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DEjar Ir Tambien Es Un
Acto de Amor
Cargado por tabordaacostaangelin el May 24, 2024
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Dejar ir también es un acto de amor
Tal vez uno de los sentimientos más fuertes que puede existir entre humanos es el amor de una
madre hacia sus hijos y pude experimentarlo cuando quedé en embarazo. Nada se puede
comparar con lo que sientes y lo que significa para ti, sin embargo con esta experiencia descubrí
que no solo dar vida es un acto de amor, dejar ir también lo es.
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Soy la madre de Julieta, una bebé que nació con una condición limitante e irreversible: una
malformación cerebral severa que le producía múltiples complicaciones; entre ellas, la
inmovilidad de su cuerpo, la imposibilidad de succionar, de deglutir y de moverse normalmente lo
que terminó en convulsiones cada veinte minutos. Sus tres meses y veinte días de vida
transcurrieron en una clínica en la unidad de cuidados intensivos para recién nacidos. Cuando
Julieta nació la noticia de su condición nos tomó por sorpresa a mi esposo y a mí; la idea nos
paralizó pues en los controles médicos siempre nos dijeron que todo estaba bien, que la niña
crecía normalmente, que tendríamos una bebé sana y llena de vida. Durante 9 meses
albergamos esa idea y alimentamos nuestra ilusión de ser padres por primera vez. La respuesta
por parte del personal médico tratante siempre fue inconclusa, no supimos el diagnóstico real de
Correo electrónico
su enfermedad a pesar de los múltiples especialistas que evaluaron su caso. Unos días fueron de
esperanza, otros de desosiego e impotencia y otros de resignación, dependiendo del especialista
que la examinaba.
Durante el primer mes de vida de mi hija, si es que así puede llamarse, me volví loca revisando
¿Le pareció útil este
habíadocumento?
toda la bibliografía relacionada con los síntomas que presentaba, tal vez para entender por mi
propia cuenta que era lo que pasado o cuál era la enfermedad que la aquejaba y si había
posibilidades de una curación ya que los médicos no se atrevían a dar ningún pronóstico. Pensé
en llevarla al lugar que fuese necesario, iría hasta el fin del mundo con mi hija con tal de lograr
que algún día pudiera caminar, comer y tuviera una vida ‘normal’. Me encontraba en negación
absoluta de la situación, no aceptaba lo que estaba pasando y creía que yo podría sacar a mi hija
adelante y que nuestro futuro sería alentador, que yo sería más fuerte que la enfermedad y que
lo lograría. Tal vez mi comportamiento inicial fue el normal de una mujer que añoraba ser madre
y que ama profundamente a su hija, pero en ese momento jamás pensé que tal vez mi hija
sufriría mucho en ese proceso y no me pregunté si ella estaba en las condiciones para afrontar la
vida; creí que habría un tratamiento milagroso que podría curarla y que su condición podía
cambiar.
¿Este contenido
A medida que pasaban loses inapropiado?
interminables días en la clínica con mi hija, recibiendo a médicos
todos los días, viendo los miles de exámenes que le practicaban e incluso procedimientos que la
lastimaban y viendo su inmejorable estado, fui comprendiendo que su condición clínica era
irreversible y que no existía un tratamiento que pudiera cambiar su estado. Los médicos también
empezaron a expresarlo, le practicaron una cirugía para alimentarla artificialmente; respiraba con
oxígeno artificial y durante un buen tiempo con respirador.
Reportar
Después de estar seguros de que la enfermedad de mi hija era incurable y que no existía
ninguna cirugía ni tratamiento que la llevará a tener unas condiciones de vida digna, mi esposo y
yo empezamos a pensar que nuestra hija estaba sufriendo y que no debíamos seguirla
sometiendo a esos procedimientos infructuosos que no reversarían su condición. Sin embargo,
me asaltaban las dudas. ¿Estará bien que no permitamos que le hagan más procedimientos
tortuosos a nuestra hija sabiendo que su condición es irreversible? ¿Debo permitir que le sigan
haciendo tratamientos intravenosos, succiones, y procedimientos dolorosos a una bebé de 3
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meses, aun sabiendo que no es para mejorar su condición clínica? ¿Está bien pensar en que mi
hija descanse de tanta tortura? ¿Estoy siendo una buena madre pensando esas cosas? ¿Por qué
tengo un deseo tan grande de retenerla a mi lado aun sabiendo que su vida será
extremadamente limitante?
Estaba muy confundida, llena de miedo. Junto con mi esposo tuvimos temor de hablar con
alguien de la clínica pensando que nos juzgarían por querer que ya no le practicarán más
procedimientos. Todo el tiempo pensaba si lo que debía primar en mi decisión era mi ‘deber’
como madre o el bienestar de mi pequeña. Desafortunadamente, en el lugar donde mi hija estaba
no tuvimos asesoría bioética sobre nuestro caso. Mi esposo y yo no sabíamos a quién dirigirnos y
cuando planteamos la idea de llevarla a casa para que conociera su hogar y estuviera bajo el
cuidado de sus padres en el ambiente familiar al que tenía derecho durante el tiempo que la vida
lo permitiera, fuimos juzgados y señalados.
Afortunadamente encontramos una mano amiga que nos orientó en este proceso y nos mostró
que no éramos unos salvajes al pensar que lo mejor para nuestra hija era no forzarla a vivir una
condición para la cual no estaba preparada. Gracias a DMD, comprendimos que querer a nuestra
hija también implica luchar por su bienestar y por su dignidad. Decidimos no seguir sometiéndola
a vivir una vida indigna que no le permitía gozar de las facultades básicas para sobrevivir y de lo
necesario para desarrollar su individualidad y autonomía en el futuro.
Finalmente mi hija pudo salir de la clínica y, aunque fue solo por un día, pudo conocer su casa,
su cuna y todo lo que con tanto amor habíamos preparado para su llegada. En su casa, al lado
de sus padres y en el calor de su hogar falleció; pudimos despedirla con amor y con la
tranquilidad de que iría a un lugar donde no llevaría consigo las limitaciones que tenía, que
estaría mejor y sin sufrimiento.
Comparto mi experiencia porque esta vivencia me ha enseñado muchísimo, entre otras cosas,
que el verdadero amor va más allá de mis necesidades propias, de mi querer: querer ser madre,
querer tener una familia, querer una hija sana, querer demostrarle al mundo que yo podía
hacerlo; querer, querer, querer, eso es precisamente solo querer, desear algo. Amar es algo
distinto, es desprenderse de los deseos propios y poner el bienestar de tu ser amado por encima
de eso. Amar es el respeto profundo por la bienestar del otro, así ese bienestar me resulté
inaguantable. Cuando alguien que amamos se nos va pienso que realmente no sufrimos por él,
sufrimos por nosotros, por nuestro apego, por nuestra incapacidad de entender que la muerte no
es el fin ni es la separación pues, como lo dice una conocida ley física, “la energía no se crea ni
se destruye, solo se transforma”. La muerte es un estado natural al que pasamos cuando nuestro
cuerpo deja de funcionar, pero su energía, su alma, su espíritu ¬–como quieran llamarlo– sigue
ahí con nosotros. Se nos ha enseñado desde muy chicos que la muerte es ‘mala’, que viene a
quitarnos lo que queremos y que produce dolor y sufrimiento; pero realmente no sufrimos por la
muerte de nuestros seres queridos, sufrimos por lo que pensamos de ella y por la idea colectiva
que hemos creado de la misma.
Cuando entendemos que el amor al dejar ir y la muerte están muy ligados, que amar también es
respetar el proceso natural de la vida, que soltar dejando que el otro tenga mayor bienestar que
el que ahora tiene y que es más compasivo que aferrarnos a una existencia limitada, entonces
podemos desprendemos de nuestro egoísmo de mantener con vida a quien ya no puede
ejercerla; cuando profesamos un acto de amor profundo por quien ya no tiene las facultades para
defenderse en este mundo y decidimos soltarlo para que experimente la paz y el bienestar que
merece, en ese momento hemos aprendido lo que es realmente el amor. Gracias a esta
experiencia, hoy puedo decir que entiendo que dejar ir también es un acto de amor.
E. S. C.
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