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Y O S O Y E L A BI S M O

Otros libros de Donato Carrisi


en Duomo ediciones:

El cazador de la oscuridad
La chica en la niebla
El maestro de las sombras
El susurrador
El juego del susurrador
La casa de las voces
El hombre del laberinto
DONATO
CARRISI
YO S OY E L A BIS MO

Traducción de Maribel Campmany

Barcelona, 2024
Título original: Io sono l’abisso
© 2020, Donato Carrisi
© 2024, de esta edición: Antonio Vallardi Editore S.u.r.l., Milán
© 2024, de la traducción: Maribel Campmany Tarrés
Todos los derechos reservados
Primera edición: octubre de 2024
Duomo ediciones es un sello de Antonio Vallardi Editore S.u.r.l.
Plaça Urquinaona, 11. 3.º 1.ª izq. 08010 Barcelona (España)
[Link]
Gruppo Editoriale Mauri Spagnol S.p.A.
[Link]
ISBN: 978-84-19834-81-2
Código IBIC: FA
DL B 15.967-2024
Diseño de interiores:
Agustí Estruga
Composición:
David Pablo
Impresión:
Grafica Veneta S.p.A. di Trebaseleghe (PD)
Impreso en Italia
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización por escrito de los titulares del copyright,
la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico,
telepático o electrónico –incluyendo las fotocopias y la difusión a través de internet– y la
distribución de ejemplares de este libro mediante alquiler o préstamos públicos.
A Antonio y Vittorio,
mis hijos, mis historias más bellas
Why I should pity man more than he pities me?

¿Por qué debería compadecer al hombre más


de lo que él se compadece de mí?

Frankenstein o El moderno Prometeo


Mary Shelley, 1818

¡Está en casa!

Frankenstein – Dirigida por James Whale, 1931


7 de junio

Al rótulo, arriba de todo, le faltan algunas letras, otras


están torcidas. A pesar de tener solo cinco años y de que
todavía no va al colegio, reconoce la G y la H y sabe
que la redondita siempre corresponde a la O, que ahora
también es la forma del asombro de sus labios.
«Grand Hotel», lee Vera para él mientras se acercan,
indicando el alto edificio que los espera, adormecido.
Las ventanas son como muchos ojos ciegos. Largas arru-
gas surcan las paredes, huellas de lágrimas secas. Las ins-
cripciones y los dibujos de colores, en vez de provocar
alegría, hacen que el inmueble parezca un viejo gigante
humillado. La puerta principal parece una atracción de
feria rota y está atrancada con tablones. Pequeños ar-
bustos taladran el asfalto de la explanada como dedos
de esqueletos intentando salir de sus tumbas.
En medio de un coro de cigarras invisibles, solo se
oyen los zuecos de Vera y el arrastrar de las chancletas
del niño. El niño con pantaloncitos azules y camiseta va
con el pie cambiado, no consigue seguirle el paso. Por su

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parte, Vera parece muy segura subida en sus zuecos con
la hebilla brillante, esbelta como un flamenco.
El sol es cegador. Pero el niño no puede evitar levan-
tar la mirada para admirar a la mujer mientras caminan
juntos, uno al lado del otro. Vera lleva las gafas de cris-
tales oscuros, de gata, tres grandes pulseras se le deslizan
por el codo mientras sostiene el sombrero de paja que a
él tanto le gusta, el de la cinta rosa alrededor que roba-
ron juntos en una tienda de recuerdos. Ha sido él quien
le ha pedido que se lo pusiera antes de salir de casa y
ella le ha complacido. Debajo de los shorts y la camise-
ta, Vera lleva el bikini de flores verdes y amarillas de las
estrellas de cine. Los cabellos, muy rubios y volumino-
sos, le brillan bajo la luz de la mañana. Su piel es tersa
y suave, con unas minúsculas y graciosas pecas oscuras
que solo se aprecian estando muy cerca de ella.
El niño la observa y se pone triste. A veces le parece
que no se merece una mamá tan guapa. Él es fofo y des-
garbado, y ella es tan perfecta...
–Vamos, ya casi hemos llegado –lo exhorta Vera, algo
molesta.
El niño jadea, le gustaría pedirle que afloje el paso,
por lo menos un poco, pero no lo hace porque teme que
lo suelte y prosiga ella sola. Ese contacto físico es tan
raro que casi no puede creer que todavía no se haya li-
berado de su mano sudada.
Pero hoy es un día especial.
Vera lleva colgada del hombro una bolsa grande en la
que ha metido las toallas de playa junto con el almuer-
zo: dos bocadillos y un par de Coca-Colas. Se percibe el
olor a mortadela y el sonido de los botellines al tintinear.

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Hoy es su Gran Aventura.
Llevan semanas hablando de ello. Fue ella quien lo
propuso, cosa ya bastante extraña. El niño pensaba que,
como en otras ocasiones, Vera se olvidaría de ello. Pero
no ha sido así. Le hizo una promesa y, por lo visto, esta-
ba cumpliendo su palabra.
Qué más da si el sitio de la Gran Aventura no es
como se lo había imaginado. Por lo menos no hay nin-
gún «moscardón» con ellos. Siempre se giran por la calle
cuando pasa Vera, la rodean con sus mil ojos y bisbisean
con la voz incomprensible y molesta de las moscas. Solo
ella parece no darse cuenta de nada. De vez en cuando
alguno logra hacerla reír y lo que ocurre entonces es que
Vera lo deja entrar en su vida sin siquiera preguntarle si
le parece bien. Pero hoy es distinto. Hoy nadie hará reír
a su madre hasta lograr que se olvide de su hijo.
Hoy Vera es solo suya.
Ya ha comprendido que, al fin y al cabo, los moscar-
dones vienen y van, ninguno se queda. Unas veces Vera
se cansa de ellos, otras, sucede lo contrario. Por lo gene-
ral se limitan a ignorarlo y a él ya le va bien así. Aunque,
de tanto en tanto, alguno se fija en él y quizás se pone a
hacerle de padre, a pesar de no serlo, y decide enseñarle
modales. El recuerdo de la última lección es una marca
debajo de la axila, el beso abrasador de un cigarrillo.
El niño no sabe quién es su verdadero padre. Nunca
se lo ha preguntado a Vera. Probablemente alguno de
los moscardones de turno. Uno feo y gordinflón que,
antes de desaparecer, puso su fealdad dentro de la tripa
de Vera. Y el resultado es él. Tal vez por eso Vera le ha
prohibido que la llame mamá. Él la llama así solo en sus

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pensamientos. Tampoco usan nunca la palabra «fami-
lia». Pero incluso Vera sabe que, si traes un hijo al mun-
do, tienes que explicarle las cosas y asegurarte de que las
aprenda. Por ejemplo, unas semanas atrás vieron juntos
una película y salía una «familia» que organizaba una
excursión a la playa. También había un niño como él. Su
papá le regalaba una máscara de buceo y se dedicaba a
enseñarle cómo utilizarla.
En esto consiste la Gran Aventura: Vera le ha prome-
tido que hoy le enseñará a nadar.
No tiene traje de baño. Pero cuando, antes de salir, se
lo ha comentado a Vera, ella le ha contestado: «No nece-
sitas bañador, los calzoncillos te sirven perfectamente».
Ahora ya le da igual, no tiene ninguna importancia.
Con el corazón latiendo a mil por hora, se adentra junto
a ella entre los matorrales y, pisando escombros y crista-
les rotos, rodean el Grand Hotel hasta llegar a la parte
de atrás.
–¿Qué te había dicho? –dice la mujer, con un tono
entusiasmado, señalando frente a ellos una piscina con
forma de judía.
Sin percatarse, el niño suelta la mano de su madre
y se queda paralizado. A pesar de que solo tiene cinco
años, ya ha aprendido lo doloroso que puede ser fiarse
demasiado de su propia fantasía. Sobre todo, cuando
por medio hay una idea de Vera. Aunque esta vez es dis-
tinto. La realidad es un nudo en la garganta.
El agua es negra. Pequeños insectos voladores y algu-
na libélula se persiguen rozando la superficie que parece
una película transparente.
–¿Y bien? ¿Te pasa algo? –pregunta Vera con fastidio.

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–Nada –intenta fingir él, sabiendo que no resulta
creíble.
–Vamos, dime, ¿qué ocurre?
Pero él no logra disimular su desilusión.
–También podemos volver a casa –amenaza Vera.
–¡No! –se apresura a frenarla, temiendo haberlo es-
tropeado todo–. Quedémonos –intenta convencerla con
voz de súplica.
Vera lo observa durante un momento, una ceja se le
levanta tras sus cristales oscuros. A continuación, mira
a su alrededor.
–Vamos a buscar un sitio para tomar el sol –senten-
cia, por suerte, sacando una toalla de la bolsa. Al final
se instalan en un claro, en medio de un círculo de hama-
cas desfondadas. Vera se quita los shorts y la camiseta
y se tiende en el suelo–. ¿No te desvistes? –le pregunta–.
Vamos –insiste.
El niño empieza por los pantaloncitos y, un rato des-
pués, se quita también la camiseta. Su madre lo contem-
pla todo el tiempo y él se siente avergonzado. Espera que
Vera haga una de sus bromitas de costumbre y lo llame
gordinflón o rechoncho. Pero esta vez no lo hace.
–¿Por qué no te das un chapuzón? –le propone.
Él se vuelve hacia la piscina sin decir nada.
Al ver su reacción, Vera se echa a reír. Pero es una risa
buena porque después rebusca en la bolsa y dice:
–Te he traído una sorpresa...
¿Una sorpresa? Las sorpresas de su madre no suelen
ser divertidas. Como cuando le dijo que salía a com-
prarle un regalo de cumpleaños y lo dejó solo en casa
durante tres días.

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Vera, sin embargo, le muestra un par de manguitos
hinchables.
–Te pones esto al principio –le explica mientras em-
pieza a soplar en el interior–. Así aprenderás más de-
prisa.
No se lo puede creer. Como mucho, Vera ha robado
algo para él mientras recorrían juntos una tienda o un
supermercado. Por lo general, zapatos o ropa. Todo lo
que el niño posee, incluidos unos pocos juguetes, pro-
viene de un botín o bien es algo que otra persona ha ti-
rado. Cuando su madre termina de inflar los manguitos,
le ayuda a ponérselos. Él contempla feliz las rosquillas
naranjas alrededor de sus brazos. Ahora solo debe en-
contrar el valor de entrar en esa agua.
–Ya estás listo –lo anima ella.
El niño se pone en marcha confiado, pero entonces se
detiene a medio camino: no ve la sombra de su madre a
su lado. Seguidamente se vuelve: Vera sigue sentada en
la toalla, se está encendiendo un cigarrillo.
–¿Tú no vienes? –le pregunta.
–Me acabo este y voy –le promete–. Adelántate tú.
Al niño le gustaría esperarla. Ella se da cuenta ense-
guida.
–¿Qué pasa...? ¿Tienes miedo?
Al niño no le gusta ese tono. Pero Vera lo usa a menu-
do. A veces en presencia de alguno de sus moscardones,
y acaban carcajeándose juntos de él.
–No tengo miedo –afirma, intentando mostrarse se-
guro porque no quiere estropear ese día. De modo que
se encamina de nuevo hacia la piscina. Al llegar al bor-
de, alarga un pie al otro lado y mete el dedo gordo en el

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agua que parece gelatina. Sabe que Vera lo está miran-
do, nota sus ojos clavados en medio de las escápulas.
Por eso no quiere titubear demasiado. Decide sentarse e
introducir primero las piernas, hasta las rodillas. Las ve
desaparecer en esa sombra líquida y un frío escalofrío le
trepa por la espalda sudada. Sin las extremidades y muy
inseguro, empieza a hacer respiraciones profundas.
–Los manguitos te mantendrán a flote –le asegura
Vera desde la toalla–. Y, además, yo te vigilo.
El niño reúne fuerzas para entrar en ese fluido inmó-
vil. Sabe que no tiene mucho tiempo. El tiempo es el alia-
do del miedo, lo aprendió aquella vez que Vera le arrojó
un cenicero de cristal un día que ella se sentía infeliz y
había bebido mucho. Un temeroso segundo de más y se
encontró con un buen corte detrás de la oreja izquierda.
–Si no lo haces tú solo, te tiraré yo misma a ese carajo
de piscina –dice su madre con voz hosca mientras suelta
una bocanada de humo del cigarrillo.
El niño entorna los ojos y se deja caer.
Al principio se hunde, pero luego algo lo empuja ha-
cia arriba. Por suerte los manguitos lo mantienen a flote
en ese caldo negro. Pero es como si la piscina se hubiese
despertado. No es una sensación agradable. A continua-
ción, empieza a mover los pies frenéticamente, más para
escapar que para nadar.
–¿Has visto como no era difícil? –le recrimina Vera–.
Ahora intenta ir nadando por la piscina.
¿Nadando por la piscina? ¿Qué quiere decir? Ni si-
quiera sabe cómo cambiar de dirección. Pero no quiere
decepcionarla. Por eso se esfuerza y, agitando también
los brazos, se mueve hacia la parte central. El haber con-

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seguido cubrir ese breve tramo lo llena de orgullo. Pero
dura poco. Le parece haber rozado algo por debajo. O tal
vez es precisamente esa cosa la que intenta atraparlo.
Una caricia en el tobillo. Se vuelve bruscamente, como si
quisiera liberarse de ella. «¿Una mano?». Emite un grito
estridente, «de nenaza», diría Vera, mientras el pie se en-
gancha a un cuerpo extraño que emerge por un instante
junto a él y vuelve a hundirse rápidamente. Una rama
seca y nudosa. Oye reír a su madre a lo lejos. Pero, a
continuación, otra cosa atrae su atención. Un ligerísimo
soplo de aire le llega directamente a la mejilla. ¿De dónde
procede? Se gira hacia el manguito derecho.
Hay un agujerito en el plástico anaranjado.
Ese insignificante orificio es suficiente para que se es-
cape todo el aire. Mientras el manguito se deshincha,
empieza a sentir el brazo más pesado. Le gustaría tomar
impulso y regresar al borde. Pero no le da tiempo a reac-
cionar cuando nota la misma sensación en el otro brazo.
Los únicos apoyos que lo mantienen suspendido so-
bre el abismo lo están abandonando.
Forcejea con el absoluto convencimiento de que el
agua sucia quiere retenerlo. La barbilla empieza a su-
mergirse repetidamente, el calducho sube hasta sus la-
bios. La piscina no quiere dejar que se vaya. Su prime-
ra reacción es avisar a Vera de lo que está sucediendo.
Consigue levantar la cabeza en su dirección e intenta
llamarla, casi logra pronunciar por entero su nombre.
La escena que se le aparece dura un instante y lo deja
consternado.
Vera ha recogido la toalla del suelo y la está metiendo
en la gran bolsa.

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El miedo le asalta. Se queda rígido y se va hundiendo.
Vuelve a emerger haciendo un esfuerzo. Tantea. Vuelve
a mirar. Vera se ha puesto el sombrero de paja y las ga-
fas de gata y se está alejando de espaldas, sus caderas se
balancean mientras camina tranquila sobre los zuecos
con la hebilla brillante. Su corazón de niño le dice que
no está ocurriendo de verdad. Intenta gritar, llamarla.
Pero el resultado es que traga mucha agua amarga que
hace que se quede sin respiración. Bracea, se hunde. Para
buscarla con la mirada echa la cabeza hacia atrás. No la
ve. Se ha ido. No está.
¡Su madre ya no está!
Los manguitos son ahora unos flácidos apéndices. Él
llora y hace aspavientos con los brazos. Desde el abismo
empiezan a aflorar algunos restos. Lo rodean. Botellas
de plástico y latas, algún bidón oxidado, bolsas de basu-
ra. En el desesperado intento de ponerse a salvo, incluso
intenta aferrarse a esos residuos, inútilmente. Oye sus
lamentaciones sofocadas mientras unas lágrimas calien-
tes se deslizan por su cara mojada. El horror le estalla
dentro de la barriga junto con la angustia. El borde está
cerca y, al mismo tiempo, muy lejos. Una y otra vez aca-
ba bajo el agua, pero todavía consigue volver a la super-
ficie. ¿Cuánto durará? La próxima inspiración podría
ser la última, lo sabe. Da patadas, no quiere rendirse.
Se debate como un pez que intenta zafarse del remolino
del desagüe en un enorme fregadero. El borde está cerca.
Pero no lo suficiente.
¡No lo suficiente!
Siente que las fuerzas lo abandonan. Siente que las
piernas están a punto de ceder, rígidas por los calambres.

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Los brazos ya se han ido, apenas los siente. «El gordin-
flón se está ahogando, el gordinflón se hunde», se repite
a sí mismo, burlándose con la misma vocecilla despia-
dada que Vera ha usado tantas veces contra él como un
aguijón.
Pero justo en ese momento descubre algo inespera-
do. Un secreto silencioso encerrado en su interior desde
quién sabe cuándo, tal vez desde siempre, oculto bajo
rollos de grasa.
Una fuerza desconocida.
Los brazos, que creía inertes, se alargan por sí solos
y abofetean la superficie del agua con vigor, los pies y
las piernas se reaniman dotándolo de un impulso deci-
sivo. No sabe de dónde procede ese instinto. Es como si
alguien ajeno a él hubiera tomado el control de su cuer-
po desgarbado. La cabeza emerge y él puede recobrar el
aliento. Los pulmones se llenan de aire vital. Un impulso
más. Otro más. Hasta que choca con un muro de cemen-
to y se aferra como puede al borde resbaladizo. Se queda
así, temblando. Los dedos blanquísimos apresan como
garras las baldosas de la piscina. Espasmos que no con-
sigue controlar sacuden su cuerpo. Pasan los segundos,
y después los minutos.
En torno a él solo se oye el canto indiferente de las
cigarras.
Sin soltarse del borde, se acerca con prudencia a una
escalerilla oxidada a la que le faltan algunos peldaños.
Trepa a ella como puede y sale de ese pozo oscuro. Hace
calor, pero siente frío. La orina le fluye entre las piernas,
ni siquiera se da cuenta. En los oídos, solo su corazón
desbocado.

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–Mamá... –llama por primera vez con voz entrecorta-
da–. Mamá... –repite entre sollozos, sin que le importe
que ella pueda recriminárselo.
No sabe qué hacer, no sabe adónde ir. Solo tiene cla-
ras dos cosas.
Su madre lo ha dejado solo. Y él ahora sabe nadar.

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