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Jodidamente Enamorado Alissa Brontë

historia de amor

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PATRICIA PEREZ
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Jodidamente enamorado

Alissa Brontë
Publicado de manera independiente
Copyright Alissa Brontë 2024
1ª Edicion junio 2024

Quedan prohibidos, dentro de los límites establecidos por la ley y bajo los apercibimientos
legalmente previstos, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o
procedimientos, ya sea electrónico o mecánico, el tratamiento informático, el alquiler o cualquier otra
forma de cesión de la obra sin la autorización previa y por escrito del titular del copyright. La
infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad
intelectual (art. 270 y siguientes del Código penal).

Nota de la autora:
Tienes en tus manos una obra de ficción Los nombres, personajes, lugares y acontecimientos
recogidos son producto de la imaginación de la autora y ficticios. Cualquier parecido con la realidad
es mera coincidencia.
Tabla de contenido
Prólogo
1 Summer ha vuelto
2 Aún duele
3 Bajo siete llaves
4 Summer «Huracán» Lee
5 Ese maldito trago de whisky
6 Fue por el tuyo
7 En el caso de que no lo sepas
8 Como aquella maldita vez
9 Jodidamente enamorado
10 Incluidos asnos
11 La buena noticia
12 Fuerzas suficientes
13 En Nueva York todo era más fácil
14 Cicuta
15 También fue culpa mía
16 ¿Qué demonios pasó?
17 Quiere volverme loco
18 Como una estrella
19 Dos huracanes agitando mi corazón
20 Clover hablando de Leo
21 Somos los de siempre
22 Algo para la cena
23 Necesitaba un respiro
24 Como un refugio
25 ¿Me he vuelto loca?
26 Mantengámoslo profesional
27 Destrozarme de maneras diferentes
28 La cicatriz que dejó
29 El amor es saltar al vacío
30 Tengo miedo
Liam
31 Coser su alma
32 Siete veranos atrás
33 Una buena tormenta
34 Como loco
35 Dentro de mi pecho
36 Al fin del mundo
37 Mails, mails, mails…
38 ¿Algo azul?
Epílogo
Prólogo

—Necesito tiempo, no soy feliz.


Esas palabras son el detonante de todo, nunca esperas que lleguen.

Nunca esperas tener que decirlas, o escucharlas. Crees que tu relación sí va


a tener el ansiado «felices para siempre», pero no es así. Casi nunca es así,

no todas las parejas son como las de mi hogar, las de mi pequeño pueblo al
sur de Alabama. No todos los lugares son como Magnolia Springs.

—¿Quieres tiempo? —pregunta omitiendo la parte en la que he dicho


que no soy feliz.

—Sí, tengo que poner en orden mis pensamientos, mis sentimientos…


—No te preocupes, Summer, te lo pondré fácil. No soy tonto, sé a la

perfección lo que significa que necesitas tiempo: que hay otro.

—No hay otro —susurro, y hasta a mí me suenan falsas esas palabras.

Claro que hay otro, siempre lo ha habido—. No es necesario que te vayas,

me iré yo —afirmo rotunda, con una seguridad que estoy muy lejos de
sentir.

Contengo las lágrimas como puedo, cuesta, pero tengo que hacerlo.

Si ve que dudo hará todo lo que esté en su mano para retenerme y necesito

irme. Necesito volver y averiguar qué demonios es esto que ronda molesto
en mi interior desde que me lo crucé de casualidad hace semanas. Es

ridículo, lo sé, él ni siquiera me vio.

Me acerco al armario que compartimos y saco mi maleta, la misma

con la que llegué a Nueva York hace ya tanto que ni lo recuerdo. La coloco

sobre la cama, no me importa el polvo que acumula, la misma cantidad que


años llevo sin usarla. La abro con una tranquilidad que no siento y

comienzo a llenarla con mis cosas.

—No es necesario que te vayas —susurra. Su voz suena débil, me

niego a mirarlo. Si lo hago perderé, nadie dijo que poner fin a algo fuese

fácil, ni siquiera para quién da el primer paso.


—Sí, lo es, Leonard. No puedo seguir aquí, contigo, sabiendo que no

soy feliz. Que no eres feliz…

Sueno segura de mí misma, mi voz no tiembla, algo curioso ya que

tiemblo por dentro sin parar.

—Vamos, Summer, no… no puedes dejarlo todo de la noche a la

mañana —trata de conversar. Guardo silencio, en realidad esta relación

estaba condenada al fracaso desde que Leonard puso su mirada en mí. Lo


sabía y pese a todo seguí creyendo que podría empezar de cero—. Espera,

es… ¿Es por él, Summer? —interroga sin dar crédito. Está claro que me

conoce.
Ahogo el bufido que deseo soltar, no tengo la templanza suficiente

para tener esta conversación con él. No ahora.

—Claro que es por él… —repite sin dudas esta vez.

Sigo metiendo mis cosas dentro, él se aleja unos pasos y comienza a

caminar en círculos, llevándose las manos a la cabeza, veo cómo enreda los

dedos entre su cabello oscuro.


—Summer…, ¿estás segura? —pregunta. Sigo en silencio, lo cierto es

que no sé bien qué decir, ¿que lo vi hace semanas en una tienda?, ¿que ni

siquiera hablamos y aun así no he podido quitármelo de la cabeza? No

puedo, parecería una demente. Y lo estoy, esto lo deja claro. Pero…, ¿cómo

casarme con Leonard cuando tengo tantas dudas dentro? ¿Cómo decirle que

sí, cuando me siento triste e infeliz, extrañando como loca todo lo que dejé

atrás?

—Para. Detente, Summer —pide sosteniendo mis manos de las que

cuelgan un puñado de perchas con vestidos en ellas—. No te vayas, me iré

yo unos días a casa de mi hermana. Si después sigues pensado lo mismo…


—trata de alargar el final, de retenerme a su lado.

—Si no me marcho siempre estaremos igual —afirmo rotunda.

—¿Te has acostado con él? —demanda, molesto.

—Claro que no, no seas ridículo —espeto.


—¿Me llamas ridículo a mí, Summer? —bufa. Está perdiendo la

paciencia, puedo verlo y no le falta razón, parezco aquella adolescente de

nuevo. Ni siquiera sé si sigue soltero, si tiene esposa, hijos… una vida sin
mí.

—No me he acostado con él ni con ningún otro desde que estoy

contigo, Leonard.

—No lo entiendo —continúa con las manos enredadas en su oscuro

cabello.

—Yo tampoco —confieso—, solo sé que lo vi y no puedo dejar de

pensar en él y me siento infeliz aquí, Leonard. Necesito ir, verlo, hablar,

aclarar todo y tal vez, después…

—Después, ¿qué? ¿Vas a dejar de estar enamorada de él? No has

podido olvidarlo en todos estos años, siempre ha sido como luchar contra el

recuerdo de tu difunto esposo, solo que no fue tu esposo ni está muerto…

para mi desgracia —suelta a bocajarro, furioso como pocas veces lo he

visto.

—Es solo que estoy hecha un lío… Solo necesito…

—Solo necesitas, solo necesitas… No paras de repetirlo. ¿Y qué hay

de lo que necesito yo? Te dejaré algo claro, lo que no necesito es una mujer

que no sabe si seguir con su prometido o volver con su primer amor.


La tensión entre nosotros es espesa y oscura, como su mirada. No dice

nada más, aunque que no hable no significa que no sepa todo lo que pasa

por su cabeza, ni que no pueda ver el odio que destila su mirada. Un odio

que va dirigido a él cuando la causa soy yo. Supongo que eso es el amor.

—Por eso es mejor que me vaya, Leo, que aclare todo esto que me

confunde. Mereces una mujer que tenga claros sus sentimientos.

—Y esa no eres tú… —admite.

Lo miro a los ojos y veo la derrota en ellos, se ha dado por vencido.

Demasiado pronto y eso, de cierta forma, me decepciona.

Termino de llenar la maleta, dejo algunas cosas que no caben y otras


que no quiero llevarme. Miro el hueco en el armario y suspiro. Tomo el

abrigo y comienzo a salir de esa habitación en la que hemos sido

confidentes, amigos, amantes… Esa habitación en la que hemos sido dos

durante muchos años. Esa habitación que dejo ahora porque desde hace

unas semanas dejamos de ser dos, para ser tres y eso me está matando.

Duele, como mil cuchillas, pero si de algo estoy segura es de que no

hay espacio en mi vida para que seamos tres. Las relaciones se acaban por

diferentes motivos. Y si algo me enseñó perder a mi primer amor fue que de

amor nadie se muere. Aunque te deja jodido para el resto de tu vida.


1 Summer ha vuelto
Liam

El Clover está a reventar, como siempre. Desde fuera veo las mismas caras,
escucho las mismas voces y respiro el mismo ambiente de siempre. Es algo

que me gusta, la jodida rutina. Cuando la rutina cambia, suele ser para mal.
Es algo que me tocó aprender.

Abro la puerta y, para mi sorpresa, noto el ambiente diferente. Hace


tres semanas que no aparezco por aquí, mi viaje de negocios ha tardado más

de lo que pensaba, tal vez sea por eso. Sin embargo, una corriente atraviesa
mi cuerpo y eriza cada vello que lo cubre.

Miro alrededor y veo que hay algo de alboroto, pero antes de que

pueda ver qué sucede, Charly alza la mano desde la barra para llamar mi

atención.

—Ven, ven —apremia.


Camino sin dejar de lado la extraña sensación que me avisa de que

algo ha sucedido, pero no tengo ni la más remota idea de qué ha podido

pasar. Todo parece normal.

—Dick, ponle una jarra a Liam —pide por mí.


—¿Ni siquiera me vas a preguntar cómo me ha ido, Charly?
—No, esto es más importante. Tengo que contarte…

Se interrumpe y desvía la mirada. De pronto me doy cuenta de que

todo el mundo mira hacia la puerta, no solo Charly que está más blanco que

la cebolla, parece que haya visto un fantasma y Dick se ha quedado con la

jarra en la mano sin dejarla sobre la barra. No son los únicos: el resto
también ha bajado el tono de voz y no deja de cuchichear mirando hacia

fuera.

—Joder, ¿qué pasa? ¿Habéis visto un fantas…? —empiezo a

preguntar mirando al mismo lugar, pero las palabras se me cortan en seco

cuando veo quién hay en la entrada.


Han pasado muchos años, no es que lleve la cuenta, pero han sido

ocho años, cuatro meses y dos días, desde que me dejó jodido. Todavía lo

estoy, ¿a quién quiero engañar?

Está más guapa que cuando se fue, ¿eso es posible? Lo es, la tengo

frente a mí. Va junto al grupo de amigas de siempre, lo que me hace

preguntarme para qué ha venido. Desde que se largó a La Gran Manzana no

había vuelto, como si de pronto su hogar le provocara urticaria.


Creo que me he olvidado de respirar y cuando su mirada se tropieza

con la mía no puedo hacer más que girarme hacia la barra, coger la jarra de

cerveza de la mano de Dick, que sigue pasmado mirando de ella a mí, y

darle un buen trago. Tengo que tragarme todo esto que me ahoga.
El grupo pasa a mi espalda, se me eriza el vello de la nuca de nuevo.

No quiero tener que saludarla, ni preguntarle cómo le va, supongo que si ha

venido será para invitar a todos a su gran boda con ese abogado de famosos

con el que tiene una relación.

—Dick, lleva a la mesa de siempre dos jarras de cerveza y seis vasos.

—Escucho la voz de Lily decir—. Charly —lo saluda con voz seductora,
llevan así desde el instituto, a veces me dan ganas de darle una colleja a ver

si se decide de una puta vez a pedirle una cita.

—Buenas noches, Lily… —la saluda de vuelta, con timidez.

—¿Qué hay, Liam? Hacía tiempo que no te veía.

—Negocios —murmuro seco.

—Genial. Bueno —sigue al darse cuenta de que no vamos a darle

charla—, voy a sentarme con mis amigas. No todos los días tenemos a

Summer por aquí. —Deja caer para asegurarse de que me he dado cuenta, o

de que la he reconocido. Como si fuera posible olvidarme de la joven que

me dejó el corazón hecho un puto colador.


—Hasta luego… Lily —murmura Charly.

—Joder, tío, ¿cuándo vas a pedirle una cita? Lleváis jugando a esto

desde el instituto, ya cansa —suelto de malas formas.

—Quería avisarte para que estuvieras prevenido, pero no me ha dado

tiempo. Lo siento —se disculpa Charly sin darle importancia a mi tono


seco.

—¿Avisarme? ¿Que estuviera prevenido? —bufo indiferente.

—Sí, quería decirte que Summer ha vuelto —termina.


Damos otro sorbo a la cerveza, no levanto la cabeza de la barra, al

parecer los arañazos que acumula en su superficie de repente tienen un

encanto especial.

—¿Se va a casar? —pregunto al fin, y me doy cuenta de que mis

palabras están llenas de rencor y dolor. Todavía duele. Es lo que pasa

cuando estás jodidamente enamorado y te dejan de la noche a la mañana sin

una explicación.

No saber el porqué te reconcome por dentro, se cuela en tu piel para

clavar sus garras en tu alma y recordarte que perdiste algo perfecto sin saber

qué coño hiciese mal, porque todos nos culpamos. Nos sentimos la causa.

Algunos dirán que hace ya muchos años, que ya no es la persona que era…

Tienen razón, aun así… Aun así, todavía duele. Todavía quiero saber por

qué cojones pisoteó lo nuestro, por qué cojones se largó y se olvidó de

devolverme esa parte de mí que se llevó consigo sin permiso.

—No lo sé, la verdad. Solo sé que apareció de repente en el pueblo

formando un escándalo. Ya sabes que por aquí no sucede mucho, así que,

que «la hija pródiga» haya regresado ha sido la comidilla de todos durante
esta semana.
—Tampoco es que me importe —miento dando un trago a la cerveza

tan largo que, cuando me doy, cuenta lo he terminado.

—¿Otra? —interroga Dick tras la barra. Me conoce bien, sabe que

estoy jodido, supongo que se me nota, aunque no quiera. Llevamos juntos

desde que usábamos pañales, los tres, así que no hacen falta muchas

palabras entre nosotros.

—Sí, pero ahora quiero una Corona, con rodaja de limón incluida —

pido.

—Esa es una mala señal —afirma Charly mirando a Dick.

—Solo estoy celebrando —me excuso.


—¿Que haya vuelto? —bromea Charly.

Me contengo de darle un puñetazo, aunque se lo merece. No, no es

verdad, no se lo merece, el que sigue destrozado soy yo, nadie tiene la culpa

de que su paso por mi vida fuera como un huracán. Desde luego me dejó

igual de desolado.

—El negocio que he cerrado —les comento.

—¿Ha salido bien? —curiosea Dick.

—Si no se estropea, será el empujón que necesita el rancho. Me

aseguraré trabajo para… para toda la vida.

—Brindemos por eso.


Charly levanta la jarra, Dick se sirve un vaso con cerveza, pequeño, lo

justo para el brindis y lo hago. Brindo porque mi negocio vaya bien y, si soy

sincero, una parte de mí brinda porque ella ha regresado. Todavía no sé el

porqué, pero sé que es bueno volverla a ver. ¡Joder! Summer ha vuelto.


2 Aún duele
Summer

He dudado al verlo, no sé qué reacción puede tener. Lo nuestro…, no acabó

de la mejor manera posible. Sé que le debo una explicación, pero ha pasado


tanto tiempo que no sé si merece la pena remover el pasado, ni si la querrá.

Me dejo llevar como un alga por la corriente, en realidad no sé qué


pinto aquí. Sabía que podía suceder, el encontrármelo en este pequeño

pueblo que es nuestro hogar era una probabilidad de casi el cien por cien,
aun así, todo ha sido raro. Como si de alguna manera no esperara verlo.

Miro de reojo hacia la barra, no lo había visto desde aquella noche en


la que nos despedimos en la puerta de mi casa. Estaba locamente

enamorada de él. Creo que nunca sabrá cuánto… Después de aquella noche

no volví a verlo. Me fui para no regresar. Muchos creen que me olvidé de

este lugar, pero no es cierto, no volvía porque dolía. Aún duele.

—Summer, Summer… —Me zarandean a la vez que mencionan mi


nombre, sacándome del pasado—. Summer, ¿qué miras embobada? —

pregunta Daisy.

—¿Qué crees que mira? ¿No está claro? —se mofa Lily, mi prima.

—No sé de qué hablas —murmuro y le doy una patada bajo la mesa.


Una cosa es que ella me diga cosas así o que bromee con el asunto, pero no
me apetece que las demás se suban al carro.

—Pues no está claro, no —afirma Daisy.

—No miro nada, Daisy, es solo que hacía mucho que no regresaba y

bueno… he sentido nostalgia.

—Dios, da igual los años que pasen, Liam sigue estando para hacerle
un favor y darle las gracias —desvía la conversación Meg, cosa que

agradezco.

—Y pagarle si hace falta —añade Lily.

Todas reímos, me dejo llevar en silencio porque tienen razón, los años

le han sentado genial. Tiene el aire de aquel chico al que besé por primera
vez, aquel chico con el que hice el amor por primera vez, con el que

compartí todo por primera vez… solo que más maduro. Sus facciones se

han afilado y su cuerpo es más musculoso. El joven del que me enamoré ha

crecido.

Vuelvo a mirar de reojo y por un segundo tengo la sensación de que

nuestras miradas se han cruzado, pero no puedo estar segura porque ha sido

solo un instante. Me gustaría tanto tener una charla con él… Supongo que
sería complicado, ahora no somos nada más que extraños.

—Un brindis por los hombres que son como el buen vino —dice Lily.

—¡Por aquellos que mejoran con los años! —se une Daisy al brindis.
—Vamos, Summer, ¡brinda! —pide Meg con una bonita y sincera

sonrisa.

Levanto mi jarra de cerveza y celebro con ellas, lo cierto es que tenía

dudas de regresar, sin embargo, ahora me alegro. Parece que no han pasado

los años. Solo una ilusión, pero sienta genial creer que todo sigue igual.

Que todavía tenemos sueños por cumplir, que todavía vamos a sentir ese
primer amor que se graba a fuego en el alma.

—¿Y cuánto tiempo te quedarás, Summer? —interroga Daisy.

—Todavía no lo tengo claro —confieso y doy otro largo sorbo.

Todavía no saben el motivo por el que he regresado. No saben que he

cancelado la boda, que he cancelado toda mi vida con Leonard. No sé cómo

se lo tomará mi padre ni mi madre, que sigue esperando nietos, así que ni a

ellos se lo he dicho.

Doy otro trago a la cerveza y de pronto la música suena. No puedo

creerlo, pero lo es: Shania Twain suena de fondo, su «Fell like a woman»

hace que la marea por la que me dejaba arrastrar hace años, lo haga de
nuevo, y sin poder resistirme estoy en mitad de la pista del Clover bailando

y cantando a viva voz.

Un sombrero de cowboy aparece sobre mi cabeza y sonrío, como

hacía mucho que no lo hacía. Tal vez eso de que no hay nada como el hogar
es cierto, acabo de darme cuenta de que nunca tuve uno desde que dejé la

casa de mis padres.

«The best thing about being a woman, is the prerogative to have a


little fun and

… oh, oh, oh go totally crazy, forget I am a lady, men´s shirts, short skirts

Oh, oh, oh, really go wild, yeah doin´it in style, oh, oh, oh, get in the action,

Feel the attraction, color my hair, do what I dare, oh, oh, oh, I wanna be

free, yeah to feel the way I feel, man, I feel like a woman…».

La canción acaba y siento que voy a desfallecer. Hacía tanto que no lo

daba todo…

—¡Voy al baño! —grito al oído a Lily, aunque dudo que haya podido

escucharme con la música a todo trapo.

La sonrisa baila en mis labios camino del baño, muchos chicos

jóvenes me saludan quitándose el sobrero cowboy que llevan a modo de

respeto. Me agrada. En Nueva York no pasan estas cosas. Todo es diferente

allí.

Tarareo la canción que es imposible de sacar de mi cabeza y que

tantos recuerdos me trae. Como aquel primer beso que Liam me dio sin

esperarlo. Como aquella primera vez que tomó mi mano sin preguntar, de

manera natural, dejándonos llevar por lo que sentíamos en aquel instante


que ahora parece tan lejano.
—Lo siento —me disculpo al darme de bruces contra alguien que me

sostiene por los brazos.

—¿Está bien, señorita? —pregunta al mismo tiempo que yo me

disculpo, y me paralizo.

Puede que hayan pasado muchos años, pero nunca, jamás, he

olvidado cómo suena su voz, cómo hace que mi vello se erice y que me

parta un rayo ahora mismo porque todavía hace que mi vello se erice por

completo.

—Sí, gracias. Lo siento, Liam —me disculpo parpadeando nerviosa.

Sus manos están sobre mis brazos, justo en la zona en la que la manga
corta de mi camiseta termina. Noto la rugosidad de sus dedos y se me seca

la garganta. No debería tener estos sentimientos, ¿verdad? Hace ya mucho

tiempo… demasiado para recordarlos, sin embargo, ahí están.

—De nada, supongo —suelta serio y, cuando abandona mis brazos, el

calor persiste incluso cuando dejo de ver su espalda.

—¿Qué demonios ha sido eso? —murmuro—. No puede guardarme

rencor todavía, ¿verdad?

Continúo mi camino al baño y trato de dejar de darle vueltas al

asunto, aunque lo cierto es que no deja de molestarme. No esperaba que me

hiciera la ola ni nada por el estilo, pero sí esperaba un reencuentro más


amigable. Un «Hola, ¿cómo estás? ¿Te va bien?», no sé, algo así. Yo se lo

hubiera preguntado, pero está claro que él no tiene interés ninguno en mí.

—Genial… —susurro de nuevo.

Regreso a la mesa y me llevo la sorpresa de que el grupo de Liam, él

incluido, están sentados con nosotras. Miro a mi prima que me sonríe y me

llama con aspavientos desde la mesa. Como si me fuera a hacer ilusión

sentarme ahí después de lo que ha pasado en el baño.

Saludo con la mano, sonrío y le indico que voy a la barra. Lo

confieso, siempre he sido una cobarde, de las que prefieren huir si tienen la

ocasión antes de que la cosa se ponga seria. Lo hice en aquel entonces, lo

hice hace un par de semanas en Nueva York y lo hago ahora.

Ocupo un asiento libre en la barra y saludo a Dick con un abrazo de

oso de esos que solo se dan aquí, en Magnolia Springs, y que tan bien

sientan.

—Cuánto tiempo, nena —me saluda con cariño—. Sigues tan cañón

como siempre —bromea.

—¿Tú crees? Los años pasan por todos —ironizo tomando la cerveza

que me tiende. Un botellín frío al que no tardo en darle un sorbo. La


cerveza corre por mi garganta y me sacude.

—Por algunos no, tú y él seguís iguales —afirma señalándolo con el

botellín a Liam—. ¡Joder, nena! Parece que he vuelto al último año del
instituto —dice con nostalgia. Puedo ver en su mirada que no lo hace con

mala intención que, de verdad, los recuerdos han vuelto a él, como a mí.

—Bueno…, no iguales —susurro.

Dick siempre fue uno de mis mejores amigos, no tengo ni la más

remota idea de por qué lo dejé todo atrás…, sin embargo, es como si no

hubiera pasado el tiempo. Todo sigue a flor de piel, parece que hubiera dado

al botón de pausa y ahora se activara todo justo en el momento en el que

decidí huir a La Gran Manzana que no resultó ser tan grande ni tener un
sabor tan dulce como esperaba.

—No lo culpes, Sum —pide nombrándome por el nombre que solo


los más allegados usaban para llamarme—, lo dejaste muy mal. A todos, en

realidad. Pero a él más, fue como…


Presto atención a lo que quiere decir, necesito saber qué sucedió

cuando me fui. Nadie me ha dicho nunca nada, tampoco he preguntado,


supongo que en el fondo temía la respuesta. Como me pasa ahora que

quiero saberlo y a la vez me aterra. El corazón me va a mil y al segundo se


detiene.

—¿Cómo…? —lo animo a seguir.


—Bueno, parecía que lo hubiera golpeado un huracán —termina.
Y eso me trae un nuevo recuerdo, ese momento en el que me dijo que

lo hacía perder la razón.


«—No debería querer hacer lo que quiero hacer en este momento,

Sum.
—¿Y qué quieres hacer que no deberías hacer, Liam?

—Besarte, Sum. Besarte hasta que perdamos el conocimiento.


—Hazlo.

—No, no estaría bien, ni siquiera es legal… ¡Demonios!


—Todavía lo sería. Te faltan tres días para cumplir los veintiuno.
—Pero tú todavía tienes diecisiete, Sum… ¿qué demonios me haces?

No eres más que una cría.


—Dímelo tú. ¿Qué te hago, Liam Hunt?

—Haces que pierda la razón.


Y me besó, con suavidad. Un roce de labios, mi primer beso, tierno y

cálido, como el sol a principios de verano. Y alcé mis brazos y los enredé
en su cuello y apreté mi boca contra la de él sin tener ni idea de qué hacía,

solo dejándome llevar por esa sensación tan adictiva que había probado. Y
cuando sus manos se aferraron a mi cintura y me apretó contra él, ahogué el

gemido que brotó de mi garganta, tan inesperado como la sensación de


tener su lengua en mi boca. Tan inesperada como la sensación de perder la

cordura por un instante en el que rocé la locura. Una locura que perduraría
durante meses, durante noches interminables de llamadas telefónicas, de
confesiones, de secretos, de sueños compartidos».

—No te haces una idea de lo fastidiado que estuvo —continúa,

sacándome del pasado.


Lo escucho mientras bebo del botellín de cerveza. No puedo dejar de

mirarlo, aunque me obligo a parpadear de vez en cuando. Nunca me ha


gustado arrepentirme de mis actos, pero si de algo me arrepiento es de

haber sucumbido a las amenazas de mi padre en aquel entonces, de haber


dejado a Liam Hunt y no haberme quedado a luchar por el chico al que más

he amado en toda mi vida.


3 Bajo siete llaves
Liam

No esperaba sentirme así, solo quería pasar un rato con los chicos, ponernos
al día, hablar de las mismas viejas historias, ver el partido que hubiera en la

televisión de Dick o jugar al billar. Todo lo normal en mi vida normal.


Pero, joder, es que no está siendo un día normal porque he visto de

nuevo su cara. Y la he tocado, ¡maldita sea! La he tocado en el baño, ha


sido un encontronazo inesperado, la había estado observando en la pista,

bailando como aquella noche en la que la besé por primera vez, aquella
primera vez que perdí la razón totalmente por una chica. Y rozar su piel de

nuevo ha despertado todo lo que guardaba en ese rincón al que lancé todos

los recuerdos que tenía con ella bajo siete llaves, porque ni una, ni dos, ni

tres, eran suficientes.

Y todo lo que creí olvidado ha vuelto, y ahora estoy luchando por


controlar mi mirada que no deja de buscarla, evitando llamar su atención,

tratando de que sus ojos no se encuentren con los míos, porque tengo miedo

de que esa llama que todavía arde se convierta en fuego de nuevo.

Pero todo da igual, joder, estoy perdido, porque cada vez que sonríe
lo único que puedo hacer es tratar de recuperar el aliento y pensar en volver
a tener su mano entre la mía. En volver a besarla hasta que los dos

perdamos la conciencia…

Pensé que sería otro día normal, sin embargo, nada puede ser normal

ahora que Summer «Huracán» Lee ha vuelto.


4 Summer «Huracán» Lee
Summer

—Tampoco sabéis lo mal que lo pasé yo… —musito dejando la barra y

acercándome a la mesa, mi prima no deja de llamarme gesticulando con los


brazos, a estas alturas no sé si es humana o un molino de viento…

—¡Summer! ¿Por qué has tardado tanto? —se queja dándome un


abrazo. Como si hiciera un siglo que no nos vemos, aunque han sido, ¿qué?

¿Diez minutos?
—Charlaba con Dick de los viejos tiempos —confieso encogiendo

los hombros.
—Siéntate aquí —ordena haciéndome un hueco.

La mesa que ocupamos tiene sillas, pero también un lado que da a

una pared de madera y que han aprovechado como banco. Ella se acerca

más a Charly y me deja hueco en la esquina, justo al lado de la silla que

ocupa Liam. Supongo que lo ha hecho a posta y no sé si me gusta o no.


Estoy incómoda. Más que nada, por la actitud de Liam hacia mí;

cuando me he sentado ha movido la silla, sin disimulo alguno, unos

centímetros más lejos de donde estaba, más lejos de mí. Eso me provoca

sentimientos encontrados. Por un lado, pena y por otro, me digo que he de


tener un poco de orgullo y no sentirme herida porque deje claro que no está

encantado de verme como el resto. Él no es el resto…

—Y, bien, Summer, ¿qué te trae de vuelta? Las malas lenguas dicen

que te vas a casar por fin —interroga Charly.

Esbozo media sonrisa, no quiero decirles la verdad y la verdad es


que he roto el compromiso, solo podía imaginarme un matrimonio que

acabaría en divorcio. Todo a mi alrededor se tensa, el ambiente, ellos, Liam,

yo…

—No, no he vuelto porque me vaya a casar —confieso—, es solo

que echaba de menos Magnolia Springs, echaba de menos todo esto, a


vosotros —me sincero. Y es cierto, lo echaba todo de menos, y me doy

cuenta ahora de cuánto. Mucho más de lo que pensaba.

—Sí que has tardado en echarlo de menos —susurra bajito, dando

un sorbo a su botellín de cerveza. Los demás no lo han oído, pero yo sí. Sé

que lo sabe, sé que lo ha dicho para que solo yo lo pueda escuchar.

—¿Cuándo regresarás a Nueva York? He oído que trabajas en una

empresa importante, de esas para ricos —dice Meg.


Todos me miran atentos, supongo que es lo que tiene ser la hija

pródiga, pero no estoy segura de tener ganas de ser el centro de atención.

—No lo sé, de momento no tengo fecha para regresar. Necesito un

respiro —confieso de nuevo. Me siento culpable por no contarles que he


vuelto porque he huido de un futuro que no me correspondía. Ni mis padres

saben todavía que lo he dejado todo. ¡Dios! ¿Qué estoy haciendo? Al menos

trataré de no mentir en lo demás.

—Quizás podrías abrir tu propia consulta aquí… —empieza a decir

Daisy, pero él la interrumpe.

—¿No es solo una abogada de divorcios? Aquí no podría ganar


bastante, la gente aquí —incide de nuevo Liam— se suele casar para toda la

vida. No tendría bastante para comprarse ropa y bolsos de marca —escupe.

Eso me duele, pero entiendo que lo nuestro no terminó muy bien.

He venido preparada para todo, incluso para soportar este acoso y derribo.

—Supongo que podría forrarme llevando tus divorcios, estoy segura

de que no hay mujer que te aguante más de un par de años —contrataco.

Y lo veo. Su dolor. Lo he hecho con toda la intención y ahí está el

resultado. Le he vuelto a dar una patada en los huevos. Sonríe con tristeza,

da un sorbo más a la cerveza, inclina la cabeza y se levanta.

—¿Ya te vas? —interroga de repente una voz nasal que creo


reconocer, a la vez que unos largos brazos se enroscan en su estómago.

—Sí, estoy cansado, Tandy.

Sí, es ella. Tandy Fisher, la eterna rival. La eterna perseguidora de

Liam. Veo que tampoco eso ha cambiado.


—Puedo quitarte el cansancio —se ofrece levantando las manos

hasta su pecho para estrangularlo… aferrarlo con más fuerza.

Los chicos en la mesa silban por lo bajito y se ríen, parece mentira


que todos hayamos crecido.

—Pero…, ¿puede ser que esa de ahí sea la pequeña Summer Hunt?

—interroga con sorpresa mirándome con fijeza.

Tandy es un año menor que Liam, dos mayor que yo. Puedo ver que

es ella debajo de todo ese maquillaje que lleva encima. Tiene tanta máscara

de pestañas que sus párpados tiene que tener músculos.

—¿Puede ser que quien esté bajo esa pesada capa de maquillaje sea

la gran Tandy Fisher? —imito su tono desenfadado y alegre. Mentira. No se

alegra de verme, ni un poco.

—¡No puede ser! ¡Si hasta te han crecido las tetas! —exclama—.

Ah, espera, espera, ¡ya sé! Te las has puesto en una clínica de esas pijas de

Nueva York, ¿verdad? Pues déjame decirte que parecen naturales —sigue

diciendo a la vez que se acerca a mí y extiende las manos para tocarme las

tetas.

—Vamos, Tandy, te llevaré a casa, creo que esta noche te has pasado

con la cerveza —la excusa Liam que la toma por la muñeca y se la lleva del

local a rastras.
—¿Solo esta noche? —susurra mi prima en voz baja.
El ambiente se ha puesto serio, yo me he puesto seria. No me

esperaba para nada una velada así, solo quería salir y ver a viejas amigas,

recordar buenos tiempos.

—Yo también os dejo, ha sido un día largo para mí —explico,

despidiéndome de todos con la mano—. Mañana nos vemos en tu casa —

digo a mi prima que con la boca gesticula un «quédate por favor».

—¿Ya te vas, Summer? —pregunta Will.

—Sí, estoy agotada. Nos vemos otro día.

—¿Quieres que te acerque a casa? —se ofrece.

—No, no hace falta, de verdad. Dar un paseo me sentará bien,


gracias.

Creo que va a volver a insistir, pero desiste, me doy la vuelta y me

marcho del Clover. La noche es tal y como la recordaba. Respiro con fuerza

y empiezo a caminar despacio. Un pick-up se aleja y doy por hecho que es

él con Tandy sentada al lado. No tengo ningún derecho a nada, así que no

debería joderme que se la haya llevado a casa, ni que ella lo agarre como si

fuera el último hombre en la Tierra, ni debería importarme si se la tira esta

noche hasta perder… la conciencia. No debería, pero, de alguna manera que

no estoy dispuesta a reconocer, me jode.


5 Ese maldito trago de whisky
Liam

Veo, desde mi furgoneta, como Tandy es llevada a casa por su hermano

menor. Me ha hecho un favor, esta noche estaba más… insistente que de


costumbre. Pensé que, al pasar los años, y después de la boda, se le pasaría

el encaprichamiento conmigo, pero nada ha cambiado.


Sonrío de medio lado al recordar su boda y cómo me acosó esa

misma noche. Sacudo la cabeza, no entiendo cómo alguien puede


prometerle a otra persona pasar toda una vida juntos si no lo siente de

verdad.
Mis padres siempre me decían que, si hay momentos que se vuelven

duros en la vida junto a la persona que amas, si no hay amor ese momento

pasa de ser duro a ser un infierno. Quizás por eso no lo he intentado, porque

no he logrado arrancarla de mi corazón y creí que la había olvidado, pero

solo me estaba mintiendo. ¿Cómo puede alguien dejar un recuerdo que el


paso del tiempo no sea capaz de borrar? Pensé que la distancia era la aliada

del olvido. En mi caso, no ha sido así.

Y, ¡joder!, está preciosa. Es ella, pero más madura, más segura de sí

misma, más mujer.


—¡Maldita sea! —grito estallando mi rabia contra el volante—.

¿Por qué has tenido que volver Summer y poner de nuevo todo patas arriba?

¿Por qué, Sum, sigues siendo como un huracán que arrasa con todo?

Y ahí está. Ha salido sola, pensé que Will no perdería la oportunidad

de acompañarla, lleva enamorado de ella… ¿Desde cuándo? ¿Desde el


parvulario?

—¿Cómo puede alguien tan pequeño dejar huellas tan profundas?

No lo sé, pero lo hace. Camina con calma. Su paso es sinuoso.

Hipnotiza. Me hipnotiza. Recuerdo sus jóvenes caderas bajo mis manos

inexpertas aquella primera vez. Las siguientes también. Momentos torpes,


sinceros. Nunca he vuelto a sentir por nadie lo que sentí por ella. Ha habido

otras, por supuesto, pero con ninguna, ni una sola vez, he sentido lo sentía

teniendo a Summer Lee entre mis brazos.

Aprieto las manos sobre el cuero del volante, voy a dejar marcadas

mis huellas dactilares, todo esto todavía me afecta. Arranco y conduzco a

una distancia prudencial de ella. Voy a paso tortuga ya que se recrea en su

camino de vuelta. Parece… triste.


—¿Estás triste, Sum? —susurro a la nada. Quizás esté perdiendo de

nuevo la cabeza y por eso hablo solo, pero algo me dice que no es feliz. No

sé qué es lo que la ha traído hasta aquí, aunque sea lo que sea, no es algo
bueno. «Necesitaba un respiro», resuenan sus palabras en mi mente—. ¿Un

respiro? ¿De qué? ¿De quién?

Muerdo mi labio inferior, no debería importarme, no debería. Y, sin

embargo, lo hace. Se detiene en la entrada del paseo de árboles. Ese trecho

del camino es famoso debido a que los robles se unen haciendo un dosel

que cubre el camino de manera natural, como un cielo de hojas verdes y


troncos marrones.

El corazón me late deprisa al verla caminar tan despacio por ese

pasaje que tantas veces transitamos. Al final está la casa de sus padres. He

recorrido ese camino andando, en bicicleta, en coche, en moto y, la última

vez, corriendo como alma que llevara el Diablo. Y aun así llegué tarde.

Supongo que le guardo rencor, quizás si me hubiera dado una

explicación razonable no seguiría jodido de esta forma mal sana. Y lo estoy,

nadie se imagina cuanto. Su paso es lento, tanto que detengo el coche en la

entrada del camino y la observo desde lejos como un vulgar acosador.

Levanta la mano y acaricia uno de los troncos, apoya su cabeza sobre él y


cierra los ojos. La imito, los cierro y dejo escapar un suspiro profundo que

me lleva a ese mismo lugar hace años atrás, tantos que este recuerdo no

debería seguir tan vivo, pero lo está. Y me quema.

2014
«—Summer, ¿te gusto? —me atreví a preguntar mirándola a los ojos. No

era más que una niña de dieciséis años, demasiado desarrollada para su

edad, demasiado atractiva para su propio bien.


—¿Cómo… cómo preguntas eso, Liam Hunter? ¿Acaso has olvidado

tus modales sureños? —me echó en cara.

Giré sobre mis pies, tenía que alejarme de ella. ¿Qué hacía allí

perdiendo mi tiempo con una niña cuando había otras a las que podía llamar

mujeres esperándome?

—¿Te… te marchas así?

—Tú también deberías, Summer, tu casa está en la otra dirección —

dije serio.

—Me gustas —confesó de repente, lo que hizo que detuviera mi paso,

solo unos segundos, los que tardé en acallar el latido de mi corazón. ¿Qué

tenía esa cría que me dejaba sin calma? —. ¿Te marchas sin más, Liam

Hunter? —insistió.

—Claro que me voy, Summer Lee, no eres más que…

—Más que, ¿qué…? —preguntó desafiante.

—Más que una niña de dieciséis años, ¿crees que puedes ir por ahí

confesándote a cualquiera mayor que tú? —le eché en cara, furioso. Sin

tener claro por qué mis pasos regresaban junto a ella.


La luz de la luna se colaba por el enrejado de los robles que nos daban

a su vez una privacidad que no habíamos pedido. Que no necesitaba.

Hubiera preferido estar en mitad de la avenida llena de gente y negocios en

vez de en ese maldito lugar en el que cualquier cosa podía pasar.

—No voy confesando mis sentimientos por ahí a cualquiera, Liam

Hunt, solo a ti.

Sus ojos eran tan inocentes como sus palabras, palabras que brotaban

de esa boca que sabía que nadie había besado antes y que me moría por

besar. Respiraba con dificultad, tratando de contener la tormenta que se

había originado en mi interior. Y nadie se puede hacer una idea de cuánto


me contuve para no besarla. Esa fue la semilla, esa tormenta que con el

tiempo se convertiría en un huracán con nombre propio: Summer Lee».

Cuando abro los ojos me doy cuenta de que casi ha llegado a su

casa.

Arranco, despacio, y me aproximo. Al llegar me doy cuenta de que no está

y de que nada ha cambiado. Todo sigue igual. Lo sé porque no he dejado de

pasar por aquí cada vez que he tenido ocasión. Supongo que para ella es

diferente, ya que ha estado mucho tiempo lejos de este lugar.

Detengo el coche, apago las luces y dejo música de fondo, suave.

Necesito quedarme un rato, parece mentira que no haya dejado de


perseguirla ni con el paso de los años. Me siento como un alcohólico

persiguiendo ese trago de whisky al que, aunque queme su garganta, no

puede resistirse. Eso es Summer Lee para mí: ese maldito trago de whisky.
6 Fue por el tuyo
Summer

—¿Ya estás de vuelta? —resuena la voz de mi padre en el salón vacío.

Las luces están apagadas, supongo que mi madre se ha ido a la


cama. Él está en la vieja mecedora que cruje en protesta cuando se levanta.

Tiene en la mano un vaso de whisky que deja sobre la mesita de café. Se


acerca unos pasos, me alejo otros tantos.

—Vamos, hija, ¿no vas a perdonarme nunca? —pregunta en un


susurro.

—Claro que no, papá, pero eso ya lo sabes. Te lo dije en su día y


sabes que siempre cumplo mis promesas.

—No es justo. Fue por tu bien.

—No, papá, fue por el tuyo —recrimino.

De nuevo me siento aquella niña de dieciocho años a punto de

perderlo todo, aquella que no tuvo elección, que no tuvo valor para pelear.
Tengo ese mismo nudo en la garganta, pero ahora es diferente. Tarde, pero

diferente.

—¿Acaso no tienes una buena vida? —pregunta con la voz rota. No

sé si es la edad o el cansancio, lo que sé es que no me importa demasiado.


—¿Crees que la tengo, papá? Si la tuviera, ¿por qué habría vuelto a

un pueblo que no llega a los 800 habitantes?

—Creí…, tu madre pensó que te casarías con ese chico —dice al fin.

—¿Con ese chico, papá? Se llama Leonard y no, no me voy a casar

con él —digo rotunda.


—¿Habéis… habéis roto? —nos interrumpe la voz de mi madre desde

el rellano de las escaleras.

—Algo así, mamá —confieso.

—¿Algo así? Pensé que te iba a pedir matrimonio.

—Lo ha hecho, mamá, lo ha hecho —repito.


—¿Entonces…? —pregunta, como si el simple hecho de que me haya

pedido matrimonio sea razón más que suficiente para pasar el resto de mi

vida con él. Mis ojos se llenan de lágrimas porque sí que hubo alguien con

quien de verdad hubiera pasado el resto de mi vida.

Me encojo de hombros y aprieto los puños. Aguanto las lágrimas que

no dejan de empujar con fuerza, las sostengo como me debería sostener a

mí misma, pero no puedo. He aguantado muchos años y ahora todo lo que


me queda es rencor. Uno que me corroe sin cesar. Más después de esta

noche.

—Hija, ¿es por él? —pregunta bajando las escaleras que nos separan.
No digo nada, tan solo rompo a llorar. Sé que es una locura que pocos

comprenderán, pero no puedo negar lo que siento. Lo que he sentido esta

noche al verlo, el dolor que me llena al saber que lo herí tanto que no quiere

ni verme… Su mirada seria regresa con fuerza, me golpea tan duro que me

lanza fuera del estadio, como si fuera una pelota y él me hubiera bateado

con todas sus fuerzas. Lejos, fuera de su campo de visión, pero ¿cómo
echarle nada en cara?

—¿Cómo va a ser por él? No vale tanto —bufa mi padre, hasta que

parece darse cuenta, por primera vez, de que es por él. Que siempre ha sido

él.

—Hija —llora mi madre abrazándome con fuerza. Y me dejo abrazar

porque no debería, no debería…, pero duele. Me duele pensar que está con

Tandy o cualquier otra, duele pensar que no voy a tener la oportunidad de

charlar con él, de contarle todo lo que me gustaría, de pedirle perdón, de

darle esa explicación que nunca llegó.

—Era lo más sensato, él se iba. No podía permitir…


—Déjalo, papá, déjalo… —suplico. Suelto a mi madre y subo a mi

habitación. Cierro la puerta, aunque eso no impide que los escuche discutir

sin parar. Como aquella otra olvidada noche.

Me quedo sin aire, abro las puertas de la terraza de mi habitación y

salgo, necesito pensar en otra cosa, necesito tomar aire. Es imposible


porque mi cabeza está llena de Liam Hunt. Ha sido peor que cuando lo vi

de casualidad en Nueva York. Mucho peor. Porque en aquella tienda que

estaba no me vio y no pudo mirarme como lo ha hecho esta noche.


Tomo aire, miro al cielo, no recordaba la cantidad de estrellas que

hay, en Nueva York apenas se ven otras luces que las artificiales. Lloro un

rato más, al menos he hecho algo bien; he dejado a Leo. Está claro que

nunca lo he querido, no como a Liam. Quizás no soy capaz de olvidarle por

las circunstancias, porque no lo dejé por ningún motivo de los normales: no

dejé de quererlo, no hubo otro, no me cansé de la relación… lo dejé porque

me vi obligada. Y eso me mata. No dejo de pensar en qué hubiera sucedido

si no hubiese desaparecido de su vida sin despedirme.

Su mirada sigue persiguiéndome, he visto en ella tantas cosas que

no necesito que me diga. Es como si no hubiera pasado el tiempo, está

cambiado, es cierto, más maduro, con alguna arruga…, sin embargo, sigue

siendo él. Es extraño, supongo que él habrá pensado lo mismo de mí. Y,

¿qué puedo decir? Sigo pensando que es el hombre más atractivo del

mundo… del universo.

Alzo la mirada de nuevo y dejo que las brillantes estrellas golpeen

mi piel con su brillo. Sonrío. No hacía tanto tiempo que Liam se quedaba

parado frente a mi casa, esperando a que me asomara, subiéndose al techo


de su vieja ranchera para tener una mejor vista. Y lo llamaba y le susurraba

lo loca que estaba por él mientras veía su sonrisa.

Hoy no he visto su sonrisa, solo rencor y puede que dolor. Dejo

escapar el aire y me seco una nueva lágrima. ¿Cómo es posible que duela

tanto a pesar del tiempo que ha pasado? Supongo que es de locos, pero

¿quién no se ha vuelto loco por amor al menos una vez es su vida? Liam fue

esa vez.
7 En el caso de que no lo sepas
Liam

—¿Es que vuelves a tener veinte? —me recrimino. Breet Young y su «In

case you didn´t know» suena de fondo, echo la cabeza hacia atrás y golpeo
varias veces el duro reposacabezas. A su lado siempre tengo veinte… Es

como si mi vida se hubiera quedado en pausa aquél maldito día que también
esperé a que saliera de su casa, solo que nunca salió.

«En el caso de que no lo sepas, estoy loco por ti…».


No quiero cantarla, pero no puedo evitarlo, esa canción es tan… yo.

Y ahí está. Todo sigue igual y no puedo evitar sonreír. Ocupa la misma
habitación, esa misma en la que tantas veces me colé amparado por la

oscuridad tan solo para robarle un beso más y merecía la pena, ¡joder si la

valía! Se ha apoyado en la barandilla, la mirada perdida en el cielo.

Parece infeliz y eso me mata porque, ya que ha aparecido de nuevo

para joderme vivo al menos que sea feliz, ¿no? Se recoge el pelo de manera
casual, varios mechones se han soltado y el viento juega con ellos. Aprieto

de nuevo las manos en el volante, no tiene ni la más remota idea de cuánto

me estoy contendiendo. Ni la más remota idea…

Espero un buen rato, me quedo embobado observándola. No hace


nada más que mirar al cielo y, de vez en cuando, creo que se seca alguna
lágrima. Hubo un tiempo en el que me recreé con la idea de que, si la veía

triste, tan mal como yo lo estoy, sería feliz. Mentira. No lo estoy. No puedo

estar seguro, pero juraría que llora y eso me está matando. Igual que las

ganas de abrazarla que me han entrado al verla y es que parece mentira que

todo parezca igual cuando nada lo es.


Todos creen que estoy loco, yo también, la verdad. ¿Cómo es

posible que todavía tenga sentimientos por ella? ¿Por esa mujer que me

golpeó como un huracán y no dejó de mí ni los restos para poder volver a

recomponerme? Y aquí estoy, espiándola. Arranco el coche y salgo

despacio de mi improvisado escondite bajo los árboles.


Al pasar bajo su balcón no puedo evitar alzar la mirada, pero ella

sigue con la suya fija en el firmamento. Debería irme a casa, pero no lo

hago. Claro que no. Ahora mismo necesito un trago, uno de esos fuertes y

calientes que queman la garganta. Necesito algo que me distraiga de todo

esto que se está formando en mi pecho y que ¡maldita sea! No me deja ni

respirar.

*****
El Clover está casi vacío cuando llego, Dick recoge los últimos rastros de

los que han pasado esta noche por aquí. No se sorprende de verme, es

normal, me conoce. Somos como hermanos. De hecho, es lo más parecido a

un hermano que tengo. Recogió mis restos a palazos cuando Sum me dejó
sin explicación alguna. Sin decir adiós. Sin un motivo o razón. Tan solo

desapareció. Se esfumó como el humo que salía de los restos de lo nuestro.

De aquel fuego que una vez existió y que ella se encargó de apagar de

golpe, con un gran cubo de agua helada.

—¿Un whisky? —pregunta. Asiento con la cabeza, claro que quiero

uno.
Deja lo que tiene entre las manos, agarra a Gary Taylor de los brazos

y lo saca del local, no sé si va a poder llegar a su casa; tiene una tajada del

demonio.

—¿Crees que llegará a casa? —pregunto preocupado, suele pasarse,

pero esta noche parece que ha batido récords.

—No te preocupes, Becky lo está esperando fuera.

—Quién lo hubiera dicho… —mascullo.

—¿Que acabarían juntos?

—Y que ella iba a aguantarle las borracheras.

—Ya sabes, tío, el amor —afirma rotundo encogiendo los hombros,


como si eso lo explicara todo.

—Sí, el amor… Parece que esa palabra tiene magia, que tan solo por

nombrarla todo tiene justificación.

—Vamos, Hunt, ahora estamos solos. ¿Cómo estás? Parecías…

—¿Jodido? —resoplo.
—Mucho.

—Lo estoy, Dick, tú mejor que nadie deberías saberlo.

—Por eso me preocupo por ti, tío. Es como… si no hubieras logrado


superar aquello, ni un poco.

—Lo triste es haberme dado cuenta de que, aunque creí que había

sanado algo, era todo mentira. Cuando la he visto… lo único que he querido

era ahogar todo el ruido que me impedía oír su voz… Estoy fatal, ¿verdad?

—Creo que a ella le pasa lo mismo —suelta.

Lo miro con curiosidad, ¿ha visto algo que yo no?

—¿Que le pasa lo mismo…? ¿Cómo podría si fue ella la que

desapareció sin dejar rastro? Sabes que me volví loco buscándola, ¿cuántas

veces fui a su casa? Nadie decía nada, solo quería saber que estaba bien y

por qué se había esfumado. ¡Joder! —grito, necesito sacar algo de toda esta

mierda que me ahoga por dentro.

—Lo sé, tío, lo sé. ¿Te olvidas de que te mudaste a mi sofá cuando se

largó? —bufa.

—Todavía me quedan secuelas por dormir en… eso.

Dick ríe, a mí no me hace tanta gracia. Llevo mi mano de manera

inconsciente a la espalda, justo debajo del omoplato. Una noche llegué tan

borracho y cansado que me tiré al sofá sin mirar que la navaja que usaba
para tallar se había quedado allí, medio abierta y me la clavé en la espalda.
No me importó, solo por la mañana, cuando el efecto del whisky se disipó

sentí una molestia y fue cuando me di cuenta de que tenía la camiseta

pegada a la herida por la sangre.

Me tuvieron que poner algunos puntos, pero no me importó. En esa

época no había espacio para más dolor del que sentía por dentro.

—Todavía recuerdo la cara de tu padre al coserte —se mofa.

—Se lo hice pasar mal…

—Supongo que ser médico no sirve cuando se trata de curar un

corazón roto, más si es de tu hijo.

—Él la adoraba tanto como yo. Y mi madre, lo sabes, ¿verdad? —


susurro con voz queda al recordar a mi madre, todavía duele su pérdida.

Mucho.

—¿Quién no lo hacía? Summer Lee era Summer Lee.

—¡No me jodas! ¿No irás a decirme que también te gustaba?

—¿A quién no? —confiesa encogiéndose de hombros—. Era tuya,

pero eso no significa que no viéramos lo genial que era.

—¿A qué crees que ha vuelto? —pregunto en voz baja. Quiero saber

de lo que han estado hablando en la barra, pero soy demasiado orgulloso

para preguntar abiertamente. Aunque me muera de ganas.

—No lo sé, no me lo ha dicho. Por ahí murmuran que tal vez ha

venido a traer las invitaciones de boda. Pero… no sé —dice rascándose la


barba.

—¿Se va a casar aquí? —pregunto sin poder evitar que mi voz suene

seria. Ella ha dicho que no, pero ¿cómo podría estar seguro? Estoy molesto

y me dolería más que trajese aquí a ese abogado de ricachones para celebrar

su boda, sería como… desatar el infierno.

—No lo sé, tío, la verdad es que no lo sé.

—¿Y Charly? —pregunto.

—Se fue con ellas, a acompañarlas, quizás esta noche, por fin, se

declare a Lily.

—Sería un hito en la historia de Magnolia Springs.

—Hunt, eres demasiado bueno para este pueblo. Deberías…

—¿Haberme largado como hizo ella? No, gracias. Lo que sí voy es a

largarme a mi casa. Quería celebrar que todo ha ido bien, pero me han

fastidiado a base de bien.

—Liam —me llama de nuevo.

—Dime.

—Todavía no la has olvidado, ¿verdad?

—Nunca, Dick, me temo que ni cuando sea tan solo un puñado de


cenizas.
8 Como aquella maldita vez
Summer

La mañana no trae paz, bajo a desayunar y mis padres están enfadados. No

se hablan el uno al otro, por lo que deduzco que discutieron por mi culpa.
Como aquella maldita vez. Siempre he sido la causa de sus peleas. Yo y…

Liam.
—Buenos días, Sum —saluda mi madre con una agradable sonrisa—,

¿has podido dormir bien?


—He dormido algo, gracias mamá.

—Hija —dice a la vez que me coloca una taza de café frente a mí y


un plato con un trozo de bizcocho—. ¿No te vas a casar? —suelta a

bocajarro—. ¿Has venido a decirnos que no te vas a casar con Leonard?

La miro a los ojos y no puedo evitar que se me llenen de lágrimas, no

quiero causarles dolor, ni ser el motivo de sus discusiones, pero tampoco

puedo mentirles. Llegué hace unos días y todavía no les había dicho nada.
—No, mamá, no voy a casarme con Leonard —confieso por fin y

algo dentro de mí se deshincha, como un globo de feria.

—¿No lo quieres? —vuelve a la carga.

—No lo bastante —suspiro.


—Entonces, me parece bien —afirma—. ¿Vas a quedarte en

Magnolia Springs?

—Supongo… La verdad es que no sé qué hacer con mi vida, mamá.

—Vas a ser feliz, te lo mereces —suelta tajante.

—No tengo claro que pueda, mamá… No tienes ni idea de cómo me


miró… —suspiro entre lágrimas—. Además, creo que sale con alguien —

musito recordando a Tandy «la lapa» enganchada a él.

—No creo que ese chico salga con nadie en serio. Cuando te fuiste…

—se interrumpe y mira hacia todos lados, doy por hecho que buscando

algún rastro de mi padre—, cuando te marchaste vino a casa a buscarte,


muchas veces. Más de las que puedo recordar. Golpeó la puerta sin parar

durante horas, pero tu padre no dejó que le abriera, te llamaba a gritos, no

sabes cómo lloraba ese joven, desesperado por saber si, por lo menos,

estabas bien —confiesa, y saber eso hace que mi estómago se encoja y mi

corazón lata a mil por hora, me imagino a Liam en esa situación, y no

puedo respirar, me falta el aire…

Me levanto del asiento y salgo al jardín jadeando, en busca de esa


bocanada de aire que evite que me asfixie. Cuando logro respirar, paseo

nerviosa entre las plantas de mi madre.

—Cariño, ¿estás bien? —musita.


—No, mamá, claro que no lo estoy. Yo… no sabía nada. No me

dijisteis nada… Imaginaba que habría venido pidiendo explicaciones, pero

pensé que papá le habría dicho algo —susurro de nuevo sin aire.

—Tu padre se negó a decir nada. Vino durante varios días antes de

irse al ejército, hasta que tu padre llamó al sheriff Hudson y se lo llevó por

alteración del orden público. Creo que estuvo un par de días en el calabozo.
Ese chico era un alma en pena.

—Mamá, ¿sabes el daño que saber eso me causa? No me extraña que

no quiera verme. ¿Por qué…? —me interrumpo sin fuerzas. Al parecer no

sé nada de lo que de verdad sucedió. Ni de lo que vivió.

—Tu padre me prohibió decir nada. Ni siquiera a su padre, el doctor

Hunt, me dejó darle una explicación. No te imaginas la vergüenza que

pasaba cada vez que tenía que ir a consulta.

—Sigo sin entender por qué papá hizo eso, vale que me jodiera la

vida a mí, ¿pero a él?

—Hice lo que creí mejor para ti, niña —resuena la voz de mi padre a
través del jardín—. Y no me arrepiento, Summer, lo volvería a hacer. Ese

hombre tan solo te habría arruinado la vida.

—Supongo que es algo que ya nunca sabré gracias a ti, padre, ya que

decidiste que era mejor que mi propio padre me la arruinara —suelto,

furiosa, alejándome del jardín.


—¿No he pagado suficiente por mi error? —pregunta y eso hace que

gire de nuevo frenética.

—¿Tú? ¿Cómo has pagado? —interrogo.


—Mi hija estudió veterinaria en vez de derecho… ¿No es bastante

castigo?

—¿Eso lo consideras un castigo? ¿Estudiar algo que de verdad

amaba? Si tanto querías tener un abogado en casa haber estudiado derecho

—escupo.

—También puedes casarte con Leonard —insiste. Y eso hace que casi

pierda la razón.

—¡No voy a casarme con Leonard solo para que puedas presumir de

tener un abogado en la familia! —grito. Creo que es la primera vez que me

he atrevido a plantarle cara, a hablarle así.

Su mirada sorprendida hace que decida dejarlo por el momento. Subo

a mi dormitorio y cierro con pestillo. No quiero ver a mi padre por ahora,

sigo molesta, cabreada, dolida… Y lo peor de todo es la culpabilidad que

siento, no dejo de echarme en cara que no tuve el valor suficiente de

enfrentar a mi padre, ni de decirle a la cara a Liam que el motivo por el que

me iba no era él, sino mi padre.

*****
No sé cuánto tiempo llevo encerrada en mi habitación, pero no ha sido

suficiente para poner en orden mis pensamientos. Lo cierto es que estoy

abrumada, he regresado porque no he sido capaz de mantener una relación,

y al llegar aquí todo el pasado me ha caído encima como un cubo de agua

helada que me tiene tiritando sin parar. Estoy agotada. Solo quería poner en

orden mi cabeza. Nada más lejos de la realidad, estoy más embrollada que

nunca.

El móvil suena y al mirar veo que tengo un mensaje de Leo que no

pienso leer. No estoy de humor para nada ni nadie.

Me levanto, mi reflejo en el espejo es peor de lo que pensaba, pero


nada que unas grandes gafas de sol no puedan arreglar. Me las pongo, cojo

una mochila y salgo de la casa que debería contener miles de recuerdos

agradables, pero que, sin embargo, contiene solo dolor.

Es la primera vez desde que llegué que me tomo un tiempo para

pasear con tranquilidad por el pueblo. Apenas ha cambiado desde que me

fui, supongo que tengo que estar agradecida por ello. A veces es bueno que

haya algo que no haya cambiado. Algo que te recuerde tu pasado, que te

recuerde tus raíces y todo lo que te llevó a ser la persona que eres y ahora

mismo no tengo ni idea de quién soy o de en quién me quiero convertir. Soy

tan solo un pozo de dudas, frustraciones e inseguridades sin un futuro claro.

Supongo que lo primero que debería hacer sería averiguar qué quiero hacer
de ahora en adelante. Si quiero, o no, regresar a Nueva York en algún

momento.

Todas las tiendas siguen abiertas, la mayoría continúan regentadas por

los mismos dueños y al ver la Cafetería de Helen, no puedo evitar entrar

para probar una de sus famosas tartas de calabaza. Solo su recuerdo hace

que babee y me llevo una grata sorpresa a ver a Cassie tras el mostrador.

Hacía tantos años que no nos veíamos. Desde que me fui.

—¿Summer? —murmura al verme—. Que me maten si no eres

Summer porque te pareces a esa mocosa un huevo —suelta.

Su reacción me hace sonreír, la verdad es que sigue tan malhablada

como cuando éramos niñas. Otra persona a la que quería y a la que me

obligaron a dejar atrás.

—Cassie Mallory, veo que no has cambiado nada y eso me alegra —

afirmo con una gran sonrisa que me devuelve saliendo de detrás de la barra.

—Cassie, ¿y mi café?

—Dame un segundo, Tim, ha vuelto mi amiga perdida, eso es más

importante que tu café —masculla abrazándome con fuerza.

¡Joder si sienta bien!


—Me alegra verte también —confieso con un nudo en la garganta.

Aquí, en Magnolia Springs, los abrazos se dan de verdad, son ese tipo de
abrazos que te agrandan el corazón y te deja sin aliento unos segundos para,

acto seguido, respirar con más fuerza. Y Cassie Mallory es pura energía.

—Deja que vea a la chica de La Gran Manzana —dice alejándome un

poco, aunque sus manos siguen en mis hombros, sin soltarme del todo—.

¡Wow! Estás increíble. Espera…, ¿te han crecido las tetas?

—Eres la segunda que me lo dice, aunque Tandy ha insinuado que me

he operado en Nueva York.

—Tandy, Tandy… va a seguir igual de gilipollas pasen los años que


pasen —me mira a los ojos y algo ha tenido que ver porque esboza una

media sonrisa que me deja claro que se ha imaginado, y sin error, la escena
a la perfección—. Vale, estaba Liam delante, ¿no? —asiento sin decir nada,

solo pensar en lo incómoda que me sentía anoche hace que el nudo en mi


garganta se haga más grande, aunque después de la confesión de mi madre

entiendo por qué está tan molesto…—. Nunca va a dejar de perseguirlo.


¿Qué tal el encuentro?

—Cassie, mi café —insiste Tim desde la mesa con mal humor. Ambas
miramos hacia la mesa y él me sonríe a la vez que saluda inclinando la

cabeza y tocando el ala de su sombrero. Hacía mucho, pero mucho tiempo,


que no me saludaban así y eso provoca una sonrisa instantánea en mi cara.
—Ya te lo lleva, Tim, yo puedo esperar —le digo a Cassie que se

aleja con su melena oscura y rizada hasta lo imposible. Siempre aluciné con
su cabello, con su tono de piel bronceado, tan alejado de mi particular
palidez. Sigue siendo preciosa, aunque el tiempo ha grabado en su cuerpo

alguna curva de más que, la verdad, le sienta de muerte. Cassie le


acerca el café y le lleva una galleta de calabaza y chocolate.

—Toma, Tim, por la espera —dice guiñándole un ojo y nada más


dejar las cosas en la mesa acude de nuevo a mí.

—¿Qué quieres? Pide lo que quieras —dice.


—Un café especial y un trozo de tarta de calabaza, también una
galleta de chocolate como la que le has llevado a Tim —pido tras pensarlo

un segundo.
—¿En Nueva York no te han dado de comer o qué? Estás más flaca

que de costumbre… —señala.


—No he comido tan bien como aquí —confieso. Puedo ver que

nada ha cambiado entre nosotras, aunque me fuera sin decir adiós—. Yo…,
lo siento, Cassie. Siento la forma en la que me… —apunto estoy de decir

me obligaron a irme, pero me reprimo—, me fui. Lo siento mucho, de


verdad —confieso con la voz pequeña, tanto como me siento ahora mismo.

—Lo sé, no hace falta que te expliques, me quedó claro que todo fue
por tu padre. Sé que nunca le gustó que fuéramos amigas, no hacía falta ser

adivina para saberlo, Sum, aunque me hubiera gustado saber de ti una vez
que llegaste a Nueva York.
Cierro los ojos un segundo tratando de bloquear la emoción que
quiere salir a través de mis ojos, pero no lo logro y con rapidez seco una

lágrima que resbala por mi mejilla.


—¿Me creerías si te dijera que me dolía tanto que fui una cobarde

que se refugió entre libros? —revelo, todavía no he podido mirarla a los


ojos. Siento vergüenza por cómo se dieron las cosas. Mi padre… arruinó no

solo mi vida y eso me hace odiarlo un poco más.


—Yo también te eché de menos —confiesa y puedo ver en sus ojos

que todavía extraña nuestra amistad, y yo también—. Pero ahora estás aquí
y podemos ponernos al día. Dime, ¿cómo fue el encuentro con Romeo?

—¿La verdad? —ella asiente—. Preferiría haber estado muerta


como Julieta —dejo escapar.

La risa de Cassie sigue siendo tan contagiosa que no puedo evitar


reír a carcajada limpia.

—Salí con Lily y con las demás, no esperaba encontrármelo allí de


sopetón, pero allí estaba.
—Sigue estando para hacerle un favor y darle las gracias, ¿eh? —

suelta.
—Sí, sigue siendo… sigue siendo él, pero más maduro. Nunca

pensé que pudiese volverse más atractivo.


—Lo es. Tiene a todas las chicas del pueblo locas. Y no solo a las de

nuestra edad, parece que ninguna puede resistirse a sus encantos ni las niñas
pequeñas, ni las atontescentes, ni las maduritas… —enumera.

—Ni Tandy —añado con una risa que no es real.


—Tandy es su lapa personal, siempre está acechándolo y no pierde

una oportunidad para acercarse a él. Lo hizo incluso el día de su boda —


susurra acercándose a mí.
Abro los ojos, alucinada.

—¿Qué hizo el día de su boda? —pregunto en un susurro. Me hace


feliz ver que todo sigue igual, casi igual, entre nosotras.

—Trató de tirárselo en el convite —murmura.


—No es verdad —susurro.

—Oh, sí lo es. Créeme —afirma con la voz tan baja como la mía.
—¿Y él…? —intento preguntar, pero me falla la voz.

—Supongo que habrá algún que otro rollo de una noche, pero desde
que regresó no ha salido con nadie.

—¿Desde que regresó?


—Del ejército. Dejó la carrera militar por su padre, el señor Hunt no

está bien de salud desde hace un tiempo. La muerte de la señora Hunt le


afectó muchísimo. A los dos —aclara. Toda la información que me da me
deja de piedra, ¿cómo es posible que lleve aquí más de una semana y nadie

me haya dicho nada de esto?


—¿La señora Hunt… murió? —interrogo con el pecho encogido, no

sabía que Suzanne había muerto.


—Fue complicado para todos, sabes que aquí la adorábamos —

asiente Cassie con los ojos húmedos.


—Veo que el hecho de que mi padre me obligara a dejar Magnolia

Springs no solo fue difícil para mí.


—Tenías que haberlo visto en esos días, Sum. Parecía un perro

apaleado frente a la casa de tus padres. Y ellos no decían nada sobre ti.
Aunque el chico insistía en que al menos les dijera si estabas bien.

—Algo me ha contado mi madre esta mañana. Yo… yo no sabía


nada.

—¡Cassie! —la llaman de una de las mesas. Ella pone los ojos en
blanco y va a atender al cliente.
Lo cierto es que todo esto es demasiada información para mí. Estoy

aturdida, aunque me ha gustado tener la sensación de que no haya pasado


una eternidad entre Cassie y yo. Me alegra tener la esperanza de que

volvamos a ser amigas.


—Salgo en dos horas. Esta noche estoy libre, ¿te apetece que nos

tomemos algo en el Clover? —pregunta.


—Me encantaría —sonrío y es cierto. Cualquier cosa que me aleje
de casa, de mi padre.

—Vale, pues nos vemos —se despide con una bonita sonrisa.
—A las ocho —repito y me giro para salir del local. Cuando estoy
junto a la puerta, me llama.

—Sum —la miro y espero a ver qué tiene que decirme. Tengo la
sensación de que algo pasa por su cabeza, porque sus ojos cambian y se

llenan de un sentimiento diferente a la alegría que suele llenarle la cara—,


no… no desaparezcas de nuevo sin decir adiós —pide con voz suave—. Te

he echado de menos.
—Claro que no —susurro tragando con fuerza. Puedo ver en sus

ojos lo mal que tuvo que pasarlo ella también. Y eso hace que me odie un
poco más. Dejé que mi padre gobernara mi vida, tomara las decisiones por

mí y me alejara de todo lo que de verdad quería.


9 Jodidamente enamorado
Liam

—¿Cómo estás, tío? —me pregunta Charly.

—Jodido —farfullo tras mirar con detenimiento la pezuña de


Tormenta.

—Jodidamente enamorado —se burla.


Debería replicarle, pero tiene razón; estoy jodidamente enamorado

de ella desde… desde siempre.


—¡Maldita sea! —exclamo y dejo caer la pata del animal sin

miramientos.
—Vale, vale, no te pongas así. Estaba bromeando… —se disculpa.

—Pues has dado en el clavo. Sigo jodidamente enamorado de ella…

—mascullo.

Camino hacia el fondo del establo dónde tengo un pequeño

frigorífico, lo abro y saco un par de botellas de cerveza fría. Cierro la puerta


con tanta fuerza que todo tiembla. El imán de la nevera de la última fiesta

de la cosecha cae al suelo y se parte. Es lo que tiene el cristal.

—Tío, ¿cómo es posible? —interroga con una sonrisa que me deja

claro que tampoco es una sorpresa para él y luego da un sorbo al dorado y


frío líquido.
—No lo sé —confieso desesperado, enredando una mano en mi

cabello, siento el sudor que empapa mi frente—. Te juro que pensé que lo

había superado, Charly, pero ¡joder! Ha sido verla y no puedo quitármela de

la cabeza… ni un puto momento. Me está volviendo loco.

—Bueno, si te sirve de algo creo que a ella tampoco le eres


indiferente —suelta y da otro sorbo al botellín.

Dejo escapar un bufido de incredulidad.

—Creo que estás viendo cosas dónde no las hay —replico y doy

otro trago a la cerveza—. No sé a qué ha venido, pero estoy seguro de que

yo no tengo nada que ver.


—Siento decirte, amigo, que nunca te das cuenta de cuando le

gustas a una chica, te ha pasado siempre. Ni siquiera cuando se te abren de

piernas pareces enterarte. Y te aseguro que no le eres indiferente a Summer.

—Ha venido a entregar las invitaciones de su boda, así que no digas

gilipolleces —replico de nuevo, esta vez de mal humor.

—Tampoco sería la primera recién casada que quiere pasar la prima

nocte contigo —se burla.


Eso me trae recuerdos que quiero olvidar.

—Tandy estaba borracha —la excuso.

—¿Tanto como para confundir a su recién estrenado marido con

otro? —pregunta con tono mordaz y luego da otro sorbo a la cerveza.


Me siento a su lado, de momento mi trabajo tendrá que esperar. No

estoy centrado para cambiar las herraduras a Tormenta.

—¿Sabes? Creo que estoy enfermo, la seguí hasta su casa y esperé

escondido en el coche —confieso con un bufido.

—Estás enfermo, lo confirmo.

—Fue… como si no hubiera pasado el tiempo, Charly, como si


volviera a tener veinte años.

—Ella parece la misma, la verdad. Creo que ni Nueva York, ni los

años, la han cambiado demasiado.

—¿Tú crees? No lo sé, tío. Creí…pensé que la había olvidado, pero

tan solo me mentía. Y duele, Charly, todavía me duele.

—Ya, tío… supongo que jode perder a alguien así, y más a alguien

como Summer. ¿Vas a intentar aclarar las cosas con ella?

—¿Qué hay que aclarar? Se largó sin decir ni adiós, ¿no está claro

eso?

—Tal vez haya más, Liam. Tal vez, si averiguas qué pasó de verdad
se te pase ese… encoñamiento que tienes desde hace décadas.

—Siglos, han parecido siglos… —afirmo y golpeo la botella de

Charly con la mía antes de dar una larga bocanada.

—Parece que se quedará un tiempo —suelta de nuevo—. La otra

noche acompañé a casa a Lily —deja caer


—¿Le has pedido por fin una cita?

—Todavía no…

—Claro, es pronto, solo llevas colado por ella toda tu puta vida —le
echo en cara.

—Es… complicado —se justifica—. Lily me dijo que no sabe nada

de una boda…

—No me vas a dejar en paz, ¿verdad?

—No hasta que te vea feliz.

—La felicidad no existe.

—Vale, como quieras. Te veo luego en el Clover. ¡No faltes! —grita

saliendo del taller.

Termino la cerveza, me doy un paseo hasta el cubo de la basura que

hay fuera y dejo que toda la extensión de las tierras del rancho se cuele

adentro, que me recuerde lo duro que he trabajado para sacar adelante todo.

Que todo esto no lo hago solo por mí, también por mi padre y por madre. Se

lo debo.

Regreso dentro y, más centrado, vuelvo a tomar la pata de Tormenta.

Necesita un cambio de herraduras de nuevo. Y también un recorte de

pezuñas. Así que me pongo manos a la obra, me queda un buen rato de

trabajo en el que nada más pensaré en herraduras, clavos y pezuñas. Nada


de pensar en cómo Summer Lee me apagó como a un cigarrillo, nada de
pensar en que todavía me ahogo en su recuerdo y que no parece que haya

alcohol suficiente en el mundo para ahogar su recuerdo.


10 Incluidos asnos
Summer
El paseo por la avenida ha sido agradable, me ha encantado ver que todo
sigue más o menos igual. Cambios imperceptibles que me han hecho creer

que no ha pasado el tiempo, que tan solo pulsé el botón de pausa y que
ahora todo se ha reanudado justo donde lo dejé.

Ver a Cassie y comprobar que no me guarda rencor, que todavía


conserva los recuerdos que compartimos con cariño, que me haya dejado

claro que podemos retomar la amistad… ha alegrado mi día de mierda.


Me detengo en la consulta del doctor Trevor, el único veterinario del

pueblo. Entro y, cuando la puerta se balancea, un dulce tintineo llena todo,


seguido del sonido de pequeños ladridos y maullidos.

El doctor Trevor sale de dentro y se baja las gafas hasta la punta de la

nariz como si ese gesto le ayudar a confirmar que soy quien cree que soy.

—¿Es la pequeña Summer Lee la que tengo frente a mí?

—Hola, doctor Trevor —lo saludo con una gran sonrisa.


—Ven aquí, pequeña —me llama con los brazos abiertos—. Parece

que ha pasado una eternidad —susurra. Puedo sentir la emoción en su voz,

yo también estoy lo estoy—. A ver, déjame verte —pide alejándome un

poco de su abrazo.
Espero que él no me diga también que me han crecido las tetas…
—Estás preciosa, Summer, estás igual que aquella pequeña que se

pasaba las horas aquí, ayudándome porque quería ser vetinaria. —Y el

recuerdo me golpea con fuerza, ni siquiera sabía pronunciar de manera

correcta veterinaria, pero tenía claro que quería ser una de mayor. Como el

doctor Trevor.
—Lo he conseguido, doctor Trevor —confieso emocionada. Lo cierto

es que no tengo ni idea de por qué todos… él, piensa que soy abogada.

Nada más lejos de la realidad, fue para lo único que tuve el coraje de

rebelarme contra mi padre.

—Lo sé, niña, tu madre venía de vez en cuando con Botón y me


hablaba de lo orgullosa que estaba de ti —confiesa bajando la mirada. Estoy

segura de que él sabe todo, por eso tiene tristeza en la mirada, porque sabe

que mi padre odiaba que quisiera ser veterinaria en vez de una doctora de

verdad, o de abogada.

—Será la única que lo esté —dejo escapar un suspiro.

—Tu padre es un hombre anticuado, Summer, recuerda que, aunque

no lo entiendas, él pensó que era lo mejor para ti.


—¿Lo mejor para mí? No puedo evitar pensar si no era lo mejor para

él, doctor, no aprobaba ninguna de mis decisiones… ni a él —confieso.

—Todo se arreglará, ya verás.


—No creo que todo se pueda arreglar —suspiro molesta, cansada y

triste.

—¿Estás de vacaciones? —interroga para cambiar de tema, supongo

que la atmósfera se ha puesto demasiado tensa.

—No, tan solo he vuelto.

—¿Para quedarte? —interroga con curiosidad. Yo solo encojo los


hombros, porque la verdad es que si algo no tengo claro ahora mismo es mi

futuro—. Sabes que pronto me jubilaré, ¿verdad? El pueblo se quedará sin

veterinario. No me gusta la idea, pero mis huesos ya no me dejan hacer

muchas cosas…. ¡Maldita artrosis! —se queja.

—Algo he oído, sí —afirmo.

—Si quieres la clínica, es toda tuya. No puedo pensar en nadie mejor

que tú.

—Gracias —digo con una gran sonrisa—, lo pensaré —afirmo con el

corazón latiendo un poquito más deprisa. Por fin algo que me hace sentir un

poquito viva otra vez.


El teléfono suena y Trevor me hace un gesto con la mano antes de

contestar. —Entiendo. Sí, tienes razón. Parece, por lo que cuentas,

que ha tenido una torsión del útero. Los síntomas son bastante reveladores.

Me acercaré, pero no tengo fuerza suficiente para llevar a cabo algo así,
tendrá que… Espera, espera un momento —dice y me mira—. ¿Te apuntas?

Necesito ayuda.

Sonrío y mi corazón se vuelve loco.


—¿Una torsión de útero? No me lo perdería por nada en el mundo.

—En veinte minutos estamos ahí, Hunt —dice antes de colgar y es

ese momento en el que me doy cuenta de adónde vamos y de que, para mi

desgracia, ya no puedo echarme atrás.

*****

Llegamos a toda prisa a la granja Hunt, parece serio por el tono de voz con

el que el doctor Trevor me habla. Una torsión de útero siempre lo es. Al

bajarnos del coche veo al padre de Liam esperándonos inquieto, como

también veo su mirada de sorpresa al reconocerme. Estoy segura de que no

se esperaba, para nada, verme bajar de la pick-up.

—¿Summer? —pregunta a la espera de que confirme sus sospechas.

—Señor Hunt —saludo, tímida. Después de lo que he sabido, de

cómo gestionó mi padre todo… no me extrañaría que me echara de aquí a

patadas, tiene que odiarme por lo que le hice a su hijo. Sería lo normal.

—Vaya, no esperaba verte por aquí de nuevo —murmura y me quedo

esperando la estocada mortal—. Qué alegría verte de nuevo, niña, aunque

sea en una situación así —dice para mi asombro.


Mi confusión es evidente porque el doctor Trevor me golpea en las

costillas con el codo.

—¿Qué sucede, James? —le pregunta.

—Es Molly, tiene problemas con el ternero. Algo no va bien —dice

frotándose las manos.

—¿En el establo? —pregunta Trevor y en cuanto asiente salgo a

correr. Todavía recuerdo el rancho. ¡Joder! Todavía lo recuerdo todo.

Cuando llego veo al pobre animal sufriendo. Sufriendo de verdad.

Molly no es en la única que me fijo, Liam está allí intentando hacer… algo.

—¿Cuánto lleva así? —interrogo tratando de parecer profesional.


Tratando de que dé la sensación de que no me afecta para nada. Para nada.

—Desde la madrugada. No he podido ayudarla… —dice serio.

—No debías haber esperado tanto, no sé si el ternero seguirá con vida.

A Molly le falta poco para criar malvas… —mascullo al ver el deplorable

aspecto del animal, está sin fuerzas, derrotada sobre sus patas delanteras y

con la espalda inclinada tratando de expulsar un ternero que no va a salir.

No con una torsión de útero.

Meto la mano dentro del animal tras ponerme unos guantes a toda

prisa, mientras sigo haciéndole preguntas.

—¿Todo iba bien?


—Empezó de parto sobre las cuatro de la madrugada, todo iba bien,

pero de repente nos dimos cuenta de que el parto se había parado —informa

serio, tratando de sonar brusco, pero no lo logra del todo.

—Y entonces llamé a Trevor —interviene el señor Hunt.

—Vale, voy a ver si descubro por qué…

—¿A los abogados en Nueva York los enseñan a tratar vacas? —

resopla con ironía.

—Es una gran veterinaria —lo corta Trevor.

Ese dato parece dejarle fuera de juego. Claro, pensaba que era

abogada.

—Para tu información soy veterinaria —aclaro.

—Aunque sea así, en Nueva York solo atenderás a Caniches y

Ragdolls, ¿no? —suelta socarrón.

—Aunque te parezca mentira me enseñaron a tratar a todo tipo de

animales —me defiendo. Lo cierto es que estoy especializada en animales

de granja, y me callo el hecho de que soy especialista en cría de caballos de

raza.

—Incluidos asnos —malmete Trevor. Liam suelta un bufido, pero


puedo ver que sus ojos brillan y una sombra de sonrisa se dibuja en su cara.

—Vale, confirmado que tiene una torsión del útero y que por eso se

detuvo el parto —diagnostico—. Creo que no se ha girado del todo, así que
voy a intentar colocarlo bien de forma manual —explico, mirando al señor

Hunt y al doctor Trevor.

—Veo que lo tienes dominado —afirma Trevor con una gran sonrisa.

—¿Podrás hacerlo tú sola, Summer? Te veo más delgada que de

costumbre. ¿No te ha tratado bien Nueva York?

—Nada como estar en casa, señor Hunt —contesto con una suave

sonrisa. Siempre me gustó el señor Hunt, lo adoraba, fue como un padre

para mí. Uno de verdad. Uno con el que me sentía cómoda y no tenía que
andar a su lado de puntillas, uno con el que podía pasarme toda una noche

bajo las estrellas y frente a una hoguera, escuchando viejas historias de


cowboys que amaban a sus mujeres de una manera en la que los demás

hombres no eran capaces.


—¿Qué vas a hacer? ¿Vas a girar al ternero? —pregunta el doctor

Trevor.
—Sí, voy a intentarlo, necesitaré ayuda. Liam —lo llamo y

pronunciar su nombre en voz alta provoca en mí tantos sentimientos que


parpadeo y trago con fuerza para librarme de ellos. Ahora mismo no puedo

pensar en nada que no sea salvar la vida del animal—. Molly está agotada,
y el ternero no hace por empujar porque no hay hueco suficiente. Voy a
tratar de girarlo dentro —explico—. Ataré una cuerda a las patas de la cría

y vamos a intentar rodar ternero y útero a la vez para que pueda nacer —
continúo recitando, más que para él para recordarme a mí misma cómo
hacerlo. Aun así miro a Trevor y cuando él confirma me siento más segura

de mí misma. Meto la mano dentro del animal y cuando localizo las patas
engancho la cuerda.

—Vale, voy a girar con la mano, necesito que cuando te diga tires con
firmeza y suavidad. Aunque primero creo que es mejor que amarremos a

Molly. Señor Hunt, ¿puede atarla?


—Lo haré, pero lo pasará mal, mis vacas nunca están atadas… —
protesta.

—Lo sé, pero si se mueve mientras giramos el útero podemos


empeorarlo todo —justifico.

—Escúchala, Hunt, la chica sabe lo que hace —me defiende Trevor.


Una vez atada pido a Liam que compruebe que está bien sujeta, meto

la mano dentro y tengo el extremo de la cuerda en la otra mano, el otro lado


lo tiene Liam que rodea su mano con un par de vueltas para agarrarla bien.

—Vale, cuando te diga, tira… —pido mientras coloco la mano en las


patas del animal—. Vale, ahora —ordeno y tiramos a la vez que giro y

volvemos a repetirlo otra vez. Molly deja escapar un mugido de dolor que
me eriza el vello de la nuca, pero me calmo cuando veo las patas y la

cabeza del ternero asomando por la abertura—. Ahora, un último empujón


suave y firme —pido a Liam.
Los dos tiramos de nuevo, la vagina ha dilatado algo más y el ternero
sale con más rapidez de la que esperaba, Liam tiene buenos reflejos y lo

coge antes de que caiga al suelo. La sangre y el líquido amniótico los baña a
él y al ternero. Y a mí.

Acudo primero al pequeño, lo examino y me quedo tranquila. Sigue


con vida.

—¿Cómo está, Summer?


—Bien señor Hunt, un poco apurado porque lo ha pasado mal, pero

enseguida va a estar bien.


—¿Y Molly?

—Es toda una campeona. Voy a curar el ombligo del pequeño y luego
veré a Molly.

—No tenía que haber venido —dice Trevor palmeando el hombro de


Hunt.

Todavía con el ternero entre las manos de Liam lo examino, intento


no darme cuenta de sus manos cuando las rozo, ni de lo cerca que estamos,
ni de lo atractivo que me parece aunque esté lleno de sangre y restos del

parto…, ¿estoy loca? Con toda probabilidad.


—Voy a curar el ombligo al ternero y luego examinaré a Molly —

repito, aunque no sé por qué, supongo que para distraerme de sus malditos
ojos azules. Él solo asiente y mira el ternero, supongo que está incómodo.
Yo también lo estaría si él hubiera desaparecido de la noche a la mañana sin

decirme nada. Si me hubiera roto el corazón.


—Ya está, Molly, estás perfecta. En un par de días ni te acordarás —

susurro. La desato con cuidado y la acerco a su retoño que parece cobrar


ánimo con más rapidez tras las caricias de su madre.

—Has hecho un buen trabajo —me felicita serio.


—Me especialicé en animales de granja. Sobre todo, en caballos —
digo sin más.

—¿Por qué? —demanda con ese rictus que no deja de juzgarme.


—Supongo que sabía que al final volvería aquí —le digo.

Su mirada se vuelve intensa y que me maten si ahora mismo no lo


besaría hasta dejarlo sin aire, pero no me atrevo porque sé que no soy su

persona favorita. Al menos ya no.


11 La buena noticia
Summer

El sol brilla fuerte cuando salgo de la ducha. El señor Hunt se ha negado a

que me vaya tan pronto y me ha prestado ropa de la madre de Liam, de esa


que tenían guardada todavía porque tirarla es todavía más doloroso que

conservarla. Debería irme, lo sé, pero en el fondo, si he de ser sincera, no


quiero.

Tengo que ser honesta y reconocer que he regresado por él, me fui de
una forma muy poco… honorable. Ahora me toca intentar reparar el daño

que hice y ver si todavía hay alguna oportunidad para nosotros. No puedo
estar segura, han pasado demasiados años, pero me gustaría, al menos,

intentarlo.

—Summer —me llama el señor Hunt—. Sí, señor Hunt —digo.

—Llámame James, no es como si fuéramos dos extraños, niña.

—No lo veía oportuno, señor… James —asiente y se queda en


silencio—. Hace mucho tiempo que no nos vemos.

—Desde que dejaste a mi hijo sin decir adiós —me recrimina. Está en

su derecho. Lo está, así que no digo nada. No me atrevería. No hay excusa

para lo que hice y ahora debo cargar con las consecuencias.


—Lo siento mucho —decido que ser sincera es la mejor arma en esta

situación—. No quería irme así, lo cierto es que me vi obligada por las

circunstancias —justifico. No todo fue culpa mía.

—Lo pasó realmente mal… —se detiene y se frota los ojos cerrados

con los dedos—. Pensé que te importaba.


—Me importaba —susurro—. Me importa… —digo con la voz más

baja todavía.

—Debiste haberte despedido de forma correcta. Nadie en el pueblo

sabía nada de ti, él estaba… desesperado. Hubo noches en las que temí que

cometiera alguna locura —confiesa mirando a un punto lejano. Viendo ese


recuerdo que todavía le escuece y del que yo fui la culpable—. Nunca lo he

visto beber tanto…

—Sé que cometí un error, pero he vuelto para arreglar las cosas, o a

intentarlo —justifico frotando mis manos.

—Él sigue dolido.

—Lo sé, puedo verlo en su mirada.

—¿Has venido para quedarte?


—He venido por él —revelo y me pilla por sorpresa, aunque sé que

esa es la verdad no pensé que me atrevería a decirlo en voz alta.

—¿Has venido por él? —interroga. Creo que es la primera vez que

me presta atención. Atención de verdad.


—Sé que no tengo derecho, James, pero mentiría si dijera que he

vuelto por otra cosa que no sea que no he podido olvidarlo —confieso de

nuevo.

Su silencio es ensordecedor y se une al ritmo acelerado de mi

corazón. Estoy nerviosa. Tanto como la primera vez que Liam me besó,

estaba tan alterada que pensé que podía morir, igual que ahora.
—Bien, ¿tienes trabajo, niña? —interroga cambiando de tema.

—Todavía no, he pensado en echar una mano al doctor Trevor en la

clínica. Me ha pedido que lo reemplace cuando se jubile. Lo estoy

valorando.

—David —dice llamando al doctor Trevor por su nombre de pila—

me ha dicho que te has especializado en la cría de caballos de raza.

Que sepa eso me sorprende, sobre todo teniendo en cuenta que su hijo

pensaba que era abogada, no me cabe la menor duda que mi padre,

pensando que nunca más volvería salvo momentos especiales, ha ido

contando esa mentira… Otra más. Empiezo a preguntarme cuántas cosas


que no son ciertas circulan por ahí sobre mí gracias a él.

—Sí, como sabes siempre me han gustado los caballos. Así que me

especialicé en el seguimiento de los sementales y las yeguas en época de

cría.
—¿Has sido veterinaria en el Saratoga Race Course? —interroga,

aunque sé que sabe la respuesta.

—Sí, trabajaba en el hipódromo. Iniciamos un pequeño proyecto de


cría de caballos con el esperma de los más rápidos. Querían ser un referente

no solo en el espectáculo de las carreras, sino en la cría de caballos de

carreras.

—Decidido. Trabajarás aquí. De momento —dice rotundo.

—¿Aquí? —pregunto confusa.

—Sí, necesitamos ayuda con los caballos. No sé si lo sabes, pero nos

hemos especializado en la cría de caballos. Pronto empezará la época de

cría y tendrán que estar vigilados, ponerles vacunas… Ya sabes, todo eso —

dice con un gesto de la mano—. Nuestros caballos han alcanzado una gran

popularidad por la pureza de la raza y los ejemplares tan magníficos que

tenemos, por lo que las expectativas de los futuros compradores están por

las nubes. Quiero que siga siendo así, necesito aquí a alguien que los cuide.

—Yo… —titubeo, porque no tenía ni idea de que Liam se dedicara a

eso, pero asiento. Me está ofreciendo la oportunidad que quería—. Acepto

encantada, James —susurro emocionada—. Gracias, de verdad —vuelvo a

murmurar.

—Imagino que al viejo Lee no le agradará la noticia —vaticina con


gran acierto.
—Imagino que a Liam no le agradará la noticia —susurro. James

sonríe, tiene esa sonrisa sincera que me hace sentir como en casa. Lo he

echado de menos también a él.

—Supongo que no, pero, de momento, sigo mandando yo —bromea.

—Mi padre quiere que regrese a Nueva York —dejo escapar el peso

que cargo en el pecho.

—¿Y esta vez vas a ceder?

Esa pregunta me hace dudar, ¿sabe que me fui obligada por mi padre?

¿Lo ha supuesto? ¿Me pone a prueba?

—Nunca más, James —afirmo rotunda.


—Está bien. El trabajo es tuyo. No podré pagarte tanto como en el

Saratoga, pero tendrás un sueldo decente. Y si las cosas se ponen

complicadas con el viejo Lee, puedes quedarte en una de las camas que

tenemos preparadas para los empleados en el barracón.

—Gracias. Lo tendré en cuenta.

—No hagas que me arrepienta, niña —dice, y asiento una vez más.

Tengo las manos cogidas, creo que me he hecho una herida de tanto frotar

un pulgar con el otro.

—No, señor —contesto como si fuera su soldado.

—Bien, sígueme, vamos a darle la buena noticia a Liam —dice con

sorna en la voz.
—Sí, la buena noticia…
12 Fuerzas suficientes
Liam

El semental se detiene jadeante, sé que me he excedido, pero necesitaba

despejarme porque la ducha de agua fría no ha servido de nada. Cuando


llego al establo me encuentro a mi padre. Con ella.

Por un segundo quedo noqueado, lleva ropa de mi madre y tiene el


pelo limpio, eso significa que mi padre ha hecho una demostración de la

hospitalidad sureña y le ha ofrecido un baño y ropa limpia que ponerse. Me


pregunto si lleva ropa interior… y mi entrepierna da un tirón avisándome de

que me ando por las ramas y no puedo.


—¿Por qué sigues aquí? —pregunto hosco, dejando a Tormenta

dentro de su establo.

—Va a trabajar aquí, con nosotros —contesta mi padre por ella.

—No necesito su ayuda, ni sus consejos —ladro.

—Deberías estar agradecido de que haya aceptado el trabajo, Liam.


—¿Agradecido? Sí, claro, lo agradeceré si no se larga sin decir adiós

y nos deja tirados en medio de la faena —le echo en cara.

—No voy a irme, Liam. Ya no —digo en mi defensa.

—Ya —bufa.
—Seré de ayuda, se me dan bien los caballos —me defiendo.
—Es una veterinaria con talento. Ya lo ha demostrado, hijo —dice mi

padre serio—. Trevor ya no está para estos trotes —defiende—. Además,

todos nos merecemos una segunda oportunidad.

Resoplo, pero no contesto. La verdad es que no sé qué más decir, no

me esperaba para nada que ella fuera a trabajar conmigo. Ni de coña. Cojo
las riendas de Nieve y me monto. De nuevo necesito una buena carrera.

—Voy a trabajar duro, te demostraré que soy capaz —la escucho decir

con voz firme. Me alegra que al menos uno de los dos pueda hablar sin que

le tiemble la voz.

—No necesito tu ayuda. Puedo ocuparme de la granja yo solo. Solo.


Como hasta ahora —suelto sin ocultar el dolor que todavía guardo dentro.

—Aunque no quieras voy a quedarme, Liam. No solo por la granja,

sino para intentar reparar lo que hice —suelta.

Como si nada. Como si fuera tan sencillo. Como si esas palabras no

fueran a hacer que toda la puta estabilidad que he logrado recuperar estos

años se rompa en mil pedazos. Como un vaso de whisky que se me hubiera

resbalado de las manos haciéndose añicos al impactar contra el suelo.


*****

La carrera ha sido agotadora. Bajo de Nieve y me quito la camiseta. Estoy

para meterme bajo la ducha de nuevo. Entro en la casa y me topo con mi

padre sentado en la mesa de la cocina charlando con Summer como si nada.


Como si no fuera la persona que más daño me hizo. Qué más daño puede

hacerme de nuevo.

Me paro en seco y cuando me dirijo a ella puedo ver cómo me mira.

Esa misma puta mirada de adoración que tenía cuando no era más que una

niña rebelde y atrevida que parecía perseguirme sin descanso.

—¿Qué tal la carrera? —pregunta mi padre.


—Bien, supongo —digo secándome el sudor del cuello con la

camiseta que llevo en la mano y es entonces cuando me doy cuenta: me

mira así porque voy sin camiseta—. Voy a la ducha —digo y me alejo a

toda prisa.

La ducha no ha servido para una mierda. Ni con el agua fría me ha

bajado el calor que su mirada ha encendido dentro de mí. Siempre ha sido

así entre nosotros, ella provocaba, y provoca, este tipo de sentimiento en

mí. Como si todo ardiera a mi alrededor. Como si todo ardiera dentro de mí.

Demasiado calor para no fundirse. Por eso me asusta, porque, aunque lo

intente, si me descuido, bajaré la barrera y la dejaré entrar de nuevo. No


puedo permitírmelo. No quiero volver a sentir que mi mundo ha terminado.

Siempre le ha sucedido, nunca buscaba atención, sin embargo, se la

llevaba toda. Igual que ahora. Igual que en estos malditos momentos.

Regreso a la cocina, espero que se haya ido para poder tener un poco de paz

y poner mis pensamientos de nuevo en su sitio, pero cuando llego ahí sigue.
Mi padre la mira como si no hubiera pasado nada entre nosotros. Y

yo…Yo intento no olvidar todo lo que pasé. No puedo permitirme olvidarlo.

Si tenemos que trabajar juntos no puedo dejar que el muro que he levantado
se agriete. Ni una rendija, me repito, porque por esa abertura se puede colar

a raudales y romper todo lo que tanto tiempo he tardado en reconstruir.

—¿Sigues aquí? —pregunto tratando de sonar indiferente.

—Sí —dice sin más. Puedo ver que el ambiente se ha vuelto frío.

—Se va a quedar a cenar. Es lo menos que podemos hacer después de

que nos ayudara con Molly.

—¿No es suficiente el pago? —rechisto.

—No ha querido que le pague. Nada. Por eso la he invitado a cenar —

dice mi padre con ese tono de que aquí queda todo, cállate—. No ha comido

nada desde el desayuno —añade para justificar más su hospitalidad.

Bufo, pero me siento en silencio. Estiro las piernas y coloco mis

manos sobre los bíceps, tratando de no mirarla. Pero es una gilipollez

porque me sorprendo a cada segundo observándola.

—¿Qué tal tus padres, Summer? —pregunta mi padre.

—Bien —dice, pero con la voz pequeña. De pronto no parece ella.

Mira a mi padre confusa y no sé por qué me da la sensación de que ya han

hablado del tema.


—Me alegro, hace mucho tiempo que no nos vemos —continúa mi

padre.

—Sí, imagino que evitaran encontrarse con vosotros —murmura. Lo

ha soltado de manera distraída, en voz muy baja, pero la he oído porque

estoy pendiente a ella. Aunque no quiera no puedo desviar la atención de

ella.

—¿Tu madre sigue haciendo esos cuadros de crochet tan bonitos? —

pregunta de nuevo.

—Sí, creo que sí… la verdad es que no he hablado mucho con ellos.

—¿No llevas aquí ya algunas semanas? —no puedo evitar preguntar.


—Sí, es solo que… bueno, no hemos tenido un reencuentro fácil.

—Tu padre es un hombre difícil, Summer, pero al fin y al cabo solo

quería lo mejor para su hija.

—Quizás lo que él creía que era lo mejor fue lo peor para su hija… —

rechista de nuevo.

—Pensé que ibas a estudiar derecho —continúa mi padre la charla.

Estoy deseando que termine de preparar la comida, cenemos y me pueda

largar. Estoy a punto de irme, la verdad. Creo que soportar una buena

bronca de mi padre será más llevadero que la tortura que estoy sufriendo

ahora mismo, pero entonces mi padre aparece con dos botellines de cerveza,
me los da y me indica con la cabeza que sea un caballero sureño y le dé uno

a ella. Me levanto con desgana y le tiendo el botellín.

Intento no mirarla a los ojos, esos ojos azules como el mar profundo

que siempre fueron mi perdición, pero son como un puto imán que me

atraen sin que pueda luchar. Es una batalla perdida.

—Mi padre quería que estudiara derecho, pero yo he querido ser

veterinaria… desde siempre —dice y se interrumpe para darle un sorbo a la

cerveza, como si necesitara la ayuda del alcohol para seguir—. Y, por una

vez, me atreví a desobedecer sus órdenes —termina.

—Es un militar de alto rango acostumbrado a dar órdenes —lo intenta

justificar mi padre.

—Eso no justifica nada —suelto sin pensar. Doy un sorbo a la cerveza

y cierro los ojos, arrepentido, me he dejado llevar y he dicho en voz alta lo

que ronda mi cabeza.

—No, no justifica nada de lo que hizo —afirma dándome la razón.

—Vamos a comer —dice mi padre dejando un recipiente sobre la

mesa. Es el famoso arroz con verduras y salmón de mi madre. Todo un

clásico.
—Tiene una pinta increíble, hacía tanto que no comía…

—Era fácil, si tanto echabas de menos esto haber vuelto antes —

corto, tajante. La situación se me va de las manos.


—No era tan sencillo —murmura con voz queda a la vez que cierra

los ojos.

—A comer —ordena mi padre.

Y no como. Tan solo muevo el arroz y desmigo el salmón con el

tenedor sin probar bocado. Cuando no puedo más me levanto.

—Lo siento, tengo cosas que hacer —me despido y salgo de la

habitación.

Me quedo tras la pared, con la espalda apoyada en la fría y rígida


superficie. El silencio se alarga unos segundos hasta que mi padre habla.

—No se lo tengas en cuenta —pide.


—¿Cómo podría? Él no hizo, ni hace, nada malo. Fui yo —susurra

con la voz rota, aunque incluso sin verla sé que está esbozando una triste
media sonrisa.

Que Dios me ayude porque no puedo con esto. No tengo fuerzas


suficientes.
13 En Nueva York todo era más fácil
Summer

Cuando dejo la granja Hunt, siento todo el peso de lo que hice. En Nueva

York todo era más fácil, eran solo un recuerdo, un sueño del que no
recordaba gran cosa, pero aquí, aquí, todo lo que sucedió ha vuelto y me ha

golpeado con fuerza. Como una patada en el estómago.


—Sube —ordena serio.

Pensé que se había ido, sin embargo, está apoyado en la puerta de su


camioneta. Tiene los brazos cruzados en el pecho y me mira serio. Asiento,

no es momento de discutir, no aquí.


Abre la puerta y sube, rodeo la camioneta y monto en ella. Pensar que

Tandy ha ocupado ese lugar hace que mi estómago se retuerza. No creí que

fuera tan mezquina, pero resulta que lo soy.

Arranca el motor y pone la música en un tono muy bajito. De fondo

«Jolene» cantada por Miley Cyrus llena el coche con sus notas rasgadas.
Igual que lo está mi corazón que salta sin control en mi pecho.

—¿A qué crees que juegas, Summer? —me pregunta, pillándome por

sorpresa.

—No juego a nada, Liam —vuelvo a pronunciar su nombre y mi boca


se llena de mariposas.
—¿A qué has venido? —ataca de nuevo.

—Te lo dije, necesitaba un respiro.

—¿De qué? ¿De quién? —pregunta y siento la tensión en su voz.

Puedo ver sus manos apretar el volante con fuerza. No digo nada. No estoy

preparada para esta conversación ni para confesarle que lo vi en Nueva


York y no he podido dejar de pensar en él con tanta fuerza que he dejado

todo por volver. Por volver a él.

—En realidad no me importa, ya no es asunto mío. Dejó de serlo

cuando te largaste sin más.

—Liam… —susurro. Trago con fuerza todo el sentimiento que se


acumula en mi garganta.

—Hemos llegado —anuncia serio.

Lo miro un segundo más, quiero decir tantas cosas que no sé por

donde empezar. Abro la boca y, aunque no sale ni un solo sonido, el ruido

en mi cabeza es ensordecedor. No me mira, tiene la mirada fija al frente.

—Gracias —murmuro bajándome del vehículo.

Me quedo parada frente a mi puerta hasta que pierdo de vista su


ranchera. Dejo escapar un largo y pesado suspiro que me arranca un par de

lágrimas. Es lo que merezco, así que no me voy a quejar. Nadie dijo que

fuera a ser fácil. Es Liam Hunt.


Cuando entro a casa mi madre me mira con cara seria, imagino que

quiere saber por qué llevo ropa que no es mía.

—Fui a atender una urgencia y me llené de sangre y restos del parto.

Me han dejado esta ropa para que me cambie —explico.

—¿Dónde ha sido? —interroga mi padre con furia contenida.

—¿Eso importa?
—Importa si has ido, como comentan, a la granja de los Hunt —

especifica sin ocultar que no le gusta pensar que eso sea cierto.

—¿Y por qué importa si ya te encargaste de arruinarnos para siempre?

—le echo en cara.

—Si es así me alegro, significa que hice un buen trabajo.

Aprieto las manos en un par de puños, no tengo ganas de seguir con

esta discusión así que subo las escaleras y me encierro en mi dormitorio.

Miro la hora y veo que son casi las ocho y entonces recuerdo que he

quedado con Cassie y, la verdad, no quiero estar aquí. No quiero seguir

ahogándome en esta tristeza, prefiero ahogarme en alcohol.


*****

El Clover está a reventar, me alegra saber que a Dick le va tan bien. Son las

ocho y cuarto, he llegado un poco tarde, así que miro en todas las

direcciones en busca de Cassie, seguro que ya está aquí.

—¡Hey! —llama mi atención Dick.


—Hola, Dick —sonrío de vuelta.

—¿Qué tal el regreso, Sum?

—Bueno… —digo encogiéndome de hombros.


—¿A quién buscas? —pregunta al darse cuenta de que no dejo de

mirar en todas las direcciones.

—A Cassie, ¿la has visto?

—¡Demonios, Sum! ¡Cómo me alegra que vuelvas a ver a Cassie! —

exclama y puedo ver que lo dice de verdad.

—Sí, yo también me alegro —digo a la vez que tomo la cerveza que

me tiende.

—Toma, creo que te falta esto —dice y me da un sombrero de

cowboy de color blanco, con una trenza de cuero color cobrizo a su

alrededor. Por un instante parpadeo asombrada porque no puede ser…

—No, no es… —tartamudeo.

—Claro que lo es. Es tu sombrero —afirma con esa gran y acogedora

sonrisa que tiene.

—Pensé que… —me detengo, me estoy atragantando con toda la

emoción que se agarra en mi garganta.

—¿Que lo había tirado? Nada de eso, siempre supe que volverías,

Sum, y me alegra que lo hayas hecho y si ese idiota de Hunt no lo ve… Yo


sigo libre —termina guiñándome un ojo—. Cassie está en la zona de billar.
Asiento y me coloco el sombrero para dirigirme a la parte donde está

el billar. Cuando entro todos se giran a mirarme. Supongo que en un pueblo

de apenas ochocientos habitantes el regreso de la chica que desapareció sin

dejar rastro es la nueva atracción.

—¡Sum! —grita Cassie—. ¡Pensé que te olvidarías!

—Parece que todos pensáis que me he olvidado de todo, pero no he

olvidado nada —replico.

—Olvidaste decir adiós —suelta Matthew que juega al billar con

Cassie.

—¡Vaya, por fin tienes barba Matt! —grito, emocionada, al


reconocerlo.

—Los años pasan por todos, menos por ti —dice dándome un gran

abrazo.

—Pareces un oso, ¿dónde está ese chico imberbe y flacucho?

—No sé, tal vez se mudó a Nueva York —sigue con la broma.

—Déjalo allí, este de aquí está mucho mejor —bromeo.

—No te pases, que es mío —nos interrumpe Cassie.

Miro de uno a otro, no puede ser. No-puede-ser. Pero el brazo fuerte

de Matt rodea la cintura de Cassie y eso me acaba de convencer.

—¡No! ¿En serio? —exclamo—. ¡Joder cuanto me alegro! No sabes

la cantidad de noches que no me dejó dormir hablando de ti… no puedo


creerlo —suelto excitada.

Cassie me mira como si pudiera fundirme y me río de verdad. Una

carcajada que retumba en mi pecho y libera la presión.

—¿De verdad? Eso no me lo has contado, nena —dice besándola.

—Gracias, Sum —replica, pero sé que está encantada.

—Lo siento, lo siento, no quería revelar tu secreto, pero es que me ha

pillado desprevenida —confieso todavía con una gran sonrisa en la cara.

—Hey, Hunt. ¡Aquí! —lo llama Matt.

Me quedo blanca, no tengo ganas de otro enfrentamiento con Liam

Hunt.

—¿Qué pasa, tío? —lo saluda al llegar—. Cassie —la saluda tocando

el ala de su sombrero y a Dios pongo por testigo que un hombre del sur

haciendo ese gesto es más ardiente que todos los ejecutivos vestidos de

Armani de toda la puta Gran Manzana.

—¿Echamos una partida? —pregunta.

—¿Tú y yo? —interroga, ignorándome.

—Claro, tú y yo. Con ellas. —Nos señala con el taco.

—No sé… —dice frotándose la nuca.


—Vamos, Hunt, es solo un juego —intercede Cassie—. Yo iré

contigo. Sum, ve con Matt. Pero no te hagas ilusiones, te lo presto solo por

un rato.
—Está bien, todo tuyo, solo lo miraré, prometo no tocar —bromeo y

de pronto la mirada que me dedica Liam me deja muda. ¿No le ha gustado

la broma? Serán imaginaciones mías.

La partida empieza y Matt no deja de bromear conmigo, tontea sin

parar de forma inocente, sé que lo hace para provocar a Cassie, aunque

tengo de nuevo la sensación de que no es a la única que provoca.

—Está bien, no puedo más. Se acabó, tú ve con Hunt, yo me quedo

con mi hombre… —resopla con un gesto dramático.


—Pero… —boqueo como un pez fuera del agua.

—Es solo una partida, ¿no? —dice Matt mirándonos con la ceja
alzada.

—Supongo —susurro. Aunque no lo tengo claro, todavía resuenan las


palabras que me ha dicho en la camioneta en mi cabeza.

—Gracias, Cassie, ya sé que he perdido —farfulla Liam.


—A lo mejor te llevas una sorpresa, Hunt —digo sacando un poco el

genio que trato de contener. No me gusta que piense que no sirvo para nada,
según él no soy buena veterinaria y tampoco sé jugar al billar. Si supiera la

de veces que jugaba recordándolo a él.


—Wow, la gatita ha sacado las uñas, miau —se mofa Matt.
Lo que más me gusta de Magnolia Springs es… esto. No parece que

haya pasado el tiempo, es como si todo lo retomara en el punto en el que lo


dejé años atrás, menos con él.
Me toca tirar y él toma su cerveza y se gira para no mirar. Vale, él se

lo pierde. De fondo suena Morgan Wallen y su «Wasted on you», qué


oportuno.

—«Todos los días que desperdicié en ti…» —canturrea a la vez que


la música Liam dejando claro que esa canción nos define—. «Todas estas

penas que no te debo, cariño…» —continúa. Aprieto la mandíbula


dispuesta a soportar lo que sea, me lo merezco.
Apunto, tiro y meto. Apunto, tiro y meto. Apunto, tiro y meto.

—¡Maldita sea! ¡Ya no juego más contra ti! —grita Matt—.


Cambiemos de nuevo.

La risa sale sola, de vez en cuando tengo que aligerar la presión que
tengo en el pecho, si no voy a explotar como una olla a presión.

—¿Cuándo demonios…? —se interrumpe Liam.


—Cada vez que te echaba… que echaba de menos Magnolia Springs

jugaba —digo como toda explicación.


Liam toma otro sorbo de la botella de cerveza, pero no queda.

—Voy a por cerveza —anuncia, y se aleja.


No dejo de mirarlo, no puedo evitar sentir todo lo que sentía por él, es

como si hubiera olvidado mi libro favorito y al leerlo de nuevo todo aquello


que sentí por primera vez volviera del olvido. Así me siento con Liam Hunt.
—Parece que vais a necesitar un empujón —dice Cassie.
—Todos os apoyamos como si fuerais el equipo local. Lo sabes,

¿verdad? —añade Matt con una gran sonrisa en la cara.


—Sí, lo sé. Aunque no todos —susurro pensando en mi padre. ¿Por

qué no verá lo que yo veo cuando miro a Liam Hunt?


14 Cicuta
Liam

—¿Qué te pongo? —pregunta Dick al verme aparecer.

—Cicuta, ¿tienes? —suelto.


—Deja que mire… no, se ha terminado. Tengo que pedir —continúa

con la broma.
—Ja, ja… Y luego dirás que eres mi mejor amigo.

—Porque soy más que tu mejor amigo te diré que no hagas más el
tonto y que vayas a por la chica de la que llevas toda la puta vida

enamorado. De la que estás jodidamente enamorado. Hasta las trancas —


suelta.

—No puedo —confieso.

—¿No puedes o no quieres?

—No puedo permitirme pasar por lo que ya pasé —confieso tomando

la cerveza que me tiende.


—Parece que esta vez va en serio, Liam.

—La otra vez también parecía que iba a ser algo que duraría para

siempre, pero me dejó claro que nada es eterno.

—Una mierda, solo miraos. Me gustaría que vieras lo que yo veo


cuando os miro.
—Ella me dejó claro que todo tiene una duración limitada, todo dura

hasta que se agota. Y lo nuestro se agotó hace años…

—Toma, ve a seguir la partida —ordena dándome tres botellines más.

Camino hacia ellos cuando, de pronto, Tandy se cuelga de mi brazo.

Resoplo, no se da cuenta de lo agotador que es tenerla siempre colgada de


mí. No se quiere enterar de que no va a suceder nada entre nosotros. Nunca.

—Hola, vaquero —saluda inclinado el ala de su sombrero.

—Tandy —digo serio.

—¿Una es para mí?

—Lo siento, es para ellos. —Y señalo a los tres que me esperan


riendo en el billar.

—¿Has vuelto con ella? —interroga molesta.

No hubiera hecho falta ningún gesto de su cara para saber lo cabreada

que está, su voz es más que suficiente, es afilada y destila veneno.

—No digas tonterías, solo estamos jugando una partida al bi...

—Jugando con fuego, Liam, ¿ya no te acuerdas de cómo te dejó? —

me interrumpe—. Porque yo todavía lo recuerdo —deja claro.


—De todas formas, Tandy, no es asunto tuyo —digo con más frialdad

de la necesaria. No necesito que nadie me lo recuerde. Sigue fresco en mi

mente, y en mi cuerpo.
—Vale, como quieras, vaquero. —Y cuando creo que se va a ir, se

suelta de mi brazo y se acerca a los demás con los que comienza a charlar.

Al llegar les doy las botellas de cerveza. Miro a Matt con recelo y él a

mí, sabe que Tandy puede ser una cabrona en toda regla cuando quiere. No

en balde nos conocemos desde hace años.

—¿Y qué tal la visita, Sum? ¿Cuándo te vas por fin? —pregunta con
malicia.

—No me voy —afirma tajante.

—Ya, eso dices ahora. Hasta que eches de menos Nueva York y te

largues otra vez sin decir adiós —le echa en cara.

Cierro los ojos, estoy no va a terminar bien.

—Bueno, unas nos vamos sin decir adiós y otras intentamos follarnos

a otro el día de nuestra boda, ¿no? —escupe molesta.

Y joder, no me lo esperaba para nada. Tandy me mira y alzo los

hombros, no he sido yo, aunque crea que sí.

—Supongo que en este pueblo el único secreto que se guarda con


recelo es el motivo de que desaparecieras de la noche a la mañana. ¿Te dejó

preñada y huiste para abortar? —escupe con crueldad.

—¿De qué demonios hablas? —suelto brusco mirando a Summer que

parece congelada. Me acerco a ella y la tomo por los brazos, parece tan
sorprendida como yo, sus ojos están tan abiertos que parece imposible que

le quepan en la cara.

Sé que Matt cuchichea algo con Cassie, pero solo tengo ojos para
Summer.

—Dime que no es verdad, Sum. —Y mi voz está llena de súplica.

—Claro… claro que no es verdad, ¿quién demonios dijo eso? —

pregunta, pero no la creo y sé que ella se ha dado cuenta de que no la creo

—. No es verdad, Liam, nunca hubiera hecho eso —repite con voz

temblorosa. No sé si es porque le ha afectado que digan algo así o porque

de verdad sucedió.

En mi cabeza todo parece cuadrar con ese nuevo dato: que

desapareciera de la noche a la mañana sin decir adiós, la reticencia de sus

padres a decir nada al respecto, que la enviaran tan lejos a estudiar…

—Pues eso es lo que se dice —insiste Tandy metiendo mierda con

una sonrisa que me recuerda a la del mismo Diablo.

—¿Y quién lo dice? Porque no es verdad —señala con tono firme y

furiosa. Se ha acercado a Tandy, tiene los puños apretados y la mandíbula

tensa.

—No sé… se dice —continúa con los ojos llenos de satisfacción

porque sabe que le está haciendo pasar un mal rato. A mí también.


—Pues no es verdad —recalca.
Pero estoy confuso, cabreado y con ganas de golpear algo. Así que

suelto el taco y me largo del Clover. Una vez fuera, camino a toda prisa

hacia… donde sea. Necesito aire, la idea de que ella abortara a nuestro hijo

me ha dejado confuso, herido, cabreado… Muy cabreado.

Me detengo en el aparcamiento, miro hacia el cielo y tomo una

bocanada profunda de aire mientras me froto el pelo con las manos. Todo

me tiembla. No tengo claro si es por pensar que haya sido verdad o por

pensar que Tandy haya sido capaz de inventar algo así.

—No es verdad, Liam —la escucho decir tras de mí. No quiero

volverme, no quiero que sepa lo jodido que estoy. Que lo estuve,


¡demonios! Lo estoy—. Liam, no es verdad. No sé por qué se ha inventado

algo así. Nunca he estado embarazada, nunca me fui para abortar —reitera

y su voz suena rota.

Me giro y veo su rostro, tiene los ojos llenos de lágrimas, parece tan

afligida como yo. Puedo ver que le afecta verme jodido.

—Entonces… —empiezo, pero me detengo.

—Fue… fueron otros motivos, pero eso que Tandy ha dicho no es

verdad. Te lo juro, Liam —promete con la voz deshecha y lágrimas

resbalando por sus mejillas.

No digo nada, tan solo asiento y me alejo hacia mi camioneta. Me

quedo dentro, sentado por un tiempo indefinido, hasta que la veo pasar.
Camina cabizbaja, sigue llorando. Puedo verlo aunque sea de noche.

—Joder —me cabreo dando un golpe contra el volante, pero salgo del

coche y comienzo a seguirla a lo lejos. No quiero que me vea, tan solo

quiero que llegue bien a casa.

Camina por el pueblo despacio, sin dejar de llorar, lo sé porque no

deja de llevarse las manos a la cara y se limpia las lágrimas sin parar.

Parece tan frágil… y a la vez la he visto más fuerte y más decidida que

nunca. Me confunde. Caminamos bajo la gran avenida cubierta de robles.

Cada paso que doy tras ella me recuerda todo lo que vivimos. Fueron

muchas primeras veces, la primera vez que me enamoraba y perdía la razón

por una chica de esa forma, la primera vez que la besaba, que le hice el

amor con manos temblorosas, con besos torpes, pero sinceros. La primera

vez que pasaba en vela toda una noche pensando en una chica. Que pensaba

que había alguien con quien de verdad quería estar toda mi vida… y la

primera vez que me rompieron el corazón con tanta fuerza que todavía lo

estoy tratando de sanar. Quizás no se vean las heridas que me dejó, pero

están ahí, profundas e incurables.


15 También fue culpa mía
Summer

Puedo entender que Tandy esté colada por Liam y que no le haya gustado

mi regreso, pero de ahí a inventarse eso… No puedo quitarme de la cabeza


la mirada rota de Liam pensando que eso fuera verdad. Y me jode porque

parece que no me conociera. ¿Acaso me ve capaz de haber hecho algo así?


Camino por la avenida que tantas veces anduve con él, el arco de sauces me

hipnotiza, siempre lo ha hecho.


Sé que tengo mucho que aclarar, pero no me pone las cosas fáciles,

algo que también entiendo… Mi teléfono vibra y veo que es un mensaje de


Cassie.

Cassie: Vaya zorra, ¿cómo ha podido decir eso? ¿Estás bien?

Yo: Sí, voy camino a casa. Siento que la noche haya acabado así.

Cassie: Tan solo estoy preocupada. ¿Seguro que estás bien?

Yo: De verdad. No te preocupes. Buenas noches.


Pero es mentira, me detengo a un lado de la carretera y lloro. Dejo

que todo lo que siento se derrame. La tensión hace que mi pecho parezca a

punto de explotar. No puedo dejar de pensar en su mirada de horror. Sería

fácil echarle la culpa a mi padre, pero no puedo negar que también fue
culpa mía.
Reanudo la marcha y cuando llego a casa me encuentro a mi padre en

su mecedora, el chirrido que hace cada vez me molesta más. Él me molesta

cada vez más, ¿por qué no podía tan solo ser un padre orgulloso y feliz con

lo que eligiera su hija?

—Si que ha tardado poco en hacerte llorar. No diré que me pille por
sorpresa —escupe.

—¿Eso te haría feliz? Porque parece que disfrutas cuando algo me

hiere. —Me atrevo a decir.

Tiemblo, mi padre a pesar de su edad impone, siempre le he tenido

más miedo que respeto y aunque trato de cambiar eso, cuando estoy a su
lado sigo siendo una chiquilla asustada de su propio padre.

—Me gusta llevar la razón, rara vez me equivoco. Y sé, desde el

principio, que el chico Hunt no era trigo limpio.

—Su padre podría decir lo mismo de mí, ¿no crees? Al fin y al cabo,

la que le jodió la vida a su hijo fui yo, no él a mí —vuelvo a echarle en cara.

—¿Entonces que te hace llorar si no es él? —demanda.

—Que la gente rumorea que me fui porque me quedé embaraza y me


mandasteis lejos para abortar —suelto brusca.

De pronto un grito de horror de mi madre hace que me dé cuenta de

que está en la escalera, siempre en la escalera, incapaz de entrometerse,


pero incapaz de no estar presente. Dividida entre el temor a un arrebato de

su marido y el miedo a que su hija salga lastimada de nuevo.

Estoy esperando a que mi padre diga algo, que muestre alguna

emoción, pero tan solo mira a mi madre. Eso es suficiente para mí, él lo

sabía. ¿Estaría tras ese rumor?

—Veo que no te sorprende.


—Claro que no, lo he escuchado varias veces desde que te fuiste.

—Desde que me echaste, habla con propiedad. Nunca me hubiera ido

—afirmo plantándome frente a él—. ¿Por qué has dejado que se rumoree

eso? —interrogo tratando de encontrar una explicación que me ayude a

entenderlo, una razón que no sea joder a Liam.

—¿Qué podía hacer yo en contra de los cuchicheos?

—Pararlos en seco, decir la verdad, proteger a tu hija… ¿Sigo?

—Mi hija no tenía que volver a casa. Tenías que quedarte en Nueva

York, todavía deberías volver antes de que sea tarde —afirma con

rotundidad.
—¿Qué te ha hecho, padre? ¿Qué te hizo Liam para… para formar

todo esto? ¿Para alejarme de él? ¿Para que lo odies tanto?

—¡Me desobedeció! —ruge.

—¿Te desobedeció? —pregunto sorprendida.


—Le pedí que se alejara de ti, que no eras más que una niña y no

quería que te atara a este lugar —dice con la voz fuerte, alterado. Es raro

que pierda la compostura.


—Así que como no te hizo caso, como no obedeció órdenes del gran

general Lee, lo castigaste, ¿no? Como no podías con él, me atacaste a mí —

susurro al darme cuenta de que tan solo soy un peón en su extraño juego de

poder.

Mi madre se deja caer sobre la escalera, está sofocada y no deja de

abanicarse con las manos mientras no deja de decir: «Ay, Dios mío. Ay,

Dios mío».

—Él se lo buscó —añade, todavía cree que lo que hizo tiene

justificación.

—No, padre, ni él ni yo. Tan solo hemos sido víctimas de tu ego, de tu

forma de ser que es aterradora. Solo sabes imponer tu voluntad, por las

buenas o por las malas —sentencio y subo directa a mi habitación.

Sin molestarme en quitarme la ropa me tiro sobre la cama. Para mi

sorpresa no se escucha nada que no sea mi respiración entrecortada y los

sollozos que sacuden mi pecho tembloroso sin descanso.

Es la primera vez, desde que llegué aquí, en la que me estoy

planteando si debí haber vuelto… me levanto agobiada y voy a la cómoda a


sacar algo para cambiarme, veo un camisón antiguo y me saca una pequeña

sonrisa. Cuando lo saco descubro lo que hay bajo él: es mi diario.

Con el camisón puesto y el diario en la mano, me tiro de nuevo en la

cama. Abro la primera página y sonrío a la vez que seco mis lágrimas. Dios,

tiene tantos años…


14 marzo de 2014

Hoy he decidido empezar un diario. Supongo que tendría que empezar


escribiendo algo como: «Querido diario», pero no. Yo no voy a poner

querido diario porque lo que quiero poner es «Querido Liam Hunt».


Querido Liam Hunt:

Hoy he vuelto a verte. No sé por qué haces que mi corazón lata a toda prisa,
eres… mayor. Pero me pasa. Me sudan las manos, se me encoge el

estómago y mi corazón late a una velocidad que me asusta. Tanto que tengo
miedo a que me dé un infarto: eso me haces, aunque no lo sepas.

Sonrío y continúo leyendo, son solo las torpes palabras de una niña que se
enamoraba por primera vez y, al parecer, la única.

18 de mayo de 2014

Hoy casi muero por tu culpa, Liam Hunt. ¿Cómo se puede ser tan, pero tan,
guapo? Te he observado desde lejos, estabas en el río SIN CAMISETA y

casi me da algo… Cassie se ríe de mí, dice que no lo entiende, que eres un

viejo… Pero a mí me pareces el chico más guapo y amable de todos.

Si para mañana no he muerto de calor por recordarte tantas veces SIN


CAMISETA, volveré a escribir.
4 de julio de 2014

He decidido que ya llevo mucho tiempo enamorada de ti en silencio, te he

dejado caer en varias ocasiones que estoy loca por ti, pero te empeñas en
verme como a una niña. No lo soy, Liam Hunt, ¿no puedes verlo? Pues esta

noche te lo dejaré claro. Deséame suerte, diario.

4 julio de 2014 1:00h

No sé ni cómo escribirlo, me tiemblan las manos y creo que me he vuelto


tonta. ¡He besado a Liam Hunt! Ha sido… genial. Una explosión. He visto

y escuchado fuegos artificiales. Quiero repetirlo, por favor, que vuelva a

pasar, por favor… Estoy loca sí, pero loca por Liam Hunt.

Una carcajada se escapa de mi boca. No recordaba nada de esto y al

leerlo las mariposas que siento a su lado han vuelto a batir sus alas con

fuerza.

—Sí que estaba loca por Liam, lo sigo estando…—murmuro para mí


misma. Me gusta escucharlo en voz alta.

Avanzo el diario hasta casi el final y cuando empiezo a leer el nudo

que se había casi deshecho se aprieta de nuevo con fuerza. La página está
emborronada, la tinta mezclada con las lágrimas que derramé mientras las

escribía.

31 de agosto de 2016

Esta puede ser la última vez que escriba… voy a dejar a Liam. Mi padre me
ha obligado. Me ha amenazado con… con hacerle daño si sigo con él.

Hacerle daño. Daño de verdad… y eso me ha hecho entrar en pánico porque

puedo soportar cualquier castigo menos que le haga daño a él. Mi madre,

como siempre, no ha dicho mucho, siempre parece estar de su lado. Tan

solo ha dicho que no me merece. Que tan solo quiere a alguien que lo

espere en casa mientras está de servicio…

He intentado pelear, he llorado y dejado claro que lo quiero, pero les

ha dado igual. Y… no he sido valiente. Soy una cobarde que no es capaz de

enfrentarse a sus padres. Me marcho, me voy lejos. Y puede que jamás

vuelva a ver a Liam… Eso me destroza y sé que ya no volveré a ser la


misma. Me marcho, con el dolor de no poder ni despedirme. Me ha

prohibido que me despida, que tenga algún contacto con él, con nadie en el

pueblo… Ha destrozado mi móvil y cerrado mis redes sociales… Y no he

sido capaz de largarme a buscarlo… no he sido capaz. Odio a mi padre. Con

todo mi corazón. Lo odio porque me está obligando a renunciar a lo más


importante de mi vida. Y me odio a mí misma por no tener el valor de

enfrentarme a él, por dejar que sus amenazas me hayan paralizado… Pero

no volveré, quiere que deje todo esto atrás, pues no volveré a Magnolia
Springs. Lo perderé a él, pero ellos han perdido a su única hija.

Dejo escapar un suspiro, suelto el diario en la mesita de noche y

trato de dormir. Sé que va a ser una noche dura, tengo demasiado en lo que

pensar, pero si algo tengo claro es que no voy a renunciar esta vez a él. Por

muy difíciles que se pongan las cosas, se lo debo, me lo debo.


16 ¿Qué demonios pasó?
Summer

Llego a la granja con la cara todavía inflamada. No he dejado de sollozar en


toda la noche, ni siquiera en los momentos en los que el agotamiento me ha

obligado a dar una cabezada. Estoy hecha un horror, pero no me importa.


Estoy aquí.

—Buenos días, James.


—Qué madrugadora —dice sorprendido—, ¿has desayunado? —

niego con la cabeza, no tengo muchas ganas de hablar—. Siéntate, te


pondré un café bien cargado. Una mala noche, ¿verdad? —asiento de nuevo

—. ¿Tiene algo que ver con Liam?

—No… exactamente —confieso dando vueltas a la taza de café que

me ha puesto delante.

—Él también llegó molesto a casa anoche. ¿Qué demonios pasó? —


pregunta.

Y, antes de poder detenerme, lo suelto.

—Tandy dijo que me marché porque estaba embarazada y tenía que

abortar.
James se queda clavado en el sitio, puedo ver la tensión en su espalda.
—¿Y es cierto? —pregunta con tono seco, sin atreverse a darse la

vuelta.

—Claro que no —susurro con voz queda—. ¿Por qué todos lo

preguntáis? Nunca hubiera tomado una decisión así. Y menos yo sola.

—Bueno, desapareciste, Sum, esa sería una buena razón.


—No desaparecí, me obligaron … —me interrumpo, Liam ha entrado

en la cocina con un vaquero, nada más que un vaquero, y secándose el pelo

con una toalla.

—Buenos días, hijo —lo saluda su padre—. Siéntate.

—No tengo apetito, papá —rechista.


—Siéntate, tenemos invitados —advierte y es entonces cuando se

quita la toalla de la cara y me ve.

Sus ojos se fijan en los míos y veo una sombra de pena y de sorpresa.

No sé por qué si sabe que iba a venir.

—Ahora tengo menos hambre —repite.

No puedo dejar de mirarlo, aunque debería. Verlo con el cabello

despeinado y húmedo, con solo unos vaqueros y algunas gotas de agua


todavía en sus hombros me deja la boca seca. Doy un trago al café, parece

arena.

—¿Dónde están tus modales sureños? —recrimina James. Él resopla

y toma asiento, su padre le tiende una taza de café igual que la mía.
—Huevos revueltos y tostadas. Hoy os harán falta a los dos, hay

mucho trabajo que hacer —nos riñe y conforme deja los platos sale de la

cocina y nos deja solos.

Intento comer, pero no puedo con él frente a mí. Creo que si tenso un

poco más la situación todo va a explotar de verdad entre nosotros, sin

embargo, me veo en la obligación de justificarme.


—Sé que Tandy está contigo —empiezo y me mira con los ojos

curiosos—, pero no quiero que vuelva a decir cosas así tan solo porque se

vea amenazada. Déjale claro que no soy una amenaza y déjale claro que la

siguiente vez se va a comer sus palabras —digo con la voz lo más firme que

puedo—. Si siente celos, o la mierda que sea que se imagina, déjale claro

que no quieres saber nada de mí. Igual que has hecho conmigo.

—Sé que la Summer que conocía no hubiera hecho algo así, pero no

sé si eres esa misma Summer que conocí. No lo tengo claro porque la que

conocí no se hubiera largado sin decir adiós, sin dar una explicación.

—Ya… Pero así se dieron las cosas, de nada sirve dar explicaciones
ahora, ¿no? Así que vamos a intentar trabajar lo mejor posible juntos y, por

favor, pídele a tu novia que se mantenga alejada de mí.

Tras esas palabras que parecen pillarle desprevenido me levanto y

me dispongo a salir cuando me detiene.

—Sum —me llama—, ten cuidado. Cualquiera diría que estás celosa.
—Lo estoy —confieso sin girarme y poniendo de nuevo rumbo a la

puerta.

Una vez lejos de él, respiro. He decidido que no voy a ocultarle más
cosas, si tanto le dolió que me marchara sin decirle nada, ahora voy a

decirle todo. Sin guardarme nada, supongo que es el precio que voy a pagar

por aquel error.

—Si quiere pensar que estoy celosa que lo piense —farfullo

caminando hacia las cuadras.

De camino me detengo a ver a Molly, está con el ternero y ambos

parecen estar bien. Entro para examinarlos y me resbalo. Sí, me resbalo con

una boñiga del tamaño de Nueva York, no sé como no la he visto. Apoyo

las manos para levantarme y, ¡premio! Las coloco sobre más mierda de vaca

mezclada con barro.

Una carcajada hace que gire la cabeza y lo veo muerto de risa. De

pronto me parece aquel chico divertido y que me hacía reír, ese chico al que

no había jodido la vida.

—¡¿Te parece gracioso?! —bufo.

—Mucho —dice sin dejar de reírse.

—Vale —digo y cuando vuelvo a intentar levantarme me vuelvo a

resbalar sobre la mierda de vaca…. —¡Joder! —grito.


—Ven, te ayudo —se apiada de mí tendiéndome un palo.
—¿Un palo? —pregunto sin dar crédito.

—No querrás que me llene de mierda yo también, ¿no? —resopla.

—No, claro que no —digo tomando el palo con el que me puedo

levantar.

Caminando despacio llego a la salida, estoy acostumbrada a meter las

manos en los orificios de los animales, pero tener mierda hasta en el cogote

es otra cosa.

—Huele a eau de merde… —se mofa imitando el acento francés.

—Sí, parece que últimamente por donde paso huele a mierda —

refunfuño—. ¿Dónde puedo cambiarme? —pregunto.


—Sígueme… pero de lejos —se ríe de nuevo.

Me lleva hasta una zona cerca de los establos en la que hay una

manguera.

—¿Quieres que me duche con… eso?

—No pensarás entrar en la casa así, ¿no?

—No, claro que no —suspiro—. ¿Tienes algo que pueda ponerme?

—Usa esa cabina, es la que empleamos para lavarnos… —indica.

—¿Ahí?

—Es lo que hay —dice encogiendo los hombros.

—Vale.
Entro dentro y me doy cuenta de que la puerta, que no es una puerta

sino un trozo de madera que pretende imitar a una, no oculta todo. Él sigue

riéndose solo mientras camina hacia donde quiera que vaya a por la ropa,

entonces se gira y en ese instante estoy sacándome la camiseta.

Nuestras miradas se encuentran y la risa ha desaparecido de su boca y

de su rostro, ahora veo que me desea. Veo cómo se traga el deseo que baja

despacio por su garganta lo que hace que mi estómago dé un vuelco. Tiro la

camiseta a suelo, y sin dejar de mirarlo me bajo los pantalones, sin pudor.

Ya conoce mi cuerpo y, aunque soy unos años mayor, ha cambiado para

bien.

Se lleva la mano al sombrero y lo agarra con fuerza, traga saliva de

nuevo cuando me los quito con descaro y los lanzo por el aire. Por un

segundo estoy completamente convencida de que va a venir y me a besar,

pero no sucede. Aprieta los puños, farfulla algo en voz baja que no puedo

escuchar y se va a toda prisa.

Cuando regresa estoy envuelta en una toalla esperando que me de

algo de ropa.

—Aquí tienes, no había otra cosa —gruñe molesto.


—Creo que voy a dejar una muda aquí, está claro que voy a

necesitarla de vez en cuando.


No dice mucho más, se aleja tras tocar el ala de su sombrero y me

deja con el estómago lleno de cosas. No sabía cuanto echaba de menos ese

gesto hasta que llegue aquí. Y que sea él quien lo haga hace que me derrita

a toda prisa. Si me descuido me voy a ir por el desagüe con toda la mierda

que me he quitado de encima. Al menos, no todo está perdido. A Liam Hunt

todavía le excito.
17 Quiere volverme loco
Liam

Me ha faltado un pelo para salir corriendo hacia ella… y de allí un segundo

después. ¿Está loca? Parce que quiere volverme loco. Eso es seguro.
—¡Mi puta estampa! —blasfemo. Subo sobre Tormenta y lo azuzo,

necesito alejarme todo lo que pueda de la imagen de ella quitándose la ropa.


Tengo el vaquero mojado y me aprieta—. ¿Has vuelto para volverme loco?

¿Quieres seguir torturándome? —mascullo sin parar.


No sé cuanto tiempo paso sobre Tormenta, pero llegamos los dos

reventados y sin aliento. Cuando bajo del caballo la veo echándole un


vistazo a las yeguas. Lleva una blusa y un pantalón de mi madre que le

quedan un poco anchos.

—Son impresionantes, Liam. ¿Qué cuidados les estás dando? —

pregunta antes de que pueda escapar.

—Todos, soy de los que cuando quieren algo lo dan todo. ¿Lo has
olvidado? —le echo en cara.

—No, claro que no. Vale, voy a ver en qué podemos mejorar las

cosas.

—No creo que haya nada…


—Cuando están criando necesitan una dieta equilibrada, sobre todo

las yeguas que están preñadas. Me voy a asegurar de que tienen suficientes

nutrientes.

—¿Y las vacunas? —pregunto asintiendo.

—Las vacunaré para prevenir enfermedades comunes, sobre todo las


que sean un peligro potencial para los potros —contesta mientras observa a

una de las yeguas—. Tendré que monitorizar a las yeguas conforme se

acerque el parto. No quiero complicaciones. Bastante tuve con el de Molly

—recuerda—. Vigilaré los signos como el cambio en el comportamiento,

inquietud, la forma y posición del vientre… También es importante tener un


sitio adecuado para el parto. ¿Disponéis de uno?

—Hay una zona para el parto, pero si consideras que es necesario

hacerle cambios o habilitar otro lugar, lo haré.

—Creo que sería conveniente que le echara un vistazo. Luego

decidiremos si necesita o no alguna mejora.

Asiento y me alejo unos pasos, dispuesto a marcharme, cuando me

llama.
—Liam —dice—. Sé que significan mucho para ti y tu padre… Voy a

asegurarme de que tengan todo lo que necesitan.

—No es como si fueran importantes para ti. Puedo seguir cuidando de

ellos solo, como hasta ahora.


—Y lo has hecho muy bien, pero ahora estoy yo. Y quiero hacerlo

contigo.

Asiento de nuevo y me alejo. Necesito poner distancia entre los dos,

por hoy he tenido más que de sobra de Summer «Huracán» Lee.


18 Como una estrella
Summer

El rancho Hunt se siente como mi hogar, es una pena que no pueda sentir

mi propia casa como uno. Sacudo esos pensamientos de mi cabeza y trato


de concentrarme en mi trabajo.

Es complicado cuando tantas cosas rondan por ella, su espalda


alejándose de mí es una de ellas. El nudo que tenía en el pecho se aprieta un

poco más y no dejo de preguntarme si habrá una nueva oportunidad para


nosotros, si no soy demasiado egoísta queriendo recuperar lo que permití

que me quitaran…
Las yeguas están todas en buen estado, aunque he decidido dale un

chute de vitaminas y nutrientes extras para que lleven un buen embarazo.

No tengo claro si Liam si quiere hacer una monta natural o tiene semen

guardado para que manipulemos los embarazos.

Me gustaría que fueran embarazos naturales, aunque soy consciente


de que la tasa de éxito de los embarazos así es menor. De todas formas, la

manera en la que lo quiera gestionar es su decisión, aunque, si me pregunta,

expresaré mi opinión.

Miro lista con los nombres y datos de las yeguas, son seis y dos
sementales: Tormenta y Nieve. Paso por la primera cuadra y veo a una
yegua de pelaje negro como la noche, es tan hermosa que me deja sin

aliento. De líneas elegantes y una alzada considerable.

—Rain —leo en voz alta —. Eres preciosa, si conseguimos que te

monte Tormenta vais a tener una descendencia increíble —miro su última

analítica y anoto hacerle una nueva. Está entrando en el celo, y eso es muy
bueno—. ¿Estarás receptiva para nuestro chico? Me encantaría ver una

monta natural… de verdad que me encantaría, preciosa —confieso

acariciando su frente. Su pelaje es suave y tan oscuro que me recuerda al

raso.

—¿Crees que una monta natural es lo más indicado? —me interrumpe


su voz. ¡Dios! Se me ha puesto el vello de punta y el estómago me ha dado

un vuelco.

—Si quieres saber mi opinión como veterinaria —comienzo—, me

encantaría que la monta fuera natural. El proceso natural siempre es el

mejor, aunque entiendo que tiene más riesgos.

—¿Entonces recomiendas la monta natural?

—Depende, Liam —suspiro y es que sienta tan bien decir su nombre


en voz alta… no tenía ni idea de cuanto lo echaba de menos.

—¿De qué, Sum? —pregunta. Y mi corazón se acelera, es una

tontería, lo sé, pero no he notado en su voz ni rastro de rencor y eso me ha

gustado. Me lleva de vuelta a aquellos días.


—De lo que quieras ganar, Liam. Si necesitas que todas queden

embarazadas la inseminación artificial es la más adecuada porque no puedo

asegurarte que todos los embarazos lleguen a termino, pero sí que todas

queden preñadas. Por eso dependerá del beneficio que quieras sacarles.

—Entiendo. ¿Has visto a las demás?

—No, Rain es la primera, la verdad es que conozco a los sementales,


pero no a las yeguas. ¿Vas a dejar que usen a los sementales otras

yeguadas?

—No es mi intención. He dedicado mucho tiempo, esfuerzo y dinero

en hacerme con estos animales. Me gustaría que su descendencia quedara

aquí, en el rancho.

—Lo entiendo.

—Ven, esta es Sun —me presenta a la siguiente por un instante me

confunde hasta que veo su nombre. Es una yegua rubia preciosa, con una

mancha distintiva en su ojo izquierdo de un tono más pálido, casi blanco,

que la hace muy llamativa.


—A ver, Sun, ¿tú cómo estás? —pregunto mirando sus análisis—.

Veo que tienes un poco de anemia todavía. ¿Tuvo [1]AIE? Letargo, perdida

del apetito, debilidad, fiebre… Estuviste regular, ¿eh, bonita? Vale le daré

un suplemento de hierro, además les daré a todas ácido fólico para que

tengan un buen embarazo.


—Cuando la encontré la habían dado por muerta… —explica—. No

tenía papeles ni ningún tipo de identificación, nos costó sacarla adelante.

No era más que una potrilla a punto de morir.


—Pues buen trabajo.

—No me rindo. Nunca. ¿Lo recuerdas?

Y, ¡maldita sea! Claro que lo recuerdo.

—Lo sé, Liam. La cuidaré muy bien.

—Esta otra es Lee —dice a la vez que paso página y veo el nombre,

me quedo asombrada. Lee. Sun.

—Lee, bonito nombre —susurro a la yegua color blanco como la

nieve—. Tendrá una descendencia hermosa si conseguimos que Nieve la

deje preñada.

—Yo también lo creo.

—Esta es Brisa —nombra y me doy cuenta de que su largo pelaje

cuando se mueve, parece agitado por la brisa. Es una yegua preciosa de un

rojizo intenso, las patas y las crines las tiene negras, muy oscuras, por lo

que el contraste es llamativo, me pregunto cómo se verá bajo la luz del sol.

—Brisa, estás estupenda. Me pregunto qué potro darás a luz con ese

color tan intenso.

—La traje desde el norte, desde Alaska, me enamoré de su color. Y


esta es Aurora —me presenta a la última.
Y me quedo sin aliento. Tiene el pelaje de diferentes tonos de rojo,

recordando al amanecer.

—Es como un amanecer —susurro.

—O una puesta de sol. Por eso la llamé así.

—Son tan hermosas todas. Me alegra ver que están en buenas

condiciones de salud. Que tengan descendencia será pan comido —digo

mirándolo a la vez que sonrío—. Queda una, ¿verdad? —pregunto pasando

la página a la vez que me muevo para ver a la última.

—Esta es Huracán —suelta. Y ya está. Como si nada. Como si no

acabara de hacer que mi corazón se detenga dos segundos para volver a latir
a toda prisa.

—Huracán—susurro —. Sun, Huracán, Lee —murmuro más bajito y

eso aprieta algo dentro de mí, como si fuera un limón espachurrado entre

unas fuertes manos y siento que la emoción me ahoga porque la cruel

semilla de la esperanza ha echado una raíz. Y me asusta que empiece a

enraizar como loca y me llene de esperanza—. Es… —me detengo para

tomar aliento—, es el animal más bello que he visto nunca —murmuro. Es

una Akhal-tekel, no tengo que mirar los papeles para saber la raza. Su

pelaje dorado como el sol, su belleza única, su porte… —¿Cómo demonios

tienes un Akhal? —interrogo mirando de él a la yegua con los ojos

desorbitados.
—Un capricho —dice encogiendo sus fuertes hombros.

—¿Un capricho? —bufo—. Es espectacular. Solo he visto a otro de su

raza, en el Hipódromo, Arena —explico—. Es un caballo muy rápido que

ha ganado muchas carreras, las yeguadas se lo rifan, pero el dueño no ha

permitido nunca la monta ni donar esperma…

—Solo una vez —me interrumpe.

—¿Solo una vez? —interrogo mirándolo a los ojos de nuevo—

¿Quieres… quieres decir que…?

—Sí, eso quiero decir, que tengo permiso del dueño de Arena, Amir

Al-Zahid, para que monte a Huracán.

—¡Joder! —grito—. ¡Es una puta pasada, Liam! —exclamo feliz —

¿Hablas en serio? ¿Es de verdad?

—Lo es —dice a la vez que ríe.

—Vamos a tener un potro espectacular… ¡Será casi como un

unicornio! —grito de nuevo.

—Bueno, eso espero. Tengo muchas esperanzas en la yeguada…

—No lo esperes, lo vas a conseguir. Estoy segura.

—¿Quieres ver a Huracán fuera? Todavía queda sol.


—¿Eso es una pregunta, Liam Hunt? —bufo.

Su risa me pilla desprevenida y trato de acallar el escándalo que mi

corazón tiene montado en mi pecho. Es como si fuera una fiesta de la


Hermandad.

—Vale, vamos fuera, la dejaré trotar un rato.

Cuando la suelta en el cercado, los últimos rayos de sol se funden en

su pelaje, parce metálico, reluce como…

—Como una estrella —termino mi pensamiento en voz alta.

—Sí, o como un huracán que cambia para siempre por dónde pasa.
19 Dos huracanes agitando mi corazón
Liam

Nunca hubiera imaginado volver a ver una puesta de sol junto a ella, pero

aquí estamos. Dos huracanes agitando mi corazón sin ser conscientes de


ello. Intento no mirarla, pero mentirse a uno mismo es lo más tonto del

mundo; no puedo quitarle la vista de encima. Creo que, si me sacara los


ojos, todavía la seguiría mirando. Es lo que tienen las personas que

deslumbran sin saberlo, que las que sí vemos su brillo nos acercamos a ellas
sin remedio, sin poder resistirnos.

Mi brazo roza el suyo, sé que debería alejarme, pero su cercanía es la


adicción más dura contra la que me he enfrentado. Y tengo claro que,

aunque luche con todas mis fuerzas, no la he superado. Lo que es peor,

estoy deseando volver a caer. A pesar de todo, quiero estar cerca de

Summer Lee.

—Liam, es preciosa. Creo que es el animal más bonito que he visto


nunca, pero ¿si vendes al potro cómo continuarás la camada? —pregunta en

un susurro que logra que mi pecho se agite.

—He hecho un trato con el dueño de Arena, le regalaré el primer

potro, a cambio él me permitirá que Arena monte a Huracán cuando se lo


pida.
—¿Vas a regalarle el primer potro? —pregunta con la sorpresa

impregnando cada palabra.

—Sé que es un precio elevado, pero imagínate su descendencia. Y no

solo uno, varios… Es una inversión a largo plazo.

—Pero ¿y si…? No sé, Liam, hay muchos riesgos. Y si le sucede algo


a Arena. Y no puede… O si sucediera algo durante el parto…. —se

interrumpe. La entiendo, yo también lo valoré.

—Si algo le sucede me cederá el esperma de Arena que tiene

congelado. No soy tonto, nena —se me escapa.

Puedo ver su mirada confusa, sus grandes ojos azules mirarme de esa
manera tan típica de Summer cuando no entiende algo, o cuando se la pilla

por sorpresa. Esto es lo que me asusta, este tipo de … errores, ¿estoy

dispuesto a cometerlos de nuevo?

—Veo que lo tienes todo bien atado, vaquero —afirma con una

sonrisa.

—Es tarde —digo, no sé por qué, en realidad no quiero que se vaya.

Nunca quise que se fuera.


—Sí, debería irme —susurra.

Veo que agarra con fuerza la cerca de madera y la aprieta entre sus

manos. Sé que no está bien en casa, pero tampoco es que pueda hacer nada.

Ya no, no soy nadie ahora mismo en su vida. Todavía no tengo claro por
qué ha venido. O si se quedará. Tal vez tan solo sea pasajero y luego vuelva

a Nueva York con su rico novio abogado a vivir en un alto edificio con

vistas a Central Park.

—Voy a ir al Clover, he quedado con los chicos. Si quieres te acerco a

tu casa —ofrezco.

—¿Te importaría si me uno? La verdad es que necesito una cerveza y


algo de diversión.

—Claro —digo, no puedo hacer nada, al fin y al cabo le he dicho que

la acerco.

Caminamos hasta la camioneta en silencio, uno al lado del otro. La

verdad es que de pronto no sé que decir, a pesar del silencio todo parece

estar a todo volumen: mi corazón, el sonido de nuestras pisadas que van al

unísono… hasta la puesta de sol es ensordecedora.

La puerta se cierra y agita la cabina, aunque lo más probable es que

yo sea el que está agitado. Son demasiadas emociones las que he vivido

hoy, tantas que me han hecho olvidar lo malo y solo recordar lo bueno. Lo
que me gustaba estar a su lado. Lo que me gustaba que fuera mía.

—Creo que tus caballos van a ser los reyes de la feria del pueblo, qué

digo, de la Feria del Condado. Son todos magníficos.

—Gracias, mi padre y yo invertimos mucho. Demasiado… —

confieso.
—Todo irá bien, los sementales están sanos y fuertes, estoy esperando

que lleguen las pruebas que pedí para ver la calidad del semen. Tendrás que

decidir qué cruces quieres lograr. Huracán lo tengo claro, pero no sé qué
planes tienes paras las demás yeguas.

—Lo veremos, aunque creo que me daría igual. Casi me gustaría

saber qué parejas se formarán de manera natural —digo con una sonrisa—.

Es casi tan divertido como ver las parejas que se han formado con el paso

de los años.

—Supongo que muchas habrán sido una sorpresa, como para mí —

confiesa.

—Sí, imagino que muchas parejas no las hubiéramos acertado nunca.

También han sido sorpresa otras tantas que parecía que iban a durar para

siempre… —suelto y, lo cierto, es que no ha sido con ninguna intención,

pero supongo que así ha sonado. La tensión vuelve entre los dos, será algo

que tardemos en hacer que desaparezca o quizás no se vaya nunca. Al

menos no mientras no sepa el motivo por el que me dejó.

—Ya, supongo, ¿quién hubiera dicho que Cassie iba a terminar con

Matt? —intenta disimular la tirantez con una falsa sonrisa.

—Sí, creo que todos sabíamos que ella estaba loca por él, menos él.

—Bueno, eso es un tipo de virus que os afecta a muchos en el pueblo


—susurra. Esbozo una sonrisa, sé por qué lo dice.
—En realidad, no a tantos. Algunos tan solo preferíamos no saberlo

—digo con maldad aguantando la risa.

—Haces que suene como si fuera una acosadora… —refunfuña. Y

vuelvo a sonreír. Maldita sea, ¿cuánto hacía que no sonreía tantas veces

seguidas? —No sé de qué te ríes —farfulla de nuevo.

—Bueno, un poco sí que me acosaste.

—No tengo la culpa de que fueras ciego —salta.

—¿Ciego?

—Ciego. No eras capaz de verme como a una mujer.

—Es que no lo eras, Sum.


—Lo era, lo soy, Liam —susurra y aprieto el volante con las manos,

con fuerza. Estoy ya se me está yendo de las manos. Justo lo que tanto

miedo me da.

Decido no decir nada más, el momento de relax se ha evaporado,

aparco la camioneta en el terraplén, que se adaptó como aparcamiento, y

bajo del coche. Ella me imita y juntos entramos en el Clover que está, para

mi sorpresa, casi vacío.

Todos se giran hacia la puerta y cuando nos ven llegar juntos no

disimulan su sorpresa.

—Vaya, ¿venís juntos? —pregunta Dick sacando dos botellines de

cerveza de la nevera.
—Sí —contesta ella—, soy la nueva empleada del Rancho Hunt —

anuncia y puedo ver que todos, absolutamente todos, me miran a mí.

—Es cosa de mi viejo —me excuso tomando el botellín para darle un

largo trago mientras me dirijo a la mesa donde los demás esperan—. Cerrad

ya la boca, os va a dar un aire y se os va a quedar desencajada para siempre.

—Vale, Hunt —dice Cassie—, guiña los ojos una vez si Sum corre

peligro de muerte en tu rancho —pide muy seria.

Y no puedo evitar la carcajada que me salta desde el pecho y deja a

todos pasmados.

—¿Qué es tan divertido? —pregunta al llegar y sentarse a mi lado.

—Tu amiga quiere saber si vas a tener un accidente mortal en mi

rancho.

—Tranquila, Cassie, me necesita —afirma dando un trago a su

cerveza—. Estoy a salvo, al menos hasta que las yeguas den a luz —

continúa con la explicación.

Cassie y los demás me miran, incluida su prima, Lily, que no da

crédito.

—¿Y Leo no tiene nada que decir? —pregunta de pronto.


Se me corta el cuerpo, estoy seguro de que la cerveza también se ha

congelado en su botella, el frío que me recorre me paraliza, mi corazón

tampoco late, a la espera de lo que diga. Deduzco que ese Leo que ha
mencionado tiene que ser el famoso novio abogado del que todo el mundo

habla.

—Leo… —se detiene y me mira de reojo, no me había dado cuenta

de que mueve la pierna nerviosa—, Leo ya no pinta nada en mi vida —

confiesa y damos un sorbo a la vez al botellín. No sé por qué ella se lo ha

dado, pero yo he brindado al saber que está sola.


20 Clover hablando de Leo
Summer

Era consciente de que tarde o temprano saldría el tema y nada más entrar
por la puerta del Clover y verlos a todos mirándonos con curiosidad ha
hecho que me prepare mentalmente para la pregunta. Y sabía que la haría

Lily, mis padres ya lo saben, así que no me importa que ellos también.
—¿Te ha dejado? —pregunta Lily seria.

—¿Por qué crees que ha sido él quien ha roto conmigo? Eso me


ofende —digo.

—¿Entonces…? ¿Lo has pillado con otra? —vuelve a la carga y dejo


escapar un profundo suspiro.

—No, no lo he pillado con otra —digo cansada, será mejor que lo


diga de una vez, si no me van a estar acribillando toda la noche con

preguntas sobre algo de lo que no quiero hablar —. Tan solo…

—¡Pero te ibas a casar! —exclama dolida y eso me pilla de sorpresa.

—¿Por qué pareces más afectada que ella? —pregunta Cassie y se lo


agradezco porque es justo lo que pasa por mi cabeza.

—Bueno, me di cuenta de que no era eso lo que quería —confieso y

doy otro trago. Este me sabe amargo, estoy pasando un mal rato.

—¿No querías vivir en Nueva York? ¿O no querías casarte con un

guapo y exitoso abogado que está loco por ti? —ataca de nuevo.
Cierro los ojos por un segundo, me habría gustado que no me hiciera

esas preguntas delante de todos, pero ya no hay remedio.

—No, no era lo que quería Lily.

—¿Y qué querías? ¿Volver a este… a este cuchitril? —pregunta con

lágrimas en los ojos.


—¡Oye! —exclama Cassie molesta.

—No puedes hacerte una idea, Lily, de lo que he echado de menos

este… cuchitril —digo usando la palabra que ella ha utilizado—. No sabes

lo que echaba de menos —me detengo y mis ojos se dirigen a Liam que me

mira atento y no pienso avergonzarme de lo que voy a decir, no es más que


la verdad— a todos vosotros —susurro.

—Pues yo me alegro que estés de vuelta —dice Charly.

—Y estoy seguro de que no eres el único —suelta Matt mirando a

Liam que se levanta en busca de más cerveza.

—Yo también estoy feliz de haber vuelto, después de mucho tiempo

parece que por fin respiro de nuevo.

—No entiendo qué le ves de bueno a este lugar. Si yo pudiera…


—Lily, eres libre de irte cuando quieras —le dejo claro.

—Pues lo estoy pensando, no entiendo por qué has vuelto cuando

lograste escapar.
—Te olvidas de que no me fui porque quise… —mascullo muy bajito

las últimas palabras.

—Entonces, entre vosotros, ¿qué hay? —pegunta Cassie en voz baja.

—Una tregua —contesta Liam por mí, cosa que agradezco—. Ahora

mismo hay una tregua entre nosotros. Nada más —aclara con firmeza. Y

eso no sé si me alegra o me pone triste.


El resto de la noche pasa tranquila, Lily sigue lanzándome miradas de

incredulidad, y el resto también. Supongo que se mueren de curiosidad por

saber qué me alejó de Magnolia Springs y qué me ha hecho volver, aunque

para mí el motivo de mi regreso está claro. De hecho, mide metro ochenta y

cinco y está sentado a mi lado.

—Esta ronda la paga la casa, vamos a brindar porque la pandilla está

completa de nuevo y eso hacía mucho tiempo que no pasaba —dice Dick

dejando botellines de cerveza para todos—. Por muchos momentos como

este —brinda.

—Por muchos más —coreamos los demás al unísono.


Y la música suena, y la charla se vuelve amena y hacemos planes para

la barbacoa del día siguiente y para los próximos días. De repente mi vida

vuelve a tener sentido, de pronto vuelvo a ser… feliz. ¡Joder! Soy feliz de

nuevo, soy yo de nuevo, me siento viva y mi pecho una vez más está a

punto de explotar.
******

—Así que una tregua, ¿eh? —pregunto en voz baja. Los demás siguen

inmersos en planes, pronto será la Feria del Condado y sé que ese será el

tema de conversación durante las próximas semanas. La noche es fresca,

camina a mi lado en silencio, y me arrepiento de haberle preguntado, pero

lo cierto es que necesito saber en qué punto está lo nuestro.

—¿Qué remedio? Ahora trabajamos juntos —susurra.

—Sí, durante el próximo año trabajaremos juntos. Me parece una

buena idea que haya una tregua entre los dos —digo algo más animada.

—Sí, bueno… —carraspea y se lleva la mano a la nuca—. Sube, es

tarde. Te acercaré a casa.

—No hace falta, de verdad —miento, porque sí me hace falta.

—De todas formas, me pilla de paso. No me importa —afirma.

—Vale, gracias.

Subo de nuevo a la camioneta y no puedo evitar sentir un pellizco en

el estómago, es la misma vieja camioneta en la que tantas veces me subí, en

la que hicimos el amor a escondidas, junto a la orilla del río. Giro la cabeza

y miro atrás, quiero controlar todo esto, pero me resulta imposible, los
recuerdos me abruman y mi cuerpo actúa por su cuenta.
—¿También conservas la Harley? —pregunto con curiosidad.

—Claro —afirma serio.

—Lo suponía. Pero no la he visto, ¿dónde la guardas?

—Está a buen recaudo.

Vale, lo pillo, no quiere decirme donde está. Muerdo mi labio para

que las palabras no salgan de mi boca, porque la verdad es que me gustaría

verla. Subí a ella tantas veces que ni las recuerdo, lo que sí recuerdo son

mis brazos alrededor de su cintura acariciando su pecho, su espalda firme

bajo mi cuerpo, el calor que desprendía por la cercanía. Mi calor. Los

latidos a la misma velocidad que íbamos. Las noches suaves, las noches
intensas…

—¿Podría verla? —. Cierro los ojos, después de todo lo he soltado.

—¿Por qué querrías ver una vieja moto? —masculla.

—Por nada, tan solo… Nada, solo ha sido un recuerdo.

—Está en el garaje de Dick.

—¿En el garaje de Dick? —repito, noto que se tensa, sus manos

aprietan con fuerza el volante.

—Sí. No podía tenerla en el rancho. Falta de espacio —justifica.

Pero sé que no es la razón, si algo no tiene el rancho es falta de

espacio. Supongo que le traería recuerdos que no quería rememorar. Trago


el nudo que se me ha formado en la garganta y aprieto las manos en dos

fuertes puños.

—Ya estamos —anuncia y levanto la mirada para ver mi casa. La luz

del porche está encendida y puedo ver a mi padre en su mecedora que nos

mira con fijeza.

—Sí, ya estamos… —susurro sin dejar de mirar hacia el porche.

—¿Todo bien? —interroga con tono grave.

—Sí, sí, es solo que estoy agotada. Gracias por acercarme. Hasta

mañana —me despido.

—A las diez, no lo olvides —me recuerda.

—A las diez —repito al cerrar la puerta.

Camino con paso tembloroso hacia la casa, mi padre se levanta

cuando estoy frente a él, no deja de mirar hacia la ranchera.

—¿Ese era el maldito chico Hunt? —gruñe. No sé por qué pregunta

cuando sabe la respuesta.

—Sí, padre, lo es. Hemos terminado tarde en el rancho y se ha

ofrecido a acerarme, ¿es un delito? —resoplo.

—Todo para nada —farfulla colocando su mano en mi cintura para


empujarme hacia el interior de la casa.

—Puedo entrar sola.

—No lo parece.
—¿Hasta cuando va a durar esto? Ya no tengo dieciséis años, ni

diecisiete —me quejo.

—Mientras vivas aquí, se seguirán mis normas —afirma rotundo.

—Lo tendré en cuenta —respondo y subo a mi habitación antes de

que todo se me escape de las manos porque por mi cabeza pasan muchas

imágenes y en todas ellas estoy haciendo las maletas.


21 Somos los de siempre
Liam

El sol empieza a teñir de tonos cálidos y dorados todo lo que roza. Bajo de

Tormenta y lo dejo en su cercado para que corra. La primavera se acerca y


el calor empieza a dejarse notar. Será un buen día, o eso espero. Saber que

este año nos acompañará ella me tiene un poco fuera de juego, por lo
general somos los de siempre.

Camino sin prisa hasta el embarcadero tras dejar la camioneta


aparcada y cuando llego, Dick, Charly, Matt, Cassie y Lily ya están allí.

Doy una segunda mirada, pero ella no está. Dejo escapar un resoplido de
decepción, no sé por qué esperaba que estuviera allí la primera.

Desde la distancia puedo sentir las ganas de todos de que llegara este

día, a pesar de que es algo que hacemos todos los años siguen esperándolo

como si fueran niños aguardando la Navidad.

—Buenos días —los saludo al llegar a su lado—. ¿Todo listo?


—Solo falta Sum y podremos irnos —afirma Lilly.

—¿Algo en lo que pueda ayudar?

—Creo que ya está todo, pero pregunta a Dick —indica.

Dentro de la embarcación, que se mueve con suavidad sobre el agua,


todo está listo para partir, solo falta ella. Miro el reloj y veo que han pasado
diez minutos de la hora a la que quedamos y por un segundo dudo de que

venga.

—Le doy cinco minutos más, si no está aquí para entonces, nos

largamos —advierte Matt que no disimula las ganas que tiene de salir a

navegar.
—Pues te irás sin mí también —lo amenaza Cassie.

—Vale, vale, le daré… quince minutos —amplía el plazo y eso me

hace esbozar una sonrisa. Recuerdo la conversación con ella, y es cierto que

nadie hubiera dicho que el despistado de Matt un día, de repente, se dio

cuenta de que Cassie existía y no solo eso, sino de que era una chica
preciosa que le aceleraba el corazón.

—Por allí viene, impaciente —le recrimina Lily y en cuanto la

escucho mi mirada se dirige hacia el horizonte por el que distingo su silueta

recortada por la brillante luz del sol. Camina a paso ligero y algo torpe,

llevando un gran bolso colgado del brazo.

En cuanto está lo bastante cerca para distinguir su rostro, me doy

cuenta de las gafas de sol, de que su piel está más clara que de costumbre y
puedo ver que las gafas no son lo bastante grandes para ocultar la rojez y la

inflamación que rodean sus ojos.

Algo se aprieta en mi pecho, una ansiedad que me pilla desprevenido

y que no deja de molestarme con preguntas para las que no tengo respuesta:
¿Por qué habrá llorado? ¿Se habrá pasado la noche entera sin dormir y

llorando como parece? ¿Seré el motivo ese abogado de Nueva York?

—Buenos días, perdonad el retraso —saluda a todos con una sonrisa

forzada mientras se acerca. Extiendo mi mano, la toma y la ayudo a subir

—. Gracias. ¿Está todo listo para zarpar? —vuelve a preguntar con un tono

que no oculta que algo ha pasado.


—Desde hace rato, te estábamos esperando —dice Matt con un

fingido tono de indignación soltando amarres.

Quiero acercarme y preguntarle qué demonios ha pasado, pero no

creo que quiera hablar del tema, ni conmigo ni frente a todos.

Nos alejamos del embarcadero con suavidad, sin prisa, tenemos todo

el día por delante y nos dejamos llevar por la suave brisa que aligera el

calor que se pega a nuestra piel.

Todos charlan sin parar, menos ella, que sigue sin decir nada, con la

mirada perdida en algo que solo ella parece poder ver, en pensamientos que

solo ella puede escuchar. Es temprano para una cerveza, aunque ahora
mismo me tomaría un buen trago de una bien fría, o de whisky, porque no

saber qué cojones ha pasado me está volviendo loco.

Cojo uno de los termos, vierto un poco de café y se lo acerco.

—Ten, creo que te vendrá bien —murmuro.

—Gracias —susurra tomando el vaso de mi mano.


Me mira, pero apenas puedo ver bajo la oscura montura, me contengo

para no arrancársela de la cara y poder verla, no tiene ni idea de cuánto me

contengo cada vez que estoy a su lado…, y así voy a seguir.


—¿Una mala noche? —pregunto mirando al infinito y dando un sorbo

al vaso de café que me he servido para mí.

Ella no dice nada, pero aprieta la mano libre en la barandilla metálica,

la lancha se mueve un poco más de la cuenta y su cuerpo acaba junto al

mío. Espero el momento en el que se aparte, porque sé que llegará, sin

embargo, se queda a mi lado, sin moverse, relajada, como si nada hubiera

pasado entre nosotros y estar así de cerca fuera lo más natural del mundo,

aunque ya no lo es y eso me vuelve loco.

—No del todo —suspira sincera. Noto que su voz tiembla y me

gustaría darle un abrazo que me tragaré como tantos otros que he contenido

desde que llegó a Magnolia Springs.

—¿Fue por lo que pasó en el bar? —me atrevo a preguntar, aunque no

es esa la pregunta que quiero hacerle en verdad.

—¿Qué pasó en el bar? —interroga sorprendida, como si no

comprendiera a qué me refiero y eso me deja fuera de juego.

—Bueno…, lo de que tu relación con ese abogado ha terminado —

suelto y doy otro sorbo de café, necesito que la amargura que se ha quedado
en mi boca desaparezca con esa bocanada.
—Si hubiera tenido algo que ver con Leo no estaría así, te lo aseguro

—suelta con una confianza que hace que sienta un alivio inmediato. No es

por él y eso me gusta, me deja claro que no ha significado para ella tanto…

tanto como yo.

—¿Entonces?

—Mi padre, como siempre —farfulla y toma otro largo sorbo al que

sigue un silencio que me deja claro que no quiere hablar del tema.

—Lo siento.

—Tú no tienes que sentir nada, en todo caso es él el que debería.

—¿Vais a estar todo el viaje aquí? Venid, vamos a repartir las tareas
—nos interrumpe Lily a la que ahora mismo mataría.

Summer me mira y esboza un «gracias», acompañado de una sonrisa

que, si bien no le llega a la mirada, al menos es real.

Al llegar dónde esperan los demás nos unimos a la conversación que

trata de quién va a pescar el pez más gordo y de quién cogerá la borrachera

más grande. Y así entre risas y bromas bajo el cálido sol de la mañana

continuamos nuestro paseo por el río. Y al igual que las aguas sobre las que

navegamos, la esperanza de que un nuevo comienzo sea posible para los

dos se agarra con fuerza a mi pecho que no deja de latir con fuerza,

expectante por lo que esta nueva corriente puede traer de vuelta a mi vida.
Summer

—¡Vamos, vamos, que se nos ha hecho tarde! —me apremia Cassie.

Cuando voy a bajar de la barca veo a Liam esperando, tiene sus

manos y dudo, pero al final las acepto. Cuando sus manos toman mi cuerpo

y me baja sin esfuerzo me doy cuenta de que a la fuerza ha tenido que darse

cuenta de cómo se acelera mi corazón por su roce.

—Está bien, está bien, los cromañones nos vamos a pescar, el que

traiga el ejemplar más gordo tendrá de premio… —se interrumpe Matt

como si no supiera qué pedir.

—¡Un deseo! —grita Lily emocionada. Le ha faltado dar saltitos y

aplaudir.

—Me parece bien, ¿y a vosotros? —pregunta al resto.

Puedo ver a los chicos sonreír a la vez que toman las cañas y unos

cubos para empezar la caza.

—Al menos tienen claro que son como los cromañones —susurra

Cassie.

—Y nosotras, ¿qué hacemos? —interrogo. Es la primera vez que los


acompaño y no tengo claro qué suelen hacer.

—Voy a describirte en detalle, mi querida mejor amiga, lo que va a

suceder —dice Cassie echando su brazo sobre mis hombros—. Ellos se van
a tirar toooda la mañana tratando de pescar…

—O haciendo como que pescan —interrumpe Lily.

—O haciendo como que pescan —repite Cassie—, pero solo traerán

pequeños ejemplares que vamos a devolver al río, por eso hemos venido

preparadas —afirma con una gran sonrisa y al abrir la nevera portátil veo a

qué se refiere. En ella hay todo tipo de carne para la barbacoa: costillas,

hamburguesas, salchichas, perritos…

—Vaya, veo que venís preparadas —digo con una sonrisa.


—La primera vez que lo organizamos —empieza Cassie.

—Fue para animar a Liam —aclara Lily y trago saliva, porque sé a


qué época se refiere.

—Fue para festejar que había vuelto de la misión en la que estuviera


—continúa Cassie—, y confiamos en que pescarían tanto que nos sobraría

comida y ¡sorpresa! No comimos nada en todo el día.


Eso hace que me ría de verdad, una carcajada que resuena por el

tranquilo lugar en el que solo estamos nosotros.


—Desde aquella vez venimos preparadas —anuncia Lily sacando una

gran trucha.
—Ya no volvemos a pasar hambre, ni sed —añade Cassie y me
muestra otra nevera llena de cervezas y otra en la que hay vino y whisky.

—Vaya, el día promete.


—Y la noche —afirma Lily
—¿La noche?

—Cuando acabemos con todo esto, ¿quién va a poder llevar de vuelta


la barca? Yo te respondo, nadie. Así que nos quedamos a pasar la noche.

—¿Y dónde? —pregunto sorprendida. No me esperaba eso.


—Tenemos sacos de dormir y en la barca hay sitio para todos.

—Me parece genial —susurro. Lo cierto es que cualquier sitio me


parece mejor que volver a casa esta noche.
—¿Estás bien? —pregunta mi amiga preocupada.

Me alegra poder volver llamarla amiga a pesar de todo lo que sucedió.


—Sí, bueno, tan bien como puedo estar viviendo con él —digo

haciendo referencia a mi padre.


—Si la cosa se pone muy complicada… —deja caer, igual que me

ofreció el viejo Hunt.


—Lo sé, pero me gusta ver a mi madre. Lo hago por ella…

Tras dejarlo todo listo, nos acercamos a la orilla, el sol calienta mi


piel y me saco la camiseta para quedarme con la parte de arriba del bikini.

Me siento en la orilla y meto mis pies en el agua fría del río que me refresca
de inmediato.

A mi lado aparece Cassie con una botella de cerveza en la mano.


—¿Alguien más quiere? —grita Lily dirigiéndose a ellos.
—¡Eso no se pregunta! —grita Will—. ¡Trae para todos!
Observo la escena y doy un sorbo a la cerveza, entonces me doy

cuenta de que Liam no deja de mirarme, parece no darse cuenta de que


nuestras miradas se han cruzado y tarda un rato en reaccionar y regresar la

atención a los chicos.


—¿Algún día se dará cuenta Will de que mi prima está enamorada de

él desde… desde quinto?


—No puedo perder la esperanza, mira a Matt y a mí. —Eso me saca

otra sonrisa y brindo con ella.


—¿De verdad estás bien? —pregunta de nuevo.

—No, no estoy bien, Cassie, es lo que tiene ser la hija del General
Lee —me quejo.

—No va a dejar de ponértelo difícil, ¿eh? Ni siquiera la edad lo ha


ablandado.

—Bueno… no me lo va a poner fácil mientras Liam siga apareciendo


en nuestras conversaciones.
—¿La verdad? Nunca entenderé qué tiene en contra de él, es un tipo

decente, en realidad, es de lo mejor que puede una encontrarse.


—Siempre lo achacó a que era casi cuatro años mayor que yo, y en

aquel entonces podría entenderlo, pero ahora no le veo sentido. Ya no soy


una adolescente enamorada de un chico que casi era un adulto…. Ahora…
no sé Cassie, no sé cuál puede ser el motivo, lo que sé es que ya no soy la

niña de antes.
—¿Vas a intentarlo?

—No he dejado de intentarlo desde que llegué, pero supongo que le


jodí bastante… Aunque hemos firmado una tregua —confieso.

—¿Así que has dejado a Leo, tu exitoso novio abogado, por él? —
arremete.
—No lo he dejado por él… bueno, no exactamente —revelo con un

fuerte suspiro—. Es solo que cuando me pidió que pasara la vida con él, el
resto de mi vida —recalco—, supe que no podía, que no era él en quien

pensaba cuando imaginaba mi vida dentro de treinta o cuarenta años, Lily.


¿Tan difícil es de entender?

—Supongo que no, nos vendrá de familia, ¿cuánto tiempo llevo


esperando que Charly se me declare? Y bueno, parece que nunca va a llegar

ese día. Estoy empezando a perder la esperanza… —dice triste.


—¿Por qué no se lo dices tú? —indago.

—¿Acaso La Gran Manzana ha borrado tus modales sureños de un


mordisco, jovencita? —me riñe y eso me hace estallar en carcajadas.

—¡No te rías! —exclama molesta y Cassie se une a mi risa.


—A la mierda los modales sureños, Lily, cuando ese torpe se decida a

decirte algo ya tendrás un pie en la tumba, ¿quieres casarte pareciendo una


pasa? —la amenaza.

—Claro que no… —refunfuña.


—Pues dale un empujón, Lily —la anima Cassie.

—Uno muy fuerte—añado—, para que se entere. —Y de nuevo


estallamos en risas.

*****

El sol estaba alto cuando aparecen tras su excursión para cazar algo para
comer. Cuando vi los ejemplares en el cubo no pude evitar reír. Cassie tenía

razón; eran tan pequeños que habría que devolverlos al río.


—Menos mal que os conocemos y hemos traído comida —refunfuña

Cassie en broma dando un beso a Matt.


—Todavía queda otra oportunidad, nena, la cena, no lo olvides. Los

grandes salen más tarde —se excusa y eso hace que mi sonrisa sea más
amplia.
—¡Liam! —grita Charly—. ¡Nos toca la barbacoa!

—Voy —dice a la vez que sale a toda prisa hacia el lugar donde el
humo inunda todo con su inconfundible aroma.

La música country llena todo, suenan uno tras otros nuestros favoritos
y canturreamos todas y cada una de las canciones, las risas, las bromas y el

sonido suave del agua me hacen sentir en paz. Hacen que sienta que estoy
de nuevo en casa, o casi… La sombra oscura de mi padre es alargada y su
empeño por no dejarme ser feliz me molesta tanto que me hace difícil

respirar.
—¿Alguien quiere una hamburguesa? —pregunta con la espátula en
alto.

—¡Claro! ¡Todos!
—¿Qué clase de pregunta es esa, Hunt? —le recrimina Charly.

Y veo que nada ha cambiado, al menos no demasiado a pesar de la


edad. A pesar de lo que sucedió estamos todos aquí de nuevo.

Me quedo junto a la orilla y vuelvo a meter mis pies en el agua. Lily


aparece a mi lado con un plato lleno de ensalada y una hamburguesa muy

hecha, con queso. Justo como me gustan.


—Veo que no lo ha olvidado —susurro emocionada.

—¿Lo dudabas? —interroga alzando una ceja.


—Pensé que te gustaba más Leo.

—Liam también me gustó siempre —afirma encogiéndose de


hombros—. Si no fuera porque él nos considera a todas inferiores a ti, le

habría lanzado la caña —bromea.


Comemos y bebemos cerveza sin parar. Todo fluye, como el agua del

río que roza mis pies. Lily se levanta cuando Charly la llama y Cassie se
marcha con Matt a dar un paseo.
Suspiro, tranquila, hasta que noto su presencia a mi lado.
—¿Vienes? —pregunta tendiendo su mano. Dudo, porque cada vez

que tomo su mano quiero más, deseo más, y no tengo derecho, todavía no
me lo he ganado. Aun así, soy egoísta y la acepto.

—¿Dónde vamos?
—A pasear, ¿te apetece?

Asiento sin decir nada más y camino a su lado, en silencio, lo cierto


es que quiero mucho más, pero no necesito más. No de momento. Me

conformo con estos pequeños momentos de paz.


—¿Estás más tranquila? —pregunta

—Estoy bien, de verdad —miento para tranquilizarlo.


—Quizás algún día quieras contarme la verdad, Summer —pide.

—Creo, Liam… —me callo, no sé muy bien qué decir.


—¿Crees…? —me anima.
—Creo que no vale de nada, no ahora. Tan solo serviría para hacernos
más daño, ¿no podemos dejarlo todo atrás? —Deseo que diga que sí, aún

tengo miedo de que mi padre pueda hacerle algún daño, no sé cómo se las
apañaría, pero lo veo capaz.
Sin embargo, su silencio me deja claro que no le basta con eso, y sé
que en algún momento debería contarle todo tal y como fue si quiero tener
una nueva oportunidad, pero no me atrevo. No sé qué puede ocurrir si se
entera de lo que sucedió y eso me da todavía más miedo.

La tensión regresa, parce un yoyó entre nosotros, se estira y encoge


con una velocidad que me deja sin aliento, a pesar de todo cada vez que
nuestras miradas se topan mi corazón da un vuelco y las ganas de volver a
ser parte de su vida me dejan sin aliento.
—Hacía mucho que no tenía un momento así… de paz —confieso.

—Supongo que ha sido difícil para los dos —susurra.


—Es bueno estar de vuelta, es bueno estar en casa —revelo.
Y descubro que hay un peso en el aire que nos hace complicado
encontrar las palabras adecuadas para expresar lo que de verdad queremos,

lo que han significado estos años lejos el uno del otro. Puedo ver los
secretos no dichos, las emociones que tratamos de enterrar con tanta fuerza
que han dejado cicatrices tan profundas que ninguno de los dos sabe, en
realidad, por donde empezar.
22 Algo para la cena
Liam

—¿Quién está listo para atrapar algo para la cena? —pregunta Dick

entusiasmado con varias cañas de pescar sobre el hombro y varios cubos en


la mano.

—¡Yo! —exclaman Matt y Charly a la vez.


—Creo que tienes que cumplir —dice Summer que los mira divertida.

Al menos su mirada se ha relajado.


—Creo que sí, tengo que cumplir con mis horas de cromañón —

bromeo antes de salir corriendo para alcanzarlos.


Miro de vez en cuando hacia donde las chicas aguardan.

—Te va a dar un tirón, tío, deja de mirarla. No va a desaparecer —

dice Dick dando otro sorbo a la cerveza.

—No entiendo por qué no le dices algo, ¿qué tienes que perder? —

añade.
—Tiene razón, tío —se une Matt—. Un hombre no puede morir dos

veces —suelta.

—Supongo que tenéis razón —susurro—. De todas formas, de

momento, solo tenemos una tregua. Estamos trabajando juntos y por el bien
de la yeguada he enterrado el hacha de guerra.
—Deberías decirle que todavía la quieres, lo sabemos todos. Y si ella

sigue siendo un poco la vieja Summer, que parece que lo sigue siendo, estoy

seguro de que sabe que todavía sientes algo.

—¿Algo…? —bufo molesto.

—O todo. Da igual, el caso es que a ella le pasa lo mismo.


—Al final vamos a terminar en el hospital con dos cuellos jodidos —

se mofa Matt mirando al río.

Cuando giro la cabeza veo a las chicas que se van a meter al agua, y

no puedo creer lo que veo; se está quitando los pantalones cortos para

bañarse y cuando veo su cuerpo tan solo con el bikini…


—El cuello no sé si lo va a tener jodido, pero él lo está.

—Deja de mirarla, te va a dar un infarto —se ríe Dick.

—Las cosas como son, sigue estando buenísima —añade Charly.

—Vista al frente —suelto como si fueran mis soldados.

—Vale, vale, calma, sabemos que es tuya.

—Pescad, que es lo que tenéis que hacer.

—Yo he venido a ver mi chica en bikini jugando con otras chicas en


bikini —me provoca Matt sin dejar de mirarlas y de reojo vuelvo a mirarla

y joder, voy a dejar de hacerlo porque voy a conseguir que la temperatura

suba… mil grados.


—A este paso vais a asar a todos los peces —dice con sorna Dick—.

Traed la red, ya veo uno por ahí flotando. Está en su punto —sigue con la

broma.

—No sé los peces, pero sé de uno al que le vendría muy bien un baño

frío —ataca Charly.

—¿Frío? Creo que sería capaz de derretir un iceberg —añade Matt


tocándome la frente.

—Ya está bien —susurro serio—. Sé que pensáis que sería fácil, tan

solo decirle que no la he olvidado y ver que pasa, pero no es solo eso, tíos.

Todo lo que pasé, que se siga negando a decirme qué pasó, por qué se largó

y cortó todo el contacto, el hecho de que ahora trabajamos juntos y como

mínimo lo haremos durante un año… Todo eso complica las cosas —

confieso.

—Para mí está claro por qué se fue —afirma Dick.

—¿Ah, sí? Ilumínanos —pido.

—Tú también lo sospechas, estoy seguro. Ella dijo que no había sido
cosa de ella el irse.

—¿Y? —pregunta Charly.

—Vamos, todos conocemos al General Lee. Si no fue decisión suya…

creo que está claro.


—Supongo que nunca sabré lo que pasó de verdad hasta que ella me

lo diga —susurro.

Y el silencio nos arropa unos segundos en los que me concentro en


pescar algo. Poco a poco, la atmósfera deja de estar tan tensa y de nuevo

hablamos de tonterías que me hacen aliviar un poco la presión de mi pecho.

Cuando decidimos regresar las chicas se secan el pelo junto a una

fogata que crepita con fuerza.

—¡Bienvenidos, cromañones! —saluda Cassie dándole un beso a

Matt.

—¿Habéis pescado algo? —pregunta Lily impaciente.

—Algo ha caído —dice Charly mostrando su pez.

—Ese para el agua, el ganador indiscutible ha sido Liam… —anuncia

Dick.

—¿Estás de broma? ¿De verdad ha pescado algo digno? —pregunta

Cassie.

Saco la trucha del cubo y se llevan las manos a la boca, sorprendidas

de mi gran caza.

—¡Madre mía, Liam! ¡Es enorme! —exclama Cassie.

—Cariño, ten cuidado con lo que dices —la riñe de broma Matt.

—¡Pero es verdad! Fíjate es grandísima, no va a caber… en la


barbacoa —continúa con la broma.
—Está bien, supongo que Liam se ha ganado el premio. Ahora una de

vosotras le concederá un deseo… —rechista Matt.

—¿Qué vas a pedir, rey de los cromañones? —interroga Cassie.

—Tengo que pensarlo —miento mirando a Summer porque tengo

clarísimo lo que pediría, solo que de momento ese deseo tendrá que esperar.

Hacía mucho que no me sentía tan bien, verlos a todos de nuevo

reunidos alrededor del fuego, compartiendo risas y momentos, hace que

sienta nostalgia. Que eche de menos aquellos años en los que era feliz.

—¿Recordáis la última vez que nos juntamos así? —pregunta Lily

tomando un sorbo de vino—. Creo que fue en el último año de instituto…


—se detiene porque todos saben cuando fue, un par de días antes de que

ella desapareciera y dejara un vacío que no conseguimos llenar.

—Sí, aquellos años eran más sencillos —susurra con melancolía.

—¡Ah, esos días! —exclama Dick con una mirada malvada, sé que va

a decir a continuación—. Recuerdo… recuerdo aquellos días en los que

Liam componía canciones de amor para ti —dice mirando a Sum que me

mira con sorpresa.

—Tiene que ser una broma —dice Cassie que parece más sorprendida

que ella.

—Sí, solía hacerlo —admito con una media sonrisa.


—Por suerte le duró poco… nos torturaba muy a menudo. Fijaos

como ha quedado Charly —se burla.

—Pensé que se había caído de la cuna de niño —continúa la broma

Cassie.

—No, es un efecto secundario por escuchar a Liam componiendo

canciones para Summer. Por cierto, Sum, ahora que has vuelto no sé si

volvemos a correr peligro —susurra tan fuerte que todos lo oyen. Le lanzo

una lata vacía—. ¡No me ataques!

—Pues deja ya de decir tonterías… —gruño, para eso me he ganado

la medalla del cromañón.

—La verdad es que me alegra que hayáis dejado el pasado donde

debe estar, la vida es demasiado corta para recrearse en lo que ya no volverá

—afirma Cassie demasiado serena para todo lo que ha bebido.

El ambiente se ha entristecido un poco, todos recuerdan con nostalgia

aquellos años en los que Summer y yo estábamos locos el uno por el otro.

Ese tiempo en el que nada hubiera hecho pensar que todo acabaría de la

forma en la que terminó.

Dick aparece con la trucha que he pescado y la coloca en el centro


para que todos la probemos.

—¿Sigues pescando, Summer? Todavía recuerdo vuestras

competiciones para ver quién pescaba el pez más grande —se ríe Dick.
—Hace mucho tiempo que no pesco, Dick. En Nueva York… no tenía

la oportunidad —confiesa.

—Bueno, gracias a ti esta noche vamos a disfrutar de esta trucha,

fruto de los esfuerzos de Liam por ganarte —afirma con una gran sonrisa

que vuelve a aligerar el ambiente. Tomo un trozo de la trucha que apenas

pruebo porque no puedo quitarle los ojos de encima a Summer.

*****

La noche parece tan hambrienta como lo estoy yo, crece a una velocidad

que asusta. El susurro del agua se hace más palpable y la música hace
tiempo que solo es un murmullo apagado. Me acerco de nuevo a los restos

que quedan de la hoguera que se ahoga sin remedio, sin pelear, es


consciente de que su final está cerca, y me siento a su lado. Le ofrezco una

lata de coca cola que toma dándome las gracias.


—Gracias —susurra. Ahora mismo, después de tanto barullo, se

agradece este momento de calma.


—De nada, he pensado que querrías algo que no fuera alcohol.

—Tienes razón, mañana no voy a ser persona. No recuerdo cuándo


fue la última vez que bebí tanto…
—Yo sí —se une a la conversación Cassie—. Fue aquella noche en la

que creíste que Liam se iba a confesar a aquella chica de fuera… no


recuerdo su nombre…
—¡Ah, sí! ¡A la chica de Alaska!

—¡Anna! Creo que se llamaba así, como la de Frozen —dice Charly.


—¿Por qué pensaste que me iba a declarar a ella? —pregunto con

sorpresa, era algo que no sabía.


—Pues… porque a todos parecía que os gustaba —confiesa algo

avergonzada dando un sorbo a la lata de coca cola.


—Era muy guapa —afirma Charly que se gana una mirada de odio de
Lily.

—Lo era —suspira Matt que se lleva un cogotazo de Cassie.


—No estaba mal, aunque a mi amigo le gustaba ya otra, a pesar de

que no quería reconocerlo —provoca Dick.


—¿Le gustaba otra? ¿Quién? —interroga Charly.

—Está claro que algunos no cambian… —refunfuña Lily que se


levanta y se aleja. Él se levanta y la sigue sin saber qué ha sucedido.

—Vamos a dar un paseo —anuncia Cassie tomando de la mano a Matt


y tirando de él. Los veo desaparecer tragados por la oscuridad. Sé lo que

pretenden y no sé si se los agradezco o deseo matarlos.


—Ahora vengo, tengo que… revisar algunas cosas de la barca —se

excusa Dick.
—Vaya —murmura Summer.
—Vaya —digo a su vez.
—Parece que nuestros amigos querían darnos un momento a solas —

dice lo que pienso.


—Sí, eso parece… no es que sean los mejores actores del mundo.

—No, ni de coña, pero sí son los mejores amigos que se pueda tener
—suspira.

—¿Recuerdas aquella primera noche que pasamos fuera? —pregunto


y enseguida me arrepiento.

—Ya te dije que no he olvidado nada —afirma.


—Yo sí —digo en voz baja—. No recordaba a la tal Anna… ¿De

verdad pensaste que iba a declararme a esa chica? ¿Por qué…? —interrogo
con curiosidad.

—Bueno, todos decían que era preciosa y que a ella le gustabas tú.
Así que pensé que ibas a declararte a esa chica sacada de la película de

Frozen que era…


—¿Que era…?
—Una mujer a mi lado.

—Ya. Tiene lógica. ¿Y por eso bebiste tanto?


—Creo que después de haberte confesado más de mil veces que

estaba loca por ti, preguntar algo así no tiene sentido. Claro que pensar que
ibas a declararte a esa chica me rompió el corazón… —resopla.
—¿Quieres saber la verdad? —pregunto. Ella asiente, y no sé si es por

el alcohol, por las horas juntos, por lo bien que me encuentro a su lado que
me dejo llevar—. Iba a hacerlo, iba a intentar tener algo con ella, pero

cuando fui a decirle que me gustaba… Fue tu nombre el que salió de mi


boca —revelo.

—No es verdad —dice muy seria, mirándome sin pestañear.


—Lo es —repito, con una nostálgica sonrisa.
—Deduzco que mi táctica de acoso y derribo funcionó —dice con una

gran sonrisa golpeando su lata contra la mía.


—Eres un puto huracán, Summer, eso tampoco ha cambiado.

—No ha cambiado nada, Liam, solo hemos perdido algunos años —


susurra.

La miro y puedo ver la invitación en su rostro. Desea que la bese


tanto como yo deseo hacerlo, pero…, pero no puedo. ¡Maldita sea! No

puedo arriesgarme a que algo salga mal y se vaya de nuevo, no ahora que se
va a hacer cargo de mis caballos.

—Creo que hemos perdido algo más que unos años, Sum, hemos
perdido la oportunidad —digo en su lugar, en vez de soltarle que todavía

siento todo por ella. Todo y más.


Y, aunque crean que un hombre no puede morir dos veces, no estoy de

acuerdo. Si hay alguien que pueda matarme otra vez, esa es Summer Lee.
23 Necesitaba un respiro
Summer

Me levanto y me alejo de la hoguera. Los demás han vuelto poco a poco,

pero necesito un respiro. Sé lo que ha querido decir Liam con que hemos
perdido la oportunidad y aunque sé que todo fue mi culpa, sigue

constándome respirar cuando la verdad me golpea con esa fuerza.


Paseo por la orilla del río y me cubro con una manta, ahora sin el sol

que caliente la piel, la humedad se hace más notable. Dejo de caminar


cuando no escucho sonido alguno proveniente del grupo y me siento sobre

la madera del que fue, en otros tiempos, un embarcadero.


Supongo que estoy sensible, sobre todo después de la pelea con mi

padre, debería estar acostumbrada a sus amenazas, a su mal humor, a su

carácter dominante, sin embargo, cada vez se me hace más difícil de

soportar, de callarme, de dejarle salirse con la suya.

No sé cuanto rato llevo aquí, observando las estrellas, cuando me


encuentra. Se sienta a mi lado y extiende otra manta sobre nosotros.

—Vas a coger frío.

—Necesita un respiro, estaban siendo muy…

—¿Intensos?
—Intensos —concuerdo.
—Creo que es normal, también te han echado de menos.

—Sí, también … —repito a la espera de que diga algo, pero no dice

nada.

—En realidad Cassie estaba preocupada porque no sabía donde habías

ido y me ha enviado a buscarte—. Eso me trae un recuerdo que me hace


sonreír. —¿De qué te ríes?

—De nada… —mascullo.

—Dímelo —susurra y mi vello se enerva.

—Recordaba aquella noche que nos escapamos para hacer un picnic

en la orilla del río —confieso.


—Sí, a tu padre casi le dio un infarto cuando nos encontró al

amanecer, estabas dormida sobre mi pecho —recuerda con una media

sonrisa en su cara y toda la nostalgia en su voz.

—La bronca que te echó fue descomunal, como siempre —murmuro.

—Sí, pero valió la pena. Todavía recuerdo el cielo lleno de estrellas, y

las increíbles vistas —confiesa mirándome como solía hacerlo, y eso me

mata un poquito más porque veo lo que perdí por no pelear.


—Éramos un par de trastos.

—Sí, no se te ocurría nada bueno, Huracán, y yo me dejaba arrastrar

en todos tus líos. ¿Recuerdas cuando decidiste jugar al escondite en el


bosque cercano al Rancho Gibson? —pregunta con la diversión bailando en

sus ojos.

—¿Cómo podría olvidarlo? Siempre encontrabas los mejores

escondites, todavía recuerdo al Sheriff juntando voluntarios para

encontrarte porque no era capaz de dar contigo y tuve que ir a pedir ayuda.

La carcajada brota inesperada, sincera y llena la noche de recuerdos.


—Supongo que siempre has sido una experta en desaparecer como

querías —susurra y esa frase corta mi risa.

Hay una mezcla rara que chisporrotea sobre mi piel, la tensión por el

dolor que mi marcha le causó y la añoranza de los momentos que vivimos,

del amor que compartimos. También un poco de dolor del futuro que

perdimos, del futuro que nos arrebataron, aunque él no sepa la razón.

—Fui muy feliz, Liam y me alegra haberlos compartido contigo —

confieso. He decidido no guardarme nada, o casi nada.

—Yo también, Summer, por eso no logro entender… —se detiene,

supongo que ha visto que mi expresión ha cambiado a una más sombría.


Una expresión que le deja claro que no quiero hablar de aquello.

—Sé que te debo una explicación, Liam —digo al cabo de un rato—.

Sé que te la debo. Es más, te la mereces, pero me gustaría que me creyeras

cuando te digo que no me fui porque quise… y que no puedo contarte el


motivo que me llevó a desaparecer, Liam. Aunque quiero que sepas que yo

también lo pasé muy mal, Liam. Más de lo que te imaginas.

—Pues cuéntamelo, Sum, por favor, dime qué sucedió que pueda
entenderlo… —ruega.

Veo su mirada desesperada, escucho su tono abatido y sé que debería

contarle todo, pero no puedo. Supongo que el fondo sigo siendo esa niña

asustada, esa niña cobarde que teme a su padre… que teme lo que su padre

pueda hacer.

—Lo siento, Liam, pero no puedo. No puedo… —repito poniéndome

de pie y caminado a paso ligero hacia el campamento improvisado.

Su mano toma mi muñeca y me detiene, me gira hacia él y por un

instante creo que me va a besar, y lo deseo. Lo deseo tanto que todo mi

cuerpo arde.

—¿Por qué no puedes contármelo, Sum?

—Liam, ahora… trabajamos juntos, no quiero que cambie nada. No

quiero estropear el proyecto. Quiero formar parte de él, así que, por favor,

no me pidas de nuevo que te dé una explicación, aunque te la merezcas. Por

favor, Liam…

Deseo que pueda escuchar mi sinceridad, espero que sepa que le digo

la verdad. Su agarre se hace más fuerte por un instante, pero al cabo de ese
segundo suelta mi mano.
—Summer, no volveré a preguntar. Intenta no olvidar que ahora

trabajas para mí… —dice serio y con eso me deja claro que el paso que

había avanzado acabo de perderlo. Más que eso, he retrocedido a la casilla

de salida. De nuevo.

Y ahora es él quien pone distancia entre nosotros y ¡maldita sea!, todo

se siente helado.

Liam

Lo he vuelto a hacer. Y me arrepiento. Le pido que ponga distancia entre


los dos, que me trate como a su jefe y cada vez me cuesta menos mendigar

porque me aclare lo que sucedió, en el fondo tan solo deseo que me dé

cualquier excusa para perdonarla. Para justificarme a mí mismo que se

merece que la perdone, que olvide todo lo que sufrí: las noches de perder el

conocimiento gracias al alcohol porque era más cómodo que sentir su

ausencia, la soledad que me acompañó, la herida bajo el pecho que no

parecía sanar, los besos que se habían vuelto vacíos y sin emoción porque

tan solo ansiaba los suyos… Todo ese dolor que me partió en dos y que me

costó tanto superar.

Y ahora ha vuelto, la tengo a mi lado, y no puedo evitar que todos

esos momentos felices que viví a su lado, todas las primeras veces me
golpeen en las pelotas con tanta fuerza que me cuesta respirar.

Y no quiero pensar que Summer ya no es mía, que ya no hay una

oportunidad para nosotros, me aterra… tanto como la idea de poder tenerla

a mi lado de nuevo.

—Tío, ¿estás bien? —interroga Dick al verme llegar hecho una furia.

—Sí, de cojones —digo de malhumor sacando de la nevera una

botella de whisky de la que no pienso dejar ni gota.


24 Como un refugio
Liam

El crepúsculo pinta tonos dorados por todo el rancho. Cansado de un día

largo llego al establo cuando veo a Summer examinando a Nieve. No es


ningún secreto que se ha convertido en su favorito desde que aterrizó en el

rancho hace ya más de un mes.


El relincho tranquilo del caballo resuena en el aire y me deja claro

que Nieve también adora a Sum. Lleva la bata de veterinaria y no puedo


evitar observarla desde otro punto de vista. Es extraño, porque es ella, la

que conocí, la chica de la que me enamoré, pero ahora es… otra. Una mujer
que sabe lo que hace, se nota la paz que transmite y su habilidad es

innegable. Me lo ha dejado claro varias veces desde que empezó a trabajar

aquí a pesar de mis negativas.

—Tranquilo, Nieve, todo va a estar bien. Serás un padre maravilloso

—susurra ajena a mi presencia.


Bajo del caballo y me acerco a ella admirando su manejo del

imponente semental que no es más que un potrillo enamorado de sus

caricias. Hay algo en ella… que conecta con los caballos de manera innata.

—Parece que tienes un don —digo sobresaltándola. Levanta la mirada


azul mar y la clava en la mía. Ahora mismo soy un maldito barco ansioso
de naufragar en las aguas profundas que son sus ojos. Todo está en silencio,

hasta que esboza una pequeña sonrisa que provoca la salida del sol.

—Siempre me han gustado los caballos, lo sabes. Son como… un

refugio. Y lo echaba de menos.

—¿Los caballos?
—Tener un refugio en el que sentirme segura —confiesa palpando las

extremidades de Nieve.

—Podías haberte quedado —suelto antes de poder detener esas

palabras.

—No, aunque no lo creas, Liam, no tuve elección —suspira—. Pero


bueno, después de todo… aquí estamos.

—Sí, aquí estamos.

—Y ahora puedo cuidar de estos magníficos animales.

—Y de Molly y Penélope —añado con una sonrisa.

—Y de Molly y la pequeña Pe —afirma con una gran sonrisa—. Son

importantes para tu padre, ¿verdad? —pregunta.

—Molly era el animal favorito de mi madre; la adoraba. Supongo que


le recuerda a cuando estaba con nosotros.

—Siento mucho que os dejara tan pronto. Era una mujer maravillosa.

—Lo era, aunque eso no la ayudó a vencer la maldita C —suspiro. El

silencio nos arropa. Ella no deja de acariciar a Nieve y yo no dejo de


mirarla, embelesado—. No esperaba verte de nuevo —confieso.

—Si hay algo de lo que me arrepiento es de no haber vuelto mucho

antes.

—Ya —digo y me llevo la mano a la nuca. De pronto todo se está

volviendo muy íntimo.

—Pondré todo mi esfuerzo en que todo salga bien, tendrás unas crías
espectaculares.

—Eso espero, esto significa mucho para mi padre —digo.

—Para mí también, Liam. Y no solo los caballos —susurra

regresando la mirada al animal. Pero lo he visto, ese momento en el que el

pasado se ha entrelazado con el ahora—. He aprendido mucho. Trabajar con

caballos siempre fue lo que quise hacer y una de las pocas cosas que me

atreví a decidir por mí misma.

—Supongo que estás en el lugar correcto entonces.

—Siempre ha sido mi lugar correcto —murmura de nuevo, sin

atreverse a mirarme.
—¿Quieres dar un paseo? —ofrezco.

—¿A caballo? —pregunta con sorpresa, la misma que siento yo.

—Claro, a caballo.

—Verás —dice con nerviosismo—. Nunca lo he hecho.


Una carcajada sale de mi boca, me pilla desprevenido, y a ella parece

sorprenderle y agradarle porque su risa se une a la mía. Siguen

sincronizadas. El sol se ha deslizado más hacia el horizonte, tiñendo ahora


todo de tonos rojizos. Estoy a la espera de que diga algo y vuelvo a ser ese

idiota colado por una niña descarada que me volvía loco con su entusiasmo,

su energía y su conversación interminable.

—¿Una veterinaria que no sabe montar a caballo? —pregunto sin

creerlo.

—Es verdad —continúa cuando la risa se apaga—. Me da un poco de

vértigo solo pensarlo. Aunque siempre he querido hacerlo.

—Entonces es tu día de suerte. Tengo una yegua que es experta en

llevar a principiantes.

—No sé, Liam —musita nerviosa.

—Confía en mí, no dejaré que te caigas —afirmo—. ¿Qué dices? ¿Lo

intentamos?

—Más te vale no dejarme caer, te recuerdo que soy tu única

veterinaria —dice con nerviosismo y excitación en su voz.

Se quita la bata y puedo ver esos vaqueros que se pegan a sus bonitas

curvas y la camiseta de manga corta y blanca que lleva que me hace pensar

en lo divertido que sería tumbarla sobre el césped, bajo mi cuerpo, y ver


luego las manchas verdes que se dibujarían en su espalda. ¿Estoy loco? Tal

vez, pero no más que aquella vez que se fue.

—No dejaré que te hagas daño, lo prometo. ¿Vamos? —pido

extendiendo mi mano. Asiente y toma mi mano y que Dios me dé paciencia

porque estoy a punto de perderla.

Caminamos sin soltarnos la mano, intento no mirarla a los ojos. No sé

por qué me siento sí, pero ahí están de nuevo todos esos sentimientos. Ella

fue y es la única chica capaz de poner mi mundo patas arriba. La única

capaz de destrozarme por completo y de recomponerme después. Supongo

que es mi maldición estar jodidamente enamorado de Summer Lee.


Mientras ensillo a la yegua intento explicarle todo para que no se

sienta inquieta.

—La clave está en la conexión. Establecer una conexión, un vínculo

con el animal. Siente su energía y ella sentirá la tuya —explico mientras

acaricio el cuello del animal.

Summer escucha con atención cada una de mis palabras, no deja de

asentir y de sonreír. Creo que es la primera vez desde que regresó que la

tensión entre nosotros está bajo mínimos históricos. De nuevo empezamos a

estar cómodos entre nosotros.

—Vale, ahora monta —pido—. Coloca un pie en el estribo y súbete

con cuidado. Una vez estés arriba todo irá sobre ruedas —prometo.
Summer sigue las instrucciones, puedo ver su tensión y la

anticipación. Cuando por fin, tras dos intentos, se coloca en la silla, puedo

ver la mezcla de emoción y vértigo en su rostro. ¿Cómo había olvidado que

era tan fácil de leer?

—¿Cómo te sientes? —interrogo.

—Es una sensación diferente. Estoy asustada y emocionada a la vez.

Es como… —se interrumpe, pero me ha dejado con la duda.

—¿Es como…? —la animo a seguir con las riendas en mis manos.

—Es como el primer amor —susurra.

Y eso era lo que necesitaba para hacer la locura que hago. Sin

pensarlo me subo en el animal, detrás de ella. Su espalda se tensa ante el

gesto, puedo notarlo sin esfuerzo, espero que no escuche el ruido atronador

que hay bajo mi pecho.

—Vamos a dar un pequeño paseo por la finca —susurro en su oreja.

Ella tan solo asiente, está tan recta que parece que va a partirse, y no

puedo evitar sonreír porque sé que es porque estoy a su espalda.

—Relájate —pido.

—Como si fuera tan sencillo —masculla. Eso hace que sonría de


nuevo.

El paseo es tranquilo, no, no es verdad, el paseo es una puta tortura

porque siento todo su cuerpo pegado al mío. Su cabello huele genial y no


puedo quitarme de la cabeza la idea de besarla. De rodearla con más fuerza.

De hacer que se incline hacia atrás y descanse sobre mi pecho mientras

paseamos bajo los últimos rayos de sol.


25 ¿Me he vuelto loca?
Summer

El silencio es agradable, poco a poco me relajo. No me puedo creer que esté

montando con él. Siento su cuerpo firme a mi espalda y no dejo de luchar


contra el deseo de apoyarme en él, de relajarme mirando el cielo

descansando mi cabeza en su hombro. ¿Me he vuelto loca?


—Creo que podría acostumbrarme a esto —se me escapa.

—¿A montar a caballo? Es adictivo —dice.


—A montar contigo —murmuro para mí misma.

Seguimos el paseo en silencio. Tengo muchas cosas que decir y este


sería un buen momento, pero son tantas que se atascan en mi garganta.

—¿Te atreves a que aceleremos el paso?

—Sí, por favor —pido, pero me arrepiento enseguida.

Liam azuza a la yegua que empieza a correr más deprisa. El tirón

que da hace que me incline hacia atrás y mi espalda se queda soldada al


cuerpo de Liam. De pronto pasa una de sus manos por mi cintura y lleva las

riendas solo con una.

—Deseo concedido —se burla rozando con su boca mi oreja.

—¡Espera a que baje de aquí, Liam Hunt! —protesto.


—¿Debo temer por mi vida?
—¡Debes! ¡Por supuesto que debes!

La risa llena el aire que dejamos atrás y por un glorioso segundo

volvemos a ser aquellos niños enamorados como locos. Sin dolor, sin

cicatrices, sin pedazos rotos.

Detiene el caballo en un lugar que fue especial para nosotros, es un


pequeño embarcadero que pertenece a la finca y que da acceso al río. Los

momentos de cada noche que pasamos allí regresan con fuerza y me dejan

sin aliento, no tiene nada que ver que estoy soldada al pecho de Liam. Nada

que ver…

Desmonta del caballo primero y luego me ayuda a bajar. Me tiemblan


las piernas, así que agradezco el gesto porque creo que no podría sola. Lo

agradezco hasta que mi cuerpo roza su pecho duro. Cuando me deja en el

suelo mis piernas tiemblan más.

La tensión se ha disipado del todo y empiezo a tener esperanza, la

esperanza de que tal vez no esté todo perdido de que, quizás, la historia que

estuvo destinada a escribirse retome su rumbo tras un largo tiempo en

pausa.
—Siempre me ha gustado este lugar —dice alejándose de mí, en

dirección al embarcadero—. ¿Recuerdas cuando solíamos venir?

—Te he dicho ya que lo recuerdo todo, Liam —repito acercándome a

donde está. Doy los pasos con cuidado, todo me parece tan frágil como un
aleteo de mariposa.

—Pasamos tantas horas justo aquí, sentados, observando el curso del

río…

—Aquí estamos de nuevo. ¿Quieres quedarte un rato? —pregunto.

—Sí, me gustaría —afirma.

Desde que llegué a Magnolia Springs no había vuelto a ver al Liam de


mis recuerdos, pero ahora aquí está, frente a mí y maldita sea si no me he

vuelto a enamorar de él como una loca.

Al llegar a su lado me siento, somos de nuevo nosotros, unos años

después, pero en el mismo lugar, el mismo nerviosismo que hacía que todo

temblara tan solo por tenerle cerca.

—La verdad es que me gusta más de lo que pensé —confieso en voz

suave.

—¿Montar a caballo? —pregunta.

—Montar contigo —repito, quiero que le quede claro.

—No, no está bien, esto no está bien —dice de repente.


—¿Qué no está bien? —pregunto confusa.

—Nada de esto, Summer, por favor, vamos a mantenerlo profesional.

No tengo ni idea de qué ha pasado, de qué he hecho para que de

pronto todo cambie, pero el Liam que no quiere tenerme cerca ha regresado.
Puedo ver de nuevo la dureza en su mirada y me confunde y asusta a partes

iguales.

—Liam…
—Vamos, regresemos —pide serio.

No me queda otro remedio que asentir. El camino de vuelta es muy

incómodo y trato de ir tan alejada de él como me es posible teniendo en

cuenta que está detrás de mí. Nada más poner un pie en el suelo murmuro

un adiós y me marcho del rancho caminando. No voy a darle pie a que se

ofrezca a llevarme a casa, ahora mismo no lo soportaría. Tengo la sensación

de que cada vez que logro avanzar un paso con él, sucede algo que me

empuja con fuerza y retrocedo varios cientos.

*****

Cuando llego a casa mis padres están despiertos. De nuevo la mirada de mi

padre que grita que soy una enorme decepción me recibe.

—Hija, ¿has cenado? —pregunta mi madre. Siempre en su papel,

siempre pasando de puntillas.

—Sí —miento—. Voy arriba, estoy agotada.

—Espero que al menos te paguen bien… —masculla mi padre con su

habitual tono irónico. Esto empieza a pesarme demasiado, ¿Por qué todavía
sigo aquí? Pero la mirada de mi madre me da la respuesta, me quedo por

ella. Solo tengo que aguantar un poco más por ella.

—Buenas noches —prefiero decir, no me apetece otro

enfrentamiento. Esta noche no.

Tras la puerta de mi habitación me derrumbo, no me gusta sentirme

frágil. No quiero que mi padre piense que lo soy, o que todo lo que me

sucede es por culpa de Liam, porque no lo es, pero han sido muchas

emociones hoy, todas contradictorias. Y eso me ha dejado hecha un mar de

confusión.

Si pudiera explicarle lo que de verdad sucedió cuando me fui… Tal


vez podríamos tener una oportunidad. No pido más, solo la oportunidad de

explicarme. Creo que al menos tengo derecho a eso, ¿no? ¿O es mucho

pedir? ¿A quién voy a mentir? Nunca podré decirle a Liam Hunt el motivo

que me obligó a alejarme de aquí, a alejarme de él.


26 Mantengámoslo profesional
Summer

—¿Cómo estás, preciosa? —pregunto a Huracán. Me he dado cuenta de que

solo encuentro un poco de paz aquí, en los establos. Cepillo con cuidado el
pelaje del animal y sigue sorprendiéndome ese tono metálico irreal que la

cubre—. Creo que deberías hacer anuncios de champú o de mascarillas de


cabello, el tuyo es incomparable.

—Buenos días —saluda Liam. Al girarme me doy cuenta de que lleva


un martillo en la mano y una caja de herramientas en la otra.

—Buenos días. ¿Qué vas a reparar?


—La cerca, he visto que hay un lado que está mal. Si queremos que

críen en libertad necesitaré que la vaya sea segura. ¿Cuándo será el

momento adecuado?

—Ya —contesto con una gran sonrisa—. Las analíticas han llegado

temprano, ahora mismo estamos en el momento adecuado.


—Entonces me daré prisa en arreglar esa cerca.

—¿Cómo será con Huracán? ¿Vamos a ir nosotros o vienen ellos?

—Al principio pensé en ir, pero luego he pedido al señor Al-Zahid

que venga con Arena, creo que será más cómodo y fácil estando Huracán en
su casa. ¿Qué opinas?
—Creo que tu pregunta llega tarde, pero te diré que es la correcta. No

estés nervioso —digo al verle dudar—, si no la fecunda de manera natural

lo haremos por inseminación. Creo que tu elección es muy valiente.

—¿O una locura?

—Sé lo mucho que nos jugamos, me encargaré de que todas queden


preñadas, de una manera o de otra —prometo.

Él asiente, serio. Creo que se va a ir cuando vuelve a hablarme.

—¿Qué vas a hacer ahora?

—¿Necesitas ayuda? —pregunto con sorpresa, su «mantengámoslo

profesional» resuena con fuerza en mi cabeza.


—Sí, necesito ayuda y mi padre hoy no tiene un buen día —confiesa.

Asiento y me quito la bata antes de seguirlo. Camino un paso tras él y

me doy cuenta de que de vez en cuando afloja el paso para que lo alcance.

El sol baña toda la graja con una calidez que poco a poco empieza a

instalarse entre nosotros también.

—Es allí, ¿verdad? —pregunto señalando un lado de la cerca que está

vencida hacia un lado.


—Sí, esa es una de las zonas. Hay varios postes en mal estado, así que

hay que revisarlos, cambiarlos y luego poner bien la alambrada.

Me coloco a un lado, no quiero ser un estorbo para Liam, la verdad es

que no he arreglado muchas cercas.


—Voy a sacar el poste y a colocar uno nuevo, ¿podrás levantarlo

cuando te diga?

—Creo que sí.

—Vale, voy a cavar alrededor para sacar este y luego pondremos el

nuevo. Cuando esté asegurado nos encargaremos del alambre.

—Entendido.
—Sostén el poste recto, no quiero que se caiga y arrastre el resto de

alambre.

Agarro con fuerza el tronco y espero a que Liam cave la zona que lo

rodea. Cada roce es una tortura para mí, pero es una tortura que me moría

por volver a sufrir.

—¿Preparada? —pregunta.

—Sí.

—Tira, ahora —ordena.

Y tiro con todas mis fuerzas del poste.

—¡Joder! Sí que pesa —me quejo.


—Quizás tendrías que haber excavado tú…

—No, no, estoy bien, pero no sé por qué pensé que esto sería más

ligero.

—Voy a dejar el nuevo en su lugar y te ayudo, ¿puedes sostenerlo

unos segundos? —asiento con la cabeza y aguanto con el poste entre los
brazos.

Observo cómo introduce el nuevo en el agujero, lo llena de tierra y la

prensa con la pala. Entonces se levanta y se coloca frente a mí.


—Podías haberlo dejado en el suelo y tan solo agarrarlo —indica.

Parpadeo alucinada, ¿cómo no se me ha ocurrido?

—Yo… no había pensado en eso.

—Para el siguiente tenlo en cuenta.

—Claro, no lo olvidaré.

Liam continúa con el martillo golpeando clavos y arreglando la parte

de la alambrada que estaba estropeada. Verlo trabajar que gusta, puedo

observarlo sin que se dé cuenta y ver sus brazos fuertes, su espalda firme,

ese trasero perfecto…

—Qué calor… —me quejo.

—Sí, hoy pega bien el sol —afirma y joder, se quita la camiseta y se

seca el sudor de la frente y aquí estoy yo que ahora mismo soy una puta

bola de fuego capaz de competir con el sol.

Trago saliva al ver su abdomen firme y fuerte, sin duda por el trabajo

de la granja, tiene cada abdominal tan marcada que me dan ganas de

pellizcarlas una a una y llevármelas a la boca, como si fueran onzas de

chocolate.
—Se te da bien el martillo —suelto con tal de dejar de pensar en todo

lo que estoy pensando que incluye poca ropa y mucho sudor.

—Sí, supongo que darle martillazos a lo que sea se me da bien —

bromea.

—Todo un experto —afirmo—. Eso me da tranquilidad, nunca se

sabe cuando vas a necesitar a un experto en dar martillazos.

—Más veces de las que piensas… —bromea—. Siempre he pensado

que una buena cerca es la clave para tener éxito en un rancho.

—Claro, sin la cerca no habría animales…

—Exacto, y ni tú ni yo tendríamos trabajo —añade guiñando un ojo y


que me maten si no es el gesto más sensual del mundo.

Continuamos el arreglo del cercado en silencio, no puedo dejar de

mirar su cuerpo que empieza a coger color por los rayos de sol.

—¿Te acuerdas de aquella vez que al doctor Trevor se le escapó el

gallo de la señora Thompson? —pregunta de repente y el recuerdo me

arranca una carcajada.

—¿Cómo voy a olvidarlo? Esa fue una de las hazañas más épicas

vividas en Magnolia Springs —puntualizo—. Al doctor Trevor casi le da un

patatús cuando el gallo le picó en la nariz y lo dejó escapar.

—Y a la señora Thompson otro al ver que el gallo se escapaba por la

puerta. Estaba empeñada en que era la reencarnación del señor


Thompson —me recuerda y eso hace que me ría con más ganas.

—Todavía me acuerdo del trabajo que nos dio pillarlo y de las bromas

de los vecinos: «Pues el señor Thompson te está pidiendo el divorcio».

—Sí, es verdad, pobre señora Thompson le costó una visita al

consultorio de mi padre.

—Y al doctor Trevor también.

—¿Y la carrera de cerdos? Todavía puedo ver al señor Smith tratando

de sacar a su cerdito de debajo de aquel tractor… ¡Qué tiempos! —suspira

con la mirada brillante y una sonrisa llena de nostalgia.

—Ese verano fue increíble —confieso, fue el verano que Liam Hunt

me besó por primera vez—. Casi todo sigue igual —añado con la voz más

pequeña.

—Sí, casi todo… —. Y puedo notar que también añora esos tiempos.

La tensión quiere volver a aparecer, pero no voy a dejarla entrar.

—¿Necesitas un descanso, vaquero? —pregunto dándole un suave

empujón con el hombro en el suyo.

—¿Pretendías hacerme caer? —interroga a su vez.

—No me atrevería, tan solo quería saber si podías mantener el


equilibrio. Era una prueba médica.

—¿Una prueba médica?

—Por supuesto, si lo perdías sería señal de que necesitas un descanso.


—Soy incombustible, nena —dice y muerdo mi labio inferior sin

poder evitarlo, cada vez que me llama nena me siento… me siento la vieja

Summer Lee, la que podía besarlo y abrazarlo a su antojo, la que tenía la

confianza suficiente para caminar a su lado con paso firme y no de puntillas

como ahora.

—¿Incombustible? ¿A tu edad? —lo pico.

—¿Mi edad? ¿Insinúas que soy viejo?

—¿Solo un poco?
—Espero que sigas siendo rápida, porque voy a por ti.

Y cuando me doy cuenta de lo que eso significa echo a correr como


alma que lleva el diablo, sin éxito. Antes de darme cuenta Liam me lleva

como si fuera un fardo sobre su hombro, y me gustaría protestar, pero la risa


que burbujea sin parar en mi garganta me lo impide.

Liam

Por un segundo me he olvidado de todo: de que se fue y me dejó sin mirar

atrás, sin una despedida o explicación de por qué algo que pensaba que era
perfecto, que sería para siempre, terminaba de la noche a la mañana. De las
noches en las que solo me consolaba un trago de whisky tras otro, del dolor

de su ausencia…
La dejo sobre el suelo y perdemos el equilibrio cayendo. Estoy sobre
ella y puedo ver mi reflejo en sus iris que siguen siendo como un maldito

canto de sirena que me hechizan cada vez que los veo, que me hacen desear
lanzarme a sus profundidades.

—¿Estás bien? —susurro casi sin aliento.


—Sí, ¿y tú? —pregunta con una voz más suave que la mía.

—Sí, sí, claro —carraspeo levantándome a toda prisa. Me soy la


vuelta y trato de calmarme y de bajar la erección que estar sobre ella me ha
provocado al instante. La tengo tan dura que bien podría usarla de martillo.

Pensar en el martillo golpeando al clavo no ayuda, no ayuda…


Me alejo unos pasos y busco la caja de herramientas, debería

cortármela con las tenazas, pero tendrá que bastar un poco de agua. Por lo
menos siempre llevo agua en la caja. La saco y doy un largo sorbo, todavía

no me atrevo a girarme y derramo un poco por mi cabeza.


Vuelvo a agacharme y saco otra botellita de agua para ella, me giro lo

justo para ver dónde está y le pregunto sin palabras si quiere el agua.
Asiente sin decir nada, sigue sentada sobre el césped y le lanzo la botella

que atrapa en el aire.


Cambio de postura para mirar al infinito, derramo más agua por mi

cabeza y tomo un par de bocanadas profundas de aire. Al cabo de unos


segundos eternos siento mi corazón más pausado y la erección menos tensa.
—¿Vamos? Quedan algunos postes por clavar… —deja de decir
clavar, joder—, intentemos acabar lo antes posible —digo tratando de sonar

tranquilo.
—Se acabó el recreo —dice poniéndose en pie.

Vamos arreglando cada poste de madera y parte de la alambrada que


está estropeada. El humor de antes se ha disipado y ahora estamos un poco

incómodos. Supongo que ahora esa es nuestra nueva normalidad, aunque


me siento raro, nosotros siempre estábamos cómodos el uno con el otro.

—¿Cuándo tendremos a Arena por aquí? —pregunta y eso hace que


suelte el aire retenido, algo de lo que hablar con desahogo.

—En dos días —afirmo y no puedo evitar que la sonrisa aparezca


sola.

—¿Dos días? —interroga sorprendida—. ¡Tenemos que darnos prisa!


¡Hay mucho que preparar! —exclama alarmada.

—¿Vas a preparar la bolsita para el nacimiento? —me burlo.


—¡Claro que no! Con suerte tendremos un potro precioso por estas
fechas el año que viene, no veo el momento de ver cómo será.

—Estoy seguro de que saldrá todo bien. Tiene que salir bien —repito
en voz baja.

—Dalo por hecho, me haré cargo de que todo esté bien —afirma con
un brillo en sus ojos que hace que las ganas de besarla vuelvan con fuerza,
sobre todo cuando se gira y veo las marcas de césped en su espalda… Ay,

Dios, dame fuerzas.


—¿Cómo es que estudiaste Veterinaria?

—Bueno…, era lo que siempre había querido ser y ya que me vi


obligada a renunciar a todo lo demás decidí que a eso no podía renunciar

también —explica. Me gustaría saber qué es lo que la obligó a dejar todo,


siempre comenta que no fue decisión de ella y eso hace que empiece a
pensar que tal vez sí hubo algo que la obligó a desaparecer de esa forma.

¿Pero qué?
—Creo que tomaste una buena decisión.

—Me encantan los animales y sobre todo los caballos. Son animales
tan hermosos, tan nobles, tan fuertes… Me dan paz.

—Lo son.
—¿Por qué dejaste la vida militar? —interroga. Traga saliva y puedo

ver que hacer esa pregunta no ha sido fácil para ella.


—Por mi padre…, bueno, por mi madre. Cuando le diagnosticaron la

enfermedad mi padre se vino abajo y no podía dejarlos solos tanto tiempo.


Así que renuncié a todo y regresé.

—Tuvo que ser muy duro. Se siente su ausencia, era una mujer
especial.
—Lo era —afirmo. Todavía duele, y tiene razón, su ausencia se siente

todavía, creo que nunca dejaremos de echarla de menos—. ¿Así que te ibas
a casar? —pregunto de repente.

—En realidad no. Una relación tiene que ir en dos sentidos, no solo
en uno. Y mi relación nunca fue en dos sentidos —confieso.

—Lily parecía muy afectada —comento.


—Más que yo —suelta con un bufido, supongo que la reacción

desmedida de Lily no le gustó—. No lo entiendo, pero parece que a ella le


molesta más que a mí.

—Pensé que eras abogada.


—Otra mentira de mi padre. Como queda claro no aceptó, ni acepta,

que me haya hecho veterinaria en vez de «médico de verdad» o abogada.


—Ya veo… ¿Sigue tan tozudo como siempre?

—Sigue, y me agota.
—Si necesitas un lugar para quedarte…
—Tu padre me lo ha ofrecido —me interrumpe—, pero de momento

quiero estar en casa, mi madre no tiene culpa de nada y sé que me echa de


menos. Aunque lo tengo en cuenta, estar con mi padre sigue siendo como

tener una granada sin la anilla en la mano, esperando el momento en el que


explote y arrase con todo.
—¿Tuvo algo que ver, verdad? —pregunto, sé que no necesita más
explicaciones, que sabe a qué me refiero.

—Ya da igual… —musita en voz baja, está claro que no quiere hablar
de aquello, sea lo que sea lo que sucediera.
—Supongo.

—Liam —me llama—, ¿podemos… —se interrumpe y muerde su


labio inferior—, podemos ser amigos? —finaliza la pregunta.

—Bueno —y me detengo, me ha dejado fuera de juego—, supongo


que al menos una relación cordial sí podemos mantener.

—Gracias —balbucea frotándose las manos.


—Al fin y al cabo, estás atada a mí durante todo un año —añado.

Asiente y deja de frotar las manos. El resto del tiempo lo pasamos


más bien en silencio, terminando de arreglar cada trozo de valla que estaba

en mal estado.
A medida que avanza el día, me doy cuenta de lo lejos que han

quedado aquellos años, aquel verano en el que sentí que era invencible.
Aquel tiempo en el que éramos ingenuos, en los que la inocencia no nos

hizo predecir el oscuro futuro que nos aguardaba. Que me aguardaba… Y


ahora, de repente, ella ha vuelto a mi vida. Hemos crecido, madurado,

cambiado y a pesar de todo me doy cuenta de que la conexión entre


nosotros sigue siento tan fuerte como siempre y eso me asusta. Me asusta
más que el infierno porque me deja claro que pase el tiempo que pase,
siempre será ella.
27 Destrozarme de maneras diferentes
Liam

Todavía no ha amanecido, pero no puedo dormir. Han sido un par de días de


nervios a la espera de que llegue el gran día. Y es hoy. Mis pasos me han

llevado a los establos, entre todas las demás Huracán destaca con luz
propia. Me acerco a ella sintiendo la emoción por lo que puede suceder, y la

paz que siempre me invade justo antes de montar.


Extiendo mi mano y dejo que me olfatee y reconozca mi presencia, la

noto nerviosa, ¿será posible que sepa qué va a suceder? Sus ojos oscuros
brillan con curiosidad y confianza y su suave relincho parece querer

decirme algo.

—Todo sería más fácil si pudiera hablar contigo —susurro.

—Lo sería —me contesta su voz a mi espalda.

No me da tiempo a girarme para verla cuando su mano se coloca al


lado de la mía y comienza a acariciar a Huracán también. Una vez más me

encuentro atrapado entre dos huracanes, los dos intensos, fuertes y

hermosos. Los dos con el poder de destrozarme de maneras diferentes.

—¿Qué haces aquí ya? Es muy temprano.


—Los nervios no me han dejado pegar ojo en toda la noche —

confiesa.

—Ya, me ha pasado lo mismo. ¿Quieres que montemos? —pregunto.

El silencio es demasiado ruidoso, y tengo miedo de que me diga que

no. Supongo que después de cabalgar juntos la otra vez no le apetecerá, fui
un poco brusco. Siempre lo soy cuando noto que se abre otra grieta en la

muralla que tanto me costó levantar. A ella parece que no le cuesta ningún

esfuerzo tirarla poco a poco.

—¿Juntos? —pregunta finalmente con voz queda.

—¿Quieres montar sola? —interrogo a su vez.


—No, no me atrevería.

—Juntos entonces —confirmo

De reojo puedo ver que asiente y me dispongo a preparar a Huracán.

Coloco la silla y la brida sobre su lomo, después me aseguro de que estén

bien ajustados, pero sin hacerla sentir incómoda.

Huracán parece impacientarse, mueve las patas y agita la cola en

anticipación, adivinando lo que va a suceder. Afortunada, yo no tengo ni


puta idea. Camino con ella unos metros y me giro buscando a Summer,

hasta ahora no la había visto, no me había atrevido a mirarla y ahora temo

que lea el hambre que siento por ella al mirarme a los ojos.
Lleva su larga melena dorada recogida en una cola de caballo y unos

vaqueros que deberían estar prohibidos por la cordura de los demás.

—¿Recuerdas cómo subir? —pregunto—. Asiente y se coloca en

posición para subir, al hacerlo su cuerpo roza el mío que por algún motivo

hoy está más sensible de que de costumbre.

—Vale, ahora voy yo —la aviso, no quiero que se tense como la otra
vez.

Subo y me coloco tras ella y su cercanía corta mi respiración. Parece

que por más tiempo que pase nunca me voy a acostumbrar a esta sensación.

Es como… como un truco de magia del que nunca dejas de sorprenderte,

aunque conozcas la trampa.

—Toma, lleva las riendas —pido.

—No sé si…

Tomo sus manos y las coloco en las bridas, pongo las mías al lado, sin

llegar a rozarla. Y no sé por qué tenerla tan cerca sin tocarla me excita

tanto.
—Solo tienes que dirigirla con suavidad, con las manos y los pies —

explico.

—Todavía me asusta. Me da un poco de vértigo verme aquí, tan alta.

—No voy a dejar que caigas —aseguro—. Ahora vamos a cabalgar un

poco más deprisa, ¿vale? No sé cuanto tiempo pasará antes de que podamos
volver a subir sobre ella.

Y azuzo a Huracán que sale a correr, ansiosa por descargar la energía

que se acumula en sus fuertes patas. Summer se pega a mí y noto que está
un poco asustada.

—No pienses en nada que no sea el viento azotando tu rostro, el

aroma de la naturaleza llenando tus sentidos, la libertad que se siente… La

paz que te conecta con lo que nos rodea —susurro en su oído.

—Sigo sintiendo vértigo —confiesa—, pero me gusta —añade.

Sé lo que quiere decir, es una experiencia de conexión profunda y

sincera que pocas veces se siente. Es parecido a lo que sentía cuando

Summer Lee era mía. Azuzo a Huracán que acelera y juntos dejamos atrás

las preocupaciones, las responsabilidades, el pasado, y tan solo vivimos el

presente. Un presente en el que ella está aquí de nuevo. Otra vez, tras

mucho tiempo, vuelvo a tener esa sensación de que juntos somos

invencibles, de que juntos somos capaces de superar cualquier desafío que

se interponga en nuestro camino. Esa sensación de felicidad y calma que

tanto echaba de menos.

Summer

El corazón me late a toda prisa cuando por fin me baja de Huracán, me

tiembla todo el cuerpo, pero de felicidad. He sentido algo que nunca había
sentido antes. O si lo sentí alguna vez lo había olvidado.
Cuando mis pies tocan el suelo él sigue muy cerca de mí y, por un

instante, creo que me va a besar. Sus manos siguen en mi cintura y las mías

en sus antebrazos. Estoy lista, quiero que me bese y que sea lo que tenga

que ser. Ahora mismo solo deseo que Liam me bese de nuevo. Puedo ver en

sus ojos que quiere lo mismo y por un instante creo que va a suceder, que

mi deseo, por fin, se va a hacer realidad, pero su teléfono vibra y la magia

se esfuma.

—Arena ha llegado, nos esperan —anuncia.

Eso hace que esboce una sonrisa, es extraño porque ahora mismo

siento decepción porque el momento se nos ha escapado, pero también


estoy feliz porque Arena ha llegado.

El sol hace rato que ilumina todo con fuerza mientras nos dirigimos

hacia el cercado donde Arena y Huracán se conocerán. Caminamos en

silencio, uno al lado del otro. La verdad es que no sé qué decir, todavía

tengo el corazón latiendo a mil y la esperanza de que me besara sigue

torturándome en el estómago que no deja de encogerse.

El suave relincho del caballo me distrae y me detengo en seco al verlo

de nuevo. Es un animal conocido para mí, lo trataba en el Saratoga, aun así

su belleza me deja sin aliento cada vez que lo veo.

—Es un ejemplar magnífico. Estoy ansiosa por ver qué resulta de este

encuentro —le digo—. Imagínate una cría de Arena y Huracán… —sueño


despierta.

—Sería un sueño hecho realidad —responde Liam—. Ver nacer un

potro de esos dos magníficos ejemplares… sería un sueño.

—Lo vamos a conseguir —afirmo rotunda.

Nos detenemos junto al cercado donde el dueño de Arena nos espera.

Al verlo me sonríe y me acerco a saludador.

—Señor Al-Zahid, cuanto tiempo.

—Sí, ha sido un tiempo. Me sorprendió mucho la noticia de que había

dejado el Saratoga —afirma. Asiento sin decir nada más, me hubiera

gustado que no hiciera referencia a eso—. Y también he escuchado el rumor

de que no tiene una relación con el señor Coin.

—No es un rumor, es verdad —digo en voz baja—. ¿Ha estado bien

Arena? ¿Puedo verlo? —pido.

Amir asiente y pide a su asistente que lo baje del habitáculo en el que

lo han traído hasta aquí.

—Arena, precioso, ¿cómo has estado? —pregunto mientras acaricio

su cuello. El animal me reconoce y eso hace que esboce una sonrisa—.

Estás más guapo que nunca, se nota que te tratan bien —continúo hablando
con él.

—Se ha acicalado para la ocasión, no quería decepcionar a su dama

—afirma Amir con tono feliz.


—Estoy segura de que se gustaran. Vamos a empezar si os parece

bien —digo a ambos—. Liam, deja a Huracán en el recinto —pido.

Él lo hace y después entro con Arena tomado por las riendas. Si

vemos que se entienden se las quitaremos, pero ahora mismo necesito tener

algo de seguridad—. Liam, toma de las riendas a Huracán y acércate

despacio. Tenemos que tener tiempo de reaccionar si la cosa se pone

violenta.

—Si necesitas ayuda, Tom está capacitado —dice Amir y asiento


agradecida.

Por suerte, no es necesario, tras unos minutos en los que se olisquean


y Huracán golpea con la cabeza el cuello de Arena, sé que lo difícil ha

pasado.
—Lo ha aceptado, ahora quitémosle las riendas y dejémoslos solos. A

su ritmo —pido.
Una vez liberados, salimos del recinto y nos quedamos mirándolos

tras la verja. Arena y Huracán empezaron a correr uno al lado del otro,
midiendo sus fuerzas. Huracán seguía golpeando el cuello de Arena, su

forma de tentarlo.
—Parece que todo va bien —susurra Amir.
—Voy a ver —digo.
Entro dentro de la cerca, pido a Tom ayuda y comprobamos que
Arena ha penetrado de manera correcta a Huracán. Tras asegurarnos de que

todo irá bien, salimos de nuevo para reunirnos con Amir y Liam.
—Señor Al-Zahid. Va a tener un potro precioso el año que viene —

afirmo con una gran sonrisa.


—¿Es algo seguro?

—Claro que sí, si no es de una manera, lo haremos de otra —afirmo


con seguridad.
Y seguimos un buen rato en el que nada importa salvo ellos, en los

que el reloj ha dejado de marcar las horas, hasta que llega el momento tan
esperado y Arena deja claro que es un buen semental montado a Huracán de

nuevo.
—Todo saldrá bien —susurro y tomo la mano de Liam entre la mía y

la aprieto con suavidad. No es un gesto estudiado, tan solo un gesto que le


deja claro que compartimos un sueño que empieza a hacerse realidad.

—Saldrá bien —repite—. Van a tener los mejores cuidados y a la


mejor veterinaria que podrían tener —termina y eso hace que trague fuerte.

—Pronto seremos abuelos —añade Amir emocionado.


Y lo cierto es que es un momento de pura belleza y magia. No

esperaba que todo fuera tan rápido y natural entre ellos. Me recuerdan a
nosotros.
No puedo evitar mirarlo, me devuelve la mirada y sin palabras sé que
piensa lo mismo que yo. Que siente lo mismo que yo. Y es que el amor que

sentimos por los caballos y por el futuro que vamos a crear juntos es más
fuerte que cualquier otra cosa en el mundo.
28 La cicatriz que dejó
Liam

La tarde es cálida y soleada. La Feria del Condado está en pleno apogeo. Y

yo estoy nervioso porque de esta feria pueden salir futuros negocios que
impliquen a mis caballos. Espero que la cría de este año sea buena y poder

vender algunas por una pequeña fortuna. Han sido un par de semanas
intensas en los establos con la reproducción. La Feria es un pequeño

descanso que necesitaba.


Hay de todo, no solo caballos: cultivos y otros productos típicos de la

zona, puestos de comida, atracciones… y Summer Lee. Está junto a la


exhibición equina demasiado absorta en darle mimos a Nieve como para

darse cuenta de que no puedo quitarle los ojos de encima.

Me jode que haya vuelto… porque eso me hace el hombre más feliz

del mundo, aunque es algo que todavía no estoy dispuesto a confesar. Ni

siquiera a mí mismo.
—Hola —la saludo tocando el ala de mi sombrero.

—Hola, Nieve es un caballo impresionante —murmura.

—Sí, es… majestuoso —concuerdo y sus ojos se clavan en los míos.

Son como cuchillas afiladas que sin esfuerzo traspasan cada capa de piel
hasta colarse dentro, tan adentro que rozan de nuevo la cicatriz que dejó. La
nostalgia me sacude y me veo obligado a desviar la mirada para evitar que

ella se dé cuenta de que sigue siendo mi debilidad, a pesar de los años que

han pasado.

—¿Estás nervioso? —pregunta.

—¿Por qué? —devuelvo la pregunta en guardia.


—Por la exhibición —contesta un poco confundida por mi reacción.

—Sí, un poco —miento como un bellaco.

—Irá genial. Es precioso y ya he estado hablando con futuros

compradores interesados en su descendencia.

—Eso espero —suspiro. Y es cierto, hemos invertido todo, incluso el


rancho, para sacar adelante todo esto. No quiero pensar qué sucedería si no

sale como esperamos.

—Estoy convencida. Tus animales no tienen comparación y yo haré

todo lo posible para que tengan mucha descendencia —afirma rotunda.

Eso me saca una sonrisa que disimulo, es una mierda que sus palabras

me consuelen tanto, sobre todo porque quiero seguir resentido con la mujer

que me dejó como un trapo cuando se fue, pero cada vez me resulta más
complicado seguir guardándole rencor.

—¿Damos un paseo para hacer hora? —pregunto y de nuevo estoy

sorprendido por invitarla y por tener el corazón a mil mientras espero que

me diga que sí.


—Claro, vamos. Además, tengo sed, me vendría genial algo de beber.

Nos alejamos de nuestro rincón y nos adentramos en el bullicio del

lugar. Compro un par de refrescos y no me puedo resistir a comprar un gran

algodón de azúcar. A ella le encantaban, aunque no estoy seguro de si

siguen gustándole.

—Gracias, parece que hace un siglo que no como uno de estos —


confiesa dándole un gran pellizco a la nube rosada y azul a la que deja un

hueco enorme. Se lo lleva a la boca y cierra los ojos cuando el dulce roza su

lengua. Ahora mismo me muero por besarla, a la vez sé que hacerlo me

matará de nuevo.

—Supongo que las cosas han cambiado bastante desde que te fuiste

—murmuro.

—Lo sé. Tal vez por eso no dejo de preguntarme qué habría pasado si

las cosas hubieran sido… diferentes —revela con un leve rubor en sus

mejillas.

—¿Te refieres a si no te hubieras ido? Yo también me lo pregunto…


—suelto sin pensar.

Summer me mira a los ojos y cierra los suyos un segundo.

—Liam, extrañé mucho este lugar… y a ti también te eché de menos.

Todavía lo hago —confiesa. Y ahí está de nuevo, ese golpe en las pelotas

que me deja sin aire.


—Ya, bueno, supongo que ya no sirve de nada.

—¡Rancho Hunt! —escucho que llaman y… salvado por la campana.

—Nos toca la exhibición —me excuso antes de regresar a nuestro


recinto a toda prisa, huyendo como un cobarde.

La tensión entre nosotros es palpable igual de espesa que la conexión

que compartimos y que parece que todavía sigue viva, para mi desgracia.

No decimos nada más, tan solo nos dedicamos a nuestro trabajo. Y

cuando todo termina estoy contento porque tengo muchos interesados en

comprar alguno de nuestros futuros potros.

—Ha ido genial —dice con una gran sonrisa que ilumina su mirada, a

la vez que me muestra todas las tarjetas que han dejado los interesados.

—Ya veo —susurro alucinando, no esperaba que fuera tan bien.

—He guardado todos los datos importantes como teléfonos y datos de

contacto de los posibles compradores. Muchos están interesados en hacer

una visita al rancho y conocer a los padres.

—Parece que tendremos muchas adopciones —afirmo sonriendo, me

contagia.

—Nos van a faltar potros, estoy segura de que algunos van a pelear

por hacerse con uno de ellos —continúa soñando despierta y ¡maldita sea!

Qué bonita es esa sensación…


—Voy a recoger todo.
—Ya he terminado. ¿Necesitas ayuda? —se ofrece.

—No, ve a casa a cambiarte, no te olvides de que hemos quedado

en… un rato —digo con fastidio porque me va a tocar correr si no espabilo.

—Vale, te veo luego Liam —se despide. Nieve se revuelve y le

acaricio las largas crines.

—Lo sé, muchacho, yo también la he extrañado. Más de lo que quiero

reconocer.

Summer

El lugar está a reventar. Esta vez soy la primera y no como cuando

quedamos para la barbacoa. Liam aparece desde detrás de un puesto de

perritos dando un bocado a uno.

El bullicio de la multitud, los colores brillantes de los puestos, el olor

tentador a comida, él… Todo eso llena el aire de una energía especial.

—Hola —saluda y le devuelvo el saludo con la mano—. ¿Lista? —

pregunta.

—No te imaginas cuanto, no había venido a la feria del condado

desde hacía… años —confieso en voz más baja porque la última vez que

estuve fue con él.


—Siempre lo pasamos bien aquí. Allí están Dick y Lily, ¿vamos? —

invita y asiento caminando a su lado.

Los demás están detrás de la máquina de adivinación, al parecer

Cassie ha metido la mano dentro ansiosa por saber qué le depara el futuro.

—¡Hey! —saluda al vernos.

—Hola —saludos a todos.

—¡Vamos! ¡Que empieza! —apremia Charly.

—¿Qué… qué empieza? —interrogo fuera de juego porque no veo

nada que vaya a empezar.

—¡La carrera de sacos por parejas! —grita Cassie emocionada.

—¿Carrera de sacos?

—Lo siento, ya estás apuntada —se burla de mí con una sonrisa

pícara.

—¿Estoy apuntada? ¿Con quién?

—¡Con Liam! —exclama antes de desaparecer a toda prisa. Matt la

lleva de la mano hacia la línea de salida.

—¿Te apetece? —pregunta con tono divertido.

—Qué remedio… —farfullo fingiendo que me molesta.


—Cassie y Matt llevan ganando la carrera los últimos cuatro años —

revela.

—Entiendo ahora su emoción.


—¿Te animas a intentar ganar?

—Pero es que nunca he participado en una carrera de sacos por

parejas.

—Es muy fácil, solo tenemos que saltar a la vez.

—¿A la vez? ¿Es que vamos a ir los dos en el mismo saco? —

pregunto con sorpresa.

—Ahí está la gracia, señorita.

—Bueno, supongo que lo peor que puede pasar es que nos demos un
leñazo. Vamos.

Estoy en el mismo saco que Liam, su cuerpo está tan pegado al mío
que ahora mismo la temperatura de mi cuerpo tiene que sobrepasar los

cuarenta grados, o más porque siento el cerebro hecho puré.


—Ríndete, Liam, no vas a ganar —se recrea Cassie con malicia.

—Este año tengo una buena pareja, Cassie —se pinchan.


—En eso te doy la razón —afirma muerta de risa.

Lo que hace que me pregunte quién fue su pareja en las otras


ocasiones.

—¡Preparados! —grita el que será el árbitro de la competición.


—¿Preparada, nena? —dice y cada vez que me llama así me deja sin
aliento.

—¿La verdad? —él asiente—. Ni de coña.


—Solo salta a la vez que yo. Será fácil, te guiaré —dice guiñando uno
de sus ojos.

—Si me vuelves a guiñar un ojo perdemos seguro, ya me tiemblan las


piernas —murmuro, pero sé que me ha oído por la sonrisa que se dibuja en

su cara.
—¿Listo? ¡Ya! —grita el árbitro.

Y veo como Cassie y Matt salen disparados como una bala.


—Vamos, Sum, ahora, ahora, ahora —. Va marcando los saltos.
Y, aunque me sorprende, lo hacemos bastante bien, de hecho, nos

ponemos tras Cassie sin problema y con un par de saltos más los igualamos.
—¿Qué? —dice Cassie al vernos a su lado—. Si perdemos, Matt —

farfulla a media voz, le falta el aliento por los saltos—, duermes en el suelo
dos días —lo amenaza.

Y eso hace que estalle en risas, y pierdo el equilibrio al saltar


desacompasada y me doy cuenta de que voy a morder el polvo de manera

literal. Sin embargo, caigo sobre él, de alguna forma ha hecho que ruede y
sea sobre él sobre el que caigo.

—¿Estás bien, Sum? —pregunta.


—Mejor que tú, supongo, estoy encima de ti —jadeo, el golpe me ha

robado el aliento, ¿o ha sido tener su boca tan cerca?


—Ni tan mal —susurra.
—¡Chicos! ¿Estáis bien? —escucho que pregunta el árbitro.
—Sí, sí —repito tratando de ponerme de pie, tratando de no volver a

resbalar al notar su fuerte pecho bajo mi mano, tratando de no notar que


estoy encima de él y que soy consciente de que cada centímetro de su

cuerpo.
—¡Summer! ¿Te has hecho daño?

—¿Ahora preguntas? ¿Cuándo has ganado la carrera? —recrimino en


broma.

—Lo siento, Sum, pero mi espalda no está para dormir en el suelo dos
noches… y te aseguro de que es capaz —se excusa Matt.

—Vale, vale, te creo. Es capaz —apoyo—. Estoy bien, Liam es el que


se ha llevado la peor parte.

—No estaría tan seguro, le ha caído una chica guapa encima —se
mofa.

—Déjalo. Vamos a comer —dice.


—¿Te animas entonces?
—¿A qué? —pregunta, seco.

—Al concurso de perritos, ¿o te da miedo vomitar como el año


pasado?

—Te vas a tragar los perritos… —lo amenaza.


Entre risas llegamos al escenario dónde se llevará a cabo la

competición de comida. Los chicos están preparados. Todos se han subido


al estrado y esperan con mirada decidida, y fija en la gran fuente de perritos

que tienen frente a ellos, a que den la señal. Parecen pistoleros a punto de
batirse en duelo.

—Me temo que vamos a visitar urgencias esta noche —afirma Lily
cerrando los ojos.
—Creo que con todos —concuerdo con Lily.

—Lily, ¿todavía no te ha pedido una cita ese idiota de Charly? —


pregunta Cassie.

—No, ya dudo de si le gusto… —se queja.


—¿Por qué no se la pides tú? —ataco de nuevo.

—¿Otra vez? —se queja porque vuelvo a darle la misma solución.


—A ver, Lily, estáis haciendo el tonto desde el instituto. Si sigues

esperando que dé el primer paso, te va a pedir una cita cuando estéis en el


geriátrico.

—Pero… —empieza a quejarse.


—Pero nada, que estamos en el siglo veintiuno, ¡coño! —exclama

Cassie tan fuerte que todos nos miran.


Matt levanta la ceja con maldad, obviamente ha pensado en otro

«coño» muy diferente.


—¡Si ganas, cariño, habrá premio! —grita.

—¿Cuál?
—¡Una cita en la noria! —exclama con una gran sonrisa, está claro

que ha pensado que es una gran idea.


—¡Ganaré!

—¿Y para los demás? No es justo —se queja Charly.


—Si ganas, Charly, la que irá a una cita contigo será Lily —ofrece

Cassie—. ¡Y Sum irá contigo, Liam! —grita a los cuatro vientos, feliz.
—¿Cómo… cómo puedes decir eso sin preguntar?

—¿Qué? ¿Acaso no os parece bien? Si decís que no, mentís, que lo


sepáis —los señala a ambas.

—¿Y qué pasa conmigo? —se queja Dick.


—¿Contigo? ¡Tú elijes a tu cita! —resuelve muerta de risa.

—Desde luego te lo estás pasando en grande.


—Tengo mucho de lo que vengarme —dice parpadeando, ocultando
bajo su mirada inocente toda la maldad del mundo.

—¡Hecho! —se conforma Dick—. Luego no vale echarse atrás…


—¿Y si gano yo? —pregunta el quinto participante, un hombre más

mayor al que no conocemos.


—Lo siento, amigo, no entras en el juego —lo corta Liam de

inmediato.
Y empieza el juego.
—Nunca he visto a nadie comer tanto ni tan deprisa —digo

alucinando sin poder apartar la vista de los chicos.


—Me encantaría que Charly me comiera con las mismas ganas que se
come ese perrito —murmura Lily, embobada mirándolo comer.

—Anda que no es fácil: te abres de piernas, lo coges por el pelo y le


dices; «come y calla» —dice Cassie y se queda tan pancha. Su risa llena

todo y la cara de Lily se vuelve roja como una amapola.


—¡Charly! ¡Por aquí dicen que lo tienes que comer muy bien! —

exclama.
Cierro los ojos, ¿cómo se le ha ocurrido?

Charly, el pobre, se atraganta con el perrito. Por un instante temo por


su vida, se ha puesto más rojo que Lily. Me da un ataque de risa y no puedo

dejar de mirarlo, tiene los ojos tan abiertos que parece un búho.
—¿Estás bien, tío? —pregunta Liam, alarmado.

Pero él no dice nada, empieza a comer perritos a una velocidad que ni


Speedy González y nosotras lo miramos alucinando.

—Sí que tiene ganas de ir a la noria —dice Lily.


—Yo creo que tiene más ganas de comerte el perrito —se mofa

Cassie.
—Ojalá —suspira mi prima.
Observo a Liam, hasta comiendo perritos está guapo. A mí también
me gustaría que me comiese el perrito…

—Te vas a empachar —murmura a mi lado Cassie.


—¿De él? Nunca.
29 El amor es saltar al vacío
Liam
No puedo dejar de mirarla. Ni de dejar de pensar en el comentario de Cassie
que casi le cuesta la vida al pobre Charly. Aunque espero que después de

esto empiecen a salir ya de una puta vez. Es insufrible verlos tontear sin que
lleguen a nada.

—Te voy a dejar ganar porque te quiero, tío —digo a Charly—. Pero
quiero que en la noria le digas lo que sientes.

—Y luego le metes la lengua hasta la campanilla —añade Matt.


—Vale, dejo de comer —se rinde Dick.

—Gracias, gracias —dice emocionado—. Esta vez se lo diré.


—Si no lo haces te voy a echar del grupo —lo amenazo—. Ya te toca

ser feliz —añado y enseguida me arrepiento porque tengo a todos

mirándome fijamente—. Lo mío… lo nuestro es distinto —me excuso.

—No lo creo —afirma Dick.

Dejamos de comer, Dick, al lado del hombre al que no conocemos, le


susurra algo que hace que deje de comer de inmediato y así hacemos, entre

todos, que Charly gane el concurso y, esperamos, a la chica con la que lleva

pajeándose desde primaria.

—¡Bien hecho, chicos! —nos aplauden desde abajo. No puedo evitar


mirarla cada dos por tres.
—¡Sí, bien hecho! —gritan de nuevo.

Bajamos de la tarima con el ansiado perrito de oro que Charly ha

ganado y nos dirigimos hacia la zona de las atracciones. La noria es

enorme, creo que es el año que más grande es. Charly y Lily se suben a una

de las cabinas, y en la siguiente lo hace Sum, subo tras ella y siento que me
empujan y cierran la puerta.

Antes de darme cuenta de qué ha pasado, veo a todos diciendo adiós

con sonrisas maliciosas.

—Perdona, me he… tropezado —miento.

—No, te ha empujado deliberadamente Cassie, la he visto.


—Bueno, sí, ha sido así —afirmo. Estoy nervioso y llevo mi mano a

la nuca. La verdad es que estar con ella es un infierno constante, una lucha

entre lo que me gustaría hacer y el recordatorio de que no debería.

Tomo asiento y miro por la ventana, ella imita mi gesto. Parece triste,

sus ojos parecen perdidos en algún otro lugar mejor…

—¿Crees que Charly se declarará por fin? —pregunta.

—¿La verdad? Espero que sí, está colado por ella desde siempre y
nunca da el paso, nunca es el momento adecuado.

—Supongo que, en realidad, nunca lo es. El amor es saltar al vacío,

no puede haber un momento adecuado para eso.


—Tiene sentido —susurro. Y no digo nada más, la tensión en la

cabina es palpable. Me gustaría acercarme a ella, besarla, abrazarla, decirle

que todo está olvidado, pero no puedo. El dolor que dejó al irse sigue vivo y

me carcome a fuego lento.

La noria termina de dar su vuelta y cuando bajamos esperamos en

silencio a que Cassie y los demás lleguen. Caminamos sin prisa por la feria,
el sol hace rato que se ocultó y tan solo salgo de mi letargo cuando veo a

Charly tomar la mano de Lily.

Me detengo y freno a los demás, les muestro en silencio lo que he visto y

desaparecemos para dejarlos a solas. Se lo han ganado. Por fin le ha echado

huevos.

—¿A dónde vamos ahora? —pregunta Dick.

—Yo me voy ya, estoy agotada —dice Sum—. Ha sido un día muy

largo.

—Te acerco, yo también tengo cosas que hacer mañana por la

mañana —ofrezco.
Acepta y nos despedimos de los demás. Caminamos en silencio

hacia donde tengo aparcada la ranchera cuando la veo detenerse con la

mirada perdida. Parece ausente, perdida en algún lugar de su cabeza al que

nadie más tiene acceso.


—¿Te gustaría montar? —interrogo al darme cuenta de que observa

embelesada el tiovivo.

—Creo… creo que ya soy mayor para montar ahí —se excusa.
—¿Qué vas a ser mayor? Vamos —digo tomándola por la muñeca.

Sé que me contradigo, que no hago lo que pienso y no pienso lo que

hago, pero entre nosotros es tan natural… Me acojona darme cuenta de

cómo fácil puedo olvidar todo el dolor.

Subimos al tiovivo, ella elije un caballo de tonos dorados, yo me subo

al de color carbón que hay junto al de ella. Lo cierto es que me queda un

poco pequeño, mis piernas arrastran hasta el suelo y me siento un poco

ridículo, pero cuando se gira y me mira con esos ojos brillantes se me

olvida que soy un tío de más de metro ochenta subido en un caballito de

mentira. De hecho, si me dieran una pistola, jugaría ahora mismo a indios y

vaqueros.

—¡Me encanta! —grita cuando empieza a girar.

A mí me encanta ella, pero no se lo digo, tan solo me dejo llevar y

disfruto de verla feliz. Cuando se detiene y baja me da las gracias. Esto es

una puta locura, y me acabo de dar cuenta de que me gusta sufrir, me gusta

tener un pie en el cielo y otro en el puto infierno.

Caminamos en silencio hasta mi camioneta, el resto del viaje tampoco


hablamos. Lo cierto es que no digo nada, no porque no tenga nada que
decir, sino por todo lo contrario, hay tantas cosas que me gustaría decir que

no sé por donde empezar.

—Me he divertido de verdad, hacía mucho que no me lo pasaba tan

bien —rompe el silencio por fin.

—Sí, no ha estado mal —afirmo tratando de sonar casual.

—Y lo de Charly y Lily ha sido la guinda del pastel.

—Parecía que nunca llegaría el día —digo con una media sonrisa.

—Espero que les vaya muy bien, se lo merecen.

—Yo también me lo merecía —suelto de repente, incluso a mí

mismo me ha sorprendido.
La tensión regresa por un segundo, pero una llamada al móvil me

distrae.

—Dime, Dick. No, todavía estamos por aquí. ¿Al granero de

Jimmy? Está bien, en un rato estoy por allí. Dicen que van al granero de

Jimmy, hay baile —informo.

Ella parece dudar, se muerde el labio, pero al final asiente.

—Vale, me apunto también.

Summer
Observo a todos bailar en la pista, mentiría si dijera que no me pican los

pies de ganas de salir y bailar con ellos, pero siempre me ha costado salir

sola a bailar, siempre he necesitado un empujón. Y ese empujón llega de

mano de Liam, lo que acelera mi corazón. Desde que regresé estar a su lado

es como una maldita montaña rusa de emociones. A veces creo que me

odia, otras parece que sigue sintiendo algo por mí. Y eso me hace sentir

confusa, insegura.

—¿Vamos? —pide con la mano extendida.

—Claro —afirmo tomando su mano y dejando que me lleve junto a

los demás. El granero de Jimmy ha quedado precioso y en el centro

se ha habilitado una zona para que se pueda bailar. Todos están esperando la

siguiente canción y cuando empieza la música es como si se iniciara la

magia. Hombres con sombreros saludando a sus parejas, palmas, zapatazos

al ritmo del buen Country y no tengo la menor duda, estoy en casa.

Noto mi sonrisa inundar mi cara, sin dejar espacio para nada más que

no sea este momento, que no sea la mirada de Liam. Me gustaría tanto creer

que me ha perdonado

del todo y que de verdad podemos volver a intentarlo… y sé que lo


conseguiríamos esta vez porque no dejaré que nadie nos separe. Ni siquiera

si ese alguien lleva mi sangre.


Mi cuerpo se mece al ritmo de la música. No dejo de buscarlo, ni con

los ojos ni con el cuerpo que no deja de inclinarse hacia él, parezco un trozo

de metal atraído sin remedio hacia un gran imán.

Siempre lo fue. Siempre fue él. Nunca, jamás, he sentido lo que siento

a su lado, ni siquiera tiene que tocarme para desbaratar todo mi cuerpo,

ponerlo patas arriba, acelerar mi corazón o detenerlo, para hacerme perder

la cabeza por él. Así fue en aquel entonces, y así es ahora.

El baile termina y todos jadeamos y sonreímos, lo pasamos bien. La


suave música suena de nuevo. El grupo lo hace genial y empieza a entonar

«Beautiful Crazy», una de mis favoritas.


—¿Me concede este baile, señorita? —interroga inclinándose con la

mano en su sombrero, sé que ha bebido un poco y por eso está más relajado
conmigo.

—Todos los que quieras —confieso con la voz entrecortada, todavía


no recuperado el aliento y de nuevo me deja sin él.

—Tal vez los quiera todos a partir de ahora —susurra en mi oído.


Su mano se posa en mi cintura, la otra sostiene mi mano. Mi mano

está sobre su hombro, puedo notar lo fuerte que está, el trabajo físico lo ha
hecho ser más…. Hombre. Es extraño porque no sé explicarlo de otra
forma.
Nos mecemos al son de la música, no puedo dejar de mirarlo a los
ojos, es como. Un sueño hecho realidad estar así de cerca con él, sin

rencores, sin sentirme mal por lo que sucedió, con la esperanza de que todo
se ha quedado atrás… su boca, esa boca que tanto deseo besar y que tan

cerca tengo, me distrae.


—Todos serán para ti si los quieres —confieso. Me prometí no

guardarme nada y lo cumpliré.


Sus labios se separan un poco, veo su garganta moverse cuando traga,
su mano se ha apretado contra la mía dejando que note su piel rugosa. Bajo

un poco mi mano desde el hombro hasta cerca de su pecho y lo escucho


latir desbocado, como si llevara bajo la piel a sus sementales. No puedo

contenerlo más y apoyo mi cabeza en su pecho, dejo que me meza, dejo que
todo desaparezca excepto la música, él y yo.

—Ojalá pudiera parar el tiempo —vuelvo a decir en voz alta mis


pensamientos.

Alzo la mirada y lo veo, el deseo que nos llena. El recuerdo de lo que


fuimos. La nostalgia. Acerco mis labios a los suyos, creo que va a

rechazarme, pero me equivoco se acerca a mí tan deprisa que me recuerda a


un toro a punto de embestir. Sus manos toman mi cuello, su boca la mía. Su

beso es desesperado, hambriento, rudo. Gimo, mi piel arde, mi corazón late


a una velocidad para la que no hay medida inventada y mis manos se
aferran a él, con fuerza. Su beso me deja sin aliento, me hace creer que
podemos volver a estar a juntos.

—Ojalá fuera así de fácil —masculla, furioso, y me deja.


Me quedo en la pista observando como se aleja, no tengo ni idea de

qué ha sucedido, que he podido decir para que se vaya y me deje tan fría
como un témpano de hielo, pero algo he tenido que mencionar que lo ha

hecho volver a dar un paso atrás… y eso me frustra tanto que siento ganas
de gritar o de tirarme de los pelos.

Al cabo de un rato reacciono y lo sigo. Camina a toda prisa hacia el


lugar donde hemos aparcado su camioneta.

—Liam… —lo llamo, pero no se detiene ni me mira—. ¡Liam! —lo


llamo de nuevo—. No quería irme, de verdad —confieso y eso lo hace

pararse junto a la puerta del vehículo—. ¿Por qué no puedes creer que no
me fui porque quisiera?

—Porque no me das un motivo, Sum, ¿tengo que hacer un acto de fe


y creer en ello como en Dios? —grita, molesto. El olor a cerveza golpea mi
rostro—. No puedo, necesito que me expliques qué sucedió.

Y puedo escuchar la súplica que tiñen sus palabras. Y me destroza


porque quiero decirlo, pero no puedo.

—Liam mis sentimientos por ti no han cambiado, jamás —confieso.


Gira la cabeza para mirarme, parece sorprendido. No tengo claro

qué es lo que pasa por su mente y me gustaría poder adivinarlo.


—No es justo, ¿sabes? —dice al cabo de un rato.

—Lo sé… —digo con voz queda.


—¿Lo sabes? —me reprocha—. No, Sum, no lo sabes. No estabas

aquí para saberlo, ni para verlo… ¡No estabas, joder! —explota golpeando
la puerta de la ranchera con tanta fuerza que se mueve entera. Cierra los
ojos, puedo ver cómo el dolor deforma sus facciones y es en ese instante en

el que puedo hacerme una idea de cuánto sufrió. Y es en ese momento en el


que tengo miedo porque, tal vez, no tengamos ya esa oportunidad.
30 Tengo miedo
Summer

Lo veo alejarse. A pesar de lo enfadado que estaba me ha acercado a casa.

Todo ha sido tenso. Lo sigo estando. Tengo miedo. Tengo miedo de que
todo esté perdido. De que de verdad haya acabado todo entre nosotros.

Entro en casa tratando de no hacer ruido, la mecedora de mi padre


cruje y se me eriza el vello. Es curioso, cuando era una niña me encantaba

escuchar ese sonido, significaba que mi padre estaba en casa. Ahora me


aterra porque significa que mi padre está en casa.

—¿Otra vez el chico Hunt? —demanda, molesto.


—No sé por qué siempre preguntas si sabes la respuesta.

—No entiendo qué ves en él.

—No entiendo qué no ves en él —contraataco.

—No vale tanto como para que dejes toda tu vida por él —insiste.

—Vale tanto como para que deje todo por él —insisto a su vez.
—Esto tiene que acabar, Summer. Regresarás a Nueva York. Se acabó

este juego que te traes entre manos. No habrá más Rancho Hunt, ni más

Liam Hunt… Regresa con Leonard a tu vida en Nueva York —ordena

furioso.
—No puedes seguir manejando mi vida, padre —digo tratando de

sonar serena, aunque por dentro tiemblo sin parar. La ira me consume.

Aprieto las manos en dos fuertes puños.

—¿Ah, no?

—No, ya no soy esa cría que te tenía miedo.


—¿Miedo? —interroga con sorpresa.

—Terror, padre. Eso siento por ti —confieso.

—¡Lo hice por tu bien! —grita amenazante.

—No, padre, te repito que lo hiciste por el tuyo. ¿En qué me benefició

que me obligaras a dejarlo?


—Estudiaste en Nueva York —argumenta.

—¿Y? ¿Eso es lo más importante? No, padre, me obligaste a dejar

atrás todo lo que quería: mi relación, mis amigos, mi hogar…

—Hija —susurra mi madre desde la escalera, ese eterno rincón al que

ella misma se ha relegado.

—También me obligó a dejarte a ti, madre —le recuerdo.

—Si tan mal te parece que te hemos tratado…


—No hemos, me has tratado, padre —señalo.

—Si tan mal crees que te he tratado…

—Me iré, no hace falta que lo digas más veces. Buscaré un lugar para

vivir, aquí en Magnolia Springs. No pienso irme, padre. Si no tengo hueco


en tu casa perfecto, buscaré un sitio, pero no pienso dejar que vuelvas a

amenazarnos, ni a él, ni a mí.

—Hija, podemos hablarlo —susurra mi madre llorando.

—No, mamá, no podemos. Él nunca lo aceptará y yo no aceptaré que

lo aleje de mi vida de nuevo —afirmó.

Subo a mi habitación, tomo algunas cosas básicas y salgo de la casa.


Mi madre me mira con los ojos llenos de tristeza, pero como siempre

incapaz de dar la cara por mí, de enfrentarse a mi padre.

Camino por las calles que tanto amo, sin saber a dónde ir. Y tras un

rato caminando sin rumbo fijo tengo claro que el único lugar al que puedo ir

es allí.

Es tarde, muy tarde. Las luces apenas iluminan la entrada, pero aun en

la oscuridad resplandece. Lo veo y dirijo mis pasos sin prisa hacia dónde

está. Está sentado sobre el capó de la ranchera, mira el cielo y sé que sigue

molesto por lo de antes. Yo también lo estoy.

Sus ojos se topan con los míos de casualidad y se baja del vehículo de
un salto. Se acerca un par de pasos y me mira de arriba abajo. Sabe que algo

ha pasado, lo llevo grabado en los ojos infamados y rojos de tanto llorar.

Me da igual. Solo necesitaba alejarme de mi padre.

—¿Puedo pasar la noche aquí? —interrogo, adelantándome a

cualquier otra pregunta.


—¿Qué ha pasado?

—Nada nuevo.

—¿Tu padre? —adivina.


—Sí, mi padre.

—Claro, puedes usar una de las camas de los barracones. Elije la que

quieras, están todas libres —indica, parece que el enfado de antes se ha

disipado. Supongo que verme tan infeliz de alguna manera lo consuela.

—Gracias, Liam, de verdad —susurro, no me queda apenas voz tras

los gritos de antes.

—De nada, ¿puedo preguntar si ha sido porque trabajas aquí?

—De nuevo has acertado, tal vez deberíamos jugar a la lotería —

intento bromear.

—¿Te… te ha hecho… algo? —pregunta con cautela.

—Si te refieres a si me ha puesto la mano encima, la respuesta es no.

Solo nos hemos gritado.

—Está bien. Tu padre tiene un carácter fuerte. Deberías evitar discutir

con él.

—Mi padre no soporta que le lleven la contraria, ¿todavía no lo

sabes? —echo en cara, sé que va a saber a qué me refiero. No en vano mi

padre me dijo que habló con él y que lo desobedeció.


—Lo sé, lo he vivido —afirma.
—Pues me he hartado, estoy cansada de callarme todo. Estoy harta de

ver a mi madre en la escalera sin el valor para defenderme ni para llevarle la

contraria. Me he cansado, Liam, y ahora no soy aquella niña que era. Ahora

no me da miedo perderlos —sentencio.

Él no dice nada, sé que está pensando en lo que digo. Supongo que se

estará haciendo una idea más o menos precisa de lo que he pasado esta

noche. Me da igual, estoy cansada de sus regaños, de sus imposiciones, de

su manía de querer gobernar mi vida.

—Elije la que quieras. Hay mantas y sábanas en las taquillas —dice

junto a la puerta del barracón.


—Gracias —susurro de nuevo.

—No me las des, en realidad me viene bien, trabajarás más horas por

el mismo dinero.

—¿Más horas?

—Tendrás que pagar por cama y comida —dice serio.

Asiento, tiene razón.

—No me importa, prefiero estar aquí que en mi casa, ¿no es triste? —

resoplo.

—¿La verdad? Lo es, Sum, lo es. Yo daría lo que fuera por volver a

oír la voz de mi madre, lo que fuera.


Sale del barracón y me deja sola. Es una estancia bastante amplia, con

seis catres, imagino que esperan algún día tener que necesitar a seis

empleados, ahora mismo solo me tienen a mí.

Saco un par de mantas y las sábanas de la funda de plástico, están sin

usar. Hago la cama y saco la poca ropa que he logrado meter en el bolso

antes de irme a toda prisa de la casa de mis adres. Ya no puedo llamarla

mía, ni hogar.

Salgo hacia la ducha, esta vez no tengo que limpiarme con la

manguera, y bajo el agua caliente lloro sin parar. Lloro por todo lo que dejé

que me arrebatara, lloro por no haber sido fuerte para plantarle cara, lloro

por lo mucho que me duele no tenerle en mi vida.

—Te odio, padre, te odio. Me robaste lo que más quería en mi vida —

maldigo y dejo que el agua se lleve las lágrimas por el desagüe.

Liam

No esperaba que me pillara aquí, pensé que tendría tiempo de salir de las

duchas antes de que llegara. He calculado mal y ahora estoy rabiando, a


punto de tirar abajo la puerta contigua y abrazarla.

La escucho llorar y maldecir a su padre y me destroza. Me duele

como si me clavaran mil puñales a la vez. Apoyo la cabeza contra la pared


y trato de no hacer ruido alguno. No quiero que sepa que la he escuchado

llorar, o maldecir a su padre. Cada vez me va quedando más claro lo que

sucedió. Lo que no sé es qué pudo decirle para que ni siquiera dijera adiós.
31 Coser su alma
Summer
Paseo por el rancho sin rumbo fijo, las yeguas están atendidas, pero no he
encontrado a Rain, así que me he decidido a buscarla, supongo que la habrá

llevado a dar un paseo. Es curiosa, desde la noche del baile no nos hemos
visto mucho por aquí, aunque ahora vivo aquí.

Un sonido que no identifico llama mi atención. Cerca de dónde me


lavé con la manguera hay un pequeño lugar resguardado en el que no me

había fijado.
Me asomo y lo veo solo con el pantalón, está tomando un trago de

agua y no puedo evitar que se me seque la garganta. Rain está con él, atada,
y me doy cuenta de que va a cambiarle las herraduras, me sorprende que lo

haga él mismo. Supongo que no le ha quedado otra que aprender todo lo

posible sobre caballos, incluido el cambio de herraduras.

Muerdo mi labio cuando toma la pata de Rain y los músculos de su

espalda se tensan, me doy cuenta de que tiene varias cicatrices que no me


son familiares, una de ellas, en especial, llama mi atención, está justo bajo

el omoplato. Es irregular y parece que se la hizo con un objeto cortante.

Me acerco, despacio, no quiero molestarlo ni a él ni a Rain que parece

algo incómoda.
—¿Crees que no haces ruido? —interroga.
—La verdad, sí, pensé que no hacía ruido —confieso.

—En la nevera hay bebidas, coge lo que quieras —ofrece.

Me acerco hasta el pequeño frigorífico y cojo una cerveza, es casi la

hora del almuerzo así que una cerveza me parece lo más indicado.

—¿Quieres una? —interrogo.


—Vale —dice.

Cojo otra para él y se la acerco. Trato de no mirarle más de lo preciso,

pero no tengo ningún control sobre mis ojos que parecen haber cobrado

vida propia.

—Toma —digo.
—Gracias —contesta a la vez que toma la botella de mi mano. Sus

dedos rozan los míos y me estremezco.

—¿Le pones tú las herraduras? —pregunto para cambiar de tema.

—Sí, no me quedó otra que aprender.

—Siempre he creído que era muy complicado.

—Bueno, no más que girar un útero durante un parto —suelta con una

media sonrisa que hace que me relaje.


Me siento sobre un taburete que ha vivido mejores épocas y con la

cerveza señalo a Rain.

—¿Tiene que estar tan… sujeta?


—Es por su seguridad, antes de ponerle la nueva herradura tengo que

limpiar y cortar las pezuñas.

—Ya, sé cómo es la teoría, aunque la verdad es que nunca lo he visto

hacer.

—¿Trabajabas en un hipódromo y no lo has visto nunca?

—Llevaba solo el seguimiento de las yeguas, no me dejaban andar


con libertad por el lugar.

—No como aquí —me echa en cara.

—No como aquí —confirmo.

—Voy a recortar el exceso de pezuña tras limpiarla. Y luego se liman

hasta que quedan uniformes, ¿ves? —señala mostrándome la pezuña.

Me acerco a él y me pongo de cuclillas.

—Tienen que ser uniformes para prevenir laminitis o desgaste

irregular —cito.

Y me doy cuenta de lo que terriblemente cerca que estoy de él,

terrible para mí que me muero por tocarlo, por besarlo de nuevo, por darle
uno de esos abrazos que tanto estoy conteniendo.

—Veo que la teoría sí la sabes.

—¿Qué te sucedió? —me atrevo a preguntar. Rain relincha—. Parece

que Rain también tiene curiosidad —justifico.

—Nada —dice serio.


—Parece una herida hecha con un objeto punzante —susurro pasando

mis dedos por ella.

No he sido consciente de que lo estaba tocando hasta que ha soltado


la pata de Rain y ha girado la cabeza. Sus ojos son dos pozos oscuros,

puedo ver el deseo en el fondo de ellos, ese deseo que trata de ahogar. Ese

deseo en el que me gustaría ahogarme…

—Summer… —advierte serio.

—Es solo curiosidad médica —miento, apartando los dedos de su

espalda.

—Me corté, ¿contenta?

—¿Cómo podrías cortarte ahí? —insisto.

—Estaba tan borracho que se tumbó sobre una navaja. No se dio

cuenta hasta el día siguiente —contesta por él su padre que ha aparecido

justo a tiempo por la puerta. Justo a tiempo porque he estado a punto de

saltarle al cuello.

—¿Al día siguiente?

—Sí, tenía la camiseta pegada a la piel que había empezado a

cicatrizar con camiseta incluida.

Miro a Liam que se levanta y se pone la camiseta antes de salir de la

improvisada herrería, parece molesto.


—He olvidado algo —masculla, alejándose sin mirar atrás.
—Lo siento, James, no quería incomodarlo.

—No has sido tú, he sido yo.

—¿Es verdad?

—Es verdad, estaba tan borracho que no se dio cuenta hasta el día

siguiente de que se había cortado. Lo tuve que coser.

—Lo siento —me disculpo porque sé que fue por mi culpa.

—No te disculpes, ya está en el pasado. A veces pienso que hubiera

sido tan sencillo si hubiera podido coser también su alma…

—Si eso fuera posible, te habría pedido que arreglaras también la mía

—revelo y doy otro sorbo a la cerveza antes de volver a mis quehaceres.


32 Siete veranos atrás
Summer

A veces me siento culpable, culpable por ser… feliz. Y ahora lo soy. Liam

mueve la leña, chispas brillantes y rojizas se elevan hasta que se desgastan,


hasta que se funden con el aire. Huele a madera quemada, a hogar. James

llega con una bandeja llena de carne para poner a asar sobre las ascuas y no
puedo dejar de pensar en el pasado. Me duele tanto haberlo perdido. Haber

perdido tantos momentos que no volverán…


La noche está despejada, las estrellas no dejan de brillar para llamar

nuestra atención. Suaves relinchos de fondo, al igual que el rumor del río
que recorre parte del rancho. Es como volver varios años atrás, siete

veranos atrás, cuando no éramos más que unos críos llenos de ilusiones, no,

ilusos que pensaban que nada cambiaría. Que seríamos felices para siempre.

—¿Cómo va todo? —interroga James sentándose frente a mí.

—Bien, estoy esperando los análisis que lo corroboren, pero estoy


segura de que varias de ellas están preñadas.

—¿Huracán?

—Cruzo los dedos —revelo en un suspiro. Sé que Huracán quede

preñada es muy importante para ellos.


—¿Sabes? Lo ha hipotecado todo, incluso el futuro —confiesa James

con voz cansada.

Me doy cuenta de lo mayor que está, de lo mayor que es. El cansancio

se agarra con fuerza en cada arruga de su rostro.

—Sacaré adelante las crías, James, de una forma u otra. El año que
viene todo será diferente.

—Eso espero, temo no poder seguir aquí por mucho más tiempo…

—¿De qué hablas? Estás tan bien como siempre.

—No lo estoy, niña, no lo estoy. Ni él tampoco. Ha pasado varios

años al borde del infierno, metiendo la cabeza un poco más… Al menos,


ahora, parece que está un poco mejor. A veces sonríe —suspira.

Entiendo la preocupación de su padre, no es el primero que me echa

en cara lo jodido que estuvo Liam, tampoco es que sepan cómo lo pasé yo.

—Estoy segura de que todo irá genial. Me esforzaré al cien por cien

para que todo salga bien —prometo.

—Gracias —susurra.

—Es lo menos que puedo hacer.


—¿Quién quiere cenar? —pregunta Liam acercando una bandeja

con carne que huele de maravilla.

—Gracias.
La noche pasa tranquila, estamos solos los tres, con buena cerveza y

el estómago lleno. Los temas de conversación parecen no terminar, eso era

lo que más me gustaba de los Hunters, que eran de verdad una familia. No

como en casa, allí nunca había esa sensación de paz, de estar bien, de

disfrutar de una cena sin tensión.

—A Suzanne le habría gustado volver a verte, niña —revela de


pronto James, tiene los ojos emocionados y puedo oler la cerveza que ha

bebido de más desde dónde estoy.

—A mí también me hubiera gustado despedirme, James. No sabía…

no sabía nada.

—Fue un duro golpe del que todavía no me recupero, la echo tanto

de menos.

Y sus últimas palabras se pierden porque cierra los ojos.

—Voy a llevarlo a su cama, ya está viejo para tanto trote —se

excusa Liam.

Puedo verlo alejarse arrastrando a su padre y no puedo evitar, de


nuevo, que la emoción pellizque mi pecho. El fuego se va apagando con

suavidad, los troncos susurran con menos fuerza, sin embargo, las estrellas

no dejan de lucirse. Cuanto más oscuro está todo, más resplandecen ellas.

—Se hace mayor —rompe el silencio su voz, esa voz que logra

erizar cada vello de mi nuca cada vez que la escucho.


—Los años pasan por todos, vaquero —intento sonar casual,

necesito romper la tensión que me llena.

—Cierto. Me sorprendió cuando te vi de nuevo —susurra.


—A mí me paso igual —confieso—. Eras tú, pero más mayor.

—Sí, con alguna arruga y alguna cana.

—No te he visto ninguna cana —resoplo.

—Porque me las arranco —dice en voz baja, como si revelara un

secreto inconfesable a la vez que su hombro golpea el mío.

—Liam —murmuro, aunque lo cierto es que no sé muy qué quiero

decir.

—¿Sí?

—Te echaba de menos.

—Ya, bueno —empieza y veo que de nuevo se lleva la mano a su

nuca.

—No importa, no hace falta que digas nada, ni siquiera que por

cumplir digas que tú también me echabas de menos, pero tenía que decirlo

Doy otro sorbo a la cerveza y me doy cuenta de que me he pasado

bebiendo. El calor inunda mis mejillas y la cabeza me da vueltas.

—¿Recuerdas aquella primera noche bajo las estrellas? —interrogo

—. Fue… fue increíble.


—¿Cómo iba a olvidarla? —creo que dice, pero no estoy segura.
—Aquella noche fue especial, Liam, tú fuiste especial.

—Deja de beber, Sum, creo que ya está bien.

—Puede que sea la cerveza, o estas ganas de ti que me están

matando, pero no puedo dejar de pensar en aquella noche. La noche que me

hiciste el amor por primera vez.

Liam

Me quedo sin habla, la respiración también me ha fallado. No sé qué decir,

pero entonces noto su cabeza apoyada en mi hombro. Miro hacia abajo y


veo que se ha quedado dormida.

—Solo tú podrías decir algo así y luego quedarte K.O. —farfullo.

Pero ya es tarde y aunque ella no lo recordará mañana yo sí, y ahora

recuerdo la manta sobre el embarcadero, las estrellas brillando igual que

esta noche.

«—¿Estás segura? —pregunté, con miedo, me temblaba todo el

cuerpo. Iba a ser su primera vez, pero la mía también.

—Como de nada en el mundo —susurró y me agarró por el cuello

para atraerme más hacia ella.

Los besos se hicieron más pausados, quería verla, disfrutar de esa

primera vez. La inseguridad se apagaba con cada mirada, con cada roce,
con cada te quiero que nos dijimos sobre aquella manta de cuadros rojos,

bajo ese cielo lleno de estrellas.

Y cuando estuve dentro de ella… ¡Demonios! Fue el mejor

momento de mi vida, siempre lo era cuando estaba dentro de Summer Lee».

—Te colaste muy adentro, Sum, y eso que entraste por la puerta de

atrás… Todavía sigo pagando por haber encontrado un amor así tan pronto

—suspiro.

Me levanto y la tomo entre mis brazos, apenas pesa, creo que tienen

razón los demás cuando dicen que en Nueva York no comía bien. Me quedo

de pie con su cabeza apoyada en mi pecho y con un deseo irresistible de

besarla de nuevo. Llevo con ganas de hacerlo desde que la vi en la puerta

del Clover, y más desde que la besé fuera del granero la noche de baile,

pero tengo que resistir… tengo que resistir, aunque me cueste la puta vida.

La dejo en mi cama, no tenía claro dónde más debía dejarla que

durmiese la borrachera. Y verla entre mis sábanas, una vez más, se

convierte de repente en una tortura insoportable.

—Liam —suspira aún dormida.

Me arrodillo junto a la cama para verla bien, no me he permitido


hacerlo, tan solo de lejos cuando ella no es consciente y dejo que mis dedos

aparten un mechón desordenado, que recorran sus mejillas afiladas y

suaves, rocen sus labios… Esos labios que una vez fueron míos y antes de
poder detenerme dejo un suave beso sobre ellos que desbarata la poca

cordura que me quedaba y huyo. Salgo echando hostias de esa habitación,

asustado, porque me he dado cuenta de que tras probar sus labios el adicto a

ella que llevo dentro se ha despertado con una fuerza que me aterra.

—No sé si voy a dejarte ir esta vez, Summer —confieso antes de

cerrar la puerta y echar a correr a los establos.

Creo que Nieve sabe a qué he venido, me da la bienvenida con un

relincho que no acallo, sino que azuzo igual que a él para que salga al
galope. Necesito el aire frío en mi cara, la sensación de velocidad, necesito

huir de mí mismo y no se me ocurre una manera mayor que sobre Nieve.


33 Una buena tormenta
Liam

—¿Qué haces aquí, tío? —pregunta Dick nada más verme entrar, por su

cara puedo decir que algo pasa, pero no tengo ni puta idea de qué pueda ser.
—He venido a ver si necesitabas ayuda. ¿No has oído que se acerca

una buena tormenta? —pregunto. La verdad es que estoy nervioso, no he


visto a Sum en todo el día, es su día libre, pero no verla en el rancho y no

saber dónde está me inquieta. Sobre todo, porque hay alarma de ciclón y
todos estamos nerviosos.

Después de que se presentara en el rancho y se quedara en los


barracones, nuestra relación ha sido un poco distante. Ella ha estado triste y

yo no me he atrevido a preguntar nada. Tal vez ha vuelto a casa, después de

todo son sus padres.

—Deberías estar con ella —suelta y me quedo en silencio—. Vale,

está claro que no sabes nada, ¿verdad? —niego con la cabeza y mis peores
temores empujan por abrirse hueco, pero no puedo dejarlos entrar—. Ha

venido a por ella, tío, está en su casa —informa.

Estoy a punto de preguntar de qué habla cuando todo hace clic y

encaja: tiene que ser su exnovio abogado.


—¿Ha venido a por ella? —pregunto de nuevo, no sé por qué no soy

capaz de pensar con claridad. ¿Por eso no estaba en el rancho?

—Lo sabe todo el pueblo, Hunt —me echa en cara—. Al parecer

viene dispuesto a llevarla de vuelta. El Saratoga le ofrece la dirección del

proyecto que inició. Será la máxima responsable y le han conseguido unos


fondos que… —silba, y yo aprieto las manos en fuertes puños.

—Ya veo… —murmuro. Por dentro todo se desmorona, ¿voy a

perderla de nuevo?

—¿Ya ves? ¿Es que vas a dejar que de nuevo se largue? ¿Que te deje

tirado sin más? Pues esta vez no voy a barrer tus trozos —amenaza.
—No puedo retenerla, no quiero obligarla a hacer algo que no desea,

Dick. Eso es lo que ha hecho su padre siempre con ella, obligarla de una

forma u otra a hacer lo que él quería, yo no quiero eso. Quiero que me elija

a mí, que me elija por encima de lo demás porque es lo que desea. Si quiere

regresar a Nueva York a llevar ese proyecto no me interpondré, si desea

volver con ese abogado que regrese. No quiero imponerme, Dick.

Quiero…, necesito que me elija a mí —confieso.


—Liam… —escucho desde la puerta.

Me giro y la veo en la entrada, tiene la cara inflamada y rojiza, sé que

ha llorado.
—Liam —repite acercándose a mí. Sigue aquí, es en todo en lo que

puedo pensar. Sigue aquí. Eso hace que la tensión se afloje un poco y que

ahora pueda respirar —. Deja que te explique… —susurra.

Entonces, tras ella, aparece el hombre que la ha tenido durante los

últimos años y aprieto los puños con fuerza. No tiene que presentarlo para

saber que es él.


—Tú debes ser él, ¿no? —pregunta con calma, con la frialdad que

ha adquirido en sus años de experiencia como abogado, sin disimular que se

cree superior a mí.

—¿Debo ser yo? —interrogo, tenso.

—Estoy de acuerdo con tu padre. No entiendo qué ves en él,

Summer —dice con frialdad.

—Leo…

—Si de verdad la quisieras —me ataca de nuevo sin dejarla hablar

—, la obligarías a aceptar el trabajo. Es el sueño de su vida —suelta. Lo

miro a los ojos, parece sincero, aunque con ese tipo de gente acostumbrada
a ganarse la vida a base de mentiras y secretos es difícil de estar seguro—.

Se ha dejado la piel en el proyecto y ahora va a ser suyo de pleno derecho,

tendrá autoridad máxima para gestionarlo, y fondos con los que hacer

realidad su sueño —termina de exponer.


He de reconocer que es bueno, me hace dudar, hace que me sienta

egoísta, que piense que va a perder esa oportunidad por mi culpa. Que voy a

ser el responsable de otro sueño sin cumplir. Y me duele. Porque amo a


Summer Lee más que a nada en el mundo, más que a mí mismo, más que a

mi cordura…

—No es asunto tuyo, Leonard —lo corta, pero la observo, y la

conozco. Sé que duda, sus manos están apretadas en fuertes puños y no me

mira a los ojos, le falta valor para hacerlo porque sabe que voy a ver sus

dudas llenando su mirada.

—Lo es, Summer, ¿o se te olvida que todavía estamos prometidos?

Pediste tiempo, te lo he dado, pero ya es hora de regresar a casa —suelta a

bocajarro y es como si me hubiera disparado una bala a toda velocidad.

—¿Sigues prometida? —pregunto a ella. Necesito escucharla decir

que no es verdad. Que lo nuestro es real, que no ha sido un juego. Ella dijo

que él ya no era parte de su vida, ¿verdad?

—Técnicamente, supongo que sí —confiesa en voz en muy baja.

—Entonces, Summer Lee, no tenemos más que hablar. Regresa a tu

vida. De todas formas, sabía que esto sucedería —le echo en cara.

—¿El qué, Liam? —interroga con voz temblorosa.

—Que volverías a irte, es tu especialidad, ¿no?


—No he dicho que me vaya a ir, Liam —murmura todavía más bajo.
—Supongo que no te creo, supongo que ya no confío en ti y me

temo que nunca más lo haré.

Salgo del Clover dando un portazo, con el corazón destrozado,

molesto, furioso y dolido… ¿Seguía prometida? ¿Qué han sido entonces

todos esos momentos? ¿Todas sus palabras? ¿Más mentiras?

—Liam —me llama a la vez que noto su mano temblorosa sostener

mi muñeca. Doy un fuerte tirón que la obliga a soltarme—. Liam, no es

verdad. No es verdad… —susurra con lágrimas en los ojos.

—¿Qué no es verdad, Summer? ¿Qué sigues prometida? ¿Qué voy a

ser el culpable de que no cumplas tu sueño? ¿Qué no te irás de nuevo?


—Liam… yo… —duda de nuevo y eso me da fuerzas porque la

quiero a mi lado si ella está segura de que también soy yo lo que quiere.

—Da igual, Sum —digo sabiendo que será la última vez que la llame

así—. Vete, haz tus sueños realidad, cásate con él y sé feliz.

—Liam…

—Solo te pido una cosa, Summer —me detengo, tengo que tomar

aire.

—¿Qué, Liam?

—Que no regreses jamás.


34 Como loco
Liam

—Señora Lee, ¿qué sucede? —interrogo al verla más inquieta de lo normal.

—¿Dónde está Summer? No, no la veo —dice sin dejar de buscar.


—¿Cómo que dónde está Summer? —interrogo a su vez—. ¿No está

rumbo a Nueva York? —pregunto confuso. La hacía a dos mil kilómetros


de distancia—. ¿No se ha ido con Leonard? —. No soy capaz de llamarlo

«su prometido».
—No, Liam, Leonard se fue solo… ¿No lo sabías?

—No, pensé…
—¿Qué? ¿Qué has pensado, chico? ¿Acaso no sabes a quién ama de

verdad?

Miro alrededor, tengo el corazón que me va a mil, no se ha ido, no se

ha ido. ¡Joder, Summer no se ha ido!

—Voy a buscarla —digo.


—Por favor, estoy muy preocupada, Liam, no sé dónde está y esa

cosa monstruosa se acerca a toda velocidad —suplica.

Hecho un vistazo y veo a su padre preguntando a todo el mundo y eso

me agobia todavía más. No me gusta, pero por ella lo haré, así que me
acerco a dónde el señor Lee está y le hago la misma pregunta que a su

mujer.

—No sé dónde está, chico, nadie parece haberla visto. Estaba enfada

porque lo llamé, chico —se excusa.

—¿Porque lo llamó? —interrogo.


—A Leonard, lo llamé para que se la llevara y estaba furiosa como

nunca.

—¿Pelearon de nuevo?

—Sí —confiesa y creo que es la primera vez que lo veo… débil.

¿Asustado?
—Esta bien, no se preocupe, la encontraré —prometo, y es la primera

vez en mi vida que no me mira con… superioridad. Ahora mismo ese

hombre se ha bajado del pedestal en el que solo se subió y me mira con

agradecimiento y súplica en los ojos.

Pregunto como loco a todos los allí presentes, tratando de ubicar el

lugar en el que alguien la vio por última vez, pero nadie parece saber nada

de Summer.
—Dick, tío —le dijo con la respiración agitada—, no encuentro a

Summer.

—¿Summer? ¿No se fue, tío?


—No, se ha quedado, Dick. Por mí —digo en voz alta, porque

necesito creerlo—. Voy a salir.

—¿Estás loco? No puedes irte, la iglesia es el lugar más seguro y lo

que viene de camino no es de broma, Liam.

—¿Y qué hago? ¿La dejo sola en mitad del huracán? ¿Crees que

podré concentrarme o estar tranquilo sin saber si ella está a resguardo?


—Vale, tienes razón, será peor tenerte aquí. Sal y encuéntrala y luego

protegeros en un lugar seguro hasta que pase el tornado. Aunque no creo

que a un huracán le haga algo otro huracán… —intenta bromear, pero no

puedo fingir ni una tímida sonrisa—. Toma, es una mochila con lo básico,

llévatela por si acaso no os da tiempo de volver.

—Gracias, Dick, siento dejarte al cargo de todo.

—Vete ya, no pierdas el tiempo —ordena y sin decir nada más me

cuelgo la mochila y salgo corriendo a toda hostia de la iglesia para buscar a

Summer.

El cielo se oscurece a medida que las nubes negras se arremolinan en


el horizonte anunciado la inminente llegada del ciclón. El corazón me late

tan frenético como lo es mi búsqueda de Summer por todos los rincones del

pueblo.

—Corre a la iglesia, Max, ¿por qué demonios sigues aquí? —riño a

uno de los vecinos.


—Tenía que poner a salvo a los animales, Liam, al menos lo más a

salvo posible —contesta el hombre entre jadeos.

Asiento y le doy un golpe en el hombro, instándolo a darse prisa. Por


suerte no encuentro a muchos más rezagados en el pueblo que ahora mismo

está desierto. El viento comienza a sacudir las ramas de los árboles con

furia y algunas gotas de agua caen apurándome a dar con ella. Empiezo a

estar desesperado. Aquella sensación de cuando desapareció y nadie me

decía nada de ella, ni siquiera si estaba bien, empieza a parecerse mucho a

cómo me siento ahora mismo.

Las calles, por suerte, están cada vez más vacías. La lluvia comienza

a caer con fuerza y el viento se intensifica a cada segundo, dificultando mi

visibilidad. Corro de un lado a otro, desesperado, mi preocupación aumenta

igual de rápido que la fuerza del tifón que llega dispuesto a arrasarlo todo.

Muy conveniente, deberían de llamarlo «Summer».

Por más que grito su nombre, se pierde entre el ruido ensordecedor

del aire y un miedo que hacía mucho tiempo que no sentía vuelve a

agarrarme de las pelotas con fuerza.

—Doctor Trevor —digo al ver al viejo veterinario caminando lo más

rápido que puede hacia la iglesia—, ¿ha visto a Summer?

—¿No lo sabes? Ha ido al rancho —responde con los ojos


desorbitados al darse cuenta de lo que se nos viene encima.
—¿Qué demonios…? —exclamo sin dar crédito.

—Ha venido a ayudarme a poner a salvo a los cachorros, y luego ha

dicho que tenía que asegurarse de que los caballos del viejo Hunt estaban a

salvo. Le he dicho que no quedaba tiempo…, pero me ha contestado que

podía correr rápido. Ahora no estoy seguro de que pueda llegar a tiempo,

eso que viene no tiene buena pinta —confiesa señalando al cielo.

—¡Cojones! —blasfemo y me llevo los dedos a la nariz para pellizcar

el puente.

—¿Hay algún lugar seguro en el rancho, hijo? —interroga.

—Un sótano dónde he refugiado a los animales —contesto—. Bien,


me servirá, tendrá que servir —digo para mí mismo—. Ahora vaya a toda

prisa a la iglesia, por favor, póngase a salvo. No tendré manera de saber si

está bien, así que no se detenga y corra todo lo que pueda.

Y yo hago lo mismo y me dirijo como alma que lleva el diablo hacia

mi vieja camioneta para ir hasta mi rancho que, gracias a Dios Bendito, no

está lejos. Durante todo el camino no dejo de buscarla por los caminos, por

la carretera, pero no encuentro ni rastro y eso me asusta.

—¿Dónde demonios te has metido, Sum? —pregunto una y otra vez,

y cada vez que la respuesta no llega, golpeo con fuerza el volante. A este

paso lo voy a reventar.


Nada más llegar, me bajo. He dejado la ranchera en el garaje, no

creo que sirva de nada, pero al menos estará mejor que si la dejo tirada por

cualquier lado. Abro la puerta de la casa con urgencia, aunque el viento

hace el resto y la estampa contra la pared, los cristales salen despedidos en

todas direcciones. Algunos cortan mis mejillas, pero no puedo pararme a

pensar en eso, solo puedo pensar en dónde demonios esta Sum.

—¡Summer! —grito como un loco poseído por el terror que siento

ahora mismo—. ¡Summer! ¿Dónde demonios estás, Sum? —grito de nuevo.

Y, al fin, la veo. Aparece tras la trampilla en el suelo que da al sótano. Sus

ojos se abren de par en par, sorprendida de verme aquí.

—Liam… ¿qué… qué haces aquí?

—¿Tú qué crees? ¡Estoy de ruta turística! —escupo molesto y

aliviado a la vez. Esa mujer no tiene ni idea de cómo tiemblo por dentro—.

¿No debería hacerte yo esa pregunta, por cierto? —demando. Ella sigue

paralizada, no dice nada—. ¿Por qué demonios no has ido a la iglesia como

todo el mundo, Sum?

—Quería comprobar que los animales estaban bien…

—¿De verdad crees que no iba a dejarlos a resguardo? —echo en


cara. Puedo verla cerrar los ojos—. ¿No has visto lo que se avecina? Nada

es más importante que tu vida, Sum —afirmo serio.


—¿Por qué has venido? —pregunta de nuevo, acercándose un paso a

mí—. ¿Tienes una herida en la cara? Estás sangrando…

Me alejo de ella, hacia la ventana, miro al cielo y me doy cuenta de

que no hay posibilidad de regresar a la iglesia, el viento agita todo con rabia

y no se contiene como yo. La rama de uno de los árboles que hay frente a la

casa cae al suelo tras un rugido intenso. Ella, a mi lado, se asusta. No me

había dado cuenta de que estaba aquí.

—Ayúdame a bloquear la puerta. No hay forma humana de regresar a


la iglesia —. Ella afirma con los ojos abiertos por la impresión—. No me

digas, Huracán Lee, que te has olvidado de lo que era uno de estos —trato
de bromear mientras bloqueo la puerta.

—Creo… creo que sí porque ahora mismo estoy aterrada.


—Sacúdete el miedo y vamos a hacer una barrera para evitar que la

puerta salga volando —ordeno.


Cierro la puerta y me doy cuenta de que el portazo de antes la ha

reventado, el viento ya es muy fuerte. Miro hacia la encimera y veo las


herramientas que dejé antes de salir pitando hacia la iglesia. Las demás

ventanas están bien sujetas, o lo mejor que he podido, y los animales


estaban a salvo y con comida y agua para varios días.
—Voy a clavar algunas maderas como fijación a la puerta. El viento la

ha destrozado —informo.
No tengo nada a mano y no es buena idea salir, así que arranco varias
puertas de los muebles de la cocina y las uso para bloquear la entrada.

Clavo sin descanso hasta que creo que la barrera es aceptable. Después,
tomo una bolsa, vacío la nevera y algunos muebles con comestibles y la

agarro por el brazo para bajar al sótano.


Cierro la puerta que da acceso al sótano tras bajar. Dentro no hay luz,

se ha ido la electricidad en todo el pueblo. Con seguridad el viento habrá


derribado más de un poste eléctrico. No dejo de pensar en todo el destrozo
que el ciclón dejará tras su paso, es más fácil para mí no pensar en todo lo

que en su día, mi Huracán Lee, destrozó. En todos los miles de piezas en las
que me rompió.

El silencio entre nosotros es ensordecedor, el viento agita todo, nos


asusta con su fuerza golpeando las paredes. Algunos de los animales

empiezan a gemir, otros tienen tanto miedo que no son capaces ni de eso.
Dejo escapar un bufido y saco todo lo que hay en la mochila de

emergencia.
—Una linterna —suspiro y la prendo—. Y funciona —murmuro—.

¡Joder! Un walkie militar —digo con alivio. Pulso el botón de la frecuencia


y luego intento conectar con Dick antes de que sea más tarde y el tiempo

empeore más.
Todo esto lo hago para distraerme y no pensar que estoy a solas con
ella. En un lugar que no es lo bastante grande para no escuchar su

respiración agitada como a través de una barra de sonido y su cuerpo lo


siento muy cerca, aunque no me roce.

—Dick, me escuchas, corto. —Espero en silencio, ella tampoco dice


nada, parece tan expectante como yo—. Dick, ¿me copias?, ¿me copias,

Dick? —repito, pero al otro lado solo escucho interferencias y vacío—.


Dick… ¿me copias? Dick, ¡joder! —insisto. Cualquier cosa para no pensar

en la que se avecina, para no pensar en ella.


—¿Funcionará con esta tormenta? —interroga a media voz.

—Debería, aunque sea con interferencias debería recibirme. Esto


todavía se pondrá peor, será entonces cuando sería un milagro poder

decirles algo… Necesito saber que el doctor Trevor ha llegado a salvo y


decirles a tus padres que te encontrado y estás bien —informo.

Apenas puedo verla, la linterna la he apagado para no malgastar las


pilas, debo tenerla para una emergencia real y que me muera por verle la
cara no debería ser una emergencia real, aunque lo sea. Me contengo.

—Aquí Dick, ¿me copias, Hunt? —escucho de repente a través del


walkie.

—Te copio. La he encontrado, estamos bien. ¿El doctor Trevor ha


llegado a salvo? Corto —digo de manera atropellada, espero que haya
entendido algo.

—Hunt, se oye entrecortado. ¿Estás con Sum? —interroga.


—Sí, estoy con ella. Sí. Corto —repito para asegurarme de que lo

escuchan.
—Gracias a Dios —escucho al otro lado, señal de que lo ha entendido

—. Trevor … aquí… —logro escuchar y eso me hace respirar.


—Sótano del rancho, ¿me copias? Sótano del rancho… Corto.
Espero, pero no se vuelve a escuchar nada más, de pronto todo

tiembla y antes de saber qué sucede Summer se ha acurrucado a mi lado.


Sus largos brazos rodean mi cintura y su cara descansa en el hueco de mi

cuello. Me ha pillado por sorpresa y pierdo el equilibrio, pero no digo nada.


No puedo. Si abro la puta boca mi corazón va a salir disparado.

—Lo siento, tengo miedo —confiesa y al hacerlo sus labios rozan la


piel de mi cuello, justo sobre la zona en la que mi pulso late fuerte y

ansioso.
—Estamos a salvo, no tengas miedo. Aquí abajo estamos a salvo —

repito, pero sé que es una mentira como una casa. ¿A salvo? Aquí abajo
estoy condenado. O muero o me vuelvo loco, una de dos.

—No recordaba que dieran tanto miedo —sigue hablando sobre mi


cuello.
—Parece que Nueva York te borró demasiados recuerdos —suelto y

aunque no quería que sonara con dureza, ha sonado así.


—No los que crees —murmura. ¿No los que creo? ¿Qué demonios

significa eso?
Otro trueno retumba con fuerza, tanta que parece que ha partido en

dos el mundo. Summer se aprieta con más fuerza contra mí y la escucho


sollozar. Sé que está asustada; yo estoy aterrorizado. No estoy preparado

para tenerla tan cerca, no estoy preparado, que Dios me pille confesado
porque bien sabe que no estoy listo para tenerla tan cerca.

—Summer, no va a pasar nada. Aquí abajo estamos a salvo —trato de


convencerla.

Uno de los caballos relincha y se acerca hasta donde estamos. El sitio es


bastante amplio, se hizo pensando en que cupieran todos los animales y una

familia al completo. Los animales se mueven inquietos, resoplan y golpean


con los cascos sin parar.
Saco la linterna con esfuerzo, la guerra entre no poder soportar tenerla

tan cerca y lo bien que me siento al tenerla entre mis brazos es caótica.
¿Cómo se pueden desear con la misma intensidad dos cosas opuestas?

Alumbro todo alrededor, quiero que se le pase el miedo y necesito que


se aleje un poco de mí o voy a arder por combustión espontánea.
—Ven, buen chico, ven —llamo a Nieve que trata de acercarse, pero
caigo en la cuenta de que los dejé atados para que no se golpearan los unos

a los otros. Summer aleja su rostro del hueco de mi cuello y el frío que
siento me deja helado, pillándome por sorpresa.
—¿Estás tan asustado como yo, cierto, Nieve? —pregunta en voz

baja.
—No tienes que tener miedo, Sum, no dejaré que nada te pase —me

sorprendo declarando.
Ella esboza una media sonrisa que no ilumina sus ojos.

—No dejarás que nada me pase que no hagas tú, ¿no? Quiero decir,
no dejaras que me mate otra cosa que no seas tú —aclara.

—Nunca te haría daño —repito.


—No es del todo cierto, sí que lo harías.

—¿No es del todo cierto? —pregunto alzando una ceja.


—Bueno, la otra tarde, en el Clover … —empieza, pero se

interrumpe.
—¿La otra tarde en el Clover…? —la animo a seguir. Ahora mismo

me importa una mierda que el mundo se esté acabando ahí fuera, lo único
que me importa es ella, quiero escucharla hablar.

—Me pediste que no regresa jamás —confiesa con la voz rota.


—Ya, eso… —carraspeo—. Creo que es lo mejor, parece que nuestro
destino solo es hacernos daños, Sum.

—¿Eso crees? —pregunta, no digo nada, tan solo asiento—. No me


he ido.

—No, no te has ido —señalo.


La tormenta fuera se hace más intensa, trato de centrarme en ella y no

comprendo como solo puedo escucharla a ella a pesar de que su voz no es


tan fuerte como el mundo partiéndose en dos.

—No sabía nada, Liam —dice de pronto.


Necesito alejarme un poco, ella me imita y se pone a mirar lo que sea

que haya en una estantería.


—¿No sabías nada, Sum? ¿No sabías lo hecho polvo que me

quedaría? ¿No sabías lo mucho que te amaba? —le echo en cara, ahora
mismo estoy furioso. Mi respiración es agitada, no quería perder el control,
pero no puedo evitarlo, ese dolor lleva demasiado tiempo dentro de mí,
enquistado, y en este momento es como si se hubiera abierto en canal y

saliera a borbotones, tan incontrolable como el huracán que arrasa con todo
a nuestro alrededor.
—No, no sabía que mis padres no te habían contado nada… No sabía
que lo pasaste tan mal, ellos me dijeron…

—¿Qué te dijeron? —demandó frustrado.


—Que no habías ido ni a preguntar por mí, que no había significado
nada para ti —revela y me doy cuenta de que solo hay mentiras entre

nosotros. Ella sigue sin girarse, me acerco un poco más y todo el puto
pasado me golpea la boca del estómago. Me deja sin aire. No se ha ido. Es
lo único que ahora mismo puedo pensar.
—¿Que no había ido? —bufo, acompañando la pregunta con una risa
falsa—. ¿Y tú lo creíste? —interrogo en voz baja, triste y cabreado a parte

iguales, tratando de contenerme y no volver a ser ese idiota que golpeaba


cada pared con la que se encontraba. Ella mira en silencio, usando sus
brazos alrededor de su estómago como si fuera un escudo. Parece que de
verdad lo creyó. Eso me enfurece más—. Fui cada maldita noche, cada

maldito día, cada maldita tarde… a buscarte. A saber de ti. Creí volverme
loco cuando nadie me decía nada, no sabía si estabas bien, o no, o qué
demonios había sucedido contigo. No te imaginas lo asfixiante que es, lo
impotente que te sientes. Tanto que hubo momentos en los que pensé que

perdería la razón. Desapareciste sin dejar rastro, Sum. Tu teléfono, tus redes
sociales… todo se desvaneció —revelo. Ha sido mucho tiempo con todo
esto dentro, es hora de que salga y la tormenta lo arrastre junto con todo lo
demás.

—Ahora lo sé —dice en voz baja tras un largo tiempo en silencio—.


Mi madre me lo dijo unas semanas después de volver —confiesa a media
voz.
—¿Por qué? —suelto la pregunta para la que tanto tiempo llevo

esperando una respuesta—. ¿Por qué te fuiste sin decirme adiós? ¿Tanto te
costaba, Sum?
La lluvia golpea con fuerza, el viento hace que todo parezca temblar a
nuestro alrededor o quizás soy yo el que no puede dejar de temblar. Sé que

no hay apenas espacio, que estoy atrapado aquí, cara a cara con todo lo que
he tratado de ocultar dentro. Cara a cara con eso que metí a presión en lo
más profundo de mi cabeza, en un rincón sin espacio para que dejara de dar
vueltas y vueltas sin parar con el fin de volverme loco. Loco de dolor

porque no estaba, loco de dolor por lo mucho que la echaba de menos…


Aun así, me alejo unos pasos, no puedo ir más allá.
Ella se acerca, no me giro para no verla, pero sé que está justo tras de
mí.
—No quería dejarte, Liam. Nunca lo hubiera hecho porque yo… yo te

quería. No sabes cuánto… —susurra con la voz rota—. Pero era demasiado
joven y tenía demasiado miedo de mi padre. Obedecí sin pensar que sería la
decisión de la que más me arrepentiría el resto de mi vida.
Sus palabras me golpean con una intensidad que solo se puede

comparar a la del ciclón que sigue destruyendo todo afuera. Aprieto los
puños, no quiero girarme, sé que, si la miro, si veo que me mira como hace
tantos años me miraba… no habrá vuelta atrás. Y no quiero volver a quedar

hecho polvo.
—¿Y por qué ahora, Sum? ¿A qué has venido cuando estás
prometida? —demando.
—Vine porque no quise seguir con la mentira en la que se había
convertido mi vida. No podía seguir pretendiendo que Leo es el hombre al

que quiero, ni que deseaba pasar mi vida con él… Tan solo me cansé de
vivir la mentira que yo misma construí. Por eso he vuelto. Porque te vi en
una maldita tienda en Nueva York y no pude dejar de pensar en ti ni un solo
segundo. Me di cuenta de lo sola, perdida y vacía que estoy sin ti. Me di

cuenta de que pase el tiempo que pase, siempre te elegiré a ti —confiesa.


Me giro y me doy cuenta de que ella tampoco me mira, supongo que
para ella también será complicado enfrentarme.
—¿Me viste en Nueva York? —.Eso me ha pillado por sorpresa.

—Sí, estabas en una tienda de antigüedades. Pasaba por la puerta y te


vi, Liam. Después…, después no pude sacarte de mi cabeza, ni dejar de
preguntarme qué habría pasado si hubiera sido valiente…Y supe que no
podía decirle que sí a Leonard.

Tan solo escucho mi respiración, a pesar del bullicio que no rodea,


solo escucho mi respiración. Se gira, no sé si porque está llorando o por
temor a lo que diré.
—Creí que me volvería loco —susurro sobre su nuca.

A pesar de la oscuridad, puedo ver cómo se eriza el vello con mi


aliento, como se estremece en silencio y me recreo en esa imagen que hace
que la esperanza brote de pronto, como si fuera primavera por fin dentro de
mí.

—También… también te eché mucho de menos … —su confesión


apenas es un susurro que se pierde entre el caos que hay fuera. Un caos al
que permanezco ajeno, de nuevo ella consigue que para mí solo exista ella.
Que solo la vea a ella. Que solo la escuche a ella.

—¿Me echas de menos, Sum? —pregunto con otro susurro, me


vuelvo a recrear al notar que de nuevo su vello se eriza y no puedo
revisitarme a posar mi boca en la curva de su cuello.
No puedo verla, pero sé que ha cerrado los ojos y abierto un poco los
labios por los que ha dejado escapar un suave jadeo que hace que esté a

punto de perder el poco control que me queda. Y apenas me quedan fuerzas,


llevo luchando contra todo esto desde que llegó meses atrás.
Me alejo de ella todo lo que el limitado espacio me permite. No puedo
tenerla cerca, su aroma es como una droga por la que me vuelvo loco. Es

como un buen whisky, como una buena canción country que puedes oír en
bucle una y otra vez, sin descanso. Así es Summer Huracán Lee.
—Sí, Liam —la escucho decir con voz firme para mi sorpresa—, te

he echado de menos desde el instante en el que puse rumbo a Nueva york,


te he echado de menos cada maldito segundo desde entonces. Te echo de
menos ahora mismo porque me muero por besarte, por tocarte y, a pesar de
estar a solo unos centímetros, siento que estás muy lejos. Y duele, Liam

Hunt, no sabes cuánto me duele.


Y el control se esfuma. Y no puedo aguantar más las ganas que tengo
de ella, que son tantas que no hay una manera de contarlas. Y la beso con
todo. Con todo lo que fui, lo que soy y lo que seré. Con todo el tiempo que

pasó, con el que vendrá. Con todo mi ser, porque solo estoy completo
cuando beso a la maldita Summer Huracán Lee.
35 Dentro de mi pecho
Summer

Liam me besa. Siento una explosión dentro de mí, como si la tormenta que
nos castiga fuera de estas paredes se hubiera colado dentro de mi pecho.

Tiene su cabeza apoyada en mi frente, jadea sin aliento, igual que yo


que no puedo creer que por fin esté besando a Liam. El miedo a que de

nuevo se arrepienta me aprieta el pecho, pero lo empujo a un lado para


disfrutar tan solo de él. Prometí no callar nada y ahora no voy a romper esa

promesa.
—Me he arrepentido tantas veces de irme, Liam, tantas veces he

estado a un número de llamarte, de marcar ese último dígito que me

permitiría oír tu voz… Te dije que me iría, pero no porque quisiera, estaba

hecha un lío y después de irme estuve hecha un desastre durante tanto

tiempo que me volví irreconocible incluso para mí misma. No sé si es el


beso o si es la lluvia que no deja de golpear con fuerza afuera, pero no

puedo seguir ocultando lo que siento, no puedo negar que no dejaba de ver

tu rostro en las caras de los demás, que deseaba que de verdad fueras tú, que

deseaba que vinieras a por mí…


» Imaginé tantas veces lo que te diría, cómo te explicaría las cosas,

cómo te suplicaría que me perdonaras aunque no lo mereciera… pero

siempre me quedaba a ese número de distancia. Y ahora, ahora que todo

parece que va terminar, que el fin del mundo nos amenaza con tanta

violencia, no quiero pisar el freno, ya no, Liam Hunt. Y no sé tú, pero yo he


estado todos estos años tratando de ganarle el pulso al caos que invadía mi

interior, a ese dolor del que necesitaba olvidarme para no volverme

completamente loca…

—Entonces, ¿por qué, Sum? ¿Por qué no volviste? ¿Por qué no

marcaste ese número? —interroga con la voz rota.


—Porque era una cobarde.

—¿Tenías miedo de tu padre? ¿Te amenazo, Summer? —interroga

con la rabia llenado sus ojos.

—A mí no, Liam, a mí no —confieso y dejo que las lágrimas caigan

libres por mi rostro.

Llevo mis manos a la cara, la vergüenza que siento es tan profunda

que no puedo manejarla. No sé qué va a pasar, quizás todo lo que hemos


construido hasta ahora desaparezca, quizás el huracán nos deje desolados

igual que a todo lo que está tras estas paredes. Si eso sucede sé que lo

merezco. Sin embargo, su pecho firme y agitado está junto a mí, sus brazos
me rodean con fuerza y su boca se posa en mi cabeza. Está susurrando sin

parar, pero no puedo oírlo.

—¿A quién, entonces? ¿A quién, Summer? —insiste.

—¡Joder, Liam! ¡Joder! ¡Maldita sea! —digo desesperada. Las

lágrimas llenan mi mirada, no quiero hablar de aquello, pero me ahoga, me

lleva ahogando desde hace tanto tiempo que siento que ya no lo puedo
contener más. Y explota en mi pecho, saliendo por mi boca sin filtro. Sin

freno. A toda velocidad —. Fue por ti, Liam, ¡maldita sea! Me fui por ti…

Puedo ver en su mirada que la última pieza del puzle ha encajado y

que sabe lo que sucedió.

—¿Te amenazó con hacerme algo, verdad?

No respondo, tan solo puedo llorar. Porque es la verdad, una verdad

que me avergüenza, que me asquea porque esa amenaza llegó de mi propio

padre.

—No quería… no quería que nada te pasara —suelto. Necesito que lo

sepa, no tiene sentido que lo siga guardando por más tiempo.


—¿Qué te dijo? —pregunta, serio—. ¿Qué te dijo? —repite al ver

que no digo nada.

—Mi padre… mi padre —y rompo a llorar de nuevo.

—¿Qué te dijo, Sum?


—Que podría hacer que no tuvieras una carrera militar, que podía

terminar con todo con una sola llamada o peor todavía, que podía hacer que

te sucediera… algo, durante unas maniobras, una misión que saliera mal…
—enumero frotando mis manos. Recordarlo me pone el vello de punta.

Todavía recuerdo sus ojos cuando me chantajeaba sin pestañear, dejándome

claro que no dudaría si tenía que dar la orden.

—Summer —susurra.

Agacho la cara, lo cierto es que no tendría derecho a querer estar de

nuevo con él, no tengo derecho porque le hice daño y en el fondo sigue

dándome miedo que mi padre pueda hacerle algo.

—Summer —vuelve a llamarme, pero no puedo mirarlo. No ahora

que le he confesado lo cobarde que fui. Me doy la vuelta y me alejo de allí,

no aguanto la presión que parece haber crecido, aunque haya dejado escapar

lo que asfixiaba por dentro—. Summer, detente, no cometas el error de

alejarte de nuevo.

—Liam —dejo escapar su nombre entre sollozos—. Pensé que

alejarme de ti era lo mejor.

—¿En qué clase de mundo dejarme era lo mejor? ¿En qué universo

dejarme era algo bueno? —susurra. No está enfadado, tan solo habla para sí

mismo.
Sus brazos me toman por sorpresa, sus manos se enroscan en mi

cintura, su cabeza descansa en mi cuello. Instintivamente inclino la cabeza

hacia su pecho, y pongo mis manos sobre las de él. Siento la rugosidad de

una piel acostumbrada a trabajar, a horas bajo el sol, al agarre de las bridas

y de la silla de montar. Unas manos ásperas que siempre han sido delicadas,

suaves, tiernas…

—Tenías que haber confiado en que podría manejar las cosas, Sum,

hubiera logrado encontrar una solución.

—Solo tenía dieciocho años, Liam, mi padre… sigue aterrándome.

Creí cada palabra y temía que te sucediera algo. Por eso corte toda
comunicación con todos. Tenía miedo de que si intentaba ponerme en

contacto contigo o con Cassie él lo descubriera y… —me detengo, trago

toda la tensión que aprieta mi garganta—. Y si os hubiera sucedido algo por

mi egoísmo nunca me lo habría permitido, Liam. No podía imaginarme un

mundo sin ti, una vida sin ti sería dolorosamente insoportable, pero un

mundo sin ti… sería un infierno en vida. Un infierno que no estaba

dispuesta a soportar —confieso.

—Summer… —vuelve a susurrar—. Tenía que haberlo imaginado, no

tenía que haber creído que preferías Nueva York, que no soportabas estar

aquí, que no soportaba estar conmigo.


—No te dejé porque quisiera, Liam, te dejé porque tuve miedo,

porque no fue valiente. No sabes cómo me miró, Liam. Pude ver que lo

haría… Lo siento, Liam, siento haberme ido sin despedirme, siento

haberme ido sin dejarte claro lo mucho que te quería, lo mucho que sigo….

Y me gira tan rápido que no sé bien qué sucede hasta que siento su

mano en mi nuca y su boca sobre la mía. Y que Dios me pille confesada

porque este maldito vaquero hace que pierda la cordura y que no me

importe morir si la muerte me sorprende entre sus brazos.

La boca de Liam sobre la mía se siente tan jodidamente bien que

hace que pierda la cabeza por él. Sucedía entonces y nada ha cambiado.

Tenía la esperanza de que si me besaba no me sentiría de esa forma, de que,

si me besaba quizás, el recuerdo que tenía de lo nuestro se desvanecería con

fuerza, que me reiría al darme cuenta de lo tonta que he sido al pensar que

era tan bueno, que tan solo era yo idealizando mi primer amor.

¡Una mierda! Es mejor, incluso, de como lo recordaba. Mis manos

cobran vida, ansiosas por recorrer el cuerpo maduro del hombre al que besé

por primera vez, al hombre al que le entregué mi corazón… y mi alma.

—Joder, Sum, vas a terminar conmigo —susurran sus labios sobre los
míos. No hay mucho espacio en el lugar en el que estamos, pero tampoco

necesitamos más. Eso seguro.


—Podría decir lo mismo Liam Hunt. ¿Te has vuelto un experto

cazador para hacer honor a tu nombre?

—La única presa que he deseado cazar en toda mi vida —continúa

con la broma—, has sido tú —confiesa.

Y puedo ver en su mirada que es verdad. Se ha desatado una tormenta

tan intensa como la que azota todo ahí fuera. Un trueno resuena muy cerca.

De nuevo me encuentro enterrando mi cara en el hueco de su masculino

cuello. Respiro con dificultad. Es una mezcla extraña entre el miedo y el


deseo que me recorre. Dudo, quizás no ha sino un trueno, ¿ha sido mi

cuerpo? Podría ser porque lo noto llevo de esa electricidad que eriza cada
vello de él.

—¿Siguen asustándote los truenos? —pregunta con voz suave. A


pesar del fuerte rugido del viento, de la lluvia que azota con rudeza, puedo

oírlo. Aunque susurre. Puedo oírlo.


—Mucho —murmuro a su vez.

—Va a pasar pronto, Sum —pero otro resuena y me aprieto más


contra su pecho.

—Parece que va para largo —me alejo para mirarlo a los ojos—.
¿Qué vas a hacer para ayudarme a olvidarme de todo, Liam?
Su mirada parece confusa, pero en cuanto se da cuenta de lo que

insinúo sus pupilas se agrandan hasta tragarse todo el color de sus azules
iris.
—Summer, si vuelvo a besarte… no voy a poder parar —confiesa.

Parece que quiere asegurarse de que deseo esto, de que no es tan solo
porque piense que estamos a punto de morir.

—No quiero que pares —revelo acercando mis labios a los suyos.
Y el beso es de nuevo increíble, hace que mi estómago se retuerza

entre aleteos y deseo. No puedo dejar de acariciar su espalda, más fuerte,


más ancha, más… todo. Se ha convertido en un hombre que es la versión
mejorada del joven del que me enamoré.

Sus manos acarician con suavidad cada curva de mi cuerpo, y yo no


puedo dejar de estremecerme, de desearle, de detener ese calor que crece en

mi estómago y que está a punto de prenderme fuego. De prender fuego a


todo.

Me levanta sin esfuerzo y mis piernas rodean su cintura de forma


natural. La pared, rugosa y fría, no me molesta, aunque araña mi espalda

desnuda. La camiseta se ha subido bajo la áspera piel de sus dedos que no


dejan de rozar cada centímetro de mi cuerpo y eso hace que pierda la razón,

que deje de pensar y solo sienta. Que lo sienta a él.


Sus dedos se cuelan bajo la tela rígida de mi sujetador y ahogo un

jadeo profundo que se traga sin pensarlo. Como si quisiera todo de mí.
Manos, susurros, besos, caricias… somos un revuelto de dos cuerpos que
tratan de buscar la forma de enredarse más, de dejar de ser dos para
convertirse en uno solo.

—Summer, ¿estás segura? —interroga.


—Desde la primera vez que te vi, Liam Hunt —afirmo.

Se gira conmigo en brazos y me deja sobre un tablero que hay al otro


extremo. Me quita la camiseta sin dejar de mirarme a los ojos y yo hago lo

mismo cuando le quito la suya. Dejo que mis dedos acaricien su torso
perfecto. Que se recreen en cada músculo. Puedo ver su deseo crecer a la

misma velocidad que lo hace el mío. Tomo su cinturón y lo desabrocho.


Gime cuando mis dedos juegan bajo la goma de su ropa interior. Noto la

humedad que rebosa por el borde, igual que su sexo que me espera listo
para hacerme suya.

Lo acerco a mí y abro mis piernas para acogerlo. Llevar falda le


facilita la tarea y cuando sus manos se cuelan por debajo y tiran de mis

bragas me agarro con fuerza al tablero. La expectación por lo que vendrá


me tiene jadeando, sin aire.
Y cuando se acerca a mí, ya no me queda paciencia para seguir con

este juego. Necesito tenerlo dentro de mí. Ya. Lo atraigo hasta que siento su
sexo rozar el mío. La humedad entre los dos hace que el roce sea suave, que

se sienta increíble.
—Tomo anticonceptivos —jadeo.
—Estoy limpio —afirma.

Y lo agarro de la cintura y lo ayudo a entrar. Y cuando me penetra me


siento llena como nunca. Su gruñido me dice que para él ha sido igual de

bueno. Posa su frente sobre la mía y me mira fijamente, no puedo dejar de


mirarlo mientras se mueve en interior, entra y sale despacio, sin prisa, tan

solo disfrutando de este momento que me está haciendo enloquecer.


—Sum —pronuncia mi nombre perdido en el mismo velo espeso de
deseo.

—Liam, no pares, no pares, por favor.


—Sum, ¿has venido para quedarte? —pregunta.

—He venido a por ti —confieso—. He venido a recuperar lo más


importante que he tenido nunca.

Y mis palabras lo encienden y su boca se hace exigente y me besa con


una desesperación que conozco muy bien. Sus embestidas se hacen

profundas y rápidas a la vez que mis piernas se enroscan con más fuerza en
su cintura. Y jadeo sin pensar, tan solo dejándome llevar por la maravillosa

sensación de tener a Liam Hunt dentro de mí.


Cuando el orgasmo me atraviesa, de mi boca solo sale su nombre

porque siempre ha sido él. Siempre ha sido Liam Hunt.


36 Al fin del mundo
Liam

Han sido dos largos e intensos días en los que no hemos dormido apenas.

Mentiría si dijera que ha sido solo culpa del ciclón, lo cierto es que nos
hemos puesto al día de muchas cosas, sobre todo del sexo.

Al salir he mirado por encima los desastres que ha dejado la gran


tormenta a su paso, parece que las maderas de la puerta aguantaron bastante

bien, pero la cocina tiene destrozos importantes. Algo que no me importa


porque ahora está ella.

Ella. En la cocina. Con mi camiseta. Es una de las cosas que podría


mirar durante toda vida. No puedo dejar de observarla apoyado en el quicio

de la puerta. El huracán ha destrozado todo fuera de estas cuatro paredes,

sin embargo, ha vuelto a unirnos.

El pecho me late con energía y el recuerdo de ella entre mis brazos,

una vez más, aprieta mi pantalón. Ahora mismo le haría el amor de nuevo.
Y, me doy cuenta de algo, ¿por qué no? ¿Volvemos a estar juntos, verdad?

—¿Vas a venir a desayunar o vas a seguir mirándome?

—Voy a desayunarte —suelto acercándome a ella que se gira hacia mí

y puedo ver en su cara todo lo que pasa por su cabeza: emoción, felicidad,
esperanza…
Sin pensarlo, la beso. La tomo por la cintura y la dejo sobre la robusta

mesa de madera. Mis manos vuelven a recorrer sus curvas, despacio,

necesitan disfrutar la sensación de nuevo, esa sensación que casi habían

olvidado y que ahora recuerdan cuanto les gustaba.

Quiero grabar todo a fuego, creo que el miedo a que me deje de nuevo
no se va a ir nunca. Aunque esta vez no me quedaría sin hacer nada, esta

vez la iría a buscar… al fin del mundo.


Summer

La tormenta ha pasado, dejando tras de sí un cielo tan azul y despejado que


parece mentira que horas antes hubiésemos estado a punto de perderlo todo.

Ahora el sol brilla con tanta fuerza que parece cosa de magia.
Igual que sentir la mano de Liam entre la mía mientras caminamos

hacia los establos a hacer control de daños. Su tacto rugoso siempre me


calmaba y ahora mismo estoy temblando por su tacto. Es tan increíble que

volvamos a estar juntos como que el tiempo haya dado un cambio tan
radical.

—¿Crees que podremos hacerlo funcionar esta vez? —pregunto sin


poder disimular la incertidumbre que me corroe por dentro.

—Estoy seguro, Summer, porque esta vez no dejaré que nada, ni

nadie —puntualiza—, nos separe.

Asiento algo más tranquila, aunque supongo que la sensación de que

lo nuestro es frágil como el cristal nunca se irá del todo.


—Pasé mucho miedo por los caballos, Liam, me gustaría

examinarlos lo antes posible.

—Estoy de acuerdo, después de ver que todo esté bien, bajaremos al

pueblo a ver cómo están todos los demás.


—Al menos el rancho no ha sufrido mucho…
—Habrá que arreglar todas las cercas, han quedado reventadas, pero

no tenemos que lamentar ninguna pérdida grave —susurra.

—Ninguna, me pregunto cómo estará el resto del pueblo.

—Hecho un desastre, nos quedan días de mucho trabajo.

—Creo que este ha sido el peor huracán que he vivido nunca —


confieso.

—Yo no.

—¿Tú no? —interrogo con curiosidad. Aunque he estado años fuera

lo habría sabido.

—No, yo fui devastado por un huracán que me dejó mucho peor, un


huracán llamado Summer Lee —me recuerda y eso hace que se me encoja

el estómago y mi corazón se haga un poco más pequeño.

—Liam…

—No lo he dicho que para que te sientas mal, Sum, solo para que

sepas que si sobreviví a lo que sucedió puedo hacer frente a cualquier cosa

porque no hay nada que no pueda sobrellevar.

Me alzo de puntillas y lo beso, quiero que sepa cuánto lo quiero, que


sepa todo lo que sentía por él, lo que aún siento.

—Me gustaría tanto que supieras todo lo que pasa por mi cabeza,

por mi corazón —suspiro al terminar el beso.


—Supongo que ahora tendremos todo el tiempo del mundo para que

me lo cuentes —afirma con una sonrisa que le llena la mirada y que hace

que pueda respirar con más tranquilidad.

Liam

El sol se alza en el horizonte, disipando las últimas sombras de la noche,

arrastrando tras de sí los recuerdos de lo vivido. Las calles de Magnolia

Springs están llenas de actividad, los vecinos, esos que son como familia,

están trabajando codo con codo para reconstruir lo que la tormenta ha

destruido. La imagen hace que piense en mí mismo cuando Summer

desapareció.

Desde la puerta de la iglesia en la que he confirmado que todos

están bien, observo cómo se unen para levantar lo que ha caído. Hay algo

heroico en la solidaridad, algo que me recuerda que juntos somos más

poderoso, algo que me recuerda que junto a Summer soy más fuerte que
cualquier tormenta con la que la vida nos pueda sorprender.

—¿Lista para ponernos manos a la obra? —pregunto cuando

aparece a mi lado.

—Claro que sí, vaquero —afirma con determinación y siento que

ahora está más relajada a mi lado, tal vez si que podamos olvidar del todo el
dolor del pasado.

Nos separamos para ayudar a los demás, nos dividimos en grupos

por el centro del pueblo donde hay un par de puestos de ayuda y


suministros. El aire zumba de actividad en mis oídos mientras trabajamos

sin descanso durante horas: levantando escombros, reparando techos o

limpiando las calles.

A medida que avanza el día las fuerzas decaen. Trabajamos en una

de las muchas casas afectadas por el ciclón. Cada martillazo que damos,

cada escombro que sacamos, me hace pensar en que son pequeños actos que

gritan nuestra resistencia contra la devastación que la tormenta ha dejado a

su paso. De nuevo algo con lo que me identifico. Busco a Summer con la

mirada y veo que me está observando, no entiendo como ella puede ser ese

huracán que arrasó con todo y a la vez el sol que me ayuda a reconstruir

todo mi interior.

—Mira eso —murmura acercándose a mí—. Es increíble ver cómo

todos se unen para ayudar a los demás, como todos se han unido dejando de

lado rencillas o malos entendidos.

—Lo es. Dejan de lado todo para remar en la misma dirección —

respondo a la vez que asiento con una sonrisa sincera, porque siento una

gran oleada de gratitud por todos los que me rodean—. Es como si la fuerza
de cada uno se multiplicara por cien cuando trabajamos juntos.
—Es algo… emocionante ver a la gente unirse en tiempo de crisis,

me recuerda que juntos somos capaces de vencer cualquier adversidad —

susurra de nuevo. Asiento y dejo que mi vista vague por todo el centro del

pueblo—. Me reconforta saber que no te dejaron solo cuando me fui, que

cuidaron de ti —confiesa.

—Lo hicieron, Summer, lo hicieron —confieso.

—Ya no volveré a dejarte. Nunca más, Liam. Solo quiero que lo

sepas… —confiesa con voz temblorosa antes de alejarse para continuar con

su tarea.

No puedo quitarle la vista de encima, tengo una mezcla de


emociones dentro de mí que no sé cómo gestionar. Supongo que tendré que

aprender con el tiempo.

—Al menos ahora no estaré solo —susurro.

De repente, una mano se posa con suavidad en mi hombro,

sobresaltándome. Giro la cabeza y me encuentro con los ojos serios e

inexpresivos del general Lee, el padre de Summer.

No me importa lo que diga, estoy preparado para plantarle cara.

Nada de lo que diga podrá separarme de ella nunca más y se lo voy a dejar

claro.

—No voy a dejarla, ni a permitir que me deje —advierto con

frialdad antes de que él diga nada. Quiero que quede clara mi postura.
—Lo sé, niño, lo sé —suspira con voz agotada—. No volveré a

entrometerme, ni a imponer mi voluntad —afirma. Y su expresión es

sincera.

Lo miro con sorpresa, preguntándome qué le habrá hecho cambiar

de opinión. Parece que adivina mis pensamientos ya que responde a ellos.

—Cuando el ciclón amenazaba con borrar del mapa a este pequeño

pueblo, ella solo pensaba en tus caballos, en tu granja, en ti… Me ha

quedado claro que no hay nada en el mundo que pueda hacer para

separaros, así que no malgastaré más energías en ello —explica dejándome

atónito—. Me hago mayor —añade, tal vez para justificar su rendición—.

Creo que deberías leer esto, es lo único que me he molestado en salvar de

mi casa, ella no sabe que conocia su existencia —declara a la vez que me

tiende un pequeño diario de tonos purpuras con brillantina que imita al

espacio.

Lo tomo entre mis manos y lo observo unos segundos, confuso,

después levanto de nuevo la vista y lo veo alejarse.

—Señor Lee —lo llamo, detiene su paso cansado y me mira—. ¿Por

qué? —pregunto, es un hombre inteligente, sé que no necesita más para


entenderme.

—Porque no me gustabas para ella, chico —confiesa.

—¿Por qué?
—Porque eras mayor, ella solo una niña —confiesa antes de alejarse

y, en cierto modo, puedo entender su punto de vista. En cierto modo…

Abro el diario tras pensarlo mucho, en realidad no tengo permiso de

ella, y me siento como si vulnerara su intimidad, pero la curiosidad es

difícil de resistir y al fin y al cabo solo soy un mortal más.

Abro y veo la primera página. La emoción se agarra a mi garganta

con tanta fuerza que siento que me ahogo.

14 de Marzo de 2014

Hoy he decidido empezar un diario. Supongo que tendría que empezar

escribiendo algo como «Querido diario», pero no. Yo no voy a poner


querido diario porque lo que quiero poner es «Querido Liam Hunt».

Querido Liam Hunt:


Hoy he vuelto a verte. No sé por qué haces que mi corazón lata a toda prisa,

eres… mayor. Pero me pasa. Me sudan las manos, se me encoge el


estómago y mi corazón late a una velocidad que me asusta. Tanto que tengo

miedo a que me dé un infarto: eso me haces, aunque no lo sepas.

Eso me saca una sonrisa y quedo atrapado en sus páginas que voy pasando

al azar.
Leo la primera vez que nos besamos, los fuegos artificiales, la primer vez
que hicimos el amor… Cuando llego a la última no me hace falta leer para

sentir la desesperación y el dolor que hay grabados en ese trozo de hoja


amarillenta. La tinta emborronada, las marcas de sus lágrimas, la letra

temblorosa… hacen que me dé cuenta de cuánto le dolió a ella también.


Mis manos temblaban mientras siento la angustia que hay en esas páginas.

31 de Agosto 2016

Esta puede ser la última vez que escriba… voy a dejar a Liam. Mi padre me
ha obligado. Me ha amenazado con… con hacerle daño si sigo con él.

Hacerle daño. Daño de verdad… y eso me ha hecho entrar en pánico porque


puedo soportar cualquier castigo menos que le haga daño a él. Mi madre,

como siempre, no ha dicho mucho, siempre parece estar de su lado. Tan


solo ha murmurado que no me merece. Que tan solo quiere a alguien que lo

espere en casa mientras está de servicio…


He intentado pelear, he llorado y dejado claro que lo quiero, pero les ha

dado igual. Y… no he sido valiente. Soy una cobarde que no es capaz de


enfrentarse a sus padres. Me marcho, me voy lejos. Y puede que jamás

vuelva a ver a Liam… Eso me destroza y sé que ya no volveré a ser la


misma. Me marcho con la rabia y la pena de no poder ni despedirme. Me ha
prohibido que me despida, que tenga algún contacto con él, con nadie en el
pueblo… Ha destrozado mi móvil y cerrado mis redes sociales… Y no he

sido capaz de escaparme para buscarlo… no he sido capaz. Odio a mi


padre. Con todo mi corazón. Lo odio porque me está obligando a renunciar

a lo más importante de mi vida. Y me odio a mí misma por no tener el valor


de enfrentarme a él, por dejar que sus amenazas me hayan paralizado…

Pero no volveré, quiere que deje todo esto atrás, pues no volveré a
Magnolia Springs. Lo perderé a él, pero ellos han perdido a su única hija.

Lo juro.

Tras lo que me parece una eternidad cierro el diario y levanto la


mirada para buscarla. Sus ojos están llenos de emoción, sin duda sabe lo

que tengo entre las manos.


Me acerco a ella y la abrazo con fuerza, con la misma intensidad que ahora

mismo me llena por dentro.


—Summer, lo siento, no tenía ni idea de lo duro que fue para ti
también. De lo mucho que has debido sufrir —susurro contra su pelo. Sus

manos rodean mi cintura y la escucho sollozar—. No puedo ni imaginar lo


difícil que tuvo que ser para ti, no eras más que una niña…

—Lo siento —susurra apenas sin voz—. Siento haberte dejado sin
más, por haberte causado tanto dolor, por no ser más fuerte que ellos.
Trago saliva, luchando contra las lágrimas que amenazan con caer.

—Estamos aquí ahora, juntos, eso es todo lo que importa —confieso


abrazándola aún con más fuerza.

Y respiro aliviado por fin, todo el miedo y la incertidumbre se han


disipado, ahora sé que ella fue culpable de nada más que de enamorarse de

mí. Y aquí, en mitad de la devastación y del caos, he encontrado la


redención que necesitaba y sé que el vínculo que hemos forjado, el amor
que sentimos el uno por el otro, no se romperá nunca más.
37 Mails, mails, mails…
Summer

Parece que todo va bien entre nosotros, ya no tengo la constante sensación

de que todo lo nuestro es tan frágil que puede romperse con cualquier
palabra mal dicha o cualquier gesto brusco.

Enciendo el ordenador para revisar los mails, lo cierto es que desde el


huracán y todo lo que vino después no lo he abierto. Por eso me sorprende

ver tantos mails acumulados sin leer, pero más me intriga ver que son todos
del mismo destinatario: son de Liam.

El corazón me late a mil, no deja de sucederme desde que lo conocí, y


veo que están reenviados y que la fecha original es de hace tiempo. Me voy

al último que es el primero y cierro los ojos cuando veo la fecha; la de unos

días después de que me marchara.

Fecha: 4 DE SEPTIEMBRE 2016

Asunto: Sin ti
Summer, sigo sin entender por qué te has ido sin decir una palabra. Voy a

enloquecer. No logro dar contigo por ningún medio. Tus padres se niegan a

decirme si estás bien… Y siento que me voy a volver loco, Summer, ¿dónde

demonios estás? Solo… solo te pido que me digas si estás bien, solo eso.
Por favor… devuélveme este mail…
Fecha: 2 DE OCTUBRE 2016

Asunto: Tantas preguntas

Feliz cumpleaños, Summer. Anoche dormí en el calabozo, tu padre

llamó al sheriff para que me alejara de tu casa. Sé que no debía de haber

vuelto otra vez, menos con unas cervezas de más, pero es que no sé dónde
coño estás… ¿Por qué no me dicen si estás bien? ¿Solo eso? ¿Qué he hecho

para que te fueras así? ¿Por qué no me dices nada? ¿Por qué cojones tu

teléfono no existe? ¿Por qué has borrado cualquier forma de contacto?

Todos los putos mails me vienen devueltos… Te odio, Summer, te odio por

dejarme con tantas preguntas sin respuesta que me corroen por dentro.
Fecha: 2 FEBRERO 2017

Asunto: Te echo de menos

Me va bien en el mundo militar, me gusta, me siento bien ayudando a los

que puedo, sirviendo a mi país. La disciplina militar es lo único que me

ayuda a mantener la cordura… Debería de dejar de escribir mails que nunca

vas a leer, pero… es lo único que me queda de ti. Echo de menos tu sonrisa,

tu vitalidad, esa mirada de asombro que pones cuando no sabes algo, el


rubor de tus mejillas cuando te beso, la suavidad de tu cuerpo bajo mis

manos… Y no puedo dejar de preguntarme si alguna vez te volveré a ver, si

algún día, al abrir el mail, encontraré uno tuyo…

Fecha: 2 FEBRERO 2018


Asunto: Necesito que sepas…

He regresado a Magnolia Springs. Los rumores dicen que te va bien,

que eres una abogada de éxito, o que lo serás… Yo no estoy bien, Sum, no

lo estoy. He tenido que dejar a un lado mi carrera militar. Mi madre… mi

madre está enferma, Sum, y no nos dan muchas esperanzas. Ya sabes, la

gran C. Ha sido un duro golpe, mi padre está destrozado. Yo también y


además de todo, tengo que lidiar con el dolor de los recuerdos, me han

golpeado con tal fuerza que me quedo sin aliento cada dos por tres...

Echo de menos tantas cosas…, pero sobre todo a ti. Echo de menos

tus brazos a mi alrededor, tu consuelo, tus palabras de ánimo… Echo de

menos tenerte a mi lado para sobrellevar esto, Sum. Sigo jodidamente

enamorado de ti, no ha habido otra, Sum, dejaste el listón muy alto,

demasiado…Y ahora estoy solo ante la batalla más dura que enfrentaré en

mi vida y tu ausencia duele más.

Fecha: 28 MAYO 2020

Asunto: Un café
Hacía mucho que no te escribía, Summer, he estado muy triste. Mi madre

nos dejó cuando la última hoja del otoño cayó, mi padre no volverá a ser el

mismo nunca más. No le culpo, supongo que lo de estar jodidamente

enamorado de una mujer es de familia. Hemos empezado un nuevo

proyecto en el rancho, es lo único que nos da un respiro. Era un sueño que


tenía mi madre y hemos arriesgado todo por hacerlo realidad. Sé que desde

allí arriba nos ve y nos anima.

Hoy he pasado por el Café de Helen y he recordado que te gusta el


café con doble de crema y azúcar. Y que el azúcar siempre quedaba en el

fondo del vaso porque nunca lo removías. He visto a Cassie, también te

echa de menos, no necesitamos muchas palabras entre nosotros, los dos

sentimos tu ausencia. Se dice que tal vez te cases… Espero que te trate

bien, al menos me quedó claro que no te sucedió nada malo, tan solo que

me dejaste por algo mejor, un futuro más brillante en el que no había

espacio para mí.

Esta va a ser el último mail que escriba. Adiós, Summer, te deseo todo

lo mejor.

Por siempre jodidamente enamorado de ti.

La emoción me aprieta la garganta y no puedo pensar en nada más

que en dar con él. Salgo a correr y lo busco con la mirada, está en el

cercado viendo a Nieve trotar. Y no me detengo, corro hasta que llego a él

que suelta la cuerda que sujeta a Nieve por la sorpresa para cogerme. Salto

y me aferro a él con la misma fuerza que tienen mis sentimientos por él.

—Supongo que has leído algún email… —susurra con su mano en mi


cabello, apretándome contra su pecho.
—Algunos —confieso mirándolo a los ojos. Él sonríe y limpia una de

las lágrimas que resbalan por mis mejillas.

—No quería que los leyeras para esto —susurra—, solo me parecía

justo ya que leí tu diario.

—Lo siento tanto… —digo en voz baja a la vez que oculto mi cara en

su cuello para que no vea llorar.

—No importa, nena, ya no importa.

—¿De verdad?

—De verdad, se me olvidó todo cuando volví a verte.

—Mentiroso —susurro.
—Es la verdad, solo que no quería reconocerlo —confiesa.

Y lo beso porque no puedo hacer otra cosa que estar jodidamente

enamorada de Liam Hunt el resto de mi vida. Puede, incluso, que por un

poco más.
38 ¿Algo azul?

Desde la ventana del dormitorio veo como el sol empieza a ponerse,


pintando el cielo de tonos rosados y rojizos apagados. Todos en Magnolia

Springs están reunidos en la Iglesia recuperada ya de los efectos del ciclón.


Los detalles y retoques de última hora son lo que me retiene aquí y no

de camino al altar. Tengo el corazón acelerado, no dejo de pensar si alguien


se habrá encargado de revisar los adornos florales y comprobar que todo el

mundo sabrá donde sentarse gracias a las etiquetas que había pedido que
pusieran en las mesas.

Aunque hubiéramos querido, nadie podía faltar a la boda, menos


celebrándose después del temido huracán que nos dio un buen susto. Al

menos todos se han animado a colaborar en el banquete aportando algo. No

quiero ni imaginar lo que hubiera sido cargar con el coste de semejante

banquete.

Los ojos de Cassie expresan tanto sin palabras que se me coge un


pellizco en el pecho por la emoción.

—¡No puedo creer que finalmente esté sucediendo! —exclama

derramando emoción.

—¿La verdad? Yo tampoco —confieso con una gran sonrisa—.


Vamos a recapitular: ¿algo prestado?
—Hecho.

—¿Algo azul?

—Hecho.

—¿Algo nuevo?

—Hecho —dice señalando la ropa interior.


—¿Te refieres a las bragas, no? Porque lo otro estrenar, lo que se dice

estrenarlo…

—Claro que a la ropa interior —afirma dejando escapar esa risa que

me recuerda campanillas agitadas por la brisa.

—Estoy tan feliz —susurro con el nudo en la garganta cada vez más
apretado.

—Yo también, hace tan solo unos meses no podía ni imaginar que

estarías de regreso y que podríamos compartir este día juntas, tal y como

soñamos de pequeñas.

—Lo sé, parece mentira, sin embargo, va a suceder. ¿Vamos?

—Vamos.

Cuando llegamos a la iglesia trago con fuerza las lágrimas que


empujan por salir, insistentes. Todos los que quiero están reunidos aquí,

bajo el mismo techo que no es suficiente para acogerlos a todos. Muchos se

arremolinan a la entrada y cada paso que damos me emociona más.


El crujido del vestido al andar me distrae, es precioso, de encaje,

elegante y hermoso. Al final del pasillo veo a Liam, esperándome, su cara

al verme no tiene precio. Está guapísimo y por cómo me mira tengo claro

que esta noche va a haber fuegos artificiales no solo en el cielo, también

tras mis parpados.

—¿Lista? —pregunto a Cassie.


—Si te dijera que no, ¿qué sucedería?

—Si quieres huir, me apunto —bromeo con ella—. Estás preciosa,

Cassie, y Matt te espera al fondo con una carita… que temo que se eche a

llorar.

—Estoy tan nerviosa…

—En cuanto tomes el brazo de tu padre se te pasará. Voy detrás,

cubriendo tu espalda —la animo.

Toma una gran bocanada de aire, lo suelta y le doy un beso en la

húmeda mejilla.

—Vamos, Cassie, al final te espera el chico del que siempre estuviste


enamorada.

—A ti también —me recuerda. Y es cierto, a mí también. Está junto

al novio y bien podría serlo él. Lleva un traje negro muy elegante, con

camisa blanca y corbata oscura. Su sombrero, no podía faltar, también es


negro y me parece el hombre más sexy del mundo. Qué digo del mundo,

del universo.

—No tenías que haber alquilado palomas, Cassie, ahora mismo abro
la boca y te lleno todo esto de mariposas —confieso. Y ella ríe y me

contagia su risa, porque su felicidad hace horas que la siento como mía.

El padre de Cassie la toma de la mano, siempre ha sido un hombre

serio, aunque muy cariñoso, y la emoción se le nota en la mirada cuando

ofrece el brazo a su hija.

Camino tras ellos, junto a las demás damas de honor. Ella es el centro

indiscutible de atención, tal y como debe ser y cuando Matt la recibe y besa

su mano temblorosa mi cuerpo se estremece a su vez.

Liam me mira sin pestañear y ahora mismo iría a su lado, tomaría su

mano y le dejaría claro que no la voy a soltar jamás. Nunca más. Cometí ese

error una vez y no volveré a tropezar en la misma piedra.

El calor sube por mi estómago solo de pensar que ese maravilloso

hombre es mío. Que lo va a ser siempre, o eso espero. Y si sucediera que

nos separara sin poder evitarlo, tengo claro que será el hombre al que amaré

el resto de mis días. El hombre al que amé, amo y amaré como a ningún

otro podría. Porque él es Liam Hunt.

Liam
Intento no llorar, ¡maldita sea! Soy un hombre, pero la emoción empieza a

ser incontenible. Ver a Matt echándole el lazo a la chica a la que ama trae

consigo una sensación de nostalgia y anhelo que no deja de preguntar qué

habría sido de nosotros si las cosas hubieran sido diferentes. Qué sucedería

si la que acaba de llegar vestida de blanco fuera Summer en vez de Cassie.

No lo sé, tal vez si no se hubiera ido nuestra historia no habría tenido

un final feliz. Lo que tengo claro es que quiero esto para nosotros, quiero

esperarla al final del pasillo, verla llegar emocionada, tomar su mano y

besarla hasta dejarla sin sentido cuando nos declaren marido y mujer.

Aprieto la cajita que llevo siempre conmigo en el bolsillo, a la espera


de la oportunidad perfecta. Matt es un tipo con suerte, y yo quiero esa

misma suerte para mí. Pestañeo y la observo mientras contempla a su

amiga, y lo sé en ese instante. Soy un tipo con suerte, incluso si no es ella

caminando hacia mí en el altar, la tengo a mi lado, lista para enfrentar

cualquier desafío que nos depare la vida. Agradezco al de allí arriba, que

ahora nos tiene que estar mirando con atención, el amor, la amistad y la

segunda oportunidad que me ha regalado.

*****

—Hola, vaquero —me saluda agarrando mi mano. Parece que hace una

eternidad que no la veo, que no la toco… Ha estado muy ocupada

ejerciendo de dama de honor.


—Hola, nena. Te echaba de menos.

—Y yo a ti. Estoy destrozada. No sé cómo llegará Cassie a casa esta

noche, pero estoy convencida de que si no me llevas tú, no llego.

—¿Ha sido duro?

—Lo ha sido, todo ha pasado tan rápido…

—Tenían prisa.

—Sí, el paso del ciclón nos ha hecho a todos pensar.

—Ah, ¿sí?

—Sí —afirma con su bonita sonrisa. Está preciosa y me cuesta

mantener mis manos alejadas de ella.

—¿Y en qué has pensado?

—En que la vida puede cambiar en un solo instante —suspira.

—Es algo que no voy a discutir. ¿Bailamos?

Acepta y me tiende la mano. La pista de baile está muy concurrida, la

canción termina y comienza otra. Sonrío, parece que el que pone la música

tiene magia porque siempre pone canciones que no dejan de recordar lo

nuestro.

—Hace siete veranos —tarareo.


—Tantas canciones…. Y tiene que elegir esta —refunfuña en broma.

—Ya no me afecta su letra, porque ahora sé que viviremos un verano

eterno.
Epílogo

—¡Rain se ha puesto de parto! —grita Liam.


—¿Ella también? —exclamo sin dar crédito—. Avisa a Trevor por si

acaso.
—¿A Trevor?

—¡¿Conoces a otro veterinario?! —pregunto molesta.


—Vale, vale…

—Lo siento, estoy asistiendo a dos de las yeguas a la vez, y las otras
parece que están a punto de reventar también, Liam. ¡Estoy desbordada!

—Vale, lo llamaré. Y, Sum, todo va a salir bien.


—¿Todo va a salir bien? Eso espero…

—Serás una abuela joven y preciosa —se burla.

—Voy a ser una abuela destrozado por el estrés… —replico.

Por suerte todo ha salido bien. Han sido horas intensas, he podido hacerm¿e

una idea de lo que sufrirán en los hospitales cuando se ponen todas las
mujeres de parto a la vez.

— No esperaba algo así —confieso sentada en la cerca.

Liam está a mi lado, los dos miramos embobados a los potrillos. El

pequeño Akhal es tan hermoso y valioso como una gran esmeralda.


—¿Algo así?
—Sí, que todas se pusieran de parto. Una tras otra…

—¿Es contagioso? —pregunta medio en broma.

—Espero que no, o el siguiente vas a ser tú —continúo la broma.

—Me encantaría —dice, sin embargo.

—¿Te encantaría?
—Sí, aunque primero tendría que convertirte en una mujer decente.

Se ha bajado de la cerca y está entre mis piernas, de pie. Su

sombrero oculta un poco su rostro, igual que sucede con el mío. Se lo hecha

hacia atrás y su mirada ser torna seria.

—¿Una mujer decente? —pregunto con el estómago inquieto.


—Ahora mismo vivimos en pecado. El padre Smith no deja de

tirarme de las orejas cada vez que me ve.

—¿Así que vivimos en pecado?

—Y, al parecer, pecamos mucho.

—¿Y cómo vas a ponerle remedio?

—Así —susurra a la vez que coloca un precioso anillo en mi dedo.

—Creo —digo tratando de no atragantarme con la emoción—, que


es una buena manera.

—¿Te gusta?

—¿Pecar de manera honrada? Solo si es contigo, Liam Hunt.


Fin
Agradecimientos:

Quiero agradeceros a todas las que seguís leyéndome tras tantas


historias. Sin vosotras nada de esto sería posible. Siempre os doy las

gracias, en cada historia, y aun así nunca me parece suficiente. Os quiero,


familia literaria.

A mi familia, como siempre, por estar ahí aguantando las horas


eternas que mamá pasa en el despacho, los fines de semana que he

sacrificado a veces por terminar una historia.


A mi querida Paola C. Álvarez, por su apoyo incondicional. Te

quiero, amiga.
A mi querida García de Saura, por su amistad, sus risas y esas tardes

interminables de buena charla.

A todos, gracias.

[1]
Anemia Infecciosa Equina (AIE) La AIE es una enfermedad viral que afecta a los

equinos y puede causar anemia severa. Se transmite a través de la sangre,

generalmente por picaduras de insectos o intercambio de fluidos corporales


contaminados. Los síntomas pueden incluir letargo, pérdida de apetito,

debilidad y fiebre. En casos graves, la AIE puede ser fatal.

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