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Castigos penales y desigualdad en México

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los castigos1 penales en nuestro país son impuestos de manera desproporcionada a un

determinado sector de la sociedad: hombres jóvenes provenientes de sectores


económicamente marginados. Sugiere que existen implicaciones prácticas negativas del uso de
castigos penales, que en Perú se reducen prácticamente en su totalidad a la imposición de
penas de prisión. Algunos estudios realizados desde la psicología social2 muestran que, al
estigmatizar y excluir a ofensores (o presuntos ofensores), el sistema penal —especialmente al
hacer uso de sanciones penales— no sólo no disuade de cometer delitos, sino que además los
promueve. Asimismo

sabiendo esto que es un castigo?

El castigo penal, que en la realidad de nuestro país se ha reducido a la aplicación de penas de


prisión y la institucionalización del sistema carcelario, implica la utilización del aparato del
Estado para producir un daño. Aunque no sea éste el propósito último de la imposición de
penas privativas de libertad, éstas implican un daño grave, directo y, contrariamente a lo que
se suele pensar, permanente para quien las recibe. Significa, además, el uso de limitados
recursos del Estado para provocar dicho daño.

Una pregunta importante, y en parte pendiente, es sobre cómo se distingue la población


nacional de la población en reclusión. La información incluida en este texto proviene de
la Tercera Encuesta a Población en Reclusión realizada por el Centro de Investigación y
Docencia Económicas (CIDE). Este ejercicio se lleva a cabo periódicamente en el
Distrito Federal y en el Estado de México. Esta información se complementa con los
datos de la Primera Encuesta Realizada a Población Interna en Centros Federales de
Readaptación Social.
En el caso del Distrito Federal y el Estado de México, aunque la población penitenciaria
de dichos estados represente 28% de la población total de presos en el país (Azaola y
Bergman, 2009: 7), muestra sólo una parte de la población en reclusión. Además, dichos
estados tienen diferencias importantes con el resto del país.
En México, como en otras partes del mundo, la tendencia apunta hacia la ampliación del
uso del derecho penal, sobre todo del uso de penas de prisión. 11 En el caso mexicano
esto se puede ver en cuatro dimensiones:
Primero, ha aumentado el número de conductas tipificadas como delitos. Por ejemplo, el
Código Penal Federal de 1931 contenía un total de 73 conductas tipificadas como delito.
El Código Penal del Distrito Federal (lugar donde hasta 2002 se aplicaba el Código
Federal) hoy contiene 137 conductas tipificadas como delitos.12
Segundo, ha habido un incremento en el número de delitos castigados con penas
privativas de la libertad. Por ejemplo, en el Código Penal Federal de 1931, 65 de los 73
delitos contemplaban pena privativa de la libertad como castigo. En el Código Penal
para el Distrito Federal (vigente al 20 de enero del 2011), 112 de los 137 delitos son
castigados con cárcel.13
Tercero, la duración de las penas privativas de la libertad también ha aumentado. Así,
por ejemplo, en el Código Penal Federal de 1931, la sanción media para homicidio
simple era de 11 años y medio, y 16 años y medio en caso de homicidio calificado. Para
noviembre de 2010, el homicidio simple estaba sancionado con 18 años de cárcel y el
calificado con 45 años de prisión.14
Cuarto, ha habido una serie de reformas legales que limitan las posibilidades de acceder
a libertad bajo fianza o a beneficios de preliberación. Por ejemplo, el artículo 19 de la
Constitución mexicana, reformado en 2008, ahora establece un listado más amplio de
delitos por los cuales el o la juez deberá dictar de manera oficiosa la prisión
preventiva.15
Es importante señalar que la estigmatización está ligada a contextos sociales específicos en los
que los valores y las categorías son conocidos y compartidos por la mayoría de los miembros
de sociedades determinadas. De esta forma, lo que se considera como atributo negativo en
una sociedad puede considerarse como un atributo positivo en otra. La gordura, por ejemplo,
es considerada como un rasgo de belleza y fortuna en algunas sociedades, mientras que en las
culturas occidentales se considera un atributo negativo, ligado inclusive a fallas graves de la
persona. Para entender el contexto de los encarcelados/excarcelados, es relevante el hecho de
que tanto el grupo dominante como el dominado pueden estigmatizar y evaluar
negativamente al grupo opuesto (Major y O’Brien, 2005: 395). Sin embargo, dado que el
primero controla los accesos a los recursos, sus estereotipos suelen tener mayor oportunidad
de prevalecer y reproducirse. Lo relevante para que un estigma opere es que los estereotipos y
las evaluaciones

Conclusiones
La sociedad mexicana, como otras sociedades latinoamericanas, está marcada por
fuertes desigualdades sociales. El proceso penal y las aplicaciones de castigos parecen
abonar a esta marca criminalizando y excluyendo a sectores de la población que
comparten ciertas características sociales y cuyas necesidades, además, habían sido
previamente desatendidas por la sociedad. Ello se justifica discursivamente por una
supuesta prevención del delito, argumentando que la aplicación de penas de prisión
ayudará a desincentivar conductas delictivas, a la vez que incapacitará y reeducará a
quienes ya hayan delinquido.
La teoría sobre la estigmatización, sin embargo, nos ayuda a ver que esto no sucede así.
El sistema penal, y sobre todo nuestra actual forma de castigo basada en la exclusión de
ciertos grupos, genera una (correcta) percepción de injusticia y de falta de neutralidad

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