
esternón, bajo su pulso acelerado. Bajando los ojos, vio... Oh, ayúdale, sus
pechos eran realmente gloriosos. Todo su cuerpo lo era. Su piel parecía casi
dorada, mientras una franja de luz solar bañaba el costado de su rostro. Tenía
los labios separados y se los humedeció brevemente. Luego levantó la
vista con un alegre gesto de una ceja, con la alegría bailando en sus ojos. Leo
tenía que respirar, así que la respiró, captando su calor junto con el
tranquilizador toque de aceite de linaza bajo su aroma floral.

***

—Aquí está la documentación enviada desde Milán—, llegó la voz de la


secretaria, y luego Prescott: —¿Tienes la factura de venta original? Maldita
sea, quería tener tiempo para esto más tarde.
— Usted ha hecho una nota del precio aquí —, dijo el secretario.
— ¿Me lo enseñas? Ah, sí. Pero Renshaw pagará más que eso. El no entiende
de eso.

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***

Si no lo supiera, Juno juraría que su piel vibraba como una hoja en el viento,
creyendo que algo similar emanaba de él. Nunca habían estado tan cerca. Se
deleitó ante el placer de compartir el aire con él, de compartir esta aventura.
Qué malvada era al mantener la palma de la mano pegada a su pecho. Se estaba
aprovechando de la situación como un bribón con una debutante, pero no se
arrepentía, porque su cercanía era así de deliciosa y ella así de deseosa. Olía
tan bien, su aroma y su calor se deslizaban a través de su piel y en su sangre. El
pobre Leo probablemente estaba mortificado. Pero esta era una experiencia
única en la vida y, además, él nunca sabría de sus perversos pensamientos.

***

—¿Cuál era el precio de la que vendimos al compinche de Renshaw? —


Más trasiego de papeles, un resoplido exasperado, el tamborileo de los dedos
sobre la madera y —maldita molestia, aunque supongo que mi mujer estará
contenta.

***

Leo no podía detener sus perversos pensamientos. Pero la sensación era la que
mandaba ahora y... Maldita sea, era delicioso este deseo, y, oh, ayúdale, todos
los lugares en los que podía plantar un beso: el lóbulo de la oreja, el cuello, la
clavícula, la hinchazón de sus pechos. Ahí, pensó, la tocaría ahí, ahí y ahí. Se
agarró a la estructura de madera que había detrás de él. Si la tocara, ¿lo
recibiría ella? ¿Qué le gustaría a ella? Ella sería una amante egoísta, pensó
felizmente, y él le daría todo lo que pidiera.

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***

— No podemos confiar en que nos pague lo que le pedimos, así que súbelo
—, decía Prescott, —así se sentirá bien cuando me regatee—. El rasguño de
una pluma, una pausa, y luego, —Sí. Correcto. Iré a buscar sus cartas al piso
de arriba. No puedo hacerle esperar mucho más.
***

Juno no podría sobrevivir mucho más tiempo, pero ya casi había terminado. Su
cuerpo estaba repleto de sensaciones y deseos. Más tarde, esta noche, cuando
estuviera sola, pensaría en lo mucho que su cuerpo deseaba estar con Leo y en
lo que podría hacer al respecto. Nada, por supuesto: Él no la quería de esa
manera, y él tenía la intención de casarse pronto, y, además, era un duque.

Un papel que se agita, golpes en la madera, la puerta que se abre, que se cierra,
el sonido de la llave en la cerradura. El silencio.

El cerebro de Leo estaba a la fuga. Su cuerpo estaba alterado. Juno no era


inocente; si ella miraba hacia abajo...
No lo hizo. Ella miró hacia arriba, con su sonrisa tentadora, sus ojos risueños.
—Creo que ahora estamos solos—, susurró, y se asomó al borde del armario.
Él apartó los ojos de la suave piel del cuello de ella y los dirigió a un lugar más
seguro: las horquillas. Pero entonces pudo ver cómo estaba construido su
peinado, y cómo podría hacer caer sus rizos rebeldes.
Sí, estaban solos. Solos en una habitación cerrada. Nadie podía ver si la tocaba,
si la besaba, si le subía las faldas.

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La palma de la mano de ella seguía apoyada en las costillas de él, presionando


con más fuerza mientras lo utilizaba para mantener el equilibrio,
despreocupadamente, como si su cercanía no la abrasara por dentro, como si
el aire de sus pulmones no fuera sensual como el de una calurosa noche de
verano, como si él fuera alguien simple para ella, alguien cómodo.
Una pieza del maldito mobiliario.
Entonces ella volvió a mirar su mano, y luego a su cara. Por tres golpes salvajes
de su corazón, el aire pareció zumbar como las horas previas a una tormenta
de verano y el espacio se cerró en torno a ellos como un edredón de plumas, y
Leo pensó que podía hacerlo, que ella lo recibiría, que podrían disfrutar el uno
del otro aquí mismo. El pensamiento lo aturdió por su vulgaridad y urgencia, y
por lo correcto y lo incorrecto, porque se trataba de Juno y ellos no, él no
debía, no sería...
—Qué aventura tan inesperada—, dijo ella con alegría. Inclinó la cabeza y
estudió su pecho. —Estando tan cerca, veo que eres más ancho de lo que
pensaba. ¿Eso ocurrió cuando te convertiste en duque? ¿Los duques reciben
suplementos alimenticios especiales, como los sementales premiados?
Con una sonrisa pícara, ella se alejó, rodeando el armario y perdiéndose de
vista.
Leo dejó que su cabeza se golpeara contra el gran y sólido armario. El duro
pedazo de roble golpeaba su cráneo. Tal vez le hiciera entrar en razón.
Respiró, una, dos, tres veces, estudiando la caída de las cortinas, el juego de
sombras y luces.
Ahí estaba él, sumido en una fiebre de deseo, listo para dejarla exhausta, y
ella... Ella estaba haciendo bromas.
Gracias a Dios, él no había actuado sobre ese deseo. Era mejor que escapara de
su presencia, y pronto; la fiebre todavía le nublaba el cerebro.
Y aun así no había hablado. Todavía tenía que explicar el ultimátum de Lady
Renshaw y que debía cortar su relación para poder casarse con su novia casi
ideal.
Tal vez ella también haría bromas sobre eso.

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Ah, que le den. Londres sería un hervidero de noticias una vez que se
anunciara su compromiso. Ella ataría cabos, aunque él no volviera a visitarla.
Ella no necesitaba nada más de él.
—¿Leo? ¿Vas a salir? ¿O te ha gustado tanto nuestro escondite que vas a anidar
allí permanentemente?
Resoplando y haciendo una mueca, extrajo la llave de un bolsillo. Pasó junto a
ella y abrió la puerta.
—Ve tú primero—, dijo. —Yo te sigo.
La vio cruzar el largo salón, con ese desenfrenado movimiento de sus caderas,
observándola todo el tiempo hasta que llegó a la siguiente puerta y, sin mirar
atrás, ella se fue.

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CAPÍTULO 11

El paso de Leo vaciló al volver al jardín. La fiesta continuaba, pero todo


parecía lejano, como si se viera a través de un cristal.
El deseo, pensó, embotaba su cerebro como el humo del opio. St. Blaise tenía
razón: La lujuria frustrada se metía en la mente de un hombre.
Afortunadamente, ella no estaba en ningún lado. Recorrió el jardín en busca
de algo -cualquier cosa- que lo distrajera. La salvación tomó la forma de un
anciano caballero, que estaba sentado solo en una mesa de hierro forjado,
jugueteando con una taza de té.
Lord Renshaw. Estaba aquí por una cita equivocada con Prescott. El abuelo de
la señorita Susannah Macey, y su tutor mientras su padre estaba en el
extranjero.
Ahí estaba la solución de Leo.
La niebla se desvaneció. La claridad brilló en su cerebro. Se dirigió a Renshaw
con paso decidido.
Mientras caminaba, renovó su promesa: no pondría en peligro su futuro.
Aseguraría su matrimonio, su Fundación y sus herederos. Esta vez haría las
cosas bien. No se dejaría distraer por la sonrisa, el cuerpo o el brío de Juno
Bell.
Lo que fuera necesario, se recordó a sí mismo. Lo que fuera necesario.
El conde de Renshaw había sido en su juventud un auténtico maniático,

entregado a las extravagantes pelucas, los cosméticos y las modas de la época.


A pesar de la nueva simpleza de la moda masculina, Renshaw seguía
deleitándose con fastuosos encajes en los puños, y a menudo se tocaba la calva
con pesar.

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Ahora se acariciaba la cabeza y movía una rodilla mientras sorbía su té. Su


expresión hostil se aclaró cuando Leo se acercó.
—Tú también estás aquí, Dammerton. Muy bien. Sí. Una pequeña sorpresa—.
La mirada perpleja de Renshaw se detuvo en el cuadro shakesperiano viviente.
— Una pequeña sorpresa—, repitió. —Sí.
—Las damas siempre tratan de superarse a sí mismas en tales eventos—, dijo
Leo. —No es lo habitual, supongo.
—No... No. No lo sabía—. Sacudió la cabeza. —Vine a ver a Prescott por un
cuadro romano que está adquiriendo, no sabía que existía. Dijo que había
confundido las fechas. O la hora. Mi agenda...— Se palmeó un bolsillo del
abrigo, suspiró. —Quizá Prescott se olvidó.
La confusión del anciano inquietaba a Leo, al igual que la idea de que Prescott
se lo llevara. Por no hablar del riesgo de encontrarse con Juno de nuevo.
— ¿Le apetece dar una vuelta por el jardín? —, le preguntó a Renshaw, que
aceptó encantado, y recorrieron un sombreado camino cubierto de vides de
glicina, cuyas rollizas flores púrpuras colgaban a su alrededor como si fueran
uvas.
—Este es el asunto—, dijo Leo. —Me gustaría tener su permiso para cortejar a
su nieta.
—Bien—. Renshaw dejó de caminar y se volvió para mirar a Leo. Juntó los
dedos. —Bien.
Leo juntó sus manos detrás de la espalda. —Creo que la señorita Macey vería
con buenos ojos mi propuesta, pero Lady Renshaw ha dejado claro que no la
aprueba. Comentemos sus objeciones.
—En primer lugar, está su propia... indecisión—. Renshaw también parecía
haberse relajado, habiendo perdido esa mirada confusa. —En los años
transcurridos desde tu divorcio, has demostrado una tendencia a mostrar
interés por una dama, para luego abandonarla. No tiene buena pinta,
Dammerton. No queremos que el nombre de Susannah se añada a una lista de
damas que no fueron lo suficientemente buenas para el duque— Renshaw
frunció los labios y luego añadió: —También plantea cuestiones sobre cómo
podría tratar a una dama después del matrimonio. Si pudiera... abandonarla
entonces también.

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Leo asintió. —Dejemos claro que, en mi anterior matrimonio, mi mujer era la


única de nosotros que buscaba entretenimiento fuera del lecho matrimonial.
Renshaw parecía ligeramente sorprendido por la confesión. —Uno se
pregunta—, murmuró. —Tu difunto padre. Mi amigo, por supuesto, y un gran
hombre en muchos aspectos y sin embargo...
Y, sin embargo, un hombre con dos familias. ¿Era esa una de las formas en que
el anterior Duque de Dammerton había sido —grande—? ¿Tomar a una noble
prusiana como esposa, y mantener a una mujer francesa como amante, con
unos ocho hijos entre ambos, añadía o restaba a la pretensión de grandeza de
un hombre? Era la amante a la que había amado, con la que vivía incluso antes
de enviar a Prusia a buscar una esposa. ¿Por qué no se casó simplemente con Madame
St. Blaise, dado su afecto por ella? había querido saber León. Su padre había
parecido asombrado por la pregunta. Un duque inglés nunca podría casarse con una
católica francesa, hijo mío, había dicho el papá duque. Simplemente no se hace.
Leo no dijo nada. No iba a disculparse por su padre.
Renshaw continuó. —Supongo que las tendencias más inmorales de tu padre
se muestran en tu hermanastro. Uno escucha a menudo insinuaciones sobre el
señor St. Blaise.
Leo suspiró. —Siempre hay alguna insinuación sobre St. Blaise. El hombre
nació de una insinuación.
—Me sorprende que lo reconozcas. Sólo hay rumores de lo que hace, ya que es
muy reservado, pero los rumores no vienen de la nada. No me gustaría que
Susannah estuviera expuesta a alguien como él—. Sacudiendo la cabeza,
Renshaw siguió adelante. —Y uno se pregunta por qué su madre llevó a su
hermana menor a la corte prusiana para su debut, en lugar de presentarla en la
corte aquí como corresponde a la hija de un duque inglés. Los rumores
sugieren que uno u otro tiene algo que ocultar.
Leo se negó a ser provocado. —Hasta ahora se ha quejado de mi padre, de mi
hermanastro, de mi madre, de mi hermana y de mi antigua esposa. Cíñase a los
comentarios sobre mi propio comportamiento.
La principal objeción se mantuvo. Con toda seguridad, Renshaw la planteó a
continuación.

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—Mi mujer ya lo ha comentado con usted. ¿Cuál es su relación con esta


artista, esta Juno Bell? Me han informado de que ha hecho dos visitas al
estudio de esa mujer esta misma semana.
—Mucha gente visita los estudios de los artistas.
Una vez más, Renshaw se detuvo. —No se haga el inocente. Es difícil de creer
que sólo esté mirando sus cuadros.
—Si quieres consultar con mi secretario, él puede decirle a todos los demás
que visité esta semana pasada también. ¿Se imagina que los estoy traicionando
a todos?
—No hay necesidad de tal vulgaridad.
—¿Por qué destacar a la señorita Bell?
Los labios de Renshaw se apretaron. —No deseo hablar mal de la sobrina de
Sir Gordon Bell, pero, bueno, una artista profesional—. Sacudió la cabeza. —
Ninguna mujer respetable se expondría así. ¿Una mujer que se gana la vida
como artista y no está casada? Es una aberración, Dammerton.
— Le agradeceré que no se refiera a ninguna persona como una aberración—,
dijo Leo con frialdad. —La señorita Bell es respetable y trabajadora, sin una
pizca de inmoralidad que manche su nombre—, añadió. —Confío en que no
pretenda arruinar el sustento de una mujer por pura desidia y rencor. Le creía
mejor hombre que eso.
Renshaw pareció momentáneamente escarmentado, antes de reponerse. —
Como dijo mi esposa, sería humillante para mi nieta estar comprometida con
un hombre que está involucrado en una relación con otra mujer, especialmente
teniendo en cuenta las elecciones de su padre y su matrimonio anterior. Ser
duquesa no será un consuelo para eso.
El impulso de Leo fue volver a defender a Juno, pero precisamente por eso
estaba aquí. Y precisamente por eso tenía que desviar la atención para
proteger tanto a Juno como a la señorita Macey de las habladurías.
Él había hecho su elección. Había elegido el matrimonio con la señorita Macey
y su Fundación por encima de su amistad con Juno y su enmarañada historia.
Había elegido devolver su vida al orden. Ahora tenía que hacer que esa
elección se mantuviera.

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

Tenía que traicionar su amistad con Juno, aquí mismo, a la luz del sol bajo las
vides de glicina.
—No tengo el más mínimo interés en una relación con la señorita Bell—.
Habló claramente, deliberadamente. —La visito simplemente por deber hacia
mi amigo Hadrian Bell, que me pidió ocupar su lugar como su figura de
hermano mientras durara su destino en el extranjero. Ahora que Hadrian ha
vuelto a Inglaterra, las visitas cesarán. Le aseguro que mi relación con la
señorita Bell no tiene ninguna importancia.
Él se sintió extrañamente mejor por haber dicho esas mentiras. Más en control
de sus sentimientos, menos amenazado por ese deseo, menos atormentado por
el pasado.
—Bien—. Renshaw asintió. —La verdad es que Susannah está dispuesta a sus
atenciones. Se ve a sí misma como una gran mecenas de las artes decorativas.
La encontrarás cara—, añadió con una risa. —Visítala cuando quieras. Pero
una palabra de mala conducta por tu parte, Dammerton...
Leo inclinó la cabeza. —La trataré con respeto.
—Ya veo que lo harás. Sí. Bien—. Renshaw miró de arriba a abajo la enramada
de glicinas. La confusión arrugó su frente. —Este jardín parece todo igual—,
dijo con una risa nerviosa.
— Usted está aquí para adquirir un cuadro de Prescott, según tengo
entendido—, le recordó Leo con suavidad.
La expresión del otro hombre se aclaró. —Ah, sí, Prescott—. Asintió con la
cabeza. —Sí. Tengo una cita con él por un cuadro. Me pregunto si la señora
Prescott podría traerme una taza de té mientras espero.
—Sin duda lo hará—, dijo Leo, eligiendo no mencionar el té que Renshaw ya
había recibido. Con una mano amistosa en el hombro del hombre mayor, le
hizo girar en la dirección correcta, y luego añadió un empujón. —Vuelve a
preguntarle, o tal vez Prescott esté listo para ti ahora. Disfrutaré de este jardín
un rato más.
Leo observó a Renshaw caminando a lo largo del jardín, con su abrigo yendo y
viniendo a la luz. Luego giró y continuó su paseo en la otra dirección.
Era un jardín agradable, especialmente en un día de principios de verano, con
el ocasional grito de los pájaros y el zumbido de las abejas. La música y las

107 | P á g i n a
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voces flotaban en el aire, distantes como un sueño, y él se relajó en la sensación


de estar apartado.
Entonces, deseó a Juno: no importaba. El deseo ardía con urgencia, pero
siempre pasaba. El deseo por sí solo no significaba que estuviera condenado a
enamorarse de ella de nuevo, y a que su corazón se hiciera añicos otra vez, y a
encontrarse deprimido y suspirando y acechando en la calle frente a su
ventana de nuevo.
Esta lujuria por Juno, seguramente no era más que una resaca del pasado. Ya
no era un muchacho inocente en los primeros estertores del afecto por una
chica encantadora y bonita. Ya no era el virgen insensato que había hecho
estallar su vida tejiendo una red de fantasías a partir de un breve beso
adolescente.
¿Qué era lo que había dicho Juno, sobre si el yo más joven de uno todavía
acechaba en su interior? Eso era todo lo que era, su yo más joven, ese tonto
ingenuo y con el corazón roto, lamentándose en su mente como un fantasma
en los muros del castillo.
De hecho, Leo se sentía casi satisfecho mientras se adentraba en un pequeño
jardin, perfumado por los jazmines que crecían exuberantes sobre los muros.
Hasta que la propia Juno atravesó los arbustos y se plantó en la hierba ante él.
Su tez era pálida y rosada a la vez. Tenía los ojos muy abiertos. Su boca
temblaba.
—Leo—, dijo, con la voz temblorosa por la acusación y el dolor.
Lo primero que pensó fue en estrecharla entre sus brazos y exigirle quién la
había herido, para poder castigarla.
En el silencio llegó el sonido de los violines y las voces que cabalgaban en la
brisa.
Lo que le llevó a su segundo pensamiento: Ella había escuchado su
conversación, y esta vez la persona que la había herido era el propio Leo.
—¿Es cierto lo que te he oído decir al conde? — Preguntó Juno. —¿Que
nuestra amistad no significa nada?

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Leo no podía decir la verdad. No estaba dispuesto a mentir. La vergüenza por


su propio comportamiento se transformó en molestia por la emboscada de
ella.
Inspeccionó sus puños con frialdad. —Ya sabes lo que dicen de los fisgones.

—Sí, los fisgones oyen a sus amigos negar sus amistades. Estaba buscando a
Livia, que ha desaparecido, y pensaba en lo feliz que me hacía que estuvieras
aquí hoy, y pensaba...— Se mordió el labio. —Pero no te importa lo que estaba
pensando, ¿verdad? No, si no somos amigos.
La angustia de ella le hizo sentir el corazón. Él podría curar esta ruptura.
Podría encontrar una forma de explicarlo para que pudieran separarse como
amigos.
Era tan tentador.
Y si estaba tentado ahora, lo estaría de nuevo. Algún día estaría cansado,
inquieto, aburrido, y la buscaría, como siempre hacía. Y ella le daría la
bienvenida, como siempre.
Y él pondría en peligro la nueva y ordenada vida que intentaba construir.
Deseaba salvaguardar su felicidad; deseaba salvaguardar su futuro
matrimonio. No podía hacer ambas cosas. Había tomado su decisión. Ahora
debía imponerla.
La única medida segura era quemar el puente de lo que había entre ellos y
asegurarse de que nunca podría volver atrás.
Lo que fuera necesario.
Acarició con los dedos la dura piedra del alfiler de rubí anidado en los pliegues
de su corbata. —Tal vez olvidas que soy un duque y no estoy a tu
disposición—, dijo con frialdad. —Tengo preocupaciones más urgentes que
tus sentimientos pasajeros.
Ella parecía desconcertada. —¿Qué tontería es esa? No hace ni media hora
estábamos riendo juntos, y ahora sueltas esta tontería.
Leo no dijo nada.

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

—¿Por qué pones esta distancia entre nosotros? —, continuó ella, viendo con
demasiada claridad, con demasiada profundidad, pero no con la suficiente
claridad o profundidad. —Es como si en la última media hora algo hubiera
hecho que me despreciaras, y no puedo comprender lo que he hecho.
Le estaba haciendo daño; odiaba hacerle daño. Sin embargo, su desconcierto le
molestaba, como si no pudiera comprender que él también podía ser herido.
Qué desconsiderada era, al utilizar palabras como amistad y amor, como si ella
fuera la única que las sintiera.
Nada de eso importaría al final. Juno podría llorar ahora, pero lo olvidaría. Ella
abrazaba todos los placeres y las penas de la vida, y nunca se quedaba en la
sombra del pasado o en el resplandor del futuro. Tal era su naturaleza. Nunca
cambiaría.
En ese momento, la despreció. Surgió de la nada, la amargura y el dolor
abrasadores y crudos que le habían consumido en Viena. Encontró ese hilo de
años de dolor y anhelo, y lo hiló y tejió en un tapiz más amplio de
resentimiento. Se envolvió en él como una manta.
—No es de extrañar que desee que mi segundo matrimonio tenga éxito—,
dijo. —Mantener una relación con una mujer como usted sería una falta de
respeto hacia la dama que haga mi esposa.
—Una mujer como yo—. Su tono era plano.
—¿Necesita que me explaye?
—Oh, creo que comprendo lo que quieres decir. Asumirán que soy tu amante,
si es que no lo hacen ya. Porque, después de todo, ¿qué uso tiene un caballero
para una mujer como yo, excepto en su cama? Sin embargo, no somos amantes,
y nunca lo hemos sido, y nunca lo seremos, excepto en sus mentes pueriles y
prejuiciosas. Qué bonita broma, cuando entre nosotros no hay nada más que
un simple beso de hace diez años que no significó nada en absoluto, y que se
esfumó y se olvidó antes de que terminara el verano.
Resulta sorprendente que una herida tan antigua pueda seguir siendo tierna.
Que, en algún lugar dentro de él, esa juventud sensible acabara de gritar de
dolor.

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

— Yo me siento agradecido por su espionaje, señora—, se obligó a decir. —Ya


que me ahorra la molestia de volver a verla para explicarle la situación. Dadas
las circunstancias, no tendré la obligación de volver a visitar su estudio.

En ese momento, Juno lo detestó.

El amigo juguetón que iluminaba su estudio estaba escondido. El chico serio


que una vez había amado hasta la distracción se había convertido en esta
criatura superficial y remota hecha de seda y mentiras.
Tan distante, tan adornado y cálido como una estatua de mármol en un día de
invierno.
¿Y si ella lo pintara ahora? Allí, con el sol favoreciéndolo, enmarcado contra el
muro de jazmines que tiembla con la brisa. Hermoso Mentiroso, podría titularlo.
Ella nunca lo había pintado. Necesitaría siena y ámbar quemados, un toque de
azul de Prusia para sus ojos, y... Oh, ¿qué importaban los colores que eligiera?
Nunca lo pintaría. Ya había perdido demasiado tiempo y papel dibujando el
rostro de Leopold Halton.
Diez años atrás, él la había rechazado, dejando claro que no era lo
suficientemente valiosa como para mantenerla en su vida, y aquí estaba,
haciéndolo de nuevo. Había dejado de lado su amistad, la había aplastado bajo
el tacón de su impecable bota.
Ella odiaba esas botas. Odiaba su chaleco y su abrigo y su corbata, sus ojos y
su pelo y su cara.
Apartó la mirada, como si aquella entrevista se hubiera vuelto fastidiosa y
tediosa, como si le llamara algún asunto ducal terriblemente importante.
Había cumplido una tarea desagradable, pero uno hacía lo que tenía que hacer.
El honor y el deber y esas cosas, ¿no lo sabes?
Entonces se encontró con sus ojos e hizo una reverencia, una reverencia más
profunda de la que un duque debería hacer a una mujer como ella. Una
cortesía excesiva. Qué maravillosa condescendencia.
Una bestia insufrible.

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

Juno se negó a hacer una reverencia, pero él no la esperó. Giró sobre sus
talones y ella dijo: —Ni siquiera lo ves, ¿verdad?
Él se detuvo, con la cabeza ladeada como si hubiera escuchado una voz lejana
en el viento.
—Has traicionado nuestra amistad, una vez más.
Él se volvió. —¿Otra vez? —, repitió, sonando realmente desconcertado.
Sonando humano y como él mismo de nuevo. Ahí: un pequeño desgarro en su
fachada. Ella la desgarraría, tan despiadadamente como él la había desgarrado
a ella.
—Entiendo que debes casarte—, dijo ella. —Entiendo que debes cortar
nuestra conexión por respeto a tu futura esposa. No me gusta, me apena
terriblemente, y odio que nuestra sociedad esté hecha así, pero lo entiendo.
Entiendo que no podamos ser amigos en el futuro, pero no entiendo por qué
debes negar nuestra amistad del pasado—. Ella extendió una mano en señal de
súplica. Él la miró y apartó la mirada. Ella dejó caer la mano. —Con estas
palabras tuyas, no sólo te pierdo ahora, sino que pierdo todos los momentos
que compartimos en el pasado. No entiendo por qué tienes que hacer eso.
—Y yo no entiendo por qué persistes. Señora.
—Le mentiste a Lord Renshaw—, dijo ella, necesitando desesperadamente
que fuera verdad. —Y si no lo hiciste, mírame a los ojos y dime ahora que
nuestra amistad no significó nada para ti. Pensé...— Ella se rio, pero no fue un
sonido alegre. —Me engañé a mí misma al pensar que te proporcionaba un
refugio, donde podías relajarte y ser tú mismo. Y me imaginé que podía estar a
gusto contigo, y no esconderme... Nunca supe que me juzgabas por mis
elecciones.
Ella se detuvo en seco. Algunas cosas era mejor no decirlas en voz alta… el
hecho de que tuviera amantes, que pintara desnudos, que hiciera bromas
subidas de tono, que no se comportara. Sin embargo, ni una sola vez la había
hecho sentir indigna de su respeto.
Hasta ahora.
—Todo este tiempo, me has estado despreciando, y.…— Ella negó con la
cabeza. —No. No puedo creerlo. Eras feliz en mi estudio. Tú.

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Las lágrimas le punzaron los ojos. No lloraría. Debía volver a la fiesta de


Beatrice y actuar como la agradecida protegida de su traicionera patrona. Pero
después de eso, estaría a salvo en casa, y allí, a solas con sus gatos, liberaría su
imagen sobre el papel.
Luego quemaría todos los dibujos que tenía de Leo y bailaría sobre las cenizas.
Algo surgió en su interior, algo salvaje y feroz. Le recorrió el pecho y las
extremidades, tan poderoso y violento que la impulsó hacia él. Se agarró a las
solapas de su abrigo y se acercó. Las palabras le fallaban. Sólo podía
expresarse con su cuerpo.
Con un beso feroz y furioso.
Su boca se posó en la de él y... ¡Oh! ¡El bendito y dulce calor de sus labios bajo
los suyos! En esa calidez, en esos labios tan humanos, encontró al hombre... no
al duque, no a la obra de arte cuidadosamente elaborada. Sólo el hombre.
Saboreó su sabor e inhaló su aroma, antes de bajar y alejarse. Sus respiraciones
entrecortadas se desplegaron a su alrededor.
—Leo—, susurró ella.
Él no dijo nada. Su abrigo estaba torcido. Su postura era rígida.
Su rostro era de granito.
—Oh no.
Ella se llevó una mano a su boca descuidada y codiciosa. Los escalofríos la
recorrieron en espiral, helándole la sangre con el horror de su propio
desenfreno, de aquel acto inaudito e inaceptable.
—Perdóname—, tartamudeó. —Nunca debí... Eso fue... Oh, por favor,
perdóname.
Ella se giró para huir, con cada centímetro de su cuerpo ardiendo de
vergüenza.
Entonces una mano se cerró alrededor de su muñeca. La tiró hacia atrás, con
firmeza y suavidad.
Ella se giró, el tiempo se ralentizó, el aire se movía alrededor de ellos como
miel fundida, mientras el cuerpo de él se acercaba al suyo. La mano de él le
cogió la cara. Su mirada la abrasó. Sí. Allí estaba él. Sus ojos eran calientes,

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duros y fieros; eso era lo que ella ansiaba, ese vistazo a sus rincones oscuros y
apasionados, a su propio desenfreno y desorden. Sintió un estremecimiento de
triunfo, un rayo de deseo, una ráfaga de afecto, todo en esos latidos
desesperados y deslumbrantes hasta que sus labios reclamaron los suyos.
Su beso era salvaje y crudo, y tan furioso como el de ella. Él le ofrecía una parte
de sí mismo; ella aprovecharía todo lo que pudiera. Saborear al hombre que se
escondía tras esas palabras ingeniosas, sentir al hombre que había bajo esas
bonitas ropas. Qué sensaciones tan deliciosas, y no deberían serlo tanto,
porque se trataba de Leo. ¡Oh, qué locura, estaba besando a Leo!
Y ni un ejército de ángeles la haría parar.
Le rodeó el cuello con una mano, lo acercó, sus pechos se aplastaron contra su
pecho, sus muslos se encontraron, sus lenguas se batieron en duelo. Si éste era
el único sabor que tendría de él, entonces lo tomaría todo y se entregaría a sí
misma, toda su rabia y su pérdida y su anhelo de... algo, algo que no podía
nombrar.
De alguna manera, la furia pasó. Se detuvieron, entrelazados como una
estatua, si es que una estatua puede estar hecha de lava salvaje. La mano de
ella se posó en la fuerte columna del cuello de él; los dedos de él se apretaron
en la cintura de ella. Con los ojos cerrados, ella apoyó su frente en la
mandíbula de él. Respiraciones agitadas pasaron entre ellos. Dos seres de lava
que se sostenían mutuamente mientras el mundo se estremecía a su alrededor.
Entonces ella se movió, o él lo hizo. Las manos de ella se deslizaron por el
pecho de él; la palma de él acarició su mejilla. Sus ojos no se atrevieron a
encontrarse, pero sus bocas volvieron a acercarse.
Si el primer beso había sido una ventisca de granizo y fuego, este beso era el
refugio de la tormenta. Este beso era una habitación cálida, y dos cuerpos
desnudos sobre una suave alfombra ante la chimenea.
Su tierna verdad la abrasaba, la calmaba. Su boca exploró suavemente la de
ella, mientras sus dedos dibujaban lánguidos círculos en su cintura. Ella se
apretó más contra él y el brazo de él la rodeó, su mano se curvó alrededor de
sus nalgas para sujetarla más fuerte, como si necesitara consumirla toda de
una vez.
Luego la abandonó, en una serie de pequeñas pérdidas, primero su boca, luego
su brazo, luego su cuerpo. Cuando ella abrió los ojos, él estaba de espaldas,

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con la cabeza inclinada, una mano plantada en la pared, aplastando las


delicadas flores de jazmín y enviando su perfume al aire.
Juno se estremeció con un anhelo agridulce, un anhelo que recorría su cuerpo
con cada golpe salvaje de su corazón.
¿Era eso deseo? No tenía otra palabra, pero era más poderoso que cualquier
deseo que hubiera conocido antes. Esta sensación era para el deseo lo que una
pintura al óleo era para un dibujo animado.
Poco a poco, se fue calmando, como todo. Leo seguía pegado a la pared,
ocultando su rostro.
¿Quién eres? quiso preguntar.
Entonces: ¿Quién soy yo?
Y después: Si eso fue un beso, nunca me han besado antes.
Finalmente, él se apartó de la pared. Se enderezó. Realizó una serie de
movimientos, rígido como un autómata, arreglando su abrigo, alisando su
corbata, rastrillando su cabello. Cuando se enfrentó a ella, estaba de nuevo
impecablemente arreglado.
Mientras que ella se sentía hecha pedazos como un mosaico.
Él parecía intocable. Pero lo he tocado, pensó ella con fiereza. No sólo su cuerpo o sus
sentidos. Ese beso... lo toqué.
Ella se sintió casi ebria por ello. Una risita que sonaba a chispa se le escapó de
la garganta.
Oh, qué tontos eran. ¡Era Leo! Eran amigos. Podían reírse de esto, y luego salir
corriendo a algún lugar secreto para explorar lo que venía después. Meterse en
la cama juntos, disfrutar de unos días antes de separarse.
Si eran amigos.
—Los amigos no se besan así—, dijo ella.
Leo no dijo nada.
La ira la azotó de nuevo. —Pero hemos establecido que no somos amigos.
Dígame, Su Gracia, usted que sabe tanto, ¿qué somos?
Leo no dijo nada.

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—Nada—, dijo ella, traduciendo su silencio para responder a la pregunta de


ambos. —Diez años, y sin embargo no queda nada.
Ella se dio la vuelta y se alejó a trompicones.
Mientras se dirigía a los arbustos, se concentró en las hojas, en trazar sus
formas con el ojo de su mente. Cualquier cosa para no llorar. Cualquier cosa
para no dar rienda suelta a sus sentimientos.
Cualquier cosa para no mirar atrás.

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CAPÍTULO 12

Beatrice insistió en llevar a Juno a su casa después de la fiesta en el jardín, lo


que significó que tuvo que aguantar durante lo que parecieron años, poniendo
una sonrisa, entablando una conversación trillada con los invitados,
rechazando las preguntas preocupadas de sus primos y su tía (—Sólo estoy
cansada—, les aseguró Juno. —¡Ha sido un gran día!).
Y, por supuesto, sufriendo el entusiasmo inconsciente de Beatrice.
—¡Tengo las noticias más emocionantes para ti, Juno querida! — Dijo
Beatrice. —Te lo contaré cuando lleguemos a tu casa. Te espera la más
maravillosa sorpresa.
Juno no estaba segura de poder tolerar más sorpresas hoy.
Pero en su casa, estaba demasiado agotada para resistirse cuando una radiante
Beatrice la arrastró a su salón y señaló la pared.
En un lugar vacío, justo donde había colgado el cuadro de Pandora de Juno.
Su estómago se desplomó por el suelo. Se quedó mirando el espacio con
horror. —Beatrice, ¿qué has hecho?
—¡Prescott ha vendido tu cuadro de Pandora! Y además por un precio
magnífico—. Cogió los hombros de Juno en un breve abrazo. —Insistí en que
actuara con rapidez porque estoy muy avergonzada de cómo te tratamos por
tus honorarios, y ahí estaba Lord Renshaw, feliz de aceptar cualquier obra de
arte que Prescott recomendara.
—Lord Renshaw.
Juno ahogó su risa. Si empezaba a reírse ahora, tal vez nunca dejaría de
hacerlo. El hombre que la había insultado hoy era el dueño de su cuadro y su
marco.
Lo que significaba que también era dueño de su alijo secreto de dibujos de Leo.
Oh, Dios mío, se iba a poner enferma.

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—Lord Renshaw nunca compraría arte hecho por mí.


—Pero por supuesto que lo hizo. Prescott lo recomendó, y todo el mundo
escucha a Prescott cuando se trata de arte. Enviamos a su secretario con una
nota para que la Sra. Kegworth lo recogiera. Renshaw está feliz de adquirir un
nuevo cuadro, usted está feliz de obtener un buen precio de un conde, nada
menos, y yo estoy feliz que me perdonen. ¿No es esto maravilloso? Mírate, te
has quedado sin palabras.
Juno obligó a su cerebro a trabajar. —Era el marco equivocado. Debemos
recuperar ese marco—. Agarró los hombros de Beatrice con urgencia. —Dígale
a Lord Renshaw que ha habido un error, retire el cuadro y la semana que
viene, cuando el nuevo marco esté listo...
—¿Qué estás insinuando? — Beatrice se soltó de un tirón, con una expresión
de horror. —¿Que me avergüence delante de un conde?
—Tendrá secretarios o mayordomos para manejar esos asuntos. Si usted o el
señor Prescott se limitan a explicar...
— Yo esperaba que estuvieras agradecida, Juno. Prescott te apoyó. ¡Prescott!
Todos los artistas de Londres claman por su atención, ¡y él apostó su
reputación por ti! ¿Y quieres que le digamos a un conde que ha habido un
error? Preferiría morir.
Juno buscó una excusa. —Ese marco es viejo. El nuevo marco que pedí es
mucho más adecuado para ese cuadro, y como Renshaw ha pagado también el
marco, se merece...
—Prescott aprobó ese marco. Tal vez el que ha encargado sea mejor, pero no
es necesario que sea siempre perfecto—. La expresión de Beatrice se suavizó.
— Cálmate. Ya conoces a estos hombres. Les gusta más la idea del arte que el
arte mismo. Muestran un cuadro a sus invitados a cenar una vez y luego se
olvidan de él.
—Yo…
—Ni una palabra más. Volveremos a hablar mañana, cuando estés más
tranquila, y verás que has armado un gran lío por nada.
Cansada, Juno se rindió. Discutir sólo empeoraba las cosas y, además, ya había
tenido suficiente con Beatrice por un día.

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De nuevo sola, se paseó, lanzando miradas a la pared como si el cuadro


pudiera reaparecer milagrosamente.
Incluso ahora, alguien de la casa de Renshaw podría estar inspeccionando el
marco. Si tenía mucha suerte, sólo se darían cuenta de que no era nuevo y
pedirían a Prescott que lo cambiara por otro. Si tenía muy mala suerte, se
darían cuenta del mecanismo astutamente oculto por el que el marco se abría
para revelar los papeles del interior. Y si tenía muy, muy mala suerte, esos
papeles se darían a conocer...
Papeles llenos de dibujos del Duque de Dammerton, cada uno firmado con su
nombre. Le seguiría la humillación, posiblemente la ruina. Leo se enteraría,
por supuesto, y pensaría...
Pensaría que ella estaba enamorada de él.
¡Ja! Lo más probable es que el vanidoso y arrogante duque ya creyera que ella
estaba enamorada de él. Eso explicaría su falta de amabilidad de antes, al
apartarla como si temiera que ella se emocionara y… ¡oh, el horror!... hiciera las
cosas incómodas.
Pues bien, ella se había emocionado y había hecho que las cosas fueran
incómodas, y le estaba bien empleado.
Con un resoplido, entró en el estudio. —Mentirosa—, murmuró ante el
armario de atrezo, repleto de regalos de Leo, y luego se sentó disgustada en el
asiento de la ventana. Un simple regalo, una o dos horas a la semana: ¿Qué
significaban esas cosas para un duque rico y ocupado? Cuánto había apreciado
sus visitas, mientras él sólo le daba migajas.
Cerró las cortinas, se quitó las zapatillas, se levantó los pies y se abrazó a las
rodillas.
¿Estaría él pensando en ella ahora? ¿Estaría reviviendo su beso, anhelando más,
perdido en una confusión de emociones? ¿O simplemente se limitó a ignorar
todo el episodio? Tal vez había ido a casa a hacer un pedido de flores para la
señorita Macey. Tal vez estaba visitando a su futura esposa incluso ahora.
Cerrando los ojos, ella revivió el beso. Volvió a revivir aquellos momentos en
los que él liberaba una parte profunda y salvaje de sí mismo que desembocaba
en las partes profundas y salvajes de ella.

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Ahora ardía de ganas de más. Sus pechos estaban tiernos. Su vientre estaba
tenso. El deseo palpitaba entre sus muslos. Se frotó los pies, en un intento
inútil de aliviar esa presión en su entrepierna.
Este es Leo, se reprendió a sí misma, tratando de ser sensata. O, mejor dicho, el
duque de Dammerton, que la había insultado, negado su amistad,
menospreciado. Sin embargo, también la había besado, con una pasión y una
ternura abrasadoras, y qué fácil era imaginar su mano alrededor de su pecho,
su boca cerrándose sobre sus anhelantes pezones.
Sus ojos encontrándose con los de ella mientras la honraba, la complacía y no
la rechazaba nunca más.
Era su mano delgada y hábil la que se deslizaba por su pierna, no la de ella. Sus
dedos trazaban diseños en la suave piel del interior de su muslo, mientras sus
ojos atrapaban los de ella, esos ojos azules tan llenos de promesas como la
mañana, mientras sus dedos se deslizaban sobre...
¡Bang! Una puerta se cerró de golpe. Los ojos de Juno se abrieron de golpe. Se
quedó paralizada, escuchando: voces, risas, pasos que subían en estampida por
las escaleras.
Con un alarido, se cayó del asiento de la ventana, se puso en pie, se sacudió las
faldas y se precipitó a su salón, justo cuando un grupo de sus amigos artistas
se precipitó en él desde la otra puerta.
Llevaban brandy barato, chistes malos y promesas de una noche entretenida.
—¡Un nuevo salón literario! —, gritó uno. —¡Baile! —, gritó otro. — ¡Todos
juntos! — gritó Juno, casi llorando de frustración y alivio y desesperación por
ser rescatada de sus propios pensamientos confusos.

***

El peso de Juno le presionaba, su cuerpo desnudo le calentaba hasta los


huesos. Sus pechos suaves y regordetes, sus nalgas redondas y exuberantes, su
boca en la de él, su mano agarrando su miembro, sus ojos, riendo, azules como
un nomeolvides, una mariposa, un jarrón de Wedgwood. ¡Sí, sí! Su boca tan
caliente, su mano tan frenética, su pelo haciéndole cosquillas, asfixiándolo,
ahogándolo...

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Los ojos de Leo se abrieron de golpe. Se incorporó, jadeando, escupiendo las


sábanas que le cubrían la boca, aspirando el aire y la dolorosa realidad. No
había ninguna Juno desnuda encima de él, ni bocas, ni pechos, ni nalgas, y la
única mano sobre su tormentosa verga era la suya.
Como un lobo herido, Leo aulló en su oscuro y solitario dormitorio. Apretando
su cara con la mano que le sobraba, como si quisiera aplastar sus propios
huesos, se culminó a sí mismo en un arrebato de desesperación.
Luego se desplomó de nuevo sobre las almohadas, revolviéndose en su propio
sudor y semilla.
El infierno.
Un beso en una fiesta de jardín, y estaba tan delirante como un hombre con
fiebre, metiéndose a tientas bajo las sábanas, como cuando tenía diecinueve
años.
Pero ese beso...
Él sabía por qué ella le había besado: Estaba enfadada y dolida, y uno puede
hacer cualquier cosa en ese estado, especialmente alguien tan expresivo
físicamente como Juno.
¿Cuál era su excusa? Un toque de sus labios, y él se olvidó de todo menos de
las llamas del deseo que rugían como un horno bajo el fuelle. Podría haberla
tomado contra aquella pared cubierta de jazmines, donde el aroma de las
flores se mezclaba con el de sus cuerpos. Podría haber enterrado su cara en el
cuello de ella y haberle mordido la piel y haberle tirado del corpiño. Podría
haber caído de rodillas y haberle subido las faldas y haberla saboreado y
provocado hasta que ella...
¡Aargh! Lanzó una almohada al otro lado de la habitación.
La lujuria frustrada, perturbando su mente.
Otra vez.
No. El deseo no volvería a perturbar su vida.
El hombre salió de la cama de un salto y se echó toda la jarra de agua fría en la
cabeza. Una vez vestido, bajó al río para remar durante una hora, y luego
desayuno en su club, refugiándose en la compañía de otros hombres.

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

Hadrian estaba desayunando, conversando animadamente con un colega.


Intercambiaron saludos: Hadrian se iba de Londres ese día, dijo, para —
investigar algo— en la costa, y Leo sintió un alivio culpable, dado que Hadrian
veía a Juno como una hermana.
Pero, en definitiva, era un plan de lo más satisfactorio, decidió, mientras
iniciaba el camino de vuelta a casa. Con suficiente agua fría, ejercicio vigoroso
y una sólida conversación, el fastidioso asunto de Juno Bell pronto quedaría
exorcizado de su mente y su cortejo podría comenzar.
Sin embargo, su satisfacción no duro mucho tiempo, ya que mientras
caminaba por St. James, alguien grito: —¡Su Gracia! Si es tan amable—, y
entonces se acerco a su lado Thomas Macey, el idiota cuya mayor …y
única…contribución al mundo era la de hacer que Leo perdiera los estribos.
—¿Se dirige a casa, señor? — preguntó Macey con valentía. —¿Puedo
acompañarle?
—Has estado pensando en nuevas formas de irritarme, ¿verdad, Macey? Dijo
Leo. —Esperemos que tengas algo más divertido que tu estúpido juego de
provocar al duque.
—Por favor, acepta mis disculpas por esa horrenda impertinencia—. Macey
caminaba de lado, con las manos unidas en aparente arrepentimiento.
—¿Y qué hay de la impertinencia de arruinar mi agradable paseo? — dijo Leo.
—No pretendo ser impertinente, Su Gracia. Sólo deseo suplicar su ayuda.
Usted es el único que conoce mi...— Bajó la voz. —Mi difícil situación.
Bien. Esa era una manera de que un caballero se refiriera a su esposa secreta.
—Mi padre regresa a Inglaterra—. Macey se secó el sudor que se le acumulaba
en el labio superior. —Mi abuelo, Lord Renshaw, está... A veces se confunde y
su memoria no es lo que era.
—Me he dado cuenta.
—Mi padre ha sido llamado desde Constantinopla para asumir las funciones
de mi abuelo como conde y él...— Tragó saliva audiblemente. — ¿Conoce a mi
padre?
—Por su reputación. Según recuerdo, su pasatiempo favorito era encontrar
nuevas razones para hacer colgar o azotar a los pobres.

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

Macey asintió con tanto ímpetu que se le cayó el sombrero y tuvo que
perseguirlo varios pasos por la calle.
—Me preocupa lo que pueda decir. Hacer. A ella—. Hizo girar el sombrero en
sus manos con una velocidad vertiginosa. —La arruinará. Por favor,
Dammerton, ¿qué debo hacer? Usted es un duque. Mi abuela dice que desea
casarse con mi hermana, lo que significa que será mi hermano por matrimonio.
Tal vez podrías...
—¿Podría qué?
—¿Protegernos de alguna manera? A mi esposa y a mí.
—¿Cómo?
—No lo sé. Sois un duque—, repitió en un lamento.
Leo se detuvo y giró su bastón en la mano. A Macey le tembló la boca,
mientras seguía castigando su inmerecido sombrero.
—Tienes veintiún años, ¿no es así, Macey?
— Recién, señor.
—Entonces ya no eres un niño. Como adultos, podemos hacer lo que
queramos, pero debemos afrontar las consecuencias de hacer lo que queramos.
Cuando nuestros errores provocan un desorden, lo limpiamos. Si eres lo
suficientemente mayor para casarte en contra de los deseos de tu padre,
entonces eres lo suficientemente mayor para enfrentarte a tu padre.
—Sí, pero...
—Buen día, Sr. Macey.
Sin embargo, apenas cuatro zancadas después, el joven estaba de nuevo
andando a su lado. De nuevo Leo se detuvo, apoyó ambas manos en su bastón
y suspiró.
Macey soltó una risa nerviosa. —Sinceramente, Su Gracia, yo también estaba
caminando a casa, y nuestros caminos son los mismos...
Leo no dijo nada.
—Pero voy a, er, detenerme aquí un momento, ¿de acuerdo? ¿Y tal vez, elegir
una ruta diferente?

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

—Buen chico.
Leo siguió caminando, misericordiosamente libre de colgados. Es injusto
juzgar al chico con tanta dureza, teniendo en cuenta sus propios errores a esa
edad. Todavía cargaba con esos errores. De ahí su vergonzosa reacción
exagerada con Juno el día anterior.
Había sido poco amable con ella, innecesariamente, impulsado por su miedo
juvenil y pánico a que desearla significara perder la cabeza por ella de nuevo.
Una disculpa era necesaria. Seguramente no haría ningún daño. Una visita de
cinco minutos para disculparse y luego...
Oh, qué bien se había sentido ella en sus brazos, qué perfecto sabor tenía su
boca bajo la suya y el calor de su piel bajo su mano...
Golpeó un poste de la puerta con su bastón, como si estuviera aporreando el
recuerdo. Esa era precisamente la clase de tentación que había tratado de
evitar al insultarla y ponerla en su contra.
Recurrir a ella sería un error, se recordó a sí mismo, mientras sus piernas lo
llevaban a la plaza donde estaba su casa, y no cometería más errores porque no
volvería a ver a Juno.
Sólo para verla bajar las escaleras desde la puerta de Lord Renshaw.
Leo se detuvo en seco.
No era posible.
Era imposible que la figura femenina con pelisse de color ciruela y gorro de
paja fuera Juno. Debía ser otra mujer, que casualmente tenía una figura y unos
gestos de las manos similares, y una forma de moverse parecida. Y una
acompañante muy parecida a la inquilina, ama de llaves y a veces
acompañante de Juno, la señora Kegworth.
Puntos santos. Primero el sueño, luego esto. Juno no podía tener ninguna
razón terrenal para poner un pie en esta parte de la ciudad, y mucho menos
para visitar a Lord Renshaw, de todas las personas.
Hasta que la mujer se volvió hacia él. Ella también se detuvo en seco. La
conmoción le recorrió, impulsada por el asombro, el pánico, la rabia y el
placer.

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—Juno—, jadeó. Ella le sonreía, cálida y acogedora, y él se la echaba al hombro


y la llevaba a su alcoba, y allí reían y charlaban y hacían el amor hasta que el
resto del mundo desaparecía.
Él la quería. Deseaba a Juno Bell como no deseaba otra cosa, y mil baños fríos y
ejercicios duros y desayunos aburridos nunca harían que ese deseo cesara.

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CAPÍTULO 13

Juno había llegado a la casa de Lord Renshaw con renovado optimismo.


En algún momento de las diversiones de la noche anterior, entre los juegos de
salón y los bailes populares, se había formado un plan sencillo: Pediría
permiso para evaluar si su cuadro de Pandora estaba listo para ser barnizado,
y esperaba lidiar con una aburrida criada que no sabía ni le importaba que el
cuadro no necesitaría ser barnizado durante meses.
Con buen ánimo, había reunido a la señora Kegworth y se había subido a un
hackney para el viaje a través de Londres, con la suerte de conseguir un
conductor que sabía en qué gran y elegante plaza vivía lord Renshaw.
Sólo para que su plan se derrumbara con un simple toque del secretario del
conde.
—Si alguien estuviera aquí para responder por usted, señorita Bell, podría ser
un asunto diferente—, repitió el hombre de Renshaw, no sin maldad. —, Pero
no puedo permitir que un par de mujeres extrañas entren en la casa de su
señoría para inspeccionar una valiosa pieza de arte sin una prueba de que
usted es, efectivamente, quien dice ser. Si el señor o la señora Prescott las
hubieran acompañado, o incluso Sir Gordon o Lady Bell...
Fastidio y rabia. El hombre estaba siendo cortés, y para nada irrazonable. De
mala gana, Juno admitió la derrota. Estaba a punto de despedirse cuando
entró un hombre mayor y dijo, en tono afable: —, Ahí estás, Eccles. ¿Quién es
nuestro invitado?
El estómago de Juno se hundió. Era el propio conde.
— Esta mujer dice que usted le compró ayer su cuadro al señor Prescott—,
dijo el hombre llamado Eccles.
— Ah, sí. Pandora atrapando la esperanza—. Lord Renshaw sonrió
agradablemente a Juno. —, Una obra excelente, excelente. Recomendada por
el propio Prescott, ya sabe. Y por un artista inglés. ¿Conoce al artista,
jovencita?

126 | P á g i n a
Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

— Yo soy la artista, mi señor.


El Sr. Eccles dijo: — Esta es la Srta. Juno Bell. Es sobrina de Sir Gordon Bell.
El conde la estudió inexpresivamente, y luego repitió: — ¿La señorita Juno
Bell? —, y su afabilidad se desvaneció tan rápidamente como su optimismo. —
Así que Dammerton estaba mintiendo. Lo sabía.
— Este asunto no tiene que ver con Su Gracia—, se apresuró a decir Juno. —
Usted compró uno de mis cuadros...
— Qué putrefacción—. Renshaw hizo un sonido burlón. —, ¡La idea de que yo
pueda comprar algo de la prostituta de Dammerton!
— Le pido una disculpa, mi señor—, dijo Juno, muy agudamente.
— Está buscando una solución, ¿verdad? Déjeme adivinar: Dammerton
terminó su relación contigo, como le pedí, y en lugar de aceptar amablemente
su decisión y los regalos de despedida, viniste a crearle problemas a mi
Susannah.
Juno se puso tan recta y alta como pudo. — Mi señor, no tengo ningún interés
en su familia. Soy una artista respetable, y no voy a...
— ¡Respetable! Si fueras respetable, tendrías un marido aquí para responder
por ti.
— Qué pena que haya olvidado casarme antes de llamar.
El Sr. Eccles se aclaró la garganta. —, Milord, el tío de esta dama es Sir Gordon
Bell, así que tal vez...
— Tal vez él debería avergonzarse de reconocerla—. Agitó un dedo hacia ella,
con los puños de encaje temblando. — Hablaré con Dammerton sobre esto.
— Por favor—, dijo Juno —, Esto no tiene nada que ver con él. No quiero
ningún problema, yo...
— El problema es exactamente lo que quieres. Lo sé todo sobre las mujeres
como tú. En mis tiempos... Oh...ho, oh sí, en efecto.
— Mi señor, usted no sabe nada de mí.
— Suficiente. Eccles, cierra la puerta.
El Sr. Eccles le dirigió una mirada apenada e hizo lo que se le dijo.

127 | P á g i n a
Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

Durante cinco aturdidos segundos, Juno se quedó mirando la madera pintada


y la argolla de latón, antes de volverse para bajar desordenadamente los
escalones hacia la calle.
La señora Kegworth parecía preocupada. — ¿No ha ido como esperabas,
entonces?
Una risa rota escapó de la garganta de Juno. — No podría haber conseguido
un resultado peor si hubiera delegado la planificación de esto a mis gatos.
Ahora Leo se enteraría de esto, es decir, de la versión del conde de Renshaw.
En un solo movimiento, ella había puesto en peligro tanto su propia
reputación como su noviazgo.
Quedaba una opción: buscar la ayuda de su tía y rogarle que no hiciera
preguntas sobre por qué, exactamente, tenía una veintena de dibujos de Leo
escondidos en el marco de un cuadro.
— Lo siguiente que debemos hacer es llamar a mi tía—, le dijo a la señora
Kegworth, y miró a izquierda y derecha para orientarse.
Sólo para desorientarse inmediatamente cuando su mirada se posó en el
propio Leo, de pie como una estatua, con el bastón agarrado en una mano.
Oh, Dios mío, ¿podría ser peor este día?
Por un momento se le ocurrió la idea de correr hacia el jardín en medio de la
plaza y esconderse entre los arbustos hasta que él se fuera. Pero tenía los pies
de piedra, y la señora Kegworth dijo alegremente: — Vaya, es Su Gracia—, y
entonces Leo se dirigió hacia ella a grandes zancadas, congelándola como un
conejo ante un león.
El calor la invadió, lo cual era inmensamente molesto, porque ella no era ni
una viuda retraída ni una virgen sonrojada, y él no era más que una bestia
insufrible, vanidosa y arrogante que había negado su amistad y la había
tratado como una plaga en su día.
Y la besó tan a fondo que todavía lo sentía chisporrotear por sus venas.
Él se detuvo bruscamente. Sus faldones se agitaron por el impulso. Permaneció
a una distancia cortés, pero no había nada de cortés en su mirada acalorada
que recorría su rostro y abrasaba sus labios secos, ni en su tono áspero al decir:
— ¿Qué diablos haces en esta calle?

128 | P á g i n a
Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

— Por el amor de Dios—, murmuró Juno.


Ella giró y se apresuró a alejarse, lejos de Renshaw y Dammerton y de todos
los demás compañeros pestilentes que infestaban este lugar.
Leo la siguió con facilidad, aunque la pobre señora Kegworth no tardó en
quedarse atrás.
— ¿Juno? Explícate.
— No es asunto tuyo—. Ella fijó su mirada en la calle frente a ella. — Tenía
negocios con Lord Renshaw.
— ¿Qué asuntos podrías tener con Renshaw? Si esto está relacionado con lo
que escuchaste ayer...— Él se detuvo en seco. —, Maldita sea, ¿no has venido a
ver a la señorita Macey?
Juno levantó las manos y se giró hacia él. — Estoy harta de todos ustedes.
Como si algo menos que una emergencia me indujera a poner un pie en esta
horrible parte de la ciudad.
Con las cejas alzadas, dejó que su mirada recorriera las grandes y pulidas casas
que flanqueaban la plaza, con sus puertas sentenciosas, sus ventanas
santurronas y sus jardineras condescendientes.
— ¿Horrible? —, repitió secamente.
— Espantoso—, confirmó Juno con un resoplido altivo. — Yo podría
contagiarme de un desagradable caso de arrogancia presuntuosa. Parece que
hay mucho de eso por aquí.
Oh, pero su fría compostura era irritante. ¡Cómo quería ella que se
descompusiera!
Había un millón de otras cosas que quería también: explorar los contornos de
su cuerpo, desgarrar su corazón y descubrir qué le hacía temblar y qué le hacía
aullar, resolver el enigma de por qué la trataba como lo hacía.
Ella giró sobre sí misma y siguió adelante.
— ¿Adónde vas? —, preguntó él, una vez más a su lado.
— Lo más lejos posible de aquí—, Ella se giró para ver a la Sra. Kegworth, que
iba detrás de ellos, mirando fijamente las casas. — Por su propio bien. No
querrás que Renshaw te pille hablando con tu prostituta, como él me llama.

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

— ¿Él te ha insultado así?


Su tono agudo la hizo resoplar. — ¿Qué vas a hacer? ¿Llamarle la atención? Los
señores como tú no se baten en duelo por mujeres como yo.
— Eso no es justo. Yo no me bato en duelo con nadie.
Él agarró su antebrazo. Los fuegos artificiales crepitaron con la presión de su
toque. El tiempo se detuvo mientras ambos miraban el punto de contacto.
Lentamente, con cuidado, él retiró la mano desnuda y curvó los dedos sobre la
cabeza de su bastón. Un dedo delgado recorrió las intrincadas rosetas talladas
en la cabeza del bastón, igual que los dedos de él habían trazado formas en el
cuerpo de ella el día anterior.
Ella apartó la mirada de su mano, sólo para encontrarse con sus ojos, y eso fue
aún peor.
— Cuidado, Leo. No querrás dañar tu cortejo. La señorita Macey te recibirá
con gusto.
— Nadie de la casa de Renshaw puede vernos ahora. Explica por qué estás
aquí.
Ella sacudió la cabeza. — Explica tú por qué estás aquí. Cortejando a la Srta.
Macey, supongo. Espero que no haya olvidado traer flores. ¿O tienes un dulce
soneto metido en el bolsillo?
— Estaba caminando a casa—, dijo suavemente. — Mi casa está...—, Torció el
gesto y señaló el majestuoso edificio que dominaba el otro lado de la plaza. —
Allí mismo.
— Oh. — Con un gemido, Juno se cubrió la cara con una mano. —, Dejaré de
hablar ahora antes de avergonzarme más.
— O empieza a hablar antes de que alguno de los dos saque más conclusiones.
Él deslizó sus dedos alrededor de la mano de ella con tanta suavidad como si
fuera un gatito recién nacido y la bajó de su cara. La sostuvo durante un latido
de más, y luego la soltó una vez más. —, ¿Por qué has visitado a Lord
Renshaw?
Ella apoyó la mano contra su estómago y se obligó a mostrar calma y aplomo.

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

— Si tienes que saberlo—, dijo ella, en el tono más digno, —, Lord Renshaw
ha entrado en posesión de ciertos papeles míos que me avergonzarían si se
hicieran públicos. He querido recuperarlos.
Un ceño fruncido se formó lentamente y se profundizó en su rostro. —, ¿Debo
creer que el conde de Renshaw te está chantajeando?
Su digna fachada se desmoronó. —, ¿Chantaje? ¿Por qué demonios piensas...?
Oh, sí, suena así, ¿no? En su defensa, él no sabe que tiene estos papeles.
— No es a él a quien tienes que defender ahora. Perdona mi arrogante
presunción, pero no tienes ninguna conexión con él, salvo una muy tenue a
través de mí. Yo sabría de cualquier conexión, ya que sabemos mucho el uno
del otro.
— Sin embargo, no lo sabemos, ¿verdad? —, dijo ella en voz baja. —, Hasta
hace dos minutos, yo ni siquiera sabía dónde vives.
Repentinamente, le dolió mirarlo. Ella no pertenecía a este lugar, a esta plaza
señorial. — La sobrina de Sir Gordon Bell—, la calificaron, de esa manera
insoportablemente educada, definiéndola por lo que decidieron no decir.
Una vez más, Leo era una obra de arte intocable …Extraño arrogante, la
titularía…, mientras que sus mejillas se sentían sonrojadas, y su mejor vestido
de paseo se sentía demasiado ajustado, y no paraba de hablar demasiado y con
demasiada libertad. En general, no le importaban sus propios defectos: La vida
le deparaba demasiados placeres como para preocuparse por esas cosas. Pero
ahora sus defectos la hacían sentir torpe y sencilla. Era cosa de Leo. Él tenía el
poder de hacerla sentir feliz y en paz, pero también tenía el poder de hacerla
sentir como si fuera tierra bajo su bota.
— No es de su incumbencia, Su Gracia—, dijo ella fríamente. — Lo acordamos
ayer. Le deseo un buen día.
Y se marchó. Esta vez, él no fue a su lado.
Sigue caminando, se dijo a sí misma. Un paso, luego otro, entonces-
— Juno, espera.
Ella se giró. — ¿Sí?
Él estaba pasando el bastón de una mano a la otra. La luz del sol brillaba en su
anillo de sello ducal como un aviso de faro.

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

— Está claro que está usted en apuros. Tal vez pueda ofrecerle ayuda en su
situación—. Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios. —, Soy un duque,
recuerda. No somos completamente inútiles. Al menos, podría ofrecerle a
usted y a la señora Kegworth una taza de té y un carruaje a casa.
Unas lágrimas amenazaron. Ella las ahuyentó con un resoplido de risa poco
convincente. — Usted es la última persona cuya ayuda buscaría con eso.
Él se puso rígido. La pequeña sonrisa desapareció. — Ya veo.
— Quiero decir... No es eso lo que quiero decir.
Una taza de té. En su casa. Explicando su problema … una versión editada, por
supuesto. Recibiendo su ayuda.
Como si fueran amigos.
Sin embargo, su amistad se había deshecho como un tapiz apolillado, hasta
que apenas era un montón de hilos deshilachados, y ella seguía sin entender
cómo se había deshecho tan rápido.
Era tan tentador permanecer cerca de él un tiempo más. Era como un tazón de
trufas de chocolate, cuando ella decía: — Tomaré sólo una más, y luego dejaré
de hacerlo. Sólo una más.
— Tienes que disculparte—, dijo ella, para su propia sorpresa. —, Por cómo
me hablaste ayer.
— Ya veo—. Su mirada se dirigió brevemente a sus labios. —, ¿Hay algo más
de ayer por lo que deba disculparme?
— No—, dijo ella con un chillido. Tragó y añadió: — Todo lo demás fue
perfectamente... tolerable.
— ¿Tolerable? — Un destello pícaro iluminó sus ojos, como si ella hubiera
lanzado un desafío. — Es muy gratificante saber que fue tolerable.
Él se acercó más. La respiración de ella se detuvo. Su mirada se dirigió a su
boca. Sus labios se separaron.
Luego el momento pasó. Él resopló y se enderezó.
— Me disculpo por la forma en que te hablé ayer—, dijo. — Fue poco amable
e innecesario, y lamento enormemente haberte ofendido.

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— ¿Por qué lo hiciste? —, susurró ella.


— Me entró el pánico.
— ¿Te entró el pánico? Vi a tu hermano lanzarte una espada y no te asustaste.
— Las espadas son fáciles. Uno simplemente evita las partes puntiagudas. En
las conversaciones, las partes puntiagudas no siempre son claras.
Su sinceridad se había vuelto a convertir en una tontería. Lo estaba perdiendo
de nuevo.
— Sigo sin entender lo que está pasando—, dijo ella.
Él no dijo nada. Sí: ella le había perdido de nuevo.
— Pero ya está hecho, ¿no? —, añadió ella suavemente. — Ya no podemos ser
amigos, ¿verdad?
— No. No podemos.
Él no se movió. Sentía que le faltaba algo, como escuchar una conversación
entre eruditos, y entender las palabras, pero perderse el significado.
— Mi invitación sigue en pie—, dijo él en voz baja. — Sigues siendo la prima
de mi amigo. No puedo compensar la forma en que te traté ayer, pero
permíteme que te ayude en este apuro hoy. ¿Qué deseas hacer?
— No lo sé—. Ella no era buena para disimular. Volvió a decir la verdad. —
Todavía estoy enfadada contigo después de lo de ayer, y confundida porque
nos besamos. Sin embargo, me alegro de verte y me entristece saber que
debemos separarnos, y... Ni por un minuto imaginé que podría verte hoy, o
alguna vez más, y ahora no sé qué siento ni qué hacer conmigo misma.
Ella miró al otro lado de la plaza. Podría ser encantador ver por fin el interior
de su casa. Pero también podría ser un terrible error.
Oh, era tan tentador. Una hora más. Luego se despediría y dejaría de verlo.
Sólo una hora más y luego dejaría de hacerlo.
Sin embargo, dijo: — Me pareció que, después de lo de ayer, lo mejor para
todos sería que no volviéramos a hablar.
Su expresión no cambió. —Desde luego.
— Y tenías razón: deberíamos cortar completamente nuestra conexión.

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— Eso sería lo mejor.


El silencio se hizo presente. Ninguno de los dos se movió. Juno estudió sus
guantes de algodón. Una costura se estaba deshilachando. Leo estudió su
bastón, luego levantó la barbilla y estudió el cielo.
Fue él quien rompió el silencio.
— Bien. ¿Quieres entrar?
— Sí, por favor.

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CAPÍTULO 14

La casa de Leo era un país de las maravillas.


Juno lo dejó en el vestíbulo, presentando a la señora Kegworth a su ama de
llaves, y se metió por la primera puerta en lo que debía ser un salón delantero.
No era un salón ordinario, sino una espléndida galería.
La luz del día entraba a raudales por los amplios ventanales, para rebotar de
un objeto brillante a otro. Apenas sabía hacia dónde dirigir sus ojos
hambrientos y deslumbrados: una caja de música pintada con constelaciones,
un quemador de perfume con forma de bailarina, un jarrón de porcelana roja
relleno de gardenias.
Ella se detuvo ante un par de candelabros tallados en mármol rosa: uno
mostraba a Apolo extendiendo la mano, el otro era Dafne, dándose la vuelta.
Leo le había hablado de ellos, recordó. Le había hablado con cariño del taller
de Derbyshire y le había contado el mito de la obsesión de Apolo por Dafne,
que se había visto obligada por la flecha de Cupido a negar el amor de los
hombres. Separados, los candelabros contaban una historia de anhelo
desesperado; cuando se colocaban juntos, Dafne encajaba perfectamente en el
abrazo de Apolo. Había pensado en dibujar el mito, pero no lo hizo. No se
acordaba por qué.
Pasó los dedos por el frío mármol de los brazos extendidos de Apolo. La
colección de Leo podría considerarse la vanidad de un hombre rico y aburrido,
pero para Juno reflejaba su necesidad de conexión. Su posición lo aislaba del
mundo, aunque él no se diera cuenta, pues era simplemente la forma en que
había sido criado. ¿Pero buscar a los artesanos, aprender sus historias y
sentarse con ellos mientras trabajan? Ese no era el comportamiento de un
duque que se creía por encima de los demás. Era el comportamiento de un
hombre que quería estar conectado con el mundo.
Se le apretó el corazón. La casa era muy grande. Leo no debería estar solo.

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Siguió caminando y se detuvo ante un espejo con forma de lágrima. El marco


de madera estaba tallado con un tema otoñal, con pájaros juguetones
picoteando moras y ratones de campo asomando por debajo de las hojas.
Su propio reflejo le robó la atención. Pensó que su aspecto era bastante bueno.
Por lo menos, estaba serena. Su pelo no estaba tan desordenado como había
temido, ni sus mejillas tan rosadas.
Esta era la mujer que deseaba a Leo, pensó un poco satisfecha. El
conocimiento de su deseo mutuo había forjado algo nuevo entre ellos. No
podían hacer nada al respecto, pero estaba ahí de todos modos.
Se produjo un movimiento en el espejo: Leo había entrado. Ella estudió su
reflejo, su expresión desprevenida mientras recorría su espalda con la mirada.
Sí, la deseaba.
Él levantó la vista. Sus ojos se encontraron en el espejo.
Y como si el espejo tuviera propiedades mágicas, ella se vio transportada a
otro mundo: un mundo imaginario en el que Leo cruzaba la habitación para
rodearla con sus brazos, en el que presionaba sus labios contra su cuello, y
luego la giraba para reclamar su boca en un dulce, dulce beso.
Ella aplastó las mentiras del espejo con la mano y se dio la vuelta.
Había demasiado entre ellos. El aire palpitaba con ello. Con aquel beso de
ayer, habían roto mil pequeñas reglas, cuyos fragmentos ahora brillaban y
rebotaban por la habitación como la propia luz del sol.
— Recuerdo que hablaste de este espejo—, dijo ella. Su voz sonaba
anormalmente alta. — Un antiguo soldado, ¿tengo razón? Que cantaba ópera
mientras tallaba, dijiste, pero que no se sabía la letra, así que se la inventaba.
Él sonrió débilmente. — Te acuerdas.
— Disfruto de tus historias. Estos objetos se sienten como mis amigos, como
si ya conociera su colección. Es claramente tu pasión.
Él extendió una mano …tenía unas manos tan hermosas… y onduló sus dedos
sobre el quemador de perfume como si estuviera tocando la flauta.
— Hace tiempo que sueño con ampliar el alcance de la Fundación
Dammerton—, dijo lentamente. — Se necesitará una gran suma de dinero

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

para ejecutarlo. Pero mis gastos son considerables y el divorcio fue costoso—.
Su mirada era firme y significativa. —, ¿Lo entiendes?
— Sí, lo entiendo.
Estaba hablando de su matrimonio. Debía casarse por las razones habituales,
por supuesto: el deber, la familia, los herederos, etc. Pero también por dinero,
por la Fundación que era su única pasión. Es de suponer que la dama en
cuestión no se oponía a ser utilizada así. Juno no preguntó. La señorita Macey
ya rondaba la conversación. Además, Beatrice
ya había revelado bastante: Susannah Macey aportaría a su matrimonio
veinticinco mil libras, que le comprarían estatus, estabilidad, seguridad y una
vida con Leo.

Juno sonrió con tristeza mientras se alejaba para seguir explorando su casa.

Leo la siguió.
La muselina rosa de su vestido se balanceaba a su alrededor. Acarició los
objetos a su paso, los acarició y los acarició, como si exigiera todos sus
sentidos para experimentarlos. Ella no pretendía ser provocativa, pero él no
podía dejar de observar sus manos, su pecho hirviendo de celos, como si
envidiara a los meros objetos por recibir su toque.
Ninguno de los dos volvió a hablar. Ella había entendido su significado. No lo
entendería todo, pero sí lo suficiente.
Recordó vagamente que habían acordado cortar su relación. Eso era lo más
sensato. Pero no se sentía sensato ahora, con el recuerdo de su beso y su sueño
más vívido para él que la propia habitación, con el vestido de ella rozando sus
caderas y muslos, mientras cada objeto parecía cobrar vida en su presencia, la
peculiar magia que pertenecía a Juno y sólo a Juno.
La forma en que ella le daba vida.
Pero él no dijo nada. Si hablaba, podría decir alguna tontería.
Anoche soñé contigo, podría decir.

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Eres más hermosa que cualquiera de estos objetos decorativos, podría decir.
Una tontería. Ella ponía los ojos en blanco porque esas palabras sin sentido
sólo eran dignas del libertino más inepto. Leo no era un libertino, y no la había
invitado a su casa para seducirla.
¿Lo había hecho?
El silencio continuó hasta que llegó al comedor, donde aplaudió encantada al
ver los servicios de té que cubrían la mesa.
— ¡Cielos! Hay tantos. No exagerabas. Rectifico lo que dije el otro día. Puede
enviarme un nuevo servicio de té o seis.
— Elige los que quieras.
Ella se paseó, ansiosa como un niño en una feria, antes de preguntar: — ¿Cuál
elegirías para mí?
Él la guio hacia un pequeño juego, con sólo cuatro tazas de té. Cada una tenía
como tema una estación, personificada por una ninfa. La ninfa del otoño
llevaba hojas rojas y naranjas, la ninfa de la primavera bailaba entre flores
rosas, el verano se vestía de verde y el invierno giraba en blanco.
Ella levantó la taza para el verano. — Oh, pero son exquisitas.
— Mira—, dijo él.
Se colocó detrás de ella, con su abrigo rozando su espalda, y deslizó sus dedos
por debajo de su muñeca. Rodeó la mano de ella y la taza, y las inclinó
suavemente para iluminar la pieza.
Él no necesitaba estar tan cerca. No necesitaba rodear la mano de ella. No
necesitaba respirar su aroma floral, ni deleitarse con el calor de su piel, ni
disfrutar de las cosquillas de sus rizos mientras inclinaba la cabeza demasiado
cerca de la suya. Ella se tensó y luego se relajó. No se apartó. Se hizo cómplice
de su pretensión de que todo esto era bastante razonable.
— ¿Ves ese defecto en el vestido de la ninfa? —, dijo él en voz baja. — Esa
pincelada equivocada.
Seguramente ella lo vio, con su ojo entrenado, pero dijo: — ¿Muéstrame?

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

Y, por supuesto, la única forma posible de mostrárselo era rodearla con el otro
brazo y envolverla, para luego deslizar una caricia sobre la fría porcelana
hecha en zigzag.
— Esas imperfecciones son mi parte favorita—, dijo. — La prueba del toque
humano.
Ella murmuró su asentimiento, mientras seguían fingiendo que aquella era una
forma perfectamente normal de que dos personas examinaran una pieza de
porcelana.
Él no la había invitado para seducirla, pero si lo había hecho, bueno, era un
rastrillo inepto. Otros hombres seducen con flores, con poesía, con la luz de la
luna; parecía que Leo intentaba seducirla con una taza de té.
Aunque era una buena taza de té.
Entonces llegó el sonido de un silbido. Leo se alejó de Juno y estaba al otro
lado de la mesa cuando St. Blaise apareció en la puerta, con una sonrisa de
oreja a oreja.
— Señorita Bell, ¡qué maravillosa sorpresa! —, dijo. — ¿Ha venido a rogarme
que me convierta en su mantenido después de todo?
Juno puso los ojos en blanco y Leo dijo: — Tenía asuntos con lord Renshaw,
que tiene unos papeles comprometedores suyos.
Blaise torció la cara. — ¡No! ¿Qué? ¿Renshaw te está chantajeando?
Riendo, Juno devolvió cuidadosamente la taza de té con sus compañeros. —
Así es como empiezan los rumores. El simple hecho es: El Sr. Prescott le
vendió a Lord Renshaw un cuadro mío. Pero su marco tiene un
compartimento secreto en el que guardo algunos... documentos personales. El
Sr. Prescott hizo entregar el cuadro antes de que yo pudiera cambiar el marco
o sacar los papeles.
— ¡Qué emocionante! —, dijo St. Blaise. — Son cartas de amor, ¿no? ¿Son muy
traviesas?
Juno lo negó, tan rápida y firmemente que Leo sospechó que mentía. Los celos
lo invadieron. Él se agarró a una silla y alejó su furia hacia el hombre
desconocido que había escrito las cartas de amor, cuyas palabras ella
atesoraba lo suficiente como para guardarlas.

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Resopló, sus ojos evitando los de él. — No importa lo que sean. Lo que
importa es que debo recuperarlas antes de que sean descubiertas, y Lord
Renshaw no me permitirá entrar en su casa—. Ella sacudió la cabeza. —
Aunque no puedo entender por qué magia arcana Lord Renshaw fue inducido
a comprar mi pintura en primer lugar. El conde me desprecia.
— ¡No! ¿Qué? Eres adorable.
— Soy adorable, es cierto. Pero se trata menos de quién soy que de lo que soy.
Tú deberías intentar ser una mujer soltera que se gane la vida por sí misma.
— Tú deberías probar a ser un bastardo.
Ella frunció los labios. — Llamemos a eso un empate.
Leo estaba de acuerdo: si Renshaw hubiera comprendido que Juno era la
artista del cuadro, seguramente lo habría rechazado. Lo más probable es que
Prescott hubiera embaucado al viejo conde, o al menos se hubiera
aprovechado de su ocasional confusión. Tal vez fuera un error de
comunicación sincero, pero a Leo no le gustaba Prescott, así que era mucho
más satisfactorio pensar lo peor de él.
— ¿Y ahora estás aquí, en la casa de Polly, donde él te rescatará, como un
caballero de brillante armadura?
— No estoy segura de que pueda hacerlo. Esto es bastante delicado.
Leo se frotó la mano, como si quisiera quitarse la sensación persistente de la
piel de Juno. Invitarla a entrar había sido un error. Cuanto antes los expulsara
a ambos de su casa, mejor.
Primero eliminaría a Juno resolviendo su problema. Luego eliminaría a St.
Blaise cargándolo por las escaleras y arrojándolo desde el tejado.
— Tengo una idea—, le dijo, y salió disparado.

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CAPÍTULO 15

Juno parpadeó ante la puerta por la que Leo había hecho su abrupta salida y
luego lo persiguió. Todavía se sentía un poco aturdida, todavía sentía su sólido
calor contra su espalda, la perversa emoción por su absurda complicidad. Por
no hablar de su sorpresa: Leo era un libertino insólito. Tal vez su lujuria era
contagiosa.
¿Podría provocarlo para que se comportara como un libertino? Se lo merecía si
lo conseguía.
Pero no debía intentarlo. Era una idea terrible. Y terriblemente tentadora.
Sólo una hora, se recordó a sí misma, y luego dejaría de hacerlo.
Además, necesitaba ayuda, aunque fuera de Leo, y tenía curiosidad por saber
qué podría hacer él.
Lo alcanzó cuando desapareció en otra habitación. Su estudio, al parecer. Se
dirigió directamente a su escritorio y consultó un gran diario forrado de cuero,
sin siquiera darse cuenta de que ella estaba allí.
Blaise entró tras ella y se arrojó a un sillón. Estaba extrañamente agradecida
por su presencia. Todo lo que tenía que ver con Leo le resultaba duro y crudo,
y ella no estaba acostumbrada a sentirse dura y cruda por nadie,
especialmente por Leo.
— Estoy invitado a una especie de reunión política en la residencia de
Renshaw esta noche—, dijo Leo. — No tenía intención de asistir, porque me
resultaría más divertido estar atrapado entre lanzas, pero eso me permitiría
entrar en su casa. Podría encontrar el cuadro y recuperar los papeles para
usted.
Juno negó con la cabeza. — Gracias, pero debo recuperarlos yo misma. Es
imperativo que nadie más los vea.

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Con un suspiro, él apoyó ambas manos sobre el diario abierto. — Juno, no


quiero leer tus cartas.
— No son cartas.
St. Blaise rio con lascivo deleite. — Son dibujos subidos de tono, ¿no?
Malvados y deshonestos—. Y se inclinó hacia delante. — ¿Son dibujos tuyos?
Por favor, dime que son dibujos tuyos.
— No—. Las mejillas de Juno volvieron a calentarse, lo que probablemente
convencería a los dos hombres de que los papeles eran, efectivamente, dibujos
de ella desnuda.
Aun así, era preferible a que supieran la verdad.
— ¿Son papeles secretos del gobierno que pretendes pasar a los franceses? —
St. Blaise insistió. — ¿O estás chantajeando a otra persona y son sus papeles?
Juno tuvo que reírse, mientras se sentaba. — No soy tan interesante. Nada de
espionaje, traición o asuntos criminales. Mira, no importa lo que hay en el
marco. Lo que importa es que debo recuperarlos yo misma.
— Debe haber alguna forma de meterte dentro—. Leo se dejó caer en su silla,
atrincherado tras su grandioso escritorio. — Vamos a intentarlo.
Empezaron con propuestas modestas, como infiltrarse en un baile o en un
musical, pero como no había ningún evento de Renshaw previsto, pasaron a
disfrazar a Juno de criada y, al poco tiempo, habían ideado un escenario en el
que Juno, vestida de hombre -de negro, naturalmente-, se subía a una pared,
salía por un balcón y atravesaba una ventana, recuperaba los papeles y huía
por los tejados. Lo cual fue muy divertido, pero terminó en derrota cuando
Juno admitió que no le gustaba subir escaleras, y mucho menos balcones y
paredes.
— Estoy muy decepcionada conmigo misma—, dijo ella con un suspiro
desanimado. — Que mi creatividad no se extienda a las actividades delictivas.
— ¿Estás decepcionada? —, dijo Leo. — Soy un duque. Debería ser mucho
mejor en el crimen que esto.
— Ni siquiera sabemos en qué parte de la casa está el cuadro.
Leo se incorporó. — ¿Crees que podrías averiguarlo, Tristán? —, preguntó. —
¿Correr hasta allí y encantar a una sirvienta o algo así?

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

St. Blaise inclinó la cabeza como si lo estuviera considerando. — Supongo que


podría hacerlo por la señorita Bell... a cambio de un beso.
—Te daré cincuenta libras—, dijo Leo, antes de que Juno pudiera responder.
St. Blaise sonrió. — Creo que prefiero el beso. No me mires así, Polly. Es
tradicional pedir un beso como premio a la galantería.
— Difícilmente es galantería si el beso es tu motivación, y no una mera
recompensa por hacer algo que habrías hecho de todos modos.
Juno no miró cuidadosamente a Leo. — Es muy halagador saber que mis besos
valen cincuenta libras, pero no están en venta, a nadie, a ningún precio.
— Cincuenta libras entonces—. St. Blaise bostezó y se acomodó más
cómodamente en su silla. — Pintura de Pandora, dice usted. ¿Es usted una
estudiante de mitología, señorita Bell? Perdóneme, pero me cuesta imaginarla
estudiando libros.
Ella se rio ante su acertada observación. — ¿Hablando de viejos tomos
polvorientos, la mayoría escritos por viejos eruditos polvorientos cuyo
principal talento es tomar un tema fascinante y hacerlo aburrido? Me temo
que nunca. Me gusta que otras personas lean los libros y me digan las partes
interesantes para poder dibujarlas.
— ¿Y qué alma bondadosa le contó el cuento de Pandora?
— No sólo Pandora. Él me contó muchos mitos de este tipo.
—Él', ¿Srta. Bell?
St. Blaise podía olfatear la picardía como un sabueso que olfatea un zorro, y
perseguirla con la misma tenacidad, sin duda. Un silencio espinoso les
rodeaba.
Leo se levantó de su silla. Muy despreocupadamente, seleccionó un dardo con
plumas rojas de una caja de hojalata pintada. Con más despreocupación aún,
lo lanzó a la diana de la pared.
Un golpe seco.
Mentirosa, Juno quería gritar ante esta muestra de indiferencia. Él estaba
celoso, y ella era lo suficientemente malvada como para alegrarse por ello.

143 | P á g i n a
Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

Ella dirigió una brillante sonrisa a St. Blaise. —Un arquitecto griego, que
estaba estudiando en Londres—. Ella hizo una pausa. Leo le dio la espalda.
Añadió: — Resultó ser una forma muy agradable de pasar el tiempo.
— Esos dioses griegos—. St. Blaise asintió sabiamente. — Saben cómo pasar
un buen rato, ¿verdad?
— Así es, en efecto.
Otro dardo golpeó el tablero de roble. Un golpe seco.
No era necesario ser más explícito; lo habían entendido. No era prudente
aludir tan abiertamente a un amante, pero de repente era importante que Leo
supiera que ella no necesitaba nada de él. ¿Ves, Leo? quiso decir ella. Puedo
recibir besos de quien me plazca, y no te echaré de menos en absoluto.
Felizmente, St. Blaise hacía el trabajo por ella. —, ¡Pinta un retrato de mí
fascinado y cuélgalo en la pared! —, dijo con deleite. — Digo, Polly, ¿Te ha
sorprendido mucho saber de la existencia de este griego?
— El mundo tiene millones de griegos—, fue su fría respuesta. — No es una
sorpresa que algunos puedan encontrar su camino a Londres.
Golpe.
St. Blaise se inclinó hacia adelante con entusiasmo. — ¿Qué pasó con este
Adonis griego? ¿Le rompió el corazón, Srta. Bell? Debo escuchar su historia.
— Y debo decepcionarte—, dijo Juno. — Él nunca tuvo mi corazón.
Golpe.
— Él me dejó. Eso es todo. Volvió a Grecia. Tenía nostalgia, pobrecito.
Golpe.
— ¿Extrañar qué? —, Dijo St. Blaise. — No hay nada en Grecia. Robamos todo
lo bueno y lo trajimos aquí—. Sacudió la cabeza teatralmente. — Es absurdo,
digo. ¿Qué tiene Grecia que no tenga Londres?
Juno suspiró. — Comida decente y luz solar de verdad.
— Pero eso es... eso es...—, St. Blaise también suspiró. — Ese es un punto
excelente, en realidad.
Golpe.

144 | P á g i n a
Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

Juno se arriesgó a mirar a Leo. Tenía el ceño fruncido ante la caja de lata: no
había más dardos. Todos sus lanzamientos habían caído fuera del centro. ¡Ja!
Se lo merecía.
Él levantó la vista. Sus ojos se encontraron. Su mirada azul la atravesó como
uno de esos dardos. Dimensionalmente, ella fue consciente de que él decía: —
¿El cuadro? —, y St. Blaise repetía: — Ah, sí, el cuadro—. Hubo un
movimiento desde el otro asiento, la puerta se cerró con un chasquido.
Y la habitación se estrechó a su alrededor, ahora estaban solos.

Juno deseaba poder jugar al juego de la indiferencia consumada de Leo, pero


aquel revoloteo había vuelto a surgir en su interior, un intenso revoloteo desde
la garganta hasta los muslos, el tipo de revoloteo que sólo podía aliviarse con
el contacto de un amante.
Desesperada por moverse, se levantó, cruzó hacia una vitrina y miró sin ver
más allá de su propio reflejo fantasmal a los juguetes de madera que había
dentro.
— Era tu amante, este arquitecto—, dijo Leo.
Su atípica franqueza la sorprendió. Se giró para mirarlo. — ¿Y si lo era?
— Has dicho que tienes criterios. Para tus relaciones.
— Igual que tú tienes criterios para tus matrimonios—. Ella le dirigió lo que
esperaba que fuera una mirada arqueada. — En cualquier caso, usted no
cumple mis criterios.
— Nunca imaginé que lo hiciera.
— Entonces mis asuntos íntimos no son de tu incumbencia.
Mantener relaciones era un negocio arriesgado; se requerían negociaciones
lentas y cuidadosas. Ella perseguía las relaciones por el placer sensual y la
liberación. Las buscaba porque no quería encerrar partes de sí misma. Las
buscaba porque a veces se sentía sola y deseaba el contacto de otra persona.
No los perseguía por pasión.

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Pero mejor que Leo no lo supiera. Mejor presentarse como una amante
apasionada, y que Leo se quedara despierto por la noche, lamentando lo que se
había perdido.
Sí, a ella le gustaría mucho que Leo lamentara lo que se había perdido. Se lo
merecía por haberla desechado como una amante problemática cuando ni
siquiera había disfrutado de los placeres de su cama.
Él se alejó del escritorio, hacia ella. — Si tus amantes no son de mi
incumbencia, ¿por qué el esfuerzo de asegurarme de que los conociera?
El calor se deslizó sobre ella al ser sorprendida. — Qué egocéntrico es
imaginar que mi historia tiene algo que ver contigo. St. Blaise estaba haciendo
preguntas y yo tenía que responderlas. Reglas de etiqueta.
— Ignoras alegremente cualquier regla que no te guste. Si no quisieras
responder a sus preguntas, no lo habrías hecho. Vamos, Juno. Dices que
valoras la franqueza. Prueba un poco de franqueza ahora.
Aun así, él avanzó. Su corazón se agitó con cada paso lento y deliberado. Un
palpito en respuesta latía entre sus muslos. Que Leo hablara con tanta
franqueza, que la mirara tan intensamente... Qué mucho estaba cambiando
todo, y qué rápido.
— Muy bien, mi criterio—. Apoyada en el mueble, tratando de parecer
mundana, marcó los elementos con sus dedos repentinamente temblorosos. —
, Aprecio a un amante que preste atención a los detalles, alguien que sea
creativo, alguien que se tome su tiempo. Debe prometer placer mutuo y
comprometerse a protegerme de las consecuencias. Y lo más importante, debe
estar planeando dejar Londres.
—Entonces, tu hombre ideal es uno que no se quede. Dígame—. Se detuvo
ante ella, justo fuera de su alcance. Sus dedos se enredaron. — De todos tus
amantes, ¿había alguno especial para ti?
Juno se atragantó. — De todos mis... ¿Cuántos imaginas que hubo?
— Me esfuerzo por no imaginarlo—. Se restregó una mano por la cara. —Es
irrelevante cuántos en total. Pregunto cuántos eran especiales para ti.
— Me gustaban todos. Nunca lo habría hecho... si no fuera así—. Ella se movió
incómoda. Fue una tontería empezar con esto, pero ya no había forma de
parar. — Mi primer maestro de dibujo en Viena era muy intimidante. Fue tan

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mordaz con mi trabajo que estuve a punto de abandonar y volver a casa.


Finalmente, le presioné para que me dijera más claramente lo que estaba
haciendo mal. Y me dijo: — La habilidad y el talento están ahí. Pero para crear
arte de verdad, debes liberarte de esa moral inglesa tan rígida—. Y así lo hice.
Fue bastante fácil de hacer, en Viena. El mundo de los artistas europeos está
muy alejado de la burguesía inglesa. A veces extraño vivir en Europa, la
libertad de esas experiencias.
Su expresión no le dijo nada. Ella levantó la barbilla desafiantemente. Sabía
que no era una dama; había quemado sus puentes hacia la respetabilidad, y lo
había hecho deliberadamente. No se arrepentía de nada y no iba a sufrir su
juicio. Después de todo, fue su juicio -su rechazo a ella- lo que la había llevado
a correr por ese camino en primer lugar.
— Lo disfruto, si quieres saberlo—, continuó. — La sensualidad, la intimidad.
Sé cómo recibir placer, y sé cómo darlo, y no me avergüenzo de ello. Cuando
era más joven, con mi gran pecho y mi madre de baja cuna, los hombres
asumían que debía ser una buscona, y yo me culpaba por su atención no
deseada. Pero ya no lo haré más. No quiero que me avergüencen por ello—,
repitió, casi con beligerancia.
— No quiero que te avergüences de ello—. Una nueva aspereza ribeteó sus
suaves palabras. — A mí también me gusta el deporte de cama. Pero aún no
has respondido a mi pregunta.
Ella examinó sus dedos y se rascó una mancha de pintura bajo una uña. — He
olvidado la pregunta.
Leo se acercó. Su cabeza se levantó. Otro paso. Cada centímetro de él estaba
tenso e intencionado como una bestia a la caza. Ella no lo reconocía así; se
preguntaba si él se reconocía a sí mismo. Llámenla mala por provocarlo,
llámenla débil por desearlo, pero disfrutaba viendo a Leo luchar contra su
propio control.
Él apoyó las manos en el cedro pulido a ambos lados de ella, atrapándola entre
su cuerpo y el mueble. Su olor y su calor la impregnaron. Ella se enderezó, pero
eso sólo sirvió para acercar su rostro al de él: a su firme mandíbula y a su
tentadora boca y al pulso que latía en el borde de su corbata.
— ¿Alguno de ellos era especial? —, repitió él con una voz baja y
aterciopelada, más adecuada para las almohadas a medianoche. — ¿Te

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mantuvieron despierta toda la noche, llena de deseo? ¿Se convirtieron en algo


tan esencial para ti que perderlos fue como arrancar un pedazo de tu alma?
¿Sus besos se filtraron tan profundamente en tu sangre que habrías quemado
tu mundo por un beso más?
Ella no tenía palabras. Ni pensamientos. Sólo quedaban sensaciones: un
hambre feroz, una fiebre salvaje, y en algún lugar profundo y olvidado, un
vacío que dolía.
Y los ojos de Leo, aprisionando los suyos, prometiendo aventuras
embriagadoras como una cordillera lejana.
Iba a besarla y ambos lo sabían.
Esta vez, él la besaría primero, juró ella. Ella le esperaría.
Él mantenía los brazos apoyados en el mueble detrás de ella, aprisionándola.
Se acercó tanto que sus piernas rozaron las de ella, con un toque electrizante
que recorrió sus muslos, y bajó la cabeza para rozar sus labios a lo largo de su
mandíbula: suave, tentador, burlón. Su cálido aliento le hizo cosquillas. La
necesidad floreció en sus pechos y entre sus muslos y se extendió por su piel
como una acuarela.
Bésame, tócame, quiéreme. La súplica corría por sus venas, al ritmo de su frenético
corazón. Ella lo había provocado; había ganado. Pero esto solo terminaría con
una herida. Ella ya no era su amiga, pero nunca su amante. Ella nunca
aceptaría el papel equitativo de amante, y el cielo sabía que nunca podría ser
una duquesa. No le quedaban otras opciones. Flotaban en un limbo, sin
ningún lugar en el que apoyarse, sin nada a lo que aferrarse, sin un futuro con
el que soñar.
Si no tenemos futuro, entonces todo lo que tengo es el ahora, pensó. Aunque
sólo sea una hora o un minuto, Leo, se mió.
Con más besos de mariposa: Los cálidos labios de él recorrieron la sien de ella,
y luego apoyó su mejilla en la de ella.
Ella deslizó una mano sobre el pecho de él, refugiándose en el ruido sordo de
su corazón bajo su palma, obligándose a ser paciente.
Por favor, Leo, le pidió en silencio. No te detengas ahora.

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NO HABÍA FORMA DE DETENERSE.


No con Juno tan cerca, su aliento temblando alrededor de ellos, su palma en el
pecho, su pierna presionada contra la de él. No con esa mezcla de furia y deseo
agitándose en su interior.
Ella se había burlado deliberadamente de él, y él había caído en la trampa, con
St. Blaise mirándola como a las trufas de chocolate, con el espectro de sus
amantes anteriores martilleando en sus huesos.
Sus amantes nunca le habían molestado. Bueno, uno no puede ser molestado
por algo si nunca piensa en ello. Tampoco es que tuvieran que molestarle
ahora. Este arquitecto griego se había ido, y probablemente Juno no había
vuelto a pensar en él desde el día en que el tipo dijo — Adiós.
Además, era Leo quien la había besado por última vez. Eso lo convertía en su
actual amante... ¿no es así? Eso significaba que ella era suya. Al menos por
ahora.
Y si ya era su amante, por así decirlo, era demasiado tarde para él. Ella ya
estaba en su sangre.
Él no debería besarla.
Le pasó el pulgar por la mandíbula. Sus labios se separaron, suaves, rosados,
seductores.
El no debería besarla.
Sus dedos recorrieron el lateral de su cuello, rozaron el pulso que palpitaba en
su garganta.
Él no debería besarla.
Rastreó el borde de su corpiño, se deslizó por debajo de él para acariciar su
piel sedosa. Sus pechos subían y bajaban rápidamente. Ella hizo un pequeño
ruido que le llegó directamente a la ingle.
Él la besó.
Rozó sus labios con los de ella, una y otra vez. Atrapó su labio inferior entre
los dientes y se ganó un suave gemido. Siguió paseando su mano por la

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turgencia de sus pechos, la curva de su cintura. Ella se apretó contra él y él la


besó con más hambre, metiendo la lengua en su boca.
Se retiró con un gemido.
Ella abrió los ojos lentamente para encontrarse con los suyos.
— ¿Y bien? —, preguntó él, con la voz baja y áspera. — ¿Es eso lo que querías?
Ella tragó, se humedeció los labios, exhaló, inspiró. — No sé qué quieres decir.
— Me estabas provocando, y lo sabes.
— Entonces eres vulnerable a la provocación—. Su expresión era de triunfo.
—Desfilas bajo esa fachada de indiferencia, pero me deseas.
— Sí.
— ¿Me deseabas antes de que te besara ayer?
Su mandíbula se tensó. — Sí. ¿Y tú?
— Ese beso de ayer no salió de la nada.
— Estabas enfadada conmigo.
— No beso a todos los que se enfadan conmigo. Mi vida se complicaría
bastante si lo hiciera.
Él retrocedió para que ya no se tocaran. Ella le cogió la mano.
— ¿Es eso, entonces? —, susurró. — ¿Es ese el misterio que ha distorsionado
nuestra amistad? ¿Es por eso que me mantienes a distancia, que mantienes
estos muros invisibles entre nosotros? Porque me deseas y desearías no
hacerlo.
No fue una sorpresa que ella intuyera que había algo. Fue un profundo alivio
que ella hubiera adivinado mal. Que pensara que era la lujuria lo que le hacía
mantener la distancia. Que pensara cualquier cosa, con tal de que nunca
supiera la verdad.
Él tiró de su mano. Ella le soltó. Se dirigió a la diana, empezó a arrancar los
dardos, trató de recuperar el control de su cuerpo.
— ¿Cuándo empezó, Leo? ¿Cuánto tiempo hace que me deseas por primera
vez?

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— Aproximadamente diez años, diría.


Estaba perdiendo el control, ahora había liberado los celos y el deseo para que
se desbocaran en él. Tenía que lidiar con este deseo. Tomar el control de él.
Dominarlo antes de que lo dominara a él.
De repente, la solución apareció en su mente, de golpe, los pasos tan claros
como el contorno de un diseño de bordado antes de coser la primera puntada
de seda.
Sólo un curso de acción pondría fin a su enredo con Juno. Sólo un curso
pondría fin a este deseo, de una vez por todas.
Sin embargo, primero debe resolver su problema con los dibujos. Sus
anteriores intentos de planificación fueron una distracción. No necesitaban
introducir a Juno de contrabando en la casa de Lord Renshaw. Sólo
necesitaban sacar de contrabando el cuadro.
Y Leo sabía exactamente cómo hacerlo. Tendría que pagar un precio por ello,
pero ningún coste sería demasiado alto.
— Quédate ahí—, dijo.
Inmediatamente empezó a hablar, pero él ya estaba girando. El propio viento
soplaba entre sus miembros mientras salía corriendo del estudio y de la puerta
principal, atravesaba el jardín en medio de la plaza y golpeaba la puerta de la
casa de lord Renshaw. Cuando un lacayo nervioso respondió, Leo exigió ver a
Thomas Macey de inmediato.
— ¿Quiere que le ayude con su padre? — dijo Leo cuando apareció Macey,
todavía engullendo un bocado de pastel. — ¿Quieres mi protección?
— Sí, Su Excelencia. Por favor. Yo….
— A cambio, harás algo por mí. No harás preguntas y nunca dirás una palabra
a nadie.
— Por supuesto, señor. Cualquier cosa.
Macey escuchó las secas instrucciones de Leo con creciente confusión.
— ¿Pero por qué quieres que le traiga ese cuadro?
— Eso parece una pregunta, Macey. ¿Es una pregunta?

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—, No, señor. Pero cómo voy a...


— ¿Es eso...?
— Una pregunta. Lo siento.
— Demuestra tu ingenio. Sé útil, por una vez.
Sin esperar confirmación, Leo se dirigió a su casa, con la brisa alborotando su
pelo sin sombrero. En el estudio, Juno lo acribilló a preguntas. Él las ignoró,
rebuscando en los cajones hasta que encontró una cartera de cuero vacía,
labrada con vides y racimos de uvas. Se lo entregó con una frase cortante: —
Ya vienen tus dibujos. Usa esto. Quédate aquí. No te muevas—, y luego salió
de golpe del estudio para caminar por los escalones de la entrada.
Una hora más tarde, Macey y un lacayo cruzaron el jardín hacia él, llevando
entre ambos una caja de madera abierta, con un mantel que cubría su
contenido de las miradas indiscretas.
A continuación, se hicieron algunos malabarismos con los cuerpos y las
habitaciones para que Macey no viera nunca a Juno: el cuadro se colocó en la
habitación delantera, los visitantes fueron conducidos al salón y Juno se
encerró con el cuadro. Una vez que ella hubo recuperado sus dibujos, él
invirtió el baile: hizo salir a Juno, hizo entrar a Macey, devolvió el cuadro a su
cajón y puso a Macey y al lacayo de nuevo en la calle.
El estudio estaba vacío: Juno se había marchado. El portafolio de cuero le
llamó la atención desde una mesa auxiliar, repleto de sus bocetos secretos.
Qué tentador era. Recorrió las líneas de la cartera y pinchó su voluminoso
bulto. Ella nunca se enteraría si él echaba un vistazo. Sólo un pequeño vistazo.
Ella solía ser tan cándida: ¿Qué secretos podía guardar tan íntimamente?
No. Husmear en los papeles privados de otro simplemente no se hacía.
Resopló y abandonó la tentación de los folios por la tentación mucho mayor
que era ella.

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CAPÍTULO 16

La encontró en el jardín.
Paseaba por el sendero que serpenteaba entre los rosales, inclinándose para
olfatear un capullo del mismo color que su vestido. El jardín de rosas había
sido plantado por su bisabuelo, el tercer duque; la contribución de su
bisabuela había sido la rotonda de piedra que daba a las rosas, donde pasaba
sus días, acurrucada para leer en los asientos acolchados. Juno no guardaba
nada de sus antepasados; Leo encontraba los suyos a cada paso.
Ella iba a la deriva como si no le importara nada, igual que en su primer
encuentro matutino en el bosque, hacía más de una década. Quizás, como
aquel día, ella cantaba para sí misma; él no estaba lo suficientemente cerca
como para oírla.
Él pisó el sendero. La grava crujió. Y se quedó quieto. Ella también se quedó
quieta, con la cabeza ladeada como un ciervo en el bosque. Luego continuó,
sin volverse ni huir.
Él continuó siguiéndola, su feroz deseo se suavizó ante el placer de
simplemente observarla mientras se empapaba de la belleza del jardín. Así era
Juno Bell, con su ojo cazador para la belleza y su determinación de
conquistador para hacerla suya.
De repente, las palabras burlonas de Thomas Macey se filtraron en su mente:
¿Para quién te pones tan guapo?
Leo apartó el pensamiento. Era absurdo pensar que había elegido su ropa para
atraer la atención de Juno.
El camino la llevó a la pequeña fuente, encargada e instalada por su abuela, la
cuarta duquesa, basada en su propio diseño. En ella, las tres Parcas se daban la
mano y bailaban en círculo, mientras el agua llovía sobre ellas.

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Juno se escurrió bajo el chorro y se llevó los dedos mojados a las mejillas. Se
mesó el pelo, se detuvo y se inclinó para juguetear con el dobladillo de su
vestido. Sacó un alfiler, cerró los ojos, lo besó ligeramente y lo lanzó al agua.
Estaba pidiendo un deseo.
Él salió detrás de ella. Ella le dirigió su radiante sonrisa, que le calentó tanto
que también pasó una mano perezosa bajo el chorro. El sol les regaló un
pequeño y brillante arco iris.
— ¿Alguna vez pides deseos? —, preguntó ella. — ¿O eres el hombre que lo
tiene todo y no necesita pedir nada más?
— Hay algo que deseo mucho ahora mismo.
— Entonces pide un deseo y quizá se haga realidad.
Leo no creía en deseos, hadas o supersticiones. Juno sí; veía el mundo con una
pizca de magia.
— No tengo ni un alfiler—, dijo.
— O una moneda. Creo que también funcionan—. Apretó con un dedo el
alfiler de rubí que llevaba en el corbatín. —, Aquí tienes un alfiler. Podrías
tirarlo a la fuente para pedir un deseo.
— Si tirara a la fuente mi hermoso alfiler de rubí hecho a mano, mi único deseo
sería recuperarlo.
— Entonces quizá lo use para pedir un deseo—, dijo ella. — Un rubí robado
concederá un deseo de mejor calidad que un alfiler de modista. Entonces tal
vez consiga lo que quiero.
Su sonrisa era perversamente coqueta, sus ojos repentinamente sensuales, y
entonces él dijo: — O tal vez sea un plan retorcido para quitarme la ropa.
— Si desearas eso, se te concedería antes de que pudieras parpadear—. Ella
sacudió la cabeza, muy seria. —, Escúchanos, coqueteando ahora. Todo está
cambiando, y no sé qué pensar.
— ¿Has estado pensando en ello, entonces?
— ¿Pensando en qué? —, se burló ella. —, ¿Que tú quieras ser mi amante? ¿En
negar nuestra amistad? O ¿en arremeter como si estuvieras persiguiendo a un
cerdo grasiento en una feria de campo? Aunque te agradezco que me hayas

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conseguido mis dibujos—. Ella suspiró. — He venido al jardín para dejar de


pensar en ello. No se gana nada con pensar sino un dolor de cabeza. Y ya hay
suficientes partes de mí que me duelen sin añadir mi cabeza a la mezcla.
Leo se solidarizó: Él también tenía unos cuantos dolores. — ¿Qué es lo que
más te duele?
— Mi corazón, supongo, por haber negado nuestra amistad.
— Tal vez esto nunca fue una amistad—, dijo él. — Tal vez siempre fue una
aventura amorosa que nunca tuvo la oportunidad de florecer.
— ¿Qué quieres decir?
Él la miró fijamente a los ojos. — Hace diez años, algo comenzó entre
nosotros, pero éramos demasiado jóvenes e ingenuos para saber qué hacer.
Han pasado diez años, pero el deseo no. Es hora de que terminemos lo que
empezamos.
Silencio. Por una vez, incluso su expresión no le decía nada.
Pero se había decidido. Es hora de actuar.
— Dejemos este asunto inconcluso—, él continuó. — Tengo una casa de
campo en Surrey. Podríamos encontrarnos allí muy discretamente. Pasar unos
días juntos y luego separarnos.
Ella se cruzó de brazos, con un aspecto espectacularmente poco
impresionado. ¿La había juzgado mal una vez más? A pesar de su coqueteo, era
posible que aún estuviera enojada y herida, y tal vez no se proponía un
romance con una mujer que estaba enojada y herida.
— ¿Así es como siempre conduces tus aventuras amorosas? —, dijo ella.
— Nunca he llevado una antes. Probablemente nunca más lo haré—. Él
suspiró y sacudió la cabeza. — Tengo un nuevo respeto por los bribones y los
libertinos. Sólo la logística es problemática, y eso incluso sin asegurar tu
consentimiento. ¿Cómo lo estoy haciendo hasta ahora? — Ella levantó las
cejas y él respondió a su propia pregunta. — Ah. No lo estoy haciendo muy
bien.
— Haces que suene muy racional.

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— Es muy racional—. Centró cada gramo de su concentración en asegurarse


de que seguía siendo racional. Había estado peligrosamente cerca de perder el
control en el estudio: nunca más. Él conquistaría el deseo; el deseo no lo
conquistaría a él. — El deseo es urgente porque nunca dura. Estalló ayer sólo
porque sabíamos que debíamos separarnos y porque nunca nos ocupamos de
él todos esos años. Al complacerlo, lo sacaremos de nuestra sangre, lo
dejaremos atrás antes de despedirnos. Hecho científico.
— Santo cielo. Podrías escribir un libro sobre el tema. Estoy segura de que los
eruditos de la Royal Society estarían fascinados.
No, definitivamente ella no estaba impresionada. Debería haberla besado aquí,
entre las flores, llevarla a su cama y hacer lo que quisiera con ella antes de que
se lo pensara dos veces.
Pero eso podría darle ideas, ideas equivocadas, sobre ser arrastrado por la
pasión y otras cosas imposibles.
Tiene que haber alguna forma de persuadirla.
Le cogió la mano. — Te deseo, Juno—. Le besó los nudillos, sin apartar sus
ojos de los de ella. — No puedo decirlo más claramente, y creo que tú también
me deseas. ¿No estás incluso un poco tentada a tener una aventura?

Juno se quedó mirando sus manos unidas. Siempre había admirado sus
manos, tan elegantes y fuertes, y ahora sabía que un simple roce de sus dedos

podía encender su sangre.


Hacer el amor con Leo sería una experiencia espléndida, y de repente le
pareció que hacía demasiado tiempo que no tenía una experiencia espléndida.
Por supuesto que estaba tentada. Pero si iba a tener una aventura, quería una
aventura con un hombre, no con un autómata con ropa bonita.
Tirando de su mano, siguió el camino hacia la pequeña rotonda, rodeada de
petunias rosas y blancas. Subió los tres escalones bajos y se apoyó en una
columna, contemplando el jardín, consciente en todo momento de que Leo

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estaba a su espalda. Miró por encima del hombro: Él estaba recostado contra
la columna de enfrente. Oh, qué delicioso cuadro sería, titulado El hombre más
molesto del mundo.
— No sé por qué te molestas en preguntarme en persona—. Sonaba tan
descontenta como se sentía. — ¿Por qué no enviar simplemente una invitación
grabada en oro El Duque de Dammerton solicita el placer de su desnudez?
Con pereza, él se apartó de la columna; apresuradamente, ella se dio la vuelta.
Ella miró sin ver el jardín, todos sus otros sentidos se centraron en él cuando
se acercó.
Su voz era baja en su oído. — Creo que lo veo. ¿Deseas ser seducida?
— Deseo algo más persuasivo que una tontería disfrazada de hecho científico.
Ella mantuvo la mirada fija en el jardín, en los capullos de rosa que se mecían
con la brisa, mientras su piel se estremecía ante la sensación de cercanía de
Leo.
Una mano se posó en su cadera. La palma de la mano de él la quemó a través
de las capas de muselina. Le pasó un dedo por la nuca. Sin poder evitarlo, ella
se arqueó. Su aliento le hizo cosquillas en el pelo. Le pellizcó la oreja, le
mordisqueó el lateral del cuello. Unos deliciosos escalofríos la recorrieron
hasta sus repentinamente débiles rodillas. Apoyó una mano en la columna,
con la palma febril contra la fría piedra. Leo, que seguía rodeándola con un
brazo, se acercó a ella. Ella inclinó la cabeza. Sus ojos se encontraron.
— ¿Debo entender, entonces, que estás dispuesta a un intento de persuasión?
Sus palabras eran formales, pero las coloreó con tonos tan bajos y perversos
que se deslizaron sobre ella como agua caliente. Sus ropas se sentían
demasiado calientes y apretadas. Si pudiera quitársela aquí mismo, ahora
mismo, liberar su cuerpo hambriento a la brisa fresca, a la suave luz del sol, a
su implacable ardor.
Unas pocas palabras. Todo lo que necesitaba era un roce de sus dedos y unas
pocas palabras.
Qué tonta fue ella al objetar: Por supuesto que diría que sí. Si ésta era su única
oportunidad de conocerlo, no la desperdiciaría. Al fin y al cabo, él era el primer
chico que le inspiraba ensoñaciones, el primero que despertaba en su
cambiante cuerpo impulsos secretos de medianoche. —, Asuntos

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pendientes—, lo llamó él. No se equivocaba. Sus dibujos secretos decían la


verdad: una parte de ella aún no había terminado con él. Tal vez una aventura
le daría algo de paz, haría más fácil olvidarlo una vez que se casara.
— Confieso que tengo curiosidad—, dijo ella con tranquilidad. — Aunque me
atrevo a decir que la experiencia será decepcionante.
Él se estremeció, pero ella debió traicionarse a sí misma, porque entonces sus
ojos se entrecerraron y una pequeña sonrisa se dibujó en la comisura de sus
labios.
— Sí—, accedió con naturalidad. — Ese es el escenario más probable.
— Probablemente, incluso, aburrido—, dijo ella.
— Excesivamente aburrido. Pero al menos lo sabremos.
Él se movió hacia atrás detrás de ella y movió su mano desde su cadera para
presionar su palma contra la columna de piedra. Su pecho estaba ahora contra
su espalda, atrapándola en el espacio entre la columna y su cuerpo.
Era un lugar excelente para estar atrapada.
Su otra mano se deslizó por su muslo. En lentos movimientos, le recogió el
vestido, arrastrando el dobladillo hacia arriba, centímetro a centímetro. El aire
acarició sus tobillos, sus pantorrillas, sus rodillas.
— Haré todo lo posible por despertar cierto entusiasmo cuando te vea sin
ropa—, dijo ella, esforzándose por alcanzar un tono distante. — Pero he visto
muchos cuerpos desnudos, y dudo que el tuyo tenga gran interés en
comparación.
— Efectivamente—. Su tono aburrido coincidía con el de ella. — Cuando te
vea desnuda, me atrevo a decir que me impresionará tan poco que seguiré sólo
por honor y cortesía.
Él deslizó una mano por debajo de su rodilla, ahora expuesta, y ella no se
resistió cuando él levantó su pierna para colocar su rodilla en el asiento
acolchado. Por debajo de la falda, la mano de él subió por encima de la liga de
la media, hasta el interior del muslo desnudo. En la columna de piedra, sus
dedos se rodearon. Él le mordisqueó la oreja con un gruñido bajo.
Respiró profundamente, de forma inestable, y dijo: — Soportaría tus caricias
por puro aburrimiento. Simplemente porque no tengo nada mejor que hacer.

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— Haré todo lo posible por complacerte, como debe hacer un caballero—,


murmuró él. — Pero me perdonarás si bostezo.
— No notaré tus bostezos. Estaré reorganizando mentalmente mis pinturas.
Finalmente, sus dedos exploradores tocaron su clítoris; un gemido escapó de
sus labios. Él tarareó con satisfacción y le mordió el cuello. Ella dejó caer la
cabeza sobre el hombro de él, abandonándose a las sensaciones mientras él
deslizaba sus dedos por los tiernos pliegues, acariciando y provocando hasta
que... ¡Oh! El placer la recorrió de nuevo; se retorció, se arqueó y volvió a
gemir. Él le respondió con un pequeño rugido de triunfo; aquellos dedos
perversos y hábiles continuaron complaciendo aquel punto.
— Tal vez debamos esperar—, dijo él. Ella se tensó y él añadió: — Sólo lo
suficiente para que pintes un mural en el techo, ya que la vista nos distraerá
del acto.
Ella hizo acopio de su rápido ingenio. — Es un gesto muy considerado—,
consiguió decir. — Pero estudiar un mural que he pintado yo misma no
aliviará el tedio de tu empuje.
— Lo has entendido mal. El mural es para aliviar mi tedio mientras tú rebotas
encima de mí.
Ella no podía ver su sonrisa, pero podía sentirla. El placer de su juego se
mezclaba con el placer de sus dedos danzantes, y la pura emoción de ser
perversa con Leo, después de todos estos años, Leo tan familiar y a la vez tan
nuevo.
Se obligó a recordar su conversación. — Si tengo que esforzarme así, ten la
amabilidad de hacerme una lectura en voz alta durante el acto, porque
seguramente necesitaré una diversión.
— Empacaré un libro precisamente para ese propósito. Los Sermones de
Fordyce, quizás.
Ella reprimió su risa. — Podría necesitar algo un poco más erótico, si quiero
conseguir fingir algún entusiasmo.
— ¿Algo así? —, murmuró él en voz baja en su oído, mientras sus dedos
mágicos enviaban una nueva ola de sensaciones a través de su excitado y
desesperado coño.

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Su respuesta fue sólo un gemido tembloroso: no tenía más aliento para las
palabras, ni ingenio para los juegos. Ella se entregó a sus caricias, hasta que el
placer se hizo tan potente que exigió su liberación. Leo la sostuvo con sus
fuertes brazos mientras el éxtasis la invadía y sus jadeos se extendían por el
jardín como pájaros asustados.
Una vez que pasó, ella se liberó y buscó a tientas los calzones de él,
desesperada por tocarlo, por verlo entregarse al placer también…. pero de
alguna manera él se escapó. Buscó y buscó, pero él se escabullía. Ella no podía
atraparlo, con sus rodillas tan débiles. En lugar de eso, se dejó caer en el
asiento entre pequeñas y persistentes descargas de placer, con las faldas
desordenadas, por no hablar de sus pensamientos.
Y allí estaba Leo, al otro lado de la rotonda, a menos de dos metros de donde
ella estaba sentada, pero de alguna manera, de repente, a mil millas de
distancia. Una simple mirada le proporcionó la evidencia de su deseo. Él lo
ignoró, flexionando los muslos mientras se enderezaba las solapas, los puños,
el dobladillo de su estúpido abrigo color sangre.
Cómo se atrevía a jugar a su juego y a darle placer sinsentido, sólo para
esconderse una vez más detrás de su fachada cuidadosamente confeccionada.
Por eso debía aceptar esta aventura, pensó con fiereza. Cierto: ella lo deseaba.
Cierto: no podía resistirse. Pero ahora vio su intención, vio su verdadero plan:
Él quería darle un placer inolvidable y una última despedida, pero sin darle la
más mínima parte de sí mismo.
Muy bien. Que se quedara con su cuerpo, con su entrega y con todo lo demás
que exigía, pero a cambio ella exigiría su precio: nada menos que un trozo de
él para conservarlo con ella una vez que se hubiera ido.
— Asumo que tengo tu aprobación entonces—, dijo, con tanta frialdad como
si sus dedos no llevaran todavía su olor.
— Sabes que lo tienes. Siempre lo has hecho.
Algo parpadeó en su mirada, un indicio desconcertante de incertidumbre. Yo
te abriré, se juró en silencio, aunque tenga que abrirme yo también.
Si sus pensamientos se reflejaban en su rostro, él nunca lo sabría, porque ya
estaba bajando los escalones, diciendo: — Voy a ultimar los preparativos y a

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enviar un mensajero para informarte de cómo van a proceder los


acontecimientos.

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CAPÍTULO 17

El cómodo carruaje dejó a Juno en la casa de campo cubierta de hiedra de Leo


a última hora de una tarde fría y lluviosa. Leo no estaba allí cuando ella llegó,
pero una alegre criada le mostró una habitación bien equipada, y Juno
aprovechó felizmente la oferta de un baño caliente.
Ella salió del agua, con la piel rosada y perfumada, y descubrió que le habían
proporcionado una magnífica bata. Estaba pintada con flores de cerezo, y su
fresca seda fluía sobre su piel; se movió sobre las alfombras de felpa sólo para
sentir su caricia.
La casa era sencilla, el jardín bajo su ventana era pequeño, pero todo en la
habitación era el colmo del lujo, desde la bata hasta las flores y el cuenco de
fruta. Leo debía de tener un pequeño ejército de empleados.
Si hacerla esperar era parte de su plan, se encontró disfrutando de la
anticipación inmensamente. Saboreó un jugoso melocotón y un poco de
chocolate caliente, luego se recostó y se adormeció en una galería de
pensamientos deliciosamente lascivos.
Un sonido procedente de la habitación contigua la despertó de su estupor. Ya
era de noche, la luz del día de verano se había apagado por la suave lluvia. Juno
abrió con facilidad la puerta de conexión y se asomó a una enorme habitación,
amueblada con una zona de estar y una cama de gran tamaño, ya caliente a
pesar del frío de la noche.
Su mirada se dirigió directamente a Leo, agachado ante el fuego, avivando las
llamas. Todavía llevaba la camisa y los calzones, bajo una bata bordada con
soles, lunas y estrellas. Él levantó la mirada y sonrió, esa sonrisa tan familiar
que provocaba tanto un cálido placer como una perversa emoción envolvente.
Sin embargo, esta habitación también era opulenta, desde las sábanas de seda
hasta el diván de terciopelo rojo. Por allí había un plato de fruta, queso y
pasteles, por allá una bandeja con copas de cristal y vino tinto. Las velas
bañaban la habitación con un brillo suave y seductor, y un quemador de
perfume dorado llenaba el aire con un aroma embriagador.

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Era un lugar lujoso. Deliciosamente decadente.


Exhuberantemente e impersonal.
— Confieso que estoy un poco confundida—, dijo ella. — ¿Me trajiste aquí
para drogarme o para alimentarme?
— Necesitas mantener tus fuerzas.
Él la recorrió con los ojos, con una mirada hambrienta, como si pudiera ver a
través de la bata abrochada.
— ¿La bata es de tu agrado? —, la preguntó.
— Es espléndida. La tuya también.
Y se la quitaría a la primera oportunidad que tuviera.
Esta opulencia le delataba: Él no había venido como Leo, sino como el duque.
Ella lo despojaría de su distanciamiento, junto con esa seda bordada.
Él se levantó, los hilos de seda de su túnica brillaron a la luz del fuego
mientras se ponía de pie. Ella se dirigió de puntillas hacia él, como si fuera un
animal de presa a punto de asustarse, y tocó con los dedos el bordado de su
manga.
— Siempre quiero tocar tu ropa, pero te haces intocable—, confesó
suavemente. — Quiero tocarte, Leo. Todo tú.
Le subió la seda por el brazo, revelando los finos tendones y las venas del
interior de la muñeca. Su piel aquí era tan suave, en contraste con los pelos
más ásperos de más allá. Ella presionó la punta de su dedo contra su pulso, y él
la evadió rápidamente para capturar su muñeca y explorar su piel a cambio.
— ¡Todo este lujo! —, dijo ella. — ¿Pretendes seducirme con lujosos
cumplidos y regalos?
— ¿No te gusta?
— Oh, me gusta. Pero no hace falta que me colmes de cosas bonitas y palabras
bonitas. Estoy aquí porque te deseo.
Sus gruesas pestañas ocultaron su expresión, mientras bajaba la cabeza y
arrastraba prometedores besos a lo largo de su antebrazo. El éxtasis danzó en

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su interior como un duendecillo de fuego, encendiendo chispas desde sus


pechos hasta su quimio.
Las chispas de respuesta se encendieron en sus ojos cuando la miró.
— No me tienes que seducir con el lujo—, le repitió.
Ella sonrió. — Es bonito, pero no es esencial.
— Por ejemplo, acostarte en el sofá de terciopelo, alimentarte con uvas y
sorbos de vino.
— No es necesario.
— ¿Mientras recito odas a tu belleza?
— No, no y no.
— En ese caso—. La soltó y señaló la mesa. — Levántate la bata, agáchate y
nos pondremos a ello.
Una brillante carcajada salió de ella. El fuego crepitó en la chimenea; el deseo
crepitó en el aire a su alrededor.
Cuando él volvió a hablar, lo hizo con su voz de dormido.
— Si no das rienda suelta a tus propios deseos, tal vez des rienda suelta a los
míos de verte en esa tumbona de terciopelo rojo, sólo con medias de seda y el
pelo suelto alrededor de los pechos.
El deseo la invadió. Ella se mordió el labio. — No soy más que una humilde
artista. ¿Crees que puedo permitirme unas medias de seda?
Con un nudillo perezoso, él trazó el borde de su bata, comenzando en su
hombro y deslizándose hacia abajo, hasta el valle entre sus pechos
necesitados. — Si te conozco, Juno Bell, sé que llevas medias de seda. ¿Estoy
en lo cierto?
Por supuesto que tenía razón, y lo sabía. Sonriendo débilmente, él sacó los
peines de su pelo y los tiró a un lado. Sus rizos oscilaron, inusualmente
tímidos, y luego se rindieron de golpe y se desplegaron por su espalda.
Con ambas manos, le zarandeó su pelo, agitando sensualmente sus largos
rizos sobre los hombros. Ella se recreó mirando su torso, la piel bruñida que
asomaba por el triángulo abierto de su camisa.

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— Entonces dime, si sabes tanto, ¿de qué color son las ligas que sujetan mis
medias de seda? —, preguntó ella.
— Ah, eso no lo sé, aunque sé que te encantan las cosas bonitas y coloridas.
Tal vez tus ligas sean azules, para que hagan juego con el cielo de la mañana,
pues es una de tus vistas favoritas.
Él dejó su cabello y bajó las manos por su delantera, rozando
despreocupadamente sus pechos, cuyos pezones estaban duros bajo la seda.
Buscó el primer botón que abrochaba la bata y lo deslizó por el agujero.
— Quizá tus ligas sean rosas y estén bordadas con flores blancas, porque te
encantan esas flores—, murmuró.
Sus ojos aprisionaron los de ella, mientras sus ágiles dedos liberaban cada
botón. La seda se separó sin poder evitarlo, al igual que sus labios.
— O tal vez hoy tus ligas son rojas y están bordadas con llamas, en honor a la
forma en que una simple mirada tuya calienta mi sangre.
— Sólo hay una forma de averiguarlo.
La túnica se abrió. Él se quedó quieto mientras la contemplaba, desnuda a
excepción de la bata y las famosas medias de seda, atadas por encima de las
rodillas. Su mirada la recorrió con avidez.
— ¿Y bien? — Su voz era ronca. — ¿De qué color son mis ligas?
Él seguía mirando. — No tengo ni idea.
— Tal vez esto ayude—, murmuró, y se deslizó la bata sobre los hombros. La
bata se deslizó por su cuerpo y se acumuló a sus pies. El aire calentado por el
fuego besó su piel desnuda.
Una respiración estremecedora le sacudió el pecho. Su boca trabajó, tragando,
humedeciendo sus labios secos, buscando sorbos de aire. Finalmente, él
levantó la vista. Sus ojos ardían.
— Túmbate en la tumbona—, le ordenó con brusquedad. — Tu piel desnuda
sobre el terciopelo. Creo que nos gustará a los dos.
Una risa exagerada salió de ella. — Creo que a los dos nos gustarán muchas
cosas.

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Ella retrocedió hasta la tumbona, acurrucó su trasero en el suave terciopelo


que la abrazaba y se reclinó hacia atrás, con una rodilla doblada. Dejó que sus
muslos se abrieran bajo su mirada hambrienta. Su propio descaro la emocionó.
— ¿Es esto lo que habías imaginado? —, le preguntó.
— Mi imaginación se quedó muy lejos de la realidad.
Él se inclinó sobre ella, luego se sentó también, con su cadera vestida de seda
caliente contra la de ella. Ella se retorció en espera de su contacto, pero él pasó
por encima de ella, con un cosquilleo de su bata y una pizca de su aroma
picante.
— ¿Y qué es esto que veo, colgado encima de la tumbona? —, dijo él. —Vaya,
si es una bufanda de cisne.
Lenta y perezosamente, él enrolló la tela hacia él, arrastrando la tira de plumas
blancas por encima de su hombro, para enroscarse alrededor de sus pechos.
Bajo sus sensuales burlas, la espalda de ella se arqueó y se le escapó un gemido.
Apretó una mano contra el terciopelo de la tumbona, mientras la otra se
aferraba al muslo duro de él.
— Pensé que te gustaría—, murmuró él con rudo triunfo.
— ¿Qué más piensas hacer con ella?
Con un suspiro, él dejó caer la cinta al lado de ella. — Supongo que ahora
nunca lo descubrirás.
Ella soltó una risita. — ¿Estás enfadado?
— ¿Por qué iba a enfadarme? No soy yo quien se priva de mil placeres
sensuales.
Juno empezó a arrepentirse de sus anteriores palabras. Se dio cuenta de que
había pensado en ello, anticipándose a lo que podría complacerla.
Ociosamente, enredó sus dedos en el cordel. ¿Cómo respondería él si ella la
pasara por su cuerpo? Qué magnífico sería torturarlo de esta forma tan
exquisita, hacerle estremecerse y gemir bajo su contacto.
De nuevo, él se acercó a ella, esta vez para servir un gran vaso de vino tinto de
una jarra.

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— Pensar que incluso he decantado una botella de buen vino y no quieres


probarlo—, dijo él. — Pero tengo la intención de complacerte. Un brindis por
tu gloria.
Levantó la copa de cristal en un brindis y luego inclinó la muñeca. El vino
salpicó sus pechos. Ella jadeó. Con una sonrisa perversa, dejó la copa.
Sumergió un dedo en el charco de un pecho.
— Una buena cosecha—, dijo, untando el vino sobre su pezón. — Notas de
mora, roble y pecado.
Él lamió el vino, con su lengua áspera y caliente, mientras lo hacía girar
alrededor de sus sensibles pezones y mordisqueaba las suaves curvas de sus
pechos. Se tomó su tiempo, sin perder una gota. Cuando terminó, le dirigió
una mirada cómplice, con los ojos pesados.
— Así que te gusta el vino—, dijo él con voz ronca.
Ella se rio, de forma exagerada y aguda. — Es muy potente. Se me sube a la
cabeza.
— Oh, querida, no estaba apuntando a tu cabeza. Tendré que volver a
intentarlo.
Le roció un rastro de gotas sobre los pechos, el vientre y los muslos.
Juno observaba, mordisqueando un dedo, con la respiración entrecortada. Sus
caderas se movían contra el sillón de terciopelo.
Una vez más, él persiguió las gotas de vino con los labios y la lengua, raspando
su piel febril con los dientes, hundiendo la lengua en su ombligo. Mientras
tanto, sus dedos jugueteaban con la parte más suave de su muslo.
Este era el verdadero lujo, pensó vagamente, no la seda y el terciopelo y el
pañuelo de cisne, sino el lujo del tiempo y el espacio y la atención. El lujo de
ser complacida y servida.
Sus ojos brillaron. — Te gusta eso—, dijo él.
— Me gusta que me toques.
— Me gusta tocarte. Tu cuerpo es una maravilla.

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Mientras hablaba, cambió su mano en el muslo de ella, volviéndose más


aventurera. Su pulgar se deslizó audazmente hacia arriba, aventurándose sin
piedad sobre su parte más sensible.
— ¿Aquí? —, murmuró. — ¿O aquí? ¿Así?
Se le escapó un gemido, y una sonrisa triunfante y satisfecha se dibujó en el
rostro de él, como un hombre que hubiera encontrado oro y estuviera muy
satisfecho de sí mismo.
A través de la bruma del placer, la duda revoloteó en ella como una polilla
atrapada: qué deliberado era esto, qué hábilmente estratégico, como si él
estuviera aplicando una técnica aprendida. Casi preferiría una incompetencia
entusiasta a esta estrategia despiadada.
Pero ese pensamiento se esfumó cuando la destreza de su pulgar hizo que un
nuevo placer recorriera sus piernas.
Muy bien. La competencia despiadada no era del todo inoportuna.
— Eres realmente encantadora— murmuró, con sus labios contra los de ella.
— Tan real, embriagadora y potente. No hay un vino en el mundo que pueda
meterse en mi sangre como una probada de ti.
— Pero aún no has probado mi sabor.
El deseo se encendió en sus ojos al captar su significado.
Sí, le gustaba su descaro, su desenfreno, su familiar falta de respeto. Disfrutaba
de su disposición a dar órdenes tanto como de su voluntad de someterse a las
suyas.
Acabo de saber algo muy íntimo de ti, Leopold Halton, pensó ella triunfante. Intentas
esconderte de mí, pero yo te veo igualmente.
Él se deslizó de rodillas junto a ella, separó sus muslos y bajó su boca para
tomar ese sabor. Con sus tiernos labios y su fuerte lengua, acarició y provocó
hábilmente, tomándose su tiempo, respondiendo a cada uno de sus
movimientos o sonidos, que ella daba libremente.
Pero incluso mientras disfrutaba de las sensaciones fundidas que se agitaban
en su interior, algo le molestaba: su despiadada maquinación, su propósito de
arrancarle placer.

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

La furia se agitó en el torbellino del deseo. Quería algo más que esa sensación.
Lo quería a él.
Él le estaba dando placer, pero nada de sí mismo. La estaba reduciendo a un
charco de deseo desesperado, pero manteniendo el control. Tal vez si tuviera
mil noches con él, diez mil, disfrutaría de tal estrategia y habilidad. Pero no
cuando el tiempo estaba en su contra. Podía aprovechar el placer cualquier día
de la semana. Esta era su única oportunidad de conquistarlo a él.
Ella se sentó y lo miró fijamente.
Él se detuvo, con preguntas en sus ojos vidriosos. — ¿No te gusta eso?
— Me gusta mucho—, dijo ella. — Pero ya te he dicho que lo que quiero es a
ti. Todavía no te he visto.
Ella se echó hacia atrás, con un brazo detrás de la cabeza, con las piernas aún
abiertas, descaradamente, y lo miró con lascivia. Le dio un toque con un pie.
— No es divertido ser la única desnuda en la habitación.
— Como quieras.
Él se puso de pie, con los pies descalzos sobre la alfombra de felpa, y se
desnudó para ella, sin prisas, con despreocupación, con una insolencia casual
que reflejaba la de ella.
Pero su ojo entrenado notó la tensión en sus músculos, el débil temblor de sus
manos, el momento en que se enganchó torpemente en su propia camisa, su
inusual torpeza al bajarse los pantalones y los calzoncillos.
Una parte de ella quería protegerlo, arroparlo. Pero otra parte de ella -esa
parte que seguía enfadada con él por ocultarse de ella- juró hacerle temblar
más.
Finalmente, se puso ante ella, desnudo.
Preparado.
Ya no era un cuadro intocable. No era una obra de arte de cualquier clase, sino
un hombre glorioso, listo para ser tocado.
Juno se puso de rodillas en el sofá de terciopelo, tomando felizmente el mando.
Apoyó una mano en una rodilla. Sus ojos siguieron el movimiento. Subió los

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dedos por su muslo, se sumergió en su propio núcleo caliente y húmedo. Las


manos de él se flexionaron, se retorcieron.
— Muéstrame— ordenó ella.
Él rodeó su pene con una mano. Se le escapó un suspiro.
— ¿Le gusta, señora? — Su insolencia la deleitó.
— Me complace que te complazcas a ti mismo.
La mano de él se movió obedientemente, con movimientos largos, duros e
hipnotizantes. — ¿Es eso todo lo que quieres? — dijo. — ¿Mirarme?
— Oh no—, ronroneó ella. — Quiero mucho, mucho más.
Ella torció el dedo. Él se acercó, pero se detuvo justo fuera de su alcance. ¿No
era eso propio de él? Mostrarle lo que podía tener y luego negárselo.
Ella se lamió los labios.
— Juno—, murmuró con una nota de protesta. — Esto no es...
Ella conocía sus costumbres. No quería ser vulnerable. La quería incoherente y
suplicante de placer, mientras él mantenía el control.
Ni hablar. Si estaban haciendo esto, lo estaban haciendo juntos.
Ella extendió un brazo, metió los dedos en la copa de vino, luego deslizó los
dedos empapados de vino entre sus labios y los chupó.
— He cambiado de opinión— dijo ella. — Quiero probar el vino después de
todo.
Su batalla consigo mismo era casi visible, pero luego se rindió a su voluntad:
Tan obedientemente como un prisionero de guerra ante una reina, él se acercó.
Se liberó y deslizó su mano por el pelo de ella.
Ella regó el vino sobre su polla y se tomó su propio tiempo para lamerla. Cada
movimiento pausado de su lengua se ganó un gruñido de él. El cuero cabelludo
de ella se tensó cuando la mano de él agarró sus rizos.
Su control se estaba perdiendo. Ella lo estaba destruyendo poco a poco.
Ella recorrió con sus dedos sus costillas, su vientre; su cintura y sus caderas,
donde la piel era escandalosamente suave; sus apretadas nalgas; los ásperos
pelos de sus musculosos muslos.

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

— Me gusta esto—, murmuró ella. — Me gusta mucho tocarte.


— Atormentarme, querrás decir.
Rompiéndolo en pedazos, para que ella se llevara un pedazo cuando se
separaran.
Ella se arrodilló de nuevo. — ¿Quieres que deje de atormentarte?
— No.
— ¿Qué crees que debo hacer ahora?
Una vez más, él tomó el mando. — Creo que deberías tomar más vino.

Leo observó, en una nebulosa de deseo, cómo Juno hundía los dedos en la copa
y le pintaba vetas de vino en el estómago. Enrolló sus dedos más
profundamente en su pelo, mientras ella se inclinaba y lo lamía. Luego levantó
la vista, mordiéndose el labio.
— Has fallado—, dijo él con severidad.
Su sonrisa era tan descarada como triunfal. Él daba las órdenes, pero ambos
sabían que era ella quien tenía el control.
Si se lo rogaba, haría su voluntad.
No estaba previsto que fuera así. Él se había propuesto darle placer, saborear
la experiencia, pero no más. La finalidad era perder el deseo por ella; no se
suponía que perdiera la cabeza.
Pero, ¡qué fascinante era su boca! ¡Qué encantadora era su atrevida
sensualidad!
Ella lo agarró con una mano, lo roció tan generosamente que el vino le resbaló
por los muslos y le salpicó los pies. Sin vacilar, se lo llevó a la boca, chupando y

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

girando, hasta que le robó el aliento, el alma, su barrera de civilización, hasta


que apenas se aferró a unos pocos jirones de control.
Demasiado. Él se apartó. Ella lo dejó ir, con preguntas en sus ojos.
— Todavía no he terminado contigo—, dijo él y, antes de que ella pudiera
protestar, se abalanzó sobre ella y la abrazó.
Ella gritó de placer, riendo y dando patadas con los pies y arqueando la
espalda para que su pelo cayera sobre su brazo. Él también se rio mientras la
llevaba por la habitación y la arrojaba sobre las sábanas, donde se estiró
lujosamente, de forma provocativa. El deseo salvaje le atravesó como un rayo.
El milagro de estar sobre ella, Juno Bell, desnuda y sensual, deseosa de su
toque, lista para que la devorara.
Todavía no, se dijo a sí mismo. Mantén el control.
No se perdería en ella.
No se perdería.
No lo haría.
Pasó sus manos y su boca por encima de ella, acariciando su cuello,
acariciando sus pezones, moldeando sus pechos, explorando su coño. Observó
cada movimiento, cada respiración, cada jadeo: Cuanto más se concentrará en
su respuesta, más controlado estaría.
Ella gimió, se retorció, suspiró. No contenía nada; Leo se propuso
aprovecharlo todo. La haría ver las estrellas, la haría enronquecer gritando su
nombre. Vería cómo el placer la destrozaba con una intensidad que nunca
había conocido y que nunca, nunca lo olvidaría.
Sí, pensó triunfante, lo estaba haciendo bien.
— Sé lo que estás haciendo, Leopold Halton—, dijo ella.
Él se congeló. Más allá de su descarado deseo se escondía algo más oscuro,
más feroz. Antes de que él pudiera mencionarlo, ella le pasó las manos por el
cuero cabelludo, y el roce de sus uñas le produjo un escalofrío de placer.
— Pero eso te gusta— balbuceó él. Su cerebro no funcionaba muy bien; sus
facultades racionales estaban absortas en contenerse para no saquearla como
un pirata. — Sé que te gusta.

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— Oh, lo hago—. Un tono de piedra, casi como una advertencia, endureció su


voz. Le apretó el bíceps como si quisiera estrangularlo.
— Entonces déjame darte más—, dijo él.
— Eso es lo que quiero de ti. Más.
— ¿Más qué?
Ella se incorporó. Confundido, él se levantó y ella le empujó el hombro, con
fuerza. Él rodó sobre su espalda. Ella se abalanzó sobre él, sus rizos volando, y
empujó sus hombros contra el colchón, sus ojos tan salvajes como su pelo.
— Más tú—, dijo ella, con una voz como un gruñido.
Él le cogió por las caderas. — ¿Estás enfadada conmigo?
Ella se inclinó sobre él, de modo que sus pechos rozaron su pecho, su monte
cubrió su polla. Sus últimos jirones de cordura empezaron a volar como una
brizna de diente de león en el viento. Aquella nueva ferocidad parecía
ensombrecer los ojos de ella y tiraba de su alma.
No, pensó, no así. Este encuentro debía ser ligero y lujurioso, lleno de risas y
juegos. Había planeado burlarse de ella y tentarla, y luego escapar, sin ser
tocado, sin ser atado, sin ataduras.
Pero la expresión de ella era hambrienta y exigente, y los invadió a ambos
como un viento caliente del desierto. Había desaparecido la mujer alegre, la
que se reía de los problemas con bromas pesadas. La mujer que se cernía sobre
él era despiadada y feroz.
Era la mujer que dibujaba aquella sirena, aquella sirena posesiva y apasionada
que arrastró al marinero a las peligrosas profundidades. Se acordó del
marinero: embelesado, encantado, feliz de ir a la muerte, con tal de irse con
ella.
Oh, diablos, pensó Leo. Estoy condenado.
— Crees que no sé lo que estás haciendo—, dijo ella.
— ¿No lo estoy haciendo bien?
— Lo estás haciendo bien. Demasiado bien. Quieres que vea estrellas.
—Sí—, confesó él.

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

— Quieres que no pueda evitar desearte.


— Sí.
— Quieres estar dentro de mí.
— Oh, diablos, quiero estar dentro de ti—, gimió. — Pero debemos tener
cuidado. Hay muchas otras cosas...
— Pero lo queremos. Te quiero dentro de mí. Te quiero todo, Leopold Halton,
hasta el último centímetro.
Ella levantó las manos de él de sus caderas y las presionó sobre su cabeza. Sus
nudillos rozaron la dura madera del cabecero. Con una mano, le sujetó las dos
muñecas a la almohada. Él la dejó, aunque ambos sabían que no podía
sujetarlo si él no deseaba ser sujetado.
Su corazón latía con fuerza; cada uno de sus músculos ardía de sensaciones.
Su mirada lo desmontó cuando se introdujo entre ellos y colocó la polla de él
en su entrada, su promesa caliente y húmeda acariciando la sensible punta.
Leo resopló entre los dientes. — Juno, ¿qué quieres?
— A ti. ¿Cuántas veces tengo que decirte que lo que quiero eres tú?
— Quiero darte placer— espetó.
— Y quiero que me des un trozo de ti, para llevármelo cuando te vayas.
Llévatelo, quiso decir. Toma lo que quieras. Tómalo, tómame a mí, tómalo
todo.
Pero su voz no funcionaba, y entonces el pelo de ella era una cortina que se
desplegaba alrededor de ellos mientras su boca se cernía sobre la de él. Oh, sí,
besarla de nuevo. Pasar su primer día juntos sólo besándose. Su relación
amorosa iba demasiado rápido. Demasiado. Quería...
— Dime otra vez que nuestra amistad no significaba nada—, dijo ella, con un
tono tenso e intenso.
Leo parpadeó, confundido. — ¿Qué?
— Dijiste que nuestra amistad no tenía importancia, que era un mero deber,
que no significaba nada—. Su ira era palpable ahora. — Dijiste que nunca fue
realmente una amistad. Dilo de nuevo ahora.

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

— Di...— La voz le falló. Tragó saliva. Sus muslos estaban tensos sobre los de
él, como si fuera un semental salvaje al que tuviera que domar.
— Yo creía que era tu amiga, pero tú lo negaste—, continuó ella, con esa voz
grave e intensa. — Entonces, dilo otra vez. Dime que nuestra amistad no tenía
importancia. Dime que no era real.
— No puedo.
Él levantó las manos, pero ella las volvió a apretar contra la almohada. Nunca
se había sentido tan vulnerable, tan expuesto, no sólo su cuerpo sino su propio
corazón.
— Dime que nunca te importe y te llevaré dentro de mí. Dejaré que me hagas
lo que quieras. Sólo mírame a los ojos y vuelve a decirme que nuestra amistad
no significó nada para ti—. Ella le empujó las manos. — Dilo, maldito seas.
— Nuestra amistad significaba todo para mí—. La confesión le salió a
borbotones. — Mentí en Londres. Te visité estos últimos años porque quería
verte. Necesitaba verte.
Ella se congeló, como si estuviera aturdida por su admisión. Luego su
ferocidad se disipó. La pena pareció inundarla, como si hubiera querido que él
siguiera mintiendo, para poder odiarlo un poco. Leo lo entendía.
Entendía que el odio y la ira eran esenciales a veces, como única protección
contra la pérdida de uno mismo.
—, Oh, Leo—, respiró ella, y se hundió sobre él, con un suspiro.

LEO LA LLENÓ POR COMPLETO.

175 | P á g i n a
Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

No sólo su cuerpo, sino su corazón, que de repente parecía lleno de lugares


vacíos para que él los llenara. Los lugares secretos en los que le dolía estar sola,
él los llenaba todos. Todos esos rincones oscuros y torcidos en los que nadie se
aventuraba, también los llenaba él. Juno casi lloró ante la sublime maravilla de
su unión. Su ira había surgido de forma espontánea, casi consumiéndola
mientras tomaba el control y se ganaba su confesión, pero era una victoria
vacía, porque no cambiaba nada. Su amistad seguía terminada, él seguiría
dejándola para casarse con otra, seguían sin tener un futuro juntos, y el mundo
en el que vivían -los dos mundos- significaba que ella no tenía más remedio
que dejarle marchar.
Había pensado que lo único que quería era oírle admitir la verdad, pero ese
pequeño trozo no era suficiente. Aun así, ella quería más.
Más y más y más.
Él se levantó, penetrando más profundamente en su interior, y reclamó su
boca en un beso desesperado. Algo había cambiado: su beso la abrasaba con
una pasión salvaje, algo nuevo para ambos. Sí. Se acabó el control. No más de
su cuidadosa calma ni de su maldita conservación.
Ella quería liberar su corazón salvaje.
Quería provocarlo para que se olvidara de sí mismo, para que tomara lo que
quería y le diera nada menos que un pedazo de su alma.
— Me haces ser salvaje— respiró ella. — Sé salvaje para mí también.
Él le agarró las caderas, pero, una vez más, ella le sujetó las manos por encima
de la cabeza. Una vez más, él la dejó.
Ella se deslizó lentamente por su eje, y luego, muy lentamente, volvió a bajar.
Apretó los músculos en torno a él, deleitándose en su sensación, en sus
ásperos gemidos, en el éxtasis y la agonía que se dibujaban en su rostro. Las
caderas de él se levantaron para penetrarla; ella también se levantó para
negárselo. Esto se sentía casi como una guerra, una guerra de desgaste. A ella
no le importaba.
Pasará lo que pasará, sabía que perdería. Pero cuando saliera volando por el
acantilado, lo llevaría con ella por el borde.
— ¿Esto es demasiado suave para ti? — Ella le mordió la oreja. — Qué
caballeroso eres, Leo.

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Le pasó las uñas por el interior del brazo, por el bíceps, por las costillas, por el
pecho tembloroso.
— Ten cuidado con lo que pides, Juno—, le advirtió en tono tenso.
Ella se rio, en voz baja y sin aliento. — Palabras baratas y fáciles. Te escondes
tras ellas como te escondes tras los bordados y la seda. Muéstrame quién eres
de verdad.
Ella se elevó sobre él, se cernió sobre él, desafiándolo con sus ojos.
Libérate de tu control y muéstrame las partes que no muestras a nadie más, le pidió en
silencio. Dame eso, porque no quiero menos.
Ella se dispuso a dejarlo. Con un rugido, él se levantó debajo de ella. Unas
manos fuertes la agarraron y la pusieron de espaldas como una muñeca de
trapo. Se sintió como si volara y ella gritó sin aliento mientras él la penetraba
profundamente, gruñendo y gruñendo, con los ojos salvajes, los dientes
enseñados, una masa sólida y temblorosa de músculos y deseo.
— Más— le instó ella. — Dame más.
De nuevo, ella le empujó el hombro; de nuevo, él se revolvió, llevándola con él.
Pero un instante después, él se levantó para ponerla de frente. Esas manos
implacables levantaron sus caderas y él la penetró con fuerza desde atrás.
La pasión frenética la recorrió, hasta que sus músculos, su piel y su sangre
cantaron como un coro, mientras se perdía en él, en esa desordenada y salvaje
entrega de dos personas.
Entonces él se detuvo, con su pecho calentando la espalda de ella, con su
aliento áspero y desgarrado contra su cuello. Deslizó una mano hacia la parte
interior de su muslo y encontró infaliblemente ese punto creado para hacerla
gritar.
— ¿Suficientemente salvaje para ti? —, le gruñó al oído.
— Casi—, jadeó ella. — Dame más.
Sus dedos hicieron su magia y sus dientes rozaron su hombro. El éxtasis la
invadió como una tormenta, y su fuerte brazo la acunó mientras el placer
recorría cada centímetro de su ser.

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

Volvió a entrar en sí misma, mientras Leo la ponía de espaldas y se cernía


sobre ella.
Con dificultad, buscó a Leo, lo agarró con fuerza y se deleitó con sus gemidos
y con los dedos de él sobre los suyos. Sus bocas se encontraron y sus lenguas
se enredaron, hasta que él se echó hacia atrás, con la cara vuelta hacia el cielo.
Lanzó un grito de placer y se estremeció al derramar su semilla sobre el
vientre de ella.
Juno se desplomó sobre las almohadas, sintiéndose extenuada y desgarrada y
felizmente viva. Leo se desplomó también, medio encima de ella. Sus pechos se
movían descaradamente al mismo tiempo.
Poco a poco, se recuperaron. El aire caliente se deslizó sobre su piel húmeda y
febril. Ella identificó vagamente otro sonido como la lluvia que caía fuera.
— Bueno— murmuró Leo a su lado. — Eso fue tan aburrido como se esperaba.
— Oh, ¿se ha terminado? —, respondió ella. — No me había dado cuenta.
La risa brotó en su interior. Él comenzó a reírse también. Sus músculos
gastados protestaron por el esfuerzo, mientras el colchón se sacudía bajo su
risa compartida.

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

CAPÍTULO 18

Leo se quedó mirando el dosel azul pálido de la cama. La lluvia tamborileaba


suavemente en el techo, y la luz fantasmal del atardecer rondaba los bordes de
la cortina, dando a la habitación un aire de misterio, de un lugar atemporal. Él
debió de quedarse dormido después de limpiarlos a los dos, mientras Juno lo
había mirado con el aire petulante de un gato sobrealimentado.
Ella seguía dormitando, con una respiración suave y uniforme, con el pelo
enredado sobre el pecho de él. Esta dulce intimidad era maravillosa y él no
sabía qué hacer con ella. Había algo de posesividad en la forma en que ella se
inclinaba sobre él. Sin embargo, él nunca podría poseerla. Ella volvería a bailar,
como antes, y lo abandonaría al aire.
Y su forma de hacer el amor, si es que era eso. Todavía se sentía en carne viva,
como si la fuerza de aquella pasión le hubiera lastimado los nervios. Con qué
desparpajo ella había incendiado sus cuidadosos planes y destrozado sus
expectativas. La mujer que tenía en su cama no era la amiga alegre y
despreocupada, la frívola buscadora de placer. Ella jugaba un juego diferente;
había transformado su placer en algo complejo y poderoso.
Como una diosa, pensó él. Cuando era joven y tonto, y leía tanta mitología y
poesía clásica que su cerebro se ablandaba, había pensado en Juno como una
diosa pagana, una diosa de la naturaleza, de las flores y la primavera, esa
fuerza vital que brota de la tierra para crear cosas bonitas. Se había reprendido
a sí mismo por sus pensamientos perezosos: Que tuviera nombre de diosa no
significaba que lo fuera.
Tal vez nunca se había quitado la idea de encima, y ahora su error asomaba,
junto con la verdad. Si la naturaleza era despiadada, las diosas también lo
eran. Todo eran flores y rayos de luna hasta que ella te agarraba el miembro en
su puño.
Su poder lo había despojado de todas sus mentiras, dejándolo en carne viva y
abierto, de modo que lo sentía todo, y todo lo sentía demasiado.

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Él nunca se había sentido tan cerca de nadie en su vida. Nunca se había


sentido tan cerca de perderse a sí mismo.
Ella se revolvió. Bostezando, extendió una mano sobre su pecho y deslizó un
pie por su pierna.
— Hiciste bien en traer tanta comida—, dijo con una sonrisa somnolienta. —
Sí que voy a necesitar mis fuerzas para sobrevivir a otro revolcón como éste—.
Ella se estiró lánguidamente y se echó el pelo hacia atrás, tan a gusto consigo
misma y con la liberación de sus seres secretos y salvajes. — Si tan sólo
pudiera mantenerte en mi estudio tras todo esto, para mi placer cuando yo
quiera. Pero supongo que debes irte y ser un duque, y entonces no tendré
ningún uso para ti.
Leo no dijo nada. Se quedó mirando el dosel. Tenía un pequeño desgarro en la
tela. ¿Cómo pudo aparecer una lágrima allí?
Ella levantó la cabeza, la presión de su mano sobre el pecho de él aumentó
mientras le cedía parte de su peso. Tuvo que mirarla.
Ella le buscó en los ojos. — ¿Te preocupa algo?
— No, en absoluto.
— Estás tenso.
— Estoy bien.
Le pasó la mano por los músculos con fácil familiaridad, como un mozo de
cuadra con un caballo. — No deberías estar tenso después de eso—. Ella
entrecerró los ojos. — No estabas tenso. Tú también estabas
maravillosamente, felizmente relajado. Luego me dormí y te pusiste tenso. ¿No
te gusta esta parte?
— ¿Qué parte?
Ella se hundió de nuevo. Él rescató su brazo mientras ella estaba acostada de
lado, con la cabeza apoyada, estudiándolo. — ¿No tenías intención de dormir
conmigo? ¿Prefieres tener tu propia habitación para dormir? Es así como... No
importa, supongo, si es lo que prefieres.
La parte de dormir, como si fuera simplemente una parte de la experiencia. Un
flujo continuo de abrazarla, sentir sus brazos alrededor de él, hacer el amor,
dormir, despertar, comer, volver a hacerlo. Una y otra vez y otra vez.

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Hasta que encontraba otra cosa que le interesaba y se alejaba.


— No. Yo...— Él no estaba seguro de qué decir.
— ¿Quieres marcharte? Debió ser difícil para ti, conmigo sobre ti como una
manta. ¿O soy yo la que se supone que debe irse?
— No. Sólo estaba... pensando.
— Oh.
Su cerebro también estaba tenso, moviéndose por todas partes, sin asentarse
en ningún sitio.
— ¿Leo?
— ¿Hmm?
— ¿Quieres decirme lo que estás pensando?
— No.
— No. Por supuesto que no.
— Es decir, no lo sé. Nada en particular.
La mano de ella volvió a recorrerle el pecho, el hombro y el brazo. Su mente
rastreó su tacto, mientras sus ojos miraban esa pequeña rasgadura en el dosel.
— Ya siento que me dejas—, dijo ella. — Desde que entraste en mi estudio
hace cuatro años, he sabido que una de esas visitas sería la última. Es triste
saber que esa última visita ya ha pasado y se ha ido.
Él hizo el intento de sentarse, pero ella le apretó el pecho.
— Espera. Deja que aproveche esta oportunidad para hablar. Cuando nos
vayamos de aquí, no volveremos a hablar, salvo quizás por cortesía cuando la
necesidad lo exija. Tú... seguirás tu vida, y yo te echaré de menos. Eso es todo
lo que quiero decir. Que te echaré mucho de menos. No sé qué haré sin ti—.
Ella suspiró y se dejó caer sobre las almohadas. — Yo supongo que tendré que
comer más pastel.
— Qué reconfortante es saber que seré reemplazado tan fácilmente.
— Oh, no fácilmente. Tendrá que ser un pastel muy extravagante—. Entonces
ella se rio, un sonido sin gracia. — Escúchame, escondiéndome detrás de una

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broma. Como si las cosas no me dolieran si las tomo a la ligera. Como


estrategia, es un fracaso absoluto. ¿De qué te sirve tu estrategia?
Sus palabras rebotaban en su cerebro como la bola de una ruleta, y de alguna
manera su boca dijo: — ¿Mi estrategia?
— Te escondes detrás de tu ropa.
— Todos nos escondemos detrás de la ropa—, dijo él. — Ese es todo el sentido
de la ropa.
Ella suspiró. — Ahí está. Tus ingeniosas palabras, para no delatar nunca nada
de ti. Tan contenido. Cuidadoso. Reservado.
Ella ya no lo tocaba. Él echaba de menos el calor de su mano. Había
centímetros entre ellos, lo suficientemente cerca como para que él pudiera
sentir su presencia.
Ella realmente lo veía, ¿no es así? Vio a través de sus defensas, sus engaños.
Ella lo aceptó de todos modos. Juno siempre lo acogía, tal como era, y él lo
necesitaba.
Entonces debería decírselo, pensó. Decirle que también la extrañaría.
Pero antes de que pudiera hablar, ella habló primero.
— Me equivoqué mucho al compararte con un pastel—, dijo.
— ¿Es una disculpa?
— Es una epifanía. Con la tarta, puedo comer un trozo entero. Contigo, sólo
tengo migajas—. La melancolía ensombreció su habitual tono ligero.
No sabía cómo mantener conversaciones de este tipo. Pero él dijo: — Estás
enfadada conmigo.
— Finges ante el mundo que no te importa nada más que tus tazas de té y tu
ropa, pero no tienes que fingir conmigo.
Pero sí tenía que fingir. Ella no sabía cómo la había esperado y cómo había
planeado su futuro juntos. Ella no sabía cómo había forjado una elaborada
historia para que nadie le impidiera viajar mil millas para pedirle que fuera
suya. No tenía ni idea de que su corazón juvenil se había roto en pedazos aquel
día en los jardines de Viena cuando ella se rio de su afecto como un tonto
enamoramiento. No podía concebir la forma en que ella convirtió esos pedazos

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en polvo cuando besó a otro hombre mientras Leo estaba sentado en la misma
habitación. Por lo que a ella respecta, lo que había habido entre ellos hacía
tiempo que había pasado.
No era culpa de ella; era culpa de él por el malentendido. Y era su dolor.
No quería que terminara así, pero sabía lo que pasaría si se dejaba llevar de
nuevo por ese camino.
— Si...— Ella se detuvo, tragó, respiró. — Si dijera que te quiero, ¿te
horrorizaría de nuevo?
Su mente se quedó en blanco. Sus músculos se pusieron en guardia.
Juno se sentó bruscamente, las sábanas se derramaron sobre ella como la
espuma del mar sobre Venus. — Tranquilo, ahí. Cálmate—. Se echó el pelo a
un lado. — Conozco esta parte: Ahora es cuando haces ese discurso para
recordarme que no tenemos futuro juntos porque eres un duque. Ahorra tu
aliento. Eso no fue una propuesta de matrimonio. No aspiro a ser duquesa. Sé
que no tenemos futuro juntos. Sólo quería expresar lo que siento. Y lo que
siento es que te amo. Puedo amarte sin querer casarme contigo.
Sus palabras giraron en torno a él, tan tensas como una tela de araña. Se
apartó de ella y rodó fuera de la cama, cayendo tan pesadamente que las tablas
del suelo gimieron a través de la alfombra de felpa.
— Puedes decir lo que quieras—, dijo él, mientras cruzaba la habitación para
buscar su ropa. — Esos son tus sentimientos. Tal vez incluso sean ciertos.
— ¿Quizás? ¿No me crees?
— Yo creo que sí lo crees. Pero, ¿qué es ese amor tuyo? Lo crees, lo aceptas, y
luego se desvanece. Te enamoras tres veces al día, me dijiste, y sin duda te
desenamoras cuatro veces. Hoy, dices que me amas. Dentro de un mes, dirás:
Oh sí, el Duque de Dammerton. Lo conocí una vez.
— ¿Crees que lo olvidaré? ¿Que te olvidaré?
— Sin duda inspiraré algunos cuadros encantadores entre tanto.
Encontró sus cajones, sus calzones, trató de separarlos, uno de otro. No
cooperaban.

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— Amas con facilidad y generosidad, pero no es tu naturaleza amar por


mucho tiempo o con alguna constancia, ¿verdad? —, continuó.
Metió los pies en la ropa. Nada parecía funcionar. Se sentía como un tonto,
dando saltos, anormalmente torpe. Se pasó una mano por la cara y captó su
olor.
— ¿Es esto lo que piensas de mí, entonces? —, insistió ella. — ¿Que soy
inconstante? ¿Que no tengo emociones verdaderas y duraderas?
— Dijiste que me amabas antes, ¿y eso cuánto duró? Sientes emociones,
incluso profundamente, pero no son más que combustible para tu arte.
— ¿Te molesta que mi primer amor no durase? ¿Todos esos años
transcurridos?
Ella estaba sentada erguida, sin importarle su gloriosa desnudez, tan cómoda
en su propia piel. Buscó su camisa y volvió a intentar recordar cómo vestirse.
— Deja que te diga lo que ha durado—, dijo ella, con una voz dura y tranquila
que le seguía por la habitación. — Mi recuerdo de tu cara mientras me
mirabas fijamente en el prado. Cómo te horrorizaste cuando te dije que te
amaba. Luego soltaste esas tonterías sobre el deber y el honor y me aseguraste
que no teníamos futuro juntos. Y luego...— Soltó una risa aguda y burlona. —
Luego te dedicaste al juego, como cualquier otro joven mediocre. Incluso en
Viena escuché historias de cómo prácticamente vivías en los mundos del juego
de Londres. En Viena te desbocaste, bebiendo y siendo imprudente. ¡Te
casaste con una princesa, por el amor de Dios! Y yo estaba... ¿Qué? ¿Se suponía
que debía suspirar por ti? ¿Llorar y gemir y retorcerme las manos o cualquier
otra tontería que se espera de una dama que no tiene suerte en el amor? ¿Dejar
que me consuma en la nada, dejar que la vida pase de largo y negarme a
permitirme cualquier felicidad porque atribuyo esa felicidad a un solo
hombre? Tal vez debería haberme arrojado a tus pies y llorar. Tal vez debería
haber muerto por un corazón roto. ¿Habría satisfecho eso tu definición de
amor?
Él no dijo nada. Vestirse. Vestirse era todo lo que tenía que hacer. El brazo
pasa por la manga, el botón pasa por el agujero, el corazón va directo al
infierno.
— Por el amor de Dios, Leo, cuando te dije que te amaba entonces, tu
respuesta fue señalar que no era lo suficientemente buena para ti.

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Leo se congeló. Su corazón pareció detenerse. Se enderezó, con el lino de la


camisa cayendo sobre su estómago y sus muslos, y la contempló. Los rizos que
le rodeaban la cara la hacían parecer más joven. Sus ojos eran duros y a la vez
llenos de atractivo.
— Nunca dije que no fueras lo suficientemente buena para mí—, dijo él.
Ella agitó un brazo, suelto y descontrolado. — Por supuesto que nunca lo
dijiste. Eres demasiado educado para eso. Pero oh, … mi familia, mi deber, mi
honor…, es lo mismo, cuando te diriges a alguien de baja cuna como yo.
Dejándome de lado por no ser digna heredera de un duque, dejando claro que
no tienes lugar para mí en tu vida.
Se le heló la sangre.
Se le hizo un nudo en la garganta.
No. Por Dios, no. ¿Todos estos años creyó que la despreciaba porque no era lo
suficientemente buena? ¿Juno Bell, la persona más maravillosa que había
conocido?
La comprensión lo golpeó como un puño. Había sido tan joven, tratando de
hacer lo correcto, y en cambio había roto más de lo que sabía.
Ni una sola vez se le había ocurrido que ella podría haber creído que la
consideraba inferior. Había estado demasiado ocupado luchando consigo
mismo, dividido entre su familia y su deber, por un lado, y sus sentimientos
por Juno por otro. Maldiciéndose a sí mismo por su debilidad al encontrarse
con ella cada mañana cuando había sabido que no debía hacerlo.
Demasiado tarde las piezas encajaron. Su negativa a pensar en sus padres,
porque la habían rechazado; por supuesto, ella había hecho lo mismo con él.
Ella había sido joven y estaba herida; lo había afrontado de la única manera
que sabía. Y él había sido joven y egoísta, y estaba tan inmerso en su propia
lucha que nunca había soñado que ella podría haber vivido su conversación de
forma tan diferente a la suya.
Y ahora, diez años para atrás...
Yo no aspiro a ser una duquesa.
Puedo amarte sin querer casarme contigo.

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Finalmente comprendió cómo su reacción en el prado la había herido, pero era


demasiado tarde.
Diez años tarde.
Él se sentó en el borde de la cama. — Yo nunca te consideré menos que yo.
Nunca. Yo intentaba hacer lo correcto con todos, pero entonces yo...— Él
suspiró. — Debes creerme.
No podía soportar contarle toda la historia, este sensible secreto que había
guardado durante tanto tiempo.
Pero tampoco podía soportar que ella pensara que se había ganado la mala
opinión de alguien en esta Tierra. Especialmente no podía soportar que ella
pensara eso de él.
Ella se subió la sábana hasta los hombros. — ¿Por qué debería creerte?
— Es la verdad.
Ella se burló. — Intentas ser amable, pero esto es...
— La verdad—, él repitió. — Yo fui a Viena para pedirte que te casaras
conmigo.
— NO.
La negación llegó al instante, sin pensar, a los labios de Juno. El mundo
cambió, como si la cama estuviera en un barco y ella estuviera en alta mar.
Ella miró su espalda, los músculos que se flexionaban bajo la camisa mientras
él se sentaba en la cama, pero su mente estaba en otro lugar y tiempo. Podía
imaginárselo todavía, Leo a los veintiún años, paseando con ella entre los
árboles otoñales de Viena, mientras ella se apresuraba a asegurarle que ya no
lo amaba y que sólo lo consideraba un amigo.
¿Qué cara había puesto él cuando ella dijo eso? Ella no lo recordaba; no lo
sabía.
— No— repitió ella. — Tú... estabas de gira. El Gran Tour. Estabas visitando a
los parientes de tu madre, a todos tus primos reales en Prusia.
Él se pasó una mano por el pelo. — Eso fue sólo una excusa para viajar. Dejé
Inglaterra el día que cumplí veintiún años. La edad suficiente para casarme sin
el permiso de nadie.

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— Pero tú...— Ella se agarró a la sábana, como si fuera lo único que le impedía
salir corriendo. — En el prado, dijiste que no teníamos futuro. Que no
podíamos estar juntos de ninguna manera.
Una risa triste salió de él. — Intentaba hacer lo correcto. Discutí conmigo
mismo durante meses después de aquello. Luego discutí con mi padre y mi
madre. Ambos insistieron en que había hecho bien en rechazarte, ya que
nunca debería alentar los afectos de una dama inadecuada. Pero decidí que
estaban equivocados, que todos estábamos equivocados, que el mundo entero
estaba equivocado. Para entonces, ya habías dejado Inglaterra. Esperé hasta
alcanzar la mayoría de edad para asegurarme de que el matrimonio fuera legal,
ya que mis padres seguramente no estarían de acuerdo.
— Tú...— Ella apretó los ojos, recordando. — Nunca lo supe—. Sus ojos se
abrieron de golpe. — Nunca escribiste.
— Yo no tenía tu dirección. Y si hubiera escrito a través de Hadrian, él habría
querido saber por qué.
Ella apretó la sábana, la apretó y la soltó, mientras avanzaba a trompicones
por su memoria. El pasado se movía y cambiaba a su alrededor. — El juego. Mi
familia me contó cómo estabas inmerso en el mundo del juego.
— El juego es la única forma de ganar dinero para un joven señor dependiente,
así que acumulé unos ahorros, suficientes para mantener a una esposa y a una
familia durante años, en caso de que mi padre me cortara el grifo. Al final lo
gasté todo en objetos de decoración. Ese juego financió el inicio de mi
colección—. Hizo una pausa. — Mandé hacer un anillo para ti. Mi propio
diseño. Un platero muy paciente trabajó conmigo.
La pena la invadió al imaginarlo de nuevo en Viena. Oh, ¡qué jóvenes habían
sido! Ella se abrazó a sus rodillas, y allí, enredada en las sábanas que aún olían
a él, su corazón sufrió por esa encantadora y sensible juventud. Por los sueños
que había alimentado, los meses que había esperado, los cientos de kilómetros
que había recorrido, sólo para encontrarla absorta en su nueva vida, sin apenas
dedicarle un pensamiento. Ella no había mentido cuando dijo que su amor por
él había desaparecido cuando se encontraron en Viena; para entonces, era la
verdad.
¿Pero qué era la verdad? Durante diez años, su verdad había sido que Leo la
rechazaba porque no era lo suficientemente buena para él. Durante diez años,

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el resentimiento por ese rechazo había zumbado en su pecho, como el


violonchelo de una orquesta.
Durante diez años, esa fue la verdad por la que había definido el curso de su
vida adulta.
Durante diez años, ella se había equivocado.
Él estaba inclinado, con la cara enterrada entre las manos, la camisa apretada
sobre los músculos de la espalda. Ella quería rodearlo con los brazos, enredar
los dedos en su pelo. Acostarse contra él mientras se daban de comer y
charlaban de nada. Con esta conversación, les había arrebatado la única
oportunidad de tener esa dulce intimidad doméstica. No debería haber dicho
ni una palabra. Si pudiera volver a esa época inocente en la que creía que él, y
sólo él, estaba equivocado.
Pero esta nueva verdad formaba parte de ella ahora, cristalizándose en su
cerebro.
— Quieres decir—, dijo ella lentamente, — que, si no hubiera decidido
estudiar arte en Europa, si me hubiera quedado en Inglaterra, esperándote,
habrías venido detrás de mí y nos habríamos casado y toda nuestra vida sería
diferente.
La habitación se sentía atormentada por esas otras versiones de sí mismos, ese
otro Duque y Duquesa de Dammerton. Si hubieran tomado decisiones
diferentes hace tantos años, ahora serían personas diferentes.
Él se incorporó. No la miró. — Pero no ocurrió así, y no tiene sentido pensar
en ello.
¿Y Viena? Él había dicho que prefería no recordar a Viena. Por su mujer, había
supuesto ella. Buscó recuerdos de él en Viena. Ella tenía mil recuerdos
maravillosos de aquellos años, y él no estaba en ellos.
Una nueva ira floreció. — Me llamaste inconstante—, dijo ella. — Sin
embargo, en Viena no te vi corriendo detrás de mí, luchando por mí. Es más,
unos meses después te casaste con otra persona. Dices que me querías y te
atreves a despreciar mi amor por desvanecerse. ¿Por qué, si me querías tanto,
por qué ni siquiera lo intentaste?
— ¿Por qué intentarlo cuando tú...? — Él se levantó, dio dos pasos sin rumbo
y luego giró. — Estabas floreciendo, Juno—, dijo. — Siempre tuviste brío,

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pero estudiando arte, libre de las restricciones de Inglaterra, te habías vuelto


tan viva. Tan luminosa. El matrimonio no es sólo la elección de un cónyuge,
sino la elección de una vida. ¿Y qué vida podría ofrecerte yo? Sólo más reglas,
más obligaciones, gente siempre mirando, juzgando, exigiendo. Te ofrecí
riqueza y estatus, pero no te importan. Si me hubiera casado contigo y te
hubiera llevado a Inglaterra, habría tenido que ver cómo tu espíritu se
desvanecía y se marchitaba.
Ella apretó los labios y se abrazó con más fuerza a sus rodillas.
Leo echó la cabeza hacia atrás y cerró brevemente los ojos. — Si te hubiera
perseguido, luchado por ti y te hubiera pedido que te casaras conmigo
entonces, ¿habrías aceptado?
Un profundo suspiro la estremeció, mientras se enjugaba las lágrimas que le
quemaban los ojos. — No. Te habría rechazado—. Su voz era apenas más que
un susurro. — Fueron días tan maravillosos
Él asintió. — Así que me casé con otra persona. Erika sabía de ti desde el
principio.
— Tu esposa. Erika. ¿Sabía que...? — Ella se armó de valor. — ¿La amabas?
— Erika era lo que yo necesitaba, como yo lo era para ella. Éramos
terriblemente inadecuados, aunque no nos dimos cuenta al principio. Yo era
joven y estaba borracho y.…— Sacudió la cabeza, como si estuviera disgustado
e impaciente con su yo más joven. — Me dije que no importaba con quién me
casara, si no podía casarme contigo.
— Pero sí importa, ¿no? —, dijo ella. — Eres un duque, y le importa a todo el
país a quién eliges como esposa. Y para tu familia, y tu Fundación, y tus
futuros herederos.
Él no respondió.
El silencio retumbaba a su alrededor, más fuerte que el fuego de la chimenea y
el tamborileo de la lluvia. La habitación parecía tan real como un escenario,
con Juno desnuda en la cama, Leo vestido en el suelo, y una dispersión de
atrezo: comida, bebida, una manta de cisne, un sofá de terciopelo.
A partir de aquí no había ningún lugar al que ir. Habían incendiado sus
puentes y todo estaba en llamas. No había otra forma de que aquello

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terminara, no con ellos siendo quienes eran, con sus elecciones y sus vidas. No
en este mundo.
Ella no se arrepentiría de esto, juró. Había logrado reclamar una pequeña parte
de él para llevársela cuando se separaran. Este dolor era simplemente el precio
que debía pagar.
— Entonces, ¿me amaste alguna vez? — preguntó ella.
— Tal vez. Tal vez no—. Él parecía agotado. — ¿Me amaste de verdad, cuando
dijiste esas palabras? ¿Sigue siendo amor si ese amor se desvanece con el
tiempo?
— Lo llamaste deseo. Un asunto inacabado.
— Sí. El deseo es todo lo que era.
— ¿Y ya se ha gastado todo el deseo?
Una pregunta tonta e inútil: Ella sabía que él no respondería. Y por supuesto,
no lo hizo. Se dirigió a la puerta.
— Perdóname—, dijo. — Me temo que esto ha sido un error.
Su corazón se rompió un poco más. — Dijiste que valorabas nuestra amistad.
Él se detuvo en la puerta. — Sí, lo dije. Muchísimo—. Él se acercó a ella. Ella
se incorporó. Él se alejó. — Pero como siempre eres la primera en decir, nada
permanece. Ni siquiera esto.

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CAPÍTULO 19

Leo huyó a su finca en Richmond, donde permaneció varios días. Un retiro


privado, había afirmado antes de abandonar Londres. Ahora, él hizo realidad
su mentira, y agradeció evitar el contacto con el mundo exterior.
Sólo había un personal reducido, pero no necesitaba gran cosa. Él se
conformaba con subsistir a base de pan y queso, con bañarse en el lago, con
vestir lo que se le pusiera a mano. Nadie sabría nunca de la noche en Surrey.
Sólo oirían hablar de sus días en Richmond, remando y montando a caballo
hasta que sus músculos gritaran y las palmas de sus manos se ampollasen y
sangrasen.
Él intentó alejar sus pensamientos de Juno, pero sus pensamientos resultaron
ser tan obedientes como sus gatos: Iban donde querían, se abalanzaban sobre
las cosas pequeñas y jugaban con él sin misericordia.
Y cuando él se reía -como un loco, riéndose solo por la noche- era de su propia
locura. ¿De verdad creía que acostarse con Juno disolvería sus sentimientos
por ella? He aquí la locura causada por la lujuria frustrada: se introduce en el
cerebro de un hombre como un gusano en una manzana y le hace creer todo
tipo de nociones estúpidas como si fueran las ideas más sabias del mundo.
Esto siempre iba a ser así. Él había examinado su relación como una lágrima
de cristal tallado, girándola hacia un lado y otro, explorando cada faceta. No
importaba que la luz lo atravesara, no podía ver cómo podría haber terminado
de otra manera.
Puedo amarte sin querer casarme contigo.
Yo no aspiro a ser una duquesa.
Ella no podía decirlo más claramente.
Se habían hecho daño mutuamente. Él había cometido errores. Pero las
diferencias entre ellos eran muy marcadas. Sencillamente, no estaban
destinados a ser y eso era todo. Nada había cambiado, en definitiva. No había

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

más opciones. Él había decidido casarse con Susannah Macey, y eso era lo que
haría.
Así fue como, cinco días después, Leo cabalgó por el callejón detrás de su casa
de Londres.
La luz del día le molestaba como un dolor de cabeza. Su caballo se alejó de la
puerta. Él no quería poner un pie dentro de esa casa.
Tal vez no lo hiciera. Tal vez buscaría a Hadrian Bell, lo llevaría a algún nuevo
club de Londres y se emborracharía. Excelente idea. Salvo que tenía la cara sin
afeitar, la ropa sucia, Hadrian estaba fuera de la ciudad y la bebida no había
resuelto aún ninguno de sus problemas. Pero después de días de reclusión, Leo
necesitaba compañía. Estaba sumamente harto de sí mismo.
Una imagen emergió: un salón con muebles destartalados y desparejados, y
gatos que se deslizaban sobre su ropa, y una cálida y torcida sonrisa que
siempre, infaliblemente, le daba la bienvenida.
Se sacudió la imagen y obligó a su caballo, que estaba asustado, a cruzar la
puerta.
Fuera de los establos, se bajó de la silla de montar, aterrizó en las losas con las
piernas cansadas y frunció el ceño ante su casa. Cómo se atrevía a tener el
mismo aspecto de siempre. Pero nunca cambiaría. La casa y el título
perduraban; los hombres que los reclamaban iban y venían, irrelevantes.
Puntos santos. Estaba de un humor sombrío.
Al darse la vuelta, dos mozos de cuadra salieron corriendo de los establos. Sus
rostros se llenaron de sonrisas tan amplias que uno podría pensar que él era su
salvador.
— Su Gracia, ha regresado, alabado sea—, dijo uno, mientras el otro tomaba
las riendas.
— Gracias, Jones, Allan. Es, ah, encantador verle a ti también.
Qué extraño. A Leo le gustaba pensar que trataba decentemente a su personal,
pero nunca imaginó que lo echaran de menos durante sus ausencias.
Un momento después, el jefe de la cuadra salió a zancadas para saludarlo
también.

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— Su Gracia—, dijo, con su voz áspera y aliviada. — Su secretario dijo que


estaba en un retiro privado en Richmond y que no debía ser molestado, y el
mayordomo no estaba seguro de si debía escribirle.
— ¿Sobre qué?
Unas estridentes carcajadas salieron de una ventana abierta en un piso
superior de la casa. La ventana revelaba a un hombre y una mujer riendo y
besándose y desapareciendo de la vista.
El dueño del establo dio un suspiro de cansancio. — El Sr. St. Blaise tiene
invitados.

El aire en el interior era espeso, cargado de perfume y humo. Una delicada


música de pianoforte flotaba por los pasillos, en contraste con los gritos de
risas estridentes. La luz se asomaba por las cortinas cerradas como un voyeur.
Finos caballeros y finas cortesanas, en diversos estados de desnudez, se
paseaban ebrios por las habitaciones, excepto en aquellos lugares en los que se
encontraban tirados sobre los muebles en interesantes disposiciones de los
miembros.
Reinando sobre esta bacanal estaba, por supuesto, St. Blaise, tan hermoso y
destructivo como el propio Lucifer. Estaba sentado en un sillón de brocado
verde sin más ropa que sus calzones y uno de los chalecos de Leo, con una
horda de admiradores a sus pies.
Al ver a León, St. Blaise se levantó de un salto y levantó su copa de cristal en
un exuberante brindis.
— ¡Hermano querido! ¡Bienvenido a casa! ¡El duque pródigo ha vuelto! ¡Qué
emoción verte por fin!
Cada exclamación golpeó a Leo como un puño. Incluso los invitados más
borrachos estaban de repente lo suficientemente sobrios como para retirarse
de su órbita.
— Y qué emoción volver a casa a esta fiesta de bienvenida—, le dijo.
— No es una fiesta de bienvenida. Es una fiesta de búsqueda—. St. Blaise
sonrió. — Desapareciste, así que nos reunimos para buscarte.

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Leo echó un vistazo al antes elegante salón, que ahora parecía desaliñado y
ligeramente avergonzado. ¿Buscándole a él? Lo único que se buscaba aquí era
pasar un buen rato y un final turbio.
Él era algo así como un experto en buenos momentos y finales turbios.
— No parece que estéis buscando mucho—, observó.
— Pero te hemos encontrado. Porque ¡mira! Aquí estás. Qué frenesí había en
Londres, preguntándose a dónde habías huido.
Leo giró la cabeza. — ¿Por qué demonios debería importarle a alguien? Me
retiré a Richmond en busca de paz y tranquilidad—. Repitió su coartada
como un criminal en el banquillo de los acusados. — No es motivo de
preocupación.
— Ah, pero dadas las circunstancias, parece que te has escapado.
El malvado regocijo en la expresión de su hermanastro le hizo dudar. — ¿Qué
circunstancias?
— Ausente. Fugado. Desapareció. Escapado. Corrió.
— ¿Por qué circunstancias?
— Por supuesto, nunca creí que te comportaras tan deshonestamente como
decían—, continuó St. Blaise alegremente. — Mi querido hermano Polly nunca
habría desaparecido voluntariamente, dije yo. Tal vez haya sido secuestrado o asaltado
por salteadores de caminos, y mientras todo Londres difama su buen nombre, él se desangra
en una zanja mientras los perros salvajes le comen la cara—. St. Blaise sonrió. —, Pero
aquí estás, con la cara sin comer. Sorprendentemente sin afeitar, pero también
sin comer, y eso me alegra mucho.
— Yo también—. Leo se frotó la barba incipiente de su mandíbula, que le
picaba, pero que no se había comido. —, Ahora, ¿qué circunstancias?
— Las circunstancias de que te hayas comprometido con la señorita Susannah
Macey y te hayas escapado sin informar a su familia ni publicar la noticia en
los periódicos, como sólo un canalla y un sinvergüenza haría.
— No estoy comprometido con la señorita Macey.
— ¡Y ahora lo niega! ¡El escándalo! —St. Blaise se echó hacia atrás, como si
estuviera desmayado. — Antes eras tan honorable, y sin embargo ahí está esa

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pobre dama convertida en un hazmerreír por creerse comprometida contigo


mientras tú te escapas.
¿Qué diablos había pasado? ¿Se había confundido Renshaw, confundiendo la
petición de Leo de cortejarla como un compromiso real? Seguramente la
propia Miss Macey no habría dicho ni una palabra.
O...
— Tal vez este rumor fue iniciado por alguien con un interés en que me
comprometa con la señorita Macey—, dijo Leo. — Por ejemplo, alguien que
ganaría una considerable suma de dinero en alguna estúpida apuesta.
Los ojos de St. Blaise se abrieron de par en par. —, ¡No! Polly, mi querido
hermano, ¿no te estarás refiriendo a mí?
— Sí, Tristán, mi querido hermano, me refiero a ti.
St. Blaise le estudió, de repente no tan borracho como había parecido. —
Entonces es verdad lo que dicen—, dijo suavemente. — Hoy en día no hay
nada que te altere. ¿Recuerdas las peleas que teníamos cada vez que papá
Duque nos obligaba a estar juntos? Te volvías loco. ¿Qué te pasó, Polly?
Leo ignoró la pregunta. — Así que intentaste ganar no sólo la apuesta sobre
mi compromiso, sino también unos cientos de libras por hacerme enfadar, ¿es
eso? —, dijo él. — Dime, en medio de toda la diversión y los juegos, ¿pensaste
una sola vez en las consecuencias para la señorita Macey?
St. Blaise extendió las palmas de las manos. — No fui yo.
— Dame una buena razón por la que debería creer eso—, dijo Leo y se volvió
hacia la puerta.
— Porque fue Thomas Macey—, dijo St. Blaise tras él.
— Thomas Macey es un engreído, un inmaduro insensato con un expediente
de confección deplorable y decisiones peores, pero no dañaría así a su propia
hermana.
— En White's. Empujó a su amigo y le gritó que su hermana sería tu duquesa
y que más le valía a su amigo vigilar su boca ya que estaba bajo tu protección.

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Maldita sea. Demasiado tarde Leo recordó su apresurada promesa de ayudar al


muchacho con el problema de su matrimonio secreto e inapropiado, una
promesa que Macey aparentemente había tomado a pecho.
Él se volvió. — ¿Macey dijo eso?
— Todo el mundo se enteró y entonces redobló la apuesta, dijo que usted y su
hermana estaban comprometidos. Entonces Renshaw dijo que no era así, pero
todo el mundo sabe que la memoria del hombre es inestable, así que fueron a
buscarte para confirmarlo, y tú habías huido, y entonces la señorita Macey
desarrolló un prolongado dolor de cabeza, y cuando nadie pudo encontrarte
durante días, bueno, todo se puso muy emocionante después de eso.
Puntos santos. Si tan sólo esta gente tuviera un pasatiempo.
— Pregúntale a Macey, él te lo dirá—, continuó St. Blaise.
— Tengo la intención de hacerlo. Si sabe lo que es bueno para él, también
habrá huido.
— Está claro que no sabe lo que le conviene. Está en la habitación de al lado.

Entrar en la siguiente habitación fue como entrar en otra casa, esta vez
agradable y sana. Una bonita joven estaba tocando una sonata en el piano para
Thomas Macey, que se repantigaba en una silla. Se puso en pie cuando Leo se
sentó a su lado. La dama dejó de tocar, pero Leo le hizo un gesto para que
continuara; si sabía quién era él, no dio ninguna señal.
Leo no dijo nada. Macey no dijo nada. Pero Leo se limitó a no decir nada con
más fuerza, y Macey se lanzó a charlar con tanto fervor como si Leo le
sostuviera los pies sobre el fuego. El amigo lo había visto con su mujer,
parloteó e hizo preguntas incómodas, y él había tratado de distraer a su amigo,
y se le escapó que su hermana sería duquesa, y no había querido mentir, pero
todo se descontroló, y ahora había armado un lío y necesitaba mucho la ayuda
de Leo.
Con un gesto de la mano de Leo, la dolorosa confesión se detuvo. —¿Dónde
está tu señora ahora?

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— Ahí mismo.
La dama del pianoforte levantó la vista y se encontró con los ojos de Macey.
Una sonrisa íntima pasó entre ellos.
— ¿La has traído aquí?
— No es justo para ella—. Macey se desplomó de nuevo. — Ella conocía el
riesgo, al casarse con el nieto de un conde, y ella nunca pide nada. Pensamos
que podría ser divertido, ver dentro de la casa de un duque. Ella toca muy
bien, ¿no?
Leo pensó que su música era más bien ordinaria, pero Macey estaba
claramente enamorado. — ¿Por qué te casaste con ella, si te importa tanto?
El rostro del joven se torció, como si tratara de explicar un complejo teorema
matemático. — Es tan atenta, tan... Cuando estoy con ella, me siento bien.
Normalmente, me siento como si estuviera fingiendo. Uno cumple con sus
obligaciones -la escuela, la sociedad, tratar de impresionar a los demás- pero
no es real, ¿verdad? Con ella, me siento real. A veces pienso que no sería tan
malo que mi padre me repudiara. Sólo soy el hijo menor; no le importará. Pero
ella se merece algo mejor que un paria como marido.
—Real—, repitió Leo para sí mismo. El chico no era tan tonto después de
todo; ahora nada le parecía real a Leo.
Él se sacudió el sentimiento y cambió decididamente sus pensamientos hacia
el dilema de Macey. La sociedad dependía de la estabilidad, por lo que insistía
en las reglas. Los que querían que la sociedad siguiera igual tenían que hacer
cumplir esas reglas. Los que querían que la sociedad cambiara tenían que
romper esas reglas. Y pagar el precio.
Y aquí estaban el joven Macey y su esposa, que se habían encontrado contra
todo pronóstico, que habían decidido unirse, a pesar de todas las excelentes
razones para no hacerlo.
De repente, no pudo soportar que una sociedad rígida y un padre enfurecido
destrozaran a estos jóvenes tontos.
— Cuando te casaste con ella, ¿tenías ya veintiún años? —, preguntó.
— Tenía veinte años.

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— Un menor de edad. Tu padre podría simplemente pedir a los tribunales que


anularan el matrimonio alegando que te casaste sin el permiso de tu tutor.
— ¿Puede hacer eso? Eso es exactamente lo que haría. Estaría completamente
arruinada. No, no lo permitiré.
Leo dudó y luego añadió: — Es una salida para ti. Disuelve el matrimonio,
págale a ella y luego sigue como si nunca hubiera pasado.
Macey se puso en pie de un salto. La música se detuvo. — ¡Una idea
repugnante! Hasta que la muerte nos separé, dije, y eso es lo que quería decir.
¿Cómo te atreves a pensar que la trataría así?
Leo sonrió. — Bien dicho. Todavía hay esperanza para ti. Siéntate.
Desinflado, Macey volvió a sentarse.
— Primero, tienes que volver a casarte con ella, legalmente—, dijo Leo.
—¿Y si nos fugamos? Entonces todo el mundo lo sabría.
— Licencia especial, entonces.
— ¡Ja! Como si el arzobispo fuese a darme ni la hora.
Leo asintió. — Le escribiré, a ver si puedo sonsacarle una licencia especial. Tal
vez pueda encontrarte un destino en el extranjero en algún lugar. Nadie tiene
por qué saber de tu familia si no se lo dices.
— ¿Harías eso? Gracias, mil veces gracias—. Se retorció las manos. — Y te
pido disculpas, por haber empezado ese otro juego, el de incitarte a la ira.
Intenté ponerle fin, pero estas cosas cobran vida propia. El premio se acerca a
las mil libras y no sé qué hacer.
Leo descubrió que ya no le importaba. — No eres la primera persona que hace
un negocio a mi costa.
— Es que siempre está usted tan tranquilo—. Macey aparentemente había
desarrollado un gusto por la confesión. — Jane dijo ...es decir, Jane, mi
esposa… que los rasgos que nos molestan en los demás son rasgos que nos
disgustan en nosotros mismos, o rasgos que desearíamos tener. Supongo que
me gustaría ser como usted, tan imperturbable, y supongo que deseaba ver
qué podría hacerle perder el control. Pero nada lo hace.
Leo se pasó una mano por la cara y se rio.

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

— Perdóname, Dammerton, ¿qué es tan gracioso?


— Nada. Nada en absoluto.

En un par de horas, los invitados fueron expulsados, los sirvientes fueron


calmados, el cuerpo de Leo fue bañado, y su rostro liso hormigueaba por el
implacable raspado de una cuchilla muy afilada. Con los pantalones limpios,
las medias limpias y una camisa limpia sobre la cabeza, Leo se sintió casi como
él mismo. Casi.
— ¿Y qué chaleco hoy, Su Gracia? —, le preguntó su ayuda de cámara.
El enorme armario se abrió de par en par, lleno de tesoros de seda de colores
brillantes, como una cueva mágica de un cuento de hadas.
Y allí, en la puerta del armario, una cicatriz. Erika había tirado un cepillo de
pelo.
No tienes pasión, había gritado ella, durante una de sus peleas, casi al final,
cuando él intentaba inculcarle por qué su comportamiento debía cambiar, el
daño que estaba haciendo al nombre de su familia. Tan aburrido, toda esta seda y
porcelana y cristal. Antes eras divertido.
¿Sin pasión?
Juno podría estar en desacuerdo. Ella lo había desgarrado sin piedad, hasta
que tanta pasión salvaje lo inundó, que casi se ahogó en ella.
Esa era la pasión salvaje que lo tenía acechando en las esquinas de Viena,
anhelando verla. Una pasión salvaje que canalizó en los brillantes colores y
texturas de su colección y su ropa.
Sí, él y Erika se habían divertido, al principio, con interminables veladas
salvajes y aventuras en la cama. Pero a medida que su interés por los artesanos
crecía, su interés por la bebida disminuía. Él cambió, pero Erika no. Ella
detestaba su sobriedad; él, su hedonismo. Él le rogó que cambiara; ella se negó.
Y mientras Leo caminaba detrás del ataúd de su padre en la nieve que se
arremolinaba suavemente, había tomado la decisión que desde hacía tiempo

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

sabía que era necesaria, por el bien de su título, sus herederos y el nombre de
la familia.
Uno hizo lo correcto. Uno hacía lo que tenía que hacer.
Había ido a la habitación de Erika, a mediodía, cuando ella aún estaba en la
cama.
— Todas las mañanas, desde hace años, me traen té y todas las mañanas no me
lo tomo—, había dicho Erika, sonriendo. — Creo que es el peculiar sentido del
humor inglés.
Leo se subió a la cama junto a ella y le cogió la mano. — Esto no puede
continuar. Yo te lo advertí.
— ¿Por fin me mandas a paseo? Disfruto de la vida en Londres.
— La disfrutas demasiado para el gusto inglés.
Él había explicado lo que sucedería después: Leo demandaría al actual amante
de Erika por conducta impropia, que era la forma que tenía la ley de decir …
acostarse con la mujer de otro hombre... Dado el importante testimonio de los
testigos presenciales, lo más probable es que el jurado declarara …, culpable… a
tu amante y le condenara a pagar una indemnización por daños y perjuicios.
Erika escuchaba, curiosa, despreocupada. — Él no podrá pagarlo.
— No espero que pague. Pero el veredicto de culpabilidad es un paso
necesario para conseguir un acta que permita el divorcio.
— Y entonces me mandarás lejos.
— No serás bienvenida en la sociedad inglesa una vez divorciada.
— No estoy segura de haber sido nunca bienvenida aquí, pero encuentran
razones para no rehuirme, porque nunca soy aburrida. En la historia de
nuestro matrimonio, soy la villana, la adúltera malvada—. Ella se río
libremente. — Por supuesto, soy una adúltera malvada, pero al menos soy
honesta. Me engañaste sobre la clase de hombre que eras. Me hiciste creer que
éramos iguales, pero donde yo soy salvaje y malvada, tú sólo estabas
desconsolado y borracho. Ni siquiera puedo culparte por ser terrible, lo que te
convierte en el peor tipo de villano de todos.

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Rozó con sus labios los nudillos de ella. — Me he portado mal contigo.
Créeme, yo también me arrepiento y me siento culpable.
— Espero que te sientas lo suficientemente culpable como para darme una
buena casa. Tal vez en París; me adorarán.
Cómo le desconcertaba ella, viendo su propia ruina como nada más que otra
aventura. Sin embargo, él había tratado de advertirla sobre el escándalo.
— Seremos la comidilla de Inglaterra—, dijo él. — Cada detalle de nuestras
vidas se hará público. Será muy desagradable.
Ella le dio un puñetazo en las costillas. — Para ti, tal vez. Me deleitaré en cada
momento.
En efecto. Ella incluso provocó más emoción al publicar un conjunto de sus
propias cartas cuidadosamente editadas y encargar una serie de caricaturas
sobre sí misma. Ahora tenía un cómodo hogar en París, con un amplio círculo
de amigos igualmente desprestigiados.
Y aquí estaba, el pasado firmemente detrás de él, listo para empezar de nuevo.
— Ese—, dijo a su ayuda de cámara, señalando un chaleco a rayas azules y
grises. Era un poco aburrido para su gusto, pero las rayas le parecían
ordenadas, y a Susannah Macey le gustaba el orden. Sería un traje tan bueno
como cualquier otro para empezar su nueva vida.

La señorita Macey apareció en el salón de la casa de lord Renshaw como un


sombrero en una ráfaga de viento, y sólo la mano de lady Renshaw en su codo
le impedía salir volando. Su complexión era como la tiza, y su mandíbula
estaba fija, y miraba a Leo con una mezcla de inquietud y esperanza.
— Me gustaría solicitar una conversación privada con su nieta—, dijo Leo a la
condesa.
Lady Renshaw levantó la barbilla obstinadamente. — Su Gracia. Todo
Londres está especulando sobre lo que podría haberle hecho.

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

— Las especulaciones de los demás no me interesan—, dijo él brevemente. —


He venido a pedirle a la señorita Macey su mano en matrimonio, lo que
reparará cualquier daño a su reputación, y me gustaría hacerlo en privado.
Susannah tiró de su brazo para librarse del agarre de Lady Renshaw. — Está
bien. Por favor, abuela.
La condesa lanzó miradas agudas de uno a otro. — Cinco minutos. Estoy
segura de que será suficiente, Su Gracia.
— Gracias, milady—, dijo Leo, y la condujo cortésmente al otro lado de una
puerta firmemente cerrada.
La señorita Macey había recuperado el equilibrio, con las manos sujetas a la
cintura de su pulcro vestido rojizo. A pesar de su compostura, sus pulgares
estaban inquietos entre sí. Él llegaría a conocer bien esas manos, a lo largo de
los años. Aprendería sus gestos, sus giros, sus estados de ánimo.
Todo era como debía ser: una propuesta de matrimonio formal y ligeramente
incómoda en un salón, mientras los familiares vigilaban la puerta. Su
comienzo no era ideal, pero por lo demás, éste era el orden correcto de las
cosas. Leopold Halton y Susannah Macey: no era un matrimonio escrito en las
estrellas, sino que se ajustaba a lo escrito en Debrett's.
Puedo amarte sin querer casarme contigo.
Yo no aspiro a ser una duquesa.
Cuando él habló, las palabras salieron suavemente, sin vacilar, como si fueran
recitadas de su memoria como una canción infantil. —, Le aseguro, señorita
Macey, Susannah. Esta situación no ha forzado mi visita a usted hoy, sino que
sólo la ha precipitado. Me sentiría honrado si aceptara convertirse en mi
esposa.
Ella movió la cabeza, tres pequeños asentimientos en uno. — Estoy de
acuerdo. Gracias. Sí.
Estaban comprometidos.
Qué fácil se desenvuelven las cosas, cuando uno hace lo que se supone que
debe hacer. Las bodas también eran fáciles, como él recordaba. Di lo que
querían que dijeras, y el resto seguía bien.

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El silencio se deslizó en el espacio entre ellos. No era un silencio incómodo.


Simplemente estaba... ahí. Un tipo de silencio amarillento. El tipo de silencio
que podían esperar que los acompañara en las comidas durante los próximos
cuarenta años.
Todo estaba bien.
Leo apoyó las manos en la cabecera de una silla, su pulgar encontró la roseta
tallada en la suave y fría madera.
— Me gustaría que estuviéramos de acuerdo en ciertos asuntos—, le dijo. —
No deseo confundirte en cuanto a mi carácter o mis sentimientos. Me gustas y
te estimo, y me siento honrado de casarme contigo, pero por mi parte, esto no
es un matrimonio por amor.
Sus pulgares dejaron de moverse. —, Tampoco por la mía. Qué alivio, eso está
claro—. Ella sonrió por primera vez. — Es una tontería, ¿no es cierto, esta
charla sobre el amor? Nunca me asombro tanto como cuando veo a una amiga
competente reducida a tartamudear por los ojos de un hombre. El amor parece
bastante dulce en los libros y en el escenario, como en, oh, no sé, Otelo, o una
de esas obras. Pero el amor no es así en la vida real.
Ah, sí. Otelo. Esa famosa y dulce obra sobre un hombre que es llevado por los
celos a asesinar a su amada esposa. O bien Susannah Macey no prestaba
atención en el teatro, o tenía nociones peculiares sobre el amor.
Pero todo lo que dijo fue: — Estoy de acuerdo. Los libros y las obras de teatro
rara vez reflejan el amor tal y como lo he conocido.
— Pero usted no conoce el amor, realmente, ¿verdad?
Su comentario le sorprendió. Visiblemente, supuso él, porque ella ladeó la
cabeza, con cara de desconcierto.
— Perdóneme por hablar de un asunto poco delicado, pero recuerdo las cartas
de su... de su antigua esposa, que fueron publicadas durante el...— Ella onduló
sus dedos en el aire, prescindiendo así de los meses de juicio y divorcio. — En
una carta, ella escribió de usted que no puede amar a nadie. Cuando leí eso, pensé:
Es un hombre de excelente sentido común.
Él frunció el ceño. — No podías tener más de dieciséis años en aquella época.
— Y yo era un joven de dieciséis años con un excelente sentido común.

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— Evidentemente.
Ella tenía ahora diecinueve años, diez menos que él. De repente, esa década le
pareció un siglo. Cuando Leo tenía diecinueve años, había experimentado su
primer beso y la dichosa agonía del amor. Cuando Juno tenía diecinueve años,
estudiaba en Viena y tenía un amante.
La luz brillaba en las horquillas que sostenían el cabello oscuro de Susannah.
Era bonita, pensó. No sentía ningún deseo por ella, todavía no, hoy no, pero
hoy no era su boda, así que no pasaba nada.
Ella volvió a juguetear con sus pulgares.
— Mientras aclaramos las cosas, me gustaría expresar mi interés en el trabajo
de la Fundación Dammerton—. Sonrió tímidamente. — Es maravilloso que
usted pueda expandir sus operaciones después de nuestro matrimonio. Me
gustaría mucho participar.
Bien jugado, Susannah, pensó Leo. Un recordatorio limpio y sutil de que sus
planes dependían del dinero de ella. Ella era mucho más inteligente y astuta de
lo que su bonita y gentil conducta dejaba entrever. Se convertiría en una
excelente duquesa.
— ¿Qué despertó tu interés? —, preguntó.
Consideró sus palabras, como si estuviera barajando una baraja de cartas para
elegir cuáles jugar. — Hace algunos años, visitamos la casa del duque y la
duquesa de Northumberland, y me mostraron la colección de objetos
decorativos de la primera duquesa. ¿La ha visto?
— Es una maravilla.
— Cuando me enteré de que ella había sido una reconocida mecenas, pensé:
Eso es algo que puedo hacer—. Ella se mordió el labio. — Adoro el arte, pero
confieso que mi habilidad con las acuarelas deja mucho que desear, y mi
bordado...— La palabra se le escapó en un suspiro derrotado. — Los hilos se
enredan mucho, y no entiendo por qué. Parece que siempre tiro del hilo
demasiado fuerte o no lo suficientemente fuerte. Me las apaño con diseños
sencillos, pero cualquier cosa compleja se convierte en un horrible lío.
Una confesión encantadora, le pareció. — Y a usted le gusta imponer el orden
en el mundo.

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— Sí, me gusta—. Ella sonrió. Era una bonita sonrisa. — Gracias al cielo por
las listas: Nunca se enredan. Mis cuentas domésticas son una belleza, y puedo
preparar los eventos sociales hasta el último detalle. Prometo que nuestra casa
estará muy ordenada.
Leo logró una sonrisa tranquilizadora. — ¿Y qué más puede pedir un hombre?

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CAPÍTULO 20

Cuando Juno salió a trompicones del carruaje y entró en su casa al día


siguiente de su cita con Leo, se sentía más cansada de lo que recordaba
haberse sentido nunca.
La señora Kegworth la recibió sorprendida. —No esperábamos que volvieras
del campo tan pronto. Oh, querida, ¿ocurre algo? Pareces angustiada.
¿Quién sabe qué historias contaba su rostro? Juno la educó en una agradable
neutralidad.
—Un amigo me contó algunas noticias—, dijo.
—Nada malo, espero.
—Algo del pasado. Me hizo pensar.
Juno no disfrutaba de este tipo de pensamientos. No le gustaba la forma en
que sus pensamientos giraban como hojas de otoño en un torbellino. No le
gustaba el modo en que la revelación de Leo había hecho que todas las
elecciones de los últimos diez años bailaran en su mente como borrachos
frenéticos.
¿Pero cómo podía arrepentirse de sus elecciones? Ella era feliz como artista.
Apreciaba sus experiencias. Estaba orgullosa de lo que había conseguido. Le
gustaba en lo que se había convertido.
Sin embargo, junto a él en aquella cama, con sus cuerpos fundidos en uno, se
había sentido más viva y completa que en años.
La nostalgia la invadió como un río después de una tormenta. Parpadeó
cuando se dio cuenta de que la señora Kegworth repetía su nombre, con su
amable rostro marcado por la preocupación.
Juno forzó una sonrisa. Ya está bien. No tiene sentido añorar a Leo. Él se
preocupaba por ella, ella sabía que lo hacía, pero ella había roto su corazón
juvenil, y luego se había alejado tanto del camino de la respetabilidad que no
tenía espacio para ella en su vida.

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

¿Y qué hay de ella? Ella tampoco podía encajar a un duque en su vida. Los
duques ocupaban mucho espacio.
Apretó la mano del ama de llaves. —Sra. Kegworth—. Alice. ¿Alguna vez le he
dado las gracias?
—Varias veces al día, Srta. Bell.
—Quiero decir, realmente gracias. A usted y al Sr. Kegworth por aceptar
nuestro acuerdo.
La señora Kegworth se rio y le dio una palmadita en la mano. —No hace falta
que nos des las gracias, querida. Con el dinero que nos ahorramos al no tener
que pagarle el alquiler o la comida, el Sr. Kegworth se ha ahorrado unos
buenos ahorros. Además, disfruto cuidando la casa y conociendo a sus
animados invitados. Estoy segura de que tenemos la mejor parte del trato, ya
que todo lo que hacemos a cambio de nuestras habitaciones es contar una
pequeña mentira.
—Si no fuera por esa mentira, yo no podría tener este estudio. Hay cosas que
el dinero no puede comprar.
Juno miró a la cocina, como si fuera culpa de los fogones que una mujer soltera
no pudiera llevar su propia casa, no si se ganaba la vida por sí misma y deseaba
mantener su buen nombre. El plan había sido un regalo de su amiga Arabella,
ahora Lady Hardbury, que creaba planes de la misma manera que otras
personas desayunaban. Fue Juno quien alquiló la casa, pero el señor
Kegworth, un litógrafo, hizo creer al mundo que era su casa y que era primo de
su madre. Esta simpática ficción dio a Juno el manto de respetabilidad que
suponía vivir en la casa de su pariente masculino. ¡Qué reglas tan estúpidas! Al
principio la habían divertido, como un juego. Pero ahora estaba cansada de
caminar por la cuerda floja de la respetabilidad.
—Pero me gusta mi vida—, le dijo a la Sra. Kegworth como si hubieran estado
discutiendo sobre este punto. La cocina se sentía sobrecalentada. Sus ojos
también estaban calientes; se enjugó una sorprendente lágrima. — Yo rompo
sus reglas y digo mentiras y hago lo que debo porque siempre hay un precio
que pagar. Pero no pasa nada porque me gusta mi vida. Soy feliz—, gritó, y se
dio la vuelta y subió corriendo las escaleras.

207 | P á g i n a
Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

Lo que necesitaba hacer era dibujar.


Pero su estudio se veía descuidado y desgastado. Parecía el espacio de un
extraño, incluso cuando Angélica y Artemisia llegaron saltando a través de la
habitación para saludarla. Se agachó para acariciarlas y sonrió cuando sus
cabezas chocaron con su barbilla, pero sus ojos vagaron sin remedio, viendo
todos los lugares en los que Leo no volvería a estar.
No importaba: Ella no lo necesitaba. Tenía su arte, y el arte había sido
suficiente durante años.
Sacó su cuaderno de bocetos, afiló el lápiz y apretó el lápiz contra la página, y
apretó y esperó y esperó y apretó hasta que el lápiz se rompió. Su musa estaba
en silencio. Su imaginación se sentía adormecida.
De nuevo cogió la hoja, de nuevo afiló la punta, y esta vez se enganchó a la piel
con un grito. Miró con asombro la pequeña joya de sangre. No se había
cortado desde la primera vez que Hester le había dejado afilar su propio lápiz.
Si Leo estuviera aquí, sacudiría la cabeza y lavaría suavemente la sangre,
diciendo: —Te advertí de que te volvieras adicta. Los efectos secundarios
adversos de dibujar desnudos.
La imagen era tan sólida que le robó el aliento, y se estremeció mientras se
lavaba y vendaba ella misma el pequeño corte.
Lo que necesitaba hacer era perderse con diversiones.
Tenía decenas de amigos. Ni siquiera notaría la ausencia de Leo. Los círculos
bohemios de Londres eran grandes y llenos de drama. Siempre había algún
tipo de entretenimiento, desde salones y musicales hasta picnics y juegos.
Pero incluso entre esos entretenimientos, Leo la perseguía. Dondequiera que
fuera, sus amigos le decían: —Oh, pero tú conoces al duque de Dammerton,
¿no? —. Juno ignoraba su corazón palpitante y decía algo así como: —Nos
conocemos—, ante lo cual se inclinaban con entusiasmo y preguntaban si los
rumores eran ciertos: ¿realmente el duque se había comprometido con una
dama sin informar a su familia y luego había huido? Cada vez que ella decía
que él nunca se había comportado de forma tan deshonrosa, le decían: —

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¿Dónde está entonces? —, y ella decía que no lo sabía, y ellos respondían: —


Por supuesto que no—, y la conversación continuaba. Hasta que otra persona
recordaba a su conocido, y el intercambio se repetía de nuevo.
Qué graciosa era la gente. De vez en cuando, durante estos últimos años,
alguien especulaba con que era la amante de Leo, simplemente porque ella era
una mujer y él un hombre y ¿qué otra prueba de una aventura podría necesitar
alguien? Pero al final, nadie creía realmente que una solterona y artista sin
importancia tuviera un interés real para una figura pública tan grande como
un duque. Nadie conocía su historia, ni siquiera la familia de ella. Nadie sabía
que se habían amado y que se habían roto el corazón. Nadie adivinaría que
cada uno de ellos, sin saberlo, había moldeado el curso de la vida del otro.
Y nadie lo sabría nunca. ¿Sucedió si no hubo nadie que lo presenciara? Si no
hay registro de algo, ¿es real?
Oh, cómo despreciaba esas preguntas, porque eran imposibles de responder,
pero le atormentaban el cerebro hasta que otras conversaciones carecían de
sentido, e incluso las discusiones sobre arte parecían trilladas. Cuando un
artista al que admiraba le explicaba cómo capturar el océano al atardecer,
Juno quería tirarle el vino a la cara y decirle: —¡Olvídate de la estúpida puesta
de sol! —. Quería saber cómo capturar la forma en que Leo la hacía sentir.
¿Cómo podría pintar su arrepentimiento por sus errores, o su confusión sobre
sus deseos, o su nueva y descarnada soledad en compañía de sus amigos?
Qué irritantes se habían vuelto, qué insoportable su cháchara, qué insufribles
sus ocurrencias sobre El Duque Desaparecido de Dammerton.
¿Dónde estaba? ¿Por qué no había vuelto a Londres? La preocupación la
corroía, pero no podía preguntar a nadie. No tenía ese derecho.
En los salones y las veladas, se lo imaginaba entrando por la puerta,
arrimándose a una silla y cantando con los demás. En el teatro, se lo imaginaba
a su lado, cogiéndole la mano, susurrándole comentarios irónicos, robándole
un beso.
Cada faceta de su vida parecía marcada con un agujero en forma de Leo, como
si un espacio vacío se moviera a su lado. Como si existiera otro mundo en el
que se habían casado en Viena hace tantos años.
Como si el fantasma de ese otro Leo, su marido, estuviera siempre a su lado.

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Lo que necesitaba era pasar tiempo con su familia.


Hadrian estaba fuera de la ciudad y Phoebe estaba de visita en Oxford, pero
sus tíos y Livia seguían en Londres durante las últimas semanas de la
temporada.
La suerte quiso que Hester planeara redecorar la casa de la familia en la
Abadía de Longhope y estaba ansiosa por recibir los consejos de Juno.
Pero mientras Juno hojeaba un grueso catálogo de papeles pintados, apenas
veía los coloridos diseños. ¿Sabía Hester si Leo había vuelto a Londres? ¿Se
atrevía Juno a preguntar?
—No has oído ni una palabra de lo que he dicho—, dijo Hester, abandonando
su periódico para ponerse al lado de Juno. —¿Tan absorbentes son los papeles
pintados? — Miró por encima del hombro. — ¿Loros y piñas? No me infligirías
tales horrores.
Juno dijo: —¿Perdón? — y se dio cuenta de que estaba mirando una muestra
de papel pintado en la que aparecían loros verdes y piñas amarillas dispuestas
en círculos. Las piñas parecían bastante alegres, pero los loros parecían muy
solemnes.
—Perdóname. Estaba pensando—. Hizo una pausa. —No me gusta.
—¿Ese papel pintado?
—Pensando. No me gusta pensar—. Ella frunció el ceño ante los loros
sombríos. —El papel pintado también es horrible.
Pasó la página y trazó distraídamente un diseño de flor de lis azul pálido. —Lo
siento.
Hester se movió para verle la cara. —¿Por qué, querida?
— De niña me perdí durante años dibujando para mis padres. Estaba segura
de que, si mi dibujo era lo suficientemente bueno, volverían a buscarme. Perdí
el tiempo queriendo que volvieran, cuando podría haber estado disfrutando de
mi vida con todos vosotros.
—No es así como lo recuerdo en absoluto—. Hester parecía desconcertada. —
Formabas parte de nuestra familia. Sí, te pasabas horas todos los días
dibujando, pero tus primos se pasaban horas todos los días con sus libros de

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griego y latín y otros. Nos encantaba tenerte en nuestra familia. Nos animabas
mucho. Pensaba que eras feliz.
—Lo era. Lo soy. Pero los echaba de menos.
—Puedes ser feliz con nosotros y echar de menos a tus padres también. Es
posible amar más de una cosa en tu vida.
Algo en esas palabras tiró de su cansado cerebro. Oh, ¡basta de esos
pensamientos que le empañan la mente! Se apartó y se dejó caer en el sofá. —
Cuando tenía catorce años, encontré una carta que mi padre escribió a mi tío.
Le pedía dinero. Ni siquiera me mencionaba.
—Oh, querida—. Hester se sentó a su lado y le cogió la mano.
—Escribió que transformaría el arte para siempre. Conozco artistas así, los
que no hacen más que hablar—. Ella estudió sus manos unidas. —¿Mi tío
Gordon les dio dinero?
Hester se ajustó las gafas. —Siempre. Dijeron que, si no les dábamos dinero, te
llevarían.
—No lo entiendo.
—No queríamos que te alejaran de nosotros y ellos lo sabían, así que nos
hicieron pagar para retenerte—. Apretó los dedos. —El estado en el que te
encontrabas cuando llegaste: desaliñado, con mal comportamiento, apenas
capaz de leer. Temíamos que te volvieran a descuidar, o que simplemente te
dejaran con otra persona, y nos encantaba tenerte. No nos culpas, espero.
—Me alegro de que me hayan acogido—. Juno los adoraba, siempre lo había
hecho, pero nunca había sentido que pertenecía realmente a ellos. No hasta
Leo. —Pero... soy tan diferente al resto de ustedes, con sus libros y su
pensamiento. No soy tan inteligente como todos ustedes.
—No hace falta ser de letras para ser inteligente, y tú eres muy inteligente a tu
manera. Todos estamos asombrados por tus habilidades.
El día que Juno encontró la carta de su padre, corrió al bosque, donde se sentó
en su claro favorito y se abrazó a sus rodillas para llorar. No podía confiar en
que nada se quedara, había pensado. Había jurado, con todo el fervor de su
corazón de catorce años, no malgastar nunca su energía con nadie que la
hiciera sentir indeseada. Con el tiempo, eso incluyó a Leo.

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Hester le puso un nudillo bajo la barbilla. —Juno, ¿pasa algo? Esto no es


propio de ti en absoluto.
—Es demasiado terrible. No puedo dejar de pensar—. Se frotó las sienes
doloridas. —¿Y si hubiera tomado otras decisiones en el pasado? ¿Y si no
hubiera dejado Inglaterra para estudiar arte? ¿Y si...? — Suspiró. —¿Quién
sería yo? Si hubiera tomado otras decisiones, tendría una vida totalmente
diferente, y yo también sería diferente, ¿y si esa vida hubiera sido mejor? Pero,
¿y si hubiera sido peor? — Su cabeza se golpeó contra el sofá. —No quiero
alarmarte, pero me he vuelto muy filosófica y me temo que está poniendo en
peligro mi salud.
—Estoy segura de que saldrás adelante. Eres muy fuerte. Además, siempre has
sido filosófica—. Hester le dio un codazo en el hombro. —Pero es una pérdida
de buen tiempo desear cambiar el pasado. Nunca podemos volver al principio
y empezar de nuevo. Lo único que podemos hacer es mirar dónde estamos y
comenzar allí. Tomamos nuevas decisiones, sabiendo que ahora somos alguien
diferente, y que un día volveremos a ser alguien diferente.
—Eres muy sabia.
—¿Ha pasado algo?
—Nada. Un estado de ánimo peculiar, sospecho—. Se puso en pie y volvió al
libro de muestras de papel pintado. —Estabas diciendo algo y yo no te estaba
escuchando.
Hester frunció el ceño, ajustándose las gafas, y luego su rostro se iluminó. —
Ah, sí. Te pregunté si habías visto la noticia en el periódico: Dammerton ha
vuelto a Londres y está comprometido. He visto a la señorita Macey una o dos
veces. Ella es aguda, creo. ¿La has conocido, Juno?
Un diseño floral amarillo onduló ante los ojos de Juno. —No—, dijo ella.
—Debo escribirle una nota. Podríamos organizar una cena e invitarlos a
ambos. Vendrás, ¿verdad?
—Estaré fuera de la ciudad esa noche—, dijo Juno apresuradamente y escapó
antes de que su tía pudiera señalar que aún no había elegido una fecha.

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Lo que necesitaba era salir al mundo.


Livia, que amaba correr por el campo tanto como sentarse inmóvil con los
libros, la complacía con una serie de salidas, pero Londres tenía demasiada
gente, y demasiados carruajes, y un aire agrio y acre. Dondequiera que Juno
caminara, las palabras golpeaban en su mente como un tambor.
Leo estaba comprometido. Oficialmente, apropiadamente, formalmente,
públicamente comprometido.
Su inusual irritabilidad le valió más de un comentario de su prima.
—Pero pensé que te gustaba Londres—, dijo Livia, mientras Juno maldecía los
horrores de Hyde Park a la hora del paseo.
—Me encanta Londres—, contestó ella, y frunció el ceño al ver la multitud
que las rodeaba, todas atiborradas de cotilleos mientras se arremolinaban con
sus mejores ropas de verano. —Pero a veces echo de menos la libertad de la
vida en el continente. Aquí hay tantas reglas miserables, y gente que mira y
juzga todo el tiempo.
—Si vuelves al continente, debes llevarme contigo. Estoy terriblemente
cansada de la sociedad inglesa.
—Lo cual es sorprendente, teniendo en cuenta la asiduidad con la que la
evitas—. Juno rodeó el brazo de su prima y las guio lejos del Serpentine, en
busca de un lugar donde pudiera respirar. —¿Por qué odias tanto a la
sociedad? Si alguien es antipático contigo, debes decírmelo, y le meteré en el
ojo con mi pincel.
Livia suspiró. —Nunca se me ocurre nada normal que decir, así que hablo de
la conquista de Bizancio o de los principios aristotélicos y se produce este
incómodo silencio hasta que descubren algún lugar mejor en el que estar. En
un baile le dije a un grupo que había traducido un poema para la Revista de la
Dama y se quedaron mirándome y uno dijo con tristeza: —¿Pero por qué?
Juno le dio un codazo. —No eres la única marisabidilla en Londres, sabes.
Busca a las demás.
—Mamá me presentó a algunas, hijas de viejos amigos suyos. Ahora había una
que era desagradable y que bien merece un golpe en el ojo. Dijo que ella había

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traducido ese mismo poema hace dos años y que mi versión era un
desperdicio.
—Está celosa porque tu traducción es superior.
—¿Cómo vas a saberlo? No has leído el poema ni las traducciones.
—Sólo lo sé—, dijo Juno y chocó su hombro contra el de su prima haciéndola
sonreír.
Finalmente, escaparon de la multitud. El paso de Livia se comía la hierba con
facilidad, mucho más rápido de lo que le gustaba a Juno. Se detuvo y se apoyó
en un árbol con un suspiro.
—Me inspiraste, sabes—, dijo Livia. —Para presentar mi traducción a la
Revista de la Dama. Eres tan valiente y decidida, y pensé: ahí está Juno con su
propio estudio, y muchas damas ganan dinero con su pluma. ¿Por qué no
puedo hacerlo yo también? Me gustaría mucho escribir unas memorias de
viajes, pero primero tendré que viajar.
—Brava—. Juno alargó la mano y cogió perezosamente una hoja. —Pero ten
cuidado de no seguirme demasiado, o tropezarás con la montaña de errores
que he dejado a mi paso. No me arrepiento de haber elegido mi propio camino,
en lugar de un matrimonio seguro y gentil, pero no siempre es una elección
fácil.
—¿Por qué lo escogiste? Nunca mencionaste esa trayectoria a nadie, hasta que
de repente insististe en que debías estudiar arte en Europa. Siempre me
pregunté si tenía algo que ver con Leo. Dammerton, debería llamarlo ahora.
Juno hizo ademán de escudriñar la hoja que había cogido, mientras decía, en
un tono admirablemente desenfadado: —¿Hmm? No sé a qué te refieres.
—Mentirosa—, se rio Livia, arrebatándole la hoja de la mano. —Un día te
fuiste al aula y apenas te vimos durante quince días mientras pintabas a lo
loca. Casi no comías ni bebías, y mamá estaba muy preocupada, y entonces
dijiste que querías estudiar arte en el extranjero y convertirte en artista. Y
Phoebe dijo, pero entonces nadie se casaría contigo, y tú dijiste que no tenías
ningún deseo de casarte y que, si papá pretendía darte una dote, preferías que
se destinara a tus estudios que a un marido.
Juno se quedó boquiabierta. —Eso fue hace diez años. Apenas tenías trece
años. ¿Cómo te acuerdas de todo eso?

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Livia se encogió de hombros. —Recuerdo cosas. Y recuerdo que tu frenesí


pictórico comenzó el mismo día en que Leo, quiero decir, el duque, anunció
abruptamente que tenía que irse.
Juno no tuvo respuesta a eso.
—Nadie más se dio cuenta de nada, y no se lo diré a nadie—, dijo Livia. —Sólo
me lo preguntaba. ¿Y?
—Y me temo que tendrás que seguir preguntándote.
Ella dio una palmada. —¡Lo sabía! Pero tú y el duque son amigos ahora, lo cual
es agradable. De todos modos, tú eres mi inspiración, para hacer mi propio
dinero. Estoy perfectamente contenta de estar sola, como tú.

Lo que ella necesitaba hacer era raspar a Leo de su mente como la pintura de
un lienzo viejo.
Todas esas miserables preguntas podían salir volando por la ventana también.
Los recuerdos de Livia sólo habían despertado más preguntas. ¿Se había
convertido Juno en artista porque realmente lo había deseado? ¿O no había
sido más que un impulso adolescente impulsado por un corazón roto, por la
misma razón que Leo se había casado?
De vuelta a su estudio, Juno abrió la carpeta de cuero que contenía sus dibujos
secretos de él. No sabía por qué los había guardado. Nunca los miraba.
Simplemente hacía un dibujo, cuando le entraba la necesidad, y lo metía con el
resto.
Era hora de quemarlos. Después de una última mirada.
Hojeó las páginas, retrocediendo en el tiempo, la artista que había en ella
notando los cambios en su habilidad y estilo, la mujer que había en ella
reviviendo dónde estaba mientras dibujaba cada uno.
Y allí estaba su registro del día en que todo comenzó: un boceto desordenado
de Leo en el prado de flores silvestres, bajo el viejo roble, rechazándola y
rompiendo su corazón.

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En esta página, su yo de diecisiete años había escrito: —Tengo dos pasiones: Leo y
el arte. No puedo tener las dos, así que me dedicaré al arte. Si no puedo tener a Leo, no tendré
a nadie.
Oh, querido cielo, qué dramática había sido.
Había olvidado por completo esos votos, pero los había hecho realidad, como
si fueran deseos.
O maldiciones.
Había una especie de magia en eso.
Con una calma de otro mundo, cogió su cuaderno de dibujo y se puso a
dibujar. No le sorprendió que la imagen que surgiera fuera la de él. Una y otra
vez. Las puso en el dossier.
Lo había amado, el tonto enamoramiento de una niña. Ahora lo amaba de
nuevo, o todavía. Antes había sido una niña, buscando un lugar al que
pertenecer. Ahora era una mujer, con una gran experiencia, que se había
labrado su propio lugar en el mundo.
Nada se queda, ella siempre decía. Si eso fuera cierto. Deseaba que el dolor por
sus padres no hubiera permanecido. Deseaba que sus sentimientos de
inferioridad hacia sus primos no hubieran permanecido. Desearía que sus
sentimientos por Leo no hubieran permanecido. Pero todos esos sentimientos
permanecían. La perseguían.
Se regañó a sí misma y volvió a meter los dibujos en la carpeta, y la metió en el
armario con todas sus otras cosas secretas.
Ella se estaba acercando peligrosamente a la melancolía y a la tristeza. Juno no
se lamentaba y, desde luego, no suspiraba. Era como llorar para que bajara la
luna, lo cual era inútil e incluso indeseable, porque la luna estaba mucho mejor
allá arriba en el cielo, y ¿qué haría ella con la luna si la tuviera? Ella debería
simplemente valorar la maravillosa experiencia de unirse a él, en cuerpo y
alma, aunque sólo fuera por unos minutos. Es cierto que él la había herido,
pero ella siempre había sabido que al final le dolería.
Pero lo que no había sabido …lo que veía ahora, en la punta de un lápiz que se
clavaba en una página burlonamente en blanco, en el vacío de su estudio, en la
soledad de su cama- era que seguiría lanzando miradas al umbral de la puerta,

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buscándolo a él: inclinado en el umbral, con los ojos arrugados mientras la


favorecía con una de sus sonrisas juguetonas. Otra imagen se formó en su
mente, con dolorosa vivacidad: sus ojos encontrándose, Leo apartándose del
marco de la puerta, caminando hacia ella con esa intención perezosa y
concentrada, tomándola en sus brazos, besándola...
Un sonido llegó desde abajo. Se congeló, escuchando.
¿Era una voz masculina que hablaba con la señora Kegworth? ¿Eran pasos de
botas que subían lentamente, con facilidad, por las escaleras?
Él estaba aquí. Estaba aquí.

Lo que necesitaba era ver a Leo una vez más.


Pero el hombre que entró era el Sr. St. Blaise.
Blaise. Impaciente, miró más allá de él, hacia la puerta vacía. Escuchó si había
más botas, otra voz, otro hombre.
No había nadie más. Sólo St. Blaise y su sonrisa angelical.
—¡Srta. Bell, tan bella como siempre! ¿No está usted encantada de verme?
—Estoy encantada—, dijo ella, y era cierto porque él era poco exigente y poco
interesante y constituía una alegre distracción. —Entretenme.
Él obedeció, obsequiándola con anécdotas divertidas y opiniones provocativas
y sin mencionar a Leo en absoluto.
Hasta que se estiró y dijo: —La última vez que estuve aquí me faltó
delicadeza, ya que Polly también estaba presente, pero ¿quizás has pensado en
mi propuesta?
Juno buscó en su memoria una propuesta, pero se quedó tan en blanco como
uno de sus propios lienzos.
Sus ojos se abrieron de par en par con incredulidad. —¿Tú y yo? ¿Desnudos?
¿Manteniendo al hombre? Excepto que en realidad no espero que me
mantengas. Tengo a Polly para eso.

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La risa salió de ella entonces, brillante y alegre. ¿Una aventura con St. Blaise?
Qué maravillosa broma.
Él no parecía pensar así. —La broma no es tan divertida como eso. No es justo
burlarse así de mí. Si te ríes tan fuerte de algo que sólo es un poco divertido,
debo asumir que estás coqueteando conmigo.
—Si una mujer se cruza contigo en la calle, asumes que está coqueteando
contigo.
—Sí, pero eso es sólo porque normalmente lo hacen.
Ella negó con la cabeza. — El único momento en que quiero verte sin ropa es
si te estoy dibujando. Lo cual, dadas las circunstancias, no volverá a ocurrir.
Así que.
Él se encogió de un hombro, pareciendo de repente muy francés. —Es una
pena. Podríamos pasar un buen rato juntos, dar rienda suelta a una pasión
pasajera, un capricho fugaz, un arrebato temporal. Somos criaturas similares,
tú y yo.
Algo le recorrió la columna vertebral. Se sentó de golpe. Ella no era como él.
¿Lo era?
Él seguía hablando, en voz baja, sin duda perfeccionada para llevar a las
mujeres a la cama.
—Ambos somos criaturas sensuales. Disfrutamos de los placeres pasajeros de
la vida. ¿Cómo no vas a caer en mi cama?
Juno se levantó de un salto para pasearse por el salón. Leo también había
afirmado que sus emociones no perduraban. ¿Era ésta su verdadera
naturaleza? ¿En qué se había convertido?
Pero, por supuesto, disfrutaba de los placeres pasajeros de la vida. Porque son
pasajeros, quería gritar, a St. Blaise, a Leo, al mundo. Nada era permanente.
Las estaciones cambian. Los cuerpos envejecen. Los amigos se alejan
Los padres dejaron a su hija en la puerta de una casa y desaparecieron.
Los duques se casaron con otras mujeres más adecuadas.
Uno no podía aferrarse a nada. Si todo era pasajero, lo único que se podía
hacer era disfrutar del momento y no intentar nunca aferrarse.

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Por eso se había dedicado al arte, porque sólo el arte nunca la abandonaría.
Miró a través de la puerta de su estudio, con su conjunto de caballetes vacíos,
y volvió a reírse.
Bueno. Ahora el arte también la había abandonado.
St. Blaise la observaba, con las cejas alzadas. Se estaba desmoronando.
—No soy como tú—, dijo ella desesperada, con los puños apretados. —No lo
soy.
—Oh, pero yo creo que sí lo eres.
—No tienes moral, ni propósito.
Él descartó eso con un gesto altivo. —No tengo necesidad de eso.
—Tengo clientes, un estudio y una patrona. Tengo responsabilidades. Tengo
facturas. Tengo un ama de llaves. Tengo gatos.
—No veo la conexión entre los gatos y...
—Ya puedes irte.
Él se levantó, con las palmas abiertas en señal de conciliación, y se dirigió
hacia la puerta.
Así que tu hombre ideal es uno que no se quede, había dicho Leo. No es tu
naturaleza amar por mucho tiempo.
Ella no era como aquel libertino. No lo era.
En la puerta, él le lanzó una mirada astuta y calculadora. —No puedes
suspirar por Polly para siempre. Él siempre se iba a casar con otra persona. No
eres el tipo de mujer con la que se casa un hombre como Polly.
Tenía ganas de lanzarle algo. Su propia violencia la sobresaltó.
—No estoy suspirando—, dijo ella. —Los suspiros son para la gente que se
niega a aceptar la realidad, y nunca soñé ni por un instante que pudiera
casarme con Leo. Desde luego, nunca querría ser duquesa.
Una sonrisa acechaba en sus rasgos. Había revelado demasiado. Ella se esforzó
por mostrar una alegre indiferencia.

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—Creía que su mente era más amplia que eso, Sr. St. Blaise, pero está claro
que es usted tan estrecho de miras como el resto, al imaginar que mi antigua
amistad con Leo era algo más que eso. ¿Es usted otro de esos tontos que
asumen que, si un hombre y una mujer están solos en una habitación, deben
estar tramando algo malo?
—Si lo soy, es sólo porque cuando estoy a solas con una mujer, no hacemos
nada bueno—. Soltó un suspiro de dolor. —Por lo general, al menos.
Su actitud era tan auto burlona que el enfado de Juno se desvaneció.
—No creo que eso sea algo de lo que haya que enorgullecerse—, dijo ella.
Él sonrió. —¿Qué puedo decir? Uno debe pasar el tiempo de alguna manera, y
yo soy un terrible conversador—. Entonces esbozó una perezosa reverencia,
dijo: —Un placer como siempre, señorita Bell—, y se fue.

Lo que ella necesitaba era acurrucarse en la cama con sus gatos y quedarse allí
hasta el fin de los tiempos.

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CAPÍTULO 21

—¡Oh, pero es inútil! — se lamentó Beatrice. —¡No sé ni por qué me molesto!


Juno miró el perfil de Beatrice y luego el cuadro que, al parecer, había
inspirado ese arrebato de desesperación.
Para ser justos, no era precisamente un cuadro alegre -mujeres llorando sobre
los cadáveres ensangrentados de sus hombres-, pero eso estaba en
consonancia con el espíritu de esta nueva exposición de arte español.
Estaba ansiosa por acompañar a Beatrice en la visita, pero, por desgracia,
Beatrice había insistido en asistir a la exposición el día de la inauguración,
junto con el resto de Londres. Con todo el mundo decidido a ser de los
primeros en ver los cuadros, había tal aglomeración que era difícil ver algún
cuadro. Aunque, supuso, a muchos de ellos les importaba menos ver el arte
que ser vistos viendo el arte.
Entonces, Juno se dio cuenta de que la mirada de Beatrice se fijaba en una
señora corpulenta y de rostro anodino que conversaba en un grupo cercano.
—No me ha dedicado ni una segunda mirada—, dijo Beatrice en un susurro
roto.
—¿Es alguien importante?
La pregunta animó a Beatrice, que se quedó boquiabierta y con los ojos muy
abiertos. —Juno Bell, ¿cómo no lo sabes? —, susurró. —Vaya, es la vizcondesa
Newhurst. ¡Y pensar que hoy veríamos a alguien tan grande aquí! Me la
presentaron en el concurso de arte de Prescott la semana pasada. Fue muy
amable y la invité a mi baile—. Sus hombros se desplomaron. —¡Y ahora no le
importa quién soy! Incluso después de haber expresado su interés en tu nuevo
trabajo.
¿Nueva obra? Ojalá. Juno había esperado que esta exposición despertara una
imagen en su interior, pero los cuadros sólo la hacían sentir más al límite y

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aburrida, como si el arte se acumulara en su interior como un lodo en su


cerebro.
—Es casi el final de la temporada y todavía la sociedad apenas sabe que
existo—, dijo Beatrice.
—Tu fiesta en el jardín fue muy concurrida—, señaló Juno. —Y dijiste que
habías tenido una excelente respuesta para tu baile de la próxima semana.
—¡Sí, pero ninguno de mis invitados es un par! —, se lamentó ella. —Pensé
que la asistencia del duque a mi fiesta podría hacer que se fijasen en mí, pero
siguen ignorando mis invitaciones.
—Los aristócratas también son gente ordinaria —, dijo Juno.
—¡Ordinaria! ¿Qué estás diciendo? No son personas ordinarias. ¡Son la mejor
gente! Si tan sólo me reconocieran. Puede que no sea más que la hija de un
escudero, pero eso demostraría a todos que yo también tengo derecho a estar
aquí. Sé más de arte que la mayoría de los payasos de la Real Academia,
aunque cuando me aventuro a dar una opinión u ofrecer un dato, enseguida
asumen que estoy repitiendo las opiniones de Prescott.
Enganchó sus dedos en el codo de Juno y la arrastró hasta el siguiente cuadro,
refunfuñando todo el tiempo. —El Sr. Prescott hace tratos con estos finos
señores, pero sólo en sus clubes. Supongo que nunca se lo dicen a sus esposas -
porque, ¿por qué iba a molestarse un hombre en contarle algo a su mujer? -, así
que las damas ni siquiera saben que existo.
Juno abandonó toda esperanza de estudiar el arte. Menos mal, porque aquí
había un cuadro de un caballero esbelto y elegantemente vestido, blandiendo
flores para su amor ruborizado y de ojos oscuros.
Ella apartó la mirada.
—¿Y si el Sr. Prescott expusiera algunos cuadros, en una cena tal vez? —,
sugirió ella. —Todo el mundo estaría seguro de asistir. Es una peculiaridad de
su marido, el modo en que tiene una colección tan maravillosa, pero se niega a
compartirla.
Beatrice suspiró. —Lo pasamos tan bien cuando nos casamos, cuando me llevó
a Europa y me enseñó las galerías de arte y las colecciones privadas. Me
encantaba aprender. La gente piensa que soy tonta, porque hablo demasiado,
pero él vio mi talento y le gustó mi entusiasmo. Pero ahora dice que debo

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

concentrarme en transmitir mis conocimientos a nuestros hijos. Los dos aún


no tienen cinco años. Creía que disfrutaba dándome clases particulares, pero
ahora me temo que podría dar clases particulares a alguna otra jovencita, si
entiendes lo que quiero decir. Si pudiera triunfar en sociedad, al menos tendría
eso. Pero fracasar como esposa, fracasar como patrona de las artes, fracasar
como...
Ella miró con tristeza el siguiente cuadro: Un titán de poderosa constitución
decapitaba a otro, mientras una multitud de demonios la aclamaba. Tal vez
Beatrice también disfrutaba de las decapitaciones, pues apenas un latido más
tarde volvía a sonreírle a Juno.
—¿Sabes qué me animará? Un nuevo proyecto. Te casaré.
—¿Porque la miseria ama la compañía? — preguntó Juno secamente, y añadió,
como siempre hacía, —Tengo arte. No me interesa el matrimonio.
Una voz interior susurró: ¿Por qué no? ¿Por qué no?
Beatrice lo rechazó. —Uno puede estar casado y ser artista a la vez. ¿Y el Sr.
Adair, el fabricante de marcos? Su negocio es próspero, y cuando se sube las
mangas de la camisa, bueno, déjame decir que disfruto bastante de la vista. No
se lo digas al Sr. Prescott, ¿quieres?
¡La sola idea de que Juno le dijera al Sr. Prescott que su esposa estaba
admirando los antebrazos del fabricante de marcos!
Aunque eran unos antebrazos preciosos.
—Una excelente idea—, aceptó Juno solemnemente. —Los marcos son caros
y casarme con él me daría un suministro de por vida gratis.
Siguió adelante sin rumbo, navegando entre la multitud que charlaba. El
vestíbulo era caluroso y sofocante, y empezaba a dolerle la cabeza. Volvería
cuando todo estuviera más tranquilo y pudiera estudiar el arte en paz.
Beatrice seguía a su lado. —Tendrás veintiocho años en tu próximo
cumpleaños. El tiempo se acaba.
Veintiocho años. Difícilmente decrépita, pero sí una solterona. ¿Y qué hay de
eso? A ella no le importaba.
Si no puedo tener a Leo, no tendré a nadie, había escrito. Pues bien, no pudo tener a
Leo, y aquí estaba sin nadie.

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Había recibido exactamente lo que deseaba.


—Supongo que aún no he conocido a un hombre por el que daría un vuelco a
mi vida—, afirmó.
Beatrice agitó un dedo regañón. —Uno de estos días, algún hombre te
arrastrará como un vendaval.
Juno no estaba segura de querer ser arrastrada por un amor como un viento
aullante. Prefería un amor como un amanecer, que se deslizara suavemente por
la oscuridad de la soledad, que iluminara su vida con una gama de colores, que
se elevara, que se extendiera, que creciera en luz y calor hasta llenar todo su
mundo, y que la vigilara toda su vida.

Afortunadamente, Beatrice no insistió. —¡Oh, mira! —, gritó. —¡Hemos


llegado al cuadro principal del señor de Goya! — Sacó su visor para examinar
el famoso arte.
Por lo que no se dio cuenta de que Juno se había quedado muy quieta y miraba
al otro lado de la galería.
Justo a Leopold Halton, el duque de Dammerton.
A pesar del agobio, se había abierto un espacio en torno a él y a la dama de
pelo oscuro vestida a la moda que tenía a su lado. Estaba muy ducal: pulido,
impecable, brillante. Él hacía girar su monóculo examinador con su cadena, un
borrón de energía que desmentía su comportamiento perezoso.
Él no debería estar aquí. ¿Cómo se atreve a estar aquí? Había habido una
inauguración especial de la exposición para invitados exaltados, por lo que no
tenían que compartir su espacio con la chusma.
Tal vez su oleada de energía fue demasiado fuerte, porque la multitud se
separó como si ella hubiera disparado un rayo, y él se giró para mirar por
encima del hombro como si ella hubiera dicho su nombre.
La miró directamente a ella.
Sus ojos se encontraron.

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El mundo retrocedió. El ruido se atenuó. Todo y todos se difuminaron en el


fondo. Lo único que ella vio fue a él.
Durante largos y frenéticos latidos, sus miradas chocaron y cayeron una sobre
otra como piedras en un derrumbe. Pero su mirada no revelaba nada, nada, y
entonces se volvió y agachó la cabeza para escuchar las palabras de su
prometida.
Algo feroz recorrió las venas de Juno. No, ¡es mío! quiso gritar. Quería arrancarle
el pelo a esa señora, sacarle los ojos y arrojarla por una ventana. No lo conoces.
Nunca lo conocerás, nunca lo poseerás, no hasta que hayas visto su salvaje corazón. ¡Es mío!
Sus pies empezaron a impulsarla hacia delante; se dio cuenta de su locura y se
echó hacia atrás, sólo para tropezar y tropezar con nada. Chocó con alguien:
un caballero de mediana edad. Su catálogos cayeron al suelo; ella los recogió
mientras él se enderezaba el sombrero. Sus mejillas ardieron mientras
intercambiaban disculpas y se aseguraban mutuamente que no se habían
hecho daño. Entonces el caballero siguió adelante y Beatrice estaba allí, con
los ojos muy abiertos.
—¿Qué pretendes, Juno? —, dijo. —No es propio de ti ser torpe.
Juno se alisó la pelisse y se acarició el bonete. Imaginó la diversión de Leo ante
su colisión, Leo diciendo: —¿Ves? Tu mente ya está confundida.
—Los efectos secundarios adversos de dibujar desnudos—, murmuró Juno a
su pobre catálogo maltratado.
Entonces se acordó de sí misma. ¡Oh, no! ¡Por favor, que Beatrice no haya
escuchado sus descuidadas palabras!
No. Afortunadamente, la atención de Beatrice se dirigió a otra parte. Sus ojos
brillaban.
—Juno, querida, ¡mira! ¡Mira! — Juno no necesitaba mirar. —Son el Duque de
Dammerton y la Srta. Macey. ¿Hablamos con ellos? ¿Sería una intromisión?
Nos han presentado. No, no debería hablar con él. Pero podrías hablar con él.
No, no deberías hablar con él.
Juno giró y se precipitó hacia otro cuadro. —Están aquí para disfrutar del arte.
Es mejor que los dejemos solos.

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Beatrice estuvo de acuerdo, pero siguió girando la cabeza para echar otra
mirada, como un spaniel que hace fuerza contra su correa. Juno obligó a sus
ojos a mirar la franja de pintura visible a través de los cuerpos. No volvería a
mirar a Leo.
O a la dama con la que pretendía casarse, esa inteligente y virtuosa nieta del
conde con veinticinco mil libras. La señorita Macey tenía muy buen aspecto.
Elegante, bien arreglada, bonita, joven. ¿Y qué pasa con ella? pensó Juno con
malhumor. Ella también podría tener un buen aspecto, si pudiera dedicar unas
horas al día a vestirse, y contara con un montón de dinero y un equipo de
criadas expertas. La gente siempre juzgaba a las damas por su nivel
adquisitivo y nunca se paraba a pensar en lo mucho más logradas que serían si
no tuvieran que pasar tanto tiempo preocupándose por su pelo y su ropa. Por
supuesto, cuando la señorita Macey fuera duquesa, todas las miradas de la sala
estarían puestas en ella, así que tenía que estar guapa. Mejor ella que yo, pensó
Juno, y se giró con decisión para seguir adelante.
Pero de repente Leo estaba allí, justo delante de ellos.
No, Leo no. El duque.
Buscó su rostro con avidez, buscando algo, cualquier cosa. Una sonrisa, un
brillo en sus ojos, un recuerdo compartido, un susurro de intimidad.
Nada. Su rostro era una máscara exquisita, indiferente y distante.
Beatrice se hundió en una reverencia baja y tiró de las faldas de Juno, así que
ella bajó los ojos y también hizo una reverencia.
— Su Gracia, mi marido y yo queremos ofrecerle nuestras más sinceras
felicitaciones por su compromiso—, dijo Beatrice.
—Gracias, señora Prescott. ¿Está disfrutando de la exposición?
—Mucho.
Entonces dirigió su fría mirada azul a Juno. —Señorita Bell. Espero que su
familia esté bien. ¿Su arte progresa bien?
—Gracias, Su Gracia. Está resultando adecuado.
Eso es: las galanterías se intercambiaron con éxito. Ahora asentirían y se
separarían. Otra vez.

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De hecho, él se iba. Un pie se deslizó hacia atrás, sólo un centímetro, y su


barbilla se levantó y sus labios se separaron. Se despediría de ellos y, una vez
más, se iría.
— ¿Se quedará en la ciudad durante el verano? —, le preguntó ella.
Él parpadeó como si fuera una pregunta chocante. Luego se recompuso y dijo:
—Brighton.
A ella le tocó parpadear. Leo nunca iba a Brighton. Tenía opiniones sobre las
juergas veraniegas de la Ton allí.
—Acompañaré a la señorita Macey y a su familia—, añadió.
Ella debería terminar con esta tortura. Ella debía dejar de hablar. Liberarlo.
Dejarlo ir.
—¿Cuándo será la boda?
—En septiembre.
— ¿Su madre y su hermana habrán regresado de Prusia para entonces?
—Mi madre ha indicado su intención de pasar otro año con su familia.
¡Qué tontería tan trillada! Si sólo pudiera decir sus verdaderas preguntas:
Debajo de esa máscara distante, ¿estás agitado y confundido, como yo? ¿Sientes todavía mi
tacto como yo siento el tuyo? ¿Piensas en mí con placer, luego te levantas para venir a verme,
sólo para atraparte con un dolor agudo al darte cuenta de que nunca podrá ser? ¿O nuestra
cita logró su objetivo? ¿Has hecho las paces con el pasado? ¿No sientes nada de este
encuentro más que la incomodidad de encontrarte con un antiguo amante en un lugar
público?
Se despreció a sí misma por su debilidad, pues no tenía ningún derecho sobre
él, ya no. Había elegido seguir su propio camino, y ese camino la había alejado
de él más que nunca. Había quemado sus puentes, se había vuelto
permanentemente inadecuada para un caballero respetable.
Ahora él estaba comprometido con otra persona, y esa persona estaba en esta
habitación, y Juno había perdido todo derecho a pedir algo.
El verano se extendía ante ellos. Para cuando el aire se enfriará y las hojas se
volvieran anaranjadas, cuando los niños recogieran avellanas y los hombres
dispararan a los pájaros bajo cielos fríos, cielos del color de los ojos de Leo, los

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ojos que ella nunca pintaría, la boca que nunca volvería a besar, el corazón que
nunca poseería...
Para entonces, Leo estaría casado.
Ella debía parar esto. Debe dejarlo ir.
Finalmente, encontró la fuerza y la dignidad para decir: —Espero que sea muy
feliz.
Pero él ya estaba mirando a otra parte, diciendo distraídamente: —No veo
ninguna razón para no hacerlo—. Luego inclinó la cabeza. —Si me disculpan,
debo volver a mi fiesta.
Beatrice seguía allí, aunque Juno se había olvidado de ella, y Beatrice dijo: —Y
si puedo ser tan atrevida, si la señorita Macey quisiera que le hicieran un
retrato...
—¡Beatrice! — Juno la miró con horror.
—Calla, Juno. Es mi deber como tu patrona proponerte. La Sra. Green pintó
un retrato de la Duquesa de Clarence, y tú eres más que su equivalente. A su
Gracia no le importa, ¿verdad, Su Gracia?
—En absoluto, Sra. Prescott. Les deseo a ambas un buen día.
Habiendo esquivado limpiamente su oferta, se alejó entre la multitud.
Juno se quedó mirando las largas y delgadas líneas de su espalda. La última
vez que vio esa espalda estaba cubierta sólo por una camisa, mientras él estaba
sentado al lado de la cama, haciendo la confesión que trastornó su mundo.
Pero entonces la multitud tuvo la amabilidad de cerrarse a su alrededor, y todo
lo que Juno pudo ver fue su cabello que se iba.

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CAPÍTULO 22

Cuando el coche de alquiler se detuvo frente a la casa de Juno a última hora de


la tarde, ella se bajó de él tan rápido como pudo.
El desgraciado día se había convertido en una noche aún más desgraciada,
atormentada por la frialdad de Leo. Su corazón estaba tan lleno de emociones
como aquella galería de arte lo estaba de londinenses. Ira, dolor, desconcierto,
anhelo, arrepentimiento: Todas ellas se agolpaban en su interior y se pisaban
los dedos de los pies.
Mientras el coche se alejaba, una figura emergió de las sombras al otro lado de
la calle. Su corazón se aceleró. El miedo hizo que sus pies se dirigieran hacia la
puerta.
Sólo para detenerse: la figura era Leo, con un aspecto poco impecable. De
hecho, tenía un aspecto francamente desaliñado, mientras se abría paso a
través de la calle hacia ella.
El resplandor de la luna llena, que asomaba detrás de su manto de nubes de
lluvia, le daba un aspecto etéreo, proyectando inquietantes sombras sobre su
rostro y resplandeciendo sobre el blanco de su chaleco y corbata. Si se tratara
de un cuadro, lo titularía El embrujo.
—¿Leo? ¿Qué haces aquí?
—Estaba en el barrio—. Habló con cuidado, como si necesitara crear cada
palabra de nuevo.
—¿Qué trae a un duque a este barrio en medio de la noche?
—Hubo una cena. Luego un baile. Luego una partida de cartas.
—Sospecho que también hubo algo de bebida.
Él consideró esto, y luego dijo: —Reconozco que puede haber habido algo de
bebida también.

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Las nubes se movieron. La luz de la luna llenó la calle. La mirada de Leo


también se desplazó, centrándose en ella. De repente, todas las partes de ella
que había tocado con sus dedos, y las partes que había tocado con su lengua, y
las partes que había tocado con sus palabras, todas esas partes cobraron vida
cuando su mirada la recorrió.
Pero él estaba comprometido con otra persona, y ella no podía hacer nada.
Porque él había hecho una elección y no la había elegido a ella, y así era como
funcionaba el mundo, y todo era para bien.
Sin embargo, su confesión seguía resonando en su mente: Érase una vez,
cuando eran personas diferentes, la que él había elegido era ella.
El momento pasó, mientras una brisa fresca ondulaba a su alrededor y hacía
volar las nubes sobre la luna. El aire se hizo más pesado con la amenaza de
lluvia.
Ella no sabía lo que él quería.
Ni siquiera sabía lo que ella quería.
—Te he visto hoy—, dijo, con las palabras ligeramente arrastradas. —Arte
español, y madonnas de ojos tristes, y ahí estabas tú.
—Sí.
—Te he visto.
Ella esperó. Nunca había visto a Leo borracho.
—Eso no debe volver a ocurrir—, él añadió.
— ¿Encontrarnos en un lugar público?
—No debe ocurrir.
—¿Vas a dictarme a qué lugar de Londres puedo ir, por miedo a pisar tu
camino? Duque o no, usted no me dice dónde puedo ir. Puedes evitarme.
—Estoy haciendo un buen trabajo de eso hasta ahora.
Una sola gota de lluvia cayó en su mejilla. Otra aterrizó en la calle. Ninguna se
movió.
Entonces las palabras también llovieron de ella.

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—Has puesto mi mundo patas arriba—, dijo ella. —Con lo que me contaste
sobre... Viena.
—Juré que nunca te lo diría.
—¿Por qué no?
— Un hombre tiene su orgullo.
—Siempre percibí muros entre nosotros y ahora sé por qué. ¿Por qué me lo
dijiste?
Él exhaló audiblemente. —Pensaste que yo creía que no eras lo
suficientemente bueno para mí. Durante diez años, lo creíste. No quería que
pensaras que yo pensaba...— Hizo una pausa, frunciendo el ceño, y volvió a
empezar. —No quiero que pienses que nadie piensa que no eres lo
suficientemente buena. Eres lo suficientemente buena para cualquiera. Ellos...
nosotros... ellos deben intentar ser lo suficientemente buenos para ti.
¿Hablaba como amigo? ¿Como amante? Se preocupaba por ella. Tal vez incluso
la amaba, aunque —amor— era una palabra tan compleja y circunstancial que
realmente era inútil.
El amor no tenía relevancia ahora, de todos modos. No para ellos.
—Serás feliz, ¿verdad? — Ella se acercó, con el pecho apretado por la urgencia.
—¿Con... tu próximo matrimonio? Ella te entiende, ¿verdad? Es importante,
Leo. Importa que seas...
—Feliz. ¿Eso es lo que piensas?
Ella resopló. —Creo que estás borracho.
—Sí.
—Y creo que estás diciendo cosas que no dirías si estuvieras sobrio.
—Tal vez. Pero quizás son cosas que debería decir. Normalmente no bebo
mucho. Quería dejar de verte.
—No me has visto en quince días.
—Te veo todo el tiempo. Sabes... Mi vida es el orden. La sociedad es orden.
¿Ves las estrellas y los planetas ahí arriba? — Hizo un gesto salvaje hacia las

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gruesas nubes que asfixiaban el cielo. —Todo en orden. Hasta que llegaste tú.
Un beso y mi vida es un caos. Y esa sirena. Esa maldita sirena.
La miró acusadoramente, como se mira al autor de un crimen. Luego se pasó la
mano por la cara, giró y apretó la palma contra la pared. Sus dedos se curvaron
como si quisiera arrancar un puñado de piedra.
—¿Leo? ¿Por qué estás aquí?
Su única respuesta fue golpear la pared. Hizo una mueca de dolor.
—¿Te ha dolido?
—Sí.
Como si ella también estuviera borracha, tomó su mano entre las suyas. Sus
dedos buscaron la piel recién maltratada y se deslizaron sobre su palma. Se
sorprendió al ver el áspero fantasma de los callos. Las palmas de él habían sido
suaves cuando acariciaron su piel.
Deseó acercar esta mano a su boca, a su mejilla, a su pecho. Deseó enredar sus
dedos con los de él y llevarle arriba.
—Si hay consecuencias—, dijo, —debes decírmelo.
—¿Has venido aquí para decir eso?
—No fuimos cuidadosos. Quise ser cuidadoso. Pero perdí el control.
—Fuimos lo suficientemente cuidadosos. Usted no tiene ninguna obligación
embarazosa en ciernes—. Su mensualidad había llegado como siempre. —
Dijiste que era un error—, añadió. —Cuando te ibas, después de que
discutiéramos. Dijiste que era un error.
—Me arrepiento...—, empezó él.
Ella no supo si retiró la mano o si la dejó caer. —Te arrepientes de... ¿Qué?
Él buscó a tientas en un bolsillo, encontró un guante.
—¿Te arrepientes de... nuestra noche juntos?
Él se limitó a negar con la cabeza.
—Así que todavía crees que fue un error—. Su boca estaba seca, sus palabras
roncas.

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

—¡Un error! — Él se rio, con un sonido suave y lamentable. —Sí, yo diría eso.
No puedo...— Miró a su alrededor, como si saliera de un estado de fuga y se
diera cuenta de dónde estaba. —Lo estoy haciendo de nuevo—, dijo él, como
para sí mismo, y ella no tenía idea de lo que quería decir. —Juré que no lo
haría, pero lo estoy haciendo.
Cayeron más gotas de lluvia gordas e insistentes, lentas y pesadas como un
tambor funerario.
Se mojaría. Debería preguntarle dentro. No podía pedirle que entrara. Él
tendría un carruaje. La indecisión la congeló.
Entonces sacudió la cabeza y se alejó de ella a trompicones.
—Estoy hecho polvo—, dijo. —No me escuches. Nunca debería haber venido
aquí. Perdóname.
Luego se fue, bajando por el camino, hasta donde esperaba un carruaje, que
ella vio ahora. Él se subió, y ella miró las luces mientras se alejaba, mientras
las fuertes gotas de lluvia golpeaban su piel.

Al día siguiente, Juno se despertó en el sofá cama de su estudio con una


contracción en el cuello. Se estremeció ante la agresiva luz del día, luego ante
las páginas de dibujos inútiles que alfombraban el suelo y después ante una
Beatrice de ojos brillantes que entraba a toda prisa.
Desde el salón llegó el sonido de la señora Kegworth traqueteando con una
bandeja de té. Bostezando, Juno se puso la bata y parpadeó sin saber qué hacer
con su invitada.
—¡Debes perdonarme por visitarte así, pero de verdad! — Beatrice la empujó.
—Todavía en cama a estas horas. ¿Qué son estos dibujos? Seguro que no son
tuyos.

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Los dibujos ofensivos eran simples bocetos de gatos, flores, manos. Al menos
ella dibujaba.
Me arrepiento... Un error...
¿Cómo se dibuja el arrepentimiento?
—Estaba practicando una técnica—, murmuró Juno.
A Beatrice no le interesaba. —He decidido la solución a nuestro problema—,
dijo.
Frotándose los ojos, Juno entró a trompicones en la sala de estar y se sentó. El
vapor salía de la tetera. Tardó un momento en comprender lo que estaba
viendo: La tetera era del servicio que Leo había prometido enviar, la que estaba
pintada con una diosa para cada estación.
—¿Nuestro problema? — repitió Juno. —¿Tenemos un problema?
—¿Te has olvidado tan pronto? La cuestión de cómo voy a ganar la entrada en
los más altos escalones de la sociedad. Que es importante para ti y tu carrera.
—Oh. Ese problema.
—Espero que no hayas estado bebiendo. Prescott no soporta que una mujer
beba.
Juno dejó caer su cabeza hacia atrás en el sofá. —La opinión de Prescott sobre
mis actividades es irrelevante. Su marido puede dictar su comportamiento,
pero no tiene nada que decir sobre el mío.
—Pero lo que haces se refleja en mí. Fue muy claro al respecto cuando te
contraté—. Beatrice la miró y se rio. —Eres bastante gruñona cuando no
duermes lo suficiente, ¿verdad?
—Aparentemente.
—El duque y la duquesa de Dammerton—, anunció Beatrice.
Juno se inclinó hacia adelante y presionó las palmas de las manos en las
cuencas de los ojos hasta que aparecieron pequeñas luces.
—Debes persuadir al duque para que te deje pintarlos juntos como regalo de
bodas. Propón que los veamos en Brighton. Una vez que la sociedad se entere
de que van a posar para ti, todo el mundo querrá tu arte y mi conocimiento.

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

—No—, dijo Juno en sus manos. — Déjalos.


—Es una conexión útil. Él vino a hablar con nosotros ayer. ¿No te das cuenta
del honor que supuso? No más timidez, Juno. Podemos usar tu conexión con
el duque...
—¡No! — Juno levantó la cabeza. —Leo…el duque, él y su esposa… prometida.
No son cosas para usar en nuestro beneficio.
—Por supuesto, por supuesto, pero podrías pedirle…
—No podría. No lo haré.
Beatrice entrecerró los ojos, con las manos en las caderas. —Necesito esto,
Juno.
—Si tienes que usar a alguien, usa a tu marido. El principal crítico de arte de
Londres, ¿recuerdas? Habla con él.
—Lo intenté—. Su boca temblaba. —Es tan fácil para ti, ¿no? Vivir de forma
independiente, sin seguir las reglas de nadie. No puedo pedirle a mi marido...
—No puedes hablar con el padre de tus hijos, ¿pero esperas que me imponga a
un duque del reino y a una dama que nunca me han presentado? No lo haré,
Beatrice. No.
—Si me quieres como tu patrona, lo harás.
—Entonces el coste de tu patrocinio es demasiado alto.
Un áspero silencio los rodeó, roto sólo por la estremecedora respiración de
Beatrice.
— ¡Desgraciada ingrata! —, siseó. —Eres una artista más en Londres, Juno
Bell. Pero yo podría elevarte. Sabes que puedo. Puedo convertirte en algo más.
—No puedes convertirme en nada—. Juno se puso en pie de un salto tan
violento que los utensilios de té traquetearon. — Yo me hago a mí misma.
—Me necesitas.
—No necesito a nadie—. De repente, era importante que todos lo supieran. —
Tú te puedes ir, todos se pueden ir, pero yo me tengo a mí misma y a mi arte y
no necesito nada más.
—¿Eso es todo? ¿Te niegas a ayudarme y rechazas mi patrocinio?

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—No te necesito—, repitió temblorosa.


—Que así sea entonces.
Sin decir nada más, Beatrice recogió sus faldas y su dignidad y se marchó.
Gimiendo, Juno se recostó en el sofá, mirando sin ver sus cuadros en la pared.
Intentó despertar algún tipo de rabia o preocupación, pero todo le parecía
poco. Todo lo que podía ver era a Leo la noche anterior. Todo lo que podía oír
eran sus palabras de borracho. Diciendo que se arrepentía... ¿De qué se
arrepentía? No había sido claro. Pero pensaba que su cita era un error: había
sido claro en eso.
Y algo sobre el dibujo de la sirena.
Súbitamente alerta, corrió a su estudio y sacó el dibujo del armario. Era tan
bueno como lo recordaba, desde las pasiones de las figuras hasta la agitación
de la tormenta.
La emoción la invadió y se puso en marcha como una bailarina de ópera al
recibir la señal. Colocó un lienzo en blanco en un caballete, abrió su caja de
pinturas, pasó los dedos por las cápsulas de colores, cerró los ojos e imaginó la
escena a todo color.
Y entonces volvió a estar en aquella cama con Leo, reviviendo aquellos
momentos en los que él se había abierto a ella, en los que habían creado una
tormenta juntos, en los que aquella hambre feroz y posesiva los había
reclamado a ambos. Ella lo había poseído. Quizás sólo durante unos minutos,
pero en esos minutos, él le había pertenecido completa y totalmente.
—¡Sra. Kegworth! —, llamó ella, al oír al ama de llaves en el salón. —Cierre las
puertas. No recibiré invitados. Voy a pintar.
Y pintó. Durante los días siguientes, ese cuadro cobró vida, mientras la Sra.
Kegworth mantenía firmemente alejados a amigos y visitantes.
Hasta que su tía Hester apareció en la puerta del estudio, nerviosa y
angustiada, con un periódico retorcido en las manos.
—Oh, Juno, querida—, dijo Hester con tristeza. —¿Qué has hecho?

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CAPÍTULO 23

La copa de cristal tallado era exquisita. Estaba suavemente curvada y tenía un


hermoso peso hasta su tallo en forma de lágrima. La luz del sol se reflejaba en
sus cortes en forma de diamante y bailaba sobre el terciopelo verde sobre el
que se exhibía.
A Leo le resultaba difícil interesarse. Es sólo un vaso, pensó. Sólo un estúpido y
maldito vaso.
Pero un silencio sepulcral aguardaba su veredicto. Su visita a esta pequeña
cristalería de Kent era de gran importancia para sus propietarios, que estaban
desesperados por conseguir una subvención: Podría cambiar sus vidas de un
plumazo. Y también era importante para Susannah, que había señalado a los
vidrieros a su atención. Pensó que ella buscaba impresionarlo.
Y él estaba impresionado. No era culpa del vidrio que no le importaba, ni de
los vidrieros, ni de Susannah.
No era culpa de nadie más que de él. Él fue quien se había acercado a Juno en
aquella exposición. Fue él quien bebió demasiado por primera vez en años.
Fue él quien acabó en su calle para hacer el ridículo y decir no sé qué.
Pero esa locura temporal se le había pasado junto con la resaca, que a su vez se
estaba acabando cuando llegaron a la casa de la tía de Susannah en Kent para
una estancia de una semana. Susannah y su tía habían planeado una serie de
actividades: paseos a pie, en barco, en carruaje. Sonaba felizmente aburrido, y
lo alejaba de Londres, y cualquier lugar que no fuera Londres era un lugar
excelente para estar.
Así que Leo fingió interés, recorrió el taller, hizo preguntas sencillas para que
se sintieran cómodos. Luego aceptó el regalo de un juego de copas y se marchó
con su sonriente prometida.
Hacía un buen día. Cuando Leo sugirió que dejaran el carruaje y recorrieran a
pie los pocos kilómetros que faltaban para llegar a la casa de su tía, Susannah
aceptó.

237 | P á g i n a
Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

Un tenue recuerdo se agitó: Juno mencionando a Susannah esa noche.


Diciendo... ¿qué? Que esperaba que Susannah lo entendiera. Bueno, por
supuesto que Susannah lo entendía. ¿A cualquier otra dama en Inglaterra se le
ocurriría llevarlo a una fábrica de vidrio en Kent?
—¿Qué te parece? —, preguntó ella. —¿Podrían ser candidatos a una
subvención de la Fundación Dammerton?
—Si lo deseas.
—Los pondré en mi lista. Hay una interesante iglesia normanda en el
pueblo—, añadió. —Podríamos ver las tallas.
A Leo no le importaban los normandos ni sus tallas. —Excelente—, dijo.
Susannah parecía no sentir la necesidad de decir nada más. Como de
costumbre, no mostró ningún interés en compartir sus pensamientos, ni en
ningún aspecto de Leo.
Menos mal, teniéndolo en cuenta.
Él no la había besado. Ella no hizo ninguna señal de esperar un beso, ni había
dicho nada que incluso el más desesperado romántico pudiera confundir con
un coqueteo. Se estaban haciendo amigos y ella parecía contenta con eso. Leo
también lo estaba, por supuesto. Perfectamente satisfecho.
Le gustaba Susannah. El problema era que no estaba seguro de gustarse a sí
mismo cuando estaba con ella. Se sentía artificial, de alguna manera. La culpa
le hacía esforzarse demasiado, aunque no tenía motivos para sentirse culpable
porque había intentado ser sincero con ella, al menos todo lo sincero que ella
le permitía. Pero, de alguna manera, su esencia parecía estar desapareciendo,
haciendo que no fuera más sustancial que un título en un traje.
Ropa bonita, sin duda, pero mera ropa, al fin y al cabo.
En el patio de la iglesia, Susannah le guio junto a un antiguo tejo y le señaló un
viejo arco de piedra. Se lanzó a una animada historia de la iglesia, algo sobre
los normandos y los santos y lo grotesco. Muchos datos. A Susannah le
gustaban los datos. Le gustaban las listas. Le gustaba el orden.
— Susannah —, dijo él, interrumpiendo su recitación.
Ella se volvió, siempre agradable, una desconocida familiar. —¿Sí?

238 | P á g i n a
Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

—Pensé que tal vez podría besarte ahora.


—Muy bien—. Ella cruzó las manos y levantó la barbilla.
—Esta es una parte importante del matrimonio—, dijo él.
—Sí. Espero que seamos bendecidos con hijos.
Bésala ahora, se dijo a sí mismo, pero sus manos permanecieron entrelazadas a
su espalda. Un beso a su prometida no exigía una explicación, pero aun así
dijo: —Seguro que tu madre o tu abuela te lo han explicado.
—Soy consciente de los hechos, sí.
—Haré todo lo que esté en mi mano para que sea agradable. No tienes motivos
para preocuparte.
Ella se aclaró la garganta. —Qué considerado.
—Aunque supongo que decir que no hay motivo de preocupación hace que
suene como si realmente hubiera algún motivo de preocupación. Lo cual, por
supuesto, no es así.
Parecía perpleja. —No esperaba discutirlo—, dijo tras una pausa.
—Yo tampoco. Por eso, tal vez, me estoy haciendo un lío.
Sólo era un beso. Era bonita. A él le gustaba. Se casarían pronto. Podía hacerlo.
Su mirada se movía de un lado a otro. Jugó con sus pulgares.
—Por supuesto, hay mucho tiempo—, dijo él. —No hay que precipitarse.
—Por supuesto.
Parecía aliviada. Dio un paso atrás y, de acuerdo tácito, salieron del
cementerio hacia la carretera.
Sí, se recordó Leo, no había necesidad de apresurarse a besarla. Tenía mucho
tiempo.
De hecho, tenía el resto de su vida.

239 | P á g i n a
Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

De vuelta a la casa, se enteraron de que la fiesta se había animado con la


llegada del primo de Susannah con un trío de sus amigos. La pandilla de
jóvenes caballeros se divertía ahora en el salón con las damas.
Pero no del todo juntos: Los grupos se habían separado, como solían hacer los
grupos de ingleses, con las damas en un extremo y los caballeros en el otro.
Leo se dirigió más allá de las damas hacia el animado cuarteto de jóvenes,
agradecido por las cartas que le había entregado un lacayo, que le daban una
razón para no hablar. Se apoyó en la repisa de la chimenea para leerlas. Una de
las cartas era del secretario del arzobispo: La licencia especial para Thomas
Macey estaba lista para que Leo la recogiera.
La otra carta estaba franqueada por la casa de Leo y dirigida por su
hermanastro.
Que asombroso: St. Blaise realmente sabía dónde estaba el escritorio. Tal vez
había tropezado con él mientras robaba un bote de tinta.
La carta era una simple nota, corta, críptica y sorprendentemente legible:
Polly… ¿Has visto esto? Ella no me recibe. T.
—Esto— resultó ser un recorte de The Times. Qué impresionante: St. Blaise
había hecho el esfuerzo de recortar algo de un periódico. Más impresionante
aún: San Blas había leído realmente un periódico.
Estimado señor… empezaba el artículo, como empiezan todas las cartas al
director de The Times. Leo echó un vistazo al final. El autor de la carta era
William Prescott.
Estimado señor...
Ha llegado a mis oídos que una mujer de Londres, que se hace llamar artista, ha incurrido en
la conducta inmoral de dibujar figuras, masculinas y femeninas, en estado de desnudez.
Leo agarró el recorte con ambas manos. Cayó de espaldas contra la chimenea.
Su borde se clavó en su espalda. Respiró profundamente. Ojeó la carta de
Prescott.
Ninguna mujer respetable se atrevería a... La señorita J.B... Mi esposa fue cruelmente
engañada... Sólo ciertos géneros de arte son adecuados... Indecencia moral...
Él la había arruinado.

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Con esta carta al editor de The Times, el maldito William Prescott debía haber
arruinado a Juno. Su carrera en Londres estaría acabada, pues ¿quién aceptaría
a una mujer que dibujara figuras en estado de desnudez?
Leo hizo un ovillo con el recorte. Lo enderezó. Lo dobló por la mitad. De nuevo
por la mitad. Lo puso de nuevo en la carta de St. Blaise. Dobló la página sobre
ella.
Esta carta necesitaba ser quemada, pero no había fuego encendido en el hogar.
Deslizó la página en su bolsillo. Extendió sus manos temblorosas.
No era de su incumbencia.
Juno tomaba sus propias decisiones. Ella conocía los riesgos. No era de su
incumbencia.
—¿Alguna correspondencia interesante, Dammerton?
Susannah había entrado en el salón, habiéndose refrescado. Por un momento,
Leo se sintió confundido en cuanto a dónde estaba.
—Ah—. El miró la otra carta y obligó a su memoria a trabajar. —Una cita con
el arzobispo—, le dijo. No le había dicho que estaba adquiriendo una licencia
especial para su hermano. —Ha solicitado mi consejo.
Sus ojos se abrieron de par en par.
—Sobre asuntos decorativos, no eclesiásticos, te lo aseguro—. Intentó
inyectar algo de frivolidad en su tono, pero sólo sonó como un bufón, y como
un bufón añadió: —Paños y relojes y demás.
—Qué bonito.
Ella ya se estaba moviendo, para sentarse con las damas.
Leo se apoyó en la repisa de la chimenea.
No era de su incumbencia. Lo que Prescott hubiera hecho, lo que Juno hubiera
sufrido, no era de su incumbencia. El honor era lo primero. Le debía su lealtad
a Susannah, no a Juno.
El grupo de jóvenes soltó una sonora carcajada, que fue rápidamente
reprimida.

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

—No veo el problema—, dijo uno, y luego añadió, en voz más baja: —El arte
está lleno de fotos de desnudos.
—Esos cuadros desnudos que miras no son arte—, bromeó uno de sus amigos.
—No está bien que una mujer dibuje desnudos.
—¡Correcto, las mujeres son las que deberían hacer los desnudos!
Una vez más se rieron, y luego volvieron a callarse, conscientes de las damas
que estaban en el otro extremo de la sala.
Londres se llenaría de esas charlas y bromas a costa de Juno, y ella...
No era de su incumbencia.
—Es una tontería esa idea de que las mujeres son más delicadas que los
hombres—, dijo un joven. —La última mujer que me vio en cueros, ni siquiera
se sonrojó.
—Dicen que cada año en la Real Academia, algún estudiante se desmaya la
primera vez que una modelo deja caer su bata.
—¡Creo que yo también me desmayé la primera vez!
Entonces Leo se movió, sus piernas lo impulsaron por el salón, tan rápido que
el aire parecía correr a su alrededor. Las damas dejaron de hablar y lo miraron
sorprendidas.
—¿Dammerton? — dijo Susannah.
—Debo volver a Londres—, se oyó decir. —Un asunto urgente.
—¿La decoración del arzobispo? — Ella sonó incrédula.
—Sí. Disculpadme. Tengo que irme.
Lo miraban como si fuera un loco. Tal vez era un loco. No importa: Era un
duque. Si decía que debía irse, nadie lo comentaría. Al menos, no en su cara.
Él se inclinó. Giró sobre sus talones.
Caminó hasta salir de la habitación.
Luego corrió.

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

La tarea de JUNO era sencilla: sacar cada accesorio de su armario y meterlo en


el baúl.
Pero lo único que podía hacer era mirar el conjunto de regalos caprichosos que
había recibido de Leo a lo largo de los años. Su primer regalo: un violín para
que pudiera completar un encargo. Su último regalo: la caracola.
Todavía tenía que empaquetar también sus cuadros secretos, secretos porque
los personajes no llevaban ropa. ¡Qué escándalo! ¡Que una mujer pinte como
un hombre! ¿Cómo se atrevía a pintar una sirena reclamando a un náufrago, o a
Atipa arrastrada sobre las piedras por una turba asesina? ¿Qué iba a hacer ella
con estas pinturas? No debía dejar que nadie las viera. No debía dejar que
nadie supiera que pintaba desnudos.
La risa brotó de ella, tan salvaje que temió perder el control. Buscó a los gatos
para calmarla, pero Livia y Phoebe ya se los habían llevado, y ahora su estudio
no era más que una habitación vacía.
Su familia había permanecido a su lado mientras su mundo se derrumbaba,
aunque realmente no debían hacerlo. Su tío Gordon dijo que no le importaban
las opiniones de los demás; su carrera estaba bien. Phoebe dijo que no le
importaba, pues ya se había arruinado al dejar a su marido. Livia dijo que no le
importaba, pues ni siquiera quería un marido. Daniel dijo que no le importaba,
pues eso sólo lo hacía más interesante entre los muchachos. Incluso Hadrian
volvió corriendo a Londres, una vez que se enteró de la noticia, y dijo que no le
importaba, porque el gobierno lo necesitaba demasiado. Todos se habían
agolpado a su alrededor, y ella no los merecía cuando había sido tan tonta.
Pero su apoyo no cambió nada. Estaba acabada en Londres y nadie podía hacer
nada.
Fueron las cartas las que convencieron a Juno de que realmente lo había
perdido todo.
Por supuesto, en cuanto Hester se lo enseñó, supo que la carta de Prescott al
director de The Times significaba el fin, pero no parecía del todo real.

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

Luego llegaron las otras cartas.


Cartas de futuros clientes cancelando sus citas. Cartas de antiguos clientes
expresando su disgusto. Algunos incluso devolvieron los retratos que había
pintado de ellos; al parecer, uno podía contraer un desagradable caso de
indecencia moral simplemente viendo un cuadro de Juno Bell.
También había cartas amables de sus amigas del campo, Arabella y Cassandra.
No podían estar con ella, ya que ambas estaban dedicadas a la producción de
bebés, pero se ofrecieron a enviarle carruajes, prometiéndole un hogar, un
lugar donde descansar hasta que todo pasara.
No se olvidaría. Un aristócrata podía superar un escándalo. Un artista
también podría, siempre que fuera lo suficientemente encantador, talentoso y
masculino. ¿Pero una mujer soltera? Su carrera en Londres estaba acabada.
Y eso no era culpa de nadie más que de ella misma.
Podía despotricar de Prescott o de las injusticias de la sociedad, pero conocía
las reglas y los riesgos. De todos modos, había hecho lo que quería. ¿Por qué?
Porque lo había querido.
Porque era lo suficientemente testaruda, tonta y arrogante como para pensar
que las reglas no se aplicaban a ella. Como si fuera alguien especial.
No era nadie especial.
Inquieta, se alejó del gabinete y miró por la ventana el lúgubre día londinense.
Al menos en Italia vería el sol.
Ella seguía mirando por la ventana cuando escuchó pasos, lentos y constantes,
en algún lugar de la habitación contigua. Los ignoró. Hasta que el cristal
reflejó un movimiento detrás de ella.
Una esbelta figura masculina se encontraba en la puerta de su estudio.
Como Leo había estado en esa puerta tantas veces.
Cerró los ojos y se abrazó a sí misma. No podía ser Leo, lo que significaba que
finalmente se estaba volviendo loca, pero no le importaba. Dejó que sus
sentidos siguieran los movimientos. El suave ruido de los tacos sobre el suelo
de madera. La agitación del aire. El calor de una presencia detrás de ella, lo
suficientemente cerca como para sentir su esencia, captar su olor.

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

Sus brazos se deslizaron alrededor de ella. La envolvió en su calor.


Ella se dejó apoyar en la solidez de su pecho. Sus manos encontraron las de
ella. Entrelazó sus dedos. Apoyó su cabeza ligeramente en la de ella. Su pelo le
hizo cosquillas en la sien.
Unas lágrimas calientes escaparon de sus párpados cerrados y se deslizaron
por sus mejillas.
— Calma—, murmuró él. — Calma.
—Estás aquí—. Su voz salió como un susurro roto. Tragó y volvió a intentarlo.
—Estás aquí.
Todo se sentía bien, en color, en armonía, en equilibrio. Leo estaba con ella; el
resto del mundo podía pasar desapercibido. Nada más importaba.
Nada excepto el hecho de que él estaba prometido a otra persona y ella era el
nuevo escándalo de Londres.
De repente, no pudo soportarlo. No podía soportar su presencia, su
amabilidad, su apoyo, su amistad, porque él se los llevaría todos cuando la
dejara de nuevo.
Él había rechazado su amor. La llamó inconstante, puso fin a su amistad, se
comprometió con otra persona, la rechazó con frialdad, y luego se acercó a ella
cuando estaba borracho y descartó su única hora de verdadera intimidad
como un error.
Ella se separó de sus brazos, se enjugó los ojos y se volvió hacia él.
Oh, pero él tenía un aspecto maravilloso, un bálsamo para su alma, con su
expresión suave y cariñosa, sus ojos profundos de preocupación.
—No deberías estar aquí—, dijo ella con dulzura.
—Acabo de enterarme—, dijo. —Si puedo ofrecer ayuda.
—No hay nada que hacer.
—¿Qué necesitas?
Ella necesitaba que él la abrazara. Que la abrazara y la abrazara y la abrazara.

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Sacudiendo la cabeza, retrocedió. Sus rodillas golpearon el asiento de la


ventana, lo que detuvo su retirada. —Tal vez quieras ser amable, pero esto es
demasiado...
Cruel, ella quería decir.
Era demasiado cruel de su parte ofrecerle amabilidad. No cuando su
amabilidad sólo podía ser temporal y ella la necesitaba tanto.
Él echó un vistazo al raído estudio. —¿Dónde están tu familia y tus amigos?
¿Quién te ayuda?
—Los artistas no se acercan a mí. Los efectos secundarios adversos de pintar
desnudos son contagiosos y me han puesto en cuarentena para que nadie se
contagie de mi escandalosa indecencia moral.
—Tienes amigos poderosos, amigos ricos. ¿Lady Hardbury? ¿La Sra. DeWitt?
¿Te han abandonado?
—Arabella y Cassandra no pueden dejar a sus bebés, pero se ofrecen a enviar
carruajes. Me pondrán en sus áticos para pintar cuadros y esconderme de sus
respetables invitados—. Ella retorció sus dedos en la cortina. —Mis tíos se
han llevado a los gatos a vivir como ratones perezosos en su casa de Londres.
Tendrán una vida agradable y pronto me olvidarán, porque eso es lo que hacen
los gatos—. Luego, como la ira siempre resultaba una excelente defensa contra
la pena y el miedo, añadió: —Eso es lo que hago yo también, según he oído.
Olvidar a la gente.
—Yo…— Se detuvo en seco.
—¿Tú... qué? ¿Girarías una varita ducal y lo arreglarías todo? ¿Me esconderás
en tu ático también, y me mantendrás en secreto de tu encantadora esposa?
Está bien, Leo. No tienes que cuidar de mí. No tengo que culpar a nadie más
que a mí misma.
—Prescott es un mojigato pomposo y de mente estrecha.
Ella se rio temblorosamente. —Sí, lo es. Pero es la voz de una sociedad, y es
más fuerte que yo y que tú. No hay nada que puedas hacer. De todos modos,
no quiero nada de ti.

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Él no respondió. Se volvió para caminar por el estudio. Sus pasos resonaron en


la habitación vacía. Ella lo contempló, tan impecablemente vestido, de líneas
familiares y gracia fluida.
—He reservado un pasaje a Italia—, añadió alegremente. —Me voy mañana
por la noche, y así es como va. La señora Prescott se ha portado bien y yo me
he portado mal, así que ella organizará un baile y yo huiré en un barco. Tal vez
después de Italia, vaya a Francia. Hay tantos lugares en Europa a los que
puedo ir. Allí no se preocupan por un tonto escándalo inglés. No es tan malo,
sabes. Estaré libre de las reglas de Londres, al menos. Pintaré lo que me plazca
y tendré las experiencias que quiera.
Él se detuvo ante su hilera de cuadros secretos y los estudió en silencio.
—Aquí están—, dijo en voz baja. —Los cuadros que no querías que viera.
Su expresión se llenó de cariño cuando la miró. No, no a ella: La miró
directamente, viendo sus partes más profundas. Vio sus rincones sombríos,
sus paisajes secretos, sus tonterías, sus arrepentimientos, su soledad, sus
pasiones.
Maldito sea. ¿Cómo se atreve? Cómo se atreve a entenderla y aceptarla,
cuando él no la había elegido. Él se preocupaba por ella, ella lo sabía, pero eso
no era suficiente, no era suficiente para que él se presentara aquí y...
—Vete—, dijo ella, la palabra desgarrándola.
—Juno...
—No hay nada que puedas hacer. No puedes ayudar.
Él esperó.
—Leo, por favor, vete. No puedo soportar verte más.

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CAPÍTULO 24

La tez habitualmente rosada de Juno estaba pálida. Sus ojos estaban apagados
y ensombrecidos. Incluso su alborotado cabello parecía derrotado.
Leo quemaría el mundo si eso trajera calor a sus mejillas, ordenaría que el sol
brillara si eso pudiera disipar esas sombras. La abrazaría hasta que sus
lágrimas desaparecieran.
No eran las lágrimas lo que ella quería que desaparecieran, sino él.
Se le ocurrió que era la primera vez que ella lo despedía. Siempre había dado
por sentada su acogida. Hoy, ya no era bienvenido.
Y hoy, cuando ella más lo necesitaba, cuando el mundo le había robado su
brío, su sustento y sus sueños, él no podía hacer nada.
Aquellos otros cuadros nunca los había visto, pero los reconocía igualmente.
Formaban la galería de su corazón oculto. Ella le había mostrado sus lugares
secretos, y él le había mostrado los suyos. Ella lo había visto defectuoso,
insensato y fuera de control, y había afirmado que lo amaba de todos modos.
Él no se había atrevido a creer en su amor, por miedo a que ella le rompiera el
corazón de nuevo, pero su corazón se rompía de todos modos, porque ella lo
había perdido todo, y no había nada…nada…nada que él pudiera hacer.
Ella se mantuvo erguida y no cedió.
Él dio un paso atrás. Se inclinó. Se dio la vuelta. Se marchó.
En la calle, los caballos zapateaban tras el brumoso y demasiado rápido viaje
desde Kent. Le dijo al cochero que llevara el carruaje a casa, que atendiera a los
caballos; él iría a pie.
La rabia le impulsó por las calles, su habitual ritmo pausado se transformó en
una marcha implacable. Apenas sabía a dónde iba o qué hacer. El único lugar
donde quería estar era al lado de Juno; lo único que quería hacer era arreglar
todo para ella.

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No podía. Ella tenía razón: era más grande y más fuerte que él.
Podía casarse con ella. Eso salvaría su reputación. Nadie se atrevería a desairar
a una duquesa. Pero ella no quería ser duquesa. No lo quería a él.
He reservado mi pasaje a Italia. Me voy mañana por la noche.
Qué frágil se veía, qué desolada y perdida. Se estaba desmoronando, y él no
podía sostenerla.
Todo su dinero y poder, y no podía hacer nada. Era un duque, un maldito
duque, pero una carta rencorosa de un desagradable hipócrita de mente
estrecha podría destruir su mundo y él no podría hacer nada. Ella estaba
sufriendo…Juno estaba sufriendo… y él no podía detener su dolor. Ni siquiera
podía abrazarla porque estaba prometido a otra mujer y, además, ella no lo
quería; lo había dejado claro.
Siguió avanzando, cada vez más rápido, cortando el aire con su bastón. Se
encontró pasando por Leicester Square, a lo largo de St. Martin's Lane. Se
encontró pasando por un café popular entre los artistas. Se encontró
observando a un hombre grueso y pequeño, con ropas blancas y negras, que
mantenía una reunión ante un grupo de seguidores.
El mismísimo William Prescott.
—¡Prescott! — Leo gritó, y se lanzó hacia él como una bala de cañón, medio
cegado por la sangre que corría detrás de sus ojos.
Una docena de rostros se giraron. Sólo vio uno. El círculo de artistas se
dispersó como cabras.
—Parásito pomposo y con cara de idiota—, le espetó Leo. —Te destrozaré
con mis propias manos y te daré de comer a las ratas.
Prescott dio un paso atrás, con las manos abiertas. —¡Dammerton! ¡Su Gracia!
Él siguió avanzando. —Tú, pedazo de mierda...
—Por favor. Su Gracia. Cálmese.
—Estoy calmado—, rugió Leo. —¡Estoy completamente calmado!
De nuevo como cabras, los artistas dispersos volvieron a formar un círculo
para observar, junto con algunos otros transeúntes.

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Leo arrinconó al crítico contra el muro de piedra, presionó la cabeza de su


bastón bajo su barbilla y se cernió sobre él.
—¿Te sientes bien, Prescott? —, le dijo al oído. —¿Jugar a ser Dios con la vida
de los demás? ¿Ser el justo juez de cómo debe comportarse la gente?
La boca de Prescott se torció en algo parecido a una mueca. —Yo ilumino el
arte. Guío a la gente. Presto un servicio.
—El único servicio que prestas es ahorrar a los demás la molestia de tener que
pensar por sí mismos.
—Si un artista se comporta mal...
—¡Se supone que los artistas se comportan mal!
Prescott se dirigió hacia la puerta de la cafetería; Leo le bloqueó el paso
rápidamente.
—Tenía que proteger a mi mujer—, dijo Prescott. —Su reputación podría
haberse visto perjudicada.
—Si hubieras mantenido la boca cerrada y ella hubiera cortado
tranquilamente la conexión, la reputación de nadie se habría visto
perjudicada. Pero usted quería exponerla.
—Es inaceptable que una mujer...
—Pobrecito Prescott, qué miedo debes tener. Si el mundo cambia, perderás tu
posición y tu poder, así que debes asegurarte de que el mundo no cambie—.
Leo dio un paso atrás. —Te llamas a ti mismo un crítico, pero no eres más que
un cobarde de mente estrecha, con la cabeza llena de lirios y la barriga
estirada.
Prescott acomodó los hombros. —Le agradeceré que no difame mi honor como
crítico y caballero.
Leo sonrió. Es decir, enseñó los dientes. —¿Cómo puedo difamar tu honor
cuando no tienes ninguno?
Un suspiro recorrió su audiencia: Ese insulto era una ofensa punible. El honor
de un caballero era algo demasiado valioso como para soportar semejante
desaire.
Prescott parecía inseguro. —Por el bien de mi esposa, yo...

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—¡Oh, al diablo con tu maldita esposa!


Todo el mundo se calló. Medio Londres se calló. Primero Prescott se puso muy
blanco, luego se puso muy rojo. El comenzó a forcejear con su guante.
—Su Excelencia, no hablará así de mi esposa.
—¿Qué harás al respecto, Prescott? — Leo se burló de él. —¿Escribir una carta
al director de The Times?
Prescott se quitó el guante y lo agitó en el aire entre ellos. Un dedo flácido
golpeó la barbilla de Leo. Ambos se quedaron mirando, sorprendidos.
Pero, habiendo lanzado su desafío, Prescott quedó comprometido. —Nombra
a tu segundo, Dammerton.
La rabia de Leo se calmó. —Un duelo. Qué bien. Gracias. Me gustaría mucho
tener la oportunidad de dispararte—. Se rio bruscamente. —Te lo mereces,
por arruinar a una inocente con tu...
—Ella no es inocente. No escribí más que la verdad sobre mi esposa. Sólo me
alegro de que ella misma no haya visto nunca una inmundicia tan sórdida.
Leo ladeó la cabeza. —Si la señora Prescott nunca vio la obra de arte,
¿entonces cómo supo de ella?
—No lo dijo, sólo que se enteró de los dibujos por otra persona.
Un nuevo lazo de rabia se agitó en su interior. —Así que la arruinaste
basándote sólo en un rumor.
Él había supuesto que la señora Prescott había visto los dibujos ella misma, o
que Juno le había confiado. Pero si la señora Prescott se había enterado de los
dibujos por otra persona...
Él se dio la vuelta. Una pequeña multitud se había reunido para observar. Una
multitud más numerosa se había reunido para averiguar lo que la pequeña
multitud estaba viendo.
Leo levantó la voz para dirigirse a todos. —¿Alguien sabe dónde puedo
encontrar a mi bello hermano, Tristán St. Blaise? Pensad antes de hablar,
porque pienso matarlo. ¿Quién quiere mirar?

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

Un Duque recorriendo las calles con la misión de asesinar a su propio


hermanastro era exactamente el tipo de entretenimiento que le apetecía a
Londres.
Leo había atraído a un séquito cuando irrumpió al mundo del juego en Covent
Garden, donde se rumoreaba que estaba St. Blaise.
El rumor era cierto.
St. Blaise se encontraba en una mesa de juego, con las cartas en la mano, con
un aspecto ligeramente ebrio y perfectamente golpeable. Leo se abrió paso
entre los demás hombres y agarró a su hermano por las solapas. Los naipes se
revolvieron locamente. Lo apartó de la mesa y lo puso contra la pared.
La confusa algarabía de las charlas excitadas se desvaneció en el silencio.
—¡Polly querido! — dijo St. Blaise. —Yo también estoy muy contento de verte.
¿Qué he hecho para merecer tanto afecto fraternal?
—¿Por qué lo has hecho? —, siseó.
—¿Hacer qué? Hay tantas posibilidades para elegir.
Leo no se atrevió a pronunciar su nombre. —¿Por qué revelar sus secretos y
arruinarla?
— Yo diría que estás un poco alterado, ¿no es así? — Una media sonrisa torció
los labios de St. Blaise. Una mirada astuta y calculadora entró en sus ojos. —
Los caballeros de Londres llevan mucho tiempo esperando esto. ¿Vamos a ver
qué pasa ahora?
Una alerta sonó en algún lugar del cerebro de Leo. Lo ignoró.
St. Blaise torció el cuello para acercar su rostro. —¿Qué tal si me caso con ella?
—, ofreció suavemente, con un aliento perfumado de brandy. —Tendrás que
darme mucho dinero, pero nos iremos de Inglaterra. Y si está embarazada de
tu cachorro, yo criaré al niño.

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Leo lo empujó de nuevo contra la pared. —Ella confiaba en ti. ¿Qué te ha


hecho ella?
—Se negó a tomarme—, suspiró St. Blaise. —Tal vez ahora lo haga. Ni
siquiera me importa que mi hermanito la haya tenido primero. Lo hizo, ¿no?
Tal vez debería agradecérmelo. Quizá ahora esté lo suficientemente
desesperada como para convertirse en tu amante. Eso es lo que quieres, ¿no?
Casarte con la chica de tu conde, como el buen chico que eres, y luego
mantener a esa deliciosa dama a un lado, como papá Duque hizo con nuestras
madres. Vi la forma en que la mirabas. Con ojos hambrientos.
Él siguió hablando, pero Leo no lo escuchó. Lo soltó el tiempo suficiente para
retirar el puño y dar un puñetazo.
St. Blaise se hizo a un lado. El puño de Leo golpeó el aire. Tropezó, y luego
giró, para ver la sonrisa descarada de su hermano.
A Leo se le ocurrió que era su primera pelea a puñetazos en aproximadamente
quince años, mientras que St. Blaise probablemente peleaba con otros
hombres todas las noches por diversión.
Él hizo una maniobra y volvió a golpear. Esta vez, de alguna manera, alcanzó la
mejilla de su objetivo.
—La cara no—, protestó St. Blaise, y se abalanzó sobre la cabeza de Leo.
—El pelo no—, dijo Leo, y apartó la cabeza de un tirón.
Se miraron fijamente, de nuevo con diez años de edad, reviviendo el día en que
Papá Duque los juntó por primera vez, tan desesperado y amistosamente
seguro de que sus dos hijos mayores se llevarían bien. Sí, se habían llevado
bien: Se habían llevado bien con los puños. Leo lo maldijo: Tristán St. Blaise,
usurpador, rompecorazones, travieso. Esto había tardado mucho en llegar.
Con una carcajada, St. Blaise se alejó y saltó a la mesa de juego más cercana,
con las fichas y las cartas esparcidas bajo sus pies. Leo saltó tras él. Volvió a
golpear. De nuevo falló.
Sin dejar de reír, St. Blaise saltó de una mesa a otra, y Leo le siguió de cerca.
En una de las mesas más grandes, Leo finalmente le agarró el codo. Le dio un
tirón. Esta vez, St. Blaise se quedó luchando, mientras la mesa crujía bajo sus
pies y el público vitoreaba desde el suelo. Estaba haciendo el ridículo, se dio

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cuenta Leo a través de la bruma de la ira. Sus puños nunca hacían contacto, y
St. Blaise no hacía más que esquivar los golpes de Leo y desordenar su ropa y
su pelo.
Él se detuvo, respirando con dificultad. St. Blaise era un soldado entrenado y
experimentado, desgraciadamente.
Aunque tenía una gratificante roncha roja en una mejilla.
St. Blaise sacudió la cabeza, mirando a Leo. —¿Cómo haces eso? Te he
ensuciado, pero aun así tu pelo está magnífico.
—Y yo te he golpeado, pero aun así tu cara parece...
—¿Súper?
—Necesitado de un puñetazo.
Avanzó, decidido a borrar esa sonrisa de una vez por todas.
—Polly, Polly, Polly—. St. Blaise levantó las manos en señal de paz. Ambos
sabían, ahora, que podría fácilmente luchar contra Leo en el suelo y golpearlo
hasta hacerlo papilla. —Acéptalo. No sabes dar un puñetazo decente.
—Pero sí sé disparar un arma.
—¿Lo sabes? — Parecía realmente curioso. —¿En serio?
—Sí. De verdad. Nombra a tu segundo. Te dispararé mañana al amanecer.
St. Blaise suspiró. —¿Podríamos hacerlo por la tarde, sin embargo? Déjame
dormir un poco.
—Dormirás cuando estés muerto.
Leo se tomó su tiempo para enderezar su ropa, y luego saltó ligeramente al
suelo.
Las sonrisas flaquearon ante su mirada. El silencio se extendió y un camino se
abrió ante él. Apenas había dado dos pasos hacia la salida cuando otra ovación
irrumpió en la sala.
St. Blaise, todavía en la mesa, estaba haciendo su reverencia.
—¡Está hecho y ganado! —, gritó. —El duque de Dammerton me gritó, me
golpeó y me convocó. ¡La vasija es mía! Mil libras.

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

St. Blaise se encontró con los ojos de Leo. Sonriendo ampliamente, se inclinó
de nuevo.
—¿Arruinaste a alguien para enfurecerme por una apuesta? — dijo Leo. —Frío
consuelo cuando mueras.
— Yo no lo hice, en verdad. Solamente te lo dije porque vi una excelente
oportunidad para enfurecerte.
—Aun así, te dispararé. Nadie habla así de ella y vive.
—No me dispararás, Polly. Papá Duque te dijo que cuidaras de mí.
—Cuidaré de tu cadáver. Te daré un buen funeral y le enviaré tus ingresos a tu
madre—. Se tocó la frente con un dedo. —Nos vemos al amanecer, hermano
mío.
Volvió a girar. La multitud se apagó ante su ceño fruncido. Entre los rostros
había un Thomas Macey con la boca abierta. Su boca se cerró cuando Leo le
informó de que sería su segundo en el duelo.
—Pero mi…— Macey se acercó más y susurró, —quiero casarme pronto,
recuerda. Prometiste una licencia especial.
—Y una licencia tendrás—. Leo le dio una palmada en el hombro. —Siempre y
cuando no nos disparen a ninguno de los dos.

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CAPÍTULO 25

El martilleo de la puerta de entrada vibró por toda la casa de Juno, en la hora


intermedia en que los primeros y débiles indicios de la luz del día bordeaban
las esquinas del cielo.
Ya estaba casi despierta, gracias a los inquietantes aullidos de una pelea de
gatos y a la incomodidad general de haber dormido con la ropa puesta. Pero, al
menos, había conseguido recoger las últimas cosas.
Despeinada, sombría y murmurando maldiciones, bajó a trompicones las
escaleras para abrir la puerta. Allí estaba el cochero de Beatrice Prescott, con
el puño en alto, y la propia Beatrice, con el rostro arrugado por la
preocupación.
Juno estaba de repente muy, muy despierta.
Con un movimiento de su brazo, la puerta se dirigió hacia ellos de golpe, pero
el cochero la atrapó y Beatrice gritó: —Oh, Juno. Debes ayudarme.
Un ladrido de risa incrédula salió de ella. —¿Yo? ¿Ayudarte?
—Sé que me detestas y que nunca me perdonarás, pues lo que hice fue
imperdonable, pero pretenden dispararse entre ellos y no sé cómo hacer que se
detengan.
—¿Quiénes se van a disparar entre sí?
—¿No te has enterado? ¡Dammerton se volvió loco! ¡Completamente loco!
Asaltó a Prescott, que lo convocó, y luego Dammerton asaltó a su propio
hermanastro y lo convocó, ¡y ahora están todos en el parque contando sus
pasos mientras hablamos!
El corazón de Juno se detuvo, luego se aceleró y dio unas cuantas volteretas.
Sus ojos estaban puestos en Beatrice, pero todo lo que vio fue a Leo: su cara de
piedra cuando ella lo despidió, su reverencia tan formal antes de irse. Ella le
había ordenado que se fuera, insistiendo en que no podía hacer nada, y él
había... ¿Comenzado las peleas? ¿Leo? ¿Cómo puede ser? Sus armas eran un

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

frío silencio, un corte en el suelo, un suspiro de decepción. Él no iba por ahí


golpeando a la gente. Ciertamente no les disparaba.
O, Dios no lo quiera, ser disparado.
¿Por culpa de ella?
—¿Pero por qué? —, preguntó ella.
—¡No hay tiempo para discutir esto! ¡Nuestra influencia civilizadora es
necesaria a toda prisa! Esta noche es mi baile, y con Prescott en medio de un
escándalo...
—¿Crees que me importa un bledo tu miserable baile? ¿Y si alguien sale
herido?
—Precisamente—. Beatrice se inclinó más cerca, como si le confiara un
terrible secreto. —¿Cuántas veces en la vida uno tiene la oportunidad de
detener un duelo? ¿Hmm?
Un rebaño de emociones se abalanzó sobre los débiles esfuerzos de Juno por
pensar. Cogió su ropa de abrigo y subieron al carruaje. El cochero casi grita
excitado mientras pone en marcha a los caballos.
En el reducido espacio, Juno se esforzó por colocar su pelisse sobre el vestido
de ayer y su gorro sobre el cabello de la mañana. No tuvo más remedio que
tolerar la ayuda de Beatrice, junto con su cháchara insufrible.
—Oh, Juno, estoy tan, tan apenada por lo que te hicimos. Ojalá pudiera
deshacerlo. No hay excusa. Ninguna. Estaba tan enfadada después de esas
cosas que dijiste, y tan cansada de lo duro que ha sido, y despotriqué contra
Prescott, y dije... ¡Oh, ni siquiera sé lo que dije, pero nunca soñé que el hombre
lo repetiría, y mucho menos que publicaría una carta para que todo el mundo
la viera!
Vestida, Juno se dejó caer en el asiento. Beatrice también se echó hacia atrás.
—¡Si pudiera arreglarlo por ti, pero lo he arruinado todo! Soy una patrona
terrible, una amiga terrible, una persona terrible. ¡Oh, por favor, perdóname!
No, no me perdones nunca.
Juno tuvo poca paciencia con esta autoflagelación. — ¿Cómo sabías lo de los
cuadros? —, preguntó. —Esos dibujos estaban bien escondidos. ¿Fue el señor
St. Blaise quien te lo dijo?

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—¡Cielos, no! Nunca he intercambiado una palabra con ese espantoso hombre
en toda mi vida.
—¿Entonces quién te lo dijo?
Beatrice se quedó boquiabierta. —Pues, tú lo hiciste, Juno. En la exposición de
arte español, dijiste algo sobre los efectos de pintar desnudos.
Sus dedos volaron para cubrir su propia boca abierta. —Pensé que no me
habías oído.
—Fingí no hacerlo. No fue una sorpresa. Y, en verdad, no me importa, aunque
nunca podría admitirlo en público. Pero, sinceramente, uno no puede dar dos
pasos en una galería de arte sin ver un cuadro de mujeres desnudas pintado
por algún hombre, y juro que, si veo una representación más de algún mítico
desvarío, gritaré. Luego esos mismos hombres tienen el descaro de pontificar
sobre la moral. Oh, desearía no habérselo dicho, Juno. He arruinado tu carrera
y destruido nuestra amistad, y ahora Prescott será asesinado.
—¡Y tu baile se arruinará!
—¡Lo sé! — Beatrice se lamentó, luego se detuvo en seco. —Te estás burlando
de mí. Precisamente lo que me merezco.
Juno se desplomó contra la bancada. —Parece tan improbable que el duque se
pelee o se bata en duelo—. Se obligó a respirar profundamente a través de sus
apretados pulmones. —¿Cuál es la naturaleza de su disputa?
—Todo lo que me dijo Prescott es que el duque me insultó a mí y a su honor—
. Ella puso los ojos en blanco. —Los hombres dicen que mantienen esos
asuntos en secreto para preservar nuestra delicada sensibilidad, pero sospecho
que no lo cuentan por miedo a que nos riamos de sus travesuras.
—Pero Leo…Dammerton…no caza ni dispara. Dudo que incluso sepa cómo
batirse en duelo.
—Oh, estos nacen sabiendo cómo batirse en duelo, ¿no es así? Tienen
pequeños duelos de práctica en la guardería antes de que su niñera les traiga el
té.
Leo estaba en este lío por su culpa, Juno estaba segura. Qué tonto era, para
arriesgar su vida en el peor de los casos, su futuro en el mejor. Menos mal que
a las cuatro de la madrugada, en menos de veinticuatro horas, su barco

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zarparía hacia Nápoles. Su primer beso había sumido su vida en una década de
caos, le había dicho. Una vez más, ella estaba causando estragos sin
proponérselo. Era mejor que se fuera.
Pero, por todas las estrellas del cielo, ella se aseguraría de que él siguiera vivo y
sano cuando dejara la costa de Inglaterra. O ella misma dispararía al insensato.

—REALMENTE NO QUIERES hacer esto, Polly.


—Oh, sí que quiero.
Leo se recostó contra un arbol y estiró las piernas ante él. La corteza le hacía
daño a la espalda; el suelo le enfriaba el asiento. Su ropa estaría sucia, pero
estaba demasiado cansado para moverse. Su primer duelo y ya se aburría de él.
¿Y cómo diablos se suponía que iba a disparar correctamente si no había
pegado ojo?
St. Blaise, todavía con su ropa de noche, estaba tumbado en la hierba a su lado.
Alrededor de ellos, la niebla cubría el parque y envolvía los árboles,
mezclándose con el indeciso azul grisáceo del cielo antes del amanecer.
Algunos pájaros empezaban a moverse, pero nada más se movía. Tres duelistas
significaban que tres hombres hacían de segundo, pero ninguno de esos tres
hombres se había acordado de traer un cirujano, por lo que el duelo no podía
comenzar. El segundo de Prescott había ido en busca de uno.
Mientras tanto, el segundo de St. Blaise se había quedado dormido en la hierba
junto a Thomas Macey, que echaba ocasionales miradas preocupadas a su
reloj. Prescott estaba sentado solo en un tronco, con el aire de un hombre que
estaba reconsiderando todas sus decisiones recientes, y posiblemente también
algunas de las más antiguas.
Leo se removió en el duro y frío suelo y estudió el arma que tenía en el regazo.
Una intrincada incrustación de nácar adornaba su empuñadura. Era agradable
admirar el nácar, así que no pensó en lo que vendría después. Una vez que un
caballero se comprometía a un duelo, no estaba en sus manos y debía llevarlo a
cabo, lo deseara o no.
Un duelo era como un compromiso matrimonial en ese sentido.

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—Cancelémoslo—, insistió St. Blaise. —¿Te das cuenta de que un duelo


implica disparar? De los dos, uno sabe mucho de tiro y otro sabe mucho de
bordados.
—Papá Duque insistió en que aprendiera a disparar de niño.
—¿Y has disparado un arma en, digamos, los últimos quince años?
Leo consideró el arma. —Seguramente el mecanismo no ha cambiado mucho.
Bala, gatillo y demás.
—Te habré disparado y estaré metido en la cama antes de que hayas
encontrado el gatillo.
—No, no lo harás. Porque harás lo decente por una vez en tu vida y te
quedarás quieto mientras te disparo.
St. Blaise se levantó sobre sus codos. —Yo me disculparé contigo, tú te
disculparás con Prescott. El honor de todos quedará satisfecho, no habrá
derramamiento de sangre y podremos reírnos de ello mientras comemos
tocino y huevos. Vamos, ¿no suena mejor el tocino y los huevos que recibir un
disparo?
Leo no dijo nada.
—Juro que no le dije a nadie lo de ser modelo para la Srta. Bell—, dijo St.
Blaise. —Me gusta la señorita Bell. Ya van dos veces que me acusas de hacer
algo que no hice. ¿Por qué siempre tienes que pensar lo peor de mí?
—Es más fácil así, supongo—. Leo suspiró. —Eso estuvo mal hecho y te pido
disculpas. Pero eso no excusa la forma en que hablaste de ella.
—No fue mi mejor momento, lo admito. Tampoco la toqué, si esa es tu
verdadera razón para querer dispararme. Ella se negó a tocarme, pero es justo,
yo también me negaría a tocarme, si tuviera algo que decir al respecto. Sabes
que dije esas cosas sólo para ponerte lívido y ganar esa apuesta. Las deudas de
juego son una amante exigente.
El cielo se iluminó. Más pájaros se agitaron. Parecía que Thomas Macey
también se había dormido. Pronto sería demasiado tarde para el duelo, si este
maldito cirujano no se daba prisa. ¿Por qué molestarse con leyes para impedir
los duelos cuando la ineptitud y el licor eran mucho más efectivos?

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—¿Qué ha pasado, Tristán? — Preguntó Leo. —El juego, las mujeres, la venta
de tu comisión... Pensé que te gustaba el ejército. Dijeron que eras un
excelente oficial de caballería.
St. Blaise arrancó una brizna de hierba y la desmenuzó lentamente. —Había
una guerra—, dijo después de un rato. —No es que la guerra fuera agradable,
pero nos teníamos los unos a los otros, y teníamos los caballos, y teníamos una
razón para levantarnos cada día. Luego me enviaron de vuelta a Londres, y me
pusieron una medalla en el pecho, y me dieron plumas para mi casco y más
plumas para mi caballo y.…— Suspiró. —Soy el primero en admitir que me veo
muy atractivo con las plumas, pero no parece tener sentido. Esa emoción de la
guerra, en su momento, la odias, pero luego no sabes cómo seguir sin ella.
—Así que tú creas tu propia emoción.
—Porque si no lo haces, hay demasiado tiempo para pensar. Es bueno dejar de
pensar. Igual que usas tu ropa y tus chucherías para no pensar—. Hizo una
pausa. —No hay misterio en lo que evitas pensar. O en quién, más bien.
Leo no se molestó en responder. La pistola estaba agradablemente fría en sus
manos. ¿Las armas se calentaban cuando se disparaban? No lo recordaba.
—Fue Juno Bell para quien hiciste ese pequeño anillo de plata hace años, ¿no
es así? — St. Blaise preguntó. —Supe que algo estaba en marcha cuando te oí
decir su nombre por primera vez. Luego la conocí en un salón y pensé en
averiguar más. Un golpe de suerte que aparecieras el día que modelé. Parecía
que había algo entre ustedes, pero parecía desordenado. Y aquí estamos.
—Si quieres emoción, podría encontrarte un puesto de espía. Parece que se te
daría bien.
—Ciertamente sería muy elegante—, dijo. —¿Qué vas a hacer con la señorita
Bell?
Leo acarició el cañón de la pistola. —Estoy comprometido con otra persona.
Es el colmo del deshonor para un caballero terminar su compromiso.
—Y de todos modos nunca podrías casarte con la Srta. Bell.
Puedo si quiero, pensó Leo con mal humor, con obstinación. Sin embargo,
todos lo decían. Incluso Juno lo decía.
—Ella no quiere casarse conmigo, así que casi no importa de todos modos.

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—¿Y …qué? ¿La mantendrás como tu amante?


Leo contempló las puntas húmedas de sus botas e ignoró la pregunta. —¿Te
molestó que Papá Duque nunca se casara con tu madre? —, preguntó en su
lugar.
St. Blaise se sentó, con la espalda apoyada en el otro lado del árbol. —
Nosotros éramos su verdadera familia, no tú y tus hermanos—, dijo. —Vivía
con nosotros, nos quería, pero tenía toda una vida de la que nunca pudimos
formar parte—. Hizo una pausa. —¿Fue él quien te enseñó a disparar?
—Dejó instrucciones para que lo hiciera. Evaluó mi rendimiento en su
siguiente visita trimestral.
—Ves, él me enseñó a disparar, a montar, a pescar. Todo lo que importaba, me
lo enseñó. Pensaba mucho en él y quería ser como él. Pero él era un duque por
encima de todo, y eso era algo que yo nunca podría ser. Cada vez que le
preguntaba por su otra vida, su vida pública, siempre me decía: —No hay que
preocuparse por eso, eso es para Leopoldo—. No me extraña que quisiera
darle un puñetazo.
Leo resopló. —Me visitaba cuatro veces al año y se pasaba cada visita
presumiendo de ti. Cómo corrías más rápido, montabas mejor, disparabas más
recto. No me sorprende que quisiera darte un puñetazo.
Ser duque les daba derecho a muchas cosas, pero nunca le había dado derecho
a ser amado. Se dio cuenta de que, en algún momento, había aprendido a no
pedir lo que no se le daría.
La inutilidad. Lo absurdo. Toda su vida Leo había estado celoso de St. Blaise,
el favorito de su padre, y toda su vida, St. Blaise había estado celoso de él, el
heredero de su padre. Cada uno de ellos tenía sólo medio padre; cada una de
sus madres tenía sólo medio marido. Todo porque un duque inglés no podía
casarse con una católica francesa, ¿y por qué no? Porque eso simplemente no
se hacía.
—Se dividió en pedazos—, dijo Leo. —No debería haber hecho eso.
—No debería haber hecho eso—. St. Blaise se asomó por el árbol para
sonreírle. — Yo habría sido mejor duque que tú.
—¿Apostar, pelear y prostituirse?

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—Yo no haría esas cosas si fuera el duque—. Leo le lanzó una mirada. —Muy
bien, las seguiría haciendo, pero de una manera mucho más ducal—, enmendó
St. Blaise. —Pero como duque, tendría un propósito, ¿no? Cambiemos. Yo me
convertiré en el duque, y tú puedes ser un artista harapiento que se muere de
hambre en una buhardilla con la señorita Bell.
Al otro lado del parque llegó el sonido de ruedas y cascos y el tintineo de un
arnés. Ambos se pararon para ver un carruaje emerger de la niebla.
—El cirujano—, dijo St. Blaise. —Todavía puede poner fin a esto.
Pero cuando las puertas del carruaje se abrieron, no fue el cirujano quien saltó,
sino la señora Prescott, seguida por Juno.
Sus ojos se dirigieron directamente a él. Se detuvo en seco, agarrando la puerta
del carruaje como si quisiera sostenerse, mientras la niebla se disolvía a sus
espaldas. Mientras sus miradas se enredaban en la hierba cubierta de rocío,
una paz agridulce se instaló como una manta alrededor del alma de Leo.
Yo quiero que me des un pedazo de ti, para llevarlo conmigo cuando te vayas, había dicho
ella.
Qué tontos eran los dos. Él le había dado un trozo de sí mismo diez años
antes, y ella aún lo llevaba consigo. Por eso, seguramente, sólo se sentía
completo cuando ella estaba cerca.
La ausencia de ese trozo había dejado un hueco en su interior. Había
intentado llenar ese hueco con alcohol, con el matrimonio con Erika, con
objetos bonitos y ropa más bonita, con artesanos y su Fundación, y con un
matrimonio sensato con una dama adecuada, con familia y deber y honor.
Pero cuando Juno estaba allí, no tenía espacios vacíos que necesitaran ser
llenados.
Ella no era un desorden. Él se había equivocado. Todo el maldito mundo se
había equivocado. Para Leo, amar a Juno era el orden natural de las cosas. El
desorden, el caos, la interrupción: Eran el resultado de negar su amor por ella,
de tratar de seguir las reglas de la sociedad.
Entonces, Juno apartó la mirada y la realidad volvió a inundarlo todo. Sólo
habían pasado unos segundos desde su llegada, se dio cuenta, y en esos pocos
segundos, la señora Prescott había estado corriendo y gritando, cargando
contra su sorprendido marido como un toro.

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Juno apartó los ojos de Leo …cómo le dolía el corazón al verlo, sin afeitar,
cansado, con la ropa desarreglada de ayer y con una pistola en la mano…
mientras Beatrice gritaba: —¡No voy a tolerar esto, Prescott! — y empujaba a
su marido con tanta fuerza que éste tropezó hacia atrás y casi se tropezó con
un tronco.
Al oír sus gritos, los dos jóvenes que dormitaban en la hierba saltaron como
gatos asustados.
—Has arruinado la vida de Juno, pero no arruinarás la mía ni la de nuestros
hijos, ni nuestro baile de esta noche—, gritó Beatrice. —Termina con esto,
Prescott. Discúlpate con el duque. Ahora.
Prescott se cruzó de brazos como un niño hosco. — Él debe disculparse
conmigo.
Beatrice miró a su alrededor, perpleja. —No puedo decirle lo que tiene que
hacer. Es un duque. Juno, ¿podrías pedirle al duque que se disculpe?
—Me alegraría mucho que nadie disparara contra nadie, pero tampoco puedo
decirle a un duque lo que tiene que hacer—, dijo Juno. —Ese es el problema de
los duques. Son terriblemente difíciles de controlar—. El duque en cuestión
avanzaba por la hierba, con su hermanastro bostezando tras él. —Debo
señalar que St. Blaise no reveló mis secretos—, añadió. — Yo hablé en voz alta
donde Beatrice podía oír. Fue cosa mía.
—Te arruinaron—, dijo Leo.
—Me seguirán arruinando si se matan entre ustedes. No podemos cambiar el
pasado. Aunque queramos.
Él se quedó muy quieto. Su mirada parecía suave y llena de significado. El
resto del mundo desapareció.
—¿Quieres cambiar el pasado? —, la preguntó.
—No podemos—. Ella sonrió con tristeza. —Lo he considerado desde todos
los ángulos, y mi única conclusión es que no debo tratar con la filosofía.
Sus ojos se abrieron de par en par. —¿Filosofía?

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—Por favor, no te preocupes. Fueron cinco minutos muy dolorosos, pero creo
que saldré adelante.
Una sonrisa se dibujó en su rostro, lenta y cálida como el sol naciente, esa
sonrisa íntima y familiar que hacía que sus ojos se arrugaran y su corazón
bailara.
Alguien se aclaró la garganta, un recordatorio de que, de hecho, no estaban
solos.
Una vez más, la máscara distante de Leo cayó en su lugar. —Prescott: te he
insultado, por defender a mi amiga. Me disculpo por ese insulto, a petición de
mi amiga.
—Ya está. — Beatrice dio un codazo a su marido. —El duque se ha
disculpado. Los duques no lo hacen a menudo.
Prescott resopló. —Nos insultó a los dos.
—Y ambos arruinaron a Juno—, dijo Leo. —La arruinasteis para vuestra
propia gratificación—. Con cada palabra, su tono se afilaba como un hacha. La
rabia fresca se desprendía de él en oleadas. —¿Qué tal si me dedico a arruinar
tu carrera, como tú arruinaste a la señorita Bell? Día tras día, yo... Ah, al
diablo—. Apuntó el arma, preparado para disparar. —Te dispararé de todos
modos.
Su mandíbula se endureció. Su dedo acarició el gatillo. El tiempo se detuvo.
Juno avanzó a trompicones, gritando su nombre. En ese mismo momento,
Beatrice se lanzó delante de su marido, y St. Blaise se lanzó sobre Leo, le
agarró el brazo con ambas manos y disparó el arma contra un árbol. Una
bandada de pájaros indignados graznó en el cielo.
St. Blaise soltó a Leo, que le lanzó una mirada sucia y se arregló la ropa, para
volver a levantar la pistola.
Prescott no se dio cuenta. Miraba fijamente a su mujer y sorbía pequeñas
bocanadas de aire. —Te has tirado delante de mí—, dijo.
—Amenazó con dispararte.
Prescott estaba pálido. —Podría haberte disparado.
—Todavía podría dispararte—, dijo Beatrice.

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St. Blaise sonrió. —La pistola sólo tenía una bala—, dijo alegremente. —Ya no
está.
—Acepta la disculpa, William. Hazlo por mí.
—Beatrice, yo... Bien—. Prescott le tendió la mano a Leo. —Acepto sus
disculpas, Su Gracia.
Leo ignoró su mano. — Usted no puede arreglar esto. Ella debe dejar su hogar
por su culpa. Toda una vida que ha construido aquí, y usted se la quita con su
egoísmo, su estrechez de miras, su pomposidad...— Puntuó cada palabra con
un golpe de pistola en el pecho de Prescott.
—¡Reparaciones! — Dijo Beatrice. —Hará reparaciones.
—Haré reparaciones—, repitió Prescott. —Una suma de dinero. Para
mantener su nueva vida en el extranjero.
Leo agitó la pistola como un entusiasta salteador de caminos. —Y escribe otra
carta a The Times. Diles que te has equivocado. Regálale también ese Botticelli.
Juno—, añadió, sin mirarla. —¿Tiene algún otro cuadro que quieras?
Ella se rio, mareada por el alivio. —Si de verdad queremos que sufra, oblígale a
exponer todos sus cuadros, para que los vea todo el mundo. Incluso la chusma.
Prescott tragó saliva visiblemente, pero dijo con ánimo: —Lo que pida mi
mujer—. Y repitió, como para sí mismo: —Ella estaba dispuesta a recibir una
bala por mí.
Beatrice no se sintió afectada por su roce con la muerte. —¡Oh, tengo la idea
más maravillosa! Vamos a mostrar tu colección en nuestro baile de esta
noche—. Metió la mano en el bolsillo de su marido y consultó su reloj. —Mira,
apenas son las cinco de la mañana. Tenemos unas buenas dieciséis horas hasta
que lleguen los primeros invitados. Es tiempo suficiente para que cuelgues
todos los cuadros, ¿no?
Sus ojos se abrieron de par en par.
—Pero claro que lo es—, continuó ella alegremente. —Todo lo demás está
listo. Ya puedo verlo: El Baile de Arte de Prescott. La sociedad se asombrará.
Juno suspiró. De alguna manera, Beatrice iba a triunfar de su propia traición.

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—Tal vez, Su Gracia—, aventuró Beatrice, —ayudaría a la reputación de la


señorita Bell si pintara un retrato de usted con su nueva duquesa.
—¡No! — Juno trató de serenarse. —No es una estrategia brillante.
Leo no la miró. —Deja a mi prometida fuera de esto—, dijo él fríamente.
Su prometida. Él todavía estaba prometido a otra.
Sin embargo, estaba aquí por culpa de Juno. Leo, siempre tan tranquilo y en
control: Estaba desaliñado y violento por culpa de ella. Oh, el pobrecito. Cómo
anhelaba deslizar sus brazos alrededor de él y sentir sus brazos abrazándola.
Con uno de sus suspiros, Leo transfirió la pistola a su mano izquierda y
extendió la derecha hacia Prescott. Siguió una de esas transacciones
peculiarmente caballerescas, en las que las manos se estrechaban bajo miradas
agrias y una amenaza ducal murmurada. Luego, Beatrice aplaudió y engatusó a
su marido para que se diera prisa, pues había mucho trabajo que hacer.
Cogidos de la mano, la feliz pareja se alejó. Beatrice se había olvidado
claramente de Juno, pero Juno no se subiría a un carruaje con Beatrice y su
marido ahora mismo ni por todos los Botticelli del mundo.
St. Blaise le sonrió de forma ganadora. —¿No ha sido emocionante, señorita
Bell? El aire de la mañana te sienta bien. Pareces...
Leo le empujó con el hombro a un lado. —Aléjate de ella—, gruñó. —No
hables con ella. Ni siquiera la mires.
—Serías más intimidante si el arma estuviera cargada, Polly. Pero sólo quiero
disculparme con la Srta. Bell. Si me permite...
Leo extendió su brazo frente al pecho de St. Blaise como una barra. —Puedes
disculparte desde ahí.
—Es Leo a quién le debes disculpas—, dijo Juno.
—Podrías estar en desacuerdo si hubieras escuchado lo que dije de ti.
—No presto mucha atención a las tonterías que salen de tu boca.
—Esas tonterías me hicieron ganar mil libras. Muéstrale algo de respeto. Tuve
que provocarlo en un duelo para ganar, pero las reglas no dicen nada sobre la
lucha real en el duelo. Lo cual está bien, ya que Polly no puede distinguir un
extremo de un arma del otro, y sería muy antideportivo de mi parte dispararle.

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Así que, disculpas y todo eso. Ahora, tengo hambre—. Hizo un gesto a los
otros dos hombres, que habían observado el proceso en silencio. —¡Eh,
muchachos! Vayamos a uno de vuestros clubes a por algo de cerveza y huevos,
y celebremos nuestra huida de las fauces de la muerte.
Sonriendo alegremente, St. Blaise reunió a los demás caballeros. Con los
brazos unidos por los codos, el trío desfiló hacia su merecido desayuno.
De repente, el parque estaba vacío excepto por Leo, Juno y los pájaros. El sol
esparcía rayos somnolientos por la hierba, dorando el pelo de Leo y disipando
las últimas coronas de niebla.
Fue en una mañana parecida cuando empezó a amarlo, hace tantos años.
Mañanas suaves y apacibles, cuando estaban solos en el mundo, cuando eran
completamente ellos mismos, cuando el aire era fresco e inmaculado y estaba
lleno de esperanza.
Y al igual que el sol disolvía la niebla, también disolvía la mentira
cuidadosamente construida de su vida: la mentira de que seguía siendo una
solterona por el bien de su arte. Era una bonita mentira, y todo el mundo se la
creyó tan bien que la propia Juno se la había creído. Había abrazado su
ligereza, su aire de frivolidad. Había cultivado ese aire con tanto cuidado como
Leo había cultivado su indiferencia. Le permitía pasar con ligereza por la vida
y no caer nunca con demasiada fuerza.
Sin embargo, había caído, y todo su edificio de mentiras se derrumbó a su
alrededor.
¿Cómo había podido pensar que él era sólo una pequeña parte de su vida?
Amar a Leo formaba parte de ella tanto como el arte mismo, como el corazón
que latía en su pecho, como sus esperanzas y alegrías y penas y sueños.
Señaló con la cabeza la pistola. —¿Sabes cómo usarla?
Él la miró. —Más o menos. Más o menos. En teoría.
—¿Qué pasó, Leo? ¿Peleas y duelos? ¿Por qué has hecho esto?
Su bello e intocable rostro se arrugó de asombro, como si no pudiera creer lo
sencilla que era.

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—Te hicieron daño. Nunca deberían haberte hecho daño—. Sus ojos buscaron
los de ella. —No cambiaría el pasado, porque no querría cambiar en quién te
has convertido. Pero cambiaría el futuro, si estuviera en mis manos.
—Dijiste...— Su respiración estaba agitada. —Te arrepientes de nuestra cita.
Lo llamaste un error.
—Fue un error creer que no sentía por ti más que deseo.
—Pero dijiste que te arrepentías...— Ella frunció el ceño, tratando de recordar.
Él no había especificado de qué se arrepentía; ella sólo supuso que se refería a
estar con ella.
Al igual que una vez había asumido erróneamente que él pensaba que ella no
era lo suficientemente buena para él.
—¿De qué te arrepientes? —, preguntó ella.
—Me arrepiento...— Miró la pistola, su pulgar se deslizó sobre el nácar
brillante, y cuando volvió a mirarla, lo hizo con ojos tan tiernos como los
pétalos de un nomeolvides. —Lamento que sólo haya durado unas horas.
Lamento todos los años que no te vi, todas las noches que no dormí a tu lado,
todos los días que no pasé contigo. Me arrepiento de no haberte dicho que
eres la vida misma, una maravilla, la diosa de mi corazón. Me arrepiento de
todas las veces que te hice daño y de todas las veces que te abandoné. Me
arrepiento de todas las oportunidades que perdí y de todos los errores que
cometí y de todo el miedo que me debilitó. Y más que nada, me arrepiento de
no saber ser el hombre que necesitas que sea.
—Pero yo no me arrepiento de ningún minuto que haya pasado contigo, y
nunca, nunca me arrepentiré de haberte tenido en mi vida.
Ella no tenía palabras, ni aliento. Parpadeó para alejar las lágrimas; se
aferraron, frías, a sus pestañas.
Levantó los ojos hacia el pálido cielo, los apretó con fuerza durante un latido,
y luego dijo: —Debo...— Él se detuvo y exhaló con fuerza. Finalmente, añadió,
con la voz ronca: —Y lamento no estar en libertad de decir más, pues he
involucrado a una dama inocente en mis asuntos, una dama que no merece el
trato que le doy y a la que le debo una obligación. Perdóname.

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Con la cálida palma de la mano, ahuecó su mejilla. Con su suave pulgar, atrapó
una lágrima fugitiva. Se llevó el pulgar a los labios, saboreó esa lágrima y, sin
decir nada más, se dio la vuelta y se fue.

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CAPÍTULO 26

Leo llamó a la puerta principal de la casa de lord Renshaw hasta que


finalmente se abrió, revelando los ojos abiertos de una criada de aspecto
atareado. Se dio cuenta de cómo debía aparecer: con los ojos desorbitados, sin
afeitar, desaliñado. Posiblemente incluso su pelo no tenía buen aspecto.
—Pero están todos dormidos—, protestó la criada cuando él exigió una
entrevista inmediata con lord Renshaw y la señorita Macey. Se chupó los
dientes, probablemente calculando si era un mal mayor rechazar a un duque o
despertar a sus patrones. —No estarán despiertos durante horas.
Y el personal tenía trabajo que hacer, y las exigencias de Leo molestarían a
todo el mundo, y ya estaba causando bastantes problemas. Él volvería más
tarde, dijo.
En su casa, exigió el periódico. Le informaron de que no lo habían planchado,
pero no le importaba, insistió, e ignoró la tinta negra que se transfería
alegremente a sus dedos mientras pasaba las páginas en busca de las noticias
de la navegación. Aquí estaba: Un barco con destino a Nápoles saldría en la
próxima marea alta, hacia las cuatro de la mañana. Dentro de
veintitantas horas.
—Consígueme un billete—, ordenó. —Hazme una maleta. Tomaré ese barco.

Siguiente orden del día: la licencia especial de Thomas Macey. Leo localizó al
secretario del arzobispo en un café abarrotado.
Con la excesiva cortesía propia de un inglés que se siente injustamente
impuesto, el secretario informó al duque de que no abriría su despacho hasta

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dentro de una hora, ya que pretendía disfrutar primero de su ritual matutino


de desayuno y periódico. Un programa excelente, aceptó Leo, y se sentó a
mirar al hombre, mientras los demás residentes de la cafetería se turnaban
para mirar a Leo. Resultó que una mirada ducal mejoraba enormemente la
velocidad de lectura del secretario, y el hombre, aun refunfuñando, no tardó en
levantarse para abrir su despacho antes de tiempo.
Con la licencia especial metida en el bolsillo, Leo fue en busca de Thomas
Macey. Lo encontró en su club, donde él y St. Blaise estaban ocupados en su
desayuno posterior al duelo.
—Vamos—, le dijo, y Macey, sobresaltado, se llevó un bocado de salchicha a la
barbilla en lugar de a la boca. —He adquirido la licencia especial. La boda será
hoy.
El silencio se apoderó de las mesas vecinas. El interés surgió de todos los
caballeros del club como el vapor de un caballo al galope. Él los ignoró; estaba
dando a Londres todo tipo de entretenimiento estos días, y no estaba ni
siquiera cerca de terminar.
St. Blaise sonrió por encima de su cerveza, pero Macey miró a su alrededor,
presa del pánico. —Por favor, Dammerton, baja la voz—, susurró. —No quiero
un escándalo.
—¡No quiere un escándalo! — Leo se rio. —Vaya, Macey, tienes algo de
ingenio después de todo.
El silencio se había convertido en murmullos.
—Además—, añadió Macey, —no hay tiempo para hacer arreglos para
celebrarlo hoy. Realmente debería tener lugar en una iglesia.
Leo arrebató el tenedor de la mano de Macey y lo arrojó al plato. —¡Hoy, digo!
¡El que vacila está perdido! Entre los tres que estamos aquí, tenemos una
licencia especial, un novio y dos testigos. Sólo tenemos que recoger a la novia y
te aseguro que en algún lugar de Londres hay un vicario dispuesto a abrir su
iglesia y decir las palabras adecuadas. Habrá una boda hoy, Thomas Macey,
recuerda mis palabras.

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Cuando Leo llegó a casa después de la boda de Macey, lo hizo al mismo


tiempo que un lacayo que traía una carta de lord Renshaw.
La abrió a tientas y desdobló la página temblorosamente. La carta era un
furioso torrente de frases como …comportamiento vergonzoso… y ...vergüenza
para mi familia y la suya… e …indigno…. Leo estaba de acuerdo con cada una de
las palabras, cuyo resumen era: El compromiso estaba cancelado.
Pero en cuanto leyó la última palabra, la propia Susannah Macey entró en su
despacho, con un mayordomo de aspecto acobardado a su paso.
—¿Es esa la carta de mi abuelo? —, preguntó.
—Lo es.
Sin perder el ritmo, le arrancó la página de la mano, la rompió por la mitad,
luego por la mitad otra vez, y otra vez. Intentó romperla por cuarta vez, pero
los trozos eran demasiado gruesos.
—¿Quieres que encienda un fuego para que puedas quemarlo? —, le ofreció.
Con una mirada exasperada, dejó los trozos sobre la mesa. Se agitaron con
indignación.
—Mi abuelo está siendo prematuro.
—También tiene razón—, dijo Leo. —Me he comportado de forma
deshonrosa, he deshonrado mi nombre y mi título, y lo volveré a hacer antes de
que acabe el día.
Ella dio un resoplido de impaciencia. —Y de nuevo, cuando uno de mis
parientes te rete a otro duelo.
Consideró esto. —Renshaw no lo hará. Tu padre lo haría, pero para cuando
regrese a Inglaterra, yo ya me habré ido, y creo que tu hermano mayor está
cazando en Escocia.
—Entonces Thomas...
—Lo dudo. Hace una hora, se casó con la hija de un empleado de almacén con
mi ayuda.
—¿Qué demonios...? — Se hundió en una silla. —Qué lío.

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—Lo sé. Hermoso, ¿no?


Sus ojos se entrecerraron. —Se trata de esa mujer artista, ¿no? Ahórrate esa
mirada, Dammerton. Todo el mundo lo sabe. Ahora mismo, todas las damas de
Londres se están poniendo su mejor gorro para agolparse en el salón de mi
abuela llenas de alegre conmiseración. Y sí, si sigo comprometida contigo, se
reirán de mí. Luego, la semana que viene, habrá otra persona de la que reírse, y
entonces dejarán Londres para el verano. Para el año que viene, seré una
duquesa y todos se habrán olvidado.
—Susannah. Perdóname, pero no puedo...
Ella se levantó tan bruscamente que la silla se balanceó detrás de ella. —No te
soltaré. No lo haré. Te has dejado llevar por una de esas peculiares pasiones en
las que se mete la gente. Toda la excitación de los duelos y demás, y tal vez
tengas pánico a la boda; he oído que eso ocurre. Esto no es más que el efecto de
la sangre caliente y los pies fríos. Simplemente tienes que calmarte. En unos
días, todo este frenesí habrá terminado.
—Nunca se acabará. Aunque no la vuelva a ver, nunca se acabará. Intenté
cortar mi conexión con ella, pero...— Levantó las manos y las dejó caer. —
Simplemente no se puede hacer.
—Pero...— Ella parecía desconcertada. —La carta de tu antigua esposa. Ella
dijo que no puedes amar a nadie. Y seguramente no a esta artista.
—No es que no pueda amar a nadie. Es que no puedo amar a nadie más que a
ella.
—Pero no puedes casarte con ella.
Leo frunció el ceño. —¿Por qué todo el mundo sigue diciendo eso?
Ella se paseó por su estudio. En su escritorio, se detuvo, tamborileando con los
dedos sobre la madera. Hacía un sonido suave como el de los caballos lejanos.
—No puede ser duquesa. Haz como tu padre y mantén a esta artista como tu
amante—. Ella se dio la vuelta con un movimiento de sus faldas. —Después de
esta conversación, volveré a fingir que no existe. Si te abstienes de hacer más
demostraciones públicas por ella, todo el mundo mirará hacia otro lado, me
ahorraré más humillaciones y tu honor se ahorrará más dolor. Funcionó
bastante bien para tu padre y tu madre.

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—Causó desavenencias entre mi padre y sus hijos, y llevó a mi madre a


retirarse de la sociedad.
Ella resopló. —Tu madre tenía un acuerdo excelente: todos los privilegios de
ser duquesa, pero sin tener que complacer a un marido.
—Veo que no exageraste tu aversión al sentimentalismo—, observó él con
sequedad.
El silencio se extendió entre ellos. Qué fascinante es ver por fin su verdadero
carácter. Qué aleccionador es ver lo mal que se llevan.
Fue Susannah quien rompió el silencio —Así que, realmente piensas casarte
con ella. Esta... artista.
— Yo quiero pedírselo. Ella ya ha dicho claramente que no desea casarse
conmigo.
—¿No te ama?
—Ella me ama. La cuestión es si me ama lo suficiente—. Se frotó la tinta del
periódico que aún le manchaba los dedos. —Se va de Inglaterra a primera hora
de la mañana.
—Entonces está perdida para ti de todos modos.
—Sólo está perdida para mí en su mayor parte. Si me caso con otra mujer, la
perderé para siempre.
—Y si te rechaza, estarás solo para siempre.
—Sí—, aceptó Leo en voz baja. —Supongo que lo haré.
Susannah reanudó su paseo, con la mirada fija en los diversos objetos
decorativos mientras rodeaba la habitación. —¿Y el título? Tienes un deber,
Dammerton.
—También tengo hermanos menores. Al final, soy irrelevante como individuo
para el título. Sospecho que también soy irrelevante como individuo para ti.
Seguramente has recibido muchas otras ofertas. El Conde de Normanby, por
ejemplo.
Ella hizo un sonido de exasperación. —Lord Normanby insistió en colmarme
de cumplidos sin sentido y declaraciones de amor.

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—Mi único atractivo no puede ser que no te ame. ¿Es tan importante ser una
duquesa?
—Su Fundación, Dammerton—, dijo ella con impaciencia. —Eso es lo que
quiero. Estar involucrada en eso. Es algo que realmente puedo hacer.
¡Su Fundación! Puntos santos, Leo había olvidado por completo la Fundación
Dammerton. Su mayor obsesión durante años y se le había olvidado por
completo.
Susannah seguía explicándose. —Cuando me enseñaste tus oficinas y el
gerente me mostró los libros y la sala de cajas...— Con un brusco movimiento
de cabeza, añadió: —Hay tantas maneras de organizarlo mejor. Realmente las
hay.
—¿Hiciste una lista?
—Oh, hice varias listas—. Levantó una figura de porcelana de un juglar
tocando un arpa. —¿Ves esto? Soy yo. Un bonito adorno. No lo haré—, dijo,
repentinamente enérgica, como si estuviera en medio de una discusión. — Yo
intento hacer las cosas bonitas, de verdad que lo intento, pero todo me sale
fatal. Se me dan mejor las cosas útiles, las listas y los planes, pero quieren que
sea un adorno. No lo haré. No lo haré.
La figurita se le escapó de la mano. Cayó en la alfombra y se rompió
limpiamente en dos. Su mano voló sobre su boca. —Oh, perdóname. No era mi
intención hacer eso. Mi familia siempre me regaña por ser tan torpe.
Juntó las manos. Su confiada impaciencia se había desvanecido, y parecía
angustiada y muy joven. Sus pulgares se atacaban de nuevo.
Se iba de Inglaterra con Juno, aunque Juno aún no lo sabía. Estaba
abandonando su amada Fundación sin pensarlo dos veces, sin nadie que lo
supervisara. Hoy ya había asestado varios golpes al orden social. Tal vez
podría fomentar un poco más de desorden aquí también.
Se agachó para recoger los trozos de la estatuilla rota. —Si te dieran a elegir—,
dijo al ponerse en pie, —¿elegirías casarte o dirigir la Fundación Dammerton?
Ella frunció el ceño. —No lo entiendo. Sólo podría involucrarme en la
Fundación si me casara contigo.
—Podrías estar involucrada si yo dijera que estás involucrada.

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—No sé nada. Soy una dama.


Él se encogió de hombros. —La mitad de las damas de la TON se ocupan de
supervisar organizaciones benéficas y otras cosas. ¿Si te dieran la oportunidad
de aprender? ¿Harías esa elección? —, repitió.
El reloj seguía avanzando mientras ella miraba la figurita rota y jugueteaba
con los pulgares. Luego, sus pulgares se acomodaron. Sus hombros se
enderezaron. Su rostro se aclaró.
—¿Es posible algo así? —, preguntó.
Leo esperó.
Ella se respondió a sí misma. —Podría ser, supongo. Pero si te casas con esa
artista...
—Te referirás a ella con más respeto.
Ante la fría reprimenda, ella tragó saliva. —Mis disculpas. Pero si se convierte
en tu esposa...
—Ella te apoyará, estoy seguro. No es tan crítica como otros.
Ella tuvo la gracia de sonrojarse ante eso. —Si voy a asumir esta tarea,
necesitaré todo el apoyo posible. Mi familia no lo aprobará. Puede ser difícil
aprender nuevas formas de pensar.
—Escribiré al director para hacer los arreglos—, dijo. —Tu formación puede
comenzar.
Un fantasma de sonrisa cruzó su rostro. —Y tal vez tenga la suerte de
encontrar otro señor elegible que no me ame.
—Si eres muy afortunada, puede que encuentres a uno que ni siquiera te
quiera.
Ella emitió un suave sonido de risa. —Es una lástima, Dammerton, realmente
lo es. Nos habríamos llevado bien.
De nuevo solo, Leo se paseó por las habitaciones, por su colección,
despidiéndose. Juno no había pasado mucho tiempo aquí, pero su espíritu
llenaba cada habitación. Salió al jardín, a la rotonda de piedra donde habían
acordado tener una aventura. Qué tonto había sido, creyendo que unas
cuantas noches de pasión le sacarían el deseo por ella de la sangre.

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Todo lo que había hecho era sellar su lugar en su corazón.


No lo habría querido de otra manera.
Y aquí: la fuente, las tres Parcas bailando, donde ella había arrojado un alfiler
al agua con la esperanza de que hubiera magia. El rocío roció sus mejillas.
A Leo le vendría bien un poco de magia ahora. Buscó a tientas el alfiler de rubí
en su corbata, cerró los ojos y se lo llevó a los labios. Luego lo lanzó al agua y
pidió un deseo.

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CAPÍTULO 27

Juno corrió. Cuando no pudo correr más, caminó. Cuando no pudo caminar
más, corrió.
Al irrumpir en su casa, se enteró por una desconcertada señora Kegworth de
que los hombres ya habían llevado sus baúles a los muelles para cargarlos en el
barco. Una vez más se puso en marcha, corriendo hacia la casa de su tía, donde
rogó que le prestaran el carruaje para poder perseguir sus baúles. Hester y
Livia, intercambiando miradas confusas y preocupadas, abandonaron su
desayuno e insistieron en ir también.
Los muelles bullían de actividad ruidosa, atestados de estibadores y
marineros, pasajeros y prostitutas. Juno y Hester se abrieron paso entre ellos,
encontrando el muelle con su barco, y allí -sus baúles- un estibador acababa
de doblar las rodillas para subirse uno al hombro.
—¡No! ¡Espera! ¡Detente! — gritó Juno.
Golpeó con las manos el baúl. Cuando él le gruñó para que se alejara, ella
apoyó su trasero en el baúl.
—Si cree que la voy a llevar a ese barco, señora, piénselo de nuevo—, dijo él.
—Tiene que caminar como el resto de nosotros. Ahora, tengo un trabajo que
hacer.
—Hazlo en otro lugar, por favor—, dijo ella. —Necesito un momento para
pensar.
Con un aliento a tabaco y una maldición murmurada, el hombre se dio la
vuelta para subir un baúl más manejable a sus musculosos hombros, y luego se
unió a las hileras de trabajadores que cargaban el barco para su partida con la
marea alta. En la cubierta del barco, los marineros se movían de un lado a otro,
haciendo lo que fuera que hicieran los marineros.

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Eran muy pintorescos estos muelles, con los mástiles y la gente y las gaviotas,
toda la energía áspera y la promesa de la aventura. Una imagen surgió en su
mente: un cuadro de una mujer joven, con los ojos brillando de emoción o de
lágrimas, subiendo por la pasarela para abordar un barco. El título: El gran
error.
—Juno, ¿qué estás haciendo? — Hester estaba de pie ante ella, con los brazos
cruzados y la cofia ensombreciendo su delgado rostro.
Juno suspiró. —No tengo la menor idea.
—¿Pretendes quedarte en Londres entonces?
—No puedo quedarme en Londres.
—Entonces piensas irte a Italia.
—No puedo irme a Italia.
Hester se sentó en el baúl a su lado. —Si no puedes ni quedarte ni irte, estás
en una posición muy difícil. ¿Qué está pasando?
Juno se agarró a los bordes del baúl y consideró los barcos. Hacía una década
que había llegado a estos mismos muelles y había partido de Inglaterra por
primera vez. Porque Leo la había rechazado, porque ella creía que le decía que
no era lo suficientemente buena para él. Y se había equivocado.
Ella había pensado que él se arrepentía de su aventura. Se había equivocado.
Había pensado que nunca podría casarse con un duque. Quizás también se
había equivocado en eso.
Para ser una persona que se jacta de tomar sus propias decisiones, Juno Bell
parece equivocarse en muchas de ellas.
—¿Puedo contarte un secreto? —, preguntó, pero no esperó la respuesta de
Hester. —Hace años, cuando Hadrian trajo por primera vez a Leo a casa desde
Oxford, me enamoré de él.
Hester abrió los ojos. —¿Lo hiciste? Lo ocultaste muy bien. No recuerdo que
hayáis hablado mucho.
—Solíamos dar largos paseos juntos, por las mañanas, mientras todos
dormíais.

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—Cielos, tu tío se habría puesto furioso—. Hester sacudió la cabeza. —No


tenía ni idea de que Leo fuera tan canalla.
—Oh no, por favor, no pienses mal de él—. Juno la agarró del brazo,
suplicante. —La canalla era yo. Él siempre fue honorable y correcto, pero yo
me lancé sobre él, justo sobre su cabeza. Él, muy amablemente, me señaló que
nunca podríamos estar juntos. Pensé que quería decir que no era lo
suficientemente buena para él.
Su tía frunció el ceño. —No creo que haya dicho eso. Tal vez quiso decir que
tenía que considerar su deber con su familia primero.
—Sí, eso es lo que dijo.
—¿Cuándo?
—El otro día. Cuando me dijo que quería casarse conmigo.
Una quietud de estatua se apoderó de Hester, mientras decía, con mucho
cuidado: —¿El duque de Dammerton desea casarse contigo?
—Hace años, deseaba casarse conmigo—, aclaró Juno. —Y ahora... Ahora me
voy de Inglaterra en desgracia, y él está comprometido con otra.
—Y tú has jurado todos estos años que te conformabas con no estar casada.
Que elegías el arte por encima de todo.
Juno suspiró. ¿Qué era lo que había dicho Hester sobre sus padres? Era posible
amar más de una cosa en la vida.
—Anoche hubo algunos chismes sobre él—, dijo Hester pensativa. —Una
pelea pública con su hermanastro. E incluso duelos, creo haber oído.
Juno no dijo nada.
—Juno, ¿esas peleas y esos duelos tienen algo que ver contigo?
—Creo que sí—. Se encontró con los ojos de su tía. —Sí.
Ella era más que una distracción para Leo; era una perturbación. Ella estaba
interrumpiendo sus planes, sus sueños. Era mejor que ella lo abandonara al
orden correcto de las cosas.
Sin embargo, él la amaba. Ella lo amaba. Estaban bien juntos. ¿Por qué debían
estar separados por tontas reglas sobre quién podía casarse con quién? ¿No era

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ése el orden correcto de las cosas, que dos personas que se amaban estuvieran
juntas, que compartieran sus vidas?
¿Y cómo iba a convencer a Leo de ello? Después de todo, ella le había dicho que
lo amaba. En aquella casa de campo, tumbada en aquella cama, le había dicho
…te quiero… y entonces él...
No. ¡Y luego ella...!
Oh, querido cielo, ¿qué había hecho?
En esa casa de campo, ella había hablado de amor. Al instante, dijo que no
tenía interés en casarse con él. En ese momento, incluso había creído que era
verdad.
Porque era mejor así. Porque si ella no lo dejaba claro, él podría haberse
sentido obligado a recordarle que no encajaba en su mundo. Porque no habría
podido soportar que él la rechazara de nuevo.
Un truco inteligente: Él no podía rechazarla si ella lo rechazaba primero.
Y ahora debía creer que ella no quería casarse con él, por la sencilla razón de
que ella había dicho que no quería casarse con él.
Pero, ¿si ella se le ofreciera ahora, y él le dijera que lo había entendido mal?
Supongamos que él le dijera: —Dije que cambiaría el futuro si estuviera en mis
manos, pero no es así. Sabes que nunca podré casarme contigo.
Ella no sería capaz de soportarlo.

Dos veces más se acercó el hombre para llevarse sus baúles. Dos veces más lo
despidió. Se sentó tensa con Hester, mientras Livia exploraba los muelles con
ojos ávidos y brillantes.
—¡Juno! Oh, Juno, querida, ahí estás.

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¿Beatrice? Sorprendida, Juno se volvió. Beatrice Prescott, con las faldas


levantadas para mostrar sus medias botas, se abría paso entre el barro y el
desorden.
—¡Pensé que nunca te encontraría! — dijo Beatrice alegremente, con una
inclinación de cabeza hacia Hester. —Dijeron que habías partido hacia los
muelles, pero tu barco aún no ha partido, ¿verdad? Oh, ¡dice que no es así!
Juno la miró sin comprender. —¿Qué haces aquí? ¿No tiene un baile que
organizar?
—Oh, eso está todo controlado—. Hizo un gesto despectivo. —El Sr. Prescott
ha convocado un ejército de ayudantes, para llevar y colgar los cuadros, y ha
encontrado una imprenta dispuesta a imprimir su inventario personal, que se
distribuirá a todos los invitados, incluso a los que hayan declinado. Te juro
que cuando todos se enteren de los cuadros expuestos, la propia reina rogará
que la dejen entrar. Toma, una invitación para ti—. Beatrice le entregó a Juno
una gruesa tarjeta en relieve. —Por supuesto, ya te he dado una invitación,
pero... ¿aquí tienes otra? —. Ella se apoyó en los baúles de Juno. —Esperaba
que no te fueras después de todo, con el duque de Dammerton batiéndose en
duelo por ti...— Ella se interrumpió significativamente, en busca de
información.
Juno no le dio nada. — Entonces soy más un escándalo que nunca, y no
deberías hablar conmigo—, dijo fríamente. —¿Qué diría el señor Prescott?
Beatrice guiñó un ojo. —El Sr. Prescott se ha vuelto muy amable. Diga que
vendrá. Y usted también, Lady Bell, y toda su familia si están en la ciudad.
Juno sacudió las afiladas esquinas de la tarjeta. —No desperdicies tu
invitación conmigo. Soy un escándalo. Ninguna dama respetable soportaría
estar en la misma habitación que yo. Si tu baile de arte logra atraer a una sola
dama, huirá en cuanto sepa de mi presencia, y tú también estarás en la ruina.
Entonces nunca lograrás tu gran ambición de ser abrazado por la aristocracia.
Los dedos de Beatrice estaban blancos donde apretaba su sombrilla. —La
decoración del salón de baile se ve increíble—, dijo con tristeza. —Prescott
está colgando los cuadros. Será como nada que Londres haya visto jamás. Sin
embargo, todo lo que puedo pensar es en ti. Eres tú quien ha pagado el precio
de mi éxito y no puedo soportarlo.

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—Pero ya está hecho. Sin mí allí, tal vez te ganes por fin la admiración de la
gente más importante.
Beatrice levantó la cabeza con ánimo. — Tú eres la mejor gente. Preferiría
tenerte allí que a todas las damas del mundo. Si la propia reina exigiera que os
expulsaran de la sala, me sentiría orgullosa de estar a vuestro lado y decir que
no.
Juno trazó los bordes en relieve de la tarjeta con un dedo enguantado,
mientras Beatrice apretaba el trasero en el espacio que había entre ella y el
borde del baúl.
—Nunca podré expresar mi dolor por lo que te hice—, continuó Beatrice. —
Era como un gusano en mi cerebro, esa necesidad de que la sociedad me
admirara. Preferiría que todo volviera a ser como antes, y conservarte a ti y
perderlos a ellos—. Pateó el baúl con los talones como una niña. —Qué
errores más tontos cometemos, cuando perdemos de vista lo que
verdaderamente importa y nos dejamos creer en lo que no es.
Juno resopló suavemente. Ese era un error tonto que ella conocía demasiado
bien.
Beatrice lo intentó de nuevo. —Me gustaría que no tuvieras que dejar
Inglaterra, pero el barco no sale hasta dentro de unas horas, así que tal vez
podrías pasarte por aquí, sólo por esta última noche...
Juno la miró con incredulidad. —¿De verdad crees que desearía pasar mis
últimas horas en Londres en un baile, organizado por ti, con damas juiciosas
dándome la tabarra?
—Deberías tener la cabeza bien alta. Perteneces a lo más alto de la sociedad.
¿Lo más alto de la sociedad? Ese era el mundo de Leo. Ella no podía entrar en
su mundo.
¿Podía?
¿Se atrevía?
No quería ser la clase de mujer que rompía el compromiso de alguien y
provocaba un gran escándalo y hería a una joven que no merecía el desprecio.

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Pero tampoco quería ser la clase de mujer que se pasa la vida sola y en el exilio
porque nunca tuvo el valor de pedir lo que quería al único hombre que había
amado.
Y él también la amaba, ella lo sabía. Sólo podía esperar que él la amara lo
suficiente.
Ella se puso en pie de un salto, justo cuando se acercaba un hombre de aspecto
oficioso que blandía un rollo de papel.
—Señorita, debemos cargar sus baúles ahora. No podemos retrasarnos, ni por
usted ni por nadie. El barco debe partir en la próxima marea alta.
Juno sonrió. —Habrá otro barco. Y otra marea. Y otro día.
—¿Sí? —, dijo él con incertidumbre.
—Pero puede que nunca haya otra oportunidad. Y Leo y yo... ya hemos
perdido demasiadas oportunidades.

Leo se sacudió en la cama, saliendo de las telarañas del sueño, alcanzando a


Juno, para tenerla cerca por el resto de la noche.
Su mano tocó el vacío. Abrió los ojos: La habitación estaba iluminada por la
luz del día. Todavía llevaba su ropa.
Desde el fondo de la casa llegaban voces airadas, una puerta golpeada y pasos
que se acercaban a su habitación en lo que parecía un pisotón decidido.
Entonces, la puerta de su habitación se abrió de golpe y Hadrian Bell se quedó
mirando con desprecio en el umbral.
Leo parpadeó soñoliento. De repente, los recuerdos volvieron a aparecer. Los
muelles. El barco de Juno.
—Maldita sea—, murmuró. —¿Qué hora es? ¿Qué hora es?
Saltó de la cama, pero Hadrian le cogió por los hombros y le empujó hacia
atrás con tanta fuerza que rebotó en el colchón.

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—Es hora de que me des una explicación—, dijo Hadrian. —¿Qué demonios le
has hecho a Juno?
Leo se sentó, con las manos levantadas en señal de paz. —Hadrian, viejo
amigo, no he sobrevivido a dos duelos esta mañana sólo para que me dispares.
—Lo sé—. Se hundió en la cama a su lado. —Juno no me dejará dispararte.
—¿Ella no me quiere muerto?
—No. En realidad, se opone a ello.
Leo sonrió. —Es un comienzo prometedor. Me alegro de verte de vuelta en
Londres. ¿Por qué estás aquí?
—Te he traído un regalo. De Juno. Es una pintura, supongo, ya que ella estaba
corriendo a comprar un nuevo marco. Se está comportando de forma muy rara,
rara incluso para ella, y no tengo ni idea de lo que está pasando.

***

EL PAQUETE ERA UNA CAJA DE MADERA. Leo pidió una palanca y


arrancó los tablones con una prisa sorprendente.
En el cajón había, efectivamente, un cuadro, en un marco grande y
ornamentado. Con la ayuda de Hadrian, Leo lo sacó y lo apoyó contra una
mesa. Quitó el polvo de la paja del embalaje y dobló la tela protectora.
Era su representación de la sirena que reclama al náufrago, ahora pintada al
óleo y dotada de una tormentosa y apasionada vida. Los rostros de las figuras
no se parecían a Leo ni a Juno, no se parecían a nadie que él conociera, pero
reconoció sus expresiones.
Las expresiones de dos personas que se anhelaban mutuamente, pero que no
tenían lugar en el mundo del otro.

286 | P á g i n a
Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

Con un dedo inseguro, Leo trazó la línea de la espalda de la sirena. —¿Qué


diablos está tratando de decir? —, murmuró.
Hadrian levantó la barbilla. —Hay una nota pegada en la parte posterior del
cuadro.
Pero Juno no escribía notas. El trozo de tarjeta resultó ser una invitación al
baile de los Prescott de esa noche. Qué cosa tan extraña para que ella se la
diera. Qué lugar tan extraño para ella para pegar una invitación.
Entonces, si Juno estaba tratando de decirle algo...
Leo examinó cuidadosamente el lugar donde estaba pegada la invitación. Los
marcos eran muy grandes hoy en día, algo que tenía que ver con el nuevo
material compuesto, le había explicado una vez. No sería difícil esconder en
ellos un alijo de documentos secretos. Algunos marcos eran tan grandes que
no sería difícil esconder a una familia de cuatro personas. Leo jugueteó hasta
que... ¡Allí! Encontró la costura. Y luego el mecanismo.
Y entonces el marco se abrió como un libro muy grande.
En su interior se escondía una cartera de cuero labrado, la misma que Leo
había regalado a Juno para esconder sus dibujos secretos.
Se echó al suelo para abrirla.
La primera página mostraba un dibujo de sí mismo, tumbado desnudo en una
cama, cubierto por nada más que la esquina de una sábana, colocada
estratégicamente.
Parecía muy tranquilo, aunque no era lo más impresionante mientras dormía.
Otra le mostraba de pie con la espalda desnuda en una cama desordenada, con
la cara de perfil.
Al oír un gemido de —Oh, mis ojos—, Leo levantó la vista para ver a Hadrian
dándose la vuelta, restregándose una mano por la cara.
Sacó todas las páginas y las extendió sobre la alfombra. Su mirada rebotó de
una a otra. Cada página contenía un dibujo de él. Podía verse a sí mismo
rejuveneciendo bajo su mano, a medida que avanzaba por las páginas,
retrocediendo más de diez años, hasta el primer dibujo suyo de muchacho
ingenuo, realizado cuando ella tenía dieciséis años.

287 | P á g i n a
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Ninguna de ellas ofrecía más información que una fecha y su nombre. Excepto
una, en su descuidada letra: Si no puedo tener a Leo, no tendré a nadie.
Ella nunca lo había olvidado. Él había permanecido con ella todos estos años.
Volvió a mirar la invitación. Nada en este mundo lo induciría a poner un pie en
la casa de Prescott.
Nada excepto una petición de Juno.
Leo recogió los dibujos, los escondió una vez más en el cuadro, y mandó decir
a su ayuda de cámara que esta noche asistiría a un baile.

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CAPÍTULO 28

A Leo le sorprendió la aglomeración en la casa de los Prescott, y especialmente


la presencia de compañeros aristócratas y sus familias entre los invitados.
Entonces vio que todos agitaban una hoja, en la que estaban impresos
nombres que tales invitados de alto rango podrían considerar casi tan
importantes como los suyos propios: Rubens, Tiziano, Turner. En menos de
un día, el —Baile de Arte de Prescott— se había convertido en la comidilla de
la ciudad, y ningún miembro de la sociedad que se preciara podía soportar
perderse tal evento. Todo el mundo era un experto en arte esta noche, incluso
aquellos que no podían distinguir un Caravaggio de una caricatura.
El anuncio del nombre de Leo se encontró con el familiar paso doble: un
silencio colectivo, luego un murmullo colectivo. Ignoró a Prescott, que le
devolvió el favor, y le dedicó a la señora Prescott una fría inclinación de
cabeza.
—Enhorabuena por su baile, señora Prescott—, dijo.
—Gracias, Su Gracia, y si me permite...
—Hace falta un tipo de persona muy especial para triunfar a partir de los
problemas de otro.
Su color aumentó y empezó a balbucear una respuesta, pero Leo se apartó
para moverse entre la multitud. La orquesta estaba tocando: Estaba a punto de
comenzar un baile campestre. Algunas parejas se dirigían a la pista; otros
invitados seguían examinando los cuadros, a los demás o a él.
Los ignoró a todos, buscando sólo a Juno, sin verla. ¿Por qué le había
enviado aquí? ¿A qué estaba jugando?

Oh, ¿a qué creía que estaba jugando? Juno trató de no inquietarse con su lujoso
vestido de baile, mientras bajaba del carruaje de su tío fuera de la casa de los
Prescott.

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

Estaba jugando a ser una duquesa, se recordó a sí misma con severidad, así que
enderezó los hombros, levantó la barbilla y siguió a sus tíos y primos a través
de las puertas con el aire más regio. ¿Estaban esas miradas especulativas
dirigidas a ella? ¿Era ella el objeto de aquellos murmullos? ¿O es que era
extremadamente engreída al imaginar que a alguien de los presentes le
importaba un bledo?
El truco consistía en mantener la mirada fija hacia adelante, en lo que los
artistas llamaban el punto de fuga. Si tenía que mirar a alguien, lo haría por
debajo de su nariz. Pero era una novata en este juego de duquesa: Al darse la
vuelta después de dejar su capa, se encontró accidentalmente con los ojos de
alguien. Su rostro le resultaba vagamente familiar, uno de esos nobles que
disfrutaban de los salones de los artistas. —Buenas noches, Su Gracia—, dijo
con una inclinación de cabeza. Juno se congeló, luego se armó de valor y se
giró para mirar por encima del hombro. La única —gracia— que vio fue la
duquesa de Sherbourne; cuando se volvió, el caballero se había ido.
Por algún milagro, nadie le daba esquinazo. Tal vez sí pertenecía a este lugar.
O tal vez no se atrevían a proferir insultos en el baile artístico. O tal vez,
simplemente, ella no era tan importante para nadie al final.
¿Y qué? Sólo Leo importaba esta noche. Pero, ¿cómo iba a encontrarlo con
tanta gente?

¿Cómo diablos iba a encontrarla entre tanta gente?


Leo recorrió las habitaciones con el ceño fruncido, mirando más allá de las
plumas, las flores y los turbantes, en busca de una visión de ella.
Pero todo lo que encontró fue un sonriente Tristán St. Blaise, acompañado,
sorprendentemente, por un Thomas Macey de aspecto ansioso. Puntos santos,
¿era la segunda noche de bodas del tipo y la estaba pasando en un baile?
Cuando Leo tuviera su segunda noche de bodas, la pasaría en compañía de su
mujer, y con su mujer a solas.
Si tuviera una segunda noche de bodas.

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

—¡Polly! ¡Qué bien te ves! ¿Estás buscando a la Srta. Bell, supongo?


—Ciertamente no me he presentado aquí para bailar el vals contigo—, dijo
Leo.
—Pero bailo el vals muy bien—. St. Blaise se acercó, con la picardía escrita en
su cara. —Pensé que te gustaría saber que he hecho una apuesta muy grande
esta tarde. Apuesto a que hoy te casaste con la señorita Bell con una licencia
especial.
—¿Qué hiciste?
St. Blaise sonrió. —Y entonces Macey aquí también colocó una apuesta
bastante grande, a que te casabas con la señorita Bell hoy con licencia especial.
Leo miró de uno a otro. —¡Payasos de mierda! Cuando la gente se entere de
que no es cierto, ella será el hazmerreír y entonces tendré que volver a
dispararos.
Los ojos de Macey se abrieron de par en par y su cabeza giró para mirar a St.
—Me dijiste que tenía dos licencias especiales—, acusó. —Me dijiste que era
verdad. Tú...
St. Blaise le dio una palmada en el hombro. —Podría ser cierto—, dijo. —Los
otros hombres te oyeron en el club, Polly, hablando de licencias especiales y
bodas, y ya sabes que los cotillas siempre sacan la conclusión más
emocionante. Yo sólo los animé a llegar a esa conclusión. Un golpe de ingenio
de mi parte, realmente. Ahora, nadie está seguro de si la Srta. Bell es una
duquesa o no, así que no se atreverán a rebajarla si se presenta. Después de
todo, no hay tantas duquesas en el mundo como para que alguien pueda
permitirse ofender a una.
Leo sacudió la cabeza. —Ninguno de los dos tiene dos cuartos para frotar, no
con sus deudas. ¿De dónde habéis sacado los fondos para hacer una gran
apuesta?
—Bueno, Polly, dijiste que querías resolver tu problema con el exceso de
vajilla. Me dio una buena cantidad de dinero, vendiendo eso.
Leo no pudo evitarlo: Se rio. —Eres muy molesto. Pero si la has ayudado,
gracias—. Le dio una palmada a su hermano en la espalda, y Tristán le
devolvió la palmada, y de alguna manera se convirtió en un medio abrazo.

291 | P á g i n a
Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

Entonces Macey dijo: —¿Ahora nos abrazamos? — y les echó los brazos a los
dos.
—Me voy de Londres esta noche—, le dijo Leo en voz baja a su hermano, una
vez que se hubo liberado y estaba alisando su abrigo. —Cuida de todo por mí,
¿quieres?
—Será un placer—. Los ojos de St. Blaise brillaron. —¿Y qué pasa con la
señorita Macey? ¿Debo ocuparme de ella también?
Antes de que Leo pudiera arrojarlo por el balcón, un silencio se apoderó de la
multitud.
—Sir Gordon y Lady Bell—, anunció el mayordomo.
Leo se quedó muy quieto. Un millón de caras se volvieron hacia él.
—Sr. Hadrian Bell—, dijo el mayordomo. —Sra. Grayshott. La señorita Livia
Bell.
Leo se dio la vuelta. Un millón de susurros recorrieron la habitación.
—Srta. Juno Bell—, dijo el mayordomo.
Leo levantó la vista. Un millón de estrellas estallaron en su corazón.
De alguna manera, Juno se había procurado un elegante vestido de noche de
color rojo oscuro, adornado con trenzas de oro en el corpiño y alrededor del
dobladillo. De su pelo, cuidadosamente enroscado, brotaban capullos de rosas
rojas y la garganta estaba adornada con piedras granates. Tenía un aspecto
radiante y lleno de brío. Estaba elegante y llena de gracia. Parecía una diosa.
Parecía una...
—Duquesa—, susurró alguien detrás de él, apresuradamente acallado, pero
eso también se perdió en el coro de murmullos, antes de que los invitados se
acordaran de sí mismos y trataran de comportarse como si todo fuera normal.
Juno estaba buscando entre la multitud. Se detuvo cuando lo vio. Sus ojos se
encontraron. Él esperó, desesperadamente, que la sonrisa torcida de ella se
extendiera por su querido rostro. Nunca llegó. Su expresión se volvió remota.
Ella levantó la barbilla con altivez. Le miró por debajo de su nariz.
Pero incluso desde esta distancia, él vio la sonrisa y el amor en sus ojos.

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

INCLUSO ALREDEDOR DE LA SALA, Juno vio la sonrisa y el amor en los


ojos de Leo. La calentó tanto que tuvo que recordar que debía mantener su
apariencia de aristocrática distante y no apartar a la pestilente multitud y
lanzarse a sus brazos. Él se acercó a ella y ella se alejó. Una nueva y
embriagadora confianza se apoderó de ella.
Menos mal, porque no había ido muy lejos cuando una dama reclamó su
atención.
—Es usted una artista, ¿verdad? La recuerdo de la fiesta en el jardín de la
señora Prescott—, dijo la dama, y lanzó una mirada a otro par de damas que la
observaban, con los labios apretados por las risas reprimidas. Juno sospechó
que se había convertido en objeto de un reto.
La señora agitó su lista de cuadros como si fuera un abanico. —Mis amigas y
yo somos tan insoportablemente ignorantes—, dijo, mientras sus amigas se
acercaban. —Conocemos a muchos de los artistas que aparecen en la lista,
pero nunca hemos oído hablar de ese tal Leyster. Seguramente es un nombre
inglés. Pero ustedes deben conocerlo.
Juno logró sonreír. —Judith Leyster no era ni un chico ni un inglés. Era
holandesa y nació hace casi dos siglos. Muchas mujeres artistas notables
trabajaban durante la Edad de Oro holandesa.
Este hecho sorprendente provocó el jadeo de las damas.
Un caballero mayor se unió a la conversación. —¿Muchas? —, repitió. —Qué
interesante. ¿Por qué Holanda produjo tantas mujeres artistas de talento, cree
usted, si hay tan pocas en otros lugares?
O tal vez ella era el blanco de una broma, se enmendó Juno. Pero debía seguir
siendo educada y cortés. Una duquesa siempre es cortés y educada, incluso
cuando se le hacen preguntas como esa.
—Por los tulipanes, por supuesto—, dijo.
—¿Los tulipanes?

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

Sus nuevos amigos la miraron expectantes, como si estuvieran desesperados


por su siguiente perla de sabiduría. Pero antes de que pudiera decirles otra
tontería, su atención se desvió hacia alguien que estaba detrás de ella.
Ella sintió la presencia de Leo a su lado incluso antes de oírle decir: —Sí, los
tulipanes. Cuando los niños holandeses juegan entre los tulipanes, la belleza
despierta sentimientos artísticos en niños y niñas por igual—. Hizo una
pausa. —Hecho científico.
Mientras exclamaban sobre esta maravilla de la naturaleza, él deslizó sus
dedos alrededor del codo de ella y la apartó suavemente.
—¿Los tulipanes? —, dijo él, con una ceja alzada.
Ella se rio y luego se tapó la boca apresuradamente. Las buenas damas no se
ríen. —Fue lo primero que salió de mi boca. No tenía ni idea de cómo
responder a su pregunta sin ser grosera—. Se enfrentó a él. —Me estoy
esforzando por ser educada y amable, y por comportarme como una...
Ella se detuvo, sin el valor de decir —duquesa—, cuando no sabía lo que Leo
quería, o si algo había cambiado.
—Como una dama—, terminó diciendo débilmente. Respiró hondo para
tranquilizarse.
La mano de él se deslizó por su brazo hasta enroscarse en el suyo. Incluso a
través de las dos capas de guantes, podía sentir su calor, su fuerza. Su propia
esencia de Leo.
Y fue un placer embriagador verle también en traje de noche. Su abrigo era
negro y su corbata blanca, pero su chaleco era de seda magenta, sobre el que
estaban bordados gruesos claveles, rosas y tulipanes dentro de volutas de
follaje dorado.
—Estás muy guapa—, murmuró.
—También tú. Y es muy peculiar, pero nadie me ha desairado. Aunque mi
carrera como artista en Londres está irremediablemente arruinada.
—Siento mucho que hayas perdido tu carrera. ¿Pero quizás ser duquesa
podría ser una alternativa tolerable?
Su corazón se detuvo. —¿Está usted en libertad de hablar, entonces?

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

—Sí. La señorita Macey ha sido tan amable de liberarme. Perdóneme por


haberme ido antes tan abruptamente. Me pareció justo hablar con ella
primero—. Resopló con pesar. —Es bastante difícil, hacer malabares con
todas estas mujeres.
Su barbilla se levantó. —¿Todas estas mujeres?
—Bueno, sólo dos. Pero eso es el doble de enredos de los que he tratado antes.
No soy un libertino, siento decirlo.
—No lamento en absoluto oírlo.
Entrelazó sus dedos. —Has evitado muy bien mi pregunta. Pero tampoco te
has desmayado, ni has salido corriendo, lo que tomaré como una señal
alentadora. Juno, nosotros...— Él se detuvo en seco. —No estamos solos.
Salgamos fuera.
—¿Estar solos en la oscuridad? — Ella le apretó la mano. —Ya te estás
comportando como un libertino.

Leo se sentía como un libertino, para ser honesto. Juno estaba deslumbrante
con ese vestido. La luz de una antorcha encendida en el balcón brillaba en su
collar granate y la bañaba con su resplandor.
Sin embargo, su expresión era triste. —No me casaré contigo sólo para que me
salves de la ruina—, dijo. —No te necesito para salvar mi reputación.
—No me importa tu reputación—. Él deslizó sus manos alrededor de su
cintura. —Llévame contigo a Italia. Lavaré tus pinceles y te bañaré en besos y
barreré el suelo del estudio y barreré tus preocupaciones. Llevaré tus
caballetes por el campo, y leeré libros sólo para encontrar historias que puedas
pintar, y te haré el amor tan a fondo que tus sueños estarán tan llenos de mí
como los míos de ti.
Sus manos se posaron en el pecho de él. —Pero todo lo que amas está aquí en
Londres. Tu vida está aquí. No puedo pedirte que renuncies a eso.

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—Tú eres mi vida. Más de diez años, Juno, y todavía no se ha terminado.


Nunca se acabará. Estos sentimientos entre nosotros, perduran. Debo creer
que es lo mismo contigo. Esos dibujos que me enviaste—. Le apretó la cintura.
—Parece que tengo un buen par de nalgas.
—Oh, realmente las tienes.
Una suave risa salió de él. —Dondequiera que vayas, yo también iré. Si no me
quieres, te esperaré en la calle, llueva o haga sol, hasta que entres en razón y te
des cuenta de que nuestras vidas deben ser una sola. No importa a dónde
vayas o lo que hagas, no me separaré de ti de nuevo. Tendrás que
acostumbrarte a ello.
Ella le pasó los dedos por la mejilla. Los cogió y se los llevó a los labios.
—Perdóname—, le susurró. —Temía tanto volver a amarte que me empeñé en
mantener la distancia entre nosotros y lo único que he hecho es herirnos a los
dos.
—¿Es tan terrible amarme, entonces?
—Amarte es una maravilla. Pero estoy destinado a amarte desmesuradamente,
con todo lo que tengo y todo lo que soy. Me temo que sufriría mucho si tú no
necesitaras mi amor.
Su sonrisa fue como una bendición de los ángeles. —Entonces es bueno para
ambos que lo necesite mucho. Tú eres la felicidad, la esperanza y el hogar. Te
instalaste en mi corazón hace años, y no podías ser desplazada. Te alejé para
sacarte de mis pensamientos, pero seguiste regresando. Incluso después de
separarme de ti, nunca me dejaste.
—Porque hace todos esos años, te di un pedazo de mí, la mejor parte de mí.
Has llevado esa parte de mí contigo, y sólo estoy completo cuando estás cerca.
Sólo pido...— Él respiró profundamente. —Sólo te pido que te lleves también
el resto de mí. No puedo dejar de amarte, pero tampoco puedo
dejar de ser duque. Sólo di que te casarás conmigo.

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

—SÍ, ME CASARÉ CONTIGO—, dijo suavemente. —Ojalá te hubiera


reclamado antes. No podía permitirme creer que todavía me querrías, no
cuando me había vuelto tan desprestigiada, y no podía soportar que me
rechazaras de nuevo, así que me rechacé a mí misma primero. Pero la verdad es
que, Leo, seré una duquesa terrible.
—Serás una duquesa poco convencional—, corrigió él suavemente. —Además,
a los italianos no les importará eso. Creen que los ingleses están locos de todos
modos.
—¿Y aquí, en Inglaterra?
Él sacudió la cabeza. —No es necesario. No podría soportar que el matrimonio
conmigo te robara tu espíritu. No podría soportar ver cómo te desvaneces bajo
las exigencias de la sociedad, y sus restricciones y reglas.
—No si estoy contigo—. Ella trazó uno de los volantes dorados que se
enroscaban sobre su pecho. —Si no hubieras vuelto a mi vida, podría haber
seguido creyendo que no te necesitaba. Pero eso era una mentira. Me has
robado mi mentira más querida, y era lo único que sostenía mi mundo. No
puedo seguir como antes sin ella, lo que significa que no puedo seguir sin ti—.
Se abrió la falda. Las festones de trenza dorada alrededor del dobladillo
brillaban a la luz. —De ahí este vestido y este baile. Quería demostrar que mi
amor por ti es tan grande que estaré encantada de ir a cualquier sitio y
comportarme como es debido, siempre que sea contigo. Además, yo también
amo Londres, ¿por qué dejar que nos echen de allí? El parlamento se reúne sólo
la mitad del año. ¿Por qué no pasar ese medio año en Londres, como duques de
Dammerton?
Una sonrisa se dibujó en su rostro. —Y la otra mitad del año en Europa, como
Leo y Juno, una pareja de excéntricos artistas ingleses. ¿Te das cuenta de que
la mitad de la gente de aquí cree que ya estamos casados?
—Escuché un rumor de que adquiriste una licencia especial.
—Lo hice, pero no para nosotros. ¿Qué tipo de boda te gustaría? Podría
adquirir otra licencia especial, o podríamos celebrar una enorme boda en
Londres y restregárselo a todo el mundo. O el capitán del barco podría
casarnos, si quieres ir directamente a Italia. O podríamos tomar la ruta más
tradicional y fugarnos a Gretna Green.

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—¡Escocia! La luz en Escocia en esta época del año debe ser maravillosa. Pero
seguramente una fuga sería más bien un escándalo.
—Eso espero—. Le rozó un beso en los labios. —Debes entender, mi amor,
que tenemos un importante deber con la buena gente de Inglaterra: Estamos
obligados a proporcionarles una fuente de entretenimiento, lo que significa
darles un buen escándalo de vez en cuando.
Ella le rodeó el cuello con los brazos. —¿Quieres decir que mi primer deber
oficial como duquesa será huir contigo a Escocia?
—Definitivamente. Con un comportamiento tan escandaloso, serás la duquesa
favorita de todos antes de que acabe la noche.
Su cabeza bajó, sus labios se encontraron, pero las risas apagadas y los débiles
acordes de la música les obligaron a separarse.
Ella ladeó la cabeza. —¿Es eso un vals? Sabes que nunca hemos bailado antes.
—Entonces lo remediaremos inmediatamente. Bailaremos el vals ante toda la
sociedad y no sabrán dónde mirar—. Le cogió la mano para llevarla al interior.
—Vamos a darles algo de qué hablar.

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EPÍLOGO

Los duques de la Regencia siguen siendo un escándalo después de todos


estos años
The Times
17 de mayo de 1976

LONDRES
—Se cree que los dibujos de un hombre desnudo escondidos en un marco de
cuadros del siglo XIX son de Leopold Halton, el sexto duque de Dammerton,
que heredó su título durante la época de la Regencia en Inglaterra.
El conjunto de dibujos se encontró durante la restauración de un cuadro que
representaba a una sirena con un náufrago. El cuadro, que se encontró
escondido en un desván, fue pintado por la segunda esposa del duque, Juno,
duquesa de Dammerton.
Los dibujos fueron encontrados por la doctora Elizabeth Cranston,
historiadora de arte, que dice que llevaba muchos años buscando el cuadro de
la sirena de Juno.
—El duque menciona la sirena en sus diarios, pero nunca se había
encontrado—, dijo el Dr. Cranston. —Sus descendientes probablemente la
ocultaron durante la época victoriana, más restrictiva, dada su desvergonzada
representación del deseo femenino por parte de una artista.
Antes de su matrimonio, la duquesa Juno Bell era una artista que trabajaba en
Londres. Provocó un escándalo en el mundo del arte cuando se reveló que
pintaba desnudos, lo que estaba prohibido para las mujeres en aquella época,
dijo el Dr. Cranston.
Notable por su colorida vestimenta y su generoso patrocinio de las artes
decorativas, Leopold Halton también acumuló una impresionante lista de
escándalos. Se casó de forma impulsiva a los veintiún años, y más tarde se
divorció de su mujer por adulterio, lo que le convirtió en uno de los pocos
divorciados de Inglaterra de la época. También se peleaba en público y es

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

famoso por sus dos duelos en un solo día, uno de ellos con su propio
hermanastro. Tras los duelos, fue abandonado por su respetable prometida,
antes de fugarse a Escocia con Juno Bell.
—Realmente era un escándalo para un solo hombre—, dijo el Dr. Cranston. —
Y a juzgar por estos dibujos subidos de tono de su esposa, continuó siendo
travieso hasta bien avanzada su edad.
Una vez casados, la pareja dividía su tiempo entre Europa y Londres. La
duquesa continuó pintando y exponiendo después de su matrimonio, al
tiempo que utilizaba su nueva posición como mentora de mujeres jóvenes. Es
conocida por su cuadro titulado Duelo de flores entre Hades y Perséfone, un regalo a
su marido en su décimo aniversario. Se dice que los dos duendes del cuadro
representan a sus dos hijos. El cuadro forma parte de la colección de la Tate
Gallery de Londres.

Fin

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

LA SERIE DE LA ABADÍA DE LONGHOPE


Serie principal
Un tipo peligroso de dama
Un marido de apariencia malvada
Una clase de duque escandaloso

Precuela
Un conde de apariencia bestial

Próximo lanzamiento
Una clase de escocés pecaminoso

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

NOTA DE INVESTIGACIÓN
Las mujeres artistas profesionales mencionadas en esta novela son las
siguientes figuras históricas:
Élisabeth Louise Vigée LeBrun (nacida en París; 1755-1842). Comenzó a
pintar retratos profesionalmente en su adolescencia, y más tarde pintó más de
treinta retratos de María Antonieta y su familia. En sus memorias, publicadas
a los ochenta años, da sus impresiones sobre la vida en Londres.
Maria Anna Angelika Kauffman, conocida en Inglaterra como Angelica
Kauffman (nacida en Suiza; 1741-1807). Fue una de las fundadoras de la Royal
Academy of Arts de Londres en 1768.
Mary Linwood (nacida en Birmingham; 1755-1845). Fue famosa por sus
bordados, que incluían copias bordadas de cuadros de antiguos maestros.
Entre los admiradores de su obra se encuentran Catalina la Grande y otros
miembros de la realeza de toda Europa.
Margaret Sarah Geddes Carpenter (nacida en Salisbury; 1793-1872). Fue una
destacada retratista y su primer retrato se expuso en la Royal Academy en
1814.
Mary Byrne Green (nacida en Inglaterra; 1766-1845). Expuso en la Royal
Academy y pintó una miniatura de la duquesa de Clarence.
Judith Jans Leyster (nacida en la República Holandesa; 1609-1660). Me he
tomado algunas libertades al mencionar a Leyster. Fue muy conocida en vida,
pero tras su muerte, su obra se atribuyó a su marido. No se reconoció como
suya hasta finales del siglo XIX.

Y Juno nombró a sus gatos por Angelica Kauffman y Artemisia Gentileschi


(nacida en Roma; 1593-1656).

DEL AUTOR:
Gracias por visitar el mundo de la Abadía de Longhope.

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Abadia de Longhope # 4/ Mia Vincy

Puedes volver a visitar este mundo en las historias anteriores de las amigas de
Juno, Arabella y Cassandra.
En Un tipo peligroso de dama, un intento desesperado de la orgullosa
heredera Arabella Larke por evitar un matrimonio desagradable la lleva a
enredarse con su némesis de la infancia, Guy Roth, marqués de Hardbury.

En Un marido de apariencia malvada, la señora Cassandra DeWitt se


encuentra cara a cara con su grosero y maleducado marido, Joshua, al que sólo
ha visto una vez, el día de su boda, dos años antes.

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