Introducción a la Filosofía
Módulo 1
Lectura 1: ¿Qué es la Filosofía? El sentido de la filosofía y sus orígenes, las distintas
fases desde su nacimiento en el siglo VII a.C. en Grecia.
La pregunta Principales aportaciones de los primeros filósofos:
La filosofía nos acompaña en todas nuestras
experiencias vitales y su ejercicio tiene el potencial de transformar la manera en la que pensamos y afrontamos los
problemas. Detrás de cada visión de la realidad hay ideas, juicios y supuestos sobre la naturaleza humana, la moral,
el conocimiento, etc., muchas veces no reconocidos, que modelan y condicionan nuestras decisiones y nuestro obrar
cotidiano, y la filosofía se ocupa de brindarnos las herramientas para ponerlos en cuestión y aprender distintas
maneras de ver las cosas.
Un aspecto clave en el pensamiento filosófico: la búsqueda de las razones últimas de por qué las cosas son como
son. Esto equivale a un intento de fundamentación que se arraiga a través de la ejercitación del pensamiento crítico.
Cuando la filosofía nos invita a una reflexión profunda, nos está pidiendo que seamos capaces de cuestionar lo que
damos por hecho o lo que parece más obvio, perseverando en la senda de la interrogación.
La filosofía es una manera de pensar que nos hace capaces de cuestionar críticamente lo que nos rodea o lo que se
da por supuesto. Nos ayuda a comprender que hay más formas de enfocar la realidad y de entender los cursos de
acción, más allá de las consideraciones inmediatas.
El pensamiento crítico
Filosofía = amor a la sabiduría sabiduría ≠ acopio de conocimientos o información
Conocimiento e información son procesos iniciados desde afuera, se trata de la incorporación de elementos
externos, iguales para todos quienes los absorben, mientras que la sabiduría es el resultado de un proceso que
incluye el pensamiento, la memoria, las experiencias, las vivencias, y concluye en una comprensión del mundo y una
visión de éste propia e indelegable. Se puede tener mucha información general o específica o mucho conocimiento
de un tema en particular, sin que eso signifique que se tiene sabiduría
Filosofía → manera de reflexionar crítica
Que la filosofía sea un pensamiento crítico significa básicamente que posee un carácter problematizador, es decir,
que no se limita a lo dado, sino que implica el desarrollo de cierta capacidad para cuestionar lo existente. Atiende a
la existencia efectiva de las cosas, pero no reduce la reflexión a ellas. El pensamiento filosófico posee una destreza,
que actúa como un principio rector de su ejercicio, para cuestionar la realidad, para “abrirla” a otras
potencialidades.
La visión filosófica supone una actitud crítica asociada a la dinámica misma de la razón: hacer una pausa, un alto en
el camino para sobreponerse a la inmediatez y poder así vislumbrar el bosque en su conjunto y no solo los árboles.
Comprender el mundo en que vivimos
Una de las características más significativas de la filosofía es que goza de múltiples perspectivas. En la acción de
cuestionar la realidad, la filosofía, aunque trata con múltiples ideas, no es una ideología, ya que justamente nos
brinda las herramientas necesarias para no perder de vista su sentido crítico. La ideología actúa (Arendt), siguiendo
la lógica de la idea, pero al punto de sostenerse dogmáticamente frente a los hechos (si los hechos la contravienen,
son los hechos los equivocados). Son formas de pensamiento basadas en creencias rígidas. La filosofía, en cambio, es
un saber que busca cuestionar siempre sus propios fundamentos, y de ese modo, nos debe conducir a la práctica de
no asumir nada como inamovible e incuestionable. La filosofía es crítica de las ideologías. El saber filosófico puede
verse, de este modo, no como un saber sustantivo en el sentido de un saber de verdades inamovibles, sino como
uno que busca siempre nuevas formas de comprender la realidad.
Ramas de la Filosofía
Ética: encargada del análisis de la conducta moral Metafísica: encargada del análisis de la estructura de la realidad
Antropología filosófica: busca esclarecer la esencia de lo humano∙ Estética: encargada del análisis de las formas de belleza
Gnoseología: encargada del análisis del conocimiento Lógica: encargada del análisis del razonamiento
Vocación para transformar
Se destaca en la filosofía su apuesta por integrar saberes y analizar las diferencias que entre ellos existen, así como
de contemplar lo existente bajo una distancia de carácter teórico y práctico. Aprendemos filosofía, filosofando
(Kant), y esto equivale a mantener viva la pregunta como vocación para transformar, cambiar y mejorar los estados
del mundo y del ser humano. Por esto, es un saber humanístico, en el sentido incluso renacentista, porque aspira a
no reducirse a un saber genitivo, que depende solo de otros saberes, sino que se aventura en una suerte de pasión
por la totalidad: hombre soy, nada de lo humano me es ajeno (en expresión del ideal renacentista).
La filosofía involucra una metareflexión, es decir, se construye también gracias al pensar sobre lo pensado.
Lectura 2: La cuestión del arkhé Los problemas claves que inspiraron el surgimiento de
las primeras interrogaciones y posicionamientos
“Paso del mito al logos” filosóficos desentrañando el cambio que supuso el
La expresión “filosofía antigua” hace referencia al llamado “paso del mito al logos”. Consideramos aquí a
los “presocráticos” reagrupándolos en distintas
primer capítulo de la reflexión filosófica que surge
alrededor del siglo VII a.C. en Grecia y se extiende hasta el siglo VII d.C. Durante este período, tuvo lugar una gran
transformación intelectual debido a que empiezan a abandonarse las tradicionales explicaciones del mundo basadas
en argumentos de tipo religioso o mitológico para sustituirse por formas de pensamiento basadas en la razón
(Orosco Fabián).
Interpretar el mundo en clave mitológica implicaba considerarlo como una expresión de la voluntad de los dioses.
Las respuestas a las principales preguntas acerca de los fenómenos del universo o de grandes acontecimientos
sociales (guerras, enfermedades, desastres climáticos, etc.) remitían a explicaciones sustentadas en mitos.
Es ese “paso del mito al logos” el que comienza a consolidarse con los filósofos presocráticos al intentar edificar una
reflexión racional del cosmos. Lo que se conoce de estos filósofos es a través de fuentes indirectas (Aristóteles,
Diógenes Laercio, Teofrasto, etc.). De lo que no cabe duda es que su reflexión cosmológica, que busca el logos, la
estructura racional de la naturaleza, inaugura un periodo del pensamiento humano en pugna con la construcción
mitológica como esquema explicativo de la realidad.
La cosmología (del griego kósmos, “universo”, y lógos, “discurso”) se convierte en el principal motor de la reflexión
presocrática. Pero la pregunta acerca de cómo está constituido el universo se extiende entonces más allá de lo que
meramente observamos: para los griegos, el universo sustenta un “orden” que tiene su origen en un caos inicial. Esta
mirada en un todo armónico que se afirma contra una materia primigenia caótica también responde a dos vías
teóricas centrales del pensamiento griego que son la ética y la estética: la verdad, el bien y la belleza son conceptos
fuertemente enlazados.
Una de las características más destacadas de este tránsito al estudio del universo y sus leyes es que guiará a la
filosofía a un nuevo paradigma del pensamiento: En los presocráticos se inicia un pensar demostrativo, que no se
limita ya a escuchar relatos, sino que con su propia observación y reflexión crítica trata de captar algo y al mismo
tiempo de razonarlo. Al surgir así con los presocráticos el pensar conceptual, nacía al mismo tiempo la filosofía de
Occidente (Hirschberger).
Los problemas fundamentales
Interesados fundamentalmente en buscar explicaciones naturales a los procesos de la naturaleza, el gran mérito de
los filósofos presocráticos fue centrarse en esclarecer la cuestión del arkhé (en griego, término que se puede traducir
por “principio”, pero también por “origen primordial”), es decir, el principio o la materia primaria de la que todo lo
demás está hecho. Es importante destacar que ese origen de la naturaleza es lo que la sustenta como razón
organizadora de todo lo existente.
En el fenómeno o apariencia exterior cada cosa era algo propio, individual, pero luego, en la esencia, las cosas
resultaban iguales entre sí; la esencia era común. Ahora bien, esto común o general aparecía ahora como lo más
importante, y por consiguiente como algo aún más esencial en comparación con lo sólo individual. Todavía surgía,
como por sí misma, una tercera distinción: la esencia interior, la misma en todas partes, es también lo permanente,
lo consistente, seguro, computable, desconocible, comparado con lo transitorio, casual, inseguro, envuelto en
sombras, que no puede ser objeto del saber, sino a lo sumo de una representación, de una creencia u opinión
En los presocráticos suelen reconocerse dos grandes escuelas (tradiciones de pensamiento) que reciben el nombre
de fisicalista y lógico-racionalista. La fisicalista, interesada por la búsqueda del principio (arkhé) del universo en un
principio material, constituye la vertiente más naturalista, es decir, más próxima al estudio de la physis o naturaleza.
Podríamos decir que una de las cuestiones clave aquí es saber qué componentes físicos constituyen el cosmos.
Comencemos por los tres filósofos de la llamada Escuela de Mileto:
Tales de Mileto: consideró que el agua era el principio u origen de todas las cosas.
Anaxímenes: supuso que era el aire el principio que explicada el universo.
Anaximandro: el arkhé es “lo indefinido” o ápeiron. Se trata de algo imperecedero e indestructible que
engendra todas las cosas.
Ellos son monistas ya que justamente postulan un único principio constitutivo de todo lo existente.
Hay otros tres filósofos que se inscriben en esta tradición fisicalista, aunque se identifican como pluralistas dado que
suponen una pluralidad de principios explicativos del universo (la visión que tenían de la realidad era variada y
múltiple):
Empédocles: no hay solo un elemento son cuatro: aire, tierra, fuego y agua. Estos se combinan mediante
relaciones de amor u odio o fuerzas de atracción y repulsión, y son el origen de lo existente.
Anaxágoras: apeló a unos componentes minúsculos que denominó “gérmenes” o “semillas” que se
combinaban siguiendo las leyes de una inteligencia ordenadora (nous) de carácter natural y físico.
Demócrito: todo está constituido por unas unidades pequeñas e invisibles que las denominó “átomos”, que
significa “indivisible”.
La tradición que se define como lógico-racionalista, recibe esta denominación porque su preocupación central gira
en torno a la identificación de las leyes que regulan el universo.
Heráclito (540-480 a.C.) es uno de sus principales exponentes. A él se le atribuye una concepción dinámica de la
realidad, signada por el cambio permanente: todo fluye al modo de la corriente en el río, razón por la que nunca
“descendemos dos veces en el mismo río”.
Heráclito mantuvo además un firme compromiso con la idea de que el mundo está caracterizado por un juego de
fuerzas opuestas o contrarias que mantienen entre sí una relación de unidad. Esa tensión entre los contrastes (por
ejemplo, invierno-verano, guerra-paz, etc.) es indispensable para reconocer la existencia de las cosas.
Para Parménides (530-515 a.C.), la reflexión debe instalarse fundamentalmente en una dimensión ontológica, es
decir, en el plano del ser. Para él, lo que es no puede admitir un verdadero cambio, ya que cambiar es dejar de ser:
no hay nada que se pueda transformar en algo distinto a lo que es enteramente. De este modo, no hay como en
Heráclito un acento puesto en el devenir de las cosas. Son solo nuestros sentidos los que nos proporcionan la imagen
del devenir, pero esta imagen nos crea una ilusión errónea del mundo. En el discurso parmenídeo, el ser es estático,
inmutable, incorruptible (no tiene partes) y perfecto.
Pitágoras (570-469 a. C), discípulo de Tales. Las ideas de Pitágoras se combinan con muchos elementos religiosos
presentes en orfismo tales como el dualismo (mente-cuerpo) y la doctrina de la salvación del alma. Pitágoras
consideraba que la forma o el número era el rasgo más fundamental de la naturaleza. Él también señaló la
importancia de la idea de armonía cósmica o universal. La armonía era precisamente identificada con el alma, y
ambas poseían un papel indispensable para conservar la unidad del Todo.
Lectura 3: La sabia ignorancia El pensamiento socrático y sofístico,
considerando cómo la reflexión
El giro antropológico filosófica asume una mirada
Dentro de la filosofía antigua ubicamos el pensamiento socrático y sofista. antropológica producto del interés
en las experiencias y situaciones
Contextualización histórica: siglo V a. C que acompañaron el surgimiento de
En esta época irrumpe el movimiento de los sofistas. Gracias a ellos comenzó un nuevo régimen democrático en
a gestarse una nueva orientación que consistió en tomar como punto de Atenas, y deteniéndonos en las
partida al hombre y colocarlo en el centro de la discusión, apartándose así de
lo que había predominado hasta entonces ligado al estudio del cosmos o a la búsqueda de primeros principios. Se
trata de una nueva forma de pensar atenta a las experiencias y situaciones que acompañan el surgimiento de un
nuevo régimen democrático en Atenas y por ello, más interesada en aquellos temas que contribuyen a entender la
participación de los ciudadanos en la vida pública: la educación, las leyes y la política.
Hay una crisis profunda que atraviesa ahora el mundo griego que lleva consigo el germen de un nuevo ideal de
hombre, construido sobre la base de identificar la transformación de varias estructuras de la sociedad: un continuo
debilitamiento de la antigua aristocracia, un crecimiento veloz del comercio y una consideración diferente de la
ciudadanía. Se trata de acontecimientos de gran calado para la comunidad y para el pueblo. Por tanto, no es la
naturaleza ni el cosmos lo que se presenta en este momento como inquietudes gigantescas; es la acción humana la
que demanda un lugar preeminente en la reflexión. Con los sofistas, la filosofía experimenta así un giro
antropológico: la reflexión se vuelve desde la consideración de la naturaleza hacia la del ser humano.
Los profesionales de la palabra
Los sofistas son los primeros en utilizar técnicas pedagógicas en sus clases. Iban de ciudad en ciudad impartiendo sus
enseñanzas en diversas materias: cálculo, geometría, astronomía, música, gramática y retórica. Ellos están muy
ligados a los procesos de democratización de la polis.
Los sofistas se fueron especializando fundamentalmente en gramática, retórica, derecho y política.
Dado su carácter viajero y al enfrentarse a diversas costumbres, leyes (nomos) y cosmovisiones,
desarrollaron ideas relativistas.
La retórica fue su principal instrumento de persuasión. Protágoras, Gorgias y Trasímaco fueron algunos de
los más consumados oradores de este período.
Dada su habilidad para combatir a través del lenguaje con miras a hacer imperar sus propios puntos de
vista y refutar las opiniones de sus adversarios, reciben el nombre de erísticos. Esta expresión proviene de
erística (del griego eristiké téchne, “técnica del discutir”).
Hacer prevalecer la tesis propia precede en importancia a la veracidad o falsedad de los argumentos
empleados para ello.
El discurso comienza a poseer un sello propio, una estructura específica.
A cambio de transmitir su sabiduría, exigían que se les pagase, y esto no era bien visto, por lo que fue
objeto de fuertes críticas.
En el centro de todas estas características hay una convicción acerca del tipo de conocimiento que es conveniente
poseer. Los sofistas subrayan la importancia de cuestionar las certezas tradicionales.
A Protágoras de Abdera (481-411 a. C.) se le atribuye la doctrina relativista: la verdad ha de valorarse conforme a la
medida del ser humano, “el hombre es medida de todas las cosas”. El relativismo de Protágoras es expresión de la
exigencia cívica de deconstrucción de las creencias tradicionales que sustentaban el orden social antiguo, y está, por
lo mismo, en consonancia con los nuevos ideales democráticos.
Atravesar con preguntas
Sócrates de Atenas (469-399 a. C.) se preocupó por la recomposición del lenguaje moral (MacIntyre). La vida de la
polis y la propia vida interior del sujeto (que puede contemplarse como una introyección de los espacios públicos
internos exigen indagación sobre los términos morales, sustraerlos al dominio del relativismo.
En Sócrates el saber es fundamentalmente saber ético, un saber vinculado al autoconocimiento y a la
responsabilidad por el mundo en el que se vive. Con Sócrates se descubre la verdad fundamental de la moralidad
humana y su identificación de la felicidad con el ejercicio de la virtud al sostenerse firmemente en su sentencia: “es
mayor mal cometer una injusticia que padecerla”. La coherencia se convierte así en criterio y fuente de conducta.
Ahora bien, puesto que no hay expertos en virtud (no hay quién pueda determinar con total acierto el sentido de los
términos morales), la apuesta socrática es ayudar a que cada persona pueda, desde sus propias competencias y
conocimientos, alumbrar la verdad. A este arte le llama mayéutica. Una de las principales enseñanzas que nos
trasmite con la mayéutica es la importancia de mantener una actitud abierta a los puntos de vista de los demás y de
confiar en la capacidad de las personas para hacer aflorar, a través del razonamiento, reflexiones serias y
argumentadas:
Para Sócrates, la actitud fundamental que acompaña a la mayéutica es antidogmática: se construye reconociendo la
limitación del conocimiento humano. Y ese reconocimiento empieza por uno mismo. Su “solo sé que no sé nada” es
el punto clave en donde se condensa la esencia de este método. Las preguntas socráticas son guardianas del diálogo,
no de las imposiciones totalitarias que son la máxima constatación de un “solo sé que lo sé todo”:
La dialéctica sirve para deshacerse del saber establecido y descubrir por uno mismo, y hasta en uno mismo, la
verdad. El método socrático no enseña la verdad ni conduce a un conjunto de saberes específicos como final de su
trayectoria. El horizonte de la dialéctica es aporético, no dogmático: siembra la duda, no doctrinas.
Comenzar a pensar por nosotros mismos en compañía
Todo conocer comienza para Sócrates por un acto de ironía: llevar los términos del adversario dialógico a extremos
contradictorios o grotescos para poner en evidencia de este modo lo problemático del concepto. Esta actitud de
ironía permite así paralizar la secuencia discursiva para adentrarse en la problematización y reconstrucción del
sentido de los términos.
Dominio de sí: la capacidad del alma de gobernar las propias pulsiones. Cuando el individuo no se domina a sí mismo
padece akráteia, incapacidad de ser dueño de sí mismo.
Libertad interior: Consiste en aprender a pensar por uno mismo y en prepararse para vivir de tal forma que uno no
se pierda en la vacuidad de los placeres y los bienes materiales. Esta preparación se identifica con el
perfeccionamiento moral de la propia alma.
Felicidad
Lectura 4: No se debe honrar más a un hombre que a la verdad Dos hitos clave en la historia de la filosofía: el
La época clásica pensamiento platónico y el aristótelico,
La época clásica asiste al nacimiento de dos grandes sistemas de considerando los principales aspectos de sus
pensamiento: el de Platón y el de Aristóteles. Éstos eran doctrinas en distintas áreas del saber, y
diferentes entre sí: mientras para Platón la realidad son las ideas mostrando cómo sus reflexiones acerca de la
trascendentes, para Aristóteles la realidad es la sustancia de naturaleza individual, compuesta de materia y forma.
La evolución del pensamiento platónico
Las obras de Platón suelen agruparse en cuatro grandes períodos:
Periodo socrático: la influencia en los escritos de Platón de su maestro, y, por tanto, de la mayéutica y la ironía
socrática. Los escritos de esta etapa se conocen bajo el nombre de “diálogos socráticos” o “diálogos menores”. Las
obras más destacables son: Apología de Sócrates, Protágoras, y La República.
Período de transición: Las obras que se agrupan aquí tienen lugar durante y después del primer viaje de Platón a
Sicilia y su encuentro con el pitagorismo itálico. Comienzan aquí a delinearse los temas centrales de sus obras de
madurez (como la teoría de las ideas y la de la inmortalidad del alma). Se destacan las siguientes: Gorgias, y Menón
Diálogos de madurez: Se agrupan aquí cuatro diálogos que se convierten en la puerta grande del pensamiento
platónico. En estas obras, aparecen reunidas sus más célebres alegorías y mitos: Banquete, Fedón Libros II-X de La
República y Fedro.
Obras de vejez: En esta producción sobresale un Platón atento a la revisión y a la autocrítica con respecto a sus
propias ideas. Emergen así algunas dudas con relación a la teoría de las ideas y quizá, en virtud de esto, su
pensamiento se presenta más encriptado y complejo: Teeteto, Parménides, y El Timeo.
La teoría de las ideas
Platón intenta armonizar la visión de Heráclito con la de Parménides estableciendo un dualismo entre un mundo
sensible, sometido al cambio constante, y un mundo inteligible, eterno y perfecto. Los objetos que componen ese
mundo sensible son, para Platón, copias imperfectas de las Ideas que conforman el mundo inteligible.
¿Hay una doble realidad de la que solo percibimos “una cara”? Mito de la caverna
Igual que los ojos del cuerpo captan las formas de los objetos, los ojos del alma (el proceso intelectivo) captan para
Platón las formas inteligibles, más depuradas, abstractas y desligadas de la realidad sensible de los sentidos. Cuando
el alma se dirige a lo sensible (las sombras proyectadas en la pared de la caverna), se mueve en el terreno de la
opinión (doxa); cuando, en cambio, se dirige hacia un mundo que solo se capta por la inteligencia (el mundo
inteligible, los entes reales), accede a la verdad, porque este mundo es el de las entidades perfectas e incorruptibles,
que son las ideas (episteme). al mundo sensible se lo conoce mediante la opinión (doxa), mientras que al inteligible
se lo conoce mediante el conocimiento (episteme). Por otra parte, por encima de la diversidad de formas
individuales hay una única Forma que es la más suprema y perfecta de todas que es la idea del Bien o de la Belleza.
Nuestros sentidos entonces nos imponen la existencia de un mundo material que simula lo real. En ese mundo, los
objetos de nuestra experiencia sensible son copias imperfectas de las Ideas, arquetipos inmutables y únicos.
El día a día de la filosofía: Hoy el mito de la caverna lo podemos ver reflejado en los medios de comunicación
Para aprender necesitamos recordar
Para comprender cómo el alma puede, por su propia naturaleza, acceder al mundo de las Ideas, Platón considera en
diversas obras que el alma es inmortal y, por lo mismo, antes de caer encerrada en el cuerpo, ha estado en contacto
con el mundo de las Ideas. Por eso, cuando, a propósito del mundo sensible, se disparan estos grados de
conocimiento, el alma va recordando las Ideas que había contemplado antes de caer encerrada en el cuerpo. De tal
modo: aprender es recordar. Esta concepción, conocida como “teoría de la reminiscencia” o anamnesis.
Aristóteles: la facultad de abstraer
Aristóteles se mantiene muy crítico con respecto a la teoría de las ideas platónicas. No asume la necesidad de formas
separadas (Ideas) para explicar el proceso de conocimiento y tampoco considera que tal mundo separado pueda
tener subsistencia al margen de la materia sensible que lo soporta. Por esto, su ontología (teoría de la realidad) gira
en torno a la teoría del hilemorfismo. Todo lo existente está compuesto de una materia (hylé, en griego) y una forma
(morfé, en griego).
El alma es más bien una tabla rasa en la que no hay nada escrito. Mediante los sentidos se le imprimen imágenes de
fuera. Éstos tienen la función de transmitirnos las formas de los seres que laten en los objetos individuales concretos
constituyendo sus formas estructurales. Las percepciones sensibles se distinguen en cada caso individualmente, pero
de ellas se puede extraer una imagen universal, si se dejan de lado las diferencias individuales secundarias, algo así
como la forma de un sello es siempre la misma, si bien, por razón de la materia en que se imprime el sello, la
impresión es distinta cada vez. Esta extracción de la forma universal es lo que Aristóteles llama abstracción
Se conoce así mediante un proceso de abstracción por el que se categoriza en especies y géneros los rasgos que
definen la sustancia.
Todos los seres, incluido el ser humano, son compuestos de materia y forma. La forma establece elementos
universalizables de los seres, pues el conocimiento necesario de las ciencias ha de buscar las formas. Pero la materia
es el principio que individualiza la sustancia, de modo que no hay posibilidad de una realidad en la que la forma esté
separada, más que en el proceso intelectivo, de la materia.
La ontología hilemórfica es pareja a una concepción inmanentista del conocimiento: no se precisa postular un
mundo separado para comprender el proceso de conocimiento. El proceso de conocer parte del individuo singular,
operando mediante procesos de abstracción parejos a las definiciones, usando todo un entramado conceptual de categorías,
que van obteniendo los elementos de necesidad en la identificación del objeto conocido, delimitando así lo accidental de lo
esencial.
El orden justo: Platón y Aristóteles
En lo político, la perspectiva de ambos autores se traduce en diferentes conceptos del orden justo: ambos son críticos con la
democracia, bien porque tiende a degradarse en tiranía, al desordenarse los deseos humanos (Platón), o porque se escora hacia
la demagogia, atentando contra el buen ordenamiento de la república (Aristóteles). Sin embargo, mientras Platón busca un
orden ideal que pueda implantarse en las diferentes realidades, Aristóteles no duda en considerar que cada tipo de sociedad
tendrá formas de gobierno que le son más propicias.
Aun contando con estas diferencias, es importante conocer que en Platón la construcción política está íntimamente conectada
con su teoría del alma. El alma se compone, en Platón, de tres dimensiones (tres tipos de alma): el alma apetitiva, el alma
volitiva, y el alma racional. Todos los seres humanos tienen estos tipos de alma, pero en algunos predomina más uno que otro.
Por esto, Platón recomienda observar a los niños desde pequeños e ir orientándolos en las virtudes relativas a ellas. La virtud de
la justicia emerge cuando en una sociedad se ha fomentado para cada grupo de personas, definido en función del predominio de
uno de estos tres tipos de alma, la virtud (excelencia de la acción) que les es propia. En el modelo social propuesto por Platón,
“los niños y niñas” han de ser orientados en función del tipo de alma que en ellos predomina, de tal modo que:
Aquellos en los que predomine la parte apetitiva del alma se han de orientar hacia el grupo de los productores, pues la
pasión por la posesión es fuente de riqueza. Pero esta pasión, si se hace codiciosa, atenta contra el propio sujeto,
desajustándolo, y en su proyección social contra el orden social mismo. Cuando en una sociedad predominan los
productores, puede haber todo tipo de conflictos que pueden derivar en oligarquías de poder, guerras civiles, etcétera. Por
esto, Platón considera que hay que educar a los productores en la virtud de la templanza, para moderar los deseos.
Los que tengan una mayor propensión hacia el alma volitiva, podrán ser buenos guardianes. Sin embargo, también ha de
considerarse que la tendencia irascible termina por generar la desmesura en la solución de los problemas, como sucede, nos
dice Platón, cuando los militares ocupan el poder. Por esto hay que educar la virtud de la fortaleza, que permite reprimir la
ira.
Cuando se observe que los niños tienen mayor propensión hacia el alma racional, habrá que potenciarles la pasión por el
conocer y llevarlos a indagar en las últimas verdades. Y, para que no se sientan tentados a ocuparse solo del saber por el
saber mismo, sino que, pese a que no les reporte bien alguno, quieran ocuparse en la política (arte de construir polis,
ciudad), ha de cultivarse en ellos la virtud de la sabiduría.
¿Cómo puede el alma ordenarse bien? Platón considera en esta dirección una alegoría. Se trata de la alegoría del carro alado.
Compara las tres partes del alma con los diversos componentes de un carro mitológico: el auriga, un corcel blanco y otro negro.
El auriga representa la razón, el corcel negro, el alma apetitiva o concupiscible, y el blanco, el alma volitiva o irascible. El arte de
conducir bien el carro exige que el auriga sepa conducir ambos corceles, es decir, supone que la razón sepa orientar a las
restantes almas (concupiscible e irascible).
El hombre como animal político
En Aristóteles el alma opera en conjunción al cuerpo; asimismo, existen tres tipos de alma: la vegetativa (plantas), la sensitiva
(animales) y la racional (ser humano), de tal modo que la diferencia específica del ser humano es la racional. Por este motivo, el
ejercicio de la razón será su excelencia, su virtud más propia, y no tanto el ejercicio de las funciones sensitivas o vegetativas.
Cada saber tiene su propio bien. Existen tres tipos de saberes: el productivo (técnico, cuyo bien es el objeto útil), el
contemplativo (cuyo bien es el conocimiento teorético) y el práctico, cuyo bien es la buena disposición del carácter (ética) o de la
polis (política). A diferencia de las posiciones más intelectualistas, Aristóteles señala que las virtudes propias de conocimiento no
son las mismas que las de la ética. Mientras las primeras son la excelencia en el ejercicio de la razón teórica (virtudes
dianoéticas), las virtudes éticas lo serán del ejercicio de la razón práctica. Esta razón es la prudencia, una suerte de arte de
calcular el término medio entre dos extremos. Este término medio, relativo a cada persona y situación, es la virtud. Ahora bien,
la virtud no puede ser ocasional, sino que tiene que ser ejercitada e incrustarse en los hábitos de las personas. Por eso, la ética
ha de contar con las pasiones humanas, pues la buena organización del carácter, la enkrateia (el autogobierno o autodominio),
supone ejercitar el arte de la prudencia.
La prudencia es la madre de las virtudes, y ejercitarla es en sí una virtud. Del ejercicio prudencial mediante el cálculo del término
medio oportuno según la situación, persona, lugar, etcétera, nace la acción virtuosa. El bien humano, al que todos apetecemos,
se obtiene mediante el ejercicio de la vida virtuosa. Este bien es la felicidad: eudaimonía (buen destino (tino), en griego). La
felicidad se persigue por sí misma, no es un bien para otro bien posterior, como sucede con las riquezas, por ejemplo; pero, a su
vez, no es tampoco la satisfacción a una virtud puntual: es el ejercicio de la razón humana en sus dimensiones, entre ellas, la
dimensión ética.
En su obra Política, Aristóteles realizará un análisis de las formas de gobierno y sus deformaciones. El bien común está
relacionado con el predominio de un buen ordenamiento social (eutaxia), en la medida en que predomina el interés de la clase
media (entre los muy ricos y los muy pobres). Si se favorece a uno de los extremos, se altera el orden y se producen
revoluciones.
Las desviaciones de los regímenes mencionados son: la tiranía de la monarquía, la oligarquía de la aristocracia y la democracia
de la república. La tiranía es una monarquía que atiende al interés del monarca, la oligarquía al interés de los ricos y la
democracia al interés de le pobres; pero ninguno de ellos atiende al provecho de la comunidad.
Cada forma de gobierno, en tanto atiende al bien común (el bien que reside en aquellos bienes que benefician a toda la comunidad, lo que
supone no escorarse ni hacia los ricos ni hacia los pobres), es legítima: así sucede con la monarquía (gobierno de uno solo), la aristocracia
(gobierno de unos pocos, los mejores) y la república (gobierno de mayorías conforme a principios de mérito).