ESPIRITUALIDAD, AFECTIVIDAD E INTEGRACIÓN
PSICOSEXUAL EN EL ACOMPAÑAMIENTO DE SACERDOTES Y
RELIGIOSAS (OS)
Kevin Flaherty Duffy
Universidad Antonio Ruiz de Montoya, Lima, Perú.
Resumen: En la formación de los seminaristas y en la vida sacerdotal el acompañamiento espiritual
puede facilitar la integración de la espiritualidad y la afectividad de la persona en su relación con
Dios, con las otras personas y consigo misma. Hay una necesidad de preparar acompañantes y
formadores capaces de atender a seminaristas y sacerdotes en los procesos afectivos y psicosexuales.
El camino de la integración pasa por el proceso de aceptar y procesar las experiencias afectivas. El
celibato no se da como un hecho, sino por el proceso de vivirlo. El celibato exige atención a la oración,
a la vida interior, a las relaciones con otros, a las atracciones y enamoramientos y la orientación
sexual.
Palabras clave: Sacerdotes; religiosas(os); acompañamiento espiritual; afectividad; integración
psicosexual.
Abstract: In the formation of seminarians and in the life of priests spiritual direction can facilitate
the psychological and spiritual integration of the person and his relationship with God, with others,
and with himself. There is a need to prepare spiritual directors capable of accompanying seminarians
and priests in the process of psychosexual integration. Celibacy as a lifestyle is learned through the
process of accepting and processing one’s emotions and relationships. Healthy celibacy requires an
awareness of prayer, the interior life, relationships, feelings of attraction and falling in love, and
sexual orientation.
Key Words: Priests; religious sisters/brothers; spiritual direction; affectivity; psychosexual
integration.
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REV. HUMANITAS, 2006, 2(2): pp. 102-121, ISSN 1659-1852
El acompañamiento espiritual y la madurez afectiva
En la formación de seminaristas y en la vida sacerdotal el acompañamiento espiritual
puede facilitar una integración de la afectividad de la persona y su relación con Dios, con las
otras personas y consigo misma. Con frecuencia constatamos que temas relevantes como la
historia personal, la aceptación, el manejo adecuado de las emociones y la integración de la
sexualidad no reciben suficiente atención en el campo del acompañamiento espiritual.
Cuando la persona integra adecuadamente su espiritualidad y su afectividad, vive de manera
más plena y su labor pastoral es más fructífera.
Pocos profesionales tienen que adquirir una preparación tan altamente cualificada
para relacionarse en diferentes situaciones y contextos como el sacerdote. El ministerio
sacerdotal exige que uno esté constantemente en relación con personas, grupos y
comunidades. En una parroquia uno encuentra personas de diferentes edades y clases
sociales. En una jornada de trabajo se pueden realizar múltiples servicios: coordinar una
reunión de equipo, administrar los sacramentos, ayudar a los enfermos, asistir a un velorio,
celebrar un matrimonio y acompañar en momentos de crisis personal y familiar. El ministerio
sacerdotal y la diversidad del trabajo pastoral exigen la habilidad de saber relacionarse con
los demás. El anuncio del Evangelio y el liderazgo en la Iglesia requieren personas maduras
que comuniquen la presencia de Dios por medio de su propia vida, y que a la vez tengan una
sólida preparación teológica. Es indispensable la madurez humana que se complementa con
una espiritualidad para que pueda comunicar el amor de Dios a los demás.
La espiritualidad se puede entender como la relación de una persona con lo
trascendente. Como todos los católicos, un sacerdote, sea diocesano o religioso, profesa que
hay un Dios, revelado en Cristo, que desea una relación con la persona humana. La vocación
es la respuesta a la llamada de seguir a Cristo en el servicio del Reino de Dios por medio del
Sacerdocio. El sacerdote, como ministro de la Iglesia, entrega su vida a Cristo, y la vocación
se realiza en el servicio a los demás. Sin embargo, la vida sacerdotal, con todas sus
exigencias, depende en gran parte de la calidad de la relación que uno tiene con Dios. La
capacidad de vivir una relación integral con Dios está condicionada por la madurez de la
persona. Un hombre inmaduro, neurótico, o con limitaciones psicoafectivas no solo será un
sacerdote con dificultades consigo mismo y con los demás, sino que también tendrá bloqueos
y limitaciones en su relación con Cristo. En cambio, el sacerdote que ha logrado una adecuada
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madurez será capaz de vivir su vida en una forma integral. Su relación con Dios se expresará
y se profundizará en el servicio y en la amistad con los demás.
Una espiritualidad que enfoque la relación con Dios y con los demás es un camino,
un proceso de entenderse y relacionarse con Dios y con los demás en medio de la vida. Uno
descubre el sentido de la vida y se relaciona con Dios, quien se revela en los acontecimientos
de la vida. El seguimiento de Cristo es un proceso largo de conversión que invita a la persona
a evangelizar su propia afectividad. La meta es configurar la vida a la persona de Cristo. Para
realizar tal seguimiento uno examina su vida interior y sus relaciones con los demás a la luz
del Evangelio. Las maneras de entenderse, las actitudes frente a la vida y las formas positivas
y negativas de relacionarse deben ser exploradas ante el Señor. La contemplación de la vida
de Jesús en las Escrituras llega a ser el encuentro e interpelación de cómo vive uno en relación
con los demás. Desde esta perspectiva espiritual el celibato no es solamente la libertad de
dedicarse al apostolado, sino una llamada y una opción a relacionarse con Dios y con los
demás en relaciones no genitales que generan vida para el sujeto y para los demás.
El acompañamiento espiritual a personas que tienen una vida interior desarrollada por
su relación con el Señor y con los demás es un encuentro privilegiado. El acompañante invita
a la persona a reflexionar sobre el sentido de su vida y cómo vivir en relación con los demás
de una forma coherente con su fe y su experiencia de Dios. Es una relación profesional en la
cual el enfoque principal es cómo la persona se relaciona con Dios e intenta responder a la
gracia en las múltiples dimensiones de su vida. Aunque un acompañante puede ayudar a una
persona a organizar y mejorar su práctica de oración, las sesiones periódicas de
acompañamiento sirven para que el acompañado pueda explorar y profundizar su relación
con Dios. La relación con Dios no está limitada a la oración, sino que se descubre en cómo
se está en relación con uno mismo y con las personas con quienes uno comparte la vida.
Tampoco puede estar reducida a la esfera de lo personal. Este ministerio se dirige al Pueblo
de Dios. Uno vive en un mundo social, y la fe impulsa a actuar por la justicia según el espíritu
del Evangelio y la inspiración de la doctrina social de la Iglesia.
Hay muchos seminaristas y sacerdotes que no llegan a tener una espiritualidad
fundada en una relación personal con el Señor. Se puede incurrir en falacias: rezar el
breviario, celebrar los sacramentos y tener devociones sin desarrollar una relación que
permita integrar afectividad y espiritualidad. Es el equivalente de quedarse en un matrimonio
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donde hay fidelidad sin intimidad. En otros casos el sacerdocio corre el riesgo de convertirse
en un trabajo o en una carrera. Uno ejerce el ministerio pero encuentra una creciente soledad
y falta de alegría. El activismo puede encubrir necesidades personales no reconocidas y llevar
a crisis de salud física y emocional. Pero cuando hay una espiritualidad integrada, el
sacerdocio es vivido desde la relación fundante con el Señor y el ministerio se experimenta
como una expresión de cómo uno se relaciona con los demás desde la fe.
Sin una formación integral y un proceso personal de desarrollo de una espiritualidad
que integre la afectividad, puede darse una escisión entre la oración y la conducta. Tal
división entre la espiritualidad y la vida emocional muchas veces coincide con una falta de
conocimiento de la afectividad y de la sexualidad. La afectividad, y especialmente la
sexualidad, es percibida con temor y como tentación. En vez de ser capaz de escuchar y
discernir lo que está pasando en un nivel profundo, uno huye, niega y se critica duramente a
sí mismo por lo que está sintiendo. Si esto sucede, es porque la formación recibida antes de
la ordenación no permitió la internalización de los valores y el desarrollo de las habilidades
necesarias para enfrentar la soledad y las exigencias del ministerio. En algunos religiosos y
sacerdotes hay una tendencia a la culpabilidad y una incapacidad personal de acercarse a la
compasión de Dios. Muchos son muy reacios a hablar con otros de su vida interior, por falta
de comodidad con su afectividad y por recelo de reconocer y aceptar su vida personal.
Entonces se muestran defensivos y hasta aislados de los demás. En tales situaciones el
sacerdote tiene que aprender no solamente a hablar de sí mismo con un acompañante, sino
también a abrir su afectividad a la gracia de Dios.
Conscientes para acompañar
Con frecuencia se encuentra una escasez de personas preparadas para el
acompañamiento de seminaristas y sacerdotes. Cuando hay dificultades en el ministerio,
crisis en la vida afectiva o problemas serios con el celibato, uno descubre que la persona no
está siendo acompañada y muchas veces no ha habido transparencia. A veces se constata la
valiosa práctica del Sacramento de la Reconciliación y entrevistas periódicas con
formadores; sin embargo, la persona no ha tenido una relación que le haya brindado la
oportunidad de crecer en la relación con Dios, de lograr un autoconocimiento y una mayor
autoaceptación.
El acompañamiento espiritual es un arte, pero también es un conjunto de
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conocimientos, experiencias y habilidades que facilitan el crecimiento del otro. Se exige una
experiencia de mirar adentro para conocerse, un conocimiento básico de teología,
espiritualidad, psicología, y capacidad para desarrollar habilidades de comunicación. En el
Programa de Formadores de la Conferencia Religiosa del Perú existe la posibilidad de tener
acompañamiento espiritual personal y sesiones grupales e individuales con psicoterapeutas.
Con frecuencia, los que están empezando el trabajo de formación o entrando en el campo de
la formación empiezan a ver con seriedad sus propios desafíos afectivos por primera vez.
Descubren que si desean acompañar a personas en formación tienen que aprender a mirar al
interior de sí mismos. Muchos se dan cuenta de que todavía falta mucho trabajo en su propia
vida para lograr una mayor integración entre espiritualidad y vida afectiva.
Para acompañar a otros en su vida espiritual es indispensable que uno haya tenido y
mantenga un proceso de acompañamiento en su propia vida. El proceso de crecer en la
relación con Dios, entender cómo Dios pasa por la vida de uno mismo, descubrir que la
historia personal de uno mismo llega a ser una historia de fe y desarrollar una fidelidad a la
oración, preparan a una persona para caminar con otros. La vida espiritual es la experiencia
vital con Dios. Cada persona encuentra la relación con Dios desde su historia personal, su
situación social, su experiencia y entendimiento de la comunidad de fe y su personalidad
única. Cuando uno aprecia su propia experiencia espiritual, ya es capaz de valorar el camino
espiritual de otro.
Además de asimilar su propia historia de fe para acompañar a otros, la persona
necesita un entendimiento básico de teología, espiritualidad y psicología. El conocimiento
adecuado construye parámetros y ofrece perspectivas para el acompañamiento. Si bien el
acompañamiento no es una tutoría en la fe, es importante que uno sea capaz de ver que la
espiritualidad del acompañante es coherente con la tradición y experiencia eclesial. Para
acompañar el crecimiento humano y espiritual de una persona ayuda mucho saber del
desarrollo humano, la afectividad y la sexualidad. Si uno no se siente cómodo con la
afectividad y sexualidad de uno mismo y no tiene un conocimiento intelectual de los temas
principales, tiende a evitar estos temas en la vida del acompañado. Si un acompañado se
siente juzgado o percibe que el acompañante se pone incómodo con temas de afectividad y
sexualidad, tiende a callarse y entrar en un acuerdo tácito de no tocar temas y experiencias
sensibles. El proceso de integración y el camino de aprender a vivir el celibato requiere que
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uno sea capaz de articular sus experiencias y sentimientos con otro. Cuando uno ha logrado
un grado de autoconocimiento y comodidad con su propia sexualidad y afectividad, está
preparado para acoger la historia personal de un acompañado.
El acompañamiento espiritual es una relación centrada en el diálogo de cómo el
acompañado vive la experiencia de su fe en relación con Dios, consigo mismo y con los
demás. Para facilitar la comunicación el acompañante necesita aprender las habilidades
básicas de la comunicación. A veces uno comparte información, pero muchas sesiones de
acompañamiento espiritual se convierten erróneamente en consejos y clases privadas. La
capacidad básica que se necesita es la empatía: la capacidad de comprender al otro y reflejar
esta comprensión. La empatía o escucha activa es más difícil de lo que parece. La tendencia
de la gente, incluyendo religiosos y sacerdotes, es rescatar, ayudar y aconsejar al otro. El
proceso de acompañar al otro para que nombre su propia experiencia y formule lo que desea
es más lento. Pero en el proceso uno aprende a mirar hacia dentro, a poner nombres a sus
experiencias y a discernir cuáles son las opciones coherentes con su fe y con su historia.
La integración de la espiritualidad y la afectividad
Una espiritualidad madura y el ministerio sacerdotal exigen una adecuada base de
salud mental. Como la gracia presupone la naturaleza, la capacidad de relacionarse
sanamente con uno mismo, con los demás y con Dios requiere de madurez humana. La salud
mental de la persona que entra al seminario es un factor determinante en su capacidad de
crecer humanamente, desarrollar una espiritualidad y adquirir los conocimientos y
habilidades para el ministerio. La vida del celibato, el estrés del ministerio y las demandas
de las múltiples relaciones exigen que haya una estructura psicológica sana y una historia
personal que brinde confianza y la capacidad de relacionarse con los demás. Hay programas
de formación que intentan crear un ambiente propicio para el crecimiento afectivo y
espiritual, pero se consume demasiada energía en el esfuerzo de sanar las heridas profundas
de algunos de los formandos. En otros programas donde la formación está centrada en las
reglas, horarios y conductas externas, pero sin atención al crecimiento personal, se dan
situaciones en las que algunos, pocos años después de salir del seminario, no tienen los
recursos psicológicos y espirituales para sostenerse en la vida ministerial. A veces el entorno
del seminario puede enmascarar y postergar la manifestación de problemas psicológicos.
La pobreza y la inestabilidad social de los pueblos latinoamericanos dejan muchas
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personas con carencias afectivas y cognitivas. La necesidad de tener vocaciones influye a
veces en la disminución de exigencia en los criterios de selección. Además de carencias
afectivas y traumas de su historia familiar, a veces hay límites cognitivos por un coeficiente
intelectual menor que el promedio normal y una preparación académica con deficiencias.
Una capacidad intelectual adecuada y una preparación académico-cultural proporcionan
instrumentos para el crecimiento personal y el autoconocimiento. Los que sufren trastornos
como la personalidad narcisista u obsesiva tendrán problemas en sus relaciones y en la
adaptación a la realidad. Hay personas que han sufrido tanto en la niñez, que su autoestima
y sus relaciones con los demás siempre serán problemáticas. El abuso, los traumas y las
distorsiones en el desarrollo psicosexual pueden ser obstáculos para vivir el celibato. Si un
joven de cualquier clase social no reúne los requisitos psicológicos e intelectuales, es mejor
que no sea admitido al seminario o a la comunidad religiosa. Y cuando se acepta a los
candidatos debe verificarse que tengan la capacidad y el compromiso de hacer un esfuerzo
para crecer en la vida espiritual, en la afectividad y en la vida intelectual. La selección de
candidatos para la vida religiosa y el seminario es una pieza clave en la formación, y a largo
plazo, en la calidad de vida de los que van a ser líderes en la Iglesia.
La madurez es el resultado de los procesos progresivos del desarrollo humano
(Erikson, 1966). Una identidad estable lograda en la adolescencia permite que en la juventud
la persona logre tener capacidad de intimidad. Estos dos pilares, construidos sobre las etapas
de desarrollo de la infancia y la niñez, permiten que haya una sana generatividad en la vida
adulta. El sentido de la identidad y la capacidad de la intimidad son aprendidos por medio de
las relaciones con los demás. La mayoría de personas profundizan su capacidad para la
intimidad en relaciones de amistad y enamoramiento que les llevan al matrimonio. El célibe
canaliza su afectividad en la relación con Dios y con los demás. Aunque algunos entren a la
formación con una madurez humana apropiada para su edad, tienen que crecer en la
dimensión afectiva y aprender a vivir el celibato. Con frecuencia, los seminaristas y
sacerdotes que tienen dificultades en el celibato presentan características psicológicas de un
joven que todavía está resolviendo la crisis de la adolescencia y la juventud. La madurez
psicológica no coincide necesariamente con la edad cronológica. Algunos problemas
psicológicos o la falta de madurez se convierten en dificultades para vivir el celibato.
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El proceso de evangelizar la afectividad
En la formación y en la vida sacerdotal, la integración de la espiritualidad y la
afectividad es una tarea constante. La conversión espiritual pasa por un crecimiento humano
en el que la persona busca seguir a Jesús y vivir los valoresde la fe. El mandamiento
del amor es la piedra angular de cualquier espiritualidad. El camino de crecimiento integral
puede entenderse como tres pasos interrelacionados: aceptar la afectividad, nombrarla y
domarla (Whitehead & Whitehead, 2004). Es el proceso de evangelizar la afectividad.
La aceptación de la afectividad es más difícil de lo que parece: siempre hay
emociones, sentimientos y actitudes vinculadas a nuestra historia personal. En la tradición de
la Iglesia muchas veces la afectividad, y especialmente lo que está asociado con la
sexualidad, ha sido visto con sospecha. El dualismo neoplatónico, las concepciones de
Descartes sobre la separación del cuerpo y la mente y algunas de las prácticas espirituales de
los últimos siglos han creado un prejuicio contra un entendimiento más equilibrado de la
afectividad. En vez de saber cómo trabajar con la dimensión afectiva, hay corrientes que
tienden a reprimirla. Pero lo reprimido no desaparece, sino que tiende a reaparecer de otras
formas. Una aceptación sana de la afectividad permite que uno reconozca sus emociones,
deseos y formas de relacionarse con los demás. El autoconocimiento verdadero lleva a la
persona a nombrar las luces y las sombras de su vida. Tener una vida plena es sentir el dolor
y la alegría que todo ser humano experimenta. Las relaciones con los demás y la relación con
Dios se mueven por la dimensión afectiva.
Especialmente para los hombres, la afectividad es un reto. Los estereotipos de la
masculinidad y la socialización tienden a producir hombres que no son conscientes de sus
emociones y no saben manejar sus sentimientos. Hay un fantasma: que la afectividad es un
asunto de la mujer, mientras que el hombre es racional, fuerte e independiente. Sin duda hay
diferencias en cómo los sexos expresan la afectividad, pero el hombre es tan afectivo como
la mujer. A veces la diferencia es que el hombre es menos consciente de lo que experimenta
y no sabe cómo manejar sus emociones. Sin elaborar el tema de los desafíos de la
masculinidad, es suficiente señalar la dificultad que muchos hombres tienen de mantener
relaciones estables y cercanas con sus esposas e hijos. El mismo patrón de bloqueo afectivo
y problemas de comunicación puede ocurrir en los grupos parroquiales. Patrones culturales
de machismo se pueden convertir en clericalismo, y las relaciones interpersonales y
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pastorales quedan limitadas.
La aceptación de la afectividad está vinculada con el autoconocimiento y la
autoaceptación. Esas dos habilidades se encuentran en casi todas las descripciones de la
madurez afectiva o, desde la psicología, en las características de la salud mental. Para
cambiar, los primeros pasos son el conocimiento y la aceptación de uno mismo. En terapias,
en el acompañamiento espiritual y en retiros se toma conciencia de que la aceptación de uno
mismo es un momento de liberación y gracia. Muchas personas están marcadas por historias
personales difíciles que dan como resultado sentimientos de minusvalía, vergüenza y culpa.
Hay tendencias religiosas que manipulan la vergüenza y la culpa y dejan a la persona
intentando ganarse el amor de Dios con su propio esfuerzo, en vez de responder al amor
gratuito de Dios. Una aceptación profunda permite que el individuo se reconozca como
pecador amado por Dios. La gracia revela el pecado, pero el amor de Dios comunica que la
persona es siempre más que el pecado. Es impresionante la cantidad de sacerdotes (incluso
algunos que trabajan muy bien) que tienen dificultades con la autoestima y la autoaceptación.
Una espiritualidad integrada invita a la persona a examinar la imagen que tiene de
Dios. La Creación y la Encarnación proclaman el amor de Dios por todo lo creado. Cada
persona lleva dentro de sí múltiples filtros e imágenes de Dios. Si hay la imagen de un dios
castigador o distante, la persona tiende a desvalorarse y a vivir con excesiva culpabilidad. La
oración lleva a descubrir el misterio de la fe por la contemplación de la vida de Jesús. Es
Jesús quien revela quién es Dios y cómo se puede vivir la afectividad desde la fe.
Los evangelios no son textos psicológicos, pero el Jesús que se revela en ellos es un
hombre sumamente maduro y consciente de su afectividad. Expresa amor, dolor, alegría,
miedo, tristeza, sorpresa y enojo, entre otras emociones. Confronta a sus adversarios y goza
con sus amigos y con las personas que abrazan el Reino. Vive desde su relación fundante con
su Abba (Dios Padre) e invita a la persona a permanecer con Él y con el Padre.
En el libro del Génesis, Adán y Eva reciben el mandato de poner nombres a las
criaturas. El camino hacia la madurez pasa por la creciente capacidad de contar la propia
historia personal y ser capaz de ponerle nombre a lo que uno experimenta en su interioridad
y en su relación con otros. Hay una resistencia a examinar la historia con objetividad.
Descubrir los dones y las heridas que uno lleva es un proceso costoso para muchas personas.
Los mecanismos de defensa protegen a la persona de la ansiedad de enfrentar las heridas y
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las sombras no reconocidas. Pero sea en la historia de un pueblo o en la historia personal, la
capacidad de reconocer la verdad es lo que ofrece la libertad para construir un futuro
diferente.
Los talleres, el trabajo personal, la oración y los retiros y, en algunos casos, la terapia
psicológica permiten que uno logre la integración de su historia. Reconocer los temas
psicológicos y espirituales que funcionan como hilos conductores de la historia permiten que
la persona asuma la responsabilidad de su vida. Las dinámicas de las relaciones significativas
del entorno familiar, los supuestos y actitudes aprendidos en la niñez, y el estilo de
personalidad pueden ejercer una influencia inconsciente si no hay un conocimiento profundo.
Las motivaciones, deseos y reacciones de las personas emergen del misterio de su pasado.
Muchas heridas de situaciones concretas o relaciones difíciles del pasado están escondidas
en la historia. Hay temor de reabrir la herida y, a la vez, un desgaste de energía psíquica para
contener el dolor. Las heridas y las dinámicas defensivas del pasado son reactivadas en
momentos de estrés, conflicto y soledad.
El esfuerzo de ponerle nombre a lo que uno siente y entender sus orígenes es una tarea
espiritual. Todos los maestros de la espiritualidad han enseñado la importancia de un
conocimiento profundo de uno mismo y de cómo Dios actúa en la persona. El conocimiento
y la integración de la afectividad es el portal que se abre a las mociones del Espíritu. Por
ejemplo, en los Ejercicios de San Ignacio uno reflexiona después de cada período de oración
para entender las dinámicas y movimientos presentes en la oración. En la primera semana de
los Ejercicios uno pide la gracia de conocer su propio pecado. Si uno entiende cómo es
tentado, con la ayuda del Espíritu ya sabe cómo responder. Las reglas de discernimiento
sirven como un mapa de cómo la persona está siendo conducida por el bien o por el mal.
Cuando la persona tiene suficiente autoconocimiento, el examen diario llega a ser un espacio
para explorar lo que está pasando en medio de la vida cotidiana; con humildad, uno puede
descubrir la presencia de Dios y reconocer motivos y ambigüedades que requieren atención.
Cuando hay aceptación y un conocimiento profundo de la afectividad, solo queda
como trabajo domar las emociones. Por ejemplo, un religioso puede reconocer que tiende a
enojarse con rapidez en medio de los conflictos. Consciente de su historia, reconoce cómo
las emociones fueron expresadas en su familia y que hubo momentos en los que se sentía
atacado injustamente. En medio de los conflictos se activan esquemas que pueden llevarlo a
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ofender a otros. A veces usa la proyección y la racionalización para justificarse, pero después
entra en remordimientos y culpas. Domar sus emociones es asumir la responsabilidad por sus
reacciones y reconocer que puede aprender a resolver conflictos sin ofender al otro. El
esfuerzo de trabajar sanamente para relacionarse con los demás es un trabajo que tiene
implicaciones psicológicas y espirituales. Si quiere vivir en comunidad necesita saber cómo
dialogar en vez de pelear, y su trabajo ministerial en equipo depende de sus habilidades de
comunicación. Pero en un nivel más profundo, se da cuenta de que su rabia le lleva a
comportamientos que no son coherentes con el evangelio.
Puede ser que logre domar sus expresiones de enojo, pero en la vida siempre tendrá
que estar atento para saber manejar las emociones asociadas con su enojo. Uno trabaja este
proceso en diálogo con el Señor por medio de la oración y el examen diario.
Domar la afectividad es una forma práctica de tomar la cruz y seguir a Jesús. El
misterio pascual invita a la persona a morir al egoísmo y a las imágenes falsas y defensivas
de sí misma. La aceptación de sí mismo en relación con Dios lleva al individuo a sentirse
amado y con el deseo de amar a los demás. Es el ascetismo de la vida diaria que exige una
creciente madurez, una conciencia de la vida interior y de las relaciones con los demás y una
intimidad con El Señor. La humildad mezclada con el sentido del humor ayuda mucho para
aceptarse tal como uno es. El aceptar que Dios nos ama y la conversión es un proceso lento
que nunca acaba. En la relación con el Señor se encuentra la confianza para hablar de uno
mismo y pedir la fuerza de continuar en el camino del seguimiento de Cristo.
La integración psicosexual y el celibato
El celibato no es la negación de la sexualidad, sino la entrega de toda la vida al Señor
y al servicio del Reino de Dios. Exige la renuncia al matrimonio, a las relaciones
exclusivas y la satisfacción del deseo genital. Es una opción para amar,
servir y relacionarse con otros que canaliza la afectividad, incluyendo la sexualidad. Una
persona no puede renunciar a su sexualidad, que es una dimensión integral del ser humano.
El intento de hacerlo por la represión y la supresión desemboca en una violencia interna que
distorsiona las relaciones con los demás. La opción del celibato y la renuncia a la expresión
genital es un desafío que requiere madurez, oración y una disciplina constante.
Uno aprende a ser célibe por medio de un proceso de integración de la espiritualidad
y la afectividad. En el fondo el celibato, o la castidad religiosa, es la opción de “cómo uno va
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a amar a Dios, a los demás y a sí mismo”. En la tradición de la Iglesia es la respuesta a una
llamada del Señor y a la presencia de una gracia que permite la entrega con el compromiso
de realizar el ideal en la vida de uno. La posibilidad de vivir el celibato depende de la
psicología de la persona y su capacidad de vivir sanamente sin una relación íntima y
exclusiva. Exige una sublimación que pasa por una espiritualidad y el deseo de servir a los
demás. Una falta de madurez psicosexual y una historia sexual con dificultades serias pueden
ser obstáculos al celibato, o por lo menos razones para iniciar un proceso de psicoterapia. Un
célibe sano debe poseer un adecuado sentido de su identidad personal que está reflejada en
el autoconocimiento y la aceptación de sí mismo. La capacidad de intimidad en formas no
genitales permite que haya cercanía y amistades en la vida. Hay una soledad inevitable para
los que escogen el celibato, que tiene que estar equilibrada por una relación con Dios y la
capacidad de trabajar y compartir con otros. Para vivir el celibato uno necesita tener un sano
entendimiento e integración de su propia sexualidad.
El celibato no se da por hecho; se aprende. A veces existen las premisas equivocadas
de que uno puede hacerse célibe por pura fuerza de voluntad, o de que hay una gracia mágica
que se recibe en la ordenación o al pronunciar los votos. Se necesita una base teórica (basada
en la teología y en la espiritualidad) y un entendimiento de la sexualidad humana. Con un
conocimiento intelectual uno acepta el proceso de trabajar sus motivaciones, atracciones y
deseos. El proceso de aceptar, nombrar y domar la afectividad sirve como un camino para
crecer en el compromiso de celibato. Como el fin del celibato es una vida dedicada al Reino
por medio del servicio al Señor y a la Iglesia, es necesario integrar las fuerzas vitales de la
vida psicosexual. Si no hay espacios para entender la sexualidad ni acompañantes para
facilitar el diálogo de cómo vivirla, la persona tendrá dificultades para su propio crecimiento
personal.
Para aprender a vivir el celibato se necesita un sano entendimiento de la sexualidad
desde la perspectiva de la fe, que incorpora los conocimientos de las ciencias sociales. El
marco teórico tiene que estar vinculado a la experiencia de la persona. La sexualidad refleja
la confusión tan extendida en los esquemas culturales que han cambiado radicalmente en los
últimos 50 años. La historia personal incluye la historia psicosexual de la persona. Uno
aprende a ser hombre por un proceso complejo de identificaciones, imitaciones de modelos,
experiencias, y aprendizajes no articulados. Muchos seminaristas proceden de familias donde
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la sexualidad es un tema tabú. Crecen con una mezcla de mensajes no examinados y recibidos
de la familia, la cultura, y los medios de comunicación. A la vez que no han aprendido a
hablar de la sexualidad, a veces han crecido en familias donde hay problemas matrimoniales:
divorcio, infidelidad y machismo. La figura paterna con frecuencia está debilitada y, a veces,
ausente en la familia. Los patrones culturales adquiridos presentan un estereotipo de hombre
y su necesidad del sexo genital en formas que no son compatibles con la fe, con el matrimonio
ni con el celibato. Si uno no examina cómo es percibida la sexualidad en su entorno, y no
hace el trabajo personal de entender su propia sexualidad, puede quedarse con una escisión
entre lo que cree en un nivel intelectual y lo que ha asimilado de la familia y de la cultura.
En la vida de algunos sacerdotes su discurso sobre la sexualidad está tomado directamente
de las clases de teología moral, y por otro lado sus conductas y maneras de llevar la
afectividad reflejan más los patrones familiares y culturales.
Se constatan diferentes maneras de acercarse al celibato que reflejan actitudes
subyacentes sobre la sexualidad. Algunos seminaristas y sacerdotes no son conscientes de su
propia sexualidad: pueden parecer muy cordiales pero con poca capacidad para relacionarse
con los demás. Otros pueden ser rígidos y tímidos. Ya sea por temor o por una represión
inconsciente, no enfrentaron su propia sexualidad en el proceso de desarrollo. Esto puede
pasar como un asunto inadvertido en el seminario, y asumen el celibato como quien se pone
una túnica. Pero a largo plazo, sus relaciones son superficiales y más infantiles que
apropiadas para un adulto. En la vida adulta pueden experimentar un despertar sexual cuando
por fin empiezan a sentir los impulsos y deseos típicos de la adolescencia. En algunos casos
su inmadurez puede llevarlos inconscientemente a relaciones no sanas con niños y
adolescentes en quienes encuentran el mismo nivel de desarrollo psicosexual.
Para algunas personas, la formación en el seminario puede congelar el desarrollo
psicosexual en el nivel de la madurez que se tuvo en el momento de su ingreso. Un sacerdote
compartió con sorpresa las dificultades que tuvo en los primeros dos años después del
seminario. En los seis años del seminario no había tenido razón de explorar su sexualidad.
Le gustaban los estudios, los deportes, la fraternidad con sus compañeros y el ritmo de
oración. Aceptaba las reglas estrictas de no tener contacto con mujeres, y su pastoral se
limitaba a dos horas de catequesis con niños. El entusiasmo por el apostolado lo llevó muy
bien durante el diaconado, pero seis meses después de la ordenación se involucró con una
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joven de 20 años. En el proceso de explorar su vida descubrió que no había aprendido los
recursos para llevar la soledad y relacionarse sanamente en el ministerio.
Había postergado el crecimiento psicosexual y descubrió que tuvo que hacer un
trabajo de nivelación para relacionarse como un célibe adulto.
A la vez que es indispensable tener una disciplina y ser conscientes de los límites
profesionales en el ministerio, un control de la sexualidad centrada en la culpa y un enfoque
moralista son cosas que no preparan al célibe para relacionarse sanamente en el ministerio.
En algunos casos los tabúes y prohibiciones se derrumban cuando surge un enamoramiento
o cuando la persona no logra controlar los impulsos sexuales. Puede resultar un círculo
vicioso del deseo y actividad sexual seguido por el remordimiento y la culpa. Con frecuencia
un patrón así está vinculado con una visión negativa de la afectividad y la sexualidad. El
rechazo de la sexualidad y la falta de integración afectiva llevan a la persona a despreciarse
a sí misma y a entrar en una depresión grave. Si el celibato está basado en una perspectiva
negativa de la sexualidad (controlada por una excesiva culpabilidad) la persona puede verse
seriamente limitada en sus relaciones con los demás. La persona tiende a quedarse atrapada
en un rol rígido y restringido. La mujer es vista como una tentación, y no se tiene la capacidad
de relacionarse con las mujeres como personas. La ironía de pensar que la mujer “representa
una tentación sexual” es que se corre el riesgo de reducirla a un objeto sexual prohibido.
El compromiso del celibato
El celibato tiene que ser asumido activamente en vez de ser aceptado pasivamente. El
celibato pasivo es percibido como algo impuesto extrínsecamente, y entendido en términos
negativos de lo que no se debe hacer. El seminarista o sacerdote acepta el celibato como
requisito para la ordenación. Su enfoque está en lo que no puede hacer según los
mandamientos y el juicio de la opinión pública. Muchas veces asume el compromiso sin
mayor conciencia del precio de la soledad ni del esfuerzo necesario para lograr una
integración afectiva. A veces el sacerdote intenta compensar su falta de intimidad y expresión
genital con el poder o con la seguridad material. Mientras algunos sacerdotes logran aceptar
los límites y dedicarse a su vida ministerial, otros seminaristas y sacerdotes caen en un
continuum de comportamientos no apropiados, desde relaciones ambiguas y coqueteos, hasta
relaciones de pareja y familias ocultas. Las faltas contra el celibato son enmascaradas y
racionalizadas con diferentes argumentos y mecanismos de defensa.
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El celibato activo, en cambio, es el compromiso de aprender a relacionarse por medio
del celibato. Se respetan los límites desde una decisión intrínseca a centrar la propia
afectividad en la relación con el Señor y en el servicio a los demás. La oración y la atención
a la vida interior y relacional sirven para ser consciente del celibato como un camino
progresivo que va evolucionando en las diferentes etapas de la vida adulta. La opción por el
celibato del sacerdote diocesano está vinculada a la ordenación, pero es una decisión distinta
que requiere discernimiento y la voluntad de responder a una gracia coherente con sus
capacidades personales. Uno necesita configurar su vida con un sentido de equilibrio, con el
desarrollo de capacidades personales y con el apoyo de relaciones interpersonales. Una vida
interior, la capacidad de valorar sus momentos de soledad y la disciplina de conducir sus
deseos sexuales se combinan con la capacidad de entregarse al trabajo pastoral.
El celibato y el acompañamiento
El acompañamiento espiritual es un espacio para reflexionar sobre el celibato. La
apertura del acompañante ayuda al acompañado a hablar de su sexualidad y de cómo está
viviendo el celibato. Es importante no evitar ni reducir los temas sexuales al enfoque
moralista o trivializar la seriedad de los temas. Si hay comportamientos inapropiados con
otros es importante establecer límites; especialmente si existe la posibilidad de relaciones
abusivas, uno tiene que proteger a la víctima. Muchos seminaristas y sacerdotes tienden a
condenarse y ver sus comportamientos sexuales solamente con una óptica moralista, en vez
de intentar una comprensión más amplia. Ya sea por la masturbación, por la pornografía o
por el uso del chat en la Internet, muchos ya están atrapados en ciclos de culpa y vergüenza.
Además de tener el objetivo de ayudar a la persona a cambiar de conducta, uno quiere invitar
al acompañado a entrar en el proceso de lograr una mayor integración psicosexual. A veces
“un problema sexual” es la señal de dificultades afectivas más profundas. La consulta con un
profesional de salud mental y terapia puede ser necesaria para algunas personas.
Normalmente las mujeres participan en las parroquias más que los hombres. Desde
las primeras experiencias pastorales el seminarista está en un rol ministerial que exige
atención a los límites profesionales. Cuando hay información y talleres sobre la sexualidad y
los límites profesionales del ministerio, uno está invitado a explorar cómo está viviendo en
la práctica la opción por el celibato. El seminarista tiene que aprender a leer sus emociones
y ser consciente de su estilo de relacionarse con las mujeres. Un estilo apropiado evita el
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machismo, el autoritarismo y el temor a las mujeres. Sin posturas ambiguas uno intenta lograr
un trato de igualdad y respeto.
La mejor manera de adquirir dominio de sí mismo es nombrando y procesando con
otros los sentimientos, gustos y temores. Se necesita un radar interior para captar lo que está
pasando al interior de uno mismo y lo que sucede con la otra persona. En algunos casos los
célibes, especialmente los jóvenes, tienen dificultades por una ingenuidad de cómo
relacionarse con mujeres. No saben respetar los límites, mandan señales verbales y corporales
ambiguas y hasta juegan con las emociones de las jóvenes. De vez en cuando se encuentra
un donjuanismo clerical que es un estilo seductor que puede llevar a la persona a enredos
emocionales o a traspasar los límites. Una conciencia de sí mismo adquirida por la reflexión
personal y la conversación con el acompañante prepara al seminarista, o enseña al sacerdote,
a entablar relaciones castas y transparentes. Lo ideal es ir aprendiendo progresivamente cómo
relacionarse durante la formación. Especialmente en el año pastoral, el diaconado y los
primeros años del sacerdocio, es importante que haya la oportunidad y la confianza de hablar
de esas relaciones con acompañantes y sacerdotes maduros.
El enamoramiento es un tema sensible que aparece en el acompañamiento espiritual.
Muchas veces por la vergüenza, o por temor de perder el gozo de la experiencia, el
seminarista o sacerdote no habla a tiempo. El trabajo de la prevención pasa por el
autoconocimiento y el aprendizaje de límites. Cuando ya hay enamoramiento, es importante
ayudar al sujeto a manejar la experiencia e incluso a profundizar en lo que significa el
compromiso y la renuncia necesaria para ser célibe. Para algunas personas que no tuvieron
experiencias de enamoramiento previo, es una oportunidad de crecer y recuperar espacios
perdidos en el desarrollo psicosexual. La experiencia contenida por los límites de su
compromiso y llevada a la oración y al diálogo espiritual puede ser ocasión de una mayor
autoestima, de autoconocimiento y de un compromiso personalizado para seguir como célibe.
Pero el acompañante tiene que ser realista, y el sujeto debe hacer todo lo posible para ser fiel
a su promesa o voto de castidad. Con respeto y empatía, el acompañante puede preguntar
sobre el grado de intimidad, si hay expresión física, cuándo y dónde.
Si la relación es sana y dentro de los límites aceptables, la esperanza es que se aprenda
a manejar los sentimientos, a frenar los impulsos y a reconocer el don de la sexualidad que
uno escoge al vivir como célibe. En algunos casos, por ejemplo en la relación con una
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religiosa que también quiera vivir su compromiso, los límites observados, la oración y la
reflexión permiten que la relación se convierta en una amistad con límites bien puestos. A
veces es necesario ayudar al hombre a dejar la relación y acompañarlo en un proceso de duelo
por el amor perdido. Un seminarista o un sacerdote que se enamora con frecuencia debe
explorar cuáles son las dinámicas y necesidades de su vida. Si no encuentra la manera de
vivir sin una cadena de enamoramientos en cada sitio en que trabaja, es mejor que escoja el
estado laical.
El celibato y la orientación homosexual
El tema de la homosexualidad suscita una variedad de reacciones en la
Iglesia y en la sociedad. La homosexualidad, como toda la sexualidad, es una
dimensión humana sumamente compleja. Para tratar el tema es muy importante que se
entienda la enseñanza de la Iglesia y los aportes de las ciencias sociales. Desde las ciencias
de la salud mental la homosexualidad no es una patología, sino una orientación de un 4% a
6% de la población. La orientación en sí no es una enfermedad, pero la aceptación de la
orientación puede provocar estrés y angustia. Las dificultades estructurales de la personalidad
y los problemas en el desarrollo pueden ser obstáculos a la integración psicosexual tanto en
el heterosexual como en el homosexual. La homofobia y falta de entendimiento del tema
hacen difícil que algunos homosexuales logren alcanzar autoaceptación y adaptación social.
La orientación no es una cuestión de blanco y negro. Entonces, personas en quienes
predomina la orientación heterosexual pueden experimentar en menor grado, y en ciertas
situaciones, sentimientos de atracción al mismo sexo.
Parece que el porcentaje de homosexuales en el clero es más alto que en la población
en general (Domínguez, 2002). La entrega, el éxito pastoral y la fidelidad al celibato de
muchos sacerdotes homosexuales de todas las edades pasan desapercibidos; por otro lado, la
actividad homosexual de algunos seminaristas y sacerdotes causa gran consternación.
Además, el hecho de que la mayoría de las víctimas del abuso del clero hayan sido
adolescentes varones ha puesto bajo sospecha a todos los sacerdotes con tendencias
homosexuales. Es importante recordar que una persona homosexual con una integración
psicosexual sana no es más propensa a abusar de un menor que la persona heterosexual
psicosexualmente integrada. La cuestión de la ordenación de un hombre con una orientación
homosexual estará mejor enfocada en la capacidad de vivir la castidad y asumir el celibato
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con un compromiso integral. Los múltiples factores de la salud mental, la historia e
integración psicosexual, las capacidades interpersonales, la capacidad de una espiritualidad
y la entrega pastoral deben ser tomadas en cuenta. En el pasado, y en la actualidad, en muchos
seminarios y programas de formación, la cuestión de la homosexualidad es una razón de
expulsión. En vez de asegurar que no haya homosexuales en el clero, solamente se ha logrado
que haya silencio y represión frente al tema. Tal represión y falta de integración sexual han
sido factores en el complejo tema del abuso sexual en la Iglesia. Cuando la homosexualidad
es un tabú, la regla de “no se lo digas a nadie” aumenta la posibilidad de postergar el proceso
de integración sexual y, a veces, a largo plazo, tiene como resultado conductas no apropiadas.
El acompañamiento espiritual, combinado con un conocimiento intelectual y personal
de la sexualidad, permite que un seminarista hable de su historia y experiencia sexual. Hay
personas que son inseguras de su orientación dada una experiencia en su historia, la falta de
madurez psicosexual o la confusión de afectos en la amistad. Se constata que hay religiosos
y seminaristas que, con mucho temor, hablan de su perturbación ante la posibilidad de tener
tendencias homosexuales. Con una exploración adecuada afirman que su orientación
predominante es heterosexual. Incluso hay algunas personas que en el seminario viven con
una angustia frente al reconocimiento de sentimientos homosexuales, hasta que salen y
descubren que sus temores se evaporan cuando empiezan a relacionarse con el sexo opuesto.
Es importante recordar que mientras algunos homosexuales reconocen su orientación desde
una edad temprana, otros no logran nombrar sus sentimientos y atracción hasta la juventud o
más tarde. Algunos jóvenes se acercan al seminario o a la vida religiosa sin darse cuenta, o
por lo menos eliminando de su conciencia, sus sentimientos homosexuales. Con frecuencia
sus esquemas sobre la sexualidad formados por la familia, la cultura y la Iglesia no admiten
la posibilidad de sentimientos y fantasías homosexuales.
La falta de aceptación de algo tan integral a la persona como la sexualidad actúa con
violencia contra la persona. Con frecuencia experimentan vergüenza, culpa, ansiedad, baja
autoestima y autorrechazo. Para aislar y negar los sentimientos no aceptados pueden levantar
defensas psicológicas que impiden el crecimiento afectivo y la capacidad de relacionarse
sanamente. Sin un proceso de integración, la persona puede tener conductas sexuales
inapropiadas y compulsivas.
Psicológicamente es más sano aceptar la orientación, o reconocer que hay la presencia
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de deseos homosexuales, que seguir en la negación. El acompañamiento espiritual, y a veces
psicológico, invita a la persona a entrar en un proceso de aceptación e integración.
La aceptación de la orientación o, para algunas personas, la presencia de sentimientos
homosexuales tiene que ser integrada al compromiso del celibato. Una estructura psicológica
sana y una historia personal que facilita el desarrollo son señales de la posibilidad de integrar
la orientación homosexual en la vida del celibato. El homosexual tiene que aprender a
reconocer sus sentimientos y su forma de relacionarse con los hombres y las mujeres. En el
seminario o en una comunidad necesita estar atento a sus amistades y saber cómo poner
límites sanos. Una persona que no es capaz de contener sus impulsos sexuales o que no logra
establecer y mantener relaciones mutuas y apropiadas no debe seguir en la formación.
El celibato y la relación con el Señor
El proceso de la integración de la afectividad y la sexualidad en la vida de un célibe
está entrelazado con la vida de oración. Para vivir el celibato es necesario tener un tiempo de
oración diario y momentos de examinar cómo Dios se hace presente en la vida. En la
presencia del Señor uno abre el corazón, pide la gracia de crecer en el amor y comparte lo
que uno vive. Para un célibe, la relación con Dios tiene que llegar a ser la relación
fundamental que oriente la vida interior y las relaciones con los demás. La persona de Jesús
contemplada en las Escrituras llega a ser el modelo principal de la vida del célibe. Por medio
de la oración uno descubre que el Señor desea relacionarse con uno, de la misma manera en
la que se acercó a sus amigos. La mezquindad de los discípulos, el enmascaramiento de la
motivación de los fariseos, la necesidad de quienes lo seguían solo para ser curados, y el
perdón brindado a los pecadores sirven como espejos de la propia vida de uno. La llamada a
seguirlo como discípulo, su Reino como proyecto de vida, su compasión presente en cada
interacción, y su invitación a permanecer en él configuran la vida cristiana.
El acompañamiento espiritual facilita la relación con el Señor en el camino de la fe.
El acompañante anima a la persona por medio del diálogo a crecer en la vida cristiana. En
vez de dejar de lado la afectividad y la sexualidad, la espiritualidad incorpora toda la vida de
una persona. En el proceso de integrar la afectividad, uno pone en práctica el mandamiento
del amor. El seminarista o el sacerdote debe tener conciencia de cómo está presente el amor
de Dios en su propia vida, en sus relaciones, y cómo quiere construir un mundo coherente
con los valores del Reino. El amor de Dios permite que uno se acepte a sí mismo y sea
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compasivo con los demás. El seguimiento de Jesús invita a la persona a nombrar las
dinámicas, sentimientos y actitudes que lo acercan o lo alejan del Reino. El Misterio Pascual
llega a ser el proceso de morir al egoísmo para vivir más plenamente en el amor de Cristo.
Referencias
Domínguez, C. (2002). La homosexualidad en el sacerdocio y en la vida consagrada. Sal
Terrae, 129 – 140.
Ericsson, E. (1966). Infancia y sociedad. Buenos Aires: Horme.
Whitehead, J. D., & Whitehead, E. E. (2004). Shadows of the Heart: A Spirituality of the
Negative Emotions. Nueva York: Crossroads.
Kevin Flaherty Duffy, sacerdote jesuita, recibió su Doctorado en Teología con aplicación al
acompañamiento espiritual y psicoterapéutico de la Universidad St. Mary of the Lake, Chicago. Es
profesor en la Conferencia Religiosa del Perú (CONFER) y en la Universidad Jesuita Antonio Ruiz
de Montoya, Lima, Perú, donde dirige el programa de diplomado en consejería. La correspondencia
sobre este artículo puede ser dirigida a Kevin Flaherty Duffy, Apartado postal 05 0052, Lima (Breña),
Perú. Correo electrónico: [email protected]
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