0% encontró este documento útil (0 votos)
84 vistas151 páginas

Elegía de Alondra

Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
84 vistas151 páginas

Elegía de Alondra

Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

BALDOMERO FERNANDEZ MORENO

ELEGIA DE ALONDRA
POEMAS INEDITOS
Selección y prólogo
de Mario Benedetti

SEIX BARRAI.
Maqueta de cubierta: Mario Blanco

© 1998: Herederos de Baldomero Fernández Moreno


© de la selección y el prólogo: 1998, Mario Benedetti

Derechos exclusivos de edición en castellano


reservados para América del Sur:
© 1998: Compañía Editora Espasa Calpe Argentina S.A./Seix Barral
Grupo Editorial Planeta
Independencia 1668, 1100 Buenos Aires

Hecho el depósito que indica la ley 11.723


ISBN 950-731-212-9

Impreso en la Argentina

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reprodu­
cida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico,
químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor.
Prólogo
M a r io bened etti

¿Cuál fue la originalidad esencial de Baldomero Fer­


nández Moreno? ¿Qué elem ento nuevo introdujo en la
poesía argentina? Borges da una prim era pista cuando le
atribuye una “percepción genial del mundo exterior”, y,
ya desde Las iniciales del m isal (libro inaugural de Bal­
dom ero), considera que en esa obra Fernández Moreno
“había ejecutado un acto que siem pre es asom broso y
que en 1915 era insólito. Un acto que con todo rigor eti­
mológico podem os calificar de revolucionario. Lo diré
sin más dilaciones: Fernández Moreno había mirado a su
a lre d ed o r”. Es rigurosam ente cierto, p ero ¿acaso los
otros poetas no habían mirado? ¿Cuál es la actitud de es­
te m ira d o r que lo distingue de sus colegas y coetáneos?
“Un ojo de gavilán sin gavilán”, sentenció enigm ática­
m ente Martínez Estrada, y el propio Fernández Moreno:
“El p o eta debe caer com o un halcón sobre su p resa”.
Más que calificar a Fernández M oreno com o un ave de
rapiña de las letras, esas citas sirven para conjeturar que
el alrededor no es para él un simple (aunque brillante)
decorado, com o a veces aparece en Lugones; ni tam po­
co m ero instrum ento, com o con frecuencia se vislum­
bra en Banchs; ni m ateria prim a de un tropo, com o en
el Güiraldes de El cencerro de cristal; ni m ucho m enos
una “continuación de la nada”, com o en Macedonio Fer­
nández. A unque hoy parezca paradójico, es p robable
que el contem poráneo argentino con el que Fernández
Moreno tuvo más afinidad en su actitud ante el paisaje
urbano, sea el Borges que va decantándose en hervor de
B u en o s Aires (1923), L u n a de enfrente (1925) y Cua­
derno San M artín (1929). Pero aun así, en Borges la no­
menclatura ciudadana accede a su poesía com o algo que
se irruye va a ser añorado, com o anticipo d< ¡mia nostal­
gia qu vendrá, en tanto que Baldomero 1; asum e con
un sentido de posesión, y a veces com o p i v 1 \to para
colgarle nostalgias, repasos de lo que él i-r,' i>o fue. Por
algo dice Martínez Estrada que Baldomero es “un poeta
de su pretérito”.
Sin em bargo, la originalidad de Fernández M oreno
está tal vez en la calidad de su mirada y en la sencillez
con que transm ite ese resultado visual. Si bien su com u­
nicación con los seres y las cosas suele revelar un alarde
posesivo, tam bién es cierto que posee una claridad, una
diafanidad que hasta entonces no había tenido virtual­
m ente cultores en la poesía argentina de com ienzos de
siglo. Justam ente, la espectacular irrupción de Rubén
Darío, con su vocabulario elegante, suntuoso e irreal,
con su desapego del contorno social, había engranado
arm oniosam ente con cierta vocación de lujo verbal y
poesía pura, que siem pre reaparece en las sucesivas fa­
ses de la literatura argentina.
En Buenos Aires, Lugones pasa a ser el m odernism o
p or antonomasia, tal vez con la única em ulación notoria
de Julio H errera y Reissig en la otra orilla del Río de la
Plata. Fernández M oreno adm ira tanto a Darío com o a
Lugones: de esa devoción han quedado repetidas cons­
tancias en sus textos (v. gr. “Colgando en casa un retra­
to de Rubén D arío”, “Elegía a Leopoldo Lugones”). Sin
embargo, ni uno ni otro influyen sobre su poesía: p o r el
contrario, pueden detectarse huellas del sencillism o de
Fernández Moreno en las últimas etapas de Lugones. Lo
cierto es que Baldomero aporta, ya desde su prim er li­
bro una nueva m anera de tratar la palabra y el verso, la
realidad y el sueño, que se distancia ostensiblem ente de
los usos y abusos modernistas. La palabra deja de ser só­
lo palabra, para ser expresión de algo concreto, usual,
cotidiano. El verso adquiere una flexión impresionista;
la rima desecha las extrañas, barrocas consonancias, pa­
ra establecer nuevas armonías que no son la espontanei­
dad pero la imitan con éxito. Sólo Antonio Machado su­
pera a Fernández Moreno en el uso “natural” de la rima;
esa rima que no se anuncia, sino que buenam ente llega.
Borges llega a sostener, con dem asiada indulgencia:
“Fernández Moreno, en quien algunos ven la influencia
de los Machado, pero que es más intenso, más rico”.
Precisam ente A ntonio M achado ( “grave y sacerdo­
tal”, según Baldomero) es una de las lecturas que más in­
fluyen en Fernández Moreno; al punto que, sin Macha­
do, acaso su poesía habría seguido otro cam ino. De
todas maneras, si, com o dice Borges, “cada generación
elige sus precursores”, tam bién es cierto que cada poe­
ta crea sus propias influencias; busca, hasta que las en­
cuentra, aquellas lecturas que confirman su propia incli­
nación; sin duda le enseñan algo, pero siem pre en su
rum bo. P uede ser que los poetas que no eclosionan
sean precisam ente aquellos que, a pesar de buscarla con
afán, no encontraron su influencia adecuada.
En la obra p o ética de Fernández M oreno hay fre­
cuentes señas de la influencia de Antonio Machado, pe­
ro las semejanzas del poem a “U no” del prim ero, con el
“Llanto p o r las virtudes y coplas por la m uerte de Don
G uido”, del segundo, antes que influencia o simple imi­
tación “a la m anera d e ”, asume más bien el carácter de
homenaje. Dice Machado en el “Llanto”:
Cuando mermó su riqueza
era su monomanía
pensar que pensar debía
en asentar la cabeza.
Y sentóla
de una manera española,
que fu e casarse con una
doncella de gran fortuna [...]

Hoy nos dice la campana


que han de llevarse m añana
al buen don Diego, m uy serio,
camino del cementerio.

Y p or su parte Fernández Moreno, en “U no”:

Roído de aburrimiento
y harto de la travesía
desde su infancia vacía
al poblado polvoriento

casarse un día decide;


le pone los puntos a una
niña que tenga fortuna, [...]

Camino del cementerio


ha de ir un m undo de gente.

Las señas sentimentales de Bécquer em ergen asimis­


mo en ciertos períodos de Fernández Moreno, por ejem­
plo en “A un ancla vieja”:

En un rincón profundo abandonada


yaces del barco, ancla poderosa.

que trae el inevitable recuerdo del arpa arrinconada del


poeta sevillano.
La veta rom ántica, desairada p o r los m odernistas,
com parece interm itentem ente en la poesía de Baldome­
ro. Es quizás el m ayor riesgo que corre el sencillism o
del p o eta argentino, ya que a veces su veta rom ántica
linda con la cursilería o sucum be desprejuiciadamente a
ella. No se trata sin embargo de la típica cursilería porte-
ña, asumida y trascendida por el tango, sino más bien de
una velada herencia del romanticismo español, que ha­
bía elaborado la correspondiente retórica verbal de esa
dulzura. Acaso esa afectividad de raíz hispana contribu­
ya para que Fernández Moreno no participe de una ver­
nácula asunción del tango.
Vale la pena señalar que la importancia del legado es­
pañol en la vida y en la obra de Fernández M oreno, se
hace presente en otro rasgo de su postura ante el alrede­
dor. Por un lado está la nostalgia, no sólo de la aldea es­
p a ñ o la , sino tam bién del Madrid de la prim era década
del siglo. Tanto en su poesía como en su prosa, Fernán­
dez Moreno hace constante referencia a esos años, pero
se trata de una nostalgia inmóvil; los críticos mal pensa­
dos sostienen que es m antenida fundam entalm ente co­
mo aprovecham iento literario, algo que es obviamente
refutado p o r la sinceridad que emana de la prim era par­
te de Vida, precisam ente referida a aquellos años. Tam­
bién aquí asoman lecturas hispánicas, sobre todo Azorín
y G abriel Miró, pero la prosa evocativa de Fernández
M oreno es siem pre m enos helada, y p o r ende más co­
municativa y vital que la de aquellos refinados cultores
de la palabra y del paisaje. Galdós, en cambio, una de las
más sostenidas admiraciones de Fernández Moreno, no
tuvo ninguna influencia en su prosa.
Baldomero pasó sus años argentinos (y no sólo los in­
mediatos a su regreso) recordando a España, pero tam ­
bién evitando volver a ella. ¿Por qué esa contradicción?
“Quizá lo que él preservaba no era España”, dice su hijo
César, “sino su añoranza, su nostalgia inmigratoria”. Tal
vez temió cotejar su idealizada memoria de infancia con
una realidad inevitablem ente transform ada po r el tiem ­
po, las contradicciones internas, las sucesivas generacio­
nes, y también, por supuesto, la guerra civil y su lastre el
franquismo. Prefirió conservar invicto su recuerdo, y de
paso, nutrirse poéticam ente de él, lo cual (después de
Dickens, Twain, Proust, y hasta de sus com patriotas Sar­
miento y Cañé) no constituye por cierto irredimible pe­
cado. Ese aprovecham iento literario es sim plem ente una
consecuencia de su inalterable apego a aquella versión
personal, y algo ingenua, de la felicidad.
Baldomero, nacido en Buenos Aires el 15 de noviem­
bre de 1886, y trasladado con su familia a España desde
1892 a 1899, regresa en ese últim o año a la Argentina,
ansioso p or reencontrar su ciudad natal, pero pletórico
de paisajes españoles. Años después, cuando com ienza
a escribir, el paisaje (tanto el rural com o el urbano) del
país recuperado, aparece en su poesía con m atices de
d escubrim iento. No es el co n to rn o de a1o,>; ^ ha
crecido con él, sino de quien accede a t ^ re d ed o r
con una mirada que descubre e inaugura: el v >de ^
lán sin gavilán.
Borges ha señalado que en Fernández Moreno “la fal­
ta de tradición le ha servido para una original visión de
la llanura”. Lo que en un poeta sim plem ente vernáculo
podría ser redundante, para el que estuvo largam ente
ausente (y más aún, en años de infancia) es poco m enos
que revelación. Valentín de Pedro califica a Fernández
Moreno com o “poeta entre dos nostalgias”, y es precisa­
m ente ese cruce, ese roce, el que a veces provoca la
chispa de originalidad. El tan justam ente celebrado poe­
ma “Paisaje”:

Ocre y abierto en huellas, el camino


separa opacamente los sembrados...
Lejos, la margarita de un molino.
es la quintaesencia de un tem a recurrente en su poesía:
los molinos.

Altos, férreos, sonoros, elegantes,


entre eucaliptus, álamos y pinos,
veo desde el balcón treinta molinos
de metálicas ruedas chispeantes.

Grises por la m añana unos instantes,


áureos en los momentos vespertinos,
son en la noche treinta capuchinos
envueltos en las sombras circunstantes.

Azul batiendo o nieblas ovillando,


siempre, hermosos molinos, trabajando,
imagen sois del pensamiento mío:

cercana está del cielo m i cabeza,


mas, cante m i alegría o m i tristeza,
como vosotros giro en el vacío.

Hay ahí una com paración implícita, no exactam ente


cultural sino sim plem ente visual. Cuando Fernández
M oreno descubre los molinos del cam po argentino, es­
tá a su vez rem em orando y redescubriendo los lejanos
m olinos del cam po español. Son distintos, claro, y esa
diferencia acentúa el atractivo. El popularísimo “Setenta
balcones y ninguna flor” com parece asimismo como un
cotejo, no tanto con otros cercanos balcones porteños,
com o con los remotos y tan floridos balcones españoles.
El hecho de no haberse despojado, hasta su m uerte
en 1950, del acento español, acompaña otro síntoma in­
negable: tam poco el lenguaje de su poesía se despojó
por com pleto del acento español. Virtualmente no adop­
ta el “v o s”, y cuando, en algún recuerdo, m enciona al­
gún “ch e”, suena com o la constancia folclórica de un tu­
rista asombrado. Pocas son las palabras indudablem ente
p orteñ as que incorpora a sus poem as, que en cam bio
abundan en términos castizos, totalm ente ajenos al habla
coloquial argentina.
Fernández M oreno es norm alm ente incluido (a ve­
ces, con Alfonsina Storni) en una generación in te rm e­
d ia entre el m odernism o y el vanguardismo, pero tam ­
bién es un poeta interm edio entre España y Argentina.
Era ésa su ubicación natural, y si hizo poco p o r salirse
d é ella, estuvo en su pleno derecho, ya que no visitó
sim plem ente España, sino que en Bárcena y Madrid vi­
vió una etapa decisiva y formadora: la que va de los 6 a
los 12 años. En su prosa autobiográfica, Baldomero re­
coge un recuerdo familiar que le atribuye, cuando era
todavía un niño que casi no hablaba, haber dicho la pa­
labra m arinero. Una palabra que alude al mar, ese mis­
terioso mar que separaba infancia y patria, pero que era
asimismo un enlace entre una y otra.
Debido probablem ente a esa ambivalencia, la inser­
ción de Fernández Moreno en el medio argentino no fue
instantánea sino lenta y cautelosa. “Un forastero en su
tierra natal”, así lo define Martínez Estrada. Por otra par­
te, la situación familiar en Bárcena era boyante, mientras
que años más tarde, en A rgentina, Baldom ero se vio
obligado a enfrentar las deudas familiares. Y en tanto
que la aldea española apareció com o la felicidad irre­
p etib le, en A rgentina debió ejercer du ran te una larga
tem p o rad a y sin dem asiada vocación, la p rofesión de
m édico. Acaso este desajuste profesional sea su única
coincidencia con Macedonio Fernández, abogado, des­
pedido com o fiscal porque no acusaba a nadie.
Más que el acercam iento de Baldomero a su contor­
no, es éste el que va atrayendo paulatinam ente su inte­
rés. Sea p or el afán com parativo con el pasado hispano,
o p o r m era reacción de una sensibilidad ya adulta, Fer­
nández M oreno em pieza a com unicarse con el m edio,
con los seres y las cosas que le rodean, y, com o no siem­
pre obligatoria consecuencia, tam bién con el lector. Es
éste el prim ero en registrar que, a diferencia de simbo­
listas y modernistas, este poeta le habla con claridad de
objetos y estados de ánimo que él tam bién conoce; sus
m etáforas no son rebuscadas ni insólitas, sim plem ente
establecen nexos entre algo que él, com o lector, cono­
ce, y otra cosa o concepto o persona que también le son
familiares. El nexo no es costum brista sino poético; el
resultado es sin duda poesía.
Con otro estilo y otro talante, Fernández M oreno
transita un camino a veces cercano al de Evaristo Carrie­
go, aunque Baldomero posea un mejor instrum ento for­
mal, y Carriego un saludable desparpajo para la creación
de mitos populares. La com unicación de Fernández Mo­
reno con el habla popular no es particularm ente abier­
ta ni es por supuesto la ideal. Sin embargo, vale la pena
recordar que Borges ha confesado que, para escribir Lu­
n a de enfrente, adquirió un diccionario de argentinis­
m os y trató “de poblar el libro con todas las palabras
que estaban allí”. Y reconoce: “hubo entonces un exce­
so de criollismo, de tono familiar, que tam poco es el to­
no de Buenos Aires”. En cambio, los limitados vínculos
de Baldomero con el habla argentina no se establecen a
través de un diccionario sino directam ente; de ahí sus
deficiencias y debilidades, pero también su frescura.
En alguna ocasión la crítica ha señalado el distancia-
miento, la no participación, como rasgos de la poesía de
Fernández Moreno. Pero en esa presunta carencia inter­
viene otro sesgo, ya personal, del carácter del poeta: su
hosquedad, su faceta de hom bre retirado, de hom bre en
soledad. Sólo el am or (en el ciclo de Versos de Negrita,
pero tam bién en los poem as inéditos de El libro de Sa­
ra y Elegía de A londra, una selección de los cuales se
publica aquí p o r vez prim era) enternece y colorea ese
tem ple, alegra sus m etáforas, moviliza su imaginación.
Pero aun en pleno territorio del amor, y tal como si qui­
siera defenderse de su dulzura y otras tentaciones, crea
un poem a tan m inucioso y adusto com o el “Soneto de
tus visceras”, uno de los más originales de toda su obra.
Por lo común, si bien “mira a su alrededor”, Fernán­
dez M oreno lo hace com o el inveterado individualista
que es. Su personalidad, que (salvo en los lapsos de de­
presión) es fuerte, se instala en el centro de su obra, y
en la lectu ra que suele h ac er el prójim o, aparece ese
hom bre, el semejante, el solo y algo huraño semejante.
Quizá sea ésta la razón de que, a pesar de sus nexos te­
m áticos con la realidad, su poesía sólo indirectam ente
roce lo social. Después de todo, era lógico que el grupo
de Boedo, con sus definiciones políticas, sus inquietu­
des comunitarias, su coherencia ideológica, reclamara a
Fernández Moreno para su tienda.
En La realidad y los papeles, César Fernández More­
no incluye varios fragm entos de cartas que le escribió
Enrique Amorim (el novelista uruguayo que fue uno de
los m ejores am igos de Baldom ero, y luego de C ésar)
con motivo del libro Introducción a F ernández M ore­
no, que César publicó en 1956. Amorim, que, a pesar
de su condición de uruguayo, siem pre se había sentido
ligado a la literatura argentina de intención social, re­
pro ch a a César no h aber enfatizado “las relaciones de
Baldomero con la escuela de Boedo”. “Lo queríam os pa­
ra nosotros, en sum a”, dice Amorim, “y todo lo explicá­
bamos desde nuestro punto de vista social”. Y el fustazo
del implacable amigo alcanza al propio Baldomero: “Se
sometió horriblem ente a las gentes de la Academia, en
una dram ática debilidad que lo alejó de las gen tes de
Boedo, digamos así; él, populista, caracho, hasta más no
p o d er”.
Es p o r lo m enos explicable el retroactivo e indigna­
do estupor de Amorim, ya que Baldomero poseía todos
los instrum entos adecuados para haber sido el p o eta so­
cial de su generación. Pero Amorim, que lo conocía tan­
to, y tanto lo admiraba (alguna vez, en su linda y acoge­
dora casa de Las Nubes, en Salto, escuché a Enrique ha­
blar larga y cálidam ente de su amigo, ya p o r entonces
desaparecido), seguram ente no se le ocultaría que esa
reticencia social de Baldomero era sólo una forma de su
im placable individualismo. Evidentem ente, se sabía in­
capacitado para com prom isos gregarios, así incluyeran
éstos el m ejor de los mensajes y dem ostraran una inso­
bornable entereza. Tal vez hizo bien. Si no estaba con­
vencido de la función social, que estaba a su alcance, es
pro b ab le que sus poem as “co m prom etidos” hubieran
sonado a hueco.
Esa distancia que inevitablem ente puso entre lo co­
lectivo y lo individual, limitó, creo que injustamente, la
p royección de su obra. En su m om ento, los jóvenes le
rodean y le acompañan. Su obra significó para ellos la de-
sacralización de la poesía, la m irada a lo cotidiano, el
abandono de la pom pa verbal. Es en ese sentido que in­
fluyó sobre ellos y el sencillismo fue a m enudo nombra­
do como una escuela. “No creo ser el creador de Escuela
alguna”, se indignaba Baldomero, quizá porque conside­
raba que la simple noción de escuela iba en desmedro de
su obstinado individualismo.
Varios de esos jóvenes integraban el grupo de Boedo
(opuesto al de Florida, acaudillado por Borges y signado
p o r el ultraísmo). Roberto Giusti definió a los de Boedo
com o “un grupo de poetas —que podríam os llamar rea­
listas—influidos bastante p o r el sencillism o de Fernán­
d e z M oreno, im presionistas fragm entarios que no des­
precian la anécdota y el retrato”. Entre ellos, o entre sus
afines, estaban Roberto Mariani, Nicolás Olivari y sobre
todo Raúl González Tuñón, sólo cinco años m enor que
Fernández Moreno y destinado a ser una suerte de men­
to r para la subsiguiente prom oción poética. Se cuenta
que precisam ente Nicolás Olivari, al ser interrogado en
una encuesta de 1923 sobre cuáles eran los tres o cuatro
poetas argentinos, mayores de 30 años, que más respe­
taba, respondió: “Fernández M oreno, Fernández More­
no, Fernández M oreno”. Sin embargo, el conocim iento
cabal y la influencia de Fernández Moreno parecen aca­
barse con esa prom oción. Luego, si bien hay varios es­
critores de los años cuarenta y cincuenta que son influi­
dos p o r la escuela de Boedo, p o r G onzález T uñón y
Roberto Arlt (una de sus revistas se llamó La rosa blin­
dada, título de un libro de González Tuñón), la obra de
Fernández Moreno no es considerada po r aquellos poe­
tas com o la de un precursor. Tal omisión es indudable­
m ente injusta, ya que el aporte sustancial de Fernández
Moreno tam bién llega a ellos, aunque por vía indirecta.
Raúl González Tuñón (excelente poeta que a su vez no
fue debidam ente valorado por los existenciales agrupa­
dos en la revista Z o n a ) iluminó tam bién lo cotidiano y
supo im pregnarlo de un sentido social, p ero adem ás
asumió ciertos evidentes logros del ultraísm o. No obs­
tante, no sé si González Tuñón sería posible sin Fernán­
dez M oreno, es d ecir sin la alternativa que éste abrió
desde Las iniciales del m isal (1915). El prim er libro de
González Tuñón, El violín del diablo, aparecería once
años después, cuando Fernández M oreno ya había p u ­
blicado otros diez libros. No creo que aquellos poetas
del cuarenta y el cincuenta que más o m enos procedían
de Boedo, ignoraran la obra de Fernández Moreno, pero
en definitiva prefirieron a González Tuñón, en parte por
razones literarias, pero sobre todo por las no literarias.
No pienso sugerir aquí períodos o fraccionam ientos
en la obra de Fernández M oreno, distintos de las tres
etapas (sencillista, form al, sustancial) identificadas por
César Fernández Moreno, quien las ha tratado con sufi­
ciente extensión y profundidad en sus libros In tro d u c­
ción a F ernández M oreno y La realidad y los papeles.
Casi todos los críticos posteriores a César hacen suya la
atinada clasificación y hasta ayudan a docum entarla.
A pesar de estar de acuerdo con lo esencial del dise­
ño, sólo quiero agregar un detalle: no creo que se trate
de tres etapas con fronteras precisas, definidas. La se­
gunda etapa, por ejemplo, o sea la fo rm a l, sigue siendo
sencillista, sólo que es notoria la prioridad que Fernán­
dez Moreno concede entonces a la forma; por otra par­
te, la etap a tercera, o sea la su sta n cia l, sigue siendo
fo rm a l, pero en ella la forma no tiene protagonism o si­
no que vuelve a ser, com o en la etapa inicial (la senci­
llista) un m ero sostén: la prioridad es otra vez para el
co n ten id o , en este caso la desolación. Es d ecir que
cuan d o el p o eta lleva en sí m ismo una contradicción
(España/Argentina) o una eclosión de am or (Negrita) o
un angustioso interrogante (ni más ni m enos que ante
la m uerte), la forma queda en la sombra: está presente
(Baldomero será siem pre un poeta formal) pero no es
esencial ni protagónica. En cambio, cuando el poeta se
estabiliza, construye una familia, obtiene un reconoci­
m iento público, entonces su atención prim era es para
la forma, com o si el autodidacta quisiera dem ostrar a
sus colegas y coetáneos que él tam bién sabe sortear las
dificultades de una estrofa com pleja, participar en el
juego académico de la retórica. Esto no significa de nin­
gún m odo que la segunda etapa sea prescindible. Por lo
pronto incluye poem as tan espléndidos com o “La torre
más a lta”, “D écim as a la v ida”, y fundam entalm ente
“Epístola de un verano”.
Por último, ¿dónde situar los poem as inéditos, pre­
sentados en este volum en, casi siem pre posteriores a
P en u m b ra; esos secretos, escondidos, casi clandestinos
(Libro de Sara, Elegía de A londra), que aun después de
su m uerte fueron m antenidos casi cincuenta años en la
ineditez p o r expresa indicación de su autor? Son p o e­
mas en general posterio res al esquem a en tres etapas
creado p o r César, y quizá no coincidan plenam ente con
los rasgos particulares de ninguna de ellas.
Poemas de amor, con distintas m otivaciones (el Li­
bro de Sara, erótico y obsesivo; la Elegía de A londra,
último fuego, de calidez y espiritualidad casi paternales)
tienen una nerviosa escritura. Fechados y escritos casi
siempre en cafés de Buenos Aires (Richmond, Mundial,
Boston, La Perla, El Molino, etcétera), suponen m ensa­
jes a destinatarias muy concretas. No son exactam ente
sencillistas, tal vez p o rq u e en la m adurez el am or es
siem pre algo com plicado; no son estrictam ente fo r m a ­
les, porque la forma es allí un m ero pretexto para el re­
cado urgente, perentorio; sí son sustanciales, pero con
una sustancia que co n cu rre sobre to d o en las en tre li­
neas, en los entreversos. Aunque frecuentem ente aluda
a su edad, a lo perdido, la sustancia (que es sobre todo
angustia, vecindad de la m uerte) a veces no es tal, sino
descuento imaginario de ese sustrato añoso. Y es com ­
prensible que así sea: el poeta, com o cualquier m ortal
en su último alarde de amor, no quiere aparecer ante el
objeto amado tan vencido com o se cree, tan gastado co­
mo se siente, tan m archito com o le enrostra el espejo.
Todo ello otorga sin em bargo a esos poem arios una
dramaticidad sólo com parable a la de P en u m b ra (libro
tam bién publicado tras su m uerte), pero con una dife­
rencia, ésta sí sustancial: en P enum bra la m uerte es, co­
mo anota Díaz Plaja, “vacío de una realidad huida”, y en
definitiva un sentim iento de desolación. En los dos li­
bros inéditos (sobre todo en el prim ero) hay una rela­
ción vida / m uerte que es afrontada con espasmos de es­
peranza, con ese ambiguo gozo de vivir que, a cualquier
edad, proporciona el amor.
¿Qué afinidades y diferencias tiene Fernández More­
no con sus coetáneos más ilustres? Hay evidentem ente
una cualidad formal, casi académica, que lo acerca a En­
rique Banchs; una capacidad de ira que lo vincula a Lu-
gones y a Martínez Estrada (tres cóleras bien diferencia­
das y hasta de distinto signo, de las cuales la m enos
cáustica es sin duda la de Baldom ero); un deliberado
ejercicio del hum or en el que no se encuentran, pero sí
se cruzan, M acedonio Fernández, Borges, Alfonsina
Storni y Fernández Moreno. El de M acedonio es el hu ­
m or ab stracto y a la vez espontáneo: una form a casi
exorcista de burlarse de la nada y a la vez de asumirla. El
hum or es allí una forma del sueño y viceversa. El de Bor­
ges (que alcanza su nivel más creativo en los personajes
que com pone con Bioy Casares: el más notorio es Isidro
Parodi) es fundam entalm ente una ironía de im pronta
más británica que criolla, y justamente ahí reside uno de
sus atractivos indudables: algo así com o si su admirado
C hesterton se pusiera a hacer brom as sobre la Pampa.
En Alfonsina, el hum or es un recurso para burlarse de sí
misma, para ironizar a sus expensas. Precisamente, al re­
ferirse al hum or en Fernández M oreno, Alfonsina dice
algo que sería m ucho más exacto si lo refiriera a sí mis­
ma: “Cuando se hace ironía con un sentim iento es por­
que no se puede soportarlo”. El dictam en no es tan ver­
dadero con resp ecto a Fernández M oreno; en él, el
h u m o r tiene liviandad, es casi una burla al pasar, una
brom a sin odio. Cuando se pone verdaderam ente coléri­
co, no acude al hum or ni siquiera a la ironía; su verso se
vuelve ácido, es un látigo. En cambio, cuando (para usar
la terminología de Alfonsina) no puede soportar sus sen­
tim ientos, no ironiza sino que esconde su angustia en la
penum bra; a tal punto que ni siquiera se atreve a escri­
bir sus poemas, apenas si los dicta.
Es claro que hay otros rasgos de Fernández Moreno
que se mezclan con los de sus contem poráneos. En casi
todos f ilos existen por supuesto modos y normas de co­
herencia. Si Lugones es incoherente en el escalonamien-
to de sus sucesivas coherencias, y Macedonio Fernández
tiene la extraña coherencia de sus geniales incoheren­
cias, Baldomero en cambio tuvo la coherencia de sus co­
herencias; en tre otras, el ordenam iento de su propia
obra. Jamás habría dejado sus poem as, com o hizo efec­
tivam ente Macedonio, olvidados en la caja de galletitas
de un amigo.
Las diversas etapas de Fernández Moreno se diferen­
cian, pero a la vez se com plem entan; no hay contradic­
ción, sino evolución, desarrollo. De esa coherencia de
obra y de vida sólo se excluyen voluntariam ente los
poem as del final. No obstante, en un ademán de última
lucidez, los sitúa al margen de su Obra O rdenada (en la
que en cambio incluye P enum bra), com o si quisiera co­
m unicarnos que ése es p o r fin su desorden, el enigm a
de su último aleteo vital. El, que fue tan ordenado en su
vida familiar, en su trayectoria profesional, en la asun­
ción de sus recuerdos, en la clasificación de su obra, se
desordena por fin en el rescate del amor, pero aun así
tom a las debidas precauciones para que ese desorden
no desbarate su orden. Si deja esos dos libros en manos
filiales y confiables, no es para que éstas p ro ce d an a
quemarlos (com o sí instruyó Kafka al por fortuna deso­
b ed iente Max Brod) sino para que los publicaran sólo
cuando el intocable ord en ya no corriese peligro. Lo
cierto es que en la alternativa de ser fiel más allá de su
m uerte a una estructura deliberada y sin excepciones, o
agregar un lozano estram bote a ese riguroso soneto que
fue su vida, se decide por esta última opción, sin que le
im porte demasiado aplazar sine die el conocim iento pú­
blico de ese im portante tram o de su existencia y de su
escritura, tal vez po r p resentir que, aunque la vida sea
corta (lo fue en su caso: murió a los 63 años), la posteri­
dad en cambio puede ser larga. “Una cosa soy yo y otra
es mi destino”, dice en La m ariposa y la viga, com o si
el y o fuera la vida que él se construye con deliberación,
y el destino, en cambio, la vida que viene a él sin previo
anuncio.
En el fondo, los poetas cuidan casi siempre su último
am or (o penúltim o, cuando todavía ignoran que habrá
uno más) com o a un último hijo, o quizá com o a un pri­
m er nieto. El Libro de Sara y la Elegía de A londra son
los equivalentes de Versos del capitán, de Neruda; sólo
que el chileno fue más im paciente y los publicó en vida.
“No quiero datos tras de mi frente, sino fantasmas”,
escribió Baldomero en La m ariposa y la viga, libro que
no sólo incluye lo m ejor de su prosa, sino también esbo­
zos de un arte poética que nunca llevó específicamente
a cabo. Para su bien o para su mal, en los últimos tramos
los fantasmas com parecieron en P enum bra, com o áni­
mas, y en los dos libros inéditos, com o dulces aunque
dram áticas apariciones. No hay en éstas el deslum bra­
m iento enam orado de Versos de N egrita sino el fugaz
ren a cer del cu erp o y el alma que se aferran a la vida.
Tras el asfixiante contacto (P en u m b ra ) con la noción
de la m uerte, ahora encierra pasión y resurrección en
un puño, com o si una y otra fueran lo que alguna vez él
mismo llamó “las flores desesperadas de mis sueños”.
El agobio y el desamparo de P enum bra es, después
de todo, una variante (en este caso frustrada) del persis­
tente fantasma que recorre la cultura argentina: el suici­
dio. En el breve lapso que m edia entre 1937 y 1940 se
suicidaron nada menos que Horacio Quiroga (nacido en
el Salto uruguayo, escribió y publicó lo más representa­
tivo de su obra en Argentina), Leopoldo Lugones, Alfon­
sina Storni, Enrique Méndez Calzada. En 1928 se había
eliminado Francisco López Merino, y tam bién hay suici­
dios más recientes: Alejandra Pizarnik en 1972; Marta
Lynch, en 1985.
Entre 1937 y 1939, con motivo de la muerte de su hi­
jo Ariel, Fernández M oreno sufre una profunda d ep re­
sión. No se mata, pero bordea peligrosamente la posibili­
dad de autoeliminación. P enum bra es, entre otras cosas,
el testim onio de ese íntimo derrumbe, y el propio César
opina: “Esta poesía reem plaza al suicidio, es poesía del
bien perdido, de la nada; la armonía de vida y poesía se
obtiene, paradojalm ente y con dolor, en tre el arte sin
querer subsistente y la vida desaparecida, escindida por
una intolerable solución de continuidad [...] La natural
consecuencia del despojo es el deseo de la m uerte, co­
mo lo dem uestran estos octosílabos que son, al mismo
rnpo, una versión infrarrealista del gauchesco ‘entié­
s e n m e en campo verde / donde me pise el ganado’:

Si con doblar la cabeza


bastara para acabar,
pues ya la habría doblado
como fruto al madurar.
Pero quiero que me dejen
bajo un ombú secular,
entre hojas secas y hormigas,
sol y viento y humedad.
Como si hubiera caído
allí, por casualidad. ”

Tal vez habría que agregar a esta larga lista (prove­


niente de Introducción a F ernández M oreno) un sone­
to de Penum bra, en el que la presencia casi palpable de
la m uerte enhebra cautelosam ente un deseo de acaba­
miento:

No hay nada comparable a este momento


matinal, indeciso, solitario,
en que tu propia sábana es sudario,
borda tu lecho al agua y firmamento.

Sólo falta la bala, sólo el lento


empujón hacia el m ar único y vario,
e irse al fondo del eterno acuario,
p or un sendero vertical de viento.

Y mientras vuela el barco tras su puerto


entre espumas y nubes de colores,
permanecer en los abismos, muerto.
No más correr tras ilusorias flores,
sino aspirar las de un coral abierto,
candelabro de rojos resplandores.

Si, com o señala César, “P e n u m b ra es la explosión


d irecta de su desconsuelo ante la pérdida de la felici­
dad”, el Libro de Sara podría ser el consuelo ante la par­
cial recuperación de la misma. En 1928 dice, en las “Dé­
cimas a la vida”:

Sin embargo, estoy contento


esta vida a la ventura
me ha dejado una frescura
de niño desnudo al viento.

En P en um bra (1937-1939) explica, entre otros tras­


luces de pesadum bre, la conciencia de su deterioro:

Me voy convirtiendo en piedra


yo que era gota de azul.

Pero en el Libro de Sara, aunque sabedor de la bre­


vedad de su renacimiento, vuelve a vibrar:

Desnúdate. No te desnudes.
Besa. Ven. Huye.
Desde pies a cabeza.
Todo: raso y maleza.

y en los cinco versos del poem a “Cines”:

Yo conozco este aliento, yo conozco este aliento


que se abre en la penum bra del cine, perfumada
y que me es fam iliar como la flor del viento
de una noche de estío, de febrero, estrellada...
De febrero, ese mes pequeñitoy violento.
En La m ariposa y la viga, libro de síntesis, expresa
Fernández Moreno: “Ante la poesía, tanto da tem blar co­
mo com prender”. Sin duda, pero no es lo mismo. En li­
bros com o C iu d a d o C am po a rg e n tin o , Baldom ero
co m p ren d e; en P en u m b ra , tiem bla. Y los resultados
respectivos son, aun para el lecto r desprevenido: vis­
lum bre y estrem ecim iento. Pero aun en el pozo de su
angustia, el hom bre de la poesía salva al hom bre de la
derrota, y además tiene la lucidez de registrarlo:

Mas siempre la canción irá a la altura.


Se yergue entre las ruinas el poeta:
no hay desventura contra su ventura.

M uchos años antes había concluido una décim a


(“Con algunos com pañeros”) de esta golpeante manera:

Hay una vida tranquila:


te destrozas tú, poeta.

Sin que ésta sea una fase obligatoria para todo poeta,
hay casos (no siem pre espigados en los b rotes tardíos
del romanticismo) en que una poesía honda e im perece­
dera es precisam ente la que surge de ese destrozo.
F ernández M oreno fue casi unánim em ente elogia­
do p o r sus contem poráneos más conspicuos. Enrique
Banchs lo considera “el poeta de nuestra lengua de más
extensa y rica gama tem ática” y cree “que buena parte
de ésta ha sido o creada por él o dotada por él de nuevas
fibras de sensibilidad”; cree “que es nu estro p o eta de
inspiración m enos interceptada po r la rem iniscencia li­
teraria, que es decir en más inmediata com unión de rea­
lidad externa y emoción; que p o r arte largo y exquisito
llegó no al refinam iento retórico, sino a una arm oniosa
y reciente naturalidad; que poseyó un idioma admirable­
m ente expresivo y copioso a la vez que depurado”. Para
M éndez Calzada, “Fernández M oreno es un delicado
tem p eram ento sensitivo. No es más que eso y es todo
eso. Es la suya un alma vibrátil, toda retina, toda tímpa­
no, en la que hallan repercusión inm ediata y profunda
las cosas del m undo ex terio r”. Para Lugones, “Fernán­
dez Moreno poeta, es un espíritu de piedad, de sencillez
y de dulzura. Su don especial consiste en florecer suave­
m ente com o el árbol prim averal después de la lluvia”.
Para Alfonsina Storni, “es ante todo un poeta, un poeta
lírico”. Borges, po r su parte, destacó que en Fernández
Moreno “el paisaje es de una insuperable autenticidad.
Lo transm ite de un m odo tan inmediato que sus lectores
suelen olvidar las palabras traslúcidas que han operado
esa transm isión y no reparan en el arte exquisito —y ca­
si im perceptible—que las ha congregado y organizado”.
Para M artínez Estrada, “Fernández M oreno perdura en
su naturaleza, idéntico a sí, fiel a su ser, a su designio y
a su destino, en su obra magnífica y en su ejemplar exis­
tencia. No ha hecho más que conjugarse en el tiem po
del m undo y en el m odo de las cosas”. Y destacó asimis­
mo “la clave de ese encanto casi misterioso de su poe­
sía, que consiste en decir com o nosotros no decimos lo
que él ve com o nosotros vem os”. A lberto Zum Felde,
maestro de la crítica uruguaya halla que “entre todos los
m odernos cultivadores de la lírica, en la Argentina [...]
es Fernández Moreno el que presenta una personalidad
más definida y original, si por personalidad ha de enten­
derse, literariamente hablando, una manera propia e in­
confundible de sentir y de hacer”.
No todos fueron elogios, claro; pero las impugnacio­
nes y reservas (como, po r ejemplo, las de Enrique Diez
Cañedo, González Lanuza y el prim er Borges) no se refe­
rían tanto a Fernández Moreno com o al sencillismo que
él, sin proponérselo, im puso, y que dio lugar a versio­
nes romas, superficiales, que si bien imitaban toscam en­
te el envase, frivolizaban el contenido. (O tros, com o
Leopoldo Marechal, Carlos Dalmiro Víale y el m exicano
Ramón Pérez Velarde, em itieron juicios más globalmen­
te desfavorables). Quizás el ramal más creador, aunque
sólo indirectam ente rec ep to r de esa tendencia, sea en
definitiva la llamada poesía coloquial o conversacional,
que, a partir de los años cincuenta y sesenta, volvió (es­
ta vez en dim ensión latinoam ericana) a desacralizar la
poesía pura, morosa heredera del modernismo. Casi nin­
guno de estos poetas (unidos fre cu e n tem en te p o r un
deliberado ejercicio del verso libre y un virtualm ente
unánim e rechazo a la rima) proviene d irectam ente de
Fernández Moreno, pero con él tienen en com ún el des­
cu b rim ien to de lo cotidiano, la claridad del habla, la
transm isión cálida del acontecer, la vocación com uni­
cante A unque sólo sea parcialm ente, son sencillistas
sin saberlo.
Por otra parte, la aparición de Fernández M oreno en
A rgentina es virtualm ente co n tem p o rán e a del surgi­
m iento y desarrollo de varios otros poetas que en dis­
tintos países de América latina tam bién participan en la
tarea de despojar al verso de las viejas o recientes retóri­
cas (para inaugurar otras, claro), en el desarrollo de los
temas urbanos, y, en última y deliberada instancia, en la
desm itificación del O lim po m odernista. D esde el río
Bravo a la Patagonia, cisnes de abolengo aparecen con
el cuello torcido. Poetas com o José María Eguren, Carlos
Pezoa Véliz, Rafael Arévalo Martínez, Evaristo Carriego,
Ramón López Velarde, Fernán Silva Valdés, José Zacarías
Tallet y varios más, siguen trayectorias no exactam ente
convergentes pero sí parcialm ente afines a la de Fernán­
dez Moreno.
Rilke quería sobrevivir p o r un único verso y el sevi­
llano G utierre de Cetina efectivam ente sobrevivió p o r
un solo m adrigal, “A u nos o jo s” ( “O jos claros, se re ­
nos...”). El propio Baldomero sintió alguna vez la n ece­
sidad de reunir todos sus libros, “m altrechos y amari-
lientos, y reducirlos a uno solo, a un cuadernillo, m e­
nos, a un simple papel de fumar con un pareado único
p ero que m e sirviera para la e te rn id a d ”. Lo cierto es
que, sin llegar a esos extrem os, pero poniéndonos es­
pecialm ente severos, podríam os concentrar la obra de
m uchos poetas, de indudable calidad y de vasto renom ­
b re, en o cho o diez poem as sin fallas, esas pequeñas
obras m aestras que no son el resultado de la p ro d u c­
ción co tid iana sino sum as de vida, o de insólitas cir­
cunstancias, o de inesperadas iluminaciones. Creo que
con Fernández M oreno, com o con cualquier poeta de
relieve, tam bién podría hacerse una antología mínima y
severa. Esa estricta selección de mi gusto abarcaría, si­
guiendo un orden aproxim adam ente cronológico, los
sig u ien tes poem as: “Inicial de o ro ”, “Habla la m adre
castellana”, “Paisaje” (este incanjeable poem a, de sólo
tres versos, es el que probablem ente debería haber es­
crito Baldomero “en un simple papel para fum ar” para
así asegurarse la eternidad), “Soneto de tus visceras”,
“Epístola de un verano”, “El p o eta”, “A una cajiga” y el
soneto IX de P enum bra.
Me alcanzan esos ocho poemas para considerar a Fer­
nández M oreno un creador de prim era, pero tam bién
(com o en Lugones, en Carriego, en Banchs, en Borges)
hay en la obra total de Baldomero otros poem as que in­
cluyen dos o tres versos que son fustazos de genio. “El
poem a es m ejor verso por verso”, escribió en uno de los
austeros sonetos de P enum bra). También de esos poe­
mas/hallazgos se podría hacer una segunda selección,
más amplia. No resisto la tentación de enum erar algunos
de ellos: “La casa montañesa”; “Viejo Café Tortoni”, “A un
señor muy rico para que nos regale una casa”, “Setenta
balcones y ninguna flor”, “Barrio característico”, “La torre
más alta”, “Ciudad”, “Un aplazado”; de los formidables so­
netos de P enum bra, p o r lo m enos el VIII y el XVIII, y
por último varios poem as de los dos libros inéditos.
Lo m ejor y más original (y hasta lo más revoluciona­
rio, com o opinaba Borges) de Fernández M oreno es su
prim era etapa, fue su “percepción genial del m undo ex­
terior”; su relevamiento, en dimensión poética, de lo co­
tidiano; y el significado, poco m enos que animista, que
transmite a las cosas para matizar sus propios estados de
ánimo; la singular capacidad para extraer el am or de la
zona de lo abstracto y concretarlo en cuerpos, gestos,
nom bres verdaderos; un tenso ejercicio del hum or que
está más cerca de la ironía que de la mera comicidad. Si
Macedonio Fernández (su contrapartida en la poesía ar­
gentina) simboliza la c o n tin u a ció n de la nada, la po e­
sía de Baldomero puede ser considerada com o un exor­
dio del todo.
Confieso que, con tres excepciones, la segunda eta­
pa o sea la fo r m a l, es la que m enos m e interesa en la
obra poética de Fernández Moreno, pero hay dos p o e­
mas, “La torre más alta” (que más bien p ertenece a la se­
rie de Aldea española y allí fue reubicada puntualm ente
p o r el au tor en su Obra O rd en a d a ) y “Un ap lazado”
(en trañ ab le relato, en p rim era persona, del alum no
Friedt, examinado y aplazado en gramática), que son re-
levam ientos em ocionales que trascienden, y hasta ha­
cen olvidar, la exacta correspondencia con su forma.
No obstante, el poem a más logrado de esta etapa (y
uno de los que me conquistaron en mi prim era lectura
de Fernández Moreno, hace más de cincuenta años) es
“Epístola de un verano”. Este extenso alarde no le entu­
siasmaba a Martínez Estrada, para quien la “Epístola” era
“en múltiples sentidos el ‘Bateau ivre’, de Rimbaud, de­
finido ya com o una especie de credencial para las pal­
mas académ icas”, y agregaba: “En num erosos aspectos
tam bién puede considerarse esa ‘Epístola’ com o la opus
óptim a técnica de Fernández Moreno, y p o r añadidura
en los tercetos limpios y sonoros de la Divina Comedia
y bien apretados de imágenes y sinalefas en la forma tur­
gente de bíceps contraído, de Los crepúsculos del ja r ­
dín. No pasa de ser un alarde, prodigio de acrobacia en
la cuarta cuerda, que nos convence de lo que hubiera
podido llegar a hacer po r ese camino, y nada m ás”.
En el otro extrem o de la valoración crítica está Mén­
dez Calzada, para quien la “Epístola” es una “pequeña
obra m aestra”, “no sólo uno de los poem as más inspira­
dos de Fernández Moreno, sino tam bién una de las más
bellas m anifestaciones de la poesía castellana de todas
las ép o cas” (tam poco hay que olvidar que Méndez Cal­
zada era el destinatario de la “Epístola”).
Es cierto que el poem a está com puesto “en los terce­
tos limpios y sonoros de la Divina Comedia”, pero ese ca­
sual parentesco con el Dante no me parece mala noticia.
No sé si mi apego a la “Epístola” se enlaza a cierta debili­
dad que siempre tuve, com o lector, por los tercetos clá­
sicos, que siempre me parecieron una de las estructuras
añejas que perm iten, al disimular su obligatoriedad, una
m ayor flexibilidad de la rima. Lo cierto es que en la
“Epístola”, pese al rigor formal, a su estricta obediencia a
la estructura elegida, el poeta poco menos que inaugura
el talante coloquial, ése que, años más tarde, sería el ras­
go preponderante a escala latinoamericana, de la poesía
existencial y de su pariente pobre, la conversacional. Es­
te poem a es el único que en verdad lo une con Rubén
Darío, al m enos con el Darío accesible y sin princesas, el
de la “Epístola a la señora de Leopoldo Lugones”, escrita
veintiocho años antes que la de Baldomero.
En la “Epístola de un verano”, la rima tiene una na­
tu ralid ad que p u e d e em parejarse co n la de A ntonio
Machado. Ningún final de verso deteriora o endurece
el so sten ido to n o coloquial. T odo tran sc u rre m ansa­
m ente y el poeta nos transm ite el clima de esa siesta de
C hascom ús, en la que escrib e “al am paro dulzón de
u n a g lic in a”. El c o n tra p u n to es tem ático: el m oroso
testim o n io de la tarde pueblerina, dicho en un verso
lento y m órbido, se despereza y aviva cuando aparece
en el recuerdo “el Buenos Aires callejero”, o se vuelve
cálido cuando la m em oria busca y encuentra, el tiem ­
po perdido:

Perdona, dulce amigo, m i lamento


y acepta, ante las noches que he perdido,
el cardo gris de m i arrepentimiento.

La “Epístola” es una de las escasas ocasiones en que


Baldomero incorpora algunos térm inos del habla p o p u ­
lar: mocosos, matungos, cachada, etcétera. Por otra par­
te, el apaisado poem a da ocasión a Fernández M oreno
para dejar constancia de su aptitud humorística, rara vez
despiadada. A veces es apenas un toque animista:

Reumática, comienza la cercana


laguna a evaporar, y elpueblecito
rezuma una hum edad de porcelana.

En otro terceto, se trata de un retrato casi costum ­


brista, pero con aplicaciones de ironía:

Sonrío a los vecinos, puntuales


que hacen la digestión de sus hamacas,
desprendidas de lenguas y de ojales.

O la certera burla, al deten erse en los asistentes al


club de pueblo:

Ensayo melindroso escepticismo


y hago un guiño a los dos o tres doctores,
doctores hasta el propio paroxismo.

No podía faltar la referencia socarrona a la pren sa


pueblerina:
El Radical cismático, El Cronista
y El Argentino, que muriendo vive
mientras espera ser oficialista.

Por último, al evocar la capital, la crítica al presuntuo­


so extranjero, turista de una o dos semanas, que se cree
autorizado para dar su infalible diagnóstico sobre el país:

Y el huésped coruscante y su acogida,


augur de nuestro equívoco futuro
porque ha dado unos pasos por Florida.

La tercera etapa, o sustancial, según la nomenclatura


de César Fernández Moreno, es sobre todo una entraña­
ble síntesis del hom bre y el poeta. La muerte de Ariel, su
tercer hijo, provoca en el poeta un derrum be anímico,
que sin em bargo introduce en su obra una im prevista
contradicción. Cuanto más se hunde en su personal deso­
lación, en su desarticulación más íntima, mejor se articu­
la y más se levanta su poesía. De esa época son sin duda
sus mejores sonetos (una estructura en la que siempre se
había sentido cómodo), tal vez sólo superados en la litera­
tura argentina por la geom étrica perfección de Banchs.
Ya no cae “com o un halcón sobre su presa”, porque él
mismo es la presa sobre la que cae el halcón del infortu­
nio. El poeta está solo, nunca lo estuvo más, y aunque los
poemas de esta etapa son una suerte de duro diálogo con­
sigo mismo, igualmente, y casi a pesar suyo, com prom e­
ten al lector, le hacen partícipe de su aflicción.
En La m ariposa y la viga, Fernández Moreno propo­
ne “adelgazar la poesía para no dejarla en los huesos”.
Sin embargo, aquí la deja así, y a veces peor aún: no en
carne sino en alma viva. Lo insólito es que la tragedia
personal, en la que incansablem ente hurga, no le lleva a
decir el nom bre de su pérdida. La palabra Ariel es una
om isión deliberada: el p o eta se detiene en los alrede­
dores de esa m uerte que lo llevan a enfrentar la propia.
Los sonetos de P en u m b ra son en realidad variaciones
sobre la muerte. Como Macedonio Fernández o Enrique
Banchs, pero con muy distintos recursos de ocultamien-
to, Fernández Moreno se encierra en sí mismo, se niega
al mundo; no al arte. Pese a su derrum be espiritual, no
pierde la noción de que el dolor es aprovechable para la
poesía, y también que la poesía es una válvula de escape
para el dolor. En un notable soneto, “El p o eta”, hay un
verso, que ya he m encionado, que podría considerarse
com o el arte poética de esta etapa: “no hay desventura
contra su v en tu ra”, y se trata, ineluctablem ente, de la
ventura de crear. Gracias a ella, el poeta alcanza aquí el
filón más valioso de su sinceridad, el dolor de su sabidu­
ría y viceversa. El ojo del gavilán se convierte en el ojo
del búho. Sólo con esa escéptica madurez, que po r cier­
to nunca es marginada p or la impecable forma, puede lo­
grar una imagen de tan sencilla y desolada eficacia com o
la que com parece en el soneto XI:

Clama en la noche lo que quieras, clama


que el silencio vendrá inmediatamente.

o el diagnóstico de sí mismo, exacto y despejado, del so­


neto XX:

Que he resumido, desde el prim er día,


hacecillo de dulces y agrias flores
y medio siglo de melancolía.

Fuera ya de las acep tad as tres etapas, q u ed a n los


dos inéditos, Libro de Sara y Elegía de A londra, nom ­
b res seg u ram ente sólo literarios, p e ro qu e d esignan
m ujeres concretas. El am or es salvación, rescate, rena­
cimiento. Baldomero vuelve al am or com o un hijo pró­
digo, pero lo hace sin ingenuidad, con más sensualidad
que inocencia. Las infinitas variantes (de las que en es­
te volum en se incluyen las más representativas) del te­
m a “Tu b e so ”, llevan y traen consigo, con riqueza de
im ágenes y disfrute verbal, los m atices y el tacto de la
íntim a caricia. No se trata de besos en abstracto ni fil­
trados por la nostalgia. Cada uno de estos poem as es un
beso co n creto, una variante tangible y sensual de esa
tautológica, discreta clave, de esa insistencia en el jue­
go del amor. Si a veces las imágenes escritas pueden ve­
nir del rom anticism o, el beso que relatan, aderezan, re­
viven, p rocede de la contigua realidad, de la boca más
prójima.
El L ibro de Sara tien e una particular frescura, un
desprejuicio para hallar el talante descriptivo que co­
rresponda al sentim iento o al contacto que lo canaliza.
En esta etapa, el poeta no retrocede ni siquiera ante la
vecindad de lo cursi. Se siente libre de ataduras retóri­
cas, del ojo avizor de la crítica, de la norm ativa de los
falsos pudores, de los estereotipos de una sociedad que
es a la vez multitudinaria y provinciana.
Con su esp ontaneidad sin barreras, estos poem as
inéditos equivalen a un diario íntimo; sólo que esta vez
se trata de una intim idad de dos. Sin duda Fernández
Moreno escribió mejores poem as a lo largo y a lo ancho
de su extensa obra, pero quizá nunca puso en su arte
tanta vocación de franqueza ni se concedió a sí mismo
tan ta libertad. Creo sinceram ente que estos poem as,
que p o r fin llegan al público, ayudarán a com pletar el
juicio sobre alguien que (com o dice en La m ariposa y
la vig a ) quiso “ser p o eta entre los hom bres, no entre
los ángeles”.
Los poem as del Libro de Sara y de Elegía de A lo n ­
dra suelen estar fechados, pero sólo con el día y el mes
(a veces tam bién con la hora); en cam bio el año sólo
consta en algunas ocasiones. De modo que no hay segu­
ridad en cuanto al lapso que abarcan uno y otro libro.
No obstante, si se tom an en cuenta los poem as en los
que sí figura el año en que fueron escritos, la fecha pro­
bablem ente más antigua del Libro de Sara sería 1939 y
la más reciente 1947. Teniendo en cuenta, a su vez, las
respectivas fechas de E legía de A lo n d ra (de 1942 a
1944), es evidente que esta etapa, bastante más breve,
está incluida en el período de ocho años correspondien­
tes al otro libro.
Por supuesto, se trata de dos relaciones am orosas,
p ro fu n d as p e ro m uy d ispares, y quizá ello ex p liq u e
que no sean sucesivas sino (al m enos, en algún perío ­
do) paralelas. El Libro de Sara m uestra una relación de
igual a igual, una reciprocidad de sentim ientos, sin ma­
yores dudas y sin con stan tes referencias a la edad, la
m adurez, la vejez, etcétera. En la E legía de A lo n d ra
propiam ente dicha, y en la segunda p arte ( “Sonetos y
rom ances del p a s to r”) tam bién incluida en ese título
general, se transparenta en cam bio un enam oram iento
q ue co n stan tem en te se interroga sobre el am or de la
otra parte.
El Libro de Sara es el amor correspondido; la Elegía
de Alondra, el amor inseguro. Las numerosas variantes del
tem a “Tu beso” (verbigracia: “Tu beso nunca m uere, tu
beso siempre empieza”) del primero, tienen su contrapar­
tida en el segundo: “No, jamás me has besado ni siquiera
la frente, / sólo has puesto tus labios o los atraje yo”.
Las imágenes amorosas, eróticas, del Libro de Sara,
hablan de una relación plena:

Yo soy piedra, tú eres río,


rueda sobre el cuerpo mío.
U
Desde el lecho aleteas,
me llamas: mariposa
palpitante, entreabierta.
En la Elegía de Alondra, las inseguridades del poeta
tienen que ver sobre todo con la edad:

¿Soy joven o soy viejo? ¿Soy joven o soy viejo?

y tam bién con la diferencia de edades:

Sucio y todo, el Riachuelo es un espejo.


Mira cómo humillado nos retrata:
juntos el sauce joven con el viejo.
( “Soneto del Riachuelo")

¡Cómo juegas conmigo cuando hablas de tus años


desde tus ojos vivos, desde tu cutis terso!
( “Poema XCVII”)

El Libro de Sara se puede sintetizar en estos versos


exultantes, ufanos:

Yo soy aquel que ayer te besó tanto


y que corrió la noche hasta la aurora.
( “Soneto”)

y la Elegía de A londra en estos otros, flébiles, realistas:

Amor crepuscular, idilio sin m añana


( “Poema LXXXIV”)

Como balance final, y al margen ya de todo ordena­


m iento, habría que distinguir dos esenciales valoracio­
nes con respecto a Fernández Moreno. Una: la conm o­
ción que significó su obra en un ám bito literario que
todavía no se había desprendido de los oropeles y los
artificios del m odernism o y aún no se había consustan­
ciado con los descubrim ientos de la vanguardia. Dos:
com o ocurre frecuentem ente con los poetas de transi­
ción, Fernández M oreno no es un gran rem ovedor del
lenguaje o de las formas. Sólo en raras ocasiones se atre­
vió a prescindir de la rima (curiosam ente, a veces la de­
ja de lado en la Elegía de A londra) y nunca fue tentado
p or el abandono de los signos de puntuación, que había
em pezado con Apollinaire y que lustros más tarde pasa­
ría a ser un rasgo distintivo de algunos poetas conversa­
cionales.
Su aporte más revulsivo fue indudablem ente el sen-
cillismo, con toda su reivindicación de lo cotidiano (o lo
circunstancial, com o él prefería nominarlo). Las vulgari­
dades en que cayeron algunos de sus contin u ad o res,
evidentem ente no son responsabilidad de Baldomero,
aunque sí es responsable de ciertos vulgarismos en que
él mismo incurre. De todas maneras, y tal com o ha evo­
lucionado en los últimos años la poesía latinoamericana
en general, y la argentina en particular, Fernández More­
no, a pesar del desconocim iento de su obra por las nue­
vas generaciones, debería estar más cerca de ellas que
Lugones, Banchs y Macedonio Fernández.
Salvadas las distancias que hoy im ponen ordenado­
res y misiles, el m undo de Fernández Moreno se aseme­
ja bastante al que hoy asedia o provoca a las prom ocio­
nes.m ás recientes. Si, com o sostuvo Borges, “Lugones
inventaba paisajes”, Fernández Moreno, que seguram en­
te no los inventaba, sí rescataba los existentes para la
poesía. La originalidad de un poeta no reside tan solo en
inventar, sino tam bién en reconocer aquellos trozos de
realidad, a los que poco les falta para ser poesía: a veces,
la m era proximidad de otro trozo real, o quizá la inédita
vecindad de un adjetivo. El paisaje tie n e una entidad
propia, casi inam ovible, p ero Baldom ero le agrega su
mirada, y de ese m odo lo convierte en gozo o desalien­
to, es decir en otro paisaje, transform ado por la poesía.
Y está la segunda valoración, la que reclama la obra
en sí misma, fuera de su inmediata circunstancia. Como
cualquier otro poeta som etido a este análisis, Fernández
M oreno se reduce entonces a m enos poem as, a menos
libros tal vez. Extraído de su tiem po, en sus m uchos li­
bros y papeles hay siem pre esas hojas m uertas que el
viento disemina, pero hay otras que afrontan con digni­
dad las sucesivas p osteridades (está visto que no hay
una sola, ya que cada generación juzga el pasado con los
patrones y las coordenadas que le brinda su presente).
Por eso es verosím il que, a m ediano plazo, Fernández
M oreno sea rescatado p o r esos m ism os jóvenes que
hoy, en el sentido más lato, lo ignoran. En ese rum bo,
no im portará que si leen un poem a que empieza:

Una pereza gris de mayorales


se dobla vulgarmente en las esquinas
( “Barrio característico”)

los mayorales ya no existan, o que de los grandes edifi­


cios m odernos no sólo hayan desaparecido las flores si­
no tam bién los balcones. Los objetos han cambiado de
aspecto y los hom bres suelen tener nuevos oficios, am­
biciones y urgencias. No obstante, los estados de ánimo
sólo cambian de envase. El poeta es un jardín abierto. Y
siem pre habrá lectores avispados, sensibles, capaces de
recoger “las flores desesperadas de sus sueños”.
Por lo pronto, no creo que envejezcan las imágenes
de Baldomero que a continuación rescato, y que de al­
guna m anera docum entan una conquista imaginaria del
lenguaje:

y con el burro gris, pelusa en m i memoria


( “La vaca p in ta ”)

Los primeros en despertar son los espejos


( “Alba”)

La eternidad, donde no ocurre nada.


( “Canillita m uerto”)
Sauce: en verdad te digo que me das compasión,
como si fuera un nido se te ve el corazón.
( “Le digo a un sauce")

Y el adulón se doble de lacayo


( “Epístola de un verano")

Las casitas mojadas son más tristes.


( “Temporal”)

veo tu aljibe y su tapón de luna


( “A una casa procer: Salto”)

Al quebrarse las chauchas


hacen entre sus dedos
una detonación menudita y simpática.
CHabla la madre castellana”)

y en oasis de silencio,
al alma, palmera, crece.
( “La tertulia de los viernes”)

ya se está haciendo hojas la fuerza de la savia.


( “Primavera tuya”)

Estoy en el extremo del tablón de m i día,


la juventud se escapa del puño como un pez.
( “Estepoema es realmente una elegía”)

La luz que resta se ha hecho un nido en tu cabeza


y la luz, que es tan pura, debe saber por qué.
( “Nunca tuvo una voz un arroyo tan fin o ”)

Hay poetas que son m uros (Darío, H uidobro, Leza-


ma Lima); otros, que son puertas (Martí, Neruda, Valle-
jo), y otros, po r fin, que son bisagras (Delmira Agustini,
López Velarde, José Zacarías Tallet), o sea los que hacen
posible que las p u ertas se abran sobre el m uro. Creo
q ue Fernández M oreno p erte n e c e a estos últim os, ya
que sirve de articulación entre el modernism o y la van­
guardia, entre el legado español y la impregnación de lo
argentino.
Es además un revulsivo, ya que, pese a haber causa­
do cierta alarm a en las peñas y los m entideros de su
tiem po, fue en definitiva saludable p o r las reacciones,
de distinto signo, que produjo. Quitó solemnidad y em­
paque a la poesía argentina y tuvo la osadía de apostar a
la claridad com o talante poético. Es cierto que tuvo eta­
pas endebles, desmadejadas, pero ¿qué poeta, aun entre
los grandes, no enfrenta períodos de extenuación? Es
obvio que a Darío no vamos a juzgarlo por su “Marcha
triunfal” o por la “Salutación al águila”, sino por “Lo fa­
tal” y “A Francisca”. Así tam poco a Fernández Moreno lo
vamos a evaluar p or la tediosa, interminable “Tertulia de
los viernes”, sino por el “Soneto de tus visceras”, “Paisa­
je” o “Epístola de un verano”.
Salvo en contadas ocasiones, Fernández M oreno no
es un p oeta estrem ecido ni estrem ecedor. Sus mejores
virtudes están en su mirada, en su formidable capacidad
p ara rec o n o cer cuándo la naturaleza o la ciudad o el
próxim o o el ser amado, están en estado, no de gracia si­
no de poesía, aunque ese estado dure apenas un instan­
te. Su m ejor carta es norm alm ente la sinceridad, la des­
carga de sus sentim ientos, y en la expresión de aquella
franqueza y estos rubores, sabe hallar la forma más idó­
nea y funcional, una forma que rara vez aparece com o
protagonista de la escritura, pero que es elaborada con
rigor y eficacia.
El m undo de Baldomero está a su alrededor, pero és­
te es también el nuestro, aunque a veces haya transcurri­
do m edio siglo o más desde que escribió sus poem as.
Como reco n o ce M artínez Estrada, “la clave de ese en­
canto casi misterioso de su poesía [...] consiste en decir
com o nosotros no decimos lo que él ve com o nosotros
vem os”. Hay poetas que son voces, y otros que además
son portavoces. Es obvio que Fernández M oreno no es
un portavoz de inquietudes sociales o políticas (éstas
nunca lo conmovieron), pero sí es un portavoz de sensa­
ciones, de nostalgias, de reflejos, que no son exclusiva­
m ente suyos. Cuando los transform a en versos pasan a
ser nuestros, porque en ellos nos reconocem os. Poeta
de estados de ánimo, los com unica sin violencia al paisa­
je, a las calles, al firm am ento; cuando los hallam os en
sus poemas, recogemos en ellos nuestros estados de áni­
mo, aunque no se correspondan exactam ente con los
del poeta. Su paisaje, sus calles, su cielo, son com uni­
cantes, y a la vez le otorgan a ese alrededor una aptitud
de comunicación. La contigüidad exterior de esa poesía
es así un espacio abierto, que nos admite y nos sensibili­
za. Digamos, p o r ejem plo, los m olinos de Fernández
Moreno: no son ilustraciones objetivas sino instantáneas
subjetivas, pero la calidez que reciben del p o eta hace
que los miremos, no sólo con los ojos del creador sino
tam bién con los nuestros. Por eso “la m argarita de un
m olino” (“Paisaje”) nos suena tan familiar com o si noso­
tros la hubiéram os inventado. Un poeta no adquiere la
co ndición de tal, sólo p o r su verso inm óvil, estático,
consumado, sino tam bién por todas las im presiones que
a partir de su escritura moviliza o recluta. En este último
sentido, Baldomero Fernández M oreno es bastante más
que la letra estricta de sus poemas; es más bien un com ­
pañero de ruta, alguien que, con más experiencia, más
m adurez y más sabiduría, nos va descubriendo y ense­
ñando todo aquello que no podem os dejar de ver en el
abrupto y sorprendente paisaje humano.
Nota

La selección de poem as que com p o n en este volu­


men, se basa en dos gruesas carpetas (denominadas Li­
bro de Sara y Elegía de A londra que antes de morir Bal­
d om ero Fernández M oreno entregó en custodia a su
hijo César.
La historia de cómo estos poemas, hasta ahora inédi­
tos llegaron a mis manos, es la siguiente. En 1986, la co­
lección Archives, de París, me encom endó, a sugerencia
de César Fernández Moreno, hijo de Baldomero y poeta
com o él, la dirección y organización de un volumen de­
dicado a Fernández Moreno, que debía incluir una anto­
logía general de su poesía, más diversos trabajos críticos
(solicitados a Pedro Orgambide, Nelson Osorio, Horacio
Salas e Idea Vilariño, además de un estudio sobre varian­
tes encom endado a Jean-Marie Saint Lu).
Para esa tarea, César Fernández Moreno, que falleció
poco después, me proporcionó fotocopias de aquellos
poem as inéditos y manuscritos. Las dos carpetas conte­
nían una gran cantidad de poemas: la típica cantera de
materiales inéditos, borradores, w o rk in progress, ver­
siones sucesivas, variantes, etcétera, de la que el poeta
suele extraer luego el o los libros definitivos. Publicarlos
en su integridad seguramente no habría hecho justicia al
rigor selectivo de Fernández Moreno. Por otra parte, al­
gunos de esos originales tienen extensos trozos virtual­
m ente ilegibles. Baldomero escribía sus prim eras versio­
nes en una letra m uy enrevesada (d esp u és de todo,
caligrafía de médico), a veces en pequeños papeles con
el rótulo de alguno de los cafés porteños a los que habi­
tualm ente concurría; luego, cuando pasaba en lim pio
aquellos borradores, escribía con una letra más cuidada
y legible, pero no siem pre los poem as llegaban a esa se­
gunda escritura.

En definitiva, el libro Poesía, que iba a ser publica­


do, a más tardar en 1987 po r la colección Archives, no
ha aparecido hasta ahora, ni hay indicios de que vaya a
ser editado próxim am ente. La parte antológica del libro
preparado hace siete años para Archives, incluía cuatro
libros com pletos y una selección de los restantes. Los
poem as de Libro de Sara y Elegía de Alondra, elegidos
para esta edición constituyen una selección más amplia
que la que figuraba en el material entregado a Archives.
En vista de que han transcurrido siete años sin que
los responsables de Archives se hayan decidido a editar
el volum en co rresp o n d ien te a B aldom ero F ernández
Moreno, hem os resuelto, de acuerdo con los familiares
del poeta y la editorial Seix Barral de Argentina, publicar
esta selección de los libros inéditos, ya que nos pareció
absurdo seguir m anteniendo en la ineditez un m aterial
tan valioso, que aparte de su calidad literaria, ha de ser
de indudable interés para lectores y estudiosos del repu­
tado fundador del sencillismo, nom bre fundam ental en
la poesía argentina de este siglo.

M. B.
Bibliografía

BANCHS, Enrique, “Discurso en la m uerte de Fernández


M oreno”, B oletín de la A cadem ia A rgentina de Le­
tras, t. XIX, Buenos Aires, 1950.
BERENGUER CARISOMO, Arturo, “El m undo lírico de
Fernández M oreno”, B oletín del Instituto de Investi­
gaciones Literarias, n 9 6, La Plata, 1951.
BORGES, Jorge Luis, “Sobre Aldea española”, M artín Fie­
rro, n 9 22, Buenos Aires, 10 de septiembre de 1925.
— “Veinticinco años después de Las iniciales del m isal,
El Hogar, Buenos Aires, 14 de junio de 1940.
— O bras com p leta s en colaboración. L, Con A dolfo
B ioy Casares, Alianza Tres, Emecé, Madrid, 1981.
CARILLA, Emilio, “Fernández Moreno: una autobiografía
lírica”, Cuadernos H ispanoam ericanos, n25 27 y 31,
Madrid, marzo y julio de 1952.
DIEZ CAÑEDO, Enrique, “Unidad de Fernández More­
n o ”, Letras de Am érica, El Colegio de México, Méxi­
co, 1944.
FERNANDEZ, M acedonio, N o toda es vigilia la de los
ojos abiertos, Buenos Aires, 1928.
— Papeles de reciénvenido, Buenos Aires, 1929.
FERNANDEZ MORENO, César, Introducción a F ernán­
d ez Moreno, Emecé, Buenos Aires, 1956.
— La realidad y los papeles, Aguilar, Madrid, 1967.
GIUSTI, Roberto F., Siglos, escuelas, autores (págs. 223-
246), Ed. Problemas, Buenos Aires, 1946.
GONZALEZ LANUZA, Eduardo, “Una voz nueva”, A rgen­
tina Libre, n 9 31, Buenos Aires, 3 de octubre 1940.
GONZALEZ TUÑON, Raúl, La rosa b lindada, Buenos
Aires, 1936.
— Poesías, Casa de las Américas, Colección Latinoame­
ricana, La Habana, 1977.
LOPEZ VELARDE, Ramón, “Sobre C am po A rg en tin o y
Versos de N e g rita ”, M éxico M oderno, II, M éxico,
1921.
LUGONES, Leopoldo, “O tro p o e ta ” (sobre In term e d io
p ro v in c ia n o i), La N ación, Buenos Aires, 28 de di­
ciembre de 1910.
MARIANI, Roberto, “El poeta y su influencia”, A rgenti­
n a Libre, n 5 31, Buenos Aires, 3 de octubre de 1940.
MARTINEZ ESTRADA, Ezequiel, “Fernández M oreno”,
C uadrante del pam pero, Ed. Deucalión, Buenos Ai­
res, 1956.
MENDEZ CALZADA, Enrique, “Vida y obra de un p o e ­
ta ”, en Pro y contra, Librería y Casa Editora de Jesús
Menéndez, Buenos Aires, 1930.
PEDRO, Valentín de, “Naufragio y salvación de Fernán­
dez M oreno”, Sustancia, n- 14, Tucum án, 3 de abril
de 1943.
SALAS, Horacio, “Fernández Moreno y la ciudad”, ensa­
yo inédito.
STORNI, Alfonsina, “Nuestros poetas: Fernández More­
n o ”, Fray Mocho, Buenos Aires, 16 de abril de 1920.
VIALE, Carlos Dalmiro, “Sobre C am po a rg e n tin o ”, La
Nota, n g 198, Buenos Aires, 23 de mayo de 1919.
ZUM FELDE, Alberto, “Sobre El h ijo ”, El Día, M ontevi­
deo, 31 de enero de 1927.
Libro de Sara
De p a r e n p a r a b l e r t a e s t á m i c a s a ...

De par en par abierta está mi casa:


una ventana innum erable y fría.
Hiélate más ¡oh noche! todavía
y aguja más aguja me traspasa.

Busca mi alma, una planicie rasa,


que hace apenas dos horas florecía,
con un lirio de oro en agonía.
Penetra, agosta, pisotea, abrasa.

Si te has propuesto verm e enloquecido,


mírame ya, los ojos en el techo,
el rostro por un brazo en dos partido

m ientras descansa el otro sobre el pecho.


Mátame, noche, que ya estoy tendido,
rodeado de recuerdos y en mi lecho.
E s t a m pa

La música te envuelve y te adelgaza


y te hace leve a ti que lo eres tanto
y sientes que te vas de la platea
im perceptiblem ente deslizando
y entonces dices con la voz más niña
un poquito asustada: m e resbalo.

Más de pronto una ráfaga sonora


pone en tu pecho su oportuna mano,
detiene tu caída silenciosa
y te yergues y aplicas al respaldo.
Y allí te quedas ya tranquilizada
com o una estam pa de oro en un brocado.
¿P o r q u é e s t á s t a n d e l g a d a ?...

¿Por qué estás tan delgada?


¿Qué ha sido de tu cuello?
¿Qué ha sido de tu talle?
¿Qué ha sido de tus miembros?

¿Tal vez las aguas turbias


de un río turbulento,
te han ido desgastando,
acostada en su lecho?

¿O las múltiples lenguas


transparentes del viento,
en lo alto de una torre,
erguida al firmamento?

¿O artista de ti misma,
las yemas de tus dedos
fueron quitando gramos,
o mejor dicho, pétalos?

¿O lobo de tus noches,


tu propio pensam iento,
te ha com ido las carnes,
te ha sorbido los huesos?
Tu voz

Profunda, ardiente, plástica, flexible,


casi palpable com o miel sonora,
más que sobre tus ojos o tus labios,
sobre tu voz te reconstruyo toda.
O jo s blancos

De tan grises, de tan grises,


tus ojos son casi blancos:
dos pedacitos de tierra
resecos y calcinados.
Cuando los alzas al sol
o los inclinas a un lado
parecen ojos de ciego
inmóviles y llagados.
Morir de unos ojos negros
es un morir instantáneo;
lo terrible es recibir
m uerte de unos ojos blancos.
Es quedar com o una estrella
vacía de su haz de rayos,
es quedar com o un jardín
sin un ave y sin un árbol,
es quedar como una flor
sin colores y sin hálitos.
So n e t o

¿Cómo estarás, palmera alucinada,


y no del mar del trópico en la orilla
sino en tu casa y entre silla y silla,
erguida, hecha una curva o acostada?

¿Silenciosa, indecisa, arrebatada?


Porque es así la doble maravilla:
rosa de té, la mano en la mejilla,
o silábica fuente desatada.

¿Cómo estarás, me dije, atravesando


paredes y aire con el pensamiento,
sobre una y otra almohada suspirando.

¿Cómo estarás, me digo, en mi torm ento,


esta tercera vez casi llorando,
y así diez veces, veinte, treinta, ciento.
Arom as

Cuando regreso a casa no me lavo las manos


si es que he estado contigo un instante no más,
el aroma retengo que tú dejas en ellas
com o una joya vaga o una flor ideal.

Por aquí huelo a rosas y por allá a jazmines,


alientos de tus ropas, auras de tu beldad,
aproximo una silla y me siento a la mesa
y sabe a ti y a trigo el bocado de pan.

Y todo el mundo ignora por qué huelo mis manos


o las miro a m enudo con tanta suavidad,
o las alzo a la luna bajo las arboledas
como si fueran dignas de hundirse en su cristal.

Y así hasta media noche cuando vuelvo rendido


pegado a las fachadas y me voy a acostar,
entonces tengo envidia del agua que las lava
y que, con tu perfume, da un suspiro y se va.
TU BESO

Tu beso es una llama nadando en un agüita:


ondula, crece, quema, hum edece, palpita.
La cabeza resbala lentam ente de asombro
y dormida y despierta se acurruca en tu hombro.
La mano hace en el aire un arabesco incierto
y cae en tu regazo como un pájaro muerto.
TU BESO

Tu beso es de rocío, jamás de quemadura,


en medio del com bate conserva su frescura.

La frescura, hermanita m enor de la pureza...


Tu beso nunca muere, tu beso siempre empieza.

Tu beso se hace en mí torbellino fecundo:


tú me lo das y yo se lo devuelvo al mundo.
TU BESO

Tu beso para mí no ha padecido infancia,


vino hecho y derecho en color y fragancia.

¿Fue en la mitad del día o en mitad de la noche?


¿En un banco de plaza o en el fondo de un coche?

¿Acaso de una nube en el vellón propicio,


o al caer, abrazados, en algún precipicio?

Yo debía saberlo que me fue puñalada...


Nuestro amor ha rodado com o rueda alocada.

Yo me acuerdo de un tiem po de banderas desechas,


tu memoria de musgo guarda todas las fechas.
Tu BESO

Tu beso se levanta hoy en Montevideo,


en su rodal de sombra palpita mi deseo.

¿qué sabor le pondrá, pienso, el agua salada,


del invisible yodo la lenta pincelada,

la vecindad de selvas labradas de resinas,


todas las estivales, heladas golosinas,

el azúcar de un fruto o la sal de un marisco,


el ir de calle en calle, ahí, de risco en risco,

que estirará tus músculos, que moverá tus venas,


y hasta tus nuevas risas y hasta tus nuevas penas?
C o n t e m p l a c ió n del b e so *

Debe el beso venir desde la hondura


de una cabeza baja y atraída
en la penum bra azul desvanecida
mientras un viento vuele de frescura.

Boca entreabierta, elástica, madura,


que en la penum bra tal sea una herida,
toda ella roja de profunda vida
con un signo mortal: la dentadura.

Verlo avanzar después muy lentam ente


como un ascua encendida o un com eta
y detenerlo, sí, súbitamente.

Contemplarlo en deliquio y miel secreta


y huir la boca mas besar la frente.
Buscadme una mujer y un gran poeta.

* Nota del editor: Al parecer, Fernández Moreno trabajó insistente­


mente en el poema “Contemplación del beso”. Además de esta
versión, en la página siguiente se incluye otra, algo distinta, que
a su vez tiene nuevas variantes.
C o n t e m p l a c ió n d e l b e so

Debe el beso venir desde la hondura


de una cabeza baja y atraída
en la penum bra gris desvanecida
mientras un viento vuele de frescura.

Boca entreabierta, elástica, madura,


que en el atardecer se haga* una herida.
Toda ella roja** de profunda vida
con un signo mortal: la dentadura.

Verlo avanzar después muy lentam ente


como un ascua encendida o roja estrella
y detenerlo, ay, súbitamente.

Contemplarlo en deliquio y miel de abella,


huir la boca por rozar la frente
y a ella volver para m orir en ella***.

Variantes:
* que en el atardecer sea una herida.
** Toda caliente de profunda vida
*** y a la boca volver para finar (?) en ella.
TUS OJOS

Tus ojos son dos hojitas


verdes, vibrantes y claras.
No dos hojas bajo el sol,
sino debajo del agua.
Al c a m i n a r p a r e c e q u e c r u j i e r a n ...

Al caminar parece que crujieran


las hojas de la noche y sus cristales.
Es tu hom bro, tu pecho, tus rodillas
deshaciendo, esponjando, tu impermeable.

Tu impermeable te ciñe totalmente,


si llevas algo más, nadie lo sabe...
Es un cilicio hecho de pliegues duros
sobre la rosa de tu cuerpo suave.*

* Variante de la segunda estrofa:


Tu impermeable te ciñe totalmente
no llevas nada más sobre tu carne.
Como un cilicio hecho de pliegues duros
sobre la rosa de tu cuerpo suave.
TU BESO

El día sin tu beso carece de sentido,


su tarde es esperanza y su noche es olvido.

Y la una y el otro agotan la paciencia.


Día sólo es aquel que esculpe tu presencia.

Es como contem plar una aljaba sin dardo,


una espiga sin trigo, un búcaro sin nardo,

paladín sin estoque, heraldo sin trom peta,


singladura sin norte y aspiración sin meta.

Besarte justifica el fin de la jomada,


el frenesí del rapto y la noche cerrada.
C uerpo

Blanco y lechoso es, blanco y lechoso,


este cuerpo que yace al lado mío,
que hace un instante estaba entre mis brazos
envuelto en la caricia de la lana,
de la lana tejida que no aprieta,
cuyo espesor se vence sin esfuerzo.
Cuerpo que no he mirado todavía.
Sé que a mi lado está porque se mueve
com o la tierra en ondas poderosas.
Que está hecho de valles y de montes,
y de zarzales, digo, de relámpagos.
Y porque el ojo esquiva su destello
cuando hacia él se dobla la cabeza.
Rueda y deslumbra: eso es casi todo.
Grave y liviano es, fuerza y suspiro.
Cuerpo de diosa, pero no de Juno,
de una diosa pequeña, más ilustre,
de reina del marfil o de la espuma.
Así lo siento. Lo adivino así.
Pongo a la eterna lluvia por testigo.
C uerpo

ii

¿Qué del paisaje de marfil me queda


éstos de soledad, días transidos?
El movedizo juego de tus pechos,
balanceo de rosas, de palomas,
menos aún, dos grandes gotas de agua
rodando en el espacio vacilantes.
Así van, así van de un lado a otro,
gotas doradas, pom pas de ti misma,
hasta que al fin, horizontal, se aquietan,
apaciguados, graves, circulares,
apenas temblorosos en la noche.
B o lilla x v iii

“Darío, Silva, Ñervo, B. Fernández M oreno”...


Delante de mis ojos tengo el programa abierto.
Capuchón de la lluvia, arbusto de sol lleno,
yo soy el que te ama, pero mírame muerto.
C in es

Yo conozco este aliento, yo conozco este aliento


que se abre en la penum bra del cine, perfumada
y que me es familiar como la flor del viento
de una noche de estío, de febrero, estrellada.
De febrero, ese mes pequeñito y violento.
P r im a v e r a tuy a

No hay fatiga más dulce como esta fatiga


de salir de tus brazos delgaditos, amiga.
Los brazos delgaditos hacen más fuerte el nudo,
se hunden como cuerdas en el cuello desnudo.
La una mitad m uerto, la otra mitad vivo,
me abandono en un ángulo solo del colectivo
que vuela por la inmensa calle de Rivadavia:
ya se está haciendo hojas la fuerza de la savia.
Ya no hay síntomas de Ella, aunque sean muy pocos:
una pelusa verde a la luz de los focos.
Ya se pueden bajar un tanto los cristales
y soñar: yo lo hago con tus besos triunfales.
Primavera mil novecientos cuarenta y una,
su cuerpo en la penum bra brilla como la luna.
N oche

Sin ti no sé interpretar
ni la tierra ni las aguas.
¿Qué es ese sotillo de álamos?
¿Y qué esa barca dorada?

¿Quién soy yo con mi bastón,


con mi chambergo y mis gafas?
¿Qué clase de pluma al viento,
de fuego fatuo o fantasma?
P ureza

De la tierra negruzca
y del agua revuelta,
de la nube y la sombra,
del asfalto y la piedra,

com o un lirio se yergue


tu beldad, tu pureza,
a pesar de ti misma,
del que amas y besas.
C it a m a t in a l

El cuerpo muy dulce,


los ojos amargos.

Mientras tú llegabas,
cita de verano.

En la esquina sol.
El sol, pero blanco.

Y el parque tenía
los bancos mojados.

¿Por dónde hemos ido,


dónde me has llevado?

¿Cómo estás, de pronto,


con flores al brazo?

¿Ha habido algún roce,


un beso, un abrazo?

El cuerpo muy dulce,


los ojos amargos.
So n e t o del t r e n

Este es el tren, el de la media tarde,


entre penum bras y ventiladores,
aletas de metal, astros o flores
y todo el campo alrededor que arde.

Por cuatro horas mi contorno guarde


entre helados refrescos de colores,
mientras llegamos, ay, de mis amores,
el tren de fuego pero yo cobarde.

Si es que llego al final de mi viaje,


cóndor por raudo y por lento hormiga,
¿cuál tu actitud, tus ojos y tu traje?

¿Cómo te encontraré, mi dulce amiga,


doblado de em oción y de equipaje,
que tanto eres espada como espiga?
A c a b o d e p a s a r , a m o r , p o r e l c o r r e o ...

Acabo de pasar, amor, por el correo,


—chisporrotea el lacre, oscila la balanza-
es como un girasol de oro mi deseo
y como una ramita de espliego mi esperanza.

Aquí estoy con tu carta, al sesgo, en una mano


emboscado en esta sombría callejuela...
Tu carta, que es la última rosa de mi verano.
Déjame que la palpe, la sopese y la huela.
D u l c e a m o r d e p a s il l o s ,
d u l c e a m o r d e r i n c o n e s ...

Dulce amor de pasillos, dulce amor de rincones,


cuando ya es una bruma el aliento deshecho.
Sentir sobre mi pecho la amplitud de tu pecho
y como dos deditos pequeños tus pezones.

Y bajar la escalera trém ulo de deseo


aprovechando el último peldaño para verte.
Hasta que el frío dé cuenta de mi deseo.
(El frío no podría y no sé si la muerte).
YO SO Y PIEDRA, TÚ ERES RÍO...

Yo soy piedra, tú eres río,


rueda sobre el cuerpo mío.*

Variante:

Yo soy una piedra, tú eres un río.


Da vueltas, entonces, sobre el cuerpo mío.
M ié r c o l e s

Si voy a estar escondido


y refugiado en tu pecho,
¿qué falta me hacen adornos?
Me basto yo y mis cabellos.
R a c im o d e e s q u i n a s ...

Racimo de esquinas
en que te he esperado...
Ya te he divisado:
el sombrero alado
y las piernas finas.
D esn ú d ate, n o t e d e s n u d e s ..

Desnúdate. No te desnudes.
Besa. Ven. Huye.

Desde pies a cabeza.


Todo: raso y maleza.
H asta M o n t e v id e o ...

Hasta Montevideo,
en mitad de tu ausencia,
te mando mi paciencia
y también mi deseo.

De todo te aprovechas
alma, para quererla.
De verla y de no verla,
libas, sorbes, cosechas.

Aunque hace mucho frío


te veo entre corolas,
multitudes y olas
de la mar y del río.

Ya locuaz o ya muda,
ya risueña, ya triste,
mi recuerdo te viste,
te viste y te desnuda.
D esd e e l l e c h o a l e t e a s ...

Desde el lecho aleteas,


me llamas: mariposa
palpitante, entreabierta.
So n e t o

Bariloche, Carhué, Montevideo,*


granito, espiga cereal, espuma,
son una misma im penetrable bruma
en que me hundo yo con mi deseo.

Desde mi soledad así te veo


cuando la noche savia azul rezuma:**
un dedo que acaricia como pluma
y mientras tanto ¡ay! escribo y leo.

O camino, una mano a la cintura,


atento más que nunca a la arboleda,***
para olvidar un poco tu hermosura.****

Y sólo habla de ti, violenta o leda,


y hojita por hojita me tortura.
Y te veo desnuda en la vereda.

Variantes:
* Patagonia, Carhué, Montevideo,
** mientras la noche savia azul rezuma:
*** atento como nunca a la arboleda,
**** para olvidar, viajero, tu hermosura.
Un lunar

Un lunar en el dorso de una mano


no en el mentón, ni en la mejilla bella,
es ver sobre un alcor alguna estrella
o un cabritillo sobre un altozano.

Sitio, a mi parecer, el más humano,


pues muere, pues se eclipsa, pues destella
y si hay que besar la mano aquella
está llamando al beso cortesano.

Como lugar es portentoso invento


llevando tal lunar proa adelante
se puede echar al agua, al polvo, al viento,

ocultarlo en gamuzas con un guante,


o hacerlo refulgir, astro violento,
sobre pálida piel, negro diamante.
H uellas

Aunque es malo el asfalto para huellas


voy buscando unos pasos olvidados,
que aguzados mis ojos, si cerrados,
saben que por aquí pasaron ellas.

Huellas, huellas no más, nidos de estrellas,


en la materia dura ya engastados,
como los astros en celestes prados,
como diamantes en sortijas bellas.

Inútil es que el río me las lave,


sea por rabia o por envidia acaso
de que yo las recuerde o las alabe.

No recio cuero, terciopelo o raso,


menos aún la im pronta de algún ave.
Por eso acorto y mido cada paso.
Or d é n a m e e l p e n s a m i e n t o ...

Ordénam e el pensam iento


—lo único que te p id o -
para eso me lo has revuelto.
Pa r a t i l a n e g r u r a p r o v i n c i a n a d e l c ie l o ...

Para ti la negrura provinciana del cielo,


la masa de follajes, la cal de las fachadas,
las manchas luminosas que corren por el suelo,
las piedras relucientes, las hierbas magulladas.

Y la lluvia que em bebe poco a poco la tierra


y la sombra que cava a mis pies un abismo,
la ventana que cruje y el portal que se cierra.
Y para ti lo más o lo menos: yo mismo.
So n e t o

Tu recuerdo y la lluvia a un tiem po mismo


exasperado, trémulo, maltrecho,
me arrojaron maduro en este lecho,
com o al fondo engañoso de un abismo.

Y cuando era tu nom bre un paroxismo


que se torcía en la mitad del pecho,
me vi sujeto en un abrazo estrecho,
perdido en amoroso cataclismo.

Yo soy aquel que ayer te besó tanto


y que corrió la noche hasta la aurora,
víctima vagabunda de tu encanto.

Tenme piedad si te es posible ahora,


mientras miro mis manos con espanto
y la llovizna en los cristales, llora.
So n e t o

Ya ves que no te suelto, que me ato


a tu recuerdo rubio y vaporoso,
fugitivo en la calle y silencioso,
yo, que era poderío y arrebato.

Me estiro lo que puedo; dudo y trato


de asir tu traje, por ser tuyo, hermoso;
ceñido siempre y a la vez pom poso,
tentación p or aquí y allí recato.

Mírame en un café de esta plazuela


en que el tránsito al sol crepita y arde
y en la que todo, hasta un tranvía, vuela.

Pienso en ti, en tus ojos, en tu tarde...


Y me quisiera henchir com o una vela
y me refugio, en mi interior, cobarde.
TÚ QUISIERAS UN LIBRO DE UNA PROSA CANSADA...

Tú quisieras un libro de una prosa cansada


com o nadie en el mundo aún ha podido hacer,
para tenerlo siempre debajo de la almohada,
leerlo en los ocasos y cuando va a llover.

Yo haré para ti vino maravilloso y lento,


cargado de rocío, de lágrimas, de miel;
no volverá sus hojas ni la racha del viento...
Yo pondré la dulzura de tus ojos en él.
Al l a d o d e t u m a d r e t e e n r iq u e c e s ...

Al lado de tu madre te enriqueces


de nuevos dones: mi respeto aumenta.
¿De dónde sacas esa voz profunda
cuando repites: madre, que ya es hora?
En tu interior, te crece como un tallo
sonoro, lento, grave, sin un nudo,
y a flor de labios se te abre luego
en una rosa oscura de cien hojas.
Voz de niña aldeana fatigada
del ruido de panderos de la feria
que desea volver a casa pronto
a su silla, a su mesa, a sus trabajos.

Ni al niño desde el fondo de su cuna,


ni perdido en lo alto de un granero
oí decir ¡madre! como tú lo dices,
más tiene del balido de la oveja,
o de la rama que se quiebra sola,
o del que está extraviado en un desierto
o asomado a la borda en un naufragio.
¿Es que tenías miedo de las nubes
o del caer de pétalos de oro,
puntas de cirios en el aire denso,
galón marchito de la noche muerta?
¡Madre! decías, y era en mis entrañas
en donde rebotaba la palabra.
Ya es hora, madre, llévate esta hija
y que duerma en tus brazos esta noche.
POCO A POCO SE HACE LA LUZ EN TU VESTIDO...

Poco a poco se hace la luz en tu vestido,


la noche de tu traje se disuelve en la aurora.
La primavera próxima te regala su flora,
su ligereza el aire y el agua su latido.
Elegía de Alondra
Elegía de Alondra
I

Nunca tuvo una voz un arroyo tan fino


para sonar, com o ese que tú tienes, criatura.
Jazmín real nacido ayer en mi camino,
estrellita de oro de la tarde ya oscura.

A mi lado camina, llena de gentileza,


plaza de San Martín, calle de Santa Fe.
La luz que resta se ha hecho un nido en tu cabeza
y la luz, que es tan pura, debe saber por qué.
II

La encontré una tarde en una librería,


iba de rama en rama, de libro en libro, digo
hasta posarse en uno mío de poesía.
Y le tendí enseguida una mano de amigo.

Iba toda de negro como una golondrina,


no la imagino más que con ese color.
El pelo era dorado, la frente cristalina.
Pero un pájaro siempre y un trino de dolor.
V

Surges, tú me lo has dicho, de una lejana Lomas,


de un círculo trenzado de hierro y de dolor.
Yo te veo de niña, heroica, entre palomas
y molinos cargados de madreselva en flor.

Veo tu adolescencia avanzar como un fruto,


tu perfil definirse en una línea pura.
Y ahora, prisionera en un traje de luto,
lo mismo que una estrella en una nube oscura.
VI

La ciudad, que ya empieza, alondra blanca, a amarte


te dibuja la cara, y más, te la ilumina
con pinceles mimosos, con delicado arte,
com o nunca lo haría la acuarela más fina.

Y te pinta de azul y de verde y de rosa


según sea el aviso que surge a nuestro paso.
Te desmaterializa, te torna mariposa,
com o ninguna aurora, com o ningún ocaso.
VIII

Tengo la sensación de haber hablado m ucho


pues quisiera, criatura, estar m udo a tu lado
y seguir con los ojos el lindo cucurucho
que corona la masa de tu pelo dorado.

Eres un haz de espigas y un manojo de rosas


en un jardín sombrío o en el fondo de un coche.
Eres m enos y más en mis horas brumosas:
un perfil de platino recortado en la noche.
X

¿Y no le gusta a usted pisar las hojas secas?


me dijiste una tarde de este año ya fría.
Hablaste com o acaso hablaran las m uñecas
si tuvieran dolor y sangre y alegría.

Sí, me gusta pisarlas, caminar sobre ellas,


y sentir la floresta bajo mis pies crujir.
(Siempre se están haciendo guiños con las estrellas).
Esta noche tam bién me quisiera morir.
XIII

La tarde se apagó, se durmió en una esquina


y ahora es la ausencia fría e interminable.
El recuerdo me irrita con su arenilla fina
y yo tiendo el oído y le dejo que hable.

Esquivando un taxím etro, un canillita, un coche,


te contem plo a mi lado, y detrás, y delante.
Pero sólo me queda, náufrago de la noche,
un resplandor de oro y el aroma de un guante.
XIV

Ahí tienes la luna, que anoche no veías,


entre los nervios secos de ese árbol sin hojas.
Podrías divisarla desde tus celosías
rodeada de estrellas blancas, verdes y rojas.

Estoy erguido en medio de la calle desierta,


una sombra deform e al pie de tu ventana.
Vives ardientem ente y a ratos estás muerta.
Ahora duerm es y sueñas, rosa siem pre tem prana.
XV

Entre una y otra clase, en la tarde de lluvia,


te escribo cuatro líneas u ocho, m ejor dicho,
(la lluvia con el sol detrás sería rubia)
y dejo que la plum a divague a su capricho.

Vaga sobre el papel pero tan suavemente


com o mi pensam iento sobre tu dulce cara.
No te veré después, com o pensé, inocente...
Dios dispuso que hoy sólo te dibujara.
XVII

Este poem a es realm ente una elegía.


¿Elegía de otoño? ¿O la mía tal vez?
Estoy en el extrem o del tablón de mi día,
la juventud se escapa del puño com o un pez.

¿Por qué habías de ser tú la postrer testigo,


margarita rosada y apretado capullo?
No ya los años, cada m inuto es mi enemigo.
No sé cóm o no lloro, no sé cóm o no huyo.
XXII

Sólo con apoyar el codo en una mesa,


acordarm e de ti y mirar al vacío
y ver brillar en él tu cabellera espesa
que a veces es un lago y a veces es un río,

me lleno de palabras, me lleno de ternura,


primaveral manzano en mitad del invierno.
Pero hay que soñar poco y escribir con mesura
que se trata de ti, es decir, de lo eterno.
XXIII

Tienes un delicado aire Renacimiento,


m editerráneo, puro, de la costa ligur.
Cabeza para un cuadro de palacio o convento,
con el ojo em papado de lejanía azur.

Buenos Aires te dio con sus alrededores,


desgarros de corola y trém olos de hoja,
mañanas delgaditas y siestas de colores.
Temple, la secular selva de La Rioja.
XXIV

Quisiera ver tu cara con todo el sol en ella,


en la noche esmeralda del río de Solís.
La cabeza hacia atrás, cual declinante estrella.
(La orilla de esmeralda y el oleaje gris).

Para mí todavía no eres más que de sombra,


de escorzos, de matices, de pequeños detalles.
Angel crepuscular, de hojas para una alfombra,
rayo de luna y ópalo fugaz por esas calles.
XXVIII

Te escribo desde las gradas de Santa Rosa,


a donde tantas veces habrás venido a misa.
Mi perram us da al viento un ala tem blorosa
y el relámpago quiebra la costra de ceniza.

Tu mano me conduce a mi niñez cristiana,


mi niñez de rosario tras de la sobremesa.
Fines del XIX. Una ciudad lejana...
Y yo amaba a la infanta Doña María Teresa.
XXIX

Te abarco, criatura, de una sola mirada


cual si fueras un lirio o una piedra preciosa.
De una mano desnuda a una mano enguantada,
desde el pie transeúnte a la frente radiosa.

La cadenilla de oro que se enrosca a tu cuello,


un pliegue de tu traje, la punta de un pañuelo.
Veo cualquier matiz, capto cualquier destello...
Eres com o un jardín. Algo más, com o un cielo.
XXX

Anoche había barras de luz en tu persiana


y alcé hacia ti los ojos en actitud de ruego,
com o diciendo: Abre, señora castellana...
Y me perdí en la calle, triste y oblicuo, luego.

En esa luz naufragan tus ojos lentam ente,


verdes com o la flor más allá de la mar:
tus manos, dedo a dedo, sueño a sueño tu frente.
Ya es una misma cosa el rezar y el soñar.
XXXI

Eres com o una rosa de oro tras un velo


palpitante y sutil que te cubre la faz.
Ojos y labios hechos para im partir consuelo,
brazos y manos para administrar la paz.

Niña para un dibujo, para una viñeta


con canarios y espigas en pleno mediodía.
Novia para un poeta, para un niño poeta.
Eres la poesía para la poesía.
XXXII

Te busco, pese al frío, por las calles centrales,


a derecha y a izquierda, entre joyas y flores,
bajo rectas y curvas de luces espectrales.
En todas partes hundo los ojos avizores.

¿Pero qué vas a hacer perdida en el gentío?


¿Cómo andar y mirar y pensar y soñar?
No eres para correr por ahí, com o un río.
Tú eres el redondito copo de un hontanar.
XXXIII

¿Soy joven o soy viejo, soy joven o soy viejo?


Tan joven y tan viejo com o lo era a los veinte,
desde que te conozco no me miro al espejo,
prefiero el alabastro límpido de tu frente.

Si tuerces hacia mí tus ojos de berilo


soy el roble de hierro que no cuenta sus años.
Si miras a lo lejos (siem pre lo haces) vacilo
y me cubro de nieve com o los ermitaños.
XXXV

Ayer hem os estado, sin querer, en Oriente,


entre ornam entos áureos y olorosas resinas.
¡Qué pom poso tu pelo y qué herm osa tu frente
entre las hieráticas vírgenes bizantinas!

¿Eramos dos viajeros, éramos peregrinos?


¿Eramos dos curiosos, frívolos, al pasar?
Yo no sé lo que somos, cuáles nuestros caminos.
Yo hablo demasiado, tú no quieres hablar.
XXXVIII

Ya no soy profesor, m édico ni poeta,


por obra de tu gracia, por ley de tu candor,
desde su rama altísima una alondra decreta:
Usted es un pastor. Usted es un pastor.

Oh venturoso oficio áspero y delicado,


ahora soy pastor, lo mismo que David.
Delante de mi choza tengo un olmo plantado,
un olmo vigoroso... Tu recuerdo es la vid.
XXXIX

¡Oh frente despejada! ¡Oh boca dibujada!


¡Oh m entón suavemente apoyado en la mano!
¡Oh cabellera a un tiem po libre y disciplinada!
Tienes una perfecta cabeza de Ticiano.

Ahora dime, contorno, lo que guardas adentro,


¿cuál es, entre fantasmas y sombras, tu verdad,
esa com o un diamante que se cuaja en el centro
cuando estás sola a solas sola en la oscuridad?
XL

Yo he vivido olvidado de que existes, Italia,


prisionero, clavado en mi ceño español;
hoy me vuelvo hacia ti com o múltiple dalia
y me baño en tu mar y me doro en tu sol.

Porque ella tiene dulce, pura sangre latina


en la red de arroyuelos y ríos de sus venas.
Y aunque no quiere ser nada más que argentina
con su voz han debido de cantar las sirenas.
XLI

Tengo mi mano com o una gran hoja abierta


entre la tapia gris y tu áurea cabellera.
Por detrás la negrura, un jardín, una huerta
y el vaho todavía acre de primavera.

Omnibus y tranvías pasan resplandecientes


com o racimos de ángeles, y a la luz fugitiva
te chispean los ojos, los labios y los dientes.
Ya sé que eres un sueño pero sé que estás viva.
XLII

Detrás de un vidrio claro se balancea un pino


más alto todavía que la postrer comisa.
En cada rama estallan los pájaros su trino:
el patio, el aire, el cielo, son una sola risa.

Una cam pana tañe en la tarde a lo lejos,


toda la clase escribe y yo sueño contigo.
Ahora suena un reloj, un reloj de esos viejos
que hay en las escuelas. Yo te sueño. Y te digo.
XLVTI

¿Este canto que elevo a ti y a tu dulzura


es presagio del fin o acaso plenitud?
Como una llama sube desde mi selva oscura
y es palpitante y rojo com o es la salud.

Pero tal vez me engañe a mí mismo, cobarde,


hace calor y zumba juvenil la ciudad.
¿Qué sería de mí si virara la tarde,
sin este cargamento de rosas y humedad?
L

Como sobre una tapia se adorm ece una rosa


yo quisiera tu grave cabecita en mi hombro,
espontánea, caída, comprensiva, mimosa,
sin un soplo de miedo, ni una brizna de asombro.

Y contem plarte luego a la luz de una estrella


interm inablem ente de la frente a la boca,
com o contem pla el agua, inclinada sobre ella,
la frente taciturna y eterna de una roca.
LII

Ingrávida, remota, celeste, vaporosa,


delgada voz, perfil y pensam iento alado,
¿cuántas veces te he herido con mi zarza espinosa,
pluma tornasolada, pétalo sonrosado?

Me arrancaré del cuerpo hasta la última vena


y me iré solitario a una playa a soñar,
hasta hacerm e una estatua deleznable de arena
y me deshaga el viento y me arrastre el mar.
LV

Adoro tu manera m enudita y brumosa,


hecha de pizcas grises y dorados reflejos,
de oscurecer el sol y de velar la rosa,
de m irar a los pies y mirar a lo lejos.

Me gusta verte quieta, fundida en el paisaje,


maraña de ladrillo, de sauces y de río,
inmóvil en la hoja lóbrega de tu traje...
Fundida en el paisaje, pero al costado mío.
LVI

Para pensar en ti no he salido de Flores


envuelto en su neblina fresca y en su arboleda.
Te ofrezco este ramito vivido de dolores
apretado en la mano y sin cinta de seda.

Nunca he sentido tanto el peso de mi día,


esto, lo otro, aquello, lo que no hay que decir.
Hasta creo que odio mi propia poesía.
Quisiera adelgazar, y hecho dardo, partir.
LVIII

Todo pesado tienes, medido todo tienes


(por eso te incom oda hasta el dolor el viento),
el nardo de la frente y el oro de las sienes,
todo, m enos el raudo vuelo del pensamiento.

Tu pensam iento vuela más allá de la calle,


enlaza las pequeñas estrellas una a una,
y poniéndose en pie y adelgazando el talle,
abarca, con dos dedos, el disco de la luna.
LX

Tu recuerdo se exalta en esta hora pura.


El blanco y el carmín y el oro en la paleta
vibran bajo el pincel de la mano segura
y quiero ser pintor en lugar de poeta.

Yo pintaría entonces tu cara luminosa


una tarde com o ésta, una tarde com o ésta...
Una rosa, dos hojas azules, una rosa
y el taller en la dulce languidez de la siesta.
LXII

Tal vez haya soñado con un beso instantáneo,


dos estrellas fundidas augustam ente en una.
Un tem blor en el cuerpo y un mareo en el cráneo
y un ponerse la sangre del color de la luna.

No, jamás me has besado ni siquiera la frente,


sólo has puesto los labios o los atraje yo.
Continuaré soñando, Alondra, eternam ente.
Ni tú tienes derecho a decirm e que no.
LXXIX

Oscuridad suntuosa la de Villa Devoto


en que la luna exalta su blancura otoñal.
Todo ensueño parece fácil po r más rem oto
y yo pienso en la vida y su punto final.

¡Cómo siente mi brazo tu flexible cintura


y el juego de tus músculos bajo de tu vestido!
¿Hay que decir un día, adiós, a tu hermosura,
a todo lo creado, a todo lo leído?
LXXXII

El cuello se te llena, amor, de corazones


si rozo tus mejillas. Como un agua palpita.
Traduce dulcem ente todas tus sensaciones
con una precisión admirable, infinita.

Detrás está la noche y los ramos copiosos


y mi brazo, y en él, tu cabeza perdida.
Los ojos apacibles se tornan dolorosos
y no sé si te vas o vuelves a la vida.
LXXXIV

El olorcillo a incienso, el rum or de los fíeles


te rodea, te em bebe, te eleva y transfigura.
Torbellino de cirios y de místicas mieles
a mí también me arrastra y me sube a la altura.

Amor crepuscular, idilio sin mañana,


yo que em pecé hecho un ángel ¿habré perdido el cielo?
Los dos estamos sobre una misma ventana
y te miro entre el pico y el nudo de un pañuelo.
LXXXVI

Rueda la media luna, feliz, sobre el Congreso,


todo su blanco mármol aparece espectral,
y yo estoy sonrosado y tibio por tu beso.
Nocturno, resplandezco, por su influjo, auroral.

Es noche veraniega en la mitad de mayo,


la hum edad en la piedra su arroyuelo deslíe.
No existe la mentira, ni la vejez, ni el rayo...
Entreabre tu ventana. Un poco más. Sonríe.
LXXXIX

¿Qué tren nos ha traído? ¿En qué lugar estamos?


Por su verde y su rojo esto es Inglaterra.
Pero allí está un om bú patriarcal con sus ramos.
Esto es un rincón cualquiera en nuestra tierra.

Dóblate dulcem ente sobre el pretil del puente,


vuelve hacia mí tu pelo, tu beso, tu mirada.
Deja que p or detrás corra el viento y la gente.
El viento, el polvo, el prójimo... Ya lo ves: casi nada.
XCVII

¡Cómo juegas conmigo cuando hablas de tus años


desde tus ojos vivos, desde tu cutis terso!
Conmigo, ramo de lustros y desengaños,
(mi única juventud eres tú y mi verso).

Tengas la edad que tengas es cosa indiferente,


eres la eternidad que se azula o sonroja.
¿Qué años puede tener el cristal de la fuente?
¿Qué edad tiene la estrella? ¿Qué edad tiene la hoja?
C

Dime si has conocido algún día tan leve


com o el pasado miércoles de suburbio y campiña.
Un pétalo de rosa, un copito de nieve,
menos que lo que pesa el rizo de una niña.

El tren nos unió más al regreso, de noche,


yo soñaba en voz alta creo que po r los dos.
De cristal y de plata era en la som bra el coche.
Ibamos com o plumas en un soplo de Dios.
Sonetos y romances
del pastor
Prólogo

Una de albatros, poderosa pluma,


y una de cisne suave desearía
para cantarte, oh dulce María
del Carmen, a la vez, vigor y espuma.

Bruma en el m undo y en el mundo bruma,


tengo ésta de acero que es la mía;
llena de herrum bre y de melancolía
lágrimas negras para ti rezuma.

Abre el cuenco rosado de tus manos


p or si quieres guardar algunas de ellas,
lágrimas ya de los cabellos canos.

Q ue una noche, tal vez, al releellas,


cuando vuele mi alma a los arcanos
brillen entre tus dedos com o estrellas.
S O Y EL ACOSTUMBRADO A LA NEGRURA...

Soy el acostum brado a la negrura,


a la fachada y a la callejuela;
el desvelado soy y el centinela
junto al zarcillo de tu donosura.

Tengo miedo del Centro y su blancura


y de su abigarrada clientela;
del automóvil que a mi lado vuela,
y del colega y su literatura.

La noche se abre sobre mi cabeza


como la nave de una iglesia viva;
todo es penum bra, vaguedad, pereza,

no hay una estrella, ni siquier furtiva.


Un búho soy en torno a tu belleza,
¡oh mi labrada lámpara votiva!
LUJÁN

No quiero no, no quiero serranías,


ni la ola marina y su jactancia,
ni el fondo verde y oro de una estancia.
Q uiero pasar, verano, aquí mis días.

Cerca de ti y de tus niñerías


y de tu lealtad y tu constancia,
adherido a tu piel y su fragancia.
Que te enojes, que hables, que te rías.

Abandonada, así, sobre la grama


m ientras yo te contem plo, distraído,
con la profunda distracción del que ama.

Revuelta de cabello y de vestido,


retorcer el marfil com o una rama:
tu cuerpo descubierto y escondido.
So n e t o d e l r ia c h u e l o

Un salto, piernas ágiles, un puente,


un m ontón de hierbajos ya marchitos,
una nube rastrera de mosquitos,
un olor nauseabundo y astringente.

Dulce arenilla bajo el pie crujiente,


troncos, álamos, sauces, infinitos,
grasas, fosforescencias, ecos, gritos
y un barco anclado, m oribundo, enfrente.

Filo de un techo de rizada lata,


punto final, crepúsculo de antruejo,
una estrellita que aparece en plata.

Sucio y todo, el Riachuelo es un espejo.


Mira cómo, humillado, nos retrata:
juntos el sauce joven con el viejo.
A t e n t o s i e m p r e e s t o y , u n a p o r u n a ...

Atento siem pre estoy, una por una,


a tus palabras, a tus reflexiones,
a tus sonrisas, a tus sensaciones,
arroyo claro y plateada luna.

En el grave rodar de mi fortuna


sobre praderas verdes o terrones,
tejida de caricias y canciones,
arroyo, luna y flor com o ninguna.

Como ninguna, corazón ya viejo,


m ientras sostengo, trém ula la mano,
esta otra lunita de tu espejo.

Mientras te alisas el cabello en vano


y aprisionas la gracia en tu entrecejo.
Todo en la telaraña del verano.
A lrededor d e t i m i v id a e s t r e c h o ...

Alrededor de ti mi vida estrecho,


me aprieto, me reduzco, me debato;
fino el acero pálido me bato
el brazo largo y retraído el pecho.

Agazapado, de perfil, derecho,


arabesco elegante o garabato,
al ensueño me ato y me desato,
y el ensueño eres tú, sombra de helecho.

Y aun vuelvo, entre estocada y estocada,


los ojos a tu clásica herm osura
a mirarte otra vez en la mirada.

A ver si estás aún, fiel escultura,


o si te has ido, ya de mi cansada,
nube deshecha o fuentecilla oscura.
So n e t o de Belgrano

La noche, niña mía, de Belgrano,


es verde, es oscura, es sonrosada,
de árbol, de tiniebla, de fachada.
Perderse en ella no es perderse en vano.

Y m enos yo a quien llevas de la mano


com o una criatura alucinada.
¡Oh luna abierta, oh nube cerrada!
Y el mordisco de hiedra al m uro anciano.

Cada escalera es ram pa voluptuosa,


tras el jardín de césped trasquilado.
Sube p o r una, mi cintura hermosa.

Yo iré detrás, delante o a tu lado.


No hay puertecilla que no esté herrumbrosa,
tú indiferente y yo desesperado.
M ata d e t r é b o l , d u l c e , v e r d e m a t a ...

Mata de trébol, dulce, verde mata,


crecida al pie de un álamo sonoro;
¿pero es que hay trébol con cabellos de oro,
ojos grises y labios escarlata?

Hiedra, mejor, que a la pared se ata,


caña armoniosa, eterno sicomoro,
selva, jardín, alcázar y tesoro,
o espina aguda que penetra y mata.

En lucha con tu hondo pensam iento


eso eres, y más, niña, criatura,
a cuyo lado revivir intento.

Arroyo de color, pleam ar oscura,


déjalo en libertad, neblina al viento:
la forma tomará de tu escultura.
M u d a b l e c o m o e l t ie m p o e s t u m e j il l a ...

Mudable com o el tiem po es tu mejilla,


o arde com o una tarde del estío
o hiela, o poco menos, si hace frío;
pero ardiente o helada es maravilla.

Deja que acerque mi cansada arcilla


al pétalo de am or que llamo mío,
m ientras corre mi brazo com o un río
p or tu cuello, delgada torrecilla.

Calor o frío, llamarada o nieve,


no me im porta un instante su mudanza,
que a ocultos nervios nada más se debe.

Tu corazón es nido de templanza


y grave su latido al par que leve.
Y si no, que lo diga mi esperanza.
Si ACASO COMO YO ESTÁS ESCUCHANDO...

Si acaso com o yo estás escuchando,


con un brazo pasado por la frente,
el ruidito del agua persistente
o p o r ocultos caños resbalando;

ese rum or tan misterioso y blando


que no se sabe dónde está y se siente,
—cerrado ya el volum en confidente—
mientras que la ciudad duerm e soñando...

Tal vez a uno u otro lado inclines


la cabeza cargada de armonía
hecha de rizos de oro y de jazmines,

así com o he inclinado yo la mía.


Puede ser que a tu vera me adivines:
soy esa m ancha pálida y sombría.
S o n e t o e p íl o g o
(MUY LEJANO)

Escalón a escalón y verso a verso,


por tu influjo sutil y tu presencia,
con mi paciencia y con mi impaciencia
este libro te he escrito uno y diverso.

No ha de cambiar po r él el universo
ni tus desdenes en benevolencia,
pero, cestillo rubio en mi existencia,
se lo enseño, orgulloso, al hado adverso.

Junto a tu juventud he madurado


yo, que ya me creía tan maduro,
al sol de tu cabello derramado.

Aquí estoy, a tus pies y sin futuro,


pero contento po r haberte amado.
Tímido aún, adolescente y puro.
Ta n t o t ie m p o a t u l a d o c o n t e m p l a n d o ...

Tanto tiempo a tu lado contem plando


hora tras hora, Alondra, tu belleza,
(la arena recogía mi pereza
como un arroyo que se va secando);

tanto tiem po contigo suspirando


y era un suspiro la naturaleza:
—el arbusto, la brisa y la maleza—.
Tanto tiem po olvidado y olvidando,

que hoy al volver a mis antiguas huellas,


calleja, soledad y jardincito,
casi no conocía las estrellas

y tuve que mirarlas de hito en hito.


Reconcíliame, niña mía, con ellas.
Devuélveme a la tierra, tú, Infinito.
So n e t o pa r a el via je d e Córdoba

Este cuarto soneto que te escribo


surge com o una flor inesperada
en la noche de Córdoba mojada:
de ella y de ti soy el feliz cautivo.

Si de su sierra brisa azul recibo


de espinillo y de sauce entrelazada,
de tu boca profunda y purpurada
brota el aliento, sí, por el que vivo.

Ahora, Córdoba, adiós. Conmigo vienes


en resplandor de sol y de azulejos,
pero mi sombra en tus fachadas tienes.

A ella me la llevo, siempre y lejos,


incienso y campanillas en las sienes
y en la mano un terrón, mis años viejos.
T orm enta

Por fin el cielo de plomo


crujió, se abrió, se deshizo,
y el parque y tú se llenaron
de pétalos y granizos.
Topacios, pues, y diamantes
se enredaron a tus rizos,
y topacios y diamantes
rodaron por los caminos.
Los cipreses, como espadas,
las palmas, como abanicos,
se batían furibundos
desesperados y oblicuos.
Los faroles se doblaban,
parpadeaban como cirios,
y fuentes y surtidores
se deshacían en hilos.
La lluvia em papó tu pelo
y te ciñó los vestidos
y yo no supe ponerte
ni dos hojas por abrigo.
Por tus hom bros y tus brazos
corrió una estría de frío,
que te rodeó la cintura
y se perdió en los tobillos,
y todo fue tan violento
y todo tan repentino,
que el cielo se hizo montaña
y tu tierra se hizo río.
Pero tu perfil cortaba
el aire como un cuchillo,
y sonreías extática
cual si cayera rocío.
Pa sto r d e l a ir e

Ni poeta, ni soldado
sólo quiero ser pastor,
pero no pastor de ovejas
ni de valle ni de alcor.
Q uiero ser pastor del aire,
de una nueva condición.
Ir detrás de una avecica
es ya mi sola misión.
Que no se hiele en la luna,
que no se quem e en el sol,
que no se pierda entre estrellas
ni entre nubes de algodón.
Que corte recta el espacio,
en el pico una canción.
Que vuele lo que quisiere
que se aproxim e hasta Dios,
pero que to m e a su jaula
si le hago una seña yo.
Ser pastor así es difícil,
sin cayado y sin zurrón,
el pájaro es muy pequeño
y muy grande la extensión.
Y mis pies están cansados
y mis ojos y mi voz.
Rom ance d e m e d ia n o c h e

Es hora de recordarte,
son las doce de la noche.
Tienes que decirme cómo,
y señalarme hasta dónde.
Me echaré hacia la derecha
para que no me sofoque
el corazón harto grande
tinto de ti hasta los bordes.
Te murmuraré a los labios
tu dulce, tu doble nombre:
el uno dice María,
el otro destila flores,
mientras mi mano feliz
todo tu cuerpo recorre
que como es cuerpo soñado
ni me huye, ni se esconde.
La nube del mosquitero
por encima, y sus albores,
con una rosa de sangre
en un alfiler de cobre;
ni de oro ni de plata
que nuestro amor es muy pobre.
Y por afuera la sombra
lacrimosa de faroles,
con árboles en la niebla
y grillos en los rincones.
D é ja m e q u e e s c r ib a t o d o ...

Déjame que escriba todo


lo que me venga a los labios,
lo que descienda a la pluma
y caiga en el papel blanco.
No me taches esas líneas,
no digas no, con la mano,
ni moviendo la cabeza
y su cabello anillado.
Son cosas nuestras, muy nuestras,
maduras de m uchos años,
verdes de algunos minutos
y que yo escribo temblando.
Ya haremos, alguna vez,
con lo escrito, dos repartos,
uno para darlo al mundo,
otro para bien guardado.
Pondremos nuestros papeles
abiertos en tu regazo,
y aquello sí y esto no,
a la par diremos ambos.
Los suspiros para el viento,
los besos para enterrarlos.
Indice

Prólogo .............................................................. 7
Nota ................................................................... 43
Bibliografía ......................................................... 45

LIBRO D E SARA .................................................... 47


De p a r en p a r abierta está m i casa ......................... 49
Estampa ........................................................... 50
¿Por qué estás tan delgada?................................... 51
Tu voz ............................................................ 52
Ojos blancos ..................................................... 53
Soneto ............................................................ 54
Aromas ........................................................... 55
Tu beso ........................................................... 56
Tu beso ........................................................... 57
Tu beso ........................................................... 58
Tu beso ........................................................... 59
Contemplación del beso ...................................... 60
Contemplación del beso ...................................... 61
Tus ojos ........................................................... 62
Al cam inar parece que crujieran ............................ 63
Tu beso ........................................................... 64
Cuerpo ........................................................... 65
Cuerpo II ......................................................... 66
Bolilla X V III ...................................................... 67
Cines .............................................................. 68
Primavera tuya .................................................. 69
Noche ............................................................. 70
Pureza ............................................................. 71
Cita matinal ...................................................... 72
Soneto del tren .................................................. 73
Acabo de pasar, amor, por el correo........................ 74
Dulce amor de pasillos,
dulce amor de rincones.................................... 75
Yo soy piedra, tú eres río....................................... 76
Miércoles ......................................................... 77
Racimo de esquinas.............................................. 78
Desnúdate. No te desnudes.................................... 79
Hasta Montevideo................................................ 80
Desde el lecho aleteas............................................ 81
Soneto ............................................................. 82
Un lunar .......................................................... 83
Huellas ............................................................. 84
Ordéname el pensamiento..................................... 85
Para ti la negrura provinciana del cielo................... 86
Soneto ............................................................. 87
Soneto ............................................................. 88
Tú quisieras un libro de una prosa cansada............... 89
Al lado de tu madre te enriqueces............................. 90
Poco a poco se hace la luz en tu vestido..................... 91

ELEGIA DE A LO N D RA ............................................. 93
Elegía de A londra ............................................... 95
I .................................................................... 97
II .................................................................... 98
V .................................................................... 99
V I ................................................................... 100
VIH ................................................................. 101
X .................................................................... 102
X III ................................................................. 103
X IV ................................................................. 104
X V ................................................................. 105
X V I I ................................................................. 106
X X II ................................................................ 107
X X III ............................................................... 108
X X IV ............................................................... 109
X X V III ............................................................. 110
X X IX ............................................................... 111
X X X ................................................................ 112
X X X I ............................................................... 113
X X X II .............................................................. 114
X X X III .................................................. 115
X X X V .............................................................. 116
X X X V III ........................................................... 117
X X X IX ............................................................ 118
XL .................................................................. 119
XLI ................................................................. 120
XLII ................................................................ 121
X L V II .............................................................. 122
L ................................................................... 123
LII .................................................................. 124
LV .................................................................. 125
LVI ................................................................. 126
LVIII ............................................................... 127
LX .................................................................. 128
LX II ................................................................ 129
L X X IX ............................................................. 130
L X X X II ............................................................ 131
L X X X IV ........................................................... 132
LXXXVT ........................................................... 133
L X X X IX ........................................................... 134
X C V II .............................................................. 135
C ................................................................... 136

Sonetos y romances del pastor .................................. 137


Prólogo ........................................................... 139
Soy el acostumbrado a la negrura.......................... 140
Luján ............................................................... 141
Soneto del Riachuelo .......................................... 142
Atento siempre estoy, una por una.......................... 143
Alrededor de ti mi vida estrecho............................. 144
Soneto de Belgrano ............................................ 145
Mata de trébol, dulce, verde mata ........................... 146
Mudable como el tiempo es tu mejilla...................... 147
Si acaso como yo estás escuchando......................... 148
Soneto epílogo (muy lejano) ................................. 149
Tanto tiempo a tu lado contemplando..................... 150
Soneto para el viaje a Córdoba .............................. 151
Tormenta ......................................................... 152
Pastor del aire ................................................... 153
Romance de medianoche .................................... 154
Déjame que escriba todo....................................... 155
Esta edición
se terminó de imprimir en
Grafinor S.A.
Lamadrid 1576, Villa Ballester,
en el mes de agosto de 1998.
Baldomero
FERNANDEZ
MORENO
Elegía de Alondra
os poemas que componen este volumen han permanecido en
L las sombras durante casi medio siglo. Formaban parte de los
secretos Libro de Sara y Elegía de Alondra, obras que nunca se pu­
blicaron por expresa decisión de Baldomero Fernández Moreno.
Estos poemas de amor, en los que se mezclan el más intenso ero­
tismo y la más alta espiritualidad, fueron dedicados a dos mujeres
cuyos verdaderos nombres quedarán para siempre envueltos en un
aura de misterio. Escritos en distintos cafés de Buenos Aires pocos
años antes de su muerte, no cristalizan el deslumbramiento enamo­
rado del poeta presente en los famosos Versos de Negrita, consa­
grados a quien fuera su esposa, sino el fugaz renacer del cuerpo y
el alma que se aferran a la vida.
Mario Benedetti ha seleccionado y prologado estos versos que en­
cierran la pasión y la resurrección en un puño, y devuelven al lector
la figura viva y brillante de uno de los mayores poetas argentinos.

789507 312120
SEIX BARRAL

También podría gustarte