Teoría General de los Contratos Civiles
Teoría General de los Contratos Civiles
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Apunte elaborado por Kevin Arroyo y Osiel Hernández para Abusleme Pinto
Interrogadores. Edición y corrección basada en el Manual de Jorge López Santa María y
demás manuales de preparación del Examen de Grado, actualizado a Noviuembre de 2023.
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Introducción
Capítulo VI la buena fe
6.1. Buena fe noción general.
6.2. La buena fe como principio general del derecho.
6.3. Concepto unitario de la buena fe.
6.4. La buena fe subjetiva.
6.5. La buena fe objetiva.
6.6. Funciones de la buena fe.
6.7. Manifestaciones de la buena fe.
6.8. La buena fe en el Código de Bello.
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INTRODUCCIÓN
El presente apunte contiene el estudio de la parte general de los contratos civiles en Chile.
Reviste gran importancia para el examen de grado y la vida profesional de un abogado/a, ya
que sostiene las bases de materias posteriores que son típicamente preguntadas y que
permiten un orden y claridad de los contenidos de contratos especiales, aspectos de teoría de
la ley y responsabilidad. La estructura del apunte sintetiza el contrato como institución
jurídico-económica, sus clasificaciones y categorías. Luego se desarrollan los principios que
inspiran al derecho de la contratación, desarrollando instituciones como la buena fe, la teoría
de los riesgos y de la imprevisión. Finaliza el apartado con la interpretación e integración de
los contratos.
BIBLIOGRAFÍA
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Capítulo I CONCEPTO DE CONTRATO
Se entiende por contrato la convención que crea derechos y obligaciones. Del análisis de
la definición aparece que el contrato pertenece al género de los actos jurídicos. En particular,
es un tipo de convención o acto jurídico bilateral, lo que supone que requiere de la
manifestación de voluntad de al menos dos partes para nacer a la vida del derecho.
Finalmente, dentro del género de las convenciones, el contrato se caracteriza por su objeto,
cual es engendrar derechos y obligaciones, lo que permite distinguirlo de las convenciones
extintivas y modificatorias.
Como se ha señalado, el artículo 1437 de nuestro Código Civil menciona al contrato entre
las fuentes de las obligaciones, junto con el cuasicontrato, el delito, el cuasidelito y la ley. Se
refiere a él al disponer que las obligaciones pueden nacer “del concurso real de las voluntades
de dos o más personas, como en el contrato o convención”. Se trata de una manera de hacer
referencia al consentimiento o acuerdo de voluntades, en el que se cimenta todo contrato.
Art 1438: Contrato o convención es un acto por el cual una parte se obliga
para con otra a dar, hacer o no hacer alguna cosa. Cada parte puede ser una
o muchas personas.
Esta definición ha sido objeto de las siguientes críticas por parte de la doctrina:
a. En primer lugar, tanto el artículo 1438 como el artículo 1437 toman como
sinónimos los términos contrato y convención, en circunstancias de que entre ellos
existe una relación de especie a género. En efecto, es convención todo acto
jurídico bilateral, ya sea que cree, modifique o extinga derechos y obligaciones.
Mientras que contrato se llama únicamente a aquella convención que genera
derechos y obligaciones. En consecuencia, si bien es cierto que todo contrato es
una convención, no toda convención es contrato. Así, existen convenciones
extintivas como el pago o la resciliación y modificatorias, como el cambio de
plazo, lugar o modalidad de entrega.
b. En segundo lugar, la definición incurre en una elipsis al referirse al objeto del
contrato, puesto que señala que las partes se obligan a “dar, hacer o no hacer
alguna cosa”. En verdad, el objeto del contrato son las obligaciones que engendra.
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A su vez, el objeto de la obligación es la prestación, que consiste en dar, hacer o
no hacer alguna cosa. De esta manera, la definición omite una etapa.
1. Cosas de la esencia. Art. 1444 CC: “Son de la esencia de un contrato aquellas cosas
sin las cuales o no produce efecto alguno, o degenera en otro contrato diferente”.
Según la doctrina, los elementos de la esencia de un contrato son aquellos necesarios
y suficientes para que nazca a la vida del derecho y produzca sus efectos.
2. Cosas de la naturaleza. Art. 1444 CC: “(…) son de la naturaleza de un contrato las
que no siendo esenciales en él, se entienden pertenecerle, sin necesidad de una
cláusula especial”.
3. Cosas accidentales. Art. 1444 CC:“(…) son accidentales a un contrato aquellas que
ni esencial ni naturalmente le pertenecen, y que se le agregan por medio de cláusulas
especiales”.
En términos generales, los autores hablan de dos funciones principales que cumplen los
contratos: económica y social.
1. Función económica: el contrato cumple sin duda una función económica de la mayor
importancia. Es el principal vehículo de las relaciones económicas entre las personas.
La libre circulación de la riqueza, el intercambio de bienes y servicios se cumple
esencialmente a través de los contratos. En otras palabras, sin los contratos el mundo
de los negocios sería imposible.
2. Función social: el contrato cumple también una función social. No sólo sirve el
contrato para la satisfacción de necesidades económicas individuales. Además, es un
medio de cooperación entre las personas. Pensemos que el trabajo, la vivienda, el
estudio, la recreación, la cultura, el transporte, etc., implican usualmente una
dimensión social o una relación de cooperación entre diversas personas.
Debe advertirse que sólo en el siglo XX llegó a consolidarse la función social de los contratos,
en una tendencia destinada a corregir ciertos abusos que se amparaban en la noción de
contrato exclusivamente voluntarista, propia del siglo XIX. Ello hizo necesaria la
intervención del legislador, por medio de normas imperativas reguladoras de las cláusulas
más importantes de aquellos contratos considerados socialmente más significativos. Aparece
así el contrato dirigido (Ej. Contrato de trabajo), bajo la impronta del orden público social o
de protección de aquellos individuos dotados de menos poderes de negociación, frente a otros
colocados en una posición más fuerte.
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Desde otro punto de vista, la función social de los contratos se relaciona directamente con el
principio de la buena fe.
Desglosando las funciones económica y social de los contratos, distinguen los autores
diversas subfunciones de los contratos, en todo caso no taxativas:
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Capítulo II CLASIFICACIONES LEGALES DE LOS CONTRATOS
En sus artículos 1439 y siguientes, el Código clasifica los contratos en: (i) unilaterales y
bilaterales; (ii) gratuitos y onerosos; (iii) conmutativos y aleatorios; (iv) principales y
accesorios; y (v) consensuales, solemnes y reales. Es importante manejar muy bien esta
clasificación.
Art. 1439. El contrato es unilateral cuando una de las partes se obliga para con otra que no
contrae obligación alguna; y bilateral, cuando las partes contratantes se obligan recíprocamente.
A. Criterio de clasificación
El criterio es, por lo tanto, el número de partes que resultan obligadas en virtud del contrato.
No debe confundirse esta clasificación con la de los actos jurídicos unilaterales y bilaterales.
El contrato es siempre un acto jurídico bilateral. Cabe recordar que el acto jurídico se clasifica
en unilateral y bilateral según el número de manifestaciones de voluntad que concurren a la
formación del acto. Por otra parte, el criterio tampoco es el número de obligaciones que
genera el contrato.
Se llama contrato unilateral a aquel en que solo una de las partes resulta obligada. Esta parte
asume el rol de deudora, mientras que la contraria asume el rol de acreedora. Ejemplos de
contratos unilaterales son el depósito, el comodato, el mutuo, la prenda, la donación sin
cargas y la fianza.
D. Importancia de la distinción
Distinguir el número de partes que resultan obligadas es relevante, debido a que existe una
serie de reglas especiales que solo se aplican a los contratos bilaterales, y que toman el
nombre de efectos particulares. El fundamento de dichos efectos particulares se halla en la
interdependencia de las obligaciones recíprocas, que consiste en que los sucesos que
afectan a la obligación de una de las partes repercuten en el destino de la obligación
correlativa de la otra. Lo anterior encuentra su origen en la idea de causa final, según la cual
la causa de la obligación de una de las partes en un contrato bilateral es la prestación que la
contraparte debe ejecutar a su favor. Sin embargo, la interdependencia de las obligaciones no
se agota en la génesis del contrato, sino que opera durante la fase de cumplimiento.
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E. Manifestaciones de la interdependencia de las obligaciones
Artículo 1489 CC: “En los contratos bilaterales va envuelta la condición resolutoria de no cumplirse por
uno de los contratantes lo pactado.
Pero en tal caso podrá el otro contratante pedir a su arbitrio o la resolución o el cumplimiento del contrato,
con indemnización de perjuicios”.
(i) Procedencia
Si uno de los contratantes voluntariamente se ha abstenido de ejecutar las prestaciones a que
se encuentra obligado, si estuviera en mora, el otro puede demandar el cumplimiento forzado
de lo que se le adeuda o, si lo prefiere, puede optar por desligarse del contrato, solicitando la
resolución judicial.
(ii) Requisitos
1) Debe tratarse de un contrato bilateral.
2) Debe existir incumplimiento del deudor imputable a su culpa o dolo.
3) El actor debe haber cumplido sus obligaciones o estar llano a cumplir.
4) Debe ser declarada por sentencia judicial.
Existe discusión en doctrina no solo respecto del primer requisito, sino también respecto de
las características que debe revestir el incumplimiento resolutorio. Todas ellas serán
estudiadas oportunamente en el estudio de la responsabilidad contractual.
Por otra parte, se discute también en doctrina si la resolución es facultativa solo para el
acreedor demandante o también para el deudor demandado, toda vez que se ha sostenido que
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el deudor podría enervar la acción resolutoria pagando en cualquier momento del juicio
(artículo 310 CPC).
(iii) Efectos
1. Se deja sin efecto el contrato y desaparece retroactivamente como si nunca hubiera
existido.
2. Se aplican las reglas de la resolución (Art. 1487 y siguientes).
3. Si una parte ya había pagado, procede la restitución.
4. Si se trata de un contrato de tracto sucesivo, la terminación opera sólo para el futuro.
5. Además de la resolución, el demandante puede solicitar indemnización de perjuicios.
6. La resolución sólo da acción contra terceros poseedores de mala fe (Art 1490).
Tratándose de bienes inmuebles, solo habrá acción en la medida que la condición
constara en el título debidamente inscrito u otorgado por escritura pública (1491 CC).
Artículo 1552 CC: “En los contratos bilaterales ninguno de los contratantes está en
mora dejando de cumplir lo pactado, mientras el otro no lo cumple por su parte, o no se
allana a cumplirlo en la forma y tiempo debidos
Se trata de una defensa mediante la cual el deudor demandado se niega, en el proceso judicial
respectivo, a cumplir su obligación mientras la otra parte no cumpla o no se allane a cumplir
lo que le corresponde. Se expresa en la fórmula “la mora purga la mora”.
(i) Procedencia
El texto legal a primera vista pareciera indicar que la excepción sería procedente sólo cuando
se trate de oponerse a una demanda de indemnización de perjuicios, puesto que la mora del
deudor, en un sentido estricto, exclusivamente es presupuesto de admisibilidad de la acción
indemnizatoria del acreedor y no de la acción por la que se reclama la ejecución forzada en
naturaleza. No obstante, la jurisprudencia nacional ha interpretado ampliamente nuestro
artículo 1552, admitiendo la procedencia de la excepción de contrato no cumplido tanto
respecto a la demanda de indemnización de perjuicios, cuanto a la demanda de cumplimiento
in natura (por la que se solicita que el deudor cumpla exactamente aquello que prometió).
(ii) Requisitos
1. Que se trate de un contrato bilateral.
2. Que la parte demandante no haya cumplido la prestación que le corresponde ni esté
llana a cumplirla en forma y tiempo debidos.
3. Que la obligación del demandante, que se afirma incumplida, sea actualmente
exigible.
La Corte Suprema ha sostenido que el Art. 1552 CC sólo se refiere a las obligaciones propias
de la esencia y de la naturaleza del contrato, no así a las accidentales. En virtud del principio
de buena fe objetiva, un incumplimiento de poca monta no sería suficiente para fundar la
excepción de contrato no cumplido.
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(iii) Efectos
La excepción de contrato no cumplido produce un efecto provisorio: se suspende la condena
a que el demandado pague su prestación hasta que el demandante cumpla o se allane a
cumplir lo que él debe. Pero la suspensión transitoria puede prolongarse si ninguno de los
contratantes cede. El contrato se paraliza; hay incumplimiento de ambas partes. La ley no ha
previsto este caso. La jurisprudencia, enfrentada a casos de incumplimientos recíprocos, ha
decidido resolver el contrato, sin indemnización de perjuicios, fundado en criterios de justicia
y equidad, toda vez que no parece razonable dejar a las partes vinculadas a un contrato que
ninguna de ellas tiene intención de cumplir.
Art. 1550. “El riesgo del cuerpo cierto cuya entrega se deba, es siempre a cargo del acreedor;
salvo que el deudor se constituya en mora de efectuarla, o que se haya comprometido a entregar
una misma cosa a dos o más personas por obligaciones distintas; en cualquiera de estos casos,
será a cargo del deudor el riesgo de la cosa, hasta su entrega”.
Art. 1820 CC. “La pérdida, deterioro o mejora de la especie o cuerpo cierto que se vende,
pertenece al comprador, desde el momento de perfeccionarse el contrato, aunque no se haya
entregado la cosa; salvo que se venda bajo condición suspensiva, y que se cumpla la condición,
pues entonces, pereciendo totalmente la especie mientras pende la condición la pérdida será del
vendedor, y la mejora o deterioro pertenecerá al comprador”.
(i) Procedencia
En las normas citadas, el legislador solo dio respuesta al problema de los riesgos a propósito
de las obligaciones de dar o entregar una especie o cuerpo cierto. Como resulta evidente,
tratándose de obligaciones de género ilimitado la teoría no tiene aplicación, puesto que nunca
llega a ser totalmente imposible cumplir la obligación, toda vez que siempre habrá individuos
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del mismo género con los cuales el deudor pueda efectuar el pago, aun cuando pierda aquellos
que se encontraban en su poder al momento de contratar.
a) Aplican por analogía los artículos 1550 y 1820 CC, por lo que el riesgo es para el
acreedor.
b) A falta de disposición expresa debería optarse por establecer que el riesgo es del
deudor. Los fundamentos de los efectos particulares de los contratos bilaterales
permitirían postular que hoy en Chile, el riesgo lo soportaría el deudor. Sirven de
argumento: la interdependencia de las obligaciones, la doctrina de la causa y la
equidad o buena fe.
(ii) Requisitos
1. Que exista un contrato bilateral en curso, cuyo cumplimiento esté pendiente, al menos en
parte.
2. Que se extinga la obligación de uno de los contratantes por imposibilidad de ejecución, o
sea, a consecuencia de un caso fortuito o fuerza mayor.
A su vez, el caso fortuito o fuerza mayor debe cumplir con los siguientes requisitos:
- Causa inimputable al deudor.
- Imposibilidad de cumplir (irresistible).
- Imprevisibilidad al momento de celebrar el contrato
(iii) Efectos
La interdependencia de las obligaciones creadas por el contrato bilateral y la doctrina de la
causa conducen a pensar que lo más equitativo y lo técnicamente correcto es admitir, cuando
se extingue la obligación de una de las partes por imposibilidad de ejecución, que deba
también extinguirse la obligación correlativa: el riesgo en consecuencia sería para el deudor
(res perit debitori), quien perderá la cosa debida, sin recibir nada en cambio. Esta no es,
empero, la solución admitida por el Código Civil chileno. El artículo 1550, básico en la
materia, sienta la solución opuesta: el principio res perit creditori. El acreedor soporta
el riesgo.
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Por el contrario, en la solución dispuesta en el artículo 1550 del Código Civil chileno no hay
aplicación de la máxima res perit domino, pues en Chile la compraventa jamás transfiere
dominio; sólo genera derechos personales. En derecho comparado, la solución moderna es la
inversa que la chilena: los riesgos son para el deudor.
Sin perjuicio de lo antes dicho, la regla res perit creditore del artículo 1550 CC tiene
múltiples excepciones en nuestro sistema:
Es la figura por la cual uno de los contratantes conviene en que un tercero ocupe su posición
jurídica en el contrato. Su objeto es el conjunto de derechos, obligaciones, potestades y
expectativas que se transfieren al “cesionario”, quien se subroga en el contrato ocupando la
posición del cedente.
Son aquellos que nacen como contratos unilaterales, pero a propósito de los cuales
ulteriormente emerge obligación para la parte que originalmente estaba dispensada.
Son aquellos que provienen de la manifestación de voluntad de dos o más partes, todas las
cuales resultan obligadas en vistas de un objetivo común. La multiplicidad subjetiva, es
respecto al contrato de que se trate, un elemento accidental, ya que el contrato se concibe sin
problemas, vinculando exclusivamente a dos partes, como contrato bilateral. Dicho de otra
manera, no habría diferencia cualitativa, sino que meramente cuantitativa, entre contrato
bilateral y contrato plurilateral, por lo que, en definitiva, sin perjuicio de ciertos rasgos
distintivos, el contrato plurilateral sería una especie de contrato bilateral. Ej. Sociedad.
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1. Derechos y obligaciones: en los bilaterales surgen obligaciones correlativas; en los
plurilaterales cada parte adquiere derechos y obligaciones respecto a todos los demás.
2. Vicios del consentimiento: en los bilaterales, los vicios del consentimiento acarrean
la nulidad; en los plurilaterales, el vicio que sufre uno de los contratantes se traduce
en la ineficacia de su concurso al contrato, que es válido para las otras partes.
3. Ingreso de nuevas partes: los bilaterales están limitados a las partes originarias; los
plurilaterales admiten el ingreso de nuevas partes o el retiro de las iniciales.
Para Messineo, esta figura no es un contrato, sino un acto colectivo. Los contratos se
caracterizan por su heterogeneidad: las voluntades, destinadas a satisfacer intereses
contrapuestos o no coincidentes, se cruzan produciendo efectos distintos para cada parte. En
cambio, en figuras como la sociedad existe una homogeneidad: las voluntades se suman,
puesto que tienen por finalidad satisfacer intereses coincidentes.
Art. 1440 CC. “El contrato es gratuito o de beneficencia cuando sólo tiene por objeto la utilidad
de una de las partes, sufriendo la otra el gravamen; y oneroso, cuando tiene por objeto la
utilidad de ambos contratantes, gravándose cada uno a beneficio del otro”.
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La doctrina cuestiona la utilización de Bello de dos criterios (utilidad y gravamen) al clasificar solo dos
contratos. Una clasificación es una bifurcación a partir de un criterio, existiendo dos, deberían ser 4 las
clasificaciones; el gratuito que reporta utilidad y no gravamen, que reporta utilidad y gravamen, el oneroso en
que ambos reportan utilidad sin sufrir nadie el gravamen o bien ambos la reportan gravándose ambos.
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bilateral, ya que siempre impone al mandatario la obligación de hacerse cargo de los
negocios cuya gestión le encomienda el mandante y a éste la obligación de
proporcionar al mandatario lo necesario para ejecutar el encargo.
3. En el comodato en pro de ambas partes (Art. 2179 CC): por ejemplo, el perro de caza
que se presta con la obligación de amaestrarlo; o la parcela que se presta
gratuitamente, obligándose el comodatario a efectuar innovaciones que incorporen
nuevas tecnologías en el manejo de los frutales.
D. Importancia de la clasificación
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2. Obligación de garantía: la obligación de saneamiento de la evicción esta se
reglamenta en la compraventa (artículo 1838 y siguientes), arrendamiento (artículos
1928 y siguientes) y la sociedad (artículo 2085), pero en la doctrina nacional y
comparada, se sostiene que es una obligación de la naturaleza de todo contrato
oneroso.
3. Carácter intuitu personae: en los contratos gratuitos suele ser relevante la persona
con quien se contrata, por lo que el error en cuanto a la persona vicia el
consentimiento (artículos 1455, 1681 y 1682). En los contratos onerosos, la identidad
de la persona con quien se contrata es normalmente indiferente, salvo en algunos de
ellos, como la transacción (artículo 2456), el mandato remunerado o la sociedad de
personas.
Artículo 1441. “El contrato oneroso es conmutativo, cuando cada una de las
partes se obliga a dar o hacer una cosa que se mira como equivalente a lo que la
otra parte debe dar o hacer a su vez; y si el equivalente consiste en una
contingencia incierta de ganancia o pérdida, se llama aleatorio”.
A. Críticas a la norma
2. Por otra parte, se sugiere por el precepto que sólo podrían tener carácter conmutativo
los contratos onerosos que originan obligaciones de dar o de hacer; conforme al tenor
literal del art. 1441, parecieran excluirse los contratos que originan obligaciones de
no hacer, lo que ciertamente es inadmisible.
B. Criterio de la clasificación
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es realmente el criterio diferenciador. Lo que fundamentalmente distingue a estos contratos
es que, en los conmutativos, las partes pueden, durante los tratos preliminares y al momento
de la conclusión del contrato, apreciar o valorar los resultados económicos del mismo. En los
aleatorios, ningún cálculo racional es factible respecto a las consecuencias económicas de la
operación. Por consiguiente, podríamos definir ambas categorías de una manera más correcta
en los siguientes términos:
1. Contrato conmutativo: “aquel contrato oneroso en que cada una de las partes, al
momento de perfeccionar el contrato, puede apreciar o estimar los resultados
económicos que este traerá consigo”.
2. Contrato aleatorio: “aquel contrato oneroso en que las partes no pueden hacer
ningún cálculo racional en relación a las consecuencias económicas que producirá el
contrato, existiendo así una contingencia incierta de ganancia o pérdida”.
C. Ejemplos de contratos conmutativos y aleatorios
De los contratos aleatorios trata el CC en los arts. 2258 a 2283, y entre ellos podemos
mencionar los siguientes:
1. La renta vitalicia.
2. El juego.
3. La apuesta.
4. El seguro2.
5. La venta de derechos litigiosos.
Finalmente, hay contratos que según las circunstancias pueden revestir carácter conmutativo
o aleatorio, como ocurre en los siguientes:
1. Pacto de cuota litis: si bien el mandato remunerado por regla general es conmutativo,
puede volverse aleatorio si se sujeta los honorarios del mandatario a las resultas de la
gestión.
2. Compraventa de cosas que no existen, pero se espera que existan (arts. 1461 y
1813). Si las partes, al celebrar esta clase de contratos, nada agregan, se entiende que
el contrato es conmutativo y condicional, y si la cosa en definitiva no llega a existir,
se entenderá fallida la condición. Por el contrario, si las partes estipulan lo contrario
o por la naturaleza del contrato que se compró la suerte, entonces estaremos ante un
contrato puro y simple, pero aleatorio.
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Respecto de este contrato, cabe señalar que ha dejado de ser para las aseguradoras un contrato aleatorio, si se
analiza el negocio en su conjunto, debido a los cálculos actuariales y las estadísticas. Cada contrato de seguro
individualmente considerado sigue siendo aleatorio.
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En los contratos aleatorios, no queda supeditada a una contingencia la existencia o
inexistencia de las obligaciones, como ocurre en los contratos condicionales. En los contratos
aleatorios, lo que queda supeditado a una contingencia es el resultado económico del
contrato, es decir, la mayor o menor utilidad que obtendrán las partes. Pero el contrato
aleatorio es un contrato puro y simple.
E. Importancia de la clasificación:
Existen dos instituciones jurídicas que solo tienen aplicación en los contratos conmutativos,
una legal y otra doctrinaria:
En nuestra legislación, los únicos casos en que se puede alegar lesión enorme, son los
siguientes: (i) Compraventa voluntaria de inmuebles (arts. 1888 a 1896); (ii) Permuta
de inmuebles (por aplicación de las normas de la compraventa, art. 1900); (iii) Mutuo
con interés (habrá lesión, cuando se pacte un interés que exceda el máximo
convencional); (iv) Anticresis (art. 2443); (v) Partición (art. 1348); (v) En la
liquidación de la sociedad conyugal (art. 1776, que hace aplicable el art. 1348) (vi)
Casos de cláusula penal enorme (art. 1544); (vii) Aceptación de las asignaciones
hereditarias (art. 1234) (este es el único caso, típicamente unilateral, en el que cabe la
lesión enorme).
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2.4. PRINCIPAL O ACCESORIO
Artículo 1442 CC. “El contrato es principal cuando subsiste por sí mismo sin necesidad de otra
convención, y accesorio, cuando tiene por objeto asegurar el cumplimiento de una obligación
principal, de manera que no pueda subsistir sin ella”.
A. Concepto
1. Contrato principal: “el que tiene una vida propia e independiente”. Son contratos
principales, por ejemplo, la compraventa, el arrendamiento, la sociedad, el mandato,
el mutuo, el comodato, el depósito, etc.
Cabe señalar que, aun cuando las expresiones “garantía” y “caución” suelen utilizarse como
sinónimos, hay entre ellas una relación de género a especie. En efecto, toda caución es una
garantía, pero no toda garantía es caución. “Caución significa generalmente cualquiera
obligación que se contrae para la seguridad de otra obligación propia o ajena” (artículo 46
CC), mientras que garantía es cualquier mecanismo que tenga por finalidad asegurar el
cumplimiento de una obligación. Así, por ejemplo, el derecho legal de retención es una
garantía, pero no es caución, pues no se trata de una obligación “contraída” para asegurar
otra obligación. No hay de por medio un contrato, sino que es la ley, en este caso, la fuente
de la garantía. Lo mismo acontece con las medidas precautorias que pueda decretar el juez,
en el transcurso de un litigio.
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No deben confundirse los contratos accesorios con los llamados dependientes. Son contratos
dependientes aquellos que, “si bien requieren para cobrar eficacia la existencia de otro
contrato, del que dependen, no están destinados a garantizar el cumplimiento de este último”.
D. Importancia de la clasificación
El interés de esta clasificación deriva de la aplicación del principio de que “lo accesorio sigue
la suerte de lo principal”. El contrato accesorio no puede subsistir sin una obligación
principal; por consiguiente, las causas que extinguen la obligación principal extinguen
igualmente las que provienen del contrato accesorio.
Este principio, con todo, no es absoluto. En efecto, hay casos en los cuales, no obstante
extinguirse el contrato principal, subsisten contratos accesorios, como ocurre, por ejemplo:
1. La reserva de las cauciones, al operar una novación (artículos 1642 y 1643).
2. La “cláusula de garantía general”, a la que aludimos seguidamente.
Por otra parte, excepcionalmente puede ocurrir que el contrato accesorio influya en el
contrato principal. Ejemplo de esto son los siguientes:
1. Si la cosa dada en prenda era ajena al constituyente o si el derecho que sobre ésta
tenía se resuelve, el acreedor que no reciba otra garantía equivalente podrá exigir el
cumplimiento de la obligación (Arts. 2406 en relación con el 2391 CC).
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2. Si el inmueble hipotecado experimenta deterioros tales que deja de ser suficiente para
la seguridad de la deuda, podrá el acreedor hipotecario exigir otra garantía y de no
haberla, el pago inmediato de la deuda, si ella fuere líquida (Art. 2427 CC).
Podemos notar que, en ambos casos, la extinción del contrato accesorio repercute en el
contrato principal, operando la caducidad de los plazos convenidos para el cumplimiento de
la obligación pactada en este último contrato (artículo 1496 CC). El legislador asume que el
acreedor se mostró dispuesto a celebrar el contrato del que emana la obligación principal con
la confianza de que existía una caución que aseguraba su cumplimiento.
Se concibe el contrato accesorio sin que exista aún la obligación principal; pero es
inconcebible que sobreviva a la extinción de la obligación principal. Los contratos accesorios
requieren que el principal llegue a existir para ser eficaces, esto es, para comenzar a producir
sus efectos como cauciones, porque en caso contrario nada estarían asegurando. Si bien la
lógica indica que el contrato principal debería celebrarse antes o al menos coetáneamente al
contrato accesorio, en ocasiones puede celebrarse un contrato accesorio no obstante que la
obligación principal aún no existe. Tal es el caso de la “cláusula de garantía general”. Los
artículos 2339 y 2413 del Código Civil permiten constituir fianza e hipoteca,
respectivamente, para asegurar el cumplimiento de obligaciones futuras.
Artículo 1443 CC. “El contrato es real cuando, para que sea perfecto, es necesaria la tradición de la cosa
a que se refiere; es solemne cuando está sujeto a la observancia de ciertas formalidades especiales, de
manera que sin ellas no produce ningún efecto civil; y es consensual cuando se perfecciona por el solo
consentimiento”.
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B. Los contratos consensuales son la regla general
C. Contratos solemnes
D. Contratos reales
Lo primero que cabe apuntar es que no se debe confundir la entrega como forma de
perfeccionamiento o de dar nacimiento al contrato con la entrega de la cosa como fase de
cumplimiento o ejecución del contrato. Así, la compraventa o el arrendamiento, siendo
contratos generalmente consensuales, dan origen a una obligación de entregar.
En segundo lugar, se debe advertir que el artículo 1443 CC, para parte de la doctrina, comete
una impropiedad en el uso de los términos, pues la tradición es un modo de adquirir el
dominio, y no en todos los contratos reales hay transferencia de él. La regla general en los
contratos reales es que quien recibe la cosa quede como mero tenedor de ella, con la
obligación de restituirla, y no como dueño ni poseedor. Así ocurre en la prenda, el comodato
y el depósito. Por ello es más propio definir el contrato real como “aquel que se perfecciona
con la entrega de la cosa”. Por excepción, algunos contratos reales son títulos translaticios de
dominio, como ocurre con el mutuo y el depósito irregular, por recaer ambos contratos sobre
cosas fungibles, de modo que generan la obligación de restituir no la misma cosa en especie,
sino otras tantas del mismo género y calidad.
Todos los contratos reales generan la obligación de restituir, por lo que la previa entrega de
la cosa que ha de restituirse resulta indispensable. Es por ello que, en principio, los contratos
reales son unilaterales.
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Capítulo III CLASIFICACIONES DOCTRINALES DE LOS CONTRATOS
A. Conceptos
La doctrina indica que más correcto sería hablar de contratos típicos y atípicos que de
contratos nominados e innominados, puesto que existen numerosos contratos dotados de un
nombre consagrado por el repetido empleo y que, sin embargo, son atípicos, pues carecen de
reglamentación específica: contratos de talaje, de cuota litis, de opción, de leasing, etc.
Al no estar regulados por la ley, los contratos atípicos son fruto directo de la autonomía de la
voluntad y de su derivado, el principio de la libertad contractual, conforme al aforismo “en
el Derecho Privado puede hacerse todo aquello que no está expresamente prohibido por la
ley”. En definitiva, las partes van moldeando figuras contractuales en función de sus
intereses. La jurisprudencia ha concluido: “Dentro del principio de la libertad de las
convenciones nada hay que se oponga al valor y eficacia de los que revisten la condición de
innominados mientras no pugnen con los preceptos jurídicos de orden público que
corresponden a los actos y declaraciones de voluntad y a las prescripciones generales que
reglan toda clase de contratos” (CS, sentencia de 28 de diciembre de 1921, Revista de
Derecho y Jurisprudencia, tomo 21, sección 1, p. 391). Especialmente, se agrega, que tengan
objeto y causa lícitos.
27
para las partes, entre contratos típicos y atípicos: ambos son una ley para las partes, tienen
plena fuerza obligatoria. El problema se plantea desde la perspectiva de los efectos, es
decir, cómo quedan regulados los efectos de los contratos atípicos, si las partes no tuvieron
en cuenta las dificultades sobrevinientes y por ende no acordaron para tales casos las
estipulaciones pertinentes. Corresponde determinar por qué normas supletorias han de
regirse.
Se trata de una cuestión de derecho, no de hecho, y como tal, susceptible de revisión por la
Corte Suprema vía recurso de casación en el fondo. Para calificar un contrato atípico hay que
interpretarlo, fijando para ello la intención de los contratantes. Así se determinará la
legislación supletiva de la voluntad de las partes, que se aplicará en todo lo no previsto por
éstas. En síntesis, las lagunas contractuales se resuelven recurriendo a la analogía,
relegándose a un plano secundario a la equidad, siempre recordando que lo que prima es lo
estipulado por las partes.
28
2. Contratos colectivos: son aquellos que crean obligaciones para personas que no
concurrieron a su celebración, que no consintieron o que incluso se opusieron a la
conclusión del contrato. Representan por ende una excepción al principio del efecto
relativo de los contratos, dado que en este caso la convención no afecta
exclusivamente quienes la celebraron. Ni el número de las partes ni la naturaleza de
los intereses en juego determina que el contrato deba considerarse colectivo. Lo
sustantivo es que afecta a una colectividad o grupo de individuos que no
necesariamente han concurrido a su celebración, por el hecho de pertenecer a dicha
colectividad o grupo. Ejemplo de contratos colectivos son, en materia laboral, los
contratos colectivos de trabajo; regirán a todos los trabajadores, aún a quienes se
opusieron a su celebración, y también a los que se incorporen con posterioridad a la
empresa. Y en general, los acuerdos adoptados por los propietarios de las unidades,
en el marco de la Ley número 19.537 de Copropiedad Inmobiliaria.
A. Conceptos
1. Contratos de ejecución instantánea o de una sola ejecución: son aquellos
en los cuales las obligaciones se cumplen apenas se celebra el contrato que las
generó. Producen sus efectos inmediatamente de celebrados, de manera que,
realizada la prestación debida, desaparece el vínculo contractual. En otras
palabras, el contrato nace y se extingue de inmediato, quedando las partes
liberadas. Por ejemplo, una compraventa de bien mueble en que el precio se
paga al contado. Sin embargo, usualmente subsisten algunas obligaciones que
se siguen proyectando, en estado latente o potencial. Así, por ejemplo, en la
compraventa, el acuerdo de voluntades, el pago del precio al contado y la
tradición, suelen ser inmediatos. Subsiste sin embargo la obligación de
saneamiento de la cosa vendida, tanto en lo que respecta a la evicción como a
los vicios redhibitorios o defectos ocultos de la cosa (art. 1837).
29
b. La segunda, es aquella en que las obligaciones se irán cumpliendo en
distintos plazos, hasta que al cumplirse la última de ellas, se extinga la
relación jurídica (por ejemplo, mutuo que se paga en cuotas).
B. Interés de la clasificación.
1. Efectos de la nulidad y la resolución: tratándose de los contratos de
ejecución instantánea y de ejecución diferida, la nulidad y la resolución operan
con efecto retroactivo, conforme a la regla general, volviendo las partes al
mismo estado en que se encontraban antes de contratar (artículos 1687, para
la nulidad y 1487, para la resolución). En los contratos de tracto sucesivo, en
cambio, en principio la nulidad y la resolución sólo operan para el futuro, a
partir de la fecha en que queda ejecutoriada la respectiva sentencia. Es así que
la resolución toma el nombre de terminación tratándose de contratos de tracto
sucesivo.
30
último caso desahucio propiamente tal, para cargos gerenciales o de
confianza, sea bajo la modalidad de la causal de “necesidades de la empresa”).
A. Conceptos
Lo que caracteriza a la relación jurídica de Derecho Privado, es que consiste en una relación
de coordinación, a diferencia de la relación de Derecho Público, que se caracteriza como una
relación jurídica de subordinación. El codificador civil presupone que existe entre las partes
una relativa igualdad que garantiza que estas puedan discutir libremente el contenido del
contrato, de manera de alcanzar un acuerdo que satisfaga los intereses de ambas. En los
contratos libremente discutidos, la autonomía de la voluntad encuentra plena expresión, y
solo se ve limitada por la ley, el orden público, la moral y las buenas costumbres.
Nuestro Código Civil no reglamenta los contratos de adhesión, pero cada día han ido
cobrando mayor fuerza. Por ejemplo: los contratos suscritos con Isapres, Administradoras de
Fondos de Pensiones, compañías de seguros, de cuenta corriente bancaria, de líneas de
crédito bancarias o abiertas en casas comerciales, etc. También operan en el ámbito del
suministro de servicios básicos, como los relativos a energía eléctrica, agua potable, gas, etc.
Responden estos contratos a la masificación de dichas relaciones jurídicas, a la exigencia de
una rápida conclusión y a la necesidad de unificar relaciones semejantes.
Para la doctrina, los signos distintivos del contrato de adhesión serían los siguientes:
31
poder negociador de los contratantes. El destinatario de la oferta, siendo el más débil,
no puede discutirla, circunscribiéndose a aceptar las cláusulas propuestas en bloque.
2. Son generales o impersonales, van dirigidos al público en general. La oferta está
destinada a toda una colectividad o grupo de contratantes potenciales. Sin embargo,
el fenómeno de la adhesión también puede darse en una convención única entre dos
personas, en la cual la oferta no tendrá tales características.
3. Son permanentes: la oferta se formula por un determinado plazo, usualmente
prolongado. La oferta suele mantenerse vigente mientras su autor no la retira o
modifica.
4. Minuciosidad: la oferta es pormenorizada, reglamentándose todos los aspectos de la
convención, aún aquellos extremadamente hipotéticos o improbables.
1. Reduce los costos de transacción. Se tiene la ventaja que los costos de asesoría,
redacción, debate y relaciones precontractuales y el tiempo que demoran los asume
el ofertante y ofrece un producto final al aceptante.
2. Permite un mejoramiento de la gestión de la empresa. Facilita la división de las
tareas en la organización empresarial al concentrar el trabajo jurídico.
3. Reduce las necesidades de comunicación.
4. Facilita la planificación.
En parte como un modo de impedir o al menos morigerar la eventual inequidad que supone
para una de las partes el contrato de adhesión, se promulgó la Ley No 19.496, que establece
normas sobre protección de los derechos de los consumidores. En el art. 1 de esta ley se
define el contrato de adhesión como “aquél cuyas cláusulas han sido propuestas
unilateralmente por el proveedor sin que el consumidor, para celebrarlo, pueda alterar su
contenido”.
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Por su parte, su Párrafo 4o (arts. 16, 16 A, 16 B y 17) regula los casos en que los contratos
de adhesión regidos por dicho cuerpo legal no producirán efecto alguno por contener
cláusulas o estipulaciones abusivas.
a. Otorguen a una de las partes la facultad de dejar sin efecto o modificar a su solo
arbitrio el contrato o suspender unilateralmente la ejecución del contrato;
b. Establezcan incrementos de precios por servicios, accesorios, financiamientos o
recargos, salvo que dichos incrementos correspondan a prestaciones adicionales;
c. Pongan de cargo del consumidor los efectos de deficiencias, omisiones o errores
administrativos, cuando ellos no les sean imputables;
d. Inviertan la carga de la prueba en perjuicio del consumidor;
e. Contengan limitaciones absolutas de responsabilidad frente al consumidor;
f. Incluyan espacios en blanco, que no hayan sido llenados o inutilizados antes de que
se suscriba el contrato;
g. Contrarias a las exigencias de la buena fe, atendiendo para ello a parámetros
objetivos, causen perjuicio al consumidor, un desequilibrio importante en los
derechos y obligaciones de las partes.
Conforme al art. 16 A, se trata de una nulidad parcial, atendido que, declarada la nulidad de
una cláusula abusiva, subsistirán las restantes cláusulas del contrato, a menos que por su
naturaleza o por la intención de los contratantes ello no fuere posible, casos en los cuales se
declarará la nulidad total e íntegra del contrato.
Algunos mecanismos de solución que se han propuesto para prevenir los abusos a que puede
dar lugar el desequilibrio en el poder negociador de las partes de un contrato por adhesión
son los siguientes:
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más relevantes de estos contratos, para cautelar los intereses de los más débiles, lo
que ha dado origen al contrato dirigido, cuando la intervención es a priori.
En él, la contratación deja de ser la imposición de la voluntad de una de las partes.
Tanto oferente como aceptante consienten en vincularse por un marco legal
preestablecido.
Los contratos de adhesión más característicos han sido sometidos a un estatuto de
orden público, que atribuye carácter obligatorio a ciertas fórmulas, o prohíbe otras.
2. Homologación por el poder público: tratándose de los modelos de contratos
estandarizados que se van a ofrecer después a los consumidores, todo contrato
redactado debe previamente someterse al control y autorización de una determinada
entidad. Ejemplo: La Ley No 18.660 establece que la Superintendencia de Valores y
Seguros tiene la obligación de mantener un registro público de los modelos de los
textos de las pólizas de seguros y sus modificaciones, quedando vedado a las
compañías de seguros proponer a sus clientes modelos de contratos que no hubieren
sido aprobados por dicha entidad. Otro ejemplo importante podemos encontrarlo en
la Ley No 19.496 sobre Protección a los Derechos del Consumidor, la que establece
en su artículo 55 que el Sernac deberá otorgar un sello Sernac a los contratos de
adhesión de Bancos e instituciones financieras, establecimientos comerciales,
compañías de seguros, cajas de compensación, etc.
3. Generalización de los contratos tipo bilaterales: el texto que se aprueba, de común
acuerdo, será después empleado en la celebración de numerosos contratos
individuales.
4. Concepción amplia de la lesión enorme: en derecho comparado ha surgido una
nueva concepción de la lesión enorme: una concepción amplia que tipifica el vicio de
un modo genérico, aplicable a todos los actos jurídicos en que haya explotación del
cocontratante.
5. Inhibitoria: instrumento que combina el control administrativo con el judicial.
6. Actividad de los organismos antimonopolio o defensores de la transparencia,
libertad y lealtad del mercado.
A. Conceptos
1. Contrato definitivo: es el que se celebra cumpliendo con la obligación (de hacer)
generada por el contrato preparatorio.
2. Contrato preparatorio o preliminar: aquel mediante el cual las partes estipulan que
en el futuro celebrarán otro contrato que por ahora ellas no pueden concluir o que está
sujeto a incertidumbre, siendo dudosa su factibilidad.
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contrato prometido, de modo que sólo falte la tradición de la cosa o las solemnidades
que las leyes prescriben.
2. Contrato de opción: “es aquel que consiste en la oferta unilateral de contrato que
formula una de las partes, de manera temporal, irrevocable y completa, en favor de la
otra que de momento se limita a admitirla, reservándose libremente la facultad de
aceptarla” (Fueyo).
3. El contrato de corretaje o mediación: en este caso, la obligación que asume una de
las partes es con el corredor o intermediario, y no con la otra parte actual o futura,
con la que celebrará el contrato definitivo.
1. Contratos intuitu personae: son aquellos en que una de las partes o ambas son
relevantes para contratar, en el sentido de que un interés ha inducido a uno de los
contratantes a escoger a una persona determinada porque está dotada de cualidades o
aptitudes personales, o de una especial pericia técnica.
Este contrato se vincula con la obligación de hacer no fungible. Además, se presenta
especialmente en el caso en que es necesaria una colaboración entre los contratantes,
en la que el elemento de confianza adquiere una especial importancia. Ejemplos de
estos contratos en sede patrimonial son el mandato, el comodato, la fianza, la
sociedad, la donación, el contrato de trabajo y el arrendamiento de servicios.
36
Consecuencias del carácter intuito persona del contrato:
a. La esencialidad del error en la persona del otro contratante, que dará derecho a
solicitar la rescisión del contrato (art. 1455 CC);
b. La pretensión del otro contratante a que el contrato sea ejecutado personalmente
por la contraparte y no por otros, con el consiguiente derecho de rehusarse a
recibir la prestación si ésta fuese obra de otra persona. En este sentido, el artículo
1572 inciso segundo dispone que “si la obligación es de hacer, y si para la obra
de que se trata se ha tomado en consideración la aptitud o talento del deudor, no
podrá ejecutarse la obra por otra persona contra la voluntad del acreedor”.
c. La intransmisibilidad del contrato al heredero del sujeto a quien incumbe la
prestación. El vínculo contractual se extingue por la muerte de la parte en atención
a quien se celebró la convención;
d. La imposibilidad de ceder los derechos y las obligaciones que origina el contrato.
e. En algunos casos, la extinción del vínculo contractual por la pérdida de confianza,
como ocurre en la revocación del mandato.
1. Contratos de familia: son aquellos que dan origen o regulan las relaciones de familia
entre las personas. Generalmente se encuentran sujetos a normas de orden público
que limitan la autonomía de la voluntad de quienes intervienen en ellos, por existir
un interés público comprometido. Son contratos de este tipo:
37
extrapatrimoniales, que generan deberes jurídicos no apreciables en dinero, como
ocurre con el respeto mutuo, el deber de fidelidad, convivencia, cohabitación, etc.
38
Capítulo IV CATEGORÍAS CONTRACTUALES
Para el profesor Jorge López Santa María al legislador le es licito incluir definiciones y
clasificaciones, por cuanto un código es un mecanismo fundamental en la organización del
Derecho de una nación. La doctrina complementa las clasificaciones que hace el Código,
como acabamos de estudiar. Por otra parte, existen numerosas y heterogéneas categorías
contractuales, que no corresponden necesariamente a clasificaciones (las clasificaciones para
el autor se caracterizan por ser dicotomías, bifurcaciones u oposiciones que agrupan
determinados grupos de individuos a partir de un criterio jurídico). Así las categorías
contractuales son sistematizaciones de instituciones que buscan agrupar fenómenos
empíricos según criterios de uniformidad. Tanto las categorías como las clasificaciones
buscan, o más bien posibilitan, la aplicación de exigencias, principios o reglas particulares a
cada grupo de individuos, con exclusión de los restantes.
Es uno de los mecanismos para solucionar los abusos en la adhesión. Usualmente, las normas
legales relativas a los contratos son supletorias de la voluntad de las partes, se aplican en el
silencio de los contratantes. Tratándose de los contratos dirigidos (también denominado
contrato normado o dictado por el legislador), por el contrario, la reglamentación asume un
carácter imperativo. Las partes no pueden alterar lo establecido de manera general y
anticipado por el legislador, sea en materia de contenidos o efectos de la convención, sea en
materia de personas con las cuales debe celebrarse el contrato.
Respecto del contenido o los efectos de la convención, son contratos dirigidos, por ejemplo:
el contrato de trabajo; el contrato de matrimonio; y el contrato de arrendamiento de predios
urbanos. Respecto a las personas con las que se celebra el contrato, son casos de contrato
dirigido, por ejemplo:
1. El art. 25 de la Ley de Sociedades Anónimas, que establece en favor de los accionistas
el derecho de compra preferente de las nuevas acciones que se emitan;
2. El art. 10 del Código de Minería, por el cual se establece que el Estado tiene un
derecho de compra preferente respecto de ciertos minerales (en los que haya presencia
de torio y uranio, ambos radioactivos).
El fenómeno del contrato dirigido se inicia a comienzos del Siglo XX, especialmente en el
ámbito del incipiente Derecho Laboral. Van introduciéndose por el legislador una serie de
derechos irrenunciables por el trabajador, que las partes por ende no pueden excluir del
contrato individual de trabajo.
Contrato forzoso: aquel que el legislador obliga a celebrar o dar por celebrado.
39
No están en esta situación el contrato que hay que celebrar como consecuencia de un contrato
preparatorio libremente acordado, ni el contrato necesario por circunstancias excepcionales
de hecho (Ej. Depósito necesario).
1. Contrato forzoso ortodoxo: es aquel en que el sujeto conserva su libertad para elegir
a su contraparte y discutir con ella las cláusulas del negocio. Se ve afectada la
libertad de conclusión, más se conserva la libertad de configuración interna. Se
forma, por tanto, en dos etapas:
El problema surge especialmente a propósito del contrato forzoso heterodoxo, pues en él, la
voluntad pierde toda autonomía. La solución está en distinguir entre:
1. El contrato como acto de constitución de la relación jurídica y;
2. El contrato como relación jurídica constituida.
El contrato es ambas cosas, pero hay que separarlas. Normalmente existe relación causal
entre ambas. Pero es un error pretender que el acto de constitución sólo puede consistir en un
acuerdo de voluntades. Un contrato puede quedar configurado:
1. Por la voluntad con la cooperación de las normas legales: caso de los contratos
nominados e innominados en que existe real acuerdo de voluntad, de los contratos de
adhesión y de los contratos estandarizados.
2. Por la norma legal con la cooperación de la voluntad: caso de los contratos dirigidos
y de los contratos forzosos ortodoxos.
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3. Por la norma legal sin la intervención de la voluntad: caso de los contratos forzosos
heterodoxos.
Muchas veces el legislador prefiere situar una relación jurídica en el marco contractual, en
lugar de situarla en el marco de las obligaciones puramente legales.
Contrato tipo: acuerdo de voluntades en cuya virtud las partes predisponen las cláusulas de
futuros contratos, que se celebrarán masivamente. El contrato tipo consiste en un acuerdo por
el cual se prefijan las condiciones generales de la contratación.
Los contratantes adoptan un formulario o modelo, por lo general impreso, destinado a ser
reproducido sin alteraciones en múltiples casos posteriores.
42
a. Quienes concluyen el contrato tipo destinado a fijar las condiciones generales del
tráfico comercial son grupos económicos o empresas cuyos intereses son
convergentes.
b. Los futuros clientes no participan en el acto jurídico destinado a fijar la fórmula
tipo.
c. Hay aquí un contacto estrecho con el contrato por adhesión. La diferencia está en
que las características del contrato tipo son la redacción previa y la generalidad
con que se aplica; en cambio, el contrato de adhesión se distingue por la
desproporción entre el poder negociador del oferente y del aceptante.
- Ejemplo: Seguro, transporte aéreo y marítimo y acuerdos entre comerciantes y
distribuidores para uniformar los precios de venta al público.
Es importante tener presente que el contrato tipo tiene eficacia jurídica desde que es
celebrado, creando para quienes concurren a su conclusión precisamente la obligación de
respetar sus cláusulas (las condiciones generales) en los contratos individuales que se
celebren.
Las condiciones generales de la contratación no siempre tienen como fuente un contrato tipo.
La pre-redacción de los contratos puede derivar de la voluntad exclusiva de una persona (por
lo que no hay contrato previo), y cada contrato que se celebre en base a ese modelo es un
contrato por adhesión. Si las condiciones generales son fruto de un contrato tipo unilateral,
los contratos posteriores serán habitualmente por adhesión. En cambio, si son fruto de uno
bilateral, justamente se evita la adhesión.
3. Elaboración de su contenido:
a. El esquema del contrato tipo puede ser el resultado de una elaboración de su
contenido desarrollada en paridad de condiciones por los representantes de las dos
categorías de los futuros contratantes interesados;
b. El esquema del contrato de adhesión es elaborado siempre por la única parte que
se ha denominado como económicamente más fuerte y en el que, por lo tanto,
existe disparidad de condiciones. Por lo tanto, cuando también el contrato tipo es
elaborado y su contenido es establecido de antemano por una sola de las partes
(como sería el que algunos llaman contrato tipo unilateral o cartel), coincide con
el contrato de adhesión.
A. Concepto
Contrato ley: aquel por el cual el Estado garantiza que en el futuro no modificará ni derogará
las franquicias contractualmente establecidas.
La ley puede dictarse antes o después del contrato. En el primer caso, la ley autoriza de un
modo general la conclusión de determinado contrato, cuyos beneficios o efectos no serán
susceptibles de modificación ulterior; en el segundo caso, la administración celebra el
convenio respectivo con el beneficiado y después una ley lo aprueba.
Ej. Art. 7 DL 600 sobre Estatuto de la Inversión Extranjera: el inversionista puede optar por
una garantía de invariabilidad del régimen tributario. Otro ejemplo es la Ley N° 18.392, de
1985, que establece por 25 años un régimen de franquicias tributarias y aduaneras en favor
de las empresas que se instalen físicamente en la XII Región.
B. Fundamentación
Esta clase de contratos suele estar asociada a garantizar a los inversionistas nacionales o
extranjeros la estabilidad de ciertas normas que regulan una actividad económica, con el
objeto de impedir un cambio sustancial en las reglas, que afecte la expectativa de utilidades
consideradas por dichos inversionistas. Sirve, por consiguiente, para fomentar el desarrollo
de determinadas actividades productivas, recaudar fondos del sector privado, o en general
alcanzar metas económicas o sociales. El Estado otorga franquicias o regalías, pero este
estímulo no sería eficiente, si se tuviera el temor de que los gobernantes modifiquen la ley
vigente y retiren las franquicias. Para eso se crea el contrato ley.
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C. Recepción en la jurisprudencia
Hoy en día, es derecho vigente en Chile que los créditos derivados de los contratos ordinarios
son intangibles. El legislador carece de atribuciones para modificar los contratos en curso,
pues existe propiedad sobre los derechos personales nacidos del contrato y nadie puede, en
caso alguno, ser privado de su propiedad, sino en virtud de una ley de expropiación que
indemnice al afectado. En efecto, el art. 19 número 24 de la Constitución Política establece
que se asegura a todas las personas “el derecho de propiedad en sus diversas especies sobre
toda clase de bienes corporales o incorporales” (derechos sobre derechos). Si una ley, que no
fuese de expropiación, modifica o priva a un acreedor de sus derechos personales emanados
de un contrato en curso, dicha ley será inconstitucional, pues viola la garantía del derecho de
propiedad. Por ende, y con mayor razón, no podría el legislador alterar las regalías o
franquicias obtenidas por los particulares en virtud de un contrato-ley.
4.5. EL SUBCONTRATO
A. Concepto
45
El legislador ha contemplado la figura del subcontrato en diversas materias:
1. Subarrendamiento (arts. 1946, 1963, 1973 del CC y art. 5o de la Ley N° 18.101);
2. Delegación del mandato (arts. 2135, 2136 y 2138);
3. En el contrato de sociedad, cuando uno de los socios forma con su parte social otra
sociedad particular con un tercero (art. 2088); y
4. Subfianza (artículos 2335, 2o, 2360, 2366, 2380 y 2383);
5. También va implícita la figura en el contrato de construcción por suma alzada.
D. Clases de subcontratos
1. Subcontratación propia: aquella en que existe identidad esencial entre el contrato
base y el subcontrato, como ocurre con el arrendamiento y el subarrendamiento.
2. Subcontratación impropia: aquella en que no existe identidad entre el contrato base
y el subcontrato, como acontece por ejemplo entre el arrendamiento y el comodato.
En este último caso, el arrendatario subcontrata, cediendo en comodato el bien que a
su vez le habían cedido en arriendo.
Cesión de contrato: traspaso por uno de los contratantes a un tercero de su íntegra posición
jurídica en un contrato determinado, lo que debe hacerse con la concurrencia de la voluntad
del cocontratante primitivo, y desapareciendo definitivamente el cedente del escenario del
contrato.
4.6. EL AUTOCONTRATO
A. Concepto
Autocontrato: es el acto jurídico que una persona celebra consigo misma, sin que sea
menester la concurrencia de otra, y en el cual ella actúa, a la vez:
1. Ya sea como parte directa y como representante de la otra parte;
2. Ya sea como representante de ambas partes;
3. Ya sea como titular de dos patrimonios sometidos a regímenes jurídicos diferentes.
B. Hipótesis de autocontratos
1. El sujeto que interviene actúa tanto a nombre propio como a nombre ajeno. Por
ejemplo, el caso del mandatario que compra para sí lo que el mandante le ha ordenado
vender.
2. Situaciones de doble representación, en las cuales el sujeto que actúa es representante
legal o convencional de ambas partes. Por ejemplo, el mandatario que tiene tal
carácter tanto del vendedor como del comprador (caso de las operaciones a través de
corredores de Bolsas de Valores).
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3. Casos independientes de la representación. Ej. La partición consigo mismo, lo que se
puede dar en dos hipótesis:
a. En la sociedad conyugal, cuando la mujer aporta un terreno del cual es
copropietaria, y luego adquiere con dineros de su patrimonio reservado la
cuota del tercero.
b. El caso del heredero a quien se ha concedido la posesión provisoria de los
bienes del desaparecido, que además era copropietario de dichos bienes con
él. Tendrá interés en que se precise cuáles son los bienes que corresponden a
su cuota en la comunidad, puesto que sobre los bienes del desaparecido solo
tiene un usufructo legal, de manera que no puede enajenarlos libremente (está
sujeto a las restricciones del art. 88 CC).
2. Contrato (postura de don Luis Claro Solar): si un acto jurídico produce obligaciones
contractuales, importa en realidad un contrato, aunque sea de naturaleza especial en
cuanto a su formación. Esta tesis se basa en la idea de que, en la representación, el
representante no manifiesta su propia voluntad, sino la del representado (teoría de la
representación ficción). Por consiguiente, en el autocontrato una misma persona
manifestaría dos voluntades: la suya propia y la de su representado. Sin embargo, esto
tiene dos inconvenientes:
a. No es aplicable a la tercera serie de casos, en los que no media representación.
b. Se basa en la idea de representación ficción, que ha sido superada por la de
representación modalidad. la voluntad que da vida al acto jurídico es la del
representante y no la del representado. Sólo en virtud de una modalidad, los
efectos del acto celebrado con la voluntad del representante se radican
directamente en el patrimonio del representado.
Para don Jorge López Santa María el autocontrato es siempre un contrato. Por razones de
orden práctico, es posible sostener jurídicamente que la personalidad de un individuo se
desdoble, de modo tal que la voluntad del sujeto que autocontrata simultáneamente se
exterioriza a diversos títulos. Una voluntad puede descomponerse en dos voluntades o en dos
declaraciones diferentes. Además, hay que recordar que debemos analizar funcionalmente el
contrato como relación jurídica ya constituida, no siendo de la esencia el acuerdo de
voluntades como generador del contrato (como en los contratos forzosos heterodoxos).
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La regla general es la validez del autocontrato. Pero por diversas razones, como proteger a
los incapaces o evitar que una misma persona represente intereses incompatibles, las
legislaciones prohíben algunos autocontratos, y sujetan a otros al cumplimiento previo de
formalidades habilitantes. Tales restricciones legales, en todo caso, no pueden aplicarse por
analogía a casos parecidos, debiendo interpretarse en sentido estricto.
1. Guardas. Art. 412, inciso 2° CC: “Pero ni aun de este modo (o sea, en la forma
señalada en el inciso 1o) podrá el tutor o curador comprar bienes raíces del pupilo, o
tomarlos en arriendo; y se extiende esta prohibición a su cónyuge, y a sus ascendientes
o descendientes.”;
2. Compraventa. Art. 1796 CC: “Es nulo el contrato de compraventa entre cónyuges
no separados judicialmente, y entre el padre o madre y el hijo sujeto a patria potestad”.
A. Concepto
49
El contrato por persona a nombrar es aquel en que una de las partes se reserva la facultad de
designar, mediante una declaración posterior, a la persona que adquirirá retroactivamente los
derechos y asumirá las obligaciones inicialmente radicados en su patrimonio.
Se caracteriza por la inmutabilidad de una de las partes y por el carácter fungible o alternativo
de la otra.
El Código Civil desconoce esta figura, sin perjuicio de que las partes, en virtud del principio
de la libertad contractual, pueden generarla. El Código de Comercio, en cambio, la reconoce
al tratar de la comisión. Art. 256 CCom: “Puede el comisionista reservarse el derecho de
declarar más tarde por cuenta de qué persona celebra el contrato. Hecha la declaración, el
comisionista quedará desligado de todo compromiso, y la persona nombrada lo sustituirá
retroactivamente en todos los derechos y obligaciones resultantes del contrato”.
50
El contrato por persona a nombrar no debe confundirse con otras figuras, que presentan
ciertas semejanzas.
A. Concepto
El contrato por cuenta de quien corresponda es aquel en el cual una de las partes queda
inicialmente indeterminada, en la seguridad de que posteriormente será individualizada.
Al celebrarse el contrato, uno de los participantes tiene formalmente el carácter de parte, pero
será necesaria y forzosamente reemplazado más tarde por el verdadero o real contratante: por
quien corresponda.
1. Partes.
a. Contrato por persona a nombrar: las partes reales son el contratante
inmutable y el contratante fungible. Este último puede serlo en forma
definitiva, si no nombra válida y oportunamente al reemplazante.
b. Contrato por cuenta de quien corresponda: hay también un contratante
inmutable, pero el otro, el contratante formal, no es realmente parte. Las partes
son siempre el contratante conocido desde el comienzo y el contratante real.
51
2. Designación del contratante
a. Contrato por persona a nombrar: la designación del reemplazante (si se
produce) es obra de una de las partes, que se reservó el derecho a designarlo.
b. Contrato por cuenta de quien corresponda: la individualización del
contratante (que necesariamente tendrá lugar) puede ser obra de una de las
partes o el resultado de un hecho extrínseco.
Para el profesor López Santa María los grandes principios fundamentales de la contratación
son el principio del consensualismo; de la libertad contractual; de la fuerza obligatoria de los
contratos; del efecto relativo de los contratos y Principio de la buena fe.
1. AUTONOMIA DE LA VOLUNTAD
3
Señalaba Robert Nozick “el Estado mínimo es el estado más extenso que se puede justificar. Cualquier otro Estado más extenso viola los
derechos de las personas. (…) El objeto de la justicia consiste de tres temas princípiales, el primero es la adquisición de pertenencias [...]
el segundo tema se ocupa de la transmisión de pertenencias de una persona a otra. ¿Por qué procesos puede una persona transmitir
pertenencias a otra? ¿cómo puede una persona adquirir una pertenencia de otra que la tiene? Aquí aparecen descripciones generales de
intercambio voluntario, obsequio y por otro lado fraude, así como referencias a detalles convencionales particulares establecidos en una
sociedad dada”
A su vez, John Locke señalaba que “[p]ara entender el poder político correctamente, y para deducirlo de lo que fue su origen, hemos de
considerar cual es el estado en que los hombres se hallan por naturaleza. Y es este un estado de perfecta libertad para que cada uno ordene
52
Sobre el particular, el profesor López Santa María señala que la identidad de lo contractual
con lo justo es una falacia. Sólo en circunstancias de real igualdad entre los contratantes,
podría llegar a ser cierto, pero la afirmación de la igualdad de las personas, válida en el
terreno de los principios, no corresponde a lo que es la realidad. El más fuerte o el más astuto
o el con mayor experiencia, generalmente impone las condiciones o contenido del contrato
al más “débil, al más cándido o al más inexperto”. Como las personas buscan la mayor y
mejor rentabilidad económica, para lucrar más, es que hoy ha ido decayendo el dogma puro
de la autonomía de la voluntad. En el mismo sentido podemos encontrar situaciones en las
que de la libertad contractual no necesariamente surgirá un resultado socialmente útil (como
los contratos celebrados bajo la lógica de la obsolescencia programada). Hoy en día nadie
discute el contenido de los contratos que celebra. La gran mayoría de los contratos que se
celebran son contratos de adhesión, en donde las condiciones son fijas.
Finalmente debemos tener en cuenta que la autonomía de la voluntad implica que las partes
son libres de regular autónomamente sus relaciones jurídicas de derecho privado patrimonial,
de crear relaciones jurídicas y determinar el contenido de las mismas, dentro de ciertos
márgenes. Además, implica que la voluntad de las partes es lo que prima para interpretar los
contratos. Por último, también las manifestaciones de voluntad son, en principio, intangibles,
es decir, siempre que se mantengan dentro de los límites del ordenamiento jurídico no pueden
ser alteradas ni por la ley ni por el juez.
2. CONSENSUALISMO
La doctrina señala que la regla general la es que los contratos se perfeccionan por el solo
consentimiento. Señala el derecho comparado que en los demás ordenamientos jurídicos
están desapareciendo los contratos reales, pues en la práctica hacen más lentas las relaciones
contractuales. En Alemania, por ejemplo, el mutuo, comodato y depósito son considerados
como contratos consensuales, no reales como en Chile. Sin perjuicio de lo señalado, en la
actualidad se produce una tendencia contraria puesto que en la práctica los contratos más
importantes (como aquellos que se refieren a transferencia de inmuebles o títulos de valor)
son solemnes, son suscritos por escrito para fines probatorios.
En Chile existe una postura (tesis consensualista) que señala que los contratos consensuales
nacen a la vida jurídica como pactos desnudos de cualquier otro elemento que no sea la
autonomía de la voluntad. Otra postura (tesis contractualista) señala que es menester cumplir
con ritualidades externas para que los contratos nazcan y produzcan efectos.
López Santa María señala que, en congruencia con la autonomía de la voluntad, los contratos
quedarían perfectos por la sola manifestación de voluntades internas de las partes ya que
sus acciones y deponga de posesiones y personas como juzgue oportuno, dentro de los límites de la ley de naturaleza, sin pedir permiso ni
depender de la voluntad de ningún otro hombre”3.
53
cualquiera exigencia de formalidades externas vendría a contradecir la premisa según la cual
la voluntad todopoderosa y autosuficiente es la fuente y medida de los derechos y de las
obligaciones contractuales.
No obstante, se debe tener en consideración que los contratos a través del tiempo han sido
históricamente formales. En Grecia, Roma y los pueblos germánicos, los contratos eran
esencialmente formales. Dicha formalidad no implicaba que el contrato fuere necesariamente
escrito: en Roma, las formalidades más importantes consistieron en pronunciar palabras
sacramentales y rígidas o en entregar materialmente un objeto. Durante la Edad Media no
existió el contrato consensual salvo en España.
Por lo señalado se concluye que el consensualismo sólo surge en los tiempos modernos, por
lo que la idea del contrato como simple acuerdo verbal de voluntades es reciente.
En el derecho civil chileno es posible distinguir dos grupos de contratos consensuales, los
contratos propiamente consensuales y contratos consensuales formales.
Los contratos consensuales formales son aquellos contratos que siendo consensuales en
cuanto no son solemnes ni reales, están sin embargo inmersos en el universo de los
formulismos. Se les critica la noción de consensuales, pues para tener plena eficacia están
sujetos a cumplir ciertas formalidades. Por ejemplo, el contrato de arrendamiento o el de
trabajo que son consensuales, pero que de no constar por escritos trae aparejado sanciones.
3. LIBERTAD CONTRACTUAL
B- También significa que el contenido del contrato puede ser fijado por las partes a su
voluntad, (libertad de configuración interna del contrato) siempre y cuando se respeten las
normas legales imperativas del régimen contractual general y particular. A su vez, las partes
tienen facultad de disponer las normas supletorias o dispositivas de los contratos nominados y de
sustituir a ellas un régimen diverso fijado por su voluntad.
C- Finalmente otro significado refiere a facultad de las partes de concluir contratos con
finalidades no previstas por la ley, pero subordinando su reconocimiento a la condición de que
el contrato se dirija a realizar intereses merecedores de tutela o resguardo jurídico (por ejemplo
un arrendamiento con opción de compra)
Según la escolástica Tomiana hay orden cada vez que se da una multitud de cosas, de las
cuales unas son anteriores y otras posteriores, y cada cual ocupa su puesto. Santo Tomás en
efecto dice que orden es recta ratio rerum ad finem, la recta razón de las cosas a su fin. A su
vez San Agustín dice que la ley es el principio y la expresión del orden.
55
romano a través de la expresión latina ius publicum privaorum pactis matura non potest (el
orden público de los particulares no puede modificarse por convenio). Luego el concepto de
orden público cómo limitación de la libertad aparece llegado el desarrollo del derecho
codificado decimonónico.
Mucho es tratado en la doctrina lo que son normas de orden público y normas de orden
privado, pero al orden público al que nos referiremos es aquel límite establecido por el
legislador.
Son normas de orden público aquellas a las cuales, en sus relaciones, los sujetos deben ceñirse
ineludiblemente, no pudiendo modificarlas ni sustituirlas por otras de su creación. Son
normas de orden privado, las que en sus relaciones, las partes pueden modificar o sustituirlas
enteramente por otras elaboradas por ellas mismas. La palabra “derogación” está tomada en
un sentido figurado, pues las normas jurídicas sólo pueden derogarse por otras normas
jurídicas o por una sentencia del Tribunal Constitucional.
Para el profesor Orrego el orden público tiene la naturaleza jurídica de un estándar, al igual
que el buen padre de familia, las buenas costumbres o la buena fe objetiva.
Un “estándar” es una regla que, en lugar de formular una solución rígida, recurre a un
parámetro flexible cuyo manejo y concreción, en cada caso, queda entregado al criterio,
prudencia y sabiduría del juez de la causa. Se trata de conceptos susceptibles de asumir un
contenido empíricamente variable pero que, no obstante, tienen una unidad de significado
básica e inamovible, que el sentenciador debe acatar.
Para Luis Claro Solar el orden público es el arreglo de las instituciones indispensables a la
existencia y funcionamiento del Estado y que miran a la constitución, a la organización y al
movimiento del cuerpo social, así como las reglas que fijan el estado o capacidad de las
personas. En este sentido, orden público equivale a orden social.
Para los profesores Arturo Alessandri Rodríguez y Manuel Somarriva Undurraga orden
público es el conjunto de normas y principios jurídicos que tienden a resguardar
primordialmente los intereses generales de una sociedad determinada en un momento
histórico de su existencia. El respeto de esas normas y principios resulta indispensable para
mantener la organización de dicha sociedad, el buen funcionamiento de las instituciones
básicas que la configuran.
56
De la misma opinión es Arturo Fontaine Aldunate quien afirma que 'literalmente orden
público significa orden social, en el sentido de arreglo o disposición adecuada de la sociedad
civil, consistiendo en la disposición u orientación de los individuos hacia el fin de la sociedad.
El inciso 3º del artículo 1461 del CC señala que, si el objeto es un hecho, es necesario que
sea física y moralmente posible, siendo moralmente imposible el prohibido por las leyes, o
contrario a las buenas costumbres o al orden público. De igual manera el inciso 2º del artículo
1467 al definir la causa ilícita, y el inciso 2º del artículo 1475 al establecer cuáles son las
condiciones moralmente imposibles, hacen alusión al orden público.
Las buenas costumbres son aquellos usos uniformes que la sociedad considera en un
momento dado como normas básicas de convivencia social. No se trata de usos cuya
contravención esté penada por la ley, porque entonces nos encontraríamos en presencia de
una infracción legal. El concepto es difícil de precisar y cambia de una sociedad a otra (o
bien también en la misma sociedad, pero en momentos distintos).
57
El concepto de buenas costumbres posee ciertos elementos. En primer lugar, tiene un
carácter espaciotemporal (buenas costumbres de la sociedad chilena en el siglo 21). En
segundo lugar, se trataría de modos o formas de convivencia social que se consideran
valiosas o correctas por parte de la comunidad. En tercer lugar, las costumbres que se estiman
“buenas” se han desarrollado por un número considerable de miembros de la comunidad y
no responden a aquellas generadas por individuos aislados o grupos minoritarios.
Las buenas costumbres se emplean como un concepto que limita la autonomía negocial de
las partes, en relación al objeto y la causa del contrato, entre otras materias (arts. 1461, 1467,
1475, 1717 CC).
Se produce una ruptura del principio de la libertad contractual cada vez que por razones de
orden público social o económico, el legislador fija imperativamente las cláusulas más
relevantes de ciertos contratos u obliga a las partes a celebrarlos.
58
LERL Art. 22. En todo contrato se entenderán incorporadas las leyes vijentes al tiempo de su celebracion.
Exceptuanse de esta disposicion:
1.º Las leyes concernientes al modo de reclamar en juicio los derechos que resultaren de ellos; i 2.º Las que
señalan penas para el caso de infraccion de lo estipulado en ellos; pues esta será castigada con arreglo a
la lei bajo la cual se hubiere cometido
Como podemos observar el contrato es tan obligatorio como la ley. No obstante, debemos
recalcar las diferencias entre uno y otra.
El contrato reglamenta una situación jurídica La ley en cambio contiene un mandato, prohibición
particular y en principio sólo produce efectos entre o permiso de carácter general y abstracto.
las partes.
La formación de un contrato se da entre partes. El procedimiento de formación de las leyes se realiza
con participación de dos poderes públicos
El contrato a menudo tiene vida efímera, pues está La ley permanece en el tiempo.
destinado a extinguirse apenas se cumplan las
obligaciones por él generadas
Existen contratos (como el de matrimonio) en que es Una ley puede derogar expresa o tácitamente a otra
improcedente el mutuo disenso o resciliación. ley
La interpretación de las leyes se les aplican los arts. la interpretación de los contratos, los arts. 1560 a
19 a 24 1566.
Ideas de Giorgi.
59
El fundamento del vínculo contractual está en el orden de las verdades necesarias. La fuerza
obligatoria de las convenciones es una idea uniforme, de todos los tiempos y de todos los
pueblos, atestiguada por el sentido común de todo el género humano.
Hans Kelsen.
La fuerza obligatoria del contrato es delegada por la ley. La norma o el orden creado por
convención es una regla o un orden de un grado inferior respecto al orden que instituye la
convención como procedimiento de creación de normas jurídicas.
Sincretismo de Ghestin.
La fuerza obligatoria del contrato encuentra su fundamento en el derecho objetivo y no en
la voluntad de las partes. De la primacía del derecho objetivo resulta que el contrato
esencialmente es un instrumento al servicio de aquel. Pero la voluntad conserva un rol
importante, aunque permaneciendo las iniciativas individuales subordinadas a lo crucial, que
es la búsqueda de la justicia. La fuerza obligatoria del contrato es necesaria para la seguridad
jurídica.
En ciertas ocasiones el legislador vulnera la fuerza obligatoria del contrato y esto ocurre
cuando:
A) Se dictan leyes de emergencia, de carácter transitorio, que implican concesión de
beneficios a los deudores, no previstos en los respectivos contratos: por ejemplo, las “Leyes
moratorias”4
B) Al dictarse normas permanentes, como encontramos en el propio CC: art. 1879
(en relación al pacto comisorio calificado por no pago del precio); art. 2180 (comodato);
artículo 1559 número 1 (mutuo que no consista en una operación de crédito de dinero);
artículo 2396, inciso 2° (en la prenda, derecho del constituyente para solicitar que se sustituya
la cosa pignorada); Art 1559, 1ª regla (si los intereses convencionales son inferiores al
interés legal, se debe éste último, lo que supone una norma protectora de los derechos del
acreedor); Art 1826 (que establece un derecho legal de retención a favor del vendedor)
C) Al dictarse leyes especiales que modifican contratos en curso. Se trata de leyes
que se dictan con efecto retroactivo y que vulneran no sólo la fuerza obligatoria, sino que
también los derechos adquiridos por la vía contractual. Además, debemos tener presente el
art. 22, 1º, de la Ley Sobre Efecto Retroactivo de las Leyes. Por lo tanto, las leyes que se
refieran a determinados contratos únicamente empecen a aquellos que se celebren después
que las leyes entren en vigor.
4
(Ley Nº 17.663, de 1972, que suprimió la reajustabilidad automática de las deudas provenientes de los
contratos de mutuo, otorgados para fines habitacionales, por Institutos de Previsión y Servicios Públicos de la
Vivienda)
60
La jurisprudencia chilena ha establecido la intangibilidad de los contratos en curso,
desconociendo a los jueces la posibilidad de que los revisen o modifiquen. El fundamento de
la jurisprudencia es el art. 1545. Sin perjuicio de aquello, en el último tiempo algunos fallos
arbitrales (y la justicia ordinaria) han admitido la posibilidad de revisar los contratos,
fundándose en el art. 1546 y en la denominada teoría de la imprevisión.
Como observamos, la fuerza obligatoria de los contratos puede romperse si las partes que
son capaces de disponer libremente de lo suyo consienten dejar sin efecto un acto o contrato,
extinguiendo las obligaciones pendientes al respecto. Si el acto jurídico es unilateral, el acto
mediante el cual el autor lo deja sin efecto se llama revocación. Si es una convención (acto
jurídico bilateral), las partes deben estar de acuerdo, y el acto mediante el cual dejan sin
efecto la convención se llama resciliación.
Excepcionalmente, la ley permite que en determinadas convenciones una sola de las partes,
de manera unilateral, pueda dejarlas sin efecto; así ocurre en la revocación por ingratitud del
donatario o en la revocación del mandato por voluntad del mandante.
4.4.1. Concepto
Si las partes estipulan en un contrato una cláusula hardship (una cláusula en cuya virtud
acuerdan la revisión del contrato cuando un trastorno imprevisible de las circunstancias
modifique el equilibrio subyacente al contrato) habrá que estarse a la voluntad de las partes,
sin configurarse realmente un problema propio de la teoría de la imprevisión, pues las partes
decidieron que se incluyese. El problema surge a falta de este tipo de estipulaciones, frente a
los cual existen dos posiciones doctrinarias.
Según la primera posición, todo contrato es ley para las partes, de modo que lo acordado
tiene que cumplirse siempre en la forma convenida (“pacta sunt servanda”).
Conforme con la segunda, debe admitirse la revisión por razones de equidad y justicia
contractual, pues en cada contrato se puede considerar envuelta la regla “rebus sic stantitus”
(las prestaciones de las partes serán exigibles en los términos pactados en la medida en que
61
las circunstancias generales existentes al tiempo de la celebración del contrato subsistan en
el mismo o similar estado)
A diferencia de lo que ocurre en nuestro país, en derecho comparado existe una marcada
tendencia al reconocimiento positivo y/o jurisprudencial de la teoría de la imprevisión.
4.4.2. Requisitos de la TI
La doctrina señala que esta teoría opera en los contratos onerosos bilaterales (Así López y
Elorriaga). No obstante, si la finalidad que subyace a la teoría de la imprevisión es el
restablecimiento del equilibrio que tuvieron en vista las partes al momento de la celebración
del contrato, su ámbito de aplicación debiese extenderse a los contratos unilaterales
onerosos. Por lo demás, así ocurre en las codificaciones más modernas.
Un requisito que suele ser explicitado en los códigos modernos y en los instrumentos de
derecho uniforme es que la parte afectada con la excesiva onerosidad no haya asumido el
riesgo del específico cambio de circunstancias acontecido. Es necesario dejar claro que es
pacifico en doctrina que la intangibilidad del contrato es la regla general y la revisión sería
excepcional.
Así las cosas, más modernamente los requisitos de la teoría de la imprevisión son:
La disposición más icónica entre las que supuestamente admiten la teoría es el artículo 2003,
regla 2º, a propósito del contrato de construcción a suma alzada.
2a. Si circunstancias desconocidas, como un vicio oculto del suelo, ocasionaren costos que no pudieron
preverse, deberá el empresario hacerse autorizar para ellos por el dueño; y si éste rehúsa, podrá ocurrir al
juez para que decida si ha debido o no preverse el recargo de obra, y fije el aumento de precio que por esta
razón corresponda.
Llama la atención que la disposición, más que referirse a circunstancias sobrevinientes, hace
alusión a circunstancias desconocidas. De ahí que, en opinión de la doctrina, esta regla
permite fundar mejor la teoría de la alteración de la base del negocio que la teoría de la
imprevisión.
Otras disposiciones que propone la doctrina como ejemplos de reglas que acogerían la teoría
de la imprevisión son: el artículo 1496, que admite la caducidad del plazo por causas
sobrevinientes; el artículo 2180, a propósito del comodato, en cuanto autoriza para pedir la
restitución anticipada de la cosa prestada si surge para el comodante una necesidad imprevista
y urgente; el artículo 2227, que, en el marco del depósito, permite que el depositario restituya
anticipadamente la cosa si esta peligra o le causa perjuicios; el artículo 2348 N° 3, que
reconoce al acreedor el derecho de exigir fianza al deudor cuya ausencia del territorio
nacional se tema y que carezca de bienes suficientes para la seguridad de la obligación.
Art. 2180. El comodatario es obligado a restituir la cosa prestada en el tiempo convenido; o a falta de
convención, después del uso para que ha sido prestada. Pero podrá exigirse la restitución aun antes del
tiempo estipulado, en tres casos:
2º. Si sobreviene al comodante una necesidad imprevista y urgente de la cosa;
Art. 2227. La obligación de guardar la cosa dura hasta que el depositante la pida; pero el depositario
podrá exigir que el depositante disponga de ella, cuando se cumpla el término estipulado para la duración
del depósito, o cuando, aun sin cumplirse el término, peligre el depósito en su poder o le cause perjuicio.
Y si el depositante no dispone de ella, podrá consignarse a sus expensas con las formalidades legales.
Art. 1496. El pago de la obligación no puede exigirse antes de expirar el plazo, si no es: 1º Al deudor que
tenga dicha calidad en un procedimiento concursal de liquidación, o se encuentre en notoria insolvencia
y no tenga la calidad de deudor en un procedimiento concursal de reorganización;
2º Al deudor cuyas cauciones, por hecho o culpa suya, se han extinguido o han disminuido
considerablemente de valor. Pero en este caso el deudor podrá reclamar el beneficio del plazo, renovando
o mejorando las cauciones.
Por el otro lado, existen disposiciones que rechazan expresamente la posibilidad de revisión.
En esta línea, el mismo artículo 2003, el artículo 1983 inciso primero, a propósito del
arrendamiento de predios rústicos,
Art. 1983. El colono no tendrá derecho para pedir rebaja del precio o renta, alegando casos fortuitos
extraordinarios, que han deteriorado o destruido la cosecha.
Exceptúase el colono aparcero, pues en virtud de la especie de sociedad que media entre el arrendador y
él, toca al primero una parte proporcional de la pérdida que por caso fortuito sobrevenga al segundo
antes o después de percibirse los frutos; salvo que el accidente acaezca
durante la mora del colono aparcero en contribuir con su cuota de frutos.
Art. 2003.
63
1a. El empresario no podrá pedir aumento de precio, a pretexto de haber encarecido los jornales o los
materiales, o de haberse hecho agregaciones o modificaciones en el plan primitivo; salvo que se haya
ajustado un precio particular por dichas agregaciones o modificaciones.
Fuera del articulado el problema que subsiste es el relativo a aquellas situaciones respecto de
las que no existe una regla especial. Parte de la doctrina señala que si el Código permite la
revisión en ciertos casos es justamente porque la regla general es la intangibilidad mientras
no se configure una imposibilidad absoluta. No obstante, son varios los autores que estiman
que en nuestro ordenamiento jurídico existen bases normativas suficientes para hacer
procedente la revisión por excesiva onerosidad sobreviniente. Entre estos, hay quienes
promueven, además, una introducción legal de la figura y otros que estiman que es mejor
mantener la legislación actual, de modo que la aplicación de la teoría sea algo excepcional.
A la luz del artículo 1560 CC cabe presumir que los términos han sido pactados por las partes
teniendo a la vista las circunstancias presentes al momento de la celebración del contrato.
Por ende, si se configura una excesiva onerosidad para alguna de las partes, el juez debe
adaptar los términos del contrato teniendo a la vista lo que las partes habrían querido de
haber considerado estas nuevas circunstancias.
Criticando esta aproximación, Abeliuk señala que “esta tesis olvida que el precepto habla de
la intención de las partes, de ambas, y la del acreedor es evidentemente que se cumpla su
obligación”. Esto puede ser rebatido en orden que no se propone prescindir del interés del
acreedor, sino reconstruir la voluntad probable de ambas partes, esto es, el acuerdo que
probablemente habría existido de haber considerado las circunstancias sobrevinientes.
Algunos autores señalan que la cláusula es artificial, pues, si de verdad las partes hubiesen
vislumbrado la regla rebus sic stantibus y hubiesen deseado la revisión ante un cambio de
circunstancias, la habrían estipulado expresamente. Este es el argumento del profesor López
Santa María, para señalar que la regla del rebus sic sería una postura equivocada para
justificar la teoría de la imprevisión.
El profesor Alcalde, si bien sugiere que la noción de abuso del derecho es equívoca (pues el
derecho existe en la medida en que el interés esté jurídicamente protegido), señala que el
acreedor estaría “abusando de su derecho” -o, en rigor, apartándose de su interés jurídico
protegido-, justificándose la revisión. Se replica esta tesis en el sentido de que el efecto propio
del abuso del derecho es la obligación de indemnizar perjuicios, lo que según cierto sector
64
de la doctrina importa una hipótesis de responsabilidad extracontractual, que mal podría
fundar la revisión de un contrato.
Para el profesor López Santa María esta es otra doctrina errada para justificar la teoría de la
imprevisión, ya que dejaría a una tema extracontractual la solución al problema contractual.
La generalidad de la doctrina rechaza esta tesis, puesto que uno de los requisitos del
enriquecimiento injusto es que carezca de causa y, en el marco de un contrato, no podría
esgrimirse lógicamente que no existe causa, pues el contrato mismo lo sería.
Minoritariamente, Alcalde estima que, si el deudor ejecuta la prestación observando un
estándar de diligencia que excede a aquel que le corresponde según el contrato, el acreedor
efectivamente experimentaría un enriquecimiento sin causa, pues estaría recibiendo más de
aquello que, conforme con el contrato, debía recibir. Esto puede rebatirse al señalar que el
estándar de diligencia que debe observar el deudor en el contrato dice relación con la
responsabilidad, no con el cumplimiento. La consideración del estándar de diligencia solo
podría servir para determinar si el deudor debió o no prever el cambio de circunstancias, mas
no para determinar el contenido de su prestación.
4) Desaparición de la causa.
Pese a las distintitas posturas, se puede señalar que la causa se refiere al interés jurídico y
económico que se aspira satisfacer con la ejecución del contrato y que, por su propia
naturaleza, su función no se agota en servir de requisito de existencia de contrato,
acompañando a este durante todo su íter.
Una base que serviría de apoyo para esta conclusión es el artículo 1467 inciso primero, según
el cual “no puede haber obligación sin una causa real y lícita”. En general, esta tesis resulta
más cercana a la teoría de la alteración de la base del negocio que a la teoría de la
imprevisión. En contra de esta tesis se ha replicado que la causa no es más que un requisito
de existencia del contrato y que, por tanto, solo desempeña un rol relevante al momento de
su celebración.
En opinión del profesor Peñailillo, el problema de la falta la causa es que conforme con las
reglas vigentes se sanciona con nulidad, operando esta con efecto retroactivo; ello puede
resultar inadecuado para los problemas de imprevisión, pues estos debiesen solucionarse en
primer lugar con la revisión y solo en casos extremos con la terminación (no nulidad), que,
en todo caso, no debiese operar con efecto retroactivo.
5) La buena fe contractual.
Sería contrario a la buena fe que una de las partes pretenda que la otra cumpla en los términos
pactados si la obligación ha devenido excesivamente onerosa por circunstancias
sobrevinientes, imprevisibles y ajenas a los riesgos asumidos en el contrato. Desde esta
65
perspectiva, la buena fe constituiría un límite al pacta sunt servanda, justificando la
adaptación del contrato.
Una de las críticas a esta tesis es que el artículo 1546 consagra únicamente la función
integradora de la buena fe, remitiéndose para ello a estándares que en nada se vinculan con
la teoría de la imprevisión (tales estándares se refieren a lo que emana precisamente de la
naturaleza de la obligación o que por ley o costumbre le pertenece). A ello se añade que la
buena fe también podría justificar la ejecución del contrato en los términos pactados, pues,
en los contratos de larga duración, es una legítima expectativa de las partes que estos se
cumplirán no obstante la variación de circunstancias.
Con todo, existe base suficiente, que se estudiara más adelante, para estimar que la buena fe
consagrada en el artículo 1546 no solo cumple la función de integrar el contenido del
contrato, sino que además impone un patrón de comportamiento a las partes, que implica la
cooperación de las partes durante la ejecución del contrato.
El profesor Dörr sostiene que la equivalencia de las prestaciones (equilibrio que se tiene a
la vista al momento de la celebración), es de la esencia de estos contratos conmutativos, de
modo que un cambio sobreviniente e imprevisible de circunstancias, que quebrante el
referido equilibrio, entraña el peligro de degenerar estos contratos y convertirlos en otros
diversos, justificándose entonces la revisión de sus términos.
Desde una perspectiva diversa, aplicable a todo contrato de ejecución continuada, el profesor
Peñailillo sostiene que la expresión “causas legales”, utilizada por el artículo 1545, podría
ser interpretada en el sentido de “causas jurídicas”, admitiéndose la imprevisión como una
de tales causas y justificándose con ello la revisión del contenido del contrato.
Conforme con el artículo 1547, a falta de estipulación o de una regla especial, el deudor
responde de un determinado grado de culpa. Luego, si existe excesiva onerosidad
sobreviniente para la ejecución de la obligación, no está autorizado el acreedor para exigir el
cumplimiento en estos términos si ello excede al estándar de diligencia al que se ha
comprometido el deudor, pues el deudor únicamente contrae un deber de conducta tipificada
por la ley. Este deber se refiere a un comportamiento diligente, que es lo único que puede
exigirle el acreedor.
A mayor abundamiento, sobre la base del artículo 1558, la regla general es que el deudor
responda únicamente de los perjuicios previstos. Si existe un cambio sobrevenido e
imprevisible de las circunstancias presentes al momento de la celebración del contrato,
tornándose excesivamente onerosa la ejecución de una prestación, no podría el acreedor
exigir su cumplimiento en estos términos, pues estaría forzando al deudor a responder de
perjuicios imprevisibles.
66
Según López y Elorriaga, la tesis que acabamos de exponer fundaría bien la imprevisión. En
lo que atañe al artículo 1558, Abeliuk replica que la referida disposición regula los perjuicios
de que responde el deudor y no los que este puede experimentar por el pago de su obligación.
En similar sentido, se puede señalar que proponer el artículo 1558 como una base normativa
para la aplicación de la teoría de la imprevisión presupone una inadecuada delimitación de
las nociones obligación y responsabilidad contractual. Lo mismo cabe señalar respecto al
artículo 1547. Ambas son reglas de responsabilidad, no de cumplimiento. La
responsabilidad contractual en sentido técnico es una obligación diversa a la incumplida, de
modo que sus reglas no pueden servir de base para moderar el rigor de esta última.
El profesor López Santa María agrega una última postura que fundamenta bien la revisión
judicial de los contratos, respecto al (8) método de la libre investigación. Según este método
deben analizarse los dos elementos fundamentales del derecho de las obligaciones; si la
solución es moralmente justa, y de serlo si resulta útil.
El primer proyecto, presentado el año 1991, aprobado por la Cámara de Diputados tras diez
años de tramitación, fue finalmente archivado por el Senado el año 2004.
El segundo, del año 2017, nacido de una moción de los senadores Bianchi y Guillier, reactivó
la discusión sobre la pertinencia o impertinencia de regular la excesiva onerosidad
sobrevenida. El proyecto contiene un artículo único, que ordena la incorporación al Código
Civil del artículo 1545 (bis), con el siguiente tenor:
"Artículo 1545 (bis): No obstante lo establecido en el artículo anterior, si la ejecución de las prestaciones
emanadas de la obligación estipulada en los contratos onerosos, conmutativos y de tracto sucesivo o a plazo,
se torne exorbitantemente más onerosa, cualquiera de los contratantes podrá ocurrir ante el tribunal
competente, para que efectúe un llamado a conciliación, a fin de que las partes adecuen de común acuerdo las
cláusulas contractuales a las nuevas circunstancias imperantes, o en su defecto, convengan la terminación o
resciliación del contrato.
Se entenderá que la ejecución de las prestaciones emanadas de la obligación se ha tornado exorbitantemente
más onerosa, cuando aquélla importe un cumplimiento en más del doble del valor de la obligación pactada
En caso de que no se produjere acuerdo, en los términos del inciso primero, el tribunal adoptará las medidas
que estime convenientes para reestablecer la equidad de las prestaciones, en procedimiento breve y sumario".
“Artículo 1546 bis: Si un cambio fundamental de circunstancias imprevisibles al tiempo de la suscripción del
contrato convierte su cumplimiento en excesivamente oneroso para una de las partes, que no había aceptado
ese riesgo, esta puede solicitar a su contraparte la renegociación del contrato. Durante la renegociación, las
partes continúan obligadas a cumplir sus obligaciones.
Si la renegociación no es aceptada o fracasa, las partes pueden poner término al contrato, en las condiciones
y en el plazo que decidan, o solicitar de común acuerdo al juez que proceda a su adaptación. A falta de acuerdo
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dentro de un plazo razonable, el juez podrá, a petición de una de las partes, revisar el contrato o ponerle
término, en las condiciones y en el plazo que él determine”.
Los autores del proyecto, en la exposición de sus fundamentos, señalan que este “solo sería
aplicable a contratos suscritos con posterioridad a la pandemia”. Los contratos en que con
mayor propiedad pueden concurrir los requisitos de la teoría de la imprevisión son justamente
aquellos celebrados con anterioridad al COVID-19 pues es respecto de estos que las nuevas
circunstancias resultan realmente imprevisibles.
Como sea, cabe añadir que el proyecto pretende incorporar al Código Civil un artículo
redactado al pie de la letra del artículo 1195 del Code. En esta línea, el proyecto propone una
solución de dos etapas: la primera, confiada a las partes; la segunda, al juez. En lo que
respecta a la primera etapa, la solución desecha la posibilidad de suspender la ejecución de
la prestación que ha devenido excesivamente onerosa mientras no exista un acuerdo o
solución judicial de adaptación o terminación. Una alternativa que parece razonable es la
contemplada en el artículo 84 (2) PLDC, que establece que la renegociación no suspende la
ejecución del contrato, salvo cuando esta cause perjuicios irreparables para la parte afectada.
En lo que atañe a la segunda etapa, sería ideal que la reforma explicitara que la terminación
se reserva para casos extremos, en que el equilibrio no pueda restablecido o ya no sea posible
satisfacer el interés de alguna de las partes. En opinión del profesor Peñailillo, sería también
deseable que las acciones de revisión o terminación estuviesen sujetas a un plazo de
prescripción acotado, que se compute desde que el cambio sobrevenido e imprevisible de
circunstancias se haya consumado, de modo que la excesiva onerosidad pueda apreciarse en
toda su magnitud.
A mayor abundamiento, en base a la libertad contractual, los particulares pueden celebrar las
estipulaciones que quieran, bastando que no violen disposiciones de orden público. El resto
de la legislación es supletoria de la voluntad de las partes; es esta voluntad la que configura
la ley principal. Si se sigue el criterio opuesto, los jueces podrían prescindir, en lo regulado
por las partes, de las cláusulas estipuladas y resolver conforme a lo que les parezca más
5
Artículo 767.- El recurso de casación en el fondo tiene lugar contra sentencias definitivas inapelables y contra sentencias
interlocutorias inapelables cuando ponen término al juicio o hacen imposible su continuación, dictadas por Cortes de
Apelaciones o por un tribunal arbitral de segunda instancia constituído por árbitros de derecho en los casos en que estos
árbitros hayan conocido de negocios de la competencia de dichas Cortes, siempre que se hayan pronunciado con infracción
de ley y esta infracción haya influido substancialmente en lo dispositivo de la sentencia.
69
conveniente, pero en lo no estipulado, quedarían obligados por la ley supletoria. Se haría una
diferencia inaceptable entre los contratantes prolijos que regulan todos los aspectos de su
contrato, y aquellos que sólo regulan lo esencial.
Cuando hablamos de “efectos” nos referimos a los derechos y obligaciones que emanan de
los contratos. De los contratos solo emanan derechos personales y las obligaciones
correlativas, nunca derechos reales. Así, en principio los contratos solo producen efectos
jurídicos para las partes, sin beneficiar ni perjudicar a los terceros. Para estos últimos los
contratos ajenos son indiferentes. No les empecen, no los hacen ni deudores ni acreedores.
Para los terceros, los contratos son res inter allios acta (eventos entre otros).
La tesis tradicional sobre el efecto relativo de los contratos ha declinado, pues observamos
dos situaciones que la contrarían;
También son partes, por regla general, y desde el instante del fallecimiento de uno de los
contratantes, sus herederos o causahabientes a título universal.
Los terceros se definen negativamente. se entiende por tercero toda persona, que no ha
participado ni ha sido válidamente representada en la generación del acto. Se trata de todos
aquellos que aún habiendo participado físicamente en el acto jurídico, sus voluntades no han
sido determinantes para la generación del mismo.
70
Encontramos tres tipos de terceros a efectos de esta materia; los terceros absolutos, los
causahabientes a título singular y los acreedores.
Son aquellas las personas extrañas a la formación del acto y que no están ni estarán en
relaciones jurídicas con las partes. Fuera de no participar en el contrato ni personalmente ni
representados, no están ligados jurídicamente con las partes por vínculo alguno.
Son los terceros que están o estarán en relaciones jurídicas con las partes, sea por su propia
voluntad o la de la ley, pero que no han generado con sus voluntades el acto jurídico.
La idea jurídica de terceros relativos presupone, por una parte, un acto al cual el tercero es
extraño, y por otra parte, un nuevo acto o hecho jurídico en general, en el que esta persona
es parte con relación a uno de los sujetos del primer acto y en virtud del cual, llega
necesariamente a encontrarse en relación con el otro sujeto que intervino en el primer acto, a
consecuencia del contenido de las dos estipulaciones.
Los terceros relativos sí pueden ser afectados directamente por un contrato ajeno. Entre los
terceros relativos encontramos los herederos a título universal, a título singular y los
acreedores de las partes. En estricto rigor, los herederos son terceros en relación con los actos
jurídicos que realizó el causante en vida, los cuales pueden beneficiarles o perjudicarles, pero
sólo una vez producida la apertura de la sucesión. Por otro lado, de acuerdo con nuestra
legislación, los herederos representan al causante y son los continuadores de su personalidad,
por lo que, conforme algunos autores, no cabe atribuirles la calidad de terceros, atendido que
asumen jurídicamente la calidad de parte en los actos y contratos que celebró el causante.
Son aquellos a quienes se transfieren derechos determinados, sea por causa muerte (como el
caso de los legatarios (artículos 951 y 1104)) o por acto entre vivos, como ocurre con el que
adquiere mediante la tradición (artículo 671). Son causahabientes a título singular por acto
entre vivos el comprador, el donatario, el mutuario. Lo son mortis causa los legatarios.
71
La cuestión en análisis se torna problemática, cuando el causante había limitado sus poderes
sobre la cosa en el ámbito estrictamente de las obligaciones y derechos personales y no en el
de los derechos reales desmembrados del dominio. Por ejemplo, si el causante se había
obligado a no enajenar un bien ¿es oponible tal cláusula al causahabiente singular o
adquirente? A través de la doctrina de las obligaciones ambulatorias o propter rem, se
responde afirmativamente, pues son obligaciones ambulatorias aquellas cuyo sujeto pasivo
es variable, de tal modo que el rol del deudor lo asume quien se encuentre en la posición
jurídica del dueño de la cosa. Estas obligaciones se traspasan al causahabiente singular junto
con la transmisión del derecho de dominio sobre la cosa.
Los casos previamente señalados están previstos por la ley. Ahora debemos analizar qué
ocurre en las hipótesis no previstas por el legislador. Si bien el asunto es discutible, a falta
de norma expresa pareciera que las obligaciones contraídas por el causante no empecen al
causahabiente singular. Este, en virtud del efecto relativo de los contratos, podría sostener
que la obligación convenida en relación con el bien en que sucede, le es inoponible. Por su
parte, a quien contrató con el causante, sólo le quedaría la posibilidad de demandarlo por
incumplimiento de la obligación, pero no podría exigir el pago al causahabiente singular.
Ajenos a la relación jurídica, están por su parte los acreedores que no disponen de
preferencias, vale decir los acreedores valistas o quirografarios. Se sostenía por una parte de
la doctrina que tales acreedores se equiparaban a las partes, que tomaban el lugar de su deudor
en los contratos celebrados por éste, pues dichos contratos repercuten en el mal llamado
derecho de prenda general de los acreedores (art. 2465), para beneficiarlos o perjudicarlos
Hoy, la doctrina mayoritaria enfatiza que los acreedores son terceros absolutos en los
contratos que su deudor celebre con otras personas sin perjuicio de que indirectamente los
acreedores sean alcanzados por el efecto expansivo o absoluto de los contratos. Asimismo,
los acreedores podrán impugnar los contratos celebrados por el deudor en perjuicio de los
primeros, fundamentalmente por medio de la acción de simulación y de la acción revocatoria
o pauliana.
Se entiende por contrato en perjuicio de terceros aquel que produce perjuicio a los terceros,
aunque no haya sido destinado a tal fin; lo hace de manera refleja. Ejemplos son el contrato
con un tercero a pesar de la existencia de una cláusula de exclusividad que prohíba a uno de
los contratantes tal estipulación; o el compromiso de un empresario de no tomar el personal
despedido por otro, etc.
72
Cabe indicar que cuando existan remedios que tutelan más inmediatamente al tercero (como
la acción pauliana) no cabe aludir a la categoría de contrato en perjuicio de tercero. En
cambio, de no existir tales remedios, bien se podría estimar que el tercero afectado, podría
pedir el resarcimiento del daño sufrido, en sede de responsabilidad extracontractual.
Para Messineo el contrato sobre el patrimonio del tercero (que también llama contrato sobre
cosa ajena), no perjudica nunca al tercero, por cuanto, si se trata por ejemplo de una venta de
cosa ajena, el acto en el cual no interviene el dueño no afecta su propiedad. Con todo al operar
la prescripción adquisitiva, dicho contrato, si perjudicará al tercero.
Al margen de la voluntad de las partes, a veces un contrato puede ser invocado por un tercero
a su favor o también oponerse a un tercero en su detrimento. En cuanto el contrato es un
hecho que como tal existe para todos en sus efectos reflejos puede alcanzar a terceros
absolutos. No hay propiamente en esta situación una excepción al principio del efecto relativo
de los contratos. En el caso del efecto expansivo, no surge un derecho u obligación
directamente para el tercero, sino que éste puede invocar un contrato ajeno o puede
oponérsele. El contrato como hecho tiene vigencia erga omnes.
b) Al regular los efectos civiles de las ventas sucesivas de una misma cosa a dos o más
personas, mediante contratos diversos, la ley protege a un comprador sobre otro en base a los
criterios que indica el art. 1817. El comprador que no es preferido por la ley resulta
perjudicado por el efecto reflejo o expansivo de la compraventa en que no fue parte.
73
5.4. CONTRATO COLECTIVO
La estipulación a favor de otro es una excepción al efecto relativo de los contratos. El jurista
italiano Giovanni Pacchioni define la estipulación a favor de otro como “aquel que, realizado
válidamente entre dos personas, pretende atribuir un derecho a una tercera que no ha tenido
parte alguna, ni directa ni indirectamente, en su tramitación y perfección; y que no obstante,
logra efectivamente el atribuir a esa tercera persona un derecho propiamente suyo; derecho
que puede estimarse como propio del que estipuló tal contrato y cedido luego al tercero o
simplemente ejercido por éste en lugar de aquel.”
En la doctrina nacional se señala por el profesor Barros que “recibe el nombre de estipulación
por otro el contrato por el cual las partes confieren un beneficio a un tercero que no participa
de él”
Para el derecho germánico se admitía la estipulación por otro. En nuestros días, el Código
Civil alemán (“BGB”) establece: “por contrato puede estipularse una prestación en favor de
tercero, de manera que este último adquiera inmediatamente el derecho de exigir la
prestación”. El Código Civil español también admite la figura. El derecho civil francés‚ se
sitúa en una posición intermedia. Restrictiva en los textos legales, la jurisprudencia sin
embargo ha consagrado amplia validez a la figura.
Art. 1449. Cualquiera puede estipular a favor de una tercera persona, aunque no tenga derecho
para representarla; pero sólo esta tercera persona podrá demandar lo estipulado; y mientras no
intervenga su aceptación expresa o tácita, es revocable el contrato por la sola voluntad de las partes
que concurrieron él.
Constituyen aceptación tácita los actos que sólo hubieran podido ejecutarse en virtud del contrato.
74
Promitente: Aquel que se obliga a realizar determinada prestación a favor de un
tercero beneficiario por la prestación a que el estipulante se obligó.
Tercero Beneficiario: Aquel que se beneficia de la estipulación realizada entre
estipulante y promitente. Mientras el tercero no acepte la oferta que le hace el estipulante,
esta estará sujeta a todas las contingencias que pueden afectar una propuesta.
Como señala Messineo, puede darse que el estipulante se sirva del promitente para cumplir
por medio de este último un pre-existente deber patrimonial suyo hacia el tercero (causa
solvendi), aunque la mayoría de las veces el estipulante se propone únicamente beneficiar al
tercero (causa donandi). De esta forma, el estipulante se sirve de la actividad del promitente
en lugar de efectuar él mismo la prestación.
Esta teoría es criticable, por cuanto al ingresar el crédito inicialmente al patrimonio del
estipulante, pasando a formar parte del derecho de prenda general de sus acreedores, éstos
podrán embargar el crédito, imposibilitando así el traspaso al tercero beneficiario. A su vez,
los herederos del estipulante podrían considerar el derecho o crédito como parte del
patrimonio hereditario, y negarse por ende a transferirlo al tercero beneficiario; o si el
derecho se traspasó en vida, frente a dicha cesión a título gratuito que hizo el estipulante al
tercero, podrían intentar su invalidación, mediante la acción de inoficiosa donación (arts.
1425 y 1187).
El estipulante actúa como gestor de los negocios del tercero, como su agente oficioso (art.
2286), al obtener el compromiso del prometiente. Por la aceptación del tercero interesado, la
operación cuasicontractual se transforma, retroactivamente, en un contrato de mandato,
75
entendiéndose que el estipulante actuó a nombre y en representación del tercero. Este último
es en realidad “parte” y no “tercero”.
Sin embargo, se precisa que esta teoría es ficticia, ya que, en el hecho, el estipulante actúa a
nombre propio y no como agente oficioso. En cambio, en la agencia oficiosa, el gestor es un
mero intermediario y obra a nombre del interesado, aunque sin mandato. Además, tres
características esenciales de la agencia oficiosa no están presentes en la estipulación a favor
de otro; en primer lugar, el interesado en la gestión debe cumplir las obligaciones contraídas
por el agente si éste hubiere administrado bien el negocio (art. 2290); esto no ocurre en la
estipulación por otro, en la que el tercero, aunque el negocio haya sido bien administrado,
puede rechazar la estipulación. En segundo lugar, el agente oficioso, después de iniciada la
gestión, está obligado a proseguirla (art. 2289); en cambio, el estipulante puede revocar la
estipulación de común acuerdo con el prometiente, mientras no acepte el tercero. En tercer
lugar, no media entre el estipulante y el tercero ninguna relación, el primero no puede
reclamar cuentas al último. Entre tanto, la gestión de negocios crea entre el gerente y el
interesado un conjunto de relaciones jurídicas.
Habría en la estipulación por otro una expresión de la voluntad unilateral del deudor como
fuente de las obligaciones. El prometiente adquiriría el rol de deudor del beneficiario por su
exclusiva voluntad.
Es criticable esta teoría, por cuanto es discutido que el Derecho Chileno se acoja la promesa
unilateral como fuente de las obligaciones. No se alude a ella en los arts. que consagran las
fuentes de las obligaciones (578, 1437, 2284 y 2314). Sobre el particular, la jurisprudencia
ha declarado en algunas ocasiones que la aceptación de una letra de cambio o la suscripción
de un pagaré, constituirían casos de declaración unilateral de voluntad como fuente de
obligaciones. Por otra parte esta teoría desconoce el contrato, señalado en el art. 1449,
existente entre el estipulante y el prometiente. Finalmente, no permite comprender por qué
sería necesaria la concurrencia de la voluntad del estipulante junto con la voluntad del
prometiente para revocar la estipulación antes de la aceptación del tercero, si para que naciera
la obligación sólo se requería la voluntad del prometiente.
76
El derecho se crea en favor del tercero desde el instante mismo en que se celebra el contrato
entre estipulante y prometiente, aunque el tercero desconozca la estipulación. La declaración
o aceptación del tercero beneficiario, sólo es un requisito para que dicho tercero pueda exigir
la prestación, pero el derecho a su favor ya nació, independientemente de su voluntad. En
otras palabras, la aceptación del tercero no es sino un presupuesto de la exigibilidad del
derecho por el mismo tercero.
Es criticable por cuanto que se cree el derecho para el tercero directamente con el contrato,
es una mera afirmación y no una explicación.
El estipulante puede pedir la resolución del contrato, más la indemnización de los daños que
se acrediten. Además, el estipulante y el prometiente pueden revocar el contrato (resciliar, en
estricto rigor, pues la revocación es un acto jurídico unilateral) mientras el tercero
beneficiario no haya aceptado expresa o tácitamente. Lo anterior podría llevar a concluir que
el derecho que ha nacido directamente en favor del tercero, está sujeto a una condición
resolutoria ordinaria, consistente en que las partes no revoquen la estipulación antes de la
aceptación de dicho tercero.
Efectos o relaciones entre prometiente y beneficiario.
Jurídicamente, son sujetos extraños. No media entre ellos ninguna relación jurídica
proveniente de la estipulación. El derecho del tercero beneficiario nunca se radica en el
patrimonio del estipulante. Los acreedores del estipulante carecen por ende de derechos sobre
el crédito derivado de la estipulación.
77
Características de la estipulación en favor de otro
Art. 1450. Siempre que uno de los contratantes se compromete a que por una tercera persona, de
quien no es legítimo representante, ha de darse, hacerse o no hacerse alguna cosa, esta tercera
persona no contraerá obligación alguna, sino en virtud de su ratificación; y si ella no ratifica, el
otro contratante tendrá acción de perjuicios contra el que hizo la promesa
Promitente: Aquel contratante que se obliga a que una tercera persona ajena contraiga una
obligación cuyo objeto sea una prestación de dar, hacer o no hacer alguna cosa.
Tercero: este no es parte, es a quien el promitente debe hacer consentir en realizar una
prestación a favor del acreedor.
Estamos entonces ante una obligación de hacer del prometiente, que consiste en que el tercero
ratifique. Mientras ello no acontezca, el tercero no contrae obligación alguna. Si el
prometiente fracasa en su intento, deberá indemnizar al acreedor los perjuicios que se deriven
de su incumplimiento. En este caso, al acreedor sólo le queda el camino de la ejecución
forzada “por equivalente” en contra del prometiente, es decir, exigirle la indemnización por
los daños sufridos. La alternativa de la ejecución forzada “por naturaleza” es improcedente,
pues el sistema jurídico es impotente para obtener el asentimiento del tercero, si éste lo
rehúsa. A contrario sensu, si el tercero ratifica, y después no cumple la prestación prometida
78
al acreedor, tienen aplicación las reglas generales, sin que el acreedor pueda demandar al
primitivo prometiente.
Para otros, la fuente sería la voluntad unilateral del deudor (del tercero) cuando ratifica.
Hay sin embargo un argumento de texto contra esta hipótesis, pues en el art. 1536, 2º se alude
al “consentimiento”, vale decir, la promesa de hecho ajeno implicaría un acuerdo de
voluntades y no la mera voluntad aislada del deudor que acepta. López Santa María concluye
señalando que es más simple admitir que la fuente de la obligación del tercero es la ley (el
art. 1450 del CC), evitando así los inconvenientes derivados de la práctica de explicar las
instituciones jurídicas mediante su absorción por otras.
79
Capítulo VI LA BUENA FE
Las instituciones del moderno derecho de contratos, como los vicios de error y fuerza, los
vicios redhibitorios en la compraventa, la indemnización por evicción, entre otras, encuentran
su origen en los iudicia bonae fidei del derecho romano, manteniéndose posteriormente, bajo
el alero de la aequitas, durante toda la edad media y el período moderno temprano.
Los principios generales del derecho dan coherencia, unidad e integridad a un ordenamiento
jurídico, aun incluso si carecen de reconocimiento jurídico, gozando de una adaptabilidad y
mutabilidad que les permite perdurar en el tiempo.
Para Diez Picasso es distinto el principio general de buena fe y la buena fe. La buena fe sería
un concepto técnico jurídico que se inserta en una multiplicidad de normas jurídicas para
describir o delimitar un supuesto de hecho, como lo sería el poseedor de buena fe. La buena
fe sería un estándar o modelo ideal de conducta social. A su vez, y distinto, el principio
general de buena fe no es un supuesto de hecho de carácter normativo, sino que sería una
norma jurídica completa, un principio que impondría de manera general a todos los
miembros de la comunidad jurídica un deber de conducta.
6
El profesor Boetsch define los principios generales del derecho como ideas normativas de orden general,
anteriores al ordenamiento jurídico positivo y que son recogidas por el mismo para las más diversas materias.
80
Los profesores Fueyo y Boetsch están en contra. Señalan que buena fe y principio general de
buena fe son lo mismo. Abogando además por un concepto unitario de buena fe. La diferencia
con la postura de Diez Picasso es que en ciertos casos la buena fe pasara a ser un “elemento
del tipo civil” como lo sería la posesión regular7 o el matrimonito putativo. En otros casos la
misma buena fe operara como una fuente integradora de ciertos deberes de conducta, como
es el caso del art 1546 o bien con deberes generales de conducta, como en las relaciones post
contractuales y el deber de guardar los secretos del mismo. Pero ambos, es la misma
institución jurídica operando a distintos niveles, y no distintas instituciones jurídicas como
postula Diez Picasso.
Frente a la distinción entre buena fe subjetiva y objetiva, el profesor Boetsch afirma que la
buena fe es una sola, es decir, que la buena fe tiene un carácter unitario, pues todas sus
manifestaciones encuentran su origen en el mismo principio, y por lo tanto no cabe hacer una
división extrema entre buena fe objetiva y subjetiva, ya que ambas tienen la misma naturaleza
ontológica.
Además, esta disociación extrema entre buena fe objetiva y subjetiva sería errada y contraria
a lo prescrito por nuestro ordenamiento positivo, pues existen manifestaciones de la buena fe
subjetiva en el campo de las obligaciones (por ejemplo, pensemos en el artículo 1576 del
Código Civil, que exige una “buena fe subjetiva” en quien paga, en circunstancias de que el
pago es un modo de extinguir las obligaciones). A mayor abundamiento, cuando se afirma
que el ordenamiento jurídico muestra dos modos diferentes de considerar la buena fe, se debe
tener presente que en ambos existe la dimensión objetiva, en cuanto se recurre a ella para
calificar un comportamiento y hacer depender unos efectos jurídicos de la acomodación o no
de dicho comportamiento a lo establecido por o contra la buena fe. La sola mención de la
buena fe presupone un juicio valorativo.
7
La buena fe sería un requisito del matrimonio putativo o de la posesión regular, sin la cual no existen tales
instituciones.
81
En otro orden de ideas la conducta de la persona no es una mera sucesión de actos sin importar
el componente intelectual-volitivo. La conducta de la persona en el ámbito jurídico no es
exclusiva exterioridad, sino acto. Pensar de otro modo nos llevaría a negar figuras
reconocidas unánimemente, tal como el fraude a la ley (en el cual, si bien hay un actuar
externo que se apega a la letra de la ley, la intención es vulnerar el espíritu de la misma,
obrando de mala fe). En consecuencia, no existe una buena fe subjetiva sin una conducta
conforme a la buena fe, ni la corrección ni la rectitud que exige la buena fe es una formalidad
externa, sin contenido alguno.
En igual sentido se pronuncia el profesor Peñailillo, quien sostiene que “no compartimos la
distinción [entre buena fe objetiva y subjetiva] en cuanto pretende formar categorías. La fe
es una sola, con sus dos adjetivos mencionados. Lo que suele entenderse por fe objetiva es
más bien un método para evaluar la fe del sujeto”. El mismo autor agrega, al referirse a la
distinción entre “buena fe creencia” y “buena fe comportamiento”, que “no parece
convincente separar allí dos categorías de fe; se trata de dos fisonomías que adopta en
diversas situaciones; más aún, el comportamiento siempre está íntimamente vinculado a la
convicción (y hasta deriva de ella)”.
4. La buena fe subjetiva.
Buena fe subjetiva es la creencia que, por efecto de un error excusable, tiene la persona, de
que su conducta no peca contra el Derecho (Von Thur). Es la convicción interna o psicológica
de encontrarse el sujeto en una situación jurídica regular, aunque objetivamente no sea así,
aunque haya error. Para otros consiste en la convicción personal de adquirir las cosas sin
lesionar derechos ajenos, es decir, de que está adquiriendo las cosas del verdadero dueño, por
lo tanto, se aprecia en los casos en concreto, no se compara con estándares objetivos de
carácter general.
82
En el Derecho de Familia, observamos también la consagración de la buena fe subjetiva en
el matrimonio putativo: la nulidad sólo se proyecta al futuro, careciendo de efecto retroactivo.
5. La buena fe objetiva.
Para el profesor Boetsch la buena fe objetiva es la regla de conducta humana que exige dirigir
el actuar conforme a una serie de normas que configuran patrones de rectitud y honestidad.
Recordemos que un “estándar” es una regla que, en lugar de formular una solución rígida,
recurre a un parámetro flexible cuyo manejo y concreción, en cada caso, queda entregado al
criterio, prudencia y sabiduría del juez de la causa. Se trata de conceptos susceptibles de
asumir un contenido empíricamente variable pero que, no obstante, tienen una unidad de
significado básica e inamovible, que el sentenciador debe acatar. La misma naturaleza tienen
otras nociones como “el buen padre de familia”, “las buenas costumbres”, “el orden público”.
El art. 1546 establece que los contratos deben ejecutarse de buena fe. En el ámbito
contractual, no todo puede estar previsto por la ley, con frecuencia la decisión de un litigio
contractual queda entregada al poder discrecional del sentenciador. Pero este poder
discrecional está limitado, entre otros aspectos, por el establecimiento de reglas legales
flexibles, estándares, módulos o patrones de conducta. A diferencia de la buena fe subjetiva,
que se aplica “in concreto” por el sentenciador, averiguando la convicción íntima y personal
del sujeto implicado, la buena fe objetiva se aprecia “in abstracto”, prescindiendo el juez de
las creencias o intenciones psicológicas de los contratantes, para puntualizar la conducta
socialmente exigible de las partes, exclusivamente en base a la equidad, a los usos y en
general, al modelo de la persona razonable, o sea, a los estándares legales.
6. Funciones de la buena fe
83
La interpretación ha de hacerse de tal manera que el sentido que se atribuya a los contratos
sea el más apropiado para llegar a un desenvolvimiento leal de las relaciones contractuales.
La noción de lealtad dice Mereminskaya, se refiere al marco de expectativas que se establece
en torno a una relación contractual. Tal marco traza los límites de lo que razonablemente
pueda esperar un acreedor y de lo que es tolerable para un deudor, según la finalidad del
contrato. Se dice que aun cuando en las normas de interpretación de los contratos no exista
una norma que se refiera directamente a la buena fe, la aplicación de este principio en la
interpretación de aquellos deriva del propio tenor del artículo 1546. Es decir, la interpretación
de un contrato contraria a la buena fe afecta los alcances de las obligaciones contractuales, y
con ello, viola el artículo 1546.
Fueyo expresaba que de los contratos “nacen obligaciones que admiten adecuación razonable
por intervención de factores extraños al tenor literal y rígido del contrato. En tal virtud, se
debe todo lo explícitamente acordado que luego, sin embargo, pasará por el tamiz de la buena
fe y la lealtad que se deben los contratantes.” Así, agrega Mereminskaya a modo de ejemplo,
“el deudor no puede esperar que se considere que ha entregado la mercadería a su debido
tiempo si llega al establecimiento del acreedor el día previsto, pero a las 12 de la noche.
Tampoco actúa de buena fe el acreedor si al determinar el medio de transporte a costo del
deudor, envía las mercaderías con un correo-express.” Aquí entonces, la buena fe opera
restringiendo lo pactado.
Según la doctrina la expresión función suplementaria presenta una ventaja comparativa que
justifica su preferencia respecto de la expresión función integradora: la primera, al no
presuponer un contrato ya celebrado, confiere un ámbito de aplicación más amplio a la buena
fe como fuente material y subsidiaria de deberes de conducta, permitiendo explicar, entre
otros, la exigibilidad de deberes precontractuales o post contractuales.
84
4) la determinación del contenido del contrato conforme con las exigencias de la buena fe
permite que las partes eviten el costo de discutir, diseñar e incorporar cláusulas que regulen
todas las eventualidades imaginables que podrían suscitarse durante la ejecución del acuerdo;
5) reconocer a la buena fe una función suplementaria dota al derecho contractual de un grado
razonable de flexibilidad para alcanzar soluciones equitativas en el caso concreto;
6) la función suplementaria de la buena fe permite proteger aquellos intereses que, pese a su
legitimidad y merecimiento de tutela jurídica, no están adecuadamente resguardados por
reglas o doctrinas específicas, aumentando, por esta vía, la racionalización y estabilidad
generales del derecho de contratos; y,
7) la función suplementaria permite un crecimiento sostenido del derecho contractual y su
adecuada adaptación a las necesidades comerciales y éticas del tráfico25.
Hoy por hoy el reconocimiento de la buena fe, en esta faz suplementaria es importante; las
funciones atribuidas a la buena fe por diversos sistemas jurídicos han permitido la adaptación
del derecho de contratos a los requerimientos comerciales y éticos del tráfico jurídico
contemporáneo. Como es evidente, una mera alusión a la buena fe como fuente material de
los deberes no constituye una fundamentación suficiente. Idealmente, el juez debiese referir
los valores y principios que, manifestados en el respectivo sistema jurídico, justifican la
decisión. Para estos efectos, podría resultar útil que el juzgador identifique los valores y
principios que orientan su decisión, los principios informadores, el sector del ordenamiento
jurídico en que se enmarca el conflicto que sean funcionales para su resolución, así como
también las eventuales reglas específicas que estén inspiradas en tales principios y puedan
servir como base para la construcción de una regla implícita.
85
En la buena fe puede basarse una ampliación del deber de prestación más allá de los términos
resultantes del contexto del contrato o de la ley. Ello porque el deber de comportarse de
manera leal y honesta considera no solo interés propio, sino también los intereses de la parte
contraria. Así, se reconoce en la doctrina chilena que ‘se deberá lo que no figura
explícitamente y que resulta de aplicar los módulos buena fe y lealtad’. El fundamento de
esto descansa en la confianza, y la protección de la confianza misma, que es el sustrato básico
sobre el que reposa el consentimiento, aquel acuerdo de voluntades necesaria para la
existencia del contrato mismo.
El profesor Boetsch señala además que la buena fe cumple una función extintiva o liberatoria.
En Francia se señala que, por causa de inexigibilidad, la buena fe ordenaba la desaparición
del deber de prestación. Larenz señalaba que “la buena fe liberara al deudor cuando así lo
exijan los más altos intereses, especialmente en consideración a la vida o la salud del deudor
o de sus familiares o a un deber moral más elevado que el de la prestación”. Esta postura es
atentatoria de la seguridad jurídica. No obstante, si se tiene presente que la buena fe es un
principio general del derecho y como tal es derecho, su carácter (además del hecho de tener
consagración en chile en su artículo 1546) no es renunciable. Visto de otro modo, el artículo
1576 señala otra aplicación de la buena fe en su faz liberatoria, por cuanto se protege a quien
paga cumpliendo una obligación en apariencia.
Señala la misma doctrina que “de forma muy excepcional la buena fe va a tener un efecto
libertario bajo dos formas: primero, haciendo inexigible una determinada prestación, al
actuar como patrón de conducta que limitan el ejercicio del derecho del acreedor y, segundo,
protegiendo al deudor que de buena fe ha cumplido con su obligación, bastando su
cumplimiento en una apariencia”.
Señala el CC que los contratos deben ejecutarse de buena fe, y por consiguiente obligan no
sólo a lo que en ellos se expresa, sino a todas las cosas que emanan precisamente de la
naturaleza de la obligación, o que por la ley o la costumbre pertenecen a ella. Si hay una
laguna en el contrato queda la duda de si hay un orden de prelación entre norma legal
dispositiva, un uso normativo o formular directamente una regla contractual por el juez que
pueda desprenderse de la naturaleza de la obligación contratada.
La doctrina señala que frente a la existencia de una laguna en el contrato el juez debe aplicar
la norma legal dispositiva o consuetudinaria que desarrolla abstractamente la buena fe (de
existir esa norma y resultar pertinente y aplicable al conflicto contractual concreto) y no
inexistiendo o siendo insuficiencia, el juez podría formular directamente y en concreto una
regla contractual que integra el contrato, concretizando el estándar del contratante leal y
honesto que subyace a la buena fe. Dicho de otra manera, el juez no tiene libertad absoluta
para integrar un contrato bajo la bandera de la buena fe, sino de manera residual y siempre
desarrollando el derecho de los contratos en su conjunto, como veremos en los apartados
siguientes.
Por definición son los jueces los que, con fundamento en la buena fe, definen en concreto el
contenido sustantivo de un determinado deber de conducta u otro efecto jurídico accesorio
que se integra implícitamente a un contrato, supliendo sus lagunas y resolviendo un particular
conflicto entre las partes.
Así el 1546 y la referencia que esa disposición legal efectúa a la integración del contrato por
las cosas que emanan de la naturaleza de la obligación, puede entenderse como una
invocación a la precisión en concreto por los jueces de lo que pertenece a la convención en
virtud del deber general de las partes de comportarse de una manera leal y honesta durante
todo el desarrollo de la relación contractual.
El legislador es quien instaura la buena fe como cláusula general para regular la integración
de los contratos (artículo 1546) y, por la otra, es quien la desarrolla mediante disposiciones
legales específicas (que llegan hasta donde alcanza su capacidad de previsión).
La forma de regulación del art 1546 implica predefinir legalmente directivas y guías
generales de conducta que rigen un determinado ámbito de actividad, configurando un
conjunto de reglas legales específicas que desarrollan esas directivas y guías de conducta, las
que conforman una casuística legal lo más densa y demostrativa posible respecto de su exacto
significado y efectos jurídicos (así por ejemplo observamos una exhaustiva regulación de la
compraventa en el titulo 23 del libro IV).
Esta técnica legislativa permite compatibilizar el valor de la certeza jurídica con la necesaria
flexibilidad y adaptabilidad del Derecho de contratos, pudiendo entenderse que cada vez que
el legislador desarrolla una cláusula general, desarrolla las directivas y guías de conducta que
siguen a la misma.
Las normas legales referidas disponen derechos y obligaciones, asignan riesgos, distribuyen
cargas y prescriben una serie de otros efectos jurídicos para una innumerable cantidad de
sucesos que pueden impactar la ejecución de un determinado contrato, afectando las
expectativas de ganancias y pérdidas de los contratantes.
La legislación permite imputar términos implícitos que corresponden a elementos de la
naturaleza del contrato. Algo a tener en consideración en este punto es que el legislador ha
optado por regular de esta manera las reglas del derecho de contratos porque es una forma
adecuada de configuración para situaciones que se repiten y respecto a los cuales se puede
tener en consideración los fines e intereses de las partes (el contenido equivale a lo que
habrían acordado dos contratantes leales y honestos si es que hubieran abordado
cuidadosamente el punto en cuestión, teniendo a la vista los intereses de ambas partes).
Se debe tener presente que lo expuesto va más allá de la simple aplicación de la ley que suple
una laguna (que sería un problema de interpretación y aplicación de la ley a la relación entre
los contratantes, sin que resulte necesaria una invocación o referencia a la buena fe) ya que
la regulación de la buena fe permite configurar una casuística legal lo más densa y
demostrativa posible respecto de su exacto significado jurídico, lo que permite guiar el
desarrollo y concreción de la cláusula general por los jueces en todos aquellos casos que no
se corresponden con los supuestos regulados con carácter general y abstracto por la ley.
Debido a esto la vinculación entre la buena fe y las señaladas normas legales tiene un valor
y sentido práctico que trasciende a consideraciones puramente sistemáticas; las normas
legales orientan, guían y conducen el desarrollo de la buena fe por los jueces en todos
aquellos casos no previstos y regulados previamente en la ley.
88
LA COSTUMBRE Y LOS USOS DEL TRÁFICO JURÍDICO COMO FUENTES DE DETERMINACIÓN
DE LOS DEBERES DE CONDUCTA Y DEMÁS EFECTOS JURÍDICOS QUE SE INTEGRAN AL CONTRATO
EN VIRTUD DE LA BUENA FE
El contenido positivo y las exigencias del estándar de contratante leal y honesto los puede
establecer la costumbre y los usos del tráfico jurídico, como lo señala el ya citado art 1546.
En el Derecho privado chileno la costumbre tiene un valor jurídico general en la
configuración supletoria de la reglamentación y los efectos jurídicos de los contratos
válidamente suscritos.
La costumbre que resulta relevante para el Derecho de contratos tiene por antecedente una
práctica contractual constante, permanente y reiterada, según la cual las partes se comportan
de un determinado modo y asumen como debidos ciertos comportamientos y cláusulas, frente
a ciertos sucesos o acontecimientos que inciden en la ejecución y desarrollo de una relación
contractual. Un ejemplo de este tipo de costumbre sería la garantía de fiel cumplimiento de
las obligaciones de conservar el bien inmueble urbano en el contexto de un contrato de
arrendamiento.
Respecto a los usos del tráfico jurídico y usos de los negocios, estos hacen referencia a
determinadas prácticas habituales del comercio que dan lugar a cláusulas, términos y reglas
contractuales que se tienen por debidas en determinada especie de negocios y contratos. Al
igual que la costumbre deben obedecer al pensamiento de cumplir con ellos un imperativo
jurídico obligatorio/debido.
Todo lo cual debe ser coherente al contrato, sin contradecir su naturaleza, su propósito
práctico o fin económico y, especialmente, sin contravenir los términos expresamente
consentidos por las partes.
89
La principal orientación de la que dispone el juez en la integración judicial del contrato son
los criterios y consideraciones a los que atiende el propio legislador cuando configura los
diferentes elementos implícitos que en virtud de la ley se incorporan a los contratos.
Por ello la “función económica del contrato” puede tenerse por el criterio más relevante en
la operación de integración de la convención y la definición de sus términos implícitos por
el juez con fundamento en la buena fe.
La idea fundamental que subyace a lo anterior es que los contratos constituyen un medio o
instrumento que el Derecho privado pone a disposición de las personas para ordenar sus
relaciones recíprocas y alcanzar sus propios fines e intereses particulares. Recordemos que
los diferentes derechos, obligaciones, cargas, distribución de riesgos y, en general, todos los
términos o elementos que en conjunto configuran la planificación contractual y, en definitiva,
el contrato, están todos orientados pragmática y funcionalmente a la consecución de esos
fines e intereses económicos.
Dicho en otros términos el texto y el fin del contrato constituyen el trasfondo y horizonte de
toda operación de integración contractual por el juez, la que, a partir del texto estipulado y
consentido (trasfondo), apunta a la configuración de un término o elemento implícito que
resulte funcional a su fin (horizonte).
Así, se muestra que la integración del contrato por el juez no consiste en una reconstrucción
de la voluntad o intención común de las partes para definir una reglamentación contractual
fundada en la autodeterminación individual, sino que, en la precisión objetiva de una regla
de conducta fundada en el Derecho, la que protege la confianza y las expectativas de
conducta que resultan correlativas a esa declaración de voluntad común.
Lo fundamental en la integración del contrato es que, más allá de los términos o elementos
expresamente estipulados por los contratantes, el deudor tiene un conjunto de deberes u
obligaciones accesorias o secundarias orientadas a realizar todo lo razonablemente exigible
para satisfacer los fines del contrato, debiendo, a su vez, el deudor y el acreedor abstenerse
de realizar todo aquello que impida o ponga en peligro la efectiva satisfacción o
cumplimiento de esos fines e intereses (quien vende frutas o mercaderías para ser exportadas
tiene la obligación de entregar todos los antecedentes y documentación de que dispone y que
90
sea necesaria para la realización de los respectivos trámites sanitarios y administrativos de
exportación; quien da en arriendo el espacio de un inmueble para la instalación de un letrero
publicitario tiene el deber u obligación accesoria de suscribir la documentación necesaria
para que la autoridad administrativa autorice la instalación de las estructuras que soportarán
el respectivo letrero, ya que ello resulta indispensable para que pueda cumplirse el propósito
para el cual el inmueble fue arrendado).
Junto a la función económica o el fin del contrato, pueden resultar especialmente pertinentes
criterios tales como la posición relativa de las partes y su nivel de sofisticación o especialidad
en un determinado ámbito de actividad (Compraventa entre multinacionales); el mayor nivel
de detalle con que los contratantes han regulado su relación recíproca (contrato discutido
durante meses por estudios de abogados); la duración y particular extensión temporal del
contrato; su naturaleza fiduciaria; y, en general, todas las circunstancias o particularidades
de la relación que configuran el contexto fáctico y matriz legal en que tiene lugar el contrato,
y que, en concreto, pueden resultar determinantes para precisar de manera objetiva las
legítimas expectativas de conducta de los contratantes acerca de la economía de lo pactado.
El artículo 1546 no dispone ningún rango u orden de prelación entre las tres fuentes
(disposición legal, regla consuetudinaria o formular directamente una regla contractual que
pueda desprenderse de la naturaleza de la obligación contratada) de determinación de los
deberes secundarios de conducta y demás efectos jurídicos accesorios derivados de la buena
fe.
En principio por la autoridad y primacía de la ley, sería esta la que goza de primacía para
complementar el contrato válidamente celebrado (en aras igualmente de la certeza jurídica).
Además recordemos que el supuesto de hecho de la legislación y la solución jurídica dada
esta pensada como la solución más correcta y coherente con el sistema civil mismo, por lo
que más allá de una primacía por la sola autoridad, es también justificada esta primacía en la
coherencia, lógica y racionalidad del sistema positivo legal mismo (En el Derecho de
contratos la legislación contractual configura una tipificación legal y abstracta de lo ordenado
por el estándar del contratante leal y honesto en una situación recurrente o que se repite en el
tiempo, cuya consolidación como regla con rango legal es consecuencia de un proceso dotado
de un alto grado de racionalidad, reflexividad y acumulación de experiencia).
91
Así observamos que se tipifica con precisión en una norma legal lo que una parte contratante
puede razonablemente esperar de la otra más allá de lo explícitamente declarado en el
contrato, teniendo en consideración el sentido práctico y fin económico del contrato.
Lo indicado permite que los contratantes puedan efectivamente limitar su acuerdo a los
elementos esenciales del contrato, confiando en que respecto de todos los demás
acontecimientos la ley ofrece y mandata una solución.
La laguna legal programada deja espacio abierto para que el juez supla la laguna, y es
precisamente el caso ejemplar de la buena fe, la que puede ser concebida como una cláusula
general dispuesta con el objeto de regular la integración de la relación contractual de
conformidad con un determinado estándar objetivo de conducta, el que puede ser
parcialmente desarrollado por la propia legislación, existiendo sin embargo una enorme
cantidad de supuestos no comprendidos.
Entonces para suplir la laguna el juez debe recurrir primero a la legislación dispositiva y,
eventualmente, a la costumbre o a algún uso del tráfico jurídico de existir y resultar
pertinentes y aplicables al caso concreto. En el evento de no existir disposición legal o uso
normativo alguno que resulte pertinente, (existiendo laguna legal en el propio derecho), el
juez puede formular directamente una regla contractual o elemento implícito que se integre
al contrato con fundamento en una concreción judicial de la buena fe.
92
7. Manifestaciones de la buena fe
Dado que tiene un valor normativo flexible, que se va precisando de modo casuístico, no es
posible enumerar todas las manifestaciones concretas de la buena fe durante todo el íter
contractual. Sí pueden señalarse algunos ejemplos:
Cada uno de los negociadores debe presentar las cosas conforme a la realidad. Deben
expresarse con claridad, absteniéndose de afirmaciones falsas o inexactas o de un silencio o
reticencia que puede llevar a una equivocada representación de los elementos subjetivos y
objetivos del contrato que se pretende celebrar. Así, no debe incurrirse en inexactitudes sobre
la solvencia de los negociadores, sobre su salud mental, etc. En algunos casos, estas hipótesis
pueden configurar dolo en la conclusión del contrato, aplicándose entonces el art. 1458. Pero
aún sin dolo, toda vez que se violan negligentemente los deberes de información, ha de
remediarse lo hecho indemnizando por “culpa in contrahendo” (caso de responsabilidad civil
precontractual).
Por regla general, la ruptura de los tratos no traerá consigo ninguna responsabilidad; más si
llegadas las convenciones a un punto en que podía razonablemente esperarse la conclusión
del contrato, y una de las partes se retracta sin motivo justificado, está obligada a responder
a la otra, por su arbitrario proceder, de los gastos que haya hecho y de las pérdidas
patrimoniales que haya sufrido8. De lo expuesto, se puede concluir que el interés
jurídicamente protegido “está referido al daño sufrido por el partícipe damnificado por haber
sido envuelto en negociaciones inútiles, a raíz del retiro intempestivo y arbitrario del otro
partícipe o por el ocultamiento de situaciones que resulten ser, posteriormente, causas de
nulidad del contrato resultante”.
8
Para Francisco Saavedra, a modo ejemplar, son conductas que están conformes al principio de actuar de buena fe, las
siguientes: Participar en las negociaciones estando debidamente facultado para ello (cuando quien actúa, lo hace a nombre
y en representación de otro); Que una de las partes no sea inducida a contratar mediante la entrega de informaciones falsas,
erróneas, simuladas o incompletas; Que para la seguridad de las negociaciones se respeten los acuerdos de confidencialidad
que se hubieren adoptado y se custodien diligentemente los documentos entregados; No haber ocultado hechos que podrían
acarrear luego la nulidad o la ineficacia de lo acordado; Que las negociaciones no se prolonguen deliberadamente para luego
contratar con otro; Que no se realicen actos disfuncionales que entorpezcan o que encarezcan inútilmente las negociaciones.
93
justificación razonable. La sola circunstancia de haberse recibido una mejor oferta podría
configurar una justificación razonable, por muy avanzadas que estén las negociaciones.
A las dos condiciones señaladas la jurisprudencia añade que para existir responsabilidad es
necesario además observar c) La producción de un daño en el patrimonio de una de las partes
y d) La relación de causalidad entre el daño al patrimonio por un lado y la confianza que fue
promovida y resultó defraudada por el otro negociante.
En su en el artículo ii. – 3:301 (2) señala que “una persona que participa en negociaciones
tiene el deber de negociar negociar de buena fe y con lealtad negocial y de no interrumpir las
negociaciones contrarias a la buena fe y la lealtad negocial. Este deber no puede excluirse ni
limitarse por contrato”.
En un sentido amplio, son varias las conductas que pueden estimarse contrarias al deber de
negociar de buena fe, destacando entre ellas:
1) negociar sin intención de concluir un contrato;
2) sostener negociaciones paralelas aparentando en alguna de ellas que existe exclusividad;
3) retirarse o interrumpir injustificada o intempestivamente una negociación ya avanzada;
4) inducir consciente o negligentemente a otro, sin advertencia alguna, a la celebración de un
contrato nulo; y,
5) revelar a terceros información confidencial
b) Deberes de información
El artículo 2:201 de los ACQP (The Acquis Principles) dispone en términos bastante amplios
que “antes de la celebración de un contrato, una parte tiene el deber de facilitar a la otra partea
la otra parte la información relativa a los bienes o servicios que la otra parte pueda
razonablemente esperar, teniendo en cuenta teniendo en cuenta los niveles de calidad y
rendimiento que serían normales en las circunstancias del caso” (En la misma línea se mueve
el artículo ii.-3:101 (1) del DCFR)
A su vez los PICC y los PECL imponen deberes de información a propósito de la regulación
del error y el dolo por omisión. Si, en contra de las exigencias de la buena fe la parte no
informa de manera adecuada a la otra para que salga del error, este error, en la medida que
sea determinante, excusable y ajeno a los riesgos asumidos expresa o tácitamente en el
contrato por la víctima, permitirá a anular el contrato.
94
En lo que respecta al dolo por omisión, los artículos 3.2.5 de los PICC68 y 4:107 de los
PECL69, junto con la regulación del dolo positivo, se refieren a la hipótesis en que una parte
omite dolosamente revelar circunstancias que deberían haber sido reveladas conforme a
criterios a las exigencias de la buena fe, habilitándose a la víctima para anular el contrato.
En lo que respecta a los remedios, la infracción a deberes de información puede dar lugar a
una indemnización de perjuicios y, en hipótesis de error o dolo omisivo, a la nulidad relativa
del contrato, además de la adaptación del contrato en ciertas hipótesis de error (en caso de
que el error haya sido sufrido por una sola de las partes, la adaptación operaría previa
propuesta de la otra, la que, en principio, deberá ser aceptada si consiste en la ejecución del
contrato en los términos en que el errans había entendido el acuerdo).
Si el error es unilateral, las exigencias de la buena fe son suficientes para afirmar el deber de
aceptar la adaptación propuesta por la otra parte cuando tal propuesta consiste en la ejecución
del contrato en los términos en que el errans había entendido el acuerdo. Si el error es
compartido, las partes, si no están de acuerdo en el modo en que el contrato debe ser adaptado,
podrán facultar al juez para ello.
c) Deber de confidencialidad
d) Deber de transparencia
La transparencia se relaciona con la información, pero está más enfocada en resguardar una
adecuada formación del consentimiento y, con ello, un auténtico ejercicio de la libertad de
elección por parte de los potenciales adherentes. Se traduce en una serie de deberes más
específicos como; dar al adherente la posibilidad de conocer la existencia y contenido de las
cláusulas no negociadas individualmente de forma previa o simultánea a la conclusión del
contrato; redactar las cláusulas de manera clara, comprensible, precisa y concreta; etc.
La transparencia se resguarda por medio del denominado control de incorporación, una serie
de cargas dirigidas a resguardar la comprensión y conocimiento de las cláusulas del contrato.
Un control de incorporación vela por la posibilidad de conocer la existencia y contenido de
las cláusulas no negociadas individualmente de forma previa o simultánea a la conclusión
del contrato; un control de abusividad vela por la claridad y comprensibilidad en la redacción
y, en su caso, el deber de no alterar la relación entre el precio o retribución y el respectivo
bien o servicio.
Si existe una cláusula transparente que sean cognoscible y razonablemente previsible para un
contratante de ordinaria diligencia se pueden presumir consentidas cuando estas cláusulas
96
refieran a elementos esenciales del contrato. En todo lo demás estas cláusulas serán sometidas
a un control de contenido que buscará resguardar un equilibrio en el contenido normativo del
contrato.
El control de contenido suele estructurarse sobre la base de una lista negra y una cláusula
abierta (una cláusula es abusiva cuando se desvía en tal medida del derecho dispositivo que
pone en riesgo la satisfacción de las expectativas típicas del adherente). Así en derecho
comparado la jurisprudencia alemana señala que “las cláusulas en condiciones generales de
contratación son ineficaces si, en contra de las exigencias de la buena fe, perjudican
injustificadamente a la contraparte contractual del predisponente”.
El control de abusividad debe observar tanto las circunstancias particulares como una
apreciación según parámetros abstractos; lo que se busca es evitar cláusulas que, sin desviarse
del derecho dispositivo, provoquen una defraudación de las expectativas que el adherente se
ha forjado en función de las concretas y singulares circunstancias que han concurrido a la
celebración del contrato.
97
contenido es abstracto y que puede realizarse prescindiendo de las circunstancias
concurrentes a la celebración del contrato.
En la legislación comparada el control de contenido se extiende a otras áreas que no sean las
del consumidor. En Chile no sería necesaria hacer lo mismo por cuanto el régimen
contemplado al respecto en la LPDC no es más que una concreción legislativa de las
exigencias de la buena fe, y son estas exigencias las que, en su función suplementaria,
justifican la extensión del control a los contratos no cubiertos por la LPDC y la ley n.° 20.416.
Los artículos 1468 y 1683 del Código Civil, se vinculan con la mala fe al momento de otorgar
o celebrar un acto o contrato. Conforme al primero, “No podrá repetirse lo que se haya dado
o pagado por un objeto o causa ilícitas a sabiendas”. De esta manera, quien contrató de mala
fe, y ésta consistía en haber conocido la ilicitud del objeto o de la causa, no podrá obtener
que se le restituya su prestación, tras la declaración de nulidad del contrato. Conforme al
segundo, “La nulidad absoluta (…) puede alegarse por todo el que tenga interés en ello,
excepto el que ha ejecutado el acto o celebrado el contrato, sabiendo o debiendo saber el
vicio que lo invalidaba”: así las cosas, se castiga la mala fe, impidiendo que aquél que incurrió
en ella, demande la nulidad del contrato
En este contexto, López Santa María critica la concepción actual de la lesión enorme en
Chile, que opera en muy pocos casos y que no permite anular (a diferencia de lo que acontece
en el Derecho Comparado) contratos a través de los cuales una de las partes hubiese
explotado el estado de necesidad o la inexperiencia de la otra, obteniendo ventajas
patrimoniales desproporcionadas e ilegítimas; subraya el autor citado que cuando menos,
estas situaciones de hecho podrían ser sancionadas en tanto vulneratorias del deber de rectitud
y lealtad contractuales que la buena fe impone, otorgando una indemnización al afectado. La
buena fe debiera imponer entonces un equilibrio mínimo a las utilidades que caracterizan el
contrato conmutativo.
En la ejecución del contrato debe observarse la buena fe. El CC señala claramente en el art
1546 que los contratos deben ejecutarse de buena fe.
98
De esta manera se estarían considerando los intereses de ambas partes. En esta etapa la buena
fe actúa como un elemento integrador, de modo que se puede integrar el contrato para crear
obligaciones o derechos que no se encuentran explícitos en la letra de este
Ahora bien, se pueden identificar diversos deberes que emanan de la función supletoria de la
buena fe en la etapa de ejecución del contrato, entre ellos;
En instrumentos internacionales observar (artículos 1:201 de los PECL y 7 [1] de los PLDC
y artículos 7:102 de los ACQP y iii.-1:103 (1) del DCFR.
Se trata de un deber que permite hacer frente a las dificultades y ayudar en la satisfacción de
las expectativas del otro, cuya exigibilidad depende de que el aviso sea posible conforme con
el estándar de diligencia aplicable. Tal deber se emparenta con aquel deber de comunicar a
la otra parte las circunstancias de las cuales se haya tenido conocimiento en caso de que ellas
sean relevantes para la ejecución del contrato.
100
Los contratos deben terminarse de buena fe. Así, aunque una de las partes esté autorizada a
terminar unilateralmente el contrato, la buena fe obliga a que lo haga de manera honesta, leal,
de modo que en estos casos se podría ser responsable de indemnizar perjuicios.
Durante la fase de liquidación del contrato, la buena fe objetiva también impone deberes
específicos. Así, por ejemplo, terminado el contrato de arrendamiento de oficinas o locales
comerciales, el propietario debe permitir al antiguo arrendatario colocar un aviso anunciando
el lugar al que se ha trasladado. También en lo que respecta al deber de secreto o reserva.
Buena Fe Mala Fe
Libro I 94/189/221/327 94/143/197/426/
Libro II 646/669/702/706/707 658/662/663/669/706/
/900/906/907/ 702/7070/897/900/904/911
Libro III 976/1267-1268-1337 1256-1268-1267-1426-1429-
Libro IV 1455/1490/1546/1575/1575/1687 1687/1790/1842/1849/2111/
/1814/21222058/2510 2002/2300/2468/2510
Artículo 16.- No producirán efecto alguno en los contratos de adhesión las cláusulas o estipulaciones que:
g) En contra de las exigencias de la buena fe, atendiendo para estos efectos a parámetros objetivos, causen
en perjuicio del consumidor, un desequilibrio importante en los derechos y obligaciones que para las partes
se deriven del contrato. Para ello se atenderá a la finalidad del contrato y a las disposiciones especiales o
generales que lo rigen. Se presumirá que dichas cláusulas se encuentran ajustadas a exigencias de la buena
fe, si los contratos a que pertenecen han sido revisados y autorizados por un órgano administrativo en
ejecución de sus facultades legales.
Si en estos contratos se designa árbitro, el consumidor podrá recusarlo sin necesidad de expresar causa y
solicitar que se nombre otro por el juez letrado competente. Si se hubiese designado más de un árbitro, para
actuar uno en subsidio de otro, podrá ejercer este derecho respecto de todos o parcialmente respecto de
algunos. Todo ello de conformidad a las reglas del Código Orgánico de Tribunales.
Artículo 3º.- En general, es acto de competencia desleal toda conducta contraria a la buena fe o a las
buenas costumbres que, por medios ilegítimos, persiga desviar clientela de un agente del mercado.
101
Capítulo VIII INTERPRETACIÓN DE LOS CONTRATOS
De esta forma, cuando no estamos ante ninguna de las tres hipótesis mencionadas, lo que
debe hacer el juez no es interpretar, sino sencillamente aplicar el contrato.
A juicio de Alessandri, las reglas de interpretación que nos da el CC en el titulo 13 del libro
4to (art 1560 al 1566) no son obligatorias para el juez en el sentido que éste se vea
necesariamente obligado a seguirlas, ni mucho menos aplicarlas en un orden preestablecido,
sino que tienen el carácter de verdaderos consejos dados por el legislador al juez.
9
Palabra que refiere tanto a un animal como a una herramienta.
102
López Santa María discrepa de la tesis de Alessandri. Afirma que el legislador no cumple su
misión dando consejos. Las normas sobre interpretación tienen carácter de normas
imperativas, cuya inobservancia por parte del juez puede ser impugnada en casación. La
mayoría de los autores contemporáneos y la jurisprudencia siguen la misma línea. Las reglas
de interpretación de interpretación de los artículos señalados deben leerse en conjunto con el
artículo 1545. Para los jueces del fondo está permitido interpretar un contrato, para la Corte
Suprema sólo si se infringe una ley. Entonces la interpretación de las cláusulas de un contrato
y la determinación de la intención que movió a las partes a celebrarlo es una cuestión de
hecho, se deduce del mérito de la propia convención, de los antecedentes reunidos en el
proceso y de la ley. En cambio, el examen de la naturaleza jurídica de esos hechos y de los
efectos que el contrato produce, son cuestiones de derecho susceptibles de ser revisadas por
la Corte Suprema.
Nuestra Corte Suprema, en Chile, en un fallo de fecha 5 de enero de 1981, señala que “las
leyes relativas a la interpretación de los contratos son normas dadas a los jueces del mérito a
fin de que escudriñen la verdadera intención de las partes contratantes. La determinación de
esa intención es una cuestión de hecho que generalmente escapa al control de la Corte
Suprema, y si ella se determina o establece sin incurrir en error de derecho, no cabe el recurso
de casación en el fondo”.
Así las cosas, se ha sostenido en Chile, que la Corte Suprema sólo interviene cuando se
infringe una ley vinculada al contrato de que se trate, lo que ocurrirá en los siguientes casos:
a) Cuando se atribuye a los contratos efectos diversos de los que prevé la ley.
b) Cuando se desnaturaliza el contrato al interpretarlo.
Este sistema de interpretación tiene su origen en el Código Civil alemán, que contiene dos
reglas en matera de interpretación contractual en los parágrafos 133 y 157. El parágrafo 133
señala que habrá que estarse a la intensión de las partes, más que a lo literal de las palabras.
Así, en principio no es muy distinto del antiguo art. 1156 de Código Civil francés y por lo
tanto tampoco difiere mucho del art. 1560 de nuestro Código Civil. Sin embargo, el parágrafo
157 señala que los contratos deben cumplirse de buena fe y de acuerdo a los usos del tráfico.
Esta última norma objetiviza la interpretación (recibe el nombre de Teoría de la Declaración,
lo cual no necesariamente se relaciona estrictamente con las palabras del contrato, sino con
una serie de factores externos). Este criterio ha sido recogido en la reciente reforma del
Código Civil francés que remplaza el art. 1156 anteriormente mencionado. El nuevo artículo
tiene dos incisos. El primer inciso es muy similar al art. 1156 y por lo tanto también al art.
1560 del Código Civil nuestro. El inciso segundo, en cambio, señala que, no pudiendo
determinarse la intención de las partes, habrá que darle al contrato la interpretación que le
daría una persona media razonable en esa determinada situación. De este modo se
introducen la buena fe y la función económica y social del contrato como criterios de
objetivación del sistema de interpretación francés; todos elementos extrínsecos a la voluntad
de las partes.
Para el profesor López Santa María la utilización del hombre [persona] razonable como
criterio de la interpretación objetiva obliga a que el intérprete se pregunte por el modo como
el destinatario ha comprendido la declaración y esto no soluciona realmente el problema. Por
otro lado, el intérprete debe hacer resaltar una voluntad contractual puramente jurídica, una
voluntad ideal que no es ni la del oferente ni la del aceptante, sino la del hombre [persona]
medio razonable, pero este estándar es algo indefinido; sólo sirve como principio general
orientador y es muy similar a la creación de una voluntad virtual (como el sistema subjetivo).
El método subjetivo busca determinar la voluntad real de los contratantes, cuál fue su
verdadero pensamiento, primando este sobre la voluntad declarada y plasmada en el contrato.
Como la voluntad es la causa eficiente del derecho (a nivel de derecho objetivo como
voluntad de la nación y a nivel subjetivo y la creación de derechos personales) es allí donde
el intérprete debe precisar el sentido de las convenciones de acuerdo a las intenciones o
voluntad psicológica de los contratantes.
Art. 1560. Conocida claramente Art. 19. Cuando el sentido de la ley es claro, no se desatenderá su
la intención de los contratantes, tenor literal, a pretexto de consultar su espíritu.
debe estarse a ella más que a lo Pero bien se puede, para interpretar una expresión obscura de la ley,
literal de las palabras. recurrir a su intención o espíritu, claramente manifestados en ella
misma, o en la historia fidedigna de su establecimiento.
Este artículo es considerado como un principio rector más que una regla, debido a que
consagra en Chile el sistema subjetivo de interpretación de los contratos, esto es prima la
búsqueda de voluntad interna de las partes. Señala Alessandri que el art 1560 es
diametralmente opuesto a las reglas que el CC. da para la interpretación de la ley, en especial
el art. 19. Agrega que esta diferencia se debe a que el CC. presume que el legislador es culto,
conoce el lenguaje, procurando emplear cada palabra en su sentido natural y obvio; en
cambio, los contratantes usualmente no tienen un conocimiento cabal y completo del lenguaje
y por tanto pueden dar a las palabras un sentido distinto al natural y obvio.
105
acerca del sentido que debe dárseles. Interpretará entonces el juez, de conformidad con las
reglas que establecen los arts. 1561 y siguientes.
Así, señala el profesor Boetsch que en el Código Civil existe una perfecta concordancia
entre las diversas reglas de interpretación jurídica: en materia de interpretación de la ley,
prima su sentido por sobre las palabras (art. 19); en la interpretación de los contratos prima
la intención claramente conocida de los contratantes por sobre el tenor literal de las palabras
(art. 1560); finalmente, en lo que respecta a la interpretación de testamentos, prevalece la
voluntad del testador por sobre las palabras que hubiese empleado (art. 1069).
Las reglas de interpretación intrínsecas apuntan a interpretar el texto del contrato por su
contenido mismo, considerando los elementos que están presentes en la declaración
contractual misma.
Para abordar las distintas maneras de entender las reglas presentamos el siguiente ejemplo;
“Pedro y Jaime celebran un contrato de arrendamiento de vivienda en Santiago sobre un
departamento, por el cual Jaime como arrendatario deberá pagar la suma de un millón de
pesos mensualmente a Pedro. Ambos acuerdan incluir cláusulas de estilo, entre las cuales
señalan que el arrendatario deberá hacer buen uso de la vivienda, respetar a sus vecinos y
además señalan de común acuerdo que “se le permite al arrendatario el ingreso de animales;
perros, gatos.”. Al mes posterior Pedro al pasar por el departamento constata que dentro hay
un tigre de bengala. Al increpar a Jaime este le señala que el tigre es un animal y le está
permitido ingresarlo, Pedro le señala que él solo autorizó el ingresar perros y gatos.”
106
8.6.1. Regla de la Utilidad (a 1562)
Art. 1562. El sentido en que una cláusula puede producir algún efecto, deberá
preferirse a aquel en que no sea capaz de producir efecto alguno
En virtud de esta regla, si una cláusula por su ambigüedad o por su oscuridad puede llevar a
dos conclusiones distintas, una útil y otra sin utilidad alguna, deberá preferirse esta última
interpretación, porque es lógico suponer que las partes estipularon esa cláusula para que
produjera algún efecto.
En un contrato que tenga términos que puedan dar lugar a más de una interpretación, deberá
seguirse aquella interpretación que mejor concilie con la naturaleza del contrato. Pothier,
para expresar la misma idea, señalaba: “Cuando en un contrato los términos son susceptibles
de dos sentidos, debe entendérselos en el sentido más conveniente a la naturaleza del
contrato”.
Así, por ejemplo, si se fija que la renta de arrendamiento de un inmueble urbano será de $
400.000.-, debe concluirse, aunque no se haya dicho, que se trata de una renta mensual y no
anual o por el período que dure el contrato, pues es de la naturaleza de los arrendamientos de
predios urbanos destinados a la habitación, que la renta se pague mensualmente.
En nuestro ejemplo, la palabra animal deberá ser entendida como animal doméstico, ya que
se celebra un contrato de arrendamiento de bien inmueble para habitar, no para la instalación
de un circo y ese sería el sentido natural.
107
Cualquier intérprete, comienza por observar el conjunto o la totalidad de aquello que debe
interpretar. Normalmente, las cláusulas de un contrato se hallan subordinadas unas a otras.
Así como la ley debe interpretarse de manera que haya entre todas sus disposiciones la debida
correspondencia y armonía, porque la ley forma un todo que persigue un fin general, de la
misma manera los contratos forman un todo único, que desde la primera hasta la última
cláusula tienen un mismo objeto. Por ello, el juez no puede interpretar aisladamente.
Como su denominación lo indica, estas reglas atienden a elementos externos del contrato
mismo, que sirven para interpretar este. Encontramos cuatro reglas a estudiar, las cuales
son;
8.7.1. Regla de la Aplicación Restringida (a 1561)
Esta regla es indicativa de que, los términos que partes pueden usar a veces, pueden resultar
más generales o abstractas de lo necesario, pero de igual manera producirán efectos.
Aplicando el art. 1561, la Corte de Apelaciones de Santiago falló que si se estipula que en la
administración de los bienes del poderdante podrá el Banco mandatario, entre otras cosas,
prestar y exigir fianzas, la facultad de afianzar que se concede sólo se refiere al otorgamiento
de fianzas dentro de la administración de los bienes del poderdante. En consecuencia, sale de
los términos del mandato y no obliga al mandante la fianza otorgada por el Banco para
asegurar el pago de letras propias de él mismo
Según esta regla no se entiende que las partes han querido limitar los efectos del contrato al
caso o casos especialmente previstos. Fija una regla opuesta a la anterior, a primera
impresión. Los ejemplos puestos en un contrato no implican que se aplique sólo al caso que
se coloca como ejemplo; es decir, no se entiende que las partes han querido limitar los efectos
del contrato al caso o casos especialmente previstos. La oposición entre el art. 1561 y el art.
108
1565 es puramente aparente, puesto que son manifestaciones distintas de un mismo
principio general, el que ordena al intérprete considerar todas las circunstancias de la
especie. Así, por ejemplo, si en una capitulación matrimonial se dice que los esposos estarán
en comunidad de bienes, en la cual entrará el mobiliario de las sucesiones que pudieren
tocarles, esta cláusula no impide que también ingresen a la comunidad todas las otras cosas
que a ella entran según el derecho común, pues el caso colocado por las partes sólo fue
agregado para evitar dudas sobre el particular.
Según esta regla, el arrendatario de nuestro ejemplo sí podría ingresar un tigre, así como un
oso polar o una vaca. Pero ambas, la regla de la natural extensión como la regla de la
aplicación restringida son manifestaciones distintas del principio general que ordena al
intérprete considerar todas las circunstancias de la especie, y nuevamente pareciera más
razonable, considerando todas las circunstancias del contrato, señalar la negativa para el tigre.
Se puede recurrir a otros contratos celebrados por las mismas partes sobre idéntica materia.
La convención susceptible de ser considerada en la interpretación puede ser anterior o
posterior al contrato objeto del litigio. Especial aplicación tiene esta regla en aquellos
negocios que sólo llegan a realizarse mediante una serie de contratos, todos ellos referentes
a la misma materia.
En un fallo de la Corte Suprema de agosto de 1920, se indica que esta regla es facultativa
para el tribunal. Este puede o no aplicarla al resolver la contienda.404 Este criterio
jurisprudencial podría explicarse por la frase “podrán también”, empleada en el inciso 2° del
artículo 1564, a diferencia de la redacción imperativa que tienen los restantes preceptos del
título XIII del Libro IV.
En una sentencia de la Corte Suprema de abril de 1976, se precisa también que la aplicación
práctica del contrato es una norma prevista sólo para la interpretación de una o más cláusulas
de éste, pero no para establecer la eficacia de ellas. Si en virtud de una cláusula convenida
por persona que no tenía facultad para obligar al empleador se ha pagado, durante cierto
109
tiempo, una bonificación del empleador, no puede invocarse dicha aplicación práctica para
dar eficacia a la cláusula inoponible al empleador.
Algunos autores afirman que esta regla, más que de interpretación, es de integración del
contrato, pues consiste en incorporar en el contrato las cláusulas usuales, silenciadas en la
declaración.
Quien dicta o redacta el contrato, sea deudor o acreedor, debe responder por la ambigüedad
resultante. Esta regla es el recurso final para dirimir la contienda relativa al alcance de una
cláusula del contrato. Más que descansar en la equidad, puesto que se da el favor al deudor,
esta norma se relaciona con el art. 1698, en cuanto impone al acreedor probar la obligación
y sus términos. La jurisprudencia nacional ha aplicado directamente esta norma, en particular
respecto de contratos de adhesión.
Bello anotó al respecto, “En caso de duda, se tiene menos consideración a aquel de los
contratantes que pudo explicarse con más claridad, y omitió hacerlo”.
110
Pero las cláusulas ambiguas que hayan sido extendidas o dictadas por una de las
partes, sea acreedora o deudora, se interpretarán contra ella, siempre que la
ambigüedad provenga de la falta de una explicación que haya debido darse por ella.
Esta regla refiere a quien dicta o redacta el contrato, sea deudor o acreedor, quien debe
responder por la ambigüedad resultante. La jurisprudencia nacional ha aplicado directamente
esta norma, en particular respecto de contratos de adhesión. Refiriéndose Alessandri al art.
1566, 1º, señala que su fundamento descansa en que aquél que ha querido obligarse, ha
querido obligarse a lo menos. En cuanto al inciso 2º, afirma que busca impedir que la parte
que redactó el contrato o la cláusula en discusión saque provecho de su negligencia y aun de
su malicia.
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Capitulo VIII INTEGRACIÓN DEL CONTRATO.
En materia de contratos importa la voluntad que el otro contratante puede inferir de los actos
exteriores que manifiestan esa voluntad. Así establecida la voluntad, el juez no puede
ignorarla, ya que representa una orientación y un límite para sus decisiones.
Hay casos en que el texto del contrato da lugar a contradicciones o imprecisiones o bien
contiene vacíos o lagunas que deben ser cubiertos y allí es donde cobra importancia la
integración. Según la RAE integrar es completar un todo con las partes que faltaban. Así
integrar un contrato es completar aquellas partes necesarias de ser completadas para una
acertada interpretación.
Hay casos en que sólo se interpreta, pero no se califica. En otros casos ocurre lo inverso (poco
probable). Pero lo frecuente es que el juez deba interpretar y calificar el contrato. Siempre la
interpretación debe preceder a la calificación: una resolución acertada comienza por
investigar cuál fue la voluntad de las partes, para que, una vez fijado el alcance del contrato,
se proceda a la calificación. De lo contrario, existe el riesgo de prejuzgar las apariencias que
pueden conducir a conclusiones erróneas. Los hechos de la causa son objeto de prueba.
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Dentro de los tres aspectos que se distinguen en los litigios, el primero, es decir, la
determinación de la existencia o inexistencia de los hechos implica una cuestión de hecho.
Todo lo que concierne a este primer aspecto es ajeno a la fiscalización de la Corte de
Casación, salvo si se hubiere incurrido en alguna vulneración de las leyes reguladoras de la
prueba. En cambio, los otros dos, la calificación de los hechos y las consecuencias o efectos
que de ellas se derivan en vistas de la aplicación de la ley, importan cuestiones de derecho,
que, como tales, pueden examinarse en casación. Así las cosas, un contrato se interpreta,
luego se califica y de ser necesario se integrará.
Respecto a la calificación de los contratos, toda errónea calificación de los contratos autoriza
a la parte agraviada para deducir el recurso de casación en el fondo. Una errónea calificación
viola:
1.- La ley del contrato.
2.- La ley que define el contrato nominado.
3.- La ley que define el contrato que la equivocada calificación suponga celebrado.
4.- Las disposiciones legales que se pueden aplicar al contrato efectivamente
celebrado, en el carácter de supletorias de la voluntad de las partes, como asimismo las
disposiciones propias del contrato que la errónea calificación estima celebrado
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