HUESPEDES
HUESPEDES
PERSONAJES
SEDOSA - Rosa
SEDOSO – Juan Carlos
ADAMANTINO - Sergio
SEÑORA MATE - Eva
COMANDANTE GRASO - Emilio
SEÑORITA NACARADA - Amaya
SEÑORA RESINOSA - Cristina
SARGENTO PERLINO - Roberto
VOZ DE LA RADIO.- ...y según La Policía Local, el crimen se cometió en el número veinticuatro de La
calle Piedra de la Luna, Ciudad.
La víctima del asesinato era una tal Señora Blanca Espinela. En relación con el asesinato, la
policía está muy interesada en interrogar a un hombre que fue visto por los alrededores y que
llevaba abrigo y bufanda de color claro y un sombrero de fieltro.
(SEDOSA entra. Deja el bolso y los guantes y el sombrero. Deja un paquetito en algún lugar por
determinar.)
Advertimos a los automovilistas que el hielo cubre el firme de las carreteras. Se prevé que
seguirá nevando copiosamente y habrá heladas por todo el país
(Entra SEDOSO, viene de fuera, se quita la nieve del encima y se quita el abrigo y la bufanda y el
gorro)
SEDOSO.- (Llamando.) ¡SEDI! ¡SEDI! ¡SEDI! ¡Ah, estás aquí! (Besándola.) Hola, querida. ¿Sabes que
tienes la nariz fría?
SEDOSO.- ¿Adónde has ido? No irás a decirme que has salido con ese tiempecito que hace.
SEDOSA.- Tuve que bajar al pueblo por algo que se me había olvidado. ¿Encontraste la red para el
gallinero?
SEDOSO.- No había del tipo que buscaba. Fui a ver en otro lugar, pero tampoco hubo suerte. Estoy casi
helado. ¡Hay que ver cómo nieva!
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SEDOSA.- (Yendo hasta el sofá y sentándose.) SEDO,¡Me gustaría tanto que todo comenzase bien!
Las primeras impresiones son tan importantes...
SEDOSO.- (Acercándose al sofá.) ¿Está todo preparado? Supongo que aún no habrá llegado nadie,
¿verdad?
SEDOSO.- ¿Tienes miedo? ¿Te sabe mal no haber vendido la casa cuando tu tía te la dejó, en vez de
embarcarnos en esta locura de convertirla en casa de huéspedes?
SEDOSA.- Traerán equipaje. Si no nos pagan, nos quedaremos con el equipaje. Es muy sencillo.
SEDOSO.- Puede que alguno de los huéspedes sea un delincuente que quiera ocultarse de la policía.
SEDOSO.- Eres una maravillosa mujer de negocios, SEDI. (SEDOSO sale. SEDOSA pone la radio.)
ADAMANTINO.- Muchas gracias. (ADAMANTINO lleva una maleta. Se trata de un joven de aspecto
un tanto neurótico y alocado). Espantoso, este tiempo es sencillamente espantoso. El taxi no
quiso aventurarse a recorrer la calzada hasta la puerta de la casa. ¿Usted es la Señora
Sedosa? ¡Estupendo! Me llamo Adamantino.
ADAMANTINO.- ¿Sabe que no se parece usted nada a como me la había figurado? (Mirando la
estancia) Muy bien proporcionado. Creo que me voy a sentir a gusto aquí, sencillamente a
gusto.
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SEDOSA.- Venga, venga y caliéntese.
(Entra SEDOSO).
SEDOSA.- Sí.
SEDOSA.- (Fríamente.) Llevamos casados un año justo. (Se dirige a la escalera.) ¿No quiere usted
subir a ver su habitación?
ADAMANTINO.- ¡Touché! Pero es que me gusta tanto saberlo todo acerca de la gente. Todas son
interesantes, absolutamente todas... Porque nunca se llega a saber realmente cómo son o qué
es lo que piensan en realidad. Por ejemplo, usted no sabe qué estoy pensando en este
momento, ¿verdad? (Sonríe como por efecto de algún chiste secreto.)
(Entra SEDOSO procedente del piso de arriba.) (Se vuelve hacia SEDOSO.)
ADAMANTINO.- Creo que me voy a encontrar a gusto aquí. Su esposa es de lo más simpática.
(Suena el timbre)
SEDOSA.- Le acompaño.
SEÑORA MATE.- Esto será La Casa de Huéspedes Ágata, digo yo. ¿No?
SEDOSO.- Sí...
Señora MATE penetra en la sala. En una mano lleva una maleta y en la otra varias revistas y los
guantes. Es una mujer corpulenta, imperiosa y con cara de estar de muy mal humor.
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SEDOSO.- Me llamo SEDOSO. Acérquese al fuego, Señora MATE, y entrará en calor. (Señora MATE se
aproxima a la chimenea.) Hace un tiempo espantoso, ¿verdad? ¿Es éste todo su equipaje?
SEÑORA MATE.- Un tal COMANDANTE... GRASO, se llama así, ¿no?... se ocupa del resto. Tuvimos
que compartir uno de los taxis que esperaban en la estación e incluso así nos dio trabajo
encontrar uno libre.
SEDOSO.- Lo siento muchísimo. Ignorábamos en qué tren llegaría, Permítame su abrigo. (Señora MATE
le da a SEDOSO los guantes y las revistas. Luego se queda de pie ante la chimenea,
calentándose las manos.) Mi esposa estará con usted dentro de un instante. Mientras, iré a
echarle una mano a GRASO con el equipaje. (SEDOSO sale de la estancia.)
SEÑORA MATE.- (Acercándose a la puerta por donde acaba de salir SEDOSO y dirigiéndose a él.)
Al menos habrían podido quitar la nieve de la calzada. (Cuando SEDOSO ya ha salido al
jardín.) Todo me parece muy improvisado. (Se acerca de nuevo a la chimenea y mira a su
alrededor con expresión de desaprobación. SEDOSA llega apresuradamente del piso de
arriba, un poco jadeante.)
SEDOSA.- Sí. Yo... (Se acerca a Señora MATE, hace como si fuera a ofrecerle la mano, luego la
retira, no muy segura de cómo se comportan los propietarios de las casas de
huéspedes. Con cara de desagrado, Señora MATE inspecciona a SEDOSA.)
SEDOSA.- ¿Joven?
SEÑORA MATE.- Para llevar un establecimiento de esta clase. Sin duda no tiene mucha experiencia.
SEDOSA.- (Retrocediendo.) En todo hay siempre una primera vez, ¿no cree?
SEÑORA MATE.- Entiendo. Completamente inexperta. (Mira a su alrededor.) La casa es vieja. Espero
que no haya carcoma. (Husmea el aire con cara de suspicacia.)
SEDOSA.- (Indignada.) ¡Por supuesto que no! La casa está en perfecto estado.
SEDOSO.- (En off.) Por aquí, COMANDANTE. (SEDOSO y el COMANDANTE GRASO entran en la
sala. El COMANDANTE GRASO es un hombre de mediana edad, hombros cuadrados y
porte militar. SEDOSO se adelanta hacia el centro de la estancia. El COMANDANTE
GRASO deja en el suelo la maleta que lleva en la mano y se acerca a la butaca. SEDOSA
sale a su encuentro.) Le presento a mi esposa.
SEDOSO.- Subiré esto arriba. (Recoge las maletas. Con voz autoritaria.) ¡COMANDANTE! (Da unos
pasos hacia la salida.)
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SEÑORA MATE.- ¿Puede decirme si soy yo el único huésped... es decir, aparte del COMANDANTE
GRASO?
SEDOSA.- ¡En verdad que lo del tiempo no es culpa nuestra!(ADAMANTINO entra silenciosamente en
la sala y se acerca a SEDOSA por detrás silbando.) Les presentaré. Señor Adamantino,
Señora MATE (ADAMANTINO se inclina.)
SEÑORA MATE.- He llegado a una edad en la vida en la que las comodidades de un establecimiento son
más importantes que su aspecto. (ADAMANTINO retrocede unos pasos. SEDOSO aparece
por la izquierda y se queda debajo del dintel.) Jamás hubiera venido aquí de haber sabido
que esto no funciona como es debido. Tenía entendido que esta casa estaba dotada de todas
las comodidades.
SEÑORA MATE.- (Dando unos pasos.) En verdad que no. ¡Pues no faltaría más! Pero no tengo la
menor intención de irme sin haber comprobado qué tal es este lugar. (SEDOSO da unos
pasos.) ¿Tendrá la bondad de acompañarme a mi habitación, Señora Sedosa? (Se dirige
majestuosamente hacía la escalera.)
SEDOSA.- No faltaría más, Señora MATE. (Señora MATE y SEDOSA salen de la estancia.)
ADAMANTINO.- (Levantándose; con expresión infantil.) Esta mujer no me gusta ni pizca. Me gustaría
que la pusiera de patitas en la calle, bajo la nieve. Le estaría bien empleado.
SEDOSO.- Ese es un placer del que debo abstenerme, me temo. (Suena el timbre de la puerta.)
¡Señor, ya ha llegado otro! (SEDOSO sale a abrir la puerta.) Pase, pase.
SEÑORITA NACARADA.- (Con voz grave, varonil.) Me temo que se me ha estropeado el coche a una
media milla de aquí... se me atascó en la nieve.
SEDOSO.- Déme esto. (Se hace cargo de la maleta y la deja al lado de la mesa grande.) ¿Tiene más
equipaje en el coche?
SEÑORITA NACARADA.- (Aproximándose al fuego.) No, procuro viajar con poco peso. (SEDOSO da
unos pasos hacia la butaca.) ¡Ah, me gusta que tengan encendido un buen fuego! (Se sienta
delante de la chimenea.)
SEÑORITA NACARADA.- No hay prisa. (Se quita el abrigo.) Tengo que quitarme el frío de encima.
(Saca un periódico vespertino del bolsillo del abrigo) Espero que tengan provisiones
abundantes en casa.
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SEDOSO.- Oh, sí. Mi esposa lleva la casa muy bien.
SEÑORITA NACARADA.- La crisis política de siempre. ¡Ah, si, y un asesinato bastante jugoso!
ADAMANTINO.- ¿Un asesinato? (Volviéndose hacia SEÑORITA NACARADA.) ¡Oh, me pirro por los
asesinatos!
ADAMANTINO.- El periódico no dice mucho, ¿verdad? (Se sienta y sigue leyendo.) «La policía está
muy interesada en interrogar a un hombre que fue visto por los alrededores de La calle Piedra
de la Luna. Estatura mediana, abrigo blanco, bufanda más bien clara y sombrero.
SEDOSA.- Hace una noche de perros. ¿Quiere subir a su habitación? Si desea tomar un baño, el agua
está caliente.
La Señora RESINOSA entra en la sala con paso vacilante. Lleva una bolsa pequeña. Se trata de un
extranjero moreno y de edad avanzada..
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RESINOSA.- ¡Qué estupenda buena suerte la mía! ¡Señora! (Se acerca a SEDOSA, le coge una mano
y se la besa.) Una casa de huéspedes... y una anfitriona encantadora. Mi vehículo se ha
atascado en la nieve. (Mira a su alrededor. Cambiando de tono.) Podrán alquilarme una
habitación... ¿sí?
RESINOSA.- No tiene importancia. He dejado el coche cerrado con llave. Mis necesidades son muy
sencillas. Tengo todo lo que necesito aquí, en esta bolsita. Sí, todo lo que necesito.
RESINOSA.- ¿Señor y Señora Sedoso? (Mueve la cabeza al ver que ellos asienten. Mira a su
alrededor y se acerca a SEDOSA.) ¿Y dice que esto es... es la casa de huéspedes de La
Casa de Huéspedes Ágata? Bien. La casa de huéspedes de La Casa de Huéspedes Ágata. (Se
ríe) Perfecto. (Se ríe.) Perfecto.
SEDOSA.- ¿SEDO?
SEDOSO.- ¿Sí?
SEÑORA MATE.- Considero que es una suprema falta de honradez que no me avisaran de que
acababan de inaugurar este lugar.
SEÑORA MATE.- ¡Aficionados...! Deberían tener personal como es debido. Pensé que este lugar sería
muy distinto de lo que en realidad es. Creí que habría un salón cómodo para escribir y que la
casa sería mucho mayor... que habría otras distracciones.
COMANDANTE GRASO.- ¡Ejem!... que sí, que ya comprendo lo que quiere decir usted.
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(La Señora MATE lo mira inquisitivamente. La Señora MATE se pone a escribir. Entra la SEÑORITA
NACARADA la mira y sonríe, se acerca a la radio, la conecta, primero a bajo volumen, después lo
aumenta.)
SEÑORA MATE.- (Molesta porque estaba escribiendo.) ¿Le importaría no tener la radio tan alta?
Siempre me resulta difícil escribir mientras la radio está puesta.
SEÑORA MATE.- A menos que desee usted muy especialmente escucharla ahora...
SEÑORITA NACARADA .- Mucho más caliente, estoy de acuerdo. (Empieza a bailar al compás de la
música. La Señora MATE, tras mirarla severamente unos instantes, se levanta y entra en
la biblioteca. La SEÑORITA NACARADA sonríe, se aproxima a la mesita de detrás del
sofá y apaga el cigarrillo aplastándolo. Da unos pasos y coge una revista que hay en la
mesa grande. Se acerca a la butaca grande y se sienta. ADAMANTINO sale de la
biblioteca y da unos pasos hacia el centro de la sala.)
SEÑORITA NACARADA.- Hola. (Señalando la radio.) Bájela un poquito. (ADAMANTINO baja la radio
hasta dejarla a un volumen suave.)
(ADAMANTINO la mira con expresión de duda, luego se acerca a la radio, la pone a un volumen
muy fuerte Suena el teléfono. SEDOSA baja corriendo del piso de arriba. y se acerca al teléfono.)
RESINOSA.- ¡Qué!
SEDOSA.- Eso mismo les dije yo. Pero parecían muy seguros de que sí llegaría.
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COMANDANTE GRASO.- Perdóneme Señora Sedosa, ¿Puedo usar su teléfono?
SEDOSA.- Por supuesto, COMANDANTE GRASO. (El COMANDANTE se acerca al teléfono y marca
un número)
COMANDANTE GRASO.- (Hablando por teléfono) ¡Oiga! ¡Oiga! Este teléfono no funciona, Señora
Sedosa
MRS MATE-. Pero, ¿se puede saber a qué viene todo esto?
SEDOSA.- Eso mismo les pregunté yo. Pero el que llamó no quiso contestarme. Se limitó a decirme que
recomendase a mi marido que prestase mucha atención a lo que dijera el sargento PERLINO...
creo que ése era el nombre... y que siguiera sus instrucciones al pie de la letra. ¿Verdad que
resulta extraordinario?
SEDOSA.- Probablemente se trata de algo relacionado con el hecho detener una casa de huéspedes.
¡Ojalá no se nos hubiera ocurrido poner este negocio!
SEDOSO.- Animo, querida. (Rodea a SEDOSA con sus brazos.) Ya verás cómo todo sale bien. Ahora
que lo pienso, debe de tratarse de algo bastante serio para que venga un sargento de la policía
estando como están las carreteras. Debe de tratarse de algo realmente urgente... (SEDOSO y
SEDOSA se miran con expresión intranquila.)
SEDOSA.- Es que esta mañana todo resulta complicado. Por culpa de la nieve.
RESINOSA.- Sí. La nieve pone las cosas difíciles, ¿no es verdad? O las pone fáciles. (Se acerca a la
mesa grande y se sienta.) Sí... muy fáciles.
RESINOSA.- Hay muchas cosas que usted no sabe. ¿Me permite que le haga una pequeña advertencia,
señora Sedosa? (Da unos pasos.) Usted y su marido no deberían ser demasiado confiados,
¿sabe? ¿Tienen referencias de los huéspedes que hay aquí?
SEDOSA.- ¿Es normal pedirlas? (Se vuelve hacia RESINOSA.) Siempre creí que la gente
sencillamente... sencillamente se presentaba.
RESINOSA.- Es aconsejable saber algo sobre la gente que duerme bajo tu techo. Yo, por ejemplo. Me
presento diciendo que el coche se me ha atascado en la nieve. ¿Qué saben ustedes de mí?
¡Nada en absoluto! Podría ser una ladrona, una atracadora (Se acerca lentamente a
SEDOSA.), una fugitiva de la justicia, una loca... incluso... una asesina...
RESINOSA.- ¿Lo ve? Y puede que de los demás huéspedes no sepa mucho más.
SEDOSO.- (SEDOSO y PERLINO entran en la sala. Dando unos pasos.) Esto... les presento al
sargento detective PERLINO.
PERLINO.- (Avanzando.) Buenas tardes. (Sacando su librito de notas.) Podemos empezar señor
Sedoso. ¿Me permite sentarme ?
SEDOSO.- Naturalmente.
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PERLINO.- Gracias. (Se instala ante la mesa con actitud de juez.)
PERLINO.- (Sorprendido.) ¿Qué han hecho? Oh, no es nada de eso, Señora Sedosa. Se trata de algo
completamente distinto. Algo relacionado con la protección que la policía puede darles, si usted
me entiende.
PERLINO.- Está relacionado con la muerte de la Señora Espinela... Señora Blanca Espinela, del
veinticuatro de La calle Piedra de la Luna, que fue asesinada ayer, quince de los corrientes. Se
habrán enterado del caso por la prensa o la radio, ¿no?
PERLINO.- En efecto, señora. (Se vuelve hacia SEDOSO.) Lo primero que quiero saber es si conocían
ustedes a la Señora Espinela. Aunque en realidad su verdadero nombre era Blanca Cornalina.
Su marido era agricultor: Griso Cornalina, con domicilio en La Granja de Citrino, no muy lejos
de aquí.
SEDOSO.- ¡La Granja de Citrino! ¿No fue allí donde aquellos niños...?
SEÑORITA NACARADA.- (Entra en la sala.) Tres niños... (Se acerca a una butaca y se sienta (Todos
los presentes la miran.)
PERLINO .- Así es, señorita. Los Turnalina. Dos niños y una niña. Comparecieron ante un tribunal por
estar necesitados de cuidados y protección. Se les encontró un hogar en casa del señor y la
Señora Cornalina, en La Granja de Citrino. Posteriormente uno de los pequeños murió a causa
de la falta de cuidados y los malos tratos. El suceso causó sensación.
PERLINO.- Los Cornalina fueron condenados a la cárcel. El señor Griso murió en el penal. La señora
Blanca fue puesta en libertad tras cumplir la sentencia. Ayer, como he dicho, la encontraron
estrangulada en el veinticuatro de La calle Piedra de la Luna.
PERLINO.- A eso voy, señora. Cerca de la escena del crimen se encontró un bloc de notas. En él había
dos direcciones apuntadas. Una era la del veinticuatro de La calle Piedra de la Luna. La otra
(Hace una pausa.) correspondía a La Casa de Huéspedes Ágata.
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PERLINO.- A la chica la adoptaron. No hemos podido dar con su actual paradero. El chico,
COMANDANTE, tendría ahora unos veintidós años. Desertó del ejército y no se ha sabido más
de él. Según el psicólogo militar, era un caso claro de esquizofrenia. (Explicando.) Es decir,
estaba algo mal de la cabeza.
SEDOSA.- ¿Creen que fue él quien mató a la Señora Espinela... quiero decir a la Señora Cornalina?
PERLINO.- Sí.
SEDOSA.- ¿Y que es un maníaco homicida (Se sienta.) y se presentará aquí y tratará de matar a
alguien? Pero... ¿por qué?
PERLINO.- Eso es lo que debo averiguar de ustedes. Según el superintendente, tiene que haber alguna
relación. (Se dirige a SEDOSO.) ¿Dice usted, señor, que nunca ha tenido nada que ver con el
caso de La Granja de Citrino?
SEDOSO.- En efecto.
SEÑORA MATE.- Esto es ridículo. No somos más que huéspedes de esta especie de hotel. Llegamos
ayer mismo. No tenemos que ver nada con este lugar.
PERLINO.- Pero tenían pensado venir aquí y reservaron habitación por adelantado, ¿no es así?
SEÑORA MATE.- Pues, sí. Todos salvo la señora... (Vuelve los ojos hacia RESINOSA.)
PERLINO.- Entiendo. Lo que trato de decirles es que tal vez alguien que les vaya siguiendo supiera que
vendrían aquí. Bien, sólo hay una cosa que deseo saber y deseo saberla en seguida. ¿Quién
de ustedes tiene alguna relación con el asunto de La Granja de Citrino? (Hay un silencio
sepulcral.) Uno de ustedes corre peligro... peligro de muerte. Necesito saber de quién se trata.
(Sigue el silencio.) Muy bien, se lo preguntaré de uno en uno. (Se dirige a RESINOSA.) Usted
será la primera, ya que, según parece, llegó aquí más o menos por casualidad, señora Resa...
RESINOSA.- Resi... RESINOSA. Pero, mi querido inspector, no sé nada, pero nada de todo lo que ha
estado hablando. Soy extranjera en este país.
SEÑORA MATE.- MATE. No comprendo cómo... La verdad, me parece una impertinencia... ¿Se puede
saber qué relación iba a tener yo con tan lamentable asunto? (El COMANDANTE GRASO la
mira atentamente.)
COMANDANTE GRASO.- GRASO... COMANDANTE. Me enteré del caso por los periódicos de la época.
No tengo ninguna relación personal con el mismo.
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ADAMANTINO.- ADAMANTINO. En aquel tiempo yo era un niño. No recuerdo nada del caso.
PERLINO.- (Acercándose a la mesita del sofá.) ¿Eso es todo lo tienen que decirme? (Hay un silencio.
Dando unos pasos hacia el centro.) Bien. Vamos a ver, señorA Sedosa, ¿puedo echar un
vistazo a casa? (PERLINO y SEDOSO abandonan la sala.
COMANDANTE GRASO.- ¿No? Pues quizá sea una suerte para usted, Señora MATE.
COMANDANTE GRASO.- (Dando unos pasos hacia el centro.) Me parece que era usted uno de los
magistrados que enviaron a los niños a La Granja de Citrino.
SEÑORA MATE.- ¿Pero cómo podía saberlo yo? Parecía un matrimonio tan educado...
SEDOSA.- Sí, estaba en lo cierto. (Se acerca a la Señora MATE y la mira fijamente.) Era usted... (El
COMANDANTE GRASO mira atentamente a SEDOSA.)
SEÑORA MATE.- Una trata de cumplir sus deberes públicos y lo único que recibe son insultos.
RESINOSA.- (RESINOSA se ríe de buena gana. ) Les ruego que me perdonen, pero todo esto me
parece muy gracioso. (Sin dejar de reír ,RESINOSA se marcha a la salita de estar)
SEDOSA.- No lo sé.
SEÑORA MATE.- (Recogiendo sus utensilios de escribir.) ¿Dónde habré dejado la pluma? (Se
levanta y cruza la sala. Entra en la biblioteca)
PERLINO.- (Entra el Sargento en la habitación) Bien, en principio no hay nada sospechoso Me parece
que ahora mismo informaré al superintendente . (Se dirige hacia el teléfono.)
SEDOSA.- (Dando unos pasos.) No podrá telefonear. La línea está cortada...
PERLINO.- Pues antes funcionaba. El superintendente pudo comunicarse con ustedes sin ninguna
dificultad.
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SEDOSA.- Sí, es cierto. Pero supongo que después las líneas se vendrían abajo con el peso de la nieve.
PERLINO.- No estoy tan seguro. Puede que alguien las haya cortado adrede. (Cuelga el aparato y se
vuelve hacia los presentes.)
PERLINO.- Señor Sedoso... ¿Qué sabe usted de estas personas que se alojan en su casa de
huéspedes?
PERLINO.- Ah! Veamos. Todas estas personas llegaron aquí ayer por la tarde. Unas horas después del
asesinato de la Señora Cornalina. Puede que esté aquí.
SEDOSO.- ¿Aquí? Pero, a excepción de la señora RESINOSA, todas habían reservado habitación por
adelantado.
PERLINO.- Bien, ¿y por qué no iban a hacerlo? Estos crímenes estaban planeados.
SEDOSO.- ¿Crímenes? Solamente ha habido un crimen: el de La calle Piedra de la Luna. ¿Por qué está
usted seguro de que aquí habrá otro?
PERLINO.- De que ocurrirá aquí... no. Espero poder impedirlo. De lo que estoy seguro es de que lo
intentará.
SEDOSA.- ¿Tiene usted una descripción del hombre que fue visto en la ciudad?
PERLINO.- Estatura mediana, complexión indeterminada, abrigo más bien claro, sombrero, bufanda
tapándole la cara. Hablaba en susurros. (Se acerca a la butaca del centro y hace una
pausa.) En este mismo instante en el vestíbulo hay colgados tres abrigos blancos. Uno de ellos
es suyo, señor Sedoso... Hay tres sombreros de fieltro de color más bien claro... (SEDOSO
empieza a andar hacia la salida de la derecha, pero se detiene cuando oye a SEDOSA.)
PERLINO.- ¿Lo ve? Lo que me preocupa es lo de la línea del teléfono. Si la han cortado adrede... (Se
acerca al teléfono, se inclina y examina el cable.)
SEDOSA.- Tengo que ir a preparar las verduras. (SEDOSA sale por la derecha. SEDOSO recoge el
guante de SEDOSA de la butaca del centro y lo sostiene con aire distraído, alisándolo.
Del guante saca un billete de autobús de Londres. Lo mira fijamente, luego dirige la
mirada hacia el sitio por donde ha salido SEDOSA, vuelve a mirar el billete.)
PERLINO.- ¿Hay una extensión? (SEDOSO sigue mirando ceñudamente el billete y no contesta.)
PERLINO.- Sí, señor Sedosa. He preguntado si hay una extensión. (Da unos pasos hacia el centro.)
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SEDOSO se marcha escalera arriba. Lleva en la mano el guante y el billete de autobús y parece
como aturdido. PERLINO continúa siguiendo el cable hasta la ventana. Es prácticamente de
noche. Señora MATE sale de la biblioteca.
SEÑORA MATE.- (Con alivio.) ¡Ah, es usted! No consigo encontrar ningún programa que valga la pena.
(Se acerca a la radio y vuelve a poner el programa musical. Aparece una mano por la
puerta abierta gira y el interruptor. La luz se apaga de repente.) ¡Oiga! ¿Qué hace usted?
¿Por qué ha apagado la luz?
El mismo lugar., el cadáver de la Señora Mate ha sido sacado de la sala y en ella se encuentran
todos reunidos.
PERLINO.- La Señora MATE acababa de ser asesinada. ¿Está segura de no haber visto ni oído a nadie
al cruzar el vestíbulo?
SEDOSA.- No... no, me parece que no. Sólo se oía la radio, que estaba muy fuerte. No sé quién pudo
ponerla a un volumen tan alto. Con tanto ruido no podía haber oído nada más, ¿no cree?
SEDOSA.- Bueno, me parece... no estoy segura...creo que oí una puerta que se abría y luego se cerraba.
SEDOSA.- No lo sé.
PERLINO.- Piense, Señora Sedosa... trate de pensar. ¿En el piso de arriba? ¿Abajo? ¿Cerca? ¿A la
derecha? ¿A la izquierda?
SEDOSA.- (Llorosa.) No lo sé, se lo aseguro. Ni siquiera estoy segura de haber oído algo. (Se acerca a
una butaca y se sienta.) Sólo recuerdo que grité y empezó a llegar gente.
SEDOSO.- (Levantándose y acercándose a la mesa; enojado.) ¿Por qué no deja de acosarla? ¿No ve
que no puede más?
PERLINO.- (Secamente.) Estamos investigando un asesinato, señor Sedoso. Hasta ahora nadie se ha
tomado esto en serio. La Señora MATE no le dio importancia. Me ocultó información. Todos me
ocultaron algo. Pues bien: La Señora MATE ha muerto. A menos que lleguemos al fondo de
este asunto... y rápidamente... puede que muera alguien más.
SEDOSO.- ¿Pero por qué tendría que producirse aquí la otra muerte?
PERLINO.- Porque en la libreta que encontramos había solamente dos direcciones. Ahora bien, en el
veinticuatro de La calle Piedra de la Luna había sólo una posible víctima. Ahora está muerta.
Pero aquí en La Casa de Huéspedes Ágata hay más posibilidades. (Mira significativamente a
los reunidos.)
SEÑORITA NACARADA.- Bobadas. ¿No cree que sería una coincidencia muy poco probable que
hubieran venido dos personas aquí por casualidad y que ambas tuvieran que ver con el asunto
de La Granja de Citrino?
PERLINO.- Dadas ciertas circunstancias, la cosa no tendría tanto de coincidencia. Piénselo bien,
SEÑORITA NACARADA. (Se levanta.) Ahora quisiera saber exactamente dónde estaba cada
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uno de ustedes cuando la Señora MATE fue asesinada. Bien, ya tengo la declaración de la
Señora Sedosa.
SEDOSO.- Todavía estaba en nuestro dormitorio. Acababa de cerrar la ventana cuando oí el disparo y
bajé corriendo.
PERLINO.- Ahora usted, señor Adamantino. Quisiera saber dónde estaba usted.
ADAMANTINO.- Es algo muy natural subir a tu habitación, ¿no cree? Quiero decir que a veces uno
desea estar solo.
ADAMANTINO.- Sí.
ADAMANTINO.- Sí.
PERLINO.- Señor Sedoso arriba. Señor Adamantino arriba también. Señora RESINOSA en la salita de
estar. ¿Y usted, SEÑORITA NACARADA?
COMANDANTE GRASO.- (Plácidamente.) Para echar un vistazo. Sólo para echar un vistazo. Me entró
curiosidad y bajé a ver..
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SEDOSO.- (Dando unos pasos hacia PERLINO.) Oiga, ¿no cree que estamos perdiendo el tiempo?
Hay una persona que...
PERLINO.- (Llamándolo con voz autoritaria.) ¡Señor Sedoso! (SEDOSO vuelve a entrar de mala
gana y se queda junto a la puerta.) Tenemos que establecer la oportunidad además del
móvil, ¿saben? Y ahora permítanme que les diga esto: todos ustedes tuvieron oportunidad de
hacerlo. (Se oyen varios murmullos de protesta.) (Levantando una mano.) El detalle
principal es que cada uno de ustedes estaba a solas en el momento de cometerse el asesinato.
PERLINO.- En un caso de asesinato todo el mundo es sospechoso. Pero no voy a detener a nadie. Para
hacerlo necesito pruebas y no las tengo ... todavía.
PERLINO.- No faltaría más, Señora Sedosa. ¿Quieren los demás pasar al comedor, por favor?
Los demás se levantan y salen: primero la SEÑORITA NACARADA, luego señora RESINOSA,
protestando, seguido por ADAMANTINO y el COMANDANTE GRASO, que se detiene para
encender la pipa. El COMANDANTE GRASO se da cuenta de que todos lo miran fijamente. Salen
todos.
SEDOSO.- Yo me quedo.
SEDOSA.- (Acercándose a PERLINO.) Sargento PERLINO, usted piensa que este (Da unos pasos en
torno al sofá.)... que este asesino loco debe de ser el mayor de los niños de La Granja de
Citrino... pero no lo sabe con certeza, ¿no es así?
PERLINO.- En realidad no sabemos nada. Lo único que hemos averiguado hasta el momento es que la
mujer que junto con su marido maltrató e hizo pasar hambre a aquellos pequeños ha sido
asesinada y que la mujer magistrado que puso a dichos niños bajo la tutela de aquella pareja
ha sido asesinada también. El cable del teléfono que me comunicaría con comisaría ha sido
cortado...
PERLINO.- Me guío por las probabilidades. Todo señala hacia lo mismo: inestabilidad mental,
infantilismo, deserción del ejército y el informe del psiquiatra.
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PERLINO.- La madre era una borracha. Murió poco después de que le quitasen los pequeños.
PERLINO.- Era un sargento del ejército y estaba destinado en el extranjero. Probablemente ya lo habrán
licenciado, si es que vive todavía.
SEDOSA.- Pero no sabe usted dónde está en este mismo instante y si el hijo es un desequilibrado
mental, puede que el padre también lo fuera.
SEDOSA.- De modo que el asesino puede ser un hombre de mediana edad, o incluso un anciano. (Hace
una pausa.) Cuando dije que la policía había llamado, el COMANDANTE GRASO se puso muy
nervioso. Le vi la cara.
SEDOSA.- Mediana edad, soldado... Parece muy simpático y perfectamente normal... pero podría ser
que no se le notase, ¿verdad?
SEDOSA.- Pues, a la señora RESINOSA se le cayó el atizador cuando dije que la policía había llamado.
PERLINO.- ¿La Señora RESINOSA? (Parece reflexionar.) Permítame que le diga una cosa, Señora
Sedosa. He tenido presentes todas, absolutamente todas las posibilidades desde el principio.
El muchacho, el padre... y alguien más. Había una hermana también. No lo olvide.
PERLINO.- (Levantándose y acercándose a SEDOSA.) A Blanca Espinela pudo matarla una mujer.
(Dando unos pasos.) Llevaba la cara tapada con la bufanda. Sí, pudo haber sido una mujer.
PERLINO.- (Dirigiéndose a la escalera.) Parece demasiado mayor para eso. (Sube los peldaños, abre
la puerta de la biblioteca, se asoma). Sí, Señora Sedosa, como usted dice, hay muchas
posibilidades. (Baja la escalera.) Está usted misma, por ejemplo.
SEDOSA.- ¿Yo?
PERLINO.- Tiene más o menos la edad precisa. (SEDOSA está a punto de protestar. Conteniéndola.)
Y también está su marido.
PERLINO.- (Caminando lentamente hacia SEDOSA ¿Qué sabe usted de su marido, Señora Sedosa?
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PERLINO.- ¿Y dónde lo conoció?
PERLINO.- ¿Cuánto hacía que conocía al Señor SEDOSO cuando se casó con él?
SEDOSA.- Eso no es verdad. Lo sé todo sobre él. Sé perfectamente qué clase de persona es. ¡Pero si ni
siquiera estaba en Londres ayer cuando se cometió el asesinato!
PERLINO.- Esto está sólo a treinta millas de Londres, ¿no es verdad? Ah, veo que tienen la guía de
ferrocarriles. (Coge la guía y la lee.) Sólo una hora en tren... un poco más en coche.
SEDOSA.- (Dando una patada de indignación en el suelo.) ¡Le digo que SEDO no estuvo en la ciudad!
PERLINO.- Aguarde un instante, Señora Sedosa. (Se acerca al perchero y coge el abrigo de
SEDOSO. Se aproxima a SEDOSA.) ¿Es éste abrigo el de su marido? (SEDOSA mira el
abrigo.)
SEDOSA.- (Con suspicacia.) Sí. (PERLINO saca del bolsillo un periódico de la tarde doblado.)
PERLINO.- El periódico de ayer. Lo vendían en la calle alrededor de las tres y media de ayer tarde.
PERLINO sale por la salida de la derecha llevándose el abrigo. SEDOSA se sienta en un sillón y se
queda mirando fijamente el periódico. Se abre lentamente la puerta de la derecha. ADAMANTINO
se asoma por la abertura, ve que SEDOSA está sola y entra.
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ADAMANTINO.- ¡SEDOSA! (SEDOSA se levanta sobresaltada y esconde el periódico debajo de uno
de los cojines de la butaca grande.)
SEDOSA.- ¿Quién?
ADAMANTINO.- El sargento.
ADAMANTINO.- Ojalá pudiera marcharme de aquí. De alguna manera... da igual. ¿No hay ninguna parte
donde pueda esconderme aquí en la casa?
SEDOSA.- ¿Esconderte?
ADAMANTINO.- Sí... de él. ¿no ves que se han puesto todos en contra mía? Dirán que he cometido
estos asesinatos... ¿Qué has estado hablando con el sargento?
SEDOSA.- ¿ El sargento PERLINO?.¡Lo odio! ¡Lo odio! Te mete ideas raras en la cabeza. Ideas que no
son ciertas, que no pueden serlo de ninguna manera.
SEDOSA.- Es que no estuvo. Se marchó en coche en busca de tela metálica para el gallinero, pero no
pudo encontrarla.
ADAMANTINO.- Bueno, eso no importa. (Dando unos pasos.) Probablemente subiría hasta Londres.
SEDOSA.- Entonces ¿por qué no me lo dijo? ¿Por qué dijo que había estado todo el día recorriendo la
región en coche?
SEDOSA.- Él no sabia nada del asesinato. ¿O sí sabía? ¿Lo sabía? (Se acerca al fuego.)
ADAMANTINO.- ¡Santo Cielo, SEDOSA! No irás a pensar que... El sargento no pensará que...
Durante el siguiente parlamento SEDOSA cruza lentamente el escenario hacia la izquierda del
sofá. ADAMANTINO, sin decir nada, deja caer el periódico sobre el sofá.
SEDOSA.- No sé qué piensa el sargento. Y es capaz de hacerte pensar cosas sobre la gente. Empiezas
a hacerte preguntas y a dudar. Te imaginas que alguien al que amas y conoces bien puede
ser... un desconocido.
ADAMANTINO se acerca al extremo izquierdo del sofá, se arrodilla encima y coge las manos de
SEDOSA apartándoselas del rostro. SEDOSO sale del comedor, pero se detiene al verlos. SEDOSA
retrocede y ADAMANTINO se sienta en el sofá.
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SEDOSO.- (Desde la puerta.) Me parece que he interrumpido algo.
SEDOSA.- SEDO...
SEDOSO.- Los tête-à-tête no son muy saludables en estos momentos. No se acerque a la cocina y deje
en paz a mi mujer.
SEDOSO.- (Furioso.) ¡Deje en paz a mi mujer, Adamantino! No será ella la próxima víctima.
SEDOSO.- Ya lo ha oído, ¿no es así? Hay un asesino suelto en esta casa... y me parece que es usted.
ADAMANTINO.- No me voy.
SEDOSO.- ¿Se puede saber qué pasa? Debes de haberte vuelto loca, SEDI.
SEDOSA.- No lo es.
SEDOSO.-¿Dónde lo viste por primera vez? ¿Cuánto hace que dura el asunto?
SEDOSA.- Te estás comportando como un chiquillo. (Da unos pasos.) Nunca había visto a
ADAMANTINO hasta que llegó aquí ayer.
SEDOSO.- Eso es lo que tú dices. Puede que hayas estado viéndote a escondidas con él en la ciudad.
SEDOSO.- (Con un tono peculiar.) Llevas semanas sin ir a la ciudad, ¿no es así?
SEDOSO.- ¿De veras? Entonces, ¿qué es esto? (Se saca el guante de SEDOSA del bolsillo y extrae
el billete de autobús. SEDOSA se sobresalta.) Este es uno de los guantes que llevabas ayer.
Se te cayó al suelo. Lo recogí hoy después de comer, mientras hablaba con el sargento
PERLINO. Ya ves lo que hay dentro: ¡un billete de autobús para la ciudad!
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SEDOSA.- (Con expresión culpable.) ¡Oh, eso...!
SEDOSO.- (Volviéndose.) Así que, al parecer, ayer no fuiste solamente al pueblo, sino que también
estuviste en la ciudad.
SEDOSO.- ¿Qué?
SEDOSA.- Tú también estuviste. Volviste con un periódico de la tarde. (Coge el periódico que hay
sobre el sofá.)
SEDOSO.- Está bien. Sí, estuve en la ciudad. Pero no fui a reunirme con una mujer.
SEDOSO.- ¿Eh? ¿Qué quieres decir? (Se acerca a ella.) SEDI retrocede.
SEDOSA.- No me toques.
RESINOSA.- (Entra en la sala y se interpone entre los dos.) Vamos, vamos. Espero que ninguno de
los dos esté diciendo más de lo que en realidad quiere decir. Sucede tan a menudo en las riñas
entre enamorados...
RESINOSA.- Sí, sí. Sé cómo se sienten. Yo pasé lo mismo cuando era joven.
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PERLINO.- Bueno, escúchenme todos. Quiero que se reúnan todos aquí... ahora mismo. Me encuentro
en una situación que me obliga a ponerme en el lugar de un maníaco astuto. Tengo que
preguntarme qué es lo que él quiere que hagamos y qué es lo que él tiene intención de hacer a
continuación. Debo tratar de adelantarme a él. Porque, si no lo hago, va a haber otra muerte.
PERLINO.- Sí, SEÑORITA NACARADA. ¡Uno de ustedes es el asesino! (Hay una pausa. Todos se
muestran afectados y se miran unos a otros.) Uno de ustedes es un asesino. (Se acerca a
la chimenea.) Y otro de ustedes es la próxima víctima del asesino. Y tal como están las cosas,
no sé quién de ustedes necesita protección. (Hay una pausa.) Venga ya, cualquiera de los
presentes que tenga algo que reprocharse, por insignificante que sea, en relación con aquel
viejo asunto: será mejor que me lo diga. (Hay una pausa.) Muy bien.(Con tono oficial.)
¿Quieren prestarme atención, por favor? Probablemente recordarán que después del asesinato
de Señora MATE les tomé la declaración a todos. Dichas declaraciones se referían al lugar en
que estaban ustedes en el momento de cometerse el asesinato. Y sus afirmaciones fueron las
siguientes (Consulta sus notas.): Señora Sedosa en la cocina, señora RESINOSA tocando el
piano en la salita de estar, señor Sedosa en su dormitorio. Lo mismo señor Adamantino.
SEÑORITA NACARADA en la biblioteca. El COMANDANTE GRASO (Hace una pausa y mira
al COMANDANTE GRASO.) en el sótano.
PERLINO.- Eso es lo que declararon ustedes. No tenía forma de comprobar que fuera cierto lo que
dijeron. Puede que lo sea y puede que no. Por decirlo claramente: cinco de las declaraciones
son ciertas, la otra es falsa. ¿Cuál? (Hace una pausa y va mirándolos de uno en uno.) Cinco
de ustedes dijeron la verdad, uno de ustedes mintió. Tengo un plan que puede ayudarme a
descubrir al que miente. Y si descubro que uno de ustedes me mintió, entonces sabré quién es
el asesino.
SEÑORITA NACARADA.- No necesariamente. Alguien puede haber mentido por algún otro motivo.
PERLINO.- Lo dudo.
PERLINO.- Reconstruir los movimientos de unas personas que en apariencia son inocentes.
PERLINO.- Lo único que quiero es que hagan exactamente lo mismo que antes.
ADAMANTINO.- (También con suspicacia.) Pues no veo... sencillamente no veo qué espera averiguar
sólo con hacernos repetir lo de antes. Me parece una tontería.
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SEDOSA.- Pues conmigo no cuente. Tengo demasiado trabajo en la cocina. (Se levanta y se dirige a la
puerta.)
PERLINO.- No puedo hacer excepciones. (Se levanta y mira a los reunidos.) Por la cara que ponen
casi diría que todos son culpables. ¿Por qué se muestran tan reacios?
SEDOSO.- Claro que haremos lo que usted dice, sargento. Todos cooperaremos, ¿eh, SEDI?
PERLINO.- Se harán las mismas cosas, pero no las harán necesariamente las mismas personas..
PERLINO.- (Acercándose a la mesa grande.) Pues la hay. Es un medio para comprobar las
declaraciones originales y puede que una de ellas en especial. Vamos a ver, presten todos
atención, por favor. A cada uno le haré ocupar un sitio distinto. Señor Adamantino, ¿tiene la
bondad de ir a la cocina? (ADAMANTINO se marcha a la cocina.) Señora RESINOSA,
¿quiere subir a la habitación de señor Adamantino? COMANDANTE GRASO, ¿quiere hacer el
favor de subir a la habitación de señor Sedosa y examinar el teléfono que hay allí? SEÑORITA
NACARADA, ¿le importaría bajar al sótano? Desgraciadamente necesito que alguien
reproduzca lo que hice yo. Siento pedírselo a usted, señor Sedosa.
(La señorita NACARADA se levanta y abandona la sala. SEDOSO pasa por detrás de la mesa
grande y descorre la cortina. El COMANDANTE GRASO sale también. PERLINO mueve la cabeza
indicando a la Señora RESINOSA que abandone la sala.)
PERLINO.- Le aconsejo que lo haga, señor. (SEDOSO recoge su abrigo del vestíbulo, se lo pone y
sale. PERLINO se acerca a la mesa grande y escribe algo en su libreta de notas.
Llamando.) Señora Sedosa, cuente hasta veinte. (Llamando.) ¡Señora Sedosa! ¡Señora
Sedosa!
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SEDOSA.- ¿Qué ocurre? (PERLINO cierra la puerta por donde acaba de entrar SEDOSA y se apoya
en ella.) Parece usted muy satisfecho de si mismo. ¿Ha conseguido lo que quería?
SEDOSA.- ¿Quién?
SEDOSA.- ¿Yo?
PERLINO.- Sí. Ha cometido usted una tremenda tontería, ¿sabe? Ha estado a punto de que la
asesinaran por haberme ocultado algo.
PERLINO.- (Dando unos pasos lentamente, sin dejar de mostrarse natural y amistoso.) Desde el
principio supe que conocía el caso de La Granja de Citrino por propia experiencia. Usted sabía
que la Señora MATE era la magistrado que mandó los niños allí. De hecho, conocía todo el
asunto. ¿Por qué no lo dijo?
SEDOSA.- (Muy afectada.) No lo entiendo. Quería olvidar... olvidar. (Se sienta en el sofá.)
SEDOSA.- Sí.
PERLINO.- SEÑORITA ÓNICE. Era usted maestra de escuela... la escuela a la que asistían aquellos
niños.
SEDOSA.- Sí.
PERLINO.- ¿No es verdad que, el pequeño que murió, consiguió mandarle una carta? (Se sienta en el
sofá.) En la carta suplicaba auxilio... auxilio de su bondadosa y joven maestra. Usted nunca
contestó a esa carta.
SEDOSA.- No es verdad. Estaba enferma. Caí enferma de pulmonía aquel mismo día. La carta quedó
entre varias más. No la encontré hasta varias semanas después. Y para entonces el pobre
pequeño ya había muerto... (Cierra Los ojos.) El recuerdo me ha perseguido desde
entonces... Si no hubiese estado enferma...
SEDOSA.- Creía que los policías no llevaban pistola... (De pronto ve la cara de PERLINO y suelta un
respingo de horror.)
PERLINO.- No la llevan... Es que yo no soy policía, Señora Sedosa. Usted pensó que sí lo era porque
llamé desde una cabina y dije que hablaba desde la comisaría y que el sargento PERLINO
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venía para aquí. Corté el cable del teléfono antes de llamar a la puerta. ¿Sabe usted quién soy
yo, Señora Sedosa? Soy el hermano mayor... soy el hermano del niño que murió.
PERLINO.- (Levantándose.) Será mejor que no intente gritar, Señora Sedosa... porque si lo hace,
dispararé esta pistola... Me gustaría hablar un poco con usted. (Se vuelve.) Mi hermano
pequeño murió. (Su forma de actuar se vuelve muy sencilla e infantil) Aquella mujer cruel lo
mató. La metieron en la cárcel. La cárcel no era bastante mala para ella. Dije que algún día la
mataría... Y lo hice. En medio de la niebla. Fue muy divertido. «Los mataré a todos cuando sea
mayor». Eso es lo que me dije a mí mismo. (Alegremente.) Voy a matarla dentro de un
minuto.
SEDOSA.- Será mejor que no lo haga. (Se esfuerza por persuadirlo.) No conseguirá escapar de aquí,
¿sabe?
PERLINO.- En realidad me da lo mismo escapar que no. Estoy cansado. Ha sido todo tan divertido.
Observarles a todos... y fingiéndome policía.
PERLINO.- Es verdad. Será mejor hacer como con los demás: estrangularla. (Deja caer el revólver
sobre el sofá y se inclina sobre SEDOSA, tapándole la boca con la mano izquierda y
sujetándole la garganta con la derecha.)
SEÑORITA NACARADA.- Perlino, Perlino, me conoces, ¿no es verdad? ¿No te acuerdas de la granja,
Perlino? Los animales, aquel cerdo viejo y gordo, aquel día que el toro nos persiguió por el
prado. Y los perros. (Se acerca a la mesita de detrás del sofá.)
TROTIER.- ¿Naqui?
PERLINO.- Eres tú, Naqui. ¿Qué estás haciendo aquí? (Se levanta y se acerca a la mesita.)
SEÑORITA NACARADA.- He venido para buscarte. No te reconocí hasta que te pusiste a alisarte el pelo
como solías hacer antes. (PERLINO se pasa la mano por el pelo.) Ven conmigo, Perlino.
(Con firmeza.) Vas a venir conmigo.
(El COMANDANTE GRASO sube la escalera. SEDOSO entra en la sala. Se acerca corriendo a
SEDOSA, que está sentada en el sofá, se sienta y la toma entre sus brazos, colocando el revólver
sobre la mesita.)
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SEDOSO.- SEDI, SEDI, ¿estás bien? ¡Querida! ¡Querida!
SEDOSA.- Estuve mezclada en el caso. Era la maestra de la escuela... No tuve la culpa, pero él piensa
que podría haber salvado al pequeño.
COMANDANTE GRASO.- Todo está resuelto. Le han dado un sedante y pronto quedará inconsciente.
Su hermana le está cuidando. El pobre está loco de atar, claro. He sospechado de él desde el
principio.
COMANDANTE GRASO.- Sabía que no era policía. Verá, Señora Sedosa, el policía soy yo.
SEDOSA.- ¿Usted?
COMANDANTE GRASO.- En cuanto encontramos la libreta de notas en la que estaban escritas las
palabras «La Casa de Huéspedes Ágata», comprendimos que era de vital importancia tener a
alguien aquí. Cuando se lo dijimos al COMANDANTE GRASO, se avino a que yo me hiciera
pasar por él. Cuando PERLINO se presentó, no acabé de comprender a qué venía. (Observa
el revólver que hay en la mesita y lo coge.)
COMANDANTE GRASO.- Sí, al parecer le reconoció justo antes de que intentase el último crimen. Se
quedó sin saber qué hacer, pero por suerte acudió a mí, justo a tiempo. Bueno, ya ha
empezado a fundirse la nieve y pronto recibiremos ayuda. (El COMANDANTE GRASO se
marcha).
SEDOSO.- Querida, fui a comprarte un regalo de aniversario. Hoy hace un año justo que nos casamos.
SEDOSA.- Oh, para eso fui yo también a Londres. No quería que lo supieras.
SEDOSO.- ¡Ah!
FIN
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