Inmaculada Caravaca
EL GRAN
RETO DE LA
DESIGUALDA
I M PAC T O S S O C I O E S PAC I A L E S
Inmaculada Caravaca
EL GRAN
RETO DE LA
DESIGUALDA
I M PAC T O S S O C I O E S PAC I A L E S
Título: El gran reto de la desigualdad. Impactos socioespaciales
Autora: Inmaculada Caravaca
Cartografía: Paloma López Lara
Imagen de cubierta: Inma Serrano
Sevilla, 2022
Este trabajo se publica bajo una licencia
Creative Commons de Atribución-NoComercial-
SinDerivadas 4.0 Internacional (CC BY-NC-ND 4.0).
Edita: Observatorio de Desigualdad en Andalucía (Sevilla, España)
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Versión electrónica disponible en el Repositorio Institucional Olavide (RIO):
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Cómo citar:
Caravaca, I. (2022). El gran reto de la desigualdad. Impactos socio-espaciales. Observatorio de
Desigualdad de Andalucía. http://hdl.handle.net/10433/12623
El g ran reto de la desig ualdad 5
ÍNDICE
Introducción 9
Capítulo 1. Transformaciones socioeconómicas, territoriales y
ambientales. Su incidencia en la generación de desigualdades 21
1.1. Globalización neoliberal y financiarización de la economía 23
1.2. Nuevas lógicas de articulación territorial 38
1.3. Alteraciones de los ecosistemas y problemas ambientales 47
Capítulo 2. Análisis de las desigualdades:
categorías conceptuales y métodos para su medición 61
2.1. Categorías conceptuales afines a la desigualdad 64
2.2. Metodologías e indicadores para el análisis de las desigualdades 77
Capítulo 3. Algunas reflexiones sobre
las diversas formas de desigualdad 91
3.1. Desiguales en renta y riqueza con fiscalidad regresiva 93
3.2. Desiguales en empleos y condiciones de trabajo 97
3.3. Desiguales en salud. Condicionantes estructurales y
determinantes sociales 102
3.4. Desiguales en educación. Injusticias de presente que
condicionan el futuro 106
3.5. Desigualdades vinculadas al género 110
3.6. Desigualdades que afectan a ciertos grupos de edad 114
3.7. Inmigrantes y refugiados: unos perfiles de desigualdad
crecientemente preocupantes 119
Capítulo 4. Desigualdades territoriales a distintas escalas 125
4.1 Un mundo territorialmente desigual 128
4.2. Las desigualdades socioterritoriales en España 137
6 El g ran reto de la desig ualdad
4.2.1. Desigualdades interregionales 137
4.2.2. Desigualdades intrarregionales 148
4.2.3. Desigualdades urbanas en Sevilla 155
Capítulo 5. Pandemia: una inesperada ruptura en el tiempo
que genera nuevas desigualdades 165
5.1. La pandemia del COVID-19. Causas y consecuencias 168
5.2. La difusión espacial de la pandemia 171
5.2.1. Impactos de la COVID-19 a escala mundial 172
5.2.2. Los impactos de la pandemia en España 176
5.3. Vacunas: Respuesta a la pandemia que está generando
nuevas desigualdades 180
5.3.1. La desigual distribución de vacunas por países 181
5.3.2. Los diferentes ritmos de vacunación en España 184
5.4. Costes sociosanitarios de la pandemia 185
5.5. Crisis humanitaria y nuevas desigualdades 190
Capítulo 6. Algunas conclusiones, reflexiones y propuestas 201
Bibliografía 221
El g ran reto de la desig ualdad 7
ÍNDICE DE IMÁGENES
Capítulo 1
Figura 1.1. Cambios socioeconómicos en la globalización neoliberal 34
Figura 1.2. Transformaciones en las lógicas espaciales 45
Figura 1.3. Relaciones entre procesos de desarrollo y territorio 57
Capítulo 4
Figura 4.1. Índice de Desarrollo Humano (IDH) (2019) 131
Figura 4.2. Porcentaje de población que vive en la pobreza 134
Figura 4.3. Tasa de mortalidad de la población
con menos de cinco años (2019) 135
Figura 4.4. Personas en riesgo de pobreza por CCAA (2020) 140
Figura 4.5. Personas que sufren carencia material severa
por CCAA (2020) 142
Figura 4.6. Personas que viven en hogares con baja intensidad de trabajo
por CCAA (2020) 144
Figura 4.7. Tasa AROPE por CCAA (2020) 145
Tabla 4.1. Municipios con mayores y menores tasas de paro (2018) 149
Figura 4.8. Tasa de paro por municipios (2018) 151
Tabla 4.2. Municipios con rentas medias por hogar más bajas y
más altas (2018) 153
Figura 4.9. Distribución de la renta media por hogar
por municipios (2018) 154
Tabla 4.3. Diferencias en las rentas netas medias/habitante de los municipios
con más de 20.000 habitantes (2020) 154
Figura 4.10. Renta neta media por hogar en Sevilla (2018) 158
Figura 4. 11. Prestaciones por desempleo sobre renta neta
en Sevilla (2018) 160
8 El g ran reto de la desig ualdad
Figura 4.12. Desempleo y tasas altas de mortalidad en Sevilla 161
Capítulo 5
Figura 5.1. Casos de COVID-19 por millón de habitantes en cada país
(15 de octubre de 2021) 174
Figura 5.2. Fallecidos de COVID-19 por millón de habitantes en cada país
(31 de octubre de 2021) 175
Figura 5.3. Casos confirmados de COVID-19 por 100.000 habitantes en
las Comunidades Autónomas (30 de octubre de 2021) 177
Figura 5.4. Fallecidos de COVID-19 por 100.000 habitantes en
las Comunidades Autónomas (30 de octubre 2021) 179
Figura 5.5. Porcentaje de vacunados con pauta considerada completa
(30 de octubre de 2021) 182
Figura 5.6. Porcentaje de vacunados con pauta completa por
Comunidades Autónomas (30 de octubre de 2021) 184
Figura 5.7. Vulnerabilidad socioeconómica de las provincias españolas
frente a la crisis 192
Figura 5.8. Gasto social por habitante en
las Comunidades Autónomas españolas 199
El g ran reto de la desig ualdad 9
INTRODUCCIÓN
“La doctrina de la igualdad no es meramente una fórmula abs-
tracta presentada en los libros y en los discursos. También es la
expresión de un ideal de vida y, como tal, forma parte de la rea-
lidad social; se trata de un valor que las personas conciben como
moralmente justo y este es un importante hecho político. Gracias
a él, la doctrina de la igualdad o, más bien, el ideal que expresa, se
transformó en una fuerza ideológica de la sociedad e influyó en
cierta medida sobre los esfuerzos humanos. A través de todas las
épocas ha propugnado siempre una mayor igualdad de oportuni-
dades” (Gunnar Myrdal: Teoría económica y regiones subdesarro-
lladas, 1957).
Int ro du c c i ón 11
L
as desigualdades han existido a lo largo de la Historia, pero desde
las dos últimas décadas del s. xx, y muy especialmente a partir de
la Gran Recesión iniciada en 2008, su crecimiento ha sido preocu-
pante hasta el punto de haberse convertido en uno de los principales retos
a los que las sociedades actuales tienen que hacer frente.
Conocerlas en profundidad exige observar no sólo sus tipologías, ca-
racterísticas y comportamientos sino también y sobre todo las causas que
las generan, condicionan y explican, todas ellas estrechamente vinculadas
a una lógica económica capitalista neoliberal en la que el Estado ha ido
perdiendo poder mientras se ha impuesto la ley del más fuerte y com-
petitivo. Es preciso, pues, revisar todos aquellos procesos que ayudan a
entender cómo se produce la distribución de la riqueza, la generación de
inequidades, la pérdida de cohesión y la consiguiente fragmentación de las
sociedades y los territorios: cambios tecnológicos, globalización económi-
ca, financiarización de la economía, relaciones comerciales dominantes,
formas de organización empresarial, tendencias en la localización indus-
trial... Hay que añadir a lo anterior el grave deterioro medioambiental que
–por emisión de agentes contaminantes, sobreexplotación de recursos y
cambios en los usos del suelo– se viene produciendo, causando un proceso
destructivo global, de dimensiones desconocidas y cada vez más alarman-
tes, que llevan a utilizar el término Antropoceno (Crutzen, y Stoermer,
2000) para hacer referencia a lo que incluso se considera una nueva etapa
geológica ligada al cambio climático.
Las razones de fondo que explican la existencia, caracterización, evo-
lución y comportamiento de las desigualdades tienen que buscarse en las
bases que fundamentan un sistema económico capitalista socialmente in-
solidario, territorialmente desequilibrado y ambientalmente insostenible
que, sustentado en la propiedad privada de los medios de producción y
en la acumulación de beneficios, suscita comportamientos individualistas
12 El g ran reto de la desig ualdad
que anteponen valores que contribuyen a fomentar el egoísmo y la am-
bición, mientras dejan al margen principios morales que promueven ac-
titudes socialmente comprometidas y solidarias necesarias para el buen
funcionamiento de las sociedades y los territorios.
No hay que olvidar, además, que para garantizar el mantenimiento y la
supervivencia de dicho sistema resulta imprescindible el crecimiento de la
economía sin tener en cuenta que:
• Está basado en la utilización irresponsable de recursos, algunos
limitados que requieren un proceso largo de recuperación, y
otros finitos que tienden a agotarse.
• No es lineal ni espacialmente equilibrado, puesto que el logrado
en unos territorios se basa en la utilización de recursos existentes
en otros, estableciéndose entre ellos relaciones de dominación/
dependencia.
• Crecimiento no equivale a desarrollo, al basarse este último en la
utilización responsable de los recursos, el bienestar de las socie-
dades y la equidad entre territorios; condiciones que no se cum-
plen con el crecimiento.
Teniendo en cuenta lo anterior, sustentar el mero crecimiento induce
un proceso de acumulación por desposesión que, en vez de propiciar la
solidaridad planetaria, favorece la fragmentación de las sociedades y los
territorios, y en vez de contribuir a la reducción de las inequidades, ayuda
a legitimarlas. Se trata, pues, de un modelo económico en el que la acu-
mulación de riqueza se convierte en un fin, lo que “fomenta la picaresca
de ricos y poderosos para encubrir sus privilegios a la hora de manejar los
resortes que les permiten seguir acumulando poder y riqueza... un sistema
que al eliminar las cortapisas morales que en las sociedades jerárquicas
anteriores condicionaban el comportamiento de ricos y poderosos, pro-
picia conductas depredadoras e insolidarias que son fuente de deterioro
ecológico y polarización social” (Naredo, 2019, 25).
Es importante recordar que las desigualdades producidas a escala glo-
bal empezaron a ser verdaderamente significativas en el s. xix y, con cier-
tas excepciones derivadas de la implantación del Estado del Bienestar en
Int ro du c c i ón 13
algunos países occidentales, se mantuvo esta tendencia hasta la década de
los ochenta del pasado siglo. Desde entonces, el proceso de globalización
neoliberal ha ido generando una progresiva polarización de los ingresos
entre los dos grupos sociales situados en los extremos de la distribución
de la renta, mientras se reduce el peso del conformado por la llamada clase
media, contribuyendo así a que las desigualdades hayan experimentado
un crecimiento verdaderamente dramático hasta producir un “vuelco de
desigualdad” (Atkinson, 2016). Proceso que está ligado, además, a la de-
predación de la naturaleza, la destrucción del tejido social, la explotación
laboral, y a una inmoral presencia de pobreza y exclusión.
A que se consolide esta tendencia tan negativa y preocupante han con-
tribuido toda una serie de crisis, consustanciales al funcionamiento del
sistema, entre las que cabe destacar la que, iniciada el año 2008, empezó
siendo financiera para acabar convirtiéndose en sistémica generando se-
cuelas que llegaron a conculcar derechos humanos básicos. No puede ex-
trañar que tan graves impactos hayan provocado una creciente fragmen-
tación de las sociedades y una polarización de los territorios que llevan
aparejado un fuerte descontento social entre los perjudicados, abandona-
dos y excluidos del sistema.
Los efectos indeseados de la lógica económica dominante se están agu-
dizando aún más con la nueva, inesperada y terrible crisis humanitaria
provocada por la pandemia del COVID-19, la primera de alcance global
y cuya propagación es extremadamente acelerada. A la crisis sanitaria se
añadieron de inmediato una social y otra económica de características y
dimensiones hasta ahora en buena parte desconocidas, que están afectan-
do de muy distinto modo a las personas, grupos sociales y territorios; ello
conlleva no sólo a un agravamiento de las desigualdades socioterritoriales
ya antes existentes, sino al advenimiento de otras nuevas.
En un entorno socioeconómico tan complejo y desigual como el actual,
llama bastante la atención que, mientras se valora positivamente el enri-
quecimiento desmedido de algunos, no se preste la debida atención al bien
común ni se cuestione seriamente la preocupante desintegración del tejido
social que se viene produciendo. El capitalismo ha conseguido transmi-
tir sus principios y objetivos a las sociedades que, asumiendo sus valores,
14 El g ran reto de la desig ualdad
facilitan su expansión sin cuestionar sus fines desde una perspectiva moral
y ética. De esta forma, las sociedades quedan condicionadas por un pen-
samiento dominante que, en la búsqueda del mantenimiento del sistema,
antepone los intereses privados a los colectivos y lo individual a lo común.
Hay que reflexionar, pues, sobre “la gran paradoja (que) se produce
cuando la sociedad actual se define igualitaria en derechos –globalizados
en la Declaración Universal de Derechos Humanos que suscribe la prác-
tica totalidad de los países– pero corre un tupido velo sobre los abusos
asociados a la desigual distribución de una propiedad que se ha erigido
en absoluta, y de un lucro derivado del intercambio de mercancías que
incluyen no solo los bienes de primera necesidad, sino el trabajo, el di-
nero y los bienes raíces” (Naredo, 2019, 171). La propiedad y el dinero se
erigen como únicas formas de lograr un estatus social privilegiado, mien-
tras quedan cada vez más al margen los valores éticos, las capacidades y
los conocimientos de las personas, que son los que permiten el verdadero
progreso de las sociedades. Se olvida así que “cuando las actividades pe-
cuniariamente lucrativas se valoran más que las que son de utilidad social
las consecuencias, devastadoras, son incontrolables” (Maalouf, 2019, pp.
213). Puede concluirse, pues, que la lógica de fondo que sustenta al capita-
lismo constituyendo su piedra angular es directamente responsable de la
conformación de desigualdades.
Ante tal situación no puede extrañar el creciente interés despertado por
el estudio de las desigualdades, como se pone de manifiesto con el signifi-
cativo aumento de publicaciones, ya sean éstas ensayos o informes, centra-
das en su análisis desde distintos objetivos y con diferentes perspectivas.
Aunque en algunas de ellas se hace referencia a su incidencia espacial, son
pocas las que se centran en los procesos que ayudan a entender y condi-
cionan sus comportamientos territoriales.
Con este marco general de referencia, el objetivo de este libro es re-
flexionar críticamente sobre las desigualdades socioespaciales, poniendo
especial énfasis en la pobreza y la exclusión, y en su incidencia a distintas
escalas. Para ello resulta necesario considerar los procesos que explican su
creciente presencia en un mundo globalizado en el que se ha venido pro-
duciendo una significativa pérdida de valores vinculada a una profunda
Int ro du c c i ón 15
crisis sistémica, que en gran medida ha sido ética, y que vuelve a encon-
trarse de nuevo inmerso en otra grave crisis, derivada de la pandemia de la
COVID-19, que puede calificarse de humanitaria. Analizar las desigualda-
des socioespaciales requiere, pues, prestar atención al funcionamiento de
un modelo capitalista neoliberal que, priorizando la obtención de lucro,
deja cada vez más al margen aquéllas actividades de utilidad social coliga-
das al bien común como es el caso, entre otras, de las relacionadas con los
cuidados.
Este objetivo general puede desglosarse en otros específicos tales como:
analizar los procesos socioeconómicos responsables de la concentración
del poder, de las lógicas de articulación territorial y del deterioro ambien-
tal; examinar las distintas categorías conceptuales asociadas a las desigual-
dades y revisar los indicadores utilizados para su medición; reflexionar
acerca de los distintos tipos de desigualdades; y observar cómo se com-
portan éstas a diferentes escalas espaciales provocando una importante
segregación territorial.
Se trata así de realizar un análisis crítico de un problema multidimen-
sional y multiescalar desde una perspectiva general, participando en la
reflexión colectiva y en el debate sobre las causas de fondo responsables de
la conformación de las desigualdades y sus comportamientos espaciales
a distintas escalas. Con relación a esto último, es importante señalar que,
dada la diversidad y complejidad de las desigualdades sociales existentes,
el análisis territorial aquí realizado se centra únicamente en algunas de las
calificadas como transversales.
Con este planteamiento, el libro se estructura en seis capítulos. Se ini-
cia con el titulado Transformaciones socioeconómicas, territoriales y am-
bientales. Su incidencia en la generación de desigualdades, centrado en re-
flexionar acerca de los procesos básicos responsables de la conformación
de desigualdades. Dividido en tres epígrafes, el primero se dedica a ob-
servar la evolución experimentada por un capitalismo globalizado y neo-
liberal, cada vez más alejado de los intereses generales de la población, en
el que el sector financiero ha ido adquiriendo un creciente protagonismo
que comporta una concentración del poder. Se analizan en el segundo los
cambios ocurridos en las formas de articulación territorial que conllevan
16 El g ran reto de la desig ualdad
una alteración de la relación entre las dos dimensiones fundamentales de
la vida: el tiempo y el espacio. En el tercero se recapacita acerca del inten-
so deterioro ambiental que viene provocando el funcionamiento de un
sistema económico que utiliza intensiva e irresponsablemente recursos
que son finitos, deteriorando así sustancialmente los ecosistemas.
Partiendo de la definición del término desigualdad, el segundo capítulo,
Análisis de las desigualdades: categorías conceptuales y métodos para su me-
dición se destina, como su nombre indica, a revisar aspectos conceptuales
y metodológicos. En el primer apartado se hace referencia a la utilización
de una serie de conceptos y términos que requieren ser clarificados para
poder profundizar debidamente en el conocimiento de las desigualdades.
Se recogen en el segundo aquellos indicadores que, con distintos objetivos
y desde diversas perspectivas, permiten su medición, siendo por ello im-
prescindibles para llevar a cabo estudios centrados en esta temática.
Como indica su título, Algunas reflexiones sobre los diversos tipos de
desigualdad, en el tercer capítulo se contemplan sus principales formas
de manifestarse y las características asociadas a cada una de ellas. Se di-
ferencian, para empezar, dos grandes grupos básicos: transversales y es-
pecíficas. Se consideran transversales las que tienen un carácter general y
afectan a todas las personas: renta, trabajo, salud, territorio. Forman parte
del segundo grupo aquéllas que están vinculadas a determinados aspectos
vitales y las formas en que inciden en colectivos y grupos sociales: edu-
cación, género, edad, procedencia... Sobre ellas se reflexiona tratando de
observar sus respectivos orígenes, características y comportamientos, así
como los factores que inciden en su generación y evolución.
Tras estos tres capítulos dedicados a la observación reflexiva y crítica
del contexto general y metodológico que concierne a las desigualdades so-
cioespaciales, se aborda en los siguientes el análisis de su relación con los
territorios, poniendo especial énfasis en sus comportamientos a distintas
escalas.
Aunque la perspectiva espacial se considera especialmente interesante
y, en consecuencia, está de una u otra forma presente a lo largo de todo el
libro, el capítulo cuarto centra en ella toda la atención. Como indica su tí-
tulo, Desigualdades socioterritoriales a distintas escalas, parte de la base de
Int ro du c c i ón 17
que no todos los ámbitos espaciales reaccionan de igual forma a las lógicas
impuestas por el proceso de globalización neoliberal, pues mientras unos
se muestran muy sensibles y resultan, en consecuencia, seriamente afecta-
dos por ellas, otros las toleran mejor y, siendo más resilientes, consiguen
adaptarse; se incluyen en un tercer grupo aquellos territorios que, al con-
trario de los anteriores, se ven favorecidos por dichas lógicas. A observar
estas reacciones a distintas escalas se dedican los epígrafes que conforman
este capítulo, que empieza por analizar las desigualdades existentes entre
grandes regiones y países, para centrar después la atención en lo que ocu-
rre en España, teniendo en cuenta las inequidades existentes entre Comu-
nidades Autónomas, municipios y barrios urbanos.
En el capítulo quinto, Pandemia: una inesperada ruptura en el tiempo
que genera nuevas desigualdades, se intenta explorar algunos de los nume-
rosos problemas surgidos durante los últimos años derivados de las crisis
vinculadas a la pandemia del COVID-19. Para empezar, se observan las
causas de la pandemia y sus principales consecuencias sanitarias. Se con-
templa en el epígrafe segundo su proceso de difusión espacial, teniendo en
cuenta que, aunque afecta y condiciona a toda la población, los contagios
son selectivos y están asociados a la formación de nuevas desigualdades
que se manifiestan de distintas formas según escalas. Por su parte, el epí-
grafe tercero se centra en la contemplación de la injusta estrategia seguida
para la distribución de las vacunas, lo que está contribuyendo a multipli-
car las desigualdades entre países; se observan, a su vez, los diferentes rit-
mos de vacunación que se han venido produciendo en España. Se cierra el
capítulo reflexionando, por una parte, acerca de los costes sociosanitarios
de la pandemia y, por otra, sobre las crisis –económica, social y política–
que ésta está generando, dando lugar a un aumento de la brecha de des-
igualdad ya antes existente, y a la aparición de nuevas formas de pobreza
y exclusión.
Con el título Algunas conclusiones, reflexiones y propuestas, el sexto y
último capítulo sintetiza las principales reflexiones y observaciones rea-
lizadas a lo largo del libro, añadiendo a ellas algunas otras considera-
ciones, conclusiones y propuestas. Entre ellas cabe destacar la imperiosa
necesidad de realizar profundas transformaciones medioambientales,
18 El g ran reto de la desig ualdad
socioeconómicas, políticas e institucionales que requieren asumir colec-
tivamente unos valores éticos y unos planteamientos que –sustentados en
el bien común como fin, en la sostenibilidad ambiental como principio,
en el trabajo decente como reto, en la equidad de género como requisi-
to, y en el compromiso con el entorno social como estrategia– propicien
tanto la responsabilidad de las sociedades con la colectividad, como la
aplicación de políticas que sean verdaderamente eficientes para corregir
las desigualdades y eliminar la marginación y la pobreza.
Llegado este punto sólo me resta por aclarar que el libro se ha ido con-
formando mientras lo escribía, puesto que los planteamientos de partida
se han ido reorganizando conforme avanzaba en su redacción. Debo con-
fesar también que, aunque siempre me interesó conocer el comportamien-
to de las desigualdades territoriales y los procesos y los factores que las
explican, nunca antes me había ocupado de observarlas desde la perspec-
tiva social aquí adoptada. Por último, quiero hacer referencia a las razones
que me llevaron a asumir el reto de enfrentarme a la realización de este
libro, tarea que me ha exigido un intenso proceso de lectura, aprendizaje
y reflexión que ha sido para mí verdaderamente enriquecedor; entre ellas
destacan dos: por una parte, mi interés en profundizar en el conocimiento
de las desigualdades sociales desde una perspectiva geográfica que no está
muy presente en los múltiples trabajos existentes sobre ellas; por otra, que
sus contenidos puedan ser de alguna utilidad a aquellas personas intere-
sadas en la relación desigualdad/territorio y, muy especialmente, a las que
están trabajando activamente para lograr reducirlas.
En este último sentido, es preciso destacar mi participación en el Ob-
servatorio de la Desigualdad en Andalucía (ODA) que, creado en el año
2015 por iniciativa de Oxfam Intermón, es una plataforma abierta y plural
de colectivos, entidades, grupos de investigación y personas interesadas en
conocer la incidencia social de las desigualdades, así como en contribuir
a la construcción colectiva de propuestas para erradicarlas. Su objetivo es,
pues, reflexionar sobre las desigualdades, generar nuevos conocimientos
sobre ellas y divulgarlos al conjunto de la sociedad; para lograrlo se con-
sidera imprescindible combinar la reflexión ético-política, la rigurosidad
académica, la difusión social del conocimiento y la acción ciudadana or-
Int ro du c c i ón 19
ganizada que presione en la reclamación y control de políticas sociales
justas que promuevan su reducción y erradicación. Conforman el ODA
más de veinte organizaciones y asociaciones1, a las que se unen grupos de
investigación e investigadores de las universidades andaluzas.
No puedo terminar esta introducción sin agradecer las enseñanzas,
aportaciones, sugerencias y apoyos recibidos antes y durante la realización
de este libro.
En primer lugar, quiero mencionar a las personas que conforman el
equipo que coordina el Observatorio de la Desigualdad de Andalucía
(ODA), por orden alfabético: Alberto Escudero, Antonio Donaire, An-
tonio Moreno, Antonio Tánago, Clementina Rodríguez, Mary Carmen
López, Miguel Ángel Martínez, Pilar Gil y Sonia Díaz; los debates man-
tenidos en las múltiples reuniones realizadas me ayudaron mucho en mi
proceso de aprendizaje de una temática a la que no había prestado antes
la suficiente atención. Pero es de justicia subrayar aquí, por una parte, la
ayuda prestada por Miguel Ángel Martínez con los muchos e interesantes
informes y documentos enviados; y, por otra, lo aprendido de y con Sonia
Díaz, cuyo trabajo riguroso y constante es fundamental para el buen fun-
cionamiento del Observatorio; sin ella no hubiera sido posible ni la rea-
lización de los Informes ni la organización de todas aquéllas actividades
llevadas a cabo desde su creación. Me siento, así mismo, deudora de los
autores que han colaborado en los cuatro Informes hasta ahora presenta-
dos; y muy especialmente de las constantes aportaciones realizadas por
Francisco José Sánchez, María José Blázquez y Paloma López Lara, todas
ellas imprescindibles para llevar a buen término los Informes.
1
Conforman el ODA: Acción en Red, Acercando Realidades, Agencia con Sentido
Común, Asociación para la Defensa de la Sanidad Pública de Andalucía, ATTAC
Andalucía, Cáritas Andalucía, CCOO, Coordinadora Andaluza de ONGDs,
Colectivo de Educación para la Participación CRAC, EAPN Andalucía, Economistas
Sin Fronteras, Elige la vida, FACUA Andalucía, GEP&DO, GESTHA, Médicos del
Mundo Andalucía, Mujeres en Zona de Conflicto, Oficina de Cooperación de la
Universidad de Sevilla, Oxfam Intermon, Plataforma Somos Migrantes, Proyecto
Solidario, Red Infancia de Andalucía, UNICEF Comité Andalucía, USTEA, y
profesores/as de las universidades de Almería, Granada, Loyola Andalucía, Málaga,
Pablo de Olavide y Sevilla. https://observatoriodesigualdadandalucia.org/
20 El g ran reto de la desig ualdad
Mi agradecimiento se extiende a las entidades, organizaciones y per-
sonas que forman parte del ODA, así como a todas aquéllas que, desde
distintos enfoques y perspectivas, trabajan en esta temática. Sus publica-
ciones, informes y documentos han sido imprescindibles para profundi-
zar en el conocimiento de las desigualdades y para perfilar y matizar los
contenidos del libro.
Quiero dar especialmente las gracias a Ricardo Méndez (Universidad
Complutense de Madrid) que fue con quien primero compartí tanto mi
decisión de trabajar en la elaboración de este libro, como los primeros
borradores de su índice e introducción. Sus comentarios, y las dudas que
con ellos se me plantearon, me ayudaron a reorganizar y a completar sus
contenidos, tarea a la que contribuyó también proporcionándome algunas
lecturas relevantes.
Agradezco así mismo a M.ª Fernanda Pita y a Gema González (Uni-
versidad de Sevilla) y a Pilar Paneque (Universidad Pablo de Olavide) sus
lecturas al borrador de la introducción y las sugerencias que me hicieron
al respecto. Este agradecimiento lo hago extensivo a Sonia Díaz y Miguel
Ángel Martínez (equipo coordinador del ODA) y a Marisa del Cacho por
realizar también esta tarea.
Por último, tengo que dar de nuevo las gracias a Pilar Paneque, por su
colaboración en la gestión de la publicación.
Y cierro estas páginas haciendo pública mi gratitud a Paloma López
Lara, antigua alumna, compañera y sobre todo amiga, que se ha hecho
cargo desinteresadamente de una tarea tan laboriosa, básica e imprescin-
dible como la cartográfica; sin su generosa y constante ayuda, hubiera sido
mucho más complicada la realización de este libro.
El g ran reto de la desig ualdad 21
Capítulo 1
TRANSFORMACIONES SOCIOECONÓMICAS,
TERRITORIALES Y AMBIENTALES.
SU INCIDENCIA EN LA GENERACIÓN
DE DESIGUALDADES
“Todo grupo social, cuando sus miembros se liberan de la pobre-
za extrema, la ignorancia, el fanatismo, el miedo al poder y el odio
al vecino, se encamina hacia un modelo de sociedad definido por
el reconocimiento de los derechos individuales, el rechazo a las
desigualdades no justificadas, la participación en el poder polí-
tico, la racionalidad como modo de resolución de conflictos, las
garantías jurídicas y las políticas de ayuda” (José Antonio Marina:
Biografía de la inhumanidad. Historia de la crueldad, la sinrazón
y la insensibilidad humanas, 2021).
Trans for m a c i on e s s o c i o e c onóm i c a s , te r r itor i a l e s y ambi e nt a l e s 23
P
ara profundizar en el conocimiento de las desigualdades es indis-
pensable considerar las causas de fondo responsables de que se ori-
ginen. Se trata de reflexionar acerca de los procesos socioeconómi-
cos, territoriales y ambientales que, iniciados durante las últimas décadas
del s. xx, están dando lugar a importantes mutaciones que son en buena
parte responsables de la generación de desigualdades.
Para llevar a cabo dicha reflexión se divide el capítulo en tres epígrafes.
El primero se dedica a observar la evolución experimentada por un ca-
pitalismo globalizado y neoliberal, cada vez más alejado de los intereses
generales de la población, en el que el sector financiero ha ido adquiriendo
poder y protagonismo. El segundo se centra en las profundas transforma-
ciones provocadas en las lógicas de organización territorial que conllevan
una alteración de la relación establecida entre las dos dimensiones funda-
mentales de la vida: el tiempo y el espacio. En el tercero se recapacita acer-
ca del intenso deterioro ambiental que viene causando el funcionamiento
de un modelo económico que utiliza intensiva y desordenadamente los
recursos naturales y genera grandes cantidades de residuos, algunos tóxi-
cos y/o no reciclables, perturbando el comportamiento de los ecosistemas.
1.1. Globalización neoliberal y
financiarización de la economía
Desde las tres últimas décadas del siglo xx vienen produciéndose signi-
ficativos cambios económicos, laborales, sociales, políticos e instituciona-
les, vinculados a la existencia de profundas crisis que han ido evidenciando
toda una serie de contradicciones asociadas tanto a la forma en que se ha
llevado a cabo el proceso de globalización económica, como a la utilización
de nuevas lógicas en el funcionamiento del sistema. Hay que recordar que
el proceso de globalización está sustentado en los intereses de una minoría
24 El g ran reto de la desig ualdad
y que no sólo no está contribuyendo a resolver los problemas de la mayor
parte de la población, sino que está agravándolos y provocando, además,
algunos otros estrechamente relacionados con la aparición de nuevos con-
trastes, desequilibrios y desigualdades.
La crisis asociada a las subidas del precio del petróleo, ocurrida a prin-
cipios de los años setenta del pasado siglo, empezó a gestarse durante la
etapa expansiva anterior y llegó a considerarse global, tanto desde el punto
de vista espacial como ideológico. En efecto, aunque se trataba fundamen-
talmente de una crisis del modelo de acumulación capitalista iniciada en
los países desarrollados de economía de mercado, afectó también a los
países del entonces llamado Tercer Mundo y a los de economía socialis-
ta (Amin - Arrighi – Frank - Wallestein, 1983). Es un hecho cierto que,
aunque el aumento de los precios del petróleo adquirió en su momento
especial protagonismo al ser considerado por algunos como el principal
detonante de la crisis iniciada en 1973, no era más que una de las múlti-
ples crisis parciales, coadunadas e interdependientes que conjuntamente
dieron lugar a un cambio de ciclo. Se trata de crisis:
• Energética, relacionada con la subida de los precios del petróleo
provocada por la convergencia de intereses de los países árabes,
productores del crudo, con Estados Unidos, que lograba acentuar
así sus ventajas competitivas energéticas.
• De sobreproducción, no ajustada a una demanda condicionada
por la desigual distribución de los ingresos.
• De productividad, propiciada por los incrementos salariales pro-
ducidos en los países capitalistas desarrollados.
• Financiera, ocasionada por el endeudamiento progresivo de los
países del llamado Tercer Mundo.
• Del sistema monetario internacional, vinculada a la sustitución
del patrón oro por el patrón dólar.
• Del llamado Estado del Bienestar, provocada por la aplicación de
políticas basadas en la disminución de los gastos sociales.
Trans for m a c i on e s s o c i o e c onóm i c a s , te r r itor i a l e s y ambi e nt a l e s 25
Todas estas crisis y transformaciones estaban asociadas a la conforma-
ción de un nuevo ciclo de acumulación que, ligado al crecimiento del capi-
tal intangible respecto al del capital fijo, antes dominante y al desarrollo de
los transportes y las comunicaciones, provocaba una fuerte densificación
de flujos –de productos, personas, capitales, tecnologías, informaciones y
conocimientos– que formaban redes crecientemente complejas en el con-
texto de una economía cada vez más interdependiente y mundializada.
A partir de la segunda mitad de la década de los ochenta se empezó a
extender por el mundo occidental una ideología neoliberal que pronto se
convirtió en esencial y en el fundamento de la lógica económica dominan-
te, condicionando el proceso de globalización al concentrar cada vez más
el capital y desregular sus formas de funcionamiento. Efectivamente, di-
cha ideología está asociada a la aplicación de estrategias de privatización,
de desregulación y de desreglamentación en la que “la política monetaria
se utiliza para luchar contra la inflación y no para sostener la inversión
(mientras que) la moderación salarial se convierte en uno de los objetivos
centrales de las políticas económicas” (Sterdyniak, 2012, 30-31). Se produ-
cía así un grave conflicto de base entre las tendencias desreguladoras, que
permiten comportamientos éticamente reprobables, y aquéllas otras que
defienden una mayor regulación normativa que aplique criterios morales
para atender a las necesidades e intereses del conjunto de la sociedad,
A su vez, el objetivo de creación de empleo, muy importante en etapas
anteriores, fue perdiendo peso frente al de la consecución de beneficios,
considerado cada vez más prioritario hasta el punto de que, utilizando el
falaz argumento de que un mercado de trabajo más flexible resulta más ga-
rante de la creación de empleo, ha llegado a convertir al trabajo temporal
y precario en instrumento útil para legitimar el lucro. Junto a lo anterior,
la obtención de beneficios se basa cada vez menos en la producción de ri-
queza y cada vez más en su mera adquisición o extracción, encubriéndose
de este modo formas habituales de hacer negocios basadas en “la propia
creación de dinero (papel, bancario y financiero) y de las plusvalías deri-
vadas del comercio de bienes patrimoniales (inmuebles, acciones, empre-
sas...) ligado a los procesos de financiarización en curso y a las ‘mordidas’
coligadas a reclasificaciones de terrenos, concesiones y megaproyectos en
26 El g ran reto de la desig ualdad
los que la finalidad productiva acostumbra a ser un mero pretexto que
encubre la verdadera finalidad de pillar lucros desmedidos en algunas
de sus fases” (Naredo, 2019, 13). Pero, como reflexiona el citado autor, el
afán de lucro, considerado bueno sin cuestionarlo ni ponerlo en relación
con el contexto, está estrechamente asociado al egoísmo y “comporta la
adopción de una ética de desprecio hacia nuestros semejantes, hacia las
generaciones futuras y la supervivencia de la especie humana, soslayando
el papel determinante que deberían ejercer las relaciones de reciprocidad
y redistribución” (Naredo, 2019, 99). Se pone con todo ello en evidencia
que “el neoliberalismo no es sólo una doctrina económica, sino también
un planteamiento ideológico y una herramienta útil para los intereses de
los grupos sociales más vinculados al capital” (Álvarez Peralta, Luengo
Escalonilla, Uxó González, 2013, 22).
Por su parte, la creciente desregulación del capital ligado a las finanzas
ha dado lugar a la llamada financiarización de la economía, entendiendo
como tal el creciente predominio de las actividades financieras, en buena
parte relacionadas con la especulación, sobre las productivas. Como es
sabido, con el cambio del patrón oro al patrón dólar, ocurrido el año 1971,
se liquidaba el régimen de cambios fijos que había sustentado hasta enton-
ces los intercambios monetarios, y el sistema financiero global, eludiendo
cualquier vigilancia e intervención, empezó a utilizar prácticas de ries-
go sin precedentes hasta llegar a engendrar una deuda elevada y fuera de
control. El sector financiero experimentaba así una transformación verda-
deramente radical, desarrollando operaciones de naturaleza especulativa
que, además de no generar riqueza en la economía real, la dejan cada vez
más sometida a importantes riesgos; como afirma Harvey al respecto, la
utilización de productos financieros muy sofisticados, junto al “auge de
sistemas sumamente refinados de coordinación financiera a escala glo-
bal” han contribuido decisivamente a que se haya entrado “en una era de
riesgos financieros sin precedentes” (Harvey, 2008a, 218). Incumplía así el
sector bancario sus dos funciones principales: financiar la economía real y
gestionar con eficiencia los riesgos derivados de su funcionamiento (Boc-
cara - Le Héron-Plihon, 2012).
Trans for m a c i on e s s o c i o e c onóm i c a s , te r r itor i a l e s y ambi e nt a l e s 27
El espectacular crecimiento experimentado por el sector financiero,
que conllevó a su hipertrofia, lo convirtió en económicamente dominante,
produciéndose a la vez una progresiva movilidad/liquidez del capital que
no se limitaba a los mercados financieros sino que se extendía a las empre-
sas, los sectores y los territorios (Corpatax - Crevoisier - Theurillat, 2009).
Se consolidaba de este modo un modelo económico sustentado en la acu-
mulación de una deuda, necesaria para su sostenimiento, que ha llevado
a algunos hacer referencia a la “economía del endeudamiento” (Álvarez
Peralta - Luengo Escalonilla - Uxó González, 2013).
No es de extrañar tal calificativo dado que el funcionamiento del sector
financiero está estrechamente ligado al del sistema monetario, y éste, a su
vez, a las formas de creación de dinero. Es importante tener en cuenta que,
aunque son los Estados, a través de sus bancos centrales, los responsables
de la emisión de moneda, la creación de dinero sólo en parte correspon-
de a tales instituciones y organismos, siendo, por el contrario, el sistema
bancario privado el que genera “el 95 % del dinero que realmente circula”
(Pettifor, 2014, 27). En efecto, los gobiernos permiten que los bancos pri-
vados emitan dinero, lo que hacen a través de un mecanismo tan simple
como la concesión de préstamos; se crea de tal manera un dinero prác-
ticamente de la nada, porque está basado en la deuda, y que faculta a los
bancos a cobrar intereses por un dinero que realmente nunca han tenido.
Los bancos privados están así condicionados por la concesión de présta-
mos, lo que supone generar cada vez más deuda; deuda para la que ellos
establecen libremente la tasa de interés, lo que refuerza aún más su poder,
pues, si no hay deuda, no hay dinero. Pero si los bancos no prestan dinero
la economía entra en crisis, ya que el crecimiento económico está basado
en el intercambio y para que éste se produzca es imprescindible el endeu-
damiento. De esta forma el endeudamiento es imparable al condicionar
el crecimiento económico ilimitado y, a su vez, estar condicionado por él.
Con el proceso de financiarización, la economía real iba dejando paso a
otra especulativa hasta el punto de que, aunque “en el pasado, los episodios
especulativos, siendo recurrentes, constituían la excepción a la regla. Aho-
ra en cambio son la regla” (Ekaizer, 2012, 185). Resulta lógico que, consi-
derando que buena parte de los flujos monetarios se producen al margen
28 El g ran reto de la desig ualdad
de la legalidad establecida, el capitalismo financiarizado sea también cali-
ficado como “capitalismo tóxico” (Husson, 2009). Este sistema financiero,
opaco y especulativo, está contribuyendo a reforzar cada vez más el poder
de los países ricos y de sus principales agentes económicos, pues “la ‘crea-
ción de valor’ de las grandes empresas depende más de operaciones de ad-
quisición de riqueza, usualmente ligadas a la creación de dinero financiero
y al comercio de bienes patrimoniales, que de sus actividades ordinarias
de producción y venta de mercancías”, lo que está en parte relacionado
con “el desplazamiento simétrico de poder que se está operando desde los
Estados hacia esas otras organizaciones igualmente jerárquicas y centra-
lizadas que son las empresas transnacionales” (Naredo, 2019, 67 y 154).
Con el elocuente título de La telaraña financiera, Méndez (2018) hace
en su libro un profundo análisis de la importancia estratégica que han
ido alcanzando estas actividades en el funcionamiento de las economías
capitalistas, importancia que está estrechamente asociada no sólo al cre-
ciente poder de los grandes bancos y otros inversores institucionales, sino
también al fuerte crecimiento experimentado por flujos de capital, que en
buen parte son opacos y que, en consecuencia, no contribuyen a un desa-
rrollo económico equilibrado, sino a facilitar los procesos de socialización
de pérdidas y privatización de beneficios que favorecen el crecimiento de
las desigualdades.
Junto a los profundos y complejos cambios antes señalados, la constan-
te y masiva incorporación de innovaciones –que afectan a los productos,
los métodos de fabricación, las formas de organización de las empresas, las
estrategias de distribución, las relaciones de producción, y la localización
de las distintas actividades– provocaron una ruptura con el anterior mo-
delo tecnológico. Esta Revolución Tecnológica, cuyo origen se remonta a
los años setenta del pasado siglo, se vincula al avance de las tecnologías de
la información y las comunicaciones, que se convierten en núcleos cen-
trales del ciclo de acumulación que estaba surgiendo caracterizado por
el aumento del peso del capital intangible respecto al del capital fijo antes
dominante, lo que contribuyó a una progresiva terciarización del siste-
ma productivo que fue evolucionando hacia una economía de servicios.
Constituían la base de tales modificaciones las nuevas tecnologías que
Trans for m a c i on e s s o c i o e c onóm i c a s , te r r itor i a l e s y ambi e nt a l e s 29
permiten la automatización flexible, la segmentación en fases de procesos
de fabricación antes integrados y la descentralización de la producción
distribuyéndola entre distintos establecimientos; todas ellas estrategias
que, a la vez que contribuyen aumentar el tamaño de las empresas, redu-
cen el de sus establecimientos, lo que les ayuda a aumentar su competitivi-
dad siendo más dúctiles para adaptarse más rápidamente a los incesantes
cambios de la demanda. Estas formas de organización empresarial están
basadas en la creación de grandes cadenas globales de valor que provocan
una creciente concentración de capital y de poder en empresas cada vez
mayores y más desligadas de sus lugares de origen.
No se puede dejar al margen el hecho de que las nuevas tecnologías
afectan también considerablemente a las sociedades al modificar las for-
mas de trabajo y los modos de vida. Por una parte, algunas habilidades
antes muy valoradas terminan resultando superfluas, alterando con ello la
demanda de mano de obra y en consecuencia el comportamiento de los
mercados de trabajo. Por otra, ciertos cambios que, en principio, parecen
beneficiosos, pueden tener efectos colaterales –sociales y culturales– que
no siempre resultan positivos para el conjunto de la sociedad.
Las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones se con-
virtieron de este modo en núcleos centrales del modo de acumulación,
contribuyendo a multiplicar los flujos de productos, personas, capitales,
tecnologías, informaciones y conocimientos entre establecimientos, em-
presas, sectores y territorios, dando con ello lugar a la consolidación de
un modelo económico cuyo funcionamiento en red permite una creciente
integración del sistema. Con este nuevo modo de acumulación aumentaba
sustancialmente el peso del capital intangible respecto al capital fijo, y los
modelos de organización de las empresas, cada vez menos limitados por el
factor humano y la distancia, provocaban cambios tan sustanciales en las
relaciones capital/trabajo y espacio/tiempo que alteraron profundamente
a las sociedades lo que llevó a utilizar las categorías conceptuales de so-
ciedad informacional (Castells, 1995) y sociedad del conocimiento (David
- Foray, 2002).
Estrechamente relacionado con lo anterior tuvo lugar un proceso de
globalización económica sustentado por las densas redes de flujos que,
30 El g ran reto de la desig ualdad
traspasando las fronteras estatales, permiten que los procesos económicos
se organicen a escala mundial. Es importante subrayar al respecto que,
según señalaba Méndez en su momento, “el rasgo esencial que diferencia
esta etapa de las precedentes es la generalización progresiva de una lógica
mundializada que orienta la actuación de cada vez más empresas e insti-
tuciones a la hora de delimitar sus mercados, buscar sus proveedores, di-
rigir sus inversiones o localizar sus establecimientos. De este modo, tanto
la producción, como la circulación y la distribución se organizan a esa
escala mientras los espacios nacionales pierden parte de su importancia
como elemento clave para la acumulación de capital.” La lógica del siste-
ma capitalista se imponía de este modo a escala mundial y el proceso de
globalización se convertía en “un movimiento histórico de amplio alcance
que desborda la dimensión estrictamente económica para incluir otras no
menos significativas (desde la globalización de ciertos problemas ambien-
tales, a la de la información transmitida por los medios de comunicación
de masas), pero que tiene en ésta uno de sus vectores principales” (Mén-
dez, 1997, 108 y 107).
Si todos estos procesos resultan básicos para entender la conformación
de buena parte de las desigualdades socioterritoriales, la profunda crisis
iniciada en 2008 ha contribuido a provocar un aumento exponencial de
ellas. Llamada Gran Recesión, para diferenciarla de la Gran Depresión de
1929, tiene como detonantes dos acontecimientos: por una parte, el co-
lapso financiero producido en Estados Unidos el año 2007 por las llama-
das hipotecas basura; por otra, la caída del banco de inversiones Lehman
Brothers, ocurrida también en ese país un año más tarde. Tales sucesos
desencadenaron reacciones en cadena de las entidades bancarias al ser in-
capaces de cubrir sus pérdidas; para evitar su quiebra, los bancos centra-
les y los gobiernos comenzaron a transferirles dinero, contribuyendo con
ello a extender la crisis a otros sectores económicos y a otros países. Hay
que sumar a lo anterior el desmedido crecimiento experimentado por el
sector inmobiliario en EE. UU. y en algunos países europeos, entre los
que se encontraba España, lo que, además de potenciar la crisis financiera,
lo hizo corresponsable de sus impactos socioeconómicos, territoriales y
ambientales. Se ponía así en evidencia, una vez más, que el sector de la
Trans for m a c i on e s s o c i o e c onóm i c a s , te r r itor i a l e s y ambi e nt a l e s 31
construcción “por su habitualmente alta participación en el producto y en
el empleo, y por su rol estratégico de articulación entre el sector financiero
y la economía real, es un factor determinante y detonante de los ciclos de
auge y recesión y de las crisis económicas” (Daher, 2013, 48).
Las raíces de esta crisis hay que buscarlas en “la explosión de un capi-
talismo planetario, sin frenos desde la década de 1990, que ha amplificado
todos los aspectos negativos del desarrollo (económico)” (Morin, 2011,
26). No puede hablarse, además, de la existencia de una crisis financie-
ro-económica como las que recurrentemente ha venido produciendo el
capitalismo, sino de una serie de crisis interrelacionadas entre las que cabe
destacar las siguientes:
• Crisis financiera, estrechamente asociada a la utilización de pro-
ductos tóxicos y especulativos.
• Crisis económica, derivada de la anterior y en buena parte re-
lacionada con el sector de la construcción y la llamada burbuja
inmobiliaria.
• Crisis laboral, vinculada al creciente desempleo y a la precariza-
ción de las condiciones de trabajo.
• Crisis ambiental, relacionada con el cambio climático que, al
afectar a recursos estratégicos básicos, se manifiesta en varias
vertientes: energética, alimentaria, del agua...
• Crisis político-institucional, de confianza y representatividad.
• Crisis social, sustentada en la pérdida de cohesión y provocadora
de inequidades.
De este modo, aunque la crisis había empezado siendo financiera, pasó
a ser económica al afectar a distintos sectores, para convertirse después
en sistémica al aquejar a la economía, al mercado laboral, a los modelos
de organización territorial, a las instituciones, a las políticas e incluso a
los valores morales y éticos. Dada la importancia crucial de este último
aspecto, básico para el buen funcionamiento de las sociedades, ponía en
él su acento Mayor Zaragoza (2011) alertando acerca del grave problema
que representa sustituir los valores éticos y democráticos por los vincula-
dos a los intereses del mercado, mientras iban quedando cada vez más al
32 El g ran reto de la desig ualdad
margen las cuestiones que afectan directamente a la vida de la gente. Se
trataba, además, de una crisis mutante, al estar sometida a continuos y
acelerados cambios que complejizaban aún más sus características hacien-
do impredecibles sus consecuencias.
Desde la perspectiva que aquí interesa hay que destacar que, pese a ser
global y sistémica, no fue una crisis uniforme sino que dañó con distintas
intensidades a los países, a las regiones y, en general, a los ámbitos espa-
ciales de todas las escalas; pero primordialmente condicionó la vida de las
personas entre las que acrecentó de forma esencial las desigualdades.
Llama la atención que algunas de estas crisis fueran ocultadas o mini-
mizadas por los poderes económicos y políticos, que sólo estaban intere-
sados en el aspecto financiero y querían que se aceptara que las soluciones
que se aplicaban para revitalizar al sector eran “las únicas soluciones”. No
fue, pues, sólo la crisis la que provocó desigualdades y pobreza, sino la
forma en que se gestionó, puesto que las estrategias de privatización y des-
regulación vinculadas a los principios neoliberales, se convirtieron en el
objetivo central de las políticas económicas implementadas por algunos
países, entre ellos los de la Unión Europea, para hacer frente a la crisis,
sin haber considerado antes el diseño de medidas encaminadas a revertir
sus causas (Lordon, 2012). Estas políticas de ajuste empeoraron aún más
los impactos de la crisis al reducir los empleos públicos y privatizar buena
parte de los servicios sociales básicos, poniendo en evidencia las fragilida-
des del régimen de acumulación coligado al modo de regulación neolibe-
ral y al capitalismo financiarizado. Resulta ilustrativa la lógica que subyace
en las políticas implementadas por la Unión Europea, pues, al llevar a cabo
la, hasta entonces, mayor intervención pública de su Historia, se apelaba
a las cualidades de la economía libre de mercado mientras se utilizaba al
Estado para apoyar los intereses de las grandes empresas. “Así, la crisis (y
los fallos) del mercado se convirtieron... en la crisis (y los fallos) del Esta-
do” (Estefanía, 2015, 19).
Los efectos de esta Gran Recesión, junto a los de las políticas aplicadas
para intentar controlarla, fueron devastadores y provocaron una fuerte
redistribución de la riqueza desde el sector público al privado, desde las
rentas del trabajo a las del capital, desde los pobres a los ricos y desde el sur
Trans for m a c i on e s s o c i o e c onóm i c a s , te r r itor i a l e s y ambi e nt a l e s 33
hacia el norte (Alvarez Peralta-Luengo Escalonilla-Uxó González, 2013).
Se constataba, una vez más, que son los intereses de las élites económi-
cas y políticas –utilizados para afianzar sus privilegios– los que “explican
en gran medida las extremas desigualdades actuales: el fundamentalismo
del mercado y el secuestro democrático por parte de las élites” (Oxfam,
2014, 14). A las perturbaciones asociadas a la hegemonía alcanzada por
la ideología neoliberal (Laval-Dardot, 2013), la financiarización de la eco-
nomía (Méndez, 2018), la innovación tecnológica con el advenimiento de
la sociedad informacional (Castells, 1995 y 1996), y la globalización de la
economía (Veltz, 1996; Wackerman, 2011), es necesario añadir los graves
impactos generados por la crisis iniciada en 2008, que, además de haber
puesto en evidencia las fragilidades del sistema al hacer aflorar sus contra-
dicciones, intensificó las desigualdades sociales ya antes existentes mien-
tras provocaba otras nuevas.
Puede concluirse, pues, que este modelo económico, estrechamen-
te conectado a los procesos de globalización neoliberal, financiarización
económica, e innovación tecnológica, se sustenta en un excesivo afán de
generar beneficios y acumular capital que provoca una fuerte competencia
inter empresarial y la generalización de procesos de acumulación basados
en la desposesión. Se incrementa así el poder de las empresas, mientras
se debilita el de los sindicatos, y se privatizan servicios públicos deterio-
rando con ello los sistemas de protección social que permiten reducir las
inequidades. Hay que tener en cuenta, además, que nos encontramos en
los inicios de un nuevo cambio de paradigma tecnológico cuyas bases son
la ingeniería genética y las neurotecnologías que, al combinar maquinaria
física con procesos digitales cada vez más complejos, permiten la automa-
tización total de la producción y el desarrollo de la inteligencia artificial,
lo que va a provocar nuevas transformaciones socioeconómicas de pro-
porciones hasta ahora desconocidas. La Figura 1.1 trata de sintetizar las
principales características de este ciclo económico.
34 El g ran reto de la desig ualdad
Figura 1.1. Cambios socioeconómicos en la globalización neoliberal.
Fuente: elaboración propia.
No es de extrañar que tan profundas transformaciones socioeconómi-
cas hayan provocado múltiples reflexiones sobre los grandes problemas
causados por un modelo económico que, sustentado en los intereses de
una minoría, no sólo no ayuda a resolver los que sufren una gran parte de
la población sino que contribuye a agravarlos provocando, a su vez, algu-
nos otros que conllevan la aparición de nuevos contrastes, disfunciones,
desórdenes y desigualdades. Los impactos de ellas derivados añaden com-
plejidad al análisis de unas crecientes y cada vez más complejas desigual-
dades que necesitan ser observadas desde nuevas y diversas perspectivas.
En tal sentido cabe citar el trabajo de Mc Quaig y Brooks (2014) centra-
do en la desigualdad de ingresos y en la forma en que los multimillonarios
han secuestrado la economía, cuestionando que la meritocracia sea la base
del enriquecimiento y criticando que éste sea desmedido y que, además,
proceda en buena parte de la especulación.
En esta misma línea, Ariño y Romero (2016) examinan el comporta-
miento de los ricos entendiendo que, mientras son ellos los ampliamente
beneficiados por las profundas transformaciones antes comentadas, son
Trans for m a c i on e s s o c i o e c onóm i c a s , te r r itor i a l e s y ambi e nt a l e s 35
precisamente los que rompen los vínculos sociales y culturales sobre los
que se sostuvieron los estados-nación, y los primeros que dejan de sentirse
concernidos por el marco societario en el que viven.
Respecto a los comportamientos socioeconómicos de los ricos, Milano-
vic (2020) presta atención a lo que representa el capitalismo meritocrático
neoliberal en la perpetuación de las desigualdades sistémicas, así como
a las formas que utilizan los ricos para perpetuarse como clase. Se trata
de estrategias que, no sólo intentan influir en la política a través de la fi-
nanciación de los partidos políticos para así lograr beneficios (bajada de
impuestos a las rentas más altas, deducciones fiscales a las grandes em-
presas...), sino también y sobre todo transmitir a sus hijos unos valores y
estatus que no están al alcance del resto de la población. Respecto a esto
último, un proceso educativo elitista y de carácter privado cumple al res-
pecto dos funciones: hace imposible a otros competir con los más ricos,
que monopolizan así la cúspide del sistema; y transmite al conjunto de
la sociedad el contundente mensaje de que los que han estudiado en las
escuelas de élite son intelectualmente superiores. De este modo “la ma-
yoría de los multimillonarios y probablemente también muchos millona-
rios gozan de niveles de renta y posiciones muy superiores a los de sus
padres. Han experimentado una movilidad intergeneracional ascendente
no sólo en términos absolutos, sino también relativos” (Milanovic, 2020,
83). Concluye este autor que, para propiciar la reducción de las desigual-
dades, hacen falta políticas que, teniendo en cuenta la movilidad entre
generaciones, contribuyan a promover el ascenso social de las personas
desfavorecidas.
Para explicar la estrecha relación existente entre las desigualdades polí-
ticas y económicas y por qué se desarrollan y fracasan algunas democra-
cias, Acemoglu y Robinson (2012) desarrollan una teoría en la que utilizan
como concepto fundamental el de extractivismo, poniéndolo en relación
con las instituciones políticas y económicas que, controladas por ciertas éli-
tes, tienen por finalidad extraer recursos económicos y concentrar el poder
político, de tal forma que ambos poderes unidos se refuercen mutuamente.
Centrando la atención en ciertos efectos generados por la concentra-
ción de riqueza y de poder, Guilluy (2019) argumenta que si Lasch (1996)
36 El g ran reto de la desig ualdad
ya llamaba la atención en su momento sobre la rebelión y la secesión de
las élites, el proceso ha resultado mucho más radical al concernir a un
conjunto mucho más amplio de población que incluye a las clases domi-
nantes y representa en torno al 30 % de la población. Analiza así crítica-
mente el modelo neoliberal enfatizando que, aunque haya creado mucha
riqueza, no sólo no ha construido sociedad sino que, al debilitar a las capas
sociales que constituían la base de la clase media (empleados, pequeños
autónomos, obreros, campesinos, jubilados), ha contribuido a destruirla.
Enfatiza que “la crisis de la representación política, la atomización de los
movimientos sociales, las burguesías que se encierran en sus fortalezas, las
clases populares que se asilvestran, y el ‘segregacionismo étnico’ son otros
tantos signos del agotamiento de un modelo que ya no forma sociedad”
(Guilluy, 2019, 12).
Atendiendo a los cambios experimentados por la estructura de clases,
Kotkin (2020) advierte que estamos regresando a una etapa marcada por
una mayor concentración de la propiedad y la riqueza, mientras la movi-
lidad social ascendente es reducida; ello conlleva a la emergencia de una
sociedad más jerárquica, cuya estructura de clases se asemeja a la exis-
tente en la época medieval, por lo que utiliza para nombrarla la categoría
conceptual de neo feudalismo. En este sentido, sitúa en la cumbre a los
profesionales ligados a una oligarquía tecnológica que ejerce un control
creciente y acumula riquezas sin precedentes; coloca frente a ellos a una
clase en declive formada por pequeños empresarios, profesionales cualifi-
cados y propietarios menores; en el anverso de ambos grupos se encuentra
en expansión una población trabajadora y con pocos recursos que se com-
porta como nuevos siervos.
En esta línea Nachtwey (2017) observa el miedo colectivo al descenso
social en una sociedad regresiva, precaria y polarizada que ya no ofrece
ninguna seguridad frente al futuro. Hace también referencia a cómo los
conflictos que ello genera se materializan en enfrentamientos, cada vez
más evidentes entre nuevos movimientos de izquierda y luchas obreras,
por un lado, y populismos de derechas y protestas xenófobas, por otro.
Sandel (2020), por su parte, llama la atención acerca de la creciente
coincidencia entre desigualdad económica y polarización política mientras
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queda al margen la consideración del bien común. Relaciona el citado au-
tor la pérdida de movilidad social con le excesiva valoración de la meri-
tocracia que, mientras genera una complacencia entre los ganadores que
resulta nociva, impone una concepción muy dura de los perdedores. De-
fiende, por tanto, una manera alternativa de concebir el éxito, basada en la
dignidad del trabajo y asociada a una ética de la humildad y la solidaridad
estrechamente vinculada al bien común.
Junto a las anteriores interpretaciones sobre los cambios que se han ve-
nido produciendo en las estructuras sociales, es importante observar la
capacidad de las personas para ascender socialmente si logran estudiar,
prepararse y trabajar duramente; sin embargo, parece demostrado que,
independientemente de sus capacidades, los y las descendientes tanto de
las personas ricas como de las pobres siguen ocupando una posición so-
cial similar a las de sus progenitores. Las investigaciones realizadas en los
países en los que existen datos al respecto demuestran que hay una fuerte
correlación entre la desigualdad extrema y la baja movilidad social (Co-
rak, 2012).
Por su parte, Sassen (2015) centra la atención en el grave problema que
supone el surgimiento de lo que llama nuevas lógicas de expulsión. Utiliza
este último término al considerar que lleva más allá del de desigualdad y
que resulta más pertinente para hacer referencia a las patologías derivadas
del corrompido funcionamiento del capitalismo global. Dichas expulsio-
nes no son espontáneas, sino provocadas por instrumentos que van aso-
ciados tanto a políticas elementales cómo a aquellas otras basadas en siste-
mas complejos que requieren conocimiento especializado. De este modo
“nuestras avanzadas políticas económicas han creado un mundo en el que
con demasiada frecuencia la complejidad tiende a producir brutalidades
elementales” (Sassen, 2015, 12). Son los casos, por ejemplo, de la comple-
jidad de los instrumentos financieros que contribuyeron a generar la crisis
de 2008, de las políticas de austeridad aplicadas por la Unión Europea
provocando con ello una segunda crisis, y de las políticas ambientales que
pasan por alto los impactos que el funcionamiento económico está gene-
rando en los ecosistemas.
38 El g ran reto de la desig ualdad
Las publicaciones citadas son ejemplos ilustrativos de las distintas
perspectivas con que se vienen observando las desigualdades socioeco-
nómicas, aunque todas centran la atención en la forma en que se acumula
el capital y se distribuye la riqueza; y en la marginación, fragmentación,
segregación y exclusión que ello genera. Tal y como señala Méndez, “Ha-
blar de desigualdad es, pues, hablar de los privilegios crecientes de unas
élites rentistas o profesionales, al tiempo que de difusión de la incerti-
dumbre y la vulnerabilidad, que demuestran así ser construcciones socia-
les que actúan como eficaces instrumentos de poder y control” (Méndez,
2018, 289).
Una vez considerados tanto los principales procesos generales como
los factores responsables del contexto socioeconómico actual, y habiendo
recogido también algunas de las perspectivas con las que éstos se están
interpretando, puede concluirse que son realmente dos las causas de fon-
do que explican el crecimiento de las desigualdades: el fundamentalismo
de mercado, sustentado por el neoliberalismo; y el secuestro democrático
y político que vienen realizando las élites económicas para defender sus
propios intereses. Efectivamente, en unos tiempos en los que la competiti-
vidad se considera un asunto primordial y las políticas económicas están
fuertemente influidas por las grandes empresas y las clases sociales altas,
la riqueza y el poder se concentran en grupos cada vez más reducidos.
Mientras tanto se van quedando al margen aquéllos otros planteamientos
y políticas que tienen como principal objetivo la cohesión de las socieda-
des, el bienestar de todas las personas y la equidad de los territorios.
1.2. Nuevas lógicas de articulación territorial
Las múltiples y constantes innovaciones tecnológicas producidas desde
las últimas décadas del s. xx, han venido generando una creciente multi-
plicación de flujos –de informaciones, conocimientos, capitales, mercan-
cías y personas– que, controlados por los grupos que detentan el poder,
organizan el espacio en función de sus intereses.
Este espacio de flujos sustentado en redes forma parte de la lógica eco-
nómica dominante que, tal y como se ha venido señalando en el epígrafe
Trans for m a c i on e s s o c i o e c onóm i c a s , te r r itor i a l e s y ambi e nt a l e s 39
anterior, está estrechamente relacionada con procesos socioeconómicos
muy diversos que se manifiestan espacialmente mediante transformacio-
nes territoriales de especial intensidad y complejidad. De este modo la rela-
ción entre globalización, innovación tecnológica y conformación de redes
puede considerarse clave para entender no sólo las formas de organización
socioeconómica sino también las lógicas de articulación territorial.
Son múltiples los análisis que se han venido realizando sobre tales pro-
cesos y las interrelaciones entre ellos existentes, pero básicamente las in-
terpretaciones efectuadas al respecto pueden sintetizarse en las siguientes:
• La globalización supone la consolidación de un espacio econó-
mico integrado a escala mundial que, basado en la interdepen-
dencia empresarial y en la desregulación de los mercados, genera
unas dinámicas que trascienden lo meramente económico para
extenderse a los ámbitos social, político y cultural, influyendo
con ello decisivamente en el comportamiento de las sociedades y
los territorios y, en consecuencia, en la vida de la gente.
• La capacidad innovadora incide en la forma de inserción de em-
presas y territorios en un espacio global, desequilibrado y muy
cambiante, en el que se contraponen áreas innovadoras, muy
competitivas y dinámicas, que evolucionan con éxito, a otras que,
por el contrario, quedan estancadas e incluso marginadas al no
poder adaptarse a las continuas y aceleradas transformaciones
que se vienen produciendo.
• La densificación de flujos –materiales e inmateriales– conforma
densas redes que, controladas por los grupos que detectan el po-
der, organizan el espacio en función de la posición que ocupan en
ellas los distintos lugares. El espacio de las redes se convierte así
en la lógica espacial dominante de organización del poder.
Las transformaciones territoriales asociadas a tales procesos están
siendo de muy distinto signo, aunque todos ellos responden a las diversas
formas de articulación de las sociedades en un sistema global. La cre-
ciente importancia que supone la integración en dicho sistema, no sólo
para las empresas sino también para los territorios, les exige a unas y a
40 El g ran reto de la desig ualdad
otros aprovechar sus propias ventajas para intentar lograr dicha inserción
en una posición lo más competitiva que les sea posible. En este sentido,
“empiezan a revalorizarse y a identificares recursos alternativos, generali-
zándose cada vez más la tesis de que todo proceso de desarrollo requiere
la utilización imaginativa, racional, equilibrada y dinámica de todos los
bienes patrimoniales ya sean estos monetarios, humanos, físico-ambien-
tales, culturales o territoriales” (Caravaca, 1998, 6). Se producen así im-
portantes cambios que definen nuevas formas de organización espacial.
No hay que olvidar que las cadenas de valor globales controlan cada vez
más eficazmente la producción, distribuyéndola en distintas fases que se
llevan a cabo en diversos emplazamientos alejados entre sí y, en la mayor
parte de los casos, localizados en países diferentes. Dicha organización está
en buena medida determinada por el incesante aumento de la capacidad
innovadora que, al permitir fragmentar y descentralizar la producción,
es sin duda un factor fundamental para entender y explicar la formación
de un espacio de flujos en constante evolución que, pese a ser intangible,
afecta de forma muy concreta y a muy distintas escalas al dinamismo o
declive de los diversos ámbitos territoriales. Pero, a su vez, y “aunque no
de forma hegemónica y mucho menos exclusiva la dimensión territorial
permanece como componente sustantivo de muchos de los procesos que
moldean las sociedades contemporáneas” (Ferrao, 1996, 103). El espacio
adquiere, pues, una creciente relevancia en los procesos que conforman
las sociedades, al pasar de ser un mero escenario en el que transcurren los
acontecimientos a convertirse en un agente activo que influye decisiva-
mente en las relaciones socioeconómicas (Caravaca, 1998).
En este contexto, revisten especial interés las continuas modificaciones
experimentadas por el espacio abstracto de los flujos y las redes y la forma
en que estas últimas inciden en el espacio concreto de los lugares; no pue-
de esto extrañar puesto que, además de suponer un significativo cambio
en la lógica espacial anterior, provoca la aparición de nuevos desequili-
brios y desigualdades territoriales. Como ya antes se indica, el espacio de
flujos constituye la base de formas y dinámicas territoriales que, asentadas
en la existencia de redes y controladas por los grupos que detentan el po-
der, cambian de manera constante organizando el espacio en función de la
Trans for m a c i on e s s o c i o e c onóm i c a s , te r r itor i a l e s y ambi e nt a l e s 41
posición que ocupan en ellas los distintos lugares (Dollfus, 1997). Se trata
de la morfología socioterritorial de las sociedades actuales y de la lógica
espacial ahora dominante, siendo esencial la forma en que cada ámbito se
incluye o, por el contrario, queda excluido de dicha lógica.
Una vez más se pone de manifiesto que el espacio es un producto social
y que, como tal, origina continuos cambios relacionados con los modos de
acumulación del capital que contribuyen, a su vez, a la generación de des-
igualdades fuertemente asociadas al grado de integración o exclusión de
los distintos ámbitos al sistema económico-territorial ahora preponderan-
te, es decir, al espacio de las redes. En tal sentido, llama la atención Harvey
sobre “la emergencia de una nueva Geografía del desarrollo capitalista”
(Harvey, 1996, 245).
Hay que destacar dos características esenciales de esta lógica espacial.
Por una parte, tiene capacidad para actuar a escala mundial en tiempo
real; es decir, que el tiempo se hace instantáneo a escala planetaria, lo que
altera significativamente la relación entre las dos dimensiones fundamen-
tales de la vida: el espacio y el tiempo. Por otra, los flujos, ya sean éstos
materiales o inmateriales, conforman redes que, aunque en su mayor parte
sean intangibles, condicionan el dinamismo o el declive de los distintos
ámbitos territoriales.
Obviamente, el espacio de redes además de estar en constante evolu-
ción, se organiza en función de los nodos que enlazan los flujos, que están
conformados precisamente por aquéllas aglomeraciones urbanas en las
que se ejercen las principales funciones que rigen el comportamiento de la
economía a escala mundial: actividades financieras, tareas direccionales,
producción de conocimientos, tratamiento de la información... Se trata,
pues, de funciones ligadas al poder que está concentrado en los grandes
espacios urbanos considerados, en consecuencia, “los sistemas técnicos
y organizativos fundamentales en nuestro tipo de sociedades” (Castells,
1990, 17). Las aglomeraciones urbanas se convierten, por tanto, junto con
las redes de las que son parte fundamental, en las formas espaciales domi-
nantes de articulación del poder; en palabras de algunos estudiosos pue-
den considerarse las regiones “que ganan” (Benko y Lipietz, 1994).
42 El g ran reto de la desig ualdad
Todo esto se traduce en un cambio básico importante en la lógica te-
rritorial: las relaciones horizontales, de polo a polo, describen mejor la
realidad actual que las relaciones verticales, entre el polo y su hinterland;
el espacio organizado en redes es discontinuo y fragmentado, mientras
que, por el contrario, el espacio organizado según la distancia es conti-
nuo y jerarquizado (Veltz, 1996). Hay que tener en cuenta, además, que
la intensidad y la frecuencia de interacción entre dos puntos o nodos de
una red es más corta, frecuente o intensa si ambos pertenecen a la misma,
por lo que resulta fundamental la forma en que cada ámbito se incluye o
excluye en el espacio de las redes.
No obstante, no puede olvidarse que, yuxtapuesto al espacio abstracto
de flujos y redes, sigue estando presente el espacio concreto de los lugares,
aquel en el que se desarrolla la vida cotidiana de la gente y en el que se
establecen, por tanto, las principales relaciones entre las personas. El pri-
mero, pese a su indudable potencia, es un espacio abstracto más difícil de
apreciar; el segundo es un espacio concreto y, por ello, mucho mejor perci-
bido. Es imprescindible contemplar estas dos lógicas para poder examinar
la realidad espacial, comprenderla e interpretarla a distintas escalas, dado
que “el conocimiento de las situaciones locales exige descubrir y analizar
la forma en que los procesos de mundialización se internalizan en los lu-
gares” (Dollfus, 1997, 113).
Tan estrechas y complejas relaciones tienen sustanciales consecuencias:
frente a las relaciones de dominación/dependencia establecidas a lo largo
de la historia entre distintos ámbitos, el espacio de redes provoca la exclu-
sión de algunos territorios a los que deja completamente al margen; existe,
por tanto, una diferencia radical entre un espacio dominado/dependiente
y un espacio excluido. Como afirmaba Veltz (1996) al respecto, la segre-
gación disociada reemplaza a la asociada y el espacio excluido desplaza al
dependiente.
Esta lógica espacial está vinculada, por consiguiente, al reforzamien-
to de las desigualdades territoriales. Los nodos que conectan las redes y
entre los que discurren los principales flujos son los que concentran una
parte creciente de la riqueza y del poder, mientras que aquellos ámbitos
que se encuentran desconectados de las redes, no es ya que actúen como
Trans for m a c i on e s s o c i o e c onóm i c a s , te r r itor i a l e s y ambi e nt a l e s 43
subordinados, es que pueden quedarse al margen y, en consecuencia, ser
excluidos del sistema. Las desigualdades territoriales se manifiestan así
por el grado de integración o exclusión de los distintos ámbitos al sistema
socioterritorial dominante.
Pierde así sentido la tradicional contraposición realizada entre áreas
rurales, consideradas como espacios dominados, y áreas urbanas, tenidas
como espacios dominantes, pues, tanto en uno como en otro tipo de áreas,
pueden distinguirse ámbitos integrados al espacio global de los flujos y
redes mientras otros quedan excluidos. La consideración de la funciona-
lidad espacial y de las escalas es así un aspecto indispensable para poder
profundizar en el análisis de las desigualdades que afectan a los territorios.
Los capitales ligados a la llamada economía del conocimiento, a las ac-
tividades financieras, y a inversiones inmobiliarias –en gran medida de
carácter especulativo– mostraron desde hace tiempo su preferencia por
las grandes áreas urbanas y muy especialmente por aquéllas mejor conec-
tadas al espacio global de las redes, que son esencialmente las situadas en
los países más desarrollados. La desigual distribución espacial de las in-
versiones que favorece a los espacios urbanos afecta, entre otros aspectos,
a la calidad de vida urbana que “se ha convertido en una mercancía, como
la ciudad misma, en un mundo en el que el consumismo, el turismo, las in-
dustrias culturales y las basadas en el conocimiento se han convertido en
aspectos esenciales de la economía política urbana” (Harvey, 2008b, 31).
En este último sentido, no hay que dejar al margen los fuertes contrastes
existentes en el comportamiento interno de las grandes aglomeraciones
urbanas, ya que como contrapunto a la existencia de áreas centrales ricas,
innovadoras y concentradoras de poder, existen otras áreas con graves dé-
ficits estructurales, precarizadas y aquejadas de graves problemas sociales
que llevan aparejados importantes desórdenes. Dentro de las aglomera-
ciones urbanas, sus ámbitos centrales actúan así también como núcleos
de apropiación de todo tipo de recursos, contribuyendo a generar en su
entorno importantes desigualdades sociales, pobreza y marginación que
conforman lo que algunos llaman el “cuarto mundo” (George y Posluns,
1974). Resulta cuanto menos extravagante que, mientras se reduce la dis-
tancia física entre lugares, exista una gran distancia social en un mismo
44 El g ran reto de la desig ualdad
lugar; es lo que Dollfus evalúa como “una de las paradojas del mundo
actual” (Dollfus, 1997, 74).
Teniendo en cuenta lo anterior, es evidente que, aunque las grandes
ciudades globales se muestren “aparentemente como los puntos más fuer-
tes del territorio, son realmente los elementos más frágiles y vulnerables
del modelo y en ellos se concentrarán las principales tensiones del futuro”
(Fernández Durán - Vega Pindado, 1994). No es de extrañar que tales re-
flexiones lleven a considerar que se está produciendo en ellas “una explo-
sión del desorden” (Fernández Durán, 1993).
En definitiva, para conocer e interpretar las desigualdades territoriales
es obligado tener en cuenta la relación que se establece entre el espacio
abstracto y global de las redes y el espacio concreto y local de los lugares
(Veltz, 1996). Sólo así es posible entender las tensiones crecientes gene-
radas entre estos dos tipos de espacios –el global y el local– al existir “un
conflicto, que se agrava, entre un espacio local vivido por todos los vecinos
y un espacio global regido por un proceso racionalizador y un contenido
ideológico de origen distante, que llega a cada lugar con los objetos y las
normas establecidos para servirlos” (Santos, 1996, 128).
Los espacios dominantes, considerados por tanto centrales, se especia-
lizan en las actividades que generan más valor añadido y que demandan
empleos más cualificados; predominan así en ellos las funciones mejor
remuneradas, más intensivas en tecnología y de menor intensidad mate-
rial, que provocan menor impacto ambiental relativo. Por el contrario, en
los territorios que quedan más al margen, calificados como periféricos, se
concentran las actividades industriales más contaminantes, más intensivas
en trabajo humano y con empleos más precarios. Esta creciente especiali-
zación, derivada de un comportamiento económico desigual, acentúa los
desequilibrios espaciales y lleva aparejados impactos sociales y medioam-
bientales claramente diferenciados en unos y en otros territorios; hay que
recordar que es en los espacios centrales donde se localizan las principales
regiones urbanas, y que es precisamente en éstas donde el funcionamiento
del sistema tiende a plasmar una redistribución regresiva del ingreso que
beneficia a las personas más ricas. Se genera de este modo una intolerable
brecha social producida por la concentración del capital en manos de cada
Trans for m a c i on e s s o c i o e c onóm i c a s , te r r itor i a l e s y ambi e nt a l e s 45
vez menos personas, mientras una gran mayoría de la población se empo-
brece y crece el número de marginados.
Se origina, pues, una interacción entre el proceso social y la forma es-
pacial cuyo conocimiento es obligado para llevar a cabo el análisis de las
desigualdades territoriales, teniendo también muy presente que la gran
ciudad capitalista actúa como una maquina generadora e intensificado-
ra de desigualdades que acumula injusticias y contribuye a empeorar las
condiciones de vida de los grupos sociales más desfavorecidos (Fernández
Durán, 2011). La Figura 1.2 pretende recoger las principales transforma-
ciones experimentadas por las lógicas espaciales que condicionan la con-
formación de desigualdades entre territorios.
Figura 1.2. Transformaciones en las lógicas espaciales.
Fuente: elaboración propia.
46 El g ran reto de la desig ualdad
A los procesos de flexibilización y fragmentación productiva y a la cre-
ciente automatización del trabajo, vinculados a la Revolución Tecnológica
y a la globalización de la economía, hay que añadir los cambios espaciales
ocasionados por la deslocalización de los procesos de producción. Como
es sabido, esto conlleva a que las empresas transnacionales se organicen
en redes planetarias que aprovechan las ventajas competitivas derivadas
de cada ámbito territorial, sirviéndose, además, de los llamados paraísos
fiscales tanto para ocultar ingresos como para eludir impuestos, contribu-
yendo de este modo sustancialmente al crecimiento de las desigualdades
socioterritoriales.
Interesándose por los acelerados cambios que se vienen produciendo
en la relación globalización/territorio, reflexiona Ollivro acerca de lo que
considera una “impresionante dinámica de ‘re-territorialización’ de las so-
ciedades” (Ollivro, 2011, 7).
Sostiene dicho autor, que se trata de un proceso de “mundialización pa-
radójica” relacionado con el hecho de que, mientras se generaliza e inten-
sifica la comunicación a distancia en tiempo real a través del ciberespacio,
crece la incertidumbre respeto a la capacidad futura de desplazamientos
mecánicos en un contexto en que la crisis energética, vinculada al pico
del petróleo, puede obligar a reducir la movilidad. Se pregunta al respec-
to el citado autor si estos procesos van a promover una nueva economía
más localizada, vinculada a la creación de un orden alternativo al actual,
y llama la atención acerca de la paradoja que supone que, mientras por
primera vez en la historia de la humanidad haya acceso prácticamente
generalizado a una información común y gratuita, se encarezcan los costes
de los transportes de las personas y mercancías. En relación a esto último,
y para hacer referencia a lo que considera “una nueva economía de los
territorios” resalta el autor la importancia que pueden llegar a tener los
ámbitos locales en la consolidación de un modelo alternativo y diametral-
mente opuesto al actual que, como es sobradamente sabido, está basado en
la existencia de energía fósil suficiente, deslocalización de las actividades
productivas y financiarización de la economía (Ollivro, 2011).
Llegado este punto y en lo que respecta a las lógicas espaciales, pueden
sacarse al menos cuatro conclusiones básicas:
Trans for m a c i on e s s o c i o e c onóm i c a s , te r r itor i a l e s y ambi e nt a l e s 47
• Las desigualdades territoriales se asocian a la forma de integra-
ción de los distintos ámbitos en el espacio global de las redes.
• El creciente interés de los territorios por posicionarse bien en di-
cho espacio les obliga a poner en valor sus recursos.
• El territorio, concebido antes como mero soporte físico de los
procesos socioeconómicos, se considera ahora un recurso com-
petitivo.
• Surgen nuevas formas de desigualdad, algunas vinculadas a la
marginación y a la exclusión socioterritorial.
Parece evidente que en un contexto tan complejo y cambiante como el
que vivimos son cada vez más necesarias reflexiones colectivas que tengan
por objeto diseñar propuestas con las que superar un modelo económico
que, sustentado en los intereses de una minoría, no sólo no está contribu-
yendo a resolver los problemas de una gran parte de la población, sino que
los agrava considerablemente generando, además, nuevas disfunciones y
desigualdades.
Completar dichas reflexiones exige incluir también en este capítulo las
que atañen a los impactos ambientales que, en estrecha relación con los
procesos antes comentados, se vienen produciendo. Se trata de procesos
que están alterando gravemente el funcionamiento de los ecosistemas, in-
duciendo con ello el cambio climático.
1.3. Alteraciones de los ecosistemas y
problemas ambientales
A lo largo del siglo xx, y muy especialmente en su segunda mitad, se
fue intensificando un proceso de deterioro ambiental, ya antes existen-
te, que ha devenido en una crisis ecológica de proporciones alarmantes
y que puede considerarse un factor determinante de la profunda crisis
civilizatoria en la que estamos inmersos. Se ha pasado así de percibir a
la Biosfera como dominio inagotable que proporciona recursos básicos
para la vida y permite asumir los desechos originados en los procesos
de producción, distribución y consumo, a constatar que ha superado ya
48 El g ran reto de la desig ualdad
su capacidad, tanto en uno como en otro sentido, provocando una vio-
lenta degradación del medio geofísico. Como afirman algunos expertos,
hay que observar tal proceso como una verdadera mutación histórica,
de proporciones hasta ahora desconocidas, que puede considerarse el
inicio de una nueva era geológica, el Antropoceno que, sustituyendo al
Holoceno, está determinada por el crecimiento descontrolado del siste-
ma urbano-agro-industrial en el planeta Tierra (Fernández Durán, 2011;
Fernández Durán - González Reyes, 2014).
Es un hecho comprobado que el modelo económico dominante y el
crecimiento irrefrenable del consumo llevan aparejado un proceso des-
controlado de extracción de recursos, que en buena parte son finitos, sin
tener suficientemente en cuenta, además, los problemas provocados por
los residuos generados por la producción y por el consumo. Todo ello lle-
va aparejado un proceso destructivo del planeta que se ha traducido en
la consolidación de una crisis ecológica de dimensiones hasta ahora des-
conocidas, que está asociada al cambio climático y a la proliferación de
problemas ambientales que se distribuyen por el espacio muy desequili-
bradamente.
Teniendo en cuenta la intensidad y la gravedad de estos procesos, pa-
rece oportuno hacer referencia al conjunto de transformaciones socioe-
conómicas, territoriales y ambientales que, originadas por la actividad
humana, están contribuyendo a un cambio global al alterar arduamente
el funcionamiento del sistema Tierra. Por su parte, el cambio climático se
refiere al efecto de la actividad humana sobre el sistema climático, siendo
una de las consecuencias del cambio global que, como antes se señala,
afecta no sólo al clima, sino también a otros aspectos fundamentales para
el funcionamiento de los sistemas físico y socioeconómico. “La interac-
ción de los propios sistemas biofísicos entre sí y entre éstos y los sistemas
sociales, para amplificar o atenuar sus efectos, es una característica esen-
cial del cambio global que dificulta la predicción de su evolución” (Duarte,
2006, 23).
Si, en su momento, el desarrollo tecnológico permitió la sustitución de
ciertos recursos naturales por otros sintéticos, no logró frenar su sobreex-
plotación lo que, entre otros muchos efectos, contribuyó a agravar la crisis
Trans for m a c i on e s s o c i o e c onóm i c a s , te r r itor i a l e s y ambi e nt a l e s 49
energética, asociada a lo que se ha dado en llamar “el pico del petróleo”,
mientras generaba, a su vez, una crisis alimentaria y otra ecológica-am-
biental estrechamente vinculadas no sólo al cambio climático sino al cam-
bio global.
Son muestras significativas de la crisis ecológico-ambiental la progre-
siva degradación de la biosfera, las alteraciones de los ecosistemas vincu-
ladas a las pérdidas de masas forestales, las desapariciones/mutaciones de
ciertas especies, la contaminación de suelos y aguas, las deficientes calida-
des de la alimentación industrializada... Está, además, sobradamente de-
mostrado que un modelo económico basado en la extracción y utilización
masiva de recursos –en buena parte no renovables– que utiliza procesos
productivos en gran medida contaminantes, y que es además generador
de grandes cantidades de residuos –muchos de los cuales son indestructi-
bles– es no sólo inviable actualmente sino también y sobre todo insosteni-
ble en un futuro no muy lejano.
En este contexto y, como afirma Naredo, no basta con defender la con-
servación del medio natural “hay que asumir y aclarar que la ideología
de la producción y del mercado contribuye hoy sobre todo a encubrir las
prácticas de extracción y adquisición de riqueza amparadas por el poder,
que están al orden del día y que se sitúan en la base de los llamados ‘dete-
rioros ambientales’” (Naredo, 2019, 17). Ciertamente, mientras se enfati-
zan positivamente los valores relacionados con la producción, la renta y el
consumo, se encubren los efectos indeseados que estos originan; se desvía
de este modo la atención “desde la adquisición y redistribución de riqueza
hacia la producción de la misma (mediante el trabajo); todo se considera
producción, aunque sea mera extracción, demolición, contaminación y
deterioro” (Naredo, 2019, 51).
Partiendo de lo anterior, son tres los aspectos que es inexcusable con-
templar:
• Las formas en que se utilizan los recursos
• Los métodos que se emplean para transformarlos y procesarlos
• Las aptitudes y tácticas adoptadas respecto a los residuos y verti-
dos generados en tales procesos
50 El g ran reto de la desig ualdad
En cuanto a los recursos, su explotación indiscriminada e intensiva
afecta ineludiblemente, pero de forma contradictoria, a los distintos ámbi-
tos espaciales y grupos sociales contribuyendo con ello irrevocablemente
a la aparición de desigualdades.
Constituye un ejemplo ilustrativo que el consumo mundial de un re-
curso tan básico e insustituible como el agua sea enormemente desequi-
librado y esté directamente relacionado con los niveles de renta; en este
último sentido es verdaderamente inadmisible que más de mil millones
de personas no tengan acceso directo al agua, un recurso que, siendo im-
prescindible para la vida, se ha convertido en un bien que no sólo es esca-
so, sino cada vez más mercantilizado y contaminado. “Esa mitad del agua
dulce del mundo, que utiliza el sistema urbano-agro-industrial global, es
luego devuelta al ciclo hidrológico en general contaminada, provocando
una degradación aún mayor de este recurso y una mayor dificultad por
tanto de acceso al mismo” (Fernández Durán, 2011, 17). Por una parte, no
hay dejar al margen el mal uso que se viene haciendo del agua freática, un
recurso que, aunque se puede regenerar, necesita para hacerlo periodos
de tiempo muy largos que generalizadamente no se respetan. Por otra, el
proceso hidrológico trasciende a lo que respecta al agua dulce, afectando
también y de manera muy preocupante a los mares y océanos al convertir-
los en verdaderos contenedores y sumideros de residuos; lo que conlleva
una trascendental pérdida de flora y fauna marinas. Se está produciendo,
pues, una profunda alteración de toda la hidrosfera.
Se suma a lo anterior, la potente actividad extractiva que se viene reali-
zando desde hace siglos, mediante la que se han acaparado indiscrimina-
damente minerales y combustibles fósiles que se fueron concentrando en
la corteza terrestre a lo largo del tiempo geológico. Cobra especial relieve
el caso del petróleo, dado que los recursos existentes del mismo se están
reduciendo a tanta velocidad que los expertos sostienen la tesis del llama-
do “pico del petróleo”, marcado por el momento en el que se alcanza una
tasa máxima de extracción global a partir de la cual su producción entra
en un declive terminal (Fernández Durán, 2008; Fernández Durán - Gon-
zález Reyes, 2014).
Trans for m a c i on e s s o c i o e c onóm i c a s , te r r itor i a l e s y ambi e nt a l e s 51
Junto a la gravedad que infiere la escasez energía, empieza a percibirse
la insuficiencia de otros materiales, lo que conduce a un nuevo extractivis-
mo, cada vez más generalizado, que trasluce un cambio cualitativo sobre
lo que significaba la minería tradicional. Por un lado, se centra cada vez
más la atención en materiales asociados a las nuevas tecnologías, frente
a los tradicionales (carbón y hierro). Por otro, van quedando al margen
formas de extracción asociadas a la Primera Revolución Industrial; y al
interés por el petróleo, el gas natural y el uranio, vinculados a la Segunda;
entrando en una tercera fase de extractivismo que atañe tanto a los pro-
ductos como a las estrategias utilizadas para obtenerlos.
La toma de conciencia de la limitación de reservas, no sólo del petróleo
sino también del gas natural y del uranio, y de los impactos derivados del
calentamiento global, lleva a centrar cada vez más el interés en el uso de
las energías renovables y en la utilización de nuevos materiales ligados a
productos nuevos. A diferencia de las fases extractivas anteriores, basadas
en el uso intensivo de mano de obra que trabajaba en peligrosas y penosas
condiciones, en esta nueva fase la minería se ha convertido en una activi-
dad intensiva en el uso de maquinaria y energía que trabaja a cielo abierto,
lo que provoca impactos territoriales mucho mayores y consistentes que
los provocados en etapas previas.
Lamentablemente, el modelo económico vigente utiliza criterios de va-
loración que sólo tienen en cuenta los costes monetarios de la extracción,
mientras dejan absolutamente al margen los relativos a la reposición de
los materiales obtenidos “incentivando así, implícitamente, la extracción
frente a la recuperación y el reciclaje.” Y no hay que olvidar, además, que
“son las fases finales de gestión, comercialización y venta de los procesos
llamados de producción las que se llevan la parte del león de la creación
de valor, mientras que las fases iniciales de extracción y elaboración, con
costes físicos elevados y trabajos más penosos, son las menos retribuidas”
(Naredo, 2019, 62 y 63).
Respecto a los procesos de producción, es bien sabido que el funcio-
namiento de ciertas actividades económicas genera una significativa con-
taminación del medio. Esta profanación del medio, además de perturbar
gravemente a los ecosistemas, es actualmente la cuarta causa mundial de
52 El g ran reto de la desig ualdad
mortalidad. Tal deterioro no se limita a la atmósfera sino que afecta tam-
bién a las aguas, a la vegetación, a los suelos y al subsuelo, siendo respon-
sables de ello buena parte de las industrias y muy especialmente de las
clasificadas como químicas, que están contribuyendo en gran medida a
la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera, un compuesto
químico que es el principal causante del calentamiento global.
Si la industria química es una de las principales actividades emisoras de
este gas, contribuye también a estas emisiones la agricultura industrializa-
da que, a su vez, es responsable de la destrucción de bosques que actúan
como escudo protector contra él. Junto a lo anterior, el uso agrícola inten-
sivo de los suelos provoca en ellos una fuerte erosión y salinización que
lleva consigo una pérdida de fertilidad; y a ello hay que añadir el fomento
de monocultivos que ocasionan la pérdida de masa forestal y la sustitución
de bosques originarios por reforestaciones con especies no autóctonas de
crecimiento rápido (como es el caso de los eucaliptos) que degradan los
ecosistemas, lo que también contribuye a mermar la biodiversidad.
La consolidación de sistemas agroindustriales que, en manos de gran-
des corporaciones, promueven un crecimiento económico asociado a la
producción a gran escala de monocultivos y semillas transgénicas y a la
utilización de pesticidas y otros productos químicos, tiene un gran poder
sobre los precios; y domina, a su vez, un sistema de patentes que deja cada
vez más al margen a pequeños agricultores que son esenciales para pro-
veer de alimentos a las sociedades más pobres. No hay que dejar tampoco
al margen los impactos causados por un modelo de gestión ganadera de
carácter intensivo –muy alejado del tradicional, supeditado a las condicio-
nes del medio e integrado de forma natural en él– que no solo contribuye
en gran medida a la contaminación ambiental, sino que produce también
importantes daños en las condiciones de vida de los animales, a la vez
que favorece hábitos de consumo que son perjudiciales para la salud de
las personas. Estos sistemas agroindustriales extractivos, productivistas y
depredadores, además de generar graves desigualdades sociales y una cre-
ciente pobreza, causan serios deterioros a los ecosistemas y contribuyen
sustantivamente a la aceleración del cambio climático.
Trans for m a c i on e s s o c i o e c onóm i c a s , te r r itor i a l e s y ambi e nt a l e s 53
El agresivo comportamiento ambiental del modelo económico domi-
nante está relacionado, además, con el funcionamiento de muchas otras
actividades. Una parte notable de la contaminación atmosférica está pro-
vocada por el transporte de mercancías a larga distancia que, a su vez, fa-
cilita el establecimiento de relaciones de dependencia entre los territorios
abastecedores de recursos minerales y productos primarios y los que con-
trolan las tareas de elaboración, comercialización, gestión y ventas; de este
modo, junto a la dominación económica ya antes comentada, se produce
una explotación ecológica de muchos territorios agravando las condicio-
nes de vida de la mayor parte de sus habitantes. A su vez, el transporte
aéreo de personas, que sustenta el desarrollo del turismo globalizado, es
otra de las actividades ambientalmente más contaminantes y, por ende,
perjudiciales para las condiciones de vida en el planeta tierra al ser en gran
medida responsable del llamado efecto invernadero (Gössling, 2002).
Otro tanto ocurre con las industrias y actividades incluidas en la llama-
da sociedad de la información puesto que “cada ordenador que utilizamos
supone extraer y procesar unas 1000 veces su peso en materiales, con el
transporte de productos que ello implica y los impactos ecológicos que su
producción supone” (Fernández Durán, 2011, 52). A ello hay que añadir
la producción y el uso de los móviles y los televisores, y el alto consumo de
energía eléctrica que su uso requiere.
En lo que concierne a los residuos, ya sean éstos sólidos, líquidos o
gaseosos, es un hecho comprobado que están experimentando un creci-
miento exponencial muy difícil de controlar, y ello pese a que muchos son
clasificados como contaminantes y peligrosos. Esto se explica “porque en
la segunda mitad del siglo xx, y especialmente en sus últimas décadas,
hemos entrado de lleno en una civilización consumista basada en el ‘usar
y tirar’, lo que ha dificultado aún más el cierre de los ciclos de materia-
les, y ha agravado las consecuencias de la contaminación urbano-agro-in-
dustrial” (Fernández Durán, 2011, 13). Hay que añadir a lo anterior que
la búsqueda de mayor rentabilidad para la distribución a gran escala, ha
supuesto la generalización del uso de envases que no son ni retornables
ni reciclables; a su vez, la expansión experimentada por el comercio vir-
tual, en buena parte a larga distancia y que, obviamente, lleva asociado su
54 El g ran reto de la desig ualdad
transporte, requiere que los productos no sólo sean empaquetados sino
también sobre embalados, contribuyendo con ello significativamente a la
acumulación de residuos.
Como se viene señalando, todas estas disfunciones, problemas y con-
flictos se vinculan directamente a una lógica económica que se ha demos-
trado insostenible, no sólo desde la perspectiva ambiental, sino también
desde la social, la territorial e incluso la económica.
Dicha lógica está siendo directamente responsable de un deterioro sin
precedentes de los ecosistemas que inexorablemente conduce al cambio cli-
mático que está condicionando el futuro de los habitantes del planeta. Se
trata de una amenaza de excepcional importancia que cada vez se evidencia
con más presencia y contundencia en la multiplicación de sequías extremas,
tornados y lluvias torrenciales, regresiones de glaciares y casquetes polares
con la consiguiente subida del nivel del mar, intensificación de procesos de
desertización, quema de bosques, pérdida de biodiversidad... Constituyen
ejemplos representativos de los graves impactos derivados del cambio cli-
mático las crisis que, asociadas a una sequía extrema, varias inundaciones
y plagas de langostas que arrasan los cultivos, ponen en riesgo la seguri-
dad alimentaria de los países del llamado Cuerno de África: Gibuti, Eritrea,
Etiopia, Kenia, Somalia, Sudán del Sur, Sudán y Uganda. La contundencia
de tales riesgos evidencia que no pueden tratarse aisladamente como me-
ros problemas ambientales, sino que requieren de actuaciones de profundo
calado que permitan “reconvertir el metabolismo económico que puso en
marcha la civilización industrial” (Naredo, 2019, 70).
Para analizar los impactos territoriales que todos estos procesos con-
llevan se está utilizando la llamada “huella ecológica”, un indicador que
sirve para medir la capacidad de los sistemas socioeconómicos a través de
los inputs y outputs que reciben y generan. Por un lado, permite calcular
la capacidad biológica de producción que tienen los territorios; por otro,
evaluar los flujos de materiales y energía consumidos por la población que
los habita y por la actividad económica que ésta realiza; no deja tampoco
al margen los residuos que con tales procesos se generan (Cano Orellana,
2009). Reducir la huella ecológica es un reto a superar que requiere trans-
formaciones muy intensas en las formas de producir, de reciclar y de vivir.
Trans for m a c i on e s s o c i o e c onóm i c a s , te r r itor i a l e s y ambi e nt a l e s 55
Pero, como es sabido, no todos los territorios ni todos los grupos so-
ciales son consumidores en igual medida de los recursos naturales y tam-
poco inciden de igual modo en la pérdida de biocapacidad del planeta
tierra. Los países calificados como desarrollados han ido adquiriendo una
enorme deuda ecológica con los países desfavorecidos, ya que el estatus
de “ganadores” que ahora ostentan los primeros no hubiese sido posible
sin el largo proceso de expolio de recursos de los segundos, generándose
así daños ambientales nunca reparados y condicionados a una pérdida de
soberanía alimentaria, a la vez que se utilizan sus espacios como depósitos
de residuos y vertidos contaminantes. Este comportamiento desigual está
teniendo un muy preocupante reflejo territorial; los países más ricos acre-
cientan su nivel de vida internalizando las ventajas ambientales, mientras
externalizan sus costes; siendo los más desfavorecidas los que sufren en
mayor medida los impactos ecológicos derivados de un crecimiento des-
controlado, irresponsable y ajeno.
De este modo los impactos y riesgos ambientales asociados al capitalis-
mo global, pese a tener su origen en los países más ricos, industrializados
y poderosos, afectan con mayor intensidad, frecuencia y gravedad a los
menos desarrollados, pobres y con economías subsidiarias y dependien-
tes. Los riesgos ambientales no repercuten, pues, de la misma forma en los
llamados espacios centrales y periféricos ya que, dadas las relaciones de
poder a escala mundial, los primeros consiguen controlar en mayor medi-
da los efectos indeseados del crecimiento económico, mientras se expor-
tan éstos a los segundos en los que, además, se multiplican e intensifican.
Los espacios “ganadores”–ya se trate de países, regiones, o aglomeraciones
metropolitanas– acumulan capital y atraen a población sobre-consumi-
dora de recursos y sobre-generadora de residuos; como contrapunto a lo
anterior, es precisamente de los ámbitos “perdedores” de dónde se extrae
la mayor parte de los recursos naturales, mientras sirven a la vez de conte-
nedores de buena parte de los residuos, desechos y vertidos.
Otro tanto ocurre si se tiene en cuenta otra escala espacial, puesto que
son igualmente los ámbitos centrales de los núcleos urbano-metropoli-
tanos y dentro de ellos sus élites y clases medias, los que más absorben,
gastan e incluso derrochan capacidad biológica, que en su mayor parte
56 El g ran reto de la desig ualdad
importan, mientras que utilizan a los espacios periféricos, en los que ha-
bitan los grupos sociales más desfavorecidos, como sumideros de sus re-
siduos y vertidos. Se pone así de manifiesto que “las personas más pobres
son las primeras y principales afectadas por la destrucción del medio am-
biente y los efectos del cambio climático. Sin embargo, son las personas
más ricas quienes tienen un mayor impacto sobre los recursos de nuestro
planeta, frágiles y finitos” (Oxfam, 2014, 47).
Desde la perspectiva que aquí interesa es evidente, pues, que el cambio
ambiental global, en el que se incluye el climático, está contribuyendo de-
cisivamente a la intensificación de las desigualdades ya antes existentes, así
como a la conformación de otras nuevas que empiezan a manifestarse de
formas muy diversas y cada vez con consecuencias más extremas y demo-
ledoras. Es el caso, entre otros, del aumento de la mortalidad causada por
contaminación ambiental, pero también de la aparición de enfermedades
causadas por nuevos y letales virus, de los que el COVID-19 es sin duda
el ejemplo más paradigmático. En tal sentido, para intentar prevenir fu-
turas pandemias hay que asumir que es preciso cuidar los filtros naturales
que reducen el riesgo de patógenos que dañan a la especie humana; y que
hay que aceptar, a su vez, que, aunque ésta tiene muchas capacidades para
revertir los procesos agresivos y contaminantes, tiene también muchas li-
mitaciones que la economía convencional se niega a aceptar.
Ante un contexto tan injusto y desordenado “no es de recibo que, en la
era de los satélites y los SIGs, no exista ni se divulgue un seguimiento com-
pleto y actualizado del estado del territorio planetario, cuando se enarbola
formalmente la bandera de la sostenibilidad”. Cargar todas las preocupa-
ciones “sobre el ‘cambio climático global’, soslayando lo que ocurre con la
incidencia de la especie humana sobre el territorio, asociada a un metabo-
lismo tan ávido de recursos y pródigo en residuos como el actual, no pinta
nada bien” (Naredo, 2019, 86 y 88). Parece más que evidente que no es
posible corregir los efectos del cambio ambiental global sin trabajar seria-
mente para contener y evitar todas aquéllas causas que son responsables
de que éste se produzca; en tal sentido, como advertía Fernández Durán
hace ya una década, “la expansión del capitalismo global está chocando ya
con la Biosfera, aparte de con todo un conjunto de límites sociopolíticos,
Trans for m a c i on e s s o c i o e c onóm i c a s , te r r itor i a l e s y ambi e nt a l e s 57
lo que le conducirá a un profundo colapso en el siglo xxi que tendrá re-
percusiones civilizatorias” (Fernández Durán, 2011, 59).
Resulta paradójico que, aunque nunca antes el ser humano tuvo a su
disposición tantos recursos, tanta capacidad de gestionarlos y tanto ca-
pital que podría estar disponible para hacerlo, tampoco tuvo nunca tanta
irresponsabilidad respecto a los deterioros ambientales producidos. Ante
tal situación, el análisis de las desigualdades, sociales, territoriales y am-
bientales debe vincularse a modelos equilibrados de desarrollo que deben
relacionarse con las dos dimensiones fundamentales de la vida: el tiempo
y el espacio.
Figura 1.3. Relaciones entre procesos de desarrollo y territorio.
Fuente: elaboración propia.
Como intenta sintetizar la Figura 1.3, el desarrollo ambientalmente sos-
tenible es una forma de solidaridad en el tiempo, puesto que los impactos
medioambientales generados en el presente afectan al ecosistema y pueden
provocar riesgos a los que tendrán que hacer frente futuras generaciones.
El desarrollo equilibrado está asociado a la solidaridad en el espacio, ya
que las desigualdades espaciales suponen una grave falta de equidad terri-
torial. Integrando estas dos concepciones del desarrollo, surge la categoría
conceptual de desarrollo territorial, entendiendo como tal aquel que une
la cohesión social, con la equidad territorial y la sostenibilidad ambiental.
58 El g ran reto de la desig ualdad
Está ya suficientemente demostrado que la lógica económica capita-
lista, asociada a modos de dominación neocoloniales y a una creciente
explotación laboral, ha dado lugar a intensas transformaciones socioeco-
nómicas, territoriales y ambientales que han venido provocando fuertes
desigualdades, una creciente pobreza y una intensa destrucción ecológica
coaligada a un cambio climático cuyas consecuencias pueden ser devas-
tadoras. Es, pues, imprescindible plantearse como oponerse a que sigan
predominando los intereses de las élites para, transformando las estruc-
turas de poder, buscar alternativas económicas que, respetando la natu-
raleza –desde la biodiversidad al natural funcionamiento de los ecosiste-
mas– contribuyan a promover el bienestar de las sociedades, la cohesión
de los territorios y la armonía medioambiental.
Para contribuir a la regeneración del planeta, los procesos biológicos
tienen que cuidarse, por lo que hay que aliarse con la naturaleza en vez de
actuar contra ella dado que la biodiversidad y la multifuncionalidad son
características de los sistemas naturales que no se pueden perder. Se trata
de utilizar los recursos naturales respetando las capacidades y límites bio-
lógicos de los distintos territorios y distribuir con equidad los productos
con ellos obtenidos, pero también los residuos, desechos y vertidos gene-
rados para producirlos y consumirlos. Y hacerlo no pensando únicamente
en los derechos de las futuras generaciones humanas –lo que supone el
mantenimiento de la inadecuada visión antropocéntrica de la vida– sino
en los de todos los seres vivos sean estos de las especies que sean.
No es suficiente buscar sólo formas de revertir daños, es más importan-
te aún aprender a prevenirlos. Para ello hay que centrar la atención en las
actuaciones locales en dónde éstas pueden ser más precisas y concretas;
sin olvidar que es inevitable la cooperación a escala global para conseguir
avanzar en la consecución de cambios. Todo ello sin olvidar que a medi-
da que pasa el tiempo se van perdiendo opciones de revertir y recuperar
las alteraciones medioambientales ya ocurridas. Es un importante desafío
para la especie humana que necesita motivarse para cambiar su relación
actual con la naturaleza.
Por consiguiente, es necesario compatibilizar desarrollo y conserva-
ción no sólo para dejar de deteriorar la naturaleza sino también para
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contribuir a regenerarla. Ello exige el uso de tecnologías cuyo desarrollo
sea más local e independiente y, por ello, más fáciles de entender, uti-
lizar, y reparar y que, además, sean eficientes y ambientalmente respe-
tuosas. Pero también requiere entender que crecimiento no equivale a
desarrollo y que cualquier exceso de producción y de consumo es nega-
tivo y, sobre todo, imposible. Por ello, “quienes sean capaces de vivir con
menos energía, menos recursos y menos tecnología tendrán una ventaja
comparativa. Eso será una ventaja de oportunidad de nuevas sociedades
ecocomunitarias... con menos energía disponible y de origen renova-
ble...una economía más local, energía más descentralizada, menor ca-
pacidad de explotación laboral, menos herramientas que controlar, etc.”
(Fernández Durán - González Reyes, 2014, 327).
Para mitigar el proceso de deterioro ambiental empieza a imponerse el
concepto de ecocidio, con el objetivo de que la destrucción de la naturale-
za pueda tener consecuencias penales. Regenerarla, teniendo a su vez en
cuenta el grave riesgo que supone que se incrementen las perturbaciones
en el funcionamiento del planeta, requiere la colaboración de la comuni-
dad científica, los líderes políticos y el conjunto de la sociedad (Duarte,
2006). Hay que tener muy presente que el objetivo prioritario del proce-
so económico debería ser la prosperidad de la vida en general, evitando
aquéllas formas de funcionamiento económico centradas en el enriqueci-
miento y la obtención de lucro de una parte de la especie humana a costa
de deteriorar su entorno natural. Y ello, además, sin tener para nada en
cuenta que otras formas de vida son igualmente necesarias para la viabili-
dad ecológica y la correcta articulación de los ecosistemas.
Concluye aquí este primer capítulo que, centrado en el análisis del
marco general de referencia, trata de considerar aquellos procesos bási-
cos que condicionan y explican los comportamientos socioeconómicos,
territoriales y ambientales. Su conocimiento resulta indispensable para
identificar y entender las causas de fondo que explican la existencia de
las desigualdades y su mayor o menor incidencia en las sociedades y los
territorios. Una vez realizada esta tarea, será el momento de buscar solu-
ciones a los problemas, consensuando estrategias de actuación que dig-
nifiquen las formas de pensar y de vivir para avanzar hacia verdaderos
60 El g ran reto de la desig ualdad
procesos de desarrollo que contribuyan a mejorar el funcionamiento de
las sociedades, la equidad de los territorios y la sostenibilidad de los eco-
sistemas, ennobleciendo, a su vez, la vida de las personas.