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Fitzpatrick - Revolución Rusa

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FITZPATRICK – LA REVOLUCIÓN RUSA

Fue la revolución de febrero de 1917, que llevó a la abdicación del emperador Nicolás II y la
formación del gobierno provisional.

1917: LAS REVOLUCIONES DE FEBRERO Y OCTUBRE

En febrero de 1917, la autocracia se derrumbó ante las manifestaciones populares y el retiro


del respaldo de la elite al régimen. En la euforia de la revolución, las soluciones políticas
parecían fáciles. Pero las esperanzas y expectativas de febrero se derrumbaron.

El poder dual (como un acuerdo interino de coexistencia del gobierno provisional,


representación de la revolución de elite, y el soviet, portavoz de la revolución del pueblo)
resultó ser una ilusión que enmascaraba vacío de poder. La revolución popular se hizo cada vez
más radical, mientras la revolución de elite se desplazó hacia la ley y el orden. El consenso de
febrero comenzó a agrietarse.

Mientras que otros partidos competían por cargos en el gobierno y convocaban a la mesura,
los bolcheviques se mantuvieron en las calles con la multitud revolucionaria. El gobierno
provisional sucumbió al golpe de izquierda de los bolcheviques. La tan esperada Asamblea
Constituyente fue disuelta. Se produjo el paso directo del febrero democrático al octubre rojo

La revolución no llevó la democracia liberal a Rusia. En cambio, trajo la anarquía y la guerra


civil. La política abierta, democrática y pluralista que imperó en Rusia en los meses que
siguieron a febrero fue subvertida y culminó con la toma ilegal del poder por parte de los
bolcheviques en octubre mediante un golpe organizado. Su tradición de organización
centralizada y estricta disciplina partidaria llevó al nuevo régimen al autoritarismo represivo
y echó los cimientos para la ulterior dictadura de Stalin.

La revolución de febrero y el “poder dual”

En la última semana de febrero, el descontento llevó a las calles a una multitud que no pudo
ser disuelta por las autoridades: los regimientos se unieron a la revuelta.

En los días que siguieron a la abdicación de Nicolás, se decidió que la futura forma de gobierno
del país sería determinada por una asamblea constituyente y que, entre tanto, un gobierno
provisional autodesignado, derivado de la Duma, se haría cargo.

Pero la revolución de febrero había producido no una sino dos autoridades que aspiraban a un
papel. La segunda era el soviet de Petrogrado. La relación de “poder dual” emergió en forma
espontánea, y el gobierno lo aceptó en buena parte porque no tenía más remedio. (El gobierno
provisional no tiene ningún poder real. Solo existe en tanto el soviet le permite hacerlo)

Pero las filas del soviet no eran tan cautelosas, y antes del establecimiento formal, se propaló la
orden núm. 1, que tenía fuertes connotaciones de guerra de clases y no daba esperanza alguna
sobre la posibilidad de cooperación.

La hostilidad popular hacia el gobierno provisional “burgués” creció a medida que aumentaba
el rechazo hacia la guerra y la situación económica se deterioraba.
Los bolcheviques

Para el momento de la revolución, todos los principales bolcheviques habían emigrado o


estaban exiliados.

Cuando Lenin regresó, ya apuntaba a la segunda etapa de la revolución: al derrocamiento de la


burguesía por el proletariado:

● “Todo el poder a los soviets”: los soviets aún serían las instituciones clave en la
transferencia de autoridad de la burguesía al proletariado. Era, en efecto, un llamado a
la guerra de clases.
● “Paz, pan y tierra”:
No solo significaba retirarse de la guerra imperialista, sino reconocer que para tal
retirada se volvía necesario derrocar al capital.
Significaba confiscación de los terratenientes y re-distribución a los propios
campesinos.

Con su postura intransigente, los bolcheviques ganaban apoyo popular, mientras los socialistas
de la coalición lo perdían en el aislamiento y el descrédito. El Partido Bolchevique fue el que
impuso la radicalización estratégica, se hizo portavoz del creciente descontento general y se
convirtió en depositario de las aspiraciones populares.

La revolución popular

Para los soldados, la revolución de febrero era una promesa de que la guerra no tardaría en
concluir.

En las fuerzas armadas, el “antagonismo de clase” entre oficiales y tropas había socavado
hondamente el espíritu de solidaridad patriótica del ejército.

La revolución de febrero había dado nacimiento a un formidable surtido de organizaciones


obreras, y el ánimo solía ser radical.

Cuando el Gobierno Provisional decidió continuar la guerra Los bolcheviques pusieron a


milicias obreras bajo su control y los convirtieron en la Guardia Roja (más tarde, el Ejército
Rojo) sobre las que ejercían un control sustancial.

Para mayo de 1917, los bolcheviques tenían una posición dominante y controlaban la mayor
parte del país

Las crisis políticas del verano

A comienzos de julio, una crisis gubernamental se precipitó con la retirada de todos los
ministros del partido cadete (liberales) y la renuncia de su cabeza del gobierno provisional.

En medio de esta crisis, Petrogrado volvió a entrar en una erupción de manifestaciones de


masas, violencia callejera y desorden popular. “Las jornadas de julio” indicaban la fuerte
oposición popular al gobierno provisional y al “poder dual” y reivindicaban la posición
intransigente.
Cada vez parecía más posible que el gobierno provisional cayera en una u otra dirección: la
amenaza de la izquierda era una insurrección popular o un golpe bolchevique. La otra amenaza
era la posibilidad de un golpe desde la derecha para que se estableciera una dictadura de
restauración de la ley y el orden.

En agosto, el golpe de derecha finalmente fue intentado y falló, sobre todo, por el enérgico
accionar de los obreros de Petrogrado. Sin embargo, el gobierno resultó debilitado y continuó
con escasa credibilidad.

La izquierda fue la que más ganó con el episodio: dio sustancia a la noción de un golpe
contrarrevolucionario derechista y demostró la fuerza del sector obrero. El giro de la opinión
popular hacia ellos se aceleró.

La fuerza de los bolcheviques radicaba en que eran el único partido que no estaba
comprometido por su asociación con la burguesía y el régimen de febrero, además de ser el
más firmemente identificado con las ideas de poder obrero e insurrección armada.

La revolución de octubre

La insurrección comenzó en octubre, cuando los soviets de Moscú y Petrogrado, con el apoyo
de la Guardia Roja integrada por obreros y soldados armados comenzaron a ocupar
instalaciones gubernamentales clave hasta tomar por asalto el Palacio de Invierno – sede del
gobierno provisional –, y hacerse con el poder. Sin demasiada resistencia, el régimen de febrero
había sido derrocado y el poder había pasado a los triunfadores de octubre.

En lo que hacía al poder central, indudablemente la consecuencia lógica era que el lugar del
viejo gobierno provisional sería tomado por el comité ejecutivo de los soviets, elegido por el
congreso y que incluía a representantes de distintos partidos políticos. Pero esto no fue así. En
cambio, se anunció que las funciones del gobierno central serian asumidas por un padrón
enteramente bolchevique.

Al convocar la asamblea constituyente que determinaría cuál sería la nueva forma de


organización política, los bolcheviques esperaban un mejor resultado. Pero los bolcheviques no
abdicaron al no triunfar, y cuando la asamblea se reunió y demostró hostilidad, la disolvieron.

Engels había advertido que un partido socialista que tomara prematuramente el poder podía
quedar aislado y verse obligado a convertirse en una dictadura represiva. Lenin estaba
dispuesto a correr ese riesgo.

Como consecuencia de la victoria de los revolucionarios estalló dentro del país una guerra
civil que enfrentó a las fuerzas contrarias a la revolución y a los bolcheviques revolucionarios.

LA NEP Y EL FUTURO DE LA REVOLUCIÓN

La victoria de los bolcheviques los enfrentó a los problemas internos urgentes e inmediatos. El
fin de la guerra civil significó el desmantelamiento de buena parte de lo que el régimen había
logrado construir desde la revolución de octubre: los soldados y marineros estaban a punto de
desaparecer, la clase trabajadora se había reducido, la ola revolucionaria europea se aplacó, el
campesinado estaba en insurrección. El peor golpe llegó cuando los marineros se rebelaron:
por primera vez el régimen soviético había apuntado sus armas sobre el proletariado
revolucionario.

El comunismo de guerra fue el sistema económico surgido por las difíciles circunstancias de la
guerra civil. Para afrontar esa situación, el gobierno soviético tomó medidas drásticas: decidió
nacionalizar todas las industrias y obligó a los campesinos a entregar su excedente, en primer
lugar, en respuesta a las ciudades y al Ejército Rojo, atendiéndolos de armas y alimentos.
Aunque salvó al régimen, contribuyó al enorme descontento popular y a la devastación
económica. ​Incluso los combatientes de la revolución demostraban su descontento. En ese
sentido, las revueltas de Kronstadt y de Tambov, alimentadas por reclamos económicos y
políticos, pusieron de manifiesto la necesidad de una nueva política económica para
reemplazar al comunismo de guerra.

Lenin decidió volver entonces, de manera limitada y provisional, al capitalismo de mercado. El


contenido principal de la Nueva Política Económica (NEP) fue la sustitución de la apropiación
excedente por un impuesto en especie en el campo, la restitución del mercado y diversas
formas de propiedad, la atracción de capitales extranjeros y la implementación de una reforma
monetaria. En ese sentido y desde el punto de vista comunista, la NEP fue un retroceso, y una
admisión parcial del fracaso.

La NEP permitió restaurar rápidamente la economía destruida por la Primera Guerra Mundial y
la Guerra Civil, pero no resolvió la intención de desarrollo acelerado y transformación de un
país campesino en industrial. La Nueva Política Económica fue reemplazada por el Primer Plan
Quinquenal de Stalin en 1928.

La disciplina de la retirada

La retirada estratégica que representó la NEP implicaba concesiones al campesinado, la


inteliguentsia y la pequeña burguesía urbana; relajar los controles sobre la vida económica,
social y cultural, la sustitución de la coerción por la conciliación.

Este relajamiento, forzado por condiciones económicas desesperadas, no debía extenderse a la


esfera política. En una suerte de intento de contrarrestar las nuevas actitudes económicas
moderadas, el régimen radicalizó espectacularmente su centralismo.

Todos los partidos que no fueran el gobernante Partido Comunista fueron proscriptos. Además,
Lenin se dispuso a destruir las facciones y el faccionalismo dentro del Partido Bolchevique con
la resolución de la “unidad partidaria”, que ordenaba su disolución y prohibición. De la misma
forma la crítica interna se volvía motivo de expulsión. El principal objetivo era garantizar la
unidad, la disciplina y la intransigencia.

El problema de la burocracia

Para los bolcheviques, “la revolución debía ser protegida de la degeneración burocrática”.

Pero habían establecido una dictadura que tenía el propósito de gobernar la sociedad, pero
también de transformarla, y no lo podían lograr sin una maquinaria burocrática. No tenían más
remedio que trabajar con ésta. Necesitaban no solo la técnica administrativa, sino sus
conocimientos especializados.

Pero pasaría mucho tiempo antes de que el partido pudiera abrigar la esperanza de entrenar a
una cantidad suficiente de comunistas expertos. Hasta entonces, debían aprender a trabajar
junto a los expertos burgueses. Necesitaban no solo la técnica administrativa, sino también sus
conocimientos especializados.

A nivel local, la situación era distinta. El comité del partido comenzó a surgir como autoridad
local, obligados a las instrucciones del gobierno central por la disciplina partidaria y por su
control en materia de desplazamientos y reemplazos.

El aparato del partido era más popular entra los ascendentes comunistas de la clase obrera que
la burocracia del gobierno. Muy pocos de los que ocupaban puestos gubernativos de alto nivel
eran de extracción obrera.

La lucha por el liderazgo

Mientras Lenin vivió, los bolcheviques lo reconocieron como líder del partido. Lenin murió en
1924, pero su salud había estado gravemente deteriorada desde mediados de 1921, y a partir
de entonces su participación activa en la vida política solo fue intermitente.

Una lucha por la sucesión se desarrollaba en 1923. El triunvirato de miembros del politburó,
comprometidos a actuar como dirigencia colectiva, triunfó sobre Trotsky. Se trató
esencialmente de una victoria del aparato partidario.

Una vez que ganó la batalla crucial, Stalin pasó a consolidar su ventaja en forma sistemática.
En 1925 rompió con su conjunto. Los líderes de la oposición y muchos de los que los
respaldaban fueron finalmente expulsados del partido, y muchos otros forzados al exilio.

Construyendo el socialismo en un país

Desde el poder, los bolcheviques resumieron sus objetivos como “la construcción del
socialismo”, y las claves para ello eran el desarrollo económico y la modernización. Como
prerrequisitos para el socialismo, Rusia necesitaba más fábricas, ferrocarriles, maquinarias y
tecnología. Necesitaba urbanización. Construir el socialismo significaba transformar a Rusia en
una sociedad industrial moderna.

Los propios bolcheviques no sabían realmente cómo lo harían. Hasta los bolcheviques más
optimistas habían quedado conmovidos por la situación económica que debieron enfrentar al
finalizar la guerra civil. Era como si Rusia hubiera revertido de un atraso comparativo a un
atraso total.

La introducción de la NEP fue una admisión de que los bolcheviques tal vez pudieran hacer el
trabajo de los grandes capitalistas pero que, por el momento, no podían seguir adelante sin los
pequeños. Necesitaban del capitalismo para restaurar la economía, y probablemente para su
ulterior desarrollo.

En 1924-25, una recuperación inesperadamente veloz de la industria y la economía en general


provocó una oleada de optimismo. Stalin dejó claro que la industrialización era su causa.
Abandonó la mayor parte de las políticas de la NEP y se embarcó en una nueva fase de
transformación revolucionaria con un primer plan quinquenal.

La modernización nacional, no la revolución internacional, era el objetivo prioritario del partido


comunista soviético. No necesitaban revoluciones en Europa como soporte de su propia
revolución, les bastaba con sus esfuerzos independientes. Stalin se dirigía a la construcción de
la nación y a la fuerza nacional de Rusia.

Sin embargo, los bolcheviques sabían que la acumulación de capital había sido un requisito
previo para la financiación de la revolución industrial burguesa. El régimen soviético también
debía acumular capital para industrializarse. Aislada políticamente, debería recurrir a sus
propios recursos y a los de la población, aun predominantemente campesina.

Stalin extrajo la conclusión de que Rusia debía posponer su industrialización o arriesgarse a un


importante enfrentamiento con el campesinado.

En 1926-27, el enfrentamiento entre la dirigencia del partido y la oposición alcanzó nuevas


cuotas de encono. Ambos bandos se acusaban de conspiración y de traición a la revolución.
Tampoco el descontento se limitaba a la elite del partido. Muchos comunistas comenzaban a
desilusionarse, los obreros sentían resentimiento ante los privilegios. El ánimo reinante no era
de satisfacción.

LA REVOLUCIÓN DE STALIN

Las bases del modelo impuesto por Stalin fueron la colectivización forzada de la producción
agrícola y el programa de industrialización. El primer Plan Quinquenal se presentó, más que
como una revolución, como una guerra contra el atraso de Rusia y, al mismo tiempo, contra los
enemigos de clase del proletariado, dentro y fuera del país.

La imaginería bélica tenía la clara intención de simbolizar un retorno al espíritu de la guerra


civil y del comunismo de guerra y un repudio de la NEP. Se exhortaba a la población a la
solidaridad patriótica, y ésta debió hacer muchos sacrificios por el esfuerzo bélico de la
industrialización.

La atmósfera de crisis generada por el enfrentamiento con la oposición y el temor a una guerra
se exacerbó en 1928 con el estallido de un importante enfrentamiento con el campesinado y
con una serie de “juicios ejemplificadores” a la inteliguentsia burguesa.

La nueva política recurría a los sentimientos de suspicacia y hostilidad hacia los antiguos
enemigos de clase obrera y de la revolución de las bases comunistas. Se invocaban
regularmente conspiraciones internas y externas para explicar problemas. En forma similar se
incorporó la idea del inminente peligro de guerra. Tales conceptos, al reforzar prejuicios y
temores ya existentes, se diseminaron ampliamente.

Stalin contra la derecha

La conducción del partido se dividió en torno a la política a seguir respecto del campesinado,
con Stalin de un lado y “la oposición de derecha” del otro. El problema inmediato era el
suministro de grano.
La pregunta era si el régimen debía correr el riesgo político de enfrentarse a los campesinos, o
aceptar las consecuencias económicas de comprar su voluntad.

Por un lado, que el suministro no fuera confiable podría poner en peligro los planes para una
exportación que compensaría la importación de maquinaria extranjera. Una suba del precio del
grano reduciría los fondos disponibles para la expansión industrial. Además, se daba por
sentado que la concesión beneficiaría a la acumulación de los kulaks, más bien que al conjunto
del campesinado.

Stalin llegó a la conclusión de que las medidas conciliatorias no tenían sentido. De todas
maneras, el Estado no podía permitirse ceder a tales demandas, pues la inversión industrial
tenía la prioridad. La solución era la coerción y el forzamiento de la colectivización agrícola.

La política de Stalin produjo una mejora temporaria en el suministro de granos, además de un


marcado ascenso de la tensión en el campo.

Pero también había mucha tensión en torno a la nueva política en el interior del partido. Una
oposición de derecha comenzaba a aglutinarse tras la derrota de la oposición de la izquierda.
La esencia de su postura, era que las bases políticas fundamentales de la NEP debían
permanecer, entrañando un menor riesgo de conmoción social y política. A fin de cuentas, lo
que proponía la derecha era un programa moderado, de poca ganancia y poco conflicto para
movilizar a un partido revolucionario. Aislados y sin iniciativa, los derechistas finalmente fueron
desplazados.

El programa industrializador

Para Stalin, un veloz desarrollo de la industria de Rusia era un requisito previo a la fuerza
nacional y el poderío militar. Determinaría, en última instancia, si la patria socialista sobrevivía.

Con la adopción del primer plan quinquenal en 1929, la industrialización se convirtió en la


primera prioridad. Todo se sacrificaba al metal.

El Estado tomó el control casi total de la economía, la distribución y el comercio. Para los
bolcheviques, el principio de planificación centralizada y control estatal de la economía fue un
hito en camino al socialismo. Con la colectivización simultanea de la agricultura campesina, el
retroceso de la NEP desaparecía rápidamente.

A pesar del énfasis puesto en el aumento inmediato de la producción industrial, el verdadero


propósito del primer plan quinquenal era construir. Se trataba de gigantescos proyectos de
construcción de nuevas plantas. Las organizaciones partidarias se enfrentaron duramente por
la distribución de fondos de inversión, y la competencia entre regiones emergió en rivalidad.

Pero el Primer Plan Quinquenal tenía, sin embargo, una relación tenue con el funcionamiento
real de la economía. Ese fue uno de los factores que provocaron el continuo aumento de las
metas a cualquier costo. Además, la Unión Soviética debía construir y producir más que ningún
otro país. Sus plantas debían ser las más nuevas y mayores del mundo. No solo debía alcanzar
el desarrollo económico de Occidente, sino superarlo. De aquello también se deriva el
crecimiento incontrolable de los costos que caracteriza al Primer Plan Quinquenal
La tecnología moderna de producción era esencial para el proceso de alcanzar y sobrepasar. En
la práctica, a menudo permaneció ociosa. En términos simbólicos, transmitía el mensaje de
que el gran paso al desarrollo económico ya había sido dado.

Colectivización

La cuestión de la industrialización estaba estrechamente vinculada a la cuestión de la


agricultura campesina. El Estado necesitaba suministros de grano confiables y bajos precios.

Los campesinos podrían “tomar al Estado de rehén” en tanto existiera un mercado libre y
negociable.

Ya Stalin había manifestado que creía que la colectivización proveería el mecanismo de control
que el Estado necesitaba para garantizar los suministros al precio y en el momento adecuados.
La colectivización voluntaria solo produjo resultados modestos, y la agricultura campesina
siguió siendo un problema, no solo por la carestía de alimentos en las ciudades sino por el
compromiso de exportar granos como medio de financiar la compra en el exterior.

A medida que iban en aumento los métodos coercitivos – confrontación, persecución, registro
de graneros, bloqueo de rutas –, aumentó la hostilidad entre el régimen y el campesinado.

Una vez que eliminó buena parte del mercado libre de granos, el régimen impuso cuotas de
suministro y penas por no cumplir con ellas, y para fines de 1929, se había comprometido en
un programa absoluto de reorganización de la agricultura.

Se expropiaron las tierras de los kulaks y se intentó reemplazar la propiedad privada de la tierra
por la organización de los campesinos en granjas colectivas – koljoses –. Las principales
transformaciones fueron las vinculadas a su administración y a sus procedimientos de
comercialización.

El koljoz debía entregar cantidades fijas de grano y alimentos. Para el producto general, las
cuotas eran muy altas, y produjeron inmediatamente indignación y caos en el campo. Los
campesinos recurrieron a todo su repertorio de evasión y resistencia. Ante el desastre, el
régimen reaccionó con persecuciones, arrestos y deportaciones, pero también retrocedió
algunos pasos del enfrentamiento extremo.

Así y todo, el colapso del proyecto de colectivización solo fue temporario. Finalmente, se
persuadió o forzó a los aldeanos y la colectivización se completó en todas las tierras cultivables.
El régimen tomó todo lo que pudo, y el resultado fue que las principales zonas de producción
de granos quedaron sumidos en la hambruna durante 1932, que los campesinos consideraron
como un deliberado castigo del régimen por haberse resistido a la colectivización, y reforzó la
creencia de que se trataba de una segunda servidumbre.

Revolución cultural

Las políticas – que implicaban, en última instancia, el repudio del enfoque conciliador –
también tenían su contrapartida en la esfera cultural. La lucha contra la vieja inteliguentsia, los
valores culturales burgueses, el elitismo, el privilegio y la rutina burocrática constituyeron la
“revolución cultural”. Su propósito era establecer la “hegemonía” comunista y proletaria,
combatir el dominio cultural burgués. En términos prácticos, significaba implicar la vigilancia
y el control del partido.

Stalin lanzó una campaña intensiva de “ascenso” proletario: enviar a jóvenes trabajadores a
recibir educación superior para reemplazar a los “enemigos de clase” purgados del gobierno
central o de la burocracia.

Pero la revolución cultural iba más allá de una lucha facciosa en el interior de la dirigencia, ante
la degeneración burocrática y las tendencias contrarrevolucionarias. Para este grupo
privilegiado, la revolución realmente había cumplido con sus promesas de darle poder al
proletariado y transformar a los trabajadores.

Para otros integrantes de la clase trabajadora, el balance final de la revolución de Stalin fue
mucho menos favorable. Una sociedad que apenas había tenido tiempo de asentarse después
de los trastornos de la guerra, la revolución y la guerra civil, era conmocionada otra vez por la
declinación del nivel y la calidad de vida que afectaba a prácticamente todas las capas de la
población, urbana y rural.

Quienes más sufrían eran los campesinos, pero la vida en las ciudades también era dura debido
al racionamiento de alimentos, la escasez de bienes de consumo, el grave hacinamiento y las
infinitas incomodidades asociadas a la eliminación del comercio privado y el deterioro de los
servicios urbanos.

En el largo período en que Stalin estuvo al frente, se consolidó un régimen político intolerante
a la oposición y la disidencia. Se extendió el control directo y se fortaleció en gran medida el
brazo policial del Estado. También se creó el gulag – el imperio de campos de trabajo de
condenados –, que crecería rápidamente. Aumentó la persecución, y se alentó a la denuncia,
las purgas y la “autocrítica”. La revolución de Stalin había extendido el miedo y la suspicacia.

También en la esfera política había habido cambios, aunque de tipo más sutil y gradual. El culto
a Stalin empezó al fin de 1929, la prohibición de las facciones existía ahora en la práctica, y la
conducción del partido cada vez tenía una actitud más secreta.

La prensa también cambió: menudo implicaba distorsión y manipulación de la realidad y de la


información.

El contacto con Occidente se volvió mucho más restringido y peligroso. El aislamiento de Rusia
frente al mundo exterior había comenzado con la revolución de 1917, pero la meta de
“autarquía económica” del primer plan quinquenal implicaba alejarse aún más del mundo
exterior. Las fronteras cerradas, la mentalidad del asedio y el aislamiento cultural se
establecieron firmemente en el periodo de Stalin.

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