0% encontró este documento útil (0 votos)
37 vistas67 páginas

Documentos RD

Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
37 vistas67 páginas

Documentos RD

Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

DOCUMENTOS RD: ÉSTE ES EL DOCUMENTO FINAL DEL SÍNODO

DE LA SINODALIDAD (TRADUCCION NO OFICIAL).

26.10.2024

Introducción

Jesús llegó, se puso en medio y les dijo: "La paz esté con vosotros".
Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se
alegraron al ver al Señor (Jn 20,19-20).

1.- Cada nuevo paso en la vida de la Iglesia es un regreso a la fuente,


una experiencia renovada del encuentro con el Resucitado que los
discípulos experimentaron en el Cenáculo la tarde de Pascua. Como
ellos, también nosotros, participantes en esta Asamblea sinodal, nos
hemos sentido abrazados por su misericordia y conmovidos por su
belleza. Viviendo la conversación en el Espíritu, escuchándonos unos a
otros, hemos percibido su presencia en medio de nosotros: la presencia
de Aquel que, donando el Espíritu Santo, sigue suscitando en su Pueblo
una unidad que es armonía de las diferencias.

2.- Contemplando al Resucitado, recordamos que "hemos sido


bautizados en su muerte" (Rm 6,3). Hemos visto las marcas de sus
heridas, transfiguradas por la vida nueva, pero grabadas para siempre
en su humanidad. Esas heridas siguen sangrando en el cuerpo de tantos
hermanos y hermanas, tantas en causa de nuestras culpas. Nuestra
mirada al Señor no nos aparta de los dramas de la historia, sino que
abre nuestros ojos para reconocer el sufrimiento que nos rodea y nos
penetra: los rostros de los niños aterrorizados por la guerra, el llanto de
las madres, los sueños rotos de tantos jóvenes, los refugiados que
afrontan viajes terribles, las víctimas del cambio climático y de la
injusticia social. Sus sufrimientos resonaron entre nosotros a través de la
voz de los medios de comunicación, sino también en las voces de
muchos que estuvieron personalmente implicados con sus familias y
pueblos en estos trágicos acontecimientos. En los días que llevamos
reunidos en esta Asamblea, muchas, demasiadas noticias han seguido
causando muerte y destrucción, deseo de venganza y pérdida de
conciencia.

Nos resuenan los reiterados llamamientos del Papa Francisco a favor


de la paz, convocando al diálogo, a la fraternidad y la reconciliación. Una
paz auténtica y duradera es posible y juntos podemos construirla. "Los
gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de
hoy, sobre todo de los pobres y de todos los que sufren" (GS 1) son, una
vez más, los gozos y las tristezas de todos nosotros, discípulos de Cristo.

3.- Desde que el Santo Padre inauguró este Sínodo en 2021, nos
hemos embarcado en un viaje cuya riqueza y fecundidad vamos
descubriendo cada vez más. Hemos estado a la escucha, atentos a
captar en las múltiples voces lo que "el Espíritu dice a las Iglesias" (Ap
2,7). El camino comenzó con la amplia consulta al Pueblo de Dios en
nuestras Diócesis y Eparquías. Continuó con etapas nacionales y
continentales, en la circularidad de un diálogo constantemente
relanzado por la Secretaría General del Sínodo a través de documentos
de síntesis y de trabajo. La celebración de la XVI Asamblea General
Ordinaria del Sínodo de los Obispos en sus dos Sesiones nos permite
ahora entregar al Santo Padre y a todas las Iglesias el testimonio de lo
vivido y el fruto de nuestro discernimiento, para un renovado impulso
misionero. El camino ha estado marcado en cada etapa por la sabiduría
del "sentido de la fe" del Pueblo de Dios. Paso a paso, hemos
comprendido que en el corazón del Sínodo 2021-2024, Para una Iglesia
sinodal. Comunión, participación, misión hay una llamada a la alegría y a
la renovación de la Iglesia en el seguimiento del Señor, en el
compromiso al servicio de su misión, en la búsqueda de caminos para
serle fiel.

4.- Esta llamada se basa en la identidad bautismal común, se enraíza


en la diversidad de contextos en los que la Iglesia está presente y
encuentra su unidad en el único Padre, el único Señor y el único Espíritu.
Interpela a todos los bautizados, sin excepción: "Todo el Pueblo de Dios
es sujeto del anuncio del Evangelio. En él, todo bautizado es convocado
para ser protagonista de la misión, porque todos somos discípulos
misioneros" (CTI 53). El camino sinodal nos orienta así hacia una unidad
plena y visible de los cristianos, como han atestiguado con su presencia
los Delegados de las otras tradiciones cristianas. La unidad fermenta
silenciosamente en el seno de la Santa Iglesia de Dios: es una profecía
de unidad para el mundo entero.

5.- Todo el camino sinodal, enraizado en la Tradición de la Iglesia, se


ha desarrollado a la luz del magisterio conciliar. El Concilio Vaticano II ha
sido, de hecho, como una semilla sembrada en el campo del mundo y de
la Iglesia. La vida cotidiana de los creyentes, la experiencia de las
Iglesias en todos los pueblos y culturas, los numerosos testimonios de
santidad, la reflexión de los teólogos fueron el terreno en el que germinó
y creció. El Sínodo 2021-2024 sigue aprovechando la energía de esa
semilla y desarrollando su potencial. En efecto, el camino sinodal está
poniendo en práctica lo que el Concilio enseñó sobre la Iglesia como
Misterio y Pueblo de Dios, llamada a la santidad a través de una
conversión continua que nace de la escucha del Evangelio. En este
sentido, constituye un verdadero acto de una ulterior recepción del
Concilio, prolongando su inspiración y relanzando su fuerza profética
para el mundo de hoy.

6.- No ocultamos que hemos experimentado en nosotros mismos el


cansancio, la resistencia al cambio y la tentación de hacer que nuestras
ideas prevalezcan sobre la escucha de la Palabra de Dios y la práctica
del discernimiento. Sin embargo, la misericordia de Dios, Padre lleno de
ternura, nos permite abrir el corazón y continuar nuestro camino. Lo
reconocimos al comenzar la Segunda Sesión con una Vigilia penitencial,
en la que pedimos perdón por nuestros pecados, nos avergonzamos y
elevamos nuestra intercesión por las víctimas de nuestra violencia.
Llamamos a nuestros pecados por su nombre: contra la paz, contra la
creación, los pueblos del mundo, las mujeres, los pobres, los jóvenes y la
comunión. Esto nos hizo darnos cuenta de que la sinodalidad exige
arrepentimiento y conversión. En la celebración del sacramento de la
misericordia de Dios nos sentimos amados incondicionalmente: la
dureza de los corazones ha sido superada y nos abre a la comunión. Por
eso queremos ser una Iglesia misericordiosa, capaz de compartir con
todos el perdón y la reconciliación que vienen de Dios; pura gracia de la
que no somos dueños, sino sólo testigos.

7.- Del camino sinodal iniciado en 2021, ya hemos podido constatar


los primeros frutos. Los más sencillos pero más preciosos están
fermentando en la vida de las familias, parroquias, Asociaciones y
Movimientos, pequeñas comunidades en la vida de las familias,
parroquias, pequeñas comunidades cristianas, escuelas y comunidades
religiosas donde crece la práctica de la conversación en el Espíritu, el
compartir comunitario, el compartir los dones vocacionales y la
corresponsabilidad en la misión. El encuentro de los párrocos para el
Sínodo (Sacrofano [Roma], 28 de abril - 2 de mayo de 2024) permitió
apreciar estas ricas experiencias y relanzar su camino. Estamos
agradecidos y contentos por la voz de tantas comunidades y fieles que
viven la Iglesia como lugar de acogida, esperanza y alegría.

8.- La Primera Sesión de la Asamblea dio otros frutos. El Informe de


Síntesis llamó la atención sobre una serie de temas de gran relevancia
para la vida de la Iglesia, que el Santo Padre, al término de una consulta
internacional, confió a Grupos de Estudio formados por pastores y
expertos de todos los continentes, llamados a trabajar con un método
sinodal. Los ámbitos de la vida y misión de la Iglesia que ya han
comenzado a profundizar son los siguientes:

1. Algunos aspectos de las relaciones entre las Iglesias católicas


orientales y la Iglesia latina.

2. Escuchar el clamor de los pobres.

3. La misión en el entorno digital.

4. La revisión de la Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis en


la perspectiva de sinodal misionera.

5. Algunas cuestiones teológicas y canónicas en torno a formas


ministeriales específicas.

6. La revisión, en una perspectiva sinodal y misionera, de los


documentos que rigen las relaciones entre obispos, religiosos y
agregaciones eclesiales (asociaciones, movimientos y nuevas
comunidades).

7. Algunos aspectos de la figura y del ministerio del obispo (en


particular: criterios de selección de los candidatos al episcopado,
función judicial del obispo, naturaleza y desarrollo de las visitas ad
limina Apostolorum) en una perspectiva sinodal misionera.

8. El papel de los Representantes Pontificios en una perspectiva


sinodal misionera.

9. Criterios teológicos y metodologías sinodales para un


discernimiento común de cuestiones controvertidas doctrinales,
pastorales y éticas.

10. La recepción de los frutos del camino ecuménico en el


Pueblo de Dios.

A estos Grupos se añaden la Comisión Canónica al servicio de las


necesarias innovaciones en la normativa eclesiástica, activada de
acuerdo con el Dicasterio para los Textos Legislativos y el
discernimiento, confiado al Simposio de las Conferencias Episcopales de
África y Madagascar, sobre el acompañamiento pastoral de las personas
en matrimonios polígamos. Los trabajos de estos Grupos y Comisiones
iniciaron la fase de implementación, enriquecieron los trabajos de la
Segunda Sesión y ayudarán al Santo Padre en sus opciones pastorales y
de gobierno.

9.- El proceso sinodal no termina con el final de la actual Asamblea del


Sínodo de los Obispos, sino que incluye la fase de implementación.
Como miembros de la Asamblea, sentimos que es nuestra tarea
comprometernos en su animación como misioneros de la sinodalidad
dentro de las comunidades de las que procedemos. Pedimos a todas las
Iglesias locales que continúen su camino cotidiano con una metodología
sinodal de consulta y discernimiento, identificando caminos concretos e
itinerarios formativos para realizar una conversión sinodal tangible en
las diversas realidades eclesiales (Parroquias, Institutos de Vida
Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica, Asociaciones de Fieles,
Diócesis, Conferencias Episcopales, grupos de Iglesias, etc.). También
debería preverse una evaluación de los progresos realizados en materia
de sinodalidad y de participación de todos los bautizados en la vida de la
Iglesia. Sugerimos que las Conferencias Episcopales y los Sínodos de
Iglesias sui iuris dediquen personas y recursos para acompañar el
camino de crecimiento como Iglesia sinodal en misión y para
mantenerse en contacto con la Secretaría General del Sínodo (cf. EC

10.- El Documento final expresa las conclusiones alcanzadas por la


Asamblea sinodal en esta fase del proceso. La elaboración del
Documento final debe realizarse con la máxima atención y en un clima
de oración y discernimiento, para que sea una verdadera expresión del
sentir del Pueblo de Dios, que camina junto con sus Pastores y bajo la
guía del Espíritu Santo.

11.- En el ámbito de la escucha del Espíritu, se pidió que las


reflexiones y propuestas recogidas durante las fases previas sean objeto
de discernimiento profundo y que se pongan en relación con las
experiencias vividas en las comunidades locales. El Sínodo, a partir de
las distintas fases de consulta, ha puesto en evidencia que la práctica
del discernimiento es un medio eficaz para responder a los desafíos y
oportunidades que se presentan en este tiempo a la vida de la Iglesia.

12.- Elaboración de la síntesis de la Asamblea. La síntesis de la


Asamblea es un acto de discernimiento colectivo, que busca dar voz a
las diversas realidades eclesiales presentes. Recogiendo las
contribuciones de los Grupos de Estudio y de las Circuli minores, la
síntesis es un reflejo de la escucha del Espíritu y de la experiencia de fe
de todo el Pueblo de Dios, que ha sido partícipe de las consultas a lo
largo de este proceso sinodal. A partir de estas contribuciones se
elabora un documento que recoge las intuiciones y las propuestas que
se presentan para la etapa siguiente del camino sinodal.

13.- En el ámbito de la escucha del Espíritu, se pidió que las


reflexiones y propuestas recogidas durante las fases previas sean objeto
de discernimiento profundo y que se pongan en relación con las
experiencias vividas en las comunidades locales. El Sínodo, a partir de
las distintas fases de consulta, ha puesto en evidencia que la práctica
del discernimiento es un medio eficaz para responder a los desafíos y
oportunidades que se presentan en este tiempo a la vida de la Iglesia.

14.- El Espíritu Santo nos impulsa a avanzar juntos en el camino de la


conversión pastoral y misionera, que implica una profunda
transformación de las mentalidades, actitudes y estructuras eclesiales.
Se ha subrayado la necesidad de superar las resistencias al cambio,
asumiendo la lógica del Evangelio y dejando de lado las rutinas que nos
impiden responder con creatividad y valentía a los desafíos actuales.
Este proceso requiere una disponibilidad permanente a la conversión del
corazón y a la humildad para aceptar que, en este camino, debemos
aprender unos de otros y reconocer que el Espíritu Santo actúa en todos
los fieles.
15.- Pedimos que no deje de vigilarse la entidad sinodal, el método de
trabajo de los Grupos de Estudio, así como el seguimiento de los frutos
de la Asamblea General en la vida ordinaria de la Iglesia, que debe
permanecer en un estado de escucha del Espíritu y de conversión
constante.

Parte I - El corazón de la sinodalidad

Llamados por el Espíritu Santo a la conversión

16.- Quiso Dios santificar y salvar a los hombres no aisladamente, sin


conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que lo
confesara en verdad y le sirviera santamente" (LG 9). El Espíritu suscita
en el pueblo de Dios, iluminado por el Evangelio y la Eucaristía, la fuerza
de la caridad, "porque hay un solo pan, nosotros, aunque somos
muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos participamos de un solo
pan" (1 Co 10,17). La Iglesia, iluminada por el sacramento del Cuerpo
del Señor, es constituida como su Cuerpo (cf. LG 7). "Vosotros sois el
cuerpo de Cristo, y cada uno según su parte, sus miembros" (1Cor
12,27). Vivificados por la gracia, es el Templo del Espíritu Santo (cf. LG
17): es Él, en efecto, quien lo anima y construye, haciendo de todos
nosotros las piedras vivas de un edificio espiritual (cf. 1Pe 2,5; LG 6).

17.- El proceso sinodal nos ha hecho experimentar el "sabor


espiritual" (EG 268) de ser Pueblo de Dios, reunido de todas las tribus,
lenguas, pueblos y naciones, viviendo en contextos y culturas diferentes.
Nunca es la mera suma de los bautizados, sino el sujeto comunitario e
histórico de la sinodalidad y de la misión, todavía peregrino en el tiempo
y ya en comunión con la Iglesia del cielo. En los diversos contextos en
los que están arraigadas cada una de las Iglesias, el Pueblo de Dios
anuncia y testimonia la Buena Nueva de la salvación; viviendo en el
mundo y para el mundo, camina junto a todos los pueblos de la tierra,
dialoga con sus religiones y culturas, reconociendo en ellas las semillas
de la Palabra, avanzando hacia el Reino. Incorporados a este Pueblo por
la fe y el Bautismo, somos sostenidos y acompañados por la Virgen
María, "signo de esperanza segura y de consuelo" (LG 68), por los
Apóstoles, por aquellos que han dado testimonio de su fe hasta dar la
vida, por los santos de todo tiempo y lugar.

18.- En el Pueblo Santo de Dios, que es la Iglesia, la comunión de los


fieles (communio Fidelium) es al mismo tiempo comunión de las Iglesias
(communio Ecclesiarum), que se manifiesta en la comunión de los
Obispos (communio Episcoporum), en razón del antiquísimo principio de
que "la Iglesia está en el Obispo y el Obispo está en la Iglesia" (S.
Cipriano, Epístola 66, 8). Al servicio de esta comunión multiforme, el
Señor puso al apóstol Pedro (cf. Mt 16, 18) y a sus sucesores. En virtud
del ministerio petrino, el Obispo de Roma es "principio y fundamento
perpetuo y visible" (LG 23) de la unidad de la Iglesia.

19.- "En el corazón de Dios hay un lugar preferente para los pobres"
(EG 197), los marginados y excluidos, y por tanto también en el de la
Iglesia. En ellos la comunidad cristiana encuentra el rostro y la carne de
Cristo, que, de rico que era, se hizo pobre para enriquecernos con su
pobreza (cf. 2 Co 8,9). La opción preferencial por los pobres está
implícita en la fe cristológica. Los pobres tienen un conocimiento directo
de Cristo sufriente (cf. EG 198) que los convierte en herederos de una
salvación recibida como don y en testigos de la alegría del Evangelio. La
Iglesia está llamada a ser el hogar de los pobres, que a menudo son la
mayoría de los fieles, y a escucharlos, aprendiéndo juntos a reconocer
los carismas que reciben del Espíritu, y a ofrecerlos, asociándolos desde
ya a sus propias opciones apostólicas y de evangelización.

20.- "Cristo es la luz de los pueblos" (LG 1) y esta luz brilla en el


rostro de la Iglesia, aunque esté marcada por la fragilidad de la
condición humana y la opacidad del pecado. Recibe de Cristo el don y la
responsabilidad de ser fermento eficaz de los vínculos, las relaciones y la
fraternidad de la familia humana (cf. AG 2-4), testimoniando en el
mundo el sentido y la meta de su camino (cf. GS 3 y 42). Asume hoy
esta responsabilidad en un tiempo dominado por la crisis de la
participación -es decir, de sentirse parte y actores de un destino común-
y por una concepción individualista de la felicidad y de la salvación. Su
vocación y su servicio profético (LG 12) consisten en dar testimonio del
designio de Dios de unir a sí a toda la humanidad en libertad y
comunión. La Iglesia, que es "el Reino de Cristo ya presente en el
misterio" (LG 3) y "de este Reino constituye en la tierra la semilla y el
principio" (LG 5), camina, por tanto, junto con toda la humanidad,
comprometiéndose con todas sus fuerzas por la dignidad humana, el
bien común, la justicia y la paz, y "anhela el Reino perfecto" (LG 5),
cuando Dios será "todo en todos" (1Cor 15,28).

Las raíces sacramentales del Pueblo de Dios

21.- El camino sinodal de la Iglesia nos ha llevado a redescubrir que la


variedad de vocaciones, carismas y ministerios tiene una raíz: "todos
fuimos bautizados por un solo Espíritu en un solo cuerpo" (1Cor 12,13).
El bautismo es el fundamento de la vida cristiana, porque introduce a
todos en el don más grande: ser hijos de Dios, es decir, partícipes de la
relación de Jesús con el Padre en el Espíritu. No hay nada más alto que
esta dignidad, concedida por igual a toda persona, que nos hace
revestirnos de Cristo e injertarnos en Él como los sarmientos en la vid. El
nombre de "cristiano", que tenemos el honor de llevar, está contenida la
gracia que fundamenta nuestra vida y nos hace caminar juntos como
hermanos y hermanas.

22.- En virtud del Bautismo "el pueblo santo de Dios participa de la


función profética de Cristo, dando testimonio vivo de Él sobre todo con
una vida de fe y de caridad" (LG 12). Gracias a la unción del Espíritu
Santo recibida en el Bautismo (cf. 1Jn 2,20.27), todos los creyentes
poseen un instinto para la verdad del Evangelio, llamado sensus fidei.
Consiste en una cierta connaturalidad con las realidades divinas, basada
en el hecho de que en el Espíritu Santo los bautizados "son hechos
partícipes de la naturaleza divina" (DV 2). De esta participación deriva la
aptitud para captar intuitivamente lo que es conforme a la verdad de la
Revelación en la comunión de la Iglesia. Por eso, la Iglesia está segura
de que el santo Pueblo de Dios no puede equivocarse al creer cuando la
totalidad de los bautizados expresa su consenso universal en materia de
fe y de moral (cf. LG 12). El ejercicio del sensus fidei no debe
confundirse con la opinión pública. Está siempre unido al discernimiento
de los Pastores en los distintos niveles de la vida eclesial, como muestra
la articulación de las fases del proceso sinodal. Pretende alcanzar ese
consenso de los fieles (consensus fidelium) que constituye "un criterio
seguro para determinar si una doctrina o práctica particular pertenece a
la fe apostólica" (Comisión Teológica Internacional, El sensus fidei en la
vida de la Iglesia, 2014, n. 3).

23.- Por el Bautismo todos los cristianos participan del sensus fidei.
Por tanto, no es sólo el principio de la sinodalidad, sino también el
fundamento del ecumenismo. "El camino de la sinodalidad, que la Iglesia
católica está siguiendo, es y debe ser ecuménico, así como el camino del
ecumenismo es sinodal" (Papa Francisco, Discurso a Su Santidad Mar
Awa III, 19 de noviembre de 2022). El ecumenismo es sobre todo una
cuestión de reconciliación exigente. Exige procesos de arrepentimiento y
de sanación de la memoria, de las heridas del pasado, hasta la valentía
de la corrección fraterna en un espíritu de caridad evangélica. En la
Asamblea resonaron testimonios esclarecedores de cristianos de
distintas tradiciones eclesiales que comparten la amistad, la vida y el
compromiso al servicio de los pobres y el cuidado de la casa común. En
no pocas regiones del mundo existe, sobre todo, el ecumenismo de la
sangre: cristianos de distintas tradiciones que juntos dan su vida por la
fe en Jesucristo. El testimonio de su martirio es más elocuente que
cualquier palabra: la unidad viene de la Cruz del Señor.

24.- No es posible comprender plenamente el Bautismo sino dentro


de la Iniciación cristiana, es decir, el itinerario a través del cual el Señor,
por el ministerio de la Iglesia y el don del Espíritu, nos introduce en la fe
pascual y en la comunión trinitaria y eclesial. Este itinerario conoce una
importante variedad de formas, según la edad en la que se emprende,
los diferentes acentos propios de las tradiciones orientales y
occidentales, y las especificidades de cada Iglesia local. La iniciación nos
pone en contacto con una gran variedad de vocaciones y ministerios
eclesiales. En ellos se expresa el rostro misericordioso de una Iglesia que
enseña a sus hijos a caminar con ellos. Los escucha y, al mismo tiempo
que responde a sus dudas e interrogantes, se enriquece con la novedad
que cada uno aporta con su historia y su cultura. En la práctica de esta
acción pastoral, la comunidad cristiana experimenta, a menudo sin ser
plenamente consciente de ello, la primera forma de sinodalidad.

25.- Dentro del itinerario de la iniciación cristiana, el sacramento de la


Confirmación enriquece la vida de los creyentes con una particular
efusión del Espíritu con miras al testimonio. El Espíritu que llenó Jesús
(cf. Lc 4,18), que lo ungió y lo envió a anunciar el Evangelio (cf. Lc 4,18),
es el mismo Espíritu que se derrama sobre los creyentes como sello de
pertenencia a Dios y como unción que santifica. Por eso la Confirmación,
que hace presente la gracia de Pentecostés en la vida del bautizado y de
la comunidad, es un don de gran valor para renovar el prodigio de una
Iglesia movida por el fuego de la misión, que tiene el valor de salir a los
caminos del mundo y la capacidad de hacerse comprender por todos los
pueblos y culturas. Todos los cristianos están llamados a contribuir a
este impulso, acogiendo los carismas que el Espíritu distribuye
abundantemente a cada uno y comprometiéndose a ponerlos al servicio
de los demás con humildad e ingenio creativo.

26.- La celebración de la Eucaristía, especialmente el domingo, es la


primera y fundamental forma de reunión y encuentro del Pueblo Santo
de Dios. La celebración eucarística "significa y realiza la unidad de la
Iglesia" (UR 2). En la "participación plena, consciente y activa" (SC 14)
de todos los fieles, en la presencia de los diversos ministros y en la
presidencia del Obispo o Presbítero, se hace visible la comunidad
cristiana, en la que se realiza una corresponsabilidad diferenciada de
todos para la misión. Por eso la Iglesia, Cuerpo de Cristo, depende de la
Eucaristía a articular unidad y pluralidad: unidad de la Iglesia y
multiplicidad de asambleas eucarísticas; unidad del misterio
sacramental y variedad de tradiciones litúrgicas; unidad de la
celebración y diversidad de vocaciones, carismas y ministerios. Nada
muestra mejor que la Eucaristía que la armonía creada por el Espíritu no
es uniformidad y que todo don está destinado a la edificación común.
Cada celebración de la Eucaristía es también convocación de todos los
fieles, llamada a la unidad de todos los bautizados, que todavía no es
plena y visible, pero se hace posible a la celebración dominical de la
Eucaristía, la comunidad cristiana se reúne en torno a la celebración de
la Palabra, donde Cristo está presente.

27.- Existe un estrecho vínculo entre synaxis y synodos, entre la


asamblea eucarística y la asamblea sinodal. Aunque bajo formas
diferentes, en ambas se realiza la promesa de Jesús de estar presente
allí donde dos o tres se reúnen en su nombre (cf. Mt 18, 20). Las
asambleas sinodales son acontecimientos que celebran la unión de
Cristo con su Iglesia por la acción del Espíritu. Es Él quien asegura la
unidad del cuerpo eclesial de Cristo en la asamblea eucarística como en
la asamblea sinodal. La liturgia es una escucha de la Palabra de Dios y
una respuesta a su iniciativa de alianza. La asamblea sinodal es también
una escucha de la misma Palabra, que resuena tanto en los signos de los
tiempos como en el corazón de los fieles, y una respuesta de la
asamblea que discierne la voluntad de Dios para ponerla en práctica.
Profundizar el vínculo entre liturgia y sinodalidad ayudará a todas las
comunidades cristianas, en la pluriformidad de sus culturas y
tradiciones, a adoptar estilos celebrativos que manifiesten el rostro de
una Iglesia sinodal. Con este fin, solicitamos la creación de un Grupo de
estudio específico, al que confiamos también la reflexión sobre cómo
hacer que las celebraciones litúrgicas sean más expresivas de la
sinodalidad; también podría ocuparse de la predicación dentro de las
celebraciones litúrgicas y del desarrollo de una catequesis sobre la
sinodalidad en clave mistagógica.

Significado y dimensiones de la sinodalidad

28.- Los términos "sinodalidad" y "sinodal" derivan de la antigua y


constante práctica eclesial de reunirse en sínodo. En las tradiciones de
las Iglesias orientales y occidentales, la palabra "sínodo" se refiere a
instituciones y acontecimientos que han adoptado diferentes formas a lo
largo del tiempo, implicando una pluralidad de temas. En su variedad,
todas estas formas están unidas por el hecho de reunirse para dialogar,
discernir y decidir. Gracias a la experiencia de los últimos años, el
significado de estos términos se ha comprendido mejor y se ha vivido
aún más. Se han asociado cada vez más al deseo de una Iglesia más
cercana a las personas y más relacional, que sea hogar y familia de Dios.
A lo largo del proceso sinodal, ha madurado una convergencia sobre el
significado de la sinodalidad que subyace en este Documento: la
sinodalidad es el caminar juntos de los cristianos con Cristo y hacia el
Reino de Dios, en unión con toda la humanidad; orientada a la misión,
implica reunirse en asamblea en los diferentes niveles de la vida
eclesial, la escucha recíproca, el diálogo, el discernimiento comunitario,
llegar a un consenso como expresión de la presencia de Cristo en el
Espíritu, y la toma de decisiones en una corresponsabilidad diferenciada.
En esta línea entendemos mejor lo que significa que la sinodalidad sea
una dimensión constitutiva de la Iglesia (CTI 1). En términos simples y
sintéticos, podemos decir que la sinodalidad es un camino de renovación
espiritual y de reforma estructural para hacer a la Iglesia más
participativa y misionera, es decir, para hacerla más capaz de caminar
con cada hombre y mujer irradiando la luz de Cristo.

29.- En la Virgen María, Madre de Cristo, de la Iglesia y de la


humanidad, resplandecen a plena luz los rasgos de una Iglesia sinodal,
misionera y misericordiosa. Ella es, en efecto, la figura de la Iglesia que
escucha, ora, medita, dialoga, acompaña, discierne, decide y actúa. De
ella aprendemos el arte de la escucha, la atención a la voluntad de Dios,
la obediencia a su Palabra, la capacidad de captar las necesidades de los
pobres, la valentía de ponerse en camino, el amor que ayuda, el canto
de alabanza y la exultación en el Espíritu. Por eso, como afirmaba san
Pablo VI, "la acción de la Iglesia en el mundo es como una prolongación
de la solicitud de María" (MC 28).

30.- Más detalladamente, la sinodalidad designa tres aspectos


distintos de la vida de la Iglesia:

1. a) en primer lugar, se refiere al "estilo peculiar que califica la vida


y la misión de la Iglesia, expresando su naturaleza de caminar
juntos y reunirse como asamblea del Pueblo de Dios convocado
por el Señor Jesús con la fuerza del Espíritu Santo para anunciar el
Evangelio. Debe expresarse en el modo ordinario de vivir y obrar
de la Iglesia. Este modus vivendi et operandi se realiza mediante
la escucha comunitaria de la Palabra y la celebración de la
Eucaristía, la fraternidad de comunión, y la corresponsabilidad y
participación de todo el Pueblo de Dios, en sus diversos niveles y
en la distinción de sus diferentes ministerios y funciones, en su
vida y misión" (CTI, n. 70a);

1. b) en segundo lugar, "la sinodalidad designa entonces, en un


sentido más específico y determinado desde el punto de vista
teológico y canónico, aquellas estructuras y procesos eclesiales en
los que la naturaleza sinodal de la Iglesia se expresa a nivel
institucional, de modo análogo, en los diversos niveles de su
realización: local, regional, universal. Tales estructuras y procesos
están al servicio del discernimiento autorizado de la Iglesia,
llamada a identificar la dirección a seguir en la escucha del
Espíritu Santo" (CTI 70b);

1. c) en tercer lugar, la sinodalidad designa "la realización puntual de


aquellos *eventos sinodales* en los que la Iglesia es convocada
por la autoridad competente y según procedimientos específicos
determinados por la disciplina eclesiástica, implicando de
diferentes modos, a nivel local, regional y universal todo el Pueblo
de Dios bajo la presidencia de los Obispos en comunión colegial y
jerárquica con el Obispo de Roma, para el discernimiento de su
camino y de las cuestiones particulares, y para la toma de
decisiones y orientaciones en orden al cumplimiento de su misión
evangelizadora" (CTI 70c).

31.- En el contexto de la eclesiología conciliar del Pueblo de Dios, el


concepto de comunión expresa la sustancia profunda del misterio y de la
misión de la Iglesia, que tiene en la celebración de la Eucaristía su
fuente y su culmen, es decir, la unión con Dios Trinidad y la unidad entre
las personas humanas que se realiza en Cristo por medio del Espíritu
Santo. En este contexto, la sinodalidad "indica el modo específico de
vivir y obrar de la Iglesia, pueblo de Dios, que manifiesta y realiza
concretamente en su comunión en el 'caminar juntos', en la reunión
como asamblea y en la participación activa de todos sus miembros en su
misión evangelizadora" (CTI 6).

32.- La sinodalidad no es un fin en sí misma, sino que apunta a la


misión que Cristo ha confiado a la Iglesia en el Espíritu. Evangelizar es
"la misión esencial de la Iglesia [...] es la gracia y la vocación propia de
la Iglesia, su identidad profunda" (EN 14). Estando cerca de todos, sin
diferencia de personas, predicando y enseñando, bautizando, celebrando
la Eucaristía y el sacramento de la Reconciliación, todas las Iglesias
locales y toda la Iglesia responden concretamente al mandato del Señor
de anunciar el Evangelio a todas las naciones (cf. Mt 28, 19-20; Mc 16,
15-16). Valorando todos los carismas y ministerios, la sinodalidad
permite al Pueblo de Dios anunciar y testimoniar auténtica y
eficazmente el Evangelio a las mujeres y a los hombres de todo lugar y
tiempo, haciéndose "sacramento visible" (LG 9) de la fraternidad y
unidad en Cristo querida por Dios. Sinodalidad y misión están
íntimamente ligadas: la misión ilumina la sinodalidad y la sinodalidad
impulsa a la misión.

33.- La autoridad de los pastores "es un don específico del Espíritu de


Cristo Cabeza para la edificación de todo el Cuerpo" (CTI 67). Este don
está vinculado al sacramento del Orden, que configura a quienes lo
reciben con Cristo Cabeza, Pastor y Siervo, y los pone al servicio del
Pueblo Santo de Dios para salvaguardar la apostolicidad del anuncio y
promover la comunión eclesial a todos los niveles. La sinodalidad ofrece
"el marco interpretativo más adecuado para comprender el propio
ministerio jerárquico" (Francisco, *Discurso en conmemoración del 50
aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos*, 17 de octubre de
2015) y sitúa en la justa perspectiva el mandato que Cristo confía, en el
Espíritu Santo, a los Pastores. Por ello, invita a toda la Iglesia, incluidos
los que ejercen la autoridad, a la conversión y a la reforma.

Unidad como armonía

34.- "La criatura humana, al ser de naturaleza espiritual, se realiza en


las relaciones interpersonales. Cuanto más las vive auténticamente, más
madura su identidad personal. No es aislándose como el hombre se
valora a sí mismo, sino poniéndose en relación con los demás y con
Dios. La importancia de estas relaciones se convierte así en
fundamental" (CV 53). Una Iglesia sinodal se caracteriza por ser un
espacio donde las relaciones pueden prosperar, gracias al amor mutuo
que constituye el mandamiento nuevo dejado por Jesús a sus discípulos
(cf. Jn 13, 34-35). Dentro de culturas y sociedades cada vez más
individualistas, la Iglesia, "pueblo que deriva su unidad de la unidad del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" (LG 4), puede dar testimonio de la
fuerza de las relaciones fundadas en la Trinidad. Las diferencias de
vocación, edad, sexo, profesión, condición y pertenencia social,
presentes en toda comunidad cristiana, ofrecen a cada persona ese
encuentro con la alteridad indispensable para la maduración personal.
35.- Es ante todo en el seno de la familia, que con el Concilio "podría
llamarse Iglesia doméstica" (LG 11), donde se experimenta la riqueza de
las relaciones entre personas unidas en su diversidad de carácter, edad
y función. Por eso las familias son un lugar privilegiado para aprender y
experimentar las prácticas esenciales de una Iglesia sinodal. A pesar de
las fracturas y el sufrimiento que experimentan las familias, siguen
siendo lugares donde aprendemos a intercambiar el don del amor, la
confianza, el perdón, la reconciliación y la comprensión. Es en la familia
donde aprendemos que tenemos la misma dignidad, que hemos sido
creados para la reciprocidad, que necesitamos ser escuchados y somos
capaces de escuchar, de discernir y decidir juntos, de aceptar y ejercer
la autoridad animados por la caridad, de ser corresponsables y rendir
cuentas de nuestros actos. "La familia humaniza a las personas
mediante la relación del 'nosotros' y, al mismo tiempo, promueve las
legítimas diferencias de cada uno" (Francisco, Discurso a los
participantes en la Plenaria de la Pontificia Academia de Ciencias
Sociales, 29 de abril de 2022).

36.- El proceso sinodal ha mostrado que el Espíritu Santo suscita


constantemente una gran variedad de carismas y ministerios en el
Pueblo de Dios. "En la edificación del Cuerpo de Cristo hay también
diversidad de miembros y funciones. Uno es el Espíritu que distribuye
diversos dones para el bien de la Iglesia en proporción a sus riquezas y a
las exigencias de sus servicios (cf. 1 Co 12,11)" (LG 7). Del mismo modo,
surgió la aspiración de ampliar las posibilidades de participación y
ejercicio de corresponsabilidad diferenciada de todos los bautizados,
hombres y mujeres. En este sentido, sin embargo, se expresó la tristeza
por la falta de participación de tantos miembros del Pueblo de Dios en
este camino de renovación eclesial y el cansancio generalizado para
experimentar plenamente una sana relacionalidad entre hombres y
mujeres, entre generaciones y entre personas y grupos de diferentes
identidades culturales y condiciones sociales, especialmente los pobres
y excluidos.

37.- Además, el proceso sinodal ha puesto de relieve el patrimonio


espiritual de las Iglesias locales, en las cuales y a partir de las cuales
existe la Iglesia católica, y la necesidad de articular sus experiencias. En
virtud de la catolicidad, "cada una de las partes aporta a las otras y a
toda la Iglesia el beneficio de sus propios dones, para que el todo y cada
una de las partes crezcan en un intercambio mutuo universal y en un
esfuerzo común hacia la plenitud en la unidad" (LG 13). El ministerio del
Sucesor de Pedro "garantiza la legítima diversidad y hace que las
particularidades, lejos de ser perjudiciales para la unidad, por el
contrario la sirvan" (ibid.; cf. AG 22).

38.- La Iglesia entera ha sido siempre una pluralidad de pueblos y


lenguas, de Iglesias con sus ritos, disciplinas y herencias teológicas y
espirituales particulares, de vocaciones, carismas y ministerios al
servicio del bien común. La unidad de esta variedad la realizan Cristo,
piedra angular, y el Espíritu, maestro de armonía. Esta unidad en la
diversidad está designada precisamente por la catolicidad de la Iglesia.
'Signo de ello es la pluralidad de Iglesias sui iuris, cuya riqueza ha
puesto de relieve el proceso sinodal. La Asamblea pide que continuemos
por el camino del encuentro, de la comprensión mutua y del intercambio
de dones que alimentan la comunión de una Iglesia de Iglesias.

39.- La renovación sinodal favorece la valoración de los contextos


como el lugar donde se hace presente y se realiza la llamada universal
de Dios a formar parte de su Pueblo, de ese Reino de Dios que es
"justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo" (Rm 14,17). De este modo,
las diferentes culturas son capaces de captar la unidad que subyace a su
pluralidad y las abre a la perspectiva de un intercambio de dones. "La
unidad de la Iglesia no es la uniformidad, sino la integración orgánica de
las legítimas diversidades" (NMI 46). La variedad de expresiones del
mensaje salvífico evita reducirlo a una comprensión única de la vida de
la Iglesia y de las formas teológicas, litúrgicas, pastorales y disciplinarias
en que se expresa.

40.- La valoración de los contextos, culturas y diversidades, y de las


relaciones entre ellos, es clave para crecer como Iglesia sinodal
misionera y caminar, bajo el impulso del Espíritu Santo, hacia la unidad
visible de los cristianos. Reafirmamos el compromiso de la Iglesia
católica de continuar e intensificar el camino ecuménico con los demás
cristianos, en virtud de nuestro Bautismo común y en respuesta a la
llamada a vivir juntos la comunión y la unidad entre los discípulos por la
que Cristo oró en la Última Cena (cf. Jn 17, 20-26 ). La Asamblea saluda
con alegría y gratitud el progreso de las relaciones ecuménicas en los
últimos sesenta años, los documentos de diálogo y las declaraciones que
expresan la fe común. La participación de los Delegados Fraternos
enriqueció los trabajos de la Asamblea, y esperamos con interés los
próximos pasos en el camino hacia la plena comunión mediante la
incorporación de los frutos del camino ecuménico a las prácticas
eclesiales.
41.- En todas partes de la tierra, los cristianos conviven con personas
que no están bautizadas y sirven a Dios practicando una religión
diferente. Por ellos rezamos solemnemente en la liturgia del Viernes
Santo, con ellos colaboramos y nos esforzamos por construir un mundo
mejor, y junto con ellos imploramos al único Dios que libre al mundo de
los males que lo afligen. El diálogo, el encuentro y el intercambio de
dones propios de una Iglesia sinodal están llamados a abrirse a las
relaciones con otras tradiciones religiosas, con el fin de "establecer la
amistad, la paz, la armonía y compartir valores y experiencias morales y
espirituales en un espíritu de verdad y amor" (Conferencia Episcopal
Católica de la India, *Respuesta de la Iglesia en la India a los desafíos
actuales*, 9 de marzo de 2016, citada en FT 271). En algunas regiones,
los cristianos que se comprometen a construir relaciones fraternas con
personas de otras religiones sufren persecución. La Asamblea les anima
a perseverar en sus esfuerzos con esperanza.

42.- La pluralidad de religiones y culturas, la variedad de tradiciones


espirituales y teológicas, la variedad de dones y tareas del Espíritu en la
comunidad, así como la diversidad de edad, sexo y pertenencia social
dentro de la Iglesia, son una invitación a que cada uno reconozca y
asuma su propia parcialidad, renunciando a la pretensión de ser el
centro y abriéndose a acoger otras perspectivas. Cada uno es portador
de una contribución peculiar e indispensable para completar la obra
común. La Iglesia sinodal puede describirse recurriendo a la imagen de
la orquesta: la variedad de instrumentos es necesaria para dar vida a la
belleza y a la armonía de la música, dentro de la cual la voz de cada uno
mantiene sus propios rasgos distintivos al servicio de la misión común.
Así se manifiesta la armonía que obra en la Iglesia el Espíritu, que es
armonía en persona (cf. S. Basilio, *Sobre el Salmo 29.1*; *Sobre el
Espíritu Santo*, XVI.38).

Espiritualidad sinodal

43.- La sinodalidad es ante todo una disposición espiritual que


impregna la vida cotidiana de los bautizados y todos los aspectos de la
misión de la Iglesia. Una espiritualidad sinodal brota de la acción del
Espíritu Santo y requiere escucha de la Palabra de Dios, contemplación,
silencio y conversión del corazón. Como afirmó el Papa Francisco en el
discurso de apertura de esta segunda sesión, "el Espíritu Santo es un
guía seguro, y nuestra primera tarea es aprender a discernir su voz,
porque Él habla en todos y en todas las cosas". Una espiritualidad
sinodal exige también ascesis, humildad, paciencia y disponibilidad para
perdonar y ser perdonado. Acoge con gratitud y humildad la variedad de
dones y tareas distribuidos por el Espíritu Santo para el servicio del
único Señor (cf. 1 Co 12,4-5). Lo hace sin ambiciones ni envidias, ni
deseos de dominio o control, cultivando los mismos sentimientos de
Cristo Jesús, que "se despojó de sí mismo asumiendo la condición de
siervo" (Flp 2,7). Reconocemos el fruto cuando la vida de la Iglesia está
marcada por la unidad y la armonía en la pluriformidad. Nadie puede
recorrer solo un camino de auténtica espiritualidad. Necesitamos
acompañamiento y apoyo, incluida la formación y la dirección espiritual,
como individuos y como comunidad.

44.- La renovación de la comunidad cristiana sólo es posible


reconociendo la primacía de la gracia. Si falta la profundidad espiritual
personal y comunitaria, la sinodalidad se reduce a un expediente
organizativo. Estamos llamados no sólo a traducir los frutos de la
experiencia espiritual personal en procesos comunitarios, sino más
profundamente a experimentar cómo la práctica del mandamiento
nuevo del amor mutuo es el lugar y la forma de un auténtico encuentro
con Dios. En este sentido, la perspectiva sinodal, a la vez que se inspira
en el rico patrimonio espiritual de la Tradición, contribuye a renovar sus
formas: una oración abierta a la participación, un discernimiento vivido
juntos, una energía misionera que nace del compartir y se irradia como
servicio.

45.- La conversación en el Espíritu es una herramienta que, aun con


sus limitaciones, resulta fructífera para permitir una escucha auténtica y
discernir "lo que el Espíritu dice a las Iglesias" (Ap 2,7). Su práctica ha
provocado alegría, asombro y gratitud y se ha experimentado como un
camino de renovación que transforma a las personas, a los grupos y a la
Iglesia. La palabra "conversación" expresa algo más que un mero
diálogo: entrelaza armoniosamente pensamiento y sentimiento y genera
un mundo de vida compartido. Por eso puede decirse que en la
conversación está en juego la conversión. Es un dato antropológico que
se encuentra en pueblos y culturas diferentes, unidos por la práctica de
reunirse solidariamente para debatir y decidir sobre cuestiones vitales
para la comunidad. La gracia lleva a término esta experiencia humana:
conversar "en el Espíritu" significa vivir la experiencia de compartir a la
luz de la fe y en la búsqueda de la voluntad de Dios, en un clima
auténticamente evangélico en el que el Espíritu Santo puede hacer oír
su voz inconfundible.
46.- En todas las etapas del proceso sinodal, resonó la necesidad de
sanación, reconciliación y reconstrucción de la confianza dentro de la
Iglesia, en particular tras demasiados escándalos de abusos, y dentro de
la sociedad. La Iglesia está llamada a poner en el centro de su vida y de
su acción el hecho de que en Cristo, por el Bautismo, estamos confiados
los unos a los otros. Reconocer esta realidad profunda se convierte en un
deber sagrado que nos permite reconocer los errores y reconstruir la
confianza. Recorrer este camino es un acto de justicia y un compromiso
misionero del Pueblo de Dios en nuestro mundo y un don que debemos
invocar desde lo alto. El deseo de seguir recorriendo este camino es el
fruto de la renovación sinodal.

La sinodalidad como profecía social

47.- Practicada con humildad, el estilo sinodal puede hacer de la


Iglesia una voz profética en el mundo de hoy. "La Iglesia sinodal es como
un estandarte alzado entre las naciones (cf. Is 11,12)" (Francisco,
*Discurso para la conmemoración del 50 aniversario de la constitución
del Sínodo de los Obispos*, 17 de octubre de 2015). Vivimos en una
época marcada por el aumento de las desigualdades, la creciente
desilusión con los modelos tradicionales de gobierno, el desencanto con
el funcionamiento de la democracia, las crecientes tendencias
autocráticas y dictatoriales, el dominio del modelo de mercado sin tener
en cuenta la vulnerabilidad de las personas y la creación, y la tentación
de resolver los conflictos por la fuerza en lugar del diálogo. Las prácticas
auténticas de sinodalidad permiten a los cristianos desarrollar una
cultura capaz de profetizar críticamente frente al pensamiento
dominante y ofrecer así una contribución distintiva a la búsqueda de
respuestas a muchos de los retos a los que se enfrentan las sociedades
contemporáneas y a la construcción del bien común.

48.- El modo sinodal de vivir las relaciones es un testimonio social que


responde a la profunda necesidad humana de ser acogido y sentirse
reconocido dentro de una comunidad concreta. Es un desafío al
creciente aislamiento de las personas y al individualismo cultural, que
incluso la Iglesia ha absorbido con frecuencia, y nos llama al cuidado
mutuo, a la interdependencia y a la corresponsabilidad por el bien
común. Asimismo, desafía un exagerado comunitarismo social que
asfixia a las personas y no les permite ser sujetos de su propio
desarrollo. La disponibilidad de escuchar a todos, especialmente a los
pobres, contrasta con un mundo en el que la concentración de poder
aísla a los pobres, a los marginados, a las minorías y a la tierra, nuestra
casa común. Tanto la sinodalidad como la ecología integral asumen la
perspectiva de las relaciones e insisten en la necesidad de cuidar los
vínculos: por eso se corresponden y se complementan en el modo de
vivir la misión de la Iglesia en el mundo contemporáneo.

Parte II - En el barco, juntos

La conversión de las relaciones

Estaban juntos Simón Pedro, Tomás llamado Dídimo, Natanael de


Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón
Pedro les dijo: "Voy a pescar." Ellos le dijeron: "Nosotros también vamos
contigo" (Jn 21,2-3).

49.- En el lago de Tiberíades empezó todo. Pedro, Andrés, Santiago y


Juan habían dejado la barca y las redes para ir tras Jesús. Después de
Pascua, partieron de nuevo de aquel lago. Por la noche, un diálogo
resuena en la orilla: "Voy a pescar". "Nosotros también vamos contigo".
También el camino sinodal comenzó así: escuchamos la invitación del
sucesor de Pedro y la aceptamos; partimos con él y detrás de él. Juntos
hemos rezado, reflexionado, luchado y dialogado. Pero sobre todo hemos
experimentado que son las relaciones las que sostienen su vitalidad,
animando sus estructuras. Una Iglesia sinodal misionera necesita
renovar ambas cosas.

Nuevas relaciones

50.- A lo largo del recorrido del Sínodo y en todas las latitudes, surgió
la llamada a una Iglesia más capaz de alimentar las relaciones: con el
Señor, entre hombres y mujeres, en las familias, en las comunidades,
entre todos los cristianos, entre los grupos sociales, entre las religiones,
con la creación. Muchos expresaron su sorpresa por haber sido
preguntados y su alegría por poder hacer oír su voz en la comunidad;
tampoco faltaron quienes compartieron el sufrimiento de sentirse
excluidos o juzgados también por su situación matrimonial, su identidad
y su sexualidad. El deseo de relaciones más auténticas y significativas
no sólo expresa la aspiración a pertenecer a un grupo cohesionado, sino
que corresponde a una profunda conciencia de fe: la calidad evangélica
de las relaciones concretas es decisiva para el testimonio que el Pueblo
de Dios está llamado a dar en la historia. "En esto conocerán todos que
sois mis discípulos: si os tenéis amor los unos a los otros" (Jn 13,35). Las
relaciones renovadas por la gracia y la hospitalidad ofrecida a los
últimos según la enseñanza de Jesús son el signo más elocuente de la
acción del Espíritu Santo en la comunidad de los discípulos. Ser Iglesia
sinodal exige, pues, una verdadera conversión relacional. Debemos
aprender de nuevo del Evangelio que el cuidado de las relaciones no es
una estrategia o una herramienta para una mayor eficacia organizativa,
sino que es la forma en que Dios Padre se ha revelado en Jesús y en el
Espíritu. Cuando nuestras relaciones, incluso en su fragilidad, dejan
traslucir la gracia de Cristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu,
confesamos con nuestra vida nuestra fe en Dios Trinidad.

51.- Es a los Evangelios a donde debemos dirigirnos para trazar el


mapa de la conversión que se requiere de nosotros, aprendiendo a hacer
nuestras las actitudes de Jesús. Los Evangelios "nos lo presentan
constantemente a la escucha de la gente que se le acerca por los
caminos de Tierra Santa" (DTC 11). Hombres o mujeres, judíos o
paganos, doctores de la ley o publicanos, justos o pecadores, mendigos,
ciegos, leprosos o enfermos, Jesús no despide a nadie sino que se
detiene a escuchar y a entablar un diálogo. Reveló el rostro del Padre
saliendo al encuentro de cada persona allí donde se está su historia y su
libertad. De la escucha profunda de las necesidades y de la fe de las
personas con las que se encontraba, brotaban palabras y gestos que
renovaban sus vidas, abriendo el camino a relaciones restauradas. Jesús
es el Mesías que "hace oír a los sordos y hablar a los mudos" (Mc 7,37).
Nos pide a nosotros, sus discípulos, que nos comportemos de la misma
manera y nos da, con la gracia del Espíritu Santo, la capacidad de
hacerlo, modelando nuestro corazón según el suyo: sólo "el corazón
hace posible cualquier vínculo auténtico, porque una relación que no se
construye con el corazón es incapaz de superar la fragmentación del
individualismo" (DN 17). Cuando escuchamos a nuestros hermanos,
participamos de la actitud en la que Dios, en Jesucristo, sale al
encuentro de cada uno.

52.- La necesidad de conversión en las relaciones concierne


inequívocamente a las relaciones entre hombres y mujeres. El
dinamismo relacional está inscrito en nuestra condición de criaturas. La
diferencia sexual constituye la base de la relacionalidad humana. "Dios
creó al hombre a su imagen y semejanza [...] varón y hembra los creó"
(Gn 1,27). En el plan de Dios, esta diferencia original no implica
desigualdad entre el hombre y la mujer. En la nueva creación, se
reinterpreta a la luz de la dignidad del bautismo: "Todos los que han sido
bautizados en Cristo se han revestido de Cristo. Ya no hay judío ni
griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer, porque todos
vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Gal 3,27-28). Como cristianos,
estamos llamados a acoger y respetar, en las distintas formas y
contextos en que se expresa, esta diferencia que es de Dios y fuente de
vida. Damos testimonio del Evangelio cuando intentamos vivir relaciones
que respeten la igual dignidad y reciprocidad entre hombres y mujeres.
Las expresiones recurrentes de dolor y sufrimiento por parte de mujeres
de todas las regiones y continentes, tanto laicas como consagradas,
durante el proceso sinodal revelan con qué frecuencia no lo hacemos.

En una pluralidad de contextos

53.- La llamada a la renovación de las relaciones en el Señor Jesús


resuena en la pluralidad de contextos en los que sus discípulos viven y
llevan a cabo la misión de la Iglesia. Cada uno de estos contextos posee
riquezas particulares que hay que tener en cuenta, vinculadas al
pluralismo de las culturas. Sin embargo, todos ellos, aunque de manera
diferente, llevan los signos de lógicas relacionales distorsionadas y a
veces opuestas a las del Evangelio. A lo largo de la historia, el cierre a
las relaciones se solidifica en verdaderas estructuras de pecado (cf. SRS
36), que influyen en el modo de pensar y actuar de las personas. En
particular, generan bloqueos y miedos, que es necesario afrontar y
atravesar para emprender el camino de la conversión relacional.

54.- Enraizados en esta dinámica están los males que afligen a


nuestro mundo, empezando por las guerras y los conflictos armados, y la
ilusión de que se puede alcanzar una paz justa por la fuerza de las
armas. Igualmente letal es la creencia de que toda la creación, incluso
las personas, puede ser explotada a voluntad con fines lucrativos. Esta
es la consecuencia de las muchas y variadas barreras que dividen a las
personas, incluso en las comunidades cristianas, y limitan las
posibilidades de unos en comparación con las que disfrutan otros:
desigualdades entre hombres y mujeres, racismo, división de castas,
discriminación de las personas con discapacidad, violación de los
derechos de las familias de todo tipo, falta de voluntad para acoger a los
migrantes. Incluso la relación con la tierra, nuestra hermana y madre (cf.
LS 1), presenta los signos de una fractura que pone en peligro la vida de
innumerables comunidades, sobre todo en las regiones más
empobrecidas, cuando no de pueblos enteros y tal vez de toda la
humanidad. La clausura más radical y dramática es la que se refiere a la
propia vida humana, que conduce al descarte de los niños, desde el seno
materno, y de los ancianos.
55.- Tantos males que asolan nuestro mundo se manifiestan también
en la Iglesia. La crisis de los abusos, en sus diversas y trágicas
manifestaciones, ha traído un sufrimiento indecible y a menudo
duradero a las víctimas y sobrevivientes, y a sus comunidades. La Iglesia
necesita escuchar con particular atención y sensibilidad las voces de las
víctimas y sobrevivientes de abusos sexuales, espirituales, económicos,
institucionales, de poder y de conciencia por parte de miembros del
clero o de personas con cargos eclesiales. La escucha auténtica es un
elemento fundamental del camino hacia la sanación, el arrepentimiento,
la justicia y la reconciliación. En una época que experimenta una crisis
global de confianza y que anima a las personas a vivir en la
desconfianza y la sospecha, la Iglesia debe reconocer sus propios
defectos, pedir perdón humildemente, atender a las víctimas, dotarse de
herramientas preventivas y esforzarse por reconstruir la confianza
mutua en el Señor.

56.- La escucha de los que sufren la exclusión y la marginación


refuerza la conciencia de la Iglesia de que forma parte de su misión
asumir el peso de estas relaciones heridas para que el Señor, el
“Viviente”, pueda sanarlas. Sólo así puede ser "en cierto modo
sacramento, signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la
unidad de todo el género humano" (LG 1). Al mismo tiempo, la apertura
al mundo nos permite descubrir que en cada rincón del planeta, en cada
cultura y en cada grupo humano, el Espíritu ha sembrado las semillas
del Evangelio. Éstas fructifican en la capacidad de vivir relaciones sanas,
de cultivar la confianza mutua y el perdón, de superar el miedo a la
diversidad y dar vida a comunidades acogedoras, de promover una
economía que cuide de las personas y del planeta, de reconciliarse
después de un conflicto. La historia nos deja un legado de conflictos
motivados también en nombre de la afiliación religiosa, que socavan la
credibilidad de las propias religiones. Una fuente de sufrimiento es el
escándalo de la división entre las comuniones cristianas, la enemistad
entre hermanos y hermanas que han recibido el mismo Bautismo. La
renovada experiencia de impulso ecuménico que acompaña el camino
sinodal, uno de los signos de la conversión relacional, abre la esperanza.

Carismas, vocaciones y ministerios para la misión

57.- Los cristianos, personalmente o en forma asociada, están


llamados a hacer fructificar los dones que el Espíritu concede con vistas
al testimonio y al anuncio del Evangelio. "Hay carismas diversos, pero
uno es el Espíritu; hay ministerios diversos, pero uno es el Señor; hay
actividades diversas, pero uno es Dios, que todo lo obra en todos. A
cada uno le es dada una manifestación particular del Espíritu para el
bien común" (1 Co 12, 4-7). En la comunidad cristiana, todos los
bautizados están enriquecidos con dones para compartir, cada uno
según su vocación y condición de vida. Las diferentes vocaciones
eclesiales son, de hecho, expresiones múltiples y articuladas de la única
llamada bautismal a la santidad y a la misión. La variedad de carismas,
que tiene su origen en la libertad del Espíritu Santo, tiene como finalidad
la unidad del cuerpo eclesial de Cristo (cf. LG 32) y la misión en los
diversos lugares y culturas (cf. LG 12). Estos dones no son propiedad
exclusiva de quienes los reciben y ejercen, ni pueden ser motivo de
reivindicación para sí mismos o para un grupo. Están llamados a
contribuir tanto a la vida de la comunidad cristiana, también mediante
una adecuada pastoral vocacional, como al desarrollo de la sociedad en
sus múltiples dimensiones.

58.- Cada bautizado responde a las exigencias de la misión en los


contextos en los que vive y trabaja desde sus propias inclinaciones y
capacidades, manifestando así la libertad del Espíritu en la concesión de
sus dones. Gracias a este dinamismo en el Espíritu, el Pueblo de Dios,
escuchando la realidad en la que vive, puede descubrir nuevos ámbitos
de compromiso y nuevas formas de realizar su misión. Los cristianos
que, en distintas capacidades –en la familia y en otros estados de vida,
en el lugar de trabajo y en las profesiones, en el compromiso cívico o
político, social o ecológico, en el desarrollo de una cultura inspirada en el
Evangelio como en la evangelización de la cultura del entorno digital–,
recorren los caminos del mundo y en sus ambientes de vida anuncian el
Evangelio, están sostenidos por los dones del Espíritu.

59.- Piden a la Iglesia que no les deje solos, sino que se sientan
enviados y apoyados. Piden alimentarse del pan de la Palabra y de la
Eucaristía, así como de los lazos fraternos de la comunidad. Piden que se
reconozca su compromiso como lo que es: una acción de la Iglesia
basada en la fuerza del Evangelio, no una opción privada. Por último,
piden que la comunidad acompañe a quienes, por su testimonio, se han
sentido atraídos por el Evangelio. En una Iglesia sinodal misionera, bajo
la guía de sus Pastores, las comunidades podrán enviar y sostener a los
enviados. Por tanto, se concebirán a sí mismas principalmente al servicio
de la misión que los fieles llevan a cabo en la sociedad, en la vida
familiar y laboral, sin centrarse exclusivamente en las actividades que
tienen lugar en su interior y en sus necesidades organizativas.
60.- En virtud del Bautismo, hombres y mujeres gozan de igual
dignidad en el Pueblo de Dios. Sin embargo, las mujeres siguen
encontrando obstáculos para obtener un reconocimiento más pleno de
sus carismas, de su vocación y de su lugar en los diversos ámbitos de la
vida de la Iglesia, en detrimento del servicio a la misión común. La
Escritura atestigua el papel destacado de muchas mujeres en la historia
de la salvación. A una mujer, María Magdalena, se le confió el primer
anuncio de la Resurrección; el día de Pentecostés, en el Cenáculo, era
presente María, la Madre de Dios, junto a muchas mujeres que habían
seguido al Señor. Es importante que los pasajes pertinentes de la
Escritura encuentren un espacio apropiado en los leccionarios litúrgicos.
Algunas coyunturas cruciales en la historia de la Iglesia confirman la
contribución esencial de las mujeres movidas por el Espíritu. Las mujeres
constituyen la mayoría de los fieles y a menudo son los primeros
testigos de la fe en las familias. Participan activamente en la vida de
pequeñas comunidades cristianas y parroquias; dirigen escuelas,
hospitales y centros de acogida; lideran iniciativas en favor de la
reconciliación y la promoción de la dignidad humana y la justicia social.
Las mujeres contribuyen a la investigación teológica y están presentes
en puestos de responsabilidad en instituciones relacionadas con la
Iglesia, la Curia diocesana y la Curia Romana. Hay mujeres en puestos
de autoridad o como líderes comunitarias. Esta Asamblea hace un
llamamiento a la plena aplicación de todas las oportunidades ya
previstas en la legislación vigente en relación con el papel de la mujer,
en particular en los lugares donde aún no se han explorado. No hay nada
en las mujeres que les impida desempeñar funciones de liderazgo en las
Iglesias: lo que viene del Espíritu Santo no debe detenerse. También
sigue abierta la cuestión del acceso de las mujeres al ministerio
diaconal. Es necesario un mayor discernimiento a este respecto. La
Asamblea pide también que se preste más atención al lenguaje y a las
imágenes utilizadas en la predicación, la enseñanza, la catequesis y la
redacción de los documentos oficiales de la Iglesia, dando más espacio a
la contribución de mujeres santas, teólogas y místicas.

61.- Dentro de la comunidad cristiana, hay que prestar una atención


especial a los niños: no sólo hay que acompañarlos en la aventura de
crecer, sino que tienen mucho que aportar a la comunidad de creyentes.
Cuando los apóstoles discuten entre ellos quién es el más grande, Jesús
pone en el centro a un niño, presentándolo como criterio para entrar en
el Reino (cf. Mc 9, 33-37). La Iglesia no puede ser sinodal sin la
aportación de los niños, portadores de un potencial misionero que hay
que valorizar. Su voz es necesaria para la comunidad: debemos
escucharla y comprometernos para que todos en la sociedad la
escuchen, especialmente los que tienen responsabilidades políticas y
educativas. Una sociedad que no sabe acoger y cuidar a los niños es una
sociedad enferma; el sufrimiento que muchos de ellos padecen a causa
de la guerra, la pobreza y el abandono, los abusos y el tráfico es un
escándalo que requiere el valor de la denuncia y el compromiso de la
solidaridad.

62.- Los jóvenes tienen también una contribución que aportar a la


renovación sinodal de la Iglesia. Son particularmente sensibles a los
valores de fraternidad y de compartir, al tiempo que rechazan las
actitudes paternalistas o autoritarias. A veces su actitud hacia la Iglesia
aparece como una crítica, pero a menudo adopta la forma positiva de un
compromiso personal en favor de una comunidad acogedora,
comprometida en la lucha contra la injusticia social y en el cuidado de la
casa común. La petición de "caminar juntos en la vida cotidiana",
planteada por los jóvenes en el Sínodo a ellos dedicado en 2018,
corresponde exactamente al horizonte de una Iglesia sinodal. Por eso, es
esencial ofrecerles un acompañamiento atento y paciente; en particular,
merecer ser asumida la propuesta, surgida gracias a su contribución, de
"una experiencia de acompañamiento con vistas al discernimiento", que
incluye la vida fraterna compartida con educadores adultos, un
compromiso apostólico para vivir juntos al servicio de los más
necesitados; ofrecer una espiritualidad enraizada en la oración y la vida
sacramental (cf. *Documento final de la XV Asamblea General Ordinaria
del Sínodo de los Obispos, "Los jóvenes, la fe y el discernimiento
vocacional"*, 161).

63.- Al promover la corresponsabilidad en la misión de todos los


bautizados, reconocemos las capacidades apostólicas de las personas
con discapacidades que se sienten llamadas y enviadas como agentes
activos de evangelización. Queremos valorar la aportación que proviene
de la inmensa riqueza de humanidad que traen consigo. Reconocemos
sus experiencias de sufrimiento, marginación, discriminación, a veces
sufridas incluso dentro de la propia comunidad cristiana, debido a
actitudes paternalistas de lástima. Para favorecer su participación en la
vida y misión de la Iglesia, se propone la creación de un Observatorio
Eclesial de la Discapacidad.

64.- Entre las vocaciones con las que la Iglesia se enriquece, destaca
la de los esposos. El Concilio Vaticano II enseñó que "en su estado de
vida y en su función, tienen un don propio en medio del Pueblo de Dios"
(LG 11). Al sacramento del matrimonio se le asigna una misión particular
que concierne al mismo tiempo a la vida de la familia, a la edificación de
la Iglesia y al compromiso en la sociedad. En particular, en los últimos
años ha crecido la conciencia de que las familias son sujetos y no sólo
destinatarios de la pastoral familiar. Por eso necesitan encontrarse y
trabajar en red, también con la ayuda de las instituciones eclesiales
dedicadas a la educación de niños y jóvenes. Una vez más, la Asamblea
expresa su cercanía y apoyo a quienes viven una condición de soledad
como opción de fidelidad a la Tradición y al Magisterio de la Iglesia sobre
el matrimonio y la ética sexual, en los que reconocen una fuente de
vida.

65.- A lo largo de los siglos, los dones espirituales han dado origen
también a diversas expresiones de vida consagrada. Desde los primeros
tiempos, la Iglesia ha reconocido la acción del Espíritu en la vida de
aquellos hombres y mujeres que han elegido seguir a Cristo por el
camino de los consejos evangélicos, consagrándose al servicio de Dios
tanto en la contemplación como en las múltiples formas de servicio. La
vida consagrada está llamada a interpelar a la Iglesia y a la sociedad con
su voz profética. En su experiencia secular, las familias religiosas han
madurado prácticas de vida sinodal y discernimiento en común,
aprendiendo a armonizar los dones individuales y la misión común. Las
órdenes y congregaciones, las sociedades de vida apostólica, los
institutos seculares, así como las asociaciones, movimientos y nuevas
comunidades tienen una contribución especial que hacer al crecimiento
de la sinodalidad en la Iglesia. Hoy, muchas comunidades de vida
consagrada son un laboratorio de interculturalidad que constituye una
profecía para la Iglesia y el mundo. Al mismo tiempo, la sinodalidad
invita -y a veces desafía- a la vida consagrada y a las agregaciones
eclesiales (institutos, movimientos y nuevas comunidades) a entrar
plenamente en relación con las Iglesias locales en las que viven y
trabajan, para dar lugar a un intercambio de dones al servicio de la
misión común.

66.- La misión implica a todos los bautizados. La primera tarea de los


laicos, hombres y mujeres, es impregnar y transformar las realidades
temporales con el espíritu del Evangelio (cf. LG 31,33; AA 5-7). El
proceso sinodal, apoyado en un estímulo del Papa Francisco (cf. Carta
Apostólica en forma de Motu proprio *Spiritus Domini*, 10 de enero de
2021), ha exhortado a las Iglesias locales a responder con creatividad y
valentía a las necesidades de la misión, discerniendo entre los carismas
algunos que conviene que tomen forma ministerial, dotándolos de
criterios, instrumentos y procedimientos adecuados. No todos los
carismas deben configurarse como ministerios, ni todos los bautizados
deben ser ministros, ni todos los ministerios deben ser instituidos. Para
que un carisma se configure como ministerio, es necesario que la
comunidad identifique una verdadera necesidad pastoral, acompañada
de un discernimiento realizado por el párroco junto con la comunidad
sobre la conveniencia de crear un nuevo ministerio. Como fruto de este
proceso, la autoridad competente toma la decisión. En una Iglesia
sinodal misionera, se pide la promoción de más formas de ministerios
laicales, es decir, ministerios que no requieren el sacramento del Orden,
no sólo en el ámbito litúrgico. Pueden ser instituidos o no instituidos.
También se debe reflexionar sobre cómo conformar los ministerios
laicales en una época en la que las personas se desplazan de un lugar a
otro cada vez con mayor facilidad, precisando los tiempos y los espacios
para su ejercicio.

67.- Entre los muchos servicios eclesiales, la Asamblea reconoció la


contribución a la comprensión de la fe y al discernimiento que ofrece la
teología en la variedad de sus expresiones. Los teólogos y teólogas
ayudan al Pueblo de Dios a desarrollar una comprensión de la realidad
iluminada por la Revelación y a elaborar respuestas adecuadas y un
lenguaje apropiado para la misión. En la Iglesia sinodal y misionera "el
carisma de la teología está llamado a desempeñar un servicio específico
[...]. Junto con la experiencia de fe y la contemplación de la verdad del
pueblo fiel y la predicación de los Pastores, contribuye a la penetración
cada vez más profunda del Evangelio. Además, 'como cualquier carisma
o vocación cristiana, el ministerio del teólogo, además de personal, es
también comunitario y colegial'" (CTI 75), sobre todo cuando se ejerce
en forma de enseñanza a la que se confía una misión canónica en
instituciones académicas eclesiásticas. "La sinodalidad eclesial
compromete, por tanto, a los teólogos a hacer teología de forma sinodal,
promoviendo entre ellos la capacidad de escuchar, dialogar, discernir e
integrar la multiplicidad y variedad de instancias y aportaciones". En
esta línea, es urgente fomentar, a través de formas institucionales
adecuadas, el diálogo entre los Pastores y los que se dedican a la
investigación teológica. La Asamblea invita a las instituciones teológicas
a continuar la investigación dirigida a clarificar y profundizar el
significado de la sinodalidad y la formación que la acompaña en las
Iglesias locales.
El ministerio ordenado al servicio de la armonía

68.- Como todos los ministerios de la Iglesia, el episcopado, el


presbiterado y el diaconado están al servicio del anuncio del Evangelio y
de la edificación de la comunidad eclesial. El Concilio Vaticano II ha
recordado que el ministerio ordenado, de institución divina, "es ejercido
en diversos órdenes, por los ya antiguamente llamados obispos,
presbíteros y diáconos" (LG 28). En este contexto, el Concilio Vaticano II
afirmó la sacramentalidad del episcopado (LG 21), recuperó la realidad
comunitaria del presbiterado (LG 28) y preparó el camino para la
restauración del ejercicio permanente del diaconado en la Iglesia latina
(LG 29).

El ministerio del obispo: componer los dones del Espíritu en la unidad

69.- La tarea del obispo es presidir una Iglesia local, como principio
visible de unidad en su interior y vínculo de comunión con todas las
Iglesias. La afirmación del Concilio según la cual "por la consagración
episcopal se confiere la plenitud del sacramento del Orden" (Lumen
gentium, 21) permite comprender la identidad del obispo en el
entramado de las relaciones sacramentales con Cristo y con la "porción
del Pueblo de Dios" (CD 11) que le ha sido confiada y a la que está
llamado a servir en nombre de Cristo Buen Pastor. Al que es ordenado
obispo no se le confían prerrogativas y tareas que deba realizar solo. Al
contrario, recibe la gracia y la tarea de reconocer, discernir y componer
en la unidad los dones que el Espíritu derrama sobre las personas y las
comunidades, trabajando en el vínculo sacramental con los presbíteros y
los diáconos, corresponsables con él del servicio ministerial en la Iglesia
local. De este modo, realiza lo que es más propio y específico de su
misión en el contexto de la preocupación por la comunión de las Iglesias.

70.- El obispo es un servicio en, con y para la comunidad (LG 20),


realizado a través de la proclamación de la Palabra, presidiendo la
celebración de la Eucaristía y de los demás sacramentos. Por ello, la
Asamblea sinodal desea que el Pueblo de Dios tenga más voz en la
elección de los obispos. Recomienda también que la ordenación del
Obispo tenga lugar en la Diócesis a la que está destinado como Pastor y
no en la Diócesis de origen, como sucede a menudo, y que los
consagrantes sean elegidos entre los Obispos de la provincia
eclesiástica, incluido, en la medida de lo posible, el Metropolitano. Así
aparecerá mejor que quien se convierte en Obispo contrae un vínculo
con la Iglesia a la que está destinado, asumiendo públicamente ante ella
los compromisos de su ministerio. Es igualmente importante que, sobre
todo durante las visitas pastorales, pueda pasar tiempo con los fieles,
para escucharlos con vistas a su discernimiento. Esto les ayudará a
experimentar la Iglesia como familia de Dios. La relación constitutiva del
Obispo con la Iglesia local no aparece hoy con suficiente claridad en el
caso de los Obispos titulares, por ejemplo, los Representantes Pontificios
y los que sirven en la Curia Romana. Será oportuno seguir reflexionando
sobre esta cuestión.

71.- Los Obispos también necesitan ser acompañados y apoyados en


su ministerio. El Metropolitano puede desempeñar un papel en la
promoción de la fraternidad entre Obispos de Diócesis vecinas. A lo largo
del camino sinodal, surgió la necesidad de ofrecer a los Obispos caminos
de formación permanente también en los contextos locales. Se recordó
la necesidad de clarificar el papel de los Obispos auxiliares y de ampliar
las tareas que el Obispo puede delegar. También debe valorizarse la
experiencia de los obispos eméritos en su nuevo modo de estar al
servicio del Pueblo de Dios. Es importante ayudar a los fieles a no
cultivar expectativas excesivas e irreales respecto al Obispo, recordando
que también él es un hermano frágil, expuesto a la tentación, necesitado
de ayuda como todos. Una visión idealizada del Obispo no facilita su
delicado ministerio, que en cambio se sostiene por la participación de
todo el Pueblo de Dios en la misión en una Iglesia verdaderamente
sinodal.

Con el Obispo: Presbíteros y Diáconos

72.- En una Iglesia sinodal, los presbíteros están llamados a vivir su


servicio en una actitud de cercanía a las personas, de acogida y escucha
de todos, abriéndose a un estilo auténticamente sinodal. Los presbíteros
"constituyen junto con su Obispo un único Presbiterio" (LG 28) y
colaboran con él en el discernimiento de los carismas y en el
acompañamiento y guía de la Iglesia local, con particular atención al
servicio de la unidad. Están llamados a vivir la fraternidad presbiteral y a
caminar juntos en el servicio pastoral. También forman parte del
presbiterio los presbíteros miembros de Institutos de vida consagrada y
de Sociedades de vida apostólica, que lo enriquecen con la peculiaridad
de su carisma. Ellos, así como los presbíteros *fidei donum* y los que
proceden de otras naciones o Iglesias *sui iuris*, ayudan al clero local a
abrirse a las mayores riquezas de toda la Iglesia, mientras que los
presbíteros locales ayudan a otros hermanos a formar parte de la
historia de una diócesis concreta, con sus tradiciones y riquezas
espirituales. De este modo, también en el presbiterio tiene lugar un
verdadero intercambio de experiencias en la misión. Los presbíteros
también necesitan ser acompañados y apoyados, especialmente en las
primeras etapas de su ministerio y en los momentos de debilidad y
fragilidad.

73.- Servidores de los misterios de Dios y de la Iglesia (cf. LG 41), los


diáconos son ordenados "no para el sacerdocio, sino para el ministerio"
(LG 29). Lo ejercen en el servicio de la caridad, en el anuncio y en la
liturgia, mostrando en cada contexto social y eclesial en el que están
presentes la relación entre el Evangelio anunciado y la vida vivida en el
amor, y promoviendo en toda la Iglesia una conciencia y un estilo de
servicio hacia todos, especialmente hacia los más pobres. Las funciones
de los diáconos son múltiples, como muestran la tradición, la oración
litúrgica y la práctica pastoral. Deben especificarse en respuesta a las
necesidades de cada Iglesia local, en particular para despertar y
sostener la atención de todos hacia los más pobres, en el marco de una
Iglesia sinodal misionera y misericordiosa. El ministerio diaconal sigue
siendo desconocido para muchos cristianos, también porque, aunque fue
restablecido por el Vaticano II en la Iglesia latina como un grado propio y
permanente (cf. LG 29), todavía no ha sido aceptado en todas las áreas
geográficas. La enseñanza del Concilio deberá ser profundizada
ulteriormente, también sobre la base de una revisión de las numerosas
experiencias en curso, pero ya ofrece sólidas motivaciones a las Iglesias
locales para que no tarden en promover de manera más generosa el
diaconado permanente, reconocido en este ministerio un factor precioso
para la maduración de una Iglesia servidora en el seguimiento del Señor
Jesús, que se hizo servidor de todos. Esta profundización puede ayudar
también a comprender mejor el significado de la ordenación diaconal de
los que llegarán a ser sacerdotes.

Colaboración entre ministros ordenados dentro de la Iglesia


sinodal

74.- Varias veces, durante el proceso sinodal, se expresó gratitud a


los obispos, presbíteros y diáconos por la alegría, el compromiso y la
dedicación con que desempeñan su servicio. También se escucharon las
dificultades que los pastores encuentran en su ministerio,
principalmente relacionadas con la sensación de aislamiento, soledad,
así como el sentirse abrumados por las exigencias de atender todas las
necesidades. La experiencia del Sínodo puede ayudar a obispos,
presbíteros y diáconos a redescubrir la corresponsabilidad en el ejercicio
de su ministerio, que requiere también la colaboración con otros
miembros del Pueblo de Dios. Una distribución más articulada de tareas
y responsabilidades, un discernimiento más valiente de lo que pertenece
propiamente al ministerio ordenado y de lo que puede y debe delegarse
en otros, favorecerá su ejercicio de una manera espiritualmente más
sana y pastoralmente más dinámica en cada uno de sus órdenes. Esta
perspectiva no dejará de repercutir en unos procesos de toma de
decisiones caracterizados por un estilo más claramente sinodal. También
ayudará a superar el clericalismo entendido como el uso del poder en
beneficio propio y la distorsión de la autoridad de la Iglesia que está al
servicio del Pueblo de Dios. Se expresa especialmente en los abusos
sexuales, económicos, de conciencia y de poder por parte de los
ministros de la Iglesia. "El clericalismo, fomentado tanto por los mismos
sacerdotes como por los laicos, genera un cisma en el cuerpo eclesial
que fomenta y ayuda a perpetuar muchos de los males que hoy
denunciamos" (Francisco, *Carta al Pueblo de Dios*, 20 de agosto de
2018).

Juntos por la misión

75.- En respuesta a las necesidades de la comunidad y de la misión, a


lo largo de su historia la Iglesia ha dado origen a ciertos ministerios,
distintos de los ordenados. Estos ministerios son la forma que toman los
carismas cuando son reconocidos públicamente por la comunidad
responsable de guiarlos, y se ponen de manera estable al servicio de la
misión. Algunos se orientan más específicamente al servicio de la
comunidad cristiana. De particular relevancia son los ministerios
instituidos, que son conferidos por el obispo, una vez en la vida, con un
rito específico, tras el oportuno discernimiento y la adecuada formación
de los candidatos. No se trata de un simple mandato o asignación de
tareas; la atribución del ministerio es un sacramental que configura a la
persona y define su modo de participar en la vida y misión de la Iglesia.
En la Iglesia latina, son el ministerio del lector y del acólito (cf. Carta
apostólica en forma de Motu proprio *Spiritus Domini*, 10 de enero de
2021), y el del catequista (cf. Carta apostólica en forma de Motu proprio
*Antiquum ministerium*, 10 de mayo de 2021). Los términos y el modo
de su ejercicio deben ser definidos por mandato de la autoridad legítima.
Corresponde a las Conferencias Episcopales establecer las condiciones
personales que deben cumplir los candidatos y elaborar los itinerarios de
formación para acceder a estos ministerios.
76.- Estos están flanqueados por ministerios no instituidos
ritualmente, pero ejercidos con estabilidad por mandato de la autoridad
competente, como, por ejemplo, el ministerio de coordinar una pequeña
comunidad eclesial, dirigir la oración comunitaria, organizar acciones
caritativas, etc., que admiten una gran variedad según las
características de la comunidad local. Un ejemplo de ello son los
catequistas que siempre han estado a cargo de comunidades sin
sacerdotes en muchas regiones de África. Aunque no exista un rito
prescrito, es aconsejable hacer pública la encomienda mediante un
mandato ante la comunidad para favorecer su reconocimiento efectivo.
También existen ministerios extraordinarios, como el ministerio
extraordinario de la comunión, la presidencia de las celebraciones
dominicales en espera de presbítero, la administración de ciertos
sacramentales y otros. El orden canónico latino y oriental ya prevé que,
en algunos casos, los fieles laicos, hombres o mujeres, puedan ser
también ministros extraordinarios del bautismo. En el orden canónico
latino, el Obispo (con autorización de la Santa Sede) puede delegar la
asistencia en los matrimonios a fieles laicos, hombres o mujeres. Sobre
la base de las necesidades de los contextos locales, se debe considerar
la posibilidad de ampliar y estabilizar estas oportunidades de ejercicio
ministerial por parte de los fieles laicos. Por último, están los servicios
espontáneos, que no necesitan más condiciones ni reconocimiento
explícito. Muestran que todos los fieles, de diversas maneras, participan
en la misión a través de sus dones y carismas.

77.- A los fieles laicos, hombres y mujeres, se les deben ofrecer más
oportunidades de participación, explorando también otras formas de
servicio y ministerio en respuesta a las necesidades pastorales de
nuestro tiempo, en un espíritu de colaboración y corresponsabilidad
eclesial y sinodal. Del proceso sinodal surgen, en particular, algunas
necesidades concretas, a las que se debe responder de manera
adecuada a los diferentes contextos:

1. a) una participación más amplia de los laicos y laicas en los


procesos de discernimiento eclesial y en todas las fases de los
procesos de toma de decisiones (elaboración y toma de
decisiones);

1. b) un acceso más amplio de los laicos y laicas a los puestos de


responsabilidad en las diócesis y las instituciones eclesiásticas,
incluidos los seminarios, los institutos y las facultades de teología,
en consonancia con las disposiciones vigentes;
1. c) un mayor reconocimiento y apoyo a la vida y a los carismas de
los consagrados y consagradas y a su empleo en puestos de
responsabilidad eclesial;

1. d) el aumento del número de laicos cualificados que actúan como


jueces en los procesos canónicos;

1. e) el reconocimiento efectivo de la dignidad y el respeto de los


derechos de quienes trabajan como empleados de la Iglesia y de
sus instituciones.

78.- El proceso sinodal ha renovado la conciencia de que la escucha es


un componente esencial de todos los aspectos de la vida de la Iglesia: la
administración de los sacramentos, especialmente el de la
Reconciliación, la catequesis, la formación y el acompañamiento
pastoral. En este marco, la Asamblea dedicó atención a la propuesta de
crear un ministerio de escucha y acompañamiento, mostrando diversas
orientaciones. Algunos se mostraron a favor, porque dicho ministerio
sería una forma profética de subrayar la importancia de la escucha y el
acompañamiento en la comunidad. Otros afirmaron que la escucha y el
acompañamiento son tarea de todos los bautizados, sin necesidad de un
ministerio específico. Otros subrayaron la necesidad de profundizar, por
ejemplo, en la relación entre este posible ministerio y el
acompañamiento espiritual, el consejo pastoral y la celebración del
sacramento de la reconciliación. También surgió la sugerencia de que el
posible ministerio de escucha y acompañamiento debería dirigirse
especialmente a acoger a los que están al margen de la comunidad
eclesial, a los que vuelven después de haberse alejado, a los que buscan
la verdad y desean que se les ayude a encontrarse con el Señor. Por
tanto, sigue siendo necesario un mayor discernimiento a este respecto.
Los contextos locales donde esta necesidad es más sentida podrán
promover la experimentación y desarrollar posibles modelos sobre los
que discernir.

---

Parte III - "Echad la red"

Conversión de procesos

Jesús les dijo: "Hijos míos, ¿no tenéis nada que comer?". Ellos le
respondieron: "No". Entonces les dijo: "Echad la red a la derecha de la
barca y encontraréis". La echaron y ya no pudieron sacarla por la gran
cantidad de peces. (Jn 21, 5-6)
79.- La pesca no ha dado fruto y es hora de volver a la orilla. Pero
resuena una Voz, autoritaria, que les invita a hacer algo que los
discípulos solos no habrían hecho, señalándoles una posibilidad que sus
ojos y sus mentes no podían percibir: "Echad la red a la derecha de la
barca y encontraréis". A lo largo del proceso sinodal, intentamos
escuchar esta Voz y aceptar lo que nos decía. En la oración y el diálogo
fraterno, reconocimos que el discernimiento eclesial, el cuidado de los
procesos de toma de decisiones y el compromiso de rendir cuentas y
evaluar el resultado de las decisiones tomadas son prácticas con las que
respondemos a la Palabra que nos muestra los caminos de la misión.

80.- Estas tres prácticas están estrechamente interrelacionadas. Los


procesos de toma de decisiones requieren un discernimiento eclesial,
que exige escuchar en un clima de confianza, que la transparencia y la
responsabilidad apoyan. La confianza debe ser mutua: los responsables
de la toma de decisiones deben ser capaces de confiar y escuchar al
Pueblo de Dios, que a su vez debe ser capaz de confiar en aquellos que
ejercen la autoridad. Esta visión integral subraya que cada una de estas
prácticas depende y apoya a las demás, sirviendo a la capacidad de la
Iglesia para cumplir su misión. Participar en procesos de toma de
decisiones basados en el discernimiento eclesial y asumir una cultura de
transparencia, responsabilidad y evaluación requiere una formación
adecuada que no sea sólo técnica, sino capaz de explorar sus
fundamentos teológicos, bíblicos y espirituales. Todos los bautizados
necesitan esta formación en el testimonio, la misión, la santidad y el
servicio, que hace hincapié en la corresponsabilidad. Adopta formas
particulares para quienes ocupan puestos de responsabilidad o están al
servicio del discernimiento eclesial.

Discernimiento eclesial para la misión

81.- Para promover relaciones capaces de sostener y orientar la


misión de la Iglesia, es una exigencia prioritaria ejercer la sabiduría
evangélica que permitió a la comunidad apostólica de Jerusalén sellar el
resultado del primer acontecimiento sinodal con las palabras: "Porque al
Espíritu Santo y a nosotros nos pareció bien" (Hch 15, 28). Es el
discernimiento que, ejercido por el Pueblo de Dios en vista de la misión,
podemos calificar de "eclesial". El Espíritu, que el Padre ha enviado en
nombre de Jesús y que enseña todas las cosas (cf. Jn 14,26), guía en
todo momento a los creyentes "a toda la verdad" (Jn 16,13). Por su
presencia y acción continuas, la "tradición, que viene de los apóstoles,
progresa en la Iglesia" (DV 8). Invocando su luz, el Pueblo de Dios,
participe de la función profética de Cristo (cf. LG 12), "trata de discernir
en los acontecimientos, exigencias y aspiraciones, en los que comparte
junto con los demás hombres de nuestro tiempo, cuáles son los
verdaderos signos de la presencia o designio de Dios" (GS 11). Tal
discernimiento se sirve de todos los dones de sabiduría que el Señor
distribuye en la Iglesia y hunde sus raíces en el *sensus fidei*
comunicado por el Espíritu a todos los bautizados. En este espíritu debe
entenderse y reorientarse la vida de la Iglesia sinodal misionera.

82.- El discernimiento eclesial no es una técnica organizativa, sino una


práctica espiritual que hay que vivir en la fe. Requiere libertad interior,
humildad, oración, confianza mutua, apertura a la novedad y abandono
a la voluntad de Dios. No es nunca la afirmación de un punto de vista
personal o de grupo, ni se resuelve en la simple suma de opiniones
individuales; cada uno, hablando según su conciencia, está abierto a
escuchar lo que los demás comparten en conciencia, para buscar juntos
reconocer "lo que el Espíritu dice a las Iglesias" (Ap 2,7). Contemplando
la contribución de todas las personas implicadas, el discernimiento
eclesial es a la vez condición y expresión privilegiada de la sinodalidad,
en la que se viven juntos comunión, misión y participación. El
discernimiento es tanto más rico cuanto más se escucha a todos. Por eso
es esencial promover una amplia participación en los procesos de
discernimiento, cuidando especialmente la implicación de quienes se
encuentran en los márgenes de la comunidad cristiana y de la sociedad.

83.- La escucha de la Palabra de Dios es el punto de partida y el


criterio de todo discernimiento eclesial. La Sagrada Escritura, en efecto,
testimonia que Dios ha hablado a su Pueblo, hasta darnos en Jesús la
plenitud de toda la Revelación (DV 2), e indica los lugares donde
podemos escuchar su voz. Dios se comunica con nosotros ante todo en
la liturgia, porque es Cristo mismo quien habla "cuando en la Iglesia se
lee la Sagrada Escritura" (SC 7). Dios habla a través de la Tradición viva
de la Iglesia, de su Magisterio, de la meditación personal y comunitaria
de la Escritura y de las prácticas de piedad popular. Dios sigue
manifestándose a través del clamor de los pobres y de los
acontecimientos de la historia humana. Además, Dios se comunica con
su Pueblo a través de los elementos de la creación, cuya existencia
misma señala la acción del Creador y está llena de la presencia del
Espíritu vivificador. Por último, Dios habla también en la conciencia
personal de cada uno, que es "el núcleo más secreto y el sancta
sanctorum del hombre, donde está a solas con Dios, cuya voz resuena
en su propia intimidad" (GS 16). El discernimiento eclesial exige el
continuo cuidado y formación de las conciencias y la maduración del
*sensus fidei*, para no descuidar ninguno de los lugares donde Dios
habla y sale al encuentro de su pueblo.

84.- Las etapas del discernimiento eclesial pueden articularse de


diferentes maneras, según los lugares y las tradiciones. También sobre la
base de la experiencia sinodal, es posible identificar algunos elementos
clave que no deberían faltar:

1. a) la presentación clara del objeto de discernimiento y el


suministro de información e instrumentos adecuados para su
comprensión;

1. b) un tiempo adecuado para prepararse con la oración, la escucha


de la Palabra de Dios y la reflexión sobre el tema;

1. c) una disposición interior de libertad con respecto a los propios


intereses, personales y de grupo, y un compromiso con la
búsqueda del bien común;

1. d) una escucha respetuosa y profunda de las palabras del otro;

1. e) la búsqueda del consenso más amplio posible, que surgirá a


través de aquello que más "hace arder los corazones" (cf. Lc
24,32), sin ocultar los conflictos y sin buscar compromisos a la
baja;

1. f) la formulación por quienes dirigen el proceso del consenso


alcanzado y su presentación a todos los participantes, para que
puedan expresar si están o no de acuerdo con él.

A partir del discernimiento, madurará la decisión adecuada, que


compromete la adhesión de todos, incluso cuando la opinión de uno no
haya sido aceptada, y un tiempo de acogida en la comunidad, que
puede dar lugar a verificaciones y evaluaciones posteriores.

85.- El discernimiento se realiza siempre en un contexto concreto,


cuyas complejidades y peculiaridades es necesario conocer lo mejor
posible. Para que el discernimiento sea efectivamente "eclesial", es
necesario valerse de los medios necesarios, entre los cuales una
adecuada exégesis de los textos bíblicos que ayude a interpretarlos y
comprenderlos, evitando enfoques parciales o fundamentalistas; el
conocimiento de los Padres de la Iglesia, de la Tradición y de las
enseñanzas magisteriales, según sus diversos grados de autoridad; las
aportaciones de las diversas disciplinas teológicas; las aportaciones de
las ciencias humanas, históricas, sociales y administrativas, sin las
cuales no es posible conocer seriamente el contexto en el que y con
vistas al cual se realiza el discernimiento.

86.- En la Iglesia existe una gran variedad de enfoques del


discernimiento y de metodologías establecidas. Esta variedad es una
riqueza: con las oportunas adaptaciones a los distintos contextos, la
pluralidad de enfoques puede resultar fecunda. Con vistas a la misión
común, es importante que entablen un diálogo cordial, sin dispersar las
especificidades de cada uno y sin atrincheramientos identitarios. En las
Iglesias locales, a partir de las pequeñas comunidades eclesiales y de las
parroquias, es esencial ofrecer oportunidades de formación que difundan
y alimenten una cultura de discernimiento eclesial para la misión,
particularmente entre los responsables. Igualmente importante es la
formación de acompañantes o facilitadores, cuya contribución resulta a
menudo crucial para llevar a cabo los procesos de discernimiento.

La articulación de los procesos de toma de decisiones

87.- En la Iglesia sinodal "toda la comunidad, en la libre y rica


diversidad de sus miembros, es convocada para orar, escuchar, analizar,
dialogar, discernir y aconsejar en la toma de decisiones" (CTI 68) para la
misión. Fomentar la participación más amplia posible de todo el Pueblo
de Dios en los procesos de toma de decisiones es la manera más eficaz
de promover una Iglesia sinodal. Si es cierto, en efecto, que la
sinodalidad define el *modus vivendi et operandi* que califica a la
Iglesia, indica al mismo tiempo una práctica esencial en el cumplimiento
de su misión: discernir, consensuar, decidir mediante el ejercicio de las
diferentes estructuras e instituciones de la sinodalidad.

88.- La comunidad de los discípulos convocados y enviados por el


Señor no es un sujeto uniforme y amorfo. Es su Cuerpo con muchos y
diversos miembros, un sujeto histórico comunitario en el que el Reino de
Dios se da como "semilla y principio" al servicio de su venida en toda la
familia humana. Ya los Padres de la Iglesia reflexionaron sobre el
carácter comunitario de la misión del Pueblo de Dios a través de un
triple *nihil sine*: "nada sin el obispo" (San Ignacio de Antioquía, *Carta
a los Tralianos*, 2.2), "nada sin el consejo de los presbíteros, nada sin el
consentimiento del Pueblo" (San Cipriano de Cartago, *Carta* 14.4).
Cuando se rompe esta lógica del *nihil sine*, se obscurece la identidad
de la Iglesia y se inhibe su misión.
89.- El compromiso de promover la participación sobre la base de la
corresponsabilidad diferenciada se sitúa en un marco de referencia
eclesiológico. Cada miembro de la comunidad debe ser respetado,
valorando sus capacidades y dones con vistas a una toma de decisiones
compartida. Se requieren formas más o menos articuladas de mediación
institucional, en función del tamaño de la comunidad. La legislación
vigente ya prevé órganos de participación a distintos niveles, de los que
se ocupará el documento más adelante.

90.- Para facilitar su funcionamiento, parece oportuno reflexionar


sobre la articulación de los procesos de toma de decisiones. Éste suele
incluir una fase de elaboración o instrucción "mediante un trabajo
conjunto de discernimiento, consulta y cooperación" (CTI 69), que
informa y apoya la posterior toma de decisiones, que corresponde a la
autoridad competente. Entre ambas fases no hay competencia ni
contraposición, sino que por su articulación contribuyen a que las
decisiones que se tomen sean fruto de la obediencia de todos a lo que
Dios quiere para su Iglesia. Por ello, es necesario promover
procedimientos que hagan efectiva la reciprocidad entre la asamblea y
quienes la presiden, en un clima de apertura al Espíritu y confianza
mutua, en busca de un consenso lo más unánime posible. El proceso
debe incluir también la fase de aplicación de la decisión y la de su
evaluación, en las que las funciones de los sujetos implicados se
articulan de manera nueva.

91.- Hay casos en los que la legislación vigente ya prescribe que la


autoridad está obligada a consultar antes de tomar una decisión. La
autoridad pastoral tiene el deber de escuchar a los participantes en la
consulta y, por consiguiente, no puede actuar como si no los hubiera
escuchado. No se apartará, por tanto, del fruto de la consulta, cuando
esté de acuerdo, sin una razón que prevalezca que debe ser
convenientemente expresada (cf. CIC, c. 127, § 2, 2°; CCEO c. 934, § 2,
3°). Como en toda comunidad que vive según la justicia, en la Iglesia el
ejercicio de la autoridad no consiste en la imposición de una voluntad
arbitraria. En las diversas formas en que se ejerce, está siempre al
servicio de la comunión y de la acogida de la verdad de Cristo, en la cual
y hacia la cual el Espíritu Santo nos guía en tiempos y contextos diversos
(cf. Jn 14, 16).

92.- En una Iglesia sinodal, la competencia decisoria del Obispo, del


Colegio episcopal y del Obispo de Roma es irrenunciable, ya que hunde
sus raíces en la estructura jerárquica de la Iglesia establecida por Cristo
al servicio de la unidad y del respeto de la legítima diversidad (cf. LG
13). Sin embargo, no es incondicional: no se puede ignorar una consulta
que surge en el proceso consultivo como resultado de un correcto
discernimiento, sobre todo si es llevado a cabo por los órganos de
participación. Una oposición entre consulta y deliberación es, por tanto,
inadecuada: en la Iglesia, la deliberación tiene lugar con la ayuda de
todos, nunca sin que la autoridad pastoral decida en virtud de su oficio.
Por eso, la fórmula recurrente en el CIC, que habla de un "voto sólo
consultivo" (*tantum consultivum*), debe ser reexaminada para eliminar
posibles ambigüedades. Por lo tanto, parece oportuna una revisión de
las normas canónicas en clave sinodal, que aclare tanto la distinción
como la articulación entre consultivo y deliberativo, e ilumine las
responsabilidades de quienes participan en los procesos de toma de
decisiones en sus diversas funciones.

93.- El cuidado del orden y una clara asunción de responsabilidades


por parte de los participantes son factores cruciales para que los
procesos de toma de decisiones de la forma aquí prevista sean
fructíferos:

1. a) incumbe en particular a la autoridad: definir claramente el


objeto de la consulta y la deliberación, así como la parte
responsable de tomar la decisión; identificar a las personas que
deben ser consultadas, también en razón de sus conocimientos
específicos o de su implicación en el asunto; garantizar que todos
los participantes tengan acceso efectivo a la información
pertinente, de modo que puedan formular su opinión
razonadamente;

1. b) Quienes expresan su opinión en una consulta, individualmente o


como miembros de un órgano colegiado, asumen la
responsabilidad de: ofrecer una opinión sincera y honesta, según
su leal saber y entender; respetar la confidencialidad de la
información recibida; ofrecer una formulación clara de su opinión,
identificando sus puntos principales, de modo que la autoridad, en
caso de decidir de manera distinta a la opinión recibida, pueda
explicar cómo la tuvo en cuenta en su deliberación;

1. c) una vez que la autoridad competente ha formulado la decisión,


habiendo respetado el proceso de consulta y expresado
claramente los motivos de la misma, en razón del vínculo de
comunión que une a los bautizados, todos están obligados a
respetarla y a ponerla en práctica, incluso cuando no corresponda
al propio punto de vista, sin perjuicio del deber de participar
honestamente también en la fase de evaluación. Siempre queda la
posibilidad de apelar a una autoridad superior, en las formas
establecidas por el derecho.

94.- Una correcta y decidida puesta en práctica de procesos decisorios


auténticamente sinodales contribuirá al progreso del Pueblo de Dios en
una perspectiva participativa, en particular a través de las mediaciones
institucionales previstas por el derecho canónico, especialmente los
órganos de participación. Sin cambios concretos a corto plazo, la visión
de una Iglesia sinodal no será creíble y esto alejará a los miembros del
Pueblo de Dios que han sacado fuerza y esperanza del camino sinodal.
Corresponde a las Iglesias locales encontrar los medios adecuados para
poner en práctica estos cambios.

Transparencia, responsabilidad y evaluación

95.- La toma de decisiones no concluye el proceso decisorio. Debe ir


acompañada y seguida de prácticas de rendición de cuentas y
evaluación, en un espíritu de transparencia inspirado en criterios
evangélicos. La rendición de cuentas del propio ministerio a la
comunidad pertenece a la tradición más antigua, que se remonta a la
Iglesia apostólica. *Hechos* 11 de los *Hechos de los Apóstoles* nos
ofrece un ejemplo de ello: cuando Pedro regresa a Jerusalén tras haber
bautizado a Cornelio, un pagano, "los creyentes circuncidados le
increparon diciendo: ¡Has entrado en casa de hombres incircuncisos y
has comido con ellos! Pedro responde explicando las razones de sus
acciones.

96.- En particular, con respecto a la transparencia, surgió la necesidad


de iluminar su significado vinculándola a una serie de términos como
verdad, lealtad, claridad, honradez, integridad, coherencia, rechazo de la
opacidad, la hipocresía y la ambigüedad, y ausencia de segundas
intenciones. Se hizo referencia a la bienaventuranza evangélica de los
puros de corazón (Mt 5,8), al mandato de ser "sencillos como palomas"
(Mt 10,16) y a las palabras del apóstol Pablo: "Hemos rechazado los
disimulos vergonzosos, no actuando con astucia ni falseando la palabra
de Dios, sino proclamando abiertamente la verdad y presentándonos
ante toda conciencia humana, a los ojos de Dios" (2 Cor 4,2). Se hace
referencia, por tanto, a una actitud subyacente, enraizada en la
Escritura, más que a un conjunto de procedimientos o requisitos
administrativos o de gestión. La transparencia, en su correcto sentido
evangélico, no compromete el respeto a la intimidad y a la
confidencialidad, la protección de las personas, de su dignidad y de sus
derechos, incluso frente a pretensiones indebidas de la autoridad civil.
Todo ello, sin embargo, nunca puede justificar prácticas contrarias al
Evangelio ni convertirse en pretexto para eludir o encubrir acciones
contra el mal. En todo caso, por lo que se refiere al secreto confesional,
"el sello sacramental es indispensable y ningún poder humano tiene
jurisdicción sobre él, ni puede pretenderla" (Francisco, *Discurso a los
participantes en el XXX Curso sobre el Foro Interno organizado por la
Penitenciaría Apostólica*, 29 de marzo de 2019).

97.- La actitud de transparencia, en el sentido que acabamos de


indicar, constituye un guardián de esa confianza y credibilidad de las
que una Iglesia sinodal, atenta a las relaciones, no puede prescindir.
Cuando se viola la confianza, son los más débiles y vulnerables quienes
sufren las consecuencias. Allí donde la Iglesia goza de confianza, las
prácticas de transparencia, responsabilidad y evaluación contribuyen a
consolidarla, y son un elemento aún más crítico allí donde la credibilidad
de la Iglesia debe ser reconstruida. Esto es especialmente importante en
la protección de menores y personas vulnerables (*salvaguardia*).

98.- En cualquier caso, estas prácticas contribuyen a asegurar la


fidelidad de la Iglesia a su misión. Su ausencia es una de las
consecuencias del clericalismo y, al mismo tiempo, lo alimenta. Se basa
en la suposición implícita de que los que tienen autoridad en la Iglesia
no son responsables de sus acciones y decisiones, como si estuvieran
aislados o por encima del resto del Pueblo de Dios. La transparencia y la
responsabilidad no sólo deben exigirse cuando se trata de abusos
sexuales, financieros y de otro tipo. También concierne al estilo de vida
de los pastores, los planes pastorales, los métodos de evangelización y
el modo en que la Iglesia respeta la dignidad de la persona humana, por
ejemplo, en lo que respecta a las condiciones de trabajo dentro de sus
instituciones.

99.- Si la Iglesia sinodal quiere ser acogedora, la rendición de cuentas


debe convertirse en una práctica habitual a todos los niveles. Sin
embargo, quienes ocupan puestos de autoridad tienen una mayor
responsabilidad al respecto y están llamados a rendir cuentas a Dios y a
su Pueblo. Si bien la práctica de rendir cuentas a los superiores se ha
conservado a lo largo de los siglos, es preciso recuperar la dimensión de
la rendición de cuentas que la autoridad está llamada a dar a la
comunidad. Las instituciones y procedimientos consolidados en la
experiencia de la vida consagrada (como los capítulos, las visitas
canónicas, etc.), pueden ser fuente de inspiración en este sentido.

100.- Igualmente necesarias son las estructuras y formas de


evaluación periódica del modo en que se ejercen las responsabilidades
ministeriales de todo tipo. La evaluación no constituye un juicio sobre las
personas, sino que permite poner de relieve los aspectos positivos y las
áreas de posible mejora en la actuación de quienes tienen
responsabilidades ministeriales, y ayuda a la Iglesia a aprender de la
experiencia, a recalibrar los planes de acción y a permanecer atenta a la
voz del Espíritu Santo, centrando la atención en los resultados de las
decisiones en relación con la misión.

101.- Además de observar lo ya previsto por las normas canónicas


sobre los criterios y mecanismos de control, corresponde a las Iglesias
locales, y sobre todo a sus agrupaciones, construir sinodalmente formas
y procedimientos eficaces de rendición de cuentas y de evaluación,
adecuados a la variedad de contextos, a partir del marco normativo civil,
de las legítimas expectativas de la sociedad y de la disponibilidad
efectiva de competencias en la materia. En este trabajo, es necesario
privilegiar las metodologías de evaluación participativa, potenciar las
competencias de quienes, especialmente los laicos, están más
familiarizados con los procesos de rendición de cuentas y evaluación, y
discernir las buenas prácticas ya presentes en la sociedad civil local,
adaptándolas a los contextos eclesiales. La forma en que se aplican los
procesos de rendición de cuentas y evaluación a nivel local formará
parte del informe presentado durante las visitas *ad limina*.

102.- En particular, en formas adecuadas a los distintos contextos,


parece necesario garantizar como mínimo:

1. a) funcionamiento eficaz de los Consejos de Asuntos Económicos;

1. b) la implicación efectiva del Pueblo de Dios, especialmente de los


miembros más competentes, en la planificación pastoral y
económica;

1. c) la preparación y publicación (adecuada al contexto local y con


accesibilidad efectiva) de un estado financiero anual, certificado
en la medida de lo posible por auditores externos, que haga
transparente la gestión del patrimonio y de los recursos
financieros de la Iglesia y de sus instituciones;
1. d) la elaboración y publicación de un informe anual sobre el
desempeño de la misión, que incluya una ilustración de las
iniciativas emprendidas en el ámbito de la *salvaguardia*
(protección de menores y personas vulnerables) y la promoción del
acceso de los laicos a puestos de autoridad y su participación en
los procesos de toma de decisiones, especificando la proporción en
relación con el género;

1. e) procedimientos para la evaluación periódica del desempeño de


todos los ministerios y de cada orden de la Iglesia.

Tenemos que darnos cuenta de que no se trata de un empeño


burocrático porque sí, sino de un esfuerzo comunicativo que se revela
como una poderosa herramienta educativa para cambiar la cultura,
además de permitirnos dar mayor visibilidad a muchas iniciativas
valiosas de la Iglesia y sus instituciones, que con demasiada frecuencia
permanecen ocultas.

Sinodalidad y órganos de participación

103.- La participación de los bautizados en los procesos de toma de


decisiones, así como las prácticas de rendición de cuentas y de
evaluación tienen lugar a través de mediaciones institucionales, en
primer lugar los órganos de participación que a nivel de la Iglesia local
ya prevé el derecho canónico. En la Iglesia latina, éstos son Sínodo
Diocesano (CIC, can. 460), Consejo Presbiteral (CIC, can. 500, § 2),
Consejo Pastoral Diocesano (CIC, can. 466), Consejo Pastoral Parroquial
(CIC, can. 536), Consejo Diocesano y Parroquial para los Asuntos
Económicos (CIC, can. 493 y 537). En las Iglesias orientales católicas
son: Asamblea Eparquial (CCEO, can. 235 ss.), Consejo Eparquial para
Asuntos Económicos (CCEO, can. 262 ss.), Consejo Presbiteral (CCEO,
can. 264), Consejo Pastoral Eparquial (CCEO can. 272 ss.), Consejos
Parroquiales (CCEO can. 295). Los miembros lo son en función de su
función eclesial según sus responsabilidades diferenciadas de diversas
maneras (carismas, ministerios, experiencia o competencia, etc.). Cada
uno de estos órganos participa en el discernimiento necesario para el
anuncio inculturado del Evangelio, la misión de la comunidad en su
propio ambiente y el testimonio de los bautizados que la componen.
También participa en los procesos de toma de decisiones en las formas
establecidas y constituye un ámbito de rendición de cuentas y
evaluación. Los órganos de participación son uno de los ámbitos de
actuación más prometedores para una rápida aplicación de las
orientaciones sinodales, que conduzca a cambios perceptibles con
rapidez.

104.- Una Iglesia sinodal se basa en la existencia, eficiencia y vitalidad


efectiva, y no meramente nominal, de estos órganos de participación,
así como en su funcionamiento conforme a las disposiciones canónicas o
a la costumbre legítima, y en el cumplimiento de los estatutos y
reglamentos que los rigen. Por esta razón, deberían ser obligatorios,
como se requiere en todas las etapas del proceso sinodal, y poder
desempeñar plenamente su papel, no de manera puramente formal,
sino de forma adecuada a los diferentes contextos locales.

105.- Además, conviene intervenir en el funcionamiento de estos


organismos, empezando por la adopción de una metodología de trabajo
sinodal. La Conversación en el Espíritu, con las adaptaciones oportunas,
puede ser un punto de referencia. Debe prestarse especial atención al
modo de designación de los miembros. Cuando no esté prevista la
elección, deberá realizarse una consulta sinodal que exprese lo más
posible la realidad de la comunidad o de la Iglesia local, y la autoridad
deberá hacer el nombramiento en función de sus resultados, respetando
la articulación entre consulta y deliberación descrita anteriormente.
También debe preverse que los miembros de los consejos pastorales
diocesano y parroquial tengan la facultad de proponer puntos para
incluir en el orden del día, por analogía con los miembros del Consejo
Presbiteral.

106.- La misma atención debe prestarse a la composición de los


órganos de participación, de modo que se favorezca una mayor
implicación de las mujeres, de los jóvenes y de quienes viven en
condiciones de pobreza o marginación. Además, es esencial que estos
órganos incluyan a personas bautizadas comprometidas con el
testimonio de la fe en las realidades ordinarias de la vida y las dinámicas
sociales, con una reconocida disposición apostólica y misionera, y no
sólo a personas dedicadas a organizar la vida y los servicios dentro de la
comunidad. De este modo, el discernimiento eclesial se beneficiaría de
una mayor apertura, capacidad de análisis de la realidad y pluralidad de
perspectivas. En función de las necesidades de los distintos contextos,
puede ser oportuno prever la participación de representantes de otras
Iglesias y Comuniones cristianas, a semejanza de lo que ocurre en la
Asamblea sinodal, o de representantes de otras religiones en función de
zona. Las Iglesias locales y sus agrupaciones pueden indicar más
fácilmente algunos criterios para la composición de los órganos de
participación adecuados a cada contexto.

107.- La Asamblea prestó especial atención a las experiencias de


reforma y a las buenas prácticas ya existentes, como la creación de
redes de consejos pastorales a nivel de comunidades de base,
parroquias y zonas, hasta llegar al consejo pastoral diocesano. Como
modelo de consulta y de escucha, se propone también que se celebren
con cierta regularidad asambleas eclesiales a todos los niveles,
procurando no limitar la consulta dentro de la Iglesia católica, sino estar
abiertos a escuchar la aportación de las demás Iglesias y Comuniones
cristianas, y permanecer atentos a las religiones de la zona.

108.- La Asamblea propone dar mayor relieve al Sínodo diocesano y a


la Asamblea eparquial como instancia de consulta periódica por parte
del Obispo de la porción del Pueblo de Dios que le ha sido confiada,
como lugar de escucha, oración y discernimiento, especialmente cuando
se trata de opciones relevantes para la vida y la misión de una Iglesia
local. El Sínodo diocesano debe ser también un foro de reflexión de
cuentas y de evaluación: ante él, el obispo presenta una relación de la
actividad pastoral en los diversos sectores, de la aplicación del plan
pastoral, de la acogida de los pobres, así como de la administración de
las finanzas y de los bienes temporales. Por tanto, es necesario reforzar
las disposiciones canónicas en la materia, para reflejar mejor el carácter
sinodal misionero de cada Iglesia local, previendo que se reúnan a
intervalos regulares no excesivamente infrecuentes.

Parte IV – Una pesca abundante

La conversión de los vínculos

Pero los otros discípulos vinieron con la barca, arrastrando la red llena
de peces [...] Entonces Simón Pedro subió a la barca y sacó a tierra la
red llena de ciento cincuenta y tres peces grandes. Y aunque eran
muchos, la red no se rompió (Jn 21,8.11).

109.- Las redes echadas según la palabra del Resucitado permiten una
pesca abundante. Todos colaboran en el arrastre de la red, Pedro tiene
un papel especial. En el Evangelio, la pesca es una acción realizada en
común: cada uno tiene una tarea precisa, distinta pero coordinada con la
de los demás. Así es la Iglesia sinodal, hecha de vínculos que unen en
comunión y espacios para la variedad de cada pueblo y de cada cultura.
En un momento en el que cambia la experiencia de los lugares donde la
Iglesia está arraigada y peregrina, es necesario cultivar en formas
nuevas el intercambio de dones y el entrelazamiento de los vínculos que
nos unen, sostenidos por el ministerio de los Obispos en comunión entre
sí y con el Obispo de Roma.

Arraigado y peregrino

110.- El anuncio del Evangelio, al suscitar la fe en el corazón de los


hombres, lleva a la fundación de una Iglesia en un lugar concreto. La
Iglesia no puede entenderse sin estar enraizada en un territorio
concreto, en un espacio y en un tiempo donde se forma una experiencia
compartida de encuentro con Dios que salva. La dimensión local de la
Iglesia conserva la rica diversidad de expresiones de fe arraigadas en
contextos culturales e históricos específicos, y la comunión de Iglesias
manifiesta la comunión de los fieles dentro de la única Iglesia. Así pues,
la conversión sinodal invita a cada persona a ampliar el espacio de su
corazón, el primer "lugar" donde resuenan todas nuestras relaciones,
enraizadas en la relación personal de cada uno con Cristo Jesús y su
Iglesia. Esta es la fuente y la condición de toda reforma en clave sinodal
de los vínculos de pertenencia y de los lugares eclesiales. La acción
pastoral no puede limitarse a cuidar las relaciones entre las personas
que ya están en sintonía, sino que debe favorecer el encuentro con cada
hombre y cada mujer.

111.- La experiencia del enraizamiento debe hacer frente a profundos


cambios socioculturales que modifican la percepción del lugar. El
concepto de lugar ya no puede entenderse en términos puramente
geográficos y espaciales, sino que en nuestra época evoca la
pertenencia a una red de relaciones y a una cultura cuyas raíces
territoriales son más dinámicas y flexibles que nunca. La urbanización es
uno de los principales factores de este cambio: hoy, por primera vez en
la historia de la humanidad, la mayoría de la población mundial vive en
centros urbanos. Las grandes ciudades son a menudo aglomeraciones
humanas sin historia ni identidad en las que las personas viven como
islas. Los vínculos territoriales tradicionales cambian de significado,
haciendo que los límites de las parroquias y de las diócesis estén menos
definidos. La Iglesia está llamada a vivir en estos contextos,
reconstruyendo la vida comunitaria, dando rostro a realidades anónimas
y tejiendo relaciones fraternas. Para ello, además de aprovechar al
máximo las estructuras todavía adecuadas, se requiere una creatividad
misionera que explore nuevas formas de pastoral e identifique caminos
concretos de atención.
Sin embargo, también es cierto que las realidades rurales, algunas de
las cuales son verdaderas periferias existenciales, no deben descuidarse
y requieren una atención pastoral específica, al igual que los lugares de
marginación y exclusión.

112.- Nuestra época también se caracteriza por una mayor movilidad


humana, motivada por diversas razones. Los refugiados y los migrantes
forman a menudo comunidades dinámicas, incluso en sus prácticas
religiosas, lo que hace que el lugar donde se instalan sea pluricultural.
Algunos de ellos mantienen estrechos lazos con sus países de origen,
sobre todo gracias a los medios digitales, y experimentan dificultades
para forjar vínculos en el nuevo país; otros permanecen desarraigados.
Los habitantes de los lugares de inmigración también se ven
interpelados por la acogida de los que llegan. Todos experimentan el
impacto causado por el encuentro con la diversidad de orígenes
geográficos, culturales y lingüísticos y están llamados a construir
comunidades interculturales. No debe pasarse por alto el impacto de los
fenómenos migratorios en la vida de las Iglesias. Emblemática en este
sentido es la situación de algunas Iglesias católicas orientales, debido al
creciente número de fieles en la diáspora; se requieren nuevos enfoques
para que se mantengan los vínculos con su Iglesia de origen y se creen
otros nuevos, respetando las diferentes raíces espirituales y culturales.

113.- La difusión de la cultura digital, especialmente evidente entre


los jóvenes, también está cambiando profundamente la percepción del
espacio y del tiempo, influyendo en las actividades cotidianas, las
comunicaciones y las relaciones interpersonales, incluida la fe. Las
posibilidades que ofrece la Red reconfiguran las relaciones, los vínculos y
las fronteras. Aunque hoy estamos más conectados que nunca, a
menudo experimentamos soledad y marginación. Además, las redes
sociales pueden ser utilizadas para intereses económicos y políticos que,
manipulando a las personas, difunden ideologías y generan
polarizaciones agresivas. Esta realidad nos encuentra desprevenidos y
nos exige dedicar recursos para el encuentro digital. Las iglesias locales
deben animar, apoyar y acompañar a quienes se dedican a la misión en
el entorno digital. Las comunidades y grupos de vida apostólica,
especialmente de jóvenes, también están llamados a reflexionar sobre
cómo crear lazos de pertenencia, promover el encuentro y el diálogo,
ofrecer formación entre iguales y desarrollar una forma sinodal de ser
Iglesia. La red ofrece nuevas oportunidades para vivir mejor la
dimensión sinodal de la Iglesia.
114.- Esta evolución social y cultural exige que la Iglesia se interrogue
sobre el significado de su dimensión “local” y cuestione sus formas
organizativas para servir mejor a su misión. Sin dejar de reconocer el
valor de la presencia en contextos geográficos y culturales concretos, es
esencial entender el "lugar" como la realidad histórica en la que toma
forma la experiencia humana. Es allí, en la red de relaciones que se
establecen, donde la Iglesia está llamada a expresar su sacramentalidad
(cf. LG 1) y a realizar su misión.

115.- La relación entre el lugar y espacio sugiere también una


reflexión sobre la iglesia como hogar. Cuando no se entiende como un
espacio cerrado, inaccesible que hay que defender a toda costa, la
imagen del hogar evoca posibilidades de acogida hospitalidad e
inclusión. La creación es una casa común en la que los miembros de la
única familia humana viven con todas las demás criaturas. Nuestro
compromiso sostenido por el espíritu es asegurar que la iglesia sea
percibida como un hogar acogedor, como un sacramento de encuentro y
salvación, una escuela de comunión para todos los hijos e hijas de Dios.
La Iglesia es también pueblo de Dios en camino con Cristo, en el que
cada uno está llamado a ser peregrino de esperanza. La práctica
tradicional de las peregrinaciones es un signo de ello. La piedad popular
es uno de los lugares de una Iglesia sinodal misionera.

116.- La Iglesia local, entendida como Diócesis o Eparquía, es el


ámbito fundamental en el que se manifiesta de modo más pleno la
comunión en Cristo de los bautizados. En ella se reúne la comunidad en
la celebración de la Eucaristía presidida por el Obispo. Cada Iglesia local
se articula en sí misma y, al mismo tiempo, está en relación con las
demás Iglesias locales.

117.- Una de las principales articulaciones de la Iglesia local que nos


ha legado la historia es la parroquia. La comunidad parroquial, que se
reúne en la celebración de la Eucaristía, es un lugar privilegiado de
relación, acogida, discernimiento y misión. Los cambios en la concepción
y en la forma de vivir la relación con el territorio obligan a reconsiderar
su configuración. Lo que la caracteriza es ser una propuesta comunitaria
sobre una base no electiva. Reúne a personas de diferentes
generaciones, profesiones, orígenes geográficos, clases sociales y
condiciones de vida. Para responder a las nuevas exigencias de la
misión, está llamada a abrirse a nuevas formas de acción pastoral que
tengan en cuenta la movilidad de las personas y el "territorio
existencial" en el que se desarrolla su vida. Promoviendo de manera
particular la iniciación cristiana y ofreciendo acompañamiento y
formación, podrá apoyar a las personas en las diferentes etapas de la
vida y en el cumplimiento de su misión en el mundo. De este modo,
quedará más claro que la parroquia no está centrada en sí misma, sino
orientada a la misión y llamada a apoyar el compromiso de tantas
personas que, de diferentes maneras, viven y dan testimonio de su fe en
su profesión y en su actividad social, cultural y política. En muchas
regiones del mundo, las pequeñas comunidades cristianas o
comunidades eclesiales de base son el terreno en el que pueden florecer
intensas relaciones de proximidad y reciprocidad, que ofrecen la
oportunidad de vivir concretamente la sinodalidad.

118.- Reconocemos la capacidad de los Institutos de vida consagrada,


de las Sociedades de vida apostólica, así como de las Asociaciones,
Movimientos y nuevas Comunidades, de arraigarse en el territorio y, al
mismo tiempo, de conectar lugares y ámbitos diversos, incluso a nivel
nacional o internacional. A menudo es su acción, junto con la de tantas
personas individuales y grupos informales, la que lleva el Evangelio a los
lugares más diversos: hospitales, cárceles, residencias de ancianos,
centros de acogida para emigrantes, menores, marginados y víctimas de
la violencia; lugares de educación y formación, escuelas y universidades,
donde se encuentran jóvenes y familias; lugares de cultura, política y
desarrollo humano integral donde se imaginan y construyen nuevas
formas de convivencia. También miramos con gratitud a los monasterios,
lugares de convocatoria y discernimiento, profecía de un "más allá", que
concierne a toda la Iglesia y guía su camino. Es responsabilidad
específica del obispo diocesano o eparquial animar esta multiplicidad y
cuidar los lazos de unidad. Los institutos y agregaciones (asociaciones,
movimientos y nuevas comunidades) están llamados a actuar en
sinergia con la Iglesia local, participando en el dinamismo de la
sinodalidad.

119.- La valorización de los lugares "intermedios" entre la Iglesia local


y la Iglesia toda -como la provincia eclesiástica y las agrupaciones de
Iglesias de ámbito nacional o continental- puede favorecer también una
presencia más significativa de la Iglesia en los lugares de nuestro
tiempo. La creciente movilidad y las interconexiones actuales hacen que
las fronteras entre las Iglesias sean fluidas y exigen a menudo pensar y
actuar dentro de un "vasto territorio socio-cultural”, en el que,
excluyendo cualquier forma de "falso particularismo", la vida cristiana
está "a la índole y al carácter de cada cultura" (AG 22).
Intercambio de dones

120.- Caminar juntos en los diferentes lugares como discípulos de


Jesús en la diversidad de carisma y ministerios, así como en el
intercambio de dones entre las Iglesias, es un signo eficaz de la
presencia del amor y de la misericordia de Dios en Cristo, que
acompaña, sostiene y dirige con el soplo del Espíritu Santo el camino de
la humanidad hacia el Reino. El intercambio de dones implica todas las
dimensiones de la vida de la Iglesia. Constituida en comunidad como
Pueblo de Dios por todos los pueblos de la tierra y articulada
dinámicamente en las comuniones de las Iglesias locales, de sus
agrupaciones, de las Iglesias suluris dentro de la Iglesia en católica, viva
y misión favoreciendo y acogiendo "purifica, fortalece y eleva todas las
capacidades y riquezas y costumbres de los pueblos en lo que tienen de
bueno" (LG 13). La exhortación del apóstol Pedro - "como buenos
administradores de la multiforme gracia de Dios, ponga cada uno al
servicio de los demás el don que ha recibido" (1 Pe 4,10)- puede
aplicarse ciertamente a cada Iglesia local. Un ejemplo paradigmático e
inspirador de este intercambio de dones, que debe vivirse y revisarse
hoy con particular atención debido a las cambiantes y apremiantes
circunstancias históricas, es el que se da entre las Iglesias de tradición
latina y las Iglesias católicas orientales. Un horizonte significativo de
novedad y esperanza en el que se pueden realizar formas de
intercambio de dones, de búsqueda del bien común y de compromiso
coordinado en cuestiones sociales de relevancia global es el que se está
configurando, por ejemplo, en grandes áreas geográficas
supranacionales e interculturales como la Amazonía, la cuenca del río
Congo, y el Mediterráneo.

121.- La Iglesia, a nivel local y en su unidad católica, se propone como


una red de relaciones a través de la cual circula y se promueve la
profecía de la cultura del encuentro, de la justicia social, de la inclusión
de los grupos marginados, de la fraternidad entre los pueblos, del
cuidado de la casa común. El ejercicio concreto de esta profecía exige
que los bienes de cada Iglesia sean compartidos con espíritu de
solidaridad, sin paternalismos ni asistencialismos, respetando las
diferentes identidades y promoviendo una sana reciprocidad, con el
compromiso, -cuando sea necesario- de curar las heridas de la memoria
y de emprender caminos de reconciliación. El intercambio de dones y la
puesta en común de recursos entre Iglesias locales de diferentes
regiones fomentan la unidad de la Iglesia, creando vínculos entre las
comunidades cristianas implicadas. Es necesario centrarse en las
condiciones que hay que garantizar para que los presbíteros que acuden
en ayuda de las Iglesias pobres en clero no sean solo un remedio
funcional, sino un recurso para el crecimiento de la Iglesia que los envía
y la Iglesia que los acoge. Del mismo modo, debemos trabajar para que
la ayuda económica no degenere en asistencialismo, sino que promueva
una auténtica solidaridad evangélica y se gestione de manera
transparente y honrada.

122.- El intercambio de dones tiene también un significado crucial en


el camino hacia la unidad plena y visible entre todas las Iglesias y
Comuniones cristianas y, además, es un signo eficaz de esta unidad, en
la fe y el amor de Cristo, que favorece la credibilidad y el impacto de la
misión cristiana (cf. Jn 17, 21). San Juan Pablo II aplicó esta expresión al
diálogo ecuménico: "El diálogo no es sólo un intercambio de ideas.
Siempre es de todos modos un 'intercambio de dones'" (UUS 28). Ha
sido en el compromiso de encarnar el único Evangelio en la diversidad
de contextos culturales, circunstancias históricas y desafíos sociales
donde las distintas tradiciones cristianas, a la escucha de la Palabra de
Dios y de la voz del Espíritu Santo, han generado a lo largo de los siglos
copiosos frutos de santidad, caridad, espiritualidad, teología y
solidaridad a nivel social y cultural. Ha llegado el momento de atesorar
estas preciosas riquezas haciéndonos don de los unos a los otros sin
asumir que son propiedad exclusiva nuestra. El ejemplo de los santos y
testigos de la fe de otras Iglesias y Comuniones cristianas es también un
don que podemos recibir, incluyendo su memoria en nuestro calendario
litúrgico, especialmente en el de los mártires.

123.- En el Documento sobre la fraternidad humana por la paz


mundial y la convivencia común, firmado por el Papa Francisco y el Gran
Imán de Al-Azhar Ahmed Al-Tayyeb en Abu Dabi el 4 de febrero de 2019,
se declara la voluntad de "asumir la cultura del diálogo como camino; la
colaboración común como conducta; el conocimiento recíproco como
método" y "no se trata de una aspiración anhelada ni de un aspecto
opcional en el camino del Pueblo de Dios en la historia actual. En este
camino, una Iglesia sinodal se compromete a caminar, en los diferentes
lugares donde vive, con creyentes de otras religiones y con personas de
otras convicciones, compartiendo libremente la alegría del Evangelio y
acogiendo con gratitud sus respectivos dones: construir juntos, como
hermanos y hermanas todos, en un espíritu de intercambio y ayuda
mutua (cf. GS 40), la justicia, la fraternidad, la paz y el diálogo
interreligioso. En algunas regiones, las pequeñas comunidades de barrio,
donde se reúnen las personas independientemente de su pertenencia
religiosa, ofrecen un ambiente propicio para un triple diálogo: de vida,
de acción y de oración.

Vínculos para la unidad: Conferencias Episcopales y Asambleas


Eclesiales

124.- El horizonte de comunión en el intercambio de dones es el


criterio inspirador de las relaciones entre las Iglesias. Combina la
atención a los vínculos que forman la unidad de toda la Iglesia con el
reconocimiento y la valoración de las particularidades ligadas al
contexto en el que vive cada Iglesia local, con su historia y su tradición.
Adoptar un estilo sinodal permite a las Iglesias moverse a ritmos
diferentes. Las diferencias de ritmo pueden valorarse como expresión de
una diversidad legítima y como una oportunidad para intercambiar
dones y enriquecerse mutuamente. Este horizonte común requiere
discernir, identificar y promover estructuras y prácticas concretas para
ser una Iglesia sinodal en misión.

125.- Las Conferencias Episcopales expresan y ponen en práctica la


colegialidad de los Obispos para favorecer la comunión entre las Iglesias
y responder más eficazmente a las necesidades de la vida pastoral. Son
un instrumento fundamental para crear vínculos, compartir experiencias
y buenas prácticas entre las Iglesias, adaptando la vida cristiana y la
expresión de la fe a las diferentes culturas. También desempeñan un
papel importante en el desarrollo de la sinodalidad, con la participación
de todo el Pueblo de Dios. Sobre la base de lo que surgió durante el
proceso sinodal, se propone:

1. a) recoger los frutos de la reflexión sobre el estatuto teológico y


jurídico de las Conferencias Episcopales;

1. b) precisar el ámbito de la competencia doctrinal y disciplinar de


las Conferencias Episcopales. Sin comprometer la autoridad del
Obispo en la Iglesia que le ha sido confiada, ni poner en peligro la
unidad y la catolicidad de la Iglesia, el ejercicio colegial de esta
competencia puede favorecer la auténtica enseñanza de la única
fe de manera adecuada e incultura en los diversos contextos,
identificando las expresiones litúrgicas catequéticas disciplinares.
Pastorales, teológicas y espirituales apropiadas. (AG22).
1. c) realizar una evaluación de la experiencia del funcionamiento
efectivo de las Conferencias Episcopales, de las relaciones entre
los Episcopados y con la Santa Sede, con el fin de identificar las
reformas concretas a realizar. Las visitas ad limina Apostolorum
podrían ser una ocasión propicia para dicha evaluación;

1. d) garantizar que todas las diócesis formen parte de una Provincia


Eclesiástica y de una Conferencia Episcopal (cf. CD 40);

1. e) precisar el vínculo eclesial que las decisiones tomadas por una


Conferencia Episcopal generan, respecto a su propia diócesis, para
cada Obispo que haya participado en esas mismas decisiones;

126.- En el proceso sinodal, las siete Asambleas Eclesiales


Continentales, celebradas a comienzos de 2023, representaron una
novedad significativa y son un legado que hay que valorar como una
forma eficaz de poner en práctica la enseñanza del Concilio sobre el
valor de “cada gran territorio sociocultural” en la búsqueda de “una
acomodación más profunda en todo el ámbito de la vida cristiana” (AG
22). Su estatuto teológico y canónico, así como el de las agrupaciones
continentales de Conferencias Episcopales, deberá clarificarse mejor
para poder explotar su potencial para el ulterior desarrollo de una Iglesia
sinodal. Corresponde especialmente a los Presidentes de las
agrupaciones continentales de Conferencias Episcopales alentar y
apoyar esta experiencia.

127.- En las asambleas eclesiales (regionales, nacionales,


continentales) los miembros, que expresan y representan la variedad del
Pueblo de Dios (incluidos los Obispos), participan colegialmente en el
discernimiento para los Obispos, colegialmente, tomar las decisiones a
las que están obligados por virtud del ministerio que les ha sido
confiado. Esta experiencia muestra cómo la sinodalidad articula real y
concretamente la implicación de todos (el Pueblo santo de Dios) y el
ministerio de algunos (el colegio episcopal) en el proceso de toma de
decisiones sobre la misión de la Iglesia. Se propone que el
discernimiento pueda incluir, en formas adaptadas a la diversidad de los
contextos, espacios de escucha y diálogo con los otros cristianos,
representantes de otras religiones, instituciones públicas, organizaciones
de la sociedad civil y la sociedad en general.

128.- A causa de particulares situaciones sociales y políticas, algunas


Conferencias Episcopales tienen dificultades para participar en
asambleas continentales o en organismos eclesiales supranacionales.
Será cuidado de la Santa Sede ayudar a estas Conferencias Episcopales
promoviendo el diálogo y la confianza recíproca con los Estados, para
que les dé la posibilidad de entrar en relación con otras Conferencias
Episcopales, con vistas al intercambio de dones.

129.- Para lograr una “saludable ‘descentralización’” (EG 16) y una


efectiva inculturación de la fe, es necesario no sólo reconocer el papel
de las Conferencias Episcopales, sino también revalorizar la institución
de los Concilios Particulares, tanto provinciales como plenarios, cuya
celebración periódica ha sido una obligación durante gran parte de la
historia de la Iglesia y que están previstos por el derecho vigente en el
ordenamiento latino (cf. CIC can. 439-446). Deben convocarse
periódicamente. Debería reformarse el procedimiento de reconocimiento
de las conclusiones de los Concilios particulares por parte de la Santa
Sede (recognitio), para favorecer su publicación oportuna, indicando
plazos precisos o, en el caso de cuestiones puramente pastorales o
disciplinarias (que no se refieran directamente a cuestiones de fe, moral
o disciplina sacramental), introduciendo una presunción legal,
equivalente al consentimiento tácito.

El servicio del Obispo de Roma

130.- El proceso sinodal ha ayudado también a revisar los modos de


ejercicio del ministerio del Obispo de Roma a la luz de la sinodalidad. En
efecto, la sinodalidad articula de manera sinfónica las dimensiones
comunitaria ("todos"), colegial ("algunos") y personal ("uno") de cada
una de las Iglesias y de la Iglesia toda. En esta perspectiva, el ministerio
petrino del Papa es inherente a la dinámica sinodal, así como el aspecto
comunitario, que incluye a todo el Pueblo de Dios, y la dimensión
colegial del ministerio episcopal (cf. CTI 64).

131.- Se comprende así de modo más rico y profundo la afirmación


conciliar según la cual “en la comunión eclesial existen legítimamente
las Iglesias particulares, que gozan de tradiciones propias, sin perjuicio
del primado de la Cátedra de Pedro, que preside la comunión universal
de la caridad, garantiza la legítima diversidad y, al mismo tiempo, hace
que lo particular no sólo no perjudique la unidad, sino que la sirva” (LG
13). El Obispo de Roma, principio y fundamento de la unidad de la
Iglesia (LG 23), es el garante de la sinodalidad: a él corresponde
convocar a la Iglesia en Sínodo, presidirlo y confirmar sus resultados.
Como sucesor de Pedro, tiene un papel único en la salvaguardia del
depósito de la fe y de las costumbres, asegurando que los procesos
sinodales sean fructíferos para la unidad y el testimonio. Junto con el
Obispo de Roma, el Colegio episcopal tiene un papel insustituible en
apacentar la Iglesia universal (cf. LG 22-23) y en la promoción de la
sinodalidad en todas las Iglesias locales.

132.- Como garante de la unidad en la diversidad, el Obispo de Roma


vela por la salvaguardia de la identidad de las Iglesias orientales
católicas, en el respeto de sus seculares tradiciones teológicas,
canónicas, litúrgicas, espirituales y pastorales. Estas Iglesias están
dotadas de sus propias estructuras sinodales deliberativas: Sínodo de los
Obispos de las Iglesias Patriarcales y Arquidiocesanas Mayores (CCEO c.
102. ss., 152), Concilio Provincial (CCEO can. 137), Consejo de Jerarcas
(CCEO cc. 155, § 1, 164 ss.) y, finalmente, Asambleas de Jerarcas de
diversas Iglesias sui iuris (CCEO can. 322). Como Iglesias sui iuris en
plena comunión con el Obispo de Roma, conservan su identidad y
autonomía orientales. En el marco de la sinodalidad, es oportuno revisar
juntos la historia para curar las heridas del pasado y desarrollar nuevos
modelos de comunión que produzcan un cambio profundo en las
relaciones entre las Iglesias orientales católicas y la Curia romana. Las
relaciones entre la Iglesia latina y las Iglesias orientales católicas deben
caracterizarse por el intercambio de dones, la colaboración y el
enriquecimiento mutuo.

133.- Para incrementar estas relaciones, la Asamblea sinodal propone


crear un Consejo de Patriarcas, Arzobispos Mayores y Metropolitanos de
las Iglesias orientales católicas presidido por el Papa, que sería una
expresión de la sinodalidad y un instrumento para promover la comunión
y compartir el patrimonio litúrgico, teológico, canónico y espiritual. El
éxodo de muchos fieles orientales hacia regiones de rito latino corre el
riesgo de comprometer su identidad. Para hacer frente a esta situación,
deben desarrollarse instrumentos y normas que refuercen al máximo la
cooperación entre la Iglesia latina y las Iglesias católicas orientales. La
Asamblea sinodal recomienda un diálogo sincero y una cooperación
fraterna entre los Obispos latinos y orientales, para asegurar una mejor
atención pastoral a los fieles orientales que carecen de presbíteros de su
propio rito y para garantizar, con la debida autonomía, la participación
de los Obispos orientales en las Conferencias Episcopales. Por último,
propone al Santo Padre que convoque un Sínodo especial para promover
la consolidación y el renacimiento de las Iglesias orientales católicas.

134.- La reflexión sobre el ejercicio del ministerio petrino en clave


sinodal debe realizarse en la perspectiva de la “saludable
‘descentralización’” (EG 16), pedida con insistencia por el Papa Francisco
y solicitada por muchas Conferencias Episcopales. En la formulación
dada por la Constitución Apostólica Praedicate Evangelium, se supone
“dejar a la competencia de los Pastores la facultad de resolver en el
ejercicio de ‘su propio cargo del magisterio’” y como Pastores las
cuestiones que conocen bien y que no afectan a la unidad de doctrina,
disciplina y comunión de la Iglesia, actuando siempre con esa
corresponsabilidad que es fruto y expresión de ese mysterium
communionis específico que es la Iglesia” (PE II, 2). Para proceder en
esta dirección, se podría identificar mediante un estudio teológico y
canónico qué materias deben reservarse al Papa (reservatio papalis) y
cuáles deben ser restituidas a los Obispos en sus Iglesias o agrupaciones
de Iglesias, en línea con el reciente Motu Proprio Competentias quasdam
decernere (15 de febrero de 2022). De hecho, asigna “algunas
competencias, sobre disposiciones del código destinadas a garantizar la
unidad de la disciplina de la Iglesia universal, a la potestad ejecutiva de
las Iglesias y de las instituciones eclesiales locales, promueve la
dinámica eclesial de comunión y valoriza la proximidad” (proem). La
elaboración de la legislación canónica por parte de quienes tienen la
tarea y la autoridad en la Iglesia latina debe tener en un sentido sinodal
y madurar como fruto del discernimiento eclesial.

135.- La Constitución Apostólica Praedicate Evangelium ha


configurado el servicio de la Curia Romana en sentido sinodal y
misionero, insistiendo en que “no se sitúa entre el Papa y los Obispos,
sino que se pone al servicio de ambos en la forma que conviene a la
naturaleza de cada uno” (PE I.8). Su aplicación debe promover una
mayor colaboración entre los Dicasterios y favorecer la escucha de las
Iglesias locales. Antes de publicar documentos normativos importantes,
se exhorta a los Dicasterios a iniciar una consulta con las Conferencias
Episcopales y las instituciones correspondientes de las Iglesias
Orientales sui iuris. En la lógica de la transparencia y de la
responsabilidad, esbozada más arriba, podrían preverse formas de
evaluación periódica del trabajo de la Curia. Dicha evaluación, en una
perspectiva sinodal misionera, podría concernir también a los
Representantes Pontificios. Las Visitas ad limina Apostolorum son el
momento culminante de las relaciones de los Pastores de las Iglesias
locales con el Obispo de Roma y sus más estrechos colaboradores de la
Curia Romana. Muchos Obispos desearían que se revisara la forma en
que tienen lugar, para que sean cada vez más ocasiones de intercambio
abierto y de escucha recíproca. Es importante para el bien de la Iglesia
favorecer el conocimiento recíproco y los lazos de comunión entre los
miembros del Colegio cardenalicio, teniendo en cuenta también su
diversidad de origen y de cultura. La sinodalidad debe inspirar su
colaboración en el ministerio petrino y su discernimiento colegial en los
consistorios ordinarios y extraordinarios.

136.- Entre los lugares para practicar la sinodalidad y la colegialidad a


nivel de la Iglesia toda, destaca ciertamente el Sínodo de los Obispos,
que la Constitución apostólica *Episcopalis communio* ha transformado
de acontecimiento puntual en proceso eclesial. Establecido por san Pablo
VI como asamblea de Obispos convocada para participar, a través del
consejo, en la solicitud del Romano Pontífice por toda la Iglesia, es
ahora, en forma de proceso por etapas, expresión e instrumento de la
relación constitutiva entre todo el Pueblo de Dios, el Colegio de los
Obispos y el Papa. En efecto, todo el santo Pueblo de Dios, los Obispos a
quienes se les confía sus porciones y el Obispo de Roma, participan
plenamente en el proceso sinodal, cada uno según su propia función.
Esta participación se manifiesta en la Asamblea sinodal reunida en torno
al Papa, que, en su composición, muestra la catolicidad de la Iglesia. En
particular, como explicó el Papa Francisco, la composición de esta XVI
Asamblea General Ordinaria es "más que un hecho contingente. Esta
expresa una modalidad del ejercicio del ministerio episcopal coherente
con la Tradición viva de la Iglesia y con la enseñanza del Concilio
Vaticano II" (*Discurso a la Primera Congregación General de la Segunda
Sesión de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos*,
2 de octubre de 2024). El Sínodo de los Obispos, aun conservando su
naturaleza episcopal, ha visto y podrá ver en el futuro, en la
participación de otros miembros del Pueblo de Dios, "la forma en que
está llamado a asumir el ejercicio de la autoridad episcopal en una
Iglesia consciente de ser constitutivamente relacional y por ello sinodal"
(ibid.), para la misión. En la profundización de la identidad del Sínodo de
los Obispos, es esencial que la articulación entre la implicación de todos
(el Pueblo santo de Dios), el ministerio de algunos (el Colegio episcopal)
y la presidencia de uno (el Sucesor de Pedro) aparezca y se realice
concretamente en el proceso sinodal y en las Asambleas.

137.- Entre los frutos más significativos del Sínodo 2021-2024 está la
intensidad del impulso ecuménico. La necesidad de encontrar "una
forma de ejercicio del primado que [...] se abra a una situación nueva"
(UUS 95) es en desafío fundamental tanto para una Iglesia sinodal
misionera como para la unidad de los cristianos. El Sínodo acoge con
satisfacción la reciente publicación del Dicasterio para la Promoción de
la Unidad de los Cristianos *El Obispo de Roma. Promotor y garante de
los diálogos ecuménicos y en las respuestas a la encíclica *Ut unum
sint*, que ofrece perspectivas para una profundización posterior. El
documento muestra que la promoción de la unidad de los cristianos es
un aspecto esencial del ministerio del Obispo de Roma y que el camino
ecuménico ha favorecido una comprensión más profunda del mismo. Las
propuestas concretas que contiene sobre una relectura o un comentario
oficial de las definiciones dogmáticas del Concilio Vaticano I sobre el
primado, una distinción más clara entre las distintas responsabilidades
del Papa, la promoción de la sinodalidad y la búsqueda de un modelo de
unidad basado en una eclesiología de comunión, ofrecen perspectivas
prometedoras para el camino ecuménico. La Asamblea sinodal espera
que este documento sirva de base para una ulterior reflexión con los
otros cristianos, "por supuesto juntos", sobre el ejercicio del ministerio
de unidad del Obispo de Roma como "servicio de amor reconocido por
unos y otros" (UUS 95).

138.- La riqueza que representa la participación de Delegados


fraternos de otras Iglesias y Comuniones cristianas en la Asamblea
sinodal nos invita a prestar más atención a las prácticas sinodales de
nuestros interlocutores ecuménicos, tanto de Oriente como de
Occidente. El diálogo ecuménico es fundamental para desarrollar
prácticas sinodales auténticamente ecuménicas, unidad de la Iglesia.
Nos empuja a imaginar prácticas sinodales sobre cuestiones urgentes de
interés común, incluso hacia formas de consulta y discernimiento sobre
la evangelización. También nos invita a incluso hacia formas de consulta
y discernimiento sobre la evangelización. También nos invita a la
celebración de un sínodo ecuménico sobre la evangelización y sobre lo
que somos, lo que hacemos y lo que enseñamos. En la raíz de esta
posibilidad está el hecho de que estamos unidos en el único Bautismo,
del que brota la identidad del Pueblo de Dios y el dinamismo de la
comunión, la participación y la misión.

139.- El 2025, Año del Jubileo, es también el aniversario del primer


Concilio Ecuménico, en el que se formuló, de manera sinodal, el símbolo
de la fe que une a todos los cristianos. La preparación y conmemoración
conjunta del 1700 aniversario del Concilio de Nicea debería ser una
ocasión para profundizar y confesar juntos la fe cristológica y poner en
práctica formas de sinodalidad entre los cristianos de todas las
tradiciones. Será también una ocasión para promover iniciativas
audaces en favor de una fecha común de pascua, de modo que podamos
celebrar la resurrección del Señor el mismo día, como providencialmente
sucederá en 2025, y dar así mayor fuerza misionera al anuncio de Aquel
que es la vida y la salvación del mundo entero.

Parte V - "Yo también os envío

Formar un pueblo de discípulos misioneros

Jesús les dijo de nuevo: "¡Paz a vosotros! Como el Padre me ha


enviado, también yo os envío". Dicho esto, sopló y les dijo: "Recibid el
Espíritu Santo" (Jn 20,21-22).

140.- En la tarde de Pascua, Cristo entrega a los discípulos el don


mesiánico de su paz y los hace partícipes de su misión. Su paz es
plenitud de ser, armonía con Dios, con los hermanos y las hermanas, y
con la creación; la misión es anunciar el Reino de Dios, ofreciendo a toda
persona, sin excluir a nadie, la misericordia y el amor del Padre. El gesto
delicado que acompaña las palabras del Resucitado recuerda lo que Dios
hizo al principio. Ahora, en el Cenáculo, con el soplo del Espíritu
comienza la nueva creación: nace un pueblo de discípulos misioneros.

141.- Para que el Pueblo santo de Dios pueda testimoniar toda la


alegría del Evangelio, creciendo en la práctica de la sinodalidad, necesita
una formación adecuada: ante todo en la libertad de hijos e hijas de Dios
en el seguimiento de Jesucristo, contemplado en la oración y reconocido
en los pobres. La sinodalidad, en efecto, implica una profunda conciencia
vocacional y misionera, fuente de un estilo renovado en las relaciones
eclesiales, de nuevas dinámicas participativas y de discernimiento
eclesial, así como de una cultura de la evaluación, que no puede
establecerse sin el acompañamiento de procesos formativos específicos.
La formación en el estilo sinodal de la Iglesia promoverá la conciencia de
que los dones recibidos en el Bautismo son talentos que hay que hacer
fructificar para el bien de todos: no pueden ocultarse ni permanecer
inoperantes.

142.- La formación del discípulo misionero comienza con la iniciación


cristiana y hunde sus raíces en ella. En la historia de cada uno está el
encuentro con muchas personas y grupos o pequeñas comunidades de
fe que han contribuido a introducirnos en la relación con el Señor y en la
comunión de la Iglesia: padres y familiares, padrinos y madrinas,
catequistas y educadores, animadores de la liturgia y trabajadores en el
campo de la caridad, diáconos, presbíteros y el mismo Obispo. A veces,
una vez terminado el camino de la Iniciación, el vínculo con la
comunidad se debilita y se descuida la formación. Sin embargo, ser
discípulos misioneros del Señor no es una meta que se alcanza de una
vez para siempre. Implica conversión continua, crecimiento en el amor
"hasta la medida de la plenitud de Cristo" (Ef 4,13) y apertura a los
dones del Espíritu para un testimonio vivo y gozoso de la fe. Por eso es
importante redescubrir la celebración dominical de la Eucaristía, que
forma a los cristianos en el sentido más profundo del término: "La
plenitud de nuestra formación es la conformación con Cristo [...] no se
trata de un proceso mental y abstracto, sino de llegar a ser Él"
(Francisco, Carta apostólica *Desiderio Desideravi*, 29 de junio de 2022,
41). Para muchos fieles, la Eucaristía dominical es el único contacto con
la Iglesia: cuidar su celebración de la mejor manera, con particular
atención a la homilía y a la "participación activa" (SC 14) de todos, es
decisivo para la sinodalidad. En la Misa, de hecho, acontece como una
gracia concedida desde lo alto, antes de ser el resultado de nuestros
propios esfuerzos: bajo la presidencia de uno y gracias al ministerio de
algunos, todos pueden participar en la doble mesa de la Palabra y del
Pan. El don de la comunión, de la misión y de la participación -las tres
piedras angulares de la sinodalidad- se realiza y se renueva en cada
Eucaristía.

143.- Una de las peticiones que ha surgido con más fuerza de todas
las partes a lo largo del proceso sinodal es que la formación sea integral,
continua y compartida. Su finalidad no es sólo la adquisición de
conocimientos teóricos, sino la promoción de habilidades de apertura y
encuentro, de compartir y colaborar, de reflexión y discernimiento en
común, de lectura teológica de experiencias concretas. Por tanto, debe
cuestionar todas las dimensiones de la persona (intelectual, afectiva,
relacional y espiritual) e incluir experiencias concretas debidamente
acompañadas. Igualmente pronunciada fue la insistencia en la necesidad
de una formación en la que participen juntos hombres y mujeres, Laicos,
Consagrados, Ministros Ordenados y los que se forman para el Ministerio
Ordenado, que les permita crecer en el conocimiento y estima mutuos y
en la capacidad de colaborar. Esto requiere la presencia de formadores
idóneos y competentes, capaces de confirmar con la vida lo que
transmiten con la palabra: sólo así la formación será verdaderamente
generadora y transformadora. Tampoco debemos pasar por alto la
contribución que las disciplinas pedagógicas pueden aportar a la
preparación de cursos de formación bien orientados, atentos a los
procesos de aprendizaje en la edad adulta y al acompañamiento de las
personas y las comunidades. Por tanto, debemos invertir en la formación
de formadores.

144.- La Iglesia dispone ya de muchos lugares y recursos para la


formación de discípulos misioneros: familias, pequeñas comunidades,
parroquias, agregaciones eclesiales (institutos, movimientos y nuevas
comunidades), seminarios, comunidades religiosas, instituciones
académicas, pero también lugares de servicio y de trabajo con los
marginados, experiencias de misión y de voluntariado. En todos estos
ámbitos la comunidad expresa su capacidad de educar en el discipulado
y de acompañar en el testimonio, en un encuentro que a menudo reúne
a personas de distintas generaciones. La piedad popular es también un
tesoro precioso de la Iglesia, que enseña camino a todo el Pueblo de
Dios. En la Iglesia nadie es mero destinatario de la formación: todos son
sujetos activos y tienen algo que dar a los demás.

145.- Entre las prácticas formativas que pueden recibir un nuevo


impulso de la sinodalidad, se debe prestar particular atención a la
catequesis para que, además de declinarse en los itinerarios de la
Iniciación, sea cada vez más "en salida". Las comunidades de discípulos
misioneros sabrán practicarla en el signo de la misericordia y acercarla a
la experiencia de cada uno, llevándola a las periferias existenciales, sin
perder en esto la referencia al *Catecismo de la Iglesia Católica*. Puede
convertirse así en un "laboratorio de diálogo" con los hombres y mujeres
de nuestro tiempo (cf. Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva
Evangelización, *Directorio general para la catequesis*, 54) e iluminar su
búsqueda de sentido. En muchas Iglesias, los catequistas son el recurso
fundamental para el acompañamiento y la formación; en otras, su
servicio debe ser más valorado y sostenido por la comunidad, alejándose
de una lógica de delegación, que contradice la sinodalidad. Teniendo en
cuenta la amplitud de los fenómenos migratorios, es importante que la
catequesis promueva el conocimiento mutuo entre las Iglesias de los
países de origen y de acogida.

146.- Además de los ambientes y recursos específicamente


pastorales, la comunidad cristiana está presente en muchas otras
instituciones de formación, como la escuela, la formación profesional, la
universidad, la formación para el compromiso social y político, el mundo
del deporte, la música y el arte. A pesar de la diversidad de contextos
culturales, que determinan prácticas y tradiciones muy diferentes, las
instituciones de formación de inspiración católica están a menudo en
contacto con personas que no frecuentan otros ambientes eclesiales.
Inspiradas en las prácticas de la sinodalidad, pueden convertirse en un
laboratorio de relaciones amistosas y participativas, en un contexto en el
que el testimonio de vida, las competencias y la organización educativa
son principalmente laicos e implican prioritariamente a las familias. En
particular, las escuelas y universidades de inspiración católica
desempeñan un papel importante en el diálogo entre fe y cultura y en la
educación moral en valores, ofreciendo una formación orientada a
Cristo, icono de la vida en plenitud. Cuando lo consiguen, se muestran
capaces de promover una alternativa a los modelos dominantes, a
menudo inspirados en el individualismo y la competencia, asumiendo así
también una función profética. En algunos contextos, son el único
ámbito en el que los niños y los jóvenes entran en contacto con la
Iglesia. Cuando se inspiran en el diálogo intercultural e interreligioso, su
acción educativa es apreciada también por personas de otras tradiciones
religiosas como una forma de auténtica promoción humana.

147.- La formación sinodal compartida para todos los bautizados


constituye el horizonte dentro del cual comprender y practicar la
formación específica necesaria para los ministerios individuales y para
los diversos estados de vida. Para ello es necesario que se realice como
intercambio de dones entre las diversas vocaciones (comunión), en la
perspectiva de un servicio a realizar (misión) y en un estilo de
implicación y educación en la corresponsabilidad diferenciada
(participación). Esta exigencia, surgida con fuerza del proceso sinodal,
requiere no pocas veces un exigente cambio de mentalidad y un
enfoque renovado de los ambientes y procesos formativos. Implica,
sobre todo, una disposición interior a dejarse enriquecer por el
encuentro con hermanos y hermanas en la fe,superando prejuicios y
visiones partidistas. La dimensión ecuménica de la formación no puede
sino favorecer este cambio de mentalidad.

148.- A lo largo del proceso sinodal se ha expresado ampliamente la


petición de que los itinerarios de discernimiento y formación de los que
se preparan al Ministerio Ordenado se configuren al estilo sinodal. Esto
significa que deben prever una presencia significativa de figuras
femeninas, instruidas en la vida cotidiana de las comunidades y una
educación para colaborar con todos en la Iglesia y practicar el
discernimiento eclesial. Esto implica una valiente inversión de energía
en la preparación de los formadores. La Asamblea pide una revisión de
la *Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis* que incorpore las
peticiones maduradas en el Sínodo, traduciéndolas en indicaciones
precisas para una formación a la sinodalidad. Los cursos de formación
deben ser capaces de despertar en los candidatos la pasión por la
misión *ad gentes*. No menos necesaria es la formación de los Obispos,
para que puedan asumir mejor su misión de componer en la unidad los
dones del Espíritu y ejercer en estilo sinodal la autoridad que les ha sido
conferida. El estilo sinodal de formación implica que la dimensión
ecuménica esté presente en todos los aspectos del camino hacia el
ministerio ordenado.

149.- En la formación del Pueblo de Dios a la sinodalidad, es necesario


considerar también algunos ámbitos específicos, a los que el proceso
sinodal ha llamado insistentemente la atención. El primero se refiere al
impacto del entorno digital en los procesos de aprendizaje, en la
capacidad de concentración, en la percepción de sí mismo y del mundo,
y en la construcción de las relaciones interpersonales. La cultura digital
constituye una dimensión crucial del testimonio de la Iglesia en la
cultura contemporánea, así como un campo misionero emergente. Por
eso es necesario cuidar que el mensaje Cristiano esté presente en la red
de formas fiables que no distorsionen su contenido de forma ideológica.
Aunque lo digital tiene un gran potencial para mejorar nuestras vidas,
también puede causar daños y perjuicios a través del acoso, la
desinformación, la explotación sexual y la adicción. Es importante que
las instituciones educativas de la Iglesia ayuden a niños y adultos a
desarrollar habilidades críticas para navegar con seguridad por la red.

150.- Otro ámbito de gran importancia es la promoción en todos los


ambientes eclesiales de una cultura de tutela y protección
(*safeguarding*), para hacer de las comunidades lugares cada vez más
seguros para los menores y las personas vulnerables. Ya se ha
comenzado a trabajar por dotar a las estructuras eclesiales de normas y
procedimientos legales que permitan prevenir los abusos y responder a
tiempo ante comportamientos inadecuados. Es necesario continuar con
este compromiso, ofreciendo una formación específica y adecuada a
quienes trabajan en contacto con menores y adultos vulnerables, para
que puedan actuar con competencia y sepan captar las señales, a
menudo silenciosas, de quienes están viviendo un drama y necesitan
ayuda. La acogida y el apoyo a las víctimas es una tarea delicada e
indispensable que requiere una gran humanidad y debe llevarse a cabo
con la ayuda de personas cualificadas. Todos debemos dejarnos
estremecer por su sufrimiento y practicar esa proximidad que, mediante
opciones concretas, les alivia, les ayuda y prepara un futuro diferente
para todos. Es imperativo que en todo el mundo la Iglesia active y
promueva una cultura de prevención y tutela (*safeguarding*), haciendo
de las comunidades lugares cada vez más seguros para los niños y las
personas vulnerables. Aunque se han tomado medidas para prevenir los
abusos, es necesario reforzar este compromiso ofreciendo formación
específica y continua a quienes trabajan con niños y adultos vulnerables.
Los procesos de *safeguarding* deben ser objeto de seguimiento y
evaluación constantes. Las víctimas y los supervivientes deben ser
recibidos y apoyados con gran sensibilidad.

151.- Los temas de la doctrina social de la Iglesia, el compromiso por


la paz y la justicia, el cuidado de la casa común y el diálogo intercultural
e interreligioso también deben ser más difundidos en el Pueblo de Dios,
para que la acción de los discípulos misioneros incida en la construcción
de un mundo más justo y fraterno. El compromiso por la defensa de la
vida y de los derechos de la persona, por el orden justo de la sociedad,
por la dignidad del trabajo, por una economía justa y solidaria, por una
ecología integral, forman parte de la misión evangelizadora que la
Iglesia está llamada a vivir y encarnar en la historia.

Conclusión

Un banquete para todos los pueblos

En cuanto desembarcaron, vieron una hoguera con pescado y pan.


Jesús les dijo: "Venid y comed". Y ninguno de los discípulos se atrevió a
preguntarle: "¿Quién eres?", porque sabían bien que era el Señor. Jesús
se acercó, tomó el pan y se lo dio, y también el pescado (Juan 21: 9,12-
13).

152.- El relato de la pesca milagrosa termina con un banquete. El


Resucitado ha pedido a los discípulos que obedezcan su palabra, que
echen las redes y las saquen a tierra; es Él, sin embargo, quien prepara
la mesa y les invita a comer. Hay panes y peces para todos, como
cuando los había multiplicado para la multitud hambrienta. Por encima
de todo, está la maravilla y el encanto de su presencia, tan clara y
resplandeciente que no se hacen preguntas. Al comer con los suyos,
después de que le habían abandonado y negado, el Resucitado abre de
nuevo el espacio de la comunión e imprime para siempre en los
discípulos la huella de una misericordia que se abre de par en par al
futuro. Por eso, los testigos de la Pascua se calificarán así: "nosotros que
comimos y bebimos con él después de su resurrección de entre los
muertos" (Hch 10,41).
153.- En el banquete del Resucitado encuentra cumplimiento la
imagen del profeta Isaías que inspiró los trabajos de la Asamblea
sinodal: una mesa sobreabundante y deliciosa preparada por el Señor en
la cima del monte, símbolo de convivialidad y comunión, destinada a
todos los pueblos (Is 25,6-8). La mesa que el Señor prepara para los
suyos después de la Pascua es un signo de que el banquete escatológico
ya ha comenzado. Aunque sólo en el cielo tendrá su plenitud, la mesa de
la gracia y de la misericordia ya está puesta para todos y la Iglesia tiene
la misión de llevar este espléndido anuncio a un mundo cambiante.
Mientras se alimenta en la Eucaristía del Cuerpo y de la Sangre del
Señor, sabe que no puede olvidar a los pobres, a los últimos, a los
excluidos, a los que no conocen el amor y están sin esperanza, porque
los que creen en Dios o no se reconocen en ninguna religión instituida.
Los lleva al Señor en la oración y luego sale a su encuentro, con la
creatividad y audacia que le inspira el Espíritu. Así, la sinodalidad de la
Iglesia se convierte en profecía social, inspirando nuevos caminos
también para la política y la economía, colaborando con todos los que
creen en la fraternidad y la paz en un intercambio de dones con el
mundo.

154.- Viviendo el proceso sinodal hemos tomado nueva conciencia de


que la salvación que hay que recibir y proclamar pasa a través de las
relaciones. Se vive y se testimonia juntos. La historia se nos presenta
trágicamente marcada por la guerra, la rivalidad por el poder, injusticias
y abusos. Sabemos, sin embargo, que el Espíritu ha puesto en el corazón
de cada ser humano un deseo profundo y silencioso de relaciones
auténticas y de vínculos verdaderos. La creación misma habla de unidad
y de compartir, de variedad y de entrelazamiento entre las distintas
formas de vida. Todo nace de la armonía y tiende a la armonía, incluso
cuando sufre la herida devastadora del mal. El sentido último de la
sinodalidad es el testimonio que la Iglesia está llamada a dar de Dios,
Padre, Hijo y Espíritu Santo, la armonía del amor que se derrama de sí
misma para darse al mundo. Caminando en estilo sinodal, en el
entrelazamiento de nuestras vocaciones, carismas y ministerios, y
saliendo al encuentro de todos para llevar la alegría del Evangelio,
podremos experimentar la comunión que salva: con Dios, con toda la
humanidad y con toda la creación. Entonces comenzaremos ya a
experimentar, compartiendo, el banquete de vida que Dios ofrece a
todos los pueblos.
155.- A la Virgen María, que lleva el espléndido título de *Odighitria*,
Aquella que indica y guía el camino, confiamos los resultados de este
Sínodo. Que Ella, Madre de la Iglesia, que en el Cenáculo ayudó a la
comunidad naciente a abrirse a la novedad de Pentecostés, nos enseñe
a ser un Pueblo de discípulos misioneros que caminan juntos: una Iglesia
sinodal.

También podría gustarte