DÍA 8
Novena de Preparación a la Fiesta de
Nuestra Madre y Reina de Schoenstatt
Octavo Día:
“María Luz de Esperanza” de los que sufren
o los que están en las Periferias Existenciales
Nuestra Iglesia, en Aparecida nos invita a
repensarnos en nuestro ser y misión: “La
Iglesia necesita una fuerte conmoción
que le impida instalarse en la comodidad,
el estancamiento y en la tibieza, al
margen del sufrimiento de los pobres del
continente” .
¿Quiénes son estos pobres del continen-
te? ¡Las periferias existenciales! ¿Dónde
está eso? De nuevo Aparecida responde
con una larga enumeración: Comunida-
des indígenas y afroamericanas, mujeres
excluidas en razón de su sexo, raza o situa-
ción socioeconómica, jóvenes que reciben
educación de baja calidad y que no tienen
oportunidades, pobres, desempleados,
migrantes, desplazados, campesinos sin
tierra y personas con empleos informales.
También niños sometidos a la prostitución
infantil, niños víctimas del aborto, familias
que viven en miseria y pasan hambre, tó-
xicodependientes, personas con capaci-
dades diferentes, portadores y víctimas de
la malaria, la tuberculosis y VIH – SIDA, se-
cuestrados, víctimas de la violencia, del
terrorismo, de conflictos armados, ancia-
nos excluidos, indigentes y presos que
viven en situaciones inhumanas (Cfr. DA
65, 402).
“Por amor a ti, Sion, no me quedaré ca-
llado;
Por amor a ti, Jerusalén, no descansaré
Hasta que tu victoria brille como el ama-
necer
Y tu salvación como una antorcha
encendida.
Las naciones verán tu salvación,
Todos los reyes verán tu gloria.
Entonces tendrás un nombre nuevo
Que el Señor mismo te dará.
Tu serás una hermosa corona real
En la mano del Señor tu Dios.
No volverán a llamarte abandonada,
Ni a tu tierra le dirán devastada,
Sino que tu nombre será mi Predilecta,
Y el de tu tierra, Esposa mía.” Is. 62,1-4b.
En una de sus prédicas en la parroquia
de Milwaukee/USA el Padre Kentenich
añade al conocido “ora et labora” de los
benedictinos una tercera palabra, la de
sufrir. La frase queda así: “reza, trabaja y
sufre”. Es la experiencia que todos hace-
mos: el hombre tiene que cargar de una
forma o de otra con algo (o mucho) de
dolor y sufrimiento en la vida. Precisamen-
te el que sufre experimenta la parte de os-
curidad y el riesgo que supone la fe prácti-
ca en la Divina Providencia. El que sufre se
encuentra ante lo incomprensible de la
actuación de Dios en el mundo. El Padre
Kentenich lo sabía bien, había estado pri-
sionero en el campo de concentración de
Dachau. Allí tuvo la oportunidad de experi-
mentarlo en su propia carne y de obser-
varlo en los prisioneros que sufrían y
morían a su alrededor.
Dos son las reacciones o actitudes posi-
bles ante tal desafío: o crezco en el con-
vencimiento de que soy un hijo de Dios, y
hago de ello mi actitud fundamental o, por
el contrario, me revelo con el peligro de
que mi amargura me lleve a la desespe-
ración. Es cierto que hay una fase previa a
la aceptación del dolor y el sufrimiento, la
reacción natural de evitar el dolor. Noso-
tros no nos deseamos a nosotros mismos
el dolor, sino que es natural que lo recha-
cemos: : Jesús en el huerto de Getsemaní
gritó desde su humanidad aquello de:
“Padre, aparta de mí este cáliz”. Su sentido
filial – la seguridad existencial del hijo que
se sabe en las manos del padre – le hizo
decir finalmente: “¡En cualquier caso,
hágase tu voluntad y no la mía!”
Así quieres formar en tu Santuario
una legión de hombres que recen
en los desiertos del mundo;
quieres conducirnos
a las supremas alturas del amor
para que en la lucha te seamos fieles.
Incúlcame más y más el espíritu de ora-
ción;
alza continuamente mi corazón
hacia las estrellas del cielo;
haz que en todo momento
mire al Sol de Cristo
y que en El confíe en cada circunstancia
de la vida. (203-204 H.P.)
Padre Nuestro, Avemaría y Gloria.
Encendemos una luz para que todos
aquellos hermanos que de alguna u otra
manera está sufriendo, por su situación
de vulnerabilidad, para que no se sientan
más excluidos en las periferias existen-
ciales, sino acogidos y predilectos del
Señor.