HERNAN PEREZ DE LA MUELA,
PRIMER MEDICO EUROPEO ESTABLECIDO EN VENEZUELA
Por JosÉ RAFAEL FoRTIQUE
El Licenciado Hernán Pérez de la Muela llegó a tierras corianas el 24 de fe-
brero de 1529, acompañando al Gobernador alemán Ambrosio Alfínger ( Oviedo
y Baños: "Historia de la Conquista y población de la provincia de Venezuela", Ma-
drid, 1885, Pág. 41), y debe ser considerado como el primer médico europeo que
ejerció su profesión durante largo tiempo en territorio venezolano. A raíz de su
desembarco, Pérez de la Muela estuvo varios meses trabajando en Coro, mientras
los jefes alemanes representantes de los banqueros W elser recibían aprovisiona-
mientos y armas e intentaban establecer relaciones amistosas con las tribus indígenas
de la región.
A principios de agosto de ese año toma parte en la expedición de 180 hombres
que, bajo el mando del Gobernador Ambrosio Alfínger, se dirige al occidente del
país. El 8 de septiembre llegan al lago marabino, sintiendo toda la belleza reflejada
por aquella enorme extensión de aguas azules y dulces. Lo atraviesan por su parte
más estrecha, en canoas y botes pequeños, estableciendo en la otra orilla una ran-
chería para base de sus operaciones, la cual, andando el tiempo se ha convertido
en lo que hoy es la ciudad de Maracaibo, la segunda en importancia de Venezuela.
Alfínger dio comienzo a una serie de exploraciones por las regiones cercanas
y durante diez meses las recorrió en casi toda su extensión; pero las fiebres lo cas-
tigan día tras día debilitándolo físicamente, a pesar de las medicinas y del cuidado
que el Licenciado Pérez de la Muela le prodigaba. Las energías del alemán decaen
en tal forma que a duras penas podía mantenerse sobre el caballo; comprendiendo
que empeoraba visiblemente y le era ya imposible continuar sus exploraciones, acep-
ta las sugerencias del médico retirándose a Coro a donde llega muy enfermo "con
calenturas tercianas, dobles, y con modorra."
No mejora su salud en tierras caquetías, a pesar del reposo y del clima más
benigno, por lo cual Hernán Pérez de la Muela le aconseja viajar a Santo Domingo,
"porque la enfermedad era grande, y los aparejos no los había en esta tierra". El
día l'? de agosto de 1530, en La Vela de Coro, Alfínger y el Licenciado Pérez de la
Muela se embarcan en el bergantín "San Antón", rumbo a Santo Domingo.
La crisis malárica sufrida por Alfínger tampoco fue de fácil curación en esta
ciudad, y varios meses transcurrieron hasta que recuperó finalmente su salud. Aún
148 BOLETIN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA
a fines de ese año 1530 la Real Audiencia de Santo Domingo oficiaba al Consejo
de Indias, en Sevilla, informándole que "Alfínger está en esta ciudad, curándose."
( Archivo General de Indias, Justicia 990, Doc. 128).
El médico Pérez de la Muela regresa con Alfínger a Coro, el 27 de enero de
1531, encontrando que Nicolás Federman, a quien se había dejado como encargado
de la gobernación por enfermedad de Alfínger, estaba ausente encabezando una ex-
pedición a los llanos del sur, sin contar con la aprobación de su inmediato superior.
Cuando regresa es encarcelado y expulsado de Venezuela. El 9 de junio de ese año
sale una vez más de Coro el Licenciado Hernán Pérez de la Muela, acompañando al
Gobernador alemán en su trágica expedición al lago de Maracaibo que buscaba, co-
mo la anterior, el paso desde la laguna hasta el mar del Sur, es decir, el Océano
Pacífico.
De Maracaibo se lanza el germano hacia las desconocidas regiones del oeste,
con 130 soldados de a pie y 40 de a caballo. El médico y el cirujano, de acuerdo
con la organización militar de la época, formaban parte de lo que se llamaba "gen-
te de guerra" para diferenciarla de la "gente de mar", compuesta ésta por la tri-
pulación marinera de las naves, vecinos casi siempre de puertos andaluces y los cua-
les, con algunas excepciones, regresaban a España ya que su viaje obedecía a un
contrato determinado. La "gente de guerra", en cambio, era la fuerza medular de la
expedición exploradora, eran los soldados en quienes se apoyaba el Capitán Con-
quistador para acometer sus empresas. Pérez de la Muela, médico, era también de
la "gente de guerra", hombre de a caballo, y los caballos en tiempos de los Welser
tenían una excepcional importancia no sólo para evitar las extenuantes caminatas
por territorios desconocidos bajo un sol inclemente, sino porque con su apariencia
aterrorizaban a los indios, que jamás los habían visto antes, constituyéndose en
uno de los principales elementos que ayudaron a los españoles en la Conquista.
El hombre de a caballo, en el reparto del botín, tenía derecho a dos "partes", una
por su actuación personal y otra por la de su caballo. Si durante la expedición el ca-
ballo moría o lo mataban los indios, del botín se tomaba el valor del animal muerto
y se le entregaba al dueño como indemnización. Pérez de la Muela, profesional mé-
dico, soldado a caballo, integrante de la hueste de Alfínger, hizo con el alemán
toda la travesía por aquellas tierras desoladas y hostiles, soportando agotadoras jor-
nadas, tomando parte en las diarias guazábaras con los indios, y como si estas
penalidades fueran cosa de poca monta tenía que encargarse de la curación de he-
ridos y enfermos. Era joven y animoso, demostrando con creces su valor personal
en los combates con el indígena.
Cuando Alfínger penetró en el dominio de los Pacmbueyes y en su afán de
oro llegó hasta la laguna de Tamacameque, con sus orillas llenas de numerosas al-
deas, las encontró desiertas porque sabiendo los naturales las tropelías y cruelda-
dades que signaban el paso de los extraños, se asilaron en las islas de la laguna te-
niendo la precaución de recoger todas las canoas y cayucos disponibles para evitar
su uso por los españoles. Pero éstos, detenidos en las riberas, se llenaron de furia
ante la burla que se les hacía y varios jinetes, entre ellos Juan de Villegas, Virgilio
García, Alonso de Campos, Hemán Pérez de la Muela y otros veinte y seis, se arro-
jaron a las aguas lacustres montados en sus caballos los cuales, gobernados del
freno y animados del batir del acicate, las atravesaron nadando hasta llegar a las
islas, donde los europeos barrieron toda resistencia de los indios refugiados. La an-
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terior narración, tomada de Oviedo y Baños ( ob. cit. pág. 49), nos hace ver que los
médicos y cirujanos de la Conquista, aparte de actividades propias de su profesión,
tenían que emplearse en diversos, raros y peligrosos menesteres, ya que el encuen-
tro de las dos razas nunca se hizo en forma pacífica y ocurrían momentos difíciles
en esos duros días, cuando se luchaba más que todo por sobrevivir. Pero la guerra,
como todo en estas tierras extrañas, era distinta a las acostumbradas en Europa: no
había ejércitos contrarios organizados, ni cascos de acero ni flamantes uniformes;
sólo se atisbaban figuras cobrizas, desnudas, quienes demostrando sorprendente agi-
lidad se movían en silencio y con la rapidez del rayo y admirable puntería dispara-
ban sus mortíferas flechas, escurriéndose luego hacia sitios intrincados en el monte
donde no era posible darles caza, y donde se corría grave riesgo de dejar el propio
pellejo. Algunas de las flechas enemigas estaban impregnadas de sustancias tan tó-
xicas, que los esfuerzos de médicos y personas con gran experiencia eran inútiles
y el herido fallecía sin remedio.
Muerte por flecha voladora encontró el Gobernador alemán Ambrosio Alfín-
ger en este valle de conquista: de regreso a Coro, sufriendo trabajos incontables, so-
portando continuos ataques de los aguerridos indios del sur del lago de Maracaibo,
con sus soldados debilitados por el hambre, por la lluvia y el frío, atraviesa Alfín-
ger las altas montañas donde quedaron los cadáveres de ocho cristianos, entre ellos
el capitán Casimires de Nuremberg. La bajada se hace enfrentando grandes peli-
gros por el camino hacia el nordeste, hacia Coro que parecía tan lejana. Se temía
mucho a la "flecha con yerba", es decir, envenenada, que las tribus de la región
usaban en sus combates. En una salida exploratoria el alemán se aleja del campa-
mento con Esteban Martín, siendo agredidos por numerosos aborígenes resultando
Martín con leve herida en una mano y Alfínger con la garganta atravesada por una
flecha. De régreso al sitio donde estaban los demás soldados, Hernán Pérez de la
Muela y el cirujano Albear se dedicaron por entero a la curación de los heridos,
haciendo extracción de la flecha envenenada enterrada en el cuello del Gobernador.
Cuatro días y cuatro noches resistió el nórdico, pero la acción del veneno, a pesar
de todo lo que intentaron el médico Pérez de la Muela y el cirujano Albear para
detenerla, continuó hasta terminar con la vida de Ambrosio Alfínger el 31 de ma-
yo de 1533. Así murió el primer Gobernador de Venezuela, poblador de Coro y
Fundador de Maracaibo, rudo, valiente, decidido, y que sólo tuvo como gran de-
fecto lo que es una característica de su raza, que los antiguos romanos hace más
de 2.000 años habían señalado con el término de "furor teutonicus".
Dice Fray Pedro Simón que con Alfínger fueron muchos los españoles que fa-
llecieron en esta expedición, por hambre, por congelamiento en las montañas y por
las enfermedades "que se causaron de la novedad de la tierra y de su mucha hume-
dad" ("Noticias historiales de Venezuela", Ediciones de la Academia Nacional de la
Historia, Caracas, 1963, t. I, pág. 108). Los supervivientes de la trágica expedi-
ción llegaron, por fin, a Coro el 2 de noviembre de 1533, después de haber estado
ausentes dos años y tres meses. El botín alcanzó a la suma de 38.496 pesos; se pa-
gó el quinto real, que montó a 7.679 pesos, se dedujeron los gastos generales de la
expedición como valor de los caballos muertos, los salarios del médico Hernán
Pérez de la Muela y del cirujano Albear ( no he podido encontrar la suma que re-
cibieron), y otras costas y gastos que el común debía a los Welser, quedando un
total de 16.000 pesos para ser repartidos entre los vapuleados Conquistadores.
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Durante los dos años que el Licenciado Pérez de la Muela y el cirujano Albear
estuvieron fuera de Coro, acompañando al Gobernador Alfínger, la ciudad caquetía,
base de las fuerzas españolas que llegaban para realizar la Conquista del territorio
venezolano, según todo indica quedó sin médicos y cuando el Gobernador encar-
gado Bartolomé Sayler, llamado también Santillana, en marzo de 1533 manifestó
a los vecinos sus deseos de aprovechar un bergantín recién llegado a La Vela de
Coro para viajar a Santo Domingo y curarse "cierta enfermedad que tengo", estos
se opusieron vivamente a dicho viaje hasta que Alfínger regresara. En las semanas
siguientes el Teniente-gobernador alemán insistió en su propósito, hasta llegar a
un acuerdo con los habitantes para que enviaran a Santo Domingo por un cirujano
y por medicinas, "para curarse su enfermedad", todo lo cual nos hace pensar que
en esos momentos el pueblo de Coro no tenía un solo médico. Al final no se buscó
al cirujano dominicano ya que el alemán exigía que del "común" se tomaran fon-
dos para cubrir los gastos del médico y de las medicinas, en tanto los vecinos, em-
pobrecidos y endeudados pesadamente con la Compañía Welser, protestaron y se
negaron "que a costa del común se fuese por el tal cirujano, sino que si se quería
curar, que él enviase por él a su costa" ("Descubrimiento y Conquista de Venezue-
la," Ediciones de la Academia Nacional de la Historia, Caracas, 1962, t. II, pág.
304 ).
Noviembre y diciembre de 1533 y todo el año 1534 son de tranquilidad en
Coro. El primer obispo de la ciudad, Rodrigo de Bastidas, fue recibido en julio
de 1534, asombrándose ante el espectáculo de aquel caserío tan pobre y del cente-
nar de vecinos tan harapientos. A fines de ese año regresa a Santo Domingo y cuan-
do escribe al Rey sólo se jacta de que en Coro "dejé hecha una buena iglesia de pa-
ja conforme a la disposición de la tierra." Es una pausa de descanso para el médico
Hernán Pérez de la Muela. Días de paz en el árido pueblucho, donde el sol es una
fragua que vuelca sus urentes racimos tiñendo los cardones y cujíes con tonos ro-
jizos y el tibio viento no deja de silbar día y noche. Unos ciento cincuenta habitan-
tes empobrecidos y mal vestidos viven en chozas de barro, que por lo menos dan
grata sombra y sirven para que en ellas se lleve a cabo la única posible distracción
en el correr rutinario de las horas: la tertulia diaria sentados los amigos en las tos-
cas, duras sillas corianas, o meciéndose en las frescas hamacas aborígenes; tertu-
lia donde se comenta en tonos serios la situación local, las perspectivas futuras, las
extraordinarias riquezas que resultarían de una nueva expedición que encontrara
El Dorado, las andanzas del obispo, la llegada del próximo Gobernador alemán, y
los sucesos acaecidos a cristianos en otras latitudes. Enfermos no hay y Pérez de la
Muela en su profesión casi no tiene trabajo: Antonio de Herrera escribiría años
después que "Coro es tan sana y de buen aire, que no hay necesidad de médicos".
Cuando andando el tiempo la reacción anti-Welser cobra intensidad con la ins-
talación en Coro, mayo 1538, de los Juicios de Residencia, se hicieron graves acusacio-
nes contra el desaparecido Alfínger y una de ellas era la de haberse trasladado a Santo
Domingo fingiendo estar enfermo. Llamado como testigo, el médico Pérez de la
Muela declaró ser esto falso ya que él aconsejó dicho viaje para que el Gobernador
alemán pudiera curarse una fiebre palúdica que padecía desde hacía varios meses
(Friede, Juan: "Los Welser en la conquista de Venezuela", Caracas, 1961, Edime,
pág. 231). Otro cargo de que en ese viaje Alfínger llevó a Santo Domingo gran can-
tidad de oro, sin pagar el quinto real, fue destruído por el Licenciado Pérez de la
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Muela al certificar que, siendo su acompañante, vio que sólo portaba 5.000 pesos,
"en nombre de la república y para la república", añadiendo que durante su per-
manencia en Santo Domingo pudo observar que el fallecido Gobernador no poseía
dinero alguno (Friede, oh. cit.). También se le imputó al difunto que en su segun-
da expedición a Maracaibo y tierras occidentales, al cirujano Albear, quien pidió
licencia para volverse del camino por haber olvidado unas lancetas, "le hizo dar
muchos palos como castigo" ( id. pág. 223).
En estos Juicios de Residencia hechos en Coro a los alemanes Ambrosio AI-
fínger y Nicolás Federman, las acusaciones alcanzaron tonos duros: un testigo de-
claró que Federman no permitó a un cirujano enfermo, Maestre Lucas, viajar a
Santo Domingo en busca de recuperación dejando que muriese en Coro ( Friede, oh.
cit. pág. 289). En las marchas de Federman por aquellas desoladas llanuras de la
Guajira, abandonaba en el camino a los soldados que enfermaban, a pesar de las
protestas de los médicos y de los otros soldados. Uno de éstos atestiguó que en
vano pidió a Federman auxilio para un compañero: el alemán se acercó al enfermo
y sólo le dijo: "Hermano, esforzáos como pudiéreis", al tiempo que seguía su mar-
cha. Muchos españoles quedaban así, tirados sobre la vereda abierta en los arena-
les, por sentirse tan enfermos o desnutridos que no podían caminar, y días después
si la tropa volvía sobre la misma trocha los hallaban comidos por los zamuros.
Cuando lo anunciaban al jefe germano, éste contestaba simplemente: "Dejad andar,
que aguaceros son que pasan, que no mueren sino los ruines", frases auguradoras
de la teoría de selección del más fuerte, del superhombre ...
En 1534 la Monarquía española, a petición del obispo de Coro, don Rodrigo de
Bastidas, envió Cedularios a varios de los expedicionarios que iniciaron la Conquis-
ta de Venezuela concediendo muchos favores, desde la simple Cédula de recomen-
dación hasta las mercedes de Rehabilitación de honra. Entre los beneficiarios estaba
el Licenciado Hernán Pérez de la Muela: el 12 de septiembre de ese año, desde
Palencia, el Rey envía Cédula a las autoridades de Coro informándoles que Hernán
Pérez ha suplicado le hiciese merced de los derechos de almorifazgo sobre algunos
objetos que piensa traer de España, "para prouymiento de su persona y casa," por
lo cual ordena que "todo lo que el dicho Hernán Pérez llevare a esa tierra hasta en
cantidad de cien pesos valor, no le pidays ni lleveyz derechos de almoxarifasgo,
por quanto de lo que en ello monta yo le hago merced ... " y en otra Cédula, de
esa misma fecha y desde la misma Palencia, dirigida al Gobernador de la provin-
cia de Venezuela y Cabo de La Vela, el Rey dice sobre Hernán Pérez que "tengo
voluntad de le mandar faborecer e hazer merced en lo que oviere lugar; por ende
yo vos encargo y mando le ayais por encomendado y, en lo que tocare, le ayudeis
y faborezcais y encargueis cargos y cosas de nuestro servicio conforme a la calidad
de su persona en que sea honrado, que en ello me servireis" ( "Cedularios de la
Monarquía española relativos a la provincia de Venezuela," Ediciones Fundación
Boulton, Caracas, 1959, t. I, pág. 149).
Todo hace pensar que Hernán Pérez había decidido quedarse en Coro tra-
tando de ejercer la profesión y mejorar su hacienda, cuando el 6 de febrero de
1535 llega al pueblo el nuevo Gobernador alemán Jorge de Espira al frente de la
más importante flota que los Welser enviaran a Venezuela. Más de seiscientos hom-
bres desembarcaron, muchos con esposas e hijos, y la tropa estaba constituída, apar-
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te de castellanos y vascos, por soldados alemanes, ingleses y escoceses que apenas
si entendían el idioma español.
Tan gran cantidad de recién llegados hizo la situación difícil en cuanto alimen-
tación se refería, lo cual, unido al deseo de la mayoría por "descubrir tierra aden-
tro", levantó demandas entusiastas para emprender nueva expedición al sur de la
región, donde supuestamente aguardaban riquezas nunca vistas en el ya fabuloso
El Dorado. Hernán Pérez de la Muela, de los primeros Conquistadores que llega-
ron al país y médico reconocido por su competencia, con inextinguible apetito de
aventura y de ensueño estuvo entre los que apoyaron este riesgoso intento de ex-
plorar comarcas desconocidas. Su juventud y espíritu animoso lo empujaron sin re-
medio a correr tras quimeras y leyendas las más fantásticas.
Jorge de Espira llevó en su expedición al Meta, al lado de Hernán Pérez de la
Muela, a los escasos facultativos de Coro, graduados o curanderos, y así cuando
el primer obispo de Coro, don Rodrigo de Bastidas, en el segundo viaje a su dió-
cesis llegó a la ciudad caquetía en noviembre de 15 37, escribió al Rey diciéndole
que encontró mucha enfermedad entre los vecinos, "y yo y la más parte de ellos
estuvimos a punto de muerte y algunos de ellos han muerto, no teniendo médico
ni medicina ninguna para remediar las dichas enfermedades, a cuya causa quedamos
no bien sanos y todavía algo enfermos."
Se conoce todo lo concerniente a la expedición de Espira por una larga carta
de uno de los que tomó parte en ella, el llamado "Diario" del joven capitán ale-
mán Felipe de Hutten dirigida a su padre el 20 de octubre de 1538, cuando estaba
de regreso en Coro. Las lluvias constantes, el clima tropical, los distintos obstácu-
los encontrados en la ruta, el hambre, el diario batallar con los indios, hicieron es-
tragos en la tropa y casi todos fueron víctimas de las calenturas palúdicas. El nú-
mero de enfermos y heridos llegó a tal grado que Hernán Pérez de la Muela y
sus empíricos ayudantes no podían atenderlos debidamente, y Espira tuvo que
dejarlos en el pueblo indígena de Acarigua al cuidado de los capitanes Sancho
de Murga y Andreas Gundelfínger, mientras la expedición seguía al sur rumbo
a los llanos inhóspitos. En el río Masparro se enferman casi todos los soldados,
víctimas de las fiebres del país, y nuevamente se detienen mientras los médi-
cos trabajan para mejorarlos. El 3 de noviembre de 1535 el ejército prosigue
su marcha aun cuando la cantidad de enfermos aumenta a diario, y llega un mo-
mento en que muchos no pueden seguir el paso de la tropa por lo cual, "a más de
30 de ellos fue necesario llevarlos a caballo atravesados en las sillas y amarrados
como sacos, lo cual era lamentable de ver. Antes de llegar al campamento murieron
cuatro de ellos," escribe el testigo Felipe de Hutten. Arriban a un poblado indio
donde descansan algunos días para que los pacientes puedan recuperarse; Hutten
dice que sólo comen maíz y yuca, "que es dañina para los enfermos y también para
los sanos que no estén acostumbrados a ella."
Los capitanes, con tantas calamidades encima, hacían creer a los indios que los
blancos eran inmortales y para esto enterraban con gran secreto a los soldados fa-
llecidos; también trataban de convencerlos de que eran inmunes a las enfermedades
explicando a los caciques que los enfermos transportados en hamacas eran seño-
res de gran categoría. No obstante, la ruta que desde los ardientes arenales de Coro
iba hasta las inmensas soledades llaneras, quedó sembrada de cadáveres europeos.
El 9 de enero llegan a un caserío llamado Ithibona, donde obligado por la opi-
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nión general, el Gobernador deja 130 soldados y 19 jinetes enfermos y heridos,
ordenando que una vez recuperados alcanzaran al ejército por los rastros y señales
que dejarían al paso. Las dos terceras partes de los enfermos fallecieron y el resto,
al mejorar, desobedecieron la orden y regresaron a Coro.
En innumerables ocasiones el médico Hernán Pérez de la Muela y sus ayu-
dantes, entre los que estaba Diego de Montes, tuvieron que pelear como simples
soldados, arriesgando sus vidas en continuas guazábaras cuand0 los europeos eran
rodeados por tribus belicosas y tan sólo se oía, al lado de la salvaje algarabía de
aquellas gargantas primitivas, gritería con la cual los aborígenes trataban de mos-
trar su valor en los combates y atemorizar al enemigo, el trágico ulular de caraco-
les y botutos y el silbar de flechas indias que inútilmente se clavaban en los gruesos
y acolchonados escaupiles de los españoles. En esa marcha desatinada a través de
llanos inundados por las lluvias, en cierta ocasión toparon con un indio quien les
dijo que hacia el Poniente, a pocas jornadas, habían naciones muy ricas en oro. Es-
tando ya la expedición al borde del colapso, con una desmoralización absoluta de
los soldados que pedían el regreso a Coro, y viendo inminente el fracaso de su em-
presa, Espina no dudó en despachar a Juan de Villegas con cuarenta hombres, entre
los que figuraba Francisco Infante, Hernán Pérez de la Muela, Gonzalo Martel de
Ayala, Juan Cuaresma de Melo y otros, para que atravesando la cordillera andina
en dirección al oeste viesen las tierras existentes en esos lados, y verificasen si las
noticias dadas por el indio eran ciertas. El médico Pérez de la Muela, acompañando
a Juan de Villegas, caminó por al serranía durante tres días, pasando grandes tra-
bajos, y cuando todos juzgaron ser inaccesible su fragosidad tuvieron que regresar
decepcionando más al triste Conquistador teutónico. ( Oviedo y Baños, ob. cit. pá-
gina 89.)
Extenuados los escasos sobrevivientes, enfrentando la hostilidad de aquella na-
turaleza bronca y exótica, el Gobernador Espira admite la derrota y ordena el 13
de agosto de 1537 el regreso a Coro, en medio de la alegría de los hambrientos ex-
pedicionarios. El Licenciado Hernán Pérez de la Muela, quien durante los tres años
que duró-la inútil aventura de Jorge de Espira sufrió apuros sin cuento, atendiendo
a centenares de enfermos y heridos, padeciendo hambre y muchas privaciones, fue
de los pocos que, con el Gobernador alemán, llegaron a Coro el 27 de mayo de
1538, famélicos y cubiertos de harapos. Más de 300 europeos perdieron sus vidas
en esta malaventurada expedición, y en Coro era tal la creencia general de que todo
el ejército había perecido que, en pública subasta, ya habían vendido los bienes de-
jados por los soldados cuando salieron de la ciudad años atrás.
El joven Felipe de Hutten, en la famosa carta dirigida a su padre en Alema-
nia, le decía desde Coro: "Sólo Dios y los hombres que lo probaron conocen las
privaciones, la miseria, el hambre, la sed y la pena que sufrieron los cristianos du-
rante estos tres años. Digno de admiración es que el cuerpo humano pueda sopor-
tar tanto y durante largo tiempo. Es de espanto lo que en esta jornada teníamos
que comer los cristianos de bichos como culebras, sapos, lagartijas, víboras, gusa-
nos, hierbas, raíces y muchas diversas cosas y malas comidas, aún devorando algu-
nos carne humana, contra la naturaleza. Un cristiano fue encontrado cuando coci-
naba con hierbas un cuarto de un muchacho indio."
En esta forma, de los 490 hombres que salieron de Coro tres años atrás,
sólo volvieron con vida 150, enfermos, enflaquecidos, arruinados y medio desnudos.
154 BOLETIN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA
Meses más tarde el Gobernador Espira nombró al Licenciado Hernán Pérez
de la Muela Alcalde ordinario de la ciudad de Coro; en esa época había un Alcal-
de Mayor y cinco Alcaldes ordinarios ( Friede, oh. cit. pág. 362). Cuando Espira le-
vantó ante el obispo de Coro una "Probanza de servicios", con el fin de justificar
su fracasada expedición, afirmó que en los primeros meses enfermaron de fiebres
más de 200 soldados, recién llegados de Europa, y "que en su propia casa les ha-
da a muchos guisados de comer, y mandaba al Licenciado de la Muela y a Diego
de Montes, médicos, que los curasen ... " ( Friede, ob. cit. pág. 369). Idénticas
declaraciones las dan también varios testigos, y se confirman plenamente al leer el
Diario de Felipe de Hutten: "El Gobernador también se preocupó por restablecer
a los enfermos, mandando a curarlos y a proveerlos de lo más urgente, hasta don·
de lo permitía la pobreza de esta tierra." Juan de Castellanos decía:
"Tuvo, ya por poblados, ya por yernos,
gran vigilancia sobre los enfermos."
Jorge de Espira, en su Probanza de servicios, afirmaba que su expedición es-
tuvo a punto de llegar a un país "con mucho número de oro y plata, en que había
mucho número de vasijas y tinajas y otras piezas diferentes, y en que había ove-
jas ... " Tan fabulosas riquezas y las "ovejas" que hicieron pensar en las llamas del
Perú, despertaron de nuevo el interés, no solamente en la tropa veterana y espe-
cialmente en los recién llegados del Viejo Mundo impacientes por conquistar poder,
gloria y dinero, sino en los poderosos Welser quienes influenciaron para que la
Monarquía hispana ratificara a Espira como Gobernador y Capitán General de Ve-
nezuela, nombramiento recibido en Coro a principios de 1539. Con el apoyo finan-
ciero de los banqueros alemanes viaja Espira a Santo Domingo con el fin de adqui-
rir lo necesario para una nueva expedición, y ya de regreso pudo declarar que los
vecinos de Coro "están todos vestidos de nuevo y remediados" y en la ciudad "no
se habla más que de la nueva entrada". Nuevos contingentes de soldados y caba-
llos llegan para tomar parte en la prometedora incursión y las noticias corren de
boca en boca, cada vez más exageradas, sobre el fantástico El Dorado y sus fabu-
losos tesoros.
Pero el Gobernador alemán enferma y pese a los esfuerzos de Hernán Pérez
de la Muela y de otros médicos o curanderos, fallece cerca de Coro el 11 de junio
de 1540, posiblemente de malaria, cuando todos esperaban con impaciencia rete-
nida que los guiara hasta la "Casa del Sol;" Juan de Castellanos dice que fue ente-
rrado en el templo de paja, única iglesia levantada en la ciudad. Cunde el desánimo
en los vecinos y en la tropa mientras el gobierno queda acéfalo, y la situación al-
canza un grado tal de anarqwa que la Real Audiencia de Santo Domingo nombra
al obispo de Coro, Rodrigo de Bastidas, Gobernador interino de la provincia.
El prelado llega el 7 de noviembre de 1540 y elige al joven hidalgo alemán
Felipe de Hutten como Capitán General de la expedición. Hutten, con sólo 26
años de edad, había sido compañero de Espira durante los tres años de su aventu-
ra adquiriendo experiencia suficiente para comandar tropas, y su personalidad, lle-
na al mismo tiempo de entereza y nobleza de sentimientos, lo proyectaba ante la
soldadesca con firmes líneas de jefe aceptado por todos.
El l? de agosto de 1541 sale de Coro el joven alemán al frente de 100 hom-
bres de a caballo y 30 soldados de a pie. Acompañando al ejército, como en tantas
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ocasiones anteriores, va el médico Hernán Pérez de la Muela. Esta expedición, co-
mo todas las emprendidas por los alemanes en Venezuela, también resultó un ab-
soluto fracaso y la tropa se vio obligada a regresar a principios de 1545. El mor-
tífero clima, las fiebres agotadoras, las interminables jornadas a través de tierras
desiertas, el hambre, la avitaminosis, más que las batallas contra tribus hostiles,
destruyeron el ejército. Pedro de Aguado ( "Recopilación historial de Venezuela")
dice que se ponían "hipatos e hinchados y perdiendo sus naturales colores cobraban
otros muy diferentes, casi anaranjados," cayéndoseles el cabello y la piel se cubría
de pústulas.
Sobre una supuesta herida grave recibida por el Jefe alemán en el tórax, tengo
muchas dudas sobre su veracidad y pienso que, en gran parte, sea una exageración
o invención de aquellos tiempos pues todo señala una lesión sin mayor importan-
cia que sólo interesó tejidos superficiales. Aguado fue el primero en darle crédito
o al menos trasladarla a su libro; de aquí, como tantas otras cosas, la tomó Fray
Pedro Simón para su obra "Noticias historiales de Venezuela", siendo a su vez co-
piado casi textualmente por Oviedo y Baños. Todos ellos refieren que una lanza
indígena se clavó en el tórax de Hutten, debajo de la axila derecha; Diego de Mon-
tes, quien a veces hacía de curandero y de cirujano improvisado, para tener segu-
ridad si el arma había penetrado en la cavidad toráxica hiriendo la pleura o el
pulmón, hizo que un viejo indio recibiera lanzazo similar, en el mismo sitio ana-
tómico y, una vez muerto, le practicó "anatomía," comprobando que la lanza no
había alcanzado profundidad suficiente para lesionar órganos internos, y Hutten
curó rápidamente siguiendo al frente de la tropa.
Lucas Fernández de Piedrahíta ( "Venezuela en los Cronistas Generales de
Indias," Ediciones de la Academia Nacional de la Historia, Caracas, 1962, t. II,
pág. 227 )_ narra que Hutten fue herido y curado por Diego de Montes, "no porque
fuese médico ni cirujano sino por no hallarse otro que supiese tanto," ignorando,
por lo visto, que en el ejército estaba el Licenciado Hernán Pérez de la Muela, ve-
terano en todas las expediciones de los Welser como médico y como soldado. Juan
de Castellanos, en cambio, menciona que la herida de Hutten "no fue de muerte,"
sin hablar de operación alguna llevada a cabo para salvarle la vida y sin hacer men-
ción del cruel experimento realizado con el indio esclavo. Gonzalo Fernández de
Oviedo ("Historia General y Natural de las Indias," Ediciones Atlas, Madrid, 1959,
t. III, pág. 40) dice que Hutten fue herido "más sanó desde a pocos días." Friede,
en su magnífica y documentada obra sobre los Welser, apenas escribe que Hutten
fue "levemente herido" ( oh. cit. pág. 382) sin darle ninguna importancia a dicha
lesión.
Hay una evidente exageración o marcada fantasía en que un soldado como
Diego de Montes, sin conocimientos algunos de anatomía humana o de clases de
cirugía, provocara a un indefenso aborigen la misma herida sufrida por el joven
caudillo alemán ocasionándole intencionalmente la muerte, para luego practicarle
una especie de autopsia o de disección, con el objeto de verificar en el cadáver si
la lanza había perforado la pleura o lesionado el pulmón. Todos saben cuán extre-
madamente difícil es que alguien pudiera efectuar una segunda herida similar des-
de todo punto de vista a la primera, en extensión y profundidad; entonces, cabe
la pregunta de cuál fue la causa del deceso inmediato del indio, ya que no hubo le-
siones internas, en tanto el alemán no acusó signos de gravedad en ningún momen-
156 BOLETIN DE LA ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA
to. ¿ Y qué podría saber Montes sobre los órganos contenidos en la cavidad torá-
cica para hacerles "anatomía," término con el cual se quería decir disección o au-
topsia? A menos de que se tratara de un estudiante de medicina que no culminó su
carrera, cosa que está lejos de ser demostrada, todo el asunto es un completo dis-
parate, algo tan absurdo que no puede ser comprendido ni aceptado.
Pérez de la Muela fue el verdadero médico de la tropa aunque también, igual
que en anteriores ocasiones, cumplía sus obligaciones de soldado de a caballo. Un
ejemplo de ello sucedió cuando en una guazábara muy dura sostenida con belico-
sos indios, los españoles victoriosos celebraron la victoria, dando gracias a Dios el
sacerdote Joan Frutos, de Tudela, y el poeta de los miles de versos, Juan de Cas-
tellanos, comenta:
"Curaron a heridos cirujanos
y el Licenciado Pérez de la Muela,
que fue de los más viejos baquianos
de la gobernación de Venezuela,
en su facultad hombre de sustancia,
y en guerras no de menos importancia."
Uno de los más esforzados capitanes de esta expedición, el veterano Martín de
Arteaga, fue atravesado por una flecha en la cavidad torácica; herida, esta sí, de
extrema gravedad por la fuerte hemorragia que tuvo por boca y fosas nasales, he-
moptisis indicadora de lesión pulmonar. Juzgaron el caso incurable, según el cri-
terio médico de aquellos tiempos y el sitio geográfico donde ocurría en medio de
llanuras anegadas y a centenares de leguas de Coro, y Castellanos dice: "Montes
y el Licenciado de la Muela cada cual de por sí lo desconsuela," pero el bravo sol-
dado nunca perdió su optimismo y con ciega fe religiosa declaraba: "Médico muy
mejor es el del cielo, pues del sepulcro resucita muertos", y en efecto, para asom-
bro de todos, especialmente de los médicos, comenzó a mejorar hasta sanar por
completo alcanzando la ancianidad pero quedándole una fístula en la cicatriz, "pues
purga siempre por aquella parte, por cierto cañutillo que allí tiene," es decir, un
rústico madero ahuecado que el ingenioso veterano se colocaba en forma permanen-
te para dar salida al exterior a secreciones formadas en un posible empiema crónico.
A principios de 1545 Felipe de Hutten da por terminada su expedición y re-
gresa por el camino a Coro; pero en región tocuyana encuentra a Juan de Carvajal
y como resultado del choque entre ambos caudillos son degollados los alemanes
Hutten y Bartolomé Welser.
A fines de ese año, por instancias de hombres influyentes que tenía cerca, Car-
vajal quiso hacer una ciudad en el verde valle donde tenía su campamento: forma-
da la traza de las calles hizo desmontar el boscaje que cubría la zona, y el día 7 de
diciembre de 1545 fundó a Nuestra Señora de la Concepción de El Tocuyo. Entre
los fundadores y primeros vecinos figuran el Licenciado Hernán Pérez de la Mue-
la y el curandero Diego de Montes, junto con Diego Ruiz Vallejo, Damián del Ba-
rrio, Juan de Guevara, Sancho del Villar, Alonso de Campos, Cristóbal Ruiz, Gon-
zalo Manuel de Ayala, Juan de Villegas, Pedro de Limpias, y muchos más. Cuan-
do Carvajal decidió la mudanza de Coro hacia tierras tocuyanas se operó en la ciu-
dad caquetía una honda transformación, que cambió radicalmente su aspecto pues
al dislocarse su economía con la emigración casi masiva de los habitantes, quedó
HERNAN PEREZ DE LA MUELA 157
arruinada. El centro de gravedad geoeconómico de la provincia se desplazó, en for-
ma temporal, a la nueva ciudad de El Tocuyo, para luego afincarse definitivamen-
te, hasta nuestros días, en Caracas, la capital del país.
Estando en El Tocuyo, Pérez de la Muela fue durante algún tiempo el encar-
gado de la explotación de las minas de oro de Chirgua, y dice el Hermano Nectario
María que durante su administración éstas alcanzaron resultados muy satisfactorios.
El cargo del Licenciado era de "Alcalde de Minas."
En el Juicio de Residencia que llevó a cabo el Licenciado Juan Pérez de To-
losa contra el Teniente-gobernador Juan de Villegas, en 1546, uno de los testigos
fue nuestro médico. Villegas salió libre de cargos, pero condenado en las costas
del Juicio y tuvo que pagar 20 pesos oro. Y en otro Juicio seguido en Coro contra
los Gobernadores alemanes, en 1547, el Licenciado Pérez de la Muela declaró:
"Organizaban los Belzares grandes entradas, donde habían de hallar grandes ri-
quezas, y calaron mucha tierra, en gran daño suyo y de los que les siguieron"
( Friede, oh. cit. pág. 466).
El día 24 de febrero de 1548 Juan de Villegas fundó a Nuestra Señora de la
Concepción del puerto de Borburata: paseó por la playa del sitio escogido y tomó
con su mano agua salada del mar, "la vertió y con una espada cortó ramas de ár-
boles que estaban cerca", en señal de posesión en nombre del Rey de España. La
firma del Licenciado Hernán Pérez de la Muela aparece en el Acta de Fundación,
como "Vehedor" (Archivo General de la Nación, Sección Encomiendas, t. XI, f.
188 vuelto). El médico, de los primeros europeos que llegaron a Venezuela, pres-
tó su juramento sobre una señal de la Cruz en una Barra de Justicia, tocándola con
la mano derecha. Y cuando el capitán Juan de Villegas promovió un cuestionario
en la ciudad de El Tocuyo, el 9 de abril de 1549, el testigo Licenciado Hernán Pé-
rez de la Muela, "de más de 45 años de edad, Veedor de El Tocuyo, vio este tes-
tigo que muerto el dicho Ambrosio de Alfínger en la tierra adentro, fue nombrado
por Capitán General el dicho Pedro de San Martín, factor, y que nombrado, la
más de la gente se amotinó contra él diciendo que no le querían por Capitán sino
a otro, y que dicho Juan de Villegas se entremetió en medio y metió paz para des-
hacer y quitar el dicho motín. El lo puso todo en paz y así vinieron con el dicho
factor en paz y concordia hasta llegar a la ciudad de Coro" ( Archivo General de
la Nación, Sección Encomiendas, t. XI, f. 199 vuelto).
Acercándose a la edad otoñal Hernán Pérez de la Muela ha pasado por tre-
mendas experiencias durante su vida aventurera, ha cruzado varias veces la lagu-
na de Maracaibo, se ha abierto camino, espada en mano, a través de la Guajira, ha
atravesado el Valledupar asediado por indios hostiles, ha escalado los páramos an-
dinos donde muchos de sus compañeros perecieron congelados. Ha visto de cerca
la muerte en varias ocasiones; ha sabido lo que en verdad es el hambre y la sed;
ha caminado por las extensas llanuras y surcado los ríos más turbulentos. Sabe ma-
nejar el bisturí y la sonda tanto como el sable y el arcabuz. Ha estado en contacto
con docenas de tribus aborígenes, las unas distintas a las otras. Ha sufrido el que-
mante sol de los llanos y el frío quebrantador de los picos nevados. Ha servido
lealmente a sus jefes, como lo prueban sus declaraciones en los Juicios de Resi-
dencia. Pero ya la juventud se le va, ya la fatiga lo aprieta cada vez más, ya la in-
quietud anhelante de sus años mozos ha desaparecido, y ese doloroso sentir el trán-
sito irreparable del tiempo se adueña de él hasta llevarlo a la convicción de que
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llegó la hora del reposar, de sembrar raíces, de estar quieto en el hogar que jamás
tuvo en tierras americanas donde sólo ha conocido días de luchas y de riesgosos
lances. Cansado de tantos años de duros trabajos y peligrosas expediciones que no
le dieron fruto alguno, al ser repartidos solares en el fértil valle tocuyano Hernán
Pérez de la Muela hizo de esta sonriente y acogedora comarca su asiento definiti-
vo, dividiendo sus últimos años entre el ejercicio de la profesión y el cultivo de
sus tierras, pero aceptando desempeñar cortas misiones a sitios vecinos, y quizás
allí, en la ciudad de El Tocuyo, terminarían sus días de Conquistador y de sanador
de cuerpos.
Maracaibo: enero de 1979.
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