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El Último Tren

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El Último Tren

En un futuro no muy lejano, las ciudades estaban sometidas a una red de vigilancia
constante. Las calles, antes bulliciosas, ahora eran desiertas. El transporte público había
sido erradicado, y los vehículos particulares solo circulaban por necesidades estrictamente
esenciales. Solo quedaba un tren, el Último Tren, que conectaba los pocos rincones
habitables de la ciudad.

Ramiro, un hombre de mediana edad, esperaba en la estación desmoronada del distrito sur.
La lluvia golpeaba los cristales rotos, y el eco de la ciudad vacía se filtraba a través de las
grietas de los edificios cercanos. Miró el reloj: 9:00 PM. Era la última salida del tren, y el
andén estaba desolado, como siempre.

El sonido del tren acercándose rompió el silencio. En el vagón vacío, Ramiro tomó asiento
junto a una ventana empañada, mirando el paisaje desolado que se extendía más allá. A su
alrededor, los pocos pasajeros que subieron no parecían interesados en entablar
conversación. Cada uno estaba sumido en su mundo, aislado en su pequeño espacio dentro
del tren.

Cuando el tren arrancó, algo extraño sucedió. Primero fue un murmullo, una especie de
susurro que venía de un rincón lejano. Ramiro se giró y vio a una mujer de cabello largo,
vestida con un suéter gris, que lo observaba fijamente. Ella no parecía fuera de lugar, pero
había algo inquietante en sus ojos, como si supiera algo que él no.

Ramiro desvió la mirada, pero el silencio volvió a ser perturbado por una voz. “Tú lo sabes,
¿verdad?” La mujer lo miraba ahora con más intensidad, como si esperara una respuesta.
Ramiro frunció el ceño. ¿Sabía ella lo que él sabía? Era imposible. Nadie conocía la verdad.

“No sé de qué hablas”, respondió, evitando su mirada.

La mujer sonrió, una sonrisa que le pareció vacía, como si todo lo que existiera a su alrededor
no tuviera importancia. “No te engañes, Ramiro. Lo sabes perfectamente. Has estado
esperando esto mucho tiempo.”

El nombre la sorprendió. Ramiro no lo había oído en años, ni siquiera había pensado en él.
¿Cómo podía ella conocer su nombre? Nadie le había llamado así desde… desde aquel
momento. El tren parecía detenerse y arrancar en intervalos que no coincidían con ninguna
lógica. Las luces titilaban y la temperatura fluctuaba, como si estuviera viajando a través de
capas temporales. Todo era confuso.

De repente, las voces de los demás pasajeros se apagaron. El vagón se desvaneció de su


conciencia, y Ramiro se encontró en otro espacio. Ya no veía la ciudad, solo sombras. El tren
se convirtió en un túnel que se alargaba hasta lo infinito, sin fin ni principio.

La mujer habló de nuevo, pero ahora su voz tenía un tono grave, lleno de significado. “Has
tomado el tren equivocado, Ramiro. Este no es un viaje cualquiera. Estás viajando a través de
los momentos, a través de lo que has dejado atrás. Cada estación, cada parada, te llevará
más cerca de lo que temes.”
Ramiro sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. ¿Qué temía? Había sido un hombre común,
no alguien que estuviera buscando respuestas o enfrentando un destino extraordinario. Sin
embargo, el tren lo estaba llevando a un lugar donde el tiempo no era más que una ilusión, y
sus recuerdos comenzaban a entrelazarse con una realidad alternativa.

La mujer continuó, y sus palabras parecían despojarlo de su identidad. “Recuerda todo lo


que perdiste, todo lo que olvidaste. Este tren no solo viaja en el tiempo, también atraviesa
dimensiones. Lo que creías que era tu vida, tal vez no lo fue. Tal vez no eres quien crees ser.”

En ese momento, las estaciones comenzaron a pasar rápidamente, demasiado rápido para
que él pudiera identificarlas. Imágenes de su pasado se proyectaban ante él como una
película en pausa. Una infancia solitaria, su primer trabajo en una oficina gris, su primer amor
perdido en circunstancias oscuras… pero todo parecía distorsionado, como si estuviera
viendo las versiones alternativas de esos momentos.

Ramiro miró nuevamente a la mujer. Ella se levantó, caminando por el pasillo del tren con
una gracia extraña. “Pronto llegarás a tu destino”, dijo sin mirarlo, “y tendrás que decidir si lo
que ves es real, o si es solo una ilusión más de este tren.”

En el último vagón, la puerta se abrió. Ramiro no lo entendió al principio, pero cuando miró
hacia afuera, vio una estación. Una estación diferente, mucho más antigua, con relojes rotos
y pasillos cubiertos de polvo. Alguien lo esperaba allí.

El tren se detuvo finalmente, y la figura del otro lado de la puerta dio un paso al frente. Ramiro
lo reconoció, aunque no podía recordar de dónde. Era su propio reflejo, solo que más joven,
más esperanzado. Pero cuando intentó abrir la puerta, la mujer apareció una vez más.

“Es demasiado tarde para regresar”, le dijo. “Y nunca habrá una próxima parada.”

El tren arrancó de nuevo, dejando atrás a la figura y a la estación, y Ramiro se encontró solo,
viajando hacia un destino incierto, donde las respuestas a sus preguntas nunca llegarían.

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