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Ella

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ELLA EN EL BLOC

Tras la comida del mediodía, ella está enferma y reposa en la cama. En la pared,

el reloj se detiene y todo es silencio. La quietud resulta su único entretenimiento.

Así, las horas pierden el sentido, como si no se sucediesen unas sobre otras,

sino que se agolparan, levantando recuerdos y esperanzas en común, que ya

son polvo y arena. Me siento frente al escritorio de mi viejo cuarto. A

continuación, intento retratar su estado actual en un bloc de dibujo. Empiezo con

firmeza, pero, de repente, las líneas se desdibujan por sí solas y no tardo en

desistir. Ya de noche, duerme. De pie, en el quicio de la puerta, siento su

profunda respiración como algo atemporal, que proviene de más allá de nuestra

propia infancia, acercándose al vacío. A través de la ventana del salón, puedo

observar la calle totalmente iluminada y la nieve fundiéndose en las ramas de los

árboles. Creo que es abril, pero el invierno no cesa. De repente, alguien llama a

la puerta. Esa presencia es igual de perturbadora que deseada. Por una parte,

siento miedo y, por otra, alivio. Pues, al final, su enfermedad no es sólo mía, sino

compartida. Me acerco hasta la puerta sintiendo el corazón dejar de latir. Giro el

pomo de la puerta y abro, es ella. Entra y cierro la puerta. Me mira como si no

me conociera, acerca una silla de madera junto al quicio de la puerta y se sienta,

observándose a sí misma. Después, se levanta y se acuesta a su lado. Como es

natural, no tardo en cerrar la puerta de la habitación. A la mañana siguiente, abro.

Para mi propia sorpresa, ella no está. Me vuelvo a sentar en el escritorio y retomo

el retrato de ayer, confundido sobre quién es ella. Aun así, antes del mediodía,

está acabado. Ella ahora sí es ella. Capaz de oscurecer todo con su presencia,

empezando por mí, hasta convertirlo en pura fantasía. A veces, tan cerca de mí
como la tinta del tiempo. Otras, tan lejos como el silencio del metal. Pero,

siempre, aunque yo fuera su fantasma en la oscuridad del día a día, ella. Vuelvo

a sentarme en la silla y contemplo la cama vacía, sin atreverme a traspasar el

umbral. Poco a poco, su imagen enferma se compone sobre las sábanas, está

más pálida que antes, pero es mucho más real. Se gira hacía mí y parece querer

decirme algo, quizá recuerdos y esperanzas en común, pero no lo logra. Poco

después, cierro la puerta del cuarto, pongo la silla en su sitio y abro la ventana.

Vuelvo a sentarme en el escritorio y contemplo el dibujo, ella ahora no es ella,

sino yo.

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