El Rey Rana o Enrique el Férreo (versión extendida)
En un reino lejano, vivía una princesa hermosa, caprichosa y algo orgullosa. Un día, mientras
jugaba con su bola de oro favorita cerca de un pozo profundo, la bola se le escapó de las
manos y cayó al agua. Desesperada, la princesa lloró amargamente, lamentando la pérdida de
su juguete más preciado.
De repente, una rana asomó la cabeza desde el pozo y le habló:
—Princesa, ¿por qué lloras tanto?
Ella, sorprendida de escuchar a una rana hablar, le explicó su desgracia. La rana le dijo que
podía recuperar la bola, pero con una condición:
—Prométeme que me dejarás comer de tu plato, beber de tu copa y dormir en tu cama.
La princesa, pensando que una rana no podría salir del pozo ni cumplir con tal acuerdo, aceptó
sin pensarlo dos veces. La rana buceó en el agua y regresó con la bola de oro. Al recibirla, la
princesa, llena de alegría, se olvidó de la promesa y corrió de vuelta al castillo.
La rana en el castillo
Esa noche, mientras cenaba con el rey, la princesa escuchó un ruido en la puerta del castillo.
Era la rana, que con su voz áspera decía:
—Princesa, ábreme la puerta, que hiciste una promesa junto al pozo.
La princesa, asustada, contó al rey lo ocurrido. Este, al escucharla, le recordó que debía
cumplir su palabra, aunque fuera con una rana. A regañadientes, la princesa permitió que la
rana entrara.
Durante la cena, la rana insistió en comer del mismo plato que la princesa. Ella apenas podía
contener su desagrado, pero el rey seguía recordándole su promesa. Cuando llegó la hora de
dormir, la rana exigió que la llevaran a la habitación. La princesa, furiosa y repugnada, la tomó
con dos dedos y la arrojó contra la pared diciendo:
—¡Ahí tienes! Ahora déjame en paz.
La transformación
Al tocar la pared, la rana se transformó en un apuesto príncipe. Él le explicó que había sido
víctima de un hechizo lanzado por una bruja malvada y que sólo el cumplimiento de su
promesa podría romper el encantamiento. Aunque inicialmente sorprendida, la princesa se
sintió conmovida por su historia y comenzó a tratarlo con más bondad.
El príncipe y la princesa pasaron la noche hablando, y poco a poco, ella se dio cuenta de que él
era noble, sabio y amable. Con el tiempo, nació entre ellos un profundo cariño.