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1

BENITO PÉREZ GALDÓS

EPISODIOS
NACIONALES

TERCERA SERIE
(1898-1900)

ZUMALACÁRREGUI..................................................................3
MENDIZÁBAL.........................................................................102
DE OÑATE A LA GRANJA......................................................219
LUCHANA................................................................................331
LA CAMPAÑA DEL MAESTRAZGO.....................................459
LA ESTAFETA ROMÁNTICA.................................................560
VERGARA................................................................................649
MONTES DE OCA....................................................................756
LOS AYACUCHOS...................................................................841
BODAS REALES......................................................................942
ÍNDICE GENERAL.................................................................1040
ZUMALACÁRREGUI 3

ZUMALACÁRREGUI

Ufano de los triunfos de Salvatierra y Alegría, en tierra alavesa, Zumalacárregui invadió la


Ribera de Navarra, donde el Ebro se bebe tres ríos: Ega, Arga y Aragón. Bien podría denominarse
aquel movimiento procesión militar, porque el afortunado guerrero del absolutismo llevaba consigo
el santo, para que los pueblos lo fueran besando unos tras otros, al paso, con religiosa y bélica fe,
acto que se efectuaba con suma presteza, aquí te tomo, aquí te dejo, conforme a la táctica de un
ejército formado, instruido y aleccionado diariamente en la movilización prodigiosa, en las marchas
inverosímiles, cual si lo compusieran no ya soldados monteses y fieros, sino leopardos con alas.
Que éstos llevaban en volandas a la tortuga, no hay para qué decirlo. Mostraban el ídolo a los
pueblos, y el entusiasmo en que éstos ardían era un excelente botín de moral política que robustecía
la moral militar.
Y mientras realizaba este acto de hábil santonismo, Zumalacárregui no cesaba de combatir, en
la boca el ruego, en la mano el mazo. Maestro sin igual en el gobierno de tropas y en el arte de
construir, con hombres, formidables mecanismos de guerra, daba cada día a su gente faena militar
para conservarla vigorosa y flexible. De continuo la fogueaba, ya seguro de la victoria, ya previendo
la retirada ante un enemigo superior. ¿Qué le importaba esto, si su campaña a más del objeto
inmediato de obtener ventajas aquí y allí, tenía otro más grande y artístico, si así puede decirse, el
de educar a sus fieros soldados y hacerles duros, tenaces, absolutamente confiados en su poder y en
la soberana inteligencia del jefe? Atacaba las guarniciones de villas y lugares, tomando lo que
podía, dejando lo que le exigía excesivo empleo de energía y tiempo; procuraba ganar las pocas
voluntades que no eran suyas, poniendo en ejecución medios militares o políticos, así los más
crueles como los más habilidosos, y lo que se obstinaba en no ser suyo, quiero decir, del Rey, vidas
o haciendas, lo destruía con fría severidad, poniendo en su conciencia los deberes militares sobre
todo sentimiento de humanidad. Movido de la idea, guiado por su prodigiosa inteligencia y
conocimientos del arte guerrero, iba trazando, con garra de león, sobre aquel suelo ardiente, un
carácter histórico... ¡Zumalacárregui, página bella y triste! España la hace suya, así por su
hermosura como por su tristeza.

Ribera de Navarra, Noviembre de 1834.

Gustoso de referir las cosas pequeñas antes que las grandes, anticipo este incidente que la
Historia apenas cree digno de una breve mención: «Habiendo llegado a manos de Zumalacárregui
un parte oficial en que el alcalde de Miranda de Arga avisaba al comandante de Tafalla la reciente
entrada de los facciosos, con expresión de su fuerza y otras particularidades, mandó que le cogieran
(al alcalde) y por primera providencia le pasaran por las armas.» Tales justicias, que dentro del
convencionalismo de la religión militar así se nombran, disponíanse con sencillez suma, y con fría
puntualidad y presteza se ejecutaban, como diligencia usual en los órdenes vulgares de la vida.
Cortar bárbaramente la del que se conceptúa traidor, y que por la parte contraria resulta dechado de
lealtad, quizás de heroica entereza, era en aquellos ejércitos acto tan sencillo como los ordinarios de
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carnicería ambulante: la matanza de ovejas, carneros o bueyes para alimentarse.


Metieron, pues, al desgraciado Ulibarri en la sacristía de una ermita que está como a mitad del
camino entre Miranda y Falces, y le dijeron: «Estese ahí un rato, D. Adrián. Le traeremos un cura
del Cuartel Real, porque los nuestros van ya camino de Peralta». Dijéronle esto con naturalidad y
hasta con cortesía campechana, añadiendo: «Aquí dejamos un jarro de vino por si tiene sed, y un
atado de cigarrillos». Cerraron, y allí se quedó el pobre, rodeado de frías tinieblas, abrazado a sí
mismo. Su grande espíritu se envolvía en la resignación, y agasajándose dentro de ella, anticipaba el
tránsito doloroso. Lo que había de ser, que fuera pronto. Si él pudiera morirse por la fuerza
concentrada de la voluntad, de buena gana lo haría, evitando a los enemigos el trabajo penoso de
acribillar a balazos su corpachón robusto. Era muy grande, y duro de matar. Aunque no quería
pensar en nada referente al cuerpo, pensaba sin poder remediarlo. El espíritu se echaba fuera de
aquel envoltijo de la resignación, y al instante encontraba razones contra la sentencia que pronto le
había de lanzar de este mundo. Malo, muy malo es este mundo; pero de tanto vivir en él nos
connaturalizamos con sus miserias y con todo el fárrago de desdichas que nos abruman. Si él fuera
un hombre enfermo, muy bien le vendría el sistema de curación definitiva que se le estaba
preparando; pero, ¡por vida de las casualidades!, era robusto, de salud a prueba de bomba, macizo y
vigoroso, fabricado para burlar a la muerte hasta los noventa, y a la sazón andaba en los sesenta y
dos.
En fin, pues Dios así lo había dispuesto (y Ulibarri creía firmemente que lo que le pasaba era
por disposición divina), se abrazaba otra vez estrechamente a su resignación, buscando en lo íntimo
de aquel abrigo la idea de un morir noble y cristiano. La sublimidad no es fácil comúnmente; pero
hombres del temple de Ulibarri saben realizar estos supremos imposibles.
Olvidado del tiempo, la víctima no se hacía cargo de que la habían encerrado a las cuatro de la
madrugada: por momentos interrumpían su abstracción los ruidos externos, el pasar de carros, el
vociferar de soldados y carreteros. Hasta creyó reconocer voces amigas en aquel tumulto, entre
otras, la voz de Iturralde, con quien había comido un cordero y probado el vino de la penúltima
cosecha tres meses antes, en su finca de Berbinzana. Mandaba el tal la retaguardia en aquel aciago
día, y a todo trance quería salir de Falces al romper de la aurora. Daba sus órdenes
destempladamente, como hombre de genio muy vivo, que a todos quería comunicar su viveza;
valiente, incansable, buena persona, excelente amigo en la paz, en la guerra indómito y sin entrañas.
Considerando esto, a D. Adrián no le pasó por el pensamiento que el bueno de Iturralde podía
concederle la vida. Conocía cómo las gastaba Zumalacárregui y con qué inflexible severidad, razón
indudable de sus éxitos, hacía cumplir sus determinaciones. A D. Tomás no le trataba; pero en
Pamplona y en casa de la familia de unos parientes de su mujer (la de Ulibarri) había conocido a
Doña Pancracia Ollo, (la esposa del General), y a las niñas, que eran, por cierto, paliduchas y de
pocas carnes. Las vela en las tinieblas de aquel fúnebre encierro, a la luz de su mente, cual si
delante las tuviera.
Entró al fin en la estancia, por un alto ventanillo guarnecido de telarañas, la luz matinal, y con
las primeras claridades entró por la puerta un hombre. Mejor será decir que le introdujeron como a
la fuerza, cerrando después. Ulibarri había podido hacerse cargo de la estrechez de la prisión,
ocupada en su mitad por trastos viejos de iglesia, restos de bancos, túmulos y retablos en ruinas,
todo hecho pedazos y cubierto de polvo y telarañas. En el montón más bajo se había sentado el reo,
bebiendo un trago de vino momentos antes de que penetrara el hombre cuya presencia se determinó
por una escueta y larga proyección negra y un sonidillo de espuelas. Era indudablemente un clérigo,
de alta estatura, que vestía balandrán abierto y había venido a caballo. «Quizás en mula ―pensó
Ulibarri―; en mula, que es más propio».
Frente a frente el uno del otro, el reo intentó decir la primera palabra; pero, no acertando a
formularla, aguardó silencioso, seguro de que el sacerdote, a quien correspondía decirla, se
despacharía muy a gusto de entrambos. Aumentada gradualmente la claridad, se fue dibujando la
figura de Don Adrián Ulibarri, alto, casi giganteo, de proporcionada grosura, cabellos blancos, de
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rostro grave y ceñudo, totalmente afeitado, tipo de rústico noble. Y como transcurrían lúgubres los
segundos sin que el clérigo se arrancara con la fórmula religiosa del caso, el reo se impacientó, y la
curiosidad y desasosiego le picaban extraordinariamente. Miró al otro; el otro no le miraba, y
cruzadas las manos inclinaba al suelo su rostro, más que pálido, amarillo como cera de réquiem.
Entablose un diálogo de suspiros, pues al hondísimo que exhaló el alcalde contestó el clérigo con
otro que más bien parecía el mugido de un buey en la antesala del matadero; y así, con este patético
lenguaje, departieron un rato, hasta que Ulibarri, no pudiendo aguantar que prolongara su agonía el
que aliviársela debiera, fue vencido e su genio impetuoso y lanzó el terno habitual en sus labios,
seguido de palabras de calurosa impaciencia.
Irguió por fin el clérigo su cuerpo encorvado, y llevándose las manos a la cabeza, soltó con
voz opaca, enronquecida por emoción muy viva, estas singulares expresiones:
―Sr. D. Adrián, me han traído para auxiliar a usted, y yo no puedo... ¿Para qué me han traído,
si no puedo ni debo...? Bien sabe Dios que quisiera morirme en este instante, que debiera morirme
en su presencia... Lo diré claro y pronto: soy José Fago».
Oyó este nombre Ulibarri cual si fuera la descarga cerrada que debía cortar su existencia. Se
había puesto en pie, dando un paso hacia el sacerdote, cuando éste, con tales aspavientos, tomaba la
palabra; pero el Yo soy José Fago fue como un disparo que lanzó al infeliz reo contra el montón de
madera rota, dejándole arrumbado en él, abierto de manos y piernas, la cabeza rebotando en la
pared.
―Soy José Fago ―repitió el otro encorvándose de nuevo hacia adelante y cruzando las
manos― y no está bien que quien ha ofendido a usted gravemente, ahora reciba su confesión. Éste
es un caso en que el malo no puede, no debe ser confesor del bueno... Tres años hace que no nos
hemos visto, y en esos tres años, Sr. D. Adrián de mi alma, han pasado cosas que usted debe saber,
para que no me crea peor de lo que soy; para que usted, hombre recto y puro, juzgue a este pecador,
y...
Ahogado por el llanto, y sin que Ulibarri contestase palabra alguna, pues ni voz ni aun
conocimiento parecía tener, Fago tomó aliento y tragó mucha saliva antes de continuar sus doloridas
lamentaciones.
―Dios, que ve nuestras almas ―dijo―, sabe que en este reo soy yo, y usted el sacerdote».
Un bramido de Ulibarri indicaba, sin duda, su conformidad con declaración tan grave. Y el
otro, cayendo de rodillas, como penitente cuyo corazón se despedaza, siguió:
―El señor D. Adrián debe saber que este hombre sin ventura puso término a su existencia
borrascosa abrazando, con pleno arrepentimiento de aquella vida, el estado eclesiástico. Dos padres
de Veruela me acogieron moribundo de cuerpo, dañado del alma, y me curaron, enseñándome los
caminos de Dios, contrarios a los del pecado, por donde yo venía. De Veruela pasé a Jaca, donde
recibí enseñanza eclesiástica; de Jaca lleváronme a Oloron, de Francia, y, allí canté misa. Diferentes
vicisitudes trajéronme luego a Fuenterrabía, y de allí a Oñate, donde continuaba mis estudios
cuando sobrevino esta espantosa guerra. El Sr. Arespacochaga me tomó de capellán, y con él heme
incorporado al Cuartel Real, al que sigo por obediencia y reconocimiento a mis favorecedores...
Dios ha querido someterme a esta prueba durísima, poniendo mi conciencia, aún turbada, frente a la
del hombre en quien reconozco las virtudes que yo no tuve. ¡Y me traen a auxiliarle en su muerte, a
mí que necesito del auxilio de su perdón para poder dar tranquilidad a mi vida tristísima! ¡Y me
dicen: «Confiésale, para que podamos matarle...», a mí que en rigor de justicia debiera recibir de
esas nobles manos la muerte, a mí que no acierto a ejercer ahora mi carácter sacerdotal, pues antes
de perdonar en nombre de Dios necesito que en nombre de Dios se me perdone...! Para esto, noble
señor mío, es forzoso que yo declare y confiese mis delitos, anteriores a mi conversión, en aquellos
días en que mi vida era toda libertinaje, escándalo, vergüenza... Y firme en mi conciencia, declaro
que mi ceguedad me llevó a los mayores vilipendios. Yo, José Fago, seduje y arrebaté del hogar
paterno a la hija única de D. Adrián Ulibarri, ante quien depongo ahora todo el fárrago de mis
culpas. Enamorado de Saloma, que así nombraban familiarmente a Salomé, y no pudiendo obtener
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de usted el consentimiento para casarme con ella, la hice mía con escándalo... Huimos a las Villas
de Aragón, y de allí a tierra de Barbastro... Después pasaron cosas que usted ignora, o que sabe por
noticias incompletas, lejanas, y yo he de decírselas ahora con sinceridad y contrición, como si
hablara con Dios en el tribunal de la penitencia. Ahora es usted mi sacerdote... Óigame, D. Adrián.
Más aterrado que curioso, en aquella inopinada fase de su agonía, el alcalde no remuzgaba. Su
mano inquieta golpeaba un rimero de palitroques. Del montón de madera despedazada caían por el
suelo doradas astillas, trozos con cabecitas de ángel y florones churriguerescos. Al propio tiempo, el
duro cráneo del reo golpeaba con ritmo lúgubre la pared, y el polvo ensuciaba su venerable canicie.
Y el penitente, humillando su rostro en el suelo, como si besar quisiera las frías baldosas,
decía:
―Mi carácter violento, mis hábitos de disolución y el desorden de mi conducta fueron causa
de que, a los tres meses de aquella vida errante, Saloma y yo pareciéramos enemigos encarnizados
más que amigos o amantes. Una noche de Diciembre, la infeliz huyó de mi lado... No he vuelto a
verla más, ni a saber de ella... Entrome furor de encontrarla, que fue como la renovación del amor
primero. Revolví toda la tierra de Barbastro y luego las Cinco Villas buscándola. ¡Inútil!... Pasaba
yo por loco, y en los pueblos se asustaban de verme. Allá me apedreaban, aquí me prendían. Fui de
cárcel en cárcel: en Ejea de los Caballeros caí gravemente enfermo de calenturas, que me tuvieron
un mes largo entre la vida y la muerte. Al revivir era idiota: no me acordaba de Saloma ni de cosa
alguna. Pasé no sé cuánto tiempo en un muladar, y mis amigos eran los cerdos, y mi alimento lo que
querían arrojarme unos aldeanos compasivos de Añosa de Torreseca... Pero de esta crisis salió no sé
cómo la renovación de mi ser; en mí encendió el Señor un espíritu nuevo, y pude decir: «¡Oh Dios!,
en Ti resucito, y te reconozco, y a Ti me entrego». ¿Quién me llevó a Veruela? Una viejecita medio
ciega que pedía limosna. Guiándonos el uno al otro por senderos y atajos, ella sin vista, extenuado
yo y sin poder andar más que en jornadas cortísimas, llegamos por fin a la paz del monasterio,
donde yo había de encontrar la salud del cuerpo y del alma... Lo demás, antes lo dije. No quiero
cansarle, Don Adrián...
En este punto abriose la puerta, y una voz dijo: «¿Estamos ya?...» seguido de un refunfuño de
impaciencia que, traducido al lenguaje, era poco más o menos así: «¡Con qué calma lo toman!... En
campaña, ¡rediós!, hay que abreviar el sacramento...». Y luego, en voz alta: «Que salimos, que nos
vamos... Despachen de una vez».
Levantose Fago del suelo, y sin atender a las voces de fuera, porque el estado de su ánimo
difícilmente se lo permitía, repitió la frase culminante de su confesión: «No he vuelto a saber de
ella, D. Adrián... Créamelo, que hablando con usted ahora, hablando estoy con el Dios que nos ha
criado a todos, y que a todos ha de juzgamos». Algo quiso decir Ulibarri; pero la voz no le salía de
la garganta, y su intención no era poderosa para sacarla a los labios. Lo que decir quiso era breve y
tristísimo, palabras como éstas: «Tú no has vuelto a verla... yo tampoco...».
Sonaron con tal estrépito las voces en el exterior, que ambos hubieron de recaer violentamente
en la realidad más inmediata, en la situación efectiva y palpable. José Fago se arrodilló ante D.
Adrián, y posando sus manos respetuosamente sobre las rodillas de él, como las posaría sobre el ara
sagrada, le dijo:
―En este supremo trance, nunca visto, señor y padre mío, yo me despojo de la autoridad que
mi religión me da para perdonar los pecados, seguro de que Dios a usted la transfiere, haciendo del
penitente el sacerdote. Hombre recto y cabal en todo tiempo, ahora es usted un santo. Ante el santo
me humillo yo, y le pido perdón del agravio que le hice, pues no me basta haber descargado mi
conciencia, en otras ocasiones, de los errores de mi vida, confesándolos con amargura y dolor; no
me basta, no; mi conciencia necesita ahora nuevo y definitivo descargo, reparación más eficaz que
ninguna otra, y de usted espera mi alma la paz que aún no ha logrado, señor…
Levantose Ulibarri con soberano esfuerzo, pues el hombre parecía moribundo, y soltó
gravemente, con lentitud, estas patéticas expresiones: «José Fago, yo te perdono para que te
perdone Dios... y me perdone también a mí». Se abrazaron con efusión, y Fago le besó las mejillas,
ZUMALACÁRREGUI 7

mojadas de lágrimas ardientes; le besó los cabellos blancos y acarició el cráneo del infeliz alcalde
de Miranda de Arga, que cinco minutos después era traspasado por cuatro balas de fusil a espaldas
de la ermita.

II

Bien sabe Dios que los que fusilaron al pobre Ulibarri hiciéronlo compadecidos y en extremo
pesarosos, cumpliendo a regañadientes la inexorable Ordenanza, que arrancaba la vida a un hombre
honrado, muy querido en el país, sin otra culpa que la tibieza que mostraba por la llamada
legitimidad, y su amistad con Espoz y Mina, adhesión puramente personal y como de familia. El
capitán encargado de la ejecución estaba pálido como un muerto; un soldado se echó a llorar; pero
todos supieron cumplir su deber. Con esto, la retaguardia se puso en camino hacia Peralta con una
veintena de carros, que cargaban vituallas tomadas en Falces. José Fago, llegándose al muerto, que
yacía donde mismo había caído, dijo resueltamente:
―Yo no me voy sin enterrarle. Si me dejan aquí, que me dejen. Iré solo al Cuartel Real, y
nada me importa que me cojan los cristinos y hagan conmigo lo que habéis hecho vosotros con este
santo varón.
Hablaba con dos carreteros y tres soldados del 5.º de Navarra, que de fijo le habrían ayudado,
si pudieran, en la obra de misericordia. Algunos campesinos viejos, dos o tres ancianas y bastantes
chiquillos formaban círculo de curiosidad compasiva en tomo al cadáver. Entre aquella pobre gente
hubo alguien que trajo un azadón y una pala de dos picos, que en el país llaman laya, y Fago no
necesitó más para cavar la fosa. Las viejas le ayudaban con el azadón, y él se las componía con la
laya, hincándola en tierra con el pie y levantando los duros terrones. Ahondando poco a poco, pues
su fuerza muscular no era entonces mucha, las lágrimas le rodaban por las mejillas, y de la nariz y
barba goteaban sobre el hoyo. Callaban todos; pero con las lágrimas del cavador creyérase que se
exteriorizaba su pensamiento, y que éstos decían lo que la boca no sabía ni podía decir... Y también
pudiera creerse que los picos de la laya, al rasgar la tierra y separarla blandamente, hablaban con
ella y que salían palabras tristes del rumorcillo del hierro entre los pelmazones de la dura arcilla.
Era la misma confesión de antes, repetida, adicionada con nuevos conceptos y explicaciones que
debieron decirse y no se dijeron:
―Yo no abandoné a Saloma, como sin duda contaron malas lenguas. Fue ella quien a mí me
abandonó, señor... y notoriamente lo hizo, movida del miedo que llegaron a inspirarla mis locuras...
La culpa fue mía, y responsable soy de aquella desgracia... Yo la quería... la quise más cuando huyó
de mí... ¡Ay! si me hubiera muerto entonces, como deseaba mientras iba en su busca, ardería en los
infiernos, pues mi alma era el depósito corrupto de todos los pecados mortales que es posible
imaginar. Pero Dios quiso salvarme y sanarme en vida, y me sanó, ¡ay de mí!, y, por fin, me ha
sometido al purgatorio horrendo de hoy; a ese paso terrible del cual creo salir puro, Señor,
enteramente redimido... enteramente sano...
El hoyo no podía ser muy profundo, porque los carreteros daban prisa, no queriendo dejar
rezagado al clérigo del Cuartel Real. Pusieron dentro de la tierra el cuerpo del alcalde, y rezando,
Fago y las viejas iban echándole tierra encima. Cubrieron primero todo el cuerpo, que había
quedado con alguna inclinación, el tronco más alto que los pies, y cuando ya no se vio más que el
rostro, y las lívidas facciones iban desapareciendo tras un velo de tierra, la emoción del capellán fue
tan viva, que ni respirar podía ya, y habría caído redondo al suelo si no le sostuvieran dos mujeres
del corro. Sin duda el rostro de Ulibarri le hablaba con tiernísimo acento de despedida…
―D. Adrián de mi alma ―dijo Fago con gemidos, pues las palabras no querían salir―, no la
abandoné yo... sino ella a mí... por mi culpa, por mis maldades... Yo le aseguro que no he vuelto a
verla…
Diciendo esto, era tal su afán, que habría dado su vida porque el rostro de Ulibarri le hablase,
ZUMALACÁRREGUI 8

o con un solo signo mudo le respondiese a esta pregunta:


―¿Y usted ha vuelto a verla? ¿Sabe usted de Saloma?…
En estas horribles ansias del pensamiento y la voluntad, la cabeza del alcalde fue cubierta, y
trabajando todos con ahínco, el hoyo quedó lleno, y cristianamente sepultada la víctima de las
horribles leyes militares, obra maestra del infierno. De rodillas rezó Fago sobre la sepultura, y
cuando los carreteros le tiraban de los brazos para llevársele, les dijo con desvarío:
―Debiera yo ahora convertirme, por divina sentencia, en cruz de piedra, para quedar aquí
eternamente clavado sobre esta sepultura.
No creyéndose los otros obligados, por razón de su oficio militar, a permanecer afligidos
después de enterrado el alcalde, tomaron a broma lo de la cruz, y como Fago se resistiese a
seguirles, cogiéronle entre cuatro, y, que quieras que no, a puñados le metieron en una de las
galeras, entre sacos y pellejos. Tan turbado estaba el pobre capellán, que apenas se dio cuenta de
cómo le cogieron y embarcaron; ni oyó la gritería y los trallazos con que se puso en marcha la cola
del ejército para unirse al cuerpo del mismo, que ya había pasado el Arga por Peralta.
Dos guapos chicos aragoneses acompañaban a Fago, tumbados sobre el cargamento de la
galera: uno de ellos, manco; el otro, cojo; inútiles de la guerra y auxiliares de ella en aquel servicio
de administración, por gusto y querencia de la campaña facciosa. Apenas echó a andar la galera,
rompieron a cantar la graciosa rondalla, pues, en verdad, no veían ellos motivo alguno para estar
tristes. Hechos a los espectáculos de muerte y a presenciar cuantas atrocidades caben en la fiereza
humana, se habían impuesto un júbilo filosófico, la sazón más propia de la clase de vida que
llevaban. A cada instante empinaban la bota, y compadecidos de su compañero de viaje, que
tumbado iba de largo a largo, descompuesto el rostro, sin más señales de vida que los suspiros
hondísimos con que a cada momento echaba el alma por la boca, le requirieron a que bebiese, sin
conseguirlo; mas tanto puede la ruda cortesía aragonesa, que al fin, incorporándole uno, aplicándole
el otro a los labios el pito de la bota, hubo de reconocer el macilento cura que era bueno meter en su
estómago una corta porción de vino. Remediada con éste la extenuación de sus fuerzas, el hombre
vio claro en sí mismo; todo en él recobró vitalidad, cuerpo y alma, el pensamiento y la conciencia.
Al poco rato pidió que le diesen el zaque y lo empinó, pensando que era improcedente y hasta
pecaminoso dejarse morir de tristeza e inanición. Avínose más adelante a comer un poco de pan y
medio chorizo, y cuando llegaban a Peralta ya era otro hombre: sus facultades habían recobrado la
franca lucidez de otros días; huyeron de su mente las monstruosas quimeras, y vio el trágico suceso
de Ulibarri en sus proporciones efectivas, sin que por esta reversión a la realidad fuese menos vivo
el dolor que aquel caso le producía. La franqueza hidalga de los dos chicos hubo de comunicársele,
y platicaron de la guerra, del buen giro que tomaba para la causa; de la pericia del General y del
entusiasmo con que los pueblos recibían al Rey legítimo. De uno en otro tema, Fago hizo recaer la
conversación en algo que tenazmente a su pensamiento se aferraba, y dijo a los muchachos:
―El acento baturro muy pronunciado declara que son ustedes de las Cinco Villas, quizás de
Ejea de los Caballeros.
―No, señor ―replicó el manco, jovencillo muy despierto, como de veinte años―; yo soy de
Petilla, lugar de tierra de Sos, y éste es de Júnez, cuatro leguas de mi pueblo. Los dos nos venimos a
la faición el mes de Mayo, y lo mismico fue entrar yo en este sirvicio, que me lisiaron en la faición
de Muez... ya sabe... y me quedé inútil; pero tanto gusto le tomé a la guerra, que no vuelvo a mi
casa hasta que se acabe, si se acaba algún día, y ha de ser cuando arreemos al Rey hasta los mismos
Madriles.
―Yo estuve en la cuchipanda de San Fausto, pues, en el mes de Agosto... ―dijo el otro―.
Maté más cristinos que pelos tengo en la cabeza... Pero en Viana, el 3 de Septiembre, ya sabe... me
atizaron un tanganazo en la pierna, y aquí me tiene en la impedimenta, que es muy aburría... En
cuanto pueda me vuelvo a mi casa, donde hago más falta que aquí, ridiós... A la guerra le llama a
uno el gustico que da, pero también llama la casa, y el aquel de la paz...
El otro cantaba con voz agudísima y vibrante:
ZUMALACÁRREGUI 9

Navarrito, navarrito,
no seas tan fanfarrón,
que los cuartos de Navarra
no pasan en Aragón.

De confianza en confianza, el clérigo aceptó también un cigarro; y empezando a chupar, habló


así con sus compañeros de viaje:
―Amigos míos, yo les agradecería mucho que me dijesen si en algún lugar de las Villas de
Aragón habían conocido a una tal Saloma, o Salomé, que de ambos modos se la llamaba... natural
de Miranda de Arga...
―¿Saloma?... ¿Era por casualidad tuerta del derecho?
―Hombre, no; que Dios puso en su cara dos ojos negros, hermosísimos...
―¿Baja de cuerpo y algo cargadica de espaldas?
―Quita allá. No ha nacido cuerpo más gallardo: ni grande ni chico, ni gordo ni flaco, bien
repartido de hueso y músculo... ¿Queréis más señas? El habla dulce, el mirar sereno y un poquito
triste; cara oval, manos un tanto curtidas, pero de buena forma. Os pregunto si recordáis haberla
visto, porque ignoro si vive o muere, y la persona que podía informarme de su destino no se hallaba
en situación para referir cosas de este jaez. Me interesa saberlo por puro interés de conciencia, pues
si me aseguran que murió, rezaré todos los días de mi vida por su eterno descanso; y si llegara a mí
noticia que vive, evitaría cuidadosamente el topar con ella, y pediría a Dios en mis oraciones que la
hiciese buena y feliz. Os lo digo con absoluta sinceridad, porque tenéis buen fondo, sois honrados y
sentiréis la rectitud con que os hablo de estas cosas.
Procuraron hacer memoria los baturros; mas ninguno de los dos pudo dar referencia exacta de
la descarriada moza, y comprendiendo Fago que no era discreto tratar de aquel asunto con gente
inferior, recogió sus ideas, las cuales, aun después de confortado el cerebro con el corto alimento,
permanecían dispersas. Ejerció presión de voluntad sobre sí, y se dijo: «Serénate, hijo, y mira bien
el hábito que vistes, y la mesura a que estás obligado por tu ministerio. El caso inaudito de D.
Adrián Ulibarri te ha trastornado la cabeza, y ya es hora de que al estado de perfecto reposo
espiritual en que la oración, el estudio y una vida ordenada y pura te pusieron... Medita y calla».

III

Cerca ya de Peralta, los disparos que oyeron y la columna de negro humo que del pueblo
salía, enroscándose, pausada y lúgubre, les anunciaron que Zumalacárregui había mandado atacar el
fuerte defendido por los urbanos. Si tenaces y fieros eran, los sitiadores, no les iban en zaga los de
dentro, mandados por un tal Iracheta, de casta de leones. Ansioso de ver de cerca el combate, saltó
Fago de la galera y adelantose al pueblo. Sentía inexplicable comezón de impresiones trágicas, y
anhelo de ver que el furor de los hombres con toda fuerza se desplegara. Y sin darse cuenta de lo
mal que cuadraba esta querencia con su anterior propósito de recobrar la quietud del alma, obra del
estudio y la oración, su mente, no bien curada aún de la fiebre poemática, ansiaba el espectáculo de
la historia viva, de la página contemplada antes de perder en las manos del historiador el encanto de
la realidad.
No pudo aproximarse al lugar donde batían el cobre, porque el pueblo estaba circundado de
tropas, que no dejaban fácilmente espacio a los curiosos. De adobes eran las casas de Peralta,
frágiles y esponjosas, edificadas sobre terreno desigual. En la joroba del centro, más alta que las
demás, alzábase la iglesia, de sillería, convertida en fuerte desde el mando de Rodil; sólida y
robusta posición que aquel día hicieron inexpugnable unos cuantos urbanos con su increíble tesón.
El bueno de Fago pudo observar que, dueños los facciosos de toda la parte baja del pueblo, sacaban
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de las casas cuanto podía servirles para reforzar los parapetos en derredor de la iglesia, y tal acopio
de colchones hicieron, que no debía quedar uno para muestra. Por una callejuela enfilada al centro,
Fago veía movibles figuras tiznadas; los tiros sonaban continuamente, sin que se sintiera ese rumor
extraño que indica victoria o esperanzas de ella; voces de mando llegaban hasta afuera, airadas,
blasfemantes. Por fin, como nada sacara en limpio de su fisgoneo por los contornos de la acción
bélica, y además se sintiera cansado y algo aburrido, alejose hacia el campo, donde había tropas que
estaban mano sobre mano. Allí oyó decir: «Nada se conseguirá sin artillería. Es perder vidas y
tiempo». Más allá los soldados de Villarreal mostraban hastío, impaciencia de que el General
dispusiera levantar el sitio de Peralta, que llevaba traza de interminable. No tardó el curita en
participar del aburrimiento de la tropa, y en verdad que aquella página militar no le resultaba
interesante y quería volverla pronto, imaginando hallar en la siguiente asunto menos fastidioso. Un
capellán del 7.º, que le conocía de Oñate, agregose a él en busca de palique, obsequiándole al propio
tiempo con una sustanciosa merienda. Comieron y bebieron en una venta, pasado el puente sobre el
Arga, camino de Marcilla, y luego platicaron de guerra y política todo lo que les dio la gana, viendo
de lejos las humaredas pavorosas. Era el capellán en extremo hablador, con lo que se dice que era
pequeñuelo, vivaracho y de corta nariz. Presumía de gran estratégico, y no reconocía en artes de
guerra más superioridad que la del General de la causa. «Don Tomás me dispense ―decía―; pero
estamos perdiendo un tiempo precioso. Y ha de saber usted, amigo Fago, que este D. Fermín
Iracheta que manda los urbanos es uno de los hombres más templados de Navarra. Amigo es de
nuestro General, y conociéndose como se conocen, están ahí jugando a cuál es más bravo y terco.
Había usted de ver las comunicaciones que se cruzaron esta mañana entre Zumalacárregui y el jefe
de los urbanos: «Fermín, que te rindas». Y el otro: «Tomás, no me da la gana...». «Fermín, que vas a
morir abrasado...». «Tomás, bonita muerte con el frío que hace...». Y tiros van, tiros vienen; pero lo
que es el fuerte no se rinde... ¿Y quién creerá usted que llevaba del fuerte a los parapetos y
viceversa los papelitos con el ríndete y el no me rindo? Pues una vieja del pueblo, la cual fue ama
de cría de Iracheta, loba navarra que dio la teta a ese nuevo Rómulo. En la plaza había usted de
verla esta tarde vociferando delante del General, con estas expresiones: «Váyase de aquí, D. Tomás,
que ése tiene la cabeza muy dura».
Ya iba fijando Fago su atención en el suceso de Peralta, que tan insignificante le había
parecido, y acabó de interesarse en él oyendo contar a su colega Ibarburu, que así se llamaba el
capellancito, el estupendo ardid ideado por el sitiador para quebrantar la entereza del valeroso
caudillo de los urbanos. «Sepa usted que la esposa de Iracheta fue llevada esta tarde al pie del muro,
y rompiendo a llorar se puso a gritarle: «Ríndete, Fermín, ríndete, que si no pegarán fuego a la
iglesia y pereceréis todos achicharrados...». Y él, ¿qué hizo? Asomar por una de las ventanas y
decirle: «O te quitas de ahí ahora mismo, puerca, y te vas a casa, o hacemos fuego sobre ti. Fermín
Iracheta sabe morir; pero no sabe deshonrarse». ¿Qué tal?... Con hombres de esta fibra, ¿no
podríamos conquistar el mundo? ¡Lástima que Iracheta no sea de los nuestros! Pero lo será. La
causa conquista poco a poco el suelo y los corazones: vamos al triunfo de Dios y del Rey; pero
pronto, prontito... La fruta está madura. La caterva cristina no espera más que una buena coyuntura
para venirse acá. Se le conoce en la manera de combatir. ¿Quiere usted que le diga mi opinión con
toda franqueza? Pues ya debemos soltar los andadores; más claro, ya no nos hace falta el arrimo de
los montes navarros. Al llano, señores. A pasar pronto ese gran Ebro, famoso entre los ríos; a
Miranda, o más seguro, a Ezcaray y Pradoluengo, para proveemos de paños, y caer de allí sobre
Burgos como la maza de Fraga. Una vez en Burgos, las Potencias nos reconocen, y a Madrid con
los faroles».
Oyendo estas cosas, Fago meditaba mirando al suelo, y momentos después, mientras
Ibarburu, infatigable charlador, pegaba la hebra con unos militares que entraron a refrescar, sintió
un sueño intensísimo, como hombre que ya llevaba unas treinta horas sin dormir: arrimándose al
ángulo en que se juntaban los asientos, apoyó la cabeza en la pared y se quedó dormido con la boca
abierta. Su sueño febril era como esos monólogos cerebrales en que ovillamos y desovillamos una
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idea; monólogo en el cual Fago se reconocía también estratégico, pues tenía el sentido geográfico, o
de las distancias y diferencias de altura entre los terrenos. Sin haberlo estudiado, conocía la
importancia y valor de los ríos y los montes, de las divisorias y sus puertos, que permiten comunicar
una con otra cuenca. Y asociando con estas ideas teóricas su conocimiento práctico de diferentes
territorios, recorría mentalmente la Canal de Berdún, que conocía palmo a palmo; el puerto de
Loarre, que separa las aguas del Gállego de las del Cinca; los valles de Hecho y Ansó en la
montaña, y en tierra baja, las Cinco Villas de Aragón, de reseco y quebrado suelo, surcado por ríos
miseros en verano, y en invierno torrenciales... Al recargarse el sueño, se le confundían estas
nociones geográficas con sus recuerdos del país vasco, los valles profundos del Urola, Deva y Oria,
las eminencias de Elosua y Pagochaeta, junto a Azpeitia, y en la vecindad de Oñate, las sierras de
Elguea y Aránzazu. Peñas y corrientes de agua rondaban por su cerebro, juntamente con subidas y
bajadas y mucho ir y venir de hombres presurosos... En esto le despertaron tirándole de los pies, y
oyó toques de tambor y cometas, ruido de marcha, gran rebullicio de gente.
Salió a la puerta del parador restregándose los ojos. Era noche oscura, alumbrada por los
fulgores siniestros de Peralta, que ardía por entero. Levantado el sitio del fuerte, por ser los urbanos
y su jefe Iracheta muy duros de pelar, los facciosos anegaron el suelo soltando las cubas de vino en
todas las bodegas, y se dirigieron presurosos a Villafranca, donde también había fuerte y urbanos.
Desfilaban ordenadamente los batallones, cuando el clérigo, triste, salió al camino y se entregó a la
corriente humana, marchando maquinalmente al paso de la tropa, sin preguntar adónde iba. Toda la
noche anduvieron a regular paso, y al amanecer pasaban el Aragón por Marcilla. En este pueblo,
tomando la mañana, topó Fago otra vez con su amigo Ibarburu, el capellán hablador, y por él supo
que en Villafranca se esperaba una reñida pelea con la guarnición cristina. Se decía también que
salía de Pamplona un cuerpo de ejército para provocar a Zumalacárregui a batalla campal en la
Solana, al retirarse de la Ribera.
Dudó Fago si incorporarse al Cuartel Real, que sólo estaba a dos leguas de aquel pueblo, o
seguir perdido entre el ejército de Zumalacárregui. Aún no había visto al afamado guerrero, al
organizador genial que de gavillas indisciplinadas hizo formidables batallones; al que con su
extraordinaria pericia había tenido en jaque a las tropas de la Reina, mandadas primero por
Sarsfield, después por Quesada y últimamente por Rodil. En la mente del clérigo, la figura del héroe
de aquella guerra se agigantaba de tal modo, que, con su anhelo de verle de cerca y hablarle y oírle,
se confundía el temor de que tan grande gloriosa figura se le deslustrara al pasar de la ilusión a la
verdad. En Villafranca quedó satisfecha su ardiente curiosidad, en ocasión y forma que se verá
después.

IV

Los urbanos o cívicos (que de entrambos modos se les llamaba) defensores de Villafranca no
eran menos templados que los del otro pueblo, y como allá, se encastillaron en la iglesia, el único
edificio sólido y fuerte de la villa, la cual parecí de barro y yesca, como la tierra circundante. Los
carlistas situaron a la puerta del templo los dos únicos cañoncitos que llevaban, y batiéronla y se
hicieron dueños de ella. Replegáronse los urbanos en la torre, de robusta construcción, y con ellos
se encerraron sus hijos y mujeres. Debe advertirse que, si en el vecindario dominaba la opinión
facciosa, no eran pocos lo cristinos furibundos; y enconadas las pasiones, el sexo femenino, con su
locuaz vehemencia, exaltaba el ánimo de los hombres y les hacía sanguinarios y feroces. Al
encastillarse con sus maridos en la torre, las urbanas, antes que por un móvil heroico, hacíanlo por
miedo a las uñas y a las lenguas de las mujeres del otro bando.
Ganada la iglesia por los facciosos, resolvieron pegarle fuego. Los lugares sagrados, mediante
una breve salvedad de conciencia, caen también dentro del fuero de guerra, y los militares atan y
desatan al demonio según les conviene. Hacinaron bancos, túmulos y confesionarios; metieron
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mucha paja, y poco después las imágenes se veían envueltas en humo que no era de incienso. Antes
se había cuidado de poner a salvo las Sagradas Formas, que llevaron a la ermita de Santa Ana, sin
que en ello prestara ayuda el bueno de Fago, el cual, atónito, presenciaba cosas tan extrañas y nunca
vistas. Impávidos en la elevada torre, los cívicos hacían fuego certero desde el campanario; tenían
municiones abundantes y los víveres precisos para resistir; apuntaban bien y mataban todo lo que
podían. Vino la noche, y como el fuego de la iglesia no cundiese con rapidez, metieron los
sitiadores más paja, atizaron de firme, y el altar mayor, que era un armatoste grandísimo y muy
apropiado a la propagación del incendio, llevó las llamas a la techumbre. Por fuera, guedejas de
humo negro y espesísimo coronaban el caballete, enroscándose, por causa del viento, en dirección
opuesta a la torre, lo que daba algún respiro a los urbanos. Y el tiroteo no cesaba. La claridad del
incendio permitió a los sitiados hacer puntería, y con las balas salían del campanario apóstrofes
injuriosos y cuchufletas impropias de la gravedad de la contienda. Las mujeres chillaban más que
los hombres.
Durante la noche ardió parte del tejado y el tramo superior de la escalera del campanario, la
cual era exenta y se apoyaba en el caballete, quedando así incomunicados los cívicos y sus mujeres
y chiquillos; mas no por eso menos decididos a defenderse a todo trance. Lo peor fue que el humo,
penetrando en la torre por diferentes huecos, les molestaba más de lo que quisieran; a media noche
parlamentaron con los sitiadores por un ventanucho ojival, distante como doce varas del suelo, y,
reiterando el propósito de no rendirse, pidieron al General consintiese la salida de las mujeres y
niños, que no merecían correr la triste suerte de los hombres. Oyó esta propuesta Zaratiegui, que al
pie de la torre vino con tal objeto, y al punto fue a ver al jefe, alojado en la Rectoral, y que, según se
dijo, estaba pasando una noche de perros, molestado por el mal de orina que aquejarle solía. Con la
respuesta consoladora de que se salvase a las mujeres, volvió Zaratiegui al poco rato; pero como el
fuego había devorado la escalera superior, y los sitiados no tenían escalas ni cosa semejante, se
discurrió suministrarles medios de salvamento. Toda la madrugada duró el trajín para reunir sogas y
hacer con ellas y palitroques escalas de bastante resistencia para el objeto, y no hay que decir que
esta operación fue como un paréntesis de esparcimiento y jovialidad en la cruelísima lucha. Fago
ayudaba en aquella faena con gran celo y actividad, y sus manos encallecieron de tanto hacer nudos
con ásperos cáñamos. Él fue el primero que, encaramado en los hombros de un gastador, y
valiéndose de una larga percha, alargó el rollo de cuerda para que lo cogiese la mano flaca,
perteneciente a un enjuto y tiznado brazo, que se estiraba en la ventana ojival. Dueños ya de una
soga, los sitiados subieron con ella las escalas y todo el aparejo necesario para el salvamento.
Habríale gustado a Fago encontrarse arriba para prestar su concurso en el dificilísimo y
peligroso descendimiento; se le ocurrían advertencias de aparejador mañoso, y haciendo bocina con
sus manos gritaba: «¿Tenéis un madero fuerte?... ¿No?... Pues asegurad la cuerda en el pivote de las
campanas, no en la barandilla, que parece endeble... Sujetad a las mujeres con cuerdas por bajo de
los sobacos y retenedlas a medida que vayan bajando...». Prolongose la tregua hasta la mañana para
que tuvieran tiempo los sitiados de disponer lo conveniente, y los facciosos, luego que retiraron sus
heridos y muertos, descansaban, confiados en que tras de las mujeres se descolgarían los hombres,
rindiéndose a discreción. Era gran locura o necedad obstinarse en la resistencia, rodeados de llamas
y humo, sin esperanza de que vinieran tropas de Pamplona a socorrerles. En esta confianza, no se
curaban de atizar el fuego, que parecía encalmado después de medía noche por la quietud del aire. A
lo largo del caballete corrían llamitas fantásticas, graciosas, en algunos puntos humorísticas, que
hacían mil figuras, signos de un lenguaje luminoso, semejante al dulce platicar de los tizones de una
chimenea. A ratos, avivada la lumbre por una racha de viento, alumbraba con siniestro resplandor la
plaza y calles circundantes, enrojeciendo las fachadas de las viviendas y las caras de los soldados.
El pueblo no dormía; todos los vecinos estaban en la calle, mirando a la torre, aún entera, erguida,
arrogante en medio de tanta desolación, despertando el interés de los seres vivos, que tienen alma.
Callaban sus campanas; pero todo en ella era rostro y muda expresión, que decía: yo vivo, yo
pienso, yo padezco.
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Al despuntar el día se intimó desde abajo que despacharan pronto, y comenzaron a reunirse
gentes diversas en los sitios más próximos a la torre. Zaratiegui mandó que no se permitiera
acercarse a las mujeres; pero éstas, en fuerte pelotón, gravitaron sobre la línea de soldados, y
convencidos éstos de que no se podía con ellas, dejáronlas llegar adonde quisieron. Conviniendo
mucho a la facción contemporizar con el vecindario de los pueblos adictos y aun halagar sus
pasiones, se toleraba a las mujeres de la causa todos los alborotos, chillidos y escandaleras que no
perjudicasen a la moral del soldado; moral militar, se entiende, que de la otra no tenía por qué
cuidarse la Ordenanza. No bien empezó la operación de descolgar las hembras y criaturas, la
muchedumbre no pudo contener su inquietud. Las mujeres de los urbanos no eran bien miradas en
el pueblo. Rivalidades de familia, que la feroz política exacerbaba, produjeron escisiones, continuas
querellas, habladurías. La Fulana, por ser cívica, había llegado a tener mal concepto entre sus
convecinas. La Zutana, carlista furibunda, era motejada entre el bello sexo urbano del modo más
cruel. Así es la política, en las aldeas como en las ciudades populosas. El día anterior, las hembras
encerradas con sus maridos en la torre, mientras éstos hacían fuego, insultaban a las facciosas. «Ya
sabes dónde te has puesto, bribona ―les contestaban éstas, chiflando desaforadamente―. Abajo
eras carraca, y arriba campana. No voltees mucho, que puedes caerte...». Y como las bravatas de las
urbanas terminaron pidiendo misericordia, y se les permitió el descenso, que era como concederles
la vida, al comenzar el acto caritativo, las señoras de la causa no pudieron contener su inquina, y allí
fue el cantarles el Trágala y el ponerlas de oro y azul. Bajaron primero tres niños: los de arriba
poníanles cuidadosamente en los últimos peldaños de la escala, y eran recogidos por soldados que
trepaban cuidadosamente para esta operación. El descenso se hacía paso a paso, presenciado con
ansiedad por unos y otros. Llegaron a tierra felizmente los chiquillos, y fueron auxiliados al punto
de ropa y comida, pues se hallaban ateridos y muertecitos de hambre. Al descender la primera
urbana, la muchedumbre la saludó con aullidos de burla, por ser la que el día anterior con más
desvergüenza injuriaba a los facciosos. «Anda, gran púa, saltamontes... ya ves cómo te
perdonamos... Merecías colgar ahorcada, y te descolgamos con vida...». La segunda, que era de
libras, fue asegurada con una cuerda por debajo de los sobacos, y así la iban aguantando en el
penoso descenso por si acaso faltaba la escala. «Anda, anda, y no te tapes, descaradota. ¡Tapujos
ahora, si cuando debías taparte no lo hiciste!... ¡Miren que salir ahora con vergüenzas!... ¿Vergüenza
tú?»
En esto ocurrió un incidente que excitó más los ánimos, y en un tris estuvo que se malograse
la difícil operación de salvamento. Un soldado llamado Díaz, natural de Lerín, mozo de mucha
viveza y travesura, que ayudaba en el trajín de las escalas, se pasó de un brinco a la parte de tejado
que aún se conservaba libre del fuego y se aproximó al boquete de la destruida escalera de la torre,
el cual los sitiados habían tapado malamente con cascote y maderas. Creyeron, sin duda, los
urbanos que se trataba de atizar candela por el interior de la torre, y sin encomendarse a Dios ni al
diablo, ínterin descendían trabajosamente las hembras, hicieron fuego sobre Díaz y le hirieron en la
paletilla. No hay para qué decir que se armó gran tumulto, y que la falta o ligereza de los sitiados,
por poco la pagan con su vida las tres pobres mujeres que en aquel momento descendían, hallándose
una a pocos pasos del suelo, otra a mitad del espacio y la tercera arriba, tratando de afianzar sus pies
para descender. Si no contienen a las mujeronas de la causa que al pie de la torre chillaban, fácil
hubiera sido que éstas rompieran la cuerda y que se estrellaran dos por lo menos de las tres infelices
que estaban en el aire. La agitación era grande; el de Lerín bajó rápidamente con el hombro
ensangrentado; las cívicas de la torre lloraban afligidas; las otras las insultaban; gritaban todos.
Algunos querían matarlas, para castigar en ellas la increíble torpeza de los urbanos, que así rompían
la tregua y respondían tan indignamente a la generosidad con que se les había concedido la vida de
sus esposas. Se avisó al General en jefe, y pronto cundió entre la muchedumbre la voz: «¡Ya viene
ya viene!...». Los soldados, a culatazo limpio, quisieron despejar, y se arremolinó el mujerío procaz;
pero al fin, donde menos parecía que pudiera abrirse un hueco, el hueco se abrió, y este hueco en la
masa humana lo fue aumentando la tropa por el procedimiento sencillísimo de arrear golpes a
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diestro y siniestro sin reparar en pechos, espaldas ni barrigas, hasta formar como una plazoleta vacía
de gente. Esto no bastaba, y continuaron rompiendo calle por entre el apretado gentío, hasta
comunicar con la casa del cura, donde se alojaba el General de los ejércitos de Carlos V. Consta que
el héroe, hallándose frente a la ventana de su habitación, ocupado en cosa tan vulgar como afeitarse,
veía descender las hembras por la escala, y al oír el tiro y la algazara que se produjo, apresuró la
operación barberil, en la que comúnmente perdía muy poco de su precioso tiempo, y todavía con
algo de jabón pegado a las orejas, poniéndose la zamarra y abrochándose los cordones, salió a la
salita próxima, donde le aguardaban su ayudante Plaza, dos o tres notables del pueblo y el cura D.
Fabricio, que, aunque furibundo sectario de la legitimidad, no se consolaba del incendio y
destrucción de su querida iglesia. Al entrar D. Tomás, el reverendo, dando un puñetazo en la mesa y
apretando los dientes, decía: «¡Guaidiós, que esas hi―de―porra, malas chandras, tienen la culpa de
todo! Yo que usted, mi General; yo, Fabricio Gallipienzo, en vez de colgar esa carne podrida afuera,
la habría colgado dentro de la santísima iglesia, cuando ardían los santísimos altares, para que se les
ahumaran bien los tocinos».

«Gracias a Dios ―se dijo Fago― que voy a ver a ese portento, el caudillo de los soldados de
la Fe, el Macabeo redivivo». Y poniéndose en el sitio que creía mejor, no quitaba los ojos del
camino que debía traer el héroe viniendo de la Rectoral. Rodeado, más bien seguido, de diversa
gente militar, paisana y eclesiástica, apareció Zumalacárregui, andando con viveza, la boina azul de
las comunes muy calada sobre el entrecejo, ceñidos los cordones de la zamarra, botas altas, en la
mano un látigo. Le precedían dos perros de caza, blancos con lunares canelos, que olfateaban a los
soldados y agradecían sus caricias. Era el General de aventajada estatura y regulares carnes, con un
hombro más alto que otro. Por esto, y por su ligera inclinación hacia adelante, efecto sin duda de un
padecimiento renal, no era su cuerpo tan garboso como debiera. En él clavó sus ojos Fago,
examinándole bien la cara, y al pronto se desilusionó enteramente, pues se lo figuraba de facciones
duras, abultadas y terroríficas, con hermosura semejante a la de algunas imágenes de la clase de
tropa, como los guerreros bíblicos Aarón, Sansón y Josué. Como en aquel tiempo no circulaban
retratos de celebridades, bien se explica que Fago no tuviese conocimiento de la estampa real del
caudillo, el cual era un tipo melancólico, adusto, cara de sufrimiento y meditación. La firmeza de su
voluntad se revelaba más en el trato que a la simple contemplación del rostro, y había que oírle
expresar sus deseos, siempre en el tono de mandatos indiscutibles, para comprender su temple
extraordinario de gobernador de hombres, de amasador de voluntades dentro del férreo puño de la
suya.
Con tan intensa atención le miraba el bueno de Fago, que, si en aquel punto dejase de verle,
nunca más olvidaría el rostro enjuto y tostado, la nariz fina, bien cortada y picuda, el entrecejo
melancólico, el bigote negro, que enlazaba con las patillitas recortadas desde la oreja, el maxilar
duro y bien marcado bajo la piel. Su voz era un tanto velada; el mirar, grave, sin fiereza en aquel
momento. Después de cambiar algunas palabras con Zaratiegui y otros que allí mandaban, llegose a
las urbanas, que acababan de poner el pie en tierra, y arreó a cada una un par de latigazos,
diciéndoles iracundo: «Bribonas, por culpa vuestra perecerán esos desgraciados... Y ya veis cómo
corresponden a mi generosidad. ¿Qué demonios hacíais vosotras en la torre ni qué teníais que pintar
arriba, condenadas? Y si yo mandase fusilar ahora mismo a la que no acreditara ser esposa, hija o
hermana de algún urbano, ¿qué diríais?; a ver, ¿qué diríais?» No decían nada las pobrecitas: tal era
su terror. Y por contera del discurso, ¡zas!, otro par de latigazos a cada una, agraciando también a la
que en aquel momento ponía el pie en tierra. Con aclamaciones y vítores acogió la multitud las
palabras y el hecho del General, que por tales medios halagar quería las pasiones populares, movido
de un fin político. En aquella terrible guerra, más que ganar batallas, urgía sostener el tesón de la
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causa, y esto no se lograba sino aboliendo en absoluto toda compasión delante de los sectarios;
tratando con crueldad al enemigo fuerte, con menosprecio al débil, para que cundiese y se afianzase
la idea de que el cristino era forzosamente, por naturaleza, un ser inferior, abyecto, indigno hasta de
las consideraciones más elementales. Sólo así se formaba un partido viril, duro, resistente a toda
adversidad. Para poder lanzar confiadamente las masas de hombres a combates desesperados era
forzoso encender en ellos sentimientos de implacable furor, los cuales debían tomar cebo y
sustancia de los odios mujeriles. El genio de Zumalacárregui veía este resorte, por muchos
inapreciable, del mecanismo de la guerra, y quería producir la ferocidad del varón con las
pasioncillas villanas de la hembra. Azotó a las mujeres de los urbanos, no por gusto de maltratar
inhumanamente a seres indefensos, sino por contentar a las otras, a las furias chillonas de la causa,
que sostenían con su procacidad la exaltación populachera, fermento necesario en las guerras
civiles.
No comprendiendo esta trastienda política el aturdido Fago, al ver el bárbaro tratamiento que
el General daba a las pobres mujeres, la indignación hizo vibrar todos sus nervios, y apretó los
dientes, y se clavó los dedos de una mano en otra, movido de su natural corajudo, que se sobreponía
en ocasiones como aquélla, sin poder remediarlo, a la mansedumbre propia del estado eclesiástico.
Olvidado de la Orden que profesaba, de buena gana habría salido del ruedo, y acometiendo al
orgulloso caudillo, le habría dado un par de morradas buenas, pero buenas, de las que él sabía y
solía dar en sus tiempos de seglar levantisco y pendenciero. Pero ello no fue más que un fugaz
estímulo, que logró dominar al punto, y para mejor apartar de sí ideas tan peligrosas en aquellos
momentos, trató de alejarse y dar una vuelta solo por las inmediaciones del desgraciado pueblo. No
lo hizo, porque cuando rompía trabajosamente por entre la multitud, oyó estas voces, que le dejaron
helado: «Ahora bajan a la última que quedaba... Saloma... la gallarda Saloma...».
Creyó que aquellas voces y aquel nombre habíanlos pronunciado todos los demonios del
infierno, difundidos invisibles por los aires, y volvió a donde estaba, y oyó nueva algazara de
mujeres chillonas... y, mirando para arriba, vio un bulto, una mujer con la cara tapada... Dudoso
estuvo entre huir campos afuera o quedarse para ver la hembra descolgada, a quien el pueblo,
bullicioso, nombraba y denostaba al propio tiempo, juntando el nombre y los insultos. ¡Dios
poderoso!, lo que sufrió el hombre en breves momentos no es para referido. Bajaron a la moza, y si
cuando se aproximaba al suelo, descubierto ya su rostro, pudo creer por un instante que era la hija
del infortunado Ulibarri, al verla de cerca la reconoció como absolutamente distinta: aunque
hermosa, como aquélla, no se le parecía ni en las facciones ni en el color del rostro. Vamos, que era
otra Saloma. El hombre dio gracias a Dios con toda su alma, pues verdaderamente, si hubiera
resultado la Saloma de su historia, dificilillo le habría sido contenerse viéndola de tal modo
escarnecida e insultada.
El General se había vuelto a su alojamiento; el que mandaba la tropa al pie de la torre ordenó
que no se hiciese daño a las pobres urbanas, y las familias de éstas, con la timidez natural de quien
se siente minoría en el pueblo y se halla bajo la presión moral de masas irritadas y vencedoras, las
auxiliaban con ropas y alimentos.
Mandaron despejar, y las urbanas y sus hijos retiráronse en compañía de algunos vecinos
notados de cristinismo; las unas, absolutamente decaídas de espíritu, lloraban sin consuelo; las
otras, bravas e iracundas, enronquecían de tanto gritar contra la facción y su insolente General, y
todas creían perdidos a los bravos defensores de la torre si no se entregaban pronto y sin
condiciones. Compadecido de aquellas infelices, Fago las siguió al través de las tortuosas calles,
hasta que acamparon en los últimos corrales del pueblo, o en medio de las eras, temerosas siempre
de ser atropelladas. Pero no querían ausentarse de Villafranca sin conocer la suerte de sus infelices
maridos, hermanos o lo que fuesen, que sobre esto había dudas. Tratando Fago de inquirir con
buenos modos el verdadero parentesco de las azotadas heroínas con los héroes de la torre, entabló
coloquio con la llamada Saloma, cuyas facciones no se hartaba de examinar para cerciorarse de su
desemejanza con las de la extraviada hija de Ulibarri, y ella, que desde los primeros momentos dio a
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conocer su desahogada condición, no tardó en franquearse con él en esta forma:


―Yo, señor, no soy mujer de naide, aunque no es por culpa mía, que bien quise y bien
quisieron mis padres darme marido por la Iglesia santísima. Huérfana quedé a los veinte años, y me
engañó, ya digo, un tal Sedaliz, que en la faición está, malos truenos le confundan, y era alpargatero
en mi pueblo, que llaman Borja, para servir a usted.
―Lo conozco ―dijo Fago―, y sé que sus habitantes no son los menos brutos ni los menos
nobles de Aragón.
―Dispénseme, señor: usted es de iglesia.
―Efectivamente: soy sacerdote.
―Se le conoce en lo aflegidico... Los hay de dos clases: los aflegidicos, que son los buenos, y
los de pelo en pecho, que mataban franceses en la otra guerra, y ahora salen contra los pobres
cuscos... Pues, señor, si quiere que le diga lo que hay tocante a mí, lo primero, ya digo, es que
después que me plantó Sedaliz en metad de la calle, dejándome con lo puesto, me amparó uno que
le llamaban Comecome, de junto a la Huecha; mas como era casado, le dejé, ya digo, porque a
honradez podrán ganarme, pero a conciencia no... y me fui a Zaragoza, donde hablé con un
chicarrón de infantería de la Guardia Real, ya sabe, los primeros que vinieron hace dos años a
sofocar la faición, lo cual que no la sofocaron. Era el tal de junto a Tarazona, bueno como el pan;
pero muy cuitadico, en fin, de los que no encuentran agua en el Ebro. Con su casaca abrochadica, el
correaje en cruz, y la gorra de pelo con la chapa, estaba como un sol. A los de la Guardia se les
llamó entonces guiris porque llevaban tres letras, G. R. I., en la gorra y en la cartuchera, y guiris se
les llama todavía. Pues, ya digo, aquel y yo contábamos casamos cuando acabara el servicio... era
un pedazo de animal como los ángeles... Pasó el Cuerpo a Logroño, y yo detrás del Cuerpo...
Mandaba el General Lorenzo... Siguió el Cuerpo a Navarra al mando del General Rodil... yo no
podía menos de ir detrás del Cuerpo, donde tenía mi alma... ¡Ay!, ya digo, se me parte el corazón
cuando lo cuento. En la faición de Artaza me le mataron... ¡Pobre maño, rico mío! Le vi cadáver,
arrimado a una peña, que parecía dormidico... Estuve mala de la desazón y me acogieron unos
vecinos de Abarzuza. No le puedo contar, porque es cosa larga, cómo vine a parar a Funes, orilla de
este pueblo, donde hice conocimiento con Pascual Muruve, por mote Mediagorra, que es uno de los
urbanos de más calzones que tiene usted en la torre, y allí se batirá hasta dar las boqueadas, porque,
ya digo, es muy entero, y él sabe que por ser tan bravo hablo con él, que si no no hablaba».
A este punto llegaba la moza de su relación, cuando oyeron gran tiroteo y vieron aumentada la
humareda que envolvía la iglesia.
―Padrico del alma ―dijo una de las más afligidas, llamada Claudia, que era mujer legítima
de un urbano―, lléguese a ver qué pasa...
―Por lo visto ―replicó Fago―, se han roto las hostilidades, y creo que los señores cívicos lo
pasarán mal.
―Son tercos, y morirán antes de rendirse ―observó otra llorando, pero sin perder la
entereza―.
―Mosén, vea lo que hay, y venga después a contárnoslo ―indicó una tercera―. Si les dan
cuartel, deberían rendirse, que harto han hecho ya por la bandera urbana y por la Reina chiquitita.
¡Ay, Dios mío, qué será de ellos!
―Que Dios les dé fortaleza; que no se entreguen.
―Que vivan, aunque tengan que entregarse.
―No, no... rendirse no. Cada uno mira por la honrilla... ¡Que viva el Cuerpo!
―Eso, eso... lo primerico el Cuerpo.
―Que es el alma, como quien dice, el amor propio de uno... de una también, porque lo que
aquí sobra es patriotismo.
Pronto se enteró Fago de lo que ocurría, que era lo más sencillo, lo más conforme a la marcha
natural de los acontecimientos. Salvadas las mujeres, se rompieron de nuevo las hostilidades con
recrudecimiento de fiereza por una parte y otra. Hacia el mediodía preguntaron los urbanos si daban
ZUMALACÁRREGUI 17

cuartel, y como les respondieran que no, siguieron apurando su defensa con la débil esperanza de
que por cansancio levantasen los facciosos el sitio y se largaran a expugnar otro pueblo. Pero lo que
hicieron fue atizar más el fuego de la iglesia, y abrir una comunicación directa de ésta con la torre,
para que el humo envolviera completamente a los sitiados. La tarde fue para éstos angustiosa: el
humo les ahogaba, y recalentada toda la fábrica, sentían que se les quemaban las plantas de los pies.
Al anochecer lograron los facciosos arrojar materia combustible en la parte baja de la torre. La
mitad de los urbanos o habían muerto o estaban fuera de combate; los restantes aún hacían fuego
desesperados, al amparo de las campanas, y de tiempo en tiempo gritaban: «Cuartel, cuartel»; pero
de abajo respondían: «Discreción, y pronto, pronto».
Con estas noticias, que Fago llevaba a la tribu de urbanas acampadas en las eras y corralizas
del pueblo, las pobres mujeres no hacían más que llorar y lamentar su suerte. Esposas eran algunas,
hermanas otras, arrimadas las menos: todas amaban en diferentes estilos. Tan pronto rezaban
invocando a la Virgen y a los santos con fervor sincero, como arrojaban de sus bocas horrendas
maldiciones contra la facción, contra su General, su Rey, y el demonio que los trajo al mundo. La
gallarda Saloma decía:
―¡Que no se rindan, contro!... Tú no te rindes, Mediagorra; ¿verdad que no te rindes, maño
mío?»

VI

A media noche, los urbanos que aún vivían, no pudiendo resistir más el calor que les abrasaba,
medio locos de furia, de hambre y de sed, dejaron de hacer fuego. Lentamente descendieron por las
escalas, tiznados, los ojos enrojecidos, manos y pies como carbón. Al llegar al suelo apenas podían
tenerse en pie.
―Vamos, hombres ―les dijeron―, por zoquetes os pasa esto. Ved aquí lo que habéis
adelantado con vuestra terquedad.
―Que... ¡re-contra! ¿Nos van a fusilar? ―preguntó el más significado de ellos.
―Naturalmente ―replicó el capitán, con toda la naturalidad del mundo en la entonación de la
palabra ―. Pues ¿qué queríais?... Vaya, que os traigan un trago de vino.
―Chiquio ―dijo uno, que era de Borja―, nos mandan al pocico.
―Qué... ¿te pena?
―Miá que yo...
Aterrado se alejó Fago, y no sabía cómo dar la tremenda noticia a las mujeres. No se atrevió a
decirles más que esta frase: «Se han rendido... Ahora los de abajo les convidan a vino».
Prorrumpieron en chillidos las mujeres, gritando: «Les dan la bebía: es la señal de afusilar».
La más brava era siempre Saloma, que dijo:
―Mediagorra no tiembla... ¿Qué ha de temblar si es de bronce?»
Desde media noche empezaron las tropas a evacuar el pueblo. Salieron primero el 7.º y 5.º de
Navarra; luego los granaderos, el Cuartel General. Zaratiegui partió a las dos, y Eraso quedó el
último. El vecindario no pudo entregarse al descanso, pues como se levantara viento, temieron que
el fuego cundiera de la iglesia a las casas próximas, y se quemase todo Villafranca. Ocupáronse con
los soldados del 3.º y parte de los guías en cortar el incendio, y los del 1.º de Guipúzcoa ejecutaban
la orden de vaciar las cubas de vino en las casas y bodegas de cristinos, resorte de guerra que se
empleaba siempre en la Ribera, a fin de empobrecer al enemigo y aterrar a los labradores
desafectos. Corría el líquido por las calles, mezclándose en algunos sitios con el rojo de la sangre,
tan fácilmente derramada como si los cuerpos humanos fuesen odres que se vacían para volverlos a
llenar.
Las urbanas quisieron reunirse a sus hombres. Aún ignoraban algunas de ellas si el suyo o los
suyos habían perecido en la torre, o estaban entre los vivos condenados a muerte. Corrieron hacia la
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plaza; pero el movimiento de la tropa que evacuaba el pueblo les cortaba el paso a cada instante, y
en la obscuridad de la noche se separaron en diferentes grupos, se perdían, volvían a encontrarse
para separarse de nuevo. Llamaban a los suyos; nadie las escuchaba. No faltaron gentes piadosas
del otro bando que las auxiliaban y querían consolarlas. El incendio, medio extinguido ya,
alumbraba muy poco; la noche era lóbrega; no soplaba viento; el humo pesaba sobre las angostas
calles; el olor de madera quemada infestaba toda la villa; no se respiraba aire, sino ambiente de
maldiciones mezcladas a un aliento insano, como transpiración de enfermo corrupto. Sin llegar a
donde querían ir, porque los cordones de tropa se lo impedían, cada una de las urbanas iba por su
lado, como en los viajes de pesadilla, revolviéndose por las calles, siempre a oscuras, entre el
vértigo de los soldados y paisanos que corrían de un lado para otro. Con Saloma y Claudia iba Fago,
decidido a consolarlas en su tribulación, y encontraron a otras dos, y los cinco se dirigieron por una
callejuela que conducía a la ermita de San Bartolomé. Habían oído decir: «por ahí los llevan», y
corrieron tras el tumulto. No bien llegaban a unos treinta pasos de la ermita, un pelotón de soldados
les cortó el paso. Detuviéronse ellas y él aterrados, sin resuello, con la corazonada de un inmenso
duelo. Oyeron una exclamación salvaje, horrendo coro de seis, ocho o veinte voces (no se podía
apreciar el número), que con desconcertados y roncos acentos gritaba: «¡Muera Carlos V!...».
Siguió una descarga cerrada, varios disparos sueltos... después un silencio lúgubre.
¡Pobres urbanos! ¡Así pagaban su tenaz constancia celtibérica! ¡Así se derrochaba el tesoro
inmenso de la energía española! ¡Es verdadero milagro que después de tan imprudente despilfarro
del caudal por uno y otro bando, todavía quedara mucho, y quedará siempre, y quede todavía!
Pues, señor, Fago se encontró solo con Saloma. La Claudia había dado un salto y
desaparecido en dirección del sitio de la hecatombe. Otra de ellas yacía desmayada en el suelo. Al
oír la descarga, Saloma, a quien el capellán quiso tapar la boca para que no gritase alguna
barbaridad que les comprometiera a todos, le mordió la mano, y tanto hincó los dientes, que al buen
cura le quedó señal para mucho tiempo. Luego, dando un resoplido, con ronca voz dijo:
―Acábate, mundo, pa no ver esto... ¡Ay, ay!... Padrico, lléveme a donde pueda gritar y,
desahogar todo este veneno de mi alma».
El movimiento de la tropa, que regresaba del lugar del suplicio, obligoles a volverse por
donde habían venido; pasaron junto a la plaza, donde no se respiraba más que humo fétido (porque
en los últimos momentos del sitio de la torre habían quemado en el interior de ésta gran cantidad de
pimentones, a fin de asfixiar más pronto a los sitiados); pasaron de largo a toda prisa; buscaban la
salida del pueblo por el lado del río, y en el arrabal encontraron a otras dos urbanas, que se
arrancaban los pelos en el paroxismo de la desesperación, rodeadas de gentes compasivas que con
palabras piadosas y dulces trataban de mitigar su pena. Sin detenerse más que breves momentos,
Fago y Saloma siguieron adelante, pisando fango, resbalando sobre el suelo reblandecido, metiendo
los pies en charcos inmundos. «Pisamos sangre humana», dijo el clérigo con terror. Y replicó
Saloma: «No, Mosén, que es vino. ¿No vio que soltaban las cubas?»
Llegado que hubieron a la salida de Villafranca, se desviaron de la dirección que llevaba la
tropa, y Fago se plantó de pronto diciendo:
―¿Pero adónde voy yo? Tengo que seguir al ejército hasta reunirme con el Cuartel Real.
―¿Con ésos, va usted con ésos?
―Naturalmente... Son los míos.
―Pues los míos, ¡re-contro!, son los otros ―gritó la moza con ronca fiereza, agitando las
manos tan cerca de la cara del cura, que éste creyó que le abofeteaba―. Los otros, sí... y este Don
Zamarra, General Meampucheros, me la tiene que pagar.
―No seas loca, que las mujeres nada tienen que hacer en estas guerras.
―¿Que no? ¿Que no somos guerreras nosotras? Ya lo verán ―dijo con exaltación delirante.
¡Muerto Mediagorra! Pus ¡viva Mediagorra, vivan los hombres que saben morir con decencia! Soy
de Borja, Padrico. He mamado de la teta del Moncayo... No sé hablar más que con hombres
valientes, ¡ea!... Si es usted falso (cobarde), buenas noches.
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―Yo no soy falso ni valiente; soy sacerdote.


―Pues oiga: en Cadreita, dos leguas de aquí, hay un cura que ha levantado una partida liberal,
y mata faiciosos como moscas.
―Vade retro. Ése será un perdido.
―Un ganado... Si quiere, nos vamos allí.
―¿Yo? ¿Por quién me tomas? Soy capellán del Cuartel Real.
―Buen provecho. ¡Miá que Rey ése!...
―Es Rey, el Monarca legítimo, Saloma, y todo lo demás es intriga y usurpación de los impíos
y masones de Madrid. Pero el infierno no puede triunfar, aunque Dios le permita ventajas pasajeras
para probar a los buenos.
―¿Y los buenos son ésos, ésos, los de Don Zamarra? ―preguntó la baturra, picaresca, con
toda la malicia y desvergüenza del mundo en su bello rostro―. ¿Lo cree usted, Padrico?
―Como ésta es noche. Creo en la legitimidad, creo en los derechos indiscutibles de D.
Carlos, creo que los ejércitos carlinos defienden al verdadero Rey y al Dios verdadero.
―Y yo creo que es usted bobo. Miá que Dios... ¿Qué tiene que ver Dios con la guerra? ¿A
Dios le puede gustar que haigan fusilado a Mediagorra?
Fago callaba, sin saber qué decir. Atravesaron solos un campo yermo, y halláronse sin saber
cómo en el camino por donde marchaban las tropas. Un mozo de los que habían conocido a Fago en
Falces se llegó al grupo, y extrañando ver al clérigo en tal compañía, le dijo: «Mosén Custodio, no
se deje engañar de ésa. La conozco, y sé que es muy perra».
Trabáronse de palabras y un poco de empujones la moza y el baturro, llevando la mejor parte
Saloma, que le dijo:
―Anda allá, falso... ¿Tú quién eres? Un hambrón... Has venido aquí pa comer, porque en tu
casa no lo hay.
―Vete, vete pronto a orilla de los guiris.
―Sí que me voy. Y tú y Zamarra... detrás de la boñiga del legítimo.
―A mucha honra.
―Y yo voy onde quiero. Con bustedes si me da la gana».
Agregáronse otros, y con jovialidades de dudoso gusto la incitaban a subir con ellos a una de
las galeras.
―¡Miá que yo...! Voy a Cadreita, donde dejé mi legítima... la burra, hombre... Allí me monto,
y muera la faición.
―Anda, saltamontes, zanganota.
―Llévense al Mosén, que está arguelladico.
Apareciose de improviso el capellán Ibarburu, furioso contra los chicos, a los que amenazaba
con su bastón, diciéndoles:
―Animales, os estoy buscando hace una hora. ¿En dónde tenéis el carro?
―Allí está, señor. Monte cuando guste.
Reparó Ibarburu en el bulto del capellán, y al pronto no le reconoció por estar encorvado,
calladico y pasado de frío, hambre y tristeza.
―Sí, sí ―respondió tímidamente―: soy José Fago.
―Véngase conmigo, y por el camino comeremos un bocadito.
Al coger del brazo a su colega, Ibarburu reparó en Saloma.
―¿Qué pájara es ésta? ―preguntó a los chicos.
Y como respondiesen que era la de Mediagorra, el capellán echó mano al bolsillo, y sacando
una peseta se la dio a la baturra con estas compasivas palabras:
―Toma, hija, y vete con Dios... ¡Pobre Pascual! Mañana le aplicaré la misa.
Sin oír lo que Saloma agradecida le contestaba, dirigiose al vehículo, donde ya un chico de
tropa le había puesto las alforjas y la maleta. Fago le siguió silencioso. La baturra se despidió
airosamente de sus paisanos con breves palabras despreciativas:
ZUMALACÁRREGUI 20

―¡Arre, asolutos!

VII

―Vamos a Caparroso ―dijo Ibarburu al ponerse en marcha la galera―: buen pueblo,


totalmente adicto a la causa. El Cuartel Real ya está allá, y seguirá mañana hacia Carcastillo... Qué,
¿se duerme usted, Sr. de Fago?
Por un rato intentó éste sobreponer su cortesía a su cansancio, sosteniendo con monosílabos la
verbosidad del hablador Ibarburu; pero tanto pudo al fin el desmayo de su cuerpo y de su espíritu,
que se durmió profundamente, obligando al otro a hacer lo mismo. El horrible zarandeo del carro
por tan ásperos caminos no quebrantaba el profundo reposo de aquellos cuerpos, endurecidos ya en
las continuas molestias y trabajos de la guerra. Diéronles en Caparroso alojamiento comodísimo en
una casa de labradores, a la entrada del pueblo; y bien instalados en la cocina, que era la mejor
pieza, ante un fuego de sarmientos, que chisporroteaban con alegre sonido, pasaron una mañana
agradabilísima, y repararon uno y otro sus estómagos, que bien lo necesitaban, sobre todo el del
aragonés por causa de los prolongados ayunos que agravaban sus hondas tristezas. Pero aquel día,
animado por el ejemplo de su colega, que quería vivir a todo trance, comió con tanta gana, que entre
los dos despacharon medio cordero, asado a su vista, echándole encima porción cumplida de vino
del país, fresco y confortante. Al fin del almuerzo parecía Fago otro hombre, y hasta se volvió
comunicativo, arrancándose a contar a Ibarburu diferentes hechos de su vida que a nadie había
querido contar.
Siguieron la misma tarde de aquel día para Carcastillo, donde, de noche ya, les deparó la
Providencia otra cocina con buena lumbre de sarmientos, el cazuelo de sopas, el cordero, el vinito y
una gente obsequiosa y hospitalaria que se desvivía por agasajarles. Con los soldados que allí se
alojaban, las mujeres de la casa y dos o tres viejas, rezaron el rosario, y echaron después un
parrafito, todos con mucho sueño, acerca de la guerra y de las contingencias favorables que se
barruntaban, asegurando Ibarburu que estaba al caer la presentación de muchos peces gordos del
cristinismo, oficiales de artillería e ingenieros, y tal vez, tal vez más de cuatro Generales de los más
calificados. Con esto empezaron a roncar los de tropa acomodándose en el suelo, entre mantas; las
viejas siguieron rezando para que Dios hiciese bueno todo aquello que el capellán decía; y mientras
los chiquillos apuraban el contenido de los platos, y los dos michos de la casa y el mastín afanaban
lo que podían, los dos clérigos se fueron a la alcoba de los patrones, que obsequiosamente se les
había cedido, y durmieron como príncipes.
Al día siguiente pudo Fago reunirse con el señor Consejero de Castilla, D. Blas
Arespacochaga, de quien era capellán, y le explicó las razones de haberse extraviado en el camino,
quedándose en la retaguardia del ejército, sin maleta y sin caballo. Recobradas una y otro, tanto él
como Ibarburu dieron betún a sus botas, rasparon hasta donde era posible las cascarrias de sus
balandranes, se asearon un poco, y se fueron tan ternes al cercano Monasterio de bernardos de
Oliva, con objeto de besar la mano a la Majestad de Carlos V, que allí tenía su alojamiento. En la
Sala Capitular, rodeado de frailes, estaba el Rey, por cierto con menos ceremonia y tiesura de la que
al absolutismo parecía corresponder, y a todos los que entraban y le hacían la reverencia les
agraciaba con una sonrisita bonachona, en la cual era más fácil distinguir al pretendiente que al
soberano. Hicieron los dos clérigos puntualmente todo lo que mandaba la etiqueta, mostrándose
Ibarburu extremadamente flexible de espinazo; y después de reparar el estómago con bizcochitos y
vasos de vino que en el refectorio ofrecían los bernardos, se volvieron a Carcastillo con descansado
andar, charlando en tonos de la mayor confianza. En aquel paseo hizo Fago al otro clérigo
confidencias tan interesantes, que es forzoso reproducirlas punto por punto.
―Puesto que es irresistible en mí el anhelo de manifestar todo lo que siento y todo lo que
discurro, ¿qué mejor ocasión que la presente, teniendo al lado al que como amigo y como sacerdote
ZUMALACÁRREGUI 21

puede escucharme? Esto será confidencia amistosa, y al propio tiempo efusión de conciencia.
Luego que usted sepa lo que anda por dentro de este desgraciado, podrá aconsejarme y dirigirme
con buen criterio. Creo que no hay que repetir los antecedentes.
―No: recuerdo muy bien lo que usted me contó en Caparroso, su vida licenciosa de seglar.
Era usted un libertino; el demonio le tenía entre sus uñas, y no había pecado mortal que usted no
cometiese... Perfectamente: el robo de Saloma, su desaparición... todo lo recuerdo bien. Después
vino el arrepentimiento. Dios quiso recobrar el alma perdida... El demonio entregó su presa... Muy
bien. Se hizo usted sacerdote, y el estudio y la oración fortificaron su alma, eliminando de ella hasta
las últimas heces del pecado y los vicios... Perfectamente.
―Y recordará usted también el suceso terrible de mi encuentro con Ulibarri...
―Sí, sí... Mandáronle a usted auxiliar a un reo de muerte y... ¡conflicto extrañísimo y
altamente patético! Dios le puso frente al hombre que había ofendido... ¡y en qué situación uno y
otro! Reo él, usted confesor. ¡Sorprendente caso de conciencia! ¡Cómo se ve la mano de Dios!...
Adelante. Comprendo la sacudida, la intensísima emoción que usted sufriría... Sin el favor del
Cielo, habría usted perdido la razón, amigo mío.
―Así lo creo. No me he vuelto loco por especial favor de Dios, que en aquella ocasión
terrible, como en otras de mi vida, ha mirado por este siervo indigno.
―Perfectamente. Cuénteme usted lo demás, pues lo que sigue al entierro del alcalde de
Miranda me es desconocido.
―Lo que ha seguido es simplemente un estado de conciencia y de pensamiento que me tiene
en grandísima zozobra.
―¿Conciencia?... ¡Hola, hola!
―Aguarde usted... Yo no había visto nunca de cerca la guerra. Me ha impresionado
profundamente...
―Inspirándole repulsión, tristeza, lástima de las innumerables víctimas...
―No, señor; eso me ocurrió el primer día; después, no. Ante todo, quiero que me dé usted su
opinión sobre un punto que creo elemental, y que desde anoche me sugiere angustiosas dudas. Yo
pregunto: ¿Dios autoriza las guerras? ¿Dios puede tomar partido por uno de los combatientes,
amparándole contra el otro, o abomina por igual de todos los que derraman sangre humana?
―Amigo mío, Dios ha de mirar mejor a los que defienden sus derechos.
―¡Los derechos de Dios!, ¿qué es eso?
―Hombre, la fe... Me parece que esto es claro. Quiero decir que entre dos que luchan, Dios
ensalzará al que le adora y hundirá al que le escarnece. Paréceme que de esto hay elocuentes
ejemplos en la Historia sagrada y profana.
―No acabo de convencerme, señor mío... Dios ha dicho: «No matar».
―Sí; pero distingamos: salen dos grupos de hombres, uno que defiende la verdad y la justicia,
otro que patrocina el error y el pecado. Cruzan las espadas. Dios ha dicho: «No matéis»; pero...
―¿Pero qué?
―Digo que es forzoso impedir, como se pueda, que el mal impere sobre la tierra.
―Y esto sólo se consigue matando.
―Justo.
―Luego las guerras pueden tener su lado humano y su lado divino, y hay o puede haber
ejército de Dios y del diablo.
―¿Qué duda tiene?
―Bueno: pues admitido que Dios autoriza el matar, surge nueva duda en mí, que me
confunde y anonada. Se me ocurre que el exequatur de Dios, o sea su permiso para que nos
matemos, se concreta exclusivamente a los actos de agresión que constituyen el combatir
propiamente dicho. En la lucha, muy santo y muy bueno que haya muertes, pues de otro modo no
habría lucha, ni victoria del bien sobre el mal. Lo que no me ha entrado todavía en la cabeza es que
Dios consienta el matar frío y carnicero, como sacrificio de reses, por las llamadas leyes de guerra,
ZUMALACÁRREGUI 22

bien con el fin de asegurar la disciplina, bien con el de aterrorizar al enemigo, y quitarle auxiliares o
medios de comunicación. ¿Me explico?
―La guerra no puede ser eficaz de otra manera, amigo mío. Si no admitimos el eclipse total
de la benignidad y compasión por motivos de disciplina, o de organismo militar, no hay victoria
posible, y el matar, que es un mal, sería interminable, y la paz, el supremo bien, no se restablecería
nunca. Las crueldades que vemos un día y otro son actos de política, absolutamente necesarios.
―¿Y hay política de Dios, como hay guerra de Dios?
―¡Oh!, seguramente.
―Y admitido que, para resolver el tremendo litigio entre la verdad y el error, no hay más
remedio que armar soldados y efectuar con ellos todo lo que manda el arte de la guerra, hemos de
admitir necesariamente los duros castigos, las represalias, etc., etc.
―Luego ¿todo el organismo bélico, con la matanza del enemigo, el burlarle con engaños, la
continua destrucción de vidas y haciendas, el castigo de inocentes conforme a la política militar, la
guerra, en fin, puede ser y es en algunos casos de Dios?
―Así lo creo, y en conciencia lo afirmo.
―Muy bien: opinión tan resuelta me tranquiliza sobre el punto capital; pero aún andan
rondándome el espíritu ciertas dudas. Vamos a ver. Yo pregunto: ¿este ejército que defiende la causa
de Carlos V contra la causa de la hija de Fernando VII, podemos y debemos considerarlo como
verdadera milicia cristiana? Me parece bastante dar este nombre a lo que antes llamábamos ejército
de Dios.
―Hombre, no sé cómo abriga usted tales dudas. Supongo que habrá estudiado el caso
histórico. Un sacerdote no debe tener escrúpulos en lo tocante a los derechos augustos de la
legitimidad, ni vacilar tampoco en la creencia de que D. Carlos es la religión, la virtud, la moral, el
bien de los pueblos.
―Contra el mal, contra la impiedad y el libertinaje: estamos conformes. Por consiguiente, si
ésta es milicia cristiana, la otra es milicia impía, verdadero ejército del demonio o de todos los
demonios. ¡Si no lo pongo en duda!... Quería yo que usted confirmase esta opinión con su
autoridad. Yo dudé, tenía mis escrúpulos: deseaba que el dictamen de un hombre de estudio los
disipara. Ya no dudo, ya sé a qué atenerme: puedo manifestarle sin rebozo ese estado singularísimo
de mi espíritu de que antes le hablé».
Apenas llegaban a las primeras casas de Carcastillo, vieron movimiento de tropas. No
tardaron en informarse de que pronto saldrían el ejército y el Cuartel Real en dirección a Sangüesa,
por lo que se dieron prisa a entrar en su alojamiento y a disponer la marcha.

VIII

No sin dificultad pudo Ibarburu conseguir un mulo y una yegua, y caballeros los dos fueron
juntos y en agradable conversación por todo el camino; mas Fago no tocó el tema que había
quedado pendiente, pues tales cosas, según dijo, no eran para tratadas a la ligera, galopando entre el
bullicio de la tropa en marcha. En Sangüesa fueron alojados, juntamente con el brigadier La Torre y
el auditor Lázaro, en una de las mejores casas de la población, y por la noche, después de cenar en
buena compañía, con señoras y todo (a las cuales La Torre, hombre de refinado trato social,
entretuvo con donaires del mejor gusto), se les destinó una alcoba con tres camas para ellos dos y el
auditor, no siendo posible mejor acomodo, porque la ciudad le venía muy chica a ejército tan
grande. Decididos a esperar el sueño de su compañero de cuarto para charlar a gusto, tuvieron la
suerte de que el Sr. Lázaro, apenas puso la cabeza en la almohada, rompiera en ronquidos
profundos. Al son de esta música, que más era molestia que estorbo, hizo Fago a su amigo la
confesión siguiente:
―Ha de saber usted que desde que ando entre soldados, mejor dicho, desde que vi al General
ZUMALACÁRREGUI 23

Zumalacárregui, se me ha metido en el alma un ardentísimo deseo de tomar las armas.


―¡Hola, hola!...
―De lo que he luchado en mi conciencia para combatir este sentimiento guerrero, que me
parecía inspiración del demonio, no puede usted tener idea. Porque lo que siento, créame usted, es
una furia, un frenesí impulsivo, y al propio tiempo un profundo desprecio de la vida de mis
semejantes, sobre todo si son del bando o facción contraria a nuestras ideas. Y como conceptúo que
este sentimiento se da de trompicones con la mansedumbre, cualidad primera del sacerdote, de aquí
mi confusión, mi terror más bien, viendo perdida en un instante la serenidad conquistada por mi
pobre alma en tres años de oración y quietud, de comercio intelectual y moral con varones
sapientísimos y virtuosos... Yo había conseguido la paz de mi alma, y ahora me siento, ¡ay de mí!,
abrasado en loca ambición, ansioso de que mi nombre suene en todos los oídos, ávido de imponer
mi voluntad, y de satisfacer un diabólico prurito de acción; de acción, señor Ibarburu, que me
abrasa las entrañas y enciende llamaradas en mi cerebro. ¿Qué es esto? ¿Es que el demonio me
vuelve a coger entre sus garras?
―Poco a poco, amigo mío; no se exalte usted, y estudiemos el asunto ―dijo Ibarburu un
tanto inquieto―. Bien podría ser que eso no fuese cosa del demonio.
―Pues de Dios no es... ¡oh!, de Dios no ―exclamó Fago levantándose para estirar su cuerpo
entumecido.
―No podemos afirmarlo tan pronto.
―¿Cree usted que es de Dios?
―No sé... Examinémoslo... Puede ser de Dios... ¿Por qué teme que no lo sea? ¿Por la Orden
sagrada que le obliga...?
―A la modestia, a la pasividad, a la obediencia, a la humildad, a la vida oscura, al amor de
los semejantes, sin distinción alguna.
―Distingamos, amigo Fago.
―No, no distingo. Si soy guerrero, si Dios lo quiere así, no puedo ser sacerdote, no quiere
Dios que lo sea, me autoriza para dejar de serlo... Resultará que me equivoqué, amigo Ibarburu; que
una falsa vocación, producida por debilidad mental, por pesadumbres, por cansancio, no sé por qué,
extravió mi espíritu. Lo diré más claro: yo sospecho ahora que todo esto, como cosa postiza y mal
pegada, se descompone, dejando al descubierto el antiguo ser: el hombre pendenciero, el bravo, el
que jamás conoció el miedo... Porque ha de saber usted, y no lo digo por alabarme, que no había
nadie capaz de medirse en arrogancia con José Fago.
―¿Fue usted militar?
―No, señor; pero tenía todos los instintos militares, la rapidez de la acción en las aventuras,
el golpe de vista audacísimo, el desprecio de todo obstáculo, la resistencia física, la persistencia en
mis fines, la energía indomable para imponer mi voluntad. Y en el fondo de todo eso, una gran
rectitud moral, un sentimiento profundísimo del bien, que interpretaba a mi manera.
―¿Y cómo, señor mío ―preguntó Ibarburu con asombro―, pasó usted de ese estado a otro
tan diferente?
―Fijándome en ello veo ahora que la diferencia no es tan grande. Al entrar en la vida
eclesiástica, aun entrando por equivocación, yo llevaba los elementos de mi ser antiguo; yo
ambicionaba la lucha por la fe, el martirio, la predicación a infieles, las misiones... No es tan
diferente, Sr. Ibarburu, no es tan diferente... Resultó que no encontré terreno apropiado a mis
anhelos... Sin saber cómo, en vez de las glorias eclesiásticas, fui a parar a la política cristiana, y de
la política cristiana a la guerra de Dios...
―Explíqueme usted otra cosa ―dijo Ibarburu, lleno de dudas y buscando la lógica en las
fluctuaciones del carácter de aquel extraño sujeto―. En presencia de la horrible tragedia de Ulibarri
¿no sintió usted que se le desgarraba el alma; no sintió espanto de la guerra, y piedad inmensa del
inocente sacrificado?
―Sí señor: sentí desgarrado mi corazón, porque yo había ofendido a Ulibarri, porque éste era
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un hombre honrado y bueno, porque me habían llevado a su presencia para que le perdonase los
pecados, y él era, él, quien debla perdonarme a mí los míos. Por eso se conturbó mi alma
horrorosamente.
―Y después, al enterrarle, ¿no derramó usted lágrimas amargas, ofrenda de piedad al muerto,
y a Dios, que nos enseñó las Obras de Misericordia?
―Sí, señor: lloré, y lloré con el alma, porque yo había ofendido a D. Adrián... Su desastroso
fin me anonadaba. Parecíame que era yo quien le había matado.
―Y en aquellos angustiosos minutos, ¿empezó usted a sentirse guerrero?
―Todavía no. En Falces, en Peralta, yo no sé lo que deseaba. El ardiente anhelo de tomar las
armas estalló furibundo cuando vi por primera vez de mi vida al General Zumalacárregui, en el
momento aquel de bajar de la torre las mujeres de los urbanos.
―¿Cuando las azotó?
―Cuando las azotó... No, no; antes, en el momento de verle aproximarse, látigo en mano.
―Explíqueme usted por qué la presencia del grande hombre del absolutismo, del realismo,
mejor dicho, despertó tan súbitamente en usted ese anhelo...
―En mí son frecuentes las explosiones de un sentimiento... ¿lo llamaré virtud, lo llamaré
defecto? No sé cómo llamarlo. Lo mismo puede ser una cosa que otra. ¿Sabe usted lo que es? La
emulación. Yo soy un hombre que en presencia de cualquier individuo que en algo se distinga,
siento un irresistible empeño de sobrepujarle y hacer más que él.
―Cualidad es ésa, amigo mío, que puede conducir a la gloria, o a grandes desastres y
miserias... Ya comprendo. Vio usted al General y se dijo: «Todo lo que tú has hecho lo habría hecho
yo. Aquí hay un hombre que se siente con bríos para eclipsar tus empresas».
―Exactamente.
―Antes de pasar adelante, dígame usted: al abrazar el estado eclesiástico, guiado, como ha
dicho, por una vocación más o menos verdadera, ¿sintió usted también el estímulo de sobreponerse
a las personas religiosas?
―No he visto personas religiosas que despertaran en mí esa emulación. Ya ve usted que digo
todo lo que pienso con absoluta sinceridad... Yo sentía, sí, anhelo de igualarme a los santos.
―¿A los santos? Brava ambición a fe mía.
―Pero no he hallado atmósfera donde pudiera fomentarla. He conocido sacerdotes
ejemplarísimos, sí; pero me ha parecido tan fácil igualarles y aun superarles, que la emulación
apenas se ha manifestado en mí, y no he sentido por ello la menor inquietud... Pero si no he
encontrado atmósfera de santidad, sencillamente porque no la hay, he encontrado atmósfera
guerrera y política. La historia viva, tan patética y hermosa; la presencia de un hombre que rebasa la
línea de la multitud, me han trastornado. Aquí, en el seno de esta dulce confianza que entre los dos
se ha establecido, hablando con el amigo, con el confesor, yo me despojo de todo artificio de falsa
modestia para decir: «Lo que ha hecho Zumalacárregui, lo habría hecho yo... no se ría usted de mí...
lo habría hecho yo tan bien como él... y si me apuran, diré que mejor. Mi carácter ha sido siempre
de una franqueza escandalosa. No oculto nada de lo que siento».
―Señor mío ―dijo Ibarburu, con un granito de sal irónica―, hace usted bien en manifestar
tan sin artificio sus pensamientos. Ahora, vengan los hechos a demostramos que usted no se
equivoca.
―La realidad, la maldita realidad ―afirmó el otro clérigo con pena―, siempre se compone
de modo que mis ideas resulten burladas. Llegué tarde a la santidad; llego tarde a la guerra. Otro ha
hecho lo que yo habría podido y sabido hacer. Crea usted que esto de organizar tropas, convirtiendo
en batallones aguerridos las bandas de campesinos indisciplinados, es en mí un instinto poderoso
que vengo alentando desde la tierna infancia. La obra de este hombre, hermosa en alto grado,
paréceme que es obra mía, y que mi espíritu se ha introducido en él para inspirarle sus
resoluciones... No se ría usted, que esto no es cosa de broma. Digo todo lo que siento... Pues bien:
yo llego tarde al terreno de los hechos. ¿Qué puedo esperar? Que me pongan en filas, que me den el
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mando de una compañía...


―Ciertamente: por algo se empieza; y si su valor y pericia responden a esos alientos, podrá
usted prestar eminentes servicios a la causa sacratísima de la Religión y del Rey.
―¡Ay, amigo mío ―replicó Fago con desaliento―, como digo lo uno digo lo otro! O sirvo
para todo, o no sirvo para nada... Dudo que en una situación subalterna pudiera prestar servicios
eficaces... Entendámonos: digo que lo dudo; no niego en absoluto que pueda prestarlos... Sea lo que
quiera, he llegado tarde a la guerra, como llegué fuera de tiempo a la santidad.
―¡Quién lo sabe! En una y otra esfera no hay linderos para el hombre de gran corazón, de
inteligencia poderosa.
―Los hay, sí, señor, y la emulación queda reducida a un anhelo impotente, horrible suplicio
del alma... Puesto que todo se ha de decir, sepa usted que toda mi vida he sentido en mí la
conciencia estratégica la apreciación de las distancias, de las alturas, del obstáculo que ofrecen los
ríos... Yo conocía que en mi espíritu se formaba un arte, una ciencia; pero no se me presentó nunca
la ocasión de aplicarla... Ahora, ¿de qué me sirve sentir intensamente la geografía militar... y le
advierto a usted que conozco la de este país palmo a palmo, porque si no guerrero he sido cazador, y
allá se va lo uno con lo otro... de qué me sirve, digo, sentir la distribución, marcha y colocación de
tropas sobre el terreno, y saber calcular, al menos yo me lo creo así, un ajuste perfecto entre el
tiempo y la acción?... Si he de manifestar todo, todo lo que me bulle por dentro, sin falsa modestia,
diré que hoy veo el desarrollo de la guerra, paso a paso; y puesto yo en el lugar de Zumalacárregui,
me sería muy fácil llevar triunfantes las banderas de Carlos V a la orilla derecha del Ebro, ganar
Burgos y Zaragoza, y plantarme en Madrid, terminando la campaña en cuatro meses.
―Oh, no crea usted que me parece un disparate ―dijo Ibarburu, frotándose los soñolientos
ojos―. Yo no me siento, como usted, capaz de tan grande hazaña; pero de que puede y debe
realizarse, no tengo duda.
―¿La realizará este buen señor?»
Fatigado ya de tanta conversación, y contemplando con envidia el sueño beatífico del auditor,
Ibarburu no respondió sino con monosílabos pronunciados en bostezos: «¿No le parece a usted,
amigo Fago, que debemos echamos a dormir y dejar para mejor ocasión eso de si vamos o no
vamos triunfantes a Madrid... la semana que viene?»
Dicho esto, empezó a desnudarse, mientras el otro, sin ganas de dormir, se paseaba por el
largo aposento, con las manos a la espalda. Temeroso de haberle lastimado con la última expresión,
un tanto burlona, agregó Ibarburu palabras afectuosas: «Mañana trataremos de que se presente usted
al General y hable largamente con él. Conviene que Don Tomás le conozca... Es hombre muy
perspicaz, ¡oh!... gran catador de caracteres... Escóndase el mérito todo lo que quiera; ¡ah!... yo le
respondo a usted de que ése lo descubre... y es más, yo le respondo a usted de que lo utiliza.
―¿Le trata usted?
―¿Al General? Hombre, ¿cómo no? Y me distingue mucho. Yo he venido a la guerra con
Iturralde. Soy, pues, más antiguo aquí que el General mismo. Respondo de que será usted bien
recibido.
―Pero yo ―murmuró Fago con sencillez infantil―, yo, pobre de mí, ¿qué le voy a decir?
―¡Hombre de Dios! ―replicó el otro agazapándose en las sábanas―. Modestísimo estáis.
―Dígame una cosa antes de dormirse. Y usted, tanto tiempo en la guerra, capellán de
Iturralde, capellán de Eraso, capellán de Gómez, ¿no se ha sentido alguna vez, con el contacto
diario de esos nobles guerreros, no se ha sentido... pues...?
―¿Belicoso? ―dijo Ibarburu anticipándose a la expresión completa del pensamiento―. No,
amigo mío. No sirvo para eso. Ayudo a la causa en mi humilde esfera eclesiástica, y jamás he
pensado en las glorias de Marte. No quiero tampoco achicarme, ni diré con falsa modestia que no
sirvo para nada. Es más: le imito a usted en su noble sinceridad, y digo a boca llena que he prestado
y presto servicios de la mayor importancia. Yo he desempeñado misiones arriesgadísimas; yo he
redactado manifiestos; yo he sostenido correspondencia con prelados, juntas de España y el
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extranjero, y cuando llega un apuro de personal, yo el hombro a la Intendencia... que lo diga el que
ronca... yo no me desdeño de echar una mano a Sanidad... Y añada usted el diario, el continuo
servicio de implorar al Todopoderoso para que incline siempre de nuestro lado la suerte de las
armas... Que no lo consiguen todo las balas, amigo mío; que algo y algos, y mucho y remucho
hacen las oraciones. ¿No cree usted lo mismo?
―¿Se permite contestar con absoluta sinceridad?
―Hombre, sí.
―Pues, tratándose de los éxitos de la guerra, más fe tengo en las balas que en las oraciones.
¿Es herejía?
―Herejía, no... Y puede que lo sea, porque pone usted en duda la excelsa sabiduría y el
supremo criterio con que el Altísimo decide las querellas de los hombres, haciendo prevalecer a los
buenos sobre los malos.
―Bueno; pues concedo. No riñamos por eso.
―Y en prueba de concordia sobre este punto importantísimo, recemos, amigo Fago, recemos;
no sólo para pedir a Dios perdón de nuestras culpas, sino para que nos conceda...
―Un poco de artillería, que es lo que más falta nos hace ―declaró Fago terminando
jovialmente el concepto.
―Diga usted que es lo único que nos hace falta. Que nos den cañones... y me río yo del paso
del Ebro... En fin, recemos».
Rezaron un buen cuarto de hora, y luego Ibarburu, disponiéndose a dormir, rebozada la
cabeza en la sábana, por no tener gorro con que defenderla del frío, se despidió de su amigo con
estas palabras:
«¿Y a mí se me permite hablar con sinceridad, sin el artificio de la falsa modestia, diciendo, a
estilo de Fago, todo, todito lo que pienso?
―Claro que se permite... Es más: se prohíbe en absoluto la hipocresía; quedan abolidos los
remilgos del disimulo.
―Pues Ceferino Ibarburu no se ruboriza de afirmar que se conceptúa necesario en el ejército
del Rey legítimo, y que está plenamente convencido de que, el día del triunfo, sus servicios no
pueden ser en justicia recompensados con menos que con una mitra».
Ya no dijo más, y se quedó dormido. «¡Una mitra! ―pensó Fago paseándose―. Éste será
obispo... y yo... nada». Sorprendiéronle en vela las primeras luces del día.

IX

De Sangüesa marcharon los carlistas con su Rey a Lumbier, y sin detenerse aquí más que
algunas horas, continuaron en dirección de Aoiz. Temiendo que fuerzas considerables mandadas de
Pamplona le cortaran el paso de Zubiri, apresuró Zumalacárregui su marcha, corriéndose por el
norte de la capital en busca de su habitual base de operaciones, las fragosidades de Andía y Urbasa.
El único hecho militar de importancia, en los días de esta atrevida marcha, fue el combate,
desgraciado para los carlistas, entre la columna de Mancho y la división del General cristino
Linares: ocurrió muy a la derecha del ejército de Zumalacárregui, en la Foz de Aispuri cerca de la
frontera de Aragón. Las ventajas obtenidas en aquellos días por D. Carlos consistieron en la
presentación de bastantes oficiales del ejército nacional, perseguidos o postergados por sus
opiniones realistas, descollando, entre estas valiosas adquisiciones, la del artillero D. Vicente Reina,
a quien recibieron como enviado del cielo. Sólo tres cañones de montaña tenía Zumalacárregui, y
como no era fácil quitarle piezas al enemigo, ni menos traerlas del extranjero, daba vueltas en su
fecundo magín a la idea de construirlas en el país. A principios de aquel año había sorprendido la
fábrica de municiones de Orbaiceta, apoderándose de gran cantidad de proyectiles, que mandó
enterrar en diferentes puntos de los enmarañados montes. Lo primero que hizo Reina fue examinar
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uno por uno aquellos depósitos, y conocidos el calibre de las bombas y granadas, Zumalacárregui
propuso al oficial y a un químico navarro, llamado Balda, que le fundieran dos obuses.
Por este tiempo, y hallándose el Cuartel Real y el ejército en el valle de Araquil, tuvo Fago
ocasión de tratar a Gómez, que mandaba dos batallones; mozo despierto y valentísimo, a quien,
andando el tiempo, había de hacer famoso la audaz expedición o correría que en la Historia lleva su
nombre. Por un cambalache de caballos entraron en relaciones, y comieron juntos y merendaron
más de una vez. Era Gómez franco y decidor; Fago, taciturno: por esta diferencia quizás
simpatizaron. Una noche le mandó llamar a su alojamiento para decirle que sabedor el General de
sus aficiones belicosas, por más que de ellas no hiciera alarde, deseaba verle. A la mañana siguiente
le designó sitio y hora el ayudante Plaza, y, con efecto, a punto de las diez entraba el clérigo en la
casa del cura, donde el guerrero famoso se alojaba. Una horita de antesala tuvo que aguantarse,
porque estaban de conferencia el artillero Reina, el químico Balda y dos señores del Cuartel Real.
Al fin pasó mi hombre, y fue recibido por Zumalacárregui con severa cortesía, tan distante de la
familiaridad como de la rigidez orgullosa. Mandole sentar, le pidió permiso para repasar unos
papeles, y después, mirándole fijamente, con aquella atención penetrante que era en él habitual, le
dijo: «Amigos de usted me han informado de sus aficiones a la guerra. Déjeme usted ser franco y
decirle que los curas armados me gustan poco.
―Y a mí menos, mi General.
―Algunos he tenido muy bravos; pero no los quiero, no los quiero. El soldado es el soldado,
y el cura, el cura: cada cual en su profesión... El soldado combatiendo sirve a Dios, y el cura
rezando sirve al Rey. ¿No le parece a usted?
―Sí, señor.
―A los que se me han presentado con ganas de pelea, y a los que estaban con Iturralde
cuando yo me hice cargo del mando, les he puesto en filas. Unos se han cansado y se han ido. Otros,
muy pocos, continúan y son soldados excelentes. Pero no les dejo capitanear partidas volantes,
porque tengo para mí que nos afea la causa el espectáculo de Cristo con un par de pistolas.
―Lo que dice vuecencia me parece muy atinado ―declaró Fago con fría conformidad―.
Pero si así piensa, sírvase decirme para qué me ha llamado.
―Tenga usted paciencia ―contestó Zumalacárregui, atravesándole otra vez con su mirada
como con una aguja―. Si es muy vivo el entusiasmo de usted por la causa, como me han dicho,
quizás encuentre yo medios de utilizar las cualidades que sin duda tiene. El Sr. Arespacochaga me
ha dicho que abrazó usted el estado eclesiástico como arrepentimiento y corrección de una vida
disipada.
―Es verdad.
―¿Es usted navarro?
―No, señor: soy aragonés, de la Canal de Berdún.
―¿Conoce bien su país?
―En mi país y en todo el territorio de las Cinco Villas no hay rincón que no me sea tan
familiar como mi propia casa. La Ribera de Navarra también me la sé palmo a palmo, y la merindad
de Sangüesa lo mismo. Del resto de Navarra que he recorrido como cazador o paseante en mis
tiempos de mozo, y de la Parte de Guipúzcoa donde he vivido últimamente, sólo diré que montes y
ríos me conocen a mí».
Zumalacárregui le observó un rato sin decir nada. Era hombre que oía más que hablaba, y que
no gustaba de palabras ociosas.
―Sin el conocimiento práctico del terreno ―dijo después de una pausa―, no se puede ser
buen militar. Y según mis noticias, que ha corrido tanto por estos vericuetos, debe de conocer
hombres tanto o más que a los ríos y montañas... Sr. Fago, yo podría encargarle a usted de una
comisión, que no es muy militar que digamos; comisión poco gloriosa, poco brillante, pero que, en
las circunstancias presentes, desempeñada con diligencia y sagacidad, nos resolvería un gran
problema... Y se me figura que usted sabría prestar este servicio al Rey con el sigilo y la prontitud
ZUMALACÁRREGUI 28

que el caso requiere... Fíjese usted. No se trata de ninguna empresa heroica, sino de un trabajo
modesto, para el cual se necesita paciencia, astucia, honradez, amor a la causa y... valor; también se
necesita valor, porque la cosa tiene sus peligros.
―Dígamelo pronto, mi General ―replicó Fago, que se abrasaba en impaciencia.
―Pues verá usted: poseemos gran cantidad de proyectiles, de los que cogimos en Orbaiceta;
pero nos faltan cañones... Si yo tuviera un par de obuses, no se reirían de mí las guarniciones de las
villas de Navarra. ¿Y cómo me las compongo para adquirir esas dos piezas? Se me ha ocurrido
hacerlas. Reina y Balda me han dicho ayer, y hoy me lo han repetido, que si les doy metal, fundirán
los obuses en la ferrería de Labayén. ¿Pero de dónde saco yo el metal?
―Lo mismo digo: el metal, ¿dónde está? Habrá que extraerlo de las entrañas de la tierra.
―No, señor: hay que sacarlo de las entrañas de las cocinas y comedores de todas las casas de
Navarra y Aragón, y el buscarlo y traérmelo es la misión que se me ha ocurrido encargar a usted.
―Comprendido, mi General. Vuecencia quiere que yo haga una colecta de cacerolas, badilas,
almireces, aros de herradas, chocolateras, velones, braseros y demás objetos de cobre.
―En cantidad considerable ―indicó Don Tomás sin mirarle, trazando con la pluma una
rápida cuenta sobre el papel que delante tenía―, porque... señor mío, no me contento ya con los dos
obuses, y haré dos piezas de batalla de a ocho, y quizás cuatro... vamos, seis. Crea usted que si
conseguimos esto, la campaña tomará otro giro... ¿Qué tiene usted que decir?
―Que se necesitan... no puedo calcularlo... pero creo que no hay bastantes badilas y
almireces en Navarra y Aragón para esa obra, mi General.
―¿Pues no ha de haber?
―¿Y ese material, entendámonos, se compra, se pide... o se toma?
―Tráigamelo usted, y arréglese como pueda para obtenerlo. La habilidad del comisionado
consiste en reunir metales con el menor gasto posible. En los pueblos adictos hallará usted muchas
familias que ofrezcan su chocolatera para fundir los cañones de la Monarquía legítima; otras menos
fervorosas darán ese adminículo por poco dinero, y habrá también quien lo niegue... Al que lo
niegue se le quita, respetando siempre los conventos y casas de religión... En fin, que la causa
necesita artillería, y el país debe proporcionar los medios de fabricarla. El sacrificio no es grande.
Que sustituyan, durante algún tiempo, el cobre con el barro. ¿Qué más da?
―Admiro ―dijo Fago con profundo respeto―, la energía de vuecencia, la fecundidad de su
mente y la firmísima voluntad que aplica a cosas al parecer nimias para llegar a la realización de
grandes fines. Lo que yo siento es no poder prestarle el servicio que me propone, no por falta de
buenos deseos, sino porque no me reconozco con aptitudes para eso que... no sé si es tráfico de
quinquillero, o postulación de mendicante... o algo que requiere mañas parecidas a las de los
gitanos.
―Es un servicio de guerra como otro cualquiera; servicio que requiere destreza, habilidad y
valor, porque si usted consigue reunir, como es mi deseo, grandes cantidades de metal en las Cinco
Villas, y me las trae, fíjese bien, franqueando los caminos carretiles, donde es muy fácil encontrar
columnas cristinas, necesitará desplegar cualidades militares que no son comunes. Le daré a usted
alguna fuerza.
―¿Cuántos hombres? ―preguntó Fago con inmenso interés.
―A ver... dígalo usted... Le advierto que necesito el metal pronto, y que le señalo a usted
ocho días, a lo sumo, para traerme los quinientos quintales.
―Pues ponga vuecencia a mi disposición una columna de doscientos hombres.
―¡Doscientos hombres! Es mucho ―dijo Zumalacárregui sin mirarle, liando un cigarrillo―.
No me vaya usted a salir con una partidita volante que moleste a los pueblos de Aragón sin gran
ventaja para la causa. En aquel terreno, figúrese usted lo que tardarían en merendársela los
cristinos... ¡Doscientos hombres!... ¿y para qué? Para saquear las cocinas de los pueblos... No me
conviene, no. Convénzase usted de que ésta no es campaña de guerrillas, sino de ejércitos: las
guerrillas pasaron, señor mío; hicieron su papel en la guerra de la Independencia y en las trifulcas
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del 20 al 23; pero todo eso está mandado recoger. Los llamados partidarios no llevarán a Su
Majestad a Madrid.
―Mi General ―dijo Fago con vivísima intensidad en la expresión de su deseo―, deme
vuecencia los doscientos hombres, y antes de ocho días pongo en Labayén mil quintales de metal a
disposición del Sr. Reina, que ya puede ir preparando los hornos. Las operaciones que en esos ocho
días realice yo, dentro del territorio de las Cinco Villas exclusivamente, serán de mi
responsabilidad. Quedo obligado por mi honor a presentarme a vuecencia con los doscientos
hombres, o con los que me queden, y vuecencia decidirá si sigo o no sigo».
Zumalacárregui le miró como se mira a un loco. Comprendiendo Fago el sentido de aquella
mirada, se levantó para coger el sombrero, y se despidió en esta forma:
―Mi General, dispénseme. En la mirada de vuecencia he conocido que le parece disparate lo
que le propongo. Con seguridad hallará vuecencia persona más apta que yo para ese servicio de
reunir trastos de cobre. Y como no quiero que por mí pierda el General su precioso tiempo, le pido
su venia para retirarme».
Púsose en pie Zumalacárregui, y con movimiento pausado y noble, sin perder ni un instante su
gravedad, le quitó el sombrero de las manos, diciéndole: «No tenga usted tanta prisa, que aún no
hemos acabado. Siéntese usted». Algo había visto en el carácter del aragonés que le agradaba, o
que, por lo menos, despertaba en alto grado su interés y curiosidad. Quería, pues, penetrar en el
antro de resoluciones atrevidas y pensamientos tenaces que, sin duda, existía detrás de aquella cara
de vigorosas líneas, de aquella frente pálida, de aquellos ojos ya fulgurantes, ya mortecinos, como
escritura cifrada que necesita clave para su interpretación.
―No le doy a usted los doscientos hombres ―dijo D. Tomás poniéndole la mano en el
hombro―. Le daré doce nada más, con los cuales tendrá fuerza bastante para otra comisión que voy
a proponerle.

Entró un ayudante con despachos que debían de ser urgentes, porque el General se aplicó a
leerlos con avidez, y la conferencia fue interrumpida.
―Si vuecencia necesita despachar, o quiere recibir a alguien ―le dijo el clérigo―, en la
antesala aguardaré hasta que se me ordene.
―Sí, hágame el favor.
Retirose Fago a la sala próxima, donde esperaban dos hombres del pueblo y algunos militares.
No vio ninguna cara conocida, de lo que se alegró, pues no tenía gana de andar en saludos ni de
entrar en conversación. En su aburrimiento se puso a contemplar el adorno de imágenes y estampas
de la sala, el cual era tan variado como edificante: un Niño Jesús bien vestidito, un San Joaquín con
faldas ahuecadas, y entre ellos una laminota de barcos de guerra peleándose. Corderillos bordados y
un retrato de caballero con peluquín y chorreras, y en la mano una carta doblada en pico,
completaban el ornato. Extremada era la limpieza de todo, y el piso, de tablas desiguales enceradas,
ostentaba un lustre excepcional de días de fiesta. Cuando más solo se creía Fago, sorprendiole el
cura, dueño de la casa y patrón del General, llegándose a saludarle con la confianza natural entre
colegas. Era un hombre de mediana edad, pequeñín, torcido de cuerpo, de cara feísima, boca
gimiosa y risueña, y ojos ratoniles.
―¡Pero este señor General, qué poco se cuida de su salud! ―dijo de buenas a primeras―.
Pidió la comida para las doce, y son ya las dos... Ayer fue lo mismo: en conferencias y visitas se
pasó la tarde, y a las seis le servimos el puchero. No gusta de hacer esperar a nadie. Todo el mundo
por delante, y él el último.
―Pone toda su atención en los asuntos de la guerra ―indicó Fago disimulando sus pocas
ganas de palique―, y no se acuerda de las necesidades corporales: es todo espíritu, y su descanso es
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un continuo trabajar.
―Dios le conserve ese talentazo y esa actividad prodigiosa. Lo mismo se inquieta de las
cosas grandes que de las pequeñas. Pero en la guerra, digo yo, no hay nada insignificante. De
cualquier futesa depende el éxito; cualquier descuido trae un desastre; en la última piedrecilla
tropieza y cae un ejército.
―Es la pura verdad ―dijo Fago, teniendo por discreto al cura, que a primera vista le había
parecido tonto―. Un General como éste, que sabe su obligación y mide sus responsabilidades,
duerme en la almohada de sus pensamientos, y come en la mesa de sus afanes».
El clérigo torcido y feo se frotó las manos; rasgó su boca en una larga sonrisa, señal de que
variaba bruscamente de conversación, y dijo estas palabras no exentas de malicia:
―¿Con que ya tenemos en campaña a su señor tío de usted, el gran pastor navarro?
―No comprendo lo que usted dice, señor cura.
―Que ya tenemos de General en jefe de los cristinos y Virrey de Navarra a su tío de usted, D.
Francisco Espoz y Mina. ¡Si ya lo sabe todo el mundo!
―Menos yo, que también ignoraba que fuese sobrino de D. Francisco.
―Entonces nos confundimos... ¡Oh!, dispénseme... ―dijo el curita estrechándole las
manos―. Le tomé a usted por Aquilino, el cura de Elizondo, sobrino carnal de Mina; digo, de su
primera mujer. Vaya, que se le parece a usted en la color morena, en el ceño adusto, y en el metal de
voz sobre todo. ¿Conque no? Por muchos años. Yo me alegro; porque francamente, como tenemos
en contra al gran guerrillero, y hemos de cachifollarlo todo lo que podamos, celebro infinito que no
sea usted su pariente. Pues yo, al entrar, le vi a usted y me dije: «¡Hola!, aquí tenemos al curita de
Elizondo, enviado por su tío para parlamentar...». ¡Si hasta se ha dicho que Mina se nos venía a
casa! Yo no lo creo. Pero, francamente, al ver al cura de Elizondo... pensé: «Tratos tenemos y
recaditos. Mina es astuto, éste más. Puede que se entiendan, y unidos los dos, nos traigan en cuatro
días el triunfo del Altar y el Trono». Yo discurría con buena lógica... porque... la cosa es clara...
usted en Elizondo, a dos pasos de la frontera por acá; Mina en Cambo, a dos pasos de la frontera por
allá. «Nada, nada ―pensé yo―: el sobrino se ha puesto al habla con el tío, y ahora trae el recado, y
luego vuelta a Cambo con la contestación...». Digan lo que quieran, es usted el retrato de Aquilino
Errazu, y el General, cuando le vea, le dirá...
―El General ya me ha visto, y no me ha dicho nada de eso».
Con la palabra en la boca se quedó el cura. Fago fue introducido nuevamente de orden de D.
Tomás, y éste le dijo, permaneciendo los dos en pie:
―Le doy a usted doce hombres, que escogerá a su gusto, y con ellos se me encarga de una
comisión para la cual se necesita arrojo, astucia y actividad extraordinaria. Dígame ante todo:
¿conoce usted bien los senderos de Vizcaya en el límite con Guipúzcoa?
―Los senderos que no conozca los aprenderé al instante.
―Tiene usted que ir a la costa, entre Motrico y Ondárroa. Cerca de esta villa, en un playazo,
hay un cañón de hierro, excelente, de a doce, abandonado por el Gobierno cristino. Va usted, lo
coge y me lo trae. Cómo se las ha de componer para transportar esa mole, usted verá. Escogeremos
soldados que sepan de carpintería, pues será preciso hacer un carro. Piense usted y determine el
camino que ha de seguir para transportar esa carga, burlando a las autoridades cristinas, y evitando
que la noticia se divulgue. El cañón quiero que esté en Alsasua dentro de seis días. Hoy sale usted
de aquí con los doce hombres y ocho onzas para los gastos que se ocasionen. Creo que bastará, aun
suponiendo que sea menester emplear parejas de bueyes y pagar algunos jornales. Calculo yo que
mis paisanos ayudarán todo lo que puedan sin interés alguno.
Presentado el asunto con tanta sencillez, el General aguardó un ratito la respuesta de Fago,
que mirando al suelo parecía meditar en las dificultades de la empresa.
―¿Qué? ―preguntó Zumalacárregui impaciente y algo desdeñoso― ¿Cree usted que la cosa
es difícil, imposible?
―Nada hay imposible ―afirmó el otro afrontando la mirada del héroe―. Si esto fuera fácil,
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creo que vuecencia no me lo encargaría a mí. Traeré el cañón. Me parece poco seis días.
―Pues sean ocho. Hoy es miércoles. Del martes al jueves próximos estaremos en la sierra de
Urbasa. Villarreal se adelantará a la ermita de San Adrián para esperar a usted. Sobre los medios que
ha de emplear para el transporte, nada le digo, y lo fío todo a su ingenio, audacia y buena
disposición. Construirán ustedes un carro...
―Mejor será una narria...
―Es verdad, narria... y aprovechando estas noches larguísimas... ¿Qué luna tenemos?
―Ayer ha sido el menguante.
―Mejor... Nos conviene la mayor obscuridad. Tenga usted presente que corre el riesgo de
encontrar las columnas cristinas de Carratalá, de Jáuregui o de Espartero. En cambio, puede
favorecerle la columna nuestra que manda Eraso. Pero le advierto que se ve obligada a operar
constantemente, y que tan pronto está en Vizcaya como en Guipúzcoa. Procure usted indagar sus
movimientos y aproximarse a ella... Y por último, no necesito encarecer a usted el sigilo, aun aquí
mismo. Nadie tiene que enterarse de esto, y los doce hombres que le acompañen no deben saberlo
hasta que estén en camino. Sin vacilar escójalos usted guipuzcoanos.
―He pensado lo mismo... En este momento se me ocurre una idea.
―Dígala usted pronto.
―Me basta con ocho hombres.
―Perfectamente... y guipuzcoanos los ocho, conocedores del terreno. Hay dos de mi pueblo,
que son capaces de subir a lo alto del monte Aizgorri la torre de la iglesia.
―¿Cuándo salgo?
―Esta tarde. Plaza le arreglará a usted todo... Y no hay más que hablar. Hasta el lunes o
martes.
―Mi General... hasta la vuelta.
―Y si me demuestra, con el buen cumplimiento de esta comisión, que aciertan los que ven en
usted un hombre de grandes aptitudes para la guerra... ya hablaremos.
―Ya hablaremos ―repitió Fago estrechándole la mano; pero por el pronto ya no se habló
más, pues ni uno ni otro eran inclinados a la verbosidad.
No salió, no, sin que le asaltara en la habitación próxima el dueño de la casa, oficiosamente
expresivo, y con ardientes picazones de curiosidad. Algún trabajo le costó al aragonés sacudirse
aquella mosca, y salir a escape hacia su alojamiento. Allí se vio obligado a despistar a Ibarburu,
endilgando todas las mentiras que requería la diplomacia, arte en contradicción con la rigidez del
Decálogo, y no pensó más que en prepararse para la expedición. Poco después del anochecer salió
con los ocho hombres; dejaron en la aldea próxima los unos su traje militar, el otro sus arreos
eclesiásticos, vistiéndose de aldeanos vascos, y calzando peales, y a la calladita franquearon la alta
sierra para descender al valle donde nace el Oria, por las inmediaciones de Cegama. Eran los
expedicionarios gente decidida, honrada hasta la inocencia, fuertes, incansables, buenos como los
ángeles en tiempo de paz; en la guerra, dotados de un valor flemático y de una pasividad fatalista,
que les hacía de hierro para atacar, de peña para resistir. Dispuso el capellán que se dividiera la
cuadrilla en tres grupos para mejor disimulo, y les marcó los sitios y fechas en que debían tomar un
descanso de pocas horas; les encargó que evitaran el paso por las poblaciones, deslizándose por las
afueras de Villarreal y Azpeitia, y ganando la boca del río Urola para seguir luego por la costa hasta
las inmediaciones de Motrico, adonde llegarían al amanecer del viernes. Los que Fago dejó consigo
eran dos hermosos ejemplares de raza vasca: el uno, impetuoso y jovial, de cuarenta años,
carpintero, natural de Azcoitia; el otro, fuerte y membrudo como un oso, de mucha andadura y
pocas palabras, era del mismo Ondárroa. Se le había encargado poner al jefe de la expedición en
contacto con dos individuos de aquel pueblo, para quienes llevaba una carta redactada en forma
convencional.
Cumpliose con toda exactitud el plan de ida, y reunidos, con diferencia de pocas horas, en el
punto designado, encamináronse juntos a Ondárroa por la costa, pues allí no era necesaria tanta
ZUMALACÁRREGUI 32

precaución. Todo el viernes lo empleó Fago en hacerse cargo de la pieza que los hermanos Ciquiroa
le mostraron y en labrar una sólida narria, para lo cual se les facilitó lo preciso en un taller de
carpinteros de ribera: tres de la partida se destacaron a Motrico para contratar parejas de bueyes,
que debían esperar a media noche en el camino de Garagarza, y la salida de Ondárroa se verificó
con yuntas de la localidad, al amparo de personas adictas, tan desinteresadas como discretas. Serían
las diez de la noche cuando el cañón fue movido y arrastrado por aquellos arenales, y después por
caminos duros, no sin que hubiera que vencer, a trechos, obstáculos y pendientes. Pero la fuerza
hercúlea de los ocho expedicionarios y la serena dirección de su jefe, ayudado por los que en la
salida arrimaban el hombro al bronce de la causa, salvaron las dificultades, adiestrándose para las
mayores que en el resto del camino habían de sobrevenir.

XI

Hombre previsor, y que no fiaba al acaso la ejecución de su plan, Fago enviaba por delante a
dos o tres de sus hombres para que buscasen bueyes y los tuviesen preparados en sitios
convenientes. Había que resolver el problema de salvar la divisoria entre el Deva y el Urola,
evitando el paso por los caminos reales, donde era fácil encontrar tropas cristinas de las divisiones
de Jáuregui o Carratalá. Y ningún auxilio debían esperar de la columna de Eraso, que, según les
dijeron, había tenido que replegarse a Éibar, y de aquí a Durango, acosada por Espartero. Mas sin
acobardarse por este desamparo, y esperándolo todo de la Providencia divina, franquearon sin
accidentes insuperables las enormes pendientes del monte San Isidro, arrastrando el cañón con
cuatro parejas por un difícil y áspero sendero. A cada paso tenían que apartar piedras y troncos, o
desatascar la narria, o vencer obstáculos que la desigualdad del camino les ofrecía; trabajo de
cíclopes que sólo pueden acometer y consumar la ruda perseverancia, la inquebrantable adhesión a
una causa más religiosa que política, cualidades asistidas de un vigor muscular a toda prueba. Todo
esto lo tenían aquellos hombres, almas encendidas en ingenuo fanatismo, cuerpos atléticos. Eran
niños en el sentir, gigantes en el hacer; cuando parecían extenuados, de su cansancio sacaban
nuevos bríos.
Dificilísima fue la ascensión a San Isidro; penoso el descenso hacia Urralegui, en la noche
oscura, rodeados de una densa neblina, que al amanecer se hizo de tal manera espesa que no sabían
por dónde andaban. Sólo encontraron algunos carboneros. El resplandor de una ferrería en el fondo
del valle, muy conocida de algunos expedicionarios que habían trabajado en ella, les sirvió de guía
para orientarse. Llegaron contentos y orgullosos a las inmediaciones de Azcoitia, y se ocultaron en
la espesura del bosque, para tomar descanso durante el día, y estudiar el paso del Urola, que sería de
gran dificultad si andaban por allí tropas cristinas. Mandó Fago cinco hombres hacia la venta de
Elosua, a reconocer el puente próximo, tantear a la gente del país y procurarse las parejas necesarias
para continuar a la noche siguiente. Uno que era de Azpeitia se encargó de acercarse a su pueblo
para ver si había tropas, y con los otros dos se quedó solo el jefe, custodiando el cañón en sitio
bastante cerrado de monte. Chomín llamaban a uno de ellos, y era de Éibar; hábil herrero y un poco
maquinista; mocetón fornido, de corazón infantil y mollera tan dura como el hierro que sabía
trabajar. El otro, de armazón ciclópea, superaba en corpulencia y vigor a todos los de la partida;
levantaba pesos inverosímiles, y la barra usual de hierro era para él un juguete. Por lo demás, un
pedazo de pan como carácter. Llamábanle Gorria, y era del señorío de Lazcano. Durmieron los tres
como unas dos horas, y luego comieron de lo que Chomín traía en su morral: pan duro, que
reblandecían en el agua de un manantial próximo, y queso áspero de Cegama. Gorria, que servía en
la causa desde los principios de la guerra, contó a Fago cómo había sustituido Zumalacárregui a
Iturralde en el mando de Navarra; las cuestiones entre la Junta y el primitivo cabecilla; cómo el gran
D. Tomás organizó con tenaz energía su ejército, enseñando a los campesinos tiradores el oficio de
soldado, inculcándoles la disciplina y haciéndoles bravos, serenos, obedientes. Contaban esto los
ZUMALACÁRREGUI 33

guipuzcoanos en lenguaje tan sencillo como incorrecto, pues hablaban detestablemente el


castellano, y el aragonés lo oía con tristeza, pues todo aquello grande y práctico con que había
ilustrado su nombre D. Tomás lo habría hecho él si le dieran ocasión de ello. Gorria le contó el gran
suceso de Arguijas, y luego lo de Salvatierra, con la derrota de Doyle. Aseguró que si pudieran
hacerse con algunas piezas de artillería, la causa estaba ganada, y se merendarían a Mina, que ya se
preparaba a darles batalla, y venía muy fanfarrón. Dijo Fago que Mina era muy querido en Navarra
y la conocía palmo a palmo; pero que no podría con Zumalacárregui si éste tomaba buenas
posiciones y le esperaba tranquilo. Más guerrillero que General, y enfermo y viejo, no había caído
Mina en la cuenta de que los tiempos eran otros: no en vano pasan veinte años de política sobre los
pueblos. El Ejército Real no valía menos, como tal ejército, que los mejores de Napoleón, con la
ventaja sobre éstos de estar en casa, en un país enteramente adicto, donde todo le favorecía, la
naturaleza y las personas. Los cristinos venían a ser como extranjeros: nadie les quería, pocos les
ayudaban. Tenían que llevar consigo las armas y el pan, y fortificarse en todo punto donde ponían
su planta. Por último, entonaron los tres un himno en alabanza de la sublime artillería, y juraron
afrontar no sólo lo difícil, sino lo imposible, hasta llevarle a D. Tomás la pieza de Ondárroa, cuyos
formidables disparos se imaginaban ellos semejantes al retumbar de mil truenos.
―Y si D. Tomás ―añadió el capellán― sabe escoger el mejor terreno; si atrae a Mina o a
Córdoba a una batallita en regla, mucho será que no os apoderéis de cuatro o seis piezas de
campaña, con las cuales yo... digo él, pasaría el Ebro por Cenicero, dirigiéndonos como un rayo a
Ezcaray, para seguir luego sobre Burgos, y... Pero dejemos venir los acontecimientos, que de fijo
vendrán tal y como yo os los anticipo».
El descanso de los tres hombres fue turbado por uno de los compañeros, que se les presentó
jadeante, y les dijo:
―En el camino de Elosua, los cristinos... muchos, muchos... caballería grande... Detenerse
para ración... Pasar hacen por aquí bajo, hacia Azcoitia, pues.
De los otros compañeros vinieron luego dos confirmando la noticia. Los otros tres habían
pasado el río, subiendo a las alturas de Pagochaeta en busca de yuntas de bueyes. Dispuso Fago
internar más el cañón en el bosque, pues sólo se hallaban a un tiro de fusil del camino real que en lo
hondo del valle serpenteaba. Echaron todos sus formidables manos, y tomado el tiento a la pesada
mole, lograron moverla monte arriba como unas veinte varas, poniéndola en un sitio más escondido,
al amparo de las ruinas de una cabaña de carboneros... A poco de esto les sobresaltó un tiroteo
lejano, señal de que alguna partida suelta molestaba a los cristinos desde las alturas de Elosua;
fueron hacia allá, dejando el cañón custodiado por la Providencia divina, en la cual confiaban todos,
y a la media hora de presuroso caminar, divisaron a lo lejos algunos hombres que iban a buen paso
en dirección contraria al Urola, como hacia Placencia. Ordenó Fago que los más ligeros de piernas
corrieran a su alcance, y les ordenaran detenerse de orden de Zumalacárregui. Eran escopeteros de
la partida de Bidaurre; Chomín les conocía; corrió el primero; tras él fue Arizmendi, natural de
Éibar, y pronto se pusieron unos y otros al habla. Por los de la partida supo el capellán que la
columna cristina que se racionaba en Elosua era la de Carratalá. Reconociéndose todos al punto
como defensores de la causa, en pocas palabras expuso Fago a los guerrilleros el objeto de su
expedición, añadiendo que el General, al encargarle de transportar la pieza de artillería, habíale
asegurado que las partidas volantes que operaban en combinación con la columna de Eraso le
ayudarían en cualquier aprieto que pudiera ocurrirle. Un poco tardíos en hacerse cargo de la
situación, los partidarios vacilaban; pero tal autoridad supo mostrar el aragonés, y con tan elocuente
energía les habló, que se convencieron, prestándose a cuanto exigiera el servicio de la causa. Gorria,
Chomín y los demás, hablando con los otros en vascuence, establecieron la más franca cordialidad.
El principal de la partida les dijo:
―¿Y qué tenemos que hacer?... ¿Defender la pieza por si quieren quitárnosla?
―No ―replicó Fago―. Si quisieran quitárnosla, sería imposible defenderla. Lo que tenemos
que hacer es impedir que la descubran; ocultarnos todos cuidadosamente, sin hacer el menor ruido,
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y una vez que la retaguardia cristina avance y nos deje el río libre, echar entre todos mano al cañón,
y pasarlo por el puente de Elosua. Si por acaso los cristinos dejan alguna fuerza en el puente,
embestirla sin miedo, acuchillarla, y adelante. Pasado el cañón a la otra orilla, no nos faltarán
parejas con que llevarlo esta noche a Urrestillo, y franquear luego el monte Murumendi.
Aprobado este plan, Fago mandó apartarse más hacia occidente, dejando una guardia que
vigilase el movimiento de los cristinos. Los de la partida eran once bien armados, con municiones
abundantes; los otros seis: diecisiete hombres en junto, de gran fortaleza y decisión. Contaron los
escopeteros que Bidaurre les había mandado tirotear a Carratalá desde el monte, molestándole sin
darle tiempo a la defensa, y que con rápida marcha se corrieran luego hacia Azcoitia para repetir la
propia operación desde las alturas del puerto de Azcárate. El resto de la fuerza andaba por las
cercanías de Azpeitia.
No se habían internado gran trecho en la espesura, cuando sintieron los clarines de la
caballería cristina que avanzaba. Los vigías que habían dejado en las peñas que dominan a Elosua
avisaron que aún quedaban allá grupos de fusileros en acecho, ocupando las alturas más accesibles.
Toda su autoridad hubo de desplegar Fago para contener a los de la partida, que nada menos
pretendían que cazar, como erbias (liebres), a los soldados cristinos. Hízose por fin lo que la
prudencia y el buen gobierno de la situación aconsejaban. Echáronse todos en tierra, con orden de
no hablar, evitando la repercusión de sonidos en la sierra fragorosa, y así permanecieron hasta que
la gradual lejanía del rumor militar les anunció que la columna enemiga había pasado río abajo.
Decidió entonces Fago aprovechar el tiempo, y dirigiéndose hacia donde había dejado el cañón,
ordenó que entre todos, utilizando el repuesto de sogas que llevaban, tiraran de él para bajarlo al
puente. Diez y siete hombres de poderosa musculatura, bien podían desarrollar la fuerza de tiro de
dos parejas; o, por lo menos, había que intentarlo hasta conseguirlo o reventar, pues se recibió la
noticia de que tras aquella columna venía otra, que había salido de Villarreal al mediodía: su paso
por el sitio de peligro sería dentro de hora y media o dos horas lo más. ¿Qué remedio había más que
acelerar el transporte de la narria a la otra orilla, so pena de no poder hacerlo hasta muy tarde de la
noche, o de correr el gravísimo riesgo de caer todos, cañón y hombres, en poder de los cristinos?
Ánimo, y adelante.
Los diez y seis hombres, los treinta y dos brazos tiraron, obteniendo la unidad del esfuerzo
con el grito rítmico de la gente de mar, y el pesado armatoste resbaló por el suelo, suave en algunos
sitios alfombrados de grama, áspero en otros. Pero tal energía desplegaban, tan extraordinario poder
desarrollaron los brazos de aquellos hombres, excitándose con frases de ardiente entusiasmo y
fervor por la causa, que en veinte minutos trasladaron la carga a corta distancia del puente,
situándola en un altozano, al borde de un talud, por donde era forzoso precipitarla. El peligro de que
la mole, resbalando a impulso de su propio peso, arrollara a los más impetuosos, fue salvado con las
serenas disposiciones que tomó el jefe. Felizmente, los cristinos no dejaron fuerza en la venta, con
lo que ya no había más que acelerar el paso a la otra orilla antes de que llegara la segunda columna.
Los de la venta, adictos también, ofrecieron su ayuda, y por fin, en media hora de colosales
esfuerzos, tirando todos, arreándoles Fago con gritos y trallazos, salvé el cañón la joroba del puente,
y pasó a la margen derecha del Urola, donde había un caminejo bastante expedito que les permitió
internar la carga a trescientas o más varas de la orilla. No era el sitio seguro, ni mucho menos; pero
imposibilitado de seguir adelante sin yuntas, ordenó Fago a los escopeteros que se volviesen a la
orilla izquierda y tomaran posiciones en lo alto de las peñas para molestar a la columna cuando
llegara, distrayéndola por aquella parte. Como la noche se venía encima, dispuso también que en las
alturas donde habían estado antes se encendiesen hogueras, a fin de que la atención del jefe de la
columna se desviara del sitio que interesaba mantener libre de toda sospecha.
Retirose con esto la partida, y despedidos los de la venta, previa la amenaza de fusilarles si
daban el soplo a los cristinos, Fago y los suyos esperaron con vivísima ansiedad, pues en aquel caso
se jugaban la vida. Discurrieron abrir un gran hoyo y enterrar el cañón: sólo una pala y una azada
tenían; pero con tanto ahínco trabajaron, haciendo sus manos oficio de paletas, que el hoyo quedó
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abierto en media hora, y la pieza desapareció dentro de tierra y bajo una capa de yerbas y pedruscos.
Hecho esto, se dispersaron, y situados en alturas fragosas, acecharon el paso de la columna. Temía
Fago que los de la venta, por miedo o cobardía, revelaran el secreto a la tropa, o a la patrulla de
chapelgorris, que seguramente vendría de noche; recelaba que si no los hombres, las mujeres,
siempre charlatanas y enredadoras, dejaran traslucir algo, y no tenía tranquilidad hasta no salir de
aquella comprometida situación. Al anochecer pasó la columna sin detenerse, circunstancia
felicísima a que los expedicionarios debieron su salvación: sin duda quería llegar a Azcoitia a hora
conveniente para alojarse. Los escopeteros tirotearon como a un cuarto de legua más abajo,
conforme Fago les había advertido: todo iba bien, admirablemente combinado por la previsión suya,
ayudada del acaso. Sólo podía entorpecer el éxito la inopinada presencia de los miqueletes, sobre
todo si algún maligno o indiscreto les ponía sobre la pista del enterrado tesoro; pero este peligro se
disponían a conjurarlo Chomín y Gorria, proponiéndose quitar de en medio a la patrulla, sin darle
tiempo a respirar.

XII

Llegaron por allí dos mujeres que Fago no vio con buenos ojos. No temía de ellas la traición
deliberada, sino la infidencia inocente, por indiscretas habladurías.
―¿Saben ustedes ―les preguntó― si están en la venta los miqueletes?
―Ya se fueron, pues, con tropa. Volver ya harán, pues, a las diez. La cena ya pedirle han
hecho a Casiana.
―Chapelgorris dormir hacen por la noche... y algunas noches ya hemos visto, pues, subir
monte, y hablar confianza con partidas.
―No me fío ―dijo Fago―; y ahora van ustedes a hacer lo que yo les mande, pero sin tratar
de engañarme, porque en este caso lo pasarán mal.
―Serviremos ya, pues.
―Ahora se van ustedes a buen pasito por este sendero arriba, y en el primer caserío que
encuentren se enteran de si hay pareja de bueyes, y la tratan, ofreciendo una dobla por media noche,
y me la traen aquí; y si en vez de un par me consiguen dos, les daré a ustedes media onza de oro,
con la cual paga este leal trabajo nuestro rey Carlos V. Accedan o no a prestarme este servicio,
sepan que mientras estemos aquí no les permito pasar el puente para volver a la venta. Y no traten
de engañarme, dando un rodeo para vadear el río, porque mi gente las vigila, y no hay forma de
escapar. La que intentare pasar a la otra orilla antes que yo se lo permita, será pasada... por las
armas. Conque... ya saben. Si me obedecen, media onza y viva Carlos V; si no, la muerte.
Decídanse pronto.
Ambas gustaban en verdad de servir a la causa; pero la una tenía que volver a su casa con
leña; las urgencias de la otra, que era corpulentísima, consistían en la obligación de dar la teta a su
niño.
―Tú llevarás la leña después ―les dijo Fago―; y el crío tuyo, que espere. Por nada del
mundo os permito volver a la venta.
Ante tan resuelta actitud, diéronse prisa las dos a desempeñar su comisión, y con paso ligero
emprendieron la marcha. Advirtioles el jefe que si encontraban a los dos hombres de la partida que
habían salido con el mismo encargo de buscar yuntas, les diesen exacto conocimiento del lugar
donde él y los suyos se encontraban.
―Y otra cosa ―agregó llamándolas después que echaron a correr―: que no me traigáis
parejas con carro. Como yo sienta el chirrido de ruedas con los ejes desengrasados, hago un
escarmiento en vosotras, en los boyeros y en los bueyes mismos... ¡Eh, andando!
Antes que las mujeres, se presentaron de regreso los dos hombres con una sola yunta, pues no
habían podido conseguir más. Transcurrieron las primeras horas de la noche en gran ansiedad, con
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el temor de que apareciesen los miqueletes reforzados con tropa cristina; pero nada de esto ocurrió.
No se oía más ruido que el del Urola saltando entre las peñas de su lecho. El vigía que pusieron
junto al puente, ordenándole que permaneciese tumbado con el oído sobre la tierra, comunicó que
los boinas rojas habían llegado, y después de permanecer un rato en la venta, cenando quizás,
habían vuelto a salir, alejándose río arriba. Receló después Fago que las familias de las dos mujeres,
que en aquel momento servían la causa del Rey, se inquietaran por su tardanza y saliesen en su
busca; recelo que se confirmó antes de las once con la aparición de una vieja y un chico
preguntando por las ausentes. Una y otro confirmaron la ausencia de los chapelgorris; la vieja, con
su ardiente adhesión a la causa, manifestada espontáneamente, inspiró confianza al jefe; era madre
de la mujerona que criaba: el esposo de ésta servía con Zumalacárregui. Expresados el nombre y la
filiación del tal, resultó que Chomín le conocía; eran grandes amigotes. «¡Vaya, Tomás Mutiloa!»
Echándose a llorar, dijo la vieja que el apóstol Santiago se le había aparecido la noche anterior,
asegurándole que ella no se moriría sin ver a D. Carlos en el trono, ya la santa religión triunfante.
Preguntole Fago si no había en su casa algún hombre forzudo que quisiese trabajar; a lo que
respondió la anciana que en su familia no había más hombre que su hija Ignacia, la cual tenía una
fuerza como la de una vaca. Tiraba de un carro de abono tan guapamente; araba como la mejor
pareja, y para romper la tierra no había otra. «Pues tráele aquí la cría para que le dé la teta en cuanto
venga, y así podrá ayudarnos». No quería la vieja más que obedecer, poniéndose decididamente a
las órdenes de aquel personaje desconocido, en quien su senil imaginación y su fanatismo veían a
un príncipe de la familia real, disfrazado. Pronto regresó con el chico, que parecía un ternero; media
hora después volvían el marimacho y su compañera con una pareja de bueyes, única que habían
podido encontrar.
Con los escasos elementos de que disponía, organizó Fago su marcha, y desenterrado en un
momento el cañón, engancharon, y ¡hala monte arriba! Gorria formó yunta con la Ignacia, y daba
gloria verles tirando de la pieza. La otra mujer también ayudaba, y el chico, que era su hermano,
igualmente. Delante iba la vieja con el ternero en brazos, animando a los bravos campeones de
ambos sexos con palabras de alegría y confianza en la causa:
―¡Arrear, arrear ya, mutillac!, y háganse cargo de que al propio Rey a su palacio llevan.
¿Pesa, pesa? Ya vale, pues. Con este cañón que llevar hacéis, ya querrá Dios que D. Tomás hacer
polvo a los negros... ¿Cansar hacéis? Aquí no cansar ninguno. Pensar, pues, que a rastra llevar el
mismo religión, y quitar el de herejes... Pensar esto, pues, y Dios ya dará fuerzas a vos, hará que
fuerzas tener como bueyes y caballos... ¡Arrear, arrear!
La noche era oscura, glacial, y la neblina condensada se resolvía en lluvia menudísima, que
habría enfriado los huesos de los expedicionarios si el rudo ejército del tiro no les hiciese entrar en
calor. Ignacia echaba fuego de su rostro; pero, incansable, daba ejemplo de resistencia a los
hombres. Sin detenerse más que breves momentos en los puntos que designaba el jefe para tomar
descanso, llegaron al amanecer a las alturas que dominan a Villarreal, y de allí, sin perder tiempo,
cuesta abajo ya, se dirigieron a la cuenca del Oria por Astigarreta, donde ya tenían contratadas
yuntas para bajar hasta Beasaín. La vieja con su ternero, la gigantesca Ignacia y la otra con el chico
se despidieron allí para volver a su casa, después de bien recompensadas en nombre de Su
Majestad, encargando la mujer―vaca que dijeran a su marido Mutiloa el grande servicio que ella
había prestado a la causa, y que no dejara de portarse en toda ocasión como un valiente, pues el Rey
y Dios, de una manera o de otra, se lo habían de premiar.
Acordó Fago un descanso de medio día, cinco horas de sueño y una para comer, y Chomín
propuso que visitaran a un ermitaño que en aquellas soledades gozaba opinión de santo, y aun se
permitía milagrear un poco. Llamábanle Borra, y hacía doce años que se había dado a la vida
ascética, construyendo su cabaña de piedra y barro, techo de juncos y tierra, en una de las vertientes
del Murumendi. Vivía de limosnas y del fruto de un huertecito que cultivaba junto a la cabaña.
Chomín y Gorria, mientras conducían a su jefe a visitar al ermitaño, contaron, que éste había
militado en las partidas realistas del año 22, y que habiéndole sorprendido Mina en actos de
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espionaje, le condenó a muerte, conmutándole luego la pena por la menos cruel y más infamante de
cortarle las orejas. Se las cortaron, ¡ay!, y el pobre hombre se fue a su casa, sin gana ya de volver a
guerrear por los realistas ni por ningún nacido. Agobiado de tristeza y soledad, pues además de la
falta de orejas lloraba la de familia, vendió su corta hacienda, y se fue al monte, ávido de quietud
religiosa, lejos de las pasiones humanas y del loco trajín del mundo. No volvieron a entrar tijeras en
su barba y cabello, y éstos le cubrían la mutilación nefanda. Vestía un capote de pastor, y se hallaba
acompañado de una cabra y un perro. Como a veinte pasos de su cabaña había plantado una enorme
cruz hecha con troncos, y allí rezaba las horas muertas: aquélla era su iglesia, y no tenía más, ni le
hacía falta para nada. El huerto dábale coles y borrajas, alguna patata; no cazaba, ni poseía
instrumentos para quitar la vida a ningún ser. Sus devotos, que en Beasaín y Larza los tenía muy
fieles, solían subirle cosas de más sustancia: alguna trucha del Oria, queso, pan, y en las
solemnidades, huevos y algún chorizo de añadidura.
Distaban aún cien pasos de la choza Fago y sus compañeros, cuando se encontraron al
ermitaño, que paseaba al sol, precedido de la cabra y el perro. Era alto y huesudo, tan tieso que
parecía de madera; figura semejante a muchas que se ven en nichos polvorosos de las iglesias,
olvidadas de la devoción, sin ofrendas, sin culto. El cabello entrecano le caía hasta los hombros, y la
barba era de variados colores, uno y otra de extraordinaria aspereza. Calzaba peales, y se cubría
todo el cuerpo con un ropón de jerga, remendado con cierto esmero, ceñido a la cintura por cuerda
de cáñamo. En una mano llevaba el garrote, y en la otra un cuenco de media calabaza, con el cual
bebía el agua cristalina de una fuente próxima a su vivienda. Saludado por los visitantes, miré a
Fago con recelo, que el capellán disipó con palabras afectuosas.
―Eres tú aragonés ―le dijo el venerable―. Por el acento te conocí. Vi y traté a muchos
aragoneses en mi tiempo de pecador, y todos guapos chicos, pero muy quijotes... camorristas,
bebedores, cantadores y enamorados.
Siguieron hablando de cosas indiferentes, y luego propuso Borra que le acompañasen a la
fuente, donde catarían con él el agua más rica del mundo. De aquel líquido se daba el solitario,
según dijo, grandes atracones mañana y tarde, y a ello debía su inalterable salud. Fueron, pues, al
manantial, y sentados en el césped finísimo, bebieron de un agua cristalina y glacial, que a Fago le
pareció como todas las aguas, y a Chomín inferior al peor vino. El de Navarra fue ardientemente
elogiado por Gorria, y de aquí saltó la conversación a la guerra, diciendo Fago:
―Nosotros tres y los compañeros que abajo quedan somos servidores del rey D. Carlos V, en
favor de quien tú, bendito Borra, seguramente imploras los auxilios del cielo. Unos con las
oraciones y otros con las armas, todos ayudamos a la causa.
Respondió el ermitaño con frialdad, no inferior al agua que habían bebido, que él, desde que
se retiró a la aspereza del monte, había hecho corte de cuentas con todo lo que fuera política, reyes
y ambiciones armadas o pacíficas. Nada le importaba ya que mandase Juan o Pedro, y le gustaba
más mirar a las estrellas que a los hombres. Hasta su soledad llegaban a veces rumores de tropas
que pasaban por el fondo de los valles; pero él les hacía el mismo caso que si fueran las caravanas
de hormigas que andan afanosas por la tierra.
―Óiganme, señores míos, y si quieren hacerme caso, bien, y si no, también. Yo les digo que
la guerra es pecado, el pecado mayor que se puede cometer, y que el lugar más terrible de los
infiernos está señalado para los Generales que mandan tropas, para los armeros que fabrican
espadas o fusiles, y para todos, todos los que llevan a los hombres a ese matadero con reglas. La
gloria militar es la aureola de fuego con que el Demonio adorna su cabeza. El que guerrea se
condena, y no le vale decir que guerrea por la religión, pues la religión no necesita que nadie ande a
trastazos por ella. ¿Es santa, es divina? Luego no entra con las espadas. La sangre que había que
derramar por la verdad, ya la derramó Cristo, y era su sangre, no la de sus enemigos. ¿Quién es ese
que llaman el enemigo? Pues es otro como yo mismo, el prójimo. No hay más enemigo que Satanás,
y contra ése deben ir todos los tiros, y los tiros que a éste le matan son nuestras buenas ideas,
nuestras buenas acciones.
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Quiso Fago replicarle defendiendo las guerras cuyo fin es refrenar la maldad; pero el
anacoreta no quiso escuchar tales argumentos, y levantándose y esgrimiendo el garrote, no con
manera hostil, sino en forma oratoria, dijo estas palabras: «No, no, no... ¡A mí con ésas! Condenado
Fernando VII, condenado D. Carlos María Isidro, y condenadas todas las reinas, magnates y
archipámpanos que andan en este pleito.
―Y condenados también nosotros ―dijo Fago, un poco mohíno, levantándose.
―También, si no vuelven la espalda al demonio ―agregó el ermitaño, poniéndose en camino
pausadamente en dirección de su cabaña―. Y más les digo: dos cosas malas, remalas hay en el
mundo: la guerra y la mujer... ¡La guerra!, por el son de la palabra, ya se ve que también es mujer.
Detrás de las matanzas entre hombres hay siempre querellas, envidias y trapisondas de mujeres.
―¿Crees, también que está condenado el bello sexo? ―le preguntó Fago con un poquito de
socarronería.
―Condenadas todas no ―replicó el otro con autoridad―, porque algunas hay buenas...
aunque pocas... Pero que el infierno está lleno de mujerío, no lo duden ustedes.
―¿Verlo tú, pues, Padre? ―preguntó Chomín.
―No necesito verlo ―dijo el solitario alzando el garrote con alguna viveza― para saber lo
que hay allí; y si lo dudas, pronto te desengañarás, porque pronto te has de morir, y has de morir
matando.
―Y de mí, ―preguntó Fago―, ¿qué piensas?, ¿cómo y cuándo crees que he de morir?»
El eremita se detuvo, y mirándole grave y detenidamente al rostro, le dijo:
―De ti no sé nada... No te entiendo... En ti veo mucho malo y mucho bueno. En tus ojos hay
dos ángeles distintos: el uno con rayos de luz, el otro con cuernos. Yo no sé lo que será de ti. Tú
harás maldades, tú harás bondades... No sé.
Siguieron un buen trecho silenciosos, hasta que Gorria, queriendo soliviantar al solitario, se
dejó decir:
―¿No sabes, santo Borra? Tenemos ya de General en jefe de los cristinos a Mina.
Al oír este nombre se inmutó ligeramente el solitario, y con un movimiento maquinal se llevó
ambas manos a las orejas, mejor dicho, a los oídos, cubiertos por la enmarañada y polvorosa
guedeja.
―Mina, Mina... ―dijo algo turbado y balbuciente...― no es ése más ni menos perro que
otros perros asesinos.
―Tu religión, nuestra religión ―le dijo Fago―, te manda perdonar a tus enemigos.
―Y los perdono. Pero Dios no los perdonará... digo, no sé. Allá Él. Yo rezo todos los días
porque los militares abran los ojos a la verdad, y abominen de las matanzas. Pero nada consigo.
Todos los que vienen a verme me dicen que cada día es más terrible la guerra, y ya no guerrean sólo
los hombres, sino los viejos y hasta los niños. Vosotros, que venís a dar un consuelo al pobre
ermitaño, guerreros sois también, y sin duda de los que andan al acarreo de armas y municiones.
―Así es: honra mucha ―dijo Chomín impetuoso―. Llevar hacemos un cañón grandísimo
para el Ejército Real, y muy pronto, pues, oír tienes sus disparos.
―Mientras tú rezas ―dijo Gorria―, nosotros disparamos... quiere decirse que rezamos con
pólvora.
―Ese rezo es para Satanás maldito.
―¿Estás bien seguro de lo que afirmas? ―le dijo Fago, queriendo poner fin a la conferencia y
volver a su obligación.
―Tan seguro ―replicó amoscándose el desorejado eremita―, como lo estoy de que los tres
sois alcahuetes de la guerra, y mequetrefes de Satanás. Ya os estáis marchando para abajo, que yo
me encuentro mejor en la compañía de los pájaros y de las moscas que en vuestra compañía.
―Nos vamos, sí ―dijo Fago tranquilamente, sacando del bolsillo una moneda―. Nos llama
nuestra obligación. Te dejaré una limosna.
―¿Dinero?... Gracias. No me hace falta para nada ―replicó el santón, alejándose de los
ZUMALACÁRREGUI 39

tres―. Ahí tenéis otro motivo de condenación, el maldito dinero, que no sirve más que para hacer a
los hombres codiciosos y avarientos. Por dinero salta el hombre y baila la mujer, y de estos brincos
sale la guerra... Guárdate tu moneda, que yo no tengo bolsillo. Mira las hormigas cómo viven sin
dinero. Pues lo mismo soy yo: como y estoy bueno sin ver un cuarto... ¡Cuartos! ¡Vaya una
inmundicia...!
―También tengo plata...
―¡Plata!, ¡qué roña!
―Y oro.
―De plata tiene los cuernos Lucifer, y de oro la pezuña. Váyanse, váyanse con Dios...
Ustedes matan, yo rezo…

XIII

Se alejaron, dejándole en la proximidad de la cruz en actitud de oración. A distancia como de


cien pasos, Gorria cogió una piedra, diciendo:
―¿Quieren que se la estampe en mitad de la frente para que se le aclaren las entendederas a
ese viejo estúpido?
―No, no; déjale... O es un bienaventurado de muy pocos alcances ―dijo Fago― o un vividor
de mucha trastienda. Sea lo que quiera, ha resuelto el problema de la vida, y es un hombre feliz. No
se le haga ningún daño, pues él a nadie ofende, y vámonos, que es tarde».
Con toda felicidad bajaron al anochecer a Larza, y sin ningún percance pasaron el Oria, donde
tenían parejas preparadas, siguiendo inmediatamente hacia Lazcano y Ataún, monte arriba, en busca
de la sierra de Araquil. Ya no temían el encuentro de tropas cristinas; iban tranquilos, contando las
horas que faltaban para llegar al término de su arriesgado viaje. Sanos y salvos los nueve, se creían
ostensiblemente favorecidos de la Providencia, por la felicidad con que se les habían allanado los
obstáculos y conjurado los peligros en su difícil aventura. En San Gregorio, donde en alegre
descanso y esparcimiento pasaron el domingo, encontraron personas amigas, entre ellas el cura, a
quien Gorria y Chomín trataban con bastante confianza, por haber sido el tal fusilero en el 5.º de
Navarra durante un mes no más, distinguiéndose por su entusiasmo, ya que no por sus condiciones
militares. El General fue quien le disuadió de sus guerreras aficiones, mandándole recoger los
hábitos que ahorcado había, y convencido el hombre, mas no curado de su entusiasmo, se hizo
soldado platónico, siguiendo con afán desde su iglesia el desarrollo de la campaña. Con Fago hizo o
quiso hacer al instante buenas migas, alabándole su expedición, y atribuyendo el éxito de ésta a su
consumada pericia; lo que él sentía era no poder agregarse a ellos para entrar nuevamente en filas.
Pero no podía, no; estaba visto que no servía para el caso, pues su fiereza y acometividad se
enfriaban enormemente al empezar el fuego, y le entraba un insano temblor, que si no era miedo, se
le parecía como un huevo a otro.
Hablando, hablando, propuso a Fago que, para festejar dignamente la feliz llegada del cañón,
dijese misa; y si al pronto el aragonés no rechazó la idea, luego sintió en su alma secreta
repugnancia de celebrar: no se creía digno; no se encontraba en la disposición de conciencia que el
acto requiere, y al suponerse revestido ante el altar, se le contraía el corazón y se le enfriaba toda la
sangre, afectado de un miedo semejante al de su colega cuando sonaban los primeros tiros de una
batalla. El uno temblaba ante los escopetazos; el otro ante la grave solemnidad del altar sagrado,
ante el Evangelio abierto sobre el atril, ante el crucifijo. Este singular encogimiento de su espíritu le
tuvo en gran tristeza todo aquel día, y necesitó de toda su voluntad para poder aguantar, con la
conveniente cortesía, los despotriques belicosos del otro cura. A la noche continuaron el arrastre del
cañón por ásperas pendientes pobladas de bosque. Felizmente, tenían en su ayuda a los mejores
guías del país, enteramente afecto a la causa, y si no pudieron procurarse más de dos parejas, porque
no las había, las suplieron con el tiro personal. Hombres y mujeres dejáronse enganchar gozosos, y
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hasta el cura, mejor dotado de musculatura que de corazón, se puso a tirar de la narria uncido con el
sacristán. ¡Hala, hala por empinados senderos!... y a las tres de la madrugada llegaban al alto de
Lizarrasti, divisoria entre las aguas de Navarra y Guipúzcoa. Ya estaban en casa, ya veían a sus pies
el valle de la Borunda. Despidiéronse los de San Gregorio para regresar a sus hogares, y los
compañeros de Fago, no pudiendo contener su júbilo por ver coronada de un éxito feliz la empresa
que habían acometido, lanzaron en lo alto del monte el grito céltico Hiújujú, característico de las
razas cántabras y éuskaras, relincho salvaje, pastoril, guerrero, pues todo lo expresa y dice sin decir
nada. Resuena en la silenciosa cavidad de los valles profundos, como voz de los montes,
convertidos en genios de piedra, con cabellera y pelambre de bosques, con túnica de nieblas y
cimera de celajes desgarrados. A poco de lanzar su grito, oyeron la respuesta lejana. Hiújujú dijeron
las profundidades de la Borunda, y el corazón de los expedicionarios palpitó de alegría. Volvieron a
soltar el relincho, que quería decir: «Aquí estamos; volvemos con felicidad. Traemos el cañón, la
esperanza». Y los de abajo, los hermanos, los compañeros de armas y de fe, respondían: «Os
aguardamos, valientes. Al amanecer nos reuniremos. ¡Viva Carlos V!»
Viéndose en el término y remate de su arriesgada empresa, los expedicionarios, con la sola
excepción del jefe, se entregaron a extremos de alegría delirante, y a la media noche se durmieron.
Fago estaba triste, caviloso, y sus pensamientos tuviéronle en vela hasta hora muy avanzada. Se
paseaba por entre los grupos de los compañeros entregados al sueño, o se sentaba en la narria para
contemplar a su gusto el cielo, que en aquel punto y hora se espejó, cual si quisiera recrearle
mostrándole su azul inmensidad poblada de estrellas.
Provenía la tristeza de Fago de una repentina intranquilidad de su conciencia. Todo aquello
que hacía, ¿no era contrario a la ley de Dios? Las ideas toscamente expresadas por el ermitaño
Borra se habían aferrado a su espíritu, y las antiguas dudas acerca de la divinidad de la causa
defendida por la facción volvieron a atormentarle. «¿En qué consiste ―se decía―, que a veces me
siento guerrero, tan guerrero como el que más, y dotado de las esenciales miras y talentos de un
caudillo militar, y a veces me siento profundamente religioso, con anhelos vivísimos de perfección?
¿Será posible que entre uno y otro sentimiento pueda existir concordia? El hombre de guerra,
maestro de tropas, organizador de combates, y el hombre consagrado a las espirituales batallas del
Evangelio, ¿pueden fundirse, como si dijéramos, en una sola persona? Para resolver este problema,
he de asentar previamente que en el cúmulo de causas o banderías humanas, puede haber alguna
que Dios apadrine, haciéndola suya. Las historias, y antes que las historias los profetas, nos dicen
que hubo un pueblo de Dios, un pueblo a quien Dios protegió ostensiblemente en sus esfuerzos para
librarle de la esclavitud, y después le guió en sus campañas contra la idolatría, inspirando a sus
caudillos, dándoles el divino aliento estratégico y táctico. Sobre esto no hay duda».
Y continuando en la contemplación de las estrellas como si con ellas hablara, y ellas le
respondieran dando vigor a sus argumentos, prosiguió en su ardiente soliloquio: «En tiempos
relativamente modernos, tenemos la épica guerra secular contra los moros desde Pelayo a Isabel la
Católica, y vemos la intervención divina en las batallas. Creo en la presencia militar del apóstol
Santiago en Clavijo y en los estragos materiales causados por su acero; creo en los prodigios de la
Cruz en las Navas de Tolosa; y viniéndome más acá, casi a un ayer cercano, veo en Lepanto la
intercesión milagrosa de la Virgen del Rosario. No hay duda que el Cielo autoriza las guerras, que
toma partido por los que salen a la defensa de la ley cristiana. Y ahora, ya veo muy claro que puede
existir y ha existido lo que yo buscaba, la amalgama o fusión del hombre que acaudilla soldados y
les lleva a la victoria, con el hombre que sirve a Dios en la paz soberana de la religión. Esta síntesis
la veo clara en San Fernando: ¿quién me lo negará? San Fernando fue santo y Capitán General de
los ejércitos de Castilla. San Fernando expugnó fortalezas, tomó ciudades y villas, ganó batallas
campales, para lo cual hubo de matar grandes manadas de moros. Y al propio tiempo mereció por su
virtud los honores de la canonización. Era místico y guerrero: sin duda rezaba en el momento de
machacar cabezas de infieles...».
Tanto alborozo produjo en su alma esta idea, que se disparó a pasear de un lado para otro,
ZUMALACÁRREGUI 41

inquieto, febril. Era como un incensario que va y viene, echando humo, y el humo eran las ideas.
Pero de pronto le asaltó una que hubo de apagar repentinamente el hogar que las demás formaban.
Fue una objeción que a su mente vino; hubiera podido creer que un espíritu invisible le apuntaba al
oído: «San Fernando fue guerrero y santo, es verdad: peleó, porque a ello le indujo su condición de
Rey, maestro y amo de los pueblos. Religioso y santo era, mas no sacerdote... Fíjate bien, hombre, y
no desbarres: no era sacerdote».
Sentadito en el cañón volvió a contemplar las estrellas, y éstas le facilitaron, con su dulce
centelleo, nuevos argumentos consoladores. «Pero casos hay, casos hay de sacerdotes guerreros. En
las Cruzadas y en nuestra Reconquista, más de un obispo, más de un abad montaron a caballo, o en
mula, y acaudillaron tropas... El cardenal Albornoz es otro ejemplo... Tenemos, pues, innumerables
ejemplos de guerreros religiosos o por la religión». Nuevas dudas, nuevo soplo de la voz misteriosa,
que al oído le dijo: «Pero no fueron santos».
«¿Y por qué habían de ser santos? ―se dijo volviendo a su febril paseo, con las manos en los
bolsillos―. La santidad rara vez se alcanza. Basta con que fueran buenos cristianos y supieran
cumplir sus dos ministerios: el ministerio sacerdotal y el otro... el de gobernar tropas y destruir con
ellas la impiedad... Y ahora me pregunto: ¿estoy bien seguro, bien, bien seguro de que esta causa
nuestra tiene por objeto destruir la impiedad y entronizar el reino de Dios? ¿Representa nuestro D.
Carlos la ley divina? ¿Los de la otra parte, los que mandan Oraa, Córdoba o Mina, son realmente la
maldad, la herejía, la ley del demonio? Este cañón que yo he traído, ¿será destructor del pecado?
¿Los proyectiles que salgan ardiendo de su boca, serán lenguas de la verdad? ¿Nuestro D. Tomás,
recibe de los ángeles la virtud estratégica? ¿Lo que en nuestro Rey parece ambición, es
convencimiento de una misión divina?... Sáqueme Dios de esta duda, y yo seré... ¡qué sé yo lo que
seré!... el primer soldado de Dios y el primer eclesiástico de los hombres».
Terminó su soliloquio con una fervorosa oración, de rodillas, embebecido en contemplar el
cielo, esmaltado de infinitas luces. «Señor, líbrame de esta horrible duda, y dime que puedo ser
guerrero sin dejar de ser tuyo. Concédeme la gloria de restaurar la fe en la patria de San Fernando,
sin menoscabo del sacramento que me otorgaste. Dime que puedo matar impíos con este cañón que
he traído de Guipúzcoa, y celebrar tu santo sacrificio; coger la espada sin que mis manos se
imposibiliten para tomar la Hostia; dirigir tropas, y perdonar los pecados».
El sueño le rindió al fin, y se quedó dormido diciéndose: «Grande, desmedida ambición es
ésta... Guerrero Vencedor... y sacerdote militante... Triunfar del pecado con la espada y con...».

XIV

Al amanecer llegaron hasta ellos las avanzadas de la división de Eraso, que aguardándoles
estaban, y con francas demostraciones de alegría, cambiaron unos y otros noticias y saludos, y se
pusieron al tanto de lo ocurrido en la expedición y en el ejército. Chomín y Gorria contaron con
vivo lenguaje las fatigas y apuros del transporte del cañón, y los otros, después de manifestar que no
habían tenido encuentros importantes con los cristinos, dijeron que el grueso del ejército iba en
marcha hacia el valle de Berrueza, donde se daría una batalla, que debía de ser la más sonada de
toda la campaña, y quizás la decisiva. Al descender a la Borunda, encontraron a Eraso, que, en
cumplimiento de órdenes del General, mandó dar sepultura al cañón en una ladera próxima a la
venta de Urbasa. La tropa no se cansaba de admirar la soberbia mole, y los aldeanos de ambos sexos
y hasta los chiquillos acudían a contemplarla gozosos, y la palpaban con blandura y cariño,
ponderando los estragos que haría cuando empezase a vomitar por su negra boca balas y más balas.
El popular entusiasmo se manifestó, al fin, bautizando la pieza con el gráfico nombre de El Abuelo,
y nadie la llamó de otro modo en todo el curso de aquella memorable guerra.
Incorporáronse a sus respectivos Cuerpos los compañeros de Fago, y éste se fue al Cuartel
General para presentarse a Zumalacárregui y darle cuenta del feliz cumplimiento de la misión que le
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había confiado. Diéronle caballo en Alsasua, y con el 1.º de Guipúzcoa atravesó la sierra de Andía
en dirección a la Berrueza. El tiempo era magnífico; comenzaba Diciembre con apariencias de
Octubre; la Naturaleza favorecía la campaña, se hacía también guerrera, obsequiando con
temperatura bonancible y tibia sequedad a los dos ejércitos, que ansiaban una batalla campal
decisiva. Entre los carlistas era general la creencia de que ésta se daría en las posiciones de
Mendaza, y que tendrían que habérselas con las dos divisiones de Oraa y Córdoba, acantonadas en
Los Arcos y en Viana.
Atravesando la Amézcoa baja, fueron a dormir en Artaza, y al día siguiente encontraron la
división de Iturralde acantonada en Aucín. Zumalacárregui, con D. Bruno Villarreal y los batallones
alaveses, estaba en Piedramillera. Antes que al General vio Fago a su amigo Ibarburu, el cual le
abrazó con efusión, felicitándole por su feliz arribo. Ya se sabía en todo el ejército la hazaña
realizada por el buen sacerdote y sus ocho auxiliares, ¡Oh!, bien merecía tal hazaña una cruz, la cruz
de San Fernando, sí señor, y es seguro que D. Carlos adornaría muy pronto con ella el noble pecho
de uno de sus primeros capellanes. Replicó Fago a estas cariñosas demostraciones que ninguna falta
le hacían cruces ni calvarios, pues él servía desinteresadamente al Rey, creyendo servir a Dios.
También dijo Ibarburu con gran alborozo a su amigo que el ejército de la Fe iba adquiriendo
las deseadas piezas de artillería, arma indispensable en todo organismo de guerra: además de El
Abuelo, tenían ya dos cañones de batalla que los señores Reina y Balda habían logrado fundir en
Labayén con el metal de cacerolas y chocolateras reunido en Navarra.
―Ya hay cañones en casa, y ahora podremos hablar gordo a la impiedad. Lo único en que la
impiedad nos ha llevado ventaja ha sido en esto, en poseer cañones. Pues ahora nos veremos,
señores cristinos. Trátase de saber si ustedes nos los quitan, o si nosotros les quitamos los suyos...
Ya no hay razón que aconseje el circunscribirnos a la guerra de montaña, amigo Fago. Al llano, a
Castilla, ¿no cree usted lo mismo? A pasar el Ebro, después de merendamos a Oraa y a Córdoba... y
quédese aquí el Sr. de Mina echando discursos a los alcaldes, cortando puentes que no habríamos de
pasar, y fortificando villorrios que no habríamos de acometer, pues ninguna falta nos hace
poseerlos. Nuestra ambición santa va más lejos, y los poblachos que queremos tomar se llaman
Miranda de Ebro, Burgos, Madrid...».
Fago no decía nada, y atacado de intensísima melancolía, contemplaba las cazuelas y sartenes
puestas a la lumbre. Hallábase esperando la comida en la cocina de la casa, donde Ibarburu se
alojaba. Gatos y perros les daban compañía, y un viejo decrépito, veterano del Rosellón y de la
Independencia, les refería la expedición del Marqués de la Romana y la vuelta del Norte,
aderezándola con embustes novelescos. Ibarburu tomaba en serio cuanto el anciano decía, y Fago
deseaba comer y marcharse, para estar solo y platicar a sus anchas consigo mismo.
Al siguiente día vio al gran D. Tomás en el campo, en ocasión que el General salía con su
escolta a recorrer las inmediaciones de Mendaza. Volvía Fago de dar un paseo a caballo con dos
amigos, más bien conocidos, del batallón 1.º de lanceros. Zumalacárregui le conoció al punto,
mandole acercarse y hablaron de silla a silla, poniendo los caballos al paso. Lo primero fue
felicitarle con urbana frialdad, como si no quisiera dar a la expedición desmedida importancia. El
capellán, alardeando de modestia, se la quitó por entero, y expresó su afán de que se le encargaran
cosas de mayor dificultad.
―El método de organización que vengo empleando ―le dijo D. Tomás―, no me permite dar
a usted el mando de una compañía. Esto sería contrario a las Ordenanzas, que aquí se cumplen lo
mismo que en cualquiera de los ejércitos regulares de Europa. Si usted quiere combatir por la causa,
no hay más remedio que entrar en filas. Yo le aseguro que si se porta bien, adelantará conforme a
sus servicios; y si nos hace algo extraordinario, extraordinaria será también la recompensa.
No podía Fago mostrarse exigente ni soberbio, ni era aquélla la ocasión más propicia para
ponerse a discutir con el General. Reconociendo que el orden de la milicia tiene, como todos los
órdenes, su método de ingreso, que alterarse no puede sino en casos excepcionales, dijo: «Principio
quieren las cosas, y a los principios me atengo. Seré soldado, mi General. Fácil es que no pase de
ZUMALACÁRREGUI 43

ahí; mas no tengo por imposible el merecer algún adelantamiento; y mereciéndolo, no hay duda que
vuecencia me lo dará».
Despidiéronse con esto, y poco después le veía recorriendo la falda de la altura riscosa que
domina a Mendaza. Como los lanceros le dejaran solo, el capellán observar al General en su paseo,
que al parecer no tenía otro fin que un examen y estudio del terreno. Le vio rodear la montaña,
alargándose por la parte norte, en el camino que conduce al puente de Murieta sobre el Ega.
Detúvose un rato, hablando con los que le acompañaban; volvió grupas, y recorrió el llano que
separa a Mendaza de Azarta. Fago no le perdía de vista. Fingió ocuparse en adiestrar su caballo,
galopando en derredor de las eras de Nasar. Por fin, Zumalacárregui examinó la angostura que
conduce de Azarta a Santa Cruz, por un escabroso sendero. Sin duda, quería reconocer la distancia a
que está el Ega por aquella parte.
Y luciendo habilidades de entendido jinete, más que por presunción, por disimulo, Fago se
decía: «Ya, ya conozco tu plan: no puede ser otro que el que la configuración del terreno te señala y
te inspira. Estoy dentro de tu cerebro, y sé todo lo que vas a disponer mañana, pasado mañana, o
cuando sea».
Al ver a D. Tomás de regreso hacia Mendaza y Piedramillera, se retiró también, rodeando, y
se fue a su alojamiento. Aquella misma noche se le notificó su ingreso en filas, y dándole fusil,
correaje y canana bien abastecida de cartuchos, le destinaron al 5.º de Navarra. Sin entusiasmo ni
desaliento, en un estado de pasividad estoica, resignábase el capellán a ser uno de tantos resortes
comunes de la máquina de guerra. Esperaba que en la primera coyuntura le señalase su destino
alguna senda, o se las cerrara todas; mas no tuvo tiempo de pensar en ello, porque a la madrugada
su batallón recibió orden de marchar a los Altos de Mendaza. Cuatro batallones, tres navarros y uno
guipuzcoano, iban al mando de Iturralde, el rival de Zumalacárregui en los comienzos de la guerra,
y después su más sumiso Lugarteniente o General de división; hombre tosco, más notado por su
temeraria bravura que por su pericia militar. Zumalacárregui le encomendaba las situaciones de
empeño, los avances peligrosos, dándole órdenes estrictas respecto a posición y marchas, como
freno de su impetuosidad, que unas veces precipitaba el éxito y otras lo entorpecía. Era el audaz
guerrillero, cuyas dotes utilizaba el General habilidosamente, educándole en el gobierno de tropas
regulares; teníale siempre sujeto con una rienda que aflojaba o requería, según los casos.
Al amanecer iban en marcha los cuatro batallones hacia Mendaza. En las filas del suyo se
encontró Fago a Chomín, que había pasado del 1.º Guipuzcoano al 5.º de Navarra. En el capitán de
su compañía, D. Antonio Alzaa, natural de Sangüesa, reconoció una amistad antigua: era un valiente
oficial, hijo de sus obras y de sus méritos, pues de soldado raso había ido ganando poquito a poco
sus ascensos, y con moderada ambición y conducta intachable esperaba seguir adelante. A uno de
los tenientes, Saráchaga, le conocía también, por ser íntimo de Ibarburu. El coronel era un
aristócrata navarro, pariente de los Ezpeletas, hombre enérgico, de buenas formas, excelente militar
y cumplido caballero. Ostentaba en su zamarra la cruz de Santiago.
A las nueve ya habían tomado posiciones las fuerzas de Iturralde en la falda del monte de
Mendaza, y al propio tiempo otros cuatro batallones, mandados por Zumalacárregui, en persona, se
dirigieron a Asarta. La caballería y los tres batallones alaveses al mando de Villarreal ocupaban el
llano entre los dos pueblos. Al observar estos movimientos veía Fago confirmadas sus ideas de la
tarde anterior. El plan de D. Tomás era el suyo; y el suyo era el mejor, el único, el que resultaba de
la disposición y accidentes del terreno. Podría creerse que sus ideas penetraban en el cerebro del
General al modo de inspiración divina, y allí obraban sobre la voluntad que a la práctica
resueltamente las llevaba. Y a todas éstas, los cristinos no parecían: se les esperaba por el
desfiladero de San Gregorio. Faltaba que vinieran pronto, y que cayeran en la ratonera que se les
había preparado.
La columna o división de Iturralde extendiose a la falda de la montaña de Mendaza,
circundándola por el poniente y el norte, y Fago se encontró en un sitio desde donde no veía nada.
«Naturalmente ―pensó―, estos cuatro batallones deben permanecer ocultos a la vista del enemigo.
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De otro modo, el plan resultaría un desatino, a menos que Córdoba y Oraa no vinieran con los ojos
vendados». Y tanto tardaban en presentarse las tropas de la Reina, que los facciosos llegaron a creer
que no vendrían. Por fin, a eso de las diez corrió en el batallón la voz: «Ya vienen, ya están ahí». Un
rumor vago, de inquietud y alegría, corrió por todo el ejército. Desde su posición, detrás de la
montaña, conocía Fago la ansiedad de las tropas situadas en la llanura. Veía un movimiento singular
de lanzas, como vibración del aire, y oía un resollar lejano. De las tropas de Asarta nada se veía,
porque lo estorbaba una protuberancia del terreno. Tiros no sonaban aún.
De pronto las cornetas ordenaron marcha. Uno de los batallones rebasó la línea del pueblo; los
demás les seguían: cada uno ocupaba sucesivamente las posiciones que el anterior dejaba. El 5.º
Navarro, que era el último, se colocó donde antes estaba el 1.º Guipuzcoano. Al efectuar este
movimiento oyó decir Fago que el enemigo avanzaba hacia el centro en formación de columna; mas
él no veía nada. Lo vio después, cuando Iturralde mandó desplegar sus cuatro batallones en la falda
de la montaña; impetuoso movimiento de impaciencia en que se revelaba el guerrillero, y que
determinó un cambio en la dirección que traían los cristinos. Oraa, que mandaba la vanguardia de
éstos, en vez de marchar contra el centro, que era el cebo de la ratonera hábilmente armada por
Zumalacárregui, se fue sobre la izquierda, o sea los cuatro batallones del bravo Iturralde. La
impetuosidad de éste alteró gravemente la posición de las piezas en el tablero, y la jugada no podía
ser ya tal como la concibió y preparó el General, inspirado por los ángeles, o por Fago, que éste así
lo creía y así lo expresaba en un breve soliloquio. «Ya nos ha reventado este Sr. Iturralde con su
acometimiento de principiante. Se le mandó que tuviese ocultos, tras la montaña, los cuatro
batallones, y los presenta de cara al enemigo... Sr. D. Tomás, ¿qué hace usted en este momento al
ver la pifia de su amigote? Pues rabiar y patear, como pateo y rabio yo. Esta acción, no lo dude
usted... la perdemos».

XV

Oraa, con certero golpe de vista, lanzó sus tropas hacia Mendaza, mandándolas flanquear la
altura y atacar a Iturralde de flanco. Los cuatro batallones tuvieron que moverse de nuevo: al sonar
los primeros tiros, su posición era ya muy desventajosa. Difícilmente pudo el Guipuzcoano y uno de
los Navarros sostener el fuego contra los cristinos; los otros dos Navarros no sabían dónde ponerse.
Iturralde les mandó bajar, y luego subir, y luego estarse quietos. Con la conciencia de su falta, el
hombre no sabía ya qué hacer, ni cómo arreglarse para salir airoso de aquel mal paso. En tanto, el
amigo Fago, que aún no había disparado un tiro, intentaba hacerse cargo de lo que ocurría en el
centro. Por allá también se batían. Sin duda la división de Córdoba atacaba las fuerzas mandadas
por D. Bruno Villarreal, consistentes en tres batallones y la caballería, y en apoyo de éstos corría sin
duda el propio Zumalacárregui con los cuatro batallones situados en Asarta. Esto se lo figuraba el
capellán soldado: lo veía en su mente a la luz de la lógica; pero no en la realidad, pues desde el
repecho en que había quedado el 5.º de Navarra, sin poder avanzar ni retroceder, nada se distinguía
claramente. Por entre las ondulaciones del terreno de roja arcilla, salpicado de olivos en algunos
trozos, en las más enteramente calvo, veíase humo de fogonazos; pero nada más. El tiroteo
arreciaba; el rumor de batalla era ya formidable estruendo.
Por el lado de Mendaza, los del bravo Iturralde resistían el empuje de las tropas de Oraa,
batiéndose con su habitual denuedo; pero los cristinos habían sabido ganar mejores posiciones, y
llevaban la mejor parte en la refriega. El bueno de Iturralde y su gente lo habrían pasado mal si la
acción no cobrase un vivo interés en el centro. El coronel del 5.º, descontento de su desairada
situación, ávido de entrar en fuego, maniobró hacia la llanura, corriendo por su cuenta y riesgo en
apoyo de los alaveses. Ya tenéis a Fago batiéndose en primera línea, impávido, como si en su vida
no hubiera hecho otra cosa. Con seguro instinto sabía escoger en el pequeño radio de que disponía
la mejor posición; alentaba a sus compañeros, y antes daba que recibía de ellos el ejemplo de serena
ZUMALACÁRREGUI 45

audacia, pasando más bien por veterano que por bisoño.


Desplegado el batallón en columnas, más de una hora sostuvieron éstas el fuego al amparo de
un grupo de olivos. Avanzaron dos o tres veces; tuvieron que retroceder a su primera posición,
perdiendo algunos hombres. A la una de la tarde, las bajas de la compañía de Fago eran cuatro
muertos y unos catorce heridos, entre ellos el capitán Alzaa. El coronel se impacientaba: no tenía
costumbre de batirse largas horas en un mismo sitio; sus valientes soldados se habían educado en
los avances rápidos. Pero en aquella desdichada ocasión les atacaba un poderoso enemigo, apoyado
en la columna de Oraa, que rápidamente les quitó la ventaja del terreno alto; de poco les valió a los
carlistas aventurarse a una fogosa carga a la bayoneta, porque la tropa contraria les tenía ganas, se
sentía en mejor posición y con mayor fuerza moral. Mandábala un General de grandes alientos,
joven, instruido, hecho a las luchas diplomáticas y militares, tan buen conocedor de la sociedad
cortesana como de los campos de batalla. Desde el primer momento conocieron los facciosos que el
contrario era duro de pelar, y por aquella vez la extraordinaria pericia de D. Tomás no les llevaba a
una fácil victoria.
Los batallones que mandaba el propio Zumalacárregui adquirieron alguna ventaja sobre los
cristinos a las dos de la tarde. Pero como por el sur de Mendaza, Iturralde se vio desalojado de sus
posiciones, teniendo que replegarse con alguna confusión, Córdoba no tardó en ganar el terreno
perdido, y a las tres la caballería cristina, mandada por López, acometió con extraordinario brío, y
los facciosos no pudieron con ella. Desconcertado desde el primer momento el plan de
Zumalacárregui, apenas pudo éste sacar partido de sus setecientos de a caballo. Harto hizo con
proteger la retirada de los castigados batallones, que abandonaban la victoria con más tristeza que
desaliento, sintiéndose dispuestos a empezar otra vez en aquel mismo instante, si así se les
ordenaba.
El 5.º de Navarra sostuvo el fuego hasta que no pudo más, y perdiendo mucha gente, apoyó la
retirada de los alaveses. De tal modo habíase adiestrado el capellán aragonés en la táctica, que
preveía todo lo que habían de mandarle, y más de una vez sus movimientos y los de los compañeros
que a su lado combatían se anticiparon a las órdenes de los jefes. La serenidad del coronel y su
práctica de la guerra; la firmeza de los valientes oficiales que supieron mantenerse en el heroísmo
pasivo y en la resistencia deslucida; la conducta de la tropa, penetrándose con seguro instinto de
estas ideas y realizándolas admirablemente, enaltecieron al 5.º de Navarra en aquel día. Gracias a él,
la derrota de los carlistas no fue una desbandada vergonzosa.
La retirada de los tres batallones a cuyo frente seguía Iturralde no pudo hacerse sin algún
desorden; los del centro hiciéronla con admirable serenidad. Al anochecer todo el ejército carlista
iba en busca del puente de Arquijas. El General mismo corrió peligro de que le cogieran prisionero,
por habérsele caído el caballo cerca de Acedo. Los minutos que tardó en reponerse, auxiliado por
los suyos con toda diligencia, decidieron de la suerte del Cuartel General. Un minuto más, y todo se
habría perdido. Favorecidas de la noche, las tropas de Carlos V pasaron el Ega, por junto a la ermita
de Nuestra Señora de Arquijas, y acamparon en las inmediaciones de Zúñiga, en campo raso. El
ejército cristino durmió en las posiciones de Mendaza y Asarta: dormir hoy donde durmió anoche el
enemigo es la victoria. Si los facciosos hubieran hecho su cama en Los Arcos y en Viana, es fácil
que a los ocho días D. Carlos hubiera puesto sus almohadas en el Palacio de Madrid. Pero aquel
Dios, que muchos suponían tan calurosamente afecto a uno de los bandos, dispuso las cosas de
distinta manera, y pasó lo que según unos no debió pasar, y según otros sí. Estas sorpresas, que nada
tienen de sobrenaturales, obra de la divina imparcialidad, son tan comunes, que con ellas casi
exclusivamente se forma ese tejido de variados hechos que llamamos Historia, expresando con esta
voz la que escriben los hombres, pues la que deben tener escrita los ángeles no la conocemos ni por
el forro.
Ya cerrada la noche, los valientes cristinos, acampados en las posiciones realistas, formaban
pabellones, encendían hogueras, preparaban su cena frugal. En los caseríos de Mendaza y Asarta se
alojaban los jefes y alguna tropa, y se habían instalado los hospitales de sangre para auxiliar a los
ZUMALACÁRREGUI 46

quinientos heridos de aquel sangriento día. La cifra de muertos de uno y otro bando no se conocía
bien a prima noche. Al pie del cerro de Mendaza había como sesenta, y en el llano de Asarta
muchos más, yacentes en una faja de terreno de reducida anchura, que revelaba la firmeza del
choque entre las dos fuerzas. Las diez serían cuando avanzaba por el camino de Arquijas, en
dirección contraria al puente, un General con su escolta: sin duda venía de practicar un
reconocimiento del campo de batalla y de las nuevas posiciones que en su retirada había tomado
Zumalacárregui. Al pasar por entre los grupos de soldados que vivaqueaban satisfechos y gozosos,
con ese estoicismo festivo que es la virtud culminante de la infantería española, el resplandor de las
hogueras iluminó su busto. Era un viejo fornido,de rostro totalmente afeitado, el cabello corto, el
perfil a la romana, con cierta dureza hermosa, a estilo napoleónico. Los soldados, al verle venir,
abandonaron sus cacerolas, donde guisaban habas con un poco de tocino, y prorrumpieron en
exclamaciones de cariño ardiente: «¡Viva el General Oraa!... ¡Viva nuestro padre, y mueran
ellos!...». Y más lejos gritaban: «¡A ellos ahora mismo!... a quitarles las camas... ¡Viva Oraa, viva
Córdoba, viva la Reina!»
Dirigiose el General al alojamiento de Córdoba, en Mendaza, y allí estuvieron, hasta muy
avanzada la noche, en largas conferencias y estudio de la marcha que debían seguir con sus
diecisiete batallones. ¿Forzarían el paso de Arquijas? ¿Operarían parabólicamente, pasando el Ega,
cuatro leguas más arriba, para buscarle camorra al enemigo en el valle de Campezu? Cualquiera
sabe lo que discutieron y determinaron. Es probable que adoptado un plan aquella noche, lo
modificaran al día siguiente, en vista de las noticias que por buenos espías tuvieron de los
movimientos del enemigo, y de la inducción más o menos acertada que con ellas hicieran de las
sagaces intenciones de Zumalacárregui.
Avanzada la noche, se acallaron los ruidos del campamento. Muchos soldados dormían; otros
hablaban sosegadamente, aventurando juicios y cálculos para el día próximo. Veíanse bultos que
exploraban el campo, reconociendo muertos con auxilio de farolillos, pues la noche era tenebrosa, y
el celaje espesísimo no dejaba ver la luna creciente. El estrago de un encarnizado combate, como el
del 12 de Diciembre en Mendaza, no lo revela el día, sino la oscura, la callada noche, cuando
examina recelosa el campo de batalla y los tristes despojos esparcidos en él; cuando se pregunta a
los muertos su número, quizás sus nombres; cuando se busca entre los rostros lívidos alguno que
entre los vivos no parece. Tras de los ejércitos van personas que hacen esta triste investigación
mejor que los mismos de tropa; gentes que aman al soldado, que le sirven, le ayudan, le auxilian,
que rara vez estorban a la disciplina militar, y a menudo fortifican la llamada satisfacción interna.
Más abundaban estas cuadrillas abyecticias en el ejército cristino que en el de Don Carlos, y
en ocasiones llegaron a ser en tanto número, que los Generales hubieron de limitar el parasitismo,
expulsando vagos, mercachifles y mujeres. A los grupos que aquella noche andaban a la busca y
reconocimiento de muertos, agregáronse soldados que anhelaban encontrar al compañero, al
paisano, al amigo. Iban de acá para allá, alumbrando el suelo con la luz de las mustias linternas, y al
encontrar un muerto le nombraban. «¡Ah, Fulano, pobrecico!...». A otros nadie les conocía:
llamaban con fuertes voces a soldados distantes.
―Tú, ven, a ver si sabes quién es éste... Juraría que es Juanico, cabo del sexto... ¿Y aquél no
es Samaniego, el guipuzcoano jugador de pelota?... ¡Miá, miá, qué cuerpo tan grande! Digo que no
va a haber tierra donde meterlo... Ved aquí al pobre Chomín con pierna y media nada más, y la
cabeza rota... El que no comparece es Gurumendi, más bravo que el Cid, y más feo que el hambre.
¡Ay!, aquí está el chico ese de Cirauqui... Blasillo. Su madre quedaba esta tarde en Piedramillera
rezando porque no le tocaran las balas. Tiene atravesado el pecho. Maldito si saben las balas adónde
van... ¡Qué dolor!... Y gracias que hoy no se han reído esos pillos, y en retirada fueron... Pero veras
tú la que traman ahora... Lo que yo digo es que con este D. Córdoba no juegan... Denles mañana
otra batida como ésta, y veremos adónde va a parar la taifa legítima... ¿Y por qué no viene el
asoluto a ponerse aquí, en los sitios donde pegan? ¡Ah!, mientras sus soldados echaban aquí el
alma, él tan tranquilo en Artaza, sentadito al amor de los tizones... Ellos, ellos, el D. Isidro ese, y la
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Isidra de allá, doña Cristina, debieran ser los primeros en meterse en el fuego... pues de no, no veo
la equidad. ¡Ay, españoles, que es lo mismo que decir bobos!...
―Cállate, Saloma ―murmuró, reprobando este concepto un granadero esbeltísimo, portador
de la linterna―, que no es ésta ocasión de bromas.
―No me callo ―replicó la baturra cuadrándose―, que lo que digo es la verdad de Dios.
―Decir españoles ―manifestó un vejete riojano que llevaba en un borrico su bien surtida
provisión de bebida, con lo cual ganaba mucho dinero―, es lo mesmo que decir héroes. ¿Pues qué
eran sino españoles netos Hernán Cortés, Colón y la Agustina de Zaragoza?... ¿Qué me contáis a
mí, que estuve en la de Arapiles y en la de Vitoria? Aquí, donde me veis, un día le cosí una bota al
propio lor Vellinton... Me la trajo su asistente. Un servidor de ustedes era el primer zapatero de todo
el ejército aliado... Y con gran primor le cosí la bota, y él se la puso, y con ella ganó la batalla;
quiero decir, que le dio la puntera a Marmont... Conque yo sé más que vosotros... y digo que
españoles y héroes es lo mesmo.
―¿Qué sabes tú, borracho? ―le contestó la baturra―. Lo que yo digo es que en Borja conocí
dos chicarrones que eran más simples que el caldo de borrajas. Les metías el dedo en la boca, y no
te mordían... en fin, bobos como los corderos de la Virgen... Vinieron al ejército cristino; el General
Lorenzo les mandó a llevar un parte a la guarnición de Los Arcos. Los pobrecicos lo llevaron, y al
volver por Logroño encontraron la partida de Lucus, cien hombres. Lucus les dijo: «¿De dónde
venéis vos?» Y ellos responden: «Del jinojo...». «Mirad que os afusilamos si no decís la verdad...».
«Semos de Borja y decimos lo que nos da la gana». Murieron, ¡angelicos!, gritando: «Venimos del
jinojo, y al jinojo nos vamos».
―Eso es decencia. Murieron antes que vender el secreto del General. ¿Y dices que eran
simples?
―Como borregos.
―Di que mártires, como los de Dios vivo.
―Pues eso.
―Los santos, ¿qué son?
―Eso... son de Borja... personas decentes.
―¿Qué es un baturro?
―Un simple que no quiere vida sin honor.
―Pues eso digo.
―Eso... jinojo... y ahora danos una copita de aguardiente».

XVI

Al entrar en Zúñiga, donde Zumalacárregui rehízo a su gente, dándole descanso y municiones,


Fago fue hecho sargento, sin pasar por la jerarquía de cabo. Así se lo notificó el coronel,
elogiándole por su valerosa conducta. Todo el día 13 se ocuparon en preparar un nuevo combate,
presumiendo ser atacados por Arquijas. Cortaron algunos árboles de la orilla izquierda, y
destruyeron luego el puente de madera. Los heridos fueron llevados a Orbiso, donde estaba el
Cuartel Real, que por disposición de Zumalacárregui debía replegarse, para mayor seguridad, a San
Vicente de Arana, desde donde podría pasar fácilmente, franqueando los Altos de Encía, a tierra de
Álava. Tres batallones fueron situados en las alturas que dominan a Zúñiga, plantadas de olivos, y
las restantes fuerzas las escalonó en las posiciones convenientes, esperando el ataque de Córdoba.
No tardó Fago en hacer estudio del terreno, y conceptuó seguro que los cristinos habrían de atacar
por un flanco o por otro, o por los dos a la vez.
Sin duda una división pasaría el Ega por Acedo, a fin de embestir por el valle de Lana. Otro
cuerpo de ejército podría presentarse por el valle de Santa Cruz. Quizás las dos operaciones se
verificarían simultáneamente, en cuyo caso Córdoba y Oraa tenían que dividir su ejército en tres
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partes. Pensó el novel sargento que el General, obligado a la adivinación de estos movimientos,
sabría ya a qué atenerse. «Y si el General no lo adivina, lo adivinaré yo ―se dijo, olfateando el aire
como un sabueso que rastrea la caza―. Vendrán por un lado y por otro. Como no se prevenga D.
Tomás para este triple ataque, estamos perdidos». El 14 por la tarde, hallándose con su batallón en
un olivar próximo a Zúñiga, vio venir al General con su escolta, inspeccionando las posiciones y
enterándose de que sus órdenes estaban bien cumplidas. El coronel del 5.º le salió al encuentro, y
hablaron un rato, denotando en su actitud perfecta satisfacción del estado de las cosas.
Zumalacárregui, que todo lo veía, vio también a Fago, cuando éste le hizo el saludo militar; paró su
caballo diciendo: «Ya sé, ya sé que tenemos un soldado más, excelente, bueno entre los buenos.
Adelante, Sr. Fago, y no desmayar». Y siguió su camino.
El capellán sargento se quedó meditando: en la mirada del General hubo de reconocer sus
propias ideas, por virtud de una transfusión milagrosa, y se dijo: «Todo lo que yo pienso, lo piensa
él; pero lo piensa después que yo... Está convencido de que nos atacarán por el frente y por las dos
alas, y ha tomado sus medidas para esterilizar la combinación. El escalonar los batallones a lo largo
de este camino demuestra una gran pericia; las posiciones son acertadísimas para acudir a una parte
u otra con presteza y seguridad. Todo va bien, como a mí se me ocurre, como debe ser, como es,
porque o se tiene lógica o no se tiene. Yo la tengo, y acierto siempre... Y como acierto siempre, Sr.
D. Tomás de mi alma (decía esto viéndole perderse con su escolta tras un grupo de olivos), debo
manifestar a vuecencia que yo no me asusto de que pasen el Ega por la ermita de Nuestra Señora de
Arquijas: al contrario, que vengan, que vengan pronto a esta orilla, donde hemos tomado posiciones
inexpugnables. Y si mi jefe no lo permite, añadiré que yo no habría mandado cortar el puente. El río
es fácil de vadear por esa parte. El puente habría sido para ellos una facilidad; la facilidad trae la
confianza, y la confianza es la perdición cuando se está en una puerta que conduce a un calabozo.
Trampa será para ellos este cerco de montañas. Mientras más pronto entren, más pronto conocerán
que no pueden salir.
»Y ahora, se me ocurre meterme en el pensamiento del Sr. de Córdoba. Si yo mandara las
fuerzas cristinas, renunciaría al paso del Ega por Arquijas. Yo no combato nunca donde le conviene
al enemigo, sino donde me conviene a mí. Pero el espíritu de imitación tiene tal fuerza, que el
hombre de guerra no puede sustraerse a la atracción que ejercen sobre él los actos de su contrario.
¿Vas tú por allí? Pues yo detrás. Donde tú estás ahora, estaré yo mañana, y he de ir por el camino
que tú recorriste... Pues no, señor... Iré por donde menos pienses tú que debo ir. Yo Córdoba,
después de amagar por Arquijas, llevaría durante la noche todo mi ejército a Campezu, y
desconcertaría el plan de Zumalacárregui, es decir, el mío, porque yo lo he pensado, y él conmigo...
Pero para este caso hay también previsiones, y yo vencería, obteniendo con mi victoria todos los
cañones de batalla que trae Córdoba; y reforzado mi ejército y cubierto de gloria, franquearía sin
pérdida de tiempo la Sonsierra, caería sobre la Guardia, y luego sobre Haro y Miranda de Ebro.
Pasado el Ebro, se salva Pancorbo, y ya estamos en Burgos... »
―Mi primero ―le dijo el furriel despertándole bruscamente de su espléndido sueño
militar―, para el rancho de hoy me han dado una cosa que llaman patatas. Mire, mire: son como
piedras. ¿Esto se come?
―¡Qué bruto! Es una comida excelente. ¿De dónde eres tú?
―Mi primero, yo soy de Sansoaín, orilla de Lumbier. En mi pueblo no comen esto las
personas, sino las monjas por penitencia, según dicen, y los marranos, con perdón.
―Pues en el mío y en todos se cultivan las patatas y se comen, y saben tan ricas. Se introdujo
en España este comestible cuando la guerra del francés. Muchos no querían comerlo por ser fruto
traído de Francia; pero ya vamos entrando con él, que para el buen comer no hay fronteras.
―Mi primero, oí que comiendo estas pelotas sacadas de la tierra, se pierde la buena sangre, y
nos volvemos todos gabachos o ingleses de la parte de mar afuera, diendo para La Habana. Yo no
entiendo; pero le diré que las probé y me supieron al jabón que traen de Tafalla y Artajona. Si es
para limpiar tripas, bueno va. Pero no me digan que esto cría sangre.
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―Échales vino encima y verás.


―Con el vino solo me apaño, y estas pelotas que las coman los guiris, para que revienten de
una vez.
―Ponlas y calla, y el que no las quiera que las deje. Si no tenemos bastante vino, yo lo
compro de mi bolsillo: ya sabes que no me falta un duro para obsequiar a la sección. Pídele cuatro o
seis Pintas al Riquitrún, y tenlas aquí antes de que toquen a rancho.
―Mi primero, por si no lo sabe, pongo en su conocimiento que el Riquitrún es muy malo, y
siempre nos lo da con agua. Ese tunante ha sido sacristán, y esto basta para que no venda vino de
ley. De usted se reía esta mañana, diciendo que en Oñate le ayudó la misa y que se equivocó usted
tres veces, trabucando los latines, poniendo el cáliz donde no debía ponerlo, y haciendo muchas
morisquetas.
―Miente el bellaco ―replicó el capellán, pálido de ira―. Yo no me equivoco en la misa ni en
nada. Y si vuelven a decirme tal injuria, el sacristán y tú sabréis quién es José Fago».
Al día siguiente, 15, atacaron los cristinos por Arquijas. Vadearon el río; se batían en las dos
orillas bravamente, con mucha menos tropa de la que presentaron en Mendaza el día 12. No había
duda de que aparecerían por Santa Cruz o por el valle de Lana. A las dos de la tarde se despejó la
incógnita: Oraa se apoderaba de la Peña de la Gallina, y contra él fueron cinco batallones mandados
por Villarreal e Iturralde. Zumalacárregui estaba en el camino que va de Zúñiga a Orbiso, en lugar
culminante, y como adivinaba un tercer ataque por su derecha, tenía dispuestos cuatro batallones.
Sereno y previsor, con su ejército y el del enemigo metidos dentro de la cabeza, viendo y sintiendo
la totalidad del terreno con sus varios accidentes y distancias, aguardaba el desarrollo de la acción
con la tranquilidad del maestro que domina su oficio. Todo en aquel día feliz marchaba como el
programa de una función histriónica, y los distintos papeles eran desempeñados con puntual
exactitud, no sólo por parte de los suyos, sino de los contrarios. El enemigo hacía lo previsto, lo
calculado, sin ninguna iniciativa nueva, sin ninguna sorpresa o improvisación que desconcertara el
plan general. Éste, por su sencillez lógica, parecía la página más elemental de un tratado de
estrategia.
Los cinco batallones de la izquierda realista, el 5.º entre ellos, atacaron la división de Oraa, sin
darle tiempo a descansar de su fatigosa marcha. Iguales eran las fuerzas por una y otra parte; en
bravura fuera difícil hallar diferencia. La que resultó a la caída de la tarde tuvo por causa la
ocupación de mejores posiciones por los facciosos, y el desaliento de los cristinos al enterarse de
que las tropas que rodearon el Ega por Arquijas volvían a pasar a la orilla derecha y se retiraban
hacia el caserío de Acedo. Replegose Oraa a su primera posición de la Peña de la Gallina; los
carlistas, sintiéndose con indudable ventaja, le acosaron; Iturralde quiso reponer su fama de la
pérdida lamentable del día 12, y como hallara en los cristinos pasividad heroica y resistencia
formidable, apretó los resortes de su máquina; puso en el último grado de tensión el vigor navarro,
y, perdiendo gente, arrebató muchas vidas al enemigo. Toda la tarde combatió Fago con impávida
constancia, comunicando su valor sereno a los hombres que estaban a sus órdenes, haciéndoles
audaces y temerarios, al mismo tiempo que prudentes y astutos. Ya se venía la noche encima,
cuando medio batallón de los de Oraa, revolviéndose desesperado, como el león herido, acometió
con zarpazo furibundo al 5.º de Navarra, que fieramente le hostigaba. Trabose lucha a la bayoneta;
corrió la sangre; cayó un frente de carlistas de más de veinte hombres, como la mies rápidamente
segada por la hoz.
Pero aún había navarros en gran número para vengar a sus compañeros, y multitud de
cristinos cayeron acuchillados sin piedad. Fago iba delante, pues había llegado el momento del
ardor fogoso, de la embestida frenética con uñas y dientes. En el ardor de la refriega, y en una de
esas pausas de segundos que median entre los golpes, vio entre los enemigos que avanzaban una
figura extraordinariamente terrible, un hombre de cabellos blancos, corpulento... Desde lejos le
miraba, y parecía dirigirle la afilada punta de la bayoneta al pecho o al estómago... El capellán se
vio acometido de un miedo súbito: su consternación le privó como por ensalmo de toda su energía
ZUMALACÁRREGUI 50

militar, arrancándole su conciencia de soldado. Aquel hombre, más bien irritada fiera que contra él
venía, era Ulibarri, el propio D. Adrián Ulibarri; no podía dudarlo: le vio como a diez varas; sus
facciones no mentían, no podían mentir, ni había confusión posible con otra persona... En mucho
menos tiempo del que se emplea en referirlo, el fantasma, o lo que fuera, estuvo a dos pasos... Fago
reconoció la voz, la mirada: era él... Su terror fue inmenso... se dejaba matar. Pero cuando sólo un
palmo distaba de su vientre la bayoneta del furibundo cristino, dispararon contra éste los navarros
dos o tres tiros que le hirieron gravemente. Cayó Ulibarri, y se volvió a levantar. Fago vio en sus
ojos moribundos el odio y la ferocidad: una mano de tigre le agarró convulsiva el cuello; una voz le
lanzó el mayor insulto que boca humana puede proferir... Recobró el capellán súbitamente su
personalidad corajuda; dio un paso atrás, requiriendo su fusil armado de bayoneta, y se hartó de
clavarla en el cuerpo de su enemigo.

XVII

Hecho esto, salió corriendo por encima del cadáver, impulsado de un instinto de fuga. Corrió
hacia las líneas enemigas; no iba solo. Sus compañeros le agarraron; viose envuelto por los suyos,
que retrocedían... Sin conciencia, de sus actos, anduvo después largo trecho por entre los
combatientes, pisando muertos y heridos, oyendo voces que ignoraba si eran de carlistas o de
liberales, y, por último, fue a caer sin conocimiento al pie de un olivo. Nunca supo lo que duró su
espasmo; al recobrarse de él, viose en completa obscuridad, pues la noche había cerrado ya. Las
voces de sus compañeros sonaban cerca; distinguió algunas que le eran familiares. Dirigiose allá
casi a tientas, porque apenas veía. «¿Es noche oscura ―pensaba― o estoy yo ciego?» Miró al cielo,
y vio algunas estrellas; luego empezó a distinguir los accidentes del terreno, y movibles bultos,
pelotones de hombres que se alejaban.
Ya se consideraba próximo al sitio donde creía encontrar a los de su batallón, cuando se hizo
cargo de que no tenía fusil. Trató de volver al pie del olivo donde había caído como desmayado,
mas no acertó a encontrarlo. Los árboles salían a su encuentro, como diciéndole: «Yo soy, yo soy el
olivo». Pero luego resultaba que no eran. Determinose a seguir sin fusil, y tampoco pudo reconocer
la dirección que antes había tomado. Ni las voces se oían ya, ni los bultos informes se veían
tampoco. Aquí y allá tropezaba con muertos. ¿Eran cristinos o carlistas? Por las boinas o morriones
los determinaba fácilmente. Miró al cielo, buscando la Osa Mayor para orientarse; pero ya no se
veían las estrellas, y la tierra se iba envolviendo en una niebla blanquecina, cuyos vellones espesos
venían de un punto que el aturdido capellán no pudo discernir si era el Norte o el Sur. Al fin,
plantándose y llamando a sí toda su inteligencia, ansioso de encontrar una idea meteorológica, pudo
hacer este razonamiento: «De allí viene la niebla, pues por allí está el río».
Anduvo presuroso en la dirección que estimaba contraria al curso del Ega. La niebla parecía
perseguirle, y cuanto más andaba, más envuelto se veía en las masas lechosas. Ningún ruido turbaba
la lúgubre quietud del ambiente. Los olivos iban a su encuentro; algunos troncos le cortaban el paso
con brutal choque, sacudiéndole formidable testarazo; otros huían deslizándose por su flanco, y le
azotaban el rostro con sus ramas mojadas. La tierra le abría zanjas en que se hundía, o le presentaba
parapetos para hacerle caer de rodillas. Tropezó en un tronco, y al poner las manos en tierra tocó
ropas, cabellos... Era un cadáver. «¿Será éste? ―pensó el infeliz capellán poseído nuevamente de
glacial terror―. ¿Habré venido a parar junto al cuerpo de Ulibarri, a quien ensarté no sé cuántas
veces con mi bayoneta?» Reconocido el muerto, vio que tenía barbas y casco. No era el alcalde de
Villafranca... Más allá encontró un caballo; después otros muertos, y un fusil, que tomó. Era un
arma cristina.
Siguió adelante, sin saber ya por dónde iba, pues lo desigual del terreno obligábale a variar de
dirección a cada instante. «Paréceme ―se dijo echándose fatigado en el suelo―, que me encuentro
en el campo de batalla de hoy, en el paraje donde rechazamos el ataque de los cristinos, a arma
ZUMALACÁRREGUI 51

blanca, donde vi a Ulibarri vivo... No, no: esto no puede ser, porque sería un milagro... ¡Milagro! ¿Y
quién me asegura que Dios no haya querido sacar de la tierra al buen Don Adrián, y darle realidad o
apariencias de vida para confundir con una imagen terrorífica mi estúpida arrogancia militar, para
despertar mi conciencia de sacerdote, y enseñarme que las manos que cogen la Hostia no deben
derramar sangre humana? ¿Será esto? Ejemplos hay de apariciones sobrenaturales dispuestas por
Dios para expresar a un alma extraviada la divina voluntad. Si Dios puede hacer que tomen forma
corpórea los fenecidos para revelar la justicia y la verdad a los vivientes, ¿por qué no admitir, desde
luego, el milagro de la presencia de aquel buen hombre en el campo de batalla? No hay que decirme
que pudo ser el que maté persona que al muerto de Falces se pareciese. No era semejanza, era
identidad: el que vi, el que maté, era el alcalde de Villafranca. Aún le estoy viendo; aún veo la
blancura de sus cabellos, el ardor de su rostro; veo sus ojos iracundos que me traspasaban, que me
daban más miedo que todas las bayonetas cristinas... Era él, era él. No es aquella imagen obra de
mis sentidos, que la tomaron de la conciencia alborotada: era efectiva, real, y esta realidad sólo Dios
pudo disponerla. Creo en los milagros; creo que he visto al padre de Saloma, que le he matado, que
por aquí debe de estar su cadáver».
Dio algunos pasos; anduvo un buen trecho a gatas, abandonando el fusil que poco antes
cogiera, y luego se echó de nuevo en tierra, asaltado de ideas turbulentas que contradecían las ideas
anteriores. «¿Y quién mi dice que fuera real la muerte de Don Adrián en Falces? ¿Quién me asegura
que lo que vi en aquella tristísima noche y en aquella alborada sangrienta no fue el milagro
verdadero? Bien pudo ser que mi conciencia y mis sentidos forjaran, por disposición del Cielo, el
suplicio del hombre que ofendí; bien pudo ser que Dios me pusiera ante los ojos mi ignominia en
aquella forma. Si, en efecto, Ulibarri no pereció en Falces, nada tiene de absurdo que se me
presentara en las filas cristinas, sin necesidad de milagro... ¡Ay!, en todo caso mi conciencia se
alborota, estalla, ahogándome toda el alma. Milagroso o no, el hombre que vi y que maté en un
momento de furor instintivo, me reveló con su presencia estoy nuevamente encenagado en el mal,
que escarnezco la sagrada Orden, cogiendo en mis manos un arma y matando sin piedad cristianos
con ella... ¡Si al menos fuesen moros!... Pero tampoco... ni moros ni nada... Que los maten los
militares, si necesario es para el cumplimiento de la ley de Dios y el triunfo del Evangelio... ¡Pero
yo, yo matar!... Reventé a Ulibarri o a su imagen, por la ley física que nos mueve a defendernos
cuando nos atacan... Es uno hombre sin poderlo remediar. Un santo haría lo mismo... Estalla el
coraje cuando menos se piensa... y al recobrarnos de la horrible locura, ni aun sabemos a ciencia
cierta lo que hemos hecho. Llega un momento en que al hombre civilizado se le cae la ropa, y
aparece el salvaje. Luego nos da vergüenza de vernos desnudos, y volvemos a encapillarnos la
levita, la sotana, o lo que sea...».
Corrió luego desaforadamente, gritando como un loco: «Estoy en pecado mortal... Piedad,
Señor, piedad... En mí llevo el infierno, la guerra; mis planes estratégicos son los caminos de
Satanás... mi régimen de movilización de tropas, idas y venidas de demonios... ¡Piedad, Señor,
piedad!...».
Oyó cantar un gallo, por donde vino a conocer que eran las dos de la mañana, hora en que
habitualmente deja oír su voz el reloj de la noche. Aventurose en la dirección del canto, creyendo
encontrar un caserío; pero la niebla era ya tan densa, que no sabía por dónde iba. Oyendo después
que el gallo cantaba a su espalda, volvió hacia atrás, cada vez más perdido en el seno de aquella
opacidad algodonácea que envolvía la naturaleza como un sudario. Había dejado de tropezar con
olivos, y de pronto se presentó un escuadrón de ellos, plantados con orden y estorbándole el paso...
Vino luego un parral, cuyas cepas a cada instante se le enredaban en los pies. Eran garras que le
cogían, y horquillas que le enganchaban. El hombre volvió a arrojarse en tierra, exánime, más
afligido aún de la negra desesperación que del cansancio. Lágrimas brotaron de sus ojos. No podía
consolarse de haber dado muerte al que en rigor de justicia debió ser, antes, y después, y siempre, su
matador... No con lloros y suspiros, ni con la pena ardiente, ni con el razonar febril, podía desahogar
su alma, ni aliviarla de aquella colosal pesadumbre. Pasó algún tiempo en tan triste situación, y al
ZUMALACÁRREGUI 52

fin amaneció: triste claridad se manifestaba al través de aquel pesado velo, más denso al avanzar el
día, más lúgubre blanqueado por la luz. A veinte pasos no se distinguían los objetos: árboles y peñas
desaparecían como tras una cortina. Los ojos llevaban consigo aquella ceguera de las cosas; el
circuito blanco se movía con el espectador.
No hacía media hora que era día, cuando sintió el capellán voces humanas. ¿Por qué parte?
No podía precisarlo. Tan pronto sonaban aquellos ruidos por su derecha como por su izquierda. O
había gente por todas partes, o la niebla jugaba con el sonido, echándolo de un lado para otro. Eran
ecos extraños de voces roncas de mujeres, como disputando con voces más ásperas aún de hombres.
Por un momento creyó escuchar la dureza del vascuence. Pero no: era castellano, tirando un poco a
baturro. Creyendo reconocer voces de compañeros de la facción, anduvo en seguimiento del ruido;
se equivocó de rumbo: llamó; le contestaron, y, por fin, encontrose junto a un grupo de personas
diversas, sentadas en el suelo. Habían encendido una hoguera para guisar algún comistrajo y
calentarse. Algunos dormían: el aspecto de todos era de extraordinario aburrimiento y fatiga. No
bien apareció junto a ellos el clérigo aragonés, saliendo como espectro de los blancos vellones de la
niebla, fue reconocido por una mujer del grupo, que asustada dijo: «No es nadie. Creímos que
venían carlistas. Es el clérigo de Villafranca vestido de paisano, y sin armas... ¿Qué le pasa,
Padrico? ¿Está su merced en servicio militar, o sigue de capellán?... ¿Vienen más facciosos con
usted? Nosotros somos gente de paz.
―Y vendemos aguardiente, ―dijo un vejete, señalando el borrico atado al árbol más
próximo.
―Con esta condenada niebla nos hemos perdido ―agregó otra mujerona que atizaba la
lumbre―, y aguardamos a que abra para seguir a nuestro ejército.
―Según eso ―dijo Fago, echándose en el suelo, gozoso del calor y de la compañía―, estoy
en el campo cristino.
―¿Viene usted del campo faccioso?
―Sí: ayer tarde me separé de mis compañeros del 5.º de Navarra, y no he podido reunirme
con ellos. Cegado por la niebla, he andado a ratos toda la noche, y en este momento ignoro dónde
estoy.
―A poca distancia de Santa Cruz de Campezu... Mucho tiene que andar para juntarse con los
suyos, que deben de estar en Zúñiga... Tómelo con calma; y para recobrarse del cansancio, eche un
trago de vino, y luego probará de estas pobres sopas. Aquí somos todos de paz, y estamos a ganar
un pedazo de pan, con remuchísimo patriotismo... Yo he servido en Fusileros de San Fernando, con
D. Carlos España... Derrotamos al Francés en Arapiles... ¿Sabe usted lo que fue Arapiles?
―¿Pues no he de saberlo?... Batalla ganada por lord Wellington junto a Salamanca... Y a
propósito: no sé aún el resultado de la acción de ayer entre Arquijas y Zúñiga.
―Por el cuento, parece que la hemos perdido.
―Quita allá ―dijo Saloma―. ¿Tú qué entiendes? El retirarse Córdoba es engaño, para
cogerlos luego por allá... qué sé yo. Nosotros nada sabemos. Córdoba sabe más que el Tío Zamarra,
y por un lado o por otro le tiene que coger... y como le coja, se acabaron los asolutos... ¿Qué les
quedará si pierden ese General? Pondrán al frente de las tropas a un clérigo de misa y trabuco... o el
mismico D. Isidro tomará las riendas, como quien dice, el rosario».

XVIII

En el abatimiento y confusión de su espíritu no mostraba Fago gran deseo de conocer el


resultado de los combates del día anterior. Batallas más terribles, libradas en el campo oscuro de su
conciencia, secuestraban su atención, y compartida ésta entre el conflicto propio y los hechos que el
anciano cantinero refería, apenas pudo enterarse de la victoria facciosa, o se enteró de un modo
incompleto, recogiendo sólo retazos, noticias sueltas. Córdoba se había retirado inopinadamente de
ZUMALACÁRREGUI 53

Arquijas. Oraa fue rechazado en Lana, y Gurrea, que intentó atacar por la derecha, había llegado
tarde. En retirada quedaron, pues, al anochecer los cristinos, y aún no se sabía por dónde andaban.
Prisioneros de la niebla, los dos ejércitos aguardaban que el sol les libertase para volver a combatir
en las mismas posiciones, o en otras.
―¿Qué le parece? ―le preguntó el vejete―. ¿Pelearán en las mismas posiciones?... ¿Qué
piensa, buen hombre?... ¿O es que, por no entenderlo, no piensa nada?
―No pienso, no se me ocurre nada ―dijo Fago demostrando en el mirar y en el gesto
extraordinaria confusión―. ¿Qué entiendo yo de posiciones?
―Es usted sargento, ¡contro!
―Soy un pobre cura que se ha visto obligado a... no sé lo que digo... Dadme un poco de vino
para que pueda coordinar las ideas.
―Bien se ve que le han engañado esos puercos ―dijo Saloma alargándole el jarro―. No hay
más que verle para saber que es usted un mosén muy cuitadico, y que no sirve para manejar el
chopo. Váyase, váyase pronto a coger el cáliz, para que Su Divina Majestad le perdone el meterse
en estas jerarquías.
Y otra mujer saltó diciendo:
―En la cara se le conoce que es cobarde... ¿Qué le pasó, mosén?... ¿que al oír los primeros
tiricos le entró lo que los vizcaínos llaman bildurra, y se le movieron las tripas?
La actitud silenciosa y sombría de Fago confirmó a la baturra en su creencia, y por caridad, se
apresuró a darle participación en la comida, que ya había sido apartada del fuego, y repartidas las
cucharas, comieron todos de la misma cazuela en que las sopas habían hervido: No estará de más
representar con cuatro perfiles a las personas que componían la cuadrilla parasitaria del ejército
cristino. Saloma ya es conocida; la otra mujer tenía por apodo la Maja de la seda, y llevaba muchos
años de ejercer el comercio ambulante, rodando por Rioja y Cinco Villas. Su patria era el Bocal; sus
ojos bizcos fulguraban picardía y malas artes; su cuerpo igualaba en flexibilidad al de una lagartija.
Comúnmente la llamaban Seda, y se titulaba esposa de otro punto de la partida, por mal nombre el
tonto de la Uva, o simplemente Uva, de rostro atezado y cuerpo contrahecho. Era del Valle de Arán,
y se hacía pasar por francés, hablando a veces un patois de su invención. El vejete, que ostentaba el
timbre glorioso de haberle cosido a Wellington una bota, la víspera de Arapiles, procedía también
del Bocal de Aragón, y le llamaban el Tío Concejil. Ganaba dinero con su mercadería ambulante,
era consecuente en su filiación liberal, y había sido fiel parásito de Sarsfield, de Quesada, después
de Rodil, y últimamente de D. Francisco, que era su amigo. En Puente la Reina, el año 24, le había
dado Mina la mano, cuando le llevó la noticia de que los realistas, escapados de Cirauqui al
anochecer, habían llegado a Oteiza a las dos de la madrugada. Otros dos hombres había en la
cuadrilla, que eran como bestias de Uva; cargaban enormes mochilas parecidas a cuévanos, repletas
de tabaco.
Saloma era entre los parásitos como una huésped: daba un tanto al día por participar de su
comida, y también comerciaba en pequeña escala. Conocía por sus nombres y apellidos a un
centenar de soldados cristinos de todas armas; mas no se crea que andaba entre ellos con malos
fines: les trataba, les tenía ley, se interesaba en sus triunfos, dábales alientos con palabras
expresivas; pero se mantenía fiel al granadero Manuel Díaz, natural de Herramélluri, entre Haro y
Santo Domingo de la Calzada; mocetón de buen ver, que más pronto tomaba las mozas que las
trincheras de la facción. No era esta cuadrilla la única que seguía las legiones de la Reina; había
otras, y algunas promiscuaban, sirviendo a carlistas y constitucionales alternativamente, según les
convenía.
A mitad de la comida, se arrancó Saloma con este grave aforismo:
―Un aragonés no puede ser cobarde, aunque sea clérigo, señor de Fago... Esto lo digo yo que
soy de Borja...
―Es verdad ―replicó el capellán haciendo honor a las calientes sopas―. Un aragonés es...
un aragonés.
ZUMALACÁRREGUI 54

―Y está dicho todo. El día que se desbarate España, para volver a jacerla tendrán que poner
por pedernal del cimiento los corazones de Aragón.
―Y que lo digas. ¿No piensa lo mesmo el señor cura?
―Lo mismo pienso, y en verdad os aseguro que deshonro a mi tierra, porque soy cobarde. Me
creí valiente... me engañé a mí mismo, me engañaron diciéndome que era yo muy entero.
―Y en cuanto oyó los primeros tiros...
―No, no fue a los primeros tiros, sino a los últimos.
―Eso sí que es raro ―dijo Saloma―. Pues mire, Padrico, ándese con cuidado, que si le
cogen los faiciosos, le afusilan por desertor, y si le pescan los cristinos, no lo pasará bien... Ya se
está usted quitando las ensinias de sargento. Como no tiene uniforme, no le estorba el chaquetón;
pero algo debe disfrazarse, que aunque sea falso, a veces no parece que lo es, y hasta podrían
tomarle por un valiente triste, quiere decirse, aflegidico por mor de amores o qué sé yo qué.
Tal era el desaliento de Fago y tan aplanante su pasividad, que no hizo el menor movimiento
cuando Saloma descosió con sus puercas uñas las insignias que en las mangas llevaba.
―Y ahora, si no quiere que sospechen, quédese con nosotros ―agregó la baturra―, y aquí
comerá de lo que haiga. Si no tiene dinero para el gasto, no le importe, que a mí no me falta un duro
para los amigos, y más si son de la tierra... Donde yo estoy, está Aragón... Conque...
De tal modo sentía el clérigo deshecha y caída su voluntad, que nada supo contestar a estas
razones, y a todo asintió, agradeciendo al propio tiempo el socorro de comida y fuego que a los
buenos parásitos debía. Pensando en aquella inesperada situación a que le había traído su destino,
sorprendió y reconoció en su alma una glacial indiferencia política. Lo mismo le importaba hallarse
entre liberales que entre facciosos. Empequeñecidos ambos bandos, eran de la misma talla
mezquina ante la magnitud del tremendo conflicto que él llevaba en su alma. ¿Ni cómo podía ser de
Dios uno de los ejércitos, y el otro no? Dios estaba en todos y en ninguno, y los hombres no se
podían diferenciar ante Dios más que por sus conciencias. Pero estos razonamientos y otros no
podía calmar la suya, ni ver nuevos horizontes en su vida ulterior. ¿Qué haría? ¿Adónde trasladarse,
qué partido tomar, y qué conducta preferir, y a qué aferrarse?
Rasgó el sol con punzantes rayos la niebla, y se aclaró un espacio que permitía ver los objetos
a distancia de tiro de fusil. Pero luego cerrose de nuevo la espesa cortina, y a oscuras quedáronse
otra vez dentro de aquella ceguera blanca, que era como el ver que no se veía nada. Oíanse, no
obstante, tambores y cornetas. Los batallones más próximos marchaban ya, sin que se pudiera saber
adónde. Uva, que había ido a explorar, volvió diciendo: «San Fernando y la caballería de López
vuelven a Mendaza. Los demás, sabe Dios por dónde andan.
―¿Y ellos?
―La facción, dicen que va hacia la Amézcoa; pero no es más que un decir».
Las diez serían cuando acabó de deshilacharse la niebla, y la cuadrilla se puso en marcha,
llevando el burro por delante: Fago se dejó llevar; no tenía voluntad. Vio soldados cristinos en
marcha, caballos, acémilas; vio a Saloma hablando con sus amigos y conocimientos; vio un
capellán en mula, en quien reconoció a un antiguo colegial de Vergara. Afortunadamente no fue
conocido. Uva se emparejó con él, y quiso distraerle con su charlar festivo; pero el aragonés,
atacado de un mental marasmo, parecido a la imbecilidad, no acertaba en las contestaciones, y de
rato en rato decía:
―Amigo Uva, ¿a dónde vamos? Yo quisiera ir a Veruela.
―No creo que vaigamos tan lejos. Pero usted, mosén, si quiere, por Los Arcos y Viana se
puede pasar a Logroño, y de allí, caminito arriba, hasta Tarazona... En el coche de San Francisco,
cinco días o seis.
Rendido de sueño, el infortunado capellán, aprovechando el descanso de la cuadrilla en un
humilladero que les ofrecía comodidad, se tumbó en el rincón más abrigado, y mal envuelto en
pedazos de manta que pusieron a su disposición las baturras, se durmió profundamente. Soñó
primero mil disparates inconexos: que Uva estaba jugando a la pelota con Zumalacárregui; que,
ZUMALACÁRREGUI 55

Saloma era la Saloma de Ulibarri, transfigurada físicamente; que Seda iba del brazo del General
Córdoba por la calle principal de Ejea de los Caballeros, y, por último, su cerebro forjó una serie de
imágenes y hechos, combinados con relativa lógica, imitando la realidad en todo lo que los sueños
imitarla pueden. Viose en manos de los monjes de Veruela, que de nuevo le rescataban del Infierno,
entregándole a Dios... Otra vez se veía, cubierto del traje eclesiástico, y pasaba de Veruela a un
lugar sin nombre, con sus casas cimentadas en escalones sobre altísimas peñas. En el pico más alto
estaba la iglesia, como un nido de cuervos, apoyando sus contrafuertes en las grietas musgosas de la
roca. El sueño le representó después diciendo misa en la iglesia roquera, delante de un grupo de
fieles vestidos de negro, con cirios... No tardó en cambiar la decoración, y viose en otra iglesia
pequeñita y oscura. También en ella celebraba, y en el momento de salir revestido con casulla
blanca, por ser la fiesta del papa San Gregorio, oyó tiros cercanos, gran tumulto de batalla.
Los cristinos cercaban el pueblo; ya eran dueños de las casas exteriores, y seguían adelante,
destruyendo todo lo que encontraban al paso. Mas él, impávido, apartando su mente de todo lo que
fuese guerra y matanza entre cristianos, empezó su misa. La decía despacio, muy despacio,
recreándose en las bellezas del simbolismo litúrgico. Pero cuando llegaba a la consagración, los
tiros sonaron en los propios muros del templo. El pueblo salió despavorido: mujeres y hombres
acudían a la defensa armados de fusiles, palos o esgrimiendo cirios, blandones, incensarios y lo
primero que encontraban. El acólito abandonó el altar, y de la caja del púlpito sacó una escopeta. El
oficiante sintió el demonio de la guerra en su alma, dejó el cáliz sobre el ara, y sin pensar en
quitarse las sagradas ropas, pues el aprieto del ataque no le daba tiempo para ello, corrió a la
ventana, por donde entraba, con el grandísimo estruendo, humo y polvo de un batallar furioso.
Alguien, no supo quién, puso en sus manos un fusil. Cogiolo, y saliendo intrépido a la ventana,
echóselo a la cara. Los cristinos subían con escalas. Les recibió a tiros, acertando en todos. Cada
disparo era una muerte. Mientras disparaba un fusil, le cargaban otro y otro. Llovían balas contra él;
pero todas se estrellaban en su casulla como en una coraza milagrosa... Con gritos de coraje
alentaba a los suyos, y con horribles expresiones blasfemantes denostaba a los enemigos que
asaltaban la iglesia. Tantos mató, que caían en racimos al pie del muro. Y él indemne, viva imagen
del dios Marte, vestido de alba y casulla, mostrando un valor heroico y una pericia no inferior a su
bravura. No contento con rechazar a los que osaron meterse por la ventana, salió al frente de su
cuadrilla por la puerta lateral, y persiguió al enemigo en retirada, acuchillándolo sin piedad,
machacando cráneos, rasgando vientres, cercenando piernas y brazos. En fin, que a poco de
emprender esta feroz batalla no quedaba un enemigo para contarlo. Transcurrió un lapso de tiempo,
que apreciar no podía; mas al término de él, continuaba tan tranquilo su misa, como si nada hubiese
pasado. Su casulla, que era blanca al empezar, se había vuelto roja de la sangre de la batalla, y la
festividad, que antes era de confesores, después lo fue de mártires. El vino de la consagración le
supo a pólvora; el acólito, en vez de campanilla, tocaba un tambor…
―¡Cuánto disparate, y qué sueño tan absurdo e irreverente!», dijo el capellán despertando a
los tirones de pies que le daba Uva.
―Padrico, que nos vamos. Levántese si no quiere que le dejemos aquí.
―¿En dónde estamos? ¿Qué pueblo es éste?
―El pueblo es Mirafuentes. Esto se llama el Cristo de la Caña... Volvemos a Los Arcos,
amiguito, a repostarnos de municiones para emprenderla otra vez contra esos pillos, que no pelean;
lo que hacen es escurrirse como culebras cuando les tenemos cogidos... Dese prisa, si no quiere
quedarse.
En marcha ya, la mente del tránsfuga, que con el sueño se había despejado considerablemente,
pudo hacer apreciaciones razonables de su verdadera situación, y la voluntad, libre ya del horrible
desconcierto de la noche anterior, supo determinar algo conforme a lógica y al sentido común. «No
se me había ocurrido hasta ahora que debo presentarme al Sr. Arespacochaga, mi protector y amigo,
por quien he venido a estas endemoniadas aventuras. Debo manifestarle el estado de mi conciencia,
mis horribles dudas, el espanto que me produjo la visión de Ulibarri, el desaliento que ahora me
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invade, y todo, todo, para que lo sepa y decida. Él me trajo; él dispondrá de mí».
―Amigos míos ―dijo a los cantineros, parándose en mitad del camino―, cuando nos
encontramos, la luz de mi razón hallábase apagada. Ya se ha encendido: ya veo claro. Agradeciendo
a ustedes la caridad que me han hecho, me veo precisado a dejarles. Tengo que ir al Cuartel Real de
Carlos V.
Diéronle medio pan y un palo, y despidiéndose afablemente tiró hacia el Norte, camino de
Mendaza y del puente de Arquijas.

XIX

Toda aquella tarde anduvo sin encontrar tropas. Las de Córdoba fueron hacia el Sur, y la
división de Oraa habíase retirado por la estrechura de San Gregorio. Encontró, sí, gentes dispersas,
que corrían a recobrar los hogares abandonados; rebaños fugitivos, y, de trecho en trecho, caballos
muertos, despojados ya de sus arzones militares; algunos cadáveres de cristinos y facciosos, que
nadie se había cuidado de enterrar, y multitud de objetos de vestuario y armamento, despojos
tristísimos de la guerra. Ignorante de la verdadera residencia del Cuartel Real, confiaba que algún
campesino adicto a la causa, y por allí casi todos lo eran, se lo dijese; mas no quiso formular su
pregunta hasta no hallarse más cerca del terreno dominado por realistas. Mas no le habría gustado
encontrar al ejército, y si pudiera meterse en el Cuartel Real sin pasar por entre los batallones de
Zumalacárregui, se creería dichoso.
Por la noche pidió albergue en el primer caserío que encontró, y allí le dieron noticias
contradictorias respecto al Cuartel Real: que había pasado a tierra de Álava, que iba hacia el Baztán,
que en la Amézcoa... Confiaba que a la siguiente mañana no faltarían noticias ciertas, y se durmió
sosegado, después de cenar habas mal cocidas y un poco de leche de ovejas. Lo que trajo el día
subsiguiente no fue la noticia fidedigna que Fago deseaba, sino una nevada formidable. Amaneció
todo el país cubierto de nieve, borrados los caminos, el horizonte ceñudo, el cielo arrojando copos.
Era, pues, el tránsfuga prisionero de la Naturaleza, como la noche anterior, y toda su voluntad
resucitada no podía con el tremendo obstáculo de la nieve y del frío. Resolvió esperar, toda vez que
sus patronos, con gallarda nobleza, le ofrecieron hospitalidad por todo el tiempo que quisiese. No se
les ocultaba, juzgando por el habla, que era persona principal, quizás de alta categoría, y le
escuchaban con respeto y se desvivían por agasajarle.
―Señor ―le dijo el anciano, jefe de la familia, compuesta de viejas, muchachas y niños, pues
todos los mozos estaban en la facción―, vocencia me dispensará si le digo que le hemos conocido,
y que no tiene por qué ocultarse de nosotros. Aquí somos fieles a la causa, y puede estar tranquilo,
pues. Sabemos que vocencia eminentísima es ese príncipe, primo hermano de la sacra católica real
Majestad; ese que le nombran D. Sebastián, D. Grabiel, o no sé cómo, y que anda por estos lugares
desaminando pueblos al ojeto de ver dónde se pone una grande fortaleza o laberiento de trincheras
que piensan hacer, para que se apoyen las tropas, y den las batallas en regla. Aquí está vocencia
seguro, y puede sacar los pinceles y compases para pintar la tierra y montes y honduras radicantes
arriba y abajo. Yo también he sido militar, del 1.º de Zapadores: me encontré en Zaragoza con el
comandante de Ingenieros Sr. Sangenís, y sé lo que son escarpas y contraescarpas, líneas quebradas,
y obras de tierra y fajina. De modo que aunque estoy algo mal de la vista, y por ello gasto
antiparras, bien podré ayudarle, y conmigo las muchachas, que todas se despepitan por servir a la
real persona.
Respondió Fago que él no era príncipe ni magnate, sino un pobre capellán del Cuartel Real,
que se había extraviado en la acción de Arquijas, y deseaba volver a reunirse con los suyos. No se
dio por convencido el viejo, y continuaba mirándole con las antiparras de redondos vidrios,
montados en gruesa armadura de cuerno.
―Pues diré a vocencia que, para mí, el Cuartel Real está ya sobre Salvatierra, y las tropas van
ZUMALACÁRREGUI 57

a forzar el paso de Pancorbo para plantamos en Burgos en menos que canta un gallo.
Las viejas tomaron parte en la conversación, y propusieron a Fago darle un balandrán de cura
que cogido habían en el campo de batalla. No le pareció mal este ofrecimiento, y aún le pareció
mejor al ver la prenda de ropa enteramente ajustada a su talla y cuerpo, y tan buena que revelaba ser
de canónigo. Aceptada desde luego, se la puso para abrigarse: el frío era intenso; seguía nevando, y
no había que pensar en salir tan pronto. Los pastores que en cabañas próximas recogían su ganado,
aseguraban que el Rey con toda su Corte estaba en la Amézcoa Baja, y también el ejército, y que
hasta pasada Navidad no habría operaciones, por causa del mal tiempo. El viejo de las antiparras no
se separaba de su huésped, tratando de hacerle menos aburridas las horas con su charlar continuo de
la guerra, entreverado de anécdotas navarras, y de noticias referentes a linajes, familias y personas:
de todo ello coligió que había tenido posición y hacienda muy superiores a la pobreza en que a la
sazón vivía. Era ribereño, de Murillo el Cuende, y se llamaba Fulgencio Pitillas. Comprometido en
las campañas realistas del 22 y 28, Mina le había quemado sus casas y graneros, y quitádole los
ganados. Todo lo perdió por defender una idea; pero no le importaba con tal de ver la idea
victoriosa. ¿Qué valían unos cuantos carneros y algunos sacos de trigo en comparanza de la religión
católica y del trono legítimo? Dios sobre todo.
Oía esto con indiferencia el buen Fago hasta que de concepto en concepto, picando el Sr. de
Pitillas en uno y otro asunto, vino a resultar inopinadamente que había conocido a D. Adrián
Ulibarri. De tal modo se desconcertó el capellán al oír nombrar a la víctima de Falces, que en un
punto estuvo que apretase a correr, poseído de un pánico semejante al que sintió en la batalla de
Arquijas. Como el buen Pitillas era tan cegato que no veía tres sobre un burro, no advirtió la
turbación y palidez del otro, y siguió diciendo que en sus buenos tiempos había tratado íntimamente
a Ulibarri, y que la difunta de éste, doña Saturnina Dorronsoro, y la difunta de Pitillas, doña
Manuela Mendívil, eran primas segundas. Agregó que había sabido el fusilamiento de D. Adrián,
pena que le estaba bien merecida, por meterse a dar soplo a los cristinos de los movimientos de los
leales; cosa fea, porque el buen navarro debía pertenecer en cuerpo y alma a la causa disoluta.
Titubeó Fago entre nombrar a Saloma o callar este nombre, que removía en su alma heces
amarguísimas; pero su ardiente curiosidad pudo más que su miedo, y Pitillas, contestando a la
tímida pregunta, dijo:
―Esa desgraciada, que conocía muy bien el genio que gastaba su padre, no se atrevió a
presentarse a él después del estropicio, y ahora...
―¿Ahora qué?
―Dicen que dicen... Yo no gusto de conversaciones, y mejor es que me calle.
―¿Luego vive?
―¿Que si vive? Ahora la tiene usted de ama de cura.
―¡Jesús mío!
―Dicen que dicen... yo no digo nada... Volviose con el mismo que la perdió; éste, que es un
gran tunante, para esconder sus pecados debajo de la religión, se hizo cura, y ella...
―Eso no es verdad, Sr. Pitillas, ―afirmó el capellán con acento tan distinto del que
comúnmente usaba, que el viejo se desconcertó.
―Yo no lo he inventado.
―Pues es falso, y quien lo haya dicho, miente como un bellaco.
―Así será, pues vocencia lo asegura. De que lo dicen respondo. Ahora, que sea o no verídica,
no sé... Yo he creído que ella y él no se han metido en nuestra religión santísima, sino en otra de
esas en que hay clérigas, quiero decir, donde los curas son al modo de matrimonios casados, y cada
canónigo tiene su sacerdotisa para que le cosa la ropa... Eso pienso; no sé.
―¿Y dónde están?
―Que me condene si lo sé. Pero aquí viene este Fermín Iralde, que debe de saberlo, porque
una noche contó que había visto a la Saloma tocando las campanas en la iglesia de un lugar, de cuyo
nombre no me acuerdo.
ZUMALACÁRREGUI 58

Llegose al grupo un pastor cojitranco, con peales y zahones, hirsuto, de color gitanesco.
Interrogado por Pitillas, dijo que Saloma era ama de un cura que peleaba en la facción.
―¿Y se llama...?
―No lo sé... Sólo sé que es aragonés, y que está en el 5.º de Navarra.
―Eso no es verdad. Y ese clérigo, antes de meterse a soldado, ¿era quizás párroco de algún
pueblo?
―Capellán del Cuartel Real.
―¿Y es el mismo que...?
―No, señor; es otro.
―Mentira, más mentira todavía. ¿De dónde habéis sacado esas fábulas indecentes?... Otra
cosa. ¿Y dónde decís que habéis visto a Saloma Ulibarri tocando las campanas?
―Repicando... cuando entraba en el pueblo Su Majestad D. Carlos Isidro. La vio un pastor
que se llama Orden.
―¿Dónde? ¿Qué pueblo era ése?
―Aranarache, en la Amézcoa Baja.
―También lo niego. Yo sostengo que es falso de toda falsedad, y a ver quién es el guapo que
me desmiente. Sois unos zopencos; hacéis mal en tomar en boca a personas honradas, que ni han
escandalizado ni escandalizarán jamás. Saloma no es ama de cura, ni clériga, ni nada de eso, y al
que lo diga le enseñaré yo el respeto que se debe a la mujer virtuosa: dondequiera que ahora resida,
llorará la muerte de su padre y sus propias culpas. Para mí está o debe estar en algún recogimiento,
casa de religión o cosa así.
―No se incomode vocencia ―le dijo Pitillas tirándole del balandrán, pues Fago se había
puesto en pie y accionaba enérgicamente con el garrote―. ¿A nosotros qué nos va ni qué nos viene
en esto?
―Nos va y nos viene, señor mío, que no debemos dar curso a la calumnia, sino cortarla
dondequiera que la encontremos. Yo salgo a la defensa de toda persona calumniada, ahora y
siempre.
―Bueno, señor. Hágase cargo de que no hemos dicho nada, y vámonos a comer, que ya es
hora.
Comió Fago de mal talante, y a cuanto le decían sus patronos contestaba tan sólo con
monosílabos incoherentes. Por la tarde, con gran sorpresa de toda la familia pitillesca, afirmó que
no podía detenerse; y resistiendo a los halagos de aquella gente infeliz, se despidió, ávido de
lanzarse a los caminos, de agitarse y correr, movido sin duda de la necesidad de ejercicio físico, o
quizás de una impaciencia que ni él mismo sabía si era caballeresco-militar, caballeresco-religiosa o
caballeresco... ¿qué, Señor? El tiempo y los hechos lo dirían.
No acobardado del mal cariz del cielo, ni de la nieve que en espesa capa cubría la tierra,
marchó resueltamente hacia el Norte en busca del paso del Ega más próximo, que era el de Acedo.
Escasos dineros llevaba: dos pesetas columnarias y una regular porción de cuartos. Sus víveres eran
un pan con chorizo entre la miga, que al salir le dieron los Pitillas; su compañía, sus pensamientos y
el garrote. No llevaba media hora de marcha, cuando empezó a ser atormentado por una idea, y ésta
no le abandonó hasta el fin de la jornada. Era como un compañero de viaje que al compás de los
pasos, y convirtiendo en voz humana el singular crujido de la nieve bajo los pies, le hablase al oído.
¿Qué decía? Pues que en el bolsillo del balandrán que puesto llevaba, generosa ofrenda de los
Pitillas, había, cuando se lo dieron, una carta olvidada. Recordaba que en el momento de tomar la
prenda de ropa de manos de la vieja había registrado los bolsillos, encontrando en ellos un pedazo
de yesca, dos cuartos y un papel escrito. Rompió el papel la anciana, sin que a él se le ocurriese
impedirlo, por no sospechar que pudiera ser interesante. Pues bien, al ponerse en camino dio en
pensar que el papelejo era una carta de la persona cuyo nombre, pronunciado inopinadamente
aquella mañana, había removido su ser todo. La hija de Ulibarri escribía muy mal, y firmaba sólo
con la sílaba Mé, abreviatura de Salomé, con que de niña la nombraba su abuela. «Parece que es
ZUMALACÁRREGUI 59

esto obra del demonio ―pensaba―. Ahora veo los pedazos del papelejo, rotos y echados al viento
por señá Martina, y creo recordar, creo recordar... como no sea esto una artimaña del espíritu
maligno... creo recordar que en uno de aquellos pedacitos, que volaba delante de mis ojos, estaba
escrito: Mé... Y yo digo: ¿esto del creer recordar, es como recordar verdaderamente? Si vi pasar la
palabra Mé por el aire, ¿cómo no me causó la impresión que ahora me causa el querer recordarlo?
Luego no hubo tal palabra... ¿Y no podría suceder que viera la sílaba sin darme cuenta de lo que
significaba?...».
Por todo el camino, sobre la blancura inmaculada de la nieve, fue viendo algo como huellas
de una cabra, un signo que evidentemente decía: Mé, Mé, Mé...

XX

La noche le cogió en el arrabal de Acedo: pidió y le cedieron albergue en una choza humilde,
y a la mañana siguiente, muy temprano, se agregó a una cuadrilla de campesinos que le llevaron en
borrico unas cuatro leguas. El tiempo había mejorado; pero al deshacerse la nieve, los caminos y
senderos se ponían intransitables. Sin desmayar por esto, el peregrino seguía, y a medida que se
aproximaba a las alturas de la Amézcoa, iba encontrando gente que iba o venía, caballerías cargadas
de provisiones, y alguna descubierta de soldados a pie o a caballo. En Galbarra encontró a dos
conocidos: el uno, aragonés; el otro, navarro, y por ellos se informó de las posiciones de la tropa,
sin dar a entender que deseaba conocerlas para evitar su encuentro. Agregaron que el Cuartel Real
estaba en Artaza, y que allí permanecería cuando el ejército saliese a operaciones, pasada la fiesta
de Navidad. Con estas noticias determinó emprender un largo rodeo, a fin de meterse en Artaza sin
pasar por los pueblos donde acampaban las tropas de Zumalacárregui. Esto le ocasionó una tardanza
de tres días, durante los cuales iba viendo el Mé, Mé, ya representado por la huella de cabras, ya por
letreros diferentes, trazados con negro en esquinazos de iglesias o en tapiales de caserones.
Llegó a Artaza de noche. El pueblo dormía; los centinelas obligáronle a esperar el día para
entrar en las calles, y arrimose a un vivac, donde encontró conocidos y amigos, entre ellos uno del
propio Oñate. Éste le notificó que se le tenía por muerto en la batalla de Arquijas, y que el Sr.
Arespacochaga había mandado echarle responsos. Hablando de operaciones, díjole el mismo que
pasada Navidad se emprendería la guerra por la parte de Guipúzcoa, donde andaban muy
envalentonadas las divisiones de Espartero y Jáuregui.
No sentía Fago ningún interés por estas noticias de guerra; pero se guardó de dar a conocer su
desencanto. Tales confianzas no podía tenerlas más que con su protector y amigo, el Sr.
Arespacochaga, ante quien se presentó por la mañana, no causándole menos impresión que si fuese
alma del otro mundo. Era el tal cortesano de D. Carlos persona de muy cortas luces, ambicioso
forrado en beato, de ideas comunes y palabras rebuscadas y ampulosas. Su edad no pasaba de los
cincuenta años; era de buenas carnes, de rostro frío y redondo, afeitado; facciones que podrían
llamarse eclesiásticas, con la salvedad de que carecían de toda expresión mística. Su mirada se
esforzaba en ser aguda y luminosa; pero no lograba la vanidad lo que sólo es privilegio de la
inteligencia: resultaba un mirar de desconfianza oficinesca, o de comerciante en mercedes palatinas.
Usaba en el trato social tosecillas, pausas, caídas de ojos y otros medios auxiliares de expresión que
conceptuaba indicadores de pensamientos recónditos: realmente eran un juego que respondía a la
vaciedad de su inteligencia. Y como había otros más negados que él, para éstos tenía un repertorio
de frases comunes, adquiridas en lecturas o cosechadas en el trato de otros prohombres
burocráticos, las cuales le servían para deslumbrar a la muchedumbre de casacón y sombrero de tres
picos, que es sin duda la más fina y selecta variedad en la familia extensísima del humano vulgo.
Pues bien: serían las nueve de la mañana cuando el asendereado presbítero se presentó al Sr.
Arespacochaga, el cual habría desmentido su carácter si no le recibiera con toda la gravedad que
gastar solía, así en los actos ordinarios como en los más solemnes de la vida. A poco de entrar Fago,
ZUMALACÁRREGUI 60

sirvieron a los dos el chocolate. Su Excelencia oyó, frunciendo el ceño, las explicaciones que el
capellán le diera de su desaliento militar, de aquella inesperada fuga, que parecía una deserción,
pues no estando herido debió incorporarse inmediatamente al 5.º de Navarra. «Con estas cosas, Sr.
de Fago, y estas rarezas de su carácter ―dijo el Consejero de Castilla―, me ha puesto usted en
ridículo, pues yo le aseguré al señor General en jefe que usted era un gran soldado y un sagaz
estratégico: así me lo manifestaron personas que le conocen desde su juventud. Y ahora pregunto:
¿usted sirve o no sirve para las armas? Porque si en el terreno militar no ha de hacer nada en gloria
y provecho de nuestro augusto Soberano, lo mejor será que vuelva a ponerse la sobrepelliz y
procure sernos útil en la esfera eclesiástica...
―Señor ―replicó Fago con efusión humilde―, yo no sirvo: ni en una ni en otra esfera podré
hacer nada de mediano provecho.
―Pues entonces, ¿a qué aspira usted?
―Aspiro a encerrarme en un recogimiento, y a dar de mano a todas estas contiendas, así
políticas como militares, pues unas y otras las creo de una vanidad absoluta.
―Hubiera usted empezado por manifestarme esas ideas egoístas ―dijo el Consejero sin
mirarle―, y yo no le habría sacado de Oñate. Le tuve por un gran hallazgo, como hombre de
inteligencia; después salimos con que era usted hombre de acción, y, a la primera prueba, nos
resulta fallido... Hábleme con franqueza: ¿es que le falta a usted la primera condición de todo
militar, el valor?
―De sobra he tenido esa cualidad en algunos momentos; en otros, la verdad, me ha faltado.
―Pero yo pregunto: ¿el valor personal, el arrojo del soldado, son indispensables en quien,
como usted, según repetidas veces me han dicho, descuella por el sentido estratégico y las
combinaciones?
―El valor personal es necesario siempre. Sin él todas las aptitudes guerreras no sirven para
nada.
―Hombre, hombre... no estamos conformes... Y yo pregunto: ¿cree usted poseer la ciencia
estratégica, ese don innato, ese...?
―Francamente, señor, creí poseerla: en mi obcecación y soberbia llegué a imaginar que los
pensamientos del General en jefe no eran más que una reproducción de mis propios pensamientos;
pero ya me he curado de esa presunción ridícula... Yo no sé nada; yo no sirvo para nada.
―Hombre, hombre... Pues estamos bien. Me deja usted lucido... Aquí nos desvivimos por
traer a la causa todos los elementos útiles, así religiosos como políticos y militares; descubro a
Fago; creo haber hecho una adquisición, y ahora, usted mismo, con esa santa pachorra, me dice:
«Señor, soy un necio» lo que significa que más necio fui yo al considerarle discreto».
Al llegar a este punto, el Sr. Arespacochaga, apurado el chocolate y bebida con gran fruición
el agua, empezó a medir la estancia, las manos a la espalda, jugando con los faldones de su larga
levita. Fago continuaba sentado, y aún mojaba bizcochitos en el soconusco.
―No, no, señor mío ―prosiguió el cortesano, alardeando de penetración y agudeza―; aquí
hay algo que usted no quiere decir, algo que se propone ocultarme con esos artificios de su
ineptitud, de su supuesta cobardía, etcétera. Aquí hay algo, y yo, que veo mosquitos en el horizonte,
veo el oculto pensamiento de usted, y le demostraré ahora mismo que a todos engañará, pero a mí
no.
―Ni a usted ni a nadie ―dijo el capellán mirando fijamente al Consejero, el cual se paró ante
él, y puso entre ambos una silla, en cuyo respaldo reforzaba con golpes sus severas palabras.
―Toda esa historia que usted me cuenta es una fábula grosera con que quiere ocultarme sus
recientes inclinaciones al cristinismo, al liberalismo, al bando infame contra el cual peleamos...
¡Ah!, es esto, y no puede ser otra cosa... ¿Por qué no lo dice usted claro?
―Ni claro ni oscuro puedo decirlo, porque no es verdad. Grandes turbaciones he sentido;
pero eso... líbreme Dios. ¡Yo cristino, yo liberal! Sr. D. Fructuoso, es usted conmigo injusto, cruel,
despiadado.
ZUMALACÁRREGUI 61

―¿Me negará usted que estuvo en el campo de Córdoba en la mañana siguiente al combate de
Arquijas?
―Estuve, sí, señor, porque me perdí... porque...
― Se perdió usted... y tan perdido... Ya lo veo.
―Si yo me hubiera pasado al cristinismo, no estaría en este momento donde estoy...
―Es que... bien podría suceder que acá se nos viniera con fines de espionaje... Valor se
necesita para ello... De su conducta, señor capellán, deduzco que usted podrá ser todo lo que se
quiera, pero cobarde no es.
―Sí que lo soy, Sr. D. Fructuoso ―dijo el otro poniéndose en pie―, pues usted me injuria
gravemente, usted me llama espía, y yo... lo aguanto; yo... continúo respetando al que ha sido mi
protector y mi amigo.
Viendo pasear al Consejero con las manos en los faldones, Fago se sintió acometido de un
vivísimo impulso: coger a su protector y tirarle por la ventana.
―Permítame usted que me retire ―le dijo, temiendo que su sangre impetuosa le lanzara
bruscamente a una brutal acción.
―¡Ah! no... ¿Cree usted que he concluido? ¿Cree que renuncio a obtener las explicaciones
que estimo pertinentes?
―¿Explicaciones? Ya las he dado todas.
―Ahora lo veremos. Siéntese usted... Considere que, si se me alborota, me será fácil
mandarle preso... y un consejo de guerra decidirá si el curita Fago es simplemente un desertor
medroso, o un valiente vendido a los enemigos de la Fe.
―Mándeme, si gusta, al consejo de guerra, pues nada temo, ni me importa. Que me juzguen
como quieran.
―Le digo a usted que se siente, y oiga.
―Oigo sentado...
―Pues... yo pregunto al capellán Fago: ¿quién es una mujer, una mujer digo, que la víspera
de la batalla de Arquijas, se presentó en el Cuartel Real pidiendo noticias de usted?
―¿De mí?... ¿Una mujer? Lo ignoro ―replicó el capellán palideciendo.
―Y bien se comprendía que no preguntaba la tal por un desconocido. Su lenguaje y el interés
de sus interrogaciones demostraban confianza y antiguo conocimiento con el señor capellán.
―¿La vio usted? ―dijo Fago con apagada voz, tragando saliva―. ¿Qué señas tenía?
―Alta, buena presencia, ojerosa... vestida de negro.
―¿Edad?
―Como unos veinticinco años... quizás menos.
Y creyendo ver en la intensísima palidez del clérigo indicio seguro de culpa, prosiguió con
hueca severidad:
―Le vende a usted su turbación, y todo lo que diga no le servirá más que para enredarse en
sus propias mentiras.
―Yo no miento... Por las señas, esa mujer es la hija de Ulibarri.
―¿Y cuándo hizo usted conocimiento con ella?
―¡Ah!, es cosa muy antigua, anterior a la época en que abracé el estado eclesiástico.
―¿Y qué clase de relaciones...? ¿Se puede saber...?
―Se puede saber; pero no se sabe, porque yo no he de decirlo, ni a usted le importa nada ese
asunto, enteramente personal y que nada tiene que ver con la guerra.
―¿Que nada tiene que ver con la guerra? Muy pronto lo dice.
―Lo digo y lo sostengo, sin más explicaciones.
La actitud resuelta y valiente del aragonés desconcertó al Sr. Arespacochaga, que se pasaba la
mano por la frente, anunciando con este movimiento la pronta emisión de una idea luminosa.
―Si no se tratara más que de los grandísimos pecados mortales cometidos por usted en su
vida de seglar licencioso, nada tendría que decir. Debo creer que usted limpió su conciencia de
ZUMALACÁRREGUI 62

aquellos crímenes contra la ley de Dios, y que fue absuelto en el tribunal de la Penitencia. Pero no
se trata de eso. La mujer de quien hablamos no es, no puede ser extraña a la deserción de usted, ni a
su visita al campamento enemigo.
―¡Qué absurdo! Pruébemelo usted.
―A eso voy. Dos días antes de aquel en que se presentó en Orbiso la señora esa, se recibió
una carta dirigida al capellán D. José Fago.
―¿Y la abrió usted?
―Naturalmente. Su Majestad me ha encargado del servicio de correos y policía. El estado de
guerra me autoriza a leer todas las cartas, y mayormente la de mis subalternos. Usted es mi
capellán; pero aunque no lo fuera... aunque no lo fuera... La carta, muy mal escrita, le decía a usted
que saliera al anochecer a la primera venta que hay en el camino de Antoñana, Parador del Manco
se llama, donde la firmante le esperaba para hablarle de un asunto.
―¿Y firmaba...?
―Firmaba Mé.

XXI

―Es ella, es ella ―dijo Fago poseído de febril inquietud, levantándose para espaciar su
espíritu y respirar fuerte―. Pero, pero...
―¿Pero qué?... No sabe usted por dónde salir.
―¿La carta...?
―La mandé a su destino, y por mis vigilantes supe que el señor capellán acudió a la cita.
―Eso no es verdad, como no lo es que yo recibiera tal carta: se lo juro. Tiene usted un
servicio de espías detestable. Le han engañado, señor mío.
―Para que vea usted que soy leal y que no quiero cogerle en una trampa ―manifestó el
Consejero empleando toda su gravedad―, le diré que mis informes sobre el particular no son de los
que alejan toda duda. Al punto de cita acudió un hombre de balandrán. No me han asegurado que
fuese usted. Bien pudo suceder que la señora Mé citara a varios clérigos para celebrar algún
concilio, o junta de rabadanes.
Esta broma no le pareció bien a Fago, que sentándose otra vez dio un golpe en la silla que les
separaba, diciendo: «La señora Mé no tiene por qué celebrar concilios, ni es persona capaz de andar
en tratos de mala ley, en enredos políticos o militares.
―¿Qué no? ¿Se atreve usted a decir que no? Pues sepa que esa señora pasó la noche del 14 al
15 de Diciembre en el alojamiento de los ayudantes del General; sepa usted que algunos días antes,
el 10 o el 11, estuvo en Los Arcos en compañía del capellán de Gerona, con quien parece ha vivido
o vive en gran intimidad. Es indudable que ha pasado de un campamento a otro trayendo y llevando
recados. Hay sospechas de que para sus espionajes se disfraza de monja, en compañía de otra mujer,
figurando que pertenecen a la Comunidad de Dominicas de Los Arcos, desalojadas por los
cristinos... ¿Qué tiene usted que decir? ¿Por qué me pone esa cara de estupor y atontamiento?
―Pongo esta cara porque realmente me siento atontado y estúpido. Paréceme que sueño; que
oigo contar cuentos de duendes y trasgos. Yo me vuelvo loco, Sr. Arespacochaga, y no sé si creer o
no creer lo que escucho.
―Pues yo, en mi sano juicio, sostengo que esa señora, disfrazada de monja, se ha visto con
usted el día antes de Mendaza, quizás el mismo día, y le ha inducido a llevar proposiciones de
componenda, quizás de traición al General D. Luis Fernández de Córdoba. Y usted ha visto a
Córdoba, no me lo niegue, y usted, antes de venir aquí, ha llevado a Zumalacárregui algún mensaje
del jefe cristino, y usted...
―Señor mío ―dijo el capellán con acento solemne, dueño de sí, no turbado ni balbuciente,
sino con la energía y el aplomo de quien expresa la verdad, y pone la verdad sobre todas las cosas,
ZUMALACÁRREGUI 63

sin exceptuar la vida―; yo, José Fago, por la Orden sagrada que recibí, ante Dios que ha de
juzgarme, ante los hombres a quienes entrego mi vida, juro que estoy inocente de todo delito de
traición y espionaje, que no he visto a Córdoba ni a Zumalacárregui, que no he visto a esa mujer a
quien suponen ocupada en traer y llevar recados de uno a otro campamento, que todo lo que usted
me cuenta es absolutamente desconocido para mí. Y si no es verdad lo que juro, que me mate Dios
ahora mismo, y mande mi alma a los infiernos; y si usted no me cree, disponga que me lleven ante
un consejo de guerra y me fusilen inmediatamente, pues para nada quiero una vida calumniada.
Honrado soy en mi conciencia, y me basta; por eso no temo la muerte; casi la deseo, y matándome
se me da la gloria del martirio, que apetezco, que ambiciono.
Esta vez fue Arespacochaga quien palideció, afectado por la actitud arrogantísima del
capellán, por su voz entera y vibrante, por el fuego de sus ojos.
―¿Me cree usted o no me cree? ―añadió Fago, dando un paso hacia él».
No quiso el Consejero dar su brazo a torcer tan pronto ni declarar el efecto que la solemne
manifestación del aragonés le había producido. Dominando su turbación, echó mano de su
gravedad, del recurso de las medias palabras que nada dicen, y parecen revelar pensamientos
hondos…
―Tengamos calma... Yo opino... ¿Cree usted que a mí se me engaña... que no sé distinguir?...
Poco a poco. Ya sabe que le aprecio, que le he protegido, que mi mayor gozo es verle triunfante de
la calumnia...
―¿Me cree usted, sí o no?
―Calma, señor capellán... Puede que de esta conferencia salga la certidumbre de que no es
usted traidor... Yo la deseo... estoy dispuesto a admitir todas las explicaciones razonables.
―Y hay más ―declaró Fago con enérgica resolución y acento firmísimo―: creo que todo eso
que a usted le cuentan sus espías y polizontes, es falso. Unos por congraciarse con sus jefes y
aparentar servicios ilusorios, otros por la recompensa pecuniaria que se les da, le traen a usted mil
embustes y enredos... No hay, no hay, no puede haber tales tratos entre el ejército de la legitimidad
y el ejército impío; yo lo niego: le engañan a usted, abusan de su credulidad, Sr. D. Fructuoso.
―¡Carape!... ahora sí que tengo a usted por un inocente, digno de que le entierren con palma
―replicó el Consejero alardeando de hombre agudo, sabedor de secretos gravísimos―. Admito...
ya ve usted si le considero... admito que mi capellán no tenga parte alguna en esos enjuagues y
componendas... Las manifestaciones que usted acaba de hacerme serían una hipocresía monstruosa
si no fuesen verdaderas. Admito su inocencia, Sr. Fago; pero dudar de que existen proyectos
contrarios a las grandiosas aspiraciones de nuestro Rey augusto... ¡ah!... eso no, eso no puedo
dudarlo; porque en mi mano tengo más de un hilo, que me traerá el ovillo de esta indigna conjura.
Todos los servidores de Su Majestad no tienen el mismo grado de fe y entusiasmo. No diré que nos
vendan al enemigo, eso no... Pero algunos, o por falta de convicción o por exceso de soberbia,
buscan la alianza con determinados personajes cristinos, proponiéndoles concesiones políticas,
señor mío; ofreciendo cosas tan absurdas como el otorgamiento de una Constitución prudente, y
libertades que no están ni pueden estar en nuestro programa, porque son contrarias al dogma
religioso... Total: que se quiere acelerar el triunfo de la causa, por medio de un arreglo en el cual
quedarían por el suelo las sagradas prerrogativas de nuestro Soberano... Y yo pregunto: ¿triunfar de
ese modo es verdadero triunfo?
Fago no chistó. Las ideas expresadas por su patrono eran de tal extrañeza y novedad, que no
podía, sin mayor detenimiento, admitirlas ni rechazarlas.
―No hablo de traición, no ―dijo el Consejero en el tono de quien no quiere manifestar más
que una parte de lo que sabe―, porque si ha llegado la hora de las intrigas, no ha llegado, ni quizás
llegue, la hora de las traiciones. ¿Me entiende usted? Yo pregunto: ¿las operaciones de nuestro
ejército obedecen a un plan conveniente y práctico? Yo creo que no. No se necesita ser estratégico
de profesión para comprender que, derrotada la impiedad en Arquijas, nuestros soldados vencedores
debieron perseguirla en el camino de Los Arcos, batirla aquí y en Viana, y después acometer sin
ZUMALACÁRREGUI 64

miedo el paso del Ebro por Logroño, o por Cenicero, si el paso de Cenicero se creía más seguro.
¿Usted qué opina?
―Que por Cenicero.
―Y cuando todos creíamos que Zumalacárregui operaría sobre Los Arcos, nos hablan de una
expedicioncita a Guipúzcoa. ¿Para qué? Para coger moscas, para perseguir a las columnas de
Espartero, Jáuregui y Carratalá. ¿Usted no piensa como yo que esto es un disparate, y si no un
disparate militar, una... ¿cómo diré? un pretexto para ganar tiempo, hasta que se pueda llegar a la
pastelada política con Mina o con Córdoba?
Y viendo que Fago, la mirada fija tenazmente en el suelo, no decía nada, le incitó con
instancias a manifestar su opinión.
―Creo ―dijo al fin el capellán―, y ésta no es opinión técnica, sino de sentido común; creo
que no estamos aún en disposición de pasar el Ebro. En Arquijas, según tengo entendido, no se
cogió al enemigo ninguna pieza de artillería.
―Ta, ta, ta... siempre el mismo cuento. A eso replico que si no las tomaron, fue porque no
quisieron. Mis noticias son que el 5.º de Navarra tuvo los cañones cristinos poco menos que entre
las manos.
―Eso no es verdad: lo niego como testigo que fui.
―Los batallones que mandaba Villarreal también pudieron ganar algunas piezas, y no las
ganaron.
―Lo dudo.
Callaron ambos, y mientras el Consejero se paseaba, Fago retrotraía su imaginación al día y
campo de la refriega de Arquijas, buscando en sus recuerdos la certeza o falsedad de lo que su
patrono afirmaba. Nunca había tenido Fago muy alta idea de las dotes intelectuales del Sr. D.
Fructuoso, y en aquella ocasión no encontró motivos para rectificar su criterio sobre este punto.
Tiempo es de decir que se hallaban en una estancia grandísima de superficie, mas tan baja de techo,
que parecía un pajar; indigno alojamiento de funciones políticas y burocráticas, que constituían algo
semejante a un Ministerio de nuestros días. El piso de madera ofrecía ondulaciones como las del
mar; desnudas de todo adorno estaban las paredes y los muebles eran dos papeleras desvencijadas y
una mesa, que más bien parecía mostrador, atestadas de legajos. En una habitación próxima,
abuhardillada y polvorienta, trabajaba el individuo que era como la representación sintética de todo
el personal del departamento, un pobre chico, acólito en Oñate, donde le ayudaba las misas a Fago,
en campaña escribiente, secretario y ayuda de cámara del señor Consejero. Lo mismo le limpiaba
las botas que extendía la minuta de un Real decreto. Natural era que viviese con tales estrecheces y
privaciones una Corte ambulante, más rica en entusiasmo y fe que en materiales recursos, y en la
cual las dependencias de un gobierno embrionario funcionaban difícilmente, corriendo de un pueblo
a otro con los archivos en una galera, los tinteros vacíos, y las cabezas más llenas de esperanzas que
de sólidas ideas.
En pueblos tan pobres como Artaza, gracias que pudiera alojarse con relativo decoro la
Católica Majestad, ocupando los cómodos aposentos de la casa del cura. Los del séquito, reducido
en aquel tiempo, por consejo de Zumalacárregui, al personal absolutamente indispensable para el
Real servicio, se aposentaban donde podían, no desdeñando los desvanes, graneros y cuadras,
cuando no se encontraba cosa mejor. Cien hombres escogidos daban escolta al Cuartel Real, y
solían dormir en la sacristía o dependencias de la iglesia, o en la sala del Ayuntamiento, teniendo
por cama común el suelo duro y frío. La suerte era que ninguno se quejaba: no hay colchón como la
fe.
Antes de proseguir hablando, reconoció el Consejero las dos puertas de la habitación,
cerrándolas después cuidadosamente, y ni aun así dio a su voz toda la sonoridad que acostumbraba.
―Dejando a un lado si pudimos o no pudimos tomar piezas, ello es, amigo Fago, que esta
desviación de las operaciones hacia Guipúzcoa es un gran desatino. Todas las personas entendidas
en asuntos militares lo censuran: el Rey... y le advierto a usted que nuestro augusto Soberano posee
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un gran conocimiento de las cosas militares... el Rey, digo, no parece muy satisfecho de las
disposiciones tomadas últimamente por su Generalísimo. Claro que esto no puede decirse, y yo se
lo digo a usted con la mayor reserva...
―Y con toda reserva, pregunto yo: ¿acaso Su Majestad piensa cambiar de General en jefe?
Al oír esto, volvió D. Fructuoso al examen y revisión de puertas, y con la certidumbre de que
nadie le oía, dijo:
―Aquí, en confianza, amigo Fago, estamos preparando un Real decreto, por el cual Su
Majestad, inflamado en intenso fervor religioso, elige por Generalísima de sus ejércitos...
―¿A una mujer?
―A la Purísima Concepción, y se pone bajo el amparo de la excelsa Señora, para que dé la
victoria a las armas que se esgrimen en defensa de la fe de nuestros padres.
―¡Oh!... me parece muy bien. Es una nueva muestra de la piedad de este excelso Príncipe...
Pero la Virgen no ha de ponerse al frente de las tropas... creo yo, y siempre ha de haber un hombre
que desempeñe las funciones del orden práctico y material, en el bien entendido de que si esas
funciones no son desempeñadas con criterio y rectitud, de poco valdría, ¡ay!, la tutelar protección de
la Reina de los Cielos.

XXII

Tras una pausa en que uno y otro parecían embebecidos en hondísimas meditaciones,
prosiguió Fago:
―Lo que pregunto a usted es si piensa Su Majestad variar de Generalísimo... terrestre.
―No creo que, por ahora, de eso se trate. Su Majestad, mientras los acontecimientos no
prueben que Zumalacárregui va por mal camino, no puede retirar a éste su confianza. El Señor es
hombre de gran prudencia y tacto, y toma sus resoluciones después de bien meditadas...
―¿Hay acaso en el Cuartel Real personas que hayan demostrado o demuestren aptitudes
excepcionales para el gobierno de un ejército?
―Acá para inter nos, amigo Fago, la organización de tropas y el llevarlas al combate y a la
victoria, previo estudio del terreno en que han de pelear, me parece a mí que no es ciencia tan
sublime como algunos creen. Vea usted lo que han tenido de Aníbales o Pompeyos nuestros
Generales más afamados. Y no quiero hablarle a usted de los guerrilleros. La mayor parte de ellos
ladran... Para mí es cuestión de sentido común y un poco de sangre fría, ni más ni menos. En el
Cuartel Real tenemos sujetos de gran conocimiento en estos asuntos, algunos del orden civil.
Cuando el Soberano nos hace el honor de reunirnos en su tertulia, hablamos, discutimos, y haciendo
la crítica menuda de las marchas y disposiciones del General, unas veces nos parecen bien, y otras...
¡qué quiere usted que le diga!... nos parecen medianas.
―¿Y al consejo áulico de Su Majestad no asisten militares? La opinión de éstos me parece
muy digna de tomarse en cuenta, y no es esto despreciar el criterio de los señores del orden civil.
―¿Militares dice usted? Su Majestad tiene a su disposición a más de cuatro que se
distinguieron en la guerra de la Independencia y en la campaña realista; hombres de conocimientos,
de práctica en la manipulación de tropas, y señalados además por la firmeza y fervor de sus
creencias religiosas. Sin ir más lejos, aquí está el Sr. González Moreno, de quien debemos esperar
días gloriosos para la causa; persona muy sensata, muy grave, de las que a mí me gustan... ¡pocas
palabras, ¿me entiende usted?, una seguridad en el juicio, una entereza en el carácter...! Tenga usted
por cierto que con ése no juegan los caballeros constitucionales y masónicos.
―Y ese Sr. González... ¿quién es? Perdone usted mi ignorancia. ¿Con qué hazañas, o siquiera
hechos de algún viso, ha ilustrado su nombre?
―Por Dios, amigo Fago, ¿de qué dehesa sale usted? ¿Es de veras que no ha oído nombrar al
Sr. González Moreno, el afamado Gobernador militar de Málaga, que en los últimos años de D.
ZUMALACÁRREGUI 66

Fernando VII descubrió y aniquiló la conspiración de Torrijos y otros corifeos del democratismo,
atrayéndolos de Gibraltar a Málaga, y...?
―Ya, ya sé... Si he de hablar con franqueza, Sr. D. Fructuoso de mi alma, esa página histórica
no resulta muy gloriosa que digamos... expreso lo que siento... y bien mirado ello es un acto político
más que militar.
―Yo le aseguro a usted ―afirmó el Consejero enfáticamente―, y puedo probarlo, que el Sr.
González Moreno posee en grado altísimo talentos militares, con los cuales emulará, Deo volente, a
los caudillos más insignes.
Con estas salidas de tono, expresadas en el lenguaje oficinesco que tan bien manejaba, solía
tapar D. Fructuoso las bocas de diversos personajes, amigos o rivales suyos, con quienes
comúnmente departía, y que si no le eran inferiores en cacumen, no le llegaban al zancajo en la
emisión de conceptos graves, de fácil sonsonete persuasivo. Fingió Fago que se convencía
aceptando al Sr. Moreno por un segundo Napoleón, se permitió poner en duda la ciencia militar de
los que sahumaban con vano incienso la persona del llamado Rey legítimo.
―Dejemos este asunto del cambio de General ―dijo luego D. Fructuoso desarrugando el
ceño―, a la autoridad augusta del Soberano, y ocupémonos en lo que es de nuestra humilde
incumbencia. Encargado estoy de velar por la seguridad de esta gloriosa Monarquía; a mí me
compete el acechar a los enemigos, el buscarles las vueltas y atajarles los pasos. Creo haber,
adquirido noticias de grandísimo precio para desbaratar las intrigas de los constitucionales; pero la
red es tan espesa, amigo mío, que aún me falta coger muchos de sus hilos. Los que andan sueltos
por ahí espero atraparlos con la ayuda de usted.
―¡Yo! ¿Qué puedo hacer yo, triste de mí?
―Mucho, amigo Fago, mucho. Las dudas que acerca de su lealtad me asaltaron al verle hoy,
se han disipado. Creo en su inocencia. Para creer en su adhesión incondicional a la causa, necesito
que me preste usted un servicio... ¡ah!, un servicio que no vacilo en llamar eminente.
―Dígamelo pronto, y si es cosa que puedo y sé...
―¿Que si puede y sabe? No se le exige ciencia militar ni teología dogmática. Ésta no es
empresa de guerrero ni de sacerdote.
―¿Pues de qué?
―De hombre... simplemente de hombre, Sr. Fago. La causa exige de usted en estos momentos
que deje a un lado las aptitudes militares, si es que las tiene, y las disposiciones evangélicas, para no
ser más que el José Fago vulgar, el de marras.
―No entiendo, Sr. D. Fructuoso; explíquemelo mejor.
―Más claro: necesito que vaya usted en seguimiento de esa mujer, que la rastree, que la
persiga, que la encuentre y me la traiga.
―¿Ésa...?
―Esa Mé... o como quiera que se llame. No se haga usted el tonto. Yo le señalaré un
itinerario seguro para encontrarla. Verá usted como no falla, y cobraremos esa hermosa pieza, ya se
disfrace de monja dominica, ya de aldeana rústica o ama de cría. Para ganar su confianza y
apoderarse de sus secretos empleará usted los medios que crea eficaces, cualesquiera que sean, pues
la santidad del fin todo lo justifica y ennoblece. Quiero decir que no sea usted remilgado, pues ésa
debe de ser pájara de cuenta... en fin, ¿qué he de decirle, si usted mejor que yo la conoce?
―Sr. D. Fructuoso de mi alma ―dijo el capellán con gran consternación, palideciendo―. Yo
no puedo desempeñar esa comisión... yo no quiero ni debo ver a esa mujer, a quien conocí y traté
más de lo conveniente, en mis tiempos de seglar desalmado y libertino. Mi conciencia me prohíbe
avivar el fuego que sofoqué para bien de mi alma... No me lance usted a ese peligro, por Dios; se lo
ruego...
―¡Hombre, qué ridículos escrúpulos!... Yo no le digo a usted que caiga nuevamente en el
pecado, ni de eso se trata. Ya sé que habló con un sacerdote. Pero la causa es la causa, y no se la
puede servir eficazmente sin algún sacrificio... No pido el sacrificio de la conciencia; basta con el
ZUMALACÁRREGUI 67

de los actos, basta con una apariencia de... Poniéndome en su caso, entiendo que no me sería difícil
conquistar o reconquistar la voluntad de esa hembra, conservando mi conciencia en paz, y
ofreciendo a Dios la pureza de mis intenciones y el servicio que presto a la fe, como garantía de la
nulidad de algún pecadillo formal que pudiera cometer... formal digo, de forma, per accidens...
usted me entiende.
―Dispénseme usted ―dijo Fago con grandísima turbación, la frente empapada en sudor
frío―; pero yo no puedo, no me determino... Me entra el pánico, señor; ese pánico que me hizo
correr en el campo de batalla. No soy dueño de mí, no tengo voluntad.
―Bueno, bueno: tranquílicese, amigo Don José... y piense con calma lo que le propongo, para
que pueda darme de hoy a mañana su conformidad.
Trémulo y desconcertado, el capellán se levantó, tendiendo su mano a D. Fructuoso. Quería
marcharse, huir, correr. Sentía las ansias del pánico, y no se conceptuaba seguro hasta no poner la
mayor distancia posible entre su persona y la del grave Consejero, que era en aquel instante su
demonio tentador. Aún quiso éste retenerle, estrechando sus manos abrasadas; pero Fago no podía
más, no. Si no escapaba pronto, su temblor se convertiría en ataque epiléptico. Despidiose con
palabras balbucientes, y salió de estampía, tropezando en los muebles, haciendo retemblar las hojas
de la puerta.
Largo rato vagó por el pueblo, recorriendo de punta a punta su calle única, empinada y
fangosa, sin que con el desgaste de la energía muscular se calmase la vivísima agitación que le
dominaba. Encontrose uno, dos amigos, y hablando con ellos de cosas en que fijar no podía ni el
oído ni la atención, sintió un frío muy intenso, que le hacía dar diente con diente; después un calor
que le abrasaba el rostro. Uno de aquellos señores, contador de la Real Intendencia, tomándole el
pulso le dijo:
―Querido D. José, está usted malo, muy malo; lo mejor que puede hacer es meterse en la
cama, si es que la tiene, que en este condenado pueblo no podemos revolvemos los que
componemos la Corte. A mí me tiene usted en un pajar, y gracias que me ha tocado una patrona con
buenos colchones... Si quiere, y no ha encontrado aún alojamiento, véngase conmigo.
Tan malo se encontraba el buen capellán, que no recordó el ofrecimiento que D. Fructuoso le
había hecho de su casa ministerial, y aceptó la invitación del otro sujeto, mejor dicho, se dejó
conducir de él. En un camaranchón le metieron, y en el suelo le acostaron, sobre un mediano
colchón, con abrigo de mantas y un grueso capote de su amigo. El resto del día y toda la noche pasó
con calentura intensísima, inquietud y delirio; al día siguiente parecía mejorado; al tercero dijo el
médico que se moría; al cuarto faltó poco para que le dieran el Viático. Una mejoría repentina hizo
concebir esperanzas, y al octavo se le declaró fuera de peligro; pero su convalecencia había de ser
larga. ¿Cuál era su enfermedad? Tabardillo, fiebre nerviosa, no sé qué. Ni él ni tampoco el médico
lo sabían. Lo cierto fue que después de los crueles días de gravedad, se quedó aplanadísimo, como
atontado, y sin ganas de vivir. Indiferente a todo, se pasaba los días mirando al techo, bostezando a
ratos, y tarareando una monótona canción de los tiempos juveniles, que revivió en su memoria en
los críticos días de ardorosa fiebre. Su amigo trataba de distraerle, y le proporcionaba buenos
alimentos y aun golosinas para despertarle el apetito; mas nada conseguía. Ni aun el Sr.
Arespacochaga, con su conversación grave y sus frases en estilo de cancillería, lograba sacarle de
aquel estado de atónica tristeza. Pasó la Navidad, pasó el día de Año Nuevo (1835), y hasta la
Epifanía no empezó el hombre a entrar en caja.
Por fin, gracias a Dios, dejó el camastro, y empezando a tomar alimento, recobraba las fuerzas
del cuerpo y el vigor del espíritu. Aun después de restablecido conservaba la costumbre de
permanecer largo rato mirando al techo, y era que como la estancia no tenía vistas al campo ni a la
calle, sino tan sólo a un sombrío corral, el techo hacía las veces de horizonte, y en él vislumbraba el
convaleciente las extrañas cosas que, en las vagas lejanías de la naturaleza, recrean nuestra alma
más que nuestros ojos.
―Ea, ya estamos bien ―dijo Arespacochaga, entrando a verle un día de Enero―. Basta ya de
ZUMALACÁRREGUI 68

hacer el niño mimoso y el enfermito remolón. A la calle, al campo, y a defender la causa, que para
eso vivimos todos. Conviene enterarle de lo ocurrido en este paréntesis de su enfermedad. ¿Qué
dice?... ¿que no le importa nada?
―No he dicho tal cosa. Ya sé que nuestro ejército opera en Guipúzcoa.
―Y yo puedo darle a usted noticia de acciones perdidas, de acciones ganadas. La fortuna se
muestra ahora variable, caprichosa... Efectos, digo yo, de que no hay plan, o de que el plan obedece
a móviles que no son militares. Verá usted. En Villarreal de Zumárraga, doloroso es confesarlo,
recibió nuestra gente una soberana paliza: las cosas claras. ¿A quién se le ocurre presentar batalla
con cuatro mil hombres a las fuerzas dobles o triples de Espartero y Carratalá?... Este buen señor,
este D. Tomás de mis pecados, dicho sea entre nosotros con la mayor reserva, paréceme a mí que ha
perdido los papeles. Verdad que se desquitó en Ormáiztegui, por aquello de que es su pueblo natal,
y no quiere hacer mal papel ante sus convecinos. En Ormáiztegui, hay que decirlo, quedamos bien,
gracias al arrojo de Iturralde y a la pericia de Gómez. Los cristinos salieron con las manos en la
cabeza, y a estas horas no se sabe dónde han ido a componerse la descalabradura... ¿Qué me dice
usted de todo esto? Parece que le conmueve poco... Veremos si otro asunto le interesa más. Ha de
saber el amigo Fago que, en vista de las repugnancias que me manifestó el día de su llegada, he
pensado en encargar a otra persona la delicada comisión... ¿Qué, no se acuerda?... ¿Nos hemos
quedado sin memoria? ¿Qué significa esa cara de sorpresa y estupefacción?... Más bien creía yo que
durante su enfermedad no ha pensado en otra cosa, y que la fiebre le ha tenido en constante lucha
con la imagen de...
―Con la imagen... ¿de quién?
―Ello es que la noche en que el pobre Fago estuvo peor, vine aquí... Usted deliraba, y no
decía más que Mé, Mé, Mé...
―¿Mé, decía? Pues mire usted, D. Fructuoso, bien pude pronunciar esa sílaba, porque, en
efecto, soñé que la hija de Ulibarri estaba en Zumárraga hablando con nuestro General.
―La mitad de su sueño es cierta; la otra mitad, mentira. En Zumárraga estuvo: noticias
fidedignas tengo de ello. Pero no me consta que Zumalacárregui le hiciera el honor de admitirla a
conferenciar... He sabido también que pasó por Ormáiztegui... Dos días antes la vieron en Elorrio,
donde acampaba Espartero: iba la señora en compañía de un capellán que sirve a los
constitucionales, tan pronto en el cuartel de Córdoba como en el de Espartero.
―Paréceme que usted, Sr. D. Fructuoso, sueña más que yo.
―Ya lo veremos. Los sueños no son absolutamente obra de un cerebro desconcertado; los
sueños nos ofrecen, en multitud de casos, maravillosas conexiones con la realidad. La Historia
sagrada y profana nos dice que por el conducto del sueño se han revelado a ciertos y determinados
hombres verdades como puños. Dígame usted, puesto que la vio en Zumárraga: ¿cómo iba vestida?
―De monja.
―¿Lo ve usted?... Y digan que los sueños son burla de los sentidos. Monja, sí, señor; vestidita
de monja, lo que no quiere decir que lo sea. El traje es un artificio o salvoconducto para la
conspiración que se trae esa señora, correveidile de una taifa de capellanes masónicos y de carlistas
vendidos a la nefanda Constitución. Y no va sola...
―En efecto, no va sola.
―La ha visto usted en compañía de un hato de religiosas expulsadas de Los Arcos, y que
andan buscando un convento desmantelado donde meterse.

XXIII

―Es cierto ―prosiguió el capellán―. En lo que no estamos conformes es en que la hija de


Ulibarri sea falsa monja. Mis noticias son que ha profesado.
―¿Y por dónde, por quién ha recibido usted esa información?
ZUMALACÁRREGUI 69

―Por nadie, señor ―dijo Fago con desprecio de sí mismo, paseándose―. No sé nada: es que
lo pienso, lo he soñado... No me haga usted caso. Estoy demente.
―No es eso locura. Mi buen capellán fluctúa tristemente entre lo que le pinta su imaginación
y lo que por mi boca le dice la realidad. Procure usted concertar su sueño con mis informes; ver si
acierta el delirio, que bien podría ser, o si yo me equivoco, lo que no es improbable. Intente salir de
su horrible duda, aceptando la comisión que le propuse.
―¿Pero no dice usted que ha encargado a otro?...
―Aún no ha salido y puedo darle contraorden.
―Y ese otro, ¿quién es?
―Un hombre muy listo, muy despierto, buena estampa, aficionadillo a las aventuras.
―¿Militar?... ¿No?... ¿Acaso pertenece también al estado eclesiástico?
―Casi no. No ha recibido más que la primera tonsura, y parece inclinado a seguir carrera
muy distinta. La Intendencia y la Política le arrastran. Escribe como un águila cuanto sea menester
en defensa de la causa, y demuestra extraordinaria agudeza y olfato para penetrar el sentido de los
acontecimientos.
―¿Aragonés?
―De las Cinco Villas.
―No me diga usted más. Es Mariano Zapico... ¡Bah! ¡Ya un tonto semejante encarga usted
misión tan delicada! Volverá trayéndole a usted sinfín de enredos.
―No, no: tiene que traerme a la monja verdadera o apócrifa.
―Yo creo que es auténtica... Si quiere usted saber la verdad, no ponga ese fino trabajo en
manos tan toscas como las de Zapico.
―En las de usted quise ponerle ―afirmó D. Fructuoso con viveza, creyendo fundadamente
que ya le tenía cogido.
―Pues venga a las mías, ¡carambo!... venga ―dijo el capellán levantándose y dando dos
briosas patadas que hicieron estremecer el frágil suelo del desván―. Yo desempeñaré esa comisión,
pues ya veo que no sirvo para otra. Soy un desgraciado que todo lo ambiciona y nada realiza. Me
falló la guerra, no sé si me fallará la religión. Mi voluntad, que otras veces se ha lanzado a las
acciones briosas, movida de una gran idea, ahora se lanza movida de un instinto. Mi destino así lo
quiere. No sé en dónde me meto. Dios sabrá por dónde salgo.
Frotábase las manos el Consejero, y para animarle más en su propósito le dijo estas sesudas
expresiones:
―No estoy conforme, amigo Fago, en que dé usted por muertas sus ambiciones militares, ni
las ambiciones, propósitos más bien, del orden religioso. Para abrir camino a un hombre que, como
el capellán Fago, posee inteligencia no común, no han de faltarle buenos padrinos. Aquí estoy yo,
para declarar solemnemente que si me desempeña esta comisión como espero, quedo obligado a
proporcionar a usted el mando de una columna volante de doscientos hombres. Quien puede
disponerlo, lo dispondrá. Y en el caso de que mi buen capellán se decida por la religión, me obligo a
premiar sus servicios, el día del triunfo, con una buena canonjía, o un arciprestazgo de los mejores.
No se mostró el aragonés muy entusiasmado con estos ofrecimientos, y atento no más que a
disponerse para la misión que se le encomendaba, pidió a D. Fructuoso dos onzas, con lo cual creía
tener lo necesario para su viaje. Díjole el Consejero que aguardase hasta el día siguiente, porque la
Real Intendencia estaba a la cuarta pregunta, y para proveerle de los fondos necesarios, era preciso
retirarlos de otras obligaciones. Tenía que conferenciar con el mayordomo de Palacio, con el
superintendente, con el Colector de Rentas, y con media docena más de figurones y ministriles que
a la sazón se alojaban, rodeados de papelotes, en las míseras casas, graneros o zahúrdas de
Aranarache.
Al día siguiente, puestas en manos del capellán las dos peluconas, quiso D. Fructuoso darle
instrucciones y marcarle un itinerario, conforme a los datos que de sus golillas y soplones había
recibido; pero Fago no admitió que en aquel punto se le dirigiera.
ZUMALACÁRREGUI 70

―¿Qué quiere usted? ¿Que yo busque a Saloma, que la encuentre, que la coja y me la traiga?
Pues déjeme a mí la disposición de los pasos que tengo que dar para obtener este resultado. Y si lo
obtengo, no me pregunte el cómo, el cuándo ni el dónde. Yo me entrego a mi instinto, en la
confianza que éste sea más afortunado que lo fueron mis altas, mis nobles ideas. Adiós.
―Guíele Dios y acompáñele la Virgen bendita.
―No creo que la Generalísima intervenga para nada en esto.
―Debo decirle, amigo Fago, que no tenga escrúpulos por tratarse de emprender la captura
moral y física de persona perteneciente a una Orden religiosa. Eso no; convénzase de que no es
monja: si viste el santo hábito, es como disfraz de sus pérfidas maquinaciones. No haya, pues,
escrúpulos; no haya, pues, el temor de ofender a Dios... Dios está con nosotros.
―¡Ah... Dios...! No llevo el propósito de ofenderle... Quizás me resulte que podré servirle,
arrancando al demonio un alma hermosa, extraviada. Aún espero realizar una acción grande y bella.
Puede que tras de este instinto surja un esfuerzo brioso de la voluntad. No lo sé. Me dejo llevar del
instinto, que a veces nos guía mejor que la razón... Adiós otra vez».
Y salió en aquel mismo instante, solo, vestido de aldeano, y se perdió en las veredas fragosas
que conducen a Maestu. ¿A dónde iba? Realmente no lo sabía, y al tomar aquella dirección, como
habría tomado otra cualquiera, no hizo más que entregarse al ciego Acaso, saboreando el goce de
prever lo que le deparase, como saborean los jugadores las presunciones y corazonadas que
preceden al manejo de los naipes.
Hasta la noche, después de descabezar un sueño en la venta de Eulate, no surgieron en su
mente determinaciones claras del camino que debía tomar. «Me voy a Estella ―se dijo―. No sé por
qué imagino que no he de perder el tiempo». Nada le ocurrió al segundo día que merezca mención;
pero al tercero, caminando hacia Zúñiga, sorprendiéronle unos aldeanos con la noticia de que el
ejército carlista iba sobre la Berrueza para dar batalla al General Lorenzo, sucesor de Córdoba en el
mando de la división. Esto le movió a cambiar de ruta, pues no gustaba de encontrarse con sus
compañeros de armas en los días de Mendaza y Arquijas. Nada temía de Zumalacárregui, porque le
constaba que se le habían escrito expresivas cartas dándole explicaciones de la desaparición del
sargento Fago en la batalla del 12 de Diciembre. En el amañado relato, se suponía que recibió una
herida en el cráneo; que se extravió en las obscuridades de la niebla; que fue a parar cerca de
Estella, donde cayó gravemente enfermo, con afección a la vista. Se decía también que habiéndose
presentado, ya restablecido, en el Cuartel Real, el Sr. Arespacochaga le había encargado el
importantísimo servicio de organizar, entre el clero regular navarro, colectas para las atenciones de
la guerra. A pesar de que estas testimoniales del Cuartel Real le aseguraban contra todo castigo, no
sentía maldita gana de verse en presencia de Zumalacárregui, ni de Iturralde, ni del coronel del 5.º
de Navarra. Torció, pues, su derrotero, discurriendo qué haría para no infundir sospechas en el
campo cristino, hacia el cual resueltamente se encaminaba.
No lejos de Genevilla, donde se tomó un día de descanso, dijéronle unos pastores que en el
propio Arquijas, lugar sin duda predestinado para batallas, se había dado una de las más sangrientas
entre las tropas de D. Tomás y las de Lorenzo. Unos y otros tuvieron muchas bajas; pero la victoria
fue de la facción. Seguidamente, Zumalacárregui atacaría la guarnición de Los Arcos, para lo cual
había mandado que le llevaran de la sierra de Urbasa un cañón muy grande llamado el Abuelo y los
dos obuses que el artillero Sr. Reina le había fabricado con chocolateras, almireces y badilas.
Invitáronle aquellos infelices a recogerse y pasar la noche en una cabaña que a tiro de piedra se
veía, y el capellán aceptó gozoso, por la confianza que los tales les inspiraban, como gente
hospitalaria y sencilla. En la cabaña le dio modesto albergue una mujer tuerta, afable, que al punto
preparó para todos la cena, consistente en sopas con grasa de cabrito, y luego castañas cocidas con
leche. Encima de esto echaron el cuartillejo de vino, con lo cual rompieron todas las lenguas en un
despotrique animadísimo sobre lo bien que iba el negocio de la guerra en Navarra y Guipúzcoa, y
los malos ratos y berrinches que estaba pasando el Sr. de Mina, por no poder hacer nada de
provecho contra la facción.
ZUMALACÁRREGUI 71

―La semana pasada ―dijo uno de los pastores―, le vi en Puente la Reina. ¡Ay, qué malo
está el pobre! ¡Ojos que te vieron en la otra guerra y que te ven hoy! Antes tan gallardo, ahora como
una horquilla; ayer daba miedo su cara, y hoy da compasión. Monta en una mula blanca, y lleva en
su Estado Mayor dos señoras muy guapas. No se rían: son dos burras de leche... no toma más
alimento el pobre que la leche de borrica.
―¿El pobre? ―dijo otro―. Pues no paíce sino que bebe vino de los infiernos, según es de
sanguinario y afusilador. Está dado a los demonios porque no gana, y la corajina la desfoga en el
cuitado que cae en manos de su tropa.
Sosteniéndoles gallardamente la conversación, aguardaba el capellán coyuntura favorable
para hacerles una pregunta de interés, y hallada por fin la oportunidad, les dijo:
―¿Podríais vosotros darme alguna noticia de las monjas dominicas de Los Arcos, que por
ruina del convento quedaron desalojadas, y anduvieron después por estas tierras, sin encontrar, ¡las
pobres!, un rincón sagrado en que guarecerse?
―¡Anda, anda, señor; si todas las que corrían por aquí ―dijo la tuerta―, eran monjas de
engañifa!... ¡Pues no han dado poco que hablar las tales! Entre ellas venía una frescachona y muy
dispuesta que la llamaban Doña Bernardina, de la cual dicen que era un mozo vestido de mujer.
―Y con ésa ―dijo Fago prontamente― iba otra más guapa todavía, alta, morena, ojos
negros...
―Sí, señor. Bien se conoce que la ha visto.
―Moza efectiva, no marimacho; pero que no es monja más que por el traje.
―Todo es como lo pinta, señor. ¿Lo ha visto?
―¿Sabes el nombre de ésa?
―No sabemos sino que le afusilaron el padre.
―¿Por qué?
―Por capitán de bandoleros.
―Eso no es verdad. Decidme otra cosa. ¿Las dos monjas franqueaban libremente las líneas
facciosas?
―Sí, señor; porque como iban pidiendo limosna, so color de la santa religión, mandó el buen
General que no les hicieran daño. Pero en la partida de Lucus se descubrió el enredo de esas
bribonas, y las desnudaron para emplumarlas y no sé qué... resultando que, vistas sin ropa, las dos
eran hembras.
―¡Caramba!... ¿Y esos miserables se atreverían...?
―Señor, el soldado no repara... por eso es soldado; que si reparara, no lo sería.
Después de apoyar esta sentencia con conceptos que en distinta forma venían a decir lo
mismo, otro de los pastores aseguró que salvó a las monjas de un agravio seguro la repentina
llegada de la columna cristina del General Méndez Vigo. Batido rápidamente Lucus y dispersa su
gente, las tropas de Mina les quitaron seis caballos y las dos monjas.
―Que llevarían inmediatamente a Pamplona.
―A dónde las llevaron, no sabemos, ni lo que hicieron con ellas, tampoco; mas pa mí tengo
que no harían nada bueno.
―Horrible cosa es la guerra, que no respeta la vida del hombre, ni el honor de la mujer.
―¿Y ellas ―dijo la tuerta con avinagrada voz y gesto―, por qué van a buscarlo? ¿Qué tienen
que hacer las mujeres allí donde deben estar solos los hombres en su obligación? La enagua en casa,
y en la calle y en la heredad el calzón. Luego no se quejen de que las afusilen... Bien afusiladas
están.
Nadie se atrevió a replicar a tan sabios conceptos. Fago, taciturno, se retiró al humildísimo
lecho que le habían preparado, y a la mañana siguiente muy temprano partió, andando largo trecho
con los pastores. En Narcués encontraron un convoy faccioso de heridos de la tercera acción de
Arquijas, que iba hacia la Amézcoa, custodiado por alaveses, entre los cuales Fago apenas tenía
conocimientos. Lejos de intentar escabullirse, su generoso corazón le impulsó a llegarse a los
ZUMALACÁRREGUI 72

carros, en la parada que hicieron para proveerse de agua fresca, y ofreciéndose a prestar cualquier
auxilio que fuese necesario, examinó a los heridos, buscando semblantes de amigos y compañeros.
A no pocos reconoció; muy viva fue su pena al ver entre ellos al grande, al gigantesco Gorria en
lastimoso estado, con un balazo en el hombro derecho y otro en el muslo. El poderoso atleta sufría
con cristiana entereza el dolor de su carne, y estrechando la mano del amigo, díjole que no sentía
morirse más que por no ver triunfante la causa del Rey católico. En cuatro palabras le dio idea de la
acción librada frente al Ega, la más encarnizada y mortal de aquella campaña.
―Perdidas muchas almas; pero ganadas y bien ganadas las posiciones. Ahora, a Los Arcos.
Aprovechando el alto, fueron curados los que más necesidad tenían de emplastos y vendajes;
dieron alimento a los que lo pidieron; agua y vino a los sedientos, que eran los más; a todos frases
de consuelo y esperanza. En los carros que iban a la zaga se habían muerto dos antes de llegar a
Narcués. Ayudó Fago a poner los cadáveres en tierra, y hallándose en este trajín, vio dos monjas
dominicas que prestaban servicio sanitario en la galera próxima. Al llegarse a ellas con viva
curiosidad, una de las dos, joven y agraciada, le miró atentamente. El capellán no desconocía, no,
aquel rostro que, a pesar de las tocas y de la monjil compostura, no había dejado de ser vivaracho.
Ella fue la que primero se arrancó a hablarle:
―José Fago, ¿crees que no te conozco? En tres años, poco has cambiado. ¿No sabes quién
soy?
―Oh, sí ―replicó el capellán con alegría, súbitamente iluminada su memoria―. Eres... el
nombre no lo recuerdo... la hija de D. Valentín Ulibarri, de Villafranca de Navarra, prima hermana
de...
―Soy Pilar Ulibarri. Cuando yo profesé, tú eras un perdido. Luego te hiciste sacerdote...
¿Qué clase de sacerdote eres? ¿Eres bueno o un demonio coronado?
―No hables así, Pilar. El pasado es negro, todo miseria, ruinas, muerte, sangre. Hemos nacido
en días trágicos. De tu familia nada queda. Murió tu padre; pereció a manos de la venganza militar
tu tío D. Adrián. Dime, dímelo pronto: ¿has visto a Saloma?
―Sí.
―¿Vive?
―No sé. No debieras pensar en ella más que para pedir a Dios que la conforte en su
desgracia, y que la aparte de los caminos del mal. ¿Para qué preguntas por mi prima con ese afán?
¡Ay, José Fago, tú no perteneces a Dios; perteneces al demonio!
―Sólo Dios me posee ―replicó el clérigo con vivo afán―. Por Él te pido que no me ocultes
lo que sepas de tu prima.
―Sabrás que al tener conocimiento de la muerte de su padre, vino a mi convento... Quería
entrar en religión.
―¿Dónde estaba, qué hacía cuando mataron al alcalde?
―Estaba en tierra de Álava: no sé más... La recibimos, la consolamos. Al poco tiempo nos
vimos arrojadas de nuestro convento por las tropas que defienden el ateísmo, y salimos, nos
desbandamos: unas hermanas fueron por este lado, otras por aquél. Estuvo mi prima en mi
compañía una semana. Después... Pero no te digo más, no quiero ni debo. Un interés mundano es el
que te mueve a preguntarme por esa desgraciada... No me lo niegues. Tú eres malo, tan malo ahora
como entonces, y estás profanando la Orden que recibiste, y ultrajando con tu conducta y con tus
pensamientos al Señor nuestro Dios... No te digo nada, no me preguntes nada, y déjame... En tus
ojos conozco la maldad de tus intenciones. Vete; apártate, monstruo.
Y uniendo la viveza de la acción al vigor de la palabra huyó de aquel sitio antes que el
desconcertado capellán pudiese contestar a sus airadas y despreciativas razones.
ZUMALACÁRREGUI 73

XXIV

No dándose por vencido el aragonés, pidió permiso al jefe del convoy para agregarse a él,
decidido a poner sitio en regla a la fiereza de la monjita. Siguieron todo aquel día por sendas y
vericuetos, y en el descanso de los carros a la caída de la tarde, hallándose junto a Gorria, que se
agravaba de un modo alarmante, vio a las dos monjas en los carros delanteros, y platicando con
ellas a Mariano Zapico, el veedor o contadorcillo del Cuartel Real, que D. Fructuoso le había
designado como competidor suyo en la comisión de atrapar a la volandera Mé.
«Este mentecato ―se dijo―, practica el espionaje por su cuenta, y sabrá congraciarse con el
Consejero, llevándole mil enredos y fábulas novelescas. Veo que asedia a la monjita Ulibarri.
Trabajo le mando: es una fierecilla. Cuando vivía en el siglo, sus padres no podían aguantarla: le
conocí lo menos doce novios; con todos reñía, y les hacía reñir unos contra otros; traía revuelto al
pueblo, y por causa de ella llovían puñaladas. De pronto le dio la ventolera por la religión... El
fuego de su alma apasionada escapábase por aquel registro. Sus padres vieron el cielo abierto
cuando la chiquilla manifestó tal vocación, y acelerando los preparativos por temor de que se
arrepintiera, metiéronla en las dominicas de Los Arcos... Es organista y cantora. Sigámosla hasta
que cante... que al fin cantará».
Poco después de anochecido, dio parte el médico de que a Gorria se le podían contar los
momentos que le quedaban de vida. Acudió Fago junto a su amigo, y le halló con conocimiento,
aunque por minutos se le nublaba.
―Buen Gorria, ¿qué es eso?
―Nada, que me muero... No puedo más... Como soy tan grandón, la muerte tiene que tirar
mucho para llevarme... Por eso me duele...
―Ánimo; ¿quieres beber vino?
―Hombre, sí... y muérame pronto con este bendito trago.
―A hombres de tu temple no se les entretiene con vanas palabras. ¿Llega el momento de
pasar de esta vida perversa a la vida inmortal? Pues a morir con entereza de soldado cristiano,
valiente en los combates, más valiente aún en este trance último.
―¡A morir, valientes...! ¡Viva Carlos V, viva Dios!
―¿Tienes algo que disponer? ¿Tu conciencia tiene algún pecado de que descargarse? Dímelo,
y ten confianza en Dios.
―Si no es pecado el guerrear y desearle al enemigo todos los males, ningún pecado tengo,
señor de Fago; pues ni mentira, ni estropicio, ni nada de mujeres encuentro en mi conciencia, por
más que en ella rebusco. Y si algo hay de que no me acuerdo, perdónemelo Dios y lléveme a su
santo seno... Soy soldado de la religión... Muero peleando contra los ateístas... Señor mío
Jesucristo...
Siguió rezando entre dientes, mientras Fago con entera voz le encomendaba. Aprovechando
un momento lúcido, le preguntó si tenía algo que disponer tocante a intereses. La respuesta fue
breve:
―No tengo más bienes que el prado de Urrestillo, cerca de Azpeitia, y un huerto con doce
manzanos y un peral. Quiero que sea para Dominica, la hermana de mi difunta, que tiene seis hijos.
El dinero que llevo sobre mí... aquí está... Cójalo para que mande que me apliquen una misa... Ya no
hay más bienes... digo, sí, mi cuerpo: este cuerpo que vale por dos, se lo dejo a la tierra... Enterrado
en mi huerto... ¡qué rico abono para los manzanos!... Mi alma para Dios... y vámonos al cielo...
¿Los que pelean y matan entran en el reino de Dios? Yo he matado ayer más de veinte cristinos.
¿Ellos y yo entraremos juntos en la gloria eterna, o es que los cristinos que luchan por el ateísmo no
pueden entrar?... Dígamelo.
Fago se apresuró a tranquilizarle sobre este delicado punto, diciéndole que todos los que
sucumbían con honor defendiendo la idea que a la guerra les llevaba, eran acogidos en el seno de
nuestro Padre. Los directores de esta matanza eran los responsables, y entre ellos, Dios escogería
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los suyos... Poco más habló el pobre Gorria, y todo lo restante lo dijo el capellán con ardiente y
patético estilo, exhortándole a fijar sus últimos pensamientos en la misericordia divina, y a
desprenderse de los intereses y miras terrenales, sin exceptuar los de la causa, pues ésta, como todo,
debía ser comprendida entre las pequeñeces despreciables que abandonamos en el umbral de la otra
vida. El capellán de la ambulancia, Sr. Elío, viejo muy dispuesto, cojo de un balazo que recibió
capitaneando una partidita en los comienzos de la guerra, dio la Extremaunción a Gorria, y el
convoy siguió su marcha. En camino, a las tres de la tarde, entregó su alma el valiente soldado.
Dejaron el cuerpo en la primera parada, y adelante. Por la noche intentó Fago nuevamente
hablar con la monjita Pilar Ulibarri; pero ésta y su compañera se resistieron a oírle. Al detenerse en
Antoñana, el jefe del convoy, sin duda a excitación de las dominicas, le ordenó despótica y
groseramente que no siguiese unido a la ambulancia, amenazándole, en caso de desobediencia, con
la aplicación inmediata de cincuenta palos. Devoraba su ira, por no poder castigar tanta insolencia
con un número de bofetadas igual al de palos con que se le amenazaba, y vio partir el convoy,
creyendo al fin que sería quizás providencial aquel desgraciado suceso. En su ardiente imaginación,
fomentaba la idea de que le convenía dirección distinta para llegar al fin propuesto.
Toda la noche anduvo por desolados campos, sin dirección fija, adoptando el acaso por guía
único de su andar vagabundo, y creyendo que los senderos desconocidos suelen conducimos a
donde deseamos. Renegaba de la previsión, del método, de todo el fárrago de prescripciones por
que se guían los hombres, y que comúnmente resultan de menor eficacia que los dictados de la
fatalidad. Somos unos seres infelices que creemos saber algo y no sabemos nada, que inventamos
reglas y principios para engañar nuestra impotencia; vivimos a merced de la Naturaleza y de las
misteriosas combinaciones del tiempo y el espacio. Iba, pues, entregado a lo que el espacio y el
tiempo, ministros de Dios, quisieran disponer en su tiránico dominio.
A la madrugada, cuando se aproximaba a un pueblo que creyó sería Contrasta, sin estar seguro
de ello, pues una vaga niebla envolvía la torre y caseríos circundantes, se vio sorprendido por
fuerzas de caballería que le dieron el alto. Eran cristinos, tropa ligera, armados de carabinas. Quiso
el capellán escabullirse saltando una pared cercana; pero le apuntaron, se vio cazado como un
conejo, y no tuvo más remedio que entregarse. Interrogado por el jefe de la fuerza, respondió que
era hombre pacífico, del estado eclesiástico; le registraron; pero aunque nada se le encontró que le
comprometiera, no pudo evitar la nota de sospechoso, y se le llevaron entre los caballos, con la
amenaza de dejarle seco si intentaba la fuga. Aun en tan desdichado trance continuaba firme en la
devoción del acaso, y se decía: «¿Quién sabe si este cautiverio será provechoso, y me llevará al fin
que persigo? Todo puede ser. No preveamos nada: esperémoslo todo del arreglo y disposición que
las cosas se dan a sí mismas».
En el pueblo próximo, que no era Contrasta, sino Larraona, entregáronle como prisionero a
una columna de la división de Aldama, y a los dos días de marcha fatigosa entró en Estella, y fue
encerrado en la cárcel de esta ciudad, donde prisioneros y criminales padecían juntos la reclusión
estrecha y la miseria nauseabunda. Por los cuadros lastimosos, por las caras de torturante aflicción
que vio al entrar allí a media noche, hubo de comprender que le esperaba una vida de perros, si no
venían en su auxilio las personas que en la ciudad conocía, o algún oficial de la guarnición cristina,
aragonés, de los muchos con quienes en tiempos mejores había tenido amistad. Por de pronto, si vio
caras conocidas entre los presos, no eran éstos de calidad, y ningún amparo ni protección podía
esperar de los que compartían su infortunio. Dedicose el primer día al solapado examen del local,
por ver si había facilidades de escapatoria; pero sus observaciones no fueron optimistas. En cambio,
si resultaba cierta la noticia de que les sacaban a trabajar en las fortificaciones de la plaza, bien
podía suceder que, puestos de acuerdo los más animosos, lograsen la libertad. Fijo en esta idea,
empezó a tantear a sus compañeros, trabando conversación y explorando los caracteres, sin más
objeto que escoger entre ellos los de mayor coraje y decisión.
En efecto, a la mañana siguiente, unos treinta fueron a trabajar en las obras de fortificación
que activamente se hacían más allá del santuario de Nuestra Señora del Puy. Al menos, trabajando
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en campo libre hacían ejercicio, respiraban aire puro, se ponían en contacto con soldados de la
guarnición, y al paso por la ciudad podían descubrir entre el vecindario caras amigas.
Desgraciadamente para Fago, si vio los primeros días algún rostro que le recordaba antiguos
conocimientos, nadie reparó en él. Diez días mortales se pasaron en triste ansiedad, sin que una voz
amiga sonara en su oído, sin que una mano protectora le amparase. El desaliento le consumía; la
esperanza le abandonaba; castigábale Dios por su pagana devoción del acaso, y éste, el ciego
ordenador de las cosas, también le tenía en olvido y menosprecio, manteniéndole en la triste
monotonía de los sucesos metódicos y regulares, sin ninguna sorpresa, sin ninguno de esos golpes
teatrales que varían favorable o adversamente el curso tedioso de una vida esclava.
Y en tanto, nadie le decía por qué estaba cautivo, ni se le interrogaba, ni se le sometía a
procedimientos judiciales o de consejo de guerra. Le habían detenido porque sí, y porque sí le
tendrían preso hasta la consumación de los siglos. En los días de aquella lúgubre existencia,
enterose de la expugnación de Los Arcos por Zumalacárregui, y del asedio del fuerte de Echarri-
Aranaz, que los cristinos reseñaban a su manera. Poco le importaba todo esto, y lo mismo le daba
que triunfase Juan o Pedro: más que el trono de las Españas, le interesaba su propia libertad.
Terminadas las trincheras del Puy, les llevaron al otro lado del río, junto a San Pedro la Rúa,
la interesantísima iglesia románica. En las alturas que la dominan, y en las ruinas próximas de un
excelso monasterio, se trabajaba para fortificar la ciudad, cuya situación, dentro de un círculo de
elevados montes, era en extremo peligrosa para la guarnición, si ésta no se posesionaba fácilmente
de todas las alturas. Otros diez días transcurrieron sin que el pobre Fago viese alterada la
acompasada tristeza de su existencia; la evasión no se le presentaba fácil ni aun posible, por la
vigilancia que se ejercía sobre los presos. Ya iba transcurrido cerca de un mes de aquella muerte
lenta, cuando el acaso le hizo una mueca que le pareció precursora de acontecimientos
extraordinarios, y, por consiguiente, favorables. He aquí el suceso: un cabo de Gerona que le había
mostrado benevolencia, y benevolencia quería decir menos crueldad y grosería de lo que se
acostumbraba, le entregó, a la conclusión del trabajo, un lío conteniendo dos panes, media docena
de chorizos, cuatro manzanas y algunos cigarros, todo envuelto dentro de una servilleta sucia. El
obsequio, que en tales circunstancias era de una extraordinaria magnificencia, procedía, según el
cabo, de una señora que se interesaba por el pobre capellán prisionero. ¿Cómo se llamaba? El
mensajero no lo sabía. ¿Qué señas tenía? Alta, morena, guapetona. No necesitó más Fago para creer
que era la hija de Ulibarri quien le favorecía, y extrañaba que no acompañase al regalito una carta
en que se le ofreciera la libertad, o se le propusieran los medios de conseguirla. Todo el día, loco de
júbilo, se lo pasó pensando en ella, y su imaginación soñadora veía llegar por momentos segundo
mensaje con esquela o recado entablando comunicación para tratar de libertarle. La esclavitud le
había entontecido; pensaba y sentía como un niño, y creía verosímiles y probables los más absurdos
delirios de la mente. Su desilusión fue grande al siguiente día, cuando por referencias del propio
cabo y de otro soldado de Gerona, vino a cerciorarse de que la señora a quien debía el obsequio no
era otra que Saloma la baturra. La cuadrilla del Tío Concejil había entrado en Estella cuatro días
antes, arrimada a la división de Gurrea.
En su desaliento, pensó el capellán con seguro juicio que, pues no le salían amigos de valía
por ninguna parte, era forzoso buscar el arrimo y calor de los seres humildes que se habían acordado
de favorecerle en su desventura. Mandó un recado a Saloma la baturra para que a verle fuera, y una
tarde, hallándose en las obras del puente de Azucareros, se le presentó Uva saludándole afectuoso
en nombre de toda la cuadrilla. Las señoras no iban por no dar que hablar. La visita fue de
grandísimo consuelo para Fago, y los conceptos que de boca del cantinero oyó, resucitaron en el
alma del prisionero las muertas esperanzas.
―El día que entramos ―dijo Uva―, le vimos a usted trabajando en San Pedro. Pero no
quisimos decirle nada por no llamar la atención... que nosotros tenemos que andar con mucho ten
con ten, para que nos consientan nuestro tráfico... Sepa el señor capellán que en la guarnición hay
algunos jefes aragoneses, y entre ellos uno que... Tengo por cierto que ha de conocerle a usted,
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porque es de la Canal de Verdún, o de junto a Tiermas.


―¿Cómo se llama?
―Don Rodrigo de Arbués... alto, seco... Paréceme que es comandante o teniente coronel... No
estoy seguro.
―¡Loado sea Dios! ―dijo Fago tan conmovido, que poco le faltó para echarse a llorar...―.
Es mi primo, primo segundo mío, y amigo cariñoso desde la infancia. En la edad feliz, de los veinte
a los veinticinco, hemos hecho juntos bastantes diabluras... Por lo que más quieras en el mundo,
Uva de mi alma, hazme el favor, hazme la caridad de ir en su busca ahora mismo, y decirle dónde
estoy y el mísero estado en que me encuentro».
Prestose el buen hombre a desempeñar la caritativa comisión, y dos horas después tenía Fago
el indecible consuelo de verse estrechado en los brazos de su amigo y pariente D. Rodrigo de
Arbués.

XXV

―Chiquio, el demonio que te conozca. Eres el cadáver de ti mismo ―le dijo con noble y
cordial efusión―. ¿Cómo has llegado a ponerte tan flaco y amarillo? ¿Dónde y cómo caíste
prisionero? ¿Qué ha sido de ti desde que fuiste a Oñate?...
Al cúmulo de preguntas que le hizo, no pudo contestar Fago más que con expresiones de
alegría y reconocimiento; pero repuesto de la alegría que el feliz encuentro le produjo, emprendió el
completo relato de sus desventuras, cuidando de emplear cierto método histórico, para que Arbués
pudiese formar juicio, y resolver algo que condujese a la terminación de aquel horrible cautiverio.
Hablaron toda la tarde; la situación del prisionero cambió radicalmente, y el jefe de la prisión le
mostró gran benevolencia; la esperanza brillaba en los espacios, y sonreía en el alma del pobre
capellán. Despidiose Arbués diciéndole que estuviese tranquilo; él hablaría con su Coronel, jefe de
la plaza, que le estimaba mucho, y pronto se resolvería lo más conveniente (estilo militar).
Al siguiente día por la tarde, oyó Fago de su primo esta extraña proposición:
―Chiquio, darte la libertad de buenas a primeras, sin trámite de la Auditoría militar,
paréceme difícil; proporcionarte la evasión, no es imposible, ni aun difícil; pero el Coronel no
quiere gastar esas bromas. Teme que aproveches tu libertad para volverte a la facción y pelear
contra nosotros. Si nos das una garantía de que no harás armas contra la Reina, se buscará un medio
de que seas libre mañana mismo.
―¿Y qué garantía he de dar más que mi palabra de honor?
―No nos basta; digo, a mí sí; pero el Coronel es un poco testarudo, y muy ordenancista.
―Pues mi palabra de sacerdote.
―Las palabras de sacerdote no valen en el fuero militar. Necesitamos una garantía positiva,
eficaz.
―¿De que no haré armas contra los liberales?
―Eso.
―¿Y cómo doy esa garantía?
―De un modo muy fácil y muy claro. Nos convenceremos de que no harás armas contra
nosotros, cuando te veamos batiéndote a nuestro lado y contra ellos.
―¡Contra los carlistas!... ¿Y no hay otra manera de alcanzar mi libertad?
―No hay otra.
―Pues, chiquio, mi libertad vale una misa. Acepto. Soy tuyo, soy vuestro.
Siguieron hablando, y Arbués le aseguró que había tenido noticias de sus proezas en el otro
campo. Se decía que gozaba entre los facciosos fama de gran estratégico, y que Zumalacárregui no
tomaba ninguna determinación sin consultarle. Riendo contestó Fago que no hubo tales hazañas, y
que Don Tomás no le había consultado jamás sus planes de guerra. Confirmó después su
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escepticismo en cosas de política militar, manifestándose igualmente desdeñoso de las ideas y


móviles de uno y otro bando; y por último, apuntó la idea de que facciosos y constitucionales
andaban en tratos para amasar un soberano pastel, que sería la paz mentirosa por unos cuantos años.
A esto replicó Arbués, hablándole al oído:
―Antes de que termine este año de 1835, nos abrazaremos los dos ejércitos.
Desde aquel día, se le llevó el primo a su alojamiento, y pudo recorrer libremente la ciudad,
hablar con todo el mundo, renovar antiguas relaciones. Saboreaba la libertad con inefables goces;
todo le parecía bello, el caserío y sus habitantes, hermosas las iglesias, la campiña risueña,
esmaltada de ricos colores. Comúnmente se metía en el vetusto San Miguel, en San Pedro o en la
Virgen del Puy, y se pasaba largas horas en fervoroso rezo, renegando de su pasada devoción del
acaso. Dios lo gobierna todo, y procede con una lógica insondable, desconocida para nuestras
pobres inteligencias. A Dios debemos acudir siempre en nuestras necesidades; a Dios debía la
libertad; la mano omnipotente le señalaba el campo cristino. Acordándose de la misión que le había
dado el Sr. Arespacochaga, vio en este señor a uno de los mayores mentecatos que andaban por el
mundo, y resolvió proseguir por cuenta propia la cacería de Saloma, sin cuidarse poco ni mucho de
las impertinencias policiacas del Cuartel Real. Ningún nuevo indicio del paradero de la hija de
Ulibarri encontró en Estella, y sólo podía consignar corazonadas, inexplicables fenómenos del
espíritu, que dominaban su voluntad y la llevaban a extraños desvaríos. Una tarde, volviendo de San
Pedro, vio un rebaño de ovejas, que entraba en la ciudad bajando del Santo Sepulcro. Acosadas las
reses por el pastor, corrían balando. Fago las oyó decir Mé, Mé, y esta sílaba, claramente expresada
por los animalitos, impresionó su cerebro, y lo llenó de intensa melancolía. Siguiendo al rebaño por
la calle de Santiago la Nueva, oía la repetición del nombre: los corderos lo decían con infantil
lloriqueo; las madres con familiaridad gangosa. Hasta las personas que el ganado veían pasar
pronunciaban, en el sentir de Fago, el quejumbroso Mé, y él también se puso a gritar lo mismo,
corriendo al lado del pastor, y ayudando a éste a recoger las reses que se desviaban de la línea recta.
Siguió la manada hacia las alturas del Puy, y ya cerca del santuario, vio Fago dos monjas
dominicas. Corrió tras ellas; tropezando en un pedrusco, cayó cuan largo era, y el rebaño le pasó por
encima, llenándole de tierra y basura. Alguien le dio la mano para levantarse, y un ratito tardó en
volver de su turbación y recobrar la vista; el polvo le cegaba, la violencia de la caída le trastornaba
el magín... Vio el rebaño metiéndose en un olivar cercano; las monjas entraban en el Puy.
Quitándose el polvo, corrió a la iglesia; pero las religiosas no estaban allí. El sacristán, a quien
preguntó, díjole que allí no habían entrado monjas, sino dos clérigos menores, deudos de la casa, y
que bien pudo suceder que, si el señor no tenía buena vista, hubiese tomado por monjas a los
clérigos, que eran pequeñitos de cuerpo y de rostros aniñados. No se convenció el capellán, y se
obstinaba en que eran religiosas dominicas, a lo que respondió el acólito que en el pueblo había
benitas, clarisas y recoletas, todas en clausura rigurosa, y que no encontraría dominicas aunque
diera por ellas un ojo de la cara.
Aquella noche refugió su aventura al amigo Arbués, fiel depositario de su confianza; y sacado
a relucir el negocio de Saloma, díjole el comandante que corrieron voces de que había reanudado
amorosos tratos con la hija de Ulibarri. Le habían visto con ella una noche en el parador del Manco,
junto a Antoñana. También oyó decir Arbués que Saloma andaba de ama de un capellán cristino que
sirvió en la división de Córdoba. Muerto el tal de una bala perdida que le cogió en Mendaza, la
viuda, si así puede decirse, se había refugiado en un pueblo de la Amézcoa, donde criaba un niño
del alcalde. Denegó el capellán la parte que le correspondía en estas historias, y puso en cuarentena
lo demás, aguardando la ocasión de comprobarlo por sí mismo con ayuda de Dios.
En estas cosas se pasó todo Febrero. Las operaciones militares eran a la sazón en el Baztán.
Decíase que la guarnición de Elizondo, incorporada a las tropas de Lorenzo, partiría... quién sabe
para dónde. Transcurrieron muchos días sin saberse nada concreto; días de expectación, que por lo
común engendran el desaliento. Mina inspiraba poca confianza por causa de su enfermiza vejez:
notaban todos la desproporción entre sus arrogantes proyectos y la ineficacia de los resultados que
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obtenía, que eran medianos, malos más bien. Zumalacárregui, dotado de una movilidad prodigiosa,
tan pronto se le aparecía junto al Pirineo como en la frontera de Álava. Con rapidez más propia de
aves que de hombres se presentaba en la Ribera cuando le perseguían en la Borunda. El ejército de
la Reina, más numeroso que el carlista, érale inferior en agilidad, quizás por su mayor fuerza y
extensión. Faltábale una cabeza superior, un pastor de tropas que supiera conducirle por los
laberintos de aquella fortaleza ingente, Navarra, construida por Dios para la guerra civil. La cabeza
no parecía: el Gobierno de Madrid seguía buscándola, y ya se indicaba al Ministro de la Guerra,
General D. Jerónimo Valdés. De todo hablaban en las aburridas tertulias de la guarnición, y no
había nadie que no deseara combates rudos y decisivos. Las noticias de las acciones parciales
llegaban un día y otro, desfiguradas en su paso al través del país en guerra. El ataque y gloriosa
defensa del fuerte de Echarri Aranaz se comentaba como una de las páginas más gloriosas de la
milicia cristina; los combates de Fuenmayor y Ulzama, como una prueba más de las innegables
dotes estratégicas del General de D. Carlos. Súpose también que éste había creado el batallón de la
Legitimidad, que con el de Guías agrandaba y fortalecía su ejército. Por fin, era común creencia que
la facción no pasaría jamás el Ebro, que Zumalacárregui había pedido 400.000 cartuchos y 100.000
pesos para extender operaciones a los llanos de Castilla, y como el pretendiente no podía darle ni
municiones ni dinero en tal cantidad, porque no tenía de dónde sacarlo, contaban todos con el
desfallecimiento de la causa, para dar al traste con ella, si antes no apencaba con el arreglo que se le
proponía. Andaba en estos cabildeos D. Miguel Zumalacárregui, regente de la Audiencia de Burgos
y afecto a la Reina. Cartas afectuosas se cruzaron entre los dos hermanos, llevadas y traídas por los
oficiales cristinos Vidondo y Eraso. De todo esto se hablaba, así como de la próxima intervención
de los ingleses para dar a la guerra un carácter más humano, estableciendo el canje de prisioneros y
otras prácticas de la guerra, tal como hacerla sabían las naciones más civilizadas.
Por fin, la guarnición de Estella se incorporó a la división del General Lorenzo, saliendo para
Campezu. Habían prometido a Fago darle el mando de una de las columnas volantes que el ejército
cristino organizaba para hostigar y distraer las fuerzas facciosas; pero surgieron dudas y
vacilaciones sobre el particular, y el hombre fue agregado a las dos compañías que mandaba su
pariente. En verdad que no le importaba: prefería una posición modesta, no creyéndose llamado en
aquella ocasión a grandes heroicidades. En Campezu acamparon ocho días aguardando a Lorenzo, y
allí supieron que ya no les mandaba Mina, sino Valdés, y que éste llegaría muy pronto de Madrid.
De Campezu fueron a Vitoria, lo que agradó extraordinariamente al capellán, porque sus
corazonadas le indicaron la capital de Álava como punto en que forzosamente había de adquirir
noticias de la persona cuyo hallazgo deseaba. Nada encontró, ni siquiera indicios, como no fuera la
singular sílaba Mé, trazada con brochazos de pintura en un muro de los Arquillos... También la vio
en un tinglado, al parecer fragua, por bajo de Santa María. Pero ello no podía ser obra del demonio.
La inscripción quería decir: Matías Emparán...
Llegado Valdés, se habló de su plan de campaña, el cual a todos parecía grande y sintético,
propio de un potente cerebro militar. Consistía en ocupar con veinticinco mil hombres la Amézcoa
Alta, el nido donde Zumalacárregui criaba sus feroces polluelos, y donde fraguaba sus tremendas
maquinaciones y rápidas acometidas. Técnicamente, el plan era hermoso, y Fago lo tuvo por obra
de una capacidad de primer orden. Faltaba la ejecución, que en esto de planes estratégicos el
concepto teórico carece de valor, mientras no le acompaña la clara percepción de las medidas que
han de hacerlo efectivo.
―Deseo vivamente ver cómo este señor acomete tal empresa ―decía el capellán a su
pariente, sintiéndose otra vez tocado de la monomanía estratégica―. ¡Ocupar la Amézcoa Alta! ¿Se
cuenta con que el otro no la ocupará antes? ¿Dispone el Sr. Valdés de medios para obrar con
rapidez, poniendo entre el pensamiento y la ejecución el menor tiempo posible? Cierto que
veinticinco mil hombres son muchos hombres, ¡carambo!, para estas guerras. Y si llevan bastante
artillería de montaña, y se escalonan bien las fuerzas, de modo que no se apelmacen en corto
espacio y puedan operar con desahogo; si se fortifican tres o cuatro puntos que yo me sé, y se
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marcan bien las líneas en que ha de operar cada división, designándoles las respectivas
convergencias; si no hay atropello ni desorden; si las provisiones no faltan en tiempo y lugar
oportunos; si se señalan los puntos de retirada de cada cuerpo, y el punto del máximo avance; si los
que mandan las divisiones se atienen escrupulosamente a lo que se les ordene; si la cabeza principal
no pierde la serenidad, y sabe lo que son y lo que representan veinticinco mil soldados bajo una sola
mano, veo un éxito, querido Rodrigo; veo una victoria grande y quizás decisiva. Para frustrar este
plan grandioso, necesita D. Tomás discurrir alguna diablura, y bien podría ser que la discurriese. Le
conozco, es tremendo: nada se le escapa, y contra la lógica de los demás, tiene él la suya, que es la
lógica madre. Digo yo: ¿se puede descomponer con diez mil hombres este plan de ocupar la
Amézcoa con veinticinco mil? ¡Se puede, ya lo creo que se puede! El cómo, yo lo sé, yo lo veo; tú
también lo verás, pues este sentido estratégico es ni más ni menos que el sentido común; pero tanto
tú como yo nos guardaremos de manifestar estas ideas teóricas, para que no nos tengan por
soberbios o presumidos». Díjole Arbués que él no sabía más que batirse donde le mandaban, y que
rara vez se le ocurrían pensamientos referentes a organización y unidad de mando. Veía la guerra en
la táctica menuda; no le cabían en la cabeza más que sus dos compañías, y aun de ellas le sobraban
unas cuantas docenas de soldados.

XXVI

Llegaban a Vitoria constantemente tropas y más tropas: unas venían de Miranda de Ebro y
Rioja; otras de Guipúzcoa, fatigadas, mal vestidas, conservando intacta la moral, mas un tanto
quebrantada la fe. Desplegaba Valdés en su palacio toda la actividad oficinesca que la previa
organización de la campaña, en lo militar, en lo administrativo y sanitario, requería. Adiestrado en
las guerras de América, no ignoraba lo que traía entre manos. Era hombre modestísimo, afable, de
bastante edad, espíritu fuerte, cuerpo flaco y mísero: vestido de paisano, habría pasado por clérigo;
de uniforme, representaba la persona venerable de un honrado capellán. Oyó contar Fago que
Valdés, al llegar a Vitoria con su nombramiento de General en jefe del ejército del Norte, no llevaba
séquito ni escolta; no llevaba equipaje ni dinero, ni aun siquiera sombrero militar: a tal punto
llegaba el menosprecio de toda ostentación y boato en su propia persona. Comía lo que querían
darle; aceptaba de los Generales a sus órdenes prendas de vestir, y tenía su administración personal
en manos de un fiel asistente. Y al propio tiempo, sabía infundir a todo el mundo respeto: los
soldados le querían, los jefes le veneraban. Era un buen padre de su ejército. «Para ser completo
―pensaba Fago―, sepamos si conducirá a sus hijos a una victoria eficaz, resistiendo firme y
pegando fuerte».
No duraron los preparativos más de veinte días: transcurridos éstos, empezaron a salir fuerzas
en dirección de la sierra de Andía. Llevaban piezas de montaña, abundantes víveres, municiones y
todo lo necesario. Las tropas de Lorenzo, procedentes de Los Arcos, y las de Méndez Vigo,
viniendo de Pamplona, marchaban también hacia la Amézcoa. Ocupada ésta por fuerza numerosa,
¿qué remedio tenía D. Tomás más que correr hacia la frontera de Francia? Tan seguro se creía esto,
que se habían dado a las autoridades francesas los necesarios avisos para el desarme e internación
de las bandas carlistas vencidas. Tanta confianza, en cosas de guerra, no parecía el colmo de la
prudencia. Pero, en fin, con estas seguridades, las tropas iban a sus posiciones muy animadas, y con
ganitas de pelear.
Destinaron a Fago al Provincial de Toro, que mandaba Barrenechea, jefe instruido y de grande
arrojo; Arbués le afilió en una de las dos compañías que mandaba, nombrándole cabo. Llevaba el
capellán uniforme completo, excelente fusil y su cartuchera bien provista. No tardó en sentir
nuevamente ímpetus guerreros, influencia natural del medio, del compañerismo, de la emulación.
La marcha no fue penosa, y tardaron tres días en llegar a Contrasta. De allí empezaron a
franquear las alturas, penetrando por bosques espesos, bordeando abismos, escalando peñas. En los
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míseros pueblos, esquilmados ya por los carlistas, no encontraban reses, ni alimento de ninguna
clase; dormían al fresco en campamentos dispuestos con arte. El jefe de la columna, Barón del Solar
de Espinosa, era un militar que sabía su oficio; y del General de la división, Don Luis de Córdoba,
nada hay que decir, pues harto se conocen sus altas dotes militares, que más tarde había de enaltecer
en la grandiosa jornada de Mendigorría.
Delante de esta división iban otras, trepando a las fragosas alturas, que hallaban
absolutamente limpias de facciosos. Esto alegraba a los poco entendidos. Zumalacárregui
abandonaba las altas posiciones. Una de dos: o retrocedía hacia la frontera de Francia, o se situaba
en la Amézcoa Baja, donde su posición era desventajosa, endemoniada. Así razonaban los que,
como el bueno de Arbués y otros, no poseían el don estratégico. Pero Fago, viendo que D. Tomás
abandonaba por completo las alturas, dejando a Valdés internarse y perderse en ellas, empezó a
entrever el plan del jefe carlista, el cual no podía ser otro que esperar en la Amézcoa Baja, hasta el
momento preciso en que Valdés se hiciera un lío en la espesura de los bosques y en los picachos
inaccesibles de la sierra, viéndose obligado a situar sus batallones en una línea extensísima, donde
gran parte de la fuerza no podía revolverse, ni acudir aquí o allá, conforme a las exigencias de la
lucha.
Interrogado por su pariente, que aún no se apeaba de su optimismo, le dijo Fago: «Chiquio,
convéncete de que esto va mal. El plan de ocupar la Amézcoa fue bueno, mientras otra cabeza no
discurrió uno mejor. Zumalacárregui, que sabe mucho, pero mucho, nos deja meter nuestros
veinticinco batallones en la sierra, y él acampa tan tranquilo en los pueblos de abajo, confiado en
que pasaremos el tiempo mirando a las estrellas, pues la mayor parte de las tropas que van peñas
arriba, no pueden hacer otra cosa. Verás cómo no pasa de mañana sin atacarnos por la retaguardia. A
esta división le tocará aguantar la embestida, para lo cual tendremos que cambiar de frente. Y todo
ese ejército que anda a gatas por los montes, ¿de qué nos sirve? ¿Cómo vendrá a auxiliarnos si no
puede moverse con agilidad en estas intrincadas espesuras? Los grandes ejércitos son para operar en
el llano. La guerra de montaña tiene su táctica especial, que en este caso no he visto aplicada».
Puntualmente se ajustaron los hechos a lo que el capellán pensaba. Al día siguiente por la
tarde fueron atacados por cuatro batallones carlistas en las inmediaciones de Artaza. Los cristinos se
batieron con bravura, y a fuerza de constancia conservaban al anochecer sus posiciones. El terreno
no les favorecía: era estrecho, limitado aquí por picachos inaccesibles, allá por cortaduras y
barranqueras, en cuyo fondo mugían torrentes. Pelear en tal sitio era la mejor prueba a que puede
someterse el valor y la tenacidad de un ejército: lo que hicieron los constitucionales en aquel día
supera con mucho a cuantas proezas pudieran imaginarse. Y para que la prueba fuese más terrible,
pasaron toda la noche en la angustiosa expectación de ser atacados con mayores fuerzas al día
siguiente. ¿Qué harían?, ¿continuar avanzando hacia la sierra? Esto era peligrosísimo, porque al
avanzar empujarían hacia el Norte a los demás batallones, y en este caso, marchando siempre hacia
arriba, la salida tenía que ser por los valles de la vertiente del Cantábrico o por la frontera pirenaica.
El retroceso era también difícil, porque si los realistas, como parecía seguro, se situaban en el
portillo de Artaza, podrían, no ya embestir, sino fusilar a los batallones, atacándolos uno por uno.
Fago explicó a su primo la situación con un ejemplo... «Figúrate ―le dijo― que nuestros
veinticinco batallones son veinticinco barcos, y que nos hemos metido en un canal o bahía larga y
estrecha. Esta división es el navío de retaguardia. En la boca del canal nos atacan buques enemigos.
Si salimos, mal; si entramos, hemos de navegar empujándonos unos a otros hasta salir por el
opuesto extremo del canal. Si nos retiramos por donde hemos venido, a medida que vayan saliendo
barcos, el enemigo los irá cazando a su gusto y abrasándolos sin piedad. ¿Lo comprendes ahora?
―Sí: la dificultad y el error están en que, a lo largo de la sierra, nuestros batallones no pueden
desplegarse en un extenso frente de combate. Tienen que ir enfilados, con un frente estrechísimo,
unos tras otros».
Y no sólo les afligió el desaliento durante la noche, sino también la sed. En aquellas alturas no
había agua. Un chusco dijo que tenían que contentarse con beberla por las orejas, porque oían
ZUMALACÁRREGUI 81

ruidos de espumosos torrentes bajo sus pies, a profundidades a que sólo con el pensamiento, no con
la mirada, podían llegar. Reforzada la columna durante la noche con el batallón más próximo,
preparáronse para la pelea del siguiente 22 de Abril, que debía de ser, y fue realmente, una página
épica. Los carlistas embistieron muy temprano; sus guerrillas habían trepado a alturas donde era
increíble que pudiesen hombres mantenerse y pelear, no convirtiéndose en gatos o ardillas. En las
espesuras cercanas y en los picachos del otro lado de la barranquera, los fogonazos simulaban el
incendio del bosque. Sin la artillería de montaña, manejada con toda la pericia del mundo, la
retaguardia cristina habría perecido en la puerta de la ratonera. Al mediodía, Valdés y Córdoba
acordaron descender, arrostrando las desventajas de la posición, y el 5.º de Ligeros fue el primero
que se lanzó impávido por el desfiladero de Artaza, hostilizado por un lado y por otro... El
Provincial de Toro y otros cuerpos siguiéronle con el mismo brío. Los carlistas, rechazados en una
vuelta del camino, se escabullían por aquellas angosturas para reaparecer luego más abajo,
encastillados entre peñas. Caían soldados de la Reina sin cesar; los jefes de los cuerpos combatían
en primera línea. Córdoba y el Barón del Solar defendían sus vidas como el último de los soldados.
De este modo, y perdiendo mucha gente, llegaron con extraordinaria gallardía al pueblo de
Barindano, que encontraron desierto. Allí ya podían respirar, poner en orden los desconcertados
batallones, y atender a los heridos que habían podido recoger. Perdieron carros de municiones y
víveres; perdieron muchas vidas. Ya no había más plan que emprender la retirada hacia Estella con
todo el arte posible.
Y durante la noche, la retaguardia, que por el cambio de frente había llegado a ser vanguardia
del ejército de la Reina, desde Barindano seguía viendo nutrido fuego en el desfiladero de Artaza,
señal de que las demás divisiones descendían del laberinto con las mismas dificultades. A media
noche cesó el fuego, porque a los carlistas se les habían acabado las municiones, y se replegaban
hacia Aranarache y Contrasta.
Lo peor de aquella tremenda jornada era que los cristinos no encontraban ningún apoyo en el
país: el vecindario huía de los pueblos, poniéndose al amparo de la facción; a ningún precio se
encontraban aldeanos ni pastores que quisieran practicar el espionaje; la ignorancia de los
movimientos del enemigo y de los puntos en que pernoctaba eran motivo de grande confusión para
los Generales; nadie sabía nada; había que esperar los hechos, subordinando todo plan a lo que
resultara de los del enemigo, por lo cual el verdadero director de la campaña era Zumalacárregui
como jefe de su ejército, dueño absoluto del país en que operaba y de todo el paisanaje navarro.
La mañana del 23 se empleó en organizar la retirada a Estella. La vanguardia debía marchar
aquel mismo día hacia Abarzuza. Era probable que los carlistas, repuestos del cansancio, y provistos
de víveres, atacarían por Arlabia o Echevarri. Manteníase aún bravo y arrogante el ejército cristino,
confiando siempre en sus jefes. También él tenía fe en su causa, aunque no la mostrara por modo
tan vehemente e infantil como su hermano el faccioso. Se había hecho a la desgracia, soportaba
resignado la enemiga y desafecto del país, y sobre esta desventaja hacía recaer la culpa de su
vencimiento en aquella jornada.
La última división que quedaba en la cumbre emprendió el descenso por el desfiladero de
Goyano, que ofrecía la ventaja sobre el de Artaza de tener una cumbre accesible. Apoderándose de
ella, la retirada podía efectuarse en buenas condiciones. Quiso tomar Zumalacárregui la eminencia;
pero Valdés, con Aldama y Seoane, anduvieron más listos, y con supremo esfuerzo lograron
emplazar en lo más alto dos obuses; hazaña de gigantes que no se creyera, si no se la viese con tanta
prontitud realizada. No tuvieron los carlistas más remedio que abandonar las posiciones.
Zumalacárregui, que personalmente les mandaba, viendo el desaliento de su tropa, les dijo: «Mejor:
dejémosles que bajen, que allá tenemos otra angostura en que les sacudiremos con más
comodidad».
En efecto, al descender de Goyano por pendientes llenas de cadáveres, hubieron de sufrir otro
ataque en el camino de Abarzuza, en una vuelta del río Urederra. Zumalacárregui reapareció en una
altura formidable, donde les hizo más bajas, cogió algunos prisioneros y dos carros. Al anochecer,
ZUMALACÁRREGUI 82

entraban Seoane y Aldama en Abarzuza con sus tropas más que diezmadas, muertas de fatiga, de
hambre y sed. Y lo peor era que al día siguiente tendrían que sostener nuevos encuentros, pues el
carlista no cejaba; quería recoger todas las ventajas de su victoria, y acosar hasta en su último
refugio a las heroicas cuanto desgraciadas tropas de la Reina.
Dos días después entraban en Estella los veinticinco batallones, sin convencerse aún de que
había llevado la peor parte la causa que defendían; tristes y fatigados, pero sin dar su brazo a torcer;
seguros de poder repetir la hazaña, si sus jefes, con error o sin él, les llevaban a un nuevo combate.
La tenacidad, la gallardía caballeresca, componen toda la historia de una raza que, al inclinarse para
caer en tierra, ya está pensando en cómo ha de levantarse.

XXVII

No extrañó al comandante Arbués perder de vista a su primo el capellán durante la acción de


Artaza. En la confusión de la pelea en retirada, cada cual atiende a sí propio y a su obligación y
defensa, sin parar mientes en los demás. En Abarzuza no pareció tampoco el aragonés; pero aún
esperaba suprimo encontrarle en Estella, pues nadie le había visto caer muerto ni herido, y las
últimas noticias de él eran que se batía heroicamente. Bien pudo quedar rezagado, agregarse a la
división de Méndez Vigo, o caer prisionero en los combates que ésta sostuvo. Desgraciadamente,
fueron inútiles todas las investigaciones que hizo Arbués en Estella, cuando ya descansaban allí del
trágico duelo los soldados de la Reina. Nadie pudo dar noticia cierta del pobre capellán. ¿Debía
contársele entre los muertos o entre los prisioneros? Lo probable, según Arbués, era que se hubiera
dejado matar antes que rendirse, conforme a su temple de aragonés legítimo.
En tanto Zumalacárregui se había ido a Asarta, donde quiso disimular la falta de cartuchos
con una orden del día en que daba ocho de descanso a sus valientes tropas. Comunicada al Rey su
carencia de municiones, el Cuartel Real, que estaba en Segura, se conmovió con la triste noticia. La
Real Hacienda acudió con arbitrios mil al remedio de tan gran daño; se organizó de prisa y
corriendo un activo contrabando para traer de Francia el pan de la guerra, y se enviaron
comisionados a los que lo amasaban en diferentes puntos del Baztán, para que activasen todo lo
posible la fabricación. Gracias a estas medidas pudo Zumalacárregui tener provisión bastante para
lanzarse a nuevo combate antes de la semana, engañando una vez más a los cristinos, pues nunca
pensó en que sus tropas estuvieran tanto tiempo en la ociosidad. Si no reanudó las operaciones antes
de los ocho días, no fue por falta de ganas, ni porque careciera de planes bien determinados, sino
porque la Majestad de Carlos V le ordenó que permaneciese en Asarta hasta recibir la visita de los
enviados del Gobierno de Inglaterra, lord Elliot y sir Gurwood, para proponer a uno y otro ejército
un convenio que diese a la guerra carácter humanitario, poniendo fin a las sangrientas represalias.
Ya D. Carlos había recibido a los ingleses, que eran personas distinguidísimas, ambos
conocedores de España; y mostrándose dispuesto a entrar por el aro de la benignidad y templanza,
nada quiso resolver sin el parecer de su General en jefe. Éste recibió a los extranjeros con la cortesía
concisa y un tanto seca que gastar solía. Los de Albión, que también eran secos y lacónicos,
simpatizaron extraordinariamente con el caudillo del absolutismo; conferenciaron; admitió
Zumalacárregui lo que se le propuso, que en rigor de verdad significaba el reconocimiento de
beligerancia por las Potencias, y acordadas las bases de arreglo, D. Tomás convidó a los ingleses a
compartir con él un modesto cocido, que era su habitual sustento en campaña.
Aceptaron gustosos los comisionados; trincaron del buen vinito navarro, sin cortedad de
genio, y fuéronse luego camino de Logroño, donde les recibió Córdoba, por delegación del General
Valdés. Nueva conferencia, acuerdo por entrambas partes. No consta que hubiera cocido y vino
riojano; pero sí que los emisarios de Inglaterra partieron muy satisfechos de la politesse de Córdoba,
que además de experto General era un fino diplomático. Puesto en vigor a los pocos días el
convenio Elliot, ya no se fusilaba sin piedad a los infelices prisioneros. Este espantoso resorte de
ZUMALACÁRREGUI 83

guerra, propio de hordas salvajes, quedaba totalmente abolido en los ejércitos que guerreaban en el
Norte; se establecían reglas clarísimas para el canje de oficiales y soldados, conforme a las prácticas
militares de todas las naciones del mundo. Por desgracia nuestra y baldón de España, otros caudillos
carlistas y liberales de gran renombre, en las asperezas del Maestrazgo o en la montaña de Cataluña,
habían de olvidar pronto los procederes humanitarios, derramando a torrentes la sangre cristiana y
escarneciendo con sus crueldades los ideales que decían defender: el honor patrio, la religión, la fe.
Reanudadas las operaciones, Zumalacárregui mandó a Gómez a Vizcaya, donde se unió al
guerrillero Sarasa, y juntos atacaron a Guernica. Los Generales Iriarte y Espartero salieron mal
librados. No bien se enteró de la toma de Guernica, D. Tomás fue contra Treviño, plaza fortificada,
y la sitió en las mismas barbas de Valdés, y la tomó a las cuarenta y ocho horas, cogiendo
prisioneros a los seiscientos hombres de la guarnición, y arramblando con los cañones. Cuando
Valdés acudió al socorro de Treviño con las tropas de Estella ya era tarde. La plaza estaba
desmantelada, y los carlistas vencedores en la Berrueza. Antes de que Valdés determinara qué
camino seguir, Zumalacárregui, sabedor de la evacuación de Estella, se dirigió a esta ciudad, y en
ella hizo su entrada triunfal, aclamado con entusiasta delirio por los habitantes, en su gran mayoría
frenéticos sectarios del Pretendiente. Hombres y mujeres rodeaban a la tropa realista, saludándola
con ardientes demostraciones, cantos guerreros y populares. Las coplas sonaron todo el día por
calles y plazuelas, y el famoso estribillo Ay, ay, ay, Motilá, pasaba de las bocas de los ancianos a las
de las mujeres, y por fin a las de los chiquillos... ¡Gran día de expansión febril y de entusiasmo loco
fue aquél para los soldados de Zumalacárregui! La pintoresca ciudad ardía en regocijo y triunfal
estruendo; las campanas de sus iglesias románicas, de venerable antigüedad, no cesaban de voltear
con alegres repiques; aquí y allí convites parciales a la intemperie, mesas en medio de la calle,
libaciones copiosas, alegría, seguridad del triunfo de la Fe.
Mas no era Zumalacárregui hombre que permitiera a sus tropas adormecerse en el triunfo, ni
perder su fiereza en las fiestas obsequiosas y en los enervantes descansos. Sabedor de que partían de
Pamplona tres mil infantes y trescientos caballos, salió de Estella para cortarles el paso. Le había
dado en la nariz que la tal columna iba en auxilio de algún convoy salido de la Ribera, y no se
contentaba con menos que con batir la columna y apoderarse del convoy. Con celeridad pasmosa se
plantó en Puente la Reina, y de allí, con dos batallones y toda su caballería, ocupó las alturas del
Perdón. Al propio tiempo esparcía una nube de espías por todos los pueblos y caminos circundantes,
y preparó el golpe antes de que los cristinos sospecharan el mal encuentro que en su marcha les
esperaba. Pelearon unos y otros con gran bizarría casi a la vista de Pamplona. Ganó
Zumalacárregui, si se mira tan sólo a la conquista de la posición y a los cien prisioneros que hizo;
pero la jornada le fue desfavorable en otro respecto, porque perdió al jefe y organizador de su
caballería, D. Carlos O'Donnell. Viéndole moribundo, dijo: «Pérdida irreparable. Valía él mucho
más que todo lo que hemos ganado en este encuentro».
Mientras esto ocurría en el Perdón, en Velate las columnas facciosas de Elío y Sagastibelza
atacaban a Oraa, el cual se retiraba con pérdidas. Con esto, y con la evacuación por los cristinos de
tantas plazas de segundo orden fortificadas, Navarra, a excepción de Pamplona y de los pueblos de
la Ribera, era ya totalmente del dominio carlista, comprendiendo la línea de la frontera hasta el
mismísimo Irún. ¿Qué faltaba? Tomar a San Sebastián y a Pamplona. Mas para esto urgía ganar
antes a Vitoria, y la llave de Vitoria eran las plazas fortificadas de Villafranca, Vergara y Tolosa, en
Guipúzcoa. Pensado y hecho: ya le tenéis en marcha, trasladando de un punto a otro sus masas de
hombres con presteza increíble. En aquella expedición debía tropezar con Jáuregui, con Iriarte y con
Espartero, que ya ilustraba su nombre con gallardas valentías, y ganaba el aplauso y la admiración
de las muchedumbres.
En el asedio de Villafranca hubo de sufrir Zumalacárregui desfallecimientos de sus tropas;
pero su energía supo trocar el desánimo en loco frenesí de combate. Acude Espartero desde
Durango en auxilio de la plaza guipuzcoana; sábelo Zumalacárregui, y con la celeridad del rayo,
corren sus batallones a cortarle el camino. Trábase furioso combate en Descarga; Espartero se ve
ZUMALACÁRREGUI 84

obligado a retroceder; vuelven los vencedores de Descarga sobre Villafranca; el asedio es


formidable, épico; los cristinos rinden las armas en condiciones honrosas; la facción gana en aquel
día una posición importantísima, mil quinientos fusiles y víveres abundantes. Y velozmente,
siguiendo la acción a la idea, como el disparo al requerimiento del gatillo, Eraso cala sobre Éibar,
Gómez sobre Tolosa. Y cuando el mismo Zumalacárregui disponíase a tomar a Vergara, recibe un
apremiante aviso de D. Carlos llamándole a su Cuartel Real de Segura.
Como jarro de agua fría cayó este aviso sobre la ardiente voluntad del caudillo guipuzcoano, y
de malísimo talante se puso en marcha hacia Segura, pasando por Ormáiztegui, su pueblo natal,
donde sus paisanos y amigos le acogieron llorando de entusiasmo y cariño, apenados de ver cómo
se acentuaba en su rostro la tristeza, que atribuían a la falta de salud, efecto del desmedido trabajo.
Los laureles ganados en tan corto tiempo, las ventajas adquiridas en la conquista del suelo español
para la Monarquía absoluta, más parecían entristecer que alegrar al héroe de aquella campaña. Su
mirada penetrante se fijaba con mayor tenacidad en el suelo, y su cuerpo se encorvaba hacia la
tierra, cediendo más al peso de las aprensiones y cuidados que al de las triunfales coronas que su
frente ceñía. En Segura fue recibido afablemente por D. Carlos, que se mostró benévolo y
agradecido, estimando mucho el ánimo, la perseverancia y abnegación que en el mando del ejército
desplegaba. Abrevió el caudillo su visita cuanto pudo, no sólo por la prisa de expugnar a Vergara,
sino porque le asfixiaba la atmósfera, el tufo de camarilla; y aunque ninguno de los corifeos del
Cuartel Real le mostraba desafecto, no ignoraba que en la tertulia del Rey y en los corrillos de toda
aquella caterva de vagos y aduladores se le iba formando una opinión adversa, regateándole sus
méritos o servicios, censurando sus actos. Las victorias que uno y otro día alcanzaba la facción se
atribuían al valor de las tropas realistas y al desmayo y falta de fe de las de la Reina.
Indudablemente Zumalacárregui, según los habladores y comentaristas del Cuartel Real, había
hecho bastante, quizás mucho; pero sin duda pudo hacer más, y seguramente otro General se habría
plantado ya en tierra de Castilla, abriendo al Rey legítimo el camino de Madrid. Los estratégicos de
gabinete, o de corrillos callejeros, hormigueaban en la Corte trashumante, y los últimos
covachuelistas y acólitos se permitían planes de guerra. Ganaba terreno la opinión de que el propio
Rey debía ponerse al frente del ejército y dirigir por sí mismo las operaciones, en la seguridad de
que el Espíritu Santo, como a predilecto de Dios, le asistiría con luces de ciencia militar,
concediéndole los laureles de Pelayo, los Alfonsos y el Cid.
Sabía todo esto Zumalacárregui, y lo sufría con cristiana paciencia, sin desmayar en el
cumplimiento de sus deberes. Su honradez era tan grande como su talento militar. Al Rey que
proclamó, a la idea monárquica pura pertenecía, y ajustando su conducta a un proceder de línea
recta, por nada del mundo de ella se desviaba. A esta excelsa cualidad unía otra, la de no tener
ambición política, virtud rara en los militares de su tiempo, de uno y otro bando. Realzada con tan
hermosa modestia su figura guerrera, el hijo de Ormáiztegui obscurece a todos sus contemporáneos
ilustres y a cuantos en el gobierno de las armas, así como liberales, le sucedieron.
Expugnó, pues, a Vergara, cuya guarnición, tras una débil resistencia, capituló quedando
prisionera, y el vencedor penetró en la plaza con gloria, pero sin salud. El mal que padecía y con el
cual luchaba de continuo su voluntad pudo más que ésta al fin, obligándola a rendirse. Tres días
pasó en cama con horrible sufrimiento, quejándose poco, y empleando los cortos instantes de alivio
en completar sus disposiciones militares. En medio de las tristezas de su estado, no dejaba de llegar
hasta él el rumor de las envidias del Cuartel Real, y en un acceso de negra melancolía, complicada
con dolores físicos, escribió su dimisión y se la mandó al Rey. No quiso admitirla D. Carlos, y para
darle testimonio de su Real aprecio, fue a Vergara al siguiente día. Algo mejorado de su
enfermedad, salió Zumalacárregui a recibirle, a caballo, con su Estado Mayor, y Rey y General
atravesaron la ciudad con aclamaciones del pueblo y tropa, entre el estruendo de las campanas
echadas a vuelo y de las salvas de artillería.
Las conferencias de aquellos, días entre el Rey D. Carlos y el más ilustre de sus súbditos
provocaron acontecimientos en los que no es difícil ver la desviación de la línea de prosperidades
ZUMALACÁRREGUI 85

marcada por el destino desde que un distinguido coronel, avecindado en Pamplona en situación de
retiro, cogió en sus manos las partidas indisciplinadas de Navarra y Guipúzcoa, y con ellas hizo un
ejército. ¡Qué diferencia de tiempos y personas entre aquel día, 20 de Octubre de 1833, en que el
coronel D. Tomás Zumalacárregui salía por la puerta del Carmen, vestido de uniforme, y al pasar
junto a los centinelas se alzaba el embozo de su capote gris, como deseando no ser conocido! Siguió
a buen paso por la carretera, pasó el puente sobre el Arga, y al llegar como a distancia de tiro de
cañón, le salió al encuentro un hombre, que tenía del diestro un caballo. Montó en él el militar, y a
buen trote tomó la dirección de la Berrueza. La causa de D. Carlos tuvo aquel día lo que le faltaba:
una cabeza. Luego veremos cómo y cuándo esta grande y noble cabeza se perdió para siempre.

XXVIII

¡Desde aquel otoño de 1833 hasta la primavera del 35, cuántas páginas de patética historia,
cuántos hechos brillantes o bárbaros, cuántos esfuerzos de sublimidad heroica, de honrada
abnegación o de fanatismo delirante! En tan breve tiempo crece y se complementa una figura
militar, que sería muy grande si no la hubiera criado a sus pechos la odiosa guerra civil. Y en la
precisa oportunidad histórica, el destino dispone la integración de la figura del insigne guerrero,
agregando a sus coronas de laurel la de abrojos que para él había de tejer puntualmente la envidia;
que sin esto la figura no podía ser completa. Aproximábase a su ocaso, con todos los sacramentos,
la gloria que enaltece, la ingratitud que roe, el público aplauso que empuja hacia arriba, la envidia
que tira de los pies para hacer bajar al sujeto, y poner su cabeza al nivel de las pelonas de la
muchedumbre.
Reservadísimas eran las conferencias entre D. Carlos y su General, y cuando se celebraba
consejo, al que asistían, además de Zumalacárregui, los llamados ministros, no se revelaban al
público ni las discusiones ni los acuerdos. Pero algo trascendía siempre, como es natural,
mayormente entre españoles, raza inepta para guardar secretos; y en los corrillos de la plaza, en las
dos boticas, en los pórticos de la Casa Consistorial y en todos los demás mentideros de la ilustre
villa, se hablaba de los grandiosos planes que de aquellas encerronas habían de salir muy pronto. No
será preciso advertir que el Sr. D. Fructuoso de Arespacochaga y Vidondo, natural de Vergara, unido
al vecindario por vínculos de sangre y por multitud de conocimientos, no podía salir a la calle sin
que le acometiera la caterva de impertinentes curiosos. En las galerías del Seminario Real y
Patriótico le asaltaron una tarde las turbas, pidiéndole los secretos o la vida, y él, ante el número y
poder de los asaltantes, no tuvo más remedio que rendirse, dando noticias incompletas. Juntose
después al capellán Ibarburu, y se fueron a la sala de Capítulo de San Pedro de Ariznoa. En grata
tertulia con el Párroco y dos racioneros de los más significados, dejó salir por su boca D. Fructuoso
cuanto tenía en el buche.
―Pero, en fin ―preguntó Ibarburu con viva impaciencia―, ¿dimite o no dimite?
―¡Qué ha de dimitir! ¿Cree usted que brevas como el Generalato de tan grandes huestes se
sueltan por una cuestión de amor propio?
―¿Y su enfermedad ―dijo el Párroco no sin malicia―, es real, o un nuevo ardid estratégico
y político?
―Es real. Padece de la orina. Bien se le conoce en la cara ese alifafe... Figúrome que exagera
un poquito, con la intención marrullera de que Su Majestad, que le aprecia verdaderamente, ceda en
sus resoluciones por no contrariarle.
―Pero a buena parte va ―observó uno de los racioneros, que por su gordura no cabía en
ningún sillón y tenía que mantenerse en pie―. Tenemos un Rey que por su carácter entero, así
como por su religiosidad, merecería gobernar todita la Europa.
―La cuestión es la siguiente ―dijo Arespacochaga, a quien faltaba poco para reventar como
una bomba, de la satisfacción que el dar noticias auténticas le causaba―; varias casas holandesas
ZUMALACÁRREGUI 86

han ofrecido a Su Majestad un empréstito de consideración tan pronto como caiga en nuestro poder
una plaza de importancia... Quien dice plaza de importancia dice Bilbao, que además es villa de
gran riqueza, y podría damos un botín cuantiosísimo, señores. En fin, repetiré textualmente las
palabras de Su Majestad, que oí de sus augustos labios: «He decidido que tan pronto como te
restablezcas y te halles en disposición de poder montar a caballo, te dirijas a Bilbao».
―Textual, ¿eh?
―Y él... naturalmente, ¡cómo había de atreverse a contradecir el soberano mandato!
―Hizo protestas de sumisión, obediencia y lealtad... ¡Qué menos, señores! Pero a renglón
seguido, con muchísimo respeto, hubo de presentar su opinión contraria a la del Rey, y a la de todos
los dignatarios, así civiles como militares, que teníamos voz y voto en el consejo. Allí nos hablé de
los inconvenientes y peligros que a su juicio ofrece el asedio de Bilbao, y de la facilidad con que
podría tomar a Miranda y Vitoria. Ganadas estas dos plazas, la invasión de Castilla será cosa de un
par de semanitas.
―No estoy conforme ―dijo el Párroco gravemente, tomando y ofreciendo de su rapé
oloroso―. En las cosas de guerra se prefiere siempre lo fácil a lo difícil. Si ese criterio prevalece,
que nos den el mando a los curas, y pónganse los militares a rezar.
―Justo... ésa es mi opinión y la de todo el que discurra con buena lógica ―afirmó
Arespacochaga―. Acométanse las cosas difíciles, que las fáciles, las de cuesta abajo, por sí solas se
resolverán luego. Pues bien, señores: a mí me tocó la honra de concretar la cuestión en el consejo.
Su Majestad tuvo la dignación de pedir mi dictamen, y yo... respetando las razones estratégicas que
expuesto había mi señor D. Tomás, llevé el problema al terreno político, alegando altas razones, de
más peso que las razones militares, y mirando al decoro y dignidad del Trono. Palabras mías
textuales: «¿Tiene el General D. Tomás Zumalacárregui fuerzas para tomar a Bilbao? Si considera
que no las tiene, nada digo. Pero si cree, como creen conmigo otros príncipes de la Milicia, a cuya
autorizada opinión me remito, que tiene fuerzas sobradas para tal empresa, no debe hablarse una
palabra más del asunto. Pues el Rey quiere que se tome a Bilbao, esto basta para que se intente la
empresa, no siendo, como no es, imposible».
―Bien, admirable... ¿y qué contestó?
―Por de pronto, ni una palabra. Parecía desconcertado. Su rostro de color de cera permaneció
inalterable. El Rey, mientras yo peroraba, no quitó de mí sus ojos, asintiendo con fuertes cabezadas.
Zumalacárregui, apremiado por Su Majestad para que concretase si era posible o no tomar la plaza,
no se atrevió a negar que poseía fuerza bastante para tal fin. Allí nos habló de que las dificultades
podrían sobrevenir después. Pero no nos convencimos, ni Su Majestad tampoco. En fin, señores, el
consejo acordó el ataque a Bilbao... y mande quien mande las operaciones, Bilbao será nuestro
antes de quince días.
―¡Mande quien mande! ―repitió Ibarburu―. ¿Luego cree usted probable que dimita?
―Sí; pero también creo que no se le admitirá la dimisión. Si se le aceptara, no faltaría un
General de grandes miras y conocimiento que llevara nuestros batallones a este gran triunfo, y así lo
llamo porque Bilbao carlista es el empréstito holandés, y con dinero, que es lo único que nos falta,
haremos un caminito seguro y breve por donde las Reinas de Madrid se vayan a Francia, y nosotros
a la Villa y Corte.
Siguieron haciendo caminitos y cuentas galanas hasta que les sirvieron el chocolate con que el
Capítulo les obsequiaba, y tomado éste, Ibarburu se fue solo a la calle, taciturno y caviloso. No
sabía a qué carta quedarse, ni a qué santo encomendar el logro de sus desmedidas ambiciones. ¿De
qué le valía adular a Zumalacárregui si éste dimitía? Y si no dimitía, ¿qué eficacia tendrían sus
adulaciones a González Moreno y Arespacochaga? Su instinto cortesano, afinado por la ilusión de
la mitra que quería ponerse en la cabeza, le guió hacia el alojamiento de D. Tomás, que era el
palacio de los Elóseguis, amigos suyos; y en el portal salió a su encuentro Celestino Elósegui, a
quien con viva ansiedad preguntó:
―¿Dimite o no dimite?
ZUMALACÁRREGUI 87

Llevole adentro y arriba, y tuvo la suerte de sorprender al General en uno de esos instantes en
que la espontaneidad no puede contenerse, y en que se manifiestan sin rebozo los sentimientos que
llenan el corazón. Acompañaban a D. Tomás su amigo íntimo D. Juan Francisco de Alzaa y el
dueño de la casa, D. Matías Elosegui. Quitándose el capote y arrojándolo sobre una silla, como si
con él arrojara la investidura de General en jefe, dio una patada y dijo con rabia:
―Esto es inaguantable... Ya lo presentía yo... ¡Tener que ejecutar proyectos que juzgo
disparatados en el estado actual de cosas!
Sin hacer gran caso de lo que tímidamente le dijo D. Matías para calmar su irritación, dejose
caer en un sofá con notorio desaliento, y expresó con estas graves palabras la grande agitación de su
noble espíritu:
―Dejo a la enfermedad o a una bala enemiga el cuidado de sacarme de esta situación».
Oído esto, se arrancó Ibarburu con un encomiástico discurso, pronunciado con cierto énfasis
político:
―Mi General, quien ha conquistado los lauros que enaltecen el nombre glorioso de
Zumalacárregui, ese nombre escrito ya con letras de oro en el libro de la Historia, nada debe temer.
Donde vaya Zumalacárregui irá la victoria. Nuestro Rey reina por el esfuerzo de este gran caudillo,
y por el camino de Bilbao, lo mismo que por el de Vitoria, con la ayuda de Dios nuestro Padre, y de
la Reina de los Cielos María Santísima, las tropas que con sabia mano rige vuecencia llevarán a la
Corte de las Españas al representante de la Monarquía legítima y de los derechos de la Religión.
Con una mirada benévola y dos o tres monosílabos de modestia, rechazando honores tan
desmedidos, disimuló Zumalacárregui el desprecio que le merecían las gárrulas demostraciones del
capellán de su ejército. Entró a este punto el médico, y el General se fue con él a su habitación.
Contento de sí mismo y del buen golpe que había dado, Ibarburu salió en busca de otros
capellanes y militronches amigos suyos, para dar un paseo y poder contar cuanto sabía; noticias
bebidas en los propios manantiales de información. Toda la tarde estuvo despotricando: en la
conversación deambulatoria, el optimismo embriagaba las almas de los pobres ojalateros, pues cuál
más, cuál menos, todos tenían sus esperanzas de medro en diferentes carreras y profesiones. Al
regresar a sus hogares, donde les esperaba la menestra de borrajas, la sopita, el huevo pasado, et
reliqua, se mecían en dulcísimas ilusiones. Éste veía las insignias de coronel, aquél la congrua
eclesiástica, el uno la judicial toga, el otro la mitra, y todos estos símbolos de autoridad y posición
se les representaban en forma extrañísima, bombas y granadas cayendo sobre la infeliz Bilbao.
A la siguiente mañana, y cuando el señor capellán a partir se disponía con el ejército por el
camino de Durango, le anunció su patrón una visita, advirtiéndole al propio tiempo que no la
recibiera porque debía de ser enfadosa.
―¿Quién es?
―Señor, dos ermitaños que piden limosna; pretenden ver a usted para que les libre de no sé
qué pena que se les ha impuesto por espías.
Bajó presuroso el Sr. Ibarburu, y con indecible sorpresa reconoció en uno de los dos infelices
que a implorar venían su protección, al mismísimo D. José Fago, ex-capellán, ex-sargento, santo en
ciernes por temporadas, gran estratégico en ocasiones, y notado siempre por su falta de seso y sobra
de ambiciones desapoderadas. Vestía el desdichado aragonés un balandrán deslucido y roto, ceñido
a la cintura por cuerda de esparto; calzaba alpargatas; habíale crecido la barba y cabello, y su
aspecto semisalvaje inspiraba más compasión que miedo.
―Amigo mío, ¿qué es esto? ―le dijo Ibarburu con estupor no exento de severidad―. ¿Qué le
pasa a usted? Nos dijeron que se había dejado seducir por la impiedad cristina... yo no lo creí.
Luego se corrió la voz de que había perecido en la tremenda degollina de la Amézcoa... ¿Qué
significa esa facha miserable, y quién es este hombre que le acompaña?
―Mi facha significa el desengaño de todas las cosas, el hastío del mundo y el gusto de la
soledad... Y este que me acompaña es el santo ermitaño Borra, que tenía su cabaña en el monte
Murumendi, y fue días hace inicuamente expulsado de ella por los soldados de la facción, y luego él
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y yo perseguidos y amenazados de no sé qué horrendos castigos, por lo que llaman delito de


vagancia y espionaje.
―Señor capellán ―dijo el otro con grave acento―: yo, Simeón Borra, vivía en Murumendi
lejos de todo comercio con el mundo, consagrado a la oración y abominando de las opiniones que
hacen fieras a los hombres y les llevan a guerrear. Con nadie me metía ni nunca hice daño a nadie.
Vivía de lo que me querían dar y del fruto de una huertecilla. Este amigo vino a pedirme consejo
para conseguir la paz de su alma: contome su historia; pidiome luego que le admitiese en mi
compañía, y a ello me resistí: no quiero formar comunidad. Estableciose por mi advertencia en un
sitio cercano a mi choza; labró la suya, y vivíamos como a dos tiros de fusil...
―Y cuando más seguros nos creemos ―prosiguió Fago―, una columna facciosa nos
destruye las casas; se nos acusa de espionaje; se nos amarra y nos traen aquí, donde hallamos un
señor Mayor de plaza, hombre caritativo, el cual nos libra de la muerte y promete ponernos en
libertad si hay alguien en el ejército que garantice que no somos rateros ni traidores».
Uno de los militares que les acompañaban manifestó que el menor castigo que podía
imponérseles por espionaje era cortarles las orejas.
―A mí no puede ser, ¡carambo! ―afirmó Borra apartando las guedejas que caían sobre sus
sienes―, porque ya me las cortó el tunante de Mina el año 22, y no porque yo cometiese delito
alguno, sino por crueldad sanguinaria... De modo que si alguna pena me aplican, sea la de muerte, y
pronto, que nada le importa a quien aprecia la vida en menos que un cabello.
―Lo mismo digo ―afirmó Fago―. Que me maten si quieren, si no han de darme la libertad.
Los militares, que atraídos de la curiosidad formaban corrillo en torno de los dos infelices,
más se inclinaban a la burla compasiva que a la severidad. Ibarburu, profundamente apenado del
lastimoso sino del que fue su amigo, y a quien verdaderamente apreciaba, le cogió de la mano,
como si resueltamente bajo su amparo le tomase, y con acento firme dijo al militar que les
acompañaba:
―Bajo mi responsabilidad, amigo Zuazo, deje usted libres a estos hombres, pues a entrambos
les tengo por tontos, que es lo mismo que decir inocentes. Váyanse a donde quieran, a hacer vida
boba, que también podría ser vida regalona. Ea, despejen, que tenemos que marchar a Durango...
Usted, señor santo Borrajo, o como quiera que se llame, puede ir a donde quiera, y volverse a su
monte o al mismo infierno; pero lo que es a éste no le suelto. Amigo Fago, no puedo consentir que
un hombre de su inteligencia y carácter se deje inducir a la extravagancia que revelan su traje y
modos... no, no, no lo consiento, y si no de grado, por fuerza se viene usted con nosotros. Eh, amigo
Zuazo, me le lleva usted por delante, entre bayonetas. Yo hablaré al Coronel, y respondo de que
ordenará lo que digo... Adelante, entre bayonetas. Éste no puede ser libre; éste me pertenece: quiero
salvarle de su propia insanidad, de su propia tristeza... En marcha... D. José Fago, es usted
prisionero de su amigo el capellán Ibarburu. No haga resistencia, o el Coronel mandará que le
apliquen cincuenta palos.

XXIX

Contento como unas pascuas se fue Borra, y en verdad que no le penaba ir solo, pues la
soledad era su mejor amigo. Fago, secuestrado por el capellán con cariñosa tiranía, no tuvo más
remedio que dejarse conducir en la ambulancia sanitaria; y cuando ya marchaban a media legua de
la villa, caminito de Elorrio, aproximó Ibarburu su mula al pelotón que le conducía, y hablaron un
rato, el uno a pie, a caballo el otro.
―Agradezco mucho a usted su buena voluntad; pero, créame... mejor servicio me haría
dejándome zambullir en la soledad y apartarme de todos estos belenes.
―Déjele, déjese llevar, y no sea usted obstinado y majadero. ¿Qué sabe usted lo que dice? En
la primer parada que hagamos me contará el cómo y cuándo de haber venido a la desolación de esa
ZUMALACÁRREGUI 89

vida, y hablaremos del modo de restaurarle a su estado decoroso... Y aprovecharé el descanso de


esta noche para proveerle de ropa, y vestirle con la decencia que le corresponde. Somos de la misma
estatura y carnes, y mi ropa le vendrá como suya.
En la primera parada, arrimaditos a una venta próxima al camino, en la cual comieron y
refrescaron, Fago contó a su amigo todos los inauditos accidentes de su vida, desde el punto y hora
en que dejaron de verse, en Diciembre del año anterior. Oyó Ibarburu el relato, como un confesor
que no quiere perder sílaba, atento a los íntimos pormenores de conciencia, para formar cabal juicio
del estado moral del penitente; y al llegar al caso de la defección de Fago y de su ingreso en las filas
cristinas; al oírle que por ganar la libertad había vendido sus convicciones realistas, combatiendo
por Isabelita II en las jornadas sangrientas de la Amézcoa, se mostró tan irritado y severo, que poco
faltó para que terminase allí la confesión, y con ella la amistad de los dos capellanes.
Pero Fago, con su noble sinceridad, ganó el corazón de Ibarburu. Todo lo refería lealmente,
sin atenuar sus culpas ni empequeñecer su mérito donde lo hubiera. No ocultó que el principal fin
de todos sus actos en aquella parte de la campaña, era perseguir y cazar a la descarriada Saloma.
Los diversos episodios y peripecias, las vivísimas esperanzas y desengaños tristes de esta cacería
fueron tales, que creyó perder la razón. Saloma, como fantasma vano, en todas partes se presentaba,
y en los aires se desvanecía cuando las manos se alargaban para cogerla. Rezagado en las
angosturas de Artaza tuvo que esconderse en unos breñales para no caer prisionero de los realistas,
que le habrían fusilado sin piedad. Huyó después montes arriba, repugnando el seguir en filas
liberales, y con asco también de las facciosas; vagó tres o cuatro días, precedido del fantasma, hasta
que Dios quiso desengañarle de aquel vano error, iluminando su entendimiento con ideas claras. La
torpeza y sinrazón de aquel empeño se posesionaron de su espíritu, y unido a ello el hastío de la
humanidad, sintió la querencia hondísima de la vida ascética. Andando, andando, sin pensar a dónde
iba, llevado más bien de la fatal dirección mecánica de sus pasos, fue a parar al monte Murumendi,
y allí se acordó del solitario Borra. Llegose a la cabaña, hablaron... Lo demás ya lo había oído
Ibarburu de los propios labios del anacoreta.
―Todo sea por Dios ―dijo entre suspiros el capellán guipuzcoano al ponerse de nuevo en
camino―. Dele usted gracias por haber caído en mis manos; que si se quedara entregado a sus
desvaríos, no tardaría en volverse loco. Ahora, calma y completa sumisión a lo que yo le ordene:
soy su amigo, su protector y su médico. Prescribo, como remedio salvador, que prepare usted su
espíritu y su voluntad para volver lo más pronto posible al estado eclesiástico. Todo lo que sea del
orden de guerras y política, y el capitulito ese de la persecución de féminas, debe pasar a la historia.
Basta de locuras. Sea usted sacerdote, y no eche el pie fuera de la sábana de una modesta posición
eclesiástica... Adelante: va usted preso. Esta noche le vestiré, y ahora voy a decir que le dejen ir en
un carro de sanidad para que no se fatigue.
A todo se prestó el aragonés, que había vuelto a ser pasivo, abdicando su voluntad en las
voluntades ajenas, y sintiendo de nuevo la devoción del acaso. Siguieron andando todo aquel día y
el siguiente. Por referencias supieron que Zumalacárregui no había tenido que expugnar a Durango
por encontrar evacuada esta villa. Mas no queriendo emprender operación tan comprometida como
el sitio de Bilbao, dejando una considerable fuerza cristina en la fortificada villa de Ochandiano,
que domina el llano de Álava, resolvió acudir allá rápidamente. Dicho y hecho: embistió el pueblo y
la torre que lo defendía; a los dos días se rindió la guarnición. Contemplando Zumalacárregui desde
las alturas de Ochandiano el llano de Álava, en cuyas lejanías se distinguen las torres de Vitoria,
sintiose encariñado con su pensamiento militar, de cuya ejecución le desviaba la obcecada
terquedad de D. Carlos. Aún esperaba convencer a éste. Procurándose un excelente guía de ligeros
pies, envió a Vergara un breve mensaje, que decía: «Ochandiano está en nuestro poder. Desde aquí
contemplo el camino que tendremos que recorrer para proclamar a Vuestra Majestad en Vitoria,
mañana, si Vuestra Majestad me autoriza para desistir de sitiar a Bilbao».
En Durango recibió por respuesta una lacónica pregunta:
―¿Se puede tomar a Bilbao?
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Estrujando en su nerviosa mano el papel, Zumalacárregui exclamó:


―¡Como poderse tomar, sí!... Después, Dios dirá.
Los pocos días transcurridos desde la presentación en Vergara del capellán aragonés
convertido en salvaje anacoreta, bastaron a Ibarburu para transformarle. Le afeitaron y vistieron, y
con esto y el buen alimento parecía otro hombre, el mismo de antaño, sólo que más enflaquecido y
mustio. Al propio tiempo, ganó bastante en serenidad de espíritu y claridad del entendimiento, y
parecía dispuesto a seguir las prescripciones de Ibarburu, encerrándose en la modestia de una vida
eclesiástica rutinaria y sin pretensiones. Se le declaró libre de toda pena, atendiendo a que había
sido hecho prisionero por los cristinos, y Z que éstos le obligaron a combatir en sus filas so pena de
la vida. Habiendo llegado a los propios oídos de Zumalacárregui estas amañadas historias, demostró
interés por el desdichado capellán, y deseó verle.
La noche antes de la salida de Durango para Bilbao presentose Ibarburu con su amigo en el
alojamiento del General, que era la casa―palacio de los Emparanes, y después de una breve
antesala, fueron admitidos a la presencia de D. Tomás. De tal modo se pintaba la tristeza en el
semblante de éste, que causaba lastimoso respeto a los que le veían. Sin duda la causa de ello era,
además de la dolencia penosa, la inmensa tribulación de haber visto morir frente a Ochandiano a su
entrañable amigo D. Juan Francisco Alzaa, antiguo jefe de los voluntarios de Oñate.
Sintiose Fago cohibido en presencia del General, cuya figura militar y política ante sus ojos se
agigantaba. Nunca le había visto tan soberanamente investido de la majestad que dan el talento
superior y la honradez sin tacha. Poco le faltó al capellán, en su profunda emoción, para arrodillarse
delante del caudillo y mostrarle un acatamiento incondicional, pidiéndole perdón por haber hecho
armas contra él. Casi con lágrimas en los ojos, hizo ademán de besarle la mano, y lo habría hecho si
el otro se lo permitiera.
―¿Qué cuenta usted, buen Fago? ―le dijo el General con melancólica benevolencia―.
¡Ah!... ¿Sabe usted que el famoso cañón que me trajo usted de Ondárroa nos ha prestado grandes
servicios? Pero en Villafranca, el pobre Abuelo, cascado ya y medio chocho, se nos quedó inútil.
Bastante ha servido el infeliz... Todo pasa, todo se gasta y todo se concluye.
―General ―replicó el capellán con voz temblorosa―, mi mayor pena es que, por mi
incapacidad, no pueda yo prestarle algún servicio con la firme resolución que vuecencia merece.
―Todavía, ¡quién sabe!
―Ya no, ya no... Soy hombre muerto.
Y en aquel mismo instante sintió Fago en su espíritu el fenómeno extraño que en ocasiones
diferentes había sentido: la transfusión de su pensamiento en el del insigne guerrero, es decir, que
sus ideas se anticipaban a las de éste, o que concordaban milagrosamente en dos cerebros distintos.
―Mi General ―dijo después de una pausa―, permítame que le felicite por sus triunfos, que
la historia ha de consignar. Permítame exponer con sinceridad una idea que tengo aquí... Será
temeridad que yo la exprese, será tal vez descortesía... Vuecencia estima que es un desatino la
expugnación de Bilbao; vuecencia, esclavo de su deber, obedece órdenes disparatadas del Rey...
―¡Eh, cuidado! No puede hablarse así de nuestro Soberano... Eso no es cierto, amigo Fago.
―Tenga vuecencia la dignación de oír todos los dislates que se me ocurren. Vuecencia no
debe obedecer... debe presentar la dimisión resueltamente, y que venga otro a ejecutar los propósitos
que concibe el cerebro vacío de los que rodean a nuestro buen Rey... Si esto que digo merece
castigo, mande vuecencia que me den veinticinco, cincuenta palos, y yo resignado los recibiré. Pero
déjeme decir todo lo que pienso: se acerca el término fatal de su carrera gloriosa. ¿Cómo lo sé? No
sé cómo lo sé; pero muy claro lo veo, y vuecencia lo ve lo mismo que yo.
―Sólo Dios sabe lo que puede suceder ―dijo Zumalacárregui queriendo sonreír, y sin poder
conseguirlo.
Y el otro terminó:
―Vuecencia lo sabe y yo también... El héroe de esta guerra, el restaurador de la Monarquía
legítima... no tomará a Bilbao... El porqué... él lo sabe... y yo también.
ZUMALACÁRREGUI 91

―Mucho saber es ése, amigo Fago ―indicó Zumalacárregui sonriendo al fin de veras―. Yo
no soy profeta; por lo visto usted lo es.
―Vámonos, vámonos ―dijo Ibarburu con gran zozobra, tomando del brazo a su amigo para
cortar conversación que tenía por impertinente―. Basta de profecías... Estamos molestando al señor
General...
―¡Oh, no!... Pueden quedarse...».
Algo más quiso decir Fago; pero el otro, azarado y algo colérico, se despidió brevemente por
los dos, y salió, llevándose a su amigo casi a rastras. Al tomar aliento en la escalera, le reprendió
con aspereza, como a un niño mal criado que acaba de hacer una tontería.
―¿Pero hombre, está en su juicio?... ¡Qué rato me ha hecho usted pasar!... Al demonio se le
ocurre, ¡carape!... decirle al General que no tomaremos... que no tomará a Bilbao... ¿Ha querido
usted anunciar su muerte?
―He dicho lo que siento, lo que veo... lo mismo que ve y siente él... Es como la luz, amigo
Ibarburu, y me sorprende que usted no lo vea.
―Lo que veo yo ―dijo el castrense encalabrinándose―, es que, si seguimos con esas salidas
de tono, le daré a usted por desahuciado, y le abandonaré a su desdichada suerte.
Y el otro, sin parar mientes en la indignación de su amigo, ni cuidarse de aplacarla, se llevaba
las manos a la cabeza, exclamando:
―¡Lástima de hombre!... ¡Qué pérdida, Señor!... ¡Inmenso duelo!
―¿Qué rezonga usted, por cien mil carapes? ―gritó el capellán furioso enarbolando el palo.
―Dios lo quiere, Dios lo ha dispuesto... Así debe ser, sin duda, y así será.

XXX

Dos días después, hacia el 8 de Junio, llegaba el General carlista a las inmediaciones de
Bilbao con catorce batallones y el tren de batir, bien mezquino por cierto, pues el famoso Abuelo,
quebrantado por honrosos servicios, había recibido ya la jubilación. Si pobre era la artillería
facciosa, la empobrecía más la carencia de municiones, pues para los dos morteros sólo había
treinta y seis bombas. Con tan reducidos elementos iba a emprender Zumalacárregui el sitio de una
plaza defendida por cuatro mil hombres de tropas regulares, mandados por el valiente General,
Conde de Mirasol, y unos dos mil urbanos; tropa y voluntarios igualmente enardecidos en la fe de la
causa que defendían, pues ya desde los comienzos de la guerra dominaba en el vecindario de la
capital de Vizcaya la opinión liberal, como contrafuerte de la opinión carlista, dominante con
absoluto imperio en los campos. Si tenaces eran los habitantes de las villas y anteiglesias en su
afecto a D. Carlos, no lo eran menos los bilbaínos en su devoción a los principios representados por
Isabel II. Al ardiente arrojo, a la terquedad ciega de los unos, respondían los otros con iguales o
mayores demostraciones de constancia y bravura. ¡Qué tiempos, qué hombres! Da dolor ver tanta
energía empleada en la guerra de hermanos. Y cuando la raza no se ha extinguido peleando consigo
misma es porque no puede extinguirse.
Cincuenta piezas, de las cuales la mitad eran de grueso calibre, tenía Bilbao, emplazadas en
los fuertes y reductos construidos en todo lo largo del circuito. Las municiones no faltaban. Víveres
tampoco, ni faltarían si el asedio no se prolongaba.
Lo primero que hizo Zumalacárregui fue situar sus batallones en los puntos convenientes para
circunvalar la plaza, estableciendo un bloqueo eficaz que impidiera la entrada de provisiones de
boca. Sólo por la ría no pudo cortar la comunicación, porque a ello se opusieron los comandantes de
los dos buques de guerra, uno inglés, francés el otro, fondeados entre Deusto y San Agustín. Hecho
esto, dispuso levantar frente al santuario de Nuestra Señora de Begoña tres baterías, donde colocó
sus cañones y obuses. Inmediatamente rompieron fuego contra los fuertes de la plaza. Desde San
Agustín, cabecera de la línea de defensa sobre la ría, hasta Miraflores se habían levantando seis
ZUMALACÁRREGUI 92

fuertes enlazados entre sí por paredones y otras obras de defensa. El ataque por esta parte era
temerario, así como por el extremo opuesto, los fuertes de Miraflores. El punto más débil era
Begoña, el Campo Santo, la batería del Emparrado, el espaldón de tablas que protegía el camino
cubierto de Santo Domingo, la batería y línea construida con barricas y sacas de lana junto al Circo.
De este grupo de defensas partía el camino de Begoña hasta el santuario del mismo nombre, junto al
cual estaba la Rectoral, donde Zumalacárregui se alojaba. No lejos de allí, como a cien pasos de la
iglesia, se alzaba el llamado Palacio, grande y macizo, y a poca distancia la casa llamada de
Landacoeche. Entre estos tres edificios, la iglesia, el palacio y la casa, había emplazado
Zumalacárregui un mortero, y junto a Landacoeche un obús; más a la derecha, la batería con las
piezas de menor calibre.
Los dos capellanes, Ibarburu y Fago, movidos de ardiente curiosidad, subieron a los altos de
Artagán, y de allí dominaron todo el panorama de la villa, que parecía sepultada en el fondo de un
pozo. Vieron a su derecha la mole de San Agustín y la casa de Quintana; enfrente todas las obras de
Mallona, y a la izquierda los fuertes de Solocoeche y Larrinaga.
―¿Qué le parece a usted, amigo Fago? ―dijo Ibarburu con desfallecimiento―. ¿Tomaremos
esto? Antójaseme que es hueso muy duro para que podamos roerlo.
―Y tan duro... Fíjese usted además en los fuertes de la otra orilla, del lado de Abando... No se
concibe mayor obcecación que la de esos señores áulicos, que han puesto la causa al borde de este
abismo. Ya verán, ya verán lo que es bueno.
―¿Y no sería conveniente renunciar a batir los fuertes, y entretenernos en arrojar bombas y
granadas sobre el caserío, para que se produjeran incendios y ruinas? De este modo el vecindario,
lleno de terror, impondría la rendición.
Esa barbarie no es militar, ni tampoco política, Sr. de Ibarburu, y pongo mi cabeza a que
Zumalacárregui no ha de darle a usted gusto.
Siguieron observando toda la mañana. Los sitiadores atizaban candela; pero la plaza les
contestaba con brío, y pasó el día sin que se viese resultado favorable a la santa causa. Bilbao
continuaba impávido, deseando función más brillante y decisiva.
―Es seguro ―dijo Ibarburu al bajar de Artagán―, que mañana dispondrá D. Tomás el asalto
de San Agustín.
―D. Tomás ―replicó Fago secamente―, no puede cometer el desatino de asaltar San
Agustín, hasta no batir los fuertes de Mallona, y apagarles parte de sus fuegos, si no todos.
―Me parece que usted entiende poco de asaltos de fortalezas.
―Y usted menos.
―¿Desconfía usted de la bravura de nuestros batallones?
―No... pero tampoco creo que sean paja los batallones de Trujillo y Compostela, que
defienden los fuertes de Mallona.
―Entonces, ¿qué cree usted, gran táctico?
―Creo que mañana castigará D. Tomás los fuertes del Emparrado y del Circo, y luego quizás
lance sus batallones al asalto.
―¿Contra San Agustín?
―No, hombre; contra Mallona, que es la parte más débil; y conquistada ésta, desde allí
intimará la rendición a la plaza, la cual, seguramente, contestará que no se rinde.
―¿Usted qué sabe?
―Lo sé.
―¿Tan poco puede D. Tomás?
―Puede; pero no tanto como Dios.
―Ya sale usted con Dios... ¡Bah!... Es irreverencia pensar que Dios puede estar en contra
nuestra.
―Lo está.
Parose Ibarburu para mirarle con enojo despreciativo, y sin decir nada más bajaron hacia
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Begoña.
El Sr. Mendigaña, pagador del Ejército, a quien hallaron muy cabizbajo junto a la casa de
Landacoeche, les dijo que el General no estaba bien de salud, y se había retirado a su alojamiento,
donde daba las órdenes que se habían de ejecutar antes del amanecer del día siguiente. Pero aunque
manifestara el propósito de recogerse pronto, lo mismo Mendigaña que el intendente Sr. Lázaro,
que sus hábitos conocían, aseguraron que pasaría toda la noche discurriendo arbitrios y
combinaciones para la decisiva jornada próxima.
Ibarburu retirose a su alojamiento, en una casa del camino de Lezama, y durmió como un
santo. El capellán aragonés se pasó en claro la noche, que era hermosísima, revolviendo en su
mente los probables episodios del sitio. Grabada en su memoria tenía la configuración de la villa en
la hondura, los montes que la rodeaban, sus líneas de defensa. Todo lo veía como si delante tuviera
un bien detallado plano. Veía el entusiasmo de los bilbaínos, sus vehementísimos anhelos de
rechazar cuantos asaltos diesen los de arriba con todo el coraje del mundo. No eran ellos menos
corajudos y tercos: eran del propio pedernal que sirvió de componente a toda la raza. La contienda
sería por de pronto reñidísima. ¡Sabe Dios qué sucedería después, cuando no tuviera la facción un
grande ingenio militar que la dirigiese!... Llegose hasta Begoña; vio luz en la habitación del
General, y estuvo contemplando el cuadro de claridad un buen espacio de tiempo. Allí pensaba el
grande hombre. Lo mismo que él pensaba fuera, a la luz de las estrellas, el hombre pequeño e
insignificante, a quien todos tenían por tonto o lunático.
Al amanecer agregose a unos amigos que estaban tomando la mañana, y departió con ellos.
Dijéronle que algunos batallones se preparaban para el asalto. Había, pues, confianza en que pronto
les abrirían camino los morteros y obuses que sostuvieron el fuego el día anterior. Después se
encontró a Ibarburu, que salía de su alojamiento, radiante de ilusiones. Dos oficiales que con él
venían manifestaron la convicción de que antes de tres días almorzarían en Bidebarrieta. A las ocho,
próximamente, llegáronse los dos capellanes al alojamiento de Zumalacárregui, y le vieron salir,
seguido de sus ayudantes y llevando a su izquierda a Mendigaña. Aproximándose al grupo todo lo
que la etiqueta les permitía, oyeron decir a D. Tomás: «No he pegado los ojos en toda la noche». Su
mirada era febril, lívido el color de su rostro; su tristeza se disimulaba con la animación que quiso
dar a sus palabras. Saludó sonriendo: más encorvado aún que de costumbre, se dirigió al Palacio,
desde cuyas ventanas observar solía con su anteojo las posiciones enemigas.
Rompiose el fuego. De abajo respondían con cañonazos y algunos, pocos, disparos de
fusilería. Los curiosos se guarecieron tras de la iglesia, y no había pasado un cuarto de hora cuando
les sobrecogió un rebullicio de gente, saliendo del Palacio. Algo había ocurrido que era motivo de
grande alarma.
―¿Qué hay, qué pasa? ―preguntaron; y nadie supo nada hasta que salió el cura de Begoña,
pálido y descompuesto, y dijo:
―Herido el General... poca cosa...
Y luego apareció Mendigaña con ampliaciones balbucientes de la noticia…
―No es nada, no hay que asustarse... una rozadura...».
Todo esto pasaba en menos tiempo del que en referirlo se emplea. Vieron bajar a
Zumalacárregui por su pie, no más pálido que cuando subió.
―Creo que no es nada ―dijo a los que con grande azoramiento y ansiedad le rodearon. Pero
al decirlo dio un paso en falso... cojeaba del pie derecho. Dos pasos más, y ya no pudo andar. Entre
Fago y otro le llevaron a su alojamiento en volandas, y él seguía diciendo:
―No es nada... no es nada…

XXXI

El ayudante Plaza explicó lo sucedido, que fue... de la manera más tonta que puede
ZUMALACÁRREGUI 94

imaginarse. El General observaba con su anteojo los fuertes enemigos. Algo hubo de ver que le
inspiró una resolución súbita... Vuélvese para ordenar a su ayudante que mande avanzar
inmediatamente el mortero emplazado entre el palacio y la iglesia, y en el momento en que lo dice,
una bala de fusil rebota en el hierro del balcón y le hiere en la pierna, por bajo de la rodilla. No dijo
más que…
―Vamos, ya está aquí...
Por momentos se confirmaba la noticia de que la herida no era de gravedad... cuestión de
media semana. El fuego seguía: a las once acudió Eraso. Poco después se dijo que Zumalacárregui
resignaba el mando en su Lugarteniente; por todo el ejército corrió la triste noticia, y los cañones
enmudecieron durante un rato.
―Yo sé ―dijo a Fago un oficial de Guías, que se mostró afligidísimo, y no lloraba por creer
que las lágrimas deshonran el uniforme―, yo sé quién ha disparado el tiro infame, aleve, diabólico,
que ha herido a nuestro General. Ha sido un soldado de Compostela, un bribón ferrolano, que tiene
la más asombrosa puntería que puede imaginarse. Ya sabe usted que algunos gallegos aborrecen a
D. Tomás por los tremendos castigos que aplicó en el Ferrol, en sus tiempos de coronel, para
exterminar a los bandidos que infestaban aquella tierra. Llámase este asesino tirador Juan Bouzas, y
me consta que juró quitarle la vida al General si ponía sitio a Bilbao.
―¿Y cómo sabe usted eso, amigo Elizalde?
―Lo sé por una prójima que al gallego conoce, amiga de un capellán aragonés que sirvió con
nosotros hasta lo de Arquijas.
―Ese capellán ―dijo Fago con sobresalto, deseando echar a correr―, no es el que usted
cree, ni ha tenido nada que ver con... con la... Ese aragonés, señor mío, no existe, no ha existido
nunca... yo lo aseguro. Los que hablan de él no saben lo que dicen... Quédese usted con Dios».
Salió de estampía, y de la arrancada se alejó más de una legua sin fijarse en la dirección que
llevaba. Hasta más de mediodía estuvo dando vueltas por el campo, en lugares donde nada se veía
del terrible asedio de la villa, y sólo se oía el lejano zumbar de los cañonazos. Las dos eran ya
cuando vio que por el camino adelante venían tropas, en número de cincuenta hombres, y bastantes
paisanos. No tardó en reconocer a los granaderos de Zumalacárregui, y cuando se aproximaban
pudo ver que en el centro del pelotón transportaban una camilla. Al punto comprendió que la herida
de D. Tomás se había agravado, y que le llevaban al Cuartel Real, a que le vieran y curaran los
médicos del Rey. Ni lo uno ni lo otro era verdad, pues la herida se seguía considerando poco menos
que leve, y conducían al General a Cegama, residencia de sus hermanos, no de su mujer y niñas,
que vivían en Francia.
Incorporose al convoy, movido de una adhesión ardiente al mártir glorioso de su deber, y en la
primera parada suplicó a los granaderos que le permitieran cargar la camilla; mas no quisieron
aquellos valientes ceder a ningún nacido el honor de transportar carga tan preciosa. A medida que
avanzaba el convoy, se iban quedando atrás los paisanos y mujeres que lo acompañaban;
agregáronse otros que salían de los pueblos, y al enterarse de la triste noticia, prorrumpían en
exclamaciones de dolor. Profundamente turbado el espíritu del capellán, se apropiaba toda la pena
que en los semblantes vela, y juntábala con la suya. No tenía consuelo; el corazón, rebosando
amargura le anunciaba infortunios terribles, los cuales no se referían exclusivamente a los demás, ni
al General herido, sino a todos: a la Causa, al país, a él mismo, al pobre capellán que se creía
responsable, sin saber por qué, de las catástrofes que al mundo amenazaban. A su tristeza se
mezclaba el terror, una ansiedad semejante a la que le acometió en el campo de Arquijas.
Obedeciendo a un instintivo impulso, reconocía los rostros de todas las mujeres que salían al
camino. Las había feas, las había hermosas, algunas de atlética estatura, como la Ignacia de Elosua;
otras contrahechas y desmedradas. Pero todas eran quienes eran quienes eran, y nada más. Al propio
tiempo que estas extrañas cosas sentía, no podía pensar que fuese leve la herida del General, como
todos aseguraban. Teníala por gravísima, mortal, y cuando Zumalacárregui, en la parada de
Zornoza, le llamó a su lado y, ofreciéndole un cigarrillo, le dirigió palabras afectuosas, le miraba
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como a un muerto que hablase... La idea de que el General sería pronto cadáver, si ya no lo era, se
aferraba a su mente, sin que ninguna consideración pudiera desecharla.
―¿Y cómo se encuentra vuecencia? ―le preguntó, intentando poner en su rostro una
confianza que no tenía.
―Así, así... ―le contestó Zumalacárregui no más triste que antes de la desgracia―. Los
dolores de la pierna se me han calmado con la untura que me puso este señor médico que me
acompaña. Más me molesta mi enfermedad que la herida, y creo que, aun sin este accidente, habría
tenido que dejar el mando para atender a mi salud.
―La salud es lo primero ―dijo Fago―, y que busque la Causa otros Generales. En el grado
de robustez en que, por obra y gracia de vuecencia, está la Causa, ya puede andar sola... Vengan
otras cabezas, y Dios dispondrá lo que nos convenga a todos».
Tirando con fuerza la colilla, Zumalacárregui dio orden de seguir. Y a los pocos pasos entabló
Fago conversación con fray Cirilo de Pamplona, hombre muy apersonado, como de cuarenta años,
que no gastaba hábito, sino la usual vestimenta de los capellanes. Era pariente de la esposa del
General, y sobre éste tenía gran ascendiente. Hallábase con Eraso en Bolueta cuando tuvo noticia
del suceso, y acudió al instante, determinando acompañarle hasta el propio Cegama. Charlando con
el aragonés, mostrose confiado en la pronta curación del General, sobre todo si éste seguía el
consejo que le había dado, y era llamar sin pérdida de tiempo a un curandero del país, nombrado
Petriquillo, hombre muy práctico en sanar heridas y en entablillar miembros rotos. El tal vivía en
Hermúa, y ya se le había mandado un emisario para que saliese al camino, al paso del enfermo. Más
confianza que en los médicos tenía fray Cirilo en aquel practicón sin estudios que de continuo
realizaba curas maravillosas, empleando los ungüentos y pócimas que, con yerbas de su
conocimiento, él mismo confeccionaba. A todo asintió Fago, por urbanidad, pues creía firmemente
que los enfermos se pierden o se salvan por sentencia superior, sin que pueda la ciencia humana
precipitar ni atajar la muerte.
Llegaron de noche a Durango, y no bien paró el convoy en el palacio de los Emparanes, llegó
un mensajero del Rey, diciendo fuese el médico Sr. González Grediaga a informar a Su Majestad
del estado del herido. La visita del Soberano se fijó para la siguiente mañana, a fin de que el
General descansase toda la noche. Acudieron no pocos personajes de la Corte trashumante a visitar
a D. Tomás; pero éste no quiso recibir a nadie. En los arcos de Santa María y en el paseo de la
Olmeda hubo hasta hora muy avanzada de la noche corrillos, donde se comentaba con ansiedad el
triste accidente. Los más lo creían adverso, algunos favorable, y no faltó persona bien informada
que aseguró no mandaría el General Eraso las Reales tropas por mucho tiempo, pues ya era seguro
que sería nombrado González Moreno, de quien se esperaba la toma de Bilbao en un abrir y cerrar
de ojos.
Tan a disgusto se encontraba Fago en la llamada Corte, y tan malas tripas le hacía el
encuentro probable con D. Fructuoso, que se fue a dormir a Abadiano, para incorporarse a la
mañana siguiente al convoy, que por aquel pueblo tenía que pasar. D. Carlos visitó a su General
muy temprano. Cuentan que le reconvino cariñosamente por exponer al peligro vida tan preciosa. Y
el herido contestó:
―Señor, sin exponerse, nada se adelanta... Bastante he vivido ya... En esta guerra tan desigual
y destructora, por necesidad hemos de morir cuantos la hemos comenzado.
Sin penetrarse bien de la profunda tristeza de estas palabras, ni del sentido pesimista que
contenían respecto al curso futuro de la guerra, D. Carlos quitó a la herida de su General toda
importancia. Los médicos González Grediaga y Gelos le habían asegurado que dentro de quince
días podría volver a campaña. Movió la cabeza en señal de duda Zumalacárregui, y no quiso
contradecir los felices augurios de su Señor y Rey. Éste le incitó a quedarse en Durango, donde le
asistirían los facultativos de la Casa Real, y se le prodigarían exquisitos cuidados. Pero el herido se
defendió con tenacidad de la obsequiosa protección de Carlos V, insistiendo en que le llevaran al
retiro y quietud de Cegama. Fácil es al historiador penetrar en la mente del héroe, y ver en ella su
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repugnancia de la Corte, y su aborrecimiento de los intrigantes que en ella bullían. Despidiéronse


sin que mediara ninguna observación acerca del sitio de Bilbao, ni de las dificultades que ofrecía la
desdichada operación impuesta por los conspicuos del Cuartel Real. Ya no volverían a verse más en
este mundo D. Carlos y Zumalacárregui, representación viva del absolutismo el uno, representación
el otro de la formidable fuerza nacional que lo amaba y lo defendía. La idea y el brazo se separaban
para siempre. En su respetuosa despedida, el gran caudillo parecía decir: «Ahí queda eso, Señor. El
que tanto ha hecho por Vuestra Majestad, no puede hacer más».
Y no bien salió D. Carlos del alojamiento, se dieron órdenes para continuar el transporte de la
camilla. Contento iba el General al partir de Durango, y al perder de vista las enfatuadas figuras de
los cortesanos que acudieron a despedirle. Su amigo Mendigaña, pagador del ejército, le había dado
treinta onzas a cuenta de las pagas atrasadas, y con ellas obsequió espléndidamente durante el
camino a los granaderos que le conducían. Anhelaba llegar pronto a Cegama, donde le esperaban
deudos y amigos cariñosos; perder de vista el ejército; descansar de la continua brega; olvidar sus
propios esfuerzos físicos y espirituales, y la ingratitud, irrisorio galardón de tanta inteligencia y
desinterés.
Impaciente, daba órdenes para que los granaderos se remudaran, a fin de acelerar el viaje, que
era penoso a causa del calor y la distancia. Fumaba cigarrillos uno tras otro; en las cortas paradas
hablaba con Capapé, su fiel amigo; con fray Cirilo; con los médicos, que le renovaban el emplasto
para atenuar sus dolores, y con el curandero Petriquillo, que le auguraba sanarle en cuatro días por
procedimientos de él solo conocidos. Agregándose al convoy en Abadiano, Fago marchó a
retaguardia con la gente menuda, alejado de la camilla por virtud de una timidez aplanante,
tristísima. No gustaba de ver de cerca al héroe. El sentimiento de emulación que llenaba su alma en
los primeros días de conocerle y tratarle, trocábase ya en suprema piedad, y en adoración de las
virtudes y méritos grandes del caudillo, méritos y virtudes que comprendía como nadie; y si antes
tuvo la pretensión de penetrar en su mente, adivinándole las ideas militares o anticipándose a ellas,
ahora creía también en la transfusión de su espíritu en el de Zumalacárregui, y viviendo dentro de él
se recreaba en la placidez de una conciencia limpia, en la entereza de un morir cristiano, sereno, con
la satisfacción de haber desempeñado un papel histórico agradable a Dios, y de resignar su poderío
terrestre en medio de la paz religiosa y de los consuelos de la fe.
Meditaba en esto el buen capellán, siguiendo al convoy, y se decía: «Morirá, morirá, sin duda.
Es ley que tiene que cumplirse. Este endiablado Petriquillo paréceme instrumento de la fatalidad...
Y yo me pregunto: ¿Qué pasaría si este hombre extraordinario no se muriera? Si yo me engañara y
D. Tomás curase, ¿qué resultaría del quebrantamiento de la lógica histórica? Porque su morir es
lógico, es bello además, inmensamente humano y divino, consorcio de lo divino con lo humano. Si
el General viviera, veríamos una falta de armonía en las cosas... No, no: debe morir, morirá. Allá se
las compongan la ciencia y el charlatanismo para llegar a este resultado preciso... Yo no dudo, no
puedo dudarlo. Dios me ha enseñado a conocer las oportunidades de la Historia, y cuándo es bueno
que ocurra lo malo».

XXXII

Penoso fue para el herido el largo trayecto de Durango a Cegama, por Elgueta, Vergara y
Zumárraga, en día caluroso y seco. Remudándose con frecuencia los granaderos que transportaban
la camilla, pudieron llegar al término del viaje ya entrada la noche. Si triste fue todo el camino, el
paso por el valle del Oria, desde Segura para arriba, en la obscuridad, llevó a su mayor grado la
tristeza de aquella que parecía procesión del Santo Entierro. Delante iban soldados con hachas de
viento, alumbrando el camino. Nadie hablaba; el cansancio sellaba todas las bocas. Música de la
fúnebre comitiva era el murmullo del río, que en aquella parte alta del valle donde nace, más bien es
torrente. Venía bastante crecido, y sus saltos y cascadas espumosas resonaban con mugido profundo
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en el silencio de la noche. De Cegama bajaron hasta Segura, al encuentro del convoy, personas de la
familia, el cura, muchos vecinos del pueblo, precedidos de faroles. Las movibles luces tan pronto
iluminaban a las personas como las dejaban en tinieblas. En la sombra no eran los rostros más
tristes que en la claridad, pues nadie sonreía.
Entró por fin el convoy en el pueblo, atravesando la calle que conduce a la plaza de la iglesia,
y deteniéndose frente a ésta, en una calle pendiente y corta que parte de la esquina de la Casa
Consistorial. Al extremo de dicha calle, que más bien es irregular plazuela, se alzaba la vivienda de
la familia de Zumalacárregui, donde el General quería encontrar el reposo de su espíritu, el alivio de
sus dolencias crónicas, y la curación de su herida. ¿Qué menos podía ambicionar quien tanto había
hecho con notoria generosidad y desinterés? Pero no es cosa segura que los triunfos militares y
políticos sean recompensados por Dios con los bienes terrenos, el mayor de los cuales es la salud.
Por esto, el General, que también era un gran filósofo cristiano, no contaba con ninguna
recompensa, y esperaba que cumpliera Dios su voluntad como quisiese.
A poco de entrar en la casa la camilla fueron alojados los granaderos en el Ayuntamiento; los
vecinos se metieron en sus hogares, y todo quedó en silencio y en sombría soledad. A Fago le
brindaron aposento y cena los granaderos. Durmió toda la noche, y muy de mañana salió a
reconocer el pueblo, empezando por la parroquial iglesia de San Martín, hermosa y grande como
todas las de Guipúzcoa, pero de escaso interés artístico. Encajonado entre montes altísimos, al pie
de la sierra que divide las aguas de Navarra de las del país vasco, el pueblo carece de horizontes.
Fago lo vio encapuchado en nieblas; la humedad se mascaba; el frío penetraba los huesos. Entre
Bilbao y Cegama, la diferencia de altitud determinaba temperaturas muy diferentes. Venían del
riguroso verano a un otoño lacrimoso y desapacible.
Cuando el sol empezaba a calentar el suelo, disipando la neblina, el capellán, que ya había
recorrido las cortas calles y callejas de Cegama, fue a casa del General para enterarse de cómo había
pasado la noche. Desde la plaza de la iglesia, salvando un puentecillo sobre espumoso torrente que
iba a aumentar las aguas del Oria, llegó a una elevada plazoleta, en la cual vio un caserón con
ángulos de sillería almohadillada y ventanales de piedra, el cual bien podía pasar por palacio,
conforme al tipo de construcciones de Guipúzcoa. En la puerta había guardia de granaderos;
algunas personas del pueblo, gozosas, decían que el General había pasado buena noche, y que
estaba tranquilo y contento. Anhelando más concretas noticias, entró Fago en el portal, cuadra
enorme, empedrada, con unas grandes pesas colgantes en el testero de la izquierda. Allí había más
gente, sentada en bancos o en troncos de castaño; caras conocidas: el Sr. Capapé, el ayudante
Vargas, herido, que se unió al convoy en Segura, y andaba con muletas; caras desconocidas: el
alcalde del pueblo y vecinos pudientes, algunos con sombrero de copa forrado de hule.
Del grandísimo portal partía la escalera, de piedra el primer tramo, lo demás de nogal
venerable, casi negro ya, los peldaños desnivelados y lustrosos, crujientes bajo los pies de los que
subían y bajaban. No atreviéndose Fago a subir, se contentó con preguntar a todos los que conocía.
Las buenas noticias se confirmaban. Era cosa de pocos días, y antes de quince podía el General
volver a montar a caballo. Fray Cirilo de Pamplona y el curandero Petriquillo, hombre menudo,
inquieto, hablador, con la cabeza tan calva y negruzca que parecía una calabaza de peregrino, eran
los más optimistas. En las caras de los médicos Boluqui y Gelos, a quienes vio bajar poco antes de
mediodía, observó el capellán mayor reserva e inquietud. Y nada más digno de contarse le ocurrió
aquel día, como no sea que hizo amistad con el cura, el cual le enseñó toda la iglesia, la sacristía,
vasos y ornamentos, y las habitaciones altas, de donde se dominaba la villa y sus arrabales.
Pasaron días, y la vida del aragonés compartíase entre un largo plantón en el portal de la casa
de Zumalacárregui, por saber noticias, y un vago pasear por el pueblo. Al aproximarse a la
residencia del General, solía detenerse en el puentecillo que salva el afluente del Oria, un riachuelo
torrencial, que al pie de los muros de la cercana huerta se remansa, y sirve de lavadero a todas las
mujeres de aquel barrio. Apoyando los codos en el pretil del puente, se pasaba allí el hombre largos
ratos, viendo a las mujeres con media pierna dentro del agua, golpeando la ropa, y charlando en su
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jerga vascuence, de la cual no entendía una palabra.


A los tres días de esta vida se sintió enfermo, con mal semejante al que había tenido en
Aranarache. Era reproducción de la fiebre nerviosa, un acceso leve quizás, y para reponerse admitió
la hospitalidad con que le brindó el sacristán de San Martín. En casa de éste le dieron una regular
estancia, y cama muy buena, donde pasó tres días, curándose sólo con agua azucarada y algún
caldo. Cuando le pareció que podía darse de alta, echose a la calle; pero apenas se podía mover, y
agarrándose a las paredes fue a informarse de cómo iba la herida del General. Dijéronle que las
opiniones de la Facultad estaban divididas. Quién creía que la herida se enconaba, y que el enfermo
estaba peor de su mal crónico; quién que la inflamación de la pierna sería pasajera, y que se
resolvería favorablemente en cuanto extrajeran la bala. En esto, díjole Capapé que, habiendo dado
cuenta al General de que el capellán Fago permanecía en Cegama, había manifestado deseos de
verle, y no necesitó más el buen aragonés para pedir que le proporcionaran la dicha de ofrecer sus
respetos al héroe y mártir. Aún tuvo que aguardar un ratito, que un siglo le pareció.
Salieron varias personas, entre ellas el cura; poco después el mismo Capapé le invitó a subir.
En lo alto de la escalera recibiole una señora menudita y ligera que andaba por aquellos pavimentos
lustrosos sin que se le sintieran los pasos. Era la hermana del General; sonrió al verle; le hizo pasar
a una sala muy limpia y ordenada; esperó el capellán un rato, en compañía de un niño de unos doce
años, sobrino de D. Tomás, y una niña de menos edad, con quienes habló, observando en sus rostros
agraciados el aire de familia. Luego la misma señora de los pasos ligeros le llevó, por un corredor
que rodeaba la escalera, a una habitación de mediano tamaño, con ventana a la huerta y al torrente
donde lavaban las mujeres. En el ángulo interno de dicho aposento estaba la cama, y en ella el
General, sentado, descansando el busto y cabeza sobre un rimero de almohadas. Afectó
penosamente a Fago la demacración de su rostro, la lividez de las ojeras, el afilamiento de la nariz.
No obstante, en medio de sus torturas, el General se había hecho afeitar; bajo la amarilla piel se le
marcaba el afilado hueso maxilar, como cuchillo envuelto en una funda. A los pies de la cama había
un arcón de nogal, mueble muy común en las casas de aldea. Tenía el enfermo a su derecha la
pared, a su izquierda, una mesilla sobre la cual colgaban, junto a una pilita de plata repujada,
algunas imágenes sujetas al clavo con lazos de seda. Sobre la cabecera de la cama, casi tocando con
los pies la cabeza de Zumalacárregui, había un crucifijo, y enfrente, entre la ventana y el ángulo
externo, un Niño Jesús, de tamaño poco menos del natural, sobre un altarito, y bajo dosel de raso
violeta bordado con lentejuelas de plata. Lo demás de la pieza era insignificante.
Sentose Fago en el arcón, a los pies de la cama, y tanta timidez y cortedad sentía, que apenas
osó decir al General cosa alguna, fuera de las palabras elementales referentes a la salud, mejor
dicho, a la enfermedad. Se sentía sobrecogido por la solemnidad misteriosa de la estancia, que le
parecía santuario, y el enfermo un ser de algún reino inmediato a los cielos, ya que no de los cielos
mismos. Ni podía acostumbrarse a ver en él al guerrero... No era, no, el bravo caudillo que discurría
las admirables suertes estratégicas: era un santo consumido en la devoción y en las penitencias. Su
palabra, ya cavernosa, llegaba a los oídos de Fago con un son remoto, como ahilado por la
distancia.
―Los médicos ―dijo― me aseguran que voy bien. Pero yo no acabo de creerles, amigo
Fago. Y usted, ¿qué tal se encuentra? Me han dicho que ha estado usted malucho. Quizás no le
siente este clima. A mí me gusta. Detesto el calor; me he criado en la humedad y en el frío de los
montes de Guipúzcoa, y prefiero esta tierra, no sólo para vivir, sino para morirme.
―Yo también ―afirmó el capellán Fago con arranque espontáneo―. Crea vuecencia que me
gustaría morirme aquí mejor que en otra parte...
―¡Hombre, qué quiere usted que le diga! Murámonos donde Dios lo disponga. Lo mismo da.
―En los tiempos que corren ―dijo Fago contagiado de la intensísima melancolía del
General―, tiempos de guerra y matanzas, en que vemos despreciada la vida de los hombres, nos
morimos aquí o allá como si nos bebiéramos un vaso de agua... y nos quedamos tan frescos.
―Dice usted bien: la guerra es una gran escuela de resignación. Pero tal como la hemos
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hecho nosotros, y como la harán los que me sucedan a mí, no hay naturaleza que la resista. El que
no muera de una bala, morirá de cansancio, o de los disgustos que se ocasionan...
―La guerra, digo yo, deben hacerla en primera línea aquellos a quienes directamente
interesa... Verdad que si tuvieran que hacerla ellos, quizás no habría guerras, y los pueblos no se
enterarían de que existen estas o las otras causas por las cuales es preciso morir».
Al oír esto, Zumalacárregui permaneció un instante silencioso mirando al techo.
―Pienso yo, mi General, que nos afanamos más de la cuenta por las que llaman causas, y que
entre éstas, aun las que parecen más contradictorias, no hay diferencias tan grandes como grandes
son y profundos los ríos de sangre que las separan...».
Tampoco a esto contestó nada el General. Dio un cigarro a su amigo; encendieron ambos en
una estufilla colocada en la mesa próxima a la cama, y al poco rato el herido reanudó la
conversación, desviándola del terreno resbaladizo a que Fago quería llevarla.
―Yo le alabo a usted, señor capellán, el gusto de preferir la religión a la guerra. Al saber que
tomaba asco a las cosas militares, me confirmé en la buena opinión que de usted tenía. Siempre me
pareció usted un hombre de superior entendimiento, apto para todo.
―Vuecencia me favorece demasiado. No soy apto para nada.
―Me gusta la modestia, pero no tanta... Digo que ha hecho bien en volver a su vocación
antigua, que es la verdadera. Y aunque usted posee dotes militares, bien lo he conocido, ha hecho
bien en quitarse de esos afanes y de esos peligros, casi siempre mal recompensados. Vuélvase a su
estado religioso, que allí encontrará el premio. Los méritos de guerra, por grandes que sean, no
tienen recompensa ni aquí... ni allá.
―Lo mismo creo, mi General... Y aquí me tiene usted sin vocación ninguna, pues todas las he
perdido, y con toda verdad le digo que no sé adónde han ido a parar. No tengo más que un deseo: el
descanso. Y vuecencia me dirá: «¿Cómo puede estar cansado quien nada ha hecho?» Respondo que
se cansa uno del tráfago del pensamiento tanto como de las acciones repetidas, obra del cuerpo y la
voluntad. Se cansa uno de pensar lo que no hace, como se cansa de hacer las cosas pensadas por sí
mismo o por otros. Yo soy hombre concluido. En cortos años, mi vida ha sido muy larga.
―No esté usted tan descontento de sí mismo ―le dijo D. Tomás revolviéndose con trabajo en
su lecho―. Serénese, y la vida le abrirá nuevos horizontes. Es usted joven: la religión le dará los
alientos que hoy no tiene.
Creyó notar Fago que el General sentía vivos dolores, y que los disimulaba por atender a la
visita. Se levantó para retirarse.
―Mi General ―le dijo―, vuecencia necesita descansar, y estoy molestándole.
―Hombre, no... No tenga usted prisa... Estos malditos dolores no me dejan, no me dejan...
¡Qué le hemos de hacer!... Sufriremos todo lo que podamos. Ahora dicen esos señores que será
preciso extraerme la bala, y que cuando la saquen me pondré bien. Allá veremos. Les he dicho que
corten y rajen cuando quieran...
―Mi General ―añadió Fago, viendo entrar a la señora de los pasos ligeros―, estoy
molestando a vuecencia... Me retiro... Quiera Dios darle el alivio que merece.
―Bueno, amigo Fago: si desea marcharse, no le retengo más. Usted... me parece... también
debe cuidarse.
―¡Mi vida es tan poco útil!... No digo naciones ni partidos; pero ni aun familia, ni persona
alguna dependen de mí.
―¿Es usted solo?
―Tan solo, que no teniendo más que a mí mismo, paréceme que tengo mucho.
―Hay que cuidarse... conservar la vida todo lo que se pueda... Adiós, amigo Fago.
―Mi General, adiós.
―Y ya charlaremos otro poco... sabe Dios dónde y cuándo... Adiós.
―Adiós.
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XXXIII

Salió de la triste estancia el capellán con tan grande angustia en el alma, que no se fijó en
ninguna de las personas que al paso, en la escalera y portal, iba encontrando. Muchos le
preguntaban: «¿Cómo está el General?» Y él respondía maquinalmente: «Bien... está muy bien».
Por todo el camino hasta su casa, que era la del sacristán, fue diciendo lo mismo: bien... está bien,
aunque nadie se lo preguntara; y al llegar al cuarto en que dormía, se arrojó sobre el lecho boca
abajo, y estuvo llorando toda la tarde. Por la noche le entró fiebre, temblores convulsivos, y una
ansiedad que se expresaba en su mente con la idea o imagen de ver ante sí un grande, negro,
insondable abismo que le atraía. Nada dijo a su generoso huésped, ni se quejó de mal alguno. No
quería más que estar solo... Por alimento no apetecía más que agua y mendrugos de pan.
Zumalacárregui pasó la noche con horribles sufrimientos, fiebre y delirio. Soñaba con Bilbao;
todo su afán era que el General Eraso no cumpliera fielmente lo estipulado con los comandantes de
los barcos extranjeros, acerca de las condiciones en que se verificaría el bloqueo por la parte de la
ría. Sobre esto versaba su desvarío, demostrando la gravedad que en su conciencia tenía aquel
asunto de carácter internacional.
Los cuatro ayudantes, el fraile, el cura, Capapé, Vargas, la familia y amigos, estuvieron en la
sala hasta más de media noche, en ansiosa expectativa. Petriquillo ya no parecía por allí; los
médicos acordaron extraer la bala a la mañana siguiente muy temprano. ¡Lástima no haberlo hecho
en cuanto el herido llegó a Cegama! La fatalidad inspiró a Zumalacárregui y a su pariente una ciega
confianza en el curandero. Los físicos le echaban la culpa a él, y él a los físicos. A todos sin duda
alcanzaba la responsabilidad de la agravación del enfermo en la noche del 23 al 24 de Junio.
No bien amaneció el día de San Juan, los señores Grediaga y Gelos extrajeron la bala,
haciendo gran carnicería en la pierna del héroe. Terminada la cruel operación con relativa felicidad,
creyose conjurado el peligro, y el contento llenó la casa, y prontamente cundió por todo el pueblo.
Puesta la bala en una bandeja, la fueron mostrando de casa en casa. Fray Cirilo propuso enviarla a
D. Carlos, como presente histórico que Su Majestad tendría en gran aprecio. Pero, ¡ay!, estas
alegrías duraron poco. No eran las ocho cuando el héroe fue atacado de un temblor convulsivo.
Acudieron los médicos, la familia. Con medias palabras, pues enteras difícilmente podía
pronunciarlas, D. Tomás, conservando su entereza moral, les dijo que se moría, y ordenó se hiciese
pronto, pronto, lo conveniente al caso (fórmula militar).
Lo primero fue la asistencia religiosa. El Párroco recibió la breve confesión, y sin pérdida de
tiempo entró el escribano, que consternado y lloroso, como todos los demás, se limitó a preguntar al
moribundo:
―Señor D. Tomás, ¿qué deja usted, y cuál es su última voluntad?
Con la apagada voz que le quedaba, respondió el General:
―Dejo mi mujer y tres hijos, únicos bienes que poseo. Nada más tengo que poder dejar.
En tan aflictivas circunstancias, pudieron apreciar los que tal frase oyeron la soberana
modestia del héroe, mas no el profundo humorismo con que había expresado su pensamiento. Daba
prisa él mismo, sintiendo que se le concluía la vida, y con la resolución que empleaba para ordenar
los movimientos de una batalla, mandó que le llevasen el Viático. Los médicos opinaron que se le
debía obedecer inmediatamente.
Púsose en movimiento el clero de la parroquia. Pueblo y granaderos acudieron en masa. Fue
solemne y patético el acto. Crujían las viejas tablas de la escalera y de las habitaciones altas al peso
de las muchas personas que subieron: señores y aldeanos, curas y militares. Cuando el General
recibió a Dios, diríase que la impaciente vida se le mantenía suspensa, en espera de un acto que las
creencias del moribundo hacían inexcusable. No bien terminó el sacerdote las preces, acabó de
apagarse el conocimiento del General. Su hermano político, juntando cara con cara, le llamó. En
sílabas ininteligibles articularon los labios del moribundo la respuesta que, por venir de tan lejos, ya
no podía ser entendida. Capapé, llorando como un niño, le besaba las manos. El fraile y la señora de
ZUMALACÁRREGUI 101

los pasos ligeros rezaban y lloraban de rodillas. A las diez y media dejó de existir el grande hombre.
Alma y brazo de la Monarquía absoluta, la Causa que por él y con él vivió, con él moría. Aunque el
ideal carlista no haya adquirido el santo reposo, enterrado fue con los huesos de Zumalacárregui
bajo las losas de la iglesia parroquial de Cegama... Es que algunos muertos descansan, y otros no.
Honda consternación, duelo inmenso produjo en la humilde villa el doloroso acontecimiento,
cuyo alcance político y social comprendían pocos, quizás ninguno, en el pacífico vecindario. Veían
desaparecer al más afortunado caudillo de la Causa; pero no dudaban que ésta, con la ayuda de
Dios, encontraría herederos de las aptitudes militares del grande hombre. Otros lloraban al amigo, al
jefe queridísimo, que terminaba su vida de increíbles proezas, de trabajos hercúleos, con la dulce
tranquilidad de un santo. Caudillo de un poderoso ejército, apóstol de una causa formidable, moría
en absoluta pobreza, y hasta le faltaba ropa militar con que pudieran amortajarle conforme a su
categoría. De lo que a cuenta de sus pagas le dio Mendigaña al salir de Bilbao, poco se encontró en
sus bolsillos: casi todo lo había empleado en gratificar y obsequiar a los granaderos que le
transportaron en hombros desde la plaza en mal hora sitiada.
Fueron panegiristas del insigne muerto en aquel triste día de San Juan, todos los que en vida
le habían amado: los cuatro ayudantes, el fraile Cirilo, Capapé, la hermana, el cuñado y sobrinos. El
único de los buenos amigos que nada dijo ni pudo decir fue el buen capellán aragonés José Fago.
Todas sus ideas y apreciaciones sobre la vida y muerte del insigne pastor de tropas se las reservaba
para mejor ocasión. ¿Qué le había ocurrido? Pues nada. Al mediodía del mismo aciago 24, el
sacristán, extrañando no verle, entró en el cuarto donde dormía, y le encontró inmóvil sobre la
cama, boca abajo. Por más que le llamaba, añadiendo a la palabra tirones de orejas y estrujones en
los brazos, el capellán no daba acuerdo de sí. ¿Qué había de dar si estaba muerto?...
Más muerto que su abuelo. Corrió el sacristán a contar al cura la inopinada desgracia, y
ambos la comentaron con grande sorpresa y aspavientos de aflicción.
Sentía el cura de todas veras que el capellán hubiese muerto sin los auxilios espirituales; mas
no teniendo remedio el caso, no había que pensar más en ello, y lo único procedente era enterrarle y
encomendar a Dios su alma. «Dios sabrá lo que le conviene», dijo el cura; y el sacristán: «Sr. D.
Florencio, la muerte de este hombre es cosa de grande confusión. No sabemos qué enfermedad
padecía, aunque para mí era un mal de la cabeza. No regía bien de las entendederas. Decía cosas
muy raras, y peores eran las que se callaba. Anoche, cuando se acostó, fui a verle: «¿Qué se le
ofrece, señor?» Y me contestó: «Un vasito de agua». Luego no decía más que «nos morimos, nos
morimos», y dale con que nos morimos.
―Puesto que tu huésped enfermo ―le dijo el cura―, tan a poca costa te ha salido por
alimento y botica, encomiéndale a Dios fervorosamente: si fue bueno, porque fue bueno; si fue
malo, porque fue malo. Con nuestras oraciones y nuestros sufragios cumplimos, y a Dios toca darle
su merecido.
Oídas estas graves razones, ya no pensó el sacristán más que en enterrar a su difunto, y ello se
hizo el 25 por la mañana, poco antes del entierro y funerales de Zumalacárregui. A éste le vistieron
de frac, por no tener uniforme de General. Asistió todo el pueblo con profunda desolación.
Cuando le sacaron de la casa para llevarle a la iglesia en hombros de los fieles granaderos, se
produjo en la multitud un silencio grave. No se oía ni el bullicio de los pájaros en los árboles de la
huerta próxima y en las márgenes del torrente. Casi todas las mujeres que lavaban, los pies en el río,
suspendieron su tarea. Unas rezaban, otras seguían con curiosa mirada el tristísimo cortejo. Digo
casi todas, porque una de ellas, la más joven quizás, alta, morena, ojerosa, se mostró insensible al
duelo general, y mirando al agua enturbiada por el jabón, dijo con cruel entereza:
―Bien muerto está... Mandó fusilar a mi padre.

Madrid, abril-mayo de 1898.


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MENDIZÁBAL

Al anochecer de aquel día, el no sé cuántos de Septiembre del año 35 (siglo XIX), llegó
puntual al parador de no sé qué, calle de Alcalá, entre la Academia y las Monjas Vallecas, la
diligencia, galerón o quebrantahuesos ordinario de Zaragoza, que traía los viajeros de Francia por la
vía de Olorón y Canfranc, único portillo que dejaban libre en aquellos tristes días los porteros del
Pirineo, vulgo facciosos.
No bien pararon las ruedas del polvoriento armatoste, fue cercado de gentes diversas: por una
parte, familia o amigos de los pasajeros; por otra, intrusos, ganchos o buscones enviados por fondas
y posadas. Con este contingente y los viajeros que iban bajando perezosos, según les permitían sus
remos entumecidos, se formó al instante un apelmazado y bullicioso grupo. Produjéronse rumores
diferentes: aquí salutaciones cariñosas; allí el restallido del besuqueo y los palmetazos del
abrazarse; acullá ofertas importunas de pupilajes cómodos y baratos. Entre tantos viajeros, sólo uno
no tenía quien le esperase: nadie se cuidaba de él ni le decía por ahí te pudras, como no fueran los
moscones de las casas de huéspedes. Era el tal un joven de facciones finas y aristocráticas, ojos
garzos, bigotillo nuevo, melena rizosa y negra, que sería bonita cuando en ella entrara el peine y se
limpiara del polvo del camino. Su talle sería sin duda airoso cuando cambiara el anticuado y sucio
vestidito de mahón por otro limpio, de mejor corte. En lo más claro del grupo quedose como
atontado palomino, contemplando el bullanguero tropel de gente descuidada y ociosa que por la
calle a tales horas discurría. ¡Pobrecillo! Solo y sin maestro ni amigo a quien arrimarse, se lanzaba
en aquel confuso laberinto; sin duda entraba gozoso y valiente, con la generosa ansiedad del
mozuelo de veinte años a quien ha quitado el sueño y las ganas de comer, en las aburridas soledades
de la aldea, la visión de la Corte y de sus placeres y grandezas, tal y como las aprecian desde lejos
los que empiezan a vivir, los que se hallan en pleno retoñar de ideas tempranas, producto fresco de
las primeras lecturas, de las primeras pasiones, de la ambición primera, que tanto se parece a la
tontería.
Embobado, como digo, estaba el hombre, contemplando el ir y venir de vagos bien vestidos,
cuando le hizo volver en sí una voz bronca y desapacible que en el corro gritaba:
―¡D. Fernando Calpena! ¿Quién es Don Fernando Calpena?
―No vocee usted tanto, que soy yo ―dijo el mancebo, un tanto asustadico―. ¿Qué se le
ofrece?
―Véngase conmigo, señor ―replicó el otro, como sin ganas de entrar en explicaciones―.
Tengo el encargo de llevar a usted a una casa de huéspedes.
―¿Encargo?, ¿de quién?... ¿Se puede saber?
―Del Sr. D. Manuel, el segundo jefe de la Superintendencia.
―¿D. Manuel?... A fe que no le conozco.
Recordando haber oído ponderar lo que abundan en Madrid los ladrones, pícaros y toda la
caterva de gente perdida y maleante, tuvo Fernandito algo de miedo, y miró con recelo al que
parecía, si no protector, mensajero de desconocidas influencias tutelares; y en verdad que el pelaje,
la carátula y el vocerrón de aquel sujeto no eran para infundir tranquilidad. El desconocido
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distinguiríase entre mil por la pátina de su cara sudosa, afeitada de ocho días; por los ojos ribeteados
de bermellón; por la boca desmedida y los labios con hemorroides; por los ojos de carnero
moribundo; por la ropa, que habría sido decente en otro cuerpo y en remotas edades; por el
sombrero de copa, que su oficio le obligaba a usar, y era de catorce modas atrasado. Rasgo final:
usaba bastón de nudos con gruesa cachiporra.
―¿Y el equipaje del señor?...
―Ya lo han bajado... Vea usted aquel baúl largo, forrado de cabra... así, con poco pelo... No
podremos llevarlo hasta que no me lo despachen los de la Aduana.
―¡Los de la Aduana! ―exclamó con visible desdén el de la cachiporra―. ¡Pues no faltaría
más sino que abrieran el cofre del señor!... Traigo bula para que den paso franco a todo.
Y al punto se metió por lo más apretado del grupo, repartiendo codazos a un lado y otro;
llegándose al de la Aduana, le dijo no sé qué frasecillas enigmáticas, y no fue preciso más para que
el equipaje del Sr. De Calpena quedase libre y exento de toda impertinencia fiscal. Un momento
después Don Fernando y su acompañante, precedidos de un mozo de cuerda con el baúl a cuestas,
se alejaban del parador calle abajo.
―Estamos a cuatro pasos del domicilio, señor. Esta calle por donde ahora entramos es la
Angosta de Peligros... Aquella de enfrente es Ancha de lo mismo, a saber: de los peligros. Váyase
enterando si, como parece, es esta la primera vez que viene a los Madriles.
―Es la primera vez... Por más que rebusco en mi memoria ―dijo el D. Fernando caviloso y
otra vez inquieto―, no caigo en quién pueda ser ese D. Manuel que ha dado a usted el encargo de
recibirme y alojarme.
―D. Manuel de Azara.
―¿De Azara?... Ese apellido me suena, sí, me suena... pero... vamos, que no le conozco ni le
he visto en mi vida, así Dios me la conserve. Y usted... ¿tendría la bondad de decirme su gracia?
―Mi gracia, como quien dice, mi nombre, es Filiberto Muñoz. Aunque nací en Consuegra,
soy oriundo de Extremadura, y...
―O me equivoco mucho, o es usted de la policía.
―En ella serví durante los tres años; pero en la ominosa década, como decimos por acá,
quedé cesante, y tuve que arrimarme a los teatros y a la compañía de Luna para poder vivir
malamente. El 33, no quería reconocer el Gobierno la tropelía que se había hecho conmigo; pero fui
repuesto, gracias a que me agarré a los faldones de mi paisano D. Manuel José Quintana, de cuyos
padres el mío... mi padre quiero decir... era muy amigo... o más claro, que le castraba los cochinos,
con perdón de usía... Ea, ya entramos en la calle de Caballero de Gracia, donde está su alojamiento.
Por aquí, señor. Es aquella casa donde está el reverbero... dos puertas más allá del quitamanchas. Ya
estamos. El portal es antiguo; pero muy decente, y en él no está permitido hacer aguas, porque en el
principal vive el dueño, que es un señor consejero, pariente del señor subdelegado, ya sabe...
Olózaga.
Subieron al segundo piso y penetraron en la casa, que era de las llamadas de huéspedes,
decentísima, lo mejor del ramo, pues en ella no se entraba más que por recomendación, y rara vez
pasaba de cuatro el número de los favorecidos. Recibioles afablemente el dueño, que ya esperaba al
señor de Calpena, y le llevó derechamente a la habitación que preparada para él tenía. Hallose el
joven en un gabinete muy lindo, en aquellos tiempos casi lujoso, con alcoba estucada, buenos
muebles... Vamos, que creía ser víctima de un error; que le habían tomado por otro; que aquel
hospedaje y el servicio del polizonte y todo lo que le ocurría, no era por él ni para él. Pero mientras
el error durara, juzgaba práctico aprovecharse. Adelante, pues, con la aventura: siguiera el quid pro
quo, que tiempo habría de que el acaso o la realidad lo deshicieran.
Mostrole el patrón todas las partes del aposento, diciéndole:
―Tengo mi casa montada a la inglesa, conforme a los últimos adelantos. Vea usted... cordón
para tirar de la campanilla; lavabo con su cubo, jofaina y demás; alfombrita delante de la cama;
percha con su cortina para resguardar del polvo la ropa... en fin, progreso, finura. Y como punto
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céntrico, no hallará usted nada mejor que esta casa. Aquí está usted cerca de todo. Dos pasos más
arriba, la Red de San Luis, con tanto comercio. En la calle de atrás, la fonda de Genieys; más abajo
el Carmen Descalzo, donde tiene usted misa a todas horas. En la calle de Alcalá, que es a dos pasos,
las Señoras Calatravas, las Señoras Vallecas, la Embajada inglesa... En fin, cerca tenemos también
las Niñas de Leganés... la casa de las Siete chimeneas, que por mi cuenta son ocho, y cuanto bueno
hay en Madrid... Para que nada falte, en esta misma calle tiene usted la casa de baños de Monier,
que es, según dicen, de las mejores de Europa, como que en ella, por seis reales, puede un cristiano
lavarse... de cuerpo entero.
Encantado de su vivienda y de su barrio estaba el buen D. Fernando, y aunque ignoraba de
dónde y de quién le venían tantas dichas, iba muy a gusto en el machito, y no pensaba más que en
arrear en él mientras durase la ganga. Por de pronto, urgía pagar al mozo; y en cuanto al
desconocido que salió a encontrarle, no parecía hombre que desdeñara una gratificación si
delicadamente se le ofrecía. De ambas cosas habló D. Fernando a su hospedero, el cual, con aires de
gran señor, le contestó que todo estaba pagado, y que el Sr. de Calpena no tenía que ocuparse de
nada, como no fuera de pedir por aquella boca cuanto le dictasen su necesidad y sus antojos.
«Pues, señor ―dijo para sí el mancebo, después de dar las gracias―, sin duda estoy soñando,
o me equivoqué de camino y en vez de ir a Madrid, me he metido en Jauja. Porque esto de que le
reciban a uno desconocidos emisarios del diablo o de las mismísimas hadas, y le saquen el equipaje
sin registrar, y le traigan a este lindo aposento, y no cobren nada, y desaparezcan por escotillón
mozos y servidores cuando uno echa mano al bolsillo para darles la propina... esto, vamos, esto que
a mí me pasa, no le ha pasado a ningún nacido en sus primeros pasos por una capital grande o chica.
Aquí hay algo, y vuelvo a temer que, tras de tantas venturas, venga una triste y quizás trágica
sorpresa. Mucho ojo, Fernando, y trata de sondear al patrón, que tal vez posea la clave del acertijo».
―Siento mucho ―dijo en voz alta, sentándose en la butaca y observando a su patrón de los
pies a la cabeza―, que haya usted dejado marchar a ese hombre sin que yo le dé una gratificación
por haberme traído aquí.
―Déjele usted, que ya, ya se la darán, y más de lo que merece.
―¿Pero quién, por Cristo?... ¿Por quién vengo yo aquí? ¿En qué manos estoy?
―En buenas manos, caballero ―afirmó el patrón con sonrisa tan benévola y franca, que el
desconcertado joven no tuvo más remedio que creerle.
―Ese sujeto, ¿es de la policía?
―Sí, señor.
―¿Y por mandato de quién sale a mi encuentro la policía?
―No sé, señor... Yo que usted, francamente, me cuidaría de coger la fruta que me cae entre
las manos, sin meterme en averiguar quién plantó el árbol que la da tan rica.
Calló D. Fernando, sin dejar de mirar a su aposentador como se mira un jeroglífico.
―Ese hombre se llama Muñoz...
―Y por mal nombre Edipo, porque fue, según dicen, del teatro...
―Pues, la verdad, me disgusta que se haya ido sin que yo le dé siquiera las gracias, sin
obtener de él una explicación de este misterio... ¿Quién le mandó?... ¿Cómo sabía mi llegada, mi
nombre?
―Él lo explicará cuando vuelva, señor...
―Al menos, me dirá usted, como dueño de la casa, qué tengo que pagarle por este cuarto
―añadió Calpena impaciente y un tanto nervioso―. Podría ser que el precio fuese superior a mis
recursos, y tuviera yo que buscar alojamiento más arreglado.
―Si por más arreglado entiende más barato, caballero, no lo encontrará ni en los cuernos de
la luna, que el colmo de la baratura es el no pagar nada. Quiero decir que...
―¿Pero quién, Señor?... Esto me vuelve loco... ¿Se ríe usted? O juega conmigo, o aquí hay
gato encerrado.
―¡Encerrado... aquí! Yo le juro al señor que el único que tenemos en casa, y se llama
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Zumalacárregui, es un gato de buena crianza, que no se mete a deshora en las habitaciones de mis
huéspedes.
―Ya que no otra cosa ―indicó D. Fernando, rindiéndose a la bondad marrullera del
patrón―, dígame usted su gracia, y...
―Mi gracia es Mendizábal...
Al oír este nombre se le crisparon los nervios al joven forastero, que se puso en pie,
acercándose al dueño de la casa para verle mejor y examinarle. Era este de espigada estatura,
representando cincuenta años, de rostro agradable, con patillitas, corbatín, el cuerpo enfundado en
un levitón alto de cuello y larguirucho de faldones. Al verle reír, entró más en cuidado Calpena, y se
aumentaron las confusiones que desde su novelesca entrada en la Villa del Oso embargaban su
espíritu.
―Me río porque... verá usted ―dijo el patrón―. No es que yo me llame propiamente
Mendizábal. Mi apellido es Méndez. Pero como el Sr. D. Juan Álvarez y Méndez, el grande hombre
que ha venido de las Inglaterras a meternos en cintura y a salvar al país, se ha variado el nombre,
poniéndose Mendizábal, que tan bien suena, yo...
―Usted, por no ser menos... ya.
―Y digo más: bien podría resultar que D. Juan de Dios Álvarez y un servidor de usted
fuéramos parientes, pues Méndez somos los dos: él hijo de Cádiz, yo, de San Roque, frente a
Gibraltar. ¿Quién me asegura que no seamos ramas del mismo tronco? Porque eso que cuentan de
que el Sr. Álvarez y Méndez no viene de casta de cristianos viejos, es calumnia, señor; cosas que
inventa la maldad del absolutismo para rebajar a los patriotas... En fin, que como mis compañeros
de oficina ven en mí a un partidario furibundo del señor Ministro nuevo, me han puesto el
remoquete de Mendizábal, y así me dejo llamar, y me río... me río...

II

―Según eso, es usted empleado.


―Para todo lo que el señor guste mandarme, me tiene de portero en el Ministerio de
Hacienda. Miliciano nacional de artillería en el glorioso trienio, fui colocado por el señor Feliu.
Quedé cesante el 23. Diez años después me repuso el Sr. D. Francisco Javier de Burgos, que entró
en Fomento el 21 de Octubre del 33. En 7 de Febrero del año siguiente pasé a Hacienda con el Sr.
D. José de Imaz; me conservó en mi puesto el señor Conde de Toreno, que entro el 15 de Junio, y
allí me tiene usted... Pero estoy entreteniendo al señor más de lo regular, sin pensar que se aproxima
la hora de la cena. Antes querrá quitarse el polvo del camino y lavarse cara y manos. Voy por agua,
pues creo que tenemos el jarro vacío... Efectivamente... ¡Y tanto que les encargué...! ¡Cayetana!...
¡Delfina!
Salió presuroso, llamando a su esposa e hija, y a poco se presentaron estas con el agua y
toallas limpias. Era la patrona regordeta y vivaracha, bastante más joven que su marido; mala
dentadura, pecho vacuno, que el corsé levantaba a las alturas de la garganta; el habla gallega, manos
de cocinera. La niña, tímida y rubicunda, habría sido muy bonita si no torciera terriblemente los
ojos. Precedíalas el risueño padre, que, al presentar a la familia, volvió a soltar la vena de su
verbosidad.
El Sr. D. Fernando traería, según él, buen apetito. Pronto se le serviría la cena... Casa más
sosegada no se encontraba en todo Madrid, y como no admitían sino huéspedes recomendados,
nunca tenían más de cinco o seis, y a la sazón, por ser verano, tan sólo dos, sin contar al Sr. D.
Fernando, los cuales eran personas de mucho asiento y formalidad. A la hora de la cena les
conocería el nuevo huésped, y trabaría con uno y otro sujeto relaciones cordiales... Dejáronle al fin
para que se lavase, y despojado de su trajecito de mahón, se ocupó el huésped en sacar del baúl la
única ropita decente que traía, y camisa y corbata, para vestirse con toda la decencia compatible con
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su escaso peculio. Durante las operaciones de lavoteo y vestimenta, no cesaba de pensar en la


ventura inesperada y misteriosa con que entraba en Madrid, y entre otras cosas que habrían revelado
su confusión si las pasara del pensamiento a los labios, se dijo: «Es mucho cuento este. Se empeña
uno en ser clásico, y he aquí que el romanticismo le persigue, le acosa. Desea uno mantenerse en la
regularidad, dentro del círculo de las cosas previstas y ordenadas, y todo se le vuelve sorpresa,
accidentes de poema o novelón a la moda, enredo, arcano, qué será, y manos ocultas de deidades
incógnitas, que yo no creí existiesen más que en ciertos libros de gusto dudoso... Pues, señor,
veamos en qué para esto, y Dios quiera que pare en bien. No las tengo todas conmigo, ni me
resuelvo a entregarme a esta felicidad que me sale al encuentro abriéndome los brazos, pues suelen
los salteadores de caminos disfrazarse de personas decentes y benéficas para sorprender mejor a los
viajeros. Vigilemos, vivamos alerta...».
Cenando migas excelentes con uvas de albillo, peces del Jarama fritos, y chuletas a la
papillote, hizo conocimiento con los dos huéspedes que la suerte le deparaba por compañeros de
vivienda, y en verdad que tal conocimiento fue un nuevo halago de la escondida divinidad que tan
visiblemente le protegía, porque ambos eran agradabilísimos, instruidos, graves y de perfecta
educación. El uno frisaba en los cincuenta años, y en las primeras frases del coloquio se declaró
manchego y patriota. Su locuacidad no molestaba; antes bien, instruía deleitando, porque narraba
los sucesos y exponía las opiniones con singular donaire y una prolijidad pintoresca. Debía de tener
muchas y buenas amistades con personas en aquel tiempo de gran viso, porque al nombrarlas
empleaba casi siempre formas familiares.
Cuando Delfinita le servía las truchas, volviose a ella con viveza, diciéndole: «No me han
enterado ustedes de que hoy estuvo aquí Salustiano dos veces».
―¡Ah!, sí... no me acordaba... ―replicó la niña de la casa―. ¡Y que no se puso poco enojado
la segunda vez, porque usted no estaba!
―¡Si ya le he visto, criatura! Por fin dio conmigo en el Café Nuevo, donde me había citado
mi tocayo Nicomedes para leerme dos artículos de filosofía, una comedia en verso y un proyecto de
Constitución...
―Dispénseme ―dijo Calpena, que pronto empezó a tomar confianza―: ese Salustiano, ¿es
Olózaga?
―El mismo. Le nombran Gobernador de Madrid...
―Subdelegado ―apuntó el otro huésped, de quien se hablará después―, que así se llaman
ahora.
―Tanto monta, amigo Hillo... La denominación que se adoptará como definitiva es la de jefes
políticos. Por de pronto, empleemos la acepción que más fácilmente comprende el pueblo:
gobernadores... Pues pretende Salustiano llevarme de secretario; pero... no en mis días. Mientras yo
no vea clara la situación, mientras no vea un Gabinete decidido a marchar adelante, siempre
adelante, enarbolando resueltamente la bandera del progreso, no me cogen, no me cogen...
Nicomedes piensa lo mismo...
―Oí decir esta tarde en el despacho de los Toros ―indicó tímidamente el segundo
huésped―, que sería secretario ese joven, tocayo de usted, que acaba de citar... Pastor.
―Atrasados están de noticias en el despacho de Toros, mi querido Hillo. Será secretario del
Gobierno de Madrid mi amigo Manolo Bretón.
―¿El poeta... el autor de Marcela? ―preguntó Calpena con vivo interés.
―El mismo. Y añadiré que a mí me lo debe ―afirmó con cierta fatuidad de buen tono el que
llamamos primer huésped, y ahora Don Nicomedes.
Conviene declarar, ante todo, que no es Pastor Díaz. El huésped de la casa de Méndez no ha
pasado a la historia, aunque en verdad lo merecía, por la agudeza de su entendimiento y la variedad
de sus estudios. Menos años contaba entonces el Nicomedes que después adquirió celebridad como
político y publicista: ambos se hallaban ligados por estrecha y cordial amistad. El más joven hizo
carrera literaria y política; el más viejo se fue a la Habana en tiempo del general Tacón, y murió de
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mala manera bajo el mando de Roncali. Apenas ha dejado rastro de sí, como no sea el descubierto
con no poca diligencia por el que esto refiere; rastro apenas visible, apenas perceptible en el campo
de la historia anónima, es decir, de aquella historia que podría y debería escribirse sin personajes,
sin figuras célebres, con los solos elementos del protagonista elemental, que es el macizo y santo
pueblo, la raza, el Fulano colectivo.
Bueno. Diré algo ahora del segundo huésped, clérigo enjuto y amable, que entraba siempre en
el comedor tarareando, y a veces tocando las castañuelas con los dedos, lo que no quiere decir que
fuera un sacerdote casquivano, de estos que no saben llevar con decoro el sagrado hábito que visten.
La jovialidad del bonísimo D. Pedro Hillo, natural de Toro, era enteramente superficial, y a poco
que se le tratara, se le veían las tristezas y el amargo desdén que le andaba por dentro del alma,
como una procesión interminable. Por lo demás, no se ha conocido hombre de costumbres más
puras ni en la clase eclesiástica ni en la civil; hombre que, si no derramaba el bien a manos llenas,
era porque no se lo permitía su mediano pasar, cercano a la pobreza; incapaz de ofender a nadie de
palabra ni de obra; comedido en su trato; puntual en sus obligaciones; religioso de verdad, sin
aspavientos. No tenía más falta, si falta es, que gustar locamente de las funciones de toros. Su
principal ciencia, entre las poquitas que atesoraba, era el entender del arte del toreo y mostrar
profundo conocimiento de sus reglas, de su historia, y poder dar sobre tales materias opiniones que
los devotos del cuerno oían como la palabra divina. Pero dígase en honor de D. Pedro Hillo que,
lejos de la intimidad con otros taurófilos, no alardeaba de su conocimiento, ni usaba nunca los
groseros terminachos que suelen ser lenguaje propio de esta singular afición. Como se disimula un
ridículo vicio, disimulaba el buen curita su autoridad en materia de quiebros, pases y estocadas.
Y para que se vea un ejemplo más de las complejidades del humano espíritu, sépase que a este
saber de cosas triviales unía Don Pedro de otro de más sustancia. Era un apreciable retórico, de la
escuela de Luzán y Hermosilla; había practicado durante más de veinte años el magisterio del arte
de hablar bien en prosa y verso, y orgulloso de estos conocimientos, trataba de lucirlos siempre que
podía.
Se ignora por qué dejó el bueno de Hillo, primero su cátedra del Colegio Mayor de Zamora,
después el cargo de preceptor de los niños del señor Duque de Peñaranda de Bracamonte. Lo que sí
se ha podido averiguar es que en Septiembre de 1836 pretendía una cátedra de la Universidad
Complutense, y que en aquella fecha llevaba año y medio de inútiles pasos y gestiones sin obtener
más que buenas palabras. Eso sí: ni se cansaba de pretender, ni los desaires y aplazamientos
marchitaban sus ilusiones, ni le rendía el fatigoso y tristísimo vuelva usted mañana.
Dígase también, para completar la figura, que D. Pedro profesaba o fingía, en política, un
escepticismo inalterable, rara condición en aquellos tiempos de lucha. Conocimiento y amistad tenía
con personas de una y otra bandera; pero de nada le valían, sin duda por causa de su timidez, o por
la vaguedad de sus opiniones, que tal vez le hacía sospechoso a tirios y troyanos. Los patriotas le
miraban con recelo creyéndole arrimado al carlismo, y la gente templada le tenía por afecto a las
logias. Por esto decía él, empleando la palabra griega que significa moraleja: «Epimicion: quien
navega entre dos aguas, no llega nunca a una cátedra».
El primer huésped, D. Nicomedes Iglesias también pretendía; mas no era fácil traslucir el
objeto de sus desatentadas ambiciones. Cosa extraña: Hillo hablaba poco, y sus propósitos y deseos
se traslucían a las primeras palabras. Por los codos hablaba Iglesias y después de oírle perorar tres
horas con gracia y facundia prodigiosa, nadie sabía lo que pensaba, ni qué planes o enredos se traía.
No disimulaba el radicalismo de sus ideas, el cual no era obstáculo para que cultivase el trato de
casi todas las notabilidades de aquella turbulenta generación, siendo su mayor intimidad con los
exaltados. Toda la tarde estaba fuera de casa, menos cuando daba cita en ella a un par de
compinches, pasándose las horas muertas de conciliábulo a puerta cerrada. Después de cenar se
echaba invariablemente a la calle, y no volvía hasta la madrugada; levantábase a la hora de comer, y
al encontrarse en la mesa con su amigo D. Pedro, bromeaban un rato. El presbítero tenía siempre
algo que decir de las nocturnidades de su compañero; pero sin traspasar nunca los límites de una
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discreta confianza inofensiva: «¿Qué hay por la casa de Tepa?... Anoche, amigo Nicomedes,
debieron ustedes tratar de ir disolviendo juntitas, para que no se enfade D. Juan de Dios Álvarez...
Mucho tuvieron que discutir anoche los del rito escocés, porque entró usted cerca de las cuatro... ¿Y
qué se sabe del ínclito Aviraneta? ¿Le sueltan, o le hacen ministro, o le ahorcan?».
Contestaba el otro a estas pullas inocentes con gracia y mesura, sin soltar prenda, ni clarearse
más de lo que le convenía. Desde la primera cena simpatizó Calpena con sus dos compañeros de
casa, y singularmente con el clérigo Hillo. El agrado que la conversación de este le causaba
aumentó tan rápidamente, que al segundo día eran amigos, y ambos creían que su trato databa de
larga fecha. Verdad que los dos eran clásicos en lo literario, templados o neutrales en lo político, de
pacífico y blando genio, amantes de la regularidad y del vivir manso, sin emociones; semejanza que
un atento observador habría podido apreciar, no obstante las diferencias que la edad marcaba en uno
y otro. Había, sin embargo, momentos en que Calpena se expresaba como un viejo, y D. Pedro
como un muchacho.
El segundo día de hospedaje, desayunándose juntos, hablaron de política, que era en aquel
tiempo la usual, la obligada comidilla, lo mismo al almuerzo que a la cena.
―¿Qué le parece a usted, amigo D. Fernando? ―dijo Hillo―. ¿Nos cumplirá ese Sr.
Mendizábal todo lo que nos ha prometido? Porque ya ve usted si ha venido con ínfulas. Que acabará
la guerra carlista en seis meses, y que para entonces no veremos un faccioso ni buscándolo con
candil. Que pondrá término a la anarquía, cortando el revesino a todas las juntas. Que arreglará la
Hacienda, y pronto rebosarán las arcas del Tesoro. Que hará de la España una nación tan grande y
poderosa como la Inglaterra, y seremos todos felices y nos atracaremos de libertad y orden, de pan y
trabajo, de buenas leyes, justicia, religión, libertad de imprenta, luces, ciencia, y, en fin, de todo
aquello que ahora no comemos ni hemos comido nunca.

III

―Yo, amigo Hillo, no entiendo este endiablado Madrid, ni puedo darle a usted una opinión
sobre lo que me pregunta. Aún no he tomado tierra. Ahora vengo de Francia, y allí, puedo
asegurarlo, los españoles que he conocido se hacen lenguas del Sr. Mendizábal, y ven en él a un
hombre extraordinario, providencial, que ha de regenerar la España.
―¡Viene usted de Francia! ―exclamó Hillo picado de curiosidad ardiente―. Y en Francia ha
dejado a sus padres...
―Yo no tengo padres. No los he conocido nunca.
―Entonces tendrá usted tíos.
―Tampoco. Yo me crié en Vera, en casa de un sacerdote, que murió hace tres años. Sus
hermanos me mandaron a París, a una casa de comercio. Un año he vivido en la capital de Francia.
Después pasé a Olorón...
―Pero es usted español, seguramente.
―Creo que sí... digo, sí: español soy.
―Habla usted nuestra lengua con gran corrección.
―Lo mismo hablo el francés.
Más avivada a cada momento la curiosidad del buen clérigo, arreció en sus preguntas:
―Y dígame, si no hay inconveniente en que yo lo sepa: ¿viene usted a estudiar una carrera, o
a ocupar una placita en nuestra administración?
―Vengo a buscarme una manera de vivir honrada y modesta.
―¿Tiene usted aquí familia, parientes, amigos...?
―No lo sé... Creo que no... creo que sí.
―Traerá usted cartas de recomendación.
―No, señor... Mis tíos (y llamo tíos al hermano y parientes del cura de Vera, en cuya casa me
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he criado) enviáronme a Madrid, sin decirme más que lo que va usted a oír: «Anda, hijo, que aquí
no saldrás nunca de la pobreza oscura, y allá... allá puedes encontrar protecciones donde y cuando
menos lo pienses». Me hicieron el equipaje con la poca ropa que tenía, me costearon el viaje,
diéronme algo para los primeros días, y aquí me tiene usted...
―Esperándolo todo de la suerte, de lo desconocido... ¡Ah, señor de Calpena, usted pitará! No
le faltarán contratiempos, afanes; pero no es usted, me parece, de los que se ahogan en este piélago.
Y dígame otra cosa: ¿ese buen párroco de Vera...?
―Un gran humanista, señor, más versado en los clásicos latinos y griegos que en Teología y
Cánones.
―Bien se le conoce a usted, en su manera de expresarse, la sabia mano que le ha
pulimentado.
―Sabía mucho mi padrino ―dijo D. Fernando con tristeza―; y aunque él se esforzó en
darme todo su saber, yo no he tomado sino parte mínima.
―¿Modestia tenemos? Pues a mí me da en la nariz, Sr. D. Fernandito, que usted ha de ser un
grande hombre. Este tarambana de Nicomedes me aseguraba ayer que el porvenir será de los
románticos, así en literatura como en política. Yo sostengo lo contrario. La sociedad se va hartando
de contorsiones y de hipérboles, y el clasicismo, la corrección, la serenidad, la devoción de las
buenas reglas, han de gobernar el mundo. ¿No cree usted lo mismo?
D. Fernando, profundamente abstraído, fijaba sus ojos en el ya vacío pocillo de chocolate.
―Yo no puedo tener opinión, no acierto aún a formar juicio de nada ―murmuró al fin―: soy
un chiquillo.
―Pues lo dicho... No sé por qué me figuro que entrará usted en esta diabólica villa con pie
derecho. En todas las cosas y casos de la vida... esto es observación mía, que no me falla... los
primeros pasos dan la norma de la suerte total.
―Pues si es así, amigo Hillo ―dijo Calpena, revelando en su agraciado rostro más confusión
que alegría―, yo he de ser el niño mimado de la fortuna, porque en mis primeros pasos en Madrid
no piso más que flores.
―Bien, hombre, bien: hay hombres predestinados a la dicha, como los hay al sufrimiento, y
de estos, alguno conozco yo, sí, señor, y más de lo que quisiera... Y puedo asegurarle que no siento
envidia de usted, siendo, como soy, desgraciado a nativitate. Créame: el suelo que yo piso es todo
abrojos y guijarros cortantes... Pero ando... ando siempre, y adelante. Lo repito: no soy envidioso, y
cuando veo a un hombre con suerte, me alegro, le doy mis plácemes, y digo: «Bendito sea Dios que,
por hacer de todo, también hace seres felices».
―No estoy yo seguro de serlo, ni me fío de estas venturas, que bien podrían ser engañosas,
traicioneras.
―No digo que no... Pero cuando viene la dicha, hay que tomarla sin remilgos. La Fortuna,
deidad caprichuda, descaradota, se muestra más liberal con los que no se asustan de sus favores.
Los modestos y encogiditos no le entran por el ojo derecho. Sea usted arrogante, acometedor; confíe
en sí mismo y en su estrella; láncese sin miedo, arrancando, a toda clase de empresas, ya políticas,
ya literarias, ya mercantiles, que de fijo en todas alcanzará la meta. Ejemplos, aunque no muchos,
tiene usted aquí de hombres privilegiados, que nacieron en la mayor humildad, y luego
mansamente, sin hacer nada por sí, se ven levantados del polvo, y conducidos por manos de ángeles
a los cielos de la prosperidad y de la gloria. Vea usted a este señor Mendizábal, que se nos ha
entrado por las puertas de España. Le encargaron a Inglaterra para Ministro de Hacienda, como se
encargan los niños a París, y por llegar, con la sola fuerza de su desahogo, que se impone a todo el
mundo, se ha calzado la Presidencia del Consejo y cuatro Ministerios. ¿Y quién es Mendizábal? Un
hombre sin estudios, que no aprendió más que a leer y escribir, y algo de cuentas. ¿Pues qué es esto
más que suerte? Y los afortunados ¿qué son sino hombres que se pasan el mundo por debajo de la
pata, y han tirado la modestia y los miramientos, como se tira la careta de trapo que molesta y
acalora el rostro?
MENDIZÁBAL 110

―No estamos conformes ―dijo D. Fernando, más comedido en sus pocos años que el viejo
Hillo―, en esa manera de apreciar las causas del éxito en la vida pública. Además, no admito que el
Sr. Mendizábal sea hombre tan ignorante, ni que carezca de autoridad para desempeñar uno, dos o
media docena de Ministerios. Cierto que no sabe latín; pero es muy práctico en asuntos mercantiles.
Dígame usted, con la mano puesta en el corazón, si cree que para gobernar a los pueblos es
indispensable tratar de tú a Horacio y Virgilio.
―¡Qué sé yo!... Una pasadita de Cicerón no les viene mal a los señores que andan en la
política. Pero, en fin, concedo...
―Preveo el argumento que usted va a emplear ahora mismo, y me anticipo a refutarlo.
―Bien, hombre, bien ―dijo gozoso D. Pedro, sintiéndose maestro de Humanidades―. Ha
empleado usted con verdadera elegancia una forma de raciocinio que los retóricos llamamos
prolepsis... Eso es: anticiparse a la objeción, prevenir los argumentos del contrario, refutarlos antes
que los emita...
―Justamente; y usted ahora, con maestría indudable, ha empleado la expolición o
amplificación...
―Que también llamamos conmoración... ¿no es eso?
―Y que cuando degenera en abuso se denomina tautología y perisología... Volviendo a mi
prolepsis, prosigo. Usted me dirá que, si no es necesario saber latín para regir a las naciones,
tampoco estriba la conciencia de gobierno en el arte o manejo de los negocios mercantiles; es decir,
que si mal nos gobiernan los humanistas, no lo harán mejor los comerciantes.
―Efectivamente.
―A eso respondo que el Sr. Mendizábal no es un simple mercader, de esos que compran y
venden géneros: es, si se me permite decirlo así, comerciante político, y no me busque usted en este
concepto la anfibología, que no la hay. Comerciante político quiere decir: el que entiende de
manejar el crédito de los países y distribuir su Hacienda, de imponer y recaudar tributos...
―El Sr. Mendizábal era el año 23 un traficante gaditano; menos aún, dependiente en la casa
del Sr. Bertrán de Lis, y se metió a contratista de las provisiones del Ejército, con lo cual hizo su
pacotilla en pocos años.
―Sus opiniones avanzadas y la viveza de su genio, le arrastraron a la empresa de abastecer al
Ejército y Marina en condiciones tales, que su servicio fue, más que negocio, un caso de abnegación
y patriotismo. Todavía no se han liquidado aquellas cuentas, y las ganancias de D. Juan de Dios, si
las tuvo, están aún en poder de la nación.
―Porque usted lo dice lo creo... Persona de mi mayor confianza me ha contado a mí que
Mendizábal, allá por el año 20, era en Cádiz un muchachón alborotado, bullanguero, de una
intrepidez loca para las aventuras políticas. Él y otros tales no hacían más que conspirar en logias y
cuarteles para que volviese la Constitución del 12, y destronar al Rey o convertirlo en un monigote.
―Es verdad.
―Y que trabajó por la bandera que defendían Riego, Arco, Agüero, Quiroga...
―También es cierto. Todas aquellas trapisondas salían de la Masonería, que ahora es una
vieja pintada, y entonces era una mocetona llena de vida y seducciones, con las cuales enloquecía a
la juventud.
―No me disgusta la imagen, señor mío. Adelante.
―En Cádiz existía lo que llamaban el Soberano Capítulo y el Sublime Taller, y qué sé yo qué.
De estos talleres y capítulos salían las conspiraciones para sublevar el Ejército y derrocar la tiranía;
de allí las trifulcas, las asonadas, los ríos de sangre... Mendizábal era masón, que en aquel tiempo
era lo mismo que decir político. Si quiere usted más noticias, pídaselas a D. Arturo Alcalá Galiano,
que anduvo con él en aquellos trotes; al Sr. Istúriz, a D. Vicente Bertrán de Lis...
―De donde se deduce, amigo Calpena ―dijo el clérigo suspirando fuerte―, que el que
pretenda en estos tiempos ser algo o conseguir alguna ventaja, aunque esta le corresponda de
justicia, y lo intente sin agarrarse previamente a los faldones o a las faldas de esa gran púa de la
MENDIZÁBAL 111

Masonería, es un simple o un loco.


―No diré yo tanto. Las cosas son como son.
―Tenga usted presente que hay logias liberales y logias absolutistas. Las primeras conspiran;
las segundas también. Unas y otras introducen individuos suyos en la contraria, fingiéndose amigos,
para sorprender secretos.
―Sí, sí; y se pelean en las tinieblas de los ritos nefandos. De las unas salen los ejércitos
sediciosos, que todo lo destruyen y profanan; de las otras los tribunales sanguinarios que levantan la
horca. Así vive España... hoy te fusilo, mañana te ahorco.
―Y vea usted. Si el 24 hubiera sufrido D. Juan de Dios la suerte de su compinche Riego, hoy
no tendríamos la dicha de que ese señor nos arreglara la Hacienda y nos hiciera juiciosos y ricos.
―Porque escapó a Inglaterra.
―Le llamaba la banca más que la política.
―Se estableció en un país grande y libre, donde forzosamente había de aprender muchas
cosas sólo con tener ojos y ver, sólo con tener oídos y oír.
―Sí, porque en los libros me parece que poco aprende su ídolo de usted. Le llamo así porque
veo, amigo Calpena, que es usted de los devotos furibundos del hombre nuevo, y que conoce su
vida y milagros, entendiendo por milagro lo que dicen ha hecho en Portugal.
―Algo sé del Sr. Mendizábal... Más de lo que usted piensa.
―¿Andan por el extranjero biografías del grande hombre?
―No he leído ninguna.
―¿Pues quién se lo ha contado?
―Él mismo.
―¡Le conoce usted... le trata!
Al ver en el rostro de Calpena la sonrisa plácida y el movimiento afirmativo con que a su
pregunta respondía, Hillo se quedó suspenso de estupor, de admiración... No daba crédito a tan
inaudito caso de precocidad. ¡Tan joven, y haber tratado a Mendizábal, charlar con él, quizás poseer
su confianza! Desde aquel momento vio el clérigo en su amiguito un ser extraordinario, misterioso.
Aumentaban su fascinación la procedencia extranjera del joven; el no saberse quién era; la atención
y exquisitos cuidados que le prodigaban los patrones, recatando sigilosamente el nombre de las
personas que habían recomendado al nuevo huésped; la educación exquisita de este; su aire, belleza
y modales aristocráticos... y, sobre todo, haber tratado a Mendizábal, y oír de él mismo la narración
de episodios históricos y lances personales. D. Pedro se levantó de su asiento impulsado de la
sorpresa, que como un resorte le movía, y dio pasos desordenados, repitiendo:
―¡Le conoce, le ha tratado!... Dígame, cuénteme: no deje que me abrase la curiosidad.

IV

―Allá voy ―dijo Calpena indicando a su amigo que se sentara―. Paréceme haber contado a
usted que los hermanos de mi padrino me mandaron a París a instruirme en el comercio y la banca.
Empecé a trabajar, digo, a aprender, en la casa de comisión de Reischoffen y Bloss, alsacianos,
donde sólo estuve tres meses, pasando después a la célebre casa de banca de Ardoin, que opera por
millones de millones, y hace empréstitos a las naciones apuradas, negociando con los Estados y con
los Reyes, con los Gobiernos y hasta con las revoluciones. En fin, esto es largo de contar. Allí
estaba yo muy bien. Llevaba toda la correspondencia de la América española; me daban regular
sueldo, y el principal me distinguía y me trataba con mucho miramiento. Un día de Febrero vimos
entrar a un señor alto y bien parecido, de ojos negros, cabello rizado, patillas cortas, muy elegante y
pulcro. Al punto corrió la voz entre los dependientes: «Es Mendizábal, el gran Mendizábal, el
restaurador de la Monarquía legítima en Portugal...». Entró en el despacho del Barón, nuestro jefe, y
a la media hora este me llamó...
MENDIZÁBAL 112

―Para presentarle al Sr. D. Juan de Dios.


―No, señor; para mandarme que le acompañara por las calles de París, que yo conocía
perfectamente, y el Sr. Mendizábal no. Tenía que ir a la casa Erlanger, Rue Drouot, muy cerca de la
nuestra, Chaussée d'Antin. Cojo mi sombrero, y me pongo a la disposición del hombre grande, en
cuya compañía salí muy orgulloso. Por la calle me hizo mil preguntas: quién era yo, cómo se
llamaban mis padres, cuánto tiempo llevaba de residencia en París y de aprendizaje en casa de
Ardoin. Yo le contesté como pude, y al llegar a las oficinas de Erlanger me mandó esperar para que
le condujese a otra parte.
―Nada, que le cayó usted en gracia ―dijo Hillo restregándose las manos―. Así se empieza,
así.
―Al salir de la visita me preguntó si sabía yo cuál era la mejor casa de París en guantes y
perfumería, y le indiqué Damiani, en el bulevar Saint―Denis. Tomó el hombre un coche de
alquiler, que allí llaman fiacres, y fuimos de compras. Debo decirle a usted que es algo presumido, y
que gusta de acicalarse y lucir su buena figura. De la guantería fuimos a comprar un maletín de
mano para viaje, con muchos compartimientos y algún secreto para papeles reservados. Compró
también un calzador, tirantes y algunas otras baratijas que no recuerdo. Dejome en mi escritorio, y
él se fue a su hotel, en la Rue de l'Arcade, mostrándose en la despedida tan fino y al propio tiempo
tan llano, que yo estaba encantado. Díjome que, siempre que no le convidasen, comería en el Palais
Royal, en casa de Very, y se dignó invitarme, excusándome yo todo turbado y confuso.
―Esto se llama caer de pie, amigo mío, o nacer en Jueves Santo. Siga usted, que me parece
que aún falta algo.
―Verá usted. A los dos días mandó un recado a mi principal, pidiéndole un buen amanuense
español que escribiese corrido, con buena letra y mejor criterio. El Barón me eligió a mí, y aquí me
tiene usted, encerrado con el Sr. Mendizábal en una cómoda estancia del hotel Meurice, los dos
frente a frente, con una mesa por medio, él dictando y yo escribiendo. Hombre más incansable no
he visto en mi vida. Cinco horas me tuvo con la pluma en la mano. Dictó una larguísima carta a
Martínez de la Rosa, otra al Conde de Toreno, y dos o tres a personas para mí desconocidas. Él
estaba en bata, una bata elegantísima, y zapatillas de terciopelo, con las que lucía su pie pequeño,
que parece de mujer. Casi era preciso escribir taquigrafía para poder seguirle. Expresaba su
pensamiento con rapidez; rectificaba pocas veces; no se paraba en el estilo; iba derecho al asunto y
a la idea, sin cuidarse de la forma. Mandome volver al día siguiente, y me dictó tres o cuatro
decretos, uno de ellos suprimiendo las órdenes religiosas y haciendo tabla rasa de todos los frailes,
monjas, clérigos y beatas que hay en estos reinos, estableciendo la reversión de todos los bienes al
Estado para venderlos... y ¡qué sé yo!
―¡María Santísima! Pero eso sería broma.
―¿Broma? Ya verá usted las que gasta ese sujeto. No habíamos concluido aquella degollina
de frailes y la repartición de sus riquezas, cuando entró un señor inglés, que debía de ser
diplomático, pariente, sobrino, hijo quizás del embajador en Madrid, que no sé cómo se llama.
―Mister o sir Jorge Williers. Adelante.
―Y hablaron en inglés, y no entendí una palabra... Bueno: pues en esto son anunciados tres
españoles, y D. Juan les manda pasar. ¡Ay, qué alegría, qué abrazos, qué maravillas, hablando todos
a un tiempo! Evocaban recuerdos de la juventud, alababan lo pasado, denigraban lo presente con
saña y cuchufletas... La conversación fue continuada en castellano, después de hacer Mendizábal
con gran ceremonia la presentación del inglés a los españoles, y viceversa. Pregunté al Sr. D. Juan si
debía retirarme, y me mandó que me quedara, lo que me supo muy bien. ¡Qué gusto estar mano a
mano con aquellos señorones, calladito, oyendo todo lo que decían, que era sabroso, picante y muy
instructivo, pues yo poco o nada sabía de España! Mandó D. Juan al mozo que sirviese vino de
Porto, y con esto las lenguas se soltaron aún más de lo que estaban.
―Recordará usted los nombres de esos tres españoles, que de fijo hablarían pestes de su
patria.
MENDIZÁBAL 113

―Los nombres no los recuerdo; las caras, sí: de seguro son personajes de acá, y puede que
alguno esté hoy en candelero. El uno puso de vuelta y media a ese Martínez de la Rosa; el otro no
dejó hueso sano al Conde de Toreno, que entonces era Ministro, y el tercero le hincó el diente
venenoso a la Reina Cristina y a su marido D. Fernando Muñoz.
―¡Lástima que usted no se fijara en los nombres!
―Continúo. Pues hablando, hablando de lo revuelto que está todo, de lo mal que gobiernan
los que gobiernan, de las cosas gordas que se preparan, la conversación recayó en los asuntos de
Portugal, y uno de ellos dijo que en Lisboa había salido un folleto poniendo de oro y azul a
Mendizábal, y negando que tuviera arte ni parte en la restauración de Doña María de la Gloria.
Armose entonces gran tremolina. D. Juan Álvarez daba golpes en el brazo del sillón, acusando de
envidiosos y calumniadores a algunos españoles residentes en Portugal; indignose el inglés,
echando venablos en su lengua, y los otros atribuían todo a intrigas de los moderados (no sé qué
gente es esta que aquí llaman moderados), por arrojar lodo a la figura del grande hombre que se
indicaba ya como el único que podía enderezar al país. No sé cuál de ellos manifestó no estar al
corriente de lo de Portugal, por haber vivido fuera de la península durante los años de aquellas
tremolinas... (paréceme que el tal es militar y de los que aquí llaman ayacuchos), y entonces D. Juan
Álvarez, a instancias de todos, refirió puntualmente las grandes empresas a que prestó su auxilio.
―Y se despacharía a su gusto, abultando los peligros, y presentándose como enviado de la
Providencia divina.
―Sólo puedo asegurarle a usted que en lo que relató se ve la verdad, así como una energía
pasmosa, fecundidad de arbitrios, recursos ingeniosos, entusiasmo para encender más la voluntad,
maña para suplir a la fuerza. Lo que sí me pareció notar es que el buen señor se regodea contando
sus empresas: gusta de hablar de sí mismo y de hacer ver que sin él no se hubiera hecho nada, lo
que en muchos casos parecía verdad.
―Psh..., todo se redujo a proporcionar a D. Pedro un empréstito... Sin dinero no se hacen
revoluciones. Mendizábal, por su metimiento en las casas mercantiles de Londres, fácilmente
levantaba fondos para quitar y poner reyes. Si para echar a los reyes se necesita dinero, el volver a
traerlos cuesta mucho más. No anda sin unto el carro de las restauraciones.
―Perdone usted. Mendizábal hizo bastante más que proporcionar a D. Pedro los cuartejos que
necesitaba. Ya comprende usted que mientras el grande hombre refería sus hazañas, yo ni le quitaba
ojo ni perdía sílaba. Todo lo oí, y se me ha quedado bien presente... Hizo verdaderos prodigios, y se
mostró gran financiero, gran político, y hasta gran militar, con unas facultades de organización que
ya las quisieran más de cuatro... D. Pedro y su hija se habían refugiado en las islas Terceras, y allí
pasaban su triste vida mirando al Cielo, esperando su salvación de la Providencia. Pero esta no les
hacía maldito caso, y los ingleses, a quienes el buen Emperador brasileño pedía recursos, no
soltaban ni un chelín. En una de sus excursiones a Londres, el aburrido D. Pedro y Mendizábal se
conocieron. Don Juan le dio alientos; le indujo a perseverar en su empresa, minando la tierra para
procurarse hombres y pecunia, ambas cosas necesarias para conquistar reinos, y empezó por
facilitarle un empréstito de la casa Ardoin, mi casa, señor Hillo, la casa donde fui triste aprendiz con
ciento cincuenta francos de sueldo al mes... Cien mil libras esterlinas entraron en el bolsillo de D.
Pedro, y con ellas renació la esperanza de sentar en el Trono a la niña. El hombre se metió de hoz y
de coz en la causa portuguesa, y no habría hecho más si Doña María de la Gloria fuera su propia
hija.
―Bien, bien: así han de ser los hombres.
―En un santiamén compró dos fragatas por cuenta de la Regencia, que tal era el Gobierno
constituido por D. Pedro en la capital de las Terceras. Advierta usted que en estas compras
empleaba sus recursos, sin más garantía que una palabra del Emperador. Adquiridos los barcos,
agenció en la City más dinero, más, y en seguida, a buscar hombres, soldados. Mientras en las
Terceras se organizaban unos seis mil, en Plymouth, puerto de Inglaterra, se alistaban más.
Mendizábal, que en todos estos asuntos ponía siempre una vehemencia y un ardor increíbles, y así
MENDIZÁBAL 114

lo declara él mismo, no tenía sosiego... Creo yo que las empresas políticas le seducen, le
enloquecen; pone en ellas toda su alma y una actividad febril... El hombre se multiplicaba. Sus
propios asuntos perdían para él todo interés. No vivía más que para la Monarquía liberal
portuguesa. Él mismo lo dice: «Cuando se le enciende el patriotismo no vive, no desmaya hasta
conseguir lo que se propone». Cien vidas propias daría él por exterminar a los sectarios del
usurpador absolutista D. Miguel, que es allí lo mismo que aquí nuestro D. Carlos María Isidro... No
contento con los alistamientos que había hecho en Inglaterra con ayuda del Duque de Palmela, se
planta en Bélgica, y en cuatro días, auxiliado por su amigo el general Van Halen, busca y encuentra,
organiza y equipa un regimiento de mil flamencos con sus jefes y todo... En Ostende les
embarcaron en un buque de vapor fletado en Londres, y reunidos en Plymouth con los ingleses y
portugueses, zarpó la expedición contra Oporto, mandada por el mismo D. Pedro. Dominaban en
Oporto los liberales, por lo que no le fue difícil al padre de Doña María la ocupación de aquella
capital. Pero el D. Miguel acudió con mucha tropa, puso cerco a la plaza, y si bien no pudo entrar en
ella, tampoco los mariistas podían salir. Allí hubiera sucumbido D. Pedro, si Mendizábal, desde
Londres, no le animara a la resistencia ofreciéndole nuevos auxilios. ¿Qué hizo el hombre? Pues
buscar más dinero; reunir más soldados; formar al propio tiempo una escuadra, cuyo mando se
ofreció al célebre almirante inglés Napier. Escuadra y segundo ejército debían operar en los
Algarbes, para sublevar en pro de la Reina a las poblaciones del Sur, y atacar por retaguardia el
ejército miguelista. Todo se hizo tal y como lo había dispuesto D. Juan... La segunda expedición se
dirige a Oporto, donde refuerza a los combatientes asediados por D. Miguel; después parten dos mil
hombres a los Algarbes, desembarcando felizmente. Allí se pasan a los liberales algunas tropas del
absolutismo: entre todas invaden el Alentejo. La escuadra mandada por Napier desbarata la
miguelista en el Cabo de San Vicente; D. Pedro sale de Oporto y bate a D. Miguel. Replegándose a
Lisboa, recibe éste otro achuchón tremendo de las tropas liberales, y ya tenemos al Emperador
entrando triunfante en su capital, a la niña Doña María de Braganza en el Trono, y al D. Miguel
escapando para el extranjero como alma que lleva el diablo.
―Y hecho todo eso, que si es como usted lo cuenta, no dudo en calificarlo de maravilloso, el
D. Juan Álvarez se volvió a su escritorio de Londres tan fresco, a contar millones, calcular
empréstitos, extender letras de cambio, mirando dónde salta otra reina que socorrer, y otro
usurpador malsín a quien poner en la puerta.
―Que no faltan, como usted ve.
―Pero Portugal es chico: puedo compararle a un juguete, para estas cosas de revoluciones y
quita y pon de tronos. Ahora veremos cómo se las arregla aquí el gaditano; aquí, donde salimos de
una zaragata para entrar en otra, donde nos peleamos por los derechos a la Corona, por las Juntas,
por la Milicia Urbana, por una letra de más o de menos en la Constitución, y por lo que dicen o
dejaron de decir Juan y Manuela. Vamos a ver a los hombres guapos; a los salvadores de
sociedades; a los que sacan el dinero de debajo de las piedras para equipar soldados; a los genios,
como ahora se dice; a los que calman las olas revolucionarias con el quos ego... del amigo Neptuno.
―Adelante: va muy bien. Está usted empleando una forma de ironía muy bella. Es lo que
llamamos cleuasmo.
―Dispense usted. Esta forma irónica se llama carienteísmo. Consiste, y bien lo recordará
usted; consiste...
―Sea lo que fuere, amigo Hillo, mi parecer es que Mendizábal no ha venido aquí por
ambición, sino por patriotismo. Oí contar que se hallaba muy tranquilo en Londres cuando recibió
el nombramiento de Ministro de Hacienda, que le dejó estupefacto.
―Y estupefacto se ha venido aquí por Portugal; y en cuanto llegó a Badajoz, empezó a largar
decretos... Bueno: le concedo a usted que esto sea patriotismo; pero es un patriotismo... romántico,
y lo romántico sepa usted que a mí no me gusta. En literatura me apesta, y a ese francés que llaman
Víctor Hugo le mandaría yo cortar el pescuezo: en política tengo por más funesto aún el
romanticismo.
MENDIZÁBAL 115

―Puede que esté usted en lo cierto; pero el Sr. Mendizábal es ante todo hacendista, y en esto
no creo yo que quepan romanticismos. Los números ¡ay!, los números, amigo mío, son clásicos.
―Allá lo veremos; y pues ya tenemos al hombre con las manos en la masa, pronto hemos de
saber si yo me equivoco o se equivoca usted.
―Yo no profetizo: yo espero, y...
―¿Cree usted firmemente que D. Juan Álvarez enderezará esta desquiciada nación?
―No lo aseguro; pero confío en que lo hará.
―Pues yo no.
―¿En qué se funda?
―No dudo que le sobren buena intención, voluntad firme, actividad, talento; pero...
―¿Pero qué?
―Que con sus buenas cualidades incurrirá en el defecto de todos los ilustres señores que nos
vienen gobernando de mucho tiempo acá. Talento no les falta, buena voluntad tampoco. Y fracasan,
no obstante, y continuarán fracasando unos tras otros. Es cuestión de fatalidad en esta maldita raza.
Se anulan, se estrellan, no por lo que hacen, sino por lo que dejan de hacer. En fin, amiguito,
nuestros mandarines se parecen a los toreros medianos: ¿sabe usted en qué? Pues en que no
rematan...
―¿Qué significa eso?
―No se ría usted del toreo, arte que me precio de conocer, aunque no prácticamente. Y sepa
usted, niño ilustrado, que hay reglas comunes a todas las artes... De mi conocimiento saco la
afirmación de que nuestros ministriles no rematan la suerte.
―¿Y cree usted que Mendizábal...?
―Hará lo que todos. Empezará con mucho coraje, y un trasteo de primer orden... pero se
quedará a media suerte. Usted lo ha de ver... Que no remata, hombre, que no remata... Y créame
usted a mí: mientras no venga uno que remate, no hemos adelantado nada.

Alejose hacia su cuarto, accionando festivamente, y en dirección al suyo iba también Calpena,
cuando le detuvo el patrón señor Méndez, y le dijo entre risueño y respetuoso:
―Ahí tiene usted el sastre.
―¿Qué sastre?
―Pues el cortador mayor del Sr. Utrilla, que viene a tomarle medida. Le mandé pasar a la
sala, donde espera hace un cuarto de hora.
―Ese señor se equivoca. Yo no he llamado a ningún sastre.
―Aunque no le haya usted llamado, él viene, y cuando viene, él sabrá por qué. Déjese tomar
medida, y que le hagan cuanta ropita necesite para ponerse bien guapo.
―¿Pero está usted loco?... ¿No hay más que encargar ropa? Y luego... Sr. Méndez... luego
vienen las cuentas, ¿y qué hacemos? ¿Soy acaso un Sr. Mendizábal, que con cuatro rasgos de pluma
fabrica millones?
―Las cuentas no son cuenta de usted, sino de quien las pague. Entre el señor en su cuarto, y
escoja las telas, y déjese que le midan el cuerpo a lo largo y a lo ancho...
―Que pase ese hombre ―dijo Calpena prestándose a todo, con la esperanza de salir de la
confusión en que, desde su venturosa llegada a Madrid, vivía.
En presencia del oficial, hombre finísimo, colorado y regordete, que iba cargado de muestras
de diferentes paños, D. Fernando no pudo resistir a la fascinación que ejercía sobre él, joven y
gallardo, la idea de vestirse elegantemente. Ante todo quiso saber cómo y por qué los afamados
sastres acudían en busca de parroquia sin que nadie les llamase; pero sus interrogaciones prolijas y
capciosas no lograron aclarar el enigma.
MENDIZÁBAL 116

―Mi principal, el señor Utrilla ―le dijo aquel relamido sujeto―, me ha mandado acá con
muestras y encargo de tomar a usted medida para diferentes piezas. Hubiera venido él en persona
con mucho gusto; pero está malo de un pie, y hoy no puede salir de casa. De quién ha recibido las
órdenes para estas hechuras, yo no lo sé, señor mío, ni es cosa que me corresponde averiguar.
―Pues yo ―afirmó Calpena―, no me dejo medir el cuerpo mientras no sepa... ¿Será tal vez
alguna broma impertinente?
―Eso, de ningún modo... Utrilla no se presta a tales bromas... Crea usted que, cuando me ha
mandado aquí, es porque ha recibido órdenes de personas que saben el cómo y por qué de lo que
encargan. Con que... tomemos esos puntos, y no piense usted en nada más que en vestirse como le
corresponde.
―Accedo, sí, señor ―replicó D. Fernando en el tono de quien se presta a seguir un bromazo
de buen género, y seducido además por la idea de ver realizada su ilusión juvenil de vestir buena
ropa―. ¿Sabe usted el cuento del perrito y del trasquilador?
―Sí, señor ―dijo el otro, ayudándole a quitarse levita y chaleco―. Es un cuento viejísimo...
―Pues ahora mida usted todo lo que quiera, y hágame todas las prendas de vestir que haya
dispuesto... el amo del perrito.
―Me han dicho que dos levitas, fraques, un traje de mañana... cuatro pares de pantalones
variados.
―Ande usted, maestro... Y si quiere dejarle borlita en el rabo, déjesela usted.
―La ropa más precisa para un joven introducido en sociedad. ¿Qué menos? ¡Ah!, me
olvidaba. También le haremos capa de sedán finísimo, con forros de piel de chinchilla.
―Me parece muy bien... ¿Y las levitas, cómo han de ser?
―El Sr. de Utrilla acaba de llegar de Londres... Precisamente al bajar de la diligencia se
estropeó el pie. Pues ha traído las últimas novedades que se han puesto al uso en aquella capital. Las
levitas son ahora cortas y de poco vuelo en los faldones; pero siguen muy entalladas, marcando bien
la cintura. Las que ha traído el Sr. Mendizábal, y que tanto llaman la atención, son ya antiguas, y en
Londres no las usan más que los lores, que es como si dijéramos los señores próceres protestantes,
que tienen asiento en lo que llaman Parlamento inglés, o sea en las Cortes liberales de allá.
―Hombre, bien... ¿Con que entalladas y de faldón corto?
―Menos largo que el año pasado ―dijo el sastre, tomando y anotando las medidas con
singular presteza―. Los cuellos son ahora más largos, y bien caídos sobre los hombros; los botones
grandes... Haremos una de las levitas, si a usted le parece, con cordones a la húngara...
―Perfectamente. Despáchese usted a su gusto... ¿Y los paños?
―Fíjese usted en este color verde obscuro, que es la gran novedad que ha traído Utrilla. Se
llama Lord Grey, y es el gran furor en Londres.
―Pues hagamos furor aquí... Pero las dos levitas no serán iguales.
―Haremos azul gendarme, Conde Orsay, la de cordones. ¿Qué le parece?
―Acertadísimo... ¿Y cuándo podré estrenar?
―Lo activaremos todo lo posible... Tenemos mucho trabajo, y velamos para servir a tantísima
parroquia.
―Pero no me dejarán ustedes para lo último, como parroquiano pobre...
―Será usted de los primeros... Y que tiene un talle de primer orden, y una forma de cuerpo
que no hay más que pedir. Le caerá a usted la ropa que ni pintada.
―Y en fraques, ¿qué se lleva?
―Los fraques son ahora sin cartera; faldones nada de anchos, y los cuellos de la misma forma
que las levitas. El Sr. Mendizábal los trae negros, verdaderamente fachonables por el corte y lo bien
sentados.
―¿Y el mío será también negro?
―No, señor: a usted, por la edad, le corresponde... café claro.
―¡Magnífico!... Y en pantalones ¿qué tenemos?
MENDIZÁBAL 117

―Sigue la moda de las telas escocesas; pero sin exagerar el tamaño de los cuadros. Haremos
a usted dos patencur, y dos más ligeritos: uno negro para entierros, y otro claro. Se llevan estrechos,
sin tocar en el extremo. Chalecos, se le harán a usted seis: dos de seda en claro, uno en obscuro, dos
piqué y uno escocés.
―¡Maravilloso! Y en tanto que me confeccionan todo eso, me estaré en casa, escondidito,
leyendo Las mil y una noches, única lectura a que debo aplicarme ahora para hacerme a estas
sorpresas... Adiós, maestro... Y que se esmeren en el corte... ¿Cuándo probamos? Estoy aquí a su
disposición todo el día. ¿Pues cómo voy a salir a la calle con estos adefesios de ropa que he traído
de mi pueblo?... Vaya con Dios... y no me olvide, maestro.
Retirose el sastre, y D. Pedro Hillo, que acechaba en la puerta aguardando que el joven
estuviese solo, entró de rondón con los brazos abiertos, diciendo muy gozoso:
―Pero, niño, ¡le regalan ropa elegante, y todavía gruñe! Rarísimos son en el Universo estos
fenómenos de salirle a uno sastres ex-machina, que le miden, le cortan, le cosen, y después no
cobran. Casos tales acaecen sólo de siglo en siglo, y hay que saber aprovecharlos. ¡Oh fortunate
nate! Yo, que para hacerme una sotana tengo que ahorrar seis meses en la comida, le declaro a usted
simple de solemnidad si no acepta calladito esas mercedes anónimas. Por la sagrada orden que
profeso, declaro también que a mí no me ha pasado jamás cosa semejante, y que las deidades
misteriosas y las manos ocultas no han existido para mí. A usted me arrimo, por si se me pega algo
y halla en su ventura mi desventura algún remedio. Ya, ya sé... me lo ha dicho Méndez, que anoche
recibió usted un abultado pliego. Abrió, ¿y qué era? Billetes para los teatros del Príncipe y la Cruz.
Dígame: ¿no ha recibido también para los Toros?».
―Todavía no ―dijo Calpena sonriente―; pero por lo que voy viendo, ya no dudo que los
tendré la víspera de la primera corrida. Y como de los teatros mandan dos, para que vaya con algún
amigo, iremos juntos a la plaza.
―Ya le mandarán también, cuando empiece el tiempo de las máscaras, para los bailes de
Trastamara y del Café de Solís. Pero a eso no podré acompañarle... Le daré consejos, porque de fijo
han de salirle aventuras y le acosarán mascaritas...
―Ya adivino sus consejos.
―¿A que no?
―Que remate la suerte.
―No, no es eso, sino todo lo contrario. Que se prevenga contra las celadas que pudieran
tenderse a su voluntad honesta, virginal. Este Madrid es muy malo. No se fíe usted de las caras
tapadas.
―De las manos ocultas debo fiarme, según dice.
―No es lo mismo. Esa mano desconocida le viste a usted, le da de comer, atiende a sus
necesidades. Las caritas encapuchadas podrían hacer lo contrario: desnudarle, quitarle el pan de la
boca y reducirle a la ruina y la miseria. Existirán tal vez, ¿quién asegura que no?, manos escondidas
que quieran perderle, como las hay que trabajan por su bien. Lo primero que usted debe hacer es
averiguar en qué cielo habita esa deidad misteriosa, para poder rezarle y pedirle lo que le convenga.
―¿Qué le pediría usted para mí si estuviese en mi lugar?
―Lo primero, un destino de Hacienda o de lo Interior con doce mil realetes... Y puesto a
pedir, yo que usted pediría también la cátedra de Alcalá para un amigo.
―Para usted eso y mucho más.
―Las manos mágicas deben extender sus caricias a los buenos amigos. A Roma con Santiago
he revuelto yo para conseguir esa humilde plaza, y aquí me tiene usted esperando a que San Juan
baje el dedo. Si hubiera para mí una mano oculta, esa mano, en medio de las tinieblas de lo
incógnito, me daría una bofetada. Estoy dejado de la mano de Dios, por lo que voy creyendo que
Dios está en todas partes menos en las oficinas, y que, si acaso está, no tiene en ellas la mano, sino
el pie.
―No hay que desmayar. Hagamos un trato. Búsqueme usted a la persona que ha mandado a
MENDIZÁBAL 118

Utrilla tomarme medidas, y si me la encuentra, prometo a usted solemnemente que el primer favor
que pediré a mi desconocida providencia es esa colocación que usted desea... esto en el caso de que
nos resulte influyente.
―¡Influyente!... ¡Por Dios, D. Fernandito, no me venga usted con inocencias! Esa persona
desconocida tiene que ser muy alta, pero muy alta.
―¿En qué lo conoce?
―A ver... pronto, enséñeme usted la carta en que venían las localidades de teatro.
―No es carta... Es un pliego cerrado con obleas... Aquí lo tiene usted.
―A ver, a ver... ¡San Canuto, qué papel más fino!... Este papel, puede usted asegurarlo, no se
encuentra en ninguna tienda de Madrid... ¿Y la letra del sobre?... ¡Ay qué letra, San Bartolomé! ¿Es
de mujer? ¿Es de hombre?... Sr. D. Fernando, no se asuste de lo que voy a decirle. La mano que ha
escrito esto es de sangre real.
―¡Atiza!
―¡De sangre real!... Y si no, al tiempo... ¡Ay, Sr. D. Fernandito de mi alma, allá va una
profecía! Déjeme usted ser profeta, y adivino, y augur, y brujo, si usted quiere. Antes de cuatro días
recibe usted, como llovido del cielo, el nombramiento... de...
―¿De qué?
―Vamos... de Caballerizo Mayor del Reino, digo, de Palacio... Y si no es esto, será de otra
cosa de mucha categoría.
Rompió a reír Calpena, y dijo a su amigote:
―Pero, Sr. D. Pedro, ¿somos clásicos o no somos clásicos?
―Sí, sí, tiene usted razón: no desvariemos, ilustre joven; pero por de pronto, yo, el más
desgraciado de los nacidos, quiero hacer constar que anhelo ser su amigo de usted. Sí, sí: seamos
amigos; déjeme usted arrimarme al ser más afortunado, más resplandeciente de felicidad que he
visto en mi vida. Es usted el sol, y yo me muero de frío.
―Bueno, seamos amigos ―replicó D. Fernando, no sin cierta emoción―. Y pues el día está
hermosísimo, vámonos de paseo, y le contaré a usted muchas cosas que ignora, y que quizás le
hagan rectificar sus juicios acerca de mí como depositario de la dicha terrestre. Diré a usted quién
soy, de dónde vengo, por qué estoy en Madrid...
―Todo eso me interesa extraordinariamente... Ya me lo contará usted otro día; hoy no puede
ser... Ni usted ni yo debemos salir hoy. Nos estaremos aquí toda la mañana acechando a Iglesias.
―¿Pero Iglesias no duerme aún?
―Aún estaría en el primer sueño, o empezando el segundo, si no hubieran venido a
despertarle muy temprano, serían las siete, dos de sus amigotes. Sin duda ocurren cosas gravísimas.
¿Y sabe usted quiénes son esos dos que entraron, y, tirándole de una pata, le sacaron de la cama?
Pues yo tampoco lo sé a punto fijo, porque soy poco fuerte en fisonomías. Uno de ellos me parece
que es el Conde de las Navas; el otro tan pronto me parece Fermín Caballero, como Seoane... De
que son pájaros gordos del jacobinismo, no tengo duda...
―¿Y a nosotros qué nos importa?
―A usted, hombre feliz por obra y gracia de la Providencia enmascarada, nada le altera. ¿Ha
leído usted El Español de hoy?... ¿A que no?... ¿A que tampoco ha leído El Mensajero ni El Eco del
Comercio? En mi cuarto los tengo. Vienen los tres diarios echando bombas, cada uno según el son a
que baila. Yo me alegro, para que se arme de una vez. Esta visita de los compinches de Iglesias tan a
deshora, significa que anoche hubo gran trapatiesta en la casa de Tepa, entiéndase logia, y en los
cafés donde bulle la patriotería. Parece que las Juntas no quieren disolverse, las de Andalucía sobre
todo, y he aquí al Sr. Mendizábal en un brete, porque nos ofreció poner fin a esta horrible anarquía,
y en los primeros días creímos que lo lograba. Pero aquí, para que usted se vaya enterando, tanto
puede la envidia de los propios, como la mala voluntad de los extraños; o en otros términos, que los
amigos, o sea el agua mansa, son más de temer que los enemigos. ¿No lo entiende? Pues quiere
decir que los estatuistas templados caídos del poder con Toreno, se introducen en los conciliábulos
MENDIZÁBAL 119

de los patriotas, fingiéndose más exaltados que estos, para sembrar cizaña, y al propio tiempo los
libres que aún no tienen empleo se van a las sacristías del otro bando y atizan candela, para que los
diarios de la moderación se desborden y se encienda más el furor de las Juntas. Estas nos ofrecen un
espectáculo delicioso. Una pide que se restablezca la Constitución del 12; otra que se modifique el
Estatuto, y entre todas arman una infernal algarabía. El señor Mendizábal pretende gobernar en
medio de esta jaula de locos furiosos. Manda tropas contra las Juntas, y los soldados se pasan a la
patriotería... Y los carlistas, en tanto, bañándose en agua rosada, preparándose para venir hacia acá,
porque Córdoba no les ataca mientras no le manden refuerzos... Estamos en una balsa de aceite...
hirviendo. ¡Qué gratitud debemos al Señor Omnipotente por habernos hecho españoles! Porque si
nos hubiera hecho ingleses o austríacos o rusos, ahora estaríamos aburridísimos, privados de
admirar esta entretenida función de fuegos artificiales.
―¿Y esos que están en el cuarto de Iglesias...?
―Son patriotas furibundos... de buena fe; de los que creen que con degollar frailes, azotar
monjas y hablar pestes de todos los ministros, se arregla la nación. Sin quererlo, les preparan la
suerte a los moderados. Algunos creen en Mendizábal, y otros le repudian porque no va por calles y
plazuelas perorando, con un pendón en la mano... A todos tiene que contestar el señor de las largas
levitas. Trabajo le mando... Si quiere usted que olfateemos lo que traman los compinches de
Iglesias, vámonos a mi cuarto, donde al paso que usted lee El Español y El Eco, yo me daré mis
mañas para pescar al oído alguna palabreja... Véngase usted para acá.
Fuéronse de puntillas al cuarto de D. Pedro, y desde él oyeron gran batahola en el de Iglesias;
y no pudiendo este resistir el fuerte estímulo de su curiosidad, se coló en la caverna de los
conjurados, pretextando recoger un tomo de las Palabras de un creyente, de Lamennais, que había
prestado a su amigo. No tardó en volver risueño con el libro, y con preciosas noticias de la
conspiración, que resultaba la más inocente que en cerebros revolucionarios pudiera caber.
―Nuestro gozo en un pozo, amigo Calpena. No tratan de ahorcar a medio mundo, ni de
sublevar la tropa, ni de meter más fuego a las Juntas. Las Juntas y toda esa marimorena les importa
tanto a esos ángeles de Dios como las coplas de Calaínos. Lo que les trae tan levantiscos es que las
elecciones para el Estamento están próximas, y ellos, cosa muy natural, quieren ser procuradores.
Mendizábal conferenció anoche con Caballero, y parece que le asegura la elección por Cuenca. Los
otros dos, y alguno más que vendrá después, andan a la husma de las procuras, y quieren estar bien
con Mendizábal y con el Ministro de la Gobernación, D. Martín de los Heros. Vea usted el secreto
de estos aquelarres misteriosos.
―¿Será posible, amigo Hillo, que yo, provinciano y desconocedor del mundo y de Madrid,
tenga más malicia, más trastienda que usted, que lleva ya no sé cuántos años de andar en este
terreno? Dígolo porque me figuro que Iglesias y sus amigotes le han engañado como a un chino. Al
verse sorprendidos por la brusca entrada de usted en el escondrijo, han variado de conversación.
―Por San Félix de Cantalicio, pienso que está usted en lo cierto... Me han dado el trapo. Soy
toro noble.
Aún no había concluido la frase, cuando entró Iglesias resueltamente en el cuarto de Hillo, y
llegándose a D. Fernando con resuelto ademán y sonrisa un tanto maliciosa, como de hombre muy
corrido para quien no hay nada secreto, le dijo:
―Ya sabemos, amigo Calpena, que ha traído usted de Francia un voluminoso paquete de
papeles para el Sr. Mendizábal.
Quedose un tanto suspenso el joven, y no supo qué responder.

VI

―Le entregaron a usted ese paquete en Olorón. Lo había traído de Burdeos una señora... No...
no se ponga usted colorado, después de haberse puesto pálido. No se trata de ningún delito. Le dan
MENDIZÁBAL 120

a usted un encargo, y usted lo cumple puntualmente. No pretendo yo... pues no faltaba más... que
usted me revele cosas sobre las cuales debe guardar secreto. No, no, señor. Lo que sí puedo decirle
es que el sujeto que debía recoger ese paquete o caja de manos de usted, para entregarlo al señor
Ministro, ya no vendrá a desempeñar esa comisión, porque anoche le han preso, y se halla
incomunicado en el Saladero».
Perplejo un buen rato quedó Calpena ante la osada interpelación de Nicomedes, que con
brusquedad tan impertinente quería producir efecto y ver confirmados sus informes en el rostro del
simpático mozo; pero rehecho este prontamente del estupor, le contestó con tanta dignidad como
cortesía:
―Nuestra amistad, señor de Iglesias, que yo estimo mucho, no es tan antigua que a mí me
permita informarle de si traigo o no encargos para determinadas personas, ni a usted preguntármelo
en forma afirmativa, la cual revela una confianza un poquito prematura. Va usted demasiado a prisa,
amigo D. Nicomedes. Cuatro días hace que nos conocemos.
―Sentiría, Sr. Calpena, que usted interpretase mal lo que acabo de indicarle ―dijo el otro,
recogiendo velas―. No pretendo que usted me revele el secreto de los encarguitos que le han
confiado, ni eso a mí me importa. Creí yo que nuestra amistad, con ser de cuatro días, es ya bastante
firme para que yo pueda tomarme la confianza de prevenirle contra ciertos peligros... Porque usted
es un joven tan honrado como inexperto, y podría, con el candor propio de los pocos años, prestarse
a ciertos mensajes, de cuya gravedad no tiene la menor idea.
―Se me figura, amigo Iglesias, que la calentura patriótica que usted padece le hace ver
peligros y misterios en los actos más sencillos.
―No sabe usted dónde está, y yo tendría mucho gusto, si no se empeña en creer demasiado
fresca nuestra amistad; tendría yo sumo placer, digo, en iniciarle en la vida política, puesto que a
ella piensa, según veo, dedicarse.
―No he pensado en tal cosa. La vida política no se ha hecho para mí.
―El señor ―dijo Hillo con cierta timidez―, es de los que se lo encuentran todo hecho, y no
necesita de que nadie le inicie, pues tiene mentores y padrinos, en la sombra, que no le permitirían
dar un mal paso.
―Si hace usted caso de este clérigo ―dijo Iglesias con humorismo―, el sotana más honrado
del mundo, pero al propio tiempo el más candoroso, está usted perdido, Calpena. Haga usted caso
de mí, y déjese llevar. En la sombra no hay mentores ni garambainas. Todo eso es romanticismo de
clase averiada... Vamos a cuentas. Lo primero, perdóneme si le hablé con cierta impertinencia del
encargo que trae...
―Yo no he traído papeles para el Sr. Mendizábal ―replicó D. Fernando―, ni me habían de
escoger a mí para tales mensajes.
―No abre usted la boca sin que nos dé una nueva prueba de su inexperiencia candorosa...
Puesto que aquí todos somos amigos, déjeme usted que hable y le ponga al tanto de la situación... Y
antes me permitirá que le presente a dos amigos, que espero lo serán de usted en cuanto les conozca.
Cuando esto decía, dejáronse ver en la puerta dos sujetos, que eran los de la encerrona con
Iglesias, ambos como de treinta a cuarenta años, y al entrar revelaron por su soltura y buenos modos
ser de lo más selecto entre la juventud intelectual de aquellos tiempos. Bien supo Iglesias, al
presentarles, realzar sus nombres:
―Mi amigo Joaquín María López... mi amigo Fermín Caballero».
Era este de color moreno; facciones bastas y rudas, del tipo castellano, común en campo más
que en ciudades; bigote negro con mosca; cabello encrespado, que parecía un escobillón;
complexión dura; el habla ruda y clásica, de perfectísima construcción castiza. El otro revelaba su
estirpe levantina en la finura del cutis y la viveza del mirar, en la vehemencia de la expresión, y en
la flexibilidad y gracia. Recibiolos Calpena con franca urbanidad, y se sentaron todos, teniendo uno
de ellos que hacer sofá de la cama de Hillo, y este no cabía en sí de gozo viendo tan honrada su
pobre mansión.
MENDIZÁBAL 121

―Trasladamos el Sublime Taller desde los alcázares de Iglesias a las góticas arcadas de
Hillo... ―dijo con gracia López―. La Iglesia nos ampara, nos acoge en su santo regazo.
―La Iglesia ―replicó Hillo, sentándose en un cofre―, oye y calla, mas no otorga. En el
regazo de la Iglesia no entran más que los arrepentidos.
―Amén ―dijo Caballero―, y expliquemos en pocas palabras la llaneza con que asaltamos la
morada de estos buenos señores.
―El caso es el siguiente... Permíteme ―indicó Nicomedes, que no gustaba de que otros
dijesen lo que él podía decir―. Sabemos que el Gobierno por una parte, la Reina por otra,
despachan agentes al campo y corte de Don Carlos, a los cuales encargan que se finjan rabiosos
absolutistas para ganar la confianza de los íntimos del Pretendiente. El objeto es introducir allí la
discordia y acabar con el absolutismo por su propia descomposición. Al propio tiempo, los
facciosos tienen aquí infinitos emisarios que hacen el propio juego, de lo cual resulta, señores, un
tan espantoso lío, que ni aquí ni allí nos entendemos, y no sabemos ya cuáles son los adeptos
legítimos y cuáles los apócrifos...
―Pero hay otra cosa peor ―interrumpió López, que, como buen orador, gustaba de expresar
por sí las ideas de los demás―; hay otra cosa. Hierven discordias mil en la corte del Pretendiente,
por ser muchos los carlistas de viso que desean la transacción, siempre que el Gobierno liberal les
reconozca grados, emolumentos y honores.
―Andan estos ―prosiguió Caballero, que hablaba poco y bien―, en continuo teje―maneje
de Oñate a la Granja y de la Granja a Oñate, zurciendo voluntades y buscando la reconciliación de
antiguos comilitones, ahora desavenidos; y como, si lograran su objeto, habrían de sobrevenir
grandes males a la Nación, nosotros, que miramos por la permanencia del sistema representativo,
haremos cuanto esté de nuestra parte porque todas esas artimañas resulten fallidas.
―Y además... hay ―apuntó Nicomedes― una tenebrosa y hasta hoy indescifrable conjura de
la infanta Carlota...
―Señores ―declaró D. Pedro, poniéndose en pie―, la Iglesia, como dueña del local en el
cual, por su tolerancia, que no por su gusto, se celebra esta nefanda reunión, recomienda a los
señores preopinantes que no hablen de las reales personas.
―Tiene razón nuestro noble castellano ―dijo López con sorna―. No nombraremos a
ninguna persona real; pero podemos designar por su nombre griego al que lo recibió y adoptó
conforme a rito, cuando y donde todos sabemos. Hablaremos, pues, de Dracón.
―¡Alto! ―gritó Hillo poniéndose en pie―, porque el designado con notoria irreverencia con
ese nombre, que huele a chamusquina masónica, es S. A. el infante D. Francisco. Al menos yo lo he
oído así, y no permito, señores, no permito...
―Bueno, bueno ―dijo Caballero―: no lastimemos los sentimientos religiosos y
monárquicos con tanta sinceridad manifestados por este buen señor. A Dracón todos le conocemos,
y no hay que hacer misterio de él ni de su nombre de batalla. Creo que se exagera la importancia del
tal: de mí sé decir que no creo que exista plan ninguno verosímil fundado en la personalidad del
Infante.
―Poco a poco ―apuntó Nicomedes―. Fermín, a ti te consta que sí lo hay.
―No... lo que me consta es que algunos cándidos han echado a volar ese nombre,
denigrándolo con la suposición de que teníamos en la persona que lo lleva un nuevo Pretendiente. Y
esto es absurdo; esto no cabe en cabeza humana, ni aun en la de un español de 1835, que es la
cabeza que nos ofrece la historia como más destornillada.
―Y, sin embargo, hay quien lo dice.
―Y quien lo cree, y lo sostiene como cosa muy práctica.
―Y no falta quien asegure que es la única salvación del país.
―Señores, son muchas salvaciones para un solo país... Salvadora la Reina Cristina, salvador
D. Carlos, salvador Mendizábal, y ahora también D. Francisco nos quiere salvar... Vamos, con
tantas salvaciones, España va al abismo.
MENDIZÁBAL 122

―Señores, no desvariemos ―indicó Hillo―. El señor infante D. Francisco, que es persona


discreta, no ha puesto sus ojos en el Trono... Se contentará por hoy con sentarse en el Estamento de
Próceres.
―Pretensión contraria a las leyes, tras de la cual hemos de ver y vemos una ambición política
muy sospechosa, señores, muy sospechosa.
―No exageremos... Cuando más, cuando más, Dracón aspira a la Regencia...
―¡Otra te pego!...
―Señores conferenciantes ―dijo Hillo con festiva severidad―, que no permito, que no
puedo consentir afirmaciones tan contrarias al decoro de la Real Familia... Si siguen sus señorías
por ese camino, mandaré que les lleven al corral.
―¿Somos gallinas?
―Toros de sentido... de excesivo sentido, maliciosos, imposibles para la brega, por lo cual
creo que no puede acabar bien la elocuente corrida que estamos celebrando.
―¡Ja, ja, ja!... Muy bien. En fin, concretemos: seamos explícitos y lacónicos, porque este
joven (por Calpena) dirá, y con razón, que le estamos embromando. ¿Verdad, señor Calpena, que no
entiende usted qué relación puede existir entre su persona y estas cosas desordenadas que acaba de
oír?
―En efecto: no se me alcanza qué concomitancia pueda tener mi humilde persona con esos
agentes reservados, con esas intrigas, con el Sr. Dracón y demás...
―Hemos sabido ―dijo Nicomedes con campanuda solemnidad―, que de Francia se remitió
un paquete de interesantes papeles a Madrid... No vaya usted a creer que intentamos sustraer ese
tesoro, y apropiárnoslo por medios contrarios a la hidalguía. En poder de usted se halla todavía el
encargo. La persona que debía recogerlo ha sido presa, y probablemente no saldrá pronto de la
cárcel. Es muy posible que alguien intente apoderarse del paquete, diciendo a usted que viene de
parte de su legítimo dueño. Yo le suplico, señor D. Fernando, que no lo suelte, aunque los que
vengan a pedirlo le presenten esquela del mismo Sr. D. Eugenio Aviraneta, a quien viene dirigido,
porque tanto el recado como la esquela serán falsos de toda falsedad.
―Pues correspondo a su franqueza ―dijo D. Fernando, a quien todos oían con vivísima
atención―, que no traigo yo encargo ni cosa alguna para ese señor que acaba de nombrar; y si algo
hay en mi baúl, que me confiaron en la frontera personas de toda mi confianza, y que no conspiran
ni han conspirado nunca, lo entregaré a quien venga a reclamarlo, siempre que acredite, por usual
conocimiento, ser la persona a quien viene rotulado.
―Pues aún me resta decir algo para que vean todos mi sinceridad y nobleza. Antes dije a
usted que el paquete venía dirigido a Mendizábal; pero esto lo hice sin más objeto que
desconcertarle a usted, con la idea de que su turbación le arrastrase a revelarme algo que yo quería
saber: lo que usted trae no viene dirigido a Mendizábal, ni tiene nada que ver directamente con
nuestro célebre gaditano. Pero personas muy altas, muy altas, fijese bien en lo que afirmo, pudieran
tener noticia de que el señor Calpena es portador de papeles graves, y en este caso no dejarían de
intentar por todos los medios apoderarse de ellos.
―En vez de aumentar la confusión de este excelente joven ―indicó Caballero―, procuremos
disiparla, amigo Nicomedes, y al propio tiempo, convenzámosle de que no pretendemos
apoderamos de secretos que no se nos quieren confiar.
―Justamente ―dijo López―, y empecemos por declarar que ignoramos, o por lo menos, que
no sabemos con exactitud qué documentos se han confiado a su discreción. Puede ser algo que
exclusivamente interese a la Familia Real; puede ser del común interés de los partidos militantes.
Me inclino a creer esto. El propio Aviraneta no sabe lo que es, o no quiere decírnoslo.
―No lo sabe ―afirmó Iglesias―. Así me lo aseguró ayer, y debemos creerlo.
―Hame dado en la nariz ―dijo Caballero―, que lo que han remitido a D. Eugenio es todo el
fárrago de papeles concernientes a la Confederación isabelina, de infausta memoria. Él mismo se lo
llevó a Francia no sé con qué objeto, y de allá se lo remiten para que lo utilice aquí en contra
MENDIZÁBAL 123

nuestra, y en pro de los Torenos y Martínez... Yo, señores míos, me fío poco de Aviraneta, y no
quisiera que mis amigos tuvieran interés por nada que al infatigable conspirador se refiera... Fíjese
usted, Sr. Calpena, en lo que voy a decirle, para que no se embrollen sus ideas con la extraordinaria
confusión que ha de resultarle de lo que decimos. Los estatuistas nos acusan de haber preparado,
dispuesto, organizado, en una palabra, el degüello de los frailes, el asesinato de Canterac y otros
abominables hechos de que usted tendrá conocimiento. Se nos quiere denigrar, inutilizar para la
gobernación del Reino. Si hay responsabilidad, no pueden ellos eludirla, pues en los terribles días
de Julio del año pasado era Presidente del Consejo el Sr. Martínez de la Rosa; Ministro de la
Gobernación el Sr. Moscoso, y Corregidor de Madrid el señor Marqués de Falces. ¿Sabéis lo que,
en mi presunción, contiene la estafeta que ha traído el Sr. Calpena? Pues el plan de Constitución que
hicimos Olavarría y yo; la exposición dirigida a S. M. por Flórez Estrada, condenando el Estatuto;
el proyecto de asonada general; el plan de Ministerio, presidido por Pérez de Castro; los
compromisos contraídos por Palafox y Calvo de Rozas, con el nombre de trabajos militares, y, por
último, el informe de la Comisión que nombramos para proponer al Gobierno el mejor sistema de
extinción de frailes. Todo eso y algo más había. Aviraneta, como iniciador de la Isabelina, arrambló
con el archivo cuando la persecución de la policía le obligó a emigrar a Francia. ¿Trataría de hacer
algún negocio con Luis Felipe? ¿Habrá entrado en contubernios con D. Carlos? Yo no lo sé... Ya os
he dicho que no me fío de ese hombre, y que de su refinada astucia y doblez lo temo todo. Vosotros
creéis en Aviraneta; yo no. Para mí es un monstruoso talento, el más sutil y agudo para la intriga. El
año pasado conspiraba o aparentaba conspirar con nosotros. Este año trabaja secretamente por los
enemigos del progreso. Vosotros creéis en sus alardes de patriotismo revolucionario; yo no.
Vosotros confiáis en su lealtad; yo desconfío hasta de su sombra. Si le ayudáis, ayudáis al
desprestigio de Palafox, de D. Jerónimo Valdés, de San Miguel, de los patriotas Quiroga y Palarea,
de Salustiano, del propio Mendizábal, pues ya sabéis que D. Juan Álvarez comunicó desde Londres
su propósito de constituir allí un Círculo isabelino, y de facilitar fondos para la causa, y en esfera
más modesta ayudáis también a vuestro propio vilipendio y al mío...
―Fermín, Fermín ―dijo Iglesias, apretando los puños, encendido el rostro―: tú siempre
pesimista, tú siempre malévolo y suspicaz, desconfiando de los hombres más adictos a la idea, de
los que han sabido padecer por ella persecuciones horribles.
―Y tú, Nicomedes, siempre iluso y confiado, pobre enfermo de la calentura patriótica, ni
aprendes nada de la experiencia, ni atiendes a las lecciones del tiempo. Tanto a ti, pobre Iglesias,
como a ti, Joaquín, almas crédulas, espíritus generosos, os digo que desconfiéis de Aviraneta, que
no le ayudéis en sus maquinaciones, que le dejéis solo en la febril inquietud de su conspirar
instintivo, genial, por amor al arte, por ley de su naturaleza.
Y cambiando bruscamente al tono familiar, antes que sus atontados amigos pudieran
replicarle, se levantó y formuló la despedida en estos términos:
―Ya he sermoneado bastante, y ahora me voy, que tengo que trabajar. Holgazanes, quedaos
con Dios.
―Fermín, aguarda, siéntate... que aún tenemos mucho que hablar.
―¡Hablar! La maldita palabra. Es la sarna del país. España llegará al fin del siglo sin haber
hecho nada más que rascarse, es decir, hablar... Quedaos con Dios... Y usted, Sr. de Calpena, al
aceptarme por su amigo, me va a permitir que le dé un consejo. Es usted muy joven; yo tengo
treinta y seis años y alguna experiencia. No haga caso de estos pobres orates. Si quiere usted seguir
el consejo de un patriota honrado, que no padece la famosa calentura, y profesa sus ideas con fría
convicción, no sirva usted de correo a los conspiradores de oficio. Y pues le han cogido de sorpresa,
encargándole comisiones que no habría aceptado con conocimiento, vénguese por el método
inquisitorial... En vez de entregar los papeles al Sr. de Aviraneta, arrójelos a las llamas. Ganará
usted mucho en tranquilidad de conciencia.
―¡Quemarlos! ¡Eso no! ―gritó Iglesias.
―Créame a mí...
MENDIZÁBAL 124

―No le crea, no, Fernando. Es de Cuenca, que es como decir leñador y carbonero...
―Carbón, sí; carbón haría yo de todo ese fárrago de sandeces ―dijo Caballero con
arrogancia, enarbolando su bastón―. Nuestro pasado político, amigos revolucionarios, debe ir al
fuego... Quemad la broza, que las ideas, no temáis... esas no arden.
Y encasquetándose el sombrero, que era de los voluminosos que entonces se usaban, salió del
cuarto y de la casa con resuelto y presuroso andar.

VII

Aunque desconcertados por la enérgica manifestación de Caballero, que al fin hubo de


condenar las bajas intrigas, no cejaron Iglesias y López en su propósito de catequizar al joven
Calpena. Aún insistió D. Joaquín en que entregase el lío a D. Eugenio Aviraneta, sin pensar en
hacerlo cisco, como le aconsejara Fermín con implacable rigor; y más atrevido Iglesias, propuso al
joven, no que pusiese en sus manos lo que era objeto de tantas cavilaciones, sino que permitiera ver
su contenido, prometiendo ambos guardar profundo secreto sobre lo poquito que examinar
pudiesen. Negose resueltamente D. Fernando, y ellos invocaron los principios liberales que sin duda
el joven profesaba; los grandes intereses del pueblo, al cual todos pertenecían; y añadiendo a los
halagos las promesas, ofrecieron traerle antes de tres días una credencial de ocho mil reales en
cualquier Ministerio, si a satisfacer su ardiente curiosidad se prestaba. Pero ni las demostraciones de
amistad, ni las ofertas de colocación, quebrantaron la delicada entereza de D. Fernando, el cual
decididamente, con frase categórica y un tanto áspera, les quitó toda esperanza, alentándole en esto
su amigo Hillo con muecas y manotadas expresivas. Replegáronse de mal talante los patriotas al
cuarto de Iglesias, y lo primero que hizo D. Fernando al entrar en el suyo fue guardar bajo llave, en
los seguros cajones de una cómoda, el contenido de su baúl, o aquella parte que convenía poner a
cubierto de cualquier sorpresa.
―Hace usted bien ―le decía Hillo gozoso―, porque estos libres, como ellos se llaman, no se
paran en pelillos. Fuera del patriotismo, son honrados, y por nada del mundo le quitarían a usted un
botón ni un cigarro de papel. Pero en mediando lo que ellos llaman el interés de la Confederación o
de la libertad, aunque esta sea tan desacreditada como la de la imprenta; como se trate de arma
política con que puedan descabellar al contrario y arrastrarle por el redondel, se ciegan, y de
noblotes y decentes se convierten en los primeros badulaques del mundo».
De acuerdo en esto como en todo, pues los lazos de su amistad se apretaban más cada hora,
salieron a dar un paseo antes de comer.
―¡Qué hermoso apóstrofe el de Caballero! ―decía, calle abajo, hacia la de Alcalá, el buen
clérigo Hillo―. Mejor será llamarlo conminación o deprecación...».
―Llamémoslo corrección fraterna, que así deben nombrarse los hijos de tal padre. Me ha
gustado D. Fermín. ¿Sabe usted que los otros parecen locos?
―Y no es lo peor que lo parezcan, sino que lo sean, y que nos comuniquen a nosotros su
locura. Yo siento un gran desorden en mi cabeza.
―Y yo. Le aseguro a usted que me falta poco para ponerme a gritar en medio de la calle.
¿Con que es verdad que he conspirado sin saberlo? ¿Con que es verdad que traigo papeles que
comprometen a la Real Familia... o a los reales masones, o a los isabelinos, o al demonio coronado?
Y ahora consulto yo con usted una sospecha grave: ¿tendrá alguna relación este enredo con los
favores que recibo de mano desconocida?... Esa personalidad misteriosa que en las tinieblas me
protege, ¿tendrá algo que ver con... con no sé qué?... Yo desvarío, se embarullan mis ideas. ¿Me
encontraré envuelto, sin culpa ninguna, en alguna endemoniada intriga? Dígame su franca opinión...
Usted es hombre de mundo, y conoce esta sociedad y estos manejos de la política. Yo soy un
inocente: vengo de un pueblo fronterizo y de una ciudad extranjera, donde he vivido amarrado a un
bufete de comerciante... Yo no sé nada de esto. Ilumíneme usted; indíqueme si debo hacer algo, o no
MENDIZÁBAL 125

hacer nada y dejar correr los acontecimientos...


―Pues, mi amigo D. Fernando, creo, y no hay que asustarse, que se halla usted metido de hoz
y coz en un lío estupendo... Dígame ante todo: ¿es cierto que trae usted esa caja?
―Sí, señor; a usted puedo decírselo. Traigo un paquete bastante pesado y voluminoso. Me lo
dio una señora que en Olorón visitaba mucho a los hermanos de mi padrino... Díjome que se
presentaría a recibir el encargo la persona a quien viene rotulado, y es también una señora, y se
llama Doña Jacoba Zahón.
―Eso de Zahón me huele a masonería. Y la señora que lo entregó a usted, ¿quién es?
―Allí la llamaban la Marquesa, y decían de ella que politiqueaba, que sostenía larga
correspondencia, y que en Tours y en Burdeos estuvo en relaciones íntimas con algunos emigrados
liberales.
―¡Ah... por San Benito de Palermo!... Ya veo, ya veo claro... digo, no, no veo más que
obscuridades y fantasmas... Señora allá que manda, señora aquí que recibe... Aviraneta... La
Confederación isabelina... el degüello de regulares... Mendizábal... Usted recibido y aposentado en
Madrid por personas desconocidas que no dan la cara... usted vestido por Utrilla... usted obsequiado
con billetes de teatro y con otros regalitos que no habrá querido decirme... ¡Ay! D. Fernando de mi
alma, como mi religión me ordena no creer en brujas, y mi experiencia me permite creer en
enjuagues masónicos, yo le veo a usted tocado de locura, y me vuelvo loco también, porque no
entiendo una palabra de este intrincado negocio.
―¡Y luego decimos que somos clásicos!
―¡Clásicos! Eso quisiéramos. El mundo está tocado de insana demencia... Ya no pasan las
cosas como antes, con aquella pausa y regularidad de otros tiempos; todo está trastornado; reina la
sorpresa, mangonea el acaso, y los acontecimientos se suceden sin ninguna lógica. Ya no hay reglas,
mi querido D. Fernandito. Esto es el caos, la barbarie, la anarquía de las almas. Corre un viento de
desorden, y en la naturaleza no hay aquella serenidad, aquella calma majestuosa... ¿Digo mal?
―Dice usted muy bien. Yo me noto lanzado en este vértigo, en este espantoso remolino.
―Todo por ese maldito... Hasta me repugna pronunciar su nombre.
―Ese maldito... ¿qué?
―¿Sabe usted, Fernando Calpena ―dijo el clérigo con solemne gravedad, parándose en
firme―, quién tiene la culpa de esta locura que nos saca de quicio, de esta llamarada que nos abrasa
el rostro, de esta comezón que nos hace bailar la tarántula?
―¿Quién tiene la culpa?...
―¡Qué! ¿No lo acierta? Pues tienen la culpa Víctor Hugo y Dumas, esos dos infames
progenitores del romanticismo... ¡El romanticismo! Ese es el remolino, ese es el vértigo, esa es la
locura...
―D. Pedro ―dijo Calpena, sin encontrar pertinente lo que afirmaba su amigo―, ¿qué tiene
que ver...? ¡Dumas, Víctor Hugo!... son dos grandes poetas...
―Que han desatado las tempestades en nuestra literatura, y tras el desquiciamiento de la
literatura, ha venido el de la política, y luego el de la vida toda... Yo, a esos dos, les mandaría cortar
la cabeza, sin cargo alguno de conciencia, como a malhechores del género humano, y me quedaría
tan fresco... ¿No ve usted que ya no hay orden ni reglas en el curso de los hechos que constituyen la
vida? ¿No ve usted que ya todo es exaltación, misterio, fantasmas, lo desconocido, lo
imponderable?... Pues espérese usted un poco, que ya empezarán los espectros, las tumbas, los
cipreses funerarios... En fin, vámonos a comer, que yo, la verdad sobre todo, tengo ya ganas. Y esta
tarde nos iremos a dar un largo paseo por las afueras, para que usted me cumpla su promesa de
contarme algo de su vida, y del cómo y el por qué de haber venido a este maldito Madrid.
―Volvámonos a casa ―dijo Calpena sobresaltado, pues temía un golpetazo repentino de la
suerte, como contrapeso de tantas venturas―, y veremos cuál es la sorpresa de esta tarde.
―¡Qué!... ¿Teme que venga de sopetón la mala?... Deseche usted ese recelo, porque si viniera
la mala, caería sobre mí. Quiero decir que aquí está Pedro Hillo para recogerla, pues yo seré su
MENDIZÁBAL 126

pararrayos, Sr. D. Fernandito. No dude que si salta la chispa caerá sobre este cura... y usted libre,
usted siempre feliz... Si no, al tiempo.
Sorpresa hubo, en efecto; mas no desagradable, como Calpena temía. Al entrar le dio Méndez
un paquetito que acababan de traer. Pálido y ceñudo, el joven no se atrevía a cogerlo. Hízolo Hillo,
tomó el peso, y se echó a reír diciendo: «Que me excomulguen si esto no es dinero contante y
sonante».
El paquetito era como una carta muy abultada, o como un libro de poco volumen,
esmeradamente envuelto en papel superior, cerrado con lacres. Estos no tenían sello con letras o
escudo. Antes de abrirlo, preguntó D. Fernando a Méndez quién lo había traído.
―Ha sido el mismo señor, ese que llaman Edipo.
―No puede ser más clásico ―observó Don Pedro―. A ver, a ver... abra usted.
―Podría usted haberle dicho que se esperara. Yo le habría interrogado... En fin, veamos qué
es esto.
Metiose en su cuarto con Hillo, y en pocos segundos quedó aquel nuevo enigma descifrado a
medias, pues si debajo del envoltorio apareció una elegantísima y perfumada cartera de piel, con un
cartoncillo en el cual resplandecían ocho medias onzas prendidas con cruce de seda encarnada, no
se encontró papel escrito, ni tarjeta, ni cifra por donde la procedencia pudiera ser conocida.
―Muy bien ―dijo el presbítero restregándose furiosamente las manos―. Eso no podía
faltar... Aparece la lógica en medio de este barullo romántico... Le mandan a usted dinero para el
bolsillo, pues un joven vestido por Utrilla, un caballero que ocupará altas posiciones, que figurará
entre los más elegantes de Madrid, no es bien que ande sin pólvora... Ea, no se devane ahora los
sesos... Ya parecerá, Señor, ya parecerá el donante. Vámonos al comedor, que con estas sorpresas se
me aguza el apetito.
Comieron solos, porque Iglesias, convidado por López, se había ido a la fonda de Genieys; D.
Fernando hablaba poco; a Hillo se le despertó la locuacidad con tanta fuerza como el apetito, y
trataba de apartar al joven Calpena de la sombría cavilación en que había caído... «Antes dije a
usted que estábamos locos, y ahora añado que bendita sea la locura si viene siempre así. Mientras
lluevan medias onzas, ora sean pasta, ora transformadas en cosas de diferente utilidad, no llore
usted, joven. Si luego nos cae alguna rueda de molino, tiempo habrá de lamentarlo. Y hablo en
plural, porque si mi delicadeza no me permite participar de los beneficios exclusivamente
destinados a usted, deseo y quiero ser partícipe de los males, cuando Dios se fuere servido de
enviarlos. Con que reposemos un rato la comida, y luego nos iremos a estirar las piernas al Retiro».
Hiciéronlo así, y descansando de su caminata a la sombra de unos copudos negrillos, en sitio
sosegado, allá por el Baño de la Elefanta, D. Fernando se franqueó con su amigo, ofreciéndole los
datos biográficos que anhelaba conocer, como clave o guía para descubrir la misteriosa mano.
―Los primeros recuerdos de mi infancia ―contestó Calpena―, se refieren a Vera, y a la casa
del cura de aquel pueblo. Pero yo nací y fui bautizado en Urdax, no constando en la partida más que
el nombre de mi madre, Basilisa Calpena. Ni la conocí nunca, ni he sabido de ella, pues la mujer
que me crió se llamaba Ignacia, natural de Zugarramundi, habitante en Vera, en una casita próxima
a la del cura. No tenía yo dos años, cuando este me llevó consigo, y ya no me separé de él hasta su
muerte, ocurrida el año 32. Llamábale yo padrino, y él a mí ahijado y a veces hijo. Era el hombre
más excelente que usted puede imaginar, sin tacha como sacerdote, verdadero pastor de sus
feligreses; tan caritativo, que todo lo suyo era de los pobres; entendido en mil cosas, principalmente
en agricultura, en astronomía empírica y en humanidades; gran latino, tan modesto en sus hábitos, y
tan apegado a la humilde iglesia en que desempeñaba su ministerio, que rechazó la oferta de una
capellanía de Roncesvalles y del deanato de Pamplona. Para mí, D. Narciso Vidaurre, que así se
llamaba, era la primera persona del mundo, y en él se condensaron siempre todos mis afectos de
familia, pues él era para mí como padre y maestro. Si no me había dado la vida, me dio la crianza,
la educación, y me enseñó a ser hombre, infundiéndome la dignidad, la confianza en mí mismo, y
preparándome para los mil trabajos de la vida. Desde niño me enseñó todo lo concerniente, en lo
MENDIZÁBAL 127

moral y en lo social, a personas principales... quiero decir que me crió para señor, no para sirviente
ni para la vida oscura y zafia del campo. Aunque no con puntualidad, D. Narciso recibía cantidades
para mi sostenimiento, educación y demás. Él venía unas veces de Madrid, otras de Burdeos o París.
De esto me enteré yo en mi niñez; pero él nunca me dijo nada, y aunque a veces aludía vagamente a
mis padres, dándome a entender que existían, y que yo podría conocerles andando el tiempo, jamás
me habló concretamente de asunto tan delicado. Sin duda, no se creía con facultades para hacerme
tal revelación; o tal vez aguardaba a que yo cumpliese determinada edad. No sé, no sé, amigo
Hillo... Mis confusiones son ahora las mismas que hace algunos años. Quizás, si mi padrino viviera,
ya habría cesado mi ignorancia de cosa tan importante; quizás...».
―Permítame... Entre paréntesis... ―dijo D. Pedro, que ponía profunda atención en el
relato―. Una pregunta: ¿en aquel tiempo recibía usted también favorcitos misteriosos de la mano
oculta?
―En tiempo de mi padrino, jamás. En París, una vez sola. Ya llegará oportunidad de
contarlo... Seguiré con método.
―Permítame otra pregunta: ¿ese señor murió de repente?
―Sí... de un ataque apoplético. No le dio tiempo a nada.
―Claro... si hubiese tenido tiempo, lo natural y lógico era llamarle a usted... decirle: «Hijo
mío, tal y tal...».
―Su muerte fue para mí un golpe tremendo. Parecíame que se acababa el mundo, la
humanidad; que yo me veía condenado a soledad eterna, a un desamparo tristísimo... Aquel santo
hombre era para mí la única y total familia, el maestro, el amigo, el inspirador de todos mis
pensamientos, guía de todos mis actos... Dejome un horrible vacío...
―Dispense... Otra pregunta: ¿no tenía el buen D. Narciso, como es uso y costumbre en la
clase de curas, alguna familia de sobrinas, amas?... ¿o es que vivía enteramente solo?
―Tenía una hermana más vieja que él, Doña María del Socorro, que le llevó tres años por
delante en el morir; buena señora, aunque algo regañona y descontentadiza, y un hermano que no
vivía en Vera... Muerta Doña María, siguieron gobernando la casa una sobrina, que al poco tiempo
casó con uno de Fuenterrabía, y dos antiguas criadas de la familia, que aún sirven al sucesor en el
curato, un sobrino segundo, llamado Avelino, buen muchacho, pero que no es ni la sombra de su
tío... No nacerá otro D. Narciso Vidaurre, el santo, el justo, el sabio, el discreto, el...

VIII

Nueva interpelación de D. Pedro, que impaciente quería profundizar en el hermoso asunto,


para llegar pronto a la verdad.
―Perdóneme otra vez, Fernandito, si le interrumpo. ¿Ese señor cura no se señaló, como todo
el clero navarro, por la adhesión a las ideas y a la persona de D. Carlos María Isidro?».
―Verá usted... Mi padrino, hombre de acendrada religión, manifestaba despego a los
revolucionarios y jacobinos... Del 14 al 20 simpatizó con los realistas, por lo cual le tuvieron entre
ojos las autoridades de los tres años. Poco antes de la entrada de Angulema, tuvimos que salir de
Vera y refugiarnos en Cambo. Pero a principios del 24 ya estaba mi padrino en su parroquia, y
entonces le ofrecieron la canonjía de Pamplona, que rehusó. Desde el 24 hasta la muerte del Rey, se
abstuvo de manifestar con demasiada viveza sus sentimientos realistas. Debo decir también que el
buen señor tenía relaciones con personas del bando liberal. Era muy amigo del general Mina...
―¡De D. Francisco Espoz y Mina!
―Hacia el 22, comía en la Rectoral siempre que pasaba por Vera... También tenía D. Narciso
gran confianza con Eraso, el segundo de Zumalacárregui, y aun con este, en época anterior al
carlismo, cuando Don Tomás era coronel de ejército. Sí, señor... ¡Pues tengo tan presente a Mina...
le vi tantas veces en mi casa!
MENDIZÁBAL 128

―¿Y con usted se mostraba cariñoso?...


―Como que monté a caballo más de una vez en sus rodillas. Me quería mucho... me llamaba
petit caporal y no sé qué... Ahora que recuerdo: también nos visitó alguna vez el Conde de España.
―¿Y en las rodillas de ese también montaba usted?
―Creo que no. La época es más remota, y apenas me acuerdo.
―¿Y entre tantos generales no iban alguna vez generalas?... ¿No recuerda haber visto en la
casa del cura duquesas o princesas...?
―Personas de tanta categoría... no sé... como no fueran disfrazadas.
―Adelante. Murió el señor Cura, sin poder decir oste ni moste... y luego...
―El hermano de D. Narciso vivía en Urdax, dedicado al tráfico de maderas. Este señor se
encargó de mí. Honrado y cabal, no se parece nada a su difunto hermano: carece de instrucción, y es
seco, adusto, sin delicadeza. Lo primero que hizo conmigo fue mandarme a Olorón para que
siguiera mis estudios en un colegio. Allí viví unos meses en casa de un tal Maturana, habilísimo
mecánico y armero, algo pariente y amigo íntimo de los Vidaurres. De pronto recibí órdenes de
trasladarme a París a aprender prácticamente el comercio, pues al comercio quería dedicarme. Me
mandaban acá y allá, sin darme explicaciones, y si alguna observación hacía yo, me respondían
simplemente: «Manda quien manda».
―Ya me habló usted de su viaje a París para entrar en la casa de Banca donde conoció a
Mendizábal; dígame ahora cómo se le manifestó la mano oculta en aquella ciudad.
―Yo vivía con otro chico guipuzcoano, compañero mío de escritorio, en una modesta pensión
del faubourg Poissonière. Un día me encontré en la mesa de mi cuarto una carta dirigida a mí.
Dentro de ella había dos billetes de la Banque de France, que allí circulan como metálico. Total:
doscientos francos, que me vinieron muy bien. No pude averiguar quién me había llevado la carta:
ni en la casa ni en mi oficina supieron darme ninguna razón. Pero aquella vez el dinero no venía
solo, sino con una cartita muy lacónica en que se me mandaba oír misa, al día siguiente, a las nueve
en punto, en la iglesia de Notre Dame des Victoires. Naturalmente, fui, y nada me sucedió, es decir,
nadie se me acercó a hablarme, como esperábamos mi compañero y yo, que creímos se trataba de
una aventura vulgar.
―Si usted no vio a nadie, sin duda alguien a usted le vería... ¿Era ya en el reinado de Luis
Felipe?
―Sí, señor. De repente, con la misma brusquedad con que fui enviado a París, llamáronme a
Olorón, y allí estaba cuando se nos presentó Faustino Vidaurre, al parecer para tratar de negocios...
Noté yo que él y Felipe Maturana se decían algo referente a mí, recatándose de que yo lo
entendiera. Una mañana me notificaron que vendría pronto a Madrid, donde se me daría un destino
en las oficinas del Gobierno, con sueldo bastante para vivir decentemente en esta capital. Yo me
alegré, porque allí no hacía nada, y la holganza monótona de aquel pueblo me enfadaba, me ponía
enfermo... Vi los cielos abiertos; me aventuré a pedir alguna explicación al hermano de mi padrino;
pero no me dijo más que la frase sacramental: «Quien manda, manda». Y Maturana agregó:
«Llevarás tu viaje pagado, y algo para que puedas vivir un par de meses en un alojamiento
arregladito. Ya puedes empaquetar tu ropa y tus libros...». Y como yo expresase alguna inquietud
acerca de mis primeros pasos en esta villa, no teniendo aquí conocimientos ni trayendo carta de
recomendación, Faustino me dijo: «Anda, anda, hijo, y no temas nada, que ya tendrás quien te
ampare y mire por ti. Vete descuidado, que nada te faltará... Y no te mandamos tan desprovisto de
apoyos y recomendaciones, pues además de los que allí te saldrán donde y cuando menos lo
pienses, en Madrid tienes a nuestro primo Carlos Maturana, diamantista que fue de la Real Casa, y
hoy comerciante en piedras preciosas. Ya le hemos escrito para que te preste algún socorro, si por
acaso lo necesitares. Pero no esperes encontrarle en la Corte hasta los últimos de Septiembre,
porque ahora está viajando por el Norte de Italia, y tardará un mes lo menos en llegar a Madrid.
Vive en la plaza de la Armería junto a Palacio». Llegó el día de mi partida, y me despidieron muy
conmovidos, como si no pensaran volver a verme. Tanto Maturana como Faustino y las mujeres de
MENDIZÁBAL 129

ambos, me dirigieron el último saludo con una extrañísima gravedad... vamos, con algo como
demostración de respeto... No sé si me explico...
―Comprendido, comprendido... Es muy natural... ¿Y...?
―Ya, a eso voy. Dos días antes de mi salida de Olorón, se llegó por allí una señora muy
estirada, con muchos moños grises alrededor de la cabeza, sombrero con cintas y encajes. Hablé con
ella dos o tres veces, asombrándome de su instrucción, de su finura, de su conocimiento de la
política, así francesa como española. La esposa de Maturana, persona también de excelente
educación, francesa, hija de un librero de Foix, celebraba frecuentes encerronas con la dama
desconocida. A esta la llamaban Madame Aline.
―¿Francesa?
―Pues mire usted que no lo sé... Habla correctísimamente el español, aunque con un ligero
acento... no sé, me pareció catalán. Pues bien: esta señora fue la que me dio el encargo que tan
soliviantados trae a nuestros patriotas. Tanto ella como Maturana me encargaron tuviese mucho
cuidado de no entregar el paquete más que a la persona a quien viene dirigido. «Será muy difícil
―me dijo madame Aline― que haya equivocación ni suplantación, si usted se fija bien en las señas
que le doy. La señora en cuyas manos pondrá usted la cajita es jorobada».
―¡Lo ve usted! ―exclamó Hillo, dándose un fuerte palmetazo en la rodilla―. ¿Ve usted
cómo acertaba yo cuando hablé del torbellino romántico? En el romanticismo desempeñan siempre
un papel culminante los jorobados, o siquiera cargados de espalda, los tuertos, patizambos, y en
general toda persona que tenga alguna deformidad visible. También figuran en él los tísicos, los
locos y los que padecen ictericia.
―Jorobada ―me dijo―, de sesenta años, y algo impedida de la pierna derecha.
―Bueno, bueno, bueno... Lo que digo: en pleno romanticismo. ¿Y qué nos importa? Mejor,
más divertido: no nos faltarán emociones, sorpresas y... corcovas... ¡Ay! Fernandito de mi alma, me
equivocaré mucho si de todo esto no resulta una anagnórisis felicísima... Nada, nada, no hay que
temer nada malo, sino una verdadera irrupción de bienes. Yo estoy contento, no sé qué me pasa. El
bien ajeno no me produce envidia, sino una exaltación de cariño y entusiasmo por la persona
favorecida. Así es que estallo de satisfacción, y me parece que esta noche he de atacar la cena con
un apetito fenomenal. Adelante. ¿Falta algo?
―Sí señor: falta que usted conozca la clase de educación que me dio mi padrino; los
sentimientos con que fortaleció mi conciencia; las ideas con que fue labrando mi criterio... Desde
muy niño me acostumbro a mirar la moral excesivamente severa como base de una vida ejemplar.
La moral rígida, según él, es un deber que impone la fe, y al propio tiempo una indudable ventaja
para la vida. Me enseñó a abominar de la mentira, siendo en esto tan extremoso, que ni aun me
permitía los embustes inocentes que son el encanto principal de la infancia. De amor al prójimo, de
caridad y abnegación, no hablemos, pues esto, con sólo su ejemplo, diariamente me lo enseñaba.
Ponía un cuidado exquisito en que yo aprendiese desde muy niño a refrenar los deseos violentos, a
no apetecer cosa alguna con demasiado ardor, a poner freno a las pasiones. Ya he dicho a usted que
era un humanista de primer orden, y clásico ferviente, resultando armonía perfecta entre su gusto
artístico y todos los actos de la vida, que iban siempre a compás, como sus pensamientos. De los
modernos autores, Moratín era su ídolo. Se carteaba con él y con el abate Melon, y se sabía de
memoria todas las poesías serias y festivas de D. Leandro, así como sus traducciones de Horacio.
¡Cuántas veces le oí declamar con grave entonación aquel pasaje!:

¿De cuál varón o semidiós el canto


previenes, alma Clío,
en corva lira o flauta resonante?

La sátira «¿Quieres casarte, Andrés?» la repetía enterita, sin el menor tropiezo. Explicándome las
bellezas de estas composiciones, me hacía ver cómo la poesía, para ser de buena ley, debe
MENDIZÁBAL 130

subordinar la inspiración al buen gusto y a la regularidad. Mas no quería que fuese yo poeta, y una
vez que me sorprendió haciendo versos, me los puso en solfa, incitándome a que, en vez de expresar
mis pensamientos con música y medida, cultivara la buena prosa, que, sin duda podía ofrecerme
ancho campo al empleo de la inteligencia, así en la oratoria política, como en la forense, en la
historia, en la filosofía, y en todas las artes liberales. Por Cicerón tuvo verdadera idolatría, y decía
que era lástima fuese gentil un hombre que expresaba las ideas con tal perfección, dando al
raciocinio la palabra más propia y más enérgica. Repetía la memoria pasajes del gran orador y
filósofo; me los explicaba; me hacía ver su concisa elocuencia, la propiedad, el empleo exacto de
las voces...
―Repetiría aquel pasaje: Nihil agis, nihil moliris, nihil cogitas...
―Quod ego, non modo non audiam, sed etiam non videam...
―Ejemplo admirable de lo que llamamos climax...
―Como usted comprende, me enseñó el latín a machamartillo, porque, según él, es el latín la
madre de todas las enseñanzas, y única escuela segura del buen gusto. El latín, decía, no sólo hace
hombres eruditos, sino buenos ciudadanos, personas sociables, finas y amenas... Por último, para
que usted se haga cargo de cómo formó mi carácter aquel gran maestro, recordaré las máximas que
con tenacidad me iba claveteando, como si dijéramos, en la cabeza, y así verá el contraste que
forma aquella enseñanza teórica con lo que después me ha traído la realidad. «Ajusta siempre tus
acciones ―me decía― a un plan lógico, dentro de la más estricta moralidad, y no te separes de él
por nada ni por nadie. Puede que este sistema te ocasione alguna desazón pasajera; pero a la larga
apreciarás y saborearás sus hermosos resultados... No confíes nunca en lo imprevisto; no esperes
nada del acaso, y que tu conducta sea siempre lo que debe ser, lo previsto, lo estudiado, y en modo
alguno dependa del qué será... No aceptes jamás cosa alguna que no sepas de dónde viene, ni te fíes
de prosperidades fantásticas, que suelen volverse infortunios reales... Lábrate la dicha con tu
trabajo, acostúmbrate a que tu bienestar sea obra de ti mismo, y no esperes nunca favores llovidos
del cielo... No contraigas deudas, ni aun por mínima cantidad, y advierte que es preferible pedir una
limosna a cargarte de obligaciones... Ama la regularidad, el orden, pues si no hay arte posible sin
reglas, también está sujeto a cánones invariables el arte de la vida... Considera que lo que no hayas
adquirido por ti mismo no es tuyo, sino ajeno, que si aceptas beneficios que no has ganado con tu
esfuerzo, te verás ligado por la gratitud, y la gratitud puede torcer tu voluntad, y apartarte de la
senda del deber rígido y estrictamente moral... En lo tocante a opiniones políticas, mantente siempre
en el fiel de la balanza, y cualquiera que sea la bandería a que te veas afiliado, no hagas un dogma
cerrado de tus creencias, ni niegues a la creencia de los demás el respeto que merece... Nunca te
acalores en la vida pública ni en la privada; no seas fogoso en tus pasiones, que eso es vicio
romántico, de que debes huir como de la peste; mantente siempre templado, dueño de ti, sereno y en
disposición de sortear las vehemencias ajenas. Así dominarás, sin ser nunca dominado, porque el
fiero se entrega al fin, y se rinde al flemático... En todos los negocios preséntate siempre de buena
fe, situándote en posición derecha, frente a las intenciones del que ha de tratar contigo...
―Pues esta máxima ―dijo Hillo gozoso― corresponde a una de las principales reglas del
toreo, que llamamos situarse en la rectitud... Adelante.
―Con que ya ve, Sr. D. Pedro, cómo no corresponde la palpitante realidad a la norma de
conducta que mi preceptor me enseñaba; y aquí me tiene usted sin voluntad propia, sometido a
misteriosas manos que me gobiernan... Lo desconocido me rige, la imprevisión me guía... Estoy
amenazado del descrédito de toda la doctrina que aprendí, y no veo manera de aplicar ninguna
regla, porque todas están por el suelo, pisoteadas por el acaso, a quien pertenezco sin poder evitarlo.
―No es el acaso: es el supremo designio, hijo mío. Pero no te apures ―dijo D. Pedro,
empezando a tutearle sin darse cuenta de ello, por una efusión de cariño que rápidamente invadía su
corazón―. Considera que sobre todas las reglas está la realidad de la vida, y que no podemos
desviar los acontecimientos de su natural curso, trazado por Dios. Tu padrino debió tener en cuenta
el misterio de tu origen, antes de recomendarte que abominaras de lo desconocido. ¿Por qué no te
MENDIZÁBAL 131

reveló lo que sin duda sabía? O es que no sabía nada. De todos modos, hijo mío, tu existencia se
balancea en el misterio, y el misterio ha de rodearte, y lo imprevisto te rondará por mucho tiempo,
pese a toda la ciencia y a toda la bondad de ese D. Narciso Vidaurre... ¿Qué resulta? Que tu padrino
te quiso criar para lo clásico, sin considerar que eres romántico inconsciente, esto es, que a pesar
tuyo el romanticismo te coge en su remolino furioso... Dispénsame que te tutee: siento hacia ti un
profundo afecto. Te miro como un hijo; más propio será decir como hermano. Quiero compartir tus
desventuras... cuando lleguen... Seamos románticos; aceptemos la realidad, y pues esta es ahora tan
buena, no le busques tres pies al gato, y date por muy contento con los bienes que llovidos caen
sobre ti. Después vendrá la anagnórisis, y volveremos a lo clásico, al triunfo, a la apoteosis, que será
coronamiento de tu destino. Sí, querido Fernando. Tu porvenir es hermoso; tú eres lo que no
pareces... Serás grande, poderoso... Alégrate. Seremos amigos, grandes amigos; seremos hermanos.
Y ahora, chiquillo, pues cae la tarde, vámonos despacito hacia nuestra vivienda, que la hora de la
cena se aproxima, y yo, la verdad, con todo eso que me has contado, siento que se me avivan de un
modo horroroso las ganitas de comer.

IX

Era verdad que D. Pedro se sentía inflamado de un cariño sincero hacia el joven Calpena,
afecto absolutamente desinteresado, pues no se arrimaba a su amigo con intenciones de parasitismo,
viéndole en camino de doradas grandezas, sino que anhelaba guiarle por los senderos peligrosos que
probablemente se abrirían ante él; aconsejarle, dirigirle, evitarle todos los escollos, para que gozase
libre y desembarazadamente de los bienes que el cielo le deparaba.
No tardó Utrilla en rematar algunas, si no todas las piezas de ropa de que había tomado
medidas. Dos pantalones, dos chalecos y una levita fueron entregados a los tres días de la prueba, y
la terminación de lo demás se anunció para la semana próxima. Empezó por fin D. Fernando a
ponerse guapo y elegante, lo que con tal ropa, y los aditamentos de corbata, calzado, peluquería,
etc., era cosa muy fácil en un joven a quien dotó la Naturaleza de airosa figura, hermoso rostro y
modales finísimos a nativitate. Hillo le contemplaba embobado, viendo en él un perfecto tipo de
raza aristocrática. El propio Duque de Osuna, D. Pedro Téllez Girón, no le aventajara, ni los
agregados de la Embajada inglesa.
Desde que tuvo ropa fue incitado por su amigo a frecuentar los teatros. Hillo no le
acompañaba por causa de su ministerio sacerdotal. Fea cosa era ir a los Toros; pero más disculpable
para un clérigo que el teatro, por celebrarse las corridas en pleno día y no ser preciso en ellas
descubrirse la cabeza, exponiendo a la befa popular la ungida corona. Con todo, buenas ganas tenía
de colarse una noche en la cazuela, disfrazado, para ver en el patio a Fernandito, y sorprender el
efecto que causaba en la concurrencia. Contentábase con verle vestirse y acicalarse, y poner en sus
manos el sombrero y bastón cuando salía. Aunque el niño volviese tarde, D. Pedro no se acostaba
hasta que le veía entrar, y allí eran sus preguntas: «Qué tal, hijo, ¿te has divertido mucho? ¿Has
dado golpe? Apuesto a que todos los lentes, y esos anteojos que llaman gemelos, se han dirigido a tu
gallarda persona».
En el Príncipe daban Norma, cantada por la Sra. Oreiro de Lema y el Sr. Unanúe. En la Cruz,
La joven Reina Cristina de Suecia, traducida del francés. Así de las obras como de la ejecución,
pedía el clérigo a su amigo noticias prolijas, y el chico se las daba, advirtiendo la absoluta
ignorancia teatral del buen señor, que no había visto nunca más pieza que El mágico de Astrakán,
allá en Zamora, siendo él una criatura.
Menudeaba Calpena sus asistencias al Príncipe y viéndole tan aficionado, decía D. Pedro:
«¡Cómo se conoce que nos salen novias a docenas!... La suerte es que este chico se pasa de
prudente y avisado, y no le atrapará ninguna de esas culebronas que...».
Dígase, para explicar la confusión que seguía presidiendo los destinos de D. Fernando
MENDIZÁBAL 132

Calpena, que a fines de Septiembre nadie había ido a recoger el misterioso encargo traído de
Olorón; que una tarde llegó carta anónima, no llevada por Edipo, sino por persona desconocida que
la dejó en la puerta, y que algunas noches, al volver Fernando del teatro, creía que le seguían dos
personas buscándole las vueltas y espiándole los pasos. La carta no traída dinero: estaba escrita por
mano nada premiosa, menudito el trazo, la gramática bastante correcta, y sólo contenía lacónicas
advertencias y admoniciones cariñosas: «Mira, niño: los guantes amarillos son de más distinción
que los blancos... También te digo que no es del mejor tono aplaudir en el teatro tan
estrepitosamente, sobre todo a medianos artistas... Por más que tú creas otra cosa, a juzgar por tu
entusiasmo, la Ridaura no hace nada de particular en su parte de Adalgisa... Oye, niño: que vayas a
misa al Carmen Descalzo, a las nueve en punto, y procura no estar en la iglesia tan distraído. A la
iglesia no se va a mirar a las muchachas, sino a rezar con devoción... ―P. D. Cuando se te acabe el
dinero, te pones en misa la corbata escocesa, usando la negra para anunciar que lo has recibido».
―Observaciones son estas ―decía Hillo radiante de satisfacción― atinadísimas. Mi leal
opinión es que no debes ponerte la corbata escocesa sino cuando tengas verdadera necesidad de
nuevas remesas de metálico. No hay que abusar, hijo.
La gran sorpresa cayó, como chispa del cielo, una tarde, al volver Méndez de su oficina. Traía
un pliego de oficio dirigido a Calpena, y al ponerlo en sus manos, le dijo:
―Esta comunicación fue entregada al portero mayor para que indagara las señas. Corrió entre
nosotros de mano en mano, hasta que vi el nombre... ¡Qué casualidad! ¡Pero si le tengo en mi casa!
Ábralo usted pronto, que, si no me engaño, es nombramiento.
Calpena se quedó frío de estupor. D. Pedro, como el que sueña despierto, exclamó:
―¡Credencial! Será cuando menos de Administrador de Tercias Reales, o de Colector del
Noveno y Medias Annatas.
Abierto el pliego, resultó contener un nombramiento de Oficial de la Secretaría de Hacienda,
con doce mil reales: firmaba Mendizábal. Un tanto desconcertó a Hillo el ver que la nueva dádiva,
parabólicamente arrojada por la mano oculta sobre aquel venturoso mortal, no correspondía, con ser
grande, a las hipérboles que soñara la desbocada fantasía del clérigo. Pero reflexionando en ello, no
tardó en conformarse y dijo:
―Para hacer boca no está mal. Pocos serán los que empiecen así. Papilla de doce mil reales
no se da ni a los hijos de los Ministros. Y aquí estoy yo, pretendiendo hace catorce años una triste
cátedra con seis mil, sin que hasta la presente... Pero no importa... Con que, hijo, alégrate y toca las
castañuelas, que por lo que veo, el mundo es tuyo. Oye: que no pasen dos días sin ir a tomar
posesión y a darle las gracias al señor de Mendizábal.
Ni contento ni triste, sino fluctuando entre sus sombrías inquietudes y el gozo retozón de su
vanidad halagada, Calpena contestó que no pondría los pies en el Ministerio sin dar antes un paso
que su decoro exigía y su ardiente curiosidad reclamaba. Empleó la mañana siguiente en la
diligencia de buscar al llamado Edipo, lo que no le fue difícil recorriendo oficinas y retenes
policiacos; pero el tal no le dio ninguna luz. No era más que un simple intromedario: llevaba los
mensajes sin conocimiento de su procedencia; le llegaban de segunda mano, o sea por órdenes de su
inmediato jefe, el Sr. D. Manuel de Azara. Sin pérdida de tiempo echose D. Fernando a buscar a
este; solicitó audiencia, que le fue concedida, después de largos plantones, al anochecer del día
siguiente, y encontrose frente a un hombre extraordinariamente calvo y con el bigote teñido, que le
escuchó benévolo y un tanto malicioso; pero sin dar lumbres. Aseguró que de la credencial no tenía
la menor noticia, y que de la remesa de encarguitos, así como de la preparación de aposento, no
podía revelar cosa alguna por habérsele impuesto reserva bajo pérdida de destino…
―Y francamente ―dijo al terminar―, no hay más remedio que defender la plaza como se
pueda, mayormente cuando a uno le tienen entre ojos por ser criado a los pechos de D. Tadeo
Ignacio Gil... Gracias que Olózaga me considera y está contento de mí... En una palabra, caballerito,
no me pregunte usted nada, porque no he de responderle. Precisamente el señor Subdelegado me
estima, como he dicho, porque no hay quien me iguale en el don de silencio. Y si me permite usted
MENDIZÁBAL 133

darle un consejo, le diré que aprenda cosa tan fácil, poniéndose a ello, como es el callar. Lo difícil,
señor mío, es callarse cuando a uno le pegan; pero callarse cuando le miman y regalan... ¡qué cosa
más fácil! Créame a mí: déjese llevar, déjese querer...
No muy satisfecho, aunque resignado con la cómoda filosofía del polizonte, se volvió a su
casa D. Fernando, y antes de poder contar a Hillo la reciente entrevista, recibieron ambos una nueva
sorpresa: carta del misterioso corresponsal, que decía:

«Tontín, aunque Mendizábal recuerda al jovenzuelo que le sirvió de amanuense en el hotel


Meurice, en París, no le hables de tal cosa cuando le veas, que le verás. No le pidas audiencia para
darle las gracias: él te llamará. Adúlale un poquito, que le gusta, y si trabajases algún día en su
despacho particular, no te muestres cansado, aunque te tenga diez o doce horas con la pluma en la
mano, que le entusiasman los incansables, como él.
»No faltes el sábado, en el Príncipe, al estreno de Los hijos de Eduardo, traducido de
Delavigne por el tuerto Bretón. Dicen que es cosa buena. Y si repiten el Don Álvaro, de Angelito
Saavedra, no dejes de ir a verlo. Ya sé que el viernes pasado estuviste en el cuarto de Florencio
Romea, donde conociste a Ventura de la Vega. Ándate con tiento en frecuentar cuartos de cómicos:
fácilmente pasarás de los cuartos de ellos a los de ellas... y esto no me gusta.
»Con perdón del Sr. Utrilla, la levita verde no te ha quedado bien. Hace unas arruguitas en la
espalda, que no aumentarán la fama del primer sastre de Madrid. Que te la vea puesta, y
mándasela después para que te la arregle. De paso te encargas un surtout color barquillo, y que te
lo hagan pronto, que las noches ya refrescan; pero no tanto que te pidan capa... Los mejores
guantes son los de Dubosc, y las mejores camisas las de Fernández, calle del Príncipe. El reloj que
tienes, regalo de tu padrino, está pidiendo sucesor. Además de que es feísimo, se atrasa que es un
gusto, y así llegas tarde a todas partes. Ya veremos de darle jubilación. Pero no lo vendas ni lo des
a nadie: guárdalo siempre como recuerdo de cuando D. Narciso te tiraba de las orejas por no
saber los latinajos.
»Bobillo, no te entretengas más de una hora en el Café Nuevo, y mira con quién te juntas, y a
qué tertulias te arrimas. Cuidadito con Larra, que tiene más talento que pesa; pero es mordaz y
malicioso. Si vuelves al Parnasillo, busca la amistad de Roca de Togores, de Juanito Pezuela y de
Donoso Cortés... Con Espronceda y otros tan arrebatados, buenos días y buenas noches, y nada de
intimidades... Suscríbete a La Abeja, lee El Español, y hazle la cruz a El Eco del Comercio.
»Adiós. El domingo, a misa de once, en las Niñas de Leganés».

Suspiró Calpena al acabar la lectura, y D. Pedro, echando lumbre por los ojos, dijo:
―Ya no me queda duda de que es una dama. ¡Y qué cariñosa ternura, qué purísimo y
entrañable afecto!...
―Lo que yo creo ―observó el joven― es que vivo espiado dentro y fuera de casa, pues la
desconocida persona que me escribe sabe todos mis pasos, observa las arrugas de mi ropa, y se
entera de cuándo se me atrasa el reloj.
―¿Y qué te importa, tontín? ¿Qué mayor dicha para un joven honesto que tener quien así
cariñosamente le vigile, designándole los buenos caminos y apartándole de los atajos peligrosos?
Ahora no hay que pensar sino en presentarte en el Ministerio, tomar posesión y ponerte al habla con
el grande hombre, con ese gaditano londonense, negociante antes que político, a quien yo tenía
entre ojos; pero me va gustando, ya me va gustando. Al darte la credencial demuestra que no es
rana... Ya ha olido el hombre que tú vas para personaje; que cuando tengas la edad serás Procurador,
Prócer o lo que te dé la real gana, y el muy tuno quiere atraerte con tiempo, llevarte a su lado,
hacerte de su partido...
Meditabundo, Calpena no siguió a D. Pedro en sus apreciaciones optimistas. Casi toda la
noche la pasó en vela, asaltado de una fiebre inquisitiva, revolviendo en su mente los claros
recuerdos de su niñez, busca por allí, husmea por allá, evocando memorias de rostros, frases o
MENDIZÁBAL 134

reticencias de D. Narciso, o de alguien de su familia; mas en ningún repliegue del pasado vislumbró
hilo que le guiara por aquel laberinto en cuyo seno misterioso se ocultaba la verdad. Tampoco Hillo
durmió aquella noche con el dulce sueño que su pura conciencia ordinariamente le permitía. Viva
excitación cerebral le tuvo en vela, y allí era el lanzarse a un desenfrenado juego de acertijos,
admitiendo y desechando hipótesis. «Esto no lo hace más que una madre ―se decía―. Y que esa
madre es persona de alta posición, no puede menos de admitirse. Bien claro está: riquezas hay;
nobleza también. No me falta más que el nombre para llegar a la completa solución del enigma.
Luego viene el otro problema: el papá. Por San Dionisio Areopagita, esta sí que es gorda. ¡Dios
mío, el padre...! No sé por qué me ha dado en la nariz tufo de sangre real... Sí, sí. Tiene mi
Fernandito en toda su persona un sello de majestad, de grandeza de estirpe, que no deja ninguna
duda, no señor... Por la fisonomía, nada saco en limpio... Como narigudo, no lo es; ni tiene el labio
inferior echado para afuera... Por tanto, no parece...».
Dormido al fin, soñó con las más estrafalarias anagnórisis que es posible imaginar, y al
amanecer despertó sobresaltado con una idea, que en su cerebro como ladrón furtivamente se
introdujo, hallándose en ese estado neblinoso que separa el dormir del velar. «Ya, ya lo acerté
―dijo a media voz incorporándose en la cama―. Es... de Napoleón y de... No será difícil descubrir
una Duquesa o Marquesa que...».
Media hora después, camino del Carmen Descalzo, donde celebraba, volvía en sí de aquella
aberración, razonando de este modo: «No... porque, bien mirado, no tiene el tipo de los
Bonapartes... digo, me parece a mí. Yo no he visto a ningún Bonaparte, como no sea en estampa,
porque a Napoleón I, por más que corrimos tras él los muchachos, el día siguiente de la batalla de
Astorga, no alcanzamos a verle... no vimos más que un bulto... el bulto de un jinete, a lo lejos, por
el camino de Otero... Al Rey Botellas tampoco le eché la vista encima... Sólo por las pinturas se
hace uno cargo de la fisonomía de aquellos señores... No, no, esto es un delirio. Ni aun quitándole el
bigote al niño, y engordándole mentalmente, encontraríamos el aire de familia... ¡Qué demonio!...
esperemos, y Dios lo dirá».

Uno de los primeros días de Octubre, a los veinte próximamente de su llegada a la Corte,
inauguró Calpena su vida burocrática, presentando su credencial en la Secretaría de Hacienda
(plazuela de Ministerios), y tomando posesión de su destino. Tocole de jefe de Sección o Mesa, un
D. Eduardo Oliván e Iznardi (no tenía nada que ver con D. Alejandro Oliván, entonces redactor de
La Abeja, ni con D. Ángel Iznardi, redactor de El Eco del Comercio). Hechura de D. Luis López
Ballesteros, respetado por Cea Bermúdez, y por Toreno, bien agarrado en todos los Gabinetes por
sus excelentes relaciones, era un señor bueno como el pan, sencillo como una codorniz, afable,
angosto de cerebro, y tan ancho de conciencia burocrática, que en ella cabía, y aun sobraba
conciencia, la libertad anchurosísima de sus subordinados. Su llaneza patriarcal parecía olvidar las
jerarquías, alternando amigable y democráticamente con los inferiores en la tarea deliciosa de leer
El Español, El Eco y La Abeja, fumar cigarrillos, repetir y comentar todo lo que en Madrid se
hablaba de política y literatura, echando de vez en cuando una plumada a los expedientes, por vía de
distracción, y sin suspender la grata tertulia. Cada cual salía y entraba en aquella bendita oficina a la
hora que mejor le cuadraba. Eran cinco los funcionarios, con Calpena seis, repartidos en tres mesas,
con la del jefe cuatro, de distinta hechura y edad, si bien todas representaban una antigüedad
venerable. Dígase que la tinta era excelente, hecha en la casa; las plumas de ave; los tinteros de
cobre, y que sobre las bayetas verdes y los mugrientos hules se extendían los negros polvos de
secar, formando en algunos sitios verdaderos arenales. Inauguraba el bueno de Oliván su trabajo
cortando plumas, en lo que ponía exquisito cuidado y habilidad, pues su gala era esto y la rúbrica
que echaba en las firmas, no menos rasgueada y pintoresca que la de un escribano. Mientras duraba
MENDIZÁBAL 135

el corte hablaba con los madrugadores, o sea los que recalaban por allí de diez y media a once; les
refería incidentes o sucedidos de su familia, gracias y travesuras de sus niños; les oía contar algo de
Teatro y Toros, alguna mujeril aventura, y así se pasaba el tiempo hasta las doce, hora en que le
traían a Don Eduardo su almuerzo. Sobre las bayetas arenosas extendía una servilleta, y se comía su
tortilla de patatas y su chuletita de ternera. Salían y entraban los mozos de café con servicios para el
jefe y algunos subalternos, y en tanto, el que no tomaba café, hacía caricaturas; otro escribía versos,
y el de la última mesa las cartas a su novia. Luego se trabajaba un poquito, mientras uno leía en voz
alta El Español, para que los demás se enterasen. El jefe solía pasarse a la Sección próxima, donde
había otro jefe que veía largo en política, y anunciaba con seguro vaticinio todo lo que iba a pasar.
Más tarde descansaban, fumando un cigarrillo. D. Eduardo recibía cortésmente a las personas que
acudían al despacho de algún asunto, y para hacerles ver la actividad que allí se desplegaba, les
ponía ante los ojos rimeros de papeles que debían pasar pronto a la Sección correspondiente, y otros
rimeros de papeles que acababan de llegar, después de lo cual les prometía no detener los
expedientes más que el tiempo necesario para el concienzudo examen de los mismos. Luego se
limpiaba el sudor de la calva, y contaba a sus subalternos lo que el otro jefe de Sección le había
dicho: que todo iba muy bien; que la quinta de cien mil hombres daría un resultado maravilloso, y
que no había duda de que Istúriz y Galiano apoyarían incondicionalmente al Sr. Mendizábal en el
Estamento próximo. No se podían dar las mismas seguridades de López y Caballero, y Toreno y
Martínez de la Rosa no saldrían de su pasito moderado. Había, pues, situación Mendizábal para un
rato, y se verían realizadas las reformas que el grande hombre había prometido en su famosa
exposición a la Reina. Pero la noticia culminante era que la Milicia urbana se reorganizaría,
tomando el nombre sonoro y magnífico de Guardia Nacional.
―Todo será a estilo de Francia ―concluía D. Eduardo―; y lo mejor es que a los milicianos
de Madrid y su provincia se nos da carácter de ejército regular, formando con nosotros una división
mandada por un Jefe superior, y bajo la inspección de un General... Por eso ha dicho San Miguel
que seremos el ángel custodio de las instituciones.
No siempre hablaba de lo mismo, aunque era muy dado a la repetición de conceptos, vicio
que los retóricos llaman batología.
―¿No saben? Se suprimen las cartas de seguridad, esa rémora, señores, para la gente honrada
que tiene que viajar de un punto a otro. Yo soy partidario de que se corten abusos. Los que han
viajado por el extranjero nos dicen que estamos en el siglo XV, y francamente, yo quiero pertenecer
a mi siglo... Seamos todos de nuestro siglo, entrando por el aro de las grandes reformas... Otra de
las buenas noticias es que se suprimen las pruebas de nobleza para ingresar en los establecimientos
científicos, ora civiles, ora militares... Realmente, semejante ranciedad era un resabio de la Edad
Media. Ábrase la enseñanza para todo el mundo y dese al mérito ancho campo. ¡Abajo la Edad
Media!... Créanlo ustedes, en este particular estoy de acuerdo con Caballero y los de El Eco; nada
más que en este particular, pues opino, como él, que la demo... cracia, así se dice, la democracia
exige que el pueblo se ilustre. Yo soy partidario de la ilustración del pueblo, como soy partidario de
que el pueblo sea moral, y de que los empleados trabajen... Mi sistema es: pocos empleados, pocos,
pero bien pagados.
Dichas estas cosas, y otras de igual transcendencia y filosofía, el jefe bromeaba un poco con
sus subordinados: con éste por si la novia le daba calabazas; con aquél por si era alabardero en los
teatros; con el otro por si le sudaban tanto las manos, que toda la arenilla se le quedaba pegada en
ellas, y obligaba a la casa a frecuentes reposiciones de aquel material. Luego les recomendaba
benévola y paternalmente que no dejasen el papelorio esparcido sobre las mesas, y él mismo daba el
ejemplo recogiendo legajos y metiéndolos en una alacena donde tenía botellas vacías o medio
llenas, el Diccionario geográfico de Miñano, confundidos sus tomos con los de novelas y viajes,
entre estos el de Enrique Walson al país de las Monas.
―Yo soy partidario ―decía―, de que haya orden en las oficinas, para que el trabajo se haga
como Dios manda, y cada cual encuentre lo que necesita para el pronto despacho de los asuntos…
MENDIZÁBAL 136

Con esto se aproximaba la hora feliz de poner punto en las faenas del día: los sombreros
parecían alegrarse en lo alto de las perchas, viendo próximo el instante de que sus dueños lo
cogieran para echarse a la calle.
―Vaya, ya es hora, ciudadanos ―decía D. Eduardo, atusándose los mechones laterales, y
cubriéndose con pausa y solemnidad, como si su calva fuese una cosa sagrada que reclamaba el
respeto de la protección sombreril―. Me parece que hemos trabajado bastante. Hasta mañana.
Si la tarde era plácida, se iban de paseo, y si lloviznaba o hacía frío, al café, donde con charla
sabrosa de literatura, de política o de cosas mundanas, reducían a polvo el tiempo hasta la hora de
cenar. Que Calpena se aburría en la oficina, no hay para qué decirlo. Desde su iniciación burocrática
no había hecho más que extender algunos oficios y copiar dos o tres estados de recaudaciones. El
jefe le consideraba, presumiendo en él una superioridad aún no bien manifiesta, pero que lo sería
pronto; y los compañeros le mostraron afecto y fraternidad, más admirados que envidiosos de su
buena ropa. Ya era cosa corriente en las oficinas ver entrar niños bonitos, con sueldos
desmesurados, y que no iban más que a cobrar y a distraerse un rato; hijos o sobrinos de personajes,
que de este modo arrimaban una o más bocas de la familia a las ubres del presupuesto. Los
empleados, que lo eran por oficio y medio de vivir, se habían acostumbrado a la irrupción de
señoritos, y alternaban gozosos con ellos, esperando hacer amistades que en su día valieran para el
ascenso, o para la reposición en caso de cesantía. En la Sección de Calpena todos los funcionarios
eran de peor pelaje que él: alguno pasaba de los cincuenta años y sólo disfrutaba ocho mil reales,
vestía ropa vuelta del revés y apenas paseaba, por no romper botas; otros conservaban aún trajes
provincianos, estirándolos cuanto podían, y no faltaba quien vistiese regularmente por el sistema
económico de no pagar al sastre. Sobre todos descollaba Calpena, no sólo por su elegancia y buena
figura, sino por su saber de cosas extranjeras, y su rumbosa generosidad en el pago de cafés y
refrescos después de la oficina. Con uno de sus colegas, extremeño, envejecido prematuramente y
seco como un esparto, habitante en una casa de huéspedes de ínfima categoría, parroquiano fósil de
diferentes cafés, hizo amistades, seducido por la sabrosa erudición que ostentaba en cosas y
personas de Madrid. Muchas tardes iba con él al Nuevo, y se le pasaban mansamente las horas
oyéndole contar anécdotas que parecían mentira siendo verdades, y embustes que resultaban
perfecto simulacro de la verdad. Por Serrano (que así se llamaba) supo Calpena que su jefe, D.
Eduardo Oliván, era un hombre desgraciadísimo en su vida doméstica, aunque no conocía, o
aparentaba no conocer su propia desgracia. La paz que en su hogar reinaba era la proyección de su
mansedumbre, virtud con la cual adquirido había una triste celebridad. Ponderó Serrano la
seductora hermosura de la mujer del jefe, y algo dijo también de su familia, muy conocida en
Madrid. Se la veía muy a menudo en teatros y paseos, fingiendo una posición que no tenía,
alternando con personas cuya riqueza consistía en bienes raíces, o en rentas que estaban a la vista de
todo el mundo. Las de aquella buena señora eran un tanto enigmáticas.
―Si quiere usted más detalles, pídaselos al hoy General en Jefe del ejercito del Norte, D. Luis
Fernández de Córdoba. Los sucesores de este son de menor categoría militar y civil. El último que
ha caído en las redes de nuestra jefa es ese capitán de artillería... Escosura, Patricio de la Escosura...
¿No le conoce usted? De seguro que sí. En el Príncipe le tiene usted todas las noches. Es el que
retrató Bretón en el D. Martín de la Marcela.
―No sabía que los tres amantes de Marcela fueran retratos.
―Bien se ve que no está usted aún familiarizado con nuestra sociedad... Pues el Don Amadeo
es Pezuela, y el D. Agapito el chico de Clemencín.

XI

―Una de estas noches, amigo Serrano ―dijo D. Fernando―, va usted a venir conmigo al
Príncipe, para que me diga los nombres de todas las señoras que veamos en los palcos. En el tiempo
MENDIZÁBAL 137

que llevo aquí, he hecho algunas amistades, pocas; hace unas noches me llevaron al cuarto de
Florencio Romea; en el teatro he conocido a Ventura de la Vega y a Mesonero Romanos. El señor a
quien debo este conocimiento me le presentó días pasados en la calle de Alcalá mi compañero de
casa D. Nicomedes Iglesias. ¿Le trata usted?
―¿Cómo no?... Iglesias... hombre de mucho talento, de gran porvenir...
―Pues me presentó a ese... ¿cómo se llama? Alonso... Juan Bautista Alonso, con quien me
encontré después una noche en la segunda fila de lunetas, y charlamos algo de literatura. Por él he
conocido a Vega, he hablado con Larra, y he saludado a Espronceda en el café Nuevo y en el
Parnasillo...
―Alonso es poeta y un buen periodista... chico que vale. Será ministro... ¿Y no ha querido
catequizarle a usted para la sociedad Los Numantinos?
―A mí no... Ni yo gusto de meterme en esas cosas, ni la vida política me seduce.
―A mí... sí... pero no puedo consagrarme a ella, por...
Acometido de una tos violentísima, parecía que se ahogaba. Amoratado y convulso, faltábale
poco para echar los bofes y escupir el alma.
―Con esta maldita tos ―dijo cuando se fue sosegando, y se limpiaba de babas, mocos y
lágrimas el encendido rostro―, ¿cómo quiere usted que sea uno político y orador?... Mi naturaleza
es émula de mi bolsillo en el agotamiento, en la extenuación... No me forjo ilusiones de vivir el año
que viene: estoy tísico pasado».
Trató de consolarle Calpena, con más lástima que convencimiento, porque en verdad la
flaqueza y el color cadavérico de su amigo invitaban a entonar el responso. No espantado de la
muerte, o echándoselas de valiente, hablaba Serrano de su próximo fin con entereza estoica un
poquito afectada. Era moda entonces morirse en la flor de la edad, tomando posturas de fúnebre
elegancia. Habíamos convenido en que seríamos más bellos cuanto más demacrados, y entre las
distintas vanidades de aquel tiempo no era la más floja la de un fallecimiento poético, seguido de
inhumación al pie de un ciprés de verdinegro y puntiagudo ramaje.
―Estos pobres huesos ―prosiguió Serrano― están pidiendo la mortaja. Le diré a usted, en
confianza, que es de tanto sufrir y de tanto gozar... Mi vida, si yo la contara, sería la más interesante
de las novelas. Mis años, por el mucho y precipitado vivir, parecen siglos... ¡Y que llegue uno al
borde de la tumba con ocho mil reales!... En fin, doblemos la hoja triste... ¿Me decía usted que
desea ir conmigo al teatro para que le dé a conocer a todo el personal masculino y femenino que
veamos en palcos y butacas? No podía usted encontrar, ni buscándola con candil, persona más para
el caso, porque como de algún tiempo acá no tengo nada que hacer (en la oficina ya ve lo que
trabajamos), me dedico a conocer de visu a todo el mundo y a la averiguación de vidas ajenas... Soy
un Plutarco para esto de las vidas, y las hago también paralelas. Sabrá usted los nombres y las
historias, amigo mío, que aquí no hay nadie que no tenga su historia... y las hay de oro. ¡Con decirle
a usted que la de nuestro esclarecido jefe es de las más inocentes...!
―¡Caramba!
―¿Y lo duda? ¿De qué dehesa viene usted?
―¿Dónde hay más historias, en las clases altas o en las medias?
―En todas; pero las de las altas son más bonitas, más profundamente depravadas. Yo las
conozco al dedillo, y en pocas noches le daré la instrucción suficiente para que no pase por cándido
el día que se introduzca en la sociedad.
―¿Pero no se exime nadie, galán ni dama, del oprobio de esas historias? ¡Por Dios,
Serrano...!
―Nadie... Todo el mundo tiene historia. Por lo común no hay persona bien vestida que no
lleve consigo su misterio: este misterio es algo que no debe saberse, y, sin embargo, se sabe, porque
fíjese usted... Nada es aquí tan público como las cosas secretas... En fin, por tener todo el mundo
historia, hasta usted la tiene, usted, querido Calpena, que acaba de llegar a Madrid; y antes de dar
los primeros pasos en las tablas del teatro social, ya nos indica que trae buen papel en la comedia.
MENDIZÁBAL 138

―¡Yo! ―exclamó Calpena palideciendo―. ¡Pobre de mí! ¡Si no soy nadie!


―Los que empiezan no siendo nada, suelen acabar siéndolo todo.
―Bueno. Pues si alrededor mío hay una historia y usted la sabe, amigo Serrano, ¿tendría
inconveniente en contármela?
―Inconveniente, ninguno... pero la tos... ya ve... no puedo hablar... me ahogo...
Aguardó Calpena a que el golpe de tos se calmase, y cuando hubo pasado, aún tuvo que
esperar más tiempo, porque el infeliz tísico se quedó un rato sin respiración, los ojos inyectados, la
frente sudorosa, las manos trémulas...
―Pues sí... esta maldita tos no me deja vivir... Si yo no tosiera, sería orador, créame usted...
Pues no hay que tomar a mala parte esto de las historias. ¡Tan joven y ya protagonista! Si he de ser
franco, no puedo aún decir a usted cosas concretas...
―¿Pues no asegura que lo sabe todo?
―Todo no. Es muy pronto todavía, y aún son pocas las personas que se han fijado en el joven
Calpena... Lo que yo he oído no es ofensivo para usted, ni mucho menos.
―Sea lo que quiera, debo saberlo.
―La tos otra vez... Me ahogo...
―¡Demonio! ¿Por qué no toma usted pastillas? Yo se las traeré de la botica más próxima.
―No... gracias... Es inútil. Las he tomado de todas clases, sin sentir el menor alivio.
―Ya pasa... ya puede hablar.
―La verdad, amigo mío, a usted se le tiene en estudio. Sólo he oído formular preguntas,
aventurar alguna hipótesis... Conjeturas, presunciones... qué será, qué no será...
―¿Nada más que eso? Pues soy, respecto a mí, el primero de los curiosos investigadores, y yo
pregunto también: «¿quién soy?... Calpena ¿quién eres?».
―¿Pero usted no lo sabe?...
Comprendiendo que había ido demasiado lejos en la expresión de sus dudas, D. Fernando se
enmendó diciendo:
―Sé quién soy; pero en la vida de todo hombre, por clara que aparezca, hay siempre
incógnitas que resolver.
―¿De modo que no sabe usted todo lo que le concierne?
―Hombre, todo, todo precisamente, no.
―Pero sí sabrá quién le recomendó para la plaza que hoy ocupa en el Ministerio.
―Juro a usted que lo ignoro.
―Las recomendaciones toman en este país giros muy extraños, y ofrecen a veces
concomitancias increíbles. A mí, para que me dieran la plaza mísera que tengo, me recomendó la
persona más opuesta a mis ideas, D. Antonio Zarco del Valle, a quien interesé por el ama de cría de
uno de sus niños. Por un empleado del personal he sabido que en el libro donde constan los
padrinos de cada empleado, figura usted como hechura y ahijado del propio Mendizábal, lo que
nadie extrañará, porque bien podría el Ministro ser amigo, deudo de su familia de usted.
―No lo es. Ese señor no tiene ningún motivo para interesarse por mí.
―En tal caso habrá recibido cartas expresivas de personas a quienes no puede negar un favor
de esta clase. Por indiscreción de un amigo de la secretaría particular, puedo... no afirmar,
¡cuidado!, sino sospechar... con vehementes indicios de acierto...
Sobresaltado y ansioso, aguardaba el otro la terminación del concepto. Un amago de tos
determinó pausa expectante, que a Calpena le pareció un siglo. Por dicha, no fue más que amago, y
Serrano pudo decir claramente: «Si se empeña usted en oírme lo que sabe... ¡vaya si lo sabe!... le
diré que debe su plaza a la Duquesa de Berry...».
Pausa... Sólo se oía el áspero ronquido que salía del pecho de Serrano. El estupor de Calpena
acabó por resolverse en una risa nerviosa, que lo mismo podía ser de regocijo que de burla.
―¡La Duquesa de Berry!... ¿Está usted loco? ¿La esposa del Príncipe asesinado a la salida de
la Ópera, hijo de Carlos X...?
MENDIZÁBAL 139

―Justo... Carolina de Nápoles, hermana de nuestra Reina Gobernadora Doña María Cristina.
―¿Y esa señora es la que figura como...?
―No figura en el libro de recomendaciones; pero por referencias, por indicios de secretaría,
sé yo...
―¡Locura, delirio! ―exclamó Calpena levantándose, como hombre que quiere poner fin por
la ausencia a una conversación enfadosa.
―Si usted me probara eso... ―indicó Fernando, fingiendo indiferencia.
―¿Prueba?... ¡Oh!... Me remito al gran demostrador de verdades, el tiempo...
―Pero ¿cómo es posible...? ¿Qué tiene que ver mi humilde persona con esa princesa...?
Serrano alzó los hombros, quiso decir algo; pero, ahogándose, no hizo más que balbucir:
―No puedo. La tos, la tos…

XII

La placentera holganza en que vivían los individuos de la sección o mesa de que era jefe el Sr.
D. Eduardo Oliván e Iznardi tuvo su término, que si no hay mal que cien años dure, tampoco los
bienes suelen ser duraderos, y el motivo de tan brusca alteración, que produjo enorme
desquiciamiento en la anecdótica parsimonia del jefe, no fue otro que el haberse manifestado en
aquella esfera administrativa el impulso de actividad que imprimió Mendizábal a los asuntos de su
Ministerio, cuando se desembarazó de las graves cuestiones políticas a que en los primeros días
tuvo que atender. Desempeñando interinamente, además de la cartera de Hacienda, con la
Presidencia, las de Guerra, Marina y Estado, hubo de promiscuar en el despacho de mil negocios
diferentes. Por milagro de Dios no se volvió loco el bueno de D. Juan Álvarez, que materia ofrecía
cualquiera de aquellas oficinas para trastornar el seso del más pintado en tiempos tan revueltos.
Confiado ya en dominar la espantosa anarquía de las Juntas que convertían el Reino en una inmensa
jaula de locos; seguro ya del éxito de la quinta de cien mil hombres, arriesgado acto de Gobierno
que revelaba iniciativa poderosa y voluntad de acero, se metió en su casa propia, Hacienda, y
empezó a remover y sacudir, con mano de atleta, las mohosas inercias de la administración
heredada de Fernando VII. ¡Lástima que no lo hiciera con más pulso, para que las ruinas y los
escombros no embarazaran la obra nueva! Construía con el hacha... Aunque no carecía de habilidad,
no pudo evitar el cortarse las manos con la herramienta que tan presuroso manejaba.
Pues, señor... obligado el pobre D. Eduardo a andar de coronilla, no sabía lo que le pasaba, ni
a qué santo encomendarse. En toda su vida burocrática, que con intercadencias databa de los
tiempos de Ballesteros, no había visto desencadenarse sobre aquella plácida esfera un ciclón tan
duro. No hacía más que ir de una mesa a otra, limpiarse con fuertes restregones el sudor de la calva,
dar resoplidos, subirse el pantalón, que con tantas ansiedades se le caía. Y una mañana, medio loco
ya, o loco entero, gritaba en medio de la oficina:
―Pero este buen señor nos trata como si fuéramos dependientes de comercio. La dignidad del
funcionario público no consiente estos excesos de trabajo, pues ni tiempo le dejan a uno para
almorzar, ni para dar un mero paseo, ni para encender un mero cigarrillo... Cinco intendencias me
ha señalado hoy para el envío de circulares con las instrucciones reservadas y las nuevas tarifas.
Pues para despachar esto, excelentísimo señor, necesito aumento de personal, necesito catorce
oficiales y ocho auxiliares, y aun así, no podríamos concluirlo dentro de las horas reglamentarias,
que son de diez a cuatro... Sería justo además que al exceso de ocupación correspondiera doble paga
mientras durase este ajetreo. Soy partidario de que a los empleados se les remunere bien, pues de
otro modo la buena administración no es más que un mito, un verdadero mito.
Y aquella misma tarde, en el colmo ya del mal humor, que expresaba alargando los morros,
entró en la Sección próxima, diciendo:
―Pido al señor Ministro aumento de personal, ¿y qué hace? Nada: que aún le parece mucho
MENDIZÁBAL 140

lo que tengo, y me pide dos chicos que escriban bien y sepan llevar correspondencia. Estamos
lucidos, como hay Dios... Ea, Sr. Calpena, pase usted a la secretaría particular del señor Ministro; y
usted, Serrano... Pero no... aguardaremos a ver si se contenta con uno... quédese usted... Esto es
insufrible. Yo digo que envidio a los presidiarios...
Pasó Calpena a donde se le mandaba, y fue introducido en una habitación pequeña con luces
al patio medianero, en la cual había dos mesas y un solo empleado, viejo, que escribía con la cara
tocando al papel. Un estrecho pasillo comunicaba la tal pieza con el despacho del Ministro. Allí
esperó órdenes. Alzó el viejo la cabeza, y levantándose las antiparras a la frente, le miró, hizo un
saludo monosilábico, volvió a bajar los vidrios, y dejó nuevamente caer sobre el papel su rostro.
Creeríase que no escribía con la pluma, sino con la nariz... Sonó la campanilla. Levantose el vejete
de un brinco, murmurando: «Su Excelencia llama». Viéndole desaparecer por el pasillo, advirtió
Calpena que cojeaba. Un instante después volvió con varias cartas en la mano, y dijo lacónicamente
a su compañero: «Que pase usted».
Grande fue la emoción del joven al atravesar el pasillo, al levantar la cortina y ver el hueco de
la estancia... a Mendizábal no le veía. Quedose en la puerta hasta oír la palabra adelante, dicha con
enérgica entonación. Estaba el grande hombre sentado, y se inclinaba para sacar papeles de la
gaveta más baja de su mesa ministerial. Al incorporarse, presentó a la admiración y al respeto de
Calpena su hermoso busto, el rostro grave de correctísimas facciones, el rizado cabello, las patillas
tan bien encajadas en los cuellos blancos, y estos en el lioso tafetán de la negra corbata reluciente,
las altas solapas de la levita, y por fin, al ponerse en pie, esta en toda su longitud, ceñida y al propio
tiempo holgada.
Calpena permaneció inmóvil y mudo, estatua de la cortedad respetuosa. Mendizábal le miró...
En la extrañísima situación de espíritu en que el buen chico se encontraba hubo de creer que su jefe
le miraba con picardía. Pero es casi seguro que era pura aprensión; al menos, así lo creyó después.
Contra lo que pensaba, ni le preguntó el Ministro su nombre, sin duda porque lo sabía, ni sostuvo
con él diálogo de introducción. Entre personaje tan elevado y un pobre subalterno de ínfima
categoría, no podían mediar más palabras que las naturales entre el señor y el criado que le sirve.
Estas fueron corteses, ceñidas al asunto, y sin fraseología ociosa: «Tiene usted hermosa letra, y
buen criterio para contestar por sí mismo las cartas, con una simple indicación mía».
El joven se inclinó. Cuando D. Juan de Dios avanzó hacia él, ostentando la gallardía total de
su persona, su alta estatura, Calpena, que ya había admirado el busto, admiró también el pantalón,
de corte perfecto, como de sastrería londinense, y el pie pequeño, calzado con zapato bajo sujeto en
el empeine con un lazo de cintas negras.
―Contésteme usted, por de pronto ―prosiguió Su Excelencia―, estas tres cartas. La más
urgente y delicada es...
No encontrando la que llamó delicada y urgente, la buscó en la mesa, después en el bolsillo
interior de la levita, y como allí no pareciera, manifestó disgusto.
―Está bueno. Pues me la he dejado en casa... Pero no importa. Escríbame usted la
contestación, que es sencillísima... del tenor siguiente: «Serenísima Señora Duquesa de Berry.
Señora: Tengo el gusto de manifestar a Vuestra Alteza que obediente a sus ruegos... que son órdenes
para mí...» Ya usted comprende... una fórmula de gran respeto... «que obediente... y tal... me he
apresurado a complacer, y tal, a Vuestra Alteza Serenísima en la petición con que se ha dignado
honrarme... y tal...» Nada más... Ah, sí... «Debo manifestar a Vuestra Alteza Serenísima que el
joven...» No, nada de joven... «Que la persona... y tal, que se digna recomendarme es...» No, no...
«He tomado informes, y puedo asegurar a Vuestra Alteza que el sujeto, etcétera... es digno de la
protección de persona tan elevada...» Así, poco más o menos. Vea usted cómo sale del paso. Puede
tomar nota.
―No necesito tomar nota. Recuerdo perfectamente las indicaciones de Vuecencia.
―Mejor. Así me gustan a mí los hombres, vivos de memoria... Pues escríbame la carta al
momento y tráigamela para firmarla.
MENDIZÁBAL 141

Hizo Calpena la reverencia, se fue a su oficina y mesa, y tanteando la difícil materia epistolar
en un borrador, escribió la carta, esmerándose en los trazos de su hermosa letra, y la llevó al
Ministro. Este había pasado al salón próximo, donde tenía como unas veinte visitas, y mientras
Calpena esperaba, entró también su compañero, el viejo de las antiparras, que por primera vez le
dirigió la palabra en forma afectuosa.
―Ahora tiene para rato ―dijo, refiriéndose al Ministro―. Le traen loco con esto de las
elecciones. Para cada puesto del Estamento hay setenta candidatos...
―Ya, ya...
―¿Y usted, Sr. Calpena, se presenta para Procurador?
―¡Yo! ¡Procurador yo! ―exclamó Fernando con asombro, casi con miedo.
―¿No? Pues yo no lo he inventado. En la casa se ha dicho... y hasta me parece que oí
nombrar la provincia...
―Creo que está usted equivocado...
―Podrá ser... ¡Pero cuando lo dicen por algo será! Vea el Sr. Calpena como de mí no se dice
nada.
―¿Qué sueldo tiene usted?
―¿Yo? Diez mil, y para eso llevo veintidós años en el ramo. He pasado por catorce
intendencias, he sufrido siete cesantías, y todas las trifulcas que hemos tenido aquí desde el año 14
me han cogido de medio a medio. En una me dejaron cojo los liberales, en otra me abrieron la
cabeza los realistas, en esta me apalearon los exaltados, en aquella me despojaron los apostólicos de
todo cuanto tenía. Vive uno por casualidad en esta tierra, y, sin embargo, la quiere uno... pues, como
se quiere a una mala madre... Yo soy gaditano, o lo que es lo mismo, de Chiclana, y por tener algún
parentesco lejano con los Méndez y amistad con los Bertrán de Lis, no me ve usted pidiendo
limosna. Soy muy corto. Aquí sólo hacen carrera los parlanchines, y yo, aunque andaluz, me callo
muy buenas cosas y no tengo el despotrique que ahora se usa. Sea usted bullanguero, piense como
un topo y charle como una cotorra, y verá cómo se le abren todos los caminos... Lo mejor es que
siempre será lo mismo, y no veo yo mejores días para la España. Este grande hombre, que ha
venido como el Mesías, trae mucha sal en la mollera, y el firme propósito de hacer aquí una
regeneración... vamos, para que nos envidien todas las naciones. Pues verá usted cómo no hace
nada. ¿Por qué? Porque no le dejan... Ya le están armando la zancadilla. Crea usted que antes que
tenga tiempo de cumplir lo que ha ofrecido, se le meriendan... Ya empiezan a decir si en Palacio
gusta o no gusta. Y es la de siempre: Palacio...
En este punto entró Mendizábal acompañado de un sujeto con quien hablaba vivamente y en
tono áspero.
―Esto no puede ser... Yo he dicho a todos los Subdelegados que dejen votar libremente, y que
no intervengan en las elecciones. Claro es que siempre tiene el Gobierno la influencia moral. Pero
en Cádiz no puedo hacer nada. Galiano y el amigo Istúriz son los que manejan el tinglado de la
elección. Por cierto que Istúriz quiere traer algunos que no conoce nadie. ¿Quién es ese Luis
González?
―Es un chico muy despierto, buen periodista, orador fogoso. No creo que salga por esta vez.
―Pues si en Cádiz no logra usted meter a su patrocinado, intente algo en Sevilla. Pero
tampoco podrá ser. Ya tengo noticia de los candidatos probables... No les conozco. Hablan con gran
encomio de un tal Cortina... Y ese Pacheco, ¿quién es?
―Un escritor notabilísimo: le tengo en mi periódico.
―Bueno, bueno. Tráiganme gente de mérito, segura en sus principios, y que no se asuste de la
libertad... Pues decía que procure usted entenderse con los sevillanos. Yo no puedo hacer nada,
amigo mío, absolutamente nada.
―Mi patrocinado es aquel joven que usted mismo ha elogiado con tanta justicia, por su
actividad, por su inteligencia, en la Secretaría de Marina.
―Montes de Oca, sí... excelente sujeto. Tendría yo mucho gusto en traerle al Estamento...
MENDIZÁBAL 142

Pero no soy yo quien elige: es el Pueblo. Vea usted a los gaditanos; entiéndase con Istúriz, que, por
lo visto, no se para en barras, y...
Una mirada que dirigió el Ministro a los dos empleados de su secretaría particular bastó para
que estos se retirasen.
―¿Quién es ése...? ―preguntó Calpena a su compañero, a lo largo del pasillo.
―Este es Borrego... Andrés Borrego, el que escribe El Español. Dejemos a estos compadres
que manipulen a su gusto las nuevas Cortes, y aguardemos aquí, charlando, a que D. Juan nos
llame. Como le decía a usted... ya le están minando el terreno a mi paisano; y aunque vale mucho,
no le salvarán su talento y buena intención, y si le salvaran, creería yo en lo que no creo: en mi
propio nombre.
―¿Cómo se llama usted?
―Me llamo Milagro ―dijo el vejete sonriendo―, José del Milagro. Ya ve usted si es
alegórico mi apellido, pues verdaderamente no hay mayor prodigio que vivir un hombre entre tantas
desventuras, cesante cuando no perseguido, y andando para atrás en mi carrera como los cangrejos,
pues yo empecé a servir con el Sr. Urquijo y el Sr. Cabarrús... Vengo de Carlos IV, pasando por
Pepe Botellas... y en los tres llamados años, llegué a tener catorce mil, gracias al Sr. Garelly. A la
muerte del Rey, conseguí por el señor Seoane esta placita... Y usted dirá que el mayor milagro mío
es mantener, con tan poco sueldo, mujer, suegra y cinco criaturas... Hay Providencia. Yo me
defiendo con las traducciones; traduciendo a destajo, visto y calzo a la familia. Y ha de saber usted
que entre tantos males, Dios me ha dado una hija que es un ángel. Diez y seis años cumplirá el 14
de Noviembre. Rafaela se llama: me la sacó de pila mi amigo Rafael del Riego, hallándose de
guarnición en la Isla. Pues la he enseñado el francés, y me ayuda. Como me estoy quedando ciego
del mucho trabajar, ella sola, solita, se ha traducido más de la mitad del Buffon... A más de esto,
tengo el recurso de llevar la correspondencia en algunas casas de comercio, y principalmente en la
de doña Jacoba...
Este nombre hirió con súbito rayo la mente de Calpena, y pidiendo más explicaciones, oyó de
boca de Milagro las siguientes:
―Doña Jacoba Zahón, que compra y vende piedras preciosas... Calle de Milaneses... Yo le
escribo las cartas y le pongo sus cuentas en orden...
Campanillazo. Su Excelencia llamaba, y acudieron ambos presurosos. Pidió las cartas
escritas; sonrió; leyó detenidamente la de la Duquesa de Berry, y sin mirar a Calpena, le dijo: «Está
muy bien». Después, abrumado de quehaceres, y no sabiendo a cuál acudir primero, dio estas
atropelladas órdenes:
―Usted, Milagro, ponga una carta a Alcalá Galiano, citándole para esta noche aquí... Y otra,
lo mismo, a Saavedra (D. Ángel). Usted, Calpena, escriba una a la Duquesa de Almodóvar,
diciéndole que no puedo ir a comer, y tráiganmelas para firmar... ¡Ah!, espere usted: otra a Sir
George Williers, Embajador de Inglaterra: Que mis ocupaciones no me permitieron ir anoche a casa
de Van-Halen, como le prometí; que si tiene esta noche libre, se venga por aquí a las once... Usted,
Milagro, en una carta breve, cíteme a Olózaga para las doce, y también a... No, no, nadie más.
En aquel momento anunció el portero:
―El Sr. D. Fernando Muñoz...
―Que pase inmediatamente...
Retiráronse los secretarios, y por el pasillo cuchicheaban:
―Muñoz... es la primera vez que viene aquí... Muñoz... el marido del Ama…

XIII

Al quedarse solo, Mendizábal escribió una carta de cuatro pliegos a Córdoba, General en Jefe
del ejército del Norte. Con nerviosa mano, sin cuidarse de la estructura gramatical, trazaba los
MENDIZÁBAL 143

conceptos, en algunos puntos ampulosos, pedestres en otros, fiel imagen de su pensamiento, que
empezaba a ser desordenado y vacilante por el cansancio de la tremenda lucha. Anhelaba mostrarse
amigo del que en su mano tenía la mayor fuerza existente en España, estar en su gracia, pues
tomado el pulso al país y a la raza, si mucho temía D. Juan del paisanaje de levita y chaqueta, más
temía de la tropa... Aunque aplicar quiso toda su atención a la escritura, no lo lograba: el
pensamiento se dividía, fluctuaba, y dejando a la pluma formular con incorrecta sintaxis los
conceptos epistolares, se escabullía por otros espacios. Trajo el ministro a su imaginación la historia
de los últimos años, desde el 14, y veía las trifulcas, los sangrientos y bárbaros motines, las
sediciones militares, siniestro brazo de la idea disolvente, ya se llamase liberal, ya realista... Con
estas imágenes se confundía en su mente otra, que como un espectro familiar de continuo se le
presentaba. Era su promesa de terminar la guerra civil en seis meses. ¡Lucido quedaría si no la
cumplía; si el ejército cristino, reforzado pronto con los cien mil hombres de la quinta, no lograba
sofocar la facción y restablecer la anhelada paz! Su ensueño era Córdoba, el caudillo denodado y
caballeresco, y en medio de aquel trajín electoral, anuncio de las trapisondas parlamentarias y
políticas que habían de sobrevenir con la apertura de los Estamentos, volvía D. Juan Álvarez sus
inquietos ojos al Norte, mirando a lo que era su temor y su esperanza. Si el General no le ayudaba,
su empresa de salvación nacional fallaría sin remedio. Y para que Córdoba coadyuvase a la gran
obra, era preciso que venciera, o por lo menos que con rudos achuchones quebrantase a los carlistas;
y para esto era indispensable enviarle recursos en hombres y dinero. La carta, en su difuso estilo,
plagada de noticias de acá y de allá, de referencias diplomáticas y de rumores de intrigas, vino a
parar en positivas promesas. «Dentro de quince días le mandaré a usted millón y medio. El mes
próximo podré mandarle otro tanto, y si puedo más, más». Hablábale de remesas de vestuario y
calzado, de arreglo de hospitales. Exponía también planes estratégicos que a él se le ocurrían.
«Respetando su iniciativa, le diré que si usted lograra ocupar el Baztán con quince mil hombres,
podría atacar a los facciosos por retaguardia... Eso usted verá...».
Concluía ofreciendo remesarle nueve millones antes de tres meses, y manifestaba viva
intranquilidad por la lentitud de las operaciones. Aplicando a todo su febril genio de travesura y
arbitrismo, habría querido que Córdoba moviese en tres días su grande ejército, que desalojase a los
carlistas de sus formidables posiciones, que los arrollase, que los deshiciese, dispersando a unos,
matando a los más, y cogiendo prisionero a Don Carlos con toda su trashumante Corte. ¡Qué
hermoso sería esto, y con cuánto desahogo podría dedicarse entonces el Presidente a la reforma del
país, que era su ilusión, su sueño!... Pero ¡ay!, al llegar a este punto, cruelísima duda le asaltaba. Si
Córdoba obtenía una victoria rápida y decisiva, cortándole de una vez a la hidra todas sus patas y
aplastándole la cabeza, Córdoba y no otro había de emprender y realizar la salvación de la infeliz
patria. Buen tonto sería, juzgando el caso con el criterio genuinamente español, si siendo él el
vencedor guerrero, dejaba a otro la gloria de la campaña política. Lógico era, no obstante, que el
militar allanara el camino, y que el civil marchase por él desembarazadamente hacia la victoria
política y social. Pero aunque poco ducho aún en artes de gobierno, D. Juan de Dios conocía la
historia, más por lo que había visto que por lo que había leído, y no ignoraba que, en nuestra tierra
de garbanzos y pronunciamientos, el guerrero victorioso es el único salvador posible en todos los
órdenes.
Terminada la carta, vagó su mente en aquel meditar triste. ¿Quién salva, quién no salva?
¿Sería un error suyo gravísimo haberse creído capaz de fundar una nación grande y rica sobre las
ruinas de las facciones deshechas y de las banderías sojuzgadas? De Londres había salido con esta
ilusión; con ella entró en Madrid. Sus entrevistas con la Reina Gobernadora la confirmaron. El
entusiasmo patriótico, la fe en sí mismo y en la eficacia de sus manejos se avivaron cuando Su
Majestad le encargó del teje―maneje gubernamental. Ya tenía la máquina en su mano. Ya era
dueño de sus iniciativas. ¿No podría desarrollar libremente sus ideas, aplicar su voluntad potente a
la grande obra?
Las cosas, y más que las cosas las personas, enfriaron su entusiasmo al mes de gobierno.
MENDIZÁBAL 144

Cierto que le ayudaba la opinión vocinglera; pero las principales figuras políticas no hacían nada en
su favor. Los adictos de fila pedían destinos y actas, y esperaban que el jefe lo diera todo hecho. Los
contrarios aparentaban una calma prudente, tras de la cual D. Juan de Dios creía sentir el sordo roer
de las conspiraciones. Aún no había perdido la confianza en sí mismo; seguía creyendo en su papel
providencial; pero ya le anunciaba el corazón que la empresa no era coser y cantar, y que tendría
que tragar mucha quina antes de rematarla dignamente.
Conferenció con Galiano, a la hora convenida, sobre asuntos electorales; con Saavedra, sobre
la probable benevolencia de los moderados Toreno y Martínez de la Rosa; con Olózaga, para ver de
que las sociedades secretas hiciesen entender a las Juntas que había llegado la hora de poner fin a la
bullanga, pues en Palacio comenzaban los infalibles síntomas de desconfianza y miedo. De esto le
había hablado aquella misma tarde D. Fernando Muñoz, dándole una prueba de verdadero aprecio.
Y, francamente, no había que esperar ninguna ventaja política, mientras no se diese a toda la gente
de allá, real o morganática, una plácida confianza y un sueño tranquilo. Con Williers habló de
asuntos diplomáticos y de eso que tiempo ha viene siendo la constante pesadilla de los pueblos
débiles: la actitud de Inglaterra. Mendizábal era muy afecto al leopardo, y esperaba un apoyo más
positivo que el de la prometida legión. El astuto representante de la Gran Bretaña repitió a nuestro
Ministro sus recomendaciones de siempre: refrenar la anarquía, no temer la libertad practicada
dentro de las leyes, poner en funciones regulares el Parlamento, acudir a la guerra con toda clase de
recursos, y trazar las grandes líneas del porvenir efectuando la venta inmediata de toda la propiedad
territorial de las Órdenes religiosas.
Cerca de la una, Mendizábal se quedó solo; mas no se resolvió a retirarse a su casa, porque el
aposento ministerial le retenía, le agasajaba; temía dejarse allí las ideas si se iba, y con sus ideas la
ilusión risueña y querida de salvar al país y hacerlo dichoso. No menos de media hora estuvo
paseándose de un ángulo a otro, a la luz ya mortecina de los quinqués, entre los retratos de personas
reales o de eminencias políticas: la Reina Amelia, clorótica y triste; Fernando, sanguíneo y echando
a borbotones la perfidia por sus ojos de fuego, el sarcasmo por su belfo labio... más allá, personajes
de peluca que habían gobernado la Hacienda y la Marina: Patiño, Ensenada; en un ángulo Riperdá,
con su risa ladina; en otro Macanaz, con su hermosa cabeza poblada de ricitos.
Cansado de pasearse, Mendizábal sacó de su pupitre varios papeles, cartas que aún no había
leído, de esas cuyo escaso interés se adivina por el sobrescrito, y que se dejan sin abrir por no
desperdigar la atención; otras de letra bien conocida, que, positivamente, no eran de asuntos
ministeriales, más bien pretensiones ridículas, jaquecas, extravagancias, anónimos quizás, llenos de
injurias repugnantes, o denunciando algún proyecto terrorífico de las logias masónicas.
Era hombre D. Juan que a lo mejor transportaba toda su atención de lo grave a lo menudo,
como espíritu aventurero, que gozara en suponer la existencia de cosas grandes, escondidas de un
modo carnavalesco detrás de cualquier insignificancia. Su imaginación le llevaba a la puerilidad.
Creía fácilmente en las posibles emergencias de sucesos importantísimos, efecto enorme
engendrado por la menor cantidad posible de causa. No estaba exento su espíritu de superstición:
esperaba bienes repentinos, no anunciados por la lógica; temía desventuras abrumadoras, caídas
como el rayo, sin el antecedente natural de errores determinantes.
En aquella hora de calma y soledad, aplicando a los objetos secundarios más bien la
curiosidad que la atención, fijose primero D. Juan en una cuenta de zapatero; después pasó la vista
por un plan en que anónimo arbitrista ofrecía saldar toda la Deuda de España con una simple
combinación de cifras; leyó en seguida una carta procedente de Londres, escrita en español de
colegio inglés. En la primera carilla, una mano trémula había trazado quejas melancólicas,
reproches agridulces; en la segunda, se lamentaba de un olvido semejante, de abandono; en la
tercera, formulaba con indecisa escritura una protesta de firme constancia a prueba de desdenes, y
en la última, pedía dinero. En la postdata suplicaba se le mandase inmediatamente orden contra la
casa Tal... Esta epístola y los documentos anteriores fueron a parar, en pedazos, a la cesta de los
papeles inútiles. Cogió luego otra carta, cuyo sobrescrito era un puro adefesio, y abierta, leyó con
MENDIZÁBAL 145

no poca dificultad: «Señor D. Juan excelentísimo: Por encargo de la señora Doña Jacoba Zahón,
que permanece enferma en cama, le digo cómo la ropa de la niña importa mil setecientos y veinte y
dos reales efectivos, que hará el favor de remitir a la mayor brevedad, para atender a las urgencias.
Pues ha de saber que se debe lo del maestro de piano y baile viceversa, con lo demás que había
pendiente del coste del mes pasado inclusive, y son por junto naturalmente trescientos y doce reales
netos, con lo de medicinas trescientos ochenta y ocho. Doña Jacoba espera le suministre pronto la
suma total de los expresados líquidos reales de vellón, como débitos naturales, y me encarga
conjuntamente le diga que le besa las manos, y que tendrá el honor de visitarle en cuanto se alivie
de sus reumas achacosos. Dios guarde a usted, excelentísimo, años muchos, y mande a su servidor,
que lo es ―Cayetano Lopresti».
Suspirando fuerte, señal inequívoca de lo desagradable del asunto, cogió la pizarrita en que
anotar solía las obligaciones perentorias del día siguiente, ya fuesen políticas, ya del orden familiar
y privado. Media pizarra estaba escrita ya con diversos recordatorios de varia importancia: «circular
intendencias... ver Argüelles, proyecto electoral... recuento de frailes... relaciones de monjas...
escribir Duque de Broglie...». Con mano enérgica, fruncido el ceño, apuntó debajo: «Asunto
Negretti... Din. jor. (que quería decir: mandar dinero a la jorobada)».
Guardó unos pasteles en las gavetas; recogió otros, metiéndoselos en el bolsillo; tiró de la
campanilla. El sonido lejano de esta produjo la aparición de un portero que surgió de entre los
pliegues de la cortina. «Mi capa... el coche» dijo Su Excelencia dando pataditas en la alfombra, que
aún era de verano. Se le habían enfriado los pies, calzados con zapatito mujeril.
Y con esto se fue Mendizábal a su casa de la calle de San Miguel. Durmió mal. Volteaba el
cuerpo entre las sábanas, y en su cerebro enardecido por el trabajo se torcían las ideas y se
enlazaban como queriendo formar una trenza: «Ley electoral... ¡Pobre Negretti!... La guerra... ¡Pero
esa niña, esa fastidiosa niña... esa guerra, esa maldita guerra!...»

XIV

También el bueno de Calpena durmió mal, a causa de los sobresaltos de su amor propio, que
aquella noche, al volver de la oficina, había sufrido nuevos golpes. La última carta de la mano
oculta revelaba un espionaje fastidiosísimo. Era en verdad humillante no poder dar paso alguno de
que no tuviera conocimiento la persona que le protegía. Cierto que agradecía la protección; pero
habríala estimado más, si no significara para él la pérdida de toda la libertad. Al día siguiente, el
anónimo corresponsal mostró detallado conocimiento de cuanto al señorito le había ocurrido en la
oficina: le reprendió por la compañía del tísico Serrano; le incitaba a frecuentar menos los cafés y
más la sociedad, pues en aquellos adquiriría hábito de grosería y desparpajo, y aprendería en ésta la
finura y distinción de un perfecto caballero.
―Hijo mío ―decíale D. Pedro, resueltamente conforme con las opiniones de la incógnita―,
no te importe esa vigilancia, que puede ser algo molesta, pero que sin duda te apartará de muchos
peligros. Frecuenta la sociedad, pues ya tienes relaciones que te introduzcan en casas decentes,
donde hallarás exquisito trato, buen comer y placeres honestos. En fin, te conviene mejorar el
terreno. Es la única manera de irnos librando de este maldito romanticismo que pretende volvernos
locos. No desobedezcas a quien quiere llevarte a la regularidad, a la buena escuela de tu padrino D.
Narciso.
―Pues le diré a usted con franqueza, mi querido Hillo: la falta de libertad que me resulta de
esta subordinación cargantísima a un poder misterioso, a un poder benéfico, lo reconozco, pero
enteramente inquisitorial, a estilo veneciano, produce en mí un vivo anhelo de evadirme de tan
enojosa tutela. No sabe usted cuánto deseo hacer algo que resulte ignorado por mi anónimo
gobernante. ¿Por ventura, el servicio de policía que ha organizado para vigilarme ha de ser tan
perfecto que no pueda yo burlarlo, siquiera para probar la habilidad con que lo burlo? En la oficina
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hay ojos que me observan; aquí, en casa, no digamos; en la calle, en el café, en los teatros, en las
casas que visito, ya sabe usted lo que pasa. No respiro sin que allí lo sepan. Pues yo quisiera respirar
a mis anchas, y decir: «te fastidias, que no lo sabes».
En el curso de Octubre fue introducido el venturoso mancebo por Mesonero Romanos en casa
del médico Rivas, padre de tres niñas preciosas, muy saladas: Marianita, Mariquita y Juanita,
conocidas en el mundo poético por Laura, Silvia y Rosaura, con que las designaban sus novios o
pretendientes (en aquel tiempo se solían llaman amantes), que eran poetas de lo más granadito
entonces. Las chicas, eso sí, descollaban por su picante belleza, así como por su ingenio; una de
ellas también versificaba, otra pintaba, y las tres hacían en el canto y baile angélicos primores.
Recibido en palmitas fue Calpena en la casa del ilustre médico, y a la segunda noche echó de
ver que la mayor de las niñas le gustaba extraordinariamente. A la noche tercera hubo de entender
que era correspondido: a las miradas flamígeras siguió el tiroteo de florecillas verbales, y alguna
breve y ardorosa promesa. Al fin de la semana, ya corría de sala en sala la opinión de que eran
novios. Pero ¡ay!, el domingo recibió Calpena la carta anónima con el siguiente réspice: «Niño, me
desagradan lo que no puedes figurarte tus revoloteos con la chica mayor del cirujano Rivas. Simple,
¿en qué estás pensando? ¿Sabes que haces un papel ridículo? Si estás ciego, caiga de tus ojos la
venda. No digo que Silvia y sus hermanas no sean honestas: lo son. Pero ya en el nido de sus tiernos
corazones ha batido sus alitas otro amor...»
―¡Oh, qué figura tan linda! En el nido de sus tiernos... Adelante. Sigue leyendo.
Y Calpena, dándose a los demonios, continuaba la lectura: «Las tres tienen sus adoradores.
Mesonero es el zagal de la tercera pastorcita, la linda Rosaura. En los altares de la segunda, Silvia
bella, quema el incienso de su inspiración socarrona Bretón de los Herreros. Y, por último, escucha
y tiembla... Ventura de la Vega, tu amigo, ese que te recita sus versos en el café para que convides a
toda la partida, es el dichoso amante de Laura; la misma noche que os cantó la niña el aria de
Elisabeth, del maestro Caraffa, quedó concertado entre Ventura y los padres encender pronto la
antorcha de Himeneo... Con que ya ves...».
―¡Qué elegancia de estilo: encender la antorcha!...
Concluía la carta con observaciones de otro orden, y la noticia de que ya se habían dado los
pasos para redimirle de la quinta de cien mil hombres, mediante el pago de cuatro mil reales. En la
del siguiente día se le ordenaba que no volviese a la tertulia del cirujano; que no pensara más en la
bella Laura, y que procurase meter la cabeza, pues relaciones iba ganando para ello, en casas de más
categoría, en los dorados salones aristocráticos. «Mira, tontín: Roca de Togores, que es un chico
muy introducido, puede llevarte a casa de Campo―Alange, y el almibarado Clemencín (llamémosle
D. Agapito) a casa de Castro―Terreño».
―Ya ves ―decía Hillo cayéndosele la baba― con qué seguro dedo te marca tus altos
destinos. Pero, tontín, digo yo ahora, ¿cómo has podido figurarte que te íbamos a permitir entroncar
con la hija de un cirujano? ¡D. Fernando Calpena unido en desigual coyunda con una simple Laura,
sin más títulos que los ovillejos que le endilgan poetas chirles!... No, hijo, tú no puedes encender la
antorcha sino con damas de otro cuño; y aunque pienso que no habrá en Madrid las hijas de duques
o archiduques que te corresponden, sigue por de pronto el consejo que te da quien darlo puede, y
mete la cabeza en las áureas viviendas de los Abrantes y Veraguas, de los Oñates y Medinacelis.
Refunfuñando, Fernandito concluía por someterse a todo, y a fines de Octubre le introdujo un
amigo (no se sabe fijamente si fue Ros de Olano o Miguel de los Santos Álvarez) en las casas de
Almodóvar y de Campo―Alange. En la primera de estas mansiones conoció a una beldad fría y
correcta, hija de un aristócrata, que era al propio tiempo general poco afortunado, la cual cautivaba
a cuantos la veían, no sólo por su marmórea belleza, exenta, eso sí, de toda gracia, sino por su
ingenio. Educada en Francia, se traía lecturas varias y admiración muy redicha por Chateaubriand,
De Jouy y otros coetáneos, siendo también algo versada en Racine, Marmontel y Madama Genlis.
Con ella platicaba Calpena: notaba este que su conversación y figura eran del agrado de la
marmórea, de lo cual vino que él también se sintiese cautivado por la linda estatua, y aun que se lo
MENDIZÁBAL 147

hiciese comprender en delicadas perífrasis. La oculta mano escribió: «Bien, bien, caballerito: ese es
el camino. Recomiendo, no obstante, moderación, pausa, fino pulso, y no lanzarse con demasiados
ímpetus por un terreno que, a tus inexpertos ojos, parecerá llano, y no lo es. En él hay asperezas y
obstáculos enormes, que tú no ves, pobre niño. Habrás notado que nuestra sociedad es la más
democrática del mundo, y que en las casas más linajudas no se niega el pase a ninguna persona bien
vestida. Para recibirle y agasajarle, a nadie se le pregunta quién es, ni de dónde viene, ni a dónde va.
Yo creo que tanta franqueza no conduce a nada bueno. Por más que sólo sea aparente, esa igualdad
significa que nuestra aristocracia pierde el sentido de su misión y no sabe conservar el orgullo
castizo, el cual sería un baluarte contra las confusiones que se anuncian, y que traerán un
desquiciamiento social. Perdona mi pedantería».
―¡Por San Cucufate!, no es pedantería ―exclamó D. Pedro palmoteando―, sino
profundísima filosofía de la historia. Sigue.
―«Esa igualdad es un mal síntoma, y nada más por ahora; una forma de cortesía tolerante...
En el fondo, en los hechos, no hay tal igualdad. Por eso, al notar muchos que te aproximas a la
marmórea, empiezan a preguntar: ese Calpena, ¿quién es? ¿De dónde ha salido ese barbilindo?... Y
ya verás, ya verás cómo empiezan pronto los desdenes, las envidias... Para que nada de esto
ocurriese y tus caminos fuesen llanos, sería preciso que en aquella misma esfera hubiese personas
que evidentemente te protegieran, que respondiendo de ti, dijesen a quien deben decirlo: ese pobrete
es digno de la niña, y cuando sea preciso demostrarlo se demostrará. Si ahora te digo que la estatua
erudita, lectora de Chateaubriand y aun de Destut―Tracy, heredará tres millones y medio, no lo
hago porque veas en la riqueza un incentivo a tu inclinación, no Ese Don Nadie no busca un enlace
de conveniencia, ni necesita los millones ajenos, porque es de los que, por su gran mérito, pueden
permitirse la libertad de ser pobres».
―¡María Santísima, qué frase!... Adelante.
―«De ser pobres... Te hablo de la presunta riqueza de la niña de mármol, para que sepas que
tu marcha por ese camino ha de ser muy disputada. Pero no te acobardes. Sobre que tú no sabes si
tendrás aún medios de apedrear con doblones a los que ahora hablan de tu nulidad y pobreza, sigue
adelante, y no veas en la preciosa damisela más que su educación cristiana, la hidalguía de su
familia y de su nombre, su honestidad, su talento instruidito, sus condiciones, en fin, de grandísimo
precio, y las virtudes y méritos de sus padres, pues aunque el pobre General nunca ha sabido
mandar cuatro soldados, eso no quita para que sea excelente persona, muy atenta a sus intereses; y
en cuanto a su madre, bien sabes que no hay en Madrid quien la aventaje en nobleza y virtudes... No
escribo más. Me duele la cabeza. ¿Pero qué importa si el espíritu está gozoso?»
Mucho dio que pensar a Calpena el contenido de esta carta, y tanto se entusiasmó Don Pedro
oyéndola leer, que casi casi se le saltaron las lágrimas.
―¿Ves, ves ―le dijo― cómo yo tenía razón? Y que ha de ser una mujer de inaudito mérito
esa marmórea chica. ¡Vaya que leer a Destut-Tracy!... ¡Y qué guapa será!... Hombre de Dios, un día
iremos de paseo al Prado, a ver si la encontramos para que me la enseñes. Ya me figuro su belleza,
su dignidad, su mirar grave, como de la diosa Minerva, su andar majestuoso. Bien, hijo, bien. Ese es
el camino, ése... Y ya sabes, dejaré de ser tu amigo y mentor... si... Ya sabes mi tema: hay que
rematar la suerte.
En tanto, Calpena continuaba prestando su servicio de secretario particular del primer
Ministro, muy a gusto de este, al parecer, pues cada día le fiaba epístolas de mayor delicadeza, aun
aquellas que contenían algún secretillo político, o en que desahogaba en la confianza de un buen
amigo el recelo que en él iban despertando las dificultades de su magna empresa.
Por aquellos días ya no iba Fernandito a los cafés, y esquivaba todo lo posible la sociedad del
tísico Serrano, cuyo pesimismo había llegado a serle odioso. Dos veces fueron juntos al teatro.
Dábale Serrano los nombres de todas las personas que en palcos y butacas veían, sin que de esto
pudiese sacar ninguna luz el aburrido joven. Y como a cada nombre que el tísico decía agregaba
comentarios injuriosos, pues para él no había mujer honrada, ni madre que no vendiese a sus hijas,
MENDIZÁBAL 148

ni esposa que no imitara la conducta aleve de la señora de Oliván, Calpena no quiso más tal
compañía, ni aquella erudición tan mentirosa como terrible.
Con Milagro, su compañero de secretaría, sí que hizo buenas migas Calpena, y en los cortos
ratos libres platicaban de política o literatura contemporánea, que el viejo conocía medianamente, o
bien de cosas familiares y domésticas. Todo franqueza y espontaneidad comunicativa, Milagro
contaba los refunfuños y genialidades de su mujer, las bataholas de sus chiquillos menores, y las
gracias habilidosas de sus dos niñas.
―Es ridículo ―decía― que a una persona como usted, introducida en la mejor sociedad, le
invite yo a venir a pasar un rato en mi humilde casa, donde todo es pobreza... también alegría, eso
sí... Pero yo creo que habría de gustarle oír tocar el arpa a mi hija María Luisa, discípula de
Fagoaga, gran discípula, para que usted lo sepa... y el instrumento es de lo mejor que ha fabricado
D. Tiburcio Martín, plazuela de Matute... Ni le desagradaría a usted echar un parrafito con mi hija
segunda, Rafaela, que sabe francés y me ayuda a traducir Mujeres célebres. Lee todo lo que cae en
sus manos, y ahora está agarrada noche y día a la Corina de Madama Stäel... Y en casa puede usted
ver a una notabilidad, un chico poeta de mi pueblo, Chiclana, que aunque soldado de la última
quinta, hace versos como los ángeles; sólo que es tan corto de genio y tan para poco, que cuesta
Dios y ayuda hacerle leer lo que escribe. Se llama Antonio Gutiérrez, y ha compuesto un dramita
que titula El Trovador o cosa así, y en casa nos ha parecido tan bueno, que yo mismo se lo he
llevado a Guzmán para que lo lea, a ver si a él o a Carlos Latorre les da la ventolera de
representarlo. Otro chicarrón va por allí, Pepe Díaz, que también hipa por la poesía y el teatro. No
les falta más que apoyo, protección, y aquí, ya se sabe, no la hay más que para los necios
enfatuados. Yo les digo: «Hijos míos, no os acobardéis, que a falta de otros protectores, aquí me
tenéis a mí... ¡Milagro será que no os saque adelante Milagro!... je, je...».
Cortés y agradecido Calpena, declaró que con mucho gusto aceptaría la invitación, visitándole
una de las noches que tuviera libres. Al mismo tiempo recordó el conocimiento de Milagro con
Doña Jacoba Zahón, añadiendo que para esta señora había traído de Francia un encargo que aún se
hallaba en su poder. Por voluntad expresa del remitente, no lo entregaría más que a la misma
persona a quien venía destinado, y esta debía presentarse a recogerlo.
―Seguramente ―dijo Milagro― es una caja de pedrerías... ¿Por qué se asombra usted? La
Zahón comercia en diamantes y perlas. La casa es muy conocida: Zahón y Negretti, calle de
Milaneses. Hoy, por muerte de Zahón, se ha quedado al frente la viuda, para quien algunas noches
trabajo, escribiéndole la correspondencia y poniéndole las cuentas en orden».
―No puede ser caja de piedras preciosas lo que traje y aún conservo ―observó Calpena―,
pues no habían de tardar tanto en recoger cosa de valor grande. ¿Acaso comercia esa señora en
pedrería falsa?
―No, señor... Todo lo que compra y vende es de la mejor ley. Si no ha pasado Doña Jacoba a
recoger su encargo, será porque ha estado enferma, o porque no tiene noticia exacta de la persona
que lo ha traído.
―Debe de tenerla, porque al día siguiente de mi llegada, escribí a Olorón dando cuenta de mi
domicilio. Por cierto que me dijeron que esa señora es jorobada.
―Cargadita de espaldas... Yo le hablaré del caso, y nos iremos a su casa si ella no puede salir.
Verá usted una mujer lista y estrafalaria, genio desigual, mañas de urraca, agudezas de lince, toda
uñas, toda desconfianza...
―Pues yo había creído que el paquete que traigo es de cartas o papeles políticos. Dígame
usted... aquí en confianza, ¿esa señora conspira?
―¡Conspirar la Zahón...! ―dijo Milagro perplejo―. No..., que yo sepa, no... ¡Conspirar...!
Para la Zahón no hay más política que ganar dinero, engañar a quien puede, y despojar a los
infelices que caen en sus garras.
―Ello será como usted lo dice; pero yo puedo asegurarle que un compañero mío de
hospedaje, que anda en las logias de la casa de Tepa, supo, a los pocos días de mi llegada a Madrid,
MENDIZÁBAL 149

que yo había traído ese encargo, y tanto él como sus amigos López y Caballero creían, y así me lo
dijeron, que el paquete era de papeles políticos y venía destinado al eterno conspirador D. Eugenio
Aviraneta.
―Observe usted, amigo Calpena, que los patriotas, de tanto andar al obscuro en logias y
sublimes talleres soterráneos, ven visiones, y como la policía de aquí vive también palpando
tinieblas, entre unos y otros le arman a usted unos enredos que le vuelven loco. El año del
fusilamiento de Torrijos vine yo de Sevilla a Madrid en galera, y no acelerada, con mi familia,
pasando los mayores trabajos que usted puede imaginar. Diéronme allí un encargo para la señora de
D. Vicente González Arnao, el amigo de Moratín, la cual era muy obesa y padecía de estreñimiento.
Por esto comprenderá usted que el encargo era una lavativa, gran pieza, modelo recién enviado de
Inglaterra. Pues no puede usted figurarse la que se armó con el dichoso instrumento, en cuanto me
lo descubrieron los de la policía. No le digo a usted más sino que me costó la broma cuatro meses
de cárcel, y mi mujer y mis hijos no se murieron de hambre porque les recogió un pariente de
Bertrán de Lis...
―¿Y la señora de Arnao...?
―Reventó... naturalmente... Su muerte debió ser un nuevo cargo para la Superintendencia de
Policía, como verdadero asesinato... político.
Campanillazo... Acudió Milagro presuroso al llamamiento del señor Ministro.

XV

A los pocos momentos de quedarse solo Calpena en el despacho, entró Iglesias por la puerta
interior, que comunicaba con la Secretaría.
―En nombrando al ruin de Roma... No hace diez minutos, querido Nicomedes, que le
recordábamos a usted.
―No sería para hablar mal.
―De ningún modo. Al contrario...
―Hace un siglo que no nos vemos, amigo Calpena. Ayer y hoy no he comido en casa.
Tenemos usted y yo las horas encontradas, y lo siento, porque en estas circunstancias me conviene
verle a usted con frecuencia. Por eso he venido.
―Estoy a sus órdenes.
―Ya sé ―dijo Nicomedes dejando sobre la mesa su sombrero, que era de última moda,
cilíndrico, enorme, un soberbio tubo de chimenea con alas planas―, ya sé que el Presidente le
quiere a usted mucho... Eso se llama caer de pie. Usted es de los que se lo encuentran todo hecho.
Bien haya quien tiene el padre alcalde... Pues yo, contando con su amabilidad, venía...
―Siéntese el buen Iglesias, y dígame en qué puedo servirle.
Sentose Nicomedes, y pasándose la mano por las melenas, que eran largas y copudas, parecía
inquieto, caviloso, extenuado por el insomnio y las ansiedades de la ambición.
―Quisiera que el simpático Calpena, sin faltar lo más mínimo a la reserva que le impone su
cargo en la Secretaría particular... ¡cuidado, que no trato de poner a prueba su discreción...!, pues
quisiera que usted me dijese si ha escrito a D. Juan Álvarez en favor mío...
―¿Quién? Supongo que será recomendación para las elecciones.
―Justo. Pues se comprometió a escribir al Presidente, recomendándome con toda eficacia,
imponiéndome más bien, quien menos puede usted figurarse.
―¿Caballero, Trueba y Cossío?
―Esos son amigos míos, y bastante tienen con manipular su elección, el uno en Cuenca, el
otro en Santander. A mí me habían prometido incluirme en la candidatura de Murcia. Quiroga me
aseguró que allí me votarían hasta las piedras. Luego resulta que no las piedras, sino los electores,
votan a Escalante. Al fin, me refugié en Villafranca del Bierzo, donde tengo algunos elementos.
MENDIZÁBAL 150

―Por ese lado, Argüelles influye, también D. Martín...


―No cuento con esos... Ofreció apoyarme... vuelvo a decirlo, quien menos puede sospechar...
En este juego de la política, los extremos se tocan. Pues me apadrina D. Francisco Martínez de la
Rosa, es decir, prometió hacerlo... en virtud de concesiones mutuas que acordamos en Tepa,
interviniendo por los moderados Ramón Narváez; por nosotros, mi amigo Palarea.
―Ya... comprendo... Y usted quiere saber si Martínez de la Rosa ha escrito... Lo ignoro: si
algo supiera se lo diría, pues en ello no veo deslealtad. Por mi mano no ha pasado carta de D.
Francisco; y si D. Juan la ha recibido, habrala contestado por sí propio.
―¿Y su compañero de usted, ese viejo cegato...?
―No sé nada. Es hombre muy reservado.
―Bueno: desde ayer sospecho que esos malditos anilleros nos engañan. Siempre han sido lo
mismo. Cuando están fuera del poder, nos buscan, nos agasajan, se arriman a la exaltación... Otra
cosa: ¿No recuerda usted si entre las recomendaciones de candidatos, que hace diariamente este
buen señor a Don Martín de los Heros, ha ido mi nombre?
―Tampoco lo recuerdo.
―Voy creyendo que Heros me engaña también. No puede esperarse otra cosa de quien no
tiene iniciativa ni criterio para nada. Tanto a él como a Becerra les trata este señor como a criados.
―Pues mire usted ―indicó Calpena esforzándose en hacer memoria―, yo tengo idea de
haber visto el nombre de usted en alguna de las cartas que me ha dado D. Juan para contestarlas...
―A ver si recuerda, hombre, a ver si recuerda... ―dijo Iglesias aproximando su silla para
poder hablar en voz más queda―. ¿Sería en una carta de D. Fernando Muñoz?...
―¿El marido de la Reina? No... D. Fernando estuvo aquí una noche, y habló con el
Presidente, lo que no tiene nada de particular, y por eso puedo decirlo.
―¿Y no ha pasado por aquí una carta de D. Juan Muñoz, Padre jesuita, hermano de D.
Fernando? Me consta que le suplicó se interesase en favor mío la persona que le salvó la vida en el
colegio de San Isidro el día del degüello, en Julio de 1834.
―Tampoco he visto carta alguna de ese señor jesuita.
―Pues no dudo que su hermano habrá dicho algo a Mendizábal. Sepa usted que en Palacio,
de tiempo en tiempo, echan una mirada a la exaltación, y nos halagan para que no extrememos la
guerra. Decididamente hemos vuelto la espalda al señor Dracón, que no nos sirve para nada. Ya
sabe usted que en el actual momento histórico Doña Carlota y su hermana están a matar.
―No sabía... La verdad, me fijo poco en intrigas palatinas. Creo que mucho de lo que se
cuenta es falso, embustes fraguados a gusto del que los pone en circulación.
―Lo que digo es el Evangelio. Están a matar... Nosotros hemos abandonado a la Carlota, y
apoyando por el momento a Cristina, trabajamos en el extranjero para evitar la protección que dan a
D. Carlos los legitimistas y vendeanos. Mendizábal hace la misma política: no me dirá usted que no
escribe cartas a la hermana de estas señoras, Carolina, Duquesa de Berry.
―Nada sé, amigo mío ―declaró Calpena, comprendiendo al fin que debía refugiarse en la
discreción, y evitar revelaciones inconvenientes.
―Pues bien: decidido a minar la tierra para ocupar el lugar que me corresponde en el
Estamento, y viéndome abandonado por algunos amigos, vendido por otros, por ninguno apoyado
resueltamente, he pegado un brinco horroroso, solicitando el apoyo de un legitimista francés de gran
empuje, para que recabe de la Duquesa de Berry una expresiva recomendación...
―Y ese legitimista es el señor Conde de la Pommeraye, ayudante que fue del Duque de
Angulema. Ha escrito a Mendizábal; pero no hace referencia a la de Berry, y se limita a dar las
gracias por el reconocimiento que se le ha hecho de varias cruces concedidas el año 23, asunto que
quedó suspenso por error, o por olvido de ciertos trámites...
―Me consta que a la de Berry debe el de la Pommeraye que le hayan reconocido dos cruces
pensionadas. Lo sé: es amigo de mi familia. Mi tío Andrés le salvó la vida en el ataque y toma de
Pasajes... Por lo visto, usted no puede o no quiere darme ninguna luz. Cada día me afirmo más en la
MENDIZÁBAL 151

idea de que todos me abandonan, de que nadie se interesa por mí... ¡Y esto le pasa al hombre que ha
consagrado toda su inteligencia, su vida toda, a la idea revolucionaria, a la redención de este
pueblo... ¡Mátese usted, reviéntese, padezca hambres y persecuciones por la regeneración de un
país, por ennoblecerle, por desasnarle, por sacarle de las uñas de la feroz tiranía... y cuando cree
recibir el premio de su servicio, cuando usted humildemente dice a ese país: «Dame tu
representación, dame tus poderes, pues quiero desgañitarme en tu defensa», vese usted desatendido,
menospreciado, tratado como un loco... ¡Oh, esto no puede ser, esto clama al cielo!
Dio un porrazo en la mesa el iracundo Nicomedes, y se levantó, irguiéndose con fiera
majestad y sacudiendo la melena. Quiso calmarle D. Fernando con frases de esperanza: «No
desmaye usted tan pronto. Si no es ahora, otra vez será».
―Lo mismo me dijeron en las primeras Cortes del Estatuto... No, no he nacido yo para vestir
imágenes... ni aun la imagen de la Libertad. No, ya no espero nada... La culpa tiene quien se desvive
por sus ideas, olvidando que ha nacido en la tierra de la ingratitud... Créame usted, los carlistas lo
entienden. Van tras de su objeto espada en mano; persiguen la realidad a sangre y fuego. Esos no se
andan con remilgos, ni fían su éxito a las amistades, ni a los hinchados discursos, ni a
recomendaciones impertinentes. ¡Hierro, y nada más que hierro!... Mientras nosotros no hagamos lo
mismo, no iremos a ninguna parte.
Y cogiendo el enorme sombrero con tanta violencia, que a punto estuvo de romperle el ala
(¡lástima grande, pues lo había comprado aquel día!), se lo encasquetó sobre la melena, diciendo:
―Yo le aseguro a usted, querido Fernando, que me la pagan... ¡vaya si me la pagan!...
Despidiéndole en la puerta, tuvo Calpena una idea feliz:
―¿Por qué no se decide usted a hablar con el propio Mendizábal? El llanto sobre el difunto.
Pídale usted audiencia ahora mismo.
―Ya hemos hablado... Me recibirá muy atento. A buenas palabras no le gana nadie. Pero todo
se queda en agua de cerrajas... Déjele usted... déjele. Fracasará por no rodearse de los verdaderos
patriotas... Morirá a manos de los santones... ¡Que muera, que se hunda!...
En aquel punto entró Milagro con un puñado de cartas, y preguntándole Calpena si el
Presidente estaba solo, dijo que en aquel momento acababan de entrar D. Agustín Argüelles y D.
Ramón de Calatrava.
―Ahí tiene a todo el santonismo ―dijo Iglesias con sarcasmo―. Vienen a tomarle medida
del féretro... y a cortarle los pies bonitos para que quepa... Es muy grandón D. Juan Álvarez
Mendizábal... Pero quizás lo que le sobra no es por abajo, sino por arriba... Señores, conservarse.
No pudieron entretenerse los dos amigos en conversaciones, porque al punto se enfrascaron
en el trabajo, que no era flojo aquel día. Milagro dio a su compañero algunas cartas, indicándole el
sentido de la contestación, y al instante humilló su flácido rostro, paseando la punta de la nariz
sobre el papel, al propio tiempo que la pluma. Contestó Calpena varias cartas de pura cortesía, de
esas que no dicen nada y formulan vagas promesas, con arreglo al patrón usual en las secretarías
familiares de los señores Ministros. Toda la tarde se la pasó el de Hacienda en conciliábulos con
prohombres, en firmar asuntos importantísimos de Deuda, de Aduanas, algunos nombramientos, y
en repasar el proyecto de discurso que había de leer la Reina en la próxima apertura de los
Estamentos. A última hora llamó a Milagro. Dejando a un lado la política y apartando de sí todo el
papelorio que delante tenía, se dispuso a despachar un asunto privado, que sin duda le causaba
inquietud y fastidio, a juzgar por el tono con que dijo a su escribiente:
―Otra vez esa pejiguera. Oiga, señor Milagro: mañana me hará usted el mismo favor del mes
pasado.
―A las órdenes de Vuecencia.
―Nada: que esa maldita jorobada, que Dios confunda, ha vuelto a pedirme dinero. Y no tengo
más remedio que mandárselo, aunque voy pensando que hay en esto mucho de socaliña... ¡Pobre
Negretti! Como usted la conoce y trabaja en su casa, me hará el obsequio de llevarle esta cantidad
que me pide... Vea usted qué letra y qué estilo... Cuide de hacerle firmar el recibo en la misma
MENDIZÁBAL 152

forma de la otra vez... «He recibido del Sr. Tal... testamentario del Sr. Negretti... la cantidad de tal,
importe de alimentos y demás de...».
―Descuide Vuecencia...
―Es un asunto que me desagrada, y en la posición que ahora ocupo, francamente, no me
convienen estos tratos, aunque, bien mirada, la cosa es sencillísima, y nada tiene de particular...
Usted, como buen gaditano, conocería al pobre Negretti.
―Sí, señor... Tratante en pedrerías y en metales preciosos. Si no recuerdo mal, era corso.
―No: hijo de padre corso. Oiría usted contar que en uno de sus viajes a Inglaterra conoció a
la Montefiori. ¿Sabe usted quién era? Una mujer de historia, muy guapa, francesa o italiana, no lo
sé a punto fijo, ni creo que lo supo nadie.
―Algo me contaron...
―A lo tonto, a lo tonto, empezando por galanteos de esos que allí, como en París, son la
aventura de un día, o de una semana, sin consecuencias, Negretti se enamoró perdidamente de
aquella prójima... Y a tanto llegó la ceguera del hombre, que se casó con ella. Crea usted que el día
que me lo dijo, por poco le mato. De nada valieron los consejos, las exhortaciones de sus buenos
amigos. Jenaro sentía el vértigo, y se arrojó a la sima.
―Ya, ya recuerdo la historia... Su mujer murió.
―Asesinada, al salir de un baile en Vauxhall, un sitio que hay en Londres, a donde concurre
todo el mujerío... ya me entiende usted...
―Comprendo... mujeres guapas... pues... Esa señora dejó una niña.
―Que recogió Negretti, poniéndola en casa de los Montefioris de Halton Garden, una calle de
Londres donde está todo el comercio de pedrería. A la muerte de Jenaro, la niña, por disposición
testamentaria de este, fue puesta al cuidado del Montefiori de Mallorca, y luego de Zahón y
Negretti.
―Y ha quedado al fin bajo el poder de Doña Jacoba, donde ahora se halla. La conozco, señor.
―¿Qué tal es la chica? No la he visto desde que tenía tres años.
―Señor ―respondió Milagro dando un suspiro―, Aurorita es preciosa...
―Sale a su madre, que era una divinidad ―dijo el gran Mendizábal. Y se le encandilaron los
ojos cuando repitió―: Es preciosa la niña...
―Pero muy revoltosa, señor... el carácter más desconcertado que Vuecencia puede imaginar.
―Tiene a quien salir... Pues bien, Negretti dejó en mi poder todo su dinero... No crea usted,
pasa de un millón de reales lo que tenía, y con su fortuna me dejó el encargo de atender a la
chiquilla durante su menor edad... Ello es enojoso, mayormente hallándose la joven en poder de los
Zahones, de quienes tengo malas noticias.
―Puedo asegurar a Vuecencia que la niña de Negretti está muy mal educada y tiene los
demonios en el cuerpo; pero merece vivir en mejor compañía, y yo sé que no ha de faltar quien la
cuide, con el emolumento que percibe la urraca de Doña Jacoba.
―Autorizado estoy ―indicó D. Juan Álvarez, distrayéndose ya de aquel asunto y empezando
a pensar en cosas de más importancia―, para confiarla a otras personas de la familia; y si averiguar
pudiera dónde ha ido a parar Ildefonso Negretti, que se estableció en Bayona, también en joyería,
allá por el año 26, de seguro... En fin, señor Milagro, quedamos en que llevará usted a esa señora...
Vea la nota, y aquí tiene el dinero... Cuidado con el recibo en regla... Y pueden ustedes retirarse...
Yo me voy también, que hoy ha sido día de prueba.

XVI

Acompañado de su amigo y mentor D. Pedro Hillo, fue Calpena a las últimas funciones de
Toros, y a la apertura de los Estamentos, que se efectuó a mitad de Noviembre con la solemnidad de
costumbre, asistiendo la Reina Gobernadora. En la Plaza admiraron la pericia del afamado matador
MENDIZÁBAL 153

Francisco Montes, y el arrojo y gallardía de D. Rafael Pérez de Guzmán, oficial del Ejército, de la
noble casa de Villamanrique, que había cambiado los laureles militares por las palmas toreras, y la
espada por el estoque. Tomó la alternativa en Madrid en Junio del 31, y desde entonces fue la más
grande notabilidad del arte en aquella década, después del maestro Montes. Con estos compartía el
favor del público Roque Miranda, muy inferior a Montes y a D. Rafael en la suerte de matar, pero
gran banderillero, capaz de poner pares en los cuernos de la luna.
Ya se comprende que con la compañía de Hillo en el fiero espectáculo aprendió Calpena, no
sólo los terminachos, sino las reglas del toreo, adquiriendo el placer de la lidia. Algunas tardes
convidó también a Milagro, grande y antiguo aficionado, sólo que la cortedad de su vista no le
permitía enterarse bien de lo que pasaba. Hiciéronse amigos Hillo y D. José, y su amistad se
consolidaba, lo mismo por la comunidad de afición que por la diferencia de criterio en el juicio de
las suertes. Si coincidiendo, simpatizaban, disputando como energúmenos simpatizaban y se
querían más. Entre los dos sentábase Calpena en el tendido, y a menudo tenía que intervenir para
aplacar sus bulliciosos ardores de controversia. Era Hillo devotísimo adepto de la escuela rondeña,
y el otro de la sevillana; enaltecía el clérigo el arte propiamente dicho, la destreza en el engaño, la
burla ingeniosa del peligro, la distinción, la postura, la gallardía de la figura toreril delante de la
fiera; encomiaba Milagro el valor, la brutal acometividad sin remilgos, mirando más a la eficacia de
la suerte que al afán de pintarla y hacer arrumacos. Eran, pues, el uno clásico, romántico el otro.
Disputaba Milagro por temperamento bullanguero y por llevar la contraria. Hillo, firme en el dogma
rondeño, lo sostenía con seriedad, digna de una tesis escolástica. Tan pronto se arrancaba Milagro a
sostener que D. Rafael era un chambón, que debía su boga a ser de la Grandeza, como le defendía
resueltamente por su coraje ciego y sin arte. Consideraba a Montes por paisano, pues ambos eran de
Chiclana; pero a lo mejor se complacía en llamarle gandul o figurero.
―Pero usted, señor alma de cántaro ―le decía Hillo sin poder contener su enojo―, ¿se ha
enterado de lo que ha hecho ese tío en el segundo toro? Sin duda tiene usted telarañas en los ojos
cuando no ha visto ese sublime arte del engaño, cuando no ha visto con qué salero se lo pasó a la
fiera por delante de la cara para componerla, para quitarle los resabios adquiridos durante la lidia,
para igualarle... ¿O es que usted no sabe lo que es igualar al toro?... ¿Sabe acaso distinguir los
pases? Para usted es lo mismo el natural que el redondo, el cambiado y el de pecho.
―Lo que le digo a zumercé ―afirmó Milagro al concluir la lidia del tercero―, es que este
pase de pecho de D. Rafael no lo hace mejor el Verbo Divino.
―¡Pero si ha sido una gran patochada! ¡Usted no lo entiende! ¡Si no estaba perfilado D.
Rafael cuando se le vino el toro encima, y en vez de adelantar el brazo de la muleta hacia el terreno
de afuera en la rectitud del toro, lo que hizo fue...!
―Usted sí que no lo entiende. D. Rafael no movió los pies...
―¡Pero si parecía un bailarín!
―Le digo a usted que no. Me han salido los dientes viendo matar toros. D. Rafael se estuvo
quieto hasta que llegó la res a jurisdicción.
―¡Pero si no llegó a jurisdicción...! ¡Por San Cornelio, que no!... Y el animal no tomó el
engaño; y D. Rafael, con más coraje que conocimiento, en vez de darle salida por la derecha, se la
dio por la izquierda, y no supo empaparle. Total, que cuando la res dio el hachazo...
―No hubo tal hachazo.
―Le digo a usted que sí...
―Pues, hijo, si Su Reverencia entiende de decir misa como de toros, lucida está la santa
Iglesia.
―Quien no entiende una palotada sois vos.
―Paz, paz ―les decía Calpena―. No se peleen por un golletazo de más o de menos. Tan
difícil es matar bien un toro como gobernar a un país. Tanto mérito tiene el que se pone entre los
cuernos de una fiera, como el que se cuadra ante las astas de una nación querenciosa. No
disputemos, y aplaudamos a todos.
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Salían tan amigos, y hablando de política, el clérigo y el funcionario confundían sus


respectivos criterios en un escepticismo zumbón. Fueron también, como se ha dicho, a la apertura
de las Cortes, en el Estamento de Procuradores, que tenía por alojamiento provisional la iglesia de
Clérigos menores, (Carrera de San Jerónimo), convertida en redondel parlamentario. Aunque el día
no era apacible, la multitud se agolpaba en las calles por ver a la Reina y su Corte, y por admirar el
lujo de corceles empenachados, los lacayos y cocheros a la Federica, las carrozas de concha y
marfil, y todo el elegante barroquismo que constituye el ceremonial palatino de calle. La hermosura
de la Reina, su gracia y gentileza eran tales, que ante la realidad se achicaban las hipérboles que a
su paso se oían. Vestía de negro. Su peinado de tres potencias, con la real diadema y el velo blanco
que graciosamente le caía sobre los hombros; la pedrería que al cuello y entre los graciosos moños
de su pelo ostentaba; la majestad de su rostro; la sonrisa hechicera con que agraciaba al pueblo
dirigiendo sus miradas a un lado y otro, formaban un conjunto que difícilmente olvidaba el que una
vez tenía la suerte de verlo. Contaba poco más de veintiocho años, y ya su nombre había fatigado a
la Historia, por las circunstancias de su casamiento, de su corta vida matrimonial, de su viudez
prematura, que puso en sus manos las riendas de una nación desbocada. Del bien y del mal que hizo
se hablará en mejor ocasión. Por ahora se dice tan sólo que aquel día de Noviembre, camino de la
ceremoniosa apertura, estaba guapísima. Era, sin disputa, la más salada de las reinas. Su venida fue
un feliz suceso para España, y su belleza el resorte político a que debieron sus principales éxitos la
Libertad y la Monarquía. Su gracia sonriente enloqueció a los españoles; muchos patriotas
furibundos, a quienes las malas artes de Fernando habían hecho irreconciliables, desarrugaron el
ceño. Antes de tener enemigos encarnizados, tuvo partidarios frenéticos. Difícilmente se encontrará
en la Historia una Reina a la cual se hayan dedicado más versos: verdad que no todos los que se
arrojaban a su paso para alfombrarle el camino eran inspirados. Lo que llamamos ángel teníalo
Cristina en mayor grado que otras prendas eminentes de la realeza, y todos hallaban en ella un
hechizo singular, un don sugestivo que encadenaba los ánimos. Por eso Quintana, afectando la
confusión lírica, le decía:

«¿Quién te dio ese poder?... ¿De quién hubiste


La magia celestial?».

Y otro no menos famoso poeta, la saludaba de este modo:

«¡Cuán hermosa! ¡Sus ojos celestiales


Cuán apacibles miran!
Ved en su frente pura
La majestad grabada y la dulzura;
Mirad en su mejilla
La rosa del pudor encantadora.
Al Consorte Real, que en ella adora
No menos la virtud que la hermosura,
Ved ¡cuán tierno sonríe
Su labio de coral!...».

Y fue tal la prodigalidad de epítetos dulzones, angélica, divina, divinal, dulce, amorosa,
celeste, etc., que la lengua se nos hizo empalagosa, y de ahí vino que por devolverle su tonicidad y
fuerza la amargaran demasiado los románticos con sus acíbares, adelfas y cicutas.
En otro orden hubo de manifestarse el mismo fenómeno de reacción. Es indudable que
muchos se fueron al campo realista, no tanto por convencimiento, como porque estaban hastiados y
apestados de tanta angélica Isabel, de tanta celestial Cristina; protestaban de la virilidad contra el
feminismo.
MENDIZÁBAL 155

Las tres serían cuando entraba la Reina en el Estamento, y si en el tránsito por las calles y
Puerta del Sol los vivas no cesaban, ni las encantadoras sonrisas de la dama hermosísima, en la casa
parlamentaria los aplausos y vítores fueron delirantes. Aclamando a la Gobernadora, se rendía
tributo a la hermosura y a la ley, a la vida nueva, a la esperanza de un porvenir dichoso. El símbolo
era tan bello, que encendía el fuego de la fe con más eficacia que las ideas. No es extraño, pues, que
el historiador, o más bien el filósofo de la Historia, se preguntara: «¿Hasta qué punto y en qué
medida influyó en la suerte de España el dulce mirar de aquella Reina?». Y un faccioso del orden
civil, aficionado a las grandes síntesis, consolaba a D. Carlos, años adelante, en las soledades de
Bourges: «No hay que culpar a nadie, señor, pues así lo ha dispuesto el que hace las criaturas. Todo
habría pasado de distinta manera, si la augusta cuñada de Vuestra Majestad hubiera sido bizca».
Nuestro amigo Calpena, colocado entre los suyos D. Pedro Hillo y D. José del Milagro, vio
desde una tribuna a la hermosa Reina, y la oyó leer el discurso. Era la primera vez que la veía, y
maravillado de tanta majestad y gentileza, sus ojos no se saciaban de contemplarla. Milagro,
renegando de su menguada vista, no hacía más que preguntar a Hillo:
―¿Y dónde está Argüelles?... ¿Y Saavedra?... ¿Y los primerizos Pacheco y Donoso Cortés?
Poco fuerte en el conocimiento de personas, Hillo las iba señalando a capricho, y a Pita
Pizarro le llamaba Conde de las Navas, y a D. Antonio González le confundía con D. José Landero
y Corchado.
―Ahí tiene usted al Sr. D. Juan Álvarez y Méndez, tan orgulloso que parece el zar de
Moscovia... ―dijo D. Pedro cuando ya se retiraba Su Majestad―. Con su pelito rizado y su fraque
de última moda, es el más guapo de los que se sientan en el banco negro.
―Ya, ya le veo ―manifestó Milagro, que no veía nada―. Está arrogantísimo mi jefe... Ese,
ese es el que os ha de poner a todos las peras a cuarto. Ya veréis cómo las gasta.
―Me parece a mí ―dijo Hillo―, que trae buenos planes; pero no el trasteo que se necesita
para ejecutarlos.
―Trasteo le sobra.
―Le falta mano izquierda.
―¡Qué ha de faltarle, hombre!
―No sabe manejar el engaño. Hay aquí ganado de mucho sentido, voluntarioso, que hace por
los Ministros, y no para hasta que los engancha. ¡Pobre D. Juan!... Él ha venido por palmas, y le van
a dar...
―¿Qué...?, ¿qué le van a dar?... ―dijo Milagro, empezando a amoscarse.
―Nada, hombre: no se sulfure. De toros entiende usted poco; pero de este tinglado ni una
patata.
―Quien no lo entiende es Su Señoría. Me han salido los dientes viendo Cortes...
―¿En dónde, alma de Dios?
―En Cádiz... en San Felipe Neri.
―Ese santo no es de mi devoción.
―De la mía sí. En mi iglesia adoramos a los patriotas y abominamos de la clerigalla.
―Paz, caballeros ―dijo Calpena con gracia―. No me riñan aquí o a los dos les mando a la
calle.
―Es broma.
―Jugamos, nos divertimos.
En esto salían ya de la tribuna, y empezaba el penoso descenso entre un gentío bullicioso,
mareante, compuesto en su mayoría de señoras charlatanas y fastidiosas, a quienes todo el espacio
de pasillos y escaleras les parecía poco para sus faldamentas, chales y cintajos. Cerca ya de la
salida, tropezaron con Edipo, el polizonte, y Calpena, que ya estaba familiarizado con su presencia
en calles, cafés y teatros, le dijo, permitiéndose tutearle:
―Sí, aquí estoy... No me escapo, hombre... Puedes apuntar, por si no lo sabes, que esta
mañana estuve con Iglesias en el café de Solís, y que hablamos de la inmortalidad del cangrejo y de
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la absoluta impertinencia de los empleados de la policía.


―No voy contra usted, Sr. D. Fernandito ―replicó el corchete risueño y humilde―. Viva
usted mil años, para que proteja a los pobres el día que venga alguna tremolina.
―¡Lo que es a ti...! ¿A que no me aciertas dónde estuve hoy cuando salí del café de Solís?
―En la corbatería de Aguayo.
―¿Y antes de ir al café?
―En la peluquería de Cortina.
―Maldito seas, y quiera Dios que te pase lo que al Rey de teatro que te ha dado su nombre.
―Era un Rey que padecía de la vista.
―Ciego te vea yo... Bueno. Pues si me aciertas a dónde iré esta tarde, te regalo una docena de
puros.
―¿De veras? Pues ya puede ir por ellos. Tráigamelos escogidos, de la fábrica de Sevilla, de a
tres cuartos pieza.
―Antes adivíneme lo que haré esta tarde.
―No necesito adivinarlo, porque lo sé, y usted no.
―¿Y cómo es eso de ignorar a dónde voy, teniendo el propósito de ir a una parte?
―Muy sencillo. Puede que usted tenga la intención de emplear la tarde en picos pardos, y
puede que haya hablado de eso con Iglesias, que es muy aficionado a las madamas. Pero aunque el
Sr. D. Fernando tenga esos planes, no irá a donde piensa, sino a donde yo sé.
―Explícame eso, Edipo maldito, o aquí perece un Rey de Tebas.
―Pues... esta mañana, mientras el señor andaba de ceca en meca... fue a buscarle a su casa,
tres veces, D. Carlos Maturana. Me le encontré en la calle de Peligros, y me ha dicho que tiene
precisión de cazarle a usted hoy, y que le cazará, aunque sea con perros.
―¿A mí?... ¡Maturana! Sí, sí, es el pariente de mis amigos de Olorón, a quien me
recomendaron. No le he visto aún, porque estaba ausente de Madrid cuando yo llegué.
―Ayer regresó de sus viajes por Italia y Suiza. Traerá relojes y abanicos... En fin, no sé... El
motivo de buscarle con tanta prisa es porque usted trajo un encargo para la Zahón.
―El cual aún está en mi poder, porque esa señora, que me han dicho es muy cargada de
espaldas, no ha ido a recogerlo.
―Pero va de orden suya el Sr. Maturana, no sólo por el gusto de verle a usted, sino por
llevarle a la calle de Milaneses, donde le espera con la cajita Doña Jacoba, que no puede salir. Y
como el encarguito será de valor, no tiene el Sr. D. Fernando más remedio que hacer la entrega por
sí mismo, y fastidiarse, y echar la tarde a perros.
―Eso no... Con entregar la caja, pedir recibo, tomarlo...
―Puede que le entretengan a usted más de lo que piensa las joyas que hay en la casa.
―No soy aficionado...
―Eso se verá... cuando lo vea... Hay brillantes, perlas, corales, de los que pintan los poetas...
Y sin decir más, dio dos palmadas a Don Fernando, despidiéndose con palabras de premura:
―Con Dios... Hago falta dentro... Mucha gente, y alguna no de lo mejor.
Reuniose Calpena con sus amigos, que en la puerta hablaban con dos sargentos de la Guardia
Real, conocidos de Milagro, y se fueron hacia la calle de Alcalá, rumbo al Caballero de Gracia.

XVII

Exactísimos eran los informes de Edipo, y cuando llegó D. Fernando a su casa, díjole la chica
de la patrona, al abrirle la puerta, que un señor que había estado tres veces por la mañana, le
aguardaba sentadito en la sala, al parecer dispuesto a no moverse de allí mientras no lograra su
objeto. Minutos después hallábase Calpena frente a un sujeto como de sesenta años, acartonado y
pequeñito, que llevaba muy bien su edad; mejor afeitado que vestido, pues su levita era de las
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contemporáneas de la paz de Basilea; el pelo entrecano y nada corto, con ricitos en las sienes, y un
mechón largo cayendo hacia el cogote, como si aún no se hubiese acostumbrado a prescindir del
coleto; los ojos reforzados con antiparras de cristales azules montados en plata; el perfil volteriano,
el habla cascada y lenta.
―¿Con que es usted...? Bien, hijo, bien. Pues me escribió mi sobrino Felipe; pero hasta ayer
no he llegado de mis correrías por el extranjero... Aquí me tiene el Sr. D. Fernando a su disposición.
La verdad, poco puede hacer por usted este pobre viejo, pues desde que salí de Palacio... ya sabe
usted que era yo primer diamantista de Su Majestad... llevo una vida... Sentémonos, si usted
quiere... Pues perdí aquella plaza, después de treinta años de honrados servicios... y no he tenido
más remedio que buscar en el comercio un modesto pasar... Ello fue... no sé si estará usted
enterado... por malquerencia de esa farolona de la Carlota... la mujer del Don Francisco... otro que
tal... En fin, más vale no hablar... Y usted, ¿qué me cuenta? ¿Qué tal le va por Madrid? ¿Ha
conseguido que le coloquen? Ay, señor mío, esto está perdidocon tantas libertades, y la dichosa
Pragmática Sanción, que fue la manzana de la discordia... Al Rey le mataron a disgustos, puede
usted creerlo... Y a mí... toda la inquina que me tomaron fue por la amistad que me tenía el Príncipe
de la Paz primero, y después el señor Duque de Alagón... No sé si sabrá usted que D. Pedro
Labrador me llevó consigo al Congreso de Viena; sí señor... Pero estas son historias marchitas, y
usted es joven, vive en lo presente, y le aburrirá esta manía que tenemos los viejos de revolver la
hoja seca del pasado... En fin, vamos al asunto.
―Ello es que yo ―dijo Calpena un tanto impaciente por despachar pronto― no he podido
entregar...
―Ha hecho usted perfectamente. Encargos de cierta naturaleza no deben entregarse sino en la
propia mano de la persona a quien van dirigidos. La mayor parte del contenido de la cajita que
confió a usted Aline es para mí; el resto, para Jacoba. Esta se halla enferma con un dolor tan fuerte
en la cadera, que no puede moverse.
―Iré yo a su casa, si a usted le parece bien.
―Tan bien me parece, que traigo esta comisión, con la cual mato dos pájaros de un tiro.
Cumplo con Felipe, ofreciendo a usted mis servicios, y cumplo con Jacoba, llevándole el encargo, y
el portador y todo, para que llegue más seguro.
Deseando abreviar, Calpena sacó la cajita, y propuso al Sr. de Maturana marchar sin pérdida
de tiempo. No deseaba otra cosa el antiguo diamantista, y se echaron a la calle, no sin que en el
portal recomendase D. Carlos a su acompañante que tuviera mucho cuidado con lo que llevaba,
pues Madrid estaba infestado de rateros, y al menor descuido le dejarían con las manos limpias.
Procuró Calpena tranquilizarle, y asegurando bien el bulto bajo el brazo derecho, avivó el paso.
Poco hablaron por el camino, y en cinco minutos se plantaron en la calle de Milaneses.
―Amiguito, vaya un paso que tiene usted ―dijo el vejete, fatigadísimo, al entrar en el
portal―. Ya se ve... un paso de veinticinco años. Subamos ahora despacito, que por aquí no hay
peligro y no vamos a apagar ningún fuego. Esta maldita escalera no tiene pasamanos, y usted me ha
de permitir que le coja del brazo. Pásmese usted. En esta casa...
Se paró en el rellano, donde apenas cabían los dos. La escalera, que arrancaba casi en la
misma puerta de la calle, ascendía obscura, desigual, angulosa, como los senderos de la traición, y
sus escalones patizambos ofrecían al confiado pie celadas espantosas.
―En esta casa... no, en la de al lado, trabajamos juntos, cosa de un mes, Leandro Moratín y
yo. Y enfrente, en el que entonces era número 14 de la manzana 71, tuve yo el gusto de cobrar el
primer dinero que gané en mi vida. Fue por unas arracadas que hicimos para la infanta doña María
Josefa, el año 90... Ea, cinco escalones más y llegamos.
Tiró Maturana de la campanilla, y al poco rato rechinó la tapa de la mirilla con cruz de hierro.
Vio Calpena unos ojos; el viejo no dijo más que «yo», después de lo cual empezó a sonar un
claqueteo de cerrojos, al que siguieron vueltas de una llave, luego roce de cadenas, el caer de una
barra, y aun después de todo este estruendo carcelario la puerta tardó un ratito en abrirse. ¿Era un
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hombre el que abría, era una mujer? Fernando no se enteró, porque si el aspecto podía pasar por
varonil en la penumbra del pasillo, femenina era la voz que dijo:
―D. Carlos, no le esperaba tan pronto. La señora duerme, y yo estaba en la cocina
echándome unas piezas a la chaqueta... Pasen, pasen. ¿Despierto a Doña Jacoba?
―No, déjala que descanse. Aguardaremos. ¿Y Aurorita, qué hace?
Replicó el mancebo (pues hombre era por la facha, aunque la voz de tiple lo contrario
declarase), que la tal Aurorita había salido de paseo con la señora y niñas de Milagro, y con otras
cuyo nombre no recordaba, hermanas de un sargento de la Guardia Real; y en tanto, abría la puerta
de la sala, que más bien era tienda, por las dos mesas, con trazas de mostradores, que en ella había,
y los armarios de forma pesada y robusta, cerrados con fuertes herrajes, guardando con avaricia
sigilosa tesoros o secretos. Dos o tres sillones de vaqueta, de un uso secular, claveteados y lustrosos,
y un par de sillas, eran los únicos muebles que en tan extraña sala brindaban comodidad al visitante.
Acomodose Maturana en un sillón, y Calpena en una silla, dejando al fin sobre la mesa su enojosa
carga, y aguardaron silenciosos, hasta que el diamantista, sacando su tabaquera de concha, tomó un
polvito, después de ofrecer al joven, que hubo de excusarse graciosamente. La conversación se
reanudó en el mismo punto en que había quedado al subir la escalera.
―La buena señora ―dijo Maturana oliendo el rapé con la mayor finura y encandilando los
ojuelos―, se empeñó en que todo había de ser zafiros... y mi padre y mis tíos estuvieron tres meses
y medio buscándolos de gran tamaño... Y que escaseaban en aquel tiempo los zafiros y se pagaban
bien, como ahora las esmeraldas.
―Escasean las esmeraldas... ya ―dijo Calpena, sólo porque la cortesía le obligaba a decir
algo.
―Se han pagado en los últimos años a doce y catorce duros quilate, las de buen tamaño... ya
ve usted. Algo bajaron de precio cuando D. Pedro de Portugal vendió su soberbia colección, en los
apuros de la Regencia en la Islas Terceras... Y a propósito... Este recuerdo de D. Pedro y Doña
María de la Gloria (que por cierto ha recuperado parte de las esmeraldas y aguamarinas de la
Corona de Portugal); este recuerdo, digo, me trae a la memoria al Sr. de Mendizábal... ¿Es cierto
que usted...? Si es impertinente mi pregunta, no digo nada.
―Hable usted.
―Es que... me habían asegurado que es usted el ídolo del señor Ministro; el niño mimado,
vamos...
Apresurábase D. Fernando a desmentir tan absurda especie, que no por primera vez oía, y
cuyo origen atribuyó a las hablillas y murmuraciones oficinescas, cuando sintieron ruido y voces en
las habitaciones inmediatas. Maturana se acercó a la puerta, y entreabriéndola, dijo: «¿Qué es eso,
Lopresti? ¿Se levanta la señora?». Y la voz de tiple contestó desde dentro: «Allá va...». Momentos
después, entraba en la sala Doña Jacoba Zahón, apoyada por la izquierda en el fámulo, por la
derecha en un grueso bastón, y con difícil paso, marcado por lamentos y suspiros, llegó hasta soltar
sobre un sillón la dolorosa carga de su cuerpo. Antes de saludar a Calpena, despidió al de la voz
aguda con expresiones displicentes de ama de casa que gasta mal genio:
―Entretente ahora con tus costuras, y olvídate de tus obligaciones, como ayer, que nos diste
de cenar a las nueve de la noche... ¡Ah, si yo recobrara mi salud y pudiera estar en todo, cómo te
haría andar derecho!... Anda... holgazán, lávame los pañuelos... A las seis, el vinito con la
medicina...
Volvió después su rostro hacia Calpena, y le saludó con graciosa sonrisa, mostrando al joven
su senil y enfermiza hermosura, que enormemente contrastaba con su desgraciado cuerpo. Ofrecía
su cabeza un exactísimo parecido con la de María Antonieta; mas por el color exangüe y la
extremada delgadez del interesante rostro era la cabeza de la infeliz Reina después de cortada, tal
como nos la ha transmitido la auténtica mascarilla de cera existente en un célebre Museo. D.
Fernando sintió frío al contemplar aquel rostro tan fino y transparente, de un perfil distinguidísimo,
apagados los ojos, lívido el labio, mostrando una dentadura en buena conservación. El cabello era
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gris, y para que resultara mayor la terrible semejanza con la decapitada Reina, se sujetaba dentro de
una escofieta blanca. El cuerpo no debiera llamarse feo, sino monstruoso: cada hombro a diferente
altura, corvo el espinazo. Se envolvía en una cachemira muy usada, bajo la cual aparecían la falda
de estameña obscura, y los zapatos de paño, holgadísimos, pertenecientes sin duda a su difunto
esposo. A la cara correspondían las manos, también de cera, finísimas, bien marcadas las falanges
bajo una piel sedosa, las uñas no muy cortas, pero limpias: lucía en sus dedos una sortija negra, con
un hermosísimo ópalo de fuego de gran tamaño.
―Usted me dispensará, Sr. Calpena ―dijo con voz dulce, musical, que casi daba tonos de
italiano al español correctísimo que hablaba―, que haya tardado tanto en avisarle... Que hoy, que
mañana... Pero la carta de Aline llegó cuando yo me hallaba en lo peor del ataque. Esta maldita
ciática me tenía en un grito. Y el año pasado las paletillas... después todo el esqueleto... Ay, si le
dijeran a usted, Sr. de Calpena, que yo he sido una mujer esbeltísima, se echaría a reír... Vea usted
los estragos del reuma en estos pobres huesos... Pues sí, Aline me decía... Y ayer el amigo
Maturana, al llegar de su viaje, me decía... En fin, que celebro infinito ver a usted en mi casa, y le
agradezco la atención de traerme por su propia mano la caja.
Por iniciativa de Maturana, se procedió a la apertura del paquete, rompiendo los hilos que
sujetaban el papel que lo envolvía. En tanto Jacoba continuaba:
―Por el amigo Milagro he tenido noticias de usted, y sé que está en gran predicamento con el
Sr. de Mendizábal... No, no lo niegue. Ya sé que es usted la misma modestia... Pues el señor D.
Juan, en la posición que hoy ocupa, no se acordará de mí. ¡Cuántas veces le vi en mi tienda, calle de
la Verónica, esquina a la de la Carne, donde estuvimos tres años antes de pasar a la calle Ancha! Era
entonces un muchachón de lo más alborotado que puede usted imaginarse, un busca-ruidos, un
métome en todo; ayudaba a los patriotas levantiscos que armaban un tumulto a cada triquitraque.
Bien me acuerdo, bien. Juanito Álvarez hizo la contrata de víveres el año 23, cuando tuvimos allí
prisionero al Rey. ¡El Rey! ¡Ah!... me parece que le estoy viendo, con su traje de mahón, asomado a
los balcones de la Aduana, mirando al mar con un anteojo muy largo, en espera de barcos franceses
o ingleses que vinieran a liberarle... Mendizábal empezaba entonces sus negocios en gran escala, y,
si no recuerdo mal, algo traficó en pedrería con Londres y Amsterdam. Por si había conspirado o no
había conspirado, le condenaron a muerte, y salió de Cádiz escapado para no volver más... Ya, ya se
acordará él de los Zahones, y de los refresquitos de sangría que le hacíamos en casa, cuando volvía
de Rota con Jenaro Negretti. En Rota tenían ambos sus novias, las de Urtus, dos hermanas
lindísimas. La una murió de calenturas, y la otra casó con un hermano de este, Cayetano Lopresti,
maltés, que está en mi servicio desde el año 25... ¡Cómo se pasa el tiempo! ¡Ay, D. Carlos!, ¿qué me
dice usted de este correr de los años? El 23, cuando fue a Cádiz con la Corte, usaba usted todavía
coleta, y los chicos de la calle le hacían burla... ¿se acuerda?
Más atento a lo que iba sacando del cajoncillo que a las tristes remembranzas de su amiga,
Maturana no contestó. Fijose también Doña Jacoba en lo que el viejo ponía con religioso respeto
sobre la mesa, y alargó su mano para cogerlo y examinarlo.
―Ya... ―dijo―, las peinas que tanto ponderaba Aline... El carey es finísimo; los diamantes
valen poco... Andanada de veinticinco. Viene bien para completarle a la de Castrojeriz las arracadas
que quiere tomar, rostrillo y cinturón para la Virgen de Valvanera.
―¿Tiene bastante ya? ―preguntó maquinalmente Maturana, mirando con lente un joyel
montado en plata.
―Tiene... ¡Oh, sí!... con lo que le vendió la Concha Rodríguez y este, habrá bastante.
―Si no... Yo he traído como unos veinte diamantes de desecho... muy propios para Vírgenes y
Niños Jesús... Vea usted, Jacoba, vea qué hallazgo...
―¿Qué?... ¿qué es eso?
―Esto es un joyel de los que se usaban en los peinados Pompadour, convertido en alfiler de
pecho con poco arte: conozco esta prenda como a mis propios dedos. No me equivoco, no: es la
misma. Esmeralda hialina del Perú, superior, con cerco de brillantes en plata. Catorce brillantes, dos
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de ellos de bajo color, y otro con pelo... Es la misma joya, la que perteneció, con otras del propio
estilo, a la Vallabriga, la esposa del Infante D. Luis... Todo se vendió en París el año 8; luego hubo
algún descabalo, porque Montefiori cedió en Metz los pendientes de este mismo juego... Juraría que
este joyel lo compró el corredor de Aline en Alsacia: los judíos alsacianos poseían mucha piedra
procedente de España, no sólo de la Grandeza, sino de la de Godoy y Pepita Tudó.
―Es muy lindo... Lástima no tener las otras piezas ―dijo la Zahón, examinándolo sin lente,
con ojo muy perito―. Esto viene para usted. Para mí ha de haber un saquito con varias piedras
sueltas: venturinas, turquesas, algunos brillantes...
―Aquí lo tiene usted ―indicó Maturana, vaciando el saquito en la palma de su mano―.
¡Caramba, qué hermoso brillante!... Talla de Amsterdam, sesenta y cuatro facetas... Vea usted qué
tabla y qué culata... Este otro amarillea un poco. No daría yo por el quilate de este ni tampoco
cincuenta duros... Las turquesas me gustan, y si usted quiere me quedo con ellas. Tengo yo dos
hermanas de estas, tan hermanas, que no dudo en asegurar que proceden de Venecia, como las mías,
y que pertenecieron a una dama italiana, no me acuerdo el nombre, de la cual se dijo si tuvo o no
tuvo que ver con Massena... Estas rosas valen poco... Todo es género corriente recogido en el
Bearnés y Languedoc...
Pasando de la mano del viejo a la de doña Jacoba, esta lo examinó fríamente, diciendo: «El
brillante bueno no tendrá menos de cinco quilates y tres cuartos».
―Lo tomará la de Gravelinas, que ya reúne seis iguales, con el último que yo le vendí.
―No quiero nada con la Duquesa, que aún me debe la mitad del collar de perlas. Lo reservo
para un parroquiano que sabe apreciar el artículo, y es caprichoso, espléndido...
―Ya sé quién es. Mucho ojo, amiga Jacoba. No cuente usted con las esplendideces de los que
tienen su fortuna en América, en negros y caña de azúcar. A lo mejor, saldrán estos señores
exaltados con la supresión de la esclavitud, y la plumada de un ministrillo dejará en cueros a más de
cuatro que apalean las onzas... Y usted, Sr. Calpena, ¿se aburre viéndonos examinar estas baratijas?
―¡Oh!... es muy bonito ―dijo Fernando―; ¡pero cuántos años de revolver piedras entre los
dedos para llegar a adquirir esa práctica, ese conocimiento...!
―La costumbre... ―indicó la Zahón―. Desde muy niña ando yo en este comercio... y créalo
usted, si dejara de ver piedras y de sobarlas y de jugar con ellas, me moriría de fastidio. Ya mis
dedos las conocen solos, y casi no necesito mirarlas para saber lo que valen.
―Yo también, desde que me destetaron, Sr. D. Fernando, o poco después, manejo estos
pedazos de vidrio.
―Para mí, lo parecen.
―Y lo son: vidrio fabricado por la Naturaleza en el horno de los siglos... ¡Ah!... ¡oh!,
atención. Aquí viene lo bueno.
Al decir esto, sacaba un objeto estrecho, largo como de una cuarta, envuelto en finísimas
túnicas de papel de seda. Era un abanico, obra estupenda del arte francés del siglo pasado.
Desplegando cuidadosamente el varillaje de calado nácar, obra de mágicos cinceles, y el país
pintado en cabritilla, ideal escena de marquesas pastoreando en jardín de amor, entre sátiros,
pierrotes y caballeros con pelliza, Maturana lo mostró abierto, sutilmente cogido por el clavillo de
oro, a los asombrados ojos de Doña Jacoba y Calpena, quienes se maravillaron de obra tan bella y
sutil.
―Esta es una de las piezas más admirables que existen en el mundo, en el ramo de
abaniquería ―dijo el diamantista, ronco de entusiasmo y del gozo que le producía el arrobamiento
de los dos espectadores―. Fíjense en esas varillas, que parecen hechura de los ángeles, y no tienen
el menor desperfecto; fíjense en la pintura, en esas caras, en los ropajes y en el paisaje del fondo...
observen las ovejitas, que no parece sino que oye uno sus balidos... Pues si notable es esta pieza por
su arte, no lo es menos por su historia, que voy a contar.
Envolvió de nuevo el abanico en sus fundas finísimas de papel, y poniéndolo sobre la mesa,
protegido por su mano izquierda, se lanzó con vuelo atrevido a los espacios de la Historia.
MENDIZÁBAL 161

XVIII

―Hiciéronlo Lancret y Lefebvre para la Reina María Leczinska, por encargo de Su Majestad
Luis XV, y naturalmente, apenas concluido, Madame de Pompadour se dio sus mañas para
apropiárselo. En el zócalo de la columnita que habrán ustedes visto en el país, a la derecha, pusieron
los artistas la divisa de la cortesana, que dice: virtus in arduis. A la muerte de esta señora, pasó el
abanico por sucesivas ventas a la Marquesa de Maurepas, y luego se nos pierde en el laberinto de la
Revolución francesa, hasta que reaparece en Coblentza, donde lo compra un mercader italiano y lo
lleva a Nápoles. Qué vueltas dio por los aires de mano en mano hasta venir a las del Príncipe de la
Paz en 1805, yo no lo sé, ni creo que nadie lo pueda averiguar. Lo que afirmo es que lo usó Su
Majestad la Reina María Luisa. El año 8, por Marzo, hallándose la Real Familia en Aranjuez, se
perdió uno de los diamantes del clavillo, y por conducto del señor Príncipe de la Paz, vino el
abanico a mis manos para la reparación consiguiente. Entonces ¡ay!, lo vi por primera vez, y quedé
prendado de su mérito. A los pocos días de tenerlo en mi taller, lo entregué compuesto a Su Alteza;
mas la Providencia no favoreció al pobre abanico, pues antes de que el Príncipe pudiera devolverlo
a la Reina, sobrevinieron los terribles sucesos del día de San José. A Godoy por poco le matan. Los
amotinados saquearon el Palacio y pegaron fuego a los muebles... ¡qué dolor! Era de temer que el
precioso objeto fuese a parar a manos viles, a personas ignorantes que desconociesen su valor...
Pues no, señor. A fin del mismo año de 1808 reaparece en poder del mariscal Soult, hombre
inteligente, soldado artista, que lo estima como merece, y se lo regala a Napoleón en Enero del año
siguiente. Enviado a Josefina con otros obsequios, esta lo regala a su hija Hortensia, Reina de