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Poesía Elena Martín Vivaldi

Tiempo a la orilla (1985)

Primeros poemas (1942-1944)

[1] I
DÉJAME en esta hora tibia de primavera
soñar que tú eres sólo el amor que yo tengo
y abrirle a mi tristeza las páginas primeras
que vayan relatando mi vida como un cuento.

II
TIEMBLO al decir tu nombre porque pueden
oír nacer mi amor entre sus letras.

III
TÚ tienes el desdén,
yo tengo el ansia:
tú la frialdad sin vida,
yo el anhelo;
la indiferencia tú,
yo la constante
aldaba del amor sobre mi pecho.

[2] [En una tarde así...]


EN una tarde así, Bécquer, ¿tú estabas
transido de colores?
¿Sentías el alma, como yo, doblada,
atenta a sus canciones?

En una tarde así, Bécquer, ¿tú amabas


sin ninguna esperanza,
temblándote en los labios las palabras
eternas y olvidadas?

En una tarde así, Bécquer,


¿soñabas como yo sueño ahora
con eso que no está en ninguna parte
y vibra en cada nota?

[3] VACÍO
HA venido un viento frío
y ha cortado las estrellas;
ya sin aromas, el mundo
se secó, mustio, de pena.

Un viento loco apagó


las flores del jardín; muertas
yacen, sin luces, dobladas
sobre sus tallos, en tierra.

Todas las cosas están


aterradas, y se quedan
mudas, sombrías, la voz
de sus añoranzas yerta.

Grises, vacío, soledad


—el corazón sin espera—;
los cielos de mi dolor
son hondas noches de ausencia.

Lo que yo siento, no es
como en otro tiempo era;
se cambió la vida y va
el alma, entre sombras, ciega.

[4] AÑORANZA
HOY que al nacer en mi dolor, yo tengo
conciencia de mi ser y de mi vida,
hoy que la ausencia es daño, escucho alerta
las viejas voces de mi sangre íntima;
hoy, que —nubes y cielo— yo quisiera
romperme el corazón y estremecerte
con el seguro palpitar sin ritmo
de este silente impulso que lo mueve;
hoy, callada, sin ti y en lejanía,
tiembla mi mano al escribir la estrofa,
río crecido, a donde lentamente,
cayendo van de mi pasión las hojas.

[5] SOLEDADES
Las cosas que se van no vuelven nunca,
todo el mundo lo sabe...
F. GARCÍA LORCA

ESTÁS hecha de ausencias, de su ausencia,


del huir de una mano, impar la mía;
de lo que va y no vuelve, su nostalgia
irá, sombra, en la ruta de mi vida.

De aquel lejano acento compasivo,


al sino triste de mi oscura frente;
de una voz sin amor, sin las promesas
de desleales, imposibles siempres.

De inquietudes, presagios y tristezas,


de febriles minutos y remotos;
de una luz que moría ya marchita
en líricos ponientes de un otoño.

Y de una juventud que yo he tenido


mía, sin advertir su desencanto;
y de este su dolor, cuando pasada,
oyó el cerrarse, mustio, de sus labios.
Tus signos, indomables, fríos me hieren,
heridas largas de desesperanza;
hunden su acero casto sin piedades,
sobre la oculta carne de mi alma.

Estoy dentro de ti, soledad, y eres


como fuertes murallas que me cercan;
fuera está todo, y tiendo yo las manos
pero la loca brisa se lo lleva.

[6] [¡Qué ríos de soledad...]


¡QUÉ ríos de soledad junto a tus brazos!
¡Qué márgenes de ensueño sobre arena!
¡Qué desiertos de luna, cielo y campo!
¡Ay, qué lejos de mí y estás tan cerca!

Cómo ahuyentas mi amor desde tus labios,


apartándome vas, cuando me cercas.
Mi sueño —mariposa— entre tus manos;
¡qué desconsuelo de ilusiones queda!

[7] ETERNIDAD
I

CON qué náufrago anhelo, firme y cierto,


me he abrazado a la llama que, oscilante,
daba a mis sienes claridad de día.
Cómo desesperada entre su ocaso,
cuando su aliento débil declinaba,
mi ser, volviendo, le infundió su vida.

Y ya, bajo su luz resplandeciente,


el alma mira cerca la belleza
posible su existencia y armonía.

II

LO que no fue será, transfigurado


por voluntad, sin voz, de mis latidos,
desde mi pulso mágica noticia.

El mundo, mi dolor, el sentimiento


de ver la rosa y aspirar su aroma,
lo mediré en su ausencia y en su cifra.

Y, porque junto al cielo de mi gozo


tuve el encanto cálido del ansia,
florecerá serena mi sonrisa.

[8] NOCHE INÚTIL


Le seul bien que me reste au
monde est d 'avoir vuelques
fois pleuré...
MUSSET
ROMPE tu indiferencia a mis suspiros,
oh luna, luna gris, austera y fría,
recuerda de mis voces los clamores,
no des, para mi mal, tu sombra esquiva.

No sentiré al mirarte, apasionada,


de los hombres el golpe de su risa,
fiel al destino cierto de mi sangre,
si luces, blanca, soñaré a tu orilla.

Abre la claridad de tu nostalgia


sobre mi alma —penetrante herida—;
revela a mi palabra, doloroso,
del Universo su secreto enigma.

Yo con mi llanto riegue tus estrellas,


con mi pasión la noche te persiga;
tiemblen mis labios, al sollozo amigos,
pálida tiembles tú de mi agonía.

[9] [El amor porque se empeña…]


EL amor, porque se empeña
en lograr estrella y cielo,
cuanto más alto su anhelo
sube más a lo que sueña.
Voluntad, segura seña
es de fieles amadores,
y no podrán los rigores
del dolido sufrimiento,
quitarles el sentimiento,
ni menguarle sus favores.

[10] DESCUBRIMIENTO
Rompo mis ojos en profunda pena
el grande Betis con mi mal suspira...
HERRERA

ESTABAS una tarde junto al río


frente al reposo de tu orilla verde;
los signos misteriosos de tu alma
desnudos por los velos del poniente.

Adiviné tu aroma y la dulzura


del eco de tu voz sola y cautiva,
serena entre las sombras del ocaso
vino cayendo tu melancolía.

He sorprendido el llanto de tus ojos


y la tristeza alegre de tu acento,
el ritmo de tu ser, impenetrable,
bajo la azul nostalgia de tu cielo.

La mano de tu brisa me ha dejado


la ciencia de su tacto por mis dudas,
tu presencia en mi fe se reflejaba,
—río y paisaje— diáfana y oculta.
Y te he visto, eras tú que me traías,
viajero por el cauce de los siglos,
el lírico sollozo de un poeta
rimando con lo fiel de mi suspiro.

Escalera de luna (1943-1944)

[11] ANGUSTIA, NOSTALGIA Y PRESENCIA DE SU VOZ


Y dame tu voz, que siento
que se me escapa el cantar...
J. GARCÍA NIETO

I
POR tu voz subiría al cielo
negro de mi desvarío,
azul del sollozo mío
y tan gris de mi desvelo.
Sin tu voz bajaré al yelo,
desde mi congoja cierta;
iré buscando, despierta,
de la estrella la llamada
y escucharé la cansada
risa de mi luna yerta.

II
SOBRE tu voz —lluvia y viento—
mi corazón —tallo y rosa—
florecerá y, dolorosa,
se enredará por tu acento.
Con sombra de sufrimiento,
quebrando luz a mi olvido,
logrará, intacto, el sonido,
—agudo perfil de espina—
y brotará la divina
savia de mi amor dormido.

III
DAME tu voz, que la mía
tiembla sola entre su canto,
y cambiará con el llanto
sollozo por armonía.
Dame tu voz, que sabría
morir, renaciendo en ella;
dámela —¡ay!— sin aquella
presencia de tu mirada
y la tendré trasplantada
al surco gris de mi estrella.

[12] FONDO DE PINOS


VOSOTROS que sabéis, pinos,
—huéspedes de mi locura—
la desvalida negrura
de mi noche en los caminos;
silenciosos adivinos
de mi palabra vencida,
llevadle de amanecida,
cruzando prados de cielo,
la flor roja de mi anhelo
sobre mis sienes florida.

[13] PUESTA DE SOL


MIL fingimientos de aurora,
nube y sierra arrebolada,
pasión de cumbre nevada,
y flor de tarde que llora.
Mi corazón, que lo dora
su luz dormida y suave,
descorazonado sabe
—ciencia de amor— y sombrío
su muerte humilde de río
vecino de mar y nave.

[14] JUNTO AL RÍO


I
SEÑOR, porque yo presiento
que el dolor que tú me has dado
—órbita de mi pecado—
doblará mi sentimiento;
y porque puente yo siento
será salvación y nieve
de este sol y fuego aleve,
por esto, Señor, tu mano
sea lirio para el liviano
mi corazón loco y breve.

II
¡AY, qué frescura de río
deja sobre mi cansada
sangre y flor la madrugada
de tu mirar sobre el mío!
Y qué lujo de rocío
llueve sobre mis dolores
tu nube —incienso de amores—
sembradora de consuelo.
¡Cómo quisiera tu cielo
asombrado de colores!

[15] EL ÁRBOL DE JACARANDÁ


ENTRE la lluvia señero,
graciosísimo, morado,
único, seguro, alado,
transparente prisionero.
Este momento primero
es el último. Certeza
te nace de tu belleza,
de tu color: grito y magia.
¡Qué colmada se presagia
la angustia de tu nobleza!

[16] BOSQUEJO
ESTA cima de amargura
ganada por el sollozo,
este trastorno de gozo
perdido por mi cintura;
torpe vuelo de aventura
quebrado —lastre de sino—
y este dudar el camino
con luna de norte y guía.
Nostálgica la poesía,
alféizar de mi destino.

[17] LA AFICIÓN DE LA ROSA


Y luna no hay más que una
pero el árbol se le antoja...
GERARDO DIEGO

LA rosa fiel se despeña


por su escalera de luna,
desde su alma, cual una
constante flor teme y sueña.
Anhela —segura seña—
deleitoso, el sufrimiento,
pone su aroma en el viento
trastornado de esperanza,
y, por la luz que no alcanza
deshoja su sentimiento.

[18] SONETO DE UN PENSAMIENTO VIAJERO


DESDE mi corazón enternecido
por un ciego recuerdo recordado
lanzo sobre tu alma, enamorado,
el pensamiento siempre decidido.

Lo dejo solo, alegre, consentido


de ser sobre tus manos traspasado;
y de quedar en ti transfigurado
como el amor de donde fue nacido.

Lo dejo solo... y vuelve doloroso,


temiendo de contarme el cruel desvío
de una mirada confiada, ausente.

Yo lo recibo amante y sin reposo,


lo vuelvo al desolado pecho mío
y lo escucho llorar tan dulcemente.

[19] SONETO DE LA DESESPERANZA


YA de mi fiel dolor no sé qué darte
que aumente el río de mi sufrimiento,
y el mar de tu ansiedad colme, sediento
de socavar mi alma, y anegarte.

Mis lágrimas, por fuerza han de cansarte,


y mis amargas quejas, con el viento
hastiarán tus oídos, y el lamento;
pues que tu pecho es firme baluarte.
Si mi desesperanza tan crecida,
y el ser de mi ilusión, guardián seguro
sin permitir caminos a la huida,

en loco desvarío de mi sueño


reconcilian tu vida a su conjuro,
yo te daré el abismo de mi empeño.

[20] SONETO DE LA OSCURA MORADA


BUSCADME en el dolor, si la segura
estrecha senda, norma de mi vida,
encrucijada fue y en la florida
perdió se vuestro pie que me procura.

Seguid —lámpara y sol— hacia la oscura


morada —sombra y gris— estremecida;
fondo de un mar, arena conmovida,
nostálgico y ausente de la albura.

Allí estaré. Mi pulso enamorado,


universal la voz, vuestros oídos
avisará constante, desangrado.

Y yo seré, medida por el llanto,


idéntica a mi ser y a los dolidos
paisajes desvelados en mi canto.
Diario incompleto de abril (1947)

[21] DÍA 1
PRIMERO de abril, mañana
de bienvenida, te llevo
sobre mis ojos y busco
raíces de tu secreto.
Primero de abril.
La tarde
rindió, vencida, su cuello.
Se hizo el color malva, gris.
Alas de pájaro en vuelo.

[22] DÍA 2
SECUESTRO del sol.
Las nubes
escondieron su arrogancia.
Grises de la soledad,
los mediodías borraban.

Una tristeza sin voz


el viento me la dejaba.
La tarde apagó, amarilla,
el color de mi esperanza.

¡Ay, abril! con un día sé


de tu ingratitud.
Mi alma
lleva —naranjos en flor—
de un desengaño la rama.

[23] DÍA 3
LLUEVE. Abril. La tierra bebe
tus lágrimas.
El dolor,
semilla en tu viento, iba
caído en mi corazón.

Abril, inquietud, anhelo


sumergido en tu color.
Aromas, aguda espada,
reluciente, de tu sol.

Dulzura de la tristeza,
agridulce de la flor.
Sobre mis labios ¡qué amarga
la miel de una sinrazón!

[24] DÍA 4
CON tus promesas me hiciste,
loco abril, una cadena;
ligera como de rosas,
y como de bronce eterna.

No puedo. Quiero romper


estas mallas que me cierran
los caminos, y la mano
débil, luchando, se queda.

Déjame, abril, ya no soy


la sombra de lo que era.
—Claras mañanas, tu voz
citando al sol en la tierra.

Déjame, abril, mírame,


vencida rama y sedienta.
Vi tu reino y, en su umbral,
el viento cerró la puerta.

[25] DÍA 5
DAME tu mentira, abril,
venda mis ojos y enciende
toda la luz de tu sol,
y deja al alma que sueñe.

Esconde tú mi verdad.
No me la digas. Alegre
abre tu puerta. Que yo
por tu primavera entre.

Sonrisa. Abril. Cielo azul.


Con mis lágrimas, ya ausentes,
deja tu rocío a la flor.
¡Y dile al viento que espere!

[26] DÍA 6
AQUELLO fue. Ya no es nada.
Murió el amor. Mi locura
huyó de mí. ¿Qué soy ya
sino una sombra sin luna?

Hoy, su recuerdo me sigue,


quiere mi sonrisa y busca
la soledad de mi ser,
mostrándome su aventura.

[27] DÍA 7
QUE yo no lo sepa, abril,
que no piense entre mi sueño
la verdad. Tiende tu luz
—puente— en la orilla del tiempo.

Que yo no lo escuche, abril,


que se me vaya en tu viento,
prendido a tu brisa azul.
Cometa de un mal recuerdo.

Que yo no lo toque, abril,


que me renazca en tu beso
la esperanza. Mundo fiel,
sobre tus aguas reflejo.
Que yo no lo mire, abril.
Cierra mis ojos y, ciego,
traspasa mi corazón
y mátale su desvelo.

Que yo no lo cante, abril,


que me florezca mi verso
escondido.
Rama y flor
trasplantada de tu suelo.

[28] DÍA 8
ALMA mía desvelada.
Soledad. Noche.
Que siento
la nada en el corazón,
con las estrellas despierto.

Quietud de no ser. Tristeza


presentida en el silencio.
Angustia de aquella voz,
repetida, de mi eco.

Abril, ¿dónde estás? ¿Qué fue


de tus promesas sin cuento?
¿Dónde tu color, tu verde
brisa y perfumado aliento?
[29] DÍA 9
¡AY, tus naranjos en flor,
abril, cómo me ponían,
el corazón empinado
hasta el árbol de la vida!

Otras noches que vendrán,


otras noches y otros días,
los soles que no veré
soñarán lunas perdidas.

Pero tú recordarás,
abril con verde de envidia,
mis sentidos, que una vez,
abril ¡cómo te sentían!

[30] DÍA 10
PASÓ otro día gris.
Llega la noche.
Día en compás de silencios,
sin notas en su clave.
Lejanos viento y música.
El corazón parado espera...
Nada.

[31] DÍA 11
TE espero, abril. Desde la noche aguardo
la vuelta de tu asombro,
tu voz definitiva.
Mi corazón sediento
se mojará en tu lluvia,
y, entretanto,
germinará en el surco de mis versos
la roja flor, raíz y sensitiva.

[32] DÍA 12
¡QUE sola, sin recuerdos,
perdida entre la niebla,
triste voy!
¡Qué girones del alma
se me quedan
por todos los caminos,
en los rosales,
sin mis rosas hoy!
Qué desconsuelo de mis negras horas,
desiertas de pasión y de añoranza.
Qué nostalgia de llanto y de sollozo.
¡Qué soledades donde sola soy!

[33] DÍA 13
ABRIL, ¿tu luna blanca
me ha resecado el alma?
¿Dónde arrastraste mi impaciencia?
Tu viento despiadado
ha barrido esta tarde
la flor del entusiasmo,
arrancando, desnudo, las hojas de mi rama.
¿No me remueves, lluvia, abril, la entraña?
¿Me quedaré ya muda para siempre,
sin que pueda mi voz calmar la angustia
de este no ser
que turba mi esperanza?

[34] DÍA 15
AYER, día sin luz.
Tinieblas en mi alma.
Hastío. Tristeza gris. Aburrimiento.
Visión de un porvenir con lunas agrias.
Desesperanza. —¿La verdad?—
Neurosis.
Domingo sin amor.
Lo que nunca seré
blande su enseña
sobre un cielo enemigo de mi audacia.

[35] DÍA 20
ACUDISTE a la cita.
Sentí en mi frente el roce azul de un ala.
Mis ojos se empañaron en tu aliento,
y temblaron mis labios
entre la brisa y llama de tu acento.

[36] DÍA 21
LA fe en tu verdad murió.
Desde mis ojos el llanto
sube al corazón.
¡Qué oscuro
mi cielo en tu desengaño!
Abril, fingiste la flor,
dorada miel de tu árbol.
Viento tu esperanza fue
que arrastra nubes de ocaso.
Sobre tus aguas, abril,
¡qué mundo de sueños vagos!
Casi, el alma los tenía
al alcance de la mano.
Paisaje ideal, mentira
reflejada en tu remanso.
¡Qué pena de mi ilusión
martirizada en lo falso!

[37] y DÍA 23
TE pedía tan poco, abril, mi vida.
¿O es que te pedía tanto?
Y me dejaste sola,
con las manos abiertas
y el llanto desolado en las pupilas.

El alma desvelada (1942-1953)


I - INQUIETUD
[38] AMARILLO
¡QUE se ha secado el limón
al viento frío de enero!
En la helada del vivir
se secó un ansia que tengo.

Y se le han puesto amarillas


las hojas a mi deseo;
en medio del jardín, yo
—¡qué amarillo!— lo contemplo.

Amarillo; verde era


cuando vino a mi aposento,
Se hizo mi amigo en un día
y una tarde de febrero.

Tenía impulsos de amor,


tenía rostro de tiempo
joven, que quería brillar
verde como el limonero.

Se me acercó silencioso,
—sus manos hechas anhelo—
con el cuerpo del color
verde—mar de los deseos.

Y yo... me fui tras de él


sin oír horas ni tiempos.
¡Los días que se me vino
junto a mí por el sendero!

¡Las noches que se me entró


con sus dos ojos abiertos,
de la mano de la luna,
lleno de blancos secretos!

¡Ay, que se secó el limón,


al viento frío de enero!
En la helada del vivir
se hizo amarillo un deseo.

[39] CAMINOS
MIS besos, fríos de sol,
se han subido a las estrellas,
van por las ramas, temblando,
lánguidas de madreselva.
El viento busca a la flor
para dejarle su esencia.
¡Los besos que nunca di
soñando van por la tierra!

La catarata en su espuma,
estremecida los lleva;
la luna de medianoche
en clara luz los refleja.
¡Ay! El agua del arroyo,
siguiendo va su querella.
¡Los besos que nunca di
van soñando por la tierra!

[40] MI SOLEDAD Y LA TARDE


YO no sé si es más triste
mi soledad, la tarde.
La tarde tiene el pájaro,
mi soledad sin nadie.

La nube melancólica
—¡qué suavidad en su carne!—
Mi soledad va sola
cogida a sus cantares.

La tarde está sin sol


—¡cuánta estrella se abre!—
Mi soledad ¡qué oscura!
se ha quedado en la tarde.

Árboles y campanas.
(Mi soledad sin nadie.)

[41] A UNAS MANOS


PALIDAS manos, manos afiladas;
pues que nadie os cantó vuestra belleza,
tendrá mi pluma al fin la gentileza
de deciros palabras ignoradas.
¡Ay, manos de marfil que, desoladas,
gimen, de vuestra carne en la tibieza,
solas, y en el temblor de su tristeza,
caricias de un amor desamparadas!

Ansia de ala, palpitar de vuelo;


sobre la torre de vuestra clausura,
suspiráis el país de vuestro anhelo.

Cárcel del ideal, inquietud pura,


estremecida en místico desvelo
hacia la meta infiel de la hermosura.

[42] IDENTIDAD
Mi tristeza
me la ha robado la noche,
era mía, era bien mía...
P. SALINAS

MI tristeza estaba en mí
o yo estaba en mi tristeza.

No se podía perder;
vosotras, lágrimas tibias,
me la entre gastéis tan nueva
como una lluvia de Abril.
Tan junto a mi corazón,
y cerca de mi suspiro,
que no supe distinguir
su figura de la mía.

Mi tristeza vive en mí,


y yo muero en mi tristeza.

Las dos tenemos la misma


desesperanza. Mi sangre
corre en sus venas oculta;
y yo siento sobre mí
el peso de su evidencia.
Las dos vamos preguntando
una por otra. Las manos
tocan los cielos perdidos
de nuestra doble constancia.

Las dos ¡qué loco desvelo!


huyéndonos nos buscamos
para ser. Y lo que somos
se cumple mutuo en la entrega.

No se podía perder
mi tristeza. Estaba en mí
y yo estaba en mi tristeza.

[43] FLOR Y ESTRELLA


LA niña tiene en los ojos
candor y luz;
la flor suspiró una tarde:
“Yo soy tú.”
La niña tiene en sus ojos
luz y candor;
la estrella brilla en la noche:
“Tú eres yo.”
La niña tiene en los ojos
flor y estrella:
la mira el sol y le dice:
“Tú eres ella.”

[44] PAISAJES
MIS ojos que miraban la luz del sol perderse.
(El jardín solitario, mi corazón alegre.)

Mis manos que cortaban la flor de la impaciencia.


(El aire embalsamado de sus aromas queda.)

Mis ojos que soñaban paisajes y otros cielos.


(Las blancas nubes llevan sangre de tarde dentro.)

Mis manos que tejían flexibles esperanzas.


(El árbol silencioso se adormece en las ramas.)

Mi voz que se rompía en alba de colores.


(Los pájaros me traen altura de sus torres.)
Mi alma sin murmullo, limpia fuente y serena.
(La noche va entreabriendo su puerta a las estrellas.)

[45] FUGA
QUÉ trabajo me cuesta
apuntalarme el alma;
clavar su vuelo zozobrado, inquieto,
rompiendo el hilo de sus esperanzas.

Voy, la detengo; y ella


—orgullosa en sus alas—,
desdeña el plomo frágil de mis manos,
tímidas desertoras de su audacia.

¡Ay, alma!
Va mi grito,
—duda y cadena pálida—.
En el aire una risa de dos gestos
deja un rastro tristísimo de lágrimas.

[46] OTOÑO FÉRTIL


Para ser joven, para haberlo sido
A. MACHADO

¿QUÉ me darías, Abril, si yo te diera


este mi otoño fértil,
y se mezclara el gozo de tus brotes
al quebrarse, sin voz, mis hojas secas?
¿Qué me darías, Abril, si yo te diera
la sangre de mis venas,
y la alegría, roja, de tus rosas
aromarla al olor de mi tristeza?

¿Qué me darías, Abril, si yo te diera


esta mi angustia de saber que existes,
y yo sin primavera?

[47] SOY YO
Lorsque le desir est plus
large que le coeur...
C. DE NOAILLES

TÚ sabes que esta noche tengo mi alma en vilo.


Soy la voz que te llama por las voces sin eco,
mudas junto a la inmensa plenitud de los mares.

Soy el temblor de todas las manos extendidas,


el árido sollozo, sin lágrimas, oculto;
el tímido suspiro, el dolor, la nostalgia,
la humedad del lamento reclinado en el llanto.

Soy la flor que se pierde, el aroma de tantas


creadas realidades y cantos imposibles.
Soy el alma transida, la cálida impaciencia
de recuerdos y sombras vagas sobre la frente.
Soy yo, tu fe me tiene amante y desvelada,
creyente a tu promesa, silenciosa en la espera.

Soy yo, mi Amor, no escuches otra voz que la mía,


no atiendas otro acento, ni baje tu clemencia
hasta ninguna mano orante a tu figura.
No se muevan tus brazos para enviar, agudo,
tu divino mensaje a otro pecho que el mío.

Yo, Amor, yo que detengo mi paso junto al tuyo,


y que cierro mis ojos para alcanzar tu brillo.
Yo, que enciendo mi lámpara, espiando tus rasgos;
yo, Amor, frente a la noche, esposa de tus alas.

[48] PLENITUD
Roja de amor esta sangre
desdeñosa de mis labios...
J.R.J.

HOY mi sangre es amor.


La lluvia ha removido
esta tierra sin flores de mi carne.
Oigo nacer la eufórica semilla
sembrada en blandos surcos de alma y aire.

Las manos se me tienden,


pujantes en sus dedos
blancas rosas de amores generosos.
En mis pasos al mar, voy dibujando
caminos del ensueño en los abrojos.

¿Qué hago con este amor


que brota libre y loco?
Las raíces las siento delirantes
subir del fondo, empujan, rompen, abren
la reja virgen, fría de su cárcel.

¿Dónde dejo este afán?


Impulso desmedido,
rama que se me eleva jubilosa,
flor de otoño —los pálidos jazmines—,
¿dónde me manda el viento que lo ponga?

Colgaré esta locura


estupenda en los árboles;
derramaré su esencia hasta los pinos;
la subiré esta noche a las estrellas,
como una luz de sangre,
ardiendo en los espacios infinitos.

II LA ESPERADA SORPRESA

[49] ENCUENTRO CON MI DOLOR


SE me perdió un dolor
entre la vida;
¡qué pronto lo encontré!
Fue una tarde;
la lluvia se clavaba,
monótona y suave,
entre las plantas mustias
y el naranjo sin flor.
Como un cansado otoño,
sin rosas, el jardín.
Era Junio, y cantaba
el agua que caía
con su secreta voz.
Se me abrieron tus manos:
envuelto entre verdades,
allí me lo traías.
Cerré los ojos; era mi dolor.

[50] SOLEDAD
Y era un silencio duro como piedra;
un silencio de siglos.
Era un silencio adusto, impenetrable;
un silencio sin venas.
Era un dolor de amor, hecho de largas
noches sin el amado.
Hecho de fieles manos que se tienden
estremecidas, solas.
Era una voz dormida entre las sombras,
unas lágrimas secas.
Febril temblor de labios, una loca
esperanza desierta.
[51] SECRETO
¡Cual me tienes el alma de dejarme!
GARCILASO

LO que yo tengo en el alma


—¡ay amor!— tú no lo sabes;
¡lo que yo tengo en el alma...!

Inquieto recuerdo, agudo,


traído en luces de tarde;
—aroma sin flor ni olor
estremecido en el aire—.
Un querer lo que no quiere
a voluntad doblegarse ;
un no saber dónde hallar,
un ansia de vaguedades;
un dolor que se me clava
arañándome la carne;
un pensar, locos deseos...,
sueños, anhelo inefable,
Ímpetus que se me quiebran
entre las manos cobardes;
llanto que rompe la voz
angustiada de llamarte.
Toda la vida en mis labios
secos de desesperarse;
toda la noche en mis ojos
ciegos, donde los dejaste;
toda la muerte en mi vida
pálida de soledades.

¡Lo que yo tengo en mi alma


—ay amor— tú no lo sabes!
Lo que yo tengo en el alma
desenraizada de amarte.

[52] INVENCIÓN DE LA LENGUA


NACIERON las palabras:
imposible, distancia,
soledad, desespero,
sufrimiento, agonía,
frialdad, pasión, tu nombre.

Nacieron las palabras


del surco de la vida,
y su divino germen
se resolvió en mi carne.
Todas se me aparecen
a la vez, se me entregan.
Cada una es ya ella
libre y delimitada.
Imposible; no tiene
contacto con la exacta
plenitud del contrario.
Soledad; no hay un átomo
de universo a su lado.

Sufrimiento; y la sangre
dolorida palpita.
Distancia, y una mano
empuja despiadada.
Tu nombre... y un silencio,
un silencio en las voces.

Creación, resurgimiento;
el mundo es ahora nuevo,
y todas las palabras
recién nacidas, danzan
en círculo. Yo en medio,
angustiada, mirándolas.

[53] AUSENCIA
SI tu ausencia tornara la presencia
pálida de tu rostro,
la grave lejanía de tu voz
firme y presente fuera;

si tus manos surgieran de la noche


honda de su distancia,
y me ofrendaran, prontas, el regalo
mágico que secuestran;

si tus ojos abrieran la mirada


oculta a mi codicia;
si tus labios —beso o sonrisa— míos,
cuando no son, sintiera.

¡Ay!, todas estas lágrimas, mi fuego,


mi voz tímida y cierta,
mi ansia, mi dolor, engalanados,
¡qué bienvenida de pasión te dieran!

[54] PARA QUE TÚ LA OYERAS...


Para que tú me oiga
mis palabras...
P. NERUDA

YO daría a mis palabras


el rugir de las olas,
el clamoroso grito de las aguas, despierto.
El rumor de los vientos,
su quejido en las ramas;
yo daría a mis palabras.

Yo las inundaría con la luz del poniente,


con el fuego de labios
ebrios de amor y anhelo;
sangrantes como ascuas
quemarían el incienso
de su espíritu en llama.
Y el impaciente aroma traspasado
de las flores de otoño,
el humilde perfume
de la yerba en el campo.

Se harían carne de pétalos


de rosas y azucenas.
Fragancia de los pinos
yo darla a mis palabras.

Yo les daría el impulso


de la primer mañana,
la tristeza doliente de la tarde,
el ansia silenciosa
de la noche
envuelta en el misterio de la nada.

Para que tú la oyeras


yo daría a mi palabra
el ímpetu de todos los amantes
que tendieran sus manos
heridas de vacío
al infinito espacio de la ausencia.

[55] BUENAVENTURA
LO que me está pasando...
Va conmigo.
¿Lo que me está pasando?
Son recuerdos.
Tinieblas sin paisajes, hondas cuevas
dentro del pensamiento.
Lo que tengo en los labios:
sed de vida.
¿Lo que en los labios tengo?
Que me muero.
¿Lo que brilla en mi frente?
¿Quién lo sabe?
Lo que quiero decir y nunca puedo.
Lo que me está pasando;
fiebre, hielo...
Lo que ciega mis ojos:
que lo quiero.

[56] PLANTA AZUL


—Mariquita, abre.
—Se me ha caído la llave al pozo.
(Cantar de rueda)

MI recuerdo es solo uno,


solo y múltiple, cambiante;
iris de mi cielo gris
tendido sobre mi calle.

Mi recuerdo será aquel


lirio que me trasplantaste,
planta azul de mis jardines,
ambiciosos de tu imagen.

Mi recuerdo es sólo uno,


y mi dolor solo y grande;
cruzados al pecho fiel
me condecoran la sangre.

Tu recuerdo. Mi recuerdo.
Uno sólo me dejaste,
ruedas de preguntas van,
pidiéndomelo, suaves.

Tu recuerdo —gira amor—,


siempre guardaré la llave,
al pozo del corazón
se me ha caído en la tarde.

[57] INVITACIÓN A LA PRIMAVERA

Domingo de Ramos,
el que no estrena
se queda sin manos.
(Popular)

AMOR, ¿por qué no estrenamos


un nuevo traje los dos,
y mudamos los colores
de nuestra alma, tú y yo?
Tú, los desdenes por ansias,
galones de la pasión;
yo, mis sentires cuitados,
por renacer de ilusión.

Sí, vamos, amor, de estreno;


estrena tu corazón.
Quítale su polvo, al aire
del arca que lo encerró.

Yo estrenaré una palabra


y cambiaré mi canción
por la risa y el hallazgo
retrasado de tu voz.

Estrena tú una nostalgia


triste y alegre, y la flor
que yo te guardaba, intacta,
dará risueña su olor.

Sí, vamos, amor, de estreno:


yo esperanza, tú dolor;
tú, desengaño con vida,
sin noche en mis ojos yo.

[58] ASOMBRO ANTE EL AMOR


ES cierto que tus ojos son ojos,
y tus manos las manos;
que no estuviste en mi sueño virgen,
ni eran sombra tus huesos.
Existías.
Te llevaba mi sangre,
y me clavabas
la espada de tu luz cierta y entera.
Y porque estás y vas sobre la tierra
—todo el silencio lleno de tus pasos—,
yo rompo el aire, venzo las estrellas,
traspaso el cielo loco de la tarde,
bebo la blanca savia de la luna,
y me enrosco en los vientos
este doble latir y este cruzarse
mi aliento con la muerte.
Es cierto;
y por tu voz tendidos,
se prenden los sollozos a las nubes,
alegorías buscando de la dicha.

[59] PSIQUIS Y EROS


¡Y qué dulzura, Amor, cuando no eras
más que una vaga sombra por mi sueño,
un tenue resplandor dudoso y pálido,
anuncio de una aurora por mi cielo!

Y qué amable inquietud, después que daba


aroma a mis nostalgias tu presencia;
secreto a la mirada te ofrecías
como un blanco silencio por la tierra.

Ignorante de ti, sin verte, el alma


con ansia de tus líneas y curiosa
de tu verdad, desentrañó tus rasgos;
su lámpara en las manos a deshora.

Qué luz más agria la de tu evidencia


—amanecer de angustia y agonía—.
Loca audacia de Psiquis; conocerte
fue descubrirte, Amor, para el enigma.

[60] INTIMIDAD DE ABISMOS


YO sé que entre tus labios y los míos
pasa un río tembloroso de ilusiones;
márgenes imposibles, enfrentadas,
difíciles orillas a mis flores.

Yo sé que entre tus ojos y los míos


rompen espumas y desesperanza;
mar inmenso, poblado de misterio
con voces inaudibles como vagas.

Yo sé que entre tus manos y las mías


renace un mundo sin color ni forma,
palpita la emoción y se dibuja
un cielo casi eterno entre la sombra.
[61] MAÑANA DE OTOÑO
HE sentido en los aires que mi ser anhelaba,
he notado en los cielos que te amaba despierta;
he querido mandarte telegramas de angustia,
y la sangre —hilo rojo— se ha quebrado en los árboles.

La mañana de otoño, pura de su belleza,


ha grabado su azul en mi alma asombrada;
le he preguntado al ritmo de sol su melodía,
y notas de tu nombre descifraron la clave.

He cambiado mi paso cotidiano y terreno


por alas como espadas, fundidas a mis hombros.
He sonreído. El mundo se ha tomado divino,
y han mirado mis ojos las cosas que renacen.

[62] ¿POR QUÉ?


Y lo sabe la hierba,
y la rosa,
y el árbol.

Lo dicen las mañanas,


con sus trinos de pájaro.
Se lo llevan los ríos,
el agua murmurando.

Lo pregonan las nubes,


las estrellas,
muy alto.

Lo averigua la tarde
en su lívido ocaso.
y lo agitan los vientos;
girones de su manto.

Lo escuchan, en la noche,
las sombras
y los astros.
Y late en la tristeza,
¡tan honda!
de mi canto.

Y tú,
tú no lo sabes...
y en tu llama me abraso.

[63] DESPEDIDA
Lloré, lloré hasta ahogar el mundo
en un diluvio nuevo...
J.R.J.

LLORÉ.
Y era mi llanto
como estrellas caídas
de su cielo.
Estrellas
de su dura techumbre
desprendidas.

Lloré.
Estrellas mías —¡llanto mío!—
¿ Qué cielo cruel
os dejó solas,
olvidadas,
muertas?

Lloré;
lluvia loca de estrellas.
Cielo vacío,
¿y que serás ahora?
¿Qué ángel de tus prados,
celeste jardinero,
podrá reunidas todas,
una a una,
y clavarlas en ti
—¡oh cielo infiel!—
de nuevo?

[64] NI TÚ NI YO
NO soy yo
ni eres tú,
ni es la palabra tuya
que tú no dices
y que yo presiento.
Ni es el dolor agudo
que me tiene el dolorido corazón
maltrecho.
No soy yo,
ni eres tú.
Es la rama desnuda
del almendro,
el pulso de la savia
—sangre, vida—
por su tronco subiendo.
Es la esperanza virgen de la rosa
de ser rosa, el anhelo
de repartir su aroma
con las manos del viento.

Ni eres tú,
Ni soy yo.
Es la humilde semilla, entre la tierra,
su ferviente deseo
de recibir del sol,
alto y lejano,
cálido y fértil beso.
Es la angustia infinita,
el grito desolado
de la tierra,
del agua, el aire,
el fuego
por ser carne del mundo,
por ser rosa,
—ni tú ni yo—
rama florida,
fruto
en la entraña nupcial del universo.

[65] SONETO
SÓLO tu nombre con rumor de río
socave mis entrañas dulcemente,
y acaricie la angustia de mi frente
la suave voluntad de su albedrío.

Sólo tu nombre, brisa de mi estío,


traiga aroma de campo, y como fuente
se vierta entre mi alma blandamente,
con sencillez de agua y de rocío.

Jardín de mis desvelos y cerrado,


a mi firme constancia siempre abierto;
refugio más seguro del pasado.

Yo, por las alamedas de mi huerto,


la rosa cuidaré y enamorado
mi ruiseñor vendrá por fin despierto.

[66] SONETO
LLORÉ, gemí, mi nieve se fundía;
y el alma se tornaba transparente,
viendo los ojos, como en limpia fuente,
el hondo duelo que la consumía.

Mi llanto compasivo bendecía


los pensamientos negros, y a mi frente
sosiego de caricias, dulcemente,
en su esperanza muerta le ponía.

Suspiros desde siempre dolorosos,


las ramas agitaron de los sueños,
sembrando de sus rosas mis caminos.

¡Ay, estas hojas mustias, sus hermosos


colores ya perdidos, que risueños
dieran envidia a los del sol vecinos!

[67] SONETO DEL POETA A SU OLVIDO


PARA pensar en ti yo pediría
su constancia a los cielos más distantes;
para guardar mi amor yo sembraría
semilla de ternura en mis instantes.

Para llorar tu ausencia yo sería


nube bajo los cielos más constantes;
a las estrellas de la noche amantes
su tembloroso afán suplicaría.
A la rosa de mayo su locura,
—sólo por un momento de la entrega—
su aroma yo quitara y la figura.

Y nunca a mí el olvido, como río


que en proceloso mar su cuerpo anega,
llegue, apagando al corazón su estío.

[68] SONETO
DESPUÉS de aquella hora voy segura,
verso y amor manchados de memoria;
podré, puedo escribir la doble historia
de quien perdió la senda que procura.

Ganada del dolor, que me asegura


el oro límpido de su vil escoria,
junto a la verde orilla transitoria
desnudaré el afán de mi locura.

Sola estaré en mi playa, no temiendo


la aurora, por las nubes de tu olvido
cubierta, frente al mar, amaneciendo.

Mi rostro a las estrellas levantado,


cantaré la canción de amor que ha sido;
el labio a la esperanza desterrado.
III EL ALMA DESVELADA
1
[69] CANCIÓN PARA “ELLOS”
..J'aime l'horreur d'être vierge et je veux
vivre parmi l'effroi que me font mes cheveux.
S. MALLARMÉ

¿PARA qué me pedís mi dolor y mi llanto


desde las altas cimas, refugio de las aves?
¿Para qué preguntáis mi nostalgia de ausencias,
junto a la descansada quietud de vuestros valles?

¿Para qué rodeáis en la noche mi ensueño,


llevando hacia mi playa, frecuente, vuestra nave?
¿Y para qué la flecha aguda de imposibles
a mi escondida torre y morada lanzáis?

No puedo, yo soy sola. Vosotros no sabéis


las sombras y las noches uncidas a mi carne;
vuestra palabra muda no escribirá en las tablas
de los mundos despiertos mis grises soledades.

Yo he caminado siempre atenta a la llamada,


lo alado de mis manos resonaba en los aires;
recorría los caminos buscando vuestros ojos
y con mis dedos largos desfloraba los mares.

Iré como la rosa perdida entre la selva;


desnuda de mis locas pasiones estelares,
descorreré las nubes que me cierran el paso,
y marcharé sedienta con mis labios sangrantes.

Iré sola, dejadme. Soy yo quien me sostengo;


mi voz, hecha mil voces, temblará largos ayes;
y sobre la dorada placidez de las horas
escuchad mis sollozos, tiñéndose la tarde.

[70] DESTINO
Qué verdadera vocación mi angustia.
LUIS FELIPE VIVANCO

SOMBRA que velas todas mis estrellas


y de sus ojos borras la mirada;
mano sin fe que arrancas una a una
las flores todas de mi prado hermoso;
cuando no estás, te espero.
Diosa inmutable que me cierras cielos,
apenas entrevistos ni soñados,
y oscuridad tan sólo me dibujas
en noches despojadas de mis lunas;
cuando no estás, te espero.
Sé que tarde
o temprano vendrás, firme y armada,
uniéndome a las huestes que te siguen;
y en las estrechas sendas donde habitas
caminaré segura entre los tuyos.
Sabes que he de seguirte, que a mi paso
la vocación del tuyo lo sostiene;
y en el fragor de la batalla puedo,
si he de caer, valerme silenciosa.
Ahora sí,
ahora que vienes tú, devastadora
de todo lo que en mi sueño es, y ciego,
ahora temo tu sombra, y en tus garras
soy débil presa, que se ofrece altiva.

[71] POEMA A LAS COSAS


CUÁNDO podré arrancar os lo que sois,
fundirme en vuestro ensueño
y derramarlo por mi sangre adulta.

Cuándo tras el amor, perdido el goce,


la luz poniente que ocultó lo árido,
descorreré el telón de realidades,
que tan serenas escondéis, y falsas.

Cuándo veré los cielos verdaderos


y el color sin doblez de aladas rosas;
cuándo será mi tacto —ciego, ardiente—
libre junto a mi palma arrepentida.

Cuándo el aroma incomprensible y loco


de vuestra casta plenitud dorada
coronará mi frente, y en los labios
me nacerá la risa de lo eterno.

Yo os presiento. Me duele el gran secreto


de la total esencia en mi garganta;
con vuestra carne, sin pudor, os quiero;
rotas las nubes de la luna, diosa.

[72] VAGUEDADES
¿EN dónde está esa loca inquietud que me alarma?
¿Cuáles son las palabras de su esencia ciertísima?
¿Cómo es el nombre, virgen, de su verdad desnuda?
¿De qué color el rostro y qué tacto las manos?

Yo estoy despierta. Cruzan por mis sienes las dudas,


por mis ojos países de estaciones no halladas.
Angustia de deseos, innombrables, se ciñen
al temblor de mis labios en mudez de esperanza.

Vivo y muero. Soy alma; navego entre mis mares,


no tengo la voz pálida que responda extasiada.
No sé. Pero es tan clara la luz, que yo adivino,
existe esa sublime realidad que es de sueño.

Y alargaré mis manos para coger la rosa,


cerraré bien los ojos para no mirar nada,
me abrazaré a la sombra que empuja mi suspiro
y busca en mi garganta un grito de alma y ave.
[73] ANHELO
ESTA noche, esta noche,
mi alma quisiera ser
un devastador fuego,
que prendiera los bosques intrincados
del laberinto de la vida inmensa.

Ser como un lago,


cárcel transparente,
de un paisaje soñado;
paraíso insondable, loco abismo
de cielos,
sin límites de asombro y esperanza.

Esta noche, mis ojos


debieran arrancarle a las estrellas
la luz secreta, ardiente;
cegándose en la llama inolvidable
de su cálido aroma.

Si esta noche, esa música


virgen de acento humano
me robara
la sombra que se alarga por la tierra
huérfana de aquel sol, eterna causa.

[74] OCASO
ROSAS ángeles, rotos, se estremecen
sobre un cielo de tarde enternecido.
Alas emocionadas por el beso
de último sol, declinan su fiel vuelo.

Girones de palabras, mudos nombres,


regresan sigilosos a las sombras;
ansiedad de mil labios, su pregunta
a los azules montes le señalan.

Grises cuerpos, ya mustios, dan su alma,


fundida en quieto mar, sin blanca espuma.
Ojos con la esperanza de la estrella
clavan el mundo de su eterno brillo.

Ángeles cenicientos; agonía


en lecho de horizontes amorosos.
Lágrimas resbalando entre las ramas
acarician las hojas como un ruego.

Mueren, hechos de luz, y se desangran


en el huésped silencio de la noche.
Negros ángeles muertos, que perdonan
los homicidas pasos de la tierra.

Un viento refugiado hacia las torres,


gime un verde sollozo de tristeza;
el corazón sangrante piensa un grito
y se duermen las manos sin objeto.
[75] ANSIEDAD SIN NOMBRE
NO volverán las horas que pasadas,
yacen muertas, sin voz, junto a lo eterno;
nunca volverá a ser lo que entre sombras
esconde al mundo, en su caverna, el tiempo.

¿Alguien comprende mi dolor, la ira,


la yerma angustia de mi gris desierto;
y este querer impenetrable y loco
de una ansiedad sin nombre donde muero?

Nadie. Nadie. Vacío de soledades;


el alma desgarrada, persiguiendo
esas cosas fugaces que otros días
su perfume de asombro me entreabrieron.

Llorar, gemir, clamar —altas las manos—


misericordia y compasión al cielo;
luz que encienda las noches, alboradas,
doren los horizontes cenicientos.

Huid horas, huid. ¿Quién os persigue?


¿Quién hasta vuestra cumbre alzará el vuelo?
Yo que os amé con sangre y esperanza,
soy impotente y muda cuando os pierdo.

[76] FUERA DE LOS CAUCES


We look before an after,
and pine for what is not.
P. B. SHELLEY

PRESENCIA, ausencia: plenitud, deseo.


Polos a un Ecuador inhabitable;
límites, sin las huellas del hombre,
materiales.

Presencia.
Palabras ya vencidas,
gastadas de su uso, van poblando
las tierras, los jardines, los oasis
de los desiertos áridos.
Presencia, realidad de lo soñado,
aspereza total de cercanías.
Telón de la comedia. Fin.
Las cosas tienen un gesto cruel de despedida.

Ausencia.
y una voz distante,
una sonrisa. El mundo desangrado
gime, en la oscuridad, negro, vacío;
las sombras taladradas por su llanto.
Ausencia, ausencia, soledades hondas;
solitarias las manos, ojos, labios.
Voces que huyen en la nada inmensa
llevan hasta las cimas su reclamo.
Manos, las manos extendidas, pálidas;
ojos, los ojos de miradas ciegos;
los labios sin preguntas, mudos labios.

Pero hay una visión, un horizonte;


una luz, un acorde, una evidencia
tendida en medio, puente de lo ignoto,
por donde van los pasos del poeta,
peregrino de ensueños extrahumanos.

Lo que no existe. Lo que nunca ha sido


ausencia ni presencia,
en la eterna esperanza está de serlo.
Mora infinito en los confines últimos,
donde el genio del hombre no persigue
preguntas ideales.
Está ingrávido, cierto, presentido;
alto, imposible, fuera de los cauces.
y allí espera al poeta en su delirio.

[77] IGNORANCIA
¡Pero es que el hombre no comprende!
Ignora que la luz es un milagro...
V. CRÉMER

IGNORA el hombre tantas cosas...


Ignora el alma que se enfrenta sola,
contra la noche oscura del abismo;
del alma preguntando a las estrellas
el misterio sangrante del olvido.

Ignora esa tristeza de los labios,


resecos en la sed de su martirio;
y el dolor negligente de unas manos
que yacen en la espera de su rito.

Ignora, de ese alma, su callado


errante suplicar, y peregrino
afán de sorprender lejanas voces
en notas desvaídas de su ritmo.

No sabe la armonía de su aurora,


que surge de la noche, ni su brillo,
despertando a las flores la esperanza
de sus colores en penumbra huidos.

Ni ese hundirse, después, entre las sombras


—estremecida el alma de su frío—,
lo que fue luz, deshecho entre las vagas
nostalgias de un ocaso ya marchito.

[78] VÍSPERAS
VÍSPERAS de la fiesta,
preguntas, más preguntas.
La esperanza secreta
rinde arpegios de duda.

El alma niña y tensa,


desordenadamente,
—caminos de la flecha—,
a un blanco y fin se atreve.

Color, sonido lleva


el viento que la enciende.
Mil árboles ordenan
miradas de sus verdes.

Con muros de ansia lucha.


Audaz, alegre vuela.
Casi dolor la impulsa.
¡Víspera de la fiesta!

[79] INSPIRACIÓN
TUVE en mis manos la estrella
esperanzada y cautiva.
Las manos se me incendiaban
cuando la noche crecía.

Tuve en mis manos la estrella,


antorcha de aroma y vida.
¿Quién trajo el viento y la sombra
abriendo cuevas y cimas?
Tuve en mis manos la estrella,
rosa que me florecía.
¿Quién se llevó hasta los cielos
su luz, de asombro infinita?

Si estaba en mí, bella y alta;


si era mía,
¿cómo se partió la rosa?,
¿cómo se apagó la estrella
que entre mis dedos ardía?

Y estaba en mí, con mi alma;


si era mía,
¿cómo se escondió el perfume
—fue verdad—
que en su corazón latía?

[80] SOBRE EL CRISTAL DE MI ALMA


HOY vienen los recuerdos empujados
por un viento doliente a mi ventana;
su golpear de anhelos quejumbroso,
tras el cristal, lo escucho, de mi alma.

Son perfumes, nostalgias, alegrías,


momentos deshojados de sus ramas;
la sombra que me dieran de sus hojas,
en amarillo goce transformada.
Traen de sus manos la imposible ciencia
de lo que fue y no es, de la esperanza;
soñando un renacer desesperado,
desde la tumba inmóvil de sus aguas.

Oigo su voz, la antigua melodía


hecha miseria y llanto, y se me apaga
la débil luz —incierto mi camino—
estrella de mis cielos olvidada.

Y no puedo entreabrir, a sus preguntas,


el mundo, ya perdido, donde nazcan
en loca aurora, virgen de promesas,
los dorados paisajes de mis ansias.

¿Qué viento cruel, sangrante, desvelado


os arrastró curioso hasta mi alma?
¿De qué flor arrancasteis el perfume
que fue de mis raíces fértil savia?

[81] OTOÑO
VAGUEDAD de mi alma con el día;
las amarillas hojas del otoño,
—romance de la calle y las acacias—
por el río me arrastraran de sus oros.

Allí, desnivelada de lo cierto,


llevada en la ilusión —nave— que añoro,
remos, las manos, dulces agitaran
el agua que se duerme en el sollozo.

Sola —amarillo y verde—, mis orillas,


inquietud y nostalgia, con los ojos
repletos del afán de la distancia,
arribar ante el puerto del asombro.

Un amigo rumor, entre las ramas,


repita con el viento, el gris tesoro
escondido en las nubes.
La esperanza
flotando en el descanso de mis hombros.

[82] BRISA
I
VINO la brisa y de sus finos dedos
acarició solícita mi alma.
¿Vino la brisa, y refrescó el ardiente
estío de mi cuerpo preso en llama?

Vino la brisa con sus manos tibias,


repletas de dulzuras y fragancias,
y se quedó, suave, allá en los íntimos
rincones que escondían la esperanza.

¿Vino la brisa por los secos campos,


borrando de la tierra desolada
el paso cruel de un sol hiriente y loco,
y llegó presurosa hasta mi alma?

Vino la brisa dulce como un llanto.


¿Vino la brisa hasta la flor cansada?
Vino la brisa allí donde mis ojos
tienen vagos paisajes de nostalgia.

II
ESTA brisa desnuda de pasión y ligera,
roto el quieto remanso donde duerme el olvido,
este claro mensaje de la lluvia estremece
la aridez de mis sienes y el dolor de mi estío.

¡Qué tibia y frágil mano para ceñir mi frente,


qué dulzura escondida en la paz de su tacto!
Misterio de la lluvia, taladrando la dura
corteza indiferente de mi cuerpo de árbol.

¿Qué se apaga en mi pulso y se enciende en mis ojos?


Desesperadamente, ya no creía en nada,
y —¿un rumor?, ¿un aroma?— una eterna caricia
me deslumbra la duda en la fe desvelada.

[83] ÁRBOL SIN NOMBRE


TAN amarillo el árbol,
tan amarillo,
que vence el denso gris
de la lluviosa tarde.
Tan amarillo —rama—
mi corazón me arde;
apagadas cenizas
prendiendo de mi carne.
Tan amarillo el árbol,
tan amarillo,
como una rubia llama,
encendida en el aire.

Verde, amarillo, gris,


—amoroso debate—
entrecruzan espadas
agudas y leales.
Verde, amarillo, gris,
paleta de mi sangre,
sus matices mezclados
en otoñal paisaje.
¡Verde, gris! ¡Verde, gris!
Amarillo triunfante.
Tibia mancha de luz
dorada se deshace.

Amarillo. ¿Por qué,


si eres árbol sin nadie,
derramas tu canción
de estrofas inmortales?
Tan amarillo...

[84] TILOS
TILOS que sois la plaza y enhebráis a la plaza,
barreras entre el sueño y el toro de la vida.
Sois verdes.
Verdes, porque el cielo es azul.
Más verdes (porque llevo mi alma con enseña de luto).
Verdes, porque es gris la mañana,
y las nubes restañan las heridas del cielo.
Sois verdes.
Infinitos abriles gritan en cada hoja
sus palabras nupciales.
Tilos, mis verdes tilos,
abriendo vuestros brazos
a unos mundos posibles,
a los cuerpos vencidos.
Abrazo donde el alma se refugie cansada,
donde esconda
su rostro sin caricias,
su cabello desnudo,
sus ojos sin espejos,
las manos desterradas.
Sois verdes.
Verdes, porque no hay primavera,
porque fuisteis y estabais
cuando el mundo era ciego.
Un mundo, donde el gozo era un velo de ensueño
que borraba el perfume de vuestro verde agudo.
Tilos. Y sólo vuestro nombre.
Y un himno lleva incienso hasta los cielos.
Sois la plaza. Ahí estáis.
Bajo los tilos —hermosamente triste—
se ha quedado esperando,
solitario, un sollozo.

2
[85] VUELTA A MI SOLEDAD
YA me has ganado para ti, ya tienes
presa en tus manos huecas mi albedrío;
ya es tuyo este anhelar del pecho mío,
de olvidado laurel ciñes mis sienes.

Y ya grito por ti, de ti que vienes


silenciosa, cortando con tu frío
mi alma desolada, y el desvío
de todo me lo cambias por tus bienes.

Ya, soledad, de nuevo me has cobrado


todo el tiempo de amor y de locura.
Ciega a tu voz, qué sola me has dejado,

dentro de ti, y ausente de mi rosa.


¡Qué larga, si es tu noche tan oscura!
Camino donde el pie nunca reposa.
[86] ORACIÓN EN TRANCE DE AMOR
AY, ya, Señor, qué soledad, qué ausencia;
no puedo amar y odiar, me está vedado,
en sola oscuridad, desamparado,
mi corazón desvela tu presencia.

No puedo amar, Señor, ¿por qué la herencia


de esta agonía sin luz en mi costado?
¿Por qué si hay tanto amor, tan derramado,
no se inunda mi cauce en su demencia?

Sí, de tu amor, Señor, de la criatura


todo me lo has quitado, soy la fuente
reseca en sequedad de seco estío.

Lléname Tú, lluévete en mi vacío,


sea tu verdad para mi noche oscura
y muera yo de amor eternamente.

[87] ELEGÍA EN EL AÑO QUE MUERE


Todo ha muerto en mi orilla.
Pero yo temo al mar...
J. M. VALVERDE

NO sé si hemos subido, al fin, todos los tramos,


o si estamos abajo en la inmensa llanura.
No sé, acaso, si habremos llegado a la alta cumbre,
o si somos la estrella arrojada a la orilla.

No se puede retroceder. Ya estamos siempre solos.


Otra vez solos. Desnudos. Víctimas del ensueño.
Hay muchas cosas —tantas— que nos tienden las manos;
pero el rostro en la sombra esquiva la mirada.

Y más lejos, allá, un jardín y unas nubes;


y la luna satélite, y la luna poética.
Una acacia, un magnolio. Y yo, niña ignorante
de las horas que dejan, imborrables, sus huellas.

Y hay un amor. ¿Adónde no, su fiebre, hizo


verse el humano todavía más humano?
También gira el dolor, contorno irremediable,
compañera penumbra en la cima del gozo.

Y ahora desde la noche última y transitoria,


los minutos me clavan el cuadro de mi vida
tiempo y límite, el marco, me vedan la esperanza,
gimiendo acobardada, sin posibles caminos.

Cerca ya de mi orilla, yo temo al mar, y lucho;


tras de mí los recuerdos tienen viento de ramas.
Adelante las olas me arrastran, y yo cierro
los ojos al abismo.
Ante el mar estoy sola.
[88] COMO UN PRESENTIMIENTO
YO he podido la noche deslumbrar con tu vida,
con mis ojos tus ojos de claridad bañarte,
con sangre de mis venas la tuya florecida
por tus posibles brazos en llama derramarte.

He podido en mi entraña anunciar la llegada


de tus labios en flor, robados a la brisa;
de tu voz, de tu aliento, de ti que no eras nada,
sino el dolor, el rictus vacío de la sonrisa.

Y he podido arrancarte de la oscura penumbra,


del abismo insondable del no ser, trascendido;
y Dios con la alba luz que eternamente alumbra,
encendiera tu alma desde el primer latido.

Y tú, solo en la noche incierta de la sombra,


pudiste ser pregunta y promesa curiosa;
presencia, realidad, la palabra que nombra
el cielo, el mar, la tierra, los hombres y la rosa.

Con tus manos tendidas, para el tacto impacientes


de las mías, el secreto recibir y el tesoro;
descubriendo las aguas de caricias rientes,
y la corteza dura de la piedra y el oro.

No te hubiera negado mi corazón, semilla


del impaciente gozo en la primer mañana,
del dolor desangrado en la tarde amarilla
cuando la risa encuentra la tristeza su hermana.

Pude darte la savia de mi yo enajenado;


los ocultos torrentes de mi anhelo sin norma.
He podido librarte, Prometeo encadenado,
con mis manos — ¡oh ciega! — ser vaso de tu forma.

Pero yo te quería del amor. La aventura


de los únicos brazos esperé y la certeza,
de la pasión te quise, simbólica figura,
nostálgico reflejo de la inmortal belleza.

Ahora desde ese cielo sin color y lejano,


donde existes sin vida como un presentimiento
tiende a mi soledad el ancla de tu mano
y líbrame del hondo mar de mi sentimiento.

[89] TODO
¿DE qué voy a vivir ahora,
si lo he perdido todo?
Todo.
(Pero tú no lo sabes,
si lo supieras, me pedirías esta palabra:
todo,
y la destaparías, buscarías en su fondo,
para encontrar los viejos cuentos,
los retratos, estampas, flores disecadas.)

¿De qué voy a vivir ahora?


Voy a irme de puerta en puerta,
con mis viejos andrajos,
pidiendo una limosna.
Todas las puertas estarán cerradas.
—Venga mañana, hermano,
que hoy, no hay nada.

¿Cómo voy a pedirles


socorro de mis ansias?
¿Quién me dará la estrella,
la sonrisa,
y aquel minuto errante,
desterrado
de la exacta memoria
de todos los relojes?
¿Quién guardará mi rostro,
en vigilia curiosa de mis ciegos destinos?

Huidos en sus gestos, se apartarán a un lado


dejándome vacía, mi alforja, de esperanzas.

¿De qué voy a vivir ahora,


si lo he perdido todo?
(No lo abras. Que dentro están las voces,
cintas, suspiros,
lecciones de memoria;
frágiles mundos vírgenes,
que —la caña en mis labios—
de colores, yo, efímeros, creaba.)

¿A dónde iré desnuda?


Todas las casas estarán cerradas.
—Ya es tarde, hermano, es tarde.
Tenemos sueño,
venga de mañana.
¿Quién me dará la rosa?
Dirán:
—¿Cómo vas a llevada en tu vestido?
Ella es hermosa,
y tú, seca raíz,
árbol sin nombre,
hoja de otoño
que unos hombres crueles
barren indiferentes en la escarcha.

¿Cómo voy a vivir ahora,


si lo he perdido todo?
Todo.
(Pero tú no lo sabes,
si lo entendieras, me robarías
el centro de esta inmensa palabra.
Sacarías de sus cauces preguntas,
deseados vestidos, noches de luna,
niñas que saltan a la comba,
el primer beso,
la angustia, los colores,
un arco iris de mis siete sueños;
y mi primer pecado, y la oración,
y aquel velo de novia
que no me puse, y que robé de noche
a la almohada.)

¿De qué voy a vivir ahora?


¿Voy a llamar dentro de cada pecho,
si todos lo han cruzado
con la banda de premio
que la vida les puso
ocultando la sangre?
Premio de la sonrisa,
de su paso seguro,
de su cabeza alta.
Me apartarán a un lado.
—Perdone, hermano, déjeme;
no puedo darle nada.

¿Quién me dará mis labios?


—si he olvidado mis besos—.
¿A quién pedir mis manos?
—si no tengo caricias—.
¿Dónde encontrar mi cuerpo?
—si lo perdí en la noche—.
Me empujarán a un lado,
y por todas las calles
los pechos y las puertas cerrarán sus ventanas.

¿De qué voy a vivir, si nadie


atenderá mis cantos?
Si lo he perdido todo
y voy por los caminos
rota de ensueños,
mendigando
de puerta en puerta,
con todos los cerrojos de las almas
cerrados, y los ojos de todos mis hermanos
cubiertos de ceniza,
ciegos de aplausos;
y las cancelas de todos los jardines
con tres llaves impidiendo la entrada.

¿De qué voy a vivir ahora


si lo he perdido todo?
(No busques su secreto,
no adivines su entraña.
Confundido —entre el montón de nombres,
cuentos, labios, juguetes;
y mi primer amor, brisas, retratos,
libros de versos, clases de Instituto; paisajes, desengaños,
lluvias de Abril, nostalgias;
la vida con su no
anudando, sin prisas, mi garganta;
trenes, lágrimas, dudas,
júbilo de poemas floreciendo en mis dedos—;
está mi corazón,
y si lo tocas
tus dedos arderán junto a su llama.)

[90] PRESENCIA EN SOLEDAD


Porque el no tiene un revés
—quien lo dice no lo sabe—,...
P. SALINAS

TÚ puedes decir que no, y esconderte,


tapiar todas las puertas,
suprimir las rendijas por donde intente, pálido,
filtrarse el sol desnudo de mi vida.
Tú puedes huir del fondo de mi sueño
y evadirte de la sincera magia del recuerdo imborrable
mientras todas las manos se tienden al vacío.

Tú puedes decir que no.


Leer un largo libro y, sin pensarme,
quitar el polvo gris de mi otra sombra,
estrujarme, crujirme entre los dedos
fieles de tu memoria,
dejando sólo el polen de mi ausencia,
junto con la ceniza y el despojo final de tu cigarro,
muerto en tu cenicero.
Bien. Tú puedes decir que no,
pensar que no fue nada,
que tú y yo nunca fuimos esa música
oculta en los rincones de la ciudad dormida.
No creer en mi beso,
figurártelo lívido, sin vida,
sin oír que, fantasma, te humedece los labios
y te los hace míos cuando hablas.

Tú puedes unir todas tus caricias


y formar una cadena sola
que rodee y acaricie el cuello que es de ella.
También, si acaso —¿por qué no?—
puedes reírte y decir: “Pobre Elena”, con una voz distinta
naciéndote del surco trasplantado
con la semilla fértil de tu olvido.
Tú puedes decir que no,
que no es mi sangre
el tic-tac del reloj de tu mesa de noche,
ni son mis ojos todas las estrellas,
ni que mis manos son todos los ríos,
que ni mi llanto son todas las puertas
temblando por la noche.

Tú puedes decir que no.


Pero yo sé que soy ese ritmo que de pronto estremece
tu voz cuando la besas,
y que estoy en la mirada errante de tus ojos,
apartados de la sonora curva de su boca.
Pero tú puedes andar por las calles,
—las calles donde nunca habré estado—
usar tu misma voz y la sonrisa,
leer el mismo libro o quizá
otro libro cualquiera,
mientras mi sangre se finge una luz última
sobre el silencio íntimo de la nieve en mi tarde.

Tú puedes decir que no, y sin decido,


tener un no redondo en tus palabras.
Las palabras que dices ahora cuando vas y la miras,
esas palabras que le vas entregando una a una
cubriendo su almohada de azahares cumplidos
y tejiendo con ellas tu amor ¡ay! sí, por ella,
desnudando a tu noche de lunas y pasiones.
Pero dentro del no cerrado y en su círculo
estarán las palabras —otras—
que nunca me ofreciste.

Pero tú ya no puedes,
yo sé que tú no puedes
borrar todas las letras de lo que ya está escrito
sobre los almanaques de una fecha.
Tú puedes decir que no,
negar, negar tres veces,
tres veces multiplicadas por tres veces,
y de todas las sumas,
saldrá un número exacto
y se quedará siempre aquí en tus manos,
sin que puedas restarle la evidencia
de lo que fue y es tiempo.
Un tiempo que es el mismo,
un ahora despierto, un sí que te persiga,
haciendo de tu sombra
la doble circunstancia de tu paso.

[91] SOLEDAD CUMPLIDA


Entonces, y además cuando da miedo
ser hombre, y estar solo es estar solo,
nada más que estar solo...
BLAS DE OTERO

ESTAR solo, si sola, es esa doble


única soledad de dos partida,
rama que desde el polvo oye aquel grito
de la savia, su savia, y enemiga.

No tener sed, y amar la sed, sedientos


labios y sangre, rojos, entre el ansia.
No esperar nada. Y arañar la espuma
que deja el mar de la desesperanza.

Estar solo, si sola, es estar solo,


temeroso a la muerte, mientras tanto
la vida se nos muere, junto al miedo
inminente y final de su naufragio.

Buscar la fe, quererla como llama,


el labio desusado, sin que pueda
gimiendo en longitud de soledades,
la causa hallar y chispa de su hoguera.

Estar sola. Y el límite en las manos,


cerradas a horizontes; alas, vuelo
si a impulsos de nostalgias ascendía,
cercenado, inútilmente quieto.

Ir al recuerdo, socavar aquellas


horas de juventud y amor. Heridos
por la angustia del nunca más, la marcha
del tiempo en las entrañas la sentimos.

Quedarse sola ante la mar inmensa;


un mar ya sin orillas, desbordado,
recubriendo la tierra —¡ya no hay tierra!—.
Mar infinito, límite de abrazo.

Entonces y además es, cuando secos


los ojos, ya sin llanto, se está sola,
inmensamente sola, con la noche
borrando el sol. Entonces no se llora.
Cumplida soledad (1954-1958)
I TIEMPO EN SOLEDAD
1
[92] DESTINO
ENTRE ti, soledad, me busco y muero,
en ti, mi soledad, mi vida sigo,
vencida por tus brazos voy contigo
y allí te aguardo donde ya no quiero.

Desde siempre en mi calle yo te espero,


y amante de mis noches te persigo,
si alguna vez, dolida, te maldigo,
desde tu ausencia, triste, desespero.

Me diste la esperanza de tenerte


en mi dolor. Guiada por tu mano
subí los escalones de la muerte.

Aquí donde a tu sombra soy crecida,


el tiempo, tuyo y mío, va cercano,
dejándome la sangre ya cumplida.

[93] JUVENTUD
DE tan lejos que estás y tan distante,
de tan honda tu voz y fantasía,
de tan quererte ver y no ser mía,
de perseguirte siempre tan errante;
de extender el deseo, mano amante,
de ti ansiosa, buscándote sin guía,
tengo cansado el gesto que tenía
una sonrisa en flor de tan brillante.

Como la estrella muere en la mañana


por el sol apagada y ya miedosa,
te miro de imposible y de lejana.

Si pregunto por ti, sólo me queda


el aroma marchito de la rosa,
sin que traerte a mi esperanza pueda.

[94] AMANECER
SEÑOR, y todo este mundo que renace era mío.
Mío todo este oír la mañana nacer,
acechando el primero y tímido canto de los pájaros,
y este escuchar el ritmo del alma con trinos de aventuras y emociones.
Y ver, ver los recuerdos a la indecisa luz,
que me abre una sospecha de presencias y paisajes lejanos;
y el suave resplandor cálido del naciente horizonte;
y tener una esperanza tan débil y gozosa como ese despuntar de las primeras horas,
tan hecho de ternura como ese tierno florecer del día.
Y alimentar una tristeza sin saber el porqué,
pero, ay, una tristeza de esfumados contornos y suavidad de lágrimas,
una tristeza, alegre como un llanto;
un dolor que esperaba —clavándose en la frente— la mano que acaricia
y deja entre los ojos un lago de frescura.
Un dolor que encerraba, entre sus cuatro sombras, un resplandor de aurora,
y que tenía una puerta abierta a tres caminos;
un dolor que no se me ceñía con elevados muros,
sin resquicios, para que entrara dócil la tenue claridad solícita del alba.
Una gris soledad que presentía el retorno de la angustia impaciente,
su frialdad iluminando de honda noche y ceniza;
una angustia de amor que ponía entre las manos un vuelo zozobrante de palomas
y en los ojos un despertar desvelado de ensueños.
Y tenían los recuerdos, entonces, una mansa corriente y un rumor de campanas,
y nunca aprisionaban los sentidos con esquivez de aire acorralado,
ni ponían negruras y gritos en la sangre,
ni alturas donde el afán de ser se endurece en la nada
apretando la sien, hiriéndonos la carne con cuchillos sedientos de agonía.

Todo esto era mío, Señor.


¿Qué relámpago viene hasta dejarme un paisaje olvidado en mis pupilas?

[95] ESTE MAYO


TÚ me has dejado, mayo, dentro y sola
de esta, por todas partes, poblada soledad.
Pues tú eres ese límite que me encierra y me deja
isla de ti, cercada de tus olas;
oyéndote y oliéndote, imposible y lejano.
Como aroma impalpable,
como intangible viento,
como de estrella párpado cerrado,
y una voz repartida entre las sombras.
Ay, si no te entendiera, ni te hubiera gustado,
si nunca te soñara;
si no me golpearas los recuerdos,
si, verdeciéndote, no me amanecieras.
Si no dijeras ruiseñor y rosa,
si no fueras pregunta ya cumplida.

Y estoy sola por ti, soy soledad de ti,


noche de ti,
dolor de ti,
sombra de tu verdad,
tristeza de tu ser y tu evidencia.

Pero es mayo otra vez,


y el agua es un rumor de aromas
que no existen,
y están ahí, diciéndome que tienen el secreto
impalpable y avaro de la dicha,
ocultos los deseos.
Y los recuerdos, ya sin adjetivos,
ingrávidos, hirientes, huéspedes de mi ensueño,
cayéndose su luz como una rama,
vigilantes y espadas de la noche,
se enredan en el aire de la ausencia,
me ciñen en su túnica, me roban este mayo,
me deslumbran los ojos
con espejos que guardan la figura deshecha,
intacta, dolorosa
de otras que fueron antes primaveras.

[96] ES TARDE YA
A Andrés Soria

ES tarde ya para decir palabras,


es tarde ya para mudar los ríos.
Es muy tarde. Mirándose a la luna,
la noche se desnuda de su noche.

Todas las primaveras se han dejado


últimas golondrinas disecadas
sobre viejas repisas. Ya no vuelve
ninguna, de su vuelo arrepentida.

Qué tarde es ya para sembrar poemas


y aguardar su blancura ni su fruto.
Ya es tarde, sí, para gritar estrellas
que el cielo entre su luz nos arrebata.

Ya es tarde. Siempre es tarde, aunque la dicha


ponga banderas de color y antorchas,
y una lírica marcha nos aclame
al llegar nuestro tren,
mientras sentados
nos esperan, abriendo sus preguntas,
todos los que, si alegres, no comprenden
que nunca hay estación cuando ya es tarde.

[97] UN DOMINGO
CON manos ni con labios podrán sellar mis ojos,
con ramas ni con viento oscurecer mis lágrimas,
con palabras unidas, aprisionar la entraña
de mi sollozo hondo y sometido.

¡Y estoy triste!
Qué verdad mi tristeza.
Qué negrura de pozo abandonado,
qué orilla, voces, cauces sin remedio;
qué mar tan entregado a su horizonte,
frente a la tierra única y vencida.

Estoy triste. Decís que no es bueno


ni santo el estar triste.
Pero yo estoy. ¡Dios mío!
¿No me das la tristeza?
¿Tú no me la devuelves desde su antigua herida?
¿No me creces su fruto para el alma enraizado?
¿No me la dejas toda, como látigo,
cinturado cilicio, como oración y grito?

La tengo y la recibo. No es, primero,


su río tan desbordado, la caricia de una brisa en la frente.
No es la mano. Ni, virgen, la palabra.
No es lo que todo el hombre pide a voces
en un clamor universal de angustia.

Es sólo mi tristeza.

[98] MADRUGADA
ESTA es la hora última,
cuando el alma se esconde entre las sombras
de un día donde la muerte no abrió el surco,
pero donde la vida cerró todas las puertas
y se quedaron las palabras solas,
al margen de una orilla que no tiene
dulces manos de espumas,
ni se encienden los faros —únicas estrellas—,
ni vuelven barcos con respuestas blancas,
ni tiene el viento voz de rama inquieta;
ni hay lunas señalando por los charcos
azules melodías de trasnoche.
Ni los hombres despiden con sonrisas,
levantando y bebiendo, su esperanza.

Esta es la noche última,


cuando nada se siente,
cuando el tacto no busca las esquinas
donde apagar su rabia de desierto.
Esta es la hora última,
cuando nada se dice,
cuando la voz se calla
y el poeta, cansado, no escucha su mensaje.
[99] GRIS
UN cuchillo, ya carne, se me clava
por el doliente ensueño que gotea
una caricia pálida de sangre.

Grises y gris arremetiendo al sueño,


con sed de alcobas lívidas,
tapiando el sol en muros de sospechas.
Gris que es hierro y nostalgia,
que no es día ni es ciencia;
solo como las casas de un domingo,
donde han quedado solas, preguntas sin respuestas.

Gris riendo en cabellos defraudados,


casi hoguera y ceniza;
humo y gris que no es fuego de nubes ni de grito.
Gris cerrando las puertas, labios, libros
de grises versos, donde el ritmo es llanto.

Gris que nubla los árboles,


segándoles la fiebre de un otoño,
que mantiene seguros y evidentes los pájaros.
Gris campana sin hombres,
para la gris presencia de un secreto
arrancado al perfil de la mañana.

Grises momentos, lunas;


revés de los espejos,
aromas grises por el pie ofendidos.
Grises palabras, olvidadas, huecas,
sin que una luz sostenga su ternura.

Gris moneda, gastada,


para comprar los nombres y la dicha.

Grises nubes, ya muertas


por la venganza inútil de la noche.

[100] SIEMPRE
COMO siempre que una angustia me acecha
en la nube de un sueño vago y roto,
como siempre que el gesto de la muerte
me sorprende y divide,
y pienso que la vida será entonces un perdido minuto.
Como siempre que un negado deseo
me deja sólo espuma.
Como siempre.
Como todas las veces que mis lágrimas
me dibujan espejos disecados,
como siempre que el grito se me enreda
en los cabellos castos de medusa.
Como tantas y tantas noches grises,
donde la luna azul no es ya el anuncio
de una mañana única y primera;
como siempre que una música llega
con iguales respuestas que un aroma.
Como siempre,
a ti, amigo perdido y no encontrado,
tengo que dirigirte la seña de mis manos
y suplicarte atiendas estas voces antiguas,
apoyadas y ocultas bajo todos mis huesos,
crecidas en mi sangre,
rebosando agonía, cumpliéndose en la arena
de este mar desbordado en mis rodillas,
y de tanto horizonte clausurado en su límite,
noche siempre inmediata,
donde las aguas gimen sin que puedan
luces de aurora despertar su oscura
profundidad de pozo.
Como siempre,
a ti, que no me sabes,
voy dejándote, íntima,
la hora sin color de mi tristeza.

2
aguedatoral@[Link]
[101] LAS CUATRO ESQUINAS
JUGAREMOS a las cuatro esquinas.
Pediremos lumbre.
Jugaremos a las cuatro esquinas.
Les pondremos nombres.

Primera: Esperanza.
Enfrente: El amor.
Cruzándose: Olvido.
Último: El dolor.

Jugaremos a las cuatro esquinas,


y en el centro les pregunto yo.

¿Hay lumbre, Esperanza?


Casa del Amor.
(Ya mis pasos corren.)
¿Hay lumbre, El amor?
Casa del Olvido.
(Despacio me acerco.)
¿Hay lumbre, El olvido?
Casa del Dolor.

Jugaremos a las cuatro esquinas.


Jugaremos con mi corazón.
A las cuatro pediremos lumbre,
y en el centro de las cuatro, yo.

[102] SI NO FUERA
SI no fuera por la herida,
frontera de mi dolor.

Si adentro —jardín cerrado,


alto cielo, luz, canción—
no levantaras tus brazos,
árbol de ensueño; si no

fuera porque te contemplo


resplandeciente hacia el sol,

y tus hojas —¿son las aves?—


tiemblan. Eterno rumor.

¡Que no se apague tu verde


constancia, mi árbol! Que yo

pueda arder en tu amarilla


mirada. Siga tu voz,

azul llama de mi noche


desierta. Viento y color.

¡Que siempre sienta tus ramas


—ay, recuerdo— dentro de mi corazón!

[103] OIGO SU VOZ COMO UN RÍO


LA luna tiene la culpa,
la luna, sí, que me aleja,
que me llama, me sorprende,
y en sus fases me envenena.

La luna tiene la culpa


que lo mira todo. Ella
sabe que no puede ser,
y en su luz me desordena.

Tiene la luna la culpa,


la luna que me lo cuenta,
que me desoye mis voces,
rotas de un eco sin tregua.

No sé cómo no comprende,
cómo no entiende mi lema.
Cómo no sabe que no
puede ser lo que un día fuera.

La luna tiene la culpa.


Tiene la culpa. Sin verla,
oigo su voz como un río
llamando mi sangre nueva.

Si no estuviera esta noche,


como una llamada, afuera,
yo sería un corazón
dormido ya de su pena.

[104] NOCHE Y SILENCIO


CUANDO las horas ciegas de la noche
se llenan de silencio,
y todo lo que es vida, gris minuto,
se hace muerte en el sueño.

Cuando se apagan voces y transita


sólo el rumor del cielo,
y una sombra de espera, insobornable,
cubre las agonías del recuerdo.

Cuando detrás de este callar vencido,


el hombre escucha atento
emociones, desvelos, cuando sabe
que está el dolor con garras al acecho.

Cuando hay casas y calles —¡tanta vida!—,


horizontes sin tiempo,
y un temblor de millones de caricias
esconde tras las puertas su secreto.

Cuando hay lluvias, hay sol, auroras, tardes;


penumbras, mares, vientos,
y una larga cadena de sollozos
puebla, infinita, curvas y hemisferios

Cuando las gentes lloran, mueren, ríen,


viven hondo el misterio,
y una pasión se clava entre las duras
membranas de los huesos.

Cuando hay luchas, hay dudas. Esa mano


que gime en el encierro
de su forjada cárcel, cuando grita
desnudo el pensamiento.

Cuando la noche es noche a la esperanza,


sólo late el silencio.

[105] LAS PALABRAS


A Carmina Villanueva
LAS palabras por el aire
giran, cruzan; los destellos
de su vibración perduran
en los ojos. Como lentos
vilanos —de dónde a dónde?—
flotan. Polen de recuerdos.

Sin son, de dolor, palabras,


—¡qué desesperado el fiero
relámpago! Resplandores
de muerte. Pero no es negro
su grito. Queda su luz,
rápido signo, en el cielo,
de su paso. ¡Ay, dolor,
ráfaga ardiente del cierzo!

Si son palabras que el odio


ciñó —círculo de fuego—
a nuestras frentes, nos clavan,
dardo seguro, su acero.
Fijas están sobre un muro.
—Mane, Thecel, Phares. Cierto,
todo el brillo de su ser
lucha: contrario su duelo.

Indiferentes, palabras
perdidas. Nadie el acento
de su realidad descubre,
íntimo. Mudo el secreto
de su esencia, como un río,
calladas, van hacia el centro
de un mar que creará las nubes
de su sentir verdadero.

Si de amor... Ciega el asombro,


círculo mágico, eterno.
Por él van pájaros, cruzan
esperanzas en acecho.
Un temblor de ramas deja
su aroma. Crece su vuelo:
camino hasta las estrellas,
les devuelven su reflejo.

Si son —voz entre la niebla—


palabras que nunca fueron
nuestras, ¡cómo se iluminan,
desveladas, en el sueño!
Allí están, donde su ausencia
es vida para el silencio
de un alma. Siempre presentes
tras el color de un deseo.
Palabras que nunca oímos,
inmersas en el misterio
del no ser. Tienden su mano
—ánfora de fe— al sediento.

Las palabras no se pierden.


¡Que no se las lleva el viento!

II ELEGIAS
[106] ELEGÍA A CELIA VIÑAS
YO nunca oí tu voz.
Nunca, Celia, escuché tu cálida pregunta, clara ventana abierta al río de mi asombro.
Y ahora que ya no estás —¿pero estás muerta?—
yo quisiera decirte, hablarte de esas cosas
que pasan un día y otro en nuestra vida;
esas cosas que nos rompen y empujan,
y unas veces nos dejan toda el alma bañada de tristeza,
pero que más la limpian con su lluvia para que sea un espejo de la dicha
cuando nueva y reciente nos llega la mañana.

Tú sabrás escucharme y comprenderme


y sonreirás un poco de mis penas, y me dirás:
“Pero si estás con vida”.
Ay, perdóname, Celia; tú no sabes
cómo duele la vida, cómo a veces
el verso se nos quiebra en un tibio sollozo partido en dos mitades;
y queremos hablar y están los labios
mudos, sellados por el frío beso de las horas inútiles y ausentes.

Yo sé que es egoísmo quererte hablar de mí, cuando la gente dice que te has muerto.
Pero eso no es verdad.
Nosotros te escuchamos. ¿Cómo ibas a morirte sin decirnos
ese tu último adiós, hondo de despedidas?
¿Cómo el mar —tuyo el mar— pudo dejarte pálida,
sin que nos avisara con la voz de sus playas?
Y el viento y los trigales y la lluvia y la estrella.

El mar era tu amigo,


te habría dado sus velas y sus remos,
inquietas gaviotas escribiendo telegramas azules por los campos del cielo.
El viento era tu amante, te dejaría sus alas,
agitando banderas de tus versos más íntimos,
y se enredaría el trigo, laurel sobre tu frente;
la lluvia se tejería en fanal para tu cuerpo,
transparente tu voz, como dormida;
y la estrella, su camino abriría de luz para tu planta,
peregrina hacia el hijo de tu amor y tu carne.

No: lo dicen las palabras. Son vanas las palabras.


Nadie puede entenderlas;
nadie, ningún poeta puede cantar tu nombre
pensándolo tan sólo en el recuerdo,
ni creer, ya hecho mármol, tu caminar alegre y entregado,
buscando y descubriendo auroras y horizontes;
ni imaginar tus ojos, ciegos de mar y luz reverdecida.
Tus ojos que veían a las cosas nacer con el impulso de la creación primera.

Niños siempre tus ojos para rimar las cosas, difíciles al tacto del ensueño,
viva antorcha tus ojos
de tantas manos hacia ti tendidas.

No puede ser verdad.


Nosotros te negamos a la muerte.
Estarás con nosotros mientras tiemble
un verso entre las manos de un poeta.

[107] NUESTRAS VOCES


José Navarro Pardo

Quiero subir los muros de Granada


para mirar el corazón pasado
por el punzón oscuro de las aguas...
F. G. L.

NO lo encontraréis nunca
mi corazón perdido por el agua,
navegando en las noches,
sin la quilla
de una luna en cipreses traspasada.
No lo encontraréis nunca,
mi corazón, desnudo por el agua.

No alcanzaréis mis manos


en tinieblas de sombra sumergidas,
anhelantes de un ala,
en vuelo hacia un espacio,
por más estrellas a la luz tendidas.

No alcanzaréis mis manos


por un grito de angustia perseguidas.

No miraréis mis ojos,


ciegos de una esperanza,
jazmín naciendo entre las madreselvas,
os dirá que se fueron
preguntando a la tarde por su llama.

No miraréis mis ojos,


cautivos de la tierra que no aguarda.

No sentiréis mi llanto,
clamor creciente, desolado río,
rumoroso en las ramas,
espejo de las nubes,
viento de más dolor y errante sino.

No sentiréis mi llanto,
doliente sauce por amor herido.

No escucharéis mis voces


arañando las puertas de las casas,
rasgando la penumbra y el silencio,
donde quedó mi rostro,
verde ya para siempre de eterna madrugada.

No lo encontraréis nunca
mi corazón de sangre por el agua.

[108] Y ESTA SED


A Alfonso Gámir

Y esta noche
las luces de mi calle, asombradas, crecidas en mi llanto,
me aseguran un cielo, nunca a mi sangre oculto.

Porque, amigo, esta noche


hemos venido hablando de la sola nostalgia
de mirar a las cosas desnudas de presencias,
de sentir en los labios, inútil todo gesto,
de escuchar que hay un mundo más allá de la angustia
Hemos venido hablando del dolor in tratable
de perseguir la sombra del humo que fue antorcha,
cerradas ya las horas en que ninguna prisa
acelera minutos inminentes al término.
Y esto es una tristeza. Es la tristeza.
Esta sed extensísima de los años perdidos,
este saber de un nunca entre las sombras,
sin la esperanza de una luz que envíe
su canción de retorno a nuestros huesos;
ni un ahora ni un ya,
ni siquiera un quizá fructificado
en ramas dolorosas,
arándole su tierra al corazón estéril.
Ni quien ponga la vida en nuestros labios,
vida plena de siempres,
y nos ciegue los ojos viendo sueños y estrellas.

Esto es hambre. Esta, la que se queda


como herida bien hecha y mal curada.
Esto la sed, ya dueña de la sangre,
como un temblor vacío de nuestras manos,
tendidas, imposibles a la dádiva
donde toda respuesta es el silencio.

Y esto es dolor,
gemir, gritar cansados,
con un frío sollozo en las entrañas,
sin que los ecos unan sus plegarias
resonando en los montes.
Y esto es llorar, gastada la sonrisa,
vano el esfuerzo, débil al suspiro.
Esto es miseria, única y desnuda,
oyendo nuestros pasos en la noche
como un lamento gris entre la niebla
y querer traspasar nuestras miradas
más allá de un relámpago extinguido
y descubrir tan sólo un árido desierto,
donde —ay, la sed— sabemos de un oasis.

Porque de sobra sabes, saben todos


que el dolor es de uno,
de nadie comprendido, ni en sus venas ardiente
porque nadie responde a su llamada,
ni hay una voz para la extraña queja,
ni quien oiga, despierto, la agonía sin límite,
instantes separados, entre espejos,
que lejanos ensanchan el camino profundo de los nombres.
Ni quien escuche un alma, en medio de la súplica,
cercada por oscuras tinieblas imborrables,
de soledad y ausencia.

Hemos venido hablando de estas cosas...


y por eso esta noche
se humedece mi pluma con un dolor sangrante,
y son mis voces esas voces únicas,
doloridas de un viento arrebatado
que flagela los muros de mi carne,
que deja sólo el llanto, que enciende en llamas pálidas
la visión de mis horas
y me arranca este grito desvelado,
denunciando hacia todos los confines,
hacia todos los puntos,
hacia todas las tierras, hacia todos los mares,
hacia todos los vértices
mi suprema derrota,
mi incansable llamada,
vencida del destino,
traspasado mi pecho
por la cruel flecha rápida,
que vuelve mi dolor fuego de estrellas
y despoja mis ramas de sus hojas y pájaros.

III CUMPLIDA SOLEDAD


[109] SOÑANDO MIS RECUERDOS
YO no sé en qué lugar habitarán sus huellas,
dónde dejé guardados, ocultos mis recuerdos,
dónde aquella esperanza, aquel deseo
y aquel sentido inmenso de mis horas.
Ahora adivino. Entre un rumor de vida
escucho, dolorosa, su llamada
acechando, impaciente, mi esperado retorno.
Y oigo su voz, pidiéndome preguntas,
reclamando respuestas,
de mi angustia dormida.

¿Están? Yo no lo sé. Casi los siento


como un aire caliente,
como una luz viajera y encendida;
como un beso perdido
que milagrosamente encontrara los labios.
¿Dónde? Yo no sabría responderle a mis sueños
en qué lugar preciso,
en qué rama,
en qué instante,
en qué ausencia,
en qué sombra.
¿Cuándo? ¿Adónde? No acierto.
Y están. Lo sé. Presiento que me aguardan
fieles, en una espera colmada de sorpresas;
en segura evidencia de su firme constancia.

Ellos sabían. Conocen que el olvido no es límite,


que un cielo se despierta,
cuando, eterno, el dolor rasga nubes, penumbras;
que no puede cerrarse su verdad, nunca extraña,
con años ni con voces, distintas, renovadas,
tapiando tanta vida, negando tantos nombres.
Que siempre lo que ha sido está en los árboles,
en cada rosa abierta,
en cada paso,
en cada hoja caída,
en la lluvia, mensajera del viento;
en aquella palabra trascendiendo de su aroma extinguido,
y en los mismos recuerdos olvidados.

Pero ¿cómo llegar? ¿Cómo traer de nuevo


lo que fue hasta las manos,
y la misma mirada encender en su fuego?
¿La misma flor, la herida,
el llanto, aquel momento?

Ellos saben que soy. Soy yo. —¿Soy yo la misma?—


¿O tanta es la distancia
que no pueden venir a descubrirme?
¿Cómo estuvieron solos mis recuerdos,
mi realidad, mi verdadera esencia,
mi ser, lo que yo fui,
lo que dejé una tarde,
una mañana única
y una noche, definitiva y sola en sus estrellas?

No se puede volver. Pero escuchadme,


vosotros mis recuerdos. Meteros dentro,
ciegos en mi alma.

Quiero teneros. Soy.


Soy yo la misma.

Volvéis. Ahora lo siento,


mientras crece mi angustia,
llega, tiembla, la escucho
romper precipitada hasta mis playas,
desbordarse a la orilla de mi sangre.
[110] INTERIOR
ME desconocéis, vosotros, totalmente;
me desconocéis.
De mí sólo sabéis, únicas, mis palabras,
sólo, si acaso, el llanto;
la mirada dormida de esperanzas, si acaso;
las manos extendidas, ciegas de tacto, errantes,
persiguiendo desnudas su moneda negada;
los labios, ya cerrados,
buscando los espejos de la dicha:
tan sólo eso sabréis.

Pero a mí misma, lo que soy —gris nube


densa donde me oculto—
no, no, vosotros no llegáis.

No arañéis en mi carne, nada os dice;


no naveguéis mi sangre, sin riberas,
desierta;
no miréis a mis ojos sellados al ensueño,
no atendáis a mis voces,
roto su grito, enfermo de agonía,
eco vencido en montes de nostalgia.

No, no; vosotros no sabéis.


Si pudierais abrir las puertas de mi alma,
adivinar las sombras de esta vida,
recorrer los caminos de mis minutos áridos,
llegar hasta mi aurora, hundida frente al mar
de horizontes sin límite;
venir hasta mis brazos desunidos,
si pudierais.
Si pudierais entrarme —ramas, bosque—
rompiendo la penumbra del sollozo,
atravesando el río de mis pupilas,
bebiendo de mis lágrimas de noche;
ay, si pudierais ver todas mis horas
una a una, ya antiguas, horas nuevas,
horas del alba, sol, tarde, crepúsculos,
¡horas de mi tristeza!
Si pudierais oír la melodía
de mi vivir sangrante:
Si pudierais...

[111] CUANDO SE ANUNCIA LA PRIMAVERA


HOY es de los días
en que yo escribiría una larga carta,
y también daría un largo paseo.
Una carta donde dijera
algo que es imposible.
Quiero decir
lo que he sentido esta mañana
al mirar a la calle, nublada, sin frío y con el melocotón en flor.
Porque otros días yo no siento lo mismo,
y, sin embargo,
parece que nada ha cambiado.
Ya sé que en esa carta
nunca podría decir todo lo que he sabido hace poco
con mis cinco sentidos.
Además, yo ya no puedo escribir cartas de amor
ni tampoco escribírselas a un amigo.
No debemos engañamos,
un buen amigo es siempre un posible enamorado.
Sólo el amor y el odio unen y hacen girar los mundos.
(Aún recuerdo a mi inolvidable profesor de Filosofía.)
“Y Dios hizo a la mujer para que sirviera al hombre de compañera”.
“Y no es bueno que el hombre esté solo”.
Así es que yo ya no tengo amigos. Por eso estoy sola,
y tengo que escribir una larga carta,
y decir lo que nunca diré, porque yo no he aprendido las palabras.
(Pero ahora pienso si le leeré esto a mis amigos.)
Aunque comprendo lo que me ha venido con la mañana
y me ha hecho un habitante de la tierra:
eso que está oculto
y que sólo un gran poeta podría contar
o, a lo mejor, lo sabe un doctor o un licenciado en medicina;
o el anónimo oficinista que esta mañana odiará sus oficios,
y, puede, que hasta el jefe de oficina,
que, todo es posible, al mirar los renglones cortos de un oficio,
sospeche que allí está camuflada una poesía.
Una poesía que hoy, Miércoles de Ceniza, tiene un color de rosas
o un aroma de flores de almendro.
No sé cómo voy a decirlo
porque cuando los sentimientos se expresan
lentamente se deshojan y...
qué difícil es luego reunirlos
aunque nos quede su perfume y los busquemos inútilmente
detrás de todos los rincones
y encima de todas las blancas cuartillas.
Nadie puede entenderlo.
Por eso, y nada más, yo tengo que escribir una carta.
Pero ya he dicho que no tengo ni un amigo, ni, la verdad,
puedo tenerlo. Ni sirvo ya para eso que se llama una gran pasión en las novelas.
(Aunque algunos ingenuos piensen otra cosa.)
Entonces, sólo puedo dar un largo paseo,
y luego por la noche, si Dios quiere,
llorar un silencio de esperanzas,
que no he podido arrancar a esta mañana,
con todo, y la lluvia, y todas esa cosas que me callo.
Pero, ¿adónde puedo dar este paseo?
Tan cansada de horizontes
gastados entre las horas
y terminados hace tanto tiempo.
Yo creo que debo escribir una carta
y, después de romperla,
arrojar sus pétalos por esas tristes ventanas de café cerradas.

Sí, yo creo que debo escribir esta carta.

[112] TAN SÓLO UNA PALABRA


A Quinín
QUIZA sea demasiado pronunciarla,
pensada. Es tan de siempre
definitiva esta palabra.
Golpea contra la piel su desconsuelo,
se nos quedan los pies entre sus redes,
presos en su evidencia.
No se puede seguir,
encontrar más camino.

Aunque si la decimos suavemente,


sin pensada, al descuido,
letras, sílabas, letras,
se oye un sonido quieto,
ola que rompe, alegre, hacia la orilla
y se deshace con dolor tranquilo.

Pero, después, cuando se escucha,


se desnuda de letras y sonidos,
se comprende su entraña,
se le abre su tapa,
y su secreto
vuela —pájaro cruel— sobre la casa;
se le adivina, entonces, la mirada
y se ven ya sus letras apuntando
sus flechas de dolor.

Después cuando se dice,


qué triste es su retorno:
Des-
graciada.

[113] MAR DE MI SOLEDAD


VOY hacia ti como la nieve al río,
buscándome y buscándote. Mi suerte
cerrada entre tus márgenes. Tenerte
me cumple sometida a tu albedrío.

Buscándote y buscándome desvío


mi antiguo ser al mar donde se vierte
mi sueño. Por camino hacia otra muerte
que es vida desvelada al dolor mío.

Huyo de ti, como del mar las olas,


queriendo renacer de esta tortura,
cuando escucho tu voz gritarme a solas.

Pero estoy tan en ti —como ese cielo—,


hecha tan semejante a tu figura
que huyéndote me copias en tu anhelo.

[114] LA SOLEDAD Y EL MAR


A Encarnita Seco

AHORA las gaviotas ya no saben mi nombre,


y sobre el mar escriben ráfagas del olvido;
el corazón pregunta su nostalgia, y la brisa
sólo le entrega, anclada, una inmensa presencia.
Las cosas gritan signos de esperanza y dibujan
sobre los ojos hondas lejanías, ya sin playa;
las manos buscan ciegas un tacto entrelazado
y responde la tierra negada a su pesquisa.

Pero hay una mañana abierta al horizonte


y el mar tiende sus olas hasta los secos labios.

[115] CLÍMAX
QUEDARME en este instante de mi altura,
cumbre donde mis pasos se detienen.
El mar estremecido de mis horas
en serena quietud, firme y vencido.

Sola en este minuto,


desterrados
los futuros presagios.
Crepúsculos ardientes, consumidos
por las nubes, antorchas de ceniza.

Alcanzada esta cima,


en mis manos la ofrenda del presente;
los frutos del silencio recogiendo,
su aroma por mis venas difundido.

Unidos cuerpo y alma,


sangre y llanto,
tristeza y alegría,
esperanza y destino
en una sola soledad cumplida.

[116] CONTRA TI
DESDE ti. Contra ti.
Quiero perder tu negra
y estremecida ala,
pluma que ya me ciega.

Estirar hacia el cielo


mi brazo —doble entrega
de mi ser. Luz, amor,
venciéndote—. La fuerza

de una magia, presente


en mi sangre, serena
escuchar. Savia y voz
naciendo hasta mis venas.

Huida de tu cerco
desilusión. Belleza,
gritan los medios días
en campanas de fiesta.

Alegría en la tarde
asomada a una almena.
Mayos de un porvenir
que hasta las dudas venza.

Serenidad, sin triste


negrura en las estrellas.
La noche rompe toda
su inútil moraleja.

Nostalgia, contra ti;


contra ti, dolor, ciencia
que me buscas al silbo
de tu línea sin tregua.

Y más y más mi labio


te repudia, tristeza,
a ti ¡Qué oscuridad
desde tu pulso acecha!

[117] SOLEDAD VENCIDA


Y está la noche ahí, variando fuera.
JORGE GUILLÉN

Y está la noche ahí. Alta la siento.


Escucho su armonía, mientras nombra
mi voz a las estrellas. Ni me asombra:
si fue casi un suspiro, yo lo invento.

Desde esta soledad marchar presiento


la luna desvelada, por su alfombra
de nubes va serena. Luz en sombra,
penumbras descorridas por el viento.

Olvidada de amor se me figura


que luna, noche, nubes, sombra, coro
de fervientes estrellas a mí ascienden.

Plegarias de sus voces, a la altura


de mi honda oscuridad dan su tesoro,
y de mis soledades me defienden.

[118] AQUÍ ESTOY CON MI LLANTO


AQUÍ estoy con mi llanto detenida
en medio de la noche. Aquí me hiero
con el agudo brillo del acero
clavándose en mi carne. Ya no es vida

este seguir viviendo sin herida,


cuando de herida, sin sentirla, muero.
Cerrado fue este círculo primero,
que está mi hora a punto y desvivida.

No le tendáis la mano a mi amargura,


yo sola me defiendo desvelada,
y encender puedo en lágrimas la oscura

calle de mi tristeza. Voz y llanto


serán nube a otro cielo en la enconada,
doble lucha de sangre por mi canto.

Arco en desenlace (1953-1962)


I ENAMORADA VOZ
[119] DAFNE
A Emilio Orozco

YA me tienes crecida: rama, altura


de mis dos brazos, arco en desenlace.
Enamorada voz se me deshace,
y es viento acariciando mi espesura.

Ya mi carne —esperanza—, por más dura


presencia de corteza me renace.
Aquí, donde mi sangre inútil yace,
muda savia levanta mi figura.

A tiempo no llegaste, que pudiera


evitarme tu prisa este sonido,
verde rumor de manos transformadas

en hojas de constante primavera.


Ya me miras cumplida. Lo que he sido
aves te lo dirán y desveladas.

[120] FIEL ALONDRA


FUE entonces cuando supe la primera,
la única palabra. Sólo el viento
sabe del aire. Alegre el movimiento
conoce la quietud que fue su espera.

El corazón sintió la primavera,


—otoño era amarillo, ceniciento
el color de la nube—; como aliento
mi sangre se tomaba más ligera.

El alma se turbó. Luz encendida,


en olvido su llama de la sombra,
persiguiendo su huella. Hacia la vida

tendí las manos. Pájaro impaciente


descubrió la mañana, fiel alondra,
cuando oí del amor la voz ausente.

[121] SÓLO UNA HORA EXISTE


A Víctor Andrés Catena

QUÉ tristeza del alma con la tarde,


la voz ya se me pierde en lejanía.
Voy por donde el dolor, mano, me guía,
adonde el corazón gime cobarde.

Para toda pregunta y sueño es tarde.


Ninguna ausencia es llanto. Qué agonía,
roja de luz, defiende, apaga el día
y, a un clamor de ceniza, muere y arde.
Quiero buscar las huellas al camino,
desandándome el alma, y ya no asoma
otra voz que la escrita a mi destino:

—Sólo una hora existe, sólo un llanto,


sólo una primavera; y un aroma
de madreselva vale todo el canto.

[122] EL ALA DE UN RECUERDO


COMO un aire suave que el verano
nos deja entre la carne y acaricia,
trayéndonos, ausente, la primicia
de un otoño amarillo y más cercano.

Como un agua que llega hasta la mano,


sedienta de esperanza, y la delicia
de su frescura por la sangre inicia,
y calma el corazón. Así, lejano,

en brisas de nostalgias florecido,


el ala de un recuerdo, silencioso,
ha rozado mi alma, y, suavemente,

desde el umbral oscuro del olvido,


un sueño, de su noche, milagroso,
llega claro a mi sed con voz ausente.
[123] DESDE UNA SOLEDAD
TE llamaba con el sol,
con la luna te llamaba,
con la lluvia: cielo gris,
sospecha de una esperanza.
Por el viento, por la flor,
por la brisa, por las rama
del almendro, por la nieve
de las cumbres y montañas.
Te llamaba.

Te perseguí por la tierra,


balcones, calles y plazas;
por la noche, por el día
por torres y por campanas.
Te busqué con mi sonrisa,
con mi llanto, tras la vaga
luz de una aurora indecisa,
despertando mi nostalgia.
Te buscaba.

Te espié desde la nube,


desde el ruiseñor, la acacia
desde el llorado jacinto,
la azucena colegiala.
Con la hormiga, el caracol,
con el gallo de alborada;
y con el grillo que insiste:
sueños que a la noche clava.
Te espiaba.

Te pensé cuando seguían


mis pasos rutas de infancia,
junto a los libros de texto,
por latitudes y mapas.
Entre el otoño amarillo,
el invierno, y desde cada
primavera, que a la cita,
fiel y constante, no falta.
Te pensaba.

Te nombré con tantos nombres:


sí, no, sí ¿Dónde la exacta
definición de ti mismo
escondía la palabra?
Desde el umbral del dolor
la dicha ya te anunciaba.
¡Ay, ganado amanecer,
horizonte de mi llama!
Te nombraba.

Te esperé desde lo inmenso


de mi soledad. ¡Qué larga
ausencia de no saberte
sabiéndote por mi alma!
Te esperaba.
[124] TAN ATREVIDO EL CORAZÓN
TAN atrevido el corazón, tan ciego,
aún no quiere romper esta cadena,
y si la aparta, y duda de su pena,
al cauce del dolor se vuelve luego.

Y si yo me defiendo, y si le niego
este fin, que mi vida no serena,
se me levanta y se me desordena
y hace de sus cenizas voz y fuego.

No lo puedo vencer, ni de su herida


lograré desprenderme, que me tiene
de parte a parte el alma dividida.

Y si junto a la orilla de mi canto


quiero vivir, como una ola viene
y me lleva a los mares de mi llanto.

[125] SOSPECHA DE TU VOZ


DESDE tu voz sospecho una quimera,
nueva tu voz me arrastra por su altura.
Frente a tu voz la sombra se apresura
porque fue luz, aroma y primavera.

Para llegar a ser, para que fuera


la sospecha de fe, casi ventura,
contra tu voz mi audacia te conjura
me escuches con tu voz mi voz primera.

Si con tu voz la sangre que yo siento


ir tomándose estatua, la conviertes
de piedra en carne, y de su mármol vida

haces brotar, palabra y movimiento;


si mis manos inútiles, inertes,
levantas hacia ti, yo soy vencida.

II NO ES SILENCIO UN AMOR

[126] NO ES SILENCIO UN AMOR


A Gerardo Rosales

Lo que yo tengo en el alma,


ay, amor, tú no lo sabes...
E.M.V.

Y yo sé que vosotros no tocaréis el borde de mi ensueño.


Ni siquiera yo, entonces, comprendí, entre la niebla,
ni llegué a la raíz, que me gritaba, íntima,
subiendo, pulso a pulso, hasta la rama última,
ignorante, en mis labios, de su origen primero.

Nadie puede saber cómo es la llama,


sospechar, adivino de su luz,
su callada presencia devastadora y ciega.
Está toda en sí misma, se consume en su ser.
Nadie la nombra.

Y no podéis saber cómo es la rosa. Ella está ahí.


Ni decirla; ni entreabrirle el infinito mundo
que se oculta en su aroma.
No; no podéis descubrirla. Sólo ignorancia existe desde su nacimiento.
Tampoco el jardín sabe. Tampoco el ruiseñor.
Sólo la rosa es rosa.

Ni lo sabían mis manos, temblorosas y tibias como un ave.


Nadie.
Ni lo veían mis ojos, que miraban más allá de las cosas,
ni lo escuchó mi sangre que arrastraba
ríos de sombra y vida:
Nadie.

Yo atravesaba mares, selvas, montes y nubes;


iba tras de una voz,
en zozobrado vuelo de mis dudas.
Apartaba las ramas, recorría, inmenso, el bosque;
traspasaba la lluvia,
—trayéndome mensajes de socorro
en el naufragio donde mis horas se me acababan únicas.
Corrí por las estrellas, a su luz
por las desiertas calles me guiaba.
Preguntaba a las puertas, golpeando el silencio de sus mudos umbrales.
Interrogaba al viento: noticias de mi afán,
letras de mi ilusión conmovían el remanso
de su quietud, atenta hacia mi espera.

Y siempre lo aguardaba,
despierta con la luna, sospechando una aurora,
—brillante luz y término,
difusa claridad de límite encendido.
¡Qué difícil atiende la inquietud!
Qué agonía en las manos extendidas a un cielo.
Qué sollozo en los labios donde ya existen labios.
Qué cansados los ojos, ¡qué impaciencia en la sangre
por errados caminos!

Y entonces,
cuando sonó la hora,
cuando se abrió la rosa y se encendió la llama,
y llegó aquel instante ya anunciado
desde todos los siglos en vigilia
de una sola estación y de un solo minuto;
entonces, yo inventé la palabra, me descubrí en la tierra,
escuché de mis pasos su reciente vestigio,
sorprendí de las cosas su realidad de enigma;
vi horizontes, vi cumbres, vi los mares,
y aprendí de mi sangre por sus ramas
su misterioso nombre y su desvelo.

Y luego...
Qué desnudo temor ante su huida,
qué deshojarse pálidas las flores,
qué oscuridad vaciándome la noche;
¡qué terminarse el mundo!
Qué cerrarse las manos,
qué apagarse el color y la evidencia
del palpitar efímero de un ala.

¿Cómo el mar sigue, íntimo, eterno confidente de las playas?


¿Cómo la tarde errante se persigue,
dejando ya sangriento el horizonte?
¿Cómo la luna enciende tantos blancos
delirios por el sueño?
¿Cómo suenan las voces, y las cimas del pensamiento gritan a los cielos?
¿Cómo la gente dice amor, quisiera,
árboles, viento, azul, vida, amarillo?
¿Cómo rondan preguntas las esquinas,
escondiéndose tímidas de acecho?
¿Y por qué hay unos brazos que ya alcanzan
la última flor en fruto desvelado?

Pero todo está ahí:


todo fue historia y fábula.
Fue cauce, encendida pregunta,
aroma en la mañana.
Nada se pierde de lo que una vez
escribieron las manos en su vuelo a una altura.
No mueren las palabras que un dolor
crucificó en silencio enamorado.
No se pierden las horas que anunciaron
números de esperanza por lo oscuro.
No se deshace, eterno,
el metal de un minuto,
carne ya de una voz, círculo y tiempo.
No se borran los pasos, tibias huellas,
por donde van los otros, ignorados,
por donde crecen largos los caminos,
adonde nubes tienden sus banderas,
clavadas en la torre de un amor y un ensueño.

Están las manos siempre levantando


los puentes indecisos del recuerdo.
y siempre abren los labios otros labios
con un destino de memoria errante.
Y por siempre unos ojos iluminan miradas
despertando otros ojos por el llanto dormidos.

Pero todo es verdad.


Nada se pierde.
No se olvida la rosa que prendió
el mundo alucinado de un aroma.
No es silencio un amor.
Ni es ceniza una llama.

III LA VOZ ELEMENTAL


[127] GLICINAS CON LLUVIA
A Alfonso Gámir

PUEDO mirar y ver, y son ternura.


Color tan derramado que pregona,
si verde, gris; morado si abandona
su cascada de luz. Ciprés la altura.

Presencia de color. Y se apresura


la vista por sentir, y la persona
al instante creado se aficiona
donde toda verdad se le inaugura.

Toco con todo el llanto dividido


un paisaje deshecho en armonía
de pétalos y aromas junto al cielo.

Nada dice la lluvia. Por el día,


entre un rumor de espera ya crecido,
se cuelgan las glicinias en su vuelo.

[128] VOZ DE LA LLUVIA


LA lluvia gotea en mi corazón,
lamiéndome mis horas de penumbra y asombro.
Desde suelos de tibia oscuridad
defiende, gris, su queja
de no ser ese rojo vencido de la tarde.

La lluvia son palabras ocultas en los sueños,


perdidas en tinieblas de almohadas y auroras;
ronca tristeza, en venas deshilando,
de los cuerpos celestes encendidos.
Fruto y dolor, fronteras
desde el anuncio del primer encuentro.

La lluvia dice signos, en soledad


de viento despeinado;
amarilla es la lluvia
como un llanto.
Mano que arrastra, tímida,
un recuerdo, sin rumbo, a las calles y plazas;
ojos de un tembloroso párpado que borra
el callado perfil de las montañas.

La lluvia es el cuchillo que golpea


los atentados huecos de las sombras.
Tiene carne la lluvia de sonrisa y deshielo,
tiene un misterio cálido y redondo.
Piensa un silencio ausente,
en luna desgarrado,
levanta brazos, gime,
donde un nunca es la voz de tanta espera.
Y enciende de esperanzas la tristeza
de los hombres al gozo desterrados.

Firma el amor escrito en una carta,


arrugada de lágrimas y olvido,
devuelve un hijo a la mujer sin ramas,
dura tierra de angustias y raíces nocturnas.
Se tiende como un río,
cuando dichas y labios
quieren besar y es mueca s pregunta.
Sube por los sollozos, estrangula
la noticia de un nombre en la garganta.

[129] PASIÓN DE LA LLUVIA


LLUEVE,
aunque la enredadera se derrame,
asomando curiosa su verdura enclaustrada.
Llueve, aunque las campanillas más azules
pongan su mano abierta en los tejados,
y se escondan por tapias y jazmines.

Llueve,
llueve, aunque los amarillos se detengan,
aún soñolientos, tibios de veranos,
mientras el aire es dulce
y van las sombras, mudas, cambiándose sus velos de resoles.

Llueve;
llueve, aunque en los portales
mujeres sin caminos
miren paredes, crueles al socorro.
Llueve para las almas y los minutos de reloj cansados;
para los pasos grises, indecisos,
y las aceras carne ya de espejos;
para las voces hondas, aburridas
por la inminencia de querer ser pájaros.

Llueve.
Llueve con agonías de esperanza,
enlazando la tierra con los ríos
en puentes de turbados corazones.
Llueve para el poeta, para el niño,
para el que tiene un beso entre las puntas de los marchitos dedos,
para el que no ha dormido hace dos noches,
para el que muerto arranca ya la siembra,
para el recuerdo que pregona días,
y el llanto detenido entre lo oscuro.

Llueve.
Llueve, y aunque los ojos no pregunten nada,
aunque las manos queden en penumbras
de otoños y suspiros.
Llueve para saber, al fin, que hay tierras
desposadas, sin rumbo, con los mares.

Llueve para que yo lo diga a voces,


y me deje mi nombre entre las páginas
de un libro de Verlaine casi olvidado.

[130] POR TU SILENCIO AZUL


TU, luna, si me hablaras,
si debajo de tu corazón frío
tuvieras, libre, un alma.

Si dentro de tu silencio azul


palpitaran palabras encendidas,
a mi vencida sangre despertando.

Si tus pasos dejaran una senda


y un marcado camino
para escapar al mundo de lo incierto.

Ay, luna, si llegaras,


luz de errante desvelo,
hasta mi casa.

Si abrieras los balcones de la noche,


y entre escalas de aromas
tus manos me tendieras.

Si olvidando tu ciega indiferencia,


llenaras a mis ojos de esos verdes
paisajes, donde tienes
escondido el secreto de tu llama.

Ay, luna, siempre luna,


por tu ventura inmóvil.
Inútilmente luna de mi llanto.
¡Si tú me oyeras, luna!

[131] CIPRÉS
DECIR ciprés y recta hacia la altura
levantar con asombro la mirada.
Nombrarte y, con nombrarte, traspasada
sentir el alma. Antorcha tu figura.

Verde tu llama, lengua que perdura


sobre amarillo otoño; voz lanzada.
Flecha sobre la carne de la nada,
y luz y luz para la tarde oscura.

Decir tu nombre y escribir constante


pregunta, estrofa, ritmo y sinfonía
de una escala de notas hasta el cielo.

Mirarte y caminar. Siempre adelante


el corazón, la mano y la alegría
de ser y de elevarse con tu vuelo.

[132] LA NUBE
NACIDA de ti misma. Por tu vuelo,
del mar regresas, causa de tu forma,
por dolor y en dolor cifras la norma
de tu existir, creada de tu anhelo.

Un crepúsculo enciende tu desvelo,


y tu blanca nostalgia se transforma
en luz de tarde. Nueva voz te informa,
y eres llama y amor desde tu cielo.

Pero caerá la noche de su altura,


el fuego de tu alma consumido
y en gris desesperanza tu ventura.

Nube y símbolo. Irás, nunca presente,


del amor a los mares del olvido,
del olvido al amor, eterna fuente.

[133] ALMENDROS
A Jesús Bermúdez

ROSAS, blancos y azul, cielo y mañana


explicándose unidos. Luz y nieve,
aroma que al perfume no se atreve,
en la brisa, llevado, más liviana.

¿De dónde esta tristeza se me hermana


con la flor del almendro y me conmueve?
¿Por qué antiguo silencio, quieto y leve,
transita mi sonrisa y voz lejana?

Que un dolor me sorprende. Porque os miro


abiertos, florecida primavera;
fugaz la rama. —¿Fue casi un suspiro
lo que entre el blanco, rosa, nieve y cielo
escuché a vuestro paso? —Viento espera,
de marzo, a deshojaros vuestro anhelo.

[134] ÁRBOL DE AMOR CUMPLIDO


EN medio de la noche
una voz se ha encendido vegetal.
Y el aire se perfuma iluminado.
Aroma de un color,
gracia de luz y forma de sonrisa.

El oscuro silencio
se rinde a la aventura del árbol:
mano de primavera florecida.

Arpegio de las ramas. Flores solas,


armonía de canciones que ya estaban
germinando en el ansia de un deseo,
cumplido por la siembra, y encontrado
en tus brazos abiertos de tierna bienvenida.

Milagro de ti mismo, ángel de tierra adentro,


¿qué alas, casi pétalos, te bajan a la tierra?

La mañana acaricia tu primera pregunta,


la tarde te recoge enamorada,
sosegando en rubores tu impaciencia de fruto.
Y la noche despierta las estrellas,
y abre un balcón callado
donde un alma te mira, guardando tu secreto.

[135] EN ESTA HORA


A Manuel Orozco

¡AY, esta tarde y sol que te me lleva!


¿De qué color las nubes en tu cielo?
Álamos casi arcángeles, ¿qué vuelo
os trajo esa ternura de hoja nueva?

Yo estoy parada aquí, sin que me atreva


a deshacer la causa de este anhelo,
este sueño a romper, este desvelo
que me retrasa el pie donde me eleva.

Y me suspende el alma en esta hora,


dejándome los ojos como llama
encendida de luz. Tarde que dora

el aire de esperanzas. Lentamente


se detiene la sombra en cada rama:
mi voz no dice más. Que sólo siente.

[136] UN PAISAJE
ASI entre sueños fue. Con la certeza
de una visión sin dóndes ni un sonido
que delatara el cómo. Nunca ha sido;
y lo miro grabado en su corteza.

Le preguntaba un nombre a mi tristeza


el fallo de mi asombro, estremecido
en la espera de hallar ese vivido
lugar donde se crece la extrañeza.

Aquí tengo estas sombras, su lograda


realidad del que ensueño fuera un día.
Aquí nombran los árboles el centro,

la causa de un afán, pero callada


está la sed. Ya es tarde. No sabría
gozar en soledades de este encuentro.

IV AMARILLOS
[137] AMARILLOS
1
QUÉ plenitud dorada hay en tu copa,
árbol, cuando te espero
en la mañana azul de cielo frío.
Cuántos agostos largos, y qué intensos
te han cubierto, doliente, de amarillos.

2
TODA la tarde se encendía
dorada y bella, porque Dios lo quiso.
Toda mi alma era un murmullo
de ocasos, impaciente de amarillo.

3
SERENA de amarillos tengo el alma.
Yo no lo sé. ¿Serena?
Parece que entre el oro de sus ramas
algo verde me encienda.
Algo verde, impaciente, me socava.
Dios bendiga su brecha.
Por este hueco fértil de mis ansias
un cielo retrasado me desvela.
Ay, mi esperanza, amor, voz que no existe
tú, mi siempre amarillo.
Hazte un sol de crepúsculos, ardiente:
ponte verde, amarillo.

[138] TILOS
QUE estáis frente al cielo
azul.
Y amarillos.
Que perdisteis sombra y voz.
Luz que alegre se derrama
en amarillo.
Temblorosos de esperanza
ilumináis la mañana del destino.
Va la mirada al color,
defendiendo todo el ser,
y amarillo.
¿Adónde está el verde aquel
que os puso de fiesta?
—pájaros
y alto estío.
¿Dónde se quedó el aroma,
crucificando las calles
traspasadas
en su río?
Diré vuestro nombre sólo.
Sólo vuestro nombre:
Tilos.
Y amarillos.

SONETOS EN AMARILLO:
[139] 1
ESTOY sobre la tierra. En mi camino
crece un rumor y un agua de tristeza.
Mi voz responde y vuelve a una certeza
y va fiel por el cauce de su sino.

No temeré la noche, que adivino


acechándome el pie de mi flaqueza:
qué rápida la sombra, si ya empieza
mi paso a desandarse su destino.

Como he sido seré, y hasta que llegue


la hora descansada de mi mano,
y a una esperanza larga me sosiegue

iré sembrando de amarillo el suelo.


Os dejaré mi sangre, y ese humano,
doloroso sentir a pulso y duelo.

[140] 2
MI voz quiero amarilla, quiero el oro
maduro en un verano de desvelo.
Mi dolor amarillo, y junto al cielo
azul de soledades. Poro a poro

quiero mi sangre trigo, y no le añoro


su más verde constancia, ni su anhelo
al perenne ciprés, que voy de vuelo
y en amarillo sauce ya me doro.

Aguardo en mí esa luz enternecida


y en las últimas hojas, dulcemente,
con un temblor de llama detenida.

Ay, que por este instante, tan ganado


a golpes de más vida, ciegamente
me rindo al amarillo traspasado.

[141] 3
AMARILLO que fuiste. Y que era
amarilla la sombra de tu llama,
amarillo en la calle; cada rama
un amarillo don de larga espera.

Y que fuiste amarillo, y te quisiera


ver de amarillo eterno, que derrama
su luz a los balcones, donde llama
tu otoño como voz de primavera.

Pero ya por el viento perseguido,


de tu pasado ardor y de tu fuego
sólo dejas memoria. Lo que has sido

redime tu corteza. Y frente al duro


cumplirse de tus horas y el sosiego
de tu impaciente abril, te alzas seguro.

V HACIA OTRA VOZ


[142] APARICIÓN
A Carlos Villarreal
DESDE mis huesos y mi sangre dormida,
a ti, árbol en flor,
¡gracias!
Desde mis noches sin auroras,
desde mi nueva y fría desesperanza,
desde la ausencia,
desde mi soledad,
a ti, árbol despierto en la mañana,
yo te saludo:
¡gracias!
Gracias, a ti, su tronco negro,
que haces nieve su flor,
tímida ala,
maravilla de asombro,
voz.
Paisaje.
Gracias, azul del cielo,
fondo de su belleza,
adolescente, limpia.
Gracias por la liviana transparencia,
en luz,
del aire.
Y porque estás ahí, tú,
árbol de la ciudad,
frente a mis ojos
que te entienden,
miran,
que te contemplan,
blanco,
aparecido;
solo,
antorcha de esta calle.
Por la gracia curva da
de tus ramas,
por el color, la línea,
tu figura, tu nombre;
por tu efímera vida,
el clamor de tu instante;
la caída que espera
el grito de tu savia,
el círculo del fruto,
el estío,
tus horas en pregunta,
amarillas tus hojas,
el otoño.
Gracias.
Gracias, por el hondo dolor y la tristeza,
espejos luminosos para verte.
Porque me has encendido el alma,
me has traído el anuncio,
la evidencia de un mundo,
nombre de primavera,
esperanza de rama,
negación de lo oscuro,
aroma de presencias,
realidad,
blanca verdad del tiempo;
júbilo,
siembra,
vida.
Gracias, gracias, porque he sentido,
nueva, la emoción,
he creído,
dudado;
he comprendido,
amado.
Gracias, a ti, árbol en flor.
Yo te saludo.
¡Gracias!

[143] LOS CAMINOS DIFÍCILES


A Gerardo Diego

“¡LA luna está tan alta!”


Sigue, sueña.
Llega a la noche, vuela,
alcánzala.

“Si veo la flor arriba”.


Sigue, intenta,
sigue, más, continúa,
sube,
anda.

“La luz brilla tan lejos”.


Sigue, avanza.
“No puedo más”. Insiste,
quiere,
marcha.

“¡Que el camino es difícil!


Un monte, cumbres.”
Nada.
Pon los pies sobre el suelo.
Entusiasmado sigue,
asciende, sigue,
escala.

“Si nadie me responde.”


Grita, llama.
Deja tu voz a todas
las cosas.
Riega tu sangre,
habla.

“No puedo. Está la meta


llena de espinas.”
Pasa.
Hay lirios. Mira, rosas.
Sigue,
canta.

Sigue, sigue, no pares,


corre, marcha.

“Pero está allí la muerte.”


Miedo, sombras.
Da tu mirada
a Dios. Tiende las manos
altas. No te detengas,
sigue, sigue,
anda.

[144] CON ESPADA DE FE


YO sé que no es verdad, que nada empieza
después del fin logrado, que no dura
más de un plazo esa luz que se apresura
de agónico horizonte. La certeza

hondamente persiste y la belleza


del ser tan desvelado de aventura.
Con espada de fe va tras la oscura
noche, donde se rinde su agudeza.

Yo sé que no es verdad. Pero me entrego


a un impulso ideal, y a un encendido
afán que me contagia de su fuego.

Voy donde nadie va. Y, adonde alcanza,


clavo el sueño ganado. Lo perdido
lo quiero con moneda de esperanza.

[145] EN MEDIO DEL CAMINO


NADA queda detrás. Largo el camino,
frente a los ojos crece. De lejano
llegó tan cerca luego, que la mano
tocaba ya la raya del destino.

En medio de la senda, peregrino


el corazón, dudoso del cercano
término de su audacia, ante el humano
paisaje tiembla, solo, adonde vino.

Indeciso va el pie. No se apresura


temeroso del fin y vacilante.
Es la hora crucial, y de la oscura

sombra nace la luz y la derecha


eterna vía. Al alma que fue errante
un resplandor de aurora abre su brecha.

[146] A BRAZO ENTERO LUCHO


A Pedro Bargueño
A brazo entero lucho con la vida
y agarro por los cuernos la esperanza,
me ciño en el dolor, clavo la lanza
de mi agudo sentir: honda es la herida.

Pico la espuela, tiro de la brida,


cuando el peligro escucho que me alcanza,
defiendo con mi pulso la añoranza
de lo que pudo ser: suerte incumplida.

Alzo a las nubes, palco de los cielos,


la pregunta y la voz y la mirada,
escudriñando el gesto y los pañuelos
que restañen mi sangre temerosa.
No me rindo cobarde, acorralada
contra el toro impasible que me acosa.

[147] SÓLO UNA VOZ


Oigo tu voz como el silencio
entre dos tempestades...
T. S. ELIOT

AQUÍ, entre mi pasado y el futuro,


oigo tu voz, silencio por mis venas.
Argollas en mis brazos y cadenas
detienen en mi sangre su conjuro.

Los labios se me cierran en lo oscuro,


las manos ya no buscan las almenas,
descanso de su vuelo, y están llenas
mis pupilas de cal, ciprés y muro.

Perdida está la siembra del presente,


si ya mirar no puedo donde alcance
un rumor de esperanza que me aliente.

Pero tanto silencio, infiel destino,


sólo una Voz podrá librar del trance
en que es niebla esta luz de mi camino.

Materia de esperanza (1958-1966)


PUENTE DE SOLEDADES
[148] [Hay tantas realidades escondidas…
HAY tantas realidades escondidas,
ocultas por la niebla de las horas sin tiempo.
Hay una, dos palabras, millones de palabras
que esperan la sorpresa de unos labios.
Pájaros que no encuentran
la mano, casi rama,
que les señale el nido.
Hay murmullos sin bosques
para aquietar sus lenguas divididas;
calles sin ese árbol
que les siembre una antorcha
de amarilla nostalgia;
ríos preguntando un cauce,
mares, que no descubren, eterno, un horizonte,
con la antigua sospecha de sus olas.
Vientos desheredados, sin refugio,
en busca de veletas y balcones
donde dejar su aliento y su llamada.
Estrellas sin un cielo
para clavar su asombro errante y mudo.
Hay caminos perdidos,
que ignoran el destino de sus pasos.
Y hay corazones que se quedan solos,
llama encendida, nombres sin respuesta,
suplicando a la vida.
Hay voces en la tierra
recorriendo esperanzas.

I MI PRIMERA SOLEDAD
[149] CREACIÓN
BUSCÁNDOTE voy
queriendo decirte
caminos, nombres,
desvelándote las sombras,
la puerta abierta a tu paso
Buscándote voy,
que tengas
la vida que no te di,
nombrada por mi palabra,
crecida por este mar
de esperanza, fiel, lejano.
Nacido por la certeza
de que eres en la forma
de mi deseo, de mi impulso,
en el silencio movido
por el rumor de mi sangre;
desde el calor de mis huesos.
Buscándote voy,
creándote.
Pidiéndote voy, imposible
materia de mi esperanza.
Naciéndote voy, el hijo
nunca llegado.
N o m b r á n d o t e.

[150] MÁS ALLÁ


SECRETAMENTE, yo te hablo
a ti, secretamente, que adivinas,
lejos ya de mi sangre,
este oscuro silencio, hecho carne en tu ausencia.

Mi anhelo llegue a ti,


rompa las nubes
que envuelven, incorpóreas,
tu negada presencia a mis latidos.
Llegue mi soledad junto a tus labios,
sellados a mi beso,
llegue mi sed de ti,
nunca saciada,
a tu no ser, viviendo.
Sepas de esta verdad, fértil mentira.
Esta loca verdad,
agujero en la noche
de estrellas impaciente.
Esta inmensa verdad que finge el rostro
de tu imagen perdida eternamente.

Que entiendas mi dolor,


sólo te pido,
a ti, que no me oyes,
inaudito tu acento;
a ti, inmóvil, sin tiempo,
sin que alcance tu voz mi lejanía,
sin que tus pasos crucen
este muro,
que, entre tú y yo, cerrado
se eleva para siempre.
Desconsoladamente te suplico
que tus ojos me miren,
labios tuyos me besen;
tus manos sean el puente
donde las mías alcancen
esa orilla imposible,
esa aurora sin noches,
ese eterno horizonte,
donde aguarda el misterio.
Ese instante sin hora,
ese blanco minuto
cuando la realidad toca los sueños.

[151] MI PRIMERA SOLEDAD


MI primera soledad
fuiste tú. Tú la primera
espada de mi dolor
sin nombre. Tú la primera
nostalgia. Voz que no es
sino un silencio de ausencias.
Voz en silencio. Y pregunta
por mí. Que a los aires lleva,
con ansias de viento y flor,
semilla que el fruto espera.
Mi primera soledad.
Tú; soledad por mis venas.
Te pregonaba mi ser
con raíces en la tierra,
con sed que nunca se calma,
con grito y llanto, con nueva
palabra del corazón,
con amarilla tristeza.
Con rumor de viento gris
—íntimo paisaje y niebla—
entre la lluvia. Su mano
humedeciendo mi pena.
Árbol sin ramas, sin ti,
perdido para mi senda.

Ninguna sombra ilumina


tu camino, ni una seña
dicen las hojas, están
silenciosas, ya no estrenan,
vegetales, su color
radiante de primavera.
Soledad de ti y por ti.
Eco mudo las estrellas
de mi noche. No se escucha
su temblorosa presencia.
Mi primera soledad.
Tú, mi soledad primera.
¿Dónde buscaré tu voz
de plata, de agua y de seda?

[152] VOZ DEL HIJO


Pero yo te quería del amor...
E.M.V.

TU que has ido a mi lado


por mi largo sollozo.
Por mi risa, mis labios,
por mis ojos, mis manos.
Por todos mis instantes,
preguntando a las cosas,
a la rosa, la luna,
a la lluvia, la noche,
a la estrella y la nube,
al pájaro y al viento.

Tú que estabas, alerta,


vigilando entre sombras
la quietud desvelada
de mi asombrada espera.
Tú lo sabes,
sabías,
desde tu eterno cielo,
cárcel de tu leyenda.
Conociste la causa,
el porqué de mi huida,
la agonía, aquella lucha,
cuando eras la evidencia
de tu aliento en mis venas.

Y era tu sangre la que, estremecida,


clamaba por el surco de mi carne.
La que, flecha, temblando,
ya me hería,
con la esperanza de alcanzar tu forma,
umbral de tu certeza.
La que, fingida lluvia,
me crecía las manos,
me dejaba un mensaje de amor entre las ramas.
La que, viento lejano,
me traía los ecos,
la llamada y el pulso
de tu savia impaciente.

Tú querías llegar.
Me cegabas los ojos,
me apartabas los sueños,
me gritabas tu nombre
suplicante de vida.
Me cerrabas el paso para aquella esperanza.
Tú querías llegar.
Tu voz urgente y muda me pedía, imposible,
el decisivo encuentro.
Tú querías llegar.
Estrenabas mi audacia,
me acuciabas la prisa.
Sembrabas mi dolor.
Me pedías mi sangre.

[153] VACÍO
A veces,
grises nubes te esconden,
no me acosa tu imagen,
perdida entre las cosas,
llena de sombras,
blanca a mi deseo.
No te escucho en la noche
llamarme con tu voz,
única y sola,
rondándome, queriendo
descubrir el misterio de tu nada.
Aquella angustia de tu ser,
aquel ansia y anhelo
de tu innata presencia,
no se enreda, pregunta, en mi garganta,
no es delirio en mis sienes,
no en mi carne añoranza.
No existes. Ya no eres
un temblor de presagios,
estela de mi sangre,
río que no llega al mar;
voz sin destino.
Ni esa duda en mis labios:
su agonía;
ni esa nieve en la cumbre del deshielo.
Solamente vacío.
Vacío de mis manos,
honda soledad mía
desde el primer momento de mis pasos.
Dolor de no escucharte,
hueco que ya no espera
la tierra en que germine tu nostalgia.
Inaudita tristeza,
aparte, separada de las demás tristezas.
Madrugada sin nadie,
sin la tibia caricia de lágrimas que exigen
un mundo donde el hijo se cumpliera.
Y, nuevo el primer día,
no esperarte,
lejos la sinrazón de tu nombre imposible,
de ti jamás escrito, de tu carne increada.

¡Ay!, cuando tu no ser no es el cuchillo


que cercena la espera,
ni tu ausencia esa doble
cadena de mis días;
y tu interrogación rompe sus filos
contra el hierro seguro, indiferente
del hastío impasible.
Cuando el germen de ti borra sus ecos,
no te acercas, no insistes, no golpeas mi puerta,
una nube te oculta.
¡y ya no eres mi centro!

[154] SOMBRA DEL HIJO


Yo no te había visto
... ... ... ... ... ... ... ...
El dolor enseñaba
cómo una forma opaca, copiando luz ajena,
parece luminosa.
CERNUDA

LEJANO de mí. Perdido


para mis ojos en sueño.
Tu sombra —y luz— encendía
posibles mundos primeros.
¿Dónde tu voz? No se espera,
y se atiende casi el grito
de su llamada, naciendo
desde un silencio. Gemido
que el alma escucha entre el yerto
dolor de noche y ausencia,
entre el no ser hecho carne
de una esperanza que inventa.
Muda presencia. Y las manos,
cruzadas en la caricia,
rozan la nada, preguntan
en ansia de tiempo heridas.

Sin conocerte. Y estabas,


camino y voz de la sangre,
cerca de mí. Desvelado
te quedabas, sin nombrarte.

II SONETOS DE TU AUSENCIA
[155] AUSENCIA
Y este dolor de ti, dado a mi suerte,
después de mi agonía más oscura.
Escrita estaba en sangre tu figura,
y te perdí a la vida y a la muerte.

Mis ojos que nacieron para verte,


para apagar en ti fuego y locura.
Mis labios donde ardía la ternura
para saciar la sed de conocerte.

Mis manos de preguntas ya colmadas,


preparándote el tacto y la caricia,
sentirse de tu carne abandonadas.
Fuiste norma y deseo. Tu presencia
crece, huida de mí toda noticia,
y sólo tengo el rayo de tu ausencia.

[156] VOZ MÁS PURA


ACASO en ti se hubiera silenciado
mi voz, enajenada por el sino
de encontrarte. Mi vida —su camino—
libre ya de tu espera y mi cuidado.

Con tu presencia y tu existir ganado,


cumpliéndose en mi carne tu destino,
un silencio en mi sangre yo adivino:
cerca de mí tu pulso sosegado.

Pero si mi palabra, día a día,


grabó en letras tu ausencia, como ardiente,
enardecido fuego —triste altura—;

nacido tú, mi acento crecería,


borrado ya el dolor de verso y frente,
alegre llama, canto y voz más pura.

[157] DONDE VIVE TU SUEÑO


SOÑABAS —sombra tuya— aquel momento
cuando mi sangre intacta te eligiera,
inédita tu forma se cumpliera,
realidad de la vida y movimiento.

En mis venas semilla, fértil viento


agitara mis ramas. Primavera
de tu esperanza, cita, la primera,
de tu voz enlazada con mi aliento.

Pero un frío de caricias secó el trigo


dorado de mi savia. No mi empeño
redimió de tus huesos el castigo.

Ahora tu nombre vive desvelado


en el lugar recinto del ensueño,
no por mi amor, por el azar negado.

[158] TUYA ES LA VOZ


TUYA es la voz, de lo imposible fuente,
de un oscuro nacer, luz y camino.
Donde un dolor acierta su destino
de flecha audaz, la vida está presente.

Renacida esperanza se alza, y siente


la carne atravesada, alegre, el sino
de transformar la sangre, como un vino,
en realidad de amor y trascendente.

Y en ti escuché la voz que en el desierto


—oasis de ilusión, fiel espejismo
me desveló la sombra, aurora y llama.

Tú, negado a mi fin, vives despierto,


y nombrado, en tu ausencia, eres el mismo
que me prende la flor en seca rama.

[159] DE MÍ HASTA TI
MI sangre con tu sangre, una esperanza.
Junto a mi voz, tu voz álamo y brisa.
Mi labio por tu labio, esa precisa
línea de amor. Tu mano, confianza.

Desde mi nombre, el tuyo semejanza


de sangre, mano, voz, labio y sonrisa.
Un corazón abriéndose —divisa—,
de flor en fruto, alegre en su mudanza.

En mis ojos, tus ojos, asombrados


espejos de más vida. Tu primera
mirada, hacia otros cielos desvelados.

De mí hasta ti. Presencia de mi sueño.


Mi palabra en la tuya se creciera.
Mundo ya realidad. Creado empeño.

III HIJO A SALVO


[160] TU NOMBRE
Y de pronto, te escuchaste sin nombre,
te sentías increado.
De pronto,
te perdías más huérfano,
te contemplabas agua;
no veías tu cuerpo,
no atendías tu voz,
no adivinabas
la sombra de tu alma;
no existías, no estabas.
Mirabas los rincones,
buscabas los espejos,
muebles, armarios, trajes;
las inútiles cosas.
Libros, cartas, juguetes.
Escudriñabas cielos, tierras, distancias,
caminos, mares, ríos,
montañas, cumbres, valles.

De pronto, sí, de pronto,


tú, sin muerte y sin vida,
sin dolor y sin risa,
sin preguntas,
sin horas;
sin calles y sin juegos,
memoria ni recuerdos,
sin llanto, ni esperanza.
De pronto, ay, de pronto
no descubrías tu nombre,
no podías responder a mi doble llamada.

Pero no...,
que yo he de darte un nombre por mis sueños,
yo he de ponerte un nombre:
Andrés, Luis, Anhelo,
Pedro, Esperado, Enrique,
Jaime, Carlos, Deseo;
Ignorado, Imposible...
Tendrás nombre, tendrás
una voz y unos ojos.

Tenderás hacia el agua


la visión de tus manos.
Dejarás a la lluvia,
lluvia de abril, mojarte;
tu rostro levantado.
Tu cuerpo tendrá sombra
y tus labios sonrisa;
se abrirán esas flores
que esperan tu llegada,
y habrá un clamor de voces,
de trenes que se acercan,
de pañuelos, de adioses,
de palabras y señas.
Ya no estarás sin nombre,
no serás ese hueco vacío de la nada.
Ni habrá un silencio negro
en tu perfil sin huesos.
No estarás olvidado,
sin creación. Serás cauce,
serás verdad, esperanza,
rayo, caricia, lluvia,
serás mi carne y fruto,
serás rama,
pregunta, realidad,
voz y llanto.
Serás, serás.

Ya eres.

[161] NIÑO DORMIDO


AQUÍ en silencio. Noche.
Que hay un niño dormido.
Por sus ojos va el roce
de un ala o de un suspiro.

Sonrisa que dibuja


asombro, casi un ritmo
de alegría se denuncia
entre sus labios, íntimo.

Maravilla, presencia
de un aroma. Testigo
soy de un sueño. Otro sueño
junto a su nombre miro.
Flor y surco en la carne.
Si fue enigma, ya es mito.
Entre el ser y el no ser,
límite de equilibrio.

Oigo el misterio. Duerme.


Serenidad y olvido.
¡Qué dolor en mi sangre,
en renuncia, adivino!

[162] ACASO POR LAS NUBES


TÚ, el ángel de su guarda,
que velaras su ensueño,
que rondarías sus pasos,
siguiéndole en tu vuelo
de invisible presencia,
apartando el comienzo
de un dolor que pudiera
llegar duro y adverso.

Tú que tus alas tiendes


—caricias por el viento—,
llegarías a la noche,
cuna para su sueño,
le dejarías la estrella,
viva luz por el ciego
camino de las sombras,
amigas del silencio.

Y ahora ¿dónde tu llama


deja un pálido cerco?
¿Cómo, solo, transitas,
ocioso por el cielo,
sin llevar de la mano
ese alma, en acecho
de sus horas, en guarda
de su infantil desvelo?

Acaso, por las nubes


buscas su voz, reflejo
curioso de sus labios,
o el río de sus cabellos.
Y la caricia alada
de sus manos, o el negro
preguntar de sus ojos,
limpia la vida en ellos.

¿Vas huérfano de ayuda?


Solicitando, atento,
a ese niño, no hallado,
para tu mano incierto.
¿Por qué prados lo buscas,
ángel ya impar, tu eterno
rápido desenlace
sumido en desconsuelo?
Tú, el ángel de su guarda,
solitario en tu cielo.

[163] EL ESPERADO
SI tú estuvieras, sí.
Si tú vinieras.
Si tus ojos
me trajeran el mar,
profundo, azul, irremediable, idéntico;
tus cabellos, el oro de tu trigo,
rubio acento de paz,
alegoría, fiel tacto,
sometidos al viento.
Si tus labios,
grito rojo de aurora,
tornasol de deseos,
dieran luz a las sombras,
se abrieran en sonrisa.
y tus manos —la lluvia—,
dulzura sosegada,
envolvieran en prismas de humedad,
socorrieran
el dolor de mis huesos,
la aridez de mis sienes.

Si tú estuvieras, si,
si tú hubieras venido.
Qué campo de esperanzas sembraría tu paso,
qué caminos de cielos,
paisajes encendidos,
señalarían tus ojos;
qué arco iris, anuncio
de recientes sospechas,
me pintarían tus manos,
qué ritmo gris de lluvia
me trenzarían livianas.
Y tus labios, tus labios,
llama, orillas, silencios.
Qué clamor, sin nostalgias,
me detendría entre el llanto.

Si tú estuvieras, ay,
si tú estuvieras,
nada ya sería oscuro,
nada estaría cerrado,
contemplaría yo el mundo entre niebla y sonrisa,
oiría llegar la noche,
río colmado de estrellas,
me asombraría el presagio, virgen, de la mañana,
y todas las preguntas
no dirían las terribles
palabras
de esas sombras fantasmas,
por la pared creciendo
de mi cuerpo sellado.
Yo miraría a las cosas,
entendiendo su esquiva
forma, libre de sus aristas,
penetrando el secreto
de tu presencia oculta.
Y el tiempo, ese dudoso
enemigo emboscado,
no golpearía, sin tregua,
acechando, incansable,
mis horas y mis días.
Me asomaría a la tarde,
verde balcón lejano,
donde encontrar el gesto
de mis nombres perdidos.

¡Si tú estuvieras, sí,


si tú, imposible, el hijo,
sueño, ilusión,
retorno,
si tú hubieras llegado!

[164] HABLO AL HIJO


NO has conocido el mundo.
Ven:
tu mano entre mi mano.
Te enseñaré la tierra, la luna, el sol,
los ríos,
los mares, las montañas.
Ven,
nos aguardan los pájaros,
las flores, las estrellas,
las nubes, el ocaso,
la roca, el mineral,
los jardines, los árboles;
aquel árbol de otoño
donde la luz es casi
amarilla esperanza,
y ese de primavera, engalanado,
árbol de amor,
respuesta.
Y la lluvia... La lluvia...
La lluvia, claridad,
—voz y llanto— sonrisa;
siembra, semilla, brote
de inquietud, de preguntas,
nombres, horas, hallazgos
de perdida esperanza.

La lluvia...
La lluvia hacia la tarde,
la noche, la mañana.
Grito, asombro, arco iris,
realización de un sueño.
Lluvia en el campo, vago
paisaje, y tiemblan
los colores: azul,
verde, gris, amarillo,
fundiéndose, creando
crepúsculos inciertos,
difuminados, vírgenes.
La lluvia, mientras clava
su reja aguda, hiriente
por la sedienta tierra,
dejándole a los hombres
su noticia de cielos,
su caricia sin tacto.

Ven,
las cosas ya te esperan,
transparentando alegres,
ufanas, desveladas,
su realidad, su norma,
su plenitud en el gozo.

Vamos. El universo existe


para ti.
Yo tu guía:
Tu mano entre mi mano.

[165] ENCUENTRO
LO acabo de ver. Pasó cerca,
junto a mí. Cuando cruzaba mi calle.

Tenía tus mismos ojos.


He sonreído. Él —tú—,
un instante, me ha mirado.
Desde no sé qué remota distancia,
desde no sé qué estrella sin nombre,
desde no sé qué mundo intransitable,
desde no sé qué hora.

Tú, él, me habéis sonreído.


Desde no sé qué inexplorada profundidad,
desde no sé qué límites,
desde no sé qué increada palabra,
desde no sé qué última, qué primera mirada.
Desde no sé qué angustia.

Cuando cruzaba mi calle,


—extraño, verdad, presencia—
él, tú, los dos,
—realidad— me habéis dejado,
en el aire,
una sonrisa.
Tú. Él.

Acabo de ver tus ojos.

[166] TU REALIDAD
SÍ, míralos.
Azules como aquel mar,
y asombrados
de ver, de alcanzar los cielos
nuevos, recientes.
Cielos que te irían contando
la paleta de colores:
la limpia mañana, el sol
dando sobre tu almohada;
luz brillante de las doce,
el esplendor de la tarde,
la tristeza que la enciende
cuando se muere,
y el brillo tibio y plural
de la noche en sus estrellas.

Tus ojos...

¿Y tus manos?
¿Sientes su forma?
Su tacto.
El goce al adivinar
aquélla, las otras manos
extendidas a tu encuentro.
Tócalas, sí, ya son tuyas.
Manos de caricia y rama,
manos buscando el contacto
de los seres, de las cosas.

Tanteando sus perfiles


—duros, suaves—,
robándoles el secreto
de su esencia,
de su nombre,
de su presencia inmediata.
Tus manos, tuyas, abriéndose,
abarcando el mundo —brazos—,
recorriendo las distancias,
precisando sus contornos:
creadoras de maravilla.

Sí,
tus manos.

¿Y tus labios? ¿Los recuerdas?


¿Sientes su marca en tu carne?
Su querer decir,
su angustia
por abrirse;
labios tuyos,
roja pregunta, llamada.
Tus labios, cauce, señales
de esperanza. Abril, sonrisa,
—eco y voz—,
callado el llanto.
Tus labios ríos del beso,
interrogantes,
amigos.
Labios de amor, de constante
desvelo. Ahondándole a la vida
su misterio.
Pronunciando aromas, lunas,
árboles, calles, arroyos,
torrentes, mares, montañas,
noches, silencios, estrellas.
Diciendo palabras, signos
enredados en el viento
de tu verdad,
de tu nombre.
Tus labios, respuesta, llama,
seguridad, afirmación
de tu existencia,
tu límite.

Plenitud de ti.

Tus labios.

IV MI CANCION

[167] 1
ESTABA mi corazón
sentado hacia la esperanza,
y el viento dijo que no.

[168] 2
¿QUIÉN escuchará mi canto,
si el mundo quiere, real,
tímido pájaro en mano?

Y yo los dejé en su vuelo.


Cien esperanzas aladas
me descubren todo el cielo.

[169] 3
DESDE mi voz a la tuya,
largo puente de esperanza,
mares de imposible, cruza.

[170] 4
AY, hijo, qué larga espera
aguardarte aquí en lo incierto,
donde es verdad la quimera.

Luz, alma,
espérame allí en lo eterno.

[171] 5
LA noche que fuiste sueño
de mi esperanza,
¡qué alegre
sospecha de mil estrellas
entró despierta en mi casa!
[171] 6
ASOMADA al corazón
de mi sueño,
te esperaba.
Qué implacable nieve, el rastro
de mi calle te borró,
cuando tus pasos sonaban.

[172] 7
PUSE mi esperanza en ti,
alta torre, azul testigo.
Y un manotazo del viento
echó al suelo mi castillo.

[173] 8
LÁSTIMA que no supiera,
cuando una noche te oí,
que era tu voz grito y seña.

¡Lástima que no entendiera!

Lástima que la esperanza


se me quebrara en las manos,
derramándose tu siembra.

[174] 9
NI lo supiste siquiera.
Te di mi beso más limpio,
robándoselo a la tierra.

Te di mi beso de madre,
para que no se perdiera,
ni se lo llevara el aire.

[175] 10
HIJO sin vida eres tú.
Hace tiempo que esa estrella
no es realidad, pero es luz.

[176] 11
ÁRBOL que fuiste mi norma,
tus ramas sin fruto daban
la roja flor de su aroma.

[177] 12
QUÉ alegre va al mar el río,
sin sospechar que le aguarda
la negación de sí mismo.

[178] 13
¡CAMINO de cualquier parte!
Allá va mi corazón,
gavilán de amor y sangre.

[179] 14
¡Y que nadie me pregunte
por qué!
Lo que nunca ha sido,
vale como lo que fue.

[180] y 15
ME fue creciendo en las manos
honda caricia.
Después,
se hizo palabra cumplida.

V CARNE DE MI MATERIA
[181] DE LA ESPERANZA
NO puede ser que estés deshabitada, hueca,
que termines sin olas, pared, límite, noche.
Que sólo haya un silencio
—alto muro, recinto—
detrás de tu evidencia;
olvidadas las risas, apagados los verdes
luminosos,
las ramas;
ausencia de color, crisis de primavera.
No, que tu mano —lluvia, aroma y luz, tu vuelo—
se pliegue torpe al tacto, huya, cierre su palma,
frontera y voz del goce;
que después de pensarte, de albergarte en los huesos
de crecerte en las venas, río de audacia y sangre,
no existas, sombra seas,
menos que sombra, tibio
resurgir en tu llama,
oscuridad, ceniza,
negación de tu nombre.
Que tu verdad, reflejo de intimidades, honda
prolongación de espejos,
serenidad, inquietud,
anuncio de un principio,
de esa nueva mañana,
de aquel amanecer, resplandor desde el ángel,
no penetre el vacío, ilumine el contorno,
abra libre el espacio,
repitiendo los signos acordados,
la realidad del árbol,
la humildad de la hierba,
el temblor de la brisa,
sonrisa desde el viento:
Todo el asombro intacto
de tu esencia primera.

No puede ser que escondas tu verdad,


clave y norma,
porque tú has sido siempre mano abierta, mirada
cruzando las esferas más azules del tiempo,
ráfaga, siembra, nube,
cosechas en pregunta;
anhelada constancia del ser, pulso,
y creciente ritmo nupcial de las estrellas.
Y has sido:
días y días en sonrisa, junto a umbrales del júbilo,
techo amigo, esa lluvia,
tardes tras el cristal,
traslúcido paisaje de sospechas;
árboles, cuerpos altos, orantes brazos,
fruto;
voces de espera, dudas,
ecos, sueños, respuestas
traspasando lo incierto,
salvación de la carne.

No puede ser que niegues tu verdad


a nuestro ensueño,
tu ciega claridad, aquel blanco en presagio,
pregonero del alba.
Tu imagen, faro y norte,
señalando la cima,
cumbre y puerto encontrado,
lugar de un paraíso
donde termina el cruce
de tanta soledad, compañera del llanto.
Tú estabas, defendías
la difícil palabra,
la sinrazón, lo eterno
de la pasión, la llama
elevándose antigua,
encendiendo las nubes
de un horizonte nuevo, brillante de promesas.
Y tú eres. Hacia ti
vuelvo mi paso,
tuerzo mi destino.
Voy hacia ti, te alcanzo.
Hacia ti. Mi esperanza.

Aquí y ahora, luego


de tu apagada antorcha,
aquí y ahora te nombro,
te acorralo en tu huida. Voy tras de ti,
te cerco. Aparto de mi círculo
esa angustia, semilla
fecunda en mi desvelo,
desolada agonía,
plenitud de vacío.
Recuerdo sin la fiesta de tu gesto y presencia:
nombres que un día fueron,
nombres que nunca han sido.
Mañana gris del cierzo.

Y has de venir a mí
como la mano
estrechando la palma del amigo,
como el labio sediento
del perfil de otros labios,
como mirada amante que descubre
los presentidos ojos,
junto a la voz que atiende
de otra voz el reclamo.

Como el verde a las hojas


has de volver, creciéndote,
como el sonido al aire
costumbre del silencio,
cual pájaro
que vence las remotas distancias
sobre el mar de una ausencia.

Y aquí te espero. Creo


en ti,
te denuncio.
Repito, audaz, tu nombre,
sobre tu pie me erijo,
los brazos te reciben
pródigos de mis ansias,
los ojos ya te anuncian,
desafiando noches.
Te escribo, letra y sangre,
arco, amor, armonía,
elevación, materia,
carne de mi esperanza.

Durante este tiempo (1964-1972)


1 DIA
[182] AQUELLA PALABRA
ENCONTRAR la palabra extraviada,
huida entre la noche. Doblemente
de mí perdida. Lejos. Ciegamente
la busca el corazón desde su nada.

De las demás iguales desterrada,


tiene el secreto de mi voz. Y fuente
de mi sentir. La quiero como ausente,
como antigua caricia y arraigada.

Diría, yo, si viene, verdadera


mi canción, que en las manos ya me grita
realidad, luz y su emoción primera.

Aguardo —sol de niebla— y desespero,


si, olvidada de mí, falta a la cita
donde, en la sombra, su retorno espero.

[183] PRIMERA PALABRA


PRIMER día.
Primera palabra.
Atrás quedó el dolor, su mano alzada
que golpeó en el rostro del ensueño,
buscando las raíces, el germen de ilusiones
crecido en esta tierra dura y seca
de la carne cansada.
Pero sus dedos torpes no han podido
romper esta corteza improbable y rebelde,
su pujanza de espera.
Primer día.
Primera palabra.
La lucha empieza ahora
con un rubor de llama.

Detrás del dolor brilla


la rama verde y tallo.

[184] ALTA IBA LA ESPERANZA


ABRÍ la mano y de su hueco, quieta,
la paloma voló.
Iba derecha,
sin temor de galaxias, ni de sombras de espejos.
Derechamente alta, rectamente subiendo
por todas las esquinas de los cielos esquivos,
arrebatando formas a las inquietas nubes,
viajeras inconstantes, trémulas en su mundo,
colmándose en su fuente de humedad y lejanía
con el resplandor tibio de su misma blancura.
Llegó hasta más arriba,
huésped de antiguos nombres,
emisario de ensueños, enconados al alma.
En el pico la enseña.
de una antigua pregunta.
En las alas bandera
de nueva certidumbre.
[185] ABRIL
Y lucen, verdeazul, abril,
las ramas.
y florece azulverde, más, más abril,
el cielo.
Seguridad. Joven mañana, pulso
alegre de las horas.
Voces adolescentes, nuevas, se conjugan
—tiempo presente, abriles y futuro—.
Abril, abril. Repiques. Altas
montañas.
Luz.
Deleite, amor.
Mañana.
Espadas de colores. Paraísos, francos y
practicables.
(Allá lejos —¿aquí?— ¿No suena una pregunta?
¿No ahoga el ritmo, aquel dolor, oscuridad,
el pasado?)
Puertas abiertas,
verdeazul:
el cielo.
Entrada libre,
azulverde:
y el árbol.

[186] DESPUÉS DE ABRIL


¡SE me fue abril!
Manos vacías, inútiles, desnudas,
ciegos los ojos de su verdad y rama,
labios sin fundamento y olvidados
de palabras de sed y lluvia y sangre.
Los oídos negados al suspiro
—viajero transparente de la noche—.
Las manos, ya sin tacto, desleales
a la delgada herencia de la carne.
¡Y se fue abril!
Vino,
estuvo,
llamaba,
golpeando con viento,
lluvia,
sol,
los aromas.
Gritaba en verdes yemas
contra un cielo de azul y gris,
recuerdo
de otros posibles cielos.
Me quería sembrar semilla al tacto,
color para los ojos, luz, desvelo,
sabores de los labios impacientes.
Me quería decir, urgentemente,
músicas y palabras,
rumores
y deseos.
Venías, sí, colmado de esperanzas,
en plenitud de asombro y maravillas,
vestido de entusiasmo y de color, trayendo
la rama nueva y limpia
de brillante sorpresa.
Pero luego, ay abril, se te han cerrado
todas las puertas,
todos los balcones,
todas las alegrías,
las mañanas,
todos los aposentos,
ilusiones
y escondido las hojas —amor, rama—
en la inmensa llanura
desierta y desolada de mi sangre.

[187] AROMA DE UNOS TILOS


Aroma del aroma
del aroma...
J.R.J.
ATRAVIESAS las calles.
Manos que llegan.
Vienen,
se posan sobre el hombro
y despiertan el alma
con el impulso y eco
de una llamada urgente.
Vienes desde las ramas,
desde tus flores vienes,
y te clavas alegre y amarillo
impaciente y sereno,
recto y de pena
en los recuerdos,
en el ahora,
en el preciso instante,
en la carne y su espíritu.
Llegas...
Llegas, amigo cierto,
a la cita de junio
como todos los años,
como todas las vísperas.
Repicas tu alegría,
tu tristeza,
tu nombre.

Apartas —tu caricia—


las huellas que resisten
desde marzos y mayos,
abriles y sus límites.
Llegas, invades, llenas
de tu impalpable esencia
el asfalto,
y los pasos
de las gentes anónimas.
Traspasas —firme— el muro
de tanta indiferencia,
de nuestra soledad,
que levanta los ojos
y te encuentra,
y te recibe —¡ansia!—
como un viento
trastornado de asombro.

Aroma. Plaza. Tilos:


de otro aroma el aliento.

[188] PAISAJE
CIELO gris.
Ramas negras,
duras sobre su aliento se dibujan.
Entre su mancha gris,
verdes las ramas.
Perenne su esperanza.
¿Dónde me encuentro yo que no adivino el alma?
Densa corporeidad. Tan sólo alcanzo
su cansado volumen.

¿Adónde aquel otoño?


Su amarilla verdad no la descubro.
¿Por dónde el entusiasmo, la emoción del asombro?
Detrás de la ventana:
una pregunta.
Una certeza dentro;
gravedad de un destino.
La quietud y el silencio.
Gris mañana —¿los pájaros?—.
La angustia:
Pared blanca,
límite de los sueños.

[189] VIENTO TRISTE


Lo demás es lo otro; viento triste,
Mientras las hojas, huyen en bandadas...
F. G. LORCA

NADIE sabe la pena


que se queda en la rama,
desnuda de su aroma,
reseca de esperanza.
No escucha nadie el viento,
voz del viento que asalta
los muros de la noche
y su tiniebla arrasa.
No entiende nadie el pájaro
si en la noche no canta.
Ni adivina el dolor
oculto entre sus alas.

No llega al hombre el grito


del mar, cuando se alza
agitando sus brazos
de angustia hacia la playa.
No saben de la lluvia,
de su eterna palabra,
del llanto que la nube
le entrega, novia amarga.

Pero el poeta sabe


de lo otro que pasa
como una brisa triste
a sus hombros colgada.
Sabe de ese querer
arrancarse del alma
los secretos que son
música, vientos y alas.

[190] DESDE UNA AUSENCIA


SABER lo que has pensado
a través de ese muro.
(Y siempre habrá allí un hueco,
un espejo y su cauce.)
Recoger, escuchar ese ritmo,
pespunteado, alterno,
que lanza el corazón del que vive lejano.
(¡Tan cerca! No hay distancia.)
Y está una voz, materia
y misterio del aire,
y respira,
y uno sabe que existe.
No hay muros,
todo es camino y flecha.
Y la puerta se abre,
y no es noche esa luz,
no es túnel la esperanza.
Y van las manos y se tienden,
solas;
las manos rozan, palpan:
una casa, un lugar,
aquella mesa, un libro;
ideas, palabras, nombres.
Palabras. Un silencio,
una frase, ese gesto.
La palabra que es,
que no se dice,
pero que está en los labios,
y con su impulso rompe,
rompe el dique —paredes—,
allí va, aquí, atraviesa
(mar y mar, ríos, montañas,
tejados, ciudad, gente),
se dirige, penetra, derriba y
llega, llega.
Y se sabe
(oh, esta angustia, esta lucha en la noche).
Y se sabe que sí,
que ya vibra,
ya es viento,
es círculo,
destino.
Y golpea (más dolor, más ansiedad,
más vida).
Pero está el muro,
(no, no hay muro, no hay sueño) y lo inunda todo.
Y es una claridad,
y llega,
y llega
donde —acaso—
desde siempre,
donde desde siempre,
ahora mismo,
otra voz,
otros labios,
otros ojos,
aquí,
ciegos y mudos,
oyen.
Y lo entienden.

[191] OTRO DOMINGO


(Leyendo un libro de Virginia Woolf)

Y es de nuevo domingo.
Y la tarde envejece,
y tiene un corazón lastimado de nombres,
herido de renuncias,
y un silencio despierto por anónimos pasos,
pulso gris de la casa.
Y estoy sola
y leo
un libro:
alma
que se desnuda,
que dice del recuerdo,
de la vida que pasa,
de los hombres que existen, a pesar de su historia;
de problemas y nimios sucedidos,
de cosas que, sin embargo,
ponen su temblor hacia el labio.
Y estoy sola,
y quisiera
que el teléfono hablara,
que hablaran los extraños,
que cruzaran imágenes,
las próximas y ausentes.
Imagen,
compañía,
voces que se entrelazan.
Y es domingo.
Y como siempre es tarde.
Debo negarle al llanto
su alivio de almohada,
su consuelo prohibido
por leyes de esta hora.
Y debo estar en pie,
desviar la mirada,
arrinconando el fácil peligro a la tristeza,
negándome a su astuta
maquinación,
su trampa.
Pero ya es noche. Escribo
—y estoy sola— y el mundo
gime. Existen calles, tráfico,
enamorados, gentes,
las ciudades.
Hay un hombre,
otro hombre,
más dolor,
risas, luces.
Hay crímenes, angustias.
Y chocan
por el aire palabras sin sentido.

Y estoy sola, es domingo,


un cigarrillo..., otro,
un contener las manos
que descubren, apresan la soledad.
Es la vida. Página densa, en blanco,
colmada,
rota,
sucia de barro;
alucinante,
limpia,
manantial, casi río.
Vida.

Ya no hay tarde. Es domingo,


y escucho
otra vez el silencio.

[192] VIDA-MUERTE
CUANDO la muerte es sólo esa pregunta
que urge, insiste, apremia;
cuando una luz suicida se refleja
dentro del río turbado de tu alma:
mejor es dividir en dos tu sombra.
Que la muerte no acecha en esa hora
en que miras la vida como un agrio
gesto de enemistad. Mano cerrada,
hostil para la ofrenda,
avara y más contraria de la dicha.
La vida te persigue,
te inunda,
te penetra
por el dolor, la nada y el vacío;
te clava sus antenas y te deja
junto a la orilla, pesca de naufragio.
Cuando un día se cierran las ventanas,
y el espejo se apaga, y el camino
no dirige su flecha, recta, al alba,
y detrás de la puerta no hay resquicios;
cuando ya no hay asombro, ni certeza
de que tengan los ojos nuevo brillo,
y están las lunas rotas, seco el viento
y todo se hace roca y superficie;
cuando escuchas la voz que ahora te urge
a romper ligaduras, nudos, rejas,
cuando quieres morirte, se te alza
el brazo, largo en ira de la Euménide.
Y te viene la vida como ola,
y te viene la muerte como seña.
Y estás aquí, ceñida por los vientos
que te empujan al centro de este ruedo.

[193] ETERNIDAD
—¿Y qué? Si el mismo sepulcro
mantiene lo incorruptible.
Eterniza el ser...
JORGE GUILLÉN

¡OH mis huesos! si llegáis


a ser blanca flor de almendro,
cuando florezca, contad
la angustia de mi secreto.
Que los ojos que me miren
—que vean la flor de mis huesos—
reciban su confidencia:
aroma de amor y eterno.
¡Ay, mis huesos! Si en un sauce
os dobláis como un lamento,
reflejados en las aguas
de aquel río: vida espejo;
que mis ramas al besado
dejen —rumor, casi un vuelo—
un suspiro fiel que fue.
Por su corteza subiendo.

Si en hoja de otoño alzáis


vuestra esperanza en el viento,
derramad mis amarillos
a otro corazón sediento.
Que mi color, su nostalgia,
la certidumbre de un sueño,
agua sean para la sed,
lo enciendan, rojo, en su fuego.

[194] ME ESTREMECE TU NOMBRE


LLEGAS así de brusca.
Como rayo atraviesas, como espada
te clavas,
como palabra negra,
incomprensible,
traidora, y
desleal para la carne.
Como un dolor,
un grito,
sin el eco,
apaciguando, desdoblado, el golpe,
la rabia de tus sílabas impunes.
No importa que esperemos, que sepamos
tu infalible destino,
la certeza
de tu paso, tan cerca, en lejanía.
No importa si te niega la luz de la mañana,
si te oscurece el sol de mediodía,
si la tarde te apaga, a veces, casi,
el resplandor poniente de tus alas.
No importa, no,
porque la noche llega
iluminando cruda la evidencia
de que eres y estás,
de que persigues
la sombra
y el color de nuestros huesos.
Nada te impide,
nunca te detienes,
inclemente y tenaz, conciencia abierta
sobre la faz del mundo,
sobre el ansia,
sobre el afán de vida,
sobre todo
lo que fue nuestro y tú nos arrebatas.
[195] EL SUEÑO
SU mano es sin materia.
Pero viene alargada y sutil
velándome los ojos.
Ordena y ya señala:
Otro paisaje, estancias.
Nubes rotas,
espejos de otro tiempo con ventanas de azogue.
Palabras sin sonido. Corredores —su niebla—,
laberintos.

Las sombras indecisas.


Seres que ya no existen —y que son—,
diciendo sus papeles oscuros y olvidados.
No hay mundo en este mundo,
no hay silencio
y se oye
inaudito el silencio sin voces,
desdoblado.

Una nada que bulle de colores,


una nada que grita y enmudece,
hormigueo incesante, pies y cuerpos
tanteando la salida,
aquella puerta
cerrada y sin cerrojos.

Y hay que entrar, sumergirse.


El mar espera.
La mano siempre vence, está al acecho,
enredadera y párpado no pueden
liberar de este trance.

Lianas ya se enredan a los miembros,


indefensos al vértigo,
sellada luz.
Nombre agudo de un símbolo.

Y hay que entrar, es la hora.


Será la hora, al fin.
Será.

Y, entonces,
la puerta ya estará
definitivamente
para siempre cerrada.

2 PAISAJES (Luna. Lluvia. Mar)


I LUNAS
[196] LUNA DE ENERO
CON su carga a cuestas
de nubes,
preguntas
y sueños,
esta noche vigila la luna
por un cielo gastado y despierto.
Esta noche hay luna.
La calle recibe en silencio
su caricia de gata que aguarda
de otra luz la sonrisa y el fuego.
Esta noche hay luna.
El recuerdo
de otras noches despierta las sombras
—lejanías de nombres y tiempo.
Esta noche,
aquélla.
Pasó todo. El cierto
vagar de los días,
la esperanza enredada en el viento.
Claridad. — ¡Qué oscuro!
Por los corredores los pasos.
El viejo
rumor de las voces.
Estrellas
de un azul sorprendido y viajero.
Esta noche hay luna.
Luna ya de enero.
Le pregunto, la miro y no dice
la palabra en promesa que espero.

[197] LUNA DE FEBRERO


LUNA de febrero. Vences la noche.
Doble tu paso,
—”va y ven” de sombras—,
simula
una sonrisa,
ilumina
rutas y ríos de nubes,
caminos para tu nombre.
Reinas sola, ahora, y pones
la calle llena de peces.
Riegas los muros de olor
de madreselva,
y siembras al limonero
una flor
amarilla,
y a los ojos
pupilas nuevas le creces.
Enciendes de tus silencios
la tierra.
Te escucha, acaso,
un pensamiento,
una estrella,
aquel dolor,
un corazón de cenizas
que ardió, una vez, con tu sangre.

[198] LUNA DE ABRIL


HA callado la luna de marzo.
Ya se escucha la luna de abril.
Se entiende —cercana— su llama y su fuego,
su azulada voz.
Ya crecen sus brotes
—venas de esperanza
horadando la tierra,
la carne.
Corrientes de savia alivian los cielos,
los ojos,
las manos,
los labios,
la sed.
Yo me quiero enredar en la luna
—la luna de abril—
sedientas las manos de ríos de frescura,
mis labios gustando
canciones
y aromas,
tactos amarillos de recuerdo
y luz.
Yo me quiero dormir, levantada
por su viento alegre,
por su rama en flor.

No se escucha la luna de marzo.


Repica en el aire
la luna de abril.

[199] LUNA DE JUNIO


A Jean Aristeguieta
SI fueras como una rama seca,
no tendrías tu nombre.
No serías una llama,
un grito,
una luna sonámbula,
un corazón
—espejo
de otra quietud y asombro.
Si tuvieras cerradas las compuertas
de tu río de luz y de caminos,
no serías la voz que dice y llama,
despierta a los dormidos,
abre los labios,
rocas;
renueva fuentes, clama,
desvela al que te mira,
riega las almas muertas.
Si tu acento no fuera
dardo sobre tus cielos,
curva de una esperanza,
nota vibrante,
eco
de un resplandor,
y causa
de la verdad en la noche,
no estaría yo diciéndote
mi palabra. Que,
muda,
privada de tu nombre,
no sabría comprenderte,
adivinar tu magia,
descifrando
aquel misterio —rito—
sólo al poeta clave
de tu celado enigma.

[200] LUNA DE OTOÑO


AHORA no me respondes.
Miro y miro tu aurora,
tu círculo de lluvia,
las nubes vigilantes
asediando tu paso.
Miro la noche.
Escucho
su silencio,
vecino
de tu redonda calma.
Te miro.
Te pregunto.
Pero tú, luna esquiva,
rota luna de otoño,
desde tu letra falsa
nada me dices.
Cierras
tus ventanas de asombro.
No eres ya aquella luna
—oh luna compartida—
que vendara mis ojos
con brillo de esperanza.

[201] LUNA DE OCTUBRE


A Bernardo Olmedo

DONDE la luna es noche,


azul llama se enciende.
Donde crece su imagen
tienen nombre las sombras.

Donde nubes apartan


un camino a su paso,
una ráfaga ardiente
traspasa las estrellas.
Donde la luna rige,
enigma y clara seña,
siempre hay un hombre solo,
huésped de la esperanza.
Donde la noche es luna,
presidiendo el espacio,
las ventanas escuchan
un cabalgar de sueños.

[202] LUNA DE NOVIEMBRE


LA luna de noviembre
abre clara su mano.
Entreteje en las nubes
su luz fría.
Delgado
tapiz, donde refleja
su ensueño.
(Por el campo
resucita los nombres
de árboles ignorados.
Crecen sombras.
Inventa
ramas,
sus hojas.
Tallos
se perfilan
y manchan
de realidad lo blanco.)
La luna de noviembre,
indiferente al llanto,
recorre hacia la noche
su camino.
Entretanto
los ojos que la miran,
la noche escuchan.
Vagos
resplandores de estrellas
tienden puentes lejanos.
(Por la tierra va un hombre,
en luna solitario.)
II LA LLUVIA
[203] LA LLUVIA
¿COMO sería la lluvia
sino fuera de aroma,
de recuerdo,
de nube,
de color
y de llanto?
¿Cómo se oiría la lluvia,
si no brillara intensa,
pálida,
azul,
violeta,
relámpago.
Arco iris
de olores y esperanzas?
¿Cómo daría la lluvia su olor,
su gris perfume,
si no fuera aquel ritmo,
aquella voz,
el canto,
eco lejano,
el viento.
Una escala de ensueños?

¿Cómo sería la lluvia,


si no fuera su nombre?
[204] LLUVIA
SI la lluvia, manual de nostalgias,
abre su gris presencia.
Si la lluvia recorre los caminos,
si llama con nudillos a las puertas,
si gotea en los cristales,
si acompaña, en silencio, a los amantes,
si apacigua al que llora
y deja su almohada a los enfermos;
si consuela al que triste,
si venda las heridas.
Yola pido
y la llamo,
aunque luego mi ensueño
se deshaga en cristales.

[205] NIEVE EN LA CALLE


¿DE qué mano y abierta cae la nieve?
Lenta, suave, levísima, su vuelo
aventando del hombre aquel anhelo
que del corazón sube y le conmueve.

Su silencio es de ahora, y es más leve


su caricia pausada sobre el suelo.
Blanca lluvia, cristal como un desvelo
que a reflejar su nombre no se atreve.
La calle se adormece de blancura,
árboles crecen albos en su llama,
encendida de gracia y de ternura.

Sinrazón de la nieve, que procura


un fuego de emoción en cada rama
dejándole a la tierra su hermosura.

[206] LA LLUVIA EN EL INSOMNIO


A Antonio Carvajal

LLUEVES, la noche, llueves reclamando


mi atención, la mirada,
mi entrega a tu constante, entrañada,
pasión.
Llueves y llueves, lluvia de la noche,
lluvia que te proclamas vencedora
de la estrella más alta,
que pregonas, abates el silencio,
repitiendo tu nombre y tu destino
de palabra insaciable.
Llueves y llueves más,
cuelgas tus hilos
de un cielo recobrado
en tu sombra y acento.
Llueve tu acompasado ritmo sobre el tejado,
el árbol,
por las ramas,
la tierra,
en la carne,
en la ausencia.
Iluminas la noche y la oscureces.
Hablas y dices tu húmeda pregunta
al que insomne te espía.
Pero yo no respondo.
¿Qué me tiene
la frente dolorida, y sin espejos
donde encontrar el corredor que lleve
hasta el hondo lugar que se extiende en lo oscuro,
revelador de un sueño?
¿Por qué tu voz no es hoy
brillante azul,
liviana,
alegre, triste,
desvelada, mía?
¿Por qué no es puente, aroma,
trayéndome el asombro por tus manos?

¿Por qué me dejas sola, con mis ojos


ciegos a la verdad que tú le siembras
al corazón sencillo,
al hombre que te escucha sintiéndose más tierra,
más árbol, más deseo,
más rama, más raíz
y más humano?
Déjame de tu nombre la inquietud,
guardada en el temblor de tu insistencia.
Que mañana la encuentre,
cuando el sueño
haya borrado este desasimiento,
y amanezca yo en ti,
ya luz y llama.

[207] LA LLUVIA PRESENTIDA


A Carlos Villarreal

LLUVIA que eres mi sangre,


que taladras la tierra,
que te llenas
de ríos de esperanza,
de cauces de inquietudes,
de acogedores ecos.
Lluvia que te derramas
como un mar sin orillas,
sin márgenes de playas,
inmensa y solitaria
ola
que arrastra el limo
—la suciedad del mundo—
gritando gris tu nombre.
Que penetras la entraña,
despiertas los deseos,
soliviantando fuentes,
en redondez tranquila,
desvelando las noches,
empinando las almas.
Sabía que vendrías,
que llamarías con tus dedos de carne a mi ventana,
que tu arribar,
sediento de mis horas,
me traería la noticia
de voces olvidadas,
de palabras sonámbulas.
Te esperaba.
Mi pulso presentía tu rumor,
te anunciaba
con un ritmo de asombro,
de callada impaciencia.
Sabía que llegarías, aunque la tarde
se aromara de rosas de un ocaso.
Te esperaba en la noche íntima de desvelo,
apartando el dormir,
abriéndose mis ojos
en más tensa vigilia,
desechando las sombras
hostiles y taimadas.
Y te escucho, eres mía,
lluvia que me devuelves tu verdad,
y la presencia
de mi ser y mi anhelo.
Estoy en ti,
me tienes,
te pregunto.
No rompas el clamor de mi llamada.

[208] SI ESTA NOCHE


SI esta noche llueve,
yo suplicaría
fuera mi corazón rama de un árbol.
Si lloviera esta noche,
que mi sangre gritara
sobre los troncos,
tallos
y las hojas sumisas,
perforando el silencio,
alzándome, creciéndome,
hasta alcanzar, despiertas, las ventanas,
luces resplandecientes,
desveladas.
Si lloviera esta noche,
ser sonido quisiera,
repique del asfalto,
canto de los tejados,
rumor apaciguado, prisionero de sombras,
misiva
y su ternura hacia noches y amigos.
Si lloviera...
que mis labios gozaran del sabor de la tierra,
que mis ojos un ancho cauce de luces fueran,
mis manos los estanques que sus tallos le siembran,
mis oídos se alzaran, altas torres de asombro.

Si esta noche llueve,


si la lluvia llegara,
se abra su nombre gris en ramas amarillas,
me acoja y me dilate las venas y los nervios,
me hable y me responda con su boca enraizada,
humedezca mis huesos
y me encienda los sueños
en la aridez
nublados.

[209] LLUVIA CON VARIACIONES


A Juan de Loxa

Y estoy triste también,


“elenamente triste”,
con la lluvia, en la lluvia, por la lluvia,
a través de, debajo de la lluvia.
Mi tristeza no es de hilo blanco,
ni de noes desmayados de ajadas margaritas,
ni de esa música (Radio. Noche. Nocturno),
ni de saber que el tiempo
bicéfalo, contando dobles horas,
(el tiempo del reloj, y —yo te saludo Bergson
el tiempo tiempo)
no es hora ya de juventud, de síes
(¡ay, divino tesoro!)
sino tiempo del “no”, del se acabó que es tarde,
que nada hay ya que hacer...
(La paz de los sepulcros.
Y que haya un muerto más qué importa al mundo.)

Pues sí, estoy triste. Triste.


Cómo chorrea la lluvia en mi tristeza,
goteando en mi paso impar y solitario.
Cómo llora la lluvia por mis sienes,
por mis manos, mis ojos y mis labios
que fueran elegidos por los dioses
para hazañas de vida
y epopeyas de fiebre.
Escogidas mis manos para alcanzar las cimas
(mundo del tacto, cumbres de ternura),
las palmas hacia arriba, suplicantes a un cielo.

Preferidos mis ojos que alertaron distancias,


profundidades, ríos, mares insospechados,
ojos vigías de auroras, paraísos, crepúsculos,
cauces del amarillo.
Nombrados boca y labios,
reductos del amor,
a empresas de aventuras y audacias destinados.

Todo desbaratado, reprimido,


hecho pedazos, roto entre la lluvia.
(Detritus y pavesas, cáscaras de ilusiones.)
Nadie entiende este “puzzle”, este, dígase enredo.
En el espejo turbio de la lluvia
está todo, sangrante, reflejado.

Es verdad que estoy triste.


Elenísimamente desesperada y triste.
(Pero tengo razón. Malhadada mi suerte.)
Pero bendita lluvia,
pues que puedo
recordar esos versos
de un poeta francés —por más señas romántico:
Le seul bien qui me reste au monde
est d 'avoir quelquefois pleuré.
Y TRISTESSE se titula, en realidad, el poema.

III EL MAR
[210] SU LLAMADA
EXTENDIDO y azul.
Ante mis ojos
de nuevo el mar .
Se afana en revelarme
su nombre,
descubrir su constancia,
llenándome el vacío que bajo el cielo,
ausente,
procura acobardar la mirada y mi pulso.
Y está ahí. Propagando
color y movimiento,
vida real,
sonido.
Con el sol evidencia su verdad,
y me despierta
aquel brillo, apagado,
dormido en mis pestañas.
Su voz, casi serena,
es la llamada antigua,
la pregunta lejana que dejó entre mis huesos
un asombro en la duda.
Fue una vez.
Existía su ausencia.
Y es ahora,
tangible,
quien me escribe en la espuma
la certeza de un sueño.

[211] ACUARELA
A Antonio Moscoso

TRANQUILO verde, y mar. La tarde prende


un oro transparente y leve brisa
en la quietud del agua. Allí, precisa,
blanca y airosa vela el aire enciende.

Un suavísimo rosa al mar se tiende,


desnuda carne o flor, alma o sonrisa,
florece y vive. Cálida y sumisa
la hora en el azul arde y desciende.

Rosa y oro se turnan en su celo


por desvelar al verde su ternura,
solícitas espumas de aquel cielo.

Y antes que cenicienta, presurosa,


huya la luz frente a la mano oscura,
tiernísimo violeta vence al rosa.

[212] DESPUÉS DEL SUEÑO


1
(Un mal sueño)

DESPUÉS del sueño se recuerda el sueño


que golpeó la ausencia del dormido.
Angustia que, al despierto, da el sentido
de un dolor desvelado en el ensueño.

Estira el alma brazos, yo le enseño


la luz del mar, el día ya crecido
nombrando los objetos, definido
su otro perfil, con vida en lo pequeño.

Hay que seguir la ruta en la vigilia,


soltando amarras, impulsando el viento,
que avente los vilanos de la pena.
De aquellos malos sueños y su insidia
apagar la zozobra, el sufrimiento
dejarlo muerto y gris sobre la arena.

2
(Ensueño)

ESA ilusión de nada que era un sueño,


la respuesta del mar que presentía,
humo se hizo en la tarde y en el día
indiferente al vuelo de su empeño.

Perfil, que cincelado su diseño,


de una felicidad ya casi mía,
desdibujada, en espiral, subía
a un cielo oscurecido, áspero el ceño.

Viento y nube que apagan la esperanza.


Realidades, y como roca, duras:
el pie no llega, ni la mano alcanza.

Los ojos miran, pero no hay asombro


que encienda los deseos, sólo oscuras
verdades de mentiras. No las nombro.

[213] MAR DE AUSENCIAS


1
NEGADA a ti. Presente mi deseo
de alcanzar esa forma de tu espuma.
El no tenerte, estando ahí, me abruma
con la distancia que en tus olas leo.

Te contemplo y no sé si en ti recreo
el color de tu luz, y se me esfuma,
doblada tu verdad, por esa bruma
de sangre y agua que en los aires veo.

Libre de tu nostalgia, soy ya nada,


sino un cuerpo callado en el olvido
de aquello que antes fue, de lo que cada

pulsación de mis venas encendía.


Ahora pierden mis ojos el sentido
de lo que tu presencia anunció un día.

2
IMPOSIBLE decir dónde está el alma,
si el mar es para mí como un ausente.
No importa que se ofrezca, que, presente,
me tienda la evidencia de su calma.

¿Dónde de su color alza su palma,


si el hastío oscurece su poniente?
La tarde no respira, ni presiente
esta agonía de ser que me desalma.

Serenidad no existe. Sólo nada,


vacío de soledad, hueco de sombra
ensombrece esta hora descarnada.

Mi palabra se aflige y se desvía


de lo que su presencia no me nombra,
de lo que sólo es muerte y lejanía.

[214] DESPEDIDA
A Pablo Luis Ávila

LOS dos unidos en la noche insomne,


frente a frente en la calma de este urgente desvelo,
yo te descubro, mar, y te contemplo
desnudo, a mi descuido revelado.
Admito tu verdad, certidumbre de vida,
porque te pienso ausente,
golpeando —oh suavidad, descanso— el lineal error de mis orillas.
(La ventana me entrega un resplandor vivísimo en el alba.
Mi adiós te da, de brisa, esa tenue cortina,
ligero y grácil marco
para tu nombre azul y desmayado.)
Vives en el silencio que define
tu balbuceo de olas y palabras sin forma.
Más cercano te tengo,
cómplice en mi nostalgia
de días antiguos donde te añoraba,
y anuncio era feliz para mis ojos
el saber te ya próximo, confidente entregado.
Espejo de otro amor es nuestro encuentro.
(Reflejo de un olvido en la presencia
del que sólo, si ausente,
la puerta del recuerdo me abría, doloroso.)
Eco de aquel dolor mi despedida.
Qué serena quietud hay por mis dudas.
Cómo eres fiel a mí, cuando conoces
que te he de revivir, en soledad, mañana.
Ahora me das tu imagen,
tu inmensa realidad,
lo que tú eres,
lo que fuiste de siempre por mi sangre.
¿Cómo pude tenerte indiferente,
qué mano o pensamiento te negaron?
¿Qué costumbre de verte cegaba la mirada?

Tú y yo. Los dos.


La noche nos reúne.
La ventana y el alba.
Los presagios de muerte se funden en tu cielo.
¿Cielo o mar?
¿Alba o noche?
¿Noche
o serenidad?
Total entrega.
[215] MAR-PASIÓN
CANSADO de su nombre, alto se eleva,
blancos brazos airados. Quieta roca
inmóvil le recibe. Se desboca
caballo de la espuma que allí abreva.

Su transparente sueño se releva


en un piafar de viento, y en su boca
tiembla el furor, su lomo se disloca
y el azul en más verde se renueva.

Serenidad de ayer. Azul camino


se rompe en altas cimas. La memoria
de la antigua constancia, su destino

lo quiebra en voces de pasión, desvía


el curso sosegado de su historia
y, mar de amor, lo crece en su porfía.

[216] EL MAR Y YO
EL mar se tiende solo a mi mirada,
solitario a mis ojos,
viviéndose hacia dentro de mis párpados.
Inmenso porque yo digo “el mar”,
y escucho
su movimiento azul, su calma,
y la constancia de su cruzado ritmo
en luz
y aire.
Y existo para el mar. Ahí, mis largos años
de incertidumbre lo humedecen.
Yo soy porque él me sabe y me contempla.
Vivo porque el mar quiere mi respuesta.

Cruce de lejanías. Proximidad de asombros.


Choques de opuestos ángulos y vértices.
Luz última,
ancho puente,
donde pueden
el mar y yo encontrarse,
reunirse en el silencio.

3 LAS VENTANAS ILUMINADAS

[217] NOCHE EN SILENCIO


A Manuel Barrera

VOY a decir que sí. Busco el momento


de esta primera sangre de mi historia,
hecha de tantas noches. Transitoria,
larga jornada, y fase de mi intento.

¿Fue ayer? ¿En este instante que presiento


cerrándose su círculo? Memoria
de todo, y gira, vuelta atrás la noria,
desandándose agudo el pensamiento.

Aquí, voz y presencia, acribillada


de sonidos silencios —quieta hondura—,
en soledad, soy hoja, brizna, nada.

Cruzo este mar de angustia, a la ventura,


suelto amarras —¿y el puerto?—. Desolada
crece mi noche anclada en desventura.

[218] NOCHE
AMIGA noche,
amiga de todos los infortunios,
amiga de todas las soledades,
de todas las casas vacías,
de tantas ventanas olvidadas,
y de calles sin luna
ni esperanzas.
De pasos que se pierden a lo lejos
—quieto el silencio gris de hombres y horas—.
Amiga,
cómplice de presencias lejanas,
de sucesos que fueron y no fueron,
de amantes que se enlazan en su engaño,
los cuerpos
separados
por inútil abrazo.
De sollozos ya tibios de almohadas.
Noche, que quieres apagar, inmunes,
los gritos del dolor,
de agonías,
de muerte,
de pensamientos arañando techos,
de palabras atravesando corredores de espejos
que ríen en la noche,
palabras
y preguntas,
recuerdos
y deseos.
Inclemente es tu voz, dura tu mano.

[219] VISIÓN
A Giancarlo Depretis

UNA tan breve, cegadora ráfaga,


ilumina el pasado en clausura de días.
(Un rayo cruel, vivísimo.
Se abren puertas,
ventanas. Se identifican rostros, gestos.
Las voces.
Y colores
dan su agudo puñal
de lo que era, estaba
y finge una verdad lejana, sin retorno.)
Pero existió, fue.
Y acaso
grita su nombre y deja
en los ojos la angustia,
en la noche el desvelo,
en la memoria sombras.
Conciencia de imposibles
arrebatan la historia.
Golpes de ausencia clavan
la sinrazón del tiempo.

[220] PORQUE LA NOCHE ES LARGA


PORQUE la noche es larga,
espera.
Espera la mañana
y adivina la luz:
espera.
Porque la noche es corta
y esconde el resplandor,
y un despertar de pájaros
enciende más la nube, y más el aire
se llena de esperanza:
tú, espera.
Como la noche es noche,

vigila.
Y aguarda
—su párpado dormido levantando—
iris de amanecer,
brillos de canto, y
brisas entreabriendo
secretos de la nueva verdad
y el viento nuevo.
Aunque la noche es larga:
tú,
espera.

[221] ABRE LA GRAN VENTANA


He cerrado mi balcón
porque no quiero oír el llanto...
F. G. LORCA

SI de un llanto final tienes deseo,


abre la gran ventana de la noche,
contempla las estrellas,
húmedas en su lecho,
navegantes
por un mar infinito de preguntas.
Deja que el gran silencio, la presencia
de mundos donde late la agonía
se haga sol en la sima de lo oscuro.
Clava tu mano, apoya tu cuidado
en un rayo de sombra,
enciende tu mirada
con el clamor despierto por tu grito.
Si el dolor se hace carne en tu garganta,
si no sabes dónde está el fin,
ni escuchas
una voz jubilosa como llama
que alumbre las tinieblas;
si no sabes cuál será el día,
ni el tiempo
en que descubras la verdad,
si no entiendes,
no esperas,
si un húmedo temblor hiere tus ojos,
y te cubre —gris tierra—la mirada;
si todo es ya pasado
sin horas ni futuro,
abre la gran ventana de la noche,
confúndete en su límite.
No dejes
que el llanto te alucine las pupilas.

[222] LA SOMBRA DE UNA SOMBRA


DETRÁS de mí.
Acaso el muro, la pared, la tapia.
Miro detrás de mí,
por si aún me sigue
la sombra, aquella sombra.
Fue mi sombra.
No recuerdo su rostro, ni me atrevo
a calcular los metros de su altura,
a sospechar el fin de su mirada.
Si es la misma de siempre,
le ha cambiado
la forma de su voz
y el color de la risa,
se ha transformado el gesto
de su cabello —rama—
orientado hacia el viento.
Y no dicen sus manos las preguntas antiguas.
Pero es la misma.
Desde luego, entiendo
la cicatriz de hastío por sus labios.
Tiene alado y cercano el dolor de los hombros
y se le transparentan los huesos del insomnio.
Debajo de las sienes se le adivinan lunas,
y en el pelo le brillan
destinos deshojados.

[223] SIN AMOR


A Carmelo Sánchez Muro

VAN cayendo las hojas.


Otoño.
Su amarilla
distancia hace temblar las ramas
de primavera — ¿aquéllas?—
tan desnudas al viento,
donde toda esperanza
creciera en flor de lluvia.
Entre el hoy y el ayer
se endurece el suspiro,
y se van deshojando palabras
incumplidas.
Queda el amor sin nombre,
llama azul
sin el fuego de lo irreal.
Mañana
atardecida en sombras,
cicatriz de crepúsculos.
Desde aquí se vislumbran
horas,
ráfagas,
cielos,
lunas,
risas,
colores;
voces,
aquel momento...
Y la mano no alcanza
a sorprender su forma,
luz brillante en el polvo,
inasible al deseo.

Y aquí
donde el amor termina,
donde es fin el principio,
la noche abre sus puertas
hacia el mar del espejo.
[224] LUEGO
Luego... el olvido llegará a tu voz
(“Hiroshima Mon Amour”)

DESDE lo cerca, lejanías se funden.


Una voz es llanura, amarillas las llamas,
crepitando en los ojos, traspasados de noche.
Una voz.
Vino el agua
sembrando las orillas,
recorriendo el erial,
dulcificando el aire.
Dando sonido al viento.
Una voz.
Tarde y llanto.
Veranos y más lunas,
largas constelaciones,
cruzándose esperanzas.
Y una voz.
Sangre y pulso,
tempestad, mar y sueño.
Amanecer sin nieblas.
y la voz, n o s e e s c u c h a
m á s.
Carne y gris del vacío.
Hueco y sima del tiempo.
y una voz. ¿Fue? ¿Su nombre?
Y detrás del recuerdo, palpita,
era.
Estabas
taladrando preguntas,
sienes,
oídos,
vértices de vida.
Y después de1 recuerdo,
una voz no es palabra,
no paisaje, no tarde llameante
en crepúsculos.
No es cúmulo de asombro.

Más allá del olvido,


sólo un silencio crece.

[225] PORQUE UNOS LABIOS DICEN


Mi nombre fue un sonido
por unos labios...
V.A.

PORQUE un nombre es un nombre,


sólo existe
cuando madura, fruto, en otra boca,
y se hace aroma, se hace sabor. Y crece.
Completa el mundo.
Nace.
y ya es un hombre, una mujer. No símbolo.
El círculo cumplido.
Alguien que existe porque lo han nombrado los presentidos labios.
Y tras el nombre, siente,
oye y sueña,
asiste a la creación, contempla, atiende
la luz al desvelarse.
Escucha el viento,
mira
la luna entre la acacia,
acaricia la lluvia y la recibe,
cree en el dolor y vive de amarillos.
Toca, y sus manos saben de la dura corteza y del ufano
resplandor de la carne.

Y vive y mira, ve. Siente en su pulso


el río desbocado de la sangre.
Las cosas tienen rasgos. Se perfila aquel rostro,
líneas que redondean la esperanza.

Porque ya empieza un nombre.


Y andan de nuevo todos los relojes,
las horas se extasían de minutos
reales y tangibles.
y se abren los minutos en segundos,
latiendo en cada uno total vida.
Que ahora son verdad todas las sílabas,
una a una brillantes en sorpresa y asombro,
significando, siendo.
Porque ahora es ya un sonido
lo que antes fuera sombra en un silencio:
porque unos labios dicen.

[226] LA SOLEDAD SIN LLANTO


A Emilio de Santiago

Puedo escribir los versos más triste,


esta noche...
P. NERUDA

ROSAS rojas, inútiles, vacías de esperanza,


fueron entre crepúsculos, soñadoras de auroras.
Olvidos. Sin que escondan dulzuras ni tristezas.
Noches. Ay, noches, noches de soledad.
(Y el mundo
ignora de agonías, desconoce estas lides,
ni sospecha siquiera de inquietud y desvelos.)
El silencio, cruel mano —y me abre los sentidos—
cierra de tantas voces el clamor,
largo eco.
Entre sus redes quedo,
presa en vida,
vibrante,
añorando del agua su camino de asombro.

Si la música fuera unos dedos amigos,


segura entre las sombras, ágil,
me buscaría,
sabría encontrar mis ojos,
acariciar mi frente,
sosegar las preguntas vecinas de mis labios.

Si la luz fuera beso,


ardería entre mis párpados,
destellos de palabras circundarían ausencias,
interrogantes nombres deslumbrando mi noche.
Si el recuerdo entreabriera sus cauces,
si su río
me arrastrara entre orillas de verdor y paisaje,
llegaría yo hasta el mar, el imposible puerto,
alcanzando las rosas crecidas del oriente.
Pero la noche es noche.
Nadie arranca el secreto desnudo de su carne.
Pero la noche es sima.
La soledad es su cómplice.
La soledad sin llanto.

[227] CON MI DOLOR A SOLAS


No es el amor quien muere
somos nosotros mismos...
L. CERNUDA

PORQUE no puedo decir nada.


Porque hace tiempo que acabó la hora
aquella, donde la luna fue el espejo,
aquella la manera de mi vida
aquellas las preguntas de mi noche,
aquellos los caminos del ensueño,
—sombras de realidades, largo eclipse—
aquellos los deseos de mi sangre.

Porque nada es verdad


—siendo tan cierto—
sino ese tiempo desbocado, acérrimo
enemigo. Implacable. Acechando.
Robador de minutos,
abriendo y, ay, cerrando, cuantas puertas
llevaban a lo oscuro,
cuantas puertas
daban al viento, al aire que traía
semillas de esperanza, largamente esparcidas,
sin que la mano, inútil, lograra rescatadas.
Ese tiempo que, estando, mueve y barre, dispersa
hojas desnudas, sangre del otoño.
Tiempo que, espada, deja larga herida
sobre lunas y nubes, que otro día sí existieran.
Porque no puedo decir nada.
Digo esta noche
mi dolor a solas.

[228] LAS VENTANAS ILUMINADAS


SE abren y se cierran las estrellas,
y la calle está sola.
Torpe luna menguante, en su hueca ignorancia,
sin vida ya su llama,
no sabe de nosotros
y en las pupilas deja,
pálido, aquel recuerdo
de otras noches iguales, separadas,
distantes del ahora por un rastro del tiempo,
por sigilo de años
que atraviesan, sagaces,
el corazón
con sinuosa y enconada herida.

Hay una luz. Enfrente.


La ventana defiende, iluminada, del que vela,
la incógnita.
Alguien no duerme. Un libro lee. Piensa,
o desnuda su alma entre la noche,
o sufre y alimenta su dolor,
oculto,
arrinconado entre las horas
en que un sol indiscreto anularía, exigente,
borraría sus matices.
Ventanas en la noche. Iluminados mundos.
Abiertos aposentos, donde habitan
esos desconocidos
pensamientos ardientes,
ilusiones que encienden su luz de espera
roja,
cuando las sombras únicas,
protejen su verdad, su desvarío.
Por todas las ventanas y balcones del mundo,
habitantes de todos los confines,
de todos los misterios,
huéspedes convergentes de tantas soledades,
de una ventana a otra,
de un enigma a otro enigma,
vuestras manos se unen
—nuestras manos se estrechan—,
amistades sin tacto,
presentidos ausentes.

No lo saben. Ignoran su lejana presencia,


pero algo inusitado se diluye en el aire,
se perfila en la sombra;
reciben, casi sienten
impalpable el mensaje
que lleva fiel noticia de un corazón a otro,
de unas manos a otras,
de esta ciudad hasta aquélla,
de una ventana iluminada a otra.
Si se escucha en la noche, dentro de su silencio,
si se atiende,
penetran,
se aproximan,
llegan a nuestro oído,
hasta dentro del pecho,
palabras,
signos,
voces,
secretos,
nombres,
sueños,
pensamientos, recuerdos,
sollozos
aquel grito.
Y otras voces:
las dudas,
inquietudes,
temores;
alegrías,
anhelos,
ausencias,
la tristeza...

Todo viene impulsado,


cruzando los espacios del silencio,
de una ventana a otra iluminada,
desvelada en la noche.

Nocturnos (1974-1981)
I
[229] 1
¿POR dónde vas? ¿Y adónde?
¿Por dónde llegas, entras, rápido a la mirada?
Lejos están los signos, las constantes,
angustiosas llamadas.
Evidentes
me nombran los días y las horas,
alargan —luz y espacio— sus manos, y persiguen,
perturban mi quietud,
removiendo el cristal, gris, hondo, de sus aguas.

(Y esos instantes fueron realidad,


materia fueron, sí. Existieron.
Existen todavía en la ausencia y el inviolable acecho.)

No se llama nostalgia, aunque tenga sus sílabas,


ni responde a la sombra marchita del recuerdo.
No es la mañana, tarde, crepúsculo, ni noche.
No es de rosas su aroma,
ni su color de lluvia.
Su voz no es sólo eco de palabras dormidas.
No es dolor, alegría, deseo ni impaciencia.
No es. Pero está cerca —de tan inmenso y lejos.

Y me envuelve y me cita,
me urge y se refleja —gris, doloroso espejo—
en mi pantalla lúcida,
en ráfagas, relámpagos..., transparente y cercano.

[230] 2
Es...
la hora en que la noche huye del mar desnuda...
GABRIEL CELAYA

VA la noche buscando una palabra,


donde esconder el frío de sus párpados,
despiertos, vigilantes en la sombra.
Va sonámbula y sola tras los nombres,
las rectas y los ángulos de las constelaciones.
Insiste por los huecos, las esquinas,
deja el cielo, se aparta, entre calles transcurre,
libertando deseos,
pasiones escondidas y ocultas taladrando.
Desnuda va. Ya libre, hacia un rumor se alerta,
hasta un dolor alcanza,
azul, enfebrecida su mirada.
Desnuda, libre, intensa,
tiende manos antiguas
con un temblor de vida.
Todo el espacio es suyo.
Hay una luna fiel, indiferente,
—ventana de su asombro,
sabiduría inmensa,
aprendida entre el vuelo de sus largos silencios.
Desde la luna sabe,
sorprende las incógnitas,
el secreto que lleva urgencia de un destino.
Recorre corazones,
dejando una respuesta inédita a los hombres.

[231] 3
LA noche es tan nupcial y traspasada
de amor. Tan dolorida.
Está su sombra tan de luz ganada,
su no color tan cálido,
—azul y llameante—
su silencio resuena con un temblor de ecos repetidos,
su intimidad la encierra
en círculos de llanto —lluvia y luna.
Está la noche tan gritando al mundo
la renuncia de nombres,
sacrificio sin aras.
La soledad sin llanto.
Está la noche. Es. Vive en su órbita.
Se adentra, nos recorre los caminos del alma,
llega hasta el centro del dolor,
repite esa verdad
desde los siglos única,
constante voz real de su existencia.
Nos reclama la sangre nueva de nuestros sueños,
quiere ser la palabra que nos hiera y nos salve.

[232] 4
YA quieto el corazón,
que llama ardiente, crecido fuego,
ideal ocasión para la antorcha fuera.
Apagado el clamor de su llamada,
desde una oscuridad, vive entre sombras,
loca ceniza —y “tendrán sentido”—,
aún quema y rinde noche,
vencedor negativo de la nada.

Ay, llanto y nombres, verso,


enigmas descifrados,
no olvidados vestigios de ternura,
sinfonías de azar,
largo despliegue
de voces que persiguen
su verdadera causa y su motivo.

Un signo, una evidencia


de lo que amor —dolor— significara,
roto.
Pero no desnacido de su origen
—fuente, río, mar último—.
Viviente en el empeño
de su primera siembra y su palabra.

[233] 5
¿DÓNDE estará la noche que pregone mi sangre?
La noche-primavera que pronuncie mi nombre.
La noche como un labio, íntimo, dolorido,
abriéndose en su luna.
Inconfundible y única. Noche-voz, eco y límite
de lo que fue recuerdo.

Sostenida y clavada contra su limpia bóveda,


—cielo intacto, desnudo—
me entregaría, fiel mano,
sus codiciados dones,
desvelando su aroma en gratuita ofrenda
al insomne ofrecida.

Dónde estará la noche, escondida en qué nube,


—gris, vacilante rama, entre sombras movida—
mi testigo y vigía de insobornables sueños.
¿Dónde estará mi noche?
Puerta-espejo, ese túnel, señalado camino,
para llegar sin miedo hasta el recóndito
lugar donde aguardara luz y vida.

[234] 6
En las noches profundas
correspondencia hallasen
las palabras...
en unos pocos corazones fraternos.
VICENTE ALEIXANDRE

Y si —azar— esta noche, insospechadamente,


alguien fuera feliz,
si, por fin, en la tierra se cruzaran,
no espadas de rencor,
sino crecientes lunas, enramadas, en su balcón de nubes,
y esas manos tendidas,
ramas repletas de su flor, y fruto
de una esperanza —amor:
luz, ya no sombra.
Esta noche, si al fin todo creciera,
fuente elevada a cielos olvidados,
derramándose en llama,
como vida
de sangre y realidad.
Si, comprensiva, la mano que tiende transmitiera
ese temblor de lluvia,
ese latido, la caricia, el tacto,
la sinrazón de abril,
su verde aroma.
Y se llenara el mundo de sonidos,
oasis de una paz, desvanecidos
todos los gritos de dolor,
el llanto,
las tristezas inútiles, el odio,
la aflicción de los hombres,
su miseria.

¡Ay, si fuera verdad!


Qué hermosa noche,
puente hacia un paraíso del verbo presentido.
[235] 7
EXISTENCIAL la noche, socava los recuerdos.
Larga y honda se espesa lejana perspectiva.
Agrupadas las cosas
esperan luz del alba para arder ya distintas,
cada una nombrada.
Pero ahora la penumbra las esconde, no pueden
exactas destacarse, ser ellas mismas, únicas,
con su verdad brillando entre luz y apariencias.
La mirada no alcanza todo su alegre encanto,
ni escuchan los oídos las antiguas palabras,
nítidas destacándose de entre confusas voces.
¡Está todo tan lejos!
Qué oscuridad las turba, qué difícil hallarlas,
descubrir su hondo acento.
Y, sin embargo, quiere el deseo volverlas.
La memoria se afana por descubrir su rostro,
abriendo las cortinas de este mudo teatro.

Y es tan fuerte el querer,


tan urgente la angustia,
que un relámpago deja vislumbrar las que fueran
noches de una esperanza,
días de llanto y lluvia,
nombres de amor y júbilo,
mañanas verdecidas,
tardes donde el color de encendidos crepúsculos
iluminaba grises, desvelaba sonidos.
Vuelve, vuelve el recuerdo,
se descubre su trama. Se acerca. Tiene un ritmo.
Ya casi es tacto el ansia de conocer,
reviviendo el asombro.
El pensamiento sabe, evoca aquel pasado.
Distingue escenas, formas. Oye pasos, escucha
—remota aquella imagen—
cómo aguda penetra la olvidada nostalgia.
Mientras, la noche abre los dones de su mano
y perfila, dibuja sus contornos el tiempo.

II DONDE LA NOCHE ES LUNA

[236] LUNA DE SEPTIEMBRE


ESPÍA de mis noches,
vagabunda de cielos improbables,
tú, luna esquiva, insomne,
ignoras mi dolor, me lo rehuyes,
me niegas de tu luz mano y ayuda,
y me dejas en mi desistimiento
sola en la inmensidad gris de tu ausencia,
roto el tenue cordón
—hoja fija a su rama—
sin saber dónde asirme,
dónde tender la mano acobardada,
qué tacto descubrir,
qué realidad,
qué sueño.
Voy tras de ti. Pregunto por ti,
te persigo en tu rastro,
busco la huella indemne de tu nombre.
Quiero sentirte, verme
cubierta en claridades,
arroparme en tu azul, llama y anhelo,
y desvelarme en la inquietud y duda
que tú ya desde siempre me otorgabas.
Di, luna esquiva, dime, ¿cómo ya no comprendes
mi soledad? No escuchas,
ni adivinas
el rumor de mi acento,
ni atiendes mi desolada súplica, rogándote
me concedas de nuevo
el cauce de mi voz y mi palabra.

[237] LUNA CRECIENTE


AL fin me has recordado, tú, mi luna perdida.
Yo estaba. Y sin asombro de la vida, sin llama,
indiferente, ciega de tu voz y mensaje,
sólo un resto de sangre conmoviendo mis venas.

Te me has aparecido evidente y serena,


iluminando el árbol donde mis ramas mueren,
con esa audacia tuya que perfora las sombras,
con aquel gesto pálido de tu antigua costumbre.

Te me has aparecido.
y ahora, que deslunada y opaca, sin el beso
de tu reflejo cálido y tu brillo,
errado mi camino, desnacido del tuyo;
ahora,
me has sorprendido, insólita, en tu luz de nostalgia,
cuando ya sin noticia de tu verdad y misterio
mis manos no reclaman realidades ni sueños.
Pero me has recordado esta noche,
y de pronto: entiendo,
me levanto,
ando sobre tu estela
y descubro de nuevo tu creciente mirada.

Te me has aparecido.
Mano y lluvia. Destino.
Círculo abierto: arco.
Espejo, puerta, símbolo.
Ángel. Liviana antorcha,
testigo de la noche.
En tu abrazo cautiva.

[238] CUARTO MENGUANTE


Y qué día, hoy sí, qué día más y más piedra
y triste.
¡Me instó tanto la muerte!
Y no puedo. No he podido comprender por qué se muere,
ni he querido adivinar por qué se vive,
para luego volverse irremediablemente nada.
Ni tampoco entiendo ese no-amor (no-vida).
Vivir en soledad de amor: primera muerte.

Porque la luna sale. Sale y crece. Luna,


la luna llena, alta, sola.
Y decrece.
Pero vuelve, renace, grande y llena,
qué inmensa en su mirada.
Pero la muerte es muerte. Y nadie explica
por qué, aquí, estoy pensando, escribo, miro
la luna, y otro día, otro día,
todo termine y siga, siga, no estando yo,
siga la vida, y siga recta, ciega en su ritmo.
Igual la luna, igual amor, el beso, la nostalgia,
igual la voz, el agua, río, el viento;
los árboles, la luz. La rama
y amarilla.
Nubes, cielo.
Igual la estrella, mundo, labios, aire.
Igual todo, la risa, lluvia, el llanto.
(Y haya quien diga “fue”.
Signo implacable, ausencias, negaciones.)

Sí, qué día más gris,


Gris-triste, triste y gris,
desconsoladamente inmenso, negativo.

Y puede que la luna


— ¡ay, esta noche!—
sienta,
mecida en su menguante,
un temblor de recuerdo
inexplicable.

[239] ESTA LUNA DE AGOSTO


LA luna me ha vencido.
Toda la noche lucho, intento defenderme,
—estaba el corazón solo y tranquilo—
sin dejar que me acierten acerados sus rayos,
sembrándome en la herida, abiertos, los recuerdos.

Con nubes de evidencia vendo, cubro mis ojos,


que no pueda cegar me en su luz de esperanza.
Le he negado, le niego su poder que destruye
y me trae hasta los labios aromas ya resecos.

Pero ella siempre gana.


Me descorrió los ojos,
clava firme en mi carne su agudeza de ensueño,
ilumina la inútil realidad de mi nombre
y me entreabre los últimos rincones de mi angustia.

Como siempre, la escucho, olvidando su trampa.


¡Tan reina de mis noches!
Tan amiga, poniéndome
entre las manos tímidas su caudal de preguntas.
Su palabra desnuda re aviva los antiguos
paisajes y jardines,
—donde fina la acacia tamizó claridades—
cuando ella me encendía, mi sonámbula luna,
los primeros deseos, calladas las pasiones,
inerte ya dejándome, sin armas ni defensa
contra su tibia luz traspasada a mi sangre.

La luna me ha vencido.
Esta noche soy suya.
Abro los brazos, dejo que en sus aguas me anegue,
mientras el mar le presta su color y su nombre.

Tan alta y vencedora,


deslumbra mar y noche.

III

[240] 8
AHORA,
Y antes de que llegue la mañana,
de que el alba descubra el horizonte,
inundando tinieblas, anchos mares,
antes que hacia la tierra se derrame
luz explendente, llama de osadía,
iluminando el mundo con resplandor de aurora;
antes, ahora, adentro de la noche,
sumergida en sus aguas,
oyendo lluvia y llanto,
voces antiguas, pasos que se pierden,
por oscuros rincones, pastos de la memoria,
ahora que es de noche,
porque es de noche,
quiero decir lo que secreto, en lunas,
tantas y tantas noches escondido,
oculto estuvo entre tinieblas, nubes
densas, desdibujadas,
cambiante su figura, trastornado su rostro,
haciéndose presente en su enigma entreabierto.

Y ahora que es de noche,


porque es de noche,
puedo contar los mudos soliloquios,
apagados murmullos,
reflejos de un asombro,
del alma estremecida,
arrebatada,
presa en ese silencio
con la esperanza de escuchar el ritmo,
los giros de una tierra deslunada,
tembloroso el misterio.

Ahora que es de noche,


oigo esa inmensa, muda lejanía
de unos años que fueron, que decían
la canción de la dicha y la esperanza.
[241] 9
ESTAS cosas lejanas. Si un día fueron,
si brilló su tangible identidad, su esencia,
tienen ahora, evocadas, color de despedida.
No realidad.
Apariencia de no haber sido nunca sino vagas imágenes,
un viento de sospechas,
como sombras cambiantes en un cuarto de niños,
en su luz vacilante.
Todo lo que pasó huye en cauce de espejos.
Los ojos no lo saben descifrar. No comprenden
los sentidos que fuera cierta tanta evidencia,
negado el tacto, roto el temblor de las manos.
¿Fue el amor? ¿Existía? ¿Fue realidad su nombre?
¿Era verdad el asombro, el deseo, aquel llanto,
las palabras no dichas?
¡Cómo una nube gris oculta tanto cielo!
Esconde los colores,
y un largo escalofrío, lejos ya el sol, se adentra
por la carne aún posible, por la sangre aún despierta,
en eclipses de lunas y noches en desvelo.
Cómo lo que un día estaba tembloroso y con vida,
es hoy sólo ceniza, opaco muro alzado,
sin que la transparencia del aire nos descubra
la dicha, si remota,
presentida en lo triste.
[242] 10
Hay que nombrarlo
todo, antes de que tarde
sea, y se quede sin sonido alguna
cosa soñada...
ALFONSO CANALES

QUE no se olvide nada.


Que si yo no lo digo,
si no escribo esta angustia,
huésped mío esta noche,
solitaria contigo,
libro o canto, denuncia
de frustrada esperanza,
rota en tus letras agrias, implacables,
agudas
como hierros candentes,
como espadas.
Si las manos no graban sobre el papel el miedo,
la rápida, ágil marcha sincopada del tiempo,
de este tiempo impasible,
presencia y negación de tanta vida.
Si yo no me derramo,
si no siembro este pánico:
terror del ya no-ser,
espanto
de este polvo, no flor, no aroma. Viento, nada.
Ay, si no me deshago,
me des-hojo en palabras,
y van mis hojas tristes alfombrando el otoño,
todo ya será olvido,
se borraría su forma
como algo que no fuera jamás,
como un silencio.
Y se perdería, inútil, mi dolor en la noche.

Hay que nombrarlo todo,


la tristeza, la dicha,
la sonrisa y el llanto,
el amor, el olvido,
el vacío y los nombres,
aunque la voz se rompa trastornada de ausencias.

[243] 11
¿Soy yo más que una hoja
de un árbol rumoroso?
JORGE GUILLÉN

O ese olor, ese aroma, que sube de la tierra


tras la lluvia,
noticia de setiembre.
O aquel temblor de rama
suspendida, colgada hacia la altura,
libre, movida hoja, émula de algún ave,
donde un viento es la mano
que agita la esperanza.
Esperanza de ser,
de dar su nombre a impacientes otoños,
perdidas primaveras.
Soy, acaso, esa hoja, cuando, alta, esta noche
pasa, calladamente, la luna entre sus nubes,
cuando todo el dolor se hace presencia,
y hay un silencio, firme una certeza
de que no será siempre —eternidad imposible—
esto que ahora llena, lo que me colma, inútil,
las manos expectantes con últimos secretos,
crecidos en los ríos con rumores de vida.
La hoja sigue. Es su signo. Destino de su rama.
Yo sigo. ¿Seguiré? Ya nada entiendo,
ni este rielar la noche
aliada a las sombras,
vecinas de una aurora.

[244] 12
Si alguien llora en el mundo,
sin motivo llora el mundo,
llora por mí.
RAINER MARIA RILKE

ME he asomado a la noche
porque llueve.
Y llueve, llueve,
tan dentro del silencio,
tan lejano, tan próximo,
que he sentido su mano,
húmeda, ritmo cálido, en mí,
cerca de mí.

Oigo la lluvia y pienso en la tristeza,


en la tuya, en aquélla
de cuando niña (y nadie me decía
por qué llovía la noche,
—y llueve, llueve—
por qué el jardín lloraba
y las celindas, los jazmines, rosas,
no se quejaban, solas, deslunadas,
sin nada que cubriera
su desnudez de mayo y vegetal).

Siento la lluvia y dejo que acaricie


la sinrazón del mundo,
los frustrados deseos,
y ese ignorado llanto,
lluvia que crece, inunda, se desborda,
—ríos de suelo y calles—
despliega su aventura,
entrándose en las almas,
eco, música, alivio
para una soledad.

He abierto los postigos de la noche,


afuera está la incógnita,
todo el misterio anclado
en las húmedas playas
de arenas y tejados,
de nombres, esperanzas,
de nombres signos, índices
de una vida despierta de otro ensueño,
—con la lluvia, la lluvia—
oyendo caer las gotas
lentas de eternidad.

Me he asomado —ventanas entreabiertas—


porque llueve la noche.
Llueve por mí.

[245] 13
TODO es noche en la noche.
No hay resquicio,
no atraviesan cristales rayos de luna
o brisa.
No se encienden antorchas,
ni sospechas de nombres,
ocultos, sofocados,
entre rápidas sombras en sigilo
de minutos y números.
Vacías, limpias de tactos,
huecas ya de nostalgias,
las manos no preguntan,
no acarician el aire
con antiguos aromas desposado.

Qué bondad en el silencio.


Pero siempre y astuto
tiende antenas, imágenes,
memorias, soledades,
y descubre, desnuda,
la herida tensa, abierta
por aquel duro filo,
firme metal de ausencias,
socavando en la fibra dilatada del tiempo.

Todo termina. Acaba.


Ayer no es ya “mañana”.
Pero ahora es la noche
y yo sé de ese pálpito,
acelerado ritmo
de un callar paralelo,
unido a una evidencia, antesala del sueño.

[246] 14
TAN lejos va el recuerdo, tan lejana
la imagen —esta noche— del pasado,
tan parece mentira lo soñado
como la realidad de fiel mañana.

Esfumándose va, materia vana,


aquello que en mi mente está grabado,
y no sé si es real o imaginado
todo aquel mundo donde anduve ufana.

Instantes son de angustia, cuando veo


cómo se me deshace lo que un día
fuera luz y verdad resplandeciente.

Yo quisiera creer, y ya no creo.


Allí me miro. Y era. Allí vivía.
Hoy sólo sombras luchan en mi frente.

Y era su nombre el mar (1974-1981)


[247] MI PALABRA
Y tenía la palabra.
Era mi seña.
La señal de mi verdad,
—mar esperado—.
La palabra se enredaba entre mis manos,
me dejaba su metal,
oro de ensueños,
me entregaba su tesoro,
me acuciaba,
que yo abriera, desellara su secreto,
descubriendo de su entraña
todo el fruto.
Otro tiempo, yo nacía —mar presente—.
Me anunciaba en mi palabra.
[248] SOLO Y PERDIDO
Ha bisogno di qualque ristoro
il mio buio cuore disperso.
UNGARETTI

EL corazón se crecía, sediento,


cada mañana, de sol.
Quería llegar, impaciente, allí, a la cima del árbol.
Arrancar su fruto. Ir señalándole al viento
el nombre aquel y su anhelo.
Latir con cada palabra. Crecer, crecer, alcanzar
su paraíso.
Fundido en delicia —abril—. Estrenando con su aroma
nombre y cielo.
Ahora, ya, solo y perdido,
el corazón, torpe estrella,
gira mudo entre la fría indiferencia de mundos
lejanos. Ahora, disperso,
quisiera un presagio, un signo, fijo y nuevo.

[249] A MI ORILLA
LA luna, alta en la noche:
su llamada.
Esta noche el mar persigue
mi nostalgia. Esa pregunta.
Esta noche —¿habrá otra noche?—
no comprendo
ni el silencio, ni la voz,
blanca, insistente,
esas olas que se rompen a mi orilla.
No respondo.

[250] VARIACIONES SOBRE UN TEMA


I

TU mano abierta —esperanza—:


moneda de tu deseo.
Pero no vale.
Muy tarde
llegó.
La noche,
desnuda, viene a su encuentro.

II

Inmensidad de un deseo
—Mar de un amor, juventud—.
Fingido de aurora y sangre
te alcanza, llega a tus manos,
heridas de sombra y tarde.
Sólo hay bruma entre su luz.

III

Junto a los ojos. Anclado,


te soñé, mar, a mis pies.
Te tengo. Sí.
¿Y por qué vienes,
cuando espesa nube cubre
todos tus cielos en llanto?

IV

Qué serenidad la tuya,


mar de agosto. Luna roja
te acaricia. Plenitud
de asombro. Cauce,
su estela en tu carne. Luz,
vida de más vida. Eres
espejo eterno a su llama.

[251] NADA DICE LA NOCHE


QUIETO rincón, la noche, donde el silencio es llama.
No se escucha la luna,
ni el mar tiende sus brazos deshojados de otoños,
sobre nubes de arena.
Si la luna no quiere despertar las estrellas,
y el mar se esconde y niega su color y desvelo;
si la tierra enmudece, rechinando sus ejes,
dime: —¿Dónde está el llanto,
mi lluvia y la esperanza de una aurora despierta,
iluminando el alba?
Nada dice la noche, plomo, hundiendo las sienes,
y hasta el alma se oculta con un rostro de olvido.
Sin voces los recuerdos.

[252] LA PLAYA
VOCES.
Y el mar que llenaba de su murmullo la tierra.
El mar.
Que, amigo, enviaba,
—sí, sí— su voz única, liviana,
inalterable.
El mar, triste, sorprendido,
ha de callar,
perdiéndose su insistencia,
caricia, suave, en la noche.
Roto. Deshecho. Inundado
por esas voces humanas,
rayando la oscuridad.

[253] AMANECER EN EL MAR


QUÉ luz, tu luz.
Todo en el aire era voz,
grito azul, anunciación,
júbilo de tu llegada.
Nubes —alas— te ponían
rosado fondo —aleluyas—
a tu dorada presencia.
Nuevo, abierto sobre el mar,
inundabas de tu llama,
aún pálido,
el cielo creciente.
¿Salías tú?
¿O era esa tierra parásita
la que te iba a buscar,
a incendiarse de ti, sola,
contigo, virgen, naciendo?
Serenidad. La mañana te recibe,
sol constante,
fiel a una cita de siglos.
Eres reciente, inauguras la vida.
Inédito siempre. Luminoso sobre el mar.

[254] NOCHE Y MAR


ESTE silencio, donde ni ese grillo,
surtidor de la noche,
acompaña lo oscuro.
Noche sola. Cielo sin luna, ciego, despiadado,
y sin que el mar repita
su pregunta incesante.
Si ahí, alerta, está el mar, ¿cómo no dice,
frente a la noche ajena, su canción nueva y alta?
¿Cómo no llama cerca de mi puerta
y golpea en mi vigilia, renovando
las apagadas voces y sus ecos?
¿Dónde escondes, tú, mar, tu nombre, el viento
que te mueve y pregona? ¿Tu ritmo retardado?
¿Dónde el asombro aquel, la melodía?
¿Adónde mi palabra verdadera?

[255] LUZ ÚLTIMA


ESPEJOS del poniente.
Refulgen los cristales,
incendiados de tarde.
¿De qué color el mar? —¿Dorado? ¿ Verde?—
Rosada transparencia. Honda paz.
y se extiende
un azul, ya no azul —¿malva?—
sobre las aguas.
El sol no asiste. Grises.
Serenidad. La tarde.

POEMAS INEDITOS* y PUBLICADOS FUERA DE LIBRO (1943-1984)


ARCO IRIS
[256] ROJO
VOZ de sangre. Y amaneces
como un grito. La mañana
te esconde, virgen temprana
sin pasión. Pero apareces
después en la tarde. Creces,
llama en nube —sol—. Tu fuego
(rojo —¡amor!—) viola el sosiego
del atardecer. Vencido,
el gris apaga tu ardido
corazón. Cenizas luego.
[257] AMARILLO
NO soy voz de la tristeza:
color del aire delgado
de la aurora, que al rosado
le sorprende mi belleza.
Orgulloso en la certeza
de transformarme, si unido
con el azul, en florido
verde de abril y de rama.
Después — ¡ay!, otoño— llama
seré del árbol cumplido.

[258] ANARANJADO
EXISTO. Como la llama
soy. Vivo en su reflejo,
subo, me copia el espejo
de su ardor.
Fuego en la rama
de otoño, se le derrama
gozo al árbol. Ilumino
la mañana.
Mi camino
de sol a sol nace y arde.
Muero, viviendo, en la tarde:
luz y sombra mi destino.

[259] VERDE
DEL cielo —azul—, de la llama,
de su amarilla ternura
de otoño, fuiste. Criatura
de un encuentro, que proclama
abril, creciendo en la rama
su luz. Noticia primera
de un renacer: primavera.
Tu nombre: verde; osadía
tu color. Clama alegría
en la mañana que espera.

[260] AZUL
ERA. Venía ligero
seda o cielo desnublado,
beso o caricia. Llegado
antes que el verde. Primero
que el viento gris, y señero,
realizándose en la altura
con brillo en que se inaugura
un nombre: azul. Aparece
tras la luz. Y resplandece
techo, de la tierra hechura.

[261] AÑIL
NOMBRO el mar. Y como un cielo
hacia la tierra caído
late. Sueño estremecido
por la luz. Color en celo:
se alza un pino.
Gris su vuelo,
libre gaviota gira.
Todo el paisaje se mira
ahondándose en este espejo
de agua —¿añil?—. En su reflejo
la mañana azul respira.

[262] VIOLADO
TE nombraré. Que morado
eres, matiz de violeta.
Alma de jardín, secreta
voz de aquel tiempo. Callado
pensamiento. Enamorado
color de melancolía,
su aroma al viento confía
más verdad. Flor que, si oscura,
razón es de una aventura
deshojada por el día.

DEL MAR
[263] TRAVESÍA
EL mar amigo no enseña
sus dientes. Sueños perfila.
(Que estaba la mar tranquila.)
El color, su contraseña,
azul marino su enseña,
por el sol en dos partido.
Escalera: luz. Ya ha sido
la tarde. Por donde muere,
un resplandor verde hiere
el barco. Noche... Y olvido.

De tanto esperarme estaba


entristecido o cansado
el mar. Fue mi enamorado,
y yo que lo deseaba
dejé al tiempo, que marcaba
inexorable su vuelo,
correr. Y todo el anhelo
de alcanzarte, mar, un día,
se hizo dolor. Travesía
en ti y sin ti. Gris desvelo.

Bien, soledad, ya está cierta


tu verdad. Así me querías,
aquí sola. Tú sabías
de este momento. Que alerta
estoy. Sobre cubierta
miro la noche en desvelo.
Qué asombro de tanto cielo
para mí. ¿Dónde se mueve
este dolor que se atreve
contra mí, lejos del suelo?

Partir. La vida se alcanza.


Llegar. Muerte. Cruel su rito.
En medio, el mar infinito
tiende sus brazos. Y lanza
el ancla. Sí, la esperanza.
Olvidar todo futuro,
librándose de lo oscuro.
Los ojos al sol naciente
alzando. Sólo el presente
tiene luz. Norte seguro.

Amanece. ¿Quién lo pinta?


Oscuridad: se deshace
Grises. La montaña nace
sobre el mar. Dorada cinta
tiembla. Y el cielo se tinta
de magia y sol. Sinfonía
de colores. Clama el día
por más asombro y belleza.
Lejos huye la tristeza.
Una ciudad en lejanía.

[264] MAR DE ACERO


A Antonio Pérez Funes

ALGÚN día, al fin, mar, me dirás tu secreto,


ese íntimo secreto que celas con tu nombre;
tu enigma me abrirás, oculto entre tus pliegues,
cuerpo de diosa o ninfa, acaso transparente.
Me dirás el misterio de tu color: azules,
verdes, grises, violetas, tornasol de la tarde,
y desde el fondo azul de tu antigua palabra
se alzará la verdad de tu carne olorosa.
La corteza yo quiero romper de tu coraza,
y con mis manos tibias en tu pulpa de acero
remover hasta el fondo tu entraña, sorprenderte
ese temblor de vida que se ahonda en tu sueño.
Una esquina, tan sólo, de tu azulado páramo
levantar, donde guardas de tu ciencia el tesoro,
descubrirte ese mundo que me has negado tanto,
sospechado en mis horas de anónimos deseos.
Entrégate a mí, mar; fui tuya desde siempre,
hazme flor en tus brazos, rama al cielo dorada,
háblame, que yo escuche tu voz ya presentida
cuando la tierra era mi sombra y mi destino.

[265] MAR
SE me ofreció la tarde.
Allí, el mar era nuevo,
descubriendo el remoto
país de su presencia.

Pasó rápido.
Todo
volvió a su ser oculto.
Se extinguió su pregunta
surgida de un encuentro.
Fue tan sólo un instante.

[266] GAVIOTA
ALGÚN temor te impulsa.
¿Huyes, acaso, el mar?
¿Qué recelas, tú, errante,
teniendo todo el cielo?
La tarde te sostiene.
Abres tus alas,
rápida,
cruzas el aire,
vences
toda su fuerza, muro
a tu secreto instinto.
Yo comprendo, adivino
el miedo que te empuja.
¿Huyes?
¿Dime?
¿Hacia dónde?
No equivoques tu rastro.

[267] MAR SIN CALMA


AL fin te has despertado
desde tu inmóvil sueño.
Brota nueva tu voz,
tu adormecido ímpetu.
Te alzas, solo, valiente,
rompiendo aquella lírica ternura de ti mismo.
Cómo alegra la espuma ya ciega de tu rabia,
cómo tu azul se yergue indómito y violento.
Toda tu fuerza grita
ancestral.
No vacila.
Si pareces calmado,
más creces en tu altura.

Al fin eres ya el mar,


nombrando tu bandera.

DE LA NOCHE
[268] ESTA NOCHE
A mis amigos de otra y de la última generación

A vosotros, amigos, esta noche,


cuando ya no me siento desvelada
como esas noches hondas
en las que yo escribía “esta noche, esta noche...”
y dentro de la forma me temblaba la sangre,
y entonces era yo toda una llama,
incendiando los signos de mis ayes,
y ellos ardían, dóciles al fuego,
sometidos de amor,
y forjaban los únicos conceptos que mueven a la tierra
bautizándola patria entre todos los mundos.
Las palabras nacían desordenadas, brillantes, recientísimas,
tan de pasión pulidas,
espejos fieles, ciertos de mi alma.
Y yo entonces sabía
que eran otras, eternas, ya naciendo.
Ahí están en mi verso,
pregonando la angustia
del último retazo de una vida
y de las tristes alas de un crepúsculo.
En fin,
yo quiero, amigos, esta noche,
seca de inspiración, sin aventura,
deciros que estoy triste cuando os dejo.
La calle escucha el eco de mis pasos
—ritmo de soledad—
y ella es mi cómplice.
¿No habéis sentido nunca como vuestra
la soledad desnuda de algún árbol,
donde la luna intensa,
nuestra luna, poetas,
no encuentra ramas, hojas, donde oculta
llegue a vaciar su sombra?
Yo puedo daros fe de esa nostalgia,
yo, cercenada —roto ya mi vuelo—,
ausente de la luna,
Eva sin Paraíso
con las manos aún ácidas
del aquel bíblico zumo de manzana.
Pero vosotros, mis amigos, sois
—os lo diré en lenguaje cotidiano—
jóvenes todavía,
y esperáis en la puerta
esa luz cegadora,
asombro estremecido de los ojos,
frente al sol del estío.
Por eso yo esta noche, bajo el doble cuchillo
nivelador de glorias y desvelos,
desde el principio de mi fin —el límite
y el fin que es el principio—
quiero deciros que me siento triste.
La tristeza no es mala,
es la ceniza cálida que añora
el fuego —hogar y amor perdidos por los mares
de tanta eternidad—,
es el solo vestido del desnudo,
la voz del que no oye
la otra voz,
y la epidermis huérfana del tacto
y el vacío repleto hasta sus bordes;
toda la ausencia en torno.

Sólo quería deciros esto sólo,


amigos, que estoy triste.

[269] LUNA DE JULIO


NO encuentro la luna.
—¿Qué?
Se me perdió, un mes de julio.
No encuentro la luna
—ay—,
mi luna que no la encuentro.
Por más que miro en las ramas,
la espío por las esquinas,
descorro nubes y sombras,
abro, miro los espejos,
me asomo a la noche, indago,
la persigo,
y le pregunto
a las estrellas, no,
no la encuentro.
—Ella te andaba buscando.
(—¿Sí?)
—Estaba impaciente, ardía,
cruzando, brillante, el cielo.
Ella te buscaba.
(—¿Dónde?)
—Por tu sangre mar adentro.

[270] LUNA ROJA


ROJA luna de agosto,
teñida tu figura
por un sol, que, si oculto
tu albo viaje alumbra.

Tu estela ¿no es la senda


abierta a una mirada?
Todo el mar es camino
señalado a tu llama.

Guía de desvelados,
antorcha de un asombro.
Brújula. Claro norte
de un deseo. Retorno.

Estás como un anuncio,


arco iris del cielo.
Impaciente te espía
quien dio nombre a tu fuego.

[271] INVIERNO
NOCHE. Ventana. Cielo.
Ya la nieve caía
enredada en el aire.
Vigía de la sombra,
libre flor, y marchita.

La mirada y la nieve
juntas en el silencio
se reúnen —sorpresa—,
se acarician, calladas:
delicia de un encuentro.

Ventana. Largo asombro


abierto. Paraíso.
Armonía, paz. Suena
(de viola d'amore)
Vivaldi. Blanco ritmo.

[272] MADRUGADA
Y aquí me tenéis, sola,
amarilla de noche y
madrugada.
Tiempo-amarillo,
sangre amarilleada.
Dolor de ser
y no ser ya la rama
donde el viento ponía su caricia,
caricia del asombro
y la esperanza.
Angustia y —”never more”—
horas que pasan,
caudal del río, río que se pierde
y llega al mar,
y llega
llega
al cauce de un olvido.

No hay lágrimas ni lluvia


—treinta de abril perdido—.
Sólo una pena larga como un tallo
de una flor amarilla
y desvelada.
[273] ASUNTO DE LA NOCHE Y LA MAÑANA
antes acongojada
por no sabemos qué discreta pena
y ahora consolada
por una luz serena...
ANTONIO CARVAJAL
NEGÓME amor la mano
por donde yo alcanzara mi contento,
huyóme de antemano,
como se escapa el viento
que el pájaro persigue en movimiento.

Negóme la ternura,
refugio, donde el alma, siempre en vilo,
buscaba, más segura,
temerosa, en sigilo,
aquel lugar para la noche asilo.

Qué lejos la primera


mañana cuando el aire confundía
rosas de primavera,
inquietud, cercanía
de una ilusión —aroma— que venía.

La tarde más piadosa


dejó un rocío de ramas amarillo,
mas luego presurosa
apaga todo brillo
la que nocturno enciende claro anillo.

No quiso la esperanza
abrirme las ventanas de la aurora.
Triste del que no alcanza,
corrida atrás su hora,
el resplandor vivísimo que añora.

Todo el afán que un día


me avisaba de un mundo alucinante,
derrotado y sin guía
quedó. Cual navegante
perdido en alta mar, solo y distante.

Y por tanta tristeza


entre una incierta luz que ya declina
sólo hallé la belleza,
rara flor, peregrina,
donde mi soledad crece y germina.

Y, oh inefable misterio,
asombro deslumbrante de mi espera,
que de mi cautiverio
salvóme la que fuera
prisión, por mi palabra verdadera.

[274] SILENCIOS
Sobre la inmensa roca del silencio...
OCTAVIO PAZ

I
SI es el silencio roca y desvelado,
entreabriendo en la noche su camino,
si como oscuro nombre su destino
le descubre al insomne su costado,

si de la voz inútil va olvidado


y sólo busca del incierto sino
la profunda verdad, si osado vino
un mundo a penetrar duro y cercado:

ahora, sí, me entrego y frente al miedo


de que extraños rumores me persigan,
darme ya toda a su caricia puedo.

Ahora abro mis labios y pronuncio


mi soledad. Palabras que me digan
de una indecisa aurora el gris anuncio.

II
EL silencio se ahonda, multiplica
raíces de dolor.
Se esconde en los costados,
se desliza en los muebles,
ronda por los rincones.
Diluido entre espejos
se eterniza en su fuga.
El muro de la noche se perfora
y allí brota la sangre,
restañada
de día por el sol, por las mañanas,
y a la luz de un ocaso anticipado.

Qué espeso, qué uniforme este silencio,


sin una mano que le encienda estrellas,
sin un labio que rompa su corteza,
sin un latido, reto hacia la vida.
Dura materia opaca,
sombra, donde naufragan
el color y la llama,
y sólo espera suavidad del tacto,
un alba floreciendo
entre difusos límites de horizontes y auroras.

y III

Lo fugitivo permanece y dura...


QUEVEDO

QUEDAN la voz, el gesto,


la mirada, la palabra fugaz,
aquella anécdota,
—lo intranscendente, ambiguo—.
Queda la incomprensión del cómo,
el dónde,
y permanece lo que fue olvidado.
y una noche resurge,
alterno faro,
aguda luz deslumbradora, ciega.
Y... No existen claridades.
Quisiéramos llegar a lo imposible,
adivinar las sombras,
volver, volver,
revivir lo soñado, aquel minuto,
los años...
El silencio.
Tiempo que nunca espera,
“infame turba de aves y nocturnas”.
Aves que pueblan horas,
cambiadas estaciones.
Partidas a un viaje.
Ese viaje.
Quedan la voz, la lluvia, aroma de una angustia.
Fugitivo el instante.

SONETOS
[275] JACINTO
A Fidel Villar Ribot

DE primavera símbolo reciente,


por el amor de un dios reverdecida,
la muerte en flor, la sangre amanecida,
presagio de un aroma. Ciegamente

se levanta ya el gozo y se presiente


el grito de la savia. ¡Cuánta vida
derramándose en cauces de tu herida!
Abril, entre los pétalos, latente.

Frente a tu muerte, Amor, eterno instinto,


con lágrimas de amigo te pronuncia,
y allí, en la dura tierra donde yaces,

tu llama enciende, pálido Jacinto,


tornada la esperanza porque anuncia,
vegetal, la presencia a que renaces.

[276] SIERRA NEVADA


I

CIMA y sierra, nevada cumbre, altura;


por vecina del cielo, casi hermana
de águila y nube. Cerca y tan lejana,
de verde valle trazas fiel cintura.

Alucinante río de blancura


al sol hiriendo, audaz, en la mañana;
eres, rendida en el ocaso, humana
carne, donde el color se transfigura.
Nieve y pasión. Quebrada melodía,
levantas tu presencia misteriosa
cuando la luna azul te desafía.

La noche se te rinde, traspasada


de tu esplendor, y deja ya gozosa
tu frente por estrellas coronada.

II

TUVISTE mi esperanza en la primera


contemplación de ti. Perfil isleño.
Me nacieron los ojos al ensueño
mirándote surgir blanca y señera.

Vigía de mis horas, cuando fuera


la vida por mis labios loco empeño;
elevando tu voz me hiciste dueño
el corazón de alegre primavera.

Como yacente cuerpo, adormecida,


esperabas del sol la hermosa llama
ardiendo en tu costado. Y encendida

reflejabas ocasos. Tu presencia,


prendida en lo amoroso de mi rama,
finge luz y color en tanta ausencia.

[277] OTRA MAÑANA


A Pablo Luis Ávila

BRUMA y verdor. El pájaro en la rama


y la lluvia tiñendo gris el cielo.
Años detrás. Enfrente el norte y hielo
de un futuro en incógnita. La trama

de los días se enreda y se derrama


por el no ser que grita su desvelo.
Todo está ahora cumplido —¿está?—. El anhelo
de pervivir se alza. Aquella llama

que tras la lluvia en amarillo ardiera,


entre grises rescoldos ya decrece
tímida hiriendo el aire contra el viento,

enemigo esta vez de su primera


alegría y afán. Sólo le ofrece
un resplandor, recuerdo de su aliento.

[278] EL MAGNOLIO
LA magnolia se alza en su blancura,
frente al azul y el verde dividida.
Intacta está su carne, no hay herida
de amor. Inconmovible, mas segura,
—radiante en la mañana, casi pura—
desconoce el sabor a que convida
la tristeza de un sueño. Ya la vida
le dio belleza, libre de amargura.

Vegetal, su pasión es del sentido,


proclamando alegría junto al sauce,
árbol de llanto en su dolor rendido.

Fruto de diosa. Sensitiva asoma


por sus brillantes hojas. Clara nace
su audaz presencia virgen y su aroma.

[279] NOCHE-ESTRELLA
NOCHE y amor. ¿De dónde esta esperanza,
de dónde esta, de esferas, melodía
viene, entre nubes, clara como el día:
y es de noche? ¿De dónde esta mudanza

en horas transparentes? Casi avanza


con alas de ilusión. No nace el día,
pero es temprano, y crece la porfía
por buscar en el aire otra semblanza.

Estrellas son las que, raudal, su llama


traspasa la penumbra en su desvelo.
Estrellas-soles. Duda y se derrama
crepúsculo dorado o matutino.
Amores son. Y “Nuevas” desde un cielo
que esta noche se toma más divino.

[280] TIEMPO A LA ORILLA


NOCHE y amor. ¿De dónde esta esperanza,
de dónde esta, de esferas, melodía
viene, entre nubes, clara como el día:
y es de noche? ¿De dónde esta mudanza

en horas transparentes? Casi avanza


con alas de ilusión. No nace el día,
pero es temprano, y crece la porfía
por buscar en el aire otra semblanza.

Estrellas son las que, raudal, su llama


traspasa la penumbra en su desvelo.
Estrellas-soles. Duda y se derrama

crepúsculo dorado o matutino.


Amores son. Y “Nuevas” desde un cielo
que esta noche se toma más divino.

[281] QUISIERA QUE MI MANO


LA mano detenida. No apresura
el ritmo de la línea y movimiento
de amor. Clave de una esperanza. Intento
hacia una luz crecida en su espesura.

Y quisiera inventar esa ternura


de la palabra, herida en sentimiento,
alcanzando el instante, aquel momento
único, donde el llanto se inaugura.

Quisiera ser la mano que grabara


de la sangre el dolor, la melodía
que nutre el corazón entusiasmado,

y riega luego —tierra que sembrara


con el rito y clamor de la poesía—
el suelo en tanta espera alimentado.

[282] ESTA TRISTEZA


ESTA tristeza es mía, sólo mía,
a nadie dejo entrar en su espesura
hecha de soledades, en la oscura
noche no desposada con el día.

No es la tristeza aquella que tenía


reflejos de esperanza en su amargura,
no es la que fuera condición segura
para cambiar la angustia en que solía.

Esta de ahora es densa, acrisolada


por el dolor de ser, por la certeza
de que su nombre encierre la evidente,

innegable verdad. Que despiadada


hiere con mano aleve. No hay torpeza.
Se llega al corazón derechamente.

[283] MANE UNA FUENTE


Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
P. NERUDA

YO espero que en la noche, revivido,


otro deseo renazca, como un viento
impulsando el azar. Que un sentimiento
desnude la corteza de un olvido.

Que allí donde no hay vida, florecido


brote el recuerdo de una voz, su aliento.
Se escuche la presencia, el pensamiento
de un ya lejano amor en su latido.

Espero que la noche se ilumine


—pálida luz de aurora y confianza—
donde la sombra su espesor termine.

Que del yermo callar y del desierto


mane una fuente —nueva una esperanza—
y alivie al corazón su desconcierto.
HOMENAJES

[284] HOMENAJE A IBN HAZM


TENÍAS que estar lejana,
Córdoba,
para que yo te buscara.

Tenías que estar lejana


como el mar,
como la nube,
encaramada en su cielo;
como la montaña, el sol,
como la luna gacela;
como el pájaro en la última
rama del árbol prendido.
Como la luz, como el viento,
como el barco en la distancia,
gritando luces señales
a la tierra.

Tenías que estar lejana:


como el amor
que en la ausencia
se nos crece,
como el nombre
que no se dice, y se tiene
cerca de los labios;
como el suspiro
que gira, redondo
por las estrellas,
como el sueño de una voz
amaneciendo en la aurora.

Tenías que estar lejana,


Córdoba
para que yo te quisiera.

Como a la luna
querría tenerte,
alcanzada de su altura;
hundirme en tus aguas, ríos,
mares de esperanza y llanto.
Tenerte como a la nube,
cuando nos deja su lluvia,
derramada entre las manos.
Como el viento poseerte,
esquivo y gris,
huyéndome de su cueva.
Abrazarte como al sol,
engalanado de aromas,
azul presagio,
clamor
de la mañana primera.
Como al pájaro, querría, apresarte,
acariciando tus noches, plumas
de sombra y deseos.
Como el amor, como a un nombre
añorarte, yo quisiera:

Tenías que estar lejana,


Córdoba.
Lejana y sola.

[285] GLOSA PROFANA (HOMENAJE A SAN JUAN DE LA CRUZ)


Quedéme y olvidéme
S. J. de la C.

EL rostro reclinado,
el ansia contenida junto al pecho,
doliente, apasionado
y en amores deshecho
el callar de mi voz a ti derecho.

Tu presente figura,
entrándose en mi ser estremecido,
dejaba en mi locura
el suave, adormecido
soplo de brisa al corazón transido.

Mi mano enamorada
temblando, temerosa de su vuelo,
llevaba la callada
noticia y el desvelo
de su infinito amor y sin consuelo.
Mis labios no decían,
suspensos en la gloria del momento,
la dicha que tenían,
y estaba el pensamiento
como asombrado de su sentimiento.

La ternura del alma


en un dolor muy hondo se tomaba,
huía de mí la calma
donde consideraba
esta felicidad que se pasaba.

Quedéme y diligente
libré ya de mi pecho aquel cuidado,
viviendo solamente
el goce abandonado
de estar, amante, unida con amado.

[286] HOMENAJE A DON LUIS DE GÓNGORA


...de sus vestidas plumas
conservarán el desvanecimiento
los anales diáfanos del viento
[Link].

SE colgará en el aire, leve brisa,


este de mi vivir cansado vuelo,
queriendo y no alcanzando desde el suelo,
de su ilusión la altura que divisa.

Mi sangre desangrada, mar sumisa,


al impulso creciente de su anhelo,
rojos dará ponientes. Por un cielo
que clava entre las sombras su divisa.

Porque quise llegar donde locura,


intento no del pie, grito de un ala,
fuera de amor un sueño y de aventura.

y quedará mi voz y pensamiento,


río que por las nubes, gris, resbala,
en “los anales diáfanos del viento”.

[287] HOMENAJE A ANTONIO MACHADO


I
AHORA ya no puedo. Un día
tuve tu libro en la mano.
Libro de la honda nostalgia
del camino.
Como un llanto
reprimido por callar
un nombre al beso negado.
Como una voz contenida
de pasión —viento sin árbol—,
murmullo de un agua limpia,
de amor espejo y remanso.
Reflejos de cielo y luz
en lejanías de ocaso.
y como una lluvia alegre
en un jardín ¡tan lejano!
Lo que fue tierra en la carne
su humedad siente y su halago.
Como un amor que no tiene
cerca la dicha ni el cálido
aliento. Sombra de un goce
perdido cuando logrado.
Y una gris melancolía
ceñida de tiempo y canto.
Entre la niebla aquel sol
de esperar lo no esperado.
Y como un recuerdo, al alba,
del mar del sueño salvado,
como un despertar de angustia
a los ojos acechando.

Ahora, ¡qué pena! Yo tuve


tu libro sobre mi llanto,
tus palabras en las mías,
tu tristeza por mis labios,
tu dolor sobre mis noches,
tu silencio enamorado
que daban a mis deseos
aroma de desengaño.
Ahora, ¡qué triste! No puedo
decirte, Antonio Machado,
nada, que la muerte puso
luto de ausencia en mi brazo.

II
Pasaste como el río pasa,
desnudo, solo, olvidado.
Y ya, ¿qué pueden decirte?
La muerte es grito de mármol.
Palabras de los poetas.
Verso sobre verso. Callo.
Hablar, gemir ¡ cuando tú
no escuchas ya! Cuando acaso
sonríes junto a Dios, sabiendo
que no es por ti todo el llanto.
Sobre tu vida quisieras
la verdad. Sobre tu paso.
Versos de melancolía
nimbarán tu gris retrato.
Renglones —ríos a la mar—
buscan tu gloria en reclamo.
¡Que tengo una rabia! Un día
estabas vivo y humano
y el frío de la indiferencia
te asesinaría el costado.
Brillabas como la antorcha
de un cielo. Tu dios pagano
ponía cenizas y fuego
sobre el mudo y sombrío campo.
En tu corazón clavada
tenías la espina, el más alto
precio de sangre — ¡una vida!—.
Qué dolor cuesta arrancarlo.
Tuvieron tu fiel presencia,
tu voz de ciego entusiasmo,
tu cantar hondo, tu ciencia,
tu ilusión y ritmo amargo.
Y ahora qué pueden decirte
si no es tu libro en la mano.

Mi pregunta va en la página
que tú me dejaste en blanco.

[288] ATARDECER (HOMENAJE A JUAN RAMÓN JIMÉNEZ)


Sólo turban la paz una campana, un pájaro...
¡Parece que lo eterno se coje con la mano!
J. R.J.
TAN dolorosamente
como un antiguo aroma
que perdiera sus rosas;
lírico amor sin nombres,
solo entre la nostalgia
de un ocaso sangrante.
Como cada palabra
que muere en el olvido,
desde un ensueño vago
en el día sin recuerdos.
Como un sollozo íntimo
se consume la tarde.

Tan ardorosamente
cual labio que entregara
la encendida respuesta
de su efímero aliento;
como un grito arrancando
preguntas a la noche.
Lo mismo que un dolor
de ser, ya traicionado
por los pasos del tiempo.
Como una tibia llama
ardiente de amarillos
se consume la tarde.

Tan silenciosamente
como el árbol desprende
sus hojas, una a una.
Como una voz en llanto,
rota ya la esperanza.
Eco que nadie escucha,
traspasando los montes;
último instante, angustia
por las inciertas sombras.
Como la gris presencia
de la lluvia en otoño,
y ese largo silencio
de un alma desvelada,
como una flor que muere
se eterniza la tarde.

[289] HOMENAJE A ÁNGEL GANIVET


(Una fina niebla envolvía a Granada la
mañana en que algunos poetas visitaron
el monumento de A. Ganivet, la víspera de
su centenario)

QUISO la luz ser niebla. La mañana,


tras el cristal y bruma en gris teñida,
te rindió el homenaje de encendida
rama de otoño hacia su fin cercana.

Quiso el sol despojarse de la vana


fuerza de su poder, junto a una vida
que nos dejó su acento y voz, cumplida
en la inquietud, de la poesía hermana.

Quiso el árbol ser brazo que escribiera


la gloria de tu nombre y aventura,
y entre un pálido cielo te esculpiera.

Todo el paisaje te entregó su ensueño


de ciudad transparente. Tu figura
se perfiló en el aire de tu sueño.
HOMENAJES A FEDERICO GARCÍA LORCA:
[290] I
...Los amarillos empiezan infinitos y
profundos a jugar con veinte clases de
azules...
(Carta de F. G. L. a M. F. Almagro)

LLEVABAS en tu alma el amarillo,


colmándote la sangre con su llama.
Su color te prendía, como a rama,
tu corazón, un “otoñal membrillo”.

Tu corazón más dulce y más sencillo


florecía cual flor de la retama.
—luz y pasión que al aire se derrama—,
y el oro te encerraba entre su anillo.

Cabalgaste en el viento de la tarde,


hacia el fruto dorado donde arde
la nostalgia amarilla del poniente.

Allí estaba tu voz, tu amanecida,


muerte y llanto. Y allí, roja encendida,
la vida te ganaba hasta su fuente.

[291] II VIENTO DEL SUR


PUEDO decir una sola palabra. Mi palabra.
Clavada entre el rumor de los atardeceres,
decirla y permitir que se propague cálida,
todo su verde aire traspasando la longitud del tiempo.
Una palabra inmensa como el nombre
que dice “amor” y “vida”, “entusiasmo”, “poesía”.
Voz en color de mar, aliento, primavera
estrenada en bis ramas de los álamos,
crecida en la esperanza de amarillos trigales,
viajera en los suspiros de los ríos,
confidentes de arroyos y de abriles en lluvia.
Una palabra antigua, desvelada
en las noches despiertas con la luna,
iluminada y honda, casi llama,
transparente palabra de esplendor y silencio.

Con sólo esta palabra, su palabra,


hecha ya pleno aroma de dolor y nostalgia
saludar al poeta, dejarle todo el verso,
y con ella escribirle, callado, un sentimiento,
estremecido asombro, vivo, de una presencia.
Una palabra única que diga: F e d e r i c o,
y se cuelgue en los vientos livianos de la tarde,
—Vientos del Sur, ardientes—
semilla de un recuerdo.

[293] y III EL REVÉS DEL ESPEJO


Detrás de cada espejo
hay una calma eterna
y un nido de silencios...
F.G.L.

VOY por los corredores de tu espejo,


preguntando a las sombras por tu nombre.
Quiero saber la causa de tu asombro,
tu emoción derramada hacia las cosas.
La verdad de tu enigma,
desentrañando ramas de tu bosque encendido.

Quiero llegar al fondo de tu silencio oscuro,


sorprender el misterio doble de tu palabra,
perdida, desvelada en soledades
pobladas de una ausencia.

Quiero romper azogues, verdes cauces,


ríos de tu dolor, de tu mirada antigua,
de tus tristes presagios en lidia con la muerte.

Llegar, llegar allí donde navega cálida


tu creciente esperanza,
al viento la presencia y la aventura
de tu perfil en gracia dibujado.

¡Qué profundo el espejo donde habitas!


¡Qué largo, qué difícil el camino!
Un mar fértil de noches te rodea,
lunas multiplicadas te defienden,
tu figura elevándose tras el cristal del tiempo.

Y estás allí, lo entiendo,


mi corazón lo grita,
la sangre te presiente alucinada
y te espera en la dicha,
puerta abierta al lejano lugar de tu secreto.

¡Quiero alcanzar tu brazo,


que tu dedo me infunda vida y norte,
que me deje en las manos
aquel íntimo polvo,
la mariposa azul de tu poesía.

[284] PONIENTE EN LOS JARDINES (HOMENAJE A MANUEL DE FALLA)


TRASLUCIDA entre el malva,
desplegada en sí misma,
abre sus alas —pájaro—
la tarde.
Arrebato de nubes,
—azules,
rojos,
grises,
amarillos,
violetas—
hacen suyo el clamor
de un aire en luz herido.
Y más color.
Los árboles.
Luminosa presencia.
Vigilan ya,
se alzan.
Son paisaje:
y sus nombres...
Alamos,
chopos,
sauces,
Laurel, castaño,
acacias,
olmos,
pinos,
cipreses.
Verde y mar frente al sueño
de un fulgor de esperanza.

Crepúsculo de asombro,
¿no puedes detenerte,
llegar hasta la noche,
donde una loca aurora se enredara en tus muros?
De sombras luchadora
—alto cuello vencido—
dejar, tarde, las huellas de tu adiós,
mano íntima,
en la dorada carne de tu cielo yacente.

¿Y cómo sosegarte, clavar tu paso inquieto?


¿Expresarte en mis ojos? —Toda tu magia en ellos.
Que las manos tuvieran tu caricia impalpable,
y la voz tu nostalgia de nieve-azul teñida,
los labios tu promesa de más fuego y ternura,
el corazón la brisa.
¿Cómo decirte aguarda para las noches solas?
y llevarte, encendida, para los días sin llama.
y leerte en la ausencia,
y saberte en las horas.
y sentirte en lo oscuro,
alcanzarte en tu huida,
única tarde inmensa, nunca olvidada. Siempre,
recuerdo que traspasan mi dolor,
y un ocaso.

[295] HOMENAJE A PEDRO SALINAS


Amor es el retraso milagroso
de su término mismo.
P. S.

¡QUÉ eterno es el amor cuando se acaba!


Todo lo que fue —muerto—
resucita sin voz. Se desmorona,
y se une, se entrelaza,
separa. Se compone,
castillo — ¡ qué alto llega!—
de ilusión, aire, ensueño,
mentira y el revés donde se hospeda.

Amor, que es sólo sombra,


es esa luz
última de la tarde,
resplandor y vivísimo,
llama que, si antes roja,
en' grises nubes horizontes cierra.

Después, cuando termina


y no hay ya labios que besar,
ni abrazos,
ni manos, salvavidas,
entrada a un paraíso
del tacto, muda entrega;
ni nombres, ni preguntas,
ni tampoco esa angustia,
alegría del amante, y larga espera.

Luego, ya todo crece,


los brazos, sus cadenas
prenden seguras, fuertes,
se hacen nudo del cuerpo,
lo recrean.
Los ojos, si más tristes,
ven el mundo, adivinan
sus formas, las montañas,
valles, árboles, ríos,
paisajes, lejanías.
Reconocen los hombres,
sus pasos, voces, gestos,
sus palabras,
su intimidad, sin descubrir, más cierta.

El alma se conmueve
y se escucha, brotando,
músicas y calladas,
altas en el silencio, notas, ritmos,
fantasmas de la noche y su presencia.

Cuando el amor se acaba,


cuando el llanto
ilumina la tierra,
y se escucha la lluvia
de abril, y se descubre
el dolor, la tristeza;
entonces, de la nada,
de aquel informe caos
nace la vida, tránsito,
y se eleva,
duro mármol, perenne, de una ausencia.

[296] LA TEJEDORA DE SUEÑOS (HOMENAJE A ANTONIO BUERO VALLEJO)


...hechos al calor de mi angustia...
son como yo misma. Son...
¡Mis sueños! ...Que luego debo
deshacer todos las noches...
A.B.V.

TODA la vida así. Toda una vida.


Tejiendo sueños, destejiendo sueños.
Como yo misma son. Cruzan mi sangre.

Corren las manos presurosas, ágiles,


trémulas, impacientes,
con la angustia del tiempo,
—tiempo, espera—,
sobre la tela en blanco, preparada,
tensa.
Las manos siguen, bordan,
se mueven, crean, dibujan
los perfiles exactos de los sueños.

De esos sueños que estaban aguardando el instante,


esperando en la sombra
aquel soplo, el impulso
que los moviera, informes,
desde el fondo increado de su esencia, aún confusa,
hacia la luz definitiva, aurora
del presentido día y su mañana.

Y ellos, los sueños, fueron.


Nacían desde su nada,
llenaban las palabras de plenitud, belleza;
de verdades, de signos,
señales de un seguro camino hacia su forma.
Definían las cosas: árbol, pájaro, nube,
rosas, sonrisa, estrella,
hijo, amor, vida, nombres.
Daban a la mirada, a los ojos su audacia,
alegres repetían cantos, sonidos, ecos.
Encendían la tarde con promesas de siembra,
de un futuro que fuera un despertar alegre,
un abrirse las nubes,
anunciando esa hora
en que todo es comienzo,
pregunta, anhelo, dicha.

Pero después...,
cuando la noche dice no, los niega,
cuando la soledad se acerca, íntima,
y “ardiente oscuridad” borra implacable
la última luz de un rojo ocaso, deslumbrante,
intenso;
más tarde,
cuando todo es de noche,
y se enciende en el alma la llama cruel,
la voz de la evidencia,
entonces, ¡ay!, entonces,
las manos que tejieron confiadas sus sueños,
que dieran nombre y ritmo a su esperanza;
aquellas mismas manos que pintaran su vida,
rompen los hilos, siegan en la trama,
y se deshace, frágil, aquel cuadro, ese mundo,
mundo de la ilusión, del color,
del asombro.
De una felicidad, que estaba cerca,
golpeando el umbral, implorante, clamando.
Palidecen los rostros, sus líneas, las figuras.
Los contornos se apagan,
y el alma está ya sola, desnuda ya. Viviendo
la soledad cumplida.
Vacía de sus sueños.

Toda la vida así. Tejiendo, destejiendo,


fabricando ilusiones.
Penélope constante.
Tejedora de sueños.

[297] VENTANA CON GATO (HOMENAJE AL PINTOR MIGUEL CANTÓN


CHECA)
UN gato filosófico pareces.
Tu mirada, tu gesto pensativo
no es el de aquel suave, sensitivo,
musa de Baudelaire. Y no le ofreces

el lomo a la caricia, ni padeces


blandura de cojín. Gato cautivo,
libre entre rejas, sientes fugitivo
el transcurrir del tiempo. Cómo, a veces,
brilla en tus ojos sombra de un misterio,
ciego afán de alcanzar la lejanía,
la respuesta del hombre y de su esencia.

Alerta sueñas, en tu cautiverio,


y hay en tu hondo mirar melancolía
por desvelar las fuentes de la ciencia.

[298] HOMENAJE A VICENTE ALEIXANDRE


EL mar le puso nombre a tu mirada
de poeta del mundo,
y te creció las manos, extensísimas,
con ritmos como tallos,
como ramas,
como flores y aromas,
alzándose, alcanzando los confines y cielos,
cielos de la belleza, edenes en olvido
de nunca sospechados.
Fue la espuma,
alada mensajera, signo de tierra, avance,
la que se entró en tu corazón, dejándole
historias y noticias,
señas de amor, presagios,
donde el beso ya es luz,
donde el amante vive albas de claridad,
ondas que sucesivas hasta las playas llegan,
preparando la dicha.
Ay, también la amargura (“palabras de abandono”),
“último amor”, tristeza, “la soledad gimiente”.

Y viene, al fin, la brisa,


trayendo la palabra,
la palabra que estaba desde siempre esperándote,
aguardando al poeta,
su voz, que la incendiara, creándola, ¡qué hermosa!

La hiciera carne y sangre,


la sembrara en los bosques, “sombra del paraíso”,
en las “aves celestes”, pájaros de la noche,
criaturas del asombro, que entre sus nombres viven.
“Palabras que dan muerte” (tú lo dices, poeta),
pero que se iluminan con el rayo creciente,
—luz rápida y vivísima—
y el temblor del poema.

[299] HOMENAJE A PABLO GARCÍA BAENA


...Como un agua desvelada que pasa
silenciosa y no vuelve.
P.G.B.

AQUEL agua:
está quieta, desnuda, en los umbrales
de la dicha.

Espera, porque callada entiende


la sinrazón del pájaro,
su vuelo detenido entre la noche,
sin luz para sus alas.

Espera como el árbol refugio de las sombras,


impaciente de ramas,
lluvias de abriles, voz de primaveras,
temblor del amarillo.

Espera —dulce viento— misterios del amor,


labios, vértices, cruces
donde confluye el ritmo
azul. Último el beso.

Sabe el agua caminos,


reflejos desde un cauce puente de otra esperanza.
Conoce — ¡ay, sosegada!— temerosa,
improbable el retorno:
viaje y definitivo.

Y pasa estremecida, pasa, sigue.


Lejos está aquel mar,
antiguas sus orillas.
El enigma la empuja.
¡Volver! ¿ Volver?
El agua
ya desvelada pasa. Pasó
“silenciosa y no vuelve”.
HOMENAJE A JORGE GUILLÉN:
[300] I. GINKGO BILOBA
UN árbol. Bien. Amarillo
de otoño. Y esplendoroso
se abre al cielo, codicioso
de más luz. Grita su brillo
hacia el jardín. Y sencillo,
libre, su color derrama
frente al azul. Como llama
crece, arde, se ilumina
su sangre antigua. Domina
todo el aire rama a rama.

Todo el aire, rama a rama,


se enciende por la amarilla
plenitud del árbol. Brilla
lo que, sólo azul, se inflama
de un fuego de oro: oriflama.
No bandera. Alegre fuente
de color. Clava ascendente
su áureo mástil hacia el cielo.
De tantos siglos su anhelo
nos alcanza. Luz de oriente.

Amarillo. Aún no imagina


el viento, la desbandada
de sus hojas, ya apagada
su claridad. Se avecina
la tarde gris. Ni adivina
su soledad, esa tristeza
de sus ramas.
Fue certeza,
alegría — ¡otoño!—. Faro
de abierta luz.
Desamparo
después. ¿Dónde tu belleza?

[301] y II
¡Sí, ternura! Vosotros,
Soberanos, dejadme
Participar del orden...
J.G.

NO es su perfecta geometría esquema

recta su línea, esconde esa ternura


transida en verso y voz. No, no hay dilema

entre un orden y amor. Luz surge extrema


que en doble afán la llama configura.
Vencido el mediodía, se aventura
en claridad total hacia el poema.

La forma le conduce. Va la mano


sobre vida y espacio, limpio aflora
un mundo por el aire renacido.

Nació el poema. Pero queda ufano,


perenne el hombre. El rayo de la aurora
inventa la pasión desde el sentido.

[302] DESENGAÑO DE AMOR Y QUEJAS (HOMENAJE A PEDRO SOTO DE


ROJAS)
...Que ya mi alma de sentir no siente
P. S. de R.

¡OH!, cruel, que no has podido,


oyendo de mi afán las tristes quejas,
tenderme fiel tu mano,
y conociendo mi dolor me dejas
sola con mi dolido
corazón, cual tirano
que olvida al enemigo derrotado,
sin compasión del mal que le ha causado.

Ay, ciego, que no entiende


todo el temblor agudo de mi acento.
y con tu indiferencia
que no escucha mi voz, ni el sentimiento
de mi desdicha atiende,
ten para mí clemencia,
pues, mira que, volviéndose, hasta el cielo
llega el clamor y el eco de mi duelo.
Cual río que alegremente
corre a la mar final de su camino,
y marcha descuidado,
incauto conducido a su destino;
así yo ciegamente,
con placer confiado,
voy tras de ti, y queriendo más tenerte,
te doy la vida, y tú me das la muerte.

Esa ola que concluye,


siendo igual y distinta, sobre arena,
y renace de nuevo,
incesante creciendo, excelsa y plena;
de este modo refluye
mi amor, y a ti me allego,
que si un momento en mi pasión dudara,
con más fuerza a tu playa allí tornara.

No encuentro tu mirada,
y en esta soledad me desconcierto,
sin saber dónde, herida,
halle refugio y más seguro puerto,
luego que abandonada
y en mi noche perdida,
en tal oscuridad soy como ausente:
“Que ya mi alma de sentir no siente”.
OTROS POEMAS

[303] CAMPANAS
Campanas de amanecer en Granada
F. GARCIA LORCA

Campanas de amanecer en Granada,


atravesando el silencio
se reunieron en mi alma.

Campanas de amanecer en Granada.


No dan como el de las doce,
sonido, de sol colmadas,
que un lamento triste y grave
su voz de metal desgrana.

Campanas de amanecer en Granada.


Blanco y verde su teclado,
jazmines en la enramada,
van tocando, y fluye tímida
una vegetal escala.

Campanas de amanecer en Granada.


Llegáis a mi corazón
y con desvelo de aldaba
me golpeáis los sentidos,
campanas de amanecer en Granada.

[304] NIÑOS VAN Y PÁJAROS


A Charito, Juan Luis y María Teresa

LOS tres de la mano.


¿Son niños?
No, pájaros.

Los tres, dulce trino.


¿Pájaros?
No, niños.

Los tres, la sonrisa.


Nubes, sol.
Qué ancha
—niños— la alegría.

Los tres de la mano,


más suave la brisa.
Niños, cielos. Fiesta.
Las cosas sencillas.

Los tres sonriendo.


Pájaros —delicia—
cantan, anunciando
voz del nuevo día.
Niños van y pájaros.
Tres mundos. Envidia
de flores y aromas.
Mañana encendida.

Los tres de la mano


por la calle arriba.

[305] ESTE ÁRBOL


NO llama, no luz,
no claridad encendida:
árbol.
Mudos los ojos oyen
tu canción, sorprendida,
del otoño.
Derramado en el aire —no azul—
pregonas tu belleza.
Y eres tan amarillo, tan
tú mismo, que eres
esa música, fuga,
asombro y voz del viento.

[306] A UN CHOPO AMARILLO


¿COMO adornaré mi voz
para nombrarte?
Te miro
a ti, chopo, esbelto, alegre,
de la mañana testigo.
¿Dónde hallaré letras, ciencia,
para cantarte? ¿Qué signo
cincelará mi palabra,
haciéndola fuego y ritmo?
Transparentando el azul,
el cielo te abre caminos
de esperanza entre sus ramas,
dejando tu ser cumplido.
Como una llama te elevas,
árbol, al aire encendido.
Rubio de sol, clavas, alta,
tu bandera y desafío.

Olmos, plátanos, acacias,


desde su color altivos,
a ti se inclinan que vences
todo su dorado río.
Mañana de otoño, y tú,
rúbrica fiel de un destino
eres, diciendo en tus hojas
de todo un alma el latido.

Y cómo adornaré mi voz


para gritarte
¡amarillo!

[307] TULIPÁN AMARILLO EN JARRÓN JAPONÉS


A Paco Morales

Y para más despacio atormentarme,


llévame alguna vez por entre flores.
GARCILASO

TAN gracioso y amarillo


brotas del jarrón. Curvado
te inclinas, y delicado
tu color pone su brillo
junto al azul. Lo sencillo
de tu forma, tu aire leve
—quieta delicia— conmueve
el alma. Que tu belleza
lleva dentro esa tristeza
de tu estar eterno y breve.

[308] NARCISOS
(Reflejo)

A Antonio Carvajal

Si je parle de fleures, je suis prés de épines...


CLAUDE SERNET

SOLO el cuarto. Gris el cielo.


Brillan: narcisos. Un ramo
da su amarillo reclamo
contra la sombra.
Desvelo.
Ilusión de ser. Anhelo.
Símbolo y flor. Se inaugura
único amor. ¡Qué ternura
busca en el agua un camino!
Rota su imagen—destino—
se deshace la figura.

[309] A UNA ROSA QUE VI EN EL JARDÍN DE LA CAPILLA REAL


SOLA y amarilla creces,
te elevas llena de gracia
en el jardín. Apareces.
Total entrega tu audacia.
Sola, rosa, bajo el cielo,
cúpula azul. Es tu vuelo
llama hacia el viento tendida.
Aroma de una esperanza
tu color —júbilo— alcanza
la belleza prometida.

[310] EL NARANJO
A Julio Juste

FRUTO y llama. No eres luna,


naranja. Aroma en la rama,
blanco azahar te proclama
próxima a ser sólo una
esperanza. Cual ninguna
flor brillará tu certeza
de realidad. ¡Qué pureza
tu color! Y prometida
llama, al fin. Luz florecida
en el árbol tu corteza.

[311] PRIMAVERA
1
PRIMAVERA. Más poesía
sobre los labios. Estrena
el amor nombres. Serena
la palabra se confía.
Asombro y voz. Se extasía
el corazón de esperanza,
y un sueño perdido alcanza
rubor de aurora. ¡Qué nuevo
alumbra el verde su fuego
en canto azul de alabanza!

2
Nadie sabe cómo ha sido.
Su voz era “Primavera”.
Llegó reciente, ligera,
abandonado su nido
del invierno, del olvido.
Primerísimo su vuelo,
corta el aire. Quiere cielo.
Alegre crece. Adelante:
alas de ilusión. Radiante
brilla al sol todo su anhelo.

3
Y sin nada más que un bello
nombre de amor, tu bandera
alzas, azul, primavera,
tu grito eterno, el destello
de tu color. Y en tu cuello
de garza —mástil— se mueve
un sueño de vida. Breve,
tu paso será. Sin llanto,
déjanos tu abril, y un canto
de mayo en el viento leve.

4
Definitiva aventura
constante de tu presencia.
Contigo, el alma, segura
camina, firme en la ciencia
de tu verdad. Luminosa
desvelas cielos. Que, diosa
vencedora, su carrera
ganas al tiempo. Amanece,
cuando tu rama florece,
ay, amor, en primavera.
y5
Serás, serás porque has sido
con luz grabada en el cielo.
¿Lo que fue? Ya dividido
lo repartes en tu vuelo.
Pasas. Pero alado brilla
tu rastro de amor; semilla
de esperanza. Solamente
vale tu abril. Nombre y fama
te pregona y te proclama
primavera, eternamente.

[312] SÍ, LA PRIMAVERA


TRAS la ventana, espera, aguarda.
Espera este momento, su momento. Esa hora.
Y luego,
entrar
iluminando el aire
de colores, sonidos,
días almacenados,
nombres que no se han dicho,
recolectados sueños,
adioses, despedidas,
siembras.
Llega, inédita, alegre, jovencísima.
Indiferentes labios,
ojos con la primera imagen,
manos altas,
viento, brisa,
luz, cielos.
Ritmo de pasos ágiles,
adolescentes. Pájaros,
escalas de preguntas.
Viene
con toda la esperanza
colgada al hombro.
Llega. Entra.
Da un paso. Sí.
La Primavera.

[313] PRIMAVERA
MANOS de rama y fruto:
primavera. Manos que abren silencios
de marzos, impacientes de abriles,
antesalas de mayos.
Manos que encuentran llaves
para puertas que un cielo triplicado
—azul, rosas y amor—.
Manos que rompen muros,
riegan savias,
oriflaman los aires,
tienden alas,
descorren tibias nubes,
gritan aromas.
Manos de sol y ramas.
Voces de primavera.
[314] NOSOTROS
A mi hermano Gonzalo

NO eran, no son los mismos, los que, entonces,


los que ahora contemplo —tan distantes—
dentro de su refugio-jardín, yedra: “Las cañas”.
Un país ignorado donde los niños piensan,
una casa escondida donde la voz del mundo
no llegaba, doliendo.
Allí éramos nosotros, allí nadie sabía.
Todo estaba tan lejos del amor, del olvido.

Aquí estamos nosotros. Niños éramos. Fuimos.


¿Estamos...? Y me acerco. Toco el tiempo, su sombra,
su dura sinrazón,
su lento transcurrir de pez y río.
¡Qué cerca, a veces, otras, qué lejano!
Pero no son los mismos.
Ay, no somos los mismos.
Qué extraños nos miramos dentro de nuestras casas,
(frío cemento y ladrillo) aprisionados
por la cal, muros altos que nos cierran
el corazón antiguo. Mundo nuevo.
¡Qué viejo nuestro mundo!

Éramos: ya no somos aquéllos.


Íbamos: detenidos, gritamos en las sombras.
Vivíamos: cada día morimos.
Fuimos:
distinta la mirada, la voz y las preguntas,
sorprendiendo las horas de asombro en la mañana.
Nos miramos extraños. Seres nuevos, perdidos.
Quisiéramos llegar hasta la tapia,
límite gris del tiempo,
gritar que era verdad, que fue, que era
realidad todo, aquello, su presencia.
Pero debajo de la acacia, huida,
sólo brilla una luna impasible al silencio,
sin nuestras voces muda.

El espejo se ha roto y de la noche,


donde el aroma de celindas fuera
mayo azul de esperanza,
sólo queda el vacío y los recuerdos, negados al retorno.
Ya no estamos. No somos.
Hemos perdido el rostro. Y el camino es tan largo.
Sí. Miro un camino allí. Nosotros no podemos.
Esfumado contorno se deshace en lo oscuro.

Allí estaba la vida, ignorancia del tiempo,


de esa espera, entre nieblas, aguardando impaciente
la llegada curiosa y estreno de los días.
No encuentro nuestras voces, ecos, palabras; breves los adioses.
Las mañanas, las tardes y las noches que, en sueños,
auroras son, dormidas.
La lluvia. Un entusiasmo de pájaros, sus alas,
reflejos de la luz por un cielo sin forma.

Fuimos.
Ciega mano, sin tacto, que busca, a tientas, torpe
nuestros nombres. Preguntando a los árboles:
magnolio, cinamomo, la higuera, los naranjos:
acacia, el limonero, manzanos. Madreselva,
y el jazmín amarillo que se enredaba alegre
subiendo descuidado la escalera.

(Ya no estamos, No somos.)


Nosotros, los que fuimos, hacia el final del lienzo
un horizonte en brumas traspasamos.
Qué extraños nuestros rostros. Ya nadie les responde
y nadie sabe en dónde se esconde el ser, las risas,
dónde la ausencia, el gesto,
la evidencia de un mito.

[315] Y ESA MÚSICA


TRISTE.
Tan triste como un llanto.
Alta luz de agonía.
Viento que se repite
con un vibrar de cuerdas y de ramas.

La música es mi acento.
Viene, se acerca,
pasa,
rozándome los ojos:
manos que traspasadas de un recuerdo,
ojos que desvelados de su noche,
grito, renuncia, voz.
Vida, espejo.
Y los nombres...
Triste, sí, triste el alma.
¿Dónde, cómo me oyen?
¿En qué labios aguarda la esperanza?
¿En qué pecho resuena la melodía antigua
de otro canto?
¿En qué manos, dormida, suspira una respuesta?
¿Quién dice que lo entiendo?
¿Desde qué cielo oculto
me enternece otra lluvia?

Triste, sí. Ya no importa.


Triste, sí. Cuando el alma
sabe de su vacío,
repleta de un silencio.
Cuando ya se denuncia un fin para la aurora,
y una sombra se alza
ciñendo amor y sienes.

Triste, sí, y por la música


fluye un río de recuerdos.
(Preguntas en desfile por el aire se cruzan.)
Ellos llegan, me llaman
—notas, violín, un eco—
y golpean la pared de mi cárcel,
irrumpen
en mi centro más íntimo.

[316] SÚPLICA
OTOÑO, si pudieras detenerte,
si quisieras quedarte así fijo en la tarde,
como imagen inmóvil, grabada para siempre
en el instante aquel de la fotografía.
Pero no para siempre.
Ya sé que, sin aviso,
sin que nadie lo anuncie,
la primavera tiene que venir, presentarse,
arribar en su día,
cruzando audaz, furtiva, el puente del invierno.
Pero sí, un poco más, otoño, no apresures tu huida.
Un poco más,
espera,
aún es pronto. Sin prisa.
Tenemos que aprenderte, descubrirte,
contar todas las hojas derramadas,
llenamos de amarillos
las manos y los ojos,
que se queden repletos,
sin saber dónde, cómo guardar ya tantas hojas,
dónde pisar ya tantas, tantas hojas,
tanto y tanto amarillo,
tanta luz en color desfallecida.
No podemos perderte sin que los labios sepan
esa felicidad de tu beso suavísimo,
de tu aire transparente,
—aquel aire, aquel día—
y sean los brazos pájaros o ramas
para guardar la dicha
de tu llama y tu nombre.

[317] POEMA DEL PRIMER DÍA.


UN día tendí mis manos,
alcé mis manos abiertas de preguntas,
crucé mis manos con siembra de esperanzas,
miré mis manos sospechando una entrega.

Y era ese día


que le crece a la tierra una nostalgia,
que perfila a los montes su hermosura,
que le persigue al río su corriente,
que le sabe a la lluvia a trigo nuevo
y le prende al almendro, de nieve, flor en marzo.

Un día crucé mis manos,


sospeché de impaciente la mañana,
y el llegar de los pájaros era un mundo primero;
reconocí la tarde enternecida,
desangrando esperanzas en un cielo encendido,
y me asomé al espejo de la noche,
averigüé la estrella,
oculta entre la niebla de una luna sin llanto.

Un día yo alcé mis manos,


y me supe a mí misma y a mi cuerpo,
y me encontré a mis ojos y a mi risa,
y me escuché en mis pasos de un eco dividido,
y descubrí que existe la palabra
con frutales secretos en su aroma.

Un día miré mis manos,


adiviné su historia,
y comprendí su vuelo,
su hermosísimo vuelo a las constelaciones y a los astros,
y un gran batir de alas se derramó con música de asombro.

Y las tendí a lo alto


y se clavaron, banderas en la torre de mi ensueño,
tallos con un presagio fiel de ramas,
señales de evidencia y tierra prometida.

Las elevé, campanas repicando la dicha,


anuncio de una fiesta por las sendas del aire,
con un pregón de amor en cada nota,
y un augurio de rosas y de lunas,
y un dulcísimo canto,
rumor y melodía de un alma que amanece,
estremecida luz de tanta aurora.

Un día fueron mis manos.

Desengaños de amor fingido (1986)

[318] I
Tristes quejas de amor dilato al viento...
fuegos de amor abrasan mis escritos.
P. Soto de Rojas

Para que el mundo sepa de mi historia,


«tristes quejas de amor dilato al viento»,
esparza el aire voz y sentimiento
y quede ya por siempre su memoria.

De esta que, no leyenda, si, notoria


verdad conozca, y su dolido acento
escuche. Que en los siglos monumento
recuerde su derrota, no victoria.

Con letras grabaré —palabra ardiente—


toda la sinrazón de una locura,
y todos mis pesares infinitos.
Os dejo el verso donde está doliente
triste canción de amor. Que en desventura
«fuegos de amor abrasan mis escritos».

[319] II
Dejóme herido el corazón doliente
entre llamas secretas, do se abrasa.
P. Soto de Rojas

Duro de pedernal, duro de acero,


incapaz de llegar hasta mi orilla,
fuisteis para mi sangre la semilla
germina dora de un amor. Primero,

con tenue llama, con fulgor ligero,


creció el fuego después, y —luz que brilla—
ardió mi corazón. ¡Oh, maravilla!,
ver que, si consumido, nace entero.

En este incendio un resplandor crecía


y, de entre tanta lumbre, el sufrimiento
como una oscura sombra se cernía.

De no poder vencer vuestro desvío,


hoy sólo resta de mi sentimiento
rescoldo del que fuera el duelo mío.

[320] III
...hacedme males mil, por cortesía.
...quiero morir por vos de más fuerte.
P. Soto de Rojas

Vencida en tanto amor, mi cobardía


más teme la piedad que el cruel tormento,
más que la herida duele el sentimiento
de tan fingido afán y pleitesía.

Sentir quiero la pena, quiero mía


la espina que, si aguda, yo presiento
me dará vida y sangre. Como aliento
«hacedme males mil, por cortesía».

Y si en tanto desdén y desengaño


la mano me tendéis con indulgencia,
queriéndome salvar de aquesta suerte,

no me rindo, ni espero que, en mi daño,


conocida de amor la diferencia,
«quiero morir por vos de mal más fuerte».

[321] IV
...huyendo voy de amor y sus antojos.
P. Soto de Rojas

Acaso fuera de mi amor locura


huir de ti, cuando sin esperanza,
aguardaba entre nieblas la mudanza
que iluminara —sol— mi noche oscura.

Acaso como Dafne, en la espesura,


oyendo de tus pasos la asechanza,
por escapar de amor, que no se alcanza,
verde laurel vistiera mi figura.

En llanto se tornó mi desatino,


si en más ausencia, más presencia anhelo:
doble el afán crucial de mi destino.

Lograr tu desamor, negar mi vida,


incógnita es del alma, torpe celo
de quien emprende por llegar la huida.

[322] V
...teme, vuelve a la tierra que es tu asiento.
P. Soto de Rojas

Soñé que era verdad lo que, mentira,


un espejismo me mostraba, incierto.
Soñé de aquel jardín, gris muro abierto,
entrada al paraíso. No delira

la mente al recordar, porque respira


dentro de un sueño. Luz, que no desierto,
iluminando el cielo. En su concierto
un mundo de ilusión renace y gira.

Entre la vaguedad de lo soñado


imaginaba ya de amor ventura,
goce imposible, al despertar negado.

Pero el sueño tornaba su desvío,


lo que por siempre fuera noche oscura,
en alba florecida de rocío.

[323] VI
Pues muero cuando dejas de matarme
y sólo al tiempo que me matas vivo.
P. Soto de Rojas

Porque la muerte en que me das la vida,


hecha está con tu cruel indiferencia,
morir es más verdad. Es la conciencia,
el existir de un alma desvivida.

Callas por no decirme la temida


palabra que me nombre la evidencia
de tu seguro desamor. Clemencia
que al negarme la muerte ahonda la herida.

No temas mi desdicha, y que, al dejarme,


sola, sin ti, perezca entré la llama,
«pues muero cuando dejas de matarme».
Sufra yo tu desdén, tu ceño altivo
consuma de mis hojas frutal rama,
si «sólo al tiempo que me matas vivo».

[324] y VII
...dirán mi muerte y. tras mi muerte, olvido.
P. Soto de Rojas

Por montes y por prados, en desvelo,


corre tras de Narciso desolada
Eco, la ninfa, en súplica callada
perdida al viento, cómplice del cielo.

Consumida de amor, en tanto celo,


sólo queda la voz enamorada,
clamando, día y noche, entre su nada:
hondo el gemido de su eterno duelo.

Así yo, de este amor sin esperanza,


puse en mi acento el eco más dolido,
siendo mi voz de aquella a semejanza.

Y por montes y valles van mis quejas


con sones de mi muerte y de tu olvido
pues cuanto más me tienes, más me dejas.

Paisajes (1990)
[325] POÉTICA
El poeta, yo por lo menos, escribe cuando puede, cuando un «algo», una determinada
sensación o impresión le sugieren esas primeras palabras, que luego, unas veces como al
dictado, otras, con más o menos esfuerzo, se resuelven en el poema. Pero hay que
esperar. El poema es siempre el resultado de una constante y anhelante espera. A ese
momento único, feliz, en que acuden las primeras palabras, ese primer verso (que luego,
al final, puede ocupar el último lugar del poema), es a lo que se llama inspiración. La tan
denostada, injustamente, inspiración. La técnica, el esfuerzo, sí, valen, pero, sólo, hasta
donde la inspiración los transforma en poema.
Decir por qué se escribe y cómo; sus técnicas, motivos, temas etc., es bastante difícil.
Pues habría para exponer todo el proceso de creación, que detenerse y explicar cada uno
de los poemas. Ya que cada poema es un mundo distinto y requiere una manera y una
técnica diferentes. Además, todo poema depende, con frecuencia, del estado de ánimo, de
cómo ve el poeta, en un determinado momento, el paisaje, íntimo o exterior: de cada una
de sus vivencias.
Entre fondo y forma no encuentro diferencia, quizá, y sin quizá, me inclino
preferentemente por la forma, ya que ella, la forma, «hace» el poema, pero también creo
que si el poema no tiene un fondo, un algo en que sustentarse, éste no se tendrá en pie. Y,
así, sólo resultarán, muchas veces, palabras vacías y huecas. Nunca he pretendido ser
oscura en mi poesía, si alguna vez mi palabra fue poco comprensible al lector, no sería de
un modo deliberado y querido, ni intentado voluntariamente. Esto no quiere decir que sea
contraria a otras formas de concebir la poesía, siempre y cuando el resultado nos dé un
«poema».
Y por último, esto, que antecede, vale para hoy. Mañana, otro día ¿pensaré lo mismo? O
puede que lo vea todo por un cristal diferente.
ELENA MARTÍN VIVALDI

[326] JARDÍN QUE FUE…


A Salvador López Becerra

I
La lluvia celebra cantos últimos
S. L. B.
Esperando la lluvia como un llanto.
Aguardaba la lluvia:
viento y dolor ceñido.
Por la tapia la yedra: su callado,
humilde resbalar.
Todo es infancia.
Larga distancia. Un patio.
Cristalera, dejándole a la lluvia,
único el gris sonido.
Mármoles, azulejos. El tiempo le ha prohibido
existir. Un día fue.
Sólo un rastro: aquel nombre.
Todo era flor y era pájaro.
Niñez. Jardín. La mañana.
Vencejos —sombra y luz—
en zigzag —sueños—. La tarde.
Y una mano (Tempo adagio)
lleva el compás
de una música —requien— trascendida
de una canción eterna,
sin notas.
Blanca página.
Nombrarte, no. Pero tienes un nombre.
conduce hasta el final
del corredor. Sin aire,
sin ventanas.
Tienes un nombre. Siegas.
y eres sola.

II
Es la sonrisa un silencio.
S. L. B.

1
Todo era silencio. Estrellas.
Techo de constelaciones.
Leyenda. Pasó. Fantasma
escondido entre el cemento.

2
Alguien atiende en la noche.
¿Qué suceso lo desvela?
¿Un suspiro? Revivió
la sonrisa. Entre paredes,
aprisionados, despiertan.

3
Cuadricularon el cielo.
Tapiaron aroma y voces,
oculto está aquel vivir.
Rosal. Senderos. La acacia.

y4
En tropel —¡qué largo río!—
se desbordan:
son recuerdos.
Entre las ondas grabados
del aire.
¿Retornarán?
Que ya nunca,
jardín que fue...
Breve ensueño.

Con solo esta palabra: Homenajes a Federico García Lorca (1990)

[327] LAS PALOMAS RESPONDEN AL POETA


Por las ramas del laurel
vi dos palomas oscuras,
........................................
"Vecinitas", les dije,
"¿Dónde está mi sepultura?"
F. G. L.

En la gris tarde de un ocaso,


mientras finge su voz la lluvia.

En la rabia quieta del mar,


y en su furia verde de espuma.

Allí, en el viento cuando calla,


escondido en su cueva oscura.
En el aire cuando se encrespa
y de sus ramas se desnuda.

Por las flores de las adelfas,


con su rosa-blanca amargura.
Hacia la noche, huído el sol,
y en la sorpresa de la luna.

Y en el corazón de los hombres,


hechos de pan y levadura.
Y en la pena de tierra y agua
para regar tu sepultura.

[328] CANCIÓN
La primera vez
no te conocí.
La segunda sí
F. G. L.

Ni la primera,
ni la segunda.
(Corre sin voz un agua profunda).

Ni la segunda, ni la primera.
No te conocí.
No te conocí.
(La sombra de un llanto
niebla todo abril).

[329] NARCISO
Narciso.
Mi dolor,
y mi dolor mismo.
F.G.L.

No supo nada Narciso.


Su oscura verdad
ignoró.

Miraba el río,
y la nube
(presagio, dudas, sospecha)
—mano gris—
lo oscureció.

Narciso no entiende,
mira,
mira el espejo,
y la noche,
—estrellas duras, acero—
clara su imagen rompió.

Deshecho un color.
El agua.
estremecida, un instante,
(magia vegetal, asombro)
frágil el rostro compone:
y, nueva, una flor nació.
No entendías nada, Narciso.
Tú, como yo.

II

¿Eres color? ¿Eras flor?


Narciso.
¿Eres la flor? Sólo color:
Narciso.
Flor —nube en el agua—.
Amarillo.
Color —flor—. Sueño.¿Quién fue?
Narciso.

[330] MENGUANTES
El calderón helado y soñoliento
de la media luna...
F. G. L.

Luna de otoño.
!Qué chica
pareces sobre ese cielo
tan inmenso.
Pero tu luz, tan pequeña,
lo pone todo más claro.

Debajo de la flor,
vuelo y aroma.
Debajo de la luna,
luz y cielos,
robándole a la noche
nocturnidad
y silencio.
Debajo de este oscuro
desasosiego,
llora mi corazón
por dentro.

Luna,
que no estás clavada,
que vas lenta y hacia arriba,
cruzando vientos y nubes,
noches y casas, tejados.

No estás tan sola,


que yo
con mi sentir dolorido
te miro, hoy, luna,
te miro
y callo.

[331] SIN LUNA


(Entre mis hombros vuela
mi alma impasible y ciega)
F. G. L.
Y me quedé sin esperanza.
Y hubo una luz en mi ventana.

A mi alma, flor amarilla,


se le callaba la sonrisa.

Antiguo corazón, que un día pidiera


el secreto de la luna nueva.

Entre mis brazos se ha quedado


muerto el amor y deslunado.

Poemas (1994)
[332] BODEGÓN
A Juan de Loxa

Un jarrón. Ramo de rosas.


Todo el aire detenido
por la forma.
Espacio donde las cosas
ocupan todo el sentido de la norma.
De su color amarillo,
de su aromada belleza
delicada,
resplandece leve brillo,
y algo como una pureza
donde cada
pétalo es perfil, ensueño
de una callada armonía
y hermosura
en plenitud. Fiel diseño
de un solo nombre: poesía
figura.

[333] ASEDIO
El mundo me asediaba
por los cuatro costados,
por los cinco sentidos,
por la luna
y el llanto.
Por la rosa y el árbol,
el pájaro, la nube,
los ríos entrevistos,
la palabra
y su cauce.
Se me enredaba el viento,
entre lluvia y sonidos,
de lejanas historias,
de arcángeles
y mitos.
Me rodeaba el mundo
me incitaba a su ruedo,
me empujaba en su lucha,
citándome a su engaño,
llevándome a su centro.

Nunca vino conmigo,


curioso, hasta mi noche,
donde escuchar ausencias.
Redondez de silencios.

[334] CONTRASTES
Estaba la mañana como un río, llevado,
indiferente,
hacia la mar desnuda.
Brillaba la mañana acariciante,
deletreando flores y preguntas,
abierto fruto ávido,
blanco y azul. Única y desposada.
Estaba la mañana. Despertar.
Sabor de amor y labios.
Venía la mañana,
luz y vértigo,
umbral de aromas, cima de sonidos.
Con las manos abiertas, extendidas,
recibiendo la lluvia esperanzada.
Estaba la mañana,
llena de torres, pájaros,
de sombras contra el sol,
de acaso nubes.
Estaba la mañana:
y sin embargo...
[335] MARGOT FONTAYN DANZA EN EL GENERALIFE
Si no copias del cisne su blancura,
del aire su vivir más transparente;
si no en tus manos y alas se presiente
un vuelo sosegado por la altura.

Si no es tu pie la gracia que inaugura


el fugitivo ritmo de esa fuente;
si no envidia del sauce, esa doliente
languidez de sus ramas, tu cintura.

Si no fuiste de un sueño, exacta norma


de un ideal, nacida y de su esencia;
y ni el ciprés, la noche, adelfa, luna

te rinden la belleza de su forma…


¿de dónde fue ese dios que tu presencia
creó —luz de jardines— sola y una?

[336] ÁRBOL-UNIVERSO
A José Manuel Darro

Yo mínima: esa nada,


polvo en el universo,
inmensidad sin límites,
visión inabarcable.
Infinito el asombro.
Y de pronto...
Estallido de luz:
un tilo —¡llama, llama!—
se me ofrece, germina
en su esplendor de
otoño.

Toda azul la mañana


—la plaza— se ilumina,
brilla y arde, se enciende,
refulgente en su círculo.

Y aquella levedad
—un punto en el espacio—
se esfuma, se disipa,
es magnitud, ya crece
frente al dorado choque
de un árbol amarillo.

[337] EN SOLEDAD
Y cuando se está solo, calladamente solo,
con esa soledad, tabique y muro,
que no atraviesa el mar,
ni hiere la luna,
ni aun pudiera ese rayo —según dicen científicos—
que traspasa las casas y los muebles,
y llega allí hasta el punto vulnerable,
donde hay un corazón, que acaso late.
Cuando la soledad se hace materia opaca,
y nunca se ilumina por la estrella,
ni siquiera una voz la descompone
en pequeñas partículas de asombro.
y no sirve una mano que se tiende,
ancla o rama desnuda
para un pájaro o vida.
En esta soledad, cuando sucede,
ya no sirve la llama.
Todo es oscuridad.
Noche en la noche.

[338] LLAMADA ANÓNIMA

Escúchame,
soy yo.
Tú no me digas nada.
No contestes.
No me hagas comentarios,
no cuelgues el teléfono.
Tú, sólo escúchame.
Tú no sabes quién soy,
yo, puede que tampoco.
Tú no me digas nada:
sólo escúchame.
Pero es que quiero hablar,
decir, ahora,
esas cosas que nunca,
nunca, te lo aseguro, dije a nadie,
ni a mí misma siquiera;
ni siquiera a esa luna.
Las tenía tan dentro, tan hondamente ocultas,
que ni yo misma, digo, ni aún yo misma
conocía sus verdades,
la realidad inventada de mi sangre.
Qué áspero, qué incómodo,
qué negativo y rudo
todo este mundo mío,
(yo no sé si fue mío).

Pero voy a explicarte:


tú no me digas nada.
No contestes, no hables.
Sólo, escúchame...

[339] REVERSO
Vous serez au foyer une vieille accroupie
RONSARD

Cuando yo sea la anciana que cantara


Ronsard, en sus "Sonetos para Helena",
evocaré los días en que plena
de una ilusión mi alma se colmara.

Sentada junto al fuego -¡oh luz más c1ara!-,


reviviré el dolor y aquella pena
que un amor desleal y su cadena
en imposible lazo nos atara.

Irá la noche entrando en mi aposento,


roja la llama danzará en la sombra,
dando a mis ojos una luz mentida,

y escucharé una voz que con tu acento,


urgiéndome, dirá, mientras me nombra:
“Coge, hoy mismo, las rosas de la vida”.

Lejanías (1996)
[340] LEJANO AMOR
No hay mirada
que llegar pueda hasta su lejanía
hasta el rincón de la nubes,
donde esconde
la verdadera faz su discordia
el intrincado azul,
tejido de su esencia,
el cambiante reflejo de su rostro,
dispersado entre líneas
opuestas. Perdidas en la sombra
donde la luz no llega.

[341] NO SER
Cuando ya no exista el mar
ni esta tierra, ni aquel sol,
ni otras voces,
ni sus ecos.
Cuando no tiemble una estrella,
ni haya luz, ni aurora y llama,
ni desdibujadas sombras,
fantasmas de un día;
ni amor.
Nada.
Entonces, ay luna, entonces
Tú tampoco.
Oscuridad.

[342] LUNA MENGUANTE


Te esperaba. Te esperé,
—noche tras noche—.
Te vi luego, ya era tarde,
esperaba yo
como tú,
luna,
menguante.

Qué alegría, qué pena,


verte y no verte.
Te me escondes, te ocultas,
te vas,
luego apareces.
Vigía de mi calle,
cambiante luna,
habitante de un cielo,
luna menguante.

Te busqué, tantas noches,


—luna llena—
y sólo dibujabas,
tímida y alta,
(noticia de septiembre)
tu faz menguante.

[343] EXTRAVIADA LUNA


Por cielos ignorantes, descreídos,
escondes tu presencia,
tus caminos recorres, atrevida,
de otros ojos buscando las miradas,
encendidas en ti
atentas a tu signo,
en tu marea magnética
prendidas.
Olvidas ya los días
de abriles impacientes,
de otros mayos sonámbulos,
de las noches inmensas,
de febriles agostos.
Olidas la caricia
de mis palmas alzadas,
mi adentrarme en tu llama,
incorpórea, desnuda,
presidiéndote, esquiva,
caminante de espacios.
Rehuyes ya mis brazos,
extendidos,
mis ojos, luz de faro,
marca fiel de tu rumbo.
Ya estaba aquí, en la espera,
—mi luna extraviada—.
Tiempo sin ti,
y te apartas dejándome
en la soledad sola
de tu ausencia.

Niños van y pájaros (1998)


[344] [Ocho años. Pocos son…]
A Marta, en sus ocho años.

Mañana ya tendrás quince,


veinte alas.
y arrullarás el amor,
paloma libre del alba.
RAFAEL ALBERTI

OCHO años. Pocos son.


Pero te dan gracia y vida:
una primavera,
un nombre,
una sonrisa.

Ocho años. Tuyos son.


¡Qué lejos está la cima!
—Y qué cerca—.
(¿Cuándo fue
aquella edad de otra niña?
Hubo un tiempo. Ya pasó:
oye su aroma en la brisa).

Tú los tienes. Tuyos son.


Ocho años.
Parabienes.
¡Qué alegres corren y alados!
Guárdalos, defiéndelos.
Ciñételos —vida, rosas—
como un laurel a tus sienes.

[345] CANCIÓN DE BODAS


A Marichu y Pepe

ALEGRE va la garza,
alegre va y ligera.
Verde y azul, la tarde
en la luz se recrea.

Árboles vigilantes
—pinos en la arboleda—,
profundo espejo, el agua,
fiel, su imagen refleja.

Vuela rauda la garza,


fugaz, segura vuela,
sobre el aire refulge
invisible su estela.

Allá lejos —¡tan próxima!—,


alta cumbre, la Sierra,
esplendor en la nieve,
el horizonte incendia.

Se detiene la vista.
La garza más se eleva,
sus alas —giro y ritmo—
una esperanza llevan.

Asombro del paisaje,


cielo, visión serena.
Armonía en la tarde
cuando un amor se estrena.

[346] LA NIÑA
Para Mª Elena Moreno Martín-Vivaldi

COMO una llama surge.


Como fuente, y ya mana.
¡Qué claridad y frescura!
El mundo se ilumina,
se derrama la vida.
Desde sus labios viene:
y es sólo una sonrisa.

[347] REGALO-CANCIÓN.
ANTONIO, Antoñete, Antonio,
Antonio,
Moreno Martín-Vivaldi:
Yo te quería regalar
todo el oro de la tarde,
y me lo robó una nube
para en su llama incendiarse.
Y quisiera para ti
plata de la noche oscura,
ay, que yo no soy tan alta,
tan alta como la luna.
O esa estrella que, en el cielo,
allá en su inmensidad, arde,
mas fue cohete fugaz
que se derrama en el aire.

Sólo te puedo ofrecer


el polen de mi palabra,
semilla de una canción
que el viento cómplice cante
y te recuerde el aroma
de este día... Te abraza
tu tía
Elena Martín Vivaldi.

[348] BURLA BURLANDO


A Carlos Villarreal

PARA hacer un soneto es necesario


tener la mente diestra y afilada,
y del lápiz la punta preparada
donde ensartar audaz al Diccionario.

Con brío y decisión, al adversario


de consonantes darle la estocada,
dejando la batalla bien ganada
del ritmo: el enemigo temerario.

Bien segura la mano, y el combate


librar de las ideas en campo abierto,
y en restringido espacio dar remate

a los tercetos. Noble fue la esgrima


si, paladín a pecho descubierto,
firma con sangre el verso y le da cima.

[349] ECOS I
A mi hermano Victoriano, descubridor
del Satélite Ecos I

TIENDE hasta el cielo el hombre su mirada.


Sombra de una verdad, feliz querella,
hacia el espacio sube, altiva estrella
por siglos de esperanza contemplada.

Barco de una ilusión, nave llevada


en velas de su audacia. Si más bella
Venus clava su luz, Ecos destella
con voz ya desde siempre pronunciada.

Mundos innumerables su presencia


admiten en brillante celosía.
Tendida red adonde amor y ciencia

reúnen sus mensajes. Como hermana


del total universo, la poesía
canta, en la noche, eterna y sobrehumana.

[350] LA MÚSICA CALLADA


A María Teresa Vivaldi

SE quedó el mundo solo, sin aroma,


solo en su inmensidad,
desposeído, sin dolor. Callado.
Como sonido mudo,
roto arpegio,
apagándose, huyendo, desangrándose, inerme.
Sin un ritmo, en sigilo de palabras y voces.
Solo.
Sólo quedó el color —arco iris, promesa—.
Oculta sinfonía.

Azul.
Azul de los silencios imposibles,
nocturno azul. Recuerdos.
Inundación de cielo y mar, entrelazados, vírgenes.
Mañanas transparentes,
altos presagios. Ecos.
Antorchas de la noche:
oscuridad visible.
Nombre y azul.
El aire.

Y el amarillo fue. Armonía total,


rama del entusiasmo,
del llegar a la cima,
de alcanzar la alegría.
Gozo de la nostalgia y el nacer de un otoño.
Amarillo triunfante.

Y el verde.
Llama de amor y síntesis —¡ay azul y amarillo!—.
Y se abrían las hojas
de aquel árbol, llegando casi a un cielo perdido.
Recientes primaveras, entre un bosque de brazos
tendidos a una altura.
Verde.
Toda la gracia única de la tierra en tu nombre.

El rojo. Intensidad.
Gritos de plenitud, ascendiendo en su audacia.
Palidecen los ocres, los rosas se deshacen,
los morados se esfuman,
a su fulgor vencidos.

Rojo. Fuego escondido entre cuerpos desnudos,


abrasando los miembros,
alzados hasta un muro:
y, nuevo; el blanco ardía sosteniendo el espacio.

Sin aromas...
Sólo vibra el color.
La música callada.

[351] DISTINTA NOCHE


COMO eriales, mis ojos desdecían la vida,
desterrados del goce,
resecos de la pena y del dolor:
sin alma.
Hoy, renacidos, húmedos,
fueron lluvia a la sed ávida de mi verso,
su aridez aliviando, en su aliento crecidos.
No imagino el motivo, la causa de este único
dolorido sentir,
de este llorar sin lágrimas,
de esta tristeza íntima
—amarga su raíz—
que se enreda en mis sienes,
ni el por qué escucho, nuevo,
un resurgir del hondo sentido de mi angustia.
Acaso, fue el sonido lejano de aquel verso
adentrando en la noche su claridad de asombro,
o la fría indiferencia, materia del olvido,
de lo que fuera un día principio de mis sueños.
Envuelta en mi dolor estaba tu partida,
la irrazonable marcha,
súbita, del amigo.
Y unido a este desgarro —la herida inexplicable—
van otras voces, ecos. Antiguos gestos, nombres:
huecos en el silencio de los mundos astrales.
Después de tanto tiempo,
he llorado esta noche.
La garganta enmudece negándose al gemido
y de toda la tierra asciende la pregunta
de un imposible acento
que desvele la noche.
En soledad (1999)
[352] EN SOLEDAD
Y cuando se está solo, calladamente solo,
con esa soledad, tabique y muro,
que no atraviesa el mar,
ni hiere la luna,
ni aun pudiera ese rayo —según icen científicos—
que traspasa las casas y los muebles,
y llega allí hasta el punto vulnerable,
donde hay un corazón, que acaso late.
Cuando la soledad se hace materia opaca,
y nunca se ilumina por la estrella,
ni siquiera una voz la descompone
en pequeñas partículas de asombro.
Y no sirve una mano que se tiende,
ancla o rama desnuda
para un pájaro o vida.
En esta soledad, cuando sucede,
ya no sirve la llama.
Todo es oscuridad.
Noche en la noche.

Distinta noche (1999)


[353] CANTO
Por encima de la nieve
un pajarillo se atreve.
Blanco.
Un pajarillo se mueve,
pardo.

Paseando a la mañana;
blanco.
Un pajarillo, en la nieve,
pardo.

Buscará por los tejados…


¿Qué?
Un pajarillo se atreve.
¡Bien!

Descubrir entre lo blanco…


¿Qué?
Ramas para la esperanza.
¡Bien!

Por encima de la nieve


¿Di?
Un pajarillo se mueve.
Sí.

Blanco, blanco, nieve, blanco.


¿Qué? ¡Bien!
Si.

Por encima de la nieve,


blanco.
Un pajarillo se atreve.

[354] ¡A BELÉN, PLATERO!

Para Isabelita Roldán

¡A Belén, Platero!
Vamos a Belén,
que mañana es Fiesta
y el otro también.

Arriba, Platero,
menudo, suave.
Echa un trote alegre
—¡qué cascabeleo!—
que están las estrellas
con guiño de plata
alumbrado el cielo.

Arre ya, Platero,


que van de camino,
con todos los niños,
la tísica, el tonto,
la carbonerita
—¡que alegría en la noche!—
y tu niña chica.

Mira la tortuga
como se aligera,
Diana, la cabra,
Lord, los gorriones.
—¡Ay, qué algarabía—.
Ya los gallos cantan
y la luna, inmensa,
por los campos brilla.
Lleva tus regalos
al Niño Jesús:
las uvas, naranjas,
mariposas, lirios,
—¡corre más, Platero—
y el almoraduj.

Arre, Platerillo,
vamos a Belén,
que mañana es Pascua
y el otro también.

[355] PAZ
Para Isabelita Roldán

Calles de Belén. Caminos.


Calles de Belén. Portales.
Hombres de Belén, mujeres,
pastores, sierras y valles.

Gentes de Belén, ya es cierto


un nombre, en letras del aire.
Alto clamor de esperanza
la mano del viento trae.

Flores de Belén, que hay otra


flor, en sus pétalos sangre.
Arroyos, ríos, al mar
noticia de Amor llevadle

Noches de Belén que alumbra


un sol, y su llama arde.
Estrellas, gritas más luz.
Luna, tu corola abre.

Gentes de Belén. ¡Despiertos!


En cada piedra se alce
pregón de hosanna, que suba
hasta las nubes radiante.

¡Gentes de Belén! Pastores


mujeres, hombres, que hoy nace
un Niño, Voz que le anuncia
de paz, al mundo, un mensaje.

[356] [Y qué te regalaré…]


Los presentes no son tales
como los merecéis vos.
Gil Vicente
Y qué te regalaré,
Niño, que mi ofrenda sea
limpia a tus ojos, y vea
yo sería.
Bueno estará que del día
le robe un jirón al cielo.
¡Y qué granado pañuelo
con lluvia la bordaría!

[357] A UNA MUCHACHA


A Mª Elena Martín Pozas

No des un paso más.


Es tu hora. No dejes
que el invierno te aceche entre la niebla
de los años. No entregues
a la prisa del tiempo
el infinito azul de tu belleza.
Que no sepan tus ojos esa noche
de soledad en tierra.
Tus manos, no las mires olvidadas
de caricias, estériles,
ramas sin más raíz ni primavera.
Que tu sonrisa en flor
no la contemples
cicatriz de esperanza, risa hueca,
donde ya no transite por tus labios
una visión y luz que los defienda.
¡Quédate así, muchacha!
Ese momento es tuyo,
no lo pierdas.
En juventud y en vida lo mantienes,
en mañana lo creas.
No lo dejes al viento
inútil de la tarde que te cerca.
No des un paso más,
no avances. Quédate así, muchacha,
estatua fiel de ti,
fija en tu estela.
No des un paso más.
Grítale al tiempo,
véncelo,
detén el giro loco e su rueda.
Quédate así, muchacha.
Tú,
eterna.

[358] GRANADA
A Rosario Porras

El Albayzín arriba.
Alta la Alhambra.
Entre los dos un río
de voces blancas.
El Albayzín oculto.
La Alhambra clara.
Entre los dos un río
de suspiros. Y abajo
—un silencio—
Granada.

[359] OTRA SOLEDAD


Dije soledad. Fingía
su opaca nube en mi cielo,
si la temí, en su desvelo
claros sueños encendía.
La temí, la pretendía,
escudo de mi tristeza.
Luego llegó, en tal certeza,
pulpa de sangre llevada,
ay, dolor, que me clavaba
su desolada tristeza.

[360] BREVE NOCTURNO


A mis amigos Isabel y Luis

¿Dónde estaba mi esperanza


de mis deseos cautiva?
¿En qué noche transitiva
cruzó mi sueño? No alcanza
allí mi mano, ni avanza
mi paso hasta su desvío.
Largo camino de río
recorre el alma sedienta,
pero hay un mar que alimenta
su sangre en el dolor mío.

[361] LA FLOR DEL JACINTO


Florece aquí. Primavera.
Primer verano. Testigo
te son las voces de amigo:
flores de amor: prima-vera.
Jacinto fue la primera
sangre por un dios vertida,
flecha —ay, dolor,— dirigida
por la misma amante mano.
Anuncio, desde un lejano
resurgir, de muerte en vida.

[362] MAR
Siempre a solas, mar para
nostalgias y esperanzas.
MANUEL ALVAR

El mar, la mar. Honda huella


de una soledad. Camino,
surco arado del destino,
señalado por la estrella.
Los ojos miran aquella
playa, lugar de bonanza,
buscan su luz, donde alcanza
el alma todo sosiego.
Estremece el aire un ruego:
el mar, la mar: esperanza.

[363] CREACIÓN
…una palabra, una sola, nos sirve para
anclar un determinado tipo de creación.
MANUEL ALVAR

De la nada y sombra fuera


surgiendo, virgen, la llama
de la palabra.
Derrama
su aliento, causa primera
del asombro. Primavera
del mundo, anuncio del día,
—voces de amor, armonía—.
Entre sus signos florece
la luz, donde luego crece
—altas ramas— la poesía.

[364] EVIDENCIA
Yo os presiento, me duele el gran secreto
de la total esencia…
E.M.V.
“los ojos son testigos más exactos
que los oídos…”
HERÁCLITO

No es verdad. El mundo existe


revelado en la mirada
de unos ojos, derramada
en derredor, y persiste
—oscuro río—. Reviste
los aires de su apariencia.
Estremecida frecuencia
de un ser a su voz atento.
Las cosas fueron. Momento
de crearon. Nombre y su esencia.

II

Ahí están las cosas. Vivas,


sometidas se me ofrecen,
a mi temblor obedecen
mostrándose decisivas
surgen, recientes, no esquivas
a la mirada indolente.
Adivinan que mi frente
descubrió ya su certeza.
Miro el mundo. Su belleza
renace, sol de otro oriente.

y III

Aquí estaba la conciencia


de un orbe desconocido.
Estaba. Qué largo olvido
de mis ojos. Su evidencia
resplandece, y su presencia
golpea mi sangre vencida.
Ahora que siento la herida
del tiempo —dura su mano—,
veo ese mundo: su arcano
desvelárseme en su huida.

[365] [Vive Dios, que me espanta esa torpeza…]


A un amigo e ilustre poeta que escribió un
soneto alejandrino, empleando, sin permiso
de la Real Academia, la palabra osceno.

Vive Dios, que me espanta esa torpeza,


que, si no es una errata, es gran mancilla
pues ¿a quién no suspende y maravilla
muestre un espurio osceno tal flaqueza?

Ya sé que me argüiréis: “Y no es vileza


suprimir una B, que se encasquilla
entre una y noble sílaba sencilla,
dándole a esta palabra más belleza”.

Pero, querido amigo, yo no creo


que amputar una B sea cosa buena;
queda un vocablo relamido y feo.

La B tiene la fuerza y su derecho,


timidez de novicia luce oscena.
Total, si con catorce, ya está hecho.

[366] NERVERMORE
Aguda espina dorada…
A. MACHADO

El camino se acaba, y la mañana


ya no enciende la antigua melodía
con el hacer la aurora tan temprana,
trayendo la noticia fiel de un día.

Ya no habrá de las rosas la fragancia;


senderos en jardines otoñales.
Ni los días azules de la infancia
se inundarán de sol. Tras los cristales

no llamará la lluvia, persistente,


con sus húmedos dedos, en la tarde
triste y gris de un invierno. Ni doliente,
aquella aguda espina, si dorada,
llegará al corazón , de un dios alarde,
hiriéndole: en el pecho —¡amor!— clavada.

[367] SONETO A LA LLUVIA


Qué bien teje la lluvia mi esperanza,
sus manos cómo traman mis ensueños.
Un hilo cruza un hilo. De mis sueños
—red ideal— su urdimbre se afianza.

Qué cadencia el sonido —confianza—


del agua en los cristales. Qué pequeños
los rigores de amor, ahora risueños
entre las nubes: arco de alianza.

Toda el alma renace a la ventura


de este cantar los cielos su secreto
inundándome en gozo. Se adivina

del corazón el resurgir. La oscura


sinrazón de mi noche se ilumina.
Crepúsculo inicial en luz repleto.

[368] OTRO JARDÍN


Para G.M. Bertini

Las tapias regalaban al camino


pendientes madreselvas y un aroma.
JORGE GUILLÉN

Cuántos jardines en el mundo han sido


reductos de unos años y su historia
entre aromas y flores. La memoria
se despierta. Si todo fue perdido,

árboles, risas, pájaros, crecido


—de Dafne— ese laurel, signo de gloria,
agresivo final de una victoria
ganada, inútil, para un eco: olvido.

Mas, si muere el jardín, vence el destino;


permanece el recuerdo —su añoranza—
entre el paso, sin alas, de otro viento.

La madreselva, ay, y aquel camino


que llevaba a los sueños, ya no alcanza
el dulce son del aire en movimiento.

[369] TAPIZ DE UN SUEÑO


Hace ya tanto tiempo. No sabría
decir la liviandad de su textura.
Hilos sutiles trazan la figura;
tenue el color, azul la lejanía.

Allí estaba la luz, el nuevo día,


bañando en su claror la noche oscura,
allí fue la emoción y la dulzura
de morir en la dicha que vivía.

Vago recuerdo brilla entre la sombra,


miro, sin ver, efímera la escena,
tras un velo fugaz de transparecia.

¿Acaso realidad? Y no me asombra,


en algún cauce fluye aquella vena
de un amor, sólo en sueños apariencia.

[370] Realidad
Hice un sueño lo que era fantasía,
allí pues verdad donde fue anhelo,
una causa inventé, mito y desvelo
que ocultara el revés de mi osadía.

La mentira adulé. Que más crecía


la estatua, más las manos en su celo,
fundían mármol en carne. Fuego, al cielo,
en llamas y pasión lo desvivía.

Y vino el tiempo persuasivo y lento,


desbaratando formas como arena,
deshechos ya los signos. Fuerte el viento

derribó la esperanza y su criatura.


Olas fueron noticia. En la serena
voz de la espuma tiembla una amargura.

[371] ALLÍ ESTABA


A Mercedes Linares de L. Banús

Luz. Junto a lo verde lo verde.


Rama y verde, verde sombra.
Sombra verde. Luz. Distancia.
Verde amarillo, azul, llama
verde. Lejanía.
Verde azul, cielo y el agua.
Transparente celosía
de verde contra lo verde,
de esperanza contra pena,
de azul sobre la nostalgia,
de nostalgia desde el llanto,
de llanto azul y amarillo.
Amarilla voz que canta.
Verde ciprés.
Verde acacia.
Verde pino.
Verde alma.
El árbol grita su luz
desde el día y la mañana.
Verde por ti, Federico,
verde por tu circunstancia.
Verde por todo el color
escondido en la esperanza.
[372] GLOSA
Salid sin duelo lágrimas corriendo…
GARCILASO

Como esa lluvia ansiada


del otoño,
hoy renaces tristeza,
y de mis ojos
siento fluir, serenas mis lágrimas
corriendo.

Como la lluvia que traspasa


el aire,
limpia los cielos,
y su azul enciende,
hoy,
todo mi dolor
mi desencanto,
aquellos mis cuidados,
desvelos, inquietudes,
me invaden, me acarician,
y sentí, luego,
cómo brotaban cálidas,
sin duelo, suaves, ledas
mis lágrimas
corriendo.
[373] RAMO
A Carmelina y Lolita

De un amarillo intenso:
Gladiolos,
su efímera elegancia y esbeltez compartida:
Rosas,
y su ternura mezclando y su belleza
entre un séquito y corte
de las dudosas siempre
margaritas.
Y hay un eco amarillo de esperanza
que esparcen con pudor
las azucenas.
Brilla el color.
Armonía la forma.
La estancia se ilumina
de amarillos.

[374] OTOÑO EN LA PLAZA


A Julio Espadafor

Aparecido otoño. Casi en celo,


el color de las hojas en se apresura.
La plaza es una llama,
en redondez de luz enfebrecida.
Entre espacios y ramas
—vidriera azul—
se transparenta, inexplicable,
el cielo.
La mañana sonríe.
Todo es simple y sencillo.
Las hojas van cayendo
(no “sobre el corazón”),
giran, doran el aire, se detiene,
—collage, siembra del suelo—
y dictan su canción en amarillo.

[375] A DESHORA
Puede escribirse “amor”,
nombrar el “sufrimiento”,
el “dolor”, “la nostalgia”,
la “esperanza”, la “pena”.
Y habrá una risa larga,
rastro de luz
veloz cruzando el cielo,
dibujada su línea
en el azul sin olas.
Pero no puede el corazón
pronunciar los anhelos ya prohibidos,
“por leyes de esta hora”,
decir las inquietudes,
sumergir en la noche
los brotes del silencio deslunado.
No existe la palabra,
cercenado su ritmo,
querando sus perfiles,
polvo su esencia.
Enigma de un sentido.
¡Qué temor de su audacia!
Cobardía ante el llanto.
No hay manos con que apague
Este fuego sin llama,
se estrangula el sonido
se ahoga la verdad entre la noche.
Ay, calla el corazón
—un dolor de cuchillo estremece la carne—.
En las montañas sola,
derrama su voz Eco.

[376] FORMA
A Guillermo López

Una piedra, lenta flor


que le ha costado a esta tierra
un esmero de mil años.
PEDRO SALINAS

Dura piedra —corazón—


arrastrada por el mar,
perdida, inerme en la arena.

Menos del tiempo. Escultura:


signo de un dolor. La sangre,
lágrima fue. Desolada,
blanca suavidad,
ternura.

Llora un corazón. La piedra


dice de hondas soledades.
Desvelada realidad.

Carne despierta de un sueño.

[377] SIN ARIADNA


A Mª Victoria Atencia

Par delicatesse
J’ai perdu ma vie.
RIMBAUD

He perdido mis días. Estaba yo en el centro


perfecto de la vida, las ramas —cuánto pájaro—
señalaban un nombre, me decían el camino,
nombre que diseñaba la dirección del viento.

Equivoqué la ruta, la noche no perdona,


el invierno es la puerta, cancel de los deseos.,
y allá se queda inútil la fragante palabra
como una nube sola en un cielo de estrellas.

He perdido la vida, laberinto de sueños,


y las cifras escriben lo vacío de mi historia.

[378] COMO LLUVIA


Pues preciso es que vuelva al seno de la noche
para encontrar en ella cuanto escondió el olvido.
Mª VICTORIA ATENCIA

La noche me pregunta el porqué de la vida.


Yo sola ¿qué le digo? Me pregunta y pregunto
con la ausencia en las manos y en los ojos distancias.

Qué filo de amenazas me enrarece las horas,


frío, fino estilete horada la esperanza.
No hay luz donde amanece, pero siempre es de noche.

Dan las cuatro. El silencio revive las estrellas,


dentro de su misterio se oculta la respuesta
de esta informe inquietud que a los años persigue.

Dolor, inquietud, miedo, sombras, oscura noche,


os dejo como lluvia lo que el llanto no dice,
y firmo mi palabra con la sangre vencida.

[379] INSTANTÁNEAS
¿Dónde está el mar cuando la luna gime y se abrasa en
su luz,
sola en la noche?
*
Un rumor de esperanzas desmentía la noche.
*
¡Qué ardor de vida, otoño, en tu amarilla rama!
Aroma y luz tu sangre derrama.
*
Atardecer. Y el aire se me enreda en un gozo de pájaros.
*
Ay, por tu ciencia, abril, me descubrí en el tiempo.
*
Olvido, cuánta verdad escondida hay en tu ausencia.
*
Llanto del sauce. Y la lluvia deshojándose en el río.
*
Dos sílabas: y estaba, vigilante, junto a la psiquis el sueño.
*
Rompiendo va la tarde grises muros al tiempo.
*
Eco. Gritos dan las montañas de amor despedazado.

[380] SOMBRAS EN PLENILUNIO


Con mi luna apareces. La noticia
de tu paso, avanzando entre las nubes.
Me acusas cruel, jinete enardecido,
flameando tus crines al aire de la noche.
Estás tan cerca y lejos de mi cuerpo,
dudosamente cerca
como férvido amante que retrasa
el abrazo final con que hiere y mata.
¿Quién me dará la mano, arrebatándote
esta presa, sin voz, que ya gloriabas tuya?
¿Dónde un lírico Orfeo, abriendo con sus cantos
avernos inferiores?
¿Dónde el dios compasivo a su plegaria,
rescatándome —Eurídice— a mis cielos?
Todo es silencio. Soledad. La noche.
Sombras en el plenilunio.
Pero allá, en lo más íntimo,
oigo viva la luz, y un fiel sonido.
Miro, resplandeciente, vencedora,
atrevida, final, espada —rayo—
que en su fragua me forja para la vida.

[381] CONSUMACIÓN
Miraste el mundo largamente diste cuenta de tu
quehacer final. Nada quedó. Nada quedó. Por todas
partes sombras. Nada quedó. Todo, todo borrado.
CARLOS BOUSOÑO
(Oda en la ceniza)

Llama que, lentamente,


ya tiembla y se consume,
casi como esa luna
que, de blanca,
reinando entre la noche,
se deshace en las sombras,
oscurecido el rostro.

Y esa increíble música, elevando a la altura


estremecidas notas,
y que a un crescendo forte,
trémulo enardecido,
luego, pausadamente,
se extingue en el silencio
tras un tenue lamento de violines.

Final fulgor de ocaso,


—lívida luz— poniente,
derramando entre grises
su penúltimo rayo
en oscuros adioses, umbrales de la noche.
Árbol de abril, mensaje
de una verde esperanza,
preludio de más vida,
sueño de primaveras.
Pero después,
tras un verano intenso,
transitivos otoños
irán sembrando el suelo
de su dorada sangre.
Amarillas sus hojas,
heraldos precursores
de finales inviernos.
Todo tiene su fin:
así la rosa.

Sonetos (2004)

[382] CON ESPADA DE FE


Yo sé que no es verdad, que nada empieza
después del fin logrado, que no dura
más de un plazo esa luz que se apresura
de agónico horizonte. La certeza

hondamente persiste y la belleza


del ser tan desvelado de aventura.
Con espada de fe va tras la oscura
noche, donde se rinde su agudeza.

Yo sé que no es verdad. Pero me entrego


a un impulso ideal, y aun encendido
afán que me contagia de su fuego.

Voy donde nadie va. Y, adonde alcanza,


clavo el sueño ganado. Lo perdido
lo quiero con moneda de esperanza.

[383] MAÑANA DEL CORPUS


Total es la ciudad. Nieve lejana.
Azul, aromas, voces y alegría
por las calles y plazas. Letanía
de flores, se despierta la mañana

presagio de una fiesta. Fiel diana


desvelará las torres. Por el día
colores se desnudan. Mediodía.
Llena, de bronce, el aire una campana.

Agitación que es norma. Blanco anhelo


comunica a las almas su ventura,
y un transparente palio brinda el cielo.

Gozosa es la ciudad. Claro el destino


de su nombre. Vestida de hermosura,
es amorosa senda su camino.

[384] LUNA LLENA


A Antonio Muñoz Molina

¡Oh más dura que el mármol a mis quejas!


GARCILASO

Cómo marchas, tú, reina, indiferente,


sin atender ni oírme en mi desvelo.
Para ti sola quieres todo el cielo,
ignorando mi angustia. De tu oriente

llegas hasta mi ocaso. Inútilmente


mi corazón a ti tiende su vuelo
para alcanzar tu llama, ardiente hielo,
flecha para lo opaco de mi frente.

Ay, luna, que no sientes la mirada,


desde mi soledad, sobre tu espejo,
ni vibra ya en tu carne la llamada

dudosa de mi voz, tan cierta un día.


¿No hay de mi desaliento algún reflejo
que estremezca, impasible, tu luz fría?

[385] EL CRISTO DE LA MISERICORDIA


Mi pálido, Señor, escarnecido
mira humillada en contrición mi frente,
con su silencio dame la doliente
honda conciencia de saberte herido.

Dame el dolor y préndeme el gemido


en el temblar de mi garganta ardiente,
y esta aspereza que mi pecho siente
quebrántela tu amor alto y dolido.

En el amplio camino de tus brazos


por tu misericordia al mundo abiertos
márcame el hito donde de tus lazos

trenzados en dolores infinitos


quede mi alma presa y los desiertos
sembrados de mi fe sin ti marchitos.

[386] SONETO A LA LLUVIA


¡Qué bien teje la lluvia mi esperanza!
Sus manos, cómo traman mis ensueños,
un hilo cruza a un hilo de mis sueños,
despiertos en la red de su alianza.

Qué dulzura el ruido —confianza—


del agua en los cristales, qué pequeños,
del amor, los pesares, ya risueños
entre las nubes y desesperanza.

Todo el alma renace a la ventura


de este decirme el cielo su secreto,
y todo el corazón, dócil, se inclina,

esclavo resignado a su locura.


Hay un remanso de tristezas quieto
y un rumor de la dicha se avecina.

[387] SONETO A TRES VOCES


Yo. —¿Qué me suplicas, alma, que transida
tu voz se eleva en lumbres de impaciencia?
¿Cómo es la forma azul de la evidencia,
largo de ensueño, copia de mi vida?

¿O era tuya la voz que estremecida,


cuerpo mío rendido a la conciencia,
exige con mis labios la presencia
de la imposible estrella prometida?

El alma. —Mi anhelo, de jardines trasplantado,


nostálgico las nubes solicita,
inventando su aroma por la altura.

El cuerpo. —Mi deseo, ceñido a tu costado,


busca en la llama sombra a la hermosura
en ciencia de alternada margarita.

[388] CONCIERTO EN LA ALHAMBRA


…En el patio de los Arrayanes eran
derrotados por vez primera los ruiseñores
de la Alhambra...
A.G.M.

A Antonio Gallego Morell

Callaba el ruiseñor, callaba el viento.


Un vertical silencio trasponía
murallas, torres, valles. Y se oía
gritar, mudo de asombro, el pensamiento.

Ante el prodigio, el cielo, más atento,


sus estrellas curiosas entreabría.
Un ciprés —¿más galana cortesía?—
se inclinaba: suave el movimiento.

El agua, iluminaba su ternura,


de la noche escuchaba total magia,
dejándose vencer de su hermosura.

Un solo corazón —voz y gemido—


prende a todos un llanto de nostalgia,
y se rompe el silencio ya crecido.

[389] LA OTRA ORILLA


El ciprés grita un nombre. Todo alcanza
rincones del pasado. Gris conjuro.
Agua que se perfila hacia el futuro,
niega la voz que dijo semejanza.

Se nombra y no se nombra la esperanza,


quebrada sensación, luz de lo oscuro,
corredores de sombra. Sólo es puro
el color a los ojos confianza.

Chopos, álamos, torres, lejanía


de las horas antiguas y presentes.
Un no saber adonde. Celosía

del cielo entre las ramas. Y el camino


señalando una norma. Sin los puentes
de amor, el alma corre a su destino.
[390] TIEMPO JUNTO AL MAR
Para el recuerdo basta un solo día
que nos colme los ojos y la frente
remanse aquí la voz, el sorprendente
asombro: luz y mar. Todo sería

sombra de tiempo —igual— que desafía


el centro de su esfera. Eternamente
soñando, traspasado a su corriente,
en un punto concluyente y se desvía.

Par el recuerdo basta y sobra el verde


color de aquellas ramas. La segura
confiada verdad. Que no se pierde

ni el rojo de la flor, ni el movimiento


oculto de la brisa, que procura
un callado sentir bajo su aliento.

[391] A PEDRO BARGUEÑO


Pedro, que sí, que yo te hubiera escrito,
cuando diste aquel paso, tu andadura
dejó en tierra su lastre. Qué aventura,
Pedro, la de vivir. Yo necesito

una palabra extensa, casi un grito,


para decir mi angustia. No, amargura,
un dolor verdadero ante la oscura
sombra que nos señala con su hito.

Pedro, es verdad, que para tu recuerdo


yo quisiera tener esa sencilla
serenidad, esa luz y evidencia

que da la fe. Pero junto a la orilla


de este mar —noche y duda— de tu ausencia,
el corazón naufraga y ya me pierdo.

[392] [Todo es de otro color, y ya florece…]


Tras el cristal, impávido testigo
(CERNUDA)

Todo es de otro color, y ya florece


un jardín, sin la luna, azul, y el brillo
de un distinto paisaje y amarillo
entre un verdoso cauce desfallece.

El morado, colores enternece


cuadriculado el aire, tan sencillo,
le pone a la mirada fiel anillo
de un fuego de ilusión donde se crece.

Qué alegre confianza. Todo; encanto.


Niñez entredormida por su vuelo,
sin sospechar del negro ni del llanto.
Todo está allí, sin marco, frente a un cielo
colgado de esperanza. Libre canto
que enreda lo colores en su anhelo.

[393] YA ES LA HORA
Ir parando la sangre. Detenida
su ascensión de alcanzar su doble altura:
cima para el dolor en su amargura
de saberse una sola con la vida;

de saberse rumor en la crecida


de una savia que llega hasta la oscura
raíz, atravesando tierra y dura
corteza, hacia los aires repartida.

Ir parando la sangre. Que no sienta


luego —pulso de irrepetible mano—,
negada ya la audacia a su camino,

que no sufra la noche, ni esa afrenta


de escucharse sin voz, sin el humano
río que se desboca a su destino.

[394] LA EMBOZADA
Desconocida. Ocultas la mirada
en el pausado ritmo de tu manto.
Lejos están tus ojos. ¿Fue de un llanto
tu dolorido estar? Pues, sosegada,

marchas. En tu figura, ensimismada,


se revela la gracia y el encanto
de una elegancia antigua. Sola. Cuánto
misterio nos descubres embozada.

No te mueves y avanzas —río-puente—,


que una mano de artista te dio la vida,
perpetuando tu callar doliente.

Eres como la rama, que entre viento,


sin escuchar sus voces, detenida,
nos deja de su aroma el sentimiento.

[395] AL DUQUE DE RIVAS


Andaluz, cordobés y bien nacido.
Rebelde, osado, hidalgo, diferente.
En batallas audaz, siempre presente
donde el peligro acecha más temido.

Enamorado, si de amor herido,


rompe lanzas de amor, y ciegamente
rinde su corazón. Aunque valiente
entrega, fiel, su pecho malherido.

De los mejores fue, que aristocracia


le viene de la sangre, su destino
cumple como español y como hombre.

La voz tiene colmada de gracia


de su añorada tierra. En su camino
desemboca la historia, altivo el nombre.

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